%®m ■jilffl NLM005613194 t*r I tí 4' 4 ,,£. >.;:íií jj?j[. DUE TWO WEEKS FROM LAST DATE ¿atr ! O 19% ' '¿i iiíiiíft i LA LOCURA EN LA HISTORIA ** OBRAS DEL MISMO AUTOR Tratamiento de la jaqueca. (Anales del Circulo Médico Argentino, 1878). Las neurosis de los hombres célebres en la historia ar- gentina. (Ia y 2a parte. 2 volúmenes). Estudios clínicos sobre las enfermedades nerviosas y men- tales. 1 volumen. 1894. Sobre el estado mental de Jacinta Rodríguez. (Anales del Círculo Módico Argentino). La familia Lobato. (Un caso de locura simultánea.) Anales de la Asistencia Pública. 1889. EN PREPARACIÓN Rosas y su tiempo. Un volumen. Psicología de los grandes hombres de la historia de Amé- rica. (2a edición de Neurosis délos hombres célebres, etc.). Imprenta de Pablo E. Cobí é Hijos, calle Perú, 680 PATOLOGÍA MENTAL LA LOCURA EN LA HISTORIA CONTRIBUCIÓN AL ESTUDIO PSICO-PATOLÓGICO DEL FANATISMO RELIGIOSO Y SUS PERSECUCIONES POR , '. <• J". M. RAMOS MEJÍA '» l Catedrático de clínica de las enfermedades nerviosas en la Facultad de Medicina de Buenos Aires; ex-médico legista de los tribunales; ex-presidente fundador del Circulo Médico Argentino; exrdirector general de la Asistencia Pública; 4 presidente del Departamento Nacional de Higiene CON UNA INTRODUCCIÓN DE PAUL GROUSSAC BUENOS AIRES félix lajouane, editor 79 — perú — 89 189ü ^ 1?/75U 1 w INTRODUCCIÓN LA DEGENERACIÓN HEREDITARIA La nueva producción del doctor Ramos Mejía, que tengo la honra inmerecida de presentar al pú- blico de habla castellana, confirmará, sin duda, el concepto de alienista informado y sagaz, al par que de escritor vigoroso y á menudo feliz en sus arriesgadas innovaciones de estilo, que las prece- dentes Neurosis de los hombres célebres y sus Estudios clínicos lehabian conquistado. Aún dejando de lado la doctrina discutible que le informa, este libro no es perfecto: codóanseen él, como en casi todas las obras del ingenio, los indicios del talento, personal y los defectos que atestiguan la humana flaqueza. La consecución de la exactitud en el fondo y de la eficacia en la forma tiene que ser aproximativa y parcial. Ver- 425672 VI LA LOCURA EN LA HISTORIA dad y belleza son los blancos lejanos de nuestros ti- ros sucesivos; no hay habilidad tan impecable que los acierte cada vez. Ahora bien, si de estas nue- vas disciplinas psico-patólógicas se trata,—cuyo nombre es ya un neologismo,—y si de ellas se es- cribe en,un medio poco adecuado y valiéndose de un lenguaje que es á la fuerza una traducción: ha- bremos de saludar como un éxito toda tentativa que logre en parte su objeto y, como la presente, con sus resultados fragmentarios suscite temas de discusión fecunda. Por lo prematuro y arduo del problema y lo in- seguro del instrumento investigador, podria de- cirse, volviendo á la anterior imagen, que en este caso se realiza el tiro á la luz del relámpago que hiende instantáneamente las tinieblas y haciendo uso de un arma de dudosa precisión. Lejos, en- tonces, de tildar al autor por sus yerros frecuentes, debemos en estricta justicia señalar las vistas nue- vas y atrevidas, las páginas brillantes ó profundas que en su obra menudean, acogiendo con aplauso el conjunto, en gracia del esfuerzo prolongado y de la energía mental que acredita. Pero, antes de reseñar el libro del doctor Ra- mos Mejía, cumple á mi lealtad definir nuestra si- tuación respectiva, á fin de que no se sorprenda INTRODUCCIÓN VII el lector por el sesgo crítico de mi discusión, muy poco usual en achaque de prólogos. Anteponiendo un sentimiento afectuoso á bue- nas razones de autor, que le aconsejaban procurar para su recién nacido algún ilustre padrinazgo, pidióme Ramos Mejía que encabezara su libro con algunas palabras de introducción. Acepté, movido del. mismo sentimiento, sin reparar al pronto en mi insuficiencia para apreciar la faz propiamente científica del trabajo y contando con detenerme en su parte histórico-filosófica que es, felizmente, la más importante y extensa. Agregaré, en des- cargo de mi temeridad, que la preparación de un estudio psicológico sobre el Hombre de genio, de cuyos fragmentos publicados acaso recuerde algún lector, me había traído alguna vislumbre de estas materias de patología mental, que vienen entron- cando más y más con la filosofía moderna. No había contado, empero, con otra dificultad: debo referir el incidente, no sólo por la razonan- tes apuntada, sino porque su solución honra el carácter del autor, revelando á las claras que po- see todo el temple científico de un espíritu serio y más preocupado de verdad quede vanagloria. Después de leer en pliego esta obra con la aten- ción debida, convencímedeque, sinque ello amen- VIII LA LOCURA EN LA HISTORIA güe el mérito de la ejecución, algunos puntos fun- damentales de la teoría sustentada contravenían á mis propias ideas, no pudiendo, por tanto, ensa- yar un juicio honrado del libro sin discutir fran- ca y resueltamente su doctrina, como cuadra á ta- les materias de fe científica, en que aminas Pin- to, sed magis árnica ver i fas. Manifesté al autor lo que ocurría y mi deseo de verme desligado de mi promesa: no queriendo comprometer el éxito de la obra con discusiones que, para algunos lectores desapercibidos, que- brantarían su autoridad y no pudiendo, por otra parte, hacer abdicación de mis opiniones cientí- ficas, por desautorizadas quesean... Con una rara altura de miras y un desapego de todo amor propio que debo encarecer, el doctor Ramos Mejía no sólo admitió sino que me pidió, en nombre de la ciencia, que hiciera públicas, sin ambajes ni reticencias, mis objeciones alas teorías y métodos de la escuela científica á que él perte- nece. Ante manifestación tan franca y explícita, no he creído que debía sustraerme á mi com- promiso. Vengo, pues, sin más preámbulo, á la plena y libre discusión. Entiendo, por otra par- te, que esta actitud importa un previo homenaje al mérito de la obra y al valimiento del autor. INTRODUCCIÓN IX I Creo que la tesis sustentada en la Locura en la historia puede resumirse en las siguientes propo- siciones. La locura, bajo sus formas insidiosas y parciales, ha desempeñado un papel capital en la historia de la humanidad, singularmente en los países de gobierno absoluto, donde, por naturale- za de éste y definición, la suerte de los pueblos de- pendía en un todo de la voluntad, de la inteli- gencia y del carácter de los monarcas. A esta consideración individual, el autor añade el estu- dio de las creencias y pasiones colectivas que, salvando las vallas de la razón, han obrado á ma- nera de delirio comunicado ó epidémico, é influi- do desastradamente en la evolución histórica de un pueblo: asi, por ejemplo, la Inquisición espa- ñola. Con gran acopio de erudición histórica de bue- na ley, bien que de segunda mano cuando no han sido asequibles las fuentes originales,—robuste- cida por el dominio de las ciencias médicas, y, desde luego, de la patología mental que el autor profesa con distinción; con la eficacia indiscutible X LA LOCURA EN LA HISTORIA de un estilo personal lleno de vida y colorido. aunque á las veces exuberante y exótico en dema- sía, el doctor Ramos Mejía asienta y sustenta vi- gorosamente su teoría psico-histórica, aplicándo- la á la historia religiosa de la edad media (insis- tiendo en especial sobre el proceso de la Inquisi- ción de España que revive bajo este punto de vista nuevo) y á la lenta degeneración de la dinastía aus- tríaca. Antes de examinarla doble base científica é his- tórica en que la teoría descansa, tomemos razón, con un ejemplo significativo, del procedimiento que sigue habitualmente el autor en su demostra- ción. Claro está que no puede tratarse, como factores históricos, sino délas psicosis obscuras ó parciales —frustas ó laruadas, que diría mi amigo, con su desdén del rigorismo peninsular. La locura ca- racterizada y crónica, que evoluciona fatalmente hacia la demencia, así como las formas de enajena- ción mental que arrancan de una indigencia con- génita, son achaques personales que poco ó nada influyen directamente en el proceso social. Sus víctimas, verdaderos muertos civiles, arrastran en la sombra su existencia vegetativa, tan impoten- te para el bien como para el mal. INTRODUCCIÓN XI No así los «locos de la historia» que el doctor Ramos Mejía somete á su examen, tan desapiada- do cuanto sagaz: el numeroso grupo comprende á todos esos desequilibrados que andan sueltos ;cuya tacha invisible, ignorada de todos y de sí mismos, no empece en manera alguna su aptitud para las más altas funciones sociales, puesto que bajo el rótulo de originalidad, humor, extravagancia ú otro parecido, ha sido tenida durante siglos— y lo es aún—por un simple rasgo idiosincrásico. Son los que la novísima patología señala en la frente con el estigma de degenerados, cerebrales, fronterizos de la locura, hereditarios y otros cali- ficativos desapacibles.—No nos apresuremos á compadecerles: en este décimo círculo dantesco se encuentran todos los hombres de genio, todos los héroes, desde Platón hasta Renán! Para dar una idea cabal del método demostrati- vo que úsala escuela psiquiátrica moderna, to- mo en la presente obra el estudio consagrado á la casa de Austria, que llena la tercera parte y cuyos personajes son antiguos conocidos del lector. Des- de el punto de vista patológico, la decadencia de esta dinastía ha sido sucesivamente estudiada por Jacoby, Ireland, Déjerine y otros; pero nunca pre- sentada con el relieve y excesivo colorido que os- \ XII LA LOCURA EN LA HISTORIA tenta en la Locura en la historia. El efecto es, en verdad, sorprendente y casi aterrador: si el frío juicio no reaccionase, se inferiría con el autor que toda la familia real, cuyo destino se desarrolla du- rante dos siglos (1500-1700), comenzando con la histérica Juana para rematar en el imbécil ('ar- los II, constituía la cadena neuropática mejor es- labonada de la historia. ¿Es exacto, como nos lo enseña Ramos Mejía en su cuadro sombrío, que los descendientes de Carlos V llevaran el peso de una fatalidad hereditaria acumulada de genera- ción en generación, y que debía terminar en la es- téril idiotez de Carlos \\í El autor de la Locura en la historia hace desfi- lar ante nosotros ala infeliz reina Juana, madre de los siete dolores, seguida sucesivamente de sus des- cendientes hasta la quinta generación. La preven- ción y el prejuicio, que Ramos Mejía ha bebido en las fuentes psiquiátricas, son desde luego visi- bles. Mucho mejor informado históricamente que Jacoby y Déjerine, acepta .sus preocupaciones sis- temáticas y acomoda á ellas su propia erudición. Admite sin discusión referencias de Prescott y otros más anticuados, que han sido destruidas por historiadores modernos, respecto de la locura de doña Juana, la epilepsia de Carlos V y la dege- INTRODUCCIÓN XIII neración hereditaria de los Felipes. Y, sentadas esas premisas, agobia á sus pacientes con las ci- tas autoritarias de Magnan, Morselli, Schüle, La- ségue y demás alienistas modernos, relativas alas vesanias y neurosis que aquellos debieron necesa- riamente padecer, por ser los eslabones interme- dios de la cadena fatal cuyos extremos eran Juana la Loca y Carlos II el Hechizado! Aparte el último, cuya imbecilidad es patente, podría, á disponer de mayor espacio, sustentar la tesis contraria, apoyándome en las mismas autori- dades que invoca el autor, si bien en pasajes dife- rentes. Forneron, por ejemplo, á quien Ramos Mejía menciona con justo aprecio, se adhiere neta- mente á la opinión de Bergenroth ó, mejor dicho, á los documentos auténticos producidos por éste, y á las conclusiones de otros historiadores que no creen ya en Prescott (1). El propio Mignet pro- porcionaría argumentos contra la epilepsia de Car- los V, que sólo tuvo dos ataques de vértigo—pro- bablemente dispépticos — en su juventud, no re- pitiéndose hasta su muerte. Respecto de Felipe II, <(el hereditario averiguado » (¿p°r quién 1), que (a) K. Hillebrand ; G. H. Bkrgenroth, Calender of Icters, etc., ¡ircsei-ced ¡n t/ie Archives of Simancas; Forneron, His- toire de Philippe II, I, Appendice C. XIV LA LOCURA EN LA HISTORIA heredó la gota pero no la « epilepsia » paterna (lo que, ala verdad, no prueba mucho, pues su trans- misión integra es excepcional): á los pretendidos estigmas físicos apuntados, podríamos oponer una larga vicia de trabajos y fatigas de toda laya que ese ((raquítico)) soportó sin desfallecer. El retrato que de él ha hecho el autor es vivísimo, pero pier- de allí la verdad cuanto gana el arte. Con los vi- cios ó defectos de su época, rango y nación, no fué Felipe II el alucinado delirante ni el maniaco que se describe. Arivió en la soledad, presa de su propia tiranía y obseso de la preocupación religio- sa que reinaba entonces en Europa toda, así en el campo reformista gomo en el católico, pero que se había exasperado en España con ocho siglos de cru- zada religiosa confundida con la reconquista del suelo nacional. Esto explica, no sólo á Carlos V y los Felipes, sino la Inquisición y todos los excesos del furor ortodoxo, sin buscar argumentos en los anales psiquiátricos. En resumen, Felipe II no fué más cruel ni vi- cioso que muchos soberanos contemporáneos, so- bre todo ingleses, y cumplió mejor que todos ellos su misión exterior de gobernante absoluto. Espa- ña le guarda culto, porque ha sido su rey más español. INTRODUCCIÓN XV Que fuera su hijo Felipe III un santurrón sin inteligencia ni energía, nadie lo duda; pero el epí- teto de « alienado », que Ireland le aplica, es odio- samente gratuito. Fué un pobre hombre, débil, afable, sometido á tutela de privados indignos, pero sin ningún estigma degenerativo, físico ó moral: « el mejor de los hombres á no haber sido rey ». Tuvo siete hijos legítimos, en su mayoría sanos y robustos, cuya descendencia no se ha ex- tinguido aún en Austria y Francia. En él, pues, y en su hijo Felipe IV, la reversión al tipo nor- mal es completa. Éste, además, fué inteligente, de alta estatura y majestuosa presencia; se le atri- buyen comedias y obras literarias; fué un rey in- dolente y disoluto, por supuesto, pero no más que tocios los Valois y buena parte de los Estuardos y Borbones. A los 56 años, agotado y rendido de excesos, se casó por razón de Estado, y de esa triste unión nació el triste Carlos II, enclenque y casi imbécil. El hecho de que este engendro de la ve- jez fuera su heredero, se interpreta como indicio de su cuasi esterilidad por los alienistas menos informados que Ramos Mejía: Felipe IV tuvo seis hijos legítimos y treinta y dos naturales (*); uno (1) Dunlop, Memoirs o/Spain, II, pág. 654. XVI LA LOCURA EN LA HISTORIA de estos fué el ambicioso y vivaz don Juan de Aus- tria, que dominó á su hermano menor. Suponed á don Juan heredero del trono, y toda la tesis de- generativa se viene al suelo, ó mejor dicho, nadie hubiera pensado en aplicarla á una serie histórica que tan evidentemente la rechaza ('). Si algo significa la teoría de la herencia mórbi- da, no puede caracterizarse sino por una progre- sión acumulativa y casi fatal en la degeneración. De un ascendiente gotoso ó dispéptico, nacen hi- jos con ligeras anomalías: predominio del sistema nervioso en unos, tendencia á la congestión, irrita- bilidad en otros, etc. Algunos individuos de la tercera generación manifestarán ya afecciones ce- rebrales idiopáticas, hemorragias, neurosis diver- sas; en la cuarta puede que aparezcan las impul- siones y las perversiones instintivas; en la siguien- te, por fin, unidos felizmente ala frecuente esteri- lidad, estallarán los resultados terminales de la evolución degenerativa: debilidad congénita, sor- do-mudez, degeneración cretinosa, idiotismo. La raza se extingue para no caer en la animalidad. Creo que he reproducido fielmente la marcha O Para simplificar su teoría, los alienistas no mencionan la influencia del medio anormal, del»poder, al que Jacoby atribuye gran importancia. INTRODUCCIÓN XVII de la degeneración hereditaria, tal cual la han con- cebido los autores clásicos, desde Morel hasta Ma- gnan y su escuela. Cierto es que la socorrida me- tamorfosis sustituye algunas entidades mórbidas por otras que, sin pruebas positivas, se reputan equivalentes. Pero el carácter hereditario que de- be subsistir, si se trata de una ley, es la progre- sión acumulativa, el alejamiento cada vez mayor del tipo específico y normal. Discutiré luego esa hipótesis científica; pero si la admitimos proviso- riamente, ¿ quién aceptará que, sin torcer los he- chos históricos y mutilar la misma doctrina, se en- cuentre cumplida en el célebre ejemplo de la di- nastía austríaca que los Jacoby y los Ireland pre- sentan áporfía? ¿Qué progresión mórbida se ma- nifiesta de Juana la Loca á Carlos V, hercúleo y genial, de éste á Felipe II, melancólico y adusto, pero sin más estigma que la gota (rasgo primitivo); y, por fin, á sus descendientes que representan el tipo normal y vulgar, con excepción de Carlos II, que es un accidente tardío, después de muchos hermanos sanos ? El primer sofisma evidente de esos raciocinios sobre las dinastías históricas arranca de este error: se estudia la sucesión de los herederos de la co- rona como si fueran los únicos descendientes, XVIII LA LOCURA EN LA HISTORIA siendo así que los desconocidos son innumerables. La historia, sobre todo la ciencia conjetural que examinamos, reduce á los cinco individuos que reinaron, la descendencia directa de doña Juana: en realidad pasaron de doscientos que, en su mayoría, poblaron los conventos de España, sin contar á las hembras que entroncaron en el ex- tranjero. Se entrevé, desde ya, la poca solidez de la inducción: Gran parte de estas objeciones se dirigen, más que á la obra de Ramos Mejia, á la escuela que él, felizmente, no sigue ciegamente. Se echa de ver la mezcla de exageración y arbitraria hipótesis que por ahora infirma la teoría. Pero los ejem- plos aislados podrían ser inexactos y apócrifos, sin que por ello se conmoviera la doble base científica é histórica en que el libro descansa. Ha llegado el momento de ahondar en su análisis. El titulo, tomado de un capítulo de Cullerre (*), es de una claridad perfecta; equivale á una definición. Lo- cura é historia, son los dos términos del proble- ma. Veamos qué latitud tienen para la escuela psiquiátrica, y si su empleo corresponde siempre á un concepto legítimo. I1) Les frontiércs de lajolic, X. INTRODUCCIÓN XIX II Respecto de la locura, los autores modernos no han hecho esfuerzo por rejuvenecer la definición clásica de Esquirol; casi todos la aceptan en su esencia. Ramos Mejía, aunque de escuela posi- tivista, ingiere en su concepto, á imitación de Schüle, «la supresión del libre albedrío-». La ex- presión es extraña bajo una pluma determinista, y no pertenece, por cierto, al vocabulario clínico. Sin remontarnos á la enérgica sentencia de pros- cripción spinozista (1), basta recordar que la no- vísima psicología científica está fundada en el desconocimiento del libre albedrío: no discute esta entidad metafísica, la ignora. Para los alcances meramente sociológicos de esta obra, creo que bastaría definir la locura: «una perturbación cerebral duradera que se manifiesta aislada ó conjuntamente en la inteligencia, la sen- sibilidad ó la voluntad, en grado suficiente para que el individuo desconozca ó rechace las leyes (*) Spinoza, Ethiccs, III, Prop. II, Schol: Qui igitur credunt, se cao libero mentís decreto loqui vel tacere, vel quicquam age- re, oculis apertis somniant. XX LA LOCURA EN LA HISTORIA fundamentales de su medio social». Claro está quo tales enfermos, no actuando libremente en una sociedad organizada, no constituyen factores his- tóricos. Como ya lo tenemos dicho, la locura ca- racterizada no figura sino por excepción en la his- toria. Al día siguiente de su violento acceso en la selva del Mans, Carlos VI ele Francia deja de gobernar: es un enfermo cuidado en palacio.—En todo caso, ninguno de los personajes estudiados aquí, á la ley ele la psiquiatría, padece de locura en el sentido corriente y legal de la expresión. Á estar al rigor de los términos, pues, el título de la obra importaría una contradicción. No es ello me- ra cuestión de palabras. Si ninguno de los «locos» estudiados en este libro puede ser comprendido en la anterior definición, ni sería clasificado así por la medicina legal, tenemos que darnos cuenta de esta extensión abusiva del vocablo y precisar el nuevo sentido en que se le viene empleando. La moderna psiquiatría se ríe del concepto vul- gar de la locura: «los locos déla leyendaá quie- nes se entrevé, gesticulando y desmelenados, por entre el enrejado de una jaula en los manico- mios » (*). El actual concepto científico es, en efec- (:) Cullerue, Les /rontióres de la folie. INTRODUCCIÓN XXI to, mucho más consolador; congloba en la locura «los innumerables desórdenes del espíritu y la sensibilidad moral que proceden ele la enajena- ción mental ó conducen á ella». ¡ Proceder, con- ducir ! La determinación es vaga, y las « fronte- ras » ele que se nos habla requerirían algunos mojones más. Si son candidatos ala locura, los «obsesos, dipsómanos, excéntricos, extravagantes, disipadores, utopistas, pleitistas, celosos, invento- res, mentirosos, histéricos, místicos, fanáticos, etc.», no parece posible que escape la masa déla humanidad civilizada á una de las clasificaciones enunciadas, y que he abreviado. El mundo entero es manicomio, y según esa doctrina de la pan-psi- cosis, escasamente quedaría fuera un grupo bas- tante á vigilarla multitud encerrada dentro... Felizmente, la psiquiatría nos brinda el consue- lo : cierto es, dice, que la locura es función de la civilización, pero no hay que confundir con aque- lla las formas más leves de la desequilibración mental. Todos los candidatos á la locura no re- sultan electos. Muchas neurosis no rematan ne- cesariamente en la demencia terminal; se ramifi- can, transforman y transmiten á las generaciones sucesivas. En resumen, según los psiquiatras más autorizados, la señal indeleble deque el desequili- XXII LA LOCURA EN LA HISTORIA brío arranca de, ó conduce á la demencia es la de- generación hereditaria, la cual se manifiesta por estigmas físicos, intelectuales y morales inequívo- cos. Esos famosos estigmas degenerativos que, des- de Moreau y Morel hasta Maguan y Lombroso, obstruyen la patología mental no tienen realidad específica. Como los del «criminal nato », ejue em- piezan á mover á risa, resultan los restantes. Lo único que resista al examen de los hechos es lo eme se sabía hace tres mil años, es decir que las partes del ser son solidarias, y que toda asimetría ó deformidad, toda tacha teratológica revela, salvo accidente, un vicio de nutrición y desarrollo cuya causa es general y, por tanto, repercute en todo el organismo, con particular gravedad en tal ó cual región ('). No merece detenerse en una refutación detallada que exigiría gran espacio, y que tengo ensayada en obra especial. Por otra parte, lo que urge, es discutir la misma herencia mórbida: la conclusión respecto del tronco implica la de las ramas. (*) Geoffroy Saint-Hilaire, Histoire des anomalics. INTRODUCCIÓN XXIII III La teoría de la degeneración es una excrecencia parasitaria de la herencia general, que se ha he- cho dogma con el triunfo popular del darwinismo. Sería arduo problema, y extraño á este examen, el determinar si, en definitiva, la hipótesis trans- formista habrá estimulado ó detenido la marcha de la civilización. Después de ser escarnecida por la ignorancia, es ahora dogmatizada por la misma plebe intelectual; y se necesita y a tanto va- lor moral para discutir el darwinismo, como trein- ta años ha para defenderlo públicamente. Ahora bien, es prueba deque una libre opinión científi- ca ha perdido su virtud cuando queda erigida y petrificada en dogma intangible. Curiosa evolu- ción de las ideas: es en la hora de su vulgarización, de su aceptación á ciegas por el público de Panur- go, que el transformismo pierde terreno en el campo científico. La conciencia, la buena fe, la sagacidad de Darwin, su genio, si queréis, no es- tán en cuestión. Pero nadie que piense por sí mis- mo acepta ya « en bloque » sus conclusiones te- XXIV LA LOCURA EN LA HISTORIA merarias ('), y mucho menos las hipótesis gra- tuitas y los árboles filogenóticos de la secta ha- eckeliana, á quien el transformista Claparéde pudo llamar «los niños terribles del darwinis- mo». Darwin fué poco á poco arrastrado por el torren- te de su propia teoría más allá de sus primitivas inducciones. Además, es muy sabido que multi- tud de referencias traídas en apoyo de su doctrina provenían de fuentes extrañas. Por el mundo en- tero, degeneró en moda vanidosa el enviar «con- tribuciones» al sabio inglés, quien, si era perso- nalmente el más prudente y precavido de los observadores, cometió la falta de atribuir cando- rosamente sus mismas cualidades á sus correspon- sales desconocidos, acogiendo sus ciatos sin la necesaria critica (2). De ahí, el cúmulo de afirma- ciones aventuradas que la experiencia de los criado- C1) G. Romanes, Physiological Selection (1886): « At the present time it would be impossible to find any working na- turalist who supposes that survival of the fittest is competent to explain all the phenomen a of species-formation.» — Ro- manes ha sido el discípulo favorito, el amigo y comensal de Darwin durante catorce años. (2) Así, para traer un ejemplo casero, asegura (Varia- tions, I, 95) que existe en la pampa de Buenos Aires una verdadera raza bovina ñata ; y este hecho extraordinario ha sido religiosamente aceptado por los naturalistas argentinos : Magister clixit. INTRODUCCIÓN XXV res y sabios prácticos ha desmentido. Fallando las pruebas justificativas, se ha puesto en duda la solidez de la hipótesis. Algunos de los adeptos más ilustres del transformismo han formulado re- servas, cada vez más fundamentales, hasta abrir en la teoría ele las especies brechas irreparables. Para sólo citar á clarwinistas fervorosos de la pri- mera hora: Romanes, en la obra citada, demues- tra cjue la selección natural no es sino un hecho secundario en la formación délas especies y aun ele las variedades, mucho menos importante que la acción del medio, tan desdeñada por el maestro; hace resaltar la confusión cometida por éste, res- pecto de la fecundidad de los híbridos, entre ra- zas y especies; mostrando, además, la inutilidad de la mayor parte de los caracteres específicos y llegando á esta conclusión abrumadora para la tesis transformista— y sus allegadas ele la psico- patología: — lejos de acentuarse la variación por la herencia, la ley es la regresión al tipo nor- mal . Las objeciones del célebre naturalista Cari Vogt no son menos categóricas: habré de resu- mirlas para ser breve. En sus Lecciones sobre el hombre, y especialmente en los estudios que lle- van este título significativo: Herejías darioínis- XXVI LA LOCURA EN LA HISTORIA tas (*), destruye el aserto relativo á la constancia de las « razas » híbridas, y en particular dellepó- rido, que tanto se ha afirmado; vuelve á levantar la formidable objeción, eme embarazaba al mismo Darwin,—de la ausencia de escalones interme- diarios en paleontología; sepárase del monofile- tismo de Darwin y Haeckel, mostrando la con- tradicción elemental que éste comete al admitir por una parte la generación espontánea y, por otra parte, la descendencia de un solo grupo ori- ginario; por fin, el sabio alemán (2) reduce á sus proporciones verdaderas la pretendida ley de la supervivencia de los más aptos; combate, como Romanes, la de divergencia — herencia acumula- tiva de los psiquiatros—y demuestra, para muchas especies elevadas, que los descendientes son me- nos desemejantes que los antepasados y vuelven al tipo específico.—Hasta el mismo Huxley, el ar- diente y arrebatado apóstol, declara (Lar/ Ser- mons, 1887J que «no se tiene prueba de que un grupo de animales, por variación ó selección sexual, haya dado origen á otro grupo que fuese infértil con el primero» : es decir á (J) Revue Sdentifique, 1886. C) Aunque es profesor en Suiza, donde ha pasado la ma- yor parte de su vida, Vogt nació y se educó en Giessen. INTRODUCCIÓN XXVII una especie. Llama á esto «una pequeña grieta en la pared »(l): es la teoría entera que se desploma, como lo índica el título mismo de la obra fundamental — Origen de las especies! — No hay necesidad de prolongar la discusión y mostrar otros numerosos ejemplos de oposición ó disidencia transformista. La teoría está destruida en sus cimientos; mejor dicho, subsiste como una hipótesis más, acerca del misterio eternamente impenetrable délos orígenes; y, después de trein- ta y cinco años, el firme y prudente Quatrefages, eme quedara casi solo en la protesta, ha podido verse rodeado al morir por los que tanto comba- tieron su inmóvil timidez, y repetir en su último trabajo (2) : «Lejos de conservar la supremacía, el darwinismo parece destinado á colocarse próxi- mamente entre ese conjunto de concepciones dife- rentes y aveces diametralmente opuestas, con las que se ha pretendido vanamente explicar el origen y sucesión de las especies orgánicas».—Entretanto, no hay gacetillero que no discurra sobre descen- dencia y, como dijera Sarmiento del ergo cordo- bés, la «selección natural» anda por las cocinas... No es solamente por su parentesco evidente con O Lag Sermons, 256 : « This little rift in the lute...» (2; Journal des Sarants, 1889 y siguientes. XXVIII LA LOCURA EN LA HISTORIA las modernas doctrinas patológicas, que he debido establecer el balance del transformismo, ni es es- te proceso una mera digresión. Si, fuera del concepto fecundo de evolución, que Darwin ha vulgarizado más que descubierto, nada ha de que- dar de sus conclusiones generales en la ciencia po- sitiva, estamos por ello mismo en presencia de un hecho trascendental. La ruina del transformismo acarrea la de cuantas teorías adventicias se le ha- bían adherido estrechamente, del propio modo que la bancarrota de la casa central arrastra la quiebra de las sucursales y conmueve á las rela7 cionadas. — Es evidente, desde luego, cjue nues- tra «herencia mórbida » no puede desinteresarse de las objeciones formuladas contra la ley heredi- taria absoluta, y singularmente contra algunas de sus formas desmentidas por la observación. Con- tra varias de esas «leyes» antojadizas, han pro- testado en nombre de la práctica experimental muchos criadores y agrónomos. Es asi corrió la herencia colateral, admitida por Darwin, y la de influencia ó impregnación — tesis imaginaria sostenida también por Prosper Lucas, — carecen probablemente de toda realidad (*). La transmi- C) No es posible — ni tengo competencia para ello — re- INTRODUCCIÓN XXIX sión hereditaria de los caracteres adcjuiridos, pro- clamada por Lamarck, no parece más fundada y sólida en sus términos latos... Y es así como, de duda en negación, sentimos estremecerse en su base el frágil edificio de la patología mental, aun antes de acometerle directamente. — El vicio inti- mo, insanable, radical, de muchas teorías « cientí- ficas» actuales reside, lo veremos luego, en el mé- todo mismo que no es propiamente científico. Se- ría negar la ciencia, el admitir que las tesis trans- formistas y sus derivadas, tenidas por verdades demostradas durante veinte ó treinta años, pudie- sen, con asentarse en hechos positivos y pioban- tes, ser desmentidas por la experiencia ulterior. Nada tiene que ver esa tabula rasa periódica con la perpetua evolución del saber. Las teorías tran- sitorias no son científicas, ya por fundarse en he- chos mal observados, ya por habérselos generaliza- do temeraria y prematuramente. Tal es el proceso de la psico-patología contemporánea en sus doctri- nas extremas, y sin que pretendamos rebajar el producir aquí las razones embriológicas que se oponen á esa hipótesis. El proceso material de la fecundación, estudiado por Van Beneden, Weissmann y otros, parece oponerse á toda influencia extraña ó anterior al encuentro de las dos cé- lulas (gonocito macho y hembra). Para toda esa discusión véase: Kcehleu y Delage, Recue Philosophique, 1893. XXX LA LOCURA EN LA HISTORIA mérito de muchos trabajos y monografías apre- ciables, entre los cuales puede figurar por algunos de sus capítulos el libro de Ramos Mejía. Es por haberse apresurado á concluir, antes de conocer en realidad la anatomía y la fisiología cerebrales, — pues la localización de Broca es acaso el único punto firme en esa arena movediza de las hipóte- sis , — por haber desdeñado el impecable método del genial Claudio Bernarcl (1), que los Moreau, Morel, Magnan, Lombroso y sus discípulos han retardado más que acelerado el triunfo del de- terminismo experimental; y, con el empleo abusi- vo de la historia y la filosofía mal sabidas, de las estadísticas aventuradas ó fragmentarias, han dado á luz sus obras vacías de substancia que, sin pro- pósito de escarnio, podrían llamarse las novelas de caballerías de la ciencia. IV El eje de la nueva psiquiatría aplicada á la liis- (l) «II vaut mieux ne rien savoir que d'avoir dans l'esprit des idees fiases appuyées sur des théories dont on cherche toujours la confirmation en négligeant tout ce qui ne s'y rap- porte pas. » Introduction á la Médecine experiméntale, 66 y passim. INTRODUCCIÓN XXXI toria y á la sociología es la teoría de la degenera- ción hereditaria. Examinemos su estructura cien- tífica antes de verificar la exactitud de sus aplica- ciones históricas y sociales. No hay necesidad de recordar que la herencia específica es una ley absoluta por definición : es eso mismo lo que constituye la especie. Aunque menos rigurosas, no son más discutibles las trans- misiones atávicas de la raza y las individuales de los autores. Nótese, desde luego, que siendo esta última bilateral en la gran mayoría de los casos, la energía propia del atavismo — salvo en los ejem- plos infinitamente raros de consanguinidad siste- mática — decrece en progresión geométrica; pue- de admitirse que, después ele la séptima genera- ción, la influencia atávica es infinitesimal (1). No es menos admisible, en sus términos latos, la heren- cia patológica, caso particular de la fisiológica, por la cual puede transmitirse á los hijos, además de la susceptibilidad diatésica inherente á cierto blastema ó tejido orgánico, la predisposición á la propia entidad mórbida que el ascendiente ha pa- decido. — En resumen, asi para la ley específica (J) Es lo que expresan las legislaciones religiosas al decir que en ese grado se borra el pecado hereditario, ó las civiles, que declaran extinto el parentesco. LOC. EN LA HIST. 3 XXXII LA LOCURA EN LA HISTORIA como para las predisposiciones posibles del indivi- duo, lo que la herencia significa es la continuidad en una generación, la permanencia de ciertos ras- gos externos ó íntimos, normales ó anómalos, pero siempre semejantes á los de la anterior. La seme- janza es el carácter esencial de la herencia. Lo propio acontece en patalogia mental, sea cual fuese la clasificación adoptada. Cuando se enuncia que la predisposición hereditaria domina la etiología de la locura sistematizada ó de la lipe- manía, se pretende establecer que una forma de vesania análoga ha existido generalmente en uno de los autores. Ello no importa aceptar la ley du- dosa de las estadísticas, ni tampoco negar la in- fluencia de causas personales que provocan la ex- plosión de la locura sin vestigio hereditario. Ahora bien, ese principio de la similixud, que domina el concepto hereditario y parece esencial, es el que desaparece con la creación del grupo de los « degenerados ». Esta degeneración « creada », como ellos dicen ingenuamente, por los nuevos alienistas, constituye por sí sola una entidad mór- bida con evolución muy especial. Se introduce un concepto extraño á la noción corriente : el de la metamorfosis, según el cual el descendiente he- reda del ascendiente lo que éste no tuvo jamás! INTRODUCCIÓN XXXIII La fórmula de Morel, exagerada por Magnan y sus discípulos, estriba en la hipótesis de que cual- quiera neurosis ó diátesis se transforma por gene- ración en cualquier afección mental y vice-versa, lo que, en verdad, resuelve cómodamente una in- finidad de problemas obscuros. Admitido el postu- lado ó la premisa, las consecuencias fluyen sin obstáculo. Desgraciadamente, se echa de ver al pronto que la premisa descansa en una petición de principio, como en la escuela se dice, y que la tesis se apoya en lo que precisamente se trata de establecer. ¿ En qué se funda la serie degenerativa de Morel? En una sugestión personal, en una hipótesis. ¿Sobre qué descansa toda la literatura subsiguiente de la escuela ? En el cuadro de Mo- rel. De esto no se sale. Se trata de establecer cien- tíficamente la legitimidad del concepto metamór- fico, y para ello seos repite ne varietur, que el delirante actual desciende de padre artrítico ó de madre supersticiosa — y, como dice el eterno Moliere, voilá pourquoi votre filie est muette ! La herencia de metamorfosis es una mera arbi- trariedad en sus premisas y en sus conclusiones. En sus premisas : porque ni Morel ni otros han podido establecer la menor relación específica en- tre la multitud de afecciones localizadas ó genera- XXXIV LA LOCURA EN LA HISTORIA les que dan como antecedentes, y la locura que sería su consecuencia; en sus conclusiones: por- que nadie ha podido diagnosticar la demencia co- mo producto necesario ó probable de los antece- dentes, por más recargados que en los autores aparezcan. — Mal podría la anatomía patológica revelar la analogía celular del tuberculoso ó artrí- tico con el vesánico,cuando no sabe descubrir has- ta ahora la lesión anatómica correspondiente á la vesania, excepción hecha de la parálisis general. La bacteriología no ha mostrado la analogía del micro-organismo, cuya presencia es constante en tal ó cual antecedente, con el « germen » invisi- ble del pretendido consecuente. Faltan, pues, co- mo en casi todos los cantones déla « ciencia » mé- dica, las pruebas directas y tangibles. ¿ Habre- mos, por eso, de rechazar in limine los argumen- tos pedidos á la estadística, la historia y la filoso- fía ? De ningún modo; pero vamos á examinar- los, y veremos que su análisis conduce al mismo escepticismo determinista que ha sido nuestro principio y será nuestra conclusión. «La crítica experimental, dice Claudio Ber- nard (J) debe rechazar la estadística como base de (]) Médecine experiméntale, 340. INTRODUCCIÓN XXXV la ciencia patológica y terapéutica...; es menester repudiar los hechos indeterminados, es decir las observaciones mal hechas ó á veces imaginanarias que se traen como objeciones (óafirmaciones) continuas. » Seamos menos exigentes con la pato- logía mental, si no queremos dar al traste con sus interesantes conjeturas; pero reconozcamos eme la terrible y peligrosa estadística viene aplicándo- se allí con el olvido más completo de todo método científico. Los términos cardinales del problema no alcanzan la apariencia de una determinación. Hemos visto que esa extraña locura degenerativa abarca todas las peculiaridades idiosincrásicas, tan compatibles con la razón, la virtud, el talento, el ejercicio de las más altas funciones sociales, — en una palabra, con la salud, —que, bien mirada, la tesis se desvanece por su misma generalidad. — Los llamados « estigmas » son convencionales ó contradictorios, sin constancia alguna, ni, cuando existen aislados, susceptibles de explicación. — Los antecedentes mórbidos de la degeneración no tienen mayor fijeza; carecen, sobre todo, de sig- nificado especial, puesto que, según la doctri- na nosológica moderna, difícilmente habrá enfer- medad que no se vincule á la diátesis de Morel: hasta parte del grupo infeccioso ha podido refun- XXXVI LA LOCURA EN LA HISTORIA dirse, hasta las más leves deformidades ocasiona- les (1). En condiciones tan elásticas, se compren- de con qué facilidad se descubrirá en los ascen- dientes la «tara » de la hereditaria fatalidad ! Á tal extremo de confusión en los términos fundamentales, añaden muy á menudo los escrito- res alienistas la carencia más evidente de criterio científico, así en sus incursiones de aficionados por el campo de la historia y la filosofía, como en el manejo déla temerosa estadística. Debe decir- se en su descargo, que es achaque general en toda la literatura médica. Las tesis más prematuras y atrevidas se promulgan en nombre de la estadísti- ca y se estrellan contra las tesis opuestas, funda- das en otros tantas cifras contradictorias (2). Los que más alardean de rigor y aparato matemático, revelan á las veces no saber plantear una propor- ción, y, como Moreau (de Tours), deducen conclu- siones primordiales ele sus yerros aritméticos (3). (') Althaus, Maladies de la moelle épiniére, página 40 : « Derniérement, HerbertPage aessayé de trouver le point de départ de l'ataxie locomotrice dans un cor au pied ! » C) Recuérdense, por vía de ejemplo, los debates interna- cionales sobre la contagiosidad del cólera, sobre la infección sifilítica, etc., cte. Con estadísticas, Chauveau, Charrier, Stur- gis y otros demuestran que la madre es el único origen de la sífilis hereditaria, en tanto que Kóbner, Vogel y, en cierto grado, Fournier y Hutchinson demuestran la tesis contraria . (3) Moreau, La Psychologie mórbido, 140 y passim. — INTRODUCCIÓN XXXVII Para que las estadísticas alcanzaran algún valor indicativo, sería necesario que fuesen imparciales, numerosas y exactas. No son ímparciales, enca- minándose todas ellas con vehemencia escolástica á demostrar la tesis preconcebida, y girando en el círculo vicioso de la coincidencia y del post hoc, ergopropter hoc; no son numerosas, es decir no forman series prolongadas, reduciéndose para ca- da clínica particular á un grupo de casos favora- bles que no guarda proporción con los millares de casos ocurrentes en cada nación; no son exactas en el procedimiento individual ni en la inducción general, como se infiere de algunos ejemplos. Cuando las listas estadísticas son de contempo- ráneos nuestros, refiriéndose á obscuros clientes de un consultorio, no es dable comprobar la reali- dad de los antecedentes hereditarios; y esto no reza únicamente con nosotros: en la inmensa mayoría délos casos, sobre todo en las clases po- pulares, es muy difícil establecerla filiación pato- lógica directa, aún en la primera generación. ¿Qué será en las anteriores, que se ramifican geométri- camente? Cada uno de nosotros tiene cuatro abue- los y ocho bisabuelos, cuya biografía íntima igno- Candolle (Histoire des sacants) da el ejemplo y el precepto de las estadísticas científicas (páginas 207 y siguientes). XXXVIII LA LOCURA EN LA HISTORIA ramos casi en absoluto, si no son personajes his- tóricos. De los mismos padres, pocas noticias exactamente patológicas alcanzan los pacientes, salvo casos de gravedad excepcional; ello se evi- dencia con la vaguedad y poco alcance délos datos clínicos: «padre irascible, madre linfática: mu- rió tuberculosa á los 75 años, etc., etc.». — Volve- remos luego sobre esos datos de fecundidad y lon- gevidad que los autores apuntan, sin reparar en que son contra-indicaciones degenerativas. — Además, la enorme divergencia de los resultados clínicos quita á la prueba estadística toda fuerza confirmativa. Cuando Legrand du Saulle, en su Folie héréditaire, presenta 45 estadísticas diver- gentes, — desde 4 hasta 85 por ciento ! — y cree que, así las más bajas como las más altas, confir- man el origen hereditario de la locura, no prueba sino eme ignora los principios más elementales del cálculo estadístico. Es este modo de proceder, absolutamente reñido con el criterio científico y el método determinista, el que mantiene la medici- na en el rango de un ars conjectandi y aleja más y más su incorporación á la ciencia experimental. Si de esas conjeturas teóricas pasáramos á las pruebas que los alienistas han pretendido extraer déla historia, sería tan enorme mi conclusión, INTRODUCCIÓN XXXIX que me parece imposible formularla, no pudien- do acompañarla con la discusión de cada caso aislado, de cada traspié individual. Tengo hecho este minucioso análisis para la Psychologie mor- bide de Moreau y el Uomo di genio de Lombro- so. He comprobado irrefutablemente que la pre- tendida erudición de eso autores no es sino una recopilación de anécdotas y consejas sin autenti- cidad ni crítica, extraídas de crónicas y almana- ques en su mayor parte apócrifos. Y no tan sólo se han abstenido de toda observación contraria á su tesis, de toda verificación ó experimentum cru- cis, sino que han adulterado á menudo los hechos ó dejado subsistir errores públicamente reconoci- dos ('). Carecen evidentemente esos sectarios (]) Citaré, como ejemplo que podría multiplicarse, la anéc- dota de Salomón de Caux. El caso es típico y revela el modus operandi de la escuela. Citado por Moreau, ha sido reprodu- cido sin más trámite por todos los sucesores hasta Lombroso y Ramos Mejía (página 20), en apoyo de la tesis degenerati- va : « Marión de Lorme encontró en el hospicio de locos de Bicétre, á Salomón de Caux, inventor del vapor, etc.» La le- yenda, históricamente absurda, fué propalada en 1834 por Berthoud, en el Musée des/amules. La novela, el teatro y la pintura la vulgarizaron rápidamente. En 1847, su autor, aver- gonzado con el éxito de su mistificación, dio la prueba pública de lo inconsistente de la especie y confesó su delito. La recti- ficación fué reproducida en diez publicaciones y especialmen- te en los Grandes inventos de Figuier, en 1857. Dos años des- pués, en 1859, Moreau publicó su obra ; ni él ni sus sucesores XL LA LOCURA EN LA HISTORIA del espíritu científico que debe presidir honrada é imparcialmente á toda investigación determinis- ta. Á este respecto, me complazco en afirmar que la información del doctor Ramos Mejía es de mejor ley que la desús «maestros » y mucho más sólida su argumentación. Ha confiado, por des- gracia, en la seriedad de sus antecesores, aceptan- do sin la necesaria verificación hechos y datos abiertamente desmentidos por la historia. ¿ Qué mucho que nuestros sabios tropiecen á cadapasoenun terreno desconocido, cuando en el propio revelan la falta de crítica más absolutay, con frecuencia, el desconocimiento ó el olvido de los resultados científicos relativos á su profesión ? ¿Es admisible atribuir, como lo hace Moreau, la prostitución moderna, hecho social, al arrebato de la pasión erótica i Puede tolerarse en un alie- nista la asimilación de los tics nerviosos que son hechos tangibles, á la famosa aura epiléptica que los buenos observadores no han observado jamás? Y así, podría multiplicar los rasgos aventurados ó manifiestamente erróneos. Algunos son de tal gravedad que dan en el suelo con su teoría. Asien- han tenido en cuenta la rectificación que hasta en los diccio- narios figura ! De estas pruebas históricas, en la proporción de 80 por ciento, se forman las obras clásicas de la escuela. INTRODUCCIÓN XLI ta, por ejemplo, esta enormidad, como base de su tesis: la identidad originaria de la locura y del idiotismo; y no vacila en confundir el idiotismo, la ausencia radical de pensamiento, la tabla ra- sa intelectual con la «sobrexcitación mental», el estado de « eretismo y orgasmo del sistema nervioso !» Por fin, inicia ya ese sistema de con- fusiones y equívocos, desarrollado por Lombroso, y según el cual son grandes hombres y compren- didos en el grupo genial, los vulgares ó crimina- les autores de un dibujo caricatural ó de algunos versos insulsos é incorrectos. Á este respecto, hay que decirlo, Lombroso deja muy atrás á sus ante- cesores, pudiendo añadir á sus conjeturas auda- ces el formidable arsenal déla antropología ('). Para concluir con esta ingrata discusión, agre- garé que la impropiedad del estilo en esas obras deformes se aviene armónicamente con la cojera (*) La craneología, fuera de su aplicación á las razas, es un tejido de contradicciones y de arbitrariedades. El noble Broca ha sido traicionado por sus émulos y sucesores. Él mismo ha demostrado lo infundado de esas inducciones para el encéfalo individual: el cerebro no está adecuado á la caja craneana ; el cerebelo, bulbo, cuerpo calloso, etc., no intervie- nen en la intelectualidad ; la materia intelectual no compren- de el peso de las circunvoluciones sino el de la sola corteza gris exterior ; por fin, si se admiten las localizaciones, se de- bería comparar únicamente los regiones homologas de dos ce- rebros, etc., etc.— Estamos todavía en plena torre de Babel. XLII LA LOCURA EN LA HISTORIA incurable del raciocinio y lo ficticio de la erudi- ción. No se contentan con ostentar la temeridad más intrépida en el dogmatismo, junto á la cre- dulidad más ingenua respecto de cualquiera con- seja puesta en letra de molde : sino que suelen tra- tar de ignorantes á los mismos de quienes extraen servilmente la información, á trueque de desfi- gurar sus ideas en sentido de las propias teo- rías (i). Al comprobar el fondo de ligereza y hasta de improbidad intelectual en que se asientan esas tesis pretenciosas, se comprende la tristeza y el desaliento de un Claudio Bernard, empeñado en la ímproba tarea de sustituir esos procedimientos empíricos ó charlatanescos por la duda filosófica, la observación cien veces comprobada, la marcha segura y prudente del determinismo experimen- tal. Con razón, citaba el dicho de Laplace: « Pon- (*) Un ejemplo entre ciento. En la página 220 de la Psy- chologie, Moreau ensalza al utopista Fourier, reprochando á sus críticos el desconocimiento de las obras originales; se personaliza con Ch. Reybaudy le increpa duramente: « Debiera Vd. leer la teoría de los cuatro movimientos, páginas 61, 77 130, etc., etc.» y sigue mandando á la escuela al sabio autor de los Reformadores. Ahora bien, los únicos pasajes indica- dos por Moreau son los únicos citados por Reybaud (I, Apén- dice), con la misma paginación y los subtítulos que no exis- ten en Fourier y que han sido puestos por el solo Reybaud para mayor claridad. Todo ello ha sido copiado por el acusa- dor, que no ha leido el original! INTRODUCCIÓN XLIH gamos algunos médicos en la Academia de cien- cias, para que puedan ver de cerca á verdaderos sabios !» V El mismo lector que aceptara como fundadas nuestras objeciones, á pesar de faltar la docu- mentación que reemplazaría la propia autoridad, podría oponernos á su vez esta reserva fundamen- tal : « Admitimos la fragilidad cielos hechos adu- cidos en sostén de la degeneración hereditaria, y damos por comprobada la inexactitud de los ejemplos históricos : pero todo ello carece de va- lor contra la realidad de la misma tesis; ésta pue- de ser cierta aunque sean falsas las razones alega- das para su demostración; las erróneasexplicacio- neo que la antigüedad y la edad media dieron del histerismo y de la alucinación no destruyen la au- tenticidad ele esas enfermedades». Si bien el deber de sustentarla tesis, el onus probandi toca á sus propagadores más que al impugnador, voy á mostrar brevemente que la teoría discutida con- traviene á los resultados tenidos por sólidos en el estado actual de la ciencia, siendo, por tanto, in- XLIV LA LOCURA EN LA HISTORIA cierta, con independencia de toda documentación. Reducida á sus términos esenciales, la degene- ración hereditaria consiste en la evolución mór- bida y acumulativa de un estado neuropático ó neurasténico especial que se agrava al trasmitirse álos descendientes y, después de pasar por algu- nas formas graves de delirio crónico ó vesanias intermitentes, se extingue en la cuarta ó quinta generación por la demencia precoz, el idiotismo ó la esterilidad ('). Las victimas de esta fatal evolu- ción constituyen el grupo innumerable de los he- reditarios, degenerados, anormales, cerebrales, de- sequilibrados, etc. Los alienistas que, como Mag- nan y Déjerine, extreman la teoría, sostienen que la degeneración herediraria es una entidad mór- bida especial y que su proceso acumulativo es re- gular y fatal. Muchos autores disienten de este rigorismo, apoyados en la realidad de los he- chos; pero no tenemos que volver sobre esta forma de discusión, bastándonos demostrar que la indicada evolución es improbable hasta rayar en la imposibilidad. Tomando aun «degenerado» en cualquier grado de la serie, por ejemplo en el primero, para que la C) El esquema de Magnan, aunque más preciso, no difiere esencialmente del de Morel. INTRODUCCIÓN XLV observación sea plenamente eficaz, veamos á qué leyes biológicas queda sometida su evolución. Este « neurópata » presenta todas las apariencias de la salud física y moral; su inteligencia es íntegra, con alguna «tara» tan poco visible que no obsta á que nuestro « caso » desempeñe su papel social y con- traiga matrimonio. Esta unión se efectúa con una mujer que presenta ó no antecedentes heredita- rios. En el segundo evento, que es el más probable, los hijos se reparten desigualmente la herencia bi- lateral, pero en todo caso, tiene que haber ate- nuación de la transmisión mórbida; no solamente por la madre que interviene en el proceso, sino por las otras fuerzas específicas y atávicas, todas ellas contrarias á la influencia paterna. Es lo que los hechos confirman, así en la zootecnia y la agro- nomía como en la historia contemporánea, la úni- ca que podamos observar científicamente. En el caso muy improbable de unirse dos dege- nerados ('), la transmisión mórbida no sería fatal, puesto que las energías atávicas y específicas lu- chan por el predominio; ni es tampoco exacto que (') La misma afinidad sexual que atrae á los contrarios en beneficio de la especie es otro factor favorable á la normaliza- ción. Véase el admirable capítulo de Schopenhauer (Le monde comme volonté, II, página 803 y siguientes ) sobre la metafísica del amor. XLV1 LA LOCURA EN LA HISTORIA los gérmenes mórbidos se sumen, lo que equival- dría á decir que, apuntando á dos números en la ru- leta se puede ganar dos veces el pleno : pero sí de- be entonces admitirse la herencia como probable, si la unión es fecunda. Ahora bien ¿será fecunda? Contestamos: si la misteriosa tacha degenerativa es esencial, la unión será estéril. Toda la biolo- gía proclama la excesiva susceptibilidad de las fun- ciones de la generación: son las primeras heridas en cualquiera circunstancia, y la esterilidad de los híbridos no es sino la aplicación más frecuente de esa ley. Antes que procrear imbéciles ó idiotas, los degenerados cumplen la ley de no procrear. No os atengáis á estadísticas inaccesibles ; mirad á vuestro derredor : los idiotas son congénitos y no hereditarios; su desgracia es efecto de las circuns- tancias, del medio, de un accidente de generación ó de nutrición. La herencia no interviene sino en sus términos latos, para crear á las veces una sus- ceptibilidad morbosa á semejanza de la paterna, según el precepto hipocrático O, siempre que la de- C) A sanis sana, a morbosis morbosa. Linneo ha formu- lado un axioma parecido. — Otra de las conjeturas fantásticas de Moreau, formulada con su dogmatismo habitual es la que atribuye siempre ( página 141) la semejanza física á uno de los autores y la semejanza moral al otro ! Bien parada queda así la fisiognomonía — y aún la teoría de los estigmas físicos ! INTRODUCCIÓN XLVII ficiencia del ascendiente no se traduzca en impo- tencia generativa. Tal me aparece el dilema científico: atenuación de la anormalidad y regresión al tipo específico—ó esterilidad. La evolución degenerativa, prolon- gándose á través de cuatro ó cinco generaciones, es una quimera y una flagrante contradicción de las leyes biológicas, que se comprueban no en los manicomios y los consultorios, sino en los grandes establecimientos de cría científica y las escuelas de agronomía (1). No se trata de negar en absoluto la realidad de la herencia mórbida en su proporción positiva, sino de reducirla á sus límites científicos. Para ello, basta asentar que la herencia patológica no es ni puede ser un factor orgánico distinto de la herencia fisiológica. Heredamos los defectos co- mo las cualidades, en virtud de la misma ley; pero hay un absurdo evidente en el hecho de atribuir al ascendiente morboso un poder de transmisión superior y predominante, que la ciencia y la expe- riencia diaria desmienten igualmente. En cuanto á la llamada herencia de metamor- fosis, que ya hemos discutido en su exageración, (') A. Sansón, Vhérédité. XLVIII LA LOCURA EN LA HISTORIA claro está que, al negar la entidad mórbida de la degeneración, negamos implícitamente la de aquella. La transmisión dependerá de su natura- leza propia; en ciertos casos podrá ser íntegra en su forma, si bien no en su energía: así en algunas diátesis; en otros, la transmisión podrá girar en el círculo de una clase nosológica : pero no van has- ta allí nuestros medios actuales de investigación y pisamos el umbral déla conjetura... Anotaré, en conclusión, una extraña inconse- cuencia : los alienistas filósofos que procuran com- probar con la historia sus teorías y alumbrar á ésta con sus doctrinas psicopáticas, se han abstenido de explorar la historia contemporánea. En lugar de remontarse á épocas lejanas y hundirse «enla no- che de los tiempos», ¿por qué no nos dan mono- grafías psiquiátricas de las dinastías actuales? ¿por qué no abandonan el río revuelto del pasa- do y no se lanzan en las corrientes actuales, para que podamos desde la ribera seguir los resultados de su indagación? — La reina Victoria, por ejem- plo, es nieta de Jorge III que vivió loco y murió demente; hija del duque de Kent, — carácter templado, buen soldado, atlético, el tipo de la normalidad; madre de nueve hijos, generalmente robustos y sanos, y abuela de una muchedumbre INTRODUCCIÓN XLIX en que no aparecen los « estigmas » degenerati- vos. Desearía que el doctor Ramos Mejía aplicara á esa dinastía el cuadro de Morel ó Magnan. Tam- bién podrían ser interesantes los estudios referen- tes ala casa de Hohenzollern, descendiente del «loco» Guillermo I; la de Saboya que, malgra- do la inserción del « degenerado» Carlos Manuel en el siglo pasado, ostenta una serie de guerreros valientes y sanos, desde el famoso Manuel Filiberto hasta los príncipes actuales; por fin, esa bella familia regenerada de Orleans, que arranca del degenerado Luis XIII! Nada hallamos, pues, aun entre las familias so- beranas, cuyas condiciones de vida y enlace no consultan por cierto los intereses de la especie, que se parezca á esa progresión acumulativa y fa- tal del germen mórbido, — la cual sería contraria al principio biológico de la herencia y á la acción concurrente de las energías atávicas. La progre- sión geométrica es decreciente; la fuerza acciden- tal que tendiera á bastardear la raza no desciende, sino que trepa á repecho el plano inclinado de la fatalidad orgánica, más y más contenida su mar- cha por otras fuerzas contrarias,hasta parar y vol- ver á caer. El vires acquirit eundo no es aplicable á la degeneración, como lo afirman los alienistas. L LA LOCURA EN LA HISTORIA sino al mismo degenerado, mostrándonos que es apto para reaccionar en su descendencia contra el accidente que le desviara del camino real heredita- rio ó sea del tipo específico y normal. VI Con alguna razón aparente, podría el doctor Ra- mos Mejía quejarse de que mi análisis crítico ha- ya ahondado en la doctrina frenopática moderna, más que en la obra misma de que es autor. Con- fío, empero, en su recto sentido científico para justificar mi procedimiento. La teoría de la de- generación hereditaria es el eje de toda la litera- tura módica á cuyo género pertenece la Locura en la historia. Siendo así, como no lo dudo, que el autor no ha perseguido la brillante y nociva entronización de una paradoja, y, muy al contra- río, ha creído y probablemente seguirá creyendo que defendía una verdad, con el contingente de su talento y saber : era sin duda deber mío atacar el punto más fortificado y peligroso según mi opues- ta convicción. Si, como pretendo haberlo demostrado, la dege- neración hereditaria con su especial evolución no INTRODUCCIÓN LI es sino una hipótesis destituida de fundamento, mal puede el grupo histórico de los degenerados ocupar el escenario de la historia, como Ramos Mejía y su escuela lo aseguran. Careciendo de rea- lidad el lúgubre fantasma que pretendía descorrer los arcanos dinásticos para los Hamletos de la psiquiatría, no quedaría de tanta tesis aventurada más que la memoria del talento malgastado en su defensa. Lo hemos dicho ya y está patente: los llamados «locos de la historia » son otros tantos pasionales, ó sea pobladores errantes de esa vaga región frontera de la enajenación, aún más difícil de definir que de explorar, como que no tiene existencia determinada. Tenemos que abandonar entonces ese concepto arbitrario y sustituirle por una noción más sólida, á par que más filosófica, la cual podría condensar- se en el título mismo de la célebre obra de Caba- nis: Relaciones de lo físico y de lo moral en el hombre. Para los alcances sociológicos de la locura, bas- ta considerarla en sus términos.amplios como una enfermedad mental. La enajenaciones un estado morboso del cerebro, como la nefritis un estado morboso del riñon. Ahora bien, los dos términos extremos y correlativos: enfermedad, salud,— son LII LA LOCURA EN LA HISTORIA igualmente indefinibles con rasgos positivos. La definición más lógica de la salud sería : la ausen- cia de las 1200 enfermedades enunciadas en las nomenclaturasnosológicas. Pero ¿qué es la enfer- medad? Lafrase analógica « perturbación ó desor- den de una función orgánica » no define, ó sea, no limita nada. Todos somos enfermos: no hay or- ganismo humano que no tenga uno de sus rodajes señalado por una conformación defectuosa ó un principio de funcionamiento anómalo que, salvo accidente ó cambio de circunstancias ambientes, — acarreará la muerte tardía ó precoz. El día lejano en que esté científicamente constituida la semiología, será posible prever desde la juventud los achaques individuales de la vejez y su término probable. Entre tanto: nerviosos, linfáticos, dis- pépticos, cardíacos, reumáticos confirmados ó in- cipientes,—vivimos, trabajamos, procreamos, en- vejecemos ; cayendo y levantando damos la carre- ra casi completa, como la dieron nuestros padres y nuestros hijos la darán, á pesar detener señala- do el punto flaco que, á no intervenir factores im- previstos, hará parar la máquina. ¿Qué mucho, así las cosas, que la inquisición y el examen un tanto sistemático diagnostiquen estados patológicos en las dinastías, mayormente INTRODUCCIÓN Lili si de tiempos antiguos se trata, tan caracterizados por los excesos diarios como por la falta de preci- sión en el diagnóstico retrospectivo ? Enfermos más ó menos graves, lo fueron y lo somos todos, desde que bajamos la pendiente de la vida, y aún antes si el examen fuere prolijo. Y lo que decimos del organismo general, es evidentemente cierto del centro donde todas las funciones,todos los actos de la vida repercuten. Las llamadas «fronteras de la locura » no existen: puede haber pródromos más ó menos ciertos de la futura enajenación; pe- ro, para la infinita mayoría, el despoblado de la locura parcial es campo vago que todos invadimos sin sospecharlo, en horas de inconsciencia ó arre- bato pasional. Claro está, entonces, que los depo- sitarios del poder supremo, cuyos actos tienen trascendencia exterior y solemne, han incurrido necesariamente en resoluciones ilógicas y anóma- las. Pero el caso es general para todos los tiem- pos y condiciones; y la inexactitud empieza con particularizar lo que es universal, inventando un grupo de predestinados para explicar un rasgo co- mún á la humanidad. Aunque desconfío de las imágenes en materia científica, creo que la siguiente es suficientemente exacta y significativa. Debemos figurarnos el ce- LIV LA LOCURA EN LA HISTORIA rebro localizado como un piano moderno, con su teclado exterior que corresponde al sistema ner- vioso interno ó sea á las cuerdas sonoras. El piano teóricamente afinado es el cerebro normal; pero, faltando el afinador asiduo, no hay en la práctica piano de afinación perfecta : una ó varias notas del teclado están siempre discordantes, y, en muchos casos, hay una tecla muda cuyo mecanismo está paralizado. Ello no impide ejecutar música: ateni- do al uso diario, el piano más ó menos incompleto desempeña sus funciones normales. Para la mayor parte de las piezas, las notas deficientes ó ausentes pasan ignoradas (sobre todo si son extremas) en el tumulto armónico que el vulgo percibe. En ciertos casos especiales, sin embargo, para tal ó cual trozo musical escrito en un tono particular, el instru- mento revela su desperfecto ó su herida. Tal es la situación general. Y ello, por supuesto, no importa negar todos los grados de descompostura parcial hasta los más graves: hay pianos, decididamente, que no combinan dos sonidos armónicos y hasta que carecen de voz en absoluto por falta de cuer- das ó martillos : son idiotas. INTRODUCCIÓN LV VII Bajo el supuesto — que es necesariamente el mío — de haber demostrado lo inconsistente de la tesis psiquiátrica ¿ habría de deducirse la inu- tilidad ó el escaso valor de libros como la Locura en la historia ? De ninguna manera; y es prueba de ello el mero hecho de estar yo escribiendo esta introducción. He combatido con franqueza, y pro- bablemente con más coraje que eficacia, una doc- trina que no reputo científica; pero la obra misma de Ramos Mejía queda interesante por muchos de sus aspectos eruditos y literarios. Las observacio- nes de detalle y muchas inducciones psico-patoló- gicas subsisten, si bien algunas veces extraviadas por un erróneo concepto histórico ó la aceptación de autoridades sospechosas ('). En los capítulos Q) Por ejemplo, la generalidad del suicidio en España du- rante los siglos xvi y xvn es un dato transmitido por la In- quisición sin máscara. Es manifiestamente inexacto. Recuer- do haberlo notado en un artículo sobre el Hernani, á propósi- to de los suicidios finales, como uno de los mil errores de V. Hugo, acerca del carácter español. Encuentro la misma obser- vación, á propósito de un tema análogo (La viuda de Padi- lla, de Martínez de la Rosa ) en los Estudios críticos de Me- néndez Pelayo: «¿Quien pensaba en suicidarse entonces ? De LVI LA LOCURA EN LA HISTORIA consagrados á las persecuciones religiosas en los primeros siglos, en la monografía del inquisidor español, las vistas finas ó profundas se suceden en cada página. El capítulo de entrada, que tiene más de cien páginas,es como un libro en el libro, y pre- senta un cuadro abreviado de la frenopatía en la historia, exuberante de información y colorido. So- bre todo, ¿ quién podría olvidar la belleza literaria de tantos fragmentos como se destacan del fondo discutible de la doctrina: la pintura de la Grecia adolescente y grácil, la leyenda sombría del Judío errante, el cuadro de la cruzadas y ese retrato ate- rrador de Torquemada, que trae á la mente al Monge arrodillado de Zurbaran, espectro del im- placable fanatismo que ofrece áDios, aguisa de flores ó incienso, la calavera de alguna víctima? « La teoría es gris, pero verde es el árbol de la vida». Así se expresa la sabiduría por boca de Me- fistófeles. La vida, en la obra de Ramos Mejía, está en los detalles y en el estilo, en las cien pági- tantas víctimas como fueron castigadas por la Inquisición, ¿ cuántas intentaron evadirse del patíbulo, con veneno ó con hierro ? » Hay en el dato de Nathaniel Jomtob, exageración evidente. Una observación más general sería la que se re- firiera á la relatividad del juicio histórico ; v.g.: cuando se aprecia la alucinación en el pasado : todo el mundo creía en tónces en apariciones,' % cómo atribuir al delirio, las « voces» de Juana de Arco ó las visiones de los místicos ? INTRODUCCIÓN LVII ñas vibrantes que forman el follaje del libro y re- velan al talento personal del autor emergiendo del fondo inerte de las doctrinas sepultas, y abriéndose paso por entre los sofismas que mañana repudiará. ¿ Acaso la ambiciosa Filosofía de la historia no es toda ella una hipótesis arbitraria y prematura, cuyas conclusiones no resisten á la prueba disol- vente de la crítica? Nadie, empero, quisiera bo- rrar de la lista de las grandes producciones hu- manas las vastas síntesis de Herder y Hegel, los atrevidos bosquejos de Buckley Qúinet. Lo pro- pio habremos de decir de la Patología histórica. Aunque resultaren fallidas todas las generaliza- ciones que se han inducido sin base suficiente, li- bros como la Locura en la historia son testi- monios elocuentes de valer intelectual y estudiosa energía, que honran á su autor y á la naciente li- teratura científica de la América del Sud. P. Groussac. Buenos Aires, 5 de Marzo de 1895. LA LOCURA EN LA HISTORIA PRIMERA PARTE CAPÍTULO PRIMERO EVOLUCIÓN DE LA LOCURA EN LA HISTORIA Sumario : Definición y descripción de la locura. — Concepto que tiene de ella el vulgo y el que tiene la ciencia. — Locos razonables. — Criterio científico para el diagnóstico de la enajenación mental. — Opiniones de Esquirol, Parchappe, etc. — Sentimientos extraños que produce la locura. — Dife- rencia entre el loco y el alienado. — ¿ La exaltación moral é intelectual en que han vivido los grandes representantes de la historia, ha sido la causa de su demencia prematura ? — Excitación intelectual y demencia. — La locura, el talento, y el genio. — ¿Qué papel desempeñan las perturbaciones mentales en la evolución de la Historia ? — La locura entre los griegos. — Su débil aptitud para contraerla. — El clima y las costumbres. — El arte griego como expresión de su salud mental. — Los Romanos, sus costumbres y sus apti- tudes para las enfermedades mentales. — Aparición del Cris- tianismo. — Jesucristo como tipo del equilibrio mental.— San Pablo y su tiempo. — Su figura difusa. — Caracteres de su mentalidad. — Las Cruzadas. — Su carácter psicoló- gico. — Los peregrinos. — Alucinaciones panorámicas, etc. — Estado mental de la época. — El arte toma á la locura rei- LOC. EN LA BIST. 2 LA LOCURA EN LA HISTORIA nante su carácter peculiar. — Contaminación de la inteli- gencia y del gusto. — Papel de las ideas fijas en la histo- ria. — Luis XI y Juana de Arco.— Carlos VI loco y Wen- ceslao, constantemente ebrio, disponen de los destinos de su pueblo. — Luis XIII. — La imbecilidad de Carlos II. — Consecuencias de su reinado. — Los Borbones, etc., etc. De todos los infortunios humanos, — dice un alienista francés — la locura es aquel cuyo espec- táculo causa más profunda impresión en el espíri- tu de la generalidad, porque afecta lo que el hom- bre tiene de más noble, de más querido y al mis- mo tiempo de más misterioso. Por eso es que según los pueblos, las épocas y las creencias, han sido los sentimientos que ella ha inspirado; un respeto piadoso, un temor supersticioso, ó la aver- sión y el desprecio. En los tiempos antiguos — agrega el mismo médico — el loco era, en efecto, mirado, unas veces como inspirado por Dios, otras como una víctima de su cólera vengadora. En la Edad Media y en los tiempos modernos, se le consideraba como un ser impuro, un poseído del demonio; y aún no ha mucho, ciertas escuelas filosóficas y médicas ¿ no veían en él un pecador espiando sus faltas por la pérdida de la libertad moral? (x) Hoy mismo que la idea de enferme- dad va haciendo umversalmente camino en el es- píritu público, realizando, de más en más, pro- gresos visibles, ¿acaso es mucha la gente que quiera (') Cullére, Les frontiéres de la folie, 1888. EVOLUCIÓN DE LA LOCURA EN LA HISTORIA 3 tener suficiente disposición científica para ver en todas las perturbaciones de la razón, leves y gra- ves, un verdadero estado de sufrimiento del cere- bro, y en el loco un ser digno de respeto y de piadosa compasión? Para comprender y penetrar la índole especial de su influencia, es, ante todo, menester darse exacta cuenta de su naturaleza complicada, penetrar un poco ahincadamente, que diría un castellano celo- so, sus misterios, adquirir la noción tan precisa como es posible en nuestros días de su sintoma- tología tan variada como intrincada y compleja. Es así como nos sería fácil entender, por ejemplo, de cómo un hombre como el rey Don Felipe II, á quien todo un pueblo inteligente y viril llama grande y prudente, no era sino un desequilibrado hereditario; su padre, un epiléptico vulgar con las expresiones sintomáticas de su enfermedad, cuyo virus, tan desorganizador como intratable, conta- minó todos los días de su existencia accidentada y llena de vicisitudes patológicas; y sus descendien- tes, directos y colaterales, ó víctimas del idiotismo y la imbecilidad, ó presa de los mil accidentes impulsivos de la manía, del mal comicial ó de los delirios parciales que dan sombra y dolores incu- rables á esa gran casa de... Austria, que ha hecho la irreparable desgracia de nuestra pobre madre. Es preciso saber escudriñar los meandros tan complicados del cerebro enfermo, saber interrogar en la penumbra sus secretos y adquirir el sentí- 4 LA LOCURA EN LA HISTORIA miento del conjunto nosográfico que nos permite dominar el asunto para no dejarnos sorprender por sus aparentes contradicciones, chocantes, por cierto, algunas veces. El que entre en estos es- tudios con la noción equívoca que le da la psiquia- tría popular.no podrá jamás adquirir esa llave que abre el misterio. La locura, mejor dicho la alienación mental, que según E. Regis (*) es un término genérico que comprende indistintamente todas las altera- ciones de que puede ser sujeto la inteligencia, no es lo que comunmente se imaginan los que van al Manicomio en busca del loco de su fantasía y se encuentran á menudo con gente que no delira, con individuos que conservan una memoria extraordi- naria, salvada valientemente de su naufragio men- tal, con una inteligencia vivaz aplicada conscien- temente á su trabajo diario, un aparente buen jui- cio que sorprende, una imaginación ágil y hasta fecunda, una discreta corrección en el lenguaje y en las maneras. La locura — agrega el mismo Regis ya citado — tiene un sentido menos amplio y extendido que la alienación mental. Aquella no es sino una parte constitutiva de ésta y se aplica á la pérdida de la razón propiamente dicha, sobre- viniendo á título de enfermedad en un individuo razonable hasta entonces. Un ejemplo bastará para hacer más sensible la distinción: un imbécil es un » (*) Manuel pratique de médecine mentale, 1892. EVOLUCIÓN DE LA LOCURA EN LA HISTORIA 5 alienado, pues presenta una alteración evidente de la inteligencia, la detención del desarrollo; pero tan imbécil como es puede no disparatar (derais- sonner) y servirse normalmente de la parte peque- ña de la inteligencia que posee: no es un loco. — Pero que este imbécil, bajo la influencia de una causa cualquiera, se halle afectado de un acceso de manía ó de melancolía, entonces un nuevo elemen- to, la locura, ha venido áingertarse en el fondo pri- mitivo de la alienación mental y el alienado se ha convertido en un loco ('). Agreguemos para acentuar todavía más esta distinción, que á pesar de la multitud de síntomas comunes que tienen ambas, la locura es casi siem- pre inconsciente de sí misma, átal punto que se le ha podido llamar un infortunio que se ignora, te- niendo como síntoma capital, ya que no por crite- rio absoluto, la pérdida del libre albedrío, es decir, de esa facultad que posee el hombre sano de poder resolverse á obrar con conocimiento de causa, con plena voluntad libre y reflexiva. Es por eso que mientras un alienado no esté realmente domina- do por sus influencias mórbidas, mientras per- manezca hasta cierto punto dueño de sí mismo, compos sui, podrá no ser considerado como un loco en el sentido absoluto de la palabra; le quedará un último tramo que franquear, el de la subordi- nación patológica de sí mismo (2). (J) Regís, loe. cit., pág. 5, edición de 1892. (*) Regís, loe. cit., pag. 41, Traite, etc. (1 LA LOCURA EN LA HISTORIA Un joven y distinguido módico de la Facultad de París, Mr. Víctor Parent, ha escrito un bello y curioso libro en donde ha recopilado y estudia- do con rara erudición y talento todas esas formas y manifestaciones extrañas y, por cierto, frecuen- tes de la enajenación mental, que impresiona tan- to al profano y aun al médico poco preparado, con sus inesperadas sorpresas; formas para cuyo estu- dio es indispensable tener un poco de esa seguridad de mano, ese espíritu critico fino que Mr. Taine requería del psicólogo que maneja las obscuras teorías sobre el funcionamiento de la mente; para poder distinguir, como él decía, lo que es cierto de lo que es sólo posible, de lo que es sólo conje- tural, los límites de la plena luz, de la semiclari- dad y déla penumbra (II). Un alienado es un problema que se presenta rodeado de imponentes dificultades, con las cifras borroneadas y los sig- nos confusos de unos de esos viejos hallazgos ar- queológicos: hay que hacer, á veces, verdaderos prodigios de interpretación, para llegar en seme- jantes palimsestos morales á encontrar los resul- tados aritméticos de un diagnóstico medianamente fundado. Hay hechos en los anales de la Patología men- tal, que colman la medida de lo inesperado para la ingenua curiosidad del vulgo; demostrando una vez más que el patrón del loco que ha forjado (J) H. Taine, Derniers essais de critique et de histoir>-, 1894. EVOLUCIÓN DE LA LOCURA EN LA HISTORIA 7 su imaginación caliente, no sirve para ninguno de los que realmente lo son en el concepto de la ciencia. Veinte y tres años ha — dice Mr. Baume, cuyo curioso relato vamos á copiar — enseñaba en todos sus detalles el Asilo de Quimper al sa- bio Malaguti, Decano de la Facultad de Ciencias de Rennes. Había visto á los pobres locos en su trabajo, presenciando un desfile á son de tambor y su entrada al refectorio en donde en una acti- tud correcta esperaban ser clasificados por mesas. Como le causara sorpresa el espectáculo, le dijo: — Es realmente sorprendente; hay aquí tanto or- den y disposición como en un cuartel, y sin em- bargo todos son individuos secuestrados por causas de locura. Lo único que yo no veo aquí es pre- cisamente la locura! — No crea Vd., le respon- dimos, que nos limitamos á enseñarles á mar- char en filas... Algunas veces los preparamos para el bachillerato en ciencias y encontramos en Fran- cia una Facultad bastante amable para recibir- los. — ¡ Ah ! ¿ Y cuál es esa Facultad ? — La que tiene por Decano á Malaguti, en Rennes...! El dis- tinguido sabio fijó en ,mí sus ojos con cierta cu- riosidad que parecía preguntar si su cicerone no seria acaso un pensionista del Asilo. — Veo, mi distinguido señor Decano, que Vd. no tiene la memoria de las fisonomías, pues no es la primera vez que tengo el honor de hablar con Vd...— En efecto, me respondió, busco hace unmomen- 8 LA LOCURA EN LA HISTORIA to la ocasión en que tuve el gusto de verlo. — Van dos años, el 5 de noviembre de 1855, al caer la noche, le presenté á Vd. un oficial en uni- forme de gala... Era un pensionista del Asilo., cuya situación y mi carácter de médico alienista, me guardé bien de hacerle conocer. Mi objeto era dar un poco de aplomo á mi enfermo, á quien de- seaba probar que podía presentarse en un salón sin ser arrojado por la ventana ó por la puerta como su delirio se lo hacía temer... Y recuerdo que fui recibido por Vd. con exquisita bondad! — Recuerdo bien ahora esa circunstancia y tam- bién que ese oficial dio un brillante examen y fué recibido con votos de distinción... ¿Pero segura- mente no era un loco ? — ¡Por Dios, señor Deca- no, y mucho más que ahora! No ha mucho, acabamos de pasar por su lado.—Por lo menos, dijo con una creciente admiración y asombro el profesor, ¿ se hallaría entonces en un largo inter- valo lúcido? — No tanto que no dejara de darme durante el viaje serias inquietudes por sus fre- cuentes alucinaciones ! Divagaba de una manera extraordinaria, cuando lo abandonó en los prime- ros escalones de la cátedra. Yo me hallaba allí cerca y no me tranquilicé hasta que no oí sus pri- meras brillantes respuestas, dichas con un aplomo y una seguridad de que no lo había creído capaz. Cuando se acercó á mí, yo le felicité calurosa- mente: — Y bien , ¿le dije; es Vd. feliz? — ¿Si soy feliz ? dijo él; ¡ vaya si lo soy! y eso pro- EVOLUCIÓN DE LA LOCURA EN LA HISTORIA 9 baráá los diablos si yo estoy loco. Hablo natu- ralmente de los diablos en dos patas que de tiem- po atrás envenenan mi vida, y que hasta en el momento de mi examen han intentado decirme al oído una multitud de absurdos é iniquidades!!! Así, pues, antes del examen, durante el exa- men y después de él, este enfermo estuvo bajo la influencia de un delirio que, sin embargo, pudo dominar sin darlo á conocer de los examina- dores (1). Briérre de Boismont refiere la historia, no me- nos palpitante, de un capitán, antiguo discípulo de la Escuela Politécnica, que fué colocado en un es- tablecimiento de alienados, porque se imaginaba que lo querían envenenar y que bajo la obseción de esta idea intentó repetidas veces matar á va- rias personas. Poco tiempo antes de la internación, dice el famoso alienista, había enviado á la cá- mara de los lores una memoria notable sobre for- tificaciones, y cuando abandonaba su idea fija, hablaba con una razón realmente superior, aun cuando no era fácil desviarlo de su tema favorito.— Diputados, generales y grandes personajes de la milicia y de la política vieron á Briérre de Bois- mont manifestándole su asombro por la secues- tración en el manicomio de aquel hombre; pensa- ban que se trataba de un atentado á la libertad O Baume, Quelques materiaux apportés á la médecine lé- gale des alienes, Annalcs médico-psychologiques, tomo VI, 1881. 10 LA LOCURA EN LA HISTORIA individual, porque no parecía lógico, para.su igno- rancia explicable, aquella asociación tan extraña entre la locura y un talento y raciocinio al parecer tan correctos. Tres celebridades, Ferrus, Orfila y Devergie, fueron encargados de examinarlo, verifi- cando numerosas visitas y exámenes escrupulosos por lo mismo que era un caso tan lleno de dificul- tades. La conclusión de su informe, que era una pieza notable, fué que era loco, y que no sólo lo era, sino que el género de aquella exigía que fuera encerrado en un establecimiento especial. El capitán compareció ante los tribunales y de- claró que en efecto había tenido ideas de envene- namiento, pero que reconocía su falsedad; es decir, corregía al parecer su pasado delirante... pero por desgracia suya poco después fué preciso ence- rrarlo nuevamente por los síntomas indudables de locura que manifestaba (* ). Hablar de un loco, decía el inmortal Esquirol, es para el vulgo hablar de un enfermo, cuyas fa- cultades intelectuales y morales todas están des- naturalizadas, pervertidas ó abolidas; es hablar de un hombre que juzga mal sus relaciones exteriores, su posición y su estado, que se entrega á actos completamente desordenados, extravagantes, vio- lentos ó inmotivados... Pero el público, agrega el maestro,, ignora que un gran número de locos conserva la conciencia de su estado, la de sus re- C1) Briérre de Boismont, De Vinterdiction des alienes, Afí- nales médico-psychologiques, 1852, pág. 417. EVOLUCIÓN DE LA LOCURA EN LA HISTORIA 11 laciones externas, la de su delirio. Muchos coor- dinan sus ideas, pronuncian discursos sensatos, defienden su opinión con habilidad y aun con ló- gica sincera (x). Cierto díala justicia entra inesperadamente en el Asilo de Dijon para verificar una investigación criminal. Deseaba interrogar una niña encerrada allí como alienada, porque cartas abonadas por la firma de honorables vecinos de la ciudad, le de- nunciaba un delito: la mencionada niña, Mlle X., no era loca, y sus padres y parientes, para evitar el matrimonio que condenaban, habían preferido in- tentar esa secuestración arbitraria, á pesar de todos sus peligros y responsabilidades. Después de haber verificado largo interrogatorio sin poder encontrar el desorden intelectual que bus- caban, fué llamado el módico del establecimiento, el que afirmó que no sólo era loca aquella pobre ni- ña, sino que no curaría jamás. «Para convenceros, dijo él, os pido simplemente que le preguntéis cuál es el nombre de su padre »—« Yo soy, interrum- pió inmediatamente la enferma, de la familia de Ma- ría Stuart, de Luis XIV y de Enrique IV. Razones secretas que no conozco han obligado á mis padres á ponerme desde la cuna en manos mercenarias; pero el día de mi libertad vendrá pronto y no está lejos aquel en que yo recupere el rango, los títu- los y la fortuna de mis antepasados ». Era de tal (*) Esquirol, Des malad'w* mentalss, tomo II, pág. 335,1883. 12 LA LOCURA EN LA HISTORIA manera charlatana sobre este tópico que fué preci- so doblar la hoja y no seguir adelante. Los muros de su cuarto estaban literalmente cubiertos de ins- cripciones con alusiones á sus conocimientos his- tóricos, mezclados con sus concepciones delirantes: era, según ellas, la nieta, la biznieta, la sobrina de los más grandes personajes, de los cuales algunos hacía varios siglos que habían muerto (*). De todos estos hechos se deduce « que en las conversaciones se puede comprobar en buen nú- mero de alienados la persistencia en diversos gra- dos de las facultades intelectuales; que la mayor parte de los individuos afectados de enajenación mental son capaces de hablar, discutir más ó me- nos largamente de una manera razonable »; final- mente, qué la perspicacia y la habilidad mayor, sin una larga experiencia, sin la posesión de antece- dentes previos, no son suficientes, en ciertos casos, para descubrir en un simple interrogatorio, en una conversación, las manifestaciones del delirio (2). Legrand du Saulle decía que era de observa- ción común que durante el interrogatorio la aten- ción del alienado se hallaba vivamente solicitada y que por eso frecuentemente le hacía á uno la im- presión de haber recuperado completamente la razón (3). C) Parent, La raison dans la, folie. Étude pratique, etc. (2) Parent, loe. cit. pág. 66. (3) Legrand du Saulle, De Vinterdiction des alienes, Pa- rís, 1881. EVOLUCIÓN DE LA LOCURA EN LA HISTORIA 13 Hay un gran principio sobre el cual debemos in- sistir y que da en concreto la impresión de esta idea, es á saber: que si los actos de una persona son irracionales, pueden probar de una manera perentoria la insania de su espíritu; pero que si al contrario tienen las apariencias de la razón, esa circunstancia no permite afirmar que el individuo que las produce conserve la integridad de su inte- ligencia (*). Casi todos los alienados crónicos tienen gestos y actitudes, movimientos habituales que á primera vista no presentan nada de anormal y que sin em- bargo están en íntima relación con sus concepcio- nes delirantes ocultas (2). Por eso todo concurre al engaño y á la confusión, á desviar el juicio no sólo del profano sino aun del médico que no posea el hábito, un poco difícil, de estas cosas. ¡ Cuántas veces se atribuye á la razón sana le que pertenece á la discreción simuladora de la locura que discurre subterráneamente en un ce- rebro sin poder exteriorizarse, y vice-versa, cuán- tas veces se refiere á la locura lo que es una ex- presión del temperamento desordenado de un genio ó la apariencia novedosa y original de un cerebro excepcionalmente dotado! Uno de los discípulos de Esquirol, cuenta el Dr. Baume, le decía un día: « Maestro, indiqueme Vd. un criterio seguro para distinguir la razón de (') Parent, loe. cit. (*) Parent, loe. cit. 14 LA LOCURA EN LA HISTORIA la locura ». Al día siguiente el maestro venerado reunía en su mesa á su discípulo y á dos persona- jes, el uno correcto hasta la perfección en su as- pecto y su lenguaje, el otro, exuberante, pleinde lui-méme et de son avenir. Después que ambos se retiraron, el discípulo exigió al maestro el criterio que le había pedido la víspera: —Indicadlo vos mis- mo, le repuso Esquirol; acabáis de comer con un loco y con un cuerdo. —No hay duda, el proble- ma no es difícil: el cuerdo es ese hombre tan dis- tinguido, tan cumplido, y en cuanto al otro ¡qué aturdimiento, qué charla, qué tronera! si era pa- ra encerrarlo inmediatamente! — Y bien, repuso Esquirol; habéis incurrido en el más grave error. El que habéis tomado por cuerdo, es un megalo- maníaco, se cree Dios y da á su actitud la reserva y la dignidad que conviene á su rol divino: es un pensionista de Charenton. En cuanto al joven, que habéis considerado como loco, es uno de nuestros grandes literatos, es nada menos que Mr. Hono- rato de Balzac !!... (l) Se cuenta, también, que Pinel, haciendo visitar á una dama la división de los alienados en la Sal- petriérey después de haber recorrido con ella mu- chas salas llenas de enfermos, preguntóle ésta dónde estaban los locos, porque pensaba que sólo era tal el que llena las condiciones externas, del que describía aquel famoso alienado de Ville C1) Bau.me, Quelques materiaux etc. Annales médieo-psycho- logiques, 1881. EVOLUCIÓN DE LA LOCURA EN LA HISTORIA 15 Eward, que después de su curación escribía el Dr. Dagron las siguientes sensatas frases: « En la so- ciedad, decía el original pensador juzgando las cosas con su criterio cuerdísimo, se mira como demente verdadero al individuo que en la calle, en un lugar público ó en la intimidad, toma acti- tudes extravagantes, viste un traje excéntrico ó pronuncia en voz alta palabras incoherentes acom- pañadas ó no de gesticulaciones. Es menester, á los ojos de la multitud, dar pruebas manifiestas y exteriores de insania para justificar el epíteto de loco » (*). ¡Quién sabe qué elemento de fuerza, de estimu- lación y de brillo no llevaría al cerebro de todos esos grandes hombres que vamos á ver desfilar en este libro, ese grano de locura que se descubre en sus actos y en sus obras ! La excitación que es, á veces, uno de sus rasgos dominantes, da á los mis- teriosos organismos celulares encargados de las grandes funciones del pensamiento, una actividad que sorprende al espíritu más prevenido; un bri- llo inusitado, la amplitud y la savia mental que se abre paso al través de sus grandes extravagancias y locuras inconcebibles. Existiendo virtualmente el talento, medio pere- zoso é inerte por razones de idiosincrasia cerebral, ese limo vesánico, hereditario casi siempre, ¿le im- prime un vigor de desenvolvimiento que en otras (') Dagron, Des alienes el de* asiles d'aliénés, tomo II, Pa- rís, 1875. 16 LA LOCURA EN LA HISTORIA condiciones no se produciría seguramente ? Esa es, sin duda, la explicación atinada de los grandes ta- lentos con profundos ribetes de locos. La locura que abre tan profundas lagunas, decía Teófilo Gautier, lejos de suspender todas las facultades del espíritu, en ocasiones las exalta más bien, sobre todo al prin- cipio de la enfermedad. Hay locos que hacen bue- nos versos y notables pinturas en las cuales ciertas reglas del arte habían sobrevivido al naufragio de la razón: la cantidad, agregaba el conocido escritor con motivo de una visita que había hecho al Hos- picio de San Servólo, en Venecia, la cantidad y cierto buen gusto inseguro era á menudo muy bien observada en la poesía de una demencia completa. Doménico Theocopuli, el pintor griego cuyas pin- turas admiramos en los museos ó iglesias de Es- paña, ha hecho verdaderas obras de arte en plena locura (x). Marcó habla de un loco, John Clare, que desva- riaba desde el momento que se ponía á escribir en prosa, pero que se elevaba en las elegías tiernas y melancólicas, á una rara perfección de estilo y dentro de un orden de selectos pensamientos (2). No es dudoso « para nadie que tenga algún co- nocimiento de estas cosas, que á menudo las mani- festaciones más brillantes de la inteligencia, costean C1) Théophile Gauthier, Voyage en Italie, Paris, Charpeu- tier (104). (2) Marcé, De la valeur des écrits des alienes, vol. 4, Pa- rent, etc. EVOLUCIÓN DE LA LOCURA EN LA HISTORIA 17 las desviaciones sensitivas más lamentables y que estos estados opuestos toman su fuente de origen común en una misma constitución neuropática ». ¿ Pero es esto tan frecuente como lo cree Moreau de Tours? (*). ¿Es esa la regla ó simplemente la excepción? ¿ No hay también espíritus moralmente superiores que, gracias á la excelencia de su organización y á las condiciones especialmente favorables que han presidido á su nacimiento,producen naturalmente cosas grandes y bellas? (2). Evidentemente; pero también es indudable que con frecuencia la locura exalta las facultades inte- lectuales y les comunica mayor fuerza y vivacidad. Esta exaltación es casi la regla en ciertos esta- dos de enajenación mental, en los que constituye uno de sus signos predominantes; en algunos ca- sos señala su principio, en otros se produce cuan- do la enfermedad está confirmada, como en la ma- nía simple, en el período maniaco de la locw^a de doble forma y en algunas ocasiones, en el prin- cipio de la parálisis general. Los enfermos com- prenden perfectamente que sus ideas son más vivas, más claras, más abundantes; que su imagi- nación tiene mayor fuerza, sus recuerdos vienen con una extrema facilidad y que hay una verda- (') Moreau de Tours, Psychologie morbide dans sos rap- ports acec la philosophie de Vhistoire, París, Masson. (*) Aih Foville, Annales médico-psychologiques, tomo VI, 1860. LOC. EN LA UIST. 2 18 LA LOCURA EN LA HISTORIA dera extensión de todas sus facultades menta- les i1). Jules Falret ha hecho un cuadro vivaz y lleno de colorido de esa exaltación peculiar que da á la inteligencia un brillo transitorio y falaz en el principio de la manía. Loque la caracteriza, dice el ilustrado maestro, es la exaltación general de todas las facultades, la actividad exagerada y enfermiza de la sensibilidad, de la inteligencia y de la voluntad con desorden de los actos, pero sin considerable perturbación de la inteligencia y del lenguaje; los enfermos, en efecto, examinados superficialmente, no parecen presentar delirio, y su lenguaje tiene un carácter continuado y razonable, sorprendiendo por la actividad y la fe- cundidad de sus ideas, por su espíritu y su imagi- nación llena de recursos, etc., etc. Estos locos, con- tinúa, están sin cesar en movimiento y tienen una actividad correspondiente á la actividad intelec- tual y moral... Duermen poco y su inteligencia se halla como en fermentación; las ideas pululan en su espíritu, su memoria encuéntrase sobrexcita- da y recuerdan con persistencia largas tiradas de los autores clásicos, que habían aprendido en la infancia, de los cuales seguramente no hubieran podido encontrar sino fragmentos aislados, antes de su enfermedad... Componen discursos, poe- sías... se hacen temerarios y emprendedores y sus C) Parent, loe. cit., pág. 113. EVOLUCIÓN DE LA LOCURA EN LA HISTORIA 19 sentimientos se encuentran metamorfoseados co- mo su inteligencia sobrexcitada (*). Un hecho curioso, entre tantos, refiere Esqui- rol confirmando esta creencia y atribuido á Leuret, el reputadísimo médico de Bicétre. Cuenta éste la historia de un alienado que durante su enfer- medad había manifestado una notable aptitud pa- ra escribir y en el estado de salud se hallaba torpe: Yo no estoy completamente curado, le decía él mismo á Leuret, que lo creía en convalecencia; j'ai encoré trop d'esprit pour cela. Cuando es- toy bueno necesito mucho tiempo para escribir una carta porque en mi estado normal soy un bru- to; esperad, pues, que vuelva á serlo, para poner- me en libertad (2). En Montmartre, en el Asilo del Dr. Blanche, agrega el autor de Paris au dix-neuviéme siécle nos mostraban sobre un muro los rastros de un dibujo de carbón, dibujos medio borrados, délos cuales uno representaba la reina de Saba y el otro un rey cualquiera, salidos de la mano de un joven escritor distinguido, poco tiempo después resti- tuido á la razón. La enfermedad había desarrolla- do en su cerebro un nuevo talento que no se mani- festaba al estado de salud, ó que por lo menos pare- cía insignificante. YelDr. Voisin« nos ha dicho ha- ber encontrado locos en los cuales el sentido de la (') Annales médico-psychologiques, tomo VII, pág. 396,1866. (*) Esquirol, Paris au dix-neuviéme siécle. Les maisons de fous, tomo II, pág. 163. 20 LA LOCURA EN LA HISTORIA construcción se hallaba exaltado por el delirio y que persiguiéndola idea fija del movimiento con- tinuo creaban una multitud de máquinas inge- niosas. « Se ha dicho que Marión Delorme encontró en un hospicio de locos el primer hombre que tuvo la idea de aplicar las fuerzas del vapor á las necesi- dades de la industria: Salomón de Caus. » La exaltación del poder reproductor de la me- moria y de la imaginación, de los estados anterio- res del alma, dice Parchappe, y la actividad sobre- abundante del ejercicio de esta facultad, se mani- fiesta con evidencia en la prodigiosa multiplicidad de las ideas que se producen y que se suceden con una sorprendente rapidez en los locos afectados de delirio maníaco; multiplicidad de ideas que se ex- terioriza por una inagotable locuacidad y los ince- santes monólogos del enfermo. Es así, agrega para terminar el sabio alienista, que fuera del estado morboso, la pasión puede algunas veces hacer sur- gir de una naturaleza completamente inculta, lo que en asuntos de elocuencia y poesía, el genio no lo obtiene sino por los esfuerzos de una sabia y meditada reflexión Q). Pero ¡ cuidémonos de no tomar el rábano por las hojas ! y como conclusión de esa observación tan abonada por firmas de tanta notoriedad científica. no vamos á optar por la locura que da, al parecer, (') Parchappe, Symptomatologie de la folie. Annales médico- psychologiques, 1850. EVOLUCIÓN DE LA LOCURA EN LA HISTORIA 21 tanto vigor y brillo á las facultades modestas, á los cerebros mediocres de los palurdos. Eso que pasa en ciertas formas exaltadas de la enajenación mental, es transitorio y fugaz, y si bien parece cierto, como decíamos un momento ha, que el grano de locura que en ocasiones enciende con más brillo la lumbre de la mente en el cerebro de los grandes hombres es un elemento de estímulo para la virtualidad incomprensible del genio, es también indudable, que para él, como para los desgraciados que habitan el rincón obscuro del Manicomio y que desplegan tantos oropeles en sus facultades modestas, el mismo fluido, que anima al pensamiento, lo extingue en la fuente de la vi- da arrojándolo tarde ó temprano en las tristes in- coherencias de la demencia incurable. Tiene ese anverso terrible, medalla tan brillante. Ese fuego tan vivaz que discurre en las intimida- des de la inteligencia, si bien lo fecundiza con el ca- lor de sus fermentaciones malsanas, también acaba por gastar sus resortes más preciosos en el vértigo de sus movimientos violentos: la demencia, la páli- da y silenciosa compañera de tan intensa y apurada vida, el obligado epílogo de la triste y bulliciosa orgia, viene inexorable á cobrar su deuda dejando vacío y mudo al pobre encéfalo agotado por el exceso. La demencia que asoma en los grandes hombres más pronto que en los otros pobres mor- tales, apaga demasiado rápidamente la luz de aquella llama simbólica que ha servido alternati- o o LA LOCURA EN LA HISTORIA vamente de faro indicador ó de lumbre de cirio fúnebre á pueblos y á generaciones enteras. Car- los V estaba decaído, y si no demente, por lo me- nos agotado mentalmente á la temprana edad en que sus veleidades melancólicas de epiléptico lo hundieron para siempre en el célebre monasterio donde terminó sus días; Francisco I también caía, en la plenitud de su vida, estenuado y desfalle- ciente del cerebro, ayudado por una infección sifi- lítica que le corroía la mente y los huesos; Felipe II comenzó como su padre á sentir antes del tér- mino fisiológico las claudicaciones déla senilidad en sus articulaciones enmohecidas y en la inteli- gencia, cuya opacidad creciente era notoria des- pués de diez años de reinado. La larga lista de los grandes caídos en demen- cia, causa tristeza por lo extensa y por lo fúnebre. Desfilan tristemente agrupados, según la época y las dinastías; en pequeños tropeles como las apa- riciones de la alucinación alcohólica, inspirando, como ellas, el terror y el hondo desencanto al ver tanta grandeza intelectual hundida en la incierta penumbra de la mendicidad mental. Diríamos, para reproducir aquí una interpreta- ción vulgar, que la naturaleza, como afirma un sabio alienista francés, tan original como brillante, se ha agotado en la procreación de esos seres en los cuales las fuerzas mentales parecen haber llega- do al summum de energía, y agregaremos, dando á nuestro pensamiento una forma más filosófica, EVOLUCIÓN DE LA LOCURA EN LA HISTORIA 23 más en relación con las indicaciones de la ciencia, que el dinamismo mental, no puede elevarse has- ta las manifestaciones del genio sin que el órgano del pensamiento se halle en las condiciones aná- logas á ese estado de sobrexcitación, de eretismo nervioso que sabemos ser favorable al desarrollo de la locura hereditaria (1). Buscaríamos en vano, agrega el mismo Mo- reau, una confirmación más brillante de estas ideas, una prueba más evidente, que la locura notoria de aquel Pedro el Grande que al lado del genio en su más alta expresión, tenía to- dos los estigmas de una imbecilidad moral con- gónita, virtudes y vicios igualmente llevados á su colmo, ferocidad estupenda, impulsos ma- níacos irresistibles (2). Federico el Grande, á quien la ebriedad y los excesos habían arrojado en un estado parecido al idiotismo; O'Connell, que sucumbió de una parálisis general progresiva (3); Linneo, ese bello y metódico genio, con su cráneo hidrocefálico y muerto después de haberse perdido en una demencia que le hizo olvidar hasta su propio nombre, y por fin nada menos que el in- mortal Newton, que según el diario de Huyghens el « 29 de Mayo de 1694, Mr. Colin, le había con- tado que el ilustre geómetra Isaac Newton cayó de (*) M. de Tours, La psychologie morbide dans ses rapports acec la philosophie de Vhistoire, etc. (s) M. de Tours, loe. cit. (3) Journal de Medecine de Lyon, 1847. 24 LA LOCURA EN LA HISTORIA diez y ocho meses atrás, en demencia, sea por el gran exceso de trabajo, sea por el dolorquele cau- sara haber visto devorar por un incendio su labo- ratorio de química y muchos manuscritos de im- portancia. Mr. Colín agregaba que á consecuen- cia de ese accidente, habiéndose presentado en casa del Arzobispo de Cambridge y habiéndolo hallado como un loco, sus amigos se apoderaron de él, emprendieron su curación y encerrándolo en sus habitaciones habíanle administrado reme- dios bongré, malgré» (1). Si es difícil explicar la sobreactividad intelec- tual en las formas simples de la locura, dice Mr. V. Parent, en aquellas en que según los conoci- mientos científicos de la época, tiene por causa una perturbación simplemente funcional del ce- rebro, es decir, una perturbación en la cual no hay alteración esencial del órgano, es aún más difí- cil explicarla, en las enfermedades en que la cons- titución anatómica del cerebro se halla más ó me- nos completamente modificada, alterada. En las primeras, la inteligencia está pervertida pero no destruida, mientras que en los otros se produce siempre un debilitamiento, una obliteración de las facultades intelectuales. Sabemos, en efecto, que la actividad de la inteligencia está en relación con la actividad funcional del^cerebro, su órgano, y que la destrucción parcial ó general de sus ele- (l) Newton, por P. Remusat, Reoue des Deux Mondes, 15 de noviembre, 1850, citado por M. de Tours. EVOLUCIÓN DE LA LOCURA EN LA HISTORIA 25 mentos anatómicos trae la desaparición de la in- • teligencia; ó de otro modo, la aparición de ese es- tado que conocemos bajo el nombre de demen- cia C). Tan extraordinaria como pueda parecer, opina el médico de la Maison de Santé de Toulouse, la existencia de la sobreactividad intelectual y de la demencia, es indudable, sin embargo, que se presenta algunas veces. La observamos en esta- dos mórbidos que tienen por síntomas esenciales la decadencia de las facultades intelectivas, espe- cialmente en los casos de lesiones apopléticas, en la degeneración senil y en la parálisis general (2). Dice Mareé que en ciertos sujetos que caen en la demencia se observa, no ya el decaimiento in- telectual, sino al contrario, una exaltación cere- bral que sin afectar los límites del estado patoló- gico, los hace audaces, emprendedores; parece que les creara nuevas aptitudes y les comunicara á su espíritu un aspecto hasta entonces desconocido (3). Que me sea permitido, concluye el profesor del Hospicio de Bicétre, citar el ejemplo de un emi- nente fisiologista, que después dehaberselimitado durante toda su vida á simples investigaciones teóricas y bibliográficas, herido poruña apoplegía y aún convaleciente sorprendió al mundo cientí- C) Parent, Raison dans la folie, pág. 122. (*) Parent, loe. cit. (') Marcé, Recherches cliniques et anatomo-pathologiques sur la demence senile, Gazette medícale de Paris, 1863. 26 LA LOCURA EN LA HISTORIA fico con su ardor inusitado para las investigacio- nes experimentales... Pero, nada más engañoso y falaz que esa excitación mental, porque es el in- dicio de un estado cerebral anormal, el presagio casi siempre seguro'de una caida, en la cual la de- mencia no tarda en pronunciarse (*). Ball y Chambard han hecho una pintura viva de las disposiciones semejantes que se producen en el periodo inicial de la senilidad decadente : « el anciano reverdece, sus fuerzas físicas, sus facul- tades intelectuales, sus instintos parece que re- nacieran, y se le ve entregado á ejercicios de tiem- po atrás abandonados, hacer largas y fatigosas caminatas á las cuales su imaginación calurosa y despierta asigna cada día nuevo objeto; retorna á sus antiguos estudios y emprende nuevos, hace planes atrevidos y se lanza en empresas extrañas... Sus sentimientos afectivos mismos participan de semejante excitación general y se traducen, sea por algún testamento que los herederos naturales bur- lados en sus esperanzas podrían anular, sea por una de esas pasiones seniles cuyo ardor y egoísmo profundo ha pintado el autor de Hernani en ver- sos tan tocantes » (2). No olvidéis los datos que dejo apuntados, por- que en el curso de estos estudios os van á dar el (x) Marcé, loe. cit. Véase también A nnales médico-psycho- logiques, tomo VII, 1866, el trabajo de Jules Jabret. (2) Ball y Chambard, Demence, Dictionnaire encyclopédique des sciences medicales, pág. 571. EVOLUCIÓN DE LA LOCURA EN LA HISTORIA 27 secreto de muchos contrastes que son inexplicables para la psicología normal. Es tan grande y tan persistente la influencia de la locura en la Historia del mundo, que temería- mos incurrir en una monotonía injustificada ha- ciendo una relación tan detallada como lo permi- ten los elementos de información que tenemos á la vista y la parte que desempeña con rara fre- cuencia en los grandes sucesos de la vida colecti- va universal. Al través de todas las escenas del drama his- tórico y á pesar de la ciega fatalidad que para algunos preside á su solemne desenvolvimiento, se siente en la acción humana universal, no sé qué auras de enajenación que tuercen la mar- cha de las cosas imponiéndole su sello singular. Ese teatro inmenso tiene en sus cuadros y en sus personajes el sabor amargo y violento que le da esa inmixión ruda y terrible del delirio de los profetas é inquisidores, ó de las alucinaciones lúgubres de los reyes degenerados por el des- equilibrio de sus alteraciones hereditarias: encon- tráis, como en el teatro de Shakespeare, de Webs- ter y Ben Jonson, los personajes violentos ó terribles de las pesadillas, los desenlaces calami- tosos é imprevistos, las pasiones súbitas y desen- frenadas de los impulsivos, el estilo desordenado, extraño, excesivo del perseguido, que diluye su de- lirio en las exageraciones de su grafomanía secreta. Incomprensibles esas cosas para muchos, tienen, 28 LA LOCURA EN LA HISTORIA sin embargo, explicación plausible en esta diabó- lica y secreta intervención que perturba el dina- mismo intelectual y moral de los que podían tor- cer el curso de la vida popular con la sola acción de su capricho. Más que un poema divino existente de toda eternidad y que no pudo ser interrumpido por las interpolaciones humanas, como lo quería Bancroft, la historia, mirada bajo esa faz, es, como lo afirma Lingard, apenas el cuadro de las miserias causa- das á la multitud por las pasiones enfermizas de algunos hombres (*). El historiador protestante, dice que la historia es un poema divino: ve en todas partes la mano exclusiva de Dios. Si á veces parece que se ocul- ta, es que la vista del hombre en su debilidad, no alcanza apercibirla; el historiador católico, por el contrario, cree que el mundo está entregado á merced de todas las malas pasiones, lo cual en de- finitiva da el imperio de la Historia al diablo (2). Ni lo uno, ni lo otro seguramente. La interven- ción del diablo y de Dios en las miserias humanas es una concepción, ó de la inocencia antigua ó de los delirios epidémicos de la Edad Media, en que la acción del primero toma las proporciones iló- gicas de una idea fija, cuya amplificación y Biste- cs Lingard, Historia de Inglaterra, tomo I, pág. 68; Lau- rent, pág. I, tomo XVIII. C) Laurent, Estudio sobre la Historia de la humanidad, tomo XVIII, pág. 2. EVOLUCIÓN DE LA LOCURA EN LA HISTORIA 29 matización metódica desemboca en esa gran locu- ra de las persecuciones que da sombras más pro- fundas á la época. La historia no pudo ser una serie de milagros en los cuales el hombre es pura- mente pasivo, como lo pretendía la doctrina de Bossuet. El águilade Meauxse eleva, como dice Laurent, hasta los consejos de Dios, y desde aquella altura imaginaria profesa un soberbio desdén ha- cia las vanas agitaciones de los hombres que obe- decen álos designios de Dios como instrumentos, cuando piensan obrar libremente (1). Este desdén muy poco filosófico « reaparece en Vico, si bien admite, es verdad, que los hombres han hecho por sí mismos el mundo social. La máxima hubiera podido salvarle de los extravíos del fatalismo católico, si la hubiese aplicado al estudio de los hechos; pero inmediatamente vuel- ve á caer en el orden de ideas que encontramos en Bossuet. Después de asentar como principio in- contestable de la Ciencia Nueva que los hombres han hecho por si mismos el mundo social, añade que el mundo, sin embargo, ha salido de una in- teligencia que en muchas ocasiones se aparta de los fines particulares que los hombres se habían propuesto, y que á veces es contrario álos mismos y siempre superior » (2). Hay una evolución prevista en la existencia de (J) Laurent, Historia de la humanidad. (*) Vico, Sciensa nuoca, lib. V, cap. IV; Laurent, tomo XVIII, pág. 83. 30 LA LOCURA EN LA HISTORIA cada nación que forma un círculo invariable, se- gún el mismo Vico, y que incesantemente se re- produce. Para él, existen tres épocas en la vida de las sociedades humanas, cuya reproducción es una fatalidad que los pueblos no pueden alterar, cualquiera que sea la acción individual ó colecti- va: la primera es impropiamente llamada de bar- barie, luego la edad heroica, y en la tercera, en que aparece nuevamente la acción del hombre, se cons- tituye la sociedad; «pero apenas ha llegado un pueblo á este último desenvolvimiento, cuando acaba, se disipa, como caen en otoño las hojas de los árboles. Un nuevo pueblo remplaza al que haterminado su existencia y recorre idénticamente los mismos circuios». Esos perpetuos retornos de la historia es lo que Vico llamaba ricorsi y que el último estudiante oye mencionar con fre- cuencia á su catedrático de Historia Universal. Si en lugar de encerrarse en la Roma antigua, hubiese, como ha dicho alguien, hojeado sin espíritu sistemático la historia, leído los concilios y los doc- tores eclesiásticos, habría visto que los reyes esta- ban sometidos á los sacerdotes de la misma manera que un rebaño á un pastor, y que los pueblos eran sumisos instrumentos de reyes, sabios algunas veces, y de reyes con el cerebro dislocado otras, que los arrastraban y los envolvían en las mil aventuras de su larga enfermedad moral. Lo que hace pensar á los hombres que son juguete de la fortuna ciega, dice un historiador contemporá- EVOLUCIÓN DE LA LOCURA EN LA HISTORIA 31 neo, es que su experiencia es demasiado limitada para que vean algo fijo y regular. Sucede con los acontecimientos históricos, lo que con la mar- cha de los astros: solamente por medio de obser- vaciones seculares se llega á descubrir las leyes que la rigen (1). La dificultad es todavía mayor en los he- chos históricos, porque se complican con el libre arbitrio, con los intereses y las pasiones. Se explica por qué los antiguos creían en la fata- lidad; no habían visto aún uno de esos inmensos trastornos que cambian la faz de la humanidad verificados por un solo hombre, por medio de esa enorme sugestión normal ó patológica que hace á los pueblos agentes dóciles de las pasiones, de los delirios, de los impulsos suyos cualesquiera que ellos sean, ó de una idea fija encarnada en una cabeza coronada por la casualidad de un naci- miento real ó por la aureola de otro prestigio más sugestivo. El cristianismo, obra de un hombre, y más tarde la invasión de los bárbaros, obra de muchos hombres, inauguraron una era nueva. No era, pues, posible decir ya que la historia es la repetición eterna de los mismos errores y de los mismos crímenes (2). Sobre esos hombres, como colectividades ó co- mo individuos, causas múltiples y variadas, aun- que con cierta fijeza en su acción, influyen para (l) Laurent, Historia de la humanidad. (*) Laurent, op. cit., pág. 99, tomo XVIII. 32 LA LOCURA EN LA HISTORIA determinar modificaciones profundas en su inte- ligencia, en su sensibilidad moral, en su volun- tad, es decir, en su cerebro, el órgano de la vida, ese soberano sui generis, mitad César, por la am- plitud de sus facultades y su poder incontrolado, al mismo tiempo que mitad sensitiva, por la sus- ceptibilidad singular á la acción de los multiplica- dos agentes externos que lo acechan perennemen- te. Hipócrates, el principe de la medicina, es el primero que ha hecho observar « que á la natura- leza del país correspondían la forma del cuerpo y las disposiciones del alma» (*). Tomada en su verdadera acepción científica esta máxima, tiene, como dice Leuret, una verdad incontestable: « el hombre no es un espíritu pu- ro, tiene cuerpo y alma», es decir, sistema nervio- so, receptáculo de todas las impresiones, fuente de toda sensación, crisol de donde, por los pro- cedimientos desconocidos de la alquimia mental, surgen las ideas y los sentimientos y las pasiones que gobiernan al mundo; resultado final de esa se- creta transmutación de losmetales viles que llevan los filetes nerviosos á la divina retorta que ya can- ta, ya ruge bajo la cúpula del disco craneano. ¿Quién de nosotros piensa, diceCousin, que los lugares, la tierra que habita, el aire que respira, las montañas y los ríos próximos, el clima, el ca- lor, el frío, todas las impresiones que producen, en C1) Hipócrates, De los aires, de las aguas y de las tierras, tomo II, pág. 91 (Traducción de Littré). EVOLUCIÓN DE LA LOCURA EN LA HISTORIA 33 una palabra, que el mundo exterior les es indife- rente y no ejerce sobre él ninguna influencia? ¿ Puede pensar alguien, continúa, que el hombre de las montañas tenga ó pueda tener las mismas costumbres, el mismo carácter, las mismas ideas y esté llamado á desempeñar en el mundo el mismo papel que el hombre de las llanuras,, el habitante de las costas, el insular? ¿Creéis que el hombre consumido por los fuegos de la zona tórrida está llamado al mismo destino que el que habita los helados desiertos delaSiberia? (x) Todo, concu- rrentemente con la raza, como quiere Renán, con la naturaleza ó conjunto de agentes físicos, etc., etc., como viene afirmando de tiempo atrás la filosofía de la historia con Herder, con Montes- quieu y con Buckle, conforman al órgano plásti- co por excelencia, determinando una cierta recep- tividad para sentir la influencia de la civilización de quien la locura es función, según pretende la moderna psiquiatría (2), receptividad peculiar á cada pueblo, á cada época, según la multiplicidad é intensidad de las causales que lo hayan solici- tado en el sentido de los desórdenes vesánicos. ¿Parecerá acaso demasiado insignificante la lo- cura como causa de muchos de los grandes tras- tornos que ha sufrido la humanidad?... C) Víctor Cousin, Curso de Histori.i de la Filosofía, Lección 8\ (s) « La folie est ainsi pour employer un terme scientifique, fonction de la civilization». La Conscience par ludovic ga- rrau. LOC. EN Lá I1IST. 3 34 LA LOCURA EN LA HISTORIA Pero á causas realmente insignificantes y banales atribuía Voltaire y Federico II el origen de gran- des hechos históricos. Una fatalidad ciega, dice el autor de El siglo de Luis XIV, gobierna los des- tinos del mundo, y en su Ensayo sobre las cos- tumbres se complace en relacionar los más gran- des acontecimientos «con causas tan pequeñas que el lector se ve obligado á creer en el imperio de una ciega casualidad». Las Cruzadas, dice Laurent, que está empe- ñado en dar intervención á Dios en todas las cosas de los hombres « es uno de los aconte- cimientos más grandes de la historia, y si no se ve en ellas la mano de Dios, hay que con- siderarlas como una locura». Pregúntesele á Voltaire cuáles fueron las causas de aquella nue- va emigración de pueblos, y responderá que « aquel Picardo salido de Amiens para ir en peregrina- ción hacia la Arabia, fué causa de que el Occidente se armase contra el Oriente y de que millones de Europeos pereciesen en Asia » (1). Si perecieron millones de hombres nada más que porque un Pi- cardo hizo un viaje á la Arabia, preciso es deplo- rar la miserable condición de los hombres (2). La Reforma es un acontecimiento más impor- tante que las Cruzadas porque interesa directa- mente al destino religioso de la humanidad. C1) Voltaire, Ensayos sobre las costumbres, cap. LIV. (*) Laurent, Historia de la humanidad, pág. 90, to- mo XVIII. EVOLUCIÓN DE LA LOCURA EN LA HISTORIA 35 ¿ Cuál fué, se pregunta un pensador contempo- ráneo, la causa de una revolución que conmovió la Europa, que puso fin á la dominación del pon- tificado, que preparó una nueva religión ó un nuevo desenvolvimiento del Cristianismo? Voltaire responde atribuyéndola á una reyerta de frailes. León X tuvo por conveniente ven- der el cielo para llenar su tesoro; excelente es- peculación sobre la estupidez humana. Los des- pachos de los vendedores se instalaban, según el autor de la Henriada, en las tabernas, y los predicadores decían en alta voz desde el pulpito, que aun cuando se hubiese violado á la Santísima Virgen se alcanzaba la absolución com- prando indulgencias. Pero desgraciadamente, continúa, se ocurrió al Papa dar en arriendo á los dominicos tan preciosa mercancía, y los agustinos que habían venido disfrutándola durante mucho tiempo lo llevaron á mal, y « estas cuestioncillas de frailes en un rincón de Sajonia produjo más de doscientos años de discordias, de furores y de in- fortunios en treinta naciones » (*). Después «de haber figurado en la historia, en los campos de batalla, el héroe de la guerra de los siete años compuso unas memorias so- bre lo que había hecho y visto, y dijo allí que la suerte de las cosas humanas es que los pe- queños intereses deciden de los más grandes (') Voltaire, Ensayo sobre las costumbres, cap. CXXVII. 