PUBLICACIONES DEL COMITÉ FRANCE AMÉRIQUE DE MONTEVIDEO Número 3 EDUARDO BLANCO ACEVEDO PASTEUR Conferencia dada en el Salón de Actos Públicos de la Universidad, bajo el patrocinio del Comité France - Amérique de Montevideo Montevideo Imprenta y Editorial Renacimiento 25 de Mayo, 483 1923 PUBLICACIONES DEL COMITÉ FRANCE - AMÉRIQUE DE MONTEVIDEO Número 3 PUBLICACIONES DEL COMITÉ FRANCE AMÉRIQUE DE MONTEVIDEO Número 3 EDUARDO BLANCO ACEVEDO PflSTEUR Conferencia dada en el Salón de Actos Públicos de la Universidad, bajo el patrocinio del Comité France - Amérique de Montevideo Montevideo Imprenta y Editorial Renacimiento 25 de Mayo, 483 1923 Señoras, Señores: Cerca de Alsacia, en el departamento del Jura, hay una pequeña ciudad, serena y apacible, lla- mada Dole, en cuyas estrechas y empinadas calles se pueden ver, entre simples casas paisanas, algu- nas vetustas y nobles construcciones que denun- cian una arquitectura que nos es familiar. Es que la ciudad de Dole, como todo el Franco Condado, fué dominada en nombre de su rey, por prínci- pes y soldados de España durante largos años, desde la abdicación de Carlos V hasta su unión con Francia, bajo Luis XIV. Y los vestigios de esa época se reconocen en la luz de otro sol, que hay en el mirar profundo de las mujeres, en la altivez con que los hombres siguen su destino en la paz y en la guerra, y en las clásicas rejas que lucen las ventanas. El subsuelo de un viejo edificio es llamado aún el reducto del Infierno, porque los burgueses de la ciudad supieron morir hasta el último antes de entregarse al enemigo. Es el mismo rasgo de entereza, que se encuen- tra iluminado por el genio, en el carácter inflexi- ble de un hijo de Dole: Luis Pasteur. 8 Descendiente de paisanos trabajadores de la tierra y de obreros, familiarizado con el esfuerzo que una dura vida de fatigas sin tregua impuso a los suyos, Luis Pasteur tuvo por herencia, las virtudes tradicionales de su raza, el espíritu de trabajo y de método, el sentido de la medida y de los matices, la tenacidad, el poder de obser- vación, una alta probidad. Pero a todo ello que recibió por cuenta de lo que tan exactamente se ha llamado el sindicato ancestral, una diosa ge- nerosa y justa, agregó, en su cuna, como en las leyendas, en su humilde cuna de hijo de obreros, lo que no se hereda ni se adquiere: el Genio! El padre de Pasteur, curtidor de oficio, había sido soldado del Imperio, en el 3.° de línea, en ese famoso regimiento bautizado «el bravo entre los bravos». Su bandera se cubrió de gloria en las campañas de Alemania y de España y en los combates de Bar-sur-Aube y de Arcy-sur-Aube, donde el sargento Pasteur ganó su Legión de Honor. A la caída del Imperio el regimiento fué di- suelto, y el sargento Pasteur volvió a su casa trayendo, con la amargura de la derrota, un poco de la gloria de Austerlitz. Sin duda no presentía en su reserva altiva de de mi-soldé, que de esa casa iba a salir un genio más grande que el gran emperador, porque estaba llamado a hacer res- plandecer días de gloria sobre su patria y sobre 9 la humanidad entera, sin hacer derramar ni sangre ni lágrimas. Luis Pasteur fué a París para seguir en un internato sus estudios. Modesto estudiante de pro- vincia, recibió una profunda impresión al conocer por vez primera la gran ciudad, al cambiar la serena vida patriarcal de Arbois por la formida- ble trepidación de trabajo, de ambiciones, de pla- ceres, de misterios y de dolores de la ciudad in- mensa. Dejadme narrar aquí un hecho que marca la sen- sibilidad del sabio, la misma dulce sensibilidad que reconoceréis más tarde cuando lo veáis temblar por la suerte de sus enfermos o por el sufrimiento de sus animales de experiencia. Pasteur extrañaba profundamente el medio fa- miliar y, en plena nostalgia, decía a un amigo íntimo: «¡Ah, si pudiera respirar, aunque fuera una hora, el aire del taller de la calle des Tan- neurs! > Su invocación no tardó en surtir efecto' y un día, en momentos que se dirigía a la puerta del internato, vió aproximarse un hombre de sen- cilla y noble figura, la levita negra cruzada, en la solapa la Legión de Honor. Era su padre que, movido por análogos sentimientos, venía a buscar al hijo. Sin darse explicaciones, traicionados ambos por el mismo hondo afecto, tomaron