BIBLIOTECA POPULAR , HOGAR” HISTORIAS DE ENFERMOS per e! Dr HERMILIO VALDIZAN Precio: 50 Cts. BIBLIOTECA POPULAR “HOGAR” HISTORIAS DE ENFERMOS: : : POR EL Dr. HERMILIO VA LD IZAN Médico-Director del Asilo “ Víctor Larco Herrera’’ CIV D A O DE LOS REYES DEL PERV TALLERES GRÁFICOS DEL ASILO «VÍCTOR LARCO HERRERA» impresor: César Torres Benavides. HISTORIAS DE ENFERMOS ES PROPIEDAD EDITORIAL INDICE LA MADRECITA 1 LOCO DE AMOR 14 EN EL FONDO DE LA COPA 23 ROSAS DE OTOÑO 33 LA SEÑORA SE ABURRE 41 TERRÓN DE AZÚCAR 51 EL QUE VIO AL DIABLO 57 LA PERSEGUIDA 67 LAS TENAZAS 83 El año de 1915 publiqué mis Histo- rias de enfermos en las páginas médicas de “La Prensa” de Lima. Al publicarlas me animaba un sólo propósito y debo confesar que logré realizarlo cumplida- mente: deseaba formar, en el público de Lima, una consciencia psiquiá- trica, si se me permite la expresión- anhelaba, vivamente, obligar al público de Lima a aceptar la especialización médica en Psiquiatría, de manera análoga a como la aceptaba, de buen grado, en Pedia tría, en Ginecolo- gía, etc. Y creí que me servirían para ello unas cuantas historias clínicas to- madas a mi libro de anotaciones de es- tudiante y de médico. La primera historia publicada fué la que lleva el título de “La madrecita” A raíz de esta publicación recibí algu- nas comunicaciones interesantes: se me preguntaba si “era verdad” todo lo di- cho; se me interrogaba respecto al sig- nificado del retardo de la aparición de la palabra en los niños; se me pedía “re- medios” para curar algún caso seme- jante. Habitualmente perezoso en la atención de mi correspondencia, fui so- lícito en la respuesta a esos correspon- sales; por que comprendí todo el prove- cho cultural que representaba satisfa- cer, en la medida de lo posible, aquel interés que ílLa madrecita” había lo- grado suscitar. Publicada la historia que lleva por título ‘‘Rosas de Otoño”, alguno de los corresponsales aventura- ba un nombre para el personaje de la historia. Y al mismo tiempo que recibía ta- les comunicaciones, me era dado obser- var que aquella consciencia psi- quiátrica que era un anhelo mío, comen- zaba a formarse: las gentes comenzaban a creer en la necesidad de una medicina especializada en el tratamiento de las enfermedades del espíritu y en aquella de conceder al espíritu cuidados y aten- ciones que se conceden a los ojos, a la garganta, etc. Asi, pues, mis “h ist o rias de en- fermos” habían llegado a donde yo quise que llegasen: al alma de la mul- titud. De mi producción gráfica, tan abun- dante como inofensiva, conservo el ma- yor cariño para tres estudios, destina- dos todos ellos a la divulgación: una C artilla de propagand a anti tu- berculosa, publicada, en 1910, en co- laboración con CarlosMonge; una Cartilla ds Higiene Ment al, pu- blicada en 1922, en colaboración con Honorio F. D el gado; y estas His- torias de Enfermos que un editor bon- dadoso colecciona hoy en un pequeño libro. En el frontispicio de este pequeño libro humilde, vá un nombre ilustre en España y en la América Española: el de D. Santiago Ramón Cajal. ¿Por qué dedicar estas Historias de Enfermos al genio de la raza, a aquel cuya producción científica ha obli- gado al mundo durante un cuarto de siglo, a pensar en la eternidad del genio español?. Es el pago de una deuda de gratitud. Hace un par de años que envié a D. Santiago Ramón Cajal algunos de mis trabajos en Psiquiatría y en Historia de la Medicina y él tuvo la bondad de escribirme una carta que conservo co- mo verdadero tesoro; uno de esos do- cumentos, plenos de bondad y de esti- mulaciones, que deben mantenerse inédi- tos en el santuario del hogar, a cubierto de una profanadora publicidad. A El, que sembró con generosidad y con provecho, dedico esta obra de sembrador. Dr. Heruilio Valdizán. A Don Santiago Ramón Cajal LA MADRECITA Ella ha nacido en un caserío situado a pocos kilómetros de la ciudad de Bologna; uno de esos caseríos que pasan como una vi- sión cinematográfica ante el viajero que re- corre en ferrocarril la distancia que separa la ciudad docta de la pequeña y simpática ciu- dad de Módena; uno de esos grupos de media docena de casas, casi ocultas por la nieve, que evocan en nuestra memoria el recuerdo de los cuentos de hadas y de gnomos, escu- chados en los días buenos y amables de la vi- da, cuando eran negros los cabellos que en- marcaban el rostro de nuestras madres eran rubios los cabellos que enmarcaban nuestros rostros de niños déla impenitente curiosidad. Ella recuerda bien los primeros años de su vida; guarda memoria nítida de los leja-* nos días tristes de invierno, cuando la loco- motora cruzaba, como una visión fantástica, por entre las montañas de hielo; cuando los pocos árboles del caserío habían abandona- do al viento sus hojas amarillentas y sus flo- res marchitas. Ella recuerda bien y, evo- cando los tiempos idos, inclina el cuerpo; sus 2 HISTORIAS DE ENFERMOS gruesos labios que parecen mendigar un be- so, se abren para dar paso a un sonido que imita el silbato de la locomotora: —Oigan ustedes—dice E l l a—es el tren que pasa... Mamá me dice curiosona y yo no soy curiosa... Lo que yo quiero es mi hijito, mi hijito lindo... La mujer gruesa y rubicunda, cuya cor- pulencia denuncia la salud admirable de las campesinas y cuya cara roja nos dice del pe- caminoso empleo de un mosto pacientemente envejecido en las bodegas, se precipita sobre un libro abandonado sobre la mesa; lo toma amorosamente entre sus brazos y lo arrulla como si se tratase de un niño. Es de ver en- tonces cómo cambia aquella fisonomía vul- gar, que parece la negación de la mímica del amor; es de ver cómo se anima y cómo ofrece los aspectos de la fisonomía de las madres en presencia de sus pequeños. Hay en los ojos inexpresivos de esta mujer, fijos en el libro que simboliza el hijo, aquella mirada, plena de amor y de orgullo con que las madres con- templan a sus hijos; hay en aquellos ojos esa misma mirada, de desafío al mundo entero, que parece deciros al corazón: —Este es mi hijo; y es lindo; y es el más lindo de todos los niños... Y ¡ay! de quien le toque... Y ¡ay! de quien pretenda hacerle da- ño... La mujer gruesa y rubicunda; esta mujer que os daría un disgusto acariciándoos con sus grandes manos poco limpias (a despecho de la solicitud de las enfermeras); esta muje- rona que ahora acaricia un libro, como ya ha acariciado un fragmento de tiza y cómo ha de acariciar el primer objeto que consiga atraer su ateneiqn movible, no debe guardar un muy grato recuerdo de su lejana infancia: el padre alcohólico era uno de esos campesi- t>r. HERMILIO V ALDIZAN 3 nos que ríen socarronamente escuchando la advertencia de abstención hecha por el médi- co; uno de esos rústicos que toman en broma los consejos de la medicina, y que, contra- riando estos, viven muchos años, ingiriendo cuatro o cinco litros por día de un vino en cuyo origen la química no ha tomado parti- cipación alguna: ¡de uva pura! Ella re- cuerda que el padre era malo; recuerda que, muy avanzada la noche, cuando había bebi- do la última dosis; cuando el sueño y la in- toxicación le invitaban al reposo, el borra- cho tenía la obsesión frecuente de observar a su hija, que ya dormía en el lecho humilde. Parece que el espectáculo del sueño tranquilo de su hija le irritaba grandemente pues pocas veces caía en su pesado sueño de alcohólico sin tomar en brazos a la chiquilla, quedesper- taba espantada, y sin golpearla duramente. —Hasta romperme la boquita, dice la mu- jerona, procurando imitar el tono de voz de su lejana infancia. —Pero, agrega, ahí estaba mamá, que se enojaba con el viejo y que me traía castañas para que yo no llorase. Y ya no lloraba... Y ¡qué ricas eran las castañas! La pobre mujer recuerda, imprecisamen- te, algunos episodios correspondientes a los primeros años de su vida. Es la madre de ella la que aclara algunos de estos recuerdos; la que procura llenar las lagunas mnemóni- cas de la hija enferma y nos proporciona a los médicos algunas noticias interesantes: Ella nació muy pequeñita y asfixián- dose. La partera debió moverla una buena hora antes de que la chiquilla respirase y la pobre madre la dió por muerta. Pero la chi- quilla vivió: “Era, dice su madre, más fuerte que el hombre ”. Así llama siempre a su ma- rido. 4 HISTORIAS DE ENFERMOS La campesina sigue hablando en la mis- ma forma; parece no conmoverse demasiado por la suerte de su hija, ni por la espectativa dolorosa de una permanencia indefinida en el Manicomio. Sabemos por ella que la sujeto fué retardada enfsu dentición y en su pala- bra y fué, en cambio, una precoz en sus pri- meros pasos, que realizó con la máxima segu- ridad a los siete meses de nacida. No sufrió enfermedad alguna en el curso de su infancia. La pubertad se anunció en la chiquilla a los trece años de edad y se presentó en forma normal y tranquila, no ocasionándola otras alarmas que aquella derivada de una moles- tia nueva; sin inspirarla, en manera alguna, aquellos ensueños vagos y aquellos deseos im- precisos, que inspira en la generalidad de las mujeres. Cuenta la madre de la enferma que ésta fué echada de la Escuela a los ocho años de edad, acusada por la maestra de procurarse, con asiduidad impropia de sus años, la amis- tad, más o menos íntima, de los muchachos contemporáneos suyos. La madre se sor- prende de este motivo de la expulsión: “ Mi hija era, dice, la muchacha más dócil,la “me- nos contestadora ”. Verdad que le gustaban los chicos pero ¡hay tantas chicas a lasque les gustan los hombres desde que comienzan a limpiarse la. boca con servilleta! Al hacer estos comentarios asoma en la campesina el odio por la señora de la ciu- dad: —Pero como una es del campo, todo es malo! Si mi hija hubiera sido una señorita de la ciudad, es claro que eso les hubiese hecho gracia... ¡Las señoras de la ciudad! Si yo las he visto que dan novio a sus hijas cuando es- tas están mamando todavía!... Consolándose de la expulsión dice la ma- i) t. HERMILIO VALDIZAM 5 dre“que fué mejor; por que si la chica no aprendió nada bueno en la Escuela, tampoco pudo aprender nada malo en ella. En el fondo de estas referencias aparece legítima la sospecha de la inestabilidad de la enferma y aquella otra de su inadaptación a la vida escolar. A los diez años de edad, la sujeto es sor- prendida por la policía intentando la seduc- ción de un granuja de algunos años menos que ella. Conducida ante el Tribunal, la chi- ca es absuelta, contra las espectativas ma- ternas, orientadas en el sentido de unos tri- bunales y unos jueces que todo lo hallan fácil cuando se trata de las buenas gentes del cam- po... A los trece años, pocos meses después de establecida su menstruación, la enferma se entrega a un señorito, respecto a cuya piel hace el siguiente comentario: —Cuando le pasaba la mano por la cara, me parecía que pasaba mis manos por el es- pinazo del perro de casa. Pensando en él mu- chas veces me pasaba los días acariciando a mi perro. ¡Pobre perro! Se murió. Lo mata- ron los carabineros por que estaba enfermo. Pero ella no se ha entregado por amor: ella ha querido tener un hijito suyo para aca- riciarlo y tenerlo siempre en susbrazos, un hi- jito como el cine tenía umi vecina. Había in- terrogado a esta vecina y había sabido que para tener un hijito como ese, era preciso ca- sarse. Continuó sus averiguaciones y la cru- deza campesina le aclaró ciertos puntos du- dosos. Hay que oirla cuando ella refiere el tre- mendo desengaño; a pesar de la piel igual a la piel del perro, el maridito que ella se había conseguido no era el que ella necesitaba: ¡Ca- sarse y no tener su hijito! No valía la pena 6 HISTORIAS DE ENFERMOS haberse casado. Pensó entonces en casarse nuevamente, ya que para ella la legislación del matrimonio era algo perfectamente per- sonal, que nada tenía que ver con las muchas páginas y la letra menuda del Código. Y con- tinuó casándose, primero en el caserío de la media docena de casas, después en la ciudad, Y nada; aquel niño con el cual soñaba con de- lirio; aquel niño que ella había visto tantas veces amorosamente mecido por los brazos de la vecina; aquel niño tan largamente espe- rado, no quería venir. La pobre ignoraba que la naturaleza, la más sabia de .todas las ins- tituciones eugénieas, ha puesto el sello de la esterilidad en todos aquellos seres que fatal- mente deben dejar una negra herencia sobre la superficie de la tierra... Ha vivido cinco años de esta vida mise- rable. Víctima de muchos brutos que no bus- can un alma en los labios que besan, ha pa- sado de unos brazos a otros brazos, Y siem- pre desesperada de no’ver llegar el hijo tan deseado, a pesar de sus averiguaciones ince- santes,a pesar de sus perseverantes esfuerzos. Hace un año, la buscona de un hijito lin- do, no pudiendo tenerlo, ha robado uno; pe- ro lo ha restituido pocas horas después de realizado el robo y lo ha restituido porque el hijo que ella quería debía ser suyo; debía te- ner la piel como la tenía el amante aquel de la piel semejante a la piel del perro victimado por los carabineros La autoridad ha sido más severa esta vez; un comisario inteligente ha meditado juicio- samente acerca de la historia de esta Madre- cita; ha creído que ella no está bien en las ca- lles de Bologna; ha pensado en la obligación social de defender a esta enferma de la torpe- za de quienes ríen las muecas de la insania y de la brutalidad de quienes aprovechan las Dr. HERMILIO V A L D 1 Z A N 7 debilidades de la psicopatía. Así ha sido re- suelta la internación de la enferma en el Re- gio Ma nicomio Provincial de Bologna. Y es allí, en un diálogo sostenido por la enferma con el Profesor Tonini, primero, y con el Dr. Riyari, después,que hemos tenido opor- tunidad de conocerla, ella, al mismo tiem- po que contesta a sus interrogadores, mira coquetonamente a los alumnos de la Clínica y a los asistentes. Interrumpiendo sudiscurso alza ligeramente la burda tela de su traje y nos deja ver el principio de unas gruesas pier- nas cubiertas por burda media blanca. Lla- mada al orden, reprendida por esta pepueña inmoralidad, se molesta primero, sonríe des- pués. Entorna los ojos, se arregla los cabe- llos en los cuales ha colocado un rojo clavel. Y vuelve a su hablar favorito: —Pero, con todo, ustedes me darán un hi- jito mió, uno que sea mió, uno así Y cogiendo un sombrero, lo pone entre sus brazos y comienza a arrullarlo, a besar- lo, a apretarlo contra su pecho. Interrumpe bruscamente este acariciar explosivo del som- brero y dice: —Pero este hijito no llora y yo necesito uno que llore. YT diciendo esto, arroja el som- brero por tierra. El exámen de esta mujer no suministra muchos datos desde el punto de vista físico: su talla es algo superior a la normal sin al- canzarlas cifras de un verdadero gigantismo. Una acentuada asimetría craneana es lo úni- co que de importante ofrece la inspección de la enferma. Las funciones de la vida vegetativa se realizan normalmente en ella y sólo vale la pena de anotarse, a este respecto, la insacia- ble voracidad de la enferma; un apetito que no selecciona jamás, que tolerándolo todo 8 HISTORIAS DE ENFERMOS respecto a calidad, es exigente respecto a can- tidad. Normal la motilidad de la enferma; bueno el estado trófico de sus músculos; buena la tonocidad muscular. Realízanse normalmen- te los movimientos espontáneos de los ojos, de la cara, de la lengua, de las extremidades, de los dedos. Solamente mediocre la habili- dad motriz de las manos; normal la fuerza muscular ( dinamométrica ) y normal la mar- cha. Los reflejos están todos presentes; la vi- sión y la audición se ejercitan normalmente; normales el gusto y el olfato. Ligeramente disminuida la sensibilidad tegumentaria al contacto y a los estímulos dolorííico, térmico V eléctrico. Ligeramente torpe la estereog- nósis. Las sensaciones viscerales y las nece- sidades orgánicas son acusadas normalmen- te por la enferma. El aspecto de la enferma es el de una cier- ta desorientación: la fisonomía es jovial, la mímica facial está exagerada; la voz es lige- ramente áspera; la palabra es normal. La en- ferma no escribe ni dibuja y, por ello, no es posible pronunciarse acerca de estas formas de expresión. El humor habitual de la enferma es varia- bilísimo: a momentos expansivo, deprimido a momentos; ya indiferente, ya hostil;el humor de la enferma sufre cotidianamente cambios que la hacen sujeto laborioso para las enfer- meras del Manicomio. La conducta de la enferma está caracteri- zada por una idéntica inestabilidad. En las labores del Asilo no es ella de las que mayor contribución aportan a la obra colectiva de las enfermas; es buena y es dócil; pero se fati- ga, necesita cambiar frecuentemente de ocu- ación y orientar sus actividades en muy va- os sentidos. Dr. HERMILIO VALDIZAN 9 La atención de la enferma es de una gran- dísima movilidad: muy difícil de constituirse y más difícil aún de mantenerse. La inteligencia