36 LA LOCURA EN LA HISTORIA asuntos» (*). Federico II, gran filósofo y hom- bre de mundo, con una experiencia de las co- sas del hombre realmente excepcional, se com- placía siempre en hacer ver que una causa peque- ña, verdaderas tonterías, deciden del destino de la humanidad. La guerra de que fué héroe Fede- rico le confirmó en sus convicciones. « Todos saben, decía él, que la pesca de la merluza, dis- putada entre ingleses y franceses, y algunas tie- rras incultas del Canadá, han dado lugar á la gue- rra civil que aflige al continente » (2). La Prusia « se encontraba en los mayores apuros, continúa Federico, perdida según todos los políticos. Se rehace con la muerte de una mujer (la czarina Isabel) y se sostiene con el apoyo de la potencia que más había deseado su pérdida (la Rusia). ¡ En qué estriban las cosas humanas ! Los más viles resor- tes influyen sobre el destino de los imperios y los cambian» (3). Si: hay en la vida délas naciones, lo mismo que en la de los individuos, hechos, que, como dice el mismo autor de la Historia de la humanidad, tan partidario de la intervención divina, no expli- can la libertad humana ni las causas que la filoso- fía corriente nos brinda á cada momento y que tie- C1) Federico, Memoria de la guerra de 1778 (Obras, tomo VI, pág. 152). (2) Federico, Apología de mi conducta política (Obras, to- mo XXXII). (3) Federico II, Historia de la guerra de los siete años (Obras). EVOLUCIÓN DE LA LOCURA EN LA HISTORIA 37 nen una influencia decisiva sobre el destino de las naciones. No son tan « viles resortes », como dice Federico; «la muerte es un hecho grave que mu- cho nos sorprende cuando menos la esperamos », la locura no lo es menos porque causa seguramente mayores trastornos, porque su acción puede ser continua y profunda y sus males irremediables, como ha sucedido á menudo. ¿ Á qué ir á buscar la intervención de agentes misteriosos para explicar cosas que tienen una etiología tan banal como conocida ? El orgullo humano se resiste á atribuir á ciertos acontecimientos una causa ó un móvil que él reputa infinitesimal!; hay algo de delirante en irá golpear las puertas del Cielo en demanda de una de esas ex- plicaciones que el gran Federico, con su acostum- brada visión genial, atribuye algunas veces á mó- viles é ideales inciertos, es verdad, pero humanos, es decir, lógicos dentro de la filosofía que da al ho- mo sapiens el rol causal que le pertenece en la His- toria. Si esas grandes tonterías, como decía el filósofo de Sans-Souci, deciden de las cosas del mundo, ¿ cómo no lo ha de hacer con mayor razón la locura individual ó colectiva? Comparados con ella, que es causa realmente eficiente en el curso de los destinos humanos, la pesca de la merluza, las reyertas de frailes y las ventas en subasta pública de los beneficios del cielo hechas por los pontífices poco escrupulosos, bien se ve que el volumen de la primera resulta enorme y decisivo como tenía que 38 LA LOCURA EN LA HISTORIA suceder; porque no es posible que factor tan con- siderable como el desequilibrio de lamente, sobre todo en aquellos tiempos supersticiosos y harto sugestibles en que la acción individual era prepon- derante, no hubiera tomado su parte de influencia concurrente en el gran mecanismo social. El mundo antiguo y medieval está lleno con su presencia, poblado de visiones extravagantes, de apariciones populares que determinaban las acciones de los príncipes y el entusiasmo de los mártires. Las alucinaciones de todo género se insinúan en los actos de su vida con una frecuencia que explica la sencillez de su espíritu primitivo, el carácter crédulo y fácilmente sugestible de aque- llas gentes cuyos cerebros sin las complicacio- nes mentales modernas aceptaban fácilmente las impresiones torcidas de sus sentidos. Se com- prende sin trabajo que la explicación de las le- siones del entendimiento, de todas las aberra- ciones funcionales provenientes del aparato ner- vioso y que reposan sobre un conjunto de datos anátomo-fisiológicos que no se conquistan, como dice Calmeil, sino por el esfuerzo lento de la cul- tura, les fuera completamente desconocido y que lo que hoy sólo tiene la existencia efímera delaalu- cinaciónfueraparaelloS'Un hecho real y averiguado. La idea de que poderes activos é inteligentes colo- cados entre Dios y el hombre, entre el cielo y la tierra, continúa el autor de La folie considerée EVOLUCIÓN DE LA LOCURA EN LA HISTORIA 39 sous le point de vue pathologique, etc., etc., eran indispensables para hacer el oficio de causas oca- sionales, ocupaba entonces el primer lugar en la convicción de los doctores cristianos y de los me- tafísicos. Esta manera de interpretar los efectos que se operan en la naturaleza, destruía evidente- mente la teoría que nos sirve hoy para expli- car los vicios de la sensibilidad, asignando á casi todas las alucinaciones una causa exterior po- sitiva, y por tanto se oponía á que apreciaran el verdadero estado moral é intelectual de una mul- titud de monomaniacos que eran clasificados entre los heréticos, los discípulos de Satán y los apósta- tas (*). Á cualquier lado que echasen la mirada, buscando orientarse en las tradiciones del pasado sagrado ó profano, aun cuando consultasen el ver- dadero oráculo de la fe, la opinión de los princi- pales filósofos, de los poetas, las creencias popu- lares ó el testimonio de los sentidos, se encontra- ban conque la cuestión de la existencia de los espí- ritus y la posibilidad de su aparición había sido resuelta por la afirmativa (2). En el Antiguo Testamento se habla frecuen- temente de apariciones de mensajes y del rol de los buenos y de los malos ángeles; en el O Calmeil, La folie considerée sous le point de vue patho- logique, philosophique, historique et judiciaire depuis la Re- naissance, etc.,pág. 91, tomo I. (s) Calmeil, loe. cit., tomo I, pág. 92. 40 LA LOCURA EN LA HISTORIA Génesis leemos que la entrada en el Paraíso te- rrestre estaba confiada á la guardia de un que- rubín con armas fulgurantes; que ángeles y ex- trañas apariciones anunciaron á Loth la ruina de Sodoma y de Gomorra; que Jacob, volviendo de Mesopotamia, tuvo que sostener una lucha con un personaje de naturaleza angélica, y por fin que fué un ángel que vino á anunciar á Manné el na- cimiento de Sansom, un ángel que trajo á Gedeón la nueva de la libertad de Israel todavía encorvado bajóla servidumbre de los Medianitas (1). Plu- tarco asegura que Pausanias, después de haber muerto de un hachazo auna joven bizantina cuya reputación de belleza había hecho una gran im- presión en sus sentidos, fué por mucho tiempo perseguido noche y día por una alucinación en que se le presentaba la sombra de la víctima, y que fati- gado de las amenazas orales y de las persecuciones incesantes de este espectro de mujer, se resolvió á evocarlo piadosamente, y que la efigie al aparecer de nuevo anuncióle que bien pronto el asesino en- contraría el reposo en su patria. Sabemos que el general lacedemonio declarado traidor álos intere- ses de Esparta, murió de hambre en un templo del cual su propio padre había tapiado las puertas y que la madre del difunto hizo tirar á los perros el cadáver (2). Todo lo más ilustre de Atenas oía siempre O Calmeil, loe. cit., tomo I, pág. 96. (*) Calmeil, loe. cit. EVOLUCIÓN DE LA LOCURA EN LA HISTORIA 41 hablar del genio cuyos consejos parecían con- currir tan eficazmente á mantener al virtuoso Sócrates en el camino de la sabiduría. Los ami- gos de Dion de Siracusa conocían la sorpresa y el terror que le causaba á este personaje la aparición súbita de un espectro de talla gigantesca, cuyo ruido aturdía sus oídos, y Cleares de Heraclea, an- tiguo discípulo de Platón, se quejó por mucho tiempo antes de su muerte trágica, de ser perse- guido sin cesar por la alucinación de fantasmas cu- yos rasgos le recordaba los infortunados que había hecho perecer de una manera cruel é injusta (f). Toda esta abundante clase de individuos á los cuales los patologistas dan el nombre de aluci- nados, calificándolos con justicia como enfermos, puesto que su estado puramente excepcional está en oposición con las condiciones ordinarias de la naturaleza humana; «todos esos seres que acusan obstinadamente mil sensaciones de la vista, del oído, del gusto, del olfato, del tacto externo, sen- saciones que refieren á la mayor parte de los ór- ganos interiores, bien que según la resolución de los otros hombres sus sentidos no están impresio- nados por la acción de ningún agente corporal, deben ser portadores de alteraciones del encéfalo, de alteraciones tan numerosas como variadas, y las alucinaciones que mantienen sin cesar su atención en perpetua vigilancia no pueden ser ocasionadas (') Calmeil, loe. cit., tomo I, pág. 95. 42 LA LOCURA EN LA HISTORIA sino por modificaciones viciosas de la substancia nerviosa». Las explicaciones adoptadas por los alucinados para dar cuenta de la novedad de los fenómenos que son los primeros en comprobar en sí mismos, han debido variar según las épocas y los tiempos. Observa Calmeil, con razón, que mientras los hombres creyeron como en aquellos tiempos re- motísimos que los dioses tenían el poder de des- cender á la tierra, Júpiter, Mercurio, Apolo, Diana, Venus se les aparecerían frecuentemente á los alienados; las personas del sexo creerían unirse á los sátiros, al dios Pan, á dioses me- tamorfoseados en serpientes, en cisnes, en to- ros; los melancólicos se creerían perseguidos por patrones armados de látigos, por perros de tres cabezas, por los perros de Hecate, que parecían grandes y gigantescos como los elefantes (1). En una época más próxima á nosotros, agrega el maestro de la Maison de Charenton, los angeles y los demonios han ocupado el lugar de los dioses en las concepciones incoherentes del hombre en- fermo, y la singularidad del delirio de los claus- tros, del delirio déla brujería, prueba que la ima- ginación de los poetas, comparada á la de los mo- nomaniacos, está muy lejos de ocupar el primer ran- go por la fecundidad y el vigor de la invención (2). De los pueblos antiguos, la Grecia era segu- (*) Calmeil, loe. cit., tomo I, pág. 115. (*) Calmeil, loe. cit., tomo I, pág. 115. EVOLUCIÓN DE LA LOCURA EN LA HISTORIA 43 ramente la menos predispuesta para la locura individual ó colectiva; la que menos por consi- guiente ha sufrido sus consecuencias dolorosas, la influencia destructora que han experimentado otros pueblos, particularmente los Judíos y la Eu- ropa de la Edad Media, que ha sido, sin duda al- guna, el mejor caldo para la fecunda pululación de las enajenaciones populares. Sus costumbres, su situación geográfica, el cli- ma, etc., todo concurría á dar al espíritu ese se- reno equilibrio que aleja las grandes preocupacio- nes y que lo defiende contra la acción funesta de las vivísimas emociones y sobre todo de esa infec- ción vesánica del terror religioso. Nada hay que dé una impresión más firme y visible de la ausencia del virus aiiénico que su arte al mismo tiempo que soberano por su grandeza, plácido y humano por la rectitud de sus concepciones y esa sensación de alegría y normalidad irreprochable que producen sus obras. Y eso que, como dice Taine, lo que de la an- tigua estatuaria griega se conserva, no es nada al lado de lo que se ha perdido, viéndonos re- ducidos á congeturar por sólo dos cabezas, la de Juno en Ludovisi y la de Júpiter en Otrico- li, cómo eran las estatuas de los dioses colosales en que se expresó el pensamiento del gran siglo y cuya majestad llenaba los templos (*). Revelan (*) Taine, El arte en Grecia, pág. 7. 44 LA LOCURA EN LA HISTORIA en todos sus sencillos detalles de atletas rozagan- tes, que allí no habíalos hacinamientos modernos de la vida humana, la multiplicidad y contradic- ción de las emociones, el exceso de la vida cerebral que consume más tarde el cerebro de la Europa 'déla media edad, las costumbres complicadas, el régimen artificial, la excitación febril de las gran- des capitales con sus tristezas sordas y los infor- tunios íntimos que roen el alma en el silencio del hogar. Ese arte pone de manifiesto á cada momen- to que hay un prodigioso cerebro y « un alma in- finita que no se deja abatir por los delirios y para quien los miembros del animal no son sino sim- ples apéndices »; insaciable en sus curiosidades y en sus ambiciones serenas, siempre buscando y conquistando sin los estremecimientos y alucina- ciones de filiación morbosa que desconcertarían su estructura nerviosa, justas satisfacciones á la inteligencia y á la sensibilidad moral (*). Para comprender bien esa sensación que nos deja el arte y la vida griega es menester comparar aquel mundo de transparencias y claridades con el de nuestros días, tan opaco y sombrío. En efec- to, si se examina una alma moderna, dice el in- comparable Taine, se encuentran alteraciones, ex- travagancias, enfermedades y por, decirlo así, hi- pertrofias y debilidades cuyo arte es una prueba. En la Edad Media el desarrollo exagerado del (') Taine, El arte en Grecia, pág. 163. EVOLUCIÓN DE LA LOCURA EN LA HISTORIA 45 hombre espiritual é íntimo, las aspiraciones de los sueños de sus visiones, el culto del dolor, el desprecio del cuerpo aguijoneaban la imaginación y la sensibilidad sobrexcitadas hasta la misma alucinación seráfica. Conocéis — agrega siempre el maestro inmortal —las déla Imitación y las Fioretti, las del Dante y Petrarca, las delicadezas refinadas, las locuras enormes de la caballería y de las cortes de amor que clan la sensación de algo anormal. La perpetua estimulación ele la imagina- ción, la constante permanencia dentro de esa at- mósfera de misticismo morboso, complicado con visible agravación, por los efectos del terror, lle- vaban al espíritu la sensación deforme de las co- sas, la vaga desproporción periférica que da al pretendido arte de los locos, próximos ala demen- cia, ese aspecto grotesco y contradictorio del que trae elocuentes ejemplos el ilustrado Sollier en su Psychologie de Vidiot et de l'imbécile. Por eso en la pintura y escultura de cierto pe- ríodo, cuando las perturbaciones del espíritu to- man proporciones difusas y alarmantes en Europa, los personajes son feos « desprovistos de belleza, á menudo desproporcionados y no viables, casi siempre delgados, estenuados, mortificados y ab- sortos por un pensamiento que aparta sus ojos de la vida presente », inmóviles en la alucinación y el deslumbramiento de visiones extrañas con la triste dulzura del claustro, la irradiación del éxtasis ó la torva impresión de un sentimiento rudo y hos- 46 LA LOCURA EN LA HISTORIA til que aquellos Cristos vengativos de que habla Leclerc, manifestaban en su rostro macilento y desagradable. Tienen todos, en suma, la viva im- presión, el sello ineludible del alienismo que cir- cula en todo el mundo bajo las formas diversas de epidemias demonopáticas, licantrópicas y demo- nolátricas, etc. Para recuperar el estilo perdido ó ya tan conta- minado, la frescura del alma sana que se traduce tan bien en toda la estructura viva, en la cabeza expresiva, la fisonomía móvil, el alma transparen- te manifestada por el gesto, es menester volver la vista á aquella Grecia sana y atlótica en el cuerpo y en el alma. Pero las instituciones y «los ritos de la Edad Media subsisten todavía, y en Italia como en Flandes veis en las más bellas obras el contraste disonante de las figuras y del asunto: mártires que parecen salir de un gimnasio antiguo, Cristos que se parecen á Júpiter fulminante, Apolos tranquilos, vírgenes dignas de un amor profano, ángeles tan grandiosos como Cupido ». Por eso ese soberano arte griego nos produce la intensa impresión de frescura y de bienestar físi- co y moral, el sentimiento de euforia inalterable de que gozan los organismos completamente nor- males, á nosotros descendientes de generaciones de surmenésy surmené, nosotros mismos por la acción patogénica del terror secular del Santo Ofi- cio, de las convulsiones de la Reforma y de las guerras religiosas, agregadas al alcoholismo, alas EVOLUCIÓN DE LA LOCURA EN LA HISTORIA 47 enfermedades epidémicas exóticas, y ala miseria que han conmovido la Europa durante tres siglos próximamente. Sentimos en su presencia un ver- dadero suplicio de Tántalo; la envidia, la remota visión melancólica de la salud que se aleja siem- pre, la esperanza que asalta á los enfermos debili- tados y paralíticos en presencia del hombre sano, ágil y vigoroso en cuya fisonomía entona himnos la salud del cuerpo y de la mente. La Grecia, dice Taine, es una hermosa región que mueve el alma hacia la alegría ó impulsa al hombre á considerar la vida como una fiesta. Pa- rece que en aquel país no hubiera invierno: « las encinas, los olivos, los naranjos, los limoneros, los cipreses forman en las hondonadas y en los flancos de las gargantas un eterno paisaje de estío; des- ciende hasta la orilla del mar y en febrero, en ciertas regiones, las naranjas que se desprenden de las ramas caen en las olas. Allí apenas hay bru- mas, poca lluvia, el aire tibio y el sol bueno y sua- ve» i1). El hombre no se ve forzado como en mu- chos climas del Norte á defenderse contra la in- clemencia de las cosas á fuerza de invenciones complicadas. No tiene necesidad de inventar sa- las de espectáculos; no tiene más que mirar en de- rredor suyo, porque la naturaleza le ofrece cosas más bellas de cuantas el arte pudiera crear (2). En Hieres «en el mes de enero yo veía — dice el (*) Taine, El arte en Grecia. (*) Taine, El arte en Grecia, pág. 78. 48 LA LOCURA EN LA HISTORIA mismo Taine, absorto ante espectáculos tan mara- villosos — yo veía el sol levantarse tras de una is- la; crecía la luz, llenaba el aire... de repente, en el pico de una roca surgía una llama; el gran cielo de cristal extendía su bóveda sobre el plano in- menso del mar, sobre las innumerables flotillas, sobre el azul poderoso del agua uniforme, por don- de se derrumba como un arroyo de oro; por la tarde las montañas lejanas tomaban tintes mora- dos, color de lila, de flor de té. En estío, la ilumi- nación del sol distribuye en el aire y en el mar tal esplendor que los sentidos y la imaginación asom- brados, se creen transportados como en un triunfo y una gloria; las olas saltan, el agua toma reflejos de piedras preciosas, turquesas, amatistas, záfiros, lápiz-lázuli ondulantes y movedizas bajo la blan- cura universal ó inmaculada del cielo... En medio de esta inundación de claridad aparecen las cos- tas de Grecia como pedazos de mármol arrojados acá y allá en medio del mar ». ¿ Cómo queréis que haya predisposición aliénica en ese carácter griego, en « ese fondo de alegría, de verbosidad, con esa necesidad de felicidad viva y sensible» que encontramos en todas sus cosas, que poseen como nada el secreto de la alegría divina que reina en los poemas homéricos en la obra de Platón? C). La simplicidad de la concepción de la muerjte C1) Taine, El arte en Grecia. EVOLUCIÓN DE LA LOCURA EN LA HISTORIA 49 que depende, según un filósofo contemporáneo, de la pureza del aire que respiraban, de la asom- brosa alegría que allí se siente y más que todo de los instintos de la raza helénica adorablemente idealista, hacía que todas las sombrías, las lúgu- bres ideas de los delirios milenarios, de las aluci- naciones persecutorias, en las psicopatías de los histéricos y convulsionarios del siglo xv, los te- rrores apocalípticos, los sueños y las pesadillas mesiánicas de los judíos, huyeran de aquel cerebro lleno de luz á hincar la garra allí donde la predis- posición y el medio adecuado les daba bastantes sombras para prosperar. La blanda y flexible arci- lla moral se ha plegado y petrificado bajo la pre- sión física que lo ha modelado, explicándonos ese aire y ese suelo que lo ha nutrido, las particulari- dades de su forma y la dirección de su desarro- lio ('). El habitante de la Beocia, por su modo parco y flemático de vivir, sin el azote del alcoholismo que hoy devasta á los pueblos flemáticos del Norte de Europa, no se prestaba para esa clase de en- fermedades: nutrido de grasa y en medio de un aire pesado,habituado á la alimentación abundan- te y alas anguilas del lago Copáis,era comilón y bebedor dentro de prudentes límites y bebedor de buenos y saludables vinos y no de los tóxicos con qu3 el amilismo contemporáneo difunde entre (!) Taine, loe. cit. LOC. EN LA BIST. 50 LA LOCURA EN LA HISTORIA nosotros la parálisis general que ellos no conocían ni por asomo. El Ateniense nacido sobre el más árido suelo de la Grecia, « con una cabeza de sardi- na, una cebolla y unas cuantas aceitunas tiene bas- tante; educado en medio de un aire ligero, trans- parente, luminoso, mostraba desde su nacimien- to una firmeza y una vivacidad de espíritu singu- lares: inventaba, gustaba, sentía y acometía sin desfallecimientos cualquiera empresa y no se cui- daba de otra cosa». Un pueblo formado dentro de ese molde y con esa estructura nerviosa tan particular que lo hacía casi único en la historia bajo el punto de vista que indicamos, se desa- rrolla con más prontitud y más armoniosamente que otros, el hombre no se vé agobiado ó fatiga- do por el excesivo calor, ni molestado y afligido por el frío (*) ni por la inclemencia de otros agen- tes deletéreos del sistema nervioso. No está condenado á la inercia soñadora, ni al ejercicio continuo, no se absorbe en las con- templaciones místicas ni en la barbarie bru- tal (2), de lo que resulta una verdadera y abun- dante reproducción de habitantes, montañeses esbeltos, activos, sobrios, nutridos de aire puro. Todavía en la actualidad «la nutrición de un labrador inglés bastaría en Grecia para una fa- milia, de seis personas y los ricos se contentan (') Taine, loe. cit. (*) Taine, loe. cit., pág. 19. EVOLUCIÓN DE LA LOCURA EN LA HISTORIA 51 frecuentemente con un plato de legumbres para la comida ». Eran tan frugales en la comida como en el pensamiento y aunque fueron, como se sabe, eximios en todas las más elevadas manifesta- ciones de la inteligencia, fueron, como dice Taine, más razonables que metafísicos: « se complacían en las distinciones delicadas y en los análisis sutiles; retinaban y tejían con gusto las telas de araña en las que su destreza era sin igual aun cuando la red demasiado complicada y esmerada quedara sin empleo en la teoría». En aquel suelo realmente feliz, la imaginación que des- empeña un rol tan esencial en la mayor parte de las manifestaciones que caracterizan la locura, como que es la fuente más común de las sensacio- nes erróneas y de las ilusiones de que son juguete muchos enfermos Q), la imaginación, decíamos, recibía impresiones suaves y atenuadas, no tenía las brutales estimulaciones, la usura continua y peligrosa que en otros países. Nada es enorme ni gigantesco en ese país; las cosas exteriores no tienen dimensiones desproporcionadas ni agobia- doras; nada se vé semejante al monstruoso Hima- laya ó á esos enmarañamientos infinitos de la ve- getación lujuriosa, á los enormes ríos que los poe- mas indios describen; nada parecido á los bosques interminables, á las llanuras ilimitadas, al océano (') Dagonet, Traite des maladies mentales, 1894. 52 LA LOCURA EN LA HISTORIA sin límites salvajes de la Europa del Norte (1). El ojo recoge sin pena la forma de los objetos y toma de ellos una imagen precisa; todo tiene un término medio, todo es mesurado, fácil y clara- mente perceptible á los sentidos (2). En vano es, pues, que busquemos prolijamente en la historia de la medicina griega algún indicio de la existencia algo persistente y difusa de se- mejantes enfermedades. Para hacer un poco de historia de la locura en Grecia, hay que echarse en brazos de la Mi- tología ó poco menos; de otra manera nos expon- dremos á no decir nada, porque nada hay ni puede haber, como bien podrá deducirse de las conside- raciones que dejamos apuntadas. Ayax atormentado por las furias suicidóse; Hér- cules fué preso de un ataque de manía furiosa; Edi- po, el melancólico Beleforonte, casi constituyen to- da la patología psiquiátrica de aquella fabulosa clí- nica. Todo el mundo conoce la historia del desgra- ciado Meleagro, la del parricida Orestes y la no menos célebre de las hijas de Prestus, rey de Ar- gos, que castigadas por Juno con una especie de lepra se creían transformadas en vacas y mugían imitando á esos animales. La tradición dice que fueron curadas por el pastor Melampo, por medio del eléboro, de purificaciones y de ceremonias re- (*) Taine, El arte en Grecia, pág. 48. (s) Taine, loe. cit. EVOLUCIÓN DE LA LOCURA EN LA HISTORIA 53 ligiosas i1) . El concepto que tenían de la me- lancolía, era incierto y confuso por escasez del su- jeto de observación: sus dos principales caracteres para Hipócrates parecían solamente el temor y la tristeza, según que la alteración fuera producida por la pituita ó por la bilis. En el primer caso no había excitación, en el segundo esté estado gene- ral, era, en diversos grados, el principal carácter de la enfermedad (2). Fuera de \&frenitis, de la ma- nía y de la melancolía, de las cuales tenían cono- cimientos muy incompletos, no conocían otras formas de locura, por más que autores modernos hayan pretendido que Hipócrates había conocido la locura puerperal y la locura alcohólica! En el dominio délas enfermedades nerviosas, poseían por las mismas razones, nociones muy vagas so- bre la histeria, aun cuando según parece tenían un conocimiento bastante completo de la epilepsia, que conocían á fondo y que han descrito con gran cuidado (3). Hipócrates que viajó por toda la Grecia distri- buyendo en las distintas ciudades los beneficios de su ciencia y su práctica; que estuvo en Délos, en Lybia, que ejerció la medicina en Atenas y en la Tesalia antes de volver á Cos, no trae indi- cación alguna que nos haga siquiera sospechar la presencia un poco sensible con caracteres de dif u- Q) Regi^, Manuelpratique de médecine mentale, pág. 4. (2) Regís, loe. cit., pág. 7, edición de 1892. (8) Regís, loe. cit., pág. 7. 54 LA LOCURA EN LA HISTORIA sión acentuados de esos desórdenes del cerebro. Él, el observador sagaz, prudente y realmente genial, no ha encontrado allí campo suficiente pa- ra hacernos de las enfermedades mentales aque- llos cuadros descriptivos magistrales que nos ha legado de las otras enfermedades. Los módicos del período representado por Herófilo y Erasis- trato, que vivieron próximamente trescientos años de la era cristiana, tienen la misma pobreza; una ausencia notoria del conocimiento profundo en todo lo que atañe á la locura en sus formas difí- ciles. Por esto ese período, que carece de documen- tos de esa clase, estaba destinado á permanecer en la obscuridad ó á ser conocido en los rastros que ha dejado en las obras de Galeno, á pesar de que los conocimientos científicos de estos hombres cé- lebres y el progreso que realizaron particularmen- te en el dominio de la anatomía y de la fisiología del sistema nervioso fueron indudablemente no- tables ('). Es necesario llegar hasta el período greco-romano para encontrar en Asclepiades de Bitinia, en Celso, Areteo, Soranno, etc., etc., las grandes descripciones que revelan una clínica más abundante, el conocimiento de una enfermedad por el estudio de numerosos enfermos, cuya pre- sencia han suplido con su genio los que como Hi- pócrates no los tuvieron en suficiente número (2). (') Regís, Manuel pratique de médecine mcntale. (*) Véase: A Dictionary of Psychological Medicine etc. por Hack Tuke, M. D. Ll. D., vol. I, 1892, pag. 553; Id. id. Darem- bert. EVOLUCIÓN DE LA LOCURA EN LA HISTORIA 55 No sucedía lo mismo entre los Romanos en don- de la investigación encontró más paño que cortar. En ciertas épocas, sobre todo, tuvieron la salud mental más deteriorada que los griegos si bien más sana todavía que la nuestra. Ni el clima, ni la naturaleza, ni las costumbres los favorecía como á los griegos : la etiología rica y abundante explica la variedad de sus formas y nos da la llave que abre el secreto de esa fragili- dad cerebral que en un tiempo parecía patrimonio exclusivo del, romano de las[clases elevadas. Celso, el inimitable artista, si bien no ha consagrado muchas páginas á la descripción de la locura, nos hace ver en el pequeño número de las que escri- bió, que el sujeto clínico abundaba, lleno de va- riedad y de curiosas alternativas. En lugar del término genérico de altenatio men- tís empleado por Asclepiades, se sirve de la palabra insania, que aplica á los tres géneros de locura que forman su clasificación á saber: frenesí (insania acuta), la melancolía, que atribuye ala atrabilis,y en fin un tercer género que subdivide en dos es- pecies : Ia delirio alucinatorio alegre ó triste sin delirio (imaginibus non mentí falluntur); y 2a el delirio general y parcial (animi descipiunt) Q). Celso se extiende más extensamente sobre la te- rapéutica formulando reglas juiciosas de trata- miento higiénico y moral que revelan haber ma- (') Regís, Manuel pratique de médecine móntale. 56 LA LOCURA EN LA HISTORIA nejado frecuentemente y con cierta abundancia, enfermos de esta clase; reglas y preceptos que sólo pueden surgir de la experiencia de una clí- nica constante, clasificaciones y observaciones ati- nadas que únicamente la frecuencia y la prác- tica de estas cosas tan difíciles pueden sugerir con esa amplitud y seguridad de miras de que sólo Celso tenía el secreto en esos tiempos. La descripción magistral, de una exactitud y de una viveza realmente notables, que han dejado algu- nos médicos romanos, de la manía y de la me- lancolía, sólo se hacen teniendo por delante el documento humano que se le presentaría á cada momento bajo sus ojos penetrantes. El capítulo relativo al tratamiento de la locura, que consti- tuye la parte principal de la obra de alguno de ellos, lo demuestra fácilmente: un campo de obser- vación considerable les permitía fundar sobre ba- ses sólidas esa admirable exposición de reglas del tratamiento físico y moral de los locos á que hacen referencia autores contemporáneos. En efecto, ¿cómo podrían insistir en favor de medidas de dulzura, de la supresión délos medios coercitivos, en suma de los preceptos del no-res- traint moderno, si no hubieran tenido á la mano elementos de comparación y de juicio ? Roma, por sus costumbres desordenadas, el fre- cuente abuso de todos los placeres y de las emo- ciones más vivas, era un pueblo con predisposi- ción adquirida para los trastornos de la mente y EVOLUCIÓN DE LA LOCURA EN LA HISTORIA 57 del sistema nervioso en general. Las composi- ciones de los poetas latinos están llenas de descrip- ciones minuciosas de todas las graves perturba- ciones, abundando en la enumeración pintoresca de su etiología, que parece tomada á los tiempos modernos, de tal manera es la misma de nuestras neuropatías. En las Metamorfosis, «esas fábulas inmortales de la poesía antigua», en medio de sus ficciones encantadoras y de sus graciosas alusiones se encuentran indicaciones menudas sobre aquella atmósfera impura, revelando al mismo tiempo que los extensos conocimientos del dulce poeta del Arte de amar, en astronomía, en medicina y cien- cias naturales, la frecuencia con que se tropezara en Roma con los degenerados, los alcoholistas y los epilépticos. Á pesar del reproche que Mr. Da- remberg (a) hace á los poetas épicos de no ocu- parse de las enfermedades que afligieron en su tiempo á la humanidad, Ovidio, Horacio, Cátulo, etc., etc., pueden tal vez escapar á la crítica por las descripciones cinceladas que nos han transmi- tido. Allí vemos, por ejemplo, que el alcoholismo ya era conocido por sus efectos sobre el sistema ner- vioso. En la fábula de los Marineros metamorfosea- dos en delfines, Baco, en su cólera contra los hombres, se presenta á sus ojos acompañado de (') Histoire des sciences medicales, Paris, 1870. 58 LA LOCURA EN LA HISTORIA leopardos, panteras, animales feroces y agresivos tal cual sucede en las alucinaciones terroríficas del delirio alcohólico cuya menagerie es tan caracte- rística como abundante (a); la cloro-anemia que, según él, reconoce por causa las emociones tristes y los disgustos del amor (cachexia virginum) que una predisposición constitucional y las perturba- ciones mentales favorecen, es una verdadera ob- servación módica (2) en la que el tipo físico de la clorótica está hecho de mano maestra. Horacio, aparte de las descripciones de su diátesis gotosa ya visceral, ya articular, trae sobre nuestro su- jeto indicaciones de suma importancia. Antes que Dante, dice un libro sobre las cos- tumbres de la antigua Roma,que tengo ala vis- ta, hubiera hecho desfilar en su infierno á todos los seres viciosos de su tiempo, Horacio los ha- bía mandado comparecer en una de sus sátiras sobre los pobres de espíritu de la época. Fueron, dice ese libro, Damasippe y Stertinius dos filóso- fos estoicos que desempeñaron el rol que Virgilio llenaba en la Divina Comedia y los que mostraron á Horacio todos esos locos más ó menos lúcidos, que en abundancia vivían en la sociedad romana y que hoy vemos reproducidos con otros nombres y clasificaciones en la nuestra. Hasta los tipos un Q) Quem circa tigres, simulacraque manía lyncum; Picta- rumque facent fera corpora pantherium. (*) Médecine et moeurs de l'ancienne Rome d'aprés les poetes latins. EVOLUCIÓN DE LA LOCURA EN LA HISTORIA 59 poco vagos de la locura moderna, todos esos extra- vagantes que Moreau de Tours ha descrito en un pequeño libro lleno de vivos toques de artista, es- tán descritos por Horacio, que debió tenerlos á cada momento bajo su vista. Musa y Traterios de- bieron marcarle con el dedo uno por uno todos los desequilibrados que se multiplicaban como la mala yerba á medida que aumentaba la descom- posición de la sociedad, tan sucia como los dedos de sus eunucos, según la acusaba Cicerón. Los coleccionistas, los poltrones, los reyes san- guinarios, los celosos, los pródigos, los avaros, los genesíacos embrutecidos, los fanáticos, los pe- derastas y prostitutas que llenábanlos parajes pú- blicos ó cruzaban en las calles, ocupados en la con- secución de sus sucios propósitos, debieron impri- mir á la sociedad los rasgos peculiarísimos de de- crepitud cerebral que trasciende en las magistrales descripciones de Juvenal. Toda la masa humana infectante, invasora é insaciable como la infección sifilítica que les roía los huesos de tiempo atrás, iba preparando con larga mano la decadencia. Mientras el cerebro mantuvo sus tonos normales Roma no pidió Pance et circences; pero cuando la enajenación mental empezó á difundirse, Roma perdió la médula y comenzó su marcha atáxica, se puso balbuciente, torpe, bárbara, im- potente de su cabeza, no ya sólo de sus órganos genitales, cuyo decaimiento sintomático la arro- jara en esa orgía desesperada, universal, que muí- 60 LA LOCURA EN LA HISTORIA tiplica los lupanares y aguza su ingenio transito- riamente fosforescente con la falaz vivacidad que anuncia la demencia. ¡ Qué curiosas revelaciones nos hubiera hecho la Estadística si hubiera podido decirnos con exactitud el número de todos los enfermos, con la meticulosidad y satisfactoria precisión con que nos revela hoy los desastres de la locura ! Cuando leemos las sátiras de Juvenal atenta- mente, parece que en ciertas épocas, dice Dupuy, una epidemia de perturbaciones mentales, de per- versiones genitales, de ninfomanía, de satiria- sis, de pederastía y de safismo hubiera invadido á los hombres y á las mujeres de ese tiempo; epidemia mantenida y fomentada por excesos al- cohólicos, por la ociosidad y la temperatura ener- vante del clima. Esta neurosis universal pare- ce afectar á todos, porque vemos al Censor ir alternativamente del trono á la taberna y de las puertas de Roma á las fronteras del imperio para llamar á unos y otros á un sentimiento más ele- vado de la dignidad humana. De el reino de Tiberio adelante, dice Lamennais, se ven las almas degradarse á un grado que pasma aún hoy mismo; mejor dicho, se manifiesta una de- gradación ya existente y que no esperaba para re- velarse á la luz del día, sino un primer ejemplo y un indigno salario. Lo que más temía el ro- mano pusilánime era la locura que la veia á cada momento al rededor suyo; según Juvenal preferían EVOLUCIÓN DE LA LOCURA EN LA HISTORIA 61 la tisis, la úlcera de los pulmones, un acceso de franca gota, el dolor más intenso con tal de no ser tributario del eléboro de Arquijenes Q). Ya fue- ra bajo la forma de furor uterino, de locura eróti- ca que las mujeres romanas padecían con la fre- cuencia que es notorio, ya bajo la forma de aque- lla locura epiléptica cuyo cuadro clínico magistral- mente observado describe Séneca en su Hércules furioso; aquel súbito mal que lo acomete (quod subitum hoc malum est), aquellos ojos ardientes y siniestramente escudriñadores del dios arreba- tado (Quod nate, vultus huc et huc aeres refers), la terrible alucinación que le hace tomar como sus propios hijos los de Lycus para matarlos in- conscientemente; ya bajo la forma más común de alcoholismo agudo y crónico que se difunde en Roma con una rapidez asombrosa causando los es- tragos consiguientes, lo cierto es, como decíamos hace un instante, que la enajenación mental in- troducía en los sucesos de que era teatro la gran metrópoli, una influencia sin duda importante y constante. Un momento existe en la historia en que esos gérmenes, que la descomposición social fecundiza- ra con tanto calor, estallaron con verdadero estré- pito dando á la dirección de los acontecimientos contemporáneos un giro inesperado: fué cuando (') Etphthisis, et comitce putres, et dimidium crus Sunt tanti? Paupa locupletem optare podagram. Nec dubitet lados si non eget Anticyra nec Archigene. 62 LA LOCURA EN LA HISTORIA apareció en el mundo la figura endeble y transpa- rente del pálido rabí de Galilea. Hay al rededor de ese acontecimiento, todo un libro de conmociones populares equívocas; es uno délos mejores capítulos de psicología histórica en el que una continua pulul ación de alucinaciones y de vagos delirios de extraña índole, dan al in- menso cuadro un carácter completamente especial y único, un estilo en el que está palpitante la pre- sencia de ese elemento perturbador cuyo ilogismo despierta inmediatamente la sospecha reveladora. Esencialmente complejos en su origen como en sus manifestaciones esos delirios pudieron ser la consecuencia de condiciones diversas y aún opues- tas entre sí (*). Á menudo sucede en la enajena- ción mental que no existe una acción única, una misma causa patogénica; casi siempre son múlti- ples y se combinan entre sí para llegar al desarrollo del delirio. Las ideas reinantes de una época, de un país, la agitación política y religiosa que era en- tonces causa y efecto, no solamente favorecen su desarrollo sino que le imprimen un colorido parti- cular (2). Las creencias supersticiosas dominan- tes en ciertos países, la sobrexcitación de las pa- siones que resultan de allí, han producido siempre las locuras y delirios epidémicos que han rei- nado en diversas partes (3). (*) Dagonet, loe. cit., pág. 111. (2) Dagonet, loe. cit., pág. 112. (3) DAgONET, loe. cit. EVOLUCIÓN DE LA LOCURA EN LA HISTORIA 63 ¿ Por- qué misterioso mecanismo la acción de las causas morales, tan evidentes en esa época co- mo en nuestros días, viene á conmover tan profun- damente el órgano encargado de presidir el fun- cionamiento de nuestras facultades intelectuales ? ¿ Cuál es la modificación mórbida llevada á estas porciones del cerebro que tiene por consecuencia la perturbación, el desorden de la inteligencia? Son todos, responde el maestro que hace la pregunta, problemas que indudablemente y á pesar de las numerosas investigaciones hechas á este respecto, permanecerán largo tiempo rodeadas de obscuridad. El hecho es, agrega Parchappe, que debemos limitarnos á comprobar el predominio de las causas morales sobre las causas físicas en la generación de la locura, pues es una verdad ad- quirida por la ciencia que la observación había enseñado á los antiguos y las estadísticas de- mostrado á los modernos. El Cristianismo no podía sustraerse á la ac- ción perturbadora que ejercían en Roma, espe- cialmente en Israel, la influencia de esas causas morales que venían acumulándose más que so- bre el cerebro del romano agotado que bastan- te tenía con su libertinaje como elemento etio- lógico, sobre el alma profundamente melancó- lica del judío azotado por el terror y la opresión mental. Por eso, alguno de sus más grandes hombres, sin ser locos seguramente, toman al am- biente moral ó intelectual ciertos rasgos y som- 64 LA LOCURA EN LA HISTORIA bras de la enfermedad: tienen un perfil vesánico, producto de su temperamento excesivo, en el que tal vez alguna semilla hereditaria que no es posi- ble concretar, da más acentuación á esa vaga sen- sación, diagnóstico equívoco é insuficiente para un juicio definitivo. Los tiempos eran propicios y probablemente Jesu-Cristo, judío también y por consecuencia predispuesto á los trastornos ner- viosos, se sintió más asaltado de lo regular y un natural nervosismo de raza dejó traslucir vaga- mente anormalidades transitorias que no encua- dran con todo en la sintomatología de una pará- lisis general progresiva, como ha pretendido es- tablecerlo en un libro lleno de audacia y de talen- to un escritor francés contemporáneo. Según Renán, Jesús nunca dijo que él fuera Dios; en con- secuencia el delirio de las grandezas que le sirve á JulesSoury de base substancial para su diagnós- tico falla por su quicio. No enuncia ni por un solo instante «la idea sacrilega de que él sea Dios; crée- se en relación directa con Dios, hijo de Dios. El más elevado sentimiento de Dios que haya existi- do en el seno de la humanidad, fué sin duda el de Jesús » (*). $ Estamos de acuerdo en que la megalomanía es uno de los signos evidentes de la Per i-encefalitis difusa, que la violencia de las pasiones religio- sas, la sobre-actividad funcional de sus sentimien- (') Renán, Vidx de'Jesús, pág. 89. EVOLUCIÓN DE LA LOCURA EN LA HISTORIA 65 tos y de sus pensamientos tiene por primer efecto precipitar el curso déla sangre, dilatar fuera de lo normal los vasos y congestionar el cerebro; que la marcha de esa enfermedad es más ó menos len- ta y que presenta remisiones durante las cuales parece volver la razón terminando al fin de algu- nos años en los debilitamientos progresivos del enfermo (*), pero no encontramos en esa existen- cia los síntomas claros que autoricen un diagnós- tico de enfermedad tan grave. La figura mental de Jesús nos ha llegado á través del Evangelio y de los libros especiales que le ha consagrado la ciencia, como una alma dulcísima y por consiguiente exenta de las peligrosas violencias de la pasión religiosa del j^idío contemporáneo, pa- sión lúgubre por su insania original, íntima y per- turbadora por lo mismo que estaba comprimid!, ba- jo el despotismo del pensamiento ortodoxo de la época. La parálisis general, enfermedad desde el principio esencialmente demencial y devastadora, compatible sólo por fugaces momentos con el bri- llo de una inteligencia normal, destructora como ninguna, no le hubiera permitido á Jesús el pleno uso de esa maravillosa inteligencia que no vaciló un momento en todo el curso de su admirable existencia. Su espíritu tranquilo y sereno, como ese lago Tiberiade, cuyas aguas navegaba, én aquel país maravilloso, cuya vegetación era tan rica que (') Jules Soury, Jesús et les Eeangiles. LOC. EN LA BIST. 5 ..• 66 LA LOCURA EN LA HISTORIA á Josefo le pareció casi milagrosa porque poseía con las plantas de los climas fríos, las produccio- nes de las zonas ardientes y los árboles de las lati- tudes templadas cargados todo el año de flores y frutos (*). Esos sitios poblados de embriagadores jardines, junto al Tiberiade y en la orilla formada por la llanura de Genezareth, contra cuya alfom- bra de yerbas y de flores va á expirar el apacible oleaje de las aguas (2) habían derramado en su al- ma sus frescas impresiones de salud, las serenas y dulces transparencias de su horizonte infinito. El Dios de Jesús es hijo de ese ambiente tierno que inoculó en su cerebro las primeras impresio- nes de la infancia: no es «aquel dueño fatal que mata, condena ó salva, según mejor le acomoda; el Dios suyo es, Nuestro Padre y cada, uno le sien- te al escuchar una voz misteriosa que pronuncia en nosotros esta dulcísima palabra: Padre» (3). ¿ Dónde están, pues, esos accesos de frenesí contra los clérigos y los teólogos ortodoxos de su nación, la exageración ambiciosa, ruda y hostil de sus acciones y de sus palabras, ese delirio de grandeza mesiánica que termina rápidamente en la demencia irreparable ? (*) Que entre los suyos pasara por una criatura extravagante, exaltada y difícil de conocer (5), O Renán, Vida de Jesús, pág. 129. (2) Renán, Vida de Jesús, pág. 131. (3) Renán, loe. cit., pág. 90. (4) Jules Soury, Jesús et les Evangiles, pág. 10. (6) Cf. Luc. II, 50; J. Soury, loe. cit., pág. 76. EVOLUCIÓN DE LA LOCURA EN LA HISTORIA 67 nada tiene de extraño. ¿Cómo podría compren- der aquella gente sencilla la sublime misión de ese hombre? Ajuicio de su familia, Jesús evi- dentemente no había «pas bien tourné»; de una constitución delicada, debilitóse aún más por los ayunos y penitencias que cuestan tan poco á los Sirios y Judíos de Oriente y al final de los cua- les se abre el paraíso del éxtasis y de las vi- siones ('). Su temperamento exagerado, proba- blemente, por todo género de causales á cual más estimulantes, despertarían la susceptibilidad, que el equilibrio funcional y las facultades de reduc- ción controlan al estado normal pero que en de- terminados casos domina y se sobrepone, dando lugar á la alucinación transitoria que Briérre de Boismontllamac/?s¿o¿(5g7ca y que según Soury tu- vo Jesús durante sus largos ayunos en el desierto de Judea, después del bautismo de Juan. Pero de ahí á loco y á loco demente desde sus primeros pasos hay una enorme distancia que por ahora la ciencia y lo que conocemos del sublime rabí no nos permite salvar. Semejante drama, se desarrolla dentro del cuadro ondulante y accidentado de una época delirante, en medio de la cual sólo el grande hombre con- serva su equilibrio sereno, momentáneamente mo- dificado por influencias, que no son parte sin em- bargo para quebrarlo. (l) Jules Soury, Jesús et les Ecangiles. 68 LA LOCURA EN LA HISTORIA Todo se conmueve, hasta en sus quicios más profundos y como vamos á verlo en el capítu- lo II, esa sociedad, atraviesa por una crisis que va á cambiar de pies á cabeza al mundo ente- ro. ¿Qué resistencia queréis exigir, pues, de su sistema nervioso de estructura delicada por su condición primitiva y elemental ? La razón in- dividual y colectiva oscila con oscilaciones ex- travagantes; alternativamente entre el genio de Jesús y la imbecilidad de Nerón, ese Ante- Cristo con tan acentuados ribetes de insano moral. Es esa sensación de vaga infección mental que nos ha transmitido la historia la que nos da la idea de una locura universal discurriendo en toda la época de propagación del Cristianismo hasta ese gran silencio que separa la Roma de las grandes persecuciones y la Edad Media que otra vez repro- duce el cuadro de la desolación moral y de los ex- travíos mentales epidemiables. Toda la poesía que encierra el alma de aquella bellísima María de Magdala, que tan célebre había de hacer en el mundo el nombre de su pobre villorío (*), toda la bondad y ternura que derramara Jesús en su imaginación fosforescente, no impidieron que ni aun la bella pecadora fuera como cualquier otro poseído de los siete demonios, es decir que pade- ciera de una enfermedad extraña déla mente y de O Renán, loe. cit., pág. 153. EVOLUCIÓN DE LA LOCURA EN LA HISTORIA 69 los nervios, cuya causa y malignidad, dice Renán, era entonces inexplicable. El más grande de sus apóstoles ¿no fué Pablo ? Y bien; ese sublime Saúl tiene también el alma herida por la idíofrenia que lo hace tan brutal y tan cruel en los impulsos de sus primeros tiempos paganos. Cuando leemos todas estas cosas tan dolorosas para el corazón, una pregunta consoladora surge inmediatamente. ¿Será que en efecto aquellos hombres perdieron por un momento la razón ó existían otras circunstancias que á tanta distancia nos escapan y que nos producen ilusión tan persis- tente? Quisiéramos acariciar esta duda que satisfa- ce los juveniles romanticismos del corazón, pero... es tan inexorable y tan fría la ciencia, que tenemos que inclinarnos ante la verdad que ella nos da disecada mal grado nuestro respeto profundo por esos mitos venerables de perfección y equilibrio. Cualquiera que lea con espíritu científico los accidentes de la vida de Pablo, el más original de los apóstoles, convendrá conmigo que sólo pue- den caber dentro de los accidentes varios de una grave enfermedad cerebral. Todos ellos tienen el sello singular de un delirio exaltado, sus contras- tes violentos, la multitud de pequeños signos acusadores que surgen á cada instante en la larga ó breve evolución de una de esas frenopatías en que predomina la hiperfrenia del corazón ó de la inteligencia, ó ambas á la vez. Es tan chocante 70 LA LOCURA EN LA HISTORIA el contraste entre ambos períodos de la vida, en- tre la persecusión pagana y sus arrepentimien- tos cristianos, tan violenta la transición entre la sombra profunda del primero y la placidez lumi- nosa del segundo, que no podemos defendernos de esa impresión de alienismo que nos asalta al es- píritu, que se rinde ante la evidencia. Su menta- lidad conservó constantemente la mácula, ó mejor dicho la infección íntima de su primera alteración psíquica, porque á pesar de su transformación mo- ral, todos los actos en los diez y seis años que duró su ruda acción por el mundo, conservan algo del emportement excesivo del antiguo maníaco. Sin embargo la misma intolerancia agresiva, atenuada un tanto por el alejamiento de la época en que ex- perimentó su grave crisis y tan propia por otra parte de las organizaciones que han sentido la in- fluencia de una enfermedad cerebral, cuyos rastros perseveran con más ó menos gravedad, durante to- da la vida, influyó en los destinos déla Iglesia que hasta entonces vegetaba en la pobreza de espíritu y la timidez indecisa de los Santos de Jerusalem (*). La pequeña sociedad de pobres de espíritu que había constituido el Cristianismo, sintió como una violenta irrupción de nuevo fluido, un copioso flu- jo de sangre rutilante en sus vasos decadentes, con la entrada de aquel sectario original, cerebro en ebullición, espíritu intrépido, temperamento (J) Renán, San Pablo, 1888, Calmann-Lévy. EVOLUCIÓN DE LA LOCURA EN LA HISTORIA 71 agresivo, porque una secreta irritación circulaba por sus nervios vibrantes. En verdad, dice el au- tor de Saint-Paul, si el Cristianismo hubiese per- manecido en las manos de esta buena gente, ence- rrado en un convento de iluminados, que llevaban la vida común, se habría extinguido como el ese- nismo sin dejar casi un recuerdo. Pero vino el in- dócil y arrebatado judío á darle su verdadero ca- rácter, á hacer su fortuna y corriendo todos los peligros le condujo audazmente en alta mar (*). Esa es la verdadera significación de Pablo en la Iglesia. Por eso es sin duda curiosa esta in- fluencia vital del Santo Apóstol que se resiente en todas sus cosas de la herida de Damasco y que, cuando soplan vientos propicios, la antigua cicatriz se irrita y sus impulsos ponen en con- moción el frágil organismo de la Cristiandad. Hay épocas en que se hace intolerable á pesar de todo, en que para toda una fracción de la Igle- sia, es un herético de lo más peligroso, «un falso judío» (2), «un falso apóstol» (3), «un falso pro- feta», «un nuevo Balaan», «un Jezabel» (4). Las visiones que él llamaba «las profundidades » de Dios, eran clasificadas como «las profundi- dades de Satán », su iglesia se designaba como las « sinagogas de Satán » y por odio á su desa- ta Renán, Los Apóstoles. (!) Apoc., II, 9; III, 9. (8) Apoc, II, 2. (*) Véase: Renán, Origines du christianisme. Saint-Paul, pág. 315. 72 LA LOCURA EN LA HISTORIA gradable persona proclamaban bien alto que los Doce únicamente constituían el fundamento del edificio de Cristo (*). Era un hombre con las originalidades y las in- coherencias de un desequilibrado; despótico, agre- sivo y á veces obscuro y embrollado en sus pen- samientos, cuando su capital de originalidad de buena ley se agotaba en esa charla verbosísima de sus predicaciones vehementes y siempre desco- sidas, aunque aveces sublimes. Su modo de ar- gumentar, dice el autor de Los Apóstoles, es de lo más extraño. Su silogismo no es el de Aristóteles, por el contrario, su dialéctica se ase- meja muchísimo á la del Talmud (2). « Déjase llevar generalmente más de las palabras que de las ideas», peculiaridad propia de la disociación psicológica que Renard ha hecho notar en los de- sequilibrados. Una palabra que vagaba por su mente le dominaba, dice su más moderno histo- riógrafo, y le conducía á un orden de pensa- mientos lejanos del objeto principal; sus transi- ciones son bruscas, sus narraciones incompletas, y sus períodos se ven cortados ó interrumpidos con una frecuencia excesiva (3). En vano se bus- cará en la literatura de todos los países, un fenó- meno tan extraño como el de una página sublime, O Apoc, XXI, 14; cf. XVIII,20, citado por Renán, loe. cit., pág. 305. (*) Renán, loe. cit., pág. 97. (3) Renán, Los Apóstoles, traducción de Manuel Bilbao, 1866. EVOLUCIÓN DE LA LOCURA EN LA HISTORIA 73 cual es el capítulo xm de la primera epístola de los Corintios, al lado de argumentos débiles, repe- ticiones molestas y sutilezas inoportunas (*). Todo este conjunto moral metido dentro de un cuerpo casi ridículo por lo raquítico y contrahe- cho. De estatura baja, un tanto grueso y encor- vado, ostentando sobre sus anchos hombros una cabeza erguida, pequeña y calva; su rostro pálido parecía invadido por una barba espesa; tenía una nariz aguileña, ojos penetrantes y cejas negras que casi se juntaban en la frente : tal es el retrato que hace Renán del famoso fundador de la Iglesia de Antioquía. Tal era San Pablo, «mensajero de la buena noticia » sobre la tierra y sobre el mar, en medio de la calma y de la tempestad, al través de los buenos días como de los malos (2). Vengamos ahora á una época menos remota. Las Cruzadas es el acontecimiento que por su trascendencia y la magnitud del esfuerzo cerebral viene inmediatamente después de los hechos que acabamos de mencionar. Las Cruzadas, expresan con la viveza romanesca que constituye su rasgo más conocido, un estado general del ánimo que Shule, el autor del Tratado clínico sobre las en- fermedades mentales, clasifica de anómalo. El Cristianismo, como lo hace notar Michaud en su popular obra, se mezclaba en la Edad Media á todas las leyes civiles, recordando al hombre todos (J) Renán, loe. cit., pág. 99. (*) Renán, loe. cit., pág. 21, traduc. de Manuel Bilbao, 1866. 74 LA LOCURA EN LA HISTORIA los deberes hacia la patria y uniéndose á todos los principios del orden social (*). En medio de la ci- vilización naciente de la Europa, el cerebro inde- fenso de las poblaciones, por su misma sencillez evolutiva, no presentaba la resistencia necesaria á las falsas ideas y sentimientos que el entusismo y la inflamación de la propaganda religiosa sugería. La religión cristiana se hallaba confundida con todos los intereses de los pueblos, era hasta cierto punto el fundamento de toda sociedad, la sociedad misma y los lazos de la Iglesia universal contri- buían á mantener y favorecer el ardor y el pro- greso de las guerras santas (2). Cualquiera que sea el origen de las Cruzadas es indudable que no hu- bieran sido emprendidas en tan grande escala sin el concurso de esta violenta exaltación moral é intelectiva que se señala por rasgos marcados de anormalidad en la excesiva frecuencia de las aluci- naciones . Los pueblos por el acuerdo de sus sentimien- tos y de sus pasiones, mostraron al mundo, todo lo que puede el celo y el entusiasmo que se acre- cienta al transmitirse; todo lo que puede una creencia que entraña hacia un mismo propósito, cien naciones diversas cuyas inspiraciones, según la expresión del Evangelio, transporta las monta- ñas (3). Todo concurría, pues, dice Briérre de (x) Michaud, Histoire des Croisades, 6a edición, tomo V. O Michaud, Histoire des Croisades, tomo IV. (') Briérre de Bois.mont, loe. cit. EVOLUCIÓN DE LA LOCURA EN LA HISTORIA 75 Boismont, para favorecer la producción de las alu- cinaciones: el sentimiento religioso, el amor de lo maravilloso, la ignorancia, la anarquía, el terror todavía reciente del fin del mundo f). El estado general del espíritu era de gran espectativa, de violenta y sostenida emoción, que han reflejado con colores obscuros las literaturas contemporáneas y posteriores á ese gran acceso de extravagante entusiasmo religioso. En la obra de Esquirol, encontramos las mo- nomanías instintivas, eróticas, ambiciosas, mo- nomanías en las cuales, dice él, la inteligencia se conserva, al mismo tiempo que observamos la perversión de los sentimientos y del carácter, una conducta extravagante, acciones involuntarias, ins- tintivas, irresistibles: por ejemplo en los monó- manos entusiastas, los profetas, los teómanos, etc. «Don Quijote», agrega el ilustre maestro, con- tiene una descripción admirable de la monomanía que reinó en casi toda la Europa después de las Cruzadas, mezcla de extravagancia amorosa y de bravura caballeresca que en ciertos individuos era una verdadera locura (2). No se vivía entonces sino esperando la pro- ducción de grandes acontecimientos sobrenatu- rales, obrados por la mano de Dios mismo. La (') Briérre de Boismont, Les hallucinations ou histoire raisonnóe, etc., 1862. (*) Prefacio de la ls edición del Traite clinique de Schülle, por H. Dagonet. 76 LA LOCURA EN LA HISTORIA voz de Pedro el Ermitaño debió producir una conmoción eléctrica; la libertad de los santos lu- gares se convirtió en la aspiración de todos los corazones. La visión del Oriente fué algo de má- gico que inflamó las imaginaciones y apenas hú- bose dado la señal para la primera cruzada cuan- do comenzaron las apariciones misteriosas, las vi- siones fabulosas, las alucinaciones individuales y colectivas como manifestación expresiva del anor- mal estado de todos los espíritus (*). Los pue- blos, las comunidades agitadas y nerviosas, la gente armada, el humilde labrador contagiado, percibían en el aire signos y augurios de toda clase. Una sensación de terror y de lúgubre y profunda tristeza circula en los cerebros: la épo- ca milenaria estaba aún presente en la concien- cia humana que todavía busca refugios á la vi- sión de sus terrores en las lamentaciones de los claustros y de las catedrales llenas, como dice Ozanan, del rumor de las oraciones y de las sal- modias de los clérigos; pobladas de peregrinos medio enloquecidos, de trovadores silenciosos, de monjes, de penitentes, de caballeros, de muche- dumbres perseguidas por la visión de la muerte, del Purgatorio y del « abismo de la eternidad sin crepúsculo y sin ocaso ». No hay nada comparable á la situación moral de aquellos hombres molestados por la aflicción O Briérre de Boismont, loe. cit., pág. 496. EVOLUCIÓN DE LA LOCURA EN LA HISTORIA 77 del pánico: para comprenderlo basta penetrar mentalmente en las naves de las catedrales góti- cas, llenas de luces y de sombras; escuchar las tan sugestivas estrofas del Dies ir ce, que aún hoy mis- mo, que, como dice una famosa escritora, no ate- rra á las multitudes el miedo á los castigos de ul- tratumba, infunde religioso pavor al resonar en las misas de difuntos; contemplar los frescos de Orcagna « el pintor de las justicias eternas » en el cementerio de Piza ó las pinturas del Giot- to; impresiones todas que dan el sentimiento neto del estado de la sensibilidad moral contem- poránea. Se pensaba más en la muerte que en la vida if). La Edad Media gravita toda alrededor de un sepulcro; la vida no era más que la prepara- ción para la muerte (2). La locura de la Cruz que es el alma de todas las magnificencias de esa edad (3), toma las proporciones de una obse- sión que andando el siglo xm se encarna en «un obscuro mancebo de Umbría, que consa- grado á los festines y á los amores va después á crucificarse como Cristo, su Maestro, y á con- vertir el férreo mundo de la sociedad feudal» dan- do lugar á esa bella leyenda franciscana que ha consagrado cosas tan grandes. A tantas prue- (*) Ozanan, Des poetes Franciscains en Italie du treiziéme siécle, Paris, 1855. (*) Ozanan, loe cit. (8) Adolfo de Sandoval, Estudios críticos de la EdM Me- dia, 1887. 78 LA LOCURA EN LA HISTORIA bas y calamidades como ejercitaron la paciencia del mundo cristiano en la primera mitad de la Edad Media, dice la autora de la bellísima Vida de San Francisco de Asís, hay que añadir la más profunda quizá: la alarma trágica del milena- rio. Pensaron las gentes « ver expresamente con- signado en el Evangelio que el año 1000 de la En- carnación de Cristo había de concluirse el mundo y perecer toda la raza humana. Á medida que se aproximaba la época fatídica, parecían anunciar- la males y desdichas sin cuento. El edificio polí- tico y social se bamboleaba; los que contemplaban las ruinas del potente imperio romano, también podían ver las del Cariovingio, tan presto levanta- do como caído, dividióse primero en naciones, se fraccionó en estados luego, y Europa, después de aspirar ala unidad, se halló nuevamente destron- cada y disuelta. Por efecto natural de tantas in- vasiones, de tanta fuga y susto, quedáronlos cam- pos sin cultivo, desatendida la agricultura, de mo- do que á fines del siglo X desvasta á Europa el hambre y un celemín de trigo se paga á peso de oro ». Esa emotividad de una exageración malsana, producía las naturales consecuencias traducidas en un malestar psíquico bien acentuado; porque á medida que las facultades intelectuales bajan, que el sistema cerebro-espinal pierde su energía, su actividad sensitiva, dice un maestro reputado, se convierte en lo que llamamos sensiblerie, espe- cie de susceptibilidad morbosa á las más pueriles EVOLUCIÓN DE LA LOCURA EN LA HISTORIA 79 impresiones morales que se ve en la apoplegía, la parálisis general, la demencia y la senilidad. La Excomunión y el Auto de Fe, que descri- biremos más adelante en la Psicología del Inqui- sidor Español, constituían la fuente de las más brutales y más violentas emociones; la imaginación moderna no conoce nada comparable á esas dos instituciones destinadas á quebrar la fibra más vigorosa. Arma puramente moral, la excomu- nión era, sin embargo, poderosísima, sobre todo cuando al caer sobre la cabeza de un monarca se unía al anatema, el entredicho de todos sus rei- nos. Ponían paVor en el ánimo más esforzado las lúgubres ceremonias de la maldición eclesiás- tica, dice el escritor español cuya descripción deseamos copiar. Obispos y sacerdotes se diri- gían procesionalmente á la catedral, á media no- che, al hondo tañido de las campanas doblando á agonía. Por última vez, ascendían á Dios, desde el templo, las voces suplicantes entonando el Miserere; obscuro velo cubría la imagen de Cristo; las reliquias de los Santos eran transportadas á la subterránea cripta y consumía la llama las postreras especies del pan de los justos, de la hostia, como el anatema de la esperanza los cora- zones... (*) Los concurrentes volvían sus antor- chas y las apagaban con el pie, significando la vida espiritual que se extinguía en el alma del (*) Emilia Pardo Bazán, Vida de San Francisco de Asís. 80 LA LOCURA EN LA HISTORIA reo. Revestido el legado con la estola morada de los días de Pasión, se adelantaba, y entre el silen- cio general pronunciaba el anatema: desde el pun- to mismo suspendíase el culto, veíanse enlutados los altares, interrumpidos los misterios y el pueblo rompía en sollozos, en lágrimas, en dolientes ayes y las madres estrechaban contra su seno á sus hi- jos y la multitud huérfana del Dios consolador y amigo, se volvía desesperada á sus hogares (*). Tales eran las complicadas impresiones que re- cibía el espíritu en tan frecuente conflicto de emo- ciones. Se vivía una vida lúgubre y era menester nervios de bronce para resistir' la usura que ese choque constante producía en el alma. Todo el arte de la época está contaminado por esta honda impresión de pavor que da pábulo á las alucinaciones y produce tanta locura; un arte que mortificó el cuerpo, « cerró los ojos por no mirar los esplendores de la creación, y cu- brió el mundo físico con el sudario de la peniten- cia y de la muerte ». Así se explican aquellos Cristos ensangrentados, «lívidos, presos de angosta enagüilla», las vírgenes «ojerosas, flacas, cautivas en los rígidos pliegues de su ropaje», que producen la impresión aterra- dora de las apariciones morbosas, los mártires «que tienden en el duro potro sus descarnados y exiguos miembros », los confesores y las legio- (') Pardo Bazán, Vida de San Fracisco de Asís, pág. CXV. EVOLUCIÓN DE LA LOCURA EN LA HISTORIA 81 nes de frailes á que aludimos en otra parte, pá- lidos por las vigilias, «los ángeles de cuerpo eté- reo emblema de la abstracción », la grosería y la barbarie en el diseño, la falta de vida y realidad en el arte. Llevaban una pura vida mental, absor- bida la sensibilidad por el sentimiento exclusivo de una excesiva subjetividad, con la imaginación sólo ocupada de forjar extravagancias, castigos y existencias deformes, otros mundos irrealizables, leones con alas en el lomo, águilas de cabeza duplicada, sueños calenturientos de donde nacen los grifos, los buhos con rostro humano, los monstruos espantables que sostienen los pilares y repisas de la arquitectura ojival (l); agregado á todo eso tener todavía la nutrición deprimida por una precaria alimentación, una digestión decaída y la circulación perturbada por la subversión de todas las reglas de una buena higiene elemental, es estar ya muy adentro de esa « ciudad dolorosa » de donde, si se regresa, no es sin la marca inde- leble que deja en el cerebro su estigma grosero. Cuando apenas los Cruzados habían penetrado en Asia, esos titulados prodigios se multiplican. En la batalla de Doriló ven á San Jorge y á San Demetrio combatiendo en sus filas y animando á los soldados cuando el ánimo decae (2). Y en medio del entrevero de Antioquía una tropa ce- leste, cubierta de armaduras,,desciende del cielo (*) Pardo Bazán, Vida de San Francisco de Asís, pág. 206. (!) Michaud, Histoire des Croisades, vol. I, pág. 178. LOC. EN LA BIST. 6 82 LA LOCURA EN LA HISTORIA conducida por los mártires San Jorge, San Deme- trio y San Teodoro (*). En el momento de mayor furor, en una sangrienta salida del sitio de Jerura- lem, Godofredo y Ray mundo aperciben sobre el monte de los Olivos un caballero agitando una gla- va y dando al ejército la señal de entraren la ciu- dad. Todos gritan que San Jorge llega oportuna- mente en apoyo de los Cristianos al mismo tiempo que se difunde en el ejército que el Santo Pontífice Adhemar y muchos otros cruzados, muertos du- rante el sitio, acaban de aparecer á la cabeza de los asaltantes enarbolando la bandera de la Cruz en las torres de Jerusalem. Tancredo y los dos Ro- bert, animados por el milagro, hacen nuevos y heroicos esfuerzos arrojándose sobre la plaza (2). El día en que Saladino entró ala ciudad santa, dice Rigoord, los monjes de Argenteuil vieron á la luna descender del cielo sobre la tierra y re- montar luego nuevamente hacia arriba. En mu- chas iglesias, los crucifijos y las imágenes de los santos habían derramado lágrimas de sangre en presencia de todos los fieles que habían visto el sorprendente milagro. Uno de los caballeros cristianos vio una águila que teniendo en sus garras siete dardos y volando sobre la cabeza de un gran ejército lanzaba estas palabras con un acento terrible: Desgraciada Jerusalem (3). (*) Michaud, loe. cit., etc. (2) Michaud, Histoire des Croisades, pág. 338. (3) Michaud, loe. cit., tomo II, pág. 296. EVOLUCIÓN DE LA LOCURA EN LA HISTORIA 83 Todas las multiplicadas formas de la halucina- ción, muchas de las que hoy apenas si vemos una que otra vez, tenían ancho campo en la ima- ginación tan bien preparada de esos ejércitos de gente sugestionable y sencilla por excelencia. Aquella manifestación rara del sentido delirante que conocemos bajo el nombre de alucinaciones panorámicas, daban á la exaltación singular del caballero cruzado proporciones inusitadas, atando con vitas inconmovibles en su corazón la creencia inquebrantable de la realidad exterior de los obje- tos que él creía tener delante de sus ojos, las voces proféticas ó cariñosas que creía oír con sus oídos. Entre la visión objetiva, que es la visión pro- piamente dicha y que supone necesariamente un órgano de la vista, y la visión subjetiva es decir, la alucinación ó la revivicencia por el espíritu de una imagen anteriormente percibida, no hay, dice Virchow, más que esta diferencia, que la una sea real y la otra no. Las dos son igualmente rea- les; son producidas la una y la otra por el eretismo de los órganos sensoriales, pero su relación con la actualidad objetiva, difiere esencialmente en los dos casos, puesto que en uno hay percepción ver- dadera de la realidad exterior, mientras que en el otro caso de la alucinación, es el individuo, que crea su propia sensación (f). La sensación obje- tiva y la subjetiva tienen una misma realidad (') Dagonet, Traite des maladies mentales. 84 LA LOCURA EN LA HISTORIA interior, es decir la excitación de las partes ner- viosas que presiden á las funciones de la sensibi- lidad, por lo que el alucinado atribuye á sus visio- nes subjetivas la misma fe, la misma creencia que á la vista objetiva (*). Christian cree que bajo el punto de vista subjetivo la alucinación y la sensación son absolutamente idénticas y algu- nos autores han ido hasta identificar la represen- tación mental con la primera (2); pero como lo observa juiciosamente otro profesor, parece difícil admitir que esta última no sea otra cosa que el más alto grado de la representación mental, por- que la representación de una imagen, de un so- nido aún muy intenso no tiene el carácter de ex- terioridad que notamos en la alucinación (3). La misma peculiaridad de la alucinación pano- rámica le da un carácter mayor de verosimilitud, asi como la excepcional tensión del espíritu natu- ral efecto de lo que la situación tenía de trágico. Estas alucinaciones panorámicas se producían en los caballeros cruzados y en la turba de pere- grinos que verificaban largos y penosos viajes para visitar los lugares santos en las mismas con- diciones en que se observan en las personas que obligadas á verificar largas marchas en los países cálidos experimentan la influencia de impresiones (*) Virchow, citado por Dagonet en su Traite des maladies mentales. (2) Christian, art. Hallucinations del Dictionn. encyclop. des sciences medicales. (3) Dagonet, Traite des maladies mentales, pág. 66. EVOLUCIÓN DE LA LOCURA EN LA HISTORIA 85 sensoriales de naturaleza y de origen diferente. Conocida es la influencia considerable de los cli- mas en la imaginación, lo que explica la razón por la cual estas aberraciones intelectuales son más comunes en los países cálidos, en los pueblos me- ridionales cuya tendencia á la reverie es prover- bial (')• Las principales alucinaciones eran de la vis- ta y los espléndidos panoramas imaginarios que por efecto de la extremada exaltación moral ó intelectual se presentaban á su vista en los lar- gos y penosos viajes al través de los mares y del desierto, producían un sin número de fenómenos cerebrales que daban á sus hechos y á sus proce- dimientos, á su temperamento moral, un tinte tan singular. Á los errores visuales se agregaban las alucinaciones ó ilusiones del oído : oirían mur- mullos extraños del viento cuyos diversos tonos de voz tienen un poder sugestivo extraordinario cuando se vacian en un oído irritado, el choque de las piedras bajo el casco del caballo, la bruma ó la penumbra del ocaso serían otros tantos ele- mentos de estímulo para el cerebro cansado; «los ojos permanecen abiertos, el oído recoge los soni- dos, la mano siente y obra, el espíritu razona... y sin embargo el viajero no es sino el juguete de las alucinaciones más extravagantes», dice Es- cayrac de Lauture en una memoria presentada á i1) León Colín, Art. Ragle del Dictionnaire encyclopé- dique des sciences medicales, tomo X. 86 LA LOCURA EN LA HISTORIA la Academia de Ciencias sobre esas extrañas alu- cinaciones del desierto de que los cruzados fueron víctimas frecuentes. Una misma exaltación dulce y fraternal se apo- deraba de todos en la hora propicia de la tar- de : « una especie de invencible miraje ofrecía á toda la caravana la imagen de la ciudad santa arrojando en un enternecimiento indecible el al- ma de todos esos peregrinos. ¿Qué soplo del cie- lo disponía al mismo tiempo todos esos corazo- nes para la misma emoción y animaba á todos los espíritus para un mismo pensamiento?» La alucinación panorámica proporciona al alucina- do la visión de espectáculos grandiosos: la con- templación de la ciudad natal en medio del de- sierto desolado y de la noche obscura, la percep- ción inmediata, al alcance de la mano, de un pe- dazo del hogar ausente y remotísimo, la visión clara y luminosa de una vasta zona de tierra que desaparece como por obra de encanto al aproxi- marse las primeras claridades del día (1). Las (L) Diversas pasiones depresivas (dice Colin en su artículo sobre las alucinaciones del desierto) la nostalgia, pueden pre- disponer especialmente á ciertos individuos y entonces, casos aislados de alucinación, verdaderos ejemplos esporádicos reemplazarán estas manifestaciones múltiples de apariencia epidémica. «He citado la historia de un oficial de nuestro ejército desembarcado hacía algunos meses en Argelia y que á pesar de su vivo deseo de perseverar en la carrera militar, había sido afectado de nostalgia ; uno de los últimos paseos que hizo en Francia, fué á la fuente de Vaucluse. Durante un día de marcha muy caluroso y pesado, en el mes de Julio, entre Oran y Máscara en una llanura quemada por el sol en EVOLUCIÓN DE LA LOCURA EN LA HISTORIA 87 mismas condiciones de nutrición precaria en que los peregrinos y los Cruzados hacían las travesías los colocaba en circunstancias propicias para experimentarlas. Es raro el fraile anacoreta que no haya tenido alucinaciones de esta naturaleza al atravesar el desierto en las condiciones desfavorables en que lo verificaban. Por los trabajos de los modernos exploradores del África y del Polo Boreal, dice un escritor español, podemos concebir los grados de penuria que experimentaba un misionero del siglo vm para internarse en los páramos que se extienden más allá de los montes Urales, cuando además de la sañuda hostilidad de la Naturaleza se les oponía el furor de los Nómades, cebados en el saqueo y la matanza. Con la cabeza turbada por la locura mística de la época, esos hombres extraordinarios emprendían á pie sus caminatas sin llevar más que el hábito puesto, á veces un libro de oracio- nes y las vestiduras necesarias para el oficio di- vino; atravezaban las frías estepas, comían maíz donde ni el más pequeño hilo de agua se encontraba, se lanza de pronto adelantándose á la columna expedicionaria, gritando, la fuente — mirad la fuente — he ahí la fuente de Vaucluse!! Se le rodea, se le interroga, pero él está estupefacto y sólo responde: Pero mirad la fuente de Vaucluse! No se le puede convencer de su error y durante la noche la misma alucina- ción lo persigue sin descanso ; la nostalgia hacía progresos notables y como se agravara fué necesario darlo de baja para que regresara á Francia á curarse » Dictionnaire encyclopé- dique de sciences medicales, tomo X. Véase también: León Colín, De la melancolie, Paris, 1863. 88 LA LOCURA EN LA HISTORIA hervido sin sal, bebían leche de yegua ó nieve de- rretida al calor de sus manos y agregados á las ca- rabanas dormían en el helado desierto, ala tártara, sobre el vientre de los animales ó bajo el techo de la piel de la tienda (*). Así vivió en medio de la pe- nuria del desierto y de la exaltada pasión de su de- bilidad irritable Fray Juan Plano de Carpi, el após- tol de Bohemia y Noruega, el primero en informar á la Europa de las costumbres y particularidades de la raza mongola; así Fray Guillermo de Rubri- quis, que le imita y escribe la curiosa relación de sus aventuras; así, Fray Juan de Montecorvino que no se detiene hasta el imperio chino; así, por fin, el beato Odorico de Pordenone, que vence en osadía ó infatigable decisión á los más arriesga- dos exploradores contemporáneos (2). De los países más lejanos, el espíritu de pere- grinaje, dice Michaud, se extendía hasta las re- giones situadas casi á las puertas de la ciudad Santa. Las más extravagantes empresas se or- ganizaban siguiendo ese impulso deambulatorio que provenía de la exageración histérica, como diceDespine, del misticismo peculiar engendrado por el Santo Sepulcro. En el año 1064 (3), veinte años antes de las Cruzadas, tuvo lugar la célebre peregrinación de (a) Emilia Pardo ¡Bazán, San Francisco de Asís (Si- glo XIII). (2) Pardo Bazán, Vida de San Francisco de Asís. (3) Esta peregrinación se halla inserta en Baronius Anales Eccles. anno 1064. EVOLUCIÓN DE LA LOCURA EN LA HISTORIA 89 más de siete mil hombres cuyos jefes fueron Si- gifredo, obispo de Mayense, Guillermo, obispo de Utrecht, Gunther, obispo de Ramberg, y Othon, obispo de Ratisbona. Caballeros normandos, gue- rreros piadosos, verdaderas turbas fanatizadas por la idea fija de la liberación del Sepulcro Santo venían á agregarse á la extraña expedición, de todos los puntos de la Francia y de la Euro- pa (*); el más extraño y hasta diabólico aspec- to presentaba la multitud abigarrada, porque á la impresión que dejaban en el ánimo las fisono- mías anémicas y enflaquecidas de esos cuerpos consumidos por la penitencia y el imsomnio, se agregaba el chocante contraste de las riquezas magníficas con que se cubrían los caballeros y obispos en cuyos ornamentos sagrados brillaban el oro y las piedras de singular valía (2). El lujo sorprendía álos burgos y á las ciudades y villorrios por donde pasaban y cuyos habitantes corrían á verlos desfilar llenos de admiración ante la multi- tud inconsciente, que aunque fatigada y sin disci- plina no cesaba en su marcha nerviosa, hincada por el aguijón de su pensamiento fijo. De las laderas de las montañas se despren- dían como si nacieran de la piedra misma, sur- gían de la llanura como si fueran producto de la tierra fecundada por la semilla de alguna he- chicería. Víctimas de sus ilusiones constantes, O Michaud, Histoire des Croisades, tomo I, pág. 435. (*) Michaud, loe cit., tomo I, pág. 435. 90 LA LOCURA EN LA HISTORIA parecían ellos mismos, la materialización tangi- ble de esa alucinación que establecía un circu- lo vicioso y fomentaba los delirios del senti- miento irritado por tanta angustia y traumatis- mos morales. El número de los peregrinos que ya en grupos, ya solos, emprendían el camino de Jerusalem llegó á constituir una verdadera y gruesa corriente de emigración que fué preciso re- glamentar ajustándola á prescripciones severas. El peregrinaje y la muerte tan curiosas de Leth- bald indicado por Michaud; el de San Bononius, también lleno de interés y que en pleno mar tuvo una de esas alucinaciones panorámicas en que se le representaba la Palestina sonriente y sugestiva; el de Raymond y de Richard, cura de Saint-Víc- tor y la de casi todos estos perseguidos por la ob- sesión de ese pensamiento, demuestra que el se- creto de su fe sincera, la resistencia á todas las más grandes penurias de la travesía estaba en una ver- dadera y anormal excitación : «el leño maravi- lloso» que se adelanta á recibir al peregrino, como en la visión de San Antonio; «la estrella del fir- mamento que venía á posarse sobre la cumbre de la cruz » y que se mantenía rutilante durante el tiempo breve de la adoración del peregrino; «las súbitas iluminaciones del templo, las voces ar- moniosas, las palabras proféticas», los gritos y de- más impresiones auditivas y visuales que asegu- ran todos ellos haber sentido, no son, pues, pro- ducto de la saludable presencia divina sino de la EVOLUCIÓN DE LA LOCURA EN LA HISTORIA 91 profunda agitación del sentido delirante, como llama Max Simón á esas alucinaciones llenas de esperanzas (*). Ese siglo xm conmovido por el difundido tem- blor de las Cruzadas, más que ningún otro, tiene singulares aspectos de locura, porque al esplén- dido florecimiento de las ciencias y de las le- tras que determinan una gran excitación intelec- tual sobre cerebros todavía inaptos para tan rápi- do progreso, se agrega una exaltación moral que pone fuera de quicio á la razón universal. Detrás de la sombra augusta del fraile filósofo que sostu- vo el progreso continuo de la inteligencia humana se perciben rápidas vislumbres de profundas per- turbaciones del espíritu, individuales y colecti- vas. Es que á la ignorancia, á la mendicidad mental supersticiosa de las clases elevadas se agre- ga la sugestión universal, medio satánica de los Alberto el Grande y los Arnaldo de Villanueva, que traen convulsionado el espíritu con sus sos- pechosas predicaciones. Bajo la influencia de semejantes agentes mora- les que difunden fácilmente los efectos contagiosos, ayudados por las causas físicas debilitantes, ya mencionadas, vénse en^esos tiempos, desarrollarse las epidemias puramente morales unas veces, histe- ro-morales y convulsivas otras, y de que nos vamos á ocupar repetidas veces en el curso de este libro. (') Véase Michaud, Histoire des Croisades, tomo I, piezas justificativas. 92 LA LOCURA EN LA HISTORIA Prosper Despine,quesin dudaalgunaeraun mé- dico psicólogo de talento, ha hecho en su libro me- morable Q) una teoría sui generis que no carece de verosimilitud seguramente y en que divide las locuras generalizadas en locurras patológicas y locuras molíales; incurables las primeras y cura- bles completamente las segundas, aunque de efec- tos no menos intensos y durables. La mayor parte de esos individuos impresionados por los agentes morales, no caen habitual mente, en las enferme- dades cerebrales graves que produce la locura esencialmente patológica: su estado histérico, ase- gura Despine, cura, no por un tratamiento médi- co propiamente dicho sino por la supresión de las causas excitantes y haciendo cesar el efecto perni- cioso del contagio por medio del aislamiento de los contaminados, por el alejamiento de las personas más impresionadas, más excitadas por las causas mencionadas (2). Sin embargo un cierto número, aquellos cu- yo cerebro está predispuesto á las alteraciones graves, caen en la lipemanía ó en la manía y terminan sus días en la demencia: « Un cerebro más frágil no puede resistir los asaltos continuos de las causas perturbadoras y concluye por cons- tituir el foco de una actividad patológica, su- friendo la consiguiente desorganización de su te- (*) De la folie au point de oue philosophique ou plus special- ment psychologique, etc., etc., etc. 1875. (*) Despine, La folie, etc., pág. 724. EVOLUCIÓN DE LA LOCURA EN LA HISTORIA 93 jido ». Son todas estas circunstancias etiológi- cas y patogénicas las que han determinado, en los siglos de mayor fanatismo religioso, todas las epidemias intelectuales que devastaron el cerebro de las poblaciones: la sensibilidad moral profunda- mente excitada, perveriida, concluye por presen- tar todos los caracteres psicológicos de la locura, reaccionando sobre el encéfalo y por este órgano sobre todo el sistema nervioso que produce los fenómenos histéricos tan notables en las epide- mias. Esa excitación una vez encendida en un fo- co, dice el mismo Despine, se generaliza por el contagio de la pasión, siendo por él que suscita sentimientos ó ideas análogas, que la enajenación mental manifestada por todos los contaminados toma un carácter idéntico y por consecuencia epi- démico (*). Las epidemias más notables de este género, tie- nen su origen en el sentimiento religioso: « pa- sión compleja compuesta de sentimientos viva- ces como ninguno y de los más excitables del corazón humano, tales como la esperanza, el te- mor, la veneración, el sentimiento de lo mara- villoso, etc., etc. » Las principales locuras de la Edad Media sobre todo, según el tema de sus delirios ha recibido diferentes nombres: la Teo- manía, que tenía por objeto las ideas que se refe- rían al Ser Supremo, á los ángeles, al misticis- (') Despine, loe. cit., pág. 725. 94 LA LOCURA EN LA HISTORIA mo en general, la Demonolatria, que era un gé- nero de locura que ha tenido también un carácter más ó menos epidémico y que tenía por objeto principal el culto al diablo; la Demonopatia, ó po- sesión del diablo, y, por fin, la Zoantropía (*). Para terminar con la cita de Despine diremos que el estado neuropático histérico que se muestra á menudo en tales epidemias no es para él causa, sino un epifenómeno que no es necesario ni cons- tante, pues no se manifiesta sino en ciertas con- diciones. Ese estado neuropático es el producto, sea de causas físicas debilitantes, deletéreas para el sistema nervioso, sea de excitación determinada por el enardecimiento de los sentimientos y de las pasiones que el contagio moral ha generaliza- do; ó en otra forma: este estado morboso es el producto de la influencia que la sensibilidad moral ejerce sobre el cerebro y está siempre en relación con la intensidad de estas dos causas, la una moral y la otra física (2). Inspira repugnancia ese olor acre al humo y á la sangre que transciende la historia de esa violen- ta pasión humana. Todas las circunstancias que conmueven viva- mente las facultades de un cierto número de in- dividuos, que sobrexcitan sus sentimientos, que sublevan en ellos las pasiones, suscitan sea direc- tamente por sí mismos, sea indirectamente por O Despine, La folie au point de vue philosophique, etc. (*) Despine, loe cit., pág. 722. EVOLUCIÓN DE LA LOCURA EN LA HISTORIA 95 medio de ese contagio sobre el que tanto insiste el autor de la Psychologie naturelle, sentimien- tos, pasiones análogas y por consecuencia deli- rios semejantes en un gran número de personas y aunen poblaciones enteras (x) como sucedió en los tres siglos de mayor auge epidémico. El contagio de los elementos instintivos «es tanto más activo cuanto más ignorantes sean las pobla- ciones ». Desprovistos de las luces de la ciencia y de la razón intelectual, que son los únicos medios con los cuales la lucha es posible contra las inspi- raciones irracionales del sentimiento, de lo mara- villoso y para neutralizar ciertas causas excitantes délas pasiones, todos esos pueblos sufren fácil ó inevitablemente los efectos de esa acción en- fermiza. Las convulsiones históricas ó de otra naturaleza, las anestesias y analgesias que ence- rraban en su patogenia el secreto de la insensibi- lidad y beatitudes de ciertos santos y profetas á los más grandes dolores, las hiperestesias genera- lizadas ó en zonas que constituían el sigillum dia- boli en la pobre poseída, la letargía completa ó in- completa, el sonambulismo, el delirio en sus múltiples y cambiantes expresiones de delirio de la inteligencia, de delirio de los sentidos, delirio del sentimiento, de los instintos y de los actos, eran los principales fundamentos de aquellas lo- curas por lo general rápidamente epidemiables. (') Despine, La folie, etc. 96 LA LOCURA EN LA HISTORIA Un concurso si bien menos eficiente y visible, no por eso sin importancia, no nada pequeño en las determinaciones de muchos de los grandes hombres ha prestado lo que en psicología mórbi- da llamamos la idea fija: esa especie de espina envenenada que no se enquista jamás. La idea fija ha hecho muchas grandes cosas en la historia política de los pueblos. Fisiológica al principio, á fuerza de gravitar sobre un cerebro un poco tentado, acaba por hacerse patológica. Comprendo que en estas condiciones sólo perte- nece al cerebro realmente enfermo, pero no cuando ciertas preocupaciones comienzan á germinar con pertinacia en una cabeza, accidentalmente prepa- rada por causas actuales ó por parentescos morbo- sos ocultos que traicionan su comunidad de origen. En condiciones determinadas, la idea fija sin ser por sí sola un carácter absoluto de enajenación mental, puesto que se puede encontrar en perso- nas que gozan de la plenitud de sus facultades y de la casi integridad de la razón, puede como he dicho, afectar en determinadas condiciones un tin- te sensiblemente patológico y anormal. Cuan- do un individuo está dominado por una pasión insistente, viva, constante, diremos así, tejida so- bre una sensibilidad fuera de las proporciones normales y una imaginación ardiente, entonces un pensamiento común, una simple sospecha reviste fijeza sospechosa, ese carácter enfermi- zo de las que se observan en los locos (Dago- EVOLUCIÓN DE LA LOCURA EN LA HISTORIA 97 net). Echad en una cabeza de los quilates vesá- nicos de Luis XI, de Carlos IX y de tantos otros cerebros felées, una idea cualquiera, pero con cier- tos caracteres sugestivos y veréis cómo lo que en otro no pasaría de un pensamiento más ó me- nos dominante, en ellos tiene los caracteres de una verdadera idea fija morbosa. Luis XI presenta, como dice Jacoby, un notable ejemplo de ese estado intermediario entre «la nor- me et la folie » que tan frecuentemente se encuen- tra entre las familias heridas por el vicio freno- pático. Sobre ese terreno abonado, la idea fija obsesiente, de anular la nobleza reforzada por ciertas ideas de persecuciones que revoloteaban á menudo en su mente, había tomado propor- ciones enfermizas, dominando todos los actos de su vida. Como en Felipe II la idea fija de la unidad cató- lica y como en Carlos V la del imperio universal, ese otro cerebro maculado de Luis XI tenía la del Estado, la de un reino único, de una Nación que lo perseguía como una obsesión y que llevaba á cabo haciendo á un lado todo otro propósito, cualquiera que fuera su grandeza: la guerra admi- rablemente obstinada que sostuvo contra el poder feudal la revela: y'en'ay autre paradis en mon imagination que celui-lá)), decía, demostrando que ese fué « el ardor y el móvil de su vida, el ce- lo que lo devoraba », la ambición que lo quemaba d'unfeu si acerbe. Esa grandeza y obstinación de LOC. EN Li UIST. 7 98 LA LOCURA EN LA HISTORIA su pensamiento matriz parece que atenuara la in- dignidad de sus medios (*). En tales épocas la patria estaba tan estrecha- mente identificada con el Rey, sus intereses tan mezclados, su porvenir tan confundido (2) que una de esas ideas fijas en vez de exteriorizarse en actos extravagantes é inconvenientes, como sucedería en un hereditario común, se traducía en un propósito como ese, que al fin y al cabo para el criterio de aquel tiempo no pasaba de una soberana locura. En un individuo tan predis- puesto como este terrible hereditario, dotado de un carácter sensible y tan supersticioso, ese pen- samiento puede presentarse al espíritu de una manera continua y persistente, no abandonarlo más, obsesarlo, perseguirlo, dominar en suma to- das sus concepciones. Pero, dice un profesor fran- cés de psiquiatría, mientras el individuo conser- ve la libre dirección de sus actos y de su vo- luntad no puede haber delirio. En este caso, sin embargo, agrega Parchappe, el limite que separa la razón de la locura es difícil determinar para el observador y fácil de franquear para el espíritu. La idea fija, observa Marcó, puede permane- cer dentro de los límites de la razón (3); pero en la mayoría de los casos los franquea como su- (') Paul de Saint-Víctor, Hommes et Dieux. (8) Paul de Saint-Víctor, Hommes et Dieux. (3) Marcé, Traite pratique des maladies mentales, París, 1862, pág. 350. EVOLUCIÓN DE LA LOCURA EN LA HISTORIA 99 cedía en Luís XI, que frecuentemente se hallaba en ese estado de penumbra mental, mezcla singular de locura y de buen sentido. En la enajenación mental las ideas f jas son el resultado del ejercicio involuntario de las fa- cultades y de la imposibilidad en la cual se ha- lla el enfermo de reaccionar contra las impre- siones penosas que lo asaltan y contra los senti- mientos depresivos que son la consecuencia (a). Una vez que la idea se ha convertido en expli- cación de los fenómenos cuya razón de ser no puede encontrarse en los hechos de orden ha- bitual, cuando se apodera del espíritu de los en- fermos, se adhiere con una tenacidad extrema- da, nada puede hacerla desaparecer, cualesquie- ra que sean los medios empleados ó los esfuerzos tentados con el fin de demostrar lo absurdo y falso de ella. La intimidación no llega á un resultado más favorable y, como sucedió con Juana de Arco, en algunas ocasiones puede hasta tener serios incon- venientes (2). En vano «se agotarían los argu- mentos más lógicos para convencerle, porque se expondría uno á fatigarse inútilmente, sin otro be- neficio que exagerar la irritabilidad del enfermo, que encuentra un nuevo elemento de estímulo en el hecho mismo de la discusión que parece facilitar más la asimilación del pensamiento perseguidor ». (l) Dagonet, Traite des maladies mentales, 1894. (*) Dagonet, loe cit., pág. 51, 1894. 100 LA LOCURA EN LA HISTORIA En la Doncella la idea fija surge en su es- píritu lenta y progresivamente como resultado de impresiones dolorosísimas; es la consecuen- cia de ese fenómeno patológico extremadamente notable, como dice Dagonet, de la alucinación que nace en su alma impresionada y propicia; es la expresión acentuada de un estado de depresión con exaltación de la sensibilidad moral; es como el reflejo de angustias punzantes que la atormen- tan y de sus deseos ardientes ó de sus esperanzas ambiciosas (*). Lá alucinada de Orleans tiene este doble concurso para su explosión: su temperamen- to bien dispuesto para toda clase de trastornos nerviosos y el hecho de la alucinación constante que no la abandona. El enfermo, cualesquiera eme sean sus esfuerzos, « no puede desprenderse de nin - guno de los dos, alucinación ó idea fija; y aun cuando su razón y su conciencia puedan todavía demostrarle la falsedad de las sensaciones que ex- perimenta, permanece en la imposibilidad abso- luta de reaccionar contra ellas, sufre fatalmente su influencia y se deja pasivamente dirigir». Ese personaje extraordinario que, como dice Quicherat, arrastra detrás de él poblaciones ente- ras y que asestará al extranjero golpes certeros de los que no podrá jamás reponerse, es una sim- ple paisana alucinada, ocupada al lado de su ma- dre en trabajos domésticos y que no abandona á O Véase: Briérre de Boismont, Les hallucinations ou histoire raisonnée. EVOLUCIÓN DE LA LOCURA EN LA HISTORIA 101 su pobre casa sino para ir á la iglesia, donde siem- pre se la ve sola. Su carácter es el de una mucha- cha sería, reservada, un poco salvaje, rara vez mez- clada á los juegos de sus compañeras, animosa, apasionada y con tendencia marcadísima á una sensibilidad exagerada (J). En estos signos tal vez se descubren á la par que un temperamento ex- cesivamente nervioso, una mezcla de meditación y de la poderosa actividad que caracteriza á los seres destinados á las más nobles misiones. Pero, ¿ qué móvil, qué secreto resorte la arran- cará de su humilde mediocridad para desempeñar sobre el brillante escenario del mundo y para asig- narle en los fastos militares de Francia un rol úni- co; que de la noche á la mañana la hará pasar de la obscuridad más profunda al renombre y ala fa- ma más grande y más dignado envidia?... Ese móvil será un fenómeno extraño, cuya influen- cia dirigirá todos los actos de su vida y que se manifiesta por voces y visiones que sólo ella en- tiende y ve; ese móvil; para decirlo de una vez, se- rá la alucinación (2). Aquella teómana alucinada, como la llama Mr. Calmeil en su gran libro, sintió el aguijón de esa morbosidad sui generis que obraba inflamando su ardor guerrero y dando á su idea fija su ver- dadero carácter, se lanzó obstinada en las peri- (') Briérre de Boismont, Les hallucinations ou histoire raisonnée. (*) Briérre de Boismont, loe cit. 102 LA LOCURA EN LA HISTORIA pecias peligrosas de tan gran aventura. Tan pe- culiares sensaciones dieron por un momento á su comando inprevisto un aspecto de pujanza casi maravilloso, llevando á su espíritu, aunque más no fuera que transitoriamente, una verdadera iluminación, un envigorizamiento inusitado, una pujanza casi sobrehumana (*). Todo el drama doloroso de la liberación del territorio francés por la gran doncella se desarrolla dentro de las alucinaciones y las visiones de Juana y las indo- lencias morbosas de aquel Carlos VII el Victorio- so; hombre imprevisor, débil y estúpido que gas- taba en fiestas y favoritos el dinero recogido con grandes sacrificios para pagar el ejército. On na jamáis vu un roiperdre plus gaiment son royau- me, le había dicho La Hire (2). Colmó de honores á Juana de Arco al principio de su brillante epo- peya, para luego abandonarla cobardemente cuan- do fué prisionera de los ingleses. Luego, ¡ provi- dencial destino ! murió asediado por un delirio de persecuciones... el más horrible y devastador infortunio que puede caer sobre el cerebro huma- no; suplicio dantesco que no tiene ni el recurso balsámico de una curación remota y que ofrece como característica clínica más frecuente una es- pecie de complacencia lúgubre en dejar consciente y fisiológico el resto del funcionamiento mental. (*) Calmeil, De la folie considerée sous le point de vue pa- thologique, etc. O Jacoby, Études sur la sélection. EVOLUCIÓN DE LA LOCURA EN LA HISTORIA 103 Murió, iba diciendo, consumido por el hambre, en medio de una anemia irreparable par une trop grande abstinence, dans la seule vue quil (Luis XI su hijo) ne Vempoisonnat, según cuenta Va- rillas 0). Todavía quedan muchos otros de estos reyes lo- cos ó poco menos, y si fuéramos á hacerlos desfilar á todos por delante de nuestros ojos, no acabaría- mos en dos volúmenes. Aún hay dos ó tres figuras que no quiero dejar de presentaros, porque tienen rasgos demasiado singulares para olvidarlas. Figuras originales, al- gunas, por la extraña influencia que han ejercido sobre los sucesos de su tiempo; simplemente idio- tas ó imbéciles otras, que han gravitado sobre su pueblo y sobre su época con la inmensa y estéril pesadumbre de sus aginesias incurables. Parece imposible que, aveces, el mundo civilizado ente- ro haya estado á merced de sus caprichos incons- cientes ó de sus brutalidades impulsivas. ¡ Qué triste es la historia al través de esta dolorosa via- crucis de la razón humana, y qué sentimiento de angustiosa decepción el que nos asalta el alma cuando vemos á la locura desfilar en estas propor- ciones colosales hiriendo á los reyes, á los profe- tas, á los pueblos más predilectos de la cultura después de haberlos entregado á los charivaris que ella engendra á menudo !. .. (') Jacorv, Études sur la sélection, pág. 391. 104 LA LOCURA EN LA HISTORIA Luis XIII es de los pies á la cabeza un caso acabado de la patología mental. No es necesario hacer un estudio muy profundo, como dice el autor de Les Maladies de Vesprit, para reconocer en él á un verdadero loco moral. Las indiscreciones de Tallemant des Reaux, sobre amistades de este monarca con sus favoritos, dan á sus perversiones genésicas una significación patológica reveladora y repugnante, demostrando la profundidad de sus alteraciones degenerativas (*). Tenía por las mujeres una aversión extravagan- te, que contrastaba desagradablemente con los afec- tos torcidos á su propio sexo, especialmente, como se sabe, por Cinq Mars. Tartamudo, enfermo de cuerpo y alma, impotente y gastado por el placer oprobioso de la sodomía y la masturbación, ese mo- narca melancólico, sin energías y sin afectos, gober- nó á la Francia durante cuarenta y tres años ( desde 1601 á 1643 ) sin dejar en las páginas de su histo- ria más que infamia y miseria (2). Esencialmen- te cruel desde su temprana edad, fué más tarde de una insensibilidad poco común. En el si- tio de Montauban, los heridos protestantes fue- ron depositados en los fosos secos de un castillo donde había establecido su cuartel general. Ator- mentados por el sol y presa de las torturas de la sed, los desgraciados sufrían horriblemente y no tardaron en morir. Luis XIII en vez de socorrer- (') Max Simón, Maladies de Vesprit, 1890. (!) Jacoby, Études sur la sélection, pág. 402. EVOLUCIÓN DE LA LOCURA EN LA HISTORIA 105 los espiaba complacido y hasta con maligna frui- ción su agonía, cuyas contorsiones observaba curiosamente. Las palabras que pronunció con motivo del suplicio de Cinq Mars revela toda la baja perversidad de su alma: je vouclrais bien voir ¿a grimace quilfait á cette heure Q). Michelet deja comprender, sin afirmarlo, que ni Luís XIII, ni Gastón d'Orleans eran hijos de Enri- que IV. El primero sería, según él, hijodeOrsini, y el segundo de Concini, como más tarde Felipe de Orleans fué hijo, no de Luis XIII, sino de Ma- zarino. El renombrado historiador de Francia fun- da su afirmación errónea en la poca semejanza moral del hijo y del padre y sobre todo en su de- generación física y moral. Pero esto último, agre- ga Jacoby, prueba precisamente que era hijo de reyes, y en cuanto á su poca semejanza, César de Vendóme, que era indudablemente hijo de Enri- que IV, no se le parecía más que Luis XIII, y ade- más la semejanza de los rasgos fisonómicos que se comprueban en muchos de sus descendientes con el jefe de la raza, demuestran la legitimidad de su nacimiento (2). Un Carlos VI de Francia que no tiene ya ni las atenuaciones crepusculares de los fronterizos, es un loco vulgar con los transportes y las incongruencias de cualquier asilado, y sin embargo, gobierna la Francia y pertúrbala tranquilidad de la Europa con (') Max Simón, Maladies de Vesprit, pág. 96, 1891. (s) Paul Jacoby, loe. cit., pág. 401, 1881. 106 LA LOCURA EN LA HISTORIA sus alucinaciones y terrores durante largo tiempo. Á cierta edad había consumido sus fuerzas vi- tales y para él no existía reposo sino en el atur- dimiento del vicio. Á los veinte años se encon- tró agotado; había vivido, como dice Michelet, dos vidas, una de guerra y otra de placeres; « su cabeza estaba muerta y su corazón vacío; los sen- tidos comenzaban ádesfallecer; ¿quéremedio bus- car para este estado de desolación? La agitación del vértigo de una carrera furiosa. Les morts vont vite». Épocas extraordinarias, en que el de- lirio desconocido por los sabios amauróticos hace la mitad de las cosas. El siglo de Carlos el Sabio, el primer siglo de la política, no había llegado aún á sus tres cuartos cuando ya delira y se enloque- ce Q). Una generación de insensatos ocupa todos los tronos: al glorioso Eduardo III sucede el atur- dido Ricardo II, al prudente emperador Carlos IV el borracho de Wenceslao, al sabio y previsor de Carlos V, Carlos VI, un loco furioso (2), y Ur- bano VI, don Pedro de Castilla y Juan Visconte manifestaron todos los síntomas de una profunda perturbación del* espíritu. Es sin duda, como dice el grandilocuente histo- riador citado, un momento trágico aquel en que se siente ala locura, circular rugiendo en todas las cabezas dirigentes, en momentos en que la razón iluminada por sus últimos resplandores va á extin- Q) Michelet, Histoire de Franco, tomo V, pág. 71. (2) Michelet, loe. cit. EVOLUCIÓN DE LA LOCURA EN LA HISTORIA 107 guirse y perecer. «¡ Oh! no permitáis que me vuelva loco, bondad del cielo, exclamad Rey Lear; consér- vame en el equilibrio. ¡Oh! loco, no, por favor, yo no quiero estar loco!...» Curioso espectáculo aquel en que el emperador Wenceslao, llevado á París por asuntos de la iglesia, conferenciaba con Carlos VI. El uno loco completamente, el otro constan- temente ebrio... Carlos VI habiendo tenido al parecer dos ó tres días tranquilos, pero no lúcidos, firmó una orden en que según los deseos de la Universi- dad, suspendía la autoridad de Benito XIII en el reino de Francia. El mariscal Boucicaut fué enviado á Avignon para dar cumplimiento per- sonalmente al decreto real; pero el viejo pon- tífice se defendía como un verdadero capitán y no teniendo leña para su cocina quemó, una por una, todas las sillas de su palacio ! Los france- ses tenían vergüenza de esta guerra ridicula, y he aquí que por la locura de un príncipe tenía- mos al papado, al imperio y á la realeza inju- riándose y luchando á brazo partido. El empe- rador borracho, el rey loco, se agarraban el poder espiritual, suspendían al papa mientras éste to- maba las armas y se endosaba la coraza. Los dioses humanos deliraban... (*) Era medio día y el rey, dice la Historia de Francia, salía del bosque en uno de aquellos (') Michelet, Histoire de France. 108 LA LOCURA EN LA HISTORIA melancólicos paseos en que marchaba errante á merced de su delirio, para entrar en una lla- nura de arena en que el sol caía á plomo sobre su cabeza, llena del inmenso calor que quema- ba á todo el mundo. Un paje que llevaba la lanza real, se durmió sobre su caballo, y la lan- za al caer fué á golpear sobre el casco que lle- vaba otro paje... Al sentir este ruido de ace- ro y ese reflejo, el rey que rumiaba en ese ins- tante ideas opresivas de persecución, que cami- naba como huyendo de enemigos imaginarios, echó mano á su espada y gritó desesperado: ¡Afuera traidores! ¡Afuera traidores que que- rréis asesinarme! Y espada en mano se arroja so- bre el duque de Orleans, que escapa rápidamente mientras el rey mata cuatro hombres antes que puedan tomarlo, bajarlo del caballo y acostarlo dulcemente en el suelo, donde lo amarran. Sus ojos rodaban convulsivos en sus órbitas y él mudo y sudoroso no reconocía anadie... (*). ¡ Ese era el rey de Francia, el primer rey cristia- no, la cabeza déla cristiandad y de quien los prin- cipales estados de Italia, Milán, Florencia, Ge- nova se decían clientes y protegidos! (2). Y si aún queréis un cuadro más triste de decre- pitud nacional causado por el idiotismo y la locura délos reyes, abrid la historia de esa pobre España, de cuyas desgracias mentales nos vamos á ocupar (x) Michelet, op. cit., tomo V, pág. 161. (s) Michelet, op. cit., tomo V, pág. 161. EVOLUCIÓN DE LA LOCURA EN LA HISTORIA 109 extensamente más adelante, y veréis el espectáculo sombrío del reinado de Carlos II, de Felipe III, etc. Ese inmenso imperio que ahogaba á la Euro- pa con su despotismo, era entonces una simula- ción de poder despreciado por el mundo, su ju- guete y su burla. Paul de Saint-Víctor en uno de esos bellos artículos de Hommes et Dieux ha pintado la decadencia en cuadros palpitantes, cuyo estilo hace mil veces más profunda la dolorosa impresión que en vano intenta producir D. Mo- desto de Lafuente en su buena prosa desnuda y descarnada. En medio de la obscuridad, la figura de Carlos II, sobre todo, se destaca como ilumi- nada por la luz amarillenta de aquella enorme lám- para que alumbra la gran cripta del Escorial. Parece más bien un personaje de alucinación ó de pesadilla que un rey de carne y hueso. La pálida luna de miel que había apenas reanimado su de- caído espíritu, pasa pronto y queda sumido en las pobres y dolorosas fantasías de sus hechizos y de su impotencia irremediable (*). El conde Rebenac, que acababa de suceder al marqués de Villars en la embajada de Madrid, re- veló á su amo los misterios del tálamo real con el coraje y la audacia, dice el escritor que tenemos á la vista, de un diplomático que trata un caso complicado de medicina política, y declara á Luis XIV que el rey de España no tendría jamás su- (') Paul de Saint-Víctor, loe. cit. 110 LA LOCURA EN LA HISTORIA cesor. La esterilidad, la degeneración mental en sus últimos grados, han secado la fuente, tienen á la imbecilidad por compañera inseparable, y desde los primeros años de su matrimonio, la Europa, por instinto, ya había sospechado que la serie de per- turbaciones cerebrales que se inicia con Carlos el Temerario terminaría en la demencia estéril del marido de la infortunada María Luisa. Entonces las ambiciones estallan, los preten- dientes aparecen y se oye, dice Saint-Víctor, al re- dedor de España el ruido de una tropa de herederos invadiendo apresuradamente la casa de un millona- rio moribundo. El Rey está desolado: posee el sen- timiento vago de su inutilidad y de las graves con- secuencias políticas que ella tiene: su país, el gran imperio, quedaba entregado al extranjero ó iba de- cayendo conjuntamente con su cuerpo (Saint-Vic- tor). En los últimos años de su reinado la si- tuación de España seguía en efecto su decadencia física, que había tomado el aspecto de una verda- dera disolución; « su cuerpo no era sino un nido de enfermedades complicadas, y á los treinta años tenía la fisonomía de un octogenario ». Un retrato de Carroño, « pintado por esa época, lo muestra al estado cadavérico: las mandíbulas fla- cas y pendientes, el ojo extraviado, los cabellos caídos y la boca convulsiva; sin embargó, cierto ex- travío de visionario idealiza su cabeza perdida: se creería ver á Hamlet en el quinto acto del drama». Ningún horror faltó á su agonía « y para acabar EVOLUCIÓN DE LA LOCURA EN LA HISTORIA 111 de extraviarlo, su camarilla lo entregaba frecuente- mente álos mágicos y exorcistas. El diablo fué in- vocado é interrogado delante de él y afirmó que la enfermedad del Rey era producida por un sortile- gio: una droga compuesta con cerebro humano y ad- ministrada en el chocolate había secado sus nervios y viciado su sangre. Para curarlo del filtro infer- nal debía beber todos los días una taza de aceite consagrado». Desde entonces, « como Orestes álas Furias, el Rey pertenecía álos demonios, y duran- te la noche tres monjes velaban y salmodiaban al rededor de su cama para arrojar á los diablos. Cuando se levantaba de este lecho de vértigos, era sólo para andar errante días enteros en las sierras que rodean al Escorial, semejante á esas almas en pena que rondan al rededor de sus se- pulcros: allí, por lo menos, el ruido del mundo dis- putándose su imperio no llegaría hasta él y no oiría el fúnebre ruido de la campana anunciando su muerte y llamando á la Europa á las armas». Carlos II, último representante de la casa de Austria, viejo antes de tiempo, arrastró así su vida y el orgullo de España hasta la edad de cuarenta años en que murió, dejando su lugar á Felipe de Francia, duque de Anjou, hijo de Luis delfín de Francia y nieto de Luis XIV. Con Felipe V la ca- sa de Borbón sube al trono de España en 1700. ¿Acaso para renovar la sangre y llevar á ese trono, asilo de locos y destornillados durante más de dos siglos, la salud del espíritu y del cuerpo? 112 LA LOCURA EN LA HISTORIA No, seguramente. Esa inmensa altura produce el vértigo y obra como causa ocasional en los cere- bros ya labrados por la mancha de familia. Felipe V, fundador de la casa de Borbón, Rey á los diez y siete años, dice Jacoby, dio al principio pruebas de valor personal, pero bien pronto cayó en una indolencia extremada que con la edad se convirtió en una postración rayana de la imbeci- lidad (*). Ese brutal erotismo que parece haber sido un rasgo dominante del carácter de los re- yes devotos, se había desarrollado en él de una manera realmente animal; y como su excesiva de- voción no le permitía tener queridas, se apegaba á sus esposas con un amor bestial. Álos diez y ocho años cayó en una profunda melancolía porque Ma- ría Gabriela de Saboya, con quien se había ca- sado, no era nubil. Cuenta Michelet que esas im- pulsiones sexuales eran tan enormes y repugnan- tes, que continuó sus relaciones carnales con su primera mujer casi hasta en su lecho de muerte: « et l'on eut toutes les peines du monde á luifaire quitter le lit de Vagonisante». La princesa de los Ursinos,vieja octogenaria, fué también víctima de esos apetitos, completamente morbosos sin duda alguna. Ala edad de treinta y nueve años, cuan- do Saint-Simón vino á la Embajada de Madrid, estaba en un estado de completa imbecilidad, no abandonaba sino raras veces su lecho y no iba (l) Jacoby, Études sur la sélection dans ses rapports avec Vhéredité chez Vhomme, pág. 309. EVOLUCIÓN DE LA LOCURA EN LA HISTORIA 113 á la letrina sino en compañía de su mujer, para lo cual la previsión cortesana había hecho colocar dos sillas agujereadas al costado de la cama (*). En sus veleidades de oposición á los proyectos políticos de la reina, proyectos por otra parte ab- surdos é imposibles, su mujer obtenía fácilmente su aquiescencia rehusándose á llenar sus debe- res conyugales. Felipe cayó después en una som- bría locura, y costaba ímprobo trabajo hacerlo fir- mar cualquier cosa. Cuatro años más tarde (1835) y cuando apenas tenía cuarenta y cuatro, su mala salud mental lo dejó definitivamente incapaz para ocuparse de los asuntos del reino, siendo relegado por su mujer al Prado y obligándolo á firmar un documento por el cual la encargaba del gobierno (2). Vuelto á Madrid con la salud un tanto floreciente, se estableció en el Buen Retiro, te- niendo la reina el cuidado de mostrarlo de cuan- do en cuando al pueblo para que se cerciorara del buen estado de su salud, que bien pronto alte- róse nuevamente cayendo en una situación grave de deterioro físico y mental. Sobrevínole un nue- vo acceso ele manía y murió de un ataque de aplo- plegía fulminante (3). Viene luego Fernando VI, su hijo, que había he- redado de su padre su enfermedad mental. Ator- mentado por el temor constante déla muerte, cayó i (') Jacoby, Études sur la sélection,.etc., pág. 370. (*.) Jacoby. loe cit., pág. 370. (8) Jacoby, loe. cit., pág. 371. LOC. EN LA UIST. X 114 LA LOCURA EN LA HISTORIA pronto en una profunda melancolía. De una pie- dad ardiente, por supuesto, era como Felipe su padre, esclavo de su mujer, princesa fea, mons- truosamente corpulenta, extravagante, y tan me- lancólica como su marido. Después de la muerte de su esposa, Fernando VI fué presa de una pos- tración completa, condenándose á la soledad, al silencio y á la abstinencia. Durante un año no cambió las ropas de su cama, ni de su persona, ni se vistió, y á veces dormía sobre un sillón. Murió á la edad de cuarenta y siete años (*) dejando al reino en el estado que todos conocemos. Entre otras extravagancias, tenía su mujer la de vivir ob- sesionada por el temor constante de caer en la mi- seria después de la muerte de su marido, obsesión que la había hecho de una avidez enorme; á la muerte del rey, acaecida un año después de la de su mujer, se encontraron en su cuarto sesenta y dos millones en especies, en momentos en que el Estado se hallaba en las más grandes penurias por falta de dinero (2). Detengámonos aquí copiando el párrafo final en que el autor de la Selection chez l'homme ter- mina el capítulo destinado á las dinastías españo- las de Aragón, de Castilla y León: Recordemos., dice, que habiendo Fernando VI muerto sin suce- sor, la corona pasó á su hermano Carlos III, prín- cipe inteligente y enérgico y á quien se creía ser (') Jacoby, loe cit., pág. 371. (2) Jacoby, loe. cit. EVOLUCIÓN DE LA LOCURA EN LA HISTORIA 115 fruto del adulterio. Tuvo trece hijos, de los cuales seis muertos en su temprana edad, dos muertos sin sucesión, un Felipe idiota, declarado incapaz de reinar y muerto á los treinta años sin alianza, y el otro, el famoso Fernando IV, rey de Ñapóles, tronco déla dinastía de los Borbones de Ñapóles, cruel, pérfido, ininteligente y que concluyó por ser arrojado del trono por un grupo de volunta- rios. Y por fin el sucesor del rey Carlos III fué su hijo Carlos IV, príncipe de un espíritu limi- tado, de un carácter nulo, opaco y dominado de una manera despótica por su mujer. Este imbé- cil sólo tuvo en su vida dos sentimientos vivos : su apego y devoción por el amante de su esposa, que era un bribón con todos los vicios y ninguna calidad, y un odio implacable por su hijo, que, para completar las sombras de este cuadro, se presenta como un tirano sanguinario, pérfido, libertino y... estúpidamente devoto! Que la locura ejerce una gran influencia sobre los destinos de los pueblos, es evidente, pues, y aquel que se sorprenda demostrará que no conoce las relaciones que tiene con la razón (*) y que ig- nora los elementos de la filosofía de la historia. Cualquiera que haya manejado estas cosas, sabe que ella produce engaños é ilusiones de óptica curiosos, que confunden al observador despreve- nido, más aún cuando tiene un carácter y una (2) Socrate et Pascal, Pathologie mentóle (Le Demon de Socrate), por E. Littré {National, Io de Agosto, 1826). 