;?0 ■< <* •* SURGEON GENERAL'S OFFICE LIBRARY. • > Section, jv0. Yfos&f ¿> \3H ». + + **. -^rV fL-á¡* V ¿«, STPEDRO ESCOBEDO i íUy.cCN . LN^fW:, wf Ó (SKA „■ v;ív (¿uíVrruin rcnnpfoFu -^ .rr-rff/;- c?, ^ '< l COvXllUv tX llVv rtlílUlUV 7)*r .uu> rttwao.* U iVVUKl £^j£v&{\fi))- —~ ■s<--tev>v '^^ WZ- jo-o E1W :-------- ==^=zv.-----------= ^ §>&©&©<§>©* i los honores que la sociedad tributa á la me- moria de los hombres que la sirvieron con sus virtudes y la honraron con su ejemplo, se confundiesen con las vanas apariencias que la cos- tumbre y el uso prodigan á todos los que desaparecen de la tierra, el hombre pensador no los veria mas que como esos fuegos fatuos que se apagan para siempre en el momento mismo en que se presentan; y seria impo- sible distinguir el homenage sincero de la justicia y de la gratitud, de la hipócrita alabanza de la adulación y la rutina. Los hombres, que por costosos sacrifi- cios y una vida llena de virtud, merecieron el nom- bre de beneméritos, aspiraron á la perpetuidad de su - gloria, y la sociedad agradecida debe otorgarles vo- luntariamente esta justa recompensa, la única dig- na de ellos. Tal es lo que México ha hecho en la deplorable muerte de uno de sus mejores hijos, del sabio, del pa- triota, del filantrópico D. Pedro Escobedo. Nunca 1 — 2 — hasta ahora se vio un dolor mas espontáneo ni mas universal, ni un tal conjunto de honores concedidos á otro alguno. Se puede decir con verdad, que su muerte se ha llorado como una calamidad pública; y para probarlo, para perpetuar su nombre, bastaría leer todo lo que se ha escrito en su elogio, todo lo que se ha hecho en honra de su memoria, desde el triste instante de su fallecimiento hasta hoy. Viendo todas estas piezas, ecsaminando este concurso de ala- banzas pronunciadas por tantos hombres de todas condiciones y de tan encontradas creencias, el que conozca nuestra época, comprenderá bien cuan sóli- do y verdadero fué aquel mérito que pudo reunir ta- les sufragios. Pero ellos están diseminados en diversos impresos, encontrándose todavía inéditos algunos; y para evitar este mal, nos hemos resuelto á reunirlos en un solo cuaderno, que publicamos, impulsados por los senti- mientos mas puros, y sin pensar siquiera en las impor- tunas críticas de la envidia, ó de otras pasiones igual- mente rastreras. El mérito de aquel, á cuya me- moria querida se dedica este recuerdo, no puede ser ya contestado; y si se dijere que esta obra es hija de los sentimientos de amistad, gratitud y amor lle- vados al esceso, nosotros, lejos de ofendernos, nos creemos por esto mas honrados. % LUEGO QUE SE TUVO LA FATAL NOTICIA DE QUE EL DOMINGO 28 DE ENERO HABÍA FALLECIDO EN JALAPA EL SEKOR DON PEDRO ESCOBEDO, EN EL SIGLO DIEZ Y NUEVE LOS REDAC- TORES DIERON EL 1° DE FEBRERO EL ARTÍCULO SIGUIENTE. Por el correo llegado ayer de Veracruz, hemos tenido la fatal noticia de que el último domingo (28 de Enero), á las diez y media de la noche murió en Jalapa, el Sr. D. Pedro Escobedo. Al trazar estas líneas con un pesar intenso, al anunciar la muerte temprana y deplorable de uno de los hombres mas apreciables que hemos conocido, estamos seguros de que el dolor que sufrimos será sentido también por cuantos le conocieron. Cualquiera de las brillantes cualidades del hom- bre que acaba de morir, haría su muerte digna del sentimiento público. La juventud estudiosa ha per- dido uno de los hombres que con mas afectuoso em- peño dirigian sus pasos y alentaban su noble entu- siasmo. Con particularidad todos los jóvenes alum- nos del Establecimiento de medicina, pueden llorar su pérdida como la del mas tierno amigo. Como médico, la ciencia ha perdido un profesor que debió á su vasto talento y constante aplica- ción el ser contado siempre entre los primeros que — 4 — ha habido en la república; y lo que es aun mas, un hombre, que penetrado de toda la elevación de su ar- te, lo ejerció con la nobleza y la generosidad de un filántropo. Los infelices, en cuya asquerosa mansión penetraba tan seguido, con el doble carácter de mé- dico y de bienhechor, sabrán apreciar debidamente su pérdida irreparable. Sus amigos, y lo fueron cuantos le trataron alguna vez, nunca podrán olvidar los encantos de su carác- ter tan dulce, tan benévolo, tan afectuoso, como no- ble y desinteresado. Sus modales, delicados y ca- ballerosos, no fueron el vano esterior de esa amabili- dad hipócrita que cubre en el trato de la vida tan- ta indiferencia, tanto egoismo, y á veces tanto odio; sino la manifestación involuntaria de los sentimientos de su alma, franca y llena de ternura. Su sensibili- dad esquisita es tal vez lo que nos lo ha arrebata- do. Poco tiempo antes de su muerte tuvo el dolor de perder á su hija única, y esta pesadumbre abatió profundamente su ánimo, turbado después con tanta frecuencia por los tristes sucesos de nuestra época. Cuando llegue aquella en que aparezca á luz cla- ra todo lo que ha pasado, se apreciará ademas dig- namente su conducta como ciudadano. Hoy, para comprender la pérdida que la república ha hecho, basta recordar que no hubo en México proyecto de utilidad pública, una sola obra de beneficencia, de instrucción y de adelanto, que no lo contase entre sus mas celosos promovedores: que constantemente estuvo trabajando en favor de la instrucción públi- ca, de las que entre otras, es una prueba viva el Esta- blecimiento de ciencias médicas; y que en estos tiem- pos de pasiones políticas, de aspirantismo y de cor- — 5 — rupcion, Escobedo mereció el respeto de los hom- bres de todas opiniones, y se sirvió solo de sus bue- nas relaciones para probar la decencia y la dignidad de su carácter, el noble desinterés de su conducta, y la superioridad de su alma sobre los mezquinos go- ces del favor y la fortuna. Cuando un hombre de esta clase ha ecsistido en el mundo, honrado y querido de todos los que le trataban; cuando su vida no fué mas que el largo ejercicio de las brillantes cualidades de su alma, es- ta vida tranquila y sin ruido, es un tesoro que mien- tras mas se contempla, mas riquezas descubre. La virtud que tiene por premio un gran nombre y una posición poderosa, es mas brillante; pero mucho me- nos sólida y preciosa, que la que lleva la felicidad al seno de una familia y la estiende como un aroma dul- císimo sobre cuantos se acercan á uno de esos carac- teres felices.... Pero olvidábamos que no es una biografía, sino un anuncio de dolor el que escribimos; y para esto no necesitábamos mas que participar su muerte, segu- ros de que ninguno de los que le conocieron recor- rería estas líneas sin una emoción profunda. La pér- dida de esos hombres raros, que no han dejado sobre la tierra mas que memorias de beneficencia y re- cuerdos de orgullo para su familia, para sus amigos y para su patria, es la única que obtiene un duelo ge- neral; y el hombre distinguido que acaba de morir, fué sin duda del número de esos seres raros. ¡ Felices los que dejan sobre la tierra tan dulces memorias, y que á su muerte, pasando á un mundo mejor del que han dejado, van á recibir el premio debido á sus elevadas virtudes 1 2) POR UN AMIGO DEL SEÑOR ESCOBEDO SE PUSO TAMBIÉN EN EL SIGLO, CON EL ARTICULO ANTERIOR, EL SIGUIENTE. Después de escrito el artículo anterior, un ami- go del Sr. Escobedo nos ha dirigido el siguiente: " El dia 28 de Enero falleció el hábil y distin- guido profesor de medicina, D. Pedro Escobedo. En tan estimable, humano, é ilustrado individuo, ha per- dido México un ser de la beneficencia; las bellas ar- tes, un protector decidido; la humanidad doliente, su mas precioso consuelo; y la sociedad entera un hombre honrado. "Poseído de aquel sentimiento que solo sabe ins- pirar la irreparable pérdida de un verdadero y buen amigo, luego que supe tan funesta noticia me he apresurado á hacerla pública, consagrando á su me- moria este tributo á la amistad con que me distinguió; porque su adhesión á las bellas artes y su franquísi- mo trato, unieron nuestras simpatías, llevando una amistad y relaciones cuya pérdida siempre lamen- taré, como deberán lamentarla todos los que se pre- cien de haber sido tan sinceros amigos como lo fué para este recomendable sugeto—Miguel Mata y Reyes." DON PEDRO ESCOBEDO, Hay almas sublimes demasiado superiores á la tier- ra para vivir bien en ella, que han estado en una po- sición violenta mientras no la han abandonado, y que hijas del cielo están destinadas á pertenecerle para siempre: la de D. Pedro Escobedo tenia este destino envidiable, y ya se ha cumplido el dia 28 del pasado. Estos rasgos, trazados por la gratitud y el dolor, no son el retrato de esa alma adorable: son el movimiento automático de una mano que tiem- bla de pesar: mi acento, maestro querido, no es un canto en tu alabanza; es el quejido de un corazón oprimido que te amaba como se ama al mejor de los amigos. Si cabe un alivio á semejante desgracia, es el de derramar una lágrima sobre tus cenizas tibias, y de colocar sobre tu tumba la memoria de tus vir- tudes. La idea de la patria es una de esas que encierran en sí todo lo grande y generoso que puede caber en una alma bien nacida: así la concibió D. Pedro Es- — 8 — cobedo: el apego tenaz á ciertos dogmas políticos, esa intolerancia mezquina de los principios ágenos, eran sentimientos desconocidos al que había nacido hijo de la verdad y amigo de todos los hombres. La suerte, sin embargo, reservaba para sus acciones otra regla con que fueran medidas. Personas demasiado ecsigentes ó mal intencionadas, le imputan ligera ó maliciosamente, lícitas deferencias con ciertas per- sonas á quienes debia amistad y protección, y de cu- ya posición social esperaba obtener ventajas en fa- vor de una institución que amaba tiernamente por- que la habia creado, el Establecimiento de medicina: los que así le juzgan, ignoran que esa lucha cruel en que un destino desgraciado suele colocar á los hom- bres en la sociedad, ha costado á D. Pedro Escobe- do largas horas de amargura, y tal vez la ruina de su salud, y el sacrificio de su vida. ¡ Ellos tal vez ma- ñana se prostituirían por miserables miras persona- les! ¡Se atreven á calumniar la mas noble y pura de las intenciones! Pero, ya se ve, ¿ hay, por ventura, muchos capaces de comprender una idea grandemen- te útil, de meditar largo tiempo sobre los medios de realizarla, de despreciar los riesgos, de olvidar su bienestar, de luchar sin tregua y sin esperanza con- tra todos los obstáculos, de vivir para esta sola idea, de morir tal vez por ella? Pues tal era el carácter de D. Pedro Escobedo; él, que amaba apasionada- mente las artes liberales y las ciencias, la humani- dad y la religión, la libertad y la civilización; que amaba, en fin, todo lo bello y bueno que hay en la naturaleza, tenia predilección favorita á la ciencia que cultivaba, á la que debia su reputación gigantes- ca: veia á la juventud médica huérfana, abandonada, — 9 — despreciada también: recordó con pena las dificul- tades de su aprendizage: deploró la suerte de los que debían seguirle, y se propuso mejorarla: desde enton- ces su ecsistencia entera, esa ecsistencia llena de vi- gor y de fuerza, se redujo á este solo pensamiento, pensamiento generoso que nació al mismo tiempo en otras almas nobles, y que forma el rasgo mas brillan- te de su vida. No juzgo cometer una injusticia al asegurar, que la importante y radical reforma de la educación médica es casi completamente debida á sus esfuerzos tenaces, incesantes, bien calculados, y prudentemente dirigidos: los que del año de 38 á la fecha han servido el ministerio de instrucción pú- blica, pueden decir si es esto una ecsageracion dic- tada por la amistad. La actual generación médica responderá con sus suspiros y sus lágrimas, si es cierto que en la pérdida de D. Pedro Escobedo ha visto la de un protector desinteresado y celoso, la de un amigo generoso y noble. ¡Si cada uno de no- sotros hubiese de publicar los favores que de su ma- no ha recibido, este seria el mas espléndido homena- ge á su memoria! Callo de intento otras mil cuali- dades eminentes que harían notable á cualquier otro hombre, porque todas, hasta su reputación indispu- table y unánimemente reconocida de primer ciruja- no de México, se ofuscan al lado de esta, cuyo nombre debiera inscribirse sobre su sepulcro, como el emblema mas completo de su alma: Beneficencia. México, Febrero 1.° de IS^.—Joaquin Navarro é Ibarra. (Siglo del día 3 de Febrero.) 