r/>¿ H < *\i¿& *■ v^-^ ' r 1 < , i. t ♦ i WM 40 P348e 1886 NLM 05217^0=1 7 NAnONAL LIBRARY OF MEDICINE ^ J UNITED STATES OF AMERICA FOÜNDED 1836 WAS HINGTON, D.C < NLM052179097 DÜE TWO WEEKS FROM LAST DATE OPO 322808 I t ESTUDIOS ESPIRITISTAS LA VIDA DE LOCO. Carlos Paz Soldán. <, ESTUDIOS ESPIRITISTAS LA VIDA DE LOCO POR CÁELOS TAZ SOLDÁN, Miembro perpetuo de la Sociedad de Ingenieros Telegráficos y Eléctricos de Londres—Ex- Director General de los Telégrafos del Perú y Jefe de la Sección del Estado Mayor General durante la Campaña de Lima—Autor de la "Cartilla de Telegra- fía"—Director y propietario de -'E1 Sol". • • ••• ••« •»• Imprenta Liberal de F. Masías y Ca.—Union Baquijano 317. 1886. IV rVYV^ ? W> e. ( A mi Padre. A tí, padre querido, que de lejanas y hospitala- rias tierras volasteis en mi socorro, te dedico este trabajo, que es el quejido de mi alma, la exposición del martirio y sufrimientos d que el error ó la igno- rancia, por decir lo menos, sometieron mi persona. Has sido tú el que aliviaste la suerte del criminal desgraciado, reformando el sistema de presidios. Yo, imitándote, deseo aliviar la suerte del falto de razón y del desgraciado que ingrese en el Asilo, que hoy es presidio y no sitio de misericordia y consuelo de las dolencias de la humanidad; en donde se aniquila el cuerpo, se abate el espíritu, y se destruye todo átomo de inteligencia. Si logro mi objeto, bendeciré d mi Dios; y los tormentos que sufrí los daré por bien empleados. Lima, Mayo 5 de 1886. 425G78 í INTRODUCCIÓN. Mas de una vez mi espíritu ha trepidado al empren- der este trabajo, mi razón se ofuscaba creyendo ser un sueño cuanto por mí habia pasado, pero poco es- fuerzo era necesario para que la abrumadora verdad se me presentase. El vacío que en el^ número de mis tiernos hijos existia, porque así lo dispuso Dios, y el verme rodeado de mis queridos y ancianos padres, que abandonando bienestar, posición, honores y todo vinieron en mi auxilio, me probaban la evidencia de los hechos. En ese momento mi espíritu se retempla- ba, cobrando nuevo vigor y fuerza; desechaba toda preocupación, por lo que sobre mi persona pudiera de- cirse, vislumbrando que la relación de la amarga y cruel via crucis por la cual se me habia hecho pasar, me designaba una misión que llenar en el mundo; mi- sión sublime y cristiana, cual es la de procurar el alivio de la humanidad doliente en su mas triste y abando- nada condición. Comprendía entonces que la expe- riencia que habia adquirido serviría para muchos, y en especial, para las familias de aquellos seres cuyas des- gracias los colocaban verdaderamente, en la misma es- fera en que indebidamente se me colocó. Así mismo, comprendía que cuando se han realizado acontecimientos, que ya sea por error ú otra causa, han dado por resultado el que á uno se le borrase del número de los seres racionales, existe no solo el dere- cho sino la obligación de re vindicar su puesto y pro- lar y denunciar ese error ó lo que sea. Si á todo es- te- se agrega que á consecuencia de los hechos realiza- — 6 — dos, se puede suponer, lo que no es exacto, que ha habi- do falta de sentimientos de familia en la esposa é hi- jos, con lo cual el honor se ha podido vulnerar, ese derecho es sagrado y la obligación ineludible. Cuando en una familia no existe un hombre de cal- ma y de experiencia, la medicina suele producir mayo- res males que la misma enfermedad que se trata de aliviar ó curar, sobre todo, cuando intervienen médi- cos de excesiva vanidad, indolencia ó pocos cono- cimientos en la enfermedad que pretenden curar En mi persona todo esto he esperimentado, y debi- do á estas causas, fui secuestrado del seno de mi fami- lia, para ser arrojado y encerrado en sitio donde no hay ser humano racional que pueda existir, á no ser para morirse 6 para acabar su vida material en medio del abandono, del sufrimiento y de la indiferencia médica'; entre tormentos y martirios corporales. Este hecho lo agravaron esos médicos con infundir, en la familia y en mis íntimos amigos, el pánico mas atroz que es posible imaginarse, so pretexto de males futu- ros, para aislarme, después de secuestrado, de hi mane- ra mas absoluta, á fin de que el error ó el objeto que se perseguía no se conociera y quedase relegado á per- petuo silencio, Pero la Divina Providencia que siempre vela solícita por el triunfo de la verdad y porque la humanidad siga á su perfeccionamiento, dispuso sin duda, que salvase vida, razón y corazón para denunciar al mundo entero esos errores y que no puedan volverse á practicar ac- tos semejantes al que conmigo se practicaron, contri- buyendo á la vez, á que se reforme un lugar donde solo debe imperar la caridad en sus mas múltiples ma- nifestaciones, en lugar de la barbarie y el rigorismo de un presidio; recobré el puesto social que me cor- responde y se salve el honor de los míos, lo que es mas precioso que la vida. f Emprendo, pues, la tarea, lleno de fé en que con- — 7 — seguiré el fin noble que me he propuesto, con la mas perfecta calma, libre de toda pasión y de toda preocu- pación que pueda acarrear, á narrar los hechos con toda exactitud, que si los revistiese con algunos de los coloridos de la ficción solo podrían servir de tema á una novela cuyo principio ostenta lo cómico, para concluir en lo dramático, como en efecto ha concluido mi se- cuestro; y que si mayores desgracias no he esperimen- tado, ha sido porque Dios que todo lo puede, permitió que la energía de mi excelente y virtuoso padre no llegara á quebrantarse, oponiéndose á la insistencia del médico que aun pretendía prolongar mi martirio y se- cuestro, para sin duda, solo entregarme como un amen- te ó un idiota; pues la calma y la fortaleza de espíritu con que la naturaleza me dotó principiaban ya á aban- donarme, después de cien días de hacer vida práctica racional, de ser tratado como loco y loco furioso, por simple prescripción médica, justificando esa medida, como la de salvar de un futuro furor asesino á mi esposa y mi compañera durante 22 años y á mis once hijos, el último de meses de nacido, llevándome con engaño para encerrarme en un Asilo de Orates suponiendo los médicos que mi dolencia era insa noble, y que solo en esa casa era posible encontrar asistencia médica y atenciones adecuadas á mi situa- ción. Quien recorra el relato que sigo, no podrá menos que exclamar: Qué error! ¡ Qué ignorancia! ¡Qué iniquidad! CAPITULO I. Voy á ocuparme de una materia que por hoy es ca- si desconocida entre nosotros, sobre esa materia que es aun muy poco estudiada y sobre la cual se hacen mil comentarios, existen mil dudas y aun se le supone entre las vedadas y proscritas; pero quien medite co- mo he meditado yo después de la experiencia mate- rial y personal que he tenido, no dudo que será de mi modo de ver. En estos últimos años mucho se ha escrito y dicho referente al Espiritismo, y aun cuando sus manifesta- ciones eran conocidas y practicadas desde tiempo inme- morial, cayó en desuso; pero hay ciencias que si por causas especiales se atrasan ó descuidan, eso en na- da les perjudica, y el daño en quien recae es en la humanidad que permanece estacionaria. Hoy dia, hay multitud de obras que analizan, desarrollan y estu- dian la materia y las manifestaciones del Espiritis- mo; bastará recorrer cualquier revista de las que hoy se publican sobre este ramo, para conocer el número inmenso de periódicos, semanarios y folletos que se ocupan de esta ciencia, tanto en Europa como en América. Esto probará á aquellos que pudieran criti- car mi trabajo actual, como ocioso é insustancial en esta materia, que al decir eso no tienen ni idea de lo que es esta ciencia. 2 — 10 — En Espiritismo, como en toda ciencia nueva ó des- conocida, hay muchos incrédulos y algunos descreídos, pero cuan-io palpan el efecto, ven las cosas y hay quienes den testimonios auténticos, verídicos y con sinceridad y buena fé; todos ellos se convencen, ó cuando menos dudan ya suspendiendo su juicio. En toda investigación científica y esperimental, cuando es conducida con prudencia, con juicio y de- seando solamente descubrir la verdad, no hay estudio por insignificante que él parezca, que no conduzca al adelanto del hombre. En Europa hay algunos mate- máticos que solo se ocupan en la combinación y análi- sis de cálculos con cantidades imaginarias; nadie ta- cha allí á esos hombres de que asi procedan, por el contrario, sus escritos, sus deducciones, todo lo que dicen se anota y compila cuidadosamente en revistas especialmente dedicadas á las matemáticas, y el tes- timonio de esas personas sirve siempre de autoridad. Lo que decimos, como ejemplo, respecto á las mate- máticas, se pudiera aplicar á multitud de otras cien- cias, porque nunca debemos olvidar que en el mundo no hay nada de falso absoluto, que lo que hoy parece así, mañana resulta lo contrarío, y cuando se busca la verdad con deseo de encontrarla, siempre se llega á ese resultado tarde ó temprano. Cuanto han hecho las generaciones anteriores nos sirve hoy: lo nuestro servirá para las futuras. Siguiendo la corriente del siglo, los diarios de Li- ma hacían publicaciones referentes al Espiritismo, en que se narraban hechos portentosos y aun sobrenatu- rales, y como mis condiciones de carácter me impelen siempre á investigar todo, mi espíritu concibió el de- seo de ver por mí mismo lo que habia de real y efecti- vo de cuauto se decia respecto á mesas jiratorias y movedizas, á médiums sicográficos, auditivos, de efectos físicos y mil otras denominaciones que es una nomenclatura muy extensa para reproducir acá, y aun- — 11 — que yo no tenia una marcada incredulidad respecto al efecto material de algunas de esas manifestaciones, sin embargo, la abrigaba muy grande, en cuanto al al- cance de ellas. Por otra parte, mediante lo poco que entonces creí conveniente leer, concebí la idea de que por ciertas circunstancias podia ser médium, y me dediqué á la parte práctica de los hechos, porque no quería ser inducido á creer por lo que solo otras autorida-' des aunque respetables decían, para evitar el perjui- cio de autoridad, que suele ser en muchos casos de fatales consecueucias. En el presente trabajo voy á narrar lo que perso- nalmente he esperimentado, lo que podré certificar en cualquier momento y lo que creo sobre la materia con las conclusiones á que he llegado, no solo en lo referente al Espiritismo, sino también á otro orden de hechos que servirán de beneficio á la humanidad, y por lo cual se verá cuanta verdad encierra lo que de- jo dicho, de que no hay estudio que no conduzca al perfeccionamiento humano. Me refiero á las teorías médicas y al tratamiento que se emplea, en especial en Lima, respecto á las dolencias provenientes de lo- cura ó monomanía. No dudo que cuanto acá diga será causa para que se me dirija mas de una burla, mas de un insulto y que sea motivo de algunas enemistades; pero poco me importará todo, porque el que lea este opúsculo verá que cuando hay desgracias personales, ese hombre ha sa- bido sacar el partido necesario para que ellas sirvan de ejemplo á los hombres, y de alivio á las dolencias de seres desgraciados que todos estamos en el deber de salvar. Para llegar á ese fin, hay que hablar la ver- dad, y el que habla la verdad en cualquiera cosa que sea, merece el respeto social y personal, pues me diri- jo á las personas de buena fé, sin ideas preconce- bidas ó al menos fijas, sinceramente deseosas de ins- — 12 — truirse y de conocer la verdad de los hechos experi- mentados por personas cuyos autecedentes y cuya posición los pone fuera de la superchería, ó la burla ó farsa con que muchas veces, desgraciadamente, se han revestido los estudios de todo orden, cuando se trata de ciencias aun no conocidas ó generalizadas. En Europa, innecesario casi hubiera sido este capí- tulo á mi trabajo, porque allí el saber humano está á un alto grado de desarrollo y muy difundido, y un es- piritista es un hombre que se dedica á la investiga- ción de ciertos fenómenos que espantan y cuya ex- plicación es hasta hoy muy difícil, como lo dice el pro- fesor De Morgan á quien no podemos dejar de citar, hablando sobre el espiritismo: «he visto y he oido de una manera tal, cosas que se llaman espiritistas, que se hace imposible el no creer, y que ningún ser racio- nal será capaz de explicar corno impostura, coinciden- cia ó error. En esto estoy perfectamente seguro, pero cuando llegamos ala causa de este fenómeno, no puedo adoptar ninguna de las explicaciones que hasta hoy han sido expresadas.»--«Las explicaciones físicas que se han dado han sido fáciles; pero miserablemente insuficien- tes. La teoría espiritista es suficiente pero.de una difi- cultad abrumadora.» Tratándose de un país como el mió, en que ape- nas principia á mencionarse el nombre de esta ciencia, tengo que dar algunas explicaciones. En el estudio del Espiritismo, hay mil peligros, pro- venientes no solo de las mismas manifestaciones, sino también de las consecuencias que ellas pueden tener; ya sea por las condiciones personales del médium, ya sea por los antecedentes de familia, ya en fin, como conmigo ha acontecido por el error, cuando menos, de la medicina ó diré mejor, de los médicos que suelen intervenir en un caso dado, y que sin conocimientos ó sin estudio, dan un diagnóstico errado y que condu- ce á una familia hasta la ruina y la desgracia. — 13 — Las investigaciones espiritistas, que nos entregan de repente á un orden de cosas tan nuevo, tan gran- dioso y sobrenatural, requieren no solo sumo cuidado, sino una inteligente dirección, y por eso es necesario la colaboración de personas instruidas en las ciencias físicas y aun teológicas, pues en sus manifestaciones nunca se apartan de las ideas religiosas y de un Dios Todo poderoso, sabio, grande y humano, pero en to- do caso es necesario el concurso de personas formales, perseverantes, sinceras y de firme voluntad para po- der llegar á un resultado veraz y auténtico. Por mi parte, puedo decir, que adopté cuantos me- dios de esta clase pude encontrar, porque desgracia- damente entre nosotros, no falten individuos que sin los conocimientos sobre esta m;»teria y aun muchos sin los mas triviales de la física, en especial eléctricos y magnéticos, pretenden disputar sobre el espiritismo, materia que como repito, no conocen y al hacerlo adoptan un tono autoritativo, empleando en el mayor número de veces, á falta de razones que no pueden dar, la chicanería y la burla. Hay otros que aunque entendidos en otros ramos y muy capaces de conocer y comprender las cosas, solo se rinden ante las manifestaciones físicas y visuales, y aun en este caso tratan de dar explicaciones tan absurdas, que verdaderamente uno se admira como en su buen juicio, puedan llegar á esas conclusiones so- lamente por no admitir la intervención de los Espí- ritus y las teorías sobre esta materia, que son claras y convincentes como lo diré De Morgan. Por último, y desgraciadamente son los que abun- dan, hay seres que nada respetan, nada saben, pero se entrometen en cualquiera discusión sobre estas ma- terias, sin respeto ni consideración á la posición, edad conocimientos y demás circunstancias de los presen- tes. Hay sí un hecho muy general, sobre todo entre el — 14 — sexo débil que es el que menos cree en el Espiritis- mo, que muchos creen sin embargo, en duendes, brujos y aparecidos, y cuando se mueve una mesita, se apa- ga una luz y oyen ruidos, entonces se rinden, atri- buyéndolo á la presencia de duendes-, pero yo diré de Espíritus. Hoy dia la religión, ya confiesa que hay Espiritismo y Espíritus; obras de la mas pura y elevada religión lo han reconocido; pues bien: la única discrepancia que hasta hoy he observado entre lo que ellas dicen y lo que yo he esperimentado durante mas de nueve meses de estudio y manifestaciones diarias y auténticas, es en la clase ó diré, mejor hablando, en términos es- piritistas, la bondad del Espíritu que se nos mani- fiesta. Los relijiosos dicen que son Espíritus del mal, yo diré que hay de todo, malos ó malignos, burlones, falsos y mentirosos; pero lo que sí puedo garantizar, como hechos auténticos y fuera de duda, es que el Espiritismo es bueno para reformar las costumbres y para ayudar al hombre en el mundo, teniendo un ele- mento que lo guie y le dé dirección para evitar su perdición en un momento dado; y como principio ge- neral para no chocar con las opiniones de los sacerdo- tes que han escrito en estas materias, diré: Que el Espiritismo lo he encontrado en sus mani- festaciones. «Sincero, falso, artero, i á veces hasta cruel, pero «jamas inmoral, corrompido ni ateo.» Como no hay peor sordo que el que no quiere oir, así como el que no quiere ver no vé; lo mismo sucede con los que de mala fé niegan las manifestaciones del Espiritismo; no es pues á ellos á quienes me dirijo, sino á todos los que de muy buena voluntad no creen por mil razones; para esas personas haré las siguien- tes observaciones, y verán que en el mundo no hay imposibles ni absurdos, como lo dice muy bien Ara- — 15 — go: «Todo el que fuera de los cálculos de las matemá- ticas puras pronuncie la palabra imposible falta alas reglas de la saua prudencia.» Comunmente se dice, ese hecho espiritista no puede ser exacto; está en contradicion con las leyes físicas, por consiguiente es falso, es absurdo. Este argumento es de una fuerza abrumadora para el que no conoce la física ó la histo- ria de los grandes descubrimientos. Para los antiguos, la tierra era plana, no podían concebir que fuese redonda, y los Antípodas, el mo- vimiento de rotación de la tierra sobre su eje y al re- dedor del sol, un absurdo que estaba probado no solo ser contrario á las leyes de la naturaleza, sino tam- bién á la religión; sin embargo, avanzaron los conoci- mientos humanos y se probó que la tierra es redonda, que se movía, que habia antípodas, y que nada se caia, como lo concebian los antiguos, y esto merced á un hecho casual y aun diriamos nimio; la simple caída de una manzana que dio origen á que Newton descubriese las leyes de la gravitación universal que confirmó todas las teorías de Copérnico, Galileo y Kepler, que todas destruían la de Tolomeo. Como fal- tó en ese entonces la prueba matemática, no se cre- yó en esas teorías, pero el tiempo comprobó la verdad. En el día la óptica realiza fenómenos visuales de tal magnitud, que nos espanta: véase un espectáculo de cámara oscura y vistas disolventes ó aparatos fantas- magóricos, y nadie que no sepa como se producen, de- jará de creer que la imagen es real y auténtica, y no fo- cal. Hoy dia no hay niño que no sepa reproducir esos fenómenos y sin asustarse, porque ' conoce ya el apa- rato con que se produce. Sin embargo, cada momento se descubren nuevos medios de producir admirables y sorprendentes efectos ópticos, siendo los mas mo- dernos, los fantasmas en el teatro, en que el espec- tador vé á un ser que se mueve, pero que estan- do al lado de los actores, no le pueden ni cojer ni da- — 16 — ñar. El de la cabeza parlante fué otro efecto óptico que por algunos meses causó gran sensación, y así otros muchos que seria largo indicar; sin embargo, na- die dice que eso era contra las leyes de la naturaleza; pero todos se pusieron á investigar su modo de pro- ducción y explicación. Pero si hay fenómenos que se pueden esplicar, co- mo los ópticos, de una manera conveniente, hay otros que solo conocemos sus efectos y los aparatos con que pueden reproducirse, mas hasta hoy no se puede dar con el fluido que los produce, ni esplicarlo sino con hipótesis. Me refiero en especial á los relativos á la electricidad y al calor. ¿Qué cosa hay mas asombrosa que la trasmisión telegráfica? Se toca una llavecita ó botoncito chiquitito como una avellana, y esa señal se reproduce á ciento de cientos de leguas; se aproxi- ma uno á una hoguera y siente el calor. Bien ¿qué es la electricidad? ¿qué es el calórico? Nadie sabe has- ta hoy decir lo que son; y sin embargo no niegan que existe electricidad y que existe calórico. El teléfono es otro descubrimiento igualmente asombroso; ¿Cómo es posible oir á cientos de millas la voz humana? Es la pregunta que entre gente poco ilus- trada se hace, y sin embargo existe; y su existencia tampoco nos revela lo que es el medio que lo repro- duce, es la electricidad se nos dice, y allí cesa por aho- ra toda esplicacion. Pues bien: si estos fenómenos se hubieran reprodu- cido antiguamente, los físicos que tales hechos hubiesen practicado hubieran sido considerados como brujos, tor- turados y quemados, porque solo eran efectos de la ma- gia, de la nigromancia y de las artimañas de los demo- nios. Hoy nos reimos de esos juicios y de esos pueblos; y sin embargo no creemos en Espiritismo! estraña abe- rración en que caemos. ¿Cuantas de las leyes que hoy las tenemos como auténticas y verdad inconcusa, no- — 17 — serán mañana á su vez destruidas por otras, que nos espliquen los efectos por los nuevos descubrimientos que alcance Ja humanidad? ¿Quién nos hubiera dicho hace muy pocos años, que seria fácil tomar Invista fotográfica de una locomotoia en pleno movimiento, de un caballo á carrera ten di 'a y de un pájaro volando? Nadie, pueá con los medios en- tonces conocidos, de los aparatos y de las sustancias empleadas para gravar la imagen, era condición indis- pensable la inmovilidad de ella ú objeto que de- bía retratarse, y últimamente se ha llególo á tal per- fección, que una esplosiou y su* efectos se fotografían con admirable nitidez y exactitud. Por último el fo- nógrafo es otro descubrimiento que nos asombra; mediante ese aparato podemos ahí a cenar 6 guardar Lis voces de los seres que nos son grato-, y si son muer- tos ya, reproducir su acento querido y estrañado. ¿Después de estos hechos y de estos descubrimien- tos se puede con prudencia y con razón negar el Es piritismo y sus manifestaciones, porque no las pode- mos esplicar? Lo único que es posible decir y lo deci- mos todos los espiritistas sinceros es, que existe el fenómeno y la manifestación; mas no lo podemos es- plicar, y aun en todo caso no está en nuestro poder reproducirlo; porque no siendo del orden físico mate- rial, obedece á seres espirituales que se valen de estos fenómenos para hacer presente su existencia, y esos Espíritus existen para que nosotros seamos sus medios de acción en el mundo material y les debamos obediencia y respeto, por ser instrumentos á su vez del Ser Supremo que norma todo el Universo. El hom- bre ateo ó incrédulo no puede ser jamás espiritista, porque ese no cree en la existencia del alma, del Án- gel de la Guardia, de los Angeles, y por último de Dios. No pretendo imponer mis opiniones, mis creencias y mis dichos á nadie, el Espiritista sigue las doctrinan — 18 — del cristianismo, que convence y no impone. Por es- to diré con Alian Kardec; «que se abstengan, pues, aquellos» que en lo referente al Espiritismo «no juz- guen los hechos dignos de ellos y de su atención; na- die piensa en violentar su creencia, pero que se dig- nen respetar la de otros;» (1) si eso decimos en esa materia, no sucede lo mismo respecto á los otros he- chos, que mi deber como ciudadano, como cristiano y como hombre denuncio; lejos de eso, pido que haya cuanta luz sea posible, para el beneficio de todos; solo ruego, aunque nada temo, que así como respetaré á los individuos como hombres, para solo ocuparme de ellos como representantes de una profesión, me res- peten á mí. (1) Libro de los Espíritus. CAPITULO II. Deseoso de investigar todo lo referente al Espiri- mo, en sus manifestaciones materiales, me resolví á ha- cer el ensayo de las mesas jiratorias ó movedizas; pero para ello quise que me acompañaran varios ami- gos que me habían manifestado iguales deseos, cu- yos antecedentes y posición social, los ponían en actitud de la mas completa y absoluta formalidad y seriedad para evitar engaños, burlas y aun diré mas alucinaciones. Escojidos tres de estos amigos, mandé hacer una mesita según las indicaciones de Alian Kardec, y después de tenerla lista, los cité para dia determinado y de noche, para una sesión espiritista, como se dice comunmente entre los que nos dedicamos al estudio de esta ciencia. Mi ansiedad era alguna, pues si creía en algo de verdadero en el Espiritismo, no dejaba de inquietai- me lo que habia leido en Merville, principalmente, de que esas manifestaciones eran debidas á la presen- cia de Espíritus malignos, ó como vulgarmente deci- mos, del demonio; pero me tranquiüztfflu haciéndome el siguiente argumento; ¿Cómo es posible que solo el demonio pueda tener poder de hacer esto? Es un hecho que hay un Dios y que hay Espíritus buenos ó ánge- les, si aquellos tienen ese poder, es indudable que es- tos con mayor razón deben tenerlos, pues la relijion — 20 — nos enseña que uno bueno vale por muchos malos, de otro modo, seria convenir en que el demonio tiene mas poder que Dios. En último caso xjoncebia, que como p ira probar al hombre, permitiría Dios que los demo- nios hicieran estas manifestaciones, pero no como sé- res cuyo único poder era el que siempre imperase en el mundo de los fenómenos del Espiritismo y su in- fluencia, puesto que seria convenir en la perdición de la humanidad. Llegó el momento designado para la sesión, y en- tonces convenimos en ser leales y sinceros en todo, para así salir de la curiosidad y estar atentos á cual- quier fenómeno para estudiarlo. Eramos cuatro, los SS. D. A. N.—D. N. A.—D. O. L. y el que esto escri- be. Nos sentamos al rededor de la mesita, sin apagar luces ni bajarlas, como generalmente se nos dice, por que a mi juicio si el Espiritismo es una verdad, su poder para las manifestaciones debía ser el mismo en todo momento, y eso de apagar luces y bajarlas ó dis- minuirlas, es muy sospechoso y podría á su amparo hacerse cualquier juego de magia ó prestidigitacion; como por desgracia suele hacerse por personas po- co escrupulosas y que solo ven en estos estudios un motivo de especulación. Estaríamos media hora mas ó menos con las manos puestas sobre la mesita, cuando sentimos que princi- pió á levantarse de un lado y sbbre uno de los tres pies que tenia; en el acto yo miré á todos y cada uno para ver si por acaso ya fatigados, principiaban las bur- las tan usuales en estas ocasiones, pero nada pude leer en los semblantes que tal cosa indicase; vi que habia asombro} sin embargo, interrogué si habia since- ridad y no efecto natural y deliberado en alguno para hacer mover la mesita; pero tratándose de esos caba- lleros, protestaron de tal suposición mia. Comprobado así, tan auténticamente el fenómeno, todos los cuatro quedamos convencidos del hecho real y verdadero del — 21 — movimiento sobrenatural. Entonces interrogamos si habia alií presente algunos espíritus y se nos contestó que síy que eran buenos, pero yo ya mas advertido invoqué en mi mente á Dios, para que el fenómeno fuese real en su bondad como se practica en estos espe- rimentos. (*) La mesita volvió á su situación ante- rior de reposo. Comprendí que algo habia de raro, pe- ro no me di cuenta de la razón, que hoy, que ya he estudiado esta ciencia la comprendo, fué que mi invocación hizo ausentarse á espíritus burlones que mas tarde debían causarme mil males. Al poco rato volví á hacer nueva invocación; principió la me- sita á temblar un poco, y después se puso en movi- miento y sobre un pié. Alguien propuso que invocá- semos algún espíritu determinado, pero yo me opuse indicándoles que nos atuviésemos al que se nos manis- taba. Resolvimos hacer varias preguntas, entre ellas. la de si estaba presente algún espíritu bueno, se nos replicó que sí por tresgolpecitos, lo que ejecuta- ba la mesa con el pié, poniéndose en reposo y vol- viendo á levantarse, como señal designada para el sí. Después ¿si quería comunicarse con alguno de nosotros?» volvió á indicar que sí por medio de tres movimientos ejecutados como la vez primera. Para co- nocer con quien quería entenderse, pronunciamos los nombres de cada uno de nosotros, conviniendo antes que al llegar al de la persona deseada, lo indicase con un movimiento; cuando se pronunció el mió, hizo la señal, estas preguntas fueron repetidas por varias ve- nces y convenida la contestación con varios golpes, ya dos, ya tres, y hasta cinco y con diversos pies, siempre la contestación fué exacta y acorde; por último, vien- do que ya no podíamos obtener mas contestaciones, no obstante que hicimos varías preguntas, pensé que eso provenia de que habiendo indicado eseEspíri- [*] Alian Km loe. -Libro de los Médiums. * — 22 — tu su deseo de solo entenderse conmigo, no quería que la manifestación continuase, y en ese supuesto pre- gunté en voz alta si quería decirme después algo per- sonalmente ó en secreto; la mesita volvió á levantarse en su pié y contestó por los movimientos y golpes an- teriores la afirmativa; en este supuesto creímos con- veniente dar por terminada la sesión, lo cual consul- tamos, como es de práctica, con el Espíritu que se ma- nifestó, quien nos lo indicó que así debia hacerse, y que la siguiente sesión tendría lugar * siete dias des- pués, es decir, el próximo Miércoles. Esta consulta se hizo pronunciando los nombres de los días de la se- mana. Por nuestra parte, todos quedamos plenamente con- vencidos del fenómeno en su total manifestación, y aun mas, si he de juzgar por lo que en ese entonces leí en sus fisonomías, estaban asombrados y casi asustados. Yo sin embargo, que veia y palpaba estos hechos, ya para mí tan verídicos y fehacientes, creí prudente atenerme á la mas absoluta reserva y seguir la lectura de nuevos libros, que buscaba con afán, para instruirme; pero mi desgracia hizo que no tuvie- se tiempo para avanzar en mucho mi ilustración sobre esta materia, porque mi medianimidad se me desarrolló de tal manera que á los pocos dias fui médium sicógrafo, después auditivo y todo mi plan se trastornó como lo indico mas adelante. Con los fenómenos ó esperimentos espiritistas sucede una cosa mey particular respecto á las per- sonas que no creen en esta ciencia, y es, que no se satisfacen con el testimonio de personas cuyos an- tecedentes por su instrucción, capacidad y posición social los pone sobre el nivel común. Mientras tan- to es un hecho, para todos conocido, que el único me- dio de averiguación en muchos casos, es el del testigo, y cuando en estos hay conformidad en las declaracio- nes prestadas, sirven hasta para llevar á un hombre , -- 23 — aun al patíbulo. Así mismo, mil otras cosas conocemos por solo lo que algunos nos han narrdo. como sucede con los viajeros, al darnos la descripción de pueblos ó lugares por donde han recorrido y de las maravillas de la naturaleza que han visto. Si el viajero es hombre, formal, aceptamos todo sin reserva alguna y nos asombramos de las maravillas que indica sin ponerlo en duda. Pero en el Espiritismo, el testimonio de toda persona espiritista se pone en duda, no se le cree, y aun es causa de burla ó en mi caso de creérseme loco como se me creyó, porque trataba de comprobar y es- plicar la causa y la razón por que practicaba algunos actos, como mas adelanto lo manifiesto. Muchos de los hombres mas prominentes en Europa son Esprri- tistas y creen en sus manifestaciones; al final de este opúsculo citaré esos nombres, y así ese testimonio servirá de comprobante al mió. Aqui me es necesario hacer una digresión, á fin de que el lector quede enterado de lo que es un médium, para lo cual estractamos lo que dice Alian Kardec en el «Libro de los Médiums» y agregando para mayor claridad mi propia esplicacion, según mis sensaciones y esperiencia. La palabra médium es latina, y significa medio ó intermedio; y se llama así á la persona que puede servir de intermediario entre los Espíritus y los hom- bres. Toda persona que resiente en cualquier grado la influencia de los Espíritus, es por esto mismo mé- dium. «Esta facultad es inherente al hombre, y por conse- cuencia no es un privilejío exclusivo; así es que hay pocos entre los que no se encuentran algunos rudi- mentos; se puede decir que casi todos son médiums.» «También debemos notar que esta facultad no se revela en todos de la misma manera: los médiums tie- nen generalmente una aptitud especial para tal ó cual orden de fenómenos, y es estala causa de que se ha- — 24 — gan tantas variedades como hay clase de manifestacio- nes.» Los principales son médiums de efectos físicos; los médiums sensitivos ó impresionables; auditivos; parlantes; videntes; sonámbulos; curanderos; pneumatógrafos; escri- bientes ó sicógrafos.y» Para mi objeto actual, solo daré la definición de los- mediums de efectos físicos, sensitivos ó impresio- nables; auditivos; parlantes y sicógrafos. Los médiums de efectos físicos son los que pueden producir fenómenos materiales, tales como los movi- mientos de los cuerpos inertes, los ruidos etc. Son estos los que mueven mesas, en las cuales los signos se reproducen por golpesitos, ó indicando la letra re- querida en un alfabeto ú otro signo exterior. Los médiums sensitivos son susceptibles de resentir la presencia de los Espíritus por una* impresión mas ó menos marcada. En general, todo médium es sensiti- vo. La presencia de los Espíritus' malos produce una impresión ó sensación desagradable; la de los buenos Espíritus por el contrario agradable. Los médiums auditivos son los que oyen la voz de los Espíritus y aun de los Espíritus protectores ó espe- ciales de otras personas. Este fenómeno se siente ó se manifiesta en el médium como una voz interna que se oye dentro de su ser, mediante cierta sensación co- mo si su propia lengua hablase para sí, sin pronunciar las palabras con un. movimiento sin esfuerzo alguno, de tal suerte que uno puede sostener una conversa- ción. Este fenómeno es muy agradable cuando uno solo tiene conversación con un espíritu bueno, serio y simpático; pero es el tormento mas grande cuando son burlones ó falsos, ó cuando se apodera la ohsecion ó la mistificación. Los médiums parlantes, á diferencia de los anterio- res, hablan sin trabajo, impulsados por lo que su len- gua les hace decir, y aunque algunos repiten lo que no saben ni entienden, otros como ha sucedido re- — 25 — petimos como si se nos dictase por lo bajo, para ha- blar con voz clara y sonora, pero cosas serias y en orden, con hilacion, aunque aparezcan inexplicables á los oyentes por su falta de oportunidad. Esto suce- de cuando el médium obedece á su razón; pero en el caso contrario y si un Espíritu burlón es el que.dirije la manifestación, entonces son disparates lo que habla, y toma los síntomas ó caracteres de locura. Los médiumssicógrafos son los que tienen la facultad de escribir bajo la influencia de los Espíritus; los que tienen esta facultad reciben una impulsión involunta- ria, así como cuando un profesor de escritura dirije la mano para* enseñar á escribir. Hay médiums que escriben en idioma y en materia que no conocen ó han estudiado. Otros escriben sabiendo ó conociendo la palabra que vá á seguir, y son sicógrafos intuitivos; de esta especie he sido yo, y cuando vuelvo á practicar algún ensayo, se me desarrolla de una manera muy admirable esa facultad. Mas adelante daré una lijera idea de las teorías sobre los Espíritus buenos, burlones y malévolos. Convencido como }'o estaba que el movimiento de mesas era hecho auténtico sobrenatural y solo esplica- ble por el Espiritismo, seguí con mas empeño la lec- tura de los pocos libros que habia podido adquirir, y las teorías de esta ciencia las encontraba mas confor- mes con mil hechos antiguos, y que su influencia en el mundo podría servir de mucho para el adelanto de la humanidad. Entre lo que leí, encontré la manera de proceder, para ver si un hombre puede ser médium sicografo; y me puse á ensayar. Pocos esperimentos tuve que hacer, porque á los primeros ensayos principió mi mano y mi brazo á trazar rayas paralelas, rectas y ca- si á igual distancia, y después rasgos como quien ha- ce ejercicios para la letra inglesa, y como notaba cier- ta lijereza en mi mano y movimientos, creí que era 4 — 2o — cosa de mi propia voluntad, y en uno de esos movi- mientos procuré detenerme en la mitad del pliego de papel sobre el cual escribía, pero no bien hice esto, que si es cierto que se detuvo mi brazo, mi mano principió á temblar y sentí cierto esfuerzo ya mas pronunciado que me impelía á continuar el trazado, lo que efectué dejando que mi brazo siguiese como vulgarmente se dice muerto, pero ya con mas pausa; no convencido aun, y para comprobar mas el hecho, volví á detenerme como la vez primera, ya esta vez el impulso que se me comunicó fué mas enérgico, y en lugar de que mi mano temblase, principió un movi- miento de ascención y descenso muy marcado como quien golpea con la punta de ím lápiz sobre la mesa, entonces ya mas convencido, seguí el nuevo impulso que volví á esperimenfcar; mi genio observador y desconfiado cuando se trata de alguna investigación, me hizo concebir la idea de repetir por tercera vez mi ensayo de detenerme; ya esta vez la manifestación fué aun mas auténtica y mas sorprendente, no bien me detuve, cuando á mi mano, como la vez segunda, se le obligó á hacer tal movimiento que rompió el lápiz que estaba usando, y después siguió ese movimiento en el lápiz ya roto, pero como cuando un profesor gol- pea la mano á un chiquillo que hace mal los palotes ó no se la deja conducir bien. Esto acabó de disipar mi incredulidad, de que no era yo por propia voluntad el que dirijia mi brazo, y quedé convencido; volví á sacar punta al lápiz, me preparé para seguir mi ejercicio sicográfico espiritista; esta vez ya mi mano se puso á trazar letras y tras la primera vino otra y formó palabra, y de palabra en pa- labra vinieron las frases, causando mi asombro. Como aun dudase algo, procuraba no hacer una letra, ó bien hacerla mas larga ó mas corta, pero en ninguna vez pude conseguir lo que yo quería, sino lo que se me obligaba hacer. — 27 — Una vez que mis medios de comunicación ya no se limitaban á solo el de mesitas, principié á recibir in- dicaciones de tal exactitud en todos los puntos que se me indicaban, que ya no podía dudar de este nuevo medio de comunicación espiritista. Llegó á tal estre- mo la exactitud de esto, que un dia recibí la orden mas precisa para ir á un lugar de la calle de M...... N?......y que al que allí habitaba le hiciese unas pre- venciones, que por ser de carácter personal no las in- dico; pero si algún espiritista sincero quiere mas da- tos, yo se los podría suministrar y aun ponerlo en co- municación con esa persona, para que se convenza de la verdad de los hechos. . Fuera de estas indicaciones que se referían á per- sona distinta, se me hizo otras para mi propia ex- periencia y convencimiento de la realidad del Espiri- tismo. Todas las manifestaciones sicográficas las presenció mi amigo D. O. L......que fué uno de los que me ha- bia acompañado en las del primer dia, con la mesita movible ó movediza. Pero una circunstancia ocurrió que no debo callar, tanto para satisfacer á mis otros dos amigos, como porque hasta hoy no me he esplicado el por qué. Esa es la siguiente: á los dos dias de estar sicografiando, como he indicado, se me dice, es necesario que U. no vuel- va á tener sesiones espiritistas, sino solamente con el Sr. L......y aunque no pude obtener mas indica- ción sobre esa medida, se insistió en ella y se me recomendó el mas absoluto silencio sobre explicacio- nes y como yo iba á darle cuenta de todo á mi se- ñor Padre, que estaba en ese entonces en la Repúbli- ca Argentina, se me dijo que no era tiempo aun, pero que á su vez se le avisaría por medio del Espiritismo. Siento en el alma que el libro que tenia destinado para esas escrituras espiritistas, se hubiera perdido por razones que casi, casi, puedo calificar de barbarie, — 28 — porque el hacer destruir por el fuego documentos ma- nuscritos sicográficos espiritistas, es el colmo de la ignorancia de lo que esta ciencia es; los médicos no sé el por qué, y el para qué, ordenaron este auto defé de todos mis libros referentes al Espiritismo; esto en pleno siglo XIX! Otro hecho que también no silenciaría, que lo espe- rimentó mi amigo aludido, fué que en una de esas no- ches, pues era puntual y solícito en concurrir á la se- sión espiritista, hizo una pregunta mental á la cual yo debia recibir la contestación, y en el momento que acababa de escribirla, sintió un golpe como de fierro candente que le hubiera raspado la nuca, á tal estre- mo, que creyó que alguien se lo habia aplicado, vol- teando la cara con rapidez y para ver quien se lo ha-' bia dado, como yo no. me di cuenta, me refiere lo que acaba de pasarle y se tocó el sitio; allí existían las señales visibles y palpables del efecto de la manifes- tación, pues le salieron dos hinchazones algo pronuncia- das y con un círculo amoratado que le causaban ardor y mal estar. Entre las diversas comunicaciones que recibimos, haciendo yo de médium, recuerdo una referente á va- rias personas á quienes yo no conocía, ni de nombre, pero sí mi aludido amigo, aunque no á todas. Des- pués de estas y otras varias manifestaciones que es- perimenté con resultados positivos y auténticos, se me ordenó que debia hacer cierta especie de pantomima, si es permitida la frase, y aunque yo dudaba, se me con- venció con el hecho de que se me indicaba que tal y tal persona debia estar con mi esposa, y como era exac- to esto, pues lo comprobaba, dio lugar á que no pusiera obstáculo en acceder y obedecer. Este fué el principio de mi desdicha y de mi vida de loco y loco furioso mas tarde, al decir del médico de consulta, el Dr. D. M.........de O.........y que para mayor tor- — 29 — mentó mió y de mi desdichada familia declaró era lo- cura insanable y sin esperanza. La narración que onsiguo en este opúsculo, las ob- servaciones que he hecho en el Manicomio, las impre- siones que describo, las teorías que indico y los medios que propongo para el alivio de la demencia, son prue- bas mas que suficientes de lo errado de tal diagnóstico y pronóstico. Sin la intervención de tales juntas, nada me hubie- ra sucedido, fuera de una congestión cerebral de pocas horas, y como resultado, no de lesión orgánica, ni de locura, sino motivada poruña fuertísima impresión moral debida á lo que sabia del Espiritismo, que me colocó en ese entonces, en una situación la mas crítica que es dable imaginarse para el que cree en Dios y tiene religión; situación que para el indiferente é incon- sciente de lo que pasaba, tiene todo lo que se quiera de cómico y risible; pero el filósofo la juzgará bajo el punto de vista de la elevación de sentimientos, y de fé y creencia arraigadas. Esto será materia del si- guiente capítulo. CAPITULO III. Según dejo dicho en el capítulo anterior, tuve por conveniente, mediante él íntimo convencimiento que te- < nia de la realidad de los fenómenos del Espiritismo, dar cumplimiento á ciertas indicaciones, ejecutando la pantomima,— que fué causa para que mi fami- lia se alarmase, y aun el amigo con quien tenia las sesiones; siendo de advertir que éste no sabia lo que debia hacer, porque mi sicografía en caso dado, es ininteligible, sobre todo, cuando escribo de lijero. Como sucede en tales lances, la primera cosa que hi- zo mi familia angustiada, fué mandar llamar al médi- co de la casa, el cual se presentó pronto. Apenas lle- gó, le dije por lo bajo; «Doctor, amigo mió, no tenga U. cuidado, sé á qué atenerme y no se alarme, luego le esplicaré todo.» Mientras practicaba la tal pantomima, que en ver- dad era para alarmar no con respecto á nadie, sino por mi persona, porque todo se reducía á estar orando en apariencia y golpeándome el pecho, en posición arro- dillada, sintiendo solamente como sise me aplicara una fuer- ' te máquina eléctrica ó una bobina de inducción, á inter- valos mas ó menos largos, mi médico quedó obser- | vando: como yo sabia lo que hacia y el por qué, me habia provisto de un lápiz y un pedazo de papel y so- bre mi cartera de bolsillo, de cuando en cuando volvía — 31 — á sicografiar, sobre todo cuando dejaba de esperimen- tar las sacudidas eléctricas, indicándoseme continuar aun con mas ardur; mientras tanto el médico y mi compa- ñero de ensayos espiritistas procuraban impedir lo que yo hacia; pero luego les convencía ó les paraliza- ba, con repetirles por lo bajo «no tengan cuidado, lue- go esplicaré todo. Nada tengo.» Al fin se me dice, que era ya suficiente, di por terminado mi papel; tran- quilicé á mi esposa é hijos, salí al salón á hacer lo mismo con varios amigos que allí estaban, eu especial, á mi acompañante en Espiritismo que en tono aflijido y afectuoso me repetía: «Sr. Paz Soldán, cálmese U.» yo sonriéndome le decia: «No tenga cuidado, ya todo pasó y sé áqué atenerme, nada tengo.» Llamé á mi excelente amigo y médico de casa á mi cuarto, á quien con toda, la verdad, la sinceridad y la lealtad que corresponde, tratándose de dar una espli- cacion á un médico que le cree á uno enfermo ó que le debe asistir, le puse al corriente del p<>r qué de mi modo de proceder, la causa, la razón y el'objeto; le hice una breve esplicacion de los fenómenos ó mani- festaciones espiritistas que yo habia observado, y le ofrecí hacerle asistir á una sesión, si él quería, al ,dia siguiente. En lo que pude juzgar, se tranquilizó com- pletamente; me volvió á tomar el pulso, estaba en su estado normal, como debia tenerlo quien nada sufre y está bueno; pero como habia recetado, y mi esposa en persona me instaba, para tomar una cucharada del re- medio, le consulté lo que era y me dijo, que bromuro de potasio, cosa inofensiva para uno bueno, y di gus- to á mi esposa para tranquilizarla; despidiéndo- se mi médico, ofreciendo regresar por la mañana, tan- to para dar gusto á la familia, como para examinar á un huésped que tenia en casa. Hasta la hora de acostarme la pasé contento y ri- sueño; todos mis amigos se fueron de casa igualmente tranquilos, pero antes de irme á la cama, volví á — 32 — sicografiar para saber á que atenerme en cuanto á los hechos practicados. Entonces se me dio instrucción para que al acostarme, mi esposa y yo, dijéramos una oración para evitar que nos resultase algún mal, en especial á ella, que por condiciones patológicas podia sufrir á consecuencia de la impresión que acababa de esperimentar. Como esto era racional, y creo que na- die puede criticar el que dos esposos eleven sus preces al Ser Supremo para evitarse males, no tuve inconve- niente en hacerlo, y así sucedió, ambos rezamos. Acos- tóme en seguida en un catrecito de campaña que al efec- to preparó mi misma esposa y lo colocó á la cabecera de su cama, para vijilar mi sueño. Hago especial men- ción de lo que se relaciona con mi esposa para que se vea, mas adelante, como una lijereza médica causó males de trascendencia, que han podido ser irreparables. La noche la pasé como todo hombre bueno y sano, dormí perfectamente, despertando una sola vez, y ob- servé á mi esposa por si acaso tenia algo, felizmente me vio, le pregunté si estaba bien y ella á mi, y como ambos estábamos buenos, recobramos el sueño. Me levanté temprano, como de costumbre, mi esposa dor- mía, me aseé, y como hacia dias que se me habia fijado para la manifestación sicográfica personal, la ho- ra de levantarse, como ineludible, fui á mi escritorio y comenzó el fenómeno. Losprimeros renglones no los recuerdo, pues repito, el libro que tenia para estos esperimentos sufrió un auto de fé, así como los pliegos sueltos de papel escri- tos que tenia entre sus páginas, pero sí recuerdo perfectamente que para convencer á mi médico, se me dijo mas ó menos lo siguiente: «El Dr. V......ven- «drá á su casa y estará en su cuarto á las nueve en «punto, que marcará el péndulo que tiene U. en su es- «tudio; tan luego como llegue, enséñele este papel ó aviso.» Para mí era evidente en vista de todo lo que habia — 33 — esperi menta do y comprobado, que esta indicación se cumpliría. Eran las nueve méuos pocos segundos, y el doctor entraba al patio, le vi venir y salí á su en- cuentro á la puerta de mi estudio, con el papel en la mano; me saludó y mi contestación fué darle la mano y decirle: —Doctor, amigo mió, que hora señala en ese pén- dulo?—indicándoselo con el dedo. —Las nueve—me replicó. —Bien Doctor, lea U. y convénzase de lo que ano- che le dije. El aviso espiritista se habia realizado al pié de la letra. El Doctor se manifestó sorprendido; pasó ade- lante, le di cuenta de mi perfecto estado de salud y el de todos en casa; llamé á mi huésped y se puso á examinarlo. Cuando acabé de recibir el aviso para el Doc- tor, médico de casa, se me ordenó recibir otro, en el cual se me indicaba que mi huésped se estaba muriendo de mal al corazón; fui á su cuarto de dor- mir, pero cuando llegué allí lo encontré tranquilo, sin embargo, le pregunté si sufría algo, solo se quejó del mal para el cual debia venir á verlo esa mañana mi médico; le tomé el pulso y me pareció algo débil y muy filiforme, pero no notando mas, le dejé para que se vistiera. Vuelvo á mi escritorio y comienzo á es- cribir que no habia exactitud en lo que se me avisa- ba, entonces se me replicó algunas cosas disparatadas é incoherentes, por lo cual sospeché que el Espíritu que se manifestaba era uno burlón, lo q^e acontece como á su vez lo indicaré; me negué á 84¿uir sicografiando, pero al poco rato comencé de nuevo y entonces reci- bí otra indicación seria y formal para que mi médico examinase de ese órgano á mi huésped, aviso que puse en su conocimiento. Mientras lo examinaba, y como prueba ó manifesta- ción espiritista, para que mi médico viese lo que era 5 — 34 — la sicografia, se me ordenó recibir una instrucción pa- ra que conforme á ella auscultase el órgano indicado. Real y efectivamente escribí una plana grande, lle- na de términos técnicos ó anatómicos precisada y deta- llada en los sitios, terminada con una receta para to- marse por cucharadas y firmada Dr. Arredondo. Concluyó el médico su primer examen, y entonces le puse el pliego de indicaciones, lo leyó, y tan lo de- bió encontrar conforme y arreglado á ciencia, que nueva- mente principió á auscultar y con mas detención. El resul- tado de ese examen fué favorable al paciente, según me lo dijo. Apelo al testimonio de mi buen amigo y médico de casa, para comprobar la exactitud de los hechos que narro, que en repetidas ocasiones he vuelto á recordárselos para ponerlo al corriente de lo que he observado y ha sucedido conmigo en el Mani- comio. Aquí y antes de seguir adelante debo hacer presente, que si mi curación hubiera corrido solo á su cargo, mil males se me hubieran ahorrado, pero el prejuicio de autoridad y la duda que ella introduce, fueron causa para que su recto modo de apreciar mi caso se hubiera modificado—los hechos que seguiré narrando comprobarán esto. Cuando mi médico practicaba el nuevo reconocimien- to ó auscultación, á que lo indujo la instrucción espi- ritista que le di, recordé que segun es uso y prácti- ca luego que un Espíritu se manifiesta, sea invocado ó no, preguntarle si algo se puede hacer en el mundo por su bien, y me pusej á cumplir este precepto, se me agradeció el ofrecipiiénto, indicándoseme que para su descanso eterno mudase decirle treinta misas en la Iglesia de los Desamparados, antes de dos dias; doce el primero y diez y ocho el segundo, entregando como pago al capellán la suma de cuarenta soles de plata. Nada de estraño encontré en este pedido, todos los dias vemos mandar decir misas en sufragio de las al- mas de padres, esposos, hijos ó amigos, en mi caso, acá- — 35 — baba de recibir un servicio, en el hecho y saliendo del gasto no era una locura el que yo mandase decirlas por el Espíritu ó el alma de un Dr. Arredondo. Por otra parte, en vista de lo sucedido y tal cual dejo los hechos comprobados y narrados, no se me puede tachar de demasiada credulidad. Habia esperimentado un cúmulo de manifestaciones realizadas auténtica- mente: el lector por su parte, convendrá en esto que digo. Tomé la llave de mi caja, pensando es cierto en el gasto, refleccionando que el aliviar las penas de los Espíritus ó de las almas del otro mundo es un acto de caridad y de amor á Dios; pero al mismo tiempo me contuve un momento, para dar lugar á que el médico se despidiese y sacar el dinero. No bien concebí este pensamiento, cuando se me desarrolló un nuevo medio de comunicación espiritista, el auditivo: comen- cé á oir de una manera muy clara y muy intensa la contestación que á ese pensamiento correspondía; se me dijo: «No tengo tiempo que perder, pues antes de dos dias se deben decir para que me aproveche; apúrate, el capellán de la iglesia se va á Chorrillos en este tren y anda velo allí inmediatamente, porque no regre- sará hasta mañana.» El oír no me alarmó porque sabía lo que era, guar- dé silencio, y apresuradamente saqué los cuarenta so- les de mi caja y me fui á la estación del tren de Chor- rillos que solo dista dos cuadras de mi casa. Mi mé- dico presencioestoypuedecertificar.de los hechos, pues le dije apresuradamente; «Vuelvo Doctor, voy al tren de Chorrillos.» Cuando llegué á ese local me en- contré con que las puertas para entrar al lugar donde se toman los coches estaban cerradas y mentalmente como siempre sucede, me dije: «llegué tarde, ya se fué el tren, paciencia.»—Entonces volvió la misma voz clara y sonora para mi oido, que me indicaba: «En- «tre U. al salón de despacho de equipajes, y por la «puerta de entrada á las plataformas alcance U. el tren. — 36 — «que aun no ha salido,» Entré apresuradamente, esa puerta estaba también cerrada, así lo dije: «está cer- rada.»—Nuevamente se me dejó oir la orden de «Para abrir la puerta que está cerrada, tome U. la llave que se encuentra colgada en la jamba a mano derecha.»—Avan- cé resueltamente; busqué la llave en el sitio indicado, allí estaba; abrí la puerta y penetré al recinto. El tren ya habia partido. Aquí comenzó mi martirio y la via crucis que debia pasar, y que por solo la fé en Dios y su gran bondad para conmigo me salvó. No bien formulé la idea de que el tren se habia ido, se me re- plicó como las veces anteriores; «.Vuélvete á tu casa; «ya para tí no hay remedio, pues estás en nuestro poder; «y nada te salvará, estás pose/do por el demonio.)) Después de manifestaciones tan de diverso modo comprobadas, y de cuanto habia leido en el libro de Merville, titulado: «Los Espíritus,» escrito en francés, la impresión que recibí en ese momento fué grande; lo confieso ingenuamente; pero serenándome un poco. recapacité que á no ser por el hecho de haberme meti- do á Espiritista, no tenia nada en mi conciencia ni habia otra causa por la cual pudiera estar en- demoniado; pensé en el momento en algo de los Espí- ritus burlones; pero si mi sonrisa asomó á los labios, en el acto desapareció ante una nueva y mas auténtica prueba de lo contrarío, porque se me repitió mas ó me- nos lo mismo, respecto á estar en poder de los enemi- gos malos, agregándoseme que por esta causa, los clé- rigos ó religiosos atribuían á obra del demonio, to- das las manifestaciones del Espiritismo y «haga U. lo «que quiera yá no tendrá remedio su muy próxima é in- «mediata perdición y muerte.)) Sin embargo de lo serio de este lance, procuré lla- mar en mi auxilio toda mi sangre fría y mi calma, y contramarcha á mi casa; durante todo el trayecto no bien formulaba alguna idea para salir déla situación de poseído en que yo me suponía, oia la voz que mé — 37 — manifestaba lo inútil de ella porque estaba per- dido; al entrar á casa cesó toda voz. Por poco preocupado que sea un hombre, por descreído que sea ó por mas materialista que se le suponga, cuan- do se han esperimentado los hechos que yo he comprobado como todos los que dejo narrados, es im- posible dejar de meditar en la condición en que yo me encontraba; pero si hay creencias religiosas, sin- ceras y arraigadas, esa situación ya es muy crítica, produciendo una impresión muy llena de desasosiego y de susto fundado. En casa encontré aun á mi médi- co, y me abstuve de decirle una sola palabra, no creo que notase algo, porque se despidió á los pocos mo- mentos de llegar yo. Plíseme á meditar para adoptar algún partido que me librase de la situación en que estaba, varios conce- bí siendo el primero desde luego, cumplir la indi- cación de mandar decir las misas, lo que no era malo y menos para obtener la tranquilidad de una alma del otro mundo y para pasar acto continuo á consultar el caso con una persona ilustrada. Volví á tomar mi sombrero, el dinero que ya le habia guardado y me encaminé á la iglesia, pasando antes por la Imprenta Liberal adonde entré tan tranquilo ya, que nadie no- tó mi situación de ánimo, supliqué á mi amigo D. F...... M......que me acompañase á los Desamparados para mandar decir unas misas. Mi intención fué tener un compañero que recojiese mi cuerpo si me caía muerto, ó me auxiliase en cualquier otro lance que pu- diera sucederme; intuición que me salvó de muchos percances desagradables. Mi espíritu desfallecía de aprensión. Por el camino, apenas salí de la imprenta, volvió mi oído apercibir la fatídica voz que me hacia pre- sente la inutilidad de la medida que habia tomado, porque m\ perdición estaba consumada. Esto lo confieso otra vez, ya me impresionó de una manera muy sé- — 38 — ría, pero aun no dije una palabra á mi compañero y procuré no perder mi aplomo. La voz al poco rato con- tinuó diciéndome: «Eres un hombre muy inocente, vas á perder tu alma y tu plata, no te libras de nosotros;» pero en ese momento percibí una nueva voz, que con tono ya serio, tranquilo y pausado me dijo: «Sea U. hombre, no se asuste U., cumpla lo que sele ha orde- nado y nada tema U.» Esto me alentó, pero mi fatídi- co Espíritu malo, con mas zana siguió sus ataques en mi contra: mi Espíritu guardián ó protector me alentaba; habia una lucha entre las dos voces.—«Crea U. en Dios y se salva.»—«No hay Dios, no hay nada, U. se perdió»—«Tenga U. ánimo y cálmese.»—«Nada le sal- • vara por mas calma que U. tenga.» Por este estilo se sostenía la lucha de las dos voces que percibía, la una reposada, autoritativa y la otra mordente, incisiva y casi sarcástica, así llegué á la iglesia; pero ya conocía que mi emoción era inmensa, temia caerme muerto. Al llegar á la sacristía encontramos que la puerta estaba cerra- da, el corazón se me oprimió, porque yo habia conce- bido la idea que penetrando al templo mi salvación es- taba consumada. No entraré en detalles sobre todos los actos que en la puerta de la sacristía practi- qué, en mi desesperación y gran pánico; solo diré que emplee todos los medios que en multitud de oca- siones se acostumbraba en la antigüedad para sacar una ánima del purgatorio ó en pena, rezando multitud de oraciones que antes no sabia y que ni hoy las sé. Lo ,mas estraño del suceso y que se presenció por mas de quince personas fué que á mis súplicas todos me res- petaban, hombres, mujeres y niños, y todos hacían lo mismo que yo les indicaba por las voces que oia, á tal estremo que á la familia de mi amigo D. F......M...... le fueron á decir que tanto él como yo estábamos locos • y que fueran á traerlo—Mas feliz fué sin embargo que *. yo, porque se libró de caer bajo una junta médica y ■> sus consecuencias. — 39 — En el entretanto la policía se apercibió de lo que sucedía; entraron algunos soldados, los que también hicieron todo lo que se les indicaba por mí, y se abs- tuvieron de llevarme á la policía, como lo pretendie- ron por varias veces. En este estado se abrió la puer- ta de la sacristía del templo. Mi amigo D. F.....M...... á quien no se le declaró loco, me asegura que la puer- ta se abrió por sí sola, pues ni el sacristán ni el cape- llán llegaron por allí, con la circunstancia que tanto él como yo y aun algunos de los que me rodeaban pre- tendimos forzarla antes por estar con llave; yo por mi parte, solo recuerdo que vi la puerta abierta, sin que nadie la abriera por afuera; allí se me volvió ^ á indicar por las voces que oia, que desde que no podía mandar decirlas misas, lo mejor era que «repartiese en limosnas)) á todos los presentes el dinero que llevaba para ellas, pues era igualmente meritorio; así lo hice, sintién- dome mas tranquilo. Mi amigo hizo otro tanto con lo que tenia y dejamos el templo. Terminada la misión que me conducía á los Desam- parados, la policía insistió en llevarme, y mani- festé que iría voluntariamente, y así convenimos; al salir cesaron completamente las voces, en el sentido anterior; pero ya eran consejos los que se me daba; que tuviera calma y me evitase consecuencias de es- tar con la policía; esto me volvió efectivamente mi pre- sencia de ánimo, y salí en compañía de mi amigo con toda la naturalidad de siempre. Al llegar á la Inten- dencia, encontré al Sr. M...,. de E....,á quien le supli- qué que interviniese, para evitar que la policía me condujese, pues él me conocia y no habia motivo para esa medida. Mis palabras fueron éstas: «U. me cono- ce, me creen loco, soy Espiritista y U. lo es también; sálveme.»—No dudo que este caballero recuerde esto perfectamente y podrá certificarlo. Mi temor fué que como era antipático al gobierno de Iglesias, esta oportunidad que se presentaba, po- — 40 — dia aprovechar para perseguirme (antes lo habia ya sido). Este señor intervino realmente en mi favor y se consiguió que nada se me hiciese. En la Intenden- cia fué ya distinta la actitud que se me hizo tomar por las mismas voces que no cesaron de dirijirme, so- bre todo, en cada momento en que habia algún inci- dente; pero allí tampoco cometí un solo acto que no guardase un razonamiento perfecto y cabal en mi len- guaje, aunque el hecho apareciese extraordinario ó anormal. Mi discurso ó peroración allí, la presenciaron los presos políticos, caballeros de la sociedad de Li- ma.—Apelo á su testimonio. De la Intendencia fui conducido á mi casa en coche, adonde se me dejó. He aquí en resumen lo que sucedió en la primera parte del dia que se me desarrolló mi medianimidad auditiva: narración la mas verídica que puede dar- se; y aunque los hechos parezcan á veces nimios para las personas superficiales, no lo son por las ra- zones y las reflecciones que de ellas se desprenden, como lo demostraré en el siguiente capítulo. CAPITULO IV. La relación de hechos practicados fuera de mi ca- sa, la he consignado en el anterior capítulo. Recorriendo con imparcial criterio todo lo que en manifestaciones espiritistas me habia acontecido, re- cordaremos lo siguiente: autenticidad en lo que hace movimiento sobrenatural de mesas por causa descono- cida, y en la parte sicográfica, obligándoseme á escribir, llevándoseme la mano, castigándose por decir así, cuan- do dudé del fenómeno, castigo traducido en el hecho de hacer temblar mi mano, levantarla y bajarla, y por último golpearla con fuerza suficiente para romper el lápiz que agarraba, y continuar aun por un momento mas; después indicaciones precisas sobre ciertos he- chos, dándoseme nombres de personas desconocidas para mí, pero no de otras; pronosticando la llegada á mi casa de mi médico en hora fija, hecho que se realizó; en seguida haciéndoseme escribir una larga instrucción para hacer una auscultación médica, empleando térmi- nos profesionales que obligaron al médico á repetir lo que ya habia practicado; por último, estar en una lo- calidad, é indicarme el lugar ó sitio donde se colocaba la llave que abria una puerta para poder franquearla, hechos que, unos, solo yo los habia esperimentado, pero de otros hay testigos. Otra manifestación auténtica tenia; las hinchazones que le salieron á mi amigo L......UDa de 6 _ 42 — ks noches que sicografiaba; fué él quien sintió el ar dor, quien lo palpó y á quien no se le declaró loco y puede comprobar la verdad del suceso. El dudar, pues, en esta circunstancia de la efectivi- dad de los fenómenos del Espiritismo es cosa imposible, no solamente por lo que indico, sino porque hechos se- mejantes han sido esperimentados multitud de veces por espiritistas de todas partes, y debidamente com- probados. No cabe duda donde hay pruebas positivas; yo las tenia. En estas circunstancias de credulidad au- téntica y racional se me ordena mandar decir misas en sufragio de una alma; nada de irracional tampoco exis- te en eso, es cosa que se encuentra en perfecta armonía con la religión. La misma pantomima que ejecuté, quien esté impuesto de el por qué, la encontrará no so- lo racional, sino agregará aun mas que el fin que per- seguía, es hoy realidad alcanzada. En medio de tanto cúmulo de pruebas fehacientes, espiritistas, nada de irracional, ni de ilógico tenia el que yo, aloir por primera vez ó ser médium auditivo, co- mo ya lo habia esperimentado serlo de efectos físicos y sicográficos diera completo crédito á la manifestación del Espíritu que me dijo estar poseído por el diablo; el te- mor, el miedo y el pánico es la consecuencia mas natu- ral de tal creencia, y una vez que éstos se apoderan de un individuo, lo que puede ejecutar para destruirlos 6 reponerse no tiene límites. Póngase el lector en mi caso. ¿Estaría tranquilo, tendría valor para reírse de su situación, tal cual la dejo descrita? El ser mas incrédulo, el ateo, el mate- rialista sufrirá una impresión inmensa; quien diga lo contrario no dirá la verdad. En tal estado de ánimo, nada de irracional tenia, ni de locura, que rézase, que deseara penetrar en un tem- plo, á la casa de Dios, que ejecutase cuanto la otra voz me decia para salvar del pánico atroz que ya me — 43 — dominaba; pero que por esfuerzos violentos de volun- tad, procuraba contrarestar. Me encontraba en la situación en que un hombre se encuentra cuando ya es aprensivo, y cuando un mé- dico indiscreto le dice tiene U. tal ó cual enfermedad grave: por ejemplo, ¿qué haría mi lector, si el médico le dice que tiene el cólera morbus ó la fiebre amarilla/ No haría cuanto le dijesen por desagradable que fuese para salvarse? Sin duda; sin objetar palabra. En mi situación esto sucedía; un Espíritu burlón ó malo, me declaró poseído, los antecedentes daban visos de verdad al hecho; debia creerlo y me alarmó. Se me dá un medio de salir de esa situación por indica- ciones racionales y efectivas, según nuestras creencias religiosas, debia practicarlas. Para vengarse de mi creencia en Dios, ese Espíritu malévolo, siguió ator- mentándome y me inducía á otras cosas, pero el Bueno procuraba confortarme y salvarme, y me salvó del ataque aplopético que el susto pudo causarme. Pocas palabras comprobarán este hecho. Nadie ignora que toda impresión moral, violenta ó intensa causa daños. Un pesar y un susto han acar- reado una muerte instantánea; pero si en ese mismo instante hay algo que haga distraer la atención del paciente, para darle una esperanza ó un medio que le convenga para su salvación, el resultado es infalible, se evita el peligro inmediato que es el mas grave. Mi espíritu protector ó alguno que Dios enviaría en mi au- xilio, conociendo mi fé y mi creencia sincera, me alentó, me confortó y me indicaba los medios de dis- traer mi imaginación con hechos tangibles. Así salvé de todos los percances de mi situación moral y la ma- terial en que estuve en la Iglesia y en la Intendencia. Por esto cuando salí de la Intendencia de Policía y aun antes de ir allí, mi afán era ir al Palacio Arzo- bispal, quería tener una consulta con el ilustrado sacer- dote Sr. Dr. D. J.....Z....y esponerle mi caso. — 44 — Si tal cosa se me hubiera consentido, que no era irracional, quizás todo se aclara, todo se descubre, hu- biera podido esplicarme y nada me hubiera sucedido; sin embargo, Dios tiene trazado al hombre una misión, y la mia debia cumplirse y se cumplirá. Dejo por un momento mis reflecciones, que luego haré con citas históricas y religiosas, que probarán que mi conducta en ese entonces, no era de un loco real sino á lo mas de -¿o. exaltado creyente y con fundado motivo. Todo tenia, menos locura. Sigo mi narración de hechos. Cuando entré á mi casa volví á ser distraído en mi espíritu, mediante multitud de actos y ceremonias que en conjunto formaron una nueva pantomima, todo por indicaciones auditivas, pero ya no de carácter re- ligioso sino político; hicimos nuestro papel ó diré me- jor, los protagonistas fueron cuatro: el empleado de la policía que me trajo á casa, mi amigo D. F..... M...., mi esposa y yo; siento en el alma no haber tenido en- tonces ocasión de hacer los apuntamientos respectivos de cuanto hicimos, como las tenia hechas de otros su- cesos, pues los acontecimientos se precipitaron en mi contra de una manera violenta. Bien se comprenderá que no es posible recordar todo, menos á quien ha su- frido tan variadas sensaciones y ha luchado entre la vida y la muerte, entre la razón y el idiotismo, no por enfermedad sino por actos humanos que con él se han practicado. Mi amigo M.... á quien solo hoy que im- primo este trabajo, leo todo lo que voy escribiendo, no recordaba tanta minuciosidad como yo recuerdo; eso es natural, para él los sucesos solo le impresionaron en la parte general, por el afecto y cariño á mi persona; á mi tenían que afectarme y gravárseme, por todo, por lo maravilloso, por lo verdadero, por el sufrimiento que me causaron, y por el mal y daño sufrido; solo di- ré que algunas indicaciones de esa pantomima se han realizado. — 45 — Omito multitud de otras acciones que ejecutaba por orden y por indicación de lo que oía; confieso con leal- tad que eran algunas para causar risa; pero en mo- mentos dados, daba una razón ó esplicadon dé mi con- ducta; mi médico presenció algunas, porque al poco ra- to de haber llegado á casa, se le volvió á llamar. En todo caso haré presente, que en mas de una ocasión se me indicaba por el medio auditivo, preguntar a to- dos los de mi casa, inclusive á mi médico, sí oían lo que se me decía. Esto tenia por objeto cerciorarme si era yo solo el que participaba del fenómeno ó todos; pero la contestación invariable siempre era «sí señor» y «sí señor,» confirmando así mi creencia, de que oyen- do lo que á mí se me ordenaba, no debia llamarles la atención mis procedimientos; creencia que se confir- maba aun mas con la circunstancia de que apenas or- denaba que todos hicieran algo ó dijesen, lo hacían sin objetar nada. Llegó tan á lo vivo los ademanes de mis sirvientes, en especial, que cuando hacia la pregunta ¿Oyen Ustedes? se quedaban en suspenso un momento, como quien fija la atención y paraban el oído, contestándome como aterrados el «sí señor.» Los pobres lo hacían por llevarme el amen, pero no com- prendiendo todo el mal que hacían. ' Lo que al principio todo fué condescendencias con- migo, mas tarde por prescripción médica, debería ser contradicción y oposición, causándome ambas cosas ma- les graves, como mas adelante aparecen de la filosofía de los hechos y de las sensaciones que una persona cuerda esperimenta cuando se le declara loco, y como á tal se le aplica un tratamiento. Como era consiguiente, mi familia se alarmó aun mas con la relación de mi conducta en.la sacristía de los Desamparados y en la Intendencia de Policía y con todo lo que había hecho hasta medio dia, como lo dejo declarado, creyó conve- niente que otro médico se asociara al de casa, y como mi esposa tenia fé ciega en el Dr. D. M.....de O.....fué — 46 — llamado en el momento. Este facultativo se limitó á verme, me tomó el pulso, pero no me preguntó nada; y su parecer fué declararme de hecho loco, insanable, fu- rioso, y que se me tuviera aislado, es decir secuestrado en mi casa. t Antes de seguir adelante, narrare brevemente algunas cosas que practiqué en perfecto estado con- siente, sapiente y ejerciendo mi libre voluntad para ello; pero en obediencia á las indicaciones espiritistas por la medianimidad auditiva. La noticia de mi locura se esparció pronto por toda Lima. Los hechos habían sido demasiado públicos. Los amigos mios y de mi familia ocurrieron presurosos á casa para ofrecer sus servicios; aprovecho la ocasión de darles este público testimonio de mi agradecimien- to; pero á medida que entraban, las voces que me dirijian, me decían de algunos «este es Espiritista y tu hermano, abrázale y bésale en el carrillo.» Así lo ha- cia, no temo el confesarlo y publicarlo. Con el Dr. O .. hice esto mismo. Entre los amigos que vinieron á ver- me, recuerdo al Dr. D. M....I....le llamé hermano, ha- ciendo lo mismo, se sonrió y dijo «ya,» ¿á qué obede- cía ese ya? no lo sé; no se lo he preguntado; pero no dudo que este señor lo recuerde; prueba es este re- cuerdo de mi cabal juicio en esos momentos. ¿Obede- cían esa indicación de que eran mis hermanos, porque pueden llegar á ser médiums espiritistas? Algan dia se aclarará esto. También recuerdo que algo oí de estar loco y aun de casa de locos; entonces hice presente no estarlo, y la inutilidad de que quisieran llevarme á ese local, no recuerdo á quien fué, pero sí que estaba en mi salón, paseando de arriba abajo, creo que fué un dicho en general dirijido. Como se vé mi monomanía, mi locura, ó lo que quería llamarse por el que no crea aun en el efecto del Espiritismo, habia revestido hasta este mo- mento todos los caracteres que se le quiera atribuir, — 47 — menos el de furioso, ni el de peligroso ó de instintos feroces: era religioso, era político, era paternal: lo pri- mero en los Desamparados, lo segundo en la Intenden- cia de Policía y lo tercero en el seno de mi casa con todos los míos y mis amigos. Sin embargo, un faculta- tativo que por su posición en la profesión y sú edad, de- bia ser mas cauto, por simple observación del momen- to, por relaciones quizás, mas ó menos exageradas y por su falta de conocimiento ó diré mas bien, ignoran- cia de la ciencia del Espiritismo, declaró ipso fado, mi locura furiosa y peligrosa; principió pues á esparcir el pánico. En el primer dia hasta el subsiguiente, mi médico de casa no creyó necesario secuestrarme: du- daba; su tacto ó su conocimiento médico le decían que no habia necesidad de tal medida: él tranquilizaba á mi familia, pero repito, ya estuvo introducida la desorga- nización «ntre los mios. En la noche de este dia, volví á tener «orden termi- nante de ejecutar tales y tales actos,» á fin de salvar- la existencia de mi señor padre, según se me decia, á quien en mis cuitas no dejaba de invocar, porque en esa tarde habia oído su voz, era su espíritu que habia volado en mi axilio y para consolarme. Yo habia ya leudo el capítulo de evocaciones en Alian Kardec, en el cual se manifiesta que «nunca deja de tener peligros el evocar el espíritu de las personas vivas,» en espe- cial para los ancianos y para los débiles. Esta tercera pantomima ya tenia todas las condiciones de la prime- ra, era religiosa; yo procedía sin decir nada á nadie, y solo en casos dados ordenaba ó suplicaba según las cir- cunstancias. Vuelvo á repetirlo, hice multitud de co- sas, que son inexplicables en la apariencia, pero todas tendentes á salvar la vida del padre y de la madre á quien se cree en peligro. Todo fué ejecutado como la vez primera, y como todo cuanto he hecho, con pleno conocimiento de lo que hacia, poniendo de mi parte el mas especial cuidado para llenar todos y cada uno de — 48 — los requisitos que se me dictaban por el medio anditi- vo. Al fin tuve la indicación precisa de que mi familia en Buenos Ayres ya no corría peligro; di gracias á Dios; pero tanta emosion de espíritu y tan violenta en sus circunstancias me postraron; y caí casi desfallecido, recostadome en un sofá, adonde permanecía dormido ó adormecido; estaba ya en el periodo de la conjestion ce- rebral. La noche la pasé mas ó menos bien, mas tarde se me instó para trasladarme á mi cama; pero á mis ruegos, permanecí un rato mas donde estaba, después me trasladé á mi cama. Con la verdad que sigo esta narración, hago pre- sente que no recuerdo bien que me pasó al siguiente dia, sino vagamente, así entre otras cosas, que me ne- gaba á tomar los remedios que me querían dar; esta negativa era motivada por que claramente se me de- cía por el medio auditivo espiritista, «No tome U. eso, no lo necesita U.» y como yro comprendía que esto era así, y habia error en mi estado real y verdadero, no los tomaba: para esto me valia de varios ardides Lo que si recuerdo bien es que en la noche del se- gundo dia, se me desarrolló la pedianimidad parlante y consiente; podría repetir mucho de lo que dije. Creo que también tuve algo de delirio; no era estraño, es- tando con conjestion cerebral, resultado de tantas emosiones. Mi familia, como consecuencia natural, convocó nueva junta, compuesta esta vez de cinco médicos y entre ellos el médico interino del Manicomio el Dr. D. E...... S...... C...... En esta junta como en to- das las otras dos ó tres mas que se convocaron, nin- guno de los médicos procedió al respectivo reconoci- miento, recuerdo que el médico que dejo citado entró donde estaba, me saludó, me tomó el pulso, me miró dos ó tres minutos á lo sumo, y se retiró. En todas estas juntas el Dr. O...... insistió con mas ardor en su primer diagnostico y en su pronóstico. Tengo fun- — 49 — dado motivo para decir que alguno de esos médicos no era de esa opinión; atribuian mi estado á una ex- cesiva irritación nerviosa, diagnostico mas en armonía con la verdad, pero el perjuicio de autoridad que ese médico ejercía entre los demás que componían la jun- ta, y su misma posición oficial, tenia que influir para que los otros no tuvieran la independencia necesaria para oponerse abiertamente: solo mi médico de cabe- cera no se dejó dominar en esos primeros dias, pero al siguiente dia, por prudencia y porque aun no se me quitaba el delirio del todo, según lo he dicho, dispuso y consintió en el secuestro; preparándose un cuarto á donde fui el tercer dia, con mis pies, tranquilo y sin esfuerzo alguno, puesto que encontraba muy racional y natural que estando enfermo ó considerándoseme co- rno tal, se me pusiera en una habitación menos á la mano ó que no impidiese los quehaceres domésticos. Una vez instalado allí, se me rogó que me acostase y como era ya de tarde di gusto á mis hijos y me metí en cama. Desde este instante principió mi vida de loco furioso y su tratamiento: se me dejó encerra- do allí, y solo á cargo de algunos buenos amigos que' se comidieron á ser mis enfermeros por su afecto á mi persona y que de alma les agradezco, pero á la vez mis carceleros por orden médica; prohibiéndose á los miembros de mi familia, es. decir esposa é hijos el que me vieran para evitarme impresiones según decían. Dejo un momento mi relato, para hacer algunas're- flecciones y á la vez consignar citas históricas refe- rentes al Espiritismo, que prueban y ponen en eviden- cia que sus manifestaciones y creencia, data desde la creación del mundo. Como se vé, nada omito ni oculto, solo abreviando detalles demasiado prolijos que no alteran en sentido alguno los hechos, porque así procede el que de bue- na fé escribe, y el que dá cuenta de los estudios y fe- nómenos de una ciencia que se ha propuesto investí- — 50 — gar, para exponer ante el mundo entero las deduccio- nes á que ha llegado en la materia por los inciden- tes á que dio lugar ese estudio. Estoy seguro, que mi lector, á pesar de ser incré- dulo en el espiritismo, no dejará de convenir en que las consecuencias de un pánico ó susto, pueden acarrear una congestión cerebral, un estado de delirio y de una irritabilidad nerviosa: lo que si puedo garantizar es, que en todo el tiempo de mi percance espiritis- ta, desde el dia en que estuve en la. Iglesia hasta que salí definitivamente de la casa de Orates, ni un solo momento tuve fiebre. No faltará, sin embargo, quienes digan: «Este hom- bre sigue en la monomanía.» Nadie está libre de los ataques, burlas é ignorancia de gente superficial; mas para el que es medianamente ilustrado, comprenderá que una persona que conoce lo que es monomanía, y que puede tenerla sobre un tema ya. no lo está, por- que ha puesto enjuego su razón! Yo muchas veces me he hecho esta pregunta: ¿será monomanía lo que tengo? Pocos esfuerzos han sido necesarios para con- vencerme de que no es así; el mismo razonamiento hecho me comprueba esto y mientras mas leo y com- paro lo que yo he experimentado, con lo que la histo- ria nos trasmite sobre el espiritismo, acaba de disipar toda'duda; prescindiendo de las manifestaciones pal- pables que he hecho, voy á contar una nueva. A mi buen tipógrafo, joven honrado y formal á car- ta cabal, que cajea este trabajo, le pregunté si quería ver alguna manifestación espiritista, me dijo que sí En ese momento oí que se me decía «déle Ud. gusto y que ensaye el medio sicografico.» Realmente acabó su trabajo entre manos, y vino a sentarse en mi escri- torio, le puse la pluma en la mano y le dije que deja- se su brazo en postura conveniente—al poco tiempo su mano trepidó, trazó lijeros borroncitos, principió pausadamente á seguir trazando una línea, siguió un — 51 — poco mas lijero, después ya iba á trazar un rasgo, se- gún lo noté en su mano, cuando soltó la pluma, y se levantó apresuradamente; mi buen tipógrafo el Sr. M.....se había puesto pálido y creo que se asustó: había experimentado en su persona todo lo que había cajea- do sobre la «sicografia» espiritista. No quiso seguir. He dicho que el espiritismo es tan antiguo como el mundo: así es. Tómese un libro de historia sagrada, ó el Génesis; recórrase cualquier pajina y allí encontra- remos pruebas del espiritismo; los primeros habitantes del mundo fueron espiritistas, tenian la «medianimi- did,» por eso se comunicaban con Dios. ¿Qué nos dice el Génesis respecto á la caida del hombre en el paraíso? Que Eva oyó á la serpiente que í la inducía á comer del fruto del árbol prohibido: la convenció después «diciéndole» que comiera y sería; como Dios; Eva comió y á su vez indujo á Adán á lo; mismo; pero ambos se avergonzaron después, cubrie- ron su desnudez y se ocultaron.—El Señor «llamó» á Adán, éste contestó: «Señor oí tu voz y tuve temor,» —Creo inútil seguir mas adelante: Todos conocemos . lo que Dios «dijo» á Eva y Adán y á la serpiente y > lo que éstos «oyeron.» Años después, en la época correspondiente á los Pa- triarcas, cítase lo que hizo Abraham. Léase el Géne- sis en el capítulo «Sacrificio de Isaac.» que nos dice: queriendo Dios probar la «fé» de Abraham «le dijo:» «Toma á tu hijo Isaac á quien tanto amas y sacrifíca- melo en el monte que yo te mostraré» — Abraham obedeció, condujo á su hijo al Monte Moría, preparó la leña y el fuego para el sacrificio, ató encima á Isaac y en el momento en que levantó su brazo con el cu- chillo para degollarlo, «un ángel» le detuvo la mano, «diciéndole» «Abraham, Abraham tu fé está bien pro- bada, no mates á tu hijo.»