juntos el ca- mino de Arbois. Y la modesta casa del curtidor volvió a cono- 10 cer las veladas de amor familiar, y una vez más a la luz del hogar la madre infatigable conti- nuaba su tejido y el soldado hablaba al hijo de las glorias pasadas. Acaso en este puro hogar se encendió la llama interior que animó las decisiones de Luis Pas- teur, que sostuvo sus fervorosos entusiasmos y que iluminó, con fuego sagrado, la senda de su vida fecunda. Así lo pensó él mismo evocando un día de glo' ria y de reconocimiento nacional, a su padre y a su madre, en términos que voy a repetir ante vosotros respetando su noble belleza: «¡ Oh, mi padre y mi madre ! Oh, queridos des- aparecidos que habéis vivido tan modestamente en esta humilde casa, es a vosotros a quienes debo todo! Tus entusiasmos, valerosa madre, los has hecho vivir en mí. Si siempre he asociado la grandeza de la ciencia a la grandeza de la patria es que me sentía impregnado de los sentimien- tos que tú me habías inspirado! Y tú, querido padre, cuya vida fué tan ruda como tu rudo ofi- cio, tú has mostrado lo que puede hacer la pa- ciencia en los largos esfuerzos. Es a ti a quien debo la tenacidad en el trabajo cuotidiano. No solamente tú tenías las cualidades de perseveran- cia que hacen las vidas útiles, tú sabías también, admirar los grandes hombres y las grandes cosas! Mirar hacia arriba, aprender cada vez más, tratar 11 de elevarse, he ahí lo que he apreddido en ti! Sed benditos, uno y otro, mis queridos padres, por lo que habéis sido y dejadme ofreceros hoy el homenaje hecho a esta casa». La obra de Pastear, multiforme y diversa, se encadena sin embargo lógicamente. Empezada en el terreno de la química se termina dando las so- luciones definitivas a los más árduos problemas de la biología, de la medicina y de la cirugía y en su curso ilumina con el resplandor del genio, las industrias, la ganadería, la agricultura. Obra singular que no sólo marca una etapa en el pro- greso del conocimiento y una disminución del su- frimiento humano, sino que se traduce también en el orden material por millones y millones ga- nados para el bienestar del mundo. Mientras los médicos de la época vivieron del concepto anatómico, mientras los hombres de la- boratorio como el ilustre Claude Bernard vivieron del concepto fisiológico, Pasteur, que no era ni médico ni fisiólogo, entra por la senda de la quí- mica en la biología y estudiando, con impecable método, los seres infinitamente pequeños, descu- bre perspectivas insospechadas de la vida y de la muerte. Lo que acaso sorprende más en Pasteur, es la 12 modalidad profundamente humana de su genio. A primera vista no parece dotado de condiciones excepcionales; alumno, no fué precoz, y sus cla- sificaciones no fueron deslumbrantes; joven maes- tro, no buscó imponerse por un golpe de vista superior o por una prestigiosa originalidad verbal; gran sabio, coronó su vida laboriosa, con esfuer- zos generosos en bien de la humanidad. No es el semidiós que posee recursos inaccesibles a los mortales. No es ni Pascal ni Buonarotti, ni Bo- naparte. El genio de Pasteur se disimuló siempre en el trabajo, se manifestó siempre en medio de un esfuerzo tan sostenido, que jamás pudo decirse con más razón: < el genio es una larga pacien- cia». Motivo de más para estudiar su vida, no sólo para admirarla y rendirle el tributo que me- rece, sino también para imitarla, «porque de los grandes hombres que han marcado su pasaje con un rayo de luz perdurable recojamos piadosa- mente, para enseñanza de la posteridad, hasta los menores actos, hasta las menores palabras a fin de conocer los estímulos que movieron sus gran- des almas >. 