2 ce BIOGRAFÍA. RASGOS CARACTERÍSTICOS DE ©@sí §>a®&© ^s@®sa®@ La ancha y elevada frente de D. Pedro Escobedo anunciaba esa vasta inteligencia, esa comprensión ilimitada, que es siempre la dote de las almas estra- ordinarias. Su razón fué, en efecto, muy precoz, ¡ y maduró temprano! Y esa razón se ocupó en ad- quirir dos ciencias hermanas, la medicina y la cirujía, tan útiles al género humano, como necesarias para que satisfaciera á sus instintos y á sus enérgicas sen- saciones, un ciudadano que cifraba su felicidad en la de su especie. Escobedo no dio la preferencia á estos interesan- tes estudios por capricho; y ni aun libre fué para es- cogerlos, porque él poseía una cualidad intelectual y otra moral, que lo llamaban irresistiblemente al le- cho de dolores y al anfiteatro: la observación era su WvttOU eaAUio.vAe'm**»™ » IFHIo)M(o) Hg(g®ffiiT°)®o — 11 — talento mas distinguido; y la beneficencia, fuente y origen de tantas virtudes, su virtud principal. En la cuna de la Iglesia, Escobedo hubiera sido un após- tol; porque la propaganda de un credo de paz, de salud y de bendición, era en verdad muy simpática para ese hombre tan dulce, tan humano, tan tierno y compasivo. Jesucristo curaba las dolencias del alma con la persuasión de sus ejemplos, y las del cuerpo con esa omnipotencia que fijó los crepúsculos sobre la colina del Tabor, y que en el lago Tiberiades im- puso freno á la tempestad. Para mí, es Jesucristo el modelo de los héroes y el soberano de los filósofos, atendiéndose á que el heroísmo y la filosofía verda- dera consisten precisamente en la multiplicación de los beneficios. Justo es, pues, considerar como un reflejo de la Divinidad, y venerar también con entu- siasmo poético, con el de las armonías religiosas, al que hacia bienes por do quier que pasaba. Digno era Escobedo de encomios, y aun de aplau- so, por haber procurado con el celo de las almas ar- dientes, adquirir para sí una ciencia, huérfana en México, vista con desden en su mezquino plan de es- tudios, abandonada á investigaciones estériles y aisla- das, sin ruido, sin aparato, sin prestigio, sin alguno de esos arreos y adornos que atraen y seducen á la juventud, al decidirse por alguna carrera. El ciuda- dano que se levanta sobre los demás por sus medita- ciones, que sobresale en conocimientos útiles, que alcanza y gana para sí una gloria, es una riqueza pa- ra su patria; porque su gloria es el conjunto, es el resultado de la nombradía de sus hijos. Y cuando este ciudadano privilegiado es ademas comunicativo, cuando se difunde como la luz de la atmósfera, cuan- — 12 — do rechaza el egoísmo; esa tentación, esa mancha de tantos hombres notables por su genio; entonces la gratitud pública le sigue, lo acompaña, lo recom- pensa; porque nada es mas propio, nada mas justo, que el que las afecciones y el amor se coloquen en torno del que ha sido todo para todos. Escobedo re- cibió de la naturaleza un talento perspicaz y analiza- dor, una grande aptitud para las ciencias positivas, que felizmente cultivó, dándose á la lectura de las obras maestras; un deseo inagotable de saber, de ob- servar y comprobar, que al fin lo colocaron en una al- tura de reputación, que los rivales no perciben, si no es alzando los ojos. Cuando ya estaba, por decirlo así, repleto de ciencia; cuando la opinión lo habia proclamado el primer médico de la república, sintió el desconsuelo de que no ecsistiera en ella un estable- cimiento de estudios médicos, en que pudieran alec- cionarse los jóvenes aplicados en los adelantos de es- ta facultad, eminentemente progresiva, y en tantos ramos que parecen accesorios y que forman sin em- bargo el complemento de la ciencia. En Escobedo, la fuerza y la constancia de voluntad eran iguales á esas concepciones fecundas y apasionadas que pro- ducían en él un enagenamiento misterioso, y que re- velaban los brillantes secretos de su imaginación. ¡Cuántos embarazos, cuántas ^dificultades hubo de vencer, para dar realidad ásu favorito pensamiento, para mantener y conservar la obra de sus honrosos afanes! Empresa difícil seria enumerar los pasos que Es- cobedo dio, las fatigas que empleó hasta que vio eri- gido en el Establecimiento de ciencias médicas, un mo- numento de gloria para su nación, un monumento mas — 13 — duradero que el bronce: osre peremnius. Asociando á su designio los talentos mas señalados de la facul- tad, á esos filántropos que acertaron á comprenderlo, que supieron felizmente imitarlo, lo volvió inmortal; y no ha terminado Escobedo su apacible vida, sin legar al mundo científico una generación formada, un pueblo nuevo que se dirige por sus inspiraciones, y que se guia por sus ejemplos. Epaminondas, el hé- roe tebano, esclamaba al morir: Dejo dos hijas inmor- tales, Léutres y Mantinea. ¡ Cuánto mas preciosa é inmortal es la hija amada de Escobedo; esa hija de la caridad cristiana y de la beneficencia del fiolósfo, que no arrancó lágrimas á los vencidos, y que llora por la primera vez, ahora que pasó á mejor vida el grande y moderado ciudadano! No porque Escobedo habia proclamado la era fu- tura de la ciencia, descansó en el ejercicio de su vir- tud instintiva: un enfermo, rico ó pobre, era su ami- go; un doliente desvalido el mejor de sus amigos. Así se esplica cómo ha muerto, sin recursos aun para curarse, el médico á quien rogaban el magnate y el poderoso que se acercara á su lecho,«y que recibían como favor, que pronunciara unos cuantos oráculos de esperanza y de vida. Cuando yo observo que los pobres rodean un ataúd, que suspiran y sollozan, que empapan sus andrajos con calientes lágrimas, no ec- sijo ya el panegírico del difunto: la escena muda del dolor, la del sentimiento de los que vinieron al mun- do solo para sufrir y padecer, es el epitafio tiernísimo del que hizo bien en la tierra, y es llotado porque se hunde en ella. Aborrezco yo y me aparto del vulgo profano de los dominadores, de los reyes, y de los aristócratas, para acompañar el humilde cortejo del — 14 — bienhechor de los hombres, cuya muerte no se anun- cia con el estrépito del cañón, con el ruido del clarín de las batallas, con un espectáculo de vanidad y de pompa, con una comedia en que se divierte el pue- blo, como se divertiría en el circo un pueblo de ro- manos, y un pueblo de españoles en una corrida de toros. Como la amistad es el bálsamo de las heridas del alma, no podia dejar de ser buen amigo un médico filosofo, que estudiaba con el sentimental Alibert la teoría enredada é incomprensible de las pasiones; origen, causa mil veces desconocida de atroces do- lencias: el mal del hombre está en su corazón, aun cuando se encierra en el círculo de las relaciones privadas; mas si se entrega á la tormentosa vida po- lítica, á esa vida de ilusiones y de crueles desen- gaños, entonces son indefinibles sus padecimientos, porque el alma no aumenta su sensibilidad, mas que para ensanchar la esfera de sus tormentos. Escobe- do era amigo de cuantos lo trataban con alguna fre- cuencia, y estaba dispuesto á serlo de todos los que le brindaran con este título, que no era para él mas que una aplicación de su benevolencia para con to- dos los hombres. Honrado yo, como tantos otros, con Ja amistad de D. Don Pedro Escobedo desde mi tem- prana edad, puedo asegurar que era una amistad muy valiosa, una amistad que para con el poderoso no se confundía con la mezquina adulación, ni para con el desvalido con la protección insultante y desdeñosa de los que consideran como un obsequio, como don de bondad, una palabra y una sonrisa que se mues- tran sobre los labios, para anunciar un sentimiento de desprecio. ¡Cuánto recuerdo aquellos ratos, en que — 15 — nuestras almas se estrechaban, y en los cuales él ve- nia á registrar en mi pecho úlceras ocultas y dolores ignorados! Arrebatado Escobedo por el movimiento político de su reposada y filosófica vida, no se mezcló en los negocios de estado, si no fué para predicar la tole- rancia á los depositarios del poder, á los hombres de partido, á cuantos podían hacer el bien ó el mal, endulzando ó agriando esas cuestiones que natural- mente se tratan y deciden con violencia. Su espíritu abundaba en espedientes y en invenciones para per- suadir, y para que otros participaran de sus convic- ciones, siempre profundas; de sus sentimientos siem- pre generosos. Aunque la ecsageracion lo combatía, aunque le salia al encuentro para detenerlo en su carrera, él sin odio y sin enojo, multiplicaba sus lau- dables esfuerzos, coronados con mil triunfos, que su modestia sepultaba en el olvido. Era Escobedo libe- ral: ¿cómo podía no serlo un ciudadano de talentos tan privilegiados, que profesaba los dogmas de un siglo ilustrado, que era el director de esa juventud tan ávida de mejoras, de esperanzas y de gloria? Mas era liberal tan templado como su carácter: el progreso que buscaba con ansia era el progreso posi- ble, porque nunca gustó de viajar por el pais de las quimeras. El conocía que las preocupaciones enve- jecidas en las costumbres y en los hábitos de los pue- blos, no se arrancan sin pena y sin dolor en un solo dia; y que la prudencia aconseja que las grandes re- formas sociales se preparen con estudio y discreción. Como Escobedo jamas desesperó de la causa de la patria, reemplazaba sus desengaños con nue- vas esperanzas: instaba, rogaba, amenazaba tam- — 1(3 — bien, y obtenía su fin, cambiando, modificando sus medios. ¿Y morirá este hombre singular sin que le dispen- sen entera justicia sus contemporáneos y sus amigos? ¡No! la ciudad de México, esta Babilonia inmensa de pasiones, se asocia con entusiasmo al duelo y al llan- to de los sabios, de los filántropos, de esa juventud inspirada que encierra al mundo en su imaginación ardiente y creadora. ¡Dichoso el hombre cuya me- moria no se disipa con el polvo de sus huesos! ¡Di- choso el ciudadano que amó á sus semejantes, y fué amado por ellos! ¡Dichoso el patriota que empleó su vida sin mancha en objetos de utilidad pública! ¡Di- choso D. Pedro Escobedo, porque honró á su nación, y porque le sobreviven sus laudables ejemplos! Re- cibe, amigo de mi corazón, en estas líneas que mas de una vez borraron mis lágrimas, el doloroso tribu- to de mi gratitud. Allá, en esa región de bienaven- turanza que habitas, y que fué siempre tu patrimo- nio, acuérdate de la orfandad en que nos dejas; y co- mo tu ruego ha de ser muy grato al que ha prometi- do misericordia para el que misericordia usare; píde- le por tu patria, cuya suerte aun se esconde en un porvenir incierto; pídele por la juventud dorada que educaste en el amor de la virtud y de la ciencia; al- cance los destinos de gloria que en tus ensueños de felicidad contemplaste como ciertos. Goza, goza Escobedo, de la dicha perennal de los justos, de los bienhechores de los hombres. ¿Quién de ellos no aplaudirá tu nombre? México, Febrero 12 de 1844.—José María Tornel. \sr -------------£---'S-v—*---->---------------------7 A DON PEDRO ESCOBEDO, AL SAME, SU (DABAVEB, BE JALAPA. Llegó la fatal hora de tu partida, cadáver del me- jor amigo. Te alejas para siempre de Jalapa, de este pais adonde el alma que encerrabas se desprendió de los lazos que á tí la unian para volar á la eternidad. Á Dios: vé á México para recibir allí los últimos ho- nores que la amistad y la gratitud deben ofrecerte. ¡Ah! ¡qué triste desconsuelo se apodera de mí en este momento! ¡Mexicanos! llamaos felices, pues al menos vais á poseer las cenizas del mas benéfico de los hombres. Vosotros las tendréis allí, á vuestro la- do, iréis á visitar su tumba, leeréis la lápida que re- vele á las generaciones sus virtudes, y este recuer- do, si bien triste y sensible, no carecerá de placer. Pero yo no tendré ni aun el consuelo de derramar una lágrima sobre su sepulcro: lleno de tristes recuer- dos, sin un lugar que llame mi atención, sin un obje- to que pueda fijar mi vista, mi alma vagará errante, y su pesar será mas intenso, porque no podrá decir: "Aquí está el objeto que causa mi dolor, aquí el lu- — 18 — gar donde se encierran los despojos queridos que sir- vieron de albergue á una alma pura y sublime." Nada me quedará de tí, amigo querido, sino la me- moria de tus virtudes y de tus padecimientos. Aque- llas me recordarán siempre al hombre sabio y bené- fico que tantos bienes hizo á la humanidad; y estos llenarán de tristeza mi ecsistencia porque me mani- fiestan que en esta miserable vida, ni la virtud ni el saber libran á los mortales del dolor y el sufrimiento. Sin embargo, esos penosos recuerdos permanece- rán grabados en mi corazón mientras viva: ellos re- novarán en mí la idea de que hubo sobre la tierra un ángel en figura de hombre, cuyas virtudes son dignas de eterna memoria. Yo las tendré presentes, Escobedo querido, por- que ellas serán la guia mas segura de mis acciones y el mejor norte de mis sentimientos. ¡Feliz si algún dia consigo imitarte! Jalapa, Febrero 8 de 1844.