—Después que éste ofreció el sacrificio del carnero que el ángel le «señaló» enre- — 52 — dado en un .zarzal: el Señor ratificó su promesa «di- ciendo» Yo te bendeciré etc. Inútil me parece seguir las citas al pié de la letra, baste recordar cuanto oyeron é hicieron, por haber oido Moisés; Samuel; Salomón, y otros muchos; omito otras citas mas modernas por no fatigar al lector. Sin tratar de herir á nadie preguntaría á la junta médica que á mí me declaró loco por espiritista, que diagnóstico y que hubiera hecho con Abraham; por ejemplo, si hoy viviese y hubiera realizado lo que el Génesis nos dice y que los que somos Espiritistas mé- diums, lo comprendemos y palpamos? Se le hubiera declarado no solo Zoco por ser espiritis- ta, sino loco furioso y de acto material y casi ejecutado de asesinato de su propio hijo; le hubiera encerrado el Dr. S....C....en el «manicomio» de Lima; asegurán- dole en un calabozo; puéstole una barra de grillos, dándole baño de lluvia continuado de minutos segui- dos, por último puéstole una camiseta de fuerza, some- tiéndole á los «baños de camiseta» como conmigo acon- teció; porque he sido espiritista, he palpado sus •manifestaciones, las he sentido, las he comprobado, y por mas que pretendía probar y dar razón del por qué de mi modo de proceder se me declaraba mas loco. En esos tiempos habían hombres y se conocía la lo- cura, y sin embargo ni á Abraham, ni á Moisés, ni á Samuel, ni á Salomón, ni á tantos otros se les reputó locos; nadie dejó de creer y obedecer en lo que dijeron ■ y mandaron por haber «oido» y recibido las órdenes : de Dios, pero lo que en esas épocas acontecía era que ^ la Ciencia del Espiritismo se conocía, se estimaba, se practicaba, pero con el trascurso del tiempo se descuidó, olvidó y casi desapareció, como han desa- parecido multitud de otras ciencias y artes, pero que mas tarde volverán á encontrarse y á esparcirse. Hoy dia desconocemos muchas cosas que los orientales las sabían, y entre esos pueblos que no han avanzado se- — 53 — gun nuestra civilización y donde el espíritu no ha te- nido otro campo en que distraerse, allí el Espiritismo impera aun y sus prácticas religiosas lo tienen por base y no es desconocido. La historia de la antigüe- dad y de sus ciencias, industrias y adelantos no ha podido llegar á nosotros tan pura porque no existia «imprenta:» sin embargo, considérese por un momento al mundo actual en condiciones del mundo de hace 2,000 años, sin medios de publicidad. ¿Qué diriamos nosotros, si se nos dijese que se hablaban y se oian la voz á cientos de millas y de leguas? Fábula; y sin embargo el hecho existe. Nosotros hoy conocemos muchas cosas que entonces se desconocía, y á su vez desconocemos algunas que para ellos eran familiares. No pretendo por un instante ser un patriarca, ni un santo, ni un escojido del Señor: nó; tan necia pre- tensión solo cabe en personas insensatas, pero lo que pretendo és, ser «espiritista» sincero y leal, es decir, un hombre que estudia, esperimentay analiza las ma- nifestaciones de una Ciencia perdida y que recien se vuelve á iniciar, con mas medios de llegar á un fin. Pero lo que no podré dejar de reconocer, como no ha- brá un solo hombre en el mundo que deje de recono- cer es, que solo uu poder sobrenatural, es decir, el poder de algún ser muy superior, pudo salvarme de ser aniquilado, de ser idiotisado, de haber perdido to- } dos mis sentimientos, que durante un tiempo casi los ; perdí, después de cien dias de toda clase de sensacio- ¡ nes y emociones, desde las morales y de un orden ele- vado, hasta las de los tormentos físicos mas espantosos^ CAPITULO V. Como dejo indicado en el capítulo anterior, al ter- cer dia de mi percance esperitista, en la sacristía de una Iglesia y en la Intendencia de Policía, tuvo mi médico de cabecera que acceder á mi secuestro, in- fluido ya por el resultado de las juntas médi- cas, que desde luego se sometiera al parecer de uno de la junta, pero algo mas ampliada mi sentencia; la ineludible necesidad de ser encerrado en el Manico- mio de la Beneficencia Pública de Lima, para allí, no solo salvar á mi familia y demás personas que pudie- ran estar á mi lado ó en contacto conmigo de una futu- ra continjencia de degüello, según ellos, sino por que ese local era el único apropiado para una «curación médica» facultativa, hábil y con todos los «elementos necesarios» en tratamiento personal y del caso, cosa en verdad exacta, por que si continúo en ese estable- cimiento, bajo el régimen que se sigue, un mes mas, mis males hubieran concluido para siempre en este mundo, por que se me convertía en idiota, si escapaba del tratamiento calculado para devolverme cadáver á mi familia; se me hacía en uno y otro caso «enteramen- te» inofensivo para ella y para denunciar todo lo que hoy revelo al público. Encerrado y secuestrado en mi propia casa, viendo — 55 — el aislamiento en que se me tenía, lo desmantelado del cuarto, que solo lo dispusieron con un sofá, un ropero, que por; grande no lo sacaron, mi cama y una mesa de noche, me llamó la atención; recapacité un poco, y varias ideas me asaltaron. Hé aquí lo que pensaba en esos momentos en que ya hacia vida práctica de loco, y experimentaba el tratamiento médico que se acos- tumbra; ((produciendo como consecuencia» las ideas que me asaltaron. Recordé lo que mi esposa había su- frido cuando me vio en el estado en que estuve, y ciertas convulciones y suma palidez que cubrió su rostro, y creí que la impresión la hubiera causado la muerte. Es esta la razón por la cual ninguno de mis hijos, ni ella, venían á mi lado: era cosa natural; la vista de otra persona querida cuando uno esperimen- ta una pérdida de algún otro ser igualmente querido, nos causa congoja y llanto irresistible, sufrimiento in- menso; si mis hijos se me presentaban esto tendría lugar y dos cosas podrían suceder, la una que pregun- tase el por qué de ese llanto, lo que no deberían de- cir, cuya negativa, podría producirme la otra creencia, la de un estado de gravedad, pero en uno y otro caso era necesario evitarme la impresión moral; yo que conocía mi propio estado, no temía lo segundo, por sonsiguiente lo primero era para raí lo más lógico y posible. Otra idea también concebí, como causa del aisla- miento, el tener una enfermedad contajiosa, aun re- cuerdo que así lo espresé, creí ser la primer victím». ó diré mejor el primer caso del cólera morbus que en- tonces grasaba en Europa y las precauciones tomadas eran para evitar el contajio como se practica muchas veces; pero esta idea no duró por mucho tiempo, por que pasadas mas de cuarenta y ocho horas, mis cono- cimientos médicos caseros, y lo que sabía del cólera me hicieron comprender que no teniendo fiebre ni nin- guno de los síntomas, no debía ser eso, ó que ya el ata- — 56 — que había pasado y salvaría de esa situación; la primera idea de estar viudo se fijaba mas en mi imagi- nación. También no dejó de cruzar por mi mente la idea de que mi espiritismo podría ser causa de ese secuestro, pero ¿Por qué? no lo acertaba á comprender; mucho mas, cuando yó trataba de esplicar á todos los que en- traban, las manifestaciones del Espiritismo; les hacía «escribir» ósicografiar, y esas personas, siento decirlo, sin la discreción del caso, sin tener ni idea de lo que es esta ciencia, ni con la prudencia que mi estado requería, se ponían á «escribir» y me decían «cierto» «sí, tienes razón» para salir después á formar comenta- rios, á hablar lo que era y lo que no era, ó á filosofar sobre los fenómenos de un orden muy superior á sus conocimientos y exajerando lo que ellos suponían «locura», no siéndola; dando así informes muy distan- tes del caso; esparciendo el terror que yá los médicos habían introducido. Viendo que todos se daban por convencidos de mis esplicaciones, y de que confirma- ban lo de la «sicografia», esta idea también desapare- ció; solo la primera era la que no tenía solución pa- ra mí, sino la que yó, en vista de todos los anteceden- tes, había concebido. Fija ya en mi espíritu esta idea, preguntaba á to- dos por mi esposa y por mis hijos, se me decia que estaban bien y que ya venían, pero no llegaban, no los veía, siempre el mismo aislamiento de esos seres, llegué á formular mis sospechas, lo dije claramente, con toda convicción, estaba viudo, «necesito saberlo, porque esas desgracias sucedidas, deber de uno es con- formarse con los decretos de la Providencia;» sobre to- do, tenia once hijos á quienes hacer falta; pero nadie consentía en darme la satisfacción, la prueba material de ver á mi esposa; el médico lo habia prohibido ter- minantemente. Lo que decia respecto á la creencia de estar mi esposa muerta era para ellos prueba de locu- — 57 — ra, y por consiguiente para mis guardianes y enfer- meros; sin embargo, les preguntaré yo: ¿Es locura su- poner la muerte de una esposa, por efecto de alguna gran conmoción moral, dadas las condiciones patoló- gicas de un individuo? ¿Es locura el suponerse ataca- do de una grave enfermedad contajiosa, cuando se rodea al individuo de todo el aparato con que á mí se me rodeó? Que contesten esos médicos, que conteste con la lealtad del hombre de bien el Dr. O.....en espe- cial, que motivos tiene para conocer lo lógico, lo fun- dado de mi creencia en ese entonces. Que tome nota la medicina de estos primeros senti- mientos que se hacen concebir á un hombre secuestrado por loco, cuando no lo estaba, y aun diré mas, para eliminar mi persona; de un individuo que como pre- tende la medicina tiene momentos lúcidos; en estos momentos ese individuo coordina sus ideas, los hechos y según ellos hace deducciones «lógicas, racionales y naturales.» Yo lo he esperimentado así, yo daba la razón, laesplicacion, el por qué de mi creencia; pero todo se hacia menos darme prueba práctica de mi error: así se me tuvo en esta creencia en mi casa y después en la casa de locos, es decir, desde el 18 de Octubre hasta el 12 de Noviembre. ¡Veinte y cinco días!! Mis suposiciones, mis conjeturas eran ilógicas para los de afuera, porque veían y palpaban; pero en el caso de estar secuestrado y en las condiciones en que lo estaba yo, nada hay mas lógico en el mundo que la creencia que concebí. Si cuando formulé mis sospechas, si cuando, pedia ver á mis hijos y á mi esposa, me hubieran dado gus- to, ellas hubieran desaparecido; ya no hubiera dicho que era viudo, y ese motivo de monomanía, al decir de la medicina, habría desaparecido. Un pensamiento horrible cruza por mi mente cuan- do en esto pienso. ¿Se deseaba causarme esa mono- manía para justificar mi encierro en la casa de locos? — 58 — Hé allí, señores médicos, como á un hombre se le hace aparecer con una monomanía, sé le hace aparecer loco, siendo cuerdo, y lógicas sus creencias. Hé allí mi caso, señores; estudíense los antecedentes, el por qué de una monomanía, indagúese y obsérvese, salvándo- se así la existencia humana, evitándose la iniquidad de martirizar á un hombre. El secuestro produce mo- nomanías muy lógicas. Durante los cuatro días que estuve secuestrado en mi casa, sujeto á la vigilancia y custodia de mis sinceros amigos, jóvenes todos, pero entre quienes se habia introducido el pánico mas atroz respecto á lo qué podía hacer, referiré suscintamente lo que practi- qué y el por qué lo hice; hechos que se encontrarán conforme á la lógica y muy naturales en la condición en la cual se me habia colocado, es decir, de prisione- ro en mi propia casa y bajo llave, en aislamiento de mis hijos y esposa. Prescindiré de las mil manifestaciones que en ma- teria de Espiritismo presencié y de las alucinaciones que tuve á causa del mayor estado de exaltación ner- viosa á que me sometió el tratamiento médico que se empleaba, que no digo en mi estado de ánimo, en el de la persona mas robusta y mejor organizada en mate- ria de nervios, tenia que producir; solo citaré una cir- cunstancia, por la espantosa sensación que esperi- menté. Estaba acostado, acababa de salir uno de mis solícitos enfermeros, y extendí los brazos en forma de cruz, en ese momento me dio un espantoso dolor en el lagarto del brazo izquierdo, como si me quebrantaran el hueso, al estremo que di un grito. Otro hecho que no dudo que lo recuerdan todos mis excelentes ami- guitos. y es, que apenas entraba uno, luego les decia, «estás con miedo,» «tienes susto de estar conmigo,» sin duda me crees «endemoniado,» y por este estilo algunas cosas; luego conocia que mis sospechas eran fundadas, porque la saliva se le secaba en la garganta — 59 — y notaba ese mal estar consiguiente á quien se en- cuentra en una situación embarazosa, y que no tiene la suficiente calma ó sangre fría necesaria para disi- mular. Todas estas cosas me comprobaban á veces las ideas que iba concibiendo y mi estado de excita- ción nerviosa se ponia peor, sobreviniéndome mo- mentos en que en realidad no recuerdo. Pero paso á narrar los hechos realizados allí, pero de una manera de- liberadamente practicados á consecuencia del estado de secuestro en que se me tenia, tanto personal como de familia. Viendo que mis ruegos no hacian efecto, que es- taba aislado, principié ya á aburrirme y á incomo- darme. Viendo mi impotencia, porque estaba en cama en esos momentos, quise desahogar mi bilis, como se dice vulgarmente, no hice mas que decirle al que ha- cia la guardia «quítate» y después estrellé una basija de loza, pero sin dirijírsela á él. No dudo que el joven á quien me refiero, recordará este hecho. Este impul- so, comprendo ahora, que se atribuyó á causa diversa que á la natural, mi situación de ánimo era en ese mo- mento de rabia y de furor, de persona que toma un obje- to y lo estrella, pero este acto en tal persona, aunque indebido porque debe uno calmar esos accesos, no se atribuye á locura; pero de quien se dice que lo está, ya es prueba. Esta es otra observación, señores médicos, que espero se tome nota, porque ese acto, como lo repi- to, no fué el resultado de locura, sino de aburrimiento, de desesperación, causado por la condición física y ma- terial en que como hombre, padre de familia y dueño de casa, se me colocó por el tratamiento médico. Es- te acto en una casa de locos hubiera sido causa de algún castigo, como lo hacen en la de Lima, sin preguntar- le al pobre infeliz por qué ha hecho eso. Actos de desesperación iguales he visto yo allí; lo era común en algunos que no tienen nada de locos, llegarse á una columna, maldecir y dar un puñetazo ó un golpe con- — 60 — tra ella. ¿Cuántas veces uno mismo, después de una contrariedad, no golpea fuertemente sobre una mesa? ¿Es eso locura? Así sucede en ese local y con quienes se les contraría ó se les violenta indebidamente; so- bre todo, si aun conservan su espíritu altivo y no quebrantado ó idiotisado por los castigos, como se en- cuentra el mayor número de seres allí. Un pobre in- feliz, á quien quería consolar y sondear me dijo: «Sr. Paz Soldán, diera un ojo de la cara por salir de acá.» ¿No cree el lector que si ese hombre tuvie- ra los medios suficientes, ó el valor y ánimo que cuan- do entró, ese hombre hasta asesinaría por escaparse? Sin duda que sí: no seria acto de locura, sino de cál- culo frío y meditado, como mas adelante se verá. En esta condición de ánimo existen varios en la casa de locos. Conmigo ha pasado. No surtiendo mi estratajema resultado alguno, no me quedó otro medio que el de salir de mi presidio, como hombre y como dueño de mi casa. Principié á idear la manera y me levanté de la cama, agarré la puerta, estaba cerrada con una chapa y con llave, romperla no era posible, no podía lograrlo por ser só- lida, entonces reparé que los picaportes estaban por adentro, y no tenia mas que correrlos para abrir la puerta; así lo hice y me presenté en el corredor; el único guardián, (y perdonen mis buenos amigos que así los llame, para dar idea cabal de mis sensaciones) que allí se encontraba, que no esperaba sin duda que me evadiese, empleando tales medios, se echó á correr despavorido, temió sin duda ser estrangulado ó muer- to por mi, á pesar de que no hice ademan alguno sino presentarme en su delante; dio la alarma y vinieron varios amigos. En el entretanto yo seguí pausadamen- te mi camino, para evitar otros sustos, pues en ese momento me asaltó la idea de la enfermedad contajio- sa, me rodearon y por la fuerza pretendieron obligar- me á regresar á mi cuarto, y hasta casi con amena- — 61 — zas, me resistí, comprendía que algo habia contra mí: me tranquilicé y con calma procuraba dominar la si- tuación, no lo conseguía, hasta que por fin dije al que primero me tenia asegurado por la espalda, pronun- ciando su nombre; «suéltame, porque ya no estoy pa- ra sufrir esta desvergüenza, que en mi propia casa ustedes traten de imponerme» no lo hizo y le dije: «ahora verás» y con todo el furor con que un hombre ya mortificado puede hacer una cosa, principié á ma- chucarle los pies, perohaciendo uso délos tacos; el reme- dio iba á surtir efecto; pero felizmente llegó otro ami- go, joven de mas calma, mas valor, que viendo lo ra- zonable de mi pedido y de mis indicaciones hizo que me soltaran: solicité que me dejasen tomar un poco de aire libre, pues el de ese cuarto me oprimía, así lo hi- zo: supliqué á mi amigo á quien habia machucado los pies, que me dispensase, pero la culpa era suya y no mía; di algunas vueltas por el cuarto, paseándome con calma y á las súplicas de mi amigo y salvador, para que regresase á mi habitación, evitando el daño que podía causarme el estar afuera, le di gusto* Cuando regresé á mi aposento, supliqué que me deja- sen la puerta abierta para conciliar mas fresco y aire, se me dio gusto; pero al poco rato, sin duda, en algún cambio de guardia, mi nuevo enfermero mas cobarde y portemor, volvió á cerrar la puerta; esto me volvió á violentar como era consiguiente, me levanté de la cama adonde estaba recostado, y pedí que me abrie- sen la puerta, no lo conseguí; toda calma se me ago- tó, era necesario que se me respetase en casa, busque algo para abrir la puerta, porque laestratajema de los picaportes era ineficaz; recurrí á mis instintos mecáni- cos, pero nada podía hacer, mis fuerzas y los elemen- tos ámi alcance eran pocos; entonces, lo confieso con la verdad de siempre, oí distintamente la indicación si- guiente: «Tú eres mecánico y te asusta, tienes un catre «á tu disposición y haz uso de tu ingenio, desármalo.» — 62 — La idea era excelente, para que un «presidiario» saliera; tomé el catre, quité los colchones y con toda la desesperación de la rabia y del enojo consiguiente, lo desarmé; operación que efectué en el acto, y toman- do uno de los pilares, volví á «intimidar para que me abrieran» y en caso contrario ofrecía romper la puerta; no fui oido; entonces di dos 6 tres gol- pes á la puerta rompí un tablero y pude conseguir abrirla; recuerdo al primero que vi por el hueco que se hizo, casi le di en la cara, al romper la puerta por que el se encontraba al lado opuesto. Esta actitud ahuyentó á mis guardianes, y dejaron el paso franco; salí con toda calma, increpé ásperamente la conducta insólita que conmigo tenían, y les ordené salir de mí casa; la gravedad é imperio con que dije todo, sin duda el mismo lance que les impresionó, al verme la razón con que reclamaba mi puesto de casa, paralizó sus mo- vimientos, solamente uno de ellos, hermano de aquel aquien casi le di en la cara al romperse ía puerta, pretendió cerrarme el paso cuando iba á atravesar la puerta que daba á las habitaciones de mi familia; á ese le enrostré con firmeza su conducta, y le amena- zó resueltamente con romperle la crisma, si ponia un dedo sobre mí; en verdad así lo hubiera hecho, feliz- mente se asustó y pude tomar la puerta, estaba cer- rada. Nuevamente me asaltó la idea de la muerte de mi esposa. Como nadie me siguió molestando y había domina- do á todos con hablarles mas tranquilamente; se disi- pó el susto general, tuve mas libertad de acción, me de- jaron afuera hasta que quise retirarme á mi aposento, devolviendo tranquilamente el pilar que había tomado. He aquí los únicos hechos de violencia realizados por mí durante toda la época en que me han tenido por «loco furioso». Reflecciónese fríamente, coloqúese mí lector en mi situación, y juzgué si él, estado bueno, hubiera sido mas moderado, mas sufrido que yó. — 63 — Para no ser difuso diré que en mi casa me coloca- ron los médicos en la condición en que se coloca al le- guito del convento, en la popular Zarzuela «Los Ma- gyares», solamente mi situación se agravaba; mis Tu- dezcos no me dejaban respirar, moverme, salir, entrar, era prisionero: no solo tenia una mosca que se me pa- raba, en la frente, en el carrillo, en la nariz; sino varias; no me quedaba otra cosa que echarlos al rio como lo hi- zo el leguito, yó no tuve un rio ni un puente de donde hacerlo; me limité á romper la puerta é imponerme á todos como hombre. La acción practicada en la Zarzuela citada, porel leguito, es aplaudida por que el público siente y palpa lo que él sufría, el lego estaba cuerdo; eso mismo sufría y palpaba yó, estaba en si- tuación cien veces mas violenta y sin embargo eran para todos «actos de locura» los mios; porque no había prudencia, ni juicio, ni saber, y diré, ignorancia en el tratamiento de las dolencias del espíritu y en la mis- ma «locura». Otra vez señores médicos, os diré con la hombría* de bien del que desea hacer un beneficio á la hu- manidad ¿Cuántas veces actos, tan deliberadamen- te ejecutados, los atribuís vosotros á. locura, no ' siendo si no el resultado fatal de vuestras prescrip- ciones y tratamientos médicos? Recordad en lo futiK^ ro mi caso y las sensaciones que os dejo aquí con- signadas, para que con mas observación, mas tino, ó para no ofender á nadie, con la constancia auténtica que os presento, reforméis vuestra ciencia en este particular y salvéis á muchos hombres. El último dia de todos estos sucesos, aquel en qué ya debia ser plajiado, se me dio mas libertad, pasea- ba por el jardin de mi casa, hablé con mis amigos, me dieron gusto, estaba casi feliz al ver cesar mi perse- cución, solo con el corazón oprimido con la creencia en la muerte de mi esposa; todas las puertas estaban cerradas; con astucia pretendía sorprender alguna para — 64 — salir de la duda; la vijilancia de mi guardia era grande; el pánico introducido, como se verá, hacia todo su efecto. Rogaba á mis amigos dejarme ver el cadáver de mi esposa; consolar á mis hijos, indicándoles que no te- mieran nada de mi parte; el silencio era su contesta- ción, ellos sin duda, nada me decían por que creían en mi locura sobre este tema; yo atribuía el hecho á lo efectivo de mi creencia. Prescindiré por completo de mil otros incidentes, debidos á manifestaciones espiritistas que experimen- té; solo debo hacer presente que el cuidado de un en- fermo es cosa que debe encomendarse á personas de suma formalidad, tacto y circunspección. Esto que digo tiene su razón que la silencio por no ofender.— Perdonen mis amigos, que sea quizás cruel en apre- ciar sus acciones, reconozco en todos los sinceros de- seos para mi bien y el de mi familia; pero deseo pin- tar alo vivo y en verdad, las consecuencias de la falta de calma y de valor moral. En casos de enfermedades, perdida la serenidad, todo es grave; así mismo la im- prudencia médica, al esparcir el terror en mi familia: y en el público como lo ha hecho el Dr. O............ en mi caso. Cuando se trata del bien de la humanidad, poco importa ciertas consideraciones. El aire libre, la libertad de acción que experi- menté, el no ser contrariado, y la ninguna violencia para imponerme opiniones ó deseos ágenos me de- volvieron la vida, sentí estar ya bueno; á no ser por lo que hablaba del Espiritismo, cuya realidad quería probar, estoy seguro que nada se tiene que decir de mí: pues, ciertas indicaciones que hacia, eran espiritistas. Que los señores médicos, tomen nota del remedio; pa- ra curar aun loco real ó supuesto, cuando pide con ins- tancia una cosa racional ó fácil y hacedera, aunque sea una candidez ó mania. Notando que las puertas interiores de casa, que — 65 — comunicaban con el aposento de mi familia estaban cenadas, pretendí ir al otro lado para penetrar por allí; pero me encuentro con que una reja que dá co- municación con la parte de afuera estaba cerrada; es- to me volvió á exasparar: pedí la llave, se me negó, entonces pretendí forzarla; cosa inútil; pero logré el que se me abriese y salí. Por ese lado todas las puertas estaban igualmente cerradas, mis sospechas ó creencia de estar viudo aumentó y se hizo evidente, cuando re- paré que la puerta de calle se encontraba cerrada, en señal de duelo, como se acostumbra entre nosotros. Quise penetrar á mis cuartos de estudio ofreciendo no ir á los ciernas de la casa: vano intento. En esos mo- mentos llegó mi amigo F...........M...........yo estaba con el joven N............O.........y al poco rato se me presentó mi buen médico, y me dice «Necesita U. to- mar el aire libre, vam^s á la Exposición». Realmente me sentía muy aliviado desde que salí de mi prisión, el aire de los patios y del jardín de casa me habia hecho mucho bien, como lo dejo dicho, montamos en ún coche; el médico á mi izquierda, á su frente el joven L........B......á mi frente el joven J.........M......en el pescante el joven E...... M... iba rodeado de los mios; de personas que no dudo hubieran dado la vida por mí y sin embargo, iban á conducirme á la muerte. Llegó el coche á la plazuela de la Exposición y no se detuvo, sino que siguió su camino, me llamó la atención y así lo hize presente: «no tengas cuidado» me dice uno de ellos: creí que mi paseo seria en coche. En ese momento se me vuelve á ordenar, por el médium au- ditivo. «Vaya U. indicando en alta voz todo lo que U. « vá viendo y por donde pase U.» Así lo hize y para dar una explicación del por qué ha- cia esto, decia; «Oyen ustedes? me ordenan que pro- « nuncie en voz alta todo lo que vea». Pasamos por la huerta del Noviciado, sitio que indiqué habia sido 9. — 66 — convertido en calles públicas y adonde habíamos te- nido algunes terrenos y casitas, dije á quien se ven- dieron; al llegar al hospital de Santa Sofía, lo hize presente, mas tarde indiqué el «Fuerte de Santa Ca- talina»; la «Portada de Barbones», el «Hospital Dos de Mayo»; el cuartel de Barbones; haciendo reflec- ciones sobre su destrucción por los chilenos: el coche habia torcido; por fin pasamos por unas calles estre- chas que no conocía; y en una boca calle estaba para- do otro coche; allí estaban mis amigos los hermanos M......seguimos adelante: entramos en una plazuela donde se detuvo el coche frente á una puerta. ¿A don- de vamos? pregunté. Creo que se me dijo á una huerta. Bajaron todos menos yo, que permanecía en el co- che; noté entonces que habia otro parado al medio de la plazuela: conocí á sus ocupantes; las señoras de V.....yP.......Se abrió el postigo de la puerta, se me invitó á bajar, lo hize, avanzó, y al penetrar, con precipitación soy agarrado por varios hombres, al ex- tremo, que mi sombrero se me cayó; no sé lo que por mi pasó; creo que en ese momento perdí el conoci- miento; se me ofuscó la vista, algo extraordinario me pasó. ¿Qué fué? no lo sé. Acababa de ser encerrado en la Casa de Insanos de Lima, introducido por la puerta falsa del local, y que- daba plajiado por orden de la ciencia médica. CAPITULO VI. Encerrado ya en el «Asilo de Insanos» ó Manico- mio de Lima, siguió mi vida de loco en una casa de esta clase, pagando la pensión mas subida, y abando- nado al cuidado de personas estrañas, desde que na- die de los míos debería verme allí, por orden del mé- dico del local. Mientras recobre el conocimiento, que perdí á con- secuencia de la manera brusca como fui plajiado é in- troducido al Asilo, aprovecharé, para dar cuenta de las causas que influyeron en mi esposa, hijos y ami- gos para consentir en esta tan grave, como extraordi- naria medida, haciendo ademas una rápida descrip- ción del local. En mi casa, como lo tengo indicado, se tenía fé ciega en uno de los médicos que me asistía, por cuya razón su voz era un oráculo; á la opinión ó diagnós- tico que éste hizo, se adhirió el médico interino del Asilo, por causas conocidas. Cuando uno escribe sucesos de cierta gravedad para uno y para otros, hay necesidad de ser muy cauto, por esto he procurado recopilar cuanta apreciación se ha hecho respecto á lo que los médicos han dicho, pero siento decirlo, no todos han sido francos para darme- las; sin duda han temido comprometerse, en vista de lo errado de los pronósticos, y convencidos de lo inne- — 68 — cesario de la medida que conmigo se tomó; á lo cual muchos asustados, contribuyeron. Pero en loque si hay conformidad de narraciones en lo que dijo elDr. O..... quien aseguró á todos los mios, que mi locura era in- sanable, la inutilidad del tratamiento en mi domicilio y la necesidad de que fuese llevado al Asilo, como úni- co sitio adecuado y donde podría ser asistido conveniente- mente; pero como mi médico dudase, y mi esposa é hi- jos objetasen esas medidas, su desapiadada contesta- ción fué, «Señora U. será responsable ante Dios y an- «te la sociedad por todas las víctimas que haga su es- «poso»—refiriéndose á ella, y á mis hijos. A una de mis niñas, cuando le dijo «Doctor como es posible que «á mi papacito lo lleven al cercado» (1) cuando esta- «mos nosotras todas listas para asistirlo;» su inconsul- ta contestación fué: «Pues bien, que sea U. la prime- ara á quien estrangule.» En otro dia de consulta le vuelve esta misma hija á preguntar, pero «Doctor sa- zonará mi papacito»—«Nó, jamás, puede tener uno ó «dos meses de mejoría, pero volverá á ser loco y para i «siempre». Mi médico de casa, mas humano, consoló / á mi hija diciéndole. «No tema U., su papá sanará / pronto, y pronto lo tendrá U. bueno.» ^ Mi esposa y algunos de mis amigos buscaron una casa huerta adonde llevarme, y tenerme allí, á todo gasto decididos; pero tanto el indicado médico, como el interino del Manicomio, Dr. S.... C... insistieron en la ineludible necesidad de que fuese llevado á la casa de Orates; la suprema de las razones era el único local eficaz en tratamiento y con los elementos para atenderme allí, y donde quizas podría recobrar el juicio. No obs- tante, uno de mis amigos les aseguró que el local era inaparente; que habia estado allí y lo habia paseado: se le hizo callar, haciéndole presente su ignorancia médica. lia alarma que produjo en casa el Dr. O......la espar- cí) Así se llama á la casa de Locos en Lima. — 69 — ció por afuera, así era que todos, ya por deseo de ver- me sano, ya el de salvar á mi familia del furor asesi- no que á su decir podría sobrevenirme, sabe Dios cuando, venían á seguir la obra de estos dos médicos, y en tal lance, se accedió á mi traslación, pero mi mé- dico se reservó el derecho de irme á ver todos los dias, en lo que convino el Dr S....... C...... Cuando lo pretendió, se le negó la entrada al local. ¿Conocían los médicos, lo que es la casa de locos de Lima? ¿Estaban al corriente del tratamiento y asis- tencia médica que allí se dispensa? Preguntas son estas que en uno ó en otro sentido que se contesten, será ineludible el dilema, entre la ligereza y falta de prudencia en plajiarme en ese lugar ó de ignorancia en la profesión—Solo el Dr. S...... C...... lo sabia y él era quien garantizaba, que todo habia en esc local. No quiero calificar la conducta de este médico; el lector, lo hará, en vista de mi narr.icion. Ante afirmaciones tan autorizadas, no era dable dudar; mi esposa enferma y sumamente nerviosa; mis hijas mayores, todas mujeres: era imposible que los amigos me vijilasen siempre en casa; el aislamiento de mi familia era prescripción médica se ver?.; no era posible continuar así, y como esos médicos aseguraban mi insania completa y que la única esperanza posible, aunque remota, era mi encierro en el Asilo; el con- sentimiento de la familia se arrancó, aunque con triste pesar para todos. Antes que existiera el actual Asilo de Insanos, se medicinaban los locos en los Hospitales de San Andrés, los hombres, y en el de Santa Ana las mujeres. Ambos eran enteramente inaparentes para el objeto. En el año de 1857 se promovió la idea de mejorar la condi- ción de estos desgraciados, trasladándolos á un local mas apropiado, y se compró por la Beneficencia Pú- blica de Lima, el actual, conocido entonces con el — 70 — nombre de «Quinta de Cortes». Habia pertenecido á los Jesuítas, pues allí iban á convalecer, ó les servia de sitio de retiro, circunstancia por la cual, habia un regular número de habitaciones y salones, que podían trasformarse para el nuevo objeto, logrando así la mejoría de la institución, tanto en local como en si- tuación; este fué al menos el parecer de una comisión médica que se nombró para que emitiera el informe correspondiente. No siendo suficientes los solos recur- sos de la Beneficencia Pública de Lima, pajra hacer frente á todos los desembolsos que requería la refac- ción, compra del local y demás enseres, el Gobierno del Perú contribuyó, gastándose por todo ciento trece mil seiscientos noventa y nueve pesos. El local se inau- guró solemnemente el 16 de Diciembre de 1859; in- gresando 153 enfermos, de los cuales 78 eran hom- bres y 75 mujeres, en departamentos distintos y se- parados, como hasta hoy existen. Los defectos de apropiar un local á objeto distin- to á aquel para el cual fué construido, no tardaron en hacerse sentir; el médico en jefe de ese local Dr D. José Casimiro Ulloa, á los cinco meses de inagurado decia, que el local era inaparente para muchos de los objetos á que estaba destinado, señalándolos en deta- lle, y proponiendo algunas mejoras que hasta hoy no se han realizado, y puedo repetir de este local, lo que el Dr. D. Manuel A. Muñiz: (1) «Hace 27 años que el «actual Manicomio, era insuficiente para su objeto! «Sin embargo, su fundación fué un progreso, una «obra de humanidad—Así como hoy su estacionarismo «es, quizá, hasta un crimen, una falta.» Como mas adelante voy haciendo la descripción detallada del local, me limito á estos apuntes generales que lo caracterizan; agregando de una vez, el resumen (1) El Manicomio de Lima en 1884— Estudio dedicado al Dr. José C. Ulloa—Publicado en !a «Crónica Médica de Lima» N° 13 14, 15 y 28. — 71 — que hace el autor que he citado, que corrobora cuanto yó digo del Asilo, y así se verá que mi juicio, ni es inexacto, ni apasionado, he aquí el resumen en la par- te general. «El Manicomio de Lima, bajo todos sus aspectos, no «satisface ni los principios de la ciencia, ni menos las «exijencias de la caridad bien entendida.» ^Construido en un local no apropiado es insuficiente «para su objeto, incurren en seria responsabilidad mo- «ral y social, los que no llevan á cabo ó estudian los «variados medios que, en diversas ocasiones y hasta la saciedad, se han propuesto para llenar esas faltas y «esos defectos».........«Falta todo. Nada existe—Los «Baños, la Botica y el Arsenal, etc., deben estable- «cerse, porque no merecen este nombre las dependen- «cias que hoy lo llevan.» He aquí en pocas palabras, el único local donde según la opinión de dos de mis médicos de consulta, debia encontrarlo todo, asistencia, clima, recursos y salud! Yó no conocía el Hospicio de locos, pues, una sola vez habia ido allí, en el año de 1860, al extremo, que ni los barrios de esta parte de la ciudad los habia re- corrido. Cuando leí los capítulos de Alian Kardec, re- ferentes á los espíritus burlones, me asaltó la idea, y como una íntima creencia, de que muchos que apare- cen como locos ó monomaniacos, solo eran hombres cu- yo Espíritu se encuentra obsecado, mistificados, por Espíritus burlones ó malignos; por consiguiente la verdadera curación no consistía en remedios de Boti- * cas, ni juntas de médicos aleópatas ú homeópatas, sino médicos ó personas que supieran hablar, y curar el alma, el espíritu, que es lo que dirije las accio- nes materiales y mentales del hombre, así es, que con- cebí el pensamiento de que mis estudios sobre el espi- ritismo me podrían enseñar lo suficiente, para poder descubrir el origen de las manifestaciones reales y — 72 — verdaderas del fenómeno y de la ciencia, pudiendo establecer una regla para encontrar la clave, diré ade- mas, llegando hasta poder curar al hombre pobre en espíritu ó trastornado, sin lesión orgánica en su per- i sona. ¡Cuan distante estaba en esos dias en pensar si- quiera, no diré en creer, que mis estudios no solo me conducirían á encontrar esa clave, sino también á te- ner que hacer y que palpar, como ser racional concien- \ te y en pleno uso de mi razón y facultades físicas, morales é intelectuales la vida práctica y material de j UN LOCO! y ¿qué loco?—Loco furioso, según prescrip- ciones médicas. Mis estudios han sido, pues, no solo teóricos, sino prácticos; soy como el militar que desde soldado razo asciende escala por escala al primer ran- go militar; éste indudablemente puede no solo man- dar, no solo disponer, sino lo que es aun mas, puede sentirlo que siente un soldado, física y moralmente: yo como éste conozco la teoría de la locura y las sen- saciones del loco, sin serlo; loco que se ha salvado de las consecuencias de la verdadera locura, por su clara percepción de las teorías de la Ciencia del Espiritis- mo, y de la evidencia de sus manifestaciones que le han curado, le han confortado y le han enseñado lo » que hoy consigna acá. Véase pues, como Dios suele disponer los aconte- "; cimientos humanos, para que ciertas concepciones pue- dan realizarse, su previsión y su bondad hacen que esto se efectúe, para que sirva de lenitivo y de bálsa- mo consolador, de todo hombre que con la fé en El y con el deseo de ser útil á la humanidad, ha empren-, \ dido un estudio, sufriendo toda clase de contratiempos, sin que esa fé desmayase, ni ese deseo desapareciese. Continúo mi relato: que se me dispense estas digre- siones; pero nada quiero dejar por decir, nada quiero callar, porque todo puede ser útil para la ciencia y pa- ] a 1 a experiencia de otros. — 73 — La manera brusca como fui agarrado al entrar á la casa de Insanos, me hizo perder la conciencia de lo que me pasaba; el estado de estupor y de sorpresa fué intenso; sentí en ese instante como si el suelo se hu- biera hundido bajo de mis pies, que el firmamento se derrumbaba sobre mí; todos los objetos que á mi paso encontraba, parecía como que girasen con vertiginosa. rapidez, cual se ven de un tren expreso en plena car- rera; y un denso velo por fin cubrió mi vista. ¿Cuanto tiempo permanecí así? No podré decirlo; aun mas, ni recuerdo si alguien penetró tras mí hasta el calabozo en que se me introdujo; vago recuerdo con- servo que el médico de casa, me habló; creo que traía mi sombrero, mi capa, que mas tarde debí dejarla caer. Por fin mi espíritu se serenó, recobré el dominio de mi ser y una voz imperante oí, que me decia. Desnúdese U. en el acto.—Un para qué, contesté maqui- nalmente.—Haga U. lo que se manda, fué la réplica con mas imperio dicha. Noté entonces, que quien me di- rijia la palabra no estaba solo, habían otros. Qué ha- cer? obedecer, mi ánimo no estaba en ese momento para luchar y comencé á desnudarme. ¡Qué cúmulo de ideas invadió en ese momento mi pobre cerebro! Mis primeras creencias, cuando estaba secuestrado en mi casa se renovaron y tomaron mayor insisten- cia. Creíme atacado de tan contajiosa enfermedad, que mi aislamiento tenia que ser mas absoluto. No pude menos que concebir este pensamiento: "Triste humanidad, sacrificas á unos hombres para salvar á otros, sin reparar ni en su edad, en su posición, ni en los sentimientos del corazón de esos hom- bres. Yo padre de once hijos, separado del resto del mundo, porque se salve Lima del cólera asiático y esto cuando esos hijos quedarán huérfanos de padre y madre!"—Hoy que estas líneas escribo, aun se me 10. — 74 — oprime el corazón al recordar esos momentos; la an- gustia la siento en el alma. Bendito seas mi Dios, me salvaste y también á los mios, menos uno que dispusisteis que compareciera á tu presencia, y que sin duda imploró tu protección para salvar á su padre. Concluí la operación de desnudarme, cualquiera de- mora debida á mi estado, habia sido motivo para una áspera reconvención. Metíme en cama; pero con mis calzoncillos y medias, alegando que tenia frió. Lo de- mas de la ropa lo puse á los pies del catre; pero no bien estuve acostado, mis carceleros, porque así tendré que llamarlos en lo futuro, se pusieron á registrar mis bolsillos; creí que era con el objeto de robarme lo que tuviese; después t^que con todos lo que ingresan allí hacen lo mismo, y cuanto encuentran lo entregan á la Monja de Caridad que allí tiene el dominio ó vigilan- cia, porque en verdad no sé hasta hoy lo que tiene. Concluida la operación del rejistro de mi ropa, la do- blaron, se la pusieron sobre el brazo, tomaron mis za- patos, y sin decirme una palabra mas se salieron, cer- rando la puerta de mi calabozo y corriendo los cerro- jos por el lado de afuera. Serian como las cuatro de la tarde mas ó menos. Cuando me vi solo, la tranquilidad volvió á mi pe- cho. Tras las tormentas viene siempre apacible cal- ma: tras las violentas emociones del espíritu, el cuer- po cae en lánguido reposo, restableciéndose las fun- ciones humanas. Mi razón se puso en actividad, y me tomé el pulso y las sienes para ver si tenia fiebre, los latidos de mi corazón eran batidos de un péndulo de segundos: la idea del cólera se disipó por el momen- to. Pensé en la manera como se me habia traído allí, con sorpresa, con engaño, bruscamente arrebatado hasta dejarme en este calabozo, privándome de mi ro- pa, encerrado; luego he sido plajiado, no cabe duda; fué mi conclusión. El pensamiento tiene la rapidez del rayo, recordé — 75 — en un segundo cuanto habia leido de hombres plajia- dos y la causa que lo habia motivado; unas veces por apoderarse de su fortuna; otras por deseo de una persona de imponerse á una familia; ya por venganza; ya por cuestiones políticas. El peligro en que estas ideas me colocaban, acabó de restablecer mi sangre fría y púseme á analizar la causa de mi plajio, y me hacia estas reflecciones, aceptando su posibilidad, para desecharlas después. Bienes de fortuna propios no los tengo; pero que- dando viudo como lo estoy, mi esposa deja la suya. Mis hijos todos son menores de edad; mis padres ausentes, por consiguiente esos bienes de mi esposa deben en- trar en administración, y mientras vienen mis padres, algunos podrían desaparecer. Esto es posible; debo morir del cólera y quizás mis padres y algunos de mi familia. Pero luego me preguntaba, ¿quien tiene interés en quedarse con ellos? Recorrí todas las personas que podían tener tal interés, ninguna suponía ser capaz de esto; luego era el cólera lo que tenia. En cuanto al deseo de que alguien quisiera imponer- se á mi familia, tampoco los creia capaces de tener tal pretencion. Mas bien podría ser por venganza ó por política; aun que si no tengo enemigos personales conocidos, los tenia y muy poderosos, como asociaciones; había combatido anteriormente á la Empresa del Agua de Lima, la cuestión la tenia ganada y pendía ya solo de la Municipalidad; desapareciendo yó nadie la promove- ría, por nuestro carácter decidioso. También habia hecho un detenido estudio sobre las cuestiones de los Bancos Hipotecarios; tenia entabla- da ante uno de ellos serias y muy graves reclamacio- nesj que podían acarrearles fuertes pérdidas, estos tendrían interés en mi desaparición. Enemigos políticos, no me faltaban, un partido siem- pre me habia sido hostil, pero ya no imperaba; pero el — 76 — Gobierno que rejia, me habia perseguido, dando la orden hacía un año largo, que al ser tomado se^ me pusiera una barra de grillos; por otra parte, creí que alguna indiscreción habia hecho conocer que era autor del fo- lleto, «La Traición de Iglesias — Documentos para el proceso;» que escribí y publiqué cuando se me persi- guió la vez primera. He aquí me dije; hay tres personalidades que deben ser mis enemigos; he caido con el cólera, han aprove- chado el pánico creado en la población y con el pre- testo de evitar el contájio en la demás familias, me han plajiado, en realidad, para hacerme asistir en un hospital ó lugar de presidio y que me muera sin auxi- lios ningunos—Estoy perdido; me dije. Cuando vislumbro peligros reales, mi calma, aunque impuesta por los sucesos, es siempre grande. En la si- tuación en que estaba no quedaba otra cosa que hacer que conformarme, y la prudencia aconsejaba no precipi- tarme; contribuyó mucho también que en esos momen- tos invocase en mi auxilio mis ideas religiosas, lo que siempre nos acontece en lances fatales, ya con una ple- garia, ya con solo elevar nuestra vista al cielo, pero pronunciando con el pensamiento esa plegaria. Mi Ciencia del Espiritismo, se confirmó, no bien hube puesto mi pensamiento en Dios, cuando volví á oír la voz sonora, que desde hacia dias no me habia aban- donado, y que esa tarde me ordenó decir en alta voz todo lo que pasaba por mi vista, mientras me traslada- ban al Manicomio; se me decia—«No se precipite U. «cálmese U. No tema U. nada. Pronto saldrá U. de acá» Palabras que por muchos dias después se me re- petían apenas desfallecía, ó me violentaba; con solo la variante de que á los pocos dias se me agregó—«No «crea U. que está U. loco. U. está acá de una manera «indebida»—cuya significación hoy comprendo y com- prenderá todo el mundo. Obedeciendo á los preceptos que se me dieron en esos momentos, mi espíritu reco- — 77 — bró vigor, mi cuerpo energía, y di gracias á Dios con sinceridad y agradecimiento. El resultado de tan- tas emociones, y la misma conformidad debida á la manifestación espiritista, me hicieron dormir. Aprovecharé este sueño para poner al lector al corriente, del por qué, de la indicación espiritista pa- ra que dijera en voz alta cuanto veia al ser con- ducido. Diciéndole á mi médico. ¿Cómo es Doctor que yó estando bien, puesto, que iba detallando cuanto veia, hasta una mujer que acertó á pasar por esos sitios so- litarios, U. creía aun en mi locura furiosa y me lleva- ba á encerrar? Su contestación fué—«Es que U. iba siempre pen- sando y hablando de espíritus y de espiritismo))—Como el hecho era exacto según lo tengo narrado, vine á mi casa y por los medios espiritistas sicografieos, pues no quize valerme del auditivo, hice la siguiente pregunta; —¿Por qué razón se me hizo hacer lo que Udes. or- denaron y para pronunciar en alta voz todo lo que por mi vista pasaba?—La contestación dada es la siguien- te: —«Para probar al médico de U. y á sus acompa- «ñantes, qué iba cuerdo y sano en sus sentidos y que «no habia necesidad de tal medida.» Juzguen todos los médicos del mundo y los nó mé- dicos, si hay razón mas fundada y mas auténtica de mi sano juicio orgánico, aunque el espiritual estuviese enfermo, para los profanos en la ciencia en la cual ha- bia sido iniciado. CAPITULO VIL Cuanto tiempo permanecí dormido; á qué hora des- perté, no lo podré decir. El sitio en que me encontraba estaba en completa oscuridad, pero al poco rato pu- de notar que habia una ventana alta de las que lla- mamos teatinas, que daba á la cabezera de mi catre; y vislumbré el brillo de algunas estrellas. Quise re- conocer á su luz el sitio en que estaba pero no me fué posible. Aunque despierto como lo indico, estaba sereno; mi cuerpo mas bien en su calor natural, que otra cosa; mi cerebro lo tenia como si irradiara calor, que me hizo concebir estar con fiebre; para salir de esta idea, volví á tomarme el pulso, estaba como siempre, los la- tidos eran isocronomos y reposados, sin tener pu- janza alguna, no satisfecho aun, recurrí á las sienes, comprimí con ambas manos y con el dedo índice y el del medio las arterias de esa parte; mi observación dio el mismo resultado, ambos latidos estaban unifor- mes; me tranquilizó, no tenia fiebre. Concluido este primer examen personal y automé- dico por decirlo así; comenzó á oir la música de un pianito ambulante que llenaba el aire con las melo- días de un valse á la moda, en esos dias, y después que concluyó, principié á oir la popular y entusiasta moza-mala, baile nacional, de tierra; oia las risas y la — 79 — algazara de hombres y de mujeres; allí reinaba la ale- gría. Es de advertir que en estos barrios habitan las mujeres de vida alegre. La emoción que esperimenté y el martirio que me produjo esta música, fué grande. Consideré mi situa- ción; estaba triste, solitario, encerrado; sin el consue- lo de saber ni donde estaba y que tenia; sin nadie á quien llamar en mi auxilio! ¡Triste contraste el de la humanidad! exclamé. A pocos pasos de acá, hay un grupo para quien la vida se desliza feliz y contenta. ¡Cierto; así es el mundo! En un barrio hay mil veces hechos iguales; el llanto en la casa del vecino, la alegría en la nuestra. Así serán los presidiarios, ¿Cuánto deben sufrir? pero ellos siquiera saben el por qué de su triste situa- ción, mientras que yó lo ignoro. Estas y otras reflecciones seguí haciendo, que fue- ron llenando mi corazón de mortal desesperación y angustia; tuve como un frió sudor, que invadió mi cabeza y mi cuerpo; quise enjugar mi frente, enton- ces reparé que no tenia ni un pañuelo con que hacer- lo, se lo habían llevado con mi ropa; tuve sed y ma- quinalmente alargué mi brazo como para buscar un po- co de agua, como lo hacia en mi casa donde siempre se me ponia sobre la mesa de noche, mi mano vagó un momento en el espacio, después tropezó con un mue- ble, era una mesa de noche que allí habia, busqué el agua; nada encontré sobre ella; recordé que estaba fuera de mi hogar; sin vela y fósforos, nada me era posible reconocer en el cuarto, por consiguiente no tuve mas que resignarme á esperar el dia para hacer- lo. Mas tarde, otra necesidad imperiosa me asaltó; busqué el mueble necesario en la mesita de noche, es- taba vacia; me bajé del catre, busqué por su debajo, de la cabezera á los pies, tampoco habia nada; tuve que contener el deseo, porque no conocía lo que pi- saba; si era tabla, piedra ó ladrillos, por que en el pri- — 80 — mer momento nada acerté á ver como lo dejo indicado. En ese instante, me iba á entregrar á la desespera- ción, confieso que cruzó por mi mente el deseo del suici- dio; tuve como ímpetu de estrellar mi cabeza contra la pared que tenia al costado de mi catre, pero si fué rápi- do ese pensamiento, también lo fué su paralización; volví á oir el mismo aviso. «No se desespere U. cal- «mese D. Carlos, U. nada avanzará con eso. Tiene U. «familia á quien hacer falta y U. saldrá de acá.» El imperio de mi razón dominó mi intención de hombre, y mi desesperación. El consejo ó la advertencia fué oportuna y como tal me salvó del suicidio. ¿Qué hubieran dicho los señores médicos, alienistas, si al dia siguiente me hubieran encontrado, con el cráneo destrozado por mi mismo, estrellado en la pa- red? Hubieran dicho—Pobre Paz-Soldan, en un acce- so de locura furiosa ese hombre se ha muerto. Nadie hubiera averiguado mas; nadie sabría la cau- sa verdadera del hecho realizado. Hoy lo puedo decir merced á la advertencia Espiritista que me salvó— y lo digo—la causa única impulsora y directa de tal he- cho, era la condición material en que se me colocó como hombre, por la junta médica; el tratamien- to prescrito que sobreexcitó todas las fibras mas sensibles que tiene un hombre; por el abandono en que estaba; por las necesidades que nó podia satisfacer, y por la falta absoluta de seres á quienes volver los ojos en esos momentos—Una ó dos veces esa misma idea volvió á cruzar por mi mente en los cien dias que duró mi via crucis, como remedio para salir de los sufrimientos, pero siempre venia una ob- servación Espiritista que me disuadía, dando lugar á que mi razón pesase las consecuencias. En todo caso puedo asegurar que en esa situación se puede cometer suicidio, de la manera mas fríamente calculada, midien- do el alcance del hecho y sin estar ni ofuscado, ni loco —Tomando el hecho como quien apela á un remedio.__ — 81 — He aquí señores médicos como un suicidio en una casa de locos, ó en quien se le supone, ó lo está, es acto motivado por el tratamiento y no por la lo- cura; sois vosotros las causantes y no el mal. Si en lugar de estarme quieto, y dominado por el razonamiento espiritista, me hubiera desesperado, aun sin ánimo del suicidio, solamente violentándome co- mo en mi casa, estoy seguro que las consecuencias hubieran sido, el que se me pusiera una camiseta de fuerza, y hechome pasar así la noche—aumentando mis tormentos y como consecuencia, causándome una verdadera locura. Llegó por fin la aurora, principié poco á poco á dis- tinguir algo mas, hasta que pude reconocer el local en que estaba encerrado; mi vista en un momento abarcó todo, busqué agua, no la habia; busqué el útil para mi deseo, tampoco lo habia, pero al fin pronto vendría el dia y alguien para poder pedir lo que necesitaba, no me habrían de dejar allí encerrado todo el dia. Puseme á reconocer mi calabozo, porque tal era el sitio en que se me habia encerrado; era un cuartito es- trecho, como de dos y medio metros de ancho, por cua- tro de largo, una celda de presidio; solo que tendría cuatro metros escasos de altura. El suelo cubierto de cimiento romano (Portland cement), las paredes estu- cadas hasta un metro y medio escaso de altura, pinta- das de negro, creo que con alquitrán; de esa altura pa- ra arriba estaban empapeladas, tenia una ventana alta como lo he indicado, la puerta sólida y con una ven- tanita, como para observar lo que por adentro pasa. El mobiliario de este calabozo constaba de un catre, que después pude examinar ser imposible desar- marlo, por que todas las piezas estaban remachadas ó aseguradas, y una mesita de noche, sin cajoncito, con solo alacena; no habia silla ni cosa alguna. Principiaba á palpar las comodidades, la asistencia y 11. — 82 — las facilidades que en el Asilo debían encontrarse, según mis dos médicos de consulta! Concluido el examen y reconocimiento del local, re- paré en mi ropa de cama; los colchones me parecieron hechos ó rellenos de trapos; la almohada de paja, las sábanas estaban limpias, eran de género de tocuyo, mis cobijas eran de dos clases una de ellas era de gerga, lo que llamamos de sudaderos para las monturas, y dos mas, una cabritilla y otra mas oscura de las ordi- narias y teñidas que nos vienen de Europa. Tenia grandes deseos de levantarme, ya la cama me fatigaba, pero como no tenia ropa, debia esperar á que me abrieran la puerta. Puseme á meditar en lo que podia ser mi suerte; esperaba fundadamente que alguien de mi casa ú otra persona me vendría á ver y averiguar por mí, entonces tendría alguna esplica- cion. Comprendí sin embargo, que perderme en con- jeturas era cosa inconveniente, sobre todo, cuando lue- go se me aclararía todo. ¡Que equivocado estaba! Aunque el sol habia salido y sentía movimiento por afuera de mi encierro nadie se presentaba aun trayendome mi ropa, ni menos á preguntar por mi sa- lud. No sé que hora seria, pero después por lo que observé, debían ser las ocho de la mañana ó mas, en que oí correr los cerrojos de mi calabozo y se me pre- sentó mi carcelero, trayendome la ropa de que habia sido despojado la víspera; y sin saludarme ni pregun- tarme nada, me ordenó levantarme; fatigado como se supondrá por una larga estada en cama, sin fiebre, no bien hubo dictado esta orden, me apresuré á cumplir- la, bajo la inteligencia de que quizás podrían realizar- se mis esperanzas de saber donde estaba y el por qué; ya levantado noté que no habia donde lavarme, y co- mo bien se comprenderá, mis hábitos de aseo no po- dia dejarlos tan pronto, así es que pedí donde hacerlo, pero con igual asperanza se me contestó «no hay don- de lavarse, hasta que no le traigan de su casa: lave- — 83 — se ü. á fuera come pueda» callé y principié á pasear- me á lo largo de mi calabozo que permanecía abierto, pero ai poco rato regresó mi áspero carcelero ordenan- do saliera; pues el Reglamento de la Casa prohibía estar allí; salí al corredor ó callejoncito; entonces noté lo siguiente: á derecha é izquierda una serie de'cuar- tos ó calabozos iguales al que acababa de dejar, pues con disimulo y toda calma, recorrí todo él como quien tiene curiosidad de ver, á pesar de estar el suelo lle- no de agua, por aniego del depósito adonde cae un chorro. Este aniego estaba ademas lleno de eso que es muy cantado en los «Perfumes de Barcelona» y que de una manera muy poco hijiénica sale por un boquete redondo de la alcantarilla y de los servicios de esos mismos calabozos ó cuartos. El callejón estaba cubier- to ó cerrado por su parte superior con una fuerte reja á pesar de ser imposible una subida por allí, de donde deduje en ese momento, que real y efectivamente esta- ba en un departamento celular de algún presidio igno- rado por mí.— El mobiliario de estos cuartos ó calabozos era idén- tico al mió, ya algunos otros desgraciados prin- cipiaban á salir; solo los destinados para el guardián ó empleados tenian sillas, mesas y cuanta comodi- dad se podia apetecer en ese estrecho espacio. Otros de esos cuartos estaban destinados á depósitos. Los del lado derecho tenian ventanas teatinas y los de la izquierda solamente apaisadas y eran oscuros y aun noté ó me parecieron húmedos; la salida de este de- partamento celular tenia una fuerte puerta que enton- ces estaba ya abierta. De noche también permanecía cerrada con llave y cerrojo. No pude permanecer mucho tiempo en ese corredor, nueva orden me obligó á salir para afuera; pero con el despacio propio del que quiere descubrir su situación, pasé la puerta del corredor y me encontré en una sa- la grande oscura, á la que daba escasa luz una venta- — 84 — na teatina al lado izquierdo y una puerta y ventana de no grandes dimensiones á la derecha comunicando á un corredor techado. Lo oscuro del lugar y la tran- sición de la luz de donde acababa de estar no me permitieron ver en el momento; pero luego noté que sus cuatro costados estaban llenos de camas como cujas de criaturas, colocadas unas juntas a otras, el sitio tendría corno quince metros en cuadro; mi hor- ror fué grande, estaba encerrado en algún hospital de incurables, leprosos ú otros males semejantes, fué mi rápido pensamiento. Pero al ver que todas las camas estaban vacias; que nadie habia adentro, se contuvo el vuelo de mi exaltada imaginación, pero deseoso de conocer mi si- tuación, permanecí allí; mi impacable carcelero, hizo que dejase ese sitio, ordenándome que debia salir pa- ra el corredor de la derecha, «no es permitido estar aquí» me dijo Si yó en esos momentos hubiera podi- do atinar a todo, hubiera reparado el letrero sobre la puerta del departamento celular que decia «Departa- mento de San Andrés» y entonces hubiera recordado que este Santo era el Patrón de los locos, y mi situa- ción desde ese momento se me hubiera aclarado, por que en mi casa ya habia oido el proyecto de meterme en la casa de locos, hecho que entonces se me dijo ser inexacto. Salí de este salón y penetré al corredor, que era muy largo, tendría unos ochenta metros de largo mas ó menos, según lo medí después á pasos, cuatro metros de ancho y seis de alto, su pavimento era de cimien- to Romano, igual al de los calabozos; por el lado de la pared del salón, habían sotabancos, por el otro lado que da á una hermosa huerta, estaba confinado por una fuerte reja, que cubría todo el corredor y desde abajo hasta el techo. Mi creencia de estar en presidio volvió á ampararse de mi imajinacion, pero mi sorpresa fué mayor, al reparar en los hombres ó seres que es- — 85 — taban en ese corredor ocupados en las faenas del aseo; todos estaban vestidos con calzones colorados ó granse y con blusas azules oscuras; es decir uniforme militar. —mi situación se aclaró.—Estoy en un presidio mi- litar de incurables—¿por qué?—luego lo veremos—yo mismo me contesté. Para orientarme mas, pues yo creía ver claras en mi situación como era racional, esperé á mi carcelero, deteniéndome á la puerta del salón para pedirle mi sombrero; temia resfriarme si estaba allí sin algo que cubriese mi cabeza, cuando hize este pedido se me contestó como siempre «El Reglamento de la Casa no permite que acá se use sombrero» entonces reparé que muy pocos lo tenian; que todos estaban rapados ó con los cabellos á la usanza militar, y que los que hacían la limpieza tenian unos pañuelos amarrados. No me quedaba mas que continuar mi viaje de ex- ploración en ese lugar, y principié á avanzar con la serenidad del hombre que conserva limpia su concien- cia de toda dañada intención, crimen ó enfermedad contagiosa que hiciese necesaria una separación de los mortales. Como sucede siempre, avancé hacia el lugar mas des- pejado y largo; entonces pude ob¿ervar que habían tres salones mas que estaban llenos de camas, con sus tapa- dores mas decentes que los del salón que acababa de dejar; unos eran cabritillos, otros listados y los del último colorados, lo que á primera vista designaba un orden y disciplina interior; todos muy aseados; no pu- de penetrar á los salones en los primeros dias "el re- glamento lo prohibía" según se me decia. Esperé, como he indicado, que alguien se me pre- sentase para salir de mi situación, pero nadie vino; solamente vi entrar á una monjita de la caridad, que venia á presenciar el reparto del rancho que se dá á los presos allí detenidos, como lo creia; pues pocos mo- mentos antes vi pasar unas grandes pailas llenas de — 86 — un espeso caldo ó cocido de arroz con algunas verdu- ras y unos canastos de pan—momento en el cual casi todos los habitantes de ese lugar se aglomeran cerca del sitio adonde llevaron las pailas. Al poco momento oí un toque de campana y princi- piaron todos á entrar á ese lugar, era el Refectorio, según el letrero que tiene, ó comedor, yo permanecí afuera hasta que me llamaron y ordenaron entrar, me designaron un asiento en una mesita de metro y me- dio de largo por uno de ancho, sin mantel, con un sim- ple hule de sobremesa. Habían colocados cuatro asien- tos con sus respectivas sillas, dos á cada lado de la mesa. Me senté en el sitio que se me indicó, y mientras traían mi almuerzo, pasé ana rápida ojeada por todo lo que en ese momento abarcó mi vista. El Refectorio es una ramada bien techada, de tres metros de altura por ocho de1 ancho y rodeado de una fuerte verja de fierro; la cabezera que dá al jardín es- tá cerrada por una pared pintada, representando el di- bujo de una gran alameda de árboles con una fuente al medio. Este local se parece á una gran jaula de los jardines zoológicos de Europa. Las mesas están colo- cadas en dos hileras para los detenidos allí y una pe- queña á la testera para los guardianes, donde caben los seis empleados que allí mandan. La disposición de las mesas para los pensionistas están divididas según su categoría de paga, pues solo cuatro habían en la mía; en la siguiente que era mayor, habian otros pensionistas de la siguiente categoría y en la tercera los de la ínfima clase; el frente estaba ocupado por otra mesa á todo el largo de la ramada ó Refectorio, que la ocupaban los restantes de los seres que allí están detenidos. A lo largo de todas estas mesas habia ban- cas de madera para asientos. Trajeron mi almuerzo, que en lo futuro fué igual, componíase de una tasa de caldo, bien malo, al que se habia echado coles, un beefsteak de carne recular — 87 — arroz crudo y sin manteca, un huevo que estaba cru- do, pero fresco, porque de mi casa me los mandaban, este huevo lo batia en el caldo; algunos dias como agre- gado, nos ponían un guiso con verduras y vinagre que jamás probé, otras veces una raja de salchichón de Geno- va ó de queso, alimentos estos muy apropiados para dieta de un enfermo; una taza de leche, en los prime- ros dias, después á mi solicitud, me daban té con le- che. Mis compañeros de mesa y de infortunio toma- ban café, y por alimento, lo mismo que yo, solo que ellos tenian un huevo frito; á todos se daba dos panes grandes y buenos. Sin embargo pedí de mi casa pan que me lo enviaban, y el que allí me daban lo destinaba para dárselo á otros infelices, porque en verdad el alimento que tomaban no era muy abundante: así mis- mo obsequiábalos guisos que yo no probaba; mas tarde se me prohibió este placer inocente, pero que hacia mas llevadera su suerte al infeliz á quien cedia esos platos, que con lágrimas en los ojos me lo agradecían, dicien- do «gracias hermano.» En el infortunio es donde cono- cemos que todos somos iguales y donde el corazón se manifiesta tal cual es en el hombre. Antes de comenzar á comer, la monja de caridad recita una oración bendiciendo el alimento. Mientras almorzaban todos, se les distribuyó, y así siempre, tres ó cuatro cigarros á los pensionistas, can- tidad en verdad bien insignificante. Cuando me sirvieron mi almuerzo, se llegó uno de los guardianes, el que hace de jefe y me cortó la car- ne, agradecí por el momento esa atención, pero cuando fui á comerla, quise cortarla mas menudo, reparé en- tonces que no tenia cuchillo, solamente trinche, una cu- chara y una cucharita, miré los asientos de mis ve- cinos y ninguno lo tenia, con todos se habia tenido igual atención, guardé silencio. Ya se comprenderá qué martirio sufría el que estas líneas escribe, al tener que comer su carne, porque á — 88 — la hora de comer sucedió lo mismo y durante todo el tiempo que estuve en el Hospicio ó Manicomio, del tamaño que el capricho de mi carcelero tenia por con- veniente cortarla, pero el hombre de inteligencia y so- bre todo el que está acostumbrado al mundo, á todo se hace, y con maña, cierta dulzura y buenas maneras pue- de salvar de toda situación difícil que otros le crean; así es que á los pocos dias casi podia contar con cierta suavidad de trato por parte de mis guardianes y mi martirio se mitigaba, porque uno que otro dia, pa- ra no abusar, suplicaba que me prestasen un cuchillo con la frase «Hágame U. el favor de prestarme un ins- tante su cuchillo para dividir esta carne»—y me lo daba, cortaba con rapidez y lo devolvía con toda política con un «Gracias amigo.» Estas precauciones, no las comprendo, porque du- rante el dia todos los que estábamos allí, no era- mos vijilados; habian mil otras herramientas como formones, etc. que tenia uno de los guardianas que ha- cia de carpintero; ó vice versa, no lo sé; fierros y aun una hacha existían por otra parte, de suerte que el lo- co que quiera hacerse un daño ó hacerlo á otro tiene todo el tiempo suficiente. Para terminar lo relativo al alimento diré, que á la hora de comer se repite la misma escena que en el almuerzo: la hora de éste es las nueve de la ma- ñana y la de aquella las tres de la tarde. Mi comida se componía de una sopa de fideos tan rala y con sa- bor de coles como el caldo de por la mañana, unos gui- sos de carne que sabían algunos dias á vinagre, que no los tomaba, y un pedazo de asado, de buena carne; co- mo variantes una alcachofa, esparrago ó un pastelito de verduras; potajes también muy de dieta; postre un platito de dulce, en general de membrillo; otros dias fresas con su caldo azucarado, una naranja ó plátanos. Como siempre daban dos panes grandes—Las verduras y fruta es cosechada en la huerta del establecimiento— — 89 — De mi casa me mandaban después, á petición mia, vi- no burdeos; tomaba dos dedos en cada comida; algu- nos dias, me faltó y las Monjas de Caridad rae daban del que consumen, bastante bueno. Los guardianes, comían con vino; los demás infelices carecían de él. Cuando concluí de almorzar, salí de nuevo á los corredores: de buena gana me hubiera ido á recostar á mi cama, pero cuando lo intenté, un «nó se puede,» «salga U. de acá», fué la consigna—Por qué? pregunté; «El Reglamento de la Casa lo prohibe», era la con- testación obligada — Tuve que resignarme; perma- necí en el corredor; intenté, penetrar á otro que do- blaba para la izquierda, pero no se me permitió, estaba con una reja de fierro. Esto me acabó de disgustar así es, que suspendí mis paseos, y mis investigaciones; me senté sobre una de las duras bancas de madera á donde al poco rato me puse á dormitar—principiaba á palpar otra de las comodidades que debia brin- darme el Asilo de Insanos de Lima. Esperando en vano todo el dia para que alguien vi- niese á verme, llegó la hora de comer, comí, nadie vino, ni médicos, ni amigos, ni familia. A las cinco, todos los infelices que allí estaban se agruparon á una ventana, era la hora de la repartición de una es- pecie de té: cada uno tomó un jarro ó tasa de metal, hize lo mismo, recibí una ración,'era agua caliente, endulzada con azúcar moscabada y por el gusto creo que tenia esencia de bergamota, ó cascara de naranja, —pero para mi, solamente, me dieron á tomar en una copita de porcelana, una bebida; era doral. Al poco rato se presentó uno de los guardianes, serian las seis de la tarde á lo sumo;—Señor Paz-Sol- dan venga U.—me dijo—Le seguí y me llevó otra vez á mi calabozo, se me mandó acostar repitiéndose la escena del dia anterior, fui despojado de mi ropa, se cerró la puerta, se echaron los cerrojos, y volví á quedar otra vez incomunicado. 12. CAPITULO VIII. Luego que me vi encerrado, volvió mi imaginación á forjarse los pensamientos de la víspera; principió mi espíritu á decaer, y mi calma á desaparecer. Las escenas que habia visto en el dia fueron todas presentándoseme y las sujetaba á un análisis deteni- do, pero de su resultado nada podia deducir, que con certeza aclararami situación; lejos de eso, se embro- llaban mas mis ideas.—Que estaba en un hospital, no cabía duda—me dije—allí están los salones, llenos de camas; allí están las Monjas de Caridad, á cuyo car- go corre su administración entre nosotros; pero ¿Cómo es que no hay un solo enfermo en las camas?—¿Será un lazareto para males contajiosos? ¿Cómo es que yó ignoro eso?—Mañana observaré á todos los seres que acá están—Hoy no he podido hacerlo por el estado de desconfianza en que me hallaba. Estas ideas, eran lójicas por una parte, por la otra carecían de ella si se toma el conjunto de circunstan- cias. Al poco rato me sucedía esto, por que cavilando en todo, volvía á preguntarme—Tanto soldado que ha- ce? será algún sitio nuevo donde el Gobierno Iglesias, tiene encerrados á los que persigue?—Puede ser—■ Sin embargo—estoy acá mejor, por que otros presos políticos están encerrados en los calabozos de Casas- matas del Callao. Esto me consolaba. El estado de actividad cerebral que estas refleccio- nes y cavilaciones me producía, hizo que poco á — 91 — poco mi cabeza volviera á esperimentar el bochorno ó el calor intenso que habia tenido la noche anterior. Creí que la fiebre fuerte habia invadido mi cuerpo. Recurrí á mis conocimientos médicos, me tomé el pul- so, después comprimí mis sienes; nada anormal tenia; los latidos eran reposados é iguales; no habia fiebre; y el pensamiento rápido que concebí de enfermedad con- tajiosa, desapareció para no volver mas. Mientras tanto, el bochorno de mi cabeza crecía, sentía como si á la parte posterior se me aplicara un foco calorífico.—Para mayor tormento mío, no po- dia estar echado de costado, apenas aplicaba el oido sobre la almohada, por cualquiera de los dos lados que lo hiciera, sentía un ruido espantoso de fuelles ó lati- dos de ruido, que me atolondraban, obligándome á echarme de espaldas ó á sentarme recostado en las al- mohadas. En el entre tanto no sabia que hacer para salir de este martirio; no tenia á quien esplicar lo que me pa- saba, ni un ser, aunque fuera estraño, á quien volver la vista. Mis instintos médicos eran impotentes para curarme, pero en ese momento recordé que quizás mis medios espiritistas podrían aliviarme; era ya de noche, á lo menos mi calabozo estaba oscuro; hice mis oraciones como al acostarme acostumbraba. Al poco rato que concluí este deber religioso y de encomendarme al Ser Supremo que todo lo puede; mi cuerpo sufrió inmenso y espantoso estremecimien- to, á tal punto que me pareció tener una espantosa terciana, porque asi se tiembla cuando nos invade, pero no tenia frío, síntoma inerrable de ella—¿Si será perniciosa? No puede ser; nó tengo fiebre; ¿qué será?— En estas reflecciones, los estremecimientos seguían; pero limitados solo ya á la parte de la espalda y los miembros inferiores, á donde llegaban con tal intensidad que hacia estremecer el catre, con la par- _ 92 — ticularidad de que los huesos me dolían y parecía, co- mo si se fueran á romper. Estos fenómenos, ó sínto- mas se presentaban y desaparecían, pero siempre iguales cuando volvían, por fin tomaron toda la sensa- ción de descargas eléctricas, como cuando se agarra una bobina de inducción Ruhmkorff de algún poder. En esos momentos me creí por la milésima vez perdi- do, iba á ser aniquilado, no tenia auxilio alguno, y re- currí como otras veces á mi ciencia del Espiritismo— El resultado no tardé en esperimentarlo; no bien hice mi invocación, la contestación fué la siguiente: «El temor de U. es infundado, no hay fiebre. Sea «U. hombre de valor y calma, y se salvará U. Levan- «tese desnudo, como está U., pise el suelo y si hay «agua, mojóse los pies, y así húmedos con las medias «puestas y mojadas, póngase á pasear en su jaula de «arriba para abajo como una fiera, hasta que se cañ- ase U.» (1). Mi constante creencia en estas manifestaciones, y lo que recordaba que en mi casa habia sucedido cada vez que tales bochornos esperimentaba, que al pisar el suelo y pasearme se me quitaba ó amortiguaban, me hicieron tener el valor y ánimo suficiente para hacer- lo así, no obstante la oscuridad en que estaba. Leván- teme de la cama, y á tientas, busqué agua para mo- jarme los pies y medias; no la tenia; volvia á estar co- mo en la noche anterior sin este elemento tan necesa- rio—Paciencia, exclamé—Principié á guiarme por las paredes del calabozo para llegar á un estremo y des- pués al otro para dar paseos, y midiendo los pasos; una vez que conocía el número de los que podia dar al ir y al venir, .caminaba sin guia alguno; material- mente lo hacia con la calma y aplomo con que en una jaula se pone á hacer ejercicio un León. (1) Estas palabras se me han vuelto á repetir, hoy que imprimo esto, para que vea la efectividad del fenómeno—No habrá un solo espiritista sicografo que dude de esta realidad. — 93 — Cuando me acosté, habia conservado puestos mi calzoncillo, que era de franela así como las medias, de suerte que la impresión del frío en mi cuerpo no fué grande al principio, sino en los pies, con el contacto del pavimento, que como repito era de Cimiento Portland; la sensación de frió en esa parte hizo que principiara á disiparse el calor de la cabeza, lentamen- te; pero á la vez, ese frío, me hizo esperimentar otra necesidad; busqué en la mesa de noche y por debajo del catre el mueble indispensable; tampoco lo habian puesto. La necesidad fué en aumento, hasta que se hizo irresistible; dudé lo que debería hacer, entonces volví á oir nueva orden espiritista—«Haga U. lo que «necesita en el suelo, en el extremo opuesto, en el «rincón. No tiene U. agua, mójese los pies con las «medias en el líquido y así consérvese húmeda esa «parte hasta el momento que se lo indiquemos»—Así lo hize; el suelo estaba con ondulaciones, donde quedó depositado el líquido; allí se me hizo parar, y después de un rato despéjeseme completamente la cabeza, el bochorno y las sacudidas que esperimentaba. Se me volvió á decir «Siga U. sus paseos, hasta que se le diga»—Comenzó de nuevo mi idas y venidas; cuando el frió ya era marcado en el tronco del cuerpo, porque comenzó por la cabeza, y me invadía las piernas; se me dijo «Ahora métase en la cama, que le vamos á calentar el cuerpo para evitar el resfrio»—Quize qui- tarme las medias que estaban mojadas—«No lo haga, consérvelas puestas; es mejor para nuestro objeto»— Volví á meterme en la cama y me tapé bien—Al poco rato comenzó á sentir como el calor agradable que se esperimenta cuando uno entra á un cuarto abrigado, después de estar 4 la intemperie y con frío— Momen- tos después mis miembros adquirieron una agradable suavidad y laxitud, así como todo mi cuerpo, al extre- mo quejme sobrevino un deseo de dormir irresistible; deseo de grata sensación, y tal cual se esperimenta — 94 — cuando uno después de una larga fatiga corporal to- ma un baño templado ó tibio, acostándose en seguida. Di gracias á Dios por el alivio inmenso que esperi- mentaba en esos momentos, alivio no solo del cuerpo sino en el alma, que me produjo el sueño que invadió mi ser y que debia dejarme casi bueno para lo futuro. En las varias noches que permanecí en el calabozo y aun después cuando mi domicilio cambió en el Asilo, vol- ví á esperimentar ataques ó sensacionos iguales; pero ya entonces tenia agua á mi disposición y recurrí á es- te tratamiento, con idénticos resultados, es decir alivio del bochorno hasta su completa paralización, reacción del frío, y después que entraba en la cama la consi- guiente languidez grata y agradable en mi cuerpo por el cariñoso calor en que entraba todo él concilian- j do así el sueño reparador para mi ser. Una variación sufrió mi régimen en los últimos dias de mi estada en el Asilo, y fué, que como no me era fácil mojarme los pies, ni pasear siempre en el salón, adonde después se me trasladó, porque no podia apagar el gas con que se . le alumbra toda la noche, se me ordenó «mojar mi pa- ñuelo y doblarlo en varias veces, y haciendo uso de él como compresa, aplicármelo sobre la frente, volviendo á humedecerlo luego que el calor de mi cabeza lo se- caba.»—El tratamiento disipaba no solo el bochorno sino el dolor que en varios sitios de ella sentía, y también los latidos agudos que ya en un sitio, ya en otro no me dejaban reposo.—Así mismo noté que du- rante el dia todos mis males físicos se disipaban tan luego como sudaba, entonces ya tenia siquiera el con- suelo de poder entrar libremente al salón que se me designó.—En mi casa habia esperimentado cosa igual, ; especialmente una noche que se me dio un baño muy tibio—Concilio el sueño, y desde ese dia recobré mas calma y tranquilidad, sintiéndome aliviado.__Por el contrario, los baños fríos, siempre que se me obligó á dármelos, me producían bochorno y como congestión á — 95 — la cabeza. Toca á los señores médicos y á los que se ocupan de las enfermedades que toman los caracteres de la enagenacion mental, estudiar si con semejante tra- , tamiento se ha curado á algún loco furioso, declarado insano ad perpetuam. Pero en todo caso, sí puedo de- cir, que loco ó no cuando algún hombre que se encuen- tra en mis condiciones, siente todo lo que yo sentí y he esporimentado, se le vijila, se le cuida, se le atiende, estudia su mal, y con este tratamiento sanará. En mi práctica auto clínica puedo, pues, garantizar ese tratamiento, al cual como lo repito, recurrí no solo una vez, sino muchas y siempre con el resultado mas satisfactorio. No soy médico, no sé que enfermedad verdadera sentí; pero si he de atenerme á mi propia observación, creo que mi espiritismo era en esos dias una especie de desarrollo y de desequilibrio elétrico en mi ser que me producía todos esos accidentes. Recuer- do que antes que me pusiera á practicar mi tratamien- to Espiritista, hacia pases magnéticos con mis dos manos, desde el cuello para arriba frente á mis carrillos, dán- doles un movimiento circular, abriendo mis brazos de todo su largo, como quien bota algo,y se practica según lo he leído después, para descargar el magnetismo. Es- tos movimientos eran dirijidosy aconsejados por el Es- piritismo que maquinalmente movía mis miembros. Des- pués, ya era acto voluntario y deliberado. Otras ve- ces el bochorno se disipaba luego con hacer esos pa- ses, y en seguida peinarme los cabellos con los dedos de mis manos, pero para arriba, como cuando se siente calor. La sensación que producía el pase de mis manos por mi cara, era la de un aire fresco y agradable, co- mo si saliera de las puntas de mis dedos. Hoy que pienso y medito en todo, estoy inclinado á creer esto, porque sabido es que para que un cuerpo se descar- gue de la electricidad que en él se ha acumulado, no hay mas que ponerlo en contacto con el suelo. Mi cuerpo — 96 — lo considero yo como un gran acumulador, de allí las conmociones características del fluido eléctrico, que al- gún agente misterioso me impregnaba. El bochorno y demás sensaciones provenían de esa acumulación; pisaba el suelo, humedeciendo mis pies y mis medias, se establecía el contacto con tierra de una manera perfecta y su descarga se hacia perdiéndose la electri- cidad por allí. Con este motivo he recordado lo que acontece en Arequipa, y que en mi persona sucedía, como también lo sienten otros, es un dolor de cabeza, una vaguedad inexplicable que se llama Nevada, y que real y efecti- vamente se esperimenta cuando cae nieve en el volcan Misti. La atmósfera de Arequipa es sumamente seca, las sustancias mas deliquecentes pueden permanecer ai contacto del aire libre, sin esperimentar alteración alguna; esto favorece que el estado eléctrico atmosfé- rico predomine allí, produciendo á mi juicio la nevada á tal punto que los aparatos eléctricos de esperimenta- cion que tenia allí en el corto periodo que permanecí en la ciudad, acusaban corrientes naturales en las lí- neas telegráficas á tal estremo, que un dia pude fun- cionar como una hora con Moliendo, con aparatos de circuito cerrado, sin pila ó batería alguna. Eso aconte- ció el año de 1871, y el recuerdo que de la sensancion de la nevada conservo se asemeja al que he esperi- mentado en la época actual á que este trabajo se re- fiere. El fluido magnético es, pues, para mi modo de ver, y como algún dia quizás podré probarlo si sigo estos estudios ayudado por personas de ciencia, esperien- cia y buena voluntad, una de las manifestaciones del Espiritismo, aún mas y así se me ha revelado, obede- ce en los primeros momentos al magnetismo animal, co- mo se llama, pero que en realidad no es sino uno de los ramos, como lo digo, del Espiritismo. Tildado ó anatematizado como lo he sido por los médicos de — 97 — loco, no he podido dedicarme á los ensayos del magne- tizador, porque como todos conocen, los movimientos, los ademanes y á veces hasta las posiciones del cuerpo que toma éste son de loco, y nos causan risa; si tal co- sa hubiera practicado, nadie hubiera dejado de creer que volvía á estar loco, y sabe Dios lo que me hubie- ra pasado. Hoy felizmente las tinieblas que me ro- dearon se han disipado, la luz de la verdad ha vuel- to á resplandecer, todos los mios y mis amigos están desimpresionados de las creencias que la medicina ha- bia causado, y vén que hay realidad en las manifes- taciones del Espiritismo y han comprendido el error que conmigo se cometió y la crueldad de mi plájio en una casa de locos. Ya que estas reflecciones hago, por via de mayor ilustración, citaré lo que hace tiem- po se habia dicho al hablar del Espiritismo y las fal- sas apreciaciones de la medicina, referentes á esta ciencia, para así corroborar la efectividad de las que he obtenido en el Manicomio á mi propia costa. Alian Kardec, que es el fundador se puede decir, de las teorías modernas del Espiritismo, en el Capítu- lo consagrado á Manifestaciones físicas expontáneas di- ce: «Estos hechos son mas frecuentes de lo que se «cree; pero la mayor parte de las veces los que son vic- «timas no se atreven á hablar por temor al ridículo. «Tenemos conocimiento de ciertos individuos á quie- «nes se ha querido curar de lo que se consideraba «alucinación, sometiéndolos al tratamiento de los enage- «nados, y se les ha hecho volver realmente locos. La me- «dicina no puede comprender estas cosas, porque no «admite en las causas sino el elemento material, de don- «de resultan equivocaciones á menudo funestas. Algún «dia la historia contará ciertos tratamientos del siglo «diez y nueve, como se cuenta hoy ciertos procederes «de la Edad M>dia.» Me ha tocado ser uno de esos individuos de que ha- bla Alian Kardec; pero para confirmar su dicho no se 13. — 98 — me volvió loco, por que salvé por el Espiritismo—y pa- ra probar también al mundo entero que las manifesta- ciones de esta ciencia no producen la locura, sino el tratamiento humano de la medicina, que esas aluci- naciones, visiones y otras mil influencias que pesan sobre la humanidad las ejerce el mundo invisible que tan en poco mérito se le tiene hoy. Por lo que yo á mi vez diré, realmente los tratamientos médicos, que se em- plearon en mi caso, son barbaros y semejantes á «cier- tos procederes de la Edad Media.» He dicho que ya los mios y algunos amigos están convencidos de la efectividad de las manifestaciones del espiritismo. Esto lo he conseguido á poco costo, dos ó tres ensayos de mover una mesita y de hacer escribir por medio del espiritismo me han sido sufi- cientes; fuera de otros hechos aislados que mas tarde relataré; por ahora daré cuenta de los siguientes: Mi amigo Sr. D. F...... M....... que dudaba y creia á la vez, no se prestaba á hacer ensayo alguno; siem- pre me decia «mas tarde D. Carlos» al fin viendo que el tipógrafo Sr. M.......habia sicografiado, accedió; le puse el lápiz en la mano, á los pocos momentos, prin- , cipió á sentir los síntomas de escribir, después princi- 1 pió á trazar una línea y dijo «Basta—Señores: es un hecho, he trazado esa línea contra mi voluntad»—no quizo ensayar mas, se habia impresionado algo. Otro dia mi amigo el médico Dr. M......M...... M......, que algo habia leido sobre el espiritismo y lo que yo escribo, quiso ensayar sus manifestaciones; i un domingo vino á mi casa; la conversación rodó al fin sobre el Espiritismo, puesto que ya en «la ca- sa del ahorcado se podia mentar la soga;» por el mo-, mentó le hize una indicación referente á su finado se- ñor Padre, y otra persona igualmente finada; díle da- tos de la íntima amistad que les habia unido, según lo supe por el medio auditivo, lo que en realidad habia acontecido. Al poco rato le invité á mover una mesita? , — 99 — aceptó y nos constituimos en sesión Espiritista. Poco rato tardó la mesita en dar una manifestación; en mo- verse; con la particularidad que yo le iba indicando el momento preciso en que él sentía tal ó cual síntoma en sus brazos. La mesita hizo cuanto en esa sesión se le ocurrió mentalmente á mi amigo: él tenia la plena seguridad de que no la movia, y apenas formulaba en su imaginación el deseo los movimientos de la me- sa obedecían y le satisfacían, ya poniéndose de un so- lo pié, ya de dos; ya el de adelante; ya el de atrás, el de la derecha ó el de la izquierda; otras veces jiraba á un lado ú otro y sobre el pié deseado; se inclinaba del mismo modo. Estaría en este ensayo como hora y me- dia larga; mi papel era solo el de ^fédium pasivo; pues los deseos, eran formulados en silencio y mental- mente como lo repito.—Al salir este amigo, le dijo á mi señor Padre «No cabe duda, Señor D. Mariano, lo «que es el fenómeno magnético, es evidente, lo he com- «probado plenamente.» Hechos y circunstancias pos- teriores, creo que le conducirán á creer que en estos fenómenos hay algo mas que magnetismo, sobre todo cuando volvamos á tener con él otra sesión espiri- tista, pues hay hechos que no los esplica solo el mag- netismo. Mi amigo el joven D. F......C......L......estaba ha- ce tiempo deseosísimo de esperimentar el Espiritismo, al fin una noche le di gusto; le hice mover las mesitas; y quedó convencido; después le puse un lápiz en la mano y en varias sesiones que hemos tenido, en todas ha trazado líneas. Estos esperimentos indujeron á otros amigos, á probar por sí estos fenómenos: mi amigo el Sr. D. M.....,A...... se prestó á ello, saqué mi mesita al sa- lón, y en presencia de mis hijas, la hicimos mover; y como siempre sucede decían «que candideces papá— tu mueves la mesa» les aseguré no ser así, ¿Qué inte- rés podría tener en engañarlas, ó engañar á nadie? El — 100 — que esperimenta y estudia una ciencia, no engaña, cuando no le resulta provecho alguno; pero para con- vencerlas quise que ellas pusieran las manos sobre la mesa y vieran el movimiento ejecutado por ella—se negaron por susto, pero por el medio auditivo, se me dice, «digáles U. que mentalmente piensen ó deseen que «la mesita se vaya á tal ó cual punto, ó delante de «uno de los muebles que hay en el salón ó bien de ellas mismas»—Así se los indiqué, como eosa mía;— «Bueno papá»—me dijeron, una me dice ya he pensa- do «que haga lo que quiero» La mesa se inclinó sobre dos pies y con un movimiento de va y ven, adelantando un pié y después el otro se movió y se fué á parar frente á una silla, en el lugar designado y pensado por mi hija: cada una de las otras formuló iguales deseos, la mesa siempre acertó; mi hija mayor, quiso que viniera á su delante y allí se detuvo. A los dos dias, otros amigos mas, quisieron ver por sus propios ojos lo que habia pasado, y volvimos á poner la mesa en movimiento, eramos tres; los jóvenes D. J......M......A.......D. F......E......y yó—Mien- tras, se ponia en movimiento vinieron á presenciar la ma- nifestación varias personas amigas que estaban en mi salón, esta vez como en la última, la mesa se movió, y fué siempre á pararse ó detenerse en el sitio en que las personas presentes, incrédulas en estos fenómenos, habian pensado mentalmente, sin decirlo á los que es- tábamos haciendo la manifestación. En varias ocasiones últimamente he podido decir á algunas personas, lo que en el momento en que ha- blaban conmigo han estado pensando, indicándoles que lo sabia por el Espiritismo y el medio auditivo: La última vez que esto me ha acontecido ha sido en casa de un amigo á donde estaba de visita. Esplicandoles la teoría del Espiritismo y para dar amenidad á la con- versación dije «Señora, quizás los Espíritus que nos rodean acá se están riendo áemí y de nosotros al oirme» — 101 — En el acto oigo que se me dice—«No nos reimos ni de «U. ni de la señora, que están tranquilos, sino que es- «tamos muertos de risa, al ver el grande miedo que «tiene esa joven. Dígaselo U. á nuestro nombre»— El aspecto de mi buena y simpática amiguita, no re- velaba tal cosa, pero como yo tenia fé en la manifes- tación—lo hice diciéndole: esto me ordenan los Es- píritus decirle—Ella se puso roja de rubor; y en el momento de espansion y de sorpresa que el hecho le causó, exclamó—«Si así es el Espiritismo estamos per- didas»—La indicación habia sido exacta y la manifes- tación auténtica. Para quitarle el susto y tranquilizar- la, le dije, no adivinamos sino cuand'o quieren los Espí- ritus; pero estos nunca nos dicen sino lo conveniente —Después he vuelto á hablar con mi amiguita sobre esta manifestación y ya no está tan miedosa de los Espíritus. No faltarán algunos, que en su ignorancia, crean que algunas cosas que he hecho y que dejo aquí con- signadas, serán prueba de locura, pero como lo he dicho, yo hago un estudio sobre todo lo que me ha aconteci- do, con verdad y con sinceridad, que lo someto á la consideración de las personas de ilustración, de cien- cia y de estudio; habrá no dudo quienes atri- buirán estos fenómenos á solo el magnetismo, pero esas personas, que algo saben de las teorías en este ramo, recordarán que es condición precisa para la producción de ellos, que todos los que esperimentan tengan fé y creencia, pues de otra suerte se hace impo- sible: verán que algunas de las manifestaciones han sido realizadas por personas incrédulas, contra su deseo, luego tenemos que convenir que algo hay fuera del magnetismo; y en cuanto al hecho de adivinar ó atinar en el pensamiento ajeno ¿Cómo lo esplicaran? ¿Será por la sujestion según las últimas creencias de la cien- cia médica. CAPITULO IX. He hecho presente la manera como pasé la segun- da noche de mi cautiverio ó plájio en el Asilo de Lo- cos; esa noche también concilio el sueño, despertan- do muy de madrugada, pero enteramente repuesto, debido, á no dudarlo, no solo al sueño, al tratamiento que mi espiritismo me dictó, sino también á lo bien ventilado del calabozo en que estaba encerrado. Co- mo á las ocho de la mañana se me abrió la puerta, me trajeron mi ropa, pero sin saludarme, ni menos pregun- tar de mi salud; esa fórmula es desconocida allí, sin embargo yo para poder entrar en conversación, les di los buenos dias, se me contestó secamente; pero al fin otro de los guardianes me trajo un lavatorio de fierro compuesto de jarra y taza, una toalla y un pei- ne, esto me dio alientos, porque al fin veia que ya habia alguien que se acordaba de mí en realidad de mi casa se habia remitido todo; este guardián fué mas político conmigo, siquiera cruzó algunas palabras y se retiró. J Con motivo de tener mi lavatorio y de estar sin dada en concepto de mis guardianes sin síntomas de loco, ó mas humilde, pude demorarme mas en mi cala- bozo so pretexto de asearme, hasta cerca de la hora de almorzar, cuando se me hizo salir para allí Como nadie habia venido á verme, ni médico ni amigos, ni familia, mi imaginación estaba verdadera- mente muy distante del lugar en que me hallaba; pero — 103 — con mi estado de abatimiento nada podia conseguir, resolví seguir mis estudios de observación y explora- ción tan luego que concluyese mi almuerzo. Concluí de tomar mis alimentos y á ejemplo de lo que hacia uno de mis acompañantes de mesa y de infortunio, salí del refectorio inmediatamente y antes que saliesen todos los demás para observar á los seres en cuya compañía vivía.- Principió el desfile y principió mi cuerpo á horro- rizarse, vi salir á seres que eran un espectro, amari- llos, y que caminaban cabizbajos; unos cuantos con grillos en los pies, otros con esposas en las manos, y que á un infeliz le agarraron, le unieron los brazos por atrás codo con codo, asegurándoselos en esa posición con esposas; por último, á otro le pusieron una espe- cie de saco de brin, que se cerraba por detrás con una soga, á semejanza de los corsees de las mujeres, des- pués las mangas, que eran muy largas, tenian una soga en cada una y cruzándoles los brazos sobre el pecho, se los aseguraron fuertemente, empujándolo en segui- da para que anduviera y se lo llevaron. Le habian puesto una camiseta de fuerza, cosa que yo no cono- sia. El aspecto del guardián con ese infeliz me hace recordar á lo que pasa cuando se asegura con una mordaza á un perro y se le arrea, reteniendo la soga ó cadena que le sujeta. Estoque vi era suficiente para alarmarme. ¿Dónde estaré, me decia? no podia atinarlo. Era presidio, no rae cabía duda, los grillos, las esposas y el modo bár- baro como acababa de ver amarrar á un infeliz que nada habia hecho, eran pruebas mas que suficientes de ser una cárcel. Para salir de dudas y mediante un poco de energía, me dirijí á mi guardián y con to- da la amabilidad del caso le dije: —Amigo, hágame el favor de decirme ¿cuál es el jefe que manda acá? —Aquí no hay jefe, nosotroslo somos. — 104 — —Cómo! repliqué entonces—con cual de ustedes me entiendo para saber á qué he venido acá? —Haga U. aquí lo que se le manda y calle la bo- ca—fué su brusca contestación. Lo horrible de mi situación se hizo mas oscura.— En ese momento mi mente volvió á quien se vuelve siempre, no pude menos que exclamar en mi interior— Qué hago Dios mió?—no tardé en sentir el beneficio de esta invocación—porque se me dice—«No se pre- «cipite U., sea U. hombre prudente y de calma; U. «está acá de una manera indebida—Su tranquilidad «le salvará, si nó está U. perdido.»—Este consejo ó advertencia estaba en armonía con mi verdadera si- tuación de presidiario como me consideraba, y lo que habia observado ya de grillos, esposas y amarraduras era cosa demasiado elocuente para que dejase de co- nocer que si me insolentaba, ó si no tenia calma, pru- dencia y era sumiso y humilde, pronto haría conoci- miento con esos enseres inventados para martirizar á la humanidad. Sin embargo, escrito estaba que mi humildad y mi obediencia á todo, no deberían de li- brarme de sentir y palpar lo que es estar con grillos y otros tormentos, pero no adelantaré los sucesos. Volvía á buscar consuelo á mi situación y volvía á concebir la idea de que era mucho mejor estar allí, á estar preso en un calabozo húmedo, oscuro y bajo suelo como los otros presos políticos que tenia Igle- sias en el Callao. Un mal menor nos sirve de consuelo cuando vislumbramos otro mayor. La manera brusca como me trató el1 guardián á quien interpelé y lo que habia visto, paralizaron por el momento mis deseos de proseguir mis investigacio- nes y exploraciones en ese local; me senté en uno de los bancos que daban al jardín, cayendo en profunda meditación. Lo que pensé en esos momentos, lo que sentí y sufrí, mi Dios, mi Señor lo sabe; pero contem- plando maquinalmente el hermoso jardín que tenia á — 105 — mi delante, poco á poco mis ideas se reconcentraron en lo que en él veia; su buen cultivo, las hortalizas que veia, las florecitas, las hermosas parras que cu- brían una hermosa calle que le cruza de un lado á otro y en cruz, así como los tres costados; los hermo- sos magnolias que ostentaban su verde y lustrosa ho- ja sobre cuyo campo se destacaban las innumerables flores con que estaban cubiertos, todo esto me hizo recordar mi casa, mi familia, mi jardincito que yo cuidaba, y una involuntaria y solitaria lágrima asomó á mis ojos, al decir—Triste condición la mia! ¿Cuál es la causa de tal abandono? Un hondo suspiro fué mi contestación; suspiro que retempló mi espíritu, cual si tras de él todo pesar, toda sensibilidad se hubiera apartado de mi ser. «Valor, D. Carlos—volví á oir— « Si U. se desespera es U. hombre perdido »—Cierto, dije—la vida es la lucha—Lucharé, y que Dios no me abandone—Continuemos nuestra exploración—«Si se- ñor, siga U. y fíjese en el semblante de los seres que acá le van á acompañar—Sea U. frenólogo—Muchas veces el semblante revela lo que es el hombre—noso- tros le ayudaremos.»—Fué la contestación auditiva á la resolución que habia formulado. Me levanté y comencé los estudios frenológicos que se me indicaban y la exploración—Ya todos los habitantes del Asilo habian vuelto cada uno á su sitio acostumbrado. Noté entonces en los que mas cerca tenia, que eran imagen viva de la melancolía y de la hipocondría; sentados casi todos, arrimados á la pared, con los brazos cruzados sobre el pecho, la cabeza baja y fija en el suelo; insensibles á lo que pasa á su alre- dedor; me llegué á algunos; levantaron la vista y vol- vieron á su actitud anterior. Fijábame en su semblan- te y decia este es inteligente, buena cabeza—«Cierto se me contestaba»—Este otro tiene cara de diablito de caja de fósforos—«Así es» fué la contestación auditiva; «pero diablo alegre é inofensivo»—Seguía mi marcha: — 106 — mas arriba se paseaban algunos, sus semblantes nada revelaban fuera del aburrimiento del presidiario. Mis observaciones frenológicas las seguía haciendo, y mi medio auditivo siempre daba una contestación; llegué á interesarme en ese estudio, teniendo con quien conversar y una compañía agradable; así volví al sitio donde tuerze el corredor y que tenia la reja, reparé en- tonces en otro ser escuálido, pero que conocía;—vi co- mo se dice, el cielo abierto, éste que ha sido mi su- bordinado, mi empleado, me dará á conocer donde es- toy. —Usted está acá! le dije: —Si Sr. Paz Soldán—aquí me tiene U.—Me habia reconocido. —Por qué?—repliquéle. —Me han traído—pero cállese U.—me dijo, todo él asorado y miedoso mirando al estremo del corredor, á ver si le habian visto hablar conmigo, y se separó de ; mí bruscamente cuando vio al guardián. < En esos primeros dias no pude atinar con la causa ¡ de esa brusca separación y de ese terror; pero des- pués ya lo he sabido, lo ha visto y lo he palpado. A mí se me prohibió que conversase con muchos de esos j seres, y el miedo que todos manifiestan es debido á los castigos que allí se imponen de grillos, de esposas, I de camisetas de fuerza, de baños de lluvia de tres y cuatro minutos de duración seguidos: de encierros en calabazos inmundos, sin cama ni ropa con que cubrir- l se, durmiendo en el duro suelo de ladrillo y por- últi- 1 mo el inquisitorial baño de camiseta. Con este trata- miento se quebranta toda energía al hombre, toda li- bertad de acción, todo pensamiento propio convirtién- j dolé en autómatas, impidiendo que pueda con fran- I queza manifestar lo que siente, lo que desea para ali- viar su situación. Allí anadie se oye, ni nadie tiene el derecho, no digo de objetar, ni el de replicar ni ob- ■ servar. — 107 — Viendo que mi antiguo empleado se retiró tan brus- camente y notando además que la causa era la vis- ta del guardián, calculé, como debia hacerlo todo hom- bre prudente y reflexivo, que la disciplina del local se quebrantaba con estar hablando, acallé mi deseo de saber donde estaba; seguí el consejo del Espiritismo, de ser prudente. Al dar la vuelta, noté que la reja que separaba el otro corredor estaba abierta; concebí en el momento que era la ocasión de ir á explorar ese sitio, y así lo hice, no encontré oposición de nadie. Subí tres ó cuatro gradas, pues ese corredor está al nivel del jar- din, pues el otro así como todo lo restante del local, está como 70 centímetros mas bajo. Los seres que acá estaban eran todos los desvalidos que no pagan pen- sión, era usando una palabra del mundo para dar una idea, la plebe de la casa de locos, aquí encontré á to- dos los que tenian grillos y esposas, unos estaban echados sobre las pocas bancas de madera que allí hay, donde solo puede hacerlo un hombre, al frente, al lado de la pared también habian poyos de adobe con sus tablas, pero estrechos é incómodos; la mayor par- te de esos desgraciados estaban acostados y durmien- do sobre el suelo, que es de cimiento Portland. Mas adelante vi á un ser con un semblante de idiota, que por todo vestido tenia un saco de crudo, de los de en- sacar artículos, con una abertura para sacar la cabe- za y dos mas á cada lado para los brazos, todo lo res- tante del cuerpo estaba desnudo, los brazos, las pier- nas, sin zapatos, un asqueroso corrimiento blanco sa- lía de sus narices, quise hablarle, pero estaba insensi- ble; me separé aflijido de ese desgraciado. Al lado opuesto reparé en un hombre bien vestido, blanco, me dirijí a él, al principio contestó pocas palabras, miran- do al extremo del corredor para observar si era visto; como por allí rara vez van los guardianes, fué mas expansivo, me contó quien era, habia sido soldado, — 108 — sargento de uno de nuestros mejores batallones de h- nei, y por sus medias frases colegí que se creía en- cerrado allí por haber sido partidario de la causa del General Cáceres; esto confirmaba mi creencia: quise entrar en explicaciones, pero miró otra vez al ex- tremo del corredor y se manifestó alarmado, cayendo en sa abatimiento anterior. Después ya no pude vol- ver á sacarle palabra alguna; estaba sano de su razón y de su cabeza, era el anonadamiento lo que le domi- naba. Al estremo de este corredor, en un rincón, re- paré en un ser grotesco, era negro, estaba vestido es- trambóticamente, paralítico; hablaba una gerga, mi- tad inglés, mitad francés, quise entrar en conversa- ción con él ya en inglés, ya en francés, pero sus con- testaciones no las entendía sino á medias, indudable- mente habla un dialecto. Mas tarde, cuando iba á pasearme por ese corredor, siempre me reconocía llamándome por mi nombre. Muchos dias di á este infeliz un pan del que guardaba de miración, porque á él le llegaba allí la suya muy escasa. Ese infeliz no era loco para recibir el pan y para esconderlo y guar- darlo. Las pocas veces que pude hablar con algunos de es- tos infelices, conocí que se animaban y contestaban con cierto entusiasmo, concibiendo esperanzas de salir de allí; pero cuando vieron que esto no podia tener lugar, no volvían á querer entrar en conversación con- migo, era natural. Yo mismo que tenia tan auténticas manifestaciones del espiritismo, que hacian no desma- yase en la creencia de salvar de allí, hubo dia en que caí anonadado, sobre todo cuando alguna persona cono- cida entraba á visitar al Hospicio. Lo primero que hacia era irá su encuentro á saludarlas, preguntar por su familia, para darles así muestra práctica de que no era el loco que por afuera se hacia creer, podría ci- tar el nombre de todas esas personas, pero no viene ahora al caso; si se me objetase algo lo haré. Volvien- — 109 — do á estas impresiones de esperanzas de salir de allí, yo viendo después mi plájio como cosa segura, dirijia cartas directamente del Hospicio á algunas personas amigas y conocidas,, como para llamar su atención; mis cartas eran redactadas en términos tales, que si por un lado podian aparecer algo raras, por otro eran bien escritas con mi letra asentada, porque yo temia que se descubriera mi plan y no fueran las copias. ¿Lle- garon esas cartas directamente escritas á su dirección? no lo sé; no he querido preguntarlo, y como nadie se ha dado por entendido de ellas, temo fundadamente que también hayan sido plajiadas por el medico D. S...C....; pues en las dirijidas á mi esposa, no tuvo embarazo en decirle un dia que ésta le reconvino por el atrazo con que recibía las mias, que las guardaba y sacaba copia para hacer sus estudios; hé allí una viola- ción de una correspondencia la mas sagrada, que no he castigado por las vias legales, como no castigo el plá- jio que conmigo se cometió, porque el castigo lo dejo á cargo del que Todo lo puede y al público que sabrá juzgar los acontecimientos que narro y apreciará el saber, tino y prudencia de tales médicos. Cuando mi esposa oyó esto, se lo enrostró con la energía é indig- nación del caso diciéndole que si mi correspondencia era violada, mejor seria que no escribiese. Un dia vi- nieron varias personas al Asilo; y una casualidad del destino hizo que yo estuviera paseando frente á la puerta que comunica con la parte de afuera del recinto destinado para los locos, y vi entrar un grupo de per- sonas, todas eran conocidas mias. Mi primer impresión fué de sorpresa y de inmensa alegría, y exclamé—¿Vie- nen por mí?