116 LA LOCURA EN LA HISTORIA índole que se ajustaá las ideas dominantes, siendo su acción, entonces, tanto más fuerte cuanto más preparado se halla el pueblo por causas deletéreas y depresivas de la sensibilidad moral. Un médico que ha tenido gran celebridad en el mundo cientí- fico, Van Helmont, afectado del mismo género de locura que Sócrates y el Tasso, dice Littró, vio un día á su alma bajo la forma de una pequeña llama, y esta visión le sugirió un sistema de medi- cina que ha hecho por largo tiempo mucho ruido en las escuelas, que ha sido muy comentada por gentes razonables y que en el fondo contenía vistas útiles en el momento en que apareció Q). Ese ejemplo se reproduce en el orden político y social de todos los tiempos, con ampliaciones mayo- res y con consecuencias mucho más graves que un simple error de juicio en materia científica. La an- tigüedad y especialmente la Edad Media no había estudiado suficientemente los fenómenos de la psi- cología mórbida para comprobar con exactitud to- das las formas de las perturbaciones psíquicas. El progreso de los trabajos ha dado á los médicos mo- dernos la facultad de señalar con precisión los ca- racteres de muchas lesiones mentales; y en este género de hechos las bases del diagnóstico están tan bien echadas que podemos con relativa facili- dad y por un juicio retrospectivo, apreciar el es- tado intelectual de ciertos hombres cuya biogra- (') E. Littré, loe. cit., pág. 89. EVOLUCIÓN DE LA LOCURA EN LA HISTORIA 117 fía nos ha sido conservada sometiéndola á un examen médico (*), Hay, pues, que creer cuando menos loquejiegel por dialéctica trascendental, ha demostrado ya: que la locura es uno de los momentos necesarios que atraviesa el alma humana antes de llegar en cada uno de nosotros á la plena conciencia de su individualidad; ese momento supremo no se atra- viesa sin dificultades y sin traer á la vida defini- tiva alguna impresión duradera de su acción; la innata disposición que se brinda á todas las causas ambientes. (J) Littré, loe. cit., pág. 15. CAPÍTULO II LAS PERSECUCIONES RELIGIOSAS EN LOS PRIMEROS SIGLOS Sumario: La locura religiosa.—Su evolución.—Caracterización de las degeneraciones mentales por las aptitudes para el de- lirio.—Opiniones de los alienistas modernos.—Proceso de las locuras populares.—Epidemiología délas psicosis.—Los Judíos.—Su psicología mórbida.—Predisposición de raza des- de los tiempos remotos.—El Judio Errante y su leyenda.— Comprobaciones científicas curiosas.—Las enfermedades men- tales y nerviosas de los israelitas explican el destino de la raza.—Aptitudes para el fanatismo religioso.—Persecucio- nes de los Judíos.—Romanos y Judíos.—Aparición del Cris- tianismo é inaptitud cerebral de los Judíos para aceptarlo.— El Cristianismo en la evolución mental de la humanidad.— Persecuciones de los Romanos.—Estado mental de Roma á la aparición del Cristianismo.—Sífilis y libertinaje.—El Cir- co.—La Turba Perseguidora.—Composición de las turbas judías y romanas.—Psicología de las multitudes.—Nerón.— Calígula y los Césares perseguidores.—Caracteres patológi- cos que resaltan en su mentalidad. En el capítulo LX del Levítico se lee una frase cuya desgraciada interpretación ha sido, dice ce Paul Regnard, más funesta á la humanidad 120 LA LOCURA EN LA HISTORIA que las invenciones mortíferas de la artillería y que las guerras más temibles: « el hombre ó la mu- jer, afirma la Escritura, que está poseída de Pi- thon ó del espíritu de di vinación, será condenado á muerte». De ahí y de otras previsiones aún más terribles es que han partido esas grandes per- secuciones cuyo sombrío cuadro, por lo que res- pecta á la Edad Media, ha desarrollado el distingui- do médico citado; y en cuanto á aquellos primeros siglos de lucha religiosa, no encuentro nada más entristecedor que el estudio que acabo de termi- nar y cuyos resultados voy á comunicaros en es- tas breves páginas (1). Al sentimiento religioso debemos los cuadros más conmovedores de la piedad y de la caridad, como también los delirios del misticismo, las lo- curas epidémicas, los estragos de la Inquisición, las guerras interminables de religión que han he- cho más mal al mundo que la guerra política (2). Ningún sentimiento es más universal, tiene tan- tos y tan variados tintes, una evolución histórica marcada por apariencias y señales más diversas que ese estado extraordinario del alma (3) cuyas exageraciones y deformaciones han producido por tantos siglos hechos tan extraordinarios. Tanto en el hombre colectivo como en el hombre in- dividual el mismo hecho se renueva, y la historia O Paul Rrgnard, Sorcelerie etc., pág. 1. (2) Tebaldi, Ragione e Passia, pág. 9. (3) Tebaldi, Ragione e Pazsia, pág. 9. PERSECUCIONES RELIGIOSAS 121 de la locura refleja como, dice el autor de Ragio- ne e Pazzia, la historia del individuo como de la humanidad entera, permitiéndonos estudiarlas locuras sociales como verdaderas individualida- des morbosas, investigando su origen según su curso y transformaciones, y, finalmente, hacer un diagnóstico y proponer un remedio como en una enfermedad individual (*). La atmósfera histórica « circunda completamen- te al hombre y elabora su sensibilidad; el tiem- po transforma el ambiente y con él el sentido y el juicio humano. En todos los períodos de la civilización se pueden renovar las locuras socia- les, modificadas en el tiempo y en lugares diver- sos: el sentimiento religioso no podrá hoy arras- trar á los hombres á las Cruzadas, á las flagela- ciones colectivas»; pero tendrá manifestaciones extravagantes, delirios en nuevas sectas, una ex- presión apropiada al medio circundante que le im- primirá su característica. Ese delirio religioso que viene operando su evo- lución histórica desde los tiempos más remotos hasta nuestros días, siendo hoy únicamente in- dividual y sólo por excepción epidémico, tiene matices muy diversos en la gama multicroma de las deformaciones y perturbaciones de la mente. Según las reglas clínicas establecidas se pue- den reconocer, primero: las ideas religiosas de- C) Tebaldi, pág. 97. 122 LA LOCURA EN LA HISTORIA lirantes sencillamente, que forman las más sim- ples y elementales perturbaciones y que múlti- ples causas se encargan de hacer difusas, im- primiéndoles su carácter epidémico; luego el deli- rio religioso que en el orden del desenvolvimien- to sistemático está ya algunos tramos más arriba, porque puede ser factor importante de un conjun- to delirante más complejo y, finalmente, la sistema- tización terminal más ó menos lógica, más ó me- nos afectada de una locura. Hecho esto, el diag- nóstico general permite entonces, determinar á qué modalidad morbosa pertenecen estas diferen- tes categorías, porque el estudio de sus rasgos principales facilita la aclaración conveniente de su patogenia y etiología 0). Para la mejor inteligencia de estas cosas, bueno es saber que la clínica, como dice Dupain, no tendría razón de ser si sólo tuviera que habérselas con tipos perfectamente definidos, netos y bien delineados. Hay casos en que el aspecto es confuso, sus ca- racteres vagos y su tipo apenas esfumado, lo que no obsta, sin embargo, á que aquella los clasifi- que con precisión adecuada; hay otros, en cam- bio, en que el enfermo se presenta al examen con un delirio de una sistematización correcta, con an- tecedentes muy claros que vienen, puede decirse, trayendo ellos mismos el diagnóstico. La evolución es sencilla. (') Dupain, Étude clinique sur le delire religieux, pág. 251. PERSECUCIONES RELIGIOSAS 123 En medio de preocupaciones diversas y con mo- tivo de causas que van acumulándose de tiempo atrás, con más razón cuando se agregan á una predisposición nativa, el delirio se diseña: un delirio religioso sin sistematización, grotesco, iló- gico, incoherente. Puede aparecer de pronto y ser fugaz, algunas veces afectar una tendencia mística ambiciosa, pero esta asociación es sin co- hesión, á causa déla misma impresionabilidad del sujeto y de su falta ó defecto de juicio (f). Así sucede en la debilidad mental, en que tam- bién puede sistematizarse, si bien, como dice Du- pain, ella es más aparente que real. En la dege- neración mental se encuentra también esta apa- riencia sistemática de ciertos delirios religiosos de pronto, de evolución más ó menos larga y que sobrevienen á menudo como ampliación de un sindroma importante ó de una exaltación intelec- tual (Dupain). La tendencia moderna es á consi- derar esos sedicientes delirios religiosos como sindromas ó simples expresiones de una entidad mórbida fundamental. Posiblemente allí está la verdad, y nosotros al hablar de delirios 6 locuras religiosas no rechazamos de ninguna manera que puedan responder, en los diversos individuos que van á desfilar delante de nuestros ojos en el curso de este libro, á la debilidad de espíritu, á la de- generación mental, á la epilepsia, etc., etc., enti- (') Dupain, loe. cit. 124 LA LOCURA EN LA HISTORIA dades á las que atribuimos en muchos de nuestros casos una importancia capital. Para nuestro propósito la forma religiosa de la enfermedad es la que nos importa, porque ella es en realidad la determinadora de los sujetos psi- cológicos objeto de este libro. El célebre profesor de Gratz dice que entre los estados de locura siste- matizada primitiva, con concepciones delirantes expansivas, la locura religiosa desempeña bajo el punto de vista social y patológico un papel que tiene mucha importancia; y presenta á este géne- ro de enfermos como predispuestos, desequilibra- dos, débiles de espíritu, en los cuales el estado de incubación de la enfermedad permite comprobar: en la mujer, la clorosis, el histerismo y las pertur- baciones menstruales; en el hombre, accesos de hipocondría. Los excesos de orden psíquico, inte- lectual ó físico obran como causas determinantes y las alucinaciones hacen el resto, siendo ese el procedimiento en virtud del cual se construyen los delirios de esos reformadores y flamantes Mesías, de las vírgenes de un género tan original, exaltadas unas veces, deprimidas otras; los unos, orando en medio de la alucinación, los otros, en ayunos brutales y todos sujetos en ciertos momen- tos á obsesiones demoníacas pasajeras dentro de períodos cataleptoideos y estáticos y bajo la in- fluencia de visiones celestes (*). (l) Kraft-Ebing, Trattato clínico pratico; traduzione Ton- niai, Amadei; Dupain, pág. 37, loe. cit. PERSECUCIONES RELIGIOSAS 125 Es en los periodos de obnubilación psíquica (pág. 109, tomo II), que el mismo profesor ha observado transitoriamente el delirio religioso expansivo en el curso déla locura epiléptica y en l&locura histé- rica, en la cual el éxtasis y las visiones presentan un colorido análogo al de los epilépticos: la som- niación es profunda, el cuerpo del paciente com- pletamente ocupado por el éxtasis parece recorri- do como por una especie de corriente magnética que indica la tensión convulsiva del encéfalo. En su período de agitación la melancolía permite comprobar ciertas concepciones delirantes, aluci- naciones terroríficas, no coordinadas, que expli- can el estado de aniquilamiento y las violencias impulsivas de los sujetos; es un delirio en virtud del cual piensan que tocio ha concluido, que el mundo no existe ya y que están poseídos por el diablo (melancolía pasiva demoníaca) Q). En breve resumen esa es la historia del delirio religioso en el individuo. Ella nos va á servir para comprender mejor su desenvolvimiento en la multitud que tiene otra manera de delirar y otro procedimiento, si bien el tinte general de las ideas y por consecuencia el fondo del delirio es el mismo. Aquí parece mu- cho más difusible aunque menos profundo y, sin duda, no tan grave en cuanto á sus inmediatos efectos demenciales; es mucho más bullicioso é (') Kraft-Ebing, Dupain, 37 (Bibliografía del delirio reli- gioso). 126 LA LOCURA EN LA HISTORIA impulsivo, pues aunque el carácter de su tono ge- neral suele ser profundamente melancólico, su evo- lución por accesos y las tendencias locomotoras con cierta agitación febricitante, le da más bien un tipo maníaco. Esa locura es por excelencia deambulato- ria y movediza como todas las psicopatías popula- res, y el decaimiento que sucede á menudo á un pe- ríodo de agitación desordenado, equivale más bien á la tranquilidad de la reacción de un periodo de convalecencia, que al estupor profundo ó á la de- mencia terminal de ciertas formas deprimentes. Las ideas de persecución predominan de una manera casipatognomónica: las turbas son siem- pre perseguidas; por eso también son, y en una escala tan grande, doblemente perseguidoras. El medio moral que circunda los cerebros po- ne á prueba la resistencia de cada uno de ellos: los predispuestos de todo género, á menudo pre- sa de antemano de una vesania tranquila, se exasperan por el estímulo y la virulencia del agente provocador y estallan cuanto se sienten tocados. En ninguna parte el contagio se ma- nifiesta de una manera más precisa, más rápi- da que en los casos de histeropatía y de delirio histérico y religioso Q) que es el matiz que con más insistencia domina, por regla general, en la locura de las multitudes. Los tipos mórbidos tienen una gran semejanza entre sí, no sólo en el (l) Dupain, pág. 24. PERSECUCIONES RELIGIOSAS .127 curso de una epidemia, sino también en todas las epidemias, en todas las épocas y en todos los países, siendo por otra parte y felizmente de las formas más curables. Es ese carácter lo que cons- tituye el substratum de las histerias de la Edad Media y de ciertas epidemias locales que se han producido en todos los pueblos, hasta los tiempos más modernos, y es (según Dupain, á quien copia- mos) justamente porque pertenece á la histeria que ese delirio religioso tan sistemático como puede parecer, no tiene, en cuanto á su duración, persistencia y curabilidad, es decir, bajo ese as- pecto patológico, más que un valor secundario. Bajo el punto de vista patológico é histórico, agrega el autor citado, este estudio de los con- tagios epidémicos no deja nada que desear cuan- do uno conoce las publicaciones de la Escuela de la Salpetriére. Todas las epidemias cordi- formes, la de las posesiones denomiacas, la de los convulsionarios y los estáticos han sido am- pliamente descritas por Paul Richer en los ca- pítulos de su libro sobre la histeria, y para com- plemento ilustrativo de su notable obra, el mismo autor y Mr. Charcot han publicado hace poco el precioso libro « Les Demoniaques et les extatiques dans l'art». En nuestros tiempos sucede todavía que algunas veces, bajo la acción de influencias idénticas, presenciamos conatos de epidemias se- mejantes, y no hace mucho tiempo que Mr. Bara- trou describía algo parecido en el Pro gres Médi- 128 LA LOCURA EN LA HISTORIA cale, y los anales de la medicina legal también nos muestran que frecuentemente ese contagio que ha- cía tantas cosas en aquellos tiempos remotos, po- día haber degenerado en una verdadera epidemia si hoy la intervención de la autoridad no hubiera puesto coto á tanta locura (*). Todos esos dramas de enajenaciones colectivas tienen su principio averiguado en la exaltación que comienza en el simple estímulo fisiológico provocado por una predicación fervorosa pero pro- fundamente sugestiva, en la lectura de libros im- pregnados de sabores apocalípticos, que buscan por secretas inclinaciones los espíritus predispues- tos, y termina en la dolorosa dinamia maníaca de un delirio agudo, ingobernable. La fuerza nerviosa retenida en aquella red inex- tricable de elementos celulares, al estado extático, estalla inmediatamente que el sacudimiento ha tenido lugar. Como si se tratara, dice Luys, de una chispa eléctrica, todos los aparatos solidarios se ponen inmediatamente en acción, y el sacudi- miento primordial es rápidamente asimilado y fundido en las regiones especiales destinadas á transformarla en manifestación dinámica. La su- bordinación material establecida entre las regio- (l) Jean Dupain, Études cliniques sur le delire rcligieux; Paul Richer, Études cliniques sur la grande historie ; Al- fred Maury, La magie et Vastrologie dans Vantiquité et le moyen age, Paris, 1879; Ernest Heirot, Mesmer et le magne- tismo animal, Paris, 1887; P. P. Mathieu, Histoire des mira- dos et des conoulsionnaires de Saint-Médard, 1864. PERSECUCIONES RELIGIOSAS 129 nes dirigentes y los órganos subordinados es la única llave de esta serie de reacciones encadena- das de que los centros motores del sistema ner- vioso son interesante teatro (]). Pasa con las multitudes lo qufc con los indivi- duos en pleno periodo de efervecencia patológica. Unas veces sólo la agitación existe; el enfermo di- vaga, porque únicamente se halla arrastrado por la necesidad de obrar; desea moverse á pesar su- yo, verificar actos que él mismo reprueba y ve- rifica contra su propia voluntad. No delira de palabras, delira solamente en sus actos (delire des actes). Se da cuenta perfecta de lo que hay en él de anormal, de que se siente, contra su voluntad, impulsado á hablar, á gritar, á ha- cer gestos, á subirse sobre los muebles, á des- nudarse, á levantar la mano para pegar, á co- rrer, á detenerse ó á seguir en cualquier direc- ción el empuje de ese secreto resorte íntimo que gira como la rueda loca dentro de su mecanismo cerebral, produciendo la alteración de las otras piezas del aparato. Entonces el individuo cede dócilmente al empuje, al movimiento y á la ac- ción del conjunto de la masa, sin resistencia, por- que ya ha recibido la forma ó impresión del todo al que está incorporado como partícula, como cé- lula humilde de ese gran organismo que tiene un alma y una vida peculiar. Hay otras personas en (J) Luys, Traite clinique des maladies mentales. LOC. EN LA HIST. 9 130 LA LOCURA EN LA HISTORIA quienes la sobrexcitación de las fuerzas motoras es tal, agrega el maestro de la Salpetriére, que en ese momento reinan en absoluto eclipsando todas las otras facultades: en los asilos se ven enfermos de esta clase que caminan horas enteras sin dete- nerse, sin mirar siquiera al rededor suyo, como si fueran aparatos mecánicos perfectamente monta- dos, que usan en movimientos combinados las fuerzas almacenadas por un resorte; hay que aga- rrarlos para detenerlos, sentarlos por la fuerza, porque sin eso marcharían sin cesar hasta caer agotados por el cansancio (*). Así se explica esa tendencia contagiosa del individuo de las mul- titudes que no conocen el reposo, que marchan siempre y se agitan de un lado á otro como agui- joneados por el delirio. Cuando uno lee todo esto, viene á la memoria el recuerdo de aquel judío errante, cuya leyenda ha tenido al parecer una comprobación científica en recientes estudios hechos en la Salpetriére por un distinguido discípulo de Mr. Charcot. El neurópata viajero que concurre allí, el neu- rasténico errante que viene de los confines de la Europa á buscar un alivio á sus males nerviosos, es siempre un judío: es el concurrente asiduo de todas las clínicas especiales de las capitales euro- peas, y errante de un lado á otro, viajero eterno movido por un impulso incesante, no cesa en su (:) Luys, Traite clinique etpratique des maladies mentales. PERSECUCIONES RELIGIOSAS 131 carrera hasta que la postración de la demencia ó el cansancio morboso de su astenia lo retiene en el hospital. Después de la lectura de las observaciones que trae Henry Meige en su curiosa monografía Le Juif Errant de la Salpetriére, tenemos que re- conocer, como él dice, que existe, entre esos viajeros y el Judío errante de la leyenda, nume- rosos puntos de semejanza. Cartophilus, Ahas- verus ó Isaac Laquedem son, puede decirse, la encarnación de ese vicio neuropático de que es víc- tima la raza judia desde los tiempos más remotos. Todos ellos van ansiosos á la clínica de Charcot, todos parecen salir de una misma fuente situada en los confines de la Alemania, de la Polonia y del Austria. Todos hablan alemán de preferencia ú otras lenguas, aunque todos son políglotas como su antecesor el Judío errante (*), que á cualquier lugar adonde fuera hablaba la lengua del país. Un exégeta de gran erudición, M. Ch. Schce- bel(2), que es al mismo tiempo un gran orientalista indianizante y hebraizante, ha estudiado esa con- seja y penetrado en sus más grandes obscuridades, estableciendo que ella es esencialmente germáni- ca y dando todos los rasgos que asimilan ambos tipos de una manera notable. Sin duda alguna la frecuencia de los neurópatas viajeros en edades lejanas en Europa y especialmente en Alemania, Q) Henry Meige, loe. cit. (*) Charles Schcebel, La légende du Juif Errant, 1877. 132 LA LOCURA EN LA HISTORIA ha dado origen á la tradición. Cuando se exa- mina el tipo de los israelitas errantes que con- curren á París, el observador se siente inme- diatamente impresionado por la comunidad del tipo, de los rasgos y del hábito exterior: circuns- tancia que hacía pensar á las poblaciones supers- ticiosas de la Edad Media por donde atravesa- ban estos eternos viajeros, que era uno solo, una misma fisonomía, un Judio errante incansable é inmortal. Actualmente son, por lo general, hombres de 30 ó 40 años, más ó menos; pero uno les daría el do- ble de esa edad, tal es la demacración de su cara, surcada de gruesas arrugas y poblada por esa bar- ba proverbial que dejan crecer indefinidamente; barba inculta y mal cuidada que los enfermos abandonan en su abundancia opulenta, porque el espíritu, ocupado de sufrimientos crueles, no tiene tiempo para atender exigencias corporales pueri- les 0). La fisonomía de todos expresa el sufrimiento, la laxitud y la desesperación; la cara adelgazada, los pómulos salientes, debajo dos carrillos agujereados, dice Meige, y la frente materialmente llena de sur- cos anchos, profundos, perdiéndose hacia arriba en el nacimiento de un cabello tan abundante como la barba; el ojo pequeño, triste y hundido, rodeado de círculos obscuros, y la nariz larga y encorvada, (') Henry Meige, loe. cit. PERSECUCIONES RELIGIOSAS 133 otras veces chata. Ese retrato no es, seguramente, el del hombre feliz, sino (como dice Chamfleury) el de ese « viejo arrugado que arroja una mira- da melancólica sobre los muros de las ciudades por donde pasa ». La nota dominante de su aspec- to y sintomatología es la expresión dolorosa, la cefalea constante, la raquialgia, las perturbacio- nes dispépticas, de los fenómenos oculares y de la sensibilidad general. En las páginas de la obra citada de Mathieu Paris, Historia Mayor (Londres, 1571), uno de los libros más ingenuos y más sinceros, como observa Meige, se deja ver fácilmente que Carthophilus ha sido un completo ejemplar de histórico: á certai- nes époques, dice, il fait une maladte qu'on croi- rait incurable;il estcomme ravi en éxtase; mais bientót guéri, il renait et revient a l'áge qu'il avait avant; y esta otra frase de Collin de Plancy (La legende du Juif Errant) : Pendant un mois ils'obstine á repousser tout aliment; mais chaqué nuit le sommeil retablissait ses organes. Hay un secreto aguijón que los pone en mo- vimiento perpetuo, un mecanismo oculto que da cuerda á esos autómatas vivientes cuando al tra- vés de los siglos marchan siempre, trastorna- dos y enfermos por un desequilibrio permanen- te que ha acabado por constituir su caracterís- tica más singular. El Dr. Ph. Tissié ha es- crito un pequeño libro lleno de curiosas obser- vaciones sobre los alienes voyageurs, en alguno 134 LA LOCURA EN LA HISTORIA de cuyos grupos esos israelitas errantes de to- dos los tiempos podían entrar por ciertos actos de su vida que los asimila. En diversas épocas, dice Collin de Plancy hablando del Judío erran- te, «les sobrevienen curiosas alucinaciones; y se persuaden á sí mismos que son el Mesías inmor- tal, que un enemigo los ha encantado y que por el movimiento perpetuo pueden romper el encanta- miento en cuyo círculo fatal languidecen compri- midos ». Y en ciertas versiones alemanas de la le- yenda se pueden encontrar pasajes en que se ve claramente delineado en el Judío errante un ver- dadero delirio de perseguido-perseguidor: ilau- rait accompli plusieurs meurtres, partant de l'idée queles juifs redeviendraient une nation s'il crucifiait un chrétien (*). Q) Véase como ampliación á estos datos que copio algunas veces con sus párrafos íntegros, el trabajo de Henry Meige, Le Juif Errant á la Salpetriére; pueden consultarse también las siguientes bibliografías: París (Mathieu), Historia Mayor, London, 1571; Philippe Mouskés, Chronique publiée par le barón de Reiffenberg, Bruxeles, 1836, 38, 45, 3 vol. in 4o; Wanderlicher, Berichtvon cinem Juden ans Jerusalem bürtig und Ahasoerus genannt, Leipzig, 1602, in 4o; Histoire admira- ble du Juif Errant, Bruges, s. d. in 12 (Reimprime Rouen. 1751, in 4o); Discours véritable cCun Juif Errant, Bordeaux, 1608; Crysostomus Dudulceus, Von einem Juden von Jerusa- lem, Ahasverus genannt, 1613, in 4o (autres éditions, 1634, in 8o; 1661, in 8o); Relation oder kürser Bericht von zween Zen- gen von Leideus Jesu-Christi, s. 1., 1645, in 4o; Droscher, De duobus tostibus vivís passionis dominicale, Jena, 1668; Fren- tzel (Johann), Meletema historicum de Judaio immortali, Wittebergge, 1672, in 4o; Hadeck (Johann Georg), Relation eines Waldbruders, mit ñamen Ahasverus... s. 1. 1687, in 4o, (autre, 1697, in 4o); Niemann (Sebastian), De duobus testibus vivís passionis Christi, Jenas, 1668, in 4o; Thilo (Gottfri/eo), PERSECUCIONES RELIGIOSAS 135 De todos los tiempos, los judíos son los que han constituido las turbas más excitadas, movedi- Meletema historicum de Judaio inmortali, Wittembergse, 1668, in 4o, (autre ibid. 1671, in 4o); Schultz (Christian), Disserta- tio histórica de Judaio non mortali, Kcenigsberg, 1689, in 4o, (autres, 1693, in 4o; ibid. 1698, in 4°; ibid. 1711, in 4»; Yena, 1734, in 4°;; Historische Nachricht von dem ewigen Juden, Erturth, 1723, in4°; Antón (Carl), Dissertatio in qua lepida fábula de Judceo immortali examiniatur, Helmstadt, 1756, in 4o (autre, ibid., 1760, in 4o); Ducos (Luis Fris), Historia del Judio Errante, Madrid, 1819, in 8o; Schubart, Ballade sur le Juif Errant, dans ses CEuvres completes, Stuttgard, 1839, 40, 8 vol. in 16; Royaards (H. J.), Nederlandsch ar- chief voor Kcrkelige geschicdenis, XIII, D. Leiden, 1842, pp. 311, 328; Quinet (Edgard), Ahasverus, nouvelle édition, avec notice par Ch. Maguin, París, 1843, in 12; Gr.esse (Jo- hann Georg. Tiieodor, Dio sage von ewigen Judeu, Dresden, 1844, in 8o; Brunet (Gustave), Notice historique et biblio- graphique sur la légcnde du Juif Errant, Bordeaux et Paris, 1845, in 12; Vieuxbois (Marquise de), La Juívj Errante, Pa- ris, 1845, 2 vol. in 8o; Coremans (Víctor A.madeus), La licor- ne et lo Juif Errant, Bruxelles, 1845, in 8o; Collin de Plan- cy, Legenda de Juif Errant, Paris, 1847, in 8o; Sch.enhuth (Ottman), Ahasverus, des ewige Jude, Reutling, 1849, in 8o; Suií (Eugéne), Le Juif Errant, Nouvelle édition, Paris, 1877, 4 vol. in 12; Scribe et Saint-Georges, Le Juif Errant, opera en 5 actes, musique d'Halévy (se trouve dans les CEu- vres completes de Scribe, troisiéme serie, tome V, Paris, 1874- 77); Grenier (Edouard), La mort du Juif Errant, poéme, Paris, 1857, in 12; Lavoyssiére (P.), Légende d'Ahasverus, épisods, Paris, 1857, broch. in 12; Art. Juif Errant dans VEn- cyclopédie moderne, complément, tome VII, p. 174; Dupont (Pierre), La légende de Juif Errant, illustré par Gustave Doré, Paris, 1862, in folio; Nisard (Charles), Histoire des li- cres populaires, 2e édition argumeutée, Paris, 1864, 2 vol. in 12; Piessac (Comte de), Les légendes d'outre-tombe, Paris, 1869, in 8o; Bonneau (Alcide), Encyclopédie du XIX siécle, tome XIII, p. 291, Paris, 1872, in 8o; Schcebel. La légende du Juif Errant, París, 1877; París (Gastón), Encyclopédie des sciences religieuses, tome VIII, p. 498, in 8o; Le bonnet du Juif Errant, comedie en 12 scénes, Nancy, 1882, in 16 [Yth.20, 905] (cote de la Bib. Nat.); Blechmann (Bernhard), Ein Beitrag sur Anthropologie dor Juden, Dorpat, 1882, in 8* [ 8o O, Dorp. med. 1 ]; Naubaur (Dr. L.), Dio saga von 136 LA LOCURA EN LA HISTORIA zas y caminadoras. Iban detrás de sus apóstoles y profetas movidos por su palabra y recorrían en masas compactas grandes distancias. En ellas, más fácilmente que en cualquier otra agrupación, como que son hasta fisiológicamente predispuestas á los trastornos de la mente y de todo el aparato nervioso, se operaba con peligrosa facilidad la difusión de la exaltación de los aparatos moto- res á las regiones intelectuales del cerebro; al principio un delirio parcial puramente motor ge- neralizábase á las esferas físico-intelectuales que entraban simultáneamente en un período de ere- tismo; se exaltaban y producían el delirio, acom- pañado de manifestaciones complejas que demues- tran la participación de regiones más extendidas de la corteza cerebral en el proceso irritativo del principio (*). El judío delira fácilmente por disposiciones or- gánicas propias, ya reconocidas por la ciencia; de la simple excitación mental, pasa con facilidad y casi sin transición á la locura. Tiene su imagi- nación naturalmente enfermiza desde la infancia de la historia, porque desde entonces el pensa- miento ha sido contundido por el continuo trauma- tismo de la idea religiosa violenta y eferves- ewigen Juden, Lipzig, 1884, in 8o [A. 20, 112]; Wahrmund (Adolf), Das Gasets Nomadeuthums und die heutige Judcn- herrschaft, Karlsruhe, 1887, in 8o [8o H. 5, 207]; Losb (Isi- dore), Le Juif de Vhistoire et le Juif de la légende, Paris, (L. Cerf), 1890, in 16 [8o H. 5, 524]. (*) Luys, loe. cit. PERSECUCIONES RELIGIOSAS 137 cente, de la alucinación mística constante, del se- cular delirio febril que sus profetas bravios y sus santos enloquecidos por sueños apocalípticos han mantenido con la palabra y con su aliento urente en la conciencia exaltada del pueblo. Es hoy un hecho de notoriedad científica que existe en esa raza una disposición peculiarísima para todas las enfermedades mentales y nerviosas, lo que posi- blemente explica el ardor extraño con que se ha echado en brazos de sus pesadillas mesiánicas, y la impulsión de sus persecuciones. Pueblo esen- cialmente perseguidor, como que su exaltación le sugería mil propósitos extravagantes de propa- ganda, basada en una superioridad religiosa ilu- soria, hubiera sido doblemente terrible si ese mismo vicio de contextura mental no lo hubiera hecho impotente para los fines humanos de una organización social y política. ¿ Cómo no vivir azotado por la alucinación y la locura religiosa bajo sus formas más variadas y extrañas, cuando se tiene un cerebro que es una esponja para todo género de dolencias nerviosas y mentales ? Lo que sucede hoy no es sino una con- tinuación modificada de lo que sucedía entonces, puesto que casi todas las causas, aparentes por lo menos, subsisten en sus costumbres (*). Israel envejeció cerebralmente más pronto que lo que comunmente envejecen los pueblos, porque (*) Lunier, Dictionnaire de médecine et de chirurgie pra- tiques, pág. 304, tomo XV. 138 LA LOCURA EN LA HISTORIA el exceso de fatiga mental, la continuidad del pen- samiento intenso y de la emoción violenta apu- rando un cerebro frágil, lo agotó definitivamente. No es posible apreciar ese fenómeno por el proce- dimiento ilustrativo que ha empleado Crichton- Browne para decirnos que la generación actual en- vejece más pronto que las precedentes; pero por otro proceder más ó menos análogo se puede llegar al mismo resultado. Las muertes que en nues- tros días han producido en Inglaterra las enferme- dades nerviosas y del corazón, son, según él, de las víctimas del medio y de la civilización., por- que el corazón y el sistema nervioso estallan pri- mero que ninguno bajo la acción abrumadora del surménage ('). El mismo criterio aplicado á Israel nos daría la resultante psicológica que buscamos: la frecuencia de las enfermedades mentales y nerviosas en ese pueblo proporcionaría el conocimiento aproximado de su salud cerebral. Sea por la frecuencia de los matrimonios con- sanguíneos tan comunes entre ellos ó por otras causas, dice Jacoby que la sordo-mudez y la lo- cura son muy frecuentes entre los judíos (2), y la sordo-mudez es un padecimiento esencialmente degenerativo. Lo mismo sucede con el suicidio, O Discurso de Sir James Crichton-Browne en la Universidad Victoria. (a) Lunier, Dictionnaire de médccine et de chirurgie pra- tiques, pág. 304, tomo XV. PERSECUCIONES RELIGIOSAS 139 que constituye otra de sus plagas. Según Lu- nier (a) la locura sería allí mucho más común que entre los protestantes y en los católicos, lo que tam- bién podría atribuirse, dice, á la frecuencia entre los israelitas de los matrimonios consanguíneos. De los documentos recogidos por Legoit resulta la misma cosa: que las enfermedades mentales son en efecto muy frecuentes. En Baviera, en Hanno- ver, en la Silesia prusiana y en Wurttemberg los censos especiales han demostrado el fondo de esta tendencia curiosa que nos sirve para explicarnos muchas cosas de la psicología de los israelitas de aquel tiempo: mientras que los católicos dan un loco sobre 2006, y la misma cantidad sobre 2022 los protestantes, los judíos dan un loco por ca- da 1554 (2). Por su parte, Luys agrega que las estadísticas de su clientela privada lo han dejado sorprendido al ver el tributo relativamente consi- derable que pagan á la locura (3). Si bien es cierto que los documentos actuales no son tan completos para demostrar de una ma- nera acabada la aptitud comparativa de las di- versas razas para la enajenación mental en cada una de sus formas, no hay duda que la dispo- sición de los judíos para estos males se impo- ne como hecho de observación en todas las épo- (') Jacoby, Études sur lasélection, pág. 437; Legoyt, De Valiénation móntale et du suicide chc¿ les juifs, etc., (An. médico-psychol., 1871). (*) Anuales médico-psychol., tomo I, 1871. (8) Traite clinique et pratique des maladies móntales, 226. 140 LA LOCURA EN LA HISTORIA cas de la historia. Bannister y Ludwig Kektoen, del Illinois, han demostrado, basándose en un cen- so muy completo que levantaron en 1888 so- bre un número considerable de alienados, que la raza judía llevaba la delantera, particularmen- te para la parálisis general, la manía y la me- lancolía (J) cuyos rastros son tan visibles en toda la literatura de Israel. Todas las visiones del Apocalipsis tienen el amargo sabor de las alucinaciones terroríficas délos melancólicos exal- tados y profundamente panofóbicos que han des- crito los autores; y en esa angustiosa aspiración desordenada ó infundada de ser ellos los únicos elegidos de Dios, el pueblo rey, los depositarios de la verdad divina, parece que estuviera el ger- men adormecido de esa parálisis general terrible, á que muestran tan visible predisposición; que comienzan por levantar al hombre á las colosales grandezas de su delirio prodrómico, para hundirlo bien pronto en la triste demencia de sus períodos finales. Kraft-Ebing comparte con los menciona- dos profesores la misma opinión, y agrega que es probable que ese hecho, más que á la religión misma, pueda atribuirse á la circunstancia de que ella presenta impedimento al matrimonio y cas- tiga con leyes severas los cruzamientos de la raza (*). (') Regís, Manuel pratique de médecine móntale, pág. 36. (2) Kraft-Ebing, Trattato clínico pratico delle malatie mentale, etc., pág. 191, tomo I. PERSECUCIONES RELIGIOSAS 141 Pasa lo mismo con las otras enfermedades ner- viosas que comprometen el equilibrio psíquico, como lo ha demostrado Charcot: la histeria, la neurastenia, y la epilepsia. En todas las ra- zas, más ó menos, se difunde la histeria en sus múltiples y caprichosas formas; pero en la raza blanca, los israelitas pagan el más pesado tributo, así como á todas las demás enfermedades ner- viosas Q). Este hecho ha sido confirmado por Raymond, quien dice que la histeria femenina y masculina es muy frecuente en Varsovia: casi todos los histéricos son israelitas (2). Cuando el surménage se acumula así de gene- ración en generación y desde los tiempos remotos, cuando los individuos sanos se hacen en una raza cada vez más escasos, el estado neuropático se convierte en la característica del temperamento de familias enteras, y hasta de toda una raza, de- terminando la presencia de las enfermedades ner- viosas y de la neurastenia que se observan en los judíos de todos los tiempos, y actualmente en los Americanos y en los Slavos (3). Y para termi- nar esta enumeración de autoridades, recordare- mos finalmente que Ziemsen, judío de origen, au- tor de la Enciclopedia médica, se manifiesta del (') Guilles de la Tourette, Traite de l'histérie (Historie nórmale), pág. 119. . (*) Ra-ymond, Resume dos principaux travaux russes concer- nant la neurologie. (Arch. de neurologies, vol. XVII, n° 51, pág. 462). (3) Mathieu, Neurasthénie, pág. 178, 142 LA LOCURA EN LA HISTORIA mismo modo sorprendido en presencia del gran número de enfermos del sistema nervioso, parti- cularmente neurasténicos, que ha encontrado entre sus compatriotas y en las grandes familias de la aristocracia rusa (a). De modo que todos esos males profundos que alteran y disminuyen el poder psíquico de resis- tencia, que vician todas las facultades intelectua- les del cerebro, han constituido, toda la vida pro-* bablemente, las enfermedades más comunes del pueblo judío. No entraremos en consideraciones de otro or- den, aunque fluyen naturalmente de la comproba- ción científica del hecho que dejamos establecido, por no desviarnos del sujeto que nos ocupa: basta apuntarlo, puesto que es ilustrativo para compren- der lo que conviene á nuestro propósito, que es averiguar el fundamento genérico, como dice Strumpell, de las psicosis colectivas éindividuales que han azotado á ese pueblo. Sin duda esa misma instabilidad de su sistema nervioso explica la perfecta inaptitud para la vida política y la ten- dencia delirante de forma perseguidora que ca- racteriza su temperamento religioso. Cuando no han podido reinar y han sido oprimidos se han creído perseguidos; cuando se han sentido ayuda- dos ó tolerados, se han mostrado exigentes y agre- sivos como nadie, manifestando precisamente en (') Zie.msen, Clinicho Vortrage : Dio Neurasthenie und ihre Beliandlung, Leipzig, 1878; Bouveret, La Neurasthenie, 1891. PERSECUCIONES RELIGIOSAS 143 esa tendencia de perseguidos-perseguidores el vi- rus degenerativo que viene circulando en su cabe- za desde tiempos remotos y que ha inutilizado la raza, cuya completa ausencia de sentido guberna- tivo es proverbial. Uno de los signos de mayor perfeccionamiento en el cerebro de un pueblo, es su aptitud para el gobierno propio y para el pro- greso, y los judíos no han podido formar hasta hoy una nacionalidad ni sacar de su seno un prin- cipio de poder militar if). Poseídos durante si- glos por una verdadera exaltación morbosa de su misticismo, han acabado por perder toda aptitud para otra ^osa; puede decirse que como pueblo, se han detenido en la infancia, que brando por la transmisión constante y reforzada de males ner- viosos hereditarios, la evolución de su cerebro, y perdiendo por el desuso y la enfermedad, facul- tades mentales superiores que han conservado y desarrollado otros pueblos. La aptitud para el fanatismo religioso es, según lo tiene demostrado la Patología mental, un signo de inferioridad, tal vez un estigma degenerativo, lejos de ser de perfeccionamiento como quieren algunos. Recorred con espíritu científico esa osbcu- ra y triste regimentación de la clínica psiquiátri- ca, y vais á encontrar siempre tal exaltación ca- racterizando con cierta persistencia ilustrativa las formas más demenciales y degenerativas de la lo- (*) Renán, L'Antechrist, pág. 253. 144 LA LOCURA EN LA HISTORIA cura y de las aginesias intelectuales: la epilepsia, la imbecilidad, los delirios parciales en los heredi- tarios, las debilidades mentales,etc., etc., tienen, todos ellos, frecuentes delirios religiosos y algu- nos se caracterizan exclusivamente por ese grupo de ideas. Por eso ha dicho con razón un maestro de la Psiquiatría alemana: que el excesivo afecto religioso (es decir, el fanatismo) puede ser la ex- presión de una anomalía original del carácter ó de una enfermedad, y Mausdley agrega que no es por cierto raro que bajo la influencia del fana- tismo se aumente la sensibilidad, se exagere el sentido genital, etc., que son, seguramzra'e, mo- mentos etiológicos llenos de significación para ex- plicar ciertas formas de locura (*). Israel es y ha sido fanático, porque tiene un ce- rebro substancialmente predispuesto á la locura: lo uno es sin duda consecuencia de lo otro. Su disposición anormal ha especializado sus apti- tudes exclusivamente para el misticismo., inutili- zándolo para otra función. Por eso cuando Ro- ma fundó el Estado, él fundaba la Iglesia. Roma creaba el gobierno profano y racional, los judíos inauguraban el gobierno de Dios (Renán). Los depositarios del espíritu de la nación estaban siempre bajo el dominio de una fiebre intensa que los colocaba, algunas veces, fuera de los lí- mites déla razón, como dice Renán. La idea de (') Maudsley, La pathologie de Vesprit. PERSECUCIONES RELIGIOSAS 145 que Israel es un pueblo de santos, una tribu elegi- da por Dios y ligada á él por medio de un contrato, echa hondas raíces que se hacen cada día más só- lidas y más profundas (*) inhabilitándolo para to- do otro trabajo mental que no provenga de la sor- da elaboración de su misticismo absorbente. Una inmensa esperanza llena las almas. « La antigüedad indo-europea había colocado el Paraíso en el origen; todos sus poetas lloraban una edad de oro desvanecida: Israel coloca la edad de oro en el porvenir, y los Salmos, esa eterna poesía de las almas religiosas, brotan con su divina y me- lancólica armonía de este pietismo exaltado.» Mientras que en torno suyo las religiones paganas se reducen más y más, aun charlatanismo oficial en Persia y Babilonia, á una grosera idolatría en Siria y Egipto y á vanas simulaciones en el mun- do griego y latino (2), la de Israel se hace cada vez más psíquica, más íntima en el sentido de in- sinuarse profundamente en el pensamiento, traba- jándolo más intensamente, exigiendo mayor fuerza y vigor al cerebro que á los sentidos, cuyo uso y abuso no es factor menos importante en los tras- tornos de la mente. Por eso, sin duda, se agotó tan pronto, y la inmensa labor de su mentalidad trabajada y con el consiguiente surménage, exas- peró la fragilidad proverbial de su inervación fa- voreciendo la caída. (') Renán, Vida de Jesús, pág. 48. (2) Renán, Vida de Jesús, pág. 49. LOC, EN Li BIST. 10 146 LA LOCURA EN LA HISTORIA Pienso que lareligión católica paga menos tribu- to á la locura desde que se ha hecho más sensorial é idolátrica, desde que ha abandonado el cerebro para llamar á los sentidos, desde que ha dejado de ser tan divinamente espiritual como era en sus comienzos, para hacerse un tanto material y hasta grosera, con las exageraciones crecientes del cul- to externo. Ese tributo que las religiones pagan á la lo- cura, ¿no estará probablemente en relación con el trabajo que reclaman del espíritu? ¿con el grado de concentración que exigen á la inteligencia ? Las religiones del culto externo, lujoso y varia- do,, tienen un mecanismo mucho menos compli- cado para comprenderlas y practicarlas; deman- dan menos esfuerzo de atención sus dogmas son más claros y comprensibles y el clérigo ahorra al pensamiento el trabajo forzado de la especu- lación, porque piensa por él; le da al espíritu me- diocre y meticuloso el alimento digerido, pep- tonizado, disciplina y regimenta las inteligen- cias, y con el gran instrumento de la fe salva todas las dificultades y despeja todas las dudas. Para llegar á una concepción de Dios y de sus le- yes, el cerebro judío y el de muchas sectas pro- testantes, tiene que consumir un grado de fuerza cerebral inmensamente mayor que el que necesita un cerebro católico, que concibe á Dios bajo las formas fáciles á cualquier inteligencia, de un hom- bre de barba larga, de mansa apariencia por su PERSECUCIONES RELIGIOSAS 147 infinita bondad y rodeado de ángeles y querubi- nes. Los espíritus débiles, los niños, las mujeres, las personas nerviosas, los caracteres místicos y contemplativos encuentran en sus prácticas fáci- les, consuelos que no ofrecen otras que son áridas y poco consoladoras. No sé si me equivoco; pero me parace que las estadísticas confirman mis sos- pechas, si hemos de atenernos alas copias de Ball, Kraft-Ebing, Regis y algunos otros autores Q). El estado de exaltación porque atravesaba la imaginación cristiana en los primeros tiempos fué por entonces complicado por los acontecimientos que tenían lugar en Judea. (') En Inglaterra, dice Th. Archambault en su Introduc- ción histórica á la obra del profesor \V. Ellis, la locura reli- giosa es muy común, particularmente éntrelos metodistas, que se precian de observar todas las prescripciones que ellos creen encontrar en el Evangelio. En los protestantes el metodismo es particularmente abrazado por las imaginaciones ardientes, las conciencias timoratas que en los católicos se refugian en el misticismo y en las prácticas más severas de la vida monásti- ca. La Inglaterra, país protestante,en el seno déla cua lse agi- ta un número infinito de sectas religiosas, todas animadas de un vivo espíritu de proselitismo, tiene una estadística de la lo- cura bastante crecida. Traite de Valicnation mentale ou de la nature, des causes, des symptómes et du traitement de la folie, etc., etc., par W. C. Ellis, traduit de l'Anglais por Th. Archam- bault, enrichi des Notes par Mr. Esquirol.— E. Regís, Manuel pratique de médecine mentale, avec preface de Benjamín Ball, deuxiéme édition, 1892; Cullére, Traite pratique des maladies mentales, 1890; William W. Ireland, The Blot upon tlie bram, Studies inHistory and Psychologie; The Pa- t/iology and Thorapeutics of Mental deseases by J. L. C. Schrocder van der Kolk, translated by J. T. Rudalt, 1870; Mandón, Histoire de la folie instantanée; Fere, La familia neuropathique; Gagnerot, De la prédisposition dans la para- lysic genérale, Thése, 1893; Lionnet, Des varietés de la pa- ralysie genérale dans leurs rapports avec la pathogénie, 1878. 148 LA LOCURA EN LA HISTORIA Todos esos hechos parecían justificar las visio- nes de los cerebros más frenéticos: « un acceso de fiebre que sólo podemos comparar al que invadió á la Francia durante la Revolución y á Paris en 1871, se apoderó de toda la nación judía. Esas en- fermedades divinas, en presencia de las cuales la medicina antigua se declaraba impotente, pare- cían constituir el temperamento ordinario del pueblo judío. Durante cuatro años esta extraña raza que parece creada para engañar al que la maldice como al que la bendice, vivió en una con- vulsión, en presencia de la cual el historiador, fluctuando entre la admiración y el horror, se de- tiene con respeto como delante de lo que es mis- terioso » Q). Y sin embargo, las causas de esa crisis no eran recientes; databan de mucho tiempo atrás. Los espíritus, en aquella edad de suprema exal- tación religiosa, « vivían bajo la influencia de una especie de alucinación permanente; ruidos aterra- dores se difundían por todas partes. No soñaban sino presagios, y el color lúgubre de la imaginación judía teñíalo todo con una aureola de sangre: co- metas., espadas rutilantes en el cielo, batallas en las nubes, luces espontáneas brillando de noche en el fondo de los santuarios, he ahí lo que se con- taba con terror. Un día eran las enormes puertas de acero del templo que se habían abierto por sí (') Renán, L'Antechrist, 226. PERSECUCIONES RELIGIOSAS 149 mismas y se resistían á cerrarse; durante la Pas- cua del año 65, hacia las 3 de la mañana, el templo fué en el espacio de una media hora iluminado co- mo por una luz de pleno día; otra vez, el día de Petencostes, los guardianes oyeron ruidos extra- ños como de tropeles de gente que se decían los unos á los otros: Salgamos de aquí! salgamos de aquí!» Q). Sobre todo, lo que más excitaba en el pueblo la necesidad de moverse, lo que más impresión y desequilibrio producía en sus facultades, de- terminando ese delirio que se traducía en agre- sión y persecuciones, eran las profecías mesiánicas que lo habían puesto insoportable. No se resigna uno fácilmente, como dice el autor de Marc-Au- réle, á un destino mediocre cuando se atribuye la realeza del porvenir. Las teorías mesiánicas se re- sumían para aquellas multitudes fatigadas, en un oráculo que se decía tomado déla Escritura y según el cual« debía salir por ese tiempo, de la Judea, un príncipe que sería el Señor del Universo »(2). Y es inútil razonar contra la esperanza obsti- nada; la evidencia no tiene ninguna fuerza para combatir la quimera que un pueblo abraza con todas las fuerzas de su corazón y de su cerebro perturbado (3). (l) Renán, L'Antechrist, pág. 240. (s)Josepho, B. FVI, Saetonis, Vesp., 4, 5; Tácito, Histo- rias, V, 13. (3) Renán, loe. cit. 150 LA LOCURA EN LA HISTORIA La excitación ya desbordada por tanta causa acumulada durante largo tiempo, llega á uno de de los períodos de su mayor agudez en momentos en que los judíos arrojan á los Romanos de Jeru- salem por un esfuerzo excepcional de vigor y he- roísmo. Cuando se supo en Roma la noticia, la emoción fué viva y la guerra quedó abierta entre la na- ción judía.y los Romanos (Renán). La multitud is- raelita, enardecida y delirante, quería hacer sentir á los Romanos el vigor de su garra de perseguida, y armada de antorchas amenaza incendiar el an- fiteatro de Alejandría, reducir á cenizas hasta el último griego. Aquella turba tiene aspectos si- niestros y solemnes en los momentos supremos en que toda la locura religiosa deque era capaz el cerebro de Israel se agitaba terrible bajo el cráneo de la multitud que se mueve palpitante en un oleaje inmenso entre las calles estrechas. En vano Tiberio Alejandro intenta calmarlos. Las legiones se presentan, pero inútilmente, por- gue los judíos insisten provocando una matan- za horrorosa: el barrio israelita de la ciudad lla- mada Delta fué materialmente cubierto de cadá- veres cuyo número subió, para algunos, ala suma casi fabulosa de cincuenta mil Q). Pero ellos mis- mos se procuraban estas desgracias. En todas las ciudades y villorrios donde el judaismo llegaba á C) Renán, L'Antochrist, pág. 257. PERSECUCIONES RELIGIOSAS 151 dominar, la vi da se hacía imposible para los paga- nos (*). Su ardor en la persecución sólo es com- parable al de los Inquisidores en los siglos de ma- yor auge del Santo Oficio: el delirio revestía ave- ces caracteres violentos, y se comprende que el éxito obtenido por la revolución judía durante el verano del año 66 hubiese causado en todas las ciudades mixtas que rodean la Palestina y la Ga- lilea, momentos de verdadero terror, de horrible pánico (2). Tanto sufrimiento acumulado, tanta persecución acabó por enloquecerlos completamente, y en dis- tintas épocas el delirio de persecuciones con sus consecuencias perseguidoras finales tan lógicas, los echaba en los asesinatos cuyas represalias diez- maban sus filas compactas. Con motivo de ma- tanzas verificadas por los Sirios después de los sucesos de Alejandría, formaron bandas feroces que recorrían las ciudades asesinando los Sirios en Philadelfia, Hesebon, Gerase, Seythópolis; de- vastaron la Decapóla y Gaulonitida, incendiaron á Sebasta y á Ascalón, arruinando totalmente á Gaza y á Anthedón. El mismo criterio científico de la época con todo su proverbial candor, miraba aquella rabia como un acto patológico y así la clasificó. Dice Renán que lo que pasaba en Jerusalem y en las otras ciudades, hacía considerar á los ju- (') Renán, VAntechrist, pág. 258. (!) Renán, VAntechrist, pág. 258. 152 LA LOCURA EN LA HISTORIA dios como une sorte de fou dangereux, cuyos actos de furor era menester prevenir {^). La Siria meridional fué un campo de matanzas y horribles carnicerías; cada ciudad estaba dividida en dos ejércitos que se hacían una guerra sin cuartel (2). Las noches se pasaban en medio del terror y de la zozobra; la imaginación judía profundamente conmovida creaba los mil ruidos y las extrañas vociferaciones de la alucinación auditiva que daba pábulo al delirio. Los excesos de trabajo intelec- tual, la actividad febril de aquella edad de propa- ganda agresiva, las aspiraciones y deseos excesi- vos inspirados y mantenidos por la enorme espe- ranza de un destino religioso que ha revestido en la historia los inciertos contornos de una co- losal megalomanía; las perturbaciones y trau- matismos morales de todo género, el gasto exce- sivo y á menu-do el abuso inconsiderado de la fuerza nerviosa, y finalmente la desigualdad de condición, que excitaba las malas pasiones de los bajos fondos humanos, todas esas condiciones de- bían producir necesariamente un alto grado de excitación mental manteniendo al cerebro en la tensión permanente (3), que se traducía por tan grave delirio. ¡ Perseguir! perseguir al pagano que resistía la imposición de la verdad divina: ese era su progra- (l) Renán, UAntechrist, 256. (*) Renán, UAntechrist, 256. C) Paul Jacoby, Études sur la sélection, pág. 474. PERSECUCIONES RELIGIOSAS 153 ma colosal, y esa propaganda extraordinaria de que hablaba el autor de VÉglise chrétienne en su bella conferencia en el Cérele Saint-Simón y que se extiende desde 150 años antes de Jesu- cristo hasta próximamente 200 después de nues- tra era, está toda sombreada con los tintes pro- fundos de su peculiar psicosis colectiva. La per- secución tenía siempre ese carácter violento y ex- cesivo; las poblaciones que no eran judías había que conquistarlas, forzarlas á aceptar la circunci- sión . La turba era como en nuestro tiempo he- terogénea y mal inclinada, si bien los pueblos judíos tenían cierta unidad etnográfica que esta- blecía una rara solidaridad de la sensibilidad mo- ral y de la inteligencia y aun cuando, como se ha observado ya, durante el imperio, la palabra ju- daismo no tenía una gran significación etnoló- gica, porque conforme á la predicción de sus pro- fetas el judaismo debía ser algo de universal den- tro de cuyos límites todo el mundo debía de en- trar O. Los cuatro ó cinco partidos que había en Jeru- salem en el apogeo de las persecuciones contra los judíos y los cristianos, concurrían con su parte de personal para constituir la multitud. La burgue- sía farisea, compuesta de gente honesta, sensata y tranquila, que amaba la religión y la obser- vaba estrictamente, pasaba por indiferente y des- (') Renán, Le judaisme comme race et commo religión, etc. 154 LA LOCURA EN LA HISTORIA conceptuada á los ojos de la mayoría exaltada. Josefo, dice Renán, es el tipo de esta clase de per- sonas cuya suerte fué la que le está siempre reser- vada á los partidos moderados en tiempo de agi- tación. Ese era el único elemento, relativamente tranquilo, que había; los demás giraban dentro del vértigo que la enajenación popular sustentó por tan largo lapso de tiempo. La muchedumbre judía al- ternativamente perseguida y perseguidora parecía amasada con todo el elemento moral é intelectual insano del imperio; los exaltados de todo género, zelotas, sicarios, asesinos de la última especie mezclados á los fanáticos mendigos, reducidos á la última miseria por la injusticia y por la vio- lencia de los saduceos (Renán) y que sin embargo se consideraban como los únicos herederos de las promesas de Israel, de ese pobre Dios querido, cuyo recuerdo tanto los exaltaba. Indudablemente ellas son las que bajo el punto de vista del sujeto que nos ocupa, ofrecen un tema más fecundo á la psicología mórbida. Tenían el espíritu nutrido de lecturas enloque- cedoras, de libros proféticos como el de Henoch, de apocalipsis violentas que dan una idea de la alte- ración porque atravesaba su cabeza y que llevaban la inteligencia, según nos dice Renán, á un grado de exaltación «el más intenso de que conserve re- cuerdo la historia». Entraba igualmente en se- mejantes conjuntos, tan extraños, hoy mismo que los juzgamos con otro criterio, el cerebro desarti- PERSECUCIONES RELIGIOSAS 155 culado de multitud de bandidos, gentes sin escrú- pulos, aventureros, palí caros peligrosos, fruto de la completa desorganización social que se acen- tuaba, soñadores piadosos, «esenianos, cristianos, ebionistas que esperaban tranquilamente el reino de Dios; personas devotas agrupadas alrededor del templo », orando y llorando con la exaltación de un verdadero delirio religioso. Los arbitros de la situación eran los que naturalmente domi- naban por la violencia de su enajenación mística indisciplinada. « El limo democrático y revolucio- nario del judaismo se manifestaba en ellas de una manera horrorosa». Vivían persuadidos con Judas el Galonita que todo poder viene del mal, que la realeza es una obra de Satán (teoría que sobera- nos como Nerón y Calígula, verdaderos demonios encarnados, justificaban plenamente) y se dejaban matar, más bien que dar á otro que á Dios el nom- bre de maestro (*). Imitadores de Mattathias, el primero de los zelotas que viendo á un judío ha- ciendo sacrificios á un ídolo lo mató, vengaban á Dios á golpe de puñal. El solo hecho de oir ha- blar á un incircunciso de Dios ó de la ley, les bas- taba para que trataran de sorprenderlo solo y darle á elegir entre la circuncisión ó la muerte. Ejecutores de estas sentencias misteriosas que se abandonaban á las manos del cielo, creyéndose encargados de hacer ejecutiva esta pena formida- (x) Renán, loe. cit. 156 LA LOCURA EN LA HISTORIA ble de la excomunicación, que equivalía á poner fuera déla ley y á una condenación á muerte, for- maban un ejército de terroristas en plena ebulli- ción revolucionaria. Podría preverse de ante- mano que esas conciencias alteradas, incapaces de distinguir sus groseros apetitos de las pasiones que su frenesí las representaba como santas, irían hasta los últimos excesos y no se detendrían en presencia de los más grandes excesos de su locura (*). Todo lo que queda descrito, deja, pues, tras- lucir el fondo morboso que daba una completa peculiaridad á ese entusiasmo. Dice Renán que aquellos hombres parecían ver- daderos poseídos (2) de esa posesión que algu- nos siglos después en la Edad Media tuvo nue- vamente caracteres epidémicos. El espíritu pro- fético se manifiesta bajo la forma de alucinacio- nes, de ilusiones, en los libros hebreos que están llenos de apariciones de todo género, revistiendo siempre ese carácter sintomático. Muchos de los profetas judíos eran, según se ha afirmado (Éxo- do, IV, 10, comp. Jeremías, 10) tartamudos, es decir, parafásicos, antes de entrar en su misión y recibir la inspiración divina; y las visiones de los más antiguos profetas habían sido acompaña- das siempre de fenómenos violentos de excitación nerviosa (Sam., XIV, 23 sig.; Renán, Los após- toles). O Renán, LAntechrist, pág. 229. O Renán, Los Apóstoles, pág. 34. PERSECUCIONES RELIGIOSAS 157 Otra circunstancia que también da una idea de la frecuencia de todos esos males de la inerva- ción, es la de haber sido una de las principales habilidades de la milagrería de sus profetas y santones, curar á los endemoniados, paralíticos, etc., cuyo exorcismo parecía eficacísimo, según Damacius, citado por Renán. Por otra parte, los judíos, dado el género de vida que llevaban, eran naturalezas empobrecidas, agotadas por una gra- ve miseria fisiológica que los preparaba para to- da especie de trastornos cerebrales. Comían po- co y escasamente y en un país « donde la organi- zación económica era nula y poco desarrollado el comercio y las fuenxes de bienestar mediocres, las faminas venían con alguna frecuencia»; entre otras una bien terrible en el cuarto año del reina- do de Claudio, el año 44, sin contar las parciales que azotaron las poblaciones durante ese mismo perío- do (a). Todo eso, como digo, contribuía á mante- nerlos en esa tensión nerviosa. « La sobriedad del Sirio, causa de su debilidad física, lo pone en un estado de fiebre continua y de susceptibilidad nerviosa. Con un régimen tal serían imposibles nuestros esfuerzos continuados de cerebro » (2): esa debilidad cerebral y muscular, conduce sin causa aparente á una situación patológica más ó menos durable y permanente, y la actividad exa- gerada del encéfalo, esa actividad constante de la (l) Renán, Los Apóstoles, pág. 138. (s) Renán, Los Apóstoles, pág. 41. 158 LA LOCURA EN LA HISTORIA excitación, transmitida hereditariamente á las ge- neraciones siguientes, se manifiesta de una ma- nera muy diversa (*) aunque siempre dentro del cuadro variadísimo de las neuropatías. El cerebro, como los otros órganos de la econo- mía, tiene un límite de fuerzas que cuando se sobre- pasa imprudentemente, sucumbe. Por consecuen- cia , si la tensión y la excitación, dice un maestro psi- quiatra, han afectado en cierto número de indivi- duos un alto grado, producirán en sus descendientes y en las generaciones siguientes una serie de ano- malías, de afecciones y de perturbaciones desde el talento hors ligne, las capacidades brillantes que ha producido Israel, hasta las psicopatías, hasta las más variadas afecciones nerviosas tan frecuen- tes en ese pueblo, las deformidades psíquicas, las anomalías morales y, en fin, todo el cortejo ordi- nario de síntomas de degeneración, tales como la esterilidad, la muerte prematura y la extinción de las razas (2). Un grado menor de excitación ce- rebral probablemente les hubiera dado en las generaciones siguientes, espíritus brillantes, un nivel moral é intelectual menos grande pero más equilibrado y normal seguramente; una vida psí- quica más vigorosa, más variada y más adentro del nivel fisiológico común. Se comprende, como (') Jacoby, Études sur la sélcction dans ses rapports avec l'héréditc choz l'homme, pág. 474. (•) Paul Jacoby, Études sur la sélcction dans ses rapports avec Vhéréd..tó ches Vhomme, pág. 474. PERSECUCIONES RELIGIOSAS 159 dice el mismo Paul Jacoby ya citado, que cuanto más fuertes son las causas determinantes, la vida psíquica más activa y febril, el abuso de la activi- dad cerebral más excesivo, mayormente triste será el resultado y más fácilmente terminará en las formas patológicas finales. Esa es la historia de todas las agrupaciones hu- manas organizadas en ese molde vicioso; lo mismo ayer, en tiempo de las persecuciones de los prime- ros siglos del Cristianismo, que en nuestros días; la diferencia positiva está en que ahora son más conocidas, porque están estudiadas con más amor, más hábilmente disecadas por el ojo escrutador de la psicología patológica. Es casi siempre el crimen vesánico, le crime fou, sin causa y sin objeto, es el frenesí que no razona, que no comprende el que lo arrastra (\); es, en fin, la consecuencia natural de la posesión del fana- tismo delirante sembrado sobre una conciencia frágil. Para las turbas de París del año 92 ó de la Comuna, es \& folie de lapoudre la que las po- see y las incita; para la multitud que lleva las masas de cristianos y de judíos al crimen y á la matanza, es la locurade las persecuciones, bien caracterizada sin duda, pero con la única dife- rencia de la etiología y patogenia que le impri- me la circunstancia de ser colectiva en vez de í1) Siohblle, La foule criminelle. Essai de psychologie collectice, traduit de l'italien par Paul Vigny, 1892. 160 LA LOCURA EN LA HISTORIA individual. Las alucinaciones colectivas del oído que constituye un carácter tan conocido del De- lirio de Laségue, el período más francamente melancólico en qué el pobre alienado se cree víc- tima de tenaces persecuciones y su terminal trans- formación en perseguidor feroz y vengativo desús imaginarios agresores, que se observan casi sin excepción en la evolución del delirio individual, todo se ve en la feroz manía persecutoria de las turbas. Probablemente ellas también comienzan por sentirse presa de todo ese cúmulo de sensacio- nes enfermizas; de perturbaciones funcionales ú orgánicas que sorprenden al individuo obligán- dolo á análisis íntimos de su ser (*) para pasar luego al período de explicaciones delirantes en que la sistematización progresiva de la tenden- cia del enfermo á relacionarlo todo á la hostili- dad y á la mala voluntad de los hombres, aca- ba por constituir el verdadero delirio de las perse- cuciones, tan magistralmente descrito por el pro- fesor Laségue. Seguramente que la alucinación, principal agen- te de la enfermedad, tendrá allí, más ó menos, el mismo desenvolvimiento que en el individuo. Lenta pero fatal, marchando por etapas sucesivas en un crescendo solemne, pausado y progresi- vo. Se comienza por simples perturbaciones sen- (') Regís, Manuel pratique de médecino mentale. PERSECUCIONES RELIGIOSAS 161 soriales pero bien pronto aparecen las ilusiones, que á su vez ceden su lugar á las alucinaciones, única y confusa al principio, luego clara y neta, cada vez más precisa y más próxima á la sen- sación. El ilustre maestro de Santa-Ana nos ha hecho una verdadera obra de arte en la des- cripción del procedimiento de esas perturbacio- nes. Para el oído, dice, las primeras sensacio- nes son simples, medio borradas: bordoneos, so- nidos inarticulados; luego cantos confusos, va- gos, lejanos ruidos de campanas, gritos y voces tumultuosas... Más adelante ese indeterminado ruido de la campana se transforma en un tañido claro y lúgubre, en un doble fúnebre; los gri- tos, las voces informes, en injurias, amenazas, gritos de auxilio; poco á poco la alucinación se hace distinta y se perciben, bien claros enton- ces, los reproches, las acusaciones, las quejas ne- tamente formuladas, los lamentos, las plegarias y ruegos de un pariente ó de un amigo, las voces emanadas, las palabras que salen correctas y arti- culadas de labios desconocidos (a). La turba tan asustadiza y artera, más expuesta á la sugestión delirante que el individuo aislado, está intelectualmente más susceptible, y sensi- ble para cualquier perturbación de este género, tanto más, cuanto que causas poderosísimas para perturbarla obraron constantemente sobre un te- O Magnan, De Valcoolismc et ses diverses formes, pág. 43. LOC. EN LA I1IST. 11 162 LA LOCURA EN LA HISTORIA rreno de calidad inferior. Dice Máxime du Camp que casi todos los principales promotores y direc- tores de las multitudes tienen un lugar reservado en Charenton entre los locos agitados. Y en efec- to, no pueden explicarse sus excesos sin recurrir á este elemento aliénico que, como diceForel, retro- trae alhombre á esos instintos atávicos, bestiales, que lo empujan hacia los últimos tramos de la descomposición mental humana. « Sucede á me- nudo, agrega el autor deLe.s fourmis, que al fin del combate las hormigas amazonas son presa de un furor tal, que hasta muerden á los mismos com- pañeros que las rodean, á las larvas y á los es- clavos que en vano tratan de calmarlos y ensa- yan retenerlos de las patas mientras dura su có- lera ». Como la hormiga, la turba llega también á ese grado de rabia aunque por distinto procedi- miento mental, naturalmente (*): el furor tiene en ese caso mucho de animal porque es ingobernable ó indisciplinado como el instinto. Por la naturaleza de su contextura, la multitud es esencialmente impetuosa y maligna, aunque al- gunas veces parezca que la reflexión gobierna sus determinaciones. Por regí a general entran en su composición, los criminales como agentes de di- rección y de inflamación, diré así: los alienados, los hereditarios de toda clase que se sienten atraí- dos al abismo por su propia organización anómala, (') Lafoule criminelle, essai de psychologie collcctioe par Scipio Sichelle; Forel, Les fourmis. PERSECUCIONES RELIGIOSAS 163 los alcoholistas y bebedores que van con el pro- pósito de satisfacer sus apetitos, en suma, la bo- rra social, privada de todo sentido moral. Mez- clad dentro de ese monstruo inconsiderado y por su naturaleza dócil á cualquer impresión, todos estos individuos ya enajenados y á la natural es- timulación que les produce el medio y los aconte- cimientos en que son actores, se agregará la su- gestión violenta de su crueldad ó de su locura enardecida (J). Bueno es recordar para comple- tar la imagen que el número de locos ha sido siem- pre grande en las revoluciones, en los grandes acontecimientos en que los hombres se ven aso- ciados en turbas y en que el cerebro sufre un verdadero traumatismo moral ó intelectual; en que un complejo de circunstancias ambientes ac- tuando por largo tiempo con igual violencia, con- curre á poner el espíritu en un verdadero estado de dinamia (2). No sólo .porque los locos toman una parte ac- tiva, arrastrados más fácilmente que los otros por el vértigo del entusiasmo colectivo, sino por- que, como lo hace notar Lunier, las grandes con- mociones políticas y religiosas favorecen el esta- llido de todos aquellos cerebros predispuestos á la enajenación mental. La estadística y la observa- ción parcial de los manicomios lo ha demostrado plenamente, desde Pinel, que, creo, fué el prime- (') Véase : Scipio Sichelle, obra cit. (*) Véase: Regís, Annales médico-psychologiques. 164 LA LOCURA EN LA HISTORIA ro en hacer la observación, hasta nuestros días en que diversos alienistas lo han ratificado. Belhome en su obra Influences des conmotions politiques (1872), indica la notable recrudescen- cia de la locura debida á las revoluciones de 1831, 1832 y de 1848. Bergeret observaba el mismo he- cho en su artículo de la Gazette des hópitaux ti- tulado La Politique et la Folie y con respecto á la revolución de 1848 Lunier (*), Legrand du Saulle (2), Regis (3), etc., etc., han consignado observaciones análogas. No son los criminales los únicos que, entre los degenerados, toman parte en las revoluciones; se ha visto también mezclarse á ellas á los locos, «salidos de los manicomios y hospitales cuyas puertas siempre han abierto las turbas, permitién- doles abandonarse libremente á sus delirios, en las plazas y en las calles públicas mejor que en sus celdas solitarias. Un gran número de esos des- graciados recorrían las calles de París durante los acontecimientos de la Comuna llevando por todas partes el desorden y el terror». El hi- jo de una loca, agrega Tebaldi, que alternaba su permanencia entre el hospital de locos y la prisión, fué uno de los actores más encarnizados, en las persecuciones, las matanzas y los incen- (x) Influence des événements et des conmotions politiques sur le développement de la folie, París, 1879. (2) Le delire des persécutions. (3) Manuel pratique de médecine mentale; véase también Sctpio Sichelle, Lafoule, etc. PERSECUCIONES RELIGIOSAS 165 dios. Lamas célebre entre todas fué Lambertine Theroigne, «esa heroína de sangre, que guiaba las turbas al asalto de los Inválidos y á la toma de la Bastilla y que murió en la Salpetriére arras- trándose sobre las rodillas y las manos » ('). Para hacer, á este respecto, más firme la convicción, no hay sino hojear libros tan ricos en observacio- nes de este género como el de Esquirol, Des mala- dies mentales; Jules Clerc, Les hommes de la co- mune ou Vinsurrection de Paris devant la psy- chologie morbide, y el interesante libro de Má- xime du Camp Les convulttons de Paris (1880, tome quatriéme). La conmoción de los espíritus en la Roma de los grandes hechos religiosos era extraordina- ria. Una fiebre de persecuciones y de matanzas se había apoderado de todos: podíamos decir que en ciertas épocas el pueblo parecía entregado á los arrebatos de un delirio epidémico tan bien ca- racterizado como la demonopatía, la zoantropía, la corea y lademonolatríadéla Edad Media, que reproduce bajo otra forma la misma enajenación de aquellos tiempos lejanos. Causas profundamente difundidas y propicias para propagar el mal, actuaban sobre la conciencia popular bajo la intensa necesidad del reposo men- tal que hacía muchos años habían perdido. Roma estaba excitada por esa debilidad irritable (*) Tebaldi (Augusto), Ragione et Pazzia, Milano, 1884. 166 LA LOCURA EN LA HISTORIA de la astenia que tantos años de orgía y de liberti- naje le habían producido y á que nos hemos refe- rido en el capítulo I. La sífilis, esa sífilis cesá- rea que se difundía en todo el imperio de una manera alarmante, comía el rostro y debilitaba la mente comoelgálico moderno, tristem et corrup- tumscabie, horrigineplenum, como decía Juvenal en su célebre sátira. Ese romano delirante estaba corroído por la sífilis, y deprimido por la sodomía: Méntula quum doleat fuero Ubi ncevole eubus, decía Marcus Valerius Martial. Non sum divi- nus, sed scio quidfacias. Esta afección que Mar- cial menciona únicamente para fundar la pasivi- dad de su personaje, se refería á accidentes sifi- líticos ó chancros blandos (*). La piscina romana era un vector terrible y activo de trasmisión; esta- ban abiertas átodo el mundo y los hombres y las mujeres se hañahanpéle-méle sin la menor cubierta ni escrúpulos y el agua que corría poco, se encar- gaba de mantener el contagio (2). ¡Cómo se insi- nuaría en aquel encéfalo agotado, la afección de- satendida, mejor dicho, entregada á la medica- ción supersticiosa del curanderismo de los tera- peutas. No hay, pues, cabeza que sorprendida por un concurso de circunstancias tan graves, no se sienta exaltada y arrancada violentamente f ue- (}) F. Buret, La syphilis aujourd'hui et ches les anciens, 1891. (*) F. Buret, La syphilis aujourd'hui et ches les anciens, 1891. PERSECUCIONES RELIGIOSAS 167 rade su quicio saludable. La persecución en estos casos no obedece, probablemente, á la exagera- ción de un sentimiento de respeto y de apego su- persticioso á su culto, es más bien una consecuen- cia del estado anormal de la inteligencia colecti- va que está desorganizada. ¿No será una expresión vivaz déla «fiebre de los caídos », de esa fiebre cerebral sui generis que según Van Prinsterer era epidémica en los días de agitación religiosa del siglo xvi? El delirio así como en estas épocas afectaba una fórmula mística, en otras toma el tinte político, financiero ó industrial, traduciendo una tenden- cia exagerada del sentimiento general. Es la mis- ma fuerza pero bajo la forma distinta que le impone la época y el medio. Los romanos no eran como los judíos, un pueblo fanático y excitable, ni tenían se- guramente la visible predisposición aliénica de Israel, pero estaban como él agotados. Sólo bus- caban el placer de los cuadros plásticos y de las torturas atroces. Para complacerlos, dice Allard (*) era necesario que Isción fuera verdaderamente destrozado y que Icaro se rompiera la cabeza ca- yendo del cielo. La turba cuya curiosidad feroz satisfacía Nerón con sus espectáculos sangrientos había perdido el sentido moral y se entregaba á los enardecimientos frecuentes que él fomentaba; lo seguía dócilmente como esos perros de raza bri- (*) Allard, Histoire des persécutions pendants les deux premiers siécles, París, 1885. 168 LA LOCURA EN LA HISTORIA tánica ó escocesa de una ferocidad extrema que especialmente enseñados lanzaba en los combates del anfiteatro (*). Las persecuciones tenían la forma horrible que sólo el cerebro trastornado del hijo de Agripnia podía concebir y la multitud convocada por aquel César imbécil concurría, furiosa, en los primeros días de agosto á presenciar una fiesta de excep- cional novedad. Debía durar probablemente mu- chos días, según refiere Tácito, dándonos una idea hasta donde estaban dentro de una anormalidad mental tan propia de su decadencia. La relación de Tácito, demasiado breve para ser completa permite sin embargo reconstruir, dice Allard, cu- yas palabras palpitantes vamos á copiar, el es- pectáculo ofrecido por aquel loco degenerado á la curiosidad sanguinaria de la multitud. Para que fuera más completa la fiesta, debió ser de día y de noche. Los juegos comenzaban por una de esas procesiones, largas y crueles, en que el cortejo de condenados desfilaba delante de las miradas de los espectadores, entre dos filas de es- clavos de anfiteatro armados de látigos. Después tenía lugar el venatio (2), que era generalmente el principio de estos días sangrientos: una parte de los prisioneros cristianos fueron entregados á (:) Strabon Gregi, IV, 5. cf. Symmaque, esp. II, 77. (s) Antes de la construcción del anfiteatro Flavio, dice Allard, las venationes ó combates de bestias, lo mismo que los combates de los gladiadores, se daban en los circos. PERSECUCIONES RELIGIOSAS 169 las bestias usando con ellos refinamientos atroces porque los revistieron de pieles de animales y en esa condición, presentados á la voracidad de los perros embravecidos que les hicieron una caza implacable (1). Cuando el pueblo satisfizo sus ojos con este horrible drama, fueron intro- ducidos otros cristianos y en las cruces previa- mente preparadas en el circo, amarrados, para que animales feroces y hambrientos los devora- ran como era costumbre en los anfiteatros roma- nos. No dice Tácito, si en el circo del Vaticano hubo también mujeres inmoladas de esta manera; probablemente á las matronas y demás mujeres cristianas dejáronlas reservadas para otra parte del espectáculo obligándolas á aparecer en alguna de esas representaciones, mitad drama, mitad co- media, pyrricha, en que se asignaba al conde- nado un papel trágico que tenía que ejecutar al natural (2). Tal era «el horrible realismo de las costumbres, tales las exigencias brutales de es- pectadores en quienes el exceso de escenas vo- luptuosas ó sangrientas habían mellado, atrofiado el sentimiento del arte», dejándole sólo esa ten- dencia por lo grotesco que Schulle ha estudiado con tanto talento en su bella y reciente obra ya mencionada. Para formarnos una idea del gasto cerebral que produciría en el pueblo romano de las grandes (') Allard, Persecución, pág. 46, tomo 1". (*) Allard, loe. cit., tomo Io, pág. 47. 170 LA LOCURA EN LA HISTORIA persecuciones la existencia de penetrante emoción en que vivió, es necesario conocer la suma de esfuerzo nervioso que representa la vida ordina- ria, sobre todo aquella vida urbana, deletérea por los cuatro costados. Todas esas actividades, decía un médico alemán de nuestros días, aún las más simples están ligadas a un esfuerzo del sistema nervioso ó á una consu- mación de sus materiales. Cada línea que escri- bimos ó leemos, cada fisonomía humana que ve- mos, «cada conversacióná la cual nos entregamos, cada escena, en fin, que percibimos por la puerta de un tren que se desliza á todo vapor, pone en actividad nuestros nervios y nuestro cerebro», con una fuerza é intensidad en relación con el tempe- ramento y la susceptibilidad de cada uno. « Aún los pequeños sacudimientos del camino de fierro son percibidos por la conciencia, los ruidos perpetuos y los cuadros variados de las calles de una gran ciudad, nuestra impaciencia por conocer las con- secuencias de tal ó cual hecho, la espera de un diario, de un visitante, todo, todo cuesta trabajo á nuestro cerebro » (*). ¡Cuál sería, pues, la usura de aquellos nervios romanos y judíos viviendo por largos años! ¡ qué digo años! por siglos, bajóla ac- ción conmovedora de una lucha religiosa á muerte! Si los millares de cartas que lee cada habitante en Berlín al año, si las 18.700 nuevas publicacio- (J) Max Nordau, Dégénérescence, pág. 71, tomo 1o. PERSECUCIONES RELIGIOSAS 171 nes, los 6800 diarios nuevos que publica la Ale- mania, el inmenso movimiento comercial de la Europa, el número de viajes, la agitación indus- trial, y, en fin, la acción continuada sobre el cere- bro de ese enorme cúmulo de intereses intelec- tuales complicados, implican una actividad pro- porcionalmente considerable de cada individuo (x) en nuestra vida moderna, y con una higiene cere- bral'relativamente más cuidada y eficaz, qué es- fuerzo mental no representaría para la inteligencia y sensibilidad moral del romano enervado, la lu- cha religiosa complicada con el despotismo de Nerón y de Calígula! Roma y el Judaismo fueron sorprendidos por el Cristianismo; no quedándole tiempo ni aptitu- des suficientes para adaptarse á las nuevas con- diciones de vida, su cerebro tuvo que estallar. Hay un principio elemental de fisiología cuya violación explica el fenómeno : « nuestros órganos adquieren una capacidad funcional cada vez ma- yor, á medida que se desarrollan por su propia actividad y pueden responder á exigencias, por decir así, ilimitadas, pero solamente á condición de que eso se haga poco á poco dándole tiempo á su desarrollo, porque si verifica sin transición, un múltiplo de la tarea habitual se paralizará comple- tamente». El momento había venido, como dice (') Véase: Dans cent ans (Rovuescientifique, 1891 y 1892) par Charles Richet; Annuaire da la presse, 1891; Bordier, La cié des socictcs; Max Nordau, Dégénérescence, tomo Io. 172 LA LOCURA EN LA HISTORIA Renán, en que el Cristianismo mantenido en el secreto de las gentes humildes que le debían su felicidad iba á estallar en la historia por un golpe de trueno, cuya repercusión debía ser tan prolon- gada (í). Aquel que no estuviera preparado para recibirlo tendría que caer en la batalla. El Cristia- nismo era una etapa mayor en el desenvolvimiento y evolución orgánica de cerebro humano; es la cri- sis de una edad, como la pubertad y la dentición, que representan una ascensión en la escala del de- sarrollo natural del cuerpo. No estando el cerebro Romano y Judío del tiempo de su aparición, en su- ficiente aptitud para recibirlo por un retraso expli- cable en su desarrollo encefálico, sucedió lo que era lógico dentro de las leyes que presiden á esos fenómenos naturales: un estallido de la impotencia que se tradujo en el delirio y la persecución, el ago- tamiento neurasténico de un grave surménage mo- ral ó intelectual consecutivo. Los gérmenes de esa magnífica filosofía ó si se quiere de esa gran reli- gión cristiana, se dibujan vagamente en el purísi- mo sentimiento religioso de Isaías, raro ejemplo, como dice un maestro, de un gran creador reli- gioso al mismo tiempo que de un notable escritor. Pero jamás el cerebro de los contemporáneos del hijo de Amas hubiera comprendido y aceptado sus ideas en la amplitud cristiana por falta de su- ficiente desarrollo mental. El hecho de que los (') Renán, L1 Antechrist, pág. 110. PERSECUCIONES RELIGIOSAS 173 primeros que lo adoptaron y lo amaron con el ino- cente fervor de sus almas primitivas hayan sido gente sencilla, como los pescadores sublimes del lago Tiberiade, no destruye mi acertó. Porque como hoy mismo lo indica la psicología, el último habitante de una aldea europea tiene actual mente y á pesar de su mediocridad mental un horizonte geo- gráfico más amplio, intereses intelectuales más numerosos y más complicados que el primer Mi- nistro de un Estado de hace un siglo y medio. ¿ Por qué ? Porque su masa cerebral se ha desenvuelto y ad- quirido aptitudes que ese buen Ministro no tenía aún. Hay un hecho de notoriedad científica que de- muestra experimentalmente cómo se verifica esa evolución en la sucesión de los siglos y bajo la in- fluencia de la multiplicidad de factores mentales que acumula la civilización. Una feliz casualidad permitió á Broca comparar los cráneos de un gru- po considerable de franceses de raza relativamente pura del siglo xu con la de los actuales habitan- tes de París y apreciar, hasta donde era posible, la influencia de los progresos materiales, sociales é intelectuales sobre el desarrollo y conformación del cráneo (*). Bajo aquellas influencias es que se iniciaron en Roma las persecuciones á los cristianos. Lamulti- (*) Paul Broca, Sur des cránes provenant d"un cimetiére de la cité anterieur du troiziéme siécle (Memoire d'Anthro- pologie), tomo Io, pág. 332. 174 LA LOCURA EN LA HISTORIA tud diciplinada se mueve nerviosa y preocupada por los desastres que se desarrollan delante de sus ojos, despertándole sospechas angustiosas. Ese pe- ríodo de interpretación delirante á que aludíamos hace un momento, sacude con sus aprensiones pa- tológicas la inteligencia popular y pasa rápida- mente á desembocar en un furor activo de hosti- lidad y de venganzas finales. En esos momentos el primer impulso es el más agresivo: buscan las víctimas que según la dolorosa sugestión de su esta- do enfermizo pueden ser autores ó colaboradores en el desastre general. Si el Tiber inunda á Roma, si el Nilo no riega las campañas, si el cielo está cerrado, si la tierra tiembla, si viene el hambre, una guerra ó una peste..., un grito inmenso se levanta en la ciudad agitada: ¡los cristianos á los leones! ¡ á muerte los cristianos! (*). Cuando uno ha penetrado en el carácter de Mar- co Aurelio, cuyo reinado se distinguió como el de la feroz tiranía de Roma por su persecución sin tregua « y sólo tiene en cuenta el título de filósofo que le daban á porfía sus admiradores paganos y los apologistas cristianos mismos, el espíritu se pregunta, cómo este príncipe honesto, esclarecido, no trataba de imponer silencio á la voz popular cada vez que semejantes gritos herían sus oídos». ¿ Es que había algo superior á sus fuerzas, que por (J) Allard, Histoire des persécutions pendant les deux premiers siéclcs, etc. etc., pág. 336, tomo 1°, 1885; Tertu- liano, Ad. Nat., 1, 9, Apólogo, 40. PERSECUCIONES RELIGIOSAS 175 cierto no eran grandes, dada la debilidad de su carácter notorio, en este espíritu de una distinción tan esquisitapor otra parte? Indudablemente. Cuando el populacho está excitado y en pleno delirio no tiene ya gobierno ni hay fuerza política que le ponga freno. Su locura reviste más ó me- nos los caracteres de sus delitos. La turba, decía un penalista reputado, es un amasijo de elementos heterogéneos y descono- cidos los unos de los otros: desde que una chis- pa de pasión brota en uno de ellos, electriza este péle-méle y se produce una especie de or- ganización súbita, de generación espontánea. Su incoherencia, agrega el ilustrado Tarde, se hace entonces colectiva, el ruido se convierte en voz y estos millares de hombres alterados, forman bien pronto una sola alma, una sola voz, una bestia in- nominada y monstruosa que marcha á su propó- sito con una finalidad irresistible (]). Cuando es la locura en vez de la pasión, que es el pródromo de aquella en las naturalezas predispuestas, curioso es ver, cómo la alucinación y el delirio se difunden segura y rápidamente: su aparición sólo visible al principio para unos pocos, se hace rápida- mente general para todos los ojos bajo la influen- cia de causas poderosas de entusiasmo. La marcha del proceso de generalización epidémica en esos males de la inteligencia popular nos es bastante (l) Tarde, Philosophiepénale. 176 LA LOCURA EN LA HISTORIA conocida: los agentes de depresión nerviosa obran- do por largo tiempo, como sucedió en los Judíos y en los Romanos, prepararon el terreno para que el germen vesánico que duerme en todos los pue- blos durante épocas normales, cultivado al calor de predicaciones violentas y calurosas, comenzase su desarrollo hasta afectar la forma del delirio que abatió por tanto tiempo el cerebro de Roma y de Israel. La mismapasión sectaria, la organización de raza predispuesta por excelencia, la tradición y otros tantos factores, nivelan los espíritus y los pre- para, cualquiera quesea por otra parte la heteroge- neidad moral del conjunto, para sentir por igual la conmoción que ha principiado en un grupo di- minuto, y que luego se propaga á todos: como en el lago tranquilo en el cual se arroja una piedra, las ondas se dilatan, se propagan y se difunden á toda el agua, dice Sichelle, que ha hecho de la foule criminelle un estudio lleno de talento y para darnos una idea pintoresca de ese proceso de di- fusión. El principio que rige ese fenómeno en el or- den fisiológico está en la tendencia nativa á la imitación, propiedad elemental del espíritu que uniforma los caracteres de una época, de un país, de un pueblo, de un pequeño círculo de amigos como dice Bordier(a). Cada hombre está indi- vidualmente dispuesto á la imitación, pero esta (') Bordier, La vio dos sociétés. PERSECUCIONES RELIGIOSAS 177 facultad tiene su máximun entre los hombres en asamblea; en las salas de espectáculos y las reu- niones públicas en que el menor palmoteo, el menor rumor, un silbido ó un ruido cualquie- ra bastan para arrojar á la multitud en un sen- tido inesperado (J). «Es una verdad incontes- table que la inclinación que el hombre tiene á imitar es una de las tendencias más fuertes de la naturaleza. Basta arrojar una mirada al re- dedor de nosotros, para ver que el mundo so- cial no es sino un tejido de similitudes; simili- tudes que son producidas por la imitación bajo todas las formas: imitación-moda, imitación-sim- patía, imitación-obediencia, imitación-instruc- ción, imitación-educación, ó imitación-reflejo » (2). Eso hace la imitación dentro del orden fisioló- gico ¡ qué no hará y cuáles no serán sus resultados cuando es la enfermedad, la locura colectiva, pro- ceso esencialmente contagioso cuando invaden con sus horrores, felizmente transitorios, poblaciones enteras, ciudades, villorrios humildes y remotos! Principia por las sectas y si los tiempos y el medio son adecuados, se propaga á la multitud con más ó menos fuerza y en diversas épocas como en los O Bordier, loe. cit., 1888. (2) Véase: Scipio Sichelle, La foule criminelle (Essai de psychologie collective, 1892J; Tarde, Les lois de l'imitation, París, 1890; Max Nordau, Dégénérescense, tomo Io; Bordier, La vio des sociétés, 1887; Despine, Psychologie naturolle, Étudo sur les facultes intellectuelles et morales dans leur état normal, etc., París, 1868, P. Lang. LOC. EN LA HIST. 178 LA LOCURA EN LA HISTORIA derviches árabes, como en los demoníacos de la Edad Media, cuyos últimos productos hemos vis- to, según Sichelle, en los convulsionados italianos de la Comuna de Veryerius, los Perfeccionistas ó Stundentes, los Scopzzi en Rusia y las multitudes guiadas por Judas Gaulonita que precedieron alas revoluciones del Cristianismo (Sichelle); asi tam- bién como los que arrastrados por un extraño y en- fermizo fetiquismo por Klopstock anunciaron el Renacimiento en Alemania (Sichelle). Hay, dicen Laschi y Lombroso, una variedad de epidemias morales, de Psycosis epidémicas que, á primera vista, nos sorprende con sus atrocidades y las in- famias que cometen, las que bien examinadas no son en el fondo sino la exageración patológica del fenómeno de la sugestión, dice Sichelle para quien esa sugestión es la ley más universal del mundo social. Las multitudes, así preparadas no tienen sino recibir el choque misterioso que determina el es- tallido para echarse» en brazos de sus impulsos perseguidores. Los tiempos eran de persecución activa, enco- n#ida, vivaz como nunca; el espíritu embargado por esa única idea, imprimía necesariamente á sus ímpetus ese carácter agresivo que el procelitismo judío y la creciente prosperidad del Cristianis- mo enconaba y enardecía hasta sus más deplora- bles extremos. Era un punto del cerebro que comandaba tiránicamente ala razón y á la inteli- PERSECUCIONES RELIGIOSAS 179 gencia que le estaban subordinadas completamen- te, era un sentimiento exclusivo y cuya exube- rancia mataba todo otro sentimiento que creciera ásu lado. En medio de esa masa humana febril y cuya receptividad apenas necesitaba estímulo, caía la palabra vehemente de algún apóstol, el grito del orador acalorado, del acto extraño de alguno más audaz y desequilibrado para producir el irresisti- ble impulso del crimen irresponsable, sugerido por el ímpetu ruidoso del delirio, por el acceso soste- nido de la pasión perseguidora salida de sus qui- cios habituales. Cuando agredían en masa, su poder era incon- trastable: la conocida y vulgar imagen de un río desbordado arrastrándolo todo en su paso apenas si da una idea vaga de sus efectos terribles. Se mo- vían ágiles pero pausadamente, como si la preme- ditación y el frío impulso reflexivo la animara, é iban poco á poco, desarrollándose por tramos su- cesivos, multiplicando la intensa fortaleza de su emoción llena de los presagios angustiosos de un lipemaníaco agredido por sus alucinaciones, has- ta que el vértigo tocaba á su colmo y la carne palpitando sangrienta en el Circo, el incendio de. los barrios sospechados, ó las multiplicadas cruci- ficaciones, ponía término con sus voluptuosidades peculiares al largo acceso de furor. La multitud heterogénea y cambiante, inorgánica al principio, seorganizaba á medida que el vínculo del conta- 180 LA LOCURA EN LA HISTORIA gio les daba unidad y un cuerpo deforme pero compacto, con las exterioridades de una organiza- ción sui generis, con una alma inspiradora y un brazo exterminador. La leyenda juvenil del gigante, que aplasta con su planta grosera una ciudad ó inunda con sus lágrimas una comarca, la realiza la multi- tud en estas circunstancias; cuando adquiere un cuerpo, cuando tiene una voz con su timbre pe- culiar, cuando tiene pies y la cabeza extrava- gante de uno de esos complejos animales de la zoología mitológica. La veis venir de lejos im- ponente y solemne con el paso lento de la tor- menta, y vuestra imaginación preparada por la viva emoción de lo maravilloso que flota en vuestro medio, simula fácilmente un dorso que se le- vanta y desciende trabajosamente como el de un paquidermo colosal, cuyos contornos, indecisos por la nube de polvo que lo circunda, completa la sensación de esa ilusión transitoria. Un par de brazos que se acortan y se estiran cuando frag- mentos de la turba se desprenden del conjunto, como si vinieran rampando fatigosamente; y bas- ta forzar la ilusión para que el oído solicitado por el estímulo interno de una sensación alucinatoria os traiga el eco imponente de un grito colosal; uno sólo, como producido por un pecho único, un lamento intenso, un rugido, ó un enorme solloso que se prolonga como el trueno en la concavi- dad de un antro profundo. PERSECUCIONES RELIGIOSAS 181 La imaginación romana inflamada por tanto su- ceso extraordinario, rompió sus resortes cayendo en un completo desorden. Los tiempos eran ex- tremos y jamás, dice el autor de El Antecristo, la especie humana había probablemente atravesado, una crisis más extraordinaria. Todo el mundo pa- recía embargado por ese vértigo mental, habién- dose formado en tiempo de Nerón, que marca una de las épocas de mayor locura, una compañía de tu- nantes que se llamaban los caballeros de Augusto y que tenían por única ocupación aplaudir las im- becilidades del Emperador (*). Con su acostumbrado estilo nos ha pintado Renán, el estado de verdadera locura en que ha- bía caído Roma orgullosa en esos días de amargo enervamiento. El Antecristo, tiene páginas emocionantes cu- ya lectura aterraal espíritu más indiferente. Roma estaba sugestionada por las creaciones extrava- gantes que brotaban como fuegos fatuos en la ima- ginación peligrosa de Nerón, no ya por fanatismo, sino en virtud de impulsiones que ese grave ma- lestar de la sensibilidad agrava y acrecienta hasta las proporciones de verdaderos delirios. Su ma- nía llegaba á su paroxismo final. Era, dice el autor citado, la más horrible aven- tura que haya jamás corrido el mundo: «la ab- soluta necesidad de los tiempos, había entregado C) Pumo, H. N., XIII, XXII. 182 LA LOCURA EN LA HISTORIA todo á las manos de uno solo, heredero del gran nombre legendario de César; otro régimen era imposible y las provincias, de ordinario se en- contraban bien con él, aunque tenían el presen- timiento de un gran peligro. Cuando el César perdió la cabeza, cuando todas las arterias de su pobre cráneo, perturbadas por la carga de un poder inusitado, estallaban á un mismo tiempo, enton- ces surgieron locuras sin nombre y la patria se encontró entregada á un monstruo». Imaginemos por un momento aquella multitud cebada en la matanza y ayudada por aquel bárba- ro, mezcla informe de loco rematado y de pobre cerebro de artista mediocre, revestido déla omni- potencia y encargado de gobernar el mundo (*). No tenía «la negra maldad de Domiciano, el amor del mal por el mal, no era ni extravagente como Calígula». Era simplemente un loco de los pies á la cabeza, movido por una extraña locura sistema- tizada en un estado sui generis en que á la imbe- cilidad « de un burgués cuyo buen sentido perver- tido por la lectura de los poetas modernos, lo lle- vara á imitar en su conducta á Hand de Islandia y los Burgraves », se mezclaran los transportes pe- ligrosos de un espíritu afectado de locura epilép- tica. La crueldad se declaró más feroz que nunca después de la muerte de Agripina y bien pronto )o invadió por completo (2). Desde entonces, cada (') Renán, L'Antechrist. C) Renán, L'Antechrist, pág. 126. PERSECUCIONES RELIGIOSAS 183 año, tiene la marca de un crimen suyo: Burrhus ya no existía y todo el mundo aseguraba que ha- bía sido muerto por Nerón mismo; Octavio había abandonado la tierra corrido por la vergüenza, y Séneca, desterrado, voluntariamente esperaba re- ' signado su tan soñado martirio (*). Entre tanto, Nerón entregado á las burlescas especulaciones de un arte de dudosa estirpe, proclamaba mil extra- vagancias con el sello del más repugnante cinis- mo. Por eso su locura, con la impunidad asegura- da detrás de su brutal omnipotencia, afecta como en nadie los caracteres feroces de una de esas ena- jenaciones morales que rompen todo vínculo hu- mano retrotrayendo el hombre á la bestia encela- da. Sus persecusiones tienen del canibalismo y de la epilepsia larvada impulsiva; son feroces y agotan las sutilezas del suplicio en una verdadera orgia de procedimientos complicados y de una ori- ginalidad fuera de linea. Ese cliché lo vamos á ver reproducido algunos siglos más tarde en otros alienados históricos en este grande y lúgubre cuadro de las persecuciones religiosas. Es como un acceso enorme de enfermedad ho-* micida que se prolonga dentro del largo período de muchos siglos en sociedades y medios diversos, pero con las exterioridades idénticas con que se sucede un ataque convulsivo en el triste ciclo de (*) Renán, loe. cit, VAntechrist, pág. 126. 184 LA LOCURA EN LA HISTORIA un mal comicial; porque tiene algunas veces has- ta la monotonía en la repetición délos movimien- tos. Vamos á ver, finalmente, cómo, en todos se repiten sus caracteres, morbosos en muchos de ellos, simplemente pasionales en otros, cómo se imitan sin saberlo esos inconscientes, que al tra- vés de los años y sin conocerse usan más ó me- nos de los mismos procedimientos de opresión y de tortura y en ocasiones hasta de los mismos neologismos de una jerga extravagante tan pro- pia de los cerebros deformados. A medida que vayamos penetrando en la histo- ria, hemos de ver cada vez más acentuado el ca- rácter francamente morboso que revisten las per- secuciones que constituyen el sujeto de este libro. Aquí, todavía es relativamente vago, más ade- lante tiene hasta los caracteres vulgares de la ena- jenación mental. CAPITULO III LAS PERSECUCIONES Y EL FANATISMO RELIGIOSO EN INGLATERRA Y EN FRANCIA Sumario : Patología religiosa. — Epidemias de delirios mís- ticos.— El fanatismo y su fisiología patológica.— María Tudor. — Sus persecuciones y sus odios.—Sus enfermedades.— Histe- rismo degenerativo y sus consecuencias. —Isabel de Ingla- terra.—Sus caracteres de hereditaria.—Su histeria.— Su Fana- tismo.—Sugestividad extraordinaria y valor histórico y polí- tico de este estado mental.— Burleigh agente activo.—Papel histórico providencial del histerismo de Isabel. — Síntomas evidentes de degeneración.— Influencia del medio sobre su cerebro de histérica.— Los Valois y sus persecuciones religio- sas.— Francisco I.— Enrique II.— Enrique III y Carlos IX.— La locura y las neurosis en la dinastía de los Valois. — Ca- talina de Médicis.— Su Corte.— Papel del histerismo en su tiempo y en sus combinaciones políticas. Más ó menos, lo que sucedía en aquellos tiem- pos remotos se producía diez siglos después en la Europa civilizada. La figura descollante que se presenta al abrir las páginas de la historia de Inglaterra, es la desa- 136 LA LOCURA EN LA HISTORIA gradable María Tudor, cuyo encono y exaltación tienen algunas veces las proporciones de un verda- dero acceso. Aquella vieja solterona, deprimida en su juventud por tantos pesares y tan llena de amarguras, tiene como los otros fanáticos de su estirpe toda la médula del inquisidor español de la más baja estofa. Curiosa fatalidad, esta de que la locura ó el desequilibrio mental producido por alguna dolen- cia profunda, hereditaria ó adquirida, del sistema nervioso que rige omnipotente la vida, ha de mez- clarse en estos feos accesos del fanatismo reli- gioso. ¿No es acaso, un beneficio moral de un alto pre- cio, para honor de la especie humana que tanto inconcebible horror, que tanta miseria del cora- zón hayan sido engendro morboso del cerebro tras- tornado?... La tendencia mística, cuya exaltación mórbida constituye la base del fanatismo religioso, se mantiene en el cerebro normal al estado de sim- ple tendencia y la devoción calorosa de los espíri- tus piadosos en las mujeres y en las almas sencillas de ciertos hombres es su expresión más genuina. Pero cuando el alma atribulada de los hereditarios se apodera de ese sentimiento discreto y el limo propicio que hierve en su seno lo fecunda, la simple tendencia se transforma más que en sentimiento, en impulso, en acceso indisciplinado, en pasión voraz ó inconsciente como el acto reflejo que tra- duce hacia afuera, al ciego instinto. Ese misti- PERSECUCIONES EX INGLATERRA Y FRANCIA 187 cismo resiste en ciertos espíritus á la cultura más esmerada. Se le encuentra, dice un alienista re- putado, en todos los grados déla escala intelectual y si es frecuente en los degenerados y los imbé- ciles, no es tampoco raro en los desequilibrados superiores y aun en personas de una inteligencia elevada y normal bajo muchos aspectos (a). Con todo, parece indudable que se transmite á me- nudo por herencia similar y que muchos místicos sombrent definitivamente en la locura. Por sus cuatro costados el fanatismo sombrío que vamos á encontrar en la historia de Europa del siglo xvi especialmente, llenando de sangre sus páginas, es un sentimiento que fluye genuina- mente de la enajenación mental. Masque todos los desequilibrados, los fanáticos han desempeñado un gran papel en la historia del mundo; la historia está en parte hecha, como dice un psiquiatra francés, ele los trastornos que ellos han causado, de sus aventuras, ele sus virtudes ex- travagantes y de sus crímenes. Místicos ó faná- ticos han perdido ó salvado las naciones, destruido ó fundado imperios, corrompido las costumbres, creado sectas sangrientas, religiones extrañas (Cullére). Luis Riel, el agitador canadiense, para no citar los más antiguos, ahorcado en Regina, en noviembre de 1885, era incontestablemente un cerebro digno de la psicología mórbida (2). Eufra- (*) Cullére, Les frontiéros de la folie. (*) El padre de Luis Riel parece haber llevado una vida 188 LA LOCURA EN LA HISTORIA sia Mercier, cuyo misticismo parecía un síntoma de su locura y cuya actividad, vida laboriosa y apti- tudes comerciales no la habían podido conducir á la fortuna, trató por medio del crimen de obte- nerla. Colocada como gouvernante en casa de Mlle. Menetret, que habitaba sola una casa aislada en Villemoble, envenenó á su ama, quemó su ca- dáver y enterró sus huesos medio calcinados en aventurera. Fué sucesivamente cardador de lana, nuncio en una comunidad de Oblats, asociados á los indios para la caza del bisonte, agricultor y comerciante. En 1849 se hizo un hombre político importante y dirigió en ese año un movi- miento insurreccional. La vida de Luis Riel no fué menos agitada que la de su padre, manifestando durante su infancia las más felices disposiciones intelectuales después de haber he- cho en Montreal sus estudios completos. En 1868 comenzó su papel de agitador político en favor de los mestizos canadienses, desafiando varias insurrecciones que terminaban en una verda- dera catástrofe. Fué en 1874 que comenzó á atribuirse un po- der sobrenatural y á creerse investido de una misión espe- cial. El espíritu que se le aparecía á Moisés en medio de nubes inflamadas le apareció á él de la misma manera y le dijo: «Levantaos Luis David Riel; tenéis una misión que cumplir». Como todos los místicos de su especie tenía ideas propias que no se acomodaban con la ortodoxia católica. Que- ría un papa americano y según él el domingo no debía cele- brarse debiendo ser reemplazado por el Sabbat de los judíos. Su sistema religioso tenía de todas las religiones conocidas, y era á la vez protestante, católico, mahometano y estaba en comunicación diaria con los ángeles, sin cuya consulta no to- maba ninguna resolución. En varias ocasiones se oponía á las operaciones militares so pretexto que sus voces lo habían así ordenado y no se rodeaba sino de gente de su clase, exaltados ó locos y, tan es así, que su secretario Jakson fué secuestrado por la Corte Regina por estar afectado de enajenación mental- Riel estaba persuadido que si lo mataban, Dios lo resucitaría. Este hombre estuvo encerrado] dos veces como alienado. Du- rante su proceso cuatro médicos del país fueron consultados sobre su estado mental y dos de ellos dijeron que estaba loco. (H. Gibson, Étude sur Y état mental de Louis Riel. L'En- céphale, 1880). PERSECUCIONES EN INGLATERRA Y FRANCIA 189 el jardín, cometiendo una serie de estafas con el fin de apoderarse de la fortuna de su patrona; descubierto el crimen viene un examen médico-le- gal hecho por Ball, Blanche y Motet á consecuen- cia del cual Honorina y Sidonia, las dos hermanas de Eufrasia, fueron puestas en libertad por irres- ponsables y Eufrasia parcialmente irresponsable, condenada á veinte años de presidio. Era, según el informe, una familia de alucinados y de místi- cos, de visionarios y alienados que se habían hecho notables por su fanatismo é hipocresía. Eufrasia, parecía, según Ball, una mística, visionaria here- ditaria, etc., etc. (*). Todos esos místicos, no sólo tienen éxtasis y visiones, sino que ponen al servicio de esta dis- posición de espíritu un celo ciego que no retro- cede delante de ninguna consecuencia (2). Como todos los desequilibrados, el fanático pe- ca por su ausencia de sentido moral: no tiene conciencia del bien y del mal, y se cree investido del monopolio de lo que es bueno, el representante de la moral y el único autorizado para dictar le- yes, no retrocediendo, como digo, ante las conse- cuencias dolorosas de sus actos odiosos, porque tiene como nota saliente esa inferioridad de la conciencia que ya se ha señalado en otros des- equilibrados; parecen, ha dicho el autor que aca- (') Rapportsur l'état mental (Uencéphale, Journal des ma ladies mentales et nerveuses, París, 1880). (*) Cullére, loe. cit. 190 LA LOCURA EN LA HISTORIA bamos de citar, verdaderos autómatas siguiendo ciegamente las inspiraciones de su pasión enfer- miza (*). Augusto Strohn, citado por Briérre de Boismont (Du Suicide), los Skopzy de Rusia, el llamado Kursin (2), condenado por el Gobierno (') Cullére, loe. cit. (2) El llamado Kursin, que forma parte de la secta del sal- vador, mató á su hijo y lo ofreció en sacrificio á Dios. La secta del salvador es una de las más fanáticas, y cuenta con numerosos adherentes. Su doctrina consiste en una nega- ción absoluta de todo bien sobre la tierra. Un adherente de dicha secta, no debe poseer nada en este mundo, y según sus ideas todo cuanto lo rodea representa la personificación del mal. Esas ideas llevaron naturalmente á los desgraciados ex- traviados, á cometer actos insensatos de desesperación. Hé aquí cómo relata él mismo su crimen : « Una vez, du- rante la noche, fui preso de un sentimiento tan violento, al pensar que el género humano debe pronto perecer, que no pude dormir un solo instante. Me levanté, encendí todas las lámparas ante las imágenes de los santos, y poniéndome de rodillas, oré á Dios con fervor, implorándole que me salvara á mi y á mi familia. De repente, me vino la idea de salvar á mi hijo de la condenación eterna; pues como ese hijo único es muy hermoso y desarrollado para su edad, tenía miedo, que después de muerto, llegase á ser presa del infierno. Es por esa razón que resolví inmolarlo al Señor. Penetrado por esa idea, proseguí con mis oraciones. Pensé para mi, que si du- rante mi oración el pensamiento de inmolar mi hijo á Dios, se me presentaba del lado derecho, lo ejecutaría; si, por el contrario, se me presentaba del lado izquierdo, renunciaría á ejecutarlo; pues según nuestros preceptos religiosos, el pensa- miento que se nos presenta por el lado derecho nos es sugeri- do por nuestro buen ángel, y el que se nos presenta del lado izquierdo nos viene del diablo. Después de una larga oración, el pensamiento me vino por el lado derecho; entré, pues, alegre en mi vivienda, en donde mi hijo dormía al lado de mi mujer. Convencido de que ella se opondría al sacrificio que quería hacer á Dios, la mandé al mercado en busca de provisiones. Después que se hubo reti- do, desperté á mi hijo y le dije: « Levantaos, hijo mió, tomad tu camisa blanca á fin de que pueda admirarte. Después que mi hijo hubo ejecutado mi orden, lo tendí sobre un banco PERSECUCIONES EN INGLATERRA Y FRANCIA 191 de Waldimir veinte años ha por haber renovado el sacrificio de Abraham; Guiteau (*) y los otros y le inferí, en el vientre, varias heridas con un cuchillo.» El niño, al defenderse, caía continuamente sobre el cuchi- llo, y ha sido hallado cubierto por numerosas heridas. El padre deseando poner término á los sufrimientos horri- bles de su hijo, le cortó el vientre de arriba hacia abajo. A pesar de esta horrorosa herida, el niño no murió en el ins- tante. En el momento que se consumaba el crimen, y que el niño entregaba su último suspiro, los primeros rayos del sol pene- traron en la cabana, é iluminaron el rostro de la inocente víctima. Kursin dice que ese espectáculo, le produjo una emoción muy viva; tuvo escalofrío, sus brazos cayeron, una postración general lo hizo caer de rodillas. Entonces, en un momento de éxtaxis, rogó á Dios que recibiera ese sacrificio con miseri- cordia. El infanticida Kursin, encerrado en una prisión, rehu- só toda clase de alimento, y murió de inanición, antes de dar su sentencia el tribunal. (Cullére, loe. cit.). (2) Carlos Julio Guiteau, nació el 8 de septiembre de 1841. Su abuelo paterno era un médico muy considerado y que te- nía opiniones religiosas muy exaltadas. Su padre era un hombre inteligente, enérgico, que poseía una capacidad poco común para los negocios; pero era un fa- nático en religión y dedicó los treinta últimos años de su vida en predicar el amor libre y el socialismo; murió á la edad de setenta años, después de varios meses de una enfermedad acompañada de emaciación y delirio. Algunos miembros de su familia y algunas al cabo de sus ensueños le consideraban por lo menos, como parcialmente alienado; pero parece ser que según la opinión más general, se le consideraba tan sólo co- mo un excéntrico. Hace diez y ocho años, tuvo ocasión de conducir un enfermo al hospital central para alienados, de Jacksonville {Illinois) y quedó él mismo varios días. Preten- día tener relaciones directas con la Divinidad. Quería ensayar la curación de los alienados por la simple imposición de las manos; según esos hechos y el conjunto de su conducta, el Dr. Mac Ferland, que era Director del asilo, lo consideró en esa época como á un alienado. Un tío paterno del asesino, murió alienado y encerrado en un asilo; otro, que era dado á la bebida, acabó también de- mente; una de sus tías paternas casó con un hombre que se volvió loco; tuvo de él una hija alienada y murió de una 192 LA LOCURA EN LA HISTORIA de su especie, son ejemplos que hemos podido ver y tocar con nuestras manos, no hace todavía una enfermedad al pecho. Otra tía paterna, tuvo también un hijo alienado colocado en un asilo; y hasta parece ser que ella misma presentó ciertos indicios de locura. La madre de Guiteau, en los momentos de nacer este último, estaba, desde varios meses, atacada de una afección cerebral, por cuya causa se le había rapado el cráneo; tuvo, después de Guiteau dos otros hijos que murieron, uno á los dos años, el otro de veinte meses. La hermana única de Guiteau, después de haber prestado declaración ante la corte, tuvo un ataque de pequeño mal, su médico declaró que estaba sujeta á ellos y que anteriormente había padecido de manía puerperal. El hermano único de Gui- teau, al prestar declaración ante la corte, hizo una declaración fanática acerca del antagonismo de Satán y de Jesu-Cristo, y acerca de la intervención perpetua de esas dos influencias con- trarias en todos los hechos que constituyen la existencia del hombre; terminó diciendo: «Tales eran las opiniones teológi- cas de mi padre; son las de mi hermano; son las mías ». La media hermana única de Guiteau, que tiene veinte y seis años, está atacada de coto-exoftálmico; ningún pormenor ha sido da- do acerca de la salud de su medio hermano único, que tiene veinte y tres años. Guiteau tuvo muy tarde el uso de la palabra; su educación fué muy descuidada, pues su padre estaba entregado á las ex- travagancias religiosas de la comunidad del Amor libre, en Oneida. Recibió en su infancia, en la parte superior y poste- rior del hueso frontal, un violento golpe que dejó cicatriz. Era poco aficionado al trabajo manual; pero tenía afición á los libros. Tan sólo desde los diez y ocho años, empezó á abando- narse al fanatismo religioso; tenía costumbres solitarias y con- trajo en esa época una enfermedad venérea. Á los diez y nueve años, á consecuencia sin duda de sus disposiciones hacia el libertinaje y de esa depravación sexual que es tan frecuente en las formas congenitales de degenerescencia intelectual, se unió también á la comunidad del Amor libre. Era de una irritabilidad extremada y pasaba por períodos de abatimiento melancólico y caprichoso, acabó al cabo de cinco años por abandonar la comunidad, pues juzgaba que en su seno no se le apreciaba según sus méritos. Entonces quiere fundar un diario llamado la Prensa teocrática con el propósito de que se suprimieran las iglesias y asegurar por entero la educación religiosa de los Estados-Unidos. «He venido á New-York, es- PERSECUCIONES EN INGLATERRA Y FRANCIA 193 veintena de años. Estos ejemplos modernos, des- envolviéndose dentro de un teatro conocido y fa- cribía á su padre, para obedecer á lo que considero como una inspiración de Dios... Estoy convencido de que la Prensa teo- crática está destinada, con el tiempo, á reemplazar en gran par- te el culto en las Iglesias ». Su intentona tuvo apenas un principio de ejecución. Volvió á Oneida, y después, al cabo de un año, huyó clandestinamen- te, denunciando los abusos del Amor libre y amenazando á la comunidad con entablarle un proceso de reivindicación. En 1876, lo encontramos nuevamente en Chicago. Excitado por los sermones de Moody y de Saukey, se cree llamado á desempeñar el papel de un gran evangelista. Recoge tan sólo el desprecio y el ridículo. En 1879, publicó sus sermones, bajo el título de: La verdad, compañera de la Biblia. No pagó á su editor y no pudo ven- der su libro. En 1880, vegetaba en Boston, contrayendo deudas, y descui- dándose en pagarlas, pretendiendo que era servidor de Dios y que Jesu-Cristo no tenía por costumbre pagar sus cuentas; to- do esto no obstaba para que desplegara la astucia de un muy hábil bribón. Por fin se lanza en la política. Simuló creer que había tomado una parte importante en la elección de Garfield y le escribió felicitándolo. Poco tiempo después, escribe al Se- cretario de Estado, Evarts, solicitando alguna misión impor- tante; en seguida dirige carta tras carta al Presidente para re- cordarle sus pretendidos servicios y reclamarle unas veces una misión en Austria, otras veces un consulado en París. Se vuelve un molesto é incansable perseguidor; sus idas á la Casa Blanca eran tan repetidas é indiscretas que fué necesario pro- hibirle la entrada. Viéndose desatendido á pesar de sus testimonios de devoción y de fidelidad, Guiteau concibió por primera vez la idea de suprimir el presidente seis semanas antes del asesinato. Ese pensamiento le pasó por la mente una noche que se había acostado deshecho de cansancio. Dijo que esa idea le había cho- cado en un principio, y que rogó á Dios lo librara de ella ó que le hiciera saber si era una sugestión del diablo ó una ins- piración divina. Afirma que el Io de Junio supo positivamente que obraba bajo la inspiración divina, locución que ya fre- cuentemente había empleado con motivo de actos insignifican- tes de la vida diaria ('). (1) Un estudio acerca del estado mental de los regicidas, no dejaría de ser curioso. Muchos pertenecen á la categoría de los lanáticos y de los místicos; la mayor parte LOC. EN LA BIST. 13 194 LA LOCURA EN LA HISTORIA miliar para nuestro espíritu, servirán de ilustra- ción suficiente para darnos cuenta exacta de lo que pasaría en otra época y en otros medios. Entremos ahora en la historia de Inglaterra, María Tudor, tenía sobre su cabeza, como Car- los V de España y otros tantos monarcas, todo el pesado bagaje de una herencia de males y neu- ropatías acumuladas por los años y las generacio- nes más remotas. La dinastía de los Tudor, dice Paul Jacoby, á quien vamos á copiar, y que no se El 8 de Junio, pide prestados quince dollars con los que compra una pistola del mayor calibre. El 18 de Junio, sabien- do que el presidente debía ir á Long-Branch, se dirige á la estación del ferro-carril; pero no lo mata ese día, porque, se- gún escribe, el valor le faltó, al ver á Madame Garfield, con tan mal semblante, apoyarse tan tiernamente sobre el brazo de su esposo. Durante tres semanas los espió. Por fin el 2 de Julio, se dirige á él en una estación y le tira dos pistoletazos sin la más mínima vacilación y conservando la mayor sangre fría. Es dudoso que haya habido un crimen preparado con mayor precaución y ejecutado con mayor decisión. Protestó de que su crimen no había tenido por móvil ni la venganza ni el interés. «Durante dos semanas de oraciones fervientes, fui convencido de que la divinidad me había encargado de ejecutar el acto y de prepararme á él. Era el Io de Junio; desde aquella fecha, jamás tuve la menor duda acerca del carácter divino del acto y déla necesidad de perpetrarlo». (Cullére, loe. cit). de ellos tienen el espíritu turbado. Ejemplos: Jacques Clément, «hombre de un carác- ter sombrío y melancólico, de un espíritu ardiente é inquieto, de imaginación desa- rreglada, ignorante y burdo, fanático y libertino ». y que la víspera de su crimen se inspiraba por la lectura de la muerte de Holofernes por Judit. Juan Chátel, sexual, obsecado, melancólico, asesinando á Enrique de Borbón, en la esperanza de que esa acción, sería de utilidad para la Iglesia y haría reducir en su favor hasta cuatro, los ocho grados de los tormentos del infierno. Ravaillac, estático, alucinado, tornado re- gicida por inspiración divina y para cumplir con su misión. Margarel, Nicholson, Frith, Hadfield, asesinos de Jorge III, declarados locos por el consejo privado y los médicos. Slaps, el asesino de Napoleón, alucinado. El matador del Duque de Berry, melancólico. Ana Neil, que quiso asesinar al Presidente Johnson, se volvió loca á consecuencia de pérdidas pecuniarias. Junius Brutus Booth, el asesino del Presi- dente Lincoln, entregado á excentricidades de todo género, melancólico y suicida su- jeto á crisis de furor ciego y con delirio, etc, etc. (Cullére, loe. cit.). PERSECUCIONES EN INGLATERRA Y FRANCIA 195 liga á los Plantagenets sino de lejos y por las mu- jeres, fue, diremos así, herida duramente por la degeneración apenas subió al trono de Ingla- terra. Enrique VIII (1491-1547) era, ya lo sabemos, un personaje eminentemente neuropático, cruel, sanguinario, lascivo y devoto, pródigo, tenaz y versátil. Decapitó dos de sus mujeres para casarse con otras; y no contento aún, hizo perecer en el patíbulo á una tercera; autor de un libro sobre la Reforma y habiendo merecido el sobrenombre de defensor de la fe que el Papa le discernió, intro- dujo sin embargo el protestantismo en Inglaterra, él, tan profundamente católico, despechado por una miserable cuestión de mujeres, imponiéndolo por medio de ejecuciones y de crueldades. Se cuenta que en su lecho de muerte se arrepintió y dijo á los que lo rodeaban: Mis amigos, hemos perdido todo, el Estado, lafama, la conciencia y el cielo. Casado seis veces, sólo tuvo, con todo, tres hijos: María, Isabel y Eduardo, siendo este último designado como su heredero, á quien si moría debía sucederle María. Eduardo murió á la edad de diez y ocho años, soltero (]). María, fanática, sanguinaria y feroz, llamada por su crueldad la hiena del norte, tuvo en su ju- ventud bastantes pesares y disgustos, para que su acumulación y acción constante durante la edad (') Jacoby, Études sur la sélection, pág. 423. 