—/. M. Mata. A LA MEMORIA DE DON PEDRO ESCOBEDO. Pobre mi talento, es incapaz de tributar á tu me- moria los homenages que justamente merece; pero los sentimientos de mi corazón, hijos de la tierna amistad que te profesé, movidos por la gratitud que te debo, me obligan á desahogar en estas líneas la tristeza que tu pérdida me ha causado. Yo, que presencié los padecimientos que sufriste — 19 — en los últimos dias de tu penosa ecsistencia, fui testi- go también de la sublime resignación y de la celes- tial paciencia con que apuraste el cáliz del dolor y la muerte. Ni un solo ¡ay! ni una sola palabra que indicase el despecho ó la impaciencia, salió jamas de tus labios: asomaba, al contrario, en ellos la son- risa de los ángeles; y cuando esforzabas tu voz, de- bilitada ya por los sufrimientos, para dirigirme la pala- bra, se notaba aún en ella aquel estilo afable, aquella persuasión seductora con que encantabas á tus dis- cípulos, cuando reunidos á tu rededor, oíamos llenos de placer, los sabios preceptos y las prudentes mác- simas con que enriquecías nuestra inteligencia. Después, cuando se acercó la hora fatal en que ibas á abandonarnos, tú gozabas la tranquilidad de los justos; y la transición á otra vida, no fué para tí sino un sueño tan dulce como el de la inocencia. En los momentos en que tu alma pura estaba próc- sima á elevarse al seno de la Omnipotencia, yo acu- saba, turbado por el dolor, á la Providencia, porque al llevarte consigo nos privaba del benefactor mas apreciable de la humanidad, del apoyo mas firme de la ciencia, y del mejor y mas desinteresado amigo. Pero no: tú no debías estar mas tiempo en este mundo de maldad y perfidia; tu alma sublime debia solo permanecer en la tierra el tiempo necesario pa- ra que los hombres conociesen en tí el modelo de las virtudes: tu misión estaba cumplida, y el Señor se apresuró á arrancarte de este lugar de miserias, para darte el premio que merecías. Goza, pues, tierno amigo, de la inapreciable felici- dad que posees; regocíjate en el seno de Dios, mien- — 20 — tras nosotros lloramos tu partida; y desde esa man- sión divina en que te hallas, dirige tus miradas hacia México, tu patria querida, y por cuyo engrandeci- miento tanto te afanaste. Pide al Eterno por la fe- licidad del pais que te vio nacer, de este pais que podrá decir con noble orgullo: ¡Escobedo fué hi- jo mió! Jalapa, Marzo 2 de 1844.—José María Mata. ir* ==1^ =H EN EL SIGLO DEL DÍA 12 DE FEBRERO, DIJERON SUS EDITORES LO SIGUIENTE: El cadáver del Sr. D. Pedro Escobedo llegará á esta capital el 13 del actual, y será depositado en la iglesia de San Lázaro. En punto de las cinco de la tarde del mismo día será conducido para el nacional y mas antiguo colegio de S. Ildefonso, en donde era catedrático de medicina. Los deudos y amigos del Sr. Escobedo que tienen coche, se han convenido en reunirse en el espresado templo, con objeto de acom- pañar al difunto y entregarlo en dicha casa de estu- dios, para que sea depositado en su capilla, en la que el 14 se aplicarán misas rezadas por su alma. El Escmo. é Illmo. Sr. D. Joaquín Fernandez Ma- drid, obispo de Tenagra, como presidente de la cá- mara de senadores, convidará para el entierro. El 15, á las nueve de la mañana, se reunirá el duelo en S. Ildefonso, incorporándose en este cole- gio el de S. Gregorio, y comisiones de los colegios de Minería y Militar, del Consejo de Salubridad, de las academias de San Carlos, Medicina y S. Juan de Letran, de la Compañía Lancasteriana y del Ateneo, y los numerosos amigos que supo grangearse el Sr. — 22 — Escobedo. La comitiva será presidida por el Escmo. Sr. D. Manuel Baranda, como presidente de la Di- rección general de estudios. El cuerpo será llevado á la iglesia de Ntra. Sra. de la Merced, por las calles de San Pedro y San Pa- blo, del Indio Triste, Puente del Correo Mayor y de la Merced. El nacional y primitivo colegio de S. Juan de Letran recibirá en la puerta de dicho tem- plo al acompañamiento. De conformidad con lo prevenido en el reglamen- to del cuerpo legislativo, una comisión del senado, compuesta de los Sres. D. Juan Rodríguez Puebla, D. Luis G. Cuevas, D. Manuel G. Pedraza, Dr. D. José María Aguirre, D. Francisco García Conde y D. Bernardo Couto, asistirá al funeral, ocupando el asiento principal. Concluida la parte religiosa, se di- solverá la comisión, y el duelo regresará á San Ilde- fonso, en donde será recibido por el colegio Semina- rio. El Escmo. Sr. D. José María Tornel, como pre- sidente de la Junta Directiva del colegio de San Il- defonso, recibirá en el general del establecimiento el pésame del Seminario, Letran, Minería, Colegio Mi- litar y San Gregorio. Las comisiones de la Junta Directiva general de estudios, del Consejo de Salubridad, de la academia de San Carlos, de la Compañía Lancasteriana, de la Academia de Medicina, de la de San Juan de Le- tran y del Ateneo, pronunciarán arengas encomiás- ticas, y el Sr. D. Manuel Carpió, catedrático de Me- dicina, dirá una oración fúnebre. Este acto augusto de ternura, estimación y amistad, concluirá con la contestación del Escmo Sr. D. José María Tornel. Sabemos que hay lugar designado en las barandi- — 23 — lias del general, para que se pronuncien las arengas, de modo que puedan ser oidas de toda la concurren- cia, y que la pieza estará adornada de una manera patética y elegante. También se nos ha informado que una comisión ha de invitar á las familias que habitan las casas del tránsito del entierro, para que pongan en los balco- nes cortinas blancas con lazos negros. Si los editores del Siglo XIX no tuviéramos la con- vicción de que al mérito positivo del Sr. Escobedo corresponde una estimación pública positiva, nos es- forzaríamos á invitar á los habitantes de la capital para que hicieran demostraciones sentimentales por la pérdida de un médico hábil y de un ciudadano virtuoso; pero estamos palpando la estimación públi- ca que gozaba el Sr. Escobedo, y solo debemos unir nuestros votos y esfuerzos á los de nuestros conciu- dadanos, por la sensible muerte que á todos nos afecta. EN EL DÍA DE LOS FUNERALES, 15 DE FEBRERO, PUBLICÓ EN EL SIGLO EL SIGUIENTE ROMANCE. CONSUELO DE LA AMISTAD. Ven, genio del dolor, ven á inspirarme El lenguaje sublime y espresivo Con que declare la amargura y duelo Que oprime, con razón, el pecho mió. A tí te invoco, y con tu fuego santo Alentada mi voz, que ahoga el suspiro, Haré que escuchen todos los afectos Q,ue con violencia en mi interior reprimo. Lloraré con la patria entristecida El estrago fatal de un bien perdido; Ella deplora un bienhechor constante, Y yo un virtuoso, fiel y tierno amigo. A tí, Pedro Escobedo, á tí lloroso Mi fúnebre plegaria te dirijo; Y tú, inmortal, escuchas el tributo Q,ue de amistad á tu memoria brindo. ¡Amistad.... amistad!.... don venturoso, Don que en tí el cielo me otorgó propicio; Pasaste ya cual fugitiva sombra Q,ue huyera mas veloz que el rayo vivo. ¿Y qué me queda ya? Tristes recuerdos De aquel tiempo feliz, en que conmigo Tus ideas vigorosas esplayabas En franco, amable y seductor estilo. — 25 — Los íntimos secretos de mi pecho No te fueron jamas desconocidos, Y tú también á mí me revelabas Con ingenuo lenguage tus designios. Eran cual de un oráculo las voces Que dirigió tu labio á mis oidos: Dócil á tus preceptos me mostraba, Y cuando yo estraviaba en mis caminos, Tus luces me indicaban los senderos Que al écsito feliz me guiaban fijos. No fué un casual suceso el que te indujo Al trato dulce que te unió conmigo; Fué un simpático impulso que animaba Aquel encantador, suave prestigio Que en tu alma tuvo siempre el arte hermoso Que con tareas y afanes yo cultivo. ¿Por qué arcano quisiste, Ser Eterno, Que yo hallara un virtuoso y buen amigo Para que apenas tanto bien probase Tuviera de perderlo el cruel martirio? Yo adoro tus decretos soberanos, Yo ante tu trono con piedad me humillo, Y escucho por do quiera el duelo amargo Que por tan triste causa se ha esparcido, Al ver que un ser benéfico é ilustre, Como un astro en su ocaso hundió su brillo. ¿Y quién podrá olvidar las cualidades Con que el genio del bien dotó prolijo, De su alma generosa, noble y pura, El' ser que con un fuego no estinguido Puso á sus pies los viles intereses Desdeñando del mundo el falso brillo? El se ganó, mas no con viles modos, Entre los magistrados un prestigio, Del que no usó jamas en medra suya; Antes bien, generoso y decidido, — 26 — Fomentó un instituto de su ciencia, Que con su influjo y eficaz ausilio, Planteando sus reformas, logró verlo En estado normal, seguro y fijo. Callen ruborizadas ya las lenguas De seres degradados y mezquinos, Que intenten empañar de este hombre ilustre El esplendor acrisolado y limpio. Imítenlo mas bien, al ver que espira Sin fausto y sin riquezas, cuando es visto Que otro ser menos noble y generoso, Con su arte, su talento y su prestigio, Corriera en pos del oro y de los puestos, Haciendo grangería de los destinos: Las bellas artes, las sublimes ciencias Veian en él un partidario activo; La humanidad, un padre cariñoso; La indigencia, un seguro y dulce asilo; La patria, un ciudadano honrado y justo; La religión, un respetuoso hijo; La libertad, un defensor heroico; Y en fin, la ilustración un fiel adicto. Este cuadro brillante que he trazado Del personage cuya falta gimo, No es la dulce amistad quien le engalana Con supuesto matiz el colorido; La fama ilustre de sus claros hechos, De que un gran pueblo fué feliz testigo, El número cuantioso de personas Que aun disfrutan por él mil beneficios; Estos ecsaltan mas que yo sus glorias, Estos dejan mi cuadro deslucido; Y al oir de la verdad el fiel lenguaje Quedan sus adversarios confundidos. Pedro feliz, amigo predilecto, A tí otra vez mi triste voz dirijo; — 27 — Esa región que habitas venturosa, No es como en la que llora este tu amigo, No es la triste morada de la muerte Que tú dejaste por mejor asilo; Es la mansión hermosa de los justos: Al contemplarte en ella me glorío; Mas al mirar sin vida ya tus restos Mi dolor crece y crece mi martirio: Te busco en vano, y tu sombra me huye Dejando desolado el pecho mió. Mira desde la bóveda celeste Donde tienes tu asiento peregrino, Mas allá de los astros y planetas, La tierna conmoción de tus adictos, Causada por la fiera y dura muerte Que de tu amable vida cortó el hilo, Después que tu paciencia prodigiosa Te labró una corona en el empíreo. Mira como hacen que tus restos vuelvan Al teatro dó tu genio esclarecido, Desplegó de tu ciencia y tus virtudes Los grandes y oportunos beneficios. En pompa funeral van tus despojos Al lúgubre sepulcro conducidos: Gratitud y amistad los acompañan, Ambas unen sus tonos doloridos, Consagrando á tu plácida memoria Un público tributo de cariño. Yo marcho tras del lúgubre aparato, Tiernos mis ojos y en tu cuerpo fijos, ¡Te miran yerto!.....tiemblo......me estremezco, Y en dolor silencioso sumergido, Mi alma se eleva donde está la tuya, Tu falta lloro y tu ventura envidio. Sellando con mi labio +u sepulcro, Allí mi amor y mi amistad imprimo, Y queriendo trazar tu amable nombre, Beneficencia, dejo en él escrito. México, Febrero 15 de 1S44.—Miguel Mata y Reyes. )y ^y=^==^ Composiciones colocadas en el primer cuerpo del ca- tafalco Q.UE SE LEVANTÓ EN LA IGLESIA DE NUESTRA SE- ÑORA DE LA MERCED PARA LAS ECSEQ.UIAS DEL SR. D. PE- DRO ESCOBEDO. Frente. DILECTUM jESCULAPII FILIUM ómnibus OMNIA pactum PETRTJM DE ESCOBEDO SCIENTIA ILLUSTREMj CHARITATE INS1GNEM OBITUM DIE XXVIII JAN. ANN. DOM. MDCCCXLIV LUGEANT MEDICI DEPLORENT -gSpSSoS^— ~€ CONTESTACIÓN QUE DIO EL ESCELENTÍSIMO SEÑOR DON JOSÉ MARÍA TORNEL Á NOMBRE DEL COLEGIO NACIONAL DE SAN ILDEFONSO, Á LAS COMISIONES QUE ASISTIERON A LOS FUNERALES DEL SR. DON PEDRO ESCOBEDO. La Junta de gobierno del Colegio nacional y mas antiguo de San Ildefonso, acogiendo el duelo, el do- lor y el llanto de las corporaciones científicas, de las cuales fué el ciudadano Pedro Escobedo glorioso or- namento de los hombres filantrópicos, que le recono- cen como insinuante modelo de la juventud entu- siasta y progresiva, cuyo maestro y padre ha sido, contrae la obligación, dulce y penosa á un tiempo, de tributarles gracias porque acaban de regar flores inmortales sobre la temprana tumba de uno de esos seres misteriosos que envía la Providencia al mundo para manifestar su bondad, y que los retira para es- presar su indignación y su enojo. — 76 — Entre todos los pueblos y en todas las religiones, el amor, la gratitud, el patriotismo, y hasta la vani- dad, han consagrado por medio de funerales, la tier- na despedida de los que fueron nuestros compañeros en la peregrinación de la vida, y que nos preceden algunos fugaces años en la senda de la inmortalidad, á donde se entra por el sepulcro. En la historia de la civilización y en la de los cul- tos, los egipcios fueron los primeros que respetaron á los difuntos, que construyeron monumentos á su memoria, para recomendar y perpetuar sus virtudes. Ellos introdujeron la costumbre de las ropas fúne- bres; ellos comenzaron á luchar con las leyes impe- riosas de la destrucción, embalsamando los cadáve- res; ellos, en fin, estableciendo el juicio solemne de los muertos, inspiraron, ó al menos fortificaron el deseo de merecer un nombre postumo, legado y he- rencia preciosa de las familias. En el violento curso de los siglos, jamas se dio una lección mas alta de moralidad, que cuando se entregaban los cuerpos de los mismos reyes al pueblo, para que concediera d negara el honor de la sepultura. El pueblo judaico, colonia del Egipto, no permitía, según refiere la San- ta Escritura, que los reyes malvados de Israel, es- condieran sus huesos y su oprobio en los túmulos de sus mayores. Los títulos, la grandeza, el nacimiento, no eran el objeto de las alabanzas, porque estos son dones del acaso ó de la fortuna; el mérito personal, el respeto á la Divinidad, la justicia para con los iguales, los servicios al estado, la beneficencia sobre todo, eran en el Egipto los únicos títulos para reco- — 77 — mendar que el difunto fuera admitido en la compa- ñía de los justos en la mansión de bienaventuranza. Atenas, y después toda la Grecia, estableció pú- blicos funerales para los que morían en la guerra. Se esponian los huesos de los muertos bajo una tienda, y la piedad de los ciudadanos los cubría con flores, y se quemaban inciensos y perfumes: cada tribu pre- paraba un carro en que se