de la sujeto es perfecta- mente insuficiente, con una insuficiencia men- tal qne correspondería al grado medio de la escala I)e Sanctis. Con los reactivos de B i n e T Simo n, ensayados en diver- sas ocasiones y por diversos experimentado- res, se ha obtenido resultados sensiblemente constantes: la enferma supera, con cierta difi- cultad, las pruebas, correspondientes a los seis años de edad. La enferma es emocionabilísima; el medio actúa rudamente sobre ella. Los gritos de dolor de una compañera de sala la hacen llo- rar deseperadamente; las risas de otras com- pañeras la hacen reir explosivamente. Los sentimientos familiares son de una grande frialdad. Una que otra vez, interro- gada respecto a su madre, se pone muy seria y pone en sus lábios una frase que quiere ser afecto: “ Pobre la vieja!” Pero, muy inme- diatamente después, ella justifica esta expre- sión: —Ella, dice, vendrá el jueves y me traerá mandarines. Ahora “es el tiempo” de man- darines. No tiene, ni ha tenido amigos. Guarda un hondo rencor para sus amantes: —Ellos, dice, los inútiles, no han podido traerme mi hijito La música ejerce una atracción grandísi- ma sobre esta enferma: escuchando con la mayor atención las primeras notas del piano realiza un poderoso esfuerzo de acomodación sensorial a la percepción y suplica encareci- damente que la permitan “ oir de cerca ”. En el Manicomio, la Madrecita ha hecho pocas amistades: una cretina es la única per- 10 HISTORIAS DE ENFERMOS sona a la cual mira con alguna simpatía; a la cual llama su “hermanita” y de la cual dice que tales sentimientos benévolos la inspi- ra por razón de su pequeña estatura y por su pronunciación infantil de las palabras. Se trata de una hermanita de las más inofensi- vas; una hermanita que habla poco, que ríe con frecuencia y que se deja acariciar con idéntica mansedumbre que un gato o un pe- rrillo. Nuestra enferma es curiosa; pero apenas exige la satisfacción de esta curiosidad un mediocre esfuerzo de atención, este mismo es- fuerzo parece ponerle término. Sugestiona- ble, a despecho de su falta de atención, dota- da de una credulidad inconcebible, ello repre- senta ciertas ventajas de orden psicoterápico. Merced a estas se lieva un consuelo a las in- quietudes de la Madrecita: ella está firme- mente convencida de que el médico busca ac- tivamente al hijito tantos años y tan vana- mente esperado; ella cree que un día vendrá el buen doctor trayendo en sus brazos al hiji- to que ella desea acariciar y arrullar y el cual deberá tener fatalmente la piel como La piel de perro de aquel primer amante no olvidado todavía. En la jerga nosocomial que permite una cierta tolerancia en llamar a los enfermos por nombres que halagan en algo sus ideas delirantes; en esa jerga que concede a cada Manicomio su Napoleón y su Magdalena, su Edisson y su Medusa, nuestra enferma es lla- mada afectuosamente con el nombre de “La Madrecita” que ella ha aceptado de muy buen grado. El tipo de mentalidad de La Madrecita excluye del problema diagnóstico la idiocia, la imbecilidad, el cretinismo, entidades mór- bidas de las que, una de ellas, el cretinismo, Dr. HERMILIO VALDIZAN, 11 está excluida también por la ausencia de he- chos a cargo del desarrollo óseo y de los te- gumentos. Las calidades del desarrollo esque- lético de La Madrecíta, perfectamente osten- sibles merced a la valiosa colaboración radio- gráfica, permiten excluir, así mismo, el gigan- tismo; puesto que no ofrece la enferma la osi- ficación de los cartílagos de conjugación y puesto que no existe desarmonía alguna de desarrollo óseo entre el tórax y las extremi- dades; puesto que, finalmente, no ofrece la en- ferma hechos de atrofia genital que tan fre- cuentemente se observan en el gigantismo. La exculpación del senilismo y del mongo- lismo es, no sólo posible, si no aún fácil; no presenta LaMadreeita aquellos signos osten- sibles característicos de tales enfermedades y tanto que han permitido describir una facies mongólica y una facies angulosa senil. Nos queda una entidad mórbida a la cual podemos y debemos hacer responsable de los trastornos que presenta La Madrecita: el in- fantilismo psíquico. El infantilismo psíquico no es, en buena cuenta, otra entidad mórbida que aquella constituida por la persistencia de la normal puerilidad; de esa misma puerilidad que, en una u otra forma, con variantes dependientes de condiciones personales y de educación es posible constatar en muchos sujetos norma- les. Recordad la orgullosa satisfacción del ni- ño de seis años que estrena un vestido; dejad correr los años y hallaréis en el niño ya hom- bre la vanidad pueril del corte irreprochable o aquella de la armonía perfecta con la im- posición despótica de la moda. Recordad la expresión de tristeza de la niña de seis años escuchando la lisonja dirijida a la belleza de la amiguita o al vestido de esta. Salvad la yalla del tiempo y os será dado contemplar HISTORIAS DE ENFERMOS 12 la misma expresión de tristeza pueril en el rostro de la dama que escucha el elogio de la belleza o de la elegancia de otra dama. En el lenguaje familiar son muchas lasex- presiones que aluden a esta persistencia de la puerilidad: casi todos los hombres hemos he- cho alguna niñería o hemos sido víctimas de ella; no pocos de nosotros los hombres ma- duros tenemos alegrías de niño y tristezas de niño y enojos de niño. ¡Cuántas veces, en ple- na vida, nuestras primeras impulsiones son perfectamente pueriles y cuántas veces sólo una heroica frenación crítica nos evita que, bajo la corteza del hombre, asome el niño! Parece como si, por ser tantas las ventu- ras de la infancia y ser tan puros sus encan- tos y tan sinceras sus alegrías, a medida que la vida nos aleja de ella, mayor gusto halla- mos en volver a ella la mirada y no nos re- signamos a abandonarla por entero. Esta vida que tanto nos arrebata, no logra despo- jarnos por completo. Ea Madrecita es un caso interesante de infantilismo psíquico; interesante por la rela- tiva pureza del tipo, ya que, en el mayor nú- mero de 'casos, los sujetos víctimas de este infantilismo ofrecen manifestaciones, más o menos acentuadas, de los llamados infantilis- mos incompletos (estatural, genital, vocal, cardiovascular, etc.) ¿Dónde hallar la clave de este infantilis- mo psíquico de La Madrecita? Tal vez deba- mos pensar en el etilismo paterno, ya invete- rado en la época en que La Madrecita fue concebida. El compromiso hipotiróidico, evi- denciado por los beneficios obtenidos en la enferma merced al régimen tiroidiano, plan- tea una cuestión interesante de resolver: ¿Fué el cerebro el originariamente lesionado o fué la tiroides la primera víctitna del daño bioló- Dr. HERMILIO VALDIZAN 13 gico? ¿Enfermó la tiroides por que ya estaba enfermo el cerebro? ¿Enfermó el cerebro co- mo consecuencia de la alteración previa tiroi- diana? ¿El daño sufrido por uno y otro ór- gano fué único, fué común? Son los interro- gantes científicos del caso clínico historiado. ¿Qué debemos anunciar para el porvenir de La Madrecita? Nada lisonjero: ella presenta un déficit psíquico que, a despecho de la eficacia de la cura tiroidiana, no ha de ser salvado. Tal vez si una enfermedad intercurrente, una pia- dosa enfermedad intercurrente, ponga térmi- no a las niñerías morbosas de esta infeliz; tal vez si la Naturaleza misma, que tan piadosa parece ser para estos niños grandes, doloro- samente eufóricos, a los cuales no permite su- frir los desengaños de la ancianidad, quiera economizarlos a La Madrecita. Cuando el psiquiatra es llamado a asistir casos de infantilismo psíquico en época opor- tuna, cuenta con los elementos provechosos de la asistencia médico pedagógica, la cual permite liberar al enfermo de las agresiones brutales del ambiente y colocarle en situación de mejor encarar las dificultades de la vida. Pero cuando el psiquiatra es llamado tar- díamente; cuando el abandono o la indolen- cia familiares han hecho su obra de daño, es mínima la probabilidad de beneficiar al enfer- mo. En tales casos sólo le resta el cumpli- miento de sus deberes de solidaridad social: exigir que la Sociedad, esa misma que evita que un automóvil aplaste a un paralítico que discurre lentamente por la vía, tienda sobre estos niños grandes; sobre estos hombres del espíritu de niño, el piadoso manto de su am- paro, con el objeto de evitar que la brutali- dad de las gentes aplaste estos pobres espíri- tus torturados por infantiles amarguras y por infantiles inquietudes. LOCO DE AMOR La familia X. no ha conservado en blan- co las páginas de su libro de salud. El médi- co de la familia X. ha debido escribir, en esas páginas y en más de una oportunidad algu- nas palabras de un tecnisismo poco mortifi- cante por obra y gracia de su divulgación: nerviosidad, nervosismo, neurastenia, voca- blos de cuyo uso y abuso tanto gusta nues- tra época. El sujeto de esta historia, Rafael X., tie- ne 18 años de edad y ha nacido en Lima. Hi- jo de padres sanos, ha nacido en condiciones normales; ha sido alimentado al seno mater- no hasta los 14 meses de vida; sus primeras piezas dentarias han hecho irrupción en las encías durante el curso del primer año y ha sido por esta misma época que el niño ha ar- ticulado las primeras palabras y ha realiza- do sus primeras tentativas eficaces de marcha. Cuando la familia pudo darse cuenta de algunas de las características psíquicas del pequeño Rafael, pudo constatar que el niño era algo tontito y pudo darse cuenta de que el pequeñin no tenía la misma expresión que sus hermanos y que carecía de la vivacidad 16 HISTORIAS DE ENFERMOS de éstos: abandonado entre sus juguetes, gus- taba de permanecer entre ellos muchas horas, inmóvil, indiferente, realizando pequeños mo- vimientos sin finalidad, hasta que el sueño le cerraba los párpados, Rafael X, no ha sufrido enfermedad algu- na y ha tenido la buena suerte de escapar a los habituales achaques de la infancia. En buenas condiciones de salud física, si es lícito este artificial desdoblamiento de la salud, ha comenzado ha frecuentar la Escuela; los maestros se han dado cuenta del “ poco ta- lento ” del niño y han comunicado el hecho a la familia, que ha insistido en solicitar los be- neficios de la “buena voluntad ” y de la “ pa- ciencia” de los enseñantes. Merced a ello, Rafael ha logrado aprender a leer y escribir con no pequeñas dificultades. Y sus progre- sos han sido tales que en ocho años ha podi- do superar los programas oficiales de la Ins- trucción Primaria. Estos progresos escola- res se han acompañado de una pérdida rela- tiva de la natural timidez del sujeto, que se ha hecho objetivo menos frecuente de las bur- las de sus camaradas y que ha reaccionado, frente a frente de éstas, con una cierta bruta- lidad. Realizando los primeros estudios de la Instrucción Media, Rafael ha conocido a Margarita N. Ha comenzado entonces a pres- tar una mayor atención a su persona; ha pro- curado “hacerse elegante” y ha realizado vanos esfuerzos titánicos por aprender a to- car el violín, sabiendo como sabía la admira- ción de Margarita por un violinista de fama mundial. Un día ha robado el pañuelo de se- da de una de sus hermanas, para lucirlo en el bolsillo de la americana en sus paseos por la calle en una de cuyas casas habitaba el obje- to de sus amorosos desvelos. A este robo ha Dr. HERMIL10 V A L D I Z A N 17 seguido el de algunos céntimos a la mamá, para adquirir cigarrillos que sólo fumaba a la vista de la muy amada. Margarita ha correspondido a Rafael du- rante un año y unos pocos meses. El idilio no ha ofrecido nada de alarmante en el senti- do de la impresión que esta correspondencia amorosa hubiese podido operar en el espíritu de Rafael. La madre de éste, noticiada de aquellos amores, en ejercicio del santo egois- mo de las madres, ha favorecido estas rela- ciones, haciendo la vista gorda a los peque- ños robos de su hijo, aumentando discreta- mente el número de sus corbatas, adornando con alguna flor el ojal de la americana, tole- rando el robo del agua de Colonia del toca- dor de las hermanas. Y todo ello creyendo que aquellos amores representaban un positi- vo beneficio para el niño. Parece que el idilio era tranquilo: a las seis de la tarde, después de minuciosa cepilla- da a sus ropas, Rafael se instalaba frente a frente del inspector de policía que vigilaba la calle en que habitaba la familia de Margari- ta; se asomaba esta al balcón; correspondía al saludo y a las miradas del tímido galán y, sonadas las siete de la noche, cuando era ma- terialmente imposible la visión a distancia, marchábase Rafael, cerraba sus balcones Margarita, y quedábase ahí, riendo socarro- namente, el inspector de policía. Un día acortáronse las distancias que se- paraban a los enamorados y pudieron verse de cerca y hablarse sin el silencioso testimonio del inspector de policía. Rafael manifestó ve- hemente sus deseos de casarse a la mayor brevedad posible; Margarita expresó idénti- cos anhelos y ambos acordaron hablar a los Padres de la niña para formalizar el com- promiso matrimonial. 18 HISTORIAS DE ENFERMOS Rafael comenzó a observar una conducta estraña: comenzó a realizar adquisiciones que no era capaz de justificar debidamente: adquirió una flamante camisa, una corbata “muy seria” y unos guantes. Interrogado respecto a estas adquisiciones, manifestó que ellas representaban preparativos para con- currir a una velada que preparaban los alum- nos del Colegio. Un buen día, terminadas las labores escolares, Rafael, de regreso a su ca- sa, vistióse con todas sus adquisiciones, se perfumó generosamente y se marchó a la ca- lle, despertando las maternas sospechas de un paseo en compañía de la enamorada. Las sospechas maternas eran justificadas sólo en parte: Rafael visitaba aquel día al Padre de Margarita y le pedía, lo más solumnemente que le fué posible hacerlo, la mano de su hija. No se conoce el discurso que hizo Rafael; se ignora, igualmente, la respuesta del señor padre de la niña; pero es de creerse que, dada la condición de éste, hombre juicioso y tran- quilo, la respuesta debió reducirse a alguna amable excusa, a algunos consejos saludables; a la paternal recomendación de “darle tiem- po al tiempo ”. Rafael regresó a su casa en condición ver- daderamente desastrosa: las adquisiciones de indumentaria habían perdido sus pocos en- cantos; la corbata había perdido la uniformi- dad de su superficie; la camisa había perdido la tersura impecable de la pechera y los guan- tes se habían perdido por entero. La madre, legítimamente alarmada, inte- rrogó a Rafael, sin obtener respuesta. En este mutismo invencible permaneció el sujeto durante 24 horas, durante las cuales rechazó todo alimento, valiéndose de la mímica facial y del gesto para exteriorizar estas negativas. Llamado el médico de la familia, prescribió el Dr. HERMILIO VALDIZAN 19 reposo y aconsejó la administración de unas “cucharadas” tónicas, insinuando, al mis- mo tiempo, sus sospechas de tratarse de una “gripe benigna”. A las 24 horas de inicio de estos accidentes, el sujeto entra en un pe- ríodo de franca agitación: destruye cuanto le permitió destruir la familiar vigilancia, inclu- yendo en tal todo los perfumados billetes amorosos de Margarita. La madre de Ra- fael aprueba esta destrucción de la amorosa correspondencia y entonces Rafael realiza grandes esfuerzos reconstructivos: extiende una gran hoja de papel y va adhiriendo so- bre éste los pequeños fragmentos de las car- tas. La labor es frecuentemente interrumpi- da por episodios de introversión que alejan al sujeto de la realidad de la obra por él em- prendida. Es tanta la discontinuidad del es- fuerzo que, en el espacio de doce horas, no consigue reconstruir una sola de las cartas. Visitado nuevamente por el médico de la fa- milia, éste prescribe una fórmula de bromu- ros e hidrato de eloral cuyas primeras dosis logran fulminar al enfermo en un sueño pro- fundo. El negativismo del sujeto se acentúa al día siguiente: rechaza los alimentos, se niega a satisfacer sus necesidades orgánicas, se mantiene encerrado en su mutismo y perma- nece indiferente a todo, prolongando en de- masía las actitudes que le obligaban a adop- tar, fijando la mirada en un objeto o fijándo- la en el espacio. Durante quince días, el sujeto es alimen- tado a la sonda y sometido a la. medicación bromurada, sin otro efecto que el de la apa- rición de un acné facial que más mortifica a la familia que al enfermo. Es en estas condiciones que tengo oportu- nidad de examinar a Rafael: sujeto de buen 20 HISTORIAS DE ENFERMOS desarrollo físico, ofrece a su inspección el he- cho de una ligera asimetría facial con men- gua considerable de la mitad derecha. Las funciones de la vida vegetativa se lle- van a cabo normalmente, si se exceptúa la constipación intestinal, viejo achaque del jo- ven enfermo, frecuentemente combatido por la administración de pequeñas cantidades de sulfato de soda. Nada