13 LOS TRABAJOS INICIALES DE PASTEUR Los más pequeños hechos tienen consecuencias incalculables. Los estudios de Pasteur sobre la cristalografía no podían a primera vista tener más consecuencia que enriquecer un capítulo árido de una ciencia especial. En realidad, constituyen la base de la doctrina científica más revolucionaria que haya salido del intelecto humano. He aquí sucintamente expuesta la cuestión. Ciertas substancias tienen el poder de desviar el plano de la luz polarizada. Entre esas substan- cias, los tartratos, derivados del ácido tártrico, desvían el plano de la luz polarizada hacia la de- recha. Era un hecho, y no había en él nada de anormal. Pero el problema se hacía más compli- cado, cuando se vió que una substancia con aná- loga forma cristalina, con la misma composición química, el paratartrato, no desviaba la luz pola- rizada, es decir, era indiferente. Esto era lo que en química se conoció con el nombre de problema de Mitscherlich, y los sabios de la época, habían envejecido sin encontrar la solución clara del fenómeno. Después de serios y pacientes trabajos, Pasteur encontró la explica- ción : hay dos clases de tartratos, uno izquierdo y otro derecho. La mezcla de ambos es inactiva y la diferencia entre ellos está en el tallado de 14 sus facetas. Pero esa diferencia no sólo está en las formas cristalinas, sino que persiste en las moléculas mismas; de ahí que subsiste en las so- luciones. A la asimetría cristalográfica correspon- de la asimetría molecular. Pasteur experimentó una fuerte emoción al darse cuenta que había encontrado la solución ansiada; y cuentan los viejos cronistas del Barrio Latino, que abandonó lleno de entusiasmo el laboratorio, y tomando del brazo al primer pasante del jardín de Luxemburgo, de ese dulce jardín testigo de tantas glorias y de tantas desilusiones, le narró con calor su triunfante hallazgo. Solamente des- pués se decidió comunicar sus resultados al gran químico Biot, venerable maestro, quien no quería salir de su escepticismo hasta que vió por sus propios ojos, y entonces temblando de emoción, dijo: < Pasteur, he querido tanto la ciencia durante mi vida que el corazón me salta en el pecho al comprobar este descubrimiento, que tanto había buscado! >. Dejemos, señores, de lado las considerables consecuencias que en el terreno de la estereo- química tuvieron las constataciones de Pasteur, para seguir la vía gloriosa marcada por el sabio. Acabo de decir que en los paratartratos que no desvían la luz polarizada, existen dos clases 15 de sustancias activas, una hacia la izquierda, la otra hacia la derecha. Esas substancias como Pasteur lo había demostrado pueden ser separadas la una de la otra por varios métodos; pero, ese trabajo de separación puede ser también realizado por seres infinitamente pequeños, por fermentos figurados, por verdaderos microbios para emplear una palabra más usual. Y al señalar este hecho Pasteur franquea el umbral, ante el cual se había detenido el genio de Lavoisier. Comprended vosotros mismos la importancia de esta noción de lo infinitamente pequeño intro- ducida por primera vez a la ciencia; pensad que esos minúsculos seres que separan los cristales son semejantes a los que presiden las fermenta- ciones, a los que producen la putrefacción, a los que producen las enfermedades del hombre y de los animales! He ahí la senda fecunda. Esas mul- titudes de seres infinitamente pequeños, de micro- bios, como los llamó Sedillot, eran completamente ignoradas. Diversos investigadores habían hablado, sin embargo, vagamente de su existencia -«por- que no hay más ideas nuevas en el mundo que árboles sin raíces en una selva»;-pero fué Pasteur el gran animador de la nueva doctrina, quien de- mostró que esos microbios invisibles se encuentran en el aire, en el suelo, en el agua y que mezclando constantemente sus vidas a las vidas de los demás seres son capaces de originar conflictos cuyo resultado es la enfermedad y la muerte. 16 Pero dejadme agregar, para precisar el problema, que esos microbios no son exclusivamente nocivos, y que tienen otros empleos útiles en la armonía universal, independientemente de su accidental tarea de muerte. A la existencia de esos seres, está supeditada la persistencia de la vida en la superficie del Globo; ellos son los mantenedores invisibles del ciclo ininterrumpido de la materia; ellos son los obreros que sin cesar vuelven al reino mineral y a la atmósfera todo lo que ha cesado de vivir. Gracias a ellos la muerte no es más que una etapa en la evolución de la vida. En sus estudios sobre las fermentaciones y la putrefacción, Pasteur había establecido la influen- cia de los gérmenes microscópicos y había pre- sentido su intervención en la producción de las enfermedades trasmisibles. Es en este período de- cisivo de sus investigaciones que Pasteur certifi- cando con una experiencia cada secreto