H. Valdizán Locos de la Colonia LIMA - 1919 Sanmarti y Ca.-Lima Impresores A MODO DE PROLOGO Sin presumir de historiógrafo cargo que sólo la malevolencia pu- diera formular contra mi labor histórica modesta, he escrito este li- bro, que es continuación de mi tesis doctoral del título «La alienación mental entre los primitivos peruanos». Habiendo escrito algunas pá- ginas destinadas a hacer luz- aunque luz de candil sea-acerca de la alienación mental entre las antiguas gentes del Perú, pretendí escribir otras páginas acerca de las enfermedades mentales en el Perú colonial. Y estos «Locos de la Colonia» constituyen satisfacción de ese anhelo inofensivo, que entrego a la benevolencia del lector. Enamorado de la historia de mi patria, buscando en ella, a la Vez que reposo a las fatigas de la diaria labor, explicación de las amarguras del presente y augurio de horas serenas, me he limitado a llenar un va- cío en las filas de nuestro Cuerpo Médico, escribiendo acerca de nuestra Historia Médica que no contaba con exceso de cultivadores. Llevado del donoso refrán «a la falta de pan buenas son tortas», puse mi labor modesta al servicio de esas investigaciones históricas, que, desgraciada- mente, no han logrado despertar la curiosidad entusiasta de los ele- mentos jóvenes, a despecho de mis cálidas invitaciones y de mi ofreci- miento sincero de una colaboración leal. Y ahora, escribiendo de Historia nuevamente, quiero poner en el frontispicio de estos «Locos de la Colonia», una invitación más a los jóvenes; quiero estimular nuevamente la curiosidad de ellos y su gene- rosa laboriosidad, para que ellos nos digan acerca de las obras de los vie- jos y de los olvidados; para que ellos, huyendo de las tentaciones de la investigación extranjera, aborden el estudio de los problemas naciona- les, de aquellos que, de continuar en nuestra apatía y en nuestra indo- lencia, nos vendrán estudiados algún día, de fuera, como lección y co- mo reproche. H. VALDIZAN Lima, 1919. 1 CAPITULO I. LAS NEUROSIS: HISTERICOS Y EPILEPTICOS De la existencia de las neurosis en el Perú colonial y de la manera maravi- llosa COMO ELLAS FUERON CURADAS. LOS AUTO-ACUSADORES ANTE EL TRIBUNAL DEL Santo Oficio.-Delitos de epilépticos.- La boga de las crisis convulsivas Algunos cronistas de Indias, que no todos, refieren en las pági- nas amables de sus interesantes libros, accidentes curiosos de Ín- dole nerviosa, maravillosamente curados. Entre esos casos, de los Cronistas referidos, algunos hay que invitan al lector a pensar en los síndromes de forma varia de la histeria y hay otros que llevan nuestro pensamiento hacia la epilepsia. La histeria y la epilepsia, tan en justicia llamadas grandes neu- rosis, no debieron ser raras en estos reinos del Perú, los cuales no contaron entre sus venturas, que fueron muchas, aquella de sustraer- se a todas las causas consideradas como productoras o favorecedo- ras de las dichas enfermedades (1): al empleo de bebidas moderada- (1)-Briquet: «Traite clinique et therapeutique de 1' hysteríe». París, 1859. 2 mente alcohólicas, como la chicha de los indios, había sucedido el abusivo empleo del aguardiente de caña; la licencia de costumbres habíase hecho mayor y había originado un incremento de la activi- dad genésica; a los pueriles terrores de la antigua gentilidad perua- na habían sucedido los graves temores de perdición eterna deriva- dos de un misticismo rudimentario; a las guerras de tribus habían sucedido las guerras de partidos; a las enfermedades ya existentes en estas tierras de América, habían venido a sumarse aquellas que del Viejo Mundo trajeron los conquistadores; y, por último, la sífi- lis, cuyo origen precolombino se discute todavía y cuya importan- cia en la etiología de la histeria comienza a aceptarse, había adqui- rido difusión alarmante. Así, pues, existían muchos de los factores de naturaleza diversa nocivos al sistema nervioso y propicios a la producción del shoc emocional (1) y de la unión de dichos factores debió derivar la frecuencia en el virreinato del mal de madre y de la gota coral, nombres con los cuales conocieron los médicos del colo- niaje a estas mismas enfermedades que hoy en día vienen llamadas histeria y epilepsia. Refiere el Padre Calancha (2) que, por los años de 1619, vivía en el pueblo de Guadalupe una mujer india, llamada Isabel Esyoc, persona de buenas costumbres y de probada virtud, la cual asevera- ba, con muestras de la mayor piedad, haber sido milagrosamente curada de una parálisis. ¿De qué naturaleza fué esta parálisis de la buena india? La pro- lijidad informativa del Padre Calancha no abunda en detalles que puedan permitirnos reconstruir la naturaleza íntima de la dolencia de doña Isabel y formular un diagnóstico preciso. Ligereza imper- donable fuera considerar de naturaleza histérica todas las parálisis, con el vano deseo de lograr ejemplares que exhibir en este capítulo; lo fuera, así mismo, considerar como de dicha naturaleza histérica todas las parálisis curables; pero, esta circunstancia de la curabili- dad de la parálisis de doña Isabel apoya, aún cuando sea ligeramen- te. nuestra sospecha de la histeria de la sujeto, persona mística, en- tregada, tal vez, a las prácticas severas de su misticismo y víctima probable del debilitamiento nervioso derivado de dichas prácticas. Adviértase que sólo anunciamos una sospecha y que es parte a ello la circunstancia de ser la curación rápida y radical de una parálisis, circunstancia que predispone en favor de un origen histérico. - El Padre Melendez nos refiere que el doctor Valera, médico residente en la Ciudad de los Reyes, prestaba sus servicios profesio (1)-Chaslin: «Eléments de Sémiologie et Clinique mentales». París, 1912. (2)- «Crónica Moralizada déla Orden de San Agustín. Barcelona. 1639 3 nales a D. Juan Esteban de Toledo, sujeto de veinte años de edad, que había adolecido de «tan grave dolor de estómago que lo privó totalmente de sentidos y arrojaba espumajos por la boca». Leyendo la relación de lo ocurrido a don Juan Esteban asáltan- nos algunas dudas al pretender asignarle en justicia un puesto en es- te capítulo: Aquella «pérdida de sentidos» y aquel arrojar espuma- jos por la boca podrían autorizarnos a pensar en la epilepsia y acep- tando esta hipótesis no nos sería difícil interpretar aquel tremendo dolor de estómago como una de las llamadas auras sensitivas de la dicha enfermedad; pero no sería inaceptable pensar en un dolor visceral suficientemente intenso para determinar el fenómeno inhi- bitorio de la «pérdida de sentido», hipótesis que puede discutirse recordando que la patología colonial conocía y procuraba bien atender toda una serie de crisis dolorosas dentro de las cuales hallá- banse consideradas los cólicos miserere y algunos otros que, por su localización, fueron llamados dolores entripados. Asistiéndonos la duda diagnóstica entre epilepsia y una crisis viscerálgica intensa, de origen incógnito, nosotros nos quedaríamos en la duda, pero inclinándonos en el sentido de la primera enferme- dad: quienes asistimos epilépticos sabemos como estos desventura- dos enfermos interpretan como verdaderas curaciones las treguas más o menos considerables de sus crisis convulsivas. Muchos de ellos trascurren la mayor parte de su vida en un infatigable ensayo de curaciones nuevas: poniendo su esperanza en una cura y sufriendo un desencanto en cada fracaso terapéutico, sólo después de muchos ensayos y de muchos desengaños se abandonan resignadamente a la evolución déla terrible dolencia. Nada de particular quedon Juan Esteban de Toledo hubiera sido un convulsionario, un epiléptico o un histérico, y que la familia hubiera ocultado celosamente la no- ticia de sus grandes ataques, sabedora como era de cuan expuestos estaban los convulsionarios de aquel entonces a ser considerados como habitual domicilio de algún demonio buscón de cómodo alo- jamiento. Por lo demás, sabemos bien que el gran ataque no es indis- pensable, en muchos casos, para bien establecer un diagnóstico de histeria o de epilepsia. En otro caso, citado también por el Padre Melendez dáse no- ticia de los episodios francamente histéricos sufridos por una señora establecida en la Ciudad de los Reyes. Era doña Josefa de Barrios una dama de ordenado vivir y de austeras costumbres, muy celosa de la salvación de su ánima y muy asidua en la mortificación y en la penitencia. Sucedióla una vez, que habiendo ayunado severamen- (1)-Tesoros verdaderos de Indias. Roma, 1681. 4 te durante tres días consecutivos, trascurridos ellos le fué imposible tomar alimento alguno: llevábase el alimento a los labios y apenas en ellos obligábale a devolverlos la violencia del vómito y era ori- gen de esta violencia «un bulto que del estómago ascendía hacía el pecho y llegaba a privarla de conocimiento y a derribarla». El caso de doña Josefa es menos de discutir que los casos ante- riores: aquel bulto ascendente corresponde bien al clásico «bolo histérico», el útero movedizo y perturbador que los devotos de la doctrina uterina de la gran neurosis curaban con la sujeción más o menos violenta y más o menos grotesca del útero y con los masa- jes más o menos lícitos de los ovarios: si agregamos a este síntoma del bolo histérico las «pérdidas de conocimiento» de doña Josefa, sus crisis nauseosas y su solemne crisis anoréxica, no nos es dificil concluir que era una histeria la responsable de todas aquellas inco- modidades de la dama limeña penosamente sufridas. Agreguemos a los elementos sintomáticos, la consideración etio- lógica del misticismo de doña Josefa y aquella otra de sus prolonga- dos y severos ayunos que han sido considerados en nuestros tiem- pos como fácil generador de la llamada anorexia mental (1), cuyos estragos adquieren en muchísimos casos una excepcional gravedad (2). Y hecha esta agregación y en momentos en los cuales la doctri- na uterina de la histeria ha pasado a la categoría de los recuerdos históricos, formulemos este diagnóstico de histeria, sin mengua del buen nombre de que gozó en vida la señora de Barrios. •-Escribiendo acerca de las admirables conversiones hechas en la Ciudad de los Reyes por el Reverendo Padre Portillo, de la Compañía de J esús, refiere el Padre Anello Oliva (3) el cambio ope- rado, por obra de dicho sacerdote, en la persona de una hermosa mu- jer que fué en los Reyes ejemplo de liviandad y de falta desmedida de toda virtud: Refiere el autor que Doña Leonor de Logroño era en la segunda mitad del siglo XVI, «el lazo más suelto que el demo- nio tenía armado en esta ciudad» y que bien pudo decirse de dicha dama «mulier in civitate peccatorix». El Padre Portillo comenzó por hablar con dicha dama de cuestiones indiferentes, que ninguna re- lación tenían con la vida licenciosa que ella hacía en la metrópoli; suplicóla después, que le hiciera la merced de escucharle sus sermo- nes y ella, juzgando que el prestigio del religioso la hacía bien lejos de dañarla y viendo que el sacerdote no la hablaba de abandonar (1)-Dejeríne et Gauckler: «Les manifestations íonctionnelles des psychonevroses». París, 1911. (2)-Gasne: Un cas d' anorexie hysterique.-«Nouvelle Icpnographie de la Salpe- triére». París, 1900. (3)-Anello Oliva: «Historia del reino y provincias del Perú*. Lima 1895. 5 su vida de escándalos, accedió a la sclicitud y escuchó los sermones del Padre Portillo, cuya elocuencia fué tanta que la pecadora resol- vió abandonar el mal camino y emprender el de la eterna salvación, en la forma que el Padre Anello Oliva refiere así: «Sacó de sí toda « aquella profanidad de afeites y vestidos: vistióse uno de paño vie- « jo: una toca basta en la cabeza y un cilicio en el cuerpo, y pcnién- « dose de rodillas ante Dios le pidió con grande instancia que aquel « cuerpo que había sido tan regalado y tan dado a delitos en ofensa «suya fuese atormentado en esta vida con dolores en los cuales « satisfaciese algo de lo que debía por sus muchos pecados «tratábase ásperamente con ordinaria disciplina y ayuno, no dor- « mía en cama sino en unas cañas que más le servían de tormento « que no de descanso y usando destas con otras asperezas tomaba «venganza de si misma y con gran coraje contra su propio cuerpo « que le trataba como a su capital enemigo». Continuando la historia de doña Leonor refiere el Padre Oli- vo que «dentro de poco tiempo la regaló con tan vehementes dolo- « res de todo su cuerpo que parecía le cortaban todos sus nervios y « coiuncturas sin que le faltasen un instante hasta el último de la « muerte, por más de veinte años continuos que vivió; eran para ella « estos dolores suavísimos regalos. . . . comulgaba dos veces en la « semana sino era cuando le apretaban tanto los dolores que no po- « día salir de casa a pie ni en silla.. ..» ¿Conversión pronta, reveladora de sugestibilidad aumentada, dolores intensos e incesantes, solo variables en intensidad, permiten sospechar la histeria de Leonor de Logroño? Indudablemente que no y tanto más que aquella señora había hecho en Los Reyes escan- daloso comercio de su hermosura y aquel comercio no estaba exen- to, como no lo está actualmente, de quiebras que son daño de la salud y muchas veces causa de muerte. Si la desventurada mundana hu- bo la desdicha de una infección venérea; si ella contrajo la sífilis, nada de particular que aquellos dolores «de todo su cuerpo», «que parecía le cortaran todos sus nervios y coyunturas», sólo fueran los dolores fulgurantes de una tabes y que la ataxia locomotriz no fuera completamente ajena a aquella imposibilidad de doña Leonor de salir «a pie ni en silla» al ejercicio de sus prácticas devotas. -Como en el caso de la paralítica del Padre Calancha, sólo nos es posible la sospecha de histeria en el caso de Francisca Argote, negra de la cual dice el mismo autor que «estaba tullida» (2) desde hacía tres largos años. La duración de estas contracturas no es argumento contrario (1)-tullida, contracturada. 6 al origen histérico de ellas. Es posible tolerar que crea el vulgo, equivocadamente, que el histérico es «varium et mutabile» por ex- celencia y que todos los trastornos nerviosos de origen histérico participan de esas características de diversidad y de mutabilidad; pero los médicos estamos obligados a recordar que las parálisis his- téricas pueden prolongarse por muchos años, aún a despecho de la prolija asistencia y en-desmentido de los más favorables pronósti- cos. La Argote, a raíz de sus contracturas, no dejó la casa en la cual vivía, ni abandonó a las personas con las cuales vivía y es de creer que se dió fomento a su misticismo y se hizo mayor la causa de él .por aquellos mismos que pretendían curar a la enferma y fué en es- tas condiciones que sobrevino la curación por obra de la fe, cura- ción que de derecho corresponde a la hoy llamada Psicoterapia, por ser cura dirigida al espíritu de los enfermos. Vistas estas considera- ciones, sea justificada nuestra sospecha de la naturaleza histérica de las contracturas que mantuvieron a la negrita Argote tullida por espacio de tres años. -El Padre Melendez nos refiere un probable caso de sicosis histérica cuando nos da noticia de como «perdió el juicio de melan- colía y aprietos de garganta Sor Rafaela Esquivel.» Más que la melancolía de que habla el autor, son los aprietos de garganta los que nos hacen pensar en la posibilidad de una sicosis histérica. Con el nombre de aprietos de garganta designáronlos prác- ticos de la época colonial lo que llamamos espasmos los modernos: si dichos espasmos hubieron naturaleza histérica en la religiosa li- meña, nada de particular que fueran de idéntica naturaleza los tras- tornos síquicos que sucedieron a dichos espasmos en la Madre Es- quivel y que la melancolía correspondiera a un episodio depresivo. Síntomas frecuentes de histeria, cuya aparatosa gravedad im- presiona tan vivamente a las personas que acompañan al enfermo, son estos espasmos a algunos de los cuales obsequiara Pitres la de- nominación de espasmos rítmicos histéricos-, de variable violencia, limítanse, por regla general, a los movimientos de los ojos, de la ca- beza y del cuello y pertenece a este grupo de síntomas el esofagismo, que entra en escena en casos de una cierta gravedad (1) y es la pro- bable y justiciera etiqueta de los aprietos de garganta de Sor Rafaela. Respecto a la sicosis histérica, nos ha movido a pensar en ella la relación de causalidad establecida por el Padre Meléndez, quien dice que Sor Rafaela «perdió el juicio de melancolía y aprietos de garganta». Parece indicar esta relación que el trastorno síquico se inició en forma depresiva y que a esta depresión la llamó melanco- (1)-Richer: «Paralysies et contractures hysteriques». París, 1892 7 lía el ilustrado dominico. Y no se arguya que los aprietos de gargan- ta pudieron ser síntoma de proceso infeccioso de sede laríngea aue hubiera podido favorecer a una sicosis tóxica; pues el Padre Me- lendez menciona en su Crónica,en diversos pasajes, las dichas enfer- medades infecciosas, las más graves de las cuales fueron conocidas de los médicos del virreinato con los nombres de garrotillo y esqui- nando. -El mismo Padre Melendez. refiriendo lo ocurrido a una reli- giosa del Convento de la Encarnación en Lima, dice: «en el Convento mismo padecía epylepsia o gota coral Sor Beatriz de Montoya: llegó a estar desahuciada y bebiendo los polvos de la Rosa (Santa Rosa de Lima) cedió el dolor y la dejó libre, buena y sana». Si la curabilidad por sugestióne persuación es característica de la histeria (1), de tal merece ser calificada la «epilepsia de Sor Beatriz», cuyo dolor puede ser interpretado como correspondiente a los procesos hiperestésicos de la histeria. No sea motivo de extra- ñeza nuestro poco respeto por el diagnóstico del Padre Melendez Pudo equivocarse Su Paternidad y nada de malo que incurriera en error persona que no tenía hechos estudios de medicina si incurría en idéntica equivocación sujetos que los tenían hecho y, al decir de ellos, muy concienzudamente. -El Tribunal del Santo Oficio hubo de vérselas en más de una oportunidad con sujetos más o menos francamente histéricos: En el año de 1625 castigó el Tribunal de la Inquisición a Ana María Perez (a) la Platera, mulata, natural de Cuenca, la cual reci- bió 200 azotes y fué condenada a cinco años de reclusión. En época en la cual bastaba el chisme de una comadre mal intencionada para hacer conocimiento con los alguaciles del Santo Oficio y respirar el aire de sus carceletas, y en la cual era bastante una sospecha de he- rejía para sufrir los horrores de la tortura, la desdichada Platera u- vo el poco tino de manifestar que era santa desde que se hallaba en el vientre de su señora madre. Dijo también esta señora haber tenido éxtasis y haber recibido del cielo el dón de profesía (2). Si los éxtasis de la «Platera» fueron tan invención como sus do- nes prodigiosos y como su santidad original, es cosa que no hemos podido comprobar, ni debieron comprobar tampoco los señores del Santo Oficio, cuando a tantos azotes condenaron a la mulata y a tan largo encierro. Es más de creer que la Platera, en su obrar in- discreto, tradujera algunos de los síntomas de una histeria: aquel su mentir mitomaniaco, mentir del cual dice Bianchi que es «un (1)-Babinski: «Definition de 1' hysterie», «Revue Neurologique» París, 1901. (2)-Palma: «Anales de la Inquisición de Lima», en «Apéndice á mis últimas tra- diciones». Barcelona, 1910. 8 mentir por el placer de mentir» (1) y aquel desconocimiento de los peligros que rodeaban a quienes tenían la debilidad de conceder actividad incondicional a la lengua están a indicar que el espíritu de la Platera no era un ejemplar de acabada salud, ni mucho me- nos. La sospecha de histeria en la Platera está afianzada por su mis- ticismo: es probable que las severidades de este hubieran determi- nado en la mulata la eclosión de una histeria, traducida por los sín- tomas que hemos mencionado y por aquellos éxtasis que los señores de la Inquisición pusieron en tela de juicio. ■ En cuanto al delirio re- trógado de esta mulata que se cree santa desde el vientre de su ma- dre y en cuanto a su delirio palingnóstico revelado en la creencia de estar llamada a una misión en la vida, uno y otro no son raros: caso muy semejante es el conocidísimo de Elias Marión, quien escribe: «Te aseguro, me dice el Espíritu Santo, que te he destinado a mi glo- ria en el vientre de tu madre (2): Carecemos de informaciones que nos permitan excluir las po- sibilidades de una paranoia religiosa'.}^ «Platera» aparecería ante los inquisidores en pleno período de estado, con alucinaciones visi- vas y auditivas, con alucinaciones sico-motoras verbales, con sus accesos de éxtasis y en un bosquejo megalomaniático representado por su dón de profecía. -En el año de 1693 el Tribunal del Santo Oficio castigó con cinco años de encierro a la beata Angela de Olivitos y Esquivel, blanca, de 28 años de edad y de oficio costurera (3); persona que aparentaba tan cristiano y tan ordenado modo de vivir que los lime ños conocíanla más con el nombre de la hermana Angela de Cristo que con el suyo propio de Angela de Olivitos y Esquivel. Decía la Olivitos, a quienes querían escucharla, que contaba entre sus dichas la de recibir la visita de los serafines y aquella de recibir del cielo muchas y muy graves revelaciones. De la herética calidad de éstas y de las pocaspruebasdelascelestialesvisitasdeducieronlosseño- res Inquisidores que la beata no era acreedora al respeto con el cual tratábanla en la Ciudad de los Reyes. Súpose, además, que la virtud déla beata no era sólida en demasía y averiguóse que vivía marital- mente con un sujeto y que, a pesar de vivir en pecado mortal, co- mulgaba diariamente. Y, en sabiéndose todo esto y recordándose que público había sido el pecado de la beata, y de escándalo su relajada vida, y su decir mentiroso, en público la castigaron y en la forma que dejamos dicha. (1)-Bianchi: «Trattato di Psichiatria». Napoli, 1901. (2)-Elie Marión de .Gevennes: «Advertencias proféticas». Londres, 1707, (3)-Palma: Ob. cit. 9 Séanos permitido repetir, a propósito de la Olivitos, cuanto de- jamos dicho acerca de la Platera. Y, dándolas por bien castigadas abandonémoslas en este capítulo. -El Santo Oficio castigó sin demasías de piedad, a muchos su- jetos víctimas de aquel síntoma de histeria tan conocido con el nom- bre de auto-acusación, menos peligroso, ciertamente, que aquel de la hétero-acusación (1): En 13 de abril de 1578 fueron condenados por el Tribunal tres religiosos dominicos, víctimas de las sugestiones de una histérica, cuyas palabras eran de ellos tomadas como palabras de santos y de angeles, y consideradas como maravillosas revelaciones de la divini- dad. Los tres religiosos eran otros tantos histéricos, y nada de par- ticular en esta asociación de enfermos si se piensa que basta la pre- sencia de un histérico en una asociación de predispuestos o de frá- giles síquicos para que se produzca el estallido de verdaderas epide- mias de histeria,en un modo semejantes alas epidemias coreomania- cas de la Edad Media. Uno de los tres religiosos dominicos se delató a sí mismo de haber prestado entero crédito a la embaucadora, y otro de ellos, a quien la sugestionadora llegó a hacerle creer que era el Mesías, ma- nifestó que, por insinuaciones de la mala mujer, había tenido un hi- jo al cual había puesto por nombre Bautista. En el auto de fe celebrado el 10 de diciembre de 1600 fué con- denado el clérigo Rodrigo Ortiz, quien se acusó humildemente an- te el Tribunal de haber tenido acceso con varias mujeres en el mis- mo confesonario. Y fueron innumerables los sujetos condenados, como el sevilla- no Luis Enrique Torquemada, por haberse jactado públicamente de tener a su dispesición demonio familiar que la favorecía decidi- damente en sus amorosas aventuras y en cuanto asunto podía ofre- cérsele. -De un lamentable caso ocurrido en la Ciudad de los Reyes en 1649 da puntualizada noticia el prolijo Mugaburu (2): «Miércoles catorce del dicho (Julio de 1649) sucedió en esta « ciudad la mayor atrocidad que ha habido en el mundo, y fué que « un negro de casta terranovo con un machete fregenal mató a una « negra de su misma casta y la hizo tasajos todo el cuerpo; y luego « al licenciado Isidro, sacerdote, le dió once heridas, todas de muer- te, y lecortó los dedosdelas manes, que lo dejó por muerto.. Yluego « entró en otra casa y mató un indio y a una india, hirió al dueño de (1)-Morel: «Traite des maladies mentales». París, 1860, (2)-«Diario de Lima, (1G40-1G94)», edición Urteaga-Romero. Lima, 1917. 10 «la casa, a su mujer y a una niña de edad de doce años, que le dió «tres heridas muy grandesa la doncelllta. Y yendo al corral, topó « con otra india y le partió la cabeza, quedó muy lastimada; y se « subió el negro a lostechoscogiendo una alabarda en la mano, que « se la había quitado a un hombre, dándole un machetazo en el bra- «zo izquierdo, y una grande herida. Y estando en los techos subió « gran número de hombres, y no le pudieron matar; y en ios techos « mató a un mestizo herrador sin confisión, por que le dió cuatro « alabardazos que lo pasó cuatro veces el cuerpo, y con el machete <( le partió la cabeza hasta reventarle les sesos. Y en este fracaso an- « daba J uan Pascual, un ministro de J usticia muy alborotado, y no « pudiéndole cojer trujeron una escolta y de un balazo que le dieron « y no cayó, y con otro escopetazo que le tiró Jusephe Vejete a la « cara, cayó sobre los techos donde lo cojieron. Y estando atándolo, « cayó el techo con toda la gente. Lleváronlo a la cárcel de esta ciu- « dad y allí pidió confisión y después de confesado, murió el negro. « Y luego el Alcalde don Jusephe de Mendoza, lo mandó colgar de «los corredores de Cabildo, donde estuvo hasta la tarde, y a la tar- « de mandó la justicia que lo arrastraran por las calles acostumbra- « das, y lo trujeron arrastrando el cuerpo por el suelo hasta la Ace- « quia de Islas, a donde había cometido el delito, y de allí lo lleva- ron a la Plaza donde habían puesto una horca, y le colgaron 24 ho« « ras, y mandó la J usticia que hicieran cuartos y pusieran su cabeza « y las manos donde había cometido el delito». Hay en el delito de este negro terranovo una impulsividad im- placable que hace comparar su trágica correría al paso devastador del huracán: como si una ola de sangre le envolviera y le empujara, va asesinando a su paso, a cuanta persona encuentra a mano, en- sañándose ccn sus víctimas, hiriéndolas brutalmente y muchísimas veces, sin respetar edad, sexo, ni condición. Y cuando sus negras ma- nos están teñidas en la sangre de tantos inocentes, cuando logran su- jetarle y reducirle, el negro terranovo, que acaba de asesinar a un Ministro del Señor, pide que le llamen un sacerdote a quien decirle en el secreto de confesión la enormidad de sus pecados. ¿Cómo explicar esta impulsión homicida? ¿Qué interpretación dar a la conducta de este menguado incógnito cuyo nombre olvidó Mugaburu? ¿Qué etiqueta psiquiátrica adjudicar a este vil asesino y a ese su hambre de vidas humanas y a esa su sed de sangre hu- mana, a tan duro precio extinguida? En este negro terranovo hay impulsividad y hay encarniza- miento al herir a sus víctimas y, a delito consumado, hay solicita- ción de un sacerdote que puede escuchar al delincuente y perdonar- le. ¿Este delito tremendo es, acaso, el delito de un paranoiaco, el 11 de un perseguido que se hace rudamente perseguidor? ¿Es, tal vez, el delito de un alcohólico que se defiende brutalmente del contenido aterrador de sus trastornos psico-sensoriales? O es el delito perpe- trado en la roja laguna de vida que es, en buena cuenta, un equiva- lente epiléptico? Nada dice Mugaburu que pueda hacer luz en la interpretación del espantoso delito que tanto y tan hondamente impresionara a los buenos vecinos de la Ciudad de los Reyes por los años de 1649. Y nosotros en ausencia de noticias mas completa, tomando en consideración el delito y las condiciones del delincuente después de consumadas las matanzas, nos inclinamos en favor de las sospechas del equivalente epiléptico. -En 1673 había ocurrido en Quito un lamentable suceso en el cual había intervenido trágicamente un hábil pintor. Pintor ilustre, entre los pintores americanos, Miguel de Santia- go había intentado muchas veces trasladar al lienzo la imágen de Nuestro Señor en aquellos momentos en los cuales contempla des- de la Cruz redentora la miseria infinita del mundo por cuya salva- ción aceptaba el sacrificio. Muchas tentativas llevaba hechas nues- tro pintor y nunca los resultados correspondieron a sus anhelos: sus figuras eran admirables de forma y de color; pero faltábales la ex- presión mímica,doliente y dulce que debió reflejar el rostro del Sal- vador en el supremo instante de la agonía. Muchos lienzos llevaba comenzados y otros tantos llevaba rotos Miguel, que acompañaba sus fracasos de vivas expresiones de impotencia y de desesperación, cuando reparó en el rostro de uno de sus discípulos y hallólo tal que le vino la idea de hacerle modelo de la obra tantas veces iniciada y no llevada a término jamás. Un día, Miguel desnudó a su joven dis- cípulo, amarróle en una cruz y comenzó a pintar, teniendo delante el modelo. A medida que los pinceles se deslizaban sobre el lienzo, preguntaba el pintor a su discípulo si sufría y el discípulo le contes- taba no experimentar el menor sufrimiento. Instantánea, rápida como el rayo, ocurrió la tragedia, que el se- ñor Palma nos refiere en la siguiente forma: « De repente Miguel de Santiago, con los ojos fuera de sus órbi- «tas,erizado el cabello y lanzando una horrible imprecación, atra- « vezó con una lanza el costado del mancebo. Este arrojó un gemido y « empezaron a reflejarse en su rostro las convulsiones de la agonía. «Y Miguel de Santiago, en el deliriode la inspiración, conla locura «fanática de arte, copiaba la mortal congoja; y su pincel, rápido «como el pensamiento, volaba por el terso lienzo. El moribundo se « agitaba, clamaba y retorcía en la cruz; y Santiago, al copiar cada «una de sus convulsionas exclamaba con creciente entusiasmo:- 12 « Bien! Bien, maestro Migiuel! Bien, muy bien maestro Miguel!. Por «fin el gran artista desata a la víctima; véla ensangrentada y exánj- « me; pásase la mano por la frente, como para evocar sus recuerdos, y « como quien despierta de un sueño fatigoso, mide toda la enormidad « de su crimen, y espantado en sí mismo arroja la paleta y los pin- «celes y huye precipitadamente. ¡El artelo había arrastrado al crimen! « Pero su Cristo de la Agonía (1) estaba terminado». (2). Este es el tremendo drama de que fué teatro la ciudad de San Francisco de Quito: el epílogo del drama fué la muerte de Miguel de Santiago, ocurrida en noviembre de 1673, después de haber sufrido, desde el día de su crimen, las amarguras indecibles de alucinaciones terroríficas. Entre las noticias que el señor Palma nos ofrece respecto a Mi- guel de Santiago, algunas son particularmente interesantes y muy ilustrativas de la personalidad enfermiza del pintor. Dice el señor Palma que don Miguel «era de un geniazo mas atufado que el mar cuando le duele la barriga y le entran retortijones» y refiere, en apo- yo de lo dicho, que el artista propinó algunos cintarazos a su discí- pulo y sobrino el pintor Gorívar, culpándole en justicia de haber puesto mano en obra de su señor tío y que; en la misma oportuni- dad, «rebanó una oreja a su pobre consorte», cómplice de la artísti- ca profanación llevada a cabo por Gorívar. Al escándalo que produ- jo este rebanar de orejas y distribuir de cintarazos, acudió un señor Oidor; reconvino al artista y éste, lejos de templar su enojo, arreme- tió al Licenciado, asestándole algunas estocadas que hubieron la ra- ra virtud de despertar la agilidad de piernas del oidor que empren- dió la más veloz y más prudente de las escapatorias. Perseguido por la autoridad, Miguel de Santiago buscó asilo en la celda de un frayle agustino, en la cual permaneció catorce meses. y en cada uno de estos pintó en el convento un cuadro y fueron los catorce cuadros, a cuanto la fama pregona, dignos de la reputación de que gozaba el artista. La vida entre los agustinos hizo que se acentuara en Miguel de Santiago la enfermedad de la cual adolecía: fué víctima del ascetismo de la casa y del siglo y, apenas le fué da- do recobrar su libertad, se dió al empeño de pintar su «Cristo de la Agonía». Ya hemos dicho de cómo llevó a cabo sus deseos. El escándalo de que fueran testigos y víctimas la mujer del pin- (1)-La revista «El Lucero» de Lima (Año de 1906) publicó un articulo del Se- ñor S. Barquea, en el cual afirmaba el autor que el cuadro original de Miguel de San- tiago había sido obsequiado a la Iglesia de los descalzos de Lima por el Señor don José Félix Luque, ex- agente diplomático de su patria, el Ecuador, ante la cancille- ría de Lima. Es de creer que el cuadro volvió de España, a donde fué llevado, según lo afirma el Señor Palma. (2)-Palma: «Tradiciones Peruanas», Barcelona, 1893. 13 tor, el infortunado Gorívar y el ceremonioso Oidor de San Francisco de Quito, puede ser interpretado como demostración de la impulsi- vidad de Miguel de Santiago. Los pintores han tenido siempre o ca- si siempre la debilidad de no tolerar que manos estrañas pusieran color en sus obras y, miradas así las cosas, el maestro Miguel habría estado en su derecho al decirle algunas cosas feas al sobrino profa- nador y a la mujer cómplice de la profanación. Tal vez si hubiera sido de excusar en el artista alguna manifestación de obra; pero de menor intensidad y de menos graves consecuencias que aquellos cintarazos aplicados a Górivar y aquellos'otros aplicados a la mujer y aquellos otros que pusieron en peligro la piel y la vida del señor Oidor. Esta reacción desproporcionada a la magnitud de la estimu- lación, este excesivo castigar de un pecado no clasificable entre los mortales, nos autoriza a pensar que don Miguel, gastándose aquel humor atufadísimo que dice el tradicionista, era un impulsivo. Respecto al delito en sí mismo, si en la relación de hechos que el señor Palma nos obsequia, la loca de la casa del autor se ha limita- do a dar color a hechos reales; si aquel «pasarse la mano por la fren- te como para evocar sus recuerdos» y aquel «despertar de un sueño fatigoso» fueron verdaderamente tales, no cabe duda alguna respec- to a la naturaleza morbosa del asesinato... Esto es, en la inquieta vida de Miguel de Santiago, una laguna, un trágico paréntesis que se abre en una estimulación artística para cerrarse en un homicidio perpetrado sobre persona indefensa y para encerrar un episodio de nítido automatismo Y apoyan esta sospecha la rapidez de apari- ción del impulso homicida y la violencia ciega y brutal (1) del ar- tista al herir a su inocente discípulo. El pintor, que durante el delito se aplaude a si mismo, como si fuera testigo y no actor en el tremendo drama; el que desata a su víc- tima y se sorprende de hallarla cadáver; el que arroja la paleta y huye enloquecido del taller en el cual acaba de matar; ese hombre ha llevado a cabo un delito repugnante y una obra de arte merití- sima en condiciones de absoluta irresponsabilidad. Esas trágicas lagunas mnemónicas, esos tenebrosos paréntesis de vida durante los cuales el hombre realiza acciones que le ponen en áspero contac- to con el Código, son las lagunas mnemónicas de los epilépticos y de los epileptoides, entendido el término epileptoidismo como lo en- tiende De Sanctis (2), en cuyo carácter epiléptico ha creído ver Bianchi (3) el correspondiente del criminal nato de Lombroso. (1)-Regís: «Tratado de Psiquiatría». Madrid, 1911. (?)-De Sanctis: «Gli alienatti», segunda parte del «Trattato di Psichiatria Foren- se de Ottolenghi De Sanctis. Milano 1909. (3)-Bianchi: «Trattato di Psichiatria*. Napoli 1901. 14 Considerada la irritabilidad del pintor como traductora de un carácter epiléptico, no ofrece dificultades la etiqueta de equivalente epiléptico adjudicada al tremendo delito de Miguel de Santiago. Agréguese a estas consideraciones aquella de la genialidad del artista, pintor de méritos sin maestro y sin ambiente muy propicio al desarrollo de sus aptitudes naturales. Y sabido es que muchos ge- niales fueron víctimas de la epilepsia o presentaron «accidentes epi- lépticos más o menos acentuados» (1). Más aún, Cesare Lombroso nos ha hablado del genio como de una sicósis degenerativa del grupo epiléptico (2). -«'Dios me perdone la especie - dice el señor Palma (3)- «perocasi me atrevería a jurar que fué ella (RamonaAbascal) la « primera hembra que trajo a Lima la moda de los ataques de ner- « vios y demás arrechuchos femeniles. La enfermedad era pegajosa « y ha cundido que es un pasmo.» Sus razones tendría el señor Palma para hacernos esta indica- ción; habiendo quitado el polvo a tatito cronicón envejecido e indis- creto, no podía el señor Palma «darnos gato por liebre», ni podía a fuer de hidalgo, calumniar la buena memoria de la encantadora hija del Marqués de la Concordia (4). Pero no dijo el señor Palma, ni tenía por que decirlo no siendo médico, que los ataques nerviosos eran achaque difícil de conocerse y más difícil aun de curarse, por ser ellos de dos clases: unos, que sólo consiguen curar novios dóciles y párrocos amigos de repetir la epístola de San Pablo y otros que no curan y aún se hacen de mayor gravedad cuando novios y párrocos dan en hacer de tisana. Si el señor Palma llamó con el nombre de ataques nerviosos las convulsiones en plena vigilia, los grititos destemplados, las bulli- ciosas lamentaciones y las alegrías explosivas e inmotivadas, sín- tomas todos ellos de los cuales disponían las chicas de la Lima colo- nial con liberalidad que no ha suprimido la Lima republicana, no le regateamos al señor Palma el mérito, de que él no ha menester pa- ra sumarlo a los suyos, de habernos hecho conocer a la introducto- ra de los ataques nerviosos cuya frecuencia ha elevado tanto el pre- cio de la valeriana y del agua de azahar, enriqueciendo a boticarios inescrupulosos y desesperando a padres de extremada bondad. Pero, si diciendo ataques nerviosos quiso el señor Palma signi- ficar histeria, ha de permitirnos manifestarle que algunos siglos an- (1)-Regís: Ob. cit. (2)-Lombroso: «L'uomo di genio». Torino, 1894. (3)-Palma: «Tradiciones Peruanas*. Ob. cit. (4)-El Marqués de la Concordia desempeñó el virreinato del Perú desde el año de 1806 hasta el año 1816. 15 tes de que los pies enanos de doña Ramonita de Abascal hollaran las calles de la Ciudad de los Reyes, el mal de madre había hecho mu- chas víctimas y había dado rudo trabajo a mas de un médico ma- sajista de úteros inquietos y aplicador fervoroso de tranquilizadores emplastos Gratia dei (1). Quiera perdonarnos el señor Palma la osadía y sírvanos de ex- cusa ante él la buena intención. Por lo demás, será conveniente recordemos la frecuencia con la cual suelen asociarse los ataques nerviosos de mentirijillas a aque- llos verdaderamente tales: histeria y fraude van muchas veces en compañía, hecho que ha sido puesto en evidencia en las «confesiones de histéricas» que ha publicado Weir Mitchell (2) y en las igual- mente interesantes de algunos «iluminados» y de algunos hechice- ros que hicieron de las suyas en la Lima colonial. -Fué en la Ciudad de los Reyes y en un día del mes de agosto del año de 1814 que el cómico Rafael Cebada, después de instar a su ex-amante a reanudar amorosas relaciones, en escuchando la negativa rotunda de la bella, la apuñaleó por seis veces consecuti- vas, manifestándola sus desees de que no perteneciera a otro hom- bre: No hemos de hacer la relación completa del delito; pues el cu- rioso lector ha de hallarla, donosamente presentada, en las páginas eternamente amables del señor Palma (3): sólo quereme s indicar algunos hechos, indispensables para mejor juzgar al delincuente. Haciendo camino a la casa del amante, halló Cebada a un vende- dor de billetes de lotería y, siguiendo la costumbre de Lima, hizo que el vendedor apuntara: «para hacer bien por el ánima de una que va a morir». En el año de 18.01, o sea trece años antes de la realización del delito, hallándose en Salamanca, Cebada había tenido una visión de cuanto le ocurrió en la Ciudad de los Reyes: fué al final de una or- gía; retiróse de ella Cebada y siguióle a su casa un amigo suyo, a cu- yas instancias Cebada había abandonado un nombre brillante y una excelente posición para emprender la carrera del cómico. Preguntó- le el amigo la causa de su alejamiento y de la tristeza que reflejaba su semblante. Y respondió Cebada: «Es verdad, Espejo. En medio de ese banquete he sido presa « de una alucinación fatal. Escúchame. Desde que estrechamos núes- (1)-Valdizán: «Una epidemia de sarampión en 1693», en «Gaceta de los Hospi tales». Lima, 1908. (2)-Mítcheli Weir: «Lectures on Diseases of the nervoug system especially in women». Philadelfia, 1885. (3) Palma: Ob. cit. « tra amistad, se reveló en mí deseo vivísimo de merecer sobre la « escena los aplausos del pueblo, de ser fiel intérprete de nuestros « grandes poetas y arrebatar de entusiasmo al mundo, alcanzando «las coronas reservadas al genio. Y esta noche, cuando alistado y « en tu compañía he hecho mi primera presentación y alcanzando « mi primer triunfo, se despertó en mi el recuerdo de mis padres que « me desdeñan y creen que el título de cómico es un borrón que arro- « jo en los cuarteles de mi ilustre familia. Ya no es posible retroceder. « Abandono mi apellido y desde hoy me llamaré Rafael Cebada.. .. « Pero, en medio de ese banquete, un cuadro sombrío apareció « pronto a mi imaginación. Figúrábame estar en una gran plaza y « rodeado de inmenso pueblo.. . .Todas las miradas estaban fijas « en mí.. .. Yo era el protagonista de esa fiesta.. .. En el centro « de la plaza se alzaba un cadalzo.... Y dos hombres subieron a él « junto conmigo .... Uno era el verdugo y el otro era un sacerdote.. « Eras tu, Espejo, tu que me has abierto las puertas a la existencia « afanosa del cómico y que me acompañabas hasta el dintel de la tum- « bal Y Rafael Cebada, entregado a la violencia del delirio, cayó sin «sentido en los brazos de su amigo» (1). Y fué, efectivamente, el Padre Espejo el que asistió hasta sus últimos momentosal desventu- rado amigo de mejores días. ¿Fué un síncope o fué una crisis convulsiva? ¿Sí fué una crisis convulsiva, de qué naturaleza fué ella? Nos inclinamos a creer que no se tratara de un síncope: el gé- nero de vida hasta entonces hecho por el señorito que había de cam- biar su aristocrático nombre por el de Cebada, no justificaba tan inmenso temor capaz de provocar una crisis inhibitoria por obra y gracia de una alucinación sobrevenida al finalizar de una orgía. Es más de creer que se tratara de una crisis convulsiva y de una cri- sis convulsiva que no debió ser debida a una intoxicación aguda alcohólica, ya que el discurso hecho a Espejo es de una lucidez de exposición y de comentario que permite desechar la posible Ínter vención del factor alcohólico. Nada de admirar que aquella crisis convulsiva hubiera sido de naturaleza epiléptica: nada de admirar en esta sucesión rapidísima del relato de la visión macabra y de la crisis convulsiva en el cómico de nuestra referencia, si recordamos con Maudsley (2) que Maho- ma ha merecido a un ataque epiléptico la merced de sus primeras visiones o revelaciones y que. engañado o engañador, hace valido de su enfermedad para despacharse como inspirado por la divinidad; (1)-Palma: Ob. cit. (2)-Mausdley: «La responsabílita nelle malattie mentali». Milano, 1875 17 nada de extraño en el caso de Cebada si recordamos la frecuencia de las llamadas auras alucinatorias de la epilepsia. Egofílico, con una egofilia inofensiva, en pugna con sus padres, de quienes se creía desdeñado y mal querido, Cebada, convulsiona- rio en Salamanca en 1801, es el Cebada delincuente pasional en Lima en 1814: en su delito hay premeditación revelada en las pala- bras dictadas al vendedor de billetes de lotería; y hay cobardía y hay encarnizamiento, ya que el puñal homicida penetra por seis veces en el bello cuerpo de la amante rebelde al retorno al nido. Pero Cebada, una vez efectuado su crimen, procura sustraerse a sus consecuencias y, como Miguel de Santiago, se refugia en un Con- vento, del cual es extraído para ser sentenciado. El caso se presenta bastante oscuro y una pericia psiquiátrica retrospectiva ofrecería las mayores dificultades. Si el delito perpe- trado por Cebada fué un equivalente epiléptico, ¿cuándo comenzó a serlo? ¿Antes de que él saliera a la calle y encontrára en ella al. vendedor de billetes de lotería y le comprara uno «para hacerbien por el ánima de una que va a morir? 