de notable acusa el exámen neuro- patológico del enfermo. No es posible decir otro tanto del exámen psicológico: escuché- mosle: —Diez mujeres se han suicidado por ti y todas por mi, por mi, por mi, por mi, por mi. (esta esteoritipía fonética es acompañada de movimientos ritmieos de flexión de la cabeza sobre el tronco). Porque yo soy hermoso y oloroso y amaroso y ya no habrá muchachas bonitas, ni vestidos elegantes, ni sombreros finos, ni flores verdes, ni cintas blancas, ni maradas, y todos serán buenos y no han de robar ni matar ni asesinar ni almor- zar y ¿ilmorazere. Y yo almorzaré, y tu al- morzarás y él almorzará y nosotros almor- zaremos y vosotros almorzaremos Como puede verse, en este discurso suyo se hacen evidente las asociaciones por aso- nancia, las rimas, las corrupciones de pala- bras con cierta tendencia al neologismo, la estereotipia. Este, como sus otros discursos, es acompañado de una hipermimia considera- ble, cuando no es interrumpido por fases de mutismo completo y de amimia episódica. Otras veces sus discursos son a un más so- lemne contenido, evidenciando un vaniloquio mucho más acentuado. Escuchémosle una vez más: —Es un encargo importante, urgente, inte- resante, inteligente. Y sólo yo puedo hacer Dr. HERMILIO VALDIZAN 21 esta obra que dice la prensa. Y sólo yo pue- do vencer estas cosas que nadie entiende, que nadie puede estar destinado a conocer. Yo y el Ministro de Gobierno y el Coronel M. y el Dr. S. (el médico de la familia). Y si no lo ha- go yo no lo haces tú, no lo hace él, no lo ha- cemos nosotros Muchas veces, pronunciando estos dis- cursos solemnes, ríe, hace reverencias a per- sonajes fantásticos o a objetos de su realidad ambiente. Otras veces, calla y adopta actitu- des extrañas,en lasque se mantiene por tiem- po considerable, verdaderas actitudes de es- tatua, francamente catatónicas. Tranquilo, por lo general, no son raros en él los episodios de agitación: toma los ob- jetos que halla a mano y los destruye rabio- samente. Y, en tanto que realiza estas des- trucciones, su expresión mímica es o sobera- namente indiferente o puerilmente placente- ra, semejante a la mímica de los pequeños cuando logran realizado un tímido intento de dominación muscular. En presencia de este sujeto, del estado de debilitamiento psíquico global, estado de- mencial de los psiquiatras; en presencia de la evolución de su proceso morboso, cabe el establecimiento, sin grandes inconvenientes, del hecho de una Demencia Precoz. Los trastornos psíco sensoriales y los actos impulsivos realizados por el enfermo, permiten excluir las probabilidadesde entra- da en acción de una neurastenia o psicastenia. La ausencia de elementos morbosos de orden paralítico, así como la ausencia de an- tecedentes reveladores de una infección sifilí- tica, permiten excluir del diagnóstico, la Dc~ mencia paralítica. El acentuado negativismo del enfermo, hace posible eliminar, en la elaboración diag- 22 HISTORIAS DE ENFERMOS nóstica, la responsabilidad nosológica de una amencia. Ese mismo negativismo es tan diverso de la ansiosa resistencia de los estados crepuscu- lares epilépticos, que facilita excluir la sospe- cha de una Psicosis epiléptica, sospechada alejíula, por otra parte, por la ausencia de antecedentes epilépticos. Finalmente la desarmonía entre el conte- nido delirante del enfermo y el tono sentimen- tal,nos ponen en camino de desvanecer la po- sible existencia de una psicósis maniaco de- presiva. Caso interesante el de esta Demencia Pre- coz, perteneciente ni grupo de las llamados subsequens, por el hecho de haberse estableci- do en el terreno preparado de una frenaste- nia originaria y de haberse establecido como consecuencia aparente de una emoción inten- sa. Para nuestra manera de ver, la negativa del padre de Margarita no tiene aquella im- portancia decisiva que le fuera asignada por la madre del enfermo. La negativa sólo ha re- presentado el rolde un factor coadyuvante, de oportunidad aparentemente trágica: ha sido, en el más grave de los casos, la gota de agua que hizo rebasar el contenido. Y yendo más lejos todavía, cabe sospechar, con mengua de romanticismos que nos son tanto más caros cuanto más nos apartamos de ellos, que el amorde Margarita, aquel amor iniciado ante la mirada indiscreta del inspector de policía, fué un síntoma, un humilde síntoma de la en- fermedad que ya había hecho presa en el espí- ritu frágil del pobre ladrón de agua de Colo- nia y del infortunado aprendiz de violinista,.. EN EL FONDO DE LA COPA Día alegre, primer día de primavera; pri- mera caricia de un Sol tímido que los buenos bologneses quieren aprovechar excursionan- do en alegres caravanas hacia las puertas de la Ciudad: hacia Castiglione y Zaragoza; ha- cia Mazzini y D’Azeglio; hacia Santo Stefano y... Sant’ Isaia. Esta última puerta y esta última calle representan para Bologna lo que “el Cercado” páralos habitantes de Lima: efectivamente, en un viejo caserón que lleva en dicha calle el número 90, se halla situado el Manicomio, la vieja casa por cuyos claus- tros conventuales parece que vagara el espí- ritu bonachón del viejecito Roncatti, el alienista que aseguraba hallarse más a gusto entre los locos del manicomio pequeño que entre aquellos del Manicomio grande, como llamaba a sus paisanos, los hospitalarios ha- bitantes de la « Citta delle belle donne.» El Doctor Mascagni y yo, termi- nada la visita de la tarde, nos preparábamos a abandonar el Manicomio y a confundirnos, camino de nuestras casas, con la alegre mul- titud que llenaba las calles, cuando vimos de- 24 HISTORIAS DE ENFERMOS tenerse ante nosotros el coche del Manicomio y descender de él, apoyado pesadamente en los brazos de dos enfermeros, a un hombre, un enfermo. El grupo avanzó lentamente por la es- trecha vereda que conduce al vestíbulo. Ha- ciendo su camino el enfermo nuevo, alto, del- gado y pálido, se detenía para contemplar a los enfermeros que le conducían dulcemente y para contemplar, buscón de un recuerdo, a- quella irregular y estrecha vereda, aquellos jardines en los cuales la primavera rompía los primeros capullos. El grupo se detuvo en la portería: los en- fermeros hicieron entrega de la boleta de in- ternación, que el portero depositó en una ca- ja, en tanto que murmuraba: —Ya era tiempo... Hace cinco meses de la última salida. El enfermo sonrió con risa que era una verdadera mueca; se pasó las manos por el rostro bañado en sudor; se refregó los ojos y nos miró atentamente, haciendo un esfuerzo por reconocernos; pronunció algunos nom- bres para nosotros desconocidos. Terminada la inscripción; practicado el registro minucioso del enfermo, que sólo arro- jó sobre la mesa del portero dos piezas de cobre de a céntimo cada una y una colilla de toscano, el enfermo pasó a la sala de Obser- vación; amplia sala cuadrada y tranquila, a la que no llegaba el rumor de la vida en la ciudad ni el de la vida del Manicomio. El enfermo nuevo permanece silencioso; se deja despojar de su sombrero; se deja cam- biar sus ropas sin formular la menor obser- vación; intenta dormir; pero el sueño no acu- de a su llamamiento y entonces comienza a hablar. Habla muy suavemente, musitante- mente, como si hiciese confidencias secretas a D r. HERMILIO V A L D I Z A N 25 un invisible. Este invisible lo es solamente pa- ra nosotros; el le vé, le habla, le hace sitio en su cama, le mira fijamente y, a momentos, le acaricia con sus manos temblorosas, sus lar- gas, blancas y descarnadas manos que a mo- mentos se crispan y se relajan a momentos. Se anima y entonces es posible percibir clara- mente sus palabras: —Sí; he bebido; pero no lo digas a nadie; no lo cuentes a tu madre, ni lo cuentes a la pobrecita madre mía. A ellas no les gusta el vino. Si acaso te preguntan dílas que es el trabajo el que me puso así; dílas que he tra- bajado tanto, tanto, que he perdido la cabe- za. Y tú, ¿por qué lloras? ¡También tú! Sa- bes bien que no me gusta verte llorar, sabes que tus lágrimas me exasperan y me hacen perder la cabeza. Mira: si sigues llorando, voy a salir de nuevo y voy a beber más, voy a beber hasta no poder más... Vamos: véte! véte! Intenta ponerse en pie; sus ojos se abren desmesuradamente; sus manos se crispan en ademán amenazador y sus brazos simulan extrangular un cuerpo, tal vez el de ese al- guien a quien minutos antes acariciaba con las manos y con las dulzuras de su voz. El en- fermero le sujeta suavemente, le recuesta de nuevo. Y7 el grita entonces, con toda su voz: ¡La miserable! ¡Canalla! canalla! Después calla. El médico dispone un baño caliente para beneficiar a aquel pobre siste- ma nervioso excitado, a aquellos pobres ner- vios torturados por el tóxico. Al día siguiente, en la visita de la maña- na, conversamos con este enfermo. Está más tranquilo y más dócil. Hay en su rostro la huella tremenda de la noche inquieta del alu- cinado insomne. Las alucinaciones están en pie y son de intensidad tal que se intercalan 26 HISTORIAS DE ENFERMOS en su discurso, violentando al sujeto. Habla suavemente, con una finura que no es amane- rada, con esa finura familiar de acento y de expresión que denuncian en el pobre enfermo a sujeto que, un día en la tranquila jornada de la vida, gustó de ser amable y de ser bené- volo: —Sí; un poco mejor, mucho mejor, nos di- ce. He soñado mucho; mis sueños dolorosos de siempre. Nada de agradable tienen esas arañas de la marcha lenta que me cosqui- llean ásperamente toda la piel. Son horribles esas ratas hambrientas que me roen las ma- nos y que avanzan impávidas hacia mis bra- zos 3- hacia mi cara, a la cual llegan ágilmen- te para cebarse en mis ojos. Ahora me hacen menos daño: es el beneficio de la costumbre. Las primeras veces que hice estos ensueños, ellos me hicieron un daño terrible: las ratas de aquellos ensueños eran más grandes y más voraces; pero más que su dimensión y su vo- racidad, me espanta el contacto de sus pela- jes multicores con la superficie de mi piel. ¡Qué escalofrío horrible! Se calla por breves momentos; su mirada vaga por la estancia hasta fijarse en un pun- to y seguir el movimiento de algo que noso- tros no podemos ver: la dolorosa mirada de ensueño que los normales ponen en sus ojos cuando parecen buscar en el espacio los con- tornos inaferrables de una iinágen. Llega un momento en el cual nosotros, la curiosa rea- lidad inquiridora del médico, desaparecemos para el enfermo que concentra toda su aten- ción en la imagen encontrada. Y habla en- tonces, insinuante, enamorado, casi tierno: —No te vayas todavía.... Yo te quiero siempre cerca de mi, aún que me insultes, aún que me ultrajes.. ¿Borracho?... Si, borracho por ti; borracho para quererte mejor, para í)r. HÉRM1LIO VALDIZAN 27 quererte sólo a ti. Estamos solos, nadie nos vé, nadie nos escucha. Ven, ven a mi, como antes ¿Recuerdas?... No huyas, no seas mala!. El enfermo consigue levantarse y avanzar hácia la esquiva. Sus movimientos son tran- quilos y lentos. Mezcla de trágico y de cómi- co el avanzarsonambúlico de aquel sujeto so- lo cubierto por una camisa de dormir. Avan- za a pequeños pasos, intentando enlazar en sus brazos un talle que huye a la caricia. El enfermero conduce al enfermo a su lecho; el enfermo se deja conducir, se acuesta nueva- mente y entre sollozos murmura una palabra, una sola palabra: ¡Mella! mala! No nos detenemos más; la visita es larga, son muchos los enfermos y hay que visitarlos a todos y conversar con todos. Doce días de abstinencia progresivamen- te creciente, de sedante balneación, de régi- men estimulante y de desintoxicación, trans- forman al enfermo en un convalesciente. No- sotros, que le hemos seguido día a día, que hemos anotado su nombre en nuestra libreta de apuntes, pretendemos saber de él la histo- ria de su vida inquieta, la vieja y dolien- te historia que un día de “buen humor” ha referido al compañero Mascagni. Pero no es fácil vencer sus resistencias: —¡Mi historia—ha dicho—la historia de muchos, la muy sabida historia de muchos de estos compañeros mios de infortunio; de estos compañeros de los que, unos, hacen co- mo yo, entran y salen; y otros entran por una seda vez, una sola La historia que ha recogido el Doctor Mascagni, es la siguiente: De modestos orígenes, hijo de un epilépti- 28 HISTORIAS DE ENFERMOS co y de una mujer sana; educado desde su infancia por un tio suyo, pequeño industrial que le favoreció hasta la época de cumplir los quince años de edad y que, en esa época, le echó a la vida con unas pocas liras en el bol* sillo y su oficio de mecánico. Vida dolorosa aquella de los primeros pasos en el desempe- ño de sus habilidades; vida llena de sacrifi- cios del amor propio y de claudicaciones de congénitas rebeldías; vida de torturado, ape- nas interrumpida por verdaderas ráfagas de optimismo y por episodios fugaces de espe- ranza de victoria. Vinieron después los días buenos; los días del reconocimiento de sus buenas condiciones para el trabajo productivo. Entonces'comen- zó a economizar, pensando en un mañana de mayor tranquilidad y de menor esfuerzo. Cuando creyó asegurado el porvenir, pensó en casarse, curando en esta forma su grande soledad. Después de un breve noviazgo, con- trajo matrimonio con una muchacha aparen- temente buena, que debió amarle muy poco para abandonarle, como lo hizo, a los seis meses de celebrado el matrimonio, robándole el producto de sus economías juiciosas y obli- gándole, por tal motivo, a recomenzar su vi- da de privaciones. Recomenzar una vida! Y recomenzarla sin la espectativa amable del principio, sin pensar en la posibilidad de ha- llar una buena compañera; recomenzarla pen- sando en la posibilidad de hallar otra vez la mujer mentirosa y mala que habría de enga- ñarle, que habría de robarle su dinero y, lo que vale más que el dinero, su ilusión de vivir. El hijo del epiléptico, cobarde ante la ad- versidad, fatigado por la aspereza de la lu- cha sostenida en plena juventud; pensó en to- das las dificultades de comenzar “de nuevo ”; pensó en la desolación enorme de esta según- I) r. HERMÍLIO VALD1ZAN 29 da etapa de su camino. Asomó a su mente la idea del suicidio; pero, cobarde también, la desechó y pensó en vivir una vida de abando- no y de olvido, una vida de parásito que po- día ser menos mala que aquella vida de abe- ja laboriosa por él hasta entonces vivida. Y pensó entonces en el alcoholen el suicidio len- to, lento; en el alcohol que le roba al hombre cuanto le diferencia del bruto;pero que le pro- porciona el bien supremo del olvido. El enfermo ha cumplido su promesa: ha ingresado al Manicomio tres veces en el cor- to espacio de un año y medio. Permanencias breves fueron las primeras: primero un deli- rium tremens que pudo beneficiar de la asis- tencia en un hospital común; la segunda y la tercera vez se trató de episodios psicopáticos debidos al continuar incesante de la intoxica- ción. Las averiguaciones practicadas acerca de la vida de este hombre fuera del Manicomio arrojan alguna luz sobre los trastornos psí- quicos que en el tienen lugar: A su salida del Manicomio, el pobre hom- bre busca ocupación y tiene la fortuna de en- contrarla siempre. Entonces hace una vida ordenada, metódica, de privación y de absti- nencia, que le permite ahorrar una pequeña cantidad de dinero. Cuando esta cantidad suma un centenar de liras, entonces comienza la etapa del abandono y de entrega incondi- cional en brazos del tóxico. Cuando el cente- nar de liras ha terminado, el sujeto se halla en condición tal que la autoridad debe dispo- ner nuevamente la internación en el Manico- mio. Allí pasa lo queel sujeto llama “su crisis”. Terminada ésta, vuelve de nuevo a su traba- sus economías y a su embriaguez embru- teced ora. A su primera salida del Manicomio ha ha- 30 HISTORIAS DE ENFFRMOS liado trabajo como auxiliar de ingeniero; a su segunda salida ha desempeñado el cargo de camarero en un café de cuarto orden; la tercera vez ha desempeñado el cargo de aco- modador en un teatro de variedades. Esta cuarta vez ¿qué será de él?. Durante su permanencia en el Manico- mio, trascurridos los días malos, es un enfer- mo que busca ocupación para sus activida- des; que encuaderna los libros de la Bibliote- ca; que limpia los aparatos del Laboratorio de Psicología Experimental. Es bueno y dó- cil, respetuoso de médicos y eniermeros y to- lerante para con los enfermos. ¿Qué pensar de este enfermo? Es el caso vulgarísimo de una intoxica- ción alcohólica? Es la vulgar historia de su- jeto que llega con cierto atraso a la taberna y sufre, en explosiones delirantes transitorias, los daños de esta pecaminosa asiduidad? Creemos que no es este el caso nuestro. El concepto de abstinencia alcohólica goza en Italia de una cierta amplitud: país pro- ductor de excelentes vinos que hacen gira triunfal por el mundo, no llama bebedores a quienes consumen en sus alimentos un medio litro de vino por día. De estos llamados be- bedores moderados era el sujeto de nuestra historia, libre, por tal motivo, del daño psí- quico enorme que en los órganos virgenes de la intoxicación suele producir la primeva co- pel. Sería posible, con cierta sutileza clínica, invocar en este caso, como explicación de los trastornos mentales que lo caracterizan, el hecho de haber sido salvado el límite de tole- rancia ¿de oh ó) iic a\ pero se trata de explicación que no resiste a la crítica más indulgente; puesto que el sujeto ha salvado tal límite, con una cierta frecuencia, sin experimentar los trastornos cpie en la actualidad presenta. Dr. HERMILIO V A L D I Z A N 31 ¿Trátase, acaso, de un epiléptico que des- carga sus acumuladas energías nerviosas en crisis periódicas dipsomaniacas? La hipóte- sis no es inaceptable si se piensa en la epilep- sia paterna, si se toma en cuenta la periodici- dad de estas impulsiones hácia el alcohol. ¿Forma imprecisa de intoxicación alcohó- lica, epilepsia?. El tiempo lo dirá. El enfermo vá a permanecer en el Manicomio un periodo de tiempo que contribuirá a aclarar el diag- nóstico, sujeto a tratamiento que habrá de beneficiarle de todos modos, desintoxicándo- le y sustrayéndole a los peligros del ambiente. Pero cabe pensar en la causa determinan- te de la alcoholización del sujeto y analizar su importancia determinista. Se nos ocurre muy forzada la hipótesis de lo irremediable, en aquella fuga de la mujer que agrava su traición acompañándola de un robo vulgar. Si bien es verdad que no son raros en la vida aquellos sujetos que, por concurso de circuns- tancias varias, adoptaron una fórmula única en la vida, rindieron culto fanático a la mo- notonía de la línea recta y esquivaron en cuanto les fué posible aquella humana oscila- ción de dicha línea que conduce unas veces a la cima de la gloria y otras al abismo del fracaso; no es raro tampoco cpie tal afecto por la monotonía represente constitución personal de fragilidad tanta que se exhibe por circunstancias a las veces sin importan- cia real. Sujeto frágil; sujeto que maternizando el amor de la mujer que hizo esposa suya, se procuró reconquistar todo el tibio afecto de que había carecido, nuestro enfermo fué la víctima íacil de su fragilidad en presencia de desgracia que no pocos hombres tomaron con una mayor dosis de filosofía. ¿Qué haremos en beneficio de este enfermo? 