arrancado a la naturaleza, niega la generación espontánea conmoviendo así las bases de la ciencia de la época y haciendo estallar los dogmas que pare- cían mejor establecidos: La suerte de los innovadores y de los hombres superiores está escrita en la historia de la huma- nidad. Antes que lleguen a imponerse tienen que luchar con un complot de resistencias que em- piezan en los amigos envidiosos y terminan en los rivales apasionados. Así contra Pasteur se 17 elevaron bajo la dirección de un miembro del Instituto, Pouchet, los más crueles, los más injus- tos ataques. Los hombres que hacían autoridad y veían tambalear con su ciencia sus prestigios, emplearon todas las furias verbales de que eran capaces para hacer caer al innovador, en medio de un coro de diatribas. Pero pasemos sobre estos lamentables extravíos. «Esas resistencias también formarán un día en el cortejo de la gloria». Luis Pasteur encontró, en esas horas de ar- diente lucha, en su temple incomparable, las fuer- zas necesarias para hacer triunfar la verdad y con las pruebas concluyentes de sus asertos, con los matraces vírgenes de toda contaminación, en una esterilidad absoluta y continuada hasta el día de hoy, en que se conservan guardadas como reliquias sagradas, pudo demostrar que en nin- guna circunstancia conocida en la actualidad, los gérmenes pueden producirse si no provienen de otros gérmenes semejantes. «Aquellos que pre- tenden otra cosa han sido el juguete de ilusiones o errores». Al sentar ese principio que domina hoy la cien- cia, y al cual se deben centenares de miles de vidas humanas, no se atacaba ninguna doctrina filosófica, ni se discutía el problema del origen de las especies, sino que se echaban los funda- mentos de la higiene, de la profilaxia y de la medicina modernas. 18 LAS ENFERMEDADES DEL GUSANO DE SEDA Los gérmenes llenan, pues, tareas fecundas en la superficie del globo; pero ellos producen tam- bién la enfermedad y la muerte 1 En 1865, el gran químico Dumas, por el cual Pasteur tenía veneración y gratitud, vino a ofre- cerle en nombre del gobierno francés una misión científica, con objeto de estudiar la peste que diezmaba la cultura del gusano de seda. En un año las pérdidas materiales sobrepasaron a 100 millones de francos. Una de las más ricas indus- trias de Francia se encontraba al borde de la ruina. El sabio dudó: de un lado, sus trabajos en curso, su laboratorio en plena actividad, su pro- grama de investigación bien afirmado; de otro lado, un tema que era para él completamente nuevo y que no parecía tener relación con su es- pecialidad. La duda se explicaba, pero el interés del país estaba por medio. Pasteur fué a donde le llamaba su patriótico deber. No solamente no conocía la cuestión, sino que ni siquiera había visto un gusano de seda. Para otro hombre hu- biera sido un obstáculo infranqueable; para Pas- teur fué un estímulo. Se aplicó de inmediato al estudio, con su método impecable, con su volun- tad de hierro, con su tenacidad inflexible. Du- 19 rante cinco años, trabajó con ardor, en investi- gaciones incesantes y por haber tardado el triunfo no fué menos brillante. Estableció que las dos enfermedades que hacían morir al gusano de seda, la pebrina y la flacherie, eran producidas por dos gérmenes patógenos diferentes. Las en- fermedades se trasmitían de los animales sanos a los enfermos, y una entre ellas de los ascen- dientes a los descendientes. Por ser simple la conclusión no era menos capital: era la revela- ción del contagio de las enfermedades microbia- nas, era la noción de la herencia! EL CÓLERA DE LAS GALLINAS Los conocedores en avicultura saben que cier- tas aves son víctimas de una enfermedad desas- trosa que es designada vulgarmente con el nombre de cólera de las gallinas. El animal presa de esta afección queda sin fuerzas, tambaleante, las alas caídas. Las plumas arrolladas le dan un as- pecto de bola. Una somnolencia invencible le ataca, parece entrar en un profundo sueño. Luego los párpados se cierran y la muerte llega, después de una agonía muda, sin que el animal haya cam- biado de sitio. Tales hechos habían sido vistos mil veces, pero sin llegar a ninguna conclusión. Pasteur se aboca al estudio de la cuestión y 20 aplica su método experimental con la escrupulo- sidad