18 CAPITULO II LAS PSICODISGENESIAS: LOS FRENASTENICOS El BUFON DEL MARQUES DE CAÑETE. Noticia acerca de un eunucoide.-De la POCA PREVISION DE UNA BEATA Y DE LAS MUCHAS LIGERESAS DE UN PRESBITERO. p ue muchas veces práctica agradable a nobles señores aquella de 1 solazaise escuchando los desafueros de los pobres de espíri- tu, viéndoles gesticular graciosamente y teniéndoles junto a ellos, con el propósito de dar al olvido, viendo y oyendo a esas gentes, cuitas que mejor son para olvidadas que para referidas. El señor Marques de Cañete, don Andrés Hurtado de Men- doza, que gobernó el Perú durante la segunda mitad del decimo- sexto siglo (1), tuvo cerca de si, en su corte de la Ciudad de los Reyes, a uno de esos pobres de espíritu cuyo nombre ha olvidado el mismo Cronista (2) que guardó memoria de su gracejo. Refiérese de este pobre de espíritu que no llamó jamás a su amo y señor empleando otras palabras que estas de Vuesa Pesti- It.ncia y que el bueno del Marques reía de muy buena gana escu- chando al osado, siendo así que no perdonára descomedimiento me- nos grave a persona que no fuera su bufón. (1)- Desde el año de 1556 hasta el de 1561. (2)- Garcilaso de la Vega: «Historia General del Perú» Madrid, 1722, 19 « Aunque los maldicientes-agrega el Cronista-que le ayuda- « ban (en sus particulares conversaciones) decían que este apellido «le pertenecía mas propiamente que el otro; por las crueldades y « pestilencia que causó en los qu e mandó matar, y en sus hijos con «la confiscación que les hizo de sus indios y por la peste que echó «sobre los que mandó desterrados a España, pobres y rotos que « fuera mejor mandarlos matar,y que el nombre de Excelencia era « muy en contra de estas hazañas». No dice el Cronista cosa alguna, fuera de esta que hemos es- crito. respecto al bufón del Marques de Cañete y no sería hidalgo llamarle pobre de espíritu tan sólo por su poca cortesía en el trato de su señor. Pero el Cronista ha escrito acerca del bufón estas dos palabras: indiecito chocarrero y es el caso que la junta de estos dos vocablos toma un significado que haremos bien en explicar: No es de creerse que el Cronista haya escrito indiecito y no indio querien- do significar su cariño a miembro de una raza que era la suya y de la cual tanto se jactaba en sus libros: es mas de creer que el diminuti- vo haya querido significar, en el presente caso, pequeñez de esta- tura y que el bufón del Marques de Cañete haya sido sujeto a quien la naturaleza le permitió ahorrar en tela de vestir cuanto en el des- comedido discurso derrochaba. Esta pequeña estatura, que algu- nos llamaron infantilismo estatural, va sola pocas veces y es mas co- mún que ella se acompañe de otras muestras de desarrollo imper- fecto, dando lugar la compañía a los tipos de infantilismo mixto e incompleto. Y no es rara la compañía de una organización psíquica imperfecta, en virtud de la cual sujetos que peinan barba,piensan, sienten y quieren como si aún peinaran rizos y se espantaran con el coco. El indiecito chocarrero del Marques de Cañete fué, tal vez, un enano o un enanoide; tal vez fué solamente un indio de estatura ordinaria al cual por razones especiales dió Garcilaso en llamarle «indiecito». Sea de ello lo que fuere, el indiecito fué el hazme reir del Marques y, como tal, aceptó de buena gana la humillante existen- cia de aquellos infelices que bajo la máscara de una alegría eterna y de un infatigable gracejo, deben poner cuidado en ocultar, ante el amo que les paga generosamente, las propias alegrías y los pro- pios pesares. Todos cuantos han estudiado a estos y otros bufones (1) han comprobado que ellos, bajo las apariencias de la agudeza en el decir y de la agilidad de los movimientos, ocultan las mas de las veces un imperfecto desarrollo del espíritu, es decir, una enferme- (1)- Valdizan: «Los bufones», en «La Prensa» de Lima, año 1915. 20 dad que por muy lejana que se halle de la idiotia, no lo está igual- mente de la imbecilidad. Es posible que el indiecito del Marques de Cañete fuera un dé- bil, grácil y pequeño de cuerpo, esto es, un ejemplo de aquella de- tención de desarrollo mas bien llevada sobre la masa del individuo que sobre aparato especial alguno y fuera, en tal caso, un modelo del infantilismo que Faneau de la Cour (1) ha llamado infanti- lismo distrófico, el cual no es, en buena cuenta, otro que el llamado infantilismo anangioplásico por Brissaud, quien tuvo en cuenta para tal denominación el predominio de la anangioplasia en la res- ponsabilidad somática de la suspensión de desarrollo (2). Y no sea prueba en contra de cuanto llevamos dicho nuestra aceptación de la doctrina de De Sanctis estableciendo relación estrecha entre infantilismo y alteración de las glándulas de secre- ción interna (3), puesto que en el Perú prehispánico y en el Perú colonial fueron notorias a cronistas y a médicos las alteraciones ostensibles de la grándula tiroides, hecho que hemos procurado de- jar establecido en otro estudio nuestro (4). Así, pues en dejando es- tablecida la certeza de estas perturbaciones tiroideas e insinuada la sospecha de existencia de las perturbaciones de las glándulas de se- creción interna, nada se opone a que nosotros, aceptando las doctri- nas de patogenia poliglandular del infantilismo enunciadas por Schuller (5), Levi (6), Lorain (7), Pende (8) y otros, formule- mos el diagnóstico de infantilismo en el caso del indiecito choca- rrero del Marques de Cañete. Y nos perdone la memoria de Garci- laso si ponemos en duda lo por él dicho significando que el indiecito dió en ser chocarrero. Mas de creer es que el indiecito fuera de su na- tural chocarrero e hiciéralo ver de sus semejantes apenas le dió oportunidad de hacerlo el benévolo afecto que le dispensára su no- ble señor. Ya que hemos dicho del infantilismo del bufón del Marques de Cañete, apuntemos, de paso, el infantilismo vocal de que hallamos noticia en la Crónica del Ilustrísimo Fray Reginaldo de Lizarra- (1)- «Tilése de París». 1871. (2)- «L'infantilisme vrai», en «Nouvelle Iconographie de la Salpetriere». París 1907. (3)- De Sanctis: «Gli infantilismi», en «II Policlinico». Roma, 1910. (4)- Valdizan: «La alienación mental entre los primitivos peruanos». Tesis de Lima. Lima, 1915. (5)- Schuller «Ueber infantilismus», en «Wiener Med. Wochensch». 1907. (6)- Levi: «Contribution a l'étude de l'infantilisme du type Lorain», en «Nouve- lle Iconographie de la Salpetriere». París, 1908. (7)- Pende: «Patología dell' apparecchio surrenale e degli organi parasimpatici». Milano, 1909. (8)- «Descripción y población de las Indias», en «Revista Histórica» de Lima, Lima, 1907. 21 ga, ya que este infantilismo, caracterizado por la voz atiplada o eunucoide, como el infantilismo de la estatura y como el de los ór- ganos genitales, se agregan los unos a los otros, en variadas combi- naciones. Refiriendo su visita a la Ciudad de Quito, dice el celebra- do obispo dominico: « Habían (en el convento de San Francisco) muchachos que « tenían muy buenas voces. Conocí en el Colegio que tenía el Conven- «to de San Francisco un muchacho indio llamado Juan y por ser «bermejo de su nacimiento le llamaban Juan Bermejo, que podía « ser tiple en la capilla del Sumo Pontífice» . Podría argüirse que no es rara en nuestros indios la voz atipla- da de que escribió el señor Lizárraga, pero tenemos entendido que el autor había visto y oído a muchos indios antes de hablar a Juan Bermejo y conceptuarle digno de un puesto en los coros de la Capi- lla Sixtina. Por lo demás, la voz eunucoide de Juan Bermejo no bas- ta para atestiguar una debilidad mental; ese signo, como los signos de degeneración, solo adquiere valor cuando va acompañado de otro u otros, en ausencia de los cuales queda reducido a la catego- ría de una simple anomalía. A diferencia de Juan Bermejo, cuyo único título para ocupar un puesto en este capítulo le es dado por aquella voz de tiple que tanto entusiasmara al Padre Lizárraga, la beata dominica María de Santo Domingo, ostenta hasta dos títulos para que nos ocupe- mos de ella, diciendo, de paso, que en el año de 1625 fué severamen- te castigada por el Tribunal del Santo Oficio que hubo a bien ha- cerla purgar sus culpas recluyéndola en un Beaterío. La beata de nuestra referencia era natural de Truxillo y ha- bía cumplido en dicho año de T625 los veinte de edad y siendo tan joven como era gozaba ya de reputación de santa en la Ciudad de los Reyes. Llamábanla la dedos pegados «por poseer esta imperfec- ción» (1) y llamábanla santa quienes la oían ponderar sus habili- dades en el piadoso castigo de demonios tentadores, así como la frecuencia de las visitas con que la honraba la Virgen Santísima y el número de los éxtasis que tenía y así mismo también los nom- bres y señales de las ánimas que la beata libraba de las penas del Purgatorio. Los dedos pegados constituyen, para nosotros los médicos, sín- toma que comunmente conocemos con el nombre de sindactilia y es de creer que esta fué congénita en nuestra beata y no adquirida por obra y gracia de una quemadura o de una herida, porque a ha- (1)-Palma: «Anales de la Inquisición de Lima» en «Apéndice a mis últimas tra- diciones». Barcelona, s. f. 22 berlo sido, hubiéranlo dicholos Cronistas de Indias o el republicano tradicionista,personas todas a las cuales solo ganaría en curiosidad la madre del género humano después de su pecaminosa plática con la serpiente. De mayor gravedad que la sindactilia de la desventurada bea- ta, fué, a no dudarlo, su insuficiencia mental en aquellos buenos tiempos conocida con los nombres de «natural cándido» e ingenui- dad. Había llovido mucho en la Ciudad de los Reyes desde la fecha de arribo de los primeros señores inquisidores y era sabido has- ta de las criaturas de pocos años de edad cuan delgado había que hilar con ellos, cuando la desventurada de los dedos pegados, ha- biendo menester tenerlos muy sueltos para defenderse del Santo Oficio, dio en soltar la lengua y en llevar su indiscreción al pecami- noso estremo de descubrir los nombres y la condición de las almas que ella había sacado del Purgatorio y enviado al Cielo. Bien la es- tuvo que con reclusión castigaran a quien de su libertad hiciera tan mal uso y menos mal si la infeliz pudo salvar la pelleja y con ella sus dedos pegados. Y conservar pudo este defecto por que en aque- llos buenos tiempos medrosa andaba la cirugía y mas lo hubiera es- tado ante el intento de destruir aquella natural imperfección, me- diante cura que en la actualidad llevara a cabo en un santiamén el mas novicio de los cirujanos. Era pequeño el Caballero de la Virgen, pero no tenía,que sepa- mos, el decir agudo del bufón del Marques de Cañete, la voz atipla- da de Juan Bermejo, ni la natural imperfección de la dedos pegados y para que se sepa quien fué el caballero y por que decimos de él cuando de pobres de espíritu nos estamos ocupando, referiremos lo que sigue: En la Ciudad de los Reyes y durante el año de 1617 hubo solemne y aplaudida actuación Don J uan Manrique, «un hom- brecillo del codo a la mano» (1) que se gastaba humos de la mayor nobleza y disfrutaba de fortuna que le permitió hacer cuanto hizo y que fué lo siguiente: « Congregado estaba Lima en la Plaza Mayor a obra de las do- « ce del día, cuando a todo correr presentóse don Juan Manrique « sobre un gentil caballo overo, con caparazón morado y blanco, «recamado de oro, estribos de plata y pretal de cascabeles finos. « El jinete vestía reluciente armadura de acero, gola, manoplas, cas- « co borgoñón, con gran penacho de plumas y airones, y embaraza- « ba adarga y lanzón, ciñendo alfanje de Toledo y puntal de mise- «ricordia con punta buida. Cruzábale el pecho una banda blanca « donde con letras de oro, leíase esta divisa: El caballero de la Virgen. (1)-Palma: «Tradiciones Peruanas». Barcelona, 1893. 23 « Por la pequenez de su talla, era el campeón un Sancho paro- « diando a don Quijote. El pueblo, en medio de su sorpresa, mas que « en el jinete se fijó en el brioso corcel y en el lujo del atavío y hubo « un atronador palmoteo». « Llegado el de Manrique de Lara frente a Palacio, detuvo con « mucho garbo el caballo, alzóse la visera y dió el siguiente pregón: «¡Santiago y Castilla!.... ¡Santiago y Galicia!.... Santiago y León!.... Aquí es'toy yo, don J uan Manrique de Lara, «el caballero « de la Virgen», que reto, llamo y emplazo a mortal batalla a todos « los que negasen que la Virgen María fue concebida sin pecado ori- « ginal. Y así lo mantendré y haré confesar, a golpe de espada y a « bote de lanza y a mojicón cerrado y a bofetada abierta, si nece- « sario fuese, para lo cual aguardaré en vigilia en este palenque, sin « yantar ni beber, hasta que Febo esconda su ruda cabellera. El «judío que sea osado,que venga y me encontrará digno mantenedor « de la empresa. ¡Santiago y Castilla!.... ¡Santiago y Galicia! .... ¡Santiago y León! » « Dijo y arrojó sobre la arena de la plaza un guantelete de hie- « rro » (1) Refiere el Cronista la grande sorpresa de aquellas buenas gen- tes que no esperaban la resurrección de las prácticas añejas de los caballeros andantes y que al verlas hacer y decir con tal donaire, batiei on palmas al de Manrique, quien hubo la paciencia de esperar, como en su arenga lo anunciara, la presencia de hereje osado que recogiendo el guante el singular combate aceptara. O no hubo he- rejies en la Ciudad de los Reyes o si los hubo ellos no debieron par- ticpar del denuedo e intrepidez del caballero de la Virgen, pues na- die se presentó en el palenque y, al morir del día, el de Manrique recojió su guantelete y marchóse a su casa, llevándose un título mas que añadir a los muchos de que se jactaba,pues desde aquel inol- vidable día las gentes en Lima dieron en llamarle «el caballero de la Virgen» sin que el de Manrique tomara a mal esta nueva calidad. Parece averiguado que el de Manrique se jactaba de mayor nobleza que aquella que en justicia le correpondía y que entre él y los infantes de Lara, de quienes se decía descendiente, no media- ba mas estrecho parentesco que el de unir pueda a este cronista de- mocrático con el mismísimo Cid. El excesivo amor de si mismo, la inoportunidad de su gesto caballeresco, todo ese espectáculo de ex- hibición y de relación poco estrecha entre la época y las costumbres en ella resucitadas, están a indicar que si corta quedó la estatura de Don Juan no menos corto quedó su entendimiento, haciéndole ver (1)- Palma: «Tradiciones Peruanas», ob. cit. 24 como obra de gran mérito y de gran virtud lo que solo fué motivo y ocasión del reir de los habitantes de la Ciudad de los Reyes que siempre hubieron a gala reir las simplezas del prójimo que hubo la desdicha de hacerlas o de decirlas. Por lo demás, la nobleza del de Manrique, si fué efectivamente tal, no le ponía a salvo de la pobreza de espíritu siendo así que en- tre las mas nobles familias avecidadas en la Ciudad de los Reyes no faltaron sujetos acerca de cuyos talentos hubiera podido discu- tirse mas que en torno a herencia de sujeto sin deudos. «Los Ramírez de Lared»-escribe el señor Palma (1)-tenían una hermana, fea como una maldición, siempre desgreñada y su- cia, tartamuda y tonta, para colmo de desdicha». Y a esta hermana escribió uno de sus hermanos carta cuya donosura justifica la colo- quemos en estas páginas: «Señora mía y hermana: El mas ruin co- chino rompió el chiquero. Besa a U. las manos, si por casualidad se las ha lavado.- El Conde de San J avier y Casa Laredo.» Es de notar que esta dama, tan noble como poco cuidadosa de- su persona y de la naturaleza tan mal dotada, era tartamuda y ton- ta y esta doble imperfección del habla y de la conducta estaría a in- dicar como la de Ramírez de Laredo era, probablemente, una fre- nasténica cerebropática, que diría mi maestro De Sanctis (2), ya que es sabido cuan frecuentemente las enfermedades del cerebro que lesionan los centros encargados déla elaboración y almacenamien- to del lenguaje, dejan como amarguísima huella de su paso devasta- dor lesiones que traen consigo esa pobreza de espíritu de la cual nos ocupamos en este capítulo y como, a la inversa, los idiotas ofrecen con harta frecuencia deficiencias déla expresión hablada que están comprendidas en la tartamudez de la poca aseada señora de Ramírez de Laredo. Esta buena dama cuya ánima quiera perdonarnos el comentario retrospectivo de su vida, era tartamuda, tonta y sucia y es de todos sabido el poco cuidado que de sus personas tienen los idiotas. No es que queramos creer que esta señora se lavaba por ca- sualidad, como su noble hermano el Conde de San J avier nos los da a entender en su carta, harto picante y nada piadosa para persona que llevaba el mismo apellido y era hija de unos mismos padres, pero es indudable que la noble señora cuidaba poco de la limpieza de su cuerpo, tal vez si enojada de las fealdades de éste á que alude el Cronista, cuando su hermano tenía el descomedimiento de aludir a posibilidad que tan mal puestos deja los hábitos de limpieza de la referida señora. (1)- Palma: «Tradiciones Peruanas». Ob. cit. (2)- De Sanctis: «Les enfants anormaux». Ledeberg--Gand. 1912, 25 En el año de 1711 nuestra buena Ciudad de los Reyes fué tea- tro de escandalosos acontecimientos de los cuales hemos de hacer mención nuevamente; fueron escándalos que pusieron en evidencia un fanatismo religioso respecto al cual habremos de insistir en esta Crónica, marginando noticias y comentándolas pobremente. El señor González de la Rosa, de buena memoria, desenterró un envejecido texto referente a los escándalos antedichos y publi- cólos bajo el título de «La vida en Lima en 1711» (1), relación de la cual tomamos el siguiente párrafo: « Y por que en acto tan serio no faltase un bufón, iba por de- «lante un pobre llamado Caga leche (2) cofrade antiguo de Baco, « quien con su báculo iba expeliendo la gente que presurosa a Cava- «11o venía y diciendo mil gracias pedía victores y viva Jesús y el « Corazón Sacramentado». De este infeliz, tan malamente apodado, no es posible afirmar, con trazas de exactitud, si fué un pobre de espíritu y no un espíritu empobrecido; la relación declara que el tal era cofrade antiguo de Baco y con estas palabras nos da a entender la magnitud de la peca- minosa devoción, que tratándose de Baco, antigüedad significa firmeza y celo en el culto. Estas circunstancias nos inclinan a creer que el bufón de la Ciudad de los Reyes por los años de 1711 era un demente alcohólico. Esta buena Ciudad de los Reyes ha gustado en todos los tiempos y gusta aún en nuestros días, de los discursos dis- paratados de los alcohólicos y de sus acciones bizarras y nada de estraño que idéntico gusto y afición llevara a los limeños de 1711 a reir de las ocurrencias del alcohólico que tan graciosa participación hubo en ceremonia religiosa respecto a cuya solemnidad diremos mas adelante. Por los años de 1761 vivía en la ciudad de Huancavelica suje- to que contaba entre sus desventuras la de llamarse don Juan Cor- nucopia y González. No debió juzgarlas demasiadas el sujeto y por no juzgarlas, llamándose como en realidad se llamaba, contrajo matrimonio con una hermosa mujer, doña Elvira del Prado, la mis- ma que, andando los años, harta de su marido, hubo a bien aban- donarle para seguir a un apuesto comerciante que se decía don Ja- vier de Elguea. Cornucopia acudió al Virrey dándole aviso de que los adúlteros se hallaban en Lima; el virrey les hizo prender y or- denó embargo délas mercaderías de Elguea y cuando todo hacía es- perar el castigo de los culpables.el bueno de Cornucopia presentó (1)- En «Revista Histórica» de Lima, 1908. (2)- Fuentes («Estadística de Lima». Lima, 1858), suprime, tímidamente, la grosería del mote, olvidando, tal vez, que la historia como la ciencia, purifica, 26 al excelentísimo señor don Manuel de Amat y Junient el siguiente memorial. « Como el motivo de mi queja se fundaba principalmente en « buscar a mi mujer; estando ya en quieta y pacífica unión, vivien- « do juntos y maridablemente; y como de la dicha unión me hallo « informado de lo perteneciente a deponer los motivos de separa- « ción y que no tengo que pedir, sino que antes conozco los influjos « menos acordados para la querella, me vengo en desistir de ella por << estar convencido de que llevo bien puesto mi apellido y de que « mi nombre esta limpio de mancha....» El Virrey estuvo a la altura impuesta por el documento cuan- do dictó a su secretario: «Y vistos: Hase por desistida a la parte de Cornucopia por ase- « gurar que lleva bien puesto su apellido, y de su consentimiento « entregúense a don Javier de Elguea las cargas y efectos que le fue- «ron enbargados» (1). El fallo del Virrey se nos antoja inapelable: la dosis de filoso- fía de que hubo menester Cornucopia para firmar el memorial que hemos copiado, se confunde fácilmente con la dosis de filosofía que no es raro hallar en los frenasténicos. En los primeros años del siglo anterior, cuando en las brisas del Rimac comenzábase a respirar algo de la libertad que había de traernos la República, falleció en la Ciudad de los Reyes un sujeto que los granujas limeños conocían con el mote de Parlampan, mo- te debido a que el sujeto, de raza negra, llamado Manuel y mas ge- neralmente Mañuco, en las corridas de toros se presentaba vestido de monigote en la cuadrilla de parlampanes, desempeñándose con tanto gracejo que le había llegado a conquistar verdadera popula- ridad (2). Sucedió que estando para morir el negro Mañuco, a quien todos suponían el mejor de los hombres y el menos peligroso de ellos, en su delirio dijo palabras merced a las cuales se supo que el Parlampan había sido miembro de la cuadrilla del célebre bandole- ro apodado el Rey del Monte y que había sido ladrón tal que para su ganzúa no halló cerradura invencible, ni siquiera rebelde en dema- sía. Este caso de Mañuco, que en aquellos tiempos fuera ocasión de general asombro en la Ciudad de los Reyes, no lo sería en estos tiempos nuestros, en los cuales no es difícil aceptar en un mismo su- jeto gracejo suficiente para hacer reir a los chiquillos y a los adul- tos, al mismo tiempo que perversidad necesaria para despojar de (1)- Galvez: «Cosas de antaño». Lima, 1905. (2)- Palma: «Tradiciones Peruanas», ob. cit. 27 sus propiedades a cuanto vecino confiado hallara a mano. Mañuco era un pervertido que enmascaraba su perversión con sus salidas de Parlampan y como no fué castigado en vida y engañó a la Ciu- dad de los Reyes, a título de desagravio para aquellas remotas eda- des, pongámosle en este capítulo con la etiqueta de imbécil, pu- diéndose el tal merecer los honores de su exhibición en el capítulo destinado a los locos morales. En el mes de Agosto del año de 1797 hubo mala muerte en Lima sujeto que durante muchos años hiciera la alegría de los granujas y que había dado en la mala costumbre de servir de piadoso inter- mediario entre damitas curiosas de escuchar la epístola de San Pa- blo en cabeza propia y de caballeros que idénticas aspiraciones pregonaban aún cuando otros fueran sus secretos designios. Llamá- base el tal don Miguel Mijares, pero mas le conocían por el mote de «Cristo Pobre» al oir cuyas palabras nuestro Miguel salíase de sus casillas y amenazaba de mala muerte a sus motejadores, blandien- do las herramientas de carpintero que diestramente manejaba en un taller que había establecido en la calle de La Merced. Una noche del mes de agosto del referido año, persona agraviada por los bi- lletes de que Mijares era diligente conductor, asestó una puñala- da a Mijares y puso término a vida piadosamente vivida en ser- vicio de damiselas impacientes y de galanes tenacísimos. « Hombre de pasta de almendras, barba a lo nazareno, lan- « guida mirada, bonachón y candidazo» dice de Mijares el Cronis- ta que nos refiere la trágica aventura del sujeto. Y al decir del Cro- nista nos atenemos, asi como a sus enojos al oirse llamar Cristo Po- bre y al lucrativo oficio que desempeñaba en la Ciudad de los Reyes, para ponerle en este capitulo a los pobres de espíritu destinado (1). Séanos permitido, para cerrar este capitulo, escribir algo a cer- ca del sujeto que se vio en peligro de hacer conocimiento con los instrumentos de tortura que ponía en trabajo el Santo Oficio y aun con aquellas purificaderas hogueras que los señores inquisido- res encendieron tantas veces en las quietas calles de la Ciudad de los Reyes. Queremos decir algo acerca del doctor Ignacio de Hijar y de Mendoza de quien han dicho bastante el Padre Angulo (2) y los señores Palma (3) y Medina (4). El 21 de diciembre del año de 1688 el tribunal del Santo Oficio reducía a prisión a una beata de cuyas acciones habremos de ocuparnos en capítulo posterior de esta (1)- Galvez: «Cosas de antaño». Ob. cit. (2)- «El Doctor de Hijar y Mendoza y la Santa Inquisición», en «Revista Histó- rica». Lima, 1908. (3)- «Anales de 11 Inquisición de Lima». OL. cit. (4)- «Historia de la Inquisición de Lima». Santiago, 18.... 28 misma crónica. Llamábase Angela Carranza esta beata y si su pri- sión había consternado a los vecinos de Lima que la contaban en el número de los siervos de Dios, fué aun mayor la que experimentó el confesor de la beata,,su confidente a ratos y a ratos su secretario, cura rector de la parroquia de San Maicelo, el Doctor Don Ignacio de Hijar y de Mendoza, descendiente de los marqueses de San Mi- guel de Hijar, de los Condes de Villanueva del Soto y délos de la Vega del Ren. Que era justificada la consternación de don Ignacio lo demuestra el hecho de haber seguido a la prisión de la beata la de su padre espiritual, acusado como «aplaudidor» de aquella. El Padre Angulo ha dado a conocer, con la debida extensión y con el indispensable comentario ilustrativo, el proceso seguido al doctor de Hijar y a estudio del ilustrado dominico enviamos la lector curioso, conformándonos con enunciar la gravedad de las acusaciones formuladas contra el citado presbítero. Díjose que el de Hijar y Mendoza «había hereticado y aposta- tado de nuestra santa fe católica ocasionando a los fieles su ruina «cuando como a sacerdote confesor, padre espiritual, maestro teolo- «go y ministro de Dios le buscaban para que los dirigiese y alum- «brase por el camino recto y seguro de la salvación....» Díjose que el de Hijar habia aplaudido y celebrado y permitido que fueran escritas como cosa maravillosa y nunca vista, las herejías que habia hecho públicas la Angela Carranza. Y que era mayor la culpa del sacerdote por que había escrito cuanto le dictaba la beata a pesar de que esto era inspirado por engaños e ilusiones del demonio. Díjose que el de Hijar, lejos de renegar de la beata la veneraba y celebraba como a santa guardando un pañuelo mojado en su sangre como si fuera reliquia. Con lo dicho bastaba para que se dijera por uno de los miembros del tribunal que el desventurado sacerdote había incurrido en las mayores y mas graves penas establecidas por derecho contra seme- jantes delicuentes y para que pidiera que el confesor de la beata fuera condenado y ejecutado en su persona y bienes, para que fuera a unos de castigos y a otros de ejemplo. Y para que insinuara el mismo magistrado inquisidor la conveniencia de poner al tormen- to al malaventurado confesor «hasta que enteramente confesase la verdad de si y otros». En el año de 1696 tuvo lugar la retractación del Doctor de Hijar y Mendoza en un documento cuya humildad es tanta que hubiera movido a piedad a espíritus menos severos que loé de los señores in- quisidores; pero, a pesar de esta retractación, el de Hijar debió es- perar aun para volver a su parroquia prohibido de confesar a per- sonas que se dijeran tener revelaciones celestiales. 29 El Padre Angulo ha hecho el diagnóstico de la enfermedad de espíritu del desventurado doctor de Hijar, pues hablando de los e- rrores del confesor de la beata Carranza, dice: «digase de sus sim- plezas». Y nada de particular que el Padre Angulo asi llamara los errores del párroco de San Marcelo, si el mismo, procurando excusar su credulidad, había manifestado ser «de su natural sincero y can- dido y fácil de creer aquello que mira a piedad». Y por ser de un na- tural semejante, el de Hijar había tomado como cosas de origen divinólos disparates que la beata Carranza le manifestó en el curso de sus pláticas y se había dado por muy bien servido cuando la bea- ta le hizo escribir algunos de los muchos centenares de cuadernos de revelaciones que dejó escritos. Y es de creer que el de Hijar, cada vez que hallaba en las palabras de la beata algo que no comprendía o que el juzgaba indebido, lo escribía humildemente creyendo que no entendía bien aquellas cosas por el origen de ellas que no está al alcance de todas las inteligencias, ni de todas las personas. El de Hijar declaró haber solicitado siempre los consejos de la bea- ta y haber renunciado a las oposiciones a una canongía, que le ha bía sido ofrecida por el Arzobispo de Los Reyes, por que la Carran za le había manifestado la conveniencia de dejar las cosas de este mundo y de entregarse por completo a mirar por la mejor salva- ción de su alma. Defendiendo su credulidad, dijo el de Hijar que personas tan notables como el Virrey del Perú señor Duque de la Palata le habían referido los milagros obrados por intercesión de la beata Carranza. Y dijo, además, que él, viendo estas cosas y oyendo estas cosas, sabiendo la buena fama de la beata y el respe- to que de sus virtudes tenían todos en la Ciudad de los Reyes, cre- yó cuanto ella le dijo y escribió cuanto ella dictarle quiso. El doctor de Hijar y Mendoza, a pesar de su abolengo, no de- bió ser nada mas que un bonus vir de los muchos que ocultan por el piadoso ejercicio de algunas virtudes las deficiencias del espí- ritu: nada de particular que en aquellos buenos tiempos en que la Universidad de San Marcos otorgaba algunos títulos que eran com- plemento ornamental de algún escudo de armas, el de Hijar y Men- doza hubiera llegado al grado de doctor y a los curatos que había desempeñado. Nosotros sabemos que muchos frenasténicos con una insuficiencia mental mas o menos ligera pueden llegar a las alturas del título profesional y mantenerse bastante bien en ellas hasta el momento en que un esfuerzo superior a la capacidad mental de ellos, les arroja en las simas del fracaso. Y este debió ser el caso del bueno de Hijar y por eso le instalamos en este capítulo. El de Hijar había estudiado Artes, Teología y Derecho, aun- que con escaso fruto en el Seminario de Santo Toribio y en la Real 30 Universidad de San Marcos y había desempeñado los curatos de Chancay y San Marcelo, cargos en los cuales «se acreditó como hombre piadoso y de no escasa virtud». De allí no debió pasar el de Hijar y a no vivir la beata Carranza hubiera terminado su vida co- mo un párroco ejemplar, muy solícito por la salud espiritual de sus feligreses. Pero vivió en Lima la beata Carranza, engañó a todos los ha- bitantes de la Ciudad de los Reyes, como lo diremos más adelante, y uno de los mas gravemente engañados fué su confesor. Sujeto dé- bil de mente, sugestionable, sacrificando la crítica propia a la crí- tica ajena, aceptando sin privilegio de inventario cuanto de la Ca- rranza decían, ésta y sus admiradores, interpretando los errores en que esta incurría como pruebas de su incapacidad interpretati- va délas cosas divinas, el pobre señor de Hijar, qne había superado los estudios teológicos y que había superado los trabajos de sus pa- rroquias, halló en los engaños de la beata, el obstáculo que su debi- lidad mental no podía vencer. Y fué su fracaso y fué su desgracia. Y ahora, pongamos fin a este capítulo: nosotros no diremos nuestro juicio respecto a los pobres de espíritu de la época republi- cana, que ello está encomendado a personas de cabal conocimiento y de mejor juicio que el médico cronista que ha querido recordar a los modernos que en aquellos tiempos, ya lejanos de la dominación española, hubo en el Perú mansos de corazón y pobres de espíritu. CAPITULO III LAS SICODISGENESIAS: LOS LOCOS MORALES El daltonismo moral de la MONJA AL- FEREZ LOS HERMANOS COLCHADO, MIEM- BROS de la «Gran familia» -De algunos OTROS LOCOS MORALES. Haciendo historia de cuántas y cuan grandes diferencias hubo, así en lo físico como en lo espiritual, entre el mal aventurado ca- ballero Ulan Suárez de Carbajal y un hermano de este caballero, al cual llamaban don Benito Suárez de Carbajal, refiere el señor Palma (1) un lamentable hecho ocurrido a raíz de la batalla de Iñaquito (2), en cuyos campos quiso la fortuna sonreír a las ar- mas de don Gonzalo Pizarro. Fué el caso que el don Benito «encon- tró en el campo al Virrey, cubierto de heridas, y después de abofe- tearlo, le hizo cortar la cabeza por un negro, la condujo arrastran- do a la cola de su caballo a la plaza de Quito y la colocó en la pico- ta». Don Gonzalo Pizarro, como generoso que era, hubo muy a mal el villano procedimiento de don Benito y reprendióle por su com- portamiento, hallando demasiado el castigo a la acusación que se (1) Palma: «Tradiciones Peruanas». Ob. cit. (2)-Palma: «Tradiciones Peruanas». Ob. cit. 32 hacía al virrey de haber mandado dar muerte al factor Don Ulan Suárez de Carbajal, el noble hermano de^ don Benito. Este solo hecho de don Benito no nos llevaría a colocarle en este capítulo, entre sujetos cuya enfermedad de espíritu se mani- festó principalmente por alteración profunda de los sentimientos, a no haber otras circunstancias en la vida de ese caballero, que son bastantes para creer que en el tal había un predominio malig- no de amor propio, que no respetaba valla alguna que se opusiera a la consumación de sus egoístas propósitos y al satisfacer de sus apetitos. Los Cronistas que nos dan noticia de don Benito nos le pintan como a sujeto que tenía muy a bien que las damas le llama- ran el galán y que en tanto tenía sus títulos para ser así llamado que no había dama para él digna de respeto en encendiendo en su alma el infernal fuego de alguna pasión de sus exaltados senti- dos. El don Benito, que tan cobardemente procediera con el infor- tunado Nuñez de Vela, ofendiéndole en la muerte como no se atre- viera a ofenderle en vida, demostrando al hacerlo la poca nobleza de sus sentimientos, que es la mayor de las noblezas, murió en el peligro en el cual había vivido: escalando las ventanas de una da- ma que estimaba su honra y la honra de su marido, fué apuñaleado por este. Así murió este caballero que hubo la mala suerte de vi- vir aficionado de la fruta del «cercado ajeno» que tan deliciosa hiciera el poeta y que para don Benito resultó de poco fácil diges- tión. A no haber sido tan grande la crueldad de don Benito para con el vencido virrey Nuñez de Vela, habríamos debido excusar, en gra- cia al rigor de los tiempos coloniales, la venganza del delito que se hacía recaer sobre el desdichado mandatario del Perú; pues debe- mos recordar que en aquellos tiempos ninguna deuda mas sagrada que la deuda de honor, que si bien no conducía a cárceles conducía muchas veces a la tumba. Sea prueba de cuanto decimos lo ocurrido a Don Diego de Esquivel, sujeto que desempeñaba la Alcaldía de Potosí por los años 1550 y que, en su deseo de quitarse de enci- ma a un rival en amores, que lo era Don Cristóbal* de Agüero, ha- llándole en un garito, dió en la cárcel con él y mandóle castigar co- mo si el jugador caballero fuera un villano, siendo así que era un hi- dalgo. Juró el de Agüero vengar la ofensa del de Esquivel, siguió- le al Cuzco y a Lima y, en esta última ciudad, vencido el plazo de un año de la fecha del humillante castigo, penetrando en la habita- ción del Alcalde hirióle gravemente, de cuya herida murió a poco. Que el caso era frecuente y aún lícito está a demostrarlo el hecho del perdón alcanzado por Agüero, quien hizo relación de lo ocurrido a Carlos V. Y este justiciero monarca no sólo le absol- 33 vió de culpa, por haber hecho venganza de su honra agraviada, sino que le envió al virreinato de México, con cargo de tropas (1). Agonizaba el siglo XVI, cuando nació en San Sebastián de Guipúzcoa, del legítimo matrimonio del capitán don Miguel de Erauzo y doña María Pérez de Galarraga y Arce, una criatura a la cual dieron, al bautizarla, el nombre de doña Catalina (2). Contan- do muy pocos abriles la hija de don Miguel, este acordó llevarla al Convento dominico llamado «El antiguo», guiándole el buen deseo de ver un día a su hija vistiendo el hábito de las buenas religiosas y haciendo la santa vida de ellas, libre de las insidias del mundo que nunca fué mejor de lo que es en nuestros días. Poco se ha dicho respecto a la infancia de doña Catalina y no se ha escrito demasiado acerca de aquellos once años vividos por ella antes de su ingreso en la santa casa de las religiosas dominicas. Pero la noticia que consignamos en seguida es buena prueba de cuan poco habían logrado las dominicas en el espíritu inquieto y levantisco de doña Catalina: Hallábase ésta en vísperas de termi- nar su noviciado cuando tuvo una ruidosa desavenencia con la monja doña Catalina de Aliri y, pasando de los insultos a los hechos, la maltrató duramente. Y pensando que no convenía a su natural fogoso el género de vida que hacían las buenas dominicas, se deci- dió a abandonarlas, trocando sus vestidos de mujer por los de varón renunciando desde aquel momento a su sexo, y comenzando a vivir una vida que por extraordinaria ha dado la vuelta al mundo. A partir de aquella escapatoria, que fué en el año de 1600, doña Catalina no abandonó sus vestiduras masculinas: criado de D. Francisco de Serralta, paje de don Juan de Idiaquez, grumete en la armada del general don Luis Fernández de Córdoba, depen- diente del comerciante J uan de Urquiza, soldado en los ejércitos del virreinato del Perú, alférez de las tropas de Su Magestad, do- ña Catalina fué todo esto y mucho mas y vivió una vida inquieta co- mo pocas veces se ha visto y tan rica en episodios y tanto mas en peligros que en no pocas ocasiones fueron de vida. No fué existen- cia de mujer y si de mancebo fogoso e inquieto, la vida de esta doña Catalina que no sufrió jamas falta de argumentos pues cuan- do la venían a menos las palabras hallaba siempre pronta la aguda hoja de la espada que ceñía a la cintura. No es posible referir en estas páginas la historia toda de doña Catalina, mejor conocida con el mote de la «monja alférez»: el lec- tor curioso busque más pura fuente y mas generosa en que apagar (1)-Mendiburu: «Diccionario histórico biográfico del Perú». Tomo III. Li- ma, 1878. (2)-Palma: «Tradiciones Peruanas». Ob. cit 34 sus curiosidades y conformémonos nosotros con consignar algunas referencias que creemos indispensables para formarnos idea de la monja alférez y para justificar el que la coloquemos en este capítulo. -Servidor de la casa de don Juan de Idiaquez, doña Catalina abandonó a su amo «después de apoderarse de algunos doblones». -Hallándose al servicio de don Esteban Eguino, su tío y pro- tector en la Ciudad de Nombre de Dios,le abandono «robándole qui- nientos pesos». - Estando en la Comedia, en Saña, fué molestado por un N. Reyes, quien concluyó amenazando a doña Catalina con «cortarle la cara». Al día siguiente, fué doña Catalina a buscar a quien tal amenaza la había hecho y le «cortó la cara» y ademas hirió a un amigo de Reyes que había acudido en defensa de éste. Doña Cata- lina buscó asilo en un templo; extrajéronla de allí y lleváronla a la Cárcel. Salió en libertad y a poco hubo de huir del pueblo porque pretendían casarla con una tía de Reyes. Siguiéronla a Trujillo Reyes y dos amigos de este, batióse con ellos doña Catalina y mató a uno de los amigos. Refugióse en un templo, como en la anterior oportunidad y fué libertada por la tibia persecución de la autoridad, desempeñada por el vascuence don Ordono de Aguirre. - Empleado en Lima, por recomendación de Urquiza, en casa del acaudalado comerciante don Diego de Olarte, fué despedido a los nueve meses, pues su nuevo amo le halló «con dos cuñadas su- yas en actitud sospechosa». -Soldado, ordenanza de su hermano el Capitán don Miguel de Erauzo, en Concepción (Chile) no se dió a reconocer de este y fué por este herida a cintarazos que el amo le propinaba castigándole su desmedida afición al juego. - En Valdivia (Chile), empeñado en una acción contra los naturales, viendo en peligro la bandera de los suyos, arrebatóla va- lerosamente a las manos de los adversarios, luchando con denuedo contra el cacique Quispihuancha, al cual derribó de la cabalgadu- ra y al cual ahorcó de un árbol, conducta que en su segunda y úl- tima parte no mereció la aprobación de los jefes de doña Catalina quienes concluyeron reprochando conducta que comenzaron elo- giando merecidamente. -En Concepción, hallándose en una casa de juego, cuya pa- sión le dominaba sobremanera, fué insultada por un oficial a quien hirió gravísi'mamente en el pecho. Intervino el auditor de guerra y hubiérale estado mejor no hacerlo; pues doña Catalina le atravezó los carrillos con su daga. Refugióse doña Catalina en un Convento de franciscanos y a este santo asilo debió su salvación. 