colocaba un atahud de ci- prés, y habia un vacío que se llama Cenotafio, para ilustrar el nombre de los difuntos, cuyos cadáveres se habían perdido. Los parientes, los amigos, los ciu- dadanos, se dirigían con paso grave y mesurado has- ta el Cerámico; estenso y hermoso campo en que se enterraban los beneméritos de la república, menos los que fallecieron en la espléndida batalla de Mara- tón, á quienes se distinguió con la honra de ser se- pultados en el mismo teatro de la guerra. Y cuando murió el grande Alejandro, se sorprendieron y es- candalizaron los griegos de la pompa y aparato tea- tral de sus funerales, que tanto desdecían de las cos- tumbres tiernas y sencillas de un pueblo libre, que no sabia estimar mas que el patriotismo y la virtud. Los funerales eran entre los romanos, en ese pue- blo de escándalos y de virtudes, una ceremonia sa- grada y augusta. Era un deber de los esposos, de los padres, de los hijos, ó de los parientes mas cercanos, imprimir el último beso en los labios del moribundo, como para recibir su alma; y después con mano tré- mula le cerraban los ojos y la boca. Congregada la familia al derredor del lecho, seguía la imponente costumbre de llamar una, dos y tres veces al difun- -78- to, como para rogarle que volviera á la vida, para consuelo de sus deudos ó de sus amigos: si el muer- to era una persona caracterizada, sonaban á sus oí- dos trompas y vocinas, lisonjeando así las débiles esperanzas de resurrección. Entregado el cuer- po á los libitinarios y á los polinctores, lavaban el cuerpo con agua caliente y lo embalsaman con per- fumes: lo vestían después de blanco, lo esponian por siete dias en el vestíbulo de la casa, y en la puerta se encontraban ramas de pino y del melancólico ci- prés. Los parientes y Jos amigos eran el cortejo en las esquinas; asistía el pueblo si el difunto habia servido dignamente á la patria, y los militares y lic- tores, si la habia defendido con Jas armas en la ma- no. Delante del lecho, cubierto de púrpura, se po- nían los emblemas de las dignidades y empleos de que habia disfrutado; y se llevaba también su busto de cera, á no ser que por algún crimen público se le privara de este modesto recuerdo. Las personas ilus- tres eran encomiadas en la plaza pública, lo que se llamaba laudare pro roslris, y se les conducía á la hoguera, ó á la sepultura, adornándolas con ciprés y con flores. Las cenizas se guardaban en una urna, mas ó menos preciosa, y los cadáveres que no eran quemados, en los caminos públicos á la entrada de las poblaciones. Terminados los honores fúnebres, el sacrificador, con una rama de olivo, hacia asper- siones sobre los concurrentes; y éstos se despedían tres veces del difunto, y le prometían acompañarlo cuando pluguiera á la naturaleza, vale, vale, vale, nos te wdine quo natura valúen sequemur. — 79 — Los judíos, aunque dispersos en el mundo, por uno de esos arcanos incomprensibles de la revelación mantienen intacta su nacionalidad, sus penas y sus dolores, sus hábitos y sus costumbres. Lavan ellos sus difuntos con agua de rosas, los cubren con ropas negras, y los llevan sobre sus espaldas hasta el cam- po fatídico que nombran Bethachaim, casa de los vi- vos, en testimonio de que está en sus convicciones el dogma profético y consolador de la inmortalidad del alma. Al llegar á la fosa, diez de los dolientes dan vueltas siete veces en derredor de ella, recitan- do preces, en el mismo idioma con que lamentaron sus mayores, sentados á orillas de un rio, y bajo las sombras de los sauces, la pérdida de su amada Je- rusalen. El pariente mas cercano rasga sus vestidos, los demás arrojan tierra en el sepulcro, y al retirarse arrancan una poca de yerba, y cantan el versículo 16 del Salmo 62: Ellos florecerán en las ciudades, como la yerba de la tierra. Jesucristo bendijo el sepulcro con el grande mila- gro de la resurrección, y los creyentes, desde los primeros tiempos de la Iglesia, santificaron el último asilo del hombre. Tertuliano refiere que embalsa- maban los cadáveres como los egipcios; los enterra- ban según el uso de los judíos, encendían antorchas, como símbolo de la vida del alma, é introdujeron los egapes, ó sea festín de los pobres, porque Ja caridad y la misericordia fueron el legado y el ejemplo del maestro celestial. Mas los cristianos, estableciendo la conmemoración anual de los difuntos, eternizaron su memoria, conservaron frescos los recuerdos de — 80 — sus hechos y de sus virtudes, dieron á la conciencia un centinela de moralidad, dejaron abierta esa heri- da tantas veces reproducida en nuestros corazones, y que cada año nos obliga á derramar nuevas lágri- mas de piedad, de compasión y de ternura. Multi- plicando la muerte sus víctimas, se nos coloca antici- padamente en el borde de ese abismo en que todos nos hemos de perder, en ese abismo que separa el tiempo de la eternidad, en el del sepulcro. ¡Felices los que creen, felices los que esperan, en el Dios que habiéndonos sacado de la nada por el imperio de su voz, nos ha prometido la inmortalidad, después del sueño de nuestros transitorios dias! La religión de los sepulcros, esa uniformidad con que los pueblos tanto antiguos como modernos hon- ran, como á competencia, los restos venerables de los difuntos, prueba á despecho del ruin ateo, que la in- mortalidad del hombre no es una vana y fantástica teoría. "La natural tendencia, decia un filósofo, ha- cia el futuro, es tan inseparable del hombre, que lo acompaña durante su vida aun en el seno de la mis- ma felicidad, que no puede ser completa, porque un impulso secreto lo lisonjea con nuevas esperanzas de una época futura, que se toca y que se aleja. Este disgusto, este cansancio de la vida, que sorprende al hombre en medio de sus placeres, es un recuerdo de la parte mas noble de nuestra ecsistencia, que jamas ha de morir." Y si alguno negare que la inmortalidad del espíritu es el dogma mas antiguo y mas univer- sal del mundo, que observe el acuerdo sentimental de todos los pueblos y naciones, las cultas y las bar- — 81 — baras, sin escepcíon alguna, en suponer que la muer- te es una temporal ausencia, y que los obsequios tri- butados á los deudos y amigos en el viage al sepul- cro, son méritos que recompensarán cuando vuelvan á unirse en otra vida mas afortunada. ¡Oh muerte! ¿Dónde está tu victoria? La inmor- talidad es la esperanza del que fallece y la del que sobrevive. ¡Cuan horribles serian los últimos mo- mentos del hombre, si al estinguírse sus fuerzas, ima- ginara que iba á desaparecer en la nada! ¡Cuan gran- de, cuan profundo seria el sentimiento del padre y del hijo, del esposo ú de la esposa, del hermano ó de la hermana, de los parientes y de los que han es- perimentado los gratos consuelos de la amistad, si pronunciaran un eterno adiós á los caros objetos de su amor y de su cariño. La creencia, pues, de la inmortalidad del alma, un dogma de la religión y de la filosofía, ha inspirado constantemente el deseo de multiplicar los afectos y las muestras de respeto y consideración á las perso- nas que mas amamos, cuando ha sonado la hora su- prema para ellas. Y hay una virtud apacible y tier- na, que se llama gratitud, que agita el pecho, que ar- ranca lágrimas de los ojos, que nos conduce suave- mente hasta la tumba, que va á encerrar tantas me- morias, tantas virtudes, tantos beneficios que endulza- ron las amarguras de nuestra trabajosa vida. Los ho- nores sepulcrales son la esperanza y la inmortalidad del cuerpo; y esa aspiración de las almas generosas á escitar y preparar el duelo de la muerte, es un estí- mulo enérgico para la beneficencia, porque no son 11 — 82 — llorados mas que los bienhechores de los hombres; para las grandes acciones en servicio de la patria, porque un pueblo entero es el cortejo del sepulcro del ciudadano que consagró sus dias al mas elevado de los deberes sociales. Leónidas y sus trescientos campeones murieron en defensa de la libertad de la Grecia; y hubieran muerto cien veces mas, por me- recer el bello epitafio de Simódínes. Ilustres ciudadanos, que os habéis congregado á honrar las cenizas de Escobedo, vosotros poseéis la filosofía de la historia, la ciencia de las secretas dul- zuras de la muerte del sabio, del filósofo y del cris- tiano; ese amor subhme á la patria, que convierte en su provecho hasta las desgracias que tristemente de- plora. La muerte pierde su torvo ceño, cuando se con- centran todas las afecciones para lamentar la desa- parición de un ser bienhechor. Si Escobedo, des- de la morada con que Dios recompensa al justo, lanza ahora una mirada y llega hasta nosotros, como rayo de luz de un nuevo astro, que se presenta en los cielos, él mismo se complacerá al observar estos testimonios de amistad y de ternura; saludará á sus amigos, querrá llorar con nosotros, se asociará á esta fiesta de la patria, y se acercará para decirnos: Obrad como yo, para que Dios os premie como á mí: vosotros también me habéis recompensado: imitadme. Y la imitación de Escobedo ecsige una vida ente- ra de beneficencia. El amor á los hombres nació con él, y si cultivó con tanto afán, constancia y esmero la ciencia que alarga la ecsistencia y alivia las penas y — 83 — dolencias del hombre, fué porque solamente así le era posible satisfacer á sus nobles instintos. Quiso y lo- gró ser eminente en su facultad, porque al sabio se multiplican los recursos, y una razón superior secun- da sus filantrópicas intenciones. Jamas pensó en con- vertir sus triunfos en la ciencia, en humillaciones de otros; su designio era ilustrar y no ofender; buscaba homenages para la verdad, y no trofeos para su or- gullo. Enemigo de discordias, de odios y de rivali- dades, se ejercitaba en conservar la paz y la unión entre sus compañeros; y á los pequeños insultos que alguna vez recibió, oponía la alegría de su humor y la moderación de su trato. Su bondad obligaba á amarlo, sus esclarecidos talentos á respetarlo, y la fir- meza de sus sanos principios á temerlo, porque el reproche de una virtud constante es el mayor susto para el malvado. No contento Escobedo con la estension de su pro- pia ciencia, concibió y resolvió reunir todos sus ra- yos en un centro común, creando el Establecimiento de ciencias médicas. El pensamiento de la posteri- dad es el de las almas elevadas, y Escobedo, que ansiaba porque sus beneficios á los hombres le sobre- vivieran, no podía prescindir del filosófico intento de comunicar sus conocimientos superiores y los de sus dignos amigos, á esa juventud que me escucha y que solloza, y que está llamada por su vocación, por las tendencias del siglo y por el bien de la patria, á ser su esperanza, su gloria y su ornamento. ¡Oh! ¡Cómo es interesante la muerte del sabio que supo reprodu- cirse! El sentido lloro de los discípulos de Escobedo, — 84 — es el de los hijos en la ausencia lamentable de su bondadoso padre. El hombre que introduce una cien- cia, ó la perfecciona, es un nuevo Tritolemo, que cul- tiva la inteligencia y mejora la condición social del mundo. ¡Cuan acreedores son al reconocimiento pú- blico esos seres que aparecen como antorchas en la oscuridad de los siglos! Y cuando el modesto ciudadano, cuyo sepulcro se ha cerrado para siempre, nos ha legado las lecciones de una prudencia austera; cuando su corazón, abier- to y franco, ha amado á nuestra patria desventurada con la pureza y la vivacidad de los espartanos, justo ha sido este duelo nacional, que representan las ar- tes y las ciencias, demandando para su nombre la fama postuma de los héroes. Sí, de los héroes; por- que los Alejandros y los Césares, los Federicos y los Napoleones, mancharon con sangre el laurel de su gloria, simpatizaron con las pestes y conmovieron la tierra; mientras que el filantrópico y el buen cristiano han marcado sus breves y risueños dias con actos de beneficencia y de caridad, y dejan en pos de sí la huella de la virtud, y la plácida remembranza de los justos. Escobedo ha sido juzgado ya, y sentenciado por la generación contemporánea. ¿No están proclaman- do nuestras lágrimas los hechos de su pura, sensible y patriótica vida? ¿Qué nos resta? Pedir humilde- mente el descanso de su espíritu, entre tanto suena el arcángel de los misterios la trompa que anunciará, al fenecer la serie de los siglos, la destrucción del imperio de la muerte. — 85 — La memoria de Escobedo produce un estímulo im- portante para las bellas acciones. ¿Quién no ape- tecerá imitarlo, al advertir que todas las celebrida- des, todos los talentos de la gran capital, conspiran á rendirle los homenages de su admiración y de su respeto? Faltaba á México el Liceo del sepulcro: hoy se ha abierto para todas las aspiraciones genero- sas, y no envidiaremos ya, ni á los egipcios ni á los griegos, ni á los romanos, ni á los judíos, las ceremo- nias fatídicas con que amenizaron y suavizaron esa senda que se pierde en los senos impenetrables de la eternidad. El Colegio nacional de San Ildefonso comenzaba á gozarse, por la incorporación de la facultad médi- ca en este seminario antiguo de talentos y de sabios, cuando le arrebata la muerte á un nuevo socio, ca- paz de fundar por sí solo una reputación y una gloria. Así pasa la de este mundo, así caen las hojas de los árboles, así rompe el aquilón las flores, así disipa las arenas en una playa desierta el viento de la adversi- dad. ¡Permita Dios, dispensador supremo de la vida y de Ja muerte, que la muy dolorosa del Sr. D. Pe- dro Escobedo sirva de útiles desengaños y sus dulces memorias de constantes ejemplos!