9992�1 ITH,E£> ■A . NATIONAL Lid R AR MEDICINE Washington,D.C. Ü ALGUNAS REFLEXIONES BOBRE LAS XIVE SE REFIEREN A PRESENTADAS Á LA ACADEMIA DE MEDICINA DE MÉXICO EL 19 DE JULIO DE 1869, por f &OM1t ttt£ \xñ0¡< PROFESOR DE LA ESCUELA DE MEDICINA Y ANTIGUO DIRECTOR DE LA VACUNA MUNICIPAL. '««S* sv r¿i r - --i.ii v4W*7 imexico. Imprenta de J. M. Lara, calle de la Palma núm. 4. 1869. WCH fíl-rn 7U> ■ 10314,, ¿ttor\ '>'■> '■'■•'■■' -'■ JÍC* -.¿a^P-3*' r,'t.'\ vÁ "l •. V';"1 .;' ■■■' ->¿ -l ob Bínn-j star> ají AL LECTOR. Confiado ciegamente en la virtud preservativa permanente de la vacuna humanizada, como lo estuvo siempre el Sr. mi padre que re- cibió la vacuna de manos del Pr. Balmis, el año de 1804, y que ob- servador concienzudo, en su larga vida jamas vio desmentirse lo que sobre sus benéficos efectos habían asegurado los primeros vacuna- dores, cuando le succedí en el honroso empleo de director de la vacuna, me hallé en el deber de hacer un objeto de estudio las di- versas opiniones, que sobre algunos puntos que se refieren á este preservativo, han ido generalizándose en muchos puntos de Europa. Admirado al ver que la esperiencia no ha confirmado aquí lo que por allá tanto se asegura, fueron formándose en mi espíritu convic- ciones opuestas, y solo trataba de hallar la esplicacion posible de aquellas cotradicciones. La lectura de los antiguos autores, la esperiencia propia y la me- ditación, fijaron al fin mis opiniones hace tiempo. Acaso las habría guardado para mí solo, si con motivo de las recientes é importantes discusiones sobre la vacuna, no hubiera creído un deber someterlas al criterio de personas instruidas, que deben estar tanto mejor pre- paradas para juzgarlas, cuanto que ellas mismas son verdaderamen- te testigos de lo que afirmo. No hemos visto, aquí que sufra las viruelas graves el que fué bien vacunado. No hemos visto aquí, tampoco que sea preciso revacunarse á los diez, ó á los quince años para seguir libertándose de ellas. No podemos persuadirnos, por consiguiente, de que la vacuna ha- ya degenerado, ni de que presente esas debilidades de que se le acu- sa, supuesto que hoy produce los mismos y tan completos efectos como cuando llegó á México por la primera vez. No hemos visto aquí, que pase la sífilis con la vacuna. Por tanto, no seria juicioso abandonar una práctica tan esperi- mentada, y que ha satisfecho tan completarheíite á su objeto. Juzgar estas cuestiones; procurar hacer ver en qué consiste esa diferencia de opiniones? poner de manifiesto que son enteramente in-' fundadas las acusaciones hechas contra la vacuna humanizada, las que muchos sin el suficiente examen y con una suma ligereza han aceptado; tal ha sido el objeto de estas reflexiones, que someto igual- mente á la apreciación de todas las personas de buen sentido. México, Setiembre 2S de 1869. ¿^/ftiua "Ninguno puede ser censurado cuando es- pone sus pensamientos de buena fé, y con la sola mira de encontrar la verdad: si se equivo- ca, á otros mas instruidos toca señalar los errores que hayan podido estraviarlo." SEÑORES: O sin temor de causaros una verdadera molestia traigo ante vosotros, para someterlas á vuestro juicio, las ideas que pro- feso sobre las cuestiones mas importantes que se refieren á la vacuna, y las convicciones que el estudio de este ramo han fi- jado, hace tiempo, en mi ánimo. He dicho que no sin temor de causaros molestia, porque por una parte veo, y no sin sentimiento, que algunas personas están persuadidas de que se sabe hoy sobre vacuna todo lo que puede saberse, y que cualquiera dis- cusión sobre ella es por lo mismo inútil y aun ridicula. Por otra parte, la reciente exacerbación de los ánimos con la discusión que en el seno de la Academia y fuera de ella provocó* la aparición en México de la va- cuna animal, podría hacer temer que vinieran á renovarse aquellos momentos des- agradables de que fueron origen, para varias personas, algunas circunstancias par- ticulares. Pero Señores, siendo un hecho indudable que este ramo fué estudiado desde su origen con todo el esmero y atención que demandaba su importancia, lo que lamento es que todo eso se haya olvidado, y que se haya introducido (hace años) una verdadera confusión en las ideas, confusión que necesariamente se aumentaría, sobre todo en el vulgo, con la revolución que debia ocasionar el modo con que ha sido presentada á los pueblos la vacuna animal. _4— ¿Será fuera de orden 6 inoportuno cualquiera trabajo que, formado de buena fé, no tiene otra mira que la de ver si se consigue que desaparezca la confusión que sobre esto se ha introducido, la que no podría tener otra consecuencia que la ad- misión obligada de errores que acabarían por ocasionar trascendentales perjuicios? No es otro mi propósito, y para disminuiros en lo posible la molestia que la lectura de este trabajo debe ocasionaros, solo desearía poder reducirlo hasta don- de me fuera dable, tanto mas, cuanto que estoy convencido que no es el que mas habla el que puede persuadir á los otros de sus opiniones, sino el que acierta á esponerlas con precisión y claridad. A este fin tenderán mis esfuerzos, y no haya temor de que mis espresiones pue- dan herir personalidad alguna, bien que combata ideas recibidas con favor por mu- chas personas: solo sí que me será permitido remontarme al origen casi de la va- cuna, para ver si tomando desde allí el hilo de los acontecimientos encontramos en esta historia, de un modo evidente, la verdad de las cosas, y si podemos pre- sentarlas bajo su verdadero punto de vista. La fé, Señores, que inspiró al fin la vacuna en los primeros años de su aplica- ción, ¿tuvo ó no fundamentos sólidos? No puede dudarse que los tuvo, cuando se vé á los que la establecieron, lu- chando no solo con las preocupaciones y dificultades que acompañan siempre to- da innovación de esta clase, sino con otro obstáculo mucho mas poderoso, cual $ra el que oponían multitud de personas que practicaban la inoculación del pus vario- loso, y á lo que debían muchas de ellas grandes fortunas. Los vacunadores encontraban, pues, á cada paso, nuevos obstáculos y objecio- nes suscitadas por sus antagonistas, que les era indispensable resolver. Nada desanimó á aquellos perseverantes bienhechores de la humanidad; y so- metiendo á multiplicadas esperiencias todos los hechos que se les oponían, ó los que parecía ofrecerles en sentido contrario su propia práctica, llegaron al fin, des- pués de algún tiempo, á lograr ver disipadas todas las nubes que encontraron al principio en su camino. He aquí como se espresa Mr. Husson en la obra que, bajo el título de Inves- tigaciones históricas y médicas sobre la vacuna, publicó en París en 1803. •Después de haber espuesto todos los trabajos y esperiencias que se hicieron en Francia, repitiendo las vacunaciones y reiterando las contrapruebas, trabajo que no duró menos de tres años y que fué hecho con una prudente lentitud; después de esponer todo lo que se hizo también en otras diversas naciones, se espresa así en la página 54: « En fin, se ha llegado á un grado de convicción tal, que se puede predecir, que dentro 4e, algunos años las viruelas serán desconocidas en todas las ciudades en donde haya sido propagada la vacuna.» — 5 — Señores: como he creído de la mayor importancia apelar frecuentemente á la autoridad de Mr. Husson, juzgo de mi deber, antes de pasar adelante, manifestar cuanta es la fé que merecen sus palabras; por lo cual me permitiréis que copie las, que se hallan en el artículo vacuna del Diccionario abreviado de Ciencias Médicas, escrito veinte y tantos años después. Describiendo la falsa vacuna, dice, pág. 387: « A estas descripciones que hemos tomado por completo de la obra de Mr. Hus- son, no-pudiendo nosotros escribir mejor que lo que él lo hizo, añadimos las par- ticularidades siguientes, que son también tomadas de su misma obra.» Volviendo á lo principal de mi asunto, decía, que la verdad se llegó á estable- cer definitivamente y por completo en la vacuna. ¿ Qué ha pasado después, Señores, que pueda haber dado motivo á que esta fé haya llegado á entibiarse? ¿Será que confiadas las gentes al principio en la seguridad que se ofrecía por ella para toda la vida, han visto con pena restringir la acción poderosa de la va- cuna, limitándola hasta á decenios? ¿ Será que presurosos los padres á libertar á sus hijos del azote fatal de las vi- ruelas, los han visto tal vez pereoer de ellas después de una vacunación desgra- ciada? , ¿ Será que se hayan llegado á persuadir muchas gentes, pueda ser cierta una objeción (que no es nueva, como probaré en otra parte), á saber: que la continua transmisión y paso de la vacuna por multiplicadas generaciones, debe de haber al- terado su naturaleza ó héchola degenerar? Lo cierto es, que acaso todas estas circunstancias unidas, y la objeción podero- sa reproducida muy recientemente, de la comunicación posible de algunas enferme- dades, muy particularmente de la sífilis, por la vacuna, amenazan hacer vacilar aun mas todas las creencias. Examinemos si estas vacilaciones tienen ó no un fundamento sólido. Ya en otro trabajo he tenido el honor de deciros, cómo Jenner estudiaba ya las llamadas degeneraciones de la vacuna, y por creerlo importante, me tomo la liber- tad de copiar por completo las palabras de Mr. Husson. ((Poco tiempo después, Jenner, estudiando las degeneraciones que sobrevienen algunas veces á la vacuna, fué atraído á la opinión de Pearson, y él confiesa que es probablemente por haber cometido algún error en el diagnóstico de la verdade- ra vacuna, que habia creído primero que las viruelas volvían á un individuo inca- paz de contraer la vacuna. « Hoy, dice Jenner, he cambiado de opinión; pero estoy dispuesto á creer con el Dr. Pearson, que no se puede jamas tener la verdadera vacuna cuando se han tenido las viruelas.» — 6 — Ya veis, Señores, que el mismo descubridor de la vacuna estudiaba ya sus lla- madas degeneraciones, lo que prueba que eran una cosa anexa á ella: y quede tam- bién desde ahora consignado, que era muchos veces difícil, aun para el mismo Jen- ner, reconocer la vacuna legítima ó verdadera. La Comisión Médico-Quirúrgica de Milán no sé conformó con la declaración de Jenner, sobre la imposibilidad de producir la vacuna verdadera en los que ha- bían tenido las viruelas: ella estableció, dice Mr. Husson, esperiencias, que die- ron resultados enteramente diferentes de los obtenidos por los médicos ingleses, y, añade, que probó, que se podia contraer la vacuna después de haber tenido las viruelas. No dudo, Señores, que por la esperiencia que tenéis ya adquirida, os repugna- rá admitir que los que han padecido las viruelas verdaderas puedan contraer la vacuna legítima. Esto fué negado por los antiguos vacunadores ingleses, Pearson á la cabeza, á cuya opinión se adhirió enteramente Jenner, como llevo dicho. He aquí como sigue espresándose Mr. Husson, pág. 102: « Ved ahí la opinión de Jenner y de Pearson completamente destruidas: sin em- bargo, se la puede conciliar con la de la Comisión, pero es necesario servirse de la analogía y hacer lo que se hace respecto de las viruelas, que son tan conoci- das, distinguiendo en la vacuna una afección local y una indisposición constitucio- nal. Por medio de esta distinción esencial se comprenderá, cómo una pústula va- cunal puede por un simple trabajo local, desarrollarse sobre un individuo que ha tenido las viruelas, sin infectar su constitución y después reproducir la vacuna, cuando sea trasportada sobre otro individuo la materia que contiene. Esto es lo que hizo la Comisión de Milán, etc.» En la página siguiente añade: «Respecto de Pearson, que aseguraba no haber visto jamas verdadera pústula vacunal, ni la calentura específica, en aquellos que habían tenido las viruelas, su observación está de acuerdo con la de la Comisión, por lo que respecta á la afección constitucional; pero se puede creer que él hubie- ra sin duda observado pústulas vacunales bien caracterizadas, si hubiera empleado en sus esperiencias una materia dotada del mas alto grado de viscosidad.» ¿ Puede satisfacer esta especie de transacion y las consecuencias de ahí inferidas? Desde luego habréis notado que la Comisión convenia con la opinión de Pear- son, en cuanto á que no se observaba en estos individuos el efecto constitucional. Después de esta confesión, aun menos dispuestos estaréis á aceptar sin examen las aserciones de la Comisión de Müan, cuando oigáis, espuestos por ella misma, los caracteres de la vacuna que observó. Dice así: «Tres niños que habían tenido las viruelas fueron vacunados; las pústulas se — 7 - desarrollaron con todos los caracteres de la vacuna legítima; pero, añade, se ob- servó solamente que el color de los botones era un poco amarillento; que la forma umbilicada no habia sido al principio muy marcada; que la areola habia sido irre- gular; que las costras eran un poco mas delgadas y frágiles que las otras, y que, después de su caida, no habían dejado ninguna señal sensible.» ¿ Podremos reconocer en la descripción que precede los caracteres de una per- fecta y legítima vacuna? Yo creo que de ninguna manera debe pretenderse esto, y eso aun cuando agre- guen que el fluido tomado de uno de esos niños produjo en otro, no vacunado, una vacuna verdadera; pues mas adelante tendré ocasión de apreciar el valor de ese esperimento, cuando hable de la vacuna que puede obtenerse en los ya vacu- nados, á los que encontraremos como identificados con los que padecieron ya las viruelas. Ni me detendré aquí á juzgar la harmonía que quiso establecerse entre opinio- nes tan diversas, como lo eran las de los vacunadores ingleses y la de la Comisión de Milán, por medio de una esplicacion que, como veremos, puede usarse en pro y en contra de muchos hechos que debemos analizar. Baste señalar el absurdo que resultaría de admitir que hubo una verdadera va- cuna, allí adonde no hubo el efecto constitucional, y adonde el mismo efecto local presenta también caracteres diversos de los asignados á aquella. No se limitó la Comisión de Milán á procurar establecer esta idea, que los que han padecido viruelas pueden contraer la vacuna verdadera, sino que emitió tam- bién otras opiniones, que debían ser mas adelante de aplicaciones no menos peli- grosas. Admitió dicha Comisión, que debian considerarse como legítimas algunas pústu- las vacunales de muy corta existencia, en las cuales se observaba que, aunque apa- recidas el cuarto día, la desecación se habia efectuado al octavo; inmediatamente caía la costra, hallándose todo terminado al noveno. Yo sostengo, al contrario, que semejante marcha en la vacuna debe hacer des- confiar de ella para el porvenir, y que los individuos en quienes esto se observe, pueden hallarse aptos en otra época, á contraer la verdadera vacuna, así como á padecer las viruelas. Aun es mas digno de notarse que dicha Comisión admita lo siguiente, y aquí quiero dejar hablar á Mr. Husson, para que no se crea que altero en nada el sen- tido de sus propias palabras. Dice así, pág. 6Q: «La misma Comisión ha tenido varias ocasiones de observar, que.la pústula de la verdadera vacuna puede no tener la forma umbilicada: esto sucede, sobre todo cuando la aparición de la pústula es muy tardía y que la picadura de la inserción ha sido pequeña. Entonces la picadura ha tenido el tiempo necesario para cica- — 8 — trizarse; la epidermis se regenera allí perfectamente. Como no existe, pues, na- da de lo que produce la depresión central de la pústula, es decir, la solución de continuidad hecha á la piel por el instrumento en el momento de la inserción, no es estraño que en este caso no se encuentre sobre la pústula. Así, se puede de- ducir esta consecuencia: que la forma umbilicada de la pústula es ocasionada por el solo mecanismo de la inserción, pues que la depresión central se manifiesta pre- - cisamente en el lugar de la picadura.» Me parece que ha sucedido con la vacuna lo mismo que con las viruelas: se ha descrito un tipo de la viruela legítima, y se ha comparado con otro que represen- ta la varioloides; pero entre estos dos términos de comparación ¿Cuántas varieda- des no se encuentran, cuya calificación se ha dejado al juicio de los prácticos? Y ¿no vemos con frecuencia viruelas declaradas legítimas, por médicos instrui- dos, quienes sin duda alguna han formulado este juicio por el aspecto de las pús- tulas, por su marcha, tal vez por su aparente gravedad; y no vemos, digo, que se han equivocado declarando la inutilidad ya de la vacuna para esas personas, que después, á diversas épocas, son afectadas de las verdaderas viruelas, á las que su- cumben ó de las que- quedan gravemente maltratadas? Yo he visto con frecuencia casos de esto, y he oído á las familias sincerarse con el juicio emitido por sus médicos. En nada, sin embargo, debe desmerecer por ello la buena opinión de aquellos profesores, cuando vemos á Mr. Sedillot decir en su memoria (pág. 604), que la flor de los médicos de París, entre los hombres especiales, Tronchin, D'Aréct, Caille le Roy, Brander, Desessart, Portal, Sutton, Chaussier, etc., etc., cometie- ron errores graves de diagnóstico, declarando en varios casos, que lo que tenían á la vista eran casos de viruelas legítimas, hallándose obligados después á reformar su juicio. Mr. Sedillot cita varias observaciones detalladas para probar esto. Yo me permitiré copiar solo una, por las particularidades qtié Contiene. Dice así en la pág. 595: « Sétima observación. Desessart ha comunicado á i la Comisión de vacuna de la Sociedad de Medicina de París, que yo tenia el honor de presidir, y en cuyos trabajos él tomaba parte, un hecho análogo (al anterior). «Llamado á prestar sus cuidados á un enfermo de edad de veinticuatro años, que habia sido inoculado en su infancia por Sutton, vio desarrollarse á su vista la serie de síntomas precursores ordinarios de las viruelas, que fueron seguidos de una erupción varioliforme muy abundante. El no vaciló en afirmar que eran ver- daderas viruelas. « Sin embargo, un certificado, que Sutton habia entregado' á la familia del ino*- culado, atestiguaba que la operación habia surtido perfectameíite, y que la preser- vación éstpba asegurada. — 9 — « Admirado de la aparición de un fenómeno tan estraño que se le presentaba por la primera vez, este célebre médico inoculador llamó á consulta á un colega, no menos célebre, Portal, cuyo nombre entre nosotros está unido á grandes re- cuerdos* Este último decidió igualmente, que la enfermedad sometida á su examen era verdaderamente la viruela. Convinieron entre sí agregarse á Mr. Sut- ton, con la precaución, sin embargo, de dejarle ignorar la inoculación que habia practicado y el certificado que habia espedido. « Este último inmediatamente declaró, y de un modo positivo, que aquella en- fermedad era la viruela misma, y manifestó su sorpresa por haber sido llamado con médicos tan ilustres para juzgar Un caso tan simple. «Mas á la vista de su certificado cambió repentinamente de parecer, y declaró altamente que era imposible que fueran las viruelas verdaderas. « En efecto, siguiendo su consejo, y por los buenos oficios d'Auvity, cirujano en gefe del Hospicio de la Maternidad, doce niños fueron inoculados públicamente con el virus recogido con toda precaución en aquellas pústulas, á la época conve- niente, y conservado con triple sello para «vitar todo engaño. «En esta prueba solemne, la inoculación no tuvo otro resultado que producir en varios de estos individuos un punto inflamado, apenas aparente en algunas pi- caduras, sin ninguna erupción. « En los últimos años de la vida de Portal, cuando ya se hablaba mucho de va- rioloides, conversaba con él de este hecho, cuyos detalles todos conservaba muy bien en la memoria.» Esta observación nos hace ver: 1? Cómo algunas veces pueden equivocarse los hombres mas espertos, en el diagnóstico de las verdaderas viruelas. 2° La fuerza de la convicción que la práctica habia creado en el ánimo de Sutton, quien declaró que era imposible que aquellas fueran viruelas verdaderas, una vez que le constó que la inoculación, practicada por él mismo, habia tenido un resultado completo. 3° El ningún resultado, como medio de inoculación, del virus tomado de aque- llas pústulas, lo que prueba que en la varioloides el fluido contenido en las pús- tulas, aun cuando estas se parezcan mucho á las de las viruelas verdaderas, es co- sa muy diferente, y que no se debe esperar de ambos el mismo resultado. Mr. Sedillot cita otros casos análogos, en que se hizo la inoculación también sin resultado; pero estos casos son mas completos, porque sometidos después los individuos inoculados á una nueva inoculación, con el pus -tomado de verdaderas viruelas, sufrieron completamente los efectos de esta Ultima operación. ; No debemos pensar h mismo, de la diferencia en los efectos que deba produ- 2 —10— cir en el cuerpo humano el fluido tomado de una pústula vacunal perfecta, respec- to del de'otra mas ó menos modificada? Aplicando á la vacuna las consideraciones anteriores diré, que se ha fijado un tipo á la vacuna verdadera y otro á la que puede ser reconocida por todos, á pri- mera vista, como falsa; pero entre estos dos estremos ¿cuántas variedades cuya calificación debe hacer el médico, y cuántas probabilidades de que se equivoque con frecuencia? Aun hay otras circunstancias de mas gravedad respecto de la vacuna,, y es que, en multitud de lugares es propagada por personas estrañas á la ciencia, que aun- que animadas por un celo loable, pueden cometer errores fatales para sus vacuna- dos y para el crédito de la vacuna. Que esto pasa en nuestro país, nadie puede ponerlo en duda; pero esto mismo pasa en las mas civilizadas naciones. Para no hablar mas que de Francia, veamos como se espresa la Comisión de vacuna de la Academia de Medicina de París, en un informe que dirigió al Ministro de Comercio sobre una obra del Dr. Marc, in- titulada: La vacuna contraída á la simple razón natural, publicada en 1835 (se- gunda edición). V( Reasumiendo la Comisión las observaciones que han hecho esmeradamente los mas celosos y diligentes vacunadores del reino, ha venido en conocimiento de las conclusiones siguientes: (Omito las tres primeras que no pueden servirnos en este momento.) «4? La práctica de la vacuna se reconcentra mas y mas en poder de las par- teras y comadres, entre las cuales, el mayor número de ellas carece de los cono- cimientos necesarios pava justificar la validez de sus operaciones.» Se infiere de todo esto, que si se han cometido muchas veces por los médicos errores lamentables sobre el diagnóstico de las verdaderas viruelas, aun mas mul- tiplicados deben haber sido los cometidos por multitud de aficionados, sobre la apreciación de una vacuna legítima. Ved ahí una fuente inagotable de acontecimientos desgraciados, y no estraña- reis ya por qué con tanta frecuencia se convierta en perfectamente falsa, una va- cuna que era verdadera antes de llegar á sus manos. Lo sensible es, que muchos de estos errores puedan encontrar alguna autoriza- ción én el dictamen de personas ó comisiones que, por respetables que hayan po- dido ser, han estado, sin embargo, sujetas á errar en sus apreciaciones. Y aquí, Señores, yo no puedo dejar pasar sin examen la aserción, de que la forma umbilicada en la vacuna no sea un carácter peculiar á ella, -por ser produ- cida por el modo de inserción del virus vacuno. La simple razón basta para convencer que esa esplica'cion es inadmisible: por- que ¿no ^emos la falsa vacuna, aplicada por el mismo mecanismo, elevarse en pun- —li- ta en el centro en vez de deprimirse? Y ¿tío vemos la forma umbilicada, en la va- cuna legítima, producirse, cuando se aplica sobre una porción de la piel desprovis- ta de su epidermis, por Cualquiera otro medio, sin que intervenga picadura alguna? Ni ¿qué picadura precede á la misma forma umbilicada en la pústula que repre- senta la viruela legítima? . Ademas, he visto con frecuencia pústulas bastante retardadas en su aparición, pero jamas he observado que- esa circunstancia ocasione la ausencia de la forma umbilicada. Es, pues, este, Un carácter de la verdadera vacuna, y la prudencia dicta no usar nunca de aquellas pústulas en las que la referida forma no se observe. Importa á mi propósito que, dejando para otro lugar el seguir esponiendo otras muchas consideraciones que deben pesar sobre el juicio que debemos formar hoy so- bre la vacuna, importa,, digo, que nos ocupemos inmediatamente de la vacuna falsa. Mas para poder ser mejor comprendido en, lo relativo á este punto tan intere- sante, creo no se llevará á mal hable algo de las viruelas mismas. , Antes que todo investiguemos, si desde que,existen, las viruelas se han obser- vado también todas aquellas afecciones que se les parecen, y á las que se han apli- cado succesivamente diversas denominaciones: viruelas falsas, varioloides, virue- las modificadas, varicela, etc. Creo que no debemos poner en ello duda. Mr¿ Sedillot nos dice en su memoria, pág. 607: «Todos los, autores, antes y después de Sydenham, hasta nosotros, han observa- do frecuentemente, en el curso de las epidemias de viruelas y aun en su ausencia, otras afecciones pustulosas que presentan mas ó menos semejanza con ellas, sea por varios de sus pródromos, sea por el carácter aparente de las pústulas; lo que daba frecuentemente lugar á grandes equivocaciones, contra las cuales se han des- plegado todos los recursos del genio observador. «Se trataba de saber si esas erupciones eran verdaderamente variolosas; ó en otros términos, si tomadas por tales podían servir de prueba de recaídas de vi- ruelas. «En los primeros tiempos la cuestión fué fuertemente disputada, y de los dos lados, dice Van-Swíeten, por hombres de grande autoridad. Pero los hechos han hablado; la verdad se ha mostrado, y se ha convenido en considerar estas erup- ciones como falsas viruelas ó viruelas bastardas............... «De elkts (dice mas adelante) los franceses han admitido cinco formas diversas: 1? la pustulosa umbilicada; 2? la pustulosa conoide; 3? la pustulosa globulosa; 4? la papulosa; 5? la vesiculosa.» t En el ^Diccionario de-Medicina y Cirugía prácticas, artículo viruelas, pág. 586, Má*. ,Hayer nos. dice: — 12— «He indicado Varios1 ejemplos de epidemias; variolosas; en casi todos1, las diver- sas formas de las viruelas y de sus principales modificaciones, han sido observadas.» Si á veces nuevas denominaciones aclaran cuestiones dudosas, en otras ocasio- nes pueden