35 -Saliendo del convento en el cual buscara asilo para su deli- to, doña Catalina fué testigo en un duelo concertado entre dos ca- balleros y que concluyó malamente, pues doña Catalina se batió con su propio hermano don Miguel, que era el otro padrino y le mató de una estocada, sabiendo ella quien era su víctima. Volvió doña Catalina a refugiarse en el Convento de San Francisco. -Huyendo de la justicia de los hombres, doña Catalina hubo de trasmontar la cordillera de los Andes, sufriendo cuanto se sufre en aquellos parajes por la aspereza de los caminos, la soledad de ellos y la falta de socorro en casos de necesidad. Fué en este viaje que doña Catalina lloró por la primera vez y rezó el rosario y se encomendó a la Santa Madre de Dios, cuando sus ojos contempla- ron el espectáculo solemne y bravio de una tormenta en la monta- ña, cuando presa de singular espanto pudo contemplar cuan pe- queños somos los hombres en presencia de la naturaleza. Halló hospitalidad doña Catalina en casa de una señora mestiza y hubo esta el intento de casar al huésped con una hija que ella tenía, de la cual decía doña Catalina «que era muy negra, fea y contraria a su gusto, que estuvo siempre por las buenas caras». Aceptando parte que su lealtad no debiera aceptar, doña Catalina invitó a las mujeres a trasladarse a Tucuman, para mejor realizar los proyectos de las buenas gentes que le habían socorrido. Llegado a momento peligroso, el huésped escapó a sus benefactoras y es de creer que el peligro de casorio no se había cansado de perseguirle, por que ape- nas escapado a los anhelos de la novia negra, cayó en los peligros que significaban para él los deseos del canónigo Cervantes, en Tu- cumán, de casarle con una sobrina suya, niña de mucha virtud y de muy buenas prendas, a cuyo amor que ella contribuyó a encender debió sustraerse también doña Catalina, mediante el socorrido ex- pediente de sus fugas repetidas. -Viajando de Tucumán a Potosí, en compañía de un sol- dado, hallaron unos ladrones que intentaron robarles y que paga- ron cara su osadía pues doña Catalina y su acompañante mataron a los bandidos. -Criado en casa de doña Catalina de Chavez, en Potosí, dió una cuchillada a doña Francisca Marmolejo, que había tenido plei- to con la de Chavez en un templo: Apresaron a doña Catalina, su- jetáronla a tormento y concluyeron condenándola a servir diez años en Chile, sin recibir remuneración alguna: la audiencia de Char- cas revocó esta sentencia y dió por libre al belicoso alférez. -Por desavenencias surgidas en garitos, que ella frecuentaba con pecaminosa asiduidad, hizo dos muertes: fué una en Pomabam- ba (Bolivia), ciudad en la cual fué condenada a muerte y absuelta 36 después y fué otra en Chuquisaca (Bolivia), ciudad en la cual doña Catalina llevó su atrevimiento al extremo de matar en un templo a un sujeto a cuya mujer había amparado doña Catalina y libertádola de los maltratos que la hacía su esposo. -Una monja, apellidada Ulloa, consiguió del Presidente de los Charcas que enviara a la monja alférez como juez encargado de conocer en el proceso seguido al oficial Escobar, acusado de haber dado muerte a dos Indios. Hizo de Juez doña Catalina, sentenció a morir ahorcado a Escobar y la audiencia, confirmando la senten- cia dictada por doña Catalina, dió a Escobar la vil muerte a que doña Catalina le había condenado. -En la ciudad de La Paz (Bolivia), provocada por un criado del Corregidor que le había arrojado el sombrero a la cara, le ma- tó: fué condenada a muerte; hallábase en capilla y seguramente lo hubiera pasado mal a no tomar en sus manos la santa forma y avan- zar hacía un templo en el cual penetró dando las voces de «a Iglesia me llamo». ' -En Lima solicitó y obtuvo del Virrey Marqués de Montescla- ros una plaza de guerra en la armada enviada para combatir al cor- sario Spliberg: fué hecha prisionera de los holandeses y por ellos abandonada en el puerto de Paita. -De nuevo en el Cuzco, sorprendido en un garito ante la au- dacia de un rufián apodado «el Cid» que le tomaba su dinero, a la tercera vez que lo hizo, le clavó la mano en la mesa, con su puñal. Hubo escándalo y hubo muertos de cuyo número fué el «Cid». Do- ña Catalina fué gravemente herida y le fué ordenado confesarse. Creyéndose en peligro de vida,confesó su sexo a Fray Luis Ferrer. -Convaleciente de las heridas recibidas en el Cuzco, doña Ca- talina marchóse a Apurimac. Detenido en el camino por un algua- cil que le intimó prisión, trabóse combate, mató doña Catalina al al guacil y continuó tranquilamente su viaje. -En Huancavelica hirió gravemente a otro alguacil y a un negro que le había asido por la capa. Fugó con rumbo a Huaman- ga y en el camino debió sostener combate con los que la perseguían para apresarla. -En Huamanga, sorprendida por la autoridad en un garito, salió del paso con algunas estocadas y cintarazos. Huyendo de la ciudad, fué sorprendida por unos alguaciles en los cuales hizo mu- cha mortandad y sólo se rindió a los ruegos del Obispo Fray Agus- tín de Carbajal, a quien refirió la historia de su vida, como no lo había hecho hasta entonces. «El prudente prelado la exhortó en « medio de sus lagrimas a que se confesase y volviese a la senda de « que se había extraviado. Doña Catalina, viendo que lo estraño 37 « del caso inquietaba y hacía vacilar al Obispo, le propuso la re- « conociesen las matronas y comadres que quisiera, asegurándole « nuevamente que conservaba su estado de virginidad. Verificóse asi « y todo quedó ratificado con la declaración jurada de aquellas.». Doña Catalina pasó entonces, en habito de religiosa, al Con- vento de Santa Clara: fué llevada en público, a la vera del Ilustrísi- mo Carbajal. Mas tarde pasó a Lima y eligió el convento de la Tri- nidad para permanecer en él. Vino de España nueva de que doña Catalina no había sido monja profesa y que le era permitido, en consecuencia, abandonar la vida monástica. Pasó a Huamanga, volvió a Lima y embarcó para la Nueva Granada. En Cartagena de Indias embarcó con rumbo a España y llegó finalmente a Cá- diz, donde le fué dado hallar a dos hermanos suyos, que servían en la marina. Marchó a Roma, doña Catalina, y en Génova, yendo a visitar al Santo Padre y a pedirle perdón de sus faltas, mató a un italiano que le había provocado. Terminó su vida doña Catalina en México, siendo arriero y vis- tiendo las ropas de varón que abandonaron su cuerpo por muy po- cos días a lo largo de una existencia tan rica en accidentes y en epi- sodios que a las veces parecen inverosímiles. La historia de la vida de doña Catalina de Erauzo se presta a múltiples reflexiones. Hay en esta vida elementos mas que suficien- tes para pensar que doña Catalina fué sujeto víctima de aquello que Sommer (1) llama homosexualidad femenina activa, la cual se halla en personas «de sexo femenino que son sensualmente excitadas por personas del mismo sexo y en las cuales predomina un carácter activo». Pero, este trastorno sexual no basta para poner adecuada etiqueta a la personalidad compleja de la monja alférez, ya que la perversión sexual es un síndrome y no un diagnóstico de enferme- dad. La monja alférez es un sujeto cuya inteligencia le permite bien vivir y le pone en condiciones de desempeñarse correctamente desde el punto de vista del rendimiento mental, en los diversos car- gos que le fueran confiados. Grumete y empleado de comercio, sol- dado de los tercios de Su Magestad y criado de casa noble, mezcla de héroe y rufián no se gana en este vivir inquieto la fama de pobre de espíritu y, lejos de ello, alcanza la de persona viva de carácter y la de vivo de ingenio también, ya que su hablar era tal de des- pertar las simpatías de tantas damas, de tan varia edad y condi- ción. En ninguno de los episodios que hemos referido, aparece la monja alférez como provista de una mentalidad idiótica: la rara (1) Sommer: «Psicología crimínale e Psicopatologia penale» Roma, 1909. 38 mujer se da buena maña para engatuzar a las gentes, para ganarse voluntades y conquistarse corazones y si bien estas circunstancias no justifican en doña Catalina una integridad absoluta de la inte- ligencia, ponen la sospecha de esta integridad, o cuando menos, la de una conservación compatible con las necesidades de la vida. Desde el punto de vista de la voluntad, la monja alférez apa- rece ante nosotros como un impulsivo de la peor especie: no sufre la amenaza de haber la cara cortada por manos de un sujeto al cual se la corta para ganarle la acción;no permite lamas leve ofensa ver- bal o de obra y siempre tiene pronta respuesta a agravios en la ace- rada punta de la espada que lleva aí cinto. Doña Catalina, educa- da en un convento, experimentando consuelo a su espanto en los Andes en la plegaria elevada al Cielo, no tiene ni siquiera el 'freno religioso a sus impulsos violentos: mata en una Iglesia y, andan- do los años, peregrinando por Europa para ir a llamar a las puerta del Sumo Pontífice e implorar de él un generoso perdón para tan- tos pecados, en ocasión en que su espíritu debía estar mas cerca de las cosas de Dios que de aquellas de los hombres, en esa ocasión, la ofensa de un genovés es móvil bastante para que despertando doña Catalina sus aletargados impulsos ella ensangriente sus manos, por una vez mas, en un homicidio por exceso de impulsión y por defecto de todas aquellas razones que parecen detener la mano de los hombres cuando ella va a infringir alguna de las sublimes reglas del decálogo. No son ni nobles ni generosos los sentimientos de esta doña Catalina de Erauzo. mirados a través de su historia: ella, nacida mujer y criada como tal, por una riña con una monja abandona la tranquilidad de la vida religiosa y abandona con ésta aquella bue- na familia suya que lloró seguramente una ausencia que mal acer- taba a explicarse. Vistiendo ropas de varón, halla a su infeliz pa- dre y escucha sus lamentos por la hija cuya pérdida llora sin con- suelo y lejos de descubrirse al cuitado y de enjugar con sus besos aquellas lágrimas por ella vertidas, doña Catalina huye del peli- gro de ser descubierta y ni su emoción la traiciona ante el autor de sus días, ni su corazón la manda dejar el mal sendero par volver al bueno y poner término a la pena del desdichado capitán don Miguel de Erauzo. Años después en tierras de América, halla a su hermano, apellidado como su señor padre y capitán como él y le- jos de darse a conocer, lejos de cambiar en fraternal cariño la re- lación de respeto con su capitán, prefiere pasar inadvertida y reci- bir cintarazos y estocadas de quien debió recibir todo género de mimos y de cariños. Mas tarde todavía, en un duelo sangriento doña Catalina mata a su hermano y todo el horror de este delito que fue- 39 ra motivo de enmienda a otro espíritu,no lo es para el de doña Ca- talina, y ella continúa su camino, análogamente a como lo hacen aquellos ásperos peñascos desprendidos de la cima de los altos mon- tes en día en el cual sopla el huracán sobre las soledades de nuestros milenarios Andes. Doña Catalina recibe beneficios y no paga benefi- cios con gratitud: ella roba a personas que la dieron tranquilo aloja- miento bajo sus techos, ella seduce doncellas y las abandona cuando es mayor el estrago de su engaño y de su falsía y procede en esta guisa aun tratándose de personas que como aquella buena mujer de la hija muy fea y muy negra, habían salvado a doña Catalina de dar con sus huesos en un abismo y con su alma en los infiernos. Doña Catalina sólo vive para ella, roba para viajar, juega a- pasionadamente, mata cuando la agravian o cuando le impiden continuar su jornada, enamora doncellas por entretenimiento y aprovecha frecuentemente el sagrado de los templos para sustraerse a la acción déla justicia. Doña Catalina es una egoísta, es una de esas personas en cuya ánima miserable no hubo cabida jamas sen- timiento generoso y sólo la hubieron aquellos sentimientos que sig- nifican la brutal satisfacción de los mas viles apetitos de que se ha- lla animado el hombre. Dijo doña Catalina que fueron de su gusto las mujeres «de bue- nas caras» y la naturaleza de este gusto es hecho curioso en la vida de esta mujer que renunció a su sexo a ios quince años de edad, o sea, precisamente, en la época misma en que el sexo comienza a agitar a las tímidas doncellas y a los asustadizos mancebos. Que sucedió en el alma de doña Catalina cuando en el libro de la vida füé escrita la primera página de su adolescencia? Que pro- ceso misterioso se operó en esa alma para orientar sus aficiones y sus gustos en el sentido correspondiente a un sexo que no era el de ella?. No han llegado a nosotros noticias que nos permitan darnos cuenta de su transformación sexual. Y respecto a esta, sólo podría hablarse de una afición desinteresada de doña Catalina por la mujeres de «buena cara», de un erotismo cerebral, a no haber en la historia de esta mujer, dos episodios que pueden ser tomados como exponentes de una verdadera homosexualidad. Es el primero de estos episodios el de los motivos por los cuales el acaudalado co- merciante don Diego de Olarte se vió precisado a arrojar de su casa a la monja alférez que había aceptado a su servicio por insinuación de un amigo: dícese que Olarte sorprendió a la monja alférez «con dos cuñadas suyas en actitud sospechosa». Y es de creerse que el co- merciante tendría buenas razones para llamar sospechosa a aquella actitud. Tal vez si el erotismo de doña Catalina se traducía en toca- 40 mientos libidinosos que explicarían el erotismo medular de sujeto que examinada por las comadronas comisionadas por el Obispo Carvajal resultó conservar su virginidad, virginidad en un todo semejante a la de aquellas pervertidas criaturas que en los prostí- bulos de Europa ejercen los mas inmundos oficios conservando la integridad de la membrana himen. Pero mas alto que las sospechas de Olarte, hablan en favor de nuestra creencia en la homosexuali- dad de doña Catalina, las circunstancias que rodearon el último amor de la monja alférez, las mismas que nos dan sido referidas por el señor Riva Palacio (1), quien dice a la letra cuanto sigue: «Llegó a México la monja alférez siendo virrey el marqués de Ce- «rralvo. Parece que doña Catalina tenía, aficiones saficas o les- « bianas; pues en un viaje de Veracruz a México, enamoróse de una « dama a quien sus padres le confiaron para que la condujese a la « capital, donde la esperaba su novio. Aquella pasión le ocasionó « a la monja alférez grandes disgustos y fué motivo de muchos es- « cándalos en México. A extremo estuvo de batirse en duelo con el « marido déla dama, a no estorbarlo las autoridades y la influen- « cía de algunos personajes.» Como se ve, este caso citado por el señor Riva Palacio es muy diverso de los antiguos amoríos de la monja alférez: en estos ella era la eterna solicitada, ella era la que debía huir a los halagos de las novias y en el caso citado por el señor Riva Palacio, es ella la que se enamora, es ella la que pretende deshacerse del rival y ha menester de muy grandes esfuerzos para no consumar sus propó- sitos. Y el amor platónico, aquel que vive de miradas y de suspiros, aquel que se satisface con aspirar el aroma del pañuelo de la pro- metida y con contemplar con embeleso una fotografía del objeto amado, no es el mas frecuente consejero de las reacciones violentas y de los impulsos violentos que son propios de aquel amor que es fina corteza y delicadísima de los vivos deseos de unos sentidos en eterna vigilia. De estos debió ser ese amor de la monja alférez por la novia de México. Y entonces debió ser justo aquello que de safismo y de lesbianismo dijo el señor Riva Palacio. Sobre la base de las consideraciones que dejamos hechas es posible considerar a doña Catalina de Erauzo en el número de las víctimas de aquellas disgenesias del espíritu llamadas síndromes degenerativos y colocarla entre los locos morales de que nos ocupa- mos en el presente capítulo. Durante el año de 1597 ocurrió en la ciudad de los Reyes uno de esos acontecimientos cuyos detalles causan espanto aún a tra- (1)-Riva Palacio: «La monja alférez», en «El Ateneo». Lima, 1887 41 vés de los cuatro siglos que separan nuestros días de aquellos remo- tos del virreinato. Una noble dama, seducida por un noble señor y abandonada de él a los dolores del injusto olvido y a los cuidados de la crianza de dos inocentes criaturas, fruto de aquellos amores, viendo al amante unido en matrimonio a otra dama, contemplando fracasadas sus tentativas de reanudar aquellos ilícitos lazos, valiéndose de enga- ños, atrajo al amante a casa suya y dióle muerte crudelísimamente. Díjole la dama que el primogénito de aquellos muertos amores de- bía emprender viaje a España y no quería emprenderlo sin reca- bar la paterna bendición. Tocole al caballero en la nobleza de sus sentimientos de padre y ofreció acudir a la cita en la cual debía ha- llar la muerte. Llegado a la casa de la olvidada amante, hizo esta que los niños ofrecieran a su padre vino y unos b^cohos y apenas hubo bebido hizo efecto el narcótico que la dama había puesto en el vino. Durmióse el caballero y la dama aprovechó de su sueño para hacerle conducir a una hacienda que ella tenía cerca de Lima. Una vez llegados a la hacienda dió principio el tremendo drama: « Mandó entonces al criado que subiese a don Carlos a un cuar- «to interior de la casa, y lo colocase en un catre. Sola ya, lo des- « nudo dejándolo en cueros, y lo amarró abierto en aspa de los bra- « zos y pies: concluido esto se salió a una pieza inmediata a esperar « que dispertase; así sucedió después de algún tiempo, y el infeliz « viéndose en tal estado, con el conocimiento, que tenía de la Mar- « quesa, temió de su suerte, dió gritos descompasados y lastimosos, « pidiendo misericordia, y llamando para que lo soltasen. Entonces « muy festiva entró donde él, y después de llenarlo de imprope- « rios echándole en cara su vil manejo, le dijo se preparase para mo- « rir en satisfacción de sus perfidias. Llamó en seguida a su hijo y « colocándolo a la vista del padre, le dijo: «Te quise cuando tu pa- « dre fué mi amante; él con fementidas palabras me hizo creer que « se casaría conmigo: me abandonó burlando mi inocencia, y ya « pertenece a otra mujer que por él no ha hecho el sacrificio de su « honor y porvenir como yo. Tan vil proceder es el origen del odio « que ahora te tengo, en fuerza del que quiero que mueras a pre- « sencia de ese infame de quien rechazo conservar prendas que le « pertenezcan. Al concluir estas últimas frases, furiosamente hirió « al niño hasta hacerlo espirar: le cortó después la cabeza y la tiró a «don Carlos a la cama. En seguida llamó a la hija y con la misma « relación y de igual manera le dió la muerte. Se fué inmediatamente « a la cama del desgraciado don Carlos y prodigándole las mas atro- « ces injurias principió a asesinarlo cortándole miembro por miem- « bro de su cuerpo hasta que lo vió espirar. Concluida tan horrible 42 « nicería, enterró por la noche, en unión del negro cochero, los tres « cadáveres y se volvió a Lima llena de gozo y Cjntento.» « este aliciente (una gratificación de dos mil pesos « ofrecida por el Virrey) obligó al cochero, negro confidente de la « Marquesa, para que revelase el crimen.. .. Pasó 1 Juez a tomar « nueva declaración a la delincuente, la que permaneció resistente «hasta que dándole tormento, confesó detalladamente sus delitos. « En vista de ellos fué sentenciada por la Real Audiencia a la pena « capital de horca y que le cortasen después las manos y se coloca- « sen en una pica a extramuros de la ciudad, en la dirección a la «hacienda de la marquesa a donde cometió tantos crímenes y tan «horribles, en pocas horas.» « Puesta en capilla mujer tan infame, en las cuarenta y ocho « horas que ella estuvo no se le notó la menor aflicción: al contraio « ostentaba serenidad diciendo a todos los que le hablaban de su « situación, que después de haber satisfecho sus deseos de vengan- «za, aguardaba sin temor la muerte, convencida como se hallaba de « que sólo así podría pagar el cúmulo de crímenes que había come- «tido. Se ejecutó la sentencia y esta fué la primera mujer ahorca- « da en la Plaza Mayor de esta Ciudad.» (1) La lectura de este documento impresiona intensamente al cu- rioso lector y expone a sus ojos,que dilata el espanto, el insonda- ble misterio que rodea al espíritu de los hombres:Una mujer noble educada en un ambiente de bondad, de virtud y de gentileza, víc- tima de un seductor,venga la ofensa en forma abominable, rodean- do a su venganza de circunstancias que no dejan en el ánimo cabida a sentimiento alguno de piedad. La trágica Marquesa engaña a su amante invocando los sen- timientos de paternal amor de este: dícele que no va a hablarle de amor y que sólo va a pedirle una bendición para el desventurado bastardo que debe emprender viaje a España: le narcotiza después, le hace blanco de sus injurias y testigo imponente del asesinato de sus dos hijos. Y luego, macabra precursora de los vivisectores científicos, entrégase tranquilamente al horror de aquella mutila- ción implacable del amante desnudo e inerme, muerdo de espanto tal vez antes que aquellas manos que el besara con trasporte un día, dieran término a su trágica labor. Luego la Marquesa, hiena encarnada en noble mujer, aprovechando el silencio de la noche y la complicidad de un esclavo, sepulta aquellos tres cadáveres que son la muda y elocuente acusación de su infamia y de aquellos tres cadáveres, dos son cuerpos que ella había llevado en su seno.. .. (1)- «Anales de Lima», Libro Primero de Cabildos. Fuentes («Estadística de Lima») y Palma («Tradiciones Peruanas») hacen historia del suceso. 43 Este crimen no es la traducción muscular de una actividad sí- quica normal y sus espantosos detalles revelan cuan justiciero fué en aquella oportunidad el público rumor respecto a mal estado del juicio de la Marquesa, cuyo espíritu, seguramente, sufría el es- trago de misteriosa enfermedad. Entre pecado, que lo hubo indudablemente, y penitencia, estableció la Marquesa una desproporción enorme: en aquellos tiempos en que las damas no se consolaban fácilmente del desvío de sus amantes y en que las deudas de honor eran pagadas, cuando no en honor en sangre, si la Marquesa hubiera teñido sus aristocrá- ticas manos en la del pérfido amante, tal vez si la Real Audiencia de la Ciudad de los Reyes . hubiera vacilado mucho entre la absolución absoluta y la condena moderada. Pero el cobarde ase- sinato de aquellos niños en presencia del padre incapáz de defender- les, debió pesar en el ánimo de los jueces que extremaron para con la Marquesa todos los rigores de la ley, imponiéndola una condena que de todos fué mirada como justa. Precisa invocar toda una anestesia moral,todo un daltonismo moral, para explicar el crimen de la madre y para concebir que ma- nos de madre pudieran empuñar la daga que había de segar la exis- tencia de aquellas inocentes criaturas. Esta Marquesa que mata a su amante por que ya no es suyo, y que mata a sus hijos por que ya no son los hijos del amante, revela el predominio que alcanzaron en su espíritu los sentimientos egoístas sobre aquellos cuya suma hace en los sujetos normales el altruismo verdadero: la resignación fué virtud femenina y lo fué así mismo el sacrificio del propio bien en aras del bien de los hijos: ninguna de estas virtudes halló cabida en el alma enferma de la Marquesa Tampoco lo halló el remordimiento: llena de gozo y contento avan- donó la Hacienda y en ella los despojos de sus víctimas y ya en ca- pilla, próxima a purgar su delito, no se le notó la menor aflicción. De la lucidez de la Marquesa es buena prueba su astucia para atraer al amante en aquella celada para obligarle a beber el nar- cótico. Lo es,así mismo, la serenidad con la cual esta mujer oculta al mundo los mudos testimonios de su referida crueldad. Dos pruebas de falta de previsión de la Marquesa están cons- tituidas por' su creencia en la ocultación del crimen y por su seguri- dad en la discreción de su cómplice y esclavo que la ayudó a sepul- tar los cadáveres de las víctimas. No debió creer la Marquesa que pasaría inadvertida la desaparición de persona tan conocida como su amante y no debió confiar en el silencio del esclavo. La falta de noticias respecto al pasado de la Marquesa no nos permite formular un diagnóstico de locura moral, aún cuando su 44 delito es el delito de un loco moral: por sus motivos, por la serena maduración del plan, por la crueldad de la ejecución del mismo y hasta por la imprevisión. A menos que el pesar producido en la Marquesa por el aleja- miento de su amante traumatizando tan intensamente el espíritu de la noble señora hubiera producido una rara sicopatía exclu- siva o principalmente radicada en la esfera sentimental de la sujeto. Porque, fuera de la locura moral, que sicosis pudiera explicar el de- lito de la Marquesa, que traduce una selección tan ostensiblemente selectiva de la esfera sentimental de la actitucj síquica? En el décimo sétimo siglo y en un pueblo vecino a la ciudad de los Reyes ocurrió uno de esos hechos que, como el anterior, conturba los ánimos más serenos y que debió hacer pensar a los limeños de entonces, en cuan grande es la divina misericordia cuan- do ella permite que respiren el aire que respiran los buenos y co- man de su pan y beban en su fuente, hombres en cuyos espíritus se dieron cita todos los malos sentimientos que la humana imagina- ción alcanza a concebir. Dos sacerdotes, llamados por su ministerio a servir de ejem- plo de virtud, fueron los personajes principales del trágico suceso: llamábase uno de ellos Fray Diego Arce de Colchado y había ves- tido el hábito agustino hasta que conocidas las maldades de su es- píritu, le expulsaron del Convento, para tranquilidad de los fuertes y defensa d-e los débiles. Expulsado del Convento Agustino, como queda dicho, marchó- se a buscar a un su hermano que era cura de una parroquia situada cerca de Lima: díjole de la expulsión y ponderóle la magnitud de su infortunio. Escuchóle el hermano, procuróle consuelo a su pena e invitóle para venirse a vivir con él que a la sazón procuraba llevar a hacerle compañía en la parroquia a una hermana de ambos, para mejor mirar por ella y atender más de cerca a su cuidado y educa- ción. Aceptó el ofrecimiento Don Diego y trascurridos pocos días vivían en la parroquia los dos sacerdotes y la hermana de ellos, jó- ven y hermosa mujer. El llamado don Diego no tardó en concebir por su desventura- da hermana una de esas pasiones que parecen nacidas en el infier- no mismo a juzgar por su malignidad suma. Y sin esforzarse por vencer los torpes impulsos de sus sentidos enfermos, manchó sus labios de sacerdote requiriendo de amores a la infeliz doncella y haciéndolo en forma tal que fuera revelación de enorme audacia para persona que no vistiera la sotana que vestía el sacerdote y en persona como esta última era más que audacia temeridad infernal. La doncella hizo una débil resistencia y creemos tal a pesar de cua n- 45 to dicen en defensa de la infeliz por que ella debió resistir al desen frenado apetito del hermano, sin cuidarse del enojo. Y si ella acce- dió al ilícito comercio sólo por evitar enojo y escándalo, o no fué su virtud tanta como sus defensores pregonan o su inteligencia fué tan poca que no comprendió cual era el camino que debía seguir para conservar su virtud y no mancillar su honor. Como si el demonio hubiese tomado a empeño perder a-todos los habitantes de la parroquia y no dejar a ninguno de ellos la con- soladora esperanza de la salvación eterna, sucedió que el cura, ig- norante de la culpabilidad del hermano,cayó en idéntica tentación y procedió en la misma forma, como si la comunidad del delito fue- ra a hacer más ostensible la comunidad de origen. Y la doncella, pensando como pensara la primera vez y ocultando al cura las torpezas del fraile, accedió a sus deseos y pecó con este hermano, como había pecado con el anteriormente delincuente.Y durante al gún tiempo vivieron sin ser molestados aquellos tres seres que tan- to y tan gravemente ofendían a la moral. Andando los meses y operando la naturaleza sus obras, advir- tieron los culpables que la hermana no podía ocultar por más tiem- po la historia de su culpa. Y entonces, lejos de moverse a arrepenti- miento, agregando el cinismo a la culpa, pusiéronse de acuerdo para interrogar a la hermana respecto al nombre del culpable, que cada uno de ellos creía ser el único y no tenía el valor de declarar- lo al otro. Hablaron con la hermana y aparentando enojo por el deshonor de un nombre que sólo ellos habían deshonrado, la exi- gieron les dijera que hombre villano había abusado de la inocen- cia de ella y era padre del hijo que ella llevaba en su vientre. De- seosa la hermana de mantenerles en su ignorancia, díjoles, entre manifestaciones de la mayor congoja, que un don J uan de Iturrieta, vecino de Lima, la había seducido con mentidas promesas y la ha- bía abandonado a los rigores de su desdichada suerte. Aquellos criminales hermanos, lejos de comprender la menti- ra de la hermana y comprender que ella procuraba salvar con su mentir al verdadero culpable, creyeron cuanto ella les dijo, enfu- reciéronse en contra de Iturrieta y, cegados por los celos, más que por el agravio a su común nombre, fueron a Lima y asesinaron co- bardemente al desdichado Iturrieta que pagó con la vida delito al cual era tan ajeno. Regresaron los asesinos a la casa de la parroquia y en medio del mayor alborozo refirieron a la hermana como el de Iturrieta había saldado con su vida deuda que no supo saldar como caballero. Escuchando estas palabras, comprendió la hermana la enormidad de su delito y entonces les reveló la verdad de cuanto había ocurrido, al mismo tiempo que les enrostraba la culpa enor- 46 me en que habían incurrido privándola de su honra aquellos mis- mos que debieron ser sus más celosos custodios. Los culpables hermanos resolvieron entonces libertarse de aquella hermana y del fruto de sus culpables amores. Con pretextos licenciaron a los criados y cuando estuvieron solos «cerraron todas las puertas y envistiendo furiosos a ella, la dieron de puñaladas, quitándola con un fratricidio dos vidas,la propia y la del inocente que tenía en sus entrañas». Sepultaron el cadáver en el templo y dijeron a quienes les interrogaron que la desventurada hermana había fallecido víctima de un arrebatado accidente. La pública opinión, sin motivo alguno, comenzó a establecer una relación entre la trágica muerte de Iturrieta y la desaparición misteriosa de la hermana de los Colchado. El rumor se hizo insis- tente y los criminales, atemorizados, procuraron escapar ala acción de la justicia: vendieron cuanto poseían, trasladáronse al Callao y embarcaron con rumbo a Panamá, deseando poner entre ellos y el sitio de su delito el falso abismo de la distancia. Pero ellos no escaparon a la justicia de los hombres; al desembarcar en Panamá, cayó de la barca uno de los hermanos y con tan poca suerte que fué estrellado éntrela barca y el navio. El otro hermano fué atacado del «vómito prieto», que así llaman a la fiebre amarilla, y murió, no sin entregar a su confesor un papel en el cual estaba hecha la his- toria del horrible delito de los hermanos Colchado. Tal es el delito que en el décimo sétimo siglo conmoviera tan hondamente a los buenos vecinos de la ciudad de los Reyes y si el lector es deseoso de conocer el delito en todos sus espantosos deta- lles, léalo en la misma fuente en la cual le hemos leído nosotros (1) De uno de estos hermanos Colchado nos quedan noticias su- ficientes para reconstruir aproximadamente sus personalidad: su- jeto que en la Orden de San Agustín había aprovechado en satis- facción de sus odios personales y de sus pocas simpatías la bené- vola deferencia de un respetable prelado, sujeto de astucia tal que bien encubría con el manto de la mucha religión las llagas de desmedida envidia, había llegado en sus maldades a provocar, por satisfacción exclusiva de sus bajas pasiones, el desmedro en los honores y en la dignidad, de muy santos varones quienes por culpa de Colchado se vieron presos los unos, desterrados los otros y adoloridos todos de no poder descubrir los siniestros propósitos del mal religioso. De todo esto se desprende la justicia con la cual los religiosos agustinos expulsaron de su seno a Colchado «como a miembro podrido para que no inficionase a los sanos». (1)- Fuentes: «Estadística de Lima», ob. eit. 47 Este mismo mal fraile que sacrificara a sus superiores y a sus hermanos en Religión para satisfacer sus odios y sus envidias, en llegando a la casa del hermano no vaciló en sacrificar a la pobre hermana a la satisfacción de sus torpes apetitos, amenazándola si llegaba a descubrir al otro hermano el secreto del ilícito comercio. Este mismo mal fraile acusado por su hermana y acusado de idéntico delito por el cura, se pone de acuerdo con este último para salvar un delito cometiendo otro delito, y con premeditación y cobardía, serena y fríamente, victiman a la pobre hermana, cómplice de sus vergonzosos pecados. Este mismo mal fraile, en vista de la falsa acusación hecha por su hermana respecto al delito de Jturrieta, constándole a él mejor que al cura la injusticia de la acusación, la acepta como verdadera y va en busca del injustamente acusado y le mata para ocultar sólo ante el otro hermano la verdad del delito que la don* celia cometía en el trato con sus dos hermanos. Este mismo Fray Diego Arce de Colchado nos hace la impre- sión de uno de esos hombres que miran la vida como un feudo hecho para satisfacerles y halagarles. Dotado de inteligencia que le permitió llegar al orden sacerdotal y constituirse en el ccyifiden- te del Provincial de los Agustinos,cuidó de emplearsu inteligencia en provecho exclusivo de su persona y en satisfacción de sus más imperiosas necesidades. Los sentimientos de Fray Diego debieron ser ejemplar acabado de egoísmo, pues no se explica de otra ma- nera la falta absoluta de sentimientos generosos en sujeto cuya juventud había trascurrido bajo el hospitalario techo de los claus- tros agustinos. Fray Diego no debió ignorar uno sólo de los man- damientos de la ley de Dios; pero sólo debió conocerlos por haber- los visto escritos y no por haberlos sentido: la letra escrita de los santos libros cuya lectura debióle ser familiar, no halló posibilidad de copia duradera en el corazón del sujeto y sucedió que este mal fraile fué, como no pocos en la vida,un teórico de la virtud inca- paz d'e practicarla. Llegado el momento de esta práctica, olvidan- do la ley de Dios «levantó falsos testimonios y mintió» y «fornicó» y «mató» y más no hizo porque mayores maldades no le pidió la vida en cambio de los mas torpes y pasajeros goces. Este Fray Diego es un loco moral: es un sujeto bajo cuya cu- bierta de hombre del décimo sétimo siglo vivían la más intensa de las vidas los sentimientos egoístas de animalidad insaciable, los instintos que debieron caracterizar al hombre de las cavernas. Nada sabemos del pasado de los dos hermanos de Fray Diego, ésto es del cura malvado y de la víctima del erotismo repugnante de los dos sacerdotes. No obstante esta falta de informes, es dable, 48 aseverar que el cura erótico y fratricida, cínico proyectador de su delito, frío apreciador de los peligros que le rodeaban después de consumado el crimen, era un hermano digno de Fray Diego: menos inteligente, tal vez, pero idénticamente malo. Y qué decir de la hermana? Qué pensar de esa doncella que cede a las solicitaciones eróticas del fraile para evitar su enojo y su escándalo? ¿Qué pensar de esta mujer joven, que caída en los brazos de uno de sus hermanos, cae en los brazos del otro y procu- ra mantener a ambos ignorantes de la comunidad del delito? ¿Qué pensar de esta mujer que no experimenta indignación al ser inte- rrogada respecto a su culpa por aquellos que eran parte principa- lísima a ella? ¿Qué pensar de esta mujer que hace formal acusación de un inocente y se hace, en esta forma, verdadera instigadora de un asesinato? No pretendemos hallar en la hermana de los Colchado las ca- racterísticas sicológicas de una mujer de nuestros días. Buscamos en ella las reacciones violentas de la mujer honrada del decimosé- timo siglo ofendida en los mas nobles sentimientos, buscamos en ella el gesto airado de protesta contra las seducciones'del fraile incestu<?so, buscamos en ella su decisión de escapar al perseguidor sepultando su belleza en 'a celda apacible de un convento o en la tumba de un suicida. Por mucho que diga el Padre Bernardo de Torres, aquella doncella que él presenta como víctima, no se nos ocurre verdaderamente tal: si ella hubiera preferido la muerte a la deshonra, aceptaríamos sin vacilaciones la opinión del Padre Torres; pero esta doncella que da tan pobres razones para justi- ficar su culpa, o es una amoral semejante a sus hermanos o es una imbécil cuya capacidad crítica la hace ver peligros donde no los hay y la hace desdeñar los que son verdaderamente tales. ¿Hijos de qué matrimonio fueron estos desventurados? Tal vez el alcoholismo de los padres, la epilepsia o la imbecilidad de estos, pudieron ser la clave de las desdichas de esta familia de degenerados y explicarnos el castigo implacable de la naturaleza sobre tres seres que llevaron en sus venas una misma sangre. El año de 1776 ocurrió en la ciudad de los Reyes un hecho cuya relación llevó la congoja a los buenos pobladores de la dicha ciudad y la desolación a los deudos de las víctimas del suceso D. Aquilino de Leuro y un buen mozo nombrado don Fortuna- to N. (1) Benedicta Salazar, mujer jóven y de agraciado aspecto, había caído en las amorosas redes que le tendiera don Aquilino y éste (1)- Palma; «Tradiciones Peruanas». Ob. cit. 49 habíala abandonado buscando en otros ojos la seductora mirada que dejó de advertir en los de doña Benedicta. A partir de aquel entonces la agraviada dama vivió para su venganza,¿enviando en- horamala a los mozalbetes que con melosos piropos encubrían la audacia y el atrevimiento de sus intenciones y colocando en el número de estos sujetos a don Fortunato, vecino y devoto admi- rador de la dama. Trascurridos algunos años, halló doña Benedicta al olvida- dizo amante; hízose entre ambos memoria de los días venturosos y pusieron término a la callejera plática acordando reunirse en casa de la dama, aprovechando la tranquilidad del barrio y los misteriosos encantos de la noche. Volviendo a su casa doña Benedicta halló a don Fortunato: éste la hizo un ceremonioso saludo y obsequióla con el milloné- simo primo de los piropos y estuvo a punto de caer de espaldas al ver dibujada en el rostro de la esquiva señora una prometedora sonrisa y al oirla responderle con desusada benevolencia, citándole a su casa para las 9 de la noche, hora que don Fortunato pensó sería la más deliciosa de su vida y no lo fué, como se dirá en se- guida. Momentos antes de las 9 de la noche, don Fortunato llamaba a las puertas de Benedicta. Abrióle la dama, invitóle asiento, y ambos lo tomaron en torno a una mesa sobre la cual yacían en albos platos de porcelana deliciosos bizcochos y sobre la cual le- vantaba sus cuerpos empolvados unas botellas de vino anciano. Preparábanse doña Benedicta y don Fortunato a comer y a beber, cuando se escucharon unos golpes a las puertas de la habitación. La dama aparentando la mayor turbación tomó del brazo al ga- lán, encerróle precipitadamente en un armario y fué luego a abrir la puerta a quien llamaba y no era otro que el de Leuro, citado por Benedicta a aquella misma hora en que se citara al devoto vecino. Sin hacer memoria de don Fortunato, doña Benedicta y don Aqui- lino se comieron los bizcochos y don Aquilino bebió del vino; más apenas lo hubo bebido cayó en profundo sueño, obra del narcó- tico que doña Benedicta había preparado. La obra del narcótico fué breve y el de Leuro al volver de su sueño se encontró frente a frente de doña Benedicta que, en tono airado, le enrostró su felo- nía y su abandono y agregando a estas palabras otras de agravio, le apuñaleó enfurecida, matándole. Abrió