—Dije. ^_________===^ I RECUERDOS DE Mi primer cuidado en el momento que llegué á Jalapa, fué el de informarme de la casa que habita- ba D. Pedro Escobedo. Se me indicó, y fui en el acto. El tiempo habia estado húmedo y nebuloso, y los males del enfermo se habían agravado considerable- mente. Su cabeza estaba en un estado de debili- dad tan grande, que los facultativos que lo asistían prohibieron aun á su misma esposa y parientes, que le hablasen; así es, que me retiré sin verlo. Al dia siguiente volví, y como continuaba grave, también me fué imposible saludarle. Dejé pasar al- gunos dias, siempre informándome del estado de sus males. Una mañana, Jalapa descorrió el espeso velo de nubes que habia tenido por muchos dias, el sol apa- reció espléndido y radiante en un cielo azul, y yo — 87 — pensé naturalmente que el cambio de temperatura influiría en la mejora de la salud de Escobedo. Fuí- me, pues, á su casa, y supliqué que le entregaran una tarjeta de visita, pues me era imposible resistir al deseo que tenia de verle y de saludarle, según me lo habían recomendado sus amigos. Luego que vio mi nombre, dio orden que me in- trodujeran á su recámara. Es necesario haber visto, ó al menos tener idea de esas primorosas casitas de Jalapa, aseadas y ale- gres, con su patio lleno de naranjos, guayabos y flo- ripondios, para valuar el contraste que presentaba tanta pompa y tanta hermosura de la naturaleza, con el estado de postración y abatimiento del pobre en- fermo. Su catre estaba colocado frente á una ven- tana entrecerrada; pero que sin embargo, dejaba ver á los naranjos de esmalte cubiertos de frutos de oro, mecidos suavemente por la brisa aromática que de tiempo en tiempo soplaba. En ese lecho de dolor, estaba recostado entre almohadas Escobedo. Eran muy bien aquellas facciones marcadas y espresivas de su rostro; pero ¡cuan hundidas estaban sus megi- llas, cuan tristes sus ojos vivos y radiantes en los dias de su salud, cuan cárdenos aquellos labios, y aque- llos contornos de los ojos y carrillos! Luego que me vio, quiso incorporarse en el lecho, é intentó tenderme sus brazos desfallecidos. —Mucha pena causará á vd., me dijo, abrazar á un enfermo; pero me dicen que viene vd. á visitar- me de parte de mis amigos de México, y es preciso que reciban vd. y ellos, esta muestra de que en me- — 88- dio de mis dolencias no se han apartado un instante de mi memoria. Tómele los brazos y le ayudé á ponerles en mi cuello: por mi parte tomé con los mios su noble fren- te, y la puse sobre mi hombro.—Su vista de vd., con- tinuó con voz pausada, me ha causado una emoción indefinible: necesito llorar. Reclinó su frente en mi pecho, y lloró abundantes lágrimas. En cuanto á mí, no sé lo que me sucedía; estrechaba yo en mi corazón á este hombre tan emi- nentemente sensible, con la emoción que pudiera ha- cerlo con una querida. No digo que lloré, porque todo el mundo se lo supondrá. Cualesquiera hubie- ra llorado en mi lugar. Si Escobedo hubiera tenido enemigos, sus enemigos habrían en este caso llorado con él. Eran las lágrimas sublimes y sinceras de un hom- bre que se despide de la vida; el postrer lamento que consagraba á la amistad, el que iba á hundirse para siempre en la tumba. Esto desgarraba el corazón. —Bien, muy bien, le dije, después de un rato de silencio; llore vd., esto le hará mucho provecho, y aliviará su corazón oprimido con tanto sufrimiento. —¿Y Otero, y Cumplido, y Prieto, y Rosa? ¿Es- tán buenos? ¿Se acuerdan de mí? —Justamente de su parte he venido á visitarle á vd. El último nombre que pronunciaron cuando me despedí de ellos, fué el suyo. —Dígales vd. que hace seis meses que sufro infi- nitos tormenos fisicos y morales, con la paciencia de Job. ¡Las funciones de la piel paralizadas, mis miem- — 89 — bros débiles y sin fuerzas ni aun para moverme, mi cabeza trastornada, mi estómago ardiendo como si tuviera un volcan dentro de él! ¡Dios mió! ¡Dios mió!.... ¡Para mí, que el movimiento y la actividad eran la vida! Seis meses, seis meses he estado pos- trado en la cama,... y lo que es peor, sin esperan- za de remedio. Un instinto me ha hecho venir á Jalapa.... Escobedo lloró de nuevo. —Es menester valor; estas enfermedades suelen hacer crisis repentinas.... —Bendita sea la religión, continuó sin darse por entendido de mis estériles consuelos, que como dice Chauteaubriand, hace del sufrimiento una virtud. Si me muero, no olviden vdes. decir que he sufrido mu- cho, mucho; y que ni una queja ha salido de mis la- bios; que he bendeeido y bendeciré hasta el último instante de mi vida, la mano que me ha mandado so- portar tantas penas. Luego, esforzándose, quiso tomar un tono mas ale- gre, y prosiguió.—¿Qué dice el Museo? ¿Adelantan vdes. mucho en sus trabajos literarios? —Ya lo sabe vd., le respondí, trabajamos cuanto es dable. —Quería mandarles algo, pero____imposible; ya digo á vd. que no puedo pensar, ni escribir, que ten- go que acallar estos pensamientos de fuego que rom- pen mi cabeza____supongo que dirá vd. algo de es- te Jalapa tan bello, de este vergel que amo con to- do mi corazón____¿Ha visto vd. el cementerio? Es- tá entre flores, entre naranjos, entre aromas. Las 12 — 90 — gentes de este pais viven entre las flores, y duermen en un paraiso el sueño de la muerte. No pudo continuar, pues su cabeza se debilitó, y yo me despedí prometiéndole verlo otra vez. A los tres dias, innumerable acompañamiento con hachones, las músicas de los regimientos del cantón, y todo lo mas selecto de la población de Jalapa, se- guía al Divinísimo que se dirigía á la casa de Esco- bedo. Recibió con el fervor de un cristiano el cuer- po de Jesucristo, é hizo con calma y tranquilidad sus disposiciones testamentarias. Yo partí de Jalapa con el sentimiento de saber que pocos dias quedaban de vida al paciente. Con efec- to, á los seis dias de haber llegado á México, recibí por el correo la carta siguiente. Enero 28 de 1844. ''Querido amigo:—El virtuoso y recomendable D. Pedro Escobedo, ha fallecido á las diez y me- dia de la noche de hoy. Se ha despedido de la vida con la tranquilidad de un justo, y el pesar que tan fatal acontecimiento ha causado á los que le ama- mos en esta miserable tierra, se ha mitigado al con- templar que ha recibido ya en los cielos el premio que Dios destina á los que ejercieren todas las virtu- des, y en particular la de la beneficencia." Ya que sencillamente he referido al lector la ca- sual é interesante entrevista que tuve con Escobe- do, en los últimos dias de la vida de ese hombre ama- ble, cuyo corazón ha cesado de latir, y cuya vasta inteligencia se ha estinguido en el sepulcro, justo se- — 91 — rá darle una idea aunque ligera de su vida, pues es posible que no todos le conozcan como los que vivi- mos en México, y nos honramos con su amistad. Nació D. Pedro José Alcántara Escobedo y Agui- lar, en la ciudad de Querétaro, el dia 19 de Octu- bre de 1798. La decidida aplicación que manifestó por el estudio cuando se hallaba en la escuela, deci- dió á su familia á ponerlo de alumno esterno en el colegio de San Javier de aquella ciudad, donde se distinguió de sus condiscípulos por el arreglo de su conducta, por su aplicación, y por su claro talento. Tantas prendas del joven Escobedo fueron premia- das por sus catedráticos, quienes le señalaron los pri- meros lugares en las respectivas clases, hasta llegar el caso de que tuviese dos oposiciones de Gramática Latina en el general del colegio, honor que muy ra- ra vez se concedía á los alumnos estemos. Su aplicación no disminuía; así es que habiendo concluido con notorio aprovechamiento el curso de artes, se graduó á los veinte años de edad, en la Uni- versidad de México, el dia 26 de Octubre de 1818. En el mismo año comenzó á estudiar medicina en dicha Universidad, en la escuela nacional de cirujía, v en una de las mejores oficinas de farmacia de esta ciudad. Pasó después al hospital de San Andrés, á servir una de las plazas menores del departamento de cirujía, la segunda de practicante mayor, y en Octubre del año de 1822, que se ecsaminó de ciru- jano, fué ascendido á la de primero. En 1824, suscribió su representación sobre instruc- ción pública; fué uno de los fundadores de la acade- — 92 — üiia de medicina práctica, y sirvió ademas la cáte- dra especial de operaciones que hubo en México, donde dio dos cursos completos, de Enero de 1826, á Julio de 828. Infatigable en el estudio y en el trabajo, prestó importantes servicios al cuerpo médico militar, parti- cularmente en el cantón que se estableció en Jala- pa el año de 1832, época que, según decia, fué la mas feliz de su ecsistencia, pues vivia considerado y querido de todos, en aquel pequeño espacio de tier- ra tan florido y tan poético. En 1833 regresó á la capital, y fué nombrado ca- tedrático de operaciones del establecimiento de cien- cias médicas, y después su vice-director. En 1841 trabajó asiduamente en la reforma y ordenamiento de este establecimiento, y prestó servicios importan- tes, organizando las juntas de sanidad, procurando cuantas ventajas y mejoras le eran posibles para su academia, y favoreciendo con su influjo á la de far- macia, pues consiguió un pago de un crédito desti- nado para costear la impresión de la interesante obra "Farmacopea mexicana." Procedente Escobedo de una familia honradísima y virtuosa, pero pobre, le hemos visto comenzar sus estudios de alumno esterno; le hemos visto pasar aba- tido y oscuro la primera época de su vida, y gran- geándose á fuerza de constancia y de estudio, el amor de sus maestros y el premio de las cátedras. Después, como el joven consideraba que el único patrimonio que tenia era su talento, y los estudios el único medio de procurarse una honrosa posición so- — 93 — cial, vimos de improviso aparecer entre nosotros el hombre ya maduro, con un rico caudal de talento, de ciencia y de virtudes. Quizá el penoso trabajo que costó á Escobedo la- brar su carrera, le inspiró una profunda veneración por el infortunio, y grabó en su alma los sentimien- tos de caridad y filantropía que ha sido uno de sus mas limpios y hermosos timbres. Comprendió en toda su latitud la filosofía de la profesión médica, j jamas la miró, según hacen mu- chos, como un ramo de especulación. El corazón de Escobedo jamas perdió su sensibilidad, ni fué in- diferente á ese cúmulo de miserias y males que ago- bian á la pobre humanidad, y que el médico tiene que precenciar diariamente. Cuando se trataba de la vida de un hombre, emprendía una atrevida lucha con la muerte, revolvía sus libros^ recordaba sus es- periencias, estudiaba en su bufete aun en las horas mas avanzadas de la noche, y al dia siguiente iba á recoger las lágrimas, los suspiros y las quejas del mo- ribundo, con el amor de un padre. Era menester caer de rodillas ante el hombre que pasaba horas en- teras en la sucia pocilga de un desdichado, á quien le volvía la salud, ministrándole gratis las medicinas, y sacando muchas veces dinero de la bolsa para so- correr á la familia desolada. De estas páginas hermosas y sublimes se compo- ne la vida de Escobedo. Comprendió también que el abandono en que es- taba la medicina en la república era perjudicial y la- mentable; que era necesario organizar un establecí- — 94 — miento donde esta juventud inteligente y estudiosa de la república comprendiera que la profesión de es- tudiar las plantas y las sustancias que el Señor ha criado en la tierra para alivio del hombre, es una pro- fesión sublime, es un santo y hermoso estudio el de arrancar á la naturaleza sus secretos, para hacer en la cabecera de los enfermos el oficio de los ángeles, y quitarles sus dolencias, volverles el carmín á sus megillas, la fuerza á sus miembros, y la inteligencia á su cerebro; que por último, la misión de un médi- co no es la de un vil y descuidado especulador, sino la de un bienhechor que tiene estrecha obligación de repartir los tesoros de la ciencia. Así comprendía Escobedo la medicina, así la prac- ticó, así quería, como un nuevo filósofo, enseñar á esos discípulos de la Escuela de medicina, que ama- ba como á sus hijos, y para quienes tenia abierta su casa, sus instrumentos, sus libros, su bolsa, y su co- razón noble y generoso. Dia por dia fué creciendo la reputación, y fama de Escobedo; dia por dia ensanchó el círculo de sus ami- gos, y dia por dia se alzaban nuevas manos al cielo para pagarle con santas bendiciones y dulces lágri- mas, los actos de su beneficencia. Circunstancias que están al alcance de todos le grangearon la amistad de S. E. el general Santa-x\n- na. Fué esta una bella oportunidad para Escobedo, no para medrar, ni para hacer su fortuna, sino para emplear su influjo en favor del colegio de medicina, de un colegio que era todo su anhelo, su único y constante pensamiento. Un hecho que hace honor — 95- á Escobedo es, el de que los 100 pesos que percibía como catedrático, los empleaba en libros é instru- mentos, para distribuirlos entre sus discípulos. Tantas