engendrar una confusión que no existia* Tal pareció á Mr. Sedillot que sucedía cuando se creó la palabra varioloides. He aquí como se espreSá en la pág. 614: k Cuando por primera vez la palabra varioloides vino á herir mi oido, como de- signando una enfermedad grave interpuesta entre la viruela y la vacuna, enferme- dad sin duda desconocida hasta el presentei procuré traer á mi pensamiento mis estudios anteriores; y no encontrando allí nada que pudiera aclararme semejante descubrimiento, examiné si su denominación podía caracterizarla, como era racio- nal creerlo^ en el estado de progreso en que se hallan actualmente todas las cien- oias; pero ¿qué hallé? una derivación de tina palabra que lleva en sí un vicio rar dical, y absolutamente vacia de sentido. «Yo busqué entonces, en la sinonimia de esta nueva designación algunos ras- gos de luz sobre el objeto de mis investigaciones. ¡ Lejos de eso! las palabras viruela degenerada, viruela modificada, viruela mitigada, han venido á aumentar mi embarazo. ¿Pues qué, me he dicho, acaso Dios en su clemencia habrá hecho desaparecer del globo, esta espantosa enfermedad con que había afligido á la hu- manidad en su cólera? No es tampoeó nada de eso. «En fin, por la lectura de los escritos que trataban de este descubrimiento im- provisado, reconocí, con gran admiración mía, que esta denominación tan impro- pia, p®r una inconcebible aberración, acababa de ser aplicada á una de las falsas vi- ruelas, tan bien conocidas y tan bien descritas por todos nuestros predecesores, así como por nuestros contemporáneos, etc.» Mas adelante dice, pág. 615: «Sin embargo, seria injusto dejar pasar esta crítica, sin esplicar el sentido que se ha querido dar á estas nuevas denominaciones. « No se ha querido hablar mas que de la erupción varioliforme, que ataca á los va- cunados ó á los que han tenido viruelas; y como esta afección no se acompaña ge- neralmente de accidentes graves, se han hecho una ilusión, pretendiendo que es- ta erupción que no era, según ellos, mas que la viruela misma, se encuentra mo- dificada por la acción de unas viruelas anteriores 6 de una precedente vaGuna,..., «Pero veamos cual es el valor de este principio. Si estos honorables colegas recuerdan sus primeros estudios, convendrán que todos los escritores que han pre- cedido á nuestra época, al describir las viruelas, han descrito también con el mayor cuidado, las falsas viruelas, que son una cosa muy diversa, dice Sydenham, que las verdaderas, con las cuales no deben confundirse: que leaü el pasaje d© Va»- —13— Swieten, que ha servido de epígrafe á esta memoria, y de allí deducirán la con- secuencia, que desde esa época las falsas viruelas eran frecuentemente confundi- das por el vulgo con las verdaderas, y que podían reproducirse varias veces sobre el mismo individuo. . «Ellos recordarán también, que todos los inoculadores y todos los vacunadores, han visto las viruelas falsas atacar indistintamente á los que han pasado las vi- ruelas y d los vacunados, así como también á todos los demás individuos que ni han tenido viruelas ni han sido vacunados, y que no es sino por medio de estas fingidas equivocaciones, como los implacables enemigos de la inoculación y de la vacuna han intentado con tanta frecuencia y con tanto atrevimiento, pero tam- bién con tan poco éxito, comprometer estos dos grandes descubrimientos.» Mr. Genarin afirma, por su parte, (Diario general de Medicina, tomo 98, pág. 331) que la varioloides no es una enfermedad nueva; que frecuentemente ba sido tomada por una segunda viruela, por médicos que no han puesto la atención de- bida. «Nosotros, añade, hemos visto muy groseros errores de este género; pero á pe- sar de investigaciones muy multiplicadas, no hemos encontrado todavía un solo ejemplo de verdaderas viruelas sobre un sugeto bien vacunado.» Finalmente asienta, entre otras, las dos proposiciones siguientes: «El principio contagioso de las viruelas, obrando sobre sugetos poco aptos á esperimentar sus efectos, aunque no hayan tenido viruelas ni sido vacunados, pue- de desarrollar en ellos la varioloides. «Es, pues, un error, creer que no se observa mas que en los vacunados. (1) «La varioloides, aunque saca su origen de la viruela, se propaga por inocula- ción, solo en los individuos que no han sido Vacunados ni tenido viruelas, y con- (1) Eecientemente el Sr. Jiménez (D. Miguel) ha tenido, en su clínica en el hospital de San Andrés, un jovencito de ocho añes de edad (Alejandro Jaso) que no habia tenido antes viruelas ni habia sido vacunado: este enfermo entró allí atacado de una enfermedad que el Sr. Jiménez caracterizó de varioloides, y todo pareció confirmar bastante ese diagnóstico; sobre todo la ausencia de la calentura de supuración. Sin embargo, dice este Señor, que la duración de la enfermedad fué prolongada y aun re- tardada (el dia 12 estaba en su auge), y que quedaron después, en algunas partes, señales (que yo mismo pude ver) no muy estensas ni muy profundas; lo que prueba que las póstu- las que las produjeron supuraron en parte. Yo mismo acabo de tener en mi servicio de cirugía, en el hospital de Sau Andrés, (sala de mugeres) una niña de tres años de edad, no vacunada (Antonia Jarauta), que entró á curarse, el 24 de Junio, de una varioloides de apariencia grave: la marcha ulterior de la en- fermedad hizo ver que no fueron viruelas legítimas. El mismo Sr. Jiménez pudo ver esta enferma ya en el período de desecación. —14- > serva siempre, entonces, sus caracteres propios, sin tender á aproximarse, á la vi' ruela.» . ¡ . (Las aserciones de Mr. Gendrin están 'apoyadas en esperiencias. propias,'y de otros autores.) . '' Cómo se ve por los pasajes que he citado, y que podría multiplicar hasta dónde* se quisiera si no temiera cansar vuestra atención, desde que se han conocido las viruelas han sido siempre precedidas, acompañadas Ó seguidas de las diversas es- pecies de viruelas que se han llamado falsas, comprendidas las que mas se aseme- jan á las verdaderas, siempre que no sean perfectamente iguales á ellas.' No provienen de una degeneración de las verdaderas, ni son cosa nueva eri la práctica. La esperiencia nos lo acredita así todos los dias,' y Mr. Sedillot señala,'entre la varioloides y las viruelas legítimas, algunas diferencias esenciales que creo de- ber reproducir aquí. J&p. la pág. 603, hablando de que la forma umbilicada no es bastante para dis- tinguirlas, dice: «Sin embargo, ellas difieren esencialmente, por la naturaleza de sus virus, de los qué uno parece sembrar á su alrededor, por todas'las vías posibles, el córitar' gio, la desolación y la muerte, mientras que el otro es mas difícilmente trasmisi- ble, poco temible, aunque acompañado á veces de síntomas graves pero ^ámas funestos, escepto en los casos de peligrosas complicaciones.» : En la pág. 625 dice: «Las esperiencias microscópicas que acompañan á esta memoria, indican que el virus de la verdadera viruela presenta cristales, y el de la varioloides solo glóbu- los mucosos.» Mr. Sedillot refiere (pág. 619), que el virus de la varioloides ha sido inoculado con cuidado, y aun con solemnidad, en presencia de'los principales médicos de París, pero sin éxito, á individuos que no habían tenido viruelas. Que del mismo modo lo habia sido, y sin éxito, á sugetos que no habían sido vacunados, ni tenido viruelas, por Mr. Maingault. En fin, el célebre inoculador Mr. Valentin, dice (Diario general de Medicina, tomo 13, pág. 175): '«Por muchas tentativas que he hecho, no he podido nunca llegar á comunicar las falsas viruelas por inoculación, aun cuando se las pueda adquirir varias veces; mientras se las ve frecuentemente propagarse por contagió en la misma familia. He ensayado esta inoculación sobre mí mismo y sobré otros individuos, sin éxito.» De donde concluyer que las viruelas; falsas no son susceptibles de comunicarse por inoculación. , ,.,.,,.. —15— No falta, sin embargo, quien afirme que el virus dé la varioloides ha producido alguna vez, por la inoculación, las viruelas graves. ¿No será de pústulas de viruelas legítimas de las que se habrá tomado el virus que ha dado lugar á ese accidente? Todos saben, que cuando los inoculados por el antiguo método eran atacados de viruelas, los -inoculadores, para salvar su crédito, se apresuraban á inocular el vi- rus de aquellas pústulas, para hacer ver que sus operaciones habían tenido el efec- to que se deseaba. •De esto constan én los autores observaciones detalladas, y en todas ellas se es- presa, que la inoculación del virus de esas pústulas no producía resultado ninguno. Muchos afirman que la varioloides liberta de las viruelas graves. Esto podrá suceder muchas veces; pero yo personalmente he tenido ocasión de ver (como lo he dicho antes) muchos casos, en los que individuos que habían tenido esta enfermedad en su niñez, y que aun habían quedado algo marcados, han tenido después las viruelas graves; lo que me hace creer que, ademas de la vacuna, solo las viruelas legítimas preservan absolutamente de ellas mismas. Se concibe, sin embargo, que como los autores han debido fijar solamente los tipos de estas afecciones, muchas deben encontrarse en el medio, y no pocas se acercarán mas ó menos íntimamente á ambos estremos. Así es como pueden esplicarse las aserciones tan diversas y aun contradictorias de los autores, sobre todo lo que se refiere á la varioloides. Sea lo que fuere, es muy racional advertir, que la varioloides debe su existen- cia á, las modificaciones que causa en el organismo una viruela anterior ó una pre- cedente vacuna; pero que nó es cosa nueva, que ha existido siempre, y que apa- rece muchas veces en individuos que ni han sido vacunados ni han tenido virue- las; que en estos últimos, la influencia variolosa se limita á producir la varioloides, seguramente por pofca"aptitud natural (para esta enfermedad) de esos individuos; que aun cuando algunos afirman que el virus de la Varioloides, inoculado, ha dado algunas veces lugar: á viruelas graves, hay mucho lugar á dudar de esto, visto el gran número de esperiencias hechas por personas muy competentes, en cuyas ma- nos ningún resultado se ha obtenido; que aun cuando en muchos casos la varioloi- des sea suficiente, como preservativo de las viruelas legítimas, los resultados de las esperiencias hechas con el microscopio, y muy particularmente los resultados obtenidos por la inoculación de su virus, prueban suficientemente que no son idén-4 ticos, aun cuando provengan de un mismo origen; que por las circunstancias an- tes dichas, las constituciones dé los individuos en quienes el virus varioloso ha pe- netrado, pueden modificar mas ó menos considerablemente sus efectos; que no es natural que el virus, procedente de una enfermedad, abortada en cierto modo, pue- da dar lugar á la fonnacion de un virus igual enteramente al que suministra otra —ie— de igual clase, cuyo desarrollo fué completo; y que seria Un error mtiy craso creer, que (si se debiera practicar hoy todavía la inoculación de las viruelas) fuera cosa igual ó indiferente, para obtener un buen resultado, emplear el virus de la vario- loides ó el de las viruelas legítimas» Previas estas ligeras consideraciones sobre las viruelas, ocupémonos luego de la vacuna falsa. ¿Qué cosa es, Señores, la vacuna falsa? ¿Es alguna entidad nueva, cuya existencia baste por sí sola para probar que la vacuna no es hoy lo que fué en su origen? ¿Desde cuando existe y á qué ha de- bido su existencia? He ahí las primeras preguntas, que naturalmente ocurren cuando se quiere es- tudiar esta parte importante de la vacuna» Pero es muy fácil probar que la vacuna falsa ha acompañado á la verdadera desde su origen; que fué la primera que se introdujo en Francia y en algunas otras naciones, y, cosa particular, que el mismo Jenner, el descubridor de la va- cuna, fué el que la señaló á la atención de los prácticos» Oigamos como se espresa sobre esto el mismo Jenner. «En el cursó de mis investigaciones sobre la vacuna, asunto erizado de dificul- tades, como lo son todos aquellos de una naturaleza complicada, encontré (dice) que varios individuos que parecían haber sido accidentalmente vacunados, habían, sin embargo, resentido los efectos ordinarios de las viruelas, cuando en seguida ellos haoian sido inoculados con la materia variolosa. «TSsta circunstancia me sugirió la idea de consultar, sobre esto, la opinión de loa inoculadores del país: ellos fueron unánimemente de parecer, que la vacuna no po- día ser considerada como un preservativo cierto de la viruela. «Esta decisión moderó, durante un cierto tiempo, el ardor de mis investigacio- nes, pero no lo estinguió, y continuando en ellas, tuve la satisfacción de conven- cerme, de que las vacas están sujetas á varias clases de erupciones espontáneas en las tetas: que cada una de estas diferentes erupciones (todas de naturaleza contagiosa) podia comunicarse á las manos de las personas encargadas del cau- dado de ordeñarlas, y que, cualesquiera que fuesen las diferencias que .pudieran realmente observarse en los resultados, no se conocían estos males contagiosos mas que bajo el nombre general de cow-pox. «Con este descubrimiento vencí un grande obstáculo, y fui conducido á esta- blecer una distinción necesaria entre estas enfermedades eruptivas; yo di á una de ellas el nombre de verdadera vacuna, y á todas las otras elde vacuna falsa, fun- dándome sobre que estas últimas no tienen ninguna acción específica sobre la constitución humana. —17— «Apenas habia venido este obstáculo, cuando bien pronto después se presentó otro, en apariencia mucho mas difícil de vencer, «No faltaban ejemplos para probar, que una persona que habia recibido al mis- mo tiempo que otras varias, la infección de la verdadera vacuna de una vaca ata- cada de esta enfermedad, no habia sido por eso preservada de las viruelas; cuya acción habia esperimentado, mientras que las demás parecían haber quedado libres de ellas. «Este obstáculo, así como el primero, dio un golpe terrible á las esperanzas li- sonjeras que habia yo concebido; pero habiendo reflexionado que las operaciones de la naturaleza son ordinariamente uniformes, juzgué que no era probable que el cuerpo humano (después de haber plenamente- resentido los efectos de la vacuna) se encontrara algunas veces perfectamente al abrigo de la influencia de las virue* las, y que otras veces fuera susceptible á recibirlas. «Conforme con esta idea, continué mis trabajos con nuevo ardor. El resultado fué feliz, porque descubrí entonces, que el virus vacuno estaba sujeto á esperimen- tar cambios progresivos, precisamente por las mismas causas que las producen en el virus varioloso; y que cuando esta materia era empleada en un estado de dege- neración sobre la piel humana, podía producir erupciones tan marcadas, y aun qU gunas veces mas graves, que cuando está en su estado de perfección; pero que habiendo perdido en el primer caso sus propiedades específicas, era incapaz dé producir en el cuerpo humano aquellos efectos caracterizados que son necesarios para ponerlo enteramente al abrigo del contagio varioloso. Entonces se hizo evi-> dente que una persona podia ordeñar hoy una vaca enferma, recibir de ella la in- fección, y quedar ciertamente preservada del contagio de las viruelas; mientras que otra, habiendo ordeñado al dia siguiente la misma vaca y habiendo resentido plenamente, en apariencia, la acción del virus vacuno, manifestada por una indis- posición considerable y por una ó varias pústulas, no habia quedado, á pesar de eso, preservada de las viruelas: mas es necesario atribuir esta diferencia, á que al dia siguiente era ya tarde; el virus vacuno habia perdido ya algo sus propiedades específicas, y, por consiguiente, no podia obrar mas que de un modo imperfecto.» Hasta aquí Jenner. Dejo ahora hablar á Mr. Husson: «Estos primeros datos sobre una enfermedad que afecta á las vacas y se comu- nica á las personas encargadas de ordeñarlas, sin preservarlas de las viruelas, cpn- viene perfectamente con lo que conocemos de la degeneración de la vacuna verda- dera, que se desarrolla sobre el hombre con un carácter de bastardía, se propaga en seguida por inoculación, y no posee la facultad antivariolosa, «Una circunstancia muy notable que se presentó en los primeros tiempos, cuan- do la vacuna llegó al continente, concurrió á estender esta analogía, y á confirmar lo que Pearson habia anunciado precedentemente, á saber, que la vacuna vexdade* 3 —18— ra no podia desarrollarse sobre un individuo que ha tenido las viruelas. Mas bien apreciada por los felices resultados anunciados por los médicos ingleses, que cono- cida por la esperiencia, la nueva inoculación debia en esta época ser, para un gran número de sabios, una fuente fecunda de investigaciones, de observaciones y aun de errores. «Decarro, uno de los primeros que la adoptó, poco instruido todavía de las di- ferentes degeneraciones del fluido vacuno, propagó la vacuna falsa en Viena y en Crénovain La propagación de esta vacuna en Genova, se hizo por vacuna falsa que fué re- mitida por el Dr. Decarro á los Dres. Odier y Coindet. Estos señores, que no habían obtenido nada con vacuna que les habia sido re- mitida de Londres, obtuvieron resultados con la que recibieron del Dr. Decarro, pero pronto vieron, que la marcha de esa vacuna, y su apariencia, no eran como la describían los médicos ingleses. •*. El Dr. Odier envió de ella á Suiza, en donde produjo los mismos resultados, y en todas estas partes pudieron convencerse de la bastardía de esta vacuna, y de su ningún efecto preservativo, pues habiendo practicado la inoculación del virus varioloso en las personas vacunadas con aquella, se vio que la inoculación tuvo un efecto completo. «El Dr. Odier (continúa Mr. Husson) creyó entonces que la materia enviada por Decarro habia perdido su facultad preservativa, aunque hubiera conservado la de producir una vacuna bastarda muy activa (producía grandes pústulas que se acom- pañaban de una fuerte inflamación local y de síntomas generales muy marcados) y aun cuando fuera susceptible de transmitirse por inoculación, de un individuo á otro, con los mismos caracteres. Atribuyó este singular fenómeno, á que la per- sona de quien provenia aquella vacuna, habia tenido las viruelas en su infancia, y confirmó la opinión de Pearson, que anunciaba, que para inocular la vacuna ver- dadera es precjso no tomar el virus del brazo de una persona que haya tenido vi- ruelas, porque basta esta circunstancia para hacerlo degenerar y quitarle la virtud preservativa. «El Dr. Aubert habia también anunciado, que cuando se vacunaban individuos que habían tenido las viruelas, esta vacunación generalmente no producía nada; mas en ciertos casos resultaba una vacuna bastarda.» Veamos como cuenta Mr. Husson la aparición de la vacuna falsa en Paris. «En la época (dice) en que el Dr. Odier recibía del Dr. Jenner la vacuna que le habia pedido, la Comisión Central acababa de organizarse en Paris, y juntamen- te con los comisarios del Instituto Nacional y de la Escuela de Medicina nombra- dos por el gobierno, comenzaba sus esperiencias con la materia que le habia sido enviada de Londres por el Dr. Pearson; pero sea en razón de lo que duró el trans- —19— porte, sea por la falta de esperiencia de la Comisión, poco instruida todavía sobre este género de inoculación, sea mas bien por la oxidación de las lancetas impreg- nadas del fluido vacuno, vieron reproducirse, con la misma succesion de fenóme- nos, la enfermedad observada en Genova por el Dr. Odier. La Comisión no pu- do en esto reconocer el carácter de la verdadera vacuna, suspendió sus esperien- cias, y esperó para continuarlas la llegada del Dr. Woodville, médico del hospital de inoculación en Londres. «Este célebre inoculador, retenido en Bolonia por las formalidades necesarias para obtener su pasaporte, habia inoculado algunos niños en esta ciudad; esta oca- * sion procuró á la Comisión el medio de tener, en veinticuatro horas, materia tan reciente como era posible: nuevos niños fueron vacunados en París por el Dr. Woodville con esta materia: la Comisión encontró una gran diferencia entre la en- fermedad producida por las lancetas de Pearson y la que desarrollaba Woodville, y llamó la atención de los médicos sobre los caracteres distintivos de la verdadera y falsa vacuna. «Pero sea que la mayor parte de los médicos que en esta época practicaban la inoculación de la vacuna, creyeran inútil adquirir sobre esta parte de la ciencia nociones exactas y precisas; sea que los errores cometidos y confesados por el Dr. Odier y la Comisión Central, no fueran una lección bastante fuerte para todos los prácticos, se vio, según lo aseguran varios vacunadores que carecían de esperien- cia, reproducirse la, falsa vacuna.» Hubo lugares en donde la falsa vacuna dejó tristes recuerdos: así cuenta Mr. Husson que Mr. Dufresne, médico en Bonneville, había vacunado á varios niños con un hilo venido de Genova, y probablemente bien escogido, en cuyo número estaban el suyo y el del general Herbin. Todos los vacunados tuvieron calentura y una estensa eflorescencia antes del tercer dia. Mr. Dufresne propagó rápidamente esta falsa vacuna en el país, y setecientos ú ochocientos individuos fueron sucesivamente inoculados. Sobrevino una epi- demia de viruelas; la mayor parte de estos vacunados, de los que muchos habita- ban Chambery, fueron atacados de ellas; un gran número murió, y el desgraciado médico tuvo el dolor de ver perecer á su hijo y al del general Herbin. Lo particular es, que después de bien establecida la vacuna verdadera en varios lugares de los que hemos hablado, la vacuna escogida y enviada á otras partes, produjo de nuevo la falsa vacuna. Por ejemplo, Mr. Haguenot, médico en Pezenas, á quien el Dr. Odier envió de Genova hilos con un virus muy bien escogido, se sirvió de él para vacunar varios niños; uno de ellos tuvo una vacuna muy irregular: inoculó con esta vacuna cosa de veinte individuos; todos tuvieron, una vacuna bastarda. —20— Mr. Toore, cirujano en Sceaux, cerca de Paris, propagó igualmente la falsa va- cuna por otro motivo: tomaba la materia del grano cuando éste habia llegado al decimoquinto ó décimosesto dia para inocularlo: mas á esa óqoca el líquido es- taba ya turbio, opaco y de color purulento: esta vacunación producía los efectos si- guientes: desde el tercero dia aparecían en las picaduras una areola ó rubicundez que hacia progresos los dias siguientes: cada botón se convertía en una vejiguita que se habia abierto el sesto dia, dejando salir un humor, que al secarse, formaba una costra amarillenta semi trasparente; esta costra caia al undécimo dia, siendo reem- plazada por otra del mismo carácter, debajo de la cual se formaba un humor pu- rulento, y caia el dia veintiuno. La Comisión de Paris recomendó á Mr. Toore vacunara de nuevo á todos aque- llos que habían tenido esta falsa vacuna; varios se sometieron á ello, y la vacuna sé desarrolló con todos los caracteres de una vacuna legítima. Como era natural, todos se esforzaron á procurar se fijasen los caracteres de la Vacuna verdadera y los de la falsa, para evitar así nuevos errores y desgracias. La Comisión de Milán publicó un cuaderno comparativo de ambas, el cual fué entonces muy apreciado.. Mr. Husson, después de hacer su elogio, no lo creyó completo, pues dice: «Insisto en mantener las dos variedades de falsa vacuna que he descrito en las ediciones precedentes de esta obra, y se conocerá que tengo alguna razón en re- producir un trabajo que fué el fruto de esperiencias muy numerosas, y que nue- vas observaciones han confirmado y aun estendido. «Yo admito, dice, dos variedades de la falsa vacuna: una es la que se desarrolla en los individuos que han tenido viruelas; la otra es el producto de una irritación física, y se observa en algunas personas que no han tenido viruelas y á quienes se vacuna. Estas dos variedades me han parecido muy distintas en su marcha y en su aspecto. Es muy importante conocerlas, porque la primera se reproduce sin preservar de las viruelas; y que hay peligro de que se produzca la segunda, cuan- do la vacuna es enviada á médicos que quieren naturalizarla en los países en que habitan.» Como importa mucho á mi objeto el presentaros la descripción de las dos varie- dades de vacuna falsa admitidas por Mr. Husson, permitidme que las copie aquí literalmente. Primera variedad de la falsa vacuna» «Desde el primero, algunas veces al segundo, á mas tardar al tercer dia, la pi- cadura se inflama; se forma luego una vesícula ordinariamente irregular, algunas veces terminada en punta, pero mas comunmente redonda, como la verdadera va* cuna;Sus bordes son aplanados, desiguales, no están hinchados por la materia, que siempre es poco abundante, de un amarillo'limpio, y dando este color á la ve- —21 — sícula. La areola no existe constantemente; ella es algunas veces tan viva, rara vez tan estendida como en la verdadera vacuna; dura el mismo tiempo, pero apa- rece mas temprano. «Durante este trabajo se esperimenta una comezón insoportable, las axilas se ponen dolorosas, los ganglios axilares pueden engurgitarse, y no es raro que el enTermo tenga cefalalgia ó algunos accesos irregulares de calentura. La cos- tra, completamente formada al sétimo ú octavo dia, cae al mismo tiempo que la de la vacuna verdadera; ella presenta algunas veces el mismo aspecto, con la sola diferencia que es menos ancha, menos gruesa, y que no deja cicatriz, sino sola- mente una mancha en la piel. El período inflamatorio es muy rápido, y la dese- cación lo es también mas: no se puede dar á este botón el nombre de tumor, por- que no hay elevación en las carnes que lo rodean, no hay esta induración circuns- crita que hace la base del tumor de la vacuna: si hay tensión alrededor de la pús- tula, es irregular y superficial. «Estoy lejos de pretender, añade Mr, Husson, que esta variedad de falsa vacuna, se declare constantemente en todas aquellas personas que habiendo tenido viruelas se sujetan á la vacunación: sucede con frecuencia, que la vacunación no produce ningún efecto y que las picaduras se secan pronto, pero yo la he obser- vado siempre que la vacuna ha tenido acción sobre las personas que se han some- tido á ella, aunque seguras de haber tenido las viruelas, y sobre aquellas que han querido servirse de esta piedra de toque para disipar todas las dudas que tenían sobre esta enfermedad.» Segunda variedad de la falsa vacuna. «Desde el mismo dia, ó al