—yo lo creia así; pero esas personas que- daron como anonadadas con esta pregunta, qui^s no es. peraban encontrar en mí un ser racional y no supieron que decirme; conocí al momento que su ida al Asilo no habia tenido por fin mi salvación, sino verme, hacer- me una visita, las abracé; unas siguieron paseando el — 110 — local, otras se vinieron á hablar conmigo, de ellas su- pe que mi padre vendría pronto. La impresión que el desengaño me causó fué inmensa, sentí que la sangre se me heló en las venas, llegó la hora de retirarse y se me permitió como otras veces ya, salir al corredor de fuera del presidio, hasta-el momento que dejaron el local; mi despedida fué angustiosa, con las lágrimas en los ojos les dije «Ya no me verán mas, porque no pue- do salvar de acá, rueguen por mí á Dios»—Regresé rá- pidamente á mi encierro, casi sin saber por donde iba, y si en ese momento no se me alienta diciéndoseme por el medio auditivo—«Valor señor, sea U. mas hom- «bre, U. saldrá y salvará de acá, ha tenido U. el con- «suelo de ver caras amigas, esas dirán la verdad.»— quizás me hubiera abatido hasta la desesperación. ¿Qué no esperimentarán los otros hombres allí abandonados sin tener consuelo alguno? Todo esto es causa para que al poco tiempo se apodere de su ser la melancolía y el anonadamiento, perdiéndose poco á poco la inteligencia, debido todo al tratamiento médi- co y disciplinario. Cuando concluí la exploración de ese segundo cor- redor, me quedé parado en el ángulo que daba al jar- din, y mi vista fué atraída por una imagen de Nuestra Señora de Lourdes, tan conocida por su hábito blanco que representa la pureza y por su listón azul, color del firmamento, adonde tiene su morada. Mi pen- samiento se apartó de las desdichas humanas y fué en seguimiento del infinito, de lo sublime y de lo inmenso; mis ideas volvieron á su principio, al Creador del Universo, al Ser que tantas maravillas ha crea- do en este solo mundo y que en esos mementos me po- día amparar, me podia salvar y consolar. Mi medio au- ditivo volvió á hacerme oir—«Sea U. creyente en su «Dios, confie U. en él, porque quien en Dios fia y «espera, Dios le ayuda y le salva.»—Mis sentimientos humanos volvieron á retemplarse. — 111 — Con motivo de haberme recostado contra ese ángu- lo donde habia un estrecho corredor, que comunicaba con una puerta con reja, se abrió ésta, y se me orde- nó: «Vaya U. allí, entre á ese corredor y observe lo que hay.»—Al principio dudé, temía ser visto y qui- zás castigado; pero pudo mas mi deseo de conocer to- do que mi miedo, y obedecí rápidamente, avancé y vi dos calabozos del tamaño del en que dormía, menos altos, sin mas ventilación que la puerta que los cierra y que tienen una ventanilla con reja de unos 25 centíme- tros en cuadro para observar lo que pase adentro. El suelo estaba enladrillado, no habia mobiliario alguno: el olor que despedía el tal calabozo era nauseabundo, á orines podridos. Este lugar sirve de reclusión, y es uno de los castigos que en el Asilo de Lima se dá á los pobres locos. Allí se les tiene todo el dia sin un asiento en que descansar, ni nada: al infeliz que se le pone en ese local tiene que sentarse y acostarse sobre el suelo y satisfacer sus necesidades humanas en el mismo sitio. Felizmente para mí, nunca me encerra- ron allí; ha sido uno de los pocos castigos que no he sufrido en mi calidad de loco furioso al decir de los médicos.-^Con la circunstancia que cuantos se me han aplicado han sido en una época en que ya se me habia dado de baja del Asilo, y cuando los sufría, nunca ha- bia cometido acto alguno de insubordinación, insolen- cia, resistencia, ni otro alguno, como lo verá mi esti- mable lector. Esos castigos eran por haber ejercitado mi sano juicio y mi recta razón. Cuando regresaba para abandonar este corredor, sentí un mal olor insoportable, cual despiden las cloa- cas, reparé entonces que salia de un boquete con reja que estaba sobre una acequia, y que al costado habia un cuarto que no habia observado, entré al cuarto, era el lugar de los escusados; me fué imposible permane- cer mucho tiempo allí; el suelo que es también de ci- miento Portland, estaba todo sucio, y esto era natural y — 112 — consiguiente, porque los asientos que están cons- truidos sobre la acequia, desobedecen á todas las re- glas de la higiene, áu altura es como de 75 centíme- tros, sin comodidad alguna; así es que el infeliz que necesita ir allí ó tiene que sentarse con los pies col- gando, lo cual es postura inaparente, ó bien encara- marse sobre el asiento, para ponerse en cuclillas, te- niendo una doble molestia, de lo que se libran con ha- cer sus necesidades en el suelo. Salí mas que de prisa de allí, adonde observé ade- mas otras cosas que mas adelante indicaré.—Volví al corredor grande; pero con motivo de mis exploracio- nes, estudios frenológicos y observaciones que conti- nuaba haciendo, el tiempo se habia pasado y llegó la hora de comer. Entonces recordé que ese dia tampoco habia visto á nadie. ¿A qué atribuir tal abandono? volvía á preguntarme—á mi condición de prisionero de- cia á veces: mañana lo aclararé sin duda, y con esa esperánzame entretenía—Comí y después de la comi- da se repitió la escena del dia anterior, el reparto de la bebida y yo volví á recibir mi ración en un jarro de lata; tomé otra posima de cloral y al poco rato fui nuevamente encerrado en mi calabozo, repitiéndose el secuestro de mi ropa.—Pero al fin tenia agua y el mue- ble indispensable para de noche. Mi condición en ese presidio habia comenzado á mejorar. CAPITULO X. No cansaré al lector con hacer una descripción dia- ria de mi vida en el Manicomio: solo me limitaré á decir que varios dias permanecí en el departamento de los calabozos, y por fin se me trasladó á uno de los salones, el designado con el nombre de Santa Rosa, sin duda porque allí hay un lienzo grande que repre- senta á esta Santa peruana Patrona del Perú y de la América del Sur. Allí tuve ya mas libertad de acción. Este salón es igual á dos mas que hay en el Asilo, designados con los nombres de San Vicente de Paula y San Ignacio de Loyola, miden como trece metros de largo por ocho de ancho y seis de altura, el techo es- tá sostenido al medio sobre dos columnas. Todos ellos carecen completamente de ventilación, sin una sola ventana alta ó teatina; todas las que existen son bajas. En el salón de Santa Rosa hay cuatro venta- nas de metro y veinte de ancho, por dos de alto: en el salón de San Vicente de Paula hay tres ventanas y en el otro cuatro, todas tienen puertas de madera y bas- tidores con vidrios. En cuanto á las puertas, cada sa- lón tiene dos de metro y medio de ancho por tres de alto, y una comunicación entre salón y salen; la tercera del salón de San Ignacio de Loyola comunica á un corredor descubierto de metro y medio escaso de an- cho, pero esa puerta nunca se abrió durante todo el tiempo que permanecí allí. La mitad de estas venta- nas y puertas dan unas al corredor ancho que ya — 114 — he descrito y otras al corredor estrecho y sin techo, de metro y medio, que tuerce por el lado, opuesto al otro corredor grande, de suerte que los salones á lo largo quedan entre dos corredores. Durante la noche todas las puertas y ventanas permanecen cerradas completa- mente, y con llave aquellas, así es que el calor que se esperimenta es insoportable, desde que en esos salo- nes duermen veinte y mas personas. En el salón en que yo dormia, que relativamente era donde méuos per- sonas existían, habian veinte camas inclusive la del guardián. Pero la casualidad hizo que mi cama queda- se en el sitio próximo á una de las ventanas y que uno de mis compañeros de dormitorio, un excelente ancia- no que hacia el oficio de camarero, pues arregla las ca- mas todos los dias, comprendiese como yo la necesi- dad de dejar por la noche la ventana entreabierta, pe- ro eso solo lo pude hacer después, porque al principio no me atrevía, pero con el ascendiente que supe ad- quirir en el local sobre todos, no solo entornaba esa ventana sino todas las cuatro del salón é impedía que las puertas se cerraran de una hoja desde las cinco. En mas de una ocasión he hecho presente á los médi- cos del establecimiento estos defectos de ventilación, en especial durante la noche, indicándoles como sal- varlos provisionalmente, pero no obtuve resultado. Es- to es tanto mas necesario cuanto que los salones no pueden ser nunca bien ventilados, teniendo las diversas corrientes de aire interceptadas por todas partes; por el jardín lleno de los árboles y las paredes altas y por el corredor estrecho por otra parte. Fuera de estas condiciones hijiénicas hay otras aun mas graves; estos salones como lo he dicho, se encuen- tran con el corredor de afuera á 70 centímetros bajo el nivel del jardín ó huerta, que es regada y que ade- más hay un sitio donde es podredumbre de huano ó estiércol de caballo para abonar el terreno; las mismas acequias están todas descubiertas, pasando por to- — 115 — das las casas, sirviendo de conductoras de las inmun- dicias de esos barrios que son poblados, á tal estremo, que en algunas noches la fetidez en mi salón era in- mensa, porque todos los miasmas y esos gaces fétidos que emanaban de las acequias y jardines, eran condu- cidos al terreno mas bajo como era el de los salones, y allí quedaban depositados. Era esta otra de las como- didades que debia encontrar en el Asilo de Insaroa, según mis médicos de consulta. El salón de San Andrés que fué el que primero ha- bia visto, está dividido por un tabique de madera que deja un cuarto largo y estrecho que á su vez tiene otra división formando dos cuartitos; el uno era donde se reparte la bebida de agua de cascara de naranja ó bergamota y el otro sirve de enfermería; habian en uno cinco camas y en el otro cuatro. Uno de estos cuartos tenia ventana teatina y era muy fresco, algunos diasme iba allí para encontrar alivio al inmen- so calor que se siente en otras partes; pero se me obli- gaba á salir cuando era visto. Cuando ya estuve en el salón de Santa Rosa mi condición mejoró mucho mas, no se me daba doral, ni remedio alguno, lo que me evitaba la inmensa sofoca- ción que aquel me causó las dos ó tres veces que lo tomé en los cien dias que estuve allí. Tenia la libertad de estar todo el dia en los salones ó afuera, como que- ría, podia recostarme sobre mi cama, lavarme, tenia una mesa grande que era la del salón, otra mas peque- ña, una mesita de noche con su llave para guardar allí mis cosas, pan, papel, lápices y otros artículos porque no faltan entre los que allí están sus robos, es natural y muy explicable eso; yo mismo lo he hecho, porque en los primeros dias tomé papel, pluma y tin- ta que se me prohibió tener, para mi mayor incomunica- ción con mi familia; en un segundo encierro en la ca- sa Asilo de locos, hice otros aun mas graves, uno de ellos me valió tener mas apetito y salud. Yo habia pa- — 116 — decido algo de dispepsia y la primera vez que estuve allí, me daba el que corre con el corredor un tónico an- tes de la comida, que me abría el apetito y fortalecía el estómago, yo lo pedí varias veces al médico y no se me dio. Un dia reparé que en el comedor habia una botellita que tenia el mismo medicamento y lo desti- naban para otro, y lo que hice fué limpiar un pomito que tenia de aceitillo, entré al Refectorio y en un mo- mento que estuve allí solo, llené el pomito de tónico; mas tarde conseguí un frasco mas grande y repe - tí mi robo, aliviándome de mi dolencia. La ciencia mé- dica dice que los locos tienen suma perspicacia para todo; bien lo creo; no hay presidiario que no tenga iguales cualidades y que no recurra á lo mismo; ob- sérvese la semejanza de procedimientos de que unos y otros se valen, y verá la ciencia médica que la causa no es la locura, sino por el contrarióla sana razón que ejercitan hombres plajiados de la sociedad, unos por el ministerio de la ley y otros por el error y la ignoran- cia de la medicina ó de los médicos. Es el tratamien- to que aguza el entendimiento. Este es otro error que en mi caso he descubierto y que lo hago presente. La única distinción es que al uno se le llama presidiario y se le cree sano de razón y al otro se le llama loco; .j pero llámese al presidiario loco y la semejanza en sus procedimientos será perfecta. En el salón de Santa Rosa tenia ademas de la li- * bertad de acción, siquiera la compañía de seres huma- nos durante la noche, y el excelente anciano con quien en mas de una ocasión hablamos de Europa y de los Estados Unidos; él es alemán; unas veces sosteníamos nuestras conversaciones en inglés, sus ojos se llenaban de lágrimas en esos momentos, así como cuando yo le comunicaba mis sospechas de ser víctima de alguna iniquidad, él me decia; «Tú saldrás, no tengas cuidado, tú joven, yo ya viejo, yo quedo acá,»—21 años haoia que estaba allí!! La prudencia me hace callar lo mu- - 117 — cho que le oí á ese buen anciano; su fé en Dios es grande, y eso sin duda lo mantiene vivo allí, para que sirva de Providencia álos infelices que van á ese Asi- lo. El me daba té y azúcar, me calentaba agua y me ayudaba en cuanto quería; era lo contrario de los guar- dianes que jamás me atendieron en nada; noté un dia que un muchacho trajo una botella de las de agua flo- rida, con un líquido amarillo y rotulada «Paz Soldán» se la entregó á mi guardián del salón; éste la tomó, la guardó en su mesa de noche y jamás me dio el medica- mento. La segunda vez que vino igual remedio, obser- vé que lo tomó el mismo guardián y que lo depositó en una alacena que hay en el corredor de afuera; en- tonces se me volvió á avivar la creencia que ya tenia de ser plájio el que hacian los médicos para matarme sin dejar rastro alguno, pero mi medio auditivo me di- jo: «Carlos, ese remedio es para tí, agárralo como pue- «das, y cuando te sientas mal ó muy postrado, toma «una buchada.» Descuidé á todos, y en un momento to- mé el frasco y lorobé, lo vacié en los que me habia pro- curado, pidiéndoselos á las buenas Monjitas de Caridad , y repuse la botella vacía. Esa bebida me salvó de mas de un cólico ó diarrea, porque según lo que después se habia revelado por el medio sicografico y que en mi casa muchas veces he tomado con el mejor éxito, contiene agua, azúcar y Láudano S. en cortas propor- ciones. ¿Qué objeto se perseguía con privarme de un medicamento que se me ordenaba? ¿Por orden de quien se hacia esto? Estas son cosas que debe averi- guar é investigar la Beneficencia Pública de Lima, á cuyo cargo corre ese Asilo. Los dias pasaban y nadie de casa venia á verme, no podia explicarme tal abandono, solo que lo atribuía á la idea de estar viudo, mis hijos no se atrevian á hacer nada por mí, su estado de orfandad no les permitía apersonarse ante Iglesias, y mientras venia mi señor padre tenia que estar allí. En esos diasno dejó de cru- — 118 — zar por mi mente otra idea, y era que los chilenos in- ¿ fluían con el Gobierno en mi contra, por venganza con- tra mi familia, en especial de mi indicado señor padre, que en sus varias obras había escrito siempre contra | Chile, y últimamente la «Narración histórica de la guerra de Chile contra el Perú y Bolivia.» Conocien- do el carácter y la índole del pueblo chileno y su fal- sía, no era esta idea tan descabellada. Varias veces lo dije en el Asilo, por su puesto se creia era una locura; esto es otra prueba de lo que á veces acontece en la humanidad, la creencia que tienen algunos de ser «per- seguidos,» la locura ó la monomanía de la persecución, como se llama, resultado muchas veces, á no dudarlo, de las condiciones en que se vé colocada una persona que raciocina/na y sesudamente y con la mayor lójica del mundo; en su sana razón y criterio concibe la posibili- dad del hecho y después á poco esfuerzo de alguien vie- ne la certidumbre. Pido en beneficio de la humanidad \ que este hecho se anote, y que cuando se presente al- gún caso de la locura ó monomanía de ser perseguido, se indaguen todos los antecedentes antes de prescribir un tratamiento inmediato contra el infeliz que tal co- sa sufra, y estoy seguro, aun mas, tengo la mas profun- .; áa\é íntima convicción, que se llegará á descubrir que ha existido una causa real que produce la creencia poste- rior, y con solo aclarar los hechos sanará el supuesto loco. Hoy que he esperimentado en mi persona tales , creencias, puedo citar un hecho auténtico que pone en evidencia cuanto digo. El año de 1875, cuando sur- jiéron las cuestiones entre la Compañía Nacional Tele- gráfica y el Gobierno, que se transaron tomando éste j las líneas telegráficas, los varios empleados que bajo contrato tenia la Compañía se dividieron en sus pare- ] ceres respecto á la conducta que deberían observar en el conflicto; unos optaron por seguir en la Compañía y otros por estar al lado del Gobierno: entre estos últi- — 119 — mos fué el joven D. E...B....Los que quedaronlealesála Compañía enrostraban la conducta de los otros, y la im- presión que eso produjo en este joven que era muy pun- donoroso y que se puede decir qne fué arrastrado por otro compañero, le hizo tal impresión que á los pocos meses, viendo la falta de pago del Gobierno y que yo les habia retirado mi amistad, dio en la manía de que yo lo perseguía para asesinarle, y en todas partes me veia, era yo su pesadilla; no bien supe esto, me presté en el acto á irleá ver y así lo hice, le traté con cautélala pri- mera vez, le convidé á venir á mi casa y le manifesté que no tenia intención alguna en su contra, ni la ten- dría y que debia tranquilizarse; este tratamiento le puso bueno, á tal estremo que ya fué posible que re- gresase á su pais; desgraciadamente en uno de los puertos de arribada le volvió otro ataque, le faltó este tratamiento y fué encerrado en una casa de locos donde acabó de enloquecer y murió, cuando ya loco del todo le llevaban á su país, arrojándose al mar. Si en Lima se le hubiera encerrado la primera vez, otro tauto habría sucedido, pero como no se hizo eso, sino que conocida la causa, se le puso en tranquilidad su espíritu, sanó. Yo he sufrido las monomanías espiritistas, la de ser viudo, la de ser perseguido por Iglesias y por los mismos chilenos y por los banqueros, como autores de mi plajio en el Asilo de locos. Creencias racional- mente adquiridas como lo voy probando. Otro hecho que tiene relación con esta supuesta mo- nomanía de persecución y que prueba lo que vengo di- ciendo es lo siguiente: Viendo yo que en el Asilo no tomaba remedio alguno fuera de los dos dias de doral y la bebida ó tónico al almuerzo y á la comida, mi con- tinuo afán cuando venia el médico en los dias poste- riores y cuando ya estuve en el salón de Santa Rosa y sabia donde estaba, era decirle: «Doctor, hasta cuan- do me tienen acá? por qué estoy acá?—Ya lo veremos, — 120 — era la contestación de ese médico; pero el otro que creo j es el sostituto ó segundo, que era mas exacto en pa- , sar lo que se llama visita, me contestaba: «Veré loque dice el Dr. C......» de donde deduje que estaba bajo .-: la sola custodia de este médico, y por eso un día que ya me fastidió con su continuo «ya lo veremos» le di- je—qUé significa «ya lo veremos,» eso no es razón para que esté acá.—Yo deseo que claramente me dé Ü. la razón y causa de mi estado y detención acá. • —Se ha debilitado U. un poco de la cabeza con tanto estudiar sobre Bancos hipotecarios—repóngase un poco, no estudie U. y cuando salga de acá no vuelva V. á ocuparse de esas cuestiones. —Doctor! Cree U. que la familia Paz Soldán tiene cabeza de chorhtol No sabe U. que todos estamos or- ganizados para el trabajo mental? Por otra parte ese \ trabajo hace dias que lo tengo concluido y no es eso lo que me debilita la cabeza. Para reponerme tengo mi j casa y sus comodidades y atenciones—fué mi réplica. 1 —Está bien—Ya veremos cuando sale U. Volteó su espalda y se fué de prisa. Apenas mencionó la palabra Bancos hipotecarios, vol- vieron á presentárseme las primeras presunciones que habia tenido, sobre la causa de mi plajio en ese Dos- . picio, cuando suponía tener una enfermedad contajiosa; ¡ pero ahora ya tomó consistencia como causa real y po- sitiva; el pretexto variaba, se me hizo loco en lugar de ¡ enfermo contajioso—¿Qué razón habia para suponer- me loco por haber hecho un estudio sobre los Bancos I hipotecarios? fué lo que me dije—Ninguna; todo lo | que habia hecho era ordenado por el Espiritismo, en todo lo que yo habia dicho, accionado y pensado pa- ra nada mencioné Bancos, allí están todos de tes- tigos; luego es una advertencia embosada la de este * médico para que yo no dé á luz mis trabajos y mi si- '■ lencio lo quieren comprar á trueque de mi libertad; no hay mas remedio; así lo haré, le ofreceré no ocuparme — 121 — mas de esas cuestiones y asunto concluido; saldré de acá que es lo que interesa; fué la resolución que tomé y cualquiera tomaría en mi situación. Así fué que el primer lia que volví averie le pregunté: —Hasta cuando, Doctor, me tiene U. acá? —Ya lo veremos—voivió á repetirme. —Ya verá U. Doctor que nada tengo—y por lo que hace á la cuestión de Bancos hipotecarios, yo le ofres- co no ocuparme mas de eTlos, si salgo de acá. Un «está bien)) fué su réplica. Filosofemos un poco Señores Médicos—Si yo hubie- ra seguido en el Asilo de locos diciéndoles á todos que los Banqueros me tenian allí encerrado y plajiado, es claro como la luz del medio dia, que ustedes hubieran djcho: «Paz Soldán tiene ahora la monomanía de ser perseguido ó plajiado por los Banqueros.» Sin embar- go, dígaseme con la lealtad del hombre de bien, ¿era esa monomanía infundada, lójicamente raciocinando se- gún estos antecedentes? No: por el contrario, llegar á tal suposición indica, que la razón de ese hombre es- taba en cabal juicio y en toda su potencia. Contrayén- dome á la actualidad, es decir al momento en que es- tas líneas imprimo, tendría mayor motivo; mas pode- rosa razón para persistir en esa idea, si es que no tu- viera la caridad suficiente para, juzgar, que si se puede cometer crímenes de la naturaleza de un plajio, no es precisamente en nuestro país, ni en nuestra sociedad; pero los nuevos antecedentes son tales, que acumulan datos que tal cosa habría derecho á suponerla como evidente á otro menos reflexivo y analítico que yo. Una de las personas y la principal en efectuar mi segundo plajio en el Asilo de locos, por nueva orden del Dr. S....C....tenia íntima relación y conexión con los Bancos hipotecarios. El único defensor decidido en la prensa que han tenido esos Bancos, con motivo del proyecto de «Juicio Ejecutivo» tan debatido últimamen- te, y en el cual I03 interesados son ellos, es un pariente 16 — 122 — inmediatodel médico interino del Asilo Dr. S......C..... ¡Rara coincidencia! Ya verán los Señores Médicos nuevamente cor- roborado lo falso de la locura monomaniaca de persecu- ción en muchos casos; y que no es locura sino resulta- dos naturales de causas preexistentes, que impresio- nando á un individuo, concibe cuerdamente la realidad de que puede existir esa persecución. Sucederá, y esto es muy posible, que las causas rea- les productoras de esa creencia, no sean fáciles de en- contrar, pueden muy bien ser del fuero interno, de ac- tos desconocidos para otros, pero solo conocidos por el mismo individuo que ha concebido la posibilidad de ser perseguido. Así por ejemplo: un individuo que ha abusado de la confianza que en él se ha depositado, cometiendo una acción infame contra el honor de otra persona, puede perfectamente tener remordimientos de ese hecho y por cualquier acto, dicho, palabra ó ade- man llega á creer que está su acción descubierta, ese individuo con seguridad concibe inmediatamente que vá á ser perseguido ó que lo está, se atemoriza y si es nervioso le sobreviene la supuesta locura de la persecu- ción. Metido ese individuo á un Asilo como el de Li- ma, con su tratamiento, su perdición es segura; pero si se le inspira la confianza necesaria y se hace que abra su corazón al medico ó á otra persona, su cura- ción será segura con solo ponerle de manifiesto y con evidencia la no persecución, salvando un hombre de ser aniquilado. Yo concibo perfectamente Señores Médicos, aplican- do estos razonamientos lójicos por una parte y auto- clínicos por otro, lo que es la locura que se apodera de algunos criminales que en las prisiones ven á su víctima y la oyen, se creen perseguidos por ella. No es resultado de alucinaciones como pretendéis, sino por el contrario hecho real y evidente, es una manifestación espiritista auténtica, que los médiums videntes y los au- — 123 — ditivos podemos comprobar. Esta es una de las mane- ras de que el Ser Supremo se vale para el castigo de los crímenes. En unos casos la monomanía sobreviene por raciocinio sobre causas extrañas al individuo, en otros casos es el resultado de la propia conciencia. Me parece qu« oyera á algunos de mis lectores de- cir en tono de burla ó incredulidad: «¿Cómo es que los Espíritus no dijeron á Paz Soldán donde estaba?» La pregunta es natural, y no ha faltado quien también de palabra me la haya hecho, pero vá á quedar satis- fecha la curiosidad de unos, contenida la burla de otros y debilitada la incredulidad de muchos. Ese aviso se me dio, pero de suerte que al hacerlo concibiese deque no era desconocido para algunas personas amigas el lugar de mi plajio, y con este consuelo vislumbrase la posibilidad de salir del Asilo. Uno de los diasque aun dormia en el calabozo, como á media noche según lo calculé por el peso de la noche, oigo la voz de una per- sona que me era muy conocida, que me dice: «Carlos, ¿no hay dos pinos en el sitio donde U. está?»—Sí, con- testé—Los habia visto, pero agregué: «hay dos por un lado y otros mas adentro que he podido distinguir de los corredores»—«Exacto», me replicó esa voz—«¿que mas hay en la huerta?» Le di razón de lo que habia vis- to en árboles, dos magnolias, un árbol de café según me pareció y lo demás.» En ese momento vuelve á decir esa voz—«No vés hija lo que te dije, Carlos está en el Cercado, yo conozco eso»—«No es posible,» repitió otra voz, que en el acto también conocí—«Sí hija, no te que- pa duda, allí está,» Mi anonadamiento fué en ese instante inmenso, se ha- bia realizado mi encierro, creyéndoseme loco; pero nunca puede uno que cree en Dios, ser tan poco cuerdo que se deje llevar de la desesperación, así es que al poco rato me tranquilicé concibiendo que tan pronto como se descubriese que no estaba loco, saldría. Mi medio au- ditivo tampoco me dejó de consolar con su acostum- — 124 — brada advertencia, de que fuese prudente y tuvie^e calma y serenidad, contribuyendo esto á que desde ese dia fuese tan cauto en mis procedimientos en ese Asilo, para evitar toda causa que confirmara la creencia de que estaba loco. Pero si se me habia encerrado por estar loco —¿Lo- mo es que en los varios dias que estoy acá ni mi médico de casa, ni nadie me ha venido á ver?—fué en el acto la pregunta que se me ocurrió; el por qué de esto lo puedo hoy decir, sin hacer comentario alguno. Como se recordará, mi médico de casa convino en que se me trasladase al Manicomio ó al Asilo de locos, con la condición de que él iría allí todos los dias á ver- me, para así vijilar mi asistencia y contribuir á mi cu- ración. El médico interino del indicado Asilo convino en esto; pero cuando ya estuve en él y se presentó mi médico para verme, se le negó la entrad* ó se prohibió que rae viese, porque el médico del local lo habia así dis- puesto; y la causal que tendria para esta irregular con- ducta y la falta al compromiso contraído, seria «que él no tenia por que compartir con nadie la gloria ó crédi- to por mi curación; considerándose suficientemente capaz para bastarse por sí. A mi médico le dijo que no era conveniente que me viese. Sin duda la tarea de sanar á un hombre bueno y sa- no era gloria y crédito muy fácil de adquirir. Voy á seguir narrando algunas otras manifestacio- nes espiritistas, que podrán servir de algo en el mundo cuando esta ciencia esté mas generalizada, lo cual no está muy distante, y como en mas de una vez se me ha dicho en varias ocasiones, ya por los medios sico- grafieos, ya por el auditivo. Que los Espiritistas sinceros y creyentes tomen nota; si alguno en Lima ó donde este trabajo se lea, puede dar razón de hechos análo- gos, les estimaría y de corazón les agradeceré, que me envíen los datos con los detalles mas minuciosos que sea posible obtener. — 125 — Cada vez que venia al Asilo el doctor S. C. notaba en él cierta turbación, cierta incomodidad cuando ha- blaba conmigo, era que mi medianimidad sensitiva se ponia en contacto con su espíritu, y no bien concluía de hablar, á la líjera conmigo, no cesé un solo instante ni una sola vez de oir con su mismo acento y como di- cho por su propio espíritu, para mi consuelo ó para mi futura norma de acción.—«Por Dios, señores, Este hombre está bueno. Hasta cuando le tenemos acá?»— Otras veces sus exclamaciones eran mas enérgicas, pues decia—«Señores que iniquidad estamos come- tiendo con este hombre»—y en mas de una ocasión, oia que decia—«Este hombre no tiene nada.—Ya voy creyendo en que hay Dios». Si tales cosas pasaban por la mente de ese médico, él lo sabrá; si quiere hacer un bien á la ciencia que claramente lo declare, no hay peligro para él, y por el contrario probará así, que si de su parte hubo error no existió maldad. Que algo de esto es lo que ha repe- tido de palabra á algunos amigos suyos, es evidente, si se debe creer lo que ellos me han dicho. Que es co- sa muy conocida que á algunos médiums nos ha- cen conocer lo que otra persona está pensando, es he- cho comprobado muchísimas veces. Ya he dado cuen" ta de uno; con mi simpática y amable amiguita que se asustaba con los espíritus: algunos casos mas podré ci- tar que yo he experimentado; pero solo daré cuenta de lo siguiente porque lo he confirmado de la manera mas auténtica y leal de parte de las personas á quie- nes cito. En mi segundo plajio médico en el Asilo de locos, fui conducido entre otros por por mi amigo el abogado Dr. J......E........A......; y durante todo el trayecto, que lo hicimos en coche, fui oyendo lo que pasaba por su mente.—«Como llevamos á este hombre»—«Por Dios, este señor no tiene nada»; y su actitud en esa desgraciada escena que he citado en que tuvo par- — 126 — te, realmente fué en perfecto acuerdo con este mo- do de pensar.—No hacen muchos dias que le recordé á este amigo este hecho; y me dijo «realmente ese era mi pensamiento, ahora lo recuerdo perfectamente.»— En otra ocasión, estaba en un circulo de amigos, y narrando mi vida de loco en el Asilo, se ofreció hablar de espiritismo, porque vino uno que es creyente y prac- tica esta ciencia; con ese motivo me puse á exponer las teorías de ella; uno de mis oyentes el señor J...... L......muy incrédulo no quería aceptar nada; para con- vencerle oigo que se me dice por el medio auditivo.— «Dígale U. á ese señor que ahora su pensamiento es el siguiente:—«Pobre Paz Soldán, este todavía está loco, que lásti ma de joven».—No trepidé en decirlo, como prueba y manifestación espiritista. Mi buen ami- go se puso grama al ver que era exacto lo que dije. Ante estos hechos tan evidentes ¿Qué dicen los médicos? si ellos callan, yo diré que está en mi persona comprobar el dicho que dejo consignado en uno de los capítulos anteriores: que los médicos no quieren ad- mitir «sino el elemento material y de donde resultan « equivocaciones á menudo funestas». CAPITULO XI. Nos hemos detenido en el capítulo anterior en filo- sofar, y en disertaciones médicas, para poner de mani- fiesto que muchas acciones humanas que aparecen co- mo actos de locura, solo son el resultado del ejercicio mas racional de la sana inteligencia del hombre que tales acto practica. Seguiré la narración de la vida de loco kfortiori que se me hizo hacer. Uno de los dias que estaba paseándome en los cor- redores, mi guardián me llamó, me hizo sentar en un sillón de esos antiquísimos que hoy solo los vemos en los conventos, forrado en cuero, con un espaldar alto; sacó unas tijeras, iba a pelarme;—¿Por qué me pelan? le pregunté'—«El reglamento de la casa lo ordena así»—me replicó. Cansado con tanto oir citar ese reglamento, yo lo habia buscado por los diversos salones, suponiendo que allí estuviera pegado en al- guna parte, pero no lo encontré, así fué que no bien me dio ese argumentóle dije:—«Pues bien, yo deseo «que me enseñe U. el reglamento, de ese modo sabré «á lo que estoy obligado y á lo que tengo derecho, «desde que no estoy enfermo.»—«Haga U. lo que se se le manda y no replique U.»—contestó. Ante semejante intimación, un presidiario cuerdo no debe hacer mas que obedecer; obedecí y me dejé pelar, en seguida preparó una navaja y me afeitó. Yo usaba en ese tiempo patillas y bigotes, pero noté que al afeitarme no se limitó á la parte de abajo de — 128 — la barba, y á limpiar ó quitar el poco pelo que sobre- pasa el carrillo, sino que por el contrario me dejaba muy poca patilla, afeitándome casi toda la parte del carrillo, respetando lo que quedaba sobre las quijadas; cuando principió se lo hice presente á mi guardián bar- bero; un «yo sé lo que hago» fué su contestación. Lo atribuí este modo de hacer la barba á chambonada de mi nuevo peluquero, me conformé, recordando el re- frán que dice que «no hay pelada que á los quince dias no se iguale.» Concluido mi tocado me lavé y para cer- ciorarme de la alcaldada cometida con mi pobre pati- lla, fui á mirarme en un espejo que tenia un apara- dor que hay en el salón donde estaba; mi sorpresa fué grande, yo me asusté de mi nuevo aspecto, habia que- dado literalmente desconocido y desfigurado. ¿Fué ese el ánimo de quien ordenó mi transforma- ción? No deseo formular cargos, pero tal intención era lo único que cabia en vista del estado en que esta- ba. Para que mi lector forme una idea del aspecto que tenia, voy á hacer una descripción á correr de pluma de mi físico en ese entonces./ Estaba delgado, mi cara bastante desencajada con tanto sufrí miento moral y material; pálido y con ojeras como es muy natural, mi cara es larga, soy narigón y mis orejas no son de las mas pequeñas; mi pelo de barba es abundante, y mis patillas estaban bien largas. Mientras tengo éstas y el pelo como se usan, es decir del largo corriente, to- dos estos acidentes de mi persona se disimulan; pero tan pronto como me cortaron el pelo á la francesa, es decir de un dedo de largo, y mi patilla de solo dos de ancho, dejándola á lo largo de las quijadas, mi as- pecto varió enteramante, quedó mas flaco, desencaja- do, ojerozo, la nariz parecía que habia crecido, las ore- jas se destacaron de la cabeza, al desaparecer el peló, y fui imagen viva y auténtica de un loco en aspecto. Si la medicina no me habia hecho hasta entonces loco en mi fuero interno, la habilidad del guardián peluquero lo — 129 — laabia realizado ante el fuero externo. Apelo al testi- monio de cuantos me vieron la primera vez que salí del Asilo, si no es exacta la descripción que dejo he- cha, y eso que yo habia recortado algo mis patillas, para suavizar un poco el aspecto verdaderamente de loco que se me dio. Puedo así mismo garantizar que eso de afeitarme las patillas de esa manera, no fué chambonada del guardián, porque es peritísimo en el oficio; él solo en muy poco tiempo hace la barba á todos los que están encerradas en el Hospicio, faena que la realiza generalmente los sábados, haciéndolos formar en hilera; uno de los locos toma el pocilio con el jabón y el pincel de barba, enjabona uno tras de otro á todos y son afeitados; á mí me reservaba para el último y con una navaja distinta, muy afilada y muy suave el pulso. No debo dejar de hacer presente una manifestación espiritista que se realizó siempre y es Ja siguiente: cada vez que se me decia por el medio auditivo—«Su peluquero que tiene el pulso bueno, le vá á temblar luego, y U. verá que ni la navaja cor- tará.»—Al poco momento eso tenia lugar, al extremo que en mas de una ocasión tuvo que volverla á asen- tar. Un dia la broma, si es posible llamarla así, fué mas grave, pues se me dice —«Luego le vá á dar un lijero corte en el labio, no se asuste,» al poco momento me cortó d labio, cosa insignificante. Pero cuando casi casi me asusté otra vez, fué cuando oigo—«Este tie- ne deseos de cortarle el pescuezo.»—Tuve que recur- rir á toda mi calma, pero felizmente no sucedió eso, fué una simple intención sin duda, al ver que yo no decia nada de su buena maestría en el arte del pelu- quero. La operación de pelar á otros pobres infelices era encomendada, casi siempre, á uno de sus compa- ñeros de infortunio. Otro hecho que comprueba la pericia de mi nuevo peluquero fué, que en mi segundo pl ajio principió la ta- rea de reconstituir mi patilla; cada vez que me afeitaba, 17. — 130 — quitaba lo único que era preciso, recortando sn lar- go aun mas del que tenia, hasta que un dia con- cebí la idea de que era mejor quitármela del todo, para disminuir mi aspecto de loco; no bien formu- lé este deseo mental, cuando oigo por el medio audi- tivo lo siguiente: «Juan, corte U. al Sr. las patillas, del todo»—Y sin ni siquiera consultarme y eso que ya me habia casi afeitado, tomó la navaja y con todo el garbo de un eximio barbero echó abajo un gran trozo del lado izquierdo, y en seguida todo lo restante, que- dando así con la apariencia de todo hombre bueno y sano, tal cual estoy hoy. Este modo de afeitarme la primera vez, no creo que fué tan inocente, porque si mi memoria no me es in- fiel, aconteció á los pocos dias después del incidente que paso á narrar. Apesar de la prohibición que habia dado el médico del Asilo para que ninguno de mi familia ó mis ami- gos me viesen, uno de ellos se presentó allí un dia y con las maneras mas sagaces consiguió que le permi- tiesen la entrada, El gusto que tuve de ver á este ami- go sincero fué grande, le hice mil preguntas, entre ellas la causa por la cual se me tenia allí, pero no pude obtener una contestación franca, sino la de «Tenga U. paciencia D. Carlos»—«No se puede aun salir de acá.»—No insistí, pero su manera de expre- sarse, su entonación de voz y un cierto embarazo en todo su ser me convencieron que seria por mi parte una imprudencia seguir adelante con esta exigencia. En cuanto á estar viudo, me aseguró no ser así; pero en vista de lo que en él notaba como lo dejo di- cho, esta seguridad de su parte, me pareció como un consuelo que quería darme, porque hasta lágrimas asomaban en sus ojos. Al despedirse le hice mil en- cargos respecto á mis negocios, con la prolijidad del hombre que piensa en todo, está cuerdo y no sabe cuando saldrá de ese estado de prisionero. — 131 — Tan luego como este amigo salió del Aslio, fué á ver á mi esposa, tanto para darle razón de mi perso- na, como para cumplir los encargos que le habia he- cho. A mi esposa le dijo: «Señora, he visto á D. Car- los y se encuentra bueno y sano, no tiene nada absolu- tamente. Si fuera mi hermano ó pariente, en el acto lo sacaría del local adonde le tienen por loco,» y como prueba de su dicho le hizo relación de todo lo que ha- biamos hablado, los encargos que le hice y las señas de los sitios donde debia encontrar ciertos papeles y libros que pedia. Mi esposa, como se comprenderá, en el acto hizo las indagaciones respectivas cerca del mé- dico del Asilo, para ver si ya podia ser sacado de allí; pero lejos de conseguir esto, sucedió lo contrario; el Dr. S....C...fué á ver á ese amigo mió para enrostrar- le su acción y reconvenirlo por que me habia visto y por lo que de mi habia dicho. A mi esposa le aseguró que mi amigo me habia causado un grave mal, hacien- do retroceder mi enfermedad al extremo que no sana- ría ya. Cuando habló ese médico con el citado amigo, éste tuvo la entereza, necesaria para replicarle lo conve- niente, de que él como hombre sincero y amigo fiel de mi familia no podia dejar de decir lo que por su con- ciencia y en su corazón creia y sentía; que yo estaba bueno y sano. Este amigo fué el que opinó desde el pri- mer dia que el Asilo ó Manicomio era un lugar inapa- rente para que se me trasladase allá; en esta vez co- mo en aquella se le replicó, haciéndole comprender su ignorancia médica! Sin duda este hecho, como lo repito, motivó el que se me hiciera loco ad efectum videndi por medio del barbero, y tan así debió ser, que á los pocos dias se permitió á cuatro personas y amigos que entrasen; pe- ro con la condición de que me viesen de lejos, sin llegarse á hablarme. Esas personas mencionadas fueron Don Daniel Paz Soldán y los señores Ll....y H....y un ter- — 132 — cero que yo no conocía. Estas personas entraron por un salón y de lejos me miraron, fueron al corredor y junto del Refectorio se detuvieron; de allí me siguie- ron contemplando, cual á un animal raro. Yo es- taba sentado en la mesa de mi salón, en la testera frente al lienzo de Santa Rosa. Cuando concluyeron su inspección se volvieron a salir, sin ni siquiera pa- sear el local. Yo cuando vi á mi cuñado, que de lejos siguió en lugar de yenir derecho adonde yo estaba, sentí que algo raro me pasó, y oigo otra vez la voz de mando que tantas veces me habia dirijido que me dijo: «No se mueva U. porque esas personas vienen, «pero con la condición de no hablar con U, si U. ha- «bla ó las saluda, no volverán mas, ni ellas, ni nadie.» Entonces no sabia yo, como no era posible saberlo es- ta prohibición que ahora la sé. Este aviso confirma una vez mas las manifestaciones espiritistas. Juzgue, pues, toda persona Teflexiva é imparcial si lo que yo presumo con casi la certeza es ó no funda- do. ¿Por qué tanto aislamiento de mi familia y ami- gos? ¿Por qué el enojo del médico cuando mi amigo burló su incomunicación y aseguró estaba bueno? ¿Por qué se me desfiguró y se me convirtió en loco en el aspecto? y por último, ¿Por qué la única vez que se permitió que entrasen mi cuñado y tres per- sonas mas fué para que me viesen de lejos, sin permiso para que me hablasen? La causa y razón no era, ni es, ni puede ser otra, que para que no se descubriese que estaba bueno y sano y desvirtuar el dieho de aquel amigo, y después para engañar con mi semblante y as- pecto á otros que iban á verme á la distancia y conci- biesen por la vista que estaba loco y saliesen á decir: «Hemos visto al pobre Carlos, no hablamos con él por que el médico dice que no conviene que hable con na- die, pero está loco; su cara es de locoh En esos dias debia sufrir algo mas que las sensa- ciones morales, á consecuencia de hechos materiales — 133 — contra mi persona; por desgracia no he pedido recor- dar la fecha de su realización, aunque conservo vago recuerdo que se efectuaron después de mi réplica al médico, cuando me prescribió que no debería ocupar- me mas de cuestión bancos. Un dia me encontraba en mi salón meditando en mi situación; era la una de la tarde; se rae presentó uno de los guardianes, que es francés y me dice en ese idioma: «Monsieur Paz Soldán, allons au bain.)) Como yo no habia oido que tal cósase rae prescribiese, pregun- té en castellano—«Quien manda que rae bañe? yo pa- «dezco reumatismos y el baño de agua dulce me hace «mal.»—«Le médécin))—fué su contestación; agaché la cabeza y seguí á este guardián, noté que los otros cratro que hay en el local me siguieron; iba como un preso, en medio de su guardia, pasamos todo el corre- dor largo, torcimos para el otro, deteniéndonos fren- te á una puerta que está contigua al lugar de los es- cusados. Se abrió la puerta que siempre permanece con llave y entramos á un cuarto aseado, lleno de ti- nas de cobre, habian ocho, tres á cada costado y dos mas cortas y un poco mas altas, á lo que me pareció que las otras seis, que se encuentran en una de las testeras del cuarto y que tenian unas tapas corredi- zas. Las primeras son destinadas para los baños cor- rientes, tienen su servicio con agua fría y caliente, pero nunca vi ésta última. Las otras dos son las tinas destinadas para los baños de castigo de lluvia. Además del servicio de agua fría de cañería que tienen estas dos tinas, hay el servicio destinado para la lluvia, siendo el de una de las tinas de regadera con quince agujeros de mas de medio centímetro de diámetro; la otra tina tiene en lug^r de regadera un pistón con un orificio de un medio centímetro de diámetro. Un tan- que colocado en el techo á cuatro metros de altura abastece estos servicios por una cañería de seis centí- metros de capacidad. La altura de la regadera y del — 134 — pistón está como á metro y veinte centímetros de altu- ra del borde superior de la tina. El suelo del cuarto de los baños está con cimiento ó asfalto, perfectamen- te calculado para los aniegos, de suerte que corra el agua y caiga por unas rejillas al desagüé. Este sitio está muy bien montado y decente. Mientras mi vista reconocia el local en el cual se me iba á bañar, y digo se me iba, porque esto era pa- ra lo cual me habían conducido allí, el francés que es el encargado de los baños, arrimó una escalera á la ti- \ na de baño de regadera, y dos mas de los guardianes se j ocupaban en desatar la tapa ó corredera que en for- 1 ma de azafate con bordes altos tienen esas dos tinas como lo he indicado. Cuando ya estaba todo listo para aplicárseme el tormento, se rae ordenó desnudarme, quise objetar indicando y preguntando qué se iba á ha- cer conmigo. «Haga U. lo que se le manda ó sino por la fuerza lo haremos.»—Estaba rodeado por los cinco guardianes, solo con ellos en el cuarto. Principié la j operación de desvestirme, pero con el alraa en un hi- j lo, como se dice, mi instinto me anunciaba algo terri- ble para mí, pero á la vez que invocaba el auxilio Divino, hice de tripas corazón, y me sobrepuse al ter- ror de que estaba poseído en vista del aparato preli- j minar con que se rodeaba lo que conmigo se iba á eje- cutar. Desnudo ya, antes de entrar á la tina, calculé que iba á sufrir un baño de lluvia como se acostumbra en una casa y quise recibirlo de pié, solo en la cabeza, ' sin entrar en la tina, para quedar libre de descansar de la impresión que ese baño causa, cuando lo necesi- tase, no se me permitió, y con la amenaza consiguiente de obligárseme por la fuerza á hacer lo que se me or- denaba. Entré á la tina, volví á querer estar de pié, pero una demostración por parte de mis guardianes de ejecutar su amenaza, me hizo sentarme en la tina, don- , de solo habia agua que me cubría hasta las caderas; una vez en esa postura pusieron la tapa ó corredera — 135 — sobre la tina, la cual tenia un boquete ó abertura, á semejanza de las tapas de las soperas, la resbalaron de suerte que mi pescuezo que apenas cabía en la abertu- ra, quedó como en un cepo de cabeza; la aseguraron con unas sogas de manila de dos centímetros de diámetro. El aspecto que un hombre presenta, así asegurado en una. tina de esta clase, es el de la cabeza parlante, en que el tablero de la mesa tiene bordes para que for- men una caja. Por mi parte estos preparativos, lo que me produ- cían era aumentar mi zozobra, á lo que se agregaba el frío intenso que esperimentaba con tener solo el agua hasta donde lo he indicado y el cuerpo al aire; por fin subió el guardián francés la escalera y tomando el tu- bo donde está la regadera que es flexible, como los de apagar incendio, dio la voz de—«Ya»—principió mi tormento; el agua cubría mi cabeza, mi cara, me aho- gaba, me sofocaba, apenas podia respirar, me faltaba el aliento: quise huir la cabeza para salvarme del ahogo, pero fué para serlo por el collarín ó tapa que aprisionaba mi cuello; por un esfuerzo sobrehumano pude gritar «basta!)) pero nada, la lluvia caia como go- tas de plomo sobre mi pobre cabeza, pero por una de esas intuiciones é inspiraciones que jamás me han fal- tado en mis lances de apuro, comencé á pedir «Mi.se- ricorda Señor» y sin duda esto asustó al que tenia la regadera, porque comenzó el agua á desviarse del cen- tro del cráneo adonde caia hacia mas de dos minutos, yendo unas veces á caer por atrás de la cabeza, ó bien á derecha ó izquierda. Mientras tanto, ya comen- cé también á creer que la intención era ahogarme, pa- ra así desembarazarse de mí. Viendo mi fin tan pró- ximo, me encomendé áDios, pero fué para que en lugar de ser muerto salvase, porque se me dice por el medio auditivo: «Ya está U. libre de la primera impresión de «este baño infame, lo demás es menos, la lluvia estará «ahora incierta en su caida,no se atolondre, repóngase — 136 — *XJ, y nada tema.»—Esta advertencia retempló mi energía, dejé de gritar y de pedir misericordia, ésto debió ser la señal para suspender el castigo; creyeron mis verdugos que estaba ahogado,porque no decia una palabra y lo suspendieron. Acababa de sufrr un baño de lluvia continuo de mas de cinco minutos, que solo se administra en los presidios de trabajos forzados!! Se soltaron las amarras de la tapa, y salí de la ti- na con un inmenso temblor, pero dando gracias al Ser ' Supremo por haberme amparado y salvado del atroz tormento que se me habia impuesto, sin causa ni ra- zón alguna. Aun mas, aunque hubiera existido causa, ¿Es permitido atormentar y castigar á un hombre cuya razón está extraviada, á un hombre que solo inspira compasión por no ser dueño de sus acciones? Noi mil veces no. Este era uno de los tratamientos que era im- posible á que se me sometiera en otro sitio que en el Asi- lo, según mis médicos de consulta, á fé que tenian ra- zón; solo allí puede un ser humano ser sometido al tor- mento y á la tortura; pero esto no era aun lo único que debia sufrir, la suerte, el destino ó la ignorancia ó mal- dad de los médicos me reservaba aun mayores en un segundo plajio médico. Ya que hablamos de baños, acabaré de dar una idea de todo lo que con ellos tiene relación en ese lugar. Siguiendo el corredor, donde está el cuarto de baños de tina, hay una puerta casi al final, que dá á un patio donde está situada la puerta falsa del local, por donde fui introducido; á un costado se en- cuentra el baño grande, como lo llaman, está construi- do sobre el nivel del suelo, es un pequeño estanque de tres metros escasos de largo, dos de ancho y unos veinte de profundidad, forrado por su interior con azulejos, el agua la dá un caño de dos pulgadas. Para subir al estanque, así como para entrar al baño, hay escalas de albañileria. En este pequeño sitio se hace bañar á la vez á todos los infelices, que son mas de — 137 — cincuenta, sin distinción de clases y sin renovarse el agua, sino diariamente; todos ros desnudábamos á la intemperie, en unas bancas que hay bajo una ra- mada. Cuando mas tarde, en mi segundo plajio, se me hacia bañar uno que otro dia, al principio se me pre- paraba una de las tinas en el cuarto de baños, pero después se ocupó ese sitio con el tabaco que se cose- cha en la huerta, y se me hizo ir al baño grande; la única distinción que yo tenia era la prelacion sobre mis compañeros de infortunio en el uso del baño. En este estanque es donde se aplican los inquisitoriales baños de camiseta, castigo con el cual se amenaza y se impone á todo el que no obedece el mandato de los guardianes. Este es otro de los tratamientos especia- les del Asilo de locos que también debia esperimen- tar. A su vez lo describiré, porque á él se me some- tió en mi segundo plajio médico. Entre las comodidades y asistencia de que debia disfrutar en el Asilo de locos, era la tertulia de todos los guardianes del lugar, no para hablar conmigo, sino la que ellos formaban entre sí, y dos ó tres mas de los que allí aparecen como locos. La hora de recojerse á los dormitorios era de 7 á 7 y inedia de la noche, á esa hora todos los guardianes lo hacen al interior del local, y como á las ocho se reu- nían todos en el salón de Santa Rosa, donde yo esta- ba, tomaban la mesa de la testera del salón colocándo- la bajo el farol que lo alumbra, se ponían á preparar café, sentándose en el entretanto á jugar rocambor unos y los otros á estar de mirones; pero conversando. El ca- fé iba acompañado de sus copitas ya de pisco, ya de vino. Debo advertir que jugaban á cigarros. Todos noso- tros los locos ó no locos, estábamos en la cama acosta- dos, gozando del ruido, la algazara y las discusiones y las disputas que se suscitaban entre los de la tertulia; disputas amigables. Esta tertulia tenia la ventaja de quitarme el sueño, pero era compensada porque así es- — 138 — taba al cabo de los sucesos políticos y noticias de la ciudad. Sin embargo, como no dormía en esas horas, sucedió que en mi segundo plajio, preguntase el médico U.......al guardián de mi salón—¿El señor que tal duer- me?—Me apresuré á contertarle.—«Duermo Dr. tan bien como es posible en mi situación»—Mi guardián con- testó.—«No duerme bien el señor»—«No es así Dr. in- sistí—«Yo sé lo que digo» replicó el guardián».—En- tonces sorprendí una rapidísima mirada de inteligencia entre el médico y el guardián que fué causa para callar y pasar por tener insomnios; pero que dio lugar á que el médico ordenase, que me bañasen todos los dias. «Dr. le dije—yo padezco de reumatismo y el baño de agua fría dulce me está prohibido por mis médicos»—«No importa» me dijo y dirijiéndose al guardián'y andando le dice: «Que lo bañen al señor todos los dias»—Yo tem- blé ante semejante orden, porqué eso de «que lo bañen)) me pareció alguna orden para nuevo castigo; felizmen- te, era solo baños corrientes, que á los tres dias cesa- ron. Era tal la impresión que experimentaba cuan do se me llamaba para bañarme, que no podia contener un temblor nervioso intenso que se apoderaba de mí, con solo el temor de que me iban á llevar al tormento. En el Asilo no hay de noche otra autoridad en el inte- rior donde están los infelices que allí son trasladados, que la de los cinco guardianes, personas no solo ina- parentes por su capacidad, sino aun por su posición so- cial; bastará saber que el que pasa como jefe de los guardianes, aunque parece que hay dos, uno el que era jefe del salón donde yo estaba y el otro el francés en- cargado de los baños de castigo, todos ellos hacen lo mis- mo que éste, toda clase de oficios, pues son albañiles, hojalateros, pintores, gasfiteros, y guardianes en el in- terior del Asiló. El que estas cosas denuncia, muchas veces ha trepida- do en hacerlo, pero ante el sacrificio de seres que no saben cumplir con ninguno de los deberes de hombres, — 139 — de jefes y de caridad por decirlo menos, áque la huma- nidad progresa, no ha tenido inconveniente en hacerlo; pero no duda que mas de nna infame calumnia se le- vante contra él, mas de una especie se propale, por lo bajo, para procurar su descrédito personal, y lo que denuncia; pero no debe olvidarse que hay un refrán, y como tal, es el resultado de la experiencia de la humani- dad y es «que Dios tarda pero nó olvida» ha llegado el momento de que desaparezca el Presidio de Locos para que sea el Asilo de ellos y para que el mundo conoz- ca el atrazo que en su régimen existe. CAPITULO XII. Mi familia ya dudosa de la apreciación que debia hacer de mi verdadero estado de locura, pues el ami- go á quien he aludido, decia que yo estaba bueno y sano y el Dr. S.....C...decia que habia empeoradoy es- taba ya perdido; tomó la resolución de hacer que me viera de todos modos en el Manicomio, el médico de mi casa en compañía delDr. O... Estos se presentaron allí en efecto, en circunstan- cias en que yo estaba en uno de esos accesos de sudo** que se me aplicaban por el Espiritismo, como lo dejo narrado; me encontraba acostado sobre mi cama, muy atribulado por el estado moral en que estaba. El pri- mero que entró fué el Dr. O......si mi memoria no es infiel. Cuando le vi le saludé por su nombre, se sentó á la derecha de mi catre y se puso á observarme, abriendo desmesuradamente los ojos, me tomó el pul- so y en todo su semblante manifestó la sorpresa mas grande del mundo; una palidez mortal cubría su rostro. Me preguntó que como estaba, le repliqué que nada tenia, que solo el sufrimiento moral me estaba matan- do, y que ya veria que se habian equivocado al tener- me allí. En esos momentos llegó el médico de mi ca- sa le salude, se sentó á la izquierda de mi catre, me tomó también el pulso, repitiéndole lo mismo que al otro médico. Entre las cosas que les dije volví á ha- blarles del Espiritismo y que estaba sudando en la ca- ma por prescripción de los espíritus y que solo Dios — 141 — me habia podido salvar del estado en que se me tenia allí. Sin duda, siendo estos médicos poco creyentes ó ignorando lo que es el Espiritismo, atribuyeron esta conversación mia y las esplicaciones sinceras y auténti- cas que les daba, á trastorno de mi cerebro. El resul- tado de esta junta fué adverso, consideraron mi estado no bueno: «hablaba todavía de espíritus y Espiritismo.)) Así es la medicina! Los médicos no quieren salir de lo que en sus libros de enseñanza han leido, todo lo quieren sugetar á las reglas conocidas ó que preten- den conocer, de donde resultan equivocaciones deplo- rables, como en mi caso. El fallo de esta junta fué decisivo y continué en el Manicomio. Si los Señores Médicos se tomaran el trabajo de es- tudiar el Espiritismo de una manera seria, filosófica y para así conocer la segunda persona del cuerpo huma- no, es decir el Espíritu 6 el Alma, con la misma de- tención con que estudian la Anatomía y las funciones del ser de carne y hueso, entonces su ciencia daria un inmenso paso, como entiendo que ya lo ha dado en Europa, sobre todo en las enfermedades de la locura; esto merced á algunos médicos especialistas que han comprendido que esa enfermedad no es tal cual hasta hoy se ha considerado, han ensayado diversos trata- mientos y sus resultados han sido satisfactorios. ¿Saben los Señores Médicos hasta donde puede con- ducir al cuerpo humano una subyugación corporal, eje- cutada sobre el espíritu! Hasta la locura aparente; yo lo he esperimentado así; antes que yo, ya lo habia dicho Alian Kardec por revelaciones del Espiri- tismo—hé aquí la pregunta que se hizo y la contesta- ción que se dio. «¿La subyugación corporal llevada hasta cierto gra- do podia tener por consecuencia la locura?» «Si; una especie de locura cuya causa no es conocí- — 142 — da de la gente, pero que no tiene relación con la locu- ra ordinaria. Entre los que se tienen por locos hay mu- chos que no son mas que subyugados; les seria nece- sario un tratamiento moral, mientras que se les vuel- ve verdaderamente locos con los tratamientos corpo- rales. Cuando los médicos conozcan bien el Espiritis- mo, sabrán hacer esta distinción y curarán mas enfer- mos que con los baños de chorro» (1) Refiriéndome al tratamiento de presidio del Asilo de Lima, es muy aplicable lo que dice Herbert Spencer en su libro titulado «The Study of Sociology»—«Por obvio que parezca que cuando la razón se desarregla, no hay otro remedio que reponer el dominio débil in- terno, por un dominio severo externo; sin embargo el sistema de la no restricción ha tenido en mucho re- sultados mas favorables que el de las camisetas de fuerza. El Dr. Batty Tuke, médico de gran experien- cia en al tratamiento de locos, ha probado que el deseo de escaparse en los locos es mayor cuando se usan chapas y llaves que cuando no se usan; la táctica de puertas abiertas ha dado un 95 por ciento de buenos resultados y 5 por ciento de malos. Y como para ma- yor evidencia del daño causado frecuentemente por las medidas que se han supuesto ser eficaces para la cu- ración, tenemos al Dr. Mandsley, también autoridad en la materia, cuando diserta sobre «Locos hechos en los Manicomios.» El local destinado para los hombres no tiene mas comunicación con el exterior, que la puerta falsa que ya conocemos y otra que es la que dá al frente del lo- cal donde se encuentra el vestíbulo y las oficinas y departamentos de la Superiora y demás hermanas de caridad que hay en el local. La puerta que cierra es- ta comunicación, que tendrá las mismas dimensiones de las de los salones, se encuentra asegurada por la (1) Libro, de los Médiums. — 143 — parte que dá al corredor comunicando con el ves- tíbulo, por medio de dos gruesos aldabones. De dia permanece siempre cerrada, salvo una que otra oca- sión; los empleados se sirven de una llave que cargan para abrir la hoja que queda de dia sin el aldabón. Uno de los locos hace de portero, para que nadie esté por allí. Esta puerta dá por la parte de adentro al corredor estrecho que está á lo largo de los salones. La cocina que colinda también con este corredor tiene una ventana por donde se hace el servicio. A las horas de comida siempre gritaban pailas para pe- dir las que se servían para conducir el alimento al Refectorio y los platos y tasas de los pensionistas. Algunos de los infelices de allí son los que conducen el alimento desde esa ventana al comedor; colocando una paila á cada lado, encargándose un guardián ó dos de servirlo en las cacerolas de los locos. Un dia quise hacer el oficio de ranchero, siquiera para tener esa distracción, comencé mi tarea con ardor, pero no se me permitió y se medió de baja del oficio. A la hora de comida y durante algunos momentos en el dia, vie- nen las Hermanas de Caridad á presenciar y vijilar to- do. Entiendo que es una de ellas la encargada es- pecialmente de la inspección interna. El aseo de todo en la parte material se hace dia- riamente, y las Hermanas de Caridad vijilan y cuidan esto admirablemente bien; ellas se ocupan de mudar la ropa de cama y del lavado y distribución de la ro- pa de uso de los infelices que allí moran. Lo que ja- más pude conocer ó saber y aun ignoro es, quien es el Superior ó Jefe del Asilo de locos. No es el médi- co ó su segundo, porque éstos no van sino una vez al dia, por la mañana generalmente. No es el Inspector del'Asilo, nombrado por la Beneficencia, porque esa persona solo iba cada quince dias á lo mas, un mo- mento, entraba acompañado por la madre Superiora según la llaman allí, daba una vuelta por todo el lo- — 144 — cal, á veces se detenia un momento en el Refectorio si era la hora de comida y se iban, sin hablar con nin- guno de los seres que allí están. Yo como conocía á esos inspectores los saludaba dándoles la mano, pero no pasábamos de allí. En el tiempo que duró mi pla- jio vi á dos inspectores; perdonen estos caballeros que así hable de ellos; comprendo que su intención y de- seo era grande en cumplir con su humanitaria misión, pero alucinados con lo exterior ó subyugados por la creencia que todo allí marcha bien en la apariencia, han tenido la íntima persuacion que todos éramos locos y que el tratamiento médico era el que corres- pondía, limitándose á la inspección material del local, que repito, en su parte de aseo y orden es bueno. Nc es la Hermana Superiora de Caridad, porque con ella sucedió lo siguiente: un dia pretendía obtener algo, no recuerdo perfectamente lo que fué, y estando en el Refectorio junto á mi mesa, pues aveces tuvo esta Hermana la atención de venir á ver que tal estaba mi comida y á preguntármelo, le hice mi pedido, enton- ces el guardián de mi salón que hace de barbero y que parece jefe de los guardianes como lo he indicado, me dijo encolerizado: «Déjese U. de pedir nada á la «madre Superiora; aquí no hay mas Superiora que yo. «YO soy el que manda acá,» Me limité á ver á la Hermana, esperando que hiciera respetar su autoridad contra ese dicho. No dijo nada, yo debia callar y así lo hice después de replicar al guardián. «No lo sabia, U. dispense.» Me quedé sin mi pedido y con la con- vicción de que allí todos estábamos sugetos á la vo- luntad despótica de un guardián de las condiciones y cualidades que ya he indicado. Así sucedía en el he- cho, porque los guardianes son los que amenazan, y en mas de una ocasión he visto dar una orden, y si el infeliz á quien se dirijian no obedecía, lo atropella- ban, le pegaban y lo empujaban á patadas; traían una camiseta de fuerza y se la aplicaban, llevándolo muchas — 145 — veces á los calabozos de castigo. Otras veces lo asegu- raban sobre una' de las dos sillas que allí hay forradas en baqueta ó cuero para este fin. Un dia acompañé á la Superiora hasta la puerta de salida del departamen- to, como casi siempre lo hacia, conversando con ella, ó bien rogándole para que se me dejase salir, se en- contraba ese mismo guardián por la parte de afuera, pintando los zócalos del corredor; no bien me vio y tan luego como pasó la Superiora, entró y aunque ella nada le hubiera dicho ni ordenado, me amenazó y me prohibió que volviese á estar hablando con la Su- periora. De todos estos hechos y de otros que por ahora creo prudente callar, deduzco que en el Asilo de locos hay completa anarquía en todo sentido, parece que esto corrobora lo que el Dr. Manuel A. Muñiz ha dicho antes de ese local. Una de las cosas que llamó mi atención en los pri- meros dias, fué los letreros que hay en el corredor que dicen: «Se prohibe escupir en el suelo.» Esto me confirmaba entonces, la creencia de ser todo menos casa de locos, porque si hay gente allí bastante cuerda para observar esa orden ó advertencia, es prueba que no tienen por qué estar en el Asilo. Así, es la ver- dad, porque hay muchos que á mi juicio hace tiempo que han debido salir de allí, porque no hay razón al- guna para que queden^mos por solo.el hecho de pa- gar pensión. - ¿No podría ser eso efecto de algún crimen? ¿No se puede concebir que hay en el mundo personas que tengan interés en que otra quede siempre como loco en esa casa? No quiero formular una opinión sobre este punto; es tan grave, que temo poder estar equivoca- do; pero su posibilidad es tal que una investigación no seria infructuosa. Recuerde la Beneficencia de Lima, que allí se llevan á muohos por solo tener el vicio del li- cor; pasó el acceso y siguen allí. El Asilo de locos, es — 146 — presidio de los borrachos. Esto lo puedo asegurar. Tam- bién puedo asegurar que si han ido allí algunos que estuvieron locos, hoy están buenos. Para que se juz- gue de mi dicho, haré presente lo siguiente. Hay al- gunos infelices que se hacen traer el café crudo, lo tuestan ellos mismos, y lo muelen; después de la co- mida calientan agua, en un roto y viejo bracero y ca- lentadora para hacer su café. Jamás les vi el menor síntoma ni de locura, ni de demencia, ni de monomamia; solo tenian abatimiento y desconsuelo. Indudablemente estos no están locos—como no lo estuvo un joven que allí ingresó á medio dia, le regis- traron, le quitaron todo lo que llevaba en sus bolsillos y se quedó en el salón en que estaba.—Me sorpren- dió ver á un joven bien parecido, bien vestido, tran- quilo y de buenas maneras, que lo hubieran llevado allí; y me inspiró simpatías; me llegué donde él, y le saludé; rae contestó el saludo, nos dimos á conocer y me dijo: «Me han traido acá».—«Por qué?» le pregunté, no me contestó. Seguimos hablando, y si por un lado me partía el corazón ver á ese joven así metido y sa- be Dios, el por qué, por el otro siquiera tuve el con- suelo de tener un compañero. Mas tarde le llamó uno de los guardianes. Al poco rato regresó; casi cargado por ellos; le echaron en una cama, le desnudaron porque no podia hacerlo por sí; tenia nauseas. Vino la Herma- na de Caridad con una taza de caldo caliente y se lo ad- ministró ¿Qué habia sucedido? Poca cosa; se le habia aplicado uno de los baños de castigo, que es usual y corriente en ese Asilo! Cuando se retiraron los guardianes, me constituí en su enfermero, el pobre joven no tenia alientos para hablar: estaba destruido; apenas respiraba. La impre- sión que ese baño le causó fué tal, que cuando ya pu- do hablarme me dijo:—«Me van á asesinar acá»—«sál- veme U.».—Le tranquilizó en ese momento como pude y con la poca fé que puede hacerlo quien temia lo — 147 — mismo. Varios dias divagó con esta creencia, que era el resultado natural y lógico del castigo. Una noche, fué tal ya su terror, que se puso á invocar á Dios; me de- cia—«Paz Soldán, esta noche sí me asesinan—sálve- me U. ¿qué hago»?—«Calma amigo mió» le dije. Pero eso era imposible, así fué que mas tarde se levantó en camisa, y vino á sacudir mi catre, yo estaba durmien- do, desperté sobresaltado y le dije «acuéstese.» El guardián también despertó y ordenó lo mismo; pero á la vez yo sufrí mi reconvención, de suerte que fui vícti- ma del terror de mi pobre compañero y de la brutali- dad del guardián. Al dia siguiente siguió el miedo y terror de ese joven; para tranquilizarlo le dije lo que conmigo pasaba, que tuviera calma y me ofreció ha- cerlo; entonces para imponerle fé y resolución para sobreponerse, le exijí que bajo juramento ofreciese obe- decerme y no hacer mas que lo que yo le dijese; así lo hizo y se calmó su miedo. Conservo como recuerdo de es- te joven un botón de cuello de camisa, que me obsequió en el momento que nos acabamos de bañar, porque se me habia perdido el mió, y el cuello se me salia á ca- da rato. Si yo no hubiera estado al lado de ese joven, en esos dias, la consecuencia hubiera sido que su justo y leji- timo pánico hubiera ido en aumento; los castigos se hubieran duplicado en vista de sus actos de desespera- do miedo, no de locura, llegando á hacerlo, loco verda- dero. A los ochos dias salió; hoy se pasea por todas partes; le he encontrado y le he saludado; ape- nas le he hecho recuerdo del pasado, porque se turbó el dia que comenzó á hacerlo. El dia que á mí me dieron otro baño de lluvia, tra- jeron á un infeliz hojalatero de oficio, y mientras á mí me aplicaban el baño de Pistón, á él le aplicaban el de regadera; el pobre hombre, que habia entrado risue- ño y sin síntoma alguno de enagenacion, gritaba co- mo lo hize yo la primera vez. Quedó desde ese mo- — 148 — mentó casi idiotizado, porque durante tres días segui- dos sufrió el mismo castigo! Así mismo, cuando me regaló el botón mi joven com- pañero, presenciamos la imposición del castigo del ba- ño de camiseta que se aplicó á un desgraciado, que cuan- do entró estaba en apareciencia bueno; sus lamentos eran espantosos. ¡Pobre hombre! Yo he sufrido dos de esos baños y hasta ahora me tiembla el cuerpo de ter- ror y el alma de indignación cuando recuerdo el espan- toso castigo, que solo será comparable al que he oido decir que se aplica á bordo á los marineros, y que es el terror de esa gente, cuando les pasan amarrados por bajo de la quilla del buque. Mas adelante describi- ré el baño de lluvia de pistón y el de camiseta. Mientras tanto estoy seguro que todos mis lectores sin exceptuar uno solo, dirán —¿Qué hacen los mé- dicos del establecimiento, que tales sosas toleran ó permiten ó no remedian? Esa misma pregunta me la hacia yo en los primeros dias que estuve en el Mani- comio, aun hoy mismo, apesar de que tengo formada mi conciencia respecto de este hecho, no me atrevo á decirlo, porque como lo repito, no tengo ánimo, ni de- seo de ser acusador de personalidades, sino que se re- forme una Institución donde debería morar la Caridad, el Consuelo y la Humanidad en sus sublimes manifes- taciones—Simplemente daré idea de lo que es la asis- tencia médica en el Manicomio de Lima, tal cual yo lo he visto y lo he presenciado. En el Asilo atendian dos médicos: el Dr. S...C....y el Dr. C......Este último era exacto en sus visitas diarias, á pesar de estar enfermo, pues iba sobre mu- letas. La hora de las visitas al departamento de hom- bres era generalmente á las ocho mas ó menos. El médico se presenta en la puerta acompañado de una Hermana de Caridad, que era la que corría con el in- terior de este departamento, y de algunos de los guar- dianes, pero apenas le divisaban los demás, todos ve- — 149 — nian á su encuentro: se me figuraba ver á un general que está pasando la ronda con sus ayudantes, de suerte que jamás queda solo el médico con ninguno de los enfermos; quitando así la libertad que tan necesa- ria es á éste, para esplicar al medico lo que siente. Además del médico, la Hermana de Caridad y los guardianes lo acompaña en la visita otra persona que se me dijo ser el practicante, quien lleva en la mano iz juierda una tablilla con un tintero en una esquina y un cuadernillo de papel de oficio ordina- rio, para hacer allí las anotaciones necesarias!. El que estos datos dá, se encontraba siempre en el salón de Santa Rosa y por él comenzaba la visita.— Llegaba el médico Sr. C......se detenia en mi delante y frotándose las manos me miraba—«Buenos dias, Doctor» le decia—¿Y que tal vamos, señor Paz Sol- dan?—era su contestación- «Bien, Doctor—Ya lo puer de U. ver.»—Los primeros dias me tomaba el pulso, y sin decir nada mas, volvía á agarrar sus muletas y continuaba su visita. Yo le decia «adiós» al principio; mas tarde que le seguía, le preguntaba—¿Doctor, hasta cuando estoy acá?—«Ya lo veremos»sino «Vere- mos lo que dice el Dr. C...»—¿Qué hay de mi, familia?, ¿Por qué me tienen acá?—«Su familia esta buena»— contestaba, siguiendo su camino á lo largo del corredor grande, deteniéndose delante de uno que. otro de los que allí estaban. Así llegaba al extremo, y se paraba frente al otro corredor chico, adonde venia uno que otro también; los miraba y dando la vuelta, empren- día su retirada. Tomaba el corredor estrecho que aisla los dormitorios ó bien el salón de San Andrés, para pasar por la enfermería y venir á este mismo sitio y tomar la puerta de salida, adonde era despedido por todos los guardianes. Durante el rato que el médico hablaba conmigo ó con otro ó estaba parado en el extremo del corredor. el practicante apuntaba en él papel. Los primeros dias \ — 150 — no pude observar lo que era, mi curiosidad se excitó, así es que con disimulo me llegaba después adonde este individuo, pudiendo ver que anotaba las recetas que debían tomar los enfermos ó locos, pero con tal tacto á lo que me parecía, que jamás oí la pres- cripción por el médico de la visita. El apuntaba el nombre y la receta. Después puse empeño en compro- bar este hecho, quedando convencido de que el médi- co no prescribía el medicamento sino el practicante. Como yo en los primeros dias no tomaba medica- mento alguno, lo atribuía á que no se me recetaba na- da, y por esa circunstancia no se me daban reme- dios, pero un dia vi que mi nombre estaba anotado— «Paz Soldán»— «Bromuro de Potasio,» no distin- guí la cantidad; esperé el Bromuro y hasta el dia de hoy. Esta receta la vi repetir varias veces en la planilla del practicante sin ordenárselo el médico, pe- ro lo repito jamás se me dio. Entonces me puse en ob- servación para ver si á alguno otro le daban los reme- dios que se prescribían y puedo asegurar también que rara vez los vi dar en el Asilo; cuando lo hacían, el medicamento se daba á uno que otro pero en la mis- ma medida. Muchas veces comprobé este procedimien- to, hoy mismo dudo á veces de que sea posible que semejante descuido exista; pero si la duda pudiera ca- ber por lo que respecta á los otros infelices, es imposi- ble por lo que hace á mi' persona, en esto no cabe equi- vocación, error, ni olvido. Voy á indicar las veces que tomé remedios y su cla- se—Recien ingresé la primera vez, dos veces doral. En mi segundo plajio; se me dio, un dia una bebi- da de alcanfor disuelto, formaba copos, como cuando al aguardiente alcanforado se le echa agua. Para evi- tar este brebaje, que indudablemente era nocivo, re- currí á mi astucia. Quien me lo trajo fué otro joven infeliz que allí está, según dicen loco, que era el en- cargado de repartir la bebida de agua de cascara de — 151 — naranja; al presentármela lo hizo con tal sonrisa de maldad y de dañada intención que sospeché alguna cosa en mi contra, y tomó esto consistencia, al ver que ella contenia alcanfor disuelto. Tomé la copita de porcelana que es la medida obligada para toda bebida y me puse á meditar como eludir el tomarla. Botarla no era posible; pero en ese momento mi medio auditi- vo, volvió á dirijirme.—«Sea U. cauto con ese reme- «dio, tiene U. ingenio y bótelo».—Apenas oí esto comprendí lo fundado de mis temores y se me ocurrió, yo creo que por intuición espiritista, que podia hacer la apariencia de pasarlo y al enjuagar la boca con agua, echar allí todo la buchada de remedio.— «Así es»—me dijo la voz de mi espíritu protector.—Tomé el reme- dio en la boca haciendo mil gestos, finjidos, y precipi- tadamente agarré una taza con la bebida de agua de naranjas, y eché allí el líquido, haciendo después como quien se limpia la boca, arrojé al suelo lo restante de la tazay escupí lo quequedabaen labocafinjiendo nau- seas. El poco líquido que no pudo dejar de pasar fué de tal efecto, que me dejó el exofágo ardiendo y el estó- mago como con un dolor de irritación.—Si tomo la on- za de líquido, me dá una disenteria espantosa, amen de la irritación que concluye con mi vida. Al segundo dia, se me volvió á dar esa misma be- bida, sin duda al ver que no me habia producido efec- to, pero esta vez fué un guardián quien me la trajo á donde estaba, la recibí diciéndole: «Luego la tomaré». —«No señor, ahora mismo».—Mi objeto era botarla porque no tenia agua, para repetir mi operación del dia anterior, pues yo tenia la experiencia de lo que podia sucederme si la tragaba.—Pero mi guardián convino en traerme el agua; así lo hizo y mi estrata- jema se repitió con el mismo feliz éxito; me dejaron descansar por algunos dias; pero como habia aun re- medio, sin duda quien prescriba esos brebajes, lo repi- tió cuando calculó que el anterior estaría concluido; pe- / — 152 — ro esta segunda vez, mas recargado de alcanfor, por- que la única vez que se me quiso administrar, me las- timó algo las encías. El Dr. U.......me prescribió una sola vez remedios; doral con bromuro de potasio; eso lo oí; fué cuando mi guardián, aseguró que yo no dormía, pero callando que era á consecuencia de que su tertu- lia de rocambor y de copas, la sostenía en el salón donde dormía, hasta las diez y once de la noche, y para remate de fiestas, se ponia después en su cama a, leer los periódicos, «El Nacional» generalmente; pero de manera de que toda la luz de la vela que encendía para su comodidad, me daba de lleno en la cara. Pa- ra rai felicidad mi buen viejecito me facilitó una fresada y la colgaba á los pies de un catre que interceptaba el mió de el del guardián; éste sin embargo, en mas de una ocasión, me obligó á quitarla; no creo que sería pa- ra vigilarme, ni cuidarme de noche, porque ciertos dias dormía él tan profundamente, que creo que hubiera sido imposible recordarlo por el momento. Para evitar remedios como el del alcanfor líquido- y sus consecuencias, recurrí á pedir «cápsulas de bro- muro de alcanfor» á mi casa; me las dieron, una á ca- da comida; era la Hermana de Caridad quien me las traia, me las daba y me dejaba en libertad de ha- cer con ellas lo que quisiera, con disimulo las botaba, pero mas tarde exijió el guardián que á él se las die- sen, ya así se hizo, entonces éste no se movia hasta que yo no las tomaba; los primeros dias me importó poco hacerlo, pero noté que me hacían daño á la ca- beza y que al entrar al baño, se me agolpaba la san- gre á tal estremo que temí caerme en el agua. En ese momento mi medio auditivo volvió á decirme.— «No tome U. esas cápsulas porque no le convie- nen». Así lo hize, valiéndome de la destreza de pres- tidigitador, al hacer la prueba de esconder la moscada. > Nadie notó mi destreza sacándome así de las conse- cuencias de los malos resultados de un remedio. — 153 — En las veces que solía hacer la visita el médico S. C. entraba sin tanto aparato; unas veces por la mañana, otras de dja; pero hacia lo del otro; si venia el prac- ticante con él, el recetario nosenaciade otro modo. Fué este médico el que me decia algunos dias con- testando mis interpelaciones «Sr. Paz Soldán, U. ne- cesita reponerse, tomando el temperamento»—otro día me dijo—«Siga U. reponiéndose y engordando.))—Fué tal la rabia que esto me causó, que no obstante la cal- ma que me impuse tener allí, no pude contenerme al decirle: «Doctor para reponerme y engordar tengo mi «casa; sus comodidades y mi familia.—No soy caba- «11o para que me tengan aquí en inverna.» Fuera de los momentos de visita no permanece ja- más ningún médico ó practicante en el departamento de hombres; el abandono llega á tal extremo, que allí hay uno que solo tiene epilepsia y sufre sus ataques, se cae, nadie le atiende; las primeras veces que lo vi, llamé á mi guardián, lo vio, se encogió de hombros y mi desgraciado enfermo se quedó tendido donde esta- ba. Yo iba en su auxilio; traia agua y le echaba en la cara, atendiéndolo hasta que volvía en sí. Otro dia para cerciorarme del abandono que habia hice lo si- guiente: Yo habia visto á algunos de esos infelices que estaban con úlceras en las piernas, creo de resultas de los grillos, se lo hice presente al Dr. S...C....«Lo vere- mos me dijo»—Fui con él y le señalé mis hombres— Les hizo remangar los calzones, les vio, pero jamás se les puso remedio alguno, porque yo no dejé de obser- varlos y vijilarlos. Los locos ó no locos, no pueden po- nerse zapatos, porque no se les permite tener ni una miserable tijera, las uñas de los dedos de los pies las tienen muy crecidas y torcidas, lo que vi cuando se bañaban. Muchos hay con disentería, lo que noté con solo penetrar al cuarto escusado del corredor chico; pe- ro nadie se queja, nadie quiere decirle á los médicos, como los mismos infelices me lo dijeron en mas de una 20. — 154 — ocasión cuando yo les aconsejaba. Todos estaban allí poseídos de terror; en la visita quienes contestan por el enfermo son los guardianes; ya se podrá calcular lo poco atinado de ellas, desde que nadie vijila, ni obser- va, ni cuida á esos infelices. La contestación es como cuando mi guardián aseguraba que no dormía, no obs- tante mi dicho, ó sin averiguar el médico si era efecto de insomnio natural, ó por causa externa como lo era. Por este estilo mil otros incidentes podría narrar, pero para mi objeto basta y quizás sobra, toca á la Beneficencia Pública de Lima, dictar las medidas del caso para que todo lo indebido desaparezca, y que ese establecimiento sirva para el objeto de su institu- ción y para que salgan de alli muchos que no deben estar, dejando así local para otros que sean locos, y no se carecerá de él como hoy sucede. CAPITULO XIII. Como este trabajo lo voy publicando por capítulos en forma de Folletín, se me han hecho algunas obser- vaciones por personas de respeto, experiencia y cien- cia, que lo van leyendo, que como yo están interesa- das en que logre el fin que me he propuesto conseguir: la reforma del Asilo de Locos. Esas me han dicho—«Sr. «Paz Soldán, su trabajo es importantísimo, sus obser- «vaciones justas y lójicas; pero creemos que algo se «empañara lo que U. dice habiendo unido á él lo re- «lativoal Espiritismo.» Voy á hacer pública la contestación que he dado, sirviendo á la vez la misma para todos los que crean así, ya sea de buena intencior, ya para buscar ese me- dio de desvirtuar cuanto voy diciendo, disculpándose de la participación que han tenido en los sucesos re- ferentes á mí. La Ciencia del Espiritismo, como lo he dicho, sin ser cosa nueva sino de la mas remota antigüedad, cayó en desuso y se olvidó como otras muchas; pero en es- tos últimos años ha vuelto á emprenderse su estudio. Entre las manifestaciones visibles ó palpables por ^de- cirlo así del Espiritismo, se encuentran las de carác- ter puramente sicológico, que dan origen á acciones ó hechos practicados por los hombres, que los conoci- mientos médicos hasta hoy, los atribuyen á locura, pro- veniente de desarreglos del cerebro. Siendo este desarre- glo el origen de la enagenacion mental, según la creen- — 156 — .i cia médica, los remedios y el tratamiento tiende á solo producir efecto sobre la parte humana del hombre, sin tener en cuenta para nada la Espiritual, dando por re- t sultado que lejos de aliviar al paciente, se le aniquila y se llega de una manera verdadera á causar el desar- reglo cerebral que produce la locura de la segunda es- pecie. Antes de ahora he dicho que muchos médicos son materialistas, pero la fuerza de los hechos es tal, que tienen que aceptar que en el hombre á quien le nie- j gan el alma, existe una cosa que la llaman prindpio vi- tal. Es allí donde en muchas ocasiones existe la cau- sa de una enfermedad en el hombre, y allí el origen ^ de las calificadas de nerviosas, de las locuras y otras | varias; por consiguiente el médico de conciencia debe propender á estudiar lo que es ese principio vital según él; que para mí y otros muchos es alma ó Espíritu. Un ejemplo mas material pondrá mas claro esto. En la I máquina de vapor existen dos cosas; ésta y el vapor 1 que la mueve; ambas cosas son indispensables para < que funcione. Si hay algún entorpecimiento, el maquinista j hábil examina si hay defecto en el vapor ó en la má- 1 quina, aplicando el remedio donde se encuentra el mal; pero si cuando el entorpecimiento se presenta, se des- i cuida examinar el vapor y solo se anda tanteando en j la máquina para ver donde se encuentra, el resultado i seguro é inevitable será que si el defecto proviene de \ falta de vapor, la máquina será desarreglada ó estro- j peadaal quererla componer, y no se logrará el objeto, fl Considérese al hombre como una máquina y el alma ó principio vital como vapor, apliqúese mi ejemplo y la idea se comprenderá. , Yo he sufrido las consecuencias de estas teorías mé- ¡ dicas; he practicado el Espiritismo; lo he esperimen- tado, he hecho y hago un estudio diario y conciensudo de sus manifestaciones-, habiendo llegado por este me- dio á comprender y poder hacer una distinción auténti- — 157 — ca entre los actos que un hombre practica por conse- cuencia de la locura espiritual ó del Espíritu y los que pueda practicar por lesión del cerebro; por consiguiente estoy en el deber de probar la autenticidad y la exis- tencia del Espiritismo, porque una vez conocedores de esa Ciencia y su efectividad, llegaremos con mas faci- lidad, sin trabajo ni dudas, á la distinción de las lo- curas que sufre el ser humano; conocida la causa es mas fácil impedir el efecto; ó en otros términos, curar al hombre. Es natural que entre nosotros aun se dude de la existencia del Espiritismo porque apenas se co- noce el nombre; sin embargo, con motivo de mi actual trabajo he tenido la satisfacción de ver que no faltan algunas personas que se habian dedicado al estudio de esta ciencia y de reproducir sus manifestaciones; es cierto que ha sido en la intimidad, por temor de ar- rostrar la incredulidad ó la crítica; pero para mí esto importa poco, porque en el mundo siempre han sufri- do la burla todos los que han lanzado ideas ó descu- brimientos nuevos. No hay de que inquietarse ó ad- mirarse al encontrar oposición sistemática ó por in- credulidad en ciertos casos, esto ha sucedido siempre con los grandes descubrimientos. Un gran genio de la Francia calificó á la locomotora, en los primeros dias de su descubrimiento, de un bello juguete; Salomón de Caus que descubrió el vapor fué encerrado en una casa de locos; á Galileo se le condujo con una soga al cuello á la plaza pública para que se retractara de sus teorías respecto al movimiento de la tierra, y no obs- tante, era tan íntima su creencia que jamás su abjura- ción pasó de sus labios. La Academia de Medicina de París se opuso en una época á que se enseñase la Quí- mica y condenó el Magnetisn o; pasó el tiempo, todo se ha desarrollado y lo que fué ridiculizado, condenado y desdeñado, es hoy dia la palanca que todo lo re- mueve con el progreso que ha introducido, y los que fueron ridiculizados, anatematizados y desdeñados — 158 — reciben hoy el galardón á que su constancia y firme- za de convicciones les hace acreedores, Esplicada la razón de mi insistencia al ocuparme del Espiritismo y asociarlo á este trabajo con las sen- saciones y causas de la locura, seguiré mi tarea. En el Manicomio no solo he esperimentado las ma- nifestaciones espiritistas que dejo indicadas, sino otras muchas, que el relatarlas demandaria un grueso vo- lumen, me he limitado por eso á solo dar cuenta de las mas importantes para el objeto que persigo, pu- blicando mas tarde las que en otras partes del mun- do han-tenido lugar, que comprueban que en mi per- sona solóse ha repetido lo conocido en elgmn mundo de los espiritistas y por los hombres verdaderamente de ciencia que hoy ya estudian ésta. De aquí mi fir- me convicción en la creencia que ya tenia en el Es- piritismo. En mi primer plajio en el Asilo de locos no podia á veces dejar de pensar—«Si realmente estaba loco»— me palpaba 11 cara, los brazos, las piernas, sentia la sensación que esto me producía; me ponia á racioci- nar y mis silojismos eran fáciles, podia coordinar mis ideas perfectamente; procuraba recordar el pasado, todo coincidia bien—«Luego no estoy loco—me de- cia—-«Pero esto que á veces oigo, ya voces auditivas-, desconocidas, ya de personas conocidas ¿qué signifi- ca?—Recordaba la descripción de las facultades de los médiums, luego no es locura tampoco—Por último refleccionaba que si la locura es lo que sentia, era in- dudablemente una locura que á nadie hacia daño; era silenciosa; pasaba su efecto en mi fuero interno; rne de- jaba libres todas mis facultades, por consiguiente mi encierro en un Manicomio era innecesario. Con estos y otros raciocinios no dejaba de sufrir algo moralmen te, porque no tenia á quien consultar, y como yo tenía la íntima convicción que por espiritista me habian con- siderado Uco, la duda solia invadir mi ánimo, y tras — 159 — de ella se me presentaba la situación en que iban á quedar yo, mis once hijos y mi esposa. Era en estos momentos de mortal decaimiento cuando las mas es- pléndidas y auténticas manifeátacionos espiritistas te- nian lugar, todas tendentes á conservar mi fé en Dios y en la Ciencia del Espiritismo; voy á indicarlas. No bien concebía la posibilidad de estar loco, cuando se me repetía «No está U. loco, Está U. acá de una «manera indebida, pero no se crea U. loco, sosiégúese y «no pierda su calma y tranquilidad.» Otras veces se me decia—«Usted saldrá de acá'. Tenga paciencia y observe U. todo, para que á su vez escriba sus impre- siones de loco.» A la hora de comida en muchas ocasiones no tenia apetencia, no es el mejor medio para tenerla el sufri- miento moral y las angustias del alma, un «coma U. señor» me animaba; otros dias se me decia: «coma ü. porque mientras está el cuerpo fuerte su espíritu se mantiene firme» y comia sin apetencia, salvando así de que mis males morales se agravasen con la debilidad ^ corporal. Todo esto lo hacia por la íntima convicción que en mi ánimo tenia de las indicaciones espiritistas porque para mantenerme en esta convicción se me daba una prueba convincente y material que no podia dejar de con- vencer al mas incrédulo". Mas de cincuenta veces me aconteció lo siguiente—Como dudaba, al obedecer por el medio auditico se me decia; «Vamos á darle á U. una prueba de la realidad del Espiritismo ¿Quiere U?» «Sí» era mi contestación—«Está bien—Vaya U. á su salón y en este momento es tal hora.))—Se me indica- ba la hora y minutos—Iba al instante y jamás dejó de señalar el reloj la hora fijada por el Espiritismo. Este hecho se me ha repetido en mi casa, para darme mas fé en la Ciencia del Espiritismo, para emprender su es- tudio no solo filosófico sino material, para encontrar la relación que existe entre el ser humano, su alma ó su — 160 — espíritu y los seres del mundo externo invisible. Otro dia la prueba que se me dio, fué indicarme el nombre y apellido de uno de los médicos del Manicomio que eraá cuyo cargo estaba, el Dr. E...S....C-...L0 que ig- noraba; pregunté y se confirmó todo. En algunas noches se me decia, vamos á moverle el catre y se movia como cuando hay temblor. Otras ve- ces se me hacia oler medicamentos que se preparaban en la botica según se me decia auditivamente. Ya era éter, ya láudano, ya cloral, otro dia era trementina, como cuando se hace uso de una Eolipida. Muchas veces, en los primeros dias, en especial cuando estaba en el Refectorio, se me decia por el me- dio auditivo y téngase siempre esto presente que cuan- do hablo del Espiritismo y digo he oido ó se me de- cia, es como médium auditivo; «Acá está U. en su pre- sidio de Caledonia» « Vous etes un cachelot.» Un dia la manifestación fué mas sorprendente; se encontraba encerrado conmigo el joven señor A...... que usaba unos anteojos negros, de resorte, se los aca- baba de quitar y los estaba limpiando con el pañuelo y se me dice. «Vá U.