196 LA LOCURA EN LA HISTORIA más propicia, constituyeran los agentes provo- cadores de su histerismo tan terrible (*). No hay que insistir mucho por cierto, sobre la acción evidente que, en el desarrollo de la histeria, tienen las emociones morales, cuyo traumatismo recibiera con tanta fuerza aquella reina fanática, porque hoy es un concepto casi vulgar de la clí- nica psiquiátrica. Bajo el nombre de shock por impresiones morales, Ley den describe los efec- tos psíquicos y somáticos, debido á las emociones violentas sin prejuzgar su naturaleza, desde la simple palidez de la cara acompañada de un lige- ro temblor, hasta las graves perturbaciones ner- viosas que pueden producir la muerte (2). Guille- rrot (citado por Guiñón) en una tesis presentada en 1837, refiere la observación de una mujer que se enfermó de una gran emoción el día que fué sorprendida por su marido, en pleno delito de adul- terio (3). Paul Bertez y Rendu (4) han citado ob- servaciones y multitud de hechos que demuestran esta influencia. Toda emoción moral viva, el ter- ror, por ejemplo, dice Guiñón en su excelente libro, trae en nuestro organismo modificaciones funcionales considerables por perturbaciones del (l) Véase: Les agents provocateurs de Vhystérie, Georges Guignon, 1889, París. C) Leyden, Traite clinique des maladies de la moelle epi- niére, traducción francesa de Richard y Very, 1879. (3) Guillerot (R. H.), De Vimagination et de son influence sur lasantéet les maladies, Thése de Paris, 1837. (4) Comptes-rendus de la Société clinique de Paris, 1887. PERSECUCIONES EN INGLATERRA Y FRANCIA 197 sistema nervioso, y es seguramente, una causa poderosa de histeria. Algunas veces, agrega el mismo distinguido profesor, una sola impresión es suficiente para provocar el despertamiento de la neurosis. Pero ordinariamente son más bien una serie de emociones, como sucedía en este caso, las que determinan su aparición (*); una larga vi- da de pesares y amarguras de todo género co- mo le aconteció á esa reina feroz que alzó la ho- guera en la libre Inglaterra para castigar el uso de un derecho tan caro como el de pensar libre- mente en materias de conciencia; amarguras y pesares durante los mejores años de su juventud que despertaron fuertemente la tendencia neuro- pática que dormía en su cerebro. La grotesca ma- lignidad de Enrique VIII irritó aquella úlcera he- reditaria y la garra fulgurante del Inquisidor se le- vantó para azotar el rostro del pueblo. Decep- ciones que humillaron su infancia, pesares positi- vos de todo género, se precipitaron sobre su alma: vio, dice el historiador de Felipe II, á su madre expulsada por una de sus damas; ella misma fué declarada ilegítima y sometida á la autoridad de aquella mujer, secuestrada y sin más defensa ni consejo que estas palabras de aliento: «Hija mía, habla poco con esa mujer, obedece al Rey tu padre en todo lo que no pueda ofender á Dios ni (*) Guiñón, Les agents provocateurs de Vhystérie. (Publi- cations du Progrés Medical, 1889). 198 LA LOCURA EN LA HISTORIA perder tu alma, no disputes nunca, no te mezcles en nada » (*). «No pudo consolar á su madre en su abandono, ni asistirla en su enfermedad; ni ver- la siquiera ala hora de su muerte; fué objeto de sospechas injuriosas, sometida á registros en sus cofres y reducida á la pobreza. Dominada por la soledad creyó poder ablandar á su padre, se humi- lló á su tercera mujer Juana Seymour y firmó el acta de su apostada y de su degradación » en que hacía declaraciones y retractaciones crueles. Después de tan humillante conducta no obtuvo más que una pensión de cuarenta libras por trimes- tre cuya insuficiencia la obligó á escribir á Tomás Cronwell, el antiguo perseguidor de su familia, es- tas palabras que demuestran hasta donde los más grandes sufrimientos golpearon aquel pobre espí- ritu: «Tengo vergüenza de ser una mendiga, pe- ro la situación es tal que me veo obligada á pedi- ros un salario » (2). Así pasaron sus mejores años y fácil será ima- ginarnos qué concurso de fuerzas llevaron á la etiología de su enfermedad, todos esos dolores volcados con mano tan generosa en una naturale- za dispuesta y degenerada; cómo se enardecería en el secreto de la reclusión el fanatismo mórbido de su histerismo, irritado por el dolor y por la ma- (x) Carta publicada por Miss Inés Stricklan, Lives of the queens of England, London, Colburn, 1844, tomo V. (') / am ashamed to be a beggar but the occasión is such. Icannot chose (Carta citada por Forneron, Hist. de Felipe II, pág. 11). PERSECUCIONES EN INGLATERRA Y FRANCIA 199 ligna sugestión de aquel hábil Simón Renard cu- ya asociación accidental con el Obispo de Win- chester producía tan opimos resultados para la po- lítica de Carlos V. Cuando llegó á los treinta años logró, dice For- neron, volver á la gracia perdida, no ya conde- nando á su madre, sino comprometiéndose abier- tamente en la Reforma! con una traducción im- presa del comentario de Erasmo sobre San Juan. Su libro era repartido en todas las parroquias y el obispo Gardiner, que lo refutó, fué reducido á prisión. Más tarde, en el reinado de su hermano Eduardo VI, María renegó de su libro y volvió al gremio de la Iglesia Católica (*), llevaba su ro- sario, oía misa en secreto y reclamaba la protec- ción del Embajador de España. Muerto Eduardo subió al trono, desequilibrada, sin más brújula que su fanatismo, con accesos violentos de his- teria convulsiva, con ataques de melancolía, in- somnios tenaces, ideas fijas y deprimido el ca- rácter hasta donde lo trastorna y deprime la per- turbadora neurosis. Había sido npiu che mediocremente bella », co- mo decía el Embajador veneciano Giovanni Mi- chieli, pero tantas desgracias y emociones no pa- saron en vano sobre su delicado cuerpo (2). Pe- (') Forneron, Historia de Felipe II, pág. II (traducción española). (*) Forneron, Historia de Felipe II. Relac. venec. de Mi- chieli. 200 LA LOCURA EN LA HISTORIA quena, endeble, arrugada la cara, casi cubierta de una erupción, el pelo rojo y los ojos grises; de voz ronca y de nariz larga, padecía, dice el histo- riador á quien tomamos estos datos, de una afec- ción al corazón (mal de corazón), que no era otra seguramente que los ataques epileptiformes y los demás períodos ruidosos de su gran mal histérico, probablemente abortado ó incompleto. «Le daban sofocaciones que alteraban el movimiento de la sangre, dice Forneron, causándole crisis de mu- chos días » y para que nada faltara para fomentar su desequilibrio, los médicos la debilitaban más y más sometiéndola á frecuentes purgas y sangrías sin permitirle que tomara un bocado hasta muy bien pasada la hora del medio día, siquiera se levantara habitualmente muy temprano (Forne- ron). Venía, pues, al Gobierno enferma ya, con todo el limo hereditario de los Tudor y de su madre Q) revuelto y movedizo como un mar agitado. Traía las pasiones violentas de la época y de su tem- peramento, mezcladas á sus concepciones intelec- to María Tudor era hija de Catalina de Aragón, cuya abue- la, Doña Isabel de Castilla madre de Isabel la Católica, murió después de haber estado cuarenta años loca. Dice Zurita en el libro segundo de la Historia del Rey Don Fernando el Ca- tólico, que después de la muerte de Don Juan su esposa estu- vo lo más del tiempo en Arévalo recogida y apartada de toda conversación por la enfermedad que tuvo a que era de tal cali- dad por faltar la mejor parte del sentido tuvo tan larga vida libre de todo cuidado aunque con encerramiento ». Véase tam- bién la Gazeta médica Catalana de 1893, pág. 626, Doña Juana la Loca (apuntes para su historia clínica), por Luis Comenje. PERSECUCIONES EN INGLATERRA Y FRANCIA 201 tuales de tan dudosa normalidad, y abonadas por la serie de perturbaciones de la sensibilidad mo- ral tan peculiares déla histeria. De manera que María Tudor perseguía, empu- jada por la doble corriente de la sugestión podero- sa que el medio social ambiente ejercía sobre su espíritu tentado y del impulso ciego, la obsesión irresistible de su enfermedad y estado moral anó- malo. Bien que la mayor parte de los síntomas histó- ricos sean el resultado de ciertos desórdenes in- telectuales, no constituyen, á veces, un delirio propiamente dicho; la percepción de los objetos exteriores, las relaciones sociales, parecen perma- necer suficientemente correctas para permitir al enfermo vivir de la vida común (1). Por eso es que no siempre son sensibles al ojo popular y aún mismo de ciertos médicos, estos trastornos menta- les del histerismo crónico y por cierto degenera- tivo como el de la Reina de Inglaterra. Bajo la tutela fuertemente sugestiva para un cerebro co- mo el de ella, de los príncipes y personajes españo- les comienza aquella sangrienta persecución de los*protestantes que con caracteres de fuego, dice Guillermo Maurembrecher, grabó en la memoria de los hombres el breve reinado de María. Trata- ban por una parte de consolidar nuevamente la (*) Pierre Janet, État mental des hystériques (Les acci- dents mentaux), Bibliothéque medícale Charcot Debove, pág. 130. 202 LA LOCURA EN LA HISTORIA sumisión de la Inglaterra á la autoridad y á los preceptos de la Iglesia, y por otra, lo que agitaba sobre todas las cosas la imaginación artera y volu- ble de la Reina, de librar al reino creyente, nada menos que de la excomunión pontificia, lanzada contra el herético pueblo de Enrique VIII (l). La realización de semejante empresa presuponía necesariamente la abolición de las leyes promul- gadas por la Iglesia Anglicana y protestantes en los dos últimos lustros. Mas para esto había que trope- zar con gravísimas dificultades (2) que enardecían el espíritu de persecución de María y que daban pábulo á sus inclinaciones de índole tan inequí- voca, fomentando sus sentimientos de venganza. Muchos autores han señalado las ideas de per- secución como dominando el cuadro de los deli- rios histéricos con caracteres peculiares. M. Se- glas cita particularmente una, que explicaba por las persecuciones de los curas y por el veneno que le habían hecho tomar, todos los dolores debi- dos á las hiperestesias (3). Las persecuciones á los pilludos que después de la conspiración deWyatt, organizaban juegos inocentes en las ca- lles de Londres y que revistieron inusitado encar- nizamiento, ¿no eran acaso peculiares á ese histe- rismo ? María detestaba á los niños por lo mismo (') Maurembrecher, La educación de Felipe II. Estudios sobre Felipe II, traducido por Ricardo de Hinojosa, 1887. (*) Maurembrecher, op. cit., pág. 39. (3) Seglas, Des dangers de Vhypnótisme (Société médico- psychologique, 1888). PERSECUCIONES EN INGLATERRA Y FRANCIA 203 que habían constituido su ardiente y casi exclu- siva aspiración personal, por lo mismo que la ne- cesidad de tener sucesión fué el ensueño dorado de toda su vida atribulada. Una curiosa y al mis- mo tiempo dolorosa asociación de ideas muy fre- cuente, según parece, en el espíritu de esas pobres mujeres enfermas, le traía el recuerdo bochorno- so de su esterilidad ridiculizada por la grotesca simulación de un falso embarazo. Los niños cons- tituían para ese corazón irritado una burla vivien- te y lo que sin duda influyó poderosamente en su espíritu para enviar al patíbulo á la interesantísi- ma Juana Grey, fué su melancólica adolescencia, su candor infantil, ese perfume de niño que tras- cendía del alma gentil y trasparente de aquella infortunada soberana. Pierre Janet en su último libro sobre los Acci- dentes mentales de la histeria, insiste con algu- nas observaciones concluyentes sobre este senti- miento de odio que los niños despiertan en el es- píritu, por efecto de la asociación que apuntamos. Th... (observación pág. 245) escribe á una de sus amigas: « Yo quisiera amar á mis hijos, yo los he amado, adorado y sin embargo ahora, no puedo, los odio » y ese odio parece echar cada día más raí- ces en su alma. Todo eso provenía de una querella entre Th... y su marido; la niña que era hija de su esposo, era odiada por asociación de ideas (1). Ber- (') Pierre Janet, op. cit. pág. 246. 204 LA LOCURA EN LA HISTORIA the, otra histórica, presenta el mismo fenómeno ó Is... (observación pág. 247) no puede tolerar los niños que, según ella, la atormentan continuamen- te : abandona su familia y hasta cambia de domi- cilio para no ver criaturas. La vejez de la pobre reina borra toda esperan- za de maternidad y la Inglaterra tiene que sufrir el dolor de sus persecuciones, enardecido su fana- tismo por la inercia de su aparato generativo. Esa mujer es incompleta, porque le falta el instru- mento que da la vitalidad intelectiva y sobre to- do moral á la mujer: la maternidad. Las mujeres que no tienen ovarios son como las aves que han perdido sus alas: viven en una reptación moral que las deprime. Aquel prudente y suspicaz de Noailles, que, co- mo dice Forneron espiaba con malévola curiosidad « las impaciencias de la desdichada señora » refie- re que había oido contar « que á ciertas horas de la noche, la sobrevienen tales melancolías de amo- res y pasiones, que con frecuencia se pone como fuera de sí y yo creo, agrega, que la causa princi- pal de su dolor proviene del despecho de ver su persona tan desmerecida y multiplicados los años, como que el tiempo corre todos los días, mal que nos pese» (*). María sigue esperando su alum- bramiento « the happy deliverance ofa prince », como lo proclamaban las cartas de la época y per- (x) Colección de Vertot, tomo III, pág. 252, citada por For- neron. PERSECUCIONES EN INGLATERRA Y FRANCIA 205 manece doliente recluida y con las facciones des- compuestas; « de día pasa muchas veces sentada largo tiempo en el suelo con las rodillas á la altu- ra de la cabeza » Q) y estropea dos páginas parti- culares de su libro de oraciones á fuerza de leerlas y de estrujarlas entre sus dedos convulsos. El li- bro existe todavía arrugado y sucio en la hoja que contiene la oración relativa á las parturientas y en la que se refiere á la unidad de la Iglesia (2). Su esposo habla ya de su partida para volver á los Países Bajos y no cede sino á las instancias de Si- món Renard. Ella ha soñado ser amada y sién- tese aislada entre su marido español y sus subditos ingleses; no vé más que ingratitudes porque todos le hacen traición y la abandonan (3). Entonces es que su estado afecta una exaltación extraordinaria: todas las malas pasiones de la mu- jer, irritadas por el aguijón de decepciones de esa especie, se levantan como vapores que asfixian en su pobre espíritu conmovido. Transitorio ó permanente (verosímilmente lo primero) hay allí casi siempre un estado semi-de- lirante que en los hereditarios tiene particular pe- culiaridad en su duración y desenvolvimiento. Bajo el peso de tanto dolor acumulado, de preo- (>) Noailles a Montmorency, tomo IV, pág. 342. (*) Ms. Sloane, 1583, pág. 15. Véase también, dice Forne- ron: Stevenson, Prólogo del Catálogo de los manuscritos fo- reign Mary, pág. 73. (3) Forneron, Historia de Felipe II, traducción española ilustrada, pág. 25. 206 LA LOCURA EN LA HISTORIA cupaciones tan urgentes, el cerebro no responde con la saludable resistencia de los inmaculados y cede á la violencia del agente que lo pone á prueba. Como el sentido está irritado, la percepción es ruda y equívoca, el juicio erróneo y consecuente- mente toda operación intelectual, sobre todo para un órgano en pleno estado de fatiga psíquica que se traduce por el debilitamiento de la sensibili- dad moral Q); que lo hace indiferente al dolor ajeno y á veces al propio. Ese carácter de debi- lidad irritable, esa excitabilidad anómala, agre- gada á un agotamiento de las fuerzas nerviosas de que habla Oppenheim en su concepción de la his- teria (2) se comprueba sobre todo en la esfera de los fenómenos afectivos, por un estado de verda- dero vecordia como decía Guislain. Dios no rea- liza el milagro que le parecía tan cierto, no le da el hijo prometido. ¿Qué ha hecho para no mere- cerlo?... Y por un raciocinio tortuoso pero lógico dentro de la fisiología ya subvertida de su cabeza, llega necesariamente á las persecuciones como ua elemento necesario de propiciación. Aquí ya in- terviene un agente de carácter patológico más acentuado ;|tal vez la alucinación que en el espíritu de estos místicos irritados desempeña, como sabe- mos, un papel tan importante. Además está ahí el incentivo no menos poderoso de la sugestión, {}) Feré, Sensation et mouvement, 1887. (2) Oppenheim, Thatsüchlicer und Hypothetischer des Wesen der Hystcrie, 1889, citado por Janet. PERSECUCIONES EN INGLATERRA Y FRANCIA 207 que Borner, el obispo de Londres, ejerce sobre su espíritu para decirle que eso es un castigo porque ha cesado de perseguir á los herejes (*) « ha come- tido el crimen de Saúl, que senegabaá exterminar á los amalecitas». Es ese el proceso de la persecución. Cincuenta personas son quemadas vivas en los tres meses que siguen á su desengaño (2). La reina no fué sino una sucursal del Santo Oficio Español, como que tenía sangre de inquisidor en las venas y había respirado el mismo aire y compartido el mismo lecho con el perseguidor más sanguinario y más frío que ha conocido la historia de las persecucio- nes religiosas. En medio de crecientes pesares, la pobre reina llegaba al último período de su enfermedad. Sen- tíase impotente para contrarrestar la reforma á pe- sar de los suplicios que tenia ordenado; engañada por su hermana, que se conservaba como una es- peranza páralos descontentos, aborrecida del pue- •blo á quien había arrastrado á una funesta guerra; desdeñada por su marido, cuyo retrato hacía tiras con las tijeras (3) en sus accesos de celos. Y triste y despechada se iba consumiendo como el cirio que alumbra silencioso su muerte (4). Siete días después de la llegada del conde de Feria, á Lon- (') Forneron, op. cit., pág. 25. (s) Forneron, op. cit., pág. 25. (3) Inés Strickland, Lioes ofthe queens of England. (*) Relación veneciana de Michieli. 208 LA LOCURA EN LA HISTORIA dres, María entra en una verdadera agonía. Dis- pone que se diga misa cerca de su lecho; incor- pórase en el momento de la elevación y vuelve á á caer ya muerta... (*). Un emisario de Isabel, dice Forneron, el joven Throckmorton, que espera en el aposento de una dama de honor, se desliza hasta la muerta, levanta la sábana del lecho mientras encienden los cirios y le arranca del dedo, que pocos minutos antes hacía temblar á la Corte, el anillo de oro con es- malte negro que Felipe le había puesto el día de su casamiento y se lo lleva á la princesa Isabel como prenda de su emancipación y poder (2). Muerta María y ocupado el trono por la famo- sísima reina virgen, veamos cuál es la historia de su reinado, menos perseguidor, sin duda, pero de una influencia fundamental en la historia de la li- bertad de conciencia. Algunos años antes de su muerte, Isabel pro- testa ante el Embajador de Francia., dice Laurent en sus reputados Estudios sobre la historia dé la humanidad, de que jamás hubiera perseguido á los católicos más que para reprimir atentados contra la nación (3). Los ministros sostuvieron incesantemente que ninguno fué jamás condenado á muerte por la simple causa de la religión (4). (l) Forneron, loe. cit., pág. 40. (2) Ms. Rec, Ofdoméstic Elisabeth, tomo I, etc.; Forneron, Historia do Felipe II. (3) Sesiones de la Acad. de ciencias morales, 1856, t.l, pág. 163. (4) Hallan, Historia constitucional de Inglaterra. PERSECUCIONES EN INGLATERRA Y FRANCIA 209 ¿Debemos acusar á la reina y á sus ministros de mentira y de hipocresía? Si el gobierno de Isabel, agrega Laurent, pre- tendiese ponerse al abrigo de la acusación de into- lerancia pretestando la ilegalidad del culto ro- mano, habría derecho para rechazar con indigna- ción estos sistemas de persecución hipócrita Q). El espíritu de tolerancia, fruto de la filosofía mo- derna se ha sublevado contra la intolerancia san- tulona de la Iglesia Anglicana. Un historiador in- glés no teme hacerse el órgano de estos sentimien- tos, atacando frente á frente la gloria más grande de Inglaterra, la reina Isabel. Se pretende, dice él (2), que esa mujer no persiguió á los católicos; que las leyes severas que dio contra ellos fueron dictadas, no por la intolerancia, sino por la nece- sidad política; que si los católicos fueron perse- guidos ycondenadoSj no fué por su religión, sino porque eran enemigos del Estado. Esta justifi- cación, observa el ilustre historiador, es la de to- dos los perseguidores y no excusa más á la iglesia anglicana que á la romana; los hechos la des- mienten lo mismo en Inglaterra que en las demás partes. Apenas subió Isabel al trono, una ley pro- hibió la celebración del culto católico, sin em- bargo, las poblaciones adictas á la fe romana no (') Laurent, Estudios sobre la liistoria de la humanidad, tomo IX, 181. (*j Macaulay, Essays, vol. I ; Hallan, Constitutional his- tory. LOC. BN LA 1I1ST. 14 210 LA LOCURA EN LA HISTORIA habían dado todavía la menor señal de hostilidad contra el gobierno de la reina. En vano se dice que más tarde el Papa, excomulgando á Isabel y desligando á sus subditos de su juramento de fide- lidad, constituyó á todo católico inglés en estado de sospecha y legitimó las medidas represivas. Si la bula pontificia justificó á Isabel, habría que de- cir que las doctrinas protestantes justificaban á Felipe II. Los ataques del Pontificado, no fueron, pues, más que un pretexto para la reina; y si se quiere una prueba evidente, recuérdese á los pu- ritanos que no tenían papa y que sin embargo, los persiguió con el mismo rigor que á los cató- licos (a). Si se buscara en estas cosas el vínculo de fami- lia que la patología establece entre todas las na- turalezas degeneradas, entre todos estos cerebros anormales, se hallaría que en proporciones diver- sas, y aunque prima facie parezca paradoja, hay entre ellas analogías de procedimientos, que acu- san paridad de naturalezas, en la manera y el modus operandi de sus persecusiones; se vería que Felipe II ó Isabel son hermanos por el paren- tesco de una perversión moral á la cual el medio. y factores hereditarios que después veremos, han impreso un hábito exterior distinto. Lingard, en su Historia de Inglaterra, y otros (') M acaula y, loe. cit.; Laurent, Estudios sobre la historia de la humanidad, tomo IX (guerras de religión); Hallan, His- toria constitucional de Inglaterra. PERSECUCIONES EN INGLATERRA Y FRANCIA 211 graves historiadores comparan la Alta Comisión con el Tribunal de la Inquisición, que en manos del hijo de Carlos V hizo tantos prodigios de mar- tirio y de tortura. Era igualmente arbitraria y cruel, y tenía facultades de informar no solamente sobre los hechos, sino también sobre opiniones y creencias; cuando los acusados no podían ser con- victos por las vías legales se contentaba con un so- lo testigo, cuando faltaban los testigos se recurría ala tortura tf). Se dieron contra los sacerdotes católicos verdaderas leyes de sospechosos, fueron expulsados muchos y á los que se encontraban en Inglaterra, se les consideraba como reos de alta traición (2). Así, pues, Isabel persiguió á los católicos por su fe casi con la saña bravia con que Felipe perseguía á los herejes por no tenerla suya. Hay una diferencia, sin embargo, que le permite, por el resultado, alejarse de su congénere moral; una circunstancia completamente fortuita: la en- fermedad de Isabel, permitió á sus grandes minis- tros y allegados, hacer de esa mujer perversa y enferma la gran reina del siglo xvi por medio de una sugestión providencial que ejercieron constan- temente aprovechando la proverbial plasticidad histérica de su espíritu. Creemos de buen grado, dice un escritor cono- (') Ry.mer, lucdera, tomo XVI, pág. 504, citado por Lau- rent, op. cit. (*) Ca.mbden, Annales, pág. 431 ; Lingard, Historia de In- glaterra, tomo VIII, pág. 250. 212 LA LOCURA EN LA HISTORIA cido, que si su posición política y sus intereses le hubieran permitido acercarse á Roma hubiera pre- ferido el Catolicismo á la Reforma que no era de su gusto. Genio despótico, debía tener una predilección instintiva, por una Iglesia que es el despotismo encarnado en el orden religioso y que se acomoda perfectamente con el despotis- mo en el orden civil y político (*). Siendo, pues, como era tan fácilmente sugestionable, dada esa circunstancia y los gustos que le atribuyen graves historiadores, pudo haber seguido los caminos ya abiertos por su hermana María y su famoso esposo ó convertídose en un ente ingobernable, capricho- so, impulsivo tan estéril en la historia política co- mo lo fué en el orden doméstico, que se habría perdido en la obscuridad de un reinado anónimo tributario de España ó del Pontificado. La his- teria la ha salvado sin duda. La histeria puso en manos del célebre Bur- leigh y de los otros el bronce con que se fundió la grandeza de Inglaterra y el monumento que sim- boliza en el mundo la libertad de conciencia. Ese grupo ilustre de que habla Macaulay en su estudio sobre Burleigh y su tiempo, le for- maba á Isabel un ambiente propicio para la obra del gran ministro: el famoso Walsinghan, el impetuoso Oxford, el gracioso y gentil Sackvile, de Sydney, cumplido en todo; aquel Essex, el C) Laurent, op. cit., pág. 183, tomo IX. PERSECUCIONES EN INGLATERRA Y FRANCIA 213 adorno de la corte y de los campos, el mode- lo de la caballería, el magnífico patrón du gé- nie, el no menos célebre y grande de Raleigh, el guerrero, el marino, el sabio, el cortesano, el poeta historiador y filósofo que se nos representa según el mismo Macaulay, unas veces pasando revista á la guardia de la Reina, otras dando caza á un galeón español, otras respondiendo á los je- fes del partido nacional en la Cámara de los Co- munes, y pasando de una de esas encantadoras canciones de amor que murmuraba demasiado cerca del oído de alguna de las damas de honor de la Reina, ala meditación severa sobre el Tal- mud, ó la lectura de Polibio y TitoLivio (*). Fué necesaria la vigorosa acción mental de Burleigh y sus adláteres para hacer de Isabel lo que fué; para arrancar de su espíritu la impresión demasiado vivaz que había dejado el catolicismo y para que ese fanatismo que hervía en su alma en- ferma de Tudor histórica, se hiciera luterano y salvase á la Inglaterra y á la libertad religiosa. Isa- bel conservaba escrúpulos católicos que, fomenta- dos por un conde de Feria ó por un Simón Re- nard, la hubieran hecho más terrible que su herma- na María. Se veía en su capilla particular un crucifijo rodeado de cirios encendidos y hablaba con aversión y disgusto del matrimonio de los (>) Macaulay, Essais historiques et biographiques, traduci- dos por Guillaume Guizot, 1802, pág. 38. 214 LA LOCURA EN LA HISTORIA clérigos ('). «Es con horror, dice el arzobispo Parker, que he oído salir de su naturaleza, tan dulce y de su conciencia clara y cristiana, pala- bras como las que dice respecto á la santa institu- ción y ordenanza de Dios del matrimonio ». En su afición supersticiosa á los altares y á una multitud de prácticas del rito romano (2) se veía, pues, ese misticismo de los hereditarios que alar- mó tanto al espíritu decidido de Parker y del clero protestante: la cepa morbosa empujaba á Isabel en las corrientes peligrosas en que la hija de Catalina de Aragón había navegado durante todo su reinado sangriento, y, sin embargo, esa misma cepa había de servir providencialmente para echar- la en otro camino distinto. Si se examina la conducta y el pensamiento de ciertas enfermas y en particular de las histéricas, dice Pierre Janet en su libro (3), se notaría bien pronto que ciertas ideas no se comportan co- mo las otras. Mientras que los pensamientos or- dinarios, las sensaciones provocadas por la vista de los objetos, las ideas despertadas continuamente por las conversaciones permanecen moderadas, simples, en equilibrio con todos los otros fenó- menos psicológicos, una idea particular escapa al tono general, toma inmediatamente la importan- (x) Macaulay, loe. cit. C) Dargaud, Histoire de VElisaboth d'Angleterre, pág. 64; Macaulay, Essais historiques et biographiques. O État mental des hystériques, pág. 5. PERSECUCIONES EN INGLATERRA Y FRANCIA 215 cia desmesurada de una fobia casi delirante con relación á los otros y desempeña en la vida del su- jeto un rol considerable. Ese pensamiento, es en el cerebro de Isabel, el pensamiento heterodoxo, el pensamiento de la re- formaos ugeri do por Burleigh y por Parker. La fijeza de una idea en el espíritu de la histé- rica ha sido á menudo señalada por todos los psi- cólogos y la mayor parte de los antiguos magne- tizadores, entre los que se encontraban observado- res de gran valer, han notado frecuentemente esta preponderancia exagerada de ciertos pensamien- tos (l). La mayor parte de los sujetos observados por Puysegur, Deleuze, Braid, Charpignon, etc., han sido seguramente históricos y en otros libros en que el carácter patológico es más evidente y más fácilmente reconocible se encuentran nume- rosos fenómenos de este género de sugestión. Brodie, en 1837, muestra ya la importancia que tienen ciertas ideas sobre los históricos; Despine, en 1841, enseña en una histérica, Estela, todos los géneros de automatismo en particular la imitation speculaire (2), Russell, Reynolds en 1809 estudia la parálisis dependent ofidea, Carlos Richet de- muestra en 1875, numerosos casos de sugestión en los neurópatas; y, por fin, Paul Richer en su nota- («) Pierhe Janet, État mental des hystériques. Les acci- dents mentau.v, pág. 6. (*) Despine, Le magnetismo animal dans le traitement des maladies nerveuses, 1840. 216 LA LOCURA EN LA HISTORIA bilísimo libro sobre la Gran histeria y todos los autores que han hablado de estos enfermos no han dejado nunca de poner de relieve su gran sugesti- bilidad {'). Hay otro punto que, con respecto á nuestro caso, es bueno esclarecer, porque podría oponérsenos como objeción seria, es á saber: que la mayor parte de los estudios sobre la sugestión han sido he- chos durante un estado particular de los sujetos, el sonambulismo. Pero como lo observa el mismo Janet, á cuya excelente obra hacemos tan frecuen- tes empréstitos, muchos autores han notado que ese hecho se produce en muchas personas sin que sea necesario provocar el sonambulismo. Richet, en 1882 (2), Bernheim, en 1884 (3), y Charcot, en 1885, han descrito numerosos ejemplos de suges- tiones verificadas fuera del sueño y del sonambu- lismo. Esta observación importante para la con- cepción de la histeria facilita también el estudio de la sugestión (Janet) y nos permite comprender el procedimiento cómo se verificó aquel gran acto de sugestión histórica tan transcendental como el que verificara en otro sentido el padre Torque- mada sobre el espíritu de Isabel la Católica. Así podrá verse separada completamente la sugestión I1) Guilles de la Tourette, Traite clinique et thérapéu- tique de Vhystérie, 1891, pág. 492. (s) Ch. Richet, Bulletin de la société de biologie, 1882, Vhomme eí Vintelligence, 1883, pág. 522. (3) Bernheim, De la suggestion dans Vétat hypnotique et dans Vétat de veille, 1884. PERSECUCIONES EN INGLATERRA Y FRANCIA 217 del sonambulismo, estudiada durante la vigilia y sin complicarla con la agregación de elementos extraños ('). En cuestiones religiosas la reina tenía una corte de doctores y predicadores admirables, de teólo- gos casi filósofos que modelaban en el sentido de sus ideas las inclinaciones de aquella mujer pro- pensa por su mismo temperamento á irse del lado que fuera más violentamente solicitada. Pero Parker y Burleigh tenían la preeminen- cia, eran los agentes realmente activos de esa cu- riosa operación psicológica. Burleigh, gozaba de una privanza extraña en la intimidad de la reina que no había admitido jamás ni la sospecha de un dominio transitorio siquiera. Ninguna intriga pudo conmoverla confianza que tuvo las propor- ciones de un verdadero dominio sobre el espíritu por otra parte tan altivo de la hija de Enri- que VIII (2). Las gracias elegantes y los talentos de Essex, dice Macaulay, hicieron impresión sobre la imaginación y probablemente sobre el corazón de la mujer, pero ningún rival pudo despojar al tesorero del lugar que ocupaba en el favor de la reina: hasta su parsimonia ordinaria en cuestiones de riqueza, lo que es ya mucho decir refiriéndose á Isabel, olvidaba, tratándose de Burleight (3). Todos aquellos á quienes dirigía la palabra ó sobre (') Pierre Janet, loe. cit. (*) Macaulay, loe. cit., pág. 11. (a) Macaulay, loe. cit., pág. 11. 218 LA LOCURA EN LA HISTORIA quienes caía una mirada suya, se postraban á sus pies de rodillas y sólo para Burleigh se colocaba una silla á su lado, para Burleigh, que era un simple gentilhombre del condado de Lincoln mientras que los fieros descendientes de Fitzallan de la Veré se prosternaban en el polvo delante de él, plebeyo (x). Parker estaba investido de la dignidad del pri- mado y era arzobispo de Cantorbery. El antiguo capellán de Ana Bolena llegó á ser el casuista de la reina, su preceptor, su instigador, su sostenedor ó inspirador en la lucha contra Roma y contra el Papado «ese poder formidable por los fantasmas que levanta delante del espíritu de los débiles». Parker parecía un espíritu formidable: alimentaba en su alma el fuego del fanatismo heterodoxo, la pasión, el vigoroso y tranquilo encarnizamiento del reformador ofendido, pero sin el empuje enfer- mizo de Torquemada, porque tenía un cerebro normal y equilibrado. Sus actos eran el producto de un raciocinio frío aunque intenso, mientras que en el dominico español sólo hablaba el salvaje en- carnizamiento del hombre impulsivo, el profundo sentimiento del «emotivo» de Morel, el arranque incontrastable y violento de un espíritu mordido por una atroz ó incurable dolencia. Parker pare- cía bien equilibrado aunque su palabra llevaba siempre el calor y la unción penetrante de la pa- (') Macaulay, Essais historiques. PERSECUCIONES EN INGLATERRA Y FRANCIA 219 sión; por eso tenía las calidades de un instru- mento poderoso de sugestión que se insinuaba en la credulidad histórica de la reina, para obrar so- bre un sistema nervioso frágil y producir aquellas modificaciones cuya naturaleza nos escapa aún. Todavía estamos muy lejos, dice Binet y Fére, de conocer todos los efectos que puede producir la idea que introducimos por sugestión en el cere- bro del operado, aunque es muy probable, según lo atestiguan multitud de experiencias que diri- giéndose á un sujeto apropiado, la sugestiones ca- paz de engendrar todas las acciones que están bajo la dependencia del sistema nervioso ('). Esta cir- cunstancia da una idea de la completa posesión á que el instrumento activo puede llegar cuando el sujeto, per razones de enfermedad, se halla como la reina Isabel en perfecta oportunidad sugestible, como dice Benoit. El primado británico era tranquilo, pero no gla- cial, austeramente inconciliable con Roma cuya influencia combatía con los actos tan efica- ces de su dominio mental. Conservaba como Spartacus un pedazo déla cadena de la antigua servidumbre, dice el autor déla Historia de la li- bertad religiosa en Francia y bajo la mitra angli- clanafuó, con todo, un hombre de una rara dis- tinción ; por eso es lamentable que este amigo de la filosofía y de las letras, después de haber sufrido (a) Binet y Fére, Lo magnétisme animal, Bibliothéque scientifique internationale, LVII. 220 LA LOCURA EN LA HISTORIA las más crueles persecuciones las aplicara á su vez con una saña rara por cierto en un hombre tan levantado (Dargaud). Tanto Parker como Bur- leigh tenían el sentimiento experimental, aunque vago, de esta verdad que la psicología mórbida de nuestros días ha establecido claramente: que po- demos hacer lo que queramos de la conciencia de una histérica porque se halla en ese estado de miserea psicológica que la hace manejable; mise- ria que no pertenece exclusivamente á la histeria, porque se manifiesta de mil maneras diferentes aunque siempre sobre un fondo patológico y pro- bablemente hereditario en otros enfermos del sis- tema nervioso; « que esos individuos hagan hablar las mesas y evoquen el alma de Guttemberg, que abran un hospital de perros enfermos, ó den con- ferencias contra las vivisecciones, que contractu- ren sus miembros, ó les impriman contorsiones de todas formas en una especie de delirio muscular, todo eso no cambia su enfermedad y no crea fe- nómenos psicológicos nuevos, es siempre la misma causa de debilidad, la misma fatiga á que se aban- donan sin resistencia, dejando desarrollarse inde- finidamente sólo tal ó cual grupo de sensaciones y de imágenes » (*). Otra circunstancia que favorecería la acción de Parker y de Burleigh, que la facilitaba notable- mente, era la proverbial credulidad de Isabel, t1) Pierre Janet, Lautomatismo psychologique, pág. 460. PERSECUCIONES EN INGLATERRA Y FRANCIA 221 por otra parte tan común de las histéricas: « Com- probemos de una manera general, dice el autor que acabamos de citar, que las histéricas despier- tas ó dormidas, poco importa, son como los niños que no tienen necesidad de prácticas hipnóticas para ser convencidos y que creen en todo aquello que hiere su espíritu». Cuando uno les cuenta historias y cuentos, los toman en sus más simples detalles como hechos reales. No hablo, agrega Janet, de las alucinaciones que comunicamos vo- luntariamente á un sonámbulo, sino de los hechos diarios que se pasan en la vida normal de estos es- píritus débiles. Llama la atención del observa- dor, la manera cómo estos dos grandes hombres parecían haber adivinado ese estado propicio del alma de la reina vislumbrando con una sagacidad genial y á dos siglos y medio de la sugestión cien- tífica todos los preciosos recursos que ella ponía en sus manos. ¡ Con qué talento habían descubierto, sin darse cuenta, indudablemente, y haciendo sin saberlo, ciencia experimental, que aquella mujer hereditariamente viciada por una histeria incura- ble y á pesar de sus apariencias violentas y despó- ticas, « era de una extraña docilidad cuando sabían dirigirla »! En aquel espíritu lo mismo que en todos sus congéneres así como se puede cambiar un sueño por unas palabras dirigidas al que duerme, de la misma manera se puede modificar los actos y toda la conducta de uno de ellos, por una pala- o o o LA LOCURA EN LA HISOORIA bra, una alusión, un signo ligero á los cuales obedecen dulcemente. Una palabra provoca la risa, ó el llanto, ó el pudor en el rostro, una pala- bra las hace dulces ó violentas (*). La Corte de la Reina concurría también al pro- pósito del gran ministro formándole, gracias á la habilidad de Burleigh, un medio favorable den- tro del cual se movía y á cuyo tono moral se amol- daba fácilmente siguiendo ese otro carácter pecu- liar de esas enfermas. ¿ Había tenido Burleigh el raro presentimiento de la acción sugestiva del medio y se lo había formado para complemento de su acción personal ? En efecto, la histérica, es como, ha dicho un conocido psicólogo francés, la más oportunista de las mujeres: honrada en apariencia, á lo menos en presencia de la gente honesta, se transformará pronto en una ladrona habilísima, en una debau- ché incorregible entre los ladrones y libertinos. No sólo se pondrá al nivel del ambiente en que vive sino que, como Isabel, lo sobrepasará más allá de sus exigencias. Poned un histérico en un convento, decía Mr. Emile Laurent en el Congrés International de Vhypnotisme de Paris, y este histérico, aunque haya sido un antiguo bebedor, un libertino empedernido, apenas haya sentido Q) Pierre Janet, loe. cit., 210. Véase también: Moreau (de Tours), Le Haschich y Psychologie mórbido; Maury, Du sommeil; Charma, Du sommeil; Ch. Richet, Vhomme et Vin- telligencc. PERSECUCIONES EN INGLATERRA Y FRANCIA 223 sobre]su olfato el olor penetrante del incienso, ope- rará en su ser un cambio completo; en algunos días, habrá abandonado con una facilidad admi- rable sus antiguas costumbres y adoptado los há- bitos y los gustos de la casa; amará la misa y la oración; la iglesia y el altar tendrán para él un atractivo secreto, como antes había amado y se había sentido dominado por el baile desordenado y el teatro: aparecerá, en fin, tan fervoroso en la plegaria como fué antes en el amor, pervertido y vicioso (1). Y no será un devoto ordinario, un piadoso sin ostentación; rogará con ruido como ha pecado, casi con escándalo y su religión semejará un misticismo lleno de exaltación (Laurent). To- mad al mismo sujeto, colocadlo en una prisión, confundido entre gente de mala vida y veréis có- mo se metamorfosea rápida ó paulatinamente: se diría que los muros le han infiltrado su maligni- dad, á tal punto es completa y radical su transfor- mación. Es esto lo que Laurent llama la acción sugestiva del medio penitenciario sobre el detenido histérico. Durante los dos años que ha vivido co- mo interno en la enfermería central de las prisio- nes de París, le ha sido posible observar muchos casos de este género en individuos detenidos por robos ó estafas, llamándole la atención la auda- cia con que, héroes de la Court d'Assises, se erigen ('•) Emile Laurent, De Vaction sugestivo des milieux péni- tentiaires sur les déténus hystcriques. 224 LA LOCURA EN LA HISTORIA en criminales ilustres (*). Un distinguido autor inglés, E. C. Spitka, en su conocido \ibro\Insanity its clasification, diagnosis and treatment, habla también de esta fácil adaptación de los históricos al medio y Charles Buckmill en la no menos co- nocida obra A Manual of Psychological Medeci- ne etc., menciona, aunque de paso, el mismo fenó- meno que es en ellas visible más que en ningún otro enfermo. Tal fué, pues, la influencia poderosa, que á con- secuencia de su histerismo ejerció sobre la Reina de Inglaterra, el grupo absorbente y activo que le formaba una verdadera atmósfera moral dentro de la cual se movía, determinando su radicalismo trascendental en asuntos religiosos. Pero sacadla de esa atmósfera en que se respira- ba el protestantismo y la heterodoxia y llevadla á la Corte de Felipe II; rodeadla de dominicos y de inquisidores; hacedla respirar aquel aire helado del Escorial, sepulcro de la conciencia y de la in- teligencia española; mostradle la hoguera, el in- cendio estimulante del quemadero, la pompa so- berbia de la religión católica, la música y el in- cienso, el arte soberano de sus templos conmovi- dos por el trueno del órgano, en que el sentimien- to de lo divino se exalta y la belleza llena de va- ga poesía de ciertos dogmas, habla con tanta ternu- (') Premier Congrés Internationale de Vhypnotisme expe- rimental et thérapeutique, tenue á l'Hótel-Dieu, 1889. PERSECUCIONES EN INGLATERRA Y FRANCIA 225 ra al corazón sensible y á la imaginación artera y turbulenta de la histérica... y aquella degenerada de tan frágiles nervios que en Inglaterra salvó á la inteligencia humana del oprobio de una tiranía terrible, la veréis convertida por dócil adaptación, en el más implacable colaborador de Arbuez y Torquemada. ¡ Qué terrible, qué feroz perseguidor de herejes y judaizantes hubiera sido en España, con su ca- rácter agrio y violento, la gran histórica, suges- tionada aquí como lo fué allí por ese ambiente moral tan deletéreo para el pensamiento! Isabel de Inglaterra, mujer de Felipe II, habría sido el horrible complemento de aquel tigre del Medio- día que tenia como Leicester crímenes en la con- ciencia, veneno en los dedos y las furias bravias en el alma ('). Difícilmente se encontraría en mujer alguna, una mentalidad que encuadre mejor dentro de la psicología fantástica de aquellas histéricas de Le- grand du Saulle, que la de esta reina tan perversa como grande. Sea histeria y degeneración, asociadas á cual- quier otro estado, no imputable á aquella úni- camente, como quiere Collin y los suyos, lo cierto es que tanto Isabel como María Tudor presentan la fisonomía moral del histerismo que describe el maestro experto del Hospice de Bi- (') Dargaud, loe. cit. . LOC. EN LA HIST. .' 15 226 LA LOCURA EN LA HISTORIA cétre y que atribuido entonces exclusivamente á esa dolencia, ha sido en nuestros días clasificado de caprichoso por la juventud médica de la Salpe- triére. Había algo de más grave, no hay duda, que la simple neurosis, puesto que ambas fueron heredi- tarias, pero lo que aparecía visible era su cuadro sintomático, con el colorido chillón y policromo que ha descrito Legrand du Saulle en ese libro copioso que publicó con tanto éxito en 1883. Un síntoma entre tantos, y que parece más que otros visible en el carácter de la hija de Ana Bolena, es ese don perfecto del disimulo y de la hipocresía ar- tísticamente ejecutados. Dice Joly, el colabora- dor del Tratado enciclopédico de patología in- terna y terapéutica, que entre los rasgos culmi- nantes de la fisonomía moral de los histéricos, este espíritu de disimulo es proverbial: la mentira y el engaño, inconscientes ó no, es un rasgo cono- cidísimo de su psicología. La maligna virgen de White-Hall acumulaba en su espíritu todo el arte supremo que se le atri- buye á la histeria para la intriga y la mentira. Simulaba un catolicismo tan sincero que llegó á engañar á su hermana, que tan bien escudriñaba las conciencias y los corazones heréticos: oía misa, se confesaba y comulgaba pidiendo encare- cidamente á María que le mandara libros orto- doxos para templar su fe. Las duplicidades y ma- nejos arteros desarmaban completamente el fana- PERSECUCIONES EN INGLATERRA Y FRANCIA 227 tismo de la esposa de Felipe II, y á pesar de cierta desconfianza que aún conservaba la reina, se dejó persuadir de la sinceridad de las prácticas falaces de Isabel, confirmadas por el testimonio de Sir Thomás Pope (Dargaud). Mujer fanática, con esa fantasía que depende de la rara impresionabilidad morbosa de las histéri- cas de su género, ó intoxicada, diremos así, por lecturas incoherentes de los autores griegos y ro- manos, pretendía buscar sus ejemplos de gobierno y sus consejos de estado en aquellas fuentes equí- vocas. Pero de las alturas de la antigüedad á donde la llevara su excitación, el gran Burleigh, el cerebro equilibrado por excelencia, la arras- traba hacia abajo, lejos de Solón y de Dracon á los laberintos contaminados de Machiavelo, cuyas máximas aprobaba moderándolas antes (a). La vanidad extraordinaria, esa adoración de sí mis- ma, mezclada á la marcada tendencia á dramati- zarlo todo, sobre lo que Dumond ha llamado la atención en las histéricas degeneradas, ha desem- peñado en muchos de sus actos un papel impor- tante. La ostentación extraordinariamente pre- suntuosa y pedantesca de que nos habla el maestro de Bicétre es un rasgo de ese carácter extraordi- nario. La ferocidad proverbial dependía de la atrofia de su sentido moral complicada con aquel engreimiento fabuloso tan expresivo de su dese- (') Dargaud, Historiado Isabel de Inglaterra, pág. 54. 228 LA LOCURA EN LA HISTORIA quilibrio y que la hacía pensar que su autoridad pontifical comunicaba al culto legal, por su sola intervención, atributos divinos. Aspiraba á un endiosamiento megalomaníaco tan propio del modo de ser mental de los heredi- tarios degenerados (*) y quería la autoridad in- contestable, infalible de un poder supremo arriba del Papa. En materia religiosa, que es en donde la violencia de su carácter se hace sentir sobre los católicos, consentía menos que en asuntos políti- cos la observación de sus fallos. Envuelta en la atmósfera de ese sueño de grandeza medio deli- rante, Isabel no alcanzaba á comprender cómo era posible que alguien en el suelo de Inglaterra no fuera de su secta, é importaba por consiguiente una ofensa á su persona, no á su culto, la sola existen- cia de disidentes (2). Estudiando esa vida interesante, sobre todo en su faz religiosa, se observa fácilmente de cómo el raciocinio sereno del genio político se ve frecuen- temente obscurecido, perturbado en su mecanismo seguro, por estas irrupciones inesperadas que hace la herencia morbosa en su cerebro frágil; « parecen excitaciones elaboradas en las profundidades de los centros inferiores del pensamiento, cuyo ori- gen escapan á la conciencia y que hacen súbitas (l) Véase Dejerine, L'hérédité dans les maladies du sys- téme nerveux; Magnan, Lccons sur le systéme ncrceux; M. Legrain, Du delire choz les degeneres. (s) Dargaud, loe. cit. PERSECUCIONES EN INGLATERRA Y FRANCIA 229 invasiones, como una horda de salvajes, sin de- cir de dónde vienen y sin querer ajustarse á nin- guna regimentación del pensamiento civilizado». Sus primados los arzobispos de Cantorbery, no habían podido secundarla en el celo excluyente y excesivo con que quería castigar á los puritanos como anárquicos y á los católicos como sedicio- sos (*). No se podían ventilar estas cosas con el criterio humano y normal con que se trataban los asuntos de estado y menos olvidándose que la reina no era sino una divinidad hecha y derecha, Dios mismo ó su delegado como ella lo imaginaba. Es digno de señalarse á la curiosidad de la psi- cología histórica, la frecuencia con que estas ideas de verdadera megalomanía religiosa reveladora, surgen inmediatamente que la ocasión determi- nante se presenta propicia, en todos, los cerebros degenerados de los monarcas del siglo xvi, que es el siglo de la gran crisis religiosa, y cómo in- fluyen en sus actos más trascendentales. Las hemos observado en María Tudor y en Isabel su hermana, hijas de la misma cepa mor- bosa, en Enrique VIII su padre, gran pontífice y teólogo consumado, según él lo pretendió, y las ve- remos estallar con más bríos aún y exuberancia mayor en Carlos Y y en Felipe II, el gran Inquisi- dor, porque son lazos secretos entre estos gran- des perseguidores que traicionan su paridad mo- (') Dargaud, loe. cit. 230 LA LOCURA EN LA HISTORIA ral. Parece que fueran análogos al vínculo que existe entre los que padecen de una misma en- fermedad, entre un histérico que se revuelve en medio de las convulsiones dolorosas en el Roya! Edimburgh Asylum y la histérica clavada en su lecho por una contractura ó presa de un de- lirio histérico tranquilo en la Salpetriére, ó en la bien reputada Villa di Salute di Palermo. Diferencia de temperamento y de expresiones y gradaciones sintomáticas, pero en el fondo la mis- ma enfermedad. Las grandezas de las cosas hu- manas no satisfacen la insana aspiración de es- tas cabezas tocadas por la felure hereditaria; necesitan la magnitud infinita, imponente de las cosas divinas; ser, no un demonio vulgar de las legiones infernales, sino el mismo príncipe de las tinieblas, el mismo Dios ó su delegado, la grandeza en su colmo universal, como decía el loco megalomaníaco que cita Franz Tuczek. Tie- nen el sentimiento morboso de lo grande en diso- nancia con su medio exiguo y á pesar de la gran- diosidad que los rodea; por eso sueñan con lo que es sobrenatural, enorme, hipertrófico. Parker, el primero de los primados de Isabel que había comenzado con el reino sus altas fun- ciones, no pudo ser suficientemente dócil á las exageraciones de la reina y tuvo que morir en la desgracia en 1575. Parker, que había excitado en el espíritu de Isabel toda la rabia protestante, que pudo ser católica por las razones que hemos PERSECUCIONES EN INGLATERRA Y LRANCIA 231 dado más arriba, moría víctima de su propia obra: le había impreso demasiado movimiento al terri- ble mecanismo y él mismo caía enredado en sus ruedas. Era demasiado amigo de las letras y de una liberalidad de inteligencia también demasiado vasta para poder seguir el impulso que su propia sugestión había impreso al espíritu perseguidor de Isabel. Su sucesor el arzobispo Grindal, parecía exageradamente respetuoso de las conciencias y nada inquisidor, así es que al poco tiempo murió en una desgracia más absoluta que la de Parker. ¡ Y curiosa circunstancia que da mucha luz á nuestras inducciones psicológicas! Isabel encontró el ideal de su prelado, como quien dice la horma de su zapato, en el arzobispo deWorcester, el famoso Witgift, el hijo de un alcoholista, que había tenido varios accesos de delirium tremens y que murió loco en un hospi- tal. Existía entre ambos una rara simultaneidad de anomalías cerebrales difusas, pero evidentes, que los acercaba por medio de ese contagio que estrecha la amistad equívoca de los predispuestos. Este prelado que reemplazó á Grindal en 1553, vivió largo tiempo en la amistad de la reina sin que la menor nube alterara sus relaciones; pare- cía haber, dice Dargaud, afinidades de carácter realmente sorprendentes y exigía de todo el clero una sumisión absoluta y despótica á la suprema- cía de la reina y al formulario de 1560; y lo más extraordinario era que esta uniformidad de miras, 232 LA LOCURA EN LA HISTORIA no fué ni una adulación, ni menos una diploma- cia. Ese fraile disponía de una dureza terrible y hería con la misma furia de la reina á los purita- nos y á los católicos, sobre todo á estos últimos, que oponían á su omnipotencia, la del Papa con iguales pretensiones á las suyas (Dargaud). Completemos la psicología extraordinaria de esta mujer con algunos otros rasgos que dan la tónica final de su retrato moral. La superchería audaz de su virginidad es una línea que no debe olvidarse. Son tan propios de las históricas estos engaños, que los anales de los tri- bunales de todos los países están llenos de hechos parecidos como dos gotas de agua á esta fruslería insolente que ha llenado el mundo y ocupado á los historiadores en averiguaciones de un extraño candor. Basta leer los tratados especiales para convencerse. Isabel no obtuvo con esto sino exhibir ante el mundo candoroso los hechos que con demasiada frecuencia reproducen en los procesos por violacio- nes, estafas y atentados al pudor sobre todo, las históricas de todos los tiempos. Esa virginidad vulnerada es el clou de sus intrigas, el canevás en donde tejen sus temibles embrollas, y el que haya frecuentado el trato de semejantes mujeres ó in- tervenido en asuntos en que hayan sido actores, se ha de haber encontrado con más de una virgini- dad de esta clase, guardada y proclamada como la de la famosa Plantagenet. PERSECUCIONES EN INGLATERRA Y FRANCIA 233 El asesinato de Laldv Lunley habíase verifica- do en 1560; un año después la princesa Isabel no se pertenecía ya: la máscara simuladora caía á ca- da instante porque esta fanfaronne de virginité, como dice uno de sus biógrafos, estaba vencida por la pasión. Elle était un peu la fable de la cour, d'Anglaterre et du monde. Melvil y Birch, en distintas épocas, insinúan mucho y dejan también mucho que adivinar res- pecto á su honestidad virginal. Y sino bastara es- to, el obispo d'Aquila, Embajador de España, es- tablece con una precisión abrumadora que la reina vivía con Robert Dubley. La casta princesa que no ignoraba las malevolencias de que estaba rodeada y que se empeñaba en transformarlas en calum- nias, mostró un día al obispo d'Aquila la disposi- ción de su dormitorio, á fin de disipar, decía, las sospechas que los malos difundían. Bien pronto, agrega el obispo, este argumento demasiado débil, por cierto, faltó á la reina, pues encontrando hú- medo el dormitorio de Dubley, situado en el piso bajo del castillo, le asignó bondadosamente uno al lado del suyo (Dargaud, pág. 74). Los informes de este gran prelado y las cartas de la marquesa de Winchester, conservados en los archivos de Si- mancas, no son los únicos documentos que atesti- guan la superchería de la reina virgen; hay muchos otros que no es del caso, ni del lugar mencionar (*). (') Dargaud, loe. cit, pág. 74. 234 LA LOCURA EN LA HISTORIA En todos sus actos, sobre todo en aquellos que tienen una índole moral más acentuada, se abría paso la semilla hereditaria degenerativa que da el carácter y hace el claro-obscuro á su histerismo. Por eso su estado mental se resiente en sus al- ternativas sintomatológicas, de este doble y recí- proco influjo. Una imaginación anormalmente excitada, mejor dichj violentamente estimulada, despertaba en el cerebro esos sueños extravagan- tes de amores romancescos de que hablaba el em- bajador de Felipe II y reclamaba para su mentida pureza un culto extraordinario; para la diosa de las forestas, como se hacía llamar. Los trans- portes amorosos casi orgíacos de que era objeto el duque de Anjou parecían más bien accesos morbo- sos que movimientos pasionales regulares. Solía tener ataques de exaltación febril, de calentura sensual, mezcla de un erotismo que traicionaba su degenerescencia y que rayaba lejos; arranques amorosos agudos como sus accesos de furor Q). Le gustaba en todo el aparato ruidoso y la fan- tasmagoría extraviada de los temperamentos exce- sivos. Lo que en su célebre entrada triunfal de Londres la henchía el corazón de placer y colo- reaba sus mejillas, lo que humedecía sus ojos mo- vibles y fulgurantes en medio de una embriaguez loca, no era sólo el amor exaltado de la gloria, no, era ese orgullo hidrópico, vano, pueril, incon- C) Dargaud, loe. cit; Forneron, Historia de Felipe II. PERSECUCIONES EN INGLATERRA Y FRANCIA 235 mensurable que la hacía objeto de las miradas de millares de hombres. La sangre contaminada de los Tudor producía en ese día su mayor excitación. Isabel, histérica en aquel instante, tal vez mas que nunca, se sentía más que reina, el ídolo déla aris- tocracia brillante y orgullosa, flor de la Inglaterra y del mundo, ídolo de la multitud que atronaba los aires en el tumulto de la loca alegría; ídolo so- bre todo, más que todo ídolo, por esa tendencia típica de todos estos enfermos, de provocar la ad- miración, la sorpresa, á llamar la atención, á lle- nar el barrio, la aldea, la ciudad, el mundo con su nombre, sus caprichos ó sus dolencias insignifi- cantes. La escolta era de una magnificencia deslumbradora. Más de quinientos gentiles hom- bres, grandes señores, obispos, magistrados, avan- zaban detrás de ella como un río humano que se desbordaba al través de la multitud de mujeres, de obreros, de paisanos, precipitándose empujada por el mismo sentimiento (a). El pueblo « cedía á un miraje de esperanza, la nobleza á un movi- miento caballeresco»; la reina embriagada por la satisfacción de su orgullo había olvidado á Lei- cester para entregarse á la intensa exaltación de su sensibilidad extraviada... No hay duda que Isabel demostró persistencia y tenacidad á veces intensa ó impulsiva en sus pro- (») Dargaud, loe. cit. 236 LA LOCURA EN LA HISTORIA pósitos religiosos y políticos, pero esto mismo ¿no es un carácter peculiar de su temperamento en- fermizo ? Esa histeria degenerativa que le imprime un cachet tan palpitante á su fiebre mística hetero- doxa, ha influido hasta en la formación de la cali- dad matriz de su organización moral; porque esos actos bruscos é impulsivos son sin embargo dura- bles en los histéricos, prolongados y sostenidos á pesar de su volubilidad proverbial. Pierre Janet, el distinguido autor de L'automatisme psycho- logique, hace notar esta circunstancia. Hablando de tales actos «quelque fois violents et dura- bles», dice que se parecen á menudo alas convul- siones ó á las contracturas. Y notad cómo es de aplicable á Isabel la juiciosa observación del ilustre psicólogo. Á una histérica se le mete en la cabeza hacer un trabajo cualquiera, un tejido para el alba de un clérigo (es el caso de Janet, observ. pág. 209), y trabaja sin cesar, y no habla sino de eso, aun en medio de sus ataques de sonambulismo y de sus grandes crisis; María (observ. 2, pág. 209), or- dinariamente dulce y de buen humor, se enoja con una sirvienta y toma súbitamente la resolución de no decir una palabra anadie, á ninguna de las personas del hospital, y lo cumple al pie de la le- tra con una firmeza extraordinaria (1). Sería fácil (*) Pierre Janet, L'automatismo psychologique. PERSECUCIONES EN INGLATERRA Y FRANCIA 237 agregar aquí una multitud de ejemplos de tena- cidad que estos espíritus débiles muestran en ac- tos que han emprendido al azar y que cesan de la misma manera (4). Tales eran los rasgos sintomáticos que esa rei- na tan justamente célebre presentaba al estudio de la patología mental. Toda su vida está diri- gida por ese motor activo que, favorecido por los elementos hereditarios poderosos, pudo gobernar su espíritu dándole su temperamento intelectual. La reina Isabel era una neurópata hereditaria afectada de una histeria degenerativa. Todos sus actos están sujetos á la influencia de tan extra- viada psicología. Vamos ahora á esos grandes hereditarios que hacían en Francia con igual afán la obra perse- cutoria que Isabel y María en Inglaterra. Los Valois son exactamente lo que los Tudor en Inglaterra y los Austria en España, con dife- rencias de intensidad sin duda, pero con igual característica frenopática . Dice Trelat que esa familia es un ejemplo clí- nico vivo de las neuropatías hereditarias que de- bilitan la mente y concluyen por aniquilar el yó de los enfermos. Una gran predisposición here- ditaria y las perturbaciones psíquicas que halla- mos al estado latente en algunos de los miembros de esa familia mutilada por vicios tan profundos (') Pierre Janet, L'automatismo psychologique. 238 LA LOCURA EN LA HISTORIA que se traducen por singularidades del espíritu y del carácter, impiden la formación del yo sólido y enérgico constituido por un complejo de ideas fuertemente encadenadas (Dejerine). Asila de- bilidad y la inconsistencia de la personalidad mo- ral, y por consecuencia una especie de debilidad irritable y la poca resistencia que el yo opone á to- da impulsión, constituyen el hecho primordial, esencial, el fenómeno psicológico fundamental en sus psicopatías, el resultado inmediato, inevita- ble, fatal O. Todos los variados grados de las frenopatias más grandes se encuentran en esa familia, baraja- dos por la herencia y mantenidos por un medio ade- cuado que las cultiva, atenuándolas unas veces, aumentando otras su virulencia. Algunos, como los antisociales de Mausdley, se han mostrado vivamente predispuestos á la locura sin entrar francamente en ella, aunque dentro de esa imbecilidad moral que los hace insensibles á todo sentimiento humano; otros expresaban su desequilibrio cerebral, ó por las alucinaciones co- mo Carlos IX, ó por las explosiones de violencia, los terrores nocturnos, las perversiones déla idea- ción ó las concepciones delirantes de cierto orden. Desde sus más remotos abolengos les viene la ma- la semilla de sus vicios mentales. Segunda rama de losCapetos, subió al trono de Francia en 1328, (') Jacoby, Lo pouvoir (La sélcction), pág. 25. PERSECUCIONES EN INGLATERRA Y FRANCIA 239 con Felipe VI de Valois, nieto de Felipe el atrevi- do é hijo de Carlos de Valois y de Margarita de Sicilia (Jacoby, 381). La familia real se había extinguido en todas sus ramas, las ramas real de Anjou, de Berry y de Bourgogne, en la locura, las muertes prematuras, la esterilidad y las neuropa- tías. La casa de los Valois-Orleans sube enton- ces al trono de Francia, pero se extingue en su primera generación y la corona pasa á la dinastía de Angouléme. Francisco I es el jefe de esta rama: cerebro he- rido como pocos de su raza por ese defecto del mecanismo mental que se traducía por un conjun- to de facultades negativas, aunque brillantes, que le daban grandes apariencias, ocultando una este- rilidad efectiva, tuvo como los otros Valois una parte importante en las persecuciones religiosas del siglo xvi. Cuando, previa una prudente disección psicoló- gica, uno estudia estas grandes ilusiones de la historia, como las llama Paul Groussac, el senti- miento de admiración decae bruscamente ante la pequenez real de sus caracteres morales. La patología mental, si bien es fría y tal vez desespe- rante para el platonismo histórico de Wildema- yer, cura indudablemente las obsesiones del entu- siasmo inconsciente, su macropsia solemne: don- de el patriotismo suele ver grandeza, ella muestra las gruesas fibras de la hipertrofia, y allí donde la pasión histórica ó el error panegirista cree descu- 240 LA LOCURA EN LA HISTORIA brir la concepción grandiosa del genio, su mano hábil sorprende los lincamientos grotescos de un delirio megalomaníaco. Los ingleses parecen con- '« fundir á menudo el vientre hidrópico de Enrique VIII con su grandeza; porque el estómago absor- bía todas las fuerzas de su espíritu, y ese gran co- milón, Tudor por los cuatro costados, no era otra cosa que una deesas ilusiones, un gran cínico co- ronado, nada más, venal hasta lo increíble, sen- sual y tan ávido como orgulloso, tan mal marido como pobre político, sin el sentimiento, siquiera, de la independencia nacional, tan poderosa en la raza inglesa^). Francisco I ha adquirido « un nombre como pro- tector de las letras, y diríase que con esto ha sedu- cido á los hombres de estudio que han escrito sit historia »; pero cuando se examina sin preocupa-: ciones sus guerras y sus negociaciones, la gran- deza del Rey Caballero desaparece como un sue- ño^). Es que esas inteligencias quebradas por defectos cerebrales intensos llevan eternamente • la cadena que los ata al suelo: sus concepciones no son nunca elevadas, grandiosas; son incapaces de tener grandes y fecundos pensamientos; he- cho que contrasta singularmente con el desarro- llo á menudo exagerado de sus facultades imagi- (') Laurent, Estudios históricos. Las-Nacionalidades, to- mo X, pág. 77. (*) Laurent, loe. cit. PERSECUCIONES EN INGLATERRA Y FRANCIA 241 I*. nativas Q), como sucedía con Francisco I, que en razón de la estrechez de sus ideas era poco susceptible de grandes generalizaciones. La aso- ciación de las ideas, la reflexionólas facultades inductivas ó deductivas son pobres en general y exactamente en relación con la exigüidad de su concepción. Algunos tienen grandes pretensio- nes poéticas, inclinación pedantesca y estéril á las letras, y producen imperturbablemente, como dice Maguan, á quien pertenece esa observación, verda- deras monstruosidades, con una fecundidad de mala ley. El cuadro del estado mental de esos degenera- dos superiores, según los llama el célebre profesor de ..Sauta-Ana, reproduce en gran parte el del débil dé espíritu. Las ideas y los actos pueden ser extravagantes, ilógicos^ extraños, si bien es cierto que hay algo de menos mezquino, de menos estrecho, de moin guindé que en la manera de ser del débil; en una palabra, en el degenerado supe- rior hay siempre un sello de inteligencia, se ve que posee todo el rodaje de su mente, pero que no satye hacerlo funcionar, que da traspiés á ca- da instante f). Los individuos de esta catego- ría, dice; Mágnan, pueden pertenecer á las cla- ses más elevadas de la sociedad, a las clases diri- gentes; pueden ser magistrados, diputados, etc., .(') 1 egrand, Du delire c/tez les degeneres, 1886. . (*) Legrand, Delire, etc., pág. 36. LOC. BN LAHIST. 16 O40 LA LOCURA EN LA HISTORIA y es esa una prueba de que la desequilibración debe ser, según él, cosa muy distinta del pensa- miento mismo, puesto que es compatible con la inteligencia de un genio como con el estado mental de un idiota (*). Si hay algo que iguale á la desmedida ambición de Francisco I, es su incomparable nulidad. En- tregó, dice Laurent, su gobierno á favoritos. La milicia francesa en su heroico entusiasmo, venció á los suizos que pasaban por invencibles y con- quistó para su rey el hermoso ducado de Milán. Se ensalza á Francisco por haber contenido el po- der creciente de la casa de Austria y por haber * salvado á la Europa de la monarquía universal; pero la verdad es que no hay un asomo de idea política en el rey de Francia (2). No tenía más que una ambición, un sentimiento, una verdadera idea fija, una obsesión perfectamente enfermiza: el ducado de Milán, que lo perseguía como un fantasma. Que se lo dé Carlos V, y lejos de con- trariar sus designios, Francisco le ayudará con to- das sus fuerzas á hacerle monarca y el mayor príncipe que hubo jamás en la cristiandad (3). Las ofertas de Francisco en este sentido excedían de todo lo creíble; se inclinaría uno á creerlas calumniosas, si el rey no se hubiera temado cui- (') Véase: Legrand, Delire, etc., pág. 36. (s) Laurent, loe. cit., pág. 71, tomo X, Las nacionalidades. ;3) Laurent, loe. cit., Carta de Carlos V al Conde de Reux, 19 de abril de 1535 (Papeles de Granvella, tomo II, pág. 345); Du Bellay, Memorias en Petitot, tomo XXIII, pág. 338. PERSECUCIONES EN INGLATERRA Y FRANCIA 243 dado de consignarlas en las instrucciones dadas á sus enviados. Hay más todavía: lo que constituía el poder de la Francia en su lucha contra Carlos V, era la división de la Alemania; «los príncipes ale- manes eran, pues, los aliados naturales de los ene- migos del emperador ». ¿Y qué hizo Francisco I ? Si se le daba á Milán, «se pondría á disposición de Carlos V para restablecer la unidad de la igle- sia en Alemania, y aun con eso no hemos acabado con sus increíbles ofertas ». « Enrique VIII había realizado el cisma, parecia el aliado de la Francia, y si alguna alianza debía ser cultivada, era la de los protestantes de Inglaterra, porque mientras estuviere separada de Roma, la reconstitución del sacro imperio romano sería imposible». Pues bien, para obtener á Milán, el rey de Francia se obligaba á tomar las armas para hacer obede- cer á Enrique VIII la sentencia de la iglesia. No es esto todo. « El rey de Francia se ofreció además á hacer traición á sus aliados de Italia y de Alemania, y todo por la grandeza y aumento del señor emperador y del rey de los romanos, su hermano» Q. Se atribuye á Francisco I, como una gloria, el haber salvado la reforma; fué, es verdad, aliado de los protestantes de Alemania; pero ¿lo era por defender la libertad religiosa? Para (l) Memorias de Du Bellay en Petitot, tomo VIII, pág. 293. 244 LA LOCURA EN LA HISTORIA los que conocen las crueles persecuciones de Francisco contra los hugonotes, nuestra pre- gunta parece una necedad; sin embargo, oiga- mos al embajador de Francia cerca de los prínci- pes protestantes: ((Elrey confiesa que se ha equi- vocado en materia religiosa; reconoce que los alemanes que siguen á Lulero profesan la ver- dadera creencia O, y como sabe que el empera- dor quiere convertirlos por la fuerza al catolicismo les ofrece su apoyo para conservar su libertad» (2). Por aquel mismo tiempo, el Rey Caballero negocia- ba con Carlos V el obtener á Milán y le proponía reducir á los protestantes por la fuerza! Indicaba al legado que no se debía entrar en discusión con los innovadores, que no se trataba de escucharlos, sino de compelerlos, y Francisco tomaba efectiva- mente medidas en su reino para exterminar aquella desdichada secta luterana (3). Todo se había reunido en este famoso príncipe para despertar las predisposiciones hereditarias y determinar su temperamento intelectual anómalo: traumatismo, sífilis, abuso de los placeres de (') Relación del Arzobispo de Lunden á Carlos V (Lanz, Correspondenc, tomo II, pág. 144). (J) Brestchneider, Corpus refcrmatorum, tomo II, pági- na 1014. (3) Laurent, op. cit., pág. 73, tomo X; Raynaldi, Annales ad 1540, tomo VIII, pág. 534; Floquet, Historia del parla- mento de Normandia; Filón, Historia de la Europa en el si- glo XVI; Correro en To.maceo, Relaciones de los embajadores venecianos, tomo II, pág. 250; Marino Cavalli, 1546, en Al- beri, Relasioni, tomo I, pág. 232; Michelle Soprano, 1559, en Alberi, etc. (citado por Laurent en su conocida obra). PERSECUCIONES EN INGLATERRA Y FRANCIA 245 todo género, alguna de cuyas expresiones puede bien haber sido una manifestación de la herencia frenopática, enfermedades de las vias urinarias, libertinaje «assez nettement établie», como dice Corlieu (*). Luego viene su hijo Enrique II, marido de aquella Catalina de Médicís, « que, esposa, envi- leció la fidelidad conyugal por grandes y bajas complacencias, que como madre deshonró el amor maternal corrompiendo á sus hijos para tenerlos mejor bajo su dependencia celosa, y como reina, en fin, sumió á la nación en un abismo de males por su duplicidad, sus intrigas, sus debilidades » y por sus odios nativos á toda la gente honrada (2). En- rique II desempeñó papel aún más importante que su padre en las persecuciones religiosas en Francia, y por sus ascendientes como por los hijos llenos de lacras mentales y nerviosas, representa una etapa más en el ciclo de la decadencia de la raza, tan agotada por las muertes prematuras y la esterilidad; Francisco II, enfermizo, escrofuloso y débil de espíritu, apellidado el rey sin vicios y sin virtudes, muerto prematuramente y sin hijos; Enrique III, neurópata, libertino é incestuoso; (') Sobre las enfermedades de Francisco I puede consultarse á Corlieu, La mort des Rois do Franco depuis Francois 1" ju'qu'ñ la rcvolution francaise; Cullerier, De quolle maladie est mort Francois 1"? 1856; Brantóme, Les dames illustres, Dix VI, Madama Claude de France; Chereau, Les médecins de Francois 1" (Unión méd., 1863, n° 87 y 88); Sauval, Élem. hist. concernant les amours des Rois de France, París, 1739. (*) Augusto Laugel, Fragments á"histoire, 1886, 127. 246 LA LOCURA EN LA HISTORIA Carlos IX, alucinado; Margarita de Valois, histé- rica, inteligente y tan libertina como su hermano, etc., etc.; Enrique II tiene entre sus grandes he- chos el establecimiento de aquella chambre ayú- dente, institución especial contra los herejes, que procedía con tal violencia, con rigor tal que un edicto de 19 de Noviembre de 1549, que entrega- ba á los jueces de iglesia el juicio de los procesos de « herejía simple », pareció casi un relajamiento del rigor Q). El despotismo instintivo del condestable y la política de los Guisa adherían en favor del rigor en las persecuciones del rey. Diana era, si cabía, aún más hostil á esos reformados y herejes, cuya austeridad les obliga á respetar poco las queridas del príncipe (2). Á consecuencia de un ultraje que un sastre herético dirigiera á Diana, el rey furio- so resolvió asistir en persona al suplicio y hacerlo quemar vivo. El 4 de Julio de 1549, después de una procesión y fiesta en que Enrique renovó el juramento de extirpar la herejía, una hoguera fué levantada en la calle Saint-Antoine, «el sastre su- bió allí acompañado de cuatro herejes más, y cuando apercibió al príncipe recostado en un bal- cón del hotel de la Roche: il seprit á le regarder sifort que rien ne Ven pouvoit detoumer. Esa mirada fija, obstinada, penetrante, despertó un terror supersticioso en el alma desequilibrada de i1) Henry Martin, Histoire de Franco, tomo VIII, pág. 399. (2) Henry Martin, Histoire de France, tomo VIII, pág. 399. PERSECUCIONES EN INGLATERRA Y FRANCIA 247 Enrique. Abandonó el balcón, dice un historiador francés, afectado de tal manera por la imagen del pobre diablo, que durante muchos días con sus noches una alucinación aterradora, de esas alu- cinaciones pavorosas de los bebedores en pleno delirio, lo persiguió constantemente sin dejarle una corta tregua para conciliar el sueño. Bajo la impresión de aquel corto delirio sensorial, el rey juró no volver á ver quemar á ningún otro, pero sí de seguir quemando herejes con la misma saña de alucinado con que había iniciado su reinado (*). Viene luego Carlos IX, el rey de la Saint-Bar- thólemy, hijo del anterior y con síntomas freno- páticos más acentuados. Carlos IX es un aluci- nado, nieto de un sifilítico y sifilítico él también, (fit morbus her editar ius et transit a paireadfi- lium), y sobre lo que no hay duda, como dice Fournier, y que surge inmediatamente de la ob- servación clínica, es que la herencia sifilítica, en razón sin duda del empobrecimiento relativo que inflige al organismo, constituye una predisposi- ción poderosa á diversas enfermedades. Es incon- testable, por ejemplo, que los niños heredo-sifi- líticos están esencialmente sujetos á las afecciones del sistema nervioso (2) precoces ó tardías. Carlos (') Theodore de Beze, Hist. ecclesiast., tomo II, pág. 79; Henry Martin, Histoire de lrance, tomo IX, pág. 399. (2) Fournier, Uhérédité syphilitiquo, Locons cliniques re- cueillies et redigées par Portalier. 248 LA LOCURA EN LA HISTORIA IX además tomóla como cualquier otro cortesano vulgar en sus peregrinajes libertinos, porque como decía el poeta... la garde qui vcille aux barrieres du Lóuvre ríen defend pas nos rois. Lo que es indudable es que ese rey tan mal tratado por la herencia y por la Historia, fué un alucinado, y que antes y después de la famosa matanza de Saint Barthélemy, tuvo alucinaciones con los ca- racteres aterrorizadores que despertó el supli- cio del sastre en la imaginación de su padre. Carlos IX murió á los veinte y cuatro años, ago- tado por el libertinaje y el abuso de los placeres. Tenía el cuello contracturado y movimientos con- vulsivos en la cara; « á los veinte y cuatro años era un maestro para el disimulo, y manifestaba el más grande apego á las personas cuyo asesina- to tramaba fríamente. Tuvo el triste coraje, des- pués de la Saint-Barthelómy, de insultar los res- tos de Coligny, á quien él llamaba su padre». Carlos murió en un estado de locura completo y ya se sabe qué influencia tuvo esa locura en sus determinaciones más violentas. Enrique III es otro tipo de neurópata, extra- ña organización, llena de extravagantes con- tradicciones: «bravo y afeminado, de espíritu brillante y pueril; sagaz y despreocupado, caballe- resco y asesino; devoto, incestuoso y entregado á un vicio infame; su médico Mirón decía que mo- riría loco muy pronto ». Todos esos hermanos por la sangre, el libertinaje y el incesto, mueren más PERSECUCIONES EN INGLATERRA Y FRANCIA 249 ó menos jóvenes, después de haber perseguido la herejía con saña igual. Francisco II á los diez y seis años, Carlos IX á los veinte y cuatro, Enri- que III á los treinta y seis, Francisco de Alencon á los treinta, y por fin el quinto hermano, muere en la cuna. De los cinco, sólo Carlos IX deja pos- teridad, un bastardo en cuyos dos hijos se extin- gue definitivamente la raza (*). De los cinco hijos de Enrique II, dos mueren en una edad tempra- na; Isabel tuvo una posteridad eminentemente neuropática; Margarita, inteligente pero libertina é incestuosa, no tuvo sino bastardos que murieron también prematuramente (Jacoby). La influencia déla mujer ha sido en todas las épocas igual tal vez, pero ninguna como en aquellas en que por la mano y el influjo de los grandes políticos del sexo femenino, han escarbado y con- movido todos los pueblos de la Europa con la na- tural inclinación á la intriga. Una atolondrada cualquiera deshacía con una palabra indiscreta una campaña. ¡ Qué no harían las histéricas con esa virtuosidad excepcional pa- ra la intriga y el engaño dramático! La corte de Catalina de Médicis encerraba, se- gún las pintorescas descripciones de Brantome y de Laferriére, una ratonera de neurópatas. Las atrac- ciones de su entourage eran irresistibles; parecían, dice Bouchot, un infierno alegre, sobre el frontón (') Jacoby, La sélection ches l'hómme, pág. 397. 250 LA LOCURA EN LA HISTORIA del cual podía grabarse, en contraposición á la frase del Dante, « Preñez toute esperance vous qui entrez ici». El caballero joven y un poco des- provisto de incómodos escrúpulos que franquea- ba su dintel, tenía la fortuna hecha, sobre todo si caía bajo la mano apasionada de alguna de las famosas detraqué del sistema nervioso. Una ar- diente atmósfera de desorden y de perversión enfermiza circulaba en toda la corte, conmo- viendo constante y violentamente tanto cerebro en pleno desequilibrio. Basta leer las páginas inte- resantes que han escrito Brantome y los contem- poráneos: La Fortune de la cour, á continua- ción de las Memoiresdela reine Marguerite, las indispensables crudezas délas Femmes de Bran- tome, de Bouchot, para darse una idea del com- pleto desorden. Se conversaba en el lenguaje li- bre é indecente y se acababa en la orgía y en los amores macabros. La expresión más visible de la neurastenia de estas cortesanas perpetuamente excitadas, era esa forma lasciva y erótica tan fre- cuente en la época en que los órganos genitales y los sentidos primaban de una manera deplo- rable sobre la inteligencia. El siglo xvi, que ha conservado en la historia un nombre glorioso, ha sido de histerismo y de locura: «aucun siécle ne fuit plus souillé que le seiziéme sié- cle », dice Henry Martin en su Histoire de Fran- ce. El origen de la excitación que desorganizó tanta cabeza naturalmente débil ó inferior, que PERSECUCIONES EN INGLATERRA Y FRANCIA 251 sirve de etiología á este desordenado nervosismo de todas las cortes, y que no sé por qué se ha creí- do por algunos espíritus poco observadores pa- trimonio exclusivo de este siglo xix, se encuen- tra principalmente en el fuerte sacudimiento que las guerras y controversias religiosas habían pro- ducido en todo el mundo. Calmeil, Littró, etc., etc., y muchos otros autores antiguos y modernos nos informan de la difusión de esta enfermedad, sobre todo en las clases elevadas. En aquella época las epidemias de locura y neurosis, porque efectivamente afectaban algunas veces ese carácter, revestían las formas más variadas, ya fuera que invadieran los con- ventos, donde eran más frecuentes, ó las cortes, donde la forma mental parecía común. La liber- tad de lenguaje iniciaba la más simple manifes- tación del desorden del sentido genital, el más es- timulado por la licencia y la impunidad; la libera- lidad se hacía poco á poco excesiva, y en este punto el campo femenino, dice el famoso Brantome, no cedía en nada á los grupos de caballeros. Trabadas á media voz estas curiosas batallas de palabras, para no ser sorprendidas y porque había más estimulación en el misterio, concluían en una verdadera orgía bestial. Brantome dice que eran a plus débordées quun cheval de Ber- berie ». « On les nommait marquises debe lie bou- che, tantelles poussaient l oin de brocard» (Bou- chot, Les femmes de Brantome). Expone otro es- 252 LA LOCURA EN LA HISTORIA critor que ha estudiado la mujer de la época de Catalina de Médicis: On voyait souvent dans les assemblées d'hommes et de femmes, dice Mor- dret, que es á quien me refiero, de hautaines per- sonnes, en semblance deparler fort posément a leurs serviteurs qui leurs debitaient cependant des sornettes a les rendre fous, et les pipoient car elles leur disoyent des paroles si friandes quelles et eux se corrompoient ». El empleo de palabras sucias ú obscenas aparte de ser una ma- nifestación peculiar de ciertas formas raras de la neurópata degenerada, es siempre un producto de esa especie de vago y pasajero subdelirio que se apodera de la mujer cuando el deseo genésico afecta proporciones excesivas. Algunas de ellas sin presentar jamás fenómenos de erotismo franco ó de la ninfomanía que puede.complicar la neurosis aunque muy excepcionalmente, tienen una cierta excitabilidad genésica y son por lo general libres en su lenguaje, empleando palabras expresivas ó crudas para pintar sus sensaciones; y se ve fre- cuentemente en los hospitales, dice Axenfield y Huchard(a), como en la clientela civil, mujeres que experimentan un singular placer en hacerse sondar todos los días durante semanas enteras, y otras que simulan una afección de la matriz y que vienen sin cesar á consultar al módico y á re- clamar un examen de speculum. Todas esas ma- C) Les Névroses, pág. 968. PERSECUCIONES EN INGLATERRA Y FRANCIA 253 infestaciones variadas, desde la simple forma ver- bal hasta el delirio más ó menos fuerte, aunque sin llegar á la excitación de la ninfomaníaca, eran de las tantas expresiones de aquel nervosismo Q: el nervosismo de las cortes. La influencia del medio hacía mucho en la desenvoltura peligrosa de tan curiosa perversión sexual con tendencias neuropáticas. El arte libre y sensual tenía una parte impor- tante en su etiología : desempeñaba para esas na- turalezas mal inclinadas el rol de agente provoca- dor. Las murallas estaban cubiertas de pinturas representando de una manera cruda los amores de los dioses; las tapicerías contaban cosas alegres; las estatuas desnudas atraían las miradas de todas las mujeres. Era necesario el ilogismo singular de estas épocas para querer impedir en tales aglo- meraciones de jóvenes y mujeres lindas les peches divins étalés partout aux yeux (Bouchot, pá- gina 165). Estas vistas eran las fiestas de Mon- señor Satán; salían de allí, pobres mujeres, con las cabezas preñadas de historias malignas que los enamorados aprovechaban hábilmente en las pri- meras sorpresas de los sentidos (pág. 165). La vida malsana y febril mantenida por la promiscui- dad de los viajes, ó la lectura de libros italianos, ó (•) Véase: R. de Kraft-Ebing, Le psicopatie sessuali: Studio clínico legali; Mantegazza, Fisiología dell'amore; Moreau (de Tours), Des abérrations du sens genésique; Jacijues Antoine Delaure, Dos dicinités generatrices ou du cuite du phallus; Ball, Folie érotique. 254 LA LOCURA EN LA HISTORIA las libres conversaciones «fust aux chambres des reines et princesses, fust ailleurs » producía, dice un escritor francés á quien copiamos estos párra- fos, un enloquecimiento, un estado nervioso agu- do, que hacía olvidar las más bellas resoluciones, desorganizando las cabezas. Los amores extrava- gantes, los impulsos violentos, la manera de ser romanesca y fantástica, las denuncias, las intri- gas, hasta el tipo transparente y etéreo de muchas de ellas, eran otros tantos rasgos que mostraban de un modo crudo toda la sintomatología de su de- sequilibrio franco y proverbial. Las coquetas, agrega Henry Bouchot, no se contentaban ya con los paseos y amores vulga- res de la moda antigua; buscaban las excentrici- dades, las orgías extravagantes y enloquecedoras, en que los amantes podían morir á sus pies. Una de ellas ha arrojado su guante á la arena en que tres leones han sido allí abandonados para la di- versión del rey y entregará su mano á aquel que lo recoja. M. de Lorges desciende al circo, toma en la mano su espada, cubre su mano con la capa, y las fieras lo encuentran tan ridículo que lo de- jan pasearse tranquilamente en medio de ellas. « Daos con la daga en vuestro brazo si me amáis tanto», exclama una de aquellas vírgenes locas, suspirando y dirigiéndose á Claudio de Clermont- Tallard... y él iba á ejecutar tan disparatado pro- pósito, cuando Brantome lo detiene riéndose. Un Genlis, muerto después á consecuencia de la mor- PERSECUCIONES EN INGLATERRA Y FRANCIA 255 dedura de un perro rabioso, se arrojó al Sena aun cuando nageat comme une pierre, para sacar un pañuelo que había tirado su querida f1). Las menos perdonables audacias tienen un alto precio: los tiempos de los sentimientos poéticos y dulces han concluido... Y todo iba así. Era una agitación es- tupenda que organizaba las bandas de neurópatas que pueblan todas las cortes. Catalina de Médicis, que parecía una poli tica há- bil y perseverante, reclutaba entre ellas los ele- mentos secundarios aunque importantes de sus maquinaciones políticas. Había comprendido la ductilidad y fácil ma- nejo de esos caracteres vivamente sugestionables, la importancia para sus fines de ciertas faces en- fermizas de su índole extravagante, el secreto, en fin, de ese mecanismo nervioso que se mueve y se detiene bajo influencias tan contradictorias. Ma- nejábalas con inteligencia y supina viveza, sin importársele mucho de los sacudimientos violentos que introducía en sus nervios viciados por una larga sucesión de causas á cual más deletéreas. ¡ Cuan provechoso no ha sido para el éxito de muchas de sus pequeñas campañas políticas, la introducción de este elemento desconocido para todos, pero cuya utilidad la reina madre conocía por instinto! Sería largo analizar uno por uno todos los síntomas evidentes que caracterizan cla- (') Bouchot, Les fommes de Brantome, pág. 166. 256 LA LOCURA EN LA HISTORIA ramente esta neuropatía de las mujeres de aquella corte lujuriosa y desordenada: « On comprendre en lisant ees croustillantes anácdotes, que les vieux Gascons pudiques aient choisi leurs fem- mes en deca du port de Pile en Poitou)) (Bou- chot, pág. 176). Las mujeres de Brantome, «pim- pantes, etourdies» y serias á la vez, alternativa- mente locas y reposadas, devotas y corrompidas con esa disciplina en el vicio tan peculiar de la corte de Catalina, son excepcionalmente desarmó- nicas (1). « Las tiernas nerviosas » de que ha- bla Rousard, son las vaporosas de Loyer Viller- may, sin tener todavía el acompañamiento nece- sario de síntomas para hacer las demoníacas y poseídas de otra época que representa el supremo paroxismo del mal. Todas resaltan y brillan por ese sello de lo- cura que les da su neuropatía incoherente. Ma- dame de Nevers, la demoiselle de Fering, Mlle. de Duras y de Belharne, etc., y el interminable acompañamiento de Margarita de Valois han vi- vido en una cruel y continuada agitación morbosa. De un carácter de fuego, caprichoso y violento, esas folies et endiables, como decía el duque de Nevers, caracterizando el tipo patológico en una frase pintoresca, han tenido una influencia efec- tiva en todas las intrigas políticas de su reinado: (') Véase: Brantome, Les femmes galantesj/flswscHOT, Los /ommcs do Brantome; Histoire de France, Henry Martin, tomo 9°. . PERSECUCIONES EN INGLATERRA Y FRANCIA 257 «las incoherencias de sus cerebros atormentados » habían llevado la orgía y la locura hasta un ex- tremo increíble; la depravación era monstruosa y los nervios realmente tendidos y forzados daban algunas veces un aspecto repugnante á las explo- siones de esas verdaderas endemoniadas. Jacques Patin nos ha conservado la fisonomía reveladora de semejantes soirées; detalla los tipos anémicos y transparentes de muchas de sus concurrentes más asiduas; las telas deoro, los cortes inusitados y realmente estrambóticos de sus corsees, los cuellos monstruos desenvueltos en abanico, las mo- das del día y por supuesto de «l'honnéteté» de todas. Por su parte, Balthazar de Baujoyeul, el amigo de Brantome, el gran maestro de ceremo- nias y « metteur en scéne » de la corte, abunda en detalles largos ó interesantes sobre las femmes demoiselles del Palacio Bourbon. Francois Clouet, prestigioso obrero, el maestro incomparable, como se le ha llamado, nos ha conservado con su lápiz la estampa de todas aquellas mujeres, sin quitarles ni ponerles nada (*). La Reina no amaba el ruido, sin embargo de la tendencia natural de sus mujeres á todo lo que era ostentación. Tendía sus redes y hacía sus intrigas fomentando el proverbial amor á la mentira y á la superchería que tienen todas ellas. La Corte, influida por el espíritu de comadrería (J) Bouchot, Les femmes de Brantome, pág. 123. LÜC. EN LA BIST. •» 17 258 LA LOCURA EN LA HISTORIA del ejército de desequilibradas que la seguían inseparablemente, tenía el doble aspecto extra- ño que le daba el vicio incomensurable que la ha hecho célebre. Esgrimía una arma temible contra sus adversarios, y tanto más temible cuanto que nadie sabía como ella el éxito de esos proce- dimientos irresistibles empleados con la inapre- ciable oportunidad con que solía aprovecharlos. Los príncipes alborotadores y aventureros son atraídos á la corte con cualquier pretexto. Lle- gan completamente ocupados de sus graves asun- tos, resueltos á defenderse de las truhanerías de esa reunión satánica (*). Son inaccesibles « impy- toyables », como si vinieran perseguidos por algu- na obsesión maligna. Se discute grave y fría- mente con ellos; no se les hace la menor galante- ría: están orgullosos y persuadidos del vigor de su resistencia...; pero en la antecámara de la reina hay una dama hermosa, desmayada, tendida laxa- mente y como presa de algún mal extraño, anegada en llanto ó dejando errar en sus labios una sonrisa provocadora: hay allí la simulación metódica y oportuna de un ataque, para tocar el corazón em- pedernido del desdeñoso. El resultado es siempre el mismo : la superchería ha herido el blanco y la relación queda estrechada por el infortunio. Este es el procedimiento más ordinario. Cata- lina elije siempre «la plus fraiche del'escadron», (x) BOUCHOT, loe. Cit. PERSECUCIONES EN INGLATERRA Y FRANCIA 259 laque simula mejor una timidez y un candor ado- rables (la plus timideen apparence). Después la simulación de un rapto, esos raptos que son la nota más chillona de la vida de las neurópatas romancescas, comprometen la seriedad de los más graves asuntos y del príncipe enamorado. Una vez dado el primer paso, el desarrollo de la co- media corre por cuenta déla reina madre: sus de- dos manejan esos sistemas nerviosos, dóciles en medio de sus transportes violentos contradicto- rios, con la hábil virtuosidad con que sólo ella sabía hacerlo. Fué así cómo Antonio de Bour- bon, Rey de Navarra, encontró su clavo agudo en una de las famosas degeneradas de la corte de Catalina: Louise de la Beraudier. La historia es larga y revela una de las tantas intrigas políticas de Catalina en que esas niñas terribles represen- tan un rol importante (Bouchot, pág. 180). Isabel, mujer de Felipe II, para terminar con esos Valois, agobiados por la multiplicidad de es- tigmas degenerativos que retrata su raza, era también una pobre neurópata, aunque inocua é inofensiva. Como su hermana Margarita, tenía hasta los ataques de sofocación y el 60/0 clásico de todas las de su índole patológica. Con un buen concurso de predisposición hereditaria, encontró pronto causa suficiente para la explosión de su enfermedad en el carácter de su sombrío esposo, capaz de producir la locura declarada, no ya el his- terismo, en el más inconmovible temperamento. 260 LA LOCURA EN LA HISTORIA Felipe II era su marido por imposiciones y com- promisos políticos, nada más; su carácter áspero, misántropo y de una rudeza inquisitorial, llevaba en su trato íntimo los gérmenes de la locura por ese profundo tedio que inspiraba su- contacto. La habían llevado á España como gaje de paz, á en- tregarla en brazos de aquel gato amarillo, cruel y silencioso, sombreado por los colores desteñidos de la escrófula y déla anemia; místico y devoto, con el misticismo repugnante y sospechoso, que comparte sus horas entre la oración y los placeres venéreos más exigentes. Reina á los 14 años, vale decir, naturaleza forzada, cerebro sobrecargado, excitado anormalmente por una carga inadecuada para sus fuerzas morales é intelectuales aún casi impúberes, á edad tan temprana era la situación de espíritu, á la vez más difícil, la más segura causa de una pronta desorganización mental. Esta precocidad de las reinas y princesas en el desempeño de sus funciones reales, hacía que to- das adquirieran rápidamente el surménage sensi- tivo, que como elemento etiológico de la locura es peor sin duda, que el intelectual y que, ó las mataba prematuramente, como sucedió con ésta y con multitud de princesas, ó las enloquecía obli- gándolas á arrastrar una vida miserable como Jua- na, la famosa madre desventurada de Carlos V. ¿ Os imagináis un reinado á los 14 años, y una estadía obligada para una Valois fantástica, como todas, heroína desdichada de un drama misterioso PERSECUCIONES EN INGLATERRA Y FRANCIA 261 y lúgubre, cuyos actores eran: un príncipe aliena- do ó impulsivo, y una corte de prevostes é in- quisidores?... Tenía la nostalgia de Saint-Germain (Bou- chot, pág. 201); el clima de Aranjuez era un ve- neno para sus nervios, y Fourquevaux, sin embar- go, la había visto, soubz ung grand pavillon de damas cramoisi si chaudement qu il ríestpossi- blede mieux. Elle avoit la parole bien bonne et le sourire accoustume, neamoins son visage est bien maigre et blesme (Bouchot, pág. 202). Al darle un acceso de fiebre, escribe un Embajador de Inglaterra á la reina Isabel (Ms. Rec. of n° 635, Challoner to the queen, 27 agosto, 1564), le sangró un módico español, contraía opinión del médico italiano, y al día siguiente abortó dos ni- ños, después de tres meses de embarazo; entró luego en delirio y cayó después en letargo. A los catorce días de enfermedad, declararon sus médicos que no se salvaría: «no habla» decían, y «tiene la boca contraída hasta las orejas, y pa- ralizado el brazo derecho ». En los mismos términos participaba el Embaja- dor de Francia á Catalina, los progresos de la en- fermedad y el tratamiento impuesto por los mó- dicos: sangría dos días seguidos, lo que la puso en tal extremo que los médicos redoblaron su fu- ror sanguíneo, sangrándola por tercera ó cuarta vez en el pie y en agua (!) y después en lo alto de la frente, y ventosas una infinidad de veces (Ms. 262 LA LOCURA EN LA HISTORIA Bibliot. nac. fran. n", 3172, f. 107, Forneron). Sus módicos le han sacado aún dos veces sangre, dice el embajador veneciano ; no saben más reme- dio que éste para todas las dolencias (carta de Slanzo, citado por Gachard, Felipe II y Don Carlos, pág. 90); tras de esto, unas purgas de agárico que le produjeron hasta treinta y dos ó treinta y tres cámaras... Esta breve descripción del tratamiento de la enfermedad de Isabel, servirá para demostrar cuá- les y cuántos eran los elementos etiológicos pode- rosos que circulaban, produciendo, en todos, esta forma tan generalizada de perturbaciones nervio- sas . En España, al parecer más brutalmente que en otros pueblos, pero en todas partes con varian- tes más ó menos humanitarias y por la misma conjugación, actuaban todos en grados igualmen- te intensivos. Todas estas pobres reinas, princesas y cortesanas, no podían curar un forúnculo sin una copiosísima sangría, que, en un crescendo in- quisitorial, acababa con la vida del paciente, des- pués de haber dado al traste con sus nervios. Esa era la terapéutica, cómplice poderoso de otras causas, que ha estudiado en su libro reciente Georges Guiñón, Les agents provocateurs de l'hystérie, en lo que se refiere á los tiempos mo- dernos, pero que en los de antaño obraban tam- bién muchos de ellos que son de todos los tiempos y que iban desequilibrando con la anemia los ce- rebros de todo el mundo. SEGUNDA PARTE CAPÍTULO I PSICOLOGÍA DEL INQUISIDOR ESPAÑOL Sumario: Dificultad que presenta el estudio psicológico de los inquisidores.— Quiénes eran y quiénes podían ser los in- quisidores.— Aptitudes y extructura mental adecuada al ofi- cio.— Reclutamiento de inquisidores.— De dónde procedían y cuál era su educación.— Analogías de organización física y moral.— Desenvolvimiento psicológico de un inquisidor.— ¿ Los sentimientos y las ideas imprimen á la fisonomía y á la actitudes del cuerpo peculiares expresiones?—Los retratos de los inquisidores.—Impresión que dejan en el espíritu.— Patogenia de su delirio de persecuciones.—Influencia de las costumbres españolas del siglo xv sobre ellos. —Perseguido, perseguidor.—Alucinaciones y terrores.—Aparición de su estado mental por el contagio de la alucinación.— Rasgos pe- culiares de su organización mental.—Aptitudes para inven- tar el tormento.— Lo que podría llamarse la mecánica del terror, era una característica especial de su imaginación.— La imaginación de los desequilibrados.—El auto de fe y la excomunión. —Una raza de inquisidores.—El amor á la ho- guera ó piromanía inquisitorial no es sino una expresión de su estado mental. —Perversiones del sentido genital.—Rapa- cidad, etc., etc. 264 LA LOCURA EN LA HISTORIA Vengamos ahora á los inquisidores que forman el medio en donde se desenvuelve la figura moral que vamos á diseñar en el capítulo siguiente. Á tan larga distancia como nos encontramos, es difícil clasificarlos con exactitud. Un grueso diafragma de dos siglos y medio de espesor se interpone entre ellos y nosotros, y sólo por un esfuerzo de observación es que podremos repro- ducir en estas páginas la figura un poco difusa ya de aquellos burgueses inconscientes que aborcho- naron tanto á su país y á su especie con el reinci- dente delito de oprimir las conciencias. Con to- do, la sensación de sus rasgos mentales principa- les, la experimenta el espíritu apenas penetra uno dentro de la sombría institución: su tipo in- telectual y moral surge como por obra de encan- tamiento, una vez estudiados, sin pasión de secta, todos los documentos contemporáneos, especial- mente aquellos destinados á levantar sus figuras deformes. Hay, pues, que hacer una discreta apli- cación del tan conocido procedimiento atribuido á Cuvier cuando según la expresión de Flourens operaba á la voz de la ciencia la reconstrucción del mundo fósil perdido entre las espesas fajas geológicas de la tierra. A medida que el tiempo y muchas otras cir- cunstancias demasiado conocidas fueron cimen- tando al Santo Oficio, el empleo de inquisidor acabó por hacerse una verdadera profesión y has- ta seductora para ciertos espíritus. Su número PSICOLOGÍA DEL INQUISIDOR ESPAÑOL 265 fué paulatinamente acrecentándose, así que se aumentaban sus prerrogativas y se multiplicaban sus éxitos. Llegó un momento en que optar á una plaza de simple inquisidor equivalía á ser más que cualquiera de las encumbradas jerar- quías de la iglesia: la defensa común, la identidad de propósito y de intereses, etc., acabó por unir- los estrechamente, separándolos no sólo délas de- más clases de la sociedad, sino lo que es aún más extraño todavía, de la iglesia misma, con cuyo clero vivieron casi en perpetua contienda. Las hirientes analogías de contextura moral que los atraían llegaron á identificarlos, dándoles rasgos comunes, á tal punto eran análogos sus procedi- mientos psicológicos y el temperamento moral que los caracterizaba tanto. No era inquisidor el que quería, sino el que po- día: aquel que llenara ciertas y determinadas propiedades de organización moral é intelectual; que hubiera nacido, diré así, predestinado por la posesión de especiales defectos ó calidades apro- piadas á su fin. Aunque algunos descollaban más que los otros, todos estaban, sin embargo, unidos por el raro vínculo de una visible deformación del espíritu y del corazón; todos poseían como carácter común la misma exaltación furiosa, la sobrexcita- ción continua, la actividad febril, «el automatis- mo del pensamiento, el tétano de la voluntad bajo el estímulo y la dirección de la idea fija», como ese otro inquisidor á su manera cuya fisiolo- 266 LA LOCURA EN LA HISTORIA gía ha escrito Taine en un hermoso libro reciente. Si bien es cierto que no presentaban los síntomas ordinarios de la locura, porque en verdad no eran locos, es decir, la continuidad característica de sus estados, la sistemática prosecución de sus propósitos alucinatorios, el arranque maníaco, manifestaban en cambio la comunidad de defor- maciones mentales, sensitivas y tal vez físicas que constituyen los estigmas reveladores de los degenerados. Y digo los signos físicos, porque sin duda aquellos hombres tenían su cerebro morfo- lógicamente mal dotado, visiblemente inferior. Casi podríamos deducir, aun cuando eso fuera entrar en un terreno demasiado hipotético, por- que no hemos tenido delante de nuestros ojos el sugeto de la observación, es decir, el encéfalo mismo, que las circunvoluciones de sus cerebros debieron ser pequeñas y escasas, sin esa amplitud, tamaño y complicación que corresponde á las ca- pacidades que tiene el hombre superior para ad- quirir las elevadas ideas de justicia, de virtud, de misericordia y de amor que tanto les faltaron Q). Como que estas ideas, según dice Mausdley, exigen para su pleno desarrollo y reproducen en su fun- ción la actividad más elevada y más variada, y manifiestan el género de función que ha determi- nado la extructura de los órganos respectivos; la substancia nerviosa celular ha aumentado de can- (') Maudsi.ey, Physiologie de Vesprit, pág. 372. PSICOLOGÍA DEL INQUISIDOR ESPAÑOL 267 tidad, agrega el mismo profesor, y se ha refina- do en calidad, de manera que la función del tejido más superiormente dotado consiste en las mani- festaciones de la inteligencia y del sentimiento moral del cual es inconsciente encarnación (*). Lo que dice el sabio profesor de University Co- llege con respecto al salvaje, se puede aplicar con ventaja á la fisiología de estos hombres y decir: para que hubieran podido elevarse á la capacidad de ideas y de sentimientos propios á los demás hombres y que representaban la más alta evolu- ción á que había llegado entonces la humanidad, hubiera sido necesario cultivar gran número de generaciones sucesivas, hubiera sido menester operar una verdadera humanización gradual, fal- tos de la cual fueron inaccesibles á todas esas gran- des ideas (2). Como el salvaje mismo, no han resis- tido á la lenta acción de la cultura y de la educa- ción y han ido desapareciendo bajo la influencia « de este doble evangelio del comercio y de la ver- dadera religión cristiana» y dejando sólo el tristísi- mo recuerdo de su paso tan estéril como depresivo. En la organización humana como en las otras cosas de la naturaleza, hay siempre una fuerza que atrae los cuerpos que se parecen; la afinidad es el misterioso imán que junta y asocia los que han surgido de un mismo molde, aquellos que han sido cortados por una misma tijera, diremos va- (*) Maudsley, Physiologie de Vesprit. (*) Véase Mausdley, pág. 372, libro citado. 268 LA LOCURA EN LA HISTORIA liéndonos de un frase vulgar pero pintoresca. Lo que en medicina moral llamamos contagio, no es generalmente otra cosa que la vibración uní- sona de instrumentos de igual sonoridad: la pro- pensión al suicidio, como las inclinaciones irresis- tibles á la embriaguez ó al crimen, se propagan porque la tentación solicita y toca naturalezas or- gánicamente propensas de antemano por vicios de organización hereditarios. En el torbellino de la vida los semejantes se van agrupando los unos al lado de los otros, atraídos por simpatías ó ten- dencias secretas, lentas y persistentes, formando grupos y asociaciones naturales é indisolubles que llamaremos elementales, como las de los crimina- les, las de los epilépticos en los maniconiios, las délos ladrones, las prostitutas, los mendigos y los degenerados de otra laya: existe de antemano la ar- monía del sentimiento, de la inteligencia, hasta de las inclinaciones y de los aspectos físicos que los une y los vincula estrechamente; son casi hermanos que se reconocen y se confunden en cierto tramo de la vida donde los echa el destino de sus analogías. La vida del inquisidor, el desempeño de ese ofi- cio ó profesión que tenía especiales procedimien- tos y exigía, pues, aptitudes morales ó inclinaciones de cierto género, sólo tentaba á las naturalezas de cierto nivel, dotadas, como vamos á verlo, de par- ticularidades sensitivas é intelectuales peculiarí- simas, á tal punto que constituyen en la historia un tipo genuino. El clérigo, sobre todo en España, PSICOLOGÍA DEL INQUISIDOR ESPAÑOL 269 acabó por formar una verdadera casta, de donde deriva directamente por lógica selección el inqui- sidor, que termina su evolución psicológica en un divorciamiento completo y hostil con los demás frailes. Á fuerza de fijar en su espíritu ciertas ideas y sentimientos especiales, propiedades ce- rebrales que requería el desempeño de su mi- sión y favorecido por el medio propicio en que se desenvolvía, acabó de completarse en ese tipo mental especial. Un núcleo de dominicos, aque- llos grandes enemigos de las letras y de los libros, parece que sirvió al principio de centro de atrac- ción al rededor del cual comenzaron á juntarse todas esas organizaciones que llegaron á constituir por su número acrecentado y perfeccionados por la herencia probablemente y la sucesión de mu- chas generaciones, el medio que sirvió más tarde de incubadora á los cerebros virtualmente dis- puestos para miembros de la milicia famosa. Y he dicho incubadora, porque efectivamente el Santo Oficio sólo tomaba ciertas calidades matrices en un carácter y hacía con ellas un inquisidor irre- prochable fundado en aquello de que á las veces basta un grano de predisposición para que el ca- rácter adquiera la peligrosa docilidad que per- mite á un medio un poco activo, inocular ideas y sentimientos de cualquier naturaleza, exterio- rizándolos con signos físicos particulares, como sucedió en este caso. Y cuando se tiene por co- laborador eficaz el instrumento del tiempo que 270 LA LOCURA EN LA HISTORIA va con su lentitud segura, operando á largos pla- zos, el éxito es doblemente eficiente, porque el pro- ducto se completa con madurez y sin precipita- ción. No era inquisidor el que quería, decíamos hace un momento, sino el que podía en virtud de un capital de propensiones y aptitudes particula- res, como no es alcoholista el que quiere sino el que puede, según la frase feliz del profesor Lasé- gue. No se hace uno alcoholista por el solo hecho de embriagarse: eso le viene porque tiene en canti- dad suficiente para serlo, el ansia mortal de beber, porque está empujado por un elemento morboso irresistible. Cuando este apetito se desarrolla en un individuo que no ha bebido todavía, ello prue- ba que es ya un hombre anormal afectado de per- turbaciones cerebrales ('). Todo contribuía á fijar y conservar un tipo. Tenía el Santo Oficio hasta requisitos que de- bían ser de una especialisima observación, para elegir sus neófitos entre ciertos y determinados individuos; se fijaba en la edad, exigía un grado especial de ilustración y de inteligencia, y proba- blemente un nacimiento obscuro y modesto, según lo deja suponer Delboye (2). Si bien es cierto que la Inquisición ha tenido grandes talentos en Giménez de Cisneros y otros virtuosísimos prelados, como Torquemada, Talavera, Valdez, (*) Laségue, La soifde Valcool. Études medicales, tomo I, pág. 421. (2) L'Inquisiüon, etc., par J. Delboye, París, 1865. PSICOLOGÍA DEL INQUISIDOR ESPAÑOL 271 etc., por regla general el cuerpo de inquisidores, la masa de la milicia, se reclutaba éntrelas inteli- gencias mediocres, las ilustraciones más escasas, las clases más inferiores, porque la Inquisición ejercía verdaderas fascinaciones para esa multitud de degenerados inferiores que iban, como he di- cho, á completar allí su formación psicológica final. En Italia, en Portugal y particularmente en España ese era el refugio de los desheredades del talento y de la fortuna, que escondían sus infirmideces morales irremediables detrás de la férrea máscara del Santo Oficio (*). Los colegios mayores ofrecen una prueba de esta verdad. Es público y notorio, dice Puiblanch, que el que pasaba sus umbrales, contaba al fin de su carrera literaria con una rica prebenda ó una buena toga, aun cuando tal vez no hubiese hecho en ello los mayores adelantamientos. Pero si «había al- guno de talento tan limitado que, como se suele decir, careciese de sentido común, siendo por lo mismo incapaz de sostener con mediano decoro ningún otro destino, era sabido que se le procuraba una plaza de inquisidor)). En la inquisición de Portugal pasaba lo mismo, asi como en Italia. En tan alto grado se usaba este procedimiento, que pasó á ser proverbial entre los mismos colegiales lo del himno Pange lingua (l) Puirlanch, La Inquisición sin máscara ó disertación en que se prueban hasta la evidencia los vicios de este Tribu- nal y la necesidad de que se supriman, pág. 94. 272 LA LOCURA EN LA HISTORIA de la oración del Corpas : Prestesfides suplemen- tum sonsuum defectui. «Es visto, pues, que la In- quisición era respecto de los colegios, mayores lo que el desván en una casa: desahogo de muebles inútiles)) (*). A fuerza de vivir en una estrecha comunidad mental y moral, de pasar por las mismas emocio- nes, de adoptar las mismas aptitudes, los mis- mos procedimientos, iguales tendencias y ha$ta análogas condiciones higiénicas, no ya sólo su mo- ralidad tendría notable parecido sino también su cuerpo y hasta su fisonomía, como parece que efec- tivamente sucedía. Aunque muchos de ellos tie- nen, como veremos después, estigmas imborrables de degeneración, ya que no una raza, cuando menos formaban eso que Topinard y Manouvrier llaman categorías profesionales. La misma hi- giene deplorable, aparte de otras cosas fundamen- tales, contribuía á modificarles el cuerpo, áimpri- mirles ese especial cachet á la actitud, á la mar- cha; á formarles las exterioridades bajo un mismo plan morfológico. Si una buena higiene, mo- dificando al niño, tiene, como dice Dubuisson, la propiedad de cambiar su extructura, ¿una mala higiene dejará de tener menos poder alterando el cerebro, el más plástico de nuestros órganos? (2). En estos casos, el poder modificante está, se- (') Puiijlanch, La Inquisición sin máscara; Juan Caldenni, Tractatus de hereticis, cap. VI. (*) Tarde, La philosophie pénale, 1890, pág. 253. PSICOLOGÍA DEL INQUISIDOR ESPAÑOL 273 gún él, en razón de la complicación del objeto á transformar; la misma multiplicidad de las funcio- nes cerebrales abre la puerta á mucho mayor nú- mero de agentes modificadores que de ningún otro órgano de la economía (*). Nacían viciados y en ese medióse hacían inquisidores: algo análogo á lo que dice Tarde, que pasa actualmente con el criminal: « peut-étre on nait vtcieux mais á coup smr on devient criminel ». El médico autor de la Relación de la Inquisi- ción de Goa, etc., hace notar el aspecto de imbé- ciles, las caras en donde se pintaban sus malas pa- siones y su pobre entendimiento, etc., etc. (2). Juan de Heredia dice que todos parecían « pari- dos por una misma madre » (3). Lo propio suce- día con los calificadores y consultores (inquisi- dores también ), que debían reunir todas las con- diciones de inferioridad cerebral requeridas por la índole de aquella extraña maquinaria. Dice un autor contemporáneo, que no hay cosa « más regular en la condición del hombre que en- tregarse á la indolencia cuando nada lo estimula al trabajo » y en este caso se han hallado los in- quisidores, es decir, viviendo en la más completa inercia del espíritu, dominados y deprimidos por la debilidad ingénita que los hacía apropia- O'Tarde, pág. 252, loe. cit. (*) Relation de l'Inquisition de Goa, cap. XXVIII. (•) Juan de Heredia, Verdadera defensa de la Religión Cristiana, pág. 16, año 1858. LOC. EN LA HIST. 18 274 LA LOCURA EN LA HISTORIA dos á su destino. Elegidos con prudente cuidado entre los elementos más propensos y dispuestos para la lenta degeneración mental, tenían hasta su expresión fisonómica. Se les hacía ingresar, por lo general, en esa relativa corta edad en que la plasticidad de los caracteres ya trabajados desde la cuna, permite al ambiente psicológico la im- presión segura de sus influencias; y si bien es verdad, como dice Nataniel Jonstod ya citado, que los cánones requerían como preciso en los inquisidores la edad de cuarenta años (statin- mus nullos ex nunc, nisi qui quadrages; mun cetatis annum attigerint officiun: De aírete, cap. Nolentesin Clement), no debe olvidarse que se veían con muchísima frecuencia promovidos á este empleo, sea por dispensas ó por abuso, sujetos de mucha menor edad Q), de manera que tomados, así, todos estos vagamondi ó mendicanti, como dice Sergi, y desarrolladas en una atmósfera pro- picia sus naturales inclinaciones al ocio y á la se- dentariedad cómoda y hasta lujuriosa, pronto ad- quirían la exterioridad ó conformación física ge- nuina, ese temperamento peculiar que, como hace notar Henry Maybew, no es en realidad otra cosa que una forma difusa de la neurastenia más grave. Enese ambiente ajustáronse todos, poco á poco, auna misma tonalidad moral; el carácter y sus más leves manifestaciones adquirieron la misma uni- (*) La Inquisición sin máscara, pág. 97. PSICOLOGÍA DEL INQUISIDOR ESPAÑOL 275 formidad, de manera que en el transcurso de los años, aquella cofradía más que una institución po- lítica, fué una raza ó una familia, cenias semejan- zas vivaces que existen á menudo entre los miem- bros de una familia orgánicamente vinculados por la sangre y el origen. Á todos les faltaba la poten- cialidad del desarrollo moral de que habla Foster, innato en el hombre de nuestra época. Bajo este respecto eran individuos detenidos, puede decirse así, en ciertas fases de su evolución mental: seres antisociales, privados por una organización de- fectuosa del elemento moral elevado que es la úl- tima adquisición de la evolución humana (1). Su naturaleza, como la de esos niños precoces de que habla el autor de la Fisiología del espíritu y que descienden de familias de locos y epilépticos, con- tenía implícitamente al estado de completa eflores- cencia, los elementos si no más bajos, cuando me- nos los menos nobles y elevados de la naturaleza humana. Su misma inferioridad los hacía inac- cesibles á cierto género de emociones que no ex- perimentaron jamás: la frialdad por el dolor aje- no, la indiferencia por todo lo grande, porque hasta en su misma barbarie eran pequeños; la indi- ferencia por lo bello en cualquiera de sus manifes- taciones intelectuales, morales y aún físicas, por- que no debe considerarse como expresión del sentimiento estético esa conocida y tortuosa incli- (') Mausdley, pág. 343, loe. cit. 276 LA LOCURA EN LA HISTORIA nación por la mujer, que es una de sus caracterís- ticas más persistentes; la rapacidad proverbial, la ambición sensual del poder, en sus expresiones más positivas y mundanas; la sórdida avaricia que afecta siempre proporciones enormes y que taló la fortuna privada, y, en fin, todo ese complejo de sentimientos elementales, casi rayanos de la im- becilidad afectiva, que unidos á ciertas dotes de as- tucia y de perspicacia felinas, completaban la fi- siología de su espíritu. La vida como ellos la hacían, «contribuía á darles el tipo, por su doble entrañamiento irresistible de rutinas disciplinarias y de corrupciones recíprocas ». Cuando he hablado de similitudes físicas, excu- so decirlo, no he querido afirmar que se parecie- ran como pueden parecerse los hermanos entre si. Pero también debo agregar que una de las cosas que me ha llamado más la atención en mis estudios sobre el Santo Oficio, es la extraña semejanza que presentan aquellas fisonomías, así como la presen- cia de ciertos detalles antropológicos: circunstancia que revela una vez más, de cómo en las actitudes y en los rasgos de la faz pueden estamparse los movimientos y los estados variados del alma cuando persisten en el cerebro y se repiten con cierta insistencia y continuidad. No sólo había una viva ó indiscutible analogía de organización mental, sino que existía también física induda blemente, á estar á esta impresión que nos han producido sus retratos y á las afirmaciones de PSICOLOGÍA DEL INQUISIDOR ESPAÑOL 277 Juan de Heredia y del no menos sagaz autor de la Historia di tutte l'heresie, según el cual tenían todos un aire de familia « no sólo en el modo de proceder, sino hasta en la manera de andar ». Dice Mausdley que, gracias á los movimientos definidos que exteriorizan las emociones, es que se puede descubrir los rasgos psíquicos principa- les de ellas en los lineamientos de su cara y en las aptitudes del cuerpo y que una frecuente re- petición de los movimientos respectivos de las emociones y de los deseos predominantes, modelan de cierta manera los rasgos de la cara (*). He aquí por qué podían y debían parecerse entre sí aquellos hombres atraídos los unos á los otros por una estre- cha comunidad de intereses morales, por los mismos vicios degenerativos revelados en multitud de estigmas. Es por la misma razón que se ob- serva la positiva adquisición de un tipo común por los que, como ellos, se entregan á los mismos hábitos y á los mismos sentimientos, circuns- tancia que explica de igual modo la visible seme- janza que se observa á veces entre marido y mujer (2). La tentativa de disimular la expre- sión natural de un sentimiento predominante, por ejemplo, mordiéndose los labios ó cerrando la boca, para impedir dar curso ala cólera, y de ma- nifestarla por palabras, por actos ó por el juego de la fisonomía, exige un esfuerzo muscular que aun- (') Mausdley, loe. cit., pág. 357. (*) Mausdley, loe. cit., pág. 357. 