32 HISTORIAS DE ENFERMOS Privarle de una libertad que emplea en daño suyo, procurar crear en su mente inte- reses nuevos, erigiendo un ideal que pueda reemplazar al ideal trunco de aquella vida tranquila del hogar y de aquel afecto de mu- jer; rehacerle, obligarle a comenzar de nuevo, sin desfallecimientos, robusteciendo su volun- tad, aquietando su espíritu frágil y tortura- do y poniendo en la desolación espiritual de este gran caído y de este gran derrotado, un algo de ilusión y de ensueño; ese algo de en- sueño y de ilusión que nos hace vivir a los hombres. Abandonando el Manicomio de Bologna, camino de otros centros de mayor opulen- cia científica pero no más hospitalarios, he- mos tenido oportunidad de saludar al pobre mecánico, al infeliz a quien tanto le robara la vida. En aquella conversación de despedida, le hemos dicho que le mirábamos con afecto que habíamos hecho nuestro el gran dolor de su vida y que estábamos acostumbrados a mirar en el fondo de la copa y no en la super- ficie. El enfermo ha sonreído tristemente. Ha estrechado nuestra mano entre las suyas temblorosas y nos ha dicho: —Si, señor: hay que ver en el fondo de la copa... ¡En el fondo de la mía hay una mujer! ROSAS DE OTOÑO Se trata de un caballero que vive el se- xuagésimo cuarto año de su vida. Viene a mi consultorio para asistirse de enfermedad que el mismo se ha tomado la molestia de diag- nosticar y en demanda de un consejo, de una palabra de auxilio a la terapéutica que él ha instituido ya y que realiza con asiduidades de cuya importancia podrá darse cuenta cabal el paciente lector de esta Historia Clínica. De- clara el sujeto sufrir, a título de dolencia úni- ca, fuertes dolores de cabeza que “le pasan durmiendo” y que ie preocupan por que tal achaque representa un obstáculo a sus pro- pósitos de unirse en matrimonio a una mu- jer que ama y que le corresponde en su amor. Él sujeto de la presente historia me había causado impresión que yo no sabría explicar; la impresión que nos producen aquellas per- sonas de quienes decimos que algo tienen de raro o de particular sin que nos sea posible establecer la rareza o la particularidad. El Vestido del sujeto contribuía en no poca par- te a proporcionar tal impresión: una desme- drada levita encubría un flamante chaleco de vivísimos colores y en aquellos pantalones de 34 HISTORIAS DE ENFERMOS rayas yo juraría que se hallaban presentes algunas indiscretas soluciones de continui- dad. Un cuello sucio servía de pretexto al lu- cimiento, un tanto escandaloso, de una ruin corbata de color rojo subido. El sujeto hablaba con una grande lenti- tud, como si pusiera cauteloso empeño en “medir sus palabras”. Pero estas eran tales y eran de tan escasa importancia que había el derecho de pensar que mejor que medir sus palabras el sujeto hallaba dificultad conside- rable en echar mano de ellas. Ha interpuesto silencios considerables entre mis preguntas y sus respuestas cuando le he interrogado acer- ca de sus nombres, acerca del lugar de su na- cimiento, acerca de otros tantos elementos in- formativos cuya respuesta en el sujeto normal es casi automática. Interrogado respecto a su edad, pregunta indiscreta tratándose de damas, ha respuesto como yo respondía a mi maestra de Escuela cuando no estaba seguro de lo que decía: —¿Mi edad?... Ah!... Apreciado, señor doc- tor, hace usted muy bien en preguntarles la edad a sus pacientes... Mi edad, como ya lo había dicho, es de sesentaicuatro años. Le interrogo respecto a su pasado pato- lógico. El pasado remoto se conserva bas- tante bien: el caballero refiere, con prolijidad en veces divagadora, los accidentes sufridos a los cinco y a los siete años de edad; guarda recuerdo de una epidemia de viruela, enferme- dad de la cual fué asistido por el malogrado Doctor Ulloa; recuerda una epidemia de dengue de que fué víctima y cuya epidemia fué objeto de animada discusión entre los más brillantes profesores de la Facultad de Medicina de Lima: recuerda que, durante el curso de la viruela que sufrió, la familia le administraba,ocultándose del Doctor U ll o a, f)r. HERMILIO VALDIZAN 35 unos baños de malvas y de leche. Recuerda muchos detalles interesantes de la vida del Doctor Ulloa, y aún evoca la memoria de la labor política del periodista y médico no- table. El sujeto da cuenta exacta de las enfer- medades sufridas hasta cumplir los cuaren- taicinco años de su vida. A partir de esta épo- ca, a pesar de los esfuerzos que realiza, no lo- gra recordar nítidamente: se ha hecho en su memoria un vacío que, a momentos, es llena- do por evocación pálida de uno que otro epi- sodio vivido. La historia del Perú que cono- ce este caballero termina el año de 1896, fe- cha hasta la cual conoce perfectamente la evo- lución política del país. Escuchando a este buen señor viene a la mente su comparación con un mercader que, habiendo sido el modelo de la ordenación y catalogación de sus mercaderías hasta un momento dado de su vida, hubiese renuncia- do bruscamente al orden en sus procedimien- tos. El sujeto se fatiga fácilmente en la elabo- ración de sus respuestas, aún en la de aque- llas más simples. Y cuando se fatiga es de ob- servarse aún cierta dificultad en la articula- ción de las palabras. De los diversos experi- mentos a que el sujeto ha sido sometido con el objeto de evaluar su trabajo mental, re- sulta que el ritmo de éste no adquiere impul- so considerable en momento alguno, a despe- cho de las más vivas estimulaciones. La cur- va del trabajo mental es poco acentuada: ella alcanza rápidamente la elevación correspon- diente al entrenamiento y en breve espacio de tiempo cae bruscamente en la sima de la mayor fatiga. El sujeto advierte esta fatigabilidad ex- cesiva: 36 HISTORIAS DE ENFERMOS —Cuando hablo mucho, me fatigo. Ya he hablado demasiado, ya me —Bien; pero, volviendo al objeto de la consulta, decía Ud. que —Queme fatigo cuando hablo, mi estima- do doctor. —Pero ¿y los dolores de cabeza? —Ah! si; me había olvidado. Me olvido de todo. Se había olvidado también que la novia quería perdonarle de sus proyectos matrimo- niales. Cuando hago alusión a éstos, el su- jeto manifiesta vivo interés por plantear de nuevo la dificultad opuesta a tales proyectos por los “ benditos dolores de cabeza ”. Yo examino al enfermo y puedo consta- tar que sus arterias tienen mayor edad que el sujeto y que ellas son asiento de un exhu- berante proceso de calcificación. Constato la hipertensión considerable en que el sujeto ha- ce su esxuagésimo cuarto año de vida y sos- pecho que su régimen de vida, sin sujeción a disciplina alguna, libre del estorbo prudente de régimen alguno, es responsable de esa hi- pertensión alarmante. Mis insinuaciones acer- ca de la necesidad de hacer un análisis de ori- na y un otro de sangre, le merecen la más for- midable protesta: Eí dice “tener una orina de niño” y tener su sangre “ purísima ”. Recurro al expediente de manifestarle que tales análi- sis serían una buena prueba de su vigor físi- co. El caballero ríe socarronamente: —¿Para qué empeñarse en probar algo de que yo estoy convencido? Mis observaciones e indicaciones, le han mortificado. Considera que yo me opongo a su matrimonio. Está a punto de llorar y só- lo consigo levantar un tanto su espíritu ma- nifestándole que como hombre soy suscepti- ble de error y que, aún estando en lo cierto, í)r. HERMILIO VALDIZAN 37 afortunadamente para él y para su prometi- da, la Eugénica no ha logrado hacer dema- siadas conquistas y les es posible casarse y “tener muchos hijos“ como se dice en los cuentos de Calleja. Estas últimas palabras le vuelven a su buen humor habitual y ríe de muy buena gana y explosivamente. Le hablo de su alimentación y descubro que el problema representa un débil del en- fermo. Se entusiasma refiriendo su excelen- te apetito, exhibiendo sus preferencias ali- menticias y pone en este discurso todo el fuego de su expresión lenta y disártriea, cjue culmina cuando el sujeto hace alusión a la verdadera voluptuosidad que experi- menta en presencia de un plato abundante de alguno de sus manjares preferidos. En pleno elogio de sus debilidades gastronó- micas, saca de uno de los bolsillos un cucu- rrucho de galletas y me ofrece una, que yo me excuso de aceptar y que el pone en sus labios con verdadera fruición. Le hablo de la familia. Evoca difícil- mente el recuerdo de los sayos y esta evo- cación es fría, como lo es la de un pasa- je poco interesante de un romance leído con poco interés. Habla de los hijos muertos con la misma tranquilidad que pondría en el recuento de los botones ausentes de una camisa. Evoca, sin la menor emoción, la memoria de la esposa muerta y aquella de la última enfermedad sufrida' por la ma- lograda compañera. Cuando agrega al- gún adjetivo aparentemente piadoso al re- cuerdo de sus muertos, el agregado es casi ex- clusivamente automático: Habla de su espo- sa: —¡Pobrecita! dice y se come una nueva galleta. El sujeto percibe difícilmente. Le planteo 38 HISTORIAS DE ENFERMOS pequeños problemas de cálculo y me conven- zo de que su capacidad de calcular se halla ca- si abolida. Cada uno de estos problemas es objeto de una ecolalia monótona y desagra- dable. Idéntica perplejidad provocan en el suje- to los casos de consciencia. Me escucha simu- lando una gran atención; pero no comprende el sentido de mis preguntas, a muchas de las cuales contesta con una sonrisa. Obsérvase en el en babero del vestir biza- rra y del raro aspecto la asociación dolorosa de hechos de decadencia físico psíquica incues- tionables. Elementos y numerosos de venida a menos en el orden espiritual; elementos igualmente numerosos en orden a sus órga- nos y funciones, t. 1 vez más ostensibles que los primeros. No debe sorprendernos este es- pectáculo de catástrofe biológica; si pensa- mos en la vida inquieta de este señor, que no ha sido un abstinente frente a frente del amor, del vino y del tabaco; si escuchamos las con- fidencia de sus arterias endurecidas y rígidas, podremos explicarnos la senilidad prematura del sujeto y no sorprendernos ante el espec- táculo crepuscular de tal existencia. No poseo otros datos respecto al sujeto de la presente historia; pero creo que los ele- mentos informativos expuestos, justifican la hipótesis diagnóstica de una demencia senil. Verdad que faltan los trastornos psico sen- soriales; pero, tal vez, la familia o las perso- nas del ambiente, pudiesen llenar este vacío refiriéndonos el detalle ilustrativo de la vida cotidiana del sujeto. Pero la decadencia psí- quica es tan acentuada; son tan sugestivos los trastornos ideo afectivos del sujeto, que es posible mantener el diagnóstico aún en ausencia de tales trastornos. Eií presencia de casos como el que nos Dr. HERMILIO V A L D I Z A N 39 ocupa, el médico debe adoptar una actitud de discreción suma; pero creo que es deber suyo el de dar la voz de alarma a la familia; creo que es deber el impedir un matrimonio que podría serle fatal dada la lamentable condi- ción de sus arterias esclerosadas y el hecho de su alta hipertensión; creo que es deber el de impedirle a este anciano recibir en sus pálidos lábios un beso de amor que pudiera ser para él un beso de muerte. Este anciano tiene una familia; una fami- lia que no ha tomado “ cartas en el asunto ”; una familia que le tolera el ridículo de su pre- sentación y el de sus actitudes sociales; una familia que le permite correr el riesgo grave de ser víctima de todas las malevolencias y que no se opone a una boda inaceptable. Pe- ro yo no conozco a esta familia. Temiendo estoy-que me perdone la novia del anciano— que uno de estos días los diarios me anuncien el matrimonio de mi enfermo y que, al otro día o días después, me anuncien la muerte del novio, La hemorragia cerebral suele epilogar despiadadamente muchas bo- rrascosas existencias; ella ocurre frecuente- mente, cuando se tiene sesenticuatro años de edad y cuando tienen mayor edad las arterias. El amor, que es la vida a los veinte años, suele ser la muerte cuando se ha pasado de los veinte años. LA SEÑORA SE ABURRE La señora refiere, con sencillez admirable, la historia de su vida. No se manifiesta sor- prendida por la prolijidad inquisitorial de nuestro interrogatorio y sus respuestas son concisas. No pertenece al número—harto con- siderable, en verdad— de enfermos a quienes es menester llamar al orden, ya que, hacien- do la relación de;¡ los antecedentes familiares o personales, gustan de traer a colación epi- sodios que poco o nada tienen que ver con la enfermedad y absolutamente nada con el mé- dico, cuya paciencia es sometida a durísima prueba cuando se le obliga a escuchar la rela- ción de la vida y milagros de personas a quie- nes no ha tenido la ventura de conocer. Dice la señora que su madre padecía de ciertos ataques etiquetados por la familia conelnombre aterrador de “mal decorazón”. Ella recuerda perfectamente bien las crisis convulsivas de la enferma y el trastorno do- méstico que cada una de dichas crisis repre- sentaba. Ella evoca nítidamente aquellos cuadros de desolación provocados por los “ataques”; las carreras desenfrenadas de los domésticos en busca del frasco de éter; las 42 HISTORIAS DE ENFERMOS nerviosas llamadas telefónicas al médico de la familia; los gritos de confusión mezclados a los gritos de la enferma. Después la mamá “volvía en si” y sólo quedaba por suprimir el desorden de las habitaciones y por tolerar el olor del éter. La señora no ha podido observar, con criterio médico, aquellas crisis nerviosas for- midables que sufría la enferma; pero ilustra nuestra reconstrucción de aquellos acciden- tes la terapéutica que ella merecía de los di- versos médicos que atendían a la paciente: no se contó jamás, en el número de los medi- camentos empleados, uno sólo'de aquellos accidentes la terapéutica que ella merecía de los diversos médicos que atendían a la pa- ciente: no se contó jamás, en el número de los medicamentos empleados, uno sólo de aque- llos de que los médicos echamos mano en presencia de las lesiones, más o menos graves, del miocardio. La señora recuerda el frecuen- te empleo de los preparados a base de bro- muros y de valeriana y está .segura de no ha- berle sido administrada a su señora madre una sola dosis de digitalina o de cafeína. Re- cuerda, por último, cómo tales crisis lucié- ronse más y más raras con el correr de los años y cómo ellas concluyeron por desapare- cer. Ya se habían extinguido por completo en la época en que ocurrió el fallecimiento de la enferma, por obra y gracia de una bronco neumonía. Todas las probabilidades militan