á ver como le botamos los anteojos, «á ese hombre, cuando se los ponga sobre la nariz».—No bien se los colocó mi indicado compañero, retirando su mano, cuando los anteojos se le cayeron de la cara y se rompió una de las lunas. Varias veces que me ponia á sicografiar para con- vencerme de la existencia del espiritismo me pasó lo siguiente. Se me decia.—• «Tenga Usted cuidado «porque le vamos á romper la pluma ó el lápiz cuando U. menos lo piense».—Me ponia á escribir con suma cautela, sin apretar en lo menor la mano y re- pentinamente, reventaban las puntas de la pluma; ó se quebraba la del lápiz. Seguía escribiendo con otra plu- ma y se me decia. «Luego no podrá U. escribir mas «con la pluma porque la tinta no pintará.»—Así suce- día, limpiaba la pluma, y ni por eso; hasta que se me vol- — 161 — via á decir.—«Ahora ya pintara la tinta, siga U.»—Es- to se realizaba al pié de la letra. Muchos papelitos escritos sicografleamente, he entre- gado personalmente á la Hermana de Caridad que cui- daba ó vigilaba mi departamento y aun en su delante los escribía; esta buena Hermana, solía sonreírse de esto. ¿Creía que estaba loco? Puede ser que en las primeras veces así lo pensase; mas después, cuando yo sin rece- los, franqueé mis sentimientos, de estar plajiado allí; en mas de una ocasión vi que las lágrimas asomaban en sus azules ojos; pues su corazón conservaba la sensibi- lidad de la muger, á pesar de lo acostumbrada que es- taba á ver desgracias y miserias en la humanidad. Entre los papeles que entregué á esa monja, se en- contraba uno, en el cual hacia una profesión de fé y una descripción ó declaración de mi mal; siento no tener la copia para publicarlo. Motivó esto mi creencia de que pudiera créese que como espiritista me habia entregado á su práctica, pero valiéndome de los Espí- ritus del mal ó demonios, cosa que no es extraña, ni desconocida para los que practican esta ciencia por su lado infame ó infernal; así como quien solo estudia la me- dicina, pero paradededicarse á hacer el malo adminis- trar venenos, filtros ó bebidas para resultados in- debidos. Entre los efectos que personalmente experimenté en los primeros dias, el mas notable era la exquisita sensibilidad que tenia, para notar la temperatura del ambiente. Con solo andar por el patio en mi casa y después en los corredores del Hospicio ó Asilo, podia distinguir y sentia las corrientes de aire fresco y ca- liente que en todo lugar existen. Era esta la razón ó causa por la cual en mi casa me la llevaba andando, ya para un lado, ya para otro, en busca de la corriente fresca que me aliviaba el bochorno que sentia, cosa que mis enfermeros no sabían por qué lo hacia. Así mismo apreciaba el cambio de temperatura que producía en — 162 — y mi alrededor la proximidad de una persona, sentia el calor que iba aumentando á medida que se aproximaba alguien y que disminuía cuando se alejaba; así como cuando eran dos las personas. Esto lo comprobé va- rias veces, cerranlo los ojos y abriéndolos cuando pa- saba alguien, por el calor que sentía, cosa que no po- dia saber de otro modo, porque esperimentaba con los infelices que no tenian zapatos y sus pisadas no producían ruido. Varias veces sentí intenso calor al medio de la espalda, entre los dos omoplatos, ■ que aumentaba y disminuía según se ordenaba por voces auditivas, semejante al que he descrito que sen- tia en la parte posterior de la cabeza. Ya que doy noticia de manifestacioues espiritistas que contribuían á darme fé en esta Ciencia y á con- . vencerme de que no estaba loco, también debo relatar 1 otro hecho que en los primeros dias contribuyó á crear- I me dudas. 1 En el Manicomio existen, como lo tengo dicho, mu- | chos individuos que no tienen nada para el que los j observa durante las veinte y cuatro horas del dia; J cuatro de estos formaban su partido de rocambor, jugan- I do los infelices á diez tantos cigarro de papel. Recien 1 ingresé me fijé en ellos, y como yo estaba aburrido m sin tener nada que hacer, me puse de mirón; pero en 1 los primeros juegos llamó mi atención el que al jugar lo hacían sin tener la espada, ni el basto, ni á veces j otro de los matadores del palo; sin embargo, se lleva- ; ba el juego, cobraban matadores y todo como lo acos- tumbramos. Las primeras veces guardé silencio, di- ciendo entre mí,«pobre gente, se entretienen porque su ilusión es completa, creen jugar y tener matadores; «¡ para que voy á quitársela, desde que están locos))—pe- ro viendo la insistencia en siempre jugar así, hacer ; comentarios respecto á las jugadas que se debieron hacer ó no hacer, siempre hablando de la espada y el ¡ basto, como existiendo en una mano, siendo así, que — 163 — estaban en otra, llegué á dudar de lo que veia; para sa- lir de la duda me atreví á decirle á uno, ¿como vá U. ájugar sin matadores? me miró, no me dijo nada y si- guió jugando. No pude menos de decir—O yo estoy loco ó éstos—presencié su juego—me retiré; y al poco rato volví para observar, siempre el misrao trastrue que en los matadores, pero sin orden fijo—«No cabe duda, dije, estos están locos, ó yo he perdido la vista para conocer el naipe»—pero como la tenia buena pa- ra lo demás, me puse á meditar en lo que sucedía— Al fin pude comprender lo que pasaba, una cosa muy sencilla. Entre los cuatro jugadores convenían en va- riar el valor de las barajas—Uno de ellos me esplicó después la causa; el naipe era viejísimo, lo habian usa- do mucho, por el reverso conocían la carta y para con- servar la ilusión del juego, hacian la variación de los matadores en el palo que jugaban. Quien tal cosa pue- de hacer sin sufrir equivocaciones al jugar, prueba un estado de racionalidad muy grande. Aunque todas las manifestaciones espiritistas me distraían y ocupaban el tiempo que pasaba en el Manicomio, no eran sin embargo suficientes para ha- cer olvidar ni rai situación de presidiario, ni los afec- tos de familia. Por mas que procuraba comprender el por qué de mi abandono, el no ver á nadie de mi fa- milia, una sola vez á un amigo, no podia llegar á una solución concreta sobre el particular, vagando mi ima- ginación, como lo he dicho, por el espacio de las con- jeturas. En estos momentos de mortal desvarío pude comprender el célebre dicho de Hamlet, «si será, sino será: esta es la cuestión,)) y mil veces lo repetía, ¿Qué debo aceptar como lo verosímil, como lo verdadero? ¿Estoy loco? Lo he estado? ¿Estoy ó no viudo? Muchas veces se habrá esperimentado por quienes se hayan encontrado en lances de incertidumbre, pero de necesaria solución, qué llega un momento en el cual después de esprimimuestra inteligencia llegamos — 164 — á un estado de arrobamiento en que perdemos la con- ciencia de nuestro ser y del mundo que nos rodea. Nos quedamos como suele decirse, durmiendo despier- tos. Esto mismo me sucedía á mí cuando me abando- naba á la contemplación de mis infortunios y de mi situación, pero cuando volvía en mí ó cuando desperta- ba, mi espíritu estaba mas tranquilo, mas sereno, co- mo siempre acontece á todos. En uno de estos momentos de despertar de mi es- píritu, concebí la idea de que era necesario á todo evento definir mi situación, hablando resueltamente á mi médico D. S....C...insistiendo en la idea de la muer- te de rai esposa, para probarle la necesidad de salir del Asilo y ponerme al frente de mi familia. Así lo hi- ce. Este médico me replicó por la primera vez, asegu- rándome que no estaba viudo. No quise por el mo- mento dar crédito á sus palabras, lo suponía un ardid para consolarme, pues no pude concebir que durante un mes no se me hubiera dado esa seguridad; formulé resueltamente la objeción. —Yo le aseguro que está viva D. Carlos—Replicó. —¿Lo garantiza U. Doctor? insistí. —Sí, señor, yo lo garantizo. Aproveché este momento, sin trepidar y con la resolución del caso, repliqué. —Bien Doctor, si es así ¿me permite U. escribir á mi esposa, para que me conteste y me trae^Ü. la con- testación? —Lo puede U. hacer, llevaré la carta y tendrá la contestación—fué su dicho, después de un momento de vacilación para hacerlo, que me infundió mayor sospe- cha respecto á la sinceridad de lo que habia garanti- zado. En el acto pedí un pedazo de papel y pluma, y con toda la emoción que puede suponerse, y con la incre- dulidad de mi situación; como un general en jefe que escribe sobre el campo de batalla un primer aviso, — 165 — sin pensar en otra cosa que el objeto del momento, pu- se la carta siguiente: ' Octubre 15 de 1885. Querida esposa: No sé que pasa; no sé donde estoy con fijeza—¿Qué significa tanto abandono? ¿Qué es de los amigos? No puedo decirte mas, solo que me saquen á todo costo. Contéstame cuatro letras. ¿Mis hijos como están? Tuyo— Carlos. Doblé la carta, le puse dirección y sin cerrarla la entregué al médico, con la íntima convicción de que no seria ni contestada, ni menos recibida por la perso- na á quien era dirijida, por estar muerta; pero como esto era el medio mas evidente para llegar á la ver- dad, no dudé en escribir. Mi esposa recibió esa carta, el médico tuvo la aten- ción de llevarla en persona; escribió en el momento la contestación que entregó á este mismo médico, pe- ro con sobre y cerrada. Al siguiente dia vino al Manicomio el médico, luego que me vio, asomó la sonrisa á sus labios, y de dis- tancia me enseñó la carta, exactamente con todo el ademan y manera con que una persona enseña una go- losina á una criatura. Sentí una conmoción inmensa, iba á salir de la gran duda que tanto me habia ator- mentado, y temblando recibí la carta que me la entre- gaba diciéndome— —Aquí tiene U. Sr. D. Carlos la carta de su seño- ra. He cumplido mi ofrecimiento. " Le di las gracias, y abrí con calma la carta y leí lo siguiente: Noviembre 12. Querido Carlos. Me encuentro muy dichosa al ver tu carta. No pue- des haber tenido mejor idea que escribirme. Todos tus hijitos muy bien de salud. — 166 — Mi gusto no es completo, completo: fechas tu carta en 15 de Octubre y estamos en 12 de Noviembre. Tranqui- lízate; ponte bueno para tener el gusto de verte pronto. Tu compañera y esposa que tanto te ama— Petronila. Desde el primer momento sospeché que esa carta no era estilo de mi esposa. La volví á leer con mas cuidado toda y mi convicción aumentó. Su misma le- tra, no era igual á la de siempre; para mayor coinciden-^ cía y casualidad, el papel que usó era uno que rara vez lo empleaba, porque no le agradaba, y el monograma que tenia, hecho en Europa, estaba algo borrado y mal impreso, lo que allí nunca ó raras veces sucede, porque quitan el pliego que sale malo. En un instante abarqué este cúmulo de evidencias, y en el estado de creencia en que estaba, lo natural y racional era dudar de la autenticidad de la carta y sospeché que la habian falsificado para engañarme, tanto mas, cuanto que, ni una palabra contestaba res- pecto al por qué de estar yo preso en ese sitio. Sin duda el médico pudo leer en mi semblante la duda que esperimentaba y me dijo: —Ahora que dice U. señor, ¿está viva ó muerta su esposa? —Doctor, no creo aun: estas letras no me parecen suyas; este monograma está como falsificado, pues no es limpio y claro como todos los que vienen de Europa. Se rió el Doctor y procuró convencerme de la reali- dad; pero mi prudencia hizo que suspendiese mis du- das en vista de tanta insistencia y me limité á decirle: —Gracias, Doctor; ha cumplido U. su promesa; pe- ro espero que en lo futuro podré escribir á mi esposa y recibir contestación para quedar convencido. —Sí señor, escriba U. y puede U. recibir su contes- tación—y se despidió. El réjimen de aislamiento en que se me habia tenido con mi familia, no por el deseo de ésta, sino por orden — 167 — y prescripción terminante del médico del Asilo, comenzó á desaparecer; pero si esto habia sucedido por un lado, preciso me es dar ahora una esplicacion de ciertas fra- ses que he subrayado de la carta de mi esposa, porque es necesario que el desenlace de mi tragedia se aclare con toda evidencia; que la verdad aparezca con el es- plendor que es su principal poder, y que las acciones humanas se mediten con la prudencia, el juicio y la buena fé que debe hacerse por aquellas personas cuya divisa es «Verdad en la ciencia, moralidad en el arte.» CAPITULO XIV. La carta que dirijí á mi esposa fué escrita al cor- rer de la pluma y con la íntima persuacion de que no se entregaría, como V/a lo he dicho, de manera que no puse cuidado en nada, sino en lo muy del instante; fué esa carta de prueba; solo que al poner la fecha me equivoqué. Mi carta, sin embargo, le produjo á mi esposa una gran dicha, al ver mi letra; á tal extremo que con fran- queza me dice, «no puedes haber tenido mejor idea que escribirme.» Esta frase expresa mucho, nada me- nos que encierra la creencia de que yo no habia podido ó querido escribir antes. En seguida de lo dichosa que estuvo, vino el desconsuelo para su angustiado cora- zón, y agrega «migusto no es completo, completo, fechas tu carta en 15 de Octubre y estamos en 12 de Noviem- bre. Fatal error! Prueba evidente para ella que mi razón estaba trastornada; porque no calculó que un hombre bueno y sano escribiera una carta fechándola con casi un mes de atrazo. Me aconsejaba que me tranquilizase y me pusiera bueno, para que tuviera el gusto de verme pronto—Frases que siguen revelando la creencia en que ella estaba de que no me encontra- ba tranquilo, sino loco y de que no estaba bueno. Realmente, la creencia de mi esposa era lo que de- jo indicado; creia que no escribia, no porque se me habia prohibido por el médico, sino porque no podia hacerlo: me creia intranquilo como loco y no bueno y — 169 — sano, porque todo esto se lo decia el médico Dr. S... C....De allí, la duda mortal de mi esposa y de mi fa- milia; su deseo de que sanase las hacia desprenderse de todos los sentimientos del alma y del corazón, co- mo un sacrificio, para poderme recobrar bueno y con juicio. De igual manera se le hizo consentir siem- pre que no debia escribirme, y cuando lo hiciera fuese muy lacónica, para que nada me indicase el por qué de mi situación: «me podia hacer daño.» Este fué el modo como se preparó la opinión de los de mi familia, para que se me creyese loco y que de- bia estar en un Asilo de ellos. Pero donde mas cla- ramente vá á resaltar este procedimiento, es en lo que acanteció con mi citada carta. Al recibirla mi esposa, comprendió en el acto que mi redacción nada de ex- traordinario tenia, sino que era de una persona cuer- da y de allí su alegría; pero entonces el médico Dr. S....C...le hizo notar el error de fecha y con esaprueba se la quitó, volviendo á introducir el desaliento en su espíritu; y fué aun mas allá, sujirió el tenor y tér- minos de la carta, que casi á su dictado y después de su aprobación escribió mi esposa! Fué esta la causa de que desconociese su estilo. No fué ésta la única vez que sujirió los términos de las cartas de mi esposa, causándome así males inmensos. En cuanto al error de fecha cometido por mí, nada es mas sencillo. Ha- biendo sido plajiado de mi casa, encerrado é incomuni- cado del mundo exterior, sin tener ni noticia délo que conmigo iba á suceder ó se iba á hacer; suficiente es esto para que á una persona se le pierda la cuenta del dia del mes ó de la semana y la olvide; todos los dias en la vida de cuerdo y sano nos sucede esto. ¿Con cuanta mas razón á un hombre colocado en medio de todos los acontecimientos que me rodearon y rodea- ban? Los equívocos de atrazar la fecha, son muy frecuentes hasta en los documentos oficiales, y al po- ner esa fecha lo hacemos muchas veces maquinalmen- 22. — 170 — te, pero fijamos aquella que por circunstancias es- peciales nos ha impresionado ó nos recuerda algo. En mi caso sucedió esto. El dia en que sufrí el inmenso susto de estar poseído por el demonio, aquel en que fui ala Iglesia de los Desamparados, como lo - tengo narrado en el Capítulo III, fué el lo de Octubre, con la circunstancia especial además, que ha contri- buido á que se gravase mas en mi imaginación, que esa tarde debia comer en casa el señor Calvo, Ministro de la República Argentina en la Nueva Granada, que es- taba de tránsito en Lima con su familia y varios otros señores; pero se ahogó el convite á consecuencia de mi locura espiritista; así es que al escribir con tan poca fé en el resultado de mi carta, puse la citada fecha. Véase pues, como hechos tan triviales, tan corrien- tes, producen resultados tan espantosos y de los que suelen aprovecharse. Por otra parte, ¿Qué datos te- nia el rae lico para asegurar si estaba ó no bueno? ¿Quién vijila, observa ó cuida de dia y de noche á los pobres infelices encerrados en el Asilo? ¿Es suficiente lo que aseguraban ó decían los guardianes? ¿Es esa gente la llamada á cuidar médicamente á los locos? ¿Es que los Señores Médicos del Asilo de Insanos son suficientemente entendidos en las enfer- medades de la locura, para á la simple vista, duran- te dos ó tres momentos de inspección, poder conocer " y asegurar el estado mental de una persona? Ni una sola de estas preguntas se podrá contestar satisfactoriamente en favor de la asistencia médica de ese Asilo. Ya he dicho cómo los guardianes cumplen su misión allí, y si dan datos sobro los enfermos, es sin «luda para hacer creer que están en su puesto de- sempeñando sus deberes: sucede con ellos como cuan- do se paga espías, que para ganar el sueldo inventan, para hacer creer que sirven. Cuando recibí la carta de mi esposa en que me ha- cia presente su desconsuelo por el error de fecha, com- — 171 — prendí en el acto el por qué; pero no habia remedio; jamás pude imaginarme que el medico lo habia hecho notar para introducir la creencia de un estado que no era el verdadero. Posteriormente cuando mi esposa hacia notar lo bien que estaban redactadas mis car- tas, así corno los demás miembros de mi familia, la contestación de los médicos era decir que tenia una «locura razonada» es decir que era un loco racional! Pregunto yo, ¿Es un Manicomio público un sitio para retener y aislar de su familia á un loco racionan La contestación la dará mi buen lector. Para no volver á sufrir error de fechas, procedí á formar un calendario; recordé en esos momentos las aventuras de Robison Crusoe; pero con mas elemen- tos que él, pues yo tenia pluma y papel, hice uno con los dias de la semana en la cabeza y el del mes al pié, como los hay hoy. Para conocer el dia de la semana en que me hallaba, comencé mi almanaque por el dia 15 de Octubre que fué Jueves y lo terminé en 31 de Diciembre, pues quería que en lo futuro mis cartas estuvieran fechadas con el dia de la semana para probar mi buen juicio. Varias escribí después po- niéndoles el dia. Concluido de formar mi almanaque de bolsillo, y para poder desvanecer la desfavorable impresión que el error de fecha habia causado á mi atribulada espo- sa, escribí la carta siguiente: Noviembre 13 de 1885. Querida esposa: No sé lo que hay de verdad en lo que me pasa. So- lo tú y alguno de los mios pueden decírmelo. ¿Estoy preso? ¿He estado loco? ¿Me han traído por loco? Di- me la verdad pura y lisamente, porque por amarga que sea, le deja á uno el espíritu tranquilo y el ver su camino bien claro. La incertidumbre mata; la rea- lidad muchas veces levanta el espíritu y lo fortalece, y hace llevadera cualquiera situación. — 172 — Te he creído muerta; te he llorado como tal, pero recibo una carta tuya del 12. Nada me dices de mi si- tuación; espero pues la verdad, para así conformarme con mi suerte. La verdad por terrible que á tí te parezca, es me- nos terrible que las angustias de la duda en que me tienen. Mil cariños á mis hijos. Que los amigos ven- gan en seguida y verán mi situación, para que vean si es posible continuar así por muchos dias, sin que se me aniquile; por grave que se considere una' noticia, suponiéndoseme enfermo, loco, demente, déseme: salvo que ese sea el ánimo—Tu esposo que te estraña y quiere. Carlos. Remití la carta, dándosela á la Hermana de Cari- dad Superiora del Asilo. Con ansia esperaba el re- sultado de ella; pero mi esposa temerosa siempre de causarme daño, como se lo aseguraba el médico y siempre bajo su censura, me contestó en su papel usual y corriente, la siguiente: Noviembre 14- de 1885, Mi querido Carlos. Mucho gusto tuve ayer de recibir tu cartita. Cuída- te para mi consuelo. Todos nuestros hijos buenos. Tranquilízate que pronto estaremos juntos. Tu compañera y esposa que tanto te ama. Petronila. Mi esposa habría deseado decirme todo, mandar en el acto por mí, en fin, sacarme de la situación en que estaba, pero la Ciencia Médica ponia su veto, y ante el temor de causarme un nuevo retroceso al decir del Médico, á que ella y los mios sufriesen un poco mas, pero para salvarme definitivamente, no habia que trepidar, y por eso se sugetaba, para rai desgra- cia, á las prescripciones médicas. Desesperado con el laconismo, para mí inexplicable de mi esposa, mi desesperación crecía; pero al fin ha- — 173 — bia desaparecido mi creencia de estar viudo. En si- tuaciones difíciles ó de gran duda, lo mejor es medi- tar cuando tenemos tiempo para ello; yo lo tenia, y me puse á calcular el por qué de lo que pasaba. En ésta como en otras veces, mi fé era el recurso á que debia apelar y asilo hice, me encomendé á la Provi- dencia, fué entonces que un nuevo consejo me abrió el camino de próxima salvación y se me dijo—«Escriba «U. una carta á su esposa, dándole cuenta, con la pru- «dencia de U. que la ponga al corriente de todo lo «que pasa, y así ella sabrá lo que debe hacer por U.» Consecuente con mi creencia en la Ciencia del Es- piritismo, seguí ese consejo, escribiendo la carta si- guiente: Noviembre 14 de 1885. Querida esposa: He recibido tu carta fecha de hoy: nada me dices respecto á la causa por la cual estoy acá. Dices que pronto estaremos juntos y que me tranquilizase; mien- tras tanto ni tú ni nadie me dá el por qué. Los Médi- cos del Establecimiento me dicen, «como vá,» «como sigue U.» y se ríen en mi cara, dejan la orden de sa- lida á cargo de V......Viene éste hoy y resulta que tampoco me dice nada; «que sí, que nó»— evasivas y se ríe también de mí. La obligación de un médico es decirle al enfermo, que está sereno y tranquilo, la ver- dad de su situación; si es porque se vá á morir, por eso; si es por cualquiera otra causa, razón de mas. Todo es misterio, y no veo otro plan, á no ser políti- co, sino el de enloquecerme ó volverme un fatuo ó amen- te. Me tratan acá bien, (es lo único) las Madres de Ca- ridad que nada me dicen, sino se quedan calladas. Na- die me dice quien manda acá, pregunto por el Jefe y nadie me indica quien es. Si estoy perdido para el mundo, que venga un sa- cerdote, que con él hablaré, pero que sea el Padre — 174 — Gual ó uno de los Descalzos ó el Dr. Zarate, Roca, cualquiera de los nuestros que me conozca y que se- pa quien soy. Hoy vino el Sr. D. N....R...y ha sido el primero que se llegó á abrazarme de los estraños. El otro dia vino el Sr Q....S....de la casa de S...yunSr. L...los saludé y nada mas. Después vino Daniel nuestro her- mano con Ll....(R)...G...y otro señor á quien no co- nozco, sin duda no pudieron hablar conmigo ó entraron solo con esa obligación de no hablarme. He rogado por lo mas sagrado que tiene un hom- bre para que me suelten y me digan la verdad de mi situación; nadie me lo dice. Aquí está un señor A.... (M)....y otro joven cuyo nombre no sé en verdad (J... O....G... ú otras veces es F....O....) Todo esto es un centro de mil y mil tribulaciones. No sé pues, por qué es este abandono, y aunque quizás esta carta no llegue á su destino, la pongo, pa- ra que tú, si la recibes, sepas lo que pasa, pues por motivos que no puedo calcular, quizás te ocultan la verdad, cuando es siempre menos mal saberla que ig- norarla, cuando no resulta mal para nadie. Calcularás por estas mal trazadas líneas cual es el estado de mi espíritu, y que si dura unos dias mas quedaré perdido para siempre, si es que Dios Nuestro Señor Jesucristo no me ayuda y sigue sosteniéndome. A mis hijos mil recuerdos. A mis padres parte te- legráfico para que sepan la verdad y á los amigos que me libren de los hombres como hombres. Tu amante esposo. ' Carlos. Esta era otra de las cartas de un loco racional; no dejaban de tener razón los médicos, era muy racional mi locura como la de otros muchos sugetos al trata- miento médico del Asilo de Insanos. En esta carta fui tan claro como la prudencia me aconsejaba serlo; pero como nadie de los que rodeaban á mi esposa, ni ella — 175 — misma podia suponer, ni calcular lo que conmigo pasa- ba, ni lo que pasaba en el Manicomio, su inquietud fué grande, pues por un lado ya comenzó á tener pruebas de mi racionalidad al ver mis cartas y lo que los médi- cos decían de locura racional, su clara inteligencia le probaba ser un contrasentido, así es que ya prin- cipió á ver algo y que yo no e**a el loco furioso ni pe- ligroso en que le habian hecho creer; deseaba sacar- me— la prudencia de los médicos todavía quería demorar un poco mas la orden de mi libertad; pero ya se trataba de dármela, pues mi médico de casa inter- venía en el asunto. Al fin se decidió que saliese del Asilo, y mi esposa me anunció este hecho el dia 15. mandándome una carta con una de las criadas de la casa, quien insistió en entregármela personalmente y así lo hizo; la Hermana Superiora lo permitió vinien- do ella misma en su compañía. Esta criada me dio noticias de todos, y en mi casa aseguró lo que antes habia asegurado mi leal amigo, que yo estaba perfec- tamente bien. Mi esposa me habia anunciado que iba á salir del Manicomio pero á «La Punta» lugar de baños cerca del Callao, no me esplique el por qué de esa medida; pero suponia que allí iría toda mi familia. Sin embar- go no me hice ilusiones; vi la cosa por el lado prácti- co, por si acaso no salia el dia que se me designaba, y en previsión de tal acontecimiento le escribí muy temprano la carta siguiente indicando el lugar. Lima, Noviembre 16 de 1885. Querida esposa. Ayer con la negrita Petronila recibí tu cariñosa cartita en que me anuncias que viene hoy V....por mí, pero si esto no tiene lugar, debes tener la seguridad de que me tienen preso acá y hay deliberado propósito de no dejarme salir; no te inquietes por esto, pero haz que Daniel con cuatro mas de los nuestros vengan á sacarme, porque hay intrigas sin cuento en esto. — 176 — Te estraño mucho—Mil caricias á mis hijos. Mis angustias son grandes y me matan el alma. Toma tus medidas con toda calma y resolución— Dios no puede enojarse de esto, porque nada malo es. Hay intrigas de los hombres y nada mas. Tu ESPOSO. Al poco rato de escrita esta carta, recibí una de mi esposa, que contesté al momento y remití con la an- terior. Lima, Noviembre 16 de 1885. Mi querida esposa. He recibido tu carta Noviembre 16 (de hoy). Me alegro saber que tú estás buena. Yo estoy, en cuanto a salud, perfectamente bien; por. lo demás me atengo á lo dicho en mis anteriores; no sé por qué me tienen ó han tenido acá. Veo que me dices que hoy me voy á «La Punta» al rancho de Flores Guerra, pero como á veces pierdo la fé en los acontecimientos por reali- zarse, me adelanto á ponerte estas cuatro líneas para que veas que sigo bien, pero con necesidad de salir, salir. L....estuvo esta mañana acá y con él te mandé de- cir que estaba bueno, y te habrá impuesto del estado en que estoy. Me alegro que Enrique no haya tenido novedad en la salida de dientes; también me alegro que el Dr. A... se haya ido á la Repúbljca Argentina, será un gran consuelo para mi papá. Cuando nos veamos te contaré cuanto me ha pa- sado y me pasa, pues he tenido dias de mil contradic- ciones, de tal modo, que he dudado de ser yo el que soy. Mil cariños á mi Margarita, á las mellizas, á todos los chiquitos, á Luisa y todos los amigos y amigas. Tu AMANTE ESPOSO. Llegó la hora de almuerzo, no habian venido por mí: ya mi sospecha de quedarme allí tomó alguna consis- — 177 — tencia; mas desde que el Dr. C........me habia dicho al pasar la visita cuando le pregunté. «Si iba á salir»— «Mañana saldrá U.»—por consiguiente los anuncios de mi esposa los suponía que solo habiantenido por ob- jeto tranquilizarme un dia antes. Concluí de almorzar, y me dediqué á lo de siempre, «á matar el tiempo» caminando de arriba paia abajo en los corredores, retirándome después á mi salón. Serian mas de las dos de la tarde, estaba sentado con la espalda vuelta á las puertas, contemplando el cuadro de Santa Rosa de Lima, cuando oigo un tro- pel de gentes y voces al abrirse la puerta que dá sa- lida al vestíbulo, ó diré mejor, la puerta del presidio de alcoholistas, volteo la cara instintivamente y veo el grupo de los que iban á ser mis libertadores, com- puesto del médico de casa, el del Manicomio Dr. S..... C......; mi amigo D.F....M....y otro mas—que debia en lo futuro hacer las veces de mi guardián en «La Punta». Avanzó el grupo, con cierta precipitación, noté á la vez en todos inquietud y sobresalto, y á mi leal amigo M....con las lágrimas en ios ojos que se llegaba ya don- de mí y me dice sin saludarme.—«Gracias á Dios D, Carlos.—Aquí está su sombrero—Vamonos»—Me en- tregaba el que traia en la mano. No esperé á que me repitiesen dos veces la orden, tomé el sombrero, pero con calma y con la misma salí hasta la puerta de reja, donde estaba esperándonos un coche.—La precipita- ción con que me sacaron fué tan grande, que no me dio tiempo para despedirme de nadie. Subimos al co- che, se le dio orden al cochero para llevarnos á la Es- tación del Ferrro-carril Inglés—y partió. Mi primer plajio médico, en el Manicomio, habia dura- do desde el 20 de Octubre hasta el 16 de Noviembre de 1885, es decir veinte y siete dias; tiempo sufi- ciente para sanar de la mas furiosa de las locuras, á la vez que la mas insanable, al decir de mis médicos de consulta. CAPITULO XV. n Las impresiones que sufrió mi alma en el mo- mento de salir de este presidio fueron tales, que solo los experimentaría iguales el presidiario que ha cum- plido su condena, ó el preso político, entre noso- ■ tros, que ha visto amenazada su existencia. Las sen- saciones de esta clase no hay como describirlas, no hay pluma que pueda hacer sentir á los hombres, lo que ¡ otro ha esperimentado, en lo referente á las alegrías ó pesares del Espíritu. 3 Mi primer pensamiento apenas se puso en movi- J miento el coche, fué para dar gracias al Hacedor y Dispensador de los beneficios que alcanza la humani- dad. Si alguna vez hubo hombre que con sinceridad elevó su corazón á Dios en agradecimiento, al verse 1 salvo de una situación espantosa, lo fui en esos ins- tantes, al dar gracias por haber recobrado mi liber- í tad. Cumplido este deber, mis ideas tornaron á la percepción de las sensaciones que esperimentaba. Sentí que mis pulmones se ensancharon; el aire me pareció de una pureza agradabilísima que comunicas. ba nuevo vigor á mi cuerpo; me hizo el efecto de que me hinchaba; mis miembros los sentí mas ágiles; la sangre circulaba con mas vigor y como si participa- se á mi cuerpo un calor reparador; mi cabeza se ir- guió; mi imaginación se despejó; fué un cambio com- * pleto el que se operó en todo mi ser. Tras estás rá- — 179 — pidas y saludables sensaciones vinieron todos los pensamientos para la familia y la amistad. Mucho de lo que por mi alma pasaba lo iba diciendo á mis acompañantes; iba como el forastero haciendo notar todo lo que veia, y cuando llegamos á calles que ya conocía, las nombraba, así como los lugares y edifi- cios públicos; nunca me parecieron tan alegres y tan animadas, pues hasta la luz del dia me pareció en ellas mas clara y mas brillante que en el Manicomio, así como la atmósfera mas diáfana y trasparente. Si hemos de juzgar por lo que los ojos revelan, pues son las ventanas del alma, mi médico y mi fiel amigo M......participaban de mis alegrías por la recobrada libertad. En medio de una dicha alcanzada, cuando ya cree- rnos que hemos logrado el descanso, tras largo penar y sufrir, no podemos sin embargo borrar el recuerdo de lo' que nos ha pasado, un grito de dolor, un que- jido del alma siempre se nos escapa; cuando esto te- nia lugar, mi amigo M......me decia «Olvídese de eso D. Carlos—Ya pasó—Gracias á Dios—no piense mas en eso.» Cuan distante estaba él y mas yo, que muy pronto desandaríamos el camino que llevába- mos, para volver á nuevos y mas crueles sufrimien- tos! El coche rodaba con rapidez, por fin estábamos cerca de mi casa, iba á tener el gusto de estrechar entre mis brazos, á la que habia creído muerta y á mis hijos; la emoción me ahogaba, las lágrimas de la alegría las sentia que iban á asomar á mis ojos; pero en ese momento el coche que debia torcer poruña ca- lle para ir á mi casa, siguió de frente; pregunté ¿Por qué no tuerce? un «Espere U. D. Carlos» fué la con- testación de mi amigo—guardé silencio, supuse que habría algún estorbo en la calle y'debíamos tomarla otra. En efecto, así sucedió, el coche torció por la siguiente boca-calle en dirección á ella; pero á la mi- — 180 — - ta.d de la cuadra se detuvo, habia llegado á la esta- -, cion del ferro-carril inglés que solo dista unos cien metros de mi domicilio—¿Cómo—pregunté—No me llevan á casa? ¿Por qué?—No recuerdo exactamente la contestación, pero sí-que se me dijo—«Nos vamos in- j mediatamente á «La Punta»—y su familia irá alli mañana.»—No dejó de causarme una espantosa im- presión este desengaño tras las ilusiones que me ha- bia forjado de ver á mi familia. En ese momento volvió á asaltarme, con mayor insistencia, la creencia de que alguna desgracia habia sucedido en rai casa, y que las cartas que yo habia recibido como de mi esposa ha- \ bian sido una nueva prueba de las manifestaciones del Espiritismo, porque como es conocido y sabido en el mundo Espiritista, se invoca muchas veces el Espíritu j de los muertos, recibiéndose sicógrafos auténticos, es decir de la misma letra de las personas cuando vivas; y como yo en las pocas cartas que habia recibido nota- i ba desigualdad en la letra, y su mismo laconismo, eran '■• para mí pruebas del hecho; si es que no habian sido fal- , sificadas para engañarme, mientras me reponía de i mi locura médica áfortiori. Es de advertir que yo no : habia oido la orden dada al cochero para llevarme á ¿j esta estación. En esos momentos contuve las nuevas 1 y violentas sensaciones que comencé de nuevo- á es- j perimentar; calculé que entre estar preso y plajiado, \ á estar libre, pero distante de rai familia, no obstau- te cualquier desgracia en mi casa, no habia que du- i dar; lo que convenia era alejarme lo mas posible del \ lugar que me habia servido de tormento. Ante este ra- ciocinio, no digo á «La Punta,» al Polo Ártico hubiera ' to del Hospicio es que no hay disposición alguna para comprobar la identidad de la persona que se lleva al Manicomio, con el certificado de la enagenacion;—pues en algunos casos como lo dispone el art. 41 basta en ausencia del certificado la declaración dé tres vecinos que acredite haber peligro para la seguridad pública en el retardo de la admisión del paciente. El art. 42 dispone es cierto que «no sea recibido ningún enagenado que no sea conducido al estableci- miento por sus padres, hijos, hermanos, cónyuge, tutor ó cualquiera otra persona de responsabilidad.» Pero ¿cómo se puede comprobar que las personas realmen- te son las que dicen ser? No se indica, ni se acos- tumbra, de donde resulta que un certificado expedido v para una persona pudiera muy bien servir para otra Cj distinta; la cual enfurecida por la manera como se »•' le conduce, llegaría en estado de exaltación, vocife- ^ raria, diría que no esta loca, acusaría de estar plajiado, pero como ha sido declarada loca y hay certificado médico, se recurriría al castigo, al tratamiento de presidio y poco después se volvería á esa persona amenté é hipocondriaca—Ademas de estas disposicio- nes hay otras de formulario para que contesten las personas que lleven á un loco, pero no se llenan, á lo menos, en las dos veces en que ingresé plajiado al Ma- nicomio, no se han observado—pues hasta por la puerta falsa fui introducido la primera vez, «porque hubo el temor de que si lo hacían por la puerta general ronoceria el local adonde me conducían y me violen- taría.» Esto es prueba de que no estaba en el caso de ser encerrado allí y de que á un in lividuo distinto — 248 — del loco puede ser introducido sin que nadie lo vea. Esto es en sustancia lo que puede acontecer con el Reglamento que hoy rige en el Manicomio de Li- ma; esperamos que el Sr. Director de Beneficencia que ya ha comenzado á dictar medidas para el alivio de los desgraciados que allí se medicinan ó están re- tenidos, también tendrá en cuenta estas ligeras ob- servaciones y el análisis que hago, procurando una re- forma en el citado Reglamento, en especial, en lo re- lativo á las seguridades con que debe estar revestido todo pedido para que allí ingrese un individuo. V CAPITULO XXI. Como es necesario manifestar que me he ocupado de hacer un estudio serio y de mucha, observación, en los dos ramos que abarca este folletín, rae ha sido preciso hacer siempre algunas digresiones referentes todas ya á puntos de pura observación, ya apuntos en que a'go se trata de ciencias hoy conocidas para el mundo ilustrado y no prevenido por el espíritu de cuerpo, por teorías médicas, ni por el inteiés personal de eludir responsabilidades por actos, que en todo caso, debo suponer han sido realizados en n.i contra, con el mas sano deseo pero con el mas desgraciadísimo re- sultado, y por esto los vitupero: porque eso servirá de i saludable lección para los médicos, para las familias y fiara los amigos que con abnegación, corno en mi caso, se prestan á acompañar á los parientes en en- fermedades y accidentes. Desgraciadamente en el mundo todos nos creemos perfectos, todos querernos ver las <*osas solamente por un lado, mas no por todos, de aquí que este estudio que estoy publicando sea. mo- tivo para el encarnizamiento con que una que otra persona procura desacreditarme, sin observar esas per- sonas que yo no he trepidado en ser el blanco de bur- las, de incredulidad, ni de desagrados, porque todo esto es nada cuando hay de por medio una enseñanza que puede aprovechar á la Humanidad. Sé y casi me consta, pudiendo hasta mencionar las personas que por todas partes al hablar de mí, me llaman locoW to- 32. — 250 — man mi número de «El Solv y al leer el Folletín todo lo ridiculizan, pero por desgracia para esas personas, su grado de ilustración no pasa de ser muy superficial; de éstas diré lo que Carlyle, «que tienen alma de lacayos.» Dejaré estas miserias; no volveré á ocuparme mas de ellas; y para dar gusto hasta á esas personas les pre- guntaré ¿Me han'creído loco, me creen aún? Pues si así es, lo aceptaré; soy loco; pero no deben olvidar que en el mundo hay un refrán muy conocido y es «que los niños y los locos dicen las verdades.»—Dejen al loco, pero ocúpense y mediten en las verdades que ese loco dice para bien de todos. Para volver á tomar el hilo de mi narración de vi- da de loco y de espiritista, rae es necesario hacer una lijerísima reseña del estado de espíritu y de creencia que respecto á mí habian sujerido en mi familia las jun- tas médicas con sus fatídicos pronósticos. De esta ma- nera recordará el lector corno en una familia hay ac- ciones, hay condescendencias y aun mas, hay desen- tendencias, que son juzgadas por los estrafíosde una manera desfavorable, porque no están en el por qué de Jas causas y la razón de ellas, como ya lo he dicho. En rni casa hay la costumbre establecida desde mi niñez, de lo que el médico ordena, eso se hace, sin que influya en contra advertencias, ni remedios caseros, ni consejos de viejas como vulgarmente se dice; á tal es- tremo, que cuando se ha tenido/e en un médico, no ha influido la opinión de otros. Por lo que á mi persona respecta soy enemigo de juntas, prefieroser muerto, si tal ha de suceder, por un solo médico y no por varios, porque así estando la responsabilidad dividida, no ha- ce que el médico de cabecera sea tan escrupuloso como cuando procede solo; pero esta creencia no pueden te- nerla todos; mucho menos las mujeres; de allí que cuando mi primer peregrinación en los Desamparados, se convocase una junta; mi esposa elijió al médico en quien mas fé tenia en Lima, y la primera y momentá- — 251 — nea la formó el de cabezera y el Dr. O....Ya he dicho el aterrador diagnóstico y pronóstico que éste dio; sin mas que reconocimiento devista, lo repito, hecho en unos cuantos momentos—«Está loco y loco furioso y peligro- so.—Hay que aislarlo.»—En las demás juntas opinó esto mismo sin reconocimientos. —A mi esposa, á mis hijas, á mis parientes, lo decia—No necesito repetir- las frases textuales que ya he indicado, que dijo á mi esposa y á mis hijas para disuadirlas de que se me asis- tiese en casa ó en otra parte fuera del Manicomio. La influencia de la posición social, política y de cré- dito personal de ese médico dominó, y como se ordenó que debia procederse á ejecutar lo que ese facultativo habia opinado, mi familia tuvo que acceder á todo pa- ra salvarme. Se me secuestró en mi casa, se me incomu- nicó, violentándose de todos modos; el resultado de es- ta violencia, ejercida en un hombre que sabiay conocía lo que hacia y lo que con él se hacia, le obligaron á buscar y recobrar su libertad y el puesto en su casa, procura hacer esto, y sus actos son atribuidos, hasta los mas naturales, á locura.— Mi esposa y mis hi- jas no me veían por orden médica; por esta misma orden me creen loco, loco furiosoy protimo asesino de ellas, y los vijilantes y cuidantes mios, algunos imprudentísi- mos y amigos de exajerar todo, contaban las cosas se- gún el prisma de su miedo y exajeracion, acabando de infundir el mas atroz pánico en mi familia, que aunque deseosa de irme á ver y asistir, las demás per- sonas, por temor á que les fuera á resultar algo, se lo impedían, contribuyendo á sembrar mayor desconfian- za. En estas circunstancias fui plajiado y eucerrado en el Hospicio de Insanos. Cuando salí del Manicomio yo era para todos los que no me habian visto allí y para mi pobre familia, una persona que habia estado loca, loca furiosa, según el dicho de médicos y alguna que otra persona mas, que aunque decían que habian estado en el Manico- — 252 — mió, se referían al hecho de haber ido, pero no al de haberme hablado, porque no se les permitió; creyendo lo que el médico les decia, lo daban como visto por ellas.—Se me saca, pero si estaba bien, no estaba aun bueno, según el médico del Manicomio, y para obser- varme se me traslada á La Punta, donde quedé sujeto á la vijilancia de un novel y atolondrado cuidante ó acompañante.— En estas circunstancias tienen lugar los sucesos en La Punta y en el Callao, de que he da- do cuenta, que toda persona racional encuentra natu- ral y muy bien calculado por mi parte; pero mi asus- tadizo cuidante viene volando á Lima, esparce de nuevo el terror con sus cuentos, entre propios y estra- fíos, y vuelven por consiguiente ár enovarse los temores médicos del primer pronóstico; reaparece el susto en to los, que presurosos vienen á acompañar á la fami- lia, y me encuentro otra vez en medio de una at- mósfera cargada de recelos y desconfianzas que me vífl- via á colocar en la condición del Lego del Convento. Preparados así los ánimos en mi contra fué que me presenté á casa. Mi esposa, como lo he dicho, se apresuró en el acto á traerme el almuerzo que me hizo preparar, sin manifestar el menor temor; pues trajo el respectivo cubierto para que dividiese el lo mito y co- miera como lo hace todo hijo de vecino que está bue- no y sano. Desgraciadamente, lo repito, los Dedeles oficiosos no me dejaron lugar á hacer preguntas y orientarme respecto á todo lo que quería averiguar y saber, para poder normar mi conducta posterior. Las visitas que acudieron á verme en el primer dia, fue- ron muchas, pero si mi ánimo estaba sereno respecto á encontrarme en el seno de mi familia, no sucedía así respecto de rai situación para los demás. En el Mani- comio era cosa que mas de una vez me atormentó en mi primer plajio, la idea que en el público se forma- rían de mí: muchas veces me repetía—«Estoy perdido para la sociedad de Lima y aun para mi país, los mé- — 253 — dicos me han anulado para siempre, de aquí en ade- lante todos me conocerán por el sobrenombre de El lo- co Paz Soldán, nadie me querrá ocupar, mi posición política se perdió, y todo, todo, por ignorancia de la medicina.»—«No tendré mas que emigrar;,me iré á la República Argentina, que allí con lo que sé en ramos especiales y profesionales, tendré posición, rango y porvenir de trabajo y fortuna, porque nadie en su tier- ra es profeta.»—Pero si á tal conclusión llegaba para mi consuelo, no dejaba también de pesar las consecuen- cias y los inconvenientes que tenia el .emigrar; una familia de catorce ó quince personas no es fácil tras- ladar de una parte á otra; el abandonar el manejo de sus rentas á cualquiera, no es cosa tampoco sencilla. Mi situación social, decia, tiene que ser muy difícil, mientras pasa el tiempo [tara probar con hechos y con razones el error y precipitación de que he sido víctima. Felizmente me sobra calma y sangre fría para no alte- rarme ante las sonrisas, las birlas y las indiscrecio- nes de que tengo que ser víctima. Pero no dejaré de ser lo que soy siempre, es decir un padre de numero- sa familia y que ha sabido siempre conservar su nom- bre limpio y sin mancilla, y si he sido ó estado loco, no es vergüenza, como no lo es haber tenido el cólera, las viruelas ó la fiebre amarilla: son males que Dios en via y que no pueden ser imputables al individuo.»—Esto me repetía también cada vez que esas ideas se agrupaban á mi imaginación; pero no podia entonces calcular el esfuerzo de voluntad que es necesario para soportar ciertas calamidades, cuando hay sensibilidad, cuando hay dignidad y cuando uno se encuentra con gente superficial, falta de sentimientos del alma y de edu- cación relijiosa y social. La sensación de mortal ano- nadamiento que se esperimenta cuando uno oye, casi en su oido, ¿Cómo, éste no es loco?—¿Cómo, éste ya está bueno, no estaba loco?—¿Si lo estará aun?—O bien que cu-indo uno está esplicando sus sensaciones, — 254 — dando cuenta del error ó de la precipitación, sale un ser insignificante ó como se dice: «el peor chancho rompe el chiquero» que dirijiéndose al que está al lado de ese malcriado, diga, «estuvo loco,» «está loco toda- vía,» ó se mira con otro igual á él, para reírse en las barbas de uno, es cosa repito, suficiente para ejercitar la paciencia de un santo; ó bien para soterrarse en su casa y no volver á salir á la sociedad. Pero el hom- ^ bre que comprende cual es su misión en el mundo, el hombre que conoce el rango que Dios le ha señalado entre los suyos, desprecia esas pequeñas miserias, se sobrepone á sus sufrimientos, á esas tribulaciones y con ánimo impávido y con una enérgica voluntad se sabe imponer y sale de la situación llevando el con- vencimiento al ánimo de todos, y aun, hasta al de sus enemigos. Pero debo sí advertir que en rai concepto, esta situación en que queda una persona después de ser declarada loca y de san.ar, es causa muy poderosa para que esa persona quede perdida para siempre pa- ra la sociedad, y aun para los suyos, porque se puede apoderar de ella con facilidad el sentimiento de la mas espantosa vergüenza y desconfianza para presentarse en público. El tratamiento posterior en la convalecen- cía debe dirijirse con toda clase de esfuerzos y con to- da prudencia y discernimiento á ensanchar al pacien- te, y á que en la sociedad se le dé el antiguo rango y posición que tenia. Así no habrá recaídas por otro es- tilo, es decir de hipocondría y de fastidio de la vida. En el primer dia de mi estada en casa no dejé de percibir esas sonrisitas de burla y cambien de espan- to, es verdad que mi cara y mi aspecto eran en esos dias el de un loco ad efectum videndi, por la habilidad del peluquero del Hospicio de Insanos, que como se re- cordará, me rapó á la francesa y me afeitó las patillas de la manera mas ridicula posible, como lo he dicho al hacer mi retrato en el Manicomio. Con este motivo á una amiguita mia que me estaba mirando, toda ella — 255 — asorada y que se sonrió una vez al verme, no pude de- jar de decirle riéndome, «no es cierto que tengo una cara de burro»—(así decimos entre nosotros á los que tienen la qara larga y flaca): se me puso colorada y se rae asustó; no sabia á lo que me referia y lo atribuyó á locura; la mamá me miró y una lágrima creí percibir en sus ojos; pero seguí riéndome y afable con todos, para dar á entender que nada rae hacia sufrir mi an- tigua dolencia ó mi estado de loco médico, sin em1 otra cosa pasaba por mi alma, la angustia me a¿ ba, pero sobreponia mi energía para no dejarme nar del desaliento. Sin duda, la caminata de cerca de diez y siete kiló- metros, el almuerzo suculento que habia tomado, me volvieron á prodiiDÍr un lijero bochorno, y como ya sa- bia como remediarlo, recurrí al sudorífico, pedí colchas y me recosté en un sofá del dormitorio á sudar; el re- sultado r/o dejó de alcanzarlo, se me quitó y me vino ganas de dormir; lo que hice desde la una de la tarde hasta las cin;;o, hora en que me levanté, torné alimen- to y volvió el sueño á dominarme; el sueño reparador y de la tranquilidad del espíritu; me acosté á las seis en el cuarto de una de mis hijas para estar así mas in- dependiente—dormí hasta launa de la mañana; cuan- do desperté noté que en el dormitorio de rai esposa aun ardía el gas, como yo estaba ya completamente repuesto, puesto'que habia dormido casi doce horas seguidas, desde la una de la tarde hasta igual ho- ra de la madrugada del siguiente dia, no tuve incon- veniente en levantarme para averiguar la razón por la cual aun ardia el gas. El cuadro que se me presentó fuá desgarrador para mi corazón, toda mi familia estiba 4e pié velando mi sueño; tres amigos las acompañaban, éstos para defen- derlas en caso necesario, así como para ser útiles en lo que se ofreciera. Después de mil súplicas y hasta casi í molestias y enojo, obligué á mis hijas y á mi esposa oargo jovia- domi- — 256 — á que se retiraran á sus camas, después pretendí que ''■• esos amigos también-se fueran, les hacia ver la inutili- dad de tal molestia de su parte, no hubo razón que los convenciera, porque ellos, como lo repito, lo que que- rían era evitar mi locura asesina, según los médicos, y bajo ese prisma todos mis actos los alarmaba, mi eno- jo, mi exaltación y mi insistencia no lo atribuian al deseo de evitarles una molestia inútil, sino á locura; pe- ro mas prudentes, mas bien intencionados en sus ge- nerososservicios y en cuidarme, consintieron á última hora en retirarse unos, y otro en recojerse á mi cuarto de estudio, recostarse y dormir; no me violentaron, me rogaron que me acostase yo; pero un hombre que ha dormido doce horas casi seguidas, creo que muy bien puede no dormir otras tantas, así se los dije y no in- sistieron evitándome una nueva causa de locura. Debo recordar un hecho, para que eso sirva de ter- y' mómetro para apreciar mi estado mental en esos mo- mentos; cuando salí de dormir encontré á mistres ami- \ gos jugando ajedrez; pero cometían mil chambona- das y era yo, es decir el loco, el que les dirijia las juga- \ das, haciéndoles notarlas faltas en que incurrían. Durante el dia habia recorrido mis cuartos y habia * notado que todos mis útiles de lavatorio habian sido -* retirados de él, pedí mis navajas para afeitarme y po- '■'■ der estar aseado, pero se me negaron, diciéndome que luego me sacarían todo porque lo tenian guardado, pe- ro la verdad era que por orden médica se hizo un se- cuestro general de todas mis armas, navajas y demás útiles propios para asesinar, infundiendo así un terror y una creencia muy positiva de la posibilidad de mi ¡ furor asesino según el pronóstico médico; pero como nun- \ ca tiene uno al uso todos sus útiles de aseo, en especial 'j navajas de barba, pude encontrar una, aunque malísi- ma, y á eso de las seis de la mañana me afeité y me aseé como todo hombre de mundo; salí al salón donde '.! ya estaba la familia, que con la inquietud en que es- , taba no pudo conciliar mucho el sueño. — 257 — Debo aquí dar cuenta de lo que influye el modo de tratar á una persona: cuando entraba ó salia á mis cuar- tos, no dejó de acompañarme un joven que me quiere mucho, pero como esta continua fiscalización me y-llegóá fastidiar, se lo hice así presente, y después de " una lijera insistencia de su parte, accedió á lo que yo quería, llegando la vez de retirarse por completo de la casa, á mi ruego, paVa que no pasase mala noche; me evitó un disgusto, una molestia muy natural y un pre- texto mas para qué se me creyese loco porque quería li- brarme de estar en la condición del lego del convento.— Es cierto que este joven no estaba poseído del pánico de otros, y mas que todo, tenia la fé y la creencia que con su buen modo podia hacer de mí todo; yo que co- nocía esta sana intención le di gusto siempre que era conveniente y le contestaba con cariño y afecto á sus exijencias. En el segundo dia de mi estada en casa no dejé de tener visitas desde temprano; llegó la hora de almor- zar en momentos en que estaba hablando con un ami- go, como era consiguiente, tan luego que llamaron, le invité á quedarse, aceptó y fui á avisar á mi esposa para que supiese el huésped que teníamos, pasando después ai comedor. Se sentó á mi derecha, no dejé de hablar del inmenso placer que sentia y de lo feliz que era al verme otra vez en mi casa, en el seno de mi familia, después de los sufrimientos que habia esperi- mentado; por supuesto que comia teniendo mi cubierto con el cual cortaba mi carne, el lomito que me prepa- raron, que en mi vida me pareció mejor. Mi hués- ped como era natural, no dejó de tomar parte en la conversación. Mi esposa estuvo algo avergonza- da, al tener un huésped que si era antiguo cono- cido, no era sin embargo de aquellos que son del inte- rior de la casa, y se disculpó del pobre almuerzo que se le presentaba, pero que lo aceptase por la buena fé con que se le habia brindado por mí y después por 33. — 258 — ella. Mi huésped contestó como es de costumbre en estos casos. En uno de los momentos en que reina, el silencio en una comida, oigo que se me dice por el mf dio auditivo, ¿Quiere U. saber lo que está pensando su amigo?—Sí, Contesté, pues yo no desperdiciaba, como no desperdi- cio ocasión de comprobar toda manifestación espiritis- ta—«Bien, óigalo U.»—En el acto comencé á percibir, como lo hacemos los meiiums auditivos con la misma entonación y eco de voz de mi huésped en estos térmi- nos—«Señores, esta familia es generosa; no ha tenido «embarazo en brindarme su almuerzo, que no es malo* «Ella os muy generosa, pero está avergonzada, es na- «tural, primera vez que me siento en su mesa—Este «hombre es padre de una numerosa familia, y precisa- «mente, señores, no encuentro motivo para que proce- «damos contra él.» Mi asombro fué grande cuando concluí de oir esto; mi instinto me decia que algo se iba á tramar en mi contra. ¿Si seria este amigo enviado por algunos de los que me tuvieron plajiado?—Fué lo que en ese momen- to se me ocurrió. No me atreví á preguntar nada; pero mi ánimo comenzó á volver á estar inquieto, por mas que procuraba serenarme—Así concluyó el almuerzo y se retiró mi huésped. En el entretanto no temia á un plajio claro y visi- ble porque para ese evento estaba preparado, estaba armado con un revólver Smith pequeño, lo que ha- bia hecho desde el momento en que llegué á casa—Co- sa muy natural y que la hace toda persona que sabe que ha sido plajiado, como yo lo habia sido, con engaño y co- mo fui introducido al Manicomio, pero es Necesario que indique que no obstante todas las precauciones que los médicos tomaron para que yo no tuviera armas, con cuyo aparato y secuestro no hicieron éstos, como lo he dicho, sino dar una forma mas práctica al horror de su pronóstico errado é inconsulto, la Providencia quiso — 259 — 0 pues, destruir lo infundado de este vaticinio y que encontrase uno de las varios que tenia en distintas partes, como todo hombre previsor los tiene, pues aun cuando llegó el momento del plajio no hice uso de él, porque ese supuesto loco comprendió, que colocado ya en la situación en que pudo hacer uso de esa arma en lefítimu defensa, prefirió dejar consumar la iniquidad que con él se hacia y que Dios castigará á no dudarlo. Ninguno en mi casa sabia que estaba armado. Estoy seguro que á saberlo, nadie se hubiera atrevido á pla- giarme. Quien diga lo contrario no dice verdad. Muchas veces se niega la existencia de lo que se llama una corazonada, es decir esa intuición de un pró- ximo acontecftniento que uno no sabe cual será, pero que presiente, sin embargo; nada hay mas cierto y au- téntico.—Al medio dia vino á verme, como siempre lo hace, un viejo y leal amigo que desde criatura me habia cargado en sus brazos, yo estaba en mi cuarto de estudio, en mi escritorio arreglando papeles, lo hice entrar; apenas lo vi, sentí un algo inexplicable, un algo como dos ó tres veces lo he sentido en la época de mi vida de loco de Manicomio, pero que es un algo que embarga el alma llenándola de mortal angustia y congoja, un algo que sin que uno lo pueda contener le inunda en llanto de pesar y de tristeza; le eché los brazos al cuello y rompiendo en sollozos, le dije— «Amigo querido, no sé que tengo, pero algo, algo me vá á suceder; le ruego que no rae desampare U. y no me abandone.»—Este buen amigo me lo ofreció y me consoló; reponiéndome en el acto después de este de- sahogo del espíritu que solo los hombres que han su- frido desgracias inmerecidas pueden comprender. Des- pués que se retiró mi viejo amigo fui á ver á mi espo- sa y le repetí mi súplica, de que no me abandonase; y que no temiese nada de mi parte, porque no estaba ni habia estado loco—también me tranquilizó, ofre- ciéndome ésto. — 260 — Llegó la hora de comer, un joven amigo fué nuestro comensal. Después que concluimos, sentí como una especie de mareo, una soñolencia inmensa, á tal estre- mo que creia estar borracho; en ese entonces y aun hasta ahora poco esplicaba ésto, como causa del ali- mento demasiado nutritivo para mi estado de debi- lidad y al medio vaso de vino burdeos que tomé, pero mas instruido hoy, que he podido ya leer varios libros sobre el hypnotismo, lo atribuyo á fenómenos de este orden, como lo han sido todos las demás de mis prime- ras crisis, que al principio he considerado como ataque cerebral, no siendo sino ataques de sonambulismo natural unos y provocados otros; mas adelante volveré sobre es- te tema, desarrollando las teorías del caso, las pruebas y el agente ó hypnotizador que los produjo. Sin em- bargo, mi mareo no me impedia darme cuenta de to- do y de aconsejar á mi joven amigo para que en su vi- da no olvidase cosas que muchos jóvenes olvidan, y que cuando llegan á viejos ó en desgracia les sirve de obstáculo para todo.—Mi joven amigo, algo trastor- nado, no dejaba de contestarme, pero de tal manera que me pareció que ó se burila de mí ó que también estaba como yo algo borracho por la comida, y se lo pregunté; viendo que no conseguía mi objeto y cansa- do con los paseos que en mi salón había estado dan- do con este joven, me senté en un sofá adonde me puse á dormitar hasta las ocho ó mas de la noche, ho- ra en que comenzaron varios amigos á llegar, y para estar mas en libertad me recojí al dormitorio de mis hijas y me metí en cama. Esta noche debia ser de grandes manifestaciones ' espiritistas para mí; como debia ser también en la que al amparo de sus tinieblas, se combinase el nuevo complot que debia conducirme al comienzo de la segun- da época de mi vida de loco de Manicomio, en virtud de un nuevo y mas escandaloso plagio médico. CAPITULO XXIL En mi vida dejaré de recordar el espantoso su- frimiento y las mil emociones que esperimenté en la fatal noche del 18 y en la madrugada del 19 de No- vitmibre de 1885. Fué un cúmulo de acontecimientos, unos causados por la enfermedad Monomaniaca que los médicos causaron en mi domicilio entre mi familia, pa- rientes y amigos, y otros que solo pasaban en mi fuero interno como médium; pero acontecimientos que fueron sucesivamente realizándose con la mas espantosa pre- cisión para mí, así como con la mas grande desgra- cia y contratiempo en cuanto meditaba para salvar de mi situación. En esta noche, se llenó mi casa de geate, era lo na- tural, mis relaciones y parientes venían á estar con- migo, exactamente como sucede cuando uno regresa de un largo viaje, pero con la circunstancia de que uno se vé libre de las mil preguntas que tiene que contestar, en este caso, porque como se comprenderá, nadie de- bería por orden médica, promoverme conversación so- bre lo pasado; con lo cual lejos de acertar, creo que se desacierta, sobre todo si se vé que el paciente no sufre con esas preguntas, es entonces el momento opor- tuno para saber y averiguar todos los antecedentes de una época de enfermedad real ó declarada por la me- dicina; es en estos momentos cuando se pueden recojer útilísimas observaciones y aun esplicaciones sobre una dolencia, que si ee recopilan cuidadosamente formarían — 262 — con el tiempo el catálogo de todos los síntomas, sensa- ciones y aun diré, diagnóstico, que nos conducirá al mas acertado conocimiento de las causas productoras de la dolencia. Repuesto ya con 1». siesta se ensanchó un poco el espíritu, y arreglando un poco mi persona salí al salón para saludar á todos los que allí estaban, así como calculando que yo podría quedarme con las visi- tas para dar lugar á que mi esposa y mis hijas fueran á dormir, puesto que la noche anterior habia sido casi de vela continua: y el poco rato que se recojieron no se podia considerar como de descanso. Las visitas se prolongaban, era ya algo avanzada la noche, pretendí que mis hijas y aun mi esposa se re- cojieran, diciéndolo é instándolas al objeto en voz al- ta, valido de que todas las personas que estaban pre- ' sentes eran de confianza, pero mi insistencia no fué atendida, aun mas, fué motivo de un lijero terror para ,1 todos: este buen deseo y natural solicitud de esposo y padre cuidadoso, fué traducido por síntoma de locura. 3| Yo por mi parte calculé que mi esposa no querría irse ■' á dormir, no por falta de deseos, sino por no querer i dejar de hacet los honores de la casa, á la vez que el de estar al lado de sus hijas en momentos en que esta- -^ ba lleno el salón de jóvenes. Esta idea motivó en mí la de ser franco con mis amigos de confianza, rogán- doles que nos dejaran y con las maneras mas suaves y políticas les dije—«Amigos mios, les agradezco sus atenciones y compañia; yo, como ustedes lo ven, no necesito ya cuidados, á Dios gracias, pero como mi fa- milia no ha dormido ni casi se ha desnudado anoche, ruego á ustedes que nos dejen para que todos nos acos- temos—Es innecesario que ustedes se mortifiquen en velarme ó en acompañarnos. Dispensen esta franque- za, que rae la tomo, por la confianza y amistad que ten- go con ustedes.»—Todos permanecieron callados por el momento, sin embargo algunos mas prudentes, mas — 263 — convencidos de lo racional de mis observaciones y de mi súplica principiaron á retirarse, entre éstos, por mi desgracia, se encontró mi viejo amigo, á quien de dia había suplicado no abandonarme, así lo hizo, para con su ejemplo obligar á todos á que nos dejaran—pe- ro no consiguió su objeto. Viendo que á pesar del ejemplo dado por algunos, no se retiraban los demás, volví á insistir en rai súplica, pero ya mostrándome al- go mas enojado al ver que no se me atendía, pero sin mejores resultados.—Mi pobre esposa que esto veia, me decia—«Luego se irán Carlos»—¿por qué los botas?—Porque quiero, hija mia, que todos se acues- ten, anoche has trasnochado y eso te hace mal»—«No los boto, pero como tengo franqueza con ellos, no pue- den enojarse porque les pida que nos dejen dormi1*, desde que ya es tarde»—Estas mas ó menos fueron las palabras que contesté, pero viendo que mi esposa sufría con lo que decia, tomé el partido de volverme á retirar á mi dormitorio, metiéndome en cama, para que luego que esto vieran, dar confianza á todos y se despidieran dejándonos libres.—Mis cálculos no salie- ron exactos. / Mis acciones lejos de ser apreciadas en lo que eran en realidad, solo se veian por el lado de loco, toda exi- jencia era locura, y sin duda de aquí que comenzá- ronlos diálogos entre mis buenos, pero aprensivos ami- gos de que «D. Carlos no está bien,» «D. Carlos está exaltado—Hay qu« ver lo que hacemos» y quizás en esos momentos no faltó alguno que otro, mas impru- dente ó mas miedoso, que dirijiéndose á mi esposa e hijas, renovase los temores del fatídico pronóstico mé- dico. Entre los presentes se encontraba la persona que ese dia habia almorzado conmigo, y por todos los antecedentes que he podido recojer, fué éste el que mas parte tomó en fomentar estos sustos para llegar á realizar el plajio que se efectuó. Viendo que la noche avanzaba y que mi familia no — 264 — se habia recojido, no sabia que partido tomar, me pu- se á calcular lo que podia ser y la causa de que tan- tos amigos permaneciesen hasta esas horas en mi casa. En esos momentos oigo que se me dice—«Va U. á oir lo que está pasando en el salón, para que U. se los diga tan luego como salga U. de acá»—En efecto co- mencé áoir auditivamente las voces de todas las per- sonas que estaban en mi salón. Se trabajaba, según lo que decían en formar Lojias, pero teniendo por base el que se juramentaran todas mis hijas y mis cuñadas para no desmayar en buenas acciones, ni casarse sino con el hombre que fuera moral y que diera pruebas de buenas costumbres, honradez y trabajo—y para con- seguir este objeto, formar Lójias ó Sociedades Mesme- ristas.»—La presidenta elejida, según lo que seguía oyendo, fué una de mis hijas, la cual pronunció el dis- curso de inauguración. El que hacia de jefe ó iniciador de ellas y de profesor, era un joven médico que esta- ba en casa.—He narrado con toda exactitud y aun in- dico las palabras que oí, que he subrayado, (1) porque como lo repito, me he propuesto no omitir nada de lo que he esperimentado, y que recuerdo, para que todo sirva de punto de estudio, tanto por lo que respecta á la Ciencia del Espiritismo, como para la de la Medici- na. Mas aéelante, por mi parte, esplicaré la causa y el origen de estas manifestaciones;—tan disparatadas en apariencia. No bien cesé de oir, me levanté en el acto de la ca- ma, y como estaba con calor y por otra parte todos lo que estaban allí, no eran de etiqueta, salí al salón de recibo sin ponerme el cuello de camisa. En momentos en que yo entraba á mi salón, lo ha- cia un grupo de jóvenes, que al recojerse á su casa vie- ron la puerta de la mia abierta y desearon averiguar de rai salud; pero yo sorprendido al ver tal grupo en- (1) El Espiritismo inventa nuevos términos ó palabras. Este he- cho es perfectamente conocido por el mundo espiritista. — 265 — trar á esa hora, era como la una de la mañana, pregun- té á que venían, en verdad algo molesto, pues habia tenido tiempo de abarcar el cuadro que se me presen- taba, cual era el ver á mi esposa pálida, á mj^ hijas lo mismo y mis cuñadas despiertas, sin acostarse aun, sin duda por las visitas que habian y que se volvían á presentar. En ese instante, viendo tanta gente regresé á ponerme el cuello para presentarme con mas decen- cia. Cuando volví, el grupo se habia disipado, enton- ces dirijiéndome a mis hijas y mis cuñadas, sin vaci- lar, les (lije que las habia oido, que querían formar Lo- fias ó Sociedades Mesmeristas, en fin cuanto habia oido audit.vamente en mi cama. Sin duda este lenguage que para ellas, como para to- dos los presentes, tan fuera de la verdad, tan despertado para el que no estaba en autos espiritistas, era prueba de trastorno mental, y si á esto se agrega, que cuando salí la vez primera lo hice sin cuello de camisa, dan- do así mas realce á mi aspecto de loco ad efectum vi- dendi, quedaba completo el cuadro y confirmada la general creencia.—Ademas como continué instando á mis amigos, á mis parientes, á todos para que se reti- rasen, dejando que mi familia se fuera á acostar, mi exaltación iba en aumento al ver que no se me hacia ca- so; llegó la vez de dirijirme á la persona que habia al- morzado conmigo, enróstrele su inesplicable proceder, su terquedad al no querer dejarme en paz en casa, que se retirase, «dirijiéndome á él porque era el de mas confianza para mí»—pero nada—mi situación de Lego def, Convento se hacia insostenible, no pude menos que decirle—((¿No se vá U? pues entonces ya no me que- da otra cosa que hacerlo botar con mi sirviente, ó que agarre un palo, una arma, cualquiera cosa, para hacerlo yo mismo—pero como esto no es posible, U. no hace mas que mortificarme.—Dispense que le diga esto, pero es por la confianza que tengo con U., que desde ióven me conoce.»—Con semejante lenguage que J 34 — 266 — era el que cualquier horabre cuerdo puede usar, colo- cado en la condición en que me colocaban mis amigos en mi casa, con el conjunto de circunstancias todasr que deben tomarse en cuenta, no hacia sino empeorar mí situación de hombre cuerdo, era confirmar que era loco! Este es el poder de la Medicina en casos dados; un médico dice hay viruelas en tal casa, y aunque cin- cuenta afirmen lo contrario, el dicho del primero es el que ha impresionado, y por precaudon, todos abando- nan al pretendido enfermo sin averiguar la realidad. En la locura sucede lo mismo; un médico dice «está lo- co, puede llegar á ser asesino de todos» y sin mas exa- men, cuando falta un hombre'de calma en una casa, se atiende por todos á precaver el futuro peligro con- tinjente descuidando la realidad verdadera de actualidad* y si para desgracia del paciente se le encierra en un Manicomio como medida de tratamiento, el caso es de- sesperado, esa persona necesita meses, hasta años á veces para destruir el juicio médico pronunciado después de solo momentos de observadon superficial. En mi ca- sa, nadie, ni médicos, ni amigos, ni parientes, se toma- ron el trabajo de averiguar interrogándome el por qué de mis acciones ó dichos: los médicos no lo necesita- ban, hablaba de Espiritismo y eso en su saber profun- do fué suficiente. A mi esposa, á mis hijas, personas con quienes podia entenderme, esplicandoles lo que sentia, con franqueza y con libertad, se les aisla, se les obliga por todos á que no me vean. Se me trata como cosa; un loco deja de ser para la medicina hasta un ani- mal, porque al pobre loco se le quiere por la fuerza obligar á que haga todo, jue nada objete, ni á nada se niegue; es mas desgraciado que el animal, que una vez que se niega á hacer una cosa, se le deja que muera en paz, sin sufrir tormentos ni castigos. A un locóse le hace por la fuerza aquello que cono- ce que le causa mal ó daño; su dicho, nada sirve en es- te caso; la Ciencia Médica es infalible, ordena baños, — 267 — por ejemplo: al baño con el loco; y sin embargo ese in- feliz hombre siente que cada baño le dá bochornos en la cabeza, le dá mas excitación nerviosa, en una pala- bra, le deja descompuesto, y sin embargo por lo mismo mas baños, según el refrán que «quien no quiere caldo la tasa llena.» Puede esto llamarse tratamiento médi- co, pero yo y cualquiera que esto lea, no dejará de de- cir que es todo, menos lo que se pretende,—Esto pasa en el Manicomio de Lima, esto ha pasado con mi perso- na, yo lo he esperimentado y por eso lo denuncio.— Que la Medicina del saber verdadero y bien intenciona- do tome nota. Hay un dicho muy conocido, y es que «Ni son locos todos los que parecen, ni parecen todos los que son.» Si yo siendo reputado loco, hubiera tomado todos los remedios que me prescribieron los médicos en mi casa ó en el Manicomio, hoy estaría perdida mi salud; si tomo el alcanfor disuelto, no hubiera podido contar nada; si en lugar de recurrir á una astucia para salvarme de tomar remedios que no necesitaba y me re- sisto, por la fuerza me son administrados, y pare U, de contar. Lo que digo es hecho real, no filosofo. El loco era mas cuerdo, tenia mas conocimiento de lo que necesitaba, de lo que le era necesario, que los cuerdos médicos. Lo único que no podia eludir eran los baños, pero ¿qué sucedía? que cada vez que se me llamaba pa- ra tomarlo, era tal la impresión que esperimentaba, á consecuencia de los castigos que se me habian aplica- do cuando fui conducido allí, en cinco ocasiones, que por mas esfuerzo de voluntad que oponía, un temblor espantoso se apoderaba de mi cuerpo, desde el momen- to que se me llamaba hasta una hora después de toma- do el baño; llegando á veces al estremo que me era di- fícil el desabrocharme al desvestirme, sino con suma pausa. Quien en esos momentos me hubiera visto, es decir médico ó no, hubiera dicho «Paz Soldán está con principio de parálisis ó baile de San Vito»—¿Creen los — 268 — médicos del Manicomio que nada de esto vén ú obser- van, que esos baños bajo semejantes condiciones son de provecho y de salud; es ese el tratamiento prescrito? No mil veces nó. Esos baños conducen á la sobreexcita- ción nerviosa; de allí alas calenturas del cerebro; á los accesos de furia; álajs desesperaciones y después al de- caimiento del cuerpo, al idiol isino y por fin á la muerte. • ¿Quién es el culpable de esto? Vosotros, Señores Médi- cos, que pretendiendo curar un mallo agraváis, por * que no queréis romper con vuestras teorías, siendo así • que en la medicina el hecho tiene mas fuerza que el \ dicho.—Lo que conmigo ha sucedido es otra prueba de que el reputado loco es muchas veces mas cuerdo que los reputados cuerdos.—En mi casa, todos fueron con- vertidos en monomaniacos, eran ellos los locos, no yo.— Existia la manía de que podían ser asesinados por mí— ¿Quién causó esto?—Los médicos.—¿Con qué antece- - dentes? Porque así lo creyeron y nada mas.—Conte- mos los hechos como han pasado, y verán los Señores Médicos, como las peráonas cuerdas pueden estar locas sin que nadie así lo crea, y viceversa como los cuer- dos pueden ser reputados locos porque solo lo dicen los médicos. Lo que dejamos dicho, vá á ser luego confirmado. En efecto, esa noche estaba en casa de visita un mé- dico, quien notando todo lo que he indicado, la espe- cie de terror que existia, la congoja de mi familia y el natural deseo de aliviar lo que el suponía excitación ner- viosa según las teorías médicas, no siendo sino excita- ción de la situación del Lego del Convento, se acomidió á administrarme un remedio, para ver si así me adorme- cía. ¿De qué medio se valió? Uno que si era ingenioso para la situación en la cual él creia que me encontra- ba, fué desgraciadísimo para cuando el supuesto pa- ciente está bueno. Mi esposa es sumamente nerviosa y muy enemiga de remedios, es lo que en términos mé- dicos se llama un sujeto dificil, conociendo mi buen — 269 — amigo médico que me negaría á tomar un medicamento, como es natural que se niegue quien estando bueno y sano se le propone que lo tome, llamó á mi esposa pa- ra decirle lo que iba á hacer. Entró á mi dormito- rio con ella, noté que ésta se acostó en la cama, pero vestida, no dejó de chocarme; pero el médico se llega donde mí y me dice despacito—Su esposa está - enferma, necesitamos darle inmediatamente un medica- mento; tiene un ataque de nervios, pero no lo quiere tomar; le hemos dicho que es tan inofensivo que hasta U, lo puede tomar; dice que si lo toma U., ella lo toma- rá.»—Está bien, Doctor, con mucho gusto.—¿Qué cosa es?—fué mi natural contestación y la de todo esposo que por ver sana á su esposa, ó una madre á sus hi' jos, no trepida en tomar un remedio, si así logra que sea tomado por otro.—«No es mas que hostia, he he- cho una pildorita para que crea que U. toma el reme- dio»—=me contestó muy por lo bajo, se me hizo hacer esta pequeña intriga, tomé la pildorita de hostia y seguí satisfecho; me aproximé á ver á mi esposa quien se hizo la dormida. Hé aquí dos personas, dos esposos que mútuatamente estábamos engañados por la Ciencia Médica. El marido tomando en realidad un remedio, pero en la creencia, solo prestándose á una simulación para que la esposa á quien creia enfer- ma lo tomase y pudiera sanar. La esposa por su parte, se fingía á su vez enferma para que el esposo, por ca- riño á ella, fuese obligado á tomar remedios que creía le iban á sanar, porque también lo suponía enfermo. ¿En el fondo de todo qué habia? Mis actos en este instante eran todos cuerdos, para el que solo aprecie lo que hacia y su por qué; per<> si se suponía que mi esposa estaba loca, el hecho de meterse vestida á la cama lo comprobaba, de donde resulta que los actos de locura son muy difíciles de apreciar porque eso de- pende del modo ó el criterio con que son juz- gados. De aquí se desprende una consecuencia y — 270 — es, que el médico es el primer elemento para crear una locura y una monomanía en otros. Es una causa muy po- derosa y muy positiva de locura real, porque según sus prescripciones puede obligar á que otro practique ac- tos, que son apreciados de diversos modos.—¿Me di- rán los médicos que no es así? Les contestaré. «Alto allí! Ustedes todos los dias denuncian locuras como producidas por los sacerdotes; ¿no es así señores médicos? Esto es exacto, pues bien; esos son médicos que se ocupan del alma y según es el tratamiento que le prescriben, es el resultado obtenido. Vosotros soy médicos del cuerpo; pero equivocando el sitio del mal, que está en el Espíritu, aplicáis remedios al ser humano, aniquilándolo y destruyéndolo; ademas del ! hecho positivo que para curar al cuerpo, es forzoso, \ rozar en muchos casos con el alma—sois pues así tam- : bien causas de locuras y de otros males. Al poco rato volvieron á querer darme otra pildori- ta de hostia,—¿para qué? pregunté.—Ya no tomó Pe- tita?—Sí: me contestó el médico, pero necesita tomar cada hora su medicamento, me replicó. Tomé mi dosis simulada y seguí sin pensar en mas. En una de las veces que se me administró, quiso lo Providencia, que sintiese un sabor muy amargo; deshize en pedazos la bolita de hostia, con la lengua, y pude notar que con- tenia varios pedacitos, amargos; conocí en el acto, que se me habia sorprendido. Con disgusto y con sorpresa á la vez me dirijo al médico.—«Doctor qué significa es- to? U. me ha engañado y me ha estado dando algún remedio»?—No contestó nada; su rostro se encendió de rubor;—continué diciéndole con desagrado ya, estas palabras textuales porque las tengo gravadas en mi cerebro.—«Doctor, siento mucho que U. por sorpresa y cuando yo no lo he pedido, cuando yo no he habla- do con U. para que me cure y cuando yo no lo necesi- to, me dé remedios. Tenga U. entendido que á nadie se cura sin su consentimiento, mucho menos con en- — 271 — ganos. Le agradezco su buena intención, pero U. reco- necerá su lijereza al haber hecho esto. Dispense mi lenguaje, pero U. comprenderá que tengo justicia, y que mi ánimo no es ofenderlo».—Esto, dicho con toda firmeza y con calma pronunciado hizo que mi pobre amigo se pusiera aun mas encendido, su semblante es- taba amoratado, pues por carácter es pundonoroso, y delicado.—Reconoció la justicia que tenia pero esto no me tranquilizó, porque no bien comprendí que ha- bia estado tomando remedio, sin necesidad, temí algún grave daño para mi. ¿Cuántos medicamentos en estado de enfermedad dan la salud, pero en iguales dosis en en otras condiciones matan? Este temor lo expresé, le pregunté qué me habian dado; procuró tranquilizarme respecto á las consecuencias: no me satisfacía esto, entonces me dijo que eran globulitos dosimetricos;—que solo eran para hacerme dormir.—«No lo necesito doc- tor. Déme un contra remedio» le dije—«que vayan á llamarme á otro médico en el acto» fué mi exclamación porque en ese momento, el medio auditivo me dice:— «Ló han querido adormecer para volverlo á plajiar.— «Tome U. unas cuantas gotas de láudano—eso le será suficiente»—Pedí en el acto láudano, me lo nega- ron; fui á mi botiquín, no existia el pomo; recurrí á pedirle una receta á este médico, me la puso; mandé por ella á la botica, á la vez que iban por el otro mé- dico. Pero........como se trataba de un pobre loco, todo se simuló, se hizo el aparato de salir, y nada mas—al poco rato regresó el joven á quien supliqué me hiciera ese servicio, diciendo, la botica estaba cerrada; el mé- dico vendría luego, ó algo por el estilo, que no recuerdo porque yo ya conocía que todo era inútil, y no se me daria gusto en nada. ¿Cuál fué el efecto de los seis ó ocho globulitos dé medicamento que se me dio indebidamente? Mi buen médico, no lo supo; fui plajiado en esa mañana; pero yo si lo sé; al dia siguiente sentí una espantosa — 272 — sensación de vaguedad y dolor sordo en la parte in- terna de los ojos, en el cerebelo y que la luz me cau- saba á la vez mal-estar; durante dos ó tres dias expe- rimenté este desagrado adquirido por la Medicina, que pretendía curarme de lo que no existia.—Si en lugar de este mil, otro mas grave hubiera sido la consecuen- cia,- ó hubiera muerto, los mélicos que ordenaron mi nuevo plajio y los que se prestaron á ejecutarlo hu- bieran dicho. «Paz Soldán murió de un ataque de lo- cura» y nadie hubiera dicho que el deseo de un médico, que poco me vio, llevándose del prejuicio de autori- dad, creyéndome loco, administró un medicamento que me envenenó y me mató. —Otra vez me es necesa- rio llamar la atención dé la Medicina sobre este he- cho; sobre la condición de una persona que está loca real ó en apariencia; que cuando asegura una cosa, es porque sucede muchas veces, que siente lo que dice; pero como la Ciencia Medica, quiere en este mal ó en- fermedad sentir por decirlo así, lo que siente otra per- sona, cosa imposible porque las sensaciones son fenó- menos sicológicos muy personales, resulta que no se le hace caso á un paciente, y diagnosticada una enfermedad, suele con frecuencia decir el enfermo, «siento tal ó cual cosa», pero como la Ciencia Médica dice que en esa enfermedad es otra la sensación, se encuentran muchos médicos que le dicen al paciente. «No es po- sible que sienta U. esto; son aprensiones» ó por ser mas cómodo. «Son nervios».— Critico filosóficamente á la Medicina sobre "hechos, y por eso en casos da- dos, y aun como punto general, repito, no debe perderse de vista que ella es una ciencia que mucho acierta pero mucho yerra; marchando siempre á tientas entre ti- nieblas mas ó menos densas. A todos los tormentos morales de esa triste noche se agregó esto mas, el creerme envenenado: mientaas es- peraba á'que viniese el medico que fueron á buscar, ó mejor dicho que se aparentó buscar, me puse & medi- —■ 273 — tar que partido tomar; cuando hay palma para pensar las consecuencias de un lance, viene luego la confor- midad; calculé que ya el mal estaba hecho y si debia morir; moriría; sino, Dios me salvaría. Ya estaba vol- viéndome fatalista. Fui á mis cuartos de estudio y re- currí á lavarme bien la cara y aun algo la cabeza, esto acabó de reanimarme por completo y me repuse—volví á salir al salón para satisfacer á mi médico de lo que le habia dicho, pero en razón y con justicia. Este ami- go se dio por satisfecho, comprendiendo mis sentimien- tos, y al poco rato se retiró; hasta hoy sigue siendo nuestro amigo. Mi naturelaza sufrió, pues, intensamente con estas diversas y tan violentas emociones; mi sistema ner- vioso tenia que resentirse, y mi genio debia agriarse, al ver que la imprudencia, la terquedad, y el no mo- _ verse de casa mis amigos era la causa de todo, por £ consiguiente, redoblé mis solicitudes y mis exigen- ■ cias para que se fueran, pero ya en términos mas enér- gicos y precisos; me dirijia casi siempre á la persona que habia almorzado conmigo; sea que estas reconven- ciones lo hubieran incomodado, sea que tenia acuer- dos con el méjfico, sea su propio recelo, susto ó impre- visión, lo cierto del caso fué que él se constituyó en director de lo que conmigo se debia hacer; mandó á los jóvenes que estaban en casa en busca del Médico del Manicomio y también el de casa; no sé que recado lle- varon; no he podido averiguarlo, porque cuando llegó la vez en que pidiera explicaciones de la conducta de quienes me plajiaron, todos han rehuido la res- ponsabilidad como se verá mas tarde. Mi médico de casa, mandó contestar que estaba indispuesto y que á las ocho de la mañana vendría; el médico del Manicomio se negó á venir á verme, y ordenó, al que fué á hablarle, que me llevasen amarrado al Mani- como donde me vería y me curaría! ¡Con que facilidad se ordenaba el secuestro de un 35 — 274 — hombre de entre los seres racionales!! He allí un médi- co, que sin ver, por solo lo mucho ó lo poco que le re- latan, sin conocer la verdad de los hechos, sin nuevo re- conocimiento del paciente, lo incapacita civilmente y racionalmente. ¿Es esto curar? Es esto cumplir con la mi- sión de médico? ¿Quien tal hace delante del público, puede suponerse que su conducta será mejor en el Manicomio donde él es el soberano? Bastó esta sola orden para que como consecuencia, el que almorzó conmigo, dispusiera todo para mi plajio se mandó buscar coches para las seis de la mañana habló á dos amigos mas induciéndoles á que sirviesen de ayudantes, y se comenzó á trabajar en la mente de mi angustiada esposa y en lá de mis hijas, para con- vencerlas de lo necesario de la medida, que ese suje- to hábiá concebido y pónia en obra;—pero ¿cómo lo hizo? Esto lo diré en el siguiente capítulo. CAPITULO XXIII. No siempre es posible al narrar sucesos, seguir el orden riguroso en que han tenido lugar, pues para no distraer la atención del lector, es necesario continuar con el que se ha comenzado hasta llegar á un punto en el cual se le pueda dejar, para comenzar con otro suceso que tenga relación con el anterior, ó que conviene para lo que mas adelante se vá á decir. Por | esto me es foizoso volver atrás, es decir unas pocas horas, lo que nos dará tiempo para que vengan los coches y se prepare el plajio de que fui víctima. Entre las personas que vinieron á estar conmigo, se encontraba un compadre mió, señor de edad y de res- peto á quien también se le negó la entrada al Manico- mio, á pesar de su posición social, en las veces que procuró verme allí. En uno de esos ratos, nos pusi- mos ápasear de arriba para abajo en mi salón, con- versando sobre cosas insignificantes; en esos momen- tos, fué cuando tuve la mas espléndida manifes- tación del poder del Espiritismo, digo espléndida, por sus resultados, que todos los he visto realizados, con una muy marcada y fatal desgracia para mí.—Voy pues á dar cuenta de todo, y espero que los hermanos en Creencias Espiritistas, los hombres pensadores, los hombres que investigan esta ciencia del Espiritismo, procuren tomar nota de esto para que sirva una vez mas de prueba fehaciente y auténtica de su existencia. Paseando, pues, en mi salón indicado, oigo (por el — 276 — medio auditivo siempre) un diálogo entre dos voces, se- rias, graves, muy pausadas, pero ala vez muy autori- tativas y como de quien está acostumbrado al mando, que dicen—«Vamos á hacer el horóscopo de este mor- tal»—al poco rato oigo nuevamente—«Este hombre tendrá mucho que sufrir, pero saldrá triunfante de todas las pruebas que tiene que soportar, será feliz una vez que haya cumplido su plazo, que será mas ó menos largo, según que sus INTERFERENCIAS sean mas ó menos favorables»—«En segundo lugar las pruebas que sufrirá van á ser crueles pero su consti- tución y su organización le salvarán—En tercer lugar habrá una conspiración y traición entre los suyos; y se- rá encarcelado; de esa cárcel saldrá según sea el re- sultado de sus interferencias sin la ayuda que le presten los suyos—En todo caso volverá á ser encar- celado por segunda vez, se le pondrá grillos y será mas ó menos feliz según sea la manera como soporte estos contratiempos; pero llegará la vez en que salga de allí y será para no volver mas, porque su misión en la tierra es otra.—De aquí para adelante su conducta será la que determine su bienestar 'futuro, si Dios Nuestro Señor uo dispone lo contrario de este horósco- po, que con su permiso le estamos haciendo oir.» Apenas concluyó esto volvió á decírseme que era ne- cesario que el estado del corazón se me auscultase, eso s lo hicieron de una manera muy especial, como en dos 1 ó tres ocasiones me ha acontecido, y era haciéndome decir~«Uno, Dos»- por muchas y repetidas veces, hasta que oí—«El corazón de U. no tiene novedad por ahora—está bien y no tema nada.» Aquí me es necesario hacer una digresión científica que conceptúo de importancia, para aclarar sucesos pa- sados. Antes de ahora he dicho que el Espiritismo ó sean los Espíritus crean palabras nuevas ó hacen uso de unas muy técnicas.—La palabra interferencia se me ha — 277 — repetido muchas veces en manifestaciones auditivas en inglés y en francés. Según el diccionario tiene varias acepciones, una de ellas es «El acto ó circunstancia de intervenir, mezclarse ó interponerse.»—En el caso ac- tual, esta palabra suple una frase entera y el pensa- miento indicado queda así, «según que los actos ó las cir- «cunstancias que intervengan, se mezclen ó interpon- «gan le sean mas ó menos favorables. Para mí como lo es para otros muchos, los oráculos etc. no eran sino manifestaciones espiritistas, pero su vaguedad en ciertas circunstancias, creo yo, en vista de lo que yo he esperimentado, que provienen del uso de esas palabras especiales ó muy técnicas, cuya acep- ción era dificil precisar, mucho mas que lo es hoy que tenemos diccionarios en donde están consignadas to- das las que existen; así este es un ejemplo, en el Dic- cionario Español de Salva y en el de la Academia no hay la palabra indicada; en el de Roque Barcia, solo existe como término de Física la «sucesión de ráfagas alternativamente brillantes y oscuras:» pero en el In- glés de Webster, se encuentra varias acepciones á la palabra «Interference.» Mi horóscopo puede aceptarse como la respuesta de un Oráculo; si no tuviéramos diccionarios, la cosa podia en español parecer algo incoherente para el que no co- nociera la Física, si se toma su acepción física; pero co- mo hay otros idiomas y allí es fácil la consulta, se acla- ra el significado y la intención del oráculo al espresar ó indicar esa palabra, completando de una manera muy redonda el pensamiento. No sé si antes de ahora esta observación habrá sido hecha por algún comentador de los oráculos, sibilas y demás medios de adivi- nación antiguos. En todo caso creo de mi deber hacer esta indicación al mundo espiritista, para que ellos por su parte con mas elementos y mas instrucción que yo, tengan este dato ó prueba mas. En el mismo momento se me ordena que con mi — 278 — amigo y compadre fuese á mi cuarto de estudio y le hiciera ver lo que era el Espiritismo, para lo cual se me haría sicografiar en su delante —Así lo hice, me fui con él y tomé un pliego de papel y lápices, de varios que tenia sobre la mesa, pues habia tenido la idea de probar á todos los presentes la realidad del Espiritis- mo, haciéndoles sicografiar, como después lo he hecho con varios amigos. Lo que me dictaron los espíritus fué bien largo, recuerdo lo principal, que por circuns- tancias muy graves no lo indico; pero que el amigo alu- dido estoy seguro que no lo olvidará; en seguida le leí en voz baja lo que había escrito, tomó el papel, lo dobló y se lo guardó.—En el acto iba á quitárselo, pero no lo pude hacer por el respeto que me merecía y tam- bién porque juzgaba, que ese papel en su poder podría ser útil para lo que allí estaba consignado y no abusa- ría de él. No sé si este amigo cree ó no en el Espiri- tismo, desgraciadamente cuando salí del Manicomio para no volver mas á él, apesar de los pronósticos de mis médicos de consultas y de uno que otro que no me quiere bien, ya habia abandonado el país. Cuando entré con él á mi estudio, habia cerrado las mamparas de la puerta, pero me pareció que alguien se puso á estar de escucha por la puerta que daba al patio, en ese momento oigo otra vez lo que pensaba el que esta- ba haciendo de jefe de obra en mi contra, pues así se me dijo—«el Sr....está pensando lo siguiente, oiga U.» «Señores, démonos prisa, porque si el Sr. V....que es- tá con Carlos se apercibe y se convence de la verdad, este hombre se nos escapa.»—Esto me alarmó, porque tras tantas manifestaciones tan auténticas que habia tenido, no dudé ya de que alguna calamidad me iba á acontecer. Mi compadre se levantó, por fin, se fué al otro cuarto de estudio, yo le seguí para alumbrarle con un fósforo; estando allí vuelvo á oir que me pregunta- ba «si tenia donde esconderme,» mi contestación fué afirmativa; debo aquí hacer una declaración en ver- — 279 — dad, y es que no recuerdo si esta pregunta la oí como médium ó realmente me la hizo, pero sí recuerdo que le contesté de viva voz. Nos encaminamos otra vez al salón y al poco rato sin despedirse se retiró, sin que le viese, lo hizo á la francesa. Cuando me apercibí de su ida, vuelvo á oir lo siguiente—«Compadre Paz Soldán (con su misma voz) «No sabe U. que el papel que U. me ha dado es tal que podia llevar al patíbulo á un hombre?»—«Pero no tema U., que está en poder seguro; por eso le aconsejo que ningún sicógrofo sea entregado á persona alguna, porque mañana ó cualquier dia ésta puede hacerle traición.»