entonces al aterrado don Fortunato, enseñóle el cadáver del de Leuro y enardeciendo al joven con sus miradas y con sus ademanes, le ofreció su amor a cambio de su silencio y de su ayuda para hacer desaparecer el cadáver. Obligó doña Benedicta a don Fortunato a cargar el ca- 50 dáver del de Leuro para arrojarle al río: obedeció el incauto y sa- lióse de la casa con el pesado fardo, seguido de la tentadora quien se dió infernal maña para coser a las ropas del vivo las del muerto y fué así que en arrojando don Fortunato el cadáver del de Leuro se sintió arrastrado por el cuerpo del cadáver. La matadora vol- vióse a su casa tranquilamente, como si tanto mal y tan grave no hubiera hecho. Y la justicia llevó a sus prisiones, culpándole del asesinato, a sujeto que nada tenía que ver con él. Pasaron muchos años y fué sólo entonces que doña Benedicta envejecida y moribunda, confesó su delito y rogó al confesor pu- blicación de su pecado y así fué hecho. Sabemos poco de la personalidad de doña Benedicta para poder pronunciarnos respecto a la justicia con la cual la hemos se- ñalado un puesto en este capítulo. Si hemos procedido como lo hemos hecho, ello ha obedecido a nuestra creencia de que una persona sana de cuerpo y de espíritu no llega tan fácilmente como doña Benedicta llegara a tal extremo de maldad: se hace dificíl pensar que una mujer,muy ofendida,llegue en la ofuscación queun personal agravio produce, a tan refinada maldad como la revelada por doña Benedicta en la fría premeditación de su delito, en la conquista del cómplice y en la supresión de éste, así como en el criminal silencio que ella ha guardado sabiendo que se hallaba en peligro de perder la vida sujeto cuya desventura había hecho que le acusaran del doble homicidio. No hay en el delito de doña Be- nedicta la poca reflexión y la sobra de impulsividad irreflexiva y ciega que se anota en los delitos pasionales o sean en aquellos en los cuales incurren aquellas personas a las cuales la pasión quita el pleno ejercicio del sano juicio: la doña Benedicta conserva su tranquilidad para hacerle ver a don Aquilino que su ánimo genero- so le ha perdonado el desvío y está pronto a admitirle nuevamente a su afecto: la conserva asimismo, para pensar en su venganza y conceder en esta un trágico papel al joven enamoradizo de quien sólo sabemos que se llamaba Fortunato y cuya desgraciada suerte guardó poca relación con su nombre. Tranquila y fría, doña Be- nedicta, prepara el vino y los bizcochos que había de ofrecer al amante, compromete a don Fortunato para acompañarle aquella noche y servirle de dócil instrumento. Adormece a don Aquilino y entonces le mata. Y junto al ensangrentado cadáver del infeliz, le ofrece don Fortunato aquel cuerpo tentador a cambio de un culpable silencio. Después cuando el desventurado mancebo, cegado por su pasión, conduce en sus hombres el documento acu- sador de aquella mujer, ella conserva la tranquilidad suficiente dara pensar en la posible indiscreción de su cómplice y para rea- 51 tizar aquel segundo crimen de coser las ropas del vivo a las del muerto. Y después, en aquel espíritu tenebroso no se hace un poco de luz para dar entrada al remordimiento cuando llega a noticia de ella la acusación hecha a un inocente. Y es sólo cuando la muer- te pone un poco de temor en el alma de doña Benedicta, que ésta pide a su confesor revelar la verdad de aquel doble delito. No hay en doña Benedicta aquella imprevisión que pagó con la vida la Marquesa asesina de sus hijos de que hemos hecho me- moria en este mismo capítulo; pero hay en ella la misma falta de corazón y el mismo refinamiento de maldad. Doña Benedicta es una pervertida del sentimiento. Pervertida originaria? Pervertida por sicosis adquirida? Nos inclinamos por la primera hipótesis. Sea última historia de este capítulo la de una mujer que en la ciudad de los Reyes fué de público escándalo y de malísimo ej im- plo en los primeros años del siglo XIX, siendo Virrey del Perú el señor don José Fernando de Abascal. Llamábase la dicha mujer Andrea García y por ser natural de Chincheros, en la jurisdicción del Cuzco, llamábanla las gentes de mal vivir la «Chinchera» y llamábanle así mismo los encargados de custodiar el orden público en la capital del virreinato. El 21 de enero del año de 1807, la Andrea fué encerrada en la Cárcel de Corte, acusada del delito de homicidio perpetrado en la persona de Rafael Sánchez, sujeto con el cual la rehinchera» hacía vida en común. (1) La prolijidad del cronista informador de la presente historia nos permite indultarnos en ella y hacer la historia de esta mujer homicida. Era la tal, como dicho queda, natural de Chincheros y había sido criada con el mayor regalo por sus padres, personas de posición holgada en cuya casa hospedaban viajeros de todas las calidades que debían hacer el viaje entre las ciudades de los Reyes y del Cuzco. Llegada Andrea a aquella edad en que las mujeres buscan marido, casó con don Bernardo Bermejo y es de pensarse cuán infeliz sería don Bernardo en su matrimonio sabiéndose, como se sabe, que el respiró satisfecho y contento una mañana que supo por su servidumbre que doña Andrea, llevándose un es- clavo y una suma de dinero, había emprendido viaje a Lima. Del género de vida que hizo en Lima doña Andrea ha de dar- nos buena idea el saber que ella no tardó en hacerse un nombre entre las gentes de mal vivir, de las cuales era muy temida por la facilidad extraordinaria con la cual pasaba ella de las palabras a los hechos, sin guardar respeto alguno por persona o cosa algu- (ij-Palma: «Tradiciones peruanas», ob. cit. 52 na y la familiaridad con la cual la conocían con el referido mote de la «Chinchera». Los años habían disminuido en 1807 el número de enamora- dos de los encantos de la Andrea y esta circunstancia que a pocas mujeres permite tranquilidad de vida, había exacerbado los áni- mos de la «Chinchera» que no se resignaba a una espantosa soc- iedad-en los años en que el reuma y otros achaques reemplazan a las almibaradas palabritas de los galanes y a sus requerimientos y mercedes. El último hombre que había hallado puesto en el co- razón de la Andrea había sido Rafael Sánchez. No debió serle demasiado leal a la «Chinchera» o sabe Dios en que forma la hizo grave ofensa, ya que la temida cuzqueña el día 21 de enero de 1807 tomó un puñal, lo arrojó, a los pies de Sánchez aconsejándo- le defenderse, pues se proponía matarle. Mal debió conocer Sán- chez a la García, pues permaneció impasible, sin hacer caso de la amenaza. Ella le apuñaleó y de una puñalada le partió el co- razón. Conducida a la Cárcel de Corte, la García observó una con- ducta tal que el Alcaide don Pío Oliveira, refiriéndose a ella decía lo siguiente: «Es una mujer que trae en continua inquietud a «todas sus compañeras, por su carácter provocativo, insultante «y propenso a arbitrar y promover riñas, hasta el extremo de pro- «ferir injurias reales, sin motivo a cualquiera de ellas». El 16 de mayo de 1807 la García fué condenada a veinticinco azotes que le debían ser propinados dentro efe la Cárcel por mano del verdugo y a ocho de reclusión en el beaterio de la ciudad de lea. En el mes de junio del citado año, llegó la Andrea a la ciudad de lea, después de haber intentado vanamente sobornar a sus custodios. Fué encerrada en el beaterio y su conducta en esa santa casa fué reproducción exacta de aquella inconveniente que había observado en la Cárcel de Lima. El subdelegado don Pedro Valde- lomar, dando cuenta de la suerte corrida por la García, escribía de ella: «... .habiéndola hecho pasar allí (al Beaterio) con el cargo «respectivo a la superiora de él, representa ésta con la mayor «ternura el trastorno que causa en esta casa de piedad, llevando « a tal extremo el terror con que la miraban las personas allí reco- « gidas, que muchas trataban de salir, exponiéndose a los peligros « del mundo y abandonando el camino de la más sólida vida de « virtud que tienen elegido....» La Sala del Crimen de Lima ordenó que la García fuera de- vuelta a la capital y así se hizo en efecto y la García volvió a la ciudad de los Reyes en 15 de setiembre de 1807. Pasó al Beaterio 53 délas Amparadas el 27 de mismo mes y allí permaneció poco tiem- po, pues, según refiere Gálvez (1): «una hemolisis la postró en cama y, con gran sorpresa de beatas y el escándalo consiguiente, la Andrea resultó con un fruto de sus seducciones» Lo referido basta para asegurar que la García era sujeto en quien los modernos habrían descubierto aquel amor desmedido de sí misma que hoy en día se llama egofilia y que este demasiado amarse así misma la había llevado a abandonar a su marido ro- bándole dineros y honra para venir a vivir a la ciudad los Reyes y dar pábulo allí a sus exigentes necesidades eróticas, yendo de unos brazos a otros brazos hasta caer en los del desventurado Rafael Sánchez, a quien pretendió victimar en singular combate que vino a terminar en vulgarísimo asesinato. Que no amaba de masiado a Sánchez está a demostrarlo la conducta por ella ob- servada en la cárcel de Lima que no habría sido tal cual fué en caso de haber sufrido abatimiento alguno por la pérdida moral que había sufrido. La falta de adaptación de la Andrea a la tranquila vida del hogar, a la disciplina de la Cárcel de Corte y a aquella del beaterío de lea, están a indicar una rebeldía invenci- ble, una falta enorme de adaptación a la vida. Y estos vacíos del sentimiento y estas rebeldías de la voluntad no son raras en la locura moral, entidad degenerativa que, a su vez, ofrece no escaso contingente al sacerdocio de Venus. (1)- Galvez: «Cosas de antaño», Ob. cit. 54 CAPITULO IV LAS PSICODISGENESIAS: LOS PERVERTIDOS SEXUALES LA VIDA LICENCIOSA DEL PERU DURANTE EL COLONIAJE. La LE- YENDA DE LAS «TAPADAS». LOS FRECUENTADORES DE SACRAMEN- TOS. Es de saberse que los indios del antiguo Perú no hubieron la gracia de escapar a las tentaciones,y dejándose de ellas guiar ca- yeron en el hondo abismo de las desviaciones de la normal sexua- lidad (1); pero este natural lascivo de los indios no disminuyó como debiera cuando ellos cayeron bajo el dominio de los espa- ñoles.Habiéndonos ya ocupado en otra oportunidad de la lujuria de los naturales, escribiremos ahora de la de los españoles sus con- quistadores,sin callar la de los negros, a las veces más esclavos de su lascivia que de sus amos. Pocos años después de la fundación de la ciudad de los Reyes, en el año de 1551, su Magestad el Emperador había prestado su aprobación a unas «Ordenanzas» para la dicha ciudad, una de las (1)-Valdizan: «La alienación mental entre los primitivos peruanos». Tesis del doctorado. Lima, 1915. 55 cuales hallábase así concebida: «Sus relaciones (de los negros) ínti- mas con los naturales, se castigarán con azotes, y, en caso de rein- cidencia, con la mutilación o el destierro, según sean esclavos u horros» (1). La sagaz medida era, a no dudarlo, obra de reconocida nece- sidad; pero no se crea,por esto que decimos.que la lujuria de los negros sea la primera de que aparece ejemplo en nuestra historia. El Palentino (2), que no obsequiara jamás con demasías de pie- dad a Gonzalo Pizarro, le presenta como a galán cuyo ardimiento nada era capaz de templar,y le denuncia sus adulterios de Quito, ciudad de la cual «dixose por cosa muy cierta aver hecho matar un vezino por gozar de su muger con quien tratava amores». El mismo autor, refiriendo la vida que don Gonzalo hizo en Quito, dice: « Y como aquella provincia es abundosa de comida, hallávase « (en esta sazón) bien en ella, y mostrávase soberbio y lozano con «los prósperos sucesos que avía tenido y de continuo andava em- «buelto en fiestas y banquetes: y aun en vicios desordenados. Y lo « mismo hazia su gente, por que a la cabeza siempre desean imitar «los miembros. » Gobernando don Francisco de Toledo (3), según el Ilus- trísimo Fray Reginaldo Lizarraga (4), ya era digna del mayor reproche del prelado la licencia en el vivir de españoles y de pe- ruanos: refiriéndose a la ciudad de Potosí,dice el señor Lizarraga: « Había err esta ciudad, como en otras muchas, ciertos amanee- «bamientos con indias, quizólos castigar públicamente y cierto día «a deshora, vemos entrar al Presidente Quiñones, Matienzo y Re- « calde y ellos propios sacar las indias de los tales españoles y entre- « gándolas a los alguaciles las llevaron a la Cárcel; así las desterró « y condenó a plata a los españoles; y algunos resultos con muje- «res casadas...... ». 7 Contóse esta prolija búsqueda de maridos que llevara a cabo don Francisco de Toledo entre sus mayores empeños en el órden moral,y hacía bien en ellos el virrey ya que el Rey, su señor, había tanto encarecido a sus virreyes mirasen bien en dicho asunto de los españoles que abandonaban a sus esposas y se venían a tierras del Perú y hacían en ellas vida maridable con las mujeres de los (1)-Libro I de Cabildos. París, 1900. (2)--Diego Fernandez: «Historia el Perú», en «Documentos Literarios de} Peni» del Coronel Odriozola. Tomo 8o. Lima, 1876. (3)-Gobernó el Perú del año de 1569 al de 1581. (4)-Ob. cit. 56 indios. Una real cédula de 17 de octubre de 1544, decía cuanto sigue: « El Principe: Presidente e oidores de la Audiencia y Chanci- « Hería ^eal de las provincias del Perú. Yo soy informado que en « muchas ciudades, villas y lugares de esas partes hay algunos espa- « ñoles que tienen en estos reinos sus mujeres, y viven y se detienen « por esas tierras mucho tiempo viviendo apartados de sus muje- « res o sin hacer vida maridable con ellas, como son obligados; de «lo cual demás de la ofensa que se hace a Dios Nuestro Señor, se « sigue gran inconveniente a la población desta tierra, porque es- «tos tales nunca viven de asiento en ella, y ansi nunca se perpetúan « ni entienden en edificar, ni plantar, ni criar, ni sembrar, ni hacer «otras cosas que los buenos pobladores suelen hacer, por lo cual «los pueblos destas partes no viven en aquel crecimiento que a «cabo de tantos años que ha que son descubiertos e comenzados «a poblar pudieran haber venido si nuestros súbditos que en ellas « han poblado hubieran vivido con sus mujeres y hijos como ver- « daderos vecinos dellas. Por ende, queriendo remediar lo susodi- « cho, por la presente vos mandamos y encargamos que luego que « os informéis y sepáis qué personas hay en los pueblos de las go- « bernaciones y lugares sujetos a esa Audiencia Real donde voso- «tros residís que sean casados o desposados en estas partes y ten- « gan en ellas sus mujeres, los mandéis notificar que en los prime- « ros navios que partan de los puertos de sus provincias se embar- « quen y vengan por sus mujeres, y no vuelvan a residir en esas « partes si no fuera llevándolas consigo, o con probanza bastante « que son ya muertas, y que vuelvan como personas libres no obli- « gadas a matrimonio; y si alguno de los susodichos quisiera obli- « garse a dar fianzas.legas, llanas e abonadas ante vos, que dentro « de dos años enviará por su mujer y la llevará a esa tierra para vi- « vir con ella, en la pena que a vosotros pareciere, admitiréis la «tal obligación' y fianza, apercibiéndoles que pasado el dicho « término e no las llevando ejecutaréis en ellos las dichas penas, y « demás desto que los tenéis presos hasta tanto que los hagáis « embarcar en los primeros navícs que a estos reinos vengan » (1). Es de creerse que los maridos cuya conducta inquietaba en tan- to al Príncipe se estaban muy a gusto en estas tierras del Perú y distanciados de sus naturales compañeras, pues sabedores de la regia voluntad, inventaron manera de libertarse a la pesquisa del virrey y fué ésta la de buscar oficios de la Santa Cruzada cuyos (i)-Romero: «Cosas de la Colonia", en «El Ateneo». Lima. 1902. 57 oficiales no podían ser alejados de los lugares en que ejercían tales cargos. Llegó este abuso a noticia del Rey don Felipe II y procu- róle término eficaz dictando una cédula fechada en Valladolid el año de 1592 y en la cual se dice lo siguiente: « Yo he sido informado « que algunos casados que tienen a sus mujeres en estos reinos « por escusarse de venir a ellos,cuando los apremian a que lo ha- « gan en virtud de lo que cerca desto está proveído y ordenado, « procuran oficios de Cruzada, por estar concedido a los tesoreros « della que puedan ocupar en aquel ministerio las personas que « quisieren, aunque sean casados, siendo necesarios,aunque dejen « acá a sus mujeres, y que no nombren ni ocupen los que están allá, « os mando que si los dichos tesoreros han nombrado o nombra- « ren casados que están allá y tenpan acá a sus mujeres, no les de- «jéis de enviar por razón de los dichos nombramientos; y cuando «los que van de acá hubieren cumplido el tiempo de su permisión «los enviaréis como quiera, de que se dará orden acá de que no « vayan ». (1) 4» Gobernando el Perú el señor Marqués de Salinas (2). habíase hecho mayor la pública inmoralidad y muy en especial la de los negros, respecto a cuyas juntas dice un historiador que eran «focos de corrupción donde reinando la embriaguez, los bailes turbulentos y la desenfrenada lascivia,no eran raros los homicidios, los concier- tos de robo y la ocultación de cimarrones» (3). En el año de 1583.un Concilio límense había hecho a las da- mas de la Ciudad de los Reyes algunas prohibiciones que demues- tran cuan licenciosa era la vida en la Lima de aquellos años. Los santos prelados ordenaron a las damas de la Ciudad de los Reyes « no concurrir a las fiestas o presentarse con el rostro descubierto » y hubieron en cuenta para dictar semejante prohibición los exce- sos de las «tapadas », de cuyo mirar se dice que era muy grande au- xiliar de algunos de los mortales enemigos del alma. Las « tapadas » no prestaron obediencia al santo consejo y el Marqués de Montesclaros (4), que manifestara tanto entusiasmo por la erección de un recogimiento de mujeres distraídas, que de algún Cronista fueron llamadas «licenciosas» (5), hubo de hacer (1)-Romeru: Ob. cit.. en la nula 6?. '2)-Gobernó el Perú desde el año 1596 al de 1604. ,3)-LoRENTe: «Historia del Perú bajo la dinastía austríaca». París, 1870. '4)-Gobernó el Perú desde el año de 1607 basta el de 1615. 5)--Anónimo; «Anales del Cuzco de 1601 a 1750», Lima. 1901. 58 declaración de su impotencia para reprimir la vagancia de las di- chas tapadas (1). Hízola muy donosamente el Marqués, en los tér minos que siguen: «Yo me rendí a la dificultad y por menos ani moso lo dejé correr, encargando a estos predicadores persuadan los maridos a que no las consientan andar tapadas y como he visto que cada uno no puede con la suya, he desconfiado de poder con tantas ». (2) Gobernando el Perú el señor Marques de Guadalcázar (3), las tapadas volvieron a dar qué hablar de ellas y aún al mismo señor Marqués, quien lo hizo en la siguiente forma: « que por cuanto es público y notorio por diferentes leyes y pragmáticas de S. M. estar ordenado y mandado que ninguna mujer, de cualquiera estado, calidad y condición que sea, pueda ir ni andar tapado el rostro en manera alguna en todos sus reinos y señoríos sino que cuando sa- lieren de casa los hayan de llevar y lleven descubiertos, por los graves daños e inconvenientes que de lo contrario se habían se- guido ». (4) El señor Conde de Chinchón (5) no debió hallar las cosas me- jores que las dejara el de Guadalcázar: vióse precisado a renovar bando contra las tapadas y debió temer tanto de la licencia de cos- tumbre que «prohibió que en la cuaresma asistiesen a la recoleta los hombres y mujeres en los mismos días ». (6) En época del señor Marqués de Mancera (7), la palabra del Venerable Padre Castillo había logrado templar el natural lascivo de los limeños y se refiere que, en oyéndole, «las pecadoras más desenvueltas aún cuando hubieren acudido a sus fervorosas exhor- taciones por pura curiosidad o preocupadas contra sus exhibicio- nes salían hechas penitentes Magdalenas» (8). Y la predicación del Padre Castillo era asimismo de muy grande eficacia entre los ne- gros que «olvidando su cínico sensualismo, dejaban los cantares impúdicos, los bailes lascivos y las repugnantes orgías por las fun- ciones de la Iglesia ». ■ (1)-Lorente: Ob. cit., en la nota 65. (?)-«Memorias de, los Virreyes que han gobernado el Perú». Lima, 1859. (3)-Gobernó el Perú desde el año de 1622 al de 1629. (i)--Mendiburü; «Diccionario histórico biográfico del Perú». Tomo 3°. Lima 1880. (5)-Gobernó ei Perú desde el año de 1629 hasta el de 1639. (6)-Lorente: Ob. cit.. en la nota 65. (7)-Gobernó el Perú desde el año de 1639 hasta el de 1618. (8)-Lorente; Ob. cit., en la nota 65. 59 Pero el Padre Castillo que de tanto valimiento gozara hasta los tiempos del señor Conde de Lemos (1) y que con tanta piedad ¡o empleara logrando disminuir la licencia de costumbres en ciertas festividades que se realizaban en el Chorrillo y en otras que tenían lugar en Lurín. y a las cuales concurría «la gente más atrevida y más sedienta de placeres», no tardó en ver disminuida su autoridad. Contempló el santo varón como volvían las costumbres a su anti- gua relajación y pudo escuchar la voz de unos malvados que can- taban bajo los balcones del religioso las mismas coplas obscenas que le cantaran en vida del señor Conde de Lemos, su virrey e hijo espiritual. Es de creer que las cosas seguían su natural y malísimo cami- no en época en que vino a estos reinos del Perú el señor Conde de la Monclova (2), bajo cuya administración era excesivo el número de sujetos « que se entregaban a un libertinaje infecundo o se unían a otras castas, más a menudo en el concubinato que por lazos con- yugales ». Refiriéndose a esta época del virreynato, dice el histo- riador Lorente: «Con más razón debían lamentarse los desórdenes públicos « que eran consiguientes ala no retenida incontinencia de muchos « eclesiásticos, al sensualismo de las clases abatidas y al desenfreno « que en muchos hijos de buenas familias producía el deletéreo «contacto con una servidumbre viciada y con desaforadas mula- « tas ». (3) Este mal ejemplo de algunos sacerdotes malos fué de grandí- simo obstáculo al mejorarse de las costumbres; pues muchos de los españoles y muchos de los naturales pensaban en la misma guisa que lo hacía el indio al cual le reprendían, en época del señor Marqués de Mancera su vida en común con una manceba. «Yo creía, dijo el ladino, que no era pecado por que está amancebado el cura, amancebado el corregidor, amancebado el encomendero». Y de estos amancebamientos de religiosos se halla cabal noticia en carta fechada en el Perú por uno de los señores inquisidores y en la cual se lee cuanto sigue: « Parece que en el Perú apenas hay sa- cerdote que no peque en esto,y lo peor es que algunos dicen que pecar con indias no es pecado y pecan carnalmente con ellas hasta en la iglesia ». (4) (1)-Gobernó el Perú desde 1667 hasta 1672. (2)-Gobernó el Perú desde 1689 hasta 1705. (3)-Lorente: Ob. cit. en la nota 65. '!)-Medina: «Historia de la inquisición de Lima», en Santiago, 1887. 60 El Tribunal del Santo Oficio castigó con varia severidad a muchos sujetos acusados de graves delitos contra la moralidad de costumbres y contóse entre los castigados más de un exagerado frecuentador de sacramentos; pues en aquel entonces no era raro el español que tenía dos mujeres y permitía con su conducta que tan libremente se expresara el corrompido cacique de quien ya he- mos dicho la inclinación lasciva. Más grave fué aún la corrupción de costumbres de cierto clero que lejos de ser el ejemplo de mora- lidad que debió ser. sirvió de público escándalo y de pecaminoso ejemplo: En el auto de fe celebrado el año de 1600 fueron casti- gados por el Santo Oficio tres de estos malos clérigos: fué el prime- ro Pedro de Lobo, portugués, quien había abusado de diesiseis devotas; fué el segundo Pedro de Villagra, castellano, de cincuen- ta y cuatro años de edad, sujeto que había abusado de una madre liviana y de las hijas de ésta, dignas herederas de la liviandad ma- terna, y el último de los tres fué Rodrigo Ortiz, quien se denun- ció a sí mismo de «haber tenido acceso con varias mujeres en el mismo confesionario». (1) Si los clérigos así andaban, nada de sorprender que quienes no lo eran anduvieran por peores caminos: en el año de 1693 el Santo Oficio castigó a Matías de Aybar, sujeto de raza blanca, limeño, chalan de muías y de treinta años de edad, convicto de haber contraído matrimonio cinco veces y convicto así mismo de haber ofrecido su alma en venta al diablo, que no es de estrañar en sujeto que tan sin religión había dado en frecuentar el menos frecuentadle de los sacramentos de nuestra Santa Madre Iglesia. De la calidad de esta época respecto a la licencia de las costum- bres da idea la sospecha de que el señor Conde de la Monclova no había podido escapar a las seducciones de las mulatas limeñas. Dice de esta sospecha la copla que algún humorista de la Ciudad de los Reyes escribiera en las blancas paredes del Palacio de los Virreyes: « Al Conde de la Monclova le dicen Mano de plata; pero tiene mano de oro cuando corteja mulatas». (2) Fué en este siglo XVII que escribió en Lima el poeta D. Juan Caviedes y dejó cjicho de Ja poca moralidad de aquella época y de I)-Palma: «Anales de la Inquisición de Lima», en «Apéndice a mis últimas tradiciones». Barcelona. t?)-Palma: «Mano de piala*, en-«El Ateneo», Uuia4887. 61 la frecuencia de ciertas enfermedades que son al amor licencioso lo que es la sombra al cuerpo. Acabada relación de los síntomas del morbo gálico, que los modernos llaman sífilis, se encuentra en los versos dirigidos « A una dama que, por serlo, paró en la Caridad»: dícese en ellos de las unturas mercuriales empleadas en la cura del mal, de los gomas, de los dolores de huesos, de las llagas de la boca hogaño llamadas placas mucosas y dícese de otros síntomas y achaques que por numerosos silenciamos. Refiriéndose Caviedes a la infeliz víctima de tan grave accidente, nos dice de ella: « El Cid era de las damas y el Bernardo de las lindas, y la mayor peleadora que lanza de amor enristra ». Si esta dama que, por serlo, paró en el Hospital de la Caridad para mujeres españolas y se curó en mísera cobacha de aquella durísima enfermedad a la cual el patriotismo español dió el nombre de « mal francés», no fué de menor lástima el destino de * la bella Arnarda »: « En la Caridad se halla por su mucha caridad, que a ningún amor mendigo negó limosna jamás». (1) Y es de creerse que el Hospital de la Caridad debió conceder la piadosa asistencia de sus hermanos veinticuatros,a mujeres tan desventuradas como la Belisa y la Arnarda, cuya vida licenciosa no debió ser excepcional en aquellos tiempos de la ciudad de los Reyes. El mismo poeta de cuya poca voluntad para con nosotros los médicos hemos dicho en alguna oportunidad (2), nos ha dejado dichas algunas cosas respecto a la licencia de costumbres de su épo- ca en sus versos << A una persona grave que vestía de negro y era amigo de negras » y en aquellos otros « A un hombre pequeño, viejo y rico que casó con moza arrogante y pobre » y en aquellos otros << A una dama que, por serlo con demasía, la prendieron », versos estos últimos en los cuales nos da idea de cómo castigaban los virreyes la caridad desmedida de ciertas damas: (1)-Caviedes: «I lienta del Parnaso», en «Flor de Academias y Diente del Par- naso», Lima, 1899. (2)-Va^dizan: «Un poeta galenofobo», en «La Prensa» de Lima, año de 1908, 62 « Pagando culpas de dama de amantes de todos yerros, presa está la que prendía a los mozos y a los viejos. « Muy apretada la tienen porque, en contrarios efectos, tiene negocio muy malo por tener negocio bueno. « Dicen que han de desterrarla y fuera justicia hacerlo, si algún lugar de capones existiera en este reino. « Más si yo allá gobernara la volviera aquí, diciendo sustente cada ciudad las rameras de su suelo. (1) Y nos dá idea asimismo de la severidad de castigos tratán dose de estos delitos, en aquellos libres versos así concebidos: « A don Pascual desterraron A Valdivia, por un virgo, Que fue falso porque en Lima, No cometen tal delito. Parece ser que no mejoraron las públicas costumbres durante el período de tiempo trascurrido entre la época en que Caviedes escribió sus versos y aquella de la administración del señor Marqués de Castelfuerte (2) y que la inmoralidad fué tan general y fué tan- ta que no dieron resultado alguno los generosos esfuerzos que desplegaran para combatirla el representante del monarca espa- ñol y el ilustrísimo Arzobispo de los Reyes, quien censuraba «la provocante desnudez de los trajes » (3). Hízose aún mayor la inmoralidad pública en época del señor Conde de Superunda (4), época en que «los frailes estaban a ,1a cabeza de los escándalos, luciendo su liviandad especialmente en los fandangos que tenían lugar hasta para la toma de hábito». Fué en esta época que estuvo en boga el conocidísimo cantar: J)-Caviedes: «Poesías diversas», en oh. <it. nota 82. (2)-Gobernó el Perú desde 172Í hasta 1736. (3)-Lorente: «Historia del Perú bajo Jos Barbones». Lima. 1871 (4)-Gobernó el Perú desde el año 1745 hasta el de 1761. 63 « Que se quema el sango No se quemará Se saldrá la mar Y lo apagará. La memoria del cantar juntóse a la memoria del terremoto que el año de 1746 asoló a Lima y Callao y el rigor de esta desven- tura fué parte no pequeña al suavizarse de las costumbres y ai mayor freno de la licencia: sucedió a esta el recato en el vestir y la moralidad en la conducta; pero, apenas comenzó a olvidarse el terrible accidente, apenas trascurrido un año de la época en que es- te hubiera lugar, el Vicario de la Merced en Lima escribía al Cuzco doliéndose de las disoluciones que se veían nuevamente,refiriendo que comenzaban a cantarse coplas licenciosas y que las mulatas pedían en las tiendas, con el mayor desenfado, medias de color de temblor. (1) Al Conde de Seperunda sucedióle el Virrey Amat (2), y bajo su administración no era posible exigir moralidad en los goberna- dos cuando de ella no recibían ejemplo de parte del gobernante: el virrey no procuraba velar con el discreto velo del disimulo la pasión que experimtaba por aquella graciosa artista mejor cono- cida en nuestra historia con el mote de La Perricholi. El virrey Amat hubo el derecho de semejante extravío, que de hombres es pecar y de hombres es contemplar con una cierta benevolencia pe- cados en los cuales podemos incurrir la mayoría de los mortales. Lo que no estuvo bien en Su Excelencia fué el escándalo de aque- llas relaciones que puede decirse fueron revestidas de cierto aspec- to oficial. Y que no sea de excusa al Virrey todo el cúmulo de bue- nas prendas que reunía nuestra salada paisana, a ser verdad cuanto amable dijo de ella un galanísimo Cronista (3). Gobernando el Perú don Fray Francisco Gil (4), vivían en la ciudad de .los Reyes varias mujeres de malísima conducta « no pocas arrastradas a la perdición por la falta de honrada subsisten cía y por las corruptoras exigencias del lujo » y el bueno del virrey dictaba las más severas órdenes para ver manera de extirpar «los bailes obscenos introducidos en las chicherías y otras casas». (1)-Anónimo: «Anales del Cuzco», ob. cit. nota 67. (2)-Gobernó el Perú desde 1761 hasta 1776. (3)-Lavalle: «La Perricholi», en «El Ateneo» de Lima 1887 (4)-'Gobernó el Perú desde 1790 hasta 1796, 64 Que las órdenes del Virrey fueron letra muerta para los li- meños del alegre vivir nos lo revela bien claramente persona de la seriedad de Tadeo Haencke, quien haciendo descripción de la vida en la Ciudad de los Reyes, durante los primeros años del siglo XIX, dice lo siguiente: « Son dados a los placeres, al juego y a una vida regalada y «ociosa. Idólatras de las mujeres, casi siempre estiman poco la « suya propia. Se ven sujetos de carácter y personas cuyo estado «los aparta de ciertas concurrencias, asistir a ellas con el disimulo « y empacho que en otras partes. Se ve hombres entregados al jue- « go ya otras disoluciones. La juventud se corrompe fácilmente « y en Lima es crecido el número de mujeres prostitutas, cuyo lujo « y riqueza prueban los muchos hombres acomodados que con ellas « viven y las mantienen,hasta que se arruinan y sacrifican sus cau- « dales ». (1) Una de las muchas e interesantes noticias contenidas en un precioso documento anónimo,viene a demostrarnos que de la épo- ca- de Haencke al año de 1808 no habían mejorado en demasía las públicas costumbres de la Lima colonial: «2 de agosto-en este día por la noche varios del comercio « celebraron la caída del príncipe con irse al Coliseo y aún en se- « creto subir a las tablas, representar con las cómicas, vailar con- «tradanzas y vrindar de suerte que los más no salieron por sus « pies ». (2) Y hecha relación de cómo habían evolucionado las costum- bres bajo la administración de los virreyes que en ella se sucedie- ron, digamos algo acerca de algunas mujeres de mal vivir cuyos nombres y señales han dejado en sus crónicas algunos escritores prolijos: Nombremos primeramente a dos damas que contribuyeron con su belleza y con sus bondades a hacer llevaderos sus días en Lima al señor Conde de Nieva. La indiscreción de un Cronista ha dado a conocer los nombres de estas damas y la fealdad reprensi- ble de sus acciones, puesto que ellas recibían dinero a cambio de fingidos afectos. En las «Relaciones de Indias» de don Marcos Jiménez de la Espada, se lee las siguientes partidas de egresos que no correspondieron a la bolsa privada del de Nieva, aún cuando en !;-Tadeo Haexcke: «Carácter. genio y costumbres de los limeños en ISO!» fragmentos del manuscrito «Descripción del Perú»), en «El Ateneo», Lima 1901, (2)-«Cuaderno, etc.», en «Revista Histórica». Lima. 1907, 65 rigor de justicia a dichos fondos y no a los del estado debieron co- rresponder: « A doña Julia de Salduendo, que es tan verde como un'alca- « cer florido, trescientos pesos de renta cada año, por una vida. « A doña Leonor de Obando, que vive en la Ciudad de los Reyes, « y tiene una hija de buen donaire, y ambas son bien verdosas y « gente menuda, trescientos pesos de renta i or una vida». Y después de estas damas nombremos a la negra María de la Cruz, natural de Lima, donde había nacido el año de 1696. Era más comunmente conocida con el mote de la Precio fijo que quiso decir, tal vez, de las intransigencias de la morena en el cobro del modesto amor que ella vendía. En el año de 1717 había sido peni- tenciada por el Tribunal del Santo Oficio, castigador de las peca- minosas tentaciones de la buscona: pero debió ser tanta la afición de ésta al culto venéreo que en el año se 1732 los señores inqui- sidores la pasearon malamente y la desterraron a Arica por un pe- ríodo de tiempo de cinco años. (1) El año de 1736 el Santo Tribunal de la Inquisición redujo a cenizas el hermoso cuerpo de doña María Francisca Ana de Cas- tro, natural de Toledo y de 49 años de edad, cuerdamente llevados a cuanto dicen, los Crónicas. Esta desventurada dama era de los unos llamada la bella Española y llamábanla los otros Madama de Castro. Quemóla el Santo Oficio acusándola de judía judai- zante y confiscáronle sus bienes, valorizados en la suma de 14 mil pesos. El señor Palma, de cuyo libro tomamos la noticia, cree, y a su creer me atengo, que la Madama de Castro fué una real hembra y una cortesana de gran tono que no se merecía el trágico desenlace de la vida que ella hubo en la Ciudad de los Reyes. El mismo año y en la misma ciudad, fué castigada por la Inquisición por destierro a Pisco, doña Micaela Zavala, más comunmente conocida como Ña Mica Zavala: acusábanla de haber celebrado pacto con el diablo que la ayudaba en la con- fección de unos filtros muy eficaces para que doña Mica fuera amadísima de los hombres. En el mismo año y también en Lima, el Santo Oficio penó con 200 azotes, con paseo en bestia de albarda llevando ella el bus- to desnudo y con destierro a Guayaquil, a Antonia Osorio (a) la Manchada, conductora de una casa de prostitución en el puerto del Callao. En el mismo auto fué castigada doña María Teresa (1)-Palma: «Anales de la Inquisición de Lima», ob. cit. 66 de Maiavia, persona que, haciendo honor a su triste, apellido, había seguido la mala vía por enteio y era vecina del puerto del Callao: acusáronla de entretenida y de hechicera y es de creer que más tenía de lo primero que de lo segundo fué desterrada a la ciudad de Arequipa. Un Cronista, discreto silenciador de su nombre y calidades (I) nos dá noticia de la corrupción de costumbres en la ciudad del Cuzco durante el siglo XVIII. Refiérenos, entre otras cosas, que en el año de 1742 el Contador don Miguel de Torrejón «convocó a toda la gente perdida y de vida escandalosa, así como a todas las rameras publicas, convidándolas con gran empeño.. ». Y es de creer que el señor don Miguel gustó de la compañía, pues según re- fiere el propio Cronista: « Desde este día ha puesto el Contador Mayor conato en sus escándalos, haciendo festejos al propósito y convocando a rameras». En esta breve noticia dícenos el Cronista que, en sus tiempos hubo en el Cuzco gente perdida y de vivir escandaloso, que la dicha gente fué bastante numerosa para ser convocada con tanto empe- ño por un aficionado de ellas y que hubo rameras publicas, lo cual deja la sospecha de las que hubiera también de aquellas que ocul- tan la vileza del oficio y lo ejercen privadamente. De estas rameras que el Cronista pudo llamar privadas por oposición a las públicas, debieron existir algunas compañeras de aquella cortesana venturosa milagrosamente salvada de morir aplastada por una pared, acontecimiento que el mismo Cronista nombrado refiere en la siguiente forma: «Pocos días antes (en 1745), habiendo llovido mucho en la « noche sucedió por la mañana que al pasar por una calle del barrio « de San Blas una dama muy lucida (del trato, según se dijo) a quien «llevaba la cauda de la saya detras una indiezuela, cayó de im- « proviso una pared vieja sobre la dicha cholita que la hizo pedazos «ya ella le llevó media saya ». És al mismo Cronista anónimo que debemos la noticia de al- gunas rameras que hicieron la desesperación de lois cuzqueños de aquellos ya remotos tiempos: El 26 de junio del año 1745 «entró en esta ciudad una ramera «llamada Huaylampa, que de orden del señor Obispo la trajeron « de cierto curato y la encerraron en un Monasterio ». El jueves 24 de noviembre del mismo año « por la noche, se «casó con muchísimo aparato y regocijos, en la calle de los Procu- « radores, una ramera que por mal nombre decían la Flor de coca ». (i)-*-Anónimo: «Anales del Cuzco», Ol>. cit. 67 Y comentando esta noticia pensamos que no era particular qué tal nombre pusieran a una ramera, siendo general tradición entre los naturales que el origen de la coca fué una mujer que habiendo sido mala de su cuerpo, los dioses de la gentilidad la convirtieron en árbol. En el año de 1747 «volvió a la ciudad una ramera, la famosa « Pastelera, que en el año pasado había ido a Lima. Es ahora una « de las rameras más escandalosas del Cuzco ». En el año de 1749: « El jueves 2 de enero, por la tarde, pasó el señor Provisor doctor don Fernando Pérez Oblitas a la casa de « Don-Joaquín Farfán, Juez de Naturales, en la que se encontró » sentados, en un estrado, a varios eclesiásticos, a saber: el maestre- « escuela doctor Peñaranda, cura de San Cristóbal: el doctor Lazo, «cura de San Blas; el Licenciado don Diego Medina, presbítero y « otros más. Estaban en animada conversación con dos rameras « famosas, llamada una la chininos y la sombrerera la otra. Dióles « una severa reprensión a todos, llevando a los clérigos sueltos a la « Cárcel. Respecto de los Curas, se trató de hacer Cabildo para cas- « tigarlos. El Provisor tuvo noticias que habían amanecido en aque- «lia casa la noche anterior muchos seculares, clérigos y mujeres « públicas, por lo que trató de informarse personalmente». Por los años de 1787 vivían en la ciudad de los Reyes dos da- miselas que, al decir de un Cronista (1) « galanes tenían que paga- « ban la elegancia de las madamitas ». Llamábanse las tales Josefa Sugástegui e Isabel Mongloa y hubo entre ellas escándalo que lle- gó a molestar la atención de nuestros magistrados. Merced al señor Galvez podemos asistir a los desahogos de aquellas mujerzuelas: Habla la Sugástegui, a la cual la Mongloa había llamado «con- suelo de pasajeros»: « Notable diferencia hay entre ambas, siendo la Isabel Mon- « gloa una mozuela de vida alegre y de un color brusco y atezado, «claro indicio de un bajo i vil origen en que está reputada, al par « que yo soy bien distinguida en el pueblo por persona decente, « gozando de estimación entre las personas del mejor séquito y «lustre. Qué deformidad podrá causar una pequeña incisión en «la cara brusca y atezada de la Isabel, siendo así que la menor no- « vedad sería notable en mi blanco y lucido rostro ». Responde la Mongloa: « Soy descendiente de honrados y bien nacidos padres, y por « ende no soy de brusco y atezado color; tampoco tengo ese pelo « corto que indica vileza en el nacimiento y por lo mismo no soy (!)