que ponía en todos sus trabajos. Prepara con músculo del propio animal un caldo de cul- tura y siembra la sangre; el microbio de la en- fermedad se desarrolla en abundancia, y esas culturas inyectadas repioducen la enfermedad con caracteres inconfundibles. ¡ Qué simples parecen los hechos 1 Y sin embargo, en ese día y a esa hora había nacido un método general de* aisla- miento, de identificación y de inoculación de los microbios, que permitirá a Pasteur y a sus con- tinuadores descubrir los agentes de las enferme- dades infecciosas y combatir éstas en sus causas. Como dice Duclaux, había llegado la hora en la cual Pasteur iba a entrar por el camino que él mismo se había trazado, en la gruta encantada de la ciencia, llena de tesoros para la humanidad. Las experiencias sobre el cólera de las galli- nas fueron interrumpidas durante las vacaciones, y cuando Pasteur las reanudó dos meses des- pués, se produjo un hecho singular. El azar in- tervino de un modo favorable. Es el mismo azar que favoreció a Roetgen, el ilustre descubridor de los rayos X, azar que sólo cruza el camino de los trabajadores y de los empeñosos. El feliz hecho singular fué el siguiente: las cul- turas del microbio, que antes de las vacaciones producían una vez inyectadas la infección y la muerte de los animales, no ocasionaron cuando 21 se reanudaron las experiencias, efecto alguno. De ese hecho aparentemente sin más consecuen- cias que la necesidad de empezar de nuevo las experiencias, Pasteur tomó base para nuevos y fundamentales estudios. En efecto, con sorpresa para todos, Pasteur mostró que si a esos mismos animales, a los cuales se le habían inyectado las culturas viejas, se le inyectaba luego culturas nuevas, no adquirirían la enfermedad. Era el descubrimiento científico de la inmunidad provocada. Era la generaliza- ción razonada del principio de la vacunación an- tivariólica de Jener. Era la conquista definitiva de los principios que han dado a la medicina mo- derna las más bellas armas. LA VACUNACIÓN ANTICARBUNCLOSA La ganadería francesa experimentaba anual- mente pérdidas que podían avaluarse en millones, por concepto de animales muertos de carbunclo. Además, centenares de hombres eran víctimas del contagio de los animales. En algunos parajes la infección parecía inevitable, y la leyenda po- pular los reconocía con el nombre de campos malditos. Pasteur, siguiendo los métodos por él establecidos, había obtenido la cultura del germen productor y su identificación bajo las diferentes 22 formas en que podía presentarse. Y yendo toda- vía más adelante había preparado una vacuna que librara al animal de todo contagio. Por ini- ciativa de la Sociedad de Agricultura de Melun se organizó una prueba pública. Pasteur reunió a sus discípulos y les expuso el programa con- venido. He aquí las bases de la experiencia: 25 carneros serían vacunados; cuando la vacuna hubiera hecho su efecto, esos 25 carneros serian ino- culados con microbios de carbunclo al mismo tiempo que otros 25 carneros no vacunados. Los primeros deberían resistir; los segundos morirían de car- bunclo. La experiencia se realizó en Pouilly-le-Fort, cerca de Melun. Los 25 carneros fueron vacuna- dos; la inoculación de prueba fué practicada el 31 de Mayo de 1881. Pasteur, siempre tan firme en su fe inconmovible, pareció por un momento arrepentirse de su audacia, como si su método fuera a traicionarle. Pero pronto tuvo motivo para recuperar su calma: el más extraordinario éxito vino a coronar sus predicciones. Los carneros vacunados se habían salvado; los no vacunados sucumbieron víctimas de la terrible enfermedad. Y dos hechos quedaban adquiridos para la cien- cia : el uno, que el microbio aislado era sin duda el del carbunclo; el otro, que la vacuna prepa- rada era eficaz. Los incrédulos y los retardatarios discutieron 23 aún; pero, la luminosa verdad no tardó en impo- nerse con resultados materiales tan formidables, que Huxley, el gran sabio inglés, pudo decir a Pasteur algunos años más tarde, que con su des- cubrimiento hubiera podido pagar los cinco mil millones de francos de la indemnización de guerra del tratado de Francfort. LA RABIA Una horrible enfermedad cuyos síntomas, de por sí graves, eran aumentados en proporciones fantásticas por la