—«Así amigo D. Carlos, de aquí en adelante queme U. todos sus sicógrafos apenas los haya U. leí- do y meditado.» Todo esto me puso excitado, mas inquieto, como lo digo, y de allí nació uno de los principales afanes de quedarme solo, porque habia resuelto no volver á recibir persona alguna en mi casa durante una tempo- rada, hasta no dominar la situación en mi familia. Un momento lo creí esto un hecho, porque el individuo de quien yo ya tenia indicaciones de que estaba tra- tando ó ideando mi plajio, se retiró de casa, á la vez que mi viejo y leal amigo á quien habia suplicado no abandonarme, después regresó para seguir impacientán- dome con su presencia, para mí ya de mal agüero. Mis continuas exijencias, á medida que la noche pasaba, ó mejor dicho que se aproximaba la aurora, eran motivadas por una angustia inexplicable que me quitaba hasta la respiración; el corazón me latia de la manera que lo hace cuando se encuentra uno en peli- gro real y positivo, pero grave y de consecuencias; mis amigos fueron poco á poco retirándose, hasta qae me dejaron á mí solo con la madrasta de mi esposa, con sus hijas mis cuñadas, á quienes, viendo que ya eran cerca de las seis de la mañana, les rogué que se fue- ran á recoger á su casa; al fin se fueron.—No sabia — 280 — yo que solo eso esperaba mi plajiador para ejectuar su plan. En la noche del 18 y madrugada del 19 de Noviem- bre fué ésta la situación en que estaba colocado en mi propia casa, muy rodeado de cuantas personas me eran queridas, tanto amigas como parientes, pero to- das, lo repito, con muy pocas excepciones, con la alu- cinación y la monomanía sugerida por los médicos de que estaba loco, loco furioso y para lo futuro loco asesi- no, por consiguiente era necesario qué se me vijilase á todo evento. Después de mil ruegos, molestias, exaltaciones y casi ó sin casi, hasta verdades claras y directas, con- seguí que se retirasen todos, pero solo quedó el que se habia tomado á cargo la ingrata y muy incovenien- te tarea de ser el que debia arrastrarme nuevamente plajiado al Manicomio, «para evitar probables desgra- cias.» Viendo esto rae fué necesario decirle ya de hom- bre á hombre, desde que estábamos solos, que me es- trañaba su conducta poco digna, pues aunque era ami- go, no estaba autorizado para por solo esta circuns- tancia seguirme mortificando con su presencia hasta esas horas que eran las seis de la mañana. Su con- testación, como quien murmura, no la entendí, pero por su ademan, equivalía á decirme lo que el Dr. S....C...cuando increpé su tratamiento médico—«Ya verás hasta donde te vá á llegar el agua.»—Mi calma iba á abandonarme, casi le apostrofé mas enéticamen- te, pero mi esposa con toda la suavidad del caso me dijo—«Cállate, Carlos mió, ya se irá, ¿cómo lo botas de tu casa»?—«Lo boto, hija mia, porque cuando hay un amigo imprudente como éste, q le vé que en toda la noche no te has acostado tú y mis hijas y se le está rogando para que nos deje y no lo hace, hay que po- nerse una vez colorado y no ciento amarillo.—El me- jor que nadie conoce que tengo razón, pero no sé cual es su capricho ahora» fué mi contestación. Volvió á reí- — 281 — nar el silencio; pero no se movió este imprudente, y pa- ra evitarme mas exaltación me retiré del salón, me fui á encerrar á mi cuarto de estudio, pero con todo el furor interno de que puede estar poseído quien se encuentre en situación análoga. Me recosté en un sofá, decidido á dormir un rato; pero la corazonada de que algo se tra- maba en mi contra no me dejó sosiego y me levanté para observar, escuché y no oí ruido ni conversación en el salón, salí con la creencia de estar solo, fué en- tonces que reparé que~ mi esposa y mi raptor próximo estaban sentados en la testera hablando muy despa- • ció. Cuando llegué al medio del cuarto, ambos se pu- sieron de pié; mi esposa con toda la calma necesaria sin ni siquiera apurar el paso, se encaminó á la puer- ta que dá al patio, se detuvo un momento como quien vacila, contempló la luz de la mañana y continuó co- mo si fuera á tomar el aire, siguió hasta la puerta de calle y vaciló otra vez; fué entonces que yo avancé 1 hasta el corredor y le pregunté adonde iba; pero la pobre que estaba con un semblante de muerto, no me contestó nada; mi estupor en ese momento me pa- ralizó toda función humana.—Tras de mi esposa si- guió mi próximo raptor. Regresé al salón, y en uno de esos arranques de an- gustia y desesperación levantando las manos al cielo, imploro el auxilio divino, exclamando—«¡Qué sucede, Dios mío!!—Esto causó una confusión entre mis hijas menores, que en esos momentos salieron al salón, por que vieron lo que su madre hacia y que se iba á la calle, venían á ver lo que pasaba; cuando me vieron en esa actitud, corrieron a llamar á sus hermanas mayo- res y hasta á los sirvientes; mis dos hijas mayores vinieron una tras de otra, á la primera que se me pre- sentó le dije en tono rápido y de mando—«Corre, vé lo que sucede á tu mamá que se ha salido á la calle, pronto»—á la otra le dije lo mismo.—Ambas salieron tal cual estaban, sin ponerse un solo abrigo; pero tan- 36 __ 282 — to mi esposa como mis dos hijas apenas llegaron á la puerta de calle, torcieron á la izquierda y no volvían. Sea la circunstancia de ver tres señoras salir sin abrigo como si algo grave aconteciera; sea que se hu- biera buscado gente para lo que se tramaba, lo cierto > del caso fué que noté un grupo de personas del pueblo y un soldado parado frente de mi casa. Temí el que se realizase el pronóstico espiritista del Manicomio de que ' quizás venían á apedrear mi casa, de allí, que se ha- bia tomado el partido de sacar á mi esposa, como me- dida de precaución para evitarle el susto, atendien- : doá su estado nervioso. Todo esto sucedió con mas rapidez de lo que tardo en narrarlo, y los sucesos se agolpaban á mi mente con vertijinosa violencia. Tuve un momento el mas grande deseo de esconderme, de irme al techo y por alli escaparme, porque el dicho de mi horóscopo de que habia una conspiraron entre los que me rodeaban, se hizo evidente; debia salvarme; pero el que es padre^ \ sabe que hay lances en los cuales uno arriesga todp por los hijos; calculé que viniendo una pueblada ó algún ataque á rai casa, mis tiernos hijos que allí es- taban, correrían el riesgo de ser asesinados; me domi- ¡ né, me armé del valor necesario para defenderlos y * defenderme, me preparé para todo evento, fui á mis cuartos de estudio y maquinalmente tomé mi sombre- ro, examinando antes el estado de mi revólver para ■; que no fuera á fallar, volví á salir al patio para afron- tar al populacho ó á quienes vinieran al ataque; pero en esos momentos se cerró el postigo de la puerta de calle; sin embargo calculé que debia permanecer allí y que en estos casos supremos con un poco de resolu- i cion y arrojo, con calma, se suele dominar una tormenta de esta clase y que en último caso, con levantarle la tapa de los sesos á dos ó tres de los primeros que en- trasen con ademan hostil, pues esos serian los cabeci- llas de la manifestación, todo terminaría y se correrían — 283 — los otros; muy distante estaba entonces en pensar que iba á ser sorprendido en mi propia casa por mis ami- gos de la manera mas inconsulta. Mientras tanto pasaron algunos minutos, pero co mo no oí demostración de lo que yo sospechaba, calcu" lé que todo se calmaría y la presencia del policial ha' bría dispersado á los del complot de apedrear mi casa" por ser yo espiritista, idea que se me sugirió como lo> repito, en el Manicomio, por el medio auditivo, cuya esplicacion la daré mas adelante. Pero si me tranqui- licé por esta parte, mi inquietud se renovó por otra aun mas grave para mí, ¿Si será algún accidente el que ha sucedido á mi esposa en la calle al salir?—fué lo que se me ocurrió, su semblante al salir estaba hi- pocratizado, mi angustia no conoció límites; me iba á precipitar á la puerta de calle para ir en auxilio de ella, cuando se abrió el postigo y veo entrar á mi co- mensal de almuerzo y seguido del joven que me acom- pañó en la comida, recobré un poco mi calma, espera- ba la esplicacion que estas dos personas debían dar- me délo que pasaba, avanzaron despacio, el uno tomó mi derecha, era el joven, y la izquierda la otra perso- na que ya peina canas; me encontraba yo de frente, tratando de leer en sus semblantes lo que quería sa- ber antes de interrogarlos; pero como se dividieron como lo dejo indicado, estaba indeciso á cual de los dos, que ya estaban á mis costados, debia dirijirrae; cuando de la manera mas rápida y para mí de mayor sorpresa, me veo agarrado de los brazos por cada uno; comprendí en el acto que iba á ser víctima de algo, se habia realizado el horóscopo, la conspiración y la traición tenia lugar; quise resistirme, no pude contrarestar á los que me tenian asido por los brazos; me arras- traban ya, pedí auxilio á mi mayordomo que se pre- sentó en el corredor, pero no me lo dio, porque se le ordenó lo contrario, pedí entonces explicación de este hecho á mis dos raptores; se me dijo que rae llevaban — 284 — á otra casa para evitar la aflicción de mi esposa, que corría peligro al verme. Esto me serenó, porque co- nocía la razón de esto por su estado patológico; dejé entonces de luchar, llegábamos á la puerta de calle, pedí que me soltasen, diciéndoles—«Si es así, déjenme ir por mis propios pies y sin ser arrastrado.»—Así lo hicieron, y tan es esto lo evidente que lo confiesan co- mo lo verá mi lector. Salimos á la calle, me dirijí al coche, subí á él con la mas grande angustia en mi co- razón, pero con la mayor tranquilidad aparente, como lo vieron en la calle todos los vecinos—el coche no par- tió inmediatamente, esperando á otro joven que tam- bién debia acompañarnos, pero que no quiso tomar parte en todas las tramas contra mi persona; al fin llegó y nos pusimos en camino. Yo con la creencia que iba á la casa de personas amigas, pero ellos, sobre todo la persona cruel, irreflexiva, falta de calma y hasta de sentimientos del corazón, sabiendo que me iba á encerrar en el Hospicio de Insanos, valiéndose otra vez de una atroz celada. En el coche se sentó á mi izquierda el que hizo de jefe: al frente, al la- do derecho, el joven que le ayudó y á su izquierda el otro joven. Durante el trayecto, varias ve'ces les su- pliqué, como ya lo habia hecho en mi casa, de la ma- nera mas expresiva del mundo, que no fueran á en- cerrarme en la casa de locos, que no tenia nada; pero ellos me negaban esto; llegó el coche á la calle donde estaba la casa adonde se me dijo iba á ser trasladado; pero el coche en lugar de torcer á ese lado, tomó para el opuesto: en ese momento lo horroroso de mi situa- ción se me aclaró mas, se me plajiaba, volví á rogar á mis crueles raptores que «por Dios no me fueran á llevar al Cercado—no tengo nada.» No tengas cuida- do se me replica. Entonces fué que oí auditivamente lo que el joven E...A....estaba pensando, como ya lo he indicado en uno de mis capítulos anteriores. En mi interior pedia auxilio á la Providencia; pero — 285 — qué hacer, cuando mi horóscopo se tenia que cumplir! Así íbamos, cuando llegamos á las Cinco esquinas, vi un grupo de personas allí paradas, bien vestidas, quise implorar auxilio, pero mi raptor principal me lo estorbó.—Confieso que en esos instantes me pasó por la mente el sacar mi revólver y hacer uso de él, pero como eso no hacia mas que agravar mi situación, me contuve, esto es prueba de lo acertado del pronóstico de mis médicos de consulta Dr. O....y el del Manico- mio Dr. S...O...Comprendí que mi destino era el Manicomio; las calles que recorríamos me lo decían, desandaba las que recorrí hacia solamente tres dias, Me encomendé a Dios—«Hágase tu voluntad» fué lo que en mi interior repetía. Llegamos por fin al Hos- picio de Insanos, mis acompañantes bajaron por am- bas portezuelas, yo permanecí en el coche mientras todos se preparaban para formar mi escoljta; en este instante volví á tener el pensamiento de sacar mi re- vólver, porque ya toda duda del complot y traición deque era víctima habia desaparecido, los sufrimientos morales y físicos que en este sitio habia sufrido, se me agolparon vivísimos y con mas intensidad que antes; tuve la intención de pegarles un balazo y después desta- parme los sesos; pero en ese momento se me dice au- ditivamente—«Valor, Sr., Ud. no debe estar acá mas de «diez dias, y por diez dias de sufrimientos que U. so- «portará, no vale que U. haga dos asesinatos y un suicidio.» En este misrao momento volví á recobrar mi calma.—«Soportaré mi martirio,» repliqué mental- mente; pero tuve deseos de sacar el revólver para de- jarlo en el coche, ó bien entregarlo á uno de mis rap- tores, pues para nada me servia en el Manicomio, una nueva corazonada me anunciaba que él seria cau- sa de algún mal para mí; pero se me vuelve á decir que no lo hiciese y que lo llevase conmigo. Colocados ya mis raptores en el puesto que á ca- da uno designó el que hizo de jefe; se me dijo — 286 — que bajase del coche, lo hice así, y fui conducido hasta la misma puerta interior del presidio llamado Asilo ú Hospicio de Insanos, y entregado á los guar- dianes. Al pasar por el vestíbulo de entrada, reparé que allí estaba mi fiel y leal amigo F....M....¿Cómo— exclamé en mi interior—tú también estás metido en la conspiración y traición? — se me replicó por el me- dio auditivo—«No es así; á última hora ha sido llama- «do para que venga á presenciar lo que pasa y pueda «certificar los hechos.» Así habia sido en realidad. Voy ahora á filosofar y dar las explicaciones nece- sarias para que todo quede en evidencia, para evitar comentarios, porque no me cansaré en repetirlo, el objeto que persiguo es el de una saludable y autén- tica lección de experiencia para que de ella aproveche la humanidad. ¿Qué había sucedido para que mi esposa se hubiera decidido á salirse de casa preoipitaniente corno lo hizo sin que ni sus hijas lo supieran? Una cosa muy es- pantosa, una cosa que. no quiero calificar: nada menos que la convicción que se sujerió á mi esposa que yo ha- bia dicho que la iba á asesinar, que la habia amenazado con un rifle, y con un revolver, lo que debia efectuar de un momento á otro y que era necesario que ella consin- tiese de todos modos en que se me volviera á encer- rar en el Manicomio para salvarse y salvar á su fa- milia; quien tal cosa sujirió fué el que hizo de Jefe en estos sucesos inventando esa falsedad, para arrancar- le un consentimiento, que ella por último no lo dio, prefiriendo salirse á donde una amiga de la casa veci- na: de allí su palidez mortal, de allí su indecisión al salir y de allí el que llegase á esa casa, casi muerta, ahogándose por la emosion y por el pánico que seme- jantes imprudencias le habian ocasionado, y por últi- mo que estando allí dijese, porque asilo creía, se habia venido por que yo quería asesinarla!! Hé aquí hasta donde habia conducido el error y preci- — 287 — pitacion de un pronóstico médico! Hé aquí hasta donde otro médico, sin reconocimiento, sin venir á averiguar la verdad de los hechos, y solo por lo que dijeron—dispo- ne y ordena que un hombre sea encerrado en un Mani- comio y los ejecutores de esa orden, al cumplirla, lo hi- cieron de una manera poco cuerda y tan inconsulta, causando el trastorno á una familia. No se diga que exajero, no se diga que altero un solo instante la verdad de los hechos, no: distante es- toy de eso. Mi esposa ha tenido que ser el blanco por algún tiempo de las críticas mas ó menos encubiertas que por su consentimiento en tenerme encerrado en un Manicomio, y el no permitir que se me viera habia dado lugar; pero hoy que la verdad se ha hecho paso, como siempre tiene que suceder, se verá que ella no podia hacer otra cosa que aquello que médicos, que parientes, que amigos le decían, le aconsejaban, la ase- diaban y casi sin su voluntad hacían, porque los sufri- mientos la ponían impotente y la desfallecían hasta con- vertirla en autómata. Los pocos amigos que veian cla- ro, no podían contrarestar la autoritativa palabra médi- ca; sus reflecciones eran nada ante el saber médico; mi esposa sufría doblemente, por el esposo al verle perdi- do y por su propia situación y estado de ánimo. Ella no hacia sino lo que todos le aconsejaban que hiciera para salvarme, y todos procedían á su vez, por que los médicos eran quienes oscurecían la verdad, para fines que no es del caso indicar. Mi pobre espo- sa, hoy que vé ya claro el drama real en que hemos estado envueltos, mas de una vez con las lágrimas en los ojos, ha repetido — «qué iba á hacer, Carlos mió, yo pobre mujer, silos médicos, y si amigos como T....que debia suponer eran hombres de saber y de calma me engañaban,—si á pesar de las reflecciones que yo hacia con tus cartas en la mano, me decían era una locura racional,nero peligrosa: yo tenia hijos, yo deseaba salvarte y la salvación se me decia estaba — 288 — allí!!» Las crisis nerviosas y el sufrimiento que ella esperimenta cada vez que tocamos este pasado, son in- mensas, porque ha visto hasta donde pudo haber lle- gado nuestro mal. Si en lugar de ser mis raptores las dos personas que lo fueron, lo hubieran pretendido hacer con car- gadores, como se me ha dicho fué la orden del médi- co ¿el Manicomio—estoy se^ iro que en el primer momento, bajo el imperio de la creencia de que mi ca- sa iba á ser apedreada, yo hago uso de mi revólver contra ellos, causando así una muerte, deliberada- mente ejecutada en defensa propia, pero su instigador era el médico, él era la causa original de todo por su inconsulto tratamiento y prescripción.—Vamos aun mas lejos, si en lugar de la calma necesaria para luchar contra mi estrella, me impaciento en el coche cuando j ya comprendí mi destino y suerte y destapo los sesos á mis raptores, es indudable que era en propia defensa; | sin embargo se hubiera dicho que era acto de locura, todos hubieran compadecido á la víctima, y el victima- ( rio seria declarado bien encerrado por loco. Mientras tanto sucede lo contrario, el loco resultó víctima en su honra, en su tranquilidad, en su felicidad, en sus in- tereses, y los victimarios, es decir los médicos y sus ayudantes, se quedan tranquilos, cruzados de brazos, ó siguen propalando la voz de que continúa loca su víctima. Enorme injusticia! En el primer caso el en- cierro para el pobre hombre que en defensa propia ma- ta ó comete otro acto que en él se supone de locura; en el segundo caso los males causados por un tratamiento ¡ médico evidentemente errado, aun mas, maliciosamente continuado y sostenido, sin ninguno de los preceptos de la medicina legal, pasa sin castigo! Hé aquí una de- ficiencia de nuestras leyes sobre el particular y de una sanción moral cuando menos. Para probar que no he exagerado nada; que mi re- — 289 — lato es la verdad de los hechos, vamos á oir a los ac- tores que intervinieron en mi segundo plajio, así co- nocerá mi lector la responsabilidad que cada uno ha tenido y la sinceridad de los sentimientos de que es- taban animados al proceder. t 37 CAPITULO XXIV. Aun cuando sea una cosa poco literaria el repetir mucho una idea, hay circunstancias en que es necesa- rio, sobre todo en narraciones que como la actual se tiene que tocar á las personas, no por lo que ellas son ó han hecho, personalisando la cuestión, sino como fac- tores que intervienen en los acontecimientos que uno va poniendo en evidencia. He dicho en el capítulo anterior que íbamos á oir álos actores que intervinie- ron en mi segundo plajio, para que así se conozca la responsabilidad y los sentimientos que animaban á esas personas al intervenir en estos sucesos. La res- ponsabilidad que quiero patentizar no es la personal de ellos, porque yo no persigo á persona alguna; es la responsabilidad como factores que hicieron intervenir los errores de una ciencia, y la precipitación en los diagnósticos de ella, que contribuyeron á poner en ac- ción todos los elementos y personas en mi contra, no por dañada intención, ni por perversidad sin duda alguna, sino con muy sana intención, pero sin por eso dejar de existir, poca calma, previsión, acierto ó prudencia en la manera de efectuarlo, sirviendo todo de esperien- cia para casos análogos en lo futuro, y que los Seño- res Médicos sean mas cautos en sus pronósticos, y en preveer las imprudencias ó los atolondramientos en los asistentes ó encargados del cuidado fie un pa- ciente. Cuando salí del Manicomio, para no volver mas, es- — 291 — taba, lo confieso, indignado contra los que me habian plajiado la segunda vez, no habia visto intervenir mé- dico alguno en esos momentos, luego ellos solamente tenian que ser los responsables del hecho y quienes me debían dar esplicacion. Uno de ellos, túvola aten- ción de irme á hacer una visita al Manicomio, casi en los últimos dias de mi estada allí, lo que le agradecí, pero no me fué posible en ese dia tomar datos del acontecimiento, porque apenas comencé á recordarle la manera como había sido conducido por ellos, para así probarle que mi juicio era cabal, pues nada habia olvidado, me pareció inquietarse; procuré calmarle, manifestándole que no estaba resentido con él; pero lejos de aplacarse, noté que quería poner término á su visita; estábamos paseando en el salón; pretestó ser tar- de ya y que le urgia irse; no pretendí atajarlo mas; co- nocía como lo digo, su móvil, el miedo de que fue- ra á vengarme de él en un acceso de locura; al sa- lir no pudo acertar con la puerta, era primera vez que iba allí; le llamé para indicarle la salida y á mi guardián para que le abriera la pueria. Como tenia resuelto describrir la «Vida de loco» para que de algo sirviesen mis propias observaciones, debia indagar todo lo que yo no había visto ni podia espli- carme. Esto era tarea un poco delicada, y mas entre mi familia, que en ciertos momentos ignoraba lo que otros hicieron; solo el procedimiento médico era claro y su inconsulto pronóstico y peor prescripción para el tratamiento—por esto á los once días de salido del Manicomio me dirijí á las personas que habian in- tervenido en este segundo plajio, unas me contestaron, otras han guardado silencio, á pesar de haber exijído por varias veces una contestación; pero para mi objeto que es el poner en evidencia la situación creada por el error y precipitación de la medicina, tengo la de las personas que me condujeron al Manicomio. — 292 — Hé aquí esas cartas precedidas por las que he diri- jido: Lima, Febrero 8 de 1886. Mi estimado señor. Con la llegada de mi señor Padre, pude salir del Hospicio en que U. me puso en la madrugada del 19 de Noviembre. Como ese acontecimiento ha sido causa para mí de graves su- cesos, me dirijo á U. para saber en qué condición precedió á arrastrarme al coche y conducirme al Hospicio, pues ese he- cho envuelve una acción muy grave.—Mi señora me asegura que ella no supo nada y por consiguiente resulta que U. pro- cedió por sí. En esta virtud me dirijo á U. para que, como caballero, se sirva U. darme una contestación clara y precisa, bajo la in- teligencia que al pedirle á U. esta explicación es con el ob- jeto de saber á qué atenerme respecto á otros puntos. Soy de U. muy atento y S. S. Carlos Paz Soldán. Esta carta, si era muy seria, no pecaba en lo me- nor ni en la forma, ni en el fondo, contra la política y los usos sociales; una carta en que se pide á otro hombre esplicaciones, como las que yo tenia de- recho de pedir y con los antecedentes que ya se co- nocen, no podia ser puesta en términos mas afectuo- sos. Al mes cabal fué contestada esta carta, sin duda por estar ausente la persona á quien me dirijí. Marzo 7 de 1886. Mi querido Carlos, amigo. No pensé contestar tu carta porque el tono serio de su re- dacción no me agradó; pero mas ha influido el deseo de ma- nifestarte que en aquellos fatales dias de tu enfermedad, cum- plí mi deber como amigo leal de la familia y tuyo desde tu niñez. Cierto que te llevé al Manicomio y cierto también que lo hize con la mayor solicitud, engañándote para no dar lu- gar á que te violentaras; y por supuesto que ya sabrás que fué en consecuenda de orden terminante de los doctores S... C......y P......y aun de los demás que te vieron en Junta; j también te habrás instruido cuál fué la actitud de la pobre se- — 293 — ñora Petita al saber tan cruel resolución. Recuerdo con pe- sar ese instante, en el que llorando, con el corazón destioza- do, huyendo de su casa se resistía d ceder a lo dispuesto por los médicos y á las reflexiones que se le hacían; consiguién- dose al fin de mucho trabajo su consentimiento para evitar probables desgracias. Y de donde has sacado aquello de haberte arrastrado? Cuan- do y en dónde? Si no hiciste resistencia que nos obligara á hacer fuerza, á que arrastrarte como dices?—Otras personas estuvieron presentes y todas te dirán lo que yo. No quiero detenerme mas en este asunto. Sé que estás perfectamente bien de salud y en capacidad de valorizar có- mo tuvieron lugar aquellos acontecimientos. Pienso que ten- go derecho á tu gratitud y que así mismo he dado una prue- ba de verdadera amistad á tus padres, á tu señora y á toda la familia. Soy tuyo siempre afectísimo amigo. Esta carta en que he subrayado algunas palabras, corrobara cuanto yo he dicho; pero hay inexactitudes aparentes, una como la de que no fui arrastrado; esto tuvo lugar en el primer momento; no hubieron mas testigos que tres, las dos personas que lo hacían y mi mayordomo, que en repetidas veces ha confirmado es- te hecho. En cuanto al consentimiento de mi esposa, no lo tuvieron, ella huyó de su casa, porque á ello la obligaron, atemorizándola con las imprudentes indica- ciones y pronósticos, para evitar probables desgracias: en este estado ya de cosas, juzgaron estas personas que fueron, repito, las únicas que ya intervenían, cor- tar por lo sano llevándose al loco. Ellas procedían por el ofuscamiento que les causó la ciencia médica, por cuyos ojos veian. Como esta carta contiene un reproche para mí, co- mo es el de ingratitud, apelo á las sentimientos de esa persona, así como á los de mis lectores, si es posible que en vista de los hechos verídicos que dejo consig- nados, hay ingratitud al no agradecer la intervención de una persona que por sanas que hayan sido sus in- tenciones, el resultado fué sesenta y ocho dias de hacer — 294 — vida de loco de Manicomio, de sufrir tormentos físi- cos y morales, de ruina de intereses materiales míos y los de mi Señor Padre, que abandonando po- sición social y bienestar en la República Argentina tuvo, por esa intervención, que venir volando en mi so- corro á salvarme de la situación espantosa que se creó en mi familia por «las reflecciones que se le hicie- ron» para obtener el consentimiento de mi plajio, y por último cuando esa misma persona confiesa que estaba tranquilo y sin resistencia me presté á todo, y que se empleó el engaño para encerrar en un Manico- mio á un loco pacífico, en quien nadie sino él presen- ció acto alguno de violencia, á no ser la que producía la situación de Lego del Convento, que él y otros me crea- ban por la poca calma y juicio para apreciar mi esta- do real, y solo por evitar un futuro probable; ellos agra- vaban es cierto lo que los médicos hacían, que son la causa primordial y eficiente de todo. Como en esta carta se me aseguraba que se proce- día á consecuencia de orden terminante de los Doctores S....C....V P....y de los demás que me vieron en junta, me sorprendió este hecho, porque en casa no hubo junta médica de ninguna clase en esos dias, pero como el Dr. P...fué el que estuvo y con él yo yahabia habla- do dando cuenta de todos los acontecimientos, para que como médico tuviera presente mis observaciones y mis indicaciones, llegando á confesarme que real- mente habia habido error en el tratamiento, y aun mas, que en la noche del 18 de Noviembre no vio na- da para autorizar un secuestro ó plajio en el Manico- mio; me llamó la atención esta especie de duplicida, y como siempre es el mejor camino abordar toda es- plicacion de frente, me dirijí á este amigo en los tér- minos siguientes: Su casa, Marzo 10 de 18d6. Mi estimado señor y amigo. En dias pasados he hablado con U. de una manera deteni — 295 — da respecto á todos los acontecimientos que dieron por cau- sa el que fuese encerrado en el Hospicio de Insano.*, y U. me ha asegurado de palabra de una manera clara y terminante que la única vez en que U. me vio, que fué en la noche del 18 de Noviembre, vino U. á mi casa como amigo mas no co mo médico, y que si me dio U. un remedio era para calmar en algo el estado que U. suponía de excitación, por la falta de sueño. He patentizado á U. de una manera evidente, cual ha sido mi estado mental desde el primer momento de los hechos rea- lizados por mi, átal punto, que U. mismo ha quedado convenci- do de lo innecesario de la medida inconsulta que se tomó con- migo la primera vez, así como la segunda, de encerrárserme en el Hospicio de Insanos. Hoy se me asegura de una manera terminante que si se me encerró la segunda vez es decir el 19 de Noviembre, en el Manicomio «fué en consecuencia de orden terminante délos doctores S......C......y P......y aun de los demás que me vie- ron en junta».—Como U. comprenderá esta contradicción llama mi atención y por ello ruego á U. que con la lealtad del caballero y la amistad del amigo, se moleste U. en con- tarme al pié de la presente, cuál es la realidad de los hechos, para así dejar las cosas en su lugar verdadero, evitando que intrigas enreden cosas que ya han causado males, que hay que evitar sigan causándose. Sabe U. que la verdad de las cosas no me asusta, pues todos los hechos realizados por mí han sido narrados por mí á U.; pero solo me falta conocer los hechos practicados por los ex- traños. Dispense U. amigo esta exigencia que tiene su afectí- simo S. S. y amigo. Carlos Paz Soldán. Esta carta fué contestada de la manera siguiente: Amigo de toda mi estimación. Me he impuesto de su fina carta y no tengo ningún incon- veniente en contestarla al pié, como U. lo pide. Con respecto al primer acápite de su carta solo haré una pequeña modificación: y es que he ido á visitar á U. mas de una vez; pero siempre como amigo y no como médico. En contestación á la segunda parte diré á U. que yo NO — 296 — me HE visto en consulta con ningún médico en casa de U. Creo, pues, queda contestada la carta del amigo á quien yo distingo. De U. su afectísimo y S. S. Este documento vuelve pues, á corroborar mi nar- ración; los que aun pueden abrigar duda de mi veraci- dad, verán que no me he apartado un solo instante de ella; este medico estuvo hasta las tres de la mañana mas ó menos en mi casa presenciando todo; no fué jamás miembro de junta médica alguna. En cuanto á los demás de la otra junta, no sé dónde ni cómo me vieron; salvo que se refiera esto á las juntas que un mes antes se tuvieron, y me parece que poco criterio se manifiesta, al proceder contra una persona ó mejor dicho, aplicar un remedio ó un método curativo á un individuo que una junta prescribió un mes atrás; cuando ya al paciente se le ha declarado bueno, se le ha dado de baja de un hospital; la razón es tan clara que me parece innecesario esplayarme mas sobre es- te particular. Los que procedieron fundados en es- tos antecedentes, sean médicos, sean amigos, han ma- nifestado suma imprudencia, falta de calma y preci- pitación; por supuesto en el médico la culpabilidad no merece perdón ni atenuación. A la vez que escribí la primera carta, que dejo pu- blicada, es decir á los once dias de salido del Manico- mio, puse otra para la otra persona que habia inter- venido en llevarme. Hé aquí su texto: Lima, Febrero 8 de 1886. Mi estimado E. Para los usos convenientes, deseo que al pié de la presen- te me contestes las siguientes preguntas: Primero.—Si es cierto que tú con el señor......y ...... me metieron al Hospicio de Insanos el dia 19 de Noviembre en la madrugada. Segundo.—Si tuvieron ustedes autorización de alguien para ello. — 297 — Tercero.—Si recibieron orden para proceder por sí ó por acuerdo de alguno de los miembros de mi familia. Cuarto.—Si es cierto que á consecuencia del estado de de- bilidad en que estaba, tú y------me arrastraron, al fin; ce- dí, por cuanto se me dijo se me llevaba á una casa particular. No dudo que siendo tú un caballero sabrás contestarme estas preguntas con la verdad que el caso requiere. Soy tu afectísimo amigo y S. S. Carlos Paz Soldán. Este buen joven apenas recibió esta carta, se puso confundido, temió el haber incurrido en alguna cosa indebida, ó el que yo creyese que él era el causante y el origen de todo; vino en el acto á darme las esplica- ciones; no se dio por ofendido de los términos de mi carta. Mi contestación fué decir— «Como amigo qué soy tuyo y te quiero, de lo cual te he dado pruebas, te voy á dar un consejo, cuando un hombre pide á otro una esplicacion, esta se dá, en verdad y con franqueza, porque la verdad nunca daña á uno, y cualquier mal que nos acarree por el momento, con el tiempo se re- media y uno vuelve á ocupar el puesto que le corres- ponde—Contesta mi carta con toda la verdad que tu corazón te indique y como fueron los hechos, tengo que descubrir lo que conmigo se ha hecho, para lo que crea conveniente, con la seguridad de que no voy á proceder contra ustedes porque creo que de buena fé me han servido, aunque con resultados negativos por causa de los médicos.» En efecto, á los nueve dias me contestó la siguiente: Febrero 17 de 1886. Querido Carlos: En contestación á las preguntas que U. me hace en la pre- sente, todo lo que le puedo decir es lo siguiente: Primero: es cierto que el señor.........y ...............y yo lo lleva- mos al Hospicio de Insanos por el mal estado en que se en- contraba U. el dia 19 de Noviembre. Segundo: Que ignoro quien autorizó que lo sacaran, que solo lo acompañé á llevarlo porque así me lo pidieron. 38 — 298 — Tercero: Que esa pregunta debe U. hacerla á los doctores que lo asistian y no á mi, pues son ellos los qué ordenaban las cosas Cuarto: Que es cierto que á consecuencia detestado de agi- tación en que se encontraba, los doctores ordenaron que lo sacara de la casa so pretesto de cualquier engaño ylo llevaran á la Casa de Insanos, lugar donde podia U. sanar radicalmente. Y por fin, suplico á U. nome escriba mas sobre el particular, pues yo siempre recordando con gratitud el buen amigo que ha sido \J. en todo tiempo para mí, cuando tuve conocimiento de su enfermedad, fui á su casa como sirviente para servir en todo lo que fuera útil, sin voz ni mando. Queda, con esto cumplidas las preguntas que me hace. Su afectísimo amigo y S. S. Esta carta como la anterior, señala desde luego co- mo origen de la medida que se tomó conmigo, lo que ordenaron los Doctores, los médicos. El autor de esta carta con ingenuidad confiesa que él nada sabia; su voluntad, su cariño y su gratitud para conmigo hizo que viniese á mi casa á ser sirviente, sin voz ni mando: es decir á ser un amigo útil y prestarse á todo y para todo, como en realidad lo hizo, velándome durante va- rias noches, en mi primer secuestro en casa, sin que tenga yo contra él alguna queja, sino por el contra- rio agradecimiento por su decidida voluntad y soli- citud en mi favor en esa época. Una pregunta haré ahora. ¿Hay algún tratamiento médico de la gravedad de encerrar á una persona en un'Manicomio, que pueda prescribirse de una mane- ra tan terminante, sin ver al supuesto enfermo; sin ha- cer el reconocimiento médico personal, único medio co- mo el facultativo puede formar convicción y concep- to? Estoy seguro que no. Al médico que tal cosa ha- ga, hay perfecto derecho para calificarlo, cuando muy menos, de ignorancia de las obligaciones de su pro- fesión. Contribuye también en mucho á que esta clase de sucesos tengan lugar, la falta de estrictez en los llamados á vijilar los procedimientos médicos y la — 299 — deficiencia de las leyes para los casos en que de una manera tan manifiesta, se ha incurrido en un error tan pertinazmente sostenido. He terminado de dar cuenta de todos los inciden- tes que volvieron á constituirme en hco de Manicomio, por solo prescripción del médico Dr. S....C....Fuí en- tregado como lo dejo indicado á los guardianes de ese Hospicio; los que me condujeron al salón de Santa. Rosa, mi anterior residencia. Una vez en poder de los carceleros, me sorprendió el hecho de que principiaron á registrar mis bolsillos, se me despojó de mi cartera y de cuanta carta y papel habia traído, pues en los pocos momentos que me dejaron libre en mi casa, me habia mi esposa entregado las varias cartas que tenia de mi Señor Padre, pero que no habia leido; pregun- té por qué hacían esto, y que me dejasen mis pape- les—«No señor—El Reglamento lo manda,» fué la contestación, como siempre. También me quitaron el sombrero.—Ya habian concluido esta operación, pero no habian rejistrado el bolsillo de atrás de los panta- lones, que era donde yo tenia el revólver, y estaban para retirarse, cuando en mi conciencia pensé que guar- dar un revólver en esos sitios era muy espuesto para mí, corno para los otros, y con grandísima impruden- cia, lo confieso, y sin pensar en lo de mañana, me llevé la mano á ese bolsillo de atrás, saqué el re- vólver con toda calma y lo entregué yo mismo, hacien- do esta operación por la culata del arma, con todas las precauciones con que se acostumbra hacer esto, pai a evitar algún accidente, pues apenas vieron el revólver los guardianes, su pánico fué tal, que se iban á echar sobre mí, temí que su precipitación al querer quitar- me lo que yo iba á entregar sin resistencia y de buena voluntad, hiciese salir el tiro y alguna desgracia re- sultase entre las varias personas que estaban por allí. Fatal error fué el entregar esta arma, ello dió origen á mis tormentos materiales y á que mas tarde carecie- — 300 — se de un medio de defensa, para evitar mi tercer en- carcelamiento, como lo verán mas adelante. En esta vez mi ingreso al Manicomio no rae produ- jo el efecto espantoso de la primera, porque ya mucho de lo que antes me era desconocido lo sabia, puesto que en casa mi esposa no habia muerto; que el lugar donde estaba era un Manicomio; conocía el tra- tamiento que se daba; y por último, creia que intrigas humanas, que algún dia pondría en evidencia, me arro- jaban allí;—no sabia todavía que en ese lugar el tratamiento no era de medicina sino de presidio, y al que ingresa no se le cura, sino se le tortura con castigos de Penitenciaria y de trabajos forzados; por su reinci- dencia en la enfermedad si existia, ó por la culpa si es alcoholista. Me limité á cobrar ánimo y á sostener mi energía de carácter, invocando al Ser Supremo pa- ra que me ayudase y me confortase—mis ruegos en esta vez como siempre, no fueron desatendidos.—VoL vi á oir lo que ya se me dijo en esa mañana—«No se desespere U, porque U. no debe estar acá mas de diez dias—Después U. deberá ser puesto en su casa como es debido.»—No puedo encontrar una solución á este pronóstico, salvo uno que aunque es muy sin objeto al caso que conmigo se refiere, no deja sin embargo de tener relación con varios sicógrafos que antes habia recibido relativos & política interior; los días siguientes se me repitió diariamente ese mismo número de dias. El hecho político fué que á los diez dias cayó el Go- bierno de Jglcsias (yo ingresé el 19 de Noviembre) mi causa política triunfaba y muchos de mis amigos que venían con el ejército constitucional, era natural que sabiendo mi desgracia, fueran á verme, me hablasen y conociendo que lo estaba loco me sacasen. Después he sabido que esto sucedió, pero como los médicos del Manicomio me aislaron de visitas, no pudo tener lugar lo segundo. El dia de mi ingreso al Manicomio no tuve el ho- — 301 — ñor de que el médico S....C....por cuya orden volvía á ser su cliente á fortiori examinara mi estado men- tal; el segundo del establecimiento que siempre vá no me reconoció tampoco, se limitó á su pre- gunta habitual—«Qué tal vamos Sr. Paz Soldán»— Me quedé espantado de semejante indiferencia—Un hombre que se le vuelve á llevar á un Hospicio donde se gastan los dineros del público, pagando á un mé- dico para que cure, me parece que su primer deber es preguntar al enfermo ó individuo que ingresa, qué causa ha motivado esto, qué siente, qué ha sucedido, en fin, saber que vá á curar en ese hombre; no lo hizo así, sino un—«qué tal vá»—Se dirá que un loco no de- be dar razón de nada.—Si eso es así, á qué viene ese «qué tal vá?» en todo caso, no se necesita mas que tener ojos para conocer si á un individuo se le puede ó no ha- cer una pregunta, si sus acciones son ó no estrañas; después tener oídos para juzgar si sus contestaciones son ó no disparatadas ó incoherentes, para según eso seguir con su interrogatorio; pero en el Manicomio de Lima esto no tiene lugar, es innecesaria tal cosa, sin duda será uno de los tratamientos médicos para pre- munir de daño como son los baños de presidio que ha implantado allí la Ciencia Médica de 28 años de espe- rienciaü—Mi contestación no fué otra que menear la cabeza, diciendo—«Ya lo vé U. Doctor, aquí estoy otra vez»—Creo que me contestó «Está bien»—y si- guió su camino—Este fué el único reconocimiento mé- dico que se efectuó conmigo, como sucede con otros á quienes allí se lleva, pues yo lo he visto y lo he pre- senciado así.—La exactitud de mi narración en todo comprobada por testimonios que ya dejo publicados, prueban que mis recuerdos, aun suponiendo que estuve loco, son fieles y exactos, y así como este loco vio, juz- gó y recuerda mil hechos que ni el Inspector del Mani- comio, ni el mismo médico de allí han podido negar y — 302 — confirman; (1) de la misma manera y con igual criterio racionalidad ó para dar gusto hasta á mis contendores con la misma lucidez, he notado la deficiencia de la asis- tencia médica, los castigos para quebrantar el ánimo, no para levantarlo, la falta de caridad en los guardianes y por último otros hechos que acá indico, que se han pa- sado por alto en los informes emitidos, sobre lo que yo he puesto en conocimiento del publico, como el de ser local, presidio ó casa de corrección para alcoholizados. Volvía, pues, á ser huésped del Manicomio, y así co- mo mi nuevo plajio se ordenó sin verme, ni siquiera reconocerme después allí, así mismo se me prescribió un tratamiento que al decir del médico del Hospicio, «no causa daño alguno al paciente, sino mas bien es para premunirlo de ello.»—Voy a dar razón de ese tratamiento para que juzgue mi amable lector, si el di- cho de ese facultativo es exacto. La simple narración de como se ejecuta servirá para el objeto. (1) Informes del Inspector del Hospicio de Insanos—Noviembre 15 de 1886—publicado en los diarios de Lima de estos dias. CAPITULO XXV. Inútil me parece repetir lo que ya tengo dicho res- pecto á lo que es la vida de loco, en un manicomio có- mo el de Lima, en cuanto á distribución de horas y ser- vicio interno. Esta segunda vez, volví á ocupar el mismo salón, el mismo catre y con el mismo mobiliario que antes, solo que se me dispensó de ser encerrado en el calabozo, lo que sin duda prueba que el loco furioso no era tal, pues he sabido que esas celdas sin colcho- naduras, y sin ninguno de los adelantos modernos sir- ven para encerrar á los locos furiosos. Mis costum- bres de comedor, etc. tampoco se alteraron: Mi vieje- cito, fué el primer ser que vino en mi consuelo, con los ojos llenos de lágrimas, me abrazó y en su mal in- glés me dijo «Pobre, no tenga miedo, Ud. saldrá muy pronto porque su padre vendrá á sacarlo»—No era es- ta observación fuera de lo lógico: natural era que así sucediera y cobré un poco mas de ánimo. Ningún otro ser de allí se interesó por mí, solo las* monjas de cari- dad vinieron á verme y con ellas pude hablar algo, so- lo que en esos primeros momentos fué muy por enci- ma como decimos, porque me era necesario conocer la nueva intriga, error ó iniquidad que rae habia vuelto á arrojar allí. En este segundo plajio no se me prohibió el uso del papel ni de escribir, solo se me limitó á lo preciso, y encontré en mi mesa de noche todo lo que dejé allí, de manera que se conocía jue nadie habia registrado ese mueble. — 304 — La primera parte del sistema curativo empleado por el Dr. S. C. para devolverme la razón, que le dijeron que estaba mal, se habia ya ejecutado; el ser plajiado por su orden y sin mas que una verbal, en el Manico- mio; por supuesto el reglamento del Hospicio tan se- veramente aplicado al pobre paciente, no obligaba á otros allí, es decir al médico y al que recibe á un en- fermo; con un primer certificado, es suficiente para que una persona pueda ser encerrada y plajiada indefini- damente en el Manicomio cuantas veces quieran, hablo por propia esperiencia. La segunda parte del trata- miento médico, se puso en planta desde el primer dia. Me encontraba absorto revolviendo mi cerebro pa- ra atinar cual de las causas que la primera vez calcu- laba ser la de mi plajio habia motivado el nuevo, pero ya ejecutado por amigos míos, cuando el Guardian Francés, me llamó, levanté la cabeza, me ordenó que le siguiese; obedecí, porque esa ha sido siempre mi táctica allí; jamás me he negado á nada ni me he resis- tido,, si alguien dice lo contrario falta á la verdad. Noté que tras de mi venían todos los demás guardia- nes, un ligero temblor invadió mi cuerpo, esa escolta me auguraba algo como castigo, seguimos por el corre- dor largo, torcimos al mas pequeño, se detuvieron en la puerta del cuarto de baño de tinas; el terror que yo tenia me paralizó todo esfuerzo de inteligencia, entra- mos al cuarto y vi que preparaban los baños de lluvia de presidio, mi espanto fué inmenso; recordé el baño anterior; se me iba á dar otro—fué mi creencia in- terna—no hice mas que estar atento á lo que hacían, fué entonces que noté que el baño que se rae destina- ba era el de chorro, calculé en el monento que por atroz que sea ese castigo debia ser menor, sin duda, la angustia de soportar un chorro continuado sobre la cabeza, que una lluvia gruesa—sin embargo el espan- to no se me quitó—se me ordenó desnudarme—¿Pa- ra qué? repliqué—«Por que le vamos á bañar—Des- — 305 — núdese, ó por la fuerza lo haremos»—Cobré un poco de valor y volví á contestar—«No necesito baños, pa- dezco reumatismo y el agua dulce me hace daño»—«No importa, desnúdese pronto ó sino por la fuerza lo ha- cemos»—fué la estupida contestación. Todavía me de- moré algo mas mirando ya á uno, ya á otro de esos hombres, pero lejos de encontrar la menor simpatía ni sentimiento en ellos, el que hace de jefe ordenó que me desnudasen por que «no estaban para perder su tiempo»—Por supuesto que ante semejante amenaza, mas que de prisa me puse á hacerlo; pero mientras lo efectuaba, recurrí como siempre á pedir al que Todo lo puede, que me amparase y me salvase de todo mal y de toda impresión por el baño: esta vez tampoco me faltó el consuelo porque cuando acabé mi ora- ción mental, oigo que se me dice—«No se atolondre Vd. porque como Ud. lo ha calculado ya, este castigo no es tan atroz como el del otro dia; no dude de su Dios, y valor»—Concluí de desvestirme y todavía an- tes de entrar al suplicio volví á implorar que no me ba- ñasen porque no tenia nada. «El reglamento de la casa lo ordena» —fué la fatídica contestación. Entré á la tina, se armó la tapa ó azafate, repitiéndose todas las operaciones del preparativo de mi primer baño; queda- ba otra vez representando la figura de la cabeza par- lante, medio guillotinado; terminadas se dió principio al castigo abriendo el caño; el chorro comenzó á caer sobre mi cabeza, la impresión no deja de ser desagra- dable, sobre todo cuando el agua está fría como lo es- tuvo ese dia, en el acto conocí que mi castigo esta vez era menos atroz: llegó momento sin embargo, en que el cráneo lo sentia ya agujereado porque un chorro de dos centímetros de diámetro, con una caida como de cuatro metros de altura, es un golpecito muy com- petente, pero saliendo de esto, le deja á uno la respi- ración libre. Para evitar el dolor de que dejo hecha mención, me bastaba menear un poco la cabeza, va- 39. — 306 — riando en consecuencia el sitio adonde caía el chorro. Este baño duró todo el tiempo que fué necesario para que la tina quedara llena con ese chorro, es decir lo menos cinco minutos, cosa que supe que era así por que oí á los otros guardianes que presenciaban el ba- ño, que le dijeron al francés que dirije el chorro: cie- rra las llaves «basta, ya está llena la tina,» momento en el cual se suspendió; se volvió á desatar la corredera de la tina, se me quitó ese collarín, salí tiritando y con el temor de que me asaltasen los dolores reumáticos que habia padecido en la parte del thorax y en las ar- ticulaciones de las rodillas, razón por la cual mis mé- dicos de casa, siempre me habian prohibido los baños frios, especialmente los de agua dulce. Con este baño de presidio, creí como la vez prime- ra que mis sufrimientos corporales terminarían, que- dándome solamente los morales, como en efecto los te- nia al ver que durante todo el dia nadie vino á verme de los mios. Llegó la hora de acostarme, y repitióse lo de la primera vez; el mismo régimen; la raisra i ter- tulia de rocambor, café y copitas de los guardianes, en el salón en que estaba, quitándome el poco sueño que mis aflicciones me dejaban; pero la Divina Providencia tenia dispuesto otra cosa; de que pasase por todo el tratamiento médico que es el fruto de 28 años de espe- riencia en el Manicomio de Lima. Al fin amaneció el dia ,20 de Noviembre de 1885, dia que jamas lo olvidaré: me levanté algo mas tarde que mis demás compañeros de infortunio, pues ya te- nia ese derecho adquirido con mi buena conducta en el establecimiento, pero no por eso dejaban de abrir de par en par las puertas y ventanas tedas del salón, de suer- te que no dejaba de tener sus peligros estar en cama bajo esas condiciones. Esperaba este dia tener noticia de mi casa, ver al médico para que rae diera de baja, en fin, salir de rai espantosa situación de ánimo que ya volvía á asaltarme como en la vez primera, pero no lo — 307 — conseguí, se repitió el—«como vamos señor Paz Sol- dán»—del segundo médico y por lo que hace de mi ca- sa y familia el aislamiento fué completo; otro de los re- medios del tratamiento médico del Manicomio al cargo del Dr. S. C. Mi desesperación interna era grande, deseaba acla- rar de una vez mi situación allí; y tenia ya meditado el entenderme directamente con la madre superiora, y con franqueza, exponerle cuanto pasaba, para ver si mugeres, cuya misión es la Caridad y la abnegación por el prójimo, me salvaban. Ideaba la manera de abordar una explicación de esta naturaleza, sobre to- do en uno á quien se supone loco, cuando me sacó de mis meditaciones la voz del bañador, que en francés me dice.—«Moasieur Paz Soldán allons au bain» Una fuerte descarga eléctrica que hubiera recorrido mi cuerpo, no me hubiera producido una impresión mayor, un sudor gracial cubrió mi cuerpo, como cuando co- mienza un súbito ataque de tercianas. Esta orden me anunciaba nuevo castigo de baño. Una mirada de sú- plica y de interrogación le dirijí; pero no mereció otra cosa que un «allons Monsieur Paz Soldán».—Tomé mi toalla, para con este pretexto demorar un poco mas el momento de mi suplicio, pensando á la vez que si so- lo era un baño de Chorro, del mal el menos, pero que si el tormento no era grande, no por eso quedaba li- bre del Reumantismo que podia producirme, enfer- mándome en el Hospicio sin asistencia, era otro mal igualmente grave. Me puse en marcha, con mi acos- tumbrado séquito de los demás guardianes. Cuando llegamos á la puerta del cuarto ó departamento de los baños de tina, conocí entonces que ya no era cas- tigo de baño de tina, sino algún otro baño que antes no habia experimentado, recobré un poco mi calma. Lle- gamos á la puerta del patio, donde está la puerta falsa del establecimiento y por donde me introdujeron la pri- mera vez; allí está el estanque pequeño que sirve de po- — 308 — zo de baño; penetramos y se me ordenó el desnudarme. Desnudo ya, se me hizo avanzar hasta el borde del ba- ño y me pusieron una especie de chaqueta de lona, que se cierra por atrás, como los corsees, pero en lugar de un pasador delgado tiene una soga de cabo manila de media pulgada de grueso. Las mangas son de doble largo del que es necesario. Todo asorado y aun es- pantado interrogaba lo que eso significaba, pero esto no daba otro resultado sino que me tratasen con mas aspereza. Bien apretada esta chaqueta, tomaron las mangas, que cada una tiene una soga en el ex- tremo, me cruzaron los brazos sobre el pecho y en esa postura me ataron fuertemente, sin dejarme movimien- to alguno en ellos; apenas podia respirar según lo que me comprimian esas amarras. Una de las pun- tas de los cabos la dejaron suelta, pero salien- do del pecho; en seguida me hicieron sentar, lo que hize siempre tranquilo y obedeciendo en to lo: me ata- ron también fuertemente los pies, los tobillos, pero de manera que el cabo dejase igualmente libre una punta; quedando así atado de pies y manos sin movimiento al- guno. Mientras se hacían estos preparativos, mas de una vez inteTogaba á los guardianes pidiéndoles la razón y la causa por la cual se me amarraba así; un «cállese U.» con grosería y aspereza dicho, era toda la contes- cion. Bi«n se comprenderá qué cúmulo de espantosas sensaciones morales experimentaría en los pocos mi- nutos que tardó esta operación; cuál seria el sufri- miento que tendría al verme, como si fuese un famo- so criminal, atado de pies y manos sin un solo ser á quien pedir auxilio ó á quien implorar un perdón si era alguna falta la que se me iba á hacer purgar; pero es- to era nada para lo que faltaba, tenia que sufrir aun lo peor, el suplicio á que iba á ser sometido. Concluido así lo que llamaré el toilette ó tocado del tormento del baño de Camiseta; pues era este el que se — 309 — me iba á imponer, se me ordenó que me echara sobre elfrio y duro borde del estanque, una vez en esta postura se rae empujó dentro del estanque! Qué espan- tonsa impresión, Dios mió, la que eso produce! Verse arrojado en un estanque de agua, amarrado como lo estaba yo, es la angustia y el tormento mas atroz; la idea de ser ahogado es completa, y su realización evi- dente, desde que uno no puede hacer nada. Prescin- do de la misma sensación que produce el agua, en un mes que en Lima aun hace fresco para bañarse. A flo- te otra vez sobre el agua, el bañero, me tuvo en esa posición un momento, sosteniéndome con los dos cabos que tenia uno en la mano derecha y el otro en la iz- quierda, recostó un poco el cuerpo sobre el estanque; principiando en seguida á mover los brazos como para poner mi cuerpo en movimiento de vá y ven, como péndulo, y en uno de ellos, jaló bruscamente la soga que sujetaba mis pies que era la que tenia en la mano derecha y aflojó la que me sostenía del pecho y que el tenia en su mano izquierda, produciendo con este movimiento el resultado apetecido, cuál era el que de cabeza fuí sumerjido dentro del estanque!! En esta postura, boca abajo, con la cabeza debajo agua y con los pies para arriba me tuvo por un rato, que me pare- ció un siglo, por la asfixia que me producía no solo la posición de estar boca abajo, sino debajo del agua sin poder respirar. Cuando pasó ese rato, sentí que practi- có la operación contraria, jaló el cabo que me retenia del pecho y aflojó de los pies, volviendo á flotar á la superficie, á donde llegué, sin respiración como quien se ahoga. Para explicar la sensación que se exprimenta pero centuplicada; me basta que mi lector recuerde lo que él ha experimentado, cuando siendo niño ó joven se ba- ñaba con compañeros y éstos por travesura lo empuja- ban ó lo sujetaban bajo del agua un momento; pero so- lo cómo juego y tendrá una idea muy débil, lo asegu- /__ 310 _ ro de este horrible SUPLICIO que solo es compa- rable con lo que nos cuenta la historia de los que se aplicaban por la Inquisición. No podia hablar, no po- dia gritar, apenas resollar; mi verdugo me miraba; pero cuando notó que ya comenzaba á recobrar el resuello, repitió la misma operación de sumersión, pero en esta vez por un tiempo aun mayor que el anterior.—Sentía que todo mi ser se trastornaba, calculé que mi fin es- taba próximo, que se me iba á ahogar para así, asesi- narme sin dejar huella del crimen; es decir visible, y co- mo se me reputaba loco, con decir «un ataque apio- pético lo matóa terminaba todo para mí y para todos los que tal hecho autorizaban. Volví á ser sacado á la superficie, ya lleno de desesperación producida por la asfixia, tanto del agua como de la misma comprensión, que las amarras y la misma camiseta de lona me producían, pues al ra vjarse, se encogió todo, como es natural. Esta vez tardé mas en recobrar la respira- ción, pero mi verdugo tavdéménos en volverme á zambullir bajo agua. Esta vez lo confieso, ya me -iipor muerto. En mi angustia, dediqué un instante de recuerdo para mis hijos, para mi esposa, para mis padres, y me enco- mendé á Dios, ante cuya presencia debia comparecer muy luego; porque sentí mis sienes latir con violencia, un zumbido espantoso en los óidós y que mi pecho es- taba pronto á estallar: en ese momento supremo que indudablemente estuve entre la vida y la muerte, me encomendé como lo repito á Dios, dejando que él no se olvidase del crimen que con un padre de once hijos, se ibaá realizar. Esta invocación tan de corazón, tan lle- na de fé hecha, produjo el resultado que apetecía, tu- vo lugar, se apoderó de mi cuerpo y de mi alma ó es- píritu una calma inesplicable, perdí toda sensibilidad física al tormento, pero retuve todo el conocimiento ra- cional para poder apreciar lo que conmigo se estaba ejecutando; sentia como si yo estuviera de espectador de lo que conmigo se hacia, asistia al espectáculo de — 311 — tormento. Las inmersiones que seguí sufriendo pa- sarían de diez, mi cuerpo se movia en el agua ni raas menos que cuando á un trozo de madera se le su- merge, tirado por una soga, daba vueltas so- bre mí mismo al salir á la superficie, era un jugue- te de las leyes de la flotación de los cuerpos, pero ju- guete de carne y hueso, racional y humano. Hoy com- prendo perfectamente lo que tantas veces he oido de- cir, que no hay muerte mas tranquila y mas dulce que la del ahogado. Esto es una realidad, si en esos momen- rnentos hubiera concluido por entregar mi alma al Cria- dor, puedo asegurar que hubiera pasado de la vida á la muerte sin experimentar sensación desagradable al- guna, estaba mas tranquilo, quizás, que lo que lo estoy ahora en que estas líneas escribo. Yo permanecí con los ojos cerrados, sin duda es- te síntoma alarmó al verdugo y por un momento me mantuvo L flote sin repetir las inmersiones; podia ya respirar con un poco mas de libertad, y los abrí; me miró fijamente, y con todo el tono de un inquisi- dor me interrogó así.—«para que trajo U. el revol- ver».—El motivo de mi tormento me lo expliqué en el acto: el por qué se me aclaró en el instante—com- prendí que se me quería arrancar una declaración bajo la presión del suplicio; me propuse perecer antes que faltar á la verdad, y con calma dije el por qué de es- tar armado; sin duda el verdugo, no encontró esa con- testación apropiada ó conforme con sus instrucciones, por dos veces consecutivas, sin darme tiempo para re- sollar, me surmegió de cabeza; pero repito, mi sensibi- lidad física, estaba en suspenso, y no me ahogué, co- mo era la intención del verdugo, porque su ademan era de rabia al ejecutar sus funciones. Volvió á repe- tir su interrogatario; pero agregando algo mas.—«que iba U. á hacer en su casa con el revolver».—Repetí to- do lo que mi lector ya ha leido—pero aun no estaba satisfecho el programa, que se habia trazado, sin duda, — 312 — porque se repitió otra vez la inmersión de asfixia; cuando volví á quedar á flote sentia que mi alma ya no estaba en mi cuerpo, y que éste por mas resistencia que tuviera, hay un límite del cual no se puede pasar sin que perezca, el instinto de conservación me hizo comprender que solo por un esfuerzo de esos supremos que tiene el hombre en los lances magnos, podia es- capar de la muerte, y con mil angustias, sin apenas po- der ya hablar por la falta de aire en mi pulmones, por la asfixia tan larga, el zumbido en los oidos y la infla- son del cuerpo, pude articular. «Basta señores, por Dios, voy á decirles la verdad»—esto hizo que se sus- pendiera la nueva inmersión que iba á sufrir, me de- jaron reposar unos instantes, entonces volví á repetir lo dicho, recurriendo como último recurso á aquello que se apela en esas circunstancias, que hasta entre los sal- vajes es sagrado.—Tomé el nombre del Ser Supremo, juré que era cierto cuanto decia.—Esta invocación pu- * so término á mi suplicio y me izaron del agua! Al salir mi cabeza la sentia como si los sesos estu- vieran todos desechos y revueltos, moviéndose dentro de mi cerebro,—como cuando se ha ajitado un líquido y se deja en reposo el frasco ó vasija que lo contiene, continúa aquel con el movimiento que se le ha impre- so; quedé sentado al borde del estanque, mi vientre J] estaba completamente inflado, sentia ganas de de- bocar. Se comenzó la operación de desatarme, lo que ya fué algo mas diñcil, porque las sogas con la hume- dad, se habian apretado mas, oprimiéndome mas como lo he dicho. No sé si me quedaron señales en el cuerpo de las ligaduras que tuve; en cuanto á los tobillos, estaban colorados, y durante todo el dia y la noche sentí los dolores que me produjeron.—Una vez sin la chaqueta, ó camiseta de fuerza que es la que se pone, las nauseas se hicieron incontenibles; no arrrojé líquido sino gran- des bocanadas de aire, que al salir me volvían á ahogar; — 313 — me admiró este fenómeno, después tuve la explicación espiritista de él, como lo manifestaré al dar cuenta de mi segundo suplicio de baño de Camiseta. —El aire que arrojé, me alivió déla hinchazón del vientre y aun pude respirar mejor—quise ponerme de pié, pero fué necesaria la ayuda de los guardianes, que presenciaron el suplicio, los cuatro restantes, y son los únicos que es- tán presentes en todo acto de castigo; bajé las gradas del estanque, fui á la banca, bajo la ramada del patio, que á toda intemperie como lo he dicho antes, sirve pa- ra desnudarse, y me vestí. Solo Dios sabe cuantas cosas pasaron por mi cabeza en esos instantes mientras me vestía, cuánta amargura rebosaba mi corazón!—Cuánta iniquidad!—exclaraaba en mi interior.—«Someter al tormento á un hombre para arrancarle una declaración!—y qué tormento! ¿En qué época estamos? ¿Qué hace el Gobierno, qué hace la Policía de Lima que no ha descubierto este antro de crueldad para hacerlo desaparecer?» Estas y semejan- tes reflexiones hacia. Muy distante estaba de supo- ner que semejante castigo, que semejante suplicio, se pretendiese disculpar,cohonestar, bajo el sagrado manto de ser una curación médica, de un tratamiento científico de la Medicina!! Pero es un hecho; mi narración ha causado una investigación en el Hospicio de Insanos; el médico del Establecimiento en el informe que se ha visto precisado á emitir, sostiene esta aseveración; que esos baños son de salud y curativos; y que por falta de conocimientos de los enagenados, es decir de las vícti- mas, seles juzga de castigo. Para desvirtuar mi nar- ración ha ido aun mas allá el Dr. D. José Casimiro Ulloa, que es quien ha dado el informe oficial á que aludo, apela á un subterfugio que la naturaleza de este trabajo me impide calificar, dice que por estar locos los que hemos sido victimas allí de los abusos y faltas que denuncio, no podemos darnos cuenta; en una palabra me llama loco. Yo probaré al doctor Uiloa, con la ele- 40 — 314 — vacion que sinmpre es mi norma, que es él quien- no sabe apreciar lo que pasa allí, porque como se com- prenderá, todo defecto en la parte medica, recae sobre él. Defiende causa personalísima. Entreély yo existe una gran diferencia. Yo no he acusado á nadie en particular, yo propen- do al mejor estudio de una dolencia que la medicina no conoce, como no conoce tantas otras; yo procuro y trabajo para la reforma de un local adonde se debe acojer á la humanidad en su condición la mas desgra- ciada, para que sea atendida con la caridad que su es- tado requiere, mi misión es humanitaria; la suya ha sido personal, y aún procura arrojar nueva sombra so- bre mi estado mental, que por su desgracia ya no pue- de proyectarla porque quien lee esto, así lo conoce; y respecto á la ciencia médica entre nosotros, en lo re- lativo á las dolencias de la razón, voy á citar un hecho que ha denunciado otro médico colega del Sr. Dr. D. José Casimiro Ulloa, para probar la ignorancia res- pecto á la locura; habla el Sr. Dr. D. Manuel A. Mu- ñiz.—Entre nosotros no hay médicos alienistas y los errores han sido tan graves que «El delirio febril de un alcohólico atacado de una fuerte tifoidea, ha sido toma- do como delirio agudo maniaco)) Por último el Sr. Dr. D. José Casimiro Ulloa, no estuvo en el Hospicio de Insanos, como médico, cuando yo estuve allí, sino ya á fines de mi plajio; estaba en Guayaquil, viniendo á hacerse cargo del establecimiento solo el 18 de Di- ciembre, desde cuya época no se me volvió á aplicar tormento material, por consiguiente este médico, ha- bla respecto á mí, por lo que ha oido sin duda á sus sostitutos y su testimonio tampoco merece fé en este caso. A su tiempo publicaré lo conveniente para se- guir probando el error mélico cometido en mi supues- ta locura ¿Por ventura no es fácil que así como un delirio febril, se diagnosticó y pronosticó como delirio agudo maniaco, conmigo una excitación nerviosa pro- — 315 — ducida por un exceso de períespíritu, déla misma ma- nera que un exceso de cualquiera otra sustancia pon- derable ó no puede producirla, se haya atribuido á lo- cura? Todos mis lectores reconocerán en vista de las ra- zones y de las situaciones en que he sido colocado como hombre, lo racional de mis observaciones y de mis sen- saciones y acciones, fruto no de tal locura sino de las influencias de los actos errados y falsos de los médicos que las ejercían en cuantos me rodeaban. En el próximo capítulo seguiré filosofando sobre es- tos baños de Camiseta, sobre su pretendida acción cura- tiva, y para probar una vez por todas, que mis apre- ciaciones sobre todo lo relativo al Manicomio de Lima, si son las de un loco: el juicio que ha formado el loco Paz Soldán, es el mismo que el distinguido y cuerdo médico Dr. D. Maduel A. Muñiz, formó hace poco, cu- yo trabajo lo dedicó al Dr. D. José Casimiro Ulloa. CAPITULO XXVI Mi insistencia al ocuparme de una manera tan de- tenida, como lo voy á hacer en este Capítulo, respecto al Manicomio de Lima, tiene por objeto, como ya tan- tas veces lo he dicho, aliviar la desgraciada suerte de los infelices seres que tienen que ingresar ó que es- tan allí,—mas, desde que el médico en jefe de ese es- tablecimiento ha emitido un informe oficial, con el ob- jeto de desvirtuar rni aserción relativa á algunos puntos que en el presente trabajo denuncio. Es natural que mi testimonio encuentre quizá algu- nos que lo pongan en duda, ó que crean que he exaje- i ado las cosas para crearme prosélitos ó excitar la compasión á mi favor, por esto es que raas abajo voy á extractar un estudio que referente al Manicomio pu- blicó el año pasado, el Doctor Don Manuel A. Muñiz, cuyo testimonio se considerará mas imparcial que el mío. En este estudio hace citas de informes que el mismo Dr. Ulloa ha pasado á la Beneficencia de Li- ma, que igualmente corroboran mis apreciaciones res- pecto á condiciones higiénicas etc. de este local. Bien se comprende que cuando pude apreciar cuerdamente lo mismo que estos dos médicos han juzgado ya, esa cordura tiene que ser idéntica para todos los demás puntos, y cuando menos, si mis deducciones no fueran exactas, que lo son, la relación de hechos si tiene que serlo. Con solo esta copia se verá que el Dr. Ulloa no tiene razón para creer que los que él llama locos, — 317 — estamos incapacitados para juzgar como son los hechos, puesto que los apreciamos y los hemos visto tales cuales él misrao los ha descrito, y como otro mé- dico también lo ha visto y dicho, con mas franqueza y libertad. Antes de hacer la trascripción que indicamos, voy á hacer algunas observaciones respecto á los célebres baños de camiseta, en su relación con el carácter de medio curativo con que los ha revestido el Dr. Ulloa. En uno de los párrafos del informe aludido, refe- rente á baños, dice el Dr. Ulloa, que los de tina están montados según los modelos de los Hospicios de la Salpétriére de París. (1) Esto puede ser así; no lo dudo, pero el que allí se haga y se proceda como en el Hospicio de Lima, eso rotundamente lo diré, no es el modelo de aquel Hospital el que sirve para la cu- ración médica y régimen interno del de Lima. En cuanto á los baños de ducha y los de camiseta, dice el Dr. Ulloa, que la «circunstancia de administrárse- los cuando en sus accesos han consumado algunas vio- lencias, son tomadas también por los mismos pacien- tas ó por compañeros como castigo también, no sien- do sido un medio de curación.» Trabajo grande costará á cualquiera persona tomar por lo serio este dicho. El baño de camiseta, tal cual es, y tal cual lo he descrito, sin agregar ni exagerar nada, será todo menos curativo, no he encontrado un solo médico que le conceptúe como tal, estoy seguro que el Dr. Ulloa no podrá citarme los autores que aconsejan ese método curativo; salvo que se rae diga que ahora cincuenta años, cuando la fórmula médica para curar al loco, ó mejor dicho para idiotizarlo y adementarlo, era «El loco por la pena es cuerdo.»—en- tonces me esplicaría lo que pasa en el Manicomio de (1) Este lugar es la casa óe locos. — 318 — Lima, pero siempre con una salvedad, lo repito, que en lugar de medio curativo se diga lo que es, medio re- prensivo y de castigo.—No debemos confundir las cosas para oscurecer los hechos. Pero ¿qué dice el Reglamento del Hospicio de Li- ma sobre castigos? El artículo 57 es claro: «Es prohi- bido emplear con los a mentes ningún medio de rigor.»— ¿El baño de Camiseta qué cosa es? El rigorismo del suplicio, y llevado á la crueldad.—¿Puede llamarse medio curativo aquel que conmueve el sistema ner- vioso de la manera mas espantosa como lo hace el tal baño? No: menos para los seres en los cuales la sobre- excitación nerviosa, es causa del mal que se pretende curar. La impresión de verse que lo ahogan á uno y las angustias de la asfixia son causas mas que sufi- cientes para enloquecer á un horabre; el solo miedo basta para esto.—¿No cree el Dr. Ulloa, y con él to- dos los médicos, que dadas ciertas condiciones patoló- \ gicas de un individuo, como son una aneurisma, un , mal orgánico del corazón, una asma y mil otros, ese baño de Camiseta, está contra indicaddl ¿No sabe el 4" Dr. Ulloa, que esos baños se administran en el Hospi- K ció de Insanos de Lima, sin jamás practicarse un reco- nocimiento personal del paciente, para averiguar todo esto? La desesperación, la asfixia y el esfuerzo que hace el infeliz sometido á tal suplicio para romper j sus amarras, para poder con sus brazos sostener su cuerpo fuera del agua, son suficientes para causar la rotura de las arterias, y la muerte instantánea; fuera de la impresión súbita que se le ha causado;—y fue- ra de estar colocado boca abajo.—Bastará este lijerO análisis para probar que el baño de Camiseta es un suplicio para contener á los infelices habitantes del Manicomio, es un medio de disciplina; y tan es así, que para todo la amenaza allí es—«Si U. no hace tal co- sa le vamos á dar un baño de Camiseta».—Lo he visto aplicar contra un desgraciado, no porque tuviera ac- — 319 — cesos de furor, porque el individuo estaba exánime, sino porque en su angustia, y en su anonadamiento de espíritu, no quería comer; para obligarlo se lo aplica- ban!! Puedo asegurar, con la verdad y, con la hombría de bien con que digo todo, que durante los cien dias escasos que estuve en el Hospicio de Insanos no he visto un solo acceso de furor en los desgraciados que están allí; no parece casa de locos; todos son pacíficos. Dejo de filosofar sobre el tal baño de Camiseta y si- go adelante. Bajo el lema de «El Manicomio de Lima—1884», al señor Dr. D. José C. Ulloa»—publicó el Dr. D. Ma- nuel A. Muñiz, en «La Crónica Médica» las siguientes apreciaciones referentes á este Hospicio. Principia hablando de lo que es el local y dice: «(Lo que era de preveerse sucedió. «Las mejoras hechas eran insuficientes para adaptar á su nuevo destino un local dedicado á muy diversos fines. Las imperfecciones de su disposición interior, se hicieron notar desde el primer momento................. «¡Hace pues 25 años que el actual Manicomio era in- suficiente para su objeto! «Sin embargo, su fundación fué un progreso, una obra de caridad. Así como hoy, su estacionarismo es quizá hasta un crimen, una falta....... .......................... «Se puede decir, sin exagerar, que el Manicomio de Lima, ni en su principio ni aún con sus mejoras poste- riores satisface las múltiples exigencias científicas. Y hasta duro es decirlo no merece el nombre de Hospital de Insanos. La verdad debe decirse entera. «En la memoria que el médico en jefe (1) elevó en 1883, y fué publicada en los números 6 y 7 de este pe- riódico, (2) encontramos los siguientes párrafos. «No construido especialmente para su objeto, sino apropia- (1) El Sr. Dr. D. C. Ulloa, médico en jefe. (2) La Crónica médica. — 320 — da á él únicamente la casa quinta que le sirvió de base, ni por su situación, ni por sus demás accidentes, ofrecía todas las condiciones adecuadas para un hospicio de in- sanos......quedó mucho por desear ala ciencia; lo que una dolorosa experiencia ha venido á confirmar.» Cita en seguida los peligros de su situación en la proximi- dad de tantas casas huertas, y su inmediación á extra- muros, lugares por donde corren acequias numerosas, causa de constantes aniegos y focos de miasmas palúdi- cos. Señala la defectuosa distribución del local y con- cluye diciendo, «sino convendría mejor la construcción de otro manicomio, en un local mas conveniente, cons- truido conforme á las prescripciones de la ciencia en su estado actual.» «El local no es apropiado ni siquiera para casa de re- clusión. Fáltale mucho para eso. «Fundar un Manicomio es una ubra muy difícil, muy laboriosa, muy delicada. Y todas esas círcustancías le faltaron al de Lima en su fundación. Quizá hubo de- masiado talento para convertir un convento en casa de locos............................................................. «Como se ve el local actual inseguro oprime la liber- tad individual, no proporciona á sus pobladores dis- tracción alguna agradable y está en contradicción con las reglas mas triviales de la higiene. «Dividir ambos sexos, los enajenados curables de los incurables, los indigentes de los pensionistas, los su- cios de los aseados, los furiosos de los tranquilos, los ociosos de los trabajadores, los atacados de enfermeda- des contagiosas ó no de los sanos, es imposible en un local que no tiene sino dos grandes departamentos. No se puede así evitar la constante acción de unos so- bre otros, viéndose, conociéndose todos en el mismo sitio, en la misma aptitud, en cada instante. Esto es no solo inhumano sino repugnante. «Cada sección, cuatro cuando menos para cada sexo, debe tener salas de reunión, de trabajo, de estudio y — 321 — de distracción (lectura, música, etc.,) de dormir, de en* fermeria, separadas por anchos y ventilados corredo- res, y todas ellas bien ventiladas, alu.nbradas y limpias. «No hay celdas de reclusión sino calabozos «Falta una sección del establecimiento dedicada al estudio preliminar, á la observación primera de los enfer- mos que ingresen. «El cuerpo facultativo, el administrativo, los sirvien- tes, carecen de locales ó habitaciones especiales para las variadas aplicaciones, diversos usos, que sus obliga- ciones respectivas les imponen. «Faltan departamentos de diversas categorías para enfermos pensionistas. «Tenemos á la vista la descripción de los Manico- mios de España, de casi toda la Europa, de la misma América meridional. Y, por desgracia, aunque esto subleve el fatuo amor propio de algunos, muy pocos, contándoles en nuestra madre patria y en algunas na- ciones hermanas de la América latina, encontramos semejantes al nuestro. «En Europa la existencia de los grandes Manicomios centrales, de los particulares, de los provinciales sos- tenidos por las corporaciones comunales, aumentando la oferta, mejorando el servicio, sostienen provechosa competencia. «En el Perú, el que existe, ni tiene competidores cercanos y es el único para una estensísima porción de territorio........................................ ■>......... «La existencia de una casa de locos, implantada en un local apropiado, es una seguridad social de la que no se puede prescindir en esta época. «Si nuestro Manicomio no está instalado en un local conveniente, tampoco tiene el material imprescindible de hospital de este género...................................... «El mobiliario del hospicio si bien en lo referente á los locos tranquilos, no necesita reforma apremiante, 41 — 322 — sí la requiere y urgente en los útiles de uso para los furiosos y los sucios. «Sin embargo la ropería está bien provista: hay sufi- ciente ropa de cama, faltando sí la ropa interior, y de- biendo en verano hacerse quincenal el cambio de sába- nas y no mensual. «En este año 1884 se ha hecho notar la falta de ropa de uso para los insanos de ambos sexos. «En una palabra, con un gasto insignificante se pro- veerían esas necesidades. «No hay una sola celda acolchada, con pisos apropia- dos, por lo que no es raro encontrar en los epilépticos y en los furiosos, gravísimas lesiones externas. «No existe ni una sonda para la alimentación forza- da, debiendo haber un surtido de ellas. Anomalía ver- gonzosa que no debe permanecer por mas tiempo sin su inmediata satisfacción. «El arsenal quirúrgico es muy pobre, insignificante. «Los variados é ingeniosos medios de contención, de que dispone la moderna patología mental, faltan com- pletamente. Solo se tiene camisas de fuerza y peque- ños anillos de fierro unidos, que se colocan en la mu- ñeca y en el pié, para evitar accidentes en los afectados de locura impulsiva furiosa. «Las jaulas ó catres cerrados son de madera, muy pesadas, malsanas, antihigiénicas......................... «Debe también encargarse (cinturones, trabas, pan- talones de Perigot, guanteletes, cuellos, urinarios de suspensión, etc.,) aparatos cómodos, de utilidad inne- gable, de poco costo y cuya falta es insanable. «La botica necesita una seria reforma. Si aparente- mente satisface las necesidades y exigencias de la ac- tualidad, depende del régimen usado hasta hoy. Re- formado radicalmente él, como lo será, no se encuentran en ella multitud de preciosos agentes medicamentosos, de inestimables alcaloides, de específicos y especiali- dades mas reputadas, que solo dan á los insanos, en el — 323 — caso de que las traigan las familias, lo que no es justo porque el pobre y el rico tienen derecho á gozar de sus benéficas propiedades: al uno por humanidad y al otro por obligación. «Carece el Manicomio, como lo hemos dicho antes, de sus respectivas dependencias hidrolójicas, dotadas de todos los adelantos modernos. «Así mismo, y esta necesidad es de carácter urgen- te, se hace sentir la falta absoluta de un gabinete eléc- trico........................................ ................... «Y no se diga que son sueños de diñcil realización satisfacer las nececidades apuntadas. Hay un medio muy expedito para llenarlas: aplicar las pensiones de los insanos de paga al fomento del establecimiento, siendo á cargo de la caja de Beneficencia, el presupues- to ordinario mensual. «Un médico en jefe, un auxiliar (no rentado) y un practicante interno, constituyeron el personal médico del establecimiento, ayudados por una hija de San Vi- cente de Paul, encargada de la botica................... «Un médico alienista no se forma en un momento, con solo la lectura de obras especiales, aun suponien- do una cabeza privilejiada. No. A la teoría debe unir- se la práctica, la educación alienista por decirlo así. «Debe alentarse el especialismo científico, el único compatible con los modernos adelantos. Debe darse toda la importancia, tener menos desden por cargo tan elevado, y se acreditará el puesto, que nunca debe ser hijo del favor sino del talento y méritos comprobados. Hay una notable diferencia entre asistir un enfermo de un Manicomio y otro de un Hospital.................. «No se aprecia casi nunca la importancia del puesto de médico en jefe de un Manicomio. Se llega á desco- nocer la necesidad del médico auxiliar. Doble error. «Ademas cada departamento, de hombres ó mujeres, debe tener y como antes, un practicante interno, en íntima relación con los enfermos, estudiándolos y ha- — 324 — ciendo cumplir las prescripciones de su superior, mo- mento á momento, encargándose á cada uno la esta- dística mas minuciosa y la observación clínica mas delicada. «Hay un vacío en nuestros estudios médicos. Se ob- tiene el título profesional sin tener la raas lejana idea de lo que es un loco, participándose muchas veces de las creencias erróneas del vulgo y de las suposiciones estúpidas de la ignorancia. «Hay pues que establecer la clínica frenopática. «No solo debe enseñarse á todos, sino que debe ten- derse á formar especialistas, médicos para los mani- comios provinciales que, tarde ó temprano, tienen que establecerse. " «Una lección clínica semanal á los alumnos de los tres últimos años de estudios, daría á los nuevos mé- dicos nociones raas ó menos precisas de tan importan- te clase de enfermedades, cuya frecuencia no es tan rara y las que nuestros prácticos han descuidado com- pletamente, á tal punto que el delirio febril de un al- cohólico, atacado de una fiebre tifoidea, ha sido toma- do como un delirio agudo maniaco. «Así se hará progresar la ciencia. Se inculcalará amor al estudio. Se formará verdadera escuela cien- tífica............................................................... .........«Somos decididos partidarios del servicio laico de los Hospitales y Hospicios. «Hay un error, indisculpable, en suponer que en los citados establecimientos ese servicio no se puede con- seguir mejor, sino empleando las congregaciones reli- giosas. Es muy aventurado hacer patrimonio de un grupo de seres la caridad y el amor á los semejantes. Hay mucha lijereza en adornar los que componen esas congregaciones con tantas cualidades preciosas que, la verdad, no son tan comunes entre los que hemos nacido en la época actual. Esas congregaciones tie- — 325 — nen las mihmas pasiones, los mismos defectos, los mis- mos vicios que caracterizan toda agrupación humana. «Las corporaciones religiosas tienen una disciplina. una regla, un modo de vivir, unas tendencias, incom- patibles, absolutamente incompatibles con la marcha apropiada á las casas de caridad. «El hábito las hace incrédulas é indiferentes y satis- fechas y engreidas hacen de su noble tarea la rutinaria misión de una máquina. No tienen aspiraciones y con muy raras excepciones jiran en una órbita, gozan de un prestijioy disponen de una autoridad, muy superio- res á las que les hubiera asignado el mundo, teniendo presente su educación, sus creencias y sus fines. «La secularización de los hospitales en ninguna par- te se puede ensayar mejor que en el Hospicio de In- sanos, y si la Sociedad de Beneficencia no quiere eje- cutoriar su crédito de retrógada, debe implantar un sistema de organización y administración, sin ellas, mas económico, mas ventajoso, mas humanitario y aceptado en los grandes países del mundo, á pesar de la resistencia desesperada que hacen los eternos ser- vidores del estacionarismo. «El jefe superior del Establecimiento es un socio de Beneficencia elejido anualmente en junta general — Primer error. «Si bien todos los miembros de aquella respe- table asociación ocupan elevada posición en la so- ciedad y son acreedores á las consideraciones de to- dos, no siempre disponen del tiempo ni pueden con- sagrar su actividad al desempeño de sus delicadas funciones. «Ni son completamente responsables ni su acción ejecutiva es inmediata. Ademas sus atribuciones no descienden hasta las minuciosidades del manejo ínti- mo del establecimiento. «Hay mas. — 326 — «La duración del cargo de Inspector es de un año; debe ser mayor. «Debe dárseles atribuciones mas latas, haciendo mas efectiva su responsabilidad. Y si no se quiere crear el cargo de Director, cuando menos el socio de Benefi- cencia debe reasumir esas funciones y no consentirse en la singular anomalía de que el jefe responsable de la casa sea una hermana de caridad, encargándola de funciones completamente agenas á su estado y á su sexo............................................................ «El reglamento que actualmente rije en el Manico- mio es malo, es deficiente, es incompleto, es viejo por último. «Represente, un pasado que debe desaparecer, y su reforma inmediata es clamorosa. «Ni siquiera tiene el mérito del éxito. «¿Es suficiente la alimentación que se dá á los ena- genados? «Creemos que no. No formulamos una queja. Pero se dirá que las condiciones económicas de la Benefi- cencia no son muy desahogadas. Perfectamente. Qui- zá sin aumento de gasto, podia hacérsela variada, mas abundante y de mejor calidad. Sus horas de distribu- ción son muy inoportunas. «Los detalles son inútiles. Vale mas, muchas veces, señalar delicadamente el mal y no herir susceptibili- dades muy excitables. «Incidentalmente nos ocuparemos de la distribución del tiempo. Es defectuosa. «Levántase el enfermo á las 6 ó 6. 30 h. a. m., se- gún la estación, y después de unos pocos momentos, consagrados al aseo personal, ocupa un asiento en los bancos corridos, fríos y duros de los corredores. En molestosa confusión dá lijeras vueltas hasta las 9. a. — 327 — m., después de la visita médica, en que almuerza. Vuelve al estrecho corredor hasta la 1. 30 p. m. en que divididos en dos categorías, de paga y gratuitos sucesivamente, se bañan en un estrecho estanque. Mal enjugados, se visten y vuelven á los corredores, á la inmovilidad, hasta las 3. p. m., hora en la que comen. Desde este moraento hasta las 7. p. m. en el verano y las 6. 30 p. m. en el invierno, que pasan á j los dormitorios, no se ocupan de nada. Y esto se rea- f liza todos los dias, todo el año! «Los enfermos que mas necesitan distracción, ejer- cicio, actividad, están así condenados á la monotonía de un régimen, que mas parece de castigo que de tra- tamiento. «En el departamento de mujeres hay mas trabajo, se ejercita mas la actividad individual. La lavande- [ ria, el taller de costura, la capilla, brindan á esas des- & graciadas momentos de alivio. r «Ademas del personal médico, el Manicomio tiene los siguientes empleados: «El departamento de hombres, con una población de 100 á 120 insanos, tiene una hermana de caridad, un bañero, un barbero, un guardián de epilépticos y dos guardianes mas. «En el de mujeres, también con una población de 100 á 120 insanas, encontramos una hermana de cari- dad y siete guardianes, muchachas huérfanas casi todas. «La despensa y cocina está á cargo de una hermana de caridad, un cocinero y un ayudante de cocina. La lavandería tiene otra hermana de caridad. «El servicio religioso está á cargo de un capellán. «Hay además un portero y un jardinero. «¿Es posible siquiera suponer que con este diminu- to personal de empleados, pueda atenderse mediana- mente bien á los enfermos? — 328 — «Y entiéndase que esta falta se ha denunciado has- ta la saciedad. «Los comentarios sobran. «Réstanos ocuparnos del réjiraen económico de nues- tro Manicomio. «Sin que esto importe una acusación, lo creemos dañoso para la buena marcha del Establecimiento. «Absorbidas todas las funciones administrativas por las hermanas de caridad, ellas solas, casi sin otra in- tervención, dan completa inversión al mezquino pre- supuesto mensual. Y decimos mezquino, porque no otro calificativo merece la escasa contribución que apenas basta para el mal alimento que allí propinan y para el pago de los ridículos sueldos de los modestos y laboriosos empleados del Manicomio. No se trata sino de vejetar; vivir de cualquier modo. Y toda institución y todo establecimiento público que no progresa muere. «La cantidad mensual es insuficiente. No hay por i qué entrar en detalles. La alimentación no es buena:— . • es muy defidente. Risibles son los sueldos de los em- pleados y es algo que subleva el ánimo, el. haber del cuerpo médico, cuyos servicios son tan importantes. ^ | Buenos servidores, aun para el orden disciplinario, no se obtienen sino rentándolos bien. Pero se ha hecho, \ siempre gala, no solo en el Manicomio sino en todos los Hospitales y establecimientos de beneficencia, de ■ no valorizar los servicios médicos y creerlos tan mecá- nicos y fáciles como los de los empleados subalternos. En todas partes del mundo todo establecimiento de esta clase tiene un consejo de vijilancia y adminis- tración. «¿Por qué no se establece acá? «Pueden tolerarse los hospitales de Lima. Pero ya llenan la medida la casa de Huérfanos y la de Locos» La parte mas desgraciada de la humanidad es la que menos cuidado merece! — 329 — «Reasumamos. «El Manicomio de Lima bajo todos sus aspectos, no satisface ni los principios de la ciencia, niraénos las exijencias de la caridad bien entendida. «Construido en un local no apropiado, es insuficien- te para su objeto y en seria responsabilidad moral y socialincuvren los que no llevan acabo ó estudian los variados medios que, en diversas ocasiones y hasta la saciedad, se han propuesto para llenar esas faltas y esos defectos. «Debe, cuando menos, convertirse el actual Mani- comio de ambos sexos en el de un solo sexo, estable- ciendo el otro en un local que se puede apropiar para los nuevos fines, vista la completa imposibilidad de construir uno nuevo conforme con las exijencias de la cieucia moderna. «Es de inaplazable realización surtir el Manicomio del material imprescindible en un hospital de este gé- nero. Falta todo. Nada existe. Los baños, la botica y el arsenal, etc., deben establecerse, porque no me- recen este nombre las dependencias que hoy lo lle- van. «Debe crearse el cargo de médico en jefe del esta- blecimiento, así como una comisión de fomento y vi- jilancia. «Debe intentarse la secularización del Manicomio, ó cuando menos, hacer que las hermanas de caridad sean lo que deben ser. «Debe dictarse un buen reglamento interior, modi- ficando todos los defectos apuntados. «Debe formarse un presupuesto racional de gastos naturales, aumentando los haberes de los empleados, mejorando la alimentación, etc. «Debe autorizarse al médico en jefe, verificada la separación, para que haga la respectiva clasificación, y proponga en el dia, cuando menos, las medidas de in- mediata realización. 