■-Galvez; «Cosas de antaño», ob. cit. 68 « baja ni despreciable; y si por estos filos se busca a la Josefa ape- « ñas habrá mujer más digna de abandono, más despreciable, ni « más ultrajada ». « La albura con que la benefició la naturaleza no es predicado « esencial de su buena sangre, pues ya se ha visto que en la escla- « vitud han nacido muchos tan blancos que si dan por envidiar a « sus amos no dan menos que sentir a los que consideran su mísera «situación. La Isabel, aunque blanca, es hija sin madre, porque « no se le conoce y repugna la ignorancia que hay de ella. Tampoco «tiene padre y por libertarse del mal concepto en que la pondría « su carencia, ha ido a buscarlo a Trujillo ». « Las calles y plazas gritan el descarreo de su conducta, y sus « ecos han resonado hasta en Pasco, cuyos habitantes se pasmaron «al ver correr posta, porque jamás vieron mujer más resuelta ni « esforzada, y horrorizados obtuvieron de los jueces territoriales « que se le obliagse a volver a esta capital ». De una cortesana limeña, joven y agraciada, dános noticia el médico doctor José Manuel DavalcTs. Háblanos el doctor de los benéficos efectos de las unciones mercuriales que recomendaba a sus enfermas del hospital de la Caridad en la Ciudad de los Reyes y dícenos que una de las enfermas, así tratadas, era la conocida por el curioso mote de Clara la Parientona, mujer de 23 años de edad y «al impuro comercio dedicada». (1) El Doctor DAVALOS.cuya obra ha sido objeto de un erudito estudio analítico debido al doctor Patrón (2), puso decidido em- peño en defender a las limeñas de los graves cargos que les hicieran en Europa algunos viajeros tan ligeros en el decir como en el reco- rrer nuestra tierras, entre los cuales deben ser considerados el Aba- te La Porte y el señor Frezier (3), el último de los cuales escribió cuanto sigue: « Esta desgracia no es el único castigo de los que caen en sus « redes, con frecuencia pierden con ellas (las mujeres) el inestima- « ble tesoro de la salud que rara vez recobran: no sólo porque en « estos climas templados se hace poco caso de las enfermedades « venéreas que dejan llegar a una larga vejez, sino también porque «la rareza de los médicos que no se encuentran sino en tres o cua- «tro ciudades grandes: algunas mujeres únicamente palian estos I)-Davalía: «Oe morbis nonnulbs Limar grassantibus ipsorumque Iherape- ja». Montpellier. 1787. (2)-Patrón: «El l»r. L VI. Láxal»». en «La Crónica M ulira*. Lima 1886. ■.3)-- Fhezier: < Nehi I ion dn boyage de la Mer dn Sud aux cotes de Cl.iü et du Pcwu fait pendant les années 1712 1731. et 171 i». Pans. 173?. 69 « males con la zarzaparrilla, tisanas de malvas y otras hierbas del « país; pero particularmente por los eleuterios que son mirados co- « mo específicos y de los cuales ambos sexos están provistos, y las « mujeres ocultan tan poco los suyos que en visitas serias de eti- « queta se preguntan sobre sus fuentes que recíprocamente se cu- « ran ». Dejemos al doctor Davalos la piadosa misión de desmentir al observador francés y digamos cómo desde muy remota época se conocían los beneficios del clima de Piura en la curación de la lúes venérea. Ratificando la opinión del doctor Davalos, dijo el poeta Terralla y Landa (1): « Que descansas en Piura Ciudad con visos de pueblo Benéfica solamente Para el contagio venéreo ». Los Cronistas cuidaron de silenciar discretamente cuanto ha- cía referencia a estos pecados que estamos pasando en revista y ellos mismos, diciendo poco respecto a la prostitución, dijeron me- nos respecto a la sodomía y a la bestialidad, pecados de carne de los más graves y de los que mayor pena ponen en el ánimo de los que encuentran huella de aquella desgraciada inclinación, que an- taño se dijo obra diabólica y hogaño es de los unos juzgada vicio y de los otros es juzgada, con más graves motivos, enfermedad. Sólo hablaron de estos graves pecados, cuando los sorprendieron entre los naturales y no faltó cronista que llamado a hacer síntesis de las características de dichos naturales dijo de ellos, con apasio- nada palabra: «son mentirosos, ladrones, somáticos»; pero si su- pieron algo de dichos pecados entre los españoles,nada dijeron y, antes,al contrario,les dieron por limpios de este pecado y de otrose En «Mercurio Peruano», el justamente celebrado periódico db la Lima colonial, leemos una curiosa noticia de los sujetos llamado desde aquellos lejanos tiempos «maricones»: « Entre los raros y agradables objetos que aquí se presentan « a cada paso, me ha hecho la mayor impresión una especie de hom- « bres que parece les pesa la dignidad de su.sexo; pues de un modo «vergonzoso y ridículo, procuran desmentir a la naturaleza. El « aire del cuerpo, el garbo, los pasos, las acciones, hasta los meno- « res movimientos, todo respira en ellos una afeminación ridicula «y extravagante algunos pequeños rizos artificialmente (1)-Terralla y Landa; «Lima por dentro y por fuera». Lima. 70 «dispuestos, les cuelgan a los dos lados de la frente el des «cote, las manguitas altas que dejan todo el brazo descubierto: la «chaquetilla, el fomento que abulta del modo posible la ropa por « detrás: todas estas y mil otras menudencias les sirven, ya que en «público no pueden renunciar del todo al vestido viril, para mo- « dificarlo de tal suerte que el menos perspicaz ve un hombre ador- «nado con la ropa de ambos sexos» (1) Terralla y Landa no podía dejar de ocuparse de estos des- venturados: « Verás ciertos maricones Plaga del clima limeño Con voces afeminadas Cotillas y barbiquejos ». Poco nos queda por decir para dar término a este capítulo cu>o argumento no puede ser más árido, ni menos grato. Debemos decir,por una vez más, que los Cronistas de Indias sólo vieron los defectos de los desventurados indios y silenciaron los de los espa- ñoles mismos o aún los de los mismos peruanos ya dominados por España. Sólo a título de curiosidad pondremos una noticia del Pa- dre Calancha (2): « No es menos de advertir que aora 42 años que sucedió en «este Trujillo aver quemado una India, porque aviendo parido «tres perrillos sin más semejanza humana que el no tener mucho « pelo en los rostros y ser los brazos a modo y forma humana. La « India confesó su delito de averse mezclado con un perro. Que- « máronla ». Leyendo los «Anales de la Inquisición de Lima» del señor Pal- ma, hallará el curioso lector una noticia así concebida: « María Villaverde, religiosa novicia de Santa Clara, se espon- «taneó o acusó ella misma de bestialidad- Al margen del apunte « hay esta anotación:-No toca su conocimiento al Santo Oficio ». Y sírvanos esta noticia de escusa para tratar más largamente el espinoso asunto. Es de creerse que la época colonial, para haber mayores seme- janzas con las épocas todas de nuestra historia y para haberlas bastante considerables con las épocas de la historia de todos los países, no logró escapar a estos delitos de la sexulidad en que han caído y seguirán cayendo los humanos en tanto que los hombres y mujeres seamos formados del limo vil de que fuimos originaria- mente hechos. (1)--«Mercurio Peruano». Lima, 1791. (2)-Calanch^; «Crónica Moralizada etc.». Oh. cit. CAPITULO V LAS PARATIMIAS: MANIACOS Y MELANCOLICOS El primer conquistador aliendo, -La psicosis maniaco depresiva del Padre Becerra.-La leyenda del Manchay Puito. El primero de los casos de locura entre los conquistadores de estas tierras del Perú, de que dan noticia los Cronistas de Indias, es el tristísimo de Pedro de Alcón, uno de los camaradas del Con- quistador Don Francisco Pizarro y uno de los trece que en la isla del Gallo, demostrando su esfuerzo y su lealtad, permanecieron fieles al arrojado caudillo y se negaron a abandonarle. (1) A cuanto refieren los Cronistas, hallándose Pizarro y sus cama radas en la Gorgona, enamoróse perdidamente don Pedro de una india hermosa y noble, que en la referida isla llamaban los natu- rales Capullana. Solazábase el guerrero en este amor vehemente, cuando recibió noticia de Pizarro de la necesidad en que se halla- ban de abandonar aquellos parajes: dolióse mucho de esta dura necesidad y pidió, en gracia a su amor, le dejaran en aquella tierra en la cual había hallado tan hermosa mujer que tan verdaderamente le amaba. Negóse el Conquistador a acceder a este ruego, teniendo en cuenta los peligros a que quedaría sujeto don Pedro entre aque- llos indios. Renovó sus ruegos don Pedro y fué tanta su decisión de permanecer en la Gorgona que fué menester llevarle por fuerza (1)-Romero: «Los trece del Gallo», en «El Ateneo». Lima, 1899. tomo I. 72 al navio que debía conducir a los conquistadores. Fué tan grande el pesar de don Pedro, que de resultas perdió el juicio y fué tal el accidente y tan grave, que fué menester «sujetarle con prisiones a bordo para contener los excesos a que le conducía su locura». En aquellos remotos tiempos no hubiera costado demasiado esfuerzo referir la dolencia que aquejaba al de Alcón a una locura de amor y hubiera sido fácil esta explicación ya que admitíase por los prácticos de aquella época, una enfermedad de amor, que podía conducir a la pérdida del juicio y aún a la pérdida de la vida. (1) Habiendo mudado, con el implacable mudar de los tiempos, los conocimientos médicos, en nuestros días sólo es posible mani- festar que en la locura de Pedro Alcón hay los elementos necesarios para opinar por el estallido del llamado sfndroma maniaco, que, como todos los síndromas, pueden formar parte de los signos de una o de muchas enfermedades. Nada más que dicho síndroma ma- niaco podríamos afirmar del doloroso caso de Alcón, pues sólo de tal podemos pensar que fué aquella serie de excesos del infeliz ena- morado a quien hubo necesidad de sujetar con prisiones: esa agi- tación, esencialmente motora, de Alcón, que tanto impresionó a sus camaradas, no puede tener, pues, por falta de informes, otra etiqueta que la de un síndroma maniaco. Es posible que el síndroma maniaco de Pedro Alcón hubiera un origen tóxico; pues sabido es que entre los indígenas peruanos y de la América toda, como en otros muchos pueblos, anduvieron muy unidos siempre el culto del amor y aquel del alcohol y fué po- sible que la bella Capullana agasajase a su barbudo y blanco aman- te, haciéndole beber de sus bebidas fermentadas. Posible así mismo que la Capullana hubiera empleado como medio de mejor sujetar a su amante algunas de las hierbas para el amor, en cuyo empleo fueron tan prácticos los indios americanos y, como se sabe, dichas hierbas estaban y están dotadas de propiedades llamadas estupe- facientes, cuya maligna calidad explica los rrluchos casos de grave envenenamiento. Posible, así mismo, que estas hierbas no hubie- ran dado los frutos que esperaba la Capullana y hubieran traído como consecuencia una alteración más o menos grave de la función renal de Alcón y que la agitación maniaca de éste, sólo hubiera co- rrespondido a la hoy llamada psicosis urémica. Pero, digámoslo por una vez más, todas estas son meras hi- pótesis, ya que faltan algunos elementos como indispensables para mejor pensar cuál fué la naturaleza de la locura de Pedro- Alcón: (1)-Valdizán: «La enfermedad del amor», en «La Prensa» de Lima. 1916. 73 sabemos sí que esta locura fué de poca duración, ya que el guerrero recuperó el juicio en el viaje a Panamá. Debemos al Padre Calancha (1) relación bastante pormenori- zada de la locura del Padre Fray Francisco Becerra, religioso de la Orden de San Agustín en el Perú, sujeto de buenas prendas que perdió el juicio hasta que estando para morir lo recuperó tan por entero como si jamás hubiera debido lamentar semejante pérdida. « Hijo del convento viejo de Lima-dice el Padre Calancha--y « naturales sus padres de la Pedrera, pueblo del maestrazgo de San- «tiago, fué observantísimo Religioso; era tan constante en la ora- « ción que se le pasaban las noches orando y estas vigilias con gran- « des ayunos le desflaquecieron tanto que ayudando el cotidiano traba- « jo, que de día pasaba en la conversión de los indios, perdió el juicio «(designios secretos de Dios) siendo furioso con las lunas su accidente, «en lo fuerte de sus locuras decía dulces requiebros a la madre de « Dios, de quien fué devotísimo, cantábale endechas y acababa « diciéndole; Madre del sol de justicia, hija del Padre y Espesa del « Espíritu Santo, abogada de los pecadores, rogad por todos a Dios « no se más que os decir. Cuando acababa el accidente con mudan- « za de luna, preguntaba si había dicho algo contra Dios o su Ma- « dre. Si le decían que sí, se daba crueles golpes en la boca y en los « pechos y decía: Sucio, blasfemo, a un Dios infinito os atrevéis y « a la Madre de Dios? Bien pagáis las mercedes que os hace, tomad « bestia desbocada y molíase a golpes el cuerpo y quedaba llorando « por grandes ratos ». Si el Padre Calancha nos hubiera dado más cabal noticia res- pecto a la enfermedad del Padre Becerra, habríanos legado su Pa- ternidad aquello que los médicos llamamos una Historia Clínica y nos habría permitido asistir, a través de su relación prolija, a la evolución del terrible mal que hizo presa en Fray Francisco. Debilitado el Padre Becerra por los rigurosos ayunos y por sus continuadas vigilias dedicadas a la oración, fatigada su mente por el rudo trabajo requerido por la conversión de los infieles a que estaba dedicado, perdió el juicio, y su accidente que era furioso lo era con las lunas y durante él, el pobre padre decía unas veces afectos y requiebros a la Madre de Dios y decía otras veces blasfe- mias y cosas inconvenientes, de las cuales se reprendía con severi- dad al pasar su accidente y saber de sus palabras por la noticia de sus desconsolados hermanos, castigándose, asimismo, con duros golpes con los cuales «molíase el cuerpo» y lloraba por grandes ratos. 1) -Calancha: Ob. cit. 74 La locura del Padre Becerra invita a pensar en la psicosis ma- niaco-depresiva. Indúcenos a esta suposición, de cuyo atrevimiento pedimos perdón al generoso lector, el hecho de la alternabilidad de los períodos maniacos y melancólicos en el Padre Becerra: hay en los referidos hechos de la enfermedad del religioso agustino una fa- se maniaca durante la cual el enfermo, verborreico y audaz, dice unas veces muy santas cosas y otras dice palabras que parecen por el maligno dictadas. Y a estos períodos de locuacidad, que el Padre Calancha no dice si fueron o no acompañados de agita- ción en el gesto, en el ademán y en los movimientos, sucedían otros períodos que los religiosos agustinos tomaban como períodos de sanidad, durante los cuales Fray Francisco interrogaba a sus her- manos respecto al contenido de su delirio, reprendiéndose las ma- las palabras que hubiera podido pronunciar, maltratándose con una cierta crueldad y llorando por largos ratos el pesar de su enfer- medad. Este período era, tal vez, la fase melancólica de la enfer- medad, fase depresiva e hipoestésica en Fray Francisco, que tanto lloraba y tan duramente se golpeaba el cuerpo. Dice el Padre Calancha que el accidente se acentuaba por los cambios de luna y sabido es que los alienados antiguamente lla- mados lunáticos, por razón de esta creencia, fueron verdaderos maniaco-depresivos (I). Es posible que los pretendidos períodos desanidad de Fray Francisco Becerra sólo fueran la fase depresiva de la enfermedad y tan lo comprendieron así los agustinos, que el Padre Calancha, poniendo fin a la historia del Padre Becerra, afir- ma que éste recuperó el juicio estando para morir. El mismo Padre Calancha refiere un caso, que está reprodu- cido por el anónimo autor de quien tantas veces hemos hecho men- ción (2) y cuya información dice así: « Un noble hidalgo llamado Alonso de Astudillo, estimado en * este Perú por su autoridad, hacienda y discreción, desestimó «siempre a los sacerdotes y honraba peco a los religiosos, tratán- * dolos con desaire y a los agustinos con menosprecio. Fué Gober- « nador del marquesado de Oropesa. Estando cinco leguas del Cuz- « co se apoderó el demonio de su espíritu, por lo que le quitaron la « gobernación, y apurábale la idea de que se ahorcase. Conocido « el infernal impulso, su familia vivía cuidadosísima por que no lo «ejecutase. Su mujer que era una noble señora, le obligó a que se « confesase y negociase con los Santos el remedio de su desespera- (1)--Valdizan: «Un Psichiatra de) XVIo socolo». Boma, 1914. (2)-«Anales del Cuzco», Ob. cit. 75 «ción. Hízolo; pero fué confesión al modo de la de Judas. Una ma- « nana, habiendo ido a misa su mujer, se encerró en una cuadra de « su casa, a donde vieron entrar los criados a dos personas desco- « nocidas, y cerrar las puertas del aposento. Cuando su mujer volvió «lo encontró ahorcado de una viga, y no estando las dos personas « que habían visto entrar. Quisieron ocultar los suyos el delito y « enterrarlo con honra, y llegándolo a entender el Obispo prohibió « el sepelio en sagrado ». En la muerte misteriosa de este desventurado caballero hay hechos que se prestan a más de una interpretación: o los dos visi- tantes ahorcaron a Astudillo vengando, en esa forma, ultrajes que hubieran podido haber recibido del gobernador de Oropesa o los dos visitantes fueron, como los creyeron las ingénuas gentes del Cuzco, dos demonios que ahorcaron el cuerpo y se llevaron el ánima del de Astudillo, o, por último, este sujeto, sin intervención de sujetos humanos o demoniacos, se ahorcó con sus propias manos. Es más de creerse esto último, siendo muy natural el suicidio de persona cuya tendencia a este acto había puesto en tanta inquietud a la familia. Y el suicidio del desventurado ex-gobernador, cabe dentro de la posibilidad de un síndroma melancólico, como debió ser el de sujeto al cual su esposa le dejaba a solas en la casa, sin tener a su lado el loquero que era compañía obligada de todo enfermo que ofreciera síntomas de agitación. El delirio de Astudillo debió ser o tranquilo o depresivo para que tan tranquilamente le abandona- ran en la casa, sin temor a que en su delirio hiciera daño a los de- más o se lo hiciera a sí mismo, como en realidad se lo hizo; que si el delirio hubiera sido violento como el de Pedro Alcón o como el de Fray Francisco Becerra, buen cuidado hubieran tomado de su- jetarle con cepos o cadenas o de encerrarle en celda que le pusiera en seguridad o de enviarle a un hospital para allí sujetarle en sus violencias y evitarle daños mayores derivados de su libertad. La melancolía de Astudillo está insinuada por el relato de la causa inmediata de su enfermedad de espíritu; aquella destitución del cargo de Gobernador del Marquesado de Oropesa debió abatirle profundamente y, tal vez, si la aparición de las tendencias suicidas coincidió con la depresión profunda del sujeto, que vió en su desti- tución una grave ofensa a su honra y a la estima que de su persona tenía. El Padre Melendez (1) nos refiere en detalle la locura de Juan de Villa, que fué como sigue: (1)-Melendez: Qb. cit. 76 «Trece años después de la muerte del siervo de Dios Fray « Juan Masías, cayó malo Juan de Villa, y se entendió que le ha- « bían hecho mal, porque perdió totalmente el juicio y dió en furioso, «tanto que no pudiendo tenerle en su casa doña Agustina de Cór- « doba, que le había criado, le llevó a la loquería del Hospital de « San Andrés para que allí le curasen ». Continúa el Padre Melendez refiriendo la enfermedad de Juan de Villa, la cual le duró siete me- ses y cada día lejos de mejorar empeoraba « con que era necesario tenerle en un cepo, y atadas las manos, porque hacía pedazos los vestidos». «Era tal la agitación del infeliz que sólo su esposa cuidaba de él, dábale de comer y limpiábale, para todo lo cual habíanle da- do a ella las llaves de la Celda en que su marido se hallaba ence- rrado ». Es de creerse que las referencias del Padre Melendez no fueron exactas en demasía o no fueron debidamente recordadas las noti- cias que acerca del caso le dieran. De la relación hecha por nuestro celebrado paisano resulta que Juan de Villa permaneció siete me- ses en las Loquerías de San Andrés y en estado de excitación tal que «era necesario tenerle en un cepo y atadas las manos». Y es difícil de creer que una persona cualquiera pueda vivir siete meses de una continua agitación maniaca y, a mayor abundamiento, de una agitación maniaca tratada por los cepos y los manguitos que eran en aquellos buenos tiempos el a b c de la asistencia de alienados. Y tampoco es de creer que esta agitación de Juan de Villa fuera tan continuada y tan de temer, ya que su desventurada mujer po- día penetrar en la celda a limpiarle y a darle de comer y no lo habría podido hacer, a pesar de su estrecha obligación y de su grande ca- ridad, si la agitación de Juan de Villa hubiera sido de tan larga duración y tan grave como asevera el Padre Melendez. ¿Qué tipo de agitación hizo víctima en Juan de Villa? No de- bemos olvidar una noticia muy importante que da el Padre Melen- dez diciendo que se entendió que le habían hecho mal. Este mal es un honónimo de brujería, ya que se designaba en esa forma y aún se designa en el vulgo, durante nuestros días, el estado de enfer- medad en que queda sumido sujeto al cual se considera víctim de la maléfica intervención de un brujo o hechicero. Y sábese que los casos mayormente efectivos de esta brujería fueron producidos en todos los tiempos, más que por obra de sugestión, por .a acción tóxica de ciertos simples. En nuestra épcca colonial gozó de gran- de reputación entre estos simples el chamico y la intoxicación por este vegetal hubo siempre manifestaciones iniciales a base depre- siva y, en algunas ocasiones, a base netamente melancólica. Es 77 posible que el hecho de haberse creído que a Juan de Villa le hu- bieran hecho mal, corresponda al inicio melancólico de la enferme- dad que tan largamente le recluyera en las loquerías de San Andrés. Es posible que se tratara en el caso de Juan de Villa, de una psico- sis maniaco depresiva; pero los pocos informes del Padre Melendez no permiten asegurar la evolución cíclica de los trastornos experi- mentados por el sujeto. En esta imposibilidad de precisar la naturaleza de la agitación de Juan de Villa, hemos optado por concederle un sitio en este capítulo de las «Paratimias», en el cual hallan cabida la manía y la melancolía y también la llamada psicosis maniaco-depresiva, enti- dad morbosa edificada sobre la base de dichos dos síndromas. Es de pensar que se trató de una crisis semejante a la experi- mentada por Juan de Villa en el caso de la locura de Don Pedro de Ordoñez de Valverde, sobrino del primer Obispo que hubo en estas tierras del Perú, pues era hijo de doña María Valverde, hermana del Ilustrísimo Fray Vicente, y de don Pedro Ordoñez. Dando no- ticia de este lamentable caso, dice el Padre Calancha (1): «... .perdió el juicio y vino a estar tan loco que cadenas ni «cepos no enfrenaban lo furioso, ni achicaban lo temerario.... « loco furioso, dando cada hora sobresaltos, fatigas y tormentos « de corazón.. . .curaban al furioso y en vez de remediarlo, lo re- « mataban más.. . .pero el mal creció de manera, que nadie estaba « seguro en la casa cuando más aherrojado le tenía el loquero.. .. » Como puede verse, en las líneas que escribió el Padre Calancha sólo hay noticia de una locura furiosa, de la cual agrega el citado autor que curó en plazo relativamente breve, merced a un m;lagro que se operó en el sujeto enfermo. Tratóse, pues, de una agitación motora pasajera, sin recidiva, que, por el hecho de esta falta de recaída y por el de la curación completa, estaría en favor de la sos- pecha de una crisis maniaca de origen tóxico: intoxicación endóge- na o exógena, no sabríamos decirlo, por falta de noticias circuns- tanciadas. En el siglo XVIII ocurrió el doloroso acontecimiento, cuya relación escribió el señor Palma (2) en su hermosa tradición titu- lada «El Manchay Puíto». Un sacerdote, llamado don Gaspar de Angulo y Valdivieso fué el principal actor de esta tragedia cuyos detalles conmueven a través de los muchos años trascurridos y nos hacen pensar en la fragilidad de los espíritus humanos y en el peli- (1)-Calancha: Ob. cit. (2).-Palma: «Tradiciones Pexxtanas*. Ob. cit. 78 gro en que vivimos de caer en los mismos hondos abismos cuya sola contemplación nos llena de espanto. Había sido modelo de celo sacerdotal y ejemplo de virtud en el desempeño de su curato de Andaray, el señor Angulo y Valdi- vieso; había dedicado la claridad de los días y la tranquilidad de las noches al estudio de graves cuestiones teológicas y al alivio de sus feligreses enfermos o necesitados. Y había sido de calidad tal, así por su talento como por su virtud, que no se hallaba en toda la diócesis del Cuz^o, a la cual pertenecía el curato de Andaray, sa- cerdote que mejor cumpliera la misión espiritual que la Iglesia impone a los párrocos. Era ejemplo de virtud el señor Angulo y Valdivieso cuando hubo la desventura de amar ciegamente a una linda muchacha llamada Anita Sielles y la mayor aún de ser ciegamente correspon- dido por esta criatura. Anita concluyó por establecerse en la casa de la parroquia que dejó de ser el santuario de ciencia y de piedad para convertirse en nido de amores cuya dulzura no debió ser de masiada. si el sacerdote no había olvidado su calidad de tal y la magnitud del pecado en que incurría, con malísimo ejemplo para sus feligreses. Hacía muchos años que don Gaspar y Anita vivían en la casa de la parroquia de Andaray, cuando el primero se vió obligado a hacer viaje al Cuzco al arreglo de ciertos asuntos que no podían confiarse a ajena atención. Marchó el sacerdote, proponiéndose un pronto regreso, llegó al Cuzco, hizo las diligencias que motivaron su viaje y, cumplidas que fueron ellas, volvióse a Andaray. en via- je de regreso, salióle al encuentro un indio y entrególe un billete que Anita había escrito con mano temblorosa: le llamaba deses- peradamente, le llamaba para verle antes de morir y le decía que el cielo o el infierno trababan de separarles. Con la desesperación en el alma, don Gaspar apresuró el viaje y, después de frenética carrera, llegó a la casa de la parroquia: Buscó en vano a su amante, en vano la llamó por los más dulces nombres, en vano la invocó con locura. Hacía pocas horas que el cadáver de Anita había sido piadosamente sepultado en el templo. • De lo que hizo entonces don Gaspar nos dá cuenta el señor Palma: « Cerrada la noche y cuando todo el pueblo estaba entregado « al reposo, abrió una puertecilla que comunicaba con la sacristía « del templo, penetró en él con una linterna en la mano, tomó un « azadón dirigióse a la fosa y removió la tierra. ¡Profanación! El « cadáver de Ana quedó en breve sobre la superficie. Don Gaspar 79 << lo cogió entre sus brazos, lo llevó a su cuarto, lo cubrió de besos « rasgó la mortaja, lo vistió con un traje de raso carmesí, echóle al « cuello el collar de perlas y engarzó en sus orejas las arracadas de « piedras preciosas ». « Así adornado sentó el cadáver en un sillón, cerca de la mesa, « preparó dos tazas de hierba del Paraguay y se puso a tomar « mate. Después tomó su quena, ese instrumento misterioso... .la « colocó dentro de un cántaro y la hizo producir sonidos lúgubres «verdaderos ecos de una' angustia sin nombre e infinita. Luego, « acompañado de esas armonías indefinibles, solemnemente tristes « improvisó el yaraví que el pueblo del Cuzco conoce con el nombre « del Manchay Paito (infierno aterrador). He aquí dos de sus es- « trotas: « Abreme infierno tus puertas para sepultar mi espíritu en tus cavernas. ¡Aborrezco la existencia sin la que era la delicia ¡ay! de mi vida. Sin mi dulce compañera, mil serpientes me devoran las entrañas. No es Dios bueno, el Dios que manda al corazón estas penas ¡ay! del infierno. « El resto del Manchay Puito hampuy nihuay contiene versos « nacidos de un alma desesperada hasta la impiedad, versos que « estremecen por los arrebatos de la pasión y que escandalizan por «la desnudéz de las imágenes. Hay en ese yaraví todas las grada- « ciones del amor más delicado y todas las extravagancias del sen- « sualismo más grosero ». « Los perros aullaban lastimosa y siniestramente al rededor « de la casa parroquial y aterrorizados los indios de Yanaquihua « abandonaban sus chozas ». « Y las dolientes notas de la quena y las palabras tremendas « del haravicu seguían impresionando a los vecinos, como las lamen- «taciones del profeta de Babilonia ». « Y así pasaron tres días sin que el cura abriese la puerta de « su casa. Al cabo de ellos enmudeció la quena y entonces un ve- «cino español atrevióse a escalar paredes y penetrar en el cuarto 80 « del cura. ¡Horrible espectáculo! La descomposición del cadáver « era completa, y don Gaspar, abrazado al esqueleto, se arrastraba 4 en las convulsiones de la agonía ». Qué pensar de este caso lamentable? Qué explicación hallar a esta espantosa tragedia, cuyas notas horripilantes son sin igual en las creaciones de !a imaginación más viva? Aquel sacerdote q,ue se pasaba los días buenos de su curato entre sus libros de teología y el desempeño de sus funciones parro- quiales, era un sujeto sano de espíritu? Aquella misantropía suya, interpretada como virtud por los feligreses, no correspondía a la evolución insidiosa de algún trastorno mental que sólo esperaba la acción inmediata de alguna causa para hacer su aparición? En este último caso, la eslabonación de hechos sería perfecta: el sacerdote, ya predispuesto por una razón biopática o cerebropática a la en- fermedad de mente; fatigado psíquicamente por la lucha que debió librarse en su alma antes de traer a la amante a la parroquia, fa- tigado, así mismo, por las satisfacciones genésicas que debieron acompañar a un amor tan apasionado, en presencia de la catástro- fe de aquel amor, en presencia de aquel nido ilícito, pero nido al fin, que el destino empuñaba en su garra destructora, sucumbe y cae en la locura. ¿Y qué tipo de locura es ésta del señor Angulo y Valdivieso? ¿Qué tipo de locura éste que permite a los impulsos del corazón del amante que llega a la casa de la amada y sabe de su trágica muerte, esperar el silencio y la soledad de la noche, para dar pá- bulo a sus desvarios? Qué impulsividad es ésta que espera, ésta que se detiene en su curso para pensar en el que dirán, en las posibili- dades de una sorpresa? Tal vez si el sacerdote, en aquellos tremendos momentos, le- jos de buscar cerca de un altar el olvido de sus penas, lo buscó en el fondo de una copa de alcohol y fué a la intoxicación en demanda •de su amnesia redentora. Tal vez si el alcohol, lejos de hacerle ol- vidar, disminuyó sus resistencias inhibitorias, su capacidad de frenación y fué entonces que descendió a la tumba de Anita, a buscar en ella a la amada muerta. Fué entonces que la arrancó al reposo del sepulcro y la llevó al mismo cuarto que viera sus cari- cias y sus besos. Y allí la vistió con sus mejores vestidos, la adornó con las más bellas alhajas y la hizo sentar cerca de una mesa y la sirvió mate. Mate o alcohol? No lo sabemos a ciencia cierta. Los sentidos del sacerdote, fuertemente excitados, le hicieron tal vez, víctima de ilusiones sin cuento. Es posible que oyera la voz de la muerta, que contemplara la amorosa mirada de sus ojos 81 velados por la muerte y que al pasar sus manos febriles sobre aque- lla piel fría, la sintiera con el tibio grato de los mejores días. Posi- ble aún que, presa de estas ilusiones, el sacerdote hubiera hallado manera de hacer suya a la desventurada compañera. Y en aquel trágico espasmo en brazos de la muerta, hubiera hallado cálidos y temblorosos los fríos labios de la muerta y hubiera hallado aca- riciadores sus brazos rígidos. Respecto a aquellos versos que tan hondamente reflejan la tempestad tremenda de un alma, no debieron ser escritos per el señor Angulo en aquellos días pasados junto a la muerta. La per- sona que ha profanado los restos de la amada como lo hizo el señor Angulo, la persona que ha permanecido al lado de ella dos días de exaltación infinita y que ha sido hallada posando sus labios de agonizante en los labios ya putrefactos de la amada, no debió con- servar la lucidez que debió poseer quien escribió las estrofas llenas de desesperación y de angustias del «Manchay Puito». Más difícil es de pensarse, que al lado de la muerta, improvisara el señor An- gulo como hubiera podido improvisar en los días felices de su amor culpable. Las estrofas del «Manchay Puito», o son el monumento que la leyenda ha levantado a la memoria del señor Angulo o, si fueron escritas por éste, no lo fueron en los tres días de locura que el desventurado pasó al lado del cadáver de su Anita. Se sostiene en la actualidad que los llamados traumatismos psíquicos, pueden perturbar el normal ejercicio de las actividades espirituales de los sujetos más fuertes. Si el señor Angulo fué un fuerte, la catástrofe fué superior a sus resistencias y le hizo su- cumbir. ¿A qué se debió la muerte del señor Angulo? Fué, acaso, una de esas meningitis de evolución rápida que epilogan muchos acce- sos maniacos prolongados imprudentemente? Fué, acaso, la into- xicación en él producida por las ptomaínas procedentes del cadáver en pleno período de putrefacción? Sin elementos indispensables para llevar más lejos nuestro análisis de hechos, limitémonos a indicar que el señor Angulo tuvo manifestaciones de agitación motora intensa, que esta agitación se prolongó por varios días y que, al cabo de ellos, fué hallado en la forma que queda dicho. Meningitis o hemorragia cerebral, prove- nientes de la prolongada agitación motora, o intoxicación por los productos de la descomposición cadavérica de la desdichada Anita, una u otra de dichas causas, hubo la piedad de poner término a una existencia que quería «sepultar su espíritu» en las caverna^ del infierno. CAPITULO VI LAS TOXIFRENIAS: ALCOHOLICOS Y EMBRUJADOS Los «FANTASMAS» Y «APARECIDOS» de la Lima colonial.-La toxifre- NIA DE BALTAZAR GAVILAN. LOS UN- GÜENTOS Y PIEDRAS PARA EL AMOR. Brujos y brujerías. Refiere el señor Palma (1) que el año de 1635 había en la Ciu- dad de los Reyes «cierto mozo truhán que llevaba alcoholizados los aposentos de la cabeza» en los precisos momentos en que le fué dado penetrar en una casa de la calle del Milagro, en una de cuyas habitaciones contempló una singular escena: «... .bajo un dosel vió sentado a uno de los hombres más «acaudalados de la ciudad, el portugués don Manuel Bautista Pé- « rez y hasta cien compatriotas de éste en escaños, escuchando con « reverente silencio el discurso que les dirijía Pérez y cuyos con- « ceptos no alcanzaba a percibir con claridad el espía ». Y vió, en seguida, el borrachín curioso que el apellidado Pérez y los suyos, poniéndose de pié, avanzaron hácia una hermosa imagen de Nues- tro Señor y descargaron sobre ella un fuerte ramalazo». Marchóse el borrachín y lejos de buscar sitio conveniente para ver manera de reponeise de los efectos nocivos de la bebida, se fué a dar aviso de cuanto sus ojos vieron. Escucháronle las autorida- des y prestando crédito a cuanto dijera el espía, apresaron a Pérez y a sus amigos, a quienes llevaron a las cárceles del Santo Oficio, para que se hiciera justicia. Esta fué severísima, pues en el auto de fé celebrado en el año de 1639 fueron quemados en público Pé- rez y diez de sus amigos. A ser ciertas las demasías en el beber del denunciante, las au- toridades procedieron con sobra de buena fé y sin nada de malicia; (1)-Palma: «Tradiciones Peruanas». Ob. cit. 83 que en nuestros dias Pérez no hubiera la trágica muerte que hubo, ya que no se prestaría tanto crédito a aquellas cosas que dijo, su- jeto que por haber bebido en exceso, no se hallaba en el completo dominio de sus facultades. En fiel devoto deBaco, como diz que fué el denunciante, nada tienen de sorprendente ilusiones, en virtud de las cuales la noción consciente no corresponde a la realidad de la percepción, así como la de alucinaciones que nos hacen percibir como reales objetos que jamás existieron. Admitiendo que Pérez y sus amigos se hallaran reunidos aquella noche del año de 1635 lo cual es muy de admitir por haberlos apresado el Santo Oficio estando ellos en tal visita, puede suponerse fundadamente que no fué sacrilego el propósito de la junta y fué político o comercial o de otra índole cualquiera. Y en este caso, el espía dió a la Inquisición, como cosa por él vista, algo que sólo fué ilusión de sus sentidos debilitados por obra del alcohólico veneno. Posible también que el alcoholizado espía sólo viera la junta de Pérez y sus amigos y que inventara después toda aquella sacri- lega escena de la divina imagen indignamente azotada por villanas y profanadoras manos. Estas invenciones son frecuentes en la hoy llamada psicosis de Korsakoff y también psicosis polineurítica y se cuentan entre los síntomas habituales de esternal accidente, debi- do al uso inmoderado de las bebidas alcohólicas. Explícase esta invención de hechos, que es un morboso mentir, porque el debili- tamiento psíquico del enfermo, hace que sus recuerdos reales sean débiles'y escasos,que recuerde poco y recuerde mal. Y para defenderse de esta insuficiente recordación, para llenar el vacío de esta recor- dación insuficiente, invente hechos que no lo han sido y los refiera como si efectivamente hubieran tenido lugar y mezcle, en esta guisa, episodios verdaderos y falsos episodios, que para el enfermo no son falsos. Posible aún que el denunciante llegara a los señores del Santo Oficio aparentándoles, con el temblor de su cuerpo y el de su pala- bra, el espanto producido por la contemplación de la ignominiosa escena que dijo ocurrida en la sacrilega junta de los portugueses y que esos temblores, que los inquisidores tomaron como tales pruebas de piadoso espanto, sólo correspondieran a la enfermedad del sujeto. Posible aún, y esta posibilidad no es obra nuestra, que la acu- sación de sacrilegio sólo hubiera como fundamento el empeño polí- tico de dañar a los portugueses que, en aquellos años, eran mirados recelosamente por los progresos de sus conquistas en América. 