278 LA LOCURA EN LA HISTORIA que velando el lenguaje natural de la emoción, no es menos significativo para el que observa los movimientos más complicados y artificiales de la cara. Los animales tienen sus instintos como sus pasiones, y su placer mayor consiste en satisfa- cerlas ; las actitudes y las expresiones, siendo mo- deladas en los movimientos requeridos para esta satisfacción, traicionan más ó menos la naturaleza de los deseos y de los mismos instintos Q). La constitución peculiar, los movimientos ondulan- tes, la garra retráctil y la marcha silenciosa de- notan la naturaleza psíquica de los felinos; de la misma manera estudiando las fisonomías humanas no puede uno dejar de descubrir en ellas analogías animales. Observando estas semejanzas, es sor- prendente ver, cómo tales particularidades fisonó- micas están á menudo acompañadas por particu- laridades psíquicas correspondientes (2). No es, pues, extraño que todos los inquisido- res tuvieran un raro y expresivo cachet común, y aunque seguramente no podría hacerse con sus retratos un estudio ni remotamente completo de las secretas analogías que podrían acercarlos al tipo lombrosiano del delincuente por instinto, sin embargo, agregando á la extraña impresión que nos han producido, las sospechas de Gae- tano Assayoli y de Heredia, mezclados con sus poco simpáticos antecedentes tan conocidos, así C) Tarde, páginas 235, 236, etc. (*) Mausdley, loe. cit., pág. 358. PSICOLOGÍA DEL INQUISIDOR ESPAÑOL 279 como á los rasgos que estudiaremos más adelan- te, se puede afirmar que el inquisidor constituía efectivamente un tipo, que formaba una raza ó algo parecido cuya clasificación nos es permitido sospechar, ya que no establecerlo perentoria- mente (*). En su mayoría estos hombres son todos antipá- ticos, tienen fisonomías extremadamente vulga- res, frías y sin ninguna luz, y exceptuando al inquisidor Deheza que manifiesta una cara bon- dadosa y un cráneo amplio, las cabezas de todos son más bien pequeñas y cortas, las frentes res- tringidas, llamando la atención las de los inquisi- dores Sánchez, Valdez, Zurita, etc., por la mar- cada estrechez y la anormal implantación del ca- bello que nace á muy poca distancia de unos ar- cos superciliares que en el primero son visible- mente prominentes y espesos. Sería imprudente deducir nada fundamental del solo examen de un retrato; pero no puede uno defenderse de las des- agradables impresiones que produce un análisis siquiera superficial. Muchas veces un rasgo puede ser obra del mal pincel ó del capricho de un pintor, pero no hay duda que ciertos gestos capitales de la fisonomía se le imponen, cualquiera que sea la mediocridad de su arte. Aun cuando la mano fuera grosera, el carácter prominente fisio- nómico que da la tónica al conjunto de la cara, (') Gratiolet, Do la physionomie. 280 LA LOCURA EN LA HISTORIA se destaca siempre por esa rara fascinación que ejerce sobre el artista. Las expresiones del go- zo, dice Gratiolet, mezcladas á las de la bene- volencia, imprimen á la fisonomía ese conten- tement amable de los corazones buenos que pa- rece como si quisieran asociar á todo lo que los rodea. Por eso los buenos sentimientos se expre- san en la cara con rasgos que despiertan sensa- ciones amables. La benevolencia tiene su expre- sión en el ojo dulcemente dirigido, en esa nariz que ejecuta pequeños movimientos de una olfación satisfactoria, en la boca que expresa por una son- risa el despertar de una vida feliz, en la frente, en los ojos, en el oído, en los labios, en fin, agitados por pequeños movimientos de degustación agra- dables (*). Esos hombres que no han conocido nunca la be- nevolencia, que no han pasado de una modesta mentalidad, que muchos de ellos han sido real- mente imbéciles (2) á causa de su dolorosa mendi- cidad sensitiva, no han debido tener otra fisonomía que la que corresponde ala relativa anormalidad, á su imborrable infirmidez encefálica. Llama la aten- ción cómo se destacan en aquellas figuras ciertos estigmas que por ser más prominentes han impre- sionado al pintor á pesar de su pobre inspiración. Hay algunas como las de un don Jerónimo de (') Gratiolet, De la physionomie et des mouvements d'expression, pág. 46. (*) Véase : La Inquisición sin máscara, por Jonstod. PSICOLOGÍA DEL INQUISIDOR ESPAÑOL 281 Manrique, inquisidor de Murcia, Alonso de Berra, donjuán Valle de Albarado y Alonso de Frías, inquisidores de Logroño, que son toda una revela- ción. Aparte del poco amable aspecto de sus ca- ras, tienen, los tres primeros sobre todo, diversos rasgos visibles: la estrechez de la frente, que es sensiblemente fugitiva, con una igual viciosa im- plantación del cabello, los labios gruesos y un vago prognatismo de las dos mandíbulas, de ma- nera que los labios casi se proyectan hacia afuera en forma de hocico. Con un ligero esfuerzo de atención se puede ver que casi todos revelan, aunque con un poco de vaguedad algunos, si bien bastante marcados en otros, muchos de los signos físicos cefálicos de la degeneración. No hay ninguna cabeza real- mente superior, porque, ó son muy grandes co- mo las de los inquisidores Sánchez de Gómez, Andriani y López Bari, del tribunal de Castilla, con caras que por lo grotescas parecen miradas al través de un lente, ó son pequeñas con esa pequenez llamativa é inarmónica de una semi- microcefalia. La mayoría tienen rostros imberbes, de una osatura grotesca, marcadas por una vi- sible exuberancia de huesos malares y de man- díbulas; con orejas grandes y espesas en aque- llos que se les puede ver bien el perfil, y algunos, como el inquisidor Ceijas de Córdoba, con rasgos que recuerdan la cara de aquel bufón del conde de Arundel, que pintado por Rubens existe en la 282 LA LOCURA EN LA HISTORIA Pinacoteca de Munich (*); esa innoble cara que ex- presa con tanta elocuencia una descomposición moral definitiva. Los signos físicos de la degeneración por el hecho de ser tan palpables han herido en todo tiempo la imaginación del observador; por eso su estudio ha precedido al de los estigmas psí- quicos (2). Hoy son muy conocidos, gracias á los numerosos trabajos modernos, y es difícil que los artistas de otro tiempo que han pintado con admirable exactitud muchos de esos caracteres en los infirmes de su época, no hayan sido impresio- nados por los rasgos tan prominentes que dejamos analisados ligeramente. Las grandes orejas des- prendidas de la cabeza, la atrofia ó desaparición del pabellón, ciertas deformaciones craneanas, etc., no han debido escapar á su clarísima percepción, y aun cuando, como dice Richer, el arte vive de convenciones y de exageraciones y está algunas veces fuera de la exactitud déla ciencia, que tiene poco de común con él, sin embargo en la represen- tación del cuerpo humano, hay leyes que el artista no puede violar, límites que su fantasía no puede pasar (3). La reproducción de todos los detalles deforma- tivos de la imbecilidad humana, con esa meticu- (x) Charcot y Richer, Les deformes et les malades dans Varí, pág. 50. (*) Legrain, Du delire chez les degeneres, pág. 4. (8) Charcot y Richer, Les deformes et les malades dans Vart, pág. IV. PSICOLOGÍA DEL INQUISIDOR ESPAÑOL 283 losidad de detalle con que los antiguos artistas ri- diculizaban álos esclavos, produciendo tipos étni- cos completos, ha constituido después un verdadero arte. En uno de estos personajes de la inquisición, cuyo dibujo tenemos á la vista, el venerable An- tonio Montáldez, se ve una cabeza vulgar, larga y seca, la cara imberbe, surcada de arrugas; está retratado medio de perfil y posee una rara seme- janza con el retrato de Triboulet, reproducido en una medalla de Francisco Laurano, que trae la obra de Charcot y Richer Les deformes et les ma- lades dans l'art. Tiene casi la misma peque- nez microcefálica del cráneo; y digo casi la misma porque el bufón era indudablemente mi- crocefálico en el sentido estricto de la palabra y el inquisidor simplemente un degenerado de mediana inteligencia. Las orejas son grandes y como en aquél revelan también «la estrechez déla parte craneana que sobre una cabeza regularmente conforme deben desarrollarse mucho más hacia atrás ». Todos estos retratos, ó su mayoría, coinciden precisamente con la época en que la reproducción de las deformidades verificadas con rare bon- heur se hizo común; en que los artistas buscaban interpretar con una exactitud naturalista los de- fectos y caracteres del cuerpo y de la fisonomía humana. Desde el Renacimiento, dice Charcot, abundan las representaciones artísticas de los lo- cos, de los enanos ó de los bufones, etc. En efecto, 284 LA LOCURA EN LA HISTORIA esos seres desgraciados tenían un lugar prefe- rente en las costumbres de las cortes reales, y cada vez que un artista tenía que poner en escena á un rey ó á un gran señor, el enano ó el loco ocupaba su lugar señalado en la composición; se les veía en los cortejos reales, en los festines, los triunfos, sea que el pintor evocara escenas contemporáneas, sea que pintara hechos históricos (*). Multitud de grandes artistas se han encargado de entregar á la posteridad sus más insignificantes rasgos, ha- biendo sabido hacer con estos desheredados de la naturaleza verdaderas obras de arte (2). Habían en consecuencia adquirido una verda- dera destreza para traducir en sus obras los más insignificantes detalles de la expresión y de la de- formidad humana. Poseían maravillosamente esa estética de lo feo que tenían Tiepolo para sus famo- sos enanos y sobre todo Velásquez, cuyos bufones son cuadros de estudios patológicos admirables. Seguramente, pues, que al pintar á todos esos cali- ficadores, inquisidores, etc., y cuanto se referían al Santo Oficio, no se les escaparon todos los ras- gos que nos permiten hasta cierto punto hacer re- vivir la psicología peculiar de sus cerebros decaí- dos. Aquí está tal vez el secreto de ese parecido de familia que habían notado algunos observado- res perspicaces en la gente del Santo Oficio. O Charcot y Richer, loe. cit. (*) Charcot y Richer, Les deformes et les malades dans Vart, pág. 36. PSICOLOGÍA DEL INQUISIDOR ESPAÑOL Pero con todo no es seguramente ahí donde va- mos á encontrar con su carácter más completo los signos de su debilidad mental. Es en las numerosas modalidades de la activi- dad encefálica donde se hallan tales deformidades, las lagunas tan peligrosas, le véritable trou dans la substance cérébrale, como dice el profesor Magnan en su pintoresco lenguaje. En el hombre normal, opina este eminente alienista, los centros cerebrales anteriores y posteriores obran sinér- gicamente; los primeros reservados para las altas funciones de la individualidad, los últimos á los instintos y á los apetitos. En el mal equilibrado esta sinergia puede encontrarse destruida; el en- fermo es entonces juguete de sus pasiones; se ve arrastrado por sus instintos y sólo una preo- cupación le absorbe, como si las regiones pos- teriores de la corteza existieran aisladas; tales son: los erotomanos y los estáticos, en los cuales, á lo menos durante el acceso, el instinto de la sensuali- dad ha desaparecido completamente. En los dos casos, el equilibrio está roto: en el primero el cere- bro anterior ha perdido su influencia moderadora, porque no desempeña ya su rol de control y el jui- cio se halla debilitado; en el segundo es el cerebro posterior queno obra más,la acción preponderante del cerebro anterior lo aniquila, lo borra (*). En ese desequilibrio estéril (y digo estéril, porque (») Dr. Legrain, Du delire ches les degeneres (observations prises á l'asile Sainte-Anne, 1885-1886), pág. 10. 286 LA LOCURA EN LA HISTORIA existe también el desequilibrio del genio que es fecundo), en la manera inarmónica de funcionar los cerebros, es donde mejor se observan los distintos indicios que revelan su decadencia moral ó inte- lectual. Puiblanch, en su célebre libro The Inquisition unmasked, hace notar, como ya lo hemos dicho, que el Santo Oficio elegía para inquisidores preci- samente aquellas inteligencias tardías, perezosas, opacas, cuya lentitud y obtusión parecían prover- biales (nota, pág. 97). Lucero, que es uno de esos ejemplos, era un pobre hombre bajo el punto de vista de sus talentos mediocres, y algo más, un cerebral posterior, si hemos de adoptar la curiosa clasificación del maestro de Santa-Ana, porque sin las dotes de ilustración de Torquemada y de Rodrigo, poseía el brutal y desordenado fanatismo de ambos. Ese hombre tenía el celo caluroso y acre en el desempeño de su odioso ministerio, mezclado al sinnúmero de bajos sentimientos que manifestó con tanta viveza en la cruel persecución de Fray Hernando de Talavera. Dámele judío y dártele he quemado (*), repetía constantemente á modo de estribillo; y efectivamente, judío conver- so ó no, que caía en sus manos, iba directamente al quemadero, previo el brevísimo procedimiento que su excitación horrenda permitía, como enga- ñoso y postrero recurso. Era como ninguno el tipo (') Puiblanch, loe. cit., pág. 77. PSICOLOGÍA DEL INQUISIDOR ESPAÑOL 287 exaltado del Inquisidor Español, supersticioso y cruel, de conciencia obscura y limitada, si bien su- ficiente para tener una noción exacta del valor de sus actos (*). Lo que descollaba en esa alma dura, como en ese otro dominico feroz de Arbue/, como en Daza, en Sandoval el de Murcia y en muchos otros inquisidores (2), era todo ese heterogéneo conjunto de caracteres psíquicos de la debilidad mental, de los pobres de espíritu, en que predomina siempre una visible decadencia del juicio. Si bien la ausencia de esta facultad primordial del espíri- tu era una mácula propia de la época, en ellos sobresalía más que en nadie, haciéndolos esen- cialmente sometidos á las influencias de su me- dio. Por eso, la superstición ridicula que era la nota casi dominante de su carácter moral, y que afecta proporciones excepcionales, mezclada á sus bajas pasiones, debía hacerse, como se hizo en efec- to, doblemente peligrosa. Como todos los desar- mónicos parecían de una credulidad desmesurada, circunstancia que, según Legrain, da fácil pábulo á ese espíritu de lo maravilloso que hace extragos en los débiles de espíritu y que en todos los famo- sos guardianes de la fe era notorio (3). Las debilidades déla mente, las locuras dege- nerativas en sus grados menos graves, y cuando (') Puiblanch, La Inquisición, etc., pág. 77. (s) Véase : Puiblanch, La Inquisición, etc., pág. 77; Mel- gares, Procedimientos, etc. (3) Legrain, loe. cit., pág. 27 288 LA LOCURA EN LA HISTORIA aún no han franqueado del todo la terrible fron- tera, son en la sociedad moderna de nuestros días y bajo ciertos puntos de vista, como una reproduc- ción del común de los inquisidores, de los fami- liares y de toda la milicia íntima y de baja clase que formaban la trama del Santo Oficio. Estu- diando aquellos pobres inválidos con las facilida- des que nos brinda la moderna psicología patoló- gica in anima vile, diremos así, como lo han he- cho Sergi, Magnan, Tonnini, Lombroso, Morel, etc., etc., podremos formarnos una idea de cuál sería entonces su influencia, constituyendo como constituían el elemento activo, dirigente de la odiosa institución. La superstición era, como la religiosidad, un sentimiento indudablemente de la época, sobre todo en las clases bajas. Pero, en el grado sospechoso, con la intensidad y persis- tencia con que se manifestó especialmente en la tropa del Santo Oficio, cuyas peculiaridades cere- brales no tienen parecido, seguramente que no. ¿ Cuál fué, más ó menos, el procedimiento mi- nucioso, la gestación psicológica de ese curioso personaje ? Al principio, ellos mismos se creían á su vez, víctimas délas persecuciones de la Iglesia, vivien- do en esa atmósfera de perpetua hostilidad de la época. La idea de persecución surge en el ce- rebro como una consecuencia de ese estado de cosas; sobre el fondo de profunda melancolía que entristece todos los espíritus, se dibuja fácilmente PSICOLOGÍA DEL INQUISIDOR ESPAÑOL 289 el incierto estado del ánimo que caracteriza el pródromo del delirio de persecuciones. El in- quisidor español, antes de serlo, comienza por un perseguido para terminar en un perseguido perseguidor. Después de cierto tiempo de preocu- paciones y resistencias, busca la causa de sus sufrimientos, y pasa así de ese primer período al segundo (*). La transición se hace entonces por un razonamiento siempre el mismo: los males que yo sufro, se dice, son extraordinarios y me colocan en condiciones extrañas que no dependen de mi salud ni de mi posición. Luego es necesa- rio que algo exterior, independiente de mí mismo, intervenga; que enemigos numerosos y que ten- gan interés en causarme mal, en hacerme desgra- ciado, determinen este cruel estado de mi espí- ritu (s). Tal vez ha llegado hasta la alucinación, y el oído tan excitable en lapanofobia del perseguido, ha vaciado en su conciencia meticulosa mil mo- tivos de agitaciones. Sin duda, como observa el maestro que copiamos, ese sentido le ha suminis- trado las primeras sensaciones sobre las cuales se ejercita la inteligencia en peligro. El Inquisidor, como el enfermo delirante que sirve de tipo clínico á Laségue, entiende pedazos de conversación que ha interpretado á su modo y que se aplica; supone que las gentes con quienes está en contacto, han de haberle acusado de hereje, (') Laségue, Études cliniques, tomo Io. (2; Laségue, Études cliniques. lo;. e> la hiST. 19 290 LA LOCURA EN LA HISTORIA que lo han de haber denunciado al Santo Oficio. Los ruidos mismos que se producen naturalmente, el paso de un hombre que sube una escalera, el rui- do de un vehículo, la puerta que se cierra ó se abre, son el sujeto de sus comentarios ('). Una vez coloca- do en esta situación resbaladiza, la imaginación no se detiene y rueda en la pendiente abrupta del de- lirio y de las cavilosidades de la alucinación. Des- pués de haber ensayado varias presunciones, con- cluye por llegar alas interpretaciones más absurdas y más positivas: «sus sensaciones dan asi elfunda- mento á sus inducciones delirantes», la persecu- ción es evidente y está seguramente vijilado por el Santo Oficio, porque á la luz de la luna ó de un relámpago ha alcanzado á ver en una acera confu- sa, la silueta incierta de un familiar que intenta perderlo. Luego viene la noche con el silencio, ese triste silencio de la ciudad española del si- glo xvi, con sus visiones fugaces y sus audicio- nes alucinatorias peculiares del miedo. Á medi- da que aumenta el cuidado y el terror, le va siendo imposible trazar una separación neta entre las « sensaciones que provocan en él los objetos exte- riores y las que determina por sí solo el eretismo de sus centros auditivos corticales, porque se le presentan con el mismo carácter de objetividad », y como en él pasa más ó menos lo que con el verda- dero pers eg u id o sistematizado, que durante el pe- (*) Laségue, loe. cit., pág. 554. PSICOLOGÍA DEL INQUISIDOR ESPAÑOL 291 ríodo de inquietud ha perdido su vigor intelectual y los reductores secundarios no desempeñan ya las funciones saludables que en el hombre normal, acaba por pensar que lo que ve y siente es la ver- dad verdadera. Bajo el imperio de condiciones fisiológicas transitorias, de perturbaciones de la circulación cerebral, por ejemplo, un hombre cuya salud mental sea completa puede experimentar aluci- naciones visuales ó auditivas; pero gracias á l'en- trée enjeu de esos reductores secundarios de la imagen, sobre cuyas funciones Taine ha insisti- do, podrá darse cuenta en la mayoría de los casos de su carácter subjetivo; llamarále la atención su desacuerdo con el conjunto de sus estados de conciencia, de la imposibilidad en que se halla de encontrarle lugar en la cadena de sus recuer- dos, de la brusquedad de su aparición «y llegará bien pronto, si está preparado por el conjunto de sus creencias, á atribuirles un origen sobrena- tural» (*). La alucinación, si la hubo, pudo ser bajo esas condiciones, como es verosímil, y debió tener siempre el carácter místico que daba su tono general á la inteligencia de la época. Como sucede á menudo al perseguido, el inquisidor con- centraría todos los incidentes dolorosos de su es- tado moral sobre individuos determinados, que (') L. Marillieií, Du role de la pathologic mentale dans les recherches psychologiques (Reme Phisolophiquc, Octubre 1893). 292 LA LOCURA EN LA HISTORIA serían el objetivo de su rabia y de su venganza y á quienes perseguiría á su vez incesantemente, atribuyéndoles sus dolores. Llegado á semejante desenvolvimiento, se ha- llaba pues completado por natural evolución ese curioso estado mental y el inquisidor terminado y hecho hombre por su propia obra; el perseguido de la víspera se había hecho un perseguidor in- transigente y celoso. Todo vecino, todo pariente, toda persona pues- ta en contacto con ese enfermo, dice Ball hablan- do de los otros perseguidos, se transforma por ese solo hecho en un enemigo; se halla enrolado en la gran conspiración formada contra su repo- so (*). He ahí por qué los individuos que lo han frecuentado se convierten forzosamente en sus más enconados adversarios; he ahí por qué el transeúnte encontrado en la calle en un mo- mento de abandono, el viajero hallado en el ca- mino, el médico consultado por la primera vez, se cambian en confidentes ó en enemigos suyos (Ball); he ahí por qué todos son herejes y ju- daizantes para ese perseguidor implacable que se distingue por su tenacidad y que pone al servicio del Santo Oficio una constancia realmente anor- mal en la persecución. Sin afectar las proporciones de una verdadera locura sistematizada, tales ideas de persecución se resentían, sin embargo, del ter- O Ball, Les pcrséeutés en liberté (Revue ScientipZque, 1889, N°25). PSICOLOGÍA DEL INQUISIDOR ESPAÑOL 293 reno degenerativo en que germinaban. No sería el verdadero delirio de Laségue ó el de Magnan en su clásica evolución común, pero seguramente eran ideas místicas de persecución sembradas en terreno hereditario que campeaban solas y erran- tes en aquellas pobres cabezas; que andaban nó- mades y sin organización suficiente para consti- tuir la locura, pero con el necesario volumen y persistencia para caracterizar bien su morbosi- dad. Lo que sin duda activaba semejante trabajo era, como diceMarandon de Montyel, la colabora- ción delirante mutua entre todos ellos, por la cual la potencia vesánica se encuentra elevada á una altura que representa en el caso de la folie ii deux más que la suma de predisposiciones enfermizas de los dos sujetos considerados sepa- radamente (]). En las debilidades mentales, asegura Legrain, que ha escrito su tesis bajo la inspiración de Mag- nan, las supersticiones más ridiculas se implan- tan fácilmente en el espíritu con un carácter en- fermizo, y es en ellos más que en otros en quienes encontramos desarrollado en alto grado una ver- dadera necesidad de lo maravilloso. Son siem- pre la presa de las brujas, de los magnetizadores, de los mágicos que dicen la buenaventura; son más que nadie accesibles á las creencias religiosas torcidas, á las supersticiones demonolátricas en (') Marandon de Montyel, Des conditions de la contagión mentale mórbido, 1894. 294 LA LOCURA EN LA HISTORIA los espíritus, creyéndose á menudo poseídos, per- seguidos, endemoniados y contribuyendo en una parte principal á alimentar las epidemias de los convulsionarios (*). Y nadie ha dado, en su tiem- po, más incremento al difundido espíritu de lo maravilloso que la Inquisición, que ha derramado la semilla de una idolatría sensual y mantenido en verdadero eretismo los sentidos. El diablo y las brujas, la milagrería despropor- cionada y aterrorizante, han sido la nota común del Santo Oficio, con un carácter positivamente anómalo y durante siglos enteros. «Milagros obrados por la omnipotencia como por entrete- nimiento, dice un escritor español, y horrorosas apariciones de almas condenadas, fueron la or- dinaria lectura y conversación, y el índice expur- gatorio que se halla atestado de libros de crítica apenas contiene uno de tantos como ha fomen- tado la credulidad» (2). «Y el pueblo, agrega el mismo escritor, en vez de hacerse cauto contraías halagüeñas sugestiones del amor propio, el cual nunca es más temible que en materia de devoción, se ha alimentado de quimeras». Sólo un cere- bro excitado, un espíritu artero y asustadizo, ti- morato á pesar de todo, ha podido producir, en- tre otras cosas raras, la extraña ficción del aque- larre, que es una creación de mente enferma, una alucinación de alcoholista ó de epiléptico y (x) Legrain, Le delire des héréditaires, pág. 37. (-) La Inquisición sin máscara, pág. 300. PSICOLOGÍA DEL INQUISIDOR ESPAÑOL 295 en que suceden los más extraños incidentes al neó- fito de brujo que recibe en el prado del Cabrón su consagración satánica. Estos inquisidores, que por medio de la predi- cación y de la propaganda aterradora del confeso- nario han contribuido tal vez más que todas las otras causas morales juntas á la difusión de la ena- jenación mental en los obscuros siglos de su do- minación, tenían, entre otros signos de desequili- brio, este arte extraño que sugiere la agudez de una imaginación atrabiliaria, agudez peculiarísima y que estaba circunscrita á la invención de grandes procedimientos impresionistas, de horrores con una excepcional y exclusiva predilección por la nota lúgubre, terrible, pavorosa. Ellos no inven- taron grandes cosas, sin duda, porque su mente estaba llena de lagunas, porque era incompleta y sólo tenía la irritabilidad casi morbosa, la ín- dole siniestra de la de Felipe II y de Carlos II, dos desarmónicos conocidos; pero los llamativos pro- cedimientos de la excomunión mayor y del auto de fe quedarán imperecederos en la historia del mundo como la más estupenda pesadilla que haya podido agitar jamás el corazón del hombre. Es ese, según la Psicología mórbida moderna, el carácter de la imaginación de todos estos des- equilibrados. En las locuras parciales, que son las formas comunes de pertubación mental, la ima- ginación despliega galas realmente inusitadas en la confección de los delirios alucinatorios, en 29G LA LOCURA EN LA HISTORIA que el pavor y las escenas terroríficas campean siempre con una abundancia terrible. Casi podría considerarse como un signo diagnóstico diferencial importante entre el delirio y las alucinaciones de los degenerados y las de los que no lo son,esta no- ta tétrica y profundamente triste. En el delirio de las persecuciones, en las alucinaciones de las epi- lepsias degenerativas más que en la otra, en los delirios religiosos y en todo los síndromas episódi- cos y locuras de cerebro inválido, como dice Shulle, este fondo de terror vecórdico que abun- da en las concepciones y procedimientos más pue- riles del Santo Oficio se halla siempre como la expresión peculiar de su tendencia sensitiva. El carácter, sobre todo, del pueblo español, se resiente de esta influencia lúgubre que ha de- rramado sobre él la Inquisición: su manera de hablar pomposa y exornada de aquella mímica teatral del Inquisidor en el sermón del auto, es una revelación actual de ese atavismo. Su teatro, con ser tan rico y grande bajo muchos conceptos, está contaminado por esta infección hereditaria de taci- turnidad, y los sujetos pictóricos de su predilección son generalmente asuntos horrendos y espeluznan- tes, llevados al lienzo con una copiosidad de detalle realista y desagradable; la escuela de declamación parece nacida en el quemadero mismo : tiene el tono y el estilo délos edictos de excomunión. El auto de fe no tiene igual ni en la historia de las alucinaciones más horrorosas. Teníalas no- PSICOLOGÍA DEL INQUISIDOR ESPAÑOL 297 tas y las sombras de la lipemanía, los lúgubres personajes, las procesiones diabólicas, las angus- tiosas alternativas del delirio de un epiléptico, per- seguido por la fantasmagoría de sus más desa- gradables apariciones. Constituía siempre la escena final de las trage- dias inquisitoriales, el espectáculo quizá más im- ponente que se haya presenciado desde los tiem- pos romanos, y parecía representar, aunque de una manera harto profana, los terrores del día del jui- cio ! (') Era, según un tratadista de ese Tribu- nal, « el más horrendo espectáculo, capaz de ate- rrar á cualquiera». (Certe frutum indicu imagi- nen referunt, prcesetim in ditionibus Hispania- rum ubi horredum ac tremendum spectaculum ad hoc paratur. Véase: Paramo 196, La Inquisi- ción sin máscara). Se elegía generalmente el día domingo, y los párrocos en la misa y el pregón con su voz so- nora denunciábanlo á todos los fieles, á quienes se les concedía gracia ó indulgencias por los Sumos Pontífices si acompañaban y ayudaban el auto. « Sepan todos los vecinos y moradores de esta vi- lla, decía el pregón, y habitantes de ella, cómo el Santo Oficio de la Inquisición de la ciudad ce- lebra auto público de la fe en la Plaza INIayor de esta Corte» (2). Cuanto mayor era el número de (') Prescott, Historia de los Reyes Católicos. (s) José de Olmos, Relación histórica del Auto de fe que se celebró en Madrid este año do 1680. Dedicado, etc. 298 LA LOCURA EN LA HISTORIA condenados, más grato y más prolongado eiarriére gout que dejaba en el paladar délos espectadores. Uno de esos autos, el que se celebró en Madrid en 1680 con la augusta presencia de Carlos II, lo ha inmortalizado Rizzi en un famoso cuadro que se halla en el Buen Retiro « para oprobio de los reyes que abusaron de su potestad». La Plaza Ma- yor quedaba convertida en un vastísimo coliseo, capaz de contener al inmenso gentío que, domina- do por un terror supersticioso y en medio de un silencio solemne, veía llegar la extraña y enorme procesión. Cuando se acercaba el dia señalado, los lugares y ciudades del contorno se despoblaban, porque sus habitantes, atraídos por la indulgencia y por el temor, acudían apresuradamente á presen- ciarlo (*). El día antes tenía lugar la procesión de las dos cruces: déla cruz verde, insignia de la In- quisición, y de la cruz blanca, las que eran condu- cidas por diversas congregaciones, comunidades religiosas y una multitud de legos, familiares y frailes, que convelas encendidas y en una actitud solemne, iban entonando los melancólicos acor- des de un Miserere, acompañados por la música de la capilla real. Por la noche velábase la cruz verde, custodiada por los dominicos, que cantaban mai- tines á media noche y celebraban sin interrupción misas hasta las seis de la mañana. Terminada esta operación previa, conducíanse los presos á las cár- (') La Inquisición sin máscara, pág. 203. PSICOLOGÍA DEL INQUISIDOR ESPAÑOL 299 celes secretas. Notificábaseles la sentencia á los re- lajados á fin de que se dispusieran á morir, y por si alguno de los contumaces quería convertirse, per- manecía toda la noche reunido el tribunal, hasta que llegaba por fin el día pregonado, el día de la horrenda comedia, para la cual ya estaban de an- temano preparados los espíritus por esa sucesión lujosa de emociones administradas en porciones su- cesivas y que, gota á gota, distribuían el insomnio y el espanto en todo el pueblo. Los inquisidores y familiares hacían lujo de una actividad silenciosa; iban y venían llenos de misterio, conversando en voz baja y exhortando á los relapsos con insis- tencia. En las primeras horas de la madrugada, que es la hora propicia en que el corazón está más sensible á los terrores, iban, alumbrados por la pálida luz de un cirio (x), á despertar á los reos para repartirles los vestidos y sambenitos con que habían de presentarse. Y cuando la luz del día se hallaba ya en toda su plenitud, encaminábanse en dirección al patíbulo, triste comitiva, en un or- den admirable y en medio de un silencio sólo interrumpido por las voces que cantaban el Mise- rere con la monotonía peculiar de las comuni- dades que marchan recitando en voz alta sus oraciones! Nada más tétrico seguramente, nada más im- pregnado de profunda melancolía, que aquellos (') Véase: José de Olmos, Máscara, 205. 300 LA LOCURA EN LA HISTORIA coros numerosísimos y de voces graves y sonoras entonando en sus recitados gregorianos la lúgubre melopea de sus cantos de ultratumba. ¡ Qué recur- sos los de aquella imaginación para dar en todo la nota pavorosa! ¡ Qué terrores enormes los que va- ciaban copiosamente sobre el alma atribulada del pobre hereje moribundo! Despejada la calle por los soldados de la fe, venía la cruz de la parroquia de San Martín cubierta por un crespón negro y con ella doce sacerdotes con sobrepellices; luego seguían los reos, que en el famoso auto que ha descrito Olmos eran ciento veinte, setenta y dos hombres y cuarenta y ocho mujeres, unos en estatua y otros en persona. Primero, llevaban los condenados en estatua, ya muertos ó fugitivos; figuras en que á lo terrible del acto mezclábanse en desagradable consorcio, lo ridículo y grotesco de aquellos muñecones pin- tados por manos torpes y que llevaban en grandes letreros su nombre, la coroza con llamas y algunos de ellos las cajas de sus huesos en las manos (*). Seguían después, en pelotones numerosos, los peni- tenciados, con gesticulaciones de demoníacos; gru- po extravagante é informe en donde se veían mez- clados con los brujos sinceros y los embaucadores, la polígama con coroza, los sodomitas y las beatas energumenas con sogas en la garganta, en las que se marcaban por nudos los centenares de azotes á (J) José de Olmos, Relación histórica del auto general de fe que so celebró en Madrid en este año de 1680, pág. 196. PSICOLOGÍA DEL INQUISIDOR ESPAÑOL 301 que estaban condenadas; locos gesticulando como poseídos por delirios extraños, judaizantes, perju- ros, frailes apóstatas y los reconciliados con sam- benito de media aspa, llevando en la mano unos y otros una vela amarilla apagada. Todos esos cuadros que le hacen recordar á uno las descripciones melancólicas de los de- moníacos delirantes, terminaban por el de los reos relajados, también con coroza y el sam- benito correspondiente, algunos con mordaza , acompañados de numerosos familiares y reli- giosos que los exhortaban en voz alta y con ademanes y gesticulaciones apropiados; trozo macabro de procesión que lo cerraba el algua- cil mayor y detrás los tribunales de la Inqui- sición, los secretarios del de Toledo y de Corte, muchos comisarios y familiares, en medio de los cuales caminaban los mayordomos de las congregaciones de San Pedro Mártir, llevando en dos arcas lujosas las sentencias de los reos. Luego seguían interminables cabalgatas lujosas y abigarradas, en que predominaba el color negro favorito, los pelotones de familiares en caballos ricamente enjaezados y adornados con cintas de diversos colores y matices, llevando el hábito de la Inquisición sobre sus vestidos y la venera en el pecho con varas levantadas en las manos (*). Mul- titud de filas bien nutridas y compuestas de cló- (') La Inquisición sin máscara, pág. 207. 302 LA LOCURA EN LA HISTORIA rigos y frailes de todas las estaturas y aspectos imaginables caminaban detrás confundidos con un sinnúmero de empleados del Santo Tribunal, no- tarios, calificadores y comisarios con iguales in- signias pero montados en muías con gualdrapas negras. El ayuntamiento de Madrid venía tras de ellos, presidido por su Corregidor, el fiscal del Tri- bunal de Toledo con el estandarte de la fe, de da- masco carmesí con las armas de la Inquisición, el fiscal del Consejo real, el alcalde de Casa y Corte más antiguo, los inquisidores de los dos tribuna- les de Toledo y de Madrid pareados con los alcal- des de Casa y Corte y la Suprema de la Inquisi- ción acompañados del Consejo Real y Cámara de Castilla. Finalmente, aparecía grave y severa la figura del Inquisidor general, á la derecha del go- bernador del Consejo, montado de muceta y man- teleta, en un arrogante caballo bayo de cabos ne- gros, con silla y gualdrapa anizada, adornada con cintas y felpas del mismo color y seguido de un numeroso cortejo de lacayos (J). Cincuenta ala- barderos vestidos fúnebremente de saya negra servíanle de escolta, precediendo al pesado bagaje que cerraba la gran columna y formada por la silla de manos y la estufa ó coche de respeto del Inqui- sidor, con otras largas filas de extraños vehículos en que iban sus capellanes, pajes vivientes, fami- liares y gente de su intimidad. Todo esto en me- (*) Puiblanch, loe. cit., pág. 208. PSICOLOGÍA DEL INQUISIDOR ESPAÑOL 303 dio de un silencio que debía ser imponentísimo, porque el numeroso cortejo atravesaba su trayecto habitual contemplado por millares de espectado- res sobrecogidos de terror, que llenaban las calles, las plazas, las casas en todos sus recovecos, sin proferir una palabra más alta que otra (*). Ese era el Auto de Fe. Pasada la impresión inmediata de la ceremonia, quedaba en el espíritu de todos los habitantes una impresión prolongada de malestar. La ciudad en- tera permanecía hundida por muchos días en una tristeza profunda; un sentimiento de angustia, de vagos presentimientos agitaban el alma, hasta que la sensación del horrendo espectáculo iba lenta- mente borrándose de la memoria y el tiempo tran- quilizando la imaginación sensible y asustadiza por las angustias del dia. Era por ahí también por donde se hacía más vi- sible otro signo de su deformidad mental: el amor al fuego, la pasión por la hoguera que ellos levan- taron á la altura de una verdadera institución, la piromania inquisitorial, para decirlo con su pa- labra apropiada. Es un rasgo que no podía faltarles, porque cons- tituye otra mácula de las naturalezas psíquica- mente defectuosas. El acto d'allumer un incendie en los débiles de espíritu es frecuentemente el resultado de una (J) José de Olmos, n° 154; Puiblanch, loe. cit., pág. 208. 304 LA LOCURA EN LA HISTORIA inclinación viciosa de la inteligencia: casi siem- pre obran bajo la influencia de ciertos motivos impulsivos, siempre los mismos (*). Ese placer del incendio en cualquier forma, es patrimonio exclusivo de todos ellos y de los alienados verda- deros, etc., que bajo la influencia de una idea de- lirante ó de una alucinación imperativa, lo verifi- can en impulsos incontrastables. Tienen verda- dera necesidad del fuego, cualquiera que sea su origen, siempre que hable vivamente á sus senti- dos, y en algunos se manifiesta bajo la simple ten- dencia á quemar todos los objetos que encuentran bajo su mano, á echarlo todo al fuego con una persistencia reveladora: el calor abrasador de la hoguera, las inmensas columnas de humo negro y espeso, rasgado á veces por inmensas llamara- das alternativamente rojizas y azuladas, posee se- ducciones curiosas para esas naturalezas singulares. El general Rozas, nuestro famoso tirano, que era, sin duda alguna, un hereditario averiguado, sen- tía en ocasiones esta curiosa impulsión. Des- pués de la derrota de la gran batalla de Case- ros, cuando se retiraba huyendo y sin que nada absolutamente justificara la insólita disposición, mandó incendiar un gran depósito de munición, de ropas y comestibles, y luego de haber con- templado tan raro espectáculo, se retiró al ga- lope hacia la ciudad, donde debía refugiarse en (:) Véase Camuset, Annales médico-psychologiqucs, n° 3, 1893, pág. 453. PSICOLOGÍA DEL INQUISIDOR ESPAÑOL 305 la legación inglesa. Hay todavía otros antece- dentes en la lista de estos pirómanos históricos. Felipe II Q) frecuentaba igualmente los autos defe. Francisco I y Enrique II, que también tenían en grado menor que Felipe el vicio neuropático de los Valois, asistieron con frecuencia á sacrificios de este género (2). En algunos casos la siniestra impulsión reviste en efecto este carácter irre- sistible: los pirómanos sienten de una manera intermitente la necesidad violenta del fuego, y les sucede tener que luchar con todas sus fuer- zas para resistirla; pero á menudo sucumben, y una vez verificado el acto experimentan un verda- dero alivio. En otros (observ. Ia, Camuset, An- nales) no tiene esa índole, y la inclinación es más bien una afición, un deseo, una voluptuosidad, bus- cada sin el carácter de la impulsibilidad (3). Todos esos incendiarios se reclutan, dice Camuset, sobre todo entre los individuos de un desarrollo intelec- tual defectuoso, débiles, imbéciles y aun idiotas, que constituyen la clase de los verdaderos piróma- nos. En las campañas, cuando incendios sucesivos estallan en un corto espacio de tiempo, es menester buscar entre los jóvenes imbéciles ó débiles de espíritu, de instinto más ó menos perverso, los autores de semejantes atentados. Parece como un (') Forneron, Historia de Felipe II, pág. 60. (*) Forneron, Historia de Felipe II, pág. 60. (3) Annales médico-psychologiques, 1894, n° 2. LOC. EN LA HIST. 20 306 LA LOCURA EN LA HISTORIA precepto que se lee en casi todos los tratados de medicina legal ('). Hasta en la manera cómo poseían el idioma que cultivaron con más respeto y con mayor frecuen- cia, mostraron la mediocridad franciscana de sus facultades superiores, que no eran sensibles sino á las voluptuosidades violentas de la hoguera y de la tortura. No amaban nada bello, ni en las artes ni en las letras y menos en las ciencias, que odiaban sin conocerlas, más por un instinto vijilante de conservación puramente animal que por fanatis- mo. El latín hórrido y bárbaro en que por lo ge- neral estaban escritos los libros en donde habían hecho sus estudios los calificadores del Tribunal y los inquisidores, hacia inspirarles verdadera ojeriza contra los que escribían, tanto más cuanto que, según ellos, los herejes trataban las materias eclesiásticas con buen lenguaje y con agradable amenidad (2). El estudio de la Escritura por tex- tos originales tampoco agradaba á hombres que lograron titularse doctores de la ley sin tomarse la molestia de subir á las fuentes mismas donde es más inteligible como exento de alteraciones que por necesidad debe padecer toda obra en su tránsito á otros idiomas (3). Eran insensibles, ciegos y sordos á toda emo- ción de naturaleza elevada, descollando por ahí (x) Camuset, loe. cit. (!) La Inquisición sin máscara, pág. 243. (3) La Inquisición sin máscara, pág. 243. PSICOLOGÍA DEL INQUISIDOR ESPAÑOL 307 también la índole inferior de su mente, sino alié- nica, cuando menos valetudinaria y fronteriza. Y precisamente uno de los primeros signos déla alie- nación confirmada ó que indica cuando menos la presencia de ese estado anormal del sistemanervio- so, cualquiera que sea su causa ó su naturaleza, es una perturbación emocional, un estado como ese, seguido de cierto desorden más ó menos pronun- ciado del razonamiento Q). El sentimiento, dice Mausdley, la vida afectiva, revela la naturaleza esencial del individuo y es la base de su naturaleza intelectual, como la vida vegetativa es la base de la vida animal y expresa el tono fundamental de la substancia nerviosa que resulta de la constitución ó de la composición heredada ó adquirida de esta substancia (2). Se puede deducir por la calidad de sus cerebros, el grado de inferioridad de su sistema nervioso, así como por el estado de inferioridad mental y sensitivo que demuestran. Es noción elemental de fisiología « que el esta- do de los centros nerviosos tiene la mayor impor- tancia para la formación de las facultades mentales y para la manifestación de sus funciones», como parece [también noción común en biología, que hay un grupo de anómalos, por no decir de enfer- mos, que se caracteriza por un conjunto de fenó- menos psíquicos y físicos peculiares y que consti- tuye esa vasta familia de los degenerados, dentro O Mausdley, Physiologie de Vesprit, pág. 326. (*) Mausdley, Physiologie de Vesprit, pág. 327. 308 LA LOCURA EN LA HISTORIA de la cual, si bien es cierto que tienen el lugar preferente cierto género de locuras peligrosas, también lo es que están esos infirmes del carác- ter, estos pobres de espíritu con vagos caracteres físicos pero con lagunas psíquicas visibles. Entre los que ocupan con justos títulos un lugar al lado de las prostitutas, de los mendigos, délos vagos y de los ticosos, están los famosos inquisido- res, y sobre todo muchísimos de sus adláteres obli- gados y favoritos, \&tropa innominada que forma- ba las legiones. Aun cuando no sea muy fácil ha- llarles á todos ellos los rasgos apropiados que anuncian su morfología poco regular, es menester tener presente que aún había un número nada pequeño de individuos de esa clase, que no pre- sentaban aparentemente ningún signo de morbo- sidad adquirida ó hereditaria y que, sin embargo, eran completamente degenerados : no tendrían ni siquiera un simple defecto físico, pero tuvieron neil'operare un procedimiento que demuestra la presencia de una debilidad nativa en las funcio- nes psíquicas, parcial ó total. Cualquiera que sea la variedad y la idiosincrasia del fenómeno men- tal, ese es indicio seguro de una inercia psí- quica, la cual siempre es un efecto de condiciones hereditarias ó congénitas y en su mayor parte el resultado de la lucha por la existencia en los dos ambientes, físico y social Q). Esa condición es la (x) Sergi. Le degenerazione umane, pág. 23. PSICOLOGÍA DEL INQUISIDOR ESPAÑOL 309 neurastenia, que para el profesor de la Univer- sidad de Bolonia no es en realidad y en sus for- mas más leves un verdadero estado patológico, sino algo que se le acerca y que puede serlo más adelante si progresa y se desarrolla. « Cualquiera que sea el grado de la neurastenia física y psí- quica, es indudable que los individuos afectados por ella, si entran en una lucha demasiado fuerte en su ambiente social, no pueden presentar una gran resistencia, casi ninguna, aconteciéndoles que cuando se establece la lucha, muestran inme- diatamente su estado de debilidad y sucumben, no con la muerte, sino con la práctica de accio- nes torpes, indignas, humillantes, crueles)), como les sucedía á aquellos. Allí, entre todos esos agotados, estaba segura- mente la milicia numerosa que más coadyuvó á la obra de los temibles funcionarios : los que por una razón ó por otra no podían labrarse por su propia mano una posición, iban á engrosar las filas de su ejército de decadentes. La miseria y la prostitu- ción fueron enormes en aquellas épocas, y sus víc- timas rodeaban el Santo Oficio atraídas por el vér- tigo de su colosal poder y por la necesidad del hambre y del medio. Los neurasténicos no tienen de moderno más que el nombre: los siglos xv y xvi los han conocido bajo esa forma de familia- res, legos, testigos falsos, alguaciles, torturado- res, escribanos, ayudantes y frailes menores que formaban el tejido conjuntivo, la neuroglia de 310 LA LOCURA EN LA HISTORIA la trama colosal, porque le servía de sostén hu- milde pero eficaz para su propósito final. Decía un manuscrito de la época, que había en la Corte de Felipe II más de diez mil personas que espe- raban una baja de alguacil para comer, y que para obtenerla « el uno traía á su hermana, otro á su mujer, otro á sus hijas, para darlas en precio » Q). El hombre válido ó se metía de fraile, ó se hacía mendigo ó soldado; generalmente optaba por el Santo Oficio, y sólo en la diócesis de Pam- plona había en 1623 treinta y dos mil frailes y seis mil sacerdotes (2). Tal era el fondo de tan gi- gantesco cuadro, en el que los inquisidores se destacaban menos por su acción personal que por sus deformidades mentales concretas y la influen- cia de la totalidad : su éxito estaba en la influen- cia del conjunto, en el empuje colectivo, en la acción de la suma de esas unidades que aisladas no hubieran sido tan perjudiciales, porque siendo individualmente débiles de espíritu, hubieran escollado en el procedimiento. Su singular asocia- ción y el número, era lo que les daba la fuerza con la cual formaron la secta que les permitió resistir, armados de un poder enorme, durante siglos, la influencia de la civilización y aun de la Iglesia misma, á la cual llegaron á serle completamente hostiles. O Ms. Bibliot. Nac. se. Española, 185, folio 263, Forneron. (!) Dávila, Historia de Felipe II; Forneron, Historia de Felipe II. PSICOLOGÍA DEL INQUISIDOR ESPAÑOL 311 Hubo en la historia de ese tribunal un largo pe- ríodo de tiempo en que puede decirse que la cues- tión religiosa fué para él asunto secundario, por- que es indudable que tomaron la defensa de la fe como un pretexto, un arma que manejaron con prodigiosos resultados para sus fines secta- rios de conservación. Era, sin duda, la asociación para la lucha por la existencia que aquellos débiles organizaban; débiles individualmente, como digo, pero fuertes por la uniformidad cerebral y la estre- cha vinculación orgánica que los unía: una secreta seducción los atraía y los asociaba en virtud de la tenaz tendencia á la agrupación que se revela tan visiblemente y bajo diferentes formas en los histé- ricos, en los epilépticos y en general en todos los degenerados; tendencia que, según Lombroso, en los criminales conduce á la organización de ban- das (l), al mutuo consorcio en la locura declarada ó la locurade dos (folie á deux), si asociación puede llamarse á ese encuentro fortuito de dos ó más pre- dispuestos y tratándose de locos que no se asocian nunca; á las « couples degeneres », suicidas ó cri- minales (2) y en los históricos á esas amistades vivas que han hecho repetir á Charcot que los neurópatas se buscan (3). Entre los pensionistas de la casa de locos, dice Lombroso, los epilépticos se asocian (x) Lombroso, L'hommo criminelle, pág. 519. (*) Scipio Sichelle, Le crime á deux, Essai de psychologie mórbido, 1813. (3) Charcot, Lecons du mardi. 312 LA LOCURA EN LA HISTORIA frecuentemente con los criminales, y conspiran no sólo con los individuos afectados de la misma en- fermedad, sino también con los locos morales Q. En la casa de sanidad Schumberg, cuatro locos conspiraron para evadirse y dieron fuego al asilo donde recibían hospitalidad; tres de ellos eran lo- cos mora les, el cuarto un epiléptico (2); y en el Archivio di Psichiatria (vol. VIII, fase. I) se lee la historia de un epiléptico que conspiró asociado con otros tres locos morales de su departamento deMombello, para provocar una verdadera revuel- ta, la que sólo pudo ser sofocada con la ayuda de la fuerza armada (3). Es curioso este exotismo de la Inquisición dentro de la Iglesia misma, vale decir en un medio que pa- recía, y era seguramente, tan apropiado para su ple- no desarrollo y prosperidad. Á fuerza de fomentar esa comunidad de sentimientos y de tendencias, lle- garon á independizarse lo suficiente para constituir la verdadera secta, familia ó raza, que explica la vi- va hostilidad contra cierta clase del clero con quie- nes vivió en perpetuos y en frecuentes conflictos. ¿Había algo de especial, de genuinamente dis- tinto entre ellos y la Iglesia ? ¿Algún agente ó fuerza que operaba el aislamiento autonómico y fi- jaba los caracteres de la raza, permitiéndole mo- verse con la peculiar autonomía que le atribuimos ? O Uuomo delinquente. C) Véase: Allgem. Zcit. fur Psych., año 1884. (3) Datos tomados de Le crime á deux de Scipio Sichelle. PSICOLOGÍA DEL INQUISIDOR ESPAÑOL 313 Era un cuervo que había creado la Iglesia y que le tiraba picotones á los ojos... Dice un critico del Santo Tribunal, en confirma- ción de este aserto que parecerá tan paradógico, que príncipes y princesas, academias enteras, clé- rigos, frailes, obispos, cardenales, etc., etc., apare- cieron de repente transformados en herejes y per- seguidos por el Santo Oficio. El mismo Paulo IV, que con la protección que les dispensaba era el principal autor de tan grandes desvarios, acordó « por buena confirmación » que el cardenal Polo, que hubo de ser acusado de luteranismo, quemase los escritos que había trabajado en su defensa, rece- lando que con aquella gente, si llegasen á publi- carse, iba á quedar en peor lugar el juez que el reo Q). Bernini en su Historia di tutte l'heresie, tomo IV, sección XVI, capítulo VII, habla también de estas persecuciones y constantes hostilidades del Santo Oficio á los clérigos y mandatarios de la Iglesia que no eran de la familia y á molti vesco- vie evicarie efratti e preti que se veían asecha- dos como herejes. El juez nombrado por el Obis- po de la diócesis para que representara á su per- sona en los tribunales gozaba de una considera- ción muy inferior á la de sus compañeros, pues lo sentaban y lo hacían firmar siempre el último (2). (J) Nataniel Jomtob, La Inquisición sin máscara ó diser- tación, etc., pág. 111. (*) Compilación de las instrucciones del Oficio de la Santa Inquisición hechas en Toledo, año 1561. 314 LA LOCURA EN LA HISTORIA En 1525, en tiempo de la guerra de las Comu- nidades, los patriotas fueron dirigidos en un asalto contra la Inquisición por el obispo de Eltas, con ánimo de quemar todos los papeles y demoler el edificio del Tribunal; los inquisidores se escaparon ocultamente, hasta que, tranquilizado el pueblo, pudieron regresar tranquilos á ejercer su ministe- rio (*). Y como estos, muchísimos ejemplos de este antagonismo explicable. Las quejas elevadas con- tra la Inquisición por arzobispos, obispos y carde- nales fueron numerosísimas. La de Fray Her- nando de Talavera, arzobispo de Granada y otros contra la de Córdoba, á principios del siglo xvi; la de los aragoneses, catalanes y castellanos en muchas de las cortes celebradas desde el año 1510 hasta el 1646; del Obispo de Cartajena y Murcia contra la de esta ciudad en 1622; del Obispo de Valladolid en 1630; del de Sevilla 1637; la del Obispo de Cartajena de Indias en 1686; las quejas interpuestas á Carlos II por los Consejos de esta- do de Castilla, Aragón, Italia, Indias y órdenes diversas en 1696; finalmente las del Cabildo ecle- siástico de Canarias en 1713 y las del Deán de Granada en 1797, etc., etc., etc., (Véase: La In- quisición sin máscara, loe. cit.). Querían ser exclusivos y no dejaban penetrar dentro de las barreras sino á aquellos cuyas con- diciones de plasticidad moral peculiar los hacía (*) La Inquisición sin máscara, pág. 77. PSICOLOGÍA DEL INQUISIDOR ESPAÑOL 315 fácilmente adaptables á sus propósitos de resis- tencia y de conservación. Era indispensable en el organismo del lego más humilde de la milicia, como en el del familiar y del inquisidor más en- cumbrado, esa inferioridad que iban buscando en los Colegios Mayores, donde, como ya sabe- mos, reclutaban por lo general su personal y cuya ausencia en el amplio espíritu de Talavera, de fray Luis de León, de Carranza, de Macanaz y de tantos otros constituía un objeto de vivo re- proche. Repetiremos lo que dijimos al comenzar este ca- pítulo : se requería una conformación cerebral pro- picia para ceder á las inclinaciones que consti- tuía la nota fundamental de su carácter, para de- jarse amasar dentro del molde donde se forma- ba el tipo de la casta. Había naturalmente orga- nizaciones refractarias que resistían victoriosa- mente su influencia; inquisidores que no tenían la médula y el temperamento de inquisidor, por- que carecían de la mansedumbre que tienen los sistemas nerviosos tocados por la enfermedad ó simplemente invalidados por una decadencia men- tal congénita. Cisneros y otros como él, con ser grandes inquisidores, no tenía por cierto la ur- dimbre cerebral mediocre, el conjunto de defectos morales adecuados, á pesar de su gran delito, que constituía la extraña contextura de un inquisidor. Este fraile era uno de estos caracteres con vida propia, que tienen suficiente vigor para sostener 316 LA LOCURA EN LA HISTORIA las tendencias á un desarrollo independiente del medio ambiente que, como dice Mausdley, «son algunas veces tan poderosas que obligan á las circunstancias á ceder más bien que ceder ellos á las circunstancias » (*). Por lo demás, exclusión hecha de estos raros ejemplos, todos daban la misma nota en el diapa- són mental: llevaban en sí, al entrar, la semilla y el terreno preparado para que el calor fecundo del ambiente hiciera lo demás. Por eso realiza- ban un tipo general que se ha sostenido hasta en rasgos fisionómicos especiales durante muchos siglos. Todos esos elementos componentes de la vida y resistencia del Santo Oficio han crecido, pues, y se han multiplicado porque llegaron á crear el vínculo apropiado á su naturaleza degenerada, y á pesar de su debilidad biológica han subsistido por siglos co- mo con menos razón subsisten en la lucha por la existencia esos otros débiles congéneres menta- les suyos. Como «el germen orgánico una vez sometido á condiciones favorables á la evolución virtual que le es inherente, asimila los elementos tomados en el medio ambiente y manifiesta su placer por el crecimiento, mientras que en con- diciones desfavorables no asimila nada y mani- fiesta su sufrimiento por la decadencia» (2), asi los individuos expresan por un desenvolvimiento (*) Maudsley, loe. cit., pág. 420. C) Mausdley, pág. 327. PSICOLOGÍA DEL INQUISIDOR ESPAÑOL 317 mayor de la vida y de los defectos virtuales que traen al nacer, la presencia de un conjunto de circunstancias ambientes favorables á su evolu- ción. El curioso desarrollo de la imaginación con los caracteres especiales que ya hemos mencionado, contrastando con la escasísima elevación de sus concepciones, lo que los hacía poco susceptibles de generalizaciones, y la ausencia de grandes pen- samientos, de ideas fecundas; la presencia de todas las bajas pasiones, como la rapacidad, la avaricia, el erotismo que, como veremos más adelante, demostraba un desequilibrio medular completo; la fácil excitación de su sistema nervioso expresada en la debilidad irritable propia de su decadencia, constituían toda la interesante fisiología de su estado cerebral. Por momentos los peligrosos enardecimientos que interrumpen la monótona pasividad de los dementes y de los imbéciles se levantaba hasta las proporciones del frenesí, y sus persecuciones tan voraces y tan brutales inundaban la España de hogueras. Llegó un momento en que tomaron el colorido de la agudez, en que los clérigos arrastrados por un encarnizamiento feroz pedían con insis- tencia y con el calor déla fiebre ¡más inquisi- dores ! como que era insuficiente el número de los que actuaban día y noche en los breves pro- cesos que precedían al quemadero. Cuando el 318 LA LOCURA EN LA HISTORIA ardor de la persecución toma esos caracteres anómalos, la pasión entra visiblemente en los límites de la alteración moral; el espíritu per- turbado por la excitación que se propaga fácil- mente, pierde su estabilidad y cae en el des- equilibrio de la enfermedad. Si se tiene en cuenta la natural predisposición de su instrumento mental, desprovisto de la resistente vitalidad que da el equilibrio y la salud general, se verá cuan fácilmente podrían incurrir aquellos pobres frai- les en las extremidades de esta exaltación asimi- lable á un verdadero delirio. Delirios cuyos pro- cedimientos de formación acababan fácilmente por transformarlos en esa otra faz procesiva y hostil al género humano con la especial fero- cidad con que los inquisidores españoles de To- ledo y de Sevilla atoraban el quemadero hasta un extremo que no se ha visto jamás, ni antes, ni después de la inquisición. Y eso que las per- secuciones á los Albigenses fueron crueles y te- naces. Para hacerse una idea de la índole sospechosa de estas impulsiones, al parecer más pasionales que delirantes, bastará leer como una de tan- tas muestras aquella frase del fraile autor del Centinela de los Judíos, que resume en pocas pa- labras toda la ferocidad de que eran capaces. No hay necesidad sino de mencionar en bloc sus per- secuciones. Todos los que se han ocupado del Santo Oficio las han acumulado con estilo más ó PSICOLOGÍA DEL INQUISIDOR ESPAÑOL 319 menos vivo en cuadros y estadísticas cuya lectu- ra crispa los nervios de terror, de vergüenza y hasta de piedad. Andrés Bernáldez, cura de la Villa de Palacios y Capellán del inquisidor general, decía: «el fuego está encendido y quemará fasta que halle cabo á lo seco de la leña que será menester ar- der fasta que sean desgastados e muertos los que judaizaron, que no quede ninguno, e aun sus hi- jos los que eran de-veinte años arriba e si fueran todos déla misma lepra aunque tuvieran menos ». Si tal celo animaba al capellán del inquisidor ge- neral, dice Nataniel Jomtob, página 235, ¿cuan ardiente no sería el del mismo inquisidor y de su tribunal? Baste decir que en menos de veinte años había quemado, sólo en Sevilla, más de 4000, reconciliado cien mil, habiendo hecho cerrar 5000 casas, cuyos habitantes fueron ex- terminados (*). «E con esto, añade el capellán mencionado, todos los confesos fueron espanta- dos e quemados e habían gran miedo, e huían de la ciudad e del arzobispado, e pusiéronles en Se- villa pena que no fuyesen so pena de muerte,' e prendieron tantos que no habitan donde los tu- viesen » « e quemaron infinitos huesos de los co- rrales (cementerios) déla Trinidad e San Agustín e San Bernardo de los confesos que allí se habían enterrado cada uno por sí al uso judaico, e apre- té La Inquisición sin máscara, pág. 35; Bernáldez, loe. cit. 320 LA LOCURA EN LA HISTORIA gonaron á muchos que hallaron dañados de los huidos ». Enloquecidos por el vértigo que iba en un cres- cendo formidable, los inquisidores llevaron el terror y la desolación á todas las provincias de España. Esta Santa Inquisición, continúa Bernál- dez, « hobo comienzo en Sevilla, e después fue en Córdoba, donde había otra tan gran sinagoga de malos cristianos como en Sevilla, e después fueron puestos inquisidores por todo Castilla e Aragón e son infinitos quemados, e condenados, e reconci- liados, e carcelados de todos los arzobispados e obispados de Castilla e Aragón, e muchos de los reconciliados son quemados por el mismo caso, en Sevilla e en las otras partes de Castilla ». En la esencia de ese contagio pasaba algo aná- logo á los procedimientos mentales para la propa- gación de la locura en coro, llamarémosla así á esa folie a deux que ha descrito Laségue y Falret, y que bastantes veces mencionaremos en este libro. Entre los inquisidores habría como en esos ca- sos, espíritus pasivos y cerebros activos, aunque predominara entre todos un nivel general de rela- tiva imbecilidad. En este delirio colectivo, al- gunos desempeñaban el papel de agentes pro- vocadores, ejerciendo una influencia sugestiva sobre las inteligencias más débiles y más dis- puestas, como dice Laségue, á la docilidad pasiva, que á la emancipación, llenando una de las otras condiciones propicias, el hecho de vivir todos en PSICOLOGÍA DEL INQUISIDOR ESPAÑOL 321 relación constante, íntima. Se hallaban los que recibían la imposición en la misma situación de esos niños aprensivos por naturaleza y con- finados, como sucedía con todos esos frailes, en un medio sin expansión, mejor dispuestos para convertirse rápidamente en el eco de un delirio al cual se les asociara (*). Su razón in- decisa no traba lucha nunca, y su fe en ciertos casos va tan lejos que el mismo agente activo (el loco en el caso de Laségue) hesita en seguirlos tan lejos como los lleva la reproducción del deli- rio impuesto. Y es curioso que estas concepciones así transmitidas sean siempre de la índole de las que manifestaban los inquisidores y sus agentes subalternos, de carácter terrorífico y poco agra- dables, como dice el renombrado discípulo de Trousseau en su magnífico estudio sobre la locu- ra comunicada: terrores en el momento del sue- ño y pesadillas, temores de amenazas y persecu- ciones, de peligros lejanos ó próximos, de descon- fianzas y sospechas. Casi siempre son delirios de las persecuciones los que se transmiten, tomando á menudo un carácter terrible, y como por lo gene- ral esta forma de locura parcial tiene un carácter de verosimilitud en sus ideas delirantes, reforzado por la normalidad de las otras facultades, la facili- dad de imposición ó de contagio para los cerebros predispuestos es doblemente hacedera y fácil (~). Q) Laségue, Études cliniques, tomo Io, pág. 726. (') Laségue, loe. cit. LOC. EN LA IIIST. 21 322 LA LOCURA EN LA HISTORIA Además hay que tener presente, como observa muy bien el mismo Laségue, que las gradaciones entre las simples disposiciones del carácter y la locura, son muchas veces insensibles, comenzando por las gentes simplemente temerosas, limitadas ó inclinadas á infatigables esperanzas, para llegar á los alienados aterrorizados, á los melancólicos absorbidos por una aprensión incesante ó á los ambiciosos de satisfacciones siempre próximas (*). Esta forma de aspiración delirante, que es un principio de ese final terrible que estudiamos aquí en todo su desagradable esplendor, «es más fácil, pues, de imponerse, por lo mismo que no despier- ta repulsión, y en sus grados medianos provoca menos la negación que la duda». ¡Cuántas veces el médico, agrega el maestro de la Facultad de París en su admirable lenguaje, aun el médico bien ex- perimentado, no se pregunta, asaltado por la du- da, si el punto de partida no ha sido un accidente real, en vez de ser un acontecimiento quimérico y hesita entre una exageración y una aberración sentimental...! En todos estos hombres estaban, pues, colma- dos las condiciones y los elementos esenciales de la comunicación: primeramente la ciase del delirio (llamémosle así) « sus lados sentimentales, su con- cordancia con las disposiciones del que lo adopta- ba; en segundo lugar la repetición incesante de (*) Laségue, Études medicales, tomo 1, pág. 726. PSICOLOGÍA DEL INQUISIDOR ESPAÑOL 323 los mismos propósitos, renovados sin remisión, y por fin la debilidad intelectual y moral de los par- ticipantes». La cohabitación de todos, constante, sin reticencias, «la participación en las mismas esperanzas y en los temores, solicitados por acon- tecimientos análogos, como por alucinaciones, una de cuyas porciones, no dejó de tener algu- nos vínculos con la realidad, disminuiría la tran- sición entre la razón desfalleciente y el delirio ». Ese estado de curiosa perturbación no fué, por lo demás, la obra de una invasión súbita. El período prodrómico preparó regularmente el cami- no (a). Los confidentes pusieron en común sus aspi- raciones y sus penas, y cuando unos franqueaban bruscamente el límite de lo razonable, los otros iban franqueándolo también, pero por una insi- nuación progresiva, efectuándose poco á poco el trabajo lento de la solidaridad que los uniaá todos y que á todos arrojaba en los mismos excesos y en las mismas perversiones (2). Si al principio la idea parece extraña y absurda, la repetición de la propaganda acaba por intoxicar los corazones, adulados en sus gustos por impulsos análogos en ese cambio y comercio constante que es el que sostiene esa dinamia de las pasiones. Con sólo recorrer los autores que tratan de su método de enjuiciar, se convencerá cualquiera, dice Puiblanch, de que la creencia en los errores (') Laségue, loe. cit., pág. 734. (*) Véase: Laségue, Folio ádcux. Étude, pág. 732. 324 LA LOCURA EN LA HISTORIA de sus sentidos halló más cabida en los inqui- sidores que en el vulgo mismo (J), demostran- do que la infirmidez suya era muy grande y la altura de su nivel intelectual muy inferior á la medida de la época; circunstancia que revela en consecuencia, que el fenómeno apuntado no fué exclusivamente debido á la ignorancia del me- dio ambiente general, sino al descenso congénito de sus facultades. Sólo inteligencias deformes ó en ocasiones conmovidas por alucinaciones, como está probado (2), han podido entre otras cosas concebir y estimar como poderoso indicio de complicidad con el demonio la vejez y la fealdad en las mujeres. Llevaron hasta extremos inconcebibles las supersticiones de cierto género, de las cuales sólo ellos eran únicos incubadores y propagandistas, y con las que fomentaban sus pro- pios delirios, así como las epidemias demonopáti- cas que azotaron al mundo en diversas épocas. Únicamente en el paroxismo de sus persecuciones pudieron creer, con ese carácter supersticioso ex- cesivo, tan propio de su desequilibración, que los reos acusados de maleficios y demonolatrías, se hacían insensibles «por cuanto llevaban pegados al vello del cuerpo algunos hechizos »... Para pre- venir esta treta, los inquisidores adoptaron, como uno de los mejores arbitrios, el mandarles rasar á navaja la cabeza, barba y demás partes donde (') Nataniel Jo.mtob, La Inquisición sin máscara, pág. 289. (2) Nataniel Jomtob, La Inquisición sin máscara, pág. 291. PSICOLOGÍA DEL INQUISIDOR ESPAÑOL 325 pudiera ocultarse el maleficio; así es que los con- denados tenían que sufrir, con particularidad las mujeres, antes de ser puestas en tortura ó hecha- das en la hoguera, un atroz martirio en su pudor por la crasísima ignorancia del tribunal. En el año 1585, el de Cumas en Italia, quemó á cuarenta y una de estas, previa la referida operación (*). Digamos, para terminar, dos palabras más so- bre otro rasgo visiblemente anormal, que com- pleta la fisonomía de suyo desagradable de estos extraños milicianos de la Fe. Cuando el cerebro está mal constituido ó im- perfectamente desarrollado, dice un distinguidí- simo filósofo inglés, en el momento en que el ape- tito venéreo se presenta, sucede en el hombre lo que en los animales, para quienes el amor se re- duce á la necesidad sexual y en los cuales la pre- sencia de la hembra excita un deseo que determina inmediatamente esfuerzos desesperados para sa- tisfacerlos (2). Todo lo contrario de lo que acon- tece cuando está bien conformado y conveniente- mente desarrollado, el deseo sexual experimenta un desarrollo complejo en la conciencia; su vio- lencia grosera «se refrena al pasar por los cen- tros superiores de ideación que suministran to- dos los sentimientos delicados, exaltados y admi- rables del amor, esos sentimientos que constitu- yen el tesoro de los poetas y que desempeñan un (J) La Inquisición sin máscara, pág. 292. (*) Mausdley, loe. cit., pág. 333. o~u LA LOCURA EN LA HISTORIA rol tan grande en la felicidad y en las amarguras de los seres humanos» (*). Lo que «es evidente en esta categoría de deseos lo es igualmente con respecto á los otros, y podemos decir con Bacon que el alma sería templada y plácida, si las afec- ciones no vinieran como vientos impetuosos á provocar tempestades, ó con Noval is, que la vida es una actividad febril excitada por la pasión » (2). La disolución de costumbres de los Inquisidores, lo mismo en Méjico ó en Lima que en España, se ha observado siempre en un grado que espanta. Desde su misteriosa covacha, « como el leopardo de la cueva, acechaban, dice el venerable Juan de Palafox, estos hombres prevalidos de su irresisti- ble autoridad, á la inocente doncella y á la casta esposa, para saciar en ellas su liviana pasión. Eso se vio á fines del siglo xv en la Inquisición de Córdoba y á fines del xvi en la de Zaragoza, con cuyo motivo se dieron quejas al rey y al Consejo de la Suprema, según lo atestiguan, no autores herejes, extranjeros ó mal informados, sino cató- licos nacionales y coetáneos que tuvieron moti- vos para hablar con conocimiento de causa y con verdad (3). Una de las peticiones de las cortes de (') Mausdley, Physiologie de Vesprit, pág. 332. (2) Mausdley, Physiologie de Vesprit, pág. 333. (3) Carta del venerable D. Juan Palafox, Obispo de los pueblos de los Angeles y de Osuna, al Inquisidor general D. Diego de Arce y Reinoso, Obispo de Placencia, en que so que- ja de los atentados cometidos contra su dignidad y persona por el tribunal de Inquisición de Méjico, Cádiz, imprenta de Diego García Campos, 1813. PSICOLOGÍA DEL INQUISIDOR ESPAÑOL 327 Toledo con motivo de esos desagradables excesos, decía: « Que las justicias hobiesen de los dichos exesos e no los consintiesen, sino que los hiciesen saber a S. M. e a su muy alto Consejo para que sobre ello proveyesen lo conveniente ». Gonzalo de Ayora, cronista de los Reyes Católicos, agregaba : «que los inquisidores habían infamado estos reinos, matando, robando y forzando doncellas y casadas con gran vituperio y escándalo de la religión cris- tiana» (*). En este orden, si grande era el desen- freno de los inquisidores en Córdoba, no lo fué me- nos el de los de Zaragoza, y á ellos se refiere Anto- nio Pérez cuando habla « de lastimosas quejas de pacientes y lastimadas doncellas y recién casadas rendidas y poseídas con las armas de tal juicio »; y de algunos inquisidores, dice también Pérez, «ser muy amigos del asentista del lupanar que había entonces en Zaragoza y que salían de noche dis- frazados y con armas», concluyendo por afirmar que él sólo dice las « cosas que son públicas y que están en procesos que si dixese los secretos se san- tiguarían los rufianes mismos)) (2). Era que todos los excesos imaginables, todas las perversiones desagradables del sentido genési- co se cometían por los inquisidores. La frecuencia con que han sido procesados algunos frailes por delitos de seducción y la insistencia con que se es- (l) Carta do Gonzalo do Ayora, publicada por Puiblanch en su libro La Inquisición sin máscara, pág. 443. (*) Antonio Pérez, Relación del 21 de Septiembre. 328 LA LOCURA EN LA HISTORIA tigmatizaba teóricamente la sodomía y la bestiali- dad (*), revelan la difusión de estos delitos; y generalmente cuando existe tan exagerada ten- dencia á los placeres genésicos, en la forma en que parece que la tenía la gente del Santo Oficio, se ve casi siempre en los individuos, caracteres de- generativos hereditarios congónitos, agregados en la mujer á una falta casi completa del sentimiento del pudor (2). En los degenerados, el capítulo de las perversiones del instinto sexual es abundante y curioso, pudiendo observarse todas sin excep- ción, desde el simple onanismo hasta la bestiali- dad y la sodomía, delito que es frecuente en los colegios y que era entonces muy perseguido por la Iglesia, porque parecía de uso común en los conventos. Según reza el proceso de los Templa- rios « se entregaban á la liviandad de sus compa- ñeros y era común allí la Venus nefanda (3). No es extraño, pues, que si Antonio Pérez hubiera con- tado en su célebre Relación, todos estos secretos de la perversión inquisitorial, se santiguarían los mismos rufianes, como él decía. Los ultrajes y los atentados al pudor de que se hacen frecuente- mente culpables estos desarmónicos, son innu- merables, y necesitaríamos un desarrollo que sobrepasaría las proporciones de este trabajo, (') Véase: Puiblanch, The Inquisition unmasked, pág. 449; Palafox, Carta etc. (2) Sergi, Le degcnerazioni umane, pág. 128. (3) Puiblanch, La Inquisición sin máscara, pág. 307. PSICOLOGÍA DEL INQUISIDOR ESPAÑOL 329 para el completo conocimiento de sus varieda- des (*). Bástenos saber que, como decía el venera- ble Palafox, autoridad insospechable por cierto, y todos los autores contemporáneos, que no hubo ultraje de que tales hombres no echaran mano para satisfacer tan desordenado apetito, que so- brepasaba su rapacidad también enorme (2). Todo lo que pudo inventar una imaginación de tan singular fecundidad, escapando al saludable control de las facultades intelectuales y puesta al servicio de un instinto pervertido, es susceptible de encontrarse en la historia de los débiles de esta clase (3). Es evidente, agrega todavía un eclesiás- tico que ha hecho una severa crítica del Santo Oficio, «que la candida doncella y la casta esposa han sido arrancadas del seno de sus madres y del tálamo nupcial y trasladadas á las cárceles de la Inquisición por la lascivia de los inquisi- dores » y cubiertas con la mano de la religión (4). Según Delrio, tenían hasta los repugnantes refi- namientos que busca la incurable impotencia se- nil para despertar una sensibilidad mortecina: en su presencia, les hacían afeitar el pubis á las mu- jeres sospechadas de brujería, las hacían desnu- dar ó las desnudaban por sus propias manos, manoseando y tocando con la consiguiente exalta- (') Legrain, Du delire ches les degeneres, 1886, pág. 29. (*) Véase: Puiblanch, loe. cit.; Forneron, loe. cit.; Melga- res, Procedimientos de la Inquisición. (3) Legrain, loe. cit., pág. 29. (*) Puiblanch, loe. cit., pág. 445. 330 LA LOCURA EN LA HISTORIA ción las carnes de todas aquellas « esposas y don- cellas inocentes » de que habla Jomtob... ¡Á qué enormes excesos no se entregarían estos genesíacos terribles parapetados detrás del quemadero y de un secreto impenetrable ! Carlos V, que con ser fanático estaba muy lejos de ser indiferente á estos placeres aun en sus formas más excesivas, se escandaliza «de los cristianos que tal hacían », según dice Sandoval en su conocida Historia del Emperador Carlos V, y la crónica comentada délas escenas que producían, circulaba por toda Europa agregando este otro motivo de horror por el Santo Tribunal. Lo que sin duda parecerá curioso, es que el fer- vor místico, en sus proporciones más exaltadas na- turalmente, sea un equivalente clínico del instinto sexual sobrexcitado, como parece demostrarlo la psiquiatría; que en la historia del fanatismo y de la locura, la filosofía y la clínica enseñen á estos dos sentimientos tan opuestos, frecuentemen- te aparejados. Un frenólogo de Gall diría que el territorio ola protuberancia del amor místico y del sexual se in- gerían la una sobre la otra; que la zona cortical del primero hace un visible empiétement sobre la del segundo. Nada hay más carnal, menos místico que ese amor caliente de Santa Teresa para Jesús — para citar el ejemplo más conocido — su esposo, su divino esposo. Y á medida que el éxtasis va pro- porcionalmente aumentando, el sensual fervor de PSICOLOGÍA DEL INQUISIDOR ESPAÑOL 331 la divina descalza se va haciendo más visible en su lenguaje caluroso. Extraña mezcla de misticismo y de erotismo, platónico sin duda, pero con un colo- rido terrenal á veces demasiado subido. Parecía más bien la vaga y confusa protesta de un tempe- ramento sometido, pero no domado, que pugnara por recuperar derechos desconocidos; especie de rebeldía inconsciente de un cuerpo nacido para el placer, que á los prestigios de la plena edad reunía las exigencias violentas de una vida exuberante, palpitando con soberana vivacidad bajo la fibra de su piel blanca y luciente. Una rara y confusa com- binación, en fin, de ese escalofrío que experimenta la carne tocada por la caricia mundana, con la dulce fiebre mística que abraza al organismo en el éxtasis supremo de la devoción. Pierre Delancre, consejero del Parlamento de Bordeaux, ha dado en dos enormes volúmenes una descripción exacta de esas demonolátricas en que el sentido genital y el fanatismo religioso anclaban siempre juntos en una unión macabra y diabólica (*) y en su lenguaje especial, intraducibie, daba en cuatro palabras la nota pintoresca de tan extravagantes locuras propagadas: « danser indé- cemment, decía, pestiner ordements, accoupler diaboliquement, sodomiser exécrablement, blas- phémerscandaleusement, courir aprés tous dé- sirs horribles, sales de natures, brutalement, te- (l) Véase: Paul Moreau ( de Tours ), Des aberrations du sens génésique, pág. 43. 332 LA LOCURA EN LA HISTORIA nir les crapaux, les vipéres, les lézards et touíes sortes depoisonspernicieusement, aimer un boue puant ardemment, le caresser amoureusement, s'accomter et s'accoupler avec lui horriblement et imprudement))... tales eran, según sus pro- pias declaraciones, su felicidad y sus placeres habituales (*). Paul Moreau refiere que en 1491 las religiosas de un convento de Cambrai fue- ron vejadas de una manera horrible por el de- monio. Los exorcismos, dice, los tratamientos variados que se les hizo sufrir no les procura- ron ningún alivio. La causa de tan grave des- gracia era que el diablo había sido introdu- cido en el convento por una religiosa con quien cohabitó cuatrocientas treinta y cuatro veces en el claustro, habiéndose permitido esta religiosa un comercio con el diablo mucho más vergon- zoso aún (2). He aquí, pues, lo que eran los Inquisidores: constituían como extructura intelectual y moral una verdadera anomalía, una desviación del tipo normal que si bien no entraban siempre en la cate- goría de los locos, en el sentido corriente de la pa- labra, estaban bien adentro de lo que en el lenguaje médico psiquiátrico se entiende por enajenación mental, que es, como hemos dicho ya, un término genérico que comprende indistintamente todas las i1) Moreau, de Tours, loe. cit., pág. 43. (2) Del Rio, Diaquisit Magie VI, citado por Moreau, de Tours, pág. 43. PSICOLOGÍA DEL INQUISIDOR ESPAÑOL 333 alteraciones de que puede ser sujeto la inteligen- cia, alteraciones constitucionales ó funcionales, congénitas ó adquiridas, transitorias ó persisten- tes O. t1) Regís, Manuel pratique de médecine mentale, 1892. CAPITULO II TORQUEMADA. — SU FANATISMO BAJO EL PUNTO DE VISTA DE LA MEDICINA MENTAL Sumario : Establecimiento de la Inquisición.—Opinión de los historiadores sobre el Padre Torquemada.—Juicio de los es- critores españoles.—El fanatismo de Torquemada.—Impre- sión que deja en el espíritu su estudio.— Anormalidad de ese fanatismo vagamente expresado por todos.—¿Es nórmalo enfermizo? Silo segundo, ¿entre cuál de las formas de per- turbación debe colocarse ? —Epilepsia psíquica.— Su carác- ter, su sintomalogía.— ¿Era Torquemada un epiléptico? — Caracteres y signos que manifestaba y que lo asimilan á un epiléptico.— Diversas formas de epilepsia.— Causas y pa- togenia.— ¿El fanastismo de Torquemada puede referirse á la epilepsia psíquica ? — Caracteres del fervor religioso de los epilépticos.— Su religiosidad sospechosa. — Fisiología del fanatismo.— La historia del fanatismo no encierra ningún caso como el de Torquemada. — San Francisco de Asís, etc., etc. — Insensibilidad é irritabilidad del carácter de Torque- mada.— Ausencia del sentimiento estético.— Moralidad y austeridad de la conducta de Torquemada.— Peculiaridades de su carácter y de sus antecedentes.— Conclusión. El establecimiento de la Inquisición moderna, íntimamente vinculado al nombre de Torquema- 336 LA LOCURA EN LA HISTORIA da, sólo data oficialmente de 1478, en que Sixto IV la echó al mundo; si bien es cierto que ya en 1430 los reyes católicos la habían establecido en España, difundiéndola luego en casi todo el orbe civilizado. Después de las grandes persecucio- nes que verificara en la Europa entera y de ha- ber extirpado por completo, dice Prescott en su Historia de los reyes católicos, las herejías Al- bigenses, pudo la infernal maquinaria descansar tranquilamente por falta de necesario combustible para ponerla en movimiento, cuando se descu- brieron inmensos y abundantes materiales en la desgraciada raza de Israel, á quien tan despiada- damente han tratado todos los pueblos de la cris- tiandad (J). Como es sabido, los judíos cometían la doble herejía de poseer colosales fortunas y de tener inteligencia suficientemente cultivada para que Alfonso el sabio la empleara en la confección de sus célebres tablas. Las continuas persecucio- nes y los asaltos repetidos que el populacho exci- tado por el clero ignorante hacía en las juderías, los obligaron á emigrar ó á convertirse, real ó fal- samente, como creía la Inquisición. Esta fué la oportunidad para que el Santo Oficio comenzara á moverse con una horrenda actividad, y los falsos convertidos ó cristianos nuevos á caer por cientos y por miles mezclados y confundidos con los he- (*) William H. Prescott, Historia del reinado de los re- yes católicos don Fernando y doña Isabel, tomo I. TORQUEMADA 337 rejes de otra especie en las manos del famoso Torquemada, cuyo estudio psicológico vamos á tratar de hacer en este breve capítulo. Las noticias que tenemos sobre él, son sin duda escasas y bastante vagas, aunque algunas veces suficientemente reveladoras para fundar un juicio del estado moral é intelectual en que se hallaba durante los largos y obscuros diez y ocho ó veinte años que duró su terrible do- minio. Hemos hecho por tres ó cuatro años una verdadera campaña buscando libros y datos que nos permitieran conocer sinceramente y sin apa- sionamientos sistemáticos á este hombre que ha llenado el mundo con su nombre; ya ponien- do á contribución la voluntad de amigos bené- volos, apasionados como nosotros del interesante asunto, ya leyendo cuanto nos ha sido posible proporcionarnos en una verdadera inquisición lite- rario-bibliográfica que hicimos para darnos cuenta exacta de la naturaleza psicológica de la época cuya disección difícil nos proponíamos verificar. Desearíamos, pues, que no se enturbiara nuestro juicio por la intervención del amoral sujeto, que á menudo of uzea la inteligencia, en este género de especulaciones científicas. Se ha escrito mucho sobre el Santo Oficio, y como el nombre de Torquemada está intimamen- te ligado á su historia, todo lo que á él se refiera pertenece como es natural á su biografía. Sin em- bargo, en muchos de esos libros, cuya índole y LO". EN LA HIST. 22 338 LA LOCURA EN LA HISTORIA espíritu difieren fundamentalmente, como era de esperarse, su figura es á las veces indecisa y va- ga; se habla de él, pero sólo de sus grandes he- chos públicos; aparece el gran inquisidor, el con- fesor de la reina Isabel; pero la persona moral, el individuo íntimo, apenas se presenta en la es- cena, desaparece como una de esas alucinacio- nes del teatro en las comedias ele magia. Torquemada era en su principio un fraile obscu- ro, inocuo probablemente, como fueron otros tan- tos que después ocuparon lugar prominente en los asuntos del Santo Oficio. Su piedad exaltadísima, su celo apasionado y fervoroso dieron sin duda mo- tivo para su designación de confesor y director moral de Isabel la Católica, sobre cuyo espíritu, como se sabe, ejerció una influencia realmente infecciosa. Allí comenzó su larga carrera, hasta terminarla en el doloroso decaimiento mental á que se refiere Prescott en el capítulo X de su Historia de los reyes católicos Fernando é Isa- bel. Algunas peculiaridades de su organización ce- rebral, que es lo que más nos importa conocer ahora; el modo de ser extravagante y excepcional de la sensibilidad moral, produjeron en el espíritu la impresión extraña de una mentalidad comple- tamente anormal y deforme. No pueden cometerse ciertos actos, llevar una vida fuera de las reglas más elementales, vio- lar las leyes que presiden el funcionamiento co- rrecto de la inteligencia y de la sensibilidad, TORQUEMADA 339 sin entrar inmediatamente dentro del terrible círculo, ya sea en la obscura y profunda som- bra de la enajenación declarada é irremediable, ya en la incierta frontera de aquellos mitoyen ó mestizos de la locura, en el funcionamiento de cuya inteligencia existen fulgores de una in- tensa luz al mismo tiempo que profundas y ex- tensas manchas que la interrumpen. No po- dríamos decir que Torquemada haya sido loco,— loco en el sentido vulgar y corriente de la pala- bra. No. Pero por poco que se estudien sus actos, por poco que uno profundice la observación, se verá que aquel hombre tenía dentro de la urdim- bre de su tejido nervioso, alguna cosa que per- turbaba el libre y regular funcionamiento del espíritu. No es posible creer, ó el cerebro esca- pa completamente á las leyes que presiden todas las funciones del organismo animal, que esa alma extraordinaria haya procedido libre y es- pontáneamente como cualquiera de nosotros. Si examinamos con atención la manera cómo lo consideran la mayoría de los escritores, incluso los que, como dice Guardia, están contaminados por la diátesis católica, veremos que, más ó me- nos, ha producido en todos los espíritus la misma impresión, dejando algunos sospechar, aunque muy vagamente, que el cerebro del celebérrimo prior de Santa Cruz de Segovia no fué normal en la acepción fisiológica de la palabra. Llámanos á todos la atención, primeramente, 34G LA LOCURA EN LA HISTORIA el intenso y acaloradísimo impulso de su pasión religiosa, su exclusivismo profundo que no per- mitía la presencia de ningún otro afecto en el alma, esas explosiones violentas con ciertas inter- mitencias peculiares del acceso que lo caracteri- zaban tanto; por otra parte, su honestidad prover- bial, que en medio de la corrupción habitual de los frailes de su tiempo se mantenía incólume, y finalmente una multitud de pequeños detalles íntimos, al parecer sin importancia, que disemi- nados en la extensión de su vida, arrojan una verdadera luz sobre la naturaleza de sus senti- mientos . El juicio popular, que algunas veces se ade- lanta á la ciencia en sus descubrimientos y ob- servaciones ¿no habría tal vez vislumbrado la anormalidad de su sensibilidad moral ? Extravíos de tanta consideración, dice el tra- ductor de la Historia de los Reyes Católicos por Prescott, « no se pueden atribuir á las pasiones ordi- narias de la naturaleza humana ni á motivo de inte- rés ó de ambición; no son éstos suficientes para pro- ducir efectos tan colosales, tan constantes y tan con- trarios á los sentimientos del corazón y de la mo- ralidad humana. No: hubo un extravío mental, una verdadera locura que si alcanza, según el jui- cio del autor, á disculpar á Isabel y casi á escudar á Torquemada, en el mío, llega á cubrir con su manto, aunque triste y sombrío, á toda la época, no para disculpar sus errores y males, sino para TORQUEMADA 341 deplorarlas como se deploran los extravíos y las desgracias, etc., etc.» (*). El celo de este hombre, agrega Prescott (2), ".era de una especie tan extra- ña, que casi se puede escudar bajo el dictado de locura. Torquemada que tiene derecho á ocupar un lugar distinguido entre los que han sido auto- res de grandes males contra el género humano, consiguió morir pacíficamente en su lecho. Sin embargo, vivió con miedo continuo de ser asesi- nado, y se dice que tenía siempre sobre su mesa una supuesta asta de unicornio á que se atribuía la virtud de descubrir y neutralizar los venenos; y al mismo tiempo, parala más completa guarda de su persona, llevaba una escolta de cincuenta caballos y doscientos infantes en sus jornadas por el reino» (3). Este terrible y fanático magistrado, afirma Lafuente, que dio al tribunal de la fe un carác- ter adusto y severo y una autoridad prodigio- sa, lejos de templar el carácter en que había co- menzado á actuar el Santo Oficio y sobre cuyo proceder se habían dirigido ya muchísimas quejas al papa Sixto IV, infundió el temor y el espanto por el amargo celo que desplegaba en la persecu- (J) Nota de la pág. 362 del tomo I de la Historia de los Reyes Católicos Fernando é Isabel, por William Prescott. (2) Prescott, Historia de los Reyes Católicos, pág. 361, tomo I. (3) Nic Antonio, Biblioteca Vetus, tomo III, pág. 340; Prescott, Historia de los Reyes Católicos, tomo I; Llórente, Historia crítica de la Inquisición. 342 LA LOCURA EN LA HISTORIA ción y castigo de los sospechosos. En 10 de Octu- bre de 1482 y en 2 de Agosto de 1483, Sixto IV se vio obligado á expedir breves contra el rigor y las formas délos procedimientos del fraile inqui- sidor. Más adelante el mismo historiador agrega: «Sabido es cuánto arreció el furor del Santo Oficio en el tiempo del primer inquisidor general, fray Tomás de Torquemada, desde su nombramiento en 1483 hasta su muerte acaecida en 1493. Y decimos que es sabido, porque su nombre pasó á la posteridad y es pronunciado todavía con cierta especie de terror, por desgracia justificado, mirándosele como el representante del fanatismo más furioso y más implacable » (a). Los mismos escritores españoles que como La- fuente, «por amor á su patria y á la dignidad del hombre» quisieran dulcificarle la fisonomía moral, no pueden resistir á la influencia avasalladora de los hechos. Hallamos, continúa Lafuente, que las cifras de las víctimas de su furor « es- tán en consonancia con los datos que nos su- ministran -escritores contemporáneos y testigos como Hernando del Pulgar, Andrés Bernáldez, Pedro Mártir de Angleria y Lucio Marien Sí- culo; historiadores graves, aunque posteriores, como Jerónimo de Zurita y Juan de Mariana, adictos unos á la Inquisición y otros no enemigos O Historia general de España, desde los tiempos primi- tivos hasta la muerte de Fernando VII, por D. Modesto Lafuente, tomo 7", pág. 96. TORQUEMADA 343 suyos y los documentos de los archivos que hemos podido examinar » (*). Los mismos frailes le lla- man fanático, insolente unos (2), loco, hidrofó- bico otros, y todos están de acuerdo en que su barbarie, su celo estúpido era de un carácter ex- cepcional. Hizo en España durante los diez y ocho años de su reinado — asegura Llórente, Historia de la Inquisición — «diez mil doscientas víctimas, que murieron en las llamas; seis mil ochocien- tas sesenta que mandó quemar en efigie por muerte ó ausencia de la persona, y noventa y siete mil trescientas veinte y una que castigó con infamia, confiscación de bienes, cárcel per- petua é inhabilidad para empleos con título de penitencia; todas las clases componen ciento ca- torce mil cuatrocientas una familias perdidas para siempre, sin contar en este número las que sufrie- ron una suerte casi totalmente igual por sus co- nexiones de parentesco inmediato » (3). La misma impresión en todos : amigos y enemi- gos del Santo Tribunal; el mismo desagrado, la misma repugnancia manifestada en el juicio uná- nime. Aquella fisonomía moral, torva y desagra- dable, hace surgir en el acto la idea de una anor- malidad que se impone irremediablemente. « Gra- Q) Lafuente, loe. cit. (*) Llórente, Historia, pág. 150, tomo I. (3) Véase: Bernáldez, Reyes Católicos, capítulos XLIII y XLIV; Zurita, Anales de Aragón, libro XX, cap. XLIX; Mariana, Historia de España, libro XXIV, cap. XVII. 344 LA LOCURA EN LA HISTORIA ves disgustos y amarguras produjo al Inquisidor una misión llena de peligros en la época de su establecimiento, dice Don Francisco Javier G. Rodrigo, historiador y ciego panegirista de la Inquisición, siéndole preciso vencer obstáculos gravísimos suscitados por los adversarios de nuestra Santa Fe católica ; mas la constancia y decisión del dominico superó todos los inconve- nientes, desvió todas las intrigas y venció todas las dificultades. Entonces sus enemigos apelaron á otros recursos, tratando de difamarlo para que perdiera la confianza de los Reyes y hasta hi- cieron llegar á Roma calumnias bien dispues- tas)) (*). ¿Cuáles eran esas calumnias tan bien dispues- tas de que habla este curioso ejemplo de ata- vismo de aquellos tiempos ? Los enemigos, dice M. J. González, «lo acusaron ante el pontífice Sixto IV de estar mal de su juicio, pues las cosas que hacía, daban vehementes sospechas de ello» (2). El odio que producía el despiadado rigor de Torquemada suscitó contra él tantas acusaciones y de tal género, agregan Llórente y Prescott, que, en 1494, Alejandro IV, teniendo presente los achaques del inquisidor, nom- bró cuatro coadjutores para que le ayudaran (:) Historia verdadera de la Inquisición, por D. Francisco Javier G. Rodrigo, tomo II, pág. 112. (*) M. J. González, Historia del Reinado de la Inquisición en España, 1845 (folleto). TORQUEMADA 345 á llevar el peso de su cargo (<) El género de furor era de tal especie, opina Antonio Puiblanch, « que el papa Alejandro IV, sospechando del juicio de Torquemada, le nombró dos coadjutores, pre- textando que sus achaques lo hacían acreedor á esa ayuda » (2). Otros más explícitos, aunque más apasiona- dos, glosan en largos ditirambos patriótico-libe- rales, las calumnias de que era objeto en su tiempo el célebre fundador del convento de San- ta-Cruz ; pero todos traducen con cierta unani- midad elocuente, con cierto terror supersticioso la viva impresión de espanto que infundió du- rante 40 años tan crueles. El autor de la His- toria verdadera de la Inquisición, habla de al- go más importante para nosotros: insiste en diversas partes de su libro sobre los grandes padecimientos físicos del Inquisidor. «Gran- des padecimientos físicos, nos dice, consecuen- cia de una vida laboriosa y penitente, hacían de- sear á Torquemada el retiro de su celda, por cuyo motivo renunció el cargo ». « Dolencias in- curables de la fibra lo obligaron á alejarse», agrega un breve opúsculo de trescientas páginas que tenemos á la vista titulado : Breve historia (') Véase: Llórente, Historia, etc.; Prescott, Historia, etc. (*) Véase: The Inquisition unmasked being and historical and philosophical account of that tremendous tribunal foun- ded on authcntic documents etc.; by Antonio Puiblanch, 1816. 346 LA LOCURA EN LA HISTORIA de la Inquisición de España, con documentos no publicados hasta ahora (*). Y por fin, el Comen- tario crítico jurídico de la Inquisición antigua y moderna, 1863, página 125, cuenta que « el mal- decido fraile, según entre otros escritores, asegura Bernáldez en su Historia de los Reyes Católicos, había adquirido á fuerza de ayunos y de disgustos una enfermedad ó mal nervioso que lo obligaba á guardar reposo»,—circunstancia, en lo que se refiere á los ayunos prolongados, los grandes dis- gustos y á las largas penitencias, que confirma uno de los más grandes apologistas de la Inquisición y de Torquemada, el autor de la Historia verda- dera de la Inquisición (2). No hay duda que la « maledicencia de los judíos y moriscos, que no perdonaron, según el libro citado más arriba, medio alguno para mancillar la honra de Torquemada, desacreditando su ejem- plar conducta», pudo ir hasta acusarlo de co- dicia y de muchos otros feos delitos que lleva- ron al oído del pontífice; pero seguramente que la inventiva hebrea no debió atreverse hasta dar cuerpo y tramitar con tantos caracteres de verdad, la invención, entonces inocua é inadmisible como medio de ejercer una venganza, de que Torque- mada era un espíritu anómalo ó que no gozaba de la plenitud de sus facultades. (l) E. Pérez Echard, Méjico, 1815, Impr. de Alejandro Jines. (*) D. Francisco Javier G. Rodrigo, Historia verdadera de la Inquisición, tomo II, páginas 112 y 115. TORQUEMADA 347 Esta insistencia conque se ha venido transmi- tiendo la sensación de anormalidad de su sensi- bilidad moral que sacamos todos como producto de la disección siquiera superficial de su espíritu, tiene pues un origen real y evidente, como se ve. ¿ Era Torquemada un loco en la acepción común del concepto? La impresión que resulta del frío análisis de su conducta, nos echa más bien en otra corriente, aunque sin salir del ya amplio círculo de las neu- ropatías degenerativas. No es un delirante vulgar, seguramente, un maníaco ordinario que obra em- pujado por sus ímpetus accesuales ó un loco in- cendiario con impulsiones homicidas simples el que se nos presenta bajo la luz de nuestra lente. Torquemada nos deja más bien la dolorosa sensa- ción de una de esas epilepsias subparciales, de una de aquellas formas terribles del mal caduco que se deslizan en silencio por los órganos locomotores para ubicarse integralmente y con toda su terri- ble violencia en los aparatos complicados de la vi- da mental. Ciertas consideraciones de orden fisio- patológico explicarán esta concepción al parecer exótica de nuestro Torquemada moral que es otro que el que transmite la historia corriente. La epilepsia es una enfermedad que tiene pe- culiaridades curiosísimas en la sintomatología, variabilidad muy grande de un individuo á otro, y el acceso convulsivo motor, aun cuando es una de sus manifestaciones frecuentes y probato- 348 LA LOCURA EN LA HISTORIA rias, no basta para constituir el punto común de las diversas formas, su característica exclusi- va (*). La epilepsia puede ser algunas veces tan parcial, que sin ciertos signos degenerativos ó patológicos somáticos reveladores, pasaría com- pletamente desapercibida; ó si esas determina- ciones intelectuales y morales del mal, tan ter- ribles como se presentan en el caso que nos ocupa, no la pusieran de manifiesto al ojo avezado del clínico especialista. El mismo Hugling Jackson al estudiar la forma á que ha dado su nombre, hace notar que puede existir un ataque de epilepsia con la sola producción de una alucinación olfa- tiva. Ciertos accesos alucinatorios periódicos, producidos de improviso, la mayor parte de las veces con un carácter terrorífico y especial- mente unilaterales, son verdaderos monospasmos epilépticos sensoriales, impulsos, por cierto análo- gos á los que con frecuencia tenía el famoso frai- le^); irresistibles coacciones del ánimo, deseos incoercibles que se repiten periódicamente en me- dio de la salud psíquica y que son también ver- daderos monospasmos psíquicos medio velados. Bueno es hacer notar también la tendencia á la difusión que ellos tienen, como impulsos y mani- (') Tonnini, Le epilessie in rapporto alia degenerazione, 1891 (Biblioteca antropológica jurídica, serie 1, volumen 10°, pág. 50). (2) Véase: Prescott, Historia, etc., tomo II; Llórente, His- toria crítica de la Inquisición; Puiblanch, The Inquisition unmasked. TORQUEMADA 349 festaciones parciales; lo que explica el estado de excitación maligna general y durable en que caen algunos epilépticos. Así, del monospasmo ó emis- pasmo epiléptico se pasa á la convulsión motora bilateral, de la alucinación aislada unilateral (mo- nospasmo sensorial) al delirio sensorial epiléptico (epilepsia sensorial), de la impulsión psíquica tran- sitoria (monospasmo psíquico) á la alteración cró- nica del carácter epiléptico, á la locura moral, á la epilepsia psíquica (Tonnini,etc, pág. 50), á esa forma destructora que como el fuego interno que, según la geología, circula en las entrañas de la tierra, discurre constantemente entre las textili- dades más íntimas del cerebro, produciendo la consecuencia que vemos producirse en la vida so- cial y en la historia de los pueblos cuando los epilépticos se llaman Torquemada ó Mahoma. ¿ Que á Torquemada no se le han conocido las convulsiones que es su expresión peculiar? Per- fectamente. Pero la convulsión, dijimos ya, no es la epilepsia, sino una de sus expresiones más viva- ces y más impresionables aún para el mismo mé- dico; porque parece evidente, como es verosímil haya sucedido en este caso, que en muchos epilép- ticos sin el gran mal motor, se observan convul- siones subparciales que pasan completamente des- apercibidas para el mismo paciente y para cuyo conocimiento es generalmente necesario un aná- lisis prolijo y constante; es menester buscarlas, pescarlas, diremos más bien. 350 LA LOCURA EN LA HISTORIA La convulsión, como dice Rosembach, no es sino la expresión material, el síntoma de la desarmonía absoluta de las funciones, la resul- tante última del déficit en la economía cere- bral. La extraordinaria tensión de la corteza bajo los estímulos habituales, sin el control y el freno de los poderes inhibitorios, estalla en una convulsión, que cuando se manifiesta tiene la importancia significativa de un hecho positivo revelador de la enfermedad. La frecuencia de la conmoción motora, su existencia en las formas más graves le dan una importancia sintomática no sólo patológica sino degenerativa en el sentido de aqu2lla desarmonía funcional á la cual ha llama- do Amadeiel terremoto humano. Si su presencia es un hecho perfectamente demostrativo de la enfermedad, algunas veces ya muy antigua, su falta no la excluye en grados menores ó bajo otras combinaciones cerebrales muchas veces más graves. Dice Tonnini, á cuyo libro hacemos estos generosos empréstitos, que la convulsión es á la epilepsia como la chispa á la electricidad, ma l'elec- tricitá esiste neil' atmosfera anche senza il lampo (pág. 60). El hecho de alternarse en un solo individuo las diversas formas, significa que hay una lesión más comprensiva en su plano de organización, como quiere el autor de Le epilessie in rappjorto alia degenerazione, más que en aquel que sólo manifiesta una simple variedad motora, y cuyo TORQUEMADA 351 grave estado morboso es más complejo y se reve- la según los estímulos y las condiciones externas variables, con diversas manifestaciones que tra- ducen con más ó menos vigor la forma madre. Pero no sólo, agrega el mismo autor, vemos por ejemplo á un individuo presentar hoy un acceso de epilepsia psíquica y mañana uno de epilepsia motora, sino que observamos también ciertos- epilépticos en quienes habíamos hecho diagnósti- cos de una epilepsia comprensiva muy completa, presentar episódicamente las manifestaciones más parciales del mal. Para convencerse no hay sino recorrer la abun- dante casuística de las obras de Legrand du Sau- lle, Amadei, Tonnini, Sepilli, Venturi, etc., etc., que suministran ejemplos notables de epilepsias parciales y subparciales, las más acabadas y evi- dentes. Un epiléptico clásico podrá no sólo ma- nifestar aisladamente un ataque de epilepsia motora, sensorial ó psíquica, sino también, como ha visto Sepilli (*) en un comicial ordinario, en vez de uno de esos accesos comunes, presentar un ataque de epilepsia Jacksoniana, un simple mo- nospasmo. Y en la clínica de Tonnini se re- gistra un caso en que en vez de uno de sus co- munes ataques, el enfermo presentó una neta alucinación unilateral de la oreja izquierda (pág. 52). En la página 64 de su último libro trae (') Sepilli, Atti del VI Congresso. 352 LA LOCURA EN LA HISTORIA un caso en el cual la convulsión sólo vino lar- go tiempo después como un síntoma secunda- rio. Este caso, que da á la convulsión la impor- tancia de un signo es, dice el ilustrado profesor de Turín, un buen ejemplo de epilepsia psíquica que recibe recién al final la marca de la epilepsia mo- tora, pero que hubiera, á pesar de todo, permane- cido epilepsia, aun sin la presencia de la convul- sión; lo que, como ya he dicho, no agrega de nuevo á la enfermedad sino el síntoma incómodo y anti- social de caer en cualquier parte y de dar ese triste espectáculo que hacía huir del comicio al Romano pusilánime. Es necesario vivir entre ellos, dice un maestro experimentado, hablando de los epilépticos, para conocerlos á fondo y poder apreciar las curiosas maneras con que se presenta ese intelecto defor- me, para comprender cómo se ocultan al ojo poco avezado de i profesoroni en materia psiquiá- trica. Y aún ciertos módicos ilustrados tienen en esas cosas, á menudo, un concepto inadecuado, en que no ven sino al convulsionario vulgar, con- siderando todo otro síntoma como accesorio ó se- cundario. Por eso dice un experto en la materia, que es menester el hábito del examen psiquiátrico para reconocer la enfermedad allí donde otros no la encuentran, para reconocerla en el epiléptico mismo en ciertos períodos de su accidentada evo- lución. La asimetría domina en todas sus cosas; la de- TORQUEMADA 353 sarmonia, el desequilibrio innato que no constitu- ye una simple disposición, sino que es la expresión déla alteracióncongénita, déla confusión y extra- ña mezcla de aptitudes y contrastes psíquicos ex- travagantes, que se revelan en esos enfermos, dan- do un carácter que hasta cierto punto confirma la impresión supersticiosa que tiene de ella la con- ciencia popular. Puede decirse que el epiléptico, por su desarmonía, pesca, como dice Tonnini, en el mar agitado de las aptitudes humanas, desde las más remotas del atavismo hasta las más re- cientes del individuo, diseminadas, revueltas, y ya no estratificadas según la evolución de la vida, sino mezcladas al azar, en el cual si bien él en- cuentra frecuentemente el delirio, el estupor, la perversión de la imbecilidad, puede encontrar al- guna vez la rara avis del genio (*). Yenturi opina que la epilepsia ornada de to- das sus más monstruosas y contradictorias ex- presiones, nos hace la impresión de un conjun- to sintomático que sería al hombre normal, como un jigante á un enano, como el hombre salvaje al tímido escolar. El hombre normal y el epi- léptico están igualmente formados de carne y huesos, y dotados de aptitudes instintivas y emo- tivas, de igual naturaleza pero en proporcio- nes muy diversas. Al movimiento regular, á la sensación y emoción ordenada y discreta, al sen- (') Tonnini, Le epilessie, 75. LOC. EN LA I1IST. 23 354 LA LOCURA EN LA HISTORIA timiento que se expresa por las lágrimas ó la ale- gría, al juicio de la persona sana, corresponden en el epiléptico la convulsión y la alucinación trastornadora que alteran tan íntimamente la con- ciencia, el furor que arma el brazo parricida, la congestión que á manera de un río desbordado inunda de sangre el cerebro, el grito horrible, agudo y bestial, patrimonio exclusivo de su gar- ganta, el delirio, en fin, que por su índole peculiar y su colorido siniestro no tiene par en todo el cua- dro de la patología mental (J). Los antiguos han dado con razón á semejante enfermedad, sobre todo á la epilepsia mental, ese carácter sombrío que resalta fulgurante y terri- ble en la psicología patológica de Torquema- da. El juicio común se había sentido, sin duda, herido desagradablemente por la índole de este fervor anómalo, por la naturaleza de los proce- dimientos de aquel fraile, por su manera de vivir y hasta probablemente por su misma fisonomía. La multitud de otras mil circunstancias y con- trastes que trascienden en todos sus actos, procu- raban cierta aptitud de adivinación al sentimiento popular, permitiéndole sospechar detrás de todo eso, una perturbación profunda, especialisima de su economía cerebral. Contraste y circunstan- cias que entonces sólo daban la confusa é incierta conciencia de arrebatos producidos por las agita- (J) Venturi, Lepazzie transitorio, studio critico, etc. TORQUEMADA 355 ciones apasionadas de su ministerio terrible, pero que hoy, con los abundantes elementos de estudio, podemos clasificar en el cuadro de las perturba- ciones texturales incurables del sistema nervioso. Ese criterio vulgar que tanto despreciamos, tiene algunas veces en estas materias la impresión antici- pada de la ciencia, en virtud de una especie de sen- tido oculto, rudimentario, con que adquiere la im- presión elemental délas cosas. Es como la piel de ciertos animales que tienen la sensación de la luz sin poseer aún el órgano completo de la visión. La Alquimia y la Astrología dan una idea del procedimiento perceptivo de este sentido peculia- rísimo, que suele llevar á la inteligencia esa sen- sación obscura de la verdad. i Por qué sólo Torquemada habría de produ- cir tal impresión y no la produjeron Arbuez y Lucero, tan bárbaros como él y más sangui- narios que él si cabe? Es que la barbarie de estos dos malvados revestía las apariencias co- munes de la delincuencia fisiológica, con los vi- cios y la índole visible de los malhechores vul- gares. Eran dos de esos falsos apóstoles, tan co- munes entonces, pero sin relieve y sin carácter propio: dos clérigos fanáticos, iguales á todos los demás clérigos de su tiempo, con la hipocresía y el fanatismo corrientes, pero á quienes el poder co- losal del Santo Oficio sirvió en sus manos para ha- cerles un claro-obscuro moral, que proporcionaba á sus siluetas desagradables cierto brillo iluso- 356 LA LOCURA EN LA HISTORIA rio de grandeza. La impresión que produce la maldad de Arbuez es de repugnancia; la impre- sión que produce la de Torquemada es de sorpre- sa y asombro... Arbuez y Lucero indignan, Tor- quemada sorprende. Los dos inquisidores son un problema cuya solución conoceremos perfecta- mente con una simple operación de aritmética; el terrible confesor de la reina Isabel es un proble- ma de fisiología mental, cuya solución ha nece- sitado ecuaciones más complicadas de álgebra moral, si me es permitido expresarme con estos circunloquios un poco exóticos. Por eso producía otro sentimiento que sus congéneres, cuya trá- gica y terrible fealdad moral no ha dejado sin embargo la peculiar sensación que la del fraile, nuestro sujeto. Lo primero que nos llama la atención al escu- driñar sus intimidades domésticas es el chocante contraste entre su existencia reposada y discreta del convento, y su brusco cambio de carácter, así que el poder vino á sus manos. « Nada ofrecen de nuevo los detalles de su nacimiento, y los prime- ros ejercicios literarios de un joven que, por la gravedad de sus costumbres, fué el ejemplo de prudencia y virtud para sus maestros y condiscí- pulos, haciéndoles presumir los altos destinos que le estaban reservados» Q). Mas«el joven Tomás, sustrayéndose á tan prematura distinción, O Francisco Javier G. Rodrigo, Historia verdadera de la Inquisición., tomo II, pág. 111. TORQUEMADA 357 solicitó el hábito de Santo Domingo como gracia muy especial y elevada honra, y en esta sabia or- den hizo brillar bien pronto su grande aplicación, unida á una perfecta pureza de costumbres y esme- rada observancia religiosa» (*). « En diversas oca- siones quiso la reina premiarle con diferentes mi- tras, mas el austero dominico renunció constante- mente aquellas honras » (2). Y decíamos que era lo primero que nos llamaba la atención, porque en efecto esa es la historia de muchos de los epilépticos sin convulsiones, el primer antecedente que nos asalta apenas co- menzamos el examen. Una vida tranquila, ho- nesta é irreprochable durante un período más ó menos largo de su existencia, transformada len- ta ó paulatinamente bajo la acción de un medio propicio, de una causa cualquiera, en una vida tormentosa y violentamente agitada por la per- versión de su instrumento mental que parece ha- cer recién entonces sus exteriorizaciones caracte- rísticas. Los archivos de Legrand du Saulle (3), de De- lasiauve (4), de Cavalier (5), de Tonnini (6), de Gower y de muchos otros demuestran abundan- (') Historia de la Inquisición en España, tomo II, pág. 111. (*) Rodriüo, loe. cit., tomo II, pág. 111. (•) Legrand du Saulle, Étude médico-légale sur les épi- leptiques. (*■) Delasiauve, Traite de Vépilepsic. (b) Cavalier, Fureur épileptique, 1850. (6) Tonnini, Le epilessie. 358 LA LOCURA EN LA HISTORIA temente el carácter peculiar de esta manera de comenzar. Las observaciones XX, XXII y XXV del libro citado de Legrand du Saulle son, como otras tantas, comprobatorias en este sentido. Un sieur L... cochero de la compañía general de carruajes de París, de veinte y nueve años y de una sobriedad y seriedad probada, ha pasado siempre por un hombre bueno. Después de pocos meses, le ha sucedido, en cinco ó seis ocasiones, abandonar su carruaje y caminar derecho, siem- pre derecho delante de sí, cometiendo actos incon- venientes (pág. 91). Otro individuo, un sieur K... de cuarenta años y de una sobriedad ejem- plar, padre de dos niños, declara que siente de cuando en cuando y de cierto tiempo á esta parte extrañas tendencias en su espíritu, impulsiones irresistibles, vagos terrores; era un ente tran- quilo, honesto y que se siente súbitamente cam- biado, por artes desconocidas, en otro hombre. M. le docteur Semelaigne ha publicado la más cu- riosa observación de cierta persona que, colocada al frente de una empresa considerable, no había parecido ni parecía enfermo, y que de la noche á la mañana comienza por presentar fenómenos que eran, según Legrand du Saulle, clínicamente atribuibles auna epilepsialarvada (*). Á menudo, agrega el inolvidable experto de los Tribunales de París, encontramos hombres de una honorabili- (') Observación XXXII, pág. 109. TORQUEMADA 359 dad demostrada, de una honestidad irreprochable, que el día que uno menos piensa, comienzan hi- riendo todas las leyes del pudor y de la moral, cometiendo inconscientemente una serie de actos los más extraños (*). En el nutridísimo y bien confeccionado libro de Tonnini, tantas veces citado aquí, podréis en- contrar (pág. 70 adelante) muchas historias y observaciones detalladamente referidas, de epi- lepsias análogas á las que nos ocupan, no tanto por la sintomatología compresiva, como dice Ven- turi, cuanto por la manera de desarrollarse; por las contradiciones hirientes entre la vida ejemplar anterior y su vida posterior; y finalmente, por una multitud de contrastes y analogías, que ha- cen resaltar el tipo larvado de la enfermedad de Torquemada. Y para no dejar de citar á un ilustre maestro que se ha ocupado extensamente del estado moral de los epilépticos, recordaremos que durante cierto período de su existencia son, según Falret (2), laboriosos, exactos, atentos a los trabajos de su profesión, sumisos, dóciles y los que viven con ellos no tienen sino palabras de elo- gio para su conducta y dedicación. He ahí, pues, traducidas en lenguaje clínico moderno, las palabras reveladoras de los cronistas respecto á los períodos tranquilos de la vida del (l) Legran» du Saulle, Les épileptiques, pág. 99. (s) Falret, Études cliniques sur les maladies mentales et neireuses, pág. 347. 