42. — 330 — «Debe hacerse una formal estadística del Manicomio. «Muchas otras conclusiones podríamos deducir; pe- ro éstas, así como la parte médica, serán materia de un trabajo especial........................................... «El loco merece mas atención que la que le consa- gran los que se llaman padres de los pobres. «Parece que olvidara la Sociedad de Beneficencia su inmensa responsabilidad.» Esto es lo que un médico dice de nuestro Manico- mio en el año de 1884. A este sitio fué donde me arrojó, donde me plajio una junta médica, porque la opinión de dos prevaleció; es éste el sitio único adon- de se le aseguró á mi desolada esposa, á mis angus- tiadas hijas, podia ser asistido con todos los elementos científicos y humanitarios. ¿No está justificado mi di- cho al decir que hubo error, que hubo ignorancia mé- dica y que hubo hasta iniquidad, en esos médicos? Sí: presento pruebas irrecusables y evidentes. CAPITULO XXVII. Quien haya leído este trabajo con ánimo impar- cial, estará convencido que yo no tenia nada de loco, menos para ser secuestrado en un Manicomio. Si exis- tió locura, en algún momento, no pasó según la verda- dera ciencia médica de una monomanía momentánea é inofensiva proveniente de una errada creencia, ó de ig- norancia de las manifestaciones de una Ciencia poco co- nocida entre nosotros. Ese error hubiera desaparecido á los pocos dias, si hubiera permanecido en mi casa, por que hubiera leido lo que existia sobre la materia, com- prendiendo luego, que existia una obsesión, una fas- cinación 6 una subyugación de mi espíritu,' pudiendo combatirla inmediatamente, pero como se me aisló no solo de mi casa, sino aún de todo reconocimiento médico, de todo medio de poder indagar la verdad, resultaba que el tratamiento médico lejos de estirpar el mal que se pretendía combatir, colocaba al indviduo en condicio- nes mas favorables á toda influencia de carácter espi- ritual, favoreciendo esas obsesiones, fascinaciones ó sub- yugaciones: entre ellas la primitiva de créeme viudo, la de ser plajiado por cuestiones políticas y la no menos fa- tal, la de que pudiera creerme loco en las veces que era conducido al Manicomio, causarme el mayor anona- damiento, creando la verdadera locura, ó lo que es peor, la hipocondría ó melancolía, término casi fatal de todo sufrimiento ó conmoción moral. Estas bre- ves observaciones personales, convencerán á los Se- — 332 — ñores Médicos que el sistema curativo de aislamiento es contraproducente, origina el mal que se vá á curar, mientras que el rodear á los enfermos de todos los me- dios posibles de convencimiento auto personal, lleva al término curativo de una manera rápida y segura. En el entretanto el secuestro no hace bien ni al paciente, ni al médico, ni á la sociedad, ni á la familia, porque desde luego á un maniaco se le priva de todo consue- lo, y se impide que él mismo en otra esfera, suponien- do que sea locura, fascinación, alucinación, lo que el crea en una materia, pueda ser útil en otras. Ha- blo Señores Médicos por propia experiencia, supongo que estuve maniaco, voy aun mas allá: hoy creo con mas vehemencia, mayor convencimiento en la ciencia del Espiritismo; según las teorías de la ciencia médica, debo estar cuando menos igualmente loco que antes, si es que no lo estoy mas, pero esta manía, según mis médicos del Manicomio y otro mas, no me impide re- dactar un periódico, escribir estos Estudios y las sensaciones de loco, dedicarme al saber humano estu- diando lo que otros locos como yo han escrito sobre el Espiritismo, el Hypnotismo, la Insania ó Locura, ad- ministrar mis negocios, ser chacarero, en fin, hacer to- do lo que esos médicos cuerdos hacen ó pueden hacer; entre los cuales no diré que hay ignorancia en otros ramos de su profesión, pero para mí les reputo locos por que también tienen sus monomanías humanas, la única distinción es que yo no puedo espedir patente de loco, ellos sí, pero si vamos al resultado de los he- chos, tendremos que mientras que yo no he practicado hecho alguno en el cual pusiera en peligro la vida de un semejante, único caso en que el secuestro en Mani- comio podia ser justificado, dado caso que al paciente no se le hubiera colocado en la condición del Lego del Convento, esos médicos, en obedecimiento á las obsesio- nes, alucinaciones, y fascinaciones de la pretendida ciencia médica infalible, me pusieron en el caso de ser muerto — 333 — por su tratamiento errado; me pusieron en el peligro de volverme loco real, delito penado por nuetras leyes; se emplearon los medios, no se realizó el hecho porque no nací para loco. Yo procedía en vista de manifesta- ciones, reales y evidentes. Ellos procedían en vista también de los hechos inofensivos realizados por mí en un momento dado. Yo he estudiado luego que pude esos fenómenos y su ciencia; pero ellos se han obstina- do en no hacerlo. Ellos condenan aun individuo corno loco, por que no conociendo la explicación de un fenó- meno, de un acto, niegan la causa que se le atribuye, deplorable falta de criterio, siendo así que el Espiritis- mo es de tal importancia que uno de mis médicos de Manicomio el Dr Ulloa, hablando sobre él, dice lo si- guiente: "Se acomoda de tal manera al estado actual de progreso del Espíritu humano y ofrece tales aparien- cias de carácter sobre natural, que no es estraño que él penetre fácilmente en muchas inteligencias, aun en las mas cultivadas y nutridas en la ciencia, y llegue á subyugarlas hasta nublar la razón ú oscurecerla com- pletamente" Como se vé la primera parte de esta declaración es en fuerza de la evidencia irresistible de los hechos, mas el final es solo el juicio particular del incrédulo y del partidario de otra teoría opuesta, que no se acomo- da de la misma manera al actual progreso del Espíri- tu humano; y tan es así, que el Espiritismo lejos de perder terreno, siendo como se le supone una cien- cia falsa lo está ganando, y el materialista llega á ser espiritista y jamás deja éste de serlo; lo quemas se acomoda, pues, al adelanto del dia es indudablemen- te lo mas exacto, esta condición k tiene el Espiritismo, luego al negar su existencia, se falta á la sana pruden- cia como lo dice Arago. Lo que hay es que al analizar las manifestaciones del Espiritismo no se toman en su conjunto, sino ais- ladamente, sin eslabonar unas y otras, de donde resul- — 334 — ta que el raciocinio para un orden de cosas es aparen- temente exacto, pero para otro es evidentemente absurdo, y cuando llegamos allí, nuestros adversarios invocan teorías, y nada mas que teorías, que como tales, pueden ser ó no ser exactas como lo veremos mas adelante cuando haga su análisis suscinto. Los médicos, pues, practicaron un acto de verdadera locura, al encerrar á un hombre por varias veces en un Manicomio y mantenerlo allí, hombre que no estaba loco, poniendo en peligro real su vida, desordenando sus negocios, obligando á su padre á que abandonando bienestar y posición en un país generoso é ilustrado, viniese á las volandas á salvar al hijo del peligro en que lo pusieron y por fin......sabe Dios que mas! ¿Quiénes tales acciones cometen y á tales peligros dejan expuesta la sociedad, por su profesión, no son ellos los verdaderamente dignos de habitar en un Ma- nicomio para evitar futuros y provables males que ya una vez han causado? Sin duda que sí. No obstante todo lo que he dicho, mis médicos de manicomio me tenian otra vez en su poder, me han sometido al suplicio, y mientras un individuo es habi- tante de un Manicomio es loco para el mundo, así como un hombre metido en una cárcel ó penitenciaria es pre- sidiario; me veo pues en la necesidad de seguir hacien- do vida de loco y seguir probando que mi locura solo existia ante el saber ó la ciencia médica de los médicos del local. Voy pues á seguir trascribiendo mi corres- pondencia particular para poner en relieve lo que un loco siente. En este segundo plajio, como lo he dicho, no se me prohibió el uso de papel, á lo menos la buena monja del departamento de hombres me lo permitió y me lo daba, alma noble y sensible como lo he dicho, que llenaba su misión cerca de mí con los ojos llenos de lágrimas. Los dos primeros dias creí prudente no escribir una — 335 — letra á mi esposa, yra porque esperaba á alguien de ca- sa para orientarme respecto á mi posición, ya también para tomar una medida según fuese conveniente—pe- ro nadie venia. Mi creencia íntima era ya completa respecto á la existencia de un plajio calculado, respec- to á mi persona, pero cuyas causas me eran descono- cidas, la idea de locura no cabia en mi mente, puesto que nada de loco habia practicado esta vez; no sabia entonces, como no podia saberlo, que era para evitar probables desgracias según ol médico S....C... y la persona que ejecutó la orden de éste, pero desespe- rado ya con el silencio y los castigos sufridos, me re- solví á escribir, pero con la cautela necesaria para evi- tarme algún nuevo contratiempo, así puse la siguiente en la cual sé tradujo mi angustia: Domingo, Noviembre 22 de 1885. Mi Querida y estrañada esposa. No tienes idea cuanto las extraño, estoy verdaderamente desorientado con lo que me pasa; ¿por qué tanto silencio de tu parte que no recibo ni una carta tuya, ni nadie viene á verme? Esta vez no sé que esté loco, pues ningún médico me ha traído; han sido los hombres; no veo nada claro; rué- gote esposa querida que no dejes de ponerme unas cuatro letras todos los dias; Dios no puede ver eso como cosa mala, porque una esposa está en el deber de consolar á su esposo. Interésate con todas tus amigas para que rueguen por mí. Mil cariños á mis hijas. Que los amigos vengan á verme si es que no me pueden sacar; esto me ensanchará el espíritu y me dará mas ánimo para conformarme con mi mísera situación. Mándame las cartas de mi papá. Recibe el corazón de tu esposo. Este mismo dia, calculando que quizás á mi esposa le hubieran ocultado que de nuevo me habian vuelto á encerrar en la casa de locos, es decir en el Manicomio y que le habrían contado las cosas de una manera ine- xacta, lo que en verdad habia sucedido como lo dejo indicado, creí conveniente escribirle una exposición de — 336 — lo sucedido y darle reglas é instrucciones para evitar lo que yo habia visto, palpado y estaba sufriendo, el ser colocados ella y yo en la situación del Lego del Convento, y como era Domingo, dia en que casi todos los empleados abandonan el departamento de hom- bres, desde las doce hasta las dos de la tarde, tenia tiempo para sin testigos hacerlo —Puse pues la si- guiente carta: Hospicio de Insanos.—Lima, Noviembre 22 de 1885. N°2. Queridísima esposa: Supongo que recibirías la carta que esta mañana te escribí y que entregué á la madre Sor Magdalena del Corazón de Jesús. Esta tiene por objeto darte algunas instrucciones res- pecto á lo que debe ser nuestra regla de conducta en lo futuro. Ramón te habrá dicho de la manera como me sacaron de la casa el dia que tú te saliste no sé donde, ni para donde; ningún médico, ni nadie sino............que almorzó ese dia con nosotros y que tú viste que para nada, ni por nada quiso moverse; pues bien, apenas te saliste me tomó en un momento de sorpresa de un brazo y.............del otro, y á pesar de que yo me resistí, tuve que ceder á la fuerza ma- yor; cuando llegué á la puerta de calle, tuve que salir sin hacer gran esfuerzo porque, tuve una corazonada de que se me trataba de hacer aparecer como loco, y cualquier cosa me perdía. Apesar de mis ruegos me metieron en uu coche y ................entró; pasé por la calle de Baquijano, y calcu- lé que quizás tú habías ido allí, pero lo cierto del caso es que me trajeron acá á la casa de locos del Cercado, en el mismo sitio en que antes he estado. Cuando te vi salir, te llamé, tu no me hiciste caso, cono- cia que algo muy extraordinario pasaba, mandé á mis hijas en tu seguimiento y ellas todas agoradas se salieron; yo con un instinto admirable que solo Dios podia dármelo, compren- día que era perdido si salia, y por eso me quedé, mientras tanto no me salvé, porque en medio de mi misma casa he sido sacado por mis mismos amigos; nada de loco tengo; tú verás por esta relación que te hago que es verdad todo. Así hija mia vé modos de sacarme cuanto antes, si es que quieres que viva, ó sino quieres ver huérfanos á tus hijos. — 337 — Voy á darte regUs para lo futuro, no admitas jóvenes ni visitas de noche, cierra tus puertas; eso me perdió á mí y á tí, pues los jóvenes se volvieron obstinados y tú viste que du- rante dos noches tu no pegaste los ojos, porque te llenaban la cabeza de miedos y de aprensiones, unos por cobardía y otros por ignorancia. Ten entendido que no tengo nada ni de loco ni de demente, hay cosas tan extraordinarias que solo Dios, Nuestro Señor Jesucristo, puede explicarlas. Cierra las puertas de la sala, de noche, no recibas sino á hombres for- males y serios como..................el compadre...............al amigo .......al...........; en cuanto á...............recíbeloáto- da hora y que él sea tu agente para todo, es honrado, enérgi- co y valiente. Estamos envueltos en algún plan que no vislumbro pero del cual hay que aalvarme, y tú puedes hacerlo consultando con estos amigos, que...........también tome parte, llámalo, pues él conoce estas cuestiones, me quiere mucho y él hará caanto pueda por nosotros, y será una persona solícita en casa. No desatiendas estas indicaciones hija mía, hazlo por el hombre que siempre te ha querido y que viste que en los primeros dias de Octubre y en estos dos últimos dias te he dado pruebas de quererte y de saber confortarte y de ser bueno. ' Conviene guardar un profundo secreto en muchas cosas, que es necesario para nuestra tranquilidad y reposo, y si salgo de acá que sea con los.........es decir con............y con su hermano.........pero sin que esto lo sepa nadie mas que ellos, de tal suerte que ni el cochero sepa á donde viene y ni á donde vá, que solo diga que viene de paseo y me sacan, y una vez en la calle podemos venir hasta cierta parte en coche y allí nos apearemos y.........se vá por su cuenta y yo con............por la mia, que Dios Nuestro Señor Jesuscrito premiador de los que creemos en él, pues mucho le he roga- do y le he pedido para que nos haga felices y me libre de estos sufrimientos, nos indicará lo que debemos hacer. Si me voy á mi casa que nadie lo sepa, procede pues con juicio y con calma, tú ya ves que hay algo extraor dinario y que Dios nos protejerá. Mucho cuidado con las visitas y con los consejos, pues mu - chas veces resulta que bajo la forma mas sincera le envene- nan á uno la existencia. Si el dia que yo me presenté en mi caaa .....no te hubiera ido á decir que estaba loco, .......... 43 — 338 — por el parte de.........tú me hubieras recibido con toda alegría y con toda confianza, pero ella te introdujo la des- confianza y después cada amigo á la vez la aumentaba, tú temias, tú te asustabas y de allí es que tú en lo futuro debes ser la única que resuelvas como lo creas conveniente y tu clara razón te lo indique, sin que te lleves de consejos. Aleja las visitas de noche, acuéstate á las 11 y media de la noche, repon tu salud y verás que todo vá bien; en caso de que tu cabeza se te fatigue, échate agua fria. Yo no deseo mis que el vivir á tu lado feliz y hacerlas feliz de todos modos. Espe- ro contestación y que las cartas vengan con seguridad. En lo futuro numeraré mis cartas; ésta es el número 2. Mánda- me mis cartas dé mi papá para irle contestando; pues sino salgo de acá, siuqiera tendré ese consuelo. Recibe el cora- zón de tu amante esposo que oye lo que dices. Tu— Carlos. La primera carta fué entregada á la Superiora como antes, pero la segunda cuyo contenido era mas grave, para mí, desde que claramente indicaba la existencia de un plan en mi contra, necesitaba ser entregada con toda cautela y seguridad. El medio de entregar esta carta era lo que me preo- oupaba, siendo para raí de vital importancia que lle- gase á su destino. Yo creia firmemente, lo repito, que mi plajio segundo ya era obra de alguna intriga: re- cordé en esos momentos el significativo movimiento de cabeza que el médico S...C... hizo en mi casa, cuando le enrostré ó critiqué el error cometido en mi tratamiento y que los baños eran una iniquidad; con- ceptué que el baño de camiseta que me habian admi- nistrado como medio curativo, era una prueba de que aun algo mas se me reservaba allí, y que si se me in- terceptaba esta carta, era hombre al agua, como se dice. En medio de la angustia que la situación en que estaba me producía, me era pues necesario hacer sa- ber la verdad á mi esposa, dirijirla desde mi presidio, alejarla, sobre todo, de toda influencia miedosa ó poco — 339 — reflexiva, como se vé en la carta anterior—carta por otra parte, que prueba que el reputado loco, digno de un Manicomio, por doble causa, la locura y el riesgo probable de convertirse en asesino de su familia, á los tres dias de encerrado allí, dirijía como solícito y muy cariñoso esposo y padre, lo que era necesario ha- cer para que su familia no volviese á quedar bajo las influencias que tantos males estaban ya causando, y por eso empleaba frases para desvanecer todo temor á mi esposa. No he querido citar un solo nombre en todo aquello que pueda ser motivo de acusaciones ó críticas contra las personas, porque yo lo que he de- seado es, que el mundo científico médico y las fami- lias mediten en casos como el mió ó bien en otras en- fermedades, que cuando hay que apelar á medios es- treñios, deben ante todo asegurarse de la calma, pru- dencia y tino de la medida dictada, no en su parte científica sino en la visible ó en la aparente. En mi caso lo visible y lo aparente era para algunos, que no debia ser encerrado en un Manicomio; pero los médicos que tal opinaron no dieron oidos á esas advertencias, y para que su opinión prevaleciese, aterrorizaron á todos en mi casa, de la manera mas inconsulta y hasta inicua, pintando futuras y probables desgracias que yó debia causar. Mis cavilaciones seguían su curso, ya estaba casi tentado de romper ó esconder mi carta, porque temia un rejistro personal, como el que practicaron conmigo al ingresar nuevamente al Manicomio, cayendo mi car- ta en poder de los que me habian plajiado, fué en ese momento que mi constante creencia en la Ciencia del Espiritismo me auxilió, porque se me dice auditiva- mente—«Válgase U. del Capellán; hable U. con él»— La idea me pareció inmejorable, el conducto seguro, y en el instante que vino la madre de caridad que cui- daba mi departamento, le hice mi súplica, le manifes- té mi deseo de hablar con él. Mi sorpresa fué gran- — 340 — de cuando me contestó en francés lo «veremos, vere- mos que dice el Doctor.» No conozco que exista el artículo del Reglamento que prohiba que el sacerdote del Hospicio, que vive allí y cuya misión debe ser tan sublime, sobre todo cerca de seres en desgracia, nece- site del permiso del médico para ejercer su ministe- rio á semejanza de las madres de caridad. Todo ese dia, hasta el siguiente, estuve implorando el hablar | con el capellán, al fin lo conseguí—Vino á verme, era la primera vez que lo veia en el interior de mi depar- tamento y también fué la última, en los escasos cien dias de prisión que sufrí allí,—Me pareció sumamen- te joven por su aspecto, pero á la vez me fué muy simpático, tenia un semblante de sinceridad y de bon- dad, lo que comprobó con decirme después de con- testar mi saludo.—«Qué quiere U. hermano»—y acabó de \ ensanchar mi espíritu, porque comprendí que mi con- sejo espiritista iba á tener resultado—«Quiero ha- blar con U. á solas y en secreto»)—«Bueno hermano, sígame»—Me contestó—Salimos del local del presidio y nos encaminamos á la capilla, lugar que por primera vez conocía, abrió la puerta con la llave que sacó de su hábito y penetramos á la sacristía.—Me señaló un re- clinatorio y me dijo—«Arrodíllese hermano, voy á confesarlo y allí dígame lo que quiera»—No trepidé un solo instante en obedecerle; su sinceridad, su sem- blante apacible, su suavidad de maneras y su juven- tud, porque ésta rara vez es indolente, me dominaron, y como por otra parte no soy de los que no creen en vida futura, ni la existencia del alma, y como Espiri- tista conozco, hoy mas que nunca, que hay un mas allá de esta vida material, adonde el espíritu purgará lo que acá no se le haga purgar, cumplí con el deber de cristiano y con el de católico, en cuya fé nací y en la cual he de morir. No dejó también de contribuir en algo, el deseo de estar preparado para morir; el baño de camiseta era un preludio muy elocuente que me — 341 — presagiaba algún atentado contra mi existencia, y aunque quizás no falta alguno que se ría de lo que hi- ce y lo que digo, esa risa es del incrédulo de cálculo, pero del supersticioso en realidad, que cuando le lle- ga la hora de dejar este mundo, es entonces donde su conciencia y sus acciones lo obligan, no digo á confe- sarse, sino á todo, hasta á retractarse, cosa que los que somos creyentes y relijiosos no hacemos. Fué en estos momentos solemnes, donde compren- dí lo que era ese sacerdote, que cuál digno discípulo de Jesús, supo conocer lo que debia aconsejar á los hombres en el mundo. Fué en la Capilla, pues, que le entregué mi carta, que la guardó en su seno, ofre- ciendo entregarla, lo que cumplió, como se vé, del original ha sido cajeada para ser publicada. Antes de salir de la capilla, me abrazó, diciéndorae. «Ya somos hermanos en Jesucristo».—Me acompañó hasta el in- terior de mi presidio, al dejarme le supliqué que no dejase de regresar algunos dias para conversar conmigo, pues eso me serviría de consuelo.—«Así lo haré»—me replicó.—«si es que me lo permiten».—No volvió mas á ver á su hermano en Jesús, y á pesar de que se lo pe- dia á la madre de Caridad, seria sin duda porque se le prohibió; á este respecto mas felices son los presidia- rios que tienen la libertad de que los Ministros del Altísimo puedan irlos á ver y consolarlos siempre que lo piden. Otra vez me es necesario llamar la atención médica sobre una suposición errada respecto á la locura, como ya antes lo he hecho.—Se dice que la locura vuelve al paciente muy astuto, muy disimulado, yo puedo de- clarar otra vez que no es la locura sino el tratamiento, porque cuando á un hombre, se le tiene preso, se le aisla, se le plajia y conserva su razón, ó tiene los mo- mentos de lucidez reales ó supuestos, procura salir, como todo hombre racional de la espantosa situación en que se le coloca. Voy aun mas lejos, creo que la — 342 — lucidez es en muchas ocasiones, un impulso del vigor que estaba adormecido, no por falta de razón, sino por- que los hombres cuando no podemos luchar con algu- gunas probalidades de éxito, nos doblegamos á una si- tuación dada, representando un papel ó aceptándolo, apareciendo lo que no somos hasta el momento dado, en que el espíritu se subleva y quiere que el hombre recobre su puesto.—Con el tiempo, el hábito y el mis- j mo sufrimiento moral y material, se le vuelve loco, me- ' lancólico; decae su espíritu y muere ó permanece ya indiferente á todo; pero si concibe alguna esperanza de salir de esa situación, su instinto ó su alma se mani- fiesta tal cual es—y aparece lo que se llama la luddez. Esto lo he observado yo, en varios seres allí encerra- dos, sobre todo, en mi segundo plajio, pues mi distrac- ción era volver á estudiar la vida de loco, tanto para , comprobar mis anteriores observaciones como para \ poder escribir el resultado obtenido cuando salie- fl se.—Varios individuos existían allí, misáutropos, me- lancólicos, cuya actitud era estar sentados en los du- j ros y frios bancos de los corredores, con los brazos ¡¡ cruzados sobre el pecho, cabisbajos, sin atravesar pa- labra con nadie. Poco á poco me llegaba donde ellos, '•)- les miraba con afecto, y con dulzura, sin manifestarles ni curiosidad ni desden; después les saludaba diaria- mente y al fin, pude arrancarles frases y conceptos que % me revelaban que en todas partes debiau estar menos allí, porque les comencé á dar esperanzas de poder sa- lir, su razón estaba buena, en lo que la medicina lla- maría momento lúcido y yo momento deespansicn ó en otros casos momento de vigor y de desesperación racional. Es cierto que algunos me espresaban ser la causa de su estada allí cosas frivolas ó triviales para mí; otras veces eran cargos graves contra las personas, que cuan- do los alegan ante jente superficial, poco observadora é ignorante en estas dolencias son pruebas de locura; no siéndolo: así mismo sucedía que otros después de — 343 — alegar la causa, manifestaban los medios que en su acalorada desesperación les sujeria su Espíritu ó su imaginación ya torturada y fascinada por las ideas es- trafalarias, pero resultado directo del tratamiento. Re pitólo Señores Médicos, hablo por propia esperien- cia auto-clínica. Yo he atribuido mis plajios á diversas causas según las situaciones en que se me colocaba; cau- sas deducidas por el mas exacto silojismo según lo cono- cido por mí; si yo en ese entonces, en lugar de guardar silenció como lo hize, porque mis condiciones de pru- dencia y de observación natural y habito me han im- pelido siempre á ello, hubiera dicho á todos como lo hice en mi creencia de estar viudo, todos los hechos co- mo hoy los refiero, que se reconocen ser lójicos y cuer- dos, entonces se hubiera dicho «Paz Soldán está loco, no cabe duda» mientras que hoy dicen en vista de eso mismo «Paz Soldán tiene razón en todo lo que hizo: yo no hubiera soportado tanto como él, sin haber roto la crismaal primero queme incomodaba.» Mi calma, pues, me salvó de esta falsa prueba de locura y aun diré mas porque ese es mi deber, mis manifestaciones au- ténticas y reales de la Ciencia del Espiritismo que en mas de una ocasión impidieron como lo he dicho y se se- guirá viendo, que me exaltase: por el contrario todas las indicaciones que se me hicieron por este medio so- bre natural para muchos, pero muy natural y aun diré sencillo para los que somos Espiritistas y médiums, hoy me sirven de prueba efectiva é indiscutible de lo acertado de mis observaciones sobre el efecto del tra- tamiento médico de la locura, y las falsas teorías ó creencias sobre algunas cosas que se imputa á la en- fermedad, no siendo sino el resultado de aquel. Basta de filosofías y prosigo mi relato. CAPITULO XXVIIL El resultado de mis primeras dos cartas lo espera- ba con ansia; quería tener noticias de mi familia, sin embargo los dias pasaban, nadie de los mios venia á verme, mis dudas eran atroces al formarme suposicio- nes varias del por qué de esta nueva incomunicación. Lo único que no podia suponer era que mis cartas, que diariamente seguí escribiendo, no llegasen á su destino, porque los pedidos que en ellas hacia, como vino, té, café y hasta cigarros para repartir á algu- nos infelices que me lo pedían, no olvidando á uno que mi esposa le mandó chocolate, porque eso lo de- seaba con vehemencia ese desgraciado, eran señales evidentes de que no se estraviaban. ¿A qué atribuir ese silencio? No podia atinarlo, porque no podia su- poner que era un método curativo empleado por el Dr. S.....C.....prescribir terminantemente á mi espo- sa que no me escribiese, á fin de no interrumpir mi cu- ración! Este médico fué aun mas allá, lo que ha podi- do ser causa de males funestos para toda mi familia, rae dijo, cuando yo le pregunté la causa de ese silen- cio;—«Su esposa no puede escribirle, y me encarga decirle que no debe escribirle.»—Confieso que la im- presión que esto me produjo fué intensa, principié en ese momento á adquirir otra monomanía médica que es atribuida á la locura, no siendo su origen sino el tratamiento médico de ella. Mas adelante lo esplicaré, de la misma manera satisfactoria, como lo vengo ha- — 345 — ciendo con la manía lúcida ó suspicaz que se atribuve al loco, olvidando que es la astucia y la lucidez del presidiario cuerdo y racional. Mis sufrimientos tornaron, pues, otra vez, cuando esto oí de boca del médico, á suponer desgracias ei. mi familia y un complot médico hábilmente ejecuta- do en mi contra, con que habian sido engañados los mios, pero no yo. Seis dias soporté el silencio, pero ya era mucho, nuevamente imploré el auxilio de mi medianimidad, y por toda contestación se me dice— «Escriba U. á su casa, incluyendo una carta para el Dr...es su amigo y él vendrá á verlo»—En el acto puse la carta siguiente: Hospicio de Insanos, Noviembre 25 de 1885. Mi querido Doctor y amigo. Necesito que venga U. á verme de todos modos, para que se convenza Petita que estoy perfectamente bueno y sano y que no hay nada de lo que se dice y le dicen. Así querido Doctor, haga U. esta obra de caridad con su pobre Carlos, que está enfermo no del cuerpo, sino del alma, al ver lo que con él pasa, y que no se dá cuenta ni se esplica por lo extraordinario del caso. Póngame á los pies de su señora esposa y U. no deje de acceder á los ruegos de su viejo amigo Carlos Paz Soldán. Hay coincidencias inexplicables para el mundo, pe- ro cuando uno es espiritista médium, su explicación se hace fácil. En los mismos momentos en que yo es- taba escribiendo la carta anterior, mi esposa habia hecho celebrar una especie de junta médica, entre mi médico de cabecera y este amigo, porque quería sa- ber su opinión en cuanto á mí. De allí nació que ofre- ció ir á verme al Manicomio, al siguiente dia, es decir el 26; de suerte que la carta que le escribí, se — 346 — cruzó con él en el camino, circunstancia por la cual no se entregó, careciendo ya de objeto. En el curso de mi vida varias de estas coincidencias he esperi- mentado: ordenar lo que se estaba poniendo por obra por los mios. Este buen amigo no se equivocó en su diagnóstico, por el contrario comprendió que los locos eran todos los que me creían á mí, y el cuerdo era yo; así se lo escribió á mi Señor Padre á la República Argentina. Pero su opinión no pudo contrarestar la de los médi- cos del Manicomio que no decían la verdadera condi- ción de mi estado, la exajeraban, ó lo que es mas pro- bable, alucinados y ofuscados por la creencia en su saber médico, relativo á la locura, se creían infali- bles y veian locura en todo acto—tenian por hábito ya la monomanía del diagnóstico de locura, á lo cual agregaban el de seguir asustando y atemorizando á mi familia, fomentándole la monomanía de persecución.— Mi esposa si no hubiera estado rodeada por los mé- dicos que le aseguraban todo esto, y por las otras personas que en su deseo, lo supongo, de ver libre á mi familia de todo riesgo, le aseguraban ó le decían que me veian y que no estaba bien, porque como he dicho, creían lo que I03 Señoros Médicos les asegura- ban, dándolo ellas por visto, me hubiera sacado inme- diatamente. Por eso fué que ella hizo la consulta an- tes, pero cuando llegó el momento de proceder se vio anonadada, ó mejor dicho, se vio combatida por casi todos los que la rodeaban. Cuande mi padre llegó, no faltó médico, así como algunas otras personas, que pretendiera disuadirlo de que me sacase—y ya es- tando afuera, todavía pretendían ejercer presión para evitar que yo hiciera lo que tuviera por conveniente. El Dr. Ulloa, médico en jefe del Manicomio, ha ido mas allá; recien principió á publicar estos estudios, envió un recado á mi Señor Padre, diciéndole, que có- mo permitía que yo hiciera estas publicaciones, que si — 347 — no veia que estaba loco! Ya lo creo, muy loco debo es- tar, cuando hago todo y algo mas de lo que mi buen médico de Manicomio, porque procuro correjir errores, procuro aliviar la suerte de seres desgraciados, conci- tándome enemistades y sin tener el oficio ó la obliga- ción de propender á la curación de la locura.—Nada estraño es pues, que mi esposa como mujer, fuese inducida al error con tales antecedentes. Cuando vi á este amigo, mi alegría fué inmensa, nos abrazamos, sin poder contener nuestras lágrimas— Doctor, amigo mió, le dije—¿por qué me han traído acá?—Ya U. vé que no estoy loco—Usted sabe que el Espiritismo existe bajo la forma que se quiera lla- marlo y por eso me han creído loco»—«Sáqueme U.» Este amigo permaneció un rato conmigo, al fin tuvo que irse y al despedirse me dijo—«Sí; hay que sacar- le de acá: de todos modos»—Se fué. Dos dias esperé el resultado de lo que este amigo pudiera hacer por mí, pero viendo que no tenia ni contestación de mi es- posa á mis cartas, que nadie venia á verme, me pare- ció llegada la vez de que la justicia interviniese en mi caso, y para este fin me dirijí á un amigo y compadre, hombre en quien suponía mas calma que otros que habian rodeado á mi familia. Hé aquí los términos de esa carta: Hospicio de Insanos-—Lima, Noviembre 27 de 1885. Sr. D......... Mi querido amigo. Ya sabe U. todo lo que me pasa y la dificil situación en que se me ha colocado, haciéndome aparecer como loco, no estándolo. Conviene, pues, que se moleste U. en venir á verme para qué hablemos, teniendo U. entendido que no hay riesgo alguno para U. Pero en el caso que no le sea á U. posible esto, presén- tese U. á mi nombre ante un juez de la. instancia, pidiendo que ordene mi soltura, por estar plajiado, sirviéndole esta — 348 — carta de suficiente poder. El Dr......me ha visto y podrá decirle que es exacto lo que digo. Espero, pues, que U. hará este servicio á su desgraciado amigo y compadre Carlos Paz Soldán. Desgraciadamente esta carta no fué entregada á su dirección, porque su contenido era prueba de estar lo- co; pedir que interviniese la justicia para indagar si estaba plajiado! Los médicos del Manicomio continua- mente así lo aseguraban, lo mismo se lo decían á mis k amigos, éstos á su vez, á mi esposa, de donde resulta- ba que una disposición la mas hábil, la mas cuerda, la mas eficaz y racional, era síntoma de locura!—¿Por qué?—porque cuando la Ciencia Médica representada por dos médicos, dice que un individuo está loco, no cabe apelación de su fallo si han tenido maña para in- fundir en una familia la monomanía de la persecución, si han tenido habilidad para esplotar el sincero y na- tural deseo de una esposa para curar al esposo, ase- gurando que él está loco, insanable, y que si habia re- motísima esperanza de curación, solo era posible lo- grarla en el Manicomio, y solo allí, y por último, estan- do allí, queda el infeliz plajiado bajo el único domi- nio de un médico, de su ciencia ó de su ignorancia y según el modo de apreciar el estado de su loco, así lo puede hacer aparecer como insano perpetuamente, an- te la familia y ante la sociedad, teniendo como tiene además el medio de aislarlo eficaz y totalmente. Es pues urjente el que se reforme el Reglamento del Hos- picio de Insanos y las disposiciones legales referen- tes á la declaración de locura. Viendo que ni este último recurso producía resul- tados palpables para mi, porque no recibí contestación de nadie en los dias 28 y 29 de Noviembre, compren- dí que estaba abandonado á mi suerte por intrigas mé- dicas que me aislaban. No me quedaba otro recurso — 349 — que el de procurar mi salvación recurriendo á mis es- fuerzos propios. Desde la primera vez que estuve en el Manicomio concebí la idea de fugarme al ver que durante un mes no habia tenido noticias de ninguno de mi fami- lia; pero no lo puse en práctica inmediatamente, por que salí á los pocos dias de haber concebido tal idea. En esta segunda ocasión ya tomó consistencia, al ver lo que era mi abandono, pero cuando iba á em- prender trabajos serios para evadirme, el medio espi- ritista se me manifiesta, haciéndome la siguiente re- fleccion—«Ya le hemos dicho á U. que á los diez dias debe U. salir; no debe U. pues, exponer su existen- cia, que de ella depende la de varias personas.»-—No dejó de chocarme esta advertencia tan en oposición á la intima resolución y al deseo que tenia formado para lo contrario, sirviéndome á la vez de prueba fe- haciente y racional, de que los médiums no son perso- nas que están alucinadas con lo que creen, como lo pretenden los médicos, y que el Espiritismo es una enfermedad cereb al. Seguí el consejo, pero como yo soy por carácter muy cauto y previsor, me puBe sin embargo y por lo que pudiera acontecer, á buscar un compañero con quien combinar un plan de evasión seguro y eficaz. f Fué cuando esto concebí que me volví á poner en contacto con todos los seres que eran mis camaradas de Manicomio, en el cual hay muchos locos de mis condi- ciones; entonces me dijo uno, lo que yo he relatado: que daria un ojo de la cara por salir. Otro me dijo «yo no me atrevo porque me matarían» y un tercero mas joven, mas loco en apariendame dijo «Sr. Paz Soldán, sea Ud. prudente, acá todos son malos y nos asesina- rían» Comprendí, pues, que me era imposible encontrar un compañero de evasión, no por falta de deseos, pues á todos les sobraba, sino por el terror de que están po- seídos, por causa de los castigos y suplicios á que ya — 350 — se les habia sometido; de allí su idea fija de que si se movían ó manifestaban la menor tendencia de hombres que quieren volver á ser libres y racionales se les daria el tormento. Téngase presente que tan- to el Diario «La Union Católica» como yo, hemos de- nunciado que el Manicomio se ha convertido en casa de corrección de alcoholizados, hecho que en el informe pedido por la sociedad de Beneficencia de Lima, ha pa- \ sado en silencio el Jefe del Manicomio. Vuelvo pues ; á insistir en esta denuncia porque deseo que el Hos- picio de Insanos vuelva á ser casa de misericordia y consuelo, y no presidio. El mismo doctor Muñiz cuyo trabajo sobre el Manicomio he reproducido, aconseja ' que «Los medios violentos de reprensión en el enaje- J nado, solo exacerban su delirio y aumentan su furor. : Como muy bien lo ha dicho un notable profesor espa- i Sol, la alienación es una violenta tempestad del cere- "j bro y los vientos no amainan tempestades.» i Con el fracaso de encontrar compañero de escapada; a también corrió igual suerte otro proyecto que concebí pa- 1 raque todos nos fuésemos, el de una sublevación en ma- \ sa, en la cual se necesitaba relativamente mas arrojo Jfl en los cabecillas, porque si uno solo cejaba en el mo- >j mentó solemne, la confusión y el pánico cundían, por l ■/. esto resolví proceder solo, mas bien que mal acom- n panado. Púseme á meditar varios planes; voy a ser verídico como siempre, para que la verdadera ciencia médica vea que los hombres reputados locos, que hacen todo lo que yo he practicado, no es por causa de locura sino por el contrario dan la prueba mas evidente de no serlo. El primer proyecto ideado para evitarme esposicion ó riesgo personal, fué el de producir un incendio en el establecimiento. Concebí que incendiando el local podia acomedirme en ayudar á apagarlo, y cuando las com- , pañias de bomberos acudieran, bajarme por una de sus escalas y poner pies en polvorosa. Tranquila y caute- — 351 — losamente recorrí todo el local para estudiar la mejor manera de prender el fuego. Luego conocí mi terreno; dos sitios eran fáciles para el objeto: el uno en el de- partamento de los calabozos, donde dormí los prime- ros dias de mi anterior plajio, y el otro en el que sirve de palomar, que se encuentra junto al Refectorio y es- tá en el jardín. En ambos sitios existían aglomerados continuamente, una gran cantidad de colchones de paja, no habia mas que aplicar un fósforo y asunto concluido, ' operación que podia ejecutar sin ser visto; pero si has- ta aquí era fácil todo esto, no llenaba el programa en su totalidad, porque lo único incendiable era el te- cho y para que de allí se propagase á lo demás, era operación tardía y difícil, sobrando tiempo para apa- garlo con solo los empleados del local, sin que hubiera i lugar á que las bombas, que se encuentran todas distan- f tes pudieran llegar. Deseché pues el plan de incendiar i el local para evadirme, no di pruebas de lo que la medi- ¡ ciña hubiera calificado «monomanía incendiaria» no exis- tiendo tal monomanía, sino el deseo natural y muy le- jítimo que todo hombre tiene de recobar su libertad, cuando está preso y sujeto al suplicio, valiéndose del mejor ó mas fácil medio que se le presente para lo- grarlo. He aqui Señores Médicos otra monomanía destruida i por medio de un estudio auto clínico del que habla. Monomanía que es el producto del tratamiento de pre- sidio que se emplea en el Manicomio de Lima, mas no de enfermedad mental como la ciencia médica lo pre- tende. Púseme á combinar otro plan de evasión; el único | realizable por el momento era el de burlar la vijilancia \ de los guardianes, cosa no difícil, de dia sobre todo, | para poder llegar al techo del Hospicio, que una vez allí, según el momento, la hora y la oportunidad, * bajarme al jardín tomar una de las varias escaleras que s allí existían y con ella salvar las paredes del local, — 352 — ó sino dar un salto desde el techo ala calle, lo que no dejaba de tener peligros muy positivos puesto que la altura no bajaba por una parte de 4 metros, por la otra de 6; pero aquella ofrecía mas dificultades para lle- gar hasta ese sitio. Resuelto á seguir este plan, púseme á explorar el local para ver que sitio ofrecía mayor facilidad para llegar al techo ó al jardín sin poder ser visto; pronto descubrí uno por donde podia ganar el techo, pero me era necesario tomar otros elementos que no podia lle- var allí, aunque existían en el local, porque me espo- nia á ser sorprendido en esta operación; resolví envis- ta de esta dificultad buscar la manera de solo llegar al jardín, examiné las alcantarillas, pero por allí no era 4 hacedero, tenian reja; podia incendiar el palomar por que destruido ese sitio, el acceso era fácil, pero calcu- \ lé que en el acto lo reedificarían y por lo pronto, la puerta que dá entrada al patiecito, donde están á la vez los escusados, se cerraría definitivamente para evi- tar el ingreso de todos al jardín ó huerta, por que me es necesario dar á conocer otro método curativo del Ma- ] nicomio de Lima: este es que no es permitido á ningún desgracido pasear en el jardín ó huerta para respirar el aire libre; varias veces supliqué y rogué, hasta con majadería, el que se me permitiese recibir el sol y el aire puro y no el melítico y mal sano de los corredo- j¡ res y demás salones todos techados, este pedido lo hice á los médicos y á las hermanas de caridad, pero jamás se me acordó; siendo así, que en todas partes del mun- do, es prescripción médica para aliviar á los ena- jenados el paseo al aire libre y la distracción en las faenas y cultivo de flores y pequeños huertos de que se les encarga. No podia atinar la manera de burlar el encierro perpetuo de los cerrojos y puertas, hubo momento en que quize hacerlo al medió dia por que era cuando menos gente habia, por que á esa hora casi todos, locos, no locos y guardianes están dur- — 353 — miendo la siesta en los corredores y generalmente una evasión de dia suele ser segura, si en el primer momen- to se burla la vijilancia ó no es uno sorprendido, ha- blo respecto á presidios, porque toda vijilancia de dia es menor. Pero mi ciencia del Espiritismo me con- tenia, me aconsejaron «prudencia y no errar la primera tentativa por que la segunda seria mas difícil» agre- gándoseme siempre, «espere Ud. el plazo que le hemos señalado, que medios y oportunidad no le han de fal- tar.» La monomanía de evasión según la ciencia médica, pero según mi esperiencia auto-clínica, el derecho de evadirse de un presidio cuando uno no es criminal se apaciguó, porque es mejor «rodear que rodar.» Los dias del plazo que se me habia señalado llega- ban á su término, no tenia noticias de mi familia, na- die mas que mi amigo que he indicado me había vis- to. Espiró el plazo, estábamos á 30 de Noviembre, rara coincidencia, ese dia recibí la primera carta de mi espo- sa; en ella me decia que no debia yo escribir por que los médicos asilo creían conveniente, siento nó poder pu- blicar esta carta, que me fué quitada en esos dias por los guardianes del Manicomio con todos mis demás papeles, en el momento en que se me sometió á un nuevo suplicio. Esta carta suspendió por algunos momentos mis pla- nes de evasión, á lo que también contribuyó el saber que el Gobierno de Iglesias habia caido, de suer- te que si alguna intriga política en contra de mi fami- milia habia existido, por ser nosotros enemigos de él, ce- saría; y además podría venir el médico en jefe en pro- piedad del Manicomio, cesando el sostituto^ro tempore D. S. C. Aquel era conocido mió, mientras que éste no lo era. Me apresuré á contestar la carta de mi esposa. Hospicio de Insanos.—1.° de Diciembre de 1885 Querida y extrañada esposa. Ayer recibí tu cariñosísima carta y me causó un gusto in- menso por que me quitó un gran peso del corazón. 45. — 354 — Yo estoy tan bueno como siempre y no encuentro razón para que los médicos me impidan el escribirte. He recibido los diez soles, el té, las galletitas y el pan y el chocolate, procura mandar el café, pues me es necesario para convidar. Hemos sentido todo el dia de ayer mucho tiroteo como si hubiera revulucion ó combate, ahora mismo sentimos gran ti- roteo en el cerro de San Cristóbal, y hace un rato que siento como por Santa Clara, tengo cuidado por ustedes, pero como esa es calle principal no sucederá nada. No creo que el po- pulacho haga nada y sobre todo en esos barrios. En la despensa habian tarros d¿ extracto de carne, es de- cir de carne conservada del tiempo de los chilenos, supongo que estará buena porque las tapas están abolladas para adentro. En fin querida esposa lo que siento es no estar en tu com- pañía para acompañarte pero sé y oigo que estás con......y con......á quien conozco y es un buen joven sobrino de un amigo antiguo de mi papa. En caso de que algo se te ofrezca ocurre á donde. ...á mi nombre y ve en que puede ayudarnos, ya otra vez rae salvó y ahora quizá podrá hacerlo. Yo he pasado muy buena noche, á prima noche me desvelé pero desde la una he dormido hasta las seis, según creo, por que no tengo mi reloj. Mil cariños á mis hijos todos y para tí el corazón de tu amante esposo CARLOS. No dejes de escribirme con cuanta frecuencia puedas: No dejes de cumplir con lo que te encargué de no mandar á Felipe al colegio para evitar cualquier contraste como el mió, esto es muy importante. Como se vé esta carta tampoco era la de un loe» fu- rioso, asesino futuro de su familia,por el contrario re- cordaba y preveía todo, hasta la circunstancia de indi- car si las conservas estaban buenas, lo que se conoce por el estado de las tapas, pues es sabido que cuando están pasadas ó malas, el tarro parece soplado de aden- tro para afuera. Pero como hay varías frases y con- ceptos emitidos en las anteriores y en esta última, me — 355 — es necesario dar esplicaciones, para que sirvan de estu- dio á las dos ciencias á cuyo adelanto quiero contri- buir. El Espiritismo y la Médica. En la carta del 22 y en esta última notará el lector que digo que oía á mi esposa, y para llamar la aten- ción en la copia que hago, he subrayado las dos pala- bras. La razón era la siguiente, que algunas veces se me decia auditivamente «Desearía Ud. saber lo que piensaó dice su esposa respecto ásu situación» La contes- tación como era natural era desearlo «pues bien, en este momento tiene JJd.á su espíritu presente, puede Ud. oir- ía.» Efectivamente su misma voz, sus mismas palabras habituales, su manera de decir, las percibía por el medio auditivo. Después he podido comprobar que sus sensa- siones y su pensamiento eran exactamente lo que habia yo oido, y en cuanto á estar en compañía de la persona que indico eran también exacto; por consiguiente, es- te fenómeno espiritista no es coincidencia; sino hecho real y comprobante de la manifestación de ios Espíri- tus á los médiums. Creo necesario para retrescar lo que he dicho antes, hacer presente lo que llamo medio auditivo, porque en el curso de esta publicación he notado que no todos han comprendido la sensación del médium cuando es audi- tivo, por esto copio otra vez lo que sobre el particular he dicho antes. Los médiums auditivos son los que oyen la voz de los Espíritus y aun de los Espíritus protectores ó espe- ciales de otras personas. Este fenómeno se siente ó se manifiesta en el médium como una voz interna que se oye dentro de su ser, mediante cierta sensación, co- mo si su propia lengua hablase para sí, sin pronunciar las palabras, con un movimiento, sin esfuerzo alguno, de tal suerte que uno puede sostener una conversa- ción. Este fenómeno es muy agradable cuando uno solo tiene conversación con un espíritu bueno, serio y simpático; pero es el tormento mas grande cuando son — 356 — burlones ó falsos, ó cuando se apodera la obsesión ó la mistificación. Viendo mi plajio segundo como resultado de algu- na intriga, en mi contra, renació como he dicho, mi temor primitivo respecto de las causas que podían originarlo, y me asaltó el de que quizás se deseaba ha- cer desaparecer á mi familia por venganzas políticas; cuando concebí esto, mi instinto de padre me hizo sospechar que también se podría hacer desaparecer á mi hijo mayor ó varones, por eso en otra carta previne á mi esposa que por el momento suspendiese el en- vío de mi hijo al colegio, para que no fuese á ser también plajiado.—En previsión, pues, de un atenta- do semejante, volvía á indicar á mi esposa que cum- pliera mi orden. Esta previsión, aisladamente anali- zada por el que estaba afuera del Manicomio, por el que no preguntaba la causa que la producía, para el médico que jamás reconoce, examina, indaga ni pro- cura captarse la voluntad del infeliz llamado loco, era una orden que manifestaba estar algo trastornado de razón; pero fijándose un poco en la redacción de la posdata, se notará que claramente indicaba para «evi- tar cualquier contraste como el mió.»—Yo me referia á ser plajiado, mi familia á que yo creia que podia volverse loco—¿Todo por qué?—Por un error, por una lijereza, por una equivocación de la Ciencia Médica, en lo relativo á diagnosticar las afecciones mentales. Este hecho mió, seria calificado como que tenia la monomanía de las persecuciones, no siendo sino el mas racional y lójico resultado de la situación en que ha- bia sido colocado como hombre, es decir, en la situa- ción de plajiado indebidamente por una causa desco- nocida pero sospechada por ese hombre. Viendo que los dias pasaban sin tener ni idea del por qué de mi nuevo plajio, ni de cuando saldría del Manicomio, me resolví á poner en práctica el evadirme. CAPITULO XXIX El evadirme era fácil para mi modo de apreciar las cosas, pero la manera de realizarlo, sin un plano de los alrededores y de la localidad que ocupaba el Ma- nicomio, ofrecía el peligro que al estar por la parte de afuera me pudiera extraviar, perdiendo el tiempo, que en el caso de toda huida es precioso. En esta vez sin embargo no me faltó la ayuda, antes diría de la casua- lidad, pero hoy diré de la Providencia, porque uno de de los que allí están y que al parecer no está loco, pues hace todo á la par de los mismos guardianes, pe- ro solo sujeto á cierta disciplina como los otros, tenia una mesa de pino con su cajón con llave, en esos dias me estaba yo sentado frente de ella, pues era en la que generalmente escribía mis correspondencias; en una de esas veces, abrió el cajón y mis ojos lo primero que vieron fué un pianito de Lima, de esos que como anun- cios ha litografiado la casa de Abele. No pude conte- ner el gran gusto que esperimenté en el primer mo- mento, y sin trepidar lo pedí; mi compañero no fué es- quivo en dármelo. Tenia un elemento poderoso de ayuda, podia ya trazar mi itinerario para el momento de la evasión. Me puseá estudiar el plano midiendo las distancias, y quedó designado el rumbo que debia tomar para cuando estuviera afuera y las casas de las personas amigas y parientes á donde podia recurrir en caso ne- cesario. Adoptada definitivamente mi resolución de evasión ó como la llamaría la ciencia médica de mis — 353 — médicos de Manicomio, declarada mi Monomanía evasiva púseme á madurar la manera de llegar al jardín, donde como he dicho, existían es saleras con las cuales me fa- cilitaba el escalamiento de paredes sin riesgo personal; durante dos ó tres noches antes de salir la orden para acostarnos, recorrí los corredores, y con disimulo exa- miné si era posible forzar las puertas que tenian las rejas que dan al jardín, ó si dormía abierta la que daba al palomar, pero todas estaban cerradas y fuertes, recorrí otra vez todo el local para ver si de dia logra- ba evadirme por otra parte, tampoco era posible, solo, sobre todo, y el escalar las rejas de las ventanas tam- poco me facilitaban llegar al techo, siempre faltaba el punto de apoyo de Arquímedes. No me quedaba otro recurso á mi modo de ver ya la situación, que el de procurarme una llave de puerta, ro- bándola de los guadianes ó personas que tenian llaves para abrir la puerta del patiecito del palomar, pues algunos dias permanecía también cerrada, con un guar- dián ú otro de los reputados locos para que abriesen á los poquísimos que teníamos derecho de ir allí para sa- tisfacer exigencias de la triste humanidad. No me fué posible conseguir una, aun mas, una noche me finjí en- fermo del estómago, me levanté vistiéndome, me llegué al guardián y le expuse mi trabajo pidiéndole que me dejase salir, dándome las llaves, solo me entregó las de las puertas del salón, que como lo he dicho duermen cerradas, pedí la otra, «No señor, allí en el corredor vaya Ud. con su......»Mi estratajema no surtió efecto, pero, humildemente, hize lo que se me ordenaba, abrí la puerta del salón, salí al corredor y la junté otra vez Rápidamente me encaminé á la puerta de la reja de- cidido á forzarla, pero mis fuerzas eran impoten- tes, con harto dolor abandoné mi tentativa con el co- razón desfallecido. Antes de continuar rai relato, no puedo menos de decir algo sobre el espléndido trato y asistencia médica — 359 — del Manicomio, que este incidente me proporcionó co- necer. Un enfermo dice estoy mal, me duele el vientre, necesito salir, y el guardián lejos de ver qué tiene el paciente, le ordena que se largue al corredor, que sea su propio sirviente, y cuando vuelve se inquieta menos que antes. Esto es cuando no sucede, como algunas veces, que el infeliz satisface sus exijencias en el sa- lón, no por consiguiente en beneficio de la hijiene, pues hasta el dia siguiente se queda como si tal cosa. Tra- tándose de infelices esto es grave; con cuanta mas ra- zón tratándose de un pensionista que pagaba la suma competente de sesenta soles de plata de nueve decimos finos! ¿Por qué? Para dormir en unión con todos, pa- ra comer sin mantel ni cuchillo, para que estuviera á la par en comodidades con todos, y por último para que hasta su ayuda de cámara fuera, y cuando se queja á media noche nadie le atienda! Estas comodidades y esta asistencia médica era la que según la opinión do- mis médicos de plajio, debia sanarme por su eficacia y por su esmero. En mi casa no podían darme asistencia tan buena! El calificar tal prescripciones cosa que me abstengo de hacerlo. Después de esta noche, mi monomanía evasiva, se- gún los médicos del Manicomio, se apaciguó algo pa- ra hacerlo de noche por impotencia, mas no por deseos; estaba ya casi resuelto á efectuarlo de dia á las do- ce, pero en lugar de penetrar al jardín, hacerlo de manera que estando en el techo, arrojarme á la calle y emprender mi viaje de evasión; esto era muy grave como se ha dicho, un salto de 20 á 22 pies es muy peligroso, con la circunstancia que el trecho de calle es muy angosto y el salto tenia que ser muy perpen- dicular, como después lo he podido observar. Por mi parte tenia tal intuición que podia franquear cualquier distancia, que no hubiera trepidado un segundo en ar- rojarme del techo, pero esta vez como otras mi me- dianimidad me salvó de ese lance, pero de la manera — 360 — mas extraordinaria, como lo verá rai lector. Por la mañana de uno de esos dias estaba en el corredor grande observando el jardín, calculando por qué par- tes me ofrecía el salto que tenia que dar menos ries- gos por su altura, y entonces cuando menos podia pen- sar, ni cuando menos lo imaginaba, oigo que por el medio auditivo se me dice—«Observe U. el jardín, por donde está la acequia hay una parte alta por el otro lado de la calle»—Me puse áobservar ese sitio y así fué, porque después he podido comprobar este hecho; pues por allí la altura solo tendrá 15 pies á lo su- mo—pero para llegar allí era necesario un lijero acto de arrojo y nada mas—Menciono esta manifestación espiritista, porque es prueba evidente también, que no es el Espiritismo cosa de ilusión ó alucinación como se pretende por la medicina, porque las alucinaciones ó ilusiones nunca producen resultados positivos y reales. En ese mismo momento, después que me serené un poco al ver que se me llamaba la atención hacia el sitio mas favorable para un salto de presidiario, se me vuelve á decir—«Ya U. vé que no está solo, vamos «ahora á ayudarlo en su evasión, para que U. que ha «sufrido por su sinceridad y su creencia en el Espiri- «timo, sepa que se salvará por esa creencia, por que tal es la voluntad de Dios.»—No pude calcular hasta donde alcanzaba este dicho espiritista, pero mi fé tomó un gran aliento—«Hágase su voluntad»—con- testé mentalmente.—Sigo siendo muy verídico, lo vuelvo á repetir, porque mi ánimo no es aparecer ni como un hombre lleno de astucias, de arrojo, ni me- nos como un hombre que no sabe ni comprende lo que hizo, el por qué ni cómo pudo idear algunas cosas: y que si hay deseo de ser firme y constante con el Espi- ritismo de los Buenos, es un elemento, es un poder que ayuda á ese hombre en las desgracias y en las felici- dades—consolándolo en aquellas, ensanchándole mas en éstas.—Sorprendente es lo que me ha pasado, toca — 361 — casi á lo fantástico, en mucho3 episodios, pero como existen los hechos verificados, no es ni puede ser mate- ria de dudas. El que explique las causas producto- ras que me hicieron realizarlos, con una circunstancia muy notable, y es, que al dar esas explicaciones se amengua en algo mi propia astucia personal de hombre, y aun mas, seria causa para que los espíritus lijeros ú obsecados por sus errores y teorías médicas puedan tomarlas como prueba, bien pobre es cierto, de mi falta de razón ó locura, y al no trepidar en darlas, contribuyendo á que mis propias observaciones ayu- den á la humanidad á alcanzar el adelanto que es la misión del hombre en el mundo, dando á conocer ade- mas un nuevo poder y como utilizarlo, son pruebas de que digo la verdad, para poder siempre ser creído. Apenas di mi contestación mental, se me vuelve á decir por mi medianimidad auditiva—«Observe U. se- ñor el jardín por el lado izquierdo detrás del Refecto- rio, allí tiene U. colocada una escalera que está sobre la pared que dá por allí á la calle, junto á una frondosa enredadera—Esa escala será la que vá á dar á U. la libertad. Permanecerá colocada allí por varios dias hasta que U. se escape. Ahora oiga y haga U. cuanto le vamos á indicar, pero con el valor y la fé de siem- pre.»—No bien acabé de oir ésto, cuando dirijí mi vis- ta al sitio indicado, pero no podia verlo de donde es- taba, para eso me fué necesario recorrer el corredor hasta que llegué á un punto de donde podia verle; allí estaba la escalera en el mismo punto tal cual se me habia dicho, con la circunstancia especial, que solo de ese punto de observación en el corredor podia dis- tinguirla, no pudiendo verse ni de mas arriba, ni de mas abajo.—Este otro hecho es nueva prueba de la efectividad de algunas revelaciones espiritistas y de que no es resultado de la propia alucinación como lo pretende la medicina materialista. La comprobación de esta manifestación espiritista auditiva me colmó 46 — 362 — de consuelo, porque conocí que no dejaría de escapar- me y recobrar mi libertad.—No pude dejar de dar gracias por esta nueva prueba de protección espiri- tista. En ese acto comprendí lo que tantas veces se ha puesto en duda y es las revelaciones é inspiracio- nes de la Doncella de Orleans, Juana de Arco y de otras heroínas y héroes del pasado, que por efecto de esas inspiraciones y revelaciones se conocieron escojidos para realizar grandes acontecimientos en su época. Yo me sentí tan lleno ya de seguridad en el feliz éxito de mi evasión, que resolví hacer cuanto se me ordenase, con el íntimo convencimiento de que lo lograría. Por algunos dias la escalera estuvo colocada en ese mismo sitio. No podia conseguir el evadirme de la primera puerta del presidio sin ser visto, pe- ro al fin debia lograrlo; cuando deseaba precipitarme á algún acto indebido, se me repetía—«Ya vé U. que la escalera está allí; nadie la moverá, por consiguien- te calma y prudencia en todo; nosotros le avisaremos el momento preciso para salir sin ser visto.»—Como se comprenderá, no obstante todo yo no permanecía ocioso en mi imaginación para urdir aquello que me pudiera franquear esa bendecida puerta, única por la cual debia salir; puerta que daba al patiecito del palomar, porque una vez allí mi plan era una cosa sencilla—trepar por las rejas del Refectorio al techo de los escusados, de allí al techo de aquel, llegar al extremo que dá al jar- din, saltar al suelo, y á los pocos pasos tomar la esca- lera que estaba lista; subir, montarme sobre la pared á horcajadas, tomar la escalera, pasarla al otro lado y apearme, lo demás se calla por sabido. El salto del techo del Refectorio al jardín era pequeño unos do- ce pies á lo sumo. Ninguno de mis planes podia ^realizar, y los dias pasaban y con ello mi impaciencia crecía, hasta una noche en que estando desvelado meditando como llegar — 363 — á mi término, se me dice auditivamente.—«Ya U. vé que no es posible al hombre atinar en todo, sin em- bargo le vamos á hacer una única observación y U. haga lo demás»—«Observe U. al hombre que hace el aseo de la mañana y U. sacará partido de eso.»^En el acto caí en cuenta de la advertencia, ese hombre era el que primero se levantaba para asear los útiles de no- che, tomaba la llave de las puertas, entraba y salía, llevándolos y trayéndolos. Nada era mas sencillo que hacer lo mismo que él, bien para ayudarle, desde que era un loco como yo y dormíamos en el mismo salón, ó bien seguirle con cualquier pretexto, y en una de las veces que me dejase solo en el patiecito, hacer lo demás que corría de mi cuenta y de mi buena estre- lla, ó mejor dicho de mis interferencias. En la mañana me iba á levantar á la vez que mi hombre indicado, pero una nueva advertencia me pii- so en mas calma—«Sea U. prudente. U. no está acostumbrado á hacer eso y le llamará la atención al guardián el verle salir á esta hora—Lo que U. debe hacer hoy es levantarse despacio y quédese sobre su cama.»—Nada habia que objetar á esta advertencia: hice lo que se me indicó. Nadie reparó en mí. Esto me daba mas confianza; cuando todos mis camaradas de locura salieron, se me dice—«Vaya U. con ellos también, para que su guardián se acostumbre á verlo salir temprano.» Obedecía como el mas subordinado soldado á las voces de mis Espíritus Protectores con toda la fé que ya se podrá figurar mi lector. En la noche al irme á la cama, se me vuelve á de- cir siempre auditivamente—«Es necesario que comien- ce U. anacer la vida de presidiario que vá á evadirse, para lo cual U. no debe olvidar que debe llevar todo lo que le sea á U. necesario en su fuga; así como acos- tumbrarse á vestirse muy mañosamente, para salir temprano tras del que limpia las vasijas.»—Principié á hacer el inventario de todo: una vez que lo tenia — 364 — reunido, vuelvo á oir—«Ahora desnúdese, pero colo- cando su ropa de manera que hasta á oscuras pueda U. atinar con cada pieza que U. necesite para ves- tirse sin hacer ruido, ni grandes esfuerzos.»—Tomé en obedecimiento de esta nueva advertencia una silla, la puse á los pies de mi catre, pero de manera que al estar yo en el suelo me cubriese del guar- dián, cuya cama quedaba como lo he dicho, á los pies de la mia. En seguida comencé á quitarme la ropa, la doblaba y la colocaba con todo el cuidado necesario. En uno de esos acomodos se cayó un lápiz qae tenia en el bolsillo y me dicen—«No vé U. lo bueno que es hacer estos ensayos. Si á U. le sucede esto al vestirse, lo sienten y le vá mal.»—No me volvió á suceder en las dos noches restantes que aun seguí este ejercicio disciplinario. Al amanecer, des- perté como siempre, pero ya no tuve ánimo de ser el primero, pero se me vuelve a decir—«Comience U. su ejercicio de vestirse á lo presidiario que se vá á eva- dir—Siéntese en el suelo como quien satisface alguna necesidad y comience U. á ponerse su ropa, pero de suerte que nadie lo vea á U.»—Así lo hice, pero en en ese momento dió la casualidad que el guardián despertase, creí que me iba á reconvenir, como nos sucede cuando nuestra conciencia nos acusa algo y me levanté bruscamente, ya vestido, diciendo—«que horrible calor hace,» poniéndome á soplar me volví á recostar vestido sobre la cama. Cuando salió el hom- bre de la limpieza se me dice—«Valor, sígalo y ob- serve U. lo que hace con las puertas.»—Me puse de pié y lo seguí sin el menor temor por el guardián que nada me dijo, engañado quizás con mi excesivo calor, y me detuve en la puerta. Noté entonces que aquel hombre abrió la puerta de mi salvación, y cuando re- gresó no hizo mas que dejar la puerta sin golpearla, de suerte que la chapa de pestillo no se cerró, entrando otra vez en busca de nuevas vasijas. Vi el cielo abierto — 365 — porque en el acto comprendí que al volver á regresar segunda vez al salón repetiría lo mismo, aprovecha- ría ese momento para deslizarme al patio, siendo lo demás ya cuestión de lijereza y arrojo. Avancé en el acto á colocarme cerca de la puerta luego que mi hombre volvió á entrar al patiecito, para estar listo; pero cuando regresó, lejos de dejar la puerta como antes, la jaló bruscamente, dejándome como vulgar- mente se dice, con un palmo de narices ¿Conoció mi intención? No lo sabré decir; pero creo que si, por que en la mañana siguiente volvió á hacer lo mismo luego que me vio, no obstante que yo con mas disi- mulo que antes, permanecí mas lejos, circunstancia que me prueba que no es un loco de Manicomio ese loco, si lo está se entiende. Luego que recibí estos de- sengaños, se me vuelve á decir—«No vé U. lo que es ser imprudente y precipitado—Ahora déjese U. lle- var por nosotros, y verá U. como nos sale bien.»— Inútil es decir que mis ejercicios de desnudarme y vestirme á lo presidiario que se adiestra para una evasión se hizo con regularidad y extrictez, hasta que por fin amaneció el dia que debia volver á respirar el aire del hombre libre. Esa mañana mi guardián dor- mia y salí al corredor á la vez que mi hombre de ser- vicio de aseo; éste abrió la puerta y la dejó cerrada tras de sí. En ese momento se me vuelve á decir «Ya Ud. vé? pues bien, escóndase U. detras del pilar que está á su espalda de suerte que el no le vea y aproveche Ud. el instante en que quedará la puerta abierta» Lo hice así; todo salió tal cual se me dijo; cuando regresó mi hombre del aseo, dejó la puerta enteramente abierta; no bien hubo entrado al salón se me dice «ahora es su oportunidad, valor y serenidad, que nosotros le ayuda- mos.» En un amen, salvé la puerta, pero la dejé ce- rrada porque quize tener mas tiempo á rai disposición en el patiecito para escalar la reja, salvé otra puer- tecita de madera de una división que tiene el patieci- — 366 — to y rápido como un gamo y ágil como un mono, tre- pé la reja, me puse en el techo de los escusados y en el del refectorio avanzando hasta el extremó que daba al jardín. Llegué allí, lo confieso, con el corazón que se rae salia por la boca, pero ya estaba en un sitio dónde nadie me podia ver. «Deténgase un momento señor, cobre Ud. aliento y valor para arrojarse, que hasta ahora su única interferencia acá le es propicia» se me dice. En el instante recobré mi calma, se serenó mi corazón y cobré valor al ver que alguien me volvía á dirijir como cuando me escapé de mi mosca en la Punta y el Callao, como lo recordará mi lector. Tranquilo y re- suelto iba á brincar, puse el pié en el borde del techo y cedió el piso, me iba á estrellar, pero quizo la Providencia que con el esfuerzo que hize, sobre huma- no, para brincar en el aire, fuera á dar sobre una en- redadera que me sirvió de para caídas bajando suave- mente hasta un montón de arena que la casualidad habia puesto allí. Caí de rodillas, pero sin lesión alguna. La primera parte estaba vencida, no me quedaba ya sino llegar á la escalera; volví á serenar mi espíritu y con toda la resolución del caso me fui derecho al ob- jeto, subí la escalera como estoy seguro no habrá acró- bata que me hubiera ganado, me encaramé sobre la pa- red y me puse á horcajadas. En ese instante me asal- tó un momento de vacilación por que vi á un hombre en la calle que estaba barriendo; mi pensamiento fué que iba á impedir mi evasión y á denunciarme, casi me vuelvo á bajar, pero no faltó quien me diera un nuevo aliento «Valor señor', ya está Ud. en el último lance; sus interferencias están vencidas ya, ese hombre le ayudará, salúdele, dele los buenos dias y no pierda tiempo» se me dice auditivamente. Le saludé sonrien- dome, me contestó y entonces con toda la calma jalé la escalera que la encontré liviana como un fósforo, la puse en equilibrio sobre la pared, pero noté que al la- do de arriba era mas angosta que al de abajo, me pu- — 367 — se á darle vuelta, y en seguida, la dejé deslizar por mis manos al otro lado; pero la sangre se me heló en las venas; casi doy un grito, porque la escalera se me resbaló de las manos y continuó descendiendo. La al- tura de la pared por el lado de la calle habia sido mu- cho mayor! Por fin llegó al suelo y con el golpe rebo- tó, separándose de la pared, iba á caerse de frente á la calle. Estaba perdido por que ya habian algunos individuos en los corredorres, temia ser visto; no tenia otro remedio que arrojarme de allí, pero la altura era mucho mayor que la que habia supuesto; mi angustia fue inmensa en ese momento «Dios mío que hago» dije. La escalera no siguió su movimiento de caida sino que se habia quedado parada en los dos pies, como en equilibrio, por que una rama delgadita como un hilo grueso, la tenia asegurada en esa posi- ción, pero distante como cuatro pies de la pared y como estaba otros tantos de la altura, se encontraba perdida para mi. Cobrando nuevo ánimo me iba ya á lanzar á la calle. Volví á ser salvado por el espiritis- mo. «No sea Ud. loco, ya le hemos dicho que ese hom- bre le ayudaría, es su anjel de la guarda; ahora lláme- le y dígale que le coloque bien la escalera; proceda Ud. con toda calma». Le llamé: le pedí el servicio con el mayor aire de inocencia del mundo. Este hombre dejó su barrido y vino corriendo á asegurar la escalera. La arrimó á la pared, la tuvo allí para que yo bajase; me descolgué con mas velocidad que la que habia teni- do para subir, apenas alcanzaban mis pies al primer peldaño ó atravezaño de las escaleras, pero valor no me faltó; pues creo que hasta volando lo hubiera hecho, tal fué la confianza que ya adquirí en mi suerte. Al llegar al suelo, tomé la escalera y la eché sobre ^ el suelo para que nadie la notase; iba á dar una gratificación á mi hombre, pero se me dice «No lo haga Ud. por que pierde su dinero y no sabe Ud; lo que sucederá, sus interferencias afuera aun no están todas vencidas — 368 —■ apúrese.» Seguí este consejo pero en lugar de irme con calma, le di las gracias al hombre y le hize señas de que callase y emprendí la huida á carrera tendida. Es- to me perdió, por que así comprendió ese hombre que habia ayudado á una evasión, y fué á dar parte según lo creo al Hospicio, lo que dió por resultado el que mi guardián se vistiera, y saliese, no se si en mi persecu- sion, ó para otros fines. Mientras el se dirigía á pasos largos á llenar su comisión pues entiendo que fué á dar aviso de mi huida á otra parte, no á mi casa, yo seguía mi camino, pero ya no corriendo porque á las dos cua- dras me detuve y tomé el paso largo es cierto, pero...... llevaba mi ruta extraviada! ¿Como habia tenido esto lugar? Lo vamos á ver. CAPITULO XXX. Cuando me vi en la calle y di las gracias al hombre que me salvó con alzarme la escalera y sostenerla has- ta que yo bajé, me faltó la serenidad necesaria para re- cordar el verdadero camino en la encrucigada de calles que hay allí; mi camino debió ser al llegar á la esquina del Manicomio por el lado derecho del frente, torcer para tomar depues las demás calles que me hubieran conducido por la ruta que traje la primera vez que fui plajiado en el Manicomio, que era la mas corta, me- nos frecuentada y mas segura para llegar á mi casa; pe- ro con el deseo de poner el mayor trecho entre mi per- sona y el presidio de donde acababa de escaparme, creí que con hacerlo una cuadra mas arriba me daría el mismo resultado; así lo hice, porque ademas la calle sien- do derecha me ocultaba mas pronto de cualquiera que pudiera venir por mi detras; tuve un momento la in- tención de esperar para consultar mi pianito de Lima, pero el temor de que el hombre, que me habia salvado del salto mortal al ponerme la escalera, me hubiera ido á denunciar, me hizo calcular que el perder el tiempo era exponerme á mucho, y al contrario, no hacerlo era mi salvación. Cuando llegué á la otra cuadra torcí resuel- tamente para la derecha, esperando encontrar la boca- calle que suponía paralela á la otra, pero al llegar á su fin, me encuentro que allí terminaba, y solo cor- ría la perpendicular. Esto acabó de desorientarme, por que comprendí que para ganar otra vez las calles de — 370 — mi itinerario primitivo, debia retroceder en dirección al Manicomio, exponiéndome precisamente á lo que tanto temia, á encontrarme con alguien de allí que por cualquier razón, hasta la de haber salido én mi perse- cución, podia estar en ese contorno y resolví en conse- cuencia seguir nuevamente otro rumbo ya inseguro para ir á casa, pero seguro en cuanto mas directamente me ale- jaba de la casa de corrección de alcoholizados, esperando mas adelante poder consultar mi plano cuando tuviera raas tiempo. Estas calles eran desconocidas para mi, pe- ro las seguí á paso de trote, lleno de inquietud. Mi medianimidad auditiva solo me aconsejaba «calma desde que habia perdido mi itinerario verdadero;» pero no por eso dejé de cumplir con el deber de es- piritista dando gracias al Ser Supremo, por mi feliz es- capada del Hospicio de Insanos. Las sensaciones que esperimenta un presidiario en momento de una evasión y durante su primer camino recorrido, ya las he indicado cuando me libré del tutor imprudente que se me puso, por prescripción médica, en La Punta. Esta vez se volvieron á repetir esas mis- mas, pero mas graves, por que yo no iba mal vestido como debe suponerse, pero llevaba por sombrero una simple gorra de seda negra, que para trajinar en nues- tras calles concurridas es muy poco ó mejor dicho, nada común y que solo la usan algunos para el interior de la casa en remplazo del gorro. Con este sombrero tenia que llamar la atención, á lo que se agregaba mi aspecto de loco ad efectum videndi, por obra y gracia del peluquero del Manicomio, según prescripción mé- dica del Sr. Dr. S. C, así era que mas de una persona se me quedaba mirando, pero aunque en mi interior no las tenia todas conmigo, me manifestaba sereno y aun risueño, como si poco me importara el que dirán de mi ficha; pude de esta manera indudablemente dominar el pensamiento poco favorable para mí de esas gentes, sin comprender yo que quizás ellas se fijaban en mi, no — 371 — por mi facha, sino por que no era muy probable que un hombre de aspecto decente recorra á las seis de la ma- ñana barrios extraviados, no siendo otra la causa que co- mo por allí habita gente muy divertida, bien se me pudie- ra tomar por alguno que en su fervor por Baco y sus adyacentes se hubiera quedado sin sombrero tomando una gorra para salir a refrescar la mona como decimos nosotros. Llegué con estas inquietudes al estremo de esta larga calle, y desemboqué en otra que la cortaba; pude reconocer el sitio á donde habia ido á dar. Esta- ba en la portada que fué de Maravillas! Es decir en rumbo enteramente opuesto á aquel que debí tomar. Que hacer! Seguir adelante pero tomando ya la direc- ción de mi casa, camino conocido por mi,llevando sí el desconsuelo de tener que atravezar por el centro de toda la ciudad, porque con la amarga experiencia que acababa de experimentar, no quize tomar el camino de las antiguas murallas porque no lo conocía y temía volverme á extraviar y en el plano no estaba claro. Mientras seguía mi camino á paso ya mas pausado, porque era para mi evidente que si salían en mi se- guimiento, debían suponer que estaría en dirección muy distinta ala que llevaba; pero no dejaba de inquietarme la gran pérdida de tiempo que iba á experimentar en llegar á mi casa, puesto que habia calculado estar en ella á lo sumo en 20 minutos, mientras que ahora se- ría cuestión de una hora por lo menos. Por Santa Clara, que era el camino que llevaba, te- nia algunas personas conocidas, pensé llegar donde ellas y pedirles hospitalidad para ocultarme, pero en la puerta de calle de una de ellas, por donde iba á pasar, divisé de lejos dos hombres con gorras, según me pareció, como las que usaban los guardianes del Manicomio; allí vivia un pariente mió, se me ocurrió en el acto que al saber mi evasión del Hospicio, donde conocerían á toda mi familia, calcularían que estando es- te pariente domiciliado cerca de ese presidio, yo me — 372 — debería encaminar allí por refugio; por esto torcí por la espalda del Molino de Santa Clara, muerto de recelo de ser sorprendido, siguiendo la calle del Pe- jerey, pero al llegar á su extremo, me era necesario pa- ra seguir en dirección de mi casa, pasar por la plazuela de Santa Ana, adonde se encontraba el Colegio de Me- dicina y un hospital, el de San Andrés; esto para mí era ir á dar en la boca del lobo, porque desde que yo con- ceptuaba que tos médicos me habian tenido plajiado, supuse en mi terror que cualquiera de ellos que me viese me haría tomar. Esto me obligó á tomar nuevo rumbo, y en lugar de torcer por la izquierda lo hice para la derecha, único modo de salvar aquel peligro, perdiendo así mas tiempo para poder llegar á mi casa; por fin volví á tomar el rumbo á ella, pasando por las calles mas concurridas en esos momentos, como eran las del Mercado de abastos, á fin de pasar por la casa de mis hermanas políticas, con ánimo de entrar á ella, pe- ro como debe suponerse, la puerta de calle la encontré cerrada por ser tan temprano. Seguí adelante, pasé por la casa de otro amigo, la puerta de calle estaba abierta, tuve un momento de vacilación, iba á entrar, pero calculé que ya estando cerca de mi casa, no valia la pena de hacerlo y despertarlo, y mas, sin saber si sería ó no bien recibido, desde que se me suponía loco. Debo aquí dar cuenta de otra manifestación espiri- tista: cuando resolví seguir mi camino, después de la vacilación que indico, me pareció oir las voces de las personas de la casa que vituperaban mi timidez y me llamaban diciéndorae, «que el entrar era mi única salva- ción, pero yo no hice caso. ¿Será esto prueba de lo que nos dice Alian Kardec y otros referente á los Espíri- tus de las personas que nos profesan amistad y aprecio? Sobre estos puntos no he podido aun tener compro- bación alguna, pero en todo, caso debo indicar que es- ta nueva manifestación espiritista, de la clase que sea, prueba otra vez mas que los que somos médiums auditi- — 373 — vos,no oírnoslo que nos preocupa,ó aquello paralo cual nos preparamos, sino muchísimas veces todo lo contrario, como se ha visto cuando estaba calculando mi fuga y esas manifestaciones me contenían de practicar aquello que de una manera decidida tenia resuelto En este caso era inversa, decidí no entrar, y se me di- ce que entre y se me llama indicándome el peligro. Desde este momento mi medianimidad auditiva, que hasta entonces me habia estado alentando, tomó nuevo sesgo; comencé á oir auditivamente siempre las voces de otros amigos que me dicen: "Cuidado Don Carlos, no vaya á ser que su casa esté con espías ya, pues U. se ha demorado mucho en el camino." Com- prendí lo exacto que esto podia ser, desconcertándo- me por completó, pero mi valor volvió á dominarme, seguí de frente tomando calles mas estraviadas para poder ir á casa, para llegar no por la parte que era na- tural, según el rumbo que seguía, sino por el opuesto, pudiendo así ver rai casa desde un sitio de donde no podían esperar que viniera. Tres cuadras me faltaban para llegar á mi domicilio, me encontré con un zambo que habia sido mi sirviente, venia en dirección opuesta, por la otra acera; al llegar á mi altura se detiene y dice:—Patrón!—encaminán- dose en mi dirección; hice con este individuo lo que con mi cobrador en mi primera huida, melé quedé mi- rando un momento, y sin hacerle el mas mínimo caso, seguí como si tal cosa, desorientándolo por completo, pues siguió de nuevo su camino.—Otro error mió!— Muy luego debia pagarlo. Avancé una cuadra mas, solo dos me separaban de mi casa y las voces auditivas me asediaban respecto al peligro que podia haber si llegaba á mi casa sin sa- ber si ya estaba ó no espiada, indicándome que lo pru- dente era irme á otra parte. Confesaré que vacilé mu- cho para decidirme á hacer esto estando ya tan cer- ca, pero me dió un no se qué, solo comparable á lo — 374 — que sentí cuando me introdujeron la primera vez al Manicomio. Un algo que me quitó toda acción propia, toda voluntad de energía, y á mi pesar, me sentí como si estuviera con los ojos vendados, fui como arras- trado á torcer en dirección de la calle de Fano, en un estado completamente inconsciente; seguí ma- quinalmente en esa dirección, cuando llegué á la es- quina volvía á estar enteramente vacilante respec- to á lo que debia hacer; di dos ó tres pasos ya en una dirección, ya en otra, hasta que tomé una resolu- ción, la de encaminarme á otra casa de amigos, torcí por la calle de Bejarano, encontrándome ya tranquilo. No habia avanzado mucho cuando siento una voz que me aterra, llamándome, «Sr. Paz Soldán.» Tuve ánimo para seguir, sin voltear la cara, pero una segunda lla- mada, aun mas imperativa, me contuvo. Me detuve, volteé la cara para ver quien era: reconocí á mi guar- dián del Manicomio, que á pasos largos venia en mi se- guimiento, pero por el medio de la calle. En un instante me di cuenta de la situación. Resolví lushar pero no con la fuerza sino con la razón. Esperé sin moverme á que mi carcelero avanzase—«¿Qué significa esto, señor Paz Soldán, un caballero como U. escaparse?»—fueron las palabras textuales que me dirijió apenas se me apro- ximó—No supe que contestarle; el ademan de este carcelero era el del amo sobre el siervo.—«Vamos al Hospicio otra vez Señor, ó sino llamo á la Policía para hacerlo llevar.» Esto me hizo comprender lo que de- seaba saber y el fin que se perseguía—«¿Por qué tengo que regresar?»—le dije sin alterarme—«¿No soy hom- bre libre, ó es que he estado preso allí?»—«No sé Sr., pero U. viene por bien ó si no por la fuerza» me repli- có—Volvía á repetirse la escena de la estación del tren en el Callao; mi carcelero esta vez podia ejecutar su amenaza, pues me encontraba en una calle pública, temí el escándalo, por tener el diploma y título que la Ciencia Médica me habia otorgado de Loco de Manicomio, — 375 — el resultado me seria fatal. Cualquiera hubiera hecho lo mismo que yo, seguir á mi carcelero antes que ser amarrado por la policía, formando escándalo y dar pruebas materiales, en apariencia, de mi supuesta lor cura. Comencé á seguir al guardián, pero despacio; quiso llevarme del brazo, me opuse y le conven- cí de lo inútil de tal medida. Intenté tocar el co- razón del hombre, le supliqué que me dejase ir á casa para ver á mi familia y á mis once hijos, y después lo seguiría, á la vez que así descansaba de la caminata, desde que solo distaba tres cuadras de ella—«No puedo»—me replicó—«Yo soy responsable de U. Ven- ga U. al Hospicio, que mañana ó pasado lo sacará su familia.»—No me daba por vencido, sin embargo, se- guí en mis exigencias de que me soltase ó me llevase á mi casa; pero no lo conseguía; hubo momento en que le ofrecí dinero porque me dejase libre; vaciló un instante, se conoce que sostuvo alguna lucha en su interior, sin duda la de aceptar dejándome libre y de- cir que no me habia encontrado, pero calculó que no seria cumplido mi ofrecimiento, bien porque no tenia la plata en el acto, bien porque se sabría; refleccionó en esto, y me volvió á replicar «no hay necesidad, Se- ñor, mañana ó pasado mandará su familia por Ud,» Quise insistir, otrecí hasta mil soles plata, y darle un vale en el acto, pero sin duda me creyó loco y no aceptó, porque me repitió: "Yo soy responsable de U. y tengo que entregarlo en el Hospicio." En este mo- mento tomé otra determinación—Volví á decirle— "Puesto que U. no me quiere llevar á casa, no quiero ir ai Manicomio" y me quedé parado.—"Entonces le voy á hacer llevar por la Policía y por la fuerza" fué su salvaje contestación, que era sin embargo la que yo esperaba y habia calculado para realizar el nuevo plan que se me ocurrió—"Si es así"—le dije—"Vamos primero á la Intendencia de Policía, allí espondré lo conveniente y veremos si U. tiene el derecho, porque — 376 — quiere, de llevarlo á uno á la casa de locos", porque dice U. que soy loco. Soy hombre libre y sé lo que hago y por qué me he escapado del Manicomio."—No obtuve mejor éxito de este plan, por nada quiso lle- varme allí, todo su afán era arrastrarme al Hospicio de Insanos, yo buscaba por todas partes con la vista, al- gún policial, pero parece que en esos dias no los ha- bía, (al principio de Diciembre) de suerte que no te- niendo agentes del poder cuya misión es prestar las garantías y la seguridad á los habitantes en una po- blación, quedaba á merced de mi carcelero, hombre fuerte, que con facilidad me hubiera hasta amarrado, sin haber tenido escrúpulo ni impedimento para for- mar un escándalo en la calle que, como lo repito, me hubiera sido funesto, puesto que la Ciencia Médica me habia declarado loco, y el infeliz á quien se le ex- pide este certificado pierde todo derecho, hasta el de volver á ser cuerdo. Sin estas circunstancias, hubiera quizá emprendido la huida á carrera tendida, pero ¿cómo formar escándalo? Ante la disyuntiva en que quedé colocado, que era, la de regresar al Manicomio tranquilamente á volver á ocupar mi puesto de presi- diario, ó de resistir procurando así evadirme de ir, pero con la espectativa cierta y segura de que á la larga siempre lo tendría que hacer por la fuerza, comproban- do en apariencia mi locura, no cabia duda en la elección; todo debia hacer menos lo que pudiera aparecer como acto de locura. En estos momentos comprendí lo que habia deja- do al no hacerme reconocer por mi sirviente, el zam- bo que habia encontrado, puesto que éste era robusto y fornido, de un sopapo hubiera echado por tierra á mi carcelero, librándome de ser encarcelado nuevamente. En este momento se me repitió el consejo Espiritista siguiente—"Cuando U. encuentre en su camino á un hombre á quien U. ha dominado, no desdeñe de hacer- se acompañar por él para alcanzar su ayuda en lances como el que U. corría." — 377 — Seguí, pues, tranquila y sosegadamente á mi carce- lero, cuyo poder físico me imponía, así como su deseo de formarme escándalo; poco creia en su poder moral pa- ra arrastrar á un hombre al Manicomio, por solo su dicho de que era loco, porque no es posible suponer que exista en una Nación en nadie tal facultad, pero muy luego iba á tener la prueba práctica de semejante atentado que envuelve un peligro parala Sociedad. Con la vista busqué á alguna persona conocida, por las calles que íbamos atravesando, para implorar su auxilio. Estábamos ya mas allá del hospital de San Bartolomé, quiso mi estrella, ó mejor dicho mis inter- ferencias, que en este último lance me fueron adver- sas, que divisase á una persona á quien conocía, el Sr. F....T....poco es cierto, pero habia tenido algunos negocios con él, habia ocupado mi establecimiento tipo- gráfico. Sin vacilar formé mi plan y la resolución de de- tenerlo, venia en dirección opuesta por la misma acera en la que yo iba.—"Valor, Señor, sea U. en este mo- mento muy firme y puede que salve U. su horóscopo que está ya muy por su cabeza"—fueron las frases que au- ditivamente se me dijeron por mis Espíritus protecto- res —Le saludé y le dije—"Amigo mió; U. me conoce ¿no es cierto? Este señor (dirijiéndome al guardián) quiere volverme á encerrar en la casa de locos, porque dice que lo estoy. U. ya verá que no es así: en todo caso sálveme U. y ayúdeme á ir á la Intendencia de Policía, para allí decir lo que me convenga. Sálveme" Mi buen hombre me miró, miró al carcelero y después de un momento de vacilación me dice—"Vaya U., no mas Sr. Paz Soldán, no se exponga U., yo avisaré á su familia"—Mi esperanza desapareció, pero se me vuelve á decir—"Luche U. contra su horóscopo como hombre, y así quizás salvará U. Tómele del brazo y que le siga á la Intendencia." Renové mis súplicas, reforzó mis argumentos, que lo convencieron como después me lo ha dicho, y habló al guardián, el cual re- r 48 — 378 — plicó diciendo; "que me habia escapado del Hospicio, siendo necesario volver allí" Comprendí que ya la re- solución en uno estaba formada de ayudarme, y que la vacilación en el otro existia. Tomé del brazo al Sr. T.... y con imperio ya y cierta energía le dije al guardián "Sígame. Vamos Sr. T....á la Intendencia, pues es donde se rae debe llevar» Emprendí mi retirada en dirección á aquella oficina arrastrando á mi amigo, el guardián nos seguía por detras sin decir una palabra y con todo el aire de sumisión á mi voluntad poderosa. Mi plan al insistir tanto en ser llevado á la Intendencia de Po- licía, era hacer presente ante el Intendente ó ante el Prefecto, lo que conmigo se hacia, pedir su protección oficial y que él me tuviera allí, aun que fuera en un calabozo, para que me observasen los médicos de policía, contando ademas con que conocía personalmente al que estaba de Prefecto, probando con ese reconoci- miento que no estaba loco, sino cuerdo y plajiado. Mis interferencias comenzaban á serme favorables. Dos cuadras anduvimos así con toda la energía y toda la desesperación del que lucha por su liber- tad y su vida; Íbamos ya á llegar al Hospital de San Bartolomé, y me propone el señor T...dejarme un momento para ir á la botica que hay por allí—«No» le dije con angustia. Ignoraba entonces que este Señor tenia en esos instantes á su esposa enferma y habia salido en busca de un medicamento con urgencia, sin embargo su caridad hizo que no me aban- donase, proseguimos nuestro camino. Yo pretendí to- mar mas por la derecha como dirección mas recta á la Intendencia de Policía, pero mi guardián adelantándo- se me dice «Siga Ud. adelante por acá no mas.» Creí que ya estaba decidido á no oponer mas dificultades. pero apenas llegó al Hospital entró allí, como nos lle- vaba pocos pasos de delantera llegamos casi á la vez, Al verlo entrar comprendí su plan; pedir soldados de la guardia que allí existe, para contrarestar el auxilio — 379 — que me prestaba el Sr. T....pero yo también calculé que la tropa de un puesto de guardia, si se presta, so- lamente será para tomar á un criminal, ó á cualquier otro escandaloso, y en cualquier caso, para solo llevarle á un puesto de policía, con lo cual quedaba yo salvo y realizado mi deseo. Con estas ideas también entré al Hospital. Me dirijí antes que mi guardián al oficial de guardia, le expuse mi cuestión con calma y con cuantas razones eran del caso, pidiéndole que nos remitiese á todos á la Intendencia de Policía. Mi guardián se li- mitó á decir que «era un loco que se habia escapado del Hospicio y que le diera dos soldados para llevar- me por la fuerza.» Yo rebatí tales ideas, con solo de- cir al oficial de guardia «Señor oficial, su tropa no la puede Ud. dar para que lleven á un hombre á una ca- sa de locos, por que asi se lo dicen á Ud. El Señor di- ce que estoy loco, yo digo que no estoy ¿Quién tiene razón? Que la cuestión se resuelva en la Intendencia. El Señor me conoce» Entonces el señor T, tomó cartas en el asunto y me apoyó. El oficial vacilaba. Se me vuelve á decir auditivamente «Siga Ud. Señor adelan- te con sus argumentos, está indeciso y quizas fuerze Ud. su horóscopo que ya está para decidirse por los ac- tos de los hombres.» La situación era apurada; volví á insistir, hasta que por fin, no se que razones influyeron en el ánimo de tal oficial, que sin decir mas, llamó al ca- bo de guardia ordenándole que con dos soldados me con- dujeran al Hospicio de Insanos! Quize objetar, pero mi carcelero, ya tomó el predominio. «Vamos Señor-Ha- ber—que un soldado lo tome de cada brazo» Mi ánimo decayó, no podia forzar mi horóscopo, pero mi altivez de hombre no podia sufrir el ultraje de ser conducido cual famoso criminal,porlas calles Lima entre dos soldados, por el delito, contra la ignorancia de la Ciencia Médica, de haber querido salvarme la vida y mi razón. «No hay necesidad de tropa para ir allí» le dije al carcelero. «No señor, Ud. ha pretendido escapárseme una vez y lo ha- — 380 — rá otra.» Contestó—Miré á mi amigo, creo que la emo- sion que esperimentó fué inmensa y con todo el tono y el ademan del mas profundo afecto y compasión me dijo «Vaya Ud. Señor Paz Soldán, que ha de hacer Ud;» mi contestación fué «Así es amigo, dispense Ud. lo que le he detenido; avise á la imprenta, á mi socio, lo que pasa y adiós» Salimos del Hospital con mi guardia de Infamia ante el público, pero de Honor ante los designios de la Divina Providencia; mi implacable carcelero repitió la orden de que me tomaran de los brazos. En ese momento me detuve, erguí mi cabeza mirando á los soldados, los cuales no se atrevieron á cumplirla; me dirijí al que tal orden daba, y con tono serio pero firme le dije «Ya he dicho que no tenemos necesidad de soldados para regresar, que se queden, ofrezco ir al Hospiciosin masdificultades»-«Es Señor—replicó «que Ud. se me puede volver á querer escapar»—«Yo he di- cho que voy éiré; le doy mipalabra de caballero, que an- tes no la habia dado; es decir con Ud; así que se que- de la tropa ó que siga por detras» tomando nue- vamente la dirección del Hospicio. Se hizo como lo habia ordenado. Los soldados me escoltaban. Todas mis interferencias favorables habian sido vencidas; solo las malas triunfaron. Por el camino invoqué el auxilio Divino desde que no habia podido salvarme como hombre; se me dice auditivamente—«Tenga Ud., Señor, valor; sus interfe- rencias desfavorables son terribles, pero su horóscopo se cumplirá. Cobre Ud. valor y resignación que nosotros tenemos la misión de ayudarle, porque tal es la orden del Ser que todo lo puede. No se desanime Ud y ade- lante.»