y tan recomendables cualidades, patentes á la vista de todo el mundo, hicieron que las socie- dades de Instrucción pública y Literatura quisieran tener el honor de contarlo entre sus socios. Así es que fué nombrado socio corresponsal de las acade- mias médicas de Madrid, de Paris y de Guadalajara, miembro de la sociedad lancasteriana de esta capi- tal, de la academia de Bellas Artes, de la de litera- tura de San Juan de Letran, del Ateneo mexicano, de la junta directiva de estudios, del consejo de sa- lubridad, y de otras corporaciones, porque se ha di- cho, que el talento de Escobedo era colosal, su de- seo por la instrucción pública, ardiente, y su cons- tancia en el trabajo, inaudita. Cuando sus atencio- nes y las innumerables juntas y sociedades á que te- nia que asistir, le dejaban tiempo libre, entonces se dedicaba á los tranquilos estudios literarios, y religio- so y sensible se estasiaba con la lectura de La-Mar- tine y Chateaubriand, sus autores favoritos, que ama- ba con delirio. El Mosaico, el Museo y el Siglo XIX, se honraban con publicar correctas traduccio- nes y curiosos artículos originales de Escobedo. En nuestro pais, la política, que siempre arrebata á los hombres la quietud de su estudio, no perdonó á Escobedo, y fué electo diputado notable, y última- mente senador al congreso actual. Tanta fatiga y estudio debilitaron poco á poco los órganos de su estómago, hasta que apareció la enfer- — 96 — medad con síntomas graves. Fuese á mudar tem- peramento á Tacubaya, y agravándose dia por dia, un instinto natural lo llevó á Jalapa, donde después de largos sufrimientos murió el dia 28 de Enero, de la manera que queda referido, á los 45 años tres me- ses de su edad, cuando todavía la humanidad, la ciencia y la literatura, tenían mucho que esperar de él. Estas pérdidas no se reparan fácilmente, y el corazón se contrista cuando pensamos que pasa mu- cho tiempo para que sea reemplazado un hombre de las eminentes prendas de Escobedo. Una tarde nublada, y á los 18 dias después del fa- llecimiento de Escobedo, multitud de coches y de personages vestidos de luto, y de lo mas selecto y escogido de la sociedad mexicana, estaban agrupa- dos en la tétrica iglesia de San Lázaro. A poco, un carro fúnebre con cuatro lindos caballos, con gran- des penachos y ricos arneses de luto, comenzó á an- dar: dentro estaba un ataúd y dentro del ataúd el cuerpo de D. Pedro Escobedo. Detrás marchaban tristes y silenciosos, médicos, abogados, ministros, mi- litares, poetas y literatos. Todos eran amigos de D. Pedro Escobedo. El cadáver quedó depositado en la capilla del co- legio de San Ildefonso, y á los dos dias, en medio de una gran procesión funeral que ocupaba tres cuadras, fué conducido el ataúd del maestro, en hombros de sus discípulos, á la santa iglesia de la Merced, don- de debia finalmente reposar el sabio y virtuoso va- — 97 — ron, al lado de su pequeñita hija, ángel que voló al cielo, y que prestó á su padre sus alas de armiño, para que también subiera á descansar en el seno de Dios. La comitiva fúnebre regresó al general de San Il- defonso, donde todos los colegios y corporaciones científicas, pronunciaron elogios fúnebres á la me- moria de Escobedo. Estos funerales han sido acaso unos de los mas solemnes que ha visto México. De esta manera han sido honradas las virtudes de Escobedo; de esta suerte la sociedad mexicana, im- parcial y justa, ha llenado de flores la tumba de un hombre pacífico, cuya vida se deslizó sin pompa, cu- ya muerte fué la de un justo, y cuyos funerales han sido los de un rey. Los editores del Museo, al trazar estos ligeros re- cuerdos de Escobedo, también arrojamos sobre su sepulcro una flor, tal vez mustia y marchita; «pero empapada con las sinceras lágrimas de la amistad. 13 )Ooppppp< A ESCOBEDO, M IIECIIERDO. Grande era tu alma: en tu frente Que erguida se alzaba al cielo, Puso el Eterno el consuelo De la triste humanidad. Supo levantar constante Tu sagaz inteligencia, Un monumento á la ciencia, Y á la ternura un altar. Duerme en paz.... padre del pobre, Y del desdichado abrigo: Tú que fuiste noble amigo De la ingenua juventud: Ahora recibe su llanto Que cae con sus clamores, Entre el incienso y las flores Que engalanan tu ataúd. Queda en paz.... Plegó sus alas Y ya duerme la paloma: Cayó la flor; mas su aroma Puro, por los aires va. Pasó cual pasa la nube Que torna fresco el ambiente, Y va á dormir muellemente Sobre la orilla del mar. Duerme en paz.... Sobre la tiarra Guardan tu memoria pura, — 99 — Las ciencias y la ternura, Y la noble caridad. Mas que el fausto á tu sepulcro Presta grandeza y encanto Del desventurado el llanto, Y el llanto de la amistad. No tiene tu humilde tumba Timbres de equívoca gloria, Ni laureles de victoria, Ni despojos de poder. Pero en ella llora el hombre, Y grabó con elocuencia La augusta beneficencia: " ¡Grandes del mundo, aprended! " VL SR. D. PEDRO ESCOBEDO EN SEÑAL DE AMISTAD Y GRATITUD, SE DEDICA EL SIGUIENTE: ¿Y el hombre sabio, el virtuoso ha muerto? ¿A la tierna amistad abandonara? ¿A la amistad, que en su dolor regara Con lágrimas de amor su cuerpo yerto? De la inmortalidad el templo abierto Del común de los hombres le separa, Y ofrece al fin á su grandeza rara De dicha un trono y de fulgor cubierto. En él habitas, Pedro; de la vida Marchaste recto en la escabrosa senda, Y dio tu ciencia al infeliz consuelo. Tu ecsistencia lloramos hoy perdida; Pero su llanto enjugará el que entienda Que premio á la virtud concede el cielo. S HONORES FÚNEBRES. Se han tributado en la semana anterior los que me- reció un buen ciudadano por sus eminentes virtudes sociales. Sus parientes, sus amigos, sus discípulos, sus compañeros, desahogaron sus sentimientos, y acaso el pueblo no ha visto esas ecséquias solemnes sino bajo ese aspecto; nosotros las consideramos bajo el moral y el político. El hombre de bien y benéfi- co, es el ser mas interesante á la sociedad. Las vir- tudes privadas son la base de las públicas. Si no hay quien cultive y enseñe las primeras, en vano se quer- rán obtener las segundas. Aquellas virtudes son acreedoras al aprecio de los ciudadanos; porque no habrá ciudadanos si no ecsisten esas virtudes. Cuando estas son apreciadas como merecen, natu- ralmente son respetadas las personas que las ejercen. Viendo el apoteosis á que elevan después de la muerte á los individuos que se han adornado con ellas en vida, no puede menos que formarse cualquie- ra hombre racional una alta idea de ellas. De esa idea resulta el deseo de practicarlas, y ved aquí, co- mo los honores postumos, tributados á las virtudes — 101 — privadas, son á la vez un medio de hacerlas amables, y un estímulo para imitirlas. Se percibe de cuando en cuando el estrépito del cañón, y también el pausado y lúgubre de las cam- panas; se ve el aparato fúnebre de un entierro: se pregunta: ¿quién murió? Un general, un rico. Al momento viene á la mente la idea, respecto del pri- mero, de que es una pompa de ordenanza, unos ho- nores hechos al empleo y no á la persona; fpues que á todas las que ejercen unos mismos empleos se ha- cen unos propios honores. Todo ese aparato de luto no deja otra impresión en el alma, que la que hace el formarse una guardia ó presentar las armas cuan- do pasa un gefe. ¿Por qué presentó las armas ese centinela? Porque pasó un general. ¿Por qué se formó la guardia? Porque viene el gefe de dia. ¿Por qué se bate marcha? Porque sale el presidente de la república, el de la cámara ó el del senado. Tal vez el que responde no conoce ni al general, ni al gefe, ni á los presidentes; ni el que pregunta se ocu- pa en indagar si son buenos ó malos, sabios ó igno- rantes, benéficos ó perjudiciales. Con la respuesta simple que se le dio queda completamente satisfecho. Respecto del.segundo, se escita la idea de que él en su testamento, ó sus herederos, han querido gas- tar algún dinero en solemnizar sus ecséquias. Pero cuando se ve una pompa fúnebre, un acompañamien- to en que se conoce la sensación del dolor, y no las ceremonias de la etiqueta, se pregunta: ¿Quién ha muerto? Fulano. Y ¿quién era ese fulano? ¿Era un presidente de la república? No. ¿Era un gene- — 102 — ral? No. ¿Era un rico? Tampoco. Pues, ¿quién era? Un hombre de bien. Esa pompa, ese lujo no está determinado por la ordenanza, por una ley, por un reglamento: es la espresion de la amistad y del re- conocimiento. Sus amigos, sus agraciados son los que la han promovido y costeado. Naturalmente se procura indagar qué es lo que hi- zo ese hombre de bien, que tanto aprecio ha mere- cido á sus conciudadanos. Fué un escelente padre de familia, un amigo fiel, un protector de los pobres, un juez íntegro, un abogado que jamas protegió la injusticia, un médico que con igual esmero curaba al pobre por caridad, que al rico que le recompensaba su trabajo; un hombre instruido que procuraba di- fundir sus conocimientos en beneficio público; un maestro de la juventud á quien educaba científica y moralmente de cuantas maneras podia. Cada una de estas respuestas escita en el alma menos sensible afectos de amor, de ternura, porque la virtud arran- ca el homenage aun de sus propios enemigos. Y si esto sucede aun respecto de esas almas, ¿qué no deberá esperarse de las que tengan alguna predis- posición para la virtud? ¡Ojalá y ésta fuera acatada públicamente en las personas de los muertos, ya que por lo regular es desatendida en las de los vivos! Esto equivaldría al juicio que los egipcios hacían de los difuntos, y que tanto contribuyó á formar bue- nos ciudadanos. Allí solo se trataba de merecer el honor de la sepultura. ¡Qué no obraría entre noso- tros el deseo de merecer los honores fúnebres! Mien- tras mas espontáneos fueran estos, mas apreciables — 103 — serian, y las virtudes privadas serian consideradas entre los hombres como un título de celebridad. Hasta el mismo orgullo, esa funesta pasión, que tan- tos y tan grandes males causa á la sociedad, queda- ría ennoblecida. El hombre ambicionaría la estima- ción de la posteridad, y para conseguirla, caminaría por la única senda por donde se alcanza la sólida y verdadera, que es la práctica de las virtudes. Seria por tanto, muy conducente para formar la juventud y hacer apreciable la moral, el que cuando muriera alguna persona virtuosa, aunque solo hubie- ra resplandecido en teatros particulares y no los ele- vados, que deslumhran con el oropel de las aparien- cias, sin hacer la mas ligera sensación en el alma, se le tributaran por sus amigos los honores fúnebres del mejor modo posible; pero también que se califi- case de una degradación concurrir voluntariamente á los funerales de las personas que no lo merecie- ran. Se distinguirían entonces perfectamente los ce- remoniales de etiqueta, de los oficios de la amistad y de la gratitud; el magnate que no era mas que mag- nate, del hombre de bien; y el virtuoso, del que no no lo era. He aquí las reflecsiones que nos han ins- pirado la ecséquias con que se ha honrado en estos dias la memoria de un buen ciudadano. [Siglo del Domingo 18 de Febrero de 1844.] \QDSZZZ— ~R DON PEDRO ESCOBEDO. Con pompa no usada y completamente espontánea, en medio de una concurrencia inmensa y escogida, y de los gemidos de un dolor universal, ha sido sepul- tado el dia 15 del corriente en la Iglesia de Ntra. Sra. de la Merced, el cadáver de un ciudadano vir- tuoso y filantrópico, cirujano hábil y protector deci- dido de la juventud estudiosa, el Sr. D. Pedro Esco- bedo. Este espectáculo tan triste y doloroso por sí, ha servido, sin embargo, para mostrar que el espíritu público, aunque muerto al parecer, está solo adorme- cido; que nuestra sociedad no ha caido en el abismo de degradación moral en que á primera vista parece sumergida, y que todavía sabe hacer justicia al ver- dadero mérito de sus hijos, honrar su ciencia y amar su virtud. No hay, pues, que desesperar de una na- ción en que aun queda admiración por el saber y la moralidad. Amantes de las glorias de nuestra patria, sinceros admiradores de los ciudadanos que la hon- ran, los redactores del Liceo participamos del duelo universal que ha causado la sentida y temprana muer- — 105 — te del Sr. Escobedo, y vemos en ella una calamidad nacional. Para dar un alivio á nuestro dolor, y con- tribuir por nuestra parte á los homenages públicos de amor y respeto que ha recibido su memoria, qui- simos al principio presentar en unos rasgos biográfi- cos el bello cuadro de esa vida, empleada toda en hacer el bien, en aliviar al enfermo, en socorrer al necesitado, en estimular con sus ejemplos y consejos á la juventud médica, en protegerla y encender en ella la misma llama de ciencia y virtud que ardía sin cesar en su alma umversalmente benévola. Pero su- pimos después que el Sr. Otero se propone escribir la biografía del Sr. Escobedo, y no hemos querido manchar con nuestros borrones el bello cuadro que tan bien sabrá pintar el maestro pincel de nuestro primer orador parlamentario. Nos limitamos, pues, á insertar á continuación el sentido y vigoroso dis- curso que en una academia privada de medicina, for- mada en su mayor parte de discípulos del Sr. Esco- bedo, pronunció uno de ellos, D. Joaquín Navarro é Ibarra, honor de nuestra juventud, y una de sus mas bellas esperanzas, y la contestación del presidente de dicha reunión, D. Francisco Ortega, hijo. Creemos que nuestros suscritores leerán con placer y ternura estas dos piezas con que han favorecido nuestras co- lumnas sus autores, y que les será grato, como á no- sotros, ver que la juventud no olvida los favores que recibe, y sabe recompensar la protección que se le dispensa, con un agradecimiento ardiente y sin lí- mites. México, Febrero 19 de 1844.