en fa- vor de la sospecha de existencia de una histe- ria en la madre de nuestra enferma y en favor también del establecimiento de existencia, en esta última, de una grave tara neuropática, cuyo daño no pudo contrarrestar la excelen- te salud del padre, ni la singular ecuanimidad de éste frente a frente de la frágil salud de la 1) r. HERMILIO VaLDIZAN 43 compañera de su vida. Nuestra enferma re- cuerda la tranquilidad admirable de su padre cuando sobrevenían las crisis convulsivas ma- ternas y la frenación afectuosa que él procu- raba imponer en la casa cada vez que la viva- cidad de carácter de su esposa promovía una de esas pequeñas dificultades que suelen po- ner tanto de gris en el cielo de ciertos hoga- res. “Era sano de cuerpo y de alma”, dice nues- tra enferma, refiriéndose al autor de sus días. La señora ha tenido dos hermanos: uno mayor que ella y un segundo, menor. El pri- mero vive; el segundo falleció, en brazos de la hermana, víctima de rápida e implacable afección de naturaleza tuberculosa. Es a la muerte de este hermano que la señora refiere el inicio de sus trastornos de orden nervioso. El desdichado, que sólo contaba veinte años de edad, se había dado cuenta de la grave- dad de sus condiciones y, después de leves protestas contra la poca piedad de la vida, había concluido por resignarse a su fin pre- maturo. Esas tímidas protestas del hermano han herido vivamente el espíritu de la señora. Conserva memoria dolorosamente clara de la agonía lenta, de las ansiosas crisis de tos, de los quejidos apenas perceptibles; y el re- cuerdo es tan angustosio que la enferma vi- bra como una cuerda de violín cuando llega a ella una tos, cuando percibe un lamento. Ella recuerda el tipo de la tos de su pobrecito hermano y cada vez que ella debe oir toser a alguien, establece la relación de analogías o diferencias entre la tos presente y aquella del pobrecito muchacho que el destino condenó a un término prematuro. El día de los funerales del hermano, la se- ñora sufrió su primera crisis. Refiere que ella hizo derroche de valor hasta el momento en que vió unos hombres vestidos de negro qqe 44 HISTORIAS DE ENFERMOS se llevaban en una caja el cuerpo del muerto; pero que en tales momentos “sintió algo que se le quebraba en la cabeza ”. Cayó en tierra y al volver en si se halló rodeada de personas amigas, de rostros alterados por el dolor, de ojos que la miraban con afectuosa mirada y que seguían ávidamente sus menores movi- mientos. Ella cree haber escuchado, en el cur- so de aquella crisis, palabras semejantes a las que se pronunciaba cuando tenían lugar las crisis convulsivas maternas; cree haber escu- chado el rumor de las carreras precipitadas y haber percibido el enojoso olor del éter; más aún: cree que alguien ha pronunciado estas tremendas palabras: “Eo mismo que su po- bre madre; exactamente lo mismo”. La señora no recuerda con presición el trastorno sufrido por su espíritu durante el curso de la enfermedad del hermano; pero la han dicho que su carácter había cambiado muchísimo; que “no era la misma de antes” y que “parecía muy nerviosa”. Pasaron los días y pasaron los meses. No cicatrizada la herida provocada por aquel gran dolor, conoció la señora al hombre que debía ser su esposo. Ella amó en este hombre bueno todas aquellas características espiri- tuales de que ella carecía; le tomó a título de indispensable complemento espiritual; a títu- lo de colaborador y de guía en la jornada de la vida; le amó corno aman los débiles a ios fuertes, con un amor en e! cual entra por mu- cho también la admiración por una energía capaz de hacer por si sola todo aquello que debiera realizar la acción conjunta de dos energías. El novio, hombre de trabajo, edu- cado en la escuela de la naturaleza, con aque- lla bondad característica de los hombres que deben luchar diariamente contra la esterilidad de la tierra, contra la hostilidad de los ele- Dr. HERMILIO V A L D I Z A N 45 mentos; pacientes buscones de los tesoros que la tierra guarda ocultos en sus entrañas, amó a esta mujer delicada, a esta mujer del frágil aspecto, a esta mujer que el debió comparar a los flexibles tallos del trigo enclenque y tem- bloroso. El matrimonio no ha tenido hijos. Tal vez si la naturaleza ha tenido piedad de la prole y no ha permitido que ella asome a la vida ante las amenazas representadas por el patrimonio morboso familiar. La prole no ha venido, a pesar del común anhelo de los padres; a pesar del vivo empeño del marido de ser padre de un muñeco hermoso y fuerte, que el llevaría en sus brazos vigorosos y que recibiría las suaves caricias de las delicadas manos de la madre. La señora ha sido muy dichosa en primeros once meses de su vida de casadá. Ella cree que tendría el derecho de continuar creyéndose dichosa, a no existir los trastor- nos nerviosos de que es víctima y a no haber “cambiado absolutamente su vida”, como ella dice, siendo la realidad que es ella la que ha cambiado y se ha permitido proyectar su cambio personal sobre la vida por ella vivida. Las primeras manifestaciones de su “ner- viosidad” se han traducido por la eclosión de una duda formidable, relativa al menor nú- mero de atenciones que, a juicio de la enfer- ma, la ofrendaba su esposo.La enferma “sen- tía” cjue su esposo se alejaba de ella y que su- fría la atracción irresistible de los negocios, a los que dedicaba una mayor suma de acti- vidades y de afectos, hechos todos que sinte- tizaba la enferma declarando que “la luna de miel se hallaba en el cuarto menguante y sin espectativas de luna nueva”. La señora, a pesar de su talento, no lo- gra comprender que el trabajo del esposo y 46 HISTORIAS DE ENFERMOS su relativo retorno a los negocios, represen- tan, en buena cuenta, una manifestación de amor hacia ella, para cuyo mayor regalo de- sea incrementar su fortuna. Ella está con- vencida de que su esposo “ya no la quiere” y que se ha perdido para siempre la ilusión. Creyéndose abandonada, ha hecho esfuer- zos inauditos para reconquistar las que ella considera perdidas posiciones; ha tenido lar- gas entrevistas con su esposo, reconociéndo- le el derecho de un abandono que él ha nega- do con acentos de la más firme convicción; aquellas desagradables crisis se han repetido y ellas se han alternado en molestar a la en- ferma con insufribles jaquecas. Como nove- dad se ha producido en la señora un estado de malestar que ella no define con precisión; pero en cuyos detalles aparece ostensible la duda de la enferma acerca de la realidad de los males de que ella se quejaba en su doloro- sa e inútil peregrinación por los consultorios que gozaban de mayor fama. —Una gran alarma, nos dice, surgió en mi espíritu cuando me pregunté si tales acha- ques eran reales o simulados. El esposo, vivamente afligido por el des- mejoramiento de la salud de su esposa,ha he- cho cuanto le era posible para atenderla con la mayor solicitud y eficacia; no ha omitido esfuerzo o gasto alguno; ha aceptado todas las indicaciones y todos los consejos; todo ha sido estéril. El malestar espiritual ha conti- nuado, si bien revistiendo diversas formas, de una desconcertante variedad. En plena enfermedad, la señora ha debido asistir a su esposo, víctima de un catarro bronquial. Le ha asistido con la mayor soli- citud y ternura; pero ella dice que no ha ha- bido tal y que si no le ha asistido mejor ha sido en la creencia de que la Bronquitis había Dr. HFRMILIO VALDIZAN 47 sido contraída en “el trabajo”. Ella, sin que- rerlo, conscientemente, por lo menos, ha lle- gado a antropomorfizar el trabajo y dice que “quiere menos a su esposo cuando éste vuelve de la oficina; pues que es entonces que ella percibe en él, en sus vestidos, en todo, un marcado olor de oñcina". Invitada a exponer el empleo de sus días, manifiesta la señora que no hace nada y ex- perimenta la sensación de hacer demasiado. En un sólo día, ella ha arreglado toda la ca- sa; ha leído cartas y ha destruido las inútiles; ha visitado a cuatro amigas, ha hecho varias compras; ha estado en un templo a orar; ha visitado a una amiga enferma en una Clínica; ha gestionado una instalación eléctrica; ha leído los dos primeros capítulos de una nove- la; ha arreglado su guardarropa; ha ordena- do un vestido y ha dado contraorden de eje- cución a la costurera; ha intentado preparar un dulce del agrado de su esposo; ha despedi- do a un criado al cual piensa llamar nueva- mente al servicio. Y el resumen de esta activi- dad de ardilla ha sido un soberano aburri- miento como término y condensación del día. La señora, en su exposición, muy frecuen- temente pintoresca, deja ver las oscilaciones considerables del tono sentimental. Ella in- terrumpe facilísimamente un estado doloroso por una explosión de alegría; pasa, con verti- ginosa rapidez, de la alegría a la tristeza; de la serenidad al enojo. Después, inmediata- mente después de calificar duramente el egoís- mo de su marido, refiere un episodio revela- dor de un altísimo altruismo; coloca tras la palabra de reproche qna frase de conmisera- ción o de atenuación. Los médicos que han examinado a la en- ferma han manifestado, unánimemente, que nada de anómalo ofrece el exámen de los ór- 48 HISTORIAS DE ENFERMOS ganos de ella y que todos sus trastornos son de índole funcional. Al examen del sistema nervioso, consta- tamos una hiperestesia general al contacto, excepción hecha de dos zonas anestésicas, a tipo verdaderamente lacunar, en la cara ex- terna del brazo derecho. La hiperestesia exis- te, aunque menos intensamente, para las esti- mulaciones dolorífica y térmica. Hay una verdadera agudización del sentido muscular. Existe una agudiznación semejante en el domi- nio sensorial: la enferma percibe, a distancia de siete metros, el tic-tac del cronómetro. Y es idénticamente vigorosa su capacidad de percepción de ciertas esencias, tales como la bergamota. Esta señora cuya enfermedad, ajuicio de ella, es el aburrimiento; esta señora que se aburre en la jaula dorada de un hogar al cual sonríe la fortuna, es una histérica. El carác- ter histérico es tan evidente en ella que no de- ja lugar a vacilaciones diagnósticas: hay en esta señora que se aburre una constitución imprecisa, esfumada, por decirlo, así, de la voluntad; Imy en ella, a título de constancia única aquella de sus inconstancias que ya el viejo y glorioso Sydenham había constatado en el histerismo; se trata de una enferma que realiza la expresión venturosa de Huchard: “no sabe, ni puede, ni quiere querer”. Existe en la señora X aquella falta osten- sible de relatividad entre los estímulos de la vida y las reacciones personales que se cuen- ta entre las características de la nerviosidad, tomada en el sentido psiquiátrico de la pala- bra: pequeñas causas provocan en ella mani- festaciones solemnes, mucho más que si el ele- mento originario de estas reacciones hubiese asumido una gran intensidad. En el campo ideativo sólo es de advertir- Dr. HERMIL10 VALDIZAN 49 se una cierta aceleración de los procesos de elaboración ideativa, que ella interpreta como exponente de una higidez mental discutible. Son más ostensibles los trastornos que ofrece esta enferma en la esfera afectiva. Esta señora que simula estados de enfermedad en su deseo de reconquista de la que ella juzga perdida estimación del marido; esta señora que percibe un olor de oficina y que propor- ciona menos atenciones a su marido enfermo por el delito de haber adquirido la enferme- dad “en la oficina”, ha logrado puerilizar sus egoísmos: su yo, en rebeldía franca contra las sujeciones y frenos de la consciencia, hace irrupción en la vida conyugal y es en ella fuente de inquietudes y de dolores. Esta señora que se aburre soberanamen- te, ha menester de una buena higiene física; pero su necesidad más urgente es aquella de una cura de su espíritu frágil y enfermo; pre- cisa volverla al dominio de algo que ha per- dido sin darse cuenta de la pérdida; precisa devolverla su dominio de si misma, su juicio- so empleo de las experiencias personales de la vida, su control. Débese ofrecer a esta enferma los elemen- tos diversos que representa un buen vivir, re- ceta sencilla y difícil de adquirir muchas ve- ces y dentro de la cual va comprendido el au- gurio máximo que Pío X, el Pontífice del apostólico aspecto y de la mansedumbre ejem- plar, hacía a muchos de sus amigos: “la tran- quilidad de corazón”. Flor de invernadero es esta señora histé- rica. El jardinero que cuide de ella, ha de pro- curar, con paternal solicitud, que no la ofen- dan las caricias del sol; que no la hieran los besos de la lluvia... Y entonces vivirá bastante... y, tal vez, viva bien. v^fwEDicAl TERRON DE AZUCAR Yo he vinculado en mi memoria el recuer- do del Doctor M., mi excelente colega de la Universidad de Bologna al de los momentos mas gratos de mi permanencia en la vieja y querida ciudad. Este buen camarada de los momentos de estudio y de aquellos otros de provechoso entretenimiento en Museos, Ga- lerías y Bibliotecas, hizo cuanto pudo — y no fué poco lo que pudo — por conciliar el pro- vecho obtenido en la gloriosa Universidad que otorgara el primer título de doctor y aquellas sanas expansiones del espíritu que tan eficazmente suprimen las ráfagas de nos- talgia que envuelven el espíritu del extranjero. El doctor M., gustaba de hacerme ver los alienados en la casa que ocupan de derecho: en el Manicomio; pero su satisfacción de ca- marada bondadoso y su júbilo de maestro modesto, ansioso de enseñar, no eran menos intensos cuando le era dado presentarme psi- cópatas no internados por culto del prejuicio que considera estigmatizadora la internación en un Manicomio. La historia clínica que pa- so a referir corresponde a uno de estos casos: La señorita X., de 24 años de edad, hija 52 HISTORIAS DE ENFERMOS de padres sanos, campesinos enriquecidos; hermana de dos jóvenes, de 15 y 18 años, res- pectivamente, que realizan en Bologna sus estudios preparatorios de los profesionales de Jurisprudencia y Medicina, no ofrece, en sus antecedentes de familia y personales, nada que valga la pena de anotar. Apenas si se en- cuentra, en esta prolija averiguación del pa- sado personal el hecho de un amor contraria- do, la historia de la pasión violenta que ins- piró a la joven un muchacho de 20 años de edad, hijo de unos campesinos cuyos domi- nios eran fronterizos de aquellos de la familia X. A cuanto estos aseveran aquellas relacio- nes fueron pura y exclusivamente platónicas, reducidas a un intercambio de miradas y de sonrisas y de epístolas tomadas ruinmente a préstamo a unas baratas enciclopedias epis- tolares que un vendedor ambulante había puesto en manos de los enamorados. La se- ñorita X., confirma esta versión materna: dice que “se quisieron mucho”; pero que aquello fué cosa de niños. Hace unos pocos dias que la señorita X, presenta síntomas que han alarmado a la fa- milia y que esta atribuye a la lectura de mu- chos libros, la mayor parte de los cuales le habían sido obsequiados por el galán y cuya mayoría se hallaba constituida por ejempla- res selectos de la literatura romántica inter- nacional. Se han presentado, en la señorita X. curiosas alternativas de orden psíquico, es- tadios de depresión y de excitación, periodi- cidad de optimismos inconcebibles,alternados con episodios de un pesimismo nihilista, viva- mente torturador. La señorita X. emprende muchos traba- jos que abandona casi siempre apenas comen- zada la factura de ellos; comienza discursos melancólicos que interrumpe para entonar la Dr. HERMILIO VALDIZAN 53 canción preferida de la última Piedigrotta napolitana; cubre de besos la arrugada fren- te de la madre, a la cual rechaza pronuncian- do algunas palabras reveladoras de un hon- do resentimiento; comienza a escribir cartas afectuosísimas a los hermanos ausentes y t írmina por romper las cartas manifestando que sus hermanos no merecen tanto cariño. És, a momentos, buena; a momentos, malé- vola; a momantos es triste y es alegre a mo- mentos; cae en la mas activa laboriosidad como cae en las mas inconcebible de las pere- zas. Tal situación ha alarmado a los padres de la señorita X., los que han solicitado los ser- vicios del Dr. M. La vez primera que hemos examinado a la señorita X. nos ha dejado ella una impre- sión desconcertante. Hemos podido darnos cuenta de que ella simulaba con poca habili- dad y hemos procurado inquirir acerca de los elementos determinantes de tal simulación, que ella, por falta de cultura, no llevaba há- cia límites que hubiesen dificultado el estable- cimiento del hecho. El Doctor M. ha constatado un adelga- zamiento ligero de la enferma y él y yo he- mos contemplado, con una cierta descon- fianza, con un cierto recelo justificado, en las mejillas de la enferma aquel cloasma que es mas frecuente constatación tocológica que psiquiátrica. Cuando hemos hablado del asunto, el Doctor M. se ha manifestado un tanto nervioso: aceptando la realidad de la constatación, ha hecho un elogio caluroso de la moralidad de la familia en general y de la señorita X. en particular. La señorita X. ha rechazado toda insinuación al respecto y nos ha obligado a “batirnos en retirada” cuan- do hemos discutido el carácter platónico de sus relaciones con el enamorado. 