360 LA LOCURA EN LA HISTORIA fraile Inquisidor. Llega para esos organismos el momento crítico en que la tormenta estalla, en que su manera de conducirse se modifica de pronto, presentando grandes incoherencias é irregularida- des, desarrollándose al mismo tiempo en su espíritu las más detestables tendencias, las más peligro- sas y perversas inclinaciones, esa tendencia vio- lentamente agresiva que da la nota del carácter de nuestro enfermo. Tórnanse « peleadores y camo- rristas, se quejan y desconfían de todos, se irritan contra el mundo entero con una gran facilidad y por los más fútiles pretextos, entregándose á todos los actos de peligrosos impulsos que casi nunca faltan en su cuadro sintomático » Q). Ved, pues, una vez más, cómo van encajando en el cuadro nosográfico de los maestros modernos las diversas y extraordinarias vicisitudes de la vida del fraile. Es claro que, para que una causa insignificante produzca el estallido, se necesita, como en el caso en cuestión, el germen siempre fecundo de una predisposición por herencia probablemente, ó ad- quirida por el debilitamiento que el abuso de cier- tas prácticas y la influencia de medios deletéreos apropiados producen á menudo; por ejemplo : el ayuno extremado y el exceso de penitencia que Torquemada, en su entusiasmo de toda la vida, lle- vaba hasta los límites del abuso. Dice D. Francisco (') Falret, pág. 348. TORQUEMADA 361 Javier G. Rodrigo que « el uso inmoderado del ayuno y de la penitencia le habían producido graves dolencias físicas» vx); dolencias que no pudieron ser sino nerviosas, porque la abstinen- cia, el ayuno y la penitencia dentro de la cual entra la flagelación intensiva peculiar de la época, no produce ni puede producir otra cosa que des- órdenes de carácter puramente neuropáticos. El primer aparato que se resiente y se revela en el abuso de estas prácticas es necesariamente el aparato de la inervación. La pasión que ejerce una influencia más excitante sobre él y más de- presiva sobre las funciones nutritivas, es el amor, y sobre todo el amor divino á lo Torquemada, uxoris est amare, viri intelligere proprium (2). El lento y silencioso trabajo que agrava de una manera continua el estado mental del epiléptico psíquico y del loco moral ordinario, puede encon- trarse concentrado, resumida toda su fuerza des- tructora en un breve lapso de tiempo y por una causa cualquiera* interna ó externa, llevando al mal, como en el caso que nos ocupa, al « massimo suo fastigio)). Circunstancia que explica estos ca- sos en los cuales un enfermo que por muchos (V) Historia verdadera di' la Inquisición, tomo II, pág. 115. (2) Maladies et facultes diversos des mystiques par le Doc- teur Charbonnier, de Bruxelles, pág. 124. a Ce grand médocin a cntrcvu la vcrité quand il nous dit que les acecs survicnnent avec la diéte et disparaissent avec Valimentation. Cites les mystiques les accés extatiques se montrent toujours aprés la diete\». Véase: Longet, Trai'.é de physiologie. tomo II; Claude Beknard, Physiologie du systéme nerveux. 362 LA LOCURA EN LA HISTORIA años permanece inocuo, se convierte un buen clia en un feroz asesino, en un epiléptico completo. Á esta forma es á la cual tienden, por la propia ma- durez evolutivo-degenerativa, las variedades de epilepsia simple (:). En nuestro caso, la causa que, como la gota de agua colmó el vaso próximo á desbordarse, fué sin duda la suprema excitación de su fanatismo pro- ducida por el vértigo de ese poder estupendo que resumió en sus manos el gran Inquisidor: poder sin control, ilimitado, sobrehumano casi, que pro- ducía en el cerebro más que en ningún otro ór- gano ese desequilibrio á que se refiere Jacoby al hablar de los efectos mentales del poder absoluto en su libro sobre la Selección (2). Los rudos y avasalladores instintos de expansión propios del epiléptico, hicieron entonces erupción en aquella alma equivoca, y la brutalidad tumultuosa de los sentimientos puso el sello característico á todos los actos de su vida. Verdadero desbordamiento de una fuerza ingobernable que había*estado contenida ó adormecida, y que era ilimitada, exuberante, invasora como todas las fuerzas de la naturaleza. La irritabilidad que constituye el signo domi- nante del modo de ser habitual de los comicia- les (3) era uno de los rasgos del carácter del famoso dominico. Era aquel hombre como una O Tonnini, Le epilessio, pág. 66. observación 3a. - C) Jacoby, Études sur la sélcction: Le pouvoir. (3) Falret, pág. 346. TORQUEMADA 363 pila perfectamente cargada; de una movilidad permanente y nerviosa y de una constancia en sus persecuciones evidentemente poco común, aun en los epilépticos mismos que suelen ser in- constantes y moralmente movibles. Como ellos, era desconfiado, intranquilo, dispuesto á la có- lera y á los actos violentos por los más lige- ros motivos, y á menudo, sin motivos aprecia- bles. Estas cóleras pasajeras proverbiales en su temperamento y que todos los observadores han comprobado en los epilépticos, no deben ser confundidas, dice el conocido médico de la Sal- petriére citado, con los accesos de furor instintivo, igualmente de corta duración. Las disposiciones á la cólera pueden ser á menudo sustituidas por disposiciones transitorias precisamente inversas, y cuyo contraste con las precedentes es impor- tante hacer notar. Á veces la terrible legión de ímpetus y enardecimientos es reemplazada por períodos de una calma parecida á la relajación, por postraciones del ánimo intensas, en que el feroz comicial es una oveja con unciones humi- llantes en la palabra y en la voz que se hace hasta meliflua 0). Y dice el autor de los Proce- dimientos déla Inquisición, que ese carácter tan agresivo y sanguinario «tenía á las veces momen- tos de hipocresía, de decaimiento, de terror y de humildad tales, que imitaban á maravilla la (') Fali;et, Études cliniques sur les maladies mentales et nerveuses, pág. 346. 364 LA LOCURA EN LA HISTORIA mansedumbre de un santo» (*). Don Javier Ro- dríguez, biógrafo entusiasta del gran inquisidor, agrega: «que tenía momentos de éxtasis, de santa humildad» (2); la humildad sospechosa que tam- bién ha mencionado Morel, en sus Études cli- niques, la humildad comprobada por todos y que parece precursora de los grandes y persisten- tes tormentos que se desarrollaban bajo su crá- neo. Viven ¡ pobres víctimas! en una alternativa perpetua, ó deslizan su vida entregados á las calenturas de su misticismo enardeciente, ó esta- llan en un impulso sostenido y cruento que los arroja en el asesinato, armado su brazo y empu- jados sus músculos 'por una locomoción casi ma- níaca. Tienen el espíritu envuelto en la sombra de una tristeza profunda y penetrante que no los abandona jamás; viven con el alma enlutada y la inteligencia trabada por mil preocupaciones y presentimientos que explican la morosidad y el descorazonamiento mortal sobre los que ha tejido tan bellas páginas madame de Stephen. Son ma- ledicientes por excelencia y poseen el arte, dire- mos así, de las recriminaciones y de las acusa- ciones injustas ó infundadas, como que en la ge- neralidad de ellas trasciende la alucinación pavo- rosa que ha volcado en su oído irritado el origen de su agresión. (J) Melgar J., Procedimientos de la Inquisición. (2) Francisco J. Rodríguez, Historia de la Inquisición. TORQUEMADA 365 Decidme ahora, qué no haría el fraile terrible con esa preparación tan propicia con que la natu- raleza había amasado su alma, dándole su dolencia incurable como elemento principal para modelar al inquisidor ideal, que el medio adecuado de esos tiempos, la época y la raza completaron con un acabado irreprochable. El viejo dominico era sin duda un gran ejemplar para la clínica, precisamente por las dificultades que ofrece el diagnóstico de su mal. Faltan mu- chos síntomas del cuadro concluido que podría exigirnos la nosografía, tan escrupulosa en sus descripciones de las enfermedades; el amanera- miento de detalles crueles con que la naturaleza parece haberse complacido en la epilepsia motora total. Pero en clínica la impresión del conjunto, aun en ausencia de ciertos síntomas capitales, es de un éxito extraordinario para el diagnóstico de ciertas enfermedades que se presentan con ese carácter inacabado, frustre, de que hablan Charcot y Trousseau al ocuparse de la ataxia locomotriz, de la escarlatina y de otras dolencias que burlan al más avisado con la discreción de signos que las vela ó las oculta. ¿ Cuál es aquel epidemio'logista que en presencia de un enfermo consoló desórdenes gástricos, albú- mina en la orina y una procedencia equívoca no se siente asaltado por la vehemente sospecha de una fiebre amarilla? ¿Cuál es el clínico que con sólo perturbaciones urinarias de cierto carácter, una 366 LA LOCURA EN LA HISTORIA simple ausencia de reflejos rotulianos y el signo elo- cuente de Argill Robertson no diagnostica una ta- bes dorsalis. Sin embargo, ambas enfermedades se caracterizan por una gran multitud de síntomas, entre los cuales aquellos constituyen una mínima parte. Bien, pues; siguiendo este sano criterio hay que buscar en este caso, como en la mayoría de los epilépticos de su clase que no presentan fenómenos motores, en la inteligencia y en la sen- sibilidad moral, la sintomalogía que necesitamos. En Torquemada el cuadro aparece inconcluso para i profesoroni, como dice Bonino, porque no co- nocemos sino la faz moral é intelectual, sobre todo moral, encontrándose tal vez desconocidos por su lenidad y falta completa de observación, los va- gos síntomas motores que suelen acompañar estas epilepsias psíquicas (1). Como observa Legrand du Saulle y lo repiten todos los autores, la manifestación morbosa es psí- quica únicamente, es la epilepsia de la inteligen- cia y de la sensibilidad moral: falta en este caso el vértigo, el acceso incompleto, el ataque convulsivo que se producen muy tarde ó no se producen jamás. Los arqueólogos, refiere un maestro emi- nente, dicen que una inscripción es frustre cuando está en parte borrada y sólo queda de ella una línea, una palabra ó una letra y aún algunas veces O Véase: Tonnini, Le epilessie; Legrand du Saulle, Les épileptiques; Guillermin, Manieépileptique, Montpellier (850), etc. TORQUEMADA 367 sólo un punto. Con la ayuda de signos que han sido conservados, la arqueología restablece la ins- cripción perdida, y el numismático descifra una medalla alterada por el tiempo. ¡ Y bien! agrega ese médico, en ciertos casos dados debemos apo- derarnos de una palabra de la frase mórbida y con esta palabra reconstruir la frase entera (J). En Dublin y en París, Graves y Trousseau no obraban de otra manera cuando han observado y descrito las pirexias exantemáticas, sin exante- mas, los catarros morbiliosos sin erupción rubeó- lica y anasarcas repentinas sin indicios de escar- latina en la piel. ¿No se ha descrito la pelagra sin eritema, concluye el maestro, y no se diagnos- tica acaso, todos los días, la gota en los niños afectados de gravelle, en los adolescentes que tienen accesos de asma ó en los adultos afectados de migrania? Y sin embargo, en este niño, en es- te adolescente, en este adulto la piel está neta ó indolora y las articulaciones completamente li- bres (2)... Ese calor anómalo de los sentimientos, tan hos- tiles á sus semejantes, ciertas otras singulari- dades reveladoras de su carácter que le hacen el claro-obscuro, sus accesos de verdadero furor, el vago delirio de las persecuciones que en las postrimerías de su vida se dibuja bastante vi- (*) Legrand du Saulle, Les épileptiqucs. (2) Legrand du Saulle, Étude médico-légale sur les épi- leptiqucs, pág. 84. 368 LA LOCURA EN LA HISTORIA sible en el fondo de sus genialidades y sobre todo la extraña impulsión de su pasión reli- giosa sincera pero excepcional y exótica, den- tro de los límites de una normalidad fisiológica constituyen, con otros rasgos que veremos des- pués, las palabras, los signos indescifrables para el profano que, según Legrand du Saulle comple- tan hifrase patológica en esta arqueología sui ge- neris de las enfermedades inconclusas. Su rabia llena de impulsos es, punto menos, la misma, por su naturaleza, que la que á menudo domina al epiléptico en sus grandes ataques de furor maníaco, después de salir del estupor que sigue al acceso convulsivo, y en estas formas do- lorosas de la epilepsia larvada. El fanatismo de Torquemada, que estudiaremos in extenso, tenía visiblemente las formas de agitación im- pulsiva propias de aquellos enfermos tan peli- grosos; la agitada movilidad de sus formas am- bulatorias, el sello de una de esas actividades que vienen de adentro con profundos síntomas; hasta sus períodos de calma relativa, en que se siente un reposo transitorio reclamado por la laxitud que sigue á la brutal tensión de aquellas células preña- das de fluido. El procedimiento artificioso y tor- cido con que procedía en sus juicios, aquella precipitación morbosa que en pocos días condenó á muerte á seis convictos, llevó á la hoguera diez y siete víctimas, de manera que en un mes ya se habían sacrificado en Sevilla doscientos no- TORQUEMADA 369 venta (*); la crueldad pre-humana que lo arras- tró hasta « sacar de los sepulcros los restos de muchos herejes que habían sido juzgados y con- victos después de su muerte, con una ferocidad de hiena» (2), y finalmente, como carácter ele- mental elocuente, aquella absoluta ausencia de ternura que se siente hasta en la sensibilidad ani- mal, imprimen á su fibra moral todo el sello im- borrable de la malignidad comicial. Torquemada no tenía preferencia por gremios ó personas, lo mismo que pasa con los epilépti- cos, en sus homicidios y delitos de otro géne- ro: únicamente quería al ser humano para re- ducirlo á cenizas, después de una serie de tor- mentos en que su piedad furiosa, pero metó- dica, encontraba las satisfacciones múltiples que daban pábulo á sus males secretos. Elegía sin sospechosas predilecciones que hubieran dado otro carácter á su rabia, á un fraile lo mismo que á un militar, á un obrero, una monja poseída, un ni- ño enfermo ó á un anciano valetudinario, poco importaba, había que matar, y mataba sin odio y sin cariño (3). No había nada en la naturaleza humana que suspendiera la actividad de aquel brazo secular que se movía empujado por fuerzas sobrehu- (J) Véase: Prescott, Historia de los Reyes Católicos, etc. tomo II, pág. 346; Bernáldez, Royes Católicos, citado por Prescott. (*) Prescott, pág. 346. (8) Prescott, nota del párrafo 2* de la pág. 346. LOC. EN LA HIST. 2-i 370 LA LOCURA EN LA HISTORIA manas. Vino la peste que asoló Sevilla lleván- dose quince mil de sus habitantes Q), pero no alteró en lo más mínimo la marcha precipitada de la Inquisición, que trasladándose «á Aracena continuaba con tanta diligencia como antes» (2). De manera que « se calcula el número de conde- nados en aquel año en dos mil quemados vivos, más de dos mil arrojados al fuego en estatua y diez y siete mil reconciliados, nombre que no se debe pensar signifique perdón ó amnistía ó cosa semejante, sino la conmutación de la pena capital por otras inferiores como multa, inhabilitación civil, muy comunmente confiscación de todos los bienes y no pocas veces prisión perpetua (:!). En las más profundas cuevas de la Inquisición, « donde los ayes de las víctimas sólo herían, mejor dicho oólo acariciaban sus oídos llevando vibraciones simpáticas á sus nervios doloridos, era donde lo intenso del dolor brutal producido en las uñas arrancadas por la violencia, de los pies quema- dos metódicamente, de los miembros comprimi- dos hasta estallar, se exigía la confesión al pa- ciente si sobrevivía al tormento. Todo esto está reconocido por el Secretario del Santo Oficio, que es quien ha dado las noticias más auténti- cas de los hechos » y que no se exagera en nin- (x) Prescott, tomo I, pág. 346. (2) Prescott, pág. 347. (3) Prescott, tomo I, pág. 347; Llórente, Historia; Bernál- dez, Reyes católicos; Mariana, Historia de Espjaña. TORQUEMADA 371 guna de las muchas relaciones que han sacado á luz aquellos horrores subterráneos (*). Dice uno de sus biógrafos conocidos, que el fraile inquisidor tenía algunas veces tal exalta- ción en su piedad, que á no conocerle hubiéra- sele creído un insensato, tal era la impulsibilidad y desordenado transporte de sus pasiones tan fuera de su quicio normal (2). Este mismo bió- grafo, en cuyas páginas campea al parecer una insospechable imparcialidad, agrega más adelan- te (pág. 36 ) que sin duda el exceso de trabajo, las largas noches de imsomnio en que pasaba sobre la pista de los herejes, la penitencia y el ayuno « habían dado más fuego del necesario á las na- turales inclinaciones religiosas » (3). James Hun- ter, tratando el mismo tema, agrega que el fraile dominico parecía tener impulsos de loco ( nervous derangement). No hay duda, pues, que si se exa- minan con espíritu tranquilo todos estos rasgos anómalos que nos presenta tan infernal creyente, por poco que se compare con aquella genti do- lorose che hanno perduto il ben dell' intelleto, como decía el poeta, se verá cuan grandes son las analogías hirientes que presentan en todo, no ya (*) Prescott, Historia de los Reyes católicos, tomo I, pá- gina 351. (*) Prudencio Rodrigo de Lara, Noticias sobre la vida de Fray Tomás de Torquemada, fundador del convento de San- ta Cruz de Segovia. Buenos Aires, etc. (8) Rodrigo de Lara, pág. 18; James Hunter, History of the Inquisition in Spain, 1809, pág. 131. 372 LA LOCURA EN LA HISTORIA sólo en sus indomables impulsos, con las epilepsias de formas psíquicas degenerativas tan cumplida- mente estudiadas por la moderna medicina men- tal. No podríamos decir con precisa exactitud á cuál de las diversas formas de impulsos epilépti- cos corresponde la suya (manía, delirio, etc., etc.) (J), porque esa figura moral tiene vagueda- des en sus contornos y lincamientos de organiza- ción, que la distancia aumenta y la poca preci- sión de los informes confunde en un conjunto poco concreto cuando se quiere llevar un poco lejos la disección. Pero seguramente que su índole in- sospechable se acusa inmediatamente á nuestros sentidos, siempre que este difícil estudio de ana- tomía se haga empleando los procedimientos efi- caces de análisis desapasionado que nos brinda la psicología mórbida. Torquemada procedía casi siempre por ímpe- tus prolongados; sus persecuciones son una su- cesión de impulsos ligados, con un cierto ca- rácter de homogénea continuidad. Podrían com- pararse á la sucesión de pequeñas contracciones que en el calambre del músculo constituyen la contracción total; convulsiones aisladas pero que se suceden precipitándose una tras otra hasta hacerse casi inapreciable el intervalo intercala- rlo. Por eso se produce en el espíritu cierta (') Véase Falret, pág. 345. TORQUEMADA 373 impresión de conjunto que nos da 'la ilusión de una pasión serena aunque intensa, cuando en realidad no es otra cosa que la repetición precipitada de impulsos, una sucesión subin- trante de ímpetus que se refunden en uno solo, codeándose unos con otros. Sin embargo, hay algunos que por su intensidad han adquirido notoriedad histórica y llegado hasta nosotros con suficiente colorido para caracterizar su ge- nio. Y no sólo se manifestaban en los ordinarios transportes tan comunes de los epilépticos de su clase, sino también en las manifestaciones de aguda acritud de carácter que constituye la no- ta habitual de su vida. La faz menos grave de la impulsibilidad formábala un estado de semi- delirio sensitivo, que parece el fundamento del ca- rácter en el mal caduco tranquilo. Son todos ellos individuos forts difficiles á vivre, ele que habla Morel, « caracteres mal faits, espritde travers », con lo que se quiere decir que son como era el fraile: mal intencionados, peligrosos, opositores sis- temáticos átodo, discutidores, voluntariosos, sus- ceptibles y emportés como él. Violentos y excita- dos por una especial estimulación mórbida desor- denada, viven en una actividad extraordinaria, sin embargo de que no hacen sino destruir, recri- minar á todo el mundo, sin reposo, sin tregua, comiendo mal y durmiendo peor. A pesar de esta violación de todas las leyes higiénicas y fisiológicas, 374 LA LOCURA EN LA HISTORIA su cuerpo no se deprime en el grado que debiera; circunstancia que, como ya hemos visto, se obser- vaba también en el reputadísimo dominico (*). Aquella célebre comedia representada por él en presencia de los Reyes Católicos con motivo del donativo de los Judíos y que ha inmortalizado en su célebre cuadro el conocido Jean Paul Laurent, es un acto que lleva la estampilla imborrable de la impulsibilidad mórbida. Los judíos, que habían tenido aviso de lo que pasaba, dice Prescott, recurrieron á su poderosa política ordinaria para granjearse la protección de los Reyes: comisionaron á uno de los suyos pa- ra hacer un donativo de treinta mil ducados, con destino á los gastos de la guerra de los moros; pero esta negociación fué desconcertada « de un modo violento por el inquisidor general Torque- mada, el cual entrando en el salón del palacio donde los reyes daban audiencia y sacando el cru- cifijo de abajo de los hábitos, lo presentó excla- mando: Judas Iscariote vendió á su maestro por treinta dineros de plata; vuestra Alteza le va á vender por treinta mil; aquí está, tomadle y ven- dedle ». Y dicho esto, aquel frenético sacerdote arrojó el crucifijo sobre la mesa y salió tan vio- lentamente como había entrado. Los reyes, agre- ga el historiador de Isabel la Católica, en vez de castigar semejante atrevimiento ó despreciarle (l) Véase: F. G. Rodrigo, Historia, etc.; Legrand du Sau- lle, Les épileptiques, pág. 126; Morel, Études cliniques, etc. TORQUEMADA 375 como simple arrebato de un loco, se quedaron aterrados... Todas las circunstancias que rodean al célebre episodio, su mismo carácter de inusita- da agresión y la falta completa á las convenien- cias sociales más elementales de la etiqueta pala- ciega en aquellos tiempos y con aquellos hombres; la misma extraordinaria impresión que produjera en la imaginación de los reyes, sus gesticulacio- nes extrañas, su rápida y repentina ausencia, su actitud, sus ademanes, sus gritos, todo, im- prime al hecho las apariencias vehementes de un verdadero acceso larvado (*). Y si no bastara esto, hay otros en los cuales la índole epilép- tica está, como en esta, palpitante y revela- dora (2). En ese caso una breve y simple impre- sión del momento bastó para producir el estallido. La transitoria perturbación mental de que habla Tonnini en su conocido libro y que se pro- duce en el hombre normal bajo la influencia de una fuerte emoción, se ve aquí con una inten- sidad brutal, que acusa inmediatamente su ori- gen patológico. En el hombre sano es fugací- sima, y Feré la ha llamado ebriedad emocional, Chrichton-Browne intoxicación psíquica; pertur- bación en virtud de la cual un hombre sano á consecuencia de un choque moral vivísimo pasa (J) Véase: Kraft-Ebing, tomo I, pág. 73. (2) Véase: Prescott, Historia, etc., etc.,pág. 274; Puiblanch, The Inquisition unmasLcd, tomo II; Llórente, etc.; James Hunter, History ofthe Inquisition in Spain, etc., etc. 376 LA LOCURA EN LA HISTORIA por un verdadero obscurecimiento de su inteligen- cia análogo al de la epilepsia. Esencialmente, dice Kraft-Ebing, la intensi- dad de la reacción emotiva debe referirse á la decadencia de los procesos centrales de suspen- sión (di arresto), psíquicamente á la debilidad funcional de los más elevados campos intelectivos á que llegan los epilépticos por la evolución na- tural de su enfermedad; somáticamente, al man- cante arresto de los centros vaso-motores y mo- tores lesionados por la perturbación afectiva (J). Si en una persona normal, una emoción es ca- paz de producir un estado semejante á la epilep- sia (2), ¿qué no produciría en un enfermo como Torquemada, cuyo cerebro estaba siempre celoso para el arrebato ? El carácter notoriamente equí- voco de estas impulsiones está tan averiguado, que para no cansar al lector con largas citas, lo envia- mos á la casuística abundante de los más conoci- dos profesores que han ilustrado el punto: Legrand du Saulle, Falret (3), Delasiauve, el reputadísimo autor del Tratado de la epilepsia, Morel Cavalier, que ha publicado en Montpelier un estudio no- table sobre el furor epiléptico (4), Guillermin (5), (x) Kraft-Ebing, Trattato clínico pratico dclle malattio mcntali ad uso dei medici, etc. etc. traduzione de Tonnini y Amadei, tomo I, pág. 73. (2) Kraft-Ebing, Observación XVIII, tomo I, pág. 73. (3) Études cliniques sur les maladies mentales, etc. (*) Cavalier, Fureur épiloptique, 1850. (5) Guillermin, Manió épiloptique. TORQUEMADA 377 Dagonet (*), Renaudin (2), Alexander, Moori- son, etc., etc. Tres son las formas de perturbaciones intelec- tuales y morales de la epilepsia. La primera es el furor maníaco: la suprema y brutal explosión de todas las fuerzas y estallidos que puede producir el cerebro humano en un momento dado. En lu- gar del embrutecimiento y la confusión de las ideas, la perturbación intelectual puede revestir de pronto el carácter de la violencia más grande ó de la simple excitación maníaca. En los asi- los de locos se ven muchos de estos epilépticos salir bruscamente de la torpeza intelectual en que los deja el ataque, para entregarse instantá- neamente á excesos de furor que los hacen, co- mo sabemos, los más peligrosos de todos los lo- cos (3). El que no los haya visto no puede for- marse una idea « de la especie de rabia que se apo- dera de ellos súbitamente y que los lleva á herir, á pegar, á romper todo lo que cae bajo sus manos. En tales accesos, se hacen tan formida- bles para los que los rodean y aun para sí mis- mos, que nunca llamaremos suficientemente la atención de la autoridad y de los médicos sobre estos estados de furor instintivo y ciego, que pue- den traer corno consecuencia inmediata las heridas (') Dagonet, Rapport sur Vasilo do Stcphanfeld, 1853. (s) Renaudin, Annalcs médico-psychologiqucs, 2a serie, to- mo II. (3) Jules Falret, Études, pág. 344. 378 LA LOCURA EN LA HISTORIA más graves, el suicidio, el homicidio, el incen- dio »... La segunda es un grado menor, pero siempre dentro de la misma terribilidad. En otras circuns- tancias «la perturbación intelectual temporal que sucede al ataque de epilepsia (pequeño ó gran mal, se entiende) no se manifiesta bajo esta forma de fiereza instintiva y ciega, sino bajo la de una excitación maníaca simple, más ó menos pronun- ciada. Entonces, el enfermo habla incoherente- mente y de una manera constante, se agita en todo sentido y se entrega á movimientos más desorde- nados que agresivos; algunas veces está dominado por ideas delirantes de satisfacción, ideas reli- giosas ó de persecución y que alternan con senti- mientos empapados de una profunda tristeza, con alucinaciones aterrorizantes de la vista sobre todo)) (l). La tercera es la que más comunmente cono- cemos con el impropio nombre de epilepsia lar- vada, «que es la epilepsia psíquica en que la faz motora desaparece completamente ó queda relegada á un segundo plano. El eminente Lom- broso, haciendo, como dice Tonnini, más armóni- cas las líneas de su primitivo esquema de la afini- dad de esta enfermedad con la locura moral, ha emitido el concepto, al cual nuevos hechos vienen agregrando progressiva vitalitá, de que en las epi- Q) Falret, Études cliniques sur les maladies mentales, etc., pág. 344. TORQUEMADA 379 lepsias se encuentran todos los caracteres de las locuras morales aumentadas». Podrá, tal vez, considerarse ésta como una forma más simple de aquella, como una variedad susceptible de en- trar en el cuadro de las epilepsias, variedad de mal caduco depurado de algunas manifestacio- nes neuróticas y especialmente de las convulsi- vas (x). Dentro de la abundante paleta de tan terri- bles formas de perturbaciones morales, tomaba el cura de Santa-Cruz los elementos mentales de sus manifestaciones caducas, formando un con- junto que corresponde indiscutiblemente á la última; la más terrible, porque toma con un carácter de perpetua cronicidad las dolorosas perturbaciones que en las dos primeras tienen un aspecto transitorio, que consuela al espíritu cuando alternan con períodos largos de una calma saludable. Tenía, pues, algo de la forma de epi- lepsia que, según Lombroso, confunde sus líneas con las de la criminalidad moderna, con la locura moral tan discutida. Los vehementes impulsos no poseían, sin duda, el carácter maníaco del furor epiléptico, cuyo estudio nos han hecho con carac- teres lapidarios Legrand du Saulle, Morel, y sobre todo Cavalier en su conocida tesis (2); pero eran siempre impulsos aun cuando no fuera el ictus de la forma arrebatadora con sus tendencias violen- (*) Tonnini, pág. 54. (*) Cavalier, Fureur épileptique, thése, 1850. 380 LA LOCURA EN LA HISTORIA tamente expansivas. Tenían el sello de un origen común, el de una misma cuna; diferían en su in- tensidad, pero eran siempre los hijos de una misma madre, con la misma mácula originaria, con la misma sangre, diré así, circulando palpi- tante en sus venas. Vengamos ahora á otro rasgo psicológico más siniestro todavía. Cierto estado de angustia moral muy pareci- do al delirio ele las persecuciones, si no era el mismo, introducía otro elemento de agitación en su espíritu. Estas ideas de persecución son, como se sabe, complicación nada excepcional de la epilepsia y suelen ingertar su influjo malsa- no en espíritus ya trabajados por otras causas; reagravan males por sí mismos incurables ó im- primen un aspecto siniestro á sus manifesta- ciones. Dice Taine que Marat, después de ha- berse forjado enemigos imaginarios, se suscitó enemigos reales; pero el fraile Torquemada, á la inversa, después de haberse creado enemigos rea- les que temblaban bajo su mano, acabó por crearse enemigos imaginarios que asaltaban su imagina- ción, constantemente irritada por el aguijón de un vago delirio tan visible en las postrimerías de su vida sobre todo. Curiosa filiación la de este otro factor mental que introduce una nueva luz en la semiología de su enfermedad y que tuvo, sin duda, terrible influencia sobre las violentas opresiones del Santo Oficio. TORQUEMADA 381 Creerse perseguido, asechado, observado por gentes que usan de sortilegios misteriosos para perderlo; pensar que todos los ojos le miran tor- vos, que todos los labios se abren para vaciar impunemente en la oreja indefensa mil insultos soeces, que todos los brazos se arman contra él, que la humanidad entera es una vasta cons- piración contra su quietud y su vida... Es preciso haber asistido á las fantasmagorías pin- torescas que el perseguido siempre misterioso y callado desarrolla delante del médico que ha llegado, rara avis, á inspirarle confianza, para comprender el corrosivo veneno que va desti- lando gota á gota en el alma trémula la lenta y segura evolución de esa locura. Pero en nuestro caso, aun cuando al parecer fueran simples ideas de persecución y no un delirio sistematizado de los que comunmente se ven, se comprenderá bien qué influencia tendría sobre el fanatismo agre- sivo del odioso clérigo, esta espina aguda de las persecuciones, clavada en lo más íntimo de su corazón. Con cierta predisposición, una de estas ideas es un microbio que encuentra allí caldo apro- piado para su crecimiento: su desarrollo es rá- pido y seguro. Puesto el germen de una dela- ción oficiosa en el cerebro de un degenerado, el calor de la angustiosa desconfianza hace lo demás. Una vez que ha echado las primeras raíces, aquella terrible planta se lanza pronto 382 LA LOCURA EN LA HISTORIA á las nubes con follaje copioso, y la tierra lujuriosa de la herencia le asegura perennemente un rever- decimiento que nada marchita. Por otra parte, es- tos tiranos están siempre acechados por ellas y sienten con frecuencia su zarpa que les araña el alma... y pasan luego fugaces cuando no hay ca- lor propicio y cuando la oficiosidad del ambiente no explota la natural desconfianza, ó la timidez nativa de la victima presunta no ofrece campo su- ficiente. Pero cuando á una delación se sucede otra y se van colocando metódicamente una á una como granos de pólvora prontos á hacer ex- plosión al menor rozamiento, entonces sucede lo que en Torquemada: un semidelirio de las peT-se- cuciones naturalmente preparado por su misma calidad de epiléptico, fácilmente evoluciona pro- duciendo sus desastrosos efectos ele siempre. Para precaverse de los enemigos ocultos é ima- ginarios, tenía en su mesa continuamente «una asta de unicornio que decían poseerla virtud de manifestar ó inutilizar la fuerza de los vene- nos» (*). Siempre que salía de su monasterio « se hacía acompañar por un indi viduo de su devoción », «sospechando asechanzas y traiciones » y soñando con enemigos imaginarios, á tal punto, que algunas veces esta eterna sospecha y la idea de no creerse seguro en ninguna parte, lo ponia en la absoluta precisión de abandonar su inseguro claustro para (*) Llórente, Historia crítica de la Inquisición, tomo I, pág. 161. TORQUEMADA 383 refugiarse en los alcázares de la grandeza (*). Pero allí tampoco se creía defendido, y cambiaba de lo- cales y de escondites, yendo y viniendo con esa ac- tividad ambulatoria que empuja á los perseguidos á los largos viajes, á los cambios continuos de residencia, que suelen proporcionarles una calma relativa, transitoria, porque el delirio retorna nue- vamente con mayor vigor. El terrible clérigo se había creado, indudablemente, enemigos rea- les, pero, sin duda alguna, no eran ellos, pobres víctimas inocuas, animados de un odio pasivo, mezcla de espanto y de odio confuso, los que mo- vían aquel espíritu estimulado en sus ansieda- des vagabundas por mil ideas de melancólicas persecuciones. Si de suyo era torva su alma de epiléptico, ¡ qué sombras y qué asperezas no for- marían las solicitaciones y angustias de esa pa- ranoia irremediable! Á medida que los terrores aumentaban, au- mentaba también su extraordinaria vigilancia, y para defenderse de sus enemigos llevaba consigo en los viajes cincuenta familiares de la Inquisi- ción de á caballo y doscientos dea pie Q), séquito inusitado cuya magnitud revela por sí solo sus te- rrores. « 17n penitente de profesión (que tanto vale el nombre de fraile) llevando por todas partes el fausto y el terror» (porque es sabido que Torque- (') Francisco Javier Rodrigo, Historia verdadera de la Inquisición, tomo II, pág. 112. (2) Llórente, tomo I, pág. 167. 384 LA LOCURA EN LA HISTORIA mada ó porque tuviese miedo 6porque quisiese in- fundirlo, se rodeaba de tamañas precauciones), era algo que rayaba en las extravagancias de la locu- ra (*). Su furor duplicado por tales ideas hería cie- gamente á los enemigos de la Iglesia y á los supuestos enemigos personales que pululaban en la mente de aquel hombre peligroso, no ya sólo para la humanidad, sino para si mismo, porque se creía condenado á suplicios eternos. En esa forma, que los autores llaman epilepsia melancólica y en que el enfermo se manifiesta sombrío, trágico y presa de una inquietud terri- ble pero vaga (~), los actos peligrosos cometidos se presentan con los mismos caracteres clínicos. Arrastrados por el odio, la desesperación ó el fu- ror, ceden inconscientemente á las impulsiones que surgen en el espíritu y que los empujan al asesi- nato, al suicidio, al robo ó al incendio. El furor se ejerce lo mismo sobre sus más próximos pa- rientes, ó sus amigos, como sobre el primer des- conocido que cae bajo su mano en ese instante su- premo (3). Con más ó menos variantes, ese es su estado habitual: una palabra, un gesto mal interpretado basta para arrojarlos en la acción de una cólera intensa. Con una misantropía pro- funda, con ese egoísmo colosal, con la exage- (') History of the Inquisition of Spain, pág. 65; Puiblanch, The Inquisition unmaskod, etc.; Monteiro, Historia de la In- quisición. (2) Cullére, Observación XV, pág. 437. (3) Cullére, Traite pratique des maladies mentales, 1890. TORQUEMADA 385 ración, en fin, de su sensibilidad afectiva, decid- me si no serían terrible complemento las ideas de persecución brotando vivaces en esa pobre ca- beza contundida. La historia de la religión católica tiene un mo- mento desastroso: aquel en que por el estableci- miento de la Inquisición, el espíritu de intoleran- cia, representado genuinamente en este fraile epi- léptico, llegó á su colmo. La religión tomó enton- ces, dice Prescott, un nuevo aspecto en aquella grande y desgraciada España; el espíritu de into- lerancia saliendo de la obscuridad de los claustros donde antes estaba circunscrito, se manifestó ex- teriormente con todo su terror; el celo convirtióse en fanatismo y el espíritu racional de propagar la la fe en una infernal persecución (1). No bastaba ya, como antes, « conformarse pasivamente con las doctrinas de la iglesia, sino que se exigía que se hiciera guerra, y guerra á muerte á todos los que no querían aceptarlas; teníanse por crimen los naturales sentimientos de dolor en el desempeño de este triste deber; y las lágrimas de compasión arrancadas por la vista de mortales agonías, eran un delito que debía expiarse con penas humillan- tes. Impusiéronse en el código de la moral las má- ximas más espantosas: cualquiera podía matar líci- tamente á un apóstata donde lo encontrara; se du- daba si podía uno quitar la vida á su padre hereje (*) Prescott, Historia de los reyes católicos. LOC. K.\ LA UIST. 25 386 LA LOCURA EN LA HISTORIA ó infiel; pero no se tenía la menor duda de que se podía matar en tal caso á su hijo ó á su herma- no!» O. Y estas máximas no sólo se profesaban en teo- ría, sino que se ponían en práctica, como se de- muestra por los tristes fastos de aquel temido tri- bunal. El carácter de la nación sufrió un cambio espantoso (2): la dulzura de la caridad y aun los sentimientos de humanidad se extinguieron en to- dos los corazones; «la generosidad y la nobleza del antiguo caballero español desapareció, asentándo- se en su lugar el terrible fanatismo del monje; el gusto de la sangre una vez estimulado, se convir- tió en feroz apetito en el pueblo, que alentado por aquel alucinado furioso, rivalizaba á porfía con él en el ardor por sustentar el triste aparato de la Inquisición» (3). Sólo una imaginación profundamente contur- bada ha podido abrigar la soberbia malignidad que este hombre de excepcional empuje desplegaba en la aplicación de sus tormentos y en la adop- ción de resoluciones, como la que prohibía á los cristianos dar pan y agua, un asilo miserable á los judíos arrojados de España; sólo una mente en delirio, irritada por las torturas que sus alucina- ciones vaciaban en el alma doliente de ese mal O Prescott, tomo III, pág. 211. (*) Prescott, loe. cit., tomo III. (3) Prescott, Historia del reinado de los reyes católicos, tomo III, pág. 212. TORQUEMADA 387 caduco, para cuyos dolores no alumbró jamás la esperanza, ha podido concebir en toda su horrible y soberana grandeza el auto de fe, como lo puso en práctica el gran inquisidor. En efecto, nada más sombrío que esa triste situación del epiléptico, á cuya fecunda maldad pidió los colores y sombras que levantan ese acto hasta la altura del juicio fi- nal; nada más tétrico que sus terrores melancólicos, más terrible que sus impulsos imperativos, indis- ciplinados como el mar que se desborda sonoro y rugiente después de haber roto sus diques natu- rales, llevándose á la naturaleza entera por de- lante. Dijimos al principio que no hay en la historia de la cristiandad, fanatismo más violento y con ca- racteres enfermizos más claros que el suyo. Y en efecto, examínese un poco profundamente su ín- dole especial, su forma con expansiones casi épi- cas, y compárese con el de los fanáticos de otros tiempos más propicios para el desarrollo de la pa- sión religiosa, y se verá que ese fervor sangrien- to, no tiene entre ellos parecido. San Jerónimo y sus doctas amigas Paula y Eus- taquia son simples creyentes piadosos; aquel Pe- dro el Ermitaño, cuya pasión exaltada y vehemen- te reviste ciertos caracteres dudosos, no tiene la nota aguda y rudamente expansiva del célebre fraile dominico: sus lágrimas «como las del pa- triarca de Simeón y las de los famosos peregrinos que caminaban agobiados de tristeza, exhalando, 388 LA LOCURA EN LA HISTORIA como Jeremías, hondos gemidos al ver hollados y esclavas las ciudades de Dios», expresan con la exuberancia de aquellos tiempos de intenso ca- lor moral, la exaltación de un sentimiento fisio- lógico, tan alto como se quiera, pero siempre nor- mal. El mismo ascético abad de Claraval, hombre singular «que bebía aceite creyendo beber agua, y que escribía diez renglones al rey de Inglate- rra y diez páginas á un pobre monje » (1), no tu- vo tampoco en medio de su increíble piedad las ex- trañas manifestaciones de este hombre singular. Seguramente su ardor impetuoso y sui generis se alejaba, por su índole tan diversa, del fanatismo de todos los grandes devotos, de esa piedad firme y grandiosa, aunque exaltada, de Isabel de Hun- gría, que « deponiendo la triple diadema del poder, de la hermosura y de la juventud, curaba diligen- te y festiva las llagas inmundas del elefantiaco»; y por fin de la de San Luis, que al separarse del hediondo leproso del Lazareto de Layanmont, cuentan que sentía el mismo pesar que si apartara de él un pedazo de su alma (2). Ecelino di Romano, aquel Ezzelino inmanis- simo tiranno che fu credutofiglio del demonio..., como decía Ariosto, con ser tan feroz ¿manifestó acaso en sus delitos el empuje peculiar de nuestro enfermo, que asombraba al mismo Papa con la (J) Pardo Bazán, loe. cit. (2) San Francisco de Asís, por la señora Pardo Bazán, pág. 37, de cuya obra copiamos la mayor parte de estos datos. TORQUEMADA 389 violencia desagradable de sus persecuciones f Su fanatismo asombra y sorprende á todos por su especialidad fuera de todo lo que puede concebir la fisiología más complaciente. No tiene parangón ni siquiera con el entusiasmo persistente de San Francisco de Asís, ejemplo de alma apasionadísi- sima y mística; con la ciega y áspera consagra- ción de San Fernando; el rigorismo y monástico fervor de San Benito de Nursia; y cito esas gran- des pasiones como ejemplares excepcionales, porque ellas quedan naturalmente relegadas en segundo plano ante el brutal y sostenido ardor de aquél. ¿Dónde, pues, ir á buscar explicación plausible, sino en los anales de la patología mental ? Efectivamente, es casi de observación vulgar esta firme exaltación del sentimiento religioso en los epilépticos, á punto que en algunos casos puede ser el único síntoma por largo tiempo manifestado, antes que el mal se caracterice por sus signos habi- tuales tan conocidos (r); y en ciertos casos, excep- cionales en verdad, puede ser la única expresión del mal caduco de forma psíquica (2). Hay una curiosa circunstancia que revela la naturaleza patológica de semejante misticismo: los onanistas con mani- festaciones epilépticas tienen tendencias al fana- (') Ramos Mejía, Informe sobre el estado mental de la pro- cesada Juana Larica, publicado por la imprenta de Rosi y hermano en 1882. (s) Ramos Mejía, Del estado mental de Domingo Vial, pro- cesado por liomicidio, 1883. 390 LA LOCURA EN LA HISTORIA tismo religioso que se puede observar también en un gran número de débiles de espíritu, como en los pueblos primitivos ideas religiosas exagera- das o. Decía Morel que el furor que determina en al- gunas circunstancias la epilepsia, la naturaleza de sus alucinaciones, los actos agresivos á que se en- tregan y la exaltación extraordinaria del senti- miento religioso en ciertos casos, hacen de su en- fermedad una de las más graves y peligrosas del cuadro nosológico de las enfermedades menta- les (2). Ya he tenido ocasión, agregaba este inmor- tal observador, de hablar de las melancolías reli- giosas délos epilépticos, y no puedo sustraerme al deseo de hacer resaltar bajo este punto de vista las tendencias en este sentido de lo que observamos en todos los asilos. Uno de nuestros jóvenes epilépti- cos, cuya enfermedad ha sido en parte producida por los excesos más deplorables, se entrega hoy á prácticas del ascetismo más exagerado. Me he pre- guntado á menudo, continúa Morel, si las dispo- siciones tomadas en el medio en que estos enfermos han vivido anteriormente no influyen bastante en los hechos que cito (3). James C. Howden, en su monografía titulada The religióus sentiments in epileptics y publi- cada en el número 48 del Journal of mental scien- (') Dupain, Études cliniques sur lo delire réligieux, pág. 45 (8) Morel, Traite dos maladies mentales, pág. 265. (3) Morel, libro citado, pág. 701. TORQUEMADA 391 ce, señala como a feature in the mental con- dition of epileptics esta exaltación vigorosa y persistente del fanatismo, que nadie como Tor- quemada ha manifestado en un grado tal de exa- geración, y que constituye un rasgo tan carac- terístico, tan genuino del mal caduco. Som- mer (1), que ha estudiado con tan buen juicio tan curioso estado mental, llama también la aten- ción sobre tales inclinaciones místicas especialísi- mas,en tan grande y extraño contraste, dice, con una prevalente y fuerte dosis de egoísmo ó irrita- bilidad. Kraft-Ebing lo menciona también y agre- ga que es una religiosidad completamente patoló- gica, y que según que el enfermo se halle exaltado ó deprimido, se exterioriza con el fanatismo reli- gioso ó con la convulsión (2). Este bigotismo, continúa el maestro de la Uni- versidad de Gratz, se encuentra en maravilloso contraste con la irritabilidad, intolerancia, bru- talidad y defectuosidad moral del epiléptico, exactamente como pasaba en nuestro caso, se- gún ya hemos visto. Saint (3), citado en la tra- ducción italiana de Kraft-Ebing, es otro de los autores que apunta el mismo rasgo proverbial y agrega, para caracterizarlo, que llevan siem- pre, // libro da messa in tasca, il nome di («) Arch.f. Psych., XI, h. 3. (s) Trattato clínico pratico delle malattie mentali, traduzio- ne sulle seconda edizione tedesca dei dortori Silvio Tonnini é Giuseppe Amadei, tomo II, pág. 193. (») Arch. f. Psych., V, h. 2 y VI, h. 1. 392 LA LOCURA EN LA HISTORIA Dio sulla lingua e il flore della canaglieria in cuore. Me ha parecido que debía transcribir en italiano esta frase de un autor alemán, porque los traductores del psiquiatra austríaco, en cuyo libro la encuentro, expresan con ella y de un solo ras- go toda esa curiosa psicología del fanatismo epi- léptico de Torquemada. Asiera, en efecto: Uñó- me di Dio sulla lingua e il flore de la canaglieria in cuore. Saint ha dibujado de un golpe genial esa íntima perversión ética que contaminaba toda la mente degenerada del fraile aquél; juzgado así sin la imprudente pasión de secta y á la luz de principios científicos severamente aplicados, resul- ta de cuerpo entero el gran agente de las perse- cuciones religiosas de su siglo. Echeverría Q), Legrand du Saulle (2), Flemming (3), Cfr. Sie- mens (') y los otros autores que menciono más arriba se ocupan de esta moralfeature, como dice el autor inglés, tan reveladora y peculiar que constituye en muchísimos casos un equivalente mental de ese mal irremediable. El fanatismo de Torquemada está, pues, tan le- jos del misticismo fisiológico de otros frailes apa- sionados, como cerca del bigotismo feroz de los enfermos que citan los alienistas y médicos. Por poco que se analice la pasión mística del in- (') Americ. Journ. of insanity, 1873. (*) Études médico-légales sur les épileptiques, 1877. (3) Phycosen, pág. 118. (*) Archives f. psych., IX. TORQUEMADA .393 quisidor español, se verá cuan hirientes son las analogías que tiene con ella la devoción de Ca- pia y Torello que cita Joly; de Thouriot y del conde Gustavo Chrinski, que cita Legrand du Saulle (pág. 155); con la de la observación xvm de Tonnini (pág. 105) y que sa refiere aun epilép- tico «que no tenía afecto por nadie sino á Dios y por los Santos, religioso hasta el fetiquismo, que daría su vida por sostener la religión católica »; con aquella otra observación xx de otro epiléptico que cuando se entregaba á la oración lo hacia con tan intenso fervor che gli cólano le lacrime, en- tregándose durante sus períodos alucinatorios á amenazas y tentativas de morder y herir á los que se le presentaban delante; era un enfermo, di- ce Tonnini, que daba miedo (fa paura) cuando entraba en estos curiosos accesos. La observación xix del mismo autor O no es menos ilustrativa co- mo las observaciones xxxvi (2), xxvn (3), xxxix(4), todas ellas de una analogía completa con la ma- nera de ser y el misticismo contradictorio del fraile inquisidor. Legrand du Saulle, en su obra ya juzgada sobre los epilépticos, Morel, Emmighaus, etc., (l) «E religioso assai, dice oragione, ma é altretanto facile a bestemiare neil'ira». (s) «e una specie di sacerdoti della compagnia; implora per essala clemenza celesti e si sfoga a diré centinai di rosarii.etc.» (') « recita oragione su oragioni,non fa altro in tutto il gior- no... Soffre di accessi violenti una o due volta a la settimana». (*) « passa le giornatte inginochiato recitante il rosario, mi- naccia stragi, vuol mangiare ilfegato alia genti, etc., etc.» 394 LA LOCURA EN LA HISTORIA etc., traen del mismo modo multitud de casos de igual parecido, y para no incurrir en repe- ticiones inútiles, sólo recordaremos, como am- pliación, la observación xlvi del libro de Kraft- Ebing (*), algunas observaciones coleccionadas por Torellif), deSkae(3), que ha insistido sóbrelas visiones religiosas délos epilépticos, y, finalmen- te, las que traen todos los que se han ocupado con alguna detención del estado mental de estos en- fermos. Este mismo Skae, en el periódico citado, hace notar que las visiones epilépticas de Ana Lee dieron lugar á la secta de los Shaker, los delirios de Swedemborg á las sectas de Suecia ó Inglate- rra, y afirma, con algunas buenas y juiciosas ob- servaciones, que las alucinaciones caducas de Ma- homet hicieron el Islamismo. En todas las observaciones, la misma índole de sentimientos que en Torquemada, violentos, frené- ticos y persistentes como en él. Tienen un cachet revelador, genuino, inequívoco, y al que se halle medianamente familiarizado con el estado inte- lectual de esa gente dolorosa, el análisis moral de Torquemada le revela inmediatamente la natura- leza sospechosa de su fanatismo. Por otra parte, el estudio clínico de tales tendencias demuestra una multitud de circunstancias que debemos tenerlas i1) Tonnini y Amadei, Trattato clínico pratico, tomo II, pág. 204. (*) Torelli, Sulla religiositá degli epilepttici (Arch. ital. delle malattie nervose, 1879). (3) Journal of mental science, 1874. TORQUEMADA 395 presentes: pueden, por ejemplo, los impulsos místicos considerarse, según ya lo he dicho, co- mo un equivalente de los accesos. Gira todo al rededor de sus alucinaciones divi- nas y de las visiones celestes, y cuando las cosas toman un verdadero carácter delirante, los enfer- mos, como afirma Kraft-Ebing, se creen Dios, Cristo; imaginanse profetas y se suponen en el cielo cuando eventuales anestesias musculares pueden favorecer el delirio (*). Porque los accesos convul- sivos comunes del mal caduco son los fenómenos más conocidos y visibles de este estado morboso ín- timo del sistema nervioso central, que se exterio- riza, por ellos, más frecuentemente, pero que pue- de,como sucede en este caso, manifestarse por ten- dencias de esta naturaleza, con una índole especial y con peligros mucho mayores que los del ata- que vulgar. Así, pues, en este caso, su religiosidad no era se- guramente otra cosa que una forma de expresión conocida de su mal: una verdadera convulsión de su espíritu que reemplazaba á lá ordinaria con- vulsión de los músculos. Torquemada fué faná- tico con esa intensísima pasión sui generis, por- que era epiléptico; pero como su estado anómalo no parecía sino la exageración patológica de una pasión moral, repugna al espíritu meticuloso te- ner que dar carácter mórbido á un sentimiento (') Kraft-Ebing, libro citado, tomo II, pág. 206. 396 LA LOCURA EN LA HISTORIA que por su naturaleza divina (puesto que es una gracia) escapa completamente á las perturbacio- nes de la enfermedad. Sucede en este caso lo de siempre en los epilépticos cuya enfermedad se manifiesta por sustituyentes insospechables, co- mo queda dicho, por accesos de sueño exclusi- vamente y comprobados por Westphal (Arch.f Psych., IV, II, 3) y Fichet (id. id., VIII), ó por ataques de neuralgia generalmente intercostal ó facial y que sobrevienen por lo común con per- turbaciones de la conciencia, algunas veces acom- pañadas del acceso convulsivo clásico, por vahídos y rápidos obscurecimientos de la misma, por te- rrores nocturnos y ataques de sonambulismo en personas que recién tarde ofrecerán los accesos musculares conocidos C). Torquemada fué, como inteligencia, de una me- diocridad notoria y de recursos comunes, por más que afirmen lo contrario ciertos biógrafos entu- siastas. No hay nada suyo que revele un enten- dimiento ágil y medianamente profundo; no era un pensamiento, era una pasión morbosa que bro- taba y se cultivaba con propicia fecundidad den- tro de un cerebro contrahecho de antemano y vi- vamente influido por las ideas de su época. Esa anestesia ética, según la expresión un poco exótica de Emminghaus, que lo hacía insensible á todo dolor humano, había como debilitado su inteli- C1) Kraft-Ebing, tomo II, pág. 190. TORQUEMADA 397 gencia, cuya fuerza se hallaba absorbida por la in- tensidad extraordinaria y constante de su senti- miento bravio. No hay un escrito suyo, un ser- món, un documento cualquiera en los diez y ocho años de su actividad mental incesante, en que se revele el teólogo ó el escritor: sólo sa- bemos por uno de sus admiradores Q) que el concepto público principió á distinguirlo desde sus primeros años, viendo en el término de su carrera literaria una serie de honras y grande- zas, que le ganaron respeto y anticipadas consi- deraciones , Pero esta vida literaria, estas grandezas y triunfos no han dejado el más leve rastro: sus estudios filosóficos y los de teología, cuya cáte- dra regenteaba en el Convento, hacía que pasara mediocremente conceptuado entre sus hermanos y discípulos. En ello no hay nada extraordi- nario por cierto; es consecuente con su manera de ser singular. Cuando el fanatismo de este género ú otra pasión mórbida cualquiera se des- envuelve con tan extraordinaria intensidad, el cerebro no tiene ni el tiempo, ni la fuerza, ni el reposo necesarios para los trabajos del espíritu : hay un desequilibrio completo, las facultades men- tales están como atrofiadas en beneficio de la sen- sibilidad moral que se sobrepone. El misticismo común, normal, es tierno y ab- (J) Rodríguez, Historia verdadera de la Inquisición, pág. 111. 398 LA LOCURA EN LA HISTORIA negado; el misticismo epiléptico es agresivo, bu- llicioso, siniestro, empapado en una profunda mi- santropía. Por eso todos los hombres le eran igualmente odiosos, no porque fueran herejes sino porque eran hombres! La prueba está en que condenó bajo pretexto de herejía multitud de ino- centes, entre frailes, mujeres y seglares católi- cos. En todo él se ve la ferocidad aparejada á la devoción, los arrobamientos místicos confun- didos con los ictus sanguinolentos del homicida vulgar. Cuando la emoción religiosa se desarrolla en forma de ilusiones, dice James C. Howden, otro elemento del carácter entra en juego (comes into play). La vanidad y el egoísmo secretamente cultivados en el alma de Torquemada dan forma y figura á sus sueños y fantasías. Sustraídos al mundo exterior por un aniquilamiento transitorio de los sentidos, durante el sueño ó el ataque epi- léptico, la mente vigilante y desvelada (the ever waking mind) opera silenciosamente multiplica- dos desfiles en los depósitos que la memoria ha amontonado, y á favor de los cuales confecciona vi- siones maravillosas en que el más exagerado egoís- mo se complace en entrevistas con el Creador, en comunicaciones con Jesucristo, en órdenes para la salvación de la especie humana por los medios que el criterio de cada enfermo sugiere: el asesi- nato de un culpable imaginario como en el caso de Riverando ó la predicación exaltada, la reducción TORQUEMADA 399 por el fuego, la Santa Inquisición, en fin, como en el caso que nos ocupa (*). Los secretos impulsos que sugiere á la mente del epiléptico la alucinación, el sueño ó la ilu- sión, explican las exaltaciones inusitadas que tenía en ciertas ocasiones decisivas el fraile inquisidor; y damos como averiguado que las tuvo, deducien- do lógicamente por lo que acontece casi sin excep- ción en otros casos análogos. Porque otras ve- ces la visión mística reemplaza al ataque, como en los casos citados por Howden, uno de los cua- les, enfermo de su asilo en Montrose que jamás tuvo acceso muscular ninguno y que estaba sin embargo convencido de la realidad de sus visio- nes, creía que el alma había sido separada del cuerpo en el intervalo de su ataque y transportada al mundo de los espíritus (2). Un signo más, para terminar; signo que en mi concepto puede también considerarse como una peculiaridad de la fisonomía moral de bs epilépticos de este género: la ausencia del sen- timiento estético, si es que en este caso pueda juzgarse de su falta por algunas pocas obras su- yas más ó menos conocidas. Una de ellas es el templo que con los «dona- tivos que obtuvo de la munificencia real y sus (') Véase: The religious sentiments in epileptics by James C. Howden, M. D. Medical Supcrintendent, Montrose Royal Sanatic Asylum {The journal of mental sciences, pág. 483, número 48). (*) Obra citada de James C. Howden. 400 LA LOCURA EN LA HISTORIA sueldos como Inquisidor hizo edificar en Sego- via», el convento de Santa-Cruz, la iglesia de Torquemada, según la frase de su enfático y can- doroso biógrafo ; la obra que para algunos lleva el sello más personal de su carácter Q); y la otra, un monasterio de su orden dedicado á San- to Tomás y edificado en Avila (2). Todas de un gusto dudoso, sin intención moral alguna y re- velando una ausencia de facultades artísticas real- mente notable (3). Si hemos de juzgar por es- tas muestras de gusto equívoco, el mayor ó me- nor desarrollo del sentimiento de lo bello, de- bemos cuando menos dudar de su existencia, pero si á estas pruebas agregáramos otras de igual ín- dole moral, el convencimiento sería completo. En efecto, este hombre extraordinario, educado entre los libros y papeles, entre el polvo de las bibliote- cas y de aquellas librerías de convento donde se encerró un tiempo la ciencia y la cultura del mun- do entero, fué la peor cuchilla de los libros y de la producción intelectual. Por una perversión estética, lógica en su en- fermedad, Torquemada quemó en la hoguera más obras heréticas que todos los inquisidores jun- tos. Este odio profundo á la cultura, á todos los elementos de civilización que estaban en ma- (}) Véase: Francisco Javier Rodrigo, Historia verdadera de la Inquisición, tomo II. (*) Obra citada. (s) Morel, El arte español. TORQUEMADA 401 nos de los moros particularmente y que nadie persiguió con saña más constante que él, se tra- duce en su tiempo por la más bárbara y sacri- lega destrucción de multitud de obras de arte bellísimas que el genio caloroso de aquel des- dichado pueblo había producido. Y, curiosa coin- cidencia, ese otro epiléptico de Carlos V que no produjo jamás una obra bella en el verda- dero sentido de la palabra, enclavó en medio de la Alhambra un palacio de detestable gusto, co- metiendo tranquilamente la inconcebible profana- ción de echar por tierra un trozo enorme del céle- bre monumento ! Las dos obras que produjo nuestro fraile fueron, pues, según se ha dicho, dos vulgares productos de su mediocridad, obscuro emblema de la impotencia estética, que hablan va- gamente al espíritu y con viveza á los ojos por un recargo inconsiderado de obras de talla, de abun- dantes dorados, de estatuas y relieves « que el fa- natismo antireligioso de cierta parcialidad política devastó después para convertirlos en presidios y más tarde en encerradero de ganado» (a). « El viajero que ve, dice Prescott, las largas y tristes murallas de piedra gris y apenas talladas del Escorial, escasamente interrumpidas por uno que otro ornamento, experimenta una sensación penosa cuando compara este monumento frío á los edificios graciosos y ligeros á los cuales está su vis- (J) Véase: J. Rodríguez, Historia de la Inquisición, tomo II, pág. 114. LOC. EN LÁ BIST. 26 402 LA LOCURA EN LA HISTORIA ta acostumbrada». Pero el Escorial tiene impre- so el carácter de su fundador, que se revela allí en cada piedra del monumento : Felipe buscó un género extraño de belleza, pero de belleza al fin. No quería, como dice su famoso historiador, « manifestar la faz amable, sonriente del arte; el sentimiento que deseaba despertar en el corazón del espectador era el de la tristeza solemne, que se armonizaba mejor con el espíritu sombrío de su fe. Cualesquiera que puedan ser los defectos que se le reprochen al Escorial, es imposible ver de lejos estos gigantescos monumentos surgir de las sombrías profundidades de la montaña sin ser to- cado por el perfecto acuerdo, con el aspecto salva- je y misterioso de la tierra» Q); no se puede fran- quear su recinto consagrado sin sentir la influen- cia del genio de estos lugares, ni errar por sus claustros sin experimentar un sentimiento de te- rror secreto en esas salas desiertas que la imagina- ción ha poblado con los melancólicos fantasmas del pasado (2). Pero aquel conjunto inarmónico de « bellezas » que dan las descripciones de Santo Tomás es simplemente fría y desnuda de toda expresión sintética. La frialdad y ausencia de sentimiento que hay en la obra del fraile do- minico, desde su aprendizaje modesto en Santa- Cruz hasta su muerte, revela esta completa au- (J) Prescott, loe. cit., tomo V. (2) Prescott, Histoire du Régne de Philippe II, tomo V, pág. 196. TORQUEMADA 403 sencia en el orden moral como en el artístico, que hasta los más grandes y más humildes y fer- vorosos fanáticos han revelado en todas las épocas. Si la pasión religiosa, cuando es normal, sea cualquiera su intensidad, fuera realmente in- compatible con esa aptitud sensitiva, nadie hu- biera sido, á este respecto, de alma más indi- ferente que Francisco de Asís, cuya obra está impregnada de esa tiernisima sensibilidad para la percepción de la belleza y grandeza moral que ha puesto el sello humanitario hasta en la frente adusta de ciertos inquisidores implacables. No puede experimentar el placer soberano de sentir todo ese mundo de pequeñas emociones con que está matizada la vida, aquel que, como el padre Torquemada, tiene la sensibilidad embotada por las graves alteraciones de tan cruel enfermedad, que haceá los hombres moralmente caquécticos y vale- tudinarios. Es necesario que el oído y la vi- sión, los dos sentidos cerebrales por excelencia, tengan, aparte de la propiedad especial de aco- modación psicológica, de peculiaridad perceptiva que cuando es sutil y desarrollada en proporcio- nes diversas constituye el ojo y el oído artístico, tengan, decía, esa fácil impresionabilidad cere- bral, fisiológica que facilita la apercepción, di- remos, adoptando la terminología consagrada, y que produce la sensación definitiva en los mis- teriosos receptáculos de la substancia cortical. Y el epiléptico, sobre todo en estas epilepsias de- 404 LA LOCURA EN LA HISTORIA generativas, tiene por lo general una obtusión evidente de sus sentidos, esa obtusión enfermi- za que ha estudiado Tonnini y la escuela psi- quiátrica italiana con tan abundante acopio de datos. El epiléptico oye mal habitualmente (*), ve con ciertas imperfecciones los objetos, tiene el tacto obtuso y el corazón muerto para reci- bir, «ese sentimiento profundo de las energías y bellezas de la naturaleza». En los manico- mios se ven siempre poetas, literatos, artistas é industriales soñadores entre los perseguidos, los maníacos, los lipemaníacos, pero entre los epilépticos jamás ! La falta del sentimiento es- tético, piensa Kraft-Ebing, en ciertos casos de debilitamiento psíquico, explica el uso de co- sas repugnantes y la práctica de hábitos igual- mente repugnantes (la práctica de schifose abi- tudine). En el campo sexual, la misma falta ex- plica también las aberraciones abominables del instinto de la reproducción y la perversión con que algunos enfermos satisfacen sus necesidades corporales (2). El debilitamiento de los senti- mientos óticos y estéticos, agrega el médico de la Universidad de Gratz, conducen necesariamente al egoísmo, y la frecuencia de esta anomalía en los alienados de cierta clase da la razón del egoís- mo que tienen los enfermos de esta especie. Tales consideraciones y parecidos casos, sugie- (') Tonnini, etc. (2) Kraft-Ebing, Trattato clínico, tomo I, pág. 73. TORQUEMADA 405 ren naturalmente la investigación de hasta dónde ha contribuido la epilepsia en el origen de ciertas creencias religiosas y hasta dónde han tenido las visiones de tantos llamados impostores religio- sos un origen puramente epiléptico. CAPITULO III LOS DEMONÍACOS EN LA INQUISICIÓN. — LAS DENUN- CIAS Y DELACIONES DE LOS LOCOS Y DE LAS HIS- TÉRICAS EN LOS PROCESOS DE HEREJÍA. Sumario : Los conventos de Europa en los siglos xv y xvi.— Su población.— Sus costumbres.— Antes déla Reforma de Santa Teresa y después.— Casi todos eran un almacigo de enfermedades mentales.— Diagnóstico de la histeria hecho por Teresa de Ahumada y sus reglas profilácticas para com- batirla.— Papel que desempeñan las histéricas y los perse- guidos en los procesos del Santo Oficio.— Denuncias y dela- ciones de las histéricas.— Admirables intrigas.— Inquisidores y clérigos comprometidos.— Cómo se verificaba la sugestión de la histérica.—Alarmas del Santo Oficio.—Sor Magdalena déla Cruz y sus males nerviosos y mentales.— La enajena- ción mental suministra con sus delaciones numerosos herejes á la Inquisición.— El proceso de la Ronciére.—Cómo traba- jan los enajenados sus intrigas.— Psicología de la histeria.— Ella explica su papel terrible en los anales judiciales.— His- teria y degeneración y no histeria sola. — Los procesos que formó el Santo Oficio contra Rodríguez Calderón, fray Fran- cisco García y otros muchos, no tuvieron más origen que esas delaciones.—Auto-acusaciones de los locos, etc., etc. ¿Por qué los demoníacos? Porque en efecto su intervención en los procesos tan célebres del Santo Oficio ha sido diabólica, y tenebrosa co- 408 LA LOCURA EN LA HISTORIA mo todas las inmixiones satánicas. Todos esos perseguidos histéricos y locos que prestan su in- tervención inconsciente á la consecución del pro- pósito inquisitorial, tienen indudablemente la fuerza decisiva del maleficio. El proceso fué el gran instrumento del inquisidor. Con él era que daban á sus violaciones de conciencia, el falaz ro- paje de legalidad que necesitaban para justificarla persecución y proporcionar una fuente de emo- ciones á sus nervios perezosos para las sensacio- nes comunes. Eran sin duda los grandes maestros del marti- rio lento, los artistas consumados de las agonías dolorosas. Preparados intencionalmente para ex- plotar los terrores supremos, se deslizaban en el alma atormentada del condenado para sobrexcitar su imaginación, suscitarlos terrores del presenti- miento, evocar los espíritus del fuego y todos esos fantasmas del suplicio próximo que poblaban el mundo desconocido adonde iban condenados por la mano inclemente de una iglesia de misericordia y de perdón. No tenían otra salida los acusados que la abjuración, á la que se abrazaban como medio de terminar el suplicio. Escuchaban sus promesas como en una especie de vértigo, ago- tados por la larga cautividad, por las humillacio- nes, por un régimen debilitante y calculado para hacer su caída más fácil (*). (*) «Deux moines, diplómales des agonics, dressésá exploi- LOS DEMONIACOS EN LA INQUISICIÓN 409 La mecánica del dolor era refinada y sutil co- mo su escolástica. La espada de la ley entre las manos de estos jueces se hacía ingeniosa y len- ta como el cuchillo del Dios pagano, degollando á Marysyas. En esos procesos breves y terri- bles, escudriñaban la conciencia con tenazas y arrancaban la confesión con algo como uñas de fierro; sin ruido alguno, ocultos en el miste- rio desús cárceles, ningún escándalo perturbaba el orden y la marcha de sus hetacombes (*). Para la mejor realización de sus propósitos introdujeron un elemento maligno que los ayudó eficazmente, un elemento ignorado hasta ahora en su código de procedimientos, que dio á los procesos del Santo Tribunal un colorido peculiar de exotismo judicial. Me refiero á los testimonios de las histéricas y de otros alienados, cuyo curioso papel vamos á tratar de estudiar en este capítulo. El tiempo, la sociedad peculiar de aquellas épo- cas, la educación poco avanzada y hasta razones de fisiología cerebral de otro orden explicaban sa- tisfactoriamente las razones por qué abundaban ter les terrcurs supremos, se glissérent dans la prison. lis s'in- sinuércnt dans Váme bouleversée de Crammer. lis surexcitérent son imagination, accrourent ses peurs, évoquérent les esprits dufeu, les fantómes du supplice prochain et du monde incon- nu, etc.» (Dargaud, Histoire d'Elisabeth cVAngleterre). (») a La mécanique de la douleur était raffinée comme sa seo- lastique. Le glaive de la loi, entro los mains de ees juges déve- nait ingénioux et lent comme le couteau découpaient écorchant Marysyas. EllefQullait la conscience avec tenailles, e£c.»(PAUL de Saint-Víctor, Anciens et modernos, pág. 66). 410 LA LOCURA EN LA HISTORIA aquellas mujeres, de las que nos hemos ocupado brevemente en otro lugar (a). Los conventos, que suministraban un riquísimo contingente á la patología nerviosa, tenían una or- ganización que facilitaba la acción de todas las causas etiológicas. Eran casas ó cuevas obscu- ras, donde se enterraban en vida mujeres de todas las edades con fines piadosos exagerados; sitios de excitación continua, donde las reclu- sas recibían á sus amantes, con cuyo contacto y conversaciones libremente amorosas estimula- ban sus nervios y fomentaban el desequilibrio que la edad, con sus insaciables necesidades, man- tenía siempre vivaz. Por la fuerza de las co- sas, los conventos se habían convertido en una institución social tanto como religiosa: no era, pues, posible esperar el celo y la austeridad que anhelaba Santa Teresa de Jesús en sus proyectos de reformas. Algunos constituían una simple reunión de ni- ñas nobles, muchas de las cuales habían tomado el velo sin gusto ni vocación y si á pesar suyo, por lo general. Estaban por consecuencia en contacto con el mundo; había entre ellas y la corte un cambio constante de impresiones y de sentimientos, de manera que la influencia enfer- miza de los unos sobre los otros era eficaz y casi constante. Estos almacigos de históricas, para O Capítulo III, Isabel de Inglaterra, Los Valois, etc. LOS DEMONIACOS EN LA INQUISICIÓN 411 quienes la opinión social tenía la indulgencia de juicio que debe suponerse, constituían fecundas y temibles fábricas de chismes y denuncias vacia- das al oído ávido de inquisidores escrupulosos, como base de uno de los tantos procesos que arro- jaron á la hoguera ó á sus prisiones, cientos de víctimas inocentes. En aquel roce diario y continuo, en ese cam- bio sistemático de sensaciones dolorosas por lo agudas, vivamente exteriorizadas y rápidamen- te cambiadas entre cabezas sensibles, la conta- minación debió ser infalible, llegando á cons- tituir, por su difusión, una verdadera atmósfe- ra neuropática, bajo la cual tenían necesaria- mente que sucumbir las cabezas mejor equili- bradas. La propaganda era infalible, por el con- tagio pocas veces tan eficaz; el claustro queda- ba, diremos así, infectado, y la diseminación hacia afuera fácilmente se verificaba, por medio de las familias de las reclusas que se veían á menudo con ellas. Los conventos eran luga- res demasiado mundanos en que los rezos no im- pedían la comunicación frecuente y abusiva con el exterior. Más tarde, la muy célebre mada- me d'Estrées, hermana de la bella Gabriela y abadesa de Montbrisson, hacia representar co- medias á sus novicias delante de un brillante au- ditorio, y una religiosa de Ravenne, contempo- ránea de Santa Teresa, ha contado en páginas lle- nas de una encantadora ingenuidad sus discusio- 412 • LA LOCURA EN LA HISTORIA nes con una preciosa abadesa sobre el amor (*), así como los grandes disgustos que tuvo la « pobre ma- dre», muy honesta persona por cierto, para redu- cir á su amante á los goces depurados é inmateria- les del amor platónico exclusivamente (~). Los conventos españoles parecían, sin embargo, un poco menos escandalosos que los de Francia é Italia; con todo, Santa Teresa, á pesar de sus dis- cretas reservas, deja entrever en la Encarnación misma, reputado como uno de los más regulares, un singular va y viene en las salas de espera, en los bellos y umbríos jardines, en los lagos, en las cel- das adornadas de objetos profanos y en los peque- ños y semiobscuros rincones tan favorables para los equívocos encuentros (3). Parece que había allí un movimiento de visitas recibidas y pagadas, de pequeñas citas lícitas ó ilícitas á la luz del día y en las tinieblas, y hasta se sentía un cierto rumor mun- danal de romances y de instrumentos profanos (4). Más adelante, estos tornillos flojos y relajados de la disciplina ascética fueron ajustados hasta la intolerancia por el ejemplo y la mano férrea de doña Teresa de Ahumada. O Psychologie cVune Sainte, por Arvéde Barine (Revuj des deux mondos, pág. 560.) (2) Al ocuparme de los conventos del siglo xiv, tomo los datos y copio algunas veces párrafos de la Psychologie d'une Sainte, por Arvéde Barine, así como del curioso libro de A. Gagniére, Los confessions d'une Abesse du XVIe siécle (d'aprés un manuscrit de la bibliothéque de Ravenne), 1888. (3) Les confessions, loe. cit. O Psychologie d'une Sainte. LOS DEMONIACOS EN LA INQUISICIÓN 413 Los extremos se tocan, y de una licencia bochor- nosa pasaron á una rigidez y sobriedad de cos- tumbres realmente tiránicas. La célebre reforma- dora había puesto el dedo en la llaga y descubierto la fuente de los males que afeaban tanto su ins- titución predilecta. La reforma que introdujo des- pués y que completó poco á poco, se extendió á todo. Según sus reglas, el convento de carme- litas dejaba de ser un lugar bullicioso y alegre para convertirse en un sitio silencioso, desnudo de toda pompa, en que se siente el frío y el ham- bre, en que se disciplina hasta sangrar las ve- nas, en que las rodillas se cansan, forzadas á la oración vehemente y perpetua, y en que la cabeza, presa de esos desvarios penosos que la inutilizan y la excitan alternativamente, va á caer en los horro- res de la alteración sui generis, que invade como una marea á todos los conventos 0). La voluntad se atrofia á fuerza de permanecer inerte « y se renun- cia á todo lo que tiene de más caro el corazón hu- mano : al juicio, á la inteligencia, á los afectos más puros : hay que separarse del mundo, sus- traerse á todo, morir en suma, con esa muerte dolorosa que consiste en suprimir el placer, el dulce y legítimo placer del corazón y de la inteli- gencia», para entregarse brutalmente en los brazos del absorbente ascetismo de los conventos refor- mados (2). La plegaria misma, dice una escritora Q) Psychologie, etc. (*) Le couvent d'autrefois, pág. 25. 414 LA LOCURA EN LA HISTORIA conocida (*), no les pertenece: sirve para salvar el alma de los otros y para que después de tantos sa- crificios, de tantas angustias, de tantos y tan crueles sufrimientos, quede abandonada, perdida, hasta el día del juicio en los tormentos de su vida obscura y en la esterilidad (2) de su misión desco- nocida. Con estas alternativas de rigidez y de liberti- naje se nos presentan en todas partes. La ociosidad, el tedio melancólico de la tarde, la enfermedad de los claustros, descripta por Cassieu, el completo vacío del corazón y del espí- ritu minaban el alma de todas las religiosas (3). Odios atroces, «esos odios de religión, el infinito de las pasiones agrias en lo infinitamente pequeño, como ha dicho Longet, traía convulsionados los conventos, tanto en Italia como en España. En diez años, el término medio de la vida monástica, el fastidio y el vacío de la existencia, la falta de ideales, llevaban á lamuerte sin ruido y sin pompa á aquellas pobres mujeres; muerte lenta y dulce algunas veces, pero muerte irresistible». El único consuelo era el de elegir une amie de cceur para entregarseá ella con estusiasmo y pasión: triste é indecente parodia del amor, que era sin embargo impotente para nutrir el alma hambrienta de cari- (*) Arvéde Barine, pág. 567 (Revue des deux mondes). (2) Psychologie d'une Sainte. (3) Les confessions d'une abesse du XVI* siécle, por A. Gag- niére, pág. 73. LOS DEMONIACOS EN LA INQUISICIÓN 415 ños de otra especie (*). Con este régimen, las más dulces entraban en una especie de rabia (2); acaba- ban por perder el saludable equilibrio del estado normal para caer fatalmente en la enfermedad. En Italia, según reza la Vita della madre Feli- ce Rasponi, abadesa de Santa Andrea, la mayor parte de las monjas eran mujeres sin educación y sin instrucción; casi todas gente del pueblo, viudas ó abandonadas por sus maridos, que entra- ban al monasterio esperando días mejores. Á las viudas se les empleaba en los trabajos groseros de la casa, y las jóvenes, las de gentil figura, servían de sirvientas á las religiosas deposición. Como elemento de información es interesante é instructivo para el conocimiento de las costum- bres del siglo xvi la voluminosa correspondencia inédita ele Mgr. Marasco, citada por Gagniére en su libro, conservada en la biblioteca de Udine, y que pone de relieve la vida interior de los conven- tos de hombres y mujeres colocados bajo sus ór- denes, que, durante la reforma, eran más de cin- cuenta. Entre las cosas curiosas y como una prueba de las penas que sufrían las pobres reclusas para las tentaciones de la carne, se puede citar el céle- bre reglamento vigente en algunos conventos que establecía las reglas terapéuticas contra los exce- sos del cuerpo, Constreñido ahora, después de ha- ber gozado de tina licencia extraordinaria, á una (l) Véase: Les confessions, pág. 121. (2) Véase: Los confessions, pág. 121. 416 LA LOCURA EN LA HISTORIA cruelísima abstinencia. Los padres del Concilio que resolvió la reforma no eran partidarios de los simples lenitivos para curar la apostema puru- lenta que había roído estas instituciones por tanto tiempo. Cortaron por lo sano imponiendo brusca- mente á las órdenes monásticas una vida cenobí- tica durísima (*); circunstancia que produjo el rá- pido acrecentamiento de todos los trastornos ner- viosos que convulsionan las comunidades reli- giosas. La temida melancolía, que respetables au- tores contemporáneos mencionaron, asolando los conventos, prodújose, la histeria, que es la enfer- medad del siglo xvi, asi como las mil formas extrañas de locura, que son de todos conocidas. Insisto tan extensamente en la patología de los conventos, porque ellos constituyen el más abun- dante almacigo de testigos y delatores sui generis en el proceso del Santo Oficio. De allí salen las grandes denuncias délos cielitos heréticos, las fal- sas versiones que dan pábulo al furor agresivo del clérigo inquisidor. Las constituciones de las diversas órdenes nos dan una idea clara de la vida y de la discipli- na de un monasterio á fines del siglo xvi, es de- cir, después de las reformas del Concilio de Trento (2). Dos veces por día las religiosas debían reunirse Q) Los confessions, pág. 198. (2) Arch. comm. de Ravenne (Monasterio Santa Andrea MCCCCLXXV, 19) citado por Gagniére, pág. 198. LOS DEMONIACOS EN LA INQUISICIÓN 417 en el refectorio para almorzar y comer; tres gol- pes de timbal anunciaban que el almuerzo estaba servido, y la presidenta, después de haberse lavactb las manos, dábala señal de sentarse á la mesa con dos toques de campanilla. Las monjas y las her- manas conversas comían en silencio, á excepción de las enfermas y de las que habían sido sangra- das. Y este caso se presentaba frecuentemente, pues el reglamento imponía cuatro sangrías por año! en septiembre, para la Navidad, la Pascua y el día de San Juan. Esta misma costumbre existe aún en todos los monasterios claustrados, en las Clarisas y las Benedictinas, dice Les confessions d'une Abesse duXVIe siécle. El autor del mencionado libro, cuyas pági- nas traducimos, ha recibido curiosas revelaciones sobre el tratamiento que se les hacía sufrir para preservarlas de la tentación de la carne: se llega- ba hasta el extremo de hacerles tomar todos los meses una fuerte dosis de un purgante violento. Por lo que respecta á las comidas, baste decir que sólo el agua, y eso en ciertas circunstancias, po- día tomarse á discreción, y la cama sobre la cual las monjas se acostaban vestidas con un grueso sayal sobre el cuerpo directamente, debía ser dura y ligera. El código represivo contenia disposicio- nes durísimas: desobedecer, retener cualquier co- sa, recibir cartas, revelar los secretos interiores del monasterio, constituían faltas graves. La culpable era despojada de sus vestidos, desnuda hasta la cin- LOC. BJÍ LA HIST. 27 418 LA LOCURA EN LA HISTORIA tura y puesta de rodillas para que cada hermana desfilara aplicándole un fuerte latigazo; en el re- fectorio debía permanecer arrodillada, no pu- diendo recibir sino un pedazo de pan por caridad, y en el coro, de rodillas, con la cabeza pegada al suelo (Gagniére). El cambio era demasiado rudo para que no se resintiera la inteligencia. Un régimen austero de Spartiata reemplazaba sin transición la vida de molicie, de placeres y de voluptuosidades sin fin (*). Las que no pudieron resistir fueron mu- chas; unas murieron en la consunción y en la astenia más completa; las otras recorrían resig- nadas la vía crucis del histerismo bajo la más- cara de la poseída ó de la bruja que dio tanto combustible al Santo Oficio. El vicario Maracco, después de su larga y esca- brosa misión, hacía notar el profundo decaimiento de las religiosas, antes tan turbulentas y tan ale- gres (2). Santa Teresa de Jesús, que conocía á fondo estas cosas y que experimentó en cabeza propia lo que eran nervios aflojados, había adoptado una profilaxia y una terapéutica especial para tra- tar este género de males. Iluminada por su rara penetración, pensaba que era necesario desconfiar de las cabezas excitadas y de las sangres empo- brecidas, creyendo con el criterio de un médico (*) Les confessions, pág. 201. (*) Les confessions, loe. cit. LOS DEMONIACOS EN LA INQUISICIÓN 419 moderno, que debían combatirse las epidemias de éxtasis y de visiones con la buena carne y el sueño reposado C). La mayor parte de los visio- narios y extáticos, que fueron numerosísimos, eran, según su claro entender, simplemente ce- rebros enfermos, y lejos de alegrarse cuando en los conventos aparecían, se fastidiaba más bien, sin embargo de ser ella misma, por su histeris- mo franco, una visionaria que caía frecuente- mente en éxtasis duraderos. Las ideas tan cla- ras y tan prácticas que la Santa famosa tenía de la histeria, que llamaba melancolía, nos de- muestra la frecuencia con que indudablemente se producía en su tiempo; una observación tan exacta de la enfermedad tiene que haber sido he- cha en una clínica generosamente provista, y la lectura de sus obras, principalmente del Ca- mino de la perfección y del Castillo interior, demuestra por sí sola, si no hubiera otros tes- timonios contemporáneos que lo afirman, la abun- dante, la alarmante difusión de la enajenación mental de la peor especie en los conventos de la época. La melancolía, dice una escritora moderna, fué el terror de la célebre Santa, pues había no- tado que el mal de melancolías se adquiere fá- cilmente, que hay epidemias de eso y que se (') Santa Teresa de Jesús, Obras; Arvéde Barine, Psy- chologie d'une Sainte; Alvarado, Vida de Santa Teresa de Jesús, pág. 120. 420 LA LOCURA EN LA HISTORIA difunde con gran facilidad. Es una enferme- dad muy peligrosa; es menester tratarla como tal, y su terapéutica, en la cual tenía mucha fe y que era doble, consistía en lo siguiente : « Pa- ra curar el cuerpo, se enviará periódicamente á la melancólica á la enfermería y se le purga- rá; se le impedirá el exceso de ayunos y se le dará poco pescado; porque en la medicina de Santa Teresa el pescado forma esencialmente los humores pecantes de Sganarelle, fuente de muchos males » Q); y para el espíritu se le impe- dirá entregarse á ensueños y fantasías, se le acor- tarán las oraciones, obligándola á la acción por medio de trabajos manuales de la casa, se le hará comprender que no es interesante su enfermedad, tratándola duramente y sin ninguna considera- ción, tal cual se hace con las otras. La Santa había notado que la obediencia costaba mucho á la en- ferma, y que el sitio de ese mal estaba en la ima- ginación, siempre de difícil curación, porque ó ter- mina con la locura ó se hace la melancólica in- soportable (2). Abundando entonces en todas las clases socia- les y en tan crecido número estas mujeres, cuyas inclinaciones morales malignas son proverbiales, tenía que ser grande y funesta su influencia; sobre todo en épocas vidriosas como aquellas en que reinaba omnipotente el Santo Oficio, siempre con (') Psychologie d'une Sainte, pág. 571. (*) Psychologie d'une Sainte, pág. 571. LOS DEMONIACOS EN LA INQUISICIÓN 421 tan buena voluntad para mandará la hoguera al más humilde como al más encumbrado, por la simple denuncia de un beata atrabiliaria. La histeria en sus formas modernas, diremos así, con toda la amplitud de síntomas y de cua- dros vagos é indecisos que conocemos hoy, segu- ramente que no fué del dominio de la teología, que suplía entonces á la nosografía; sólo eran conoci- das sus manifestaciones más bulliciosas é impre- sionistas de la posesión y de la forma demoníaca; por eso y por la supina ignorancia de los tiempos fué más difícil defenderse ó precaverse de sus traidores asaltos. Aquellas formas del desequilibrio mental tan peculiar del histerismo no convulsivo manifes- tándose apenas por su carácter monosintomáti- co, como dice Charcot; aquellas que llevan to- dos sus efectos sobre la frágil mentalidad de la mujer, exteriorizándose físicamente sólo por li- geros espasmos, anestesias inapreciables, sofo- caciones y trastornos pasajeros de otro orden, esas, seguramente, pasaban por delante de sus ojos sin llamarles la atención. Sólo había pose- sión, es decir, enfermedad, donde existían las alu- cinaciones terribles de las poseídas de Louviers, las apariciones nocturnas de Armenijo, las gran- des contorsiones, los aullidos y las impulsiones genitales licantrópicas de las beatas de Santa Eula- lia. El amor desordenado que las poseídas de Loudun tenían por Urbano Grandier, la versa- 422 LA LOCURA EN LA HISTORIA tilidad del carácter histérico tan bien revelado en las mismas retractaciones de las religiosas poseí- das, así como todas las suaves gradaciones mórbi- das de la inteligencia que hoy mismo son difíciles de descubrir, y que no están al alcance del vulgo de los módicos, escaparon, sin duda, ala observación superficial y supersticiosa de aquellos tiempos. No por eso su existencia era menos real y su influen- cia menos perniciosa en una sociedad que reunía no sólo las condiciones múltiples que predisponen á su desarrollo, sino aun las que determinan in- mediatamente su estallido imprimiéndole ese se- llo especial que las caracteriza. Las denuncias falsas de las histéricas y de los locos lúcidos intervienen en los procesos de la Inquisición de una manera misteriosa siempre, y si hoy el arte con que ellos traman sus intrigas inconscientes ó no, confunde á los espíritus más sagaces y habituados ¡ qué no harían en esa época! que por un lado había el interés complaciente de los jueces y por el otro una ignorancia supina y proverbial en asuntos de medicina, sobre todo en España, donde los conocimientos en esta materia eran, según Bukle, deplorables. Los simuladores más hábiles, los acusadores más obstinados, los testigos más peligrosos, dice Henry Coutagne en sus lecciones sobre La folie au point de vue judiciaire, etc., pertenecen áesta clase de sujetos y son hasta en nuestros días los autores inconscientes ó medio conscientes de una LOS DEMONIACOS EN LA INQUISICIÓN 423 multitud de errores judiciales. Llevando su nece- sidad de llamar la atención hasta el punto de comprometerse á sí mismas, las histéricas saben mezclar las ideas religiosas más puras á las depra- vaciones mentales más abyectas. Reunidas en comunidad, se contagian con una facilidad extrema y rivalizan entre sí para la producción de escenas impresionistas, no teniendo, una vez en este ca- mino, respeto ni consideración por nadie, ni aun por el más inocente á quien perderán con un aplomo y una decisión admirables (1). Un gran número de delaciones, dice D. Juan Antonio Llórente en su Historia crítica de la In- quisición, es de monjas escrupulosas y simples, cuya imaginación femenina demasiado exaltada no se tranquiliza sino denunciando, exponiendo la honra, libertad y fortuna de su prójimo, casi siempre sin fundamento (2). Multitud de frailes y personas del pueblo fueron quemados, encarce- lados ó perseguidos por estas denuncias de monjas escrupulosas y simples, que los acusaban entre otras cosas de abusar del ministerio de la confe- sión solicitando á las penitentes para que satisfa- cieran su lujuria (3). López Aldama decía que (') La folie au point de vue judicizire et administratif le- cons faites á la Faculté de droit de Lyon dans Vannée de 1887- 88, par le docteur J. P. Henry Coutagne. (s) Historia crítica de la Inquisición de España, por Juan Antonio Llórente, antiguo secretario de la Inquisición de Corte, etc., pág. 27, tomo II. (3) Llórente, tomo II, pág. 19. 424 LA LOCURA EN LA HISTORIA muchas de estas pobres monjas se acusaban ante la Inquisición de «tener relaciones de lujuria unas con animales asquerosos (zooantropía) y otras con pobres frailes inocentes», «que ni aún de verlas conocían» y á quienes, ó hacían quemar ó secaban en las cárceles. Se comprende, por la etiología que hemos enun- ciado más arriba, que en España, particularmente, el número de beatas histéricas ascendiera á una cifra considerable, cifra que se hace enorme á medida que el Santo Oficio se consolida y que se explica teniendo presente el género de vida y las delaciones que fomentaba la variedad de causas moralmente depresivas, que la Inquisi- sición multiplicaba. En los conventos de monjas ella ejercía una vigilancia escudriñadora, incesan- te, como que eran el teatro de la milagrería y de las cosas extraordinarias: por el exorcismo con sus procedimientos teatrales, por la confesión y la pe- nitencia que mantenía el temor y el desequili- brio mental, se obtenía con facilidad su difusión. No había, seguramente, causa más poderosa que la intervención constante del Santo inquisidor; la aglomeración en un mismo establecimiento, en un mismo lugar, de individuos impresionables é impresionados, candidatos natos para todo género de neuropatías. Las prácticas místicas asociadas, las oraciones en común, las maceraciones y ayu- nos ponían al sistema nervioso en disponibili- dad para cualquier trastorno; ora congestionado, LOS DEMONIACOS EN LA INQUISICIÓN 425 ora anemiado, se hacía singularmente apto pa- ra experimentar el golpe de las fuertes impresio- nes de afuera y de adentro (*). «Que en un medio semejante estalle una chispa y la locura histérica aparece bajo la forma más terrible y más grave. Entonces el instinto de imitación, tan poderoso en todos ellos, propaga y difunde el mal; el delirio reviste en la mayor parte los mismos aspectos y las mismas formas: aquí serán las convulsiones, allá el delirio demoníaco», ese delirio demonía- co que hacía las delicias de la Iglesia por el número de los poseídos y por los recursos que le proporcionaba para herir la imaginación po- pular. Todas estas mujeres, ya fueran beatas, monjas ó cortesanas, que como ya hemos dicho, también las había histéricas en abundancia, han impreso, pues, un carácter sui generis al procedimiento ju- dicial del Santo Oficio. Con sus testimonios falsos y sus simulaciones increíbles, y los locos con sus dolorosos delirios parciales ó generales, mantuvieron por mucho tiempo el fuego de la hoguera y el quehacer diario de sus tribunales. Se comprenderá, por otra parte, lo dramático y embrollado que seria este pro- ceso con la intervención constante de tan pérfido elemento, jugando de una manera terrible con el juicio apasionado y naturalmente obtuso de (') Legrand du Saulle, Les hystériqucs. 426 LA LOCURA EN LA HISTORIA aquellos frailes inquisidores, disponiendo de la vida y muchas veces resolviendo por tan atinadas declaraciones, de los más altos intereses sociales y políticos. Un libro reciente recuerda con este motivo la célebre Marthe Brosner, que complicó á Enri- que IV en un conflicto diplomático grave con la Santa Sede, y son muy pocos los procesos co- nocidos de aquellos tiempos en que no se en- contrasen las falsas denuncias de monjas ó « bea- tas de sacristía ó mujeres de corte, gente fal- seadora y amigada con la mentira, por placer é instigaciones interiores de que no saben de- fenderse)), es decir, históricos ó histéricas cuyas tramoyas y romances, fraguados en la supina habi- lidad de Marta, obligaron, ya muy tarde, á la mis- ma Inquisición, según afirma Llórente, á dictar disposiciones que la pusieran á cubierto de las ase- chanzas tenebrosas de ciertas mujeres, pues poca gracia les hizo cuando comenzaron á elegir el su- jeto de sus delirios entre los mismos inquisido- res. Nos imaginamos fácilmente hasta dónde hubiera peligrado la estabilidad del Santo Oficio, si el instinto de la propia conservación, siempre alerta, no hubiera llevado á tan poco avezados magistrados á parar el golpe que les asestaba este enemigo inconsciente, que principió propor- cionándole fácil combustible y luego se le intro- dujo en su propio seno á roerle las entrañas. El asunto tomaba carácter un poco serio, cuando LOS DEMONIACOS EN LA INQUISICIÓN 427 la epidemia llegó á picar entre ellos mismos, y las delaciones secretas, el ariete tenebroso que había manejado por siglos enteros el temido tribunal, se convertía en arma de doble filo. ¡ Los impeca- bles acusados de lujuria, de tentaciones fornicato- rias por sus hijas de confesión!... Cuando gran número de familiares y aun altos jueces comenza- ron á caer bajo el peso de acusaciones imaginarias pero bien tramadas, la alarma tomó proporciones de pánico. Los historiadores de la Inquisición, Rodríguez, Llórente, Puiblanch, Peñalva y Bustos, los que como Eimerich, Fray Bartolomé Roca, etc., etc., se han ocupado de recopilar su legislación, de ci- mentar sus procedimientos ó de publicar algo que tenga atingencia con ella, se manifiestan, todos, sorprendidos del peligro que había para el Santo Tribunal en los escrúpulos y mentiras de tan desordenadas imaginaciones. Dice el conocido Fray Nicolás Eimerich que los « blasfemos, los polígamos, los defensores de la simple fornicación, algún pretendido hechicero y algunas beatas em- busteras y enfermas presentaban víctimas á los jueces tan á menudo que no daban tiempo á ter- minar la causa ».— En Madrid, cuenta Llórente en el tomo II de su Historia crítica de la In- quisición, y «para celebrar la exaltación de Felipe IV al trono, quiso la Inquisición contribuir por su parte con el regocijo popular de sacar al público el auto de fe de María de la Concepción, 428 LA LOCURA EN LA HISTORIA beata, famosa, embustera é intrigante del reinado anterior que tuvo engañados á muchos con sus falsas revelaciones ». Eran tiempos difíciles para la Inquisición en que espíritus rectos y delicados, como el autor del Diálogo de la lengua, se torcían y en que abundaban las monjas sin vocación, las beatas con puntos de Celestinas enojadas con los ri- gores de sus órdenes, y soldados que volvían de Italia infectados con todos los vicios del bel paese(f. De aquí, por una parte, una relajación bestial, cuyos pormenores, dice el erudito autor antes citado, no siempre son para referirlos ; y de otra, un fanatismo increíble que hacía fáciles y viables todas esas delaciones romanescas del his- terismo, un enjambre de falsos milagros, de em- bustes y extravagancias que dieron mucho que hacer al Santo Oficio (2). Los casos de sus milagrerías' y embaucamientos fueron frecuentísimos. Uno de los más antiguos de que queda noticia es el de la beata de Piedrahi- ta. Hija de un labrador de la sierra de Avila y creada en Salamanca, dióse con tal fervor á la ora- ción y á la vida contemplativa, que llegó á creer que tenía coloquios con Jesucristo y ataques de éxtasis, en los que se pasaba largas horas sin (x) Menéndez Pelayo, Historia de los heterodoxos espa- ñoles, tomo II, pág. 525; Fray Nicolás Eimerich, Manual de Inquisidores. (2) Menéndez Pelayo, Historia de los heterodoxos espa- ñoles, tomo II, pág. 525. LOS DEMONIACOS EN LA INQUISICIÓN 429 mover pie ni mano Q). Los más la tenían por santa, «pero como las cosas afectaran proporciones inconvenientes, nombráronse teólogos para que la examinaran, intervino como siempre la Inquisi- sición, formóse un proceso en que hubo, como era habitual, falsos testigos, y como la beata hiciera lo de todas, comprometer con sus falsas delaciones á sus altos protectores », la causa quedó indecisa. Casi al mismo tiempo, pasaba en Córdoba por Santa una monja del convento de Santa Isabel de los Ángeles, de la Orden de Santa Clara, llamada Magdalena de la Cruz, natural de la villa de Agui- lar. Su proceso ha sido publicado por Campan, dice Menéndez Pelayo, cuya narración copiare- mos, y sería largo extractar el cúmulo de absur- dos que se hicieron, porque Magdalena, lo mis- mo que la priora de Lisboa y otras monjas mi- lagreras, no profesaba doctrina ninguna, ni pue- de considerársele como afiliada á ninguna secta; « eran unas y otras simplemente histéricas que hacían su asunto repitiendo con variantes impor- tantes la misma comedia de la simulación y el en- gaño ». Esta beata, que durante treinta años man- tuvo engañada á España entera, llevó con sus hábiles y falsas denuncias á multitud de frailes y gente inocente, á la hoguera y á la cárcel. Tuvo verdadera influencia, pero influencia maléfica naturalmente, en numerosos y célebres procesos (') Menéndez Pelayo, Historia de los heterodoxos espa- ñoles, tomo II, pág. 826. 430 LA LOCURA EN LA HISTORIA en que su arte dramático y sus simulaciones inau- ditas, fraguaron el delito y la herejía con arte su- pino ('). Magdalena de la Cruz declaró en 3 de Mayo de 1546 ante los inquisidores de Córdoba y Jaén «que siendo todavía de edad de siete años, la indujo el demonio á fingir santidad y á simu- lar la crucificación. Un día el mismo Satanás se le apareció en forma de Jesús crucificado y le es- tigmatizó los dedos de la mano. Á los doce años hizo pacto expreso con los demonios íncubos lla- mados Balbán y Pitonio, que se le aparecían en diversas formas: de negro, de toro, de camello, de fraile, de San Jerónimo, de San Francisco y le revelaban las cosas ausentes y lejanas para que ella se diera aires de profetiza. Como tantas otras monjas milagreras, Magdalena de la Cruz fingió llagas en las manos y en el costado y per- manecía insensible aunque la picasen con alfile- res »(2). Durante la comunión y la misa, solía caer en éxtasis ó lanzar gritos ó simular visiones. Por espacio de diez ó doce años fingió alimentarse no más que con la hostia consagrada, aunque comía y se regalaba en secreto. Llevó sus sa- crilegas invenciones, dice Menéndez, «hasta el absurdo extremo de afirmar con insistencia que (') Véase el proceso de Magdalena de la Cruz, páginas 46¿ á á 506 del tomo XVII de las Memorias de Francisco de Enzinas, citado por Menéndez Pelayo. (*) Menéndez Pelayo, loe. cit. LOS DEMONIACOS EN LA INQUISICIÓN 431 había dado á luz al niño Jesús y que por su intercesión salieron setenta almas del purgato- rio. Como buena alumbrada, no tenía reparo en decir que era impecable, que ni á Dios mismo tenía que dar cuenta de sus actos y que era santa desde el vientre de su madre (*). Solía declarar que no veía, como los demás, el Santísimo Sacra- mento en forma de hostia, sino de cruz unas ve- ces, y otras de niño con muchos ángeles en derre- dor. Aseguraba haber recibido del Salvador el don de la perpetua virginidad y que Él le había dicho en el coro: Filia mea tu est, et ego hodie genui te ». En suma: « visión instintiva, don de profecía, éxtasis é insensibilidad física, todos los síntomas de los convulsionarios andan mezclados en la peregrina historia de esta mujer que no fué sólo hipócrita de santidad sino enferma de males nerviosos y casi demente i?)». Logró crédito grande dentro de su orden; fué elegida abadesa tres veces en 1533, 1536 y 1539, y por espacio de 38 años «todos la tuvieron por santa, hasta el Inquisidor general don Alonso Manrique, que vi- no á verla desde Sevilla y que se encomendaba á sus oraciones» (3). Para comprender hasta dónde pudo llevar su influencia esta mujer, baste saber que la empera- (') Menéndez Pelayo, loe. cit. (*) Menéndez Pelayo, loe. cit. (3) Menéndez Pelayo, Historia de los heterodoxos espa- ñoles, tomo II, pág. 529. 432 LA LOCURA EN LA HISTORIA triz le mandó su retrato y las mantillas con que se bautizó su hijo, elquefué después Felipe II. Has- ta en los pulpitos se la ensalzaba y á esto con- tribuía la simulación falaz de una humildad ex- tremada y de una afabilidad melosa ó insinuante con que saben prenderle las histéricas. Decían que había anunciado la batalla de Pavía y la pri- sión de Francisco I. Al fin vino á descubrirse su impostura, pero después que tenía hecho el da- ño consiguiente contando con la completa impu - nidad con que la armaban sus artes diabólicas (*). Fué encarcelada en el Santo Oficio de Córdoba, y vistas sus confesiones se la declaró vehemente suspecta de herejía, y teniendo consideración á su vejez, á sus enfermedades y á la santa orden en que estaba, se la condenó á hacer pública abjura- ción de vehemente, con una cuerda de esparto en el cuello y un cirio en la mano, etc. (2). Estas grandes comediantes, sin saberlo, quie- ren, como dice Legrand du Saulle, dramatizar á todo trance la banalidad pueril de su existencia, accidentar le terre a terrede leur train journa- lier y, según sus alcances y el medio en que se en- cuentran, despliegan una habilidad más ó menos fructífera para maquinar sus picardías y urdir sus tramas perjudiciales (3). Lo que sucede en la ac- Q) Menéndez Pelayo, Historia de los heterodoxos espa- ñoles, tomo II, pág. 529. (*) Menéndez Pelayo, loe. cit. (3) Legrand du Saulle, Les hystériques, pág. 349. LOS DEMONIACOS EN LA INQUISICIÓN 433 tualidad dará una idea exacta de lo que se pro- duciría en plena ignorancia judicial, en una época en que era totalmente desconocido el estado men- tal extraño de estas pobres mujeres, víctimas, aún ellas mismas, de sus curiosas impulsiones enfer- mizas, desús alucinaciones y de sus sueños. Hay algo de muy dramático y de extraordinaria- mente terrible en estas denuncias y confabulacio- nes. Dos procesos célebres en los anales de la jus- ticia criminal podrán dar la nota verdadera de su estado anormal. Hace como diez y ocho años, dice Legrand du Saulle (*) cuyas páginas llenas de emoción vamos á transcribir, una millonaria española, la señora San- grera, encerrada en una casa de sanidad de Barce- lona por ciertos actos y excentricidades peligrosas, produjo contra su marido, sus dos cuñados y tres médicos eminentes, las más graves y criminales acusaciones; los seis fueron perseguidos y ence- rrados en los calabozos de Valencia y condenados los unos á diez y ocho, y los otros á veinte años de prisión, siendo más tarde conmutada la pena por el destierro indeterminado. Un grito de so- corro lanzado por una de las víctimas de este grave error judicial se hizo oír hasta París, y la Sociedad médico-psicológica, bajo la presidencia de Delasiauve, resolvió intervenir nombrando una comisión compuesta de Ch. Loiseau, Legrand Q) Legrand du Saulle, loe. cit. E.OC. EM LA BIST. 28 434 LA LOCURA EN LA HISTORIA du Saulle y Briérre de Boismont. Durante muchos meses la comisión estudió el proceso de ochocien- tas páginas in folio, declarando en un luminosísimo informe que la señora Sangrera padecía de locura histérica, que las denuncias eran completamente falsas y los condenados totalmente inocentes. Estos últimos fueron agraciados, reintegrados y habilitados, siendo uno de ellos investido más tarde con altas y eminentes funciones. He aquí el otro,todavía más patético si cabe. En 1834 el general barón de M..., comandante en jefe de la escuela de caballería de Saumur, ha- bitaba esa ciudad con su familia, compuesta de su mujer, aún bastante joven y hermosa, y de dos ni- ños, un varón y una mujer llamada María, de edad de dieciseis años. Fué ésta precisamente la heroína del terrible proceso cuyos principales incidentes vamos también á referir copiados á Legrand du Saulle. Entre los oficiales de la escuela que asistían á las recepciones del hotel deM... se encontraba un teniente de lanceros, de treinta años de edad, lla- mado Emilio Clemente déla Ronciére, hijo de un teniente general, cuyas calaveradas juveniles le habían alejado de su familia. María de M... se quejaba un día á sus padres de que el joven te- niente colocado en la mesa á su lado, le decía pa- labras inconvenientes : Tenéis una madre encan- tadora, señorita, pero también tenéis la desgra- cia de pareceros poco á ella. Desde cierto tiempo LOS DEMONIACOS EN LA INQUISICIÓN 435 una lluvia de cartas anónimas caían en el hotel; se les hallaba en todas partes y llegaban por el co- rreo : unas contenían declaraciones de amor para Mad. M...,las otras, ultrajes y amenazas para su hija. En París el año precedente Mad. M... había recibido cartas análogas, pero sin hacer caso. Bien pronto las cartas vinieron marcadas con unas iniciales tan conocidas (E. de R.) que madame tuvo que anunciarlo á su marido. Al mismo tiempo una carta de la misma letra llegaba á ma- nos del genera] en la cual se le advertía que se tra - maba contra él una maquinación infernal y que su hija estaba á punto de ser deshonrada. Así que el teniente de la Ronciére se presentó al hotel de M... fué increpado por el general, que le previno que no debía pisar jamás su casa: mientras que este joven,en el colmo déla sorpresa, buscaba una explicación de la afrenta que se le había inferido por su superior, el hotel de M... era al día si- guiente teatro del más dramático acontecimiento. Como á las dos de la mañana el aya de María, que había oído lamentos en el dormitorio de su ama, penetró en él, hallándola tirada sobre el suelo, en camisa, llena de sangre, con un pañuelo atado al cuello y una soga á la cintura, como si se tratara de una tentativa de rapto á la cual hu- biera resistido. La joven María refiere que un hombre, en quien reconoció al teniente la Ron- ciére á pesar de la máscara que ocultaba su ros- tro, había penetrado en su cuarto por la ventana, 436 LA LOCURA EN LA HISTORIA volteándola al suelo y después de tentar inútil- mente violarla, la había herido con un cuchillo en las partes más secretas. Sus padres, en conoci- miento del atentado desde el día siguiente, guar- daron un profundo secreto y era para llamar la atención la circunstancia de que dos días después del incidente, María bailaba alegremente sin haber mostrado ni aun á su madre las heridas secretas de que se decía afectada, y tres meses más tarde un médico enviado por la justicia no pudo comprobar sino una pequeña cicatriz lineal apenas visible é insignificante. Sin embargo, la familia de M... continuaba recibiendo cartas firmadas por E. de la Ronc.. en las cuales el firmante se jactaba del crimen en los términos más odiosos. María sale un día de su cuarto llevando en la mano un bi- llete anónimo lleno de amenazas á los suyos y que acababa de encontrar sobre su mesa; cae presa de espasmos nerviosos, terribles, tiene alucina- ciones: el hombre rojo!... el papel! asesinan a mi padre y á mi madre. Durante dos días se halla en un estado tan terrible, que se le aplican los últimos auxilios. . Entonces interviene la autoridad; el teniente de la Ronciére, que en este intervalo se ha batido en un duelo con M. de Est..., es tomado preso, y sin embargo, hecho incomprensible, las cartas firma- das por él continúan cayendo en manos de su víc- tima. Llegando á París en carruaje con sus padres, María, que una tarde fría de invierno llevara un LOS DEMONIACOS EN LA INQUISICIÓN 437 brazo fuera de la portezuela, gritó desesperada que acababan de lastimárselo por un choque vio- lento que había recibido, é inmediatamente se encuentra al lado de ella un billete anónimo firmado de la misma letra que los otros. La acción criminal comienza entonces. E. de la Ronciére comparece delante de la Corte de Assisses, de- fendido por M. Chaise d'Est-Ange. Los padres de María de M... concurren representados por el ilustre Berryer y Odilon Barrot! No podemos entrar en los detalles de las peri- pecias de este proceso que apasionó á la Francia en 1835; sólo deseamos consignar, continúa Le- grand du Saulle, los puntos más instructivos bajo el punto de vista que nos ocupa. El defensor del acusado, en un alegato que puede ser considerado como un modelo de sagacidad médico-legal, se pro- puso especialmente hacer resaltar las inverosimi- litudes é imposibilidades materiales contenidas en la relación del atentado, tal cual lo hacía la víctima. Las cartas anónimas escritas en un pa- pel idéntico al que empleaba María para hacer sus deberes de colegio y muy escaso en el comercio, fué reconocido por cuatro peritos como no ema- nando evidentemente de la Ronciére, presentando, por el contrario, á pesar del disfraz y disimulo ¡ con que había sido hecho, grandes similitudes con la escritura de la señorita de M... Llevando la cuestión á su verdadero terreno, M. Chaise d'Est-Ange por sospecha, muy no- 438 LA LOCURA EN LA HISTORIA table en esa época en que la patología nerviosa era todavía tan mal conocida, deducía que las cartas anónimas eran la obra de María de M... y que no había habido atentado sino en la ima- ginación de esa joven probablemente alucina- da y presa en todo caso de una neurosis, ex- traña sin duda, pero evidente, en todo lo que se veía. Según los informes de los doctores Bai- Uy, Recamier y Olivier (D'Angers) quedó esta- blecido que María de M... estaba afectada de mo- vimientos espasmódicos muy pronunciados y de accidentes mórbidos que presentaban á la vez los caracteres de la catalepsia y del sonambu- lismo. Todos los días tenía repetidos accesos que se producían á horas fijas, caracterizados por un dolor de cabeza atroz, por gestos los más extra- ños, por movimientos automáticos de los miem- bros y un estado de insensibilidad completo de la vista y del olfato. Así, pues, la señorita de M. parecía atacada de una enfermedad nerviosa ó mental indefinible que la llevaba á inventar his- torias inverosímiles, á creerse víctima de atenta- dos imaginarios y recurrir á simulaciones lo más complicadas para justificar sus alegatos acusado- res. Esta afección que M. Chaise d'Est-Ange decla- raba indefinible en 1835 y que en el siglo xvi re- vistió un verdadero y tenebroso misterio, noso- tros lo conocemos bien ahora: es la histeria de- aenerativa! LOS DEMONIACOS EN LA INQUISICIÓN 439 Un célebre módico alienista que siendo interno de Esquirol en esa época fué colocado en condi- ciones de observar de cerca ala señorita de M... durante el proceso, aseguraba á Legrand du Sau- lle, que la naturaleza histérica de estos accidentes nerviosos, no eran dudosos. Nada, pues, nos pare- ce más fácil de explicar que este proceso criminal en apariencia inexplicable. Por desgracia, la opi- nión pública, concluye Legrand, estaba completa- mente prevenida contra este joven y llena de pie- dad y de simpatía en favor de la pretendida víc- tima. El jurado, siguiendo sin pensarlo, el im- pulso de esta corriente de opinión y por lo demás subyugado por la elocuencia fascinadora de Be- rryer, declaró á M. de la Ronciére culpable de ten- tativa de violación y de heridas voluntarias con admisión de circunstancias atenuantes: la Corte condenó á diez años de reclusión al infortunado, que sufrió entera su pena en Clavaux, estando á punto de perder la razón á causa de tan dura prueba. M. de la Ronciére fué en fin rehabilitado en 1848 debido al informe favorable del guarda- sello Odilon Barrot que había sido el abogado de sus adversarios. Sin embargo, los motivos invo- cados se tomaban, no al error judicial en que ha- bían incurrido los tribunales, sino á la conducta regular y honorable del hombre que había tan dignamente cumplido su condena (*). (^Legrand du Saulle, Les hystériques, pág. 410. 440 LA LOCURA EN LA HISTORIA No hay duda que esta intervención singular de- bía atribuirse á la perturbación mental indudable de todos esos testigos, pero con algo más que sim- ple histeria, con una perturbación cerebral mas profunda, sobre un fondo de histerismo degenera- tivo', porque, como dice Colin (*), son enfermos en los cuales la histeria y la degeneración mental se hallan al estado de combinación. Y el distin- guido autor parece completamente persuadido de que en los casos de esa índole los autores han to- mado por histeria simple un complexo patológico perteneciente á la medicina mental, de una mezcla de histerismo y de degeneración. Sea lo que fuere, lo cierto es que semejantes perturbaciones cere- brales en forma de alienación mental, tomaron, como digo, una parte trascendental en los proce- sos de la Inquisición. Todos esos psicópatas pseudo-lúcidos, decía Cu- llére en un Congreso de Medicina mental, pertene- cen á la locura hereditaria : son los circulares, los perseguidos razonables ó perseguidores y las his- téricas. Todos presentan bajo el punto de vista no- sológico este carácter común: ola delibidad ó la perversión del sentido moral, y denuncian general- mente por odio, por venganza, por necesidad de obrar mal, y esto conviértese en algunos en una idea fija, que dirige todos sus pasos, todas sus ac- ciones, la vida entera». Sin embargo, piensa Cu- (:) Essai sur,1'état mental des hystériquos. LOS DEMONIACOS EN LA INQUISICIÓN 441 llére que ciertas histéricas no sacan siempre los ele- mentos de sus falsos testimonios de su perversidad nativa, porque pueden ser la consecuencia de una alucinación. Este mecanismo psicológico, agrega, es el único, en efecto, que nos da la explicación sufi- ciente de una multitud de aventuras extraordina- rias en las cuales se quejan de haber desempeñado el papel de víctimas; aventuras que, según él, no las han inventado con intención manifiesta de engañar. Lo que pasa en estos casos es « que lo han soñado, pero el sueño ha dejado huellas tan profundas en su espíritu, que las infelices acaban por creer en ellos como si se tratara de una realidad. Esta noción arroja vivísima luz sobre cierto número de acusa- ciones extrañas y monstruosas, lanzadas de bue- na fe por determinadas histéricas contra algunos desgraciados que, no habiendo podido demostrar su inocencia, han recibido en el oprobio un cas- tigo positivamente inmerecido» (*). El mismo Cullére dice que la confesión de una culpabilidad imaginaria se encuentra en el curso de paroxis- mos psíquicos que dimanan de la degeneración mental adquirida ó hereditaria. Ciertos conges- tivos, ciertos razonadores, algunos degenerados atacados de locura moral, se acusan de crímenes que no han cometido. (') Cullére, Cuarto Congreso de Medicina mental celebra- do en la Rochela el Io de agosto de 1893 : De los falsos testi- monios de los alienados ante los tribunales {Semana Mé- dica, año III, núm. 34, agosto 1893). 442 LA LOCURA EN LA HISTORIA Conocidos en sus interesantes detalles todas estas circunstancias y los célebres incidentes ju- diciales tan notorios en los anales de la justicia francesa y del mundo entero, uno se imagina fácil- mente lo que pasaría dentro de los cráneos obscu- ros de Lucero y de Arbues. Si la tramoya sutil de esos pobres alucinados ha podido en los tiempos modernos despistar la saga- cidad proverbial de Odillon y de Berryer, ¿qué no sucedería con aquellos jueces sin la más elemental noción del procedimiento y sin el ápice de mali- cia suficiente para discernir las cosas más pueriles de la vida? Los débiles de espíritu, los perse- guidos, las beatas, las monjas enclaustradas ó libres, las mujeres de alta y bajo posición eran las heroínas fomentadas y estimuladas por las conti- nuas proclamaciones á la delación que hacía el Santo Oficio, incitando á todo el mundo á denun- ciar las puerilidades más grandes como signo de herejía. Favorecía y daba pábulo á tales sue- ños y alucinaciones, la sugestividad, el instinto tramoyista y supersticioso de la histérica. En to- dos los tiempos, no sólo en los de Torquemada y Fray Diego Deza, la delación simple, verificada por cualquier testigo, hombre ó mujer, era suficiente para condenar al reo. Los procesos, dice Llórente (*), «comenzaban por delación ó noticia equivalente á ella, cual es (l) Llórente, Historia critica de la Inquisición. LOS DEMONIACOS EN LA INQUISICIÓN 443 la que da por incidencia una persona que hace declaración jurada en el Santo Oficio con motivo diferente». Si los inquisidores, agrega el fraile revolucionario, « no hicieran caso de las dela- ciones anónimas, y si á los que las hacen con firmase les impusiese las penas del falso calum- niador, no habría la centésima parte de procesos, pero de todos se hace precio ». Cuando la delación tenía la firma, se recibía al delator declaración ju- rada, en que se hacía manifestar todas las perso- nas de quienes sabía ó presumía que podían tener noticia; se les examinaba y las declaraciones de aquél y estos formaban lo que se llamaba infor- mación sumaria (x). Cuando « la información sumaria daba motivos para proceder adelante, ¿ quién quedaba responsable de la calumnia si el procesado probaba en plenario haber ella inter- venido? Nadie, pues aun en las delaciones fir- madas no se intimaba al delator el peligro de la responsabilidad ». Las delaciones de mujeres se multiplicaban, sobre todo en las temporadas del cumplimiento de los preceptos de confesar y comulgar por la Pascua de Resurrección, á causa de que los con- fesores imponían esta obligación á los que de- cían haber oído, visto ó entendido cosa que fuese ó pareciese ser contra la fe católica ó contra la labor y recto ejercicio del tribunal de l1) Llórente, Historia critica de la Inquisición, pág. 171. 