imaginación popular, la rabia, dió lugar a memorables trabajos de Pasteur. La leyenda, evocaba la visión siniestra de los rabio- sos, maniatados, lanzando espantosos gemidos so- focados entre colchones. En realidad las cosas no son tan impresionantes; pero, nada podía dar lugar a mayor prestigio en el público que el des- cubrimiento del modo de preservar la humani- dad del temido mal. El microbio de la rabia no se conocía, como no se conoce en la actualidad. Pasteur lo busca con perseverancia, pero sin re- sultado. Alguien con menos fe, con menos tena- cidad, hubiera abandonado la partida. Pero, Pas- teur insiste. Si el microbio no puede ser identificado hay que buscar otro medio para llegar a la va- cunación. Y Pasteur inventa un método. Si se 24 practica la trepanación a un perro rabioso y se le extrae un fragmento de substancia cerebral y con él se inocula a otro perro, se confiere a este último la rabia. El agente estaba ahí, pero no podía ser cultivado, por cuanto no podía aislarse. Fué entonces* que Pasteur tuvo la idea genial de cultivar la rabia en animales vivos. Y, pasando la infección de un animal a otro, llegó a obtener un virus tan fuerte que la inoculación de la en- fermedad sólo duraba seis o siete días. Es lo que se llama el virus rábico fijo. Es con ese virus que obtuvo la vacuna; pero, para ello era nece- sario atenuarlo, es decir, reducir su virulencia lo que obtiene por disecación. A los catorce días la médula de conejo es inactiva. Es con esa médula inactiva que se empieza la inmunización. Después, cada día se inyecta médula más fresca y cuando se llega a la de un día, la vacunación es completa. El principio estaba encontrado; la experimen- tación en los animales respondía en absoluto. Era necesario, sin embargo, que pasara por la prueba de su aplicación al hombre. Considerad que si Pasteur hubiese visto erróneamente, se correría el riesgo de trasmitir la rabia en vez de evitarla y comprenderéis que el gran sabio esperaba con mezcla de impaciencia y de temor la oportuidad de ensayar el método. La oportunidad no tardó en presentarse. Un día llegó al laboratorio, una madre desolada trayendo un niño horriblemente mordido 25 por un perro rabioso. Joseph Mestier, se llamaba el pequeño paciente y venía de Alsacia. Es clá- sico recordar las dudas de Pasteur antes de so- meterlo al tratamiento, su intenso júbilo cuando lo vió librado del terrible mal y el paternal afecto que profesó a aquél a quien había salvado de una espantosa muerte. Señores: Os he hablado con demasiada extensión de los trabajos de Pastear, de la repercusión extraordi- naria que ellos tuvieron en la ciencia pura y en las ciencias aplicadas. Os he hablado también de sus fecundas concepciones sobre los microbios, sobre las enfermedades infecciosas, sobre la va- cunación, en suma, sobre todo lo que la medi- cina debe al sabio inmortal; pero no me perdo- naría si no os hablara sobre lo que la cirugía debe a Pasteur. Excusadme, pues, de reteneros unos instantes más: pero comprended que un cirujano no puede dejar la palabra sin rendir un homenaje espe- cial a quien ha permitido el desarrollo magnífico del arte que practica. La cirugía moderna, por medio de operaciones ordenadas hasta el más mínimo detalle, penetra en todas las regiones del organismo para repa- rar los males ocasionados por las enfermedades 26 o por las heridas. Así, a diario, cerebro, pulmón, hígado, órganos digestivos, huesos, pasan por entre las manos del cirujano, y los resultados son tan extraordinarios que con mi ilustre maestro Jean Louis Faure, creo que hoy en día puede de- cirse: «nadie debe morir de una operación». Este magnífico grado de adelanto se debe a Pasteur, quien, como ha dicho Pierre Delbet, hizo a la cirugía el presente más espléndido que ésta haya recibido en todos los tiempos: la seguridad operatoria. Antes de la era pasteuriana la infección diez- maba a los desgraciados que acudían a las salas de cirugía, las heridas más simples daban lugar a los más grandes desastres. Y en frases sinies- tras las eminencias del arte resumían la triste verdad: una picadura con un alfiler - decía Vel- peau -es una fuente por donde escapa la vida; cada operación - agregaba Denonvilliers - es una sentencia de muerte. En una de las frías salas