54 HISTORIAS DE ENFERMOS Repuesta de la indignación provocada en el ánimo de la señorita X. por nuestras sospechas, ella ha insistido acerca de sus ma- nifestaciones psíquicas: “Yo misma, dice, en mis pequeños balances de vida; en esos exá- menes de consciencia que solemos hacer las mujeres, me hallo profundamente cambiada: no soy la misma. Algo se ha interrumpido bruscamente en mi; algo ha perdido su ordi- nario equilibrio. No se de que se trata”. Fuera de las alteraciones principalmente subjetivas que dejamos mencionadas, nada ofrece de particular el exámen de la enferma. El exámen neurológico ofrece, en mayor am- plitud, si cabe, el espectáculo de simulación: la enferma ha ofrecido, en dicho exámen,el hecho curioso de las mas bizarras disociaciones de la sensibilidad y el no menos interesante de inverosímiles alteraciones de la motilidad ac- tiva y pasiva. En cambio sus reflejos nada han ofrecido de anómalo; se han presentado de una discreta normalidad, muy en desar monia con los vertiginosos desplazamientos de las anestesias e hiperestesias acusadas por la enferma. El Dr. M., muy juiciosamente, ha reserva- do su diagnóstico y ha manifestado las fre- cuentes dificultades de establecer un diagnós- tico en una sola visita, tratándose de psicó- patas. Ha limitado su actuación a recomen- dar un régimen de reposo y de desintoxica- ción. Tres días después hemos visitado nueva- mente a la enferma. La única novedad que nos fué posible constatar fué la entrada en escena de un molesto estado nauseoso, al cual no había hallado causa el colega que la había buscado empeñosamente y que había reco- mendado una terapia antiemética que no ha- bía dadore sultado benéfico alguno. Este Dr. HERMILIOVALDIZAN 55 tado nauseoso es tal que basta la evocación de un alimento para provocarlo rudamente. Nueva exploración de la enferma, ya esta vez con marcada preferencia hacia el vientre y, en el vientre, hacia los órganos de la ges- tación, con rechazo de la enferma, que mani- fiesta estar “muy bien del vientre” y que no acepta nuestros razonamientos de buscar en el vientre la clave de aquel molesto estado nauseoso. El doctor M. hizo un interrogatorio muy hábil a la enferma, primero; a los padres des- pués. Y ante el resultado de este interroga- torio, de una muy entera negativa por parte de la señorita X. y de una negativa bonacho- na por parte de sus padres, fueron mayores de lo que hasta entonces habían sido, sus per- plejidades. Antes de despedirnos, el Doctor M. recomendó el aislamiento atenuado de la enferma, la supresión de todo factor excitan- te o tóxico y... recomendó esperar. Unos quince días después, el doctor M. me daba la noticia del viaje a Suiza de la familia X., viaje que, a cuanto escribieron a mi ami- go, había sido impuesto por el colega del cam- po. Y días después recibimos, el doctor M. y yo, unas encantadoras postales de la señori- ta X., fechadas en Lausanne. Estaba muy agradecida al acierto de mi amigo j' al clima de Suiza que, según ella afirmaba, había com- pletado la obra de la Ciencia. El doctor M. no aceptó la malevolencia de mis comentarios y esta negativa dogmá- tica en él, tan extraño al dogmatismo, me manifestó sus deseos afectivos de no tratar el asunto. Trascurrieron unos cinco meses y hallé en Ginebra a mi compañero el Doctor M., que había marchado a Suiza a visitar el Instituto allí sabiamente dirigido por el Profesor Cía. 56 HISTORIAS DE ENFERMOS parede. Antes de recibir el fraternal abrazo que yo intentaba darle, antes de permitirme manifestación alguna de júbilo por el encuen- tro, el Doctor M.con la más seria entonación que le permitía su habitual jovialidad, me ha- bló de la señorita X., a la cual habíamos bau- tizado, en los momentos de vacilación diag. nóstica, con el nombre de Terrón de azúcar. —¿Sabes, me dijo, sabes? La señorita X. tuvo, efectivamente, un niño. Y agregó luego, como quien repite monó- tonamente el resultado de un balance: —Nacido a término, alumbramiento nor- mal; cuatro kilos de peso y treintaicinco cen- tímetros de talla... EL QUE VIO AL DIABLO N. N., de 34 años de edad.de constitución robusta, hijo de padres sanos, ha tenido de su matrimonio con mujer que gozó y goza de buena salud, cinco hijos que no han sufrido enfermedad alguna si se exceptúan los acha- ques habituales de la infancia. El mes de enero del presente año el sujeto que nos ocupa ha sufrido las molestias y da- ño de una fiebre tifoidea, durante el curso de la cual se produjo una enterorragia abundan- te. Refiere la familia que tal enterorragia alarmó muchísimo al médico tratante, el Doc- tor C, quien inyectó al enfermo algunas dosis de ergotina y algunas otras de suero de Ha- yem. Durante la tifoidea no ofreció el sujeto trastorno mental alguno y, estando a lo que refiere la familia, nada autorizó a sospechar el compromiso meníngeo o cerebral. Convalesciente de la fiebre tifoidea, el en- fermo fue aconsejado por su médico en el sen- tido de trasladarse al campo. Eligió Barran- co como sede de su convalescencia y trasladó- se a dicho balneario. Fué allí que se presen- taron los primeros síntomas de la enferme- dad objeto de esta historia clínica: fué en Ba- 58 HISTORIAS DE ENFERMOS rranco que el sujeto comenzó a experimentar un estado de intranquilidad que se acentua- ba desde la mañana hasta la tarde y que se hacía insufrible durante la noche. Llamado el doctor C. manifestó que tal estado de ansie- dad era una huella probable de la grave in- fección tífica que el sujeto había sufrido. Pres- cribió unas gotas tónicas y aconsejó el repo- so en el lecho. Trascurrieron los días y el estado de in- tranquilidad del sujeto fué haciéndose más y más intenso: no se trataba de esa sensación de opresión tan frecuente en los neurópatas y no rara en los enfermos del miocardio o del aparato respiratorio. Se trataba de una ver- dadera ansiedad, de un temor vago, de un te- mor a algo, cuyo origen era un enigma para el enfermo, incapaz de establecer el por qué o el objetivo concreto de estos temores. El en- fermo temía, sin saber qué temía. A tal estado angustioso se agregó más tarde un sentimiento de profunda tristeza, un episodio hondamente depresivo: Reclinado en un sillón, contemplando desde una ventana el agonizar de un día se preguntaba ansiosa- mente si volvería a ver otro agonizar de día. —Tal vez, les decía a los suyos, vean us- tedes solos, mañana, esta puesta de sol. En otras ocasiones, solicitando algo de los suyos, les suplicaba excusarles el fastidio, el último fastidio, ya que él debía morir: se lo anunciaba el corazón. Un día el enfermo ha abandonado el lecho dando signos inequívocos de desorientación: miraba atentamente los muebles del dormi- torio, procurando reconocerlos, con aquella mirada de curiosidad que se pasea por una habitación que se contempla por primera vez, Idéntica mirada de atención concentrada pa- ra observar a las personas de la familia. Dr. HKRMILIO V ALDIZAN 59 La madre y los hermanos del sujeto han procurado “volverle en sí”; le han repetido una y mil veces que se halla en su casa; que está entre los suyos, entre los que le quieren. La madre, presa de emoción que es fácil su- poner, ha procurado recordarle las personas y las cosas: —¿Lo ves? Este es fulano... esta es tu si- lla, este ropero es el tuyo... El enfermo miraba atentamente a las per- sonas y a las cosas, su mirada curiosa pasa- ba de las personas a los objetos y parecía buscar en unas y en otros algo que le recor- dara un anterior conocimiento. A momentos pasábase la mano por la trente y por los ojos como para suprimir un velo que le impidiera l¿i visión nítida de la realidad. Fué ese mismo día que el sujeto en refe- rencia rió al diablo. Y ha sido, a cuanto él ha dicho, una visión espantosa: no ha sido el diablo que se lleva las sábanas percibido por los delirantes víctimas de ciertas infecciones graves; no ha sido el diablo tentador, aluci- nación frecuente del delirio de colapso; no ha sido el diablo burlón, bailarín, lleno de mue- cas, que percibe el delirante alcohólico; no ha sido el diablo confidente de la Demencia Pa- ralítica; ni el diablo teólogo de la Psicosis Epiléptica: ha sido un diablo triunfador, trá- gicamente triunfador en la vida. Después de una guerra espantosa, libra- da entre el bien y el mal; entre el Dios de Mi- sericordia y el Angel de Soberbia; este había obtenido la tan esperada y por tantos siglos victoria definitiva y había impuesto su vo- luntad en el mundo, suprimiendo todo aque- llo de bueno que existía en el mundo. El es- pectáculo era aterrador: —Todo ha muerto—decía el enfermo—to- do, hasta Dios. Han muerto los hombres, los HISTORIAS DE ENFERMOS 60 animales, hasta las piedras han muerto. Y él, el gran diablo negro, el de las grandes alas negras, vuela victorioso sobre este mundo muerto, sobre los cadáveres pestilentes y so- bre los árboles reducidos a cenizas y sobre las piedras que arden con llama roja. Caminando por su dormitorio, procura- ba evitar el paso sobre los cadáveres en pu- trefacción, sobre las piedras incandescentes. Se defendía con las manos del diablo negro que revoloteaba en el aire y a quien se dirigía en actitud de súplica: —¿Por qué no me matas a mí también? ¿Por qué me dejas la vida? ¿qué mal hice yo para vivir sólo, eternamente solo, esta vida de tortura? Cuando he visitado por primera vez al enfermo, en consulta con el Doctor C., le he hallado aún profundamente desorientado y en la verbosa exposición de sus ideas deliran- tes. Ponía la mayor atención a nuestras pa- labras pero no llegaba a darse cuenta del con- tenido de nuestras preguntas. No quería de- jarse tocar, rechazándonos como al gran dia- blo negro de las alas negras. Invitado a es- cribir, rechaza la invitación; pero concluye por aceptarla. Interrumpe la escritura para fijar la mirada en el tintero y en el papel, pa- ra establecer, tal vez, una relación. He aquí lo por él escrito: “Los días y las noches, quítate de allí, las cosas son tristes, muy tristes, todo está de luto*fuerte, no fastidies majadero, gran dia- blo antipático, paia mí se acabó todo en este mundo y todo se ha terminado por que se ter- minó”. Todo esfuerzo desplegado para obligarle a continuar, resultó vano. Le hemos hablado, hemos vuelto a colocar la pluma en sus ma- nos y valiéndonos de una mímica exagerada í)r. HERMILIO VALDIZAN 61 le hemos repetido la indicación de continuar escribiendo. Nos ha mirado atentamente; ha contemplado en todos sentidos el lapicero que poníamos en sus manos. Y ha abandona- do sobre la mesa los útiles de escribir, sin de- jar de mirarnos con esa escudriñadora mira- da que tanto nos impresiona por aquello de escudriñadora que tiene, cuando es un hom- bre sano el que así nos mira. Refiere la familia que, durante los prime- ros días que siguieron al estallido de las ideas delirantes, han alternado en el enfermo ex- plosiones de alegría pueril y de honda depre- sión; que ha manifestado episódicas hiperac- tividades; que ha dormido siempre mal y que, durante los días, se ha negado a tomar ali- mento. Al hacerme cargo del enfermo, he reco- mendado un i'égitnen de reposo y de desinto- xicación y he hecho un tanto más real que lo era hasta entonces, el beneficio del aislamien- to. Durante dos meses, las condiciones del su- jeto no han sufrido cambio notable: apenas si algunos días el negativismo del sujeto hizo necesaria la alimentación a la sonda. Pero estos días han sido pocos; más aún, en vista del descenso alarmante de la curva de peso, ha sido posible instituir el régimen repar ador de una sobrealimentación racional. Las cri- sis de violencia, aquellas que mayor alarma despertaban en la familia, se han alejado len- tamente. La convalescencia se ha iniciado al tercer mes de un tratamiento en el cual predominó el auxiliar a la naturaleza en su obra defen- sional y en el que tomó parte muy activa la reeducación lenta del sujeto,. Al iniciarse el tercer mes de tratamiento, el enfermo ha c o- menzado a tranquilizarse, ha recuperado le la- tamente su orientación endo y exopsíquica. 62 HISTORIAS DE ENFERMOS Este enfermo que ha visto al diablo me ha producido la impresión de un caso de aque- lla entidad clínica que Meynert ha llamado confusión mental aguda. La causa ostensible de los trastornos psíquicos, aquella fiebre ti- foidea de forma grave y sin repercusión inme- diata sobre el sistema nervioso: el inicio agu- do de los trastornos mentales, todo esto, así como la alteración profunda operada en los procesos perceptivos del sujeto, es favorable al diagnóstico de una confusión mental agu- da, de uno de las psicosis de agotamiento de Kraepelin. Las alteraciones profundas de la percepción constituyen elemento de diagnóstico con la catatonía y el hecho del estado confusional aún en ausencia de toda excitación permite excluir la posibilidad de un estado maniaco. Y hacemos hincapié res- pecto a la catatonía y a la manía por que no es difícil confundir con ellas algunos estados de confusión mental aguda. La historia de este sujeto que ha visto al diablo nos hace evocar una entidad clínica ya suprimida en los tratados de Psiquiatría: el llamado delirio demoniaco, la demonioma- nía que, como su nombre lo indica claramen- te era, simplemente, un delirio a contenido demoniaco, incapaz de constituir una enti- dad clínica. Asi, la demoniomanía, en el cam- po psiquiátrico, sólo representaba un sínto- ma, en forma análoga a como la fiebre es só- lo un síntoma en la patología general, y co- mo tal síntoma podía formar parte del corte- jo nosográfico de las psicopatías menos afi- nes. Diablos con los cuernos y cola, ya clási- cos, en actitud de ofrecer las últimas tenta- ciones al agonizante o en actitud de llevarse ni agonizante: reproducción de una populad- sima oleografía titulada “La muerte deipeca- Dr. HERMILIO VALDIZAN 63 dor”, son visibles, por decirlo asi, en una en- tidad clínica que la Psiquiatría ha tomado tímidamente para ella: el delirio febril. En un caso de Chotea vulgaris del que se ha ocupado recientemente el Profesor Odrio- Zol a, el inicio de los trastornos motores es acompañado de fenómenos alueinatorios a contenido demoniaco: el pequeño enfermo grita angustiosamente y denuncia la presen- cia de demonios amenazadores en la habita- ción. He tenido oportunidad de asistir un caso de delirio de colapso en una puérpera que su- plicaba, con el acento de la mayor desespera- ción, que no se le permitiera al diablo arru- llar en sus rojos brazos el cuerpo del recién nacido. Entre las visiones del delirio alcohólico, trastornos psieo sensoriales de una grande intensidad afectiva, no son raras las visiones demoniacas: los enfermos asisten como ecuá- nimes espectadores al desfile macabro de es- queletos que danzan y de diablos que se con- gregan en danzas extravagantes. En buen número de casos de la Demencia Precoz es de una grande frecuencia el delirio a contenido demoniaco: loc enfermos asisten al espectáculo pavoroso de diablos que salen de la cama del paciente como si en esta se ha- llase el infierno y cuyo desfile es interminable. Entre las invenciones de la Demencia Pa- ralítica, entre esas invenciones que procuran compensarla pobreza de recuerdos auténticos de los enfermos, no son poco frecuentes las relaciones de la pintoresca discusión sosteni- da con el demonio, o de la conversación con él sostenida o de las noticias de que el demo- nio es portador ingénuo. Una enferma, víctima de una Psicosis ma- niaco depresiva, refería a los médicos del Ma - 64 HISTORIAS DE ENFERMOS nicomio de Bologna, el origen de sus sufri- mientos, en la siguiente forma: —El diablo se casó conmigo, sin padrinos y sin sacerdote y yo tengo cada día diez hijos que son diez diablillos. Un epiléptico del mismo Manicomio de Bologna ha sufrido dos condenas en su vida: la primera cuando el sujeto contaba quince años de edad, por haber dado muerte a una ternera de propiedad de un vecino; la segun- da, hace dos años, por haber dado muerte a un hombre que encontró en calle vecina a su casa. Este epiléptico, sujeto místico, sacris- tán de aldea, educado en la práctica de un ascetismo que le ha originado mas daños que beneficios, había victimado contando sola- mente diez años de edad, a un gato que tenía los ojos rojos, creyendo que este desventura- do felino llevaba el diablo en el cuerpo. El mismo sujeto victimó a la ternera por que también tenía los ojos rojos y llevaba tam- bién el diablo en el cuerpo. Por último, victi- mó al hombre que, víctima resignada de un tracoma, tenía también los ojos rojos y de- bía, por tal motivo, llevar también el diablo en el cuerpo. Como puede verse, la demoni