444 LA LOCURA EN LA HISTORIA la Inquisición. Esto era consiguiente á los edictos que se publicaban en los domingos de Cuaresma, « el uno intimando la obligación de delatar den- tro de seis días bajo la pena de pecado mortal y de excomunión mayor, en que incurrían por el hecho de dejar pasar los seis días sin cumplir el mandato. Muchos oyentes entraban en escrúpulos de haber callado alguna cosa que graduaban de sospechosa contra la fe á causa de su ignorancia. No se excep- tuaban de la obligación de delatar ni los parientes más allegados, y se delataba al padre, al hijo, éste á aquél, la mujer á su marido y éste á su mujer, tal era el furor del fanatismo » (*). La delación, dice Puiblanch (2), era un medio de satisfacer las venganzas y las malas inclinaciones de los po- bres de corazón. El crimen de la fornicación simple con animales asquerosos, comer vivos niños tiernos, de cohabi- tar con los demonios ó de escupir la hostia con- sagrada, eran frecuentemente los delitos de que se acusaban las históricas, es decir, las brujas de- moníacas, ó, por otro nombre más genérico, las poseídas. « Son muchísimos los ejemplares, di- ce el antiguo secretario de la Inquisición de Cor- te, de confesar mentiras como verdades, en los procesos; con más frecuencia en las causas de ma- gia, hechizos, brujerías, maleficios y pacto con el demonio, pues el mayor número de mujeres y (') Llórente, Historia critica de la Inquisición, tomo I. (2) Puiblanch, La Inquisición sin máscara. LOS DEMONIACOS EN LA INQUISICIÓN 445 aun de hombres, confesaron cosas que ninguno que tenga sentido común puede ni debe creer, espe- cialmente después que la repercusión y el curso de los tiempos han multiplicado las luces de la crí- tica ». Esos cronistas ingenuos no han hecho literatu- ra, han pintado con el estilo de su tiempo la feno- menología accidentada de aquellas neuropatías que, por serles absolutamente desconocidas, les dieron trabajo, por siglos tal vez, complicando de una manera curiosa el procedimiento de los tri- bunales. La enfermedad era la misma entonces que hoy; la histeria que arrojaba á la hoguera al fraile Félix de Insua es igual á la que intervenía de un modo tan doloroso en el célebre proceso del teniente La Ronciére. Son siempre las mismas, víctimas ó heroínas; su inventiva es constantemente fecunda para for- jar historias falaces en que lo real y lo fantástico se mezcla con un arte perfecto hasta el punto que hemos visto ya. « Difícil, insoportable para vivir con ella, su comercio es á menudo intolerable por el espíritu de oposición, de contradicción, de con- troversia de que está animada. Cartas anónimas, destinadas á sembrar la discordia, dice Dailly , á urdir las intrigas más complicadas, simulación de enfermedades, comedias de suicidios, todo es bueno y aceptable para satisfacer su incomprensi- ble necesidad de engañar »; nada iguala su amor á la mentira, y parece, agrega Charcot, que las pa- 446 LA LOCURA EN LA HISTORIA labras de la Escritura ominis homo mendax, se han referido sobre todo á la histeria. Mienten sin razón, inconscientemente, sin propósitos, muchas veces por el placer inefable que sienten nada más. Chomel, que según se afirma no quería ocupar- se jamás de las histéricas, porque repetidas veces haoía sido engañado por ellas, refiere como com- probante y justificación de su invencible repug- nancia, la siguiente historia, que es concluyen te: una enferma de su servicio, presentaba fenóme- nos nerviosos cuya extravagancia y rareza hacían de ella un caso sumamente interesante. Chomel levanta con cuidado la historia, observa, toma nota tras nota y permanece horas enteras en lar- gos é interesantes interrogatorios; cuando ya pa- recía terminado todo y se preparaba á retirarse, le pregunta si no tenía nada que agregar á los datos suministrados: sí, dice ella tranquilamente, ■y es que en todo cuanto he referido á usted, no hay un ápice de verdad ! No hay superchería que no imaginen para ha- cerse interesantes. Lo referido por Chomel, es apenas un rasgo, comparado con los complica- dos procedimientos y romances que fraguan, y los hechos de simulación llevados hasta lo in- verosímil, son frecuentemente las notas culmi- nantes de sus historias (*). No parece demos- trado que la histeria en todas sus manifestacio- (') Charcot, Lecons sur les maladies nerveuses, 1880, tomo I, pág. 281. LOS DEMONIACOS EN LA INQUISICIÓN 447 nes, haya sido simulada por las enfermas; pero en cambio es incontestable que con frecuencia, la desnaturalizan exagerando las principales cir- cunstancias del caso ó imprimiéndoles ese ca- chet de fantaisie y de maravilloso de que gustan tanto. Sobre todo, lo que llama la atención es el aplo- mo con que hacen las más grandes bribonadas y la indiferencia con que consideran las más graves responsabilidades; sus mismos dolores, aun las peligrosas complicaciones de la enfermedad, las encuentran á las veces en una indolencia extra- ña, y los autores han hecho notar con razón otras particularidades curiosas, de su singular estado cerebral; la quietud en la cual se encuentran aun cuando estén afectadas de lesiones, cuya gravedad y duración no pueden prever seguramente. Pón- ganse, dice Huchard y Axenfield, dos enfermas, la una con una hemiplegia permanente complica- da decontractura, debida auna lesión cualquie- ra délos centros nerviosos, y la otra con una con- tractura hemiplegia de naturaleza histérica, y se comprenderá inmediatamente qué diferencia las separa bajo el punto de vista de la sensibilidad moral y física; la primera no verá, sin creciente inquietud, la rigidez muscular invadir de día en día cada vez más sus miembros inmovilizados, ya por un largo reposo; la segunda, es decir, la his- térica, sufrirá y sobrellevará esta inmovilización prolongada con una imprevisión extraña, con 448 LA LOCURA EN LA HISTORIA una singular paciencia que es preciso no confun- dir con la resignación (l). a Así son precisamente en todas sus cosas. Tienen en su conciencia la misma tranquilidad, la misma quietud de escrúpulos para verificar las más serias acusaciones, ya sea contra un extraño, ya, como hemos dicho, contra su marido, su her- mano ó su propio padre. Hay indudablemente mucho de inconsciente en este estado mental ex- travagante. No las intimida nada, y cuando hacen comedia ó tragedia de sus males físicos y morales, es porque hay en el carácter la propensión violen- ta á las exageraciones y un deseo característico de hacerse interesantes, de llamar la atención y la conmiseración de su ambiente. La obtusión enfer- miza del sentido moral las llevaba á mirar con per- fecta insensibilidad las hogueras y las hecatombes del auto de Je, echando mano de la simulación del llanto, derramado en copiosas lágrimas, con una frecuencia y facilidad extraordinarias, lloran- do algunas veces con grande y lujosa mímica, las desgracias del Quemadero. Tal hacía Isabel de Inglaterra con María Stuardo, y todas las históri- cas que llevaban á la muerte en tropas numerosas, álos pobres frailes y adláteres de la Inquisición, de la Corte y del pueblo. La mujer histérica, dice Legrand du Saulle, es un instrumento de doble filo; los frailes aviesos (J) Huchard y Axenfield, Los névroses, pág. 217 LOS DEMONIACOS EN LA INQUISICIÓN 449 ignorando el peligro y sin conocer científica- mente la debilidad moral que explotaban, se va- lían de ella para provocar denuncias y delaciones según sus conveniencias privadas ó judiciales. El Santo Oficio tenía así, á su servicio, un elemento de indiscutible provecho, usado con acierto cuan- do es posible, porque también, hemos de decirlo, la misma variabilidad mórbida de su carácter mo- ral, la proverbial impresionabilidad la hace á menudo, de un manejo difícil. Cuando creían to- marla por el cabo se encontraban con que habían apretado entre sus manos la hoja fría y aguda de aquel puñal que mataba inoculando un veneno irreductible. Se les puede exaltar y entusiasmar para el bien lo mismo que para el mal; porque, como dice Henry Colin, es innegable que todas tienen ten- dencias á imitar lo que se hace delante de ellas, malo ó bueno, aun cuando esta tendencia es per- fectamente inconsciente y debe ser á cuenta del heretismo de sus centros psíquicos (1). Sea ó no por el deseo de aparecer, de dramatizar la vida, como dice Legrand du Saulle, ó por la suscep- tibilidad extrema de que adolecen, ló cierto es que sus copiosas expresiones mentales y somá- ticas se prestan á todo género de sugestiones. El cerebro de un histórico, hombre ó mujer, es una cem blanda, en la cual se imprimen fuerte- (') Essai sur Vétat mental des hystériqucs, por H. Colín, 1S90. ■„0¿. RN LA II1ST. 20 450 LA LOCURA EN LA HISTORIA mente todas las impresiones que vienen de afue- ra ó que sean producidas por la enferma misma, y posiblemente es este eretismo permanente de los centros cerebrales, el que da la llave de todas las manifestaciones morales ó motoras que uno ve sobrevenir en esta clase de enfermos ('). Las histéricas son ante todo sensitivas (2), y por lo que toca á nuestros casos, realizaban, como ya hemos dicho, un ejemplar acabado en que un amasijo de histerias parciales, de pertur- baciones mentales y de degeneraciones, daban un aspecto singular y fantástico á la sintoma- tología. Todas tenían la necesidad suprema de salir del camino trillado común de las otras mu- jeres, de romper la línea recta y monótona que sigue cada uno en la vida. He observado, dice Legrand du Saulle, un cierto número de históri- cas en 1871 entre las mujeres que habían ocupa- do las brigadas de petroleras; se las había reclu- tado como ambulanciéres, y de acuerdo con el programa primitivo, debían ser páralos heridos de nuestras discordias intestinas, verdaderos án- geles de caridad. La misión primera se desvió á consecuencia de los acontecimientos que se produjeron tan rápidamente en las jornadas de Mayo, y por una simple exhortación, ó por un gesto imperativo de los jefes enloquecidos por su atroz fanatismo político, las ambulanciéres se (') Colín, op. cit., pág. 6. (2) Colín, loe. cit., pág. 7 LOS DEMONIACOS EN LA INQUISICIÓN 451 transformaron rápidamente en incendiarias (*). He ahí un ejemplo de esa plasticidad de cera á que se refiere Colin. En los procesos del Santo Oficio las acusacio- nes que habitualmente hacían, eran ó de herejía ó de atentado á las costumbres; estas últimas con el lujo de detalles y circunstancias repugnantes que la licantropía y zooantropía, que frecuen- temente reinaban en algunos parajes, suminis- traban á la imaginación extraviada. En ese tiem- po, los más expuestos serían los frailes, pues eran numerosos, y su lujuria proverbial, según Puiblanch, daba un carácter de verosimilitud á todas las denuncias. Por otra parte, la circuns- tancia de que por las necesidades de su profesión, agregada al silencio y secreto con que el Santo Oficio rodeaba sus actos más pueriles, estaban ca- si obligados á encontrarse solos con las mujeres, suministraba una base racional á sus cuentos. Rodeados de aquella soledad y misterio tan volup- tuosos que tiene el templo para el creyente á ciertas horas, la imaginación de la degenerada se sentía estimulada, solicitada á la vagabunda y ar- diente fantasía que le permitía fraguar con tan rica y maligna abundancia de detalles, las dela- ciones y romances. El célebre auto de fe que se verificó en Madrid en 1635, con toda la solemnidad que le daba la (') Legrand du Saulle, pág. 398. 452 LA LOCURA EN LA HISTORIA presencia del rey, tuvo por origen las denuncias de una beata Candelaria, quemada al año si- guiente por el delito conocido de licantropía. Fueron nada menos que cincuenta los reos; sie- te quemados en persona, cuatro en estatua y cua- renta y dos los reconciliados ó penitenciados. Una circunstancia, dice Llórente, lo hizo famo- sísimo: « Miguel Rodríguez é Isabel Martínez Ál- varez, su mujer, eran dueños de la casa en que se reunían los reos para su culto judaico. Resultó que azotaban á la virgen, según las delaciones de la beata, y á Jesús crucificado, prodigándo- le otros muchos ultrajes, diciendo ser en resarci- miento de lo que sufría la religión de Moisés. El Santo Oficio mandó arrasar la casa y poner una inscripción de perpetua memoria» (*). Al célebre D. Rodrigo de Calderón, secretario de Felipe III, le formó la Inquisición un proceso famoso nada más que por denuncias falsas de histéricas de alta posición, «gente sin ejercicio alguno, supersticio- sa, hipócrita y embustera, amigada con la calum- nia» (2). El proceso quedó pendiente por haber sido degollado en Madrid, en virtud de sentencia de los jueces reales en el año 1621: se le acusaba de haber usado hechizos, etc. Pero entre las causas célebres en los anales (') Llórente, Historia crítica de la Inquisición, tomo II, pág. 277. (*) Ventura Herraiz y Antuña, Glorias del Santo Oficio 1H51, Montevideo, pág. 132. LOS DEMONIACOS EN LA INQUISICIÓN 453 del Santo Oficio español, ningún a tal vez como aquella que en el reinado de Carlos II fórmesele al confesor del Rey y obispo electo de Avila, fray Froilán Díaz, religioso dominico, acusado de mil cosas extrañas por aquella monja alie- nada de Cangas de Tineo, Villa de Asturias, exorcizada por un fraile Asturiano para hacer- le expeler los demonios de quienes parecía obe~ sa C). En este curioso asunto la perturbación mental de una monja traviesa puso en alarma á casi todo el reino, convulsionando al mismo Santo Oficio, que (¡cosa extraña! que no pudieron los pueblos y los ejércitos, ni los reyes poderosos) se sintió, como en otras ocasiones, conmovido portas maquinacio- nes tenebrosas de una desequilibrada. La debili- dad natural de que padecía el Rey en su salud ge- nital y la falta de herederos tan ávidamente am- bicionados por él y por la reina María Ana, hi- cieron sospechar al rey que estaba « enfermo y privado de las fuerzas conyugales necesarias al objeto, por acción sobrenatural de hechizos». El cardenal Portocarrero, el Inquisidor gene- ral Rocaberti y el confesor Díaz, convinieron en la cosa, y haciéndosela aceptar al príncipe, cuyas facultades mentales tenían toda la dolorosa de- presión de los últimos vastagos de su raza, le ro- garon que permitiera ser exorcizado con los ritos (') Llórente, tomo II, pág. 297. 454 LA LOCURA EN LA HISTORIA eclesiásticos para destruir el hechizo. Carlos II condescendió, y el padre confesor repetía con al- guna frecuencia, aunque sin éxito, sus maravi- llosos exorcismos, cuando supo que un fraile do- minico asturiano exorcizaba también en una villa de Asturias á cierta monja extática para expeler los demonios que tenía dentro con gran placer de su carne (Llórente). El confesor del Rey, de acuerdo con el Inqui- sidor General, encargó al fraile exorcista, mandar al demonio déla ener gúmena jx>r medio de con- juros eclesiásticos que declarara si era cierto que Carlos II estaba hechizado, y, en caso afirmativo, cuáles habían sido los hechizos, «si los había per- manentes, si estaban en cosas de comida, etc., etc., encargando reiterar los conjuros y expulsarlos con tanta constancia y vigor cuanto era la importancia para bien del Rey y del Estado» (a). Después ele muchos procedimientos teatrales á gusto de la beata de Cangas, ésta comenzó á declarar cosas inauditas y á comprometer gentes de todo linaje: estaba en su elemento, siendo el objeto de la curio- sidad del reino entero, rodeada de la admiración supersticiosa de la Corte, lo mismo que del último villano, actora exclusiva de una gran comedia con sus ribetes ele tragedia, porque las terribles super- cherías que ponía en escena llevaron á más de uno al destierro y á la cárcel en medio de la suprema (J) Llórente, Historia critica de la Inquisición. LOS DEMONIACOS EN LA INQUISICIÓN 455 quietud é indiferencia tan propia de su cerebra- lidad. Después ele muchas ocurrencias el demonio (y no ella) parece que manifestó por los labios con- vulsos de la monja « mil cosas extrañas que alar- maron al Rey y á la Corte y produjeron serias acusaciones por parte del Santo Oficio; frailes y monjas, caballeros y villanos, se vieron compro- metidos de la manera más insólita, porque el de- monio declaraba ser cierto que habían intervenido hechizos, á instancias de personas que ella deter- minaba, arrojando sospechas vehementes contra altos prelados que obligaron á la Inquisición á guardar profundo secreto». Otras cosas «nos dijo, y más delicadas, que alarmaron al confesor del Rey y que dieron lugar para renovarlos encargos, hasta descubrir más luces para deshacer los pre- tendidos hechizos » Q). Antes de seguir adelan- te en el vidrioso asunto, murió Rocaberti y le su- cedió el Obispo de Segoviaen la Inquisición Ge- neral, quien en vista del giro que tomaban las co- sas, persuadió al Rey que tocio estaba reducido al celo imprudente del Confesor, cuya separación del confesonario era forzosa. Carlos II lo separó nombrándole Obispo de Avila. Pero la Inquisi- ción no sólo evitó que se expidiera en Roma la bula del obispado, sino que procesó al electo como sospechoso de herejía y mandó á la hoguera á la (') Llórente, Historia critica do la Inquisición. 450 LA LOCURA EN LA HISTORIA beata imprudente que la había puesto en tan se- rios conflictos Q). Mencionemos todavía otro proceso ruidoso tam- bién en que este famoso factor aliénico interviene como en el anterior. Es aquel de las monjas benedictinas de la pa- rroquia de San Martín en Madrid, en que su con- fesor, fray Francisco García, monje tenido por sa- bio y santo entre los religiosos más reputables y graves de la orden, fué acusado de graves deli- tos que lo condujeron en 1631 á las cárceles secre- tas del Santo Oficio de Toledo. Doña Teresa de Silva, otra delirante desordenada, y treinta mon- jas energumenas, como se le llamaba entonces á la forma convulsiva, pusieron á aquel virtuo- so fraile y á muchísimos otros ele su orden en la pendiente de una perdición irremediable. Tres ó cuatro años, afirman graves escritores, duró el proceso, sucedióndose las delaciones y denuncias más dramáticas por parte de aquellos locos excita- dos por el veneno de sus neurosis. Según ellos, « fray Francisco y numerosos frailes de su orden eran herejes alumbrados y habían cometido mil actos de violencia y tentativas de fornicación» (2). Después de muchas ocurrencias de recusación del Inquisidor General, de algunos consejeros i1) Ventura Herraiz y Antuña, Gloria del Santo O/icio, 1851; Llórente, Historia crítica de la Inquisición, tomo II ; Puiblanch, The Inquisition unmasked. (2) Véase: Llórente, Historia crítica do la Inquisición, to- mo II, pág 289. LOS DEMONIACOS EN LA INQUISICIÓN 457 déla Suprema y ele diferentes recursos al Rey, la causa se sentenció en 1623 declarando á los confeso- res, etc. y monjas, sospechosos de herejía. Las monjas « eran treinta y tantas, todas al parecer virtuosas y profesas por voluntad libre y sin las violencias indirectas que alguna vez acaecen. Pero cuando más prevalecía la fama de perfección re- ligiosa elel nuevo convento, se vieron en una mon- ja tales acciones, gestos y palabras, que se creyó intervenir causa sobrenatural: fray Francisco las conjuró,}' en el día del nacimiento ele Nuestra Se- ñora, 8 de septiembre de 1628, fué declarada ener- gúmena; á poco tiempo sucedió lo mismo á otras, y en el día ele la espectación de Nuestra Señora, 18 de diciembre, la prelada fundadora Doña Teresa, luego cuatro, cinco ó más y por último veinte y cinco monjas de las treinta » Q). Luisa Capeau y Magdalena de la Palude, dos histéricas temibles, hijas ele un gentilhombre pro- venzal, acusan y hacen quemar á Luis Gaufridi, cura de la iglesia de Acoules, en Marsella, por ha- berlas endemoniado y haber abusado de ellas por medio de procedimientos mágicos. ¿ Sabe el lector en qué se fundan estas y otras numerosísimas acusaciones? Sobre las visiones de una enferma. Magdalena «ora loca y sus accesos demoníacos no difieren en nada de los accesos histero-epilép- (') Llórente, Historia critica de la Inquisición, tomo II, pág. 2SS. , 458 LA LOCURA EN LA HISTORIA ticos de la Salpetriére. Todas estas acusaciones son, como siempre, fantasías absurdas de la misma naturaleza que las vociferaciones incoherentes de las mujeres histéricas durante su delirio» ('). « Gaufridi se siente perdido. El coraje le falta en la tortura, y antes que soportarla por más tiempo confiesa todo, es decir, confiesa los crímenes ima- ginarios de que lo acusan; conviene en cjue los diablos se le han aparecido y le han hecho frecuen- tes visitas esperándolo ala puerta de la iglesia, en donde más de dos mil mujeres han sido enve- nenadas por el soplo irresistible que Lucifer le ha comunicado». Confieso, agrega todavía el pobre fraile, «que cuando quería iba al sabbat donde permanecía una, dos y hasta cuatro horas». A la acusación de Gaufridi siguieron otras, por- que Luisa continuó sus denuncias, y en cuanto á Magdalena, salió del Convento completamente loca y andaba por las calles desnuda. Algunas pobres muchachas fueron quemadas, y las revelaciones de Verine, su diablo familiar, llevaron á la hoguera á un pobre niño ciego llamado Honorato (2). El pro- ceso de la Cardiére contra el padre Girald, su con- fesor, es, dice el mismo Richet, la reproducción exacta del proceso de Gaufridi: una religiosa, Lui- sa Cardiére, histórica también y casi loca, acusa á su confesor de haberla violado y endemoniado. (') Richet, Les demoniaques d'autre fois (Révue des deux mondes febrero 15 de 1888). (2) Richet, loe. cit. LOS DEMONIACOS EN LA INQUISICIÓN 459 Girald, como los otros fiailes, fué quemado vivo en la misma plaza donde lo había sido Juana de Arco dos siglos antes (Richet). Magdalena Bavent, euie ha dado origen á un libro muy raro (*), acusa también á un fraile inocente y lo arrastra á la ho- guera, así como la histeria bulliciosa de las poseí- das de Loudun, tan conocidas en la ciencia, hace quemar vivo á Urbano Grandier, aquel brujo te- rrible que convocaba los diablos y daba la comu- nión poniendo á las religiosas en el estado de pu- reza intachable en que Eva se hallaba antes del pecado; es decir, desnudas completamente, según corría en la acusación que ellas mismas le hi- cieron. Sería interminable esta enumeración escrupu- losa de todos los casos en que influye peligrosa- mente la denuncia gratuita de una alienada. La Inquisición fomenta con sus prácticas y pro- cedimientos estimulantes esta serie de terribles comedias, alas veces tan provechosas, aúneme pe- ligrosísimas otras, que le llenaban sus cárceles dando abundante material á las hogueras, langui- decientes en ocasiones. La histérica, vale decir la monja, la enclaustrada, el pobre de espíritu, el alienado en general, fueron por mucho tiempo, como queda establecido, los más fieles proveedo- (') Histoire de Madeleine Bavent, religieuso du monasté'o de Saint-Louis do Louriers, avec sa confession genérale et tcstamontaire oú elle declaro les abominations, impiétés et sacrilegos qu'elle a pratique. 400 LA LOCURA EN LA HISTORIA res de sus calabozos secretos. Nada tenia que de- nunciar, en verdad, pero su mente desordenada por la eterna clorosis que hacía vibrar los nervios bajo su piel pálida y transparente, tenía elemen- tos para fraguar las delaciones novelescas, hijas ele la alucinad»>n y del delirio. Asi continúan in- terviniendo en una sucesión de procesos más ó menos ruidosos, por años enteros, probablemente por siglos, porque, mientras hubo inquisición, actuaron estos psicópatas seudolúcidos que se sentían estimulados y sobrexcitados á poner en acción los sortilegios de su carácter alucina- torio. Llegaron, como se ha visto, con su espíritu dramático, á comprometer á los Reyes mismos, á ocupar la atención de los más altos y más graves poderes del estado. La trama de su intri- ga consciente ó no, pero siempre peligrosa de sus enredos intangibles, dramatizados por la imagi- nación acalorada y pervertida que indudablemente no tiene rival, no fué jamás apreciada en tóela la extensión ó importancia que tenía, pues aun cuando en una que otra ocasión, rara avis, fué condenada una mujer por falso testimonio, esto era tan raro que casi constituye una excepción en los anales del mencionado tribunal. Sus do- lencias no podían ser conocidas en esas edades, cuando hoy mismo tantas inconscientes audacias, inducen á los médicos en las más graves equi- vocaciones diagnósticas y á los magistrados más LOS DEMONIACOS EN LA INQUISICIÓN 461 hábiles en errores judiciales dolorosos é irrepa- rables . Existen, sin embargo, no pocos alienados « que conservan una percepción exacta del mundo ex- terior. No hay un solo médico alienista que, en ciertas circunstancias, no se dirija al testimonio ele algunos ele sus enfermos para llegar á estable- cer las responsabilidades, á propósito de algún incidente de servicio; pero él conoce á fondo el estado mental de aquellos á emienes inquiere, se halla en condiciones de saber en qué medida pue- de dar fe á su testimonio; si mezclan algo ele ilu- sorio en el relato de los hechos, puede darse de ello perfectamente cuenta». Y esto es precisa- mente lo que no podrá hacer nunca un magistra- do, menos todavía un tribunal. Si se recurre, pues, al testimonio de un alienado, no puede ser más que á título de simple noticia y á condición de no interrogarle sino acerca de hechos senci- llos (Cullére). La ley, como dice Legrand du Saulle, debería tratarle como á un menor de edad y abstenerse de exigirle juramento. Un caso mucho más co- mún y de interés muy distinto, es la confesión ele un crimen imaginario hecha por ciertos alie- nados en determinadas circunstancias. Cuando la afección mental se halla perfectamente caracteri- zada, se hace fácil relacionar estas auto-acusa- ciones con su verdadero origen. Pero ocurre con frecuencia que se producen en el período 402 LA LOCURA EN LA HISTORIA de incubación de la locura, y se comprende fá- cilmente que, en tales condiciones, no tiene na- da de imposible que se cometa un error judi- cial: de estos tenemos numerosos ejemplos ('). « Los alienados que más á menudo se acusan á sí propios son los melancólicos; sus falsas confesio- nes parecen el resultado lógico de sus concepcio- nes delirantes, las cuales tienden á objetivarse en esta forma». La mayor parte de los autoacu- sadores melancólicos, son alcoholistas. Se sienten « compelidos á atribuirse á sí mismos culpabili- dades imaginarias, por la debilitación del estado de su conciencia en el curso ele las ideas. Presa de la angustia y del terror, toman una alucinación, un recuerdo, un sueño por la realidad, y acaban por acusarse de un crimen que sólo imaginaria- mente pueden haber cometido (Cullére, Congreso de Alienistas, 1892). Por lo que respecta al histerismo ingertado en una degeneración indudable, como sin duda algu- na era común entonces, parece que los que la pa- decen son terriblemente peligrosos por su cons- tante desequilibrio. La falsía constituye el fondo de su carácter, di- ce el mismo Cullére; Brouardel agrega eme es esencialmente mentiros.o (2); Huchard piensa tam- bién que son notables por su espíritu de dupli- cidad, engaño y simulación. Engañan, piensa C) Cullére, loe. cit. (2) Vhystérieet lemariage. Cours demédocine légale, 1886-87, LOS DEMONIACOS EN LA INQUISICIÓN 463 Morel Q), con igual aplomo á sus maridos, á sus padres, como á sus enfermos y á sus médicos; y Charcot (2) decía que uno se sorprende de la mali- cia, el ingenio, la sagacidad y la insólita tenacidad epie ponen en juego para engañar las mujeres que están bajo el influjo de la gran neurosis. Lasé- gue (3) y otros autores están todos de acuerdo en reconocer que en medio de la profunda perturba- ción cjue experimenta todo su e>rganismo, esta cualidad matriz de su curiosa morbosidad se destaca rigurosa, inalterable siempre á pesar de la movilidad peculiar á su espíritu doliente y tra- bajado. Los almacigos fecundos de todos estos neurópa- tas, testigos y delatores inconscientes, eran España é Italia. Pero sobre todo España, que por sus con- diciones sociales, por sus tradiciones y hábitos religiosos exageradísimos y peculiares, tenía que ser el país de los histéricos y de los desequilibra- dos. Abundancia excesiva de mujeres desocupa- das y licenciosas en sus cortes y de conventos atestados de mujeres por lo general, predispuestas por la deplorable higiene física y moral de su tiempo, que llevó á Santa Teresa á establecer con urgencia ciertos preceptos admirables de previ- (x) Morel, Études cliniques sur les maladies mentales. (s) Chahcot, Lecons sur los maladies du systéme nerveux. (3) La.rogreso sedu- ce fácilmente los espíritus que colocándose exclusi- vamente bajo el punto de vista del hombre y tomándole por norma, no comprenden la marcha hacia adelante, sino en un sentido único. Sin em- bargo, en la naturaleza no sucede siempre así, lo mismo que en el mundo orgánico ó inorgánico. No hay ni arriba ni abajo en el conjunto de los cuerpos celestes, y nuestros antípodas marchan lo mismo eme nosotros,sobre sus propios pies» (3). La otra selección terrible, la selección intelec- (') Duval, Le Darwinisme, Lecons, etc. (*) Quatrefages, Lecons profesées á VEcole, etc. (3) Quatrefages, Ch. Darwin et ses précurseurs /raneáis, pág. 101. LA SELECCIÓN DE LA ESPECIE HUMANA 529 tual que ha muerto ó cuando menos adormecido el pensamiento en España, es otra faz de la selec- ción artificial por el Santo Oficio; la selección de la leyenda liberal, que estigmatiza con razón el mundo entero, porque es la selección sacrilega que enmudeció al cerebro español, abandonán- dolo soñoliento á la inercia de su colapso se- cular. Hubo, pues, en ella una verdadera bi- furcación dicotómica, caracterizada la una por su índole, diremos así, medular ó puramente ganglionar, vale decir inconsciente y ciega, que echó afuera del mundo á los inválidos del cerebro, á los alienados, epilépticos, frailes, vagabundos, histéricos, etc.; y la otra completamente cerebral,' es decir, intencionada, casi inteligente. La pri- mera tiene la utilidad, ó mejor dicho el saluda- ble y secreto propósito de la puesta en acción de una ley natural, la ciega fatalidad del destino; la otra, la inútil barbarie de una violación sacri- lega. Las consecuencias de ambas selecciones se han hecho sentir en España de una manera sensible. El cerebro del hombre no puede pasar impune- mente por una actividad moral ó intelectual tan extraordinaria como la que experimentó ese país con sus epidemias morales y sus sufrimientos, sin concluir por sucumbir en un sentido ó en otro: casi siempre esta fatiga de los espíritus surméncs no se hace sentir sino á la segunda ó tercera generación, traduciéndose ó por una C.OC, EN LA H1ST. 34 530 LA LOCURA EN LA HISTORIA esterilidad completa, por un cansancio ó iner- cia enervante del pensamiento como ha sucedido en España, ó por enfermedades nerviosas varias, por enfermedades mentales, tendencias al cri- men, etc. Por otra parte, ningún cerebro ha sido moralmente más contundido por la Inquisición que el cerebro español. La emoción violenta del terror ha hecho estragos en él, y téngase presente que la emoción, es decir, la usura de la sensibilidad moral produce efectos destructores más terribles que cualquier otro trabajo mental. Ha sido tal vez más por la emoción que por la opresión del pen- samiento que el Santo Oficio ha operado su tra- bajo de demolición : quiero decir que ha agotado las fuerzas vitales de ese órgano á fuerza de actuar sobre la sensibilidad moral, manteniendo durante siglos un estado de emotividad patológica cuyo resultado lo hallamos en el decaimiento de todo el sistema nervioso superior. El descenso de la inteligencia española en sus manifestaciones más elevadas, no depende tanto de la persecución al libre pensamiento, á las le- tras, á las ciencias que son su expresión más ge- nuina, como de esa intoxicación por el veneno deletéreo del terror operado por un procedi- miento violento y continuado. Y recuérdese que en la etiología déla parálisis general, enfermedad esencialmente depresiva, demencial, las emocio- nes morales tienen un rol preponderante, produ- ciendo ese decaimiento que se manifiesta en ciertos LA SELECCIÓN DE LA ESPECIE HUMANA 531 estados de enajenación crónica. Si un violento afecto transitorio es capaz de producir la locura (es- tupor, demencia primitiva, melancolía, atónita, manía) Q) un acceso de epilepsia, la histeria, etc., ¡ qué no producirá la secular acción del terror sos- teniendo el aumento temporáneo en la excitabili- dad del cerebro, como dice Binswanger f), per- turbando profundamente la nutrición del órgano! En estos casos el momento psíquico emotivo, dice el profesor de psiquiatría de la Universi- dad de Gratz, perturba la inervación vaso-mo- tora y consecuentemente la circulación y la nu- trición del cerebro. Y precisamente en este caso, en eme se trata de un estado moral colectivo, ha sucedido lo que acontece en el individuo: la psico- sis no subsigue inmediatamente al momento etio- lógico, sino que después de un tiempo más ó me- nos largo (3) sobreviene con cierta lentitud sórdida la terrible caída de la mente. Cuando el shok afectivo es tan intenso y tan constante, el grupo de las ideas morales tristes predominantes provoca un estado de cerebrastenia de que hablaba Schule á propósito de la etiología de la demencia aguda, porque la experiencia en- seña que son exclusivamente los sentimientos tris- tes, depresivos que conducen más fácilmente á la locura. El auto de fe, con su cortejo pintoresco, su (*) Kraft-Ebing, tomo I, pág. 222. (*) Kraft-Ebing, tomo I. (3) Kraft-Ebing, tomo I, pág. 223. 532 LA LOCURA EN LA HISTORIA cúmulo de emociones y de escenas terroríficas re- petidas con tanta frecuencia, ha tenido, patológi- camente hablando, mayor influencia sobre el ce- rebro español que todas las persecuciones al lute- ranismo de los protestantes y liberales. Ese ha sido, agregado á los otros medios de selección, la idea fija, la alucinación temible que ha golpeado por más tiempo la imaginación predispuesta de ese pueblo, agotando las fuerzas de su inteligencia. Sichelle, Smidtrimpler (Arch. f. Psych., IX, 2), Finkelburg (Allg. Zeit. f Psych.), Laségue, Falret (Traite des maladies mentales), etc., y casi todos los más conocidos psiquiatras hablan de la influencia que estas cau- sas morales depresivas tienen sobre la inteligencia, y Maudsley (Physiologie de Vesprit), afirma tam- bién que las emociones obran sobre el organismo más violentamente que las ideas; que aquellas re- presentan un movimiento interno más violento, porque todas las funciones vegetativas están más profundamente implicadas en su origen, en su na- turaleza y en su expresión. Finalmente, el Santo Oficio, por los otros me- dios enunciados, ha agotado en España esa celosa susceptibilidad nerviosa para las reacciones cere- brales, cuya exageración, si bien produce el ner- vosismo, cuando es enfermiza, también lleva al cerebro el fuego y el empuje que dan al pensa- miento intensidad y vigor. He ahí otra faz de su influencia. LA SELECCIÓN DE LA ESPECIE HUMANA 533 Este agotamiento, aun cuando tiene su expre- sión más sensible en el silencio y la indigencia de la inteligencia española, se traduce, por otra par- te, en una saludable (?) falta de aptitud para la ena- jenación mental que es bien visible en la Penín- sula. Triste compensación, sin duda, á la deplo- rable esterilidad intelectual que hace de ese gran pueblo, casi un analfabeto, en medio de la cultura y del progreso sorprendente de la Europa entera. La exaltación cerebral en que se excedió Israel y que se traduce en la estadística por un aumento progresivo de la locura y de las enfermedades nerviosas y en el pensamiento por un desarrollo creciente de las letras, de las artes y de las ciencias que duermen allí sueño demasiado largo, faltóle á España como un resultado de esa selección devas- tadora. Faltóle la suprema tensión de las fuerzas morales que puede alternativamente producir en Augusto Comte el genio de la Filosofía positiva y la locura que rompe la armonía de sus bellas fa- cultades; que en otro cerebro sugiere el descubri- miento de las leyes de la gravitación universal y engendra probablemente los profundos accesos de melancolía que alteraban el espíritu de Newton; que da vida y calor al cerebro de Descartes y Bee- thowen al mismo tiempo que aguijonean la in- teligencia y exaltan la mente hasta la alucinación. El cerebro español ó no trabaja ó trabaja poco; por eso no está expuesto á los graves peligros del surménage y á la violencia funcional que trae el 534 LA LOCURA EN LA HISTORIA aumento de todos esos males al espíritu. Las ne- cesidades de la vida, las aspiraciones exigentes que surgen naturalmente de la ilustración y enno- blecimiento del espíritu por el estudio, las agitacio- nes de todo género que produce la vida intelectual en esos graneles centros no perturba la tranquili- dad soñolienta de aquel cerebro que fué en un tiempo el dominador del mundo y el que le diera vida y calor con su savia exuberante. Surgen estas consideraciones sobre los vínculos de esos dos términos, locura y progreso, tan opuestos, al pare- cer, de este otro hecho que parece notorio: la ciencia no ha probado todavía la falsedad de la atrevida proposición de Moreau de Tours, de que las disposiciones del espíritu que hacen que un hombre se distinga de los otros por la originalidad de sus pensamientos y de sus concepciones, por su excentricidad ó la energía de sus facultades inte- lectuales, tienen su fuente de origen en las mismas condiciones orgánicas que las diversas perturbacio- nes morales, de las cuales la locura y el icliostismo son la expresión más completa^). Y él ha mos- trado con un copioso bagaje de razones científicas y de observaciones elocuentes las secretas vincu- laciones entre el genio, el talento y ese terrible mal de la locura; el más grande, el más irreme- diable de los infortunios humanos individual- mente considerado. (') Moreau de Tours, La psychologie morbide dans ses rapports avec la philosophie de l histoire, etc. LA SELECCIÓN DE LA ESPECIE HUMANA 535 Las afecciones nerviosas, sea que radiquen en la motilidad ó bien en la sensibilidad general, sea sobre las funciones que no son al fin sino esta misma facultad elevada á su más alto gra- do de poder y de acción, es decir, las faculta- des y los actos del principio pensante, esas afec- ciones, decía el filósofo y psiquiatra inolvida- ble, cuando no son transmitidas pura y simple- mente por herencia, se transforman en condi- ciones favorables al ejercicio intelectual y crean una predisposición hereditaria para las cualidades eminentes del espítitu. Si eso fuere cierto, como parece serlo, resultaría que los pueblos que no tie- nen la locura como una manifestación de la usura nerviosa, como una muestra de su excesiva vita- lidad cerebral, no poseen tampoco el empuje y vi- gor trascendental que coloca á la Francia y la Ale- mania á la cabeza del mundo civilizado. La civilización es un elemento á la par que de desenvolvimiento moral, de difusión y acrecenta- miento de la enajenación mental, y será esto tanto más cierto aún si, como cree M. Mitchell ( The past and the present), la civilización es el resultado complicado de una guerra del hombre contra la naturaleza para impedirle á ésta aplica- car su ley de la selección natural. Á este respecto hay un hecho interesante que mencionan las esta- dísticas, cual es la marcha de la locura en la raza negra, puesta, por la libertad, en franco contacto con la civilización, cuyas exigencias cerebrales re- 536 LA LOCURA EN LA HISTORIA claman de ella más de lo que puede darle. Solbrig había ya señalado el hecho de que en América los negros libres del Norte presentaban cinco veces más alienados que sus hermanos esclavos del Sud, y según las investigaciones de Buchanan, el desa- rrollo de la enajenación habría aumentado en la gente de color después de la emancipación (*). ¿ Será entonces cierto que la locura, como la pros- titución, dentro de ciertos límites es un mal nece- sario? ¿Esa fuerza que en corrientes ya serenas ó impetuosas engendra en unos la enfermedad por falta de suficiente gobierno cerebral, en otros, encauzada y bien dirigirida (alternativamente aumentada y disminuida) el talento y el genio, como afirma el filósofo ya citado ? Quién sabe si en efecto la locura no es fuente de vida, toda vez que por la admirable legislación de la transformación de las fuerzas, la que produce en el cerebro ele Laplace la concepción soberbia de la Mecánica celeste es la misma, que es sen- sibilidad en el tejido nervioso, motilidad en el músculo, luz, calor, movimiento en la eterna cir- culación de la vida. Bajo la influencia de la exci- tación que suele imprimir á la inteligencia en el pródromo de la triste comedia se ven aparecer de pronto ideas y recuerdos en tropel que pare- cían de largo tiempo atrás borradas de la memo- ria y que no podían haber producido una impre- (') Regís, Manuel pratique de médecine mentale. LA SELECCIÓN DE LA ESPECIE HUMANA 537 sión tan profunda en el espíritu (*). Parece, para servirnos de una feliz expresión de Carlos Nodier, que bajo su influjo, los rayos tan divergentes y dispersos de la inteligencia se encontraran de pronto en un haz, como los del sol en una lente, y prestaran entonces á la palabra del pobre loco tanto brillo, tanta claridad, tanta persuasión como no habría gozado jamás en el pleno uso de su razón (2). Hay hechos que parecen afirmar tan misteriosa consanguinidad de una manera evidente en la his- toria psicológica de los pueblos. En Italia, que con menor rigor, indudablemente, soportó por mu- cho tiempo la misma situación mental de España, el suicidio y la locura, sobre todo el primero, ando progredendo desde que comenzó á salir de ella. Y ese aumento se debe á las nuevas tendencias y pa- siones, al nuevo y vigoroso estímulo psíquico des- conocido en otra época y por consecuencia á nue- vas causas que concurrieron á aumentar las cifras de la locura y de la muerte voluntaria (3). Aherro- jada, oprimida por tanto despotismo extranjero, vivía en un ocio intelectual completo, sin emula- ciones y sin preocupaciones que aguijonearan al cerebro indolente; sin sentir ese grado superiore di incivilimento, los hábitos, los usos y costum- (*) Dagonet, Traite des maladies mentales. (2) Ch. Nodier, Jean-Francois les Bas-bleus (Annales mé- dico-psych., 1846); Dagonet, loe. cit. (3) Del suicidio en Italia, del commendatore dottore Gio- vanni Ferrini, Milano, 1879. 538 LA LOCURA EN LA HISTORIA bres nuevas, la fiebre del trabajo mental, las nue- vas necesidades, los nuevos deseos, eme desperta- ran la exaltación nerviosa que hoy se traduce en las dos tan visibles bifurcaciones que la arrancan de su letargo milenario. La vida nerviosa de una nación, decía el profesor Cantaní, decide en buena parte de su suerte, de su prosperidad (*). En este siglo, ni aun en estos últimos veinte años de agitaciones políticas, se han conocido en España las epidemias de delincuencia morbosa peculiar que revelan en una sociedad una estimulación exa- gerada de la vida psíquica, de suicidios, de locuras colectivas ó de neurosis de igual forma que son el resultado de un conjunto etiológico y de hechos psicológicos y económicos que constituyen eso que llamamos la civilización, pero que no son el patri- monio de las naturalezas postradas y si no muer- tas cuando menos aletargadas por un exceso de emotividad generosa. Los pueblos duermen cuando no se les percibe ningún signo externo de vitali- dad aun cuando sea excesiva y desborde fuera de sus quicios naturales desembocando en grandes males como la locura y sus congéneres. Los pueblos incultos del África y del Asia ape- nas si conocen la locura. Desgenetts no encontró más de doce locos en el hospital del Cairo; Moreau solo vio un corto número de alienados en las di- versas regiones de Oriente que recorrió, y uno solo (*) Cantaní, Lezione sulVisterismo. II Morgagni, 1871, to- mo VI, pág. 373. LA SELECCIÓN DE LA ESPECIE HUMANA 539 en Nubia. Auber, en toda la Abisinia encon- tró dos idiotas, y Williams que residió doce años en China afirma que en el Celeste Imperio es muy rara la locura Q). Para mayor abundamiento di- remos que parece demostrado que las poblaciones que más apartadas están de las grandes ciudades ofrecen un contingente menor de enajenados que los grandes centros urbanos : así, según Guislain, mientras que en Gante hay 1 loco por cada 302 habitantes, en la población rural de esta provincia sólo se encuentra 1 porcada 1474, y, según Renau- din, en la ciudad de Nancy hay un loco por cada 500 habitantes, mientras que en el departamento de Meurthe sólo se halla uno por cada 1468 (2). Nantero hace notar la relativa poca frecuencia de la locura y el suicidio en España, atribuyéndola á la escasa difusión del alcoholismo, y Soler dice que « el cerebro español es poco dispuesto para las complicaciones de ciertas psicopatías gra- ves ». Y no se diga que la falta de un reclutamiento metódico de los alienados en las casas especiales produce esta ilusión, porque, como lo hacia notar el director del Manicomio de Nueva Belem, mien- tras que en otras naciones los locos sufrían crueles persecuciones y eran confundidos con los crimina- les, España daba un alto ejemplo de humanidad (l) Ginés y Partaga^, Tratado teórico práctico de freno- patología ó estudio de los enajenados mentales, etc., 1876. O Ginés y Partaga^, libro citado. 540 LA LOCURA EN LA HISTORIA erigiendo asilos especiales para albergarlos (1). En el siglo xv España pecó por exceso opuesto : la enajenación mental se difunde de una ma- nera extraordinaria, como lo hemos hecho notar en este mismo capítulo, y su número le sugiere la idea de fundar casas especiales donde pue- dan ser encerrados y mejor vijilados aquel in- menso número de herejes endemoniados que de- vora el Santo Oficio con tanta precipitación. En- tre otros tantos puede mencionarse el que fundó en Valencia en 1408 la sociedad llamada de Los Inocentes, debido á las evangélicas predicaciones del monje mercedario fray Jofre Gilbert; el que en 1415 fundó Alfonso V en Zaragoza bajo el nombre Hospital de la Virgen de la Gracia y el que en 1436 fué erigido en Sevilla por la caridad de Marcos SánchezContreras (2). Pero ahora «triste es confesar que después de tan generosos impul- sos, puestos en evidencia en época tan lejana, nos hemos quedado en este punto tan vergonzosa- mente rezagados que hasta pocos años atrás pa- recía que no viviéramos en Europa » (3). En las provincias españolas donde la Inquisi- ción ha sido más feroz, la locura, el suicidio, etc., acusan actualmente una proporción visiblemente menor que en las otras, en donde tampoco se ma- nifiestan de mTmodo grave, comparado con las O Ginés y Partagas, loe. cit., pág. 16. (*) Ginés y Partagas, loe. cit. (3) Tratado teórico práctico de freno-patología, pág. 16. LA SELECCIÓN DE LA ESPECIE HUMANA 541 demás naciones europeas. ¿ Simple coincidencia ó efecto lejano de esa selección terrible que parece haber secado en sus fuentes de germinación la se- milla fecunda que en otro tiempo produjo aquellas grandes epidemias morales ? Por la desaparición de todos esos desgraciados, la enajenación mental en sus diversas formas tan terriblemente fecun- das cesaría de reproducirse. Y todos sabemos la importancia de las locuras hereditarias, que repre- sentan, por otra parte, una verdadera cepa común á un gran número de enfermedades nerviosas (*) que en muchos no se produce de pronto. En España, pues, la aptitud para la locura y para muchas enfermedades nerviosas que hoy abundan en Europa, es indudablemente menor; las escasas estadísticas que conocemos, así lo revelan. El alco- holismo, la locura alcohólica y de una manera ge- neral todas las cerebropatías tóxicas que aumen- tan de un modo tan considerable en los grandes centros, son allí relativamente escasas, y lo mismo sucede con la paiálisis general, el suicidio y las otras perturbaciones que forman la lúgubre tri- logía de la devastación cerebral universal (2). Es tan cierto esto, dice Bordier, «que aquel país es el único en Europa en que el suicidio no ha aumen- tado, más bien ha disminuido, pues de 36 por (') Feré, Lafamille névropathiquc, 1849, pág. 29; W. Ire- land, The blot upon the brain, 1893; Hammond, A treatiso on insanity, on its medical relations, pág. 179; Dejerine, L'hé- rédité dans les maladies du systéme nerveux. (*) D. Perier, Viajes por España y Francia, 1890. 542 LA LOCURA EN LA HISTORIA 1.000.000 ha descendido á 26 Q)! mientras Ingla- terra tenía en 1866, 67,2 por millón de habitantes y en 1877, 69,2, lo mismo que en Bélgica, en Italia, en Dinamarca, en Rusia y en general en todos los países de Europa (2). Un médico español, el señor Jinés Valle, dice que la esclerosis en placa lo mismo que las distintas neuropatías atróficas modernamente estudiadas por Dejerine y otros autores franceses, son en los hospitales de su país rara avis, y la histeria, en sus grandes formas mentales por lo menos, así como la epilepsia y la corea, no son, como las otras enfermedades ner- viosas, tan frecuentes. Tales son los efectos que la selección verificada por la mano del Santo Oficio ha ejercido en Es- paña. O Bordier, La cié des sociétés, 1887, pág. 109. (2) Marie Manaceine, Le surménage mental dans la civili- sation moderne; Jacoby, Sélection, op. cit.; Ball, Lecons sur les maladies mentales; Legoyt, Le suicide anden et moderne. TERCERA PARTE CAPÍTULO I LA CASA DE AUSTPJA Y LA DECADENCIA DE ESPAÑA. CARLOS V Y SUS PERSECUCIONES RELIGIOSAS Sumario: Causas de la decadencia de España.— Relaciones ín- timas del pueblo y de los monarcas.— La locura y las enfer- medades de los reyes españoles en sus relaciones con la his- toria política.— Inglaterra y España.— Los ascendientes de Carlos V.— Carlos el Temerario y Juana la Loca.— Acumu- lación de la herencia mórbida en el cerebro de Carlos.— Ar- tritismo y epilepsia.— Ineptitud de la casa de Austria para el gobierno político.— ¿Por qué ? — Carácter epiléptico de la in- teligencia de Carlos V.— Su fondo moral se resiente de su enfermedad.— De cómo la enfermedad mental de Carlos V ha influido en la historia política de España.— Sus delirios de grandeza.— Su misticismo favorece el desarrollo de la Inqui- sición.— Su demencia precoz imprime un carácter especial á los acontecimientos en que él es actor.— Su permanencia en Yuste.— Sus funerales en vida han debido ser ciertos, dada su condición de epiléptico.—Alucinaciones terroríficas, etc. Ya hemos visto en los capítulos anteriores lo que podríamos llamarla psicología mórbida de ese triste tribunal de la Inquisición, su curiosa 544 LA LOCURA EN LA HISTORIA evolución histórica al través de todos los siglos de su dominio y el rol considerable que en la trama de su contextura complicada han tenido la locura y las otras pertubaciones del sistema nervioso. Veamos ahora la que tuvieron análogas per- versiones en esta importantísima faz de la histo- ria de España que conocemos con el título de la decadencia. ¿ Cómo fué destronada la monarquía española de tanta gloria y de tanta honra ? se pregunta un sabio legista español citado por Buckle. ¿ Cómo perdió los Países Bajos y el Portugal para quedar reducida al esqueleto de lo que había sido antes ? ¿ Cómo fué que poseyendo minas inagotables en el Nuevo Mundo, sus entradas eran apenas de seis millones de ducados bajo el reinado de Felipe III? Y finalmente ¿por qué su agricultura y su industria se arruinaron y casi todo su comercio pasó á las manos de sus más grandes enemigos? Q). Múltiples causas influyeron sin duda en este largo proceso histórico, pero hay una de ellas que no ha sido suficientemente estudiada y que salta á la vista apenas recorremos esa lúgubre leyenda de la Casa de Austria, la gran cultivadora del germen per- turbador del extenso imperio. En ninguna parte, en ninguna raza, la influencia personal de los monarcas y con mayor razón de los monarcas enfermos de la mente, ha tenido una (*) Buckle, Histoire do la civilisation en Angleterre. \ LA CASA DE AUSTRIA 545 influencia mayor y más funesta que en España; no tanto por su carácter supersticiosamente dócil a la realeza, cuanto por la manera cómo el pueblo concebía la obediencia y el respeto en la organi- zación especial ele aquella sociedad monacal. Allí, más que en cualquiera otra parte de la tierra, el ca- rácter divino del monarca estaba consagrado con más fuerza. Durante más de ochocientos años, dic3 Buckle O, un tratado de alianza entre la Iglesia y el Estado fué una necesidad impuesta á los espa- ñoles por las particularidades de su posición; pero después que la urgencia hubo cesado, sucedió, naturalmente, que la asociación de ambas ideas subsistió al peligro; el espíritu de las masas con- tinuó mezclando las dos ideas en una superstición común, y la fidelidad sin ejemplo que vino como consecuencia y resultado atestiguan la estrechísi- ma vinculación mental de la persona del monarca con su pueblo (2). El celo con el cual inculcan en todos los actos de su vida y hasta en sus mismas baladas tan comu- nes y difundidas en España, la obediencia y la devoción, es el más característico rasgo de esa índole moral que se siente hasta en su litera- tura. La primera gran manifestación del espíritu español fué, agrega el mismo Buckle, el poema El Cid, escrito al fin del siglo xn y en el cual encontramos nuevas pruebas de fidelidad extraor- (') Buckle, Histoire de la civilisation en Angleterre. (*) Buckle, loe. cit., pág. 5. LOC. BN LA UIST. • .,„ 546 LA LOCURA EN LA HISTORIA diñaría al príncipe, que las circunstancias habían impuesto al pueblo (*). Southey (2) hace notar con sorpresa que las viejas crónicas representan al Cid como (xoffering tokiss thefeet of the king)). Los concilios eclesiásticos, la legislación civil y hasta los autores dramáticos muestran constante- mente la misma tendencia, átal punto que ningún sistema de leyes, según graves autores, consagra en tan alto grado tanta fidelidad como los códigos españoles (3). El Rey santificaba todo lo que toca- ba; « nadie podía montar el caballo que él hubiera montado, nadie podía casarse con la querida que él había abandonado, y caballo y querida eran igual- mente sagrados, pues ninguno osaba tocar siquie- ra lo que de cerca ó de lejos pertenecía á su señor. Los malos como los buenos monarcas lo encon- traban siempre en las mismas proporciones de exal- tación y ese sentimiento estaba tan compenetrado en las tradiciones y en el espíritu del pueblo, que después de haber sido una pasión se convirtió más tarde en un artículo de fe nacional ». Clarendon, el autor de History ofthe Rebellion, dice, hablan- do de ese curioso culto, que la falta de respeto hacia la persona del Príncipe constituía á los ojos délos españoles un crimen monstruoso, y que el du- que de Olivares reprochaba amargamente la fa- (*) Véase : Histoire de la civilisation en Angletorre, tomo 4', pág. 36; Buckle, Tapia, Civilización española. (2) Southey, Chronicle of the Cid. (3) Buckle, loe. cit., tomo IV, pág. 36. LA CASA DE AUSTRIA 547 miliaridad del de Buckingham con el Rey (*). Eran, pues, aquellos, los dos principales ele- mentos de que estaba formado el carácter espa- ñol: fidelidad y superstición, reverencia por el rey y por el clero, los grandes principios que dominaron el espíritu de ese pueblo y gober- naron la marcha de la historia de España (2), las circunstancias particulares que influyeron po- derosamente para colocar el carácter de la nación en condiciones apropiadas para sufrir con re- ceptividad excepcional la influencia perniciosa de todos los cerebros dislocados que han ocupado el trono de sus grandes imperios. Desde el momento en que los jefes competen- tes tienen por sucesores á hombres incapaces — y cuando digo incapaces me refiero á la incapacidad en cualquier sentido de desequilibración estable de la mente, muchas veces compatible con el brillo de facultades excepcionales como sucedía con Carlos V —la decadencia comienza rápidamente, pues ese pueblo, habituado á no discutir su fideli- dad, se deja conducir ciegamente dando á sus con- sejos nocivos la misma obediencia que daría á los más sabios y meditados (3). Los ejemplos de otros pueblos de la tierra en que reyes imbéciles ó imposibilitados no han obs- («) Clarendon, History ofthe Rebellion, edición de Oxford; Flores, Reinas católicas; Lafuente, Historia de España; Bu- ckle, Histoire de la civilisation en Angleterre, tomo IV.' C) Buckle, loe. cit., pág. 40. (9) Buckle, loe. cit., pág. 44. 548 LA LOCURA EN LA HISTORIA tado al progreso de la nación, Inglaterra, por ejemplo, no es un argumento en contra de este aserto tan bien demostrado por el juicioso autor de la Historia de la civilización en Inglaterra, por- que como ello establece, hay una diferencia esen- cial entre la civilización inglesa y la de España. Los ingleses «constituyen un pueblo dispuesto á la censura, por otra parte difícil de satisfacer, sus- ceptible, eternamente quejoso de sus gobernantes, desconfiando de todas sus ideas, discutiendo sus medidas con un espíritu de hostilidad y acordando poco poder á la iglesia y á la corona: él mismo di- rige sus asuntos públicos, á su manera, y á la me- nor provocación está pronto á renegar esa fideli- dad de convención que se ve siempre en sus la- bios sin penetrar jamás en el corazón. La fidelidad no es tan grande que les haga sacrificar sus liber- tades por complacer al Rey, perdiendo el vivo sentimiento de los propios intereses, de donde resulta que en Inglaterra el progreso no se detiene jamás, sean buenos ó malos sus gobernantes, y que el gran movimiento sigue su marcha progresiva». Y sin embargo, también allí han tenido los reyes su buena parte de imbecilidad, de locuras y de crímenes, y hombres como Enrique III y Carlos II han sido, por las razones apuntadas, incapaces de perjudicar á su país 0), como han perjudicado á España monarcas como Carlos V, Felipe II y so- (') Buckle, Histoire, etc., tomo IV, pág. 45. LA CASA DE AUSTRIA 549 bre todo los eme cargaron con el fardo de la heren- cia acumulada por siglos: Felipe III, Felipe IV y Carlos II, último vastago de la famosa dinastía austríaca. Ana y los dos primeros Jorges eran igno- rantes y groseros: su educación fué miserable, habiéndoles la naturaleza cargado la mano en la debilidad, en la obstinación y en otras cosas peo- res (*): sus reinados duraron próximamente sesenta años, y después de ellos, durante otro período de sesenta años, ese país fué gobernado por un prín- cipe á quien la enfermedad había hecho incapaz por largo tiempo, pudiendo decirse con propie- dad eme las épocas en que esa incapacidad se hizo sentir, fueron los períodos menos funestos de su reinado. Es evidente que « ni su inteligencia estrecha, ni su naturaleza despótica, ni su mise- rable superstición, ni la bajeza increíble del inno- ble epicúreo que le sucedió en el trono pudieron detener la marcha de la civilización inglesa: el pueblo marchaba adelante sin ocuparse de sus miserias; la locura de los reyes no podía desviarlo del camino, porque él sabia bien que sus desti- nos estaban en sus propias manos y que poseía en sí mismo esos recursos y esa fertilidad de combi- naciones que hacen al hombre prudente grande y feliz». Pero en España no pasábala misma cosa; por (*) Buckle, Histoire de la civilisation, etc. 550 LA LOCURA EN LA HISTORIA las razones que dejamos expuestas, su ruina co- menzó á diseñarse, apenas los desequilibrios de la inteligencia principiaron á subir al trono; y como España tenía una predisposición secular á la obe- diencia pasiva, parienta próxima de la inercia ce- rebral, quedó colocada con respecto á sus monar- cas, en la situación mental precaria de ese dóci- lísimo, agente pasivo déla locura a deux que sigue obediente las caprichosas veleidades delirantes de de su inspirador activo. Es tan continua la sucesión de alienados ó cuando menos de desequilibrados, que han tenido en sus manos la suerte y la gran- deza de este pueblo, que no es posible negarle una influencia principal y decisiva en su decadencia, cualesquiera que hayan sido las causas de otro or- den que actuaron en el mismo sentido. Durante casi dos siglos, fué gobernada por una dinastía en cuyos miembros, sin excepción, la locura, en sus diversas formas, había hecho es- tragos dolorosos. Esa fué sin duda la enfermedad del crecimiento que le empobreció los huesos y la- bró su espíritu, produciéndole todos los inconve- nientes de un cerebro detenido en su evolución fi- siológica. Isabel y Fernando, que realizaron el esfuerzo su- premo de la unidad nacional, son casi los únicos cerebros en donde brilló una mentalidad normal; después de ellos, viene la larga familia de desar- ticulados déla dinastía austríaca, que derrocharon la grandeza y la gloria de España ó en las desea- LA CASA DE AUSTRIA 551 belladas aventuras de las guerras inútiles é impul- sivas ó en la inercia soñolienta y adusta de todos los Felipes. España declina hacia su ocaso ó se levanta con intermiciones lúcidas transitorias, cuando alternativamente ocupan su trono cerebros bien dotados de salud intelectual, ó cabezas obscu- recidas por el idiotismo perezoso de Carlos II, ó la locura agitante y batalladora del vencedor de Pa- vía. La Inquisición prospera y se fortifica bajo la complaciente complicidad de esa enajenación que no abandona á aquel pueblo en todo el curso de dos siglos. Difícilmente la historia del mundo entero pre- sentará otro ejemplo más palpitante del influjo desastroso del alienismo político, que el que ella nos da con la tristísima historia de esa familia que ha devorado tranquilamente la vitalidad de esa nación en tan largo espacio de tiempo sin una protesta de su parte. La caída de España fué tan rápida durante el reinado de Felipe II y los tres reinos que le siguieron, que la más poderosa mo- narquía del mundo cayó hasta el último grado de postración, fué insultada impunemente por las naciones extranjeras, se hundió en una banca- rrota lamentable y perdió sus más bellas posesio- nes; convertida en objeto del oprobio general y sirviendo de tema á los sabios y moralistas para disertar sobre la incertidumbre de las cosas hu- manas, llegó hasta la humillación cruel de ver su territorio dividido por un tratado en el que no 552 LA LOCURA EN LA HISTORIA tomó parte y al cual le fué imposible oponerse (')... Retrocediendo tan lejos como permite la crónica para buscar algún vestigio primitivo de esas weak- minded, encontramos ya, como vehemente indi- cio, que aquel Pedro de Portugal que reinó por los años de 1357-1367, se manifestaba tan extraña- mente caprichoso, inconstante y cruel, eme es di- fícil decir si era loco, ó si representaba la « encar- nación de un demonio (tí is difficult to say whether he was the encarnation oj a demon or insane) ». Juan II de Castilla casóse con Isabel de Portugal, madre de la reina Isabel de Castilla, esposa de Fer- nando el Católico. El Rey Juan era de mente débil, vale á decir un imbécil averiguado, de cuyo go- bierno ha dicho Prescott (2) con razón, que más que reinado pudo con propiedad llamarse una prolon- gada minoridad. Isabel de Portugal, con quien casó en segundas nupcias, terminó sus últimos días en los horrores de una locura incurable de forma melancólica. Carlos el Temerario, que por línea paterna trae también su grano de arena en la genealogía de los desequilibrios mentales de Carlos V, era un impulsivo, sanguinario y cruel con todos los vi- (*) aLa faiblesse de VEspagne nepermettoitpas á son roi dése rossentir du traitement dont il croyoit ápropos de se plaindre, etc.-» (Mém. de Torcy, tomo I, pág. 51). « Las naciones extran- jeras disponiendo de la monarquía española como de bienes sin dueño» (Tapia, Civilización española, tomo III, pág. 117); Buckle, Histoire, etc. (*) Prescott, Historia de los Reyes católicos, tomo I. LA CASA DE AUSTRIA 553 vos colores en su mente, de esas locuras morales producto de irreparables é íntimos desórdenes del cerebro. Carlos era el padre de María de Bour- gogne, lipemaníaca y devota en las proporciones enormes del fanatismo inquisitorial de su nieta, mujer de Maximiliano de Austria, excéntrico, gran perseguidor de aventuras extravagantes y padre de Felipe el hermoso, esposo de Juana la loca, desventurada y loca de los pies á la cabe- zaQ), cualesquiera que sean las afirmaciones gra- tuitas de los cronistas contemporáneos suyos, tan aficionados á las conjeturas descabelladas co- mo poco atinados en sus deducciones psiquiá- tricas. Bengenroth, que según Ireland empleó varios años de su vida en el estudio de los archivos es- (') Véase Doña Juana la loca de Luís Cormenge, publicado en la Gazeta Catalana, n° 329, 1893. Los médicos de Cámara Dr. Suto y Dr. Julián Gutiérrez de Toledo escribieron desde Alcalá á Don Fernando lo que sigue sobre el estado mental de Doña Juana (1503): «Y no debe vuestra alteza desto ma- ravillar, pues la disposición de la Señora princesa es tal que no solamente á quien tanto va y tanto la quiere deve dar mucha pena, mas á cualesquiera aunque fuesen extraños; por- que no duerme, come poco y á voces no nada, está muy triste y muy flaca. Algunas veces no quiere hablar; de manera que si en estos como en algunos otros que muestran estar tras- portada su enfermedad va muy adelante. Esta cura se suele hacer por amor é ruego ó por terror, etc., etc. ». Documento es ese, que atestigua con su gran importancia médica é his- tórica la locura de Doña Juana mucho antes del fallecimiento de Doña Isabel I. El testamento nuevo de Doña Isabel alude embozadamente á la locura de 'su hija cuando dice: «dejaba por Gobernador destos reinos á D. Fernando su marido en que no pudiendo ó no queriendo gobernar, etc., etc.». 554 LA LOCURA EN LA HISTORIA pañoles de Simancas, ha escrito una obra especial tratando de probar que la locura de Doña Juana fueron cuentos inventados por su madre, su padre, su esposo y en los últimos tiempos por su hijo pa- ra satisfacer cómodamente los sueños de su ambi- ción y poseer los reinos que heredaba Q). Pero mil circunstancias á cual más elocuentes demues- tran que estaba loca, aunque tenía momentos de lucidez durante los cuales, como sucede á menudo en esos casos, su inteligencia parecía normal. Son sus momentos lúcidos, precisamente, los que tal vez han sido tomados como las pruebas de una salud mental que estaba muy lejos de poder gozar. La perturbación de Doña Juana no trascendió al público, dice Comenge (Revista Catalana citada), de una manera clara, quedando tal convicción sepultada en el pecho de sus pa- rientes y servidores leales, que no osaron ofender al trono extendiendo las noticias de las extrava- gancias de la infeliz demente. Ya en 1505, jurado el monarca aragonés por las Cortes de Haro Gobernador de Castilla y León y proclamada su hija como reina propietaria y le- gítima, tuvieron que entender dichas Cortes en el asunto de la incapacidad. Con efecto, presen- tóse á los Procuradores una escritura en la cual se decía que Doña Isabel I había conocido mucho antes de su muerte la enfermedad é impedimien- (') Ireland, The blot upon the brain, pág. 150. LA CASA DE AUSTRIA 555 to que para gobernar tenía Doña Juana y que for- muló en el testamento, de suerte vaga, al designar por gobernador á Don Fernando; decíase también que la enfermedad había ido en aumento desde entonces y que a por la gravera del caso y por to- car á la real persona de la reina Doña Juana, nuestra señora, es menester que hagáis jura- mento y pleito homenaje de tener secreto de él». De lo ocurrido en las Cortes se deduce, pues, que Doña Juana se hallaba trastornada de la inteligen- cia desde antes de fallecer su madre, lo que robus- tece la opinión de los Dres. Soto y Julián: que la incapacidad fué conocida por Doña Isabel, D. Fer- nando y D. Felipe y que la petición de secreto he- cha á los procuradores en las Cortes, revela que se tuvo la insania como desgracia infamante ó deshonesta, cuando menos (*). Según Pedro Mártir de Angleria, la reina Doña Juana « nunca placer quiso tomar holgándose con la soledad y lugares obscuros». Una délas razones del convenio entre D. Fernando y D. Felipe fué, según graves autores, que «la dicha serenísima Reina en ninguna manera se quiere ocupar ni en- tender en ningún género de regimiento, ni gober- nación, ni otra cosa; y aunque lo quisiere facer, seria una total destruysion y perdimento destos reinos aqui no se expresan por la honestidad como dicho es » (Benavento, 20 de Junio 1506). Los Pro- (*) Véase: Co.menue.s loe. cit., Revista Catalana, año 1894. 556 LA LOCURA EN LA HISTORIA curadores de Sevilla escribían por aquellos días á la ciudad que representaban, lo siguiente: « no hay nadie que aS.A. vee, queno tenga dolor de las cosas que a 28 deste mes (Junio) non concer- tadas S. A. ha fecho» y aconsejan á su ciudad que pidan se ponga á Doña Juana « en lugar don- de esté servida y acompañada como su estado y persona requiera e que sea curada según la enfer- medad lo pide». Robertson cuenta que mucho tiempo antes de ser secuestrada, Doña Juana es- taba afectada de una honda y negra melancolía (she mas affected with deep and sullen melan- choly), y Prescott refiere, tomándolas de un tes- tigo contemporáneo, numerosas pruebas de su ex- travagancia sospechosa (*). Bengenrothmismo, es- tablece terminantemente que «en los últimos años de su vida, se creía poseída de malos espíritus que le impedían ser buena». Se imaginaba que veía un gato despedazando las almas de su padre y de su esposo. Físicamente cayó en el estado de- plorable de una existencia casi embrutecida, y al- gunas veces quedaba en cama durante semanas y meses, y esa cama recibía todas las evacuaciones de su cuerpo sin que jamás se limpiara (2). (*) Prescott, Historia de los Reyes católicos. (2) Gustave Brngenroth, Memorial Skethc; W. C. Car- wright, M. P. Edimburg, 1870, citado por Ireland. Para conocer mejor el estado mental de Doña Juana y los pro- gresos de su enfermedad, véase las cartas que desde las Arcas escribió al Rey Católico el Obispo de Málaga, en 9 de Octubre de 1508 y que transcribe íntegras la Revista Catalana ya men- cionada. LA CASA DE AUSTRIA 557 Con este bagaje hereditario tan recargado había venido al mundo el emperador de Alemania. Á este respecto y como mayor aclaración del asunto debemos repetir las palabras de Schülle, que en ma- teria tan delicada es maestro consumado: «lo que somos lo debemos en mínima parte á nosotros mis- mos y en mucha mayor á nuestros ascendientes; nuestra vida ha comenzado en la vida psíqui- ca y física de todos ellos, y por su existencia cada uno de nosotros continúa esencialmente la historia de sus antepasados ». En la patología de la inteligencia, la herencia desempeña un papel de causa predisponente ó determinante, y este pa- trimonio misterioso, transmitido directamente por los colaterales á la primera ó á la segunda gene- ración, está representado por variedades infinitas que van desde las más simples particularidades (tics ó spleen) hasta la alteración profunda de la inteligencia en toda la familia (*). Á menudo la forma es la misma que en los ascendientes, se- gún el profesor de Illenau; es decir, que la melan- colía de los descendientes puede haber sido trans- mitida á la sucesión, como se ha visto en Carlos V, que recibió de Juana, su madre lipemaníaca, la profunda melancolía que dominaba su carácter. Otra circunstancia que agrava este proceso heredi- tario es, que la enfermedad de la madre tiene más influencia que la del padre, en la transmisión de (J) Schülle, Tratado, etc. 558 LA LOCURA EN LA HISTORIA los trastornos mentales sobre todo; hecho de obser- vación bien antiguo, pues ya Esquirol lo había establecido y Baillarger, Luys, etc., etc., confir- mado con datos igualmente abundantes. Todavía más: había en él convergencia de trans- misiones, lo que hacía el caso más sombrío, pues sus dos progenitores estaban, como se sabe, gra- vemente afectados, dando por resultado el cum- plimiento de esa ley que Morselli, el distinguido alienista de Turin, ha llamado con tanta razón de la mutuafecundación de los gérmenes (legge del- ta fecondazione mutua dei ger mi) y que consti- tuye, sin duda, el hímen fatal de los matrimonios consanguíneos (*). Todos estos individuos son en- fermos ab ovo; su existencia toda es de una natu- raleza especial y anormal. El desarrollo de la in- teligencia y del cuerpo es defectuoso y no sigue el paralelismo fisiológico. En cuanto á su terminación, la muerte prematura de la inteligencia los asecha por regla general (dementia precox) ó una pertu- bación mental durable de fisonomía y marcha par- ticulares termina con su vida (2). Las afecciones psíquicas bien determinadas « no son las únicas que se transmiten; las afecciones cerebrales, nerviosas y mentales pueden reem- plazar á aquellas en los descendientes. Puede su- ceder, así, que una generación afectada de per- 0) Morselli, Manuale di semejotica delle malattie men- tali, pág. 39. (*) Schülle, Traite clinique des maladies mentales, pág. 431. LA CASA DE AUSTRIA 559 turbación psíquica puramente, transmita á la otra su legado en forma de corea ó epilepsia, y ésta, á su vez, á la siguiente, el suyo, en la de melancolía ó de manía, etc. etc. ». Ejemplo clínico á lama- no: por una serie de transformaciones la lipema- nía de Juana la loca da la epilepsia de Carlos V y la locura de D. Sebastián, el estado mental de Felipe II reforzado por la anormalidad de su padre, y éste transmite su patrimonio de desagradable anormalidad mental, enlaforma ruidosa de la ma- nía probablemente epiléptica de D. Carlos, en la siguiente generación. Según las recientes investigaciones de Ball, Regis, Dejerine, Feré, etc., esas enfermedades imprimen un timbre patológico particular á la descendencia, que es preferentemente atacada por afecciones intelectivas, nerviosas y cere- brales, por el alcoholismo y la tisis pulmonar. En los descendientes de los paralíticos generales, la predisposición á las afecciones encefálicas es bien marcada por cierto, y cuando las perturbaciones psíquicas son simples, la diátesis vesánica se re- pite en los descendientes: los epilépticos como Carlos V transmiten á sus hijos una disposición marcadaátodas las afecciones cerebrales, tan fre- cuentes sobre todo en la primera infancia (!). Á me- nudo se ve que las tendencias vesánicas heredita- (a) Véase: Ball, Lecons sur les maladies mentales; Regís, Manuel pratique de médecine mentale; Schülle, Traite clini- que des maladies mentales. 560 LA LOCURA EN LA HISTORIA rías no se manifiestan sino en una edad relativa- mente avanzada en los psicópatas de esta catego- ría, y dice Feré en su Famille névropathique, que en muchas ocasiones sus aspectos y manifestacio- nes, hasta allí normales, no parecen revelar la exis- tencia de una predisposición de este género. Al- gunos alienistas reconocen la existencia de un grupo de estados mentales patológicos, general- mente asociados á estigmas de degeneración físi- ca, que encontraremos muy marcada en Carlos V, y cuyos lazos de parentesco revelados por la he- rencia, son de tal manera estrechos que se ha creído poder reunirlos en un grupo, bajo el nombre de locuras hereditarias (Feré, Morel, etc.). Los individuos en los cuales ellas se observan justifican, pues, bajo el punto de vista moral, la denominación de degenerados, que les ha sido aplicada. Los huesos de los miembros, los del cráneo sobre todo, los órganos de los sen- tidos, los órganos genitales, etc.. presentan di- versas anomalías de conformación que se han reunido bajo la denominación de estigmas físi- cos. Por otra parte, la importancia de este fac- tor hereditario bajo el punto de vista del sujeto que nos preocupa, es muy grande, pues hemos de ver más adelante de cómo la herencia reforzada siempre, agrava cada vez más el estado mental de la familia. No solamente engendran otros tipos mórbidos iguales al suyo, sino que en su descen- dencia se encuentran epilépticos, histéricos, tal vez LA CASA DE AUSTRIA 561 paralíticos generales, y quién sabe cuhitas afec- ciones orgánicas de la médula y del celebro que han pasado desapercibidas para la historia. La decadencia se acentúa cada vez más y^ como lo he- mos hecho notar no hace mucho, al hablar ád los padres de Carlos, la fatal influencia de h consan- guinidad vino á activar los efectos de una doble herencia mórbida y á precipitar laextincióu de la raza. Parecía que todos los elementos patológicos más graves se hubieran conjurado para conmover profunda y permanentemente el espíritu de aque coronado monje del Yuste. La gota con toda la secuela ineludible del artri- tismo, también había tomado posesión del pobre cuerpo del César, como una manifestación elo- cuente del misterioso lazo que la une á las pertur- baciones neuropáticas. Complicaciones nerviosas de toda especie son en ella frecuentes y ocupan en la sintomatología un lugar prominente, puesto que afectan la inteligencia, la motilidad y la sen- sibilidad general y especial. Charcot ha hecho no- tar que es frecuente encontrar allí formas análo- gas á las del reumatismo cerebral, el delirio agu- do, la locura y la cefalea Q). El artritismo que era la enfermedad constitucional de Carlos V (2) y el (') Garrod, edición francesa por Charcot y Olivier, París, 1867, pág. 582. (2) Quijada escribía á Valladolid: «Todo eso no hace sino incitar más su apetito y el proverbio dice: se cura la gota ta- pando la boca. Mignet dice: «La gota en efecto reapareció muy LOC. EN 1.1 HIST. 36 562 LA LOCURA EN LA HISTORIA nervosismo que ofrecía en él tan graves manifes- taciones, tienen entre si numerosos puntos de contacto aunque no se engendran mutua ni recí- procarnente.^Si comparamos cada uno de estos es- tados mórbidos, dice Dejerine, á un árbol de abundante ramaje, veremos fácilmente los puntos £n que algunas de esas ramas pasan de un árbol á otro 'estableciendo entre los dos troncos primiti- vos, lazos de estrecho parentesco. Continuando la comparación, puede decirse que ciertas ramas del árbol neuropatológico, están en conexión más . ó menos marcada con ramas del árbol del artri- tismo; mientras que otras salidas del mismo tronco nervioso afectan con las del artritismo, relaciones no menos íntimas (]). Lancereaux, pasando en revista las afecciones neuropáticas,que acompañan con tanta frecuencia las manifestaciones del herpetismo, es decir, del artritismo, teniendo en cuenta el predominio en pronto (en Carlos V) y desde el 27 de Diciembre al 4 de Ene- ro tuvo un ataque violento, etc. » (Carlos V, su abdicación, su estancia y muerte en el monasterio del Yuste, pág. 167) «...ator- mentado por el asma, sujeto á un flujo de sangre cuya repe- tición tan frecuente como incómoda le agotaba, sufriendo irri- taciones cutáneas en la mano derecha y en las piernas, canas en la cabeza y barba, etc.» (Mignet,id.id., pág. 39) «...no cesó de sentir dolores de cabeza que le obligaron en 1529, á cortar sus largos cabellos » (Id. pág. 38). «...y dos ó tres barberos para cuidar su gota si le ataca, vendar una llaga que tiene en el dedo meñique de la mano derecha y sus hemorroides» (Carta de Quijada á Vargas, citada por Mignet, pág. 139). (*) Dejerine, Vhérédité dans los maladies du systéme ner- veux; Lancereaux, L'herpétisme; Charcot, Maladies du sys- téme nerveux; Feré, Ncrvoux et arthritiques, 1888. LA CASA Dt -TUA 563 las fiebres de los accidentes i. .s en los her- péticos y considerando la he.'1 -'ía j la simetría délas lesiones cutáneas, llega ¿esta conclusión, probablemente prematura, según el autor de La fámille névropathique: que el herpetismo es el producto de perturbaciones de la inervación sen- sitiva, motora, mental, vaso-motora y que cons- tituye una neurisis compleja. Las alteracio- nes nerviosas son allí frecuentísimas y han fi- jado mucho la atención de los médicos. Pue- den manifestarse como síntomas premonitores del acceso de gota, ó permanecer independientes del ataque, mostrarse como fenómeno de la gota normal, abarticular; otros suceden, al contrario, al acceso gotoso, y se desarrollan de preferencia cuando la evolución articular ha sido perturbada, sea accidentalmente, por un enfriamiento súbito, sea por una intervención intempestiva (Feré). En- tre las neurosis que pueden algunas veces atribuir- se á la gota debe contarse la epilepsia. Casos de este género, dice Feré, han sido referidos por Van- Swieten, Lynch (*), Legrand du Saulle (2), Spen- cer Wells (3), sin embargo que para ellos la gota no trae con frecuencia afecciones convulsivas. Algunas veces las relaciones de la afección con- (l) Lynch, Some remarks on metástasis to the brain in gout and other diseases (Dublin guart journ. of med. sic 1856, 276). (2) Legrand du Saulle, Gazette des hópitaux, 1868, 31 oc- tubre. (3) Spencer Wkllb, Practica! obs. on gout and its complica- tions, London, 1854, pág. 126. 5(34 LA LO JRA N LA HISTORIA vulsiva con la o' » ha sido plenamente demos- trada por 1? desaparición de aquellas en el mo- mento en que se manifestaban los dolores arti- culares (!). Asi, pucis, tomo expresión inmediata de to- das estas combinaciones hereditarias fatales se nos presenta, ante todo, su epilepsia. Dice don Juan Ginés Sepúlveda, el elegante historiador de Carlos V, que la salud del César fué siempre mala y su juventud valetudinaria por padecimientos diversos y sobre todo por ciertos accesos nervio- sos que él clasifica francamente de « epilépticos » (et ab eo tempore comitialis morbo quo prius ten- tabatur liberatus est). Afines de 1518 y princi- pios de 1519 dos de esos ataques (2) le derribaron sin conocimiento, uno mientras jugaba á la pe- lota, otro mientras oía misa mayor en Zaragoza. « El último', que tuvo muchos testigos y que el embajador de Francia refería en un despacho á su f corte, le dejó muchas horas con la palidez de la muerte en su alterado semblante» (3). Mignet afirma también que « nunca tuvo una salud por (') Guibert, De la goutte et des maladies goutteusses, 1820; Tessier, Des crises d'épilepsie liées á Varthritisme, 1885.Véase también: Feré, La famille névropathique. C) Sepúlveda, vol. XXII, libro XXX, CXXXV, pág. 336. (3) « Jeudi dernier en oyant la grant messe, presonts beau- coup de gens, il (lo roí Charles ) tomba par terre ostant de genoulx et domoura cuydant qu'il feust mort, Vespace de ^ plus de deux heures, sans pousser et avoit les visages tou- tourné etfut emporté en sa chambre «... « il avoit été ma- lade une autre foys de mcsme sorte ». ( Depéche de la Roche Beaucourt). LA CASA VJQE AUSTRIA 565 completo buena y que en sn mtud había sen- tido accesos nerviosos que pí¡ •■-... vi ataques epi- lépticos» Q. J. AI. Guardia (Nédecine a travers les siécles) dice que era epiléptico, repitiendo sin duda lo que han dicho otros antes 'me el. Pres- cott, el severo historiador de los Reyes Católicos y de Felipe II, el marqués de Valparaíso, tan ve- rídico, Buckle, Gachard, Symons y todo aquel médico psiquiatra ó historiador que so, hay,) ocupado de tan interesante sujeto histórico, están de acuerdo sobre la epilepsia de Carlos V. Y aun cuando ellos no lo hubieran asegurado tan perentoriamente, bastaría para mí el conoci- miento de su genealogía y de su fisiología patoló- gica, en lo que á su cerebro y al resto de su orga- nismo se refiere, para que con algo más que la vehemente sospecha de Sepúlveda, diéramos por averiguado ese diagnóstico que se impone al me- nos avisado. Primeramente el célebre recluso de Yuste tenía en el cráneo muchos de esos estigmas degenera- tivos de que ya hemos hablado y que son tan co- munes en los epilépticos de cerebro inválido, como dice Shulle. Un disco cefálico pequeño y segu- ramente asimétrico, porque sus pómulos y las emi- nencias frontales ofrecían una sensible y viciosa implantación. La conformación defectuosa de la parte baja de su rostro se imponía al primer exa- (l) Mignet, Carlos V. Su residencia en Yuste. 566 LA LOCURA SLA HISTORIA mcn; lamandíb inferior demasiado ancha y larga sobresalía mucho de la superior: teniendo cerrada lá boca no podía juntar los dientes, que eran además pocos y malos O, lo que constituía otro estigma muy conocido (á). El intervalo que los separaba le impedía hacer oír el final de sus frases y mascar los alimentos; balbuceaba un poco y digería mal, y sin duda para atenuar al- gunos defectos de esa imperfección física y dar un sabor más agradable á lo que comía, usaba manjares muy salpimentados (3). Á la edad de diez y seis á diez y ocho años Carlos V tuvo por primera vez los ataques epi- lépticos; precisamente en esa edad en que se veri- fica una evolución en la base del cráneo. Las su- turas tan múltiples de la base, dice Laségue en sus conocidos Estudios médicos, se consolidan en masas ó por secciones. Es en el momento en que este trabajo se termina, época variable en el lí- mite de muchos años, que la conformación cra- neana se hace definitiva y fija, y es en el mismo periodo de la vida en que la epilepsia aparece : las conformaciones viciosas de los parietales, del occipital, de la bóveda, gozan de compensaciones bien conocidas, que anulan en todo ó en parte los (') Mignet, Carlos V, etc., pág. 36. (3) Véase Feré, loe, cit.; Dejerine, loe. cit. (3) Relazione di Gasparo Cantarini. Badobaro decía tam- bién en 1557 « nonpuo congiungere le denti e nelfiniré lepa- rolo non é ben inteso ». « Hx pochi denti dinange et fracidi » (Ms. de la Bibl. Nac, n° 10083, 2, 2, A, citado por Mignet). LA CASA DE AUSTRIA 567 efectos peligrosos. Pero no sucede lo mismo para los huesos que se refieren á la base y á la cara agrupados alrededor de los segmentos anteriores del agujero occipital, solidarios los unos délos otros y experimentando el contra-golpe, aun á distancia de sus variaciones de forma (*). La consolidación se efectúa en virtud de una ley fisiológica, sin perturbación ninguna de la salud que pueda interpretarse como una advertencia ó síntoma. Cuando es correcta, asegura la sime- tría del aparato óseo que concurre á la forma- ción de la base del cráneo; cuando es incorrecto se acusa por una asimetría (2), que era lo que pasaba sin duda en el cráneo poco armónico de Carlos V. Para que las deformaciones ten- gan un carácter positivo es menester que reper- cutan en los huesos de la cara, como sucedía en él, en cpiien se acusaban por desviaciones cier- tas, no sólo de la parte superior, sino también de la inferior en su machoire de cocodrile, que si bien podía recordar, como dice Michelet, la vigo- rosa raza inglesa, era científicamente considerada la más viva expresión de su degenerescencia (3). (') Laségue, Études medicales, tomo I, pág. 887. (.*) Laségue, Études medicales, loe. cit. (3) Por las asimetrías craneanas y faciales que tenía Carlos V, parecía ser su epilepsia por malformación del cráneo, forma que ha descrito tan magistralmente Laségue. Pero es incurable é indomable, pues una vez que comienzan sus acce- sos no se interrumpen jamás, según el mismo autor lo afirma, y la epilepsia de Carlos sólo se manifestó somáticamente por • dos ó tres ataques convulsivos, cesando completamente para 568 LA LOCURA EN LA HISTORIA Cuando los ataques convulsivos cesaron com- pletamente, ciertas dolencias de otro orden, pero de naturaleza nerviosa como sucede habitual- mente en este género de enfermos, vinieron como equivalentes epilépticos á reemplazarlos. Librado de la terrible enfermedad, después de su matri- monio con la infanta Isabel de Portugal, dice uno de sus historiógrafos, no cesó de sentir dolores de cabeza periódicos que le obligaron en 1529 á cortar sus largos cabellos. Más adelante cesaron las neuralgias y sobrevinieron los ataques de asma, que si bien pudieron ser manifestaciones de la gota, no es inverosímil que fuera uno de los tantos equivalentes epilépticos del aparato respi- ratorio. Después tuvo otros síntomas del mismo carácter, consistentes en vahídos, de índole igual- mente inequívoca C), delirio, amnesias y pa- roxismos, de cuya existencia y episodios no tenía recuerdo alguno cuando pasaban (2). Todos estos incidentes patológicos pueden se- guramente incluirse entre esas manifestaciones atípicas que el profesor Feré y otros han llamado con razón equivalentes del mal comicial. Llá- manse también succedáneos epilépticos á cierto número de sindromas sensitivos, viscerales y psí- quicos, cuyo parentesco con la epilepsia está de- manifestarse por determinaciones mentales. Así, pues, parece que sus deformaciones craneanas corresponden más á su ca- rácter de hereditario, que á otra cosa. (') Mignet, Carlos V, etc. (!) Mignet, Carlos V, etc, pág. 300. LA CASA DE AUSTRIA 569 mostrado por coexistir en el mismo individuo ó en la misma familia, su aspecto esencialmente pa- roxístico y el agotamiento de fuerzas que produ- cen después que se disipan. Buen número de ellos, agrega el médico de Bicétre, á quien seguimos, pueden ser considerados como accesos incomple- tos, limitándose, por ejemplo, á manifestaciones dolorosas ó convulsivas del aura; algunos presen- tan un conjunto sintomático idéntico al de ciertas afecciones orgánicas que podrían engañar al inex- perto si no tuviera presente las condiciones en que se producen (*). Esa era, pues, la significación real de muchas de sus dolencias, que no siempre dependían de la gota, como se ha pretendido, sino del mal caduco que domina y gobierna toda la naturaleza de Carlos. El muy exacto y concienzudo Claude Janet, di- ce Michelet en la Historia de Francia y á quien , debemos el bello retrato de Hopital y de muchos reyes, ha hecho también el de Carlos V. Allí se le ve armado completamente, menos la cabeza: «tiene el aspecto enflaquecido, gastado de un es- criba que ha vivido en un escritorio en la agita- ción femenina de la diplomacia. Discípulo de una mujer, empollado veinte años por Margarita que fué la intriga misma, lleva su sello y recuerda sus pasiones, dejando ver todavía una llama ner- viosa en sus ojos fatigados, un ligero pero mortal (') Cu. Feré, Les épilepsies, pág. 45. 570 LA LOCURA EN LA HISTORIA fuego de inextinguible ambición. Enfermo y tembloroso por la fiebre, entumecido-por la gota, no dejará por eso de ir más lejos, arrastrando sus huesos, de uno al otro polo, incomodando á la tierra con sus inquietudes, hasta que una malicia de la fortuna lo entierra en el convento de Yuste, entregado á la melancolía de Juana la loca y de Carlos el Temerario ». Dejaba una impresión desagradable su fisono- mía, que recuerda en cada rasgo todo el vigor malsano con que la herencia patológica lo había marcado, y ese vago tinte melancólico de su espí- ritu juvenil parecía demostrar prematuramente la abolladura del inquieto alienismo que más tarde había de desenvolverse con tan graves consecuen- cias para sí y para sus gobernados (J). Porque no es sólo la locura en sus más ex- i presivas y móviles manifestaciones conocidas la única que perturba é imposibilita al espíritu en sus más grandes funciones. También los esta- dos intermediarios, sus matices menos absen- ta Entre las complicaciones de la gota, la locura suele ser en estos cerebros predispuestos la más común. La forma que se observa más frecuentemente es la hipocondría, que puede llegar hasta el suicidio. Lorry, Garrod, han observado casos de locura que se habían manifestado consecutivamente á los accesos de gota, y muchos autores hacen mención de accesos de gota alternando con accesos de enajenación mental. Véase: Feré, Lafamille névropathique; Garrod, Traite de la goutte; Dagonet, Traite élémentaire et pratique des maladies men- tales, 1862; Berthier, Les névroses diathésiques, 1875; Rag- ner, Gouty insanity, tomo III, pág. 640; Peter Hood, A trea- tise of gout, rhumatisme and allied affections, London, 1871. LA CASA DE AUSTRIA 571 ros, más patológicos que normales sin embargo, imprimen al funcionamiento del cerebro un ca- chet peculiar que lo distingue de los otros, dando lugar á aquel conjunto de expresiones y defec- tos eme constituyen lo que llamamos su pato- logía mental, el carácter de los epilépticos, el es- tado mental de los histéricos, la mentalidad propia de los hereditarios. La epilepsia, dice Maximiliano Leidesdorf, pro- fesor de clínica psiquiátrica de Viena, se encuen- tra en cuádruples relaciones con la enajenación mental:primeramente puede surgir en el curso de ésta; segundo, pueden la epilepsia y la enaje- nación mental sustituirse recíprocamente, de ma- nera que por cierto tiempo, faltan en un epilépti- co sus accesos convulsivos, sustituidos por acce- sos de locura; cuando se suspenden éstos, vuel- ven aquellos nuevamente. Un caso interesantí- simo narra Hofímann, y Flemming refiere otro, en el cual la epilepsia cesó para siempre, una vez que apareció la enajenación mental Q); tercero, la enajenación se establece en el curso de la epi- lepsia, lo que constituye el caso más común; y cuarto, cuando todo el mal está constituido por la pura psicosis eppilettica de algunos autores italianos, que, como tal, se caracteriza por ciertos fenómenos propios del estado mental de los epi- lépticos, desarrollándose á menudo por efecto de (') Pathologie und therapie der psychosen, pág. 118, 1859. 572 LA LOCURA EN LA HISTORIA causas que otras veces producen también el mal comicial (*). Este es, poco más ó menos, nuestro caso, pues aunque Carlos V tuvo ataques convulsivos perfec- tamente averiguados, el mal caduco se caracteri- zaba por el estado mental peculiar de esos pobres enfermos, mucho más acentuado seguramente en los hereditarios. Todos estos hereditarios constituyen, como quiere Magnan y como ya lo hemos mencionado antes (capítulo III), una gran familia patológica netamente definida, de rasgos propios, que la dis- tinguen de todas las otras especies mórbidas. Así como en la parálisis general hay siempre un fondo de demencia dominante tan profundo, así también en los hereditarios todos los síntomas psíquicos reposan sobre un fondo especial de desequilibra- ción moral. Podría decirse que Carlos V no ne- cesitaba la epilepsia para ser desequilibrado. Bas- tábale la herencia. Porque los hereditarios dege- nerados, según el maestro de Santa-Ana, son los únicos neurópatas en los cuales se muéstrala desar- monía mental, y sobreesté terreno especiales que se desarrollan los episodios enfermizos, teniendo por base la obsesión, la impulsión ola inhibición; episodios de tal manera característicos, que ha podido la ciencia designarlos bajo el nombre de estigmas psíquicos de la locura hereditaria. Á su (') Maximiliano Leidesdorf, Trattato delle malattie men- tali. LA CASA DE AUSTRIA 573 vez los delirios tienen, como fácilmente se verá,, esbozados en Carlos, una fisonomía particular, y asi como en la parálisis general toman al fondo de demencia su carácter principal, así también en todos ellos los delirios tienen la instabilidad de su desequilibración particular unas veces, ó al contrario la tenacidad obsesiente de algunas de sus tendencias enfermizas (*). Para comprender el carácter de Carlos V, es menester fijarse bien en estos lincamientos que apuntamos y que dan el colorido y fijan el tem- peramento moral del famoso emperador, por el hecho bien elocuente de pertenecer al gru- po de hereditarios epilépticos que, como ya sa- bemos, tiene una psicología completamente es- pecial y genuina (2). Mal haríamos, por conse- cuencia, en aplicar á sus actos y designios los preceptos de la fisiología común. La Casa de Austria toda ofrece á la observación el curioso y variado teatro de una clínica hospitalaria: es un tratado de nosografía psiquiátrica de los más ricos y antiguos. Fijaos bien, y veréis que las cosas más grandes de ese grandioso neurópata, ya que no era de extrañar en su hijo que constituía un grado más en el camino de la desequilibración, se resienten de ese defecto que apuntaba Mag- nan. (l) Magnan, Recherches sur les centros nerveux, deuxiéme serie, 1893. (*) Véase el capítulo V, Torquemada. 574 LA LOCURA EN LA HISTORIA Carlos era un poco miope; tenía una anestesia ó cosa parecida del gusto que lo obligaba á tomar todo muy picante y condimentado, y cuando es- cuchaba necesitaba hacerse todo oídos para com- prender bien las cosas: el defecto hereditario de funcionamiento hacíase sensible inmediatamente en los aparatos sensoriales que llevan al cerebro la materia prima indispensable de la sensación, lo que hacía que aquél recibiera invertidas, per- vertidas ó cuando menos defectuosas las sensa- ciones del mundo externo, impidiéndole darse exacta cuenta de las cosas y apreciarlas con el criterio común de los normales. Los Austrias, y con más especialidad Carlos V, que es de todos ellos el hombre realmente genial, tenían en una visible desarmonía sus facultades mentales; mo- ralmente todos eran idiotas, algunos, como ese principe, pertenecían á los degenerados supe- riores que tienen las aptitudes particulares y parciales que nota Voisin en los imbéciles, lla- mados por él genios parciales. Facultades que pueden desarrollarse á un punto tal, que en cier- ta esfera hacen del individúe un ente realmente superior, lo que ha permitido, como sabéis, que autores muy conocidos afirmen que el genio no es otra cosa que una neurosis ! (*). Por eso muchas de las extrañas determinacio- nes que registra su vida, de las resoluciones atri- (') Dejerine, Uhérédité dans les maladies du systéme ner- veux; Moreau de Tours, Psychologie mórbido. LA CASA DE AUSTRIA 575 buidas á secretos y misteriosos designios, pueden explicarse y se explican sencillamente por sus na- turales impulsiones de epiléptico hereditario, sus obsesiones ó ideas fijas absurdas, los blocs in- completos de sus delirios incoherentes é incon- clusos que vemos desfilar en el kaleidoscopio dia- bólico de su psicología de comicial. Aquella masa encefálica, fatigada, debió recibir las enormes tareas del gobierno de España y del mundo, como un grave surménage que ponía á prueba la equivoca ductilidad de su naturaleza. El gobierno de tan colosal imperio era una de las causas ocasionales violentas que producen el estallido cuando se hacen sentir, siquiera tran- sitoriamenie, dentro de un cerebro predipuesto y sustraído á los preceptos de una buena higiene psicológica. Toda fatiga mental influye de una manera marcada en la mayor ó menor rapidez con que aparecen sus trastornos; por consecuencia, natural parece que si la fatiga cerebral se repite á menudo y se hace crónica, como en nuestro caso, los peligros se aumentan cada vez más: «los lazos que existen entre las representaciones diferentes comenzarán á debilitarse faltos de ejercicio y por consecuencia sus asociaciones se liarán cada vez más limitadas, de más en más raras y sus juicios cada vez más superficiales y estrechos». Es fácil comprender que en estas condiciones, pronto se ve una pérdida progresiva de la memoria, el debilitamiento general de todas las facidtades 576 LA LOCURA EN LA HISTORIA intelectuales, en una palabra, los fenómenos de un retroceso evidente (*). España, tan dividida por guerras civiles, tan convulsionada por creencias hostiles, había lle- gado en el curso de dos generaciones á una ex- tensión de poder colosal que traía aparejada una complicación lógica en el manejo de su administración y gobierno. La Navarra, el Por- tugal y el Rosellón estaban en su poder {■), y por la diplomacia ó por la fuerza de las armas obtuvo el Artois, el Franco-Condado, los Países Bajos, lo mismo que el Milanesado, Ñapóles, la Sicilia, la Cerdeña, las Islas Baleares y las Cana- rias. Carlos V era,al mismo tiempo empera- dor de Alemania, y Felipe II, su hijo, influía en los consejos de Inglaterra, con cuya reina se había casado: el poder délos turcos en un tiempo, uno de los más formidables del mundo, fué vencido y constituía otra de las tantas atenciones de los re- yes españoles (3). La Francia humillada, vencida y vigilada, y en América la administración detalla- dísima y meticulosa hasta el detalle nimio de la última Audiencia de aquellos inmensos territorios, que cubrían con sus silenciosas y soberbias soleda- des sesenta grados de latitud, comprendiendo los dos trópicos (4). El África, el Asia salpicada de í1) Marie Manaceine, Le surménage mental etc., etc. O Buckle, Civilización en Inglaterra, tomo 4o, pág. 42. (3) Buckle, loe. cit. (*) Buckle, loe. cit., tomo 4o, pág. 43. LA CASA DE AUSTRIA 577 dominios españoles, así como el Archipiélago de las Filipinas; en suma, la administración y el go- bierno del mundo entero metido bajo la estrecha cúpula de aquellos cráneos frágiles de los Austrias. La misma grandeza de la misión excepcional hacía que fuera más fácil y precipitada la caída de esas pobres cabezas, sujetas atan enormes presiones. El más normal de los cerebros hubiera estallado: suponed ahora cuáles serían los efectos sobre una alma extenuada por la herencia de tan terribles males acumulados. Á medida que todas las cau- sas ocasionales van actuando, es curioso ver cómo surgen y se caracterizan uno por uno, todos los li- ncamientos de la organización intelectiva especial del mal caduco. La misma tendencia á la unidad despótica del gobierno en las proporciones y en la extensión que la consumó Carlos V, era la consecuencia de su carácter epiléptico, la resultante déla disposi- ción moral patológica que los hace altaneros, alti- vos, querellantes y razonadores. Examinad tan caprichosa mentalidad en uno de aquellos epi- lépticos que sin ser aún bastantes locos para mere- cer una celda de reclusión, tienen, sin embargo, suficiente dosis de desequilibrio para constituir un intermediario y veréis cómo encontráis fá- cilmente la llave y el móvil de las acciones inex- plicables de ese monarca en cuya cabeza, según Michelet, se consumaba el acuerdo de tres locuras y de tres discordias con este aditamento terrible: LOC. BN LA niST. 37 578 LA LOCURA EN LA HISTORIA la melancolía sombría ele Juana la loca. Seme- jante psicosis crónica, que es una especie de ca- rácter epiléptico, existe, según la estimación de Weldermuth, en más de un veinte y cinco por ciento de aquellos enfermos que « cotoyent-ils tous, la frontiérede la folie» y se observa precisamente en las inteligencias que no están aún por completo dentro de la locura Q). La desaparición de los sentimientos altruis- tas y cierto matiz de moral insanity consti- tuyen un primer grado ele los más peligrosos; el segundo se revela en un estado moral descon- fiado, razonador y despótico eme los hace in- soportables en los asilos por sus tendencias á la tiranía. Al lado de antipatías patológicas, di- ce el clínico alienista de Illenau, tienen algunas veces ciertos momentos de benevolencia; más tar- de se creen observados, espiados, víctimas de las ironías de los otros. Las discordias que suscitan, las aventuras que emprenden y su incapacidad patológica para las ocupaciones de cierto orden los hace vagabundos, con ese vagabundaje incoercible en que vivió Carlos V durante todo su gobierno, sin parar un minuto en su reino á pesar de las so- licitudes de su pueblo y de sus Cortes (2). Es interesante hacer notar, como dice Schülle, la influencia que puede ejercer la situación so- cial de estos enfermos; si pertenecen á las clases (') Schülle, loe. cit., pág. 259. (») Schülle, Tratado clínico, 261. LA CASA DE AUSTRIA 579 inferiores de la sociedad, se hacen vagabundos y ladrones, buscados constantemente por la justicia. Si pertenecen á las clases más elevadas, son fan- farrones y vanos;, conciben proyectos insensa- tos por su grandeza, discuten sobre todo, ofre- ciendo el contraste ridículo de una ambición exce- siva con una pobreza efectiva de la inteligencia ó con una fragilidad visible déla misma Q). Nadie realizó como Carlos la concentración ex- tremosa del mando, después de la derrota de los comuneros y de las famosos germanias de Valen- cia, que iniciaron la decadencia de España « por más que el bélico lauro encubra por algún tiempo sus hondas desventuras ». Desde ese momento el más abominable despotismo hace hondo pie en la península; los adalides de la libertad, dice el conceptuoso autor de la Historia del levantamien- to de las Comunidades de Castilla, quedan con la nota de foragidos y facinerosos; y para figurar como clase, los altivos descendientes de los ricos- hombres de pendón y caldera y de los señores de horca y cuchillo, necesitan acogerse á la servi- dumbre de los palacios (2). Despotismo egoísta, mezclado á todas esas otras genialidades de here- ditario caprichoso que aislan al epiléptico porque u il ne peut s'entendre avec personne »; difícil pa- ra la vida diaria, movible, inconstante, siempre en (]) Schülle, loe. cit., pág. 262. (s) Antonio Ferrer del Rio, Historia del levantamiento de las Comunidades de Castilla, pág. 340. 580 LA LOCURA EN LA HISTORIA guerra con su ambiente; « difficile á vivre », según la expresión ya citada de Falret (x). Tal era, en dos palabras, el famoso vencedor de Pavía. Dice Marandon de Montyel que estos enfermos y los circulares, son los que en los asilos tienen una reputación más detestable (2); su profunda perver- sión moral se descubre inmediatamente que se les trata, y tienen por los demás el más altivo desprecio, una pretensiosa y megalomaníaca su- perioridad, una soberbia altanera y tiránica para los otros enfermos. Como que ambos poseen un fondo evidente de degeneración, la locura circular y la epilepsia, desarrollan en el individuo paciente la parte mala, perversa déla naturaleza humana, produciendo ese estado de exaltación siniestra en que todo es maldad, odio, violencia, y, cu- riosa circunstancia que ya hemos apuntado en el capítulo III, religiosidad y misticismo exal- tado (3). Todo ese amasijo caótico y algo más todavía, constituía, con más ó menos diferencias cuantitati- vas, la cerebralidad peculiar de Carlos de Gante. Quería el despotismo, la concentración del poder, porque tenía el alma unitaria y centralista del epi- léptico. O Schülle, Traite clinique des maladies mentales, pág. 353. C) Marandon de Montyel, Contribution á Vétudo médico- legal de la folie circulaire, etc. (Annales d'hygiéne publique et de médecine légale de 1892). (3) E. Regís, Manuel pratique de médecine mentale. LA CASA DE AUSTRIA 581 » ¿ Será simple casualidad, acaso, que todos esos grandes delirantes del poder, César, Napoleón, Pedro el Grande, Rosas, etc., etc., que fueron va- ciados en el mismo molde, fueran epilépticos? ¿Déspotas porque eran epilépticos?... ¿ó es que la asociación fortuita de las dos circunstancias nos sugiere tan engañosa consecuencia? No lo creo, porque penetrando en la textura íntima de orga- nizaciones tan confusas, fácilmente se descubre la filiación de su morbosidad oculta bajo la aparente serenidad de la razón. Detrás de la augusta lum- bre de su genio, chilla y gesticula el comicial im- pulsivo que no exterioriza sus convulsiones con la frecuencia ordinaria, porque bajo otra forma circulan violentas en la íntima y secreta fibra de su pensamiento. No hay más que seguir, dice el maestro incomparable de Los orígenes de la Francia contemporánea, la marcha lenta de la sonda, para tantear la capa fisiológica en eme el equilibrio normal de las facultades y de los senti- mientos se halla invertido y trastornado. Por eso se le ha llamado larvada, psíquica, mental á tan terrible huésped de la inteligencia, que le comu- nica su vértigo y la consume con su letalidad. Nada puede distraerlos de la atención minuciosa que aportan á los actos de su vida y que da carácter á su egoísmo monstruoso. Si se les opone alguna negativa «ó seles hace resistencia,inmediatamente se creerán en presencia de enemigos, de los cuales tratan de desembarazarse por todos los medios po- 582 LA LOCURA EN LA HISTORIA sibles; no se preocupan ni atienden los consejos de los que los rodean, desde el momento que estos con- sejos no satisfagan sus deseos». Su persona es la única digna de interés, porque los demás hombres apenas si tienen el derecho de la existencia (*). Saint, hablando de esto mismo, piensa que toda la fenomenología del epiléptico está reunida en ese egoísmo, en esa comprensión egocéntrica del ambiente, que lo desprende del mundo y lo aleja de los hombres en alas de su huraña mi- santropía. Y agrega que la continua atención que se presta á sí mismo y «la irritabilidad nerviosa que en él tiene caracteres más graves que en otros enfermos, hace á su sensorio más accesible á toda especie de percepciones anor- males ». Hay todavía en otra faz del espíritu de Carlos V otra masa de sombras que dan más relieve á su organización moral anómala. La clemencia, la necesidad sensitiva de perdo- nar, ese impulso tan humano y tan tierno no ca- lentó jamás su alma de inquisidor. La severidad tiene en él las proporciones dañosas de los arre- batos y de las venganzas inusitadas de los epilép- ticos. Aun cuando como primer galardón de sus servicios y en momentos solemnes de la historia pidan los proceres españoles más calificados mise- ricordia en favor de los exceptuados del burlesco (*) Schülle, Traite clinique des maladies mentales. LA CASA DE AUSTRIA 583 indulto á los fautores del movimiento de las co- munidades, él nada concede porque no compren- de el perdón (*). No importa que desde el pulpito y en el confesonario procuren inclinarle á la cle- mencia fray Antonio de Guevara y fray García Loaisa, que abandonaron su celda, continúa Ferrer del Río, para sacarle vencedor contra las comu- nidades. Sin que se interrumpan estas honorí- ficas instancias corren los días, vuelan los años, sobrevienen sucesos felices y la sed de castigos nunca se le apaga. Ni aun permite que una mis- ma losa cubra los restos inanimados de Juan de Padilla y Da María Pacheco, ni que el hermano del ilustre capitán de Toledo entre en posesión de su mayorazgo á pesar de haber lidiado contra su familia en el ejército de la nobleza y de tener en su favor las sentencias de los tribunales (2). Uno en pos de otro bajan al sepulcro los que es- tuvieron en las alteraciones de las comunidades castellanas, «los vencidos sin misericordia, los vencedores sin recompensa; aquellos perseguidos, estos olvidados ». Uno de los magnates de más nota, agrega el mismo historiador, el conde de Haro, jefe en Villalar de los imperiales, sobre- vive para asistir años después á las exequias del procerato en las Cortes de Toledo, de donde se le expulsa por haber solicitado lo mismo que de- (l) Historia del levantamiento de las Comunidades. (*) Ferrer del Río, Historia del levantamiento de las Comunidades de Castilla, pág. 340. 584 LA LOCURA EN LA HISTORIA mandaba el pueblo á los principios de aquel cala- mitoso reinado, primero en tono de suplica y des- pués por la fuerza de las armas (*). Los primeros actos de la vida del joven prin- cipe tienen ya ese sello indeleble: sus dos trata- dos con la Francia y contra sus dos abuelos nada menos. Ya se sentía allí, ha dicho un historiador francés, un espíritu demasiado libre de todos los sentimientos de la naturaleza. En el primero (1515), desconfiando de Fernando, lo abandona y se empeña en no socorrerlo si en el término de seis meses no ha entregado la Navarra; en el segundo (1516), encuentra bien que Francis- co I, para defender la Venecia, haga la guerra á Maximiliano (2). Porque á su preparación na- tiva, hereditaria, agrégase como un suplemento excesivo ya, la educación de De Chievres que «inculcaba en el alma de su discípulo aquella alta cualidad política, la frialdad de un corazón seco, extraño á los sentimientos de un hombre (!). Ilnefautpas s'étonner siparfois le cerveau leur tinte, dice Michelet, y agrega que le inspira piedad profunda la cabeza que debe soportar todo eso. Cabeza flamenca, felizmente, pero que á pesar de todo, á pesar de que allí las cosas llegan calmé, páli, démi-éteint, la vieja savia COnta- tO Ferrer del Río, Historia del levantamiento de las Comunidades de Castilla, pág. 340. (*) Michelet, Histoire de France, tomo IX, pág. 382. (3) Michelet, Histoire de France, tomo IX, pág. 383. LA CASA DE AUSTRIA 585 minada de los Austrias la altera hasta la demen- cia precoz. Y en efecto, algunas veces ese cerebro tiene con- mociones de otro orden más concreto que revelan con mayor carácter aún la acción morbígena del legado familial. Los confusos contornos de un delirio de las grandezas se abre paso por entre el cúmulo de abreviaciones degenerativas que ba- raja su cerebro. Ese sueño de un imperio universal está con- taminado por las deficiencias ele sus anomalías congénitas: no hay propiamente plan ni principio alguno á que responda la gran pesadilla, porque obedece simplemente á impulsos de ambulatorios perfectamente peculiares y ya previstos. El impe- rio de Alejandro, continúa Michelet, tuvo un sen- tido : «la centralización del espíritu griego se ha- bía verificado en la ciencia, en esa lengua única, tan poderoso instrumento de análisis; el discí- pulo de Aristóteles la llevó por toda la redondez de la tierra fundando en Alejandría la centrali- zación de los dioses. El imperio romano también tuvo un sentido, una explicación; no humilló las naciones vencidas sino imponiéndoles un derecho superior, y ios dioses vencidos no bajaron su cer- viz sino ante la majestad de un Dios más grande: la Ley, la Razón en la Ley». ¿Cuál fué el sentido, «la razón de ser de ese nuevo imperio que surge en el siglo xvi, del caos enorme de reinos que la política de familia, la intriga de los matrimonios, 586 LA LOCURA EN LA HISTORIA han arrojado péle-méle en la cuna de Carlos V ? (J) ¿ Cuál es su personalidad y quién es él para que la tierra entera se postre á su paso? ¿Es acaso el verdadero César antiguo? ¿ Es por ventura el César feudal, el falso y blondo César de los si- glos xn y xiii?»... Ni lo uno, ni lo otro. Es « mucho menos que eso, ni siquiera el rey bastardo, el extravagante andrójino moderno que llamamos constitucional». Carlos V no responde á ninguna de las tres hipótesis (2) porque obe- decía á otras causas más íntimas. Los dictados y exigencias de esa conciencia firme y altanera, pero sin plan ni propósito, del delirante megalomaníaco que se cree llamado á una elevada misión, conmovían su cerebro en una época peligrosa de la vida. Carlos de Aus- tria no era seguramente un megalomaníaco en el sentido estricto del concepto, pero tenía las ideas de grandeza que juntas y persistiendo por cierto tiempo, constituyen casi un cuerpo de de- lirio; que surgen tan fácilmente y con contor- nos morbosos tan caracterizados en la cabeza propiciada del degenerado, sobre todo en los epilépticos, en los mismos perseguidos, en los histéricos y en los melancólicos, imprimiendo su cachet peculiar á la inteligencia. En casi todos los miembros de la casa de Austria como en el delirio C) Michelet, Histoire de France, tomo IX, pág. 341. (2) Michelet, Histoire de France, tomo IX, pág. 341. LA CASA DE AUSTRIA 587 crónico de Magnan, en el cual las ideas de gran- deza constituyen todo el segundo período, han sobrevenido generalmente, en la época en que el pensamiento comienza á perder su vitalidad, en que la resistencia del cerebro se encuentra ya dis- minuida por la edad, por la duración de la vesa- nia ó por cualquier otra causa. « Fuera del delirio crónico se observan tam- bién ideas de grandeza, dicen Magnan y Se- rieux, « en los individuos en quienes la inteligen- cia está originariamente maculada (degenerados) ó bien en las personas cuyo nivel mental baja por los progresos de la enfermedad; en los paralíticos generales, en los alcoholistas crónicos, los in- termitentes, los melancólicos, etc., etc. Podría decirse que esas ideas son un signo sospechoso de demencia, de decaimiento mental, cuando menos; parecen los últimos esfuerzos de un espíritu próximo á extinguirse en la demencia». Schülle, que es todo un maestro en esta materia tan difícil, dice estudiando las complicaciones del delirio de las persecuciones por el delirio ambi- cioso, que las ideas de grandeza predominan á me- dida que el debilitamiento psíquico aumenta: «este nuevo período, agrega, es el signo de un decaimiento intelectual definitivo: el santo,-el pro- feta, con todos sus gloriosos atributos, se encami- nan hacia la demencia progresiva y definitiva » (*). (J) Schülle, Traite clinique des maladies mentales. 588 LA LOCURA EN LA HISTORIA Á medida que avanza en edad y en enfermedad Carlos de Gante, aumenta en ambiciones y en el afán agresivo de conquista: no puede ya estar quieto en ninguna parte, como si á la agitación de su megalomanía incoherente se agregara ese se- creto empuje eme arroja al epiléptico en las deam- bulaciones que determinan sus viajes y excursio- nes inconscientes. No oye ni el consejo de sus generales expertos ni las conveniencias políticas, ni siquiera las ele- mentales nociones de buena estrategia. La cam- paña de 1536 contra el Rey de Francia, empren- dida, aguijoneado por esos impulsos batalladores y contra « el parecer y consejo de sus mejores ge- nerales, tuvo tan desgraciado éxito » (*) y cometió Carlos tales errores que parecían más bien adrede sus derrotas. Contra esa misma opinión y conse- jos de sus mejores tenientes, agrega D. Modesto Lafuente, determinó y ejecutó en 1541 su expe- dición á Argel, cuyo éxito desastroso causó tanto pavor en toda España : no importaba que la Lom- bardía quedara expuesta á una invasión del Rey de Francia, que se miraba como inminente ; que desde Italia estuviera en aptitud « de acudir al francés ó al turco », adonde más conviniere y que abandonar la Italia por ir á Argel equivaliera á dejar el reino de su hermano en manos del Sul- tán. í1) Lafuente, Historia de España, tomo VIII, pág. 364. LA CASA DE AUSTRIA 589 Todas esas y otras consideraciones de igual valor no eran parte para calmar su espíritu, alejar su idea fija, acallar aquel plan de con- quista que no borraban de su mente ni las sesu- das consideraciones de Andrea Doria... Ya no era allí el gran emperador, el famoso capitán de otros tiempos: estaba sin duda decadente su inteligencia, y esa clemencia de que es pródromo casi seguro la aparición de las ideas de grandeza, se insinuaba en su gran espíritu y la huida á Yuste golpeaba con más fuerza que antes su cerebro valetudinario. El pueblo fatigado, el tesoro agotado, la indus- tria empobrecida, él mismo achacoso y envejecido ¿ no eran circunstancias bastantes poderosas para calmarlo? La nación entera pedía al soberano que cesaran tantas aventuras extravagantes, « que suspendiera las guerras que traía y que residiera en el reino, porque sólo así se moderarían los gastos y volvería la tranquilidad al espíritu pú- blico, que de otra manera todos los brazos ó esta- mentos del reino, porque á todos competía, acor- darían de común asentimiento el remedio que más conviniera para desempeñar su patrimonio y cu- brir sus deudas» (*). Lejos de esto, « el monarca contestó presen- tando al estamento otro papel recomendando despachasen brevemente lo de la sisa: insistió (') Modesto Lafuente, Historia general de España. 