84 Por los años de 1651, en la ciudad de los Reyes, era objeto de todos los comentos la aparición de un «encapuchado» que rondaba en horas avanzadas de la noche por la solitaria calleja, que los ve- cinos de Lima mejor conocen con el nombre de «Callejón de San Francisco». El señor Palma (1) que refiere la verdad del trágico asunto que motivaba las misteriosas rondas del encapuchado, nos dice, así mismo, de cómo había en aquellos tiempos un baladrón que se permitió burlarse de quienes pasaban miedos por la visita del misterioso rondador, manifestándoles que él no conocía el mie- do a los «de la otra vida» y ofreciéndoles esperar al visitante para ver de desenmascararle y dejar así demostrado que se trataba de personaje de carne y hueso, perfectamente estraño a los misterios delao/r# vida. Cumplió el baladrón su ofrecimiento; pero, ignórase lo que vió y oyó en aquella tremenda noche, pues al siguiente día, halláronle «privado del sentido bajo el nicho de la Virgen y vuelto « en sí juró y perjuró que el fantasma era alma en pena en plena « regla! ». Nos hubiéramos pasado sin referir la curiosa aventura del ba- ladrón, ya que de necios no pretendemos ocuparnos, ni fuera posi- ble hacerlo en las pocas páginas de un modesto libro, pero hemos creído posible que quien de tan poco valor se hallaba dotado y tan grande valor pregonaba, hubiera buscado en el alcohol, el valor necesario para la empresa que se proponía. Esta costumbre de bus- car en una copa de licor el coraje que no se halla en la animosidad del espíritu, es costumbre tan antigua como el licor mismo, y es posible que el baladrón, de que hace referencia el señor Palma, bus- care esta compañía de la ebriedad y hubiera en ella el peor adver- sario de su r iedo. Preparado su espíritu por las relaciones de cu- riosos y de apocados, hecho menos sereno aún por obra cel alcohol que había bebido, apenas vió al «encapuchado», sin detenerse a mirarle a los ojos de la cara, sin llevar su osadía al punto de diri- girle la palabra, cayó en el pavimento privado de sentido y allí le hallaron, tan curado de falsas audacias, que confesó paladinamen- te haberse hallado en presencia de ánima de la otra vida, con todos los requisitos que, en aquellos tiempos, se exigía a tales ánimas para ser consideradas como de extraterrena procedencia. Respecto a la apreciación que el charlatán hiciera de estos re- quisitos, ella no pudo ser menos errónea; pues nos refiere el señor Palma que el encapuchado era persona que, a diferencia del bala- drón, llevaba el corazón muy en su lugar y en sabiendo que su es- posa le era infiel y que era cómplice de esta infedelidad el mismo 1)-Palma: «Tradiciones Peruanas» nb. Ht 85 hermano, al cual confiara la custodia de su hasta entonces fiel compañera, vino desde España, ocultóse bajo el misterioso aspecto de «el encapuchado» y vistiendo este traje llegó a la casa de los adúlteros y les mató a puñaladas, castigando de propia mano la enorme injuria. Ahora, si alguien pretende piadosamente obsequiar a! bala- drón la virtud de la suma temperancia, no hemos de ser nosotros quienes detengamos tan cristiano empeño. En sujeto que, acep- tada la dicha temperancia, no bebiera otra bebida que el agua cris- talina del manso Rimac, si en aquellas épocas fué cristalina, podría explicarse el hallazgo del baladrón, privado del conocimiento y yacente debajo del nicho de la Virgen como obra de eso que llaman los modernos un traumatismo psíquico y que llamaron antiguamen- te un miedo de padre y señor mío. Que el beber en demasía y contra religión fué vicio de los más generales que hubo en este Perú, están a demostrarlo los uniformes conceptos de los Cronistas de Indias que hablan de las muchas borracheras que eran de verse en las varias poblaciones del virrey- nato y que culpan a esta ebriedad de la destrucción lamentable de muchas poblaciones enteras y de la consiguiente despoblación de Indias (1). Entre los bebedores de aquella época lejana, los hubo tan entregados a su vicio, que la posteridad conserva sus nombres, hechos inmortales por la festiva musa de un poeta: « El Portugués y Piojito Viven Pipotes con alma, Matusalenes de Pisco Si no Adanes de la Nasca Los mostos son sus cordiales, De aguardiente sus orchatas. Su boticario, el pulpero Y su doctor la parranda. (2) Y es de creer que estos Piojito y Portugués no son únicos en el virreynato y los muchos que les imitaron en sus aficiones al beber no hubieron, como esta alcoholizada pareja, los honores de la po- ética mención y los derivados de ésta, de una amable posteridad. (1)-Para el Padre Lizárraga («Historia y Descripción de Indias», Ob. cit.) el alcoholismo y la sodom'a fueron los responsables de la despoblación de las Indias. (2)-Gaviedes: «Diente del Parnaso», en «Documentos Literarios del Perú», del Coronel Odriozola, Tomo V. 86 El año de 1734, en la Ciudad de los Reyes, un galán deseoso de vengar los desdenes de una guapa moza llamada Mariquita Mar^ tinez, pasando al lado de ésta cortó con unas tijeras que llevaba preparadas unas de las hermosas trenzas que eran encantador mar^ co de una cara tentadora. Huyendo del castigo que su delito mere- cía refugióse el galán en el Convento de San Francisco, cuyo guar- dián era su Padrino, y estúvose en la santa casa esperando le perdo- naran la autoridad y el tiempo, que es también autoridad y sabe también perdonar. Era don Baltazar Gavilán el mutilador y había gastado una pequeña fortuna, procurando agradar a la esquiva Mariquita y sin conseguir de ésta el más ligero favor que demostrarle pudiera co- rrespondencia a sus amorosas ansias. Viéndose desdeñado, don Baltazar en un instante de desvarío llegó al extremo a que hemos dicho e hizo cuanto hemos referido, y viendo el infeliz como su cons- tancia recibía el pago del desdén y su solicitud aquel de la indife- rencia. No se sabe si fueron penas de amor o qué penas fueran las que llevaran a Gavilán a beber con desenfreno y contra toda prudencia (1): pero sí se sabe que era sin fatiga cuando de beber se trataba y que hizo sus mejores esculturas «en completo estado de embria- guez ». Gavilán fué escultor de los buenos, sin otro maestro que su natural inclinación a cosas de arte y sin otros deseos que los de ocupar honestamente las horas de ocio de su forzado encierro en el Convento de San Francisco. Entre las obras de Gavilán, enume- radas por el señor Palma y por el señor Lorente (2) figuran una estatua de Felipe V, cuyo valor artístico mereció al autor el perdón de su delito de mutilación de las trenzas de Mariquita y una esta- tua de la muerte, obra perfecta en el decir de quienes la vieron y cuya perfección fué desdichado origen de la muerte del pintor, como se dirá en seguida. Deseando Gavilán celebrar en alegre compañía el triunfo ar- tístico alcanzado con su estátua de la muerte, triunfo que le había sido tan ponderado de los religiosos franciscanos y de cuantas per- sonas vieron la estátua, fuése con unos amigos a la casa de bochas bebió con la poca mesura que en él era hábito y volvió a su aloja- miento en el estado que es fácil de suponer, habida cuenta de la in- temperancia del artista. Refiere el señor Palma que Gavilán había dormido unas pocas horas y que, al despertar de su sueño, vieron sus ojos que la estátua de la muerte suspendía sobre la cabeza del (1)-Palma: «Tradiciones Peruanas». Ob. cit. (2)-Lorente: «Historia del Perú». Ob. cit. 87 artista la misma guadaña que las manos de éste labraran primo- rosamente. «Desconoció su obra-agrega el señor Palma-y co- menzó a gritar, acudieron los vecinos y por la incoherencia de sus palabras» comprendieron que se habían hecho tinieblas en aquel entendimiento. Nada de sorprender en suj.eto de los hábitos desordenados del pintor, aquellas ilusiones terroríficas a que debe referirse su visión de la muerte amenazadora. Muchas ilusiones semejantes y no pocas alucinaciones debió sufrir durante su vida sujeto que tan inmoderadamente bebía; pero, por desdicha, las noticias de los cronistas no son bastante minuciosas para explicarnos la muer- te del desventurado escultor. Dícennos que «murió loco» y que mu- rió el mismo día siguiente a aquella noche en la cual sufriera el es- panto de su ilusión terrorífica. Es posible que el desventurado Ga- vilán continuara en la agitación en que le puso la visión de la muer- te amenazadora; es posible que' las palabras de los vecinos, sus dis- cursos y sus lamentaciones, contribuyeran a aumentar la dicha agitación, lejos de dominarla; es posible que nadie pensara en sus- traer a Gavilán a la acción excitante del medio en el cual había tenido lugar la ilusión. Y es posible que, por todos estos motivos, aquella agitación prolongada terminara en una hemorragia cere- bral que no debe sorprendernos a quienes sepamos del abuso de bebidas alcohólicas que hacía el escultor. Ahora, es posible que se trate de una de esas crisis de agitación motora intensa que suelen presentarse en el llamado delirium tremens y que haya sido por esta intoxicación alcohólica aguda y no por otro motivo la desdi- chada muerte del pobre Gavilán. En esta relación de enfermos que es nuestra crónica, vémonos precisados, por razón cronológica, que no por otra, a pasar de la vida de un artista a la vida de un verdugo y duélenos de la vecin- dad, aún cuando nos obliga a ello la comunidad de la dolencia, que el verdugo agregó a la vileza de su oficio una desmedida afición a las bebidas alcohólicas. Llamóse este verdugo de quien hablamos Grano de oro y abandonó la mortal cubierta en el año de 1795. «Era-dice « el señor Palma (1)-un negrito casi enano, regordete y patizambo «gran bebedor e insigne guitarrista ». Este sujeto, antes de servir el oficio de verdugo, había sorprendido a su amante en amable plática con un hombre y aconsejado de sus celos y del licor que aquel día había bebido, mató crudelísimamente a uno y a otro. Diósele a elegir entre la horca y el oficio de verdugo y aceptó éste (1) Palma; «Tradiciones Peruanas». Ob. cit. 88 último, siendo fama que nunca desempeñó a conciencia este vil oficio por el grandísimo miedo que este oficio le inspiraba y para disminuir este temor tenía costumbre de embriagarse cada vez que je anunciaban, por quien correspondía, que debía preparar los ins- trumentos de su triste cargo. A esta costumbre de pedirle al licor el coraje que le negaba su pobre espíritu, debió «Grano de oro» su desastrosa muerte: anunciáronle cinco reos por ejecutar y dándose a beber como a tan rudo trabajo correspondía, lo hizo en forma tal que «cayó redondo y para más no levantarse al pié de una botija de guarapo». Los pocos acontecimientos de la vida de Grano de oro que nos suministra el señor Palma, pueden autorizarnos para asignar el diag- nóstico de alcoholismo crónico? Verdaderamente, nos hallamos en pre- sencia de sujeto que ya era un bebedor en época en que realizó su pri- mer delito y aún es posible que este mismo delito fuera obra de su in- toxicación más que de un natural impulsivo, y en presencia de un bebedor que si no se preparaba embriagándose al ejercicio de su triste oficio no es imposible que procurara ahogar en el licor la ver- güenza y el remordimiento de las ejecuciones que habían ensan- grentado sus manos. Qué el delito de grano de oro no íué el del impulsivo, está a demostrarlo el hecho de haber aceptado la vida a cambio de tan vil oficio, cuando la vida, sin el ser querido, debió serle indiferente y no constituir para él una invitación dema- siado tentadora: esta razón nos mueve a excluir la hipótesis de un delito pasional y a ver en Grano de oro sujeto de natural cobarde, buscón en un estimulante artificial de las impulsiones que le ne- gaba su espíritu apocado. Ese mismo espíritu que buscaba en el licor el coraje necesario para desempeñar sus funciones de verdugo, buscó en el alcohol la impulsión motora que le permitió a sus bra- zos asestar unas puñaladas. No íué el alcoholismo la intoxicación única a que halláronse sujetos los habitantes de estos reinos del Perú bajo la dominación española. Los dichos habitantes fueron víctimas de otras varias intoxicaciones, algunas de las cuales ya habían sido muy general- mente usadas en época de los Incas y cuyo malicioso empleo no desapareció con la predicación del evangelio a los infieles. Y como quiera que estas intoxicaciones constituyeron la base de verdad de las prácticas de brujería, habremos de ocuparnos de la brujería en el virreinato como medio de descubrir la generalización de las dichas intoxicaciones. Por los años de 1578 la Inquisición de Lima castigó a Fray 89 Gaspar de Bustamante, diácono de la Merced, sujeto que ofrecía, al decir d.. los inquisidores, «anillos, ungüentos y piedras para ins- pirar amor». El Tribunal del Santo Oficio castigó severamente al fraile, que fué degradado, desterrado a perpetuidad y condenado a cinco años de reclusión en España. (1) Si esto hacían los frailes, nada de particular que lo hicieran los indios del Perú, y es fundados en esta consideración, que juz- gamos que hubo exageración de piedad en el Príncipe de Esquila- che al establecer en la Ciudad de los Reyes «la reclusión de Santa Cruz, destinada al castigo de los hechiceros y otros falsos dogma- tizadores, de los que algunos se dejaban morir voluntariamente de hambre » (2). En el año de 1693 el Santo Oficio adjudicó 200 azotes, que ya sería adjudicar, a Francisca Andrea de Benavidez, de 60 años de edad, mulata, cocinera, natural de Lima y de la cual se decía que «con hojas de coca hacía conjuros para que los pulperos ganaran y las mujeres hubieran suerte» . En el año de 1736 el Santo Oficio castigó a María Josefa Can- ga, negra, cocinera y de 5ü años de edad, acusada de haber male- ficiado a su marido con el propósito de irse a vivir con otro. En el mismo año de 1736 el Santo Oficio hizo azotar y conde- nó a trabajos forzados en la isla de San Lorenzo al negro chalaco Bernabé Morillo y Otárola, sujeto que ofrecía a las mujeres sacar- les el diablo del cuerpo y darles fortuna con los hombres, preparando con tales pecaminosos propósitos, baños compuestos y recomen- dando vivamente a los clientes abstenerse de elevar su espíritu a Dios y de encomendarse a cualquier santo. Un cuzqueño llamado Felipe de La Torre, que ya en el año de 1719 sufriera condena del Tribunal por algunos delitos de una cier- ta gravedad, fué condenado el año de 1736 por haber usado yerbas para conseguir mujeres. Más grave aún fué la acusación lanzada en el dicho año de 1736contra una mulata llamada Teodora Villarroel, natural de lea, y de 28 años de edad. La Teodora fué acusada de contar entre sus malas costumbres aquella de emplear filtros con los cuales quitaba facilísimamente la vida a los amantes que, hartos de ella y de sus malas o buenas costumbres, la abandonaban. Entre los casos muy numerosos citados por el señor Palma en sus «Anales de la Inquisición», sólo hemos anotado aquellos en (1)-Palma: «Tradiciones Peruanas». Ob. cit. (2)-Palma: «Anales de la Inquisición de Lima». Ob. cit. 90 los cuales es posible descubrir el empleo de los simples vegetales, tan bien conocidos de los herbolarios peruanos y los trastornos producidos por los cuales justifican aquello que dicen los Cronistas de Indias, que los indios poseían el secreto de hierbas «para matar, alocar, y entontecer». Uno de los dichos simples, que estuvo muy en boga en la época colonial fué el chamico (Datura stramonium) y de este chamico dice el Padre Calancha haber visto los malos efec- tos, mudables según las dosis que empleábanlos curanderos y los brujos (1). Es de creerse que aquellos filtros empleados para matar a los amantes, empleados por la Villarroel y aquellos otros emplea- dos para victimar al marido de María Josefa Canga, fueron prepa- rados a base de chamico y de algunos otros vegetales que gozaron y gozan de propiedades estupefacientes. Y respecto a aquellos otros preparados que eran incitantes al amor, para nadie será mis- terio que se trataba délos afrodisiacos, medicamentos peligrosos que la humanidad licenciosa ha usado siempre, pretendiendo ne- ciamente contradecir la natural marcha de los tiempos y la natural decadencia de las cosas. Nada de sorprendente que en aquellas remotas edades se pensara que los afrodisiacos eran una irresistible invitación al amor, si en nuestros días piensa el vulgo, así en estas tierras de América, como en las de Europa, que administrado un afrodisiaco a una mujer honrada, ésta olvida la pureza de sus cos- tumbres, pierde su natural púdico y va a arrojarse enloquecida en los brazos del primer hombre que halla en su loca carrera en pos de la satisfacción de irresistibles apetitos. Las otras formas de brujería fueron, en buena cuenta, como lo son en la actualidad, explotaciones, las unas muy burdas y las otras muy ingeniosas, de la ignorancia y credulidad de las gentes: Los brujos acercaban al cuerpo de las mujeres el cuerpo de algunos conejos, diciendo que este contacto era garantía segurí- sima de la grande fortuna de las dichas mujeres con los hombres sus enamorados. Preparaban muñecos de cera, que representaban a la persona a la cual se intentaba hacer víctima del maleficio, atravezaban los cuellos de estos muñecos con espinas y alfileres y decían que en el preciso momento que tal hacían con el muñeco, apagábase la voz en la garganta de las personas a las cuales los muñecos representa- ban. Tenían una práctica los brujos, que consistía en colocar una clavija en la figura de cera de que ya hemos dicho y tenían por se- guro o decían tener por seguro, que la persona representada por el \.l)-Lorente: «Historia del Perú bajo la dinastía austríaca». París. 1870. 91 muñeco de cera sufría en aquellos precisos momentos una reten- ción de orina que sólo podía curar en cuanto quitaba el brujo la clavija al muñeco de cera. Y a esta práctica llamábanla «enclavijar». Llamaban atar la agujeta al acto de esconder entre las ropas de un sujeto casado una aguja que hubiera servido para coser una mortaja. Y decíase que esta práctica tenía la virtud de hacer que el marido que llevaba esta aguja, podía solazarse sólo con su mu- jer y no podía hacerlo con ninguna otra. Doña María Antonia de Cosío, acusada ante la Inquisición, en el año de 1760, de haber tomado participación en prácticas de he- chicería, hizo declaraciones muy interesantes. Dijo que, estando enferma de hinchazones en los brazos y habiéndole dicho algunas personas que se trataba de maleficio, fuése a consultar con Manuel Gaicano en una hacienda del valle de Chancay: Vióla Galeano y díjola que el autor del maleficio era su propio esposo. Acto conti- nuo hízola en los brazos algunas incisiones o zajaduras y chupóle en ellas mediante unos canutillos, de los cuales comenzaron a salir como por arte de encantamiento, alacranes, culebras, lagartijas y otros bichos. Galeano la mostró todos estos animales y la dijo que ellos eran el origen de su enfermedad y que en habiendo salido, ella comenzaría a recuperar la perdida salud. Capturó la Inquisi- ción a Galeano, quien declaró que tal había h cho para ser mejor pagado de sus afanes y no porque creyera en la eficacia de cuanto había hecho. Debió Galeano caer en gracia de la Inquisición, pues salió librado de aquel trance con unos cuantos azotes y un año de reclusión en uno de los Hospitales. Este procedimiento de brujería no era moderno, ni mucho menos y aún es de creérse que él se conservaba como • ecuerdo de las viejas prácticas y costumbres de los antiguos peruanos y de otros pueblos americanos, algunos de los cuales se conformaban con extraer succionando heridas, pequeñas piedras que llevaban colocadas pr v amente en los canutillos que luego ponían en con- tacto con la herida del enfermo. De estos charlatanes, húbolos en la época colonial que ase- guraban preparar una mazamorra moviendo la mezcla con una tibia humana; otros hubo que decían poseer la famosa rueda de Santa Catalina', y hubo no pocos que guardaban la llamada por los brujos mano de gloria que no era otra cosa que la mano de un ahor- cado, erigida en candelero. Si estos charlatanes ganaban su vida distribuyendo pócimas para hacer amar y hacer olvidar y hierbas que ganaban corazones y que perdían corazones y todo esto hecho con rapidez asombrosa, 92 ellos tenían la más lucrativa de las industrias en una tarea verda- deramente ortopédica cual era la de zurcir doncelleces, labor de prolijidad quirúrgica digna de elogio, y en aquella otra, mucho más difícil y más expuesta a fracasos, de improvisar o inventar estas mismas doncelleces. Calla el señor Palma, discretamente, el modus operandi de los brujos que a tal fabricación se dedicaban y yo, imitándole a discreto, también callo. 93 CAPITULO VII LAS DEMENCIAS: LOS SENILES, LOS PARALITICOS, LOS PRECOCES. La admirable longevidad de los PERUANOS DE ANTAÑO. ALGUNOS EJEMPLARES DE DEMENCIA SENIL Y OTROS PROCESOS DEMENCIALES. Fechada en Chota el 12 de junio del año 1792, es la carta que dirigiera a los editores de un periódico de la Ciudad de los Reyes (1) un caballero cuya paciencia le llevaba a firmar con el seudó- nimo de «Chyros-atychio Presbyographo». Hacía referencia la dicha carta a la duración singularmente prolongada de la vida entre los antiguos peruanos y decía el autor de la epístola, no me- nos larga que el seudónimo, en apoyo de la dicha duración, de la frecuencia con la cual había podido observar sujetos que habían alcanzado, en excelentes condiciones de salud, aquellos límites de edad, en los cuales la generalidad de los humanos de estos tiem- pos modernos, apenas podemos llevarnos los alimentos a la boca sin solicitar ageno concurso. Dice el autor de la carta (preferiremos llamarle así a copiar el seudónimo demasiado largo) que por aquellos años existía en el pueblo de Chota un indio noble, llamado don Marcos Carguajul- ca, quien había tenido la singular fortuna de llegar a los 117 años de edad. El autor de la carta había tenido la sitisfacción de conver- sar largamente con Carguajulca y había encontrado que «las fun- 0)-«El Mercurio Peruano», Lima, 1792. 94 ciones de su espíritu y sentidos no se hallaban debilitados un pun- to». Hacía, por aquellos años de 1792, la friolera de 72 años que el don Marcos vivía dedicado a la recaudación de tributos «apesar del mucho ejercicio y muchísima memoria que requiere». Dos veces casado y tantas otras viudo, hallábase empeñado, en la épo- ca en que la carta fué escrita, en contraer nuevamente matrimo- nio con una mujer joven y bien parecida, la cual manifestaba in- debido desdén por su centenario galanteador. El autor de esta carta, que debió ser de los más curiosos habitantes del virreynato en aquellos tiempos, interrogó a don Marcos respecto a los móviles de aquel tercer noviazgo y a tan indiscreta pregunta respondió don Marcos, con indiscreción no menor en estas palabras: «¡Ay, Señor:. En mi mocedad fui un simplón: muy poco me acordaba de mi muger y solo pensaba en el dinero. -Ahora siento el tiempo perdido de entonces y deseara libertarme del-frío de mi cama; pues no dejo de tener mis desasosiegos, especialmente en ciertas y ciertas mañanitas....» Mas venturoso que don Marcos, el de las mañanas desasose- gadas, había sido el mestizo Pedro Tafur, vecino de Chota como don Marcos y que contaba ,en 1792, nada menos que 121 años de edad. Si don Pedro había vivido más años que su paisano don Mar- cos, se.hallaba en condiciones menos florecientes. Dice el autor de la carta que don Pedro estaba «un poco sordo» y que su aspecto físico, al contrario de lo que en don Marcos sucedía, denunciaba el pesado fardo de los muchos años vividos. No dice el curioso in- formador si este segundo anciano había tenido juventud tan des- cuidada como la de don Marcos, el nostálgico de las tibias mañanas de la alcoba conyugal. En el año 1788 había fallecido en Chota un caballero español, llamado don Francisco Becerra, a la modesta edad de 132 años. Es de admirar que este sujeto, a pesar de sus muchos años, viviera aún completamente dedicado a los trabajos de la agricultura y que no abandonara estas labores hasta el momento mismo de su muer- te, que le sorprendió en pleno trabajo. Nicolasa Rojas fué otra de estas personas admirables que llegaban a vivir tantos años y en tan excelentes condiciones de salud. Que estas no podían ser mejores, lo dice el autor de la carta: «Conserva una robustez increíble, y se expide con tal viveza «en todas sus ocupaciones, que solo se echa de ver su ancianidad 95 «por su tarda y confusa locución, la cual procede de tener la len- «gua algo trabada». La Nicolasa había cumplido los 135 años de edad en la épcao en la cual fué entrevistada por el autor de la curiosa epístola. José Agip, indio de la hecienda de Chala, a una legua de Bambamarca, había cumplido, en 1792, los 141 años. Refiriéndo- se a este hombre singular, dice el autor de la carta: «Este hombre singular, admirable por su vejez, lo es más aúh «por su pelo negro y abundante, por la tiesura de su cuerpo, por el «rudo ejercicio que hace diariamente, por su voracidad en las comi- «das que constan de carne y maní y, finalmente, por la perspicacia «de su vista y firmeza de su pulso. Es cosa de asombro verle tirar «la escopeta, en cuyo oficio pasa la mayor parte del día en medio «de la humedad y afanes que trae consigo esta penosa y agra- «dable tarea. He visto y hablado largamente con este nuevo Ma- «tusalem» .... Otro vecino de Chala, don Roque Ramos, indio mayoral de la dicha hacienda, había cumplido en el año 1792 sus 147 años, conservando un exterior que no demostraba más de 60 inviernos. Levantábase el tal a las tres de la mañana, hacía la cuenta de sus ovejas y antes de que rayase el nuevo día estaba de regreso en su casa llevando sobre sus hombros una buena carga de leña. Vivía en Contumazá, por aquella misma época, el español don Pedro León, quien había llegado a los 114 años y había con- traído matrimonio a los 99 con una chica de 15 primaveras, en la cual tuvo un hijo cuya venida al mundo fué saludada por lo" veci- nos de don Pedro con sonrisas picarescas y más picarescos comen- tarios, semejantes estos últimos al donoso decir del poeta francés: «De petits citoyens dont on crioit étre pére.» Pero de todos los casos citados por el prolijo autor de la carta, ninguno más en justicia celebrado que el de una se- ñora india, natural de Mangas, en la provincia de Cajatambo, la cual contaba en 1792 1a venerable edad de 131 años. Y a pesar de estos muchos años, era tanta la lozanía de su aspecto, que delira- ban por contraer matrimonio con ella dos indios jóvenes y de sano y agradable aspecto. Y daba la tal buena prueba de la conserva- ción de su sano juicio, negándose a aceptar el amor de aquella gen- te moza. El autor de la carta termina con una advertencia, que era ne- cesaria para mejor entender del asunto tratado: Dice hacer formal 96 promesa de no proceder ni en falso ni en broma: dícese testigo ocular del vivir feliz de los Matusalenes que menciona. Hemos tomado esta prolija relación que ha'lamos en el «Mer- curio Peruano», no solamente como noticia curiosa, sino también para hallar en aquellos admirables casos de prolongación de la vi- da hácia límites de los cuales solo existen pasmosos ejemplos en los santos libros, una explicación a la poca frecuencia de la de- mencia senil entre los habitantes del Perú, bajo el régimen colo- nial. Como ha podido verse, en los siete casos referidos, el examen de los sujetos no ha correspondido a las exigencias de un análisis completo de las facultades psíquicas y no ha sido sin buena dosis de exageración, que el autor de la carta publicada por el «Mercurio» ha escrito, refiriéndose a don Marcos Carguajulca: «las funciones de su espíritu y sentidos no se hallaban debilitadas un punto». No es que creamos que un examen más o menos amplio de los ór- ganos de los sentidos y de la actividad psíquica no puedan llevarse a cabo sin el auxilio de los múltiples y complicados aparatos y métodos de que en la actualidad dispone el examen clínico de un sujeto, desde los puntos de vista de la Neurología y de la Psicología. No; buenas observaciones sicológicas se practicaron en época muy anterior al advenimiento de tales métodos y de tales aparatos y ellas han llegado hasta nosotros, como testimonio de cuanto pudo el espíritu humano en el prolijo análisis de si mismo. Pero si cree- mos que el autor de aquella carta publicada por el «Mercurio», o no examinó tan prolijamente como dice, a sus sujetos o no era capaz de semejante examen, en ausencia de la cultura indispen- sable para llevarlo a cabo cumplidamente. Aparte de estas consideraciones, precisa poner en tela de jui- cio la precisión de aquellos longevos, en la determinación de sus años de vida. Entre nuestros pobladores indios, aún en la actuali- dad, a despecho del rápido desarrollo alcanzado por la enseñanza pública, son muchos todavía los sujetos que saben su edad exacta en referencia a ciertos sucesos de la vida de familia o de la vida de de la colectividad, tales como la pérdida de un pariente o de una propiedad,, alguna epidemia o alguna desgracia de carácter local. Y son muchos los que ni ésta determinación aproximada pueden hacer. Precisa todavía acertar si aquellas cifras enormes de longe- vidad no correspondían a trastornos mnemónicos acentuados, a un debilitamiento progresivo de la memoria, en virtud del cual los sujetos faltos de recuerdos por evocar, inventan episodios e inventan edades e inventan relaciones de amistad o de familia, etc. 97 Nosotros, habiendo consideración de todas estas razones, nos inclinamos a creer que el autor de la carta no paró mientes en ciertos trastornos de1 espíritu que si no imposibilitan al hombre para el ejercicio de una cierta forma de actividad, son incompa- tibles con la enfática declaración de una salud psíquica completa. Es indudable que la vida ha cambiado con el cambiar de los tiempos, y que la nuestra está mucho más sujeta que aquella de los abuelos, a la influencia de aquellas acciones nocivas que predispo- nen a la enfermedad de espíritu. Es así mismo indudable que por obra del tiempo y de la vida misma, las razas humanas pierden unas energías y mejoran e incrementan otras, adaptándose a las necesidades de la lucha por la vida. Y estas dos razones de la disminución de energía por una parte y de los cambios en la vida, por otra parte, hacen suponer que si hubo exageración en la cuenta de años llevada a cabo por el autor de la carta que pu- blicó el «Mercurio^ o si hubo falta de examen prolijo de los sujetos, estas cincunstancias no roban valor a la sospecha de que la demen- cia senil fuera menos frecuente en el Perú colonial de lo que es en el Perú republicano. Por lo demás, desde aquellos tiempos de la colonia, existía una buena dosis de tolerancia respecto al déficit psíquico de los ancianos. Y bajo los nombres de chochez y de chochera, eran cono- cidos ciertos cambios de inteligencia y de carácter que fueron en muchos casos, no solo exponentes del debilitamiento psíquico con- siguiente a los progresos de la edad, sino también exponentes de aquella senilidad patológica que es la demencia senil. Se habla- ba, como se hace hoy, de chochera cuando se observaba que un anciano exageraba la nota afectiva hácia cierta persona o cierto objeto, y en muchos casos, este extremo de afectividad inmoti- vada solo ha servido a traducir un erotismo más o menos audaz y más o menos frenable. El padre Melendez (1) nos presenta un ejemplar de de- mencia orgánica. Dícenos que Diego Moreno, natural de Quito que había peleado valientemente en las guerras de Chile, había recibido en ellas una grave herida en la cabeza, de la cual le cura- ron malamente «y adoleció después de pasmo y demencia», querien- do significar el pasmo un accidente paralítico un tanto ambiguo, ya que esta parálisis pudo ser facial o pudo tomar los miembros en los diversos tipos paralíticos conocidos. Dice el padre Melendez que Moreno se trasladó a Lima y fuése al hospital de San Andrés, donde los remedios que le hicieron «le trabajaron más que le cura- (1)-Melendez: «Tesoros de Indias», Ob. cit. 98 ron». Lo curioso del caso citado por nuestro hábil paisano el Reve- rendo Padre Melendez es la cura de Moreno, operada por milagrosa intercesión. Si buscamos un origen único a aquellos fenómenos demencia- Ies y paralíticos de que fué victima Moreno, deberemos admitir la posibilidad del hecho de una demencia consecutiva a hemorra- gia cerebral de intensidad tal que en el curso de los muchos meses de enfermedad, pudo evolucionar sin dejar huella alguna de su paso. El Padre Calancha (1) nos presenta un caso que, con un poco de buena voluntad, podría tomarse como un caso de demen- cia precoz'. Dícenos el erudito agustino que en el año de 1584 sus hermanos de religión abandonaron la doctrina de Paria y que el Padre Fray Pablo de Castrovi tuvo el hondo sentimiento de haber contribuido al dicho abandono: «perdió el juicio y estuvo loco vein- «te años. Era su locura callar, de manera que uno y dos años no al- uzaba los ojos del suelo pensativo y si hablaba algo era decir que «contra conciencia habían dejado las comunidades de Paria. Este «era el tema y aquí le dolía el escrúpulo, no salía de una celda en «el profesorado, ni respondía, ni preguntaba cosa alguna, si bien «oía con atención lo que de las cosas del cielo le platicaban, con «que el Religioso que le daba de comer, no tenía más trabajo que ♦ponerle la comida y hacerle la cama, así estuvo hasta el año «mil y seicientos y cuatro». Da término a su interesante relato el Padre Calancha, refiriéndonos que el espanto producido por una inundación volvió al juicio el Padre Castrovi y quitólo al religioso que a este asistía. Al conceder entero crédito al Padre Calancha respecto a la curación completa del Padre Castrovi, no nos hubiéramos atre- vido a insinuar las sospechas de una demencia precoz, ya que la curación de esta enfermedad, después de una evolución de vein- te años, no es fácilmente aceptable; pero es posible que el Padre Calancha y sus compañeros de Religión tomaran como curación de la enfermedad la acentuación del estado demencial, ya que esta acentuación debió colocar al Padre Castrovi en situación de tranquilidad, de docilidad, de sugestionabilidad, que muy bien pudo ser tomada como equivalente de un estado de salud. Sin insistir demasiado respecto a la etiqueta de la demencia precoz, limitán- donos a una exposición de síntomas, hallamos en el Padre Castrovi un negativismo que autorizaba al Padre Calancha a decir que la (1)-Calancha: «Goronica Moralizada*, Oh. cit. 99 locura de su hermano era callar y que se revelaba no sólo en esta forma .fonética, sino en la probable de no tomar los alimentos cuan- do estos le eran ofrecidos, lo que hacía que el enfermero le abando- nara los dichos alimentos, para ver si los tomaba con exclusión de todo comando. Es posible que aquel no alzar los ojos del suelo en uno y dos años, constituyera una estereotipia y es posible que a esta estereotipia de la expresión mímica, se agregase aquella de la expresión fonética, de interrumpir su mutismo para hablar del abandono contra conciencia de la doctrina de Paria. En los primeros años del siglo XVII vivía en Lima, el mal vivir a que su profesión le condenaba, Don Dimas de la Tije- reta, escribano de número de la Real Audiencia y sujeto de mala fama, en justicia ganada a cuanto el señor Palma asegura (1). Habían llegado para D. Dimas los días de amargas reflexiones y de los dolores reumáticos, cuando quiso su mala estrella que amor penetrara en un corazón que jamás abriera sus puertas a divi- no o humano afecto y que el desdichado don Dimas diera fé de la belleza de una mujer de veinte años e hiciere cuanto pensar pudo para lograr el derecho de certificar en conciencia ,aún careciendo de esta. Don Dimas fué pródigo: «se propuso-dice el Sr. Palma-do- «meñar a la chica a fuerza de agasajos. . . . pero, mientras mas «derrochaba Tijereta, más distante veía la hora en que la moza «hiciese con el una obra de caridad, y esta resistencia traíalo al «retortero». El enamorado anciano entró en componendas con una tía de la moza, «vieja como el pecado de gula, a quien años mas tarde encorozó la Santa Inquisición por rufiana y encubridora»; pero ni este expediente valió en demasía al octogenario doncel y su desesperación fué tanta que marchóse al cerrito de las Ramas, llamó al diablo y le vendió su alma a cambio de la posesión de la codiciada doncella. Parece que el diablo cumplió la palabra y es argumento de la tradición donosa, la triquiñuela urdida por don Dimas para li- brarse de cumplir la suya. Don Dimas hizo un viaje al infierno, en el cual se negaron a recibirle y volvióse a este valle de lágrimas a verterlas, sabiendo que aquella moza, sobrina de la vieja encu- bridora, había abandonado el mundo y sus tentaciones y había tomado boleta de alojamiento en un beaterío. Dejando de lado cuanto de gentil adorno ha querido poner el señor Palma en torno al episodio vivido, es de creer que don Di- (1)-Palma: «Tradiciones Peruanas». Ob. cit. 100 mas fué un demente senil; que su amor por la chica fué una de esas rosas de otoño que no raramente florecen en los jardines de la se- nilidad enfermiza; que su pacto con el diablo fué una ilusión y que su viaje al infierno fué una falsificación de la memoria. Y es lamentable esta descomposición en tan prosaicos fragmentos de una bella leyenda, que nos explica el porqué los escribanos no usan almilla. En el siglo XVIII ocurrió en Lima un escándalo respecto al cual nos proporciona detalladamente noticia el galano Lavalle (1). Como quiera que la discreción del Cronista no juzgó del caso callar nombres, a indiscretos nos llamamos: Don Juan Dávalos y Rivera, Conde de Casa Dávalos, en la última década de su no- ble vida, prendóse de doña Mariana Belzunce que vivía alegre y tranquila les dulces años de una encantadora primavera. Parece que una tía de la novia, empeñosa en unir su casa a la noble casa del señor Conde, hizo cuanto de ella dependía para que se llevase a efecto el matrimonio y parece acertado que fué la tia la que en la ceremonia nupcial respondió por su sobrina el sí de los novios, tan deseado a las veces por una tía que cuenta entre sus ocupaciones la de vigilar a alguna sobrinita en peligro de escuchar la celebra- da epístola. w Doña Mariana, conducida a la alcoba de la hacienda «Cali», riquísima propiedad de su anciano esposo, pasó la noche de bodas en forma que ella misma expresó a una doméstica suya, en los tér- minos siguientes; «Pepa, con el rebozo que me diste cuando me «desnudaste me revolví tan bien, que el Conde viejo no pudo «conseguir llegar a mis carnes, ni aún tocarme. Yo me he defendi- «do muy bien, porque no lo quiero ,ni nunca ha sido mi voluntad «casarme con él». Estas palabras de la Condesa por fuerza, nos di- cen de su noche de bodas más de lo que hubieran podido decir- nos muy largas y circunstanciales narraciones. En esas palabras adivínase la llegada del anciano Conde, excitados sus sentidos por las libaciones hechas y por el amor que la juventud de la con- desa le inspiraba; adivínase el apasionado discurso del anciano y sus intentos de acariciar con sus manos temblorosas aquellas car- nes duras y lozanas, aquel cuerpo gentil que escapaba ágilmente a las caricias apasionadas. Habló la condesa de defensa y solo exis- te defensa cuando hay agresión:'observado el poco efecto de las dulces palabras y de los apasionados requiebros, el Conde debió pasar a vías de hecho y en ellas debió ser detenido por la inquebran- (1)-Lavalle: «Doña Mariana Belzunce», en «El Ateneo», Lima, 1886. 101 table resolución de la Condesa, de no entregar su cuerpo a persona a la cual no había entregado su corazón. La sospecha de que se trate de una demencia senil del Conde de Casa Dávalos, no es nuestra: «No dicen las Crónicas-observa La valle-si la frecuente vista de doña Mariana encendió en el corazón del Conde una de esas pasiones monstruosas, a que diz- que está expuesta la senectud- liberónos Domine-o si fué el mucho amor que á su sobrina profesaba, el que inspiró a doña Margarita la diabólica idea de convertir a doña Mariana Belzunce en Condesa de Casa Dávalos». Pudiera decírsenos que las agresiones eróticas de un demente senil no terminan muchas veces como terminó aquella del Conde de Casa Dávalos: pudiera decírsenos que las dichas agresiones son verdaderamente terribles, de una aplastante intensidad, pero respondamos a quienes tal dijeren que muchas de esas reacciones de la senilidad patológica terminan por razón de la impotencia fí- sica y que doña Mariana Belzunce habló a su doméstica de una buena defensa, lo cual es indicio de que luchó hasta demostrarle al Conde la inutilidad del ataque. Hay otro hecho en apoyo de la sospecha del señor Lavalle: el de haber seguido el Conde de Casa Dávalos el proceso de nulidad del matrimonio, proceso en el cual doña Mariana que solicitaba dicha nulidad, hubo, la brillante defensa del en justicia afamado jurisconsulto don Pedro jóse Bravo de Lagunas. Y con esta actitud indiscreta, que ya tenía el sabor de enojos mal reprimidos y de acre- cimientos de irritabilidad, solo ganó el anciano Conde que la musa popular le tomara a cargo para repetir hasta la saciedad coplas semejantes a esta que pone en sus Tradiciones don Ricardo Palma: Con una espada mohosa y ya sin punta ni filo, estáte, Conde, tranquilo: no pienses en otra cosa. De las alucinaciones persecutorias, a contenido demoniaco de un demente senil, nos da noticia el anónimo autor de los «Anales del Cuzco» (1), quien refiriéndose al año 1708 dice lo siguiente «En el mes de noviembre murió, en el convento de predicadores: «de esta ciudad, el venerable Fray Tadeo González, religioso lego «de dicha orden, oriundo de! asiento de Paucartambo de este «obispado, varón de virtud no muy vulgar, inocentísimo y humil- (1) Anónimo: «Anales del Cuzco®. Ob. cit. 102 «de en extremo: ocupóle la obediencia muchos años, hasta los úl- «timos momentos de su vida, en la demanda acostumbrada de li- «mosna para el culto de nuestra Señora del Rosario. Lo veíamos «de ordinario contender, en las plazas y calles, con el enemigo co- «mún, que se le presentaba visible, a quien repelía y ahuyenta- «ba con un báculo que llevaba por su avanzada edad, increpán- «dole con voces imperceptibles. Vió en el año de 1703 que en el «Cerro de Sacsahuaman formaban un baile y sarao muchos espí- «ritus malignos, en diferentes figuras, de que dió cuenta el vene- «rable Dean y Cabildo.» 103 CAPITULO VIII LOS MISTICOS: LOS SUJETOS El misticismo de una amante y LOS MILAGROS EN LlMA EN EPOCA del Conde de Monterrey.-El MISTICISMO HISTERICO DEL CONDE DE Lemos.-Las dos vidas de un «Na- zareno». El año de 1587 una aristocrática dama limeña, doña Vio- lante de Rivera, renunciando a los mentidos halagos del mundo, encerróse en el Convento de la Encarnación: hizo muy ejemplar y muy santa vida durante el año que permaneció en la religiosa casa y al cabo de ese tiempo murió casi repentinamente. Durante aquel año de vida conventual fué doña Violante de sus compa- ñeras llamada la «monja de la llave» por llevar una llave muy pe- queña, hecha de oro fino, colgada de una cadenita de plata que ro- deaba al cuello de la religiosa. Es de creerse que la piedad de las compañeras de doña Violante fué tanta como debiera en personas de tanta religión, ya que no procuraron en vida de la «monja de la llave» averiguar el porqué de aquella pequeña y de oro fino que colgada de fina cadenilla llevaba en el cuello doña Violante. Muerta ésta vino a descubrirse el misterio y este fué de natura- leza tal que turbó los tiernos ánimos de las esposas del Señor: No correspondía aquella llave a cofre guardador de mística reliquia y lejos de ello correspondía a fino cofre de sándalo en cuyo fondo yacían unas cartas que decían de amores y de anhelos, cartas es- critas a doña Violante en la serena felicidad de unos días ya leja- nos, por un hombre que la amó con delirio y con delirio fué de ella amado, el capitán de escopeteros don Rui Díaz de Santillana, misteriosamente asesinado días antes de la enclaustración de doña Violante en la casa de la Encarnación. (1) (t) Palma: «Tradiciones Peruanas». Ob. ciU;'. 