omanía es sólo un síntoma que, a título de tal, puede presentarse en el curso de las mas variadas psicopatías. Tiene este síntoma su historia interesantísima, consignada en páginas la- mentables de la Historia Médica, correspon- diente a la mala andanza de aquellos desven- turados que, en los siglos de ignorancia y de barbarie, tuviéronla desdicha de ver al dia- blo y pagaron con la vida el pré*eio de su tras- torno psico sensorial. Ver al diablo y referir esta visión constituyeron, en mas de una o- portunidad, motivo suficiente para privar de Dr. HERMILIO VALDIZAN la vida a quienes tuvieron la desgracia de sufrir tales perturbaciones mentales. Siendo tantas las vinculaciones existen- tes entre la Patología Mental y la Fisiología Mental, nada de particular que las visiones demoniacas en los psicópatas se hallen in- fluenciadas por los conocimientos adquiridos por los sujetos en materia de demonios: un campesino, que sólo tiene de los diablos las noticias suministradas por el maestro de es- cuela o por el párroco, no concebirá, en sus delirios a contenido demoniaco, los mismos demonios pue el señorito de ciudad que algo haya leído en torno a ciertas fantasías lite- rarias a contenido demoniaco. A título de comprobación puedo señalar el caso de una epiléptica que asisto en mi con- sultorio del Hospital “Dos de Mayo”: esta pobre muchacha, hija de alcohólico y de al- cohólica, ha comenzado a experimentar se- rios trastornos psico sensoriales: en plena Iglesia dice haber visto al diablo y haber- le visto vestido de celador, nombre que da- mos en Lima a los agentes policiacos. ¡Es cuanto cabe! 65 LA PERSEGUIDA Yo no sé si procedo bien al incluir entre mis Historias de Enfermos las cartas que me fueron dirigidas en tierra extraña, lejos de mi país y de los míos, por las manos de una mu- jer inteligente y culta, caida en la más triste de las tristezas, aquella que tan pocos con- suelos tiene: la alienación mental. De buena gana reservaría estas cartas para leerlas en aquellos días, no raros, en que la memoria gusta de hacernos revivir los días vividos y de hacernos reir risas y de hacernos sufrirdo- lores que pertenecen al pasado. Pero tales cartas son tan clínicas, tan honda y trágica- mente clínicas; ellas dicen tan bien de la elabo- ración progresiva de un delirio, que merece la pena incurrir en este pecado de indiscreción, en este pecado de infidelidad a la pobrecita enferma. Esta me perdonaría de buen grado si un rayo de luz volviese a brillaf en la tinie- bla de su razón. Y si le fuese dado volver a ser la mujer culta e inteligente, superior a los prejuicios y a las tiranías de la época, que ella íué anteriormente a esta enfermedad. Y, además, estas cartas, cuyo paquete deshago con cierta emoción, ya sirvieron una vez, au- 68 H I SJT ORIAS DE ENFERMOS xiliando a los médicos, con mucha eficacia, en la formulación del diagnóstico. Allá van ellas: San Pietro in Casale, setiembre 12, 1912. Papá está ocupadísimo; no puede escri- birle y me encarga hacerlo en representación suya. Yo cumplo y aprovecho el encargo pa- ra preguntarle si hace progresos en nuestro terrible dialecto. Sería necesario que lo habla- se y escribiese. Asi le sería posible encantar a mis viejos que le quieren a usted como a un hijo, ya que mi hermano, el bribón del doctor X.,le quiere a usted con cariño de ver- dadero hermano. El no ha escrito. Tiene 1a. excusa eterna de la Clínica, de los turnos de guardia, de los enfermos. Menos mal que us- ted le acompaña y usted procurará darle al- go de juicio, que buena falta le hace. Yo he salido una sola vez: pero el paseo me ha mortificado muchísimo. Estas buenas gentes de San Pietro in Casale comienzan a mirarme como a una cosa rara. Yo soy vieja y fea; pero de viejas y de feas está lleno el mundo y creo que no todas ellas hagan la ad- miración de las personas, Como no estoy re- suelta a discutir con los vecinos, he resuelto recluirme. No saldré. A bien que en casa hay mucho que hacer: me servirá de entreteni- miento y a ellos de fastidio. Hemos enviado a mi hermano un peque- ño regalo del cual supongo que le hará partí- cipe. Si no lo hace, escríbanos y ya le pon- dremos en su sitio. Con la mayor estimación Lina. Í)r. B E R M I L I O VALDIZAN 69 Setiembre 18, 1912. Su carta me ha venido muy bien; por que tenía verdadera ansiedad de contarle a al- guien las ridiculas empresas de estos buenos campesinos que se han propuesto hacerme imposible mi permanencia en este lugar. Ano- che, cuando me preparaba a acostarme, me he dirigido a cerrar la ventana que de mi ha- bitación da al jardín y he podido ver al jar- dinero que observaba mis menores movimien- tos. Con la indignación que usted supondrá fácilmente, he dado voces a las cuales han acudido mis viejos, la criada y ¡asómbrese us- ted! hasta el mismo jardinero. Este último ha manifestado que se hallaba en el jardín fumando su pipa, en momentos que yo he pretendido cerrar las ventanas de mi habita- ción. ¡Qué excusa pobrísima! Ha negado su delito. Y mi padre le ha apoyado, recordán- dome que el jardinero nos presta buenos ser- vicios desde hace veinte años. He creído ob- servar que mi padre y el jardinero cambia- ban una mirada de inteligencia. La consta- tación me ha helado de espanto. Salúdeme a mi hermano y crea en la estima de Lina. Setiembre 21, 1912. Comienzan a suceder cosas verdadera* mente extrañas en esta casa. Esta mañana, nuestro jardinero de hace veinte años ofrecía 70 HISTORIAS DE ENFERMOS un raro espectáculo: el de un hombre viejo, cubierta la cabeza por un gran sombrero de paja, inclinada la vista hacia la tierra, que removía misteriosamente. Le he interrogado; he pretendido que me dijera su secreto; pero él no ha querido venderse. Ha corrido a su garita y me ha traído un ramo de flores. El estaba muy emocionado; pero las flores que me ofrecía no son las de nuestro jardín. ¿Yo* qué me trajo esas flores? ¿Qué se proponen? Setiembre 30, 1912. Perdone usted la pésima caligrafía y el la- conismo de ésta. No tiene otro objeto que el de suplicarle se acerque usted al Profesor T. y le diga, en mi nombre, que papá no está bien. Algo extra fío e inexplicable ocurre en él. Es necesario que le salvemos. Hasta en la sa- lud del pobre anciano se ve una influencia malsana, que yo no sé en qué reside pero que la siento en el ambiente, en el aire, en todo. Refiérale todos estos particulares al Profesor T. y dígale que venga el domingo, a almor- zar con nosotros. Si viene, se lo referiré TO- DO. Noviembre 3, 1912. Yo debía haberlo previsto. La enferme- dad del profesor T. no debe llamarme la atención. El Doctor T. ha caído también ba. jo la acción nociva de las influencias que me rodean. Por esta razón le digo a Usted aho H E R M I L I O V A L D I Z A N 71 ra, que venga. A mi hermano no le diga na- da. El y usted podrían caer bajo el peso de la negra. Desde anoche tengo un dolor de ca- beza espantoso. El Doctor R., que vino a verme, manifestó que la garganta no ofrecía lesión alguna. Pero lo ha dicho de un modo He pretendido observarme yo misma y no he logradonada. Pero ¿qué hacerle? Creo que es el aire de San Pietro in Casale el que me hace daño. Me ha enfermado la gargan- ta y el espíritu. No diga NADA A NADIE. Cuando se vive, como nosotros, rodeados de enemigos, toda precaución es poca. Noviembre 15. 1912. El Doctor R. también esfúmen el secreto del jardinero. Es increíble como el mal herma- na inteligencias tan diversas en una comuni- dad de aspiraciones. El Dr. R. que, natural- mente. no le llega al tobillo al querido viejo de ustedes—hablo del Profesor Augusto Mu- RRi— es, sin embargo, un medico bastante correcto y medianamente inteligente. Pero, a pesar de todo esto, le he visto, esta misma mañana, estrechar las manos del jardinero e inclinarse al oido de éste para murmurar un secreto: ese secreto se relacionaba conmi- go; estoy segara. De otro modo, el Doctor X, no hnb iese sonreído como lo ha hecho. Noviem bie 20, 1Í12. Esperáb íircs que hoy vendrían ustedes. Mi hermano nos había anunciado la visita: 72 HISTORIAS DE ENFERMOS pero la providencia de los médicos les ha evi- tado venir a esta casa en que suceden cosas tan extrañas. Diciembre l.° 1912, Yo he recibido sus cartas: pero del tenor de ellas resulta que usted no ha recibido las mías. Me dice usted que me tranquilice; que no dé pábulo a mis nervios; que viva feliz en el afecto de mis viejos. Si; todo está perfec- tamente bien; pero todo ello no guarda rela- ción alguna con las noticias que yo le he da- do a usted, ni siquiera con los consejos que le he pedido. Y, sin embargo, es una cosa bien horrible: misjpadrcs, LOS DOS, están en re- lación misteriosa con las influencias extra- ñas; parece que son ellos los más activos au- tores de este complot que me envuelve como una robusta tela de araña ó como la garra implacable de una ave de rapiña gigantesca. Figúrese usted: anoche, creyendo que yo dormía, mis padres han hablado de mí. Mi padre hablaba muy alto y mi madre le recla- maba que bajase la voz para que yo no pu- diese escucharle. En la voz de mi padre había una entonación extraña, como la de persona que hablase de un crimen por realizar. Mi madre lloraba; pero su llanto no era de pena y sí de remordimiento; menosgfuerte”que mi padre, ella lloraba por que una fuerza supe- rior a ella la obligaba a actuar en contra mía. Después se han marchado los dos. Todo ha quedado en silencio. Pero había en el am- biente un olor de delito: he abierto las ven- tanas y he saltado ágilmente al jardín, en mi deseo de solicitar el amparo de los carabine- ros. Papá y mamá me han seguido y me han D r. H E R M I L I O VALDI^AN 73 obligado a volver a la casa. Nada les he di- cho de mis temores; he procurado hallar una excusa a esta fuga vergonzosa. Defraudada esta esperanza de evasión, como defraudada mi esperanza de ser atendida por el Procura- dor del Rey, a quien escribí hace varios días, debo esperar resignada lo que venga. Ellos me tienen completamente domina- da, por entero a merced suya; ellos disponen de medios eficaces para impedirme luchar y defenderme; pero no he perdido toda esperan- za: tengo la ilusión de poderles demostrar que una mujer fuerte, aunque vieja y fea, va- le más que muchos hombres que de tales tie- nen a las veces sólo los pantalones que inde- bidamente visten. Diciembre 10. 1912. Ha venido el Profesor T. El pobre Profe- sor estaba muy bien antes de cambiar algu- nas miradas expresivas con papá. Desde aquel momento todo ha cambiado. Parece que le han hecho comprender la necesidad de internarme en un Manicomio. Quieren hacer- me pasar por loca. ¡Pero parece increíble! La ley debiera pro- teger a una desdichada que todos se empeñan en perder. La ley debiera impedir que mis ene- migos, cuya cuenta ya no me es posible lle- var, ya que a los de la lista anterior debo agregar todavía el jefe de correos, el conduc- tor clel estanco y otros, consumen mi ruina. Anoche me han dado un baño caliente; una verdadera parodia médico familiar de las cal- 74 HISTORIAS DE ENF I I J deras de Pero Botero. Y es curioso como el Profesor T. no se manifestaba tan empeñoso como el Doctor R. en que yo tuviese todo el cuerpo sumergido en el agua. Sin duda por queelprofesorT.no hallaba decoroso para nn profesor de Universidad servir de verdugo en una ejecución digna de otros tiempos. Diciembre 22, 1912. Parecej'que nos preparamos a volver a esa. Escribo estas líneas con lápiz, por que hasta la tinta me han Arrebatado. Ellos, los malvados, quisieran arrebatarme el alma; pero no saben que... No hay mas cartas. Ella no escribió más... en su casa. El 24 de diciembre, en una noche de tor- menta, cuando la tramontana precipitaba los copos de nieve sobre la cristalería de ven- tanas y balcones; la pobre Lina, burlando la vigilancia de las enfermeras que la custodia- ban, ha abandonado la casa de sus padres y ha emprendido carrera insensata hacia la vía férrea. Un hombre ha intentado detenerla; pero ella le ha arrollado y ha continuado su carrera. Ha llegado a la estación del ferro- carril y se ha dirigido al carabinero que dor- Dr. HERMILIO VALDIZAN 75 mía envuelto en su capa y que soñaba, tal vez, con otras noche buenas pasadas en fami- lia, cerca del buen fuego de una estufa. —Despierte usted y venga conmigo—le ha dicho Lina—mi padre ha intentado asesinar- me. El buen hombre la ha acompañado, pen- sando en cuan malos deben ser los padres que intentan matar en noche de nátale, en noche que sólo al amor y al bien invita; en noche cuyos minutos parecen hechos para perdonar todas las ofensas y olvidar todos los renco- res; para besar la nieve de los cabellos de las abuelas y para besar el oro de los cabellos de los hijos y de los nietos. El carabinero no estaba obligado a po- seer una cultura psiquiátrica de que uno que otro médico carecen. El acompañó a Lina y se hizo acompañar de dos carabineros que halló en su camino. No se tomó las molestias de un amplio interrogatorio. El 26 de diciembre Lina fue recluida en “Villa R.”, casa de salud del profesor N. Este mantuvo el lacónico y trágico diagnóstico del profesor T.: paranoia. Las cartas que Li- na me escribiera fueron documentos preciosos para la elaboración diagnóstica, ya que ellas permiten apreciar la manera gradual de fal- sificación crítica operada en el espíritu de la pobre enferma. Primero los vecinos, el jardinero después; más tarde el doctor R., más tarde su padre. Y después esas influencias extrañas, la negra, los secretos, las cosas raras. Todo ello tra- duce el delirio de persecución de Lina, en ese período en el cual el enfermo hace la impre- sión de una veleta que cambiara de dirección incesantemente tal la orientación varia de su fondo delirante de persecución. Pasando de persona a persona, cambiando de forma y 76 HISTORIAS DE ENFERMOS conservando el fondo, este delirio de persecu- ción que se conecta a la realidad por una ve- rosimilitud característica; este delirio de per- secución tan acentuadamente verosímil en la pro ces o ni a nía de ciertos sujetos que la Socie- dad no interna en los Asilos, concluyó por paralizar su mutación rápida y por fijarse en una persona sola, en el padre desventurado de la desventurada enferma, contra quien for- muló la acusación grave de filicidio frustra- do. En Lina, como en todos los paranoiacos, la desintegración psíquica no es de aquellas que impresionan vivamente al observador menos versado en achaques psiquiátricos; el déficit psíquico no adquiere proporciones con- siderables y puede pasar inadvertido para persona que, en una conversación, aleja invo- luntariamente al enfermo del vasto campo afectivo de sus ideas delirantes. Lina, como todos los paranoiacos, está perfectamente orientada respecto al tiempo, al lugar, al ambiente físico y moral. Ella re- conoce a sus médicos y a sus enfermeras, refi- riéndose a cuya labor en “Villa R.” lo hace con acento de la mayor simpatía y de la más sincera conmiseración. En la Casa de Salud, sustraída al ambiente familiar, produce la impresión de persona en perfecta salud. Pero no hay que fiar de estos engañosos aspectos de la salud recuperada que tan fre- cuentes son en los-paranoiacos. Lina, apenas acostumbrada a su nuevo ambiente, buscará en éste los sujetos de su persecución y hallará enemigos nuevos, nuevos cómplices de aque- llos enemigos que actúan fuera de la Casa de Salud; descubrirá nuevos misterios, amena- zadores como una robusta tela de araña o como la garra implacable de una gigantesca ave de rapiña, Dr. HERMILIO VALDIZAN 77 Tal vez la desesperación la lleve a inten- tar la liberación suicida, cuando sus solicita- ciones de defensa y de amparo no hallen el eco piadoso que no hallaron en el curso de la primera de sus crisis. Pobre perseguida sin esperanzas libera- doras; pobre espíritu condenado a la perpe- tuidad de las angustias de la persecución; el porvenir no es piadoso para con ella y, por no serlo, no le ofrece siquiera, aquella espec- tativa doliente pero más tranquila de la De- mencia, LAS TENAZAS Habla el enfermo: Habla tranquilamente, como si sus palabras evocasen la vida aven- turera de un extraño; como si refiriese un cuento aprendido de memoria. Y es, sin em- bargo, su propia historia. Y es su propia vi- da: “A la muerte de mi excelente madre, me entregaron a los cuidados de una Nodriza: una buena mujer que procuraba alegrar mis días y lo conseguía muchas veces refiriéndo- me cuentos de hadas buenas y de duendes tra- viesos. Aquella Nodriza tenía, entre otras, una manera rara de halagarme: riéndose alo- cadamente me besaba y me acariciaba y tenía un gusto especial en juntar sus manos en tor- no a mi cuello, en actitud amenazadora de una extrangulaeión. Nunca pude sufrir resig- nadamente esta caricia; tuve siempre, frente a trente de ella, una protesta ruidosa; pero recuerdo que, a despecho de esta protesta y de tal desagrado, esperaba todos los días que la caricia brutal se repitiese y cuando ella