dia siguiente de la vacunación, se percibe una eleva- ción de la porción de epidermis que cubre el hilo y la vacuna, una rubicundez viva sobre esta parte, y una exudación puriforme en los labios de la herida; el segundo dia la rubicundez ha disminuido, la porción de epidermis está blanca, mas saliente que la víspera, y yo he visto constantemente una ligera rubicundez en el tejido ce- lular que circunscribe la pequeña herida: del segundo al tercero dia, la porción de epidermis, convertida en botón por la supuración, y elevada en punta, se rompe y deja salir un pus opaco, amarillento, al cual sucoede una costra amarilla, blan- da, aplanada, que cae el quinto ó sesto dia: se renueva frecuentemente y es segui- da algunas veces de una úlcera profunda difícil de curar. «Pero queda á esta época una rubicundez irregular bastante intensa, acompaña- da de dureza en el tejido celular inmediato, una ligera hinchazón de la piel; y el círculo rojo que se aumenta primero sensiblemente, después acaba por desapare- cer, sin dejar sobre la piel las pequeñas escamas que se encuentran en la vacuna verdadera, en el lugar de la areola cuando esta se disipa; —22— «Esta segunda variedad, bien distinta de la precedente por su marcha, sus apa- riencias esteriores y sus causas, es también muy fácil de reconocer. «Se ven algunas veces, continúa Mr. Husson, individuos que no han tenido la vacuna ni las viruelas, presentar una resistencia manifiesta á la acción de la vacu- na, que determina sobre ellos todos los síntomas de la falsa vacuna. He tenido varias ocasiones de encontrar algunos de estos individuos, en quienes he desarro- llado la vacuna bastarda en varias vacunaciones sucesivas. Cada vez he variado mi método de inserción, y siempre he obtenido el mismo resultado. No he podi- do probar sobre estos individuos la inoculación del pus varioloso, y por consiguien- te, asegurarme si eran tan poco aptos para contraer las viruelas como la vacuna. Mr. Pages d'Alais ha hecho la misma observación en tres niños; él cree que en esta enfermedad, como en las viruelas, hay personas en cuyo sistema no puede pe- netrar la vacuna, y que entonces se limita á producir síntomas locales.» También pudo observarse desde el principio, que la falsa vacuna se desarro- llaba á veces al mismo tiempo que la verdadera, sobre el mismo individuo. Esto lo refiere así Mr. Husson, pág. 110: «No es raro observar la marcha simultánea de la verdadera y de la falsa vacu- nas en el mismo individuo, frecuentemente en el mismo brazo, sea que se haya va- riado para cada picadura el procedimiento operatorio, sea que se haya empleado para unas, una materia degenerada, y para otras, una materia legítima; sea que to- das hayan sido hechas según el mismo método; sea, en fin, por una causa que no ha sido aún apreciada. «Mr. Mongenot refiere este hecho curioso: vacunó un individuo por el mismo método y con la misma materia en todas las picaduras. Un solo botón marchó con regularidad en el brazo izquierdo: al undécimo dia, una picadura del brazo de- recho, hasta entonces inerte, se inflamó, se elevó en punta, se rodeó de una areola viva, y presentó el aspecto de la vacuna falsa.» Se encuentran también observaciones de estas, en la obra de Mr. Decarro y en la de Mr. Mongenot, sin que sea fácil esplicar su producción en estos casos. Yo he tenido el honor de comunicar á la Academia, hace poco tiempo, una ob- servación de esta clase: no me parece fuera del caso repetirla. He aquí los términos en que la espuse á la Academia: Un caso bastante curioso se me presentó en estos dias, y tuve el gusto de que pudieraniobservarlo los Sres. D. José María Vértiz, D. Manuel Carmona, D. Juan María Rodríguez y D. Eduardo Liceaga. El niño Vicente González, de nueve meses, que no habia sido vacunado antes, ni habia tenido viruelas, se vacunó en mi casa el Martes 20 de Abril. En este niño, á los diez dias después de la vacunación, habia en un brazo una pústula grande umbilicada, pero con areola y tumor vacunal muy irregulares; en —23— lugar del color plateado del contorno, habia un color amarillento: esta pústula representaba realmente una vacuna modificada. Habia en ambos brazos unas pustulitas pequeñas, unas cónicas, otras globulo- sas con sus respectivas areolas, representando una vacuna perfectamente falsa. Finalmente, en uno de los brazos se encontraba una pústula mediana, umbilica- da, de color plateado, que representaba un buen tipo de la vacuna verdadera. Este niño habia sido vacunado por una misma persona, y una misma materia habia sido aplicada en todas las picaduras. En el Diccionario de Medicina y Girugía prácticas, artículo vacuna, Mr. Ra- yer, después de haber señalado los caracteres y la marcha de la verdadera vacu- na, hablando del diagnóstico se espresa así: «La vacuna no puede ser confundida con las pústulas accidentales que se han llamado impropiamente falsa vacuna, y que se producen todas las veces que se in- troduce en la piel pus ó cualquiera otro líquido estimulante: estas pústulas se des- arrollan al dia siguiente, ó poco mas tarde, en las picaduras; son desiguales, y se elevan en punta desde que nacen, su vértice es amarillento, su testura frágil no soporta la mas ligera presión; el pus que contienen sale y se seca al tercero ó quin- to dia. Las costras que succeden á estas pústulas son amarillas, blandas, y con frecuencia humedecidas por una materia icorosa. En resumen, estas pústulas no tienen ni la marcha ni la forma umbilicada de las pústulas vacunales. «Las vaccinelas (vaccinae spurise) tienen mas analogía con la vacuna. Están caracterizadas por una ó varias pústulas bien circunscritas y umbilicadas, que, co- mo las de la vacuna verdadera, aparecen el cuarto dia; marchan como ella, pero con menos inflamación, hasta el octavo ó noveno dia, y ordinariamente se han secado el decimocuarto ó decimoquinto. El humor que contienen, inoculado, puede dar lugar á la verdadera vacuna, ó desarrollar pústulas que se diferencian de la vacuna legítima, sea por la mayor rapidez de su marcha, cuando han llega- do al período de supuración, sea por un menor grado de inflamación del contorno y de la areola, y por la existencia de una mancha ó de una ligera cicatriz, en lugar de una cicatriz (gauffrée) sobre el punto de la piel que han ocupado; en fin, ellas no preservan de las viruelas con la misma seguridad que la verdadera vacuna.» Como se vé, Mr. Rayer admite que estas vacunas (que hallaremos mas adelan- te bajo el nombre de vacunas modificadas, que pueden obtenerse en los ya vacu- nados ó que han padecido viruelas) pueden desarrollarse en individuos que ni han padecido esa enfermedad ni han sido tampoco vacunados. Me basta por ahora señalar esta opinión, que yo profeso igualmente, y sobre la que me estenderé después. Fijemos también la atención en las palabras, con que termina aquel párrafo Mr. Rayer, al hablar de esas vacunas. —24— «Mías no preservan de las viruelas con la misma seguridad que la verdadera vacuna.» Hay, pues, vacunas falsas, y su existencia data desde que se conoció la verda- dera: desde entonces se presentaron á la observación de los que las estudiaban; han seguido siempre acompañando á la vacuna, y hoy mismo se manifiestan en los mismos términos, á los que quieren observarlas. Luego la vacuna es hoy lo mismo que ha sido siempre respecto de su manifes- tación local, y ningún argumento puede sacarse de la existencia de las falsas va- cunas para apoyar en ellas su degeneración. Lo que no puede uno menos de estrañar fuertemente es que, todos los hechos importantes relativos á las vacunas falsas hayan ido cayendo en grande olvido, en términos, que la generalidad de las gentes no se preocupe hoy mas que de la va- cuna perfectamente falsa, variedad que todos conocen fácilmente. Pero ¿qué otra cosa debia suceder, cuando vemos á un autor de distinguido mérito publicar en una obra las siguientes frases? «Sin embargo; es necesario reconocerlo altamente; se encuentra rara vez hoy, lo que se pudiera llamar una vacuna falsa: en el mayor número de casos, la vacu- nación falla completamente ó es seguida de los fenómenos regulares de la erup- ción vacunal.» (Mr. Casenave. Tratado de las enfermedades de la piel, artículo vacuna, pá- gina 247.) Y estas frases son proferidas por una persona que profesa, que la vacuna ver- dadera no es completamente preservativa, y que su acción es limitada. ¿Cómo convendremos con estas opiniones la desaparición para estos Señores de las vacunas falsas? ¿Han desaparecido éstas porque la vacuna se ha perfeccionado? ¿O realmente ya no preserva lo mismo, la vacuna, porque ha degenerado? Pero si ha degenerado ¿cómo se concibe que las falsas vacunas hayan desapa- recido? Por otra parte, si las falsas vacunas han provenido siempre de los errores de loa que vacunan, ó de las diversas circunstancias en que se encuentran los terrenos que las producen, al oir aquellas aserciones podríamos preguntar: ¿Qué, los que vacunan son ya infalibles en sus actos y en sus apreciaciones? ¿ Qué, las constituciones de los que se vacunan están ya divididas en dos ban- dos enteramente opuestos, de los que uno es perfectamente apto para el desarrollo de la vacuna legítima, mientras que el otro no la admite bajo ninguna forma? Y, supuesto este cambio en las constituciones, por qué las falsas viruelas no han desaparecido al mismo tiempo? Lo mas cierto será, que muchas especies de falsas vacunas (las modificadas) son —25— equivocadamente tomadas por muchas personas por vacunas verdaderas: hallo en- tonces, como muy natural, ese fundamento erróneo, para que aseguren que la va- cuna verdadera no preserva ya para toda la vida. En un artículo especial destinado á las vaccinelas (Diccionario de Medicina y Cirugía prácticas, en 15 vol.), Mr. Rayer se espresa así: «Yo designo bajo el nombre de vaccinelas ó de modificaciones de la vacuna, varias erupciones cutáneas pustulosas, contagiosas, de apariencia y de naturaleza vacunales, que la inserción del virus vacuno ó del cow-pox produce algunas veces en individuos que han tenido antes las viruelas ó la vacuna, ó que no contrageron esta última afección mas que incompletamente, ya sea por falta-de energía del vi- rus vacuno, ó por una especie de ineptitud á resentir su influencia, etc.» Como han quedado ya antes descritos en este trabajo los caracteres de las vacci- nelas, omito repetirlos aquí: mas no puedo pasar adelante, sin hacer notar cuánta analogía existe entre lo que Mr. Husson describe como una variedad de falsa vacu- na, que puede obtenerse algunas veces en personas que han tenido las viruelas, y las vaccinelas ó vacunas modificadas, descritas por Mr. Rayer treinta y tantos años después: tenemos que notar igualmente, que en la descripción hecha por este úl- timo autor, encontramos ya identificados á los que han tenido las viruelas y á los que han sido vacunados; solo que se advierte, que esto se observa, sobretodo, en los que han quedado vacunados incompletamente, sea por falta de energía de la vacuna que se les aplicó, ó por ineptitud individual en aquel momento. El que la vacuna inoculada á Tos que han padecido las viruelas pudiera produ- cir algún efecto en ellos, es cosa que constó al mismo Jenner: él pudo observar en personas encargadas de ordeñar las vacas, y que habían tenido las viruelas, erupciones mas ó menos parecidas á las de la verdadera vacuna; pero después de un examen detenido, Jenner declaró, que esas personas contraían, en efecto, mu- chas veces, granos análogos á los de la vacuna, pero que esa vacuna no era la verdadera. Como se vé, esas vacunas que suelen aparecer en los que tuvieron ya las virue- las; esas iguales que se dice suelen obtenerse en algunos ya vacunados, y que no son mas que las que Mr. Rayer llama vacunas modificadas, no fueron desconoci- das á Jenner. . Es de-notar, que las observaciones en que fundó Jenner su juicio definitivamen- te, se referían á inoculaciones producidas por el cow-pox mismo. Mas, como se sabe, la Comisión de Milán no se conformó con el juicio de Pear- son y de Jenner, sino que emprendió una serie de esperiencias, con las cuales creyó aLfin haber «probado, que algunas veces se puede hacer nacer una vacuna legítima, en esta clase de individuos; opinión que fué adaptada por muchos. 4 —26- Este juicio erróneo, sin duda, fué probablemente uno de los primeros elementos de la confusión que se ha introducido después. Pero, Señores, ya al principio espuse los caracteres de la vacuna observada por la Comisión de Milán y declarada por ella legítima: ¿no veis en esos caracteres, las vacunas modificadas tan bien descritas por Mr. Rayer? Así, las observaciones hechas por todas estas personas, á tan diversas épocas y con diferentes propósitos, todas vienen en último término á ofrecernos vacunas modificadas. Estas vacunas, dicen Mr. Husson y Mr. Rayer, pueden alguna vez producir la vacuna verdadera. Luego no la producen generalmente. Ya veremos mas ade- lante, como es probable que, en los casos en que se produzca, pueda encontrarse esplicacion plausible. No teniendo las vacunas modificadas los caracteres perfectamente idénticos con la vacuna legítima; no pudiendo producir ésta sino escepcionalmente, ¿podremos convenir en que sea una misma cosa con ella? Esto, como se ve, seria un absurdo. Antes de dejar este punto diré, que estas vacunas pueden observarse, y se ob- servan, en efecto, en personas en quienes se aplica vacuna mas ó menos alterada, porque, como decia Jenner, todas esas vacunas modificadas, no son mas que las producidas por el fluido vacuno al dia siguiente en que cesó de ser perfecto. También pueden presentarse igualmente en personas, que sin haber sido vacu- nadas antes, ni tenido viruelas, se sometan á una vacunación en que se emplee un virus perfecto. (1) Mr. Rayer, que admite esta opinión, como se ha visto, la es- plica por la poca aptitud de esos individuos á contraer la vacuna. Estas perso- nas podrian, en cierto modo, compararse con las que espuestas al contagio vario- loso no sufren mas que la varioloides; unas y otras quedan mas ó menos espuestas á contraer algún dia las viruelas graves. Estas personas también sean, acaso, las que figuren en muchos cuadros de reva- cunaciones, como susceptibles de volver á tener una vacuna verdadera. Tal vez, la vacuna de alguna de ellas sea la que haya podido producir una vacuna legítima en algunos no vacunados, y probablemente este es el fundamento por el cual se afirma, que las vacunas modificadas, obtenidas en personas vacunadas ya antes, pueden algunas veces producir la vacuna verdadera. Entre la vacuna perfectamente falsa y la verdadera, que es el seguro puerto, ¿no veis, Señores, un mar estenso en el que pueden naufragar la vida de muchas gentes, la reputación de los médicos y el crédito de la vacuna? (1) Yo he podido hacer ver á algunos Señores de la Academia varios tipos de estas va- cunas, desarrolladas en personas no vacunadas antes, y á quienes habia inoculado, sin em- bargo, una escelente vacuna. —27— ¿Será verdad, como se ha afirmado recientemente, que la falsa vacuna no se reproduce, y que este es un carácter que pertenece solo á la verdadera? Pero yo no he encontrado en ningún tratado de vacuna que se halle esto espresado, y, con- tra esa opinión, tendríamos siempre los hechos registrados en la historia. Concebís, Señores, que si esto fuera cierto, ya podríamos considerarlo como un hecho providencial, pues la falsa vacuna moriría allí adonde se produjo por cual- quiera causa, y el número de personas espuestas por este motivo vendría á ser re- lativamente muy pequeño. He espuesto hechos que no dejan duda de que la vacuna falsa puede propagar- se indefinidamente. Aquí mismo hace pocos años, tuve ocasión de observar una falsa vacuna, que se reproducía con mucha facilidad y era muy enérgica en su manifestación. Mi amigo y compañero el Sr. D. Francisco Montes de Oca me ha comunicado que habiendo pasado hace poco por el Saltillo, pudo observar allí una falsa vacu- na, enérgica también, que mantenían en ese lugar como verdadera, y que pro ve- nia de unas costras enviadas de Monterey. Pues si la vacuna falsa puede reproducirse indefinidamente; si puede revertirse de caracteres que la acerquen mas ó menos á la verdadera, ¿no es esta una cir- cunstancia que puede dar lugar á las mas fatales consecuencias? Y si en las capitales hay profesores instruidos que harían pronto cesar el mal, no sucede lo mismo en otros muchos lugares, en donde, por falta de médicos, es el cura ó algún particular el que por filantropía practica estas operaciones. Si á la dificultad que tienen estas personas para reconocer la vacuna legítima, se añadiese en ellas la persuasión, de que es un carácter de la falsa vacuna el no reproducirse, persistirían en conservar y mantener tina vacuna, que aunque buena cuando se les remitió, se hubiera convertido en falsa por cualquier motivo; hecho que es bastante frecuente. Resultarían, pues, de la propagación de esta opinión -er- rónea, en el vulgo, dos males graves: la no preservación «de los-que se consideran ya vacunados, y el descrédito de la vacuna. Con todo lo que hemos dicho anteriormente queda, á mi parecer, suficiente- mente probado, que todas las variedades de vacunas diferentes de la verdadera, han existido desde que la vacuna es conocida, y es muy lógico creer que la se- guirán siempre acompañando. Por lo mismo no puede uno comprender, cómo su existencia pueda ser tomada por muchas personas, como prueba de que la .vacuna ha degenerado en sí misma. ¿lia pretendido alguno, acaso, decir fundadamente, que las viruelas han degene- rado, porque los miasmas variolosos producen en algunos individuos, únicamen- te, las diversas especies de viruelas falsas, que vienen también acompañando á es- ta enfermedad desde su origen?.¿Se dijo alguna vez (cuando se practicaba la ino- —28— culacion del pus varioloso) que las viruelas hubieran degenerado, porque habién- dose empleado algunas veces un pus alterado, no se obtenía el efecto que se de^ seaba? Pues igual completamente es aquí la posición de la vacuna. Por medio de una comparación creo poder hacer comprender mejor mi pensa- miento. Se sabe que para que se verifique convenientemente la germinación, es preciso colocar las semillas en ciertas condiciones favorables, para que los agentes indis- pensables de ella puedan ejercer su influencia en los debidos límites. Así, el agua, tan indispensable á la vegetación, si se hallara en exceso, maceraría las se- millas de las plantas terrestres y se opondría á su desarrollo. El calor, que no es menos necesario, podría, si fuera excesivo, producir la desecación de las semillas, y destruir en ellas el principio de la vida. Vemos, pues, que una semilla, aunque sea en sí excelente y perfecta, puede al- terarse y aun destruirse, cuando al ser provocada su germinación, concurren al- gunas circunstancias mas ó menos desfavorables. Ahora,, yo pregunto: ¿seria ra- cional inferir de ahí que la semilla estaba degenerada en sí misma? Creo que de ninguna manera, porque esa misma semilla puesta en otro terreno, bajo la influen- cia de otro clima, etc., se podrá reproducir con la misma perfección que lleva en sí. Lo mismo exactamente sucede respecto de la vacuna: ciertos individuos son ter- renos poco ó nada favorables para su reproducción, por circunstancias que po- drán ser algunas veces señaladas y que también podrán quedar desconocidas; la mejor vacuna, puesta en ellos, sufrirá alteraciones mas ó menos graves; tal vez no dará resultado alguno; pero esa misma semilla seguirá generalmente repro- duciéndose con perfección, en el considerable número de individuos que se nos presentan todos los dias enteramente aptos para su desarrollo. Seria, por tanto, muy de desear, se abandonase esa palabra, degeneraciones de la vacuna, que por una estension abusiva quieren algunas personas aplicar, como he dicho, á la vacuna en sí misma, y se reservara para todas las vacunas que no sean verdaderas, su legítimo nombre; el de vacunas falsas. Seria también muy de desear, en el ínteres de los mismos vacunados y para que desaparecieran de una vez muchas dudas que pueden los médicos concebir sobre la degeneración de la vacuna, que éstos se empeñaran en reconocer, sobre todo, las vacunas modificadas, que son las que nos esponen mas á ser frecuentemente enga- ñados. Las vacunas modificadas son á la vacuna verdadera, lo que la varioloides á las viruelas legítimas. Ahora bien, nadie puede poner hoy en duda (y por otra parte seria fácil de pro- bailo) que la varioloides, en sugetos no vacunados, es mas frecuente de lo que por —29— mucho tiempo se ha creído; no parecerá entonces contrario á la razón admitir (lo que es también una verdad) que las vacunas modificadas, aparecidas en sugetos no vacunados antes, son del mismo modo mas frecuentes de lo que se pensaba; pero como se concibe, la varioloides se presta mas á una exacta verificación, por- que los médicos llamados á asistir á los que la padecen están obligados á seguir diariamente su marcha, y, como se sabe, existen datos de bastante importancia para que pueda ser perfectamente conocida. No sucede lo mismo respecto de las vacunas modificadas; éstas solo son vistas, en lo general, por las familias: como su aparición se hace casi al mismo tiempo que en la vacuna verdadera; como su marcha y demás circunstancias pueden ser confundidas con la de aquella, aun por los mismos médicos, que en la generalidad también de los casos no han seguido dia por dia la marcha y la fisonomía de esas vacunas, sino que juzgan solo por la relación que de ellas dan los parientes de los vacunados; natural es que multitud de vacunas modificadas hayan debido ser de- claradas legítimas. Se comprende, entonces, todos los errores que pueden emanar de aquella falsa base. Muchos de esos vacunados, á diversas épocas, pueden ser atacados de las virue- las verdaderas, y con toda apariencia de verdad serán tomados como instrumen- tos para probar, que la acción de la vacuna es limitada y que no dura para toda la vida. Otros, susceptibles de tener á épocas diferentes una vacuna legítima, en alguna revacunación á que se les someta, servirán también, pero indebidamente, para probar que una vacuna perfecta puede ser obtenida en los individuos ya va- cunados de antemano. No puede, pues, haber cosa mas justa, que el deseo de que los que practiquen las vacunaciones se dediquen á conocer perfectamente todas las variedades de va- cunas modificadas que puedan presentarse á la observación, para que su naturale- za y sus peligros puedan ser indicados con oportunidad á las familias. Creo lítil consignar aquí una opinión emitida por el Dr. Bryce, de Edimburgo, inserta en la obra de Mr. Cazenave (Enfermedades de la piel, artículo vacuna). La copio textualmente: «El Dr. Bryce, de Edimburgo, en una obra muy inte- resante sobre la vacuna, que apareció en 1809, anuncia que la inoculación de la vacuna, en el hombre, produce dos efectos bien distintos, uno local y limitado al punto de inserción de la vacuna, pero incapaz de garantir los efectos del conta- gio varioloso; otro general, que imprime á la constitución el cambio necesario pa- ra preservar al individuo de las viruelas. Este último efecto consiste en un mo- vimiento febril mas ó menos pronunciado, que Bryce considera como la espre- sion del acto interior por el cual se forma el principio contagioso de la vacuna, y que estingue la disposición á contraer la viruela. —30— «Así, lejos de conceder una grande importancia á las apariencias de la pústula vacunal, el Dr. Bryce quiere que se deseche enteramente el término de falsa va- cuna, pues que, en ciertos casos, vacunas reputadas falsas han preservado á las personas vacunadas tan eficazmente como la vacuna mas legítima, mientras que pústulas vacunales, las mejor caracterizadas, no podían permitir al médico garan- tir la ninguna influencia del contagio varioloso. «Mr. Bryce propone, pues, dividir las pústulas en locales y constitucionales, y no conceder, sino á estas últimas, el poder antivarioloso. Pero ¿cómo reconocer que la constitución ha sido convenientemente afectada, si las apariencias locales son engañosas? «Este medio, según nuestro autor, consistiría en una segunda vacunación prac- ticada cuatro, cinco ó seis dias después de la primera: si la primera vacuna ha des- arrollado el efecto constitucional, las pústulas producidas por la segunda vacuna- ción llegarán á su punto de madurez al mismo tiempo que las otras. De esta manera, practicando tres picaduras en el brazo derecho el primer dia, y otras tres, seis días después sobre el brazo izquierdo, estas últimas deberán recorrer rápida- mente sus períodos, y se secarán al mismo tiempo que las primeras. Así, sien- do la duración de estas últimas de trece á catorce dias, la de la segunda vacuna- ción seria de ocho á nueve.» Mr. Cazenave no hace comentario alguno sobre estas opiniones, que parece solo querer presentar á la consideración de los prácticos. Yo por mi parte estoy muy lejos de pensar como el Dr. Bryce, respecto de la poca importancia en los caracteres de las pústulas vacunales. Lo que él afirma sobre lo garantidas que han estado siempre muchas personas que tuvieron solo vacunas falsas, y lo espuestas que estuvieron otras que tuvieron la verdadera, es solo una aserción gratuita, contradicha á cada paso por lo que ha enseñado la esperiencia; por consiguiente, no puede invalidar lo afirmado sobre es- to por los primeros vacunadores ingleses. Ademas, el que algunas personas que tuvieron vacunas irregulares no hayan después sufrido las viruelas, no prueba que hayan sido preservadas de ellas por aquella vacuna, sino que probablemente tenían ineptitud para ambas cosas; mas, como dije antes, estas personas pueden ser susceptibles, en épocas remotas, de contraer las viruelas y la vacuna misma. Me parece, pues, mucho mas prudente, si no quiere uno esponerse á quedar en el caos, adherirse á la opinión de Mr. Husson, quien en último resultado se es- presa de este modo: «Así, en general, siempre que después del tercero dia los síntomas inflamatorios comenzaren á aparecer; que el contorno circular existia alrededor de una de- presión central, que tome un tinte plateado, que se rodee de una areola, que una —31 — induración y una elevación circunscrita de la piel (tumor vacunal) ocupare la parte inferior del botón y de la areola, que la linfa contenida en el botón esté clara y transparente, todo el tiempo que dure el período inflamatorio, puede