—Incliné mi frente ante los designios de la Pro- videncia, preparé mi ánimo á todo, seguí altivamente hasta el Hospicio, teniendo que sufrir el bochorno de la indignación que me causaban las miradas que los tran- — 381 — seuntes me dirijian, al verme conducido con todo el aparato de un criminal! Así llegamos al Hospicio de Insanos de Lima, á don- de fui conducido de la misma manera como lo son los perdidos y borrachos que la policía de Lima envia al lo- cal como á lugar de corrección. Los soldados se despi- dieron, nosotros entramos. Todo me pareció en gran confusión y alarma, porque en el vestíbulo de la Capilla noté un gran grupo que lo formaban las Hermanas de Caridad, el cocinero y su ayudante, el portero y otros empleados. Yo y mi guardián penetramos al corredor que conduce á la puerta del presidio; se me abrió ésta para dar principio á una nueva serie de suplicios materia- les y morales, que se prescribieron por la Ciencia Médica; quedando, ademas, nuevamente inscripto en el catálogo de los Locos de manicomio! CAPITULO XXXI. Mi horóscopo se cumplía, mis interferencias todas me fueron adversas y volvía á ser encarcelado. La exacti- tud con que esto se realizaba me dió la fuerza nece- saria de voluntad para no caer anonadado, y para no renegar de la Providencia; comprendí que así como to- do lo que me era adverso, en mi horóscopo, tenia lugar, de la misma manera debería suceder en lo que me era favorable. La fé es lo que salva á la humanidad, sin ella nada es posible en el mundo: es la fé la que sostiene al hombre en los lances desgraciados, ha- ciéndolos mas llevaderos, y en los sucesos felices con- tribuye á aumentar el bienestar y la dicha que nos proporcionan. Me he propuesto, lo repito, contribuir á la refor- ma del Hospicio de Insanos de Lima, para que desa- parezcan las faltas, los abusos y quizás hasta los crí- menes que allí puedan cometerse, y que ese local sea un consuelo para la humanidad doliente y no una amenaza para la sociedad; amenaza que existe con la subsistencia de un reglamento que se presta á encu- brir toda clase de crímenes, facilitando el secuestre, bajo el título de locura, de una persona, sin mas in- tervención que tres individuos, es decir, dos médicos y quien tenga interés en el plajio del supuesto loco, y es- to es mas necesario, cuanto que vemos que al criminal, al que conculca las leyes divinas y humanas, es labor incesante del lejislador y de la sociedad el rodearle — 383 — de toda clase de garantías para que pueda probar su inocencia, ó cuando menos descubrirse causas atenuan- tes que suavizen su condena; pero el hombre infeliz reputado loco, que debe estar rodeado de las simpa- tías de todos, y no de la execración como el criminal, no tiene entre nosotros garantía alguna que le prote- ja, que le salve, ni que le preste los medios de reco- brar su personalidad y su razoníüáas de una vez se ha hecho presente en el seno de la Sociedad de Benefi- cencia Pública de Lima la necesidad de esta refor- ma.—¿Por qué no se ha llevado á cabo? Por qué se ha visto esto con tanta indiferencia? ¿Se necesita de una prueba práctica y visible de todo lo que pasa en ese Hospicio, de los inconvenientes y de los peligros de nuestra lejislacion sobre la materia? Ya la tenéis Señores, yo la doy, yo lo estoy poniendo de manifies- to, soy el ejemplo vivo, auténtico y verídico de cuanto sucede. Ya se está viendo, que una vez encerrada una persona en el Manicomio, por el querer ó error de dos médicos, su permanencia allí puede ser eterna, por la de uno solo y que en caso de necesidad, el infe- liz que se escapa de allí, como el presidiario de una cárcel, queda sujeto á que se le persiga sin cuartel, como á un reo prófugo de presidio! Aparte de lo que dejo dicho, hoy hay una razón mas para que mi constancia no desmaye y para no dejar de mano la tarea que me he impuesto. No es solo ya el deber de humanidad el que me conduce, es el cumplimiento, además, de la postrer voluntad del espíritu elevado, á quien este trabajo lo habia dedica- do para que me ayudase en la noble y grandiosa em- presa que acometía; la Divina Providencia no ha per- mitido que El viese el término de este libro; pero le permitió y le dió las fuerzas necesarias para que en sus últimos instantes me dijese—«Hijo querido: lo que mas ha precipitado mi fin, ha sido tus inmereci- das desgracias. Tu narración de la Vida de Loco es — 384 — sublime: no desmayes en tu tarea.—Nada te he que- rido decir antes sobre este particular, por no entriste- certe: cada número de tu folletín me arrancaba lá- grimas del corazón, que en silencio he devorado. Has sido un mártir, y ese local es una iniquidad!» Si hoy me falta el hombre que era mi brazo fuerte en el mundo, tendré siempre el de su Espíritu que mora en el Eterno, de donde me protejerá, libre de las trabas mundanas, libré de las intrigas y de los odios que en el mundo le opusieron, y me aconsejará y me dirijirá, como lo hizo en vida, cuando me inspira- ba los sentimientos de Dios, de Patria y de todas las obras buenas que nunca olvidaré.—Padre querido!— Tu última voluntad será cumplida; esa iniquidad des- aparecerá y la Humanidad reportará el beneficio del martirio que hemos sufrido. He padecido una cruel via crucis. Mi esperiencia en la Vida de Loco ha ori- ginado la muerte de seres queridos para el hombre de corazón; mi hijo y tu, por un error y una iniquidad médica. Toda redención tiene su crucifixión—pero si el redentor es crucificado, su doctrina subsiste y la re- dención se verifica y dura por la vida perdurable. La posteridad recordará y comprenderá lo acertado de mis observaciones, por lo que respecta á la locura y la verdad de mi doctrina. Que tu Espíritu me ilumine y vele sobre mí. En la introducción de este trabajo dije que la nar- ración de los hechos conmigo practicados, podían ser- vir de tema á una novela, cuyo principio ostenta lo cómico para concluir en lo dramático. No me habia equivocado; la parte trájica, por desgracia, está en su desenlace, mi alma sufre pero no está quebranta- da, porque la fé la sostiene y porque no tardará el dia de la mas completa rehabilitación y del triunfo de la verdad, desapareciendo el error, la ignorancia y la iniquidad cuyas sombras me han rodeado....... Por tercera vez quedaba inscripto en el rol de los — 385 — Locos de Manicomio; un simple guardián, un simple do- méstico del Hospicio, cuyo poder alcanza hasta el de apresar á un hombre en la calle, valiéndose de la fuer- za pública, fué suficiente para volverme á encerrar allí porque la ciencia médica del jefe del Manicomio, me retenia aun por loco! Cuando ingresé al departamento de presidio, procu- ré serenar mi espíritu, sobre todo me revestí de la mas completa indiferencia exterior, pero como se com- prenderá, era lo opuesto de lo que en mi interior sentia. Nada dije á mis compañeras, solo mi viejecito vino en mi ayuda diciéndome en inglés «No haga Ud caso, ha sido Ud. desgraciado (refiriéndose á mi apresamiento) Ud. saldrá otra vez, pronto, yo lo veo, yo loveo,» y cenó los ojos agregando «su padre vendrá, ya. le veo venir y le sacará». Comprendí que era espiritista vidente de su- cesos futuros, pues él no podia saber lo que sucedía, desde que era como yo loco de manicomio, sin contacto con nadie del exterior. En esos dias mi padre prepara- ba su viaje de la República Argentina para venir en mi auxilio. Temeroso de nuevos castigos corporales estaba, y cualquier movimiento ó ruido que sentia me sobresal- taba, por eso procuré en esos primeros momentos sus- traerme lo mas posible á la vista de todos, permane- ciendo en los lugares mas solitarios del local. Mi ins- tinto no me engañaba. A los pocos momentos se me presentó el guardián que me habia apresado; traia unas esposas de hierro en la mano, comprendí lo que iba á suceder, pues con tono áspero de carcelero me ordenó que me detuviese para ponerme esos grillos! Otro tra- tamiento médico del Manicomio. Mi primer impulso fué el de resistir, sentí un golpe de sangre al cerebro, co- mo debe sentirlo el hombre de honor y sin mancha á quien un atentado, una arbitrariedad le destina una barra de grillos por sucesos de un orden enteramente fuera de los judiciales y legales, pero mi medio espi- — 386 — ritista volvió á tranquilizar mi primer ímpetu y me presté dócil á esa receta médica, quedando así asegura- do cual un famoso criminal! Tras el sentimiento de in- dignación se presentó otro, el de la vergüenza. ¿Qué se diría por mis compañeros al verme con grillos, y por los desconocidos que visitaban el local? Esto sin em- bargo, duró poco; cuando la conciencia está tran- quila, crímenes de esta naturaleza no causan sino impresión pasajera, refleccionándose luego, que estos grillos no infaman al que los lleva, sino al que ordena que los pongan; erguí mi frente y retemplé nuevamen- te mi energía. Creí que con esto quedaría mi suplicio terminado, pero no era sino una introducción á los que debia su- frir. Como esos grillos no miden mas de un pié de largo el andar era cosa muy incómoda, conociendo esto pretendí recojerme al salón que habitaba, para allí sentarme, pero la áspera voz de mi carcelero, no me lo permitió, un «Salga Ud. afuera al corredor con todos, ya no puede Ud. estar en el salón» me obligó á dejar esta escasa comodidad, anunciándome que otra pena debia sufrir ademas de los grillos; la incomodidad de estar en los corredores, sujeto á la espectacion pú- blica y á las incomodidades de los duros y frios ban- cos. Con este hecho mi excitación nerviosa ya bien predispuesta con los sucesos que desde temprano me habian acontecido, comenzó á inquietarme, no sé también si la misma imposibilidad de poder caminar contribuyó á que sintiese deseos irresistibles de hacer- lo, la inmobilidad me abrumaba; para dar pábulo á mi deseo y tranquilidad á mis nervios, recurrí á lo que ha- cen los presos que cargan grillos, até la punta de mi pañuelo á los fierros y los suspendí lo mas que pude sobre las piernas, para dar mas amplitud á sus movi- mientos, el extremo opuesto lo até á mi cinturon en el pantalón; esto me permitió marchar con un poco mas de libertad, pero siempre con dificultad. Otra cosa que — 387 — me atormentaba al cargar grillos, era el no saber cuan- to tiempo los llevaría, con lo cual se me impedia el poder realizar una nueva evasión que medité en el acto, pero ya con itinerario conocido, y que hubiera realiza- do á no ser por los suplicios que volví á sufrir. Llegó la hora de la visita médica. Intencional- mente me hice á un lado, escondiéndome en un es- tremo del corredor, tras una pilastra, adonde nunca se llega el médico. Esperaba que preguntase por mi, sa- biendo como lo debia suponer lo que habia tenido lugar; nada de eso hizo; pero como venia acompañado de otro individuo que por primera vez veia, éste regresó de la mitad del corredor largo y vino adonde yo es- taba sentado, se detuvo en mi delante, me miró con toda atención de pies á cabeza, fijándose en los gri- llos y se retiró sin decirme una sola palabra. Esta conducta no me la he podido esplicar, ni la misión que ese testigo llevó allí.—¿Seria para que pudiera atestiguar alguna vez, que estuve con grillos por mi locura furiosa, al decir de los médicos de mi junta? Testigo es elocuente del hecho de estar con grillos; mas allá será impotente para decir otra cosa, pues ni mi metal de voz oyó. Mas tarde llegó el Dr. S...C....vino á verme; me encontró paseando en el corredor, su saludo fué decir- me—«Con que se nos quiso U. escapar»—meneando la cabeza en señal de amenaza ó reprensión, mirándome de arriba abajo, fijándose con unaespresion marcada de satisfacción en los grillos que tenia puestos, era una muda pero muy elocuente indicación la que me ha- cia, nada menos que decirme, «está U. con grillos por prófugo,» este era su íntimo pensamiento, su íntimo sentimiento, pero si tal esperimentaba en su interior; mi calma, mi mirada fria, intensamente fría, para no revelar la explosión de indignación que tal salutación habia producido en mí, á lo que agregué una signifi- cativa sonrisay movimiento de cabeza del mas profundo — 388 — des Ion al contestarle. «Yalo vé U. Dr.»—bajando en se- guida la vista á mis grillos, lo desconcertaron, sin du- da, porque en ésta como en otras veces, su rostro se en- cendió, su mirada n) podia contrarestar la rnia y to- dos sus movimientos revelaban como siempre, el em- barazo de la persona que como decimos, no las tiene todas consigo. No medió mas averiguación, mas esplicacion entre el loco Paz Soldán; loco escapado y con grillos; y el mé- dico en jefe interno del Manicomio de Lima; me vol- teó la espalda y se fué; pero su ciencia médica dejó prescripto el tratamiento á que debia seguir sujeto, al método curativo, al decir del médico en jefe titular del Hospicio. Pronto debia comenzar á administrárseme. ; Como á las dos de la tarde, se rne presentó el bañero: i su fatídico «Allons au Bain Monsieur Paz Soldán» me heló la sangre, calculaba nuevos suplicios para mi cuerpo, un frió mortal le invadió todo él y un tem- blor convulsivo se apoderó de mi ser. El preso prófu- go que vuelve á ser apresado, no puede hacer otra co- sa que ser dócil á toda orden que se le dé en los primeros dias de su nuevo apresamiento; con su sumi- sión y mansedumbre tiene que aplacar los disgustos '-\ que ha causado á sus carceleros, para suavizar á la vez su zana y el encono preñado de venganza con | que procuran castigar su atrevimiento. Esta regla de ''.:, conducta tenia que seguir y la seguía, callado, dócil, < pero lleno de congoja, obedecía. Tras mí venia la es- colta del verdugo. Se me llevó al cuarto de los baños de lluvia—Se preparó el del tormento, y sufrí otro baño de chorros continuado por varios minutos! Mientras me aplicaban este suplicio, mi guardián y apresador se puso á registrar todos mis bolsillos, á es- cudriñar todos mis papeles y las cartas de mi esposa que tenia en ellos, me sacó los diez soles que llevaba y después formó un paquete de mis objetos empleando para ello mi pañuelo. Cuando salí del tormento le recia- — 389 — mé todo esto, pero su brusca contestación fué—«No Señor, no lo necesita U. »—¿Será también método curativo, el del Hospicio de Insanos, quitarle al infe- liz loco sus papeles, sus lápices, su almanaque, en fin todo aquello que en la soledad, el desamparo y la desgracia en que allí se vé rodeado, le sirve de con- suelo? Sabido es que hoy se procura al infeliz falto de razón darle todo esto, en lugar dequitárselo, procu- rándole libros, papel, pluma, lápices, dibujos, músi- ca, trabajo, distracción, en fin todo, para devolverle la razón, para suavisar su suerte. Una casa de locos, un Manicomio, no es lugar de expiación, sino de consue- lo y de misericordia. Salí del baño tiritando de frío, con los huesos lle- nos de dolores, la idea del reumatismo me aflijia, sen- tia todos sus síntomas, pero me hice la ilusión que con un prolongado y sostenido ejercicio restablecería el equilibrio de mi cuerpo, olvidaba que habia estado con grillos, lo cual se me recordó al momento en que quedé vestido; mi carcelero los tomó y me los volvió á poner! Quedaba otra vez bajo un nuevo tormento, y nuevo método curativo, la condenación á permanecer inmóvil, imposibilitado de toda reacción, tras un es- pantoso baño de presidio, traspasado de un intenso frío y confinado á estar en el corredor sin poder ape- lar ni al recurso de irme á acostar, para con el abrigo buscar la reacción tan necesaria, porque se me volvió á impedir el ingreso al salón. Esto se hacia con un pensionista! Con el que pagaba la mas alta pensión!! Con el que tenia posición social y familia solícita!!! Por allí podrá calcular mi lector lo que se hará con el in- feliz desvalido que por desgracia ingresa allí. Pero si los hombres me atormentaban, mi Dios no me desamparaba, mis plegarias y mis invocaciones á su divina justicia me confortaban, ni un solo instante me faltó ese consuelo del que es espiritista, del que vé, del que oye, del que lee lo que por medio de esta — 390 — ciencia se le comunica, y cobraba nuevo aliento de mí misma desesperada situación. El hombre espiritista saca siempre fuerzas del ele- mento mismo de su desgracia, porque si acá en esta tierra hay sufrimientos materiales y morales, esos su- frimientos serán menores allá, en esa otra vida, que muchos no esperan que exista, pero que la realidad la conocerán en su oportunidad. Para librarme cuanto antes del martirio déla inmo- vilidad en la que estaba condenado á consecuencia de la molestia de los grillos, recurrí al espediente de me- terme en cama lo mas temprano que me fué posible, pues para dormir me los quitaron. Entonces, mi ignorancia médica referente al trata- miento curativo del Hospicio de Insanos, fué causa de que el primer dia de mi captura me llamase tanto la atención el que allí, después que un loco se evade y se le vuelve á traer como conmigo sucedió, los médi- cos rentados por una Sociedad de Beneficencia Pú- blica Nacional, solo se limitasen á verme la cara, y cuando mas á increpar mi acto, sin investigar la cau- sa, el modo, forma y demás circunstancias para se- gún ellas proceder. A este respecto, vuelvo á repetir- lo, los criminales están en mejores condiciones; pero no habian para qué hacerlas, pues era otro el siste- ma empleado para evitar la monomanía evasiva, trata- miento que voy á describir. Al dia siguiente pensé quedarme en cama antes que seguir con grillos, pues así siquiera me podia evitar otro baño; suponía que un infeliz loco podría ser respetado en este inocente capricho; por otra parte temia que mis delicadas piernas se ulcerasen cargan- do grillos, como las tenian otros infelices; pero no fué así, no pude realizar mi plan, por mas que pretendí y dije que me era necesario quitarme el resfriado del baño de lluvia del dia anterior; un «Levántese U. se- ñor» dicho y repetido por el guardián, era toda la — 391 — contestación. Mal de mi grado, vestíme, concluida es- ta operación que alargué todo el tiempo que me fué posible, tuve que soportar los grillos que volvían á aprisionar mis pies. Pretendí quedarme en el salón, como antes, pero se rae volvió á decir que «no lo po- dia hacer, pues tenian orden de que permaneciese co- mo todos en los corredores,» habia pues caido en des- gracia ante los ojos de mis amos. Volví, pues, á sa- lir á los corredores, para que mi ejemplo, sin duda, sirviese de lección edificante á todos mis compañeros, y para que la reputación y fama de alienista del me- dico D. S......C......que semejante crimen autoriza- ba, se afianzase ante su pueblo. No puedo dar otra explicación, porque el deseo de ese médico de acre- ditar su ciencia en este ramo fué tan grande, que lle- gó la vez de que fué á casa llevando á mi esposa li- bros de medicina, sobre la locura, para que los leyera y viese que él empleaba los mejores métodos curativos y era eximio en el particular! Mi condición de pre- sidiario loco estaba pues agravada con los castigos que se me imponían, creia que todo estaría ya limi- tado á que se me igualase al común de mártires que allí existen; pero estaba escrito que no seria así, algo mas faltaba que sufrir, para completar este segundo tratamiento curativo al decir del Sr. Dr. D. José Ca- simiro Ulloa. No tuve mucho que esperar este dia; luego se me presentó el bañero con su séquito........ de oficio y su «Allons Monsieur Paz Soldán,» volvió á dejarme anonadado, porque era la advertencia de que de nuevo se rae iba á someter al tormento. Seguí á mis conductores; esta vez fui conducido al baño de pozo: era un segundo baño de camiseta el que iba á sufrir! Confieso ingenuamente que sentí mi cuerpo desfallecer, mi ánimo me abandonaba, el recuerdo de los sufrimientos, de la angustia y del peligro de muer- te que con el anterior habia esperimentado, se me agolparon en un confuso tropel pero con viva sensa- — 392 — cion en mi mente—un «Dios mió» qne pronuncié con mi alraa, me volvió esa serenidad tan necesaria en los acontecimientos de esta clase—Mi calma renació, aun diré mas, fué estoicismo lo que se apoderó de mí. Desnudóme y avancé al lugar del suplicio; intenté sin embargo, leer en el semblante de mis verdugos al- gún signo de compasión; pero están tan habituados á este oficio, que no apercibí nada—lejos de eso, esta vez se refino un poco mas el procedimiento del tormen- to ó sea método curativo, porque se me vistió con una ca- miseta de fuerza ya usada por otro, es decir que esta- ba húmeda completamente; pocos de mis lectores serán los que no hayan experimentado la atroz sensación que es ponerse ropa mojada, lo que suele acontecer en los lugares de baño, cuando hay escasez de ella, así como los resultados siempre graves que semejante cosa producen; un resfriado, una pulmonía, un reuma- tismo suele ser la consecuencia segura. Volví á ser amarrado de pies y manos y como la vez primera lan- zado al agua! La impresión de esta primera Inmersión fué espan- tosa, pero no sé por que circunstancia providencial con el esfuerzo que hize, las amarras de los brazos se aflo- jaron un poco, dejándome un lijero movimiento en los codos como de unos treintas centímetros.—Invoqué el auxilio Divino, y se me dice por el medio auditivo.— «Valor, Señor, ya U. sabe lo que es este baño ini- cuo; no tema U. ahora que estamos con U. Procu- re U. no resollar cuando le hagan los movimientos de inmersión y serénese; así la impresión del ahogo y de la asfixia será nula»—A tiempo fué este auxilio espi- ritista, los movimientos de vá y ven comenzaban, sin- tiendo á los pocos momentos la tensión de la soga de los pies. Hize una aspiración profunda y aguanté el resuello. La sensación del ahogo fué nula; á la vez sos- tuve mi cuerpo con el 'codo que arrimaba á la pared del estanque ó pozo evitando así que se hundiera dema- — 393 — siado bajo el agua.—Este primer ensayo me devolvió toda mi calma; no estaba solo en ese sitio de suplicios y tormentos, alguien mas poderoso que los poderosos de la tierra, me sostenía, limiteme á conservar mi re- suello cuando me sumerjian y renovarlo cuando volvía á flote; siempre el éxito de evitar las angustias era se- guro. Como intencionalmente permanecía con los ojos cerrados, no obstante las veces que se repetía el tra- tamiento curativo del Dr. Ulloa, debieron alarmarse mis verdugos, porque lo suspendieron por algunos momen- tos, circunstancia que hizo el que los abriese; lo que originó su renovación por dos veces mas volvien- do á suspenderlo: permanecí con los ojos cerrados; pero esta vez oigo la voz del bañero que decia:—«Monsieur Paz Soldán»—los abrí y fijé en él mis miradas. Que- dé espantado, con lo que volví á oir, pues me dijo: «jura u. no volverse Á escapar»............El tormen- to se me aplicaba para evitar una nueva evasión!!!. No cabia otra contestación que el decir—Sí—que pronuncié con la mas grande angustia, porque compren- dí que mi estada en el Manicomio, se procuraría con- seguir recurriendo á todo crimen; era necesario no de- jarme átomo de razón, para que no descubriese el er- ror y la ignorancia médica. Después del Sí—una nueva inmersión se sucedió, y nueva pregunta se me hizo, pero agregándose algo mas.—«Jura U. no escaparse, sino salir por la puerta: no seguir al médico ni á las hermanas de caridad cuan- do entren al local?»—La infamia, y la iniquidad del suplicio se me puso en todo su traspariencia. Juré lo que por medio del tormento se me exijia; varias veces lo repetí usando de las palabras del mas so- lemne juramento, porque así se me ordenó, por me- dio del Espiritismo auditivo. El bañero iba á sacarme del suplicio, cuando el otro guardián mi apresador: agregó otra exijencia, otra imposición, un nuevo jura- mento—que nó volviese á hacer espiritismo!! En esos 50 — 394 — momentos fué tal la impresión del ridículo que esto me produjo que tuve deseos de reírme. En circunstancias solemnes de la vida, muchas veces sucede que se atra- viesan acontecimientos cómicos, que por un momento le hacen á uno olvidar la realidad de la situación; esto me sucedió entonces. Todo lo ofrecía, porque juramen- tos arrancados por el tormento, ni son juramentos, ni nada valen. Fui izado del agua; mis amarras se soltaron sin tra- bajo, pero al pararme, sufrí un vértigo; fué nece- sario que me agarrasen los guardianes, ayudándo- me á bajar del pozo, conduciéndome á la rama- da donde debia vestirme. En esta vez mi guardián, mi apresador, manifestó un instante de sensibilidad, se comidió á ser mi ayuda de cámara, preparando mi ropa y vistiéndome; pero no olvidó volverme á poner los grillos—que imposibilitaron así, el que la reacción tu- viera lugar en mi cuerpo!! Una vez en el corredor, meditando sobre lo que me acababa de acontecer, el juramento que se me exijió, creí haber soñado; sin embargo, el frió que entumía mi cuerpo era prueba elocuente de la realidad, pero para disipar toda duda, me dirijí al bañero que en esos momentos estaba sentado ocupando la silla del infeliz E ..C....(Q. D. D. G.)—y le interrogué así—«Deseo saber con claridad cuál es mi juramento — me parece que es «que no debo escarparme, sino salir por la puer- ta: no seguir ni al médico, ni á las monjas, cuando en- tren acá?—«Sí señor, eso es» fué su contestación.— «Está bien»—repliqué, pensando á la vez en la iniqui- dad de tal procedimiento conmigo empleado. CAPITULO XXXII. En el Curso de mi segundo plajio no fué posible con- seguir indicación alguna de lo que conmigo se hacia, ni el por qué de mi nuevo plajio, las pocas veces que recibía cartas de mi esposa, se limitaba á aconsejar- me paciencia y á darme esperanzas de mi pronta sa- lida del Manicomio, pero nada mas, esto lo hacia ella como lo he dicho, porque la prescripción terminante del médico del Manicomio era, que no me escribiese largo, ni cariñosa, ni menos me diera razón de lo que pa- saba—porque de lo contrario peligraba mi curación y mi restitución á la razón. Mientras que esto decia el médico á mi familia y á mis amigos á quienes tam- bién prohibió el que me viesen, ya vé el lector lo que conmigo hacia en el Manicomio, someterme al tormento para que en el baño de asfixia prestase juramento de no evadirme, no seguirle cuando ingresase al local á ver á los enfermos, ni tampoco á las Hermanas de Caridad! Yo desearía que me contestase alguien, aun el mismo médico del Manicomio, si es posible á un loco hacerle declarar y prestar juramentos para obli- garle á hacer una cosa. Si esto se hace, es prueba evidente de que esa persona no es tal loco, sino muy cuerda y muy en su razon^ de otra manera debemos convenir en que el médico es un ser inhumano, por decir lo menos, cuando tortura aun hombre que no sabe lo que hace, que está loco, que está poseído de cualquiera de las locuras que reconoce la medicina. — 396 — Nadie podrá tampoco convenir en que el baño de cami- seta que se emplea para arrancar una declaración, pa- ra que sirva de medio ó agente de descubrir un hecho y para que bajo supresión y su suplicio, se preste un juramento, sea un método curativo, como lo asegura el médico en jefe del Manicomio Dr. D. José Casimi- ro Ulloa. Mi insistencia en refutar los conceptos emitidos por este facultativo, nace, de que deseo que ese baño ó sea ese castigo desaparezca, porque debo ahora una vez mas insistir en probar que el Hospicio de>Insanos de Lima solo es una casa para corrección de los borra- chos, acusación que no ha sido contradicha en el infor- mo que han pasado el señor Inspector del Hospicio ni el médico aludido, porque este hecho como todo lo que he denunciado es verdadero. Bástame copiar lo que el año de 1869 se rejistra en la Memoria del se- ñor Director de la Beneficencia Pública de Lima, pá- gina 21—Dice así—hablando del Hospicio de Insa- nos: «Sorprende á primera vista el movimiento perso- «nal de los amentes ocurrido en el año, cuya cifra su- «be á 142 entradas y 100 salidas, pero consiste en que «los primeros solo representan 116 personas y 86 las «segundas, en atención á que muchas de ellas son unas «mismas que han entrado, salido y regresado, porque LA LOCURA EN ALGUNOS HA PROVENIDO ÚNICAMENTE DE EX cesos en el uso de bebidas alcohólicas.» Rejistrando los partes de Policía encontramos los mas dias, la ra- zón de haberse remitido al Hospicio á un individuo porque los médicos de Policía habian declarado que tenia locura alcohólica. Se les recibe en el local, al dia siguiente ó á los dos dias, se les disipa el mareo ó la borrachera y es entonces que se les aplica el método curativo, es decir, se les lleva al baño de lluvia y al de camiseta, para que estando buenos y sanos reciban ese castigo y no vuelvan á reinddir en el vicio de la borra- chera. Por eso es que unos mismos individuos salen y — 397 — vuelven á entrar y vuelven á salir, para que en el Hos- picio sufran la pena por viciosos y por borrachos. Co- mo hace años que el Manicomio solo se ocupa de cor- rejir á personas dadas al abuso del licor, el método curativo solo tiende á esto y nada mas, y no es pues cura la que allí se hace, sino es pena la que se impone. En vista de lo que dejo dicho, no dudo que alguna medida se tomará para que el Hospicio de Insanos de Lima sea lo que debe ser, según su institución y su creación, pudiendo recibirse allí á tantos verdadera- mente amentes que han sido rechazados por falta de local, puesto que el lugar que estos debían ocupar, lo ocupan individuos buenos y sanos, que allí ingresan como á una casa de corrección y no de misericordia. A los pocos dias de mi escapada, tuve el gusto de saber que el médico en jefe titular del Manicomio volvía á Lima y se haría cargo de su puesto; motivos de relaciones personales me daban la esperanza de [ que mi libertad seria decretada inmediatamente, ó i cuando menos sabría á que atenerme respecto á mi situación. El prime1' dia que fué al Hospicio, lo hizo en compañía del médico que habia sido su sustituto; pero cuando me vio, apenas me saludó, y eso mas bien porque yo avancé á hacerlo. No me llamó mucho la atención esta especie de indiferencia, calculando que lo haría por la prudencia que siempre guarda un mé- dico cuando vé al paciente que otro ha estado cuidan- do, y ese otro se encuentra presente; pero al dia si- guiente vino á la visita ya solo, y fuera del saludo y un «como está U. señor Paz Soldán» no pasó de esto su investigación, su examen ó el reconocimiento que de mí hizo. Demasiado conocía mi posición para violentarme con este nuevo desengaño, que sublevó otra vez mi indignación, porque como debe suponerse, un médico ;> de un Hospicio que vuelve á hacerse cargo de la cura- t cion de los que allí ingresan, cuando ha estado ausen- — 398 — te, es natural, aun mas, es su obligación investigar, examinar, reconocer á todo sujeto que encuentra allí, muy especial si es nuevo huésped á quien él no ha asistido antes, para así formar su diagnóstico y con- vencimiento personal: y no por lo que otros médicos le han narrado ó dicho. ¿Cómo juzgaría una corporación médica á un médico á quien se le llama á asistir un enfermo, que otro ha estado viendo y viene á reem- plazarlo, pero en lugar de hablar con el enfermo, pul- sarlo, explorar, consultar, investigar el origen, la marcha de la dolencia que lo tiene postrado, nada de eso hace, y sin mas estudio sigue curándolo ó no le dá remedio alguno? ¿Qué hace un médico cuando es llamado á una consulta ó junta, con dos, tres ó mas facultativos que ya han examinado al enfermo? No se guia por lo que éstos le dicen, creen ó han visto ó diag- nosticado, sino que él repite cuanto los otros han he- cho, preguntando al enfermo, examinándolo y muchas veces haciendo exploraciones que los otros han omiti- do, y después forma su juicio ó diagnóstico, para indi- car su método curativo. Pero cuando hay de por me- dio otra clase de intereses, afecciones ó' compromisos, estas cosas se omiten, sobre todo en un Hospicio de Misericordia Pública, adonde no existe interés algu- no por los que deben cuidar á un paciente. Varios dias, la visita que recibí del médico en jefe, que nunca dejó de hacérmela, se limitó á lo mis- mo; comprendí perfectamente el por qué do* la causa que influía en esta conducta, por eso resolví aclarar bien la situación para en alguna vez hacer lo que en mi mente habia resuelto y lo que con mi corazón y mi voluntad hoy estoy procurando: la reforma del Hospicio y el poner en evidencia los errores de la Ciencia Médica en ciertas teorías sobre la locura— porestomediriijíáél una mañana-«Doctor, ya U. me vé, no tengo nada—¿Hasta cuando estoy acá?»—Su con- testación fué decirme—«Siga U. reponiéndose, ya lo — 399 — veremos»—repliquéle lo que al otro médico habia di- cho antes, «que para reponerme lo que necesitaba era mi casa y mi familia»—Sin duda esta contestación no le agradó, era demasiada insolencia en un loco de Hos- picio, y á renglón seguido fué que preguntó al guar- dián—«El señor se baña?»—un sacudimiento inmenso esperimenté al oir esto; pero me dominé, adelantán- dome á decirle—«Doctor, no me baño, porque me hace daño; mis médicos de casa siempre me lo han prohi- bido, porque padezco de reumatismo y el agua dulce es mala.» Creí con esta observación, que era un dato importante para que no se me bañase, que así sucede- ría; pero mi espanto fué grande, cuando diciéndome— «Poco importa»—y dirijiéndose al guardián, ordenó «que lo bañen al señor todos los dias.» Hubiera en ese momento replicado lo conveniente, pero la manera co- . mo fué comunicada esa orden y una rápida mirada de ', inteligencia que creí sorprender entre el médico y el guardián, me hicieron comprender y recordar mi si- tuación de presidiario y que debia ser cauto. Feliz- mente mis baños se limitaron á baños corrientes. ; No me di por vencido, quise que la evidencia délos ^ hechos llevase todo el convencimiento al médico en je- fe, de que cuanto se pudiera haber dicho respecto á mí era inexacto, y dejé pasar unos pocos dias sin que p; mediase mas esplicacion. Sin embargo, mi paciencia se agotaba, mis sufrí alientos aumentaban, mi ánimo se I intranquilizaba y todo mi ser amenazaba? decaer con el l tratamiento médico del Hospicio de Insanos de Lima. Decidí romper mi silencio, calculé todo lo que me po- dia acontecer, pero era necesario terminar; por eso, en la mañana del siguiente dia cuando vino el médico, con firmeza le dije: —«Doctor, hasta cuando estoy acá? «No to- mo remedios, no se me receta, sino que coma \ bien y convalezca; creo que cuando un enfermo está ya i bueno en un Hospital, el deber del médico es darle — 400 — de baja. ¿Qué causa motiva el que permanezca así en esta situación?» Mi tranquilidad, mi misma desesperación y angus- tia al decirle esto y sin duda, su misma conciencia, hizo el que no eludiese una contestación como los otros médicos, pues contestó: —U. saldrá cuando llegue su Padre. ' —¿Cómo es eso Doctor? Soy acaso menor de edad para necesitar que me vengan á sacar? ¿No soy hom- bre libre y padre de familia? Nadie tiene el derecho de detenerme acá, menos U., porque si estoy sano, su deber es soltarme. De suerte que si mi padre no vie- ne ó se muere, yo permanezco acá para siempre? Estas observaciones tan lójicas, tan precisas, mo- tivaron cierta impresión, cierto arranque en este mé- dico, que con una marcada entonación de voz y con todo el ademan necesario para manifestar lo ineludible de lo que decia; me repitió por varias veces lo siguiente: —«Señor Paz Soldán Ud. saldrá cuando llegue su señor padre; porque un poder supremo le tiene á Ud. acá y nadie le sacará sino él.» —Quién es ese poder supremo doctor? Conque derecho me tiene acá? Deseo conocerle para entenderme con él y si es así, me someto desde luego pero que me sa- quen de acá, seré hasta su portero, por que acá me muero de angustia»—fué mi rápida y casi involuntaria contestación; porque mi especial situación la vislum- bré completamente incierta y mas que nada, que un poder supremo me tenia preso y plajiado. —Usted saldrá solo con su padre—se apresuró á contestarme y se despidió con precipitación. Nada omito, nada agrego, reproduzco textualmente el diálogo que sostuve con el médico en jete, porque hay acontecimientos en la vida de los hombres, que se gravan en la memoria, tan lúcidos siempre, que nunca se olvidan ni borran. A mi esposa le di cuenta de este hecho, pero con la prudencia que debia usar, dada la — 401 — situación en que me creía colocado de presidiario, y le decia en mi carta de 29 de Diciembre de 1885 lo siguiente: «No sé porque no ha vuelto M......cuando ofreció venir con frecuencia á verme «Mientras mas pienso en mi situación mas incom- «prensible se me hace, pero algo vislumbro, ó creo cuan- «doelDr. Ulloa me dijo que un poder supremo era el que «me tenia acá, desde que ese habia dispuesto que yo no «podría salir, sino cuando llegase mi papá; lo que in- tdica que soy ahora víctima de alguna intriga, que es «necesario procures averiguar cual es, para arreglarla.» Mi infeliz esposa, y algunos que estas advertencias veian, y que no estaban entonces al cabo de todo el drama del cual yo era centro y víctima, tenian que su- i poner que eran delirios de locura, estas advertencias, estas suposiciones, porque como permanecía incomu- nicado, y solo á una ó dos personas se les permitía la )' entrada para verme, pero con la condición de que nada me dijese, ni de mi estado, ni de el por qué de mi situa- ra cion, en una palabra que no se aclarase el misterio, Í resultaba que con el parte de los médicos que siempre r decían que «aun no estaba curado,» no se tomaban me- didas, debido á la creencia en la sinceridad y buena fé ! de la ciencia médica; mientras tanto no habia tal locura, tal delirio, eran hechos reales los que comunicaba, eran dichos del médico en Jefe, así como lo fué la i creencia de estar viudo en mi primer plajio, en el cual durante veinte y tantos dias se me mantuvo en h esa creencia por todos! Si el médico en jefe me hubie- ra dicho que mi casa se habia quemado, ó que la ha- bían robado, y tal hubiera yo escrito á casa, también [ se hubiera atribuido á locura, porque el hecho no i existia para ellos, pero sí para mí por el testimonio i del médico; pero como la incomunicación prescripta I por él, impedia toda aclaración, y el Diploma de loco está también otorgado, no se llegaba á descubrir el en- — 402 — redo ó trama como quiera llamarse, de la situación, en la cual se hacia aparecer como loco á un hombre que procedía cuerdamente y con su cabal juicio. Podría suponer con perfecto derecho y lójicamente, que todo se habia calculado por los médicos, para que siguiese apareciendo ante los mios como loco, para ocultar la verdad de mi situación; el dilema que subsiste es fa- tal; procedian en esto ó por malicia ó por error é igno- rancia y abandono de sus obligaciones. En otra de las visitas, como ya he dicho, sucedió que el médico en jefe, sin antecedente alguno, sin queja- de mi parte ni dicho de nadie, preguntase al guardián «Que tal duerme el Señor» en lugar de dirijirse á mí; lo que era natural. Apresuróme á decir que «bien» y que no tenia nada á ese respecto; pero como mi guar- dián aseguró á medias que «no dormía» motivó la ad- ministración de un medicamento, único que se me dió prescripto por este médico; cloral y bromuro de pota- sio, que lejos de hacerme bien, me hizo mal. Mi guar- dián se guardó bien de^lecir que cuando yo no dormía bien era cuando él y los demás se ponían á jugar, be- ber y á hacer algazara y formar tertulia hasta las 10 y once de la noche, en el salón de un Hospital de Mi- sericordia, destinado á procurar el alivio y el consuelo á la humanidad doliente, por que después de estas ho- ras, su sueño no le permitía saber ni lo que pasaba al momento de acostarse. Sobre este hecho nada dice el indicado Médico en el informe que pasó á la sociedad de Beneficencia de Lima, es natural que lo ignorase, pues como nadie vigila ese local de noche, y como él mismo lo confiesa, ni duerme ni existe el practicante ó interno, por falta de sitio, según lo asegura, los guardia- nes quedan de dueños absolutos de todo. Para completar mi narración en lo que se refiere al Médico en Jefe del Hospicio de Insanos, probando así que en la ciencia médica la obstinación raya también en locura y en monomanía, á pesar de la evidencia de — 403 — los hechos que prueban lo contrario de lo que la me- dicina dice, citaré el recado que ese médico mandó á mi padre diciéndole: «Que como permitía que yo escri- biese, el folletín de «El Sol»: que sino veía que lo que decia eran cosas de locos».—Mi padre con su buen juicio, con su observación y con. la evidencia de la ver- $ dad, contestó lo que decia cuando me sacó del Mani- comio, que «hacia bien» y no veía locura en nada de lo que decia, é hizo de esta indicación el caso que hizo del régimen que prescribió cuando salí de mi presidio, [ entre las cuales estaba.—«5.° que permanezca hasta ór- : den mía en el cuarto de su papá» Por supuesto, la cum- plí también que salía por todas partes; me iba á los pa.- i seos y al teatro; á verá mis amigos; me divertí en l los Carnavales;..........hasta hoy estoy esperando la or- den suya para........poder salir de mi casa. Por último, yo creo en la existencia del alma, de los Espíritus, de la vida futura, en fin de todo lo que cree el que es j; Espiritista; él es de la escuela contraria, niega la exis- tencia del Espiritismo, y de allí que para él son locos los que tal creen, y como tiene el poder para declarar loco á un hombre/lo ejercita, solo por principio de doc- í trina y nada mas. A la vez lo conceptuaré yo loco por- ; que teniendo ojos, no quiere ver; teniendo oidos, no quiere oir, y porque teniendo inteligencia y razón, no quiere doblegarse ante la evidencia de hechos que hoy están aceptados en Europa; solo que la causa de ellos es lo que se investiga en discusiones ilustradas, filo- | sóficas y científicas sin conceptuar ni tildar de loco al que sostiene una teoría, que desde la mas remota an- tigüedad existe, y de la cual hay millares de millares de pruebas y testimonios positivos y auténticos. Conociendo, pues, que en mi situación de presidia- río, era necesario buscar ayuda y protección entre las t personas encargadas de mi custodia, me puse á calcu- lar cuáles serían. En cuanto á los médicos, no era entre ellos de quienes debia suponerlo; el último desengaño — 404 — habia sido suficiente para quitarme toda ilusión sobre el particular; menos debia esperarlo de los guardianes, careciendo como carecía de dinero, con él cual fácil me hubiera sido eso. Las hermanas de Caridad y ca- pellán del Hospicio, eran los únicos seres que me que- daban. Este ya sabia todo, y como no volvió á ser ad- mitido ó se le permitió verme, su ayuda y protección era ineficaz, quedaban pues solo las primeras. Pero como confiar ciertas sospechas á mugeres, cuando en- volvían acusaciones para los médicos del local? Duda era esta que me atormentaba por cuanto veía desa- parecer el último vestigio de encontrar auxilio inte- rior en el Manicomio. Mis medios espiritistas me sa- caron de esta situación, y por mas que lo que digalo hagan servir los enemigos de mi doctrina y de la Cien- cia que estoy experimentando y estudiando en mi con- tra, no dejaré de narrar el como sucedió esto. Todas las Hermanas de Caridad me habian mani- festado siempre afecto y me atendían con cariño. Así es que entre las dudas que tenia para dirijirme á ellas, era una, la elección de la persona; la cuestión quedó resuelta por el medio auditivo; porqué al poco rato de estar cavilando en lo que haría se me dice:—«U. duda en la elección de la persona á quien confiar sus traba- jos. No es así?»—«Sí»—fué mi repuesta mental.—«En- « tóncesle vamos á dar nuestros consejos.—Cuando se « está en un presidio ó en una casa cualquiera, lo que se « hace es entenderse, para lo que U. desea, con el que es «jefe inmediato de ella*. Acá lo es la hermana superiora, « hable U. con ella y sin temor alguno confióle U. to- «do lo que U. quiere decir y teme. No trepide ni « crea que ella abusará de lo que oiga y le confie U.» Debo declarar que á pesar de mi fé ciega en las ma- nifestaciones del Espiritismo, esta vez tuve recelo de adoptar ese consejo, por el riesgo y peligro que he in- dicado. La persona que se encuentra con su libertad coactada, no puede ser franca; menos con sus superio- — 405 — res, cuando no conoce sus cualidades. Pero esta nueva vacilación fué pronto resuelta, porque se me dice: «U. es Sicografo, póngase U. á escribir la carta que tene- mos que dictarle». Obedecí, tomé papel y pluma y dejé llevar mi mano, como acontece á los médium sicografieos. La carta que se me hizo escribir era para la Hermana Superio- ra del Hospicio, pidiéndole que viniese á verme porque quería hablar con ella. Esta segunda manifestación espiritista me dejó com- pletamente vencido en mis escrúpulos y mis temores, los que se disiparon, porque era nueva prueba auténtica é innegable de que no era el Espiritismo alucinación mia, ni esfuerzo mío, desde que se me hacia hacer una co- sa que no creia prudente y aun repugnaba. Mientras venia la Hermana Superiora me puse á coordinar lo que debia decirle para ser preciso pero veraz y claro en todo. No tuve mucho que esperar, porque luego vino. Nos sentamos en la mesa de mi salón, frente al lienzo que representaba á San- ta Rosa de Lima. Le conté sin omitir nada, pero á largos rasgos, mis aventuras de Espiritismo, lo que hice en mi casa, el por qué; por último lanzé la sospe- cha del error médico cometido en mi persona y mis temores respecto á la causa que me tenia plajiado allí.—Esta buena mujer, que ya es difunta y Dios tenga en su santa guarda, procuró consolarme, darme fé en que saldría pronto, pero nada me rebatió respec- to al errer cometido, sin duda porque en su concien- cia así lo conocía. En cuanto á lo del Espiritismo, estaba mas ilustrada que los médicos del Manicomio, porque me dijo en francés, que era como nos entendía- mos__«Ces sont des chosesdu diable.» Aceptaba su exis- tencia, pero atribuyéndolo á intervención del enemigo malo. Sin duda los médicos no sabían esto, porque sino, la hubieran encerrado por loca allí mismo, por ser creyente en esta ciencia. — 406 — Desde el dia que rae entendí con esta Hermana de Caridad, mi situación mejoró en cierto sentido, por que notaba que ciertas restricciones de antes no exis- tían, que varias hermanas de la institución pero de otras partes, venían al Hospicio y ninguna desdeñaba entrar en conversación conmigo, sentándonos al rede- dor de la mesa que he indicado; nuestra conversación era amena y me consolaban. Mas de una vez me rega- laron flores, que ellas cojian en el jardín para adornar los altares, brindándome un clavel ya blanco, ya rojo, ya disciplinado, que los hay hermosos, flor que siem- pre ha sido de mi predilección, y que el acaso hacia que siempre fuera la que elejian para obsequiarme; flor que el loco Paz Soldán se la ponia en el ojal de su chaqueta, como lo hacían muchos hombres, poniéndo- me á pasear contento y consolado con esa pequeña muestra de simpatía y de compasión. ¡Cuántos infeli- ces allí sanarían de su melancolía con una de estas manifestaciones!......Pero esto solo sucederá cuando deje el Hospicio de Insanos de Lima de ser presidio. CAPITULO XXXIII. La esplicacion que tuve con la Hermana de Caridad Superiora del Hospicio de Insanos, me proporcionó co- mo lo he indicado, gozar de raas simpatías entre ellas y mas libertad; comprendió sin duda esa mujer el error que conmigo se habia cometido, ó quizas creyó que no se me tenia allí por locura sino por el vicio del licor, pero sea una ú otra cosa, el resultado me fué favora- ble, porque ya tenia mas libertad, á tal punto, que se me permitió el salir al vestíbulo del local para hablar con mi sirviente y aun para recibir á los pocos amigos que iban á verme, que burlando la prohibición del mé- dico conseguían el que la buena madre superiora se lo permitiese. Esta gracia la perdí después, por culpa mia. Como se comprenderá, el juramento que se me exigió, lejos de ser causa para mantener mi espíritu quieto y tranquilo, lo fué para que con mas actividad meditase una manera de evadirme, pero segura, porque comprendí que cuando á una persona, bajo la presión del tormento se le hacen imposiciones de esta clase, motivos muy poderosos deberían existir para procurar su secuestro ó plajio, razón por la cual el deseo del plajiado y secuestrado tiene que excitarse para salir de ese estado. El presidiario á quien se vijila con solici- tud y mas rigor, es generalmente el que mas medita en evadirse, porque al sufrimiento general de estar preso, se agrega el de la continua incomodidad y mas inme- diata falta de libertad en que se le deja, y la natura- — 408 — leza humana que por instinto es libre y no dócil á la sumisión ó dominio de otro, se subleva y procura reco- brar su libertad de acción. Un dia en que varias personas fueron con el objeto ostensible de ver el local, pero que eran amigas mias, se me permitió como lo he dicho salir á despedirlas has- ta el vestíbulo de entrada del Hospicio; como todas no habí anv aun recorrido todo el local me quedé allí con dos de ellas conversando; calculé que podia aprovechar esa oportunidad para evadirme y salir por la puerta, según lo habia jurado. Una de las personas, conoció mi intención porque se la hice saber, pero no me lo consintió, no quizo prestarse á ayudarme, sin duda, conceptuándome loco aun; pero como yo no podia con- tarles todos los suplicios corporales á que habia estado sujeto allí, porque no es posible hacer estas denuncias cuando uno está en poder de los que tales cosas hacen, me resigné á abandonar por ese dia mi proyecto; ocasión no me habia de faltar, y asi sucedió, puesto que ya eran tres ó cuatro las personas á quienes se les per- mitía que me viesen, aun mas, yo di una lista á la ma- dre superiora, de las que quería ver y á quienes no. Una tarde fué mi amigo M......salí al vestíbulo, las hermanas de caridad nos dejaron solos, la ocasión era favorable, le hice un ademan con la cabeza, sinificán- dole que me iba; no me lo impidió, se limitó á obser- var lo que resultaba, decidido á ayudarme si me iba bien; salí con toda tranquilidad al patio, con toda la calma del que se vá á ver lo que pasa por la calle, sin espresar en mis movimientos la menor emosion ni pre- cipitación; estaba ya cerca de la reja que da á la calle, cuando quizieron mis interferencias que una de las ma- dres, la que hace de boticaria, saliese de su cuarto y me viese; en el acto me llamó, yo temblé, pero seguí avan- zando, ella, ágil cual una golondrina, se lanzó en mi seguimiento, yo llegaba á la reja, mi mano posaba so- bre ella, comenzaba á abrirla cuando esta buena mujer — 409 — se arrojó sobre ella, impidiendo que lo hiciera. Fácil me hubiera sido deshacerme de ella, un simple empujón hubiera bastado para arrojarla al suelo y franquear la reja; pero á la vez medí el resultado del hecho para mí porque la alarma la hubiera dado, y al delito de evadir- me, hubiera agregado el de la violencia contra una de las madres, agravando mi pena y el castigo á que seria sometido. No hice resistencia, pero con el corazón destrozado por esta nueva fatalidad, que en el momen- to preciso cruzó mi evasión, le dije «Hermana, por qué no me deja U. irme»—«No hermano—me contestó —No puedo, somos responsables de U., venga U.» y • tirándome de la mano comenzó á conducirme otra vez al vestíbulo. La madre superiora en el entretanto ha- r bia también salido al oir la voz de la» boticaria cuando me llamó, permació junto á mi amigo M....presencian- do esta escena; avanzamos, llegué á la presencia de la Superiora, que con aire bondadoso me reconvino, levan- tando el dedo de la mano derecha, exactamente como ; cuando se vá á reprender á una criatura por una tra- vesura inofensiva diciendo «Ud ha sido malo. Ha que- rido Ud. escaparse» y siguió moviendo el dedo, agre- gando «Lo castigarán á U. si tal cosa hace.» No supe qué contestar por el momento; tuve que hacerme el loco y con la mayor naturalidad repliqué—«No me iba á escapar, Hermana, sino que iba á ver á mi padre qae me dijeron que venia»—La Superiora se sonrió, comprendió sin duda mi contestación evasiva y quizas mi terror por las consecuencias que yó esperaba: tran- quilizóme diciendo «No tenga U. miedo»—Un «gracias» salido del fondo del corazón, fué mi contestación; y le pedí perdón de lo que habia intentado, confesando así de plano mi verdadera intención de evadirme, supli- quéle que no dijese á nadie nada de lo ocurrido para evitarme algún daño; replicóme que no tuviera cuida- do- así lo cumplió; su silencio hizo que el médico nada supiese, ó por lo menos que no se me castigase, pero — 410 — lo único que sucedió fué, que no se me volvió á permi- tir la salida al vestíbulo, apesar de que ofrecí á la Ma- dre Superara, bajo palabra de honor, no volver á eva- dirme por allí, porque el solo hecho de salir á esa par- te del local habia producido en mi ánimo, en mi espí- ritu y en mi sistema general un beneficio inmenso; la Superiora ofreció mas tarde restituirme esta gracia, .i pero felizmente pocos dias faltaban para que llegase ¡ mi salvador, saliendo así para siempre de ese presidio. ,'¡ Mi leal amigo cuando vio mi plan frustrado, me re- cibió con las lágrimas en los ojos: cuando llegué donde él estaba, díle una mirada en la cual le significaba mi desgracia. «Tenga U. paciencia D. Carlos, su padre l ya vá á llegar» fué sa contestación, pronunciada con \ una emosion inmensa. ■£ Debo también hacer presente, que el dia que me %\ evadí, el hecho de haber recorrido las calles de Lima por un par de horas, produjo en todo mi sistema un j alivio inmenso, sentí un cambio muy marcado y muy a favorable á cuanto sentia en él, por lo cual puedo ga- j rantizar por mis observaciones auto-clínicas, que el sis- j tema de presidio para el tratamiento de la locura es ú contraproducente y es causa para arraigarla, compro- *' bando así lo que he dicho antes y que vuelvo á repe- M tir acá, ya que parece ignorado de los médicos que es- S tan á cargo del Manicomio de Lima. $ Dice Herbert Spencer—en un libro titulado «The Study of Sociology»—«Por obvio que parezca que 5 cuando la razón se desarregla, no hay otro remedio - í que reponer el dominio débil interno por un dominio 1 severo externo, sin embargo, el sistema de la no restric- \ don ha tenido en mucho resultados mas favorables que el de las camisetas de fuerzas. El Dr. Batty Tuky, \ médico de gran esperiencia en el tratamiento de locos, \ ha probado que el deseo de escaparse en los locos, es I mayor cuando se usan chapas y llaves, que cuando no ; se usan; la táctica de puertas abiertas ha dado un no- — 411 — venta y cinco por ciento de buenos resultados y cinco por ciento de malos. Y como para mayor evidencia del daño causado frecuentemente por la curación, te- nemos al Dr. Mandsley, también autoridad en la ma- teria, cuando diserta sobre «locos hechos en los Manico- mios.» He podido comprobar, como lo repito, la autentici- dad de tales teorías y hechos. Si el testimonio de los pacientes vale algo cuando se trata de definir, de ex- plicar ó de narrar una dolencia, el mió puedo darlo amplio y sin reserva á favor del sistema humanitario de curación y tratamiento de la locura, que en mu- chos casos, vuelvo á repetirlo y á su vez lo probaré con pruebas evidentes y con el testimonio de médi- cos de nota, no es mas que el estravío del Espíritu por causas del desarrollo de la medianimidad del sujeto, mas no por desarreglo cerebral ni por la demencia co- mo lo cree la deficiencia y lo supone la Ciencia Médi- ca. Por ahora limitóme á seguir mi tarea, cual es la reforma del Hospicio de Insanos de Lima, y á mani- festar lo errado de las teorías medicas que suponen algunos hechos como resultado de la locura, cuando solo lo son del tratamiento empleado, como sucede en la suposición de que la suspicacia, la lucidez, el ma- yor desarrollo de ingenio es producción de la locura, cuando lo es de la condición de presidiario en que se encuentra un hombre: la mania evasiva no es tal ma- nía sino producción también del estado de presidiario. Multitud de veces pedí que se me permitiese el paseo en los jardines, nunca se accedió á ello: pedí también el ser llevado á mi casa á ver á mi familia, acompaña- do de un guardián, por una sola hora, un momento, para satisfacer ese deseo natural del corazón del hom- bre, pero nada, siempre el mismo aislamiento; aburrí- do con la inacción y el ocio pedí trabajo, ofrecí ser hasta pinche del cocinero para distraerme, para pasar el dia en ocupaciones mecánicas que tanto distraen, — 412 — tanto aprovechan en enfermedades morales y nervio- sas, para evitar en algo la nostalgia de la familia, tam- poco lo conseguí, como no lo consiguen muchos de los que allí están indebidamente, dando así lugar al tedio, al decaimiento, á la melancolía y por último al idio- tismo. Los penitenciados, los que la sociedad encierra en un panóptico, son, repítolo, mas felices que los pobres locos del Manicomio de Lima, porque ellos tienen to- do, médico, un practicante que vive en el local para atenderlos en cualquier momento, tienen trabajo, pa- seo en los patios al aire libre, cultivan huertecitos, tie- nen ropa y no sufren otro castigo fuera del encierro, á no ser á consecuencia de actos que ellos por su propia voluntad, de una manera consciente practican, y por último tienen el consuelo de la religión, pudiendo entenderse y hablar con el capellán del local cuando lo piden; mientras que éstos de todo carecen, hasta de ropa, que la que usan es la que arroja la tropa del ejército, que las madres de Caridad recojen, y ha- ciéndola teñir la componen para esos infelices. Para que el rigorismo y disciplina del local sea de presidio, no se ha omitido el hecho de hacer retratar á los infe- lices moradores del local. Un dia me encontraba en el salón, cuando siento ruido de personas que entraban, fijo mi atención y percibo al médico del local Dr. S.... C.que entró al salón en compañía de otras personas, y entre ellas el Sr. C....y uno que venia cargando una máquina fotográfica. Penetraron al salón en que estaba, el aparato lo colocaron en la esquina izquier- da; ¿seria para tomar mi fotografía instantánea, por- que el lente me pareció de ese sistema? No lo sé: des- pués he preguntado al Sr. C....si tal cosa hizo, porque mi objeto era, no el acusarle ni inferirle daño algu- no, sino el de hacerlo reproducir, para obsequiarlo con estos estudios á mis lectores y vieran como en la facha podia hacerse á una persona loca ad efectum — 413 — videndi, por orden médica y con un peluquero habitua- do á eso; pero me aseguró bajo palabra de honor que no tomó mi retrato, por miedo de que si tal cosa sospe- chaba, le hubiera «cargado á patadas,» porque creyen- do lo que el médico le dijo, me conceptuaba loco furio- so, puesto que esa voz era el santo y seña de mis [ médicos de Manicomio. Pero si este hecho debo su- ponerlo exacto por cuanto no tengo ni motivos ni de- \ recho para dudar de la honorabilidad del Sr. C...... el de haberse retratado á los demás es evidente; por 1 que trasladaron la cámara al jardín, llevaron una me- sa y bancas, haciendo ir allí á una gran cantidad de los infelices locos, para formar un grupo, en el cual se retrató al médico Dr. S......C......al frente de su pue- blo. A los pocos dias vi la prueba, que la llevó el \ practicante Sr. F......que acompañaba al médico en la hora de la visita. Podría describir la posición de ca- ♦ da uno, y así lo hize el dia que hablé con el Sr. C...... que hizo la fotografía, confesando el hecho y admirán- dose de mi reminicencia y del error cometido en mi I persona. ¿Con qué derecho se retrata á un loco, cual"¡ se practica en los presidios, penitenciarias ó estacio- ( nes de Policía? Este es otro abuso que denuncio, que mas que abuso es atentado contra la dignidad de los hombres no criminales. Ya que me he ocupado de citar á algunos autores para poner de manifiesto que el tratamiento ó método curativo del Hospicio de Lima está muy distante de ser el que la ciencia del dia adopta y sigue hace mu- cho tiempo, nó puedo dejar de hacerlo con el siguiente hecho histórico ocurrido hace casi cien años. En el Hospital de la Salpétriére, en Francia, que es el destinado para la curación de la locura, existia en el departamento para las locas, un método curativo í semejante al del Manicomio de Lima, estaban carga- das de hierros y cadenas, se asemejaban á las fieras de los jardines zoológicos y á las que se exhiben en — 414 — los circos; pero el Dr. Pinel (Felipe) que en 1792 fué médico del Hospital de Bicetre, de locos, y que tuvo la gloria de implantar y sostituir á los métodos bárba- ros que se empleaban para tratamiento de los locos, el de la dulzura, el ejercicio, el trabajo, un aire saluda- ble y cierta libertad, fué trasladado al otro hospital, y lo primero que hizo, no obstante la oposición de to- .\ dos, médicos y guardianes, que manifestaban grandes temores, fué quitar á todas los grillos y cadenas dejan-. > dolas en completa libertad. El cuadro que se presentó en seguida fué conmovedor; ese enjambre de locas fu- riosas, al decir de los otros médicos y por el tratamien- to empleado, vinieron todas corriendo, rodearon á Pi- j nel y le cubrieron de abrazos y bendiciones, arrodillan- \ dose á sus pies hasta besárselos! Qué gran consuelo, qué gran satisfacción esperimentaria ese medico! !Qué mayor recompensa para un hombre, que lo que desea- ba era el alivio de la humanidad doliente! Cuando V-, comparo este cuadro con el que presenta el médico de nuestro Manicomio, que lejos de ser el salvador de , sus pacientes es el terror de ellos, llegando su cruel- *J dad, por espresarrae en términos suaves, al estremo .^] de emplear la burla y la befa, con el castigo. ¿Cuán- tas veces ha dicho el médico á uno de esos infelices: * ya he ordenado que le den un buen lunch á la una? Y sabe el leotor lo que eso significaba? la prescripción de un baño de lluvia ó de uno de camiseta!!! Otras veces, y en los pocos casos que se dan remedios, sue- len hacerse cambios, porque el encargado de esa faena es uno de los guardianes, ó bien uno de los locosf ¿Mientras tanto, qué hace la Sociedad de Beneficencia de Lima? ¿Es suficiente el pedir informes para dejar- los dormir en su carpeta? ¿Esos informes acaso des- mienten una sola de mis afirmaciones? Nó; confirman lo que digo, confirman la realidad del hecho; aunque como es consiguiente y natural, se procura disculpar- los ó atenuar mis cargos, y en cuanto al método cura- — 415 — tivo solo ha informado sobre el particular, el mismo médico del Hospicio, que como es consiguiente, nunca podrá declarar que su método es malo, bárbaro y el em- pleado un siglo atrás. En otros puntos se guarda si- lencio, no se han contradicho y subsisten. Cuando hay establecimientos como el Manicomio, la autoridad política debería ejercer el derecho de viji' l lancia é inspección que la ley le acuerda; téngase pre- sente que yo no soy el solo que he denunciado ciertos hechos, hay otros, entre ellos un médico, el Sr. Dr. D. Manuel A. Muñiz, que en ciertas cosas particulariza el cargo, pero en otras lo hace de una manera general ó en globo, como es natural atendiendo á su condición. Muchas veces los presidios han sido objeto de inves- í tigaciones, nombrándose una comisión de personas im- parciales, pero entendidas en el ramo, sin afecciones personales ni mas consideraciones que las del deseo de que esa institución mejore. *. Como complemento de cuanto he dicho y para que se vea que no hay exageración en lo que he afirmado, copio en seguida los informes que mas arriba dejo menciona- dos subrayando aquellas partes que hacen resaltar ó confirman mis asertos. El Informe del señor Inspector del Hospicio de Insanos, en fecha 15 de Noviembre, dice así: Lima, Noviembre 15 de 1886. > En contestación al oficio que US. se ha servido pasarme con fecha 26 del pasado, referente á que le manifieste el es- r- tado en que se encuentra el Hospicio de Insanos que está hoy bajo mi inspección, por enfermedad del Inspector señor u don Juan F. Elizalde; daré á US. los detalles que he podido adquirir en los pocos dias que desempeño el cargo; no siéndo- me posible ampliarlo como desearía; en atención á que nece- ; sito concretarme á estudiarlo especial y concienzudamente para satisfacer los deseos de US.; sin embargo, le relaciona- ré á US., aunque lijeramente, el estado y el réjimen que se observa en dicho establecimiento. — 416 — Las prescripciones del médico son ejecutadas con puntua- lidad y esmero y los que no tienen prescripción, toman be- bidas según el deseo de cada insano 6 convenga á su es- tado. Respecto á alimentación, á las 10 a. m. se les dá un al- muerzo compuesto de media libra de carne, mas 6 menos, cortada en trozos pequeños, porque no se les permite el uso del cuchillo; una cantidad de arroz competente, con yucas camotes, papas y fréjoles, alternados, y dos panes de buena calidad, que equivalen á cinco de los que se expenden al pú- blico. La comida es á las 4 p. m., la cual se compone, con poca diferencia, de lo mismo que el almuerzo; pero todo, en mi concepto, de muy buena calidad y abundante; de modo que satisface las necesidades de esos infelices; al extremo de que siempre que piden la repetición de alguna vianda, se lea proporciona con solicitud. Una que otra vez se les dá huevos, y varias veces al año, gallinas y pichones que crian las madres y que experimentan satisfacción en obsequiarles. Es evidente, señor Director, que la alimentación sana y bien determinada, así como el esmerado aseo y orden que rei- nan en el establecimiento, son la causa del estado sanitario y favorable en que se encuentran esos desgraciados; manifes- tándolo el número reducido de enfermos que existen en el hospital, que hoy no pasa de seis de ambos sexos. El vestuario que usan es variado é inaparente. Algunas veces se les obsequia temos deteriorados del Ejército, que la; madres hacen teñir y componer, y sería necesario, á mi juicio, determiuarles uno igual para cada estación del año, como se acostumbra en los hospicios de insanos de Europa y como lo hacía antes la Beneficencia. El tratamiento necesita 6 merece una especial atención por mi parte; pero mientras me contraigo á estudiarlo minu- dosamente y por los informes recibidos, me es satisfactorio manifestar á US. que el médico Doctor Ulloa, tiene, además de su competencia, la práctica de estas enfermedades de 28 años, que hace sus visitas con regularidad y que los medica- mentos que administra, están en consonancia con la fama de que goza, produciendo siempre los mejores resultados, como lo revelan las estadísticas. Los baños comunes, de ducha y de camiseta que se acos- tumbran, están en relación cou el esjado de enagenacion de — 417 — los pacientes. El primero se les aplica á los mansos que lo aceptan pacíficamente, y los segundos, á los furiosos, que les sirve de calmante; pero comu me considero incompetente para juzgarlos, he pedido informe al Doctor Ulloa, como me lo in- dica US. en ?u citado oficio, quien científicamente explica su aplicación y los resultados que produce, en el informe ad- junto. He podido observar, señor Director, los graves inconve- nientes que se presentan d primera vista, respecto de lo re- ducido del local, que soporta hoy 230 enfermos de ambos sexos. Los dormitorios en su mayor parte son poco ventilados y en uno se nota mucha humedad. Las camas son cómodas, asea- das y con colchones de lana y de paja, según la condición del que la ocupa. En las habitaciones que están dedicadas á los furiosos, hay necesidad muchas veces de colocar tres; y como no es posible dejarlos en libertad por estar en esa condición, se les pone la camiseta, 6 se les acuesta en camas de fuerza, em- pleadas en todos los Manicomios. Hay algunos á quienes es necesario conservar dia y noche con esposas, porque tienen la manía de evadirse; pero como no puede dedicarse un sirviente á cada uno, que observe has- ta sus más mínimos movimientos, se hace indispensable esa medida. Hay otros que tienen la manía de dar de patadas y mal- tratan á sus compañeros, con los cuales se emplea igualpro- cedimiento; pero se modificarían esas precauciones si el local estuviera preparado para alojarlos separadamente. Estas indicaciones merecen que US. las tome en conside- ración y las medite para que trate de aliviar en cuanto sea po- sible á esa parte infeliz de nuestra sociedad. La comisión que se nombró por la Junta Directiva, con el objeto de estudiar las condiciones del local é informar res- pecto de las mejoras que podrán introducirse, no ha podido reunirse; porque se están practicando algunos estudios preli- minares y espero que pronto dará término á su cometido. Con estos lijeros apuntes que dejo consignados, señor Di- rector, manifestando las condiciones en que se encuentra el Hospicio de Insanos, creo haber cumplido con el encargo con que se sirvió US. honrarme. 53 — 418 — INFORME DEL MEDICO. Señor Inspector: Aunque de conformidad con lo ordenado por al señor Di- rector de Beneficencia, en el presente oficio, relativo á las acusaciones hechas en el periódico El Sol por el señor Don Carlos Paz Soldán, que en calidad de insano ingresó y fué asistido en el establecimiento desde el 21 de Octubre del año próximo pasado hasta el 27 de Enero del presente, debía li- mitar mi informe pedido por esa Inspección, á la parte fa- cultativa de los citados cargos, en un establecimiento como el Hospicio de Insanos la parte facultativa lo comprende to- do. Desde el local hasta su disciplina y la ejecución de su servicio todo constituye un medio de existencia médica y to- do debe estar sujeto al facultativo que lo dirije. Esto me ha cabido muchas veces el deber de manifestarlo, solicitando, al efecto de la Honorable Sociedad de Beneficen- cia las correspondientes reformas en este sentido, que en algo tal vez habrían remediado y prevenido los defectos que se we- nen notando hace tiempo en la organización y servicio del asilo de insanos. No son, ni pueden ser ciertamente, los infortunados que son recibidos y asistidos en él, los que pueden darse bien cuen- ta de ellos; porque ni lo permite su estado mental, ni pueden tener bastante libertad de espíritu para juzgarlos, desde que su enfermedad los hace estar prevenidos en contra de cuanto medio de tratamiento, de orden 6 de disciplina del estableci- miento se emplea contra ellos 6 ven emplear con otros des- graciados enfermos como ellos. Los que han tenido motivos para observar y estudiar lo que pasa en los asilos de los enagenados, saben lo que im- portan sus acusaciones y sus quejas muchas veces, que en ocasiones podrán tener algún fundamento; pero que á oírlos habría que convenir que no les presta la menor asistencia. Unos dicen que no comen porque no se les dá alimento; otros que no duermen porque no se les deja solos 6 porque quieren estar acompañados; otros que el baño les hace mal; otros que no se les dá los* medicamentos que les ordena el médico, cuando se obstinan en no tomarlos; y sería no aca- bar hacer la enumeración de todas las quejas que contra el Servicio y los encargados de él, les sujiere su trastorno — 419 — t mental 6 su obstinación para no consentir en la aplicación de ningún medio de tratamiento. Esta líjera observación bastará para que el señor Director de Beneficencia pueda explicarse el origen de los cargos con- tra la casa de Insanos, que lo que pueda haber de cierto ya lo tiene manifestado el señor Director, así como puestos en práctica los medios de remediarlo. Como lo ha establecido el señor Director, el punto de par- tida de todos los inconvenientes y defectos de que se reciente el servicio tanto hospitalario como facultativo de nuestro Ma- nicomio, es su local; mientras no reciba las reformas necesa- rias no permitirá se preste una asistencia higiénica y médica como lo exijen los progresos de la ciencia. Por estas desventajas del local no se ha establecido la con- veniente separación entre las diferentes clases de enagena- dos, no se les puede mantener en el aislamiento conveniente según su estado y hay necesidad de emplear medios de con- tención y disdplina que ya estarían abandonados. Por la misma razón los baños no pueden administrarse tampoco en la forma mas conveniente, ni la vigilancia, así có- moda observación médica puede efectuarse como sería de de- mar. Todos estos inconvenientes, de que las autoridades del es- tablecimiento se han dado siempre cuenta, y que la escasez de los recursos de la Beneficencia no ha podido remediar, pe- ro remediará pronto, no teniendo sin embargo el carácter, que en su estado mental, al observarlos, ha podido atribuirle el autor de los cargos, que han llamado la atención del señor Director. Que el alimento sea insuficiente, esa Inspección que lo vé administrar con frecuencia puede desmentir el cargo; agre- gando, por mi parte que los extraordinarios que prescribió, por estado especial de muchos enagenados, jamás dejan de administrarse también, incluyendo algunas sustancias ali- menticias y bebidas caras, como las peptonas, la carne de chancho, la leche y los vinos tónipos. La administración de los medicamentos nó se reciente tampoco de falta de ellos; pues se dá á los enfermos los que son ordenados por mí, y lo único que se podrá ordenar á este respecto, es no disponer de los medios de administración for- zosa, como para la alimentación, que la Beneficencia tiene ya, pedidos á Europa, á solicitud mia. — 420 — Respecto á las visitas médicas, ellas se practican con la re- gularidad y la forma establecidas en el reglamento; y si solo se puede echar de menos la guardia nocturna del practicante, es por que el local no permite darle por ahora el alojamiento correspondiente. Esta será una de las primeras reformas que se establecerán próximamente. ha, forma de los baños que tanto impresionan á los enfer- mos á causa de su estado nervioso es la ordinaria en los esta- blecimientos de enajenados; para lo que se dispone un estan- que, cuya agua se conserva limpia y renueva diariamente y una sala de baños, con las tinas apropiadas para el baño de los locos furiosos, modelo de los Hospicios de laASalpetriere de París, que no causan daño alguno al paciente, sino mas bien son para precaverlos de ellos, por falta de conocimiento son juzgados á veces como castigo por los enajenados. Esto mismo sucede con los baños de ducha ó con los de ca- miseta, que se aplica á los locos furiosos los que por la cir- cunstancia de administrárseles, cuando en sus accesos han consumado algunas violencias, son tomados también por los mismos pacientes ó por compañeros como castigo también, no siendo sino un medio de curación. Viniendo ahora al trato y á la vigilancia de los guardia- nes, varias veces he manifestado I03 vacíos á este respecto, originados de no ser los guardianes en número proporciona- do á la población de enfermos, ni poderse encontrar siempre dotados de todas las cualidades que serian de desear, dada la pequenez de la retribución que puede darles la Beneficen- cia. Pero durante los últimos años ha tenido la fortu- na el Manicomio de poseer un buen personal de guardia- nes, que no dan motivo de queja, y que ejercen sus respecti- vos cargos d satisfacción de sus superiores. No diré de los enfermos, porque quien los ha observado sabe que ellos, como la misma familia, son el objeto de su desagrado y animad- ver&acion, porque en su trastorno mental, los juegan como sus carceleros ó sus verdugos, desde que les impiden entre- garse á todos sus desordenados actos, y los obligan á mode- rarlos y á recibir los medios de tratamiento ó de asistencia prescriptos por el médico. Para evitar sin embargo, cualquier abuso así como para sistemar y perfeccionar este servicio, tengo propuesta la creación del cargo de un inspector ó vigilante superiorl que vele sobre los demás y que sé encuentre bajo la autoridad del — 421 — médico en jefe, para que la asistencia de los guardianes se verifique conforme sus prescripciones. Estas reformas, como otras destinadas á la mejora del lo- cal y del servicio médico, disciplinario y administrativo del Manicomio, han sido objeto de las Memorias que tengo pre- sentadas, y ellas serán consideradas y resueltas por la comi- sión creada por la H. Sociedad de Beneficencia y que ha dado principio á sus importantes funciones. Esta creación confirma el celo de la Sociedad por mejorar la condición de los desgraciados insanos, objeto de su cons- tante solicitud, que tiene acreditada con la fundación del ..Manicomio en 1859, que trocó la suerte de esos desgracia- dos, realizando en ellos una verdadera redención, que no ha sido bastante valorizada por la generalidad, pero sí por los que saben lo que eran las loquerías hasta esa memorable época. Lima, Noviembre 10 de 1886. José Casimiro Ulloa. Me reservo los comentarios sobre los informes para > el siguiente capítulo. CAPITULO XXXIV. En el curso de estos estudios, que como digo, he publicado en forma de Folletín en el periódico que he fundado y dirijo «El Sol.» los hechos que iba ponien- do en evidencia y dando á conocer al público, moti- varon el que el Director de la Sociedad de Beneficen- cia Pública de Lima, bajo cuyo cargo y administra- ción se encuentra el Hospicio de Insanos, pidiese infor- me al Inspector de ese Hospicio, sobre los hechos re- latados por mí; como no se ha publicado el oficio citado, no conozco los términos en que ese informe se pidió; pero el evacuado, que se publicó, lo he reprodu- cido en el capítulo anterior. Desgraciadamente en el informe que el Sr. Inspector del Hospicio pidió al médico del establecimiento, no se limitó éste á esponer ó defender sus teorías, méto- do curativo ó como quiera llamarles, circunscribiéndo- se á una refutación, sin tocar para nada á las perso- nas, conducta que habia observado yo hasta el mo- mento en que apareció lo publicado de los informes, sino que ha procurado desvirtuar la verdad de mis observaciones, valiéndose de un argumento que aua en el supuesto de ser cierto, no por eso destruía la rea- lidad de lo que pasa en el Manicomio; pero como ese argumento tiende á perpetuar el diploma de locura con que sus colegas, mis médicos de consulta, me otorga- ron, haciendo suyas además las opiniones de éstos, ape- sar de que él ni me asistió desde los primeros dias, ni — 423 — me reconoció después, me he visto precisado mal de mi grado, á casi personalizar la cuestión en mis últimos ca- pítulos, puesto que tengo el mas perfecto derecho de probar el error médico cometido conmigo y después deliberadamente mantenido por el médico Sr. Ulloa, según se colije del informe que indico, para borrar para siempre el estigma de toco ¿y qué clase de loco? Loco de Manicomio! Sirva esta líjera explicación de satisfacción que doy al público y las corporaciones científicas á quie- nes someto estos estudios, borrando así la mala im- presión que siempre causa toda discusión en la cual se hace entrar á la personalidad mas allá de donde es necesario para el fin noble ó científico que se persi- gue. Poniendo esto en mira, paso á comentar los in- formes que dejo publicados, para alejar la mas leve \ duda que pudiera abrigarse respecto á la verdad de mi narración. El Sr. Inspector del Hospicio no ha podido ser muy extenso; muchos puntos ha dejado sin tratar, esto es ¿disculpable, pues declara que «son pocos los dias que desempeña el cargo» y para emitir un informe ampliado como lo desearía, necesitaba concretarse á estudiarlo especial y conciensud amenté; pero para satisfacer el deseo del Director de Beneficencia lo emite, aunque / Iberamente, sobre el estado y el régimen que se obser- va en el establecimiento. Ante una declaración tan esplícita, tan leal y franca, todo comentario, toda re- futación que se haga, tiene que ser benigna, pues no puede esperarse que un informe bajo tales condiciones sea perfecto, pero lo que á primera vista resalta es que no desmiente uno solo de los hechos que había indi- cado. _. , Voy punto por punto comprobando todo—Ince el informe, que se dá á los locos un almuerzo compuesto de media libra carne mas ó menos, cortada en trozos, porque no es permitido el uso del cuchillo, arroz, yuca, — 424 — camotes, papas y fréjoles alternados, y dos panes de : buena calidad, que equivalen á cinco de los que se ex- penden en el público. La comida es igual, y á juicio del Inspector, de buena calidad y abundante; que una que otra vez se les dá huevos y varias veces al año gallinas y pichones que crian las madres. Yo he asegurado lo mismo; pero haciendo distincio- nes entre los locos pensionistas y los locos infelices; so- lo hay en la parte de alimentación una discrepacion, en la cual ambos sin embargo tenemos razones. El Sr. Inspector ha visto que se daba media libra de car- ne por persona, y que el alimento lo conceptúa de muy buena calidad y abundante. Yo he dicho que el que tomaban no era muy abundante. El Inspector se refiere á lo que vio en Noviembre 1886, después de mis revelaciones, yo hablo de lo que vi y observé diariamen- te durante cerca de cien dias, un año antes, y si hoy se dá tan buen alimento á esos seres desgraciados, es un consuelo el que aparezca en esta parte desmen- tido mi dicho, porque veo que algo voy consiguien- do, y para, que mi lector juzgue de la verdad de mis observaciones entonces, he aqui una lijeritacita oficial y un pequeño cálculo que pone á todos en su lugar, á mí como verídico y al Inspector también. Tomemos la colección de «El Peruano,» boletín ofi- cial, último semestre, allí se publican los ingresos y egresos de las Beneficencias Públicas; en los números 23,25 y 28 correspondientes al 25 de agosto, 1 y 10 de Setiembre de 1886, encontramos esos documentos que comprenden los meses de Mayo, Junio y Julio últi- mos que se han publicado hasta ahora. El consumo de carne abonada á Betmalle hermanos, y que ha sumi- nistrado carne al Hospicio de Insanos por cada uno de esos es de 248 soles en el primero; 240 soles en el segundo y en el mes último de Julio, la partida está sentada así:—Pagados á Bertmalle hermanos por 1550 libras de carne de vaca, que ha suministrado. — 425 — en el presente mes 248 soles. Según el informe de que me ocupo; hay 230 locos, de los Cuales solo 6 estaban enfermos. En el Hospicio comen todos los empleados y el personal que no baja de 24 personas, por consi- guiente las 1550 libras mensuales se distribuían has- ta Julio último de 1886 entre 250 personas, lo que dá la cantidad de tres y tercia onzas diarias por cabe- za, pero como es natural y así es el hecho, los em- pleados y los pensionistas recibíamos una cantidad mayor, pudiendo decir que en ellos se empleaba mas de veinte libras diarias, tendremos que para los demás locos, la proporción de carne es nula. Por con- siguiente, no puede haber buen alimento sin carne, tratándose de personas delicadas, y mas cuando según lo que conmigo me prescribían, y es la base del trata- ' miento, debia reponerme y engordar, para estar bueno, para que se me diera de baja de allí. En cuanto al tratamiento médico, no puede el Sr. Inspector dar otro informe que lo que le dicen los que ha recibido, mientras no lo estudie minuciosa- mente. La salubridad del local no la atribuye á otra causa que á la alimentación sana y con regularidad da- da, porque á eso equivale la frase de «bien determina- da» y al «esmero en el aseo y orden que reina,» lo que también he dicho. Cree que la circunstancia de haber estado allí al frente del local durante 28 años, el médico Sr. Ulloa, es prueba de su competencia. Asegura que las visitas se hacen con regularidad.— En esto discrepamos, podemos ambos tener también razón; hablamos ambos de épocas distintas. Hoy será así, antes nó. El Dr. S...C...dejaba varios dias de ir. EraelDr. C....el que iba diariamente; pero una sola vez, y no conforme al reglamento del Hospicio de In- sanos, que ordena que sean dos veces al dia las que vaya el médico en jefe. A este respecto también ten- go el gusto de ver que mis revelaciones han produci- — 426 — do mejoría para los infelices locos mis compañeros de presidio, desde que dos veces siquiera verán al médi- co del local, y los medicamentos se distribuirán mejor. Llega el Sr. Inspector á los baños de locos: aquí su declaración también es corroboradora de mi dicho, los hay comunes, de ducha ó lluvia y de camiseta, agre- ga que los primeros se aplican á los mansos, pero los segundos á los furiosos que les sirve de calmante!—pero como se considevaincompetente para juzgarlos, pidió in- forme al Dr. Ulloa. Si el Sr. Inspector presenció la apli- cación de los últimos, realmente, su clara inteligencia hizo que no comprendiese su beneficio, necesitaba una explicación del que ordena su adminitracion para po- der decir algo—que son calmantes poderosos, no cabe duda; como eran calmantes, el potro, la rueda, él brase- ro, las tenazas y demás utensilios y aparatos de que se servia la Inquisición para calmar la inteligencia y la razón humana. En cuanto á los dormitorios, asegura que son poco ventilados y uno con mucha humedad; lo mismo he in- dicado, la misma observación he hecho y he dado la causa y la razón. Otra vez encontramos confirmada por el Sr. Inspec- tor una crueldad que he denunciado, dice—«Hay al- «gunos á quienes es necesario conservar de dia y de no- «che con esposas, porque tienen la manía de evadirse.» Cierto, así es, y para no quitarles los grillos tienen pantalones abotonados á todo lo largo de las piernas; pero esos infelices presidiarios, condenados por la Ciencia Médica de veinte y ocho años de experiencia, á cadena perpetua, son tan cuerdos como yo, como mi lector y mas que quienes los creen locos. Ya he ex- plicado el origen de la llamada manía evasiva, y lo que respecto á ella dicen médicos de reputación universal y autoridad en la materia, por consiguiente es un cas- cólo que allí sufren, lo que también está opuesto al reglamento del local. — 427 — Concluye el Sr. Inspector su informe diciendo que sus indicaciones merecen ser tomadas en consideración, y me- ditadas para que se «trate de aliviar en cuanto sea posible» á esos infelices. En estas frases encierra un mundo de acusaciones el Señor Inspector; no se atrevió á decir de plano y con firmeza lo que vio, no por temor, ni por falta de honorabilidad, sino porque como solo muy pocos dias hacia que desempeñaba el cargo y eso inte- rinamente, cesando después en él; le acontecería lo que me pasó á mí, que á pesar de que estaba viendo todas las cosas que sucedían en el Manicomio, creia estar soñan- do, creía haberme equivocado, y me fué necesaria la experiencia diaria de cerca de cien dias y la atención solícita y repetida en cada cosa, para no dudar de la realidad que mis sentidos palpaban ¿Cuantos suce- sos hay en la vida que nos parecen cuento, sueño ó pesadillas, no obstante de haber sido en ellos actores ó testigos? Cuando escribo estos estudios, ya lo he di- cho antes, suelo dudar, suelo trepidar, pero con un momento de reflexión, con un momento de despertar del espanto, de la indignación en que á uno le sumen los sucesos, la realidad se palpa cruel y amarga. Si el informe del Sr. Inspector del Hospicio de In- sanos de Lima, corrobora mis revelaciones, el del mé- dico Sr. D. José Casimiro Ulloa las aclara y confirma mas. Dice que desde el local hasta su disciplina y la eje- cución de su servicio todo constituye un medio de exis- tencia médica» que muchas veces lo ha manifestado así á la Sociedad de Beneficencia, solicitando las cor- respondientes reformas, que con algo tal vez habrían pre- venido y remediado los defectos que se vienen notando hace tiempo en la organización y servicio del Asilo de In- sanos.» Cofesion de parte releva de prueba. El médico en Jefe del Hospicio reconoce y prueba que hay nece- sidad de reformas y que hay defectos hace tiempo en la — 428 — organización y servicio de ese establecimiento. Eso mis^ mo he dicho yo y puntualizo y detallo esos defectos uno á uno; los ha detallado el S. Dr. Manuel A Mu- ñiz, hay pues acuerdo completo en los tres, con la cir- cunstancia que al loco Paz Soldan,hay que creerle mas que á los cuerdos Muñiz y Ulloa, porque «los locos y los niños dicen la verdad.» La razón es clara. El loco no tiene por que temer al decirla, porque quien la dice es respetado siempre; mientras que los cuerdos sus moti- vos suelen tener para callarla, como en el caso presen- te: el uno fué interno del asilo y descubre ciertos de- fectos, pero en cuanto á otros guarda silencio, este es el Sr. Muñiz, si es que en su tiempo existían; pero el otro es el actual médico del local, y no puede jamás declarar que no se sabe dirijir ó tiene un mal método curativo, no es posible ni debe exijirse tanto á un hombre, sinembargo, la pluma se le vá, como se dice, y hace una declaración bien definida y bien clara: «Hay defectos en la organización y servicio del lo- cal»—confirma mi dicho. Mas adelante sigue amplian- do esta declaración—«que mientras no reciba el local las reformas necesarias, no permitirá que preste una asistencia higiénica y médica como lo exigen los pro- gresos de la ciencia.» Bravo! Luego hay falta de higiene, falta de asistencia médica**. Eso he asegurado yo y lo detallo también, y para que mi dicho no carezca de la mas amplia confirmación ha agregado que esas asis- tencias, la higiénica y la médica no están á la altura de los adelantos del dia! Esto solo basta para dejar plenamente probada la exactitud de mis observaciones, pero como aun hay otros puntos, en este informe, que merecen una lijera recorrida prosigo mis comentarios. No obstante las declaraciones tan latas, confirmati- vas de mis asertos, de mis revelaciones y de las de- nuncias que hago, agrega á renglón seguido «no son, ni pueden ser ciertamente los infortunados que son — 429 — recibidos y asistidos en el Hospicio, los épie pueden darse cuenta de los defectos que hay allí, no tienen bastante libertad de espíritu para juzgarlos.» Distinga- mos Sr. Dr. Ulloa, algunos sí, otros no; yo he dado cuenta de ellos; y tan*es así que U. no lo puede negar, y confirma lo que digo; antes que yo, el Dr. Muñiz ha dicho á U., fíjese bien Sr. Ulloa, á usted dedicó su trabajo que acá he reproducido, en el cual enrostraba muchas de las faltas, que yo he puesto en trasparen- cia, y ese médico, no fué presidiario del Manicomio, no fué uno de esos infortunados que usted recibe; era ün ayudante de usted, era su practicante; sí, su practi- cante, que no tuvo embarazo para decir que el estacio- narismo del Hospicio era un crimen, una falta.........«y que no merecía ni el nombre de Hospital de Insanos» Sin embargo á él no ha podido U. llamarle loco, ni menos desvirtuar sus asertos, con decirle, como lo hace U. conmigo, «que mi estado mental no me permite» juzgar los hechos, ni tienen el carácter que les atribuyo. " Somos dos contra U. y luego todos los que lean estas líneas los que estaran conmigo también; muy cierto es que los infortunados que están en el Hospicio, mientras están allí no tienen libertad de espíritu por que con los baños de tormento les quitáis hasta el úl- timo átomo de razón y de voluntad, para convertirlos en autómatas, y la libertad qi'e quitáis al espíritu pro- - duce el idiotismo y la verdadera demencia, porque al \ infortunado habitante del Manicomio, se le considera como cosa, perdiendo para vosotros, los médicos de allí, todos los atributos y los respetos que el hombre como ser mejor dotado en la naturaleza sobre los de- \ mas se merece y como los tiene hasta el criminal de un " V^ presidio de trabajos forzados. Asegura que la alimentación es suficiente y que hasta extraordinarios, como ciertas sustancias alimen- ticias y bebidas caras, como peptona y carne de chan- , cho leche y los vinos tónicos jamás dejan de adminis- — 430 — trarse. Puedo asegurar que en mi época, nada de esto ha sucedido, aun mas, se me concluyó la peptona que para la dispepsia que sufría mandaban de mi casa; pedí me dieran en el Hospicio, njientras mi familia me remitía la que volvía á pedir, y no habia tal medica- mento allí: que esto es evidente, no cabe duda; el señor Doctor Muñiz, que no es loco ni la ciencia médica le ha otorgado ese diploma, lo dice también.—«La Bo- tica necesita una seria reforma.—No se encuentra en ella multitud de preciosos agentes medicamentosos de inestimables alcaloides, de específicos y es- pecialidades mas reputadas, que solo se dan á* los in- sanos en el caso de que los traigan las familias; lo que no es justo porque el pobre y el rico tienen dere- cho á gozar de sus benéficas propiedades: al uno por «humanidad y al otro por obligación.»—Por lo demás he demostrado que no se daba al Insano ni siquiera carne de vaca! En cuanto á las visitas médicas asegura que se prac- tican con regularidad y en la forma establecida en el re- mento; y si solo se puede echar de menos la guardia nocturna del practicante es gorque el local no per- mite darle por ahora el alojamiento correspondiente.