—Redactores del Liceo. 14 DQDC ORACIÓN FÚNEBRE PRONUNCIADA FOR DON JOAQUÍN NAVARRO É IBARRA EL DIA 17 DE FEBRERO DE 1844, EN LA SOCIEDAD FILOIATRICA. En el horizonte de las ciencias, como en el del cielo, nacen y mueren sin cesar astros brillantes y benéfi- cos; y es dulce y consolador en los momentos de di- cha, fijar el pensamiento en esta idea; pero hay otros de abatimiento y amargura, en que la pérdida de un grande hombre nos arrastra á creer, que al bajar al sepulcro, ha cerrado tras de sí la puerta que condu- cía á los adelantamientos y á la gloria. Este triste pensamiento os domina en este instante: lo adivino, porque lo siento á la par vuestra, y porque sé que hay dolores, que como el espacio, parecen mas pro- fundos, mientras mas fijamente se les contempla. No temáis que con lo que voy á deciros, distraiga vues- tra atención del deplorable objeto que la ocupa; no olvidaré que al preparar esta solemnidad fúnebre, quisisteis á un tiempo hacer caer sobre una tumba i — 107 — recientemente abierta, un rayo de la inmortalidad que la inundará para siempre, y proporcionar una ho- ra de tregua y de solaz á nuestro corazón despeda- zado. Me sentiría sin valor y sin fuerzas para cor- responder á vuestra honrosa confianza, si este débil esfuerzo de mi voz balbuciente no fuese también un tributo de mi gratitud y una efusión de mi corazón; si no supiese que para conmoveros, para arrancar de vuestros párpados la lágrima que ya asoma á ellos, solo necesito pronunciar un nombre puro y querido, emblema ayer de nuestras mas venturosas esperan- zas, símbolo hoy de la amargura y el dolor: el de D. Pedro Escobedo. No os hablaré de cómo en esta vez se vieron de nuevo sentarse el infortunio al lado de la cuna, y la gloria sobre la tumba de un hombre; del desvali- miento de su infancia, de su precoz orfandad, ni de las penas y obstáculos de sus primeros estudios, para que veáis que no estaba reservado á Pinel y á Velpeau, á Béclard y á Dupuytren, abrirse en me- dio de la indigencia el camino que habia de condu- cirles al respeto y admiración de sus semejantes: na- da os diré tampoco de los últimos años de su vida, porque sabéis, lo mismo que yo, que en ellos esa vi- da fué como el arroyo manso y tranquilo, que corrien- do sin estrépito, fertiliza y embellece todos los sitios que riega con sus aguas purísimas; y finalmente, por piedad á vuestro corazón, por piedad al mió propio, correré un velo de luto sobre esos últimos instantes, en que una enfermedad destructora devoraba sus en- trañas, mientras el pesar devoraba su alma, y en- — 108 — trambos, conjurados cruelmente en contra nuestra, le arrastraban con rapidez á un lugar que no debiera abrirse nunca para ciertos hombres. Grato sena pa- ra mí, honroso á su memoria y útil para vosotros, trazaros línea á línea el grandioso y bello modelo de virtud que ofrecía D. Pedro Escobedo; pero la naturaleza de este discurso y el carácter de la socie- dad á cuyo nombre lo pronuncio, me obligan igual- mente á omitir los rasgos biográficos y el elogio de todas las virtudes del maestro querido, á cuya me- moria tributamos este sencillo homenage: su alma, por otra parte, semejante al encantado prisma que de cualquier lado que se vuelva al sol, reproduce los hermosos colores del iris, es bella bajo cualquier as- pecto que se la considere. Era por los años de 18 y 19 cuando en un oscuro rincón del hospital de San Andrés, un estudiante sin protección ni recursos se preparaba á sus solas á ser uno de los mas ilustres cirujanos de nuestra patria. Los principios fisiológicos de Bichat y el sistema, hi- jo suyo, de Valde-Grace, dominaban entonces es- clusivamente el mundo médico; hoy veinticinco años de esperiencia han hecho justicia á Broussais y á sus obras; se ven, si no con risa (porque jamas la des- piertan los estravíos de los grandes hombres), al me- nos en su verdadero valor sus ecsageraciones sobre la localizacion y el tratamiento de las enfermedades; pero entonces era otra cosa: habia restaurado la es- cuela anatomo-patológica, habia echado por tierra la teoría de las fiebres esenciales, habia formado la his- toria mas completa de las flegmasias, y todos estos — 109 — eran otros tantos títulos justos á la consideración y al respeto de sus contemporáneos: admiración y res- peto que él. con su lógica seductora y su estilo mági- co, llevó hasta la mas deplorable fascinación, hacien- do admitir á toda una generación, como dogmas sagrados, hasta sus mas profundos errores. Basta considerar todo esto, los efectos que lo nuevo produ- ce en un ánimo inesperto, y lo profundo y duradero de nuestras primeras impresiones, para esplicar có- mo y por qué D. Pedro Escobedo conservó hasta lo Último, apego á la doctrina fisiológica. Pero seria una injusticia llamarle médico sistemático en el sen- tido odioso de la palabra: no; profesar ciertas doctri- nas, ó mejor dicho, tener ciertas tendencias, no es negar lo que puede haber de cierto en las contrarias, y vosotros sabéis bien que los interesantes trabajos de Andral y Chomel, Cruveilhier, Louis, Rostan y Piorry, no le eran desconocidos. No era él de esos médicos que son un arcaísmo de su época, para quie- nes son perdidas las lecciones de la esperiencia, in- útiles las investigaciones de los sabios, ignorados los adelantamientos de la ciencia: lo que él no hizo ja- mas, fué renunciar del todo á sus principios primiti- vos para arrojarse de un golpe en los contrarios; con- vertir el desengaño en injusticia; olvidar todo lo que habia aprendido, para quedarse sin saber qué creer; desertar de una escuela, para alistarse en la contra- ria, y desde ella calumniar y pagar con la ingratitud al maestro ilustre que presidia la primera. Eso es lo que no hizo, lo que no podia hacer tampoco, porque tenia un talento demasiado profundo, un discerní- — 110 — miento felicísimo, y una instrucción muy sólida, pa- ra aceptar indistinta y ciegamente todas las innova- ciones: esta versatilidad, que suele ser el defecto de los médicos inespertos ó de Jos amigos de las espe- culaciones, habría sido raro que fuese el de un hom- bre tan eminentemente práctico y positivo como D. Pedro Escobedo. Mas principalmente quiero hablaros de él como ci- rujano. Cierto, como lo estoy, de no decir mas que la verdad, sin ecsageraciones ni suposiciones propias, lo estoy aun mas, de que no podréis menos de llamar estraordinario y singular al que reunía á la vez tan- tas prendas raras y eminentes. Sus sentidos esquisi- tos, su percepción clara, su juicio recto, su talento de inducción, su tacto quirúrgico, en fin, le hacían fijar con una esactitud y facilidad asombrosas el diagnós- tico mas oscuro y embrollado: vosotros sabéis, y no tengo necesidad de recordároslos, los triunfos esplén- didos que repetidas veces adquirió en este género: donde médicos instruidos, después de un ecsámen prolijo y de acaloradas discusiones, nada podían aven- turar mas que hipótesis imaginarias, él, con una mi- rada penetrante como la del águila que ve desde el cielo su presa, fijaba irrevocablemente el diagnósti- co, y lo confirmaba á menudo con una operación au- daz é inteligente. Este talento de la indicación, tan raro y tan estimable, era tal vez lo que distinguía al Sr. Escobedo mas especialmente, y lo que le colocó en ese apogeo de reputación y de gloria á que le he- mos visto elevado. A una práctica larga é ilustrada, al estudio reflecsivo de los autores clásicos de cirujía, — 111 — en especial de Hunter, Dupuytren, Bégin y Sansón, y sobre todo, á su genio (porque no se puede poner en duda que nada puede suplir esa aptitud natural é innata que se llama el genio), debia ese conocimien- to esacto y preciso de los medios curativos mas apro- piados, del momento oportuno de emplearlos, de sus ventajas y de sus inconvenientes, de sus consecuen- cias &c. Señores: es necesario decirlo, y yo lo hago con or- gullo, D. Pedro Escobedo no tenia nada que envi- diar al mejor operador del mundo: su pulso era fir- me y su mano rápida; pero sobre todo, nadie de vo- sotros habrá dejado de admirar aquella sangre fria imperturbable, aquella impasibilidad indescriptible que le hacia permanecer en medio de los horrores del dolor y la sangre, sin que se agitara su pulso, sin que una sola arruga en su fisonomía revelara la con- moción de su alma, verdaderamente grande. ¡Cuan distante, sin embargo, estaba esa alma de ser insensible á los sufrimientos de sus semejantes! ¿Olvidareis aquellos momentos solemnes en que su voz tranquila mezclaba á los ayes de la desespera- ción, los dulces acentos del consuelo y la benevolen- cia; en que aun armado del instrumento de los dolo- res, ofrecía, mas bien que la imagen del ángel ester- minador, la de un ángel de paz y de ventura?.....El valor quirúrgico de D. Pedro Escobedo, tan distinto de la audacia ciega que todo lo intenta, era esa fuer- za de alma que inspira una operación arriesgada; pe- ro después de haberla calificado posible, indispensa- ble y útil, después de calcular todas sus dificultades — 112 — para vencerlas, todos sus peligros para arrostrarlos. La naturaleza, que ha puesto en todas las cosas el abuso ilegítimo de ellas, junto á sus mas útiles em- pleos, no hizo, sin embargo, que D. Pedro Escobe- do abusase de sus grandes calidades como cirujano: el cuchillo fué siempre en sus manos un recurso de salvación ó de esperanza; pero jamas el instrumento de tentativas que reprueban con igual severidad el arte y la moral. El hombre fué siempre para él lo que debiera ser para todos los médicos, un objeto sagrado, cuya sa- lud es un depósito inviolable, al que no es lícito to- car sin hollar los deberes del honor y la conciencia: no ha hecho nunca de la salud una mercancía, ni de la medicina un tráfico miserable. Comprendía en to- da su magnitud el noble ministerio y el sublime destino que está llamado á ejercer un médico en la tierra; y lleno de estas ideas rectas y grandes, des- preció constantemente la vil seducción del interés, los rastreros artificios de la calumnia y de la envidia, las desacordadas quejas de la ignorancia, y el frió olvido de la ingratitud. Sus enfermos eran sus ami- gos: no contento con prodigarles los socorros de su arte con inteligencia y esmero, derramaba á torren- tes sobre ellos los consuelos de una religión que ama- ba y de una filosofia pura y persuasiva: penetraba en los senos del corazón, para estudiar en ellos las pa- siones y combatirlas por esos medios, precarios tal vez; pero dulces y gratos, que solo la mano de la amistad sabe aplicar al corazón lacerado; y efectiva- mente, víctima del infortunio, sabia comprenderlo y — 113 — aliviarlo. La práctica de la medicina ofrece el tea- tro mas vasto para desarrollar esas virtudes eminen- temente espansivas que forman el atributo esclusivo, y el mas bello ornamento de la raza humana. Así es como la caridad era amplia y magnánima- mente ejercitada por D. Pedro Escobedo, sin que se entienda que se reducía á curar gratuitamente á los pobres y á proporcionarles los recursos indispensa- bles, no: cierto es que ocupaban un lugar prefe- rente en su alma estos seres que la sociedad des- precia y aun se avergüenza de tener en su seno, porque sabia que en el corazón de estos infelices en- contraría una recompensa mil veces mas sincera y significativa, que el insultante y vil oro del magnate: pero su caridad no consistía únicamente en el desin- terés: consistía en el cariñoso desvelo, en el afán pa- ternal, en la tierna compasión con que miraba y re- mediaba sus necesidades: viviendo incesantemente en medio del dolor y la desgracia, los endulzaba con palabras insinuantes y balsámicas, con acciones tier- nas y espresivas, que contrastaban singularmente con ese aire austero y esos modales genialmente francos, que tanto desfiguraban su carácter á los ojos de los que no le conocían de cerca: yo recordaré siempre con placer, y vosotros también, algunas es- cenas hermosas en que D. Pedro Escobedo, parecía mas bien que todo, el ángel de la paz y de la bene- ficencia. ¿Por qué los que insultan y desprecian nues- tra noble profesión, no asisten á estas bellas escenas en que el médico es el ministro y la imagen de la Pro- videncia Divina?