uno estar seguro que, cualesquiera que sean las circunstancias subsecuentes, la vacu- na es esencialmente verdadera, es el preservativo de las viruelas.» Esta ha sido la base en que se han apoyado todos los que se han ocupado ha- bitualmente de la práctica de la vacuna, y esta base (el tiempo lo ha dicho) ha si- do segura. Que se sujetara á la esperimentacion la propuesta por el Dr. Bryce: los resul tados tan variados y opuestos que se obtuvieran, engendrarían, sobre este punto, una confusión nueva que debe á toda costa evitarse. Pero, poniendo á un lado lo que el Dr. Bryce dice sobre el valor de los carac- teres de las pústulas vacunales, no puedo menos de reconocer que sus opiniones contienen verdades fundamentales, en que yo mismo siempre he creído. Así, el efecto local producido por la vacunación, de nada servirá para el mismo individuo si no se relaciona con el efecto general: bajo la influencia de éste, se for- ma evidentemente el principio contagioso que tiene la facultad de preservar de las viruelas. Admitido esto, fácilmente se comprende cómo en algunas personas se produzca solo el efecto local, como sucede en algunas que han tenido ya la vacuna ó las vi- ruelas, y cómo el fluido tomado.de sus pústulas no deba reproducir la vacuna ver- dadera. Esto es lo que constantemente sostuvieron los vacunadores ingleses (incluso Jenner mismo), y siempre calificaron de bastardas las vacunas que solían obtener- se en aquellas personas, así como las que pudieran originarse por la inoculación del virus contenido en sus pústulas. Veamos ahora si las consideraciones que preceden pueden servirmos, como úti- les preliminares, para juzgar otra cuestión importante: quiero hablar de la necesi- dad de las revacunaciones y de su resultado posible. ¿Está probado que el que tuvo la vacuna legítima esté espuesto, después de cierto tiempo, á contraer las viruelas verdaderas, y se halle, por lo mismo, obliga- do á revacunarse? Muchos lo afirman, pero era necesario se justificara, que todas las personas sometidas á las esperiencias necesarias para comprobarlo, han tenido la primera vez una vacuna verdadera, y que ha sido igualmente perfecta la que se obtuvo en la revacunación. Esto, como se vé, toca casi al imposible. Pero veamos lo que se encuentra en la historia de la vacuna sobre este punto. —32— En el Diccionario de Medicina de veintiún volúmenes, artículo vacuna, pági- na 160, Mr. Guersent se espresa así: «Mas he aquí otra objeción, de que después de una vacunación considerada co- mo perfecta, las viruelas puedan sobrevenir en un muy pequeño número de casos, algunos médicos han concluido, que la vacuna no tenia mas que una facultad pre- servativa temporal, y han propuesto, en consecuencia, renovar las vacunaciones á épocas determinadas* «Ya en 1804 el Dr. Goldson habia hecho nacer dudas sobre la permanencia de la eficacia de este método, que no se estendia (según él) á mas de dos ó tres años. Pero estas dudas fueron bien pronto disipadas por el mismo Jenner, que intentó varias veces inútilmente inocular las viruelas á individuos, de los cuales uno ha- bia tenido la vacuna veintitrés años antes, otro veintisiete, y el tercero cincuenta. «A esta opinión de Goldson, renovada recientemente en Francia (esto está es- crito en 1828), con esta diferencia, sin embargo, que se ha dado un poco mas de estension á la duración de la virtud preservativa de la vacuna, se ha contestado de nuevo con hechos que también esta vez han sido sin réplica. «No solamente, en efecto, las viruelas que han reinado de un modo epidémico han respetado á los individuos vacunados después de poco tiempo, sino á los que lo fueron diez, quince, veinte, veintiséis años antes, sino que contrapruebas por la inoculación han sido repetidas en Paris y en los departamentos, sobre sugetos vacunados á épocas muy diferentes, y se ha hallado á todos inaccesibles al conta- gio varioloso. «Los médicos que han querido limitar la virtud preservadora de la vacuna, no se han puesto jamas de acuerdo, sobre la vépoca á la cual debia concluir esta ga- rantía temporal. Así, hemos visto que Goldson no le concedía mas que dos ó tres años de duración; el Dr. Caillot le atribuye esta propiedad durante diez 6 doce años: Mr. Boulu la admite por catorce ó quince: Mr. Berlan, por diez y sie- te ó diez y ocho: Mr. Gueneuil, por veinte ó veinticinco; y lo que hay de singular, como lo hace juiciosamente observar Mr. Paul Dubois, en un informe muy nota- ble, que ha leido últimamente sobre este asunto á la Academia real de Medicina, es, que la aserción de cada uno de estos médicos está apoyada sobre hechos, en apariencia, concluyentes. Algunos de ellos han fundado la opinión, que acabamos de combatir, sobre la aptitud bastante rara de que se muestran dotados ciertos individuos, susceptibles de contraer segunda vez la vacuna; pero tampoco han es- tado de acuerdo sobre el tiempo preciso, después del cual estas vacunaciones se- cundarias debían tener efecto. Si hemos de dar crédito á Mr. Gueneuil, ellas de- berían dar siempre resultado, practicadas al cabo de veinte á veinticinco años. Mr. Berlan asegura, por su parte, que sobre cuatro tentativas hechas quince años después de Una vacunación anterior, una, por lo menos, será seguida de un éxito —33— completo, y Mi\ Caillot dice, haber obtenido una vacuna regular sobre sugetos va- cunados después de diez ó doce años solamente. ¿Qué se puede concluir de es- tos resultados tan diversos? ¿Puede, acaso, reconocerse en ellos la acción destruc- tora del tiempo sobre la virtud preservadora de la vacuna? La solución de se- mejante cuestión no me parece posible en la época actual; pero de todo lo que precede y de una multitud de hechos de los mas auténticos, me parece que resul- ta evidentemente, que la vacuna empleada desde hace mas de veinte y cinco años, en Europa, en América y en las dos Indias, no ha perdido sus cualidades y que continúa á dar la misma seguridad que daba desde su primera aplicación.» Algunos años después, en el Diccionario práctico de Medicina y Cirugía, artí-: culo vacuna, pág. 520, Mr. Rayer decia lo siguiente: «Se ha dicho que el virus vacuno habia degenerado; que hace ya algunos años la erupción era menos fuerte, la fiebre vacunal menos marcada; que las cicatrices eran menos caracterizadas; que la vacuna no podia ya hoy ser transmitida á la vaca; que las viruelas después de la vacunación eran mas frecuentes que antes, y que se conseguía hoy también, más fácilmente, volver á desarrollar la vacuna en una misma persona. Con la esperanza de remediar esta pretendida degeneración de la vacuna, se ha propuesto recurrir al cow-pox desarrollado espontáneamente en la vaca, ó á la vacuna revivificada en su origen, pasándola del hombre á la va» ca. Mas estos temores parecen, por lo menos, exagerados. Es constante que se ven todos los días pústulas vacunales, en todo semejantes á las que han sido des- critas por los primeros vacunadores, de los que varios aseguran, y Marchall entre otros, que los vacunados pueden entregarse á sus ocupaciones ordinarias. La aserción relativa á las cicatrices, es enteramente gratuita. La transmisión de la vacuna ala vaca siempre ha sido difícil. Las viruelas después de la vacuna no parecen mas frecuentes hoy, sino porque han sido mejor averiguadas, y acaso tam- bién porque las constituciones epidémicas variolosas son menos raras. En fin, la posibilidad de una segunda vacuna, veinte años después de la primera, lejos de probar que el virus actual sea menos enérgico, probaria lo contrario.» Podemos apoyar lo que dice Mr. Rayer, sobre la poca violencia de los fenóme- nos generales que ocasionaba la vacuna en los primeros años de su descubrimien-. to (y que hoy parece quieren exagerarse) con las mismas palabras de Jenner, cuando refiere sus primeras esperiencias sobre la inoculación de la vacuna. • «La primera esperiencia fué hecha sobre un joven llamado Phipps, sobré cuyo brazo se inoculó el virus del cow-pox, extraído de la mano de una joven que ha* bia sido accidentalmente infectada por una vaca. «A pesar de la semejanza de la pústula (que sobrevino, en consecuencia, en el brazo de este joven) con las pústulas de la viruela inoculada, como la indisposición que la habia acompañado fué apenas sensible, yo tenia dificultad en persuadirme. 5 —34— que estuviera al abrigo de la infección variolosa. Sin embargo, habiéndolo ino- culado algunos meses después con el virus varioloso, resistió completamente á es- ta contraprueba. Este hecho me inspiró confianza, y procuré proceder bien pron- to á una serie de esperiencias del mismo género, etc.» (Memorias de la Academia de Medicina, tomo 8° pág. 647.) Respecto de la forma y caracteres de las pústulas vacunales, que se dice han cambiado, Mr. Sedillot decia á la Academia de Medicina en 1840 (pág. 666 de su Memoria): «La forma y los otros caracteres esteriores de las pústulas, constituyen el prin- cipal campo de batalla de los defensores de la degeneración de la vacuna. Con el fin de establecer una sólida controversia, he hecho trazar con cuidado, según Jenner, Pearson, Woodville y Aikin, los caracteres esteriores de las pústulas del cow-pox espontáneo, de las del cow-pox inoculado de la vaca al hombre acciden- tal ó artificialmente, de las del cow-pox inoculado del hombre á la vaca artificial- mente, y en fin, de los que pertenecen á la vacuna llegada á su estado normal después de muchas inoculaciones succesivas. Para conseguir este objeto, repro- duzco en las láminas que adjunto estos caracteres esteriores, trazados por gran- des maestros, á treinta y tres años de intervalo, y que no presentan ninguna di- ferencia.» En el extracto de un informe dirigido al ministro del interior por la Academia real de Medicina de Paris, en el año c\e 1835, sobre el estado y progresos de la vacuna en Francia, extracto publicado como apéndice en la obra que sobre vacu- na escribió el Dr. Marc, se lee, entre otras cosas, lo siguiente: «Epidemias de viruelas.—Los documentos pertenecientes á las epidemias varió- licas, han puesto en claro dos verdades sancionadas por una larga esperiencia, á saber: «1? Que en todos los departamentos en que se ha cuidado y estimulado la propagación de la vacuna, se han observado rara vez las viruelas, y reprimídose fácilmente al tiempo de su aparición. «2? Que la vacuna es siempre el único é infalible medio de oponerse á los es- tragos de las epidemias de viruelas. «En cuanto á la duración de la acción preservativa de la vacuna, están dividi- das las opiniones. Hay algunos médicos que no han observado las viruelas en el transcurso de treinta años, y no les ha podido surtir efecto una segunda vacuna- ción en los individuos que habían vacunado, atribuyendo estos felices resultados al gran esmeró que han puesto en verificar el curso, la regularidad y, en una pa- labra, la validez de sus primeras operaciones. Este hecho es tanto mas notable, cuanto que uno de ellos, Mr. Barrey, ha logrado conducir sin interrupción su material de vacuna, hasta las 1708 reproducciones. —35— «Sin embargo, parece que hechos contrarios se han observado en Burdeos, en cuya ciudad se declararon las viruelas esporádicamente en 1833, y también toma- ron durante el verano el carácter epidémico, atacando.á varios individuos que se reputaban vacunados. «La Junta de Sanidad, consultada por el prefecto, examinó estos hechos, y ob- servó que en varios enfermos las señales de los granos no representaban los ca- racteres suficientes para creer que la vacuna hubiera recorrido regularmente sus períodos, y en un número aun mas crecido estaban tan poco señaladas las cicatri- ces, que con razón se podia dudar estuviesen verdaderamente vacunados. Cuatro ó cinco casos solamente, observados por médicos respetables en sus visitas parti- culares, podrían pasar por viruelas desarrolladas después de una vacuna normal, pero la Junta, á pesar de todo su conato, no pudo verificar la exactitud de ello. «No se detuvo ella aquí; fué mas adelante, y propuso en esta circunstancia á los prácticos la cuestión siguiente: Entre los individuos que ustedes han vacu- nado, y en quienes han podido ustedes comprobar el curso franco y regular de la vacuna, ¿hay algunos que hayan solicitado su asistencia para ser curados de las viruelas? Todos cuantos respondieron á esta pregunta dijeron que no. El Dr. Lamotte, antiguo conservador del depósito de vacuna, quien ha vacunado de oficio según consta por sus padrones, desde 1810 hasta el presente (1833) 20.000 niños abandonados y 2.450 en su clientela, afirmó que entre esa infinidad de ca- sos, no se presentó á su observación uno solo con los caracteres reales de las vi- ruelas. «Lo que ha podido inducir al público á creer que no preservaba la vacuna es, que al mismo tiempo que las viruelas, reinaba en Burdeos una epidemia de vario- loides, que atacaba indistintamente á los individuos vacunados ó no; y esto no es todo, pues como se practicaron algunas vacunaciones, viéndose la inminencia de las viruelas, hasta se dijo que la vacuna daba las viruelas.» Señores: entre las razones con que se ha querido, sostener la degeneración de la vacuna, existe una que no es nueva, como vamos á ver, pero que ha sido re- producida de nuevo con mayor vigor, dándola como una cosa bien averiguada ya y como una verdad establecida. Es uno de los argumentos principales en que se han apoyado recientemente loa que pretenden, á todo trance, un cambio radical en la práctica de las vacunacio- nes: quiero hablar de la degeneración, que se supone debe haber esperímentado la vacuna por su transmisión sucesiva á través de tantas generaciones. En La obra de Mr. Husson se encuentra propuesta y contestada esta objeción, que se hacia ya á la vacuna á pocos años de su establecimiento en Francia. En la pág. 321 de su obra, se lee: «Pero se dirá: si la vacuna no es tomada de su fuente original, ¿cómo concebir —36— que después de tantas generaciones sucesivas pueda conservar sus caracteres, su naturaleza y su propiedad preservativa? «Aquí, responde Mr. Husson, se trata menos de concebir que de ver: las opi- niones, las teorías, los sistemas, todo debe ceder á la esperiencia. Pues bien; ella nos hace Saber, que la materia de que nos servimos hoy ha sido tomada, hace cin- co años, sobre la vaca, y ha pasado ya por mas de cuatrocientas generaciones; que la vacuna comunicada así de hombre á hombre, después de este número conside- rable de transmisiones sucesivas, tiene los mismos caracteres esteriores, la misma marcha, la misma duración y la misma propiedad preservativa, que cuando vino inmediatamente de la vaca. «El Dr» Jenner ha hecho grabar, en Londres, la enfermedad contraída por las mugeres que ordeñan las vacas atacadas del cow-pox: el botón, tomado en las di* ferenteá épocas de su desarrollo, es absolutamente el mismo que el que vemos to- dos los dias: la descripción que ha dado de la enfermedad, es exactamente seme- jante; la inoculación de las viruelas queda sin efecto sobre nuestros vacunados, co- mo sobre aquellos cfue han contraído la enfermedad directamente de la vaca. Y aun se ha observado, que la enfermedad se hacia mas regular y que los síntomas de irritación eran menos fuertes, cuando la vacuna que originariamente venia de la vaca habia pasado sucesivamente por el cuerpo de un gran número de individuos^ ¿Qué identidad mas perfecta puede exigirse?» A pesar de la fuerza de estas razones y de la constancia con que la esperiencia las ha hecho siempre patentes en la práctica, esta objeción siguió siendo repetida, de tiempo en tiempo, de un modo mas Ó menos fuerte* En la obra del Dr. Marc se halla inserto un artículo, publicado en Paris en el Diario Oficial del 29 de Agosto de 1835, y es del tenor siguiente: « Reclamación. «La Gaceta del 18 de Julio próximo pasado ha publicado un artículo, en el que anuncia que la Academia real de Medicina ha decretado una medalla de oro á Mr. Fiard) médico en Paris, por sus investigaciones acerca de la vacuna. De este artículo resulta, al parecer, que la facultad reproductora del fluido vacuno se de- bilita con sus transmisiones succesivas; que el efecto antivariólico debe menguar del mismo modo, y que por consiguiente seria necesario renovarle^ trasladándolo del hombre á la vaca y de ésta á aquel. En fin, se podría creer que la Academia ha aprobado esta serie de proposiciones, acordando aquella honrosa recompensa á Mr. Fiard. «Se tratado invalidar todas estas suposiciones, declarando la Academia, que al decretar una medalla á dicho señor, ha querido premiar los conatos y estimular el celo de este práctico: que en el informe presentado al ministro no se ha men- cionado esta opinión como una verdad que reconoció la Academia; que la desecha —37— no solamente como peligrosa, sino como contraria en todo y por todo á la que está apoyada en su propia esperiencia y en la de sus innumerables colaboradores de los departamentos: que, en consecuencia, persiste en la que se ha enunciado en su informe publicado en 1834, á saber: Todos los vacunadores reconocen, que el virus vacuno no ha esperímentado nin- guna alteración á consecuencia de sus transmisiones succesivas. «Últimamente la Academia declara, que lejos de haber reconocido la menor al- teración en la figura de los granos vacunos, la mas leve irregularidad en el curso de la vacuna, la mas leve diminución en su efecto antivariólico, todos los hechos que observa y todos los que recopila., le prueban cada día, que no ha variado la va- cuna en su curso ni en sus efectos, desde el mes de Mayo del año 1800, época en que el duque de La Rochefoucauld Liancourt la introdujo á Francia, y la con- fió al celo y saber de la Junta Central, hasta este dia, en que la Academia real de Medicina la ha propagado con el esmero y adhesión de que diariamente dá tan repetidas pruebas al gobierno esta corporación científica,» Ya antes he hecho conocer lo que Mr. Rayer escribió sobre esto, algunos años después, y lo que Mr. Sedillot decia en su Memoria en 1840. En todos se habrá notado la conformidad mas perfecta. ¿Por qué, Señores, después de declaraciones tan esplícitas, hechas á tan diver- sas épocas y por autoridades tan competentes, por qué, digo, la idea de que la vir- tud preservativa de la vacuna es limitada á un cierto tiempo, no solo se ha soste- nido, sino que, es preciso confesarlo, se halla, por decirlo así, establecida en algu- nas naciones de Europa y como una consecuencia precisa la necesidad de las re- vacunaciones? Y á tal punto esa creencia se ha ido generalizando, que tal vez aparezca como sosteniendo un absurdo el que levante su voz para afirmar, que esta no es una co- sa suficientemente probada; que esta cuestión debe examinarse detenidamente, pa- ra ver si se puede demostrar, cuales son los diversos errores que han hecho nacer y han dado mayor fuerza después á aquellas opiniones. A mí me bastaría llamaros la atención sobre lo que ha pasado y pasa entre nos- otros; haceros ver cómo los que han sido bien vacunados han alcanzado ya diver- sas edades, bastante prolongadas muchos, para que esa virtud limitada de la vacu- na se os hubiera mostrado mil veces. En vez de eso, habéis visto la seguridad con que millares de personas han atravesado épocas que han sido funestas para los no vacunados, y diariamente sois testigos de la inmunidad con que personas vacunadas en tiempos tan diversos frecuentan á los atacados de viruelas, sin que les preocupe el menor temor de hallarse contagiados. ¡Tal es la fuerza de la con- vicción que fija en das gentes una constante é invariable esperiencia! —38— ¿Pues qué, será posible que la vacuna sea una cosa aquí y otra en Europa? ¿Los vacunados en México con una vacuna ya atemperada, lograrán de ella ma- yores beneficios que los que la tienen al parecer mas enérgica? ¿No pudiéramos hallar la razón de esta aparente contradicción, en el estudio de la historia misma de la vacuna desde su origen hasta nuestros dias? Tal vez allí hallaremos preceptos saludables olvidados, interpretaciones exactas de hechos que hoy aparecen torcidas, prácticas condenadas, que no han dejado de subsistir y pro- -pagarse. ¿ Qué debia resultar de todo esto, sino la confusión que se ha introducido en es- te ramo, confusión que amenaza ser esplotada de mil modos, pero que en suma, acaba por destruir en las masas la poca fé que á fuerza de años y con sacrificios inmensos se habia logrado establecer en ellas? Yo estoy íntimamente persuadido, que los hombres son los que tienen la culpa de todas las imputaciones que se hacen hoy á la vacuna, pero que ella continúa siendo lo que fué y ha sido siempre. Por esto, y para que pudierais apreciar mis juicios, me he tomado la libertad de haceros citaciones numerosas y estensas, esponiéndome á que su lectura os causara fastidio; pero estaba en la necesidad de apoyar mis ideas, pues mi solo di- cho nada valdría, cuando se hallan del lado opuesto personas tan ameritadas. Pues veamos si lo que os he manifestado antes es aquí inútil, ó si, ayudados de ello, podemos acercarnos en este examen al conocimiento exacto y preciso de la verdad. No se puede poner en duda, que lo que principalmente ha influido en hacer creer que la acción de la vacuna es limitada, es la mayor frecuencia con que (según se dice) se logran hoy las revacunaciones, y el asegurarse que varias epidemias han sido conjuradas, recurriendo violentamente á ellas. Examinemos detenidamente ambas cuestiones. Que se podia lograr hacer prender la vacuna, no digo en los vacunados, sino en los que habían ya tenido las viruelas, es una cosa que hallamos consignada en la historia de la vacuna desde el año de 803. Ya os dije, que la Comisión Médico-Quirúrgica de Milán hizo esperiencias á este efecto, y que muchos aceptaron la conclusión establecida por ella, de que se podia hacer nacer la vacuna en los que habian tenido las viruelas. Pues si á los que han tenido las viruelas se les puede hacer nacer una vacuna, que ha parecido legítima á muchos, ¿encontraremos estraordinario que se pueda obtener igual efecto en algunos vacunados? Si no se fijaron mucho ?n este hecho los antiguos vacunadores, es porque el uso de la revacunación estuvo muy restringido al principio, y solo se preocupaban de —39— ver si los vacunados quedaban preservados de las viruelas; así es, que se conten- taban con sujetarlos á la inoculación del pus varioloso y á la habitación con los infestados de esta enfermedad. Creían, pues, que tenían suficiente vacuna los que resistían á estas pruebas. Que desde los' primeros tiempos se pudo ver en los vacunados, cuando se les so- metía á la revacunación, cosa igual á la que se observa en las mismas circuns- tancias, en los que habían sufrido las viruelas, no puede caber duda alguna, como no puede haberla tampoco en que lo que se observaba en ellos, en el caso propues- to, fué objeto de un examen muy serio. Y si nó ¿cómo nos podríamos esplicar aquella profesión de fé de los antiguos vacunadores ingleses, que quedó consignada de este modo? «2vo se puede tener la vacuna después de las viruelas, ni la verdadera vacuna dos veces.» Ellos no dijeron que no se pudieran adquirir, en ambos casos, las diversas es- pecies de vacunas falsas que puedan existir, así como nunca dijeron que los vacu- nados no pudieran tener todas las diversas especies de viruelas falsas: lo que afir- maron fué, que la vacuna que podia aparecer en los que tuvieron las viruelas no era una vacuna legítima, como lo pretendía la Comisión de Milán, y que del mis- mo modo debía considerarse cualquiera vacuna que pudiera obtenerse en las per- sonas que habían sido una vez bien vacunadas. El Dr. Decarro, de Viena, publicó en 1801 observaciones y esperiencias sobre la vacuna. En este trabajo, que ha sido calificado de un verdadero tratado de vacuna, hay un capítulo dedicado esclusivamente al examen de estas dos cuestiones: ¿Se puede contraer la vacuna después de las viruelas? ¿Se puede contraer la vacuna varias veces? Para llegar á la solución de estos dos problemas, discute y examina minuciosa- mente las opiniones de los vacunadores ingleses Jenner, Pearson, Woodville, etc.; pasa en revista numerosos hechos y documentos que le son propios ó que perte- necen á otros observadores: insiste en que, para no caer en errores de diagnós- tico, debe establecerse una gran distinción entre la vacuna local y la vacuna cons- titucional, y termina emitiendo la resolución siguiente: «De donde yo concluyo, con el Dr. Pearson, que no se puede tener la vacuna después de las viruelas, ni la verdadera vacuna dos veces.» De lo que antecede se deduce fácilmente, que los primeros vacunadores obser- varon que algunas veces podían desarrollarse diversas especies de vacunas falsas en los ya vacunados, porque si así no hubiera sido, ¿sobre qué podia recaer el juicio de apreciación sobre su legitimidad? ¿Por qué Decano recomendaba tanta atención para establecer el diagnóstico, —40— recordando la distinción de la vacuna local y constitucional? ¿Hubiera sido ne- cesario tan prolijo cuidado, si á consecuencia de las revacunaciones no se hubiera observado nada, ose hubiera solo visto la vacuna, reconocida por todos como per- fectamente falsa? Bien puede creerse, sin que esto perjudique en nada al crédito de la vacuna, que si desde los primeros tiempos se hubieran emprendido las revacunaciones en la grande escala en que se han ejecutado después, los mismos resultados aparentes hubieran sido observados. Pero lo que nos importa establecer antes que todo es, si todos los que sé suje- tan á la revacunación tuvieron primero una vacuna perfecta, y si lo fué igualmen- te la que se les produjo después. ¿Cómo resolver lo primero? Para los que tenemos la esperiencia de la práctica de la vacuna nos es fácil con- testar, que es esa una cosa muy difícil de averiguar. Refiriéndome á lo que á mí me pasa, no basta que yo encarezca á los padres de los niños la importancia de que la marcha de la vacuna pueda ser observada por mí mismo; no basta encargarles me los traigan varias veces, para lo. cual per- manezco en casa á horas determinadas, y especialmente consagradas á ese objeto: la generalidad hace muy poco caso, y me veo precisado para estudiar los hechos importantes, á andar siempre en escursiones penosas. No se crea que, en Europa quede esto mas asegurado, merced á los certifica- dos que se exigen en muchas partes para su comprobación. Véase lo que se lee en el Diccionario abreviado de Ciencias Médicas en quince volúmenes, artículo vacuna, pag, 