no me.la brindaba espontáneamente, yo la evo- caba, con voz temblorosa, el recuerdo de las caricias del día anterior, con una mezcla inde- 80 HISTORIAS DE ENFERMOS cible de temor y de deseo. Un día, la Nodriza fué despedida por mi padre y aquel día fue uno de los más tristes de mi vida; la pobre mujer estaba desolada y ese día presionó mi cuello con una intensidad enorme: creí morir al verla, encendido el rostro, salientes los ojos, anhelante la respiración, presionando enfurecida mi cuello. Dentro de la angustia del momento, me pareció que aquellos brazos vigorosos eran las dos ramas de unas tena- zas gigantescas. Aquella noche tuve un sueño muy inquie- to y una pesadilla cuyo relato hizo reír de muy buena gana a mi padre; soñé que me ha- llaba en un campo muy grande rodeado por muchos millares de niños, que me amenaza- ban enfurecidos. De pronto, como en los cuen- tos, estos niños comenzaron a deformarse y a cambiarse en otras tantas tenazas, todas las cuales se inclinaban hacia mi cuello en ac- titud amenazadora. Yo imploré el socorro di- vino y entonces me hallé en posesión de una gran espada que blandí denodadamente con- tra mis agresores, a los cuales puse en ver- gonzosa fuga. Sólo después de esta pesadilla pude conciliar un sueño tranquilo y repara- dor. Mi memoria conserva, entre sus mas leja- nos recuerdos, el de unas grandes tenazas abandonadas en el huerto de la casa: cubier- tas de moho, ellas abrían sus frías mandíbu- las de acero, en ademán que se me ocurrió de una antropofagia repugnante. Viéndolas así abandonadas, evoqué la memoria de la ma- niobra extranguladora de la Nodriza, y pensé que esas tenazas del huerto dormían la siesta de una gula atenuada y hacían digestión si- lenciosa de huesos y carnes de hombre, inge- ridas voluptuosamente. Se me ocurrió que las manchas irregulares de moho, aquellas que Dr. HERMILIO VALDIZAN 81 interrumpían con sus tonos sangrientos la monotonía del color del hierro, eran manchas de la sangre de las víctimas del monstruo. Mis manos se tendieron hacia éste en un ade- mán amenazador; pero, al inclinarme hacia el suelo, experimenté una honda impresión de miedo; me pareció que aquellas mandíbulas de acero, crecían y crecían: que se hacían muy grandes, mas grandes que yo mismo; que se ajustaban a mi cuello con mayor fuerza que las manos de la nodriza y se cerraban fuerte y silenciomante, sin un sólo chirrido Co- rrí como un loco y fui a refugiarme entre los brazos de la abuela, que recorría con sus blancas y huesudas manos las cuentas de un rosario que la habían enviado de Jerusalem. Es posible que esta breve exposición de la dolorosa experiencia mía no corresponda fielmente a la verdad; es posible que, recor- dándola tánto y tánto, haya llegado a de- formarla en uno que otro pequeño detalle; pero me cabe la seguridad o la ilusión de ser exactamente los mismos aquellos estados de ánimo que me proporcionó la contemplación de la máquina ignominiosa. Más aún: he lle- gado a pensar que esta experiencia mía, esta adquisición modesta de la imágen de unas enmohecidas tenazas abandonadas en el án- gulo de mi huerto, ha sido para mí la más dolorosa lección de vida, lección imborrable que no ha podido llevarse el tiempo, que tan- to mío se ha llevado. Ha sido así que todos mis dolores han tenido para mí algo del du- ro cerrarse de las ramas de unas tenazas y ha sido así que he asociado siempte la idea de dolor y la idea tenaza y que he vivido ba- jo la impresión de hallarme colocado siem- pre entre las dos ramas prontas a cerrarse y a victimarme. 82 HISTORIAS DE ENFERMOS Recuerdo haber puesto el máximum de mi atención en la contemplación de los herre- ros y de su rudo trabajo: sentía una profun- da admiración por los dominadores del monstruo; pero, al mismo tiempo, experimen- taba una gran repugnancia por la familiari- dad de esos herreros con la maquina aborre- cida. Esos hombres de los rostros ennegreci- dos y de las manos sucias y de los brazos vi- gorosos, cubiertos de sudor, se me antojaban otros tantos verdugos incapaces de compren- der el dolor de las carnes desgarradas y de los huesos molidos. Esos herreros, familiarizados con el tra- to de la máquina infame, contemplaban en las mandíbulas de acero desmesuradamente abiertas y cerrándolas con voluptuosa lenti- tud y devorando con insaciable voracidad, la máquina buena que les ahorraba esfuerzo y realizaba un trabajo que manos humanas hicieran en otros tiempos. Contemplando a aquellos obreros sucios del polvo de carbón y del sudor de sus carnes fatigadas, pensé muchas veces que así mismo debieron ensan- grentarse los rostros y las manos aquellos verdugos de la justicia vieja a quienes preci- saba matar para vivir, exactamente como mataban para vivir nuestros abuelos de la edad de piedra cuando el hambre les invitaba al homicidio nutritivo. Una vez, siendo alumno distinguido del Colegio, sufrí mi primer fracaso escolar por obra de las malditas tenazas. Me examina- ban en Geometría, que era “mi fuerte”. La pregunta que me había sido hecha me era perfectamente familiar y yo me desenvolvía con aquellas demasías de audacia que pone- mos los estudiantes cuando el peligro ha pa- sado y comenzamos a liberarnos de la acción inhibitoria del miedo. Era enfático y seguro Dr. HERMILIO VALDIZAN 83 en mi exposición y miraba casi desdeñosa- mente al Agrimensor que servía de Jurado. Yo no sé si este buen señor sabía de mi enor- me miedo de las tenazas; yo no sé si algún malvado se lo dijo. Ello es que el hombre, con una voz que se me ocurrió sepulcral, con una voz que me pareció venir de muy debajo de la tierra, pronunció estas palabras: —Corrija esa bisectriz, Estévanez: la figu- ra, tal cual está hecha, hace el efecto de unas tenazas Yo volvi horrorizado el rostro hácia el fondo negro de la pizarra y con un espanto que no es comparable a espanto alguno, vi que allí estaba, no pintada en blanco como las figuras trazadas por mis manos, sino tal como la viera un dia en el ángulo de mi huer- to, aquella misma tenaza cubierta de moho, aquel monstruo que me obligara a buscar dulce refugio en la tranquilizadora caricia de mi abuela. No recuerdo mas. Se habló del paporretero que era yo, se habló de mi supi- na ignorancia y de la habilidad pasmosa de aquel Maestro que tan fácilmente había lo- grado descubrir “mi débil”. Repetí el curso, con la mayor pena de mi padre y con el ma- yor desagrado mió y procuré olvidar el pro- blema del Agrimensor. No es sin viva emoción que evoco el re- cuerdo de esos dias de mi vida escolar. ¡Qué leales y que sin interés se me ocurrían los amigos! ¡Cuán llena de alegrías y cuán huér- fana de tristezas la vida! Después vinieron los días malos. El pobre padre cayó enfermo y murió en unos pocos dias. Hubo necesidad de reemplazarlo en su trabajo, un rudo trabajo de oficina, rudo y embrutecedor, reducido a escribir en unos li- bros muy grandes unos números muy clara- mente escritos y muy marcialmente alinea- 84 HISTORIAS DE ENFERMOS dos. Los patrones aceptaron que el hijo here- dara, a falta de mejor, aquel cargo que el pa- dre había desempeñado unos veinte años. Yo comencé mi trabajo esmerándome mucho en hacer mis números hasta con una cierta co- quetería caligráfica. Y estaba satisfecho de mis números cuando me detuve a contemplar el número 8. Viendo este número evoqué el espectáculo de las odiadas tenazas;el número mismo se me ocurrió un símbolo gráfico de la idea tenázéi y, desde aquel momento, no me fué posible escribir un número 8 sin realizar esfuerzo enorme. Pero la ventralidad huma- na es tal que yo llegaba a escribir el número antipático y lo hacía con facilidad relativa cuando él no estaba sólo; cuando él se halla- ba, pongamos por caso, entre el uno preten- sioso y el nueve claudicante o el siete atóxi- co. Una sola vez sufrí, en toda su rudeza, el daño de aquella tenaza aritmética. Debía es- cribir lo siguiente: 187—Fondos de reserva L. 8.888.8.88 Conociendo los antecedentes que usted co- noce, comprenderá el efecto que me produjo la visión de esta cifra: tuve la ilusión espan- tosa de una verdadera danza de tenazas; me pareció ver que los números malditos hacían relieve sobre el papel y se desprendían para iniciar una danza extraña. Aún me pareció escuchar la música de esta danza, monótona, con notas evocadoras de los cipreses del cam- posanto, de las tumbas recientemente abier- tas, de las cruces de los piadosos brazos ex- tendidos a todos los vientos, en perpetuo ade- mán de amparo de los que duermen el último sueño. Todo el dinero representado por aquellas tenazas, que yo debía dibujar con mis pro- pias manos y á las cuales debía dar vida, yo, Dr. HERMILIO VALDIZAN 85 que de tan buena gana hubiese destruido las tenazas todas del mundo, no hubiese sido bas- tante á pagar mi esfuerzo titánico, ni para aliviar el dolor indescriptible con el cual mis dedos estrechaban desesperadamente aquel buen lapicero negro que animaba á mis ene- migos, que les daba forma y color y quedán- doles tanto y tanto, ponía en mi espíritu aquel miedo tan grande de mi infancia, exac- tamente igual al miedo que he experimenta- do, ya hombre, cuando me he sentido sólo y débil en presencia del enemigo formidable y amenazador. Durante el quinto año de aquella ocupa- ción que el número 8 había hecho poco grata, mis patrones y mis compañeros hablaban, con frecuencia, del misterio de mi hermetismo y establecían comparación, para mi muy des- favorable, entre el silencio sistemático del hi- jo y la expansión alegre del padre, llegando á la conclusión del hecho de mi injustificado orgullo. Pude darme cuenta entonces de la ineficacia de la observación psicológica de la masa: me juzgaban orgulloso por la máscara que ocultaba mi humildad vergonzante. No sabían ellos que yo hubiese dado muchos años de mí triste vida y muchos de los dulces y va- gos ensueños de mis fríos inviernos en cam- bio de la dominación, para todos sencilla, del disgusto que puede provocar la contempla- ción de unas tenazas. Uno de mis compañeros, el más joven y el peor rentado de ellos, tomó mi defensa un día: feál—No es orgullo—dijo—es tristeza... Aquel chico tenía razón. Mi perpetua de- rrota me hacía sufrir horriblemente. Cuando escuché aquellas palabras, levanté los ojos del libróte en que escribía y fijé la agradecida mirada en mi piadoso defensor. El si que no 86 HISTORIAS DE ENFERMOS tenía pena alguna que ocultar; en la amplia frente, ninguna arruga; en la serena mirada, ninguna tristeza. Asomaba á la vida con to- das las generosidades de la juventud sana; con la tranquila apreciación de sus bríos; con todas las alegrías y optimismos de los que empiezan bien. Mi defensor concluyó por ser mi amigo y yo concluí por hacerle la dolorosa confiden- cia de mis morbosos temores. La cosa pare- ció sorprenderle mucho y alcancé á ver en su rostro franco, rostro del que ha vivido poco y desconoce los beneficios de la máscara en la vida, una expresión de inquietud y de pena. Creyó haber penetrado el misterio de mi her- metismo y haber salvado la valla de mi silen- cio y haber llegado á la desolación de mi es- píritu, apenas Comparable á la del mar y á la del desierto, que es otro mar también. Una noche, aquel buen chico me llevó a su casa. Era el cumpleaños de su madre y se ha- cía una pequeña fiesta. Era el de aquella casa un ambiente de sana alegría y de indefinible quietud y yo me hallé muy bien desde los pri- meros momentos. En aquella casa pobre y alegre, ante aquella anciana que, en el ocaso de la vida, gozaba el placer de la alegría de sus hijos, pensé en la pqsibihdad de olvidar mis viejos temores y de vivir como los demás hombres una vida vulgar, con sus banales episodios de dolor y con sus banales instan- tes de ventura. La buena anciana cuyos oji- llos intentaban penetrar en el fondo de mi al- ma, siguió muchas veces la dirección de mi mirada y la halló fija en los grandes ojos ne- gros de su encantadora hija. Lindos ojos ne- gros aquellos que debían saber decir muy lin- das cosas. Por un momento creí verlos decir una pena muy grande y por un momento creí Varios decir muy dulces y muy gentiles cosas, Dr. HERMILIO VALDIZAN 87 Menuda y morena, con la amplia frente de una mujercita pensadora, ella me miró tam- bién, pero sólo hubo en su mirada la curiosi- dad que inspira la vulgar cara nueva. Yo hablé muy poco,a despecho de cuanto hizo por hacerme hablar aquel excelente ca- marada que intentó hacerme el regalo de un baño espiritual de paz y sosiego. A fiesta ter- minada, yo estaba más triste y más huraño. Me había sido dado ver de cerca una vida tranquila y, dentro de ese marco, una mujer encantadora, y esta visión me había hecho soñar una vida y un amor. Pero, en aquellos momentos de ensueño, vino a mi espíritu, go- zándose cobardemente en mi tortura, la idea tenaza. Y vino en forma que puso lágrimas en mis ojos: las tenazas, aquellas mismas del huerto de mis primeros años, se estrechaban en torno al cuello delicioso de la encantado- ra morena. Y la eabecita triste y espantada caía pesadamente y aquellos ojos se abrían espantados y aquellos labios ¡Oh, que horrorosa pesadilla! Mi amigo se intranquilizó al verme y me aconsejó consultar a un médico: seguí el con- sejo y reíerí aun médico toda mi triste histo- ria.. El médico no concedió importancia al asunto; me dijo que los pequeños miedos, las fobias, como él las llamaba,eran compatibles con la normalidad y, en apoyo de cuanto de- cía, me refirió aquella que a él le amargaba la vida: la fobia de las alturas, el miedo de las alturas. Me aconsejó combatir mis temo- res por medio de la reflexión y me prescribió un preparado a base de fé)sforo ¡Combatir mis temores! Era fácil de decir; pero no se destruye fácilmente aquello que, tal vez, es obra de muchos siglos. Por que he llegado a creer que esta fobia mía es herencia de mis más remotos antepasados y que ella, 88 HISTORIAS DE ENFFRMOS que yacía en letargo, ha sido brutalmente despertada por la Nodriza extrañamente aca- riciadora. He llegado a pensar cjue entre mis antepasados debió contarse algún ajusticia- do de quien he tenido la desventura de here- dar el terror de las tremendas tenazas homi- cidas... Hubo un momento de mi vida, uno sólo, en el cual me consideré libre déla idea tenaza: fué la época de mis amores con Antonieta, aquella buena mujercita, alta y delgada, que cantaba con mucho sentimiento y se sabía de memoria muy lindos versos que declamaba muy lindamente. Viéndola y escuchándola, lo olvidaba todo y experimentaba una deliciosa embriaguez, que ella comprendía bien y que tanto parecía halagarla. Una noche, en casa de ella, bebí mi prime- ra copa de vino: me fué brindada por ella y bebí con placer. Me pareció nacer a una vida hasta entonces no sospechada; me sentí más fuerte, más dueño de mí mismo, más domina- dor; me consideré capaz de enfrentarme a las tenazas y de destruirlas todas entre mis ma- nos vigorosas. A esta agradable sensación de una fuerza nueva, de un vigor insospechado, se sumó el espectáculo de aquella mujer bella que bebía conmigo y conmigo olvidaba tal vez otras tenazas amenazadoras y sanguino- lentas... Ella reía, reía y yo quería reír también. Ella me presentaba sus labios rojos y yo po- nía en ellos los míos febriles... Después... yo no se, en verdad, cuanto tiempo trascurrió en aquel dar y recibir de besos que sabían a alcohol... Un sueño muy profundo y un despertar espantoso... Aquella mujer... sus lindos brazos, que tantas veces cubrí de besos, los mismos que tantas veces rodearon suave y amorosamente mi cuello» Dr. HERMILIO VALDIZAN 89 eran los brazos sangrientos de las maldecidas tenazas, brazos del acero cubierto de moho. Y se estrechaban en torno al cuello mío, aho- gándome, triturando mis huesos, magullan- do mis carnes, con una sádica lentitud, con una felina lentitud... Después... yo no sé... aquel cuerpo queri- do se agitó en convulsiones de perro estricni- zado... después quedó rígido, inmóvil... La muerte pasó por allí... Después, una prisión innoble... Unos mé- dicos muy graves, que hablaban de embria- guez patológica...que hablaban de epilepsia... que hablaban de locura... de Asilo... Calla el Enfermo. Su voz ha sido tría co- mo el acero de las maldecidas tenazas. La mi- rada de sus ojos se fija en el espacio y allí per- manece largamente, trágicamente... 91 SE ACABO DE IMPRIMIR ESTE LI- BRO EL XXVIII DE FEBRERO DEL AÑO MCMXXIII, EN LA IMPRENTA DEL ASILO “VICTOR LARCO HERRE- RA”. LAUS-DEO. BIBLIOTECA POPULAR “HOGAR” OBRAS POR PUBLICARSE ÑA CATITA, por Manuel Segura. EL CABALLERO CARMELO, por Aura ham Vai.dki.om a r. LAS MEJORES POESIAS LIRICAS PERUANAS, por César Torres Be- NA VIDES. UNA LIMA QUE SE VA, por José Gaevez. EL DIENTE DEL PARNASO, por Juan de Caviedes. JOSE GALYEZ, por Jorge Guillermo Leguía . HISTORIA DE LA LITERATURA PERUANA, por José de la Riya Agüero. LAS MEJORES TRADICIONES PE RUANAS, por Ricardo Palma. EL HERMANO MAYOR, por Manuel Bedoya.