590 LA LOCURA EN LA HISTORIA de nuevo en su negativa el pueblo, hasta que por fin el Io de Febrero de 1539 el cardenal de Toledo intimó á los proceres que S. M. Im- perial declaraba disueltas las Cortes ». Desde en- tonces, dice la Historia general de España, no volvieron á ser llamados á corte los grandes seño- res y caballeros, dando en tierra con la única institución que fuera de las municipales, con- servaba la tradición del gobierno libre en la pe- nínsula. Las ideas especiales de grandeza en esa forma patológica, insinúan sus raíces profundas en toda la individualidad del enfermo y toman un ca- rácter especial en la naturaleza de cada uno (*): las ideas ambiciosas más ó menos ridiculas depen- den de la instrucción recibida y todas ellas tienen orígenes múltiples, ya sean deducidas lógicamen- te, ya se presenten como una inspiración súbita: á menudo son tomadas de la historia (2). Cuando la inteligencia está hereditariamente tocada, co- mo en el caso cuya psicología estamos estudiando, y exista ó no la combinación del delirio de las grandezas y del delirio de las persecuciones, el de- bilitamiento psíquico, cree el profesor de psicpiia- tria clínica de la Universidad de Berlín, aparece manifiesto á través del brillante cúmulo de con- cepciones delirantes y de la conducta misteriosa (l) Schülle, Traite clinique des maladies mentales, pág. 460. C) Schülle, loe. cit. LA CASA DE AUSTRIA 591 del enfermo. En los manicomios son ellos los principes y emperadores que reclaman con insis- tencia sus dorados andrajos y su corona, que re- ciben todos los días sacos llenos de plata, que tie- nen millones de soldados y que consienten sin em- bargo en trabajar en la huerta del asilo, satisfe- chos de su grandeza y de su genealogía. Fuera de allí, en el mundo real, los pacientes de la dolorosa comedia son los reyes verdaderos, los príncipes de las dinastías, contaminados por las neuropatías peculiares que traducen sus obsesiones delirantes de grandeza en el inmenso y variadí- simo campo de su teatro político. Porque es me- nester no olvidar, para apreciar bien esa diferen- cia, que « ciertos enfermos pueden disimular sus ideas delirantes, las que sólo comunican á ciertas y determinadas personas dándoles una aparien- cia completamente normal»^) «y que semejan- tes enfermos apenas aparecen anormales al públi- co aun cuando están continuamente presa de su delirio expansivo... » (2). Todos los historiadores contemporáneos se ma- nifiestan asombrados por la naturaleza extraña y fuera de toda proporción humana de la ambi- ción de Carlos V. Du Bellay la pinta en estos términos: «desea no sólo la humillación de los turcos, sino también la de todos los príncipes, de (') Schülle, Traite clinique des maladies mentales, pág. 461. (s) Schülle, loe. cit. 592 LA LOCURA EN LA HISTORIA cualquier clase que sean, con tal que de ello resultara su grandeza» (1). Si el gran emperador, dice Brantome, hubiese tenido la vida por cien años, sanos y útiles, hubiese sido el verdadero azo- te del mundo, según era de ambicioso. No había, como dice Michelet, tal propósito de monarquía universal, no había plan político ninguno, eran simplemente empujes delirantes de grandeza que traducían su alma anormal de neurópata heredi- tario. El grave Robertson (2) declara que la opinión de que Carlos había formado el proyecto de una monarquía universal, no tiene fundamento. Vol- taire (3) no ve más que una quimera en esta idea de monarquía universal; la conducta misma del emperador, dice, le da un continuo mentís. En la dieta de Worms (1521), bien se ve que tenía una idea realmente morbosa de su dig- nidad imperial. El joven emperador, cuenta Laurent (4), recordó la antigua grandeza del im- perio, «.casitoda la tierra había sido sometida á sus leyes y Dios mismo parecía haber consa- grado su dominación ». Marchando debajo de un riquísimo palio de oro que llevaban los doctores de aquella célebre universidad, vestidos de roza- gantes ropas de seda, recibiéronle el obispo, el cle- O Du Bellay, Memorias, citado por Laurent, Historia de la humanidad. (2) Robertson, Historia de Carlos V, libro XII. (3) Voltaire, Ensayos sobre las costumbres, c. 74. (*) Laurent, Historia déla humanidad. LA CASA DE AUSTRIA 593 ro, el senado, los magistrados, toda la nobleza y juventud de Bolonia, con trajes de gran gala; con- dujéronle procesionalmente hasta la catedral, á la puerta de la cual se había erigido un estrado riquí- simamente tapizado, en cuyas gradas se hallaban sentados los cardenales y obispos^)... Ideas ambiciosas de una acentuada índole mór- bida, pero comprimidas y subterráneas, por un influjo de conciencia bastante poderoso aún y de razón suficiente, que siempre vela en la mente de estos neurópatas mientras no están por completo perdidos dentro de la locura declarada; ideas de grandeza que aún en los locos mismos se disimu- lan y se ocultan con cierta discreción salvadora: «illuiarrive de g arder pour lid ses révesdegran- deurs et de richesses », dicen Falret y Doutre- bent (2). Flaubert decía que «todo notario tenía sueños de Sultán », y agrega en alguna parte de su bella Éducation sentimentale: «Frédéric trou- (J) Lafuente, Historia general de España, tomo VIII, pág. 95. (s) «.La transformation á laquelle nous faisons allusion pourrait passer inapercue si elle n'était recherchée avec soin. Ccttc dissimulation des conceptions delirantes ambitieuses, est des plus importantes á connaítre: il m'est arrivé tres sou. vent, dit Mr. Falret, de connaítre pendant tres longtemps Vexistence du delire d'orguoil chez los persécutés chroniqucs, memo chez ceux avec lesquols j'ai vécu intimement pendant plusieurs annéos, etcen'est que tres tardivement que j'ai pu arrioor á constater ce delire de grandeurs, qui oxistait depuis tres longtemps chez eux á Vétat latent... Ilfaut une circons- tari'-e accidentclle ou un heureux hasard, pour que la méde- cine arrice á en découvrir chez eux Vexistence». Magnan et SiiitiEUX, Delire chronique (Encyclopédie scientifique, pág. 95). LOC. EN LA HIST. 38 594 LA LOCURA EN LA HISTORIA vait que le bonheur méritépar Vexcellence de son ame tardait a venir». Pero en los que como en este monarca, tienen una marcada tradición mor- bosa para los desarreglos mentales, un cerebro timbrado, esas ideas afectan proporciones de otro orden más grave, sin ser todavía el ruidoso deli- rio de la periencefalitis crónica difusa. El medio ha hecho mucho para darle un carácter peculiar alas ideas de grandeza de Carlos V; su po- sición excepcionalmente elevada al mismo tiempo que tentaba la predisposición hereditaria, no per- mitía que aspiraciones delirantes se manifesta- ran en la forma vulgar del alienado ambicioso co- mún; no podía delirar con ser lo que ya era, rey, emperador, pontífice; su megalomanía partía des- de esa elevada cumbre en donde se hallaba hacia otros horizontes, y quería ser dominador del mun- do entero, arbitro de la Europa y de toda la tie- rra poblada, domador y amo del Sultán; tener ba- jo su cetro al África civilizada, al Nuevo Mundo; todas las razas y todos los climas, el Oriente y el Occidente; en suma, ser actor exclusivo en la tra- gedia inmensa que desempeñaban multitud de millones de hombres, en el enorme teatro de sus dominios sin límites. Aquello era, diremos así, la mise en action de su delirio. Esa fu«í la gran desgracia de España, el secreto de su decadencia lenta, elaborada dentro del cráneo macabro y anormal de una dinastía de poseídos y de idiotas morales. Á la acumulación de tan dila- LA CASA DE AUSTRIA 595 tados, remotos y esparcidos dominios se agregaba la ingénita inaptitud de los Austria para el gobier- no, la dificultad de su conservación, la necesidad y el afán de guerrear en todas partes y de mante- ner en pie numerosos ejércitos; tantas y tan gi- gantescas empresas soñadas en sus pesadillas de loco y el ostentoso aparato del emperador y de su corte, necesariamente habían de ocasionar dis- pendios que no alcanzaban á sufragar ni las ren- tas de la corona, ni los sacrificios de los pueblos, ni los arroyos de oro que vinieran del Nuevo Mundo 0). Después de ese período de grandezas y de sue- ños exaltados, Carlos V decae aún más y de una manera rápida y visible; su nivel mental des- ciende, la memoria se debilita y su actividad intelectual, como su concepción del mundo ex- terior se hace confusa, tal cual sucede en ma- yor escala en el último período del delirio crónico. La determinación de Carlos V de abdicar y reti- rarse á un convento en la aparente plenitud de la vida, ¿ no era acaso producto de ese decaimiento agregado á la natural tendencia mística, á la exal- tación morbosa propia délos epilépticos, que ya hemos estudiado en Torquemada ? Seguramente. Porque dentro de una psicología normal, dentro de una inteligencia que funciona con la serena quietud de la vida fisiológica no (') Lafuente, Historia general do España, tomo III, pág. 329. 596 LA LOCURA EN LA HISTORIA cabe una resolución semejante sin obedecer á la perturDación íntima, permanente de la enfer- medad. El fervor religioso excepcional de Carlos V, que por el hecho mismo de ser morboso ha contribui- do más que el de Isabel á la decadencia de Espa- ña, víctima del fanatismo y de otras anomalías de sus reyes, tenía caracteres tan genuinos del mal caduco, que parece científicamente pueril abun- dar en otras pruebas. ¿Volvéremos á recorrer aún, so pena de incurrir en repeticiones, la ca- suística interminable llena de observación y de talento que han acumulado Tonnini, Lombroso, Legrand du Saulle, Kraft-Ebing, etc., etc.? Sería reproducir el mismo cliché, el mismísimo molde de superstición peculiarísima en que está como vaciada el alma profundamente melancólica del vencedor de Túnez. No tiene seguramente la in- tensa pasión del padre Torquemada, su extraño y enorme fervor, pero su religiosidad impregnada de la superstición de la época y de los lúgubres y característicos tintes de la devoción epiléptica, contamina multitud de sus actos políticos. Para que fuera aún más genuina, tenía sus épo- cas, sus accesos, que coincidían con las agravacio- nes frecuentes de sus dolencias físicas y morales. Habia veces en que ese fervor casi accesual afectaba formas feroces: entonces ese gran espíritu, á pesar de todas sus abolladuras, descendía hasta las pro- porciones mediocres de un fraile vulgar y perseguía LA CASA DE AUSTRIA 597 los herejes, fomentaba la hoguera y daba pábulo á los avances inquisitoriales, como no lo hubiera hecho mejor el más imbécil de sus descendientes. Así se ve que en 1546, coincidiendo con el aumen- to de sus graves males, trató de sujetar al partido protestante de Alemania y de volverle á la obe- diencia 0). Por mucho tiempo lo había aplazado, no obstante su espíritu de dominación y su ar- diente catolicismo, dice Mignet. Carlos era un cristiano fervoroso y practicaba la antigua religión con una piedad sumisa y escrupulosa. Oía varias misas cada día y comulgaba en las principales fiestas del año Q). Consagraba más de una hora todas las mañanas ala meditación religiosa y hasta había él mismo compuesto oraciones, según afir- ma Sandoval; él, un espíritu férreo y nada dulce, que no manifestó jamás ninguno de los sentimien- tos tiernos que dan su carácter de superioridad zoológica al alma humana; que era inclemente y hasta feroz, que era frío ó indiferente á ciertos afectos elementales, sentía sin embargo la dulce atracción que el espíritu enfermo y decadente de los epilépticos experimenta porla religión, y que constituye, ya lo hemos dicho, la nota más reve- ladora y constante de su mentalidad... La lectura del Antiguo y Nuevo Testamento y la poesía de los Salmos que embelesaba tanto su imaginación y tocaba su alma, constituían su lec- (') Mignet, Carlos V, pág. 38. (*) Sepúlveda, vol. II, libro XXX, pág. 528. r 598 LA LOCURA EN LA HISTORIA tura favorita 0). La magnificencia de las ceremo- nias religiosas, «la conmovedora grandeza del sa- crificio expiatorio en la misa, la música mezclada al rezo, la belleza de las artes realzando la auste- ridad del dogma, el poder misericordioso de la Iglesia socorriendo con la absolución, tranquili- zando con la penitencia la debilidad del hombre y la ansiedad del cristiano» hablaban á su alma co- mo hablan siempre, por una secreta atracción que aún no ha explicado la fisiología patológica, al es- píritu eternamente quejumbroso del epiléptico. El mismo contraste de las dulces sensaciones que encuentran en su extraviado misticismo y la feroci- dad en los delitos, la dureza de su corazón en otras circunstancias de la vida, estaba también palpi- tante en la sensibilidad moral de Carlos de Gante. Es una inclinación mística comprobada por to- dos y á la cual se le ha buscado explicaciones, en mi concepto pueriles, como la de que sintién- dose desgraciado por la incurabilidad y los des- agradables episodios que constituyen la parte vi- sible de su mal, buscan en la religión un con- suelo que les niega la ciencia. Cierto es que hay un fondo de profunda tristeza en su alma, esa tristeza y melancolía que Carlos V mani- festó más ó menos visiblemente en toda su vi- da; pero no parece un resultado de la concien- (*) Mignet, Carlos V, pág. 40. Cartas de Malinaius, sobre la vida íntima de Carlos V, publicadas por el barón de Rei- ñemberg. LA CASA DE AUSTRIA 599 cia de su grave mal sino un síntoma propio de la enfermedad en el orden mental, como la convulsión es un síntoma en el orden físico. ¿Para qué exten- dernos más sobre este punto, que hemos agota- do en el capítulo destinado al padre fundador del Santo Oficio, demostrando en la amplitud de nuestras fuerzas el carácter epiléptico de sus pa- siones diabólicas? Por otra parte ¿por qué había de ser tan since- ramente religiosa, á veces tan dulce y tiernamen- te mística esa alma de bronce que ofrecía en esta faz femenil un contraste tan visible y chocante con el resto de su organización sensitiva? El conjunto de las facultades morales es siempre armónico en el alma humana; cuando hay un contraste tan brusco, cuando el flujo y reflujo del sentimiento tiene estas bifurcaciones tan opuestas, esta espe- cie de cohabitación tolerada de dos almas que en el cerebro normal se repudian; finalmente, cuando un mecanismo mental, como ese, escapa á las le- yes de la fisiología, por más que se quiera forzar la lógica para meterlo dentro, uno tiene que recu- rrir indefectiblemente á la patología mental y den- tro de ella á esa cruel neurosis que Carlos V tenía tangible hasta en los estigmas indelebles de su ca- ra deforme. Cráneo de epiléptico, alma de epilép- tico, de los pies ala cabeza: allí está la llave de to- da la psicología singular que burla hasta las in- fluencias del medio y de la educación en que se había hecho hombre, demostrando que hay algo 600 LA LOCURA EN LA HISTORIA superior á los agentes externos déla vida, algo in- terno, orgánico, ineludible, en suma, aquella ma- sa de tormenta que venía acumulando la Casa de Austria desde Carlos el Temerario. Si Carlos V no hubiera sido un hereditario, mejor dicho, si no hubiera sido epiléptico, mucho menos, seguramente, hubiera tenido que lamentar España y la libertad del mundo entero, todos los excesos que son la consecuencia de la religiosidad y de sus otras expresiones comiciales. Dos de sus principales guerras, tal vez las más trascendentales, fueron dos guerras religiosas. En la guerra « contra la Alemania defendió la Iglesia contra las innovaciones, y la batalla de Muhlberg redujo tanto á los príncipes protestantes, que re- tardó por algún tiempo los progresos de la re- forma (*). En otra gran guerra, campeón del cris- tianismo contra el mahometismo, terminó lo eme su abuelo había comenzado. Carlos derrotó y arrojó del Este á los mahometanos, de la misma manera que Fernando los había arrojado del Oes- te; la derrota de los Turcos delante de Viena fué en el siglo xvi lo que la derrota de los árabes delante de Granada en el siglo xv ». Todo eso podría ser, como dice Buckle, obe- diencia á la tendencia de su siglo y del país en donde vivió, pero la manera y el calor con que (') Buckle, Civilización en Inglaterra, tomo IV, pág. 24. Véase también: Prescott, Historia de Felipe II; Davies, His- tory of Holland; Mariana, Historia de España. LA CASA DE AUSTRIA 601 se obedece á las tendencias y el procedimiento y celo con que se ponen en práctica, así como los re- finamientos y la forma que se emplean pertenecen seguramente « aux vices et au tempérament par- ticulier du maitre », á esas mismas causas ocultas de que habla el conocido historiador inglés, que obran sobre el individuo y lo arrastran en su ca- rrera. Carlos V, que sentía bajo la acción de la mú- sica y de la pompa de las ceremonias sagradas ine- fables y tiernas sensaciones, como todos los co- miciales dotados de su peculiar sensiblería, era, como ellos, feroz ó insaciable en la aplicación del tormento y de la muerte á los herejes y luteranos. Aunque su fanatismo no tenía las exteriorida- des solemnes y lúgubres del de su hijo, revestía en cambio por su intensidad las formas brutales del acceso morboso, la precipitada ejecución de ese grande acceso delirante de los epilépticos que sucede en general á una serie de ataques ó que puede producirse después de un simple vértigo ó aun en el intervalo de los accidentes convulsivos. Esa accesualidad de su misticismo se manifies- ta con las alternativas de intensidad, ya mediocre como cuando se alia á los príncipes protestantes , ya violento como cuando castiga á Gante y de- rrama á torrentes la sangre de los Países Bajos. « El celo con el cual combatió por la fe aparece en sus esfuerzos contra la herejía de los holandeses. Según las autoridades contemporáneas, muy com- petentes, cincuenta á cien mil personas fueron 602 LA LOCURA EN LA HISTORIA condenadas á muerte y ejecutadas bajo su reino en Nerlandia y por sus opiniones religiosas: y en- tre 1520 y 1550 publicó una serie de leyes que te- nían por objeto hacer decapitar, quemar vivos y enterrar vivos también á todos los que estuvieren convictos de herejía » (a). Las penalidades eran variadas y « se aplicaban según los casos, pero tenían la obligación de apli- car la pena capital contra todo individuo que hu- biera comprado un libro contaminado por la he- rejía, lo mismo que contra aquel que lo hubiere vendido ó tomado solamente para su uso particu- lar» (2). El último consejo que dirigió á su hijo estaba en armonía con estas medidas y con esas tendencias que fueron agravándose con la edad: algunos dias antes de su muerte firmó un codicilo á su testamento recomendándole de no tener com- pasión ni gracia con los herejes, de matarlos y de velar por el mantenimiento de la Santa Inqui- sición, única capaz de verificar una obra tan loable (3). La Santa Inquisición, «como oficio Santo, de- cía en una carta célebre, y puesta por los reyes católicos nuestros señores y abuelos á honra de Dios nuestro Señor y de nuestra santa fe católica tengo firme y entrañablemente asentado y fij'a- (l) Buckle, Civilización, tomo IV, pág. 24. (2) Prescott, Historia do Felipe II; Motley, Historia de la Revolución de los Países Bajos; Davies, History of Holland; Buckle, Historia de la civilización de Inglaterra. (3j Buckle, loe. cit. LA CASA DE AUSTRIA 603 do en mi corazón para la mandar favorecer y hon- rar, como principe justo y temoroso de Dios es obligado y debe hacer », « sin excepción de perso- na alguna, ni admitir ruegos, ni tener respetos á persona alguna; porque para el efecto de ello favorezca y mande favorecer al Santo Oficio de la Inquisición ». La difusión de las ideas luteranas en España causaban en el espíritu de Carlos verdadero espan- to, ira y profunda aflicción en su inolvidable Re- tiro : cmiso que se castigara con el más exage- rado rigor á los que se habían dejado sorpren- der (J), y en su recomendación, severa hasta la crueldad, se adivina, no al político español que no quería que alentasen disidencias en el seno del Estado, ni al católico ardiente que miraba con horror la herejía, como afirma Mignet, sino al es- píritu insano que expresaba bajo esa forma su dese- quilibrio atávico. La fisiología patológica del mal caduco con sus determinaciones morales é intelectuales explica, repetimos, muchos misterios déla vida de ese gran monarca; lo mismo que la de Torquemada, ese otro no menos grande monarca que tanto mal ha hecho. Y ese mismo conocimiento nos servirá para afir- mar, contra la opinión respetable de Mignet, que hubo funerales en vida ó algo parecido, que hubo alguna ceremonia suficientemente lúgubre (l) Mignet, Carlos V, etc., etc., pág. 319. 604 LA LOCURA EN LA HISTORIA y extravagante que satisfaciera las exigencias ac- tuales de sus vivos accesos de supersticiosa devo- ción tan patognomónicos. Con el espíritu quebrantado por los dolores y las penurias de sus enfermedades corporales y con esa progresiva demencia que se insinuaba en su cerebro con las exaltaciones deprimentes de la megalomanía bien equívoca por cierto, según ya hemos dicho al hablar en este mismo capítulo del valor demencial de las ideas de grandeza; con el espíritu quebrantado, decíamos, César caído pero todavía omnipotente, entró en el modesto retiro de Yuste á arrastrar la existencia vegetativa de sus últimos años. Viejo, encorvado por la senilidad prematura de un artritismo tan incurable como invasor, con la cabeza bruñida por su alopecia de cóndor, las cejas peladas, las orejas separadas y enormes, Carlos V parecía la imagen de la decre- pitud hasta por la pérdida de ese brillo felino de sus hermosos ojos de los veinte años. Todas las calidades que habían hecho su grande- za, se iban atrofiando con una marcha lenta pero progresiva: tenía decaimientos y ausencias que re- velan la pausada pero segura invasión de la demen- cia, á pesar de que al parecer seguía de una manera activa el desenvolvimiento de los acontecimientos políticos. Pero la acción se resentía de su pobreza intelectiva; la dirección y el consejo eran insegu- ros, titubeantes, casi tímidos : su devoción pare- cía exaltarse, y era más agresiva ó intransigente LA CASA DE AUSTRIA 605 que antes, seguramente más lúgubre y sombría, como que estaba, diremos así, sombreada por el desfallecimiento que experimentaban sus faculta- des morales y su cuerpo, del cual podía decirse que no « dejaba á la podredumbre de la tumba sino la mitad de su tarea». Mordido de tiempo atrás por el gusano de ese reblandecimiento, había dejado de ser el genio de la guerra que en otros tiempos encerrara en el hueco de su mano todo el poder de la Europa entera. El Gran turco, Solimán el magnífico, se hallaba en posesión de la mayor parte de la Hungría y equipaba una flota pronta á meter la proa hacia Ñapóles de acuerdo con el Papa y la Francia (Histoire du Duc d'Albe, tomo Io, pág. 369). El infiel, el protestante y la Santa Sede, se habían así ligado para aprovechar de su decrepitud pre- matura y voltearlo de su alta cumbre, porque ya no contaba con la fiera actitud del antiguo conquis- tador (*). Su estado mental explica sus caídas y nos da la clave de su abstención final. Nacido en el siglo, encontrábase á los cincuenta años usado y decrépito. Cuarenta años de una glotonería sin ejemplo habían hecho su obra. En efecto, su cuerpo no era sino una triste ruina, invadido por la gota, con todas sus secuelas de asma, dispepsia, grávela y perturbaciones morales, y además de sus habituales erupciones cutáneas (') Motlev, Révolution des Pays-Bas, tomo I, pág. 199. 606 LA LOCURA EN LA HISTORIA crónicas, estaba tullido del cuello, de los brazos y de las manos (*). Los cuatro solemnes autos de fe celebrados con tanta pompa en Valladolid el 21 de Mayo de 1559 ante la Regente Da Juana, el infante D. Carlos y toda la Corte; el del 2 de Octubre del mismo año ante D. Felipe II; el de Sevilla el 24 de Diciembre de 1559; el de 22 de Di- ciembre de 1560 ante el clero y la nobleza de Andalucía, fueron preparados y arreglados por él, desde su triste retiro., aunque todas esas terri- bles ejecuciones religiosas que su fanatismo le exigía no pudieron ser contempladas por sus pro- pios ojos (2). En el último tiempo, «invertía las horas de cada día y de cada noche antes de levantarse hasta des- (') Motley, loe. cit., tomo I, pág. 199. Dice Forneron lo siguiente hablando de la decrepitud de Carlos V: «No tenía sin embargo más que cincuenta años; pero los hombres de guerra envejecían presto en el siglo xvi: los excesos de fatigas durante las campañas ó los viajes y la privación com- pleta, ó poco menos, de higiene, gastaban rápidamente los temperamentos más robustos. Francisco I y Claudio de Guisa estaban decrépitos á los cincuenta años ; Brisac á los cin- cuenta y siete quebrantado de achaques, sólo arrastraba días de doliente ancianidad. Hubiérase podido creer que Carlos V se eximiera de esta ley como el condestable Montmorency por el vigor de su constitución; pero desde la edad de treinta años comenzó á molestarle la gota, cuyos ataques se hicieron luego más frecuentes y le obligaron á permanecer encerrado, á negarse á dar audiencias y á mirar con repugnancia la más ligera aplicación á cosas serias. Hasta hubo de estar una vez nueve meses sin poder firmar, lo que revelaba una gran pos- tración intelectual.» Véase Sepúlveda, tomo II, pág. 528 y 537, Matrite, 1780. (2) Mignet, Carlos V en Yuste, pág. 327. LA CASA DE AUSTRIA 607 pues de acostado en una ocupación nó interrumpida de oraciones, misas, sermones, pláticas doctrinales y religiosas, procesiones, confesiones ypenitencias que no era posible le quedara lugar para ninguna especie de distracciones ni de negocios. Macerá- base el cuerpo, dice, y se azotaba hasta el punto de gastar los ramales de las disciplinas que heredó su hijo » (l). Y como si no fueran bastantes, añade otro historiador del coronado habitador del mo- nasterio, estos actos de mortificación perturbando cada día más el espíritu, la inquietud, la descon- fianza y el terror que acompañan á la superstición, concibió una de las ideas más originales y ex- trañas que haya podido inspirar jamás el fa- natismo á una imaginación desordenada y dé- bil r2). En mi concepto, las razones que da Mignet para negar la ceremonia extravagante del funeral á que alude Robertson y muchos otros historiadores, son perfectamente pueriles. Dice Mignet que los delicados negocios que trataba Carlos V en el momento señalado por los frailes á esos funerales y sus incesantes ocupaciones eran muy propios para apartarlo de tan extraño capricho, que sólo hubiera podido inspirar una imaginación des- ocupada. Pero olvida precisamente que las ocu- paciones exclusivamente religiosas daban pábulo á su imaginación epiléptica, para tanta extra- vagancia, que no distaba mucho por su índole de (J) Sandoval, Historia de la vida del Emperador en Yuste. (*) Robertson, Historia de Carlos V, tomo 2o. 608 LA LOCURA EN LA HISTORIA las penitencias crueles y caprichosas que se apli- caba en la larga serie de sus suplicios; por otra parte, se trataba de un enfermo de la mente que obedecía en sus voliciones y afectos á las leyes que presiden á las enfermedades y no á las «que legislan el cerebro normal. Aquel famoso epiléptico seguía los impulsos de su religiosidad sombría y caprichosa. Cual- quiera que sea la ocupación de un dipsomanía- co, la preocupación de su inteligencia, cuando viene el acceso, obedece dócilmente al imperio de su bárbaro impulso, aun cuando dependiera de su tranquilidad de espíritu el bienestar del mundo entero, tal cual sucede con los transpor- tes morbosos de un maníaco, ó con los accesos incontrastables de una de esas epilepsias larvadas. Esa ceremonia tiene indudablemente el mismí- simo sello, el imborrable timbre de las aluci- naciones horrorosas que asaltan el cerebro de aquellos enfermos: trasciende en toda ella su naturaleza comicial hasta por la misma singu- laridad. Nadie siente, ve, entiende ó gusta cosas más bizarras, sensaciones más depravadas que ellos (a). He conocido casos, dice Hirt, profesor de la Uni- versidad de Breslau en su Tratado de las enfer- medades nerviosas, en que el enfermo creía encon- trarse en medio de un océano de luz, una claridad O Virchow's Archiv., 102, 3, 1885. LA CASA DE AUSTRIA 609 intensa lo rodeaba, efectos luminosos resplande- cientes herían su mirada; otros, al contrario, que se creían hundidos en las profundas tinieblas, que una obscuridad impenetrable los circundaba, que impresiones extrañas y extraordinarias asaltaban su cabeza ('). Heinemann, otro maestro en esta materia (Virchows Archiv., 1885), describe también con gran acopio de ejemplos las auras sensoriales, todas estas alucinaciones tan desagra- dables y terroríficas peculiares de la mentalidad de semejantes enfermos. Ahora bien; suponed á ese gran espíritu de naturaleza epiléptica tan acentuada, y con el misticismo propio de su idio- sincrasia, sumido en aquella España inquisito- rial del siglo xvi, en un convento entristecido por un clima sombrío, y decidme si no es verosímil, indudable la tradicional conseja de sus funera- les. Por otra parte, ya hemos visto que en edad re- lativamente temprana de su vida y sobre todo du- rante su residencia en Yuste, su decadencia men- tal se había apresurado de una manera rápida : la circulación cerebral verosímilmente alterada por el quebrantamiento artrítico de sus arterias, debía nutrir incompletamente aquellas células, ya de suyo frágiles por razones hereditarias; si á eso se agregan las causas poderosas de empo- brecimiento intelectual que ya mencionamos, no (*) Véase: Louls Hirt, Pathologie et thérapoutique des maladies du systéme nerveux, etc. LOC. EN LA HIST. H 39 610 LA LOCURA EN LA HISTORIA es, pues, aventurado pensar que el cerebro entrara fácilmente en semejante orden de ideas. El célebre penitente era propiamente un ani- mal entonces. Habíasele desarrollado una vo- racidad increíble, innoble; parecía que toda la atención estaba concentrada en la cocina y en su estómago. Comía mucho y bebía más; sólo pe- día manjares excitantes, como arenques, pescados salados y salsas de ajo, y le faltaban fuerza y áni- mo para entregarse á ejercicios saludables que le habrían devuelto algún vigor; Mathys, su médico, deploraba estos excesos y escribía sobre ellos á Felipe II, diciéndole: « que por falta de usó, desa- parecían casi en la vida de la celda todas sus fun- ciones corporales. Es raro el día, agregaba, que el emperador anda quince ó veinte pasos; el resto del tiempo va en litera » (*). Comía con exceso y luego se quedaba dormi- do. « El inglés Rogerio Ashan, que asistió en otro tiempo auna de sus comidas, quedóse sorprendido de lo que comía y sobre todo de lo que bebía » (2): vaca cocida, carnero asado, liebre al horno, capo- nes aderezados, nada rechazó el emperador. Cinco veces, dice Ashan, hundió su cabeza en el vaso, y cada una no bebió menos de un cuartillo de galón de vino del Rhin (3). Van Male, el ayuda de cáma- ra, ha pintado después un cuadro lleno de gracia. (*) Cartas de Mathys á Felipe II, de P de Abril. (*) Mignet, Carlos V, pág. 65. (3) Works of Roger Ashan, London, 1861. LA CASA DE AUSTRIA 611 Asi se fué perdiendo y descendiendo esa extra- ña organización, apagándose en las sombras de su caducidad prematura de artrítico y epiléptico; el germen de su fatal herencia roía su alma y su cuerpo desde la edad de 16 años, y el genio del héroe de Túnez y de Pavía había muerto aplasta- do por el hijo legítimo déla loca de Tordesillas. Cuando Carlos comía así y se arrastraba pesa- damente con las articulaciones deformadas y enmohecidas por el reumatismo incurable de sus antecesores, ya el hombre con sus nobles atributos había huido... sólo, quedaba la bestia voraz é indi- ferente, y la decadencia de la grande y gloriosa España de otros tiempos empezaba á espantar al mundo porla rapidez con que iniciaba su marcha. Don Felipe II esperaba su turno para continuarla. CAPÍTULO II FELIPE II. — SU FANATISMO RELIGIOSO Y SUS PERSECUCIONES Sumario : Acumulación de la herencia patológica en el cere- bro de Felipe II.— Su aspecto físico, su temperamento.—Sus caracteres de hereditario.— ¿ Era Felipe un simple delincuente ó un delirante religioso?—Caracteres mentales que hacen sospechar un delirio.—Su misantropía. —Influencia de su educación y del medio.— Patogenia y evolución del delirio religioso.— De cómo la Inquisición favorece en la pubertad el desarrollo de su delirio. — Sus persecuciones en los Paí- ses Bajos y en España impiden la difusión de la Reforma por razones que explica la psicología mórbida.— ¿Cuál fué el pro- cedimiento mental de Felipe II para resistirla? — Impenetra- bilidad del cerebro español á la Reforma.—¿Por qué?—Es- fuerzos de los heterodoxos españoles. — La casa de Austria y el fanatismo de España. — Decaimiento mental de Felipe II. — Su demencia.— Su muerte. Vengamos ahora al hijo. Ya hemos visto en el capítulo que precede cómo era el padre, física y moralmente. Siquiera en él había calidades de orden somático que en medio de sus deformida- des, le dábanlas exterioridades viriles de su sexo. Carlos V tenía en sus buenos tiempos una con- 614 LA LOCURA EN LA HISTORIA textura atlética y bien proporcionada: anchas las espaldas, de potente busto, talla esbelta y piernas y brazos musculosos. En el campo de batalla ha- bía llenado siempre sus deberes como capitán y como soldado, y además tenía, entre otras cosas, un conjunto de maneras singularmente felices que, como dice el autor de La révolution des Pays- Bas du XVF siécle, lo hacían casi popular entre sus gobernados. Hablaba el alemán, el español, el italiano, el francés y el flamenco, tomando con suma habilidad á cada uno de estos pueblos sus rasgos más característicos con éxito tan feliz y con tanta aisance como hablaba sus idiomas. Así, era ceremonioso con los españoles, «familiar con los flamencos, espiritual con los italianos, y mataba un toro en la arena como corría la sortija entre los señores flamencos, ó mezclado á los artesanos de Anvers, volteaba un pájaro de un golpe de arco, y se embriagaba con cerveza espumante, lanzando groseros y picantes dicharachos en fraternal com- pañía con los paisanos de Brabant» (*). Era, pues, gracias á ese conjunto de grandes calidades que, según Motley, sus graves crímenes contra Dios y contra los hombres, contra la religión y contra las garantías individuales aseguradas por las car- tas constitucionales y por juramentos solemnes, le fueron perdonados por la complacencia de sus contemporáneos; como si la opresión fuera más C) Motley, Histoire de la révolution des Pays-Bas, 164. FELIPE II 615 tolerable cuando el tirano es un lingüista acabado ó un batallador perfecto (*). Pero su hijo representaba en el cuerpo y en el espíritu un tramo más en la escala de la degene- ración con que tan rápidamente iba descendiendo la histórica dinastía. Felipe era flaco, medio raquítico y muy por debajo de la talla media; sus piernas delgadas, el pecho estrecho y el aspecto reservado y tí- mido de un hombre habitualmente enfermizo: « e distatura piccolo e membri minutti», decía Badovaro, y agregaba que «la sua comples- sione era flemática et malanconica» ('). Cuan- do hizo su primer visita á sus tías las reinas Eleonora y María, que estaban acostumbradas á contemplar aquellos esbeltos cuerpos de los flamencos y alemanes, les pareció tan débil y tan raquítico que tuvo, « para ganar sus favo- res y borrar tan mala impresión, que mostrarse en algunos torneos donde su éxito fué bastante problemático por cierto ». Cuenta Cabrera en la Vida de Felipe II, rey de España, que su cuer- po no era sino una jaula humana, corta y estre- cha, « pero que por más breve y más estrecha no la habita ánimo á cuyo vuelo sea pequeña la re- dondez del cielo ». El mismo escritor en su forza- da admiración, agrega que su aspecto parecía tan (:) Motley, loe. cit, 164. (*) Relazione del illustrissimo Fode. Badovaro, ambasciato- re de la Serni. Rep. Venetiana. 616 LA LOCURA EN LA HISTORIA respetable, que los paisanos « que ni le conocieron ni vieron en compañía e solo en una selva », se in- clinaron ante la solemne majestad de su persona con una veneración instintiva (1). Sin ser tan feo y de tan grotesco aspecto como su padre, era, sin embargo, su imagen viva: « l'ste- ssa imagine e intinto dell' Imperatore suo padre», dice Micheli; teniendo como él la frente revelado- ra, el ojo azulejo, y la misma nariz aquilina, si bien mejor proporcionada. En la parte baja, es decir, en la mandíbula inferior se reproducía aquel elocuente estigma hereditario, la deformidad bourguignone que su padre llevaba en la cara co- mo recuerdo prominente de su atavismo: « el la- bio disotto grosso », «eltinte del rostro pálido, el cabello rubio casi colorado y escaso, su barba cor- ta y puntiaguda, con una apariencia flamenca por sus tintes fisionómicos claros, pero de una esta- tura y discreción general, española más bien» (2). Tal era la impresión que producía en el obser- vador ese aspecto extraño del hombre que tenía en su mano los destinos de la mitad del globo, cu- ya voluntad soberana decidía de la suerte de mi- llones de hombres repartidos en la superficie de Europa y América (3) y eme iba á tener una in- fluencia tan funesta en el desarrollo de la libertad religiosa del mundo entero. (*) Cabrera, Vida do Felipe II (Motley, 146). C) Badovaro, citado por Motley, 147. (3) Motley, pág. 148. FELIPE II 617 Todo se junta en esa desgraciada familia para hacerla tan terriblemente anormal. Todas las teo- rías sobre la enajenación mental hereditaria se dan cita allí, y todas encuentran algún hecho, al- gún argumento en su favor, en la larga genealogía de sus miembros. Escudriñadlos siquiera superfi- cialmente y veréis que las encontráis á todas jus- tificadas con su ejemplo vivo: la influencia here- ditaria de los padres (Falret, etc.), el estado de ellos en el momento de la concepción y sobre la cual insiste particularmente Christian; las afeccio- nes desarrolladas durante la vida fetal, que para Bouchereau tienen tanta importancia, y por fin las enfermedades de la primera infancia de que pade- cieron Carlos V, Felipe II y su mismo hijo, natu- raleza enfermiza y valetudinaria desde el claustro materno. Felipe era sólo un eslabón. En él continúa el vicio hereditario de la casa de Absburgo, ma- nifestándose con sus graves caracteres de re- forzamiento. Él es, si cabe, aún más hereditario eme su padre, como tenía que suceder, si bien no poseía como aquél los estigmas físicos tan visi- bles y tan difundidos en su cuerpo. En cambio el estado mental anómalo de los hereditarios, su constitución neuropática peculiar con las señales psíquicas acentuadas, se ven mucho más carga- das que en Carlos de Gante; la ley del acelera- miento en la transmisión hereditaria (legge delV acceleramento nella trasmissione ereditaria, Mor- 618 LA LOCURA EN LA HISTORIA selli), en virtud de la cual los gérmenes mor- bosos tienden á desarrollarse con más precocidad en cada generación, se cumplía fatalmente en ese príncipe como en el resto de los descen- dientes. Esta ley domina todo el mundo orgánico; la on- togenia es la recapitulación de la filogenia, y aun en las familias infectadas de gérmenes morbosos se observa que estos no sólo crecen en intensidad en cada generación, sino que concluyen por desarro- llarse durante las primeras fases de la evolución individual. Así se explica porqué el último grado de la degeneración hereditaria esté caracterizado por formas psicopáticas congénitas, como el idio- tismo, la imbecilidad, la locura mor'al, la paranoia originaria (*). La malignidad del virus heredita- rio, como dice Schülle, parece aumentarse de una generación á otra, como la virulencia de la sangre en la septicemia. Ese grupo psico-patológico tan curioso, dentro del cual Felipe tenía un lugar prominente, mani- fiesta rasgos especiales sobre los cuales hemos insistido tanto, porque explican muchos actos de aquel célebre soñador solitario. Todos sus miem- bros están ligados por lazos indisolubles, y aun cuando, como decíamos no ha mucho, no compro- bemos en su cuerpo lesiones anatómicas definidas, existen modificaciones funcionales de la misma C) Morselli, Manualo di semejotica delle malattic men- tali. FELIPE II 619 naturaleza que los junta: el fenómeno saliente es la desequilibración mental. Hay individuos inte- ligentes, eruditos, desempeñando funciones im- portantes en la sociedad, cuya ausencia completa de sentido moral sorprende; son, dice Magnan, á quien copiamos estos datos, genios, bajo el punto de vista intelectual, ó idiotas bajo el punto de vista moral. Ahí está Carlos de Gante, como ejemplo elo- cuente de esta observación del maestro (*), y en otro teatro y bajo otro clima esa grande y podero- sísima inteligencia de Lord Bacon, moralmente el más idiota de los cerebros humanos, el tipo más acabado de tan considerable desequilibrio. En otros, al contrario, de moralidad elevada, tienen una inteligencia que ofrece profundas lagunas para el cálculo, la música ó las artes, y sus cen- tros perceptivos son desigualmente aptos para re- coger todas las impresiones que, ó no se registran regularmente, ó no dejan en la mente una imagen durable (2). Hay un tercer grupo, todavía, que comprende los individuos que al estado ordinario son bien ponderados, inteligentes y morales, pero en los cuales, bajóla influencia de'la menor fatiga, apare- ce la desequilibración con sus defectos intelectua- les y morales. El hecho de que Felipe II haya si- do quien fué, por la casualidad de su nacimiento (*) Magnan, Recherchcs sur los contres ncrveuxs, etc, París, 1893, deuxiéme serie. (*) Magnan, ibid. 620 LA LOCURA EN LA HISTORIA y por calidades dudosas de cierto orden, aunque no las geniales con que lo viste la imaginación am- biciosa de los españoles, no obsta, seguramente, á que tuviera toda la serie de perturbaciones y ano- malías que le atribuye la ciencia. Un hereditario « puede ser un sabio de los más distinguidos, un gran artista, un matemático, un gran político ó un administrador hábil, y sin em- bargo, presentar bajo el punto de vista moral, de- fectos profundos, extravagancias extrañas, perver- siones sorprendentes, y como el lado moral, los sentimientos y las inclinaciones son la base de nuestras determinaciones, se sigue de aquí que, frecuentemente, facultades brillantes se ponen al servicio de una mala causa, es decir, de instintos, de apetitos y de sentimientos enfermizos que de- bido á los desfallecimientos de la voluntad pueden empujar al enfermo á cometer actos extravagantes y hasta peligrosos » ('). Felipe II era, pues,, un hereditario averiguado en plena degenerescencia de evolución: el medio tan propicio para el desenvolvimiento de los gér- menes que tenia dentro, facilitó su marcha, abre- viando el tiempo y haciendo doblemente graves sus explosiones y sus efectos, pero sin crear nada; circunstancia sobre la que es menester insistir pa- ra desvanecer la sugestión de las teorías erróneas O Magnan, op. cit. pág. 116; Kraft-Ebing, Lehrbuch der psychiatrie auf Kliniclwr Grundlage, 3 vol. in 8, Stuttgart, 1879-80. FELIPE II 621 por su absolutismo exclusivo, del medio, la época, que como el horror al vacío de los antiguos, pretendía explicar diferentes problemas de física. La vieja interpretación de la impotencia de que todas esas cosas extrañas de la historia dependían exclusivamente de la época y de la sociedad ó el medio en que se vivía, si bien es en cierto punto aceptable, no lo es del todo cuando se trata de aplicarlo como panacea al esclarecimiento de to- dos los fenómenos históricos. Indudablemente cada cerebro se desarolla según el varío combinarse y asociarse de dos factores importantes, uno de los cuales es la organización hereditaria transmitida por las generaciones pre- cedentes, y el otro la influencia del medio entre el cual estamos obligados á transcurrir nuestra exis- tencia H. Pero éste, aun con sus influencias se- cundarias, «provenientes del ambiente físico, ét- nico, social y aun de aquel más moderno que lla- mamos pedadógico y dirigido á la cultura de los sentimientos y de la inteligencia », no pudo, sin el primero, producir todo ese complicado andamio de anomalías y graves desarmonías mentales derra- madas á manos llenas en todos los miembros de la dinastía austríaca. Es, pues, menester, que semejantes elemen- tos de organización transmisibles, lentamente acu- mulados, proporcionen al medio la madera con (J) Moselli, Semejotica, pág. 17. 622 LA LOCURA EN LA HISTORIA que se ha de hacer un Felipe II; porque si esos males se desarrollan con ó sin medio adecuado cuando hay aquella pesada carga y apenas una causa leve lo solicita, con mayor razón se des- envolverán rápidamente cuando una educación y un ambiente social y doméstico como el que rodeaba áese principe, llenan condiciones tan pro- picias. El germen le venía de sus antecesores; la forma de su desarmonía (ó locura) se la dio el medio, si bien hay que hacer notar que, como sucede en ciertos casos, la transmisión heredita- ria se hacía de Carlos V á su hijo, cumpliendo la ley de equivalencia, es decir, que en Felipe II la epilepsia de su padre se manifestaba bajo la forma de exaltación religiosa, que, como sabemos por haberlo repetido muchas veces, constituye una característica notable de la psicología del mal co- micial. Es asi también cómo una neuralgia de los ascen- dientes puede convertirse en una convulsión dolo- rosa epileptiforme en los descendientes, ó bien el padre estar sujeto ácongestiones de diversa índole, y el hijo morir de apoplegía i1). El rey de España no recibió como legado paternal la epilepsia convulsiva, sino la epilepsia religiosa, es decir, aquella religiosidad que en la mentalidad del mal caduco domina todo el campo; de la misma ma- nera que el hijo de un paralítico general puede no O Schülle, loe. cit., pág. 410. FELIPE II 623 heredarla in totum sino bajo la forma de una ten- dencia marcada alas congestiones cerebrales. Por otra parte, la educación defectuosa y pe- culiar que recibiera, aparte de ser formalista y pe- dante, fué escasa y favorable para el fomento de sus tendencias mentales morbosas; en extremo abandonada y restringida. En una época en que todos los reyes y todos los grandes señores cono- cían muchas lenguas, él no hablaba sino el idio- ma español 0), aun cuando tenía un ligero tinte del francés y del italiano, que leía con alguna faci- lidad. Había estudiado un poco de historia y de geografía, y se le atribuye gusto para la pintura, la arquitectura y la escultura, pues, como dice Motley, para no haber tenido el sentimiento de las artes, sería necesario que hubiera sido un monstruo (2). Nacer en los comienzos del siglo xvi, ser rey y « poseer por derecho de nacimiento la España, la Italia y los Países Bajos, y no tener en el alma una chispa del fuego sagrado, un hom- bre que llenó de llamas esos bendecidos países, en su edad de oro, verdaderamente sería algo ex- traordinario » (3). Triste y destinada á morir joven como todas las reinas de España, la emperatriz Isabel, dice For- neron en su Historia de Felipe II, se rodeó con su hijo de un severo ceremonial. Vivía recluida (l) Micheli y Badovaro, citados por Motley, pág. 199. (*) Motley, loe. cit., pág. 200. (3) Motley, loe. cit., pág. 200. 624 LA LOCURA EN LA HISTORIA en medio de algunas damas, sentadas á media luz, las cuales no se hablaban palabra y consagraban largas horas á la oración (1). Exigía que su hijo estuviese rodeado de todos los respetos debidos al heredero del mayor emperador que hubiera ha- bido entre los cristianos; pero tan rigurosa eti- queta convenía poco, al parecer, á la salud del príncipe, que ya desde los primeros meses comen- zó atener enfermedades eruptivas, y como que- dara enclenque y melancólico, creyendo poder cu- rarlo, fué sometido á una educación rigorista é inadecuada (2). Á la edad de doce años perdió su madre, y de aquella infancia severa ningún recuerdo tierno le cmedó, porque la emperatriz carecía de sen- sibilidad hasta el punto de que teniendo á su cuidado, como en rehenes, á los hijos de Fran- cisco I, se preocupaba únicamente déla mala opi- nión que formarían los extranjeros si veían á aquellos pobres niños mal vestidos (3). El prín- cipe Felipe « conoció poco á su padre: el grande emperador se creyó obligado á asistir á las exe- quias de su esposa, á quien había tenido bastante olvidada; pudo entonces apreciar el frío juicio y la precocidad de su hijo, pero prolongó poco la estancia á su lado, prefiriendo á la rigidez de su (J) Flores, Memoria do las reinas católicas, Madrid, 1770. (2) Ms. Rec. of!52, Navajero to the sognory, 19 ag. 1527, Venetian papers, citado por Forneron. (3) Forneron, Historia de Felipe II, pág. 6. FELIPE II 625 corte española, las fiestas de sus palacios de Bra- bante y del Milanesado, y sobre todo, las de Fontainebleau, donde el rey su buen hermano, queriendo darle un banquete completo, le hizo venir una hermosa y honesta dama de la corte para su regalo» Q). Hechas esas breves consideraciones que equi- valdrían á una disección preparatoria y en pre- sencia de la figura ya descarnada de ese siniestro príncipe, un problema psicológico grave, surge inmediatamente. ¿Era, en efecto, acmél hombre, sombrío y té- trico, el tigre del Mediodía, tan malvado y mo- ralmente tan giboso, como lo han pintado aque- llos tiempos singulares? ó ¿más que malvado cons- ciente, la víctima de alguna obsesión alucinato- ria, el sujeto de una de tantas ideas delirantes que dominan por completo el peculiar fenomenis- rao de una misteriosa y disimulada locura?... Sería ir demasiado lejos (repetiremos las pala- bras de uno de sus biógrafos más conocidos) atri- buir á Felipe II una especie de doblez que con es- tudiada premeditación pusiera la fe al servicio de sus intereses profanos; si procuró confundir su au- toridad con la de la religión y acaparar los bene- ficios de la docilidad para con el trono á la vez que los de la sumisión para con la iglesia, ha de verse en estos manejos una ilusión más bien in- (») Brantome, El duque de Alba, pág. 27 (Forneron). LOC.^BN LA IMST. 40 626 LA LOCURA EN LA HISTORIA genua que calculada. Felipe considerábase, sin la menor vacilación, como un delegado ó repre- sentante de Dios, ni más ni menos. Dios se ha deposeido de todos sus derechos, en sus reales manos, Dios no existe ya fuera de él. La misión y su investidura «le permiten hacer lo que los de- más hombres llaman crímenes si se trataba de su poder, esto es, del poder de Dios, y en la serie de acontecimientos de su larga vida, se le verá de hoy más, colocado bajo el imperio de esta ilu- sión» C). Su aislamiento sistemático del resto de los hombres, su áspera misantropía y aquel mu- tismo terrorífico que hacía proverbial su laconis- mo, ocultaban discretamente sus probables alu- cinaciones frecuentes. Ese sueño de la unidad política y sobre todo de la unidad religiosa, eran más que un plan, pro- ducto de combinaciones extravagantes ó de pro- pósitos trascendentales previstos, el resultado ló- gico, sin duda alguna, de secretos delirios que se elaboraban en el silencio y misterio de su mente, preparados desde muchas generaciones atrás; y digo secretos ó silenciosos porque semejantes ano- malías no parecían tener las exteriorizaciones bu- lliciosas y notorias que son comunes en los alu- cinados vulgares. Ya hemos visto en el capítulo anterior, al ha- blar de Carlos V, cuan grande y eficaz es el poder (') Forneron, Historia de Felipe II, pág. 62. FELIPE II 627 de disimulo de los delirantes ambiciosos 0), á tal punto, dice Morselli, que en muchas formas de enajenación como la hipocondría, la ipomania, melancolía, etc., etc., la sugestividad délos fenó- menos es tal que el diagnóstico debe basarse casi exclusivamente sobre lo que por otro lado siente y manifiesta el enfermo. En una palabra, y valién- donos de una frase un poco exótica del mismo maestro: faltaba en aquel príncipe la completa extrinsecación cinesódica del proceso psíquico para hacer sensible al vulgo esos delirios (2). Es- tas aspiraciones delirantes eran el resultado de la misma impotencia congénita de su sistema ner- vioso para el gobierno regular y provechoso de su vasto imperio. Tenía una concepción extrava- gante del poder, porcme su conciencia apercibía viciosa y torcidamente sus impresiones externas y ninguno de ellos, el famoso D. Juan de Austria incluso, á pesar de su normalidad mental, hubiera podido poner por obra una idea grande, porque para ello es menester poseer un sistema nervioso estrictamente coordinado, una disciplina psíquica severa, sin la cual todo agente debilitante de la mente obra con más eficacia, produciendo tales aberraciones del espíritu (3). Felipe II se creía arriba de todos los hombres, ungido de una misión divina que sólo él y Dios (') Véase Magnan y Serieux, Delire chronique. (s) Véase Mohselli, pág. 23. (3) Kraepelin, Compendio di Psichiatria, ote, 628 LA LOCURA EN LA HISTORIA sabían; lo que hacía que en punto á la defensa de la religión católica deseara hasta hacer del Ponti- ficado mismo un nuevo instrumento de sus im- pulsos (*). Creíase destinado á vencer la herejía y á mantener el orden en el universo, suponiendo que todos los reyes de la tierra eran los vasallos de esa especie de monarquía sagrada,, casi sacer- dotal que había imaginado (2). Semejante con- cepción, resultado de sueños equívocos de gran- deza y del siempre sospechoso misticismo de los Austrias, no podía realizarse sino á medias y en un suelo como el de España, entre cuyo pueblo el respeto del soberano tenía ribetes de idolatría : «la libre Inglaterra y los Países Bajo turbulen- tos no podían convenir al genio solitario de Felipe, siempre replegado sobre sí mismo, formado para ordenar y ser obedecido »; percibiendo al mundo y á los hombres á través de ese catolicismo mor- boso que llegó á sistematizarse en un franco es- tado patológico crónico. En efecto, penetrando al fondo de ese espíritu tan tortuoso y complicado se pueden reconstruir todos los síntomas que corresponden al delirio religioso: si no todos, cuando menos los sufi- cientes para formar una impresión clínica de tan interesante caso. ¿ Sería aquella religiosidad el período segundo de explicación delirante de la (') Estudios sobre Felipe II, traducción de Ricardo de Hino- josa, XIII; Felipe II y el Pontificado, por Martin Philippon. (*) Laugel, Fragments d'histoire, pág. 24. FELIPE II 629 locura sistematizada progresiva ó simplemente uno de los síndromes de la enajenación mental hereditaria que tienen estas expresiones místicas entre tantas otras expresiones ? No lo sé, aunque él era un hereditario con una foja muy cargada, la que seguramente preparaba el terreno para la explosión de cualquier forma de locura. Lo que sí se comprueba al primer examen es que ese fa- natismo singular correspondía á un delirio reli- gioso, sea como expresión genuina de la menta- lidad del degenerado, sea como manifestación de otra forma más concreta y sistematizada. En el fondo es la misma cosa: preparado por su naci- miento, por disposiciones naturales, por su edu- cación y hasta por su ignorancia, como ya hemos visto, á la influencia de las ideas religiosas ó su- persticiosas, él, como ciertos enfermos que men- cionan los autores al hablar del delirio crónico, ha experimentado los mismos fenómenos que los que deberían por evolución natural convertirse á la larga en perseguidos. Lo que á las veces hace pensar en esa terrible locura sistematizada es, además de la duración de su delirio, la presen- cia de ideas de persecución activa, su calidad y estado de perseguidor que es transformación final del delirio de Laségue y sobre el que este maestro hablaba frecuentemente en sus inolvida- bles lecciones (*). (') Véase: Laségue, Études medicales, París, Azzelin, editeurs. 630 LA LOCURA EN LA HISTORIA El delirio místico marcha y progresa en él con to- dos sus caracteres clásicos: fuera de las particula- ridades comunes al tipo expansivo, el estado es el mismo que en todos los delirios parciales, y como todos ellos, se entrega frecuentemente y por el he- cho de su enfermedad á sus actos incalificables ele barbarie fría y meditada. Es lo que por otra parte sucede con ciertos alienados deesa clase «que tie- nen alucinaciones divinas, y creyéndose encarga- dos (como Felipe) de sostener la fe, consideran co- mo enemigos y enviados del infierno con la mi- sión de perderlos á los brujos, francmasones, etc. etc., ó á tal ó cual persona frente á las cuales se colocan como perseguidos » Q). Encerrado la mayor parte de los días de su vida, arrastrando una existencia sedentaria y sombría- mente meditabunda, metido entre las enormes mon- tañas de su correspondencia, ni siquiera su consejo de estado presidía y por regla general sólo se co- municaba por medio de papeles con todos los go- bernantes. Era, como dice Michelet, un fantasma que se deslizaba en ese paisaje sombrío del Esco- ria], palacio, monasterio y sepulcro al mismo tiempo, en que vivió enterrado vivo. Los altos muros de granito cubriendo claustros estrechos y fríos, aquellas fuentes sin agua, aquellos jardines sin árboles, causaban en el ánimo el profundo te- rror, la enorme tristeza que obscureció el espíritu O Rugís, Traite pratique dos maladies mentales, pág. 241. FELIPE II 631 alegre del conde de Egmont cuando lo visitó en 1565 (4). Todo este conjunto de signos tan acentuados es el que nos da la impresión de uno de esos delirios religiosos de que habla Schülle y Dupain; tran- quilos pero abundantes en sus copiosas expresio- nes de ideas y de sentimientos. Felipe II parecía obrar siempre empujado por ese concepto anor- mal ; de deducción en deducción y partiendo de una premisa que podía ser cierta dado el rol polí- tico que los sucesos le asignaron, iba derecho á su propósito delirante, con la tranquila lógica con que procede un perseguido ó un megalómano que no retrocede ante la incierta suerte que le deparen sus procedimientos silogísticos peculiares. Es siempre el mismo procedimiento en la evo- lución de semejante proceso, silencioso y discreto cuando es tan parcial, pero terrible si el brazo está armado con tan colosal poder. Tiene por otra parte perfiles que permiten diagnosticarlo, y al es- píritu esperto le bastan las líneas cardinales para adivinarlo detrás de esa aparente normalidad con que lo disfraza un corto resto de razón que per- siste á pesar de todas las vicisitudes de su marcha. Los síntomas clínicos son comunes á todas las va- riedades que solamente se distinguen las unas de las otras por la clase de sus ideas delirantes (Schü- lle). (') Michelet, Histoire do France, tomo 11, pág. 295. 632 LA LOCURA EN LA HISTORIA En muchos enfermos, dice el ajtor del Tratado clínico de las enfermedades mentales, y sobre todo en la adolescencia, se observa desde luego el temperamento nervioso linfático que tenía Felipe unido á su marcada tendencia á los temores hipo- condríacos yacías sutilezas de razonamiento. En la edad adulta «se ven períodos cle^depresión acentua- da, escrúpulos de conciencia, así como remordi- mientos fundados sobre actos anteriormente veri- ficados ; su vida pasada le parece muy reprensible y sus juicios son de una severidad excesiva». De pronto, agrega ese profesor, su conciencia es iluminada por un pasaje de algún libro sagrado, ó por la expresión de la fisonomía ó el discurso de algún clérigo; el pasaje tiene una aplicación especial al enfermo; lo han elegido para disipar las tinieblas y errores de su con- ciencia (*) y dirigirlo en la consecución de sus planes. Y recordad con motivo de esta cita del maes- tro psiquiatra, el incentivo que daba á su delirio el consejo y las exhortaciones calurosas de Fray Diego de Chaves, el confesor de Felipe. Aquel do- minico movible y de perfil ascético tenía el arte de tocar en el alma del Rey ciertos resortes que ponían en movimiento su tendencia agresiva. Probablemente, piensa con razón Laugel, lo que hacía el confesor era adivinar los pensá- is Schülle, Traite, etc. pág. 156. FELIPE II 633 mientos ocultos del monarca para empujarlo en el sentido de las resoluciones á las cuales le veía in- clinado. Pensaba «que la gracia celeste descendía sobre su cabeza, ó bien una promesa de grandeza terrestre. Penetrado de gozo y de bienestar, todo dolor cesaba cuando sentía que Dios lo había ele- gido como enviado suyo para ser un segundo Me- sías». Tal acontece á los afectados por los síntomas de ese delirio religioso crónico que nos ha descrito la moderna patología mental: se creen destinados á llenar una misión divina. «Todo lo que lo rodea confirma su misión, dice el profesor Arnd en su Traite clinique des maladies mentales: el pasado y el porvenir son claros y luminosos y por todas partes el enfermo ve los signos que confirman su predestinación; todo toma á sus ojos una significa- ción simbólica: los alimentos, los vestidos, las menores acciones de las personas que lo rodean ». Vive con los santos que son sus hermanos, con quienes comparte todos sus placeres; los paganos y aun hasta los animales deben comparecer ante su tribunal y su mirada penetrante adivina quién de ellos merécela gracia. En todos los lugares donde va su pensamiento, tiene una misión que llenar, una misión misteriosa pero grande, excelsa, aun cuando tenga, como tiene efectivamente, que lu- char, y en las palabras que oye, en la multitud de pensamientos que atraviesan su mente, distingue perfectamente los malos espíritus que están al 634 LA LOCURA EN LA HISTORIA servicio de Satán (*) y contra los que debe com- batir persiguiéndolos sin tregua hasta aniqui- larlos. En virtud de un procedimiento análogo segura- mente, con aquel calor interior que representa la cólera del Espíritu justo, con esa sensación de pesantez en el hueco epigástrico con que se hacía sensible la presencia del « Ángel fiel» era como se operaba en el alma de Felipe II la exaltación constante del espíritu de persecución que lo ani- maba perennemente. Como consecuencia de tan peculiar elaboración mental, propia del paranoico religioso crónico, veníanlos suplicios metódicos y acumulados que llenaran de sangre y de llamas á España y á los Países Bajos. Cada vez que estos delirantes religiosos se arro- dillan para orar ó entrar en los éxtasis pecu- liares, un ángel lleno de luz, dice Pierre Rendu, se arrodilla á su lado sugiriéndole mil ideas de agresión contra los enemigos de Dios y de la Iglesia (Manuel de médecine mentale). Con más razón aún, cuando se vive como el Rey de España poseído por ideas anormales de gran- deza divina, en constante ebullición, fomenta- das por el medio ambiente de la época y de su país y una fuerte dosis de herencia acumulada tri- plemente grave y difusa. Es, por otra parte, fácil apercibirse de la correlación que existe algunas ve- O Schülle, Traite clinique, pág. 159. FELIPE II 635 ees entre estas ideas religiosas y las de perse- cución, sobre todo en los delirios proféticos en que el enfermo se cree, como Felipe, enviado á la tierra con una misión celestial de regenera- ción (f. Su agresión perseguidora se establece como medio de realizar el propósito místico que embarga sus sentidos. Felipe persigue por man- dato del Todopoderoso. Voces de arriba le daban probablemente hasta el procedimiento de la persecución contra lutera- nos y herejes que ensucian la tierra é impiden la realización de la nivelación universal de la con- ciencia, tras la cual iba empujado por sus alucina- ciones propicias. Los predicadores y exaltados capellanes, movidos por la vehemencia meridio- nal de que Fray Diego era un ejemplo vivo, se encargaban de abonar esa tierra de suyo fecunda: sus exaltaciones piadosas, las visiones aterradoras del Infierno ó los goces bienhechores del Paraíso, que no faltan nunca en ese género de psicopatías parciales (2) y que se desenvolvían en una elocuen- cia apasionada, determinaban sacudimientos y conmociones profundas en su espíritu caviloso y tentado. Espantado por la idea de un castigo fu- turo, ó probablemente entusiasmado por la pro- mesa inefable de una recompensa de ultratumba si cumplía el mandato (3), era que las persecucio- (') Kraft-Ebing, obs. LXVI, tomo III, pág. 89 (s) Dupain, obs. IX, pág. 38. (3) Dupain, Delire réligieux, étude clinique, pág. 59. • 636 LA LOCURA EN LA HISTORIA nes se enardecían siempre con caracteres feroces y con ese tinte especial del delirio. Théodore Meynert, el director de la Clínica Psiquiátrica de Viena, decía en 1884, estudian- do el génesis de esta clase de concepciones de- lirantes, que la superstición era innata ó inma- nente en el hombre normal y al estado in- consciente: que aparece y pasa al primer plano bajo la acción devastadora de la enfermedad que inhibe las funciones superiores rectifica- doras de nuestras impresiones. Esas tenden- cias místicas, agrega, toman entonces la intensi- dad de funciones espinales cuando las funciones corticales están suprimidas. Tanzi, á su vez, en una memoria sobre los neologismos en relación con los delirios crónicos, dice que podemos ver aparecer ese fetiquismo y particularmente los en- cantamentos hablados (scongiuri, depreciazio- ne, formule d'exorcismo, ó d'evocazione), sea por debilitamiento adquirido, abolición de las funciones rectificadoras, sea por exceso inicial de la sugestividad (*) (debilitamiento nativo). Felipe no procedía por impulsos como los epi- lépticos, que vuelven á la normal así que pasa el acceso: era metódico y siniestramente tranquilo en la aplicación de sus horrores, pausado, lento, pero seguro ó inexorable, porque dentro déla psi- cología de un delirio religioso como el suyo no O Véase: Marie (As).. Études sur quelques symptómes des delires systematisés, etc., 1892. FELIPE II * 637 cabe el impulso ni el ímpetu que carece de lógica. El suplicio iba paulatinamente aumentando en su intensidad, pero sin saltos que traicionaran la animalidad de un instinto: más que una bestia ce- bada, era una máquina que hacía su trabajo sin ruido, con toda su inconsciencia peculiar, pero con un éxito seguro y horroroso. Creía obedecer á una misión divina que cumplía abstraído y ajeno al mundo, superior á los hombres y alas cosas terre- nales, que eran para él deleznables y miscroscópi- cas dentro de la grandiosa y megalomaníaca con- cepción que su delirio le sugería. «Vivía en una nube de orgullo de fe tenaz, la noche de una con- ciencia agitada, morbosa y miserablemente traba- jada por temores perpetuos de condenación»: eso si, suponía tener un rol y lo desempeñaba á su mo- do, muchas veces sin conocer á sus víctimas, sino en la colectividad de aquellos conjuntos ó tropeles que daban el combustible á los autos de fe, á los tribunales de sangre y á las sucias cárceles del Santo Oficio. Por eso son, más que en ninguna otra parte, siniestras sus persecuciones; por eso revisten casi siempre los caracteres de las perse- cuciones del perseguido-perseguidor, el misterio y la silenciosa felonía de una conjuración de locos circulares. Primero vino para los Países Bajos la prohibi- ción de reunirse, luego de hablar, de cantar y des- pués aun de leer: los que no denuncien á los here- jes serán castigados como herejes y ¡ con qué pe- 638 LA LOCURA EN LA HISTORIA ñas! Los hombres quemados, las mujeres ente- rradas vivas (Michelet). Las cosas se hacían al pie de la letra bajo la mano-garra de aquel Duque de Alba, tan normal como malvado. Las ciudades fueron cerradas, verificándose luego visitas domi- ciliarias que procuraban rápidamente una razzia de víctimas; solamente en Louvain veintiocho. Dos mujeres, continúa Michelet, cuya descripción de los suplicios vamos á seguir, fueron enterradas vivas: la una llamada Antonia, de familia de ma- gistrados, la otra mujer de un boticario. Marga- rita Boulard, esposa de un rico burgués, fué tam- bién enterrada así; más tarde, Vauldrue Carlyer, culpable de no haber denunciado á su hijo que leía la Santa Biblia. ¿ Por qué este suplicio extra- ño? i1) Porque Felipe tenía que cumplir su comi- sión celeste, más extraña aún, que le había enco- mendado la Providencia. Una mujer quemada «daba un espectáculo no solamente espantable sino también horriblemente indecente que no po- día soportar el pudor del Norte: eso se sentía en el suplicio de Juana de Arco; la primera llama que subió devoró los vestidos, revelando cruelmente la pobre desnudez temblorosa ». El entierro fué entonces una modificación adop- tada por decencia en algunas partes; pero en Es- paña, donde el quemadero tenía sensaciones inefa- bles para el sistema nervioso emponzoñado de Fe- (l) Michelet, Histoire de France, pág. 83, tomo V. FELIPE II 639 -) lipe, el auto de fe fué un procedimiento ineludible como agente de reducción de las conciencias. Cuando se enterraba, la cosa se pasaba así: puesto el cuerpo en Ja fosa, se le aseguraba por medio de tres barras de fierro : una sostenía la cabeza, otra el vientre y la tercera las piernas y, algunas veces, por caridad, el verdugo estrangulaba al paciente de antemano (suplicio déla mujer del sastre de Tournai, 1545) (*). Otras veces la ejecución se ha- cía de una manera más salvaje, más lenta y por asfixia, como en el caso de la mujer del barbero de Mons: «repugnándole á la pobre paciente recibir la tierra en la cara, pidió al verdugo un pañuelo para cubrírsela, luego echóle la tierra pisando con fuer- za sobre el vientre y en los pies hasta que la vícti- ma felizmente entregó su espíritu al Creador ». Hay detalles abominables de todo lo que ha inventado el espíritu morboso de persecución, para detener los progresos de la libertad reli- giosa. En algunas partes, el mejor medio de mortificar desesperando el alma era la privación del sueño: «un estupor mortal se apoderaba del hombre y perdía el entendimiento: tortura inge- niosa que parecía haber sido encontrada por los Doctores de Oxford para reducir á Cowbridge, que nada podía vencer ». El suplicio del fuego, que fué el gran procedimiento de la Inquisición y de Fe- lipe II, era extremadamente variable y arbitrario (J) Michelet, loe. cit. 640 LA LOCURA EN LA HISTORIA al infinito: los inquisidores tenían un arte consu- mado para administrarlo con un conocimiento curioso de todos sus recursos y aplicaciones, desde la simple tenaza hirviente hasta la gran hoguera con su inmensa humareda y sus llamas abrasadoras. Sin embargo, algunas veces la lu- juria del tormento les ponía la mano torpe é incierta, y la incineración horriblemente prolon- gada detenía al paciente, vivo por supuesto, so- bre los carbones mal encendidos durante largo tiempo i1). La conciencia humana recordará siempre, para vergüenza suya, aquel tormento sin ejemplo en los anales del martirio, en que Hoopen, un pobre obis- po protestante que no creía sin duda en la misión providencial de los reyes alucinados, fué supli- ciado con un lujo excesivo de crueldades. Quemado por secciones, porque no había suficiente leña y fué preciso traer más; pero esta misma era verde, y como el viento agitaba la llama, el humo no le proporcionaba el consuelo supremo de la asfixia y le chamuscaba la carne lentamente. Se le oía, me- dio quemado, gritar: ¡leña! ¿leña! aumentad el fuego, buena gente! La grasa de las piernas esta- ba asada, la cara negra y la lengua hinchada salía afuera, produciendo la impresión de una mueca horrible; la grasa y la sangre goteaban sobre la leña y como la piel del vientre había desaparecido, (*) Michelet, pág. 83. FELIPE II 641 las entrañas se escapaban por allí sin que aquel desgraciado muriera O... Un sollozo universal es- capóse de toda la plaza... era la multitud que llo- raba como un solo hombre, dice Michelet, que ha hecho tan patética descripción de este famoso suplicio. ¡ Cómo es de infinita la serie de estas malforma- ciones de la inteligencia! La llave que abre el césa- mo de muchos de esos misterios psicológicos de la historia está allí: son desequilibraciones cerebra- les que tienen por base un defecto de unidad en la organización psicológica y por carácter predomi- nante la instabilidad mórbida. Seguramente mu- chas de ellas no son verdaderas infirnudeces, pero son ya desviaciones de extructura, anomalías de origen, que á este título merecen tomar un lugar en el dintel de las alienaciones constitucionales bajo el nombre genérico de desarmonías (2). Felipe II tenía forzosamente que entrar den- tro de ese cuadro tan amplio y tan bien estu- diado hoy, ó la naturaleza humana es inexpli- cable é indescifrable. Tenía todos sus carac- teres, y sin duda por esa causa oculta para el ojo poco avezado del que no ha poseído al estu- diarlo la piedra de toque de la patología, fueron impotentes en sus manos «los tesoros de Amé- rica, los bajeles de Andalucía, los tercios de Cas- tilla», y ese pueblo que se había elevado en otro (') Michelet, tomo II, pág. 81. (*) Regí.-?, Manuel de médecine mentale, pág. 140. LOC. E.>' Li I1IST. 41 642 LA LOCURA EN LA HISTORIA tiempo fuera de las proporciones previstas, caía. en sus manos, en la irremediable postración de la decadencia intelectual y política. Bien se ve al estudiarlo, que fuera de las múltiples leyes comu- nes y conocidas que dirigen la vida de las nacio- nes, había algo más íntimo, algo más individual que daba pábulo á esa profunda laxitud nacional que enmudeció al valiente labio del protestan- tismo español y encendió la hoguera inextinguible que quemó sus alas. Puesta la patria, por su padre, en esa violenta pendiente, y precipitada por él pocos años después ele su muerte, la briosa é invencible nación que había impuesto al mundo la ley de sus caprichos dejaba aniquilar en una sola batalla, Rocroy, su vigor militar, estenuada, anémica, moribunda por una sucesión de gobiernos de idiotas y aluci- nados. ¡ Curiosa influencia la que el alienismo, á que se refiere de Saint-Víctor, al hablar de Ne- rón, ha tenido en la historia de este pueblo princi- palmente !.. . Por todo eso y mucho más que omitimos para no hacer una enumeración difusa, la Reforma no había jamás penetrado el cerebro de Felipe II ni de su padre, castigados ambos por una oclusión irremediable para la luz del libre examen. Un an- tagonismo de contextura celular, hereditariamente reforzado, los imposibilitaba para comprender su grandeza: tenían forzosamente que ser la negación empecinada de toda verdad, cualquiera que fuera FELIPE II 043 la forma en que se les presentara. Un observador juicioso ha dicho que esta disposición negativa tiene perfiles patológicos cuando aparece en la forma y en los caracteres especiales con que se presentaba en estos célebres monarcas; parece un resultado necesario de su organización mental des armónica por atavismo morboso. Es fácil com- prender, dice él, por qué los hombres de sistema nervioso anormal deben presentar una fuerte disposición á negar todo, como un resultado natural de su tendencia á libertarse de las in- fluencias incómodas del medio social ambiente Q). Muchos autores y particularmente el psiquia- tra inglés Mausdley han demostrado que los hombres en vía de degeneración presentan or- dinariamente una particularidad especial, una tendencia bien marcada á la negación: llegada esta inclinación á un cierto grado culminante, una perturbación psíquica seria y definitiva se caracteriza y el enfermo comienza á negar, no so- lamente los diversos ideales de la humanidad, si- no también su propia personalidad (2). Semejante tendencia no nos parecerá tan incomprensible si recordamos que cada paso hacia atrás, cada movi- miento de retroceso en el desarrollo del sistema nervioso, se produce paralelamente con el debili- tamiento de la disciplina interior, con el debilita- (') Marie Manaceine, Le surménage mental dans la civi- lisation moderne. (s) Mausdley, Body and Will. 644 LA LOCURA EN LA HISTORIA mentó de la facultad de gobernarse á si mismo (*). No debe confundirse, por cierto, ese espíritu mór- bido de negación, radicado en una visible desorga- nización del mecanismo cerebral con un posible substractum anatómico, que tenían Felipe II y los inquisidores españoles, con la duda que aguijonea al hombre para las nuevas investigaciones á produ- cir un trabajo cerebral activo, que lo lleva de más en más á un perfeccionamiento seguro, como dice Mausdley (Body and Will). La negación inquisi- torial es la consecuencia directa de la ignorancia y de la impotencia cerebral (Virchow). El debíante religioso es siempre un megaloma- níaco; su delirio á la par que místico, es de gran- dezas, sobre todo cuando se desenvuelve en espí- ritus como el de Felipe. Por eso sus proyectos son de alcance mundial, universal, y tienen por sujeto todos los pueblos y todas las razas. El someti- miento de todas las conciencias á una sola creen- cia, la unidad política y religiosa que llevó al Rey de España á emprender con tanta ferocidad como constancia el nivelamiento religioso de sus domi- nios, entra fácilmente dentro del molde original de las ideas que el misticismo anormal de los men- cionados delirios crea para uso propio. Primeramente es pasivo, puramente contem- plativo y teórico (casos de Ball, pág. 465): el en- fermo se reduce á expresar sus pensamientos, á re- C) Marie Manaceine, Le surménage mental, pág. 124. FELIPE II 645 J velar al mundo su elevada misión, á presentar sus credenciales de ministros plenipotenciarios y en- viados extraordinarios de Dios (casos de Kraft- Ebing, tomo I, pág. 123). Pero luego la inspira- ción divina le sugiere que es necesario pasar de la contemplación pura á los hechos, y el alucinado comienza su obra, unas veces con actos inocentes y puramente verbales de predicación en la plaza pública; otras, por terribles exteriorizaciones en forma de matanzas y suplicios de todo género. Imaginad por un instante lo que sería en las ma- nos de un delirante religioso, el inmenso poder de España á mediados del siglo xvi, poniendo tranquilamente por obra todo aquel fárrago extra- vagante de proyectos que tienen por base el sen- timiento vivo de una supuesta misión divina, ine- ludible y grandiosa. En los Países Bajos, donde los herejes tur- baban sus sueños y eran los que con más fre- cuencia, seguramente, poblaban sus alucina- ciones, fué donde el gran príncipe hizo sentir con más crueldad su influencia inexorable. La impopularidad creciente de su gobierno se ha- cía sensible en el odio ardiente que profesa- ban á sus ministros y representantes. Los clé- rigos trabajaban con celo para terminar la obra de su amo, que se consagraba á su vez activamen- te acumulando los elementos del suplicio. Ocu- pado de los más pequeños detalles, desde el fondo de su palacio enviaba con una escrupulosidad 646 LA LOCURA EN LA HISTORIA meticulosa frecuentes denuncias contra los habi- tantes más obscuros de los Países Bajos (*). Es digno de observar, dice Mr. Motley, la minuciosa red de la tiranía desde la cual maneja y extiende los hilos sobre todo un pueblo, « mientras él, frío, venenoso y paciente, del centro de su tela acecha á sus víctimas ». Suministraba á la Duquesa y al Cardenal los detalles más increíbles sobre una infinidad de hombres y de mujeres, indicando sus nombres, su edad, las señas particulares más curiosas, sus ocupaciones, su residencia, al mismo tiempo que daba las instrucciones para su ejecución inmedia- ta (2). i Qué pasión por el detalle nimio ! ¡ qué meticu- losidad cruel y helada para el alineamiento y des- cripción de las pequeñas circunstancias que de- bían acompañar al suplicio de sus víctimas; como si aquella sensibilidad que libaba con tanta luju- ria las brutales sensaciones del auto de fe, nece- sitara todavía de las pequeñas fruiciones para sa- tisfacer la avaricia de su imaginación angustiada. Recorred las tristes páginas en que el juicioso Forneron transcribe la correspondencia de Fe- lipe II, y veréis los detalles que rodean la muerte de Montigny, para no citar más que esa ejecución célebre por tantos motivos. El rey reúne su con- sejo para oir sus pareceres, y todos reconocen la (l) Motley, Révolution des Pays-Bas, tomo I, pág. 368. O Motley, Ibid. FELIPE II 647 imposibilidad de una ejecución pública «.por es- tar acá el delincuente, que dijeran que se había hecho entre compadres y como opreso sin se po- der defender». Montigny, á quien se ha de dar muerte sigilosamente, es trasladado de la torre de Segovia á Simancas, cuyo gobernador, un tal Peralta, inspira bastante confianza para lo que se quiera hacer. El rey, dice la orden remitida á Pe- ralta, « no quiere que se sepa que Montigny ha si- do ejecutado»: «debéis, pues, hacer creer que su muerte ha sido natural, y asegurar el secreto de esta ejecución todo lo que un secreto puede asegurarse en este mundo ». Un médico va públi- camente á ver al preso; se encargan y traen de la ciudad remedios contra la fiebre, y entre tanto un alcalde, un fraile y un verdugo, salen de Valla- dolid. Lo que deben hacer, hora por hora, está prevenido y prescrito porla misma mano del rey, porcme la caridad en el crimen es llevada tan le- jos, que hay largas recomendaciones para eme se anuncie con precaución al noble Montmorency la muerte ignominiosa á garrote, evitando así que se condene por la desesperación (Forneron). Háse de confortar su piedad y su valor « para impedir por todos los medios que intente darse la muerte á sí mismo: se le dará el tiempo de una noche y un día para que se confiese, reciba los sacramentos y se arrepienta. Cuanto á ese im- portante punto, no ha de tolerarse la más mínima negligencia, debiendo ser el religioso docto y pru- 648 LA LOCURA EN LA HISTORIA dente: el padre Fray Hernando de Castillo, que es- tá en el Colegio de San Pablo, debe ser el elegi- do. Además, se le permitirá al condenado hacer testamento, aunque estando confiscados sus bie- nes, no tenga nada que legar; pero se le dejará entender que puede disponer de ello si consiente en hacer sus últimas voluntades en los términos que emplearía un hombre enfermo en su última hora, lo que hará creer mejor en una muerte natu- ral». «También se le dejará escribir á su mujer, pero en el mismo concepto de un hombre que se siente gravemente enfermo y en el artículo de muerte. Por fin, luego que haya sido agarrotado, se le revestirá con un hábito de franciscano, calán- dole bien la capucha, de manera que tape bien las señales del garrote en la garganta: los que lo me- tan en el ataúd no han de saber nada del secreto, y el entierro será público y pomposo como cum- ple á un gran señor cuya muerte prematura se deplora » (a). En estos términos, con esa minuciosidad de detalles, arreglaba todo Felipe II. Quince ó veinte días echó para combinar tan largo suplicio, ejecutado cautelosamente por sus sirvientes ! Su orden real, agrega Forneron, tiene fecha Io de Octubre de 1570: el religioso elegido entra en el calabozo el 14 de Octubre, y allí permanece; el 16 á las dos de la madrugada entra el verdugo, (l) Forneron, Historia de Felipe II, pág. 203. FELIPE II 649 y después de amarrar á su silla al preso y de aga- rrotarlo, sale sigilosamente sin que nadie lo haya visto entrar ni salir. Luego una mano diestra arregla la capucha de San Francisco para cubrir las hondas huellas del crimen, y el entierro se ha- ce después con toda solemnidad en la iglesia de Simancas (*). El mismo Padre Santo parecía fatigado de las atrocidades del rey de España, y llegaba hasta dudar de su serenidad de juicio en presencia de tanta sangre y de tanta persecución. Su Santi- dad, decía el embajador de España: «es muy in- clinado a que haya paz y quietud de todas par- tes, y así gustaría que oy la hubiera aunque se disimulara algo á los herejes». El cardenal Me- rone era de la misma opinión, y Requesens, si bien no se atrevió á pronunciar la frase libertad de con- ciencia, pensó que un nuevo soberano no estaría obligado á los mismos escrúpulos de Felipe, y propuso que le cambiaran el Piamonte al duque de Saboya por los Países Bajos ó se le dieran al segundo hijo del rey. Pero Felipe escribía al margen de la carta: « Mejor es que sea pobre que no hereje »! (2). ¿Qué quiere, pues, este Rey entregado á un fatalismo inconmensurable y mudo como una es- tatua? Nadie lo sabe, porque, absorbido por la alucina- (') Forneron, Historia de Felipe II, pág. 204. (!) Forneron, Ibid., pág. 242. 650 LA LOCURA EN LA HISTORIA ción religiosa, quedaba horas enteras en largos co- loquios mentales con Dios y su Corte Celestial, (caso de Kraft-Ebing, pág. 123, y de Jacoby, pá- gina 112), consultando vastos planes de persecu- ción ó rumiando aquel detalle atroz que completa- ba la solemnidad del suplicio. Los consejos feroces del Duque de Alba para acallar la conciencia irritada de los burgueses de Ley den satisfacen la concepción que él tiene del castigo divino aplicado por procedimientos huma- nos: (.(.principalmente convendría mucho, dice, quemarles y talarles todos los frutos que no se puedan servir de ellos y por hambre se vengan á reducir ». En este gran concurso de supinas cruel- dades nadie quiere ser menos: el Inquisidor Gene- ral Quiroga, opina como el Duque de Alba : los rebeldes y los que dicen que no lo son, deben ser castigados... ¿La inundación ó el fuego? El Rey opta por el segundo, y como era natural, dada su desarmonía conocida, la piromanía de los locos incendiarios le arma la mano con el haz de leña que quería arrojar en la hoguera de su propio hijo si hubiera sido hereje. El fuego ¡ el fuego! que hiere con más bru- tal intensidad la retina ambiciosa del degene- rado religioso; que tiene la llama azufrada con los olores picantes y variados de la carne, y que, semejante á la ola gruesa del mar, se estira y encoge alternativamente dejando ver la des- carnada silueta de la víctima medio chamuscada, FELIPE II 651 medio abotagada por la asfixia providencial que le quita el sentido: hasta Ja sonoridad peculiar de las llamaradas que agita el viento, encierra para el oido del pirómano el secreto de una sensación es- pecial que no conocemos los cerebros normales. « Visto que ninguna vía aprovecha, escribía Feli- pe, y teniendo por sin dubda que debe ser esta la voluntad de Dios... haparescido convenir que se venga a usar del último y riguroso castigo!» La inundación no era un sistema prudente, porque sería de temer que ganara más terreno del que fuera necesario sacrificar y que invadiera países católicos 0): fuera de que este procedimiento « traería consigo un cierto nombre de crueldad deque se debe huir»! Pero el incendio regla- mentado y metódico no ofrece ningún inconve- niente, «aunque sea menester quemar todos los vi- 11 ajos, las cosechas, los árboles, porque siempre queda el suelo; las ciudades cesarían de enrique- cerse porque no tendrían nada que vender, los burgueses no podrían huir por mar, porque no ten- drían víveres para sus naos y tendrían por fuerza que someter sus conciencias » ! Sin duda que complace más á la conciencia popular meter estas cosas dentro de los limites de la delincuencia vulgar, porque detrás parece sentirse al malvado más que al loco irresponsa- ble; pero si bien ese rey ha cometido crímenes (*) Forneron, Historia de Felipe II, pág. 242. • 052 LA LOCURA EN LA HISTORIA enormes y premeditados, no hay duda tam- bién que tenia más de delirante hereditario, de obsesado fijo y perseguido que de criminal empe- dernido. Obraba en nombre de Dios, consecuente con las premisas de su delirio tranquilo, hostigado por esa concepción anormal y delirante que tenía de su misión, de la misma manera que los locos acusadores que proceden en virtud de ideas fijas tomadas de un sueño ó de una alucinación más que de la perversión de su sensibilidad moral (*). Seguramente que las alucinaciones, cuya exis- tencia es indudable para mi, han de haber reves- tido el tinte peculiar que le daría su carácter som- brío y tétrico; enemigo de toda forma humana y con la idea de que en la altura divina en que él se cernía, el hombre no debía alcanzarle. El Escorial, donde se refugiaba, tenía ese aspec- to de desolación y de tristeza profunda pero so- lemne que es el tono general de su carácter. Ape- nas terminado se llenaba de despojos, porque antes de llegar á los sesenta años había Felipe hecho de- positar diez y siete cadáveres (2). Colocábalos en orden en el osario y nada cambiaba después en las reglas que aniquilaban á los sobrevivientes y que exigía resignación oficial. « No se hagan de- mostraciones de duelo », escribía á todas las ciu- dades, ala muerte deD. Fernando; «háganse sólo í1) Rapport de M. Cullére, publicado en los Archives de Senrologie, n° 79. pág. 251, año 1893. O Forneron, loe. cit., pág. 246. FELIPE II 653 procesiones y rogativas públicas y hacinamiento de gracia al Todo Poderoso por el favor que ha hecho al príncipe» (*). El mismo Felipe «estaba ya constantemente enfermo como sus mujeres. Se le ve, al saber la toma de Harlem, padeciendo ter- cianas mientras la reina Ana tenía cuartanas y el Príncipe de Eboli se hallaba á la muerte. Se salva, sin embargo, el cuarto hijo, el endeble y enfermizo Felipe III. La vida se pasa en el Escorial en me- dio de las procesiones y rogativas, así es que el demonio tiene gran deseo de impedir que se pe- netre en este santo lugar donde se celebran las alabanzas de Dios con tal perseverancia en las buenas obras y en las prácticas de santa piedad. Poco á poco adopta Felipe las fórmulas de devo- ción por el estilo administrativo y exige que se le hable de piedad en cada negocio que ha de des- pachar; manía que es muy luego conocida y hala- gada por los cortesanos. » He recibido la santísi- ma contestación del Rey, escribe, por ejemplo, un secretario; la divina mano de su magestad el Rey, dice otro; la santa mano, la divinidad del prín- cipe, son frases que Felipe recibe inmutable de sus cortesanos, dejando traslucir vivamente las gran- dezas megalomaníacas tan propias del delirio reli- gioso (Véase Ball, pág. 146). Al tomar una decisión sobre un informe de Ro- drigo Vázquez, pone esta nota característica: (') Forneron, loe. cit., pág. 247. 654 LA LOCURA EN LA HISTORIA « También en este tiempo me confesaré y comul- garle y encomendaré á Dios para que me alum- bre y encamine ». Tal era su costumbre en los ne- gocios de estado, y era lógico (*). En su calidad de delegado de Dios, Felipe debe consultar con su confesor para apreciar el alcance de su mandato. De este modo Fray Diego interviene en todas las crisis, asi en la prisión del príncipe D. Carlos como en el ase- sinato de Escobedo (2), porque con su rara ha- bilidad, con su astucia é ingenio proverbial sabe dar pábulo á las tendencias de su hijo espiri- tual. Así, por ejemplo, cuando el Rey resiste la separación del Conde de Barajas que exige Fray Diego de Chaves, este fraile temerario pero hábil para manejar conciencias comprometidas, le escri- be desde su celda esta carta llena de audaz suges- tión : « Yo, confesor, no insistiré mas, ni me obliga Dios a mas; pero oblígame Dios a no ad- ministralle ningún sacramento, porque non lo puede V. M. recibir, hasta que V. M. lo haga, porque esto manda Dios. Tenga por cosa cierta estar V. M. en el mas peligroso estado que ten- ga ningún católico». «Padre Fray Diego, con- testa el principe al punto, diréis de mi parte al Conde de Barajas que conviene que me pida li- cencia para irse a descansar a su casa » (3). C) Forneron, Historia de Felipe II, pág. 276. (*) Forneron, loe. cit., pág. 276. (3) Forneron, loe. cit., pág.409. FELIPE II 655 Todo ese conjunto de circunstancias daban la tela y el fondo de sus alucinaciones, el genio de su delirio. Escuchad lo que sucede en la clínica corrien- te: «Dios le ha dicho que era su voz divina que se dirigía á los hombres por su intermedio. Después de largos años es agente de Dios, es su secretario, su amanuence, que escribe bajo su dic- tado. Es, como veis, la teoría de la inspiración literal. Más tarde las alucinaciones de la vista principian á presentarse; apariciones celestes se le muestran y ve al mismo Jesús en una canasta de flores. Una revelación divina le indica que había sido ordenado arzobispo y que debía llevar en su pecho una cruz de tal. Desde estos momentos va á pasear sus divagaciones en las ferias y en las reuniones públicas, y arrastrado por esa manía común á un gran número de alienados religiosos, principia una voluminosa correspondencia. Su propósito era el de fundar la teocracia universal, porque Dios sólo debe reinar en la tierra en lugar de todos los Reyes; y para llegar á la realización de ese propósito, debe crearse un empleo de can- cillería divina que el enfermo ocupará. Ade- más, debe facilitársele una suma suficiente para construir en su país natal un gran castillo que será el asiento de la cancilleiHa divina. Una vez realizada esta gran idea, veremos reinar la paz universal, gozaremos de una prosperidad extraordinaria y el papado será restituido en su • 656 LA LOCURA EN LA HISTORIA legitimo rango. Todas estas cosas tenían su ex- presión en una multitud de manuscritos con una caligrafía especial»... En la breve historia de ese delirante religio- so que acabamos de copiar de las Lecons sur les maladies mentales del profesor Ball (pági- na 465) ¿no está compendiada toda la psico- logía mórbida del Rey Don Felipe ? ¿ el concepto ampuloso de su misión en la tierra, la manía de la correspondencia epistolar sobre que insiste el profesor déla Facultad de París, y hasta el gran- dioso castillo que el alienado ese quería edificar en su país natal, y que tratándose de nuestro caso bien podría ser el Escorial?... Hay delirios religiosos que tienen una índole alegre, expansiva y hasta, si se quiere, graciosa, si se tiene presente el género de extravagancias que domina sus concepciones: ese loco es, diremos así, manso é inocuo, porque sus proyectos tienen la ino- cencia de las aspiraciones juveniles que provocan tan benevolentes sonrisas; se deja dócilmente conducir al manicomio sin una protesta y allí mis- mo constituye el grupo de los inofensivos. En cambio, otros, huraños y con el espíritu en constan- te impulsión,-tienen el alma bañada por la tétrica misantropía que los hace altaneros, agresivos y de una frialdad desagradable. Son del grupo, ó mejor dicho del circulo en que el hijo de Carlos V pasea el suyo, llamando sobre su cabeza las maldicio- nes de todas las naciones civilizadas de la tierra. FELIPE II 657 Sin duela que no han de haber acudido á su mente las celestes visiones, amables, con que ciertos enfermos de ese grupo ven entreabierto el cielo, envueltos por los rayos de luz divina y ro- deados de criaturas angelicales que se precipitan á su alrededor para prestarles ayuda (Ball, pág. 473); porque, seguramente, su imaginación reci- biendo por influjo hereditario algo de la índole epiléptica de su padre y poblada por las múltiples sensaciones dolorosas, por las ideas lúgubres que caracterizan la religiosidad del mal caduco, por otra parte tan propia de la religión de aquella Es- paña inquisitorial y monástica; seguramente, iba diciendo, que estaría más dispuesta á sombrear la alucinación con el turbio colorido que el auto de fe le suministrara. Buscaría el elemento de esas angustiosas aventuras del cerebro enfermo «en aquel país de los Cymerios de que hablaba Ho- mero, en la pálida comarca de los muertos, en- vuelta en tristes brumas y donde, parecidos á los murciélagos, las fantasmas acudirían en tropeles con gritos agudos á llenar y calentar sus venas be- biendo en la fosa la roja sangre de las víctimas». La extructura de su espíritu no permitía sino el eterno dominio de la sombra, preocupado co- mo estaba de propósitos de una grandiosidad extravagante en los que, como ha dicho el autor de la Vida de Jesús, un pueblo, el mundo, to- do ser limitado, por grande que sea, no es más que un momento, un punto de la vida infinita. LOC. EN LA UIST. 42 658 LA LOCURA EN LA HISTORIA La eternidad alza delante de su mente « su pirá- mide de millares de siglos como una monstruosa montaña en cuya comparación nuestra vida pecjue- ña no es más que un grano de arena; el sueño eterno y silencioso del sepulcro, el abismo sin for- ma y sin fondo de donde salen las criaturas como vapores efímeros, finalmente, el Dios único absor- bente y terrible en quien se concentran todas las fuerzas de la Naturaleza y para quien el cielo y la tierra no son más que un pedestal», ese era el tris- tísimo, el solemne panorama que se abría ante sus ojos y que echaba fuego á la hoguera de acjuel de • lirio religioso en plena España medieval. Nunca ha habido en la historia del mundo una inercia y una obscuridad mayor del pensamiento que en los días que sucedieron al reinado de Fe- lipe y como consecuencia de su manía religiosa. Los que disertan largamente sobre el atraso de la España del Santo Oficio tienen sobrada razón, porque aquella selección negativa de que habla- mos tan largamente en la Segunda Parte, puede decirse que destrozó al cerebro español; aquel ce- rebro grande y luminoso de otros tiempos. Las as- piraciones equivocas á la unidad de creencias, su despotismo violento sobre todas las conciencias en materia religiosa, habíanlo postrado poco á poco, pero con un resultado óptimo, siguiendo el procedimiento paulatino del tormento que ma- ta por secciones para que el delincuente asista á su propia liquidación. La producción estaba FELIPE II 659 limitada á libros empalagosos de teología extra- vagante; hablo naturalmente de la producción científica, puesto que en el orden puramente lite- rario el reinado de Felipe fué en realidad exube- rante en libros en que se discutía sinceramente si los duendes tenían tacto y si Martín Lutero des- cendía en efecto del demonio mismo, como asegu- raba después Martín Antonio del Río en sus cé- lebres Disquisitionum magicarum (í). La historia de los protestantes españoles tie- ne á este respecto páginas dolorosas, porque la persecución que ejerció Felipe II fué gran- de y sin cuartel. La Reforma tuvo en ellos grandes apóstoles, propagandistas calurosos dentro de los mismos claustros de los conven- tos españoles, y se ha visto allí, el país de la inquisición y de la intolerancia después de de- capitada la inteligencia, un ejemplo que no he- mos encontrado reproducido en otra parte: to- da una congregación religiosa, los frailes de San Isidro del Campo, monjes de la Orden Jerónimo, abrazaron casi todos la nueva doctrina (2). Pudo ser aquella tierra, almacigo fecundo de herejes y luteranos, y á no haber sido las circunstancias excepcionales que estudiamos en este libro, y á las que debe España todas sus desgracias, la Re- forma ó la libre investigación que es su expresión (') Castro, Historia do los protestantes españoles. (2) Menéndez Pelayo, Historia de los heterodoxos, tomo II, pág. 442. 660 LA LOCURA EN LA HISTORIA más simpática, hubiera hecho de acjuel bello pais una gran nación. Tierra fecunda de herejes, dice Menéndez Pelayo refiriéndose al Obispado de Cuenca, si se honra con los ilustres nombres de D. Diego Ramírez, de Fuenleal, espejo de prelados, de Melchor Cano, de Fray Luis de León, de Ga- briel Vázquez y de Luis de Molina, también obs- curecen su historia á manera de sombras (!) Gon- zález de Cuenca en el siglo xn, los Valdés, Juan y Alonso Díaz, Eugenio Torralba y el Dr. Cons- tantino en el siglo xvi, la beata Isabel en el xvm (l). Hay indudablemente, algo de levantisco, inno- vador y resuelto en el genio y condición de aquella enérgica raza que ha podido luchar por tanto tiem- po contra todos los procedimientos de opresión y despotismo intelectual y político sin desaparecer completamente. No se comprendería la rápida propagación del luteranismo en Sevilla, si hubie- ran bastado los sermones de Egidio y Constantino, ni los mil artificios y rodeos de éste, para produ- cir aquel incendio (2) sin la ayuda de cierto ele- mento de modesta situación social cuya contami- nación luterana demuestra cuan profunda pudo ser en España la difusión de esas ideas, si causas de cierta naturaleza no la hubieran impedido. Un singular personaje de que habla el autor de los Heterodoxos españoles, salido de allí, como otros O Menéndez Pelayo, Heterodoxos españoles, pág. 442. (2) Menéndez Pelayo, loe. cit., pág. 440. FELIPE II 661 más, y el más activo de todos los reformadores, hombre de clase y condición humilde, fué uno de los más eficaces cooperadores. Este tipo del con- trabandista « puesto al servicio de una causa reli- giosa, era el más activo de todos los reformadores, de una terquedad y fanatismo á toda prueba, de un valor personal que rayaba en la temeridad y de una sutileza de ingenio y fecundidad de recur- sos que verdaderamente pasman; no era sevilla- no, ni andaluz siquiera, sino castellano viejo, de tierra de Campos, nacido en su llamada Villa- verde y llamábase Julián Hernández. Transportó de Ginebra á España en 1557 dos grandes tone- les de Nuevos Testamentos traducidos por el Dr. Juan Pérez y los esparció profusamente en Sevilla, depositando parte de ellos en casa de D. Juan Ponce de León, hijo del Conde de Bailón», y otra parte en el Monasterio de San Isidro del Campo (*). Se ve, pues, que la difusión del luteranismo se había hasta cierto punto infiltrado en España en las capas sociales más profundas y que la ac- tividad del pensamiento era grande y podero- sa. No eran ya los hombres de labor los que lo profesaban; eran hasta los arrieros los que por medio de procedimientos ingeniosos, introdu- cían los libros y propagaban las mismas ideas. Lástima grande que esos torpes alienados de la (') Menéndez Pelayo, Heterodoxos españoles, tomo II, pág. 441. 662 LA LOCURA EN LA HISTORIA Casa de Austria, principalmente este Felipe espe- ranza del mundo, hubiera impedido con sus de- lirios y anormalidades psicopáticas de todo género el engrandecimiento intelectual de tan gran pue- blo. Uno de los más famosos protestantes de aque- llos tiempos, fué el conocidísimo Constantino Ponce de Lafuente, canónigo magistral en la igle- sia Metropolitana de Sevilla: era aquél que ase- guraba en pleno reinado de Felipe y bajo la garra henchida del Santo Oficio, que el Purgatorio no era otra cosa que unas cabezas de lobo inventa- das por los frailes para tener que comer. Murió, como tenía que suceder, en las cárceles secretas de la Inquisición, después de experimentar cruentos martirios. Ponce de Lafuente nunca discurría en sus sermones con toda libertad, sino mezclando con algunas proposiciones católicas un número considerable de luteranas (*): y de ahí nacieron las sospechas de que el gran predicador defendía la Reforma, aunque discreta y cautelosamente (2). Ayudado por el no menos famoso Dr. Egidio, otro protestante bastante célebre, y por un cier to Dr. Vargas á quien, según Menéndez Pela- yo, todos citan y de quien nadie da más puntual noticia, dieron á conocer en Sevilla los principios de la Reforma (3). Los tres habían estudiado jun- (]) Castro, Historia de los protestantes españoles. (*) Castro, loe. cit. (s) Menéndez Pelayo, Heterodoxos españoles. FELIPE II 663 tos en Alcalá y los tres, de común acuerdo, se die- ron con fervor á la propaganda. Vargas explicaba desde el pulpito el Evangelio de San Mateo y los Salmos: Egidio y Constantino predicaban con fre- cuencia, aunque más el primero que el segundo (*). Cipriano de Valera, en la Exhortación que pre- cede á su Biblia, dice que Arias Montana, enton- ces estudiante, oía de muy buena gana esos ser- mones (2). Este Cipriano de Valera y Antonio del Corro fueron dos de los más señalados escri- tores citados por Menéndez Pelayo en su eru- dito libro. Otro que también menciona, secua- ces, íio frailes de la herejía según su propia fra- se, el más ilustre y conspicuo por la nobleza de su cuna, era D. Juan Ponce ele León, hijo segundo del Conde de Bailen, muy dado á la lectura de los libros sagrados y en extremo ca- ritativo y limosnero (Menéndez). Las ideas y «el calor con que abrazó los principios luteranos debió de ser algo de exótico y de extraño en aquel país, al parecer tan creyente y sometido: tan fanático parecía que en la misa solía volverse de espaldas al altar cuando el sacerdote alzaba la hos- tia consagrada!» (3); huía del viático si le encon- (') Reinaldo González de Montes, pág. 281 y 282, añade que Vargas murió en lo más recio de sus cuestiones con los Inquisidores : ínter ipsas jam cum Inquisitione concertatio- nes olivct supremamum diom (Menéndez). (*) Menéndez Pelayo, etc. (3) Menénde-í Pelayo, etc. 664 LA LOCURA EN LA HISTORIA traba en su camino y frecuentaba los quemaderos de la Inquisición para perder el miedo á los su- plicios y arreciar el temple de su alma. Una enérgica reacción católica fué necesario para borrar, por lo menos aparentemente, las huellas de contagio luterano en Sevilla. El monasterio de San Isidro tuvo que ser purificado: los pocos monjes católicos que allí quedaban, suplicaron á los jesuítas que viniesen á sus conventos á doc- trinarlos con buenas pláticas, y á la herética ense- ñanza de Fernando de San Juan, sustituyóse la ele los padres de la Compañía (*). Por otra parte, la Inquisición de Zaragoza tuvo harto que hacer con los hugonotes del Bearne que entraban en el.Ara- gón por Jaca y el Pirineo como mercaderes. Fe- lipe II encargó lamas escrupulosa vigilancia álos guardas de los puertos, y se llegó á considerar co- mo sospechosos de herejía á los contrabandistas que llevaban caballos á Francia. ¿ Por qué España, como las otras naciones, no disfrutó de las consecuencias intelectuales de la Reforma ? Fuera de las causas históricas de otro carácter que son notorias, existen dentro de la misma pa- tología, razones de orden psicológico que lo expli- can. Uno de los períodos de mayor depresión y generalización de los delirios religiosos epidé- micos en España (demonopatía, demonolatría, O Menéndez Pelayo, Historia de los heterodoxos españo- les, tomo II, pág. 443. FELIPE II 665 teomanía, etc., etc.), coincidió con el de mayor exaltación de la propaganda luterana y calvinista, asi como con el de mayor enardecimiento de la religiosidad de Felipe (J). En otros términos: la aparición ó el apogeo de la idea protestante, coin- cide en España con la epidemicidad de esas locu- ras que azotaron la Europa entera con más ó me- nos gravedad y extensión, locuras que el nieto de Juana la loca agravó y mantuvo en su tierra con el incentivo y contagio de sus propios delirios. Uno de los procedimientos más eficaces para completar la opresión de la conciencia española y el decaimiento de su inteligencia, fué sin duda esa circunstancia histórica, porque no se produce en el cerebro de un pueblo tan enorme excita- ción mental durante tan largo período, sin traer entre otras consecuencias psicológicas, las tris- tes secuelas demenciales, siquiera transitorias, que tiene semejante delirio crónico, operando en un encéfalo traqueado y conmovido. Los protes- tantes de la península, cuando pusieron por obra la realización de sus propósitos de reforma, en- contraron en plena exaltación aliénica al cerebro español, embargado por el vértigo del delirio reli- gioso y entrando ya en el período de obscuridad de su demencia sui gener is, del que no ha salido aún. (J) Véase Calmeil, De la folie considerée sous le point de vue pathologique, philosophique, etc.; Regnard, Les maladies épidémiques de Vesprit, 1887. 666 LA LOCURA EN LA HISTORIA Ese delirio 6 locura por religión, como le lla- ma Morel C), puede resultar, y resulta, en efecto, en muchísimas ocasiones de la exageración del amor de Dios y del temor excesivo á su ley, de ese terror que supo difundir Felipe en todas las conciencias por el vehículo del santo Tribunal, hábil distribuidor de la ignorancia y de la exalta- da superstición, que levantó el sentimiento hasta la locura. La idea fija del terror á la iglesia ca- tólica, que la Reforma española no pudo desarrai- gar, ni siquiera conmover, sostenía, á la vez que era su consecuencia, el estado mental anómalo que cerró la inteligencia á toda penetración ex- terior; porque la locura ó los estados que-se le parecen, vive en reclusión completa dentro de las fronteras del mundo que ella se forja, sin que una impresión ó una idea pase, cuando pasa, sin su- frir la transformación mental que el delirio le impone. Esos cerebros, no solamente no presentan ni con mucho la plasticidad de los histéricos, sino que (haciendo abstracción de ciertas categorías de enfermos como los débiles de espíritu y los para- líticos generales) no ofrecen á la sugestión la pre- sa relativamente fácil que presentan de ordinario los sujetos normales; y es cosa curiosa ver en ciertos maníacos razonadores, por ejemplo, y á despecho de todas las modificaciones que se han (') Morel, Traite des maladies mentales, París, 1860; Me- néndez Pelayo, Heterodoxos españoles. FELIPE II 667 producido en sus condiciones de existencia y sus relaciones, persistir durante cuarenta años algu- nas veces, una misma idea delirante, sin va- riación ni cambio (*). En el loco y «el semi-loco delirante, se estrella toda demostración de la ab- surdidad de sus apercepciones; ninguna contra- dicción, ninguna burla, ningún desprecio los to- ca; la opinión de la mayoría les es indiferente, y los hechos que no son de su agrado, los ignoran ó los interpretan de tal manera, que parecen venir en corroboración de su delirio. Los obstáculos no los arredran, porque contra la pujanza de su delirio, su instinto de conservación mismo es incapaz pa- ra luchar, y en virtud de la misma razón, están siempre prontos á llegar hasta el martirio ». Tal es, en parte, la historia de esa rara inaptitud del cerebro español para la penetración de la Refor- ma; tal, la de esa violenta ó inconmovible tenaci- dad de Felipe contra la herejía. Construido y mantenido por manos maestras semejante estado de verdadera alienación colec- tiva, la Reforma debió reducirse á la tentativa más ó menos feliz de unos cuantos espíritus au- daces, cuya palabra se perdía sin eco suficiente en el vacío que hizo fracasar su propósito. En estos casos, es evidente que tal estado evoluciona necesariamente hacia un término marcado de an- temano, cualquiera que sea la acción de los acon- (') L. Marillier, Duróle de lapathologie mentale dans les recherches psycho log iques, 668 LA LOCURA EN LA HISTORIA tecimientos intercurrentes. Sobre todo en los pre- dispuestos, que eran los más, la exaltación esta- llaba á consecuencia de confesiones mal dirigidas, de sermones sobre las penas del infierno, de ayu- nos excesivos que provocaban la anemia. El ori- gen de las epidemias coreicas ó demonopáticas debe ser atribuido al mismo género de propagan- da y procedimiento según Mareé Q, para quien el pronóstico de las formas religiosas del delirio, es mucho más grave (pág. 299) que la de los otros, á causa de la tenacidad, de las falsas concepciones, de la extensión de su irradiación, de la facilidad con que se complica de ilusiones y de alucinacio- nes (loe. cit.). Todas las causas morales depresivas vaciadas con una mano pródiga por el clero regimen- tado sobre aquellas almas timoratas, y expre- sadas por ideas de naturaleza lipemaníaca las sospechas constantes de condenaciones inferna- les en un grado de extensión patológica ase- guraban á Felipe II su triunfo definitivo sobre los reformados españoles. Por otra parte, la impo- sicióny contagio de su delirio, imposición y con- tagio á la manera como se verifica la transmisión de la folie a deux en sus diversos tipos clínicos (tipo Laségue, Falret, tipo Regis, etc., etc.) fué un coopeador eficaz del Santo Oficio. Aquello de que un loco hace un ciento, tiene un relativo fun- C) Marcé, Traite des maladies mentales. FELIPE II 669 damento científico. El contagio de la locura, co- mo lo entiende hoy la ciencia naturalmente O, y con especialidad la forma religiosa, es frecuente y fácil, ((extrémement contagieuse», dice Mareé (pág. 229), y si se tiene presente aquella intimi- dad prolongada y absoluta escapando á toda in- fluencia exterior, que da verosimilitud al deli- rio (2), y que se verificaba allí ampliamente por las condiciones del medio y de la vida de ese pue- blo, se verá cuan fácil pudo ser la contaminación. Esa es una de las fases más importantes, el mo- dus operandi intimo de la influencia que los re- yes neurópatas fanáticos, especialmente Felipe II y Carlos V, han ejercido en España. Una vez cons- tituido el medio por la Inquisición antigua y mo- derna, los predispuestos de todo género, á menu- do ya invadidos por una vesania tranquila que podríamos designar con Dupain (3) bajo el nom- bre de vesania latente, y de la que no se apercibe nadie hasta que se exterioriza, se revelan manifes- tando en una ú otra forma su psicopatía, y siguen su impulsión psicológica si no se tiene el cuidado de dispersar los grupos más ó menos compactos de los delirantes. Agreguemos á esto, que los «tipos mórbidos tienen una gran semejanza entre si, no solamen- (') Véase F. L. Arnaud, La folie a deux, ses diverses for- mes cliniques (Annales médico-psychologiqúes, 1893). (*) Arnaud, loe. cit. (3) Dupain, Delire réligieux. 670 LA LOCURA EN LA HISTORIA te en el curso de una epidemia dada, sino tam- bién en todas las epidemias, en todas las épo- cas y en todos los países » y que es por otra par- te una forma perfectamente curable, si bien no por eso menos grave en sus consecuencias. Eso es, pues, «lo que constituye el substractum de las histerias de la edad media y de ciertas epidemias locales que se han producido en diversos pueblos, aun en los tiempos modernos» ('), siendo indis- pensable la intervención de la autoridad, mucho más indispensable que en las otras vesanias. Pe- ro cuando aquella conspira para difundirlas y sostenerlas, su generalización tiene que afectar las proporciones inusitadas que apuntamos hace un momento. La plaga invadió así los conventos de hombres y mujeres, dentro y fuera de ellos, enea- sí toda España, y en diversas formas y matices con intensidad variable, afectando á- todos los espíritus y sustrayéndole á toda influencia ex- terna. Todo esto por lo que respecta á los luteranos de España: fuera de ella la propaganda en favor de sus libres propósitos tomó proporciones no menos alarmantes para el espíritu bravio del Santo Ofi- (l) Dupain, loe. cit., pág. 247; Ellis W. C, Traite de l'alié- nation mentale (traducción de Archambauld), París, 1840; Guislain, J., Traite sur Valiénation mentale et sur les hospi- ces d'aliénés, Amsterdam, 1826; Falret, Des maladies men- tales et des asiles d'aliénés, París, 1864 ( Lecons de 1830 á 1832); Griesinger, Traite des maladies mentales, traducción francesa por Dournic, París, 1873, etc. FELIPE II 671 ció. Parece que todos esos emigrados, muchos de ellos monjes Jerónimos, escogieron al principióla residencia de Alemania, y todos los años llevaban á la feria de Francfort sus libros, y los más auda- ces llegaron á Flandes con algunas cajas para re- mitirlas á España ('). Los inagotables recursos del ingenio, aguzado por el terror de las persecu- ciones, les suministraban' curiosos procedimien- tos para introducir en su país la Reforma. Los pro- testantes que quedaron allí, particularmente en Andalucía, costeaban los gastos de las ediciones, y Pedro Ballero Estcelcio y otros libreros de Am- beres servían de intermediarios para el contra- bando. Los libros venían en toneles desde Franc- fort, y llegaron á venderse más ó menos encubier- tamente en la feria de Medina del Campo y en Sevilla, donde tenía sucursales Pedro Vilman, li- brero antuerpiense (2). En 1563, algunos de estos protestantes, entre ellos Casiodoro de Reina, pasaron á Inglaterra buscando el amparo de la Reina Isabel, á quien servían de espías. Súpolo Felipe II, por aviso de su embajador Cuadra, y en 15 de Agosto le escribió : ((He visto lo que me decís que ha ido ahí un D. Francisco Zapata con su mujer y por- que holgaría mucho que se pudiera hallar algún remedio para sacar de ahí al dicho D. Fran- Q) Menéndez Pelayo, Historia de los heterodoxos espa- ñoles, pág. 456. (*) Menéndez Pelayo, loe. cit., pág. 457. 672 LA LOCURA EN LA HISTORIA cisco Zapata y al Casiodoro, os encargo mucho que miréis sobre ello y me aviséis de la orden que se podía tener para sacarlos de ahí y traer- los a estas partes, o que se podrá hacer para re- mediar el daño que ahí hacen y esto sea con to- da brevedad, que en ello me serviréis mucho » ('). Los trabajos bíblicos, considerados como ins- trumento de propaganda, dice nuestro ilustre guía, han'sido en todos los tiempos ocupación predilecta de las sectas protestantes y que des- deñaron los reformistas de España: Juan de Valdez puso en hermoso casteflaiío los Psal- mos y parte de las Epístolas de San Pablo; Francisco de Enginas, no menos helenista, ver- tió* del original todo el Nuevo Testamento; Juan Pérez aprovechó y corrigió todos estos traba- jos. Uno de los protestantes fugitivos de Sevi- lla, emprendió y llevó á cabo no sin acierto una traducción ele la Biblia que faltaba en castellano y logró introducir en España gran número de ejemplares, burlando la severa vigilancia del Santo Oficio. « Mucho holgarianos que hubiesedes ha- llado el original de la Biblia en español, escfHf bia Felipe II á D. Francisco de Alaba, su embaja- dor en París, y que así mismo hubiesedes recogi- (x) Documentos de Simancas que le comunicó en copia al Sr. Menéndez Pelayo el Sr. D. Adolfo de Castro, antes de la Historia de los protestantes españoles. Apuntamientos para la historia del Rey D. Felipe II de España, por lo tocante á f) sus relaciones con la Reina Isabel de Inglaterra, desde el año 1858 hasta el de 1516. Pages 673-691 missing ?M 1 > NLM 005^131^ M NLM005613194