379. «Entre las personas que vacunan, algunas no conocen bienios caracteres dis- tintivos de la vacuna verdadera, que preserva la única de las viruelas, y dan cer- tificados de vacuna á individuos que la han tenido falsa. «Entre las gentes del arte que vacunan, sea por dinero, sea gratuitamente, hay algunos que no se atreven á confesar á los padres que sus hijos han tenido una vacuna mala en lugar de una legítima, por temor de que se atribuya esta fal-> ta de éxito ala poca habilidad, y estas personas dan certificados radicalmente falsos. «Así, se puede afirmar que el mayor número de individuos que tienen las vi- ruelas después de haber sido vacunados, no tuvieron mas que una vacuna ilegíti^ ma, aunque presenten certificados, y aun cuando estos documentos estén suscri- tos por personas muy recomendables; porque no hay cosa mas común, que ver á médicos y cirujanos distinguidos por su saber y su habilidad, ser bastante débiles, para dar certificados de vacuna por la simple declaración de los padres.» Si no podemos establecer la precisión necesaria por la declaración de los inte- —41 — resados, ni por el valor real de un gran número de certificados, ¿hallaríamos la verdad por el examen de aquellos? Pero lo primero que salta á la vista en las diversas estadísticas que sobre esto se han publicado, es el gran número de vacunados, que al ser sometidos á la re- vacunación, han presentado cicatrices insignificantes ó enteramente nulas. Véase, por ejemplo, el cuadro presentado por Mr. Heim sobre el resultado obte- nido con las revacunaciones en el ejército Wurtemburgues, y que se halla inserto en la obra de Mr. Cazenave sobre las enfermedades de la piel. Como dice este autor, este es uno de los trabajos mas exactos, y que se hayan emprendido en mayor escala: sus resultados, añade, están conformes con los tra- bajos emprendidos después. Pues bien, allí se verá, como decía yo, cuántas personas sometidas á las revacu- naciones no ofrecían señal ninguna de su primera vacuna, ó eran solo insignifican- tes las que presentaban. Estos individuos deberían ser excluidos de esos cuadros, en donde no pueden servir nías que para abultar las cifras, pero no para traer consigo la evidencia. Se vería entonces, cuan rebajados quedarían los guarismos con que se ha alu- cinado á tantas gentes. Se asegura, sin embargo, -que á cierto número de personas que llevan sobre sí cicatrices bien caracterizadas de la vacuna, les ha prendido por medio de la re- vacunación una vacuna perfecta, y lo que hay mas que admirar es, que en esos cuadros se hallan también comprendidas algunas personas que tuvieron ya las vi- ruelas. El número de estas últimas es, corto en verdad; pero es el suficiente para apoyar nuestro raciocinio. Señores: como he dicho ya otras veces, desde el origen de la vacuna pareció quedar probado para muchos por la Comisión de Milán, que los que habían pade- cido las viruelas eran susceptibles de tener una vacuna verdadera. Los vacuna- dores ingleses sostuvieron, que aunque la apariencia de aquella vacuna se acerca- ra á la de la verdadera, no debia considerarse como tal, y Pearson recomendaba altamente, que nunca se tomara la vacuna de esas personas para pasarla á otras, porque no quedarían estas preservadas. Mas adelante hemos hallado descrita, en la obra de Mr. Husson, una variedad de falsa vacuna muy difícil de distinguir de la verdadera, la misma que años des- pués describió Mr. Rayer con el nombre de vacuna modificada que sobreviene en los ya vacunados ó que han tenido las viruelas. ¿Qué mas podemos desear para los vacunados, sino que la vacuna los haya co- locado, respecto de las viruelas, como á aquellos que ya las. padecieron? En efecto, en algunos cuadros que he podido ver, he hallado que la reproduc- 6 —43— cíon de una vacuna mas ó menos parecida á la perfecta, es proporcionalmente igual en los vacunados y en los que están marcados de viruelas. ¿Qué tenemos de alarmante hasta aquí? Esta igualdad de resultados prueba que la vacuna,, en los vacunados, tuvo el lu- gar de las viruelas. Pero ¿podremos inferir de esto, que la duración del efecto preservativo de la vacuna es limitada? Esto equivaldría á decir, que los que tuvieron ya viruelas, aunque estén mar- cados por ellas, deben sujetarse á la revacunación, para que aquella enfermedad no vuelva de nuevo á atacarlos: ¿pues qué es lo que anuncia ese peligro? El que puede obtenerse en ellos, por la revacunación, una vacuna aparentemente legítima. No es otrO el raciocinio que se ha establecido respecto de los vacunados. - Así, Mr. Heim, deduce de los datos que le suministra el resultado de sus reva- cunaciones, las consecuencias siguientes, adoptadas, por otra parte, por una mul- titud de personas. «Ninguna vacunación, aun lamas legítima, destruye para siempre toda suscep- tibilidad para una nueva vacuna; ó lo que es lo mismo, no protege para siempre contra el contagio varioloso. «La duración deLefecto preservativo de la vacuna no excede de diez y siete años en el hombre. <( Todo individuo que no ha tenido las viruelas, aunque en general poco suscep- tible de contraer mas de una vez esta enfermedad, conserva una capacidad mucho mayor para la vacuna, que podrá tener varias veces según que viva mas ó menos tiempo. «Así, el estado de las cicatrices de la primera vacunación pierde su importancia práctica, y no puede ser ya de un grande interés. «"Sobre el total de las revacunaciones se obtuvo un resultado completo en trein- ta casos sobre ciento; un resultado incompleto ó modificado, en veinticuatro casos sobre ciento; ningún resultado en cuarenta y seis casos sobre ciento. «Por todo esto (continúa) es uno conducido á preguntarse, si después de un cierto tiempo, después de diez y siete años, por ejemplo, se puede con buenas ci- catrices estar todavía preservado por mucho tiempo ó para siempre? «Es preciso revacunar, á mas tardar á los diez y siete años, aun á los indivi- duos que tienen buenas cicatrices. Esta revacunación debe ser repetida cada año, hasta que el virus vacuno haya arraigado. Pueden entonces considerarse como preservados de nuevo por catorce años, término medio (según Gregory) de la du- ración preservativa de la vacuna. «Las cicatrices defectuosas son, en general, los indicios de una vacunación no preservativa; sin embargo, ciertas personas que tienen esta clase de cicatrices, y —43— otras que no tienen señal alguna, han sido garantidas hasta por veinte, treinta años y aun mas. «Es una preocupación creer, que la buena vacuna sacada del brazo de un adul- to revacunado sea menos propia para revacunar otro adulto, que la sacada del brazo de un niño. Al contrario, muchos adultos revacunados una primera vez sin resultado, con vacuna tomada del brazo de un niño, lo fueron ocho dias después con vacuna que provenia del brazo de otros adultos, con el mas brillante resulta- do: algunos, sin embargo, con un resultado modificado. « Si se considera que varias personas fueron vacunadas en sus primeros años con un resultado modificado ó incompleto, y después recientemente al contrario, con un éxito perfecto; que otras, sea en su. infancia, sea en su revacunación, no han tenido cada vez mas que una vacuna imperfecta, pero que en ellas tiene uno lugar de esperar, en la próxima revacunación, un resultado completo, se podrá con razón mirar la vacuna incompleta ó modificada, análoga en algún modo á la viruela modificada, como el precursor de una próxima susceptibilidad para la verdadera Yácuna, susceptibilidad que se acerca á laque dispone á la varioloides, y que es co- mo el signo de una diminución incesante de la fuerza preservativa contra el virus varioloso: se admitirá también, que la vacuna incompleta puede reproducirse va- rias veces en el mismo individuo, hasta que la propiedad preservativa de la vacu- na, que después de una cierta época va siempre disminuyendo, sea enteramente destruida, ó que se haya desarrollado una nueva vacuna legítima.» Tales son las consecuencias que deduce Mr. Heim del resultado de las revacu- naciones practicadas en grande escala en Alemania, sobre las cuales Mr. Cazena- ve, después de esponerlas, se limita á hacer la sola, observación siguiente: «Nosotros no podemos adoptar enteramente la opinión de Mr. Heim, relativa-; mente al espacio de tiempo necesario para que la vacuna pierda su poder antiva- rioloso. Este tiempo, como hemos visto, seria, según él de diez y siete años, y de catorce, según Gregory; nos fundamos: 1?- sobre las observaciones de viruelas modificadas observadas tan frecuentemente en individuos recientemente vacunados; erupciones que resultan evidentemente de la impresión del contagio varioloso, y que han sido descritas bajo el nombre de erupciones vacunales. 2? Sobre que ej contagio varioloso ha producido en personas vacunadas después do mas de vein- ticinco años, viruelas las mas felizmente modificadas, sin que el largo espacio de tiempo que se habia pasado de la vacuna haya disminuido en nada el poder modi- ficador de ésta. Supuesto, pues, que la modificación ha sido la misma, sea que la viruela fuese observada algunos dias después de la vacunación, ó bien, después de un espacio de veinticinco años, no creemos que se pueda racionalmente indicar una época precisa en que el poiler antivarioloso de la vacuna haya desaparecido.» Ningún» vacuna, por legítima que haya sido, pone á Gubierto de las viruelas. —44— ?Es sostenible esta proposición? y ¿puede uno estar dispuesto á dar mayor fé á todo lo que agregan, cuando millares de hechos prueban lo absurdo de sus afir- maciones? Si habéis producido, dicen, una vacuna modificada en un vacunado, seguidlo revacunando; á medida que lo hagáis, aumentará la aptitud á la verdadera vacuna y llegareis á obtenerla. #' Esto, Señores, merece esplicarser si se ha obtenido en un individuo, no vacuna- do antes, una vacuna modificada, porque se le puso una vacuna que no era legíti- ma; si lo volvéis á vacunar con buena vacuna, la obtendréis, y tal vez sea á la primera tentativa, porque sucede aquí como en las viruelas; el que tuvo varioloi- des, puede ser atacado de viruelas graves después de poco ó de mucho tiempo; pe- ro si la vacuna que pusisteis fué legítima, si su conversión en modificada fué el re- sultado de la ineptitud del individuo por haber tenido ya una vacuna verdadera ó las viruelas, tal proposición es un sueño; jamas se obtendrá mas que la vacuna falsa ó modificada, si es que algo deba aparecer. Y en cuanto á la duración que se ha querido fijar á la acción preservativa de la vacuna, ¿de qué datos se ha partido para sacar conclusiones tan discordantes? Es que el fundamento es un error, y á ese error debe agregarse otro que pue- de, en mi concepto, señalarse. He tenido yo ocasión de vacunar un número muy regular de personas de doce, diez y seis, veinte y mas años, que no habían sido vacunadas, y que sin embargo no tuvieron viruelas. He podido ver, en la generalidad de ellas, que ha prendido una vacuna legítima. Pues bien, muchos que se creen bien vacunados, y que no lo están, pueden, sin embargo, por una feliz casualidad, durante épocas mas ó menos prolongadas, per- manecer salvos, atribuyéndose este efecto á que fueron vacunados; pero tal vez algún dia esperimentan las consecuencias de su falsa posición y son atacados de las viruelas: como las épocas á que esto se verifica pueden ser tan variadas, resulta que algunos de estos casos, observados por los que admiten aquellas opiniones, son muy á propósito para afirmarlos mas en sus ideas, respecto de la virtud limitada de la vacuna, y para estraviarlos mas, respecto del verdadero término de su ac- ción preservativa: por eso los mas prudentes de entre ellos aseguran que no puede fijarse un límite preciso. Cuando se reflexiona en la gravedad de esta cuestión, debía uno esperar prue- bas mas evidentes y detalladas, para que pudiera uno quedar convencido de que la acción preservativa de la vacuna es limitada. Nada de eso. Simplemente las revacunaciones de Alemania, hechas en grande escala, ¿qué produjeron? ¡la vacu- na legítima en un treinta por ciento de los vacunados I Pero Mr. Rayer nos ha dado una descripción verídica y concienzuda de la me- —45— jor vacuna que se puede obtener en los vacunados, que es igual á la mejor que puede producirse en los que han tenido viruelas: ha descrito exactamente sus ca- racteres, que son diversos dé los de la vacuna legítima: estos se hallan de acuerdo con lo observado por Mr. Husson en los primeros años de este siglo: añade Mr. Rayer, que cuando estas vacunas, que él llama modificadas, se producen en per- sonas no vacunadas antes (lo que sucede algunas veces, como ya hemos espuesto) no hay seguridad de que queden preservadas por ellas; y por último, que es muy raro que esas vacunas produzcan en otros no vacunados, la vacuna verdadera. ¿A quién debemos creer? qué ¿esas vacunas se habrán perfeccionado en Alema- nia? y ¿cuáles son entonces las que, llaman vacunas modificadas? lo ignoramos. Habrán tal vez querido conservar el nombre. En suma, ningunos detalles ni descripciones de ninguna especie. La simple ca- lificación de los que practicaron las revacunaciones; calificación tanto menos acep- table, cuanto que esto en contradicción con todo lo observado y descrito anterior- mente por multitud de autoridades competentes. Y sin embargo, Mr. Cazenave dice en su obra, que estas revacunaciones prac- ticadas en grande escala en Alemania, fueron las que comenzaron á dar luz sobre todas estas cuestiones. Es cosa singular, que algunos, crean ver aparecer la luz allí adonde otros ven introducirse la oscuridad. Refiriéndose á esto Mr. Sedillot, dice en su Memoria, pág. 663: que después de haber intentado en vano Mr. Fiard y otros que piensan como él, que la. Acade- mia de Medicina aceptara aquellas ideas, se dirigieron á la Academia de Ciencias: fueron allí bien recibidos, y se les invitó á someter sus pruebas. Sigue después hablando así Mr. Sedillot: «Esperar religiosamente la marcha regular y conveniente que habia sido impues- ta á estos honorables compañeros, por los jueces que ellos mismos habían elegido, formaba, si no me engaño, el punto esencial délos deberes que tenían que llenar en estas circunstancias. No fué así: apelaron á todos los órganos de la prensa, ya médica, ya política; á esta última sobre todo, que ejerce una acción tan pode- rosa sobre las opiniones. «¿Cuáles han sido los resultados de esta publicidad tan atrevida y tan falta de reflexión? Tristes debates suscitados; la perseverancia de la virtud de la vacuna puesta públicamente en duda; la seguridad general turbada y la alarma estendida por todas partes.» (1) (1) Al recordar las publicaciones que no hace mucho hice en los periódicas sobre la va- cuna, se podría creer que yo había también merecido esa censura. Si mis artículos hubie- ran tendido á desacreditar la vacuna, ó á apoyar de algún modo creencias que pudieran dis- —46— Mas adelante dice, que habiéndose alarmado igualmente el gobierno, preguntó á la Academia si debía hacerse revacunar á todos los alumnos de los diversos es^ tablecimientos de instrucción pública, y continúa así:. «Pero la Academia, que sabe con qué ligereza han siM practicadas estas espe- riencias en algunos países vecinos, y las falsas inducciones que se han sacado de ellas, respondió negativamente, etc.» Debemos advertir también, que un efecto local no autoriza para decir que se han obtenido los resultados completos de una vacunación legítima. Para probar- lo voy á entrar en algunas espllcaciones. Cuando en el principio de la vacuna, Jenner se preguntó si su virtud preserva- tiva seria solo temporal, quiso resolver, Como sabéis, este punto1 importante: bus- có individuos á propósito para obtener un resultado positivo, sometiéndolos á la inoculación del pus varioloso. Estos individuos fueron: José Méiíret que habia tenido el ców-pox 25 años an- - tes; fué inoculado varias veces sin resultado. Sarah Porttlock habia tenido el ców-pox 27 años antes; en ese momento criaba un niño afectado de viruelas; nada resintió: fue después inoculada sin resultado. John Phillips habia tenido la viruela de la vaca á la edad de 9 años: tenia en- tonces 62 cuando Jenner lo inoculó, con un virus que tuvo cuidado de recoger en su estado mas activo. Mary Barge habia tenido el cow-pox 31 años antes, cuando fué inoculada en 1791: desde ésa época ha estado empleada únicamente en cuidar enfermos de vi- ruelas sin contagiarse: la inoculación no tuvo resultado. Madama H. fué afectada del cow-pox en su infancia: después estuvo espuestá al contagio de las viruelas sin experimentar nada. En 1778 (treinta años des- pués de haber tenido el cow-pox) esta Sra. espantada por la epidemia que reina- ba en Berkeley, se hizo inocular por Jenner sin resultado, y no fué atacada por la epidemia. Elizabet Wynne habia tenido el cow-pox de una manera muy ligera; no habia tenido mas que una pústula en el dedo pequeño de la mano izquierda, y fenóme~ nos generales apenas sensibles: 38 años después Jenner la sometió á la prueba de la inoculación, que no tuvo éxito En todos estos individuo» la inoculación quedó sin resultado, en cuanto á que no hubo los síntomas de la infección ni la erupción secundaria. En todos ellos. minuir en algo ia fé, que es importante mantener respecto de ella en el publico, no hay du- da que me. habría alanzado; mas habiéodome propuesto «l Objeto contrarío, no es á mí á quie» debe apüearwaqu^l juicio. —47— sin embargo, Se produjo en el lugar de las picaduras un trabajo local que duró algunos dias. ¿Podrá sostenerse que en todos estos casos se obtuvieron los efectos de una ver- dadera inoculación, porque apareció solo aquel efecto local? creo que de ninguna manera. Pues lo mismo puede suceder en estas revacunaciones; es decir, que se produz- ca solo un efecto local, mas ó menos parecido á la vacuna legítima, pero no el efec- to generai qtie constituye una verdadera vacunación. Los que sostienen esas opi- niones no-Jf©drian nunca establecer la evidencia de que el efecto general se efectuó; luego es necesario que abandonen esta prueba por carecer de valor suficiente, tan- to mas, cuanto que existen otras perentorias para apoyar la opinión contraria. Yo he querido esponeros estensamente todo lo relativo á este punto: aun he co- piado las propias espresiones de los defensores de esas ideas, sembradas de contra- dicciones, y apoyadas á cada momento en litigiosos hechos. En fin, Señores, si las razones que os he manifestado no os convencieren aún, apelaré á lo que hace tantos años os está haciendo ver vuestra propia observación y esperiencia aquí en México. En efecto, hace muchos años que reinan constituciones médicas variolosas entre nosotros. Ya habéis podido observar, que una vez aparecidas las viruelas en una habitación, los únicos que tienen que temer son los que, viviendo allí, no han si- do aún vacunados; que las viruelas no tardan en atacarlos si no se apresuran á recurrir al antídoto conocido; pero que de los demás que viven allí y están ya va- cunados, ninguno se preocupa de poder correr peligro alguno, y eso aun cuando permanezcan todo el dia cerca de los enfermos y aun duerman en sus mismos cuar- tos. La esperiencia diaria y constante nos hace ver, que cualquiera que sea el tiempo que haya pasado después de la vacunación, estas personas quedan siempre preservadas. Está tan arraigada esta observación, que ni los mismos médicos recomiendan á los vacunados que allí se hallan, el que se revacunen, como se apresurarían á ha- cerlo, si esa esperiencia diaria les hubiera enseñado lo contrario. Vuestra observación ha podido hacerse sobre personas vacunadas hace mas de sesenta años, así como en los recien vacunados y en todos los períodos interme- dios: á vosotros todos consta la inmunidad que han disfrutado, y que esta inmu- nidad no ha necesitado ser rehabilitada por las revacunaciones. Un lenguaje semejante empleaba Mr. Sedillot en 1840, ante la Academia de Medicina de Paris, cuando decia hablando sobre este punto: «Las vacunaciones no se practican generalmente sino en la infancia. &sí, pues, si la virtud preservativa de la vacuna estuviera limitada á diez, doce, catorce, diez y seiB 6 diez y ocho años, no se encontraría casi nadie exento de las viruelas en- —48— tre los adultos vacunados, y los estragos que hubieran ejercido sobre ellos en to- do tiempo y en todas circunstancias, hubieran dado la razón hace mucho tiempo á aquella opinión, por la evidencia misma de los hechos. «La virtud preservativa para las viruelas que posee la vacuna, es absoluta é ili- mitada,, como la de la misma viruela: esta doctrina tiene por base la autoridad de hechos perentorios. La opinión contraria no se apoya sino sobre hipótesis.ó sobre hechos mal estudiados y nada concluyentes.» Admira, Señores, que de tales datos se hayan podido deducir tan ayanzadas consecuencias, que, como bien lo veis, no son en realidad mas que la espresion de algunos pensamientos que para convertirse en realidad necesitaban nada menos que la sanción de la esperiencia: admira que ellos hayan sido acogidos con tanto favor y sin criterio por multitud de personas de tan distinguido mérito; admira que esas personas tan exigentes con las demás respecto de las pruebas y contra» pruebas, para la admisión de cualquiera aserto, se hayan dispensado ellas mismas de darlas en materia tan grave; admira, por último, el candor con que siguen di- ciendo: las esperiencias que se han succedido han venido constantemente confir- mando aquellas. Pero, Señores, ¿en qué las han confirmado? En que las revacunaciones pueden producir una vacuna mas ó menos modifica- da en algunos vacunados, perfectamente falsa en otros, y nada en muchos: y ¿qué se infiere de ahí? Hace treinta y tantos años que fueron hechas las esperiencias á que me refie- ro, y en todo ese tiempo no ha podido ser presentada la contraprueba de .los jui- cios que sobre ellas gratuitamente se fundaron. ' ¿Adonde están las estadísticas que nos prueben que los vacunados en quienes no se practica la revacunación, sean tratados por las viruelas como los que no lo han sido nunca? Esta seria la única contraprueba positiva: ella no ha sido dada. Se me dirá que establecida hace algunos años esa idea, la práctica de las reva- cunaciones se ha generalizado. Admito que así sea; pero si de antemano han quedado siempre en todas partes las mayorías sin ser vacunadas, debemos racionalmente admitir, que las mayorías de los que fueron vacunados queden también sin haber recibido la segunda Vacu- na que los haya seguido preservando. ¿Cómo, pues, los observadores europeos, tan celosos para recoger todo lo que se refiere á comprobar sus dichos, no han presentado nada, en este sentido, en tan dilatado tiempo? Pero es que la esperiencia ha ido probando mas bien lo contrario. Aquí, en México, es adonde no han intervenido para nada las revacunaciones: ¿qué habéis visto constantemente? que los bien vacunados han pasado todas las —49— edades garantidos contía las viruelas, lo mismo á los diez, á los veinte, á los trein-, ta años:,que las constituciones médicas .Variolosas no han dejado de reinar con frecuencia entre nosotros: que á veces han amenazado hacerse epidémicas, y que en medio de todas estas circunstancias los vacunados han permanecido seguros;. ,Así, pues, la razón y la esperiencia, únicas cosas sobre las cuáles se pueden fun- dar las verdades, están aquí de acuerdo. ¡ La razón, porque ella nos hacia ¡ ya prever, que de un efecto < que se obtiene igual en los vacunados que.en los que tuvieron ya las viruelas, no se podia deducir qué los primeros estuvieran espuestos á contraer la enfermedad que padecieron ya los segundos* '..'• , La esperiencia, que alcanza en México ya á sesenta y tantos años, y que noS; ha hecho ver, que los efeótos de la vacuna se han manifestado de Un modo imper- turbable constantemente los mismos', sin que, hayan intervenido revacunaciones,; que hubieran podido Sembrar alguna duda. Cuando algunas veces han amenazado hacerse epidémicas las viruelas, no hemos hecho lo que en algunas partes dé Europa, recurrir á las revacunaciones, sino' va- cunar diariamente en grande escala á los no vacunados, que son (por decirlo así) el combustible, y las' epidemias han sido conjuradas. ¿Cómo, pues, se atribuye allá' á las revacunaciones ese resultado? Es un error: es que al mismo tiempo se ha vacunado á los no vacunados; pues si,nosotros hemos obtenido aquí el mismo re-. sultadó «oñ las 'solas vacunaciones, las revacunaciones no han tenido en ello. Jar parte que se les ha gratuitamente atribuido. Y Ib mismo ha sucedido siempre en otras partes: de ello podría citar numero- sos hechos; pero me limitaré á citar uno, que por ser muy cercano á la época en que comensÓ á enunciarse la opinión sobre la necesidad de las revacunaciones,, ofrece aun para nosotros el mayor interés. Como todos saben, las revacunaciones practicadas en grande escala en Alema-:, nia sobre los conscritos del ejército Prusiano y Wurtemburgues, que son (según', los que ¡aceptan Sus consecuencias) las que comenzaron á dar luz, sobre esta cues- tión, fueron practicadas de 1831 á. 1833. Pues bien, en los Archivos generales de Medicina, tomo.15, pág. 278, se le? lo siguiente: .