___¡Entonces verían, que aquí en 15 — 114 — el corazón, podemos sentir placeres inefables que re- compensan suficientemente esta larga cadena de sa- crificios y penas que constituyen la práctica de nues- tro arte!.... Ya veis, señores, que D. Pedro Esco- bedo no era menos grande como médico inteligente, que como filósofo y filantrópico. La noble y difícil profesión del magisterio público, le ocupó desde los primeros años de su práctica. Por el de 24, un ciru- jano célebre y amigo de la juventud, D. José Ruiz, para dar el primer impulso á la medicina operatoria, fundó de su propio peculio una cátedra en que se en- señase esta ciencia: el voto público, tan justo y funda- do siempre, de los estudiantes de aquella época, y la elección especial de un hombre tan respetable co- mo el útil fundador de aquella cátedra, dispensaron de consuno al Sr. Escobedo el honor y la justicia de servirla. No es fácil que nosotros, educados en tiem- pos mucho mas afortunados para la medicina, nos formemos una idea cabal de lo difícil y penosa que le fué aquella enseñanza. Poseyendo apenas el idioma francés, en que estaban escritas las principales obras de cirujía en aquella época, sin haber practicado nunca, ni visto practicar la mayor parte de las ope- raciones de importancia, sin mas guia que su estudio incansable y las felices inspiraciones de su genio, se lanzó en aquella carrera sembrada de laureles y de espinas. ¡Miradle allí á los veinte y cinco años de edad, maestro de nuestros maestros! ¡Honrad á la vez su memoria y la del cirujano que fundó tan útil plantel! No era D. Pedro Escobedo de los hombres que estiman en poco la gloria: no, que este pensa- — 115 — miento es el norte de todas las almas grandes: así es que con esfuerzos constantes, consiguió conservar ilesa la reputación que habia afanosamente conquis- tado, hasta el año de 33, que un médico justamen- te ilustre por mil títulos, echó los cimientos de la escuela en que nos hemos educado. D. Valentín Gómez Farías es una de esas almas rectas que no ceden á otro sentimiento mas que al de la justicia: así que cualesquiera que fuesen las opiniones políti- cas de D. Pedro Escobedo, se la hizo á su mérito, y le colocó al fundar el cuarto establecimiento en la cátedra de medicina operatoria. Yo me complazco en recordar aquí un rasgo que honra igualmente á los médicos que tal vez han sido en México los mas celosos y desinteresados amigos de la instrucción y protectores de la juventud. El año de 38, al restaurarse el colegio de medici- na, bajo el ministerio del Sr. D. J. J. Pesado, D. Pedro Escobedo fué nombrado catedrático de Pato- logía esterna. Allí es donde casi todos nosotros he- mos escuchado por primera vez en público las lec- ciones de este hombre célebre: allí donde nos cau- tivaba, no menos su trato afable y cariñoso, y su to- no de amistad y libertad, que el encanto mágico de sus palabras revestían los mas áridos preceptos de la ciencia: allí donde nos admiraba igualmente su pro- funda instrucción en los principios fundamentales de ella, y el tesoro inmenso de su práctica, cuyas arcas abría ante nosotros, no para hacer ostentación de su riqueza, sino para que nos lo apropiásemos: allí, don- de hemos recibido esas primeras y profundas impre- — 116 — siones, cuyo indeleble recuerdo nos acompañará has- ta la tumba. Sí, amigos mios, el nombre de nues- tros maestros, sus preceptos, su ejemplo, su grata me- moria no podrá abandonarnos mientras tengamos que ejercer la honrosa y noble profesión de médicos. El año siguiente al de la restauración del colegio de Me- dicina, dejó la cátedra que habia servido en el an- terior, y pasó á otra que ha dejado viuda, Dios sa- be por cuanto tiempo: á la de Medicina operatoria. Este era en efecto, el teatro donde sin rival podia desplegar la inmensa fuerza de su genio. La rapidez y la elegancia, la seguridad y la destreza, brillaban en todos sus movimientos: la elocuente voz de la verdad, con el tono imponente de la esperiencia, ha- blaba por su boca: la sinceridad y la buena fé pin- tadas en su noble frente, inspiraban á la vez un sen- timiento de admiración y de respeto, de tal modo profundo, que ni la íntima franqueza, ni la benévola jovialidad con que nos trataba, fueron partes á des- truir ni á desvanecer. Señores, ¿hay algunos de no- sotros que no se honre de llamarse su discípulo? .... Yo por mi parte, tengo placer en confesarlo: cuando á mi solas me asalta el pensamiento de mi insufi- ciencia, y me siento desconsolado y abatido al con- siderar los huecos inmensos de mi educación litera- ria, me anima, y aun me envanece pensar, que no puede ser enteramente ignorante el que recibió por tanto tiempo la luz brillante de ese fanal que se ha estinguido hace pocos dias en el sepulcro; me pare- ce que puedo presentar al mundo una recomenda- ción irrecusable, con solo decirle: "D. Pedro Esco- — 117 — bedo fué mi maestro." Pluguiese al cielo que así fuese realmente; pero al menos es una ilusión escu- sable, porque es hija del cariño! ¿Ni cómo podía dejar de inspirarlo el hombre infa- tigable en promover nuestro adelantamiento, nuestro bienestar y nuestra gloria; que se complacía en lla- marnos sus hijos, y en dispensarnos los beneficios de padre; que sacrificaba modesta y silenciosamente las pretensiones de su vanidad, las ecsigencias de su or- gullo, sus intereses personales, su salud, y hasta su vi- da, por el colegio de Medicina?.....Olvidar todo es- to, seria una vil ingratitud, con que no pagaremos nunca á D. Pedro Escobedo, ni á sus nobles coope- radores. Sus afanes por sistemar la educación médica, han ocupado la mitad de su vida. El y el Sr. Olvera fue- ron quienes el año de 1833 promovieron mas activa- mente la fundación del establecimiento de Medicina: él, quien después que el desastroso vértigo de los partidos derribó este bello plantel, no perdonó me- dio de promover su restauración. Se necesitaba un carácter de temple fuerte y un corazón altamente filantrópico, para soportar con paciencia y aun con esperanza, los desengaños y las injusticias, la indo- lencia y las supercherías con que correspondían ó elu- dían sus nobles esfuerzos tantas y tantas admistra- ciones como para daño y oprobio de la república han pesado sobre ella. Será un rasgo que haga eter- no honor á sus virtudes, saber, que cuando un con- curso fortuito de circunstancias le colocó cerca del poder omnímodo, él, semejante á un reverbero purí- — 118 — simo, solo recibía la influencia de ese poder para refle- jar la íntegra sobre el tierno objeto de su predilección. Fácil le hubiera sido en estos tiempos de prodiga- lidad y bancarrota, adquirir las distinciones del favo- ritismo y la opulencia del peculado; pero no, murió como habia vivido, puro y sin tacha: sin mas oro que el adquirido con el sudor de su frente; sin mas dis- tinciones que las que otorga la ciencia y la virtud. Fundador de muchos de los cuerpos científicos, lite- rarios y artísticos de la república, y socio de casi to- dos ellos, y de varios de los de Europa, miembro de casi todas las sociedades de beneficencia pública, re- lacionado con todas las personas eminentes en cual- quiera ramo, respetado de sus enemigos, querido de sus amigos, amigo de los hombres de bien, adorado de la juventud, llorado por la república entera, ha termi- nado su vida oscura, pero fecundante, el Sr. D. Pe- dro Escobedo. Tu muerte, maestro adorado, ha sido tu apoteosis: la envidia ya no alzará la losa de la tumba para der- ramar sobre tu corazón su letal ponzoña: hela allí muda, inmóvil confundida al escuchar el voto públi- co que unánimemente te pregona sabio y bueno: ese clamor universal resuena también en este recinto os- curo, donde una docena de esos tus hijos, que tanto amaste en vida, se reúnen para llorarte en muerte: los suspiros que salen de sus corazones, donde no has sembrado mas que flores de bendición, serán mas propicios al tuyo, que la pompa de los grandes; ellos pagaban un tributo á la justicia, nosotros obedece- mos á las inspiraciones de nuestro cariño: el olvido —119 — sepultará mañana la memoria de tus honores fúne- bres en ese mundo que se rie de todo: la gratitud perpetuará tu nombre en estas almas donde tu ma- no benefactora imprimió recuerdos indelebles: noso- tros éramos tu esperanza aquí en la tierra; tú eres la nuestra allá en las regiones de la inmortalidad.—Dije. CONTESTACIÓN DEL PRESIDENTE DON FRANCISCO ORTEGA DEL VILLAR. Señores: Nada mas justo, á la vez que sensible, es el tributar á nuestro amado maestro esta muestra de gratitud. El colocó en nuestras manos el primer libro de su ciencia; de su boca oimos las primeras lecciones, puso á disposición nuestra sus libros é ins- trumentos, sin ecsigir otra recompensa que nuestro propio aprovechamiento, difundió entre nosotros con su ejemplo y sus consejos el amor á su profesión y á hacer el bien: en suma, no nos miró como á hombres estraños, sino como á sus hijos: á él debemos la ec- sistencia de nuestro establecimiento médico, y sin su protección no hubiera subsistido esta sociedad, que no es en cierto modo sino un pequeño arbusto na- cido de las semillas que sembraba por todas partes. Mas, ¿cómo me atrevo á enumerar los beneficios que hemos recibido de su bondad? A donde quiera que volváis los ojos, encontrareis señales de su benefi- cencia; por donde quiera que escuchéis, oiréis las alabanzas del hombre sabio, honrado y caritativo, y — 120 — los suspiros que se ecshalan en pos de su memoria. ¡Felices nosotros que escuchamos su voz y estrecha- mos su benéfica mano entre las nuestras, y desgracia- dos hoy que no podemos gozar de igual placer! Mas, ¿qué haremos pobres y débiles que no podemos de- tener el curso del tiempo, ni suspender los acaeci- mientos señalados por el dedo de Dios? ¿Daremos rienda suelta á nuestro pesar y desconsuelo?.... Der- ramemos, sí, lágrimas sobre la tumba de nuestro ama- do maestro, amigo y protector; pero no olvidemos su voluntad que tantas veces nos espresó, y procure- mos contribuir con nuestro grano de arena á conser- var y levantar el edificio, que según sus palabras, de- jaba confiado á sus discípulos.—Dije. IXSCHIPCIOX grabada en e\ sepulcro del Sr.D. Pedro Escobedo FETRUS. ESCOBEDO CHI1ÜR&IA. INSKG-NIS OBIIT V. CAL. FEB. MDCCCZLIT. Este sepulcro se halla en el Panteón de la Merced, al cual se ingresa por la sacristía de la iglesia. La cubierta del sepulcro es de mármol blanco en el centro, con relieves en el tercio superior: los lados son de estuco negro, en medio de cada uno de los cuales hay un adorno dorado: en torno del paralelógramo se ve igual- mente una moldura también dorada. FIN. 3&sa@a« Paga. Prologo...................................... 1 Artículo que con motivo del fallecimiento del Sr. D. Pe- dro Escobedo, publicaron los Sres. EE. del Siglo XIX. 3 Artículo de un amigo del Sr. Escobedo, que se puso tam- bién en el Siglo XIX.......................... 6 Don Pedro Escobedo............................ 7 Biografía. Rasgos característicos de Don Pedro Esco- bedo ....................................... 10 A Don Pedro Escobedo, al salir su cadáver de Jalapa.. 17 A la memoria de Don Pedro Escobedo.............. 18 Artículo tomado del Siglo XIX del dia 12 de Febrero. 21 Consuelo de la amistad, tomado del Siglo XIX del 15 de Febrero (poesía).............................. 24 Composiciones colocadas en los lados del catafalco que se levantó en la iglesia de la Merced para las ecséquias del Sr. D. Pedro Escobedo...................... 28 Arengas que se pronunciaron en el colegio de San Ilde- fonso, y son las siguientes: El Sr. Lie. D. Miguel A- tristain por el colegio de abogados.............. 33 El Sr. D. Ignacio Vera, por la academia de Jurispru- dencia teórico-práctica......................... 34 El Sr. catedrático D. José María Diez Sollanopor el Se- minario Conciliar......>...................... 35 El Sr. catedrático de Jurisprudencia, Lie. D. Mariano Navarro é Ibarra, por el colegio de San Juan de Letran. 36 El Sr. D. Manuel Castro,por el colegio de Minería.... 37 El Sr. D. Antonio Sein, por el colegio Militar. ........ 38 El Sr. Lie. D. Sebastian López, por el colegio de San Gregorio....................•.............. 39 El Sr. Lie. D. Mariano Otero, por la Junta directiva de instrucción pública......................<...... 41 Paga. El Sr. D. Manuel Robredo, por el Consejo superior de Sanidad.................................... 43 El Sr. D. Francisco Manuel Sánchez de Tagle, por la Academia de San Carlos...................... 44 El Sr. D. Ignacio Duran, por la compañía Lancasteria- na......................................... 49 El Sr. Jiménez por la Academia de Medicina........ 51 El Sr. Lacunza, por la Academia de Literatura de San Juan de Letran............................... ib. El Sr. Lie. Lafragua por el Ateneo mexicano......... 54 El Sr. D. Aniceto Ortega, por los alumnos de Medicina. 58 Elogio fúnebre pronunciado por el Sr D. Manuel Car- pió, el dia 15 de Febrero........................ 60 Poesía compuesta por el Sr. D. Guillermo Prieto...... 71 Contestación del Sr. D. José María Tornel, á las comisio- nes que asistieron á los funerales del Sr. D. Pedro Escobedo...............>.................... 75 Recuerdos de D. Pedro Escobedo................... 66 A Escobedo: Un recuerdo, (poesía)........ ........ 98 A D. Pedro Escobedo. (Soneto).................... 99 Honores fúnebres.....,.,........................ 100 A D. Pedro Escobedo........................... 104 Oración fúnebre pronunciada por D. Joaquín Navarro é Ibarra, el dia 17 de Febrero.................... 106 Contestación del presidente D. Francisco Ortega del Vi- llar................../...................... 119 Inscripción grabada en el sepulcro del Sr. D. Pedro Es- cobedo...................................... 120 ■•*>"<.■'. 7f. •/, t#%J