del viejo Hotel Dleu había una hilera de camas, la fila negra, en la cual por memoria de hombre, no se recordaba ningún operado que hubiese escapado al desastre. Un famoso cirujano, Nelaton, hecho a todas las audacias y a todas las responsabilidades, repug- nado por los desastres que la infección producía en los heridos durante el sitio de París en 1870 abandonó el bisturí, exclamando: «quien triunfe 27 de la infección purulenta merecerá una estatua de oro ». Tal era la angustiosa situación de la cirugía, tal era la desesperante impotencia de los ciruja- nos, cuando Pasteur iluminó la cuestión. Si los operados se infectaban era porque las manos del cirujano, los instrumentos, las compresas, las so- luciones, eran vehículos de microbios, y Pasteur, con la claridad proverbial de su concepto y de su expresión, dictó entonces, lo que puede consi- derarse el evangelio de la cirugía. < Si yo tuviera el honor de ser cirujano - dijo - penetrado como estoy de los peligros a que ex- ponen los gérmenes esparcidos en las superficies de todos los objetos, especialmente en los hospi- tales, yo no utilizaría sino materiales de curación llevados a la temperatura de 130° a 150°, y no emplearía agua que no hubiese soportado una temperatura de 110° a 120o». Son los principios de la asepsia que rigen la cirugía moderna y que permiten a diario las más audaces intervenciones. Pero Pasteur no se detiene ahí; cuando aborda el estudio de un problema, no se contenta con una solución parcial, analiza sucesivamente todos los aspectos de la cuestión hasta disipar todas las sombras. Estudiando los microbios de las in- fecciones, descubre sucesivamente los agentes pro- ductores de terribles enfermedades, y llega al 28 secreto de las más mortales complicaciones de las heridas. Así, señala el microbio productor del antrax, y de la osteomielitis, el de la erisipela y el vi- brión séptico, uno de los terribles agentes pro- ductores de las gangrenas gaseosas. No sólo des- cubre esos microbios, no sólo muestra los métodos para aislarlos y cultivarlos, sino también que, re- montándose por el impulso de su genio, da las directivas fecundas para evitar su pululación en las heridas, eliminando de ellas los «coágulos de sangre, y los fragmentos de carne muerta, porque éstos servirán al desarrollo de los gérmenes». Principios éstos que en los comienzos de la Gran Guerra fueron olvidados, hasta que el dilema supremo de vida o muerte animó la voz que desde las trincheras gritó: «debout les morts!» Y acaso entonces el espíritu tutelar del sabio vino a inspirar a los cirujanos de Francia la técnica salvadora! Señores: Pasteur no fué solamente un sabio inmortal y un benefactor de la humanidad, fué también una alta personalidad moral y un gran ciudadano. Dió ejemplo a los hombres de ciencia, porque su saber fué honesto y desinteresado. Al em- perador Napoleón III que le preguntaba en las Tullerías por qué no sacaba un resultado ma- terial de sus descubrimientos, respondió: «Un 29 sabio quedaría disminuido ante sí mismo si pro- cediera de tal modo». Dió ejemplo a los jóvenes con su vida hecha de tenaces esfuerzos y al decir, dirigiéndose a ellos en una ocasión memorable : «Vivid en la paz serena de los laboratorios y de las bibliotecas. Preguntáos primero ¿qué he hecho por mi ins- trucción, y luego, qué he hecho por mi país? Hasta que podáis afirmar que habéis contribuido en algo al progreso y al bien de la humanidad». Dió ejemplo de patriotismo al decir: «Si la ciencia no tiene patria los sabios tienen la suya». Dió ejemplo de valor en la adversidad, de es- píritu generoso y de modestia en el triunfo. Dió ejemplo de solidaridad humana, al afirmar que no se debe preguntar al que sufre ¿de qué país eres, cuál es tu religión? Bastará decirle: tú sufres, tú me perteneces, yo te aliviaré. Por eso comprenderéis, señores, la veneración que los médicos, los cirujanos y la humanidad entera experimentan por el hombre inmortal de quien os he hablado y reconoceréis, justo, que en las salas de operaciones nuestra gratitud haya escrito: «Gloria a Pasteur». PUBLICACIONES DEL COMITÉ FRANGE-AMÉRIQUE DE MONTEVIDEO N.° 1. - Fernando Laroche.- El Arte de Figari. N.° 2. - Barthou y Lord Rothermere. - Los dere- chos de Francia y los deberes de Alemania.