104 El misticismo de doña Violante no necesita comentarios: es el consolador misticismo de aquellas personas a las cuales no les es dado alcanzar el término que ellas señalaron a su vida; es el misticismo de aquellas personas que contemplan derrumbarse el castillo de'ilusiones y que ven perdida la barca de sus esperanzas; náufragos de la vida, ellos tienen la ventura de hallar en la reli- gión la tabla salvadora y se asen a ella con todas sus fuerzas y en ella hallan Ja salud del alma y la salvación. Doña Violante, encerrada en el Convento de la Encarnación para acceder a las exigencias de un hermano, encontró en la san- ta casa un tranquilo reposo para su atormentado espíritu y un plácido aislamiento en el cual pudo, sin escándalo, evocar la me- moria del muerto: ella conservó aquel cofrecillo de sándalo, fiel custodio de las cartas apasionadas y ella debió leer muchas ve- ces aquellas cartas y debió derramar sobre ellas muchas lágrimas. Y ella debió hallar en la quietud de la santa casa, en el respeto de su dolor y de sus secretos, un lenitivo a sus hondas penas y una resignación. Al señor Conde de Monterrey le llamaron los limeños, según el señor Palma refiere (1), el «Virrey de los Milagros» por haber sido en época de dicho señor virrey que ocurrieron en el Perú va- rios sucesos milagrosos, que el señor Palma ha referido minucio- samente. En el Cuzco convirtióse un libertino, apellidado Selenque, su- jeto que, análogamente al Capitán Montoya, de la leyenda de Zo- rrilla, asistió a sus propios funerales. Nosotros no ponemos en duda el milagro, ya que lo fué ciertamente que un libertino co- mo Selenque abandonara los vicios que tan mala opinión le con- quistaron y sirviéronle de tanto deleite; pero tenemos nuestras dudas respecto al espectáculo que le fué dado contemplar al se- ñor de Selenque. Recordemos que, salvo poquísimas excepcio- nes, libertino es sinónimo de bebedor, ya que pocas veces van se- parados el demasiado beber del amar en demasía y del tentar exa- geradamente a la fortuna. Si fué Selenque un bebedor, que es hu- mano suponer en vecino del Cuzco cuyo libertinaje ha pasado a la historia, nada de particular aquella visión de los funerales que hubo la virtud de llamar al libertino a mejor senda y a prácticas más en armonía con el bien vivir. Una alucinación visual explica- ría modestamente aquel tremendo espectáculo de los propios fu- nerales y una alucinación mixta, visual y auditiva, lo explicaría (1^-Palma «Tradiciones Peruanas». Ob cit 105 así mismo si alguno de los concurrentes a los funerales, pasando cerca de Selenque le murmuró, con voz que no es de este mundo: «llevamos a Selenque y llevárnosle a enterrar por voluntad de Dios, que así pone término a su mal vivir y a su malísimo ejemplo». Si hubo en Selenque trastorno sensoperceptivo alguno, si su contemplación de los propios funerales fue obra de ilusión o alu- cinación y estos trastornos hubieron un origen alcohólico, es indu- dable que deberíamos atribuir idéntico origen al misticismo del sujeto. En Potosí, siempre bajo el gobierno del señor Conde de Mon- terrey, una dama adúltera escapó a las iras de su celoso marido merced a la intervención de las ánimas del Purgatorio, a las cuales coloca el señor Palma en situación poco agradable para perso- nas y menos agradables aún para santa agrupación como la de las ánimas benditas. Refiere el señor Palma (1) que el marido de la dama sospechaba de la fidelidad de esta y volviendo a su casa deseoso de sorprenderla en compañía del amante y ha- llándose este en amorosa plática con ella, sintiendo la dama que llegaba el marido invocó en su ayuda la de las ánimas benditas. Y fué tan eficaz esta ayuda que penetrando en la casa el marido halló a su esposa acompañada por muchas damas, vestidas de negro y muy bien vestidas, viendo a las cuales damas disipáronse las desconfianzas del cuitado. En este caso peregrino, la interpretación del milagroso suce- so no es tan fácil como la de los funerales de Selenque. Sabemos que el sujeto que vió a las ánimas benditas en compañía de su esposa era un marido celoso, pero no sabemos si él era alcohólico y de su calidad de celoso no podríamos hacer derivar su calidad de bebe- dor. Los celos, como todas las pasiones, pueden perturbar el ejer- cicio tranquilo de las funciones psíquicas y es posible que los celos del marido que nos ocupa hubieran sido tales de hacerle caer en esa condición de agotamiento nervioso, en la cual no es rara la alu- cinación o la ilusión. Y, en este caso, deberíamos concluir que la visión de las ánimas benditas fué una alucinación provocada ex- clusivamente por el traumatismo psíquico que con sus celos vehe- mentes había sufrido el caballero. Tampoco sería de extrañar que el caballero, sin ser un alcohó- lico habitual, hubiera buscado en el alcohol una fuente de excita- ciones que agregar a las generadas por sus celos desmedidos y que, en tales condiciones, hubiera sido víctima de ilusiones o alucina- (1)-Palma: «Tradiciones Peruanas». Ob. cit. 106 cíones a las cuales deberíamos atribuir su visión de las aminas benditas acompañando a la adútera esposa. Con estos milagros y otros que por no ser prolijos silenciamos compréndese sin esfuerzo que el virrey fuera tan piadoso como en realidad lo fué, pasándose las horas libres de su elevado ministe- rio en visitar iglesias y en repartir en limosnas todas sus rentas, generosidad no aventajada por ninguno de los gobernantes que hubo en el Perú, así en la época colonial como en la republicana. Pobre vivió el señor Conde a quien el gracejo de los limeños llama- ra «el virrey de los milagros» y murió pobre como había vivido y tanto que no se halló en sus cajac dinero con que pagar el entierro y hubo de hacerlo por el paupérrimo caballero, la Real Audiencia de Lima. El año de 1625 murió en Potosí un sujeto cuya vida fué cons- tante ejemplo de virtud y el cual hubo la pública opinión en fama de santidad. No es de extrañar, con tales noticias, que apenas sabida la de su muerte, se pensara en la beatificación y es de creer que hu- biéranla procurado los muchos admiradores y los muchos bene- ficiados que en vida hubo el santo varón, a no haberse dado lec- tura, en la ceremonia de los funerales, a un pergamino hallado en- tre los maxilares de una calavera que fué la triste e inseparable compañera de los piadosos días y de las noches de dura peniten- cia del difunto. Leyóse el pergamino y en el se halló escrito cuanto sigue: «Yo, don Juan de Toledo, a quien todos hubisteis por santo «y que usé hábito penitencial, no por virtud, sino por dañada ma- ♦licia, declaro en hora suprema: que hará poco menos de «veinte años que, por agravios que me hizo don Martín de Salazar «en menoscabo de la honra que Dios me dió, le quité la vida a trai- «ción, y después que lo enterraron tuve medios de abrir su sepul- «tura, comer a bocados su corazón, cortarle la cabeza, y habién- ♦dole vuelto a enterrar me llevé su calavera, con la que he andado «sin apartarla de mi presencia, en recuerdo de mi venganza y de «mi agravio. ¡Así Dios le haya perdonado y perdonarme quiera!». Este don Juan de Toledo merecía en nuestro libro un sitio entre los locos morales; merecíalo no solamente por la magnitud del delito con el cual castigó personal agravio, por la forma espantosamente cruel empleada en este castigo, por la enormidad de su odio que no alcanzaron a menguar ni la muerte, niel tiempo, ni la práctica continuada de las más piadosas virtudes; merecíalo así mismo por haber permitido que la justicia ahorcara a un des- venturado barbero, del raro nombre de Ibirijuitanga, tío de una 107 moza de la cual se dijo haber causado con sus inconstancias la mala muerte de don Martín de Salazar. Este don Martín de Salazar había deshonrado a la hermana de don Juan de Toledo y precisa reconocer que gravísima fué la ofensa, pero reconózcase así mismo que el castigo excedió a la culpa. Don Juan de Toledo, para vengar la ultrajada honra de su hermana, asesinó a don Martín y permitió que de la muerte fuera acusado y por ella sufriera vil pena el desventurado Ibirijui- tanga; desenterró el cadáver de don Martin, comióle el cora- zón y arrancándole la cabeza para llevarla siempre consigo y para viéndola gozarse en su venganza; y realizados todos estos delitos, hizo vida de piedad y de virtud como si esta pudiera borrar aque- lla tremenda culpa de vivir para venganza y morir sin aun haberla olvidado. Este don Juan de Toledo, que hubo la crueldad de comer el corazón de su adversario, hízolo por no llevar el corazón en su puesto, que no es de espíritus sanos y de ánimos generosos man- tener ante las tumbas, las iras del odio y del rencor. El misticismo de don Juan de Toledo explica, tal vez, su co- bardía. Sujeto egofílico y egocéntrico, toda su vida es revelación de estas características: mata al hombre que le ha deshonrado en la honra de su hermana y le mata a traición, para resguardarse de la espada de don Martín Salazar; permite que sea ejecutado Ibirijuitanga para evitarse la muerte, que no hubiera sido tan de temerparaunsujetoquecomoeldeToledo había asistido a la ruina de su hogar y a la vergüenza de su nombre; cébase en el cadáver, con un vampirismo repugnante, cómele el corazón y arráncale la cabeza, piensa entonces en la mejor manera de conservarse a cu- bierto de sospechas en el goce de su venganza y halla esta manera en la vida penitente y en el hábito de penitente; y hace esta vida de virtud y de piedad, no por una inclinación al bien, sino por evitarse las penas eternas, por economizarse unos años de Pur- gatorio o por libertarse a las penas del infierno, que bien mereci- das le estaban. Doña Violante de Rivera busca en el misticismo un consue- lo y un olvido; Don Juan de Toledo busca en el misticismo la li- beración del daño máximo, de aquel de la eterna perdición. El misticismo de doña Violante es el misticismo de los que aman sin reconocer límites a su pasión; el misticismo de Toledo es el misti- cismo de los cobardes. En el año de 1667 hizo triunfal entrada en la Ciudad de los Reyes el virrey del Perú señor Conde de Lemus, a quien había acompañado en el largo y fatigoso viaje su mujer doña Ana de 108 Borja, muy noble dama que no consiguió inspirar demasiado afecto a los limeños, que la obsequiaron con el mote de La Patona. A juicio de los Cronistas ningún personaje de nuestra his- toria podría ostentar tantos y tan valiosos títulos para merecer el dictado de «místico» como este señor Conde de Lemus que con- taba a su llegada al Perú 33 años de santa vida. Y de los dichos cronistas, uno de ellos, el señor Romero, va más lejos que los demás y dícenos que el Conde de Lemos vivió en el Perú aquejado de una neurosis mística. (1) A su arribo a la Ciudad de los Reyes el nuevo gobemador del Perú puso en evidencia su misticismo ascendrado y sincero. En las suntuosas fiestas de la recepción solemne «no dejó de llamarla «atención de los presentes la manera como el representante de la «Corona recibió al prelado limeño. Al tener noticia de su venida,, «el Conde de Lemos salió a recibir al Arzobispo hasta la escalera «y al besarle la esposa se humilló mucho que le faltó muy poco «para poner la rodilla en el suelo.» Poco después de su reconocimiento como representante de Carlos II, el de Lemos marchó a Puno, apresó a don José Salcedo tratóle «con extremado rigor» e hízole ahorcar en Oroca Pata. Comentando este suceso, dice Mendiburu (2): «El Conde de Le- «mos que de una manera tan cruel hizo en Puno los ruidosos cas- «tigos de que hemos hecho memoria y sin haber tenido la menor «misericordia con algunas de las víctimas de su rigor innecesario «e implacable, dejó en Lima muchos recuerdos de su vida mística «y de su religiosidad llevada al último grado de la exageración.» «Y en verdad-agrega Mendiburu-hacía cosas extravagantes «y hasta ridiculas que desdecían de la sensatez y manejo circuns- «pecto de un mandatario de su gerarquía. Estas costumbres y «hechos ciertamente no guardan armonía con sus actos despóti- «cos y violentos, revestidos siempre de una rencorosa dureza, incom- «patible con la caridad e indulgencia que deben morigerar el su- «bido temple de la justicia.» «Con frecuencia-dice Palma (3)-se le veía barriendo el pi- «so de la Iglesia de los Desamparados, tocando en ella el órgano y «haciendo el oficio de cantor en la solemne misa dominical.» «Tuvo la devoción-observa Lorente (4)-su edad dorada «en el gobierno del Conde de Lemos, hechura de los jesuitas y a «quien para serlo perfecto solo le faltaba la sotana». (1)-Romero: «La virreyna gobernadora», en «Revista Histórica», Lima 1906. (2)--Mendiburu: «Diccionario Histórico Biográfico del Perú».Tomo 3o. Lima 1880 (3)-Palma: «Tradiciones Peruanas». Ob. cit. (4)-Lorente: «Historia del Pern bajo los Borbones». Ob. cit. 109 Mendiburu dános a conocer dos interesantes fragmentos del •epistolario del señor Conde, de quien refiere el señor Palma que mandaba celebrar treinta misas en sufragio del amina de cada sujeto al cual mandaba a ajusticiar y que había dispuesto, bajo pena de cárcel y de multa que nadie pintara cruz en sitio donde pudiera ser pisada. Tomamos de dichas cartas unos pocos párrafos: En febrero de 1670 escribíale el Padre Castillo, su confesor y Padrino de sus hijos nacidos en Lima: «Padre de mi alma, tenga V. P. muy R. tan santos días co- «mc yo le deseo. Cruel noche de calor ha hecho la pasada y ahora «que son las seis y media está en su fuerza; algo se ha de padecer ■«por cumplir la obligación y bien sabe Su Majestad que si «fuera posible que la cal de la obra de su santa capilla fuera amasa- «da con mi sangre, no hubiera dicha mayor para mí » En marzo del año de 1672 escribíale el Conde al Venerable jesuíta Nicolás Mascardi: «Muy envidioso me deja V. P. y quisiera poder asis- «tirle como hermano coadjutor y catequista; «Yo. mi Padre Nicolás, soy muy codicioso y no quiero dejar de te- «ner mi logro: en no dándome V. P. un alma para Jesucristo por «cada medalla y cada estampa, no me contento. También pido «a V. P. me dé palabra de acordarse de mi delante de nuestro Se- «ñor en la misa, y hacerme partícipe de sus trabajos, que yo, aún «que tan ruin, ofreceré a V. P. desde hoy a la Santísima Virgen, «porque le alcance el espíritu de nuestro Padre San Francisco Ja- «vier. Y plegue a Dios que cuando su divina Majestad fuere ser- «vido, sea el mayor pedazo de oreja, por la predicación del Santo «Evangelio. Dichoso mil veces V. P. si tal sucede ». Sábese por haberlo así referido el venerable Padre Castillo que el Conde de Lemos, estando para morir hízose amarrar al de- do la llavecita de oro del camarín de la Virgen, diciendo muy pia- dosamente que con esa llave habría de abrir las puertas del cielo a su ánima. Digamos del de Lemos que su primer acto en tierras de Amé- rica como gobernante de estos reinos del Perú fué la prisión del Presidente de la Audiencia de Panamá don Juan Pérez de Guz- man, a quien trajo consigo a Lima. El Real Consejo de Indias co- noció en el asunto, desaprobó la conducta del virrey y condenóle en 12.000 patacones. (1) Los jesuítas no debieron confiar en la santidad del Conde de Lemos; pues el Padre Buendía refiere que en el año de 1676 y en (1) Romero, Ob. cit. 110 la cuidad de Arequipa vió una monja, cómo el ánima del pobre- virrey sufría las penas del Purgatorio. Los Cronistas que del Conde de Lemos se han ocupado han establecido suficientemente la tara neuropática familiar del sujeto; pero, respecto a su personabilidad morbosa, quien ha ido, como de- jamos dicho, más lejos, es el señor Romero, quien nos ha hablado de una neurosis mística. A través de los datos recojidos acerca del señor Conde de Le- mos, aparece este noble sujeto como prototipo de una disociación incuestionable entre sus sentimientos y su acción. Místico, de un misticismo que se revela en su acatamiento al prelado limeño, en el espíritu de sus epístolas, en la humildad de los oficios que de- sempeñaba en la Iglesia de los Desamparados, en su amistad ín- tima con el Padre Castillo; este Conde de Lemos comienza su ca- rrera política en América cometiendo un abuso de autoridad, con- denado por el Consejo de Indias, con menoscabo de la intangibi- lidad de los funcionarios que representaban en estas tierras leja- nas el poder de la Monarquía Española. Y en este camino, tan distanciado de sus prácticas de piedad y de sus pregones de virtud, desoyendo el clamor de todos, sin hacer suya la piedad de sus go- bernados, victima a Salcedo, cuya única culpabilidad parece haber residido en las demasías de su opulencia. Y de esta disociación que dejamos anotada está llena la biografía del Conde y es la pri- mera muestra de ella la aceptación del cargo de virrey por persona que en tan poco tenía las vanidades del mundo y en tanto la sal- vación de su ánima, que más peligros corría que ventajas podía esperar del cargo en el cual había tantas y tan variadas opiniones que consultar y tan encontrados intereses que gobernar. El Conde de Lemos era un exagerado en todo: Nada de par- ticular que un noble caballero español fuera religioso; pero si te- nía de particular que el Conde, representante de la Corona de Es- paña, olvidara con mucha frecuencia la majestad del cargo que desempeñaba, para ofrecer a sus gobernados un ejemplo de humil- dad que reñía con la magestad del empleo. No fué el Conde de Lemos el único virrey piadoso que hubo en estas tierras del Perú: fuélo también, como Su Señoría o mayormente, el señor Conde de Monterrey, que repartía sus sueldos entre los pobres, pero el de Monterrey no barría templos, ni tocaba Organos en las Iglesias y, en las ceremonias públicas, guardando a los prelados todo el res- peto y todo el acatamiento a ellos debido, ni incurrió en exaga- raciones de dicho respeto, exageraciones que en la mayoría de los casos más dicen de tibieza de los sentimientos cuya traducción se exagera, que de sinceridad de tales sentimientos. 111 Exagerado en su piedad y exagerado en sus crueldades de gobernante: cometió un abuso apresando al presidente de la Real Audiencia de Panamá y cometió otro abuso en la ejecución de Salcedo. Y, para tranquilizar su conciencia recurría a las treinta misas celebradas en sufragio del ánima de los sujetos ajusticiados. Y para tranquilizar su conciencia fomentaba el culto, ccncurría a cuanta ceremonia religicsa se realizaba en Lima y no pe: día la oportunidad de hacer exibición de sus sentimientos piadosos. Rué en su época que las fiestas religiosas adquirieron en Lima la mayor solemnidad; fué en su época que aquellas mozas limeñas de la saya y manto, las de los ojos tentadores y de los pies enanos, porfiaron la demasía del homenaje religioso, haciendo gala de de- positar a los pies de las sagradas imágenes llevadas en precesión aquellas mismas joyas y aquellas mismas galas que tanto aleja- ban a sus encantadores dueños de la práctica de la virtud y de la religiosidad de costumbres. El Conde de Lemos a despecho de sus incondicionales elogia- dores, no fué un sujeto sano de espíritu. Y es de creer que en la corte española no fué desconocida la enfermedad que le aquejeba ya que por vez única en la historia del virreynato, la mujer del Conde, doña Ana de Borja, fué autorizada para el desempeño del cargo de su noble marido, ciscunstancia que ha dado motivo a Ro- mero para escribir su interesante crónica del título «La virreyna gobernadora». En ausencia de elementos informativos amplios y minuciosos que pudieran servirnos para establecer el diagnóstico de la enfer- medad que aquejó al Conde, deberemos conformarnos con lo que acerca de él sabemos y ver manera de darle una etiquetano- sográfica. No hay en el de Lemos nada que justifique la sospecha de una alteración intelectual en el sentido de un déficit psíquico, si se exceptúa la prisión arbitraria del Presidente de la Audiencia de Panamá, que tan duramente le fué reprochada por el Consejo de las Indias; si se exceptúa así mismo, aquella desmesurada exhi- bición de sus sentimientos religiosos en forma que los limeños lla- maron extravagante y ridicula. Es de sospechar que la crítica del señor Conde había sufrido mengua si olvidaba la magestad del cargo que desempeñaba para dar pábulo a su misticismo, no igno- rando que no necesitaba de estas públicas demostraciones de re- ligiosidad, para hacer vida en conformidad con los mandamientos de la ley de Dios y exponer, en llegado el momento, y en calidad de gobernante, la sinceridad de sus sentimientos religiosos. En la vida sentimental del Conde de Lemos, el único sen- timiento que aparece agigantado es el religioso; pero esta religio- 112 sidad del Conde no es la de aquellos santos varones que llevados de ella abandonan el mundo y sus pompas vanas y se entregan al cuidado de su ánima y al mejor servicio de Dios: es la religiosidad que necesita ser pregonada para dejar al sujeto que la pregona una mayor certeza de su intensidad; es la religiosidad del Conde de Lemas la religiosidad del exhibición sta. Si era tan religioso, por qué era implacable en sus enojos? Si tan en cuidado tenía la sal- vación eterna, porqué no imitaba al que con su ejemplo nos ense- ñó ei olvido de las ofensas y el perdón de las injurias?. Lejos de esto, su abusiva conducta para con el Presidente de la Audiencia de Panamá y su crudelísima actitud en la ejecución del acauda- lado Salcedo, están demostrando que los sentimientos de piedad del Conde no guardaban relación con su pregonada religiosidad. Y en ambos casos, no se trataba de delitos que fueran de natura- leza tal que no hubiese permitido intervenir a la piedad: el primero fué un delito que no reconocieron por tal los señores del Consejo de Indias y respecto al segundo, no trascurrieron muchos años sin que la memoria de la víctima fuera revindicada por sus sucesores. Por todas esta razones creemos que Romero ha acertado al llamar neurosis mística la enfermedad del de Lemos. Para noso- tros el desventurado Conde fué un histérico, un histérico místico y es esto lo mismo, lo que, bajo etiqueta más genérica, ha mani- festado Romero. Por los años de 1763 llegaba al puerto del Callao el capitán de arcabuceros don Diego de Arellano, «mozo de gentil apostura, alegre como unas castañuelas, decidor como un romance de Que- ^edo y acaudalado como un usure o de hogaño», en concepto del señor Palma (1), y cuya vida, aceica de la cual este Cionista ha escrito, ofrece a los ojos de quien la lee el espectáculo curioso de dos vidas tan diversas la una de la otra, tan en abierta oposición la una con la otra de estas dos vidas, que nadie sería autorizado a pensar que ambas vidas hubieran sido vividas por una sola persona. De un lado presentábase don Diego como sujeto ganoso de divertirse, sin importarle un ardite el precio en salud y en monedas de su diversión pecaminosa: Asiduo de las más escandalosas orgías, feliz en el trato de «mujerzuelas y gentes de mal vivir», sustentador de querellas, cuba ambulante de vino, ocupado de confino en descomponer doncellas.» 1)-Palma: «Tradiciones Peruanas». Ob. cit. 113 Fué tal de licenciosa la vida de este Don Diego, espadachín que había atravezado con el estoque muchos cuerpos y había a muchas personas robado la honra, que los señores de la Inquisi- ción llamáronle a ellos, amonestáronle severamente e impusiéronle grave penitencia que el don Diego no se tomó la molestia de cumplir. De otro lado, este mismo borrachín y seductor, este mismo corrompido e irrespetuoso, fué, bajo la máscara de penitente, de la «Cofradía de los nazarenos» una verdadera providencia para la Ciudad de los Reyes. No hubo pena que no consolara el Nazareno, ni lágrimas que el no enjugara, ni miseria que en el no hallara ali- vio. Ocultando siempre su nombre y su generosa mano, el Naza- reno llegaba a los pobres y humildes y les servía en sus necesidades y les daba amparo en sus aflicciones y marchábase luego, escuchan- do las bendiciones de aquellos a quienes socorría. Y es de creer que para el pueblo de Lima debieron valer masías buenas obras del caritativo cofrade que las malas acciones del li- bertino, para que se trocasen en lágrimas y plegarias las frases ai- radas y los anatemas que ese mismo pueblo lanzaba contra el ca- dáver del capitán Diego de Arellano, depositado en un templo, cuando se supo que el Capitán Arellano había sido el Nazareno. Fué don Diego uno de esos sujetos que son víctimas de sus impulsos infrenables y que reconocen después de realizadas sus acciones impulsivas, el error de estas acciones y procuran poner- les remedio? Fué uno de esos desventurados que en la jornada de la vida, son víctimas de las antiguamente llamadas impulsiones irresistibles y que reconocida la ninguna justicia de estas accio- nes procuran remediarlas para no sufrir los dolores del arrepen- timiento? El desdoblamiento de la personalidad de don Diego no se nos ocurre patológico: hay en él dos personalidades, la una que se deja.llevar de sus sentimientos exaltados y de sus violentas im- pulsiones volitivas y la otra que va en pos de la primera, procu- rando borrar los daños que ella hubiera podido cometer. Es la traducción en acto de lo que acontece a todos los sujetos norma- les, teóricamente: Dejándonos llevar de una impulsión motora, verbal o gesticular, reconocemos el error, la ligereza, la inconve- niencia. Y entonces: o nos resignamos al dolor del equivoco o procuramos subsanarlo.. 114 CAPITULO IX LOS MISTICOS: LOS ENDEMONIADOS LOS SIMULADORES DE LA POSESION DEMONIACA. LOS ENDEMONIADOS POR PROVECHO Y LOS ENDEMONIADOS POR MIEDO. De cuanto han dejado escrito los Cronistas de Indias dedúce- se que en aquellas lejanas edades del virreynato creyóse per muchos que el demonio se andaba por estas tierras de América, inspirando malos pensamientos y aconsejando malas obras. De cuant malo vemos quienes vivimos en este siglo de las luces pudiérase dedu- cir en justicia que el maldito, para quien todos los gobiernos deben ser la misma cosa, hase hallado a gusto en estas tierras y no las ha abandonado ni aún al advenimiento de la República: de godo hase hecho republicano y así disfrazado él, que de tantos disfra- ces dispone, sigue inspirando mal y aconsejando peor. El Ilustrísimo Chispo Fray Reginald" Lizárrapa (1) redere un extraño acontecimiento ocurrido en la Ciudad de los Reyes en épo- ca del Ilustrísimo Arzobispo Loayza y fué que una moza se dijo (1)-«Historia y Descripción de Indjas«. Ob, cit, 115 poseída del demonio, acompañando sus discursos de tales gestos v de tales dichos que daba a entender que el maligno se había a- dueñado de ella y no pensaba en abandonarla. Movido a piedad el Arzobispo, exorcizóla muchas veces y cada vez que lo hacía el santo prelado, lejos de templar sus desmanes el maligno crecíase en su intemperancia y la moza daba en espantosos gestos y en más descomedidas palabras. Dolíase el prelado de su impoten- cia para librar aquella ánima délos daños del Maldito y decíase en su aflicción que era la dicha impotencia obra de sus pecados y de su poca santidad. Refirió el caso a Fray Gil González de Avila, extremando las manifestaciones de su íntima congoja; escuchóle atentamente el religioso y pidió al señor Arzobispo hubiese la bondad de enviarle a la moza para intentar exorcizarla y ver de ser más afortunado, aúnque no se creyera mas digno, ni menos pe- cador. Los Cronistas que hacen historia de este raro suceso no refieren el discurso que medió entre Fray Gil y la endemoniada- pero si dicen quela tal confesó no ser verdad la posesión demonia; ca y que había hecho esta comedia para hallar en ella buena ex- cusa de su suma liviandad y que se hallaba en cinta. Y los hechos probaion que la endemoniada no mentía, pues de allí a pocos mesesdió a luz un infante en cuyo físico no descubrieron las reci- bidoras y los comadrones nada que pudiera hacer pensar en la de- moniaca paternidad. El Padre Melendez (1) refiere esta historia y refiérela, así mismo, el señor Palma (2) quien lo hace muy intencionadamente, estableciendo relación entre el excorcismo último de la moza y su afortunado alumbramiento. Y de cuanto ellos dicen dedúcese que la moza estaba muy en sus cabales y fingía estar endemoniada y que sus gestos y sus discuisos fueron de persona sana y de tor- cidas intenciones y solo hubo en toda esta historia aquello que los modernos llaman simulación y es solo un fingimien o, propio de espíritus poco amantes de la verdad. Y téngase entendido que es- te fingimiento no fué en la moza, como lo es en algunos enfeimos de mente, síntoma propio de esta misma enfermedad y solo fué traducción de la poca virtud y del poco entendimiento de aque- lla desventurada. El mismo Ilustrísimo Lizárraga nos refiere la historia de Fray Domingo de la Cruz, sujeto «a quien el demonio perseguía de día y de noche»-, pero no dice nada más respecto a este buen re- ligioso, tan duramente maltratado del maligno y esta falta de in- formaciones no permite otra cosa que conceptuar al infeliz Fray (1)-«Tesoros de Indias*. Ob. cit. (2)-«Tradiciones Peruanas*. Ob. cit. 116 Domingo víctima de alucinaciones persecutorias a contenido de- moniaco. El delirio de persecución, que antaño constituyera una enfermedad, no es en nuestros días nada más que un síntoma, al mismo título que lo es la agitación o lo es la melancolía; de manera que no formulamos diagnóstico al decir que Fray Domingo tuvo, probablemente, un delirio de persecución con alucinaciones te- rroríficas. Faltaríanos saber la edad del sujeto, los antecedentes del sujeto y la evolución de su mal, así como alguna de las pecu- liaridades de este mal para que pudiéramos decidirnos respecto a la naturaleza de esta enfermedad. Dice el señor Palma (1) haber hallado una Crónica cuyo tenor es el siguiente: <<En este tiempo del gobierno del príncipe de Squillace (2), murió malamente en el Cuzco a manos del diablo el almirante de ^astilla, conocido por el descomulgado». No es de creerse que el diablo tan mal tratara a quien tan v ¡en le ser/ía y es menos Je creerse aún para el señor Palma ¡ue nos re- fiere cómo en los días de su misteriosa muerte, el almirante había ofendido gravemente a un clérigo y como después de aquella muerte díjose por personas poco amigas de chismes y muy enemigas de falsos testimonios, que el clérigo aquel había calumniado al Mal- dito. Sea de ello lo que fuere, el almirante amaneció colgado de una horca e hízose tradición de la intervención demoniaca en el asesinato. De otra muerte culpa el Padre Calancha al espíritu del mal cuando nos refiere que en Llapo, anexo del pueblo de Tacna, vivía un brujo llamado Charimango, de cuyo peregrino nombre tomá- ronlo los brujos que vinieron después de él a ejercitar tan vil ofi- cio. Dice el Padre Calancha (3) que el poder que Charimango te- nía de su padre el Demonio le permitía «abrir cerros» y ejecutar otras muchas cosas que atestiguaban el tenebroso poder de que se hallaba dotado. «La muerte deste-dice el Padre Calancha-fué «dentro de algunos días; entrósele un demonio, que con cruel- «dad lo atormentaba y con piojos y gusanos lo comía, murió ra- «biando y acabó mordiéndose.» El buen agustino, cuya piedad para con tal hombre como era Charimango no fué excesiva, no nos dice nada que haga posible vislumbrar la enfermedad de mente que a tan mala muerte llevó al indio. Tal vez si en lo referido por el Padre Calancha hay noticias de un delirio de grandezas en ese sujeto que se decía dotado del poder de «abrir cerros» y si la muerte (1) «Tradiciones Peruanas». Ob cit. (2)-Gobernó el Perú desde el año de (615 hasta el de 1621. (3)-«Coronica Moralizada», Ob. cit. 117 de Charimango fué tal cual la referida, debe aceptarse que él halló la muerte en plena agitación motora que le hizo morir rabiando y acabar mordiéndose. El mismo Padre Calancha nos refiere, sin alarmarse, ni estra- harse, la existencia de varios demonios en estas tierras de America. Es así que nos dice haber habido en los Conchucos un ídolo lla- mado Chauca, a quien tenian por cos+umi re daHe cor o esposas las más hermosas muchachas apenas ellas llegaban a los 14 años de su edad. Y dice el Padre Calancha que aquellos infieles tenían entendido que el ídolo hacía milagros por intermedio de sus espo- sas y que por creerlo así hacíanle sacrificios. Leyendo estas noticias, ocurre pensar si el Chauca fué una de las muchas invenciones de la gentilidad de los peruanos o si fué un ídolo viviente y goloso. A esta segunda explicación nos incli- namos habiendo en consideración que los demonios del Perú lo fueron mayormente en materia de fornicaciones; pues según refiere el mismo Padre Calancha hubo incubos y sucubos en los pueblos inmediatos a la Barranca, Huarmey y Huacho en época en que doctrinaba a esos naturales el Padre Biedma, de buena memoria. Establecido en la Ciudad de los Reyes el Tribunal del San- to Oficio como «necesario y conveniente para el aumento y conser- vación de nuestra santa fé católica» (1), fuéles dado a los inqui- sidores conocer en algunos sujetos pruebas evidentes de pacto con el espíritu de las tinieblas. En el auto de fé celebrado en 1578 castigaron los señores del Santo Oficio con 200 azotes y con destierro al escribano Pedro Hernández, quien había dicho tener una jaca que andaba trein- ta leguas en un día y quien se jactaba, así mismo, de soltarse faci- lísimamente sin romper grillos, ni prisiones. (2) No dice el señor Palma si Hernández era andaluz en sus exa- geraciones o si no lo era. Leyendo esta nueva loamos a Dios por haber permitido la extinción de aquel Tribunal que en nuestros días hallaría muchas hogueras que encender con los cuerpos de aquellos que viven y mueren presumiendo de virtudes y de méri- tos que solo existen en la imaginación de tales sujetos y cuyos ta- lentos y cuyas habilidades que ePos mismos elogian dejarían muy atrás en su vertiginosa carrera a la jaca del desventurado escribano. En el auto celebrado en 1595 los señores inquisidores casti- garon a Juan Rumbo acusado de haber celebrado pacto con el diablo. El Cronista no indica cuales fueron los términos de este pacto, ni cual fué el propósito que con el fuera perseguido. ri)-Asi lo decía S.M. D. Felipe II a su virrey del Perú don Francisco de Toledo. (2)-Palma: «Anales de la Inquisición de Lima«. Ob. cit. 118 En el año de 1693 castigaron, así mismo, a Melchor Aranívar, de oficio sastre, natural del Cuzco y de 19 años de edad, quien había recibido del maligno unas hierbas merced a las cuales nues- tro sastre abría todas las puertas y destrozaba todas las cerradu- ras. Pero como el demonio desconoce caridad, habíale exigido, a cambio de tan valioso regalo, no rezar oración alguna, ni penetrar jamás en lugar sagrado. En el año de 1736 castigaron a Bernabé Morillo y Otárola. negro esclavo, nacido en el puerto del Callao y de 3C años de edad, cocinero de oficio y que dedicaba sus ralos de ocio al socorrido o icio de sacarles el demonio del cuerpo a las mujeves pidiéndoles, además de la p'-oj ina, que no encomenda an sus ánimas a santo alguno de su especial devoción. Diéronle azotes a Morrillo y en- viáronle a cortar piedra a la isla d¿ San Lorenzo. En este mismo año de 1736 castigaron a Juan González Ri- vera, mestizo limeño, de 26 años de edad, acusado de haber pac- tado con el demonio. También en el año de 1736 castigaron a Micaela Zavala, des- venturada vendedora de jamones que «fué convicta y confesa, con auxilio del torno, de pacto con el diablo, quien la ayudó en la preparación de varios brebajes y hechizos para que los hombres la amasen». En el año de 1737 castigaron a José Calvo (a) el Chico y a Fe- liciano Canales (a) el Ayanque, a quienes se acusó de rendir culto al demonio. Leyendo estos curiosos casos referidos por el señor Palma, se asiste al pintoresco desfile de los más variados personajes con los cuales hubo de hacer el temido Tribunal del Santo Oficio. Hay entre las víctimas de la Inquisición un buen número de char- latanes, que decían haber celebrado pacto con el demonio y que hacían pública exposición de los más estiaños prodigios, solamente con el objeto de explotar la credulidad de las muche- dumbres, cuya ignorancia las llevaba a no poner en tela de juicio nada que tuviera sabor de misterio o de sobrenatural. Sujetos que se habían especializado en sacar el demonio de los cuerpos de las mujeres, para dar mayor sello de verdad a sus pretendidas rela- ciones con el espíritu de las tinieblas, debían poner término a sus maniobras de charlatanes con la orohibición de visita de lugares sagrados que asegúrala la participación demoniaca en la cura- ción practicada. Mujeres que enían en la venta de sus caricias la única renta de su vida, sabían que aumentaba el número de los admiradores en sabiéndose que ellas habían recibido del enemigo unas hierbas para ser de todas amadas y muy ciegamente. La ig- 119 norancia era fiel compañera de la curiosidad y entre ambas daban como vivir a los explotadores de la pública candorosidad. A este mismo grupo pertenecen aquellos brujos que daban hierbas para el amor de los cuales nos hemos ocupado en anterior capítulo. Otros sujetos declararon en tormento sus relaciones con el demonio y no necesitamos mucho para demostrar el ningún valor de tales declaraciones. Fueron de naturaleza tal las tcrturas de la Inquisición que es de sorprender no hayan sido delatados bajo la acción de la tortura más torpes delitos de aquellos que fueron declarados. Muchos de los torturados esperaban los primeros in- tensos dolores para hacer sus declaraciones; muchos, por el con- trario, no llegaban a esperar aquellas rudezas de dolor y decla- raban cuanto los torturadores pretendía de ellos que declarasen. Y fueron pocos los que, por serenidad de espíritu o por enfermedad que les había disminuido su sensibilidad, negaron los delitos de que venían acusados. Y era tanto el temor de las denuncias y tanto el de las tor- turas que sujetos hubo que se anticiparon a la malevolencia de sus enemigos y se denunciaron a sí mismos: tomóles declaraciones el Tribunal y castigóles sin haceiles merced alguna. Y muchos de estos sujetos que se acusaban a sí mismos como grandísimos peca- dores o como hombres de natural malísimo, solo fueron desventu- rados delirantes, verdaderos enfermos a quienes en nuestros tiempos se lie /aria a un Manicomio y no, como entonces se hizo, a una hoguera. A mediados del siglo XVII: ocurríA un incidente de todos conocido y aun mucho más de quienes nacieron en la ri"dad de Huacho: Dícese que el demonio vistió forma humana, hízose ci- garrero y dijese don Dionisio (1). Ya en esta vestidura, enamo- róse de una muchacha, robóla al afecto de los suyos y a sus cuidados y marchóse con ella, quemando la cigarrería; las llamas de esta olieron más a azufre que a tabaco y de este olor dedujeron los hua- chanos que habían tenido de cigarrero al propio Luzbel. El diablo aún se andaba suelto en estas tierras del Perú por los años de 1803: el Tribunal del Santo Oficio, en aquella fecha, debió castigar severamente a una bea a mejor conocida con el mote de la San Diego, de la cual se dijo que tenía celebrado pacto con el diablo. En el mismo auto fué castigada otra beata, cuyo nombre han olvidado los mismos que reiieren el peligro en el cual estuvo esta de percibir muy de cerca los aromas de chamusquina del Santo Oficio. (1)-Palma: «Tradiciones Peruanas». Ob. cit. 120 CAPITULO X LOS MISTICOS; EL MISTICISMO COLECTIVO El vampirismo de los indios.-Pe- nitentes Y FLAGELANTES. Habiéndo os ocupado alguna vez, con el debido detenimien- to, de como hubo entre los antiguos peruanos cier¡a danza que ellos dieron en llamar taqui onccoy y que no fué otra que aquella bizarra enfermedad que recorrió trágicamente la .Europa de la Edad Media y que vino de los modernos llamada cort-omania epi- démica (1), debemos volver ahora al mismo asunto, puesto que bajo la dominación española volvió a verse aquella invención del baile de enfermos en forma que ratifica nuestra anterior sospecha de la coreomania epidémica. El año de setenta y uno (2) atrás de ayer tenido y creydo «por los yndios, que de España hauían enuiado a este rreyno por « unto de los yndios para sanar cierta enfermedad Salie- « ron muchos predicadores luego de los yndios, que predicaban « así en las punas como en las poblaciones; andauan predicando «esta rresurrección de las guacas, diciendo que ya las guacas an- « dauan por el aire secas y muertas de hambre, porque los yndios « no le sacrificarían ya, ni derramauan chicha y que auian sembra- « do muchas chácaras de gusano para plantallos n los coracones «de lo españoles y ganados de Castilla, y los cauallos y «también en los coracones de los yndios que permanecen en el « christianismo; y que estauan enojadas con todos ellos por que se (1)-Valdizan: «La alienación mental entre los primitivos peruanos». Lima. 1915. (2)-Año de 1571. 