* En la sesión deja Academia de Medicina, del 15 de Febrero del año de 1831, Mr. Emery,, á nombre de la Comisión de yacuna^leyó el informe general de la Co- r misión sofbre ¡las. vapunacionjes practicadas en Francia durante el año. de 1829., «Las frecuentes epidemias de viruelas, dice, que han reinado; en Francia desde. hace-cinco años, han estimulado felizmente, á la práctica de la vacuna que habia sido ¡algo¡descuidada, y'tal departamento que no habia vacunado en,los años pre- cedentes .mas. que dos mil personas, ha vacunado en 1829 mas de nueve mil. Así —50— es, que mientras en 1828 el número de virolentos ascendió á veintitrés mil ochó- Cientos noventa y siete, en 1829 quedó reducido á nueve mil ciento noventa y seis.» Sé ve, pttés, que casi á la misma época en que se establecieron las revacunacio- nes en grande escala, de'cuyo resultado nadia la duda sobre si la vacuna no era ya la misma cosa que antes, su aplicación hecha debidamente, y limitada solo á los no vacunados, seguía prestando idénticos servicios, haciendo desaparecer por dón- de quiera q'üe era empleada el terrible azote dé las viruelas. Las revacunaciones no tenían aquí ninguna parte. Yo he practicado ya muchas veces las revacunaciones en personas bien vacuna^ das: él año pasado he'revacunado muchos estudiantes y aun médicos, que han que- rido prestarse ■&' esta prueba; en algunos nada ha aparecido; en muchos se-ha des- arrollado Uña falsa vacuna, aparecida desde el mismo dia ó al siguiente, represen- tada por pústulas cónicas, con areolas mas ó menos inflamadas, que á veces han1 molestado bastante á los vacunados; pero hasta hoy, no he visto una Vacuna ¿pa- recida en esas circunstancias que pudiera asemejarse para nada, á la verdadera. Mas estos resultados podrán acaso atribuirse á que estas esperiencias han sido hechas,, respectivamente, en pequeña escala: sea, y aun cuando debieran obtenerse algunas' yeces én los ya vacunados, vacunas parecidas :á las que se dice se obser- van en Europa, persisto en creer que esto no probaría lo que se intenta'hacer que prueben, por las razones que dlevo ya espuestas y que aun tendré ociasion de ha- cer valer mas adelante. Todo, pues, nos confirma, que los antiguos vacunadores teman razón cuando ne- gaban la legitimidad de la vacuna que se solia obtener en los que tuvieron ya las viruelas; juicio que: debe restendérse a la que igual pueda aparecer én'los que'fue- ron ya bien vacunados, admitiendo, sin embargo, que pueda producirse una ver- dadera vacuna én algunos vacunados, siempre que' su vacuna-primara no haya si- do perfecta. Esto se halía enteramente de acuerdo también con la esperiencia, pues Mr. Ra- yer nos ha dicho: «la vacuna que se obtiene en los vacunados antes-y en los que han tenidolas viruelas, es una vacuna modificada, y; que no puede, sino'escepcio- nalmente, reproducir la vacuna verdadera.» ■ ■''■'■■ 'En esto último vemos también justificado el consejo'de los antiguos vacunado- res (considerado como utta preocupación por los révaéunadorés) de no tomar la vacuna de esas personas para propagarla, porque ésa Vacuna no debía comunicar el'efecto preservativo. Ya vimos al principio de este escrito próbadopor esperiencias directas, que el virus de las pústulas de la Varioloides, inoculado, no daba lugar á la misma enfer- medad' que se produce: por la inoculación del íegítimopus de las 'Viruelas. —51- ¿,Cómo podríamos persuadirnos que se obtendría la misma seguridad, en el .efec- to preservativo, vacunando á un individuo con el fluido tomado dé pústulas vacu- nales mas ó menos modificadas, que el qu# se lograría; vacunándolo con otro to- mado de pústulas perfectas? Luego el consejo do los antiguos contiene, al menos, una recon^endacion pru- dente. En definitiva, todo lo que puede admitirse es, que á aquellos que dudasen, por cualquier motivó si están bien vacunados, para su seguridad seria prudente acon- sejarles se sometieran á. la revacunación. Seria:también muy de desear que se inculcara á las gentes la importancia de que. en la primera vacui&acion se pusiera todo el cuidado y precisión debidas, pues deVifesultado d¡e este primer acto parten todas las dudas y errores que se han ori- ginado después. Que no se escriba mas, quedas falsas vacunas han casi desaparecido, porque eso prueba que se las desconoce, bajo otro trage, y porque eso infunde una funesta confianza en loa médicos y en los vacunados, origen también de errores, y por lo mismo de la confusión que ha venido introduciéndose. Pero que tampoco, lanzándose ala opinión opuesta, se afirmé, que las falsas va- cunas que se observan en. 'muc.bas ocasiones son la prueba hoy de su .degeneración,: pues que, como ya hemos visto, han acompañado á la vacuna desde su origen. . Que no se asegure mas, como una cosa ya probada, que la acción preservativa de la, vacuna es limitada tan solo á cierto tiempo, porque nosotros mismos somos una prueba viva de la falsedad de aquel aserto. De arraigar ésta idea en el público resultaría un mal muy grave, un gran des- crédito para la vacuna, pues si al principio se. le aseguró que ella garantía pa- ra toda la vida, y hoy oye decir que ya es solo por diez años, y si se le hace entender ademas, que esto es á consecuencia de las transmisiones sucesivas que ha esperímentado, acabará por dudar absolutamente de ella, y lo mismo tendrá de- recho á juzgar de la vacuna animal, á no ser que se le quiera engañar, procuran- do persuadirlo de que el cow-pox espontáneo y la vacuna de las terneras son una misma cosa; pensamiento que ha sido ya emitido en Europa, por uno de los pro- pagadores de la vacuna animal. Fácil es hacer ver, sin embargo, que semejante pretensión es sobremanera ab- surda. - La. viruela espontánea del hombre pasada á ótrofi hombres por la inoculación, ¿qué produce? Todo el mundo sabe que no produce sino una viruela benigna; y sino ¿cómo habría podido haber estado autorizada por tanto tiempo aquella prác- tica, si hubiera debido ocasionar constanteniente las viruelas graves? Se trataba dé producir únicamente una enfermedad benigna, cuyq objeto era precisamente —52— evitar la gravedad de la otra. Obsérvese de paso, que en el caso propuesto, la transmisión se hacia en el propio terreno. : • •Lo mismo podemos decir hablando del cow-pox. Él cow-pox espontáneo ó vi- ruela espontánea de la vaca, puesta y mantenida en las terneras, es sin i duda una viruela benigna ó mitigada, y jamas podría sostenerse racionalmente que las dos pudieran ser una misma cosa bajo todos los puntos de vista. Seria tanto,como decir que la varioloides era una cosa enteramente igual á la viruela legítima. Pero si el!Cow-pox artificial no es igual al espontáneo ¿dará al menos el resul- tado de que se jactan sus propagadores, es decir, que ha regenerado la vacuna? ¿Én qué sentido se dice que ha sido ésta regenerada? ¿Es en cuanto á su ma- nifestación local ó en cuanto á su efecto preservativo? Juzguemos ambas cosas* ■'■ No hay duda, que en muchos vacunados con la vacuna animal aparecen pústun las algunas veces mas grandes que las producidas por la humana; pero era preciso que probaran, que ese tamaño en las pústulas era una cosa esencial para el efecto preservativo, lo que es enteramente falso. i ' . , ■' ;i ■ '■■ La inflamación mucho mas fuerte que suele también acompañar á esta» pústu- las, prueba solo que la linfa vacunal de las terneras contiene alguna cosa mas irri-, tante para la piel de los niños, que la humana: esto lo hallamos comprobado con la relación que nos dan los autores de los accidentes, algunas veces bastante gran ves^que sobrevienen en los brazos de los niños inoculados directamente con e^ cow-pox mismo. Jenner renunció; al fin á aquella práctica y prefirió k. actual, por la mayor benignidad de la enfermedad que sepbtenia, seguro como estaba, por otra parte (por la esperiencia) de que esa benignidad en nada disminuía el efecto preservativo. Diré ademas, de la energía de esta manifestación, lo mismo que he dicho del tamaño de das pústulas; no es una cosa que asegure ni que aumente, por su mayor intensidad, el efecto preservativo: las vacunas falsas, como se sabe,; se acompañan generalmente de una inflamación local mas viva, y no por ello son pre- servativas. Ademas, debe saberse, que no siempre las pústulas producidas por la vacuna animal son mas grandes que las ocasionadas por Inhumana; que muchas veces son iguales y aun inferiores; que no es mas seguro con la vacuna animal que con la humana, el que prendan todas las picaduras que se han practicado; que á veces prenden solo una ó dos de seis que se han hepho; en fin, que muchas veces no pro- duce nada, sea que se tome de tubos ó de la ternera misma. . :' , Otro tanto diremos respecto de la existencia y e&tension'de la areola y tumor vacunal, pues hemos podido ver algunos niños1 en quienes esa iiacuha no produjo más que granos bien pequeños, desprovistos absolutamente de aquella manifesta- ción. ¡Cosa aun mas rara! Niños en quienes nada produjo la vacuna animal, fue- ron vacunados, con el mejor éxito con la humana. Pudimos también ver que al- -ka- gunas personas de los departamentos, que fascinadas por la vacuna animal la soli- citaron con ansia, venían déSpúes á pedirnos vacuna (de la humana que conserva- mos) por no haber dado la otra resultado alguno. Añadiré una cosa que consta á muchos' miembros de esta Academia: varias veces he podido hacerles ver tipos magníficos de la mejor vacuna de brazo á brazo, notables tanto por el tamaño1 de las pústulas como por la ostensión y desarrollo de las areolas y tumores vacunales. . Sea lo que fuere, se ve, que fijándose solo en el mayor tamaño de las pústulas que se observa en algunos vacunados con la vacuna animal, y en la-mayor irrita- ción local, se han creído fundados muchos para decir que esa vacuna está regene- rada. :>' Tal parece qué para éstas personas la Vacuna consiste únicamente en ía manifestación local. Entonces nadie podría quedar bien vacunado sin la aparición precisa de ellay y sin embargo, tódo^ los1 autores ádmítéri fundadamente lo contra- rio: la existencia de vacuna sin vacuna, vacchtce siné' 'vddtínvé, es Una OóSá bien probada;' ": ',,!-' "-■•" ■•"•'• La manifestación lócal^ pues, que se puede obtener con la vacuna animal, no puede probar nada respecto de la superioridad de ei3a Vacuna sobré la humana, mientras rió sé haya probado que la animal preserva mejor f mas eficazmente de las viruelas, ■ ! ';;: ,,T,ií '■'■■•' ' : ' '-' '■•■■■■'■ < .■-■■ ■ ' í ¡> ■ ■ Veamos lo que debe pensarse-de esto, • Los que en Frafhcia han ptohijado la vacuna animal no pueden suministrar las pruebas suficientes que puedan convencer dé esa superioridad, porque aun es're- lativamente muy Corto el tiempo qué llevan de emplearla; Pero recurramos á la fuente de donde la han tomado; veamos lo que dicen los que la han cultivado des- de hace cincuenta años, y lo que han hecho ver á los que han querido creerlos. En Ñapóles, nos dicen, se propaga esta vacuna hace mas de eincuenta; años: ella ha reinado allí como absoluta, pues la humana no era conservada mas que por pura fórmula. Bien, Debemos inferir^ que todos ó casi todos han recibido allí la vacuna animal: ¿Qué nos dicen sobre el éxito que tienen en ese lugar las revacu- naciones? Nos dicen que las revacunaciones se obtienen allí en grande escala, y ni aun siquiera añaden que los períodos á que se hacen necesarias (pe entiende-pa- ra los partidarios de las revacunaciones) sean allí mas prolongados, Pues si para ellos mismos el terminó en que quedan preservados los vacunados conla vacuna animal^'esr igual al que se.obtiene (para ellos) con la humana, ¿cómo se atreven á afirmar que la han así regenerado? " OpoQgamoai¡ahora á, estos resultados obtenidos con la vacuna que llaman rege¿ neráda, losconsegui¡dos en México con la que hace tiempo calificaran de; degene- rada; es-decir, con la vacuna humanizada. ' ■■■<*'■ ■>]!;•; Durante dos épocas diferentes, jr-poriel largo-período de treinta ytabtos'años páravoáda una/de. ellasyipude conservarse esa vacuna1 sin renovación'alguna1, i^,! —54— TJn nfúmero incalculable de individuos yacunados, con elpa, han pesn^necido, se- guroseu medio de focos de infección sin haber sidp. contagiados.' Esto ha suce- dido, lo mismo respecto de personas, vacunadas poco$ años antes, ,qu,e .raspeóte de aquellas que lo habían sjflp haci^ ya diez, veinte, treinta, cua^ta^ó; mas años. •■ Esta garantía absoluta ha sido creada, sin embargo, en un número ponsideriabje de vacunados, por una vacuna atemperada y aun^^ m,uch^syeces ú^s^nj^a^e en apariencia; solo ,sí quedas, pústulas habían sido bien caracterizadas en,su fcnna y en su marcha. , , ^ jJifl.; ; , , , . 'mw ■-[ciomwilo- u¡.< Por la espuestp se, verá, si lo que, nos dicen sobre el efecto, preservativo.; (produ- cido, por la vacuna apiínal) su$ rnisi^ospartidarips^es para creer que está regene- rada! y si lo que, nos ha, hepho ver aquí la esperiencia por tan dictado tiempo res- pecta 4e< la humana, puede persuadirnos de, que, ésta h# :degen$ra¿lor ■ , .,[, ¡;r;;■ Vj(S i\fer4aderam^nte^.solo una persona que fuera en estremo temeraria se atrevería á negar que la vacuna humana ha satisfecho en México el objeto de sus aplicacio- nes, y que s¡u#, resultados. han. correspondido enteramente. ála,fé que, en. ella p¡ro- cu^aroa..;establex?|6ijp los, primeros yacunadores. ,8 ,,¡ ; ..j;i. f -n^. ,jrq yf; Señores.'; Sfcasp, habré abusado de yuestra paciencia, molestando yuesfcrf, atención* con la lectura de cosas que sin duda habéis leido; pero he creído absc^utftttj?nte¿ necesario recordaros, de la historia de la vacuna, los datos mas importantes que, apareados:á, diversa^iépopas,,debjan servirme para fundar cpn sqfcdez mis opiniones. La estensa pf áptjc^ ,y la buena,$ de los autores cuyos testos he copiado debpa p$sar f^r^mente, en vuestras opiniones, y uua convicción ín^ma.Tse, apoderar^, de vosptr,9S.(?uandQ reflexionéis, que ean, el prolongado periodo de, sesenta y tante,s. años, la.experiencia: ha; ponstantemje&te qouipirohado, aquí lo que .desde hace pantos afio& se. halla escrito. .-.;], m;w ix>v I .Mirro-tsv jí¡¡í-> , • ; ' , ■■■'■ eoíi . : >. a¿] .J(lLa, vacuna ^umajuííada^igue siempse, sfendo el preservativo «fijras de las viruela í;í §H;4egeneraQÍOjtt e&|á muy lejos! de haber sido probada, y en, ínteres de la Q*e»- cia,,yQ invito é, Jas personas que; la admitan, á, que me damu^yeníesp^imental? mente Í0 COntrarift., hli; wmva.. • .^n, m ■ ^ üíjl i.mh-.^Á. ^nu £4 ¡es,,que podemos Iwy reproducir lo.qué Jíallamo&esp^ittf-íelativo.á este, en ej^ioei^naDio abreviado de Giencáas Médicas, artículo/Meiwta,: pág, 3&L sol ..( a .tParaque estuviera ,probada que la verdadera vacuna no preserva siempre de tefliivirufllas, era .necesario que un> homhre conocido por haber Vacunado jinuehoa individuos, después de una instrucción antecedente, no equívoca en esta, parte del arte, ynporihab^r ítaratado. muchos Mariídosos; viniera 4>¡anu&oi&F que «na persona vacunaldapor ÜM otro ¡tiempo y ouyas: pústulas ■MbieranípreseatadQ todói), loa caracteres de la verdadera vacuna, ha sido d.está: afeotada de las viruelas. , ;.,r ^uíJEa^nde eátánJoSijhechbs 4eesté géneijo^ . \¡íjí¡íU> ajwoqo i ,r, íuyluQ «Si jwtognhíflüofl eHÍaí;en> que ae/publiquen* qu0> sfc.eueaten y qiifiise>bftgal^ # -55- balanfca de ellós> con los millones de personas preservadas de las viruelas por la VttCttna,i* : •- '■' •:-.'• ■ ' !•'■." :■' '<■ '>.']■ Concluyamos, pueBj de esta tam prolongada discusión, qué ó la Vacuna que apa- rece en los bien vacunados no es una vacuna verdadera^ 6 que su aparición en ellos no prueba de ningún modo que estén éspuestos á sufrir las viruelas, supuesto 4ue una vacuna igual se obtiene en los que pasaron ya" esta enfermedad, y supuesto también, que cada dia la naturaleza misma dá él mentís mas completo á los qSie sostienen lo contrario: ella íes hace ver, que los bien Vacunados siguen siempre¡en una perfecta seguridad, aun cuando no acepten sus consejos para révaetiñWse1.! Yo estoy persuadido que los defensores de estas opiniones no se haeen revacu- nar á sí niiámós en los IplaizÓBÍ fijados, como lo recomiendan tai^óá-loídénias, He Insistido Catite -mas stfbre eslte punto, cuanto que esta habido una dé las objeciones'mas importantes con que han procurado»desacreditar áda vacuna hu- manizada^ :los! klmanera- serios, enla que hoy adoptan/'qUé'creyeran' en sU'cpnóierieia^" deber volverá la primé- ra,; ¿CÓmoflOgfaríari restablecer eñ el público $l'pre3tigio'áé;Una CoSa qué-trata- ron de destruir antes? • .r>orjhuai ^<íJjí>ím.M,y > n-va Por eso Creo que es mais iraoiónal'y. j uicioso, antes de tfbándotíár' una práctica tiaítí'eóñocidáí y ta'n probada, volver;á examinar una'por-Urifc to» diversas'' ót^ ciones que se han hecho constantemente á la vacuna fetmttMéi: (ollas/han Sido,' én. verdad,'Sié'ítiijii'é victoriosamente 'Contestadas, y la eápériéncia fea'■ voni'áo1 dando >Su sanción á estas respuestas. .m;d¡.. ■■■ r ■■¡u~á (^mo'tídorméíS^s^méÉS'no' Convictos, los sostenedores'oV-esas opiniones, ha'segttidó naciendo'hasta hoy. ■ u.-iarh'- -^iW-ii-i) ■ v.. ,*o r,v.'¡ Recientemente, una nueva revolución se prepara, una óbjéciétai bien seria/ no, —56— ntieva pero fuertemente robustecida, se presenta como una Consideración que naf ce hoy temible á la Vacuna humana; Inútil es decir que se reproducen de paso* y se acumulan* todas las,objeciones graves que pueden encontrarse para aniqui- lar de una vez* si posible tfuere* á la que es el objeto de sUs acusaciones, i ¡ ¡La vacuna humanizada, se ha dicho* puede comunicar la sífilis,; y nó. hay medio seguro para evitar este peligros ■ Examinemos* Señores, éste aserte. Esta acusación bastante antigua* ha sido reproducida íte cuando en cUandojipe^ ro los mismos términos en que ha sido espresada* inspiran desde luego una gran; desconfianza. ,, ;, . El profesor Monteggia, en una, lección dada el 17 de! Febrero de 1814 én el Instituto de Ciencias, Letras y Artes, de Milán* sostuvo, que si Se vacuna un niño sifilítico* sé desarrolla Una pústula que contiene los, dos virus; mas ningün hecho reencuentra*, referido ¡ por él, en que pudiera fundafse este concepto. En el corriente del mismo año, y aeaspqomo consecuencia de esa opinión, Mr¿ Marcolini. publicó los hechos siguientes?^ , , "..'••. , «Scdibino Catarina, de edad de, dos meses y medio, sana en apariencia fué va- cunada. . ■■ ..; .¡ '•.',■.♦ :-, ! !■ ::• / '• < !: :', «La vacuna sé desarrolló muy bien; el.-16.de-Junio de, 1814, se,vaounairon con vacuna tpmada de ella, diez niños, y con vacuna tomada sobre estos diez niños¿ se vacunaron otros treinta.<.;En pocos meseB¿ Catarina Sclibinp y cinco dedos pri-; meros vacunados, murieron. . ,: .'h r ' n «De Ips treinta vacunados;en segundo lugar* no'se pudieron observar,mas qnie siete;; de estos*, uno fué atacado, de una enfermedad quecomuniqó á sus hermanos y hermanas, ypfcrp tuvo también algunos accidentes. ; , ■ ,f , «Jp8< padres déScljbino Catarina hacia mucho tiempo estaban enfermos' de la sífilis, y no se curaban. , . «Pocos, dias, después de la vacunación, la niña, se cubrió]-f de pústulas que supu- raron, en la vulva, en el ano, en el cuelloj en la frente y en, la boca, «Los otros niños¡ fueron afectados de pústulas semejantes,: de ulceraciones en la boca, ¡de condilpmas en el¡;ano, y el mal se comunicó á,varias nodrizas que ¡10,8, cria- ban y áalgunps ¡niños quer eran también alimentados, por ellas.>r.; (^orna^iftel Diccionario práctico, en quince,volúmenes, artículo vacuna, escrito por.-tyfo.jjla-i yer, tomo 15, pág. 518.) • , ,;, ...,. .iJSste, hecho parece mas bienidirigido 4, sostener,1ado^trin^r^qf^sadaeri el¡Ips- tit^0-4e[Milán*, por,eirjoqofpsor.Monteggia, y su.,espoj¿cion es^ta!,, que en^hupna , crítifia;,np.puede pifpduqir; ¡convicción de ninguna esrj§cje¿, pejo Sfí¡esi á;,propósito para espantar al público, y sembrar aquella desconfianza con que han tenido que luchar siempre Ips vacunadores. ,-,v , ...... , - —57— Én 1821 Mr. Gaspari Cerioli sostuvo la misma opinión, que no apoyó tampoco en hecho alguno. Es cuanto escribió sobre esto Mr. Rayer el año de,1836; es decir, veintidós años después de la declaración hecha por el profesor Monteggia, y siendo és- ta materia^tan interesante* debemos creer que hasta aquel momento Mr. Rayer no tuvo conocimiento de algún otro caso referente á esto, pues es seguro que lo hubiera escrito y- aun hubiera emitido algún juicio propio. Nada de eso: se limi- ta á referirlo, sin.apoyar en modo alguno tal aserto. Llama la atención, sin embargo, que en esas observaciones nada se hable de ul- ceraciones en los brazos, en el lugar de la inserción de la vacuna, y se describan Solo accidentes, considerados hoy como secundarios: nada se dice del síntoma mas importante del primitivo. Es, que entonces no se sabia como hoy, el orden con que se succeden en un in- dividuo los accidentes sifilíticos. Pero los observadores no han hecho mas que describir lo que se presenta y el orden en que los fenómenos se succeden, y la naturaleza ha sido siempre una mis- ma. ¿ Qué, en esa época, la infección sifilítica no empezaba por el síntoma local primitivo en el lugar en que fué aplicado el virus? Debemos, pues, dudar de la sinceridad de aquellas observaciones, tanto mas, cuanto que provenían de un país en donde, como se nos ha venido á revelar después, existia ya quien tuviese ínte- res en acreditar todos aquellos rumores. És muy curioso ver, que una discusión semejante se estableció entre los anti- guos inoculadores de das viruelas* En el tomo 57 del Diccionario de Ciencias Médicas, en sesenta volúmenes, ar- tículo viruela inoculada, pág. 75, se lee lo siguiente referente á esto: . «Los autores citan hechos contradictorios; algunos refieren observaciones de en- fermedades contagiosas ó no, comunicadas por la inoculación de las viruelas; otros citan muchas esperiencias directas, que tienden á probar que el pus varioloso re- cogido sobre individuos afectados del vicio escrofuloso, sifilítico, psórico, etc., no ha comunicado mas que una viruela simple y benigna.» Esto se escribía el año de 1821, es decir, muchos años después de abandonada aquella práctica; por lo que se ve que la comunicación de otras enfermedades (en- tre, ellas la sífilis) por' la inoculación del pus varioloso, no quedó probada. Como dije antes, la misma discusión pasó á la vacuna, pues vemos reproducir- se, respecto de ella, las mismas aserciones contradictorias. Mr. Husson (por ejemplo) en su obra, pág. 325, dice: «Se sabe que el virus varioloso tomado de un individuo escrofuloso, herpético, sifilítico y aun tísico, no produce una viruela mas terrible que de costumbre; que 8 —58— jamas se ha visto succeder á estas viruelas los accidentes dependientes de la cons- titución del sugeto de quien se ha tomado el virus. «La esperiencia ha probado, por el contrario, que unas viruelas de mala especie, tomadas de un sugeto bastante enfermizo, y pasadas á otro, aun enfermo, han pro- ducido las viruelas mas hermosas y felices, mientras que materia de lps* mas her- mosos botones, tomada sobre el cuerpo mas sano, ha dado algunas veces unas viruelas confluentes y mortales.» En la página siguiente dice: «La analogía nos conduce á admitir la misma inalterabilidad de la vacuna. Ella es siempre sui generis; se reproduce independientemente de las circunstancias en- fermizas del individuo sobre el cual se ha inoculado. Yo la he desarrollado sobre sugetos herpéticos, sifilíticos, sarnosos; la he vuelto á tomar de ellos para inocu- larla á individuos perfectamente sanos, y no he encontrado que haya producido en ellos el mas ligero síntoma de afección herpética, sifilítica ó psórica.» Otros autores aseguran lo mismo, y aun entre nosotros ha habido personas que han tomado la vacuna de niños sifilíticos, y no han visto comunicarse por ella la sífilis. Los Sres. Reyes (D. José María) y Navarro (D. Juan), os han citado ob- servaciones de esta clase que les son propias. No es fuera del caso decir aquí lo que se observa en los niños afectados de sí- filis cuando se les inocula la vacuna. En muchos, la vacuna aparece y sigue su curso como si estuvieran perfectamen- te, sanos: las pústulas vacunales pueden, en ellos, presentar todos los caracteres de la vacuna mas perfecta: estas pústulas no supuran necesariamente; pueden secarse y caer las costras como en los demás, y esto aun cuando tengan los niños en ot^as partes alguna supuración á consecuencia de los accidentes que llevan en sí. En algunos, la vacuna comienza á aparecer á su época natural, pero las pústu- las que se forman son globulosas ó cónicas, irregulares, lo mismo que la areola: como éstas pústulas no son pústulas vacunales verdaderas, el fluido que contienen no está encerrado en celdillas, sino que, picadas por cualquiera parte, se vacian completamente, se supuran en todo ó en parte, se forman sobre ellas costras mas ó menos adherentes, que caen y se renuevan, son blandas como en el impétigo, ó mas consistentes como en el ecthyma: en el primer caso, la superficie supurante se estiende mas ó menos alrededor; en el segundo, suelen aparecer en las inmediacio- nes ó en otras partes del cuerpo pústulas ecthymatosas semejantes: en todo caso la supuración dura mas ó menos tiempo.. La formación de verdaderas ulceraciones en el lugar de las pústulas no es rara en estos casos; pueden hacerse algo profundas y durar también algún tiempo.. Es- to no debe entrañarse, supuesto que cualquiera lesión traumática puede en estas circunstancias dar lugar al mismo resultado. —59— Mas ¿por qué en muchos niños que tienen manifestaciones sifilíticas palpables, marcha la vacuna como independientemente de la saturación en que se encuentra su naturaleza y se produce una vacuna perfecta? ¿Por qué en otros esa misma vacuna, aunque aparecida al término natural, se altera, y, aunque resultado de una vacunación regular, no se puede llamar á las pústulas que resultan, pústulas verdaderamente vacunales: ellas son únicamente impetiginosas, ecthymatosas, etc.? Estas son cosas que yo no pretendo esplicar, y me limito solo á señalar los he- chos. Estos hechos constan á algunos señores de la Academia, y son, por otra parte, de fácil verificación. ¿Qué podemos pensar de las pústulas vacunales perfectas que pueden formarse en muchos niños evidentemente sifilíticos? ¿Debemos creer, con el profesor Monteggia, que se hallan allí reunidos los dos virus, el vacuno y el sifilítico? Pero este seria un nuevo modo de formarse el virus sifilítico, de existir y des- aparecer. Picadas las celdillas como se hace para sacar la vacuna, ¿saldría al mismo tiem- po ese virus sifilítico, de modo que, inoculado, daria lugar en todas circunstan- cias al accidente sifilítico, y por tanto á la infección consecutiva? Pero ¿ qué lugar podemos dar á ese botón vacuno perfecto entre los accidentes sifilíticos? ¿Es un accidente primario? Pero aun el accidente primario no es inoculable en todo tiempo. Mr. Ricord y otros autores han enseñado esperimentalmente, que el pus del chancro solo á un período determinado es inoculable y susceptible de reproducir el chancro. Una pústula vacunal perfecta, que no ha supurado aún, en la que la vacuna es tomada al tiempo debido y no está turbia, sino perfectamente transparente ¿podrá ser comparada al chancro que supura, y el momento en que aquella se usa para la vacunación, será ese período determinado para el chancro, en el que es inocu- lable y susceptible de reproducirse en otra persona? Me parece que sostener todo eso seria avanzar demasiado. ¿Podríamos (Como se ha querido) considerarlo tal vez como un accidente secun- dario, semejante á los otros que pueden existir en los niños de que se trata? Pero ¿en qué se parece á ellos una pústula vacunal perfecta, tal cual la esta- mos considerando, y sobre todo en ese momento preciso en que ninguna altera- ción de las que pudieran sobrevenir después, se hace observar todavía? Por otra parte, ¿cómo se podrá esplicar la innocuidad de esa vacuna en todos los casos que llevo referidos? —60— -..