— Ya he dicho que durante mis dos plagios en el Mani- comio, no era exacto eso, no hacia el médico las dos visi- tas diarias que «cuando menos» debe hacer según el ar- tículo 6 5 del Beglamento del Hospicio. En cuanto al aban- dono de todo servicio médico durante la noche, queda plenamente comprobada mi denuncia; pero disculpando el hecho, con falso supuesto, cual es la carencia del lo- cal para el practicante, y sin embargo, hay local, un precioso cuartito, que se dá al jardinero! Las flores mere- cen mas atención que los hombres! Cuartito que yo va- rias veces lo pedí á la Superiora, para estar cómodo y como debe estarlo un pensionista que paga 60 soles de plata mensuales. Antes habían departamentos para esta clase de pacientes, pero no sé porque se habrán su- — 431 — primido. Ya verá el Dr. Ulloa que en mi estado mental he apreciado lovque él, en su estado mental ha tenido que confesar como una cosa real y evidente. Llegamos á la parte del informe que se ocupa de los baños, y sobre los cuales el señor Inspector del Hos- picio, se «consideraba incompetente para juzgarlos» Dice el señor Dr. Ulloa que la forma de los baños, im- l presiona á los enfermos, por causa de su estado nervio- so; que es la que se acostumbra, que no causan daño, sino que son mas bien para precaverlos de ellos, pero por falta de conocimiento de los enajenados son juzgados co- mo «castigos». Desde luego no puede menos de aceptar el señor Dr. ¡ Ulloa, que revisten esos baños, ó su forma, los carac- teres necesarios, para que sean juzgados como de «casti- tigo» por el que no tenga conocimiento ó sepa su ob- jeto. Aceptaré esta disculpa; pero si esto es así, y re- conoce que un «paciente» está en un «estado nervioso» que á tal consecuencia puede conducirle, esa condición, la misión del médico, de los encargados de cumplir sus \ preceptos, es explicar al «paciente el objeto» que se persigue al darle un baño de tina, que es á los que es- ' te párrafo se refiere; revestir ese «remedio de todas aquellas formas que lleven el convencimiento de eso al enfermo, y cuando este dice, «yo haré lo que se desea, pero déjenme en libertad de acción, para así recibir ese medicamento», darle gusto; sucede lo contrario; se lie - va al infeliz á ese cuarto, rodeado de cinco hombres, hablo de una persona como yo y como otros que, sin «oponer la menor resistencia», eramos conducidos co- mo mansos corderos, se le trata con aspereza, no se con- \ siente nada, y se le amarra, se le sujeta y se le apli- ca el tormento, es decir el «remedio», sin misericordia; creo que razón mas que suficiente hay, no solo para creer que es un «castigo» el que se impone, sino para ¡ asegurar como lo aseguro yo, que no es otra cosa; y que • hoy para eludir responsabilidades, se pretende desvir- — 432 — tuar ese atentado contra la «humanidad» suponiéndolo método de «curación» y de «prevención de males». Y si las tinas que usan en el Manicomio de Lima son se- gún el modelo de los Hospitales Salpetriére de París, el método curativo de este Hospital, no es el que sirve de modelo al de Lima; muy distante está de ello. Esto mismo sucede—agrega, con los baños de ducha ó con los de camiseta, que se aplican á los locos furio- sos, los que por las circunstancias de administrárseles, cuando en sus accesos han consumado algunas violen- cias, son tomados también, como castigo.» Hé aquí otra declaración esplícita como hay pocas, estos inicuos baños se aplican á consecuencia de vio - lencias que consúmanlos infelices locos, es decir, son el castigo por la violencia cometida. La Policía aplica los reglamentos del ramo, á los que cometen actos que la ley reputa de violencias contra la moral ó el orden in- terior; los jueces sentencian á los hombres á cárcel, á presidio, á Penitenciaria y hasta al patíbulo; á aque- llos infelices que cometen violencias contra las leyes divinas y humanas, son métodos curativos á la usanza de los del Manicomio de Lima, que emplea el Dr. Ulloa, que ademas de confesar que son de castigo, cae en una inconsecuencia; á mí me tilda de ser inca- paz por mi estado mental de apreciar las cosas, pero confiesa que los locos furiosos pueden apreciarlas, desde que creen que esos baños son castigos. La calidad de baños de castigo, como son los de ducha y los de camiseta, queda comprobada con lo que yo he sufrido en las dos veces, no por "estar fu- rioso" condición que asegura el Dr. Ulloa ser necesa- ria, porque sabe y le consta no lo estaba, ni nunca lo ne estado sino en la mente de mis médicos de Mani- comio, para asustar á mi familia, para aislarme de ella, para obligarla, sabe Dios, á qué,......en todo caso para evitar que se descubriese, en ese entonces, el — 433 — "error médico" y la ligereza de los diagnósticos. La vez primera los sufrí, cuando por orden del Dr. S....C... se me plajio por segunda vez, y con ese "ba- ño de camiseta," se me sometió á un "interrogatorio," y la segunda vez, cuando se me volvió á apresar en las calles públicas, y se me hizo jurar, sometido al tra- tamiento curativo del Dr. Ulloa, que no me volvería á escapar. No sé que autor de medicina, á no ser este médico, dirá que es método curativo "exijir" una de- claración al enfermo, ú obligarle con un juramento á que no se evada de un presidio; además, desearía que se me citase el autor moderno, que prescribe el "baño de camiseta" como "remedio" y cual el efecto "curati- vo" fuera del que produce todo tormento. Así mismo, donde está la cordura del médico de un Manicomio, que á un loco furioso tales cosas exije? Cuando se trata de oscurecer la verdad, se llega á las inconse- cuencias que dejo anotadas, ó las contradicciones que resaltan á la vista de toda persona imparcial. Terminaré estos comentarios, ocupándome de los guardianes del Manicomio. El Dr. Ulloa asegura que "varias veces ha manifestado los vacíos á este respec- to".....,"no poderse encontrar siempre dotados de to- das las cualidades que serian de desear." Estas pre- misas conducirían á que él hubiera, con mi testimo- nio, corroborado sus indicaciones, pero lejos de eso lo rechaza y sostiene á esos guardianes. ¿Por qué? No me seria difícil decirlo; pero no viene al objeto.—Dice que "durante los últimos años" ha tenido la fortuna "el Manicomio de poseer un "buen personal de guar- dianes," no dan motivos de queja y que ejercen sus "respectivos cargos á satisfacción de sus superiores." Es decir de él. ¿Entonces que "vacíos" ha manifesta- do el Dr. Ulloa, ni que otros guardianes, ni que otras cualidades faltaban en ellos, desde que durante los , últimos aííos son espléndidos; ni buscados con candil? La primera parte de su observación excluye la segun- 55 — 434 — da; porque si hacen años todo es bueno, bastaba decir lo segundo; y no buscar "disculpas," escudándose con que él ya habia indicado tantas veces los defectos á este respecto. La verdad ha vuelto á arrastrar la plu- ma de este médico, sin pensarlo, porque tal es la fuer- za que ella tiene. Yo me refiero á acontecimientos del año de 1885. El informe á que alude el Sr. Dr. Ulloa es el que pasó á mediados del año de 1884 publicado en la "Crónica Medica" números 6 y 7, en él pone á los guardianes como son y propone para vijilarlos un guardián ó inspector de ellos; de suerte que los últi- mos años de buen personal de guardianes, desaparece con el testimonio de Ulloa contra Ulloa, pues dice:—«Un cargo como el guardián de una loquería, además de cierta educación, requiere un natural dulce y benévo- lo, que no excluye la energía y severidad necesaria en los casos convenientes. Desgraciadamente, la di- ficultad de encontrar un personal de estas condicio- nes, es causa de que los guardianes sean tomados en ciertas clases, que no ofrecen las garantías necesarias para llenar dichos requisitos.»......«De aquí que en el tratamiento y cuidado de los enajenados, no se pueda impedir el abuso en el empleo de los medios de con- tención de los enajenados que se les confia, en los malos tratamientos, ni en la exactitud en la adminis- tración de los remedios,»—Más no he dicho yo. Véase pues como el "insano Paz Soldán," en todo lo que ha observado se encuentra de acuerdo con los cuerdos Sr. Inspector del Hospicio,» Médico en jefe de ídem Sr. Dr. D. José Casimiro Ulloa, y Dr. D.Manuel A. Muñiz y cuando hay tal acuerdo, lo que se despren- de es una vez mas la exactitud del refrán «los locos i los niños dicen la verdad;» así como la observación de un infeliz encerrado en una casa de Orates, que refi- riéndose á sus habitantes y á los de afuera decia «ni son todos los que están, ni están todos los que son.» CAPITULO XXXV. Continúo mi tarea para poner de manifiesto las er- radas creencias que la medicina abriga respecto á ciertos efectos, que se observan en las personas á quienes un diagnóstico médico há clasificado entre los seres faltos de razón, es decir, de locos. Es teoría médica, reputada como exacta, que las per- sonas locas oque padecen de esa enfermedad, aun en su estado sano ó de lucidez como se dice, adquieren los sentimientos de rencor y de resentimiento contra los que los cuidan y casi siempre contra las personas de su propia familia. Por esto es que se les aisla de ellas, y por esto es también que el médico en jefe del Mani- comio de Lima, en el informe que he copiado antes, al referirse á mis observaciones respecto á los vigilan- tes ó guardianes, dice: que cumplían á su satisfacción. «No diré de los enfermos porque quien los ha observado, «sabe que ellos (los guardianes) como la misma familia, «son el objeto de su desagrado y animadversión, por «que en su trastorno mental, los juzgan como sus caree- aleros 6 sus verdugos.»—Queda, pues, sentada de una manera definida esta teoría ó creencia médica. En esta vez vuelve á suceder lo que con la manía de persecución, con la evasiva, y con las otras manías que adquiere cuerdamente el infeliz calificado de lo- co por un error médico; no son el resultado de la locu- ra esas manías 6 creencias, sino el resultado fatal y ló- qico del tratamiento médico; es el error, la falta de — 436 — observación ó la ignorancia de lo que es la locura. Mi lector está al cabo de todo lo que conmigo se ha he- cho y el régimen curativo á que se me sometió por los médicos. ¿Cual era la impresión que al principio exis- tia en la mente de mis lectores? No he encontrado uno solo que no me preguntase—«Pero amigo Paz Soldán ¿qué hacia su familia? ¿Por qué le dejaron abandona- do así?—Es decir, que el público sin estar loco, sin tener trastorno mental, porque entonces ignoraba to- dos los hechos y las causas, sentía cierto desagrado, cier- ta animadversión contra mi familia, y hoy contra los guardianes y contra mis médicos. Esto llegaba á tal es- tremo, que los amigos sinceros me decían—"Con su «publicación puede U. dañar á su familia, pues ella ««se ha manifestado indolente con U.; se lo prevení- amos, para que conozca U. la manera como apreciamos «nosotros y otros las cosas.»—Como yo sabia hasta donde iba dirijida mi publicación, como yo empren- día la tarea de poner de manifiesto los errores médi- cos respecto á apreciaciones del estado patológico de la locura en los seres humanos, mi espíritu se ensan- chaba, mi fé crecía en el resultado que debia alcanzar, porque como yo conocía estas teorías médicas, veia, oía y palpaba que todo un público adquiría, por solo la relación de los hechos, ese odio, ese rencor, ese desagra' do y animadversión contra la familia y contra los guar- dianes y médicos, y que si esto sucedía y acontecía con el simple oyente, ¿con cuánta mas razón y justicia debia sentirla el paciente, la víctima, el reputado loco? Por eso mi contestación á esas personas era decirles, sonriéndome, pero con la sonrisa de la satisfacción interna—«No tenga U. cuidado—Siga U. leyéndome y verá U. como las cosas se aclaran y descubro los errores de la medicina, y que muchos actos humanos de los reputados locos, solo son debidos á los médi- cos: ellos son la causa: es el tratamiento que prescriben lo que vuelve al hombre loco. Mi familia saldrá inmacu- — 437 — lada.Ese es uno de los objetos de mi publicación,ya lo verá U. Los médicos causaron la locura en mi casa entre los mios, creando un terror inmenso bajo el supuesto fu- turo contingentede daños que podia causarle, y después.... se me aisló é incomunicó en el Manicomio para ocultar el error cometido, y quizás......por perseguir otros fines.» Esto en pocas palabras, era mi contestación. Hoy todas esas personas, esos amigos, han compren- dido que no ha existido tal abandono por parte de mi familia, sino por el contrario el mas vehemente deseo de mi curación, y que sacrificando todo, obedecían las prescripciones engañosas y falsas de los médicos, que aseguraban que las cartas afectuosas de mi espo- sa, la esplicacion de mi situación, las visitas de amigos y todo consuelo, lejos de serme provechoso, no obstan- te mi continuado pedido, según mis cartas de locura racional, producirían un retroceso fatal que me volve- ría loco insanable—¿Qué hacer ante lo que decia la ciencia médica de un médico en jefe de un Mani- comio, y de lo que otro, una encumbrada lumbrera de la medicina decían? No habia una sola persona que dada la situación en que todos estuvimos colocados, no hubiera procedido como lo hizo mi atribulada es- posa. Así lo decia ella á mi padre, en carta dirijida á Buenos Ayres—«Yo fui obligada por una junta médica para que se le pusiera en el Cercado.» Yo, lector mió, he esperimentado el rencor, la ani- madversión contra los mios; creo un deber de hombre de Í conciencia y un deber de humanidad confesarlo; yo re- cien salí para siempre del Manicomio, tenia el resenti- miento mas profundo en el corazón contra los mios, con- tra mis amigos de los dias de prosperidad que en los de desgracia creia que me habian abandonado; yo, Señores Médicos, con menos reflexión, menos calina y sm tener í la locura que vos llamáis Espiritista, hubiera abandona- do á mi familia, hubiera renegado de ella, causando mi propia desgracia y la suya; todo por vuestra causa, — 438 — vuestro error, ignorancia y quizá ó sin quizá iniquidad. A todos estos medios de dominio de mi espíritu, se agre- gó el brazo fuerte, el ser valeroso, enérgico y pruden- te, que vino á ser mi salvador—mi padre—que desde el cielo reconocerá hoy la efectividad de mis creen- cias, como ya llegaba en este mundo el convencimien- to ásu espíritu, al verme, al oirme y al leerme. Era él á quien tampoco se le habia dicho todo, porque to- dos lo ignoraban, pero á quien se pretendió hacerle vacilar su creencia en mi buen estado mental, pero no obstante la duda, que cual la esperanza rara vez desa- parece de la mente del hombre en ciertos aconteci- mientos, me decia cuando yo le abria mi corazón—«No hijo mió—cálmate; juzga las cosas con tu prudencia de siempre—No te ha abandonado tu familia—era tu enfermedad lo que te ha hecho concebir tales cosas»— Mas tarde cuando yo me ponia á narrar mi vida de loco, cuando le desoribia mil minuciosidades que iba analizando y que iba filosofando, comenzó ya á ver mas claro; entonces, ya no me decia que era mi enfer- medad la que producía esos sentimientos, sino que el error, el equívoco de la medicina eran los que habian producido todo el mal—por último, poco antes de en- tregar su alma al que de lanada lo formó, me dijo que era la iniquidad! El Espiritismo, esa ciencia sublime cuya divisa pue- de decirse que está encerrada en el nosee te ipsum: estu- dia tu yo; conócete; también me ha salvado de todo, es- collo; era ella la que me decia: "Los médicos son los causantes de todos sus males, pero la Providencia que todo lo norma, le hará á U. la justicia á que su cons- tancia le hace acreedor: sea U. justo y sea U. mas calmoso; nada avanzará U. con una separación injusta y muy perjudicial.» Era esa locura espiritista, Señores Médicos, la que impidió que yo cometiese un acto de locura que vendría á confirmar vuestras erradas teo- rías; fué esa locura espiritista la que dirijió mis inves- — 439 — tigaciones, la que me revelaba ciertas hechos para que con conocimiento de ellos buscase las pruebas mate- riales que convencen al ser materialista; ha sido la lo- cura espiritista la que me ha sostenido en toda mi vía crucis, en todo este estudio y la que pone de manifies- to la verdad de mis teorías y la existencia de los Espí- ritus; es esa locura espiritista la que me estimula á hacer el bien á la humanidad, sin la mira del lucro ó del honorario; es ella la que me ha descubierto los secretos del magnetismo ó hypnotismo, como queráis llamarlo, contribuyendo á sostenerle las fuerzas, en los dias de cruel agonía, á mi padre, ese fluido universal • con el cual he salvado de vuestros errados diagnósti- cos, de vuestras erradas teorías y de vuestro materia- lismo, á otro ser, á un hombre, á uno de mis seme- jantes de ir al Manicomio, porque su intuición, su creencia en el Espiritismo, lo hizo encaminarse adon- de mí, para que le curase, le instruyese y le salvase; hoy ese joven, que sometido á vuestra ciencia médica, 1 hubiera sido un desgraciado habitante del Hospicio de Insanos de Lima como lo fui yo, está curado, está libre de todo mal para seguir siendo uno délos buenos sóida* dos del Espiritismo. En otro trabajo, os daré datos, os daré los diagnósticos, el método curativo que he seguido y la comprobación mas auténtica de mis teorías. Es el 1 Espiritismo, el que me dirijió, cuando alguno délos mios ó de mis amigos, entre ellos un médico, tenia algún do- lor, que se lo apaciguaba, se lo quitaba, con solo un lijero acto de Espiritismo leal y sincero, un simple pase < como lo llaman los magnetizadores. También os daré l rázon de esos esperimentos, que cuidadosamente ano- to y registro en mi libro de apuntes y observaciones científicas de mi locura espiritista, cumo vos la calificáis. : Prescindiendo por un momento de cuanto dejo ano- '' tado, veamos con que fuerza de lógica y con que fuer- ; za de inteligencia y de razón llega á sentirse el desagrado y la animadversión á la familia. _ 440 — ¿Qué hechos y qué actos habia presenciado y de los cuales tenia pleno conocimiento? En mi primer plajio el abandono de la familia me lo esplicaba; por algún tiempo, me creia viudo; luego que sa- lí de ese error, fui sacado al poco tiempo; vinieron mis percances en la Punta y el Callao; al fin llegué á casa, en donde quedé en la condición del Lego del Convento, la sospecha de ser indolencia en mi familia su negativa á facilitarme mis cartas, mis libros y darme ciertas esplicaciones, no cabía; los amigos y amigas nos rodeaban, era imposible.—A loa" dos dias soy pla- jiado de nuevo, valiéndose de nuevos engaños, en cir- cunstancias que mi esposa abandonaba la casa, sin que yo ni pudiera atinar con la causa, y sin misericordia soy encerrado en el Manicomio.' Ya este abandono' en mi esposa, á quien habia pedido no me desamparase, hizo nacer cierto resentimiento. Allí en el Hospicio vuelvo á ser incomunicado; nadie de los mios viene á verme; nadie me dá esplicaciones de lo que pasaba con- migo—el abandono de mi familia adquiría consistencia. Mis cartas y súplicas son continuas para que me saquen, me espliquen el por qué de mi situación; solo obtengo el silencio, y cuando ya se me contesta, son lacónicas cartas, deseándome mejoría y que tuviese paciencia, que pronto saldría.—Li creencia en la in-■ dolencia y la indiferencia de mi familia se tenia que acentuar en mi mente—al extremo que ya comenzaba á ser mas seco en mi correspondencia, á manifestar- me mas resentido, insinuando conceptos muy cautelo- samente dichos, pero para mí muy sinceramente con- cebidos, por el mismo silencio, la misma indiferencia, el mismo aislamiento. Después el médico con «el poder su- premo» que me manifestó ser el causante de mi plajio, contribuía á aumentar la creencia en el abandono en que se me tenia. Mi ánimo ya estaba tan predispues- to á este respecto, como era muy natural, que un dia que fué mi fiel amigo M ..le recibí muy secamente; y — 441 — al ver que no me llevaba carta de mi familia, ni ave- rigüé por ella. Me limité á pedirle esplicacion del abandono en que estaba, en términos apremiantes, pre- cisándolo á una contestación; vióse tan estrechado por mí, que obedeciendo á la consigna médica, tuvo que decirme—«no puedo decírselo, estoy comprometido á guardar silencio» «Su padre vendrá y le sacará»—¿Por qué nó mi familia? contesté.—Un silencio profundo fué su contestación, con lo cual se acentuó mas la fal- ta de solicitud en la familia. Mi raciocinio era claro: «si mi padre puede sacarme de acá con la seguridad con que se me dice; ¿porqué no lo hace mi familia? y si no puede ¿por qué no se me indica la causa?— Luego en vista de todo, estoy abandonado.» ¿Habrá uno solo de mis lectores, que en mi situa- ción hubiera creído cosa distinta? ¿Habrá un solo hombre que no piense como yo pensaba? Sin duda que no. Mientras tanto, estos sentimientos lógicos y cuerdos, porque la humanidad no puede juzgar las co- sas sino por lo que vé ó safo, son reputados como caracte- res de locura, síntomas de locura, por la Ciencia Médica; porque ésta suele con muchísima frecuencia prescindir de las circunstancias remotas ó próximas que rodean á un paciente ó á un hombre colocado bajo su poder. Estas sensaciones de sentimientos se prolongaron al- gunos dias mas después que salí, porque los pronósticos de la Ciencia Médica seguían ejerciendo su maléfica influencia entre los mios.. El terror de ser degollados ó estrangulados por mí no desaparecía; á lo que contri- buía además, debo ser verídico, las reconvenciones que hacia á los mios por el abandono en que supo- nía me habian tenido. Nadie quería contradecirme ni darme todas las esplicaciones del caso, por seguir guardando y observando las prescripicones médicas, evi- tándome una recaída ó el exaltar nú furor y mis ins- titítos de asesino que la Ciencia Médica habia pronos* ticado tendrían su explosión fatal! 56 — 442 — Después de lo que he dejado narrado en el curso de este estudio y de las lijeras observaciones que prece- den. ¿Habrá una sola persona que pueda atribuir, la manía del desagrado y animadversión á la familia co- mo producto de la locura? Estoy seguro que no: Vuel- vo á describir esta manía por propia observación, por propia experiencia. El tratamiento médico produjo en raí el rencor contra los mios, que me pudo llevar muy le- jos:—rencor que siguió germinando aun después de salido del Manicomio, en virtud de los diagnósticos y pronósticos médicos respecto á mí. Felizmente la lo- cura espiritista me volvió á salvar de ser el causante de desgracias en mi familia, mayores que las que los médicos habian producido. Después de un prolijo trabajo de paciencia, de cal- ma, de sangre fria y de firmeza de carácter, he podi- do descubrir todos los misterios de mis plajios, la parte que cada uno tenia, y lo que cada uno hizo y pensó después. Hoy todos se apresuran á darme explicacio- nes é indicaciones claras y precisas, comprendida ya la verdad, confirmando mi creencia, cuando es con- forme con la verdad, ó haciéndome modificar mis jui- cios, cuando estaba equivocado.—Si así se procediera siempre con el loco, estoy seguro que muchos que lo apa- recen, dejarían de serlo, sobre todo, no dejándolos en- tregados á solo los médicos. En mi caso, repito, la ciencia médica ha sido la causante de todos mis males sufridos, y en general es la causante de muchísimas lo- curas ó monomanías, resultado de sus prescripciones. Para terminar este capítulo, voy á dar cuenta de otra manía, producto del tratamiento médico, que podría calificarse entre las de persecusion; y á la vez indicaré el método curativo que la terminó. Cuando salí definitivamente del Manicomio, mi te- mor era, que á semejanza de lo que habia acontecido la primera vez, se me volviese á plajiar en el momen- to menos pensado, sin saber la causa, como no la su- — 443 — pe entonces ni en esos dias—por esto tenia un terror, un pánico grande á quedarme solo con las visitas: mi terror iba en aumento al ver la especie de miedo que yo infundía y que creia reconocer en algunas personas que venían á visitarme, llegué al extremo que hasta dudaba de mi padre, de tal suerte que nunca quise ir á pasear, en ese entonces, en la dirección en que esta- ba el Manicomio. Una mañana vino un amigo á invi- tarme á ir á un jardín; aceptamos y subimos al tran- way; quiso la casualidad que esa persona hablase en secreto con mi padre; creí notar en ambos algo que no pude traducir, p^ro que se ocupaban de mí, sospe- ché que se me iba á plagiar por tercera vez, idea que tomó consistencia, cuando me di cuenta que el tram- way seguía en la dirección del Manicomio; inmediata- mente sin detenerme en refleccionar y solo pensando que habia ya visto que un padre habia encerrado en el Manicomio por ocho dias á su hijo, me levanté y me bajé del coche, dejando el paseo para otro dia, pero explicando sin embozo y con franqueza la causa de mi conducta. Ambas personas, respetaron ese temor, jus- to hasta donde es posible, puesto que, como se dice, «Gato escaldado huye del agua fría». He aquí, un acto de locura, aparentemente real, para los espectadores, y aun lo hubiera sido para los que me acompañaban, si yo no hubiera tenido la confianza y la firmeza de voluntad con ellos, para ser franco expo- niéndoles mis sensaciones y mis creencias de hombre. Mi temor era justificable, porque el hombre que por dos veces es plajiado con engaños y por sus amigos, tiene el mas perfecto derecho, racional y lógico, de ser desconfiado y de ser temeroso de un percance igual, sobre todo siendo tan recientes los sucesos por los cua- les habia pasado. Mi padre y mi amigo no pretendieron contrariarme: por el contrario, procuraron tranquilizarme, y cuando yo no me rendía ante sus razones lógicas y les pedia — 444 — prueba práctica, me la dieron en el instante, dejándome en libertad de hacer lo que quería, y no yendo al jar- din, que era el argumento mas positivo, para desterrar mi creencia de que ellos intentaban plajiarme otra vez. Si los médicos del Manicomio, me hubieran dado las pruebas positivas en su oportunidad, de no estar viudo, de no estar plajiado, sino por causa conocida ó explicada á mí, no hubiera sufrido las que ellos llaman monomanías, hubiera entrado en discusión con ellos, en explicaciones, les hubiera hecho leer los libros que habia leido, en fin, les hubiera probado que sus diag- nósticos y pronósticos eran errados é infundados. Pe- ro, que quiere usted, lector mío, cuando la ciencia médica se pone á curar á un hombre que puede ha- blar, que puede discurrir y que puede explicar lo que siente, sin dirijirse á él, procediendo en todo como se procede al curar á un recien nacido ó á una criatura.— El error es seguro, prescindiendo de otros móviles que se hayan podido tener en mira. Como no podia tranquilizarme, y mi miedo de ser plajiado continuaba, siendo ya una afección nerviosa la qué tenia, no obstante el esfuerzo que oponía con mi razón, que desde luego no era suficiente, porque esa mis- ma razón me hacia comprender y me decia que si una vez fui arrastrado en el patio de mi casa, ahora era mas fácil, mis fuerzas físicas eran nulas para resistir, dado mi quebranto físico,—así como sin causa cono- cida fui esa vez plajiado, un nuevo capricho, una nue- va iniquidad podría volverlo á hacer. A la astucia no temia, porque también la podia oponer y desbaratarla, me creia con ingenio suficiente para ello; pero á la fuerza era impotente, necesitaba alguien ó algo que me ayudase, pero dependiente de mi solo querer; lo único que puede dar esa ayuda es una arma; pero no la te- nia, estaban también secuestradas. ¿Cómo salvar esta situación? De la manera mas sencilla. Mi Señor Padre me alentaba, procuraba con razones — 445 — hacerme crear la confianza que me era necesaria.— «Cierto, le decia».—«Es exacto cuánto me decis, yo lo veo, yo lo concibo lo mismo, yo creo así; pero quíta- me esa nerviosidad, ese recelo que sin querer se apo- dera de mí luego que me veo solo con alguien, ó en la calle porque me toman por loco y se asustan; antes que tú puedas impedirlo, me plajian ó me encierran, y enton- ces, yo no resisto esa impresión y me defiendo convir- tiéndome en furioso como ya ha pasado en mi casa, en el cuarto cuya puerta rompí, cuando se me secuestró allí»—«que yo adquiera confianza en mis propios y úni- cos esfuerzos y verás como todo desparece. Dame mis armas y todo se acabará.»—«Así podré destaparle \ los sesos al que lo intentase.» Esta descripción de mi manía, desarrollada con una locura radonal, y apoyada en la realidad de los hechos pasados; convenció á mi buen padre; ordenó que se me dieran mis armas. Cuando se supo esto sucedió lo que con Pinel, en el Manicomio de París; el terror se esparció en los demás; procuraron disuadir á mi pa- dre de tal autorización; pintaron los peligros, los riesgos para todos por su locura al darme mis armas; pero él, tranquilo con lo que sus ojos habian visto ape- nas ocho dias, es decir con la simple observación de esos dias, comprendió que no estaba loco y la orden de darme mis armas se ejecutó. A los dos dias entraba y salía libremente sin miedo por todas partes, sabia que tenia igualadas mis fuerzas físicas á los demás, con buen revolver al cinto. Durante tres meses lo cargué; hacia alarde de tenerlo, para así probar con hechos posi- tivos que él loco furioso, el asesino futuro, no lo era, tenia como serlo y sin embargo no lo ponia en práctica. A las personas que infundían recelos á mi Sr. Pa- dre, les contestaba éste—«¿Por qué no ha de tener sus'armas»? Hace bien de estar armado para defen- derse, tiene miedo y eso le alienta ¿Qué puede suce- der? Si está loco; se suicidará; mejorará, prefiero verlo — 446 — muerto y no loco ¿Me asesinará á mí que siempre es- toy con él? Da lo mismo, estoy ya viejo; ¿Asesina- rá á su madre, á su esposa y á sus hijos? Puede ser, pero al final él también se suicidará y todos nos ire- mos y estaremos juntos. Nada temo, y él nada tiene; ha sido la falta de calma de todos, la que ha causado el mal.» Con este método curativo prescripto por mí y há- bil y valerosamente llevado á cabo por mi nunca bien llorado padre, se me quitó la última manía causada por la ciencia médica; la del pánico ó persecución. Se aca- lló el miedo de todos y se dió el primer golpe de gracia para que pudiera poner en trasparencia los errores, la ignorancia y hasta la iniquidad de la Ciencia médica. CAPITULO XXXVI. Para poder dar todas las pruebas del caso, confir- matorias de mis observaciones auto-clinicas de la en- fermedad de la locura, origen de algunas monomanías y error de la ciencia médica, en ciertas teorías que sostiene como exactas, me ha sido necesario adelantar los sucesos, describiendo lo que aconteció cuando ya . dejé de ser presidiario del Manicomio; debo pues se- guir narrando algunos incidentes que aun tuvieron lu- gar allí, porque ello contribuirá á hacer raas luz en las dos ciencias que acá me he propuesto estudiar. Recordará mi lector, que yo me entendí con la Madre Superiora del Hospicio exponiéndole con franqueza mi situación real y verdadera, abriéndole sin recelo mi corazón, dando esta conducta un resultado muy marcado en alivio de mi condición de Loco de Manico- mio ó presidiario del asilo de Insanos de Lima. La Madre Superiora me habia dicho en esos dias que si dos amigos venían á sacarme, me entregaba; ¿Lo dijo esto por consolarme? ó ¿fué el convencimien- to que tenia que no era tal loco como lo decían los mé- dicos? No lo sé; pero el aire de seriedad, la inflexión de su voz, todo su porte y ademanes al decirme esto, me dieron la convicción que sus deseos eran esos, y que si de ella sola hubiera dependido, no hubiera perma- necido un dia mas en el Manicomio. Los dias de Pas- cua de Navidad se aproximaban, dias que en todo el orbe cristiano son de expansión, de contento y de ale- — 448 — gria; dias én que hasta en los presidios se procura suavizar la condición del desgraciado ser que allí pur- ga sus crímenes. Para mí esos dias, eran además, los de la conmemoración de un aniversario: el de mi ma- trimonio. La suerte habia querido que muy rara vez hubiera estado separado de mi familia en esos dias; era ésta una de las pocas veces, y ¿en qué circunstan- cias para mí? En la mas atroz posible; estar plajiado en una casa de locos! Mi natural deseo era poder ver en esos dias á mi familia. Aprovechando la buena volun- tad de la Madre Superiora, me dirijí á ella por escrito el dia 25 de Diciembre, indicándole y haciéndole pre- sente que el dia siguiente era aniversario de mi enla- ce y que en el trascurso de los 22 años que iban á es- pirar, ese seria una de los poquísimos que me veia separado de mi esposa y de mis once hijos, que me permitiese ir un rato á casa, acompañado de uno de los guardianes ó de quien ella quisiera, para ver á mi familia. La Madre Superiora vino al momento y me dijo—«Usted podrá ir si el médico lo consiente—veré* mos lo que él dice.»—Llegó el dia 26, hablé con la madre; preguntóle si se me permitiría la gracia que habia pedido—«Usted no podrá ir»—me contestó— «El médico no lo consiente.»—El corazón se me oprimió, levanté los ojos al cielo é invocando la gracia divina pedí consuelo á este nuevo dolor que se agregaba á los ya sufridos. ¿Por qué se me prohibió lo que pedia? ¿Qué causal podia alegarse para ello? ¿El riesgo de que asesinase á mi familia? Los términos de mi petición á la Ma- dre Superiora probaban cuan distante estaba esa su- posición. Hay un refrán que si está poco conforme con la caridad evangélica y con los principios de mo- ral, suele sin embargo estar muy conforme con la realidad de los hechos y acciones humanas—«Juzga mal y acertarás»—Juzgué, pues, que el móvil y la causa real y única para esa prohibición, era la de seguir — 449 — ocultando á mi familia mi estado .real y verdalero de hombre cuerdo, y seguir estirando una situación cuya explotación podia dar por resultado alguna oferta se- ductora por mi curación, reputada como casi insanable por médicos de consulta y por mis médicos de Manico- mio, que como recordará el lector, llegaron á prohibir el que mi médico de casa pudiera verme; las puertas del Hospicio estaban cerradas al médico de familia, es decir, al médico amigo! En el entretanto mis tribulaciones iban en aumen- to, hasta el estremo que ya habia formado el íntimo deseo de irme del país. La idea que mas contribuía á esto era, lo que juzgaba en mi razón, como conse- cuencia de mi estadía en un Manicomio, el ser repu- tado como loco cuando saliese, tener ese estigma, ser eso un impedimento para mi carrera en cualquiera es- fera que fuese. Este deseo lo traducía después en hechos reales. A mi esposa se lo dije en una carta, y para allanar todo y poder lograr el salir del Manico- mio, le encargué entregar una cartita al Ministro Ar- gentino que era mi amigo y mi- compadre, para que me incríbiese como ciudadano argentino y bajo esa ban- dera me reclamase para remitirme á la República Ar- gentina, puesto que para mí era evidente, que salien- do del Manicomio de Lima, aunque hubiera sido para ser trasladado áotro, en ese nuevo local mi locura desa- parecería, porque desaparecían los médicos bajo cuyo poder supremo estaba allí. Pero la carta que incluía á mi pobre esposa, dirijida á ese Ministro, tuvo el mis- mo éxito que la que dirijí á la persona á quien daba mi poder para que judicialmente se presentase recla- mando mi libertad del Manicomio. Los médicos de- cían que estaba loco; me aislaban como loco, y esas medidas tendentes todas á salvarme de la condición de plajiado, incomunicado y prisionero de la Ciencia Médica, eran pruebas de estar mi razón estraviada! Este deseo, que como repito, era una esperanza que 57 • — 450 — tenia para salir de mi apurada condición, dió origen á una nueva escena de loco en el mismo Manicomio. A fin de año remite el médico el cuadro estadístico de los habitantes del local; una especie de censo. Un dia se me presenta en mi salón el joven que servia como ayudante en las visitas diarias; traia sus papeles etc.: los colocó sobre la mesa, tomó un asiento y se puso á llenar algunas casillas, según el dictado de los guar- dianes que lo rodeaban. Llegó mi turno, y me pre- guntó mi estado civil y mi patria—«Soy casado, mayor de edad, argentino»—Esta contestación, sobre todo mi nacionalidad, le llamó la atención, cosa natural; levantaron él y todos los demás la cabeza para mirar- me.—Comprendí, como era consiguiente la causa de esa sorpresa ó estrañez, yo habia seguido dando pa- seos en el salón; me detuve, y con la misma firmeza volví á decir—«Sí—soy argentino»—Mayor sorpresa causó esta insistencia; el pensamiento que de veras cruzó por la mente del practicante, fué—«este hombre está loco»—Lo leí así; me encaminé donde él estaba y agregué—«Sí señor, he ordenado que me inscriban co- «mo ciudadano argentino, porque luego que salga de «acá, dejaré mi país»—«Ponga U. que soy argentino.» Sin duda el pensamiento de estar loco se gravó mas en su mente, y su creencia quedó confirmada. Hizo el que anotaba esto, yo seguí mis paseos, sonriéndome en mi interior de la escena que tenia lugar, clara, racional, enteramente voluntaria, calculada y premeditada de mi parte, á la vez que de lo perplejo de ese joven, al oir semejante nacionalidad. Esta escena, ¿qué resultados de observación médica ha podido dar? Según lo que se acostumbra en el Ma- nicomio de Lima, donde se cura ó se ordena los trata- mientos por loque otros dicen y no el paciente, y has- ta sin verlo, seria lo siguiente—En el libro de apuntes clínicos que supongo se llevará, debió haber puesto el practicante bajo el folio correspondiente al «Insano — 451 — l Paz Soldán «Hoy se % desarrolló la manía de consi- «derarse ciudadano argentino, no siéndolo sino perua- no. Su insistencia sobre esto fué marcada. Hay re- \ troceso, desde que se ha manifestado esta manía.» Es- ta mas ó menos debería ser la anotación hecha de mi r estado patolójico, mi locura quedaba ante la Ciencia Médica confirmada y acentuada. Así juzga la Medicina en esta enfermedad! Mientras tanto ¿qué hubiera sucedido si el practicante ó el mé- dico del Manicomio luego que se notó esta nueva ma- nía se hubiera apersonado conmigo, á solas, como era su deber de médico de esta clase de Hospicios, y me f hubiera preguntado por qué decia eso. Yo le hu- biera dicho todo, dádole la causa de mi conducta, con lo cual lejos de aparecer como loco ó como un mania- co aparecia como un hombre cuerdo, quizás exagerado en sus temores, pero previsor y que juzgaba anticipa- damente todas las consecuencias de su desgracia; la anotación no existiría, la creencia médica errada desa- parecía, así como ese nuevo síntoma confirmatorio de los diagnósticos. Otra vez una manía racional, cuer- da, previsora muy lógica y deliberadamente combi- nada y ejecutada, hacíame aparecer como loco. ¿Cuán- tas veces sucederá esto con otros hombres que la Ciencia Médica califica entre los locos?—Señores Mé- dicos, os ruego no despreciéis estas observaciones de un loco práctico, ya sea que lo haya sido real y positiva- mente, ya sea que el error médico me colocó en esa posición. No dejaba de tener razón en los temores que abrigaba, porque sin tener en cuenta lo que dejo di- cho, puedo asegurar por propia esperiencía, que se sienten otra clase de sensaciones tan mortificantes, cuando se deja de estar sujeto al régimen de loco y se está en la convalecencia, que ellas solas son capaces y aun mas, producen una nueva locura—voy á expli- carme. — 452 — Cuando se está convaleciente" y se sale los prime- ros dias á la calle, se encuentra uno con muchas per- sonas conocidas ó que le conocen, y apenas los pasa U. y les dá la espalda, oye con mucha frecuen- cia diálogos por este estilo. —Cómo! Este no es Fulano? —Sí—él es. ^ —¿Ya no está loco? .—Así será, desde que está afuera. Otras veces hay sus variantes. —Este no es el loco Fulano? Cómo! anda libre? Otros mas imprudentes, menos reflexivos y carita- tivos, hacen apreciaciones mas desagradables. En cuanto se frecuenta sociedad, esta clase de es- cenas se repiten, tienen también sus variantes; porque nunca falta gente mal educada, que en la cara de uno pretenden reírse luego que le oyen hablar sobre al- gún punto, que en la ignorancia de* ellos, creen que son disparates: otras veces le promueven á uno la conversación sobre el tema de la locura, que se ha su- puesto, para hacer al infeliz víctima de la hilaridad de la reunión. También sucede que aun sin ninguna deesas inten- ciones cuando un serha sido reputado de loco, el audi- torio ó la sociedad se encuentran dispuestos y ya tiene su creenciaformada,aun que esté cuerdo, déla existen- cia de la locura. Pasa esto, exactamente, como lo que acontece con las personas que tienen sentada su re- putación de chistosas, que no bien van á tomar la pa- labra, todos están ya con la sonrisa en los labios, lis- tos á festejar y aplaudir el chiste, aunque sea una ne- cedad lo que pronuncie después; nunca falta quien di- ga—«qué chistoso es fulano^»—Así mismo tiene que soportar la calificación el que ha dejado de ser loco, su- jeto al régimen del médico, . los actos de mas cordura, precisamente los mas racionales, muchas veces son los que se tildan de locura. Cuando se está en situación — 453 — semejante es cuando verdaderamente se conoce la exac- titud del refrán, que cuando se cria fama todo lo de- más importa poco. Estas cosas le hacen á uno correr culebriias por el cuerpo, como si se recibiese una lijera corriente eléc- trica, pero que le producen un sentimiento de ver- güenza, de mal estar y aversión á la gente que en un espíritu apocado, es suficiente para hacerle huir ó desterrarle de la sociedad y de todo trato con ella; comienzo de la misantropía.—Otro resultado atribuido á la locura. Cuando á uno lo han declarado ademas loco, loco furioso ó peligroso, este desagrado se complica con el mal estar que uno produce en los que por cualquier motivo se tiene que rosar, ó que por política lo reci- ben en su casa; malestar que uno lo descubre, cuan- do uno es de carácter observador. No exajero, ni su- pongo; he sido víctima de eso. Una simpática amiga me refino la impresión que yo al principio le cau- saba; tenia mas confianza conmigo, y me decia:—«Re- cien lo conocí, no podia suponer que era U. el loco fu- rioso de quien habia oido hablar; pero cuando me ase- guraron ser U. no dejaba de tenerle miedo y por eso notaría U. que siempre, con disimulo, me ponia algo distante de U. y no me quedaba sola. Pero eso ya pa- só; la prueba es que se lo digo.» Este es otro resulta- do del tratamiento médico. Cada vez que he vuelto á ver á esta amiga, mi dicho ha sido después de la sa- lutación de estilo.—«¿Tendrá U. miedo de mí esta noche?—«No amigo, ya pasó»—era su amable y franca contestación. Hé aquí, como los médicos causan ma- les incalculables por su lijereza y error. En este segundo plajio fué cuando pude observar otra práctica en el Hospicio de Insanos; la Misa. Los dias feriados se dice á las 6 y \ de la maña- na. Asisten á ella todas las hermanas de caridad, los empleados, y los locos y Jocas. Estas penetran al — 454 — interior de la capilla, nosotros nos quedamos afuera en el vestíbulo á donde se colocaban bancas unas tras de otras. Entre mis compañeros habia uno que iba con su devocionario para leer los pasos de la misa; prue- ba evidente de locura. La misa es solemne, el capellán pronuncia siempre su plática, pero para los que es- tábamos afuera, era como si no la hubiera porque no se podia oir la voz del sacerdote. Después de la misa cada cual volvía á su encierro. Yo tenia el pri- vilegio de ser el último, permaneciendo en el vestí- bulo del local hasta que se me obligaba á seguir á mis camaradas. Como mi espíritu siempre estaba inquieto, mis du- das no dejaban de asaltarme respecto á la existencia del Espiritismo, sobre todo en aquellos momentos en que yo veia que no obtenía una esplicacion de mi si- tuación y en los cuales me ponia á calcular si real- mente estaría loco, pero sin conocerlo, puesto que to- das mis facultades estaban intactas, y todas las ex- periencias y ensayos que hacia me lo probaban de una manera que no cabia duda. En una de estas ocasiones se me vuelve á dar otra indicación que me serviría de nueva prueba para que comprobase la realidad de la medianimidad y por consecuencia del Espiritismo; se me dijo ese dia lo siguiente—fíjese bien mi lector—«Le hemos asegurado que su padre « le sacará de acá; esto es evidente; pero si vacila ó « si le falta la enerjia y se dejare arrastrar por « los médicos ó los miedosos, usted perecerá; pero es- « to nos parece difícil que suceda, y en todo caso, su « padre vendrá por usted y le sacarán dos extraños».-— El tiempo confirmó este vaticinio. Los dias trascurrieron con una lentitud inmensa para mi ansiedad de ver á mi padre, y que llegara el momento de mi libertad. Por fin llega el dia de- signado para que esto tuviera efecto. Acostumbrado ya al desengaño y á la indiferencia, amaneció para mí — 455 — como tantos otros, sin concebir una nueva esperanza que quizás podría ver fustrada, contribuyendo la con- trariedad á un nuevo sufrimiento, pero sin dejar por esto de tener la fé de que mi horóscopo se cumpliría. El vapor del Sur fondeó temprano; mi padre desem- barcó con la familia, que venia de Buenos Ayres, en- tre la que regresaban tres de-mis hijas: á las diez de la mañana pisaron la casa de mi esposa. ¿Será ne- cesario que describa la escena de alegría y de dolor que tuvo lugar? No creo necesario, si mi lector tiene un corazón, ya lo calculará y se pondrá en el lugar del padre, de la madre y de los hijos, que al volver al hogar del hijo y del padre lo encuentran ido; sí; ido, como se vá el infeliz falto de juicio, en quien se supone que se le ha obscurecido la luz de la razón y de la inteligencia: ausencia cien veces mas doloro- sa que la de la muerte, porque en ésta si el cuerpo ha desaparecido, el espíritu queda desencarnado y libre de la mortaja del cuerpo, apto para manifestarse en el momento que se le invoca, si tal es la voluntad y el permiso de la Providencia. Pero si la alegría fué abatida por el dolor de la ausencia, en cambio quedó para todos la Esperanza de que pronto, muy pronto verían al ausente; porque no faltó también quienes ya aseguraron al padre que el hijo no era tal loco fu- rioso y que habia habido error en el tratamiento. El'tiempo empleado en la expansión y el desahogo de la alegría y del llanto, pareció á todos un siglo, ante su deseo de verme. Mi excelente padre sin sa- cudirse ni el polvo de su ropa; sin apenas tomar ali- mento que el viaje hacia indispensable, pero que la emoción de los momentos impedia saborear; se pre- paró para irme á sacar del Manicomio; al hijo único, al amigo, al compañero, y hasta algo mas, al hermano, porque todo eramos; tomó un coche, no se detuvo a consultar a nadie. A dos amigos solicitó que le acompa- ñasen* se encaminó á mi presidio.—Llegó a las doce — 456 — del dia. Pidió mí entrega: se le dijo que entrase á verme mientras me preparaban mis cosas: su emoción no le permitió; fué uno de esos amigos el que penetró á mi presidio, y me llamó indicándome que le siguie- se. Nada sabia aun; fué en el trayecto del salón al cuarto de la madre Superiora, que me anunció la lle- gada de mi padre; no supe lo que sentí—avancé, pe- netramos á ese cuarto. Un «Padre mió»—un «Hijo mió» confundidos ambos entre nuestros brazos y pronuncia- dos entre lágrimas y sollozos, fué el cuadro que to- dos presenciaron. Terminado este primer momento en que el hombre mas fuerte de espíritu queda sub yugado por las sensaciones del alma y del corazón le dije.—«Padre mió: no estoy loco; nunca lo he esta- do: todo lo sabrás, todo te contaré, pero gracias á Dios que ya se acabó todo».—«Así es hijo mió: no pensar mas en lo pasado y á ver á la familia y á ser feliz»—contestóme el noble anciano, procurando dar firmeza á su voz para no traicionar el dolor que su corazón sintió al ver mi demacrada figura. Me tra- jeron mi sombrero; nos preparamos para irnos. Agra- decí á la madre Superiora las atenciones que conmi- go habia tenido. A mi guardián, que estaba presente también, le abrazó porque él que es espiritista, que profe- sa las doctrinas del evangelio y de la caridad cris- tiana, no guarda rencor, pero procura que las ini- quidades desaparezcan y las denuncia para la en- mienda— Salimos; iba' yo completamente, sereno. ¿Cómo fui acompañado hasta el coche que me espe- raba? Solamente por esos dos extraaos, esos dos ami- gos, pues mi padre se quedó un rato aun con la Ma- dre Superiora. El anuncio Espiritista, volvió á reali- zarse sin discrepar en nada. Dos extraños me saca- ban del Hospicio de Insanos de Lima. Se nos incor- poró mi padre y partió el coche en dirección á mi ca- sa, era el dia 27 de Enero de 1886—Rara coincidencia! Era el mismo dia en que había nacido! De suerte que la — 457 — Providencia que habia dispuesto que en ese dia mi es- píritu se encarnase en el cuerpo humano hacían 42 años, Ella volvió á disponer que ese espíritu renacie- ra otra vez y para siempre, para el mundo de la ra- zón y de la inteligencia. 58 CAPITULO XXXVIL El trayecto lecorrido desde el Hospicio de Insanos á mi casa, en esta segunda vez que fui sacado, no tuvo para mí el encanto de la vez primera; llevaba en el alma la desconfianza y el resentimiento, y el presentimiento de lo& males que aun tenia que su- frir. Me alentaba y mucho sin embargo Ja presencia de mi padre, la de mi madre y la de tres de mis hi- jas, una de ellas la mayor, personas todas que no habiendo tenido aun contacto con médicos, concep- tuaba que no estarían contagiadas por la falsa creen- cia de mi locura. Llegamos por fin; se realizó la es- cena de familia tan conocida por toda persona cuan- do vuelve á ver seres queridos tras la ausencia de viajes y de desgracias. La madre y los hijos uno á uno fueron recibidos en mis brazos. Ni la emoción del momento, ni la presencia de varias personas las que también se apresuraron todas á venir- me á saludar, fueron suficientes para impedir que en esos instantes notase la ausencia de mi pe- núltimo hijo, criatura de cuatro años, que fué el que mas cariño me hizo en mi primera salida. Pre- gunté por él, se me contestó que á consecuencia de la enfermedad, pues me habia anunciado mi esposa que estaba enfermo, se lo habia llevado una tía á Chorrillos á convalecer. Este hecho llamó la atención á mi familia, con lo que comenzó á desaparecer la creencia de mi locura, puesto que en esos momentos — 459 — todo lo habia apercibido. Mas tarde debia descubrir la verdad deesa ausencia, por una revelación del Es- piritismo. A mi esposa, que se hallaba en el dormitorio, la encontré desmejorada, flaca y muy abatida, al estremo que me inquietó su estado. Olvidando mi resentimiento, mi animadversión, me detuve un rato á preguntarle la causa y el por qué de no ha- berme sacado antes, para así atenderla como siem- pre lo habia hecho; pero noté en sus contestaciones cierta vacilación, cierta inseguridad y que en ese mo- mento que pasaba una de mis hijas la detuvo y la hizo sentar á su lado, con lo que todo volvió á mi recuerdo, me separé de ella mas resentido, porque creí que la acción de hacer quedar á la hija no obe- decía á otro fin que el de eludir una contestación ó esplicacion mas amplia. Mientras tanto éramos am- bos víctimas de la locura causada por el tratamiento médico, en ella por el terror que á mi persona le inspiraron los médicos, creia que iba á ser estrangu- lada por mí; tenia la monomanía de la persecución; yo sufría la de la aversión y animadversión d la fami- lia: ambos juzgábamos cuerdamente según nuestros conocimientos de los sucesos; pero locamente para los que estos estudios hayan leido. Esta conducta sin esplicaciones de mi esposa comenzaba á roerme el alma; pero mi calma y mi prudencia me conte- nían; mas tarde traduje en palabras mis resenti- mientos, como lo he dicho, pero salvé de esa monoma- nía, de la manera que he indicado. Mi esposa por su parte viendo la entereza de mi padre y el método cu- rativo á que apelamos, llegó á tranquilizarse y desa- pareció en ella todo temor, venimos á las esplicacio- nes y á los por quées, restableciéndose la calma tras espantosa tormenta causada por el genio del mal que presidió los acuerdos de las juntas médicas. Ademas de las enfermedades del alma que esperi- — 46# — menté en los primeros dias de mi salida, sufrí varios ataques de una naturaleza especial, que creo de im- portancia describir para bien de la humanidad, y para que no se atribuyan á locura, cuando ellos se pre- senten en casos análogos al mío, sino á sensaciones reales y efectivas y así mismo el tratamiento que me prescribí para calmar sus espantosos efectos. Al dia siguiente de estar en casa, almorzaba, me encontraba sentado al lado de mi esposa, cuando es- perimenté una gran angustia, sentia como si me faltara la respiración, ya no pude pasar bocado. La sensación mas semejante que puedo indicar de este ahogo es como cuando se tiene suma cantidad de aire en el pecho y no se puede espelerlo por la bo- ca, lo que hace sufrir una gran opresión. El ahogo fué en aumento; sentí como un vértigo; la idea de un ataque de angina al corazón se me fijó en la imagi- nación, porque hasta dolor agudo sentia en ese cos- tado; tras tan grandes sufrimientos morales no era esto para mí improbable; me levanté de la mesa, sin alarmar á nadie, pero al fin tuve que pedir auxilio á mi padre; no podia caminar, tal era como sentia desvanecida la cabeza, ó como decimos ida. «Me mue- ro, padre mió,» fueron las palabras que pude pro- nunciar, apenas oidas por él; no pude esplicarme mas, porque en esos momentos vuelvo á ser médium auditivo y se me dice—«Cálmese Señor: tome U. bi- carbonato de soda en gran cantidad, y si U. logra erup- tar tres veces, está U. salvo, y si no Dios le ayude.» Pedí en el acto esa sustancia que en casa nunca falta- ba, cuando estaba en ella—Mi desgracia hizo que no hubiese; mi padre mandó traerlo en el acto á la bo- tica próxima.—Mi situación empeoraba; pero mi me- dianimidad me sostenía. «Serénese Señor, el mayor peligro para U. estará en perder la calma»—me re- hacía: oponía la calma mas enérgica: contenia mi respiración lo mas que podia para no sofocarme. Al — 461 — fin llegó el bicarbonato; mientras fueron por ese re- medio me habia hecho preparar varias tasas de agua tibia para excitar el vómito á la vez, porque sentia necesidad de eso, tenia la intuición de que así sana- ría—tomé el remedio por cucharaditas; podia eruptar, pero solamente una ó dos veces á lo mas; á la terce- ra sentia un ahogo espantoso al pecho y sumo do- lor—se agotó la cantidad que se me trajo, pero sin conseguir el objeto y sin mayor alivio: mandé por otro poco, porque así se me ordenó auditivamente; lo tomé de golpe, á pesar de la resistencia que todos ya intentaban oponerme, pero que contraresté con la fuerza de mi lójica y mi angustia; por fin pude eruptar las tres veces, quedando restablecido inmedia- tamente y cesando del todo mi tormento. Si no hu* biera tenido la libertad de hacer lo que hice, creo que hubiera muerto, ó si esto me sucede en el Manico- mio ó ante médicos alienistas como los que me asis- tieron, me vuelven á declarar loco. El ataque que sufrí mas tarde, fué por otro estilo, pero mas grave por el efecto que esperimenté—Serian las dos de la tarde, cuando siento una especie de pará- lisis en la laringe; no podia pasar nada: el resuello se me suspendía, como si la Epiglótis no funcionara y quedara cerrando la glotis al tiempo de la deglu- ción—sensación que ya habia sentido en el trayecto de Lima al Callao en mi primera evasión.—No podia pasar la saliva sin quedar ahogándome: llegó el mo- mento en que me faltó el resuello de una manera alarmante, crei morirme; y aun hice mis preparativos; me despedí de todos y me retiré á mi estudio, conformándome con morir en el seno de los mios dejando á mi padre como sosten de mi inmensa fa- milia. Encomendé mi alma al Criador y esperaba tranquilo mi fin, cuando se me dice—«Estos males son causados por el Espiritismo de los malos; le están haciendo pasar por todos los tormentos de la manera — 462 — de asesinar un hombre por los medios espiritistas de los que se dedican á la medicina con los espíritus del mal.» «No han podido asesinarle en el Hospicio y han invocado el poder de este último elemento, y si sana U., lo que sucederá, quedará U. libre de su po- der.» Este aviso me espantó, pero acostumbrado á vencer las influencias de los Espíritus del mal, tenia la seguridad de hacerlo en esta vez y me propuse luchar. Aunque mi lector comienze á sonreírse al leer esto, tenga entendido que esto es real; muy pron- to expondré en otro Estudio, todas las teorías, todos los antecedentes y las esplicaciones de estos fenóme- nos para conocimiento del que no esté iniciado en la Ciencia del Espiritismo, pero real» s y positivos para nosotros. Comencé por tomar un poco de Láudano muy aguado, diez gotas para 60 gramos de agua, vino un lijero alivio; pero sentía la mucuosa muy seca: se me ocurrió tomar un poco de jarabe fénico de Vía- le, pero aguado; el efecto fué mejor; al poco rato, sospechando que podía ser afección nerviosa, tomé agua carmelitana, aguada también—surtió el efecto apetecido—pero sin estar libre de la asfixia, que lue- go me volvía por la inercia de la laringe ó del epligó- tis; cuando uno de estos remedios no surtía efecto recurría al otro, y con uno de los tres algo se me alivió esta dolencia, pero sin desterrarse; por fin el Espiritismo vino en mi ayuda—se me prescribe un remedio—Pido á los Señores Médicos no despreciar esta receta, porque esta dolencia la he padecido por varias veces después, en épocas distintas, y siempre he sanado con este tratamiento, que es por demás, muy racional y mecánico en sus efectos, es el siguien- te—«Coloqúese el dedo índice de la mano izquierda en la cavidad que existe en el cuello encima de las clavículas, y mientras lo tenga U. puesto allí, siga tomando jarabe fénico, y verá U.'como no se ahoga.» Fiel á mis creencias, y convencido por hechos rea- — 463 — f les de la efectividad de las prescripciones médicas del Espiritismo, así lo hice; el efecto fué instantá- neo, podia tragar la saliva sin esperimentar el aho- go por la falta de resuello; la Epiglótis funcionaba bien: retiraba el dedo y volvía el ataque. Permanecí con la mano en esa postura por dos horas mas ó me- nos, quedando casi restablecido, pero con la repeti- ción del método, logré la mejoría. Al dia siguiente repitióse el ataque desde temprano, comprendiendo el efecto mecánico de la compresión del dedo, hice una pelota de género de unos dos y medio centíme- tros de diámetro, y aprovechando del cuello de la ca- misa, sujeté la pelota en la cavidad indicada, bien comprimida, permaneciendo allí dos ó tres dias, que es el tiempo que me han durado estos ataques en las varias veces que los he sufrido, en especial cuando he tenido resfriados. Puede que mi diagnóstico no sea médico al lla- marle parálisis de la laringe; pero es evidente que la Epiglótis no permite, en estos ataques, el que el aire pase, porque el ahogo se presentaba al momento de la deglución, precisamente aquel en que cierra la glotis; al volver no se abre, y de allí la asfixia produ- cida. Aplicada una compresión al sitio de la cavi- dad en la parte superior donde se unen las cla- vículas, el efecto mecánico es evidente, baja la la- rinje con el esfuerzo del exófago al recobrar su posi- ción natural; la larinje es comprimida por la pelota ó el dedo, obligando á la Epiglótis á abrirse, ejercien- do su función natural, pero provocada artificialmente. Esta enfermedad nunca la habia sufrido, es beneficio que debo á mis médicos de Manicomio. Si este ataque me dá en el Manicomio, donde el infeliz recluso no tiene á quien volver los ojos, en lo de asistencia médica, y aun cuando exista, hubiera pedido el láudano, el jarabe fénico y la agua carmeli- __ 464 — tana, no se me hubiera dado; pereciendo quizás; por- que al verme los guardianes, ó los médicos, que me comprimía la laringe, que colocaba allí por la parte externa una pelota; lo hubieran atribuido á locura, á monomanía, y si hubiera hablado, indicando la receta espiritista, se hubieran reido en mi cara, me ponen una camiseta de fuerza para obligarme á no comprimir esa parte, que era mi salvación, pereciendo asfixiado. Esto es sino se me prescribe un baño de camiseta como método curativo. Suponiendo como lo pretenden algunos médicos que estos males, solo existían en mi imaginación, no por eso dejaba de sufrir sus sensaciones; y con lo que hice sané de ellos; por consiguiente, el dar gusto á los locos en muchas cosas en que ellos piden y de- sean hacer algo, es aplicarles un método curativo para sus dolencias, para su locura; el prohibírselo es agra- varla. He dicho que supe la verdad respecto á la ausen- cia de uno de mis hijos, por revelación espiritista— así fué—esto se realizó de la manera siguiente: Hacían ocho dias que estaba en casa. Diariamen- te preguntaba por mi hijito, siempre se me decia que estaba en el Chorrillos. Existia en mi familia el na- tural temor de que estando convaleciente de un estado de locura, cualquiera impresión de alguna magnitud me podia causar nuevo ataque. Por fin llegué á ordenar que me lo trajesen para verlo, no sospechando nada de la verdad: fué natural deseo, pues soy amoroso con mis hijos: todos permanecieron silenciosos: esto tenia lugar á la hora de comer: llega la hora de acos- tarnos: mi esposa se retiró á su dormitorio provisional, pues cedió el que ella tenia á mis padres; yo per- menecia junto al de éstos; la prudencia acon- sejaba tenerme así; era muy justo, muy natural. No tenia sueño: pensaba en mi hijito ausente; se me di- ce auditivamente: «U. no ha registrado el escritorio de — 465 — su espora: no es U. curioso; nunca es malo hacerlo euando ge desea saber las cosas:—hágalo, nada ex- traño tiene eso,»—No dejaba de repugnarme ese re- gistro, porque nunca lo habia hecho; pero al formular este sentimiento, se me vuelve á decir.—«Nada de particular ni inconveniente tiene que un esposo lo haga en el escritorio de la esposa—No tema ha- cerlo»—Dócil ya, ante esta nueva razón, así lo hi- ce: pasé al dormitorio de mis padres donde estaba el escritorio; lo encontré cerrado. Esto me causó cierta alegría porque me ahorraba el hacer una cosa que me disgustaba, aunque por otra parte mi curiosidad es- taba excitada por la insistencia del Espiritismo. «No sea U. cobarde» se me vuelve á decir;—«rómpalo si es posible, y encontrará allí algo que debe U. saber».— Confieso que cuando esto oí, todo escrúpulo cesó, sos- pechando que lo que debia encontrar eran las prue- bas del abandono en que creia haber estado. Procuro forzar el escritorio; era fuerte.—«Vaya U. al cuarto de su esposa; está durmiendo—tome la llave que la tiene en su taleguita, que está á la mano».—Se me vuelve á indicar—La circunstancia de encontrar cer- rado el escritorio aumentó mis sospechas y mi creencia en lo que iba á comprobar. Pasé al cuarto donde estaba mi esposa: todo lo encontré conforme. Tomé la llave,regresé, abrí el escritorio,)' saqué cuanto papel encontré; los llevé á la sala de recibo. Cuando me senté y coloqué los papeles en la mesa, confieso que volví á sentir escrúpulos al imponerme de esos pa- peles, que aunque* de mi esposa, los habia tomado de una manera sigilosa; iba á dejarlos sin leer; pero nuevamente se me dice auditivamente,—«No sea U. «tan escrupuloso: los maridos suelen hacer esto mu- «chas veces, y así salen de mil dudas, descubriendo «lo que no saben ó desean saber.» Todo escrúpulo desapareció; tomé el paquete que estaba mas á la mano, lo desdoblé, fijé mi vista 59 — 466 — en el primer papel que estaba impreso y manuscrito-, era.........el certificado del nicho perpetuo que en el cementerio ocupaba el cuerpo del hijo que me faltaba! ____Su ausencia quedaba esplicada, ausencia eterna en el mundo material......La disculpa de mi familia, la comprendí también. Mi padre, que se habia finjido dormido para ver que iba á hacer en el dormitorio, tar- de ya de la noche, luego que vio todo lo que hacia y que regresé tranquilo al salón de recibo y me ponia á leer papeles, conoció que lo que practicaba no eran co- sas de loco, y que algún objeto perseguía al hacer lo que ejecutaba; su última duda desapareció y quedé re- habilitado en su concepto, como hijo cuerdo y no loco, cuando vio que ne anegué en llanto! Comprendió mi conducta; el objeto de mis pesqnizas, y el papel que habia leido y dijo. «El loco que llora al saber la muerte de un her querido prueba que no lo es.» No ne- cesitó ya mas pruebas, mas observaciones, mas estu- dio para que su espíritu quedara completamente tran- quilo á este respecto. Si los médicos del Manicomio vijilaran así á los infelices que allí moran ¿Cuanto error no se disiparía? Cuantos hombres no volverían á ser inscritos en el ca- tálogo de los seres racionales? Mis investigaciones respecto á los otros papeles las dejé ante el pesar que experimentaba mi alma, los iba á guardar en su sitio, desvaneciéndose las sospechas' que antes habia formulado, porque todo se me aclaró; sin embargo, se me vuelve á decir; «Concluya U. de verlos todos con lo cual quedará U. mas tranquilo» Realmente ese examen total me confortó algo; vi cuan- to se habia hecho para honrar al ser ido y quedé ademas convencido que no existia documento alguno, como no podia existir, de prueba de abandono, que no existió, sino como receta y prescripción médica, for- mulada hajo el mas severo y aterrante vaticinio de — 467 — que su inobservancia me volvería loco insanable de una fatal manera.! Hasta aquí, mi amable lector, os he dado cuenta de mi Vida de Loco, os he puesto al corriente y he des- corrido el velo de mi hogar doméstico durante esa época, sujeto con esto á sufrir, momentáneamente es cierto, las críticas, las censuras de muchos, los odios de algunos, pero os he llevado hasta el final, destru- yendo en vuestro ánimo imparcial toda crítica, toda censura, y poniendo de manifiesto la causa y orí- gen de esos odios. El hombre que tal cosa hace, arrostrando todo esto, pero en obsequio y beneficio de sus- semejantes y de la humanidad, merece el res- peto, cualquiera que sea su condición mental; ante lo» nobles fines desaparece la individualidad. Os voy a hacer un lijero resumen de cuanto he dicho, así recor- dareis mis frases finales en la introducción á estos es- critos, y podréis juzgar según el lado por donde se apre- cien los sucesos narrados, que con justicia dije: "quien recorra el relato que sigo, no podrá menos que excla- mar: "¡Qué error ¡Qué ignorancia! ¡Qué iniquidad!" Que ha existido error, no cabe duda; el diagnóstico de mis primeros actos fué disculpable, pero no m edió esplicacion alguna entre médicos y paciente; se juzgó por las referencias y lo que se vio—podía decirse que hubo trastorno mental—¿Pero era grave? ¿Era peligro- so? ¿Era insanable? No; ningún acto de esos primeros dias, ni en todos los posteriores autorizaron el pronós- tico tan inconsultamente lanzado. Que existió ignorancia, también es evidente. La hu- bo y gravísima en quienes obligaron á mi familia á consentir mi secuestro en el Manicomio público de Li- ma, alegando que era el único lugar apropiado para una asistencia médica y de toda clase, provista de to- dos los elementos necesarios. He puesto de manifiesto qué clase de asistencia se dispensa allí; mi dicho ha — m — sido corroborado por todos, hasta por aquellos que pueden ser responsables del abandono en que eso está. Por consiguiente, hubo ignorancia vituperable en los médicos que colocan allí á un ser humano, cuyo esta- do requería asistencia de todo género, alegando que en su casa no podría obtenerla mejor! Prescindo por com- pleto de la ignorancia médica, propiamente hablando, pues como tal cuando menos debe calificarse la falta de reconocimientos personales en el sujeto, de la ob- servación que es necesario prestar para prescribir un régimen de Manicomio á un padre de familia, á un hombre de posición social y que en el seno de la fami- lia tenia todo lo que podia ser necesario para una asistencia, desde la esposa hasta los amigos sinceros y solícitos. Si tal descuido existe tratándose de un in- dividuo colocado en la esfera en que yo lo estuve, cal- cularse puede lo que acontecerá con seres colocados en condición social mas desgraciada. Ya lo he dicho, en el Manicomio de Lima hay muchos que no son lo- cos, no lo están tampoco. Ignorancia es declarar á un hombre loco, porque cree en el Espiritismo, ciencia antiquísima, y cuando esos médicos ni se han tomado el trabajo de recorrer un libro que de ella se ocupe. Ignorancia es y suma, el ordenar y hacer quemar los libros impresos que tiene un hombre, y mucha ma- yor, cuando son manuscritos en los cuales ese hombre ha estado llevando anotaciones y observaciones del Estudio que viene haciendo. Que hay iniquidad, es evidente. luiquidad la hay en mantener á un individuo como loco en un Hospicio de locos, y que no dá pruebas de locura de Manicomio, es decir de locura furiosa y peligrosa para la sociedad ó la familia. Hay iniquidad en aislarlo de la familia y amigos. Hay iniquidad en cer-ar las puertas del Es- tablecimiento al médico de familia y amigo del su- puesto loco. Iniquidad se llama castigar al ser falto — 469 — de razón, ponerle grillos de dia y de noche,' es decir condenarlo á cadena perpetua; aplicarle baños de pre- sidiario, sin siquiera la presencia del facultativo, como se acostumbra hasta en los presidios; inicuo es el baño de ducha de cuatro y mas minutos de duración continuada; lo es el de camiseta, suplicio y tormento solo comparable al potro, la rueda y demás máquinas de tortura que la humanidad inventó en épocas pasa- das. Iniquidad se llama el obligarle á un hombre bajo la presión del tormento á que preste una declaración y se ligue con un juramento solemne. Iniquidad, por último, existe, en continuar el descrédito de un hom- bre, por solo venganza, al ver qué ese hombre está poniendo de manifiesto todos los errores, la ignoran- cia y la iniquidad. En cuanto á mi estado mental, quien lea mis escri- tos, las citas, las observaciones que hago y el silogis- mo que empleo, verá que es un estado mental tan exactamente parecido al corriente de los cuerdos, que no se diferencia en nada, salvo que yo he tenido di- ploma de loco, otorgado por........el querer de mis mé- dicos de consulta y los del Manicomio. Las pruebas de mi locura y de mi trastorno mental, son según esos médicos, que soy espiritista, que soy médium sicógrafo-auditivo; mas tarde agregarán magné- tico. He indicado suscintamente en uno de los capítu- los anteriores que el Espiritismo, los espiritistas y los médium han existido desde la creación del hom- bre; pero si eso aun no basta, no sé como se puede llamar locura, el oir cosas que se realizan al pié de la letra; que se escriba en materia que uno no conoce; que se le indique la existencia de cosas en un lugar deter- minado, la hora en un reloj distante del sitio en que uno está; que se le prescriba un tratamiento curativo con el cual se salva la vida y se disipan las dolencias, y por último, que aun se le prescriba el especial y muy individual que tengo, para ejercer el pretendido magne- —- 470 — íismo anifnal. Esta es una locura de la cual estoy agra- decido á mi Dios, porque con ella me salvó la vida en el Manicomio; me salvó la familia, porque sin ella la hubiera abandonado; me salvó de los ataques de la pa- rálisis de la laringe ó del Epiglótis; en fin, es una locura que lanza á los hombres que la sufrimos y que la tenemos, á todo lo bueno, lo humanitario, lo moral, y á contribuir al progreso humano en todas laa esferas en las cuales el Espiritista se encuentra colo- cado, ya por medio de cientos de publicaciones perió- dicas y diarias, ya de libros impresos. Locura, en cuya esfera están inscritos los hombres mas encumbrados en la virtud, en la ciencia, en la posición social y en el dinero, y todos los que abrigan pureza de sentimien- tos y bondad en el alma y en el corazón. Mientras tanto los cuerdos materialistas conducen alo contrario; el egoísmo es su norma, el yo y su bienestar es el todo, porque á eso les conducen sus teo- rías. El hombre que no cree en la inmortalidad del al- ma, en la existencia del Espíritu, no tiene temor al- guno de que éste pueda sufrir el castigo que sus malas acciones ocultas pueda acarrearle después de la muer- te. Su natural deseo es el bienestar mundano, y procu- ra lograrlo á toda costa; cuando más, respetará las le- yes y preceptos humanos, j)or temor al castigo corporal y á que se le prive del bienestar mundano, pero siem- pre que pueda ejecutar una acción no penada por esa ley ó que pueda quedar impune, pero que le reportará bienestar, la ejecutará una y mil veces, por reprobada que sea. Esparcida esta creencia materialista, la socie- dad no podría existir mucho tiempo, los crímenes ocul- tos serian infl nitos, todo orden cesaría y toda moral de- saparecería. Entre un loco espiritista y un cuerdo materialista, cuál es de mas garantía para la humanidad? Entre el pri- mero que dice, mientras esté en el mundo mis acciones públicas, mis acciones privadas, todas deben encami- -_ 471 — narseá hacer el bien; á practicar la virtud, porque si acá no encuentro la recompensa y felicidad, allá la obtendré, y el segundo que cree que el mas allá no existe, y lo que acá no se recompense ó la felicidad que se desea no se logre, no se logrará después; lanzán- dose según esta creencia á obtener á todo etffento esa dicha: ¿cuál es el mas útil á la humanidad? Nadie de- jará de aceptar al loco espiritista y de rechazar al cuer- do materialista. Cuando un médico con laudable propósito se ino- cula una enfermedad, para hacer un estudio autoclínico de ella, publicar sus observaciones, el efecto de los medicamentos y demás anotaciones, es calificado de hombre grande si salva del mal voluntariamente cau- sado; si muere se le considera y se le inscribe en el catálogo de los Mártires de la Ciencia. Pero cuando otros hombres se inician en un estudio, se inoculan en v esos misterios, como sucedió con Paz tfoldan, este vuestro humilde servidor, que se metió á hacer el mo- vimiento de mesas, evocación de Espíritus etc., para poder estudiar esos fenómenos, describrirlos y quizás encontrar sus leyes, pero que la desgracia hace que la iniciación ó inoculación del fluido universal, al desarro- llarse su medianimidad le cause ciertos efectos que le obligaron á practicar actos que una junta, de médicos los calificó de locura, no siendo sino la fiebre del Espi- ritismo; y que de allí, para adelante, una vez ya en convalecencia, se le prescribe el régimen de Manico- mio que casi le aniquila, resultando que su entusiasmo, su abnegación al emprender el estudio del Espiritismo, como lo hizo sin ser médico, le acarrease el epíteto de loco, y no de mártir de la ciencia ó de hombre Grande! Así juzga el mundo......médico.—Mientras tanto, mas loco es el médico, que sabiendo á lo que se espone, se inocula una enfermedad, que aquel que sin conocer na- da, vá á investigar el por qué de ciertos fenómenos evidentes. En lo que. ambos estarán acordes, es ser — 472 — considerados como imprudentes ó demasiado lijeros. Peligros gravísimos hay en los estudios espiritistas, como los hay en la química, en la medicina y otras ciencias, sin que los malos resultados sean causa pa- ra negar ni su existencia, ni su importancia, ni para calificar de loco al esperimentador. Mis observaciones en cuanto al origen de ciertas acciones que practican los supuestos locos ó los locos reales, ponen de manifiesto, con la lójica de la espe- riencía personal, la causa que las motiva, el estar co- locado por prescripción médica y asistentes "y por los temores de la familia, en la condición del Lego del Convento. Mis estudios auto-clínicos me han convenci- do del origen de ciertas monomanías, como la de consi- derarse viudo, perseguido, la de la animadversión ú odio á la familia; observaciones todas que mis cuerdos lectores han comprendido, las han analizado y han dado la razón al loco Paz Soldán, conviniendo en lo fundado de ellas y el estudio de profunda filosofía que ellas encierran, como mas de uno de ellos me lo ha di- cho y me lo ha escrito. Mi narración pecará por de- masiado repetir ciertas ideas y hechos, pero no debe olvidarse que el objeto que persigo es el de que se grave bien en la mente todo lo que indico, para llegar al fin apetecido. Una última preguntita rae permitirá mi paciente lector—¿Cree que la locura de este humilde escritor ha sido peligrosa, cree que lo es hoy dia, suponiéndolo loco, como lo pretenden sus médicos de Manicomio? Sin duda que no; porque esa locura ha servido para de- nunciar al publicóla existencia de un presidio ignora- do por todos, ha servido para que algo se comience á hacer para el alivio de una parte de la humanidad do- liente, la mas desgraciada á consecuencia de su en- fermedad, y por último bajo la forma de un folletín, os ha proporcionado instrucción con lo que os ahorra- rá dolores y sufrimientos como los que hemos pasado — 473 — yo y mi familia; os dá esperiencía del peligro de ciertas juntas médicas y del personal que la forme, haciendo que seáis cautos en momentos graves y os ha facilitado momentos de entretenimiento, debidos á la pobre, pero muy sincera pluma, del que la Ciencia Médica inscribió en un Manicomio público como el insano Carlos Paz Soldán. Réstame daros una disculpa por una omisión, pero ofreciendo á la vez lacompesacion. Debia probar que muchas monomanías son orijinadas no por la locura si- no por el desarrollo de la medianimidad inconsciente, no lo he hecho. La causa ha sido que el material reunido es tan abundante, que este primer trabajo se estenderia demasiado, y ya es tiempo que él comience á ser co- nocido y comentado por personas que estudian esta ciencia. Ya algo se desprende de lo que he dicho, pe- ro lo haré mas estensamente en la segunda parte que titularé—El Espiritismo, La Locura, El Mag- netismo ó Hypnotismo.» Allí daré cuenta de otras rail manifestaciones espiritistas de que aun no he he- cho mención, que corroboran mis observaciones y las relaciones que estas materias tienen entre sí. Mientras tanto, querido lector, que las bendiciones del Todo Poderoso os acompañen siempre, y que nun- ca tengáis que sufrir los infortunios, los tormentos morales y físicos que han sido por algún tiempo la suerte de vuestro humilde narrador de los «Estudios Espiritistas y la Vida de Loco.» FIN. ÍNDICE. PáginM Dedicatoria.................................................... 3 Introducción............................................... 5 CAPITULO t. Consideraciones generales sobre la existencia del Es- piritismo................................................ 9 CAPITULO II. Manifestaciones físicas—Movimiento de mesas—Que se entiende por médium—Varias clases—Mani- festación psicográfica y varias—Resultado de ellas...................................................... 19 CAPITULO III. Peligros y efecto del desarrollo de la medianimidad —Efectividad de las indicaciones espiritistas— Males que causa el lanzar teorías erradas sobre una ciencia—Lucha entre el espiritismo bueno y el burlón 6 maligno.................................... 30 CAPITULO IV. Recapitulación de las manifestaciones espiritistas au- ténticas que esperimenté—Racional procedimien- to que como consecuencia seguí-Erradas condes- cendencias y sus consecuencias—Diagnóstico me- Página». dico declarándome loco—Manifestaciones espiri- tistas de carácter indebido—Desarrollo de mi medianimidad parlante—Las juntas médicas pres- criben mi secuestro en mi domicilio—Citas histó- ricas y reflecciones referentes al Espiritismo, su antigüedad y su autenticidad........................ 41 CAPITULO v. Consecuencias fatales á que conduce un secuestro mé- dico en persona reputada como loca—Ideas que se conciben—La falta de criterio y de observa- ción en los cuidantes causa daños graves—Reflec- ciones sobre el tratamiento médico en el estado de locura—Consecuencias en el paciente—El error y la ignorancia médica ordenan mi plajio en un Manicomio público—Manifestaciones es- piritistas auditivas.................................... 54 CAPITULO VI. Consecuencias desastrosas á que conduce la impru- dencia y lijereza de los médicos—El Manicomio de Lima—Mi creencia de que las monomanías y locuras son en muchos casos el resultado de la influencia de los espíritus burlones 6 malignos— Principia mi vida de loco de Manicomio—Como se trata allí á un infeliz que ingresa—Conse- cuencias de mi plajio, ideas que concebí—Espli- cacion espiritista psicográfica del por qué de las manifestaciones auditivas que tuve cuando se me llevaba al Manicomio.................................. 67 CAPITULO VII. Sensaciones que esperimenta un loco cuerdo 6 en es- tado de lucidez—Asistencia médica en el Mani- comio de Lima—Causas que suelen conducir al suicidio á los habitantes de un Manicomio— Descripción de los departamentos del Manico- mio—Alimento—Los médicos prescriben mi in- comunicación absoluta con mi familia y mis amigos................................................... 78 — III — Páginas. CAPITULO VIII. Continúan las desgraciadas ideas, producto de un tra- tamiento médico, errado é inconsulto—Sensacio- nes que esperimenté en mi organismo—Trata- miento médico espiritista—Estado magnético 6 eléctrico de mi persona—Ejemplos—Comproba- ción del dicho de Alian Kardec sobre el errado tratamiento médico en el caso de los espiritis- tas—Manifestaciones espiritistas que comienzan á disipar las creencias de mis amigos respecto •á mí...................................................... 90 CAPITULO IX. Recibo un lavatorio y útiles de aseo personal remi- tidos por mi familia de que carecía en el Manico- mio—Revista que pasé á los infelices habitantes de ese lugar—No se conoce quien es el jefe del Manicomio—El Manicomio de Lima es un presi- dio—Consuelo que proporciona el Espiritismo al que es médium—Me encuentro con uno que habia sido mi empleado—Terror de que están poseídos los infelices locos á consecuencia del ré- gimen interior—El médico del Manicomio pla- • jia mi correspondencia—Su escusa—Sensacio- nes que esperimenta un loco de Manicomio, al ver seres queridos y no poder salir de su situa- ción—Sus consecuencias—Los calabozos de cas- tigo—Lugares an ti-higiénicos del Manicomio... 102 CAPITULO x. Continúa la descripción del Manicomio—Robos que practiqué allí, para burlar la incomunicación en que se me tenia y mi salud—Error médico es el suponer que la locura aguza el entendimiento— La causa verdadera—Un camarada me consuela —Los guardianes del Manicomio plajian los re- medios—Receta espiritista para calmar la sobre- excitación nerviosa de los médiums—Ideas racio- nalmente concebidas que apoderándose de un -- IV -- individuo, aparece como loco—Su causa—Las mo- nomanías son resultados de ideas racionales y cuerdas—Revelaciones espiritistas—El médico del Manicomio prohibe á mi médico de familia que me vea—Manifestaciones espiritistas......... CAPITULO XI. El peluquero del Manicomio—Su habilidad para ha- cer locos ad efectum videndi—Manifestacio- nes espiritistas—Un amigo mió burla la inco- municación en que se me tenia—Lo que dijo á mi familia—El enojo y disgusto que tuvo con el médico del Manicomio por lo que habia dicho— Se concede permiso á cuatro personas para que entren á verme, pero de lejos—El primer baño de tormento al que se me sometió—Nuevas mani- festaciones y consuelos espiritistas—Descripción de los locales destinados para baños—Tertulia nocturna sostenida entre los guardianes del Ma- nicomio en el salón de los pensionistas—Sus inconvenientes—Sus ventajas—De noche queda el Manicomio abandonado al cuidado de los guardianes.............................................. CAPITULO XII. Mi familia forma una junta médica que me vé en el Manicomio—Como hablé del Espiritismo los médicos declaran que sigo loco—Observacio- nes de Alian Kardec sobre la subyugación cor- poral hecha por el Espíritu—Observaciones de Herbert Spencer, Batty Tuke y Mandsley sobre el tratamiento de la locura y los Manicomios— Sigue el relato descriptivo del Manicomio y su disciplina— Letreros curiosos— Observaciones sobre el régimen é inspección del local—Críme- nes que pueden cometerse en ese lugar—El Ma- nicomio de Lima es presidio de borrachos—Inci- dente con uno que ingresó—Sus temores, su susto—El tratamiento p,rescripto es causa de lo- cura—Baño de camiseta—Lo que es la asisten- cia médica en el Manicomio—Mi medianimidad Páginas. espiritista me libra de las consecuencias funestas de un remedio inaparente............................. 140 CAPITULO XIII. Causas por las cuales he asociado á la descripción de la Vida de Loco, el Espiritismo—Mis reflexiones al creerme loco—Mi medianimidad me alienta y me libra de serlo en realidad—Manifestaciones espiritistas para convencerme de la existencia de esta ciencia—Sensaciones personales que se- guí esperimentando en el Manicomio—Una súbi- ta resolución me facilita romper la incomunicación con mi familia—Mi primera carta—La contesta- ción—Facilidad para dudar cuando circunstan- cias especiales le rodean á uno 6 el ánimo está prevenido................................................ 155 CAPITULO XIV. Come un error de fecha, lo aprovecha el médico del Manicomio para hacer creerá mi familia que sigo loco—Los médicos califican mi enfermedad men- tal de locura racional—Hago un almanaque— Mi correspondencia—Se me anuncia mi próxima salida del Manicomio—Mi salida.................. 168 CAPITULO XV. Impresiones de un loco cuando sale de un Manicomio —Resultado de un nuevo error médico—Se me traslada al caserío de La Punta—Quedo instala- do allí—Desastrosos efectos de la falta de con- fianza para comunicarse sus ideas dos personas— Mi firme creencia en el Espiritismo no obstante mi martirio—Sus manifestaciones—Quedo solo en el Caserío á cargo de un cuidante............ 178 CAPITULO XVI. Comencé á hacer uso de la libertad en que creia es- tar—Mi cuidante principia á dar pruebas de ser mi carcelero—Percances á que dió origen su — VI — Páginas. conducta novel y atolondrada—Casi realización de la escena del Lego del Convento con el Tudez- co—Resultados de las imprudencias de mi cui- dante—Mi evasión deLa Punta..................... 188 CAPITULO XVII. Comienza mi persecución—Mis temores y mi pruden- cia—Mis estratagemas para salvar—Burlo la vi- jilancia de mi cuidante—Estoy en plena liber- tad—Emprendo viaje á pié del Callao á Lima— Males que se causa con diagnósticos médicos er- rados—Enfermedad que me asaltó durante mi evasión—Prevenciones espiritistas— Encuentro con varias personas conocidas—Mi llegada á Lima.................................................... 200 CAPITULO XVIII. Conducta ilógica de mi cuidante de La Punta—Tras- torno de mis cálculos—Llego á mi casa—Lo que sucedió—Efectos del pánico introducido por los médicos—Observaciones—Mi esposa y mis hijos —En mi casa vuelvo á quedar en la condición del Lego del Convento—Mi cuidante en La Punta se presenta—Mi recibimiento—Manifestaciones es- piritistas—El médico del Manicomio viene á verme—Nuestra entrevista—Su amenaza—Mo- nomanía de terror y persecución causada por loa médicos—Mi penúltimo hijo me acaricia—No de- bia volverle á ver....................................... 213 CAPITULO XIX. Inconvenientes de las publicaciones por entregas 6 en folletín—Causas de locura—Nuevas razones para continuar mi tarea humanitaria—El Espi- ritismo juzgado por los sabios, los políticos, los literatos y los prestidijitadores—¿Qué cosa es el Espiritismo?.......................................... 225 CAPITULO xx. El Reglamento del Manicomio de Lima—Sus defec- — vn -- tos—A lo que se presta—Necesidad de su re- forma..................................................... CAPITULO XXI. Críticas que me ha acarreado este trabajo—Dicho de Carlyle—Recapitulación—Ideas que-tuve en el Manicomio—Causas de la Hipocondría y fas- tidio ala vida—Efectos de mi caminata del Ca- llao á Lima—Tratamiento auto-médico que se- guí—Cuadro de familia en casa de un loco—El loco juega al ajedrez mejor que sus cuidantes— Secuestro de mis navajas de afeitar—Efecto sa- ludable de un cuidante sagaz—Invito á un ami- go á almorzar—Manifestaciones espiritistas y revelaciones—Un presentimiento—Invito á otro amigo á comer—Efectos de la comida............ CAPITULO XXII. Preámbulos que causaron mi segundo plajio—Las su- jestiones médicas imprudentes producen efectos perniciosos—Como se traduce toda acción de la persona reputada loca—Manifestaciones espiritis- tas indebidas—Su efecto—Sigo colocado en la condición del Lego del Convento—El poder de la ciencia médica con sus diagnósticos y pro- nósticos—Sus errores—Escena con un amigo médico—Filosofía de estos hechos—El médico del Manicomio ordena aun amigo mi nuevo plajio sin verme ni reconocerme................................. CAPITULO XXIII. Pruebas del Espiritismo—Se predice mi horóscopo — Palabras que inventa el Espiritismo—Explicación 6 causa de la oscuridad de los antiguos oráculos —Manifestaciones espiritistas—Situación violen- ta por exceso de celo para cuidarme—Se obliga á mi esposa á que deje mi casa—Mis angustias— Comienza á realizarse mi horóscopo—Se me vuel- ve á conducir al Manicomio—Un hombre pue- de cometer un asesinato en legítima defensa y — VIII — ser considerado el hecho como resultado de locu- ra....... ............................•.................... CAPITULO XXIV Páginas 275. Medidas que adopté para conocer las causas de mi se- gundo plajio—Documentos que ponen en eviden- cia los hechos—Lo que pasó con los guardianes del Manicomio cuando recien ingresé—Manifes- taciones Espiritistas—Nueva prueba del abando- no de asistencia médica en el Manicomio........ 290. • CAPITULO XXV Se me somete a un tratamiento médico sin previo reco- conocimiento—Un segundo baño de lluvia de presidio—El Espiritismo me alienta—El Baño de Camiseta—Lo que es y como se aplica ese tor- mento—Bajo su acción se me somete á un interro- gatorio—Efectos fisiológicos del baño—Refleccio- nes....................................................... 303. CAPITULO XXVI. El Manicomio de Lima juzgado por un médico, el Dr^ Manuel A. Muñiz...................................... 316. CAPITULO XXVII. Observaciones respecto al errado tratamiento de la locura—Mi situación en el Manicomio—El Cape- llán del Manicomio—Falsas creencias de la me- dicina respecto á ciertos efectos atribuidos á la locura.................................................... 331. CAPITULO XXVIII. Comienzo á idear medios para mejorar de situación— Mis cartas con ese objeto—Escollos que encon- tré—La idea de evadirme toma consistencia—El Espiritismo me contiene—Busco un compañero— Triste resultado—Los guardianes juzgados por los infelices habitantes del Manicomio—Planes — IX — de evasión—La monomanía evasiva-Su causa— Mi plan queda resuelto—En el Manicomio se prohibe el paseo en los jardines—Coincidencias— Manifestaciones espiritistas—Médiums auditivos.. CAPITULO XXIX. Consigo un plano de la Ciudad de Lima—Otra falta de asistencia médica en el Manicomio—El espiri- tismo comienza á ayudarme en mi plan de eva- sión—Sus advertencias—Logro evadirme........... CAPITULO XXX. Mis percances en las calles de Lima—Manifestaciones espiritistas—Quedo desorientado—Mi encuentro con un antiguo sirviente—El guardián del Ma- nicomio me apresa—Escenas que tuvieron lugar —Atentado de estos piocedimientos—Mi encuen- tro con un conocido—Tentativas de salvación— Nuevas manifestaciones espiritistas—Conducta de un oficial de guardia—Facilita tropa para que sea secuestrado—Como salvo de ir amarrado— Regreso al Manicomio bajo palabra de honor— Soy introducido allí otra vez....................... CAPITULO XXXI. Mi horóscopo sigue cumpliéndose—Peligros para la sociedad de Lima con lo que pasa en el Manico- mio—El Ser á quien he dedicado este trabajo se desencarna—Vaticinios de un espiritista vidente —Se me ponen grillos y se me prohibe estar en los salones como castigo por mi evasión—Mi en- trevista con el médico del Manicomio—Su indife- rencia médica—Me prescribe un baño de lluvia de presidio como castigo adicional—Mis bolsillos se registran y se secuestran mis papeles, cartas, dinero, lapices etc.—Se me pone en imposibilidad de toda reacción después del baño—El Espiritis- mo es un consuelo—Se nedoblan los castigos— Se me somete á otro baño de camiseta—El Es- piritismo me alienta y me dá los medios de sopor- J Páginas. tar este tormento—Sujeto á este castigo se me exije un juramento.................................... 382 CAPITULO XXXII. Prescripciones médicas de efectos dañinos—Refleccio- nes respecto al Baño de Camiseta—Pruebas de Ber el Manicomio presidio de alcoholistas—Cam- bia el médico del Manicomio—Mis esperanzas- Desengaño—Me declara que un poder supremo me retiene en el Manicomio—Como se enloquece á las personas—Obstinación de los médicos cuan- do han formulado un diagnóstico—El Espiritis- mo vuelve á ayudarme—La entrevista con la ma- dre superiora del Manicomio......................... 395 capitulo xxxin. Resultados de la entrevista con la Madre Superiora— La idea de evadirme no me abandona—Nuevas tentativas—Son desgraciadas—Comprobación del efecto del sistema de no restricción para el régi- men de los Manicomios—El Médico del Manico- mio se hace retratar con los locos—Este acto es vituperable—El Dr. Pinel y las locas, en el siglo pasado—Informe oficial del Inspector y del Mé- dico del Manicomio con motivo de mi publica- ción........................................................ 407 CAPITULO XXXIV Análisis y comentarios referentes á los informes del Inspector y del Médico del Manicomio............. 422 CAPITULO xxxv. Errada creencia respecto á que la locura produce el rencor ó animadversión contra la familia—La ver- dadera causa—Manifestaciones espiritistas—Mi familia queda vindicada—Otra manía causada por el tratamiento médico de la locura—Como sa- né de ella y régimen que seguí para lograrlo........ 435 * -- XI -- Páginas. CAPITULO XXXVI. Como se me sigue tratando en el Manicomio—Co- mo se cree á un hombre loco, que practica sin embargo actos muy cuerdos—Las sensaciones des- agradables deunex-loco,cuando sale de un Manico- mio y frecuenta la calle y la sociedad—La misa en el Manicomio—Nuevo pronóstico espiritista— Llegada de mi Sr. Padre áLima—Su viaje al Ma- nicomio—Nuestra primera entrevista—Salgo de allí—Mi horóscopo ee realizó con toda exactitud... 447 CAPITULO XXXVII. Llego í mi casa—Mi familia—Noto la falta dé mi pe- núltimo hijo—Manifestación Espiritista que me descubre la verdad—Efectos de estos aconteci- mientos en los que los presenciaron—Ataques y en- fermedades que esperimenté en esos dias—Méto- do curativo prescrito por el Espiritismo—Reca- pitulación de este trabajo—Anuncio otro libro sobre el Espiritismo, la Locura y el Magnetismo ó Hypnotismo y su relación entre ¡-i—Me des- pido del lector.......................................... 458 FIN. i I % w I A, WM 40 P348e 1886 43110040R NLM 05517101 7 NATIONAL LIBRARY Of MEDICINE ^> 7,K -ja* ■^'V r.xi* í/"' >*^5 r^» ¿j ?' »i A ?h ¿ \ fc v> ^Vt ■;, pr,.&*- *x+* '.€ NLM052179097