¿Cómo, permitidme decirlo, la de multitud de vacunaciones semejantes que, por las razones que espondré después, debemos estar seguros han practicado todos los vacunadores? Cuando la atención, de éstos h'a sido despertada por las recientes publicaciones sobre la materia, no me ha parecido ya suficiente limitarme á ver el aspecto ge- neral de los niños que debía vacunar; los hago desnudar para hacerles un recono- cimiento completo, y he podido ver que muchos de ellos, que tenían la apariencia de una salud perfecta, y que aun pertenecian á familias decentes, presentaban ya manifestaciones sifilíticas. Por el resumen que os paso cada mes habéis tenido ya conocimiento de ello. Estos niños, antes de estas circunstancias que me han obligado á redoblar mis precauciones, hubieran pasado como sanos: nadie hubiera vacilado en tomar de ellos la vacuna para pasarla á otros. ¿Será temerario juzgar que así lo hemos hecho mucho tiempo, y que lo mismo ha sucedido á todos los vacunadores? Pues ¿por qué no ha habido esas sifilizaciones tan alarmantes por su número y sus consecuencias, como las que se nos refieren y que motivan estas reflexiones? Sea esta, pues, una prueba y muy fuerte, de que en las celdillas de la pústula vacunal perfecta no se hallan reunidos los dos virus, el vacuno y el sifilítico. No se infiera de esto que acabo de decir, que yo sostengo que no pueda haber un momento en que, supurada esa misma pústula, el líquido tomado de allí fuera enteramente inocente; nada afirmo, porque no he hecho esperiencias sobre esto ni creo deban hacerse. Pues si tenemos razones muy fuertes para admitir que en millares de veces se ha tomado el fluido vacuno de individuos evidentemente sifilíticos para inocularlo á otros sanos, sin que haya ocasionado la sífilis, ¿podremos persuadirnos que la vacuna tomada de un vacunífero que tiene solo la sífilis latente, contenga ya todo formado el virus sifilítico? Vimos antes, que muchos centenares de niños sifilíticos han debido pasar por las manos de los vacunadores y servídoles después para propagar la vacuna; si añar dimos á esos el gran número de los que puedan haber tenido la sífilis latente, no podemos concebir (si la vacuna de todos ellos debiera comunicar la sífilis) cómo los efectos tan generales y tan desastrosos que esto hubiera debido producir en las sociedades, hubieran pasado desapercibidos en tan largo espacio de tiempo. Y refiriéndome al mismo Mr. Depaul, ¿está él seguro de no haber vacunado nunca con niños sifilíticos? ¿Ha tenido algún medio de distinguir á los que tie- nen la sífilis latente para no usarlos como vacuníferos? Si, como es probable, se ha espuestq mil veces como todos los vacunadores, á tomar la vacuna de estas fuentes, ¿por qué no ha publicado esos reveses, que, observados por él desde su —61 — origen, tendrían para todo el mundo mas valor que aquellos que se ha visto obli- gado á aceptar para fundar sus opiniones? Ademas, los que admiten que la sífilis en estado latente en un vacunífero, pue- de ser comunicada con la vacuna, se verán precisados también á admitir, que lo mismo puede suceder respecto de otras enfermedades que pudieran existir en el vacunífero en el mismo estado. Aplicando entonces estas consideraciones á la va- cuna animal, podríamos necesariamente preguntarles: ¿está acaso probado que no puedan existir del mismo modo en las terneras, varias enfermedades en estado la- tente á pesar de una aparente sanidad? Y si como es de creer éstas existen, ¿no deberían comunicarse igualmente con esa vacuna á la especie humana? ¿Con qué fundamento sólido podría entonces sostenerse que la vacuna animal es, en todas circunstancias, una cosa enteramente inocente? Pasemos ahora á juzgar algunos hechos que deben ser los fundamentos únicos de los rumores, que se dice, esparció la voz pública antes de que Mr. Depaul se propusiera hacer la averiguación que practicó, y de la que nos ocuparemos des- pués. * Algunos niños después de haber sido vacunados, acaso á pocos dias, algunas se. manas ó meses después, son afectados de sifílides mas ó menos desarrolladas, y de otros accidentes considerados como secundarios de la sífilis. En la generalidad de ellos, las pústulas vacunales recorren su marcha con regularidad y secan sin acci- dente alguno. •'"■ ¿Aquellos accidentes sifilíticos deben ser atribuidos á la vacuna? Es evidente que no, porque hay muchos niños que cuando vienen á recibir la vacuna traen ya bien desarrolladas esas mismas afecciones. ¿Por qué si en algunos aparecen es- tas, antes de que sean vacunados, no podrán aparecer en otros después de esa ope- ración? (1) Es un hecho señalado también por los autores, que los niños están muy sujetos á padecer diversas erupciones de la piel, sin que en muchos casos pueda señalar- se alguna causa; no es estraño, pues, que por el movimiento general que la vacu- na imprime á la constitución, se vea aparecer, aun en los sanos, erupciones sim- ples diversas, según su predisposición. (1) Para que pueda juzgarse de la frecuencia de las erupciones en los niño3 y de la pro- porción en que puedan hallarse las sifilíticas, presento aquí el resultado que nos ha dado el cómputo de lo registrado en los primeros seis meses de este año. Vacunados en estos seis meses........................................... 1663 Se hallaron evidentemente sifilíticos.,................................... 39 Con erupciones sospechosas.............................................. 87 Con erupciones simples, como eczema, sarna, impétigo, liquen, eo- . thyma simple y otras erupciones ligeras no caracterizadas......... 106 —62— En varias obras que tratan sobre la vacuna, se habla de esas erupciones simples sobrevenidas en esas circuntancias: por esas mismas relaciopes se ve que, general- mente de poca duración, suelen á veces prolongarse algún tiempo, sin que estén ligadas á ninguna afección específica. Mr. Husson habla mas particularmente de la roseóla, de una erupción miliar, del impétigo y de la varicela, como mas co- munes. Mr. Rayer dice: «La vacuna es una enfermedad muy benigna, pero puede complicarse acciden- talmente con otras afecciones. Cuando las pústulas son numerosas ó muy infla- madas, la adenitis axilar, el eczema, las pústulas accidentales, la roseóla, la erisi- pela, el flegmon, la enteritis, etc., complican algunas veces la vacuna en los niños. La inoculación directa del cow-pox ha provocado también varias veces el desar- rollo de estas complicaciones en los adultos.» (Diccionario de Medicina y Cirugía prácticas, en quince volúmenes, tomo 15, pág. 517.) Finalmente, para acabar de probar que desde el origen de la vacuna se obser- vaban después de su aplicación erupciones diversas, me bastará citar las propias palabras de un discurso de Mr. Chaussier sobre la vacuna, que puede verse en e¡ Diccionario de Ciencias Médicas, en sesenta volúmenes, tomo 56, artículo vacu- na, pág. 417. «Nos parece, pues, suficientemente demostrado, que estas diversas afecciones, que esas erupciones anómalas que sobrevienen algunas veces después de la vacu- na y que se le atribuyen tan gratuitamente, dependen únicamente, ó de una dis- posición particular de los individuos, ó de algunos otros accidentes, etc.» Quede, pues, probado, que después de la vacuna se han podido siempre obser- var erupciones de diversas especies, sin que pueda por eso decirse que haya en la vacuna un virus especial que las ocasione, sino que esto depende únicamente de una predisposición particular de los niños á con traerlas, aun por causas ligeras. ¿Quién no ha visto, á consecuencia del simple acto de agujerar las orejas de las niñas con una aguja, sobrevenir eczemas que duran indefinidamente? Supuesto esto, fácilmente se comprenderá, cómo en los niños que tienen la sí- filis latente puedan aparecer las erupciones sifilíticas bajo la influencia de la mis- ma causa, sin que por eso estemos autorizados para afirmar que la vacuna les im- primió aquel carácter específico. Mr. Cazenave dice: «La esperiencia ha demostrado ahora, que establecida la causa íntima de las erupciones sifilíticas, se desarrollan estas bajo la influencia de causas ocasionales, frecuentemente de una apreciación difícil, pero que deben existir, por lo menos, en el mayor número de casos. Así, la aparición de las sifílides puede ser determinada por una emoción moral, por un acceso de fiebre, por excesos, por aplicaciones irri- —63— tantes, por el efecto de medicamentos enérgicos, por heridas, contusiones, fatigas, etc.» (Tratado de las enfermedades de la piel, pág. 559.) En la pág. 561 añade: «Las sifílides pueden ser, en fin, trasmitidas por herencia; pero aquí, como siem- pre, ellas son la espresion, en la piel, de una infección especial que los padres le- gan al hijo, y que es la causa íntima y necesaria de la afección de que este último es atacado.» Debemos también fijar la atención en la edad á que se presentan las sifílides en los niños, sea que aparezcan antes de la vacunación, ó mas ó menos tiempo des- pués de ella. Y'o, al menos, nunca las he visto desarrollarse después de la vacu- nación, en niños que tenían mas de tres años, y mucho menos á mayor edad, co- mo debiera suceder si ellas fueran el resultado de una inoculación hecha con mo- tivo de la vacuna. Debo añadir, que en muchos niños de edad poco mas ó menos de tres años que vienen á vacunarse, observo manchas cobrizas y aun cicatrices circulares, peque- ñas y superficiales, mas ó menos numerosas, en diversas partes del cuerpo, que, según dicen los padres de ellos, son resultado de erupciones de diversas clases que tuvieron en tiempos anteriores; lo que prueba, que era en ellos esto una cosa pa- sada. En los niños en quienes la vacuna recorrió su marcha con regularidad, las pús- tulas secaron y las costras cayeron sin accidente alguno notable; la aparición de las sifílides, algún tiempo después, no puede ser tomada por los médicos como prueba de la sífilis vacunal. No hubo el síntoma primitivo á que pudieran aque- llas referirse; es solo una manifestación que debia hacerse con ó sin la vacuna. La misma manifestación necesaria puede verificarse en otros niños, pero que puede acompañarse;de circunstancias engañosas aun para los mismos médicos. Pa¡ra esponer este caso, debo entrar en algunos detalles. Se sabe que, aun en los niños sanos, pueden las pústulas no secar inmediata- mente: por una multitud de circunstancias se supuran en parte, ya sea sin causa marcada, ó que se reblandezcan, porque se apliquen sobre ellas grasas ó tópicos emolientes, para calmar la inflamación de que suelen acompañarse; (1) lo mismo (1) He visto que cuando las mugeres del vulgo ponen manteca en hojas de lechuga so- bre los granos vacunos de sus hijos, para calmar la inflamación que suele desarrollarse, las pústulas se convierten en unas ulceraciones de fondo gris, y su aspecto pudiera ser toma- do por el de las ulceras sifilíticas: que, ademas, en las inmediaciones suelen salir otras pus- tulitas las cuales pronto se convierten en pequeñas úlceras del mismo aspecto que las ante- riores: esto he visto que sucede en niños perfectamente sanos. En los casos á que me refiero, he hecho suprimir aquella aplicación y sustituirla con una pequeñísima cantidad de cerato mezclado con un poco de precipitado rojo, puesta, no en hi- —64— puede suceder si son arrancadas con violencia las costras antes de que ellas caigan espontáneamente; si en seguida el vestido adhiere á esa superficie, ó la roza cons- tantemente, ó aun algunos lienzos que puedan aplicarse por encima, etc., etc.: en todos estos casos esas superficies supuran aunque sea ligeramente, y tal vez tar- dan muchos dias para cicatrizar por completo. Si én estos niños hay disposición al eczema, al impétigo, etc., lo que es fre^ cuente, estas afecciones aparecen allí, se estienden mas ó menos, y complican el mal ya existente. En fin, verdaderas ulceraciones pueden formarse en el lugar de las pústulas, y esto ha sido observado en todo tiempo. Mr. Husson, hablando de los accidentes locales que pueden sobrevenir en la vacuna, nos dice respecto de esto, lo siguiente en la pág. 115: «Jenner ha tenido varias ocasiones de observar, que sucede frecuentemente, sobre todo en la vacuna contraída directamente por el cow-pox, que el botón se convierte en una úlcera roedora, que ocasiona mucha inflamación y algunas veces síntomas mas ó menos graves. He visto dos individuos atacados de una inflama" cion erisipelatosa considerable, que fué acompañada de úlceras muy profundas. «El Dr. Sacco, que ha encontrado en el centro de la República Italiana la misma enfermedad que Jenner observaba en las vacas de Glocester, ha visto tam- bién, algunas veces, las mismas anomalías que habían sido observadas con bastante frecuencia por los vacunadores ingleses, cuando inoculaban directamente de la va^ ca; tal es, en particular, la apariencia purulenta de los botones, y su disposición á ulcerarse bajo la costra que cae y se reproduce, en estos casos, muchas veces en seguida. «Estas ulceraciones sobrevienen algunas veces en la vacuna inoculada de brazo á brazo, sea que por alguna causa la enfermedad se desarrolle con el carácter de bastardía, como la Comisión de Milán cita un ejemplo; sea que se haya practica- do, como lo quieren esta misma Comisión y Mr. Pages, incisiones algo profundas; sea que como lo ha observado Mr. Mongenot, los niños rascándose hayan destrui- do sus pústulas; sea que haya en los sugetos, cuya fibra es laxa, la linfa espesa y el tejido celular muy húmedo, una disposición constitucional particular, como la Comisión médica de Reins lo ha observado dos veces; sea, en fin, que la inserción haya sido hecha por el vejigatorio. Yo he visto dos úlceras muy alarmantes pro- las, sino en un pedacito de algodón, curando así separadamente cada ulceración; de este mo. do se consigue que en muy pocos dias limpien y cicatricen. Por eso, y para evitar ese ac- cidente, me abstengo siempre de recomendar aplicaciones locales de ninguna clase sobre las pústulas de la vacuna, y me limito á aconsejar baños tibios generales, que me han dado constantemente el mejor resultado. —65— ducidas por esta última causa: al principio la rubicundez fué muy viva, el calor fuerte, la hinchazón y dureza del brazo considerables; había' calentura. Las úl- ceras al sesto dia estaban cubiertas de una escara gangrenosa profunda, que no se desprendió sino al cabo de un mes; salia de sus bordes una serosidad acre, fétida, que irritaba las partes vecinas........................................................... Al fin llegaron á curar al cabo de dos meses.» Mr. Guersent se espresa así sobre este mismo asunto: «Jenner, el Dr. Sacco y varios otros vacunadores, han tenido ocasión de ver con bastante frecuencia, sobre todo en la vacuna resultado de la inoculación del cow- pox, convertirse las pústulas en ulceraciones muy dolorosas y difíciles de curar. Aunque este accidente sea mas raro cuando se hace la inoculación de brazo á bra- zo, se le ha observado también algunas veces, y yo mismo lo he visto en ciertos niños de una constitución linfática ó escrofulosa.» (Diccionario de Medicina, en veintiún volúmenes, artículo vacuna, pág. 157.) El mismo Mr. Depaul ha dicho: «No ignoramos que la vacuna mas pura, dé lugar, á veces, á accidentes singula- res, y en particular á pústulas, que en lugar de secarse regularmente, se ahuecan y trasforman en úlceras de mal aspecto, y difíciles de curar; pero estas son, como todos saben, muy raras escepciones, que solo se observan de tiempo en tiempo. Aquí por el contrario, (habla de los casos que él presenta) todos ó casi todos los niños vacunados se han puesto enfermos, y lo han sido de la misma manera.» (Co- piado de la Gaceta Médica de México, tomo 3?, núm. 12, pág. 186.) Todas estas alteraciones sobrevenidas en las pústulas, aun cuando se prolonguen, pueden pasar como afecciones simples, en los niños que no están sifilíticos: mas en aquellos que tienen ya la sífilis latente, debe admitirse, que puede en ese momento comenzar la evolución de esa enfermedad, y que aun esos mismos puntos que ocu- paron las pústulas participen del mal constitucional; no serán síntomas primitivos los que allí se observen, sino verdaderamente secundarios: tal vez se vea sobre ellos una placa mucosa. Este conjunto, sin embargo, puede ser mal interpretado y tomado por muchos, por casos de sífiles vacunal. ¿Cómo distinguirlos? Establecidas las vacunaciones en el orden en que yo lo he hecho, me parece que se puede evitar un error; porque todos los dias se vacunan grupos de diez, doce ó veinte niños; se toma nota del vacunífero y de los vacunados, de su nombre, del de sus padres, y de su domicilio. Pues bien, si entre veinte niños vacunados, solo en uno hallamos estos acciden- tes; si ni en ese momento, ni mucho después, nada se observa en los otros; si en el vacunífero mismo se nota la salud mas completa ¿podremos asegurar que eso haya sido originado por la vacuna? —66— Era necesario suponer, que el virus sifilítico pudo existir en el vacunífero como una cosa enteramente inocente para su organismo, á pesar de hallarse completa- mente elaborado en las pústulas: que en ese estado fué también inocente para to- dos los vacunados, escepto para aquel en quien quiso revelar su presencia. El mismo Mr. Depaul no se hubiera atrevido á apoyarse en hechos semejantes, para proclamar la certeza de la sífilis vacunal. No: los hechos presentados por Mr. Depaul son de otra clase; una vacunación es practicada en un cierto número de niños: todos ó casi todos los vacunados son afectados de úlceras sifilíticas en los brazos; á su debido tiempo, los accidentes de infección general se declaran; el mismo vacunífero presenta los síntomas eviden- tes de una sífilis constitucional. Los hechos que acabo de pasar en revista son, según creo, los que pueden haber sido el fundamento mejor en que se han apoyado los parientes de los niños, y aun los médicos, para creer que algunas veces la vacuna ha comunicado la sífilis. Verdad es, que cualesquiera otros fenómenos de la misma naturaleza que pue- den presentarse en ellos, aun cuando sea mucho tiempo después de la vacuna, han sido frecuentemente referidos á la misma causa; pero esto no necesita refutación alguna, y aun en los mismos casos que espuse antes, la verdadera causa debe hallarse en enfermedades de esta clase, adquiridas por los mismos padres, y algu- nas veces aún por las nodrizas. Y si. en algunos casos no puede hallarse el origen de la sífilis, nadie está auto- rizado para atribuirlo entonces, por mayor comodidad, á la vacuna, porque es una condición fatal, pero reconocida por todos, que es á veces muy difícil poder se- ñalar su procedencia. En la discusión que sobre inoculabilidad de los accidentes secundarios de la sí- filis, tuvo lugar hace algún tiempo en la Academia de Medicina de Paris, Mr. Gerdy, que tomó en ella la palabra, comenzó así su discurso: . «La historia de la sífilis está llena de oscuridad, de tinieblas y de misterios: de oscuridad sobre su origen, de misterios en su propagación, de tinieblas en su na- turaleza, y yo no puedo participar de las ideas de aquellos que pretenden haber introducido una brillante luz sobre todo esto.» (De la sifilizacion y del contagio de los accidentes secundarios de la sífilis, pág. 343.) En el curso de esa misma discusión, Mr. Velpeau, contestando á Mr. Ricord dijo también: «Mr. Ricord, citando esos hechos, dice que ha querido establecer cuan difícil es saber, á punto fijo, de dónde ha venido la sífilis de ciertos enfermos, pero él se ha tomado un trabajo inútil; yo no niego esa dificultad.- Yo sé, tan bien como él que esto es con frecuencia muy difícil, y voy aun mas lejos, porque yo encuentro que es también con frecuencia enteramente imposible.» (Obra citada, pao-. 352.) —67 — Ademas, ¿podríamos prometernos que todos esos hechos desaparecieran si se empleara solo la vacuna animal? ¿Pues qué, tiene ésta el poder de curar las afec- ciones sifilíticas ó de mantenerlas siempre latentes? ¿No es lo mas natural creer, que después de su aplicación pueden aparecer las sifílides y demás accidentes se- cundarios en algunos niños, como sucede después de algunas vacunaciones hechas con la vacuna humanizada? Sea lo que fuere de esto, en tal estado se mantuvo la cuestión por mucho tiem- po; mas hace poco se ha dicho que esos rumores llegaron á tomar tal consistencia, que Mr. Depaul se alarmó, y quiso averiguar lo que hubiera de positivo á este res- pecto. Ha hecho investigaciones y ha reunido un cierto número de casos, que le han parecido probar de un modo evidente, la existencia de la sífilis vacunal. Pero ¿cuál es el valor de esas observaciones? Antes de que nos ocupemos de ellas es necesario advertir, que por su medio se lia querido dar como probado definitivamente que el virus sifilítico puede existir con el vacuno en las pústulas vacunales mas perfectas, aun en individuos que no presenten ningún síntoma sifilítico en aquel momento, por tener la sífilis latente: que, en consecuencia, no hay un modo seguro de evitarlo. Tal es la opinión nuevamente establecida, la que, por el calor con que se ha querido sostener y el nuevo camino que se tiene cuidado de indicar al público, de- be inspirarnos una gran desconfianza. Casi todas esas observaciones provienen de Italia, el país en donde ha residido mucho tiempo el enemigo que procuraba reemplazar á la vacuna humanizada. To- das ellas no son mas que una especie de copia de la que os he referido, publicada el año de 814, con solo una diferencia muy esencial, la mención de las ulceracio- nes (como primer accidente) en los brazos de los inoculados.- Era esta una circuns- tancia precisa, porque, se'gun la doctrina admitida hoy sobre la sífilis, sin ella no podrían hacer ninguna fé. Estos casos no han pasado, en lo general, en manos de personas habituadas á vacunar y que tuvieran los conocimientos necesarios para esta práctica; por con- siguiente-no eran competentes. Así es que, aun cuando se afirme que en todos esos caso3 las pústulas de que se tomó la vacuna eran normales; aun cuando en algunos se añada que eran hermosas, esas afirmaciones no pueden tener valor nin- guno para el que ha visto muchas veces pústulas, aparecidas al tiempo regular, grandes y hermosas, pero que no eran á pesar de eso verdaderas vacunas. Las pústulas vacunales, aun cuando hayan debido su origen á la inoculación del virus mas perfecto pueden degenerar, por la disposición particular de los indivi- duos: en este caso, el líquido que contengan podrá no ser inocente, tal vez sea ca- paz de inocular la sífilis. Yo no debo ocuparme detalladamente de unas observaciones que conocéis ya —68— bien: ellas han sido debidamente analizadas en el seno mismo de la Academia, por personas de saber, que han patentizado que realmente no tienen el valor que se les ha querido dar. Yo mismo he analizado alguna en otra publicación que hice no ha mucho tiem- po, y permitidme que ante vosotros examine alguna otra de las que se han dado como mas concluyentes. Tomemos, por ejemplo, la que se refiere á una vacunación practicada en 1849 en la ciudad de R. por un veterinario: en ella se dice que la vacuna fué tomada de un niño robusto, y que parecía enteramente sano. Haré notar que con fre- cuencia vienen á mi casa á vacunarse niños robustos y que parecen muy sanos, y suelo hallarles, sin embargo, accidentes sifilíticos; ademas, era un dicho simplemen- te de un veterinario; pero véase lo que el mismo esponente dice, al terminar, res- pecto del vacunífero. Se supo luego, que la erupción de la vacuna no se habia hecho en él regular- mente; que al octavo dia no habia aun traza de botones. Otros muchos niños, va- cunados al mismo tiempo que él, no tuvieron nada anormal. (Gaceta Médica de México, tomo 3?, núm. 12, pág. 181.) ¿Cómo se puede comprender que puedan ser calificadas de concluyentes estas observaciones? Y aun mucho menos se comprende, cómo se puedan querer fundar sobre ellas afirmaciones tan serias, como las espresadas por Mr. Depaul en la Academia de Medicina de Paris, cuando dijo que en su vista, con la vacuna humanizada, no se podia dar ya ninguna garantía á los vacunados. Pero se me dirá: varios médicos competentes han podido comprobar el chancro vacunal; el mismo Mr. Ricord entre otros. Yo no niego que, á consecuencia de una tentativa de vacunación, se haya oca- sionado una úlcera sifilítica en uno ó mas individuos; pero veamos si podemos en- contrar á esto alguna otra esplicacion. Los que vacunamos todos los dias, vemos que una vacuna pura, puesta en algu- nos individuos, puede producir en ellos pústulas que, aunque vacunales, se supu- ran al sétimo ú octavo dia: de esto refieren muchos ejemplos los autores, y nos- otros lo vemos aquí de cuando en cuando: que en otros casos, no se desarrollan pústulas vacunales verdaderas, sino pústulas de las diversas especies conocidas por falsas; en fin, que en otros son verdaderas pústulas de impétigo ó de ecthyma, las que se forman por disposición particular de algunos vacunados. Proviniendo esas pústulas de un acto de vacunación, son consideradas, por per- sonas ignorantes, como pústulas de buena vacuna, y pueden confiadamente pasar su contenido á otras personas, creyendo vacunarlas. Pues bien, si los sugetos de quienes se toma ese líquido están sifilíticos, pudie- —69— ra comprenderse que con él pudiera ser comunicada aquella enfermedad, tanto mas, cuanto que se asegura hoy la inoculabilidad de muchos accidentes sifilíticos secundarios, y bajo este respecto, aun estas pústulas de que hablamos han sido también comparadas con ellos. ¿No serán acaso pústulas de esta clase, de las que se ha tomado el fluido que ha dado lugar á todos esos accidentes? Las personas que vieron los resultados producidos por esas operaciones de que nos estamos ocupando, habrán podido solo asegurar que todos, ó casi todos los que han sido sometidos á ellas, han sido inoculados de la sífilis; pero nadie, ni el mis- mo Mr. Depaul, podrá asegurar nada sobre el estado de salud de los vacuníferos, porque no los vieron en el momento en que se tomó de ellos la vacuna: tampoco podrán asegurar nada spbre los caracteres y estado de las pústulas vacunales, so- bre la trasparencia y pureza del líquido de allí extraído, etc., porque nada de esc •vieron: todo lo que pueden asegurar es, que por aquellas operaciones se ha inocu- lado la sífilis á muchos individuos; pero estas observaciones son incompletas, por- que faltan en ellas elementos muy esenciales: han visto un efecto producido, pero ignoran el modo con que se verificó. La respuesta dada por Mr. Ricord á Mr. Warlomont, parece confirmar plena- mente esto. He visto, le dice, tal caso, pero ignoro el mecanismo con que se ha producido. Lo mismo podrían decir otras muchas personas respetables que hayan podido observar úlceras sifilíticas, á consecuencia de pretendidas vacunaciones. Era, pues, preciso* que personas competentemente instruidas é inteligentes, hu- bieran dado fé del estado de salud de los niños y de la apariencia de los granos. Esta circunstancia no existe, porque muchas han sido hechas por parteras, ve- terinarios, ó por oficiales de salud. Algunas, en verdad, han sido publicadas por algunos médicos, pero estos médi- cos aparecen en relación antigua é íntima con Mr. Viennois, quien no oculta el empeño que tiene, hace tiempo, en hacer aceptar en Francia la vacuna animal. ¿Qué confianza pueden inspirar tampoco sus relaciones? ,w:: Pero para que no pueda quedar duda de lo incompleto de estas observaciones, y de que no pueden encontrarse en ellas los fundamentos de las conclusiones que se han querido deducir de aquí, fijemos la atención en una que se ha querido ha* cer importante, por haber sido discutida en la Academia de Medicina de Paris. (Se encuentra espuesta en la Gaceta Médica de México, tomo 3?, núm. 12, pági- nas 185 y 186.) En Julio de 1866 la Academia de Medicina recibió de dos médicos dignos de fé, del departamento de Morbihan, una comunicación importante, relativa á mas de cien niños que habían sido atacados de sífilis vacunal. Informado de esto el —70— Ministro de Agricultura, Comercio y Trabajos públicos, nombró una Comisión compuesta de los Sres. Depaul y Roger (Henri), para que hicieran las averigua- ciones necesarias sobre ese hecho y le informaran del resultado^. Después de hechas esas averiguaciones y de haberse examinado todo lo relativo á este acontecimiento, Mr. Depaul estableció las siguientes proposiciones, que de- bían servir de respuesta al Ministro. «1? Que muchos de los niños que han. sido sometidos á nuestro examen, es- taban realmente atacados de sífilis secundaria. «2? Que es imposible esplicar su contaminación de otra manera que por la va- cunación, y que no hay duda que son casos de sífilis vacunal los que hemos teni- do á la vista. «•3? Que relativamente al origen del virus sifilítico, es muy probable que ha- ya estado en el líquido vacunal enviado por la prefectura de Vannes. «La Academia discutió y aceptó estas conclusiones, que fueron elevadas al Mi- nistro.» Veamos ahora si esta observación es completa. Una vacunación es practicada con vacuna, enviada en placas por la prefectura de Vannes: muchos de los inoculados resultan sifilíticos. ¿De qué niños se tomó esa vacuna? ¿Cuál era el estado de su salud? ¿Cuál el de las pústulas? ¿A qué época fué aquella recogida? Nada de esto se sabe. Tal vez se tomó de pústulas impetiginosas ó ecthymatosas de algún Vacunado; no importa, como vinieron des- pués de la vacuna y tal vez fueron resultado de la aplicación de una vacuna muy pura, han debido suponer que allí no habia mas que vacuna igualmente buena. Esto es en cuanto á los elementos de la observación. Pasemos á las deducciones. La mayoría de la Academia (se dice) al aceptar esta respuesta al Ministro, ha admitido la sífilis vacunal. Lo que yo entiendo que ha admitido la mayoría de la Academia es, que á con- secuencia de una operación en que se pretendía vacunar á algunos individuos, se les ha inoculado lá sífilis. • Pero ¿se puede admitir que haya pasado tan á la ligera y sin el minucioso y debido examen, una cuestión tan complexa como esta, en una corporación de sa- bios? • ' • . ¿Se puede creer que por aquella observación incompleta, la Academia haya aceptado las opiniones de los que la formularon, con todas sus consecuencias? Es un hecho, que muchas veces se ha vacunado con vacuna tomada de niños sifilíticos, sin que se comunicara aquella enfermedad. ¿No era un estudio digno de esa Academia, averiguar por qué esas operaciones han quedado inocentes? —71 — ¿No debia ese mismo Cuerpo haber consultado á todos los vacunadores, para que su esperiencia fuera tenida en cuenta, á la hora de las discusiones? No: en la Academia de Medicina no se ha tratado detenidamente esa cuestión, y no puede ser una prueba la parte que tomó en aquella comunicación. ¿Ha tenido también parte la Academia en la estension que se les dio inmedia- tamente á aquellas opiniones, asegurando que el peligro es inevitable, supuesto que la vacuna tomada de un vacunífero que tiene la sífilis latente, aun cuando no tenga manifestación alguna y aun cuando los granos marchen con regulari- dad, puede comunicar la sífilis? Lo repito, creo que la Academia no puede haber dado mas que el sentido que he dicho á su respuesta: afirmar mas, seria salir de la justa reserva, que está im- puesta á esta clase de corporaciones. Mr. Depaul, sin embargo, ha avanzado ante la Academia las siguientes palabras. «La naturaleza de los accidentes observados es tan característica, que se ve uno forzado á rendirse á la evidencia.» Pero, Señores, ¿sobre qué recae esa evidencia? Sobre que á consecuencia de una pretendida vacunación se han visto úlceras sifilíticas acompañadas, en segui- da, de otros varios accidentes secundarios. No es eso lo que disputamos: disputa- mos el modo de su producción. Si Mr. Depaul nos dijera: he presenciado que tomando la vacuna pura y limpia de verdaderas pústulas vacunales, en niños perfectamente sanos, y en un término conveniente, he visto que esa vacuna ha ocasionado la infección sifilítica en todos ó casi todos los niños en quienes se ha puesto: esto lo he visto varias veces y me ha acontecido á mí mismo en mi propia práctica, entonces comprendería yo esa evidencia que se pretende establecer. Pero Mr. Depaul no ha presenciado esa circunstancia capital de los hechos que ha aceptado, y ninguno cita de su práctica propia que pudiera apoyarlos. Así es que, para la absoluta confirmación de eso que se dá por decidido, falta la prueba principal, la que acabo de señalar. Para conocer completamente el fondo de verdad que se ha querido dar por es- tablecida en esta cuestión tan importante, debemos también detenernos á considerar la alarmante gravedad con que se hacen aparecer los accidentes debidos á estas inoculaciones: gran número de inoculados (niños y adultos) han muerto en conse- cuencia. Yo sé bien que muchos creen que, en tiempos remotos, la sífilis era bien mor- tífera; pero otros piensan de diverso modo: véase lo que se halla escrito en el Diccionario de Medicina y Cirugía prácticas, tomo 15, artículo sífilis, pág. 192. «Ño es probable que la enfermedad (la sífilis) sea diferente de lo que fué en tiempo de los antiguos, y para los observadores atentos, la diminución de los -72— estragos de la sífilis depende mucho menos de una pretendida mitigación de la enfermedad, que de los progresos de la higiene tanto pública como privada* y de la terapéutica.» Ademas, la sífilis que se adquiere por inoculación de la materia de los acciden- tes secundarios, en opinión de muchas personas, es mucho mas beningna que la que puede contraerse directamente del chancro primitivo. Cuando Mr. Velpeau sostenía en la Academia de Medicina, la inocukbilidad de los accidentes secundarios, se espresó de esta manera: «De que los accidentes secundarios se trasmitan por contagio, no se infiere- de ninguna manera, que deban ser necesariamente mas contagiosos que los acciden- tes primitivos; estas dos propiedades no son, en alguna manera, la consecuencia forzada una de otra; es todo lo contrario lo que indica luego el razonamiento. La sífilis secundaria, en efecto, por solo que es secundaria, debe ser menos enérgica, menos virulenta, que en el estado primitivo: atravesando la economía ha debido sufrir la acción de los elementos orgánicos, modificarse mas ó menos profundamen- te, perder, en fin, algunas de sus propiedades.» (De la sifilizacion y del contagio de los accidentes secundarios de la sífilis, pág 305.) Aplicando estas ideas á los niños que nacen y viven algún tiempo sin maifesta- cion sifilítica alguna, hallamos aquellos conceptos enteramente justos, porque una sífiilis que no mató el germen, que permite que los niños puedan aparecer entera- mente sanos y aun robustos, en efecto debe ser ya una enfermedad bien mitigada. Y ¿no está admitido por muchos, que la sífilis heredada se limita, en gran nú- mero de casos, á producir en los hijos simplemente una constitución escrofulosa? Los niños, pues, que por haberla heredado de sus padres, llevan consigo una sífilis latente que les permite aparecer perfectamente sanos y robustos, no tienen verdaderamente una enfermedad tan mortífera. Es un hecho que todo el mundo habrá podido observar, que en muchos de es- tos niños, á cierto tiempo, la sífilis hace su evolución, sin que ellos pierdan su robustez, y muchas veces los accidentes pasan y desaparecen, aun cuando no se les haya aplicado un tratamiento especial. Por otra parte, la experiencia nos hace ver, todos los dias, enfermos que han contraído la sífilis directamente por la materia del chancro primitivo, sin que por eso se les ocasione la muerte, y aun cuando sus primeros accidentes hayan sido enteramente descuidados. ¿Cómo, pues, los que comparan estas inoculaciones con las producidas por los accidentes secundarios, nos podrían hacer Creer que son.realmente.mas mortíferas que las que son debidas á la materia del mismo chancro primitivo y á las trasmi- tidas por herencia? Tal parece, que en las fuentes de esas observaciones, ha habido la, intención es- —73— presa de infundir cierto horror en el público, para alejarlo mas y mas de la vacu- na humana. En fin, Señores, la razón mas fundamental en que me apoyo para dudar de to- do lo que se ha afirmado sobre esto últimamente, en Europa, es la razón mas fuer- te que se conoce: es la esperiencia. El año de 1804, que llegó aquí la vacuna de España, fué puesta en manos del Sr. mi padre, hasta el de 842 que quedé encargado de ella. Serví la vacuna ofi- cial desde 1842 hasta el año de 1867. De entonces acá, he continuado vacunan- do (en el establecimiento particular que he formado en mi casa) un gran número de niños. Ningún año hemos vacunado menos de cuatro mil niños; generalmente eran cin- co ó seis mil. Año hubo que, amenazando una epidemia, de viruelas establecimos la vacuna diaria, y vacunamos hasta catorce mil personas. El Sr. mi padre jamas vio la sífilis vacunal. Yo tampoco la he visto; y, per- mitidme añadir, si en las vacunaciones practicadas por nosotros en tantos millares de personas se hubieran producido esas sifilizaciones, aquí, en la Capital, ¿cómo hubieran podido ocultarse á- tantos profesores instruidos, y ni aun á la misma au- toridad? Cuando me consta por el examen escrupuloso que hoy hago de los niños, que á muchos que parecen sanos y robustos se les encuentran con frecuencia síntomas sifilíticos, me hallo inclinado á creer, que en millares de ocasiones se ha tomado la vacuna de niños semejantes para pasarla á otros, en quienes nada se ha obser- vado, sin embargo, que autorizara á decir que se les habia inoculado la sífilis; so- lo que, la vacuna ha sido debidamente reconocida antes de tomarla, y ha sido em- pleada por personas acostumbradas á esta práctica. Esta es, pues, una nueva prueba, y muy fuerte, contra los hechos que se pretende que aceptemos. Puede, pues, deducirse, que si estos se han producido realmente, se ha obrado por lo menos con ligereza en acusar inmediatamente de ello á la vacuna. Era ne- cesario que se hubiera hecho un examen riguroso de las circunstancias que pudie- ron darles origen: que este examen hubiera sido hecho á tiempo y por personas instruidas en el ramo: que al mismo tiempo se hubiera consultado la práctica de vacunadores experimentados y de buena fé, porque, persisto en creer, que si en manos de los vacunadores no se han verificado esas sifilizaciones, es de todqi punto imposible aceptar, en su vista, las avanzadas deducciones que los llamados á juz- garlas se han tan gratuitamente permitido. Es preciso dejar que el tiempo y la casualidad nos demuestren, prácticamente, la posibilidad de todos esos hechos, y permitan la apreciación exacta de todas aquellas circunstancias á que pudieran deber su origen. Entonces, y solo enton- ces, se podría afirmar algo de positivo, que debiera servir de guía en la prácti- 10 —74— ca de las vacunaciones, ó que pudiera patentizar que ese peligro, ademas de ser común, era también inevitable. Entre tanto, las advertencias que nos han sido hechas deben ser aprovechadas para el interés público, y de hoy en adelante deberá ser considerado como impru- dente todo aquel que, obligado á vacunar, no examine antes muy detenidamente al vacunífero. Verdad es, que en muchas de las observaciones aceptadas por Mr. Depaul se ha afirmado que los vacuníferos se encontraban en estas condiciones; mas tal afirma- ción no es admisible, porque si eso fuera posible, ya aquí hubiéramos podido ver y muy en grande todas esas desgracias. ¿Cómo es que no las hemos observado? Lo mas creíble es, que eso se ha afirmado para encubrir lo que puede llamarse una imprudencia, ó una fatalidad. Así, pues, como creo que eso no está probado, y como mi práctica me ha hecho ver siempre otra cosa, juzgo que no he podido faltar á un deber continuando las vacunaciones por el mismo sistema, adoptando solo para su perfección todas las precauciones que tengo hoy establecidas; ésta» no dejarían de hacerme ver algún día, cómo y hasta qué punto se puede correr algún peligro. Hagamos mérito, desde ahora, de las vacunaciones diarias que tenemos estable-» cidas hace ya dos años: en este tiempo hemos vacunado tres mil ciento un niños, y podido seguir con bastante exactitud el resultado: este nos ha confirmado en la opi- nión que teníamos, de que con un vacunífero que no tiene manifestación sifilítica alguna, y cuyos granos nada tienen de sospechoso, no se comunica nunca la sífilis. Sé de algunos casos, en que habiéndose mostrado erupciones sifilíticas después de la vacuna, las familias la han atribuido á ésta: aun pudiera citar algunos de ellos, pero en todos los que he podido averiguar con exactitud, la. vacuna ha se- guido su marcha con regularidad, las costras han caído sin dejar ulceración algu- na, y por otra parte, los padres habían padecido en épocas anteriores esta misma enfermedad. Yo mismo he tenido ocasión de asistir algunos casos semejantes. Como ya me he ocupado con alguna estension de estos casos, y aun. de otros que pudieran dar lugar á mayores equívocos, no me detendré mas sobre ellos. Haré solo notar, por la última vez, que esos accidentes sifilíticos están ya mu- chas veces bien desarrollados en los niños cuando vienen á vacunarse, cosa que pe* demos hacer ver al que pusiera en ello duda,; nada hay de estraño por lo mismo, que en otros aparezcan mas ó menos tiempo después. La vacuna animal, estoy seguro, no podrá tampoco evitar esas evoluciones de una enfermedad, cuyo germen llevan en sí muchos niños que recibieron aquella fatal herencia de sus padres: el tiempo y la esperiencia pondrán todo esto bien en claro. Para que admitiéramos todo lo que sobre esto se nos ha asegurado, era preciso •—75- que fuésemos convencidos por los hechos; que esos hechos pasaran á nuestra vis- ta, y del mismo modo que se dice han pasado los aceptados por Mr. Depaul. La vacuna tomada de un niño que bien examinado parece perfectamente sano, ha producido una úlcera sifilítica en el lugar de las pústulas; á cierto tiempo ha veni- do á manifestarse la infección general; estos efectos se han observado en todos ó ca- si todos los vacunados con aquel. He ahí una descripción clara y natural; pero la duda está, en que todos esos hechos sean ciertos en todas y cada una de las circuns- tancias que á ellos se refieren; en una palabra, en que hayan pasado como se dice. Porque, Señores, si la naturaleza es uniforme en sus producciones y consecuen- te consigo misma, ya nos hubiera mostrado aquí, en varias ocasiones, eso que se dice ha podido ser observado por otros que no practicaron sino rara vez esas operaciones: suspendamos al menos nuestro juicio, y procuremos ver aquello que aun no hemos visto, aunque nos hayamos espuesto á ello millares de veces. Fundado en estas reflexiones, que me son naturalmente sugeridas por una prác- tica muy prolongada en este ramo, no pueda menos de considerar como precipita- do un paso tan serio, como lo es nada menos que renunciar á una práctica tan simple y esperimentada, cual es la vacunación de brazo á brazo, por una desco- nocida, que debe acompañarse naturalmente de peligros tanto mas temibles, cuan- to que son por nosotros ignorados. Yo concebiría bien, que se sujetara á esperiencias rigurosas la comprobación de esos hechos que con tanta facilidad se han acogido: concebiría, que los que se ocu- pen de estas operaciones, multiplicaran sus precauciones en el reconocimiento del vacunífero y su atención respecto de los resultados; pero no concibo la resolución adoptada por algunas personas, de abandonar precipitadamente una práctica que en sus manos no ha producido aquellos sensibles resultados, y que es tan preferi- ble á la otra por su simplicidad y fácil aplicación. Y lo que es mas de lamentar en este asunto es, que en otros puntos de medici- na, las objeciones que se hacen á cualquiera práctica no tienen necesidad de ser reveladas al público; pero aquí ha sido preciso, para hacer aceptar de preferencia fe vacuna animal, decirle al público; la vacuna humanizada ha degenerado por la continua transmisión dé ella á través de multiplicadas generaciones: la vacuna hu- manizada espone gravemente á contraer la sífilis, aun cuando sea tomada de un niño sano en apariencia. ¿ Se quiere un golpe mas rudo, para acabar con la poca confianza que en la va- euna tenían ya muchas gentes? Con la fé que inspira 1» convicción mas profunda, hemos creído llenar un deber haciendo frente á esta situación peligrosa, para contrariar los malos efectos que ella debía necesariamente producir, y procurando que se acepte únicamente, como prueba de todo lo que quiera sostenerse, la esperimentacion. —76— A ella invitamos, muy particularmente, á las personas que no piensen como nosotros. Nuestras personas, nuestro establecimiento, están á su disposición para realizar todas las esperiencias que juzguen necesarias; cualquiera que sea el resultado, to- dos habremos contribuido al esclarecimiento de la verdad. Mas entre tanto, séame permitido conservar las opiniones que he espresado, fun- dadas en lo que he visto tanto tiempo. Son, Señores, tan profundas mis convicciones sobre todo lo que llevo afirmado, que no vacilo en asegurar, con aquel valor que lo puede hacer todo aquel que no teme decir la verdad, que si los que se han propuesto acreditar la vacuna animal logran al fin su propósito, habrán así establecido alguna cosa mas lucrativa para los vacunadores, mas no habrán por ello realizado una mejora que fuera exigida por una imperiosa necesidad. En varias comunicaciones que he tenido el honor de dirigiros, os he anunciado que podia señalar alguna cosa nueva en la práctica de la vacuna, que pueda ser llamada á asegurar los mas felices resultados para los vacunados y el crédito de la vacuna misma. Los hechos que á esto se refieren, y de los que os he comunicado ya un cierto número, siguen reproduciéndose con aquella regularidad y constancia que acom- pañan únicamente á la verdad. Acostumbrado á ver que en algunos vacunados no aparecía mas que un grano, y que este solía permanecer pequeño, aun en un período avanzado; que quedaba casi desprovisto de areola y de tumor vacunal, bien que fuera por otra parte ca- racterizado en el resto; que diversas vacunaciones hechas después, pero á períodos' lejanos, pasaban sin que pudiera ya en lo de adelante obtenerse resultado alguno quise aprovechar la oportunidad de-tener la vacuna diaria, para ver si una nueva vacunación, hecha al octavo dia, imprimía algún efecto en el desarrollo del grano existente. Desde que emprendí estas esperiencias, casi no recuerdo un caso en que á los tres dias de la nueva operación no hayamos sido agradablemente sorprendidos, por el tamaño que la pústula logra así adquirir, como por el aspecto y estension de la areola y tumor vacunales. Diversos casos que por circunstancias accidentales se han escapado de poder —77— aplicar en ellos este nuevo recurso, han podido servirnos de un medio*de compa- ración, pues niños vacunados el mismo dia, en quienes la vacuna produjo iguales resultados, revacunados los unos, sin revacunación los otros, observados en los dias que siguieron hasta la desecación de los granos, constituían casos tan diferen- tes, que no podia quedar ninguna duda sobre la acción de la causa que en los re- vacunados habia convertido granos insignificantes en hermosos tipos de pústulas vacunales. Otro hecho no menos importante que debemos al establecimiento de las vacu- naciones diarias, porque permite observarlo con precisión y con frecuencia, es, que vacunado un niño una primera vez sin resultado, hemos querido averiguar si esa primera vacunación tuvo, sin embargo, algún efecto en el organismo, que se nos revelara por algunas circunstancias particulares que pudieran presentarse á la va- cunación siguiente. El resultado ha correspondido á nuestras esperanzas, porque habiendo estable- cido volver á vacunar á los niños en quienes nada prendió la vez primera, á los ocho dias de aquella operación, hemos podido observar, como resultado, que pren- den todos ó casi todos los piquetes hechos, y que una vez aparecidas las pústulas, marchan con mas vigor que en las circunstancias comunes; que los tumores vacu- ' nales y las areolas son manifiestamente desarrollados, siendo de notar dos cosas: 1? Que de estos niños así revacunados, es de los únicos que hemos podido tomar la vacuna para usarla el sétimo dia, siendo así, que como la marcha de la vacuna ha seguido un poco retardada, no hemos podido usarla generalmente sino al octa- vo ó noveno. 2? Que no siguiendo esta práctica, sino la común que acostumbrá- bamos antes de reservar la segunda operación para dos ó tres meses después, si algo obteníamos, eran resultados comunes; pero hemos tenido frecuentes ocasiones de observar que en algunos de estos últimos nada se consigue, aun cuando se hayan vuelto á vacunar cinco, seis ó siete veces diversas. Esta práctica tiene, pues, la ventaja de asegurar un resultado, en nuestro con- cepto y mas completo, para mayor número de vacunados. Las prácticas que acabamos de señalar, ademas de que están confirmadas por los hechos, están fundadas igualmente en otros datos, establecidos ya en la ciencia por experimentaciones diversas. Todo el mundo sabe, que cuando hace algunos años fué propuesta la sifilizacion como medio profiláctico y curativo de la sífilis, la Academia de Medicina de Pa- ris se ocupó seriamente de este asunto; que en el curso de la discusión se pusie- ron en claro, hechos que probaban los funestos resultados que podián producir las reiteradas inoculaciones del virus sifilítico, aun en las mas robustas constituciones, por las nuevas infecciones constitucionales que pueden producir, y cómo fué jus- tamente condenado aquel método que se proponía como remedio. —78— Si cito esto, es porque importa á mi intento hacer ver que se puede aumentar la acción del virus en la economía, mientras dura su acción sobre ella. No pretendo decir que el virus vacuno y el sifilítico sean iguales, pues sé bien que todos los virus son diferentes entre sí; pero sin confundirlos indebidamente, bien puedo compararlos bajo el punto de vista que he fijado. Es un hecho, pues, que se puede añadir algo á la acción de un virus, mientras está obrando sobre la economía. Como la duración de la acción del virus sifilítico es tan prolongada, por meses y por años, las épocas en que pueda añadirse nueva fuerza á su acción son tam- bién bien prolongadas, y en muchas personas puede estenderse á la duración toda de su vida. Pues bien, Señores, las prácticas de que os acabo de hablar se fundan en este principio: añadir algo, imprimir una nueva fuerza al virus que actualmente se ha- lla obrando sobre el organismo: de ahí, precisamente, la recomendación de que se aplique nuevo virus vacuno á cortos períodos, porque como sabéis, las viruelas y la vacuna misma (aunque benigna) constituyen unas enfermedades agudas, de mar- cha rápida, y que obran en el cuerpo humano en determinado tiempo; circunstancia que las distingue esencialmente de la sífilis, cuya marcha es crónica é indetermi- nada. Así podemos esplicarnos cómo nuevas inoculaciones del virus vacuno, en pre- sencia de un grano pequeñísimo, han cambiado su aspecto tan favorablemente, y cómo vacunaciones que no han producido ningún resultado local al principio, han dado, por el mismo medio, resultados plausibles. Yo me esplico el poco ó ningún resultado aparente, en los casos que he citado, por la poca aptitud actual de estos individuos á contraer las afecciones variolosas, pues que se ve que esa misma vacuna que se puso á estos, aplicada el mismo dia y por la misma mano á varios otros, produjo en estos últimos un efecto completo: debemos, creer, pues, que las vacunaciones que han seguido han creado la aptitud necesaria al efecto. Bien entendido que yo no admito, por lo que acabo de espresar, que esta apti- tud pueda volverse á crear, como lo pretenden los partidarios de las revacunacio- nes, á otras épocas diferentes, pues mi convicción es, que las viruelas verdaderas y la vacuna legítima no se producen en el hombre en las circunstancias comunes y regulares, mas que una sola vez en la vida. México, Julio 21 de 1869. ¿^¿^ ¿Xl ¿-A LA VACUNA. PRESENTADAS A LA ACADEMIA DE MEDICINA DE r MÉXICO EL 19 DE JULIO DE 1869, ¡por $§¿,ttt$ ^fggitttíoj, PROFESOR DE LA ESCUELA DE MEDICINA Y ANTIGUO DIRECTOR DE LA VACUNA MUNICIPAL. c?L113KAllI^ *Ogtcn™ n M-i n ¿>¿ •• >^ -«■- j^v-a ^ *■ »... T»..'~- -" *"^í.Tír ^'.r'SfifcK'-Lii*^ .. .»i~.~ ... ••«.. — !~~'~¡¿j"■ — ••*" ^i^Sér.'x'"-:' TzrSü^'-J^iSsi ft¡^ *jg~ .£*1¿«! \j .-■•.*. '..'^tjí'^,. £*í:\' EUH •^^-■•";~^'}~'g;-«^^2.