121 « auian bautizado, y que los auian de matar a todos sino se bo- «luían a ellos, y que rrenegando de la ffé católica; y que los que « querían su amistad y gracia, uiuirian en prosperidad, y gracia « y salud, y que para uoluer a ellos ayunasen algunos días, no co- « miendo sal ni ají, ni durmiendo hombre con mujer, ni comiendo « maíz de colores, ni comiendo cosas de Castilla, ni vsando dellas « en comer ni en uestir, ni entrar en las yglesias, ni recar, ni acuda «al llamamiento de los padres curas, ni llamarse nombre de cris- «tiano; y que desta manera uoluerian en amor de las guacas y no «los matarían, y así mismo ya que boluia el tiempo del Ynga y « que las uacas no se metían ya en las piedras ni en las nuues « ni en las fuentes para hablar, sino que se yncorporauan ya en los « yndios y los hacían ya hablar, y que tuuiessen sus casas barridas « y aderecadas para si alguna de las guacas quisiese posar en ella. « Y assí fué que obo muchos yndios que tamblauan y se reuolcauan « por el suelo, y otros tirauan de pedradas como endemoniados ha- « ciendo uisajes, y luego reposauan y llegarían a el con temor, y le « decían que que auía y sentía, y rrespondía que la guaca ffulana « se le auía entrando en el cuerpo, y luego lo tomauan en brazos « y lo lleuauan a un lugar diputado, y allí le hacían un aposento * con paja y mantas; y luego le ambijauan, y los yndios le entrauan « a a dorar con carneros, molle, chicha, llipta, mollo y ortas cosas « y hacían fiestas todo el pueblo de dos y tres días, baylando y « bebiendo, e ynuocando a la guaca que aquel rrepresentaua y de- « cia tenía en el cuerpo y uelando de noche sin dormir, y de quando « en quando los tales hacían sermones al pueblo amenacandoles « que no siruiesen a Dios, y que no era tiempo de Dios sino de « guacas, amenacando a los yndios si de todo no dejauan el chris- «tianismo; y renían al cacique o yndio que se llamaua nombre de « crystiano sino yndio y trajese camisa o sombrero o alpargatas, «o otro cualquier traje de España,ri de lósate (sic). Estos tales « endemoniados pedían en los pueblos si auia algunas reliquias de «las guacas quemadas, y como trajesen- algún pedaco de piedras « dellas, se cubrían la caueca delante del pueblo con una manta « y encima de la piedra derramauan chicha, y la fregauan con ha- «riña de maíz blanco, y luego daua boces inuocando la guaca y «luego se levantauan con la piedra en la mano y decían al pueblo: « ¿veis aquí vuestro amparo y veis aquí al que os hizo y da salud « y hijos y chá aras? ponedle en su lugar en donde estuuo en tiem- « po del Ynga» y así lo hacían con muchos sacrificios los hechiceros « que en aquel tiempo estauan rrecojidos y castigados « con libertad usauan sus oficios bolviendo a ellos y no quitando del «lado de los yndios hechos guacas, rreceuiendoles carneros y coyes 122 « para los sacrificios. Fué este mal tan creydo y celebrado con- « munmente, que no solamente los yndios en los repartimientos « pero los que uiuian en las ciudades entre españoles, usaron y « creyan esta miseria, ayunando y apostando; en el cual tiempo no « pequeño número se condeno, por que con esta creencia morían. « Y finalmente el dicho uicario Luis de Oliuera como empeco a « castigar aquella provincia y la de Ocari y dió dello noticia a la « Real Audiencia de Lima y señores Arcobispo y Obispo de los « Charcas, y otras partes y a Fray Diego de Toro, administrador « del Obispado de Cuzco, empecaron a afloxar y con todo duro « más de siete años esta apostasia .... «Pretendieron por que como auian creydo que Dios « y los españoles yuan de uencida, trataron de alearse con la tie- « rra, como se entendió públicamente en el año de sesenta y cinco,- « siendo gouernador destos rreynos el Licenciado Castro, como tuuo « dello auiso de los corregidores dei Cuzco, Guamanga y Guanuco.. . . « estas ciudades y estauan puestas en armas. Durante este tiempo « obo diuersas maneras de apostacias en diuersas provincias, unos «baylauan dando a entender tenían de la guaca en el cuerpo, otros «temblauan por el mismo respeto dando a entender la tenían tam- « bién; otros se encerrauan en sus casas a piedra seca., y dauan ala- tridos, otros se despedacauan, y despenauan y matauan, y otros « se hechauan a los rios ofreciéndose a las guacas, hasta que Nues- «tro Señor, por su misericordia, fué servido alumbrar a estos mi- « serables, y que los que an quedado dellos han visto la burlería « que se les predicó y creyan, con ver al Yuga muerto y a Uilca- « bamba de cristianos y ninguno de los que se les podía auer suce- « dido, antes todo al contrario.» (1) Y no es de llamar la atención esta exaltación de los indios, que Rs españoles, si bien diversamente, incurrieron también en análogos excesos, ante el temor de haber sido abandonados de la mano de Dios nuestro señor, cuya pérdida era tan dura para ellos como debió ser para aquellos gentiles la de los únicos dio- ses en los cuales creían en su gentilidad. Es de observar, en la historia de nuestra época colonial, sin- gularmente en ciertos momentos de ella, una mezcla admirable de piedad fanática y de corrupción desbordante; pero esta mezcla entre, maneras tan diversas de vivir, la una buscando insaciable- mente la satisfacción de los placeres menos lícitos y buscando la otra el camino de la perfección espiritual que tanto acerca a Dios, T)-«Relación délas fábulas y ritos de los Incas»hecha por Cristóbal de Molina, Cura de la Parroquia de Nuestra Señora de los Remedios en el Hospital de los natu- rales déla ciudad del Cuzco, dirigida al Reverendísimo Señor Obispo don Sebastian d e 111 Artaun del Consejo de su Magestad.Tomo Io. de la Colección Orfeaga-Romero, 123 no es rara en la historia de todos los pueblos, en la cual se halla como en la historia nuestra idéntica asociación de ejercicio austero de la virtud y de asiduidad incorregible en la práctica del vicio; los grandes virtucsos y los grandes santos florecieron como refor- madores de estados sociales de mayor o menor depravación y apa- recieron como un llamado a los hombres de buena voluntad hacia el camino del bien. Parece además existir una cierta uniformidad de acción en aquellos sujetos y en aquellas colectividades que tie- nen la especialidad de sus exageraciones volitivas y son tan inten- sos en sus virtudes como en sus pecados y si practican el vicio, con demasías y se arrepienten, llegando al ejercicio de la virtud sue- len ser también en él exagerados. Gobernando estos reinos del Perú el señor Príncipe de Squi- llache, entre los 679 príncipes de la infidelidad que fueron peni- tenciados por el Tribunal del Santo Oficio, contáronse muchos de ellos que, eran tenidos por muchos como micuirunas o comegente. Respecto a esta verdadera secta religiosa que participaba al mis- mo tiempo de las características de las asociaciones delictuosas, dice Lorente: «El micuiruna, según lo creían firmemente no' solo los senci- «líos indios, sino también los misioneros y jueces de idola ría, y « lo que es más notable, algunos de los acusados de tan inhumana « costumbre, poseía el terrible poder de matar a las personas con «solo chuparles la sangre. Iniciado secretamente en los misterios « de la homicida congregación, debía ocultarlos bajo pena de la « vida. En tenebrosas asambleas, a donde solía concurrir el dia- « blo y practicarse los excesos más repugnantes, se designaban «las futuras víctimas; llegada la opoitunidad, eran adormecidas «junto con las personas que vivían en la misma casa, mediante « cierta maravillosa confección; y una vez aletargadas, el micui- « runa les chupaba algunas gotas de sangre; lo que era bastante « para que muriesen dentro de un breve plazo. Aquel poco de lí- « quido sanguíneo, multiplicándose de la manera más extraordi- « naria, bastaba para nutrir a los vampiros.» (1) Esta práctica tiene todas las apariencias de la obra de una aso- ciación de enfermos; es posible que entre los micuirunas se conta- ran algunos sujetos víctimas de aquella desviación mental en la actualidad llamada vampirismo y que ellos ocultaran su enferme- dad encubriéndola con el velo de la asociación y con aquel otro de culto demoniaco. Y es posible que los cofrades de tan repug- nantes colectividad fueran, en su mayor parte, personas ar ras (1)-Lorente: «Historia del Perú bajo la dinastía austríaca». París, 1870, 124 tradasa dichas jun as en virtud de una cierta insuficencia mental o de una exagerada sugestionabilidad. Respecto a los peligros de la práctica vampírica, ellos consti- tuyen una firme convicción en el Perú de nuestros días y es fama en aquellas poblaciones en las cuales existen vampiros que no hay manera de salvar de la muerte a una bestia que haya sido picada una sola vez por una de esos rupugnantes animales. Los animales se defienden rudamente de la primera picadura, pero cuando son víctimas de ella siguiéndolos todas las noches hasta que mueren víctimas de tan repetidas como abundantes hemorragias. Pero es ya tiempo de que abandonemos a los Indios, para ocuparnos del misticismo de los españoles en estas tierras del Pe- rú En el año de 1600, con motivo de la erupción del volcán Pi- chincha, la ciudad de Quito había presenciado muchas y muy santas penitencias que hicieron los pecadores de aquella ciudad en desagravio de sus pecados. Gobernando el Perú el señor Conde de Chinchón -veíase por «calles y plazas, ya a pié, ya en humilde cabalgadura, al macilen- «to y descarnado Fray Elias de la Eternidad, predicando sobre la « vida perdurable y haciendo olvidar la presente con su porte, «más aún que con sus palabras.» (i) Pero el buen ejemplo de Fray Elias no debió conmover en de- masía a los pecadores del virreinato y ellos debieron continuar viviendo dedicados a los vanos goces de la mateiia, sin intentar gozar de aquellos puros e inofensivos del espíritu. Y fué menester que ocurtiera algo que entonces se dijo sobrenatural, algo que se dijo entonces obra del enojo de Dios, para que pasaran los peca- dores del extremo pecado a la extrema penitencia: El 31 de marzo de 1650 acaeció en el Cuzco un formidable terremoto, de cuyos estragos dió cuenta simplemente el poeta: Cuzco, quien te vió ayer y te ve ahora, como no llora? «Los regulares hicieron muy devotas procesiones, coronando «todas una general Esta relación la oone ^or cierta Fray Diego « de Córdova va citado, quien dice así:- Salió el Cabildo Secular « en cuerpo, sin valonas, descalzos, encenizados y humildes. Los ca- « balleros, depuesta su lozanía, a rostro descubierto, sin más aliño (1)-Lorente; Historia dej Perú bajo la dinastía austríaca. Ob. cit, 125 « que el de sus propias carnes, se azotaban con disciplinas de hierro. « Las damas encenizadas su rostro y abofeteaban su belleza. « El Cabildo Eclesiástico salió gravemente mortificado, sin « cuellos, descalzos, los ojos y rostros prostrados por el suelo. Si- « guiáronse los religiosos de Santo Domingo, san Agustín, la Mer- « ced, la Compañía de Jesús y San Juan de Dios, descalzos, cubier- «tos de cenizas; unos sin capilla, con sogps a la garganta, mordazas « en las lenguas: otros cargados de grillos y cadenas: los más hacien- « do extraordinarias penitencias y nunca vistas, y mortifica- « ciones. Tras de ellos los dos Colegios descalzos, sin cuello ni bo- « nete, ni becas, cubiertos de cenizas; y, al último, los religiosos « de San Francisco, agregada a su comunidad la de su recolección, «tan asombrosamente penitentes que causa horror al pueblo y a los « ánimos entrañable devoción Salieron con túnica tcdos: unos con «cruces muy pesadas, con esterillas en los ojos, coronas de espinas « en la cabeza, descalzos y d snudos hasta la cintura, descubriendo « asperísimos cilicios de cerda y malla: otros azotándose riguramen- «te: otros raspados, vestidos de hierro, con palos en la boca y sogas en «el cuello. Gobernaba este penitente escuadrón el reveiendo padre « Fray Juan de Herrera, provincial, caída a la cintura la túnica, « descubierto el pecho y enlazadas de cadenas de hierro, con un Cristo «en las manos, encenizado el rostro, predicando a voces peniten- « cía». (1) El 13 de noviembre de 1655, gobernando el Perú el señor Conde de Alba de Liste, en la Ciudad de los Reyes «conmovida la tierra violentamente, principiaron a doblegarse las paredes como juncos agitados por el viento y en aquellos momentos de general espanto el Venerable Padre Castillo principió a predicar penitencia y al tei minar su fervorosa er.ortación dijo que si, aquel amago no les servía vara la enmienda, no dejaría de castigarlos con otro te- rremoto r¡a\or» « El sábado siguiente, que fué el 21 del mes, hubo ayuno ge- « neral. En la mañana del 21 comulgaron más de 10, 000 personas « y en la tarde de aquel mismo domingo salió una procesión de « penitencia, más imponente y no menos extraordinaria que la del «Cuzco en 1650. Abundaron las coronas de espinas, cilicios, gii- «líos y cadenas, sin que faltaran las pesadas cruces, ni los aspados, « con los brazos ligados entre los jilos de las espadas. Las principa- «les y más hermosas señoras salieron vestidas de ásperos sacos, «cargadas de silicios y con la cabeza cubierta de ceniza. Muchos « hombres llevaban crucifijos en las manos y las espaldas desnudas (1)-Anónimo: «Anales del Guzco« Ob. cit. 126 « para recibir azotes de mano ajena. Daba celos muy duros el que « hacía de verdugo, gritando en las principales esquinas: «La jus- «ticia divina m nda castigar a este pecador por la enormidad de « sus culpas; quien tal hizo que tal pague». Inocentes criaturas se «abofeteaban y daban golpes de pecho clamando: «Señor, ten « misericordia, perdonadnos Señor, ya basta de castigo». La pro- « cesión marchaba pavorosa y pausada entre tan conmovedores « gritos, sollozos y suspiros, el clamor de la* campanas, el ruido de «las cadenas y el estrépito de los azotes. L '.hiendo cesado los «temblores, Lima se creyó salvada por la per +*ncia como la an- «tigua Nínive. Pero muchos de los azotados enfermaron peligrosa- « mente, y aún algunos murieron de llagas incurables en la es- « palda». (1) En el año de 1664, el 12 de mayo, acaeció el terremoto que desoló a lea y privó de la vida a 500 personas. «En Lima solo se sintió un fuerte y prolongado estrépito. Pero las exhortaciones del Padre Castillo hicieron renovar las penitencias de 1655». En el año de 1683, el 31 de marzo, «entre las siete y ocho de la « noche, teniendo la luna cinco días y ocho horas de edad,apare- « cieron auroras boreales en la primera región del aire, en la parte « setentrional, cerca del oriente de esta ciudad, despidiendo cen- « tellas consecutivamente, y en el término de una avemaria, se «vieron otras, semejantes a una columna de fuego, con tres pun- « tas en la extremidad, que echando de si las chispas, luego se apa- « gaban. Fué grande la confusión que causó este meteoro a la « gente que acababa de retirarse de la procesión del señor de los «temblores. Confundidos todos volvieron a salir a la plaza con «extraordinarios clamores, creyendo la plebe y aún los más adver- «tidos, que era lluvia de fuego que, por castigo, enviaba a los na- « turales el cielo. Acudieron a los templos a confesarse con fervo- « rosos actos de contrición, como que tenían la muerte a los ojos. « Hubo gran número de penitentes, azotándose unos y cargando « pesadas cruces y arrastrando cadenas los otros. ... Al siguien- « te día hicieionlos religiosos franciscanos recoletos una procesión « de penitencia, a que siguió el pueblo imitando sus mortificacio- « nes con gran devoción y ternura». Y esto ocurrió en la ciudad « del Cuzco, como lo refiere el prolijo autor de los «Anales» (2). En el año de 1739, gobernando el Perú el señor Marqués de Villagarcía, fueron al Cuzco cuatro de los doce religiosos francis- canos que en el año de 1730 pasaron de Europa a América con tí- tulo de misioneros apostólicos y licencia del Católico Rey para (1)-Lorente: «Historia del Perú bajo la dominación austríaca*». Parle 1870, (2)-Anales del Cuzco, ob. cit. 127 la conversión de los indios de Tarnia, Guamanga, Jauja y Caja- marca. De cuanto hicieron los religiosos franciscanos nos da razón el anónimo autor de los «Anales'» quien dice así: «En la doctrina « y sermones mezclaban algunos chistes que provocaban a risa, « y al fin citaban al auditorio al tribunal de Dios, abuso ya repren- « dido severamente por Montano en un misionero que esgrimía el «crucifijo como si fuera una espada. Véase sobre esto el libio del « Padre Martín del Río. El Presidente dió principio a sus sermones « el 9 de enero en la iglesia de San Francisco, y el día 13 se aplicó «fuego a un brazo, quemándose algo el cutis por atemorizar a la gen- «te; y el 17 sacó una calavera y amenazó a la ciudad con una gran «plaga que dijo sobrevendría después de la Pascua. Predicando «al día siguiente sobre la parábola de la oveja perdida, se bajó « del púlpito a buscarla con el crucifijo en la mano y so paseó en « la iglesia. El Domingo 95 de enero predicó sobre el perdón de «los enemigos, al último cubrió el crucifijo con un tafetán negro, « anatematizó a los que no perdonaban a sus enemigos, citándo- «los al tribunal de Dios, mandando iue se perdonasen unos a otros; « y fué cosa de asustar el murmullo que hacían en la ceremonia de « abrazarse unos a otros y perdonarse. Ultimamente fué el predi- « cador al prebisterio, donde pidió perdón de rodillas al Provisor, «quien también ¿e le arrodillo Desde el 25 de enero, fueron « los sermones en la iglesia de Santo Domingo, hasta el día 29, en « que el predicador sacó dei púlpito un diablo pintado en cuadro.... « El 31 fué el sermón en aquella iglesia (San Francisco), y desde « el día Io. de febrero hasta el día 4, en la de las Mercedarias, donde « sacó en cuadro el alma condenada, ponderando que iodos lo estaban « y que sin duda se iban a los infiernos, pues Dios no los perdonaría. «Una mujer que estaba en cinta, llamada Josefa Flores, padeció «tal susto que al quererse ir a su casa no pudo, dando a luz antes « de tiempo. « No omitía Fray José de San Antonio sus excitaciones des- « pués de las del día 8 y con un crucifijo en la mano exclamaba: «-Señor, vayan los pecadores a los infiernos y lléveselos el diablo. « Lunes de Carnestolendas 9 de febrero, después del sermón se « hizo una muy devota procesión de penitencia con el Señcr de los « Temblores y otras imágenes, en la misma rorma que el 31 de « marzo, con asistencia de ambos Cabildos, clero y demás comuni « dades de San Francisco, con sogas de esparto en el pescuezo y los « donados con mordazas a que siguieron algunas seculares, los más « vestidoscon sacos encamisados y Nn capas, unos cargando pesadas « cruces, otros arrastrando barretas. Además \csdisciplinantes,que no fueron pocos . . . .puso el Presidente en la esquina de la Merced 128 «el crucifijo en el suelo, boca abajo, diciendo a voces: Pasen por « encima. Y después de un rato añadió: -No hay quien lo levante?, « repitiéndolo muchas veces. Finalmente lo levantó un religioso « mercedario, con la debida veneración. Parecíanle al Padre Pre- «sidente estas mojigangas muy necesarias y substanciales a la « persuación del pueblo, para poner horror en los pecados o para « otros fines.» «Se celebraron también bajo la dirección de dichos parres « misioneros excequias generales a las ánimas del Purgatorio, en la «iglesia de San Francisco Predicó por la tarde el Presidente, « y por que no faltase alguna representación, tuvo dispuestas tres «calaveras, colgadas con alambres por el techo y con luces por « adentro, como que respiraban fuego por las aberturas, del modo « como suelen hacer los muchachos, con ellas o cántaros dorados, « para que al tiempo de ponderar como por medio de los sufragios « subían las almas al cielo, las tirasen para arriba; pero no logró su «intención porque al tiempo de tirarlas faltaban los alambres, « sin que necesitase el auditorio de semejante máquina para creer «este católico dogma.» En el año de 1746 ocurrió el tremendo terremoto que arruinó la Ciudad de los Reyes: «Un religioso gritó en la Plaza, como en 1687 el Padre Galindo. «Lima, Lima, tus pecados son tu ruina» El Provincial de San Francisco predicaba en contra de aquellos sujetos que atribuían el terremoto a causas naturales. Con este mo- tivo renováronse en Lima las ceremonias penitenciales que tuvie- ran lugar en el siglo XVII: realizáronse procesiones en las cuales religiosos y particulares rivalizaron en la ostensible mortificación. Un prelado «que llevaba freno en la boca y puntas de hierro en los ojos, recibía en sus espaldas golpes de hierro, gritando su súbdito « que hacía de pregonero y de verdugo: Esta es la justicia que el « Rey de los Cielos manda ejecutar en este vil pecador.» En diciembre del mismo año realizóse en el Cuzco una prece- sión de penitentes, del rigor sumo de cuyas mortificaciones da idea el Autor de los«Anales» cuando dice lo que sigue:-«Por la tarde « se hizo una procesión muy devota con la imágen del Señor de los «Temblores, Nuestra Señora de Belem y Nuestra Señora de la «Soledad, de la iglesia de los Mercedarios. Salieron ambos Cabil- « dos, el Obispo y el clero, y también las distintas comunidades. « hubo gran núnero de penitentes y de disciplinantes, que pasa- « ron de quinientos, fuera de cada noche de novenario. Unos se azo- «taban después de abrirse llagas con rodajas e iban derramando « abundante sangre, de la que quedaron regadas las calles; otros «se daban con disciplinas hasta levantarse tumores en las espaldas, 129 «llegando a brotar sangre, otros cargaban pesados maderos; otros se «hincaban espinas sobre la viva caine; otros llevaban grandes «cruces; otros arrastraban pesadas barretas; otros se hacían tirar « de unos frenos sujetos a la boca; v entre todos estos hubo muchachos « de tierna edad, niños de siete u ocño años, gran número de mujeres, «unas disciplinantes y otras penitentes. En 27 de marzo de 1747, en la ciudad del Cuzco, hízose la so- lemne procesión del Señor de los Temblores: «hubo-dice el Autor de los «Anales»-muchos disciplinantes, unos cargaban cruces, otros pesados maderos. Para que no se crea que el misticismo de los peruanos llegaba a estas explosione^ de fanatismo tan solo en presencia de sucesos que por su misterioso aspecto ponen grave temor en los ánimos e invitan a volver el espíritu hacía el divino amparador, digamos de ciertos disturbios de carácter religioso que sucedieron durante la época colonial y que traducen con equidad el misticismo colec- tivo de la época a oue venimos haciende- referencia. El 20 de enero de 1711, en la Ciudad de los Reyes, tuvo lugar el escandaloso suceso que con el título de «robo del copón del Sa- grario» han sido objeto del estudio y reflexiones de Fuentes (1) y González de la Rosa (2). Fué el caso que un libertino, llamado don Fernando Hurtado de Chávez, más comunmente llamado don Fernando se robó la custodia del Sagrario. El robo sacrilego conmovió profundamente a la ciudad que hubo noticia del delito merced al bando promulgado por el Virrey Don Diego Ladrón de Guevara ofreciendo mil pesos a la persona que descubriera el sitio en que el ladrón había ocultado las sagradas for- mas. El don Fernando, movido del arrepentimiento hizo a un fran- ciscano, el Padre José Pa'os, confesión de su delito y entrega de la custodia y marchóse más que de prisa, pero era tal su agitación y su desasosiego tanto que fué reconocido por personas que habían le hallado en sospechosa actitud a raíz de su delito y que seña- lándole, gritaron: «Ve ahí el ladrón de las santas formas! No lo « hubo bien pronunciado, cuando salió una mujer tirándole tan «fuerte pedrada, que casi ia con el en el suelo. Hizósele encon- « tradizo un oficial de carpintero, quien le dió tan sofera cuchilla- « da que lo atolondró dando con su cuerpo en la pared, tira a em- « barazarlo otro, y lo hubiera hecho a no obviarlo Nicolás Figueroa, « escribano público de S. M. quien le batió la espada y casi se la (1)-«Estadística de Lima« Ob. cit. (2)-En «Revista Histórica» de Lima. Ob. cit. 130 « introduce rompiéndole el capote y diciéndole:-Que hace U. que « somos perdidos? pues con su muerte no se remedia que mani- «fieste la parte o lugar donde tiene escondido a Nuestro Amo y «Señor « A este tiempo llegó, juntábase gente, cuando he aquí a este «agresor de la fé, le prende en la Plazuela de la Fé, don Lorenzo « Pollatos, alcaide de las cárceles secretas del Santo Tribunal, y « sin faltar a la caridad, el boticario del hospital de Nuestra Seño- « ra de la Caridad, J uan de Gadea, sin usar de remedio ni ungüento « de su botica, le aplica, sin necesidad de espatular sus ligeras ma- « nos, abrazándose con él e introduciéndolo en la casa inquisitorial « en cuyo zaguan lo puso a salvo de más de dos mil almas que que- " rían matarle por su hecho.» La misma devoción fanática de los limeños que les llevaba a pretender el pronto castigo del delincuente, púsose en evidencia en las numerosas fiestas de desagravio con que celebró la Ciudad de los Reyes la restitución de la custodia y el casual hallazgo de las sagradas formas. Quien mayores informes deseare relativos a este escandaloso proreso léalo en Fuentes o en González de La Rosa, fuentes una y otra que nosotros hemos consultado INDICE A modo de prólogo Capitulo I Las neurosis: histéricos y epilépticos 1 Capitulo II Las psicodisgenecias: los frenasténicos 18 Capitulo III Las psicodisgenecias: los locos morales 31 Capitulo IV Las psicodisgenecias: los pervertidos sexuales 54 Capitulo V Las paratimias: maniacos y melancólicos 71 Capitulo VI Las toxifrenias: Alcohólicos y embrujados 82 Capitulo VII Las demencias: los seniles, los paralíticos, los precoces 93 Capitulo VIII Los místicos: los sujetos 103 Capitulo IX Los místicos: los endemoniados 114 Capitulo X Los místicos' el misticismo colectivo 120 la parálisis general en el Perú La gran mayoría de las investigaciones estadísticas ha gozado de escaso favor entre nosotros y las estadísticas médicas no han tenido la ventura de sustraerse a la regla general; ellas han sido o injus- tamente desdeñadas o calificadas con inconcebible ligereza por quie- nes ignoran la suma de esfuerzo que representan y por quienes no saben o no desean saber todos los beneficios que de ellas pueden de- rivar. Así, pues, no debe sorprender la ausencia de una investigación estadística en relación con los daños causados por la sífilis nerviosa entre nosotros. Al respecto, como en muchos otros órdenes de co- sas, seguimos ingenuamente entregados a las cifras extranjeras, sin tomarnos gran cuidado de adaptarlas y ejercitando un derecho muy dis- cutible. Con el objeto de estudiar la frecuencia de la Parálisis General en el Perú, he recurrido a la fuente, entre nosotros ineludible, de estas investigaciones: al archivo de los 58 años de existencia del Manico- mio del Cercado de Lima, establecimiento único de asistencia de alie- nados en el Perú, como lo es en la actualidad el Asilo Colonia de Mag- dalena. Se trata de un archivo rico y pobre, al mismo tiempo; rico por el buen número de enfermos registrados en las páginas de los viejos libros y pobre por que cada registro de enfermo corresponde, con do- lorosa exactitud, al "certificado de internación", expedido por inter- nistas que' siempre consideraron exagerada la curiosidad del alienista por el más amplio conocimiento del pasado del enfermo y por ,1a más 4 prolija exposición de hechos relativos a la evolución de la enfermedad. Estas páginas de los viejos registros del Manicomio del Cercado son documentos estáticos, sin la útil movilidad de la Hsitoria Clínica y son de un laconismo desconcertante: ellos nos dicen de las condiciones del ingreso, del diagnóstico y de la terminación, y de todo ello nos dicen con parsimonia que es muy de lamentar. Hecha esta aclaración, con el exclusivo objeto de justificar las deficiencias informativas de este trabajo, paso a ocuparme de la frecuencia de la P. G- en el Perú. El primer caso de P. G está consignado en los registros del an- tiguo Manicomio del Cercado como correspondiente al año de 1889. Desde esa fecha el número de casos ha sido el siguiente: CUADRO I LA PARALISIS GENERAL EN EL PERU Años Varones Mujeres Total 1889 1 . 4; 1 1890 4 4 1891 1 - 1 1892 1 - 1 1893 4 - 4 1894 - - - 1895 - - - 1896 3 - 3 1897 - - 1898 2 1 3 1899 2 1 3 1900 - - 1901 2 - 2 1902 1 - 1 1903 - - - 1904 2 - 2 1905 1 - 1 1906 3 - 3 1907 2 - 2 5 1908 2 1 3 1909 - - 1910 - - ■■ 1911 1 - 1 1912 1 - 1 1913 2 - 2 1914 4 - 4 1915 8 - 8 1916 7 2 9 1917 7 1 8 1918 4 - 4 30 años. 65 6 71 ¿Cómo interpretar la pequeñéz de estas cifras? ¿Deberemos hallarnos autroizados a pensar que ella correspon- de a una lisonjera realidad y traduce, por consiguiente, la rareza de la P. G. entre nosotros? ¿Deberemos creer, en presencia de las cifras correspondientes a aquellos años que resultan, en el cuadro, huérfanos de P. G., que la avariósis es rara entre nosotros, o que es benigna y no lleva su ofensa grave sobre el sistema nervioso hasta el trágico extremo de es- ta P. G. que Stanley Hall llamára Thanatic Dementia? Impónese una tranquila interpretación, tratándose, como se tra- ta, de cifras correspondientes a hechos en cuya génesis interviene una tan grande diversidad de factores: Un factor, no especifico para la P. G., sino común a todas las psi- copatías, puede haber intervenido en la pequeñez de estas cifras- Se trata de la asistencia a domicilio. Todavía persiste en nuestro grueso público el miedo de una internación que, a juicio de éste, humilla a la familia y estigmatiza al enfermo y es tal el motivo por el que mu- chas víctimas de la P. G., sobre todo aquellas que no tienen grandes fortunas que dilapidar o graves intereses que comprometer, hacen su enfermedad en familia, desdeñando la cura del Asilo. Debe sumarse a este factor el de los diagnósticos inexactos: hay que dejar constancia del desdén profundo que, hasta hace pocos a- ños, han inspirado a nuestros internistas las disciplinas psiquiátricas, consideradas como inútiles desde que el analfabetismo psiquiátrico 6 se conformaba con los diagnósticos de "Locura de grandezac", "Locu- ra de persecución", "Manía", "Manía erótica", etc., que no es aventu- rado suponerlo, debieron etiquetar, en alguna oportunidad, algunos casos de P. G. Y debe dejarse constancia también de la relativa modernidad de los procedimientos que han permitido y permiten el diagnostico de la avariosis aún en aquellos casos en que la clínica se limita a sospechar. No cabe pensar seriamente en la excepcional benignidad de la avariósis entre nosotros, una benignidad que el ingenio de un Alcalde de Lima, tal vez el mejor que hayamos tenido, puso en boga alguna vez, en picara y coprolálica frase, y que tan en abierta oposición esta- ría con el concepto europeo relativo a la malignidad de la avariósis tro- pical. Y no cabe pensar en ella por la frecuencia con la cual son muy breves los períodos de tiempo trascurridos entre el accidente inicial de la infección luética y el de aparición de los trastornos psíquicos y paralíticos de la P. G. Por mi parte, en el periodo de cinco años de ejer- cicio profesional en Lima, he tenido oportunidad de observar cuatro casos en los cuales la P. G. había seguido al chancro a distancia de un año y medio y dos casos en los cuales esta distancia había sido de un año solamente. No se trata de periodos que puedan marcar un récord, ya que casos hay en la historia de la P. G. en los cuales el periodo de separación entre el accidente inicial y el inicio de la P. G. ha sido de seis meses (1) ; pero son casos que permiten alejar la sospecha de una excepcional benignidad de la avariósis, la cual, por otra parte, debería reconocer como causa única la acción climá- tica. Se observa en el cuadro cuyas cifras comento una cierta tenden- cia ascencional a partir del año de 1911. Yo creo que la avariósis ha hecho progresos entre nosotros y a tal creencia me inclino, aún en ausencia de estadísticas, tomando nota del desarrollo alcanzado por la prostitución, verdadero heraldo de la agresión luética. Durante los últimos 30 años, la prostitución ha adquirido un desarrollo considerable y ha pasado del período tímido al periodo cínico; de aquel de las desventuradas busconas del arroyo al de las horizontales de las metrópolis europeas. Y este incremento de la prostitución no puede ser ajeno al de los daños de la lúe ve- nérea y, como tal, debe ser anotado entre los factores determinantes del aumento modesto operado en las cifras de la P. G. en el curso de los últimos años a que el cuadro se refiere. Los progresos de la pros- 7 titución han sido lentos y ha sido igualmente lenta la difusión de la sífilis y la de los accidentes sifilíticos. A los años de una prostitución tímida, a aquellos en que el respeto del juicio ajeno hacía considerar como un verdadero delito el trato de las sacerdotizas de Venus; a aquellos en que el amigo de las prostitutas debía ir al encuentro de ellas recatándose mucho para no ser visto; a esos años ha correspon- dido una parquedad de la avariósis y una parquedad semejante de la P. G. Pero, a medida que la civilización ha ido rebajando ciertos va- lores éticos sociales exajerados; a medida que se ha ido abriendo pa- so una mayor elasticidad crítica en relación a los frecuentadores del trato de la prostituta, la sífilis ha ido haciéndose más y más frecuen- te y han seguido marcha paralela la P. G. y demás manifestaciones de la avariósis. Al mismo tiempo que intervenían, en la génesis del modesto au- mento de las cifras de la P. G. la civilización y la sifilización de Kraft Ebiíjg, intervenía también un otro factor, en buena cuenta imputable a la primera: queremos referirnos a la venida a menos de las resistencias nerviosas de los sujetos por obra y gracia de las complicaciones de la vida contemporánea. Quienes asistimos exclusi- vamente enfermedades mentales y nerviosas, hemos podido darnos cuenta de este hecho, revelador de cuán pesado se hace el fardo de la vida para un gran número de sujetos pertenecientes a nuestras clases sociales humildes (2). Las complicaciones de la vida, que han sido cortejo ingrato de la civilización, han planteado y continúan plantean- do a los hombres graves problemas que ellos se encuentran muchas veces incapaces de resolver; les han colocado y continúan colocándo- les frente a frente de conflictos de singular complejidad, que ellos no gustan siempre de desafiar con valor y que muchas veces esquivan cayendo en el campo de las neurosis. Y debemos interpretar este he- cho como buena prueba de una disminución de resistencias frente a frente de las acciones nocivas que el ambiente ejercita sobre el siste- ma nervioso a lo largo de la vida. Es así que están en juego, en el momento actual, un mayor au- mento de la avariósis, una mayor dosis de civilización, si es lícito el empleo de la frase, y una disminución de resistencia de los sujetos: en una palabra, los elementos todos de la fórmula de Fournier. El cuadro I demuestra cuán pequeño es el número de mujeres que, víctimas de la P. G., buscaron asilo en el Manicomio del Cerca- do. El hecho de esta menor contribución del sexo femenino a las ci- 8 fras totales de la P. G. está consignado por todos los autores, mu- chos de los cuales lo han explicado por la menor sifilibilidad de la mujer. Veamos ahora la relación que ha existido entre los casos de P. G. presentados en el antiguo Manicomio del Cercado y las cifras to- tales de ingresos de enfermos: CUADRO 1 I PARÁLISIS GENERAL Y ALIENACIÓN Años Alienados ingresados Paralíticos generales Tanto por ciento 1889 85 1 1'17 1890 112 4 3'57 1891 104 1 0'96 1892 93 1 1'07 1893 80 4 5'00 1894 - - - 1895 - - - 1896 91 3 3'29 1897 - - 1898 119 3 2'52 1899 117 3 2'56 1900 ■' - - 1901 138 2 1'44 1902 108 1 0'92 1903 1 ■ ■ " ■ 1 - - 1904 141 2 1'41 1905 123 1 0'81 1906 132 3 2'27 1907 143 2 1'46 1908 150 3 2'00 1909 ■ - " - - - 1910 ■" •' - ■■■ - 1911 136 1 0'73 1912 141 1 0'70 9 1913 172 2 1'16 1914 157 4 2'54 1915 183 8 4'37 1916 199 9 4'52 1917 224 8 3'57 1918 256 4 1'56 Si, imitando la conducta seguida por otros observadores, se su- ma los ingresos (3204) y se suma la cifra de paralíticos generales (71) se constata que el porcentaje promedial es de 2'21. (3) Porcentaje bastante exiguo comparado con las gruesas cifras de Europa y de América; insignificante al lado del 18 % señalado por Meynert en los Asilos austríacos, y al 15 % que Regís conside- ra como promedio mundial (4) ; al 8'8 % encontrado por GrEindem- berg en Rusia, al 13'8 % constatado por Borda y Bermann (5) en la República Argentina, al 12'5 % hallado por Rossi (6) en Montevideo pero no tan pequeño como el muy halagador 1'9 % de Santiago de Chile. Mas vecino del 2'76 hallado por PeñaEiee y Moreira en Río Janeiro (7) y de aquellos encontrados en las poblaciones rurales de Europa .(8) El cuadro que a continuación insertamos especifica la distribu- ción de la P. G. en relación a las razas: CUADRO 111 RAZAS Y PARALISIS GENERAL Razas Paralíticos generales Tanto por ciento Blanca 46 6478 Mestiza 10 22'53 India 3 4'22 Negra 3 4'22 Amarilla 3 4'22 Este cuadro confirma hechos aceptados casi universalmente res- pecto a la escasa o ninguna influencia ejercida por la raza sobre la P. G. 10 En ausencia de censo nacional moderno sólo caben sospechas res- pecto al predominio de determinado grupo étnico en nuestra población total- Es de creer que, merced a la acentuación considerable del cru- zamiento sea hoy por hoy el elemento mestizo el predominante y que venga después de él el indio que, en la serranía y en la montaña, ha logrado sustraerse mayormente a dicho cruzamiento. Después es de creer que venga el elemento blanco y, por último, el negro, cuya desa- parición de los centros en que era elemento étnico predominante es un hecho evidente "a ojo de buen cubero". (9) En las cifras del cuadro III el mayor porcentaje de P. G. apare- ce como correspondiente a la raza blanca. Este predominio es debido a varios factores, ninguno de los cuales debe ser desdeñado: En estas cifras está comprendida la gran mayoría del elemento extranjero. Y, además, la raza blanca nacional es aquella sobre la cual convergen con mayor intensidad, los diversos factores etiológicos de la P. G. La raza blanca es la más civilizada y la más sifilizada y es aque- lla cuya vida está más llena de exigencias y más sujeta a la dura prue- ba de sus reacciones frente a frente del ambiente. Esta raza blanca es la que con mayores dificultades tropieza en la constitución de sus ho- gares y es la que con mayor asiduidad frecuenta el trato de la prosti- tución, en la cual halla compensación fácil a las dificultades de esta- blecimiento de la unión sexual sancionada por la Iglesia o por el Es- tado. Viene después la raza mestiza, elemento étnico que sufre la ac- ción de los mismos factores aún cuando con una menor intensidad. Y vienen, en último término, los grupos indio y negro, en los cuales el problema sexual adopta tales formas de simplicidad primiti- va que ponen a cubierto a la raza de los peligros de la sifilización por trato de meretrices infectadas. Son también las razas menos civilizadas y las que con menor intensidad deben sufrir las acciones nocivas del ambiente. Esta constatación es análoga a la llevada a cabo en el Brasil don- de, sobre 486 paralíticos generales 319 son blancos, 100 son mestizos y 67 son negros (10) y donde, sospecho, los progresos del cruzamien- to serán tanto o más intensos que entre nosotros. Así, pues, a la raza blanca, la más expuesta a los peligros de la avariósis, la víctima más fácil de las acciones nocivas de la civiliza- ción y la de resistencias nerviosas sometidas a más dura prueba en la cotidiana batalla de la vida, siguen los grupos mestizo, indio, negro y 11 amarillo, en todos los cuales actúa con una menor intensidad aquel conjunto de factores que tan triste privilegio conceden a la raza blan- ca. CUADRO IV ESTADO CIVIL Y PARÁLISIS GENERAL Estado civil Enfermos Tanto por ciento Solteros 26 36'61 Casados 36 5070 Viudos 7 9'85 Ignorado 2 2'81 El cuadro IV consigna un mayor porcentaje de casados y un por- centaje mínimo de viudos, siendo intermedio entre ambos extremos aquel que corresponde a. los solteros. Es el mismo resultado obtenido por Moreira y Vianna de Río de Janeiro y, como éste, es contrario a la aseveración muy generalizada de ser la P. G. más frecuente entre los solteros que entre los casados. Aparentemente el hecho es paradoxal: los solteros, aquellos que con una mayor dificultad realizan su vida sexual, hallándose en tantas ocasiones obligados a recurrir al amor peligroso de las prostitutas, contribuyen en menor escala que los casados a las cifras de la P. G. Dos hechos explican el predominio de los casados: de una parte la frecuencia con la cual los paralíticos generales contraen matrimonio ya enfermos, circunstancia que hace tan poco raro para el alienista el trágico espectáculo de las "lunas de miel" interrumpidas por obra de una P. G.; de otra parte la desproporción existente entre el estado civil y la vida sexual, siendo mucho más interesante para el alienista el conocimiento de esta última y siendo esta última, en rigor de ver- dad, la que más en cuenta debe tomarse en la averiguación de los fac- tores etiológicos de la P. G. 12 CUADRO V PROFESIÓN Y PARALISIS GENERAL Profesión Enfermos % Agricultores 2 2'81 Albañiles . 3 4'22 Comerciantes 15 21'12 Cocineros 1 1'40 Carpinteros 3 4'22 Costureras 1 1'40 Empleados 13 18'31 Escritores 1 1'40 Hoteleros 1 1'40 Ingenieros 2 2'81 Maestros 1 1'40 Médicos 1 1'40 Marineros 3 4'22 Militares 7 9'85 Mecánicos 2 2'81 Mineros 1 1'40 Pescadores 1 1'40 Peluqueros 2 2'81 Policiales 1 1'40 Quehaeceres domésticos 3 4'22 Sacerdotes 1 1'40 Ignorada 6 8'45 El cuadro V presenta la contribución a las cifras de la P. G. por las profesiones ejercidas por los enfermos- Como puede observarse sólo son apreciables las cifras correspondientes a los comerciantes, a los empleados y a los militares. Respecto a los dos primeros gru- pos profesionales es sabido que uno y otro, por el género de actividad que les es indispensable ejercitar predisponen a la disminución de las resistencias de los sujetos, creando en ellas una neurofragilidad que 13 les hace problablemente fáciles víctimas de la avariosis del sistema nervioso. Ya Colín y Sommer se han ocupado de esta contribución gruesa de empleados y comerciantes a las cifras de paralíticos gene- rales de los Asilos de Europa. Las cifras consignadas por el Prof. MorLira, de Río, conceden también a los comerciantes una buena participación profesional a las cifras de P. G., si bien ella sea menor que aquella correspondiente a los trabajadores. CUADRO V I EDAD Y PARÁLISIS GENERAL Edad Enfermos % 0-15 - - 16-20 - - 21-25 - - 26-30 3 4'22 31-35 10 14'08 36-40 17 23'80 41-^5 23 32'39 46-50 8 11'26 51-55 5 7'04 56-60 1 1'40 61-65 1 1'40 66-70 ' 111 - 71- 1 1'40 ? 2 2'81 El cuadro VI concede una mayor cifra de paralíticos generales para aquella'época de la vida comprendida entre los 41 (y 45 años, siendo de ver que las cifras, aumentan progresivamente desde los 30 años y comienzan a decrecer a partir de los 50. Es el mismo resulta- do a que ha llegado los diversos observadores y consignado por las diversas estadísticas. Las cifras de Magnan y SsriEux (11.) con- signan este mismo privilegio de aquella época de la vida consignado en nuestro cuadro, época de la mayor actividad sexual y también de la 14 « mayor productibilidad del sistema nervioso y de la más dura prueba que este debe sufrir a lo largo de la jornada. Son también los mismos resultados obtenidos por Moreira en el Brasil y por Borda y Ber- mann en la Argentina. Hay, en nuestro cuadro, representación de la parálisis general precoz de Mingazzini y Saporito; y la hay asi mismo de la llama- da senil ateromatosa por otros autores; si bien faltan aquellos casos de la que se podría llamar P. G- precocísima y entre los cuales debe citarse el señalado, a los 9 años de edad, por Dupré, ThuilmeR y Landry. (12) CUADRO V 11 EL LUGAR DE NACIMIENTO Procedencia Enfermos Tanto por ciento España 4 5'63 Italia 3 4'22 Inglaterra 3 4'22 Estados Unidos 2 2'81 China 2 2'81 Austria 1 1'40 Ecuador 1 1'40 Grecia 1 1'40 Japón 1 1'40 Lima 23 32'39 Callao 5 7'04 Arequipa 4 5'63 lea 4 5'63 Junín 3 4'22 Caj amarca 3 4'22 Piura 2 2'81 La Libertad 2 2'81 Puno 2 2'81 Cuzco 1 1'40 Moquegua 1 1'40 15 Tarapacá Tacna 1 1 1'40 1'40 ? 1 1'40 El cuadro VII exhibe, así mismo, algo que era perfectamente sospechable: el predominio de los habitantes de Lima, al cual se- guiría el elemento extranjero considerado en su totalidad y al cual seguirían, por último, con contribuciones mínimas, sujetos proceden- tes de diversos departamentos de la República, de cuya cifra habría de descontarse en beneficio de aquella correspondiente a Lima la su- ma de aquellos sujetos que, nacidos en provincias, vienen más tarde a establecerse a la capital y que, para los efectos de esta estadística de la P. G., debieran ser considerados como correspondientes a Li- ma. La circunstancia de carecer, como carecemos, de un censo poste- rior a aquel levantado en 1876-pues el censo levantado por el Dr. Enrique León García sólo correspondió a Lima-impide sacar mayo- res deducciones. CUADRO VIII EL TÉRMINO DE LA ENFERMEDAD Fallecidos 56 Salidos del Manicomio 9 Término ignorado 2 Sobrevivientes 4 Los fallecidos: Dentro del primer año 27 Después del 1er. año 17 Después del 2o. año 6 Después del 3er. año 4 Después del 4o. año 1 Después del 6o. año 1 16 Los sobrevivientes: Un año de enfermedad 1 Dos años de enfermedad 2 Cuatro años de enfermedad 1 Los fallecidos: Por accidentes propios de la enfermedad 40 Por enfermedad intercurrente 12 Causa ignorada 4 El cuadro VIII consigna la mortalidad considerable por P. G. y consigna, así mismo, el hecho de la rapidéz de evolución de la P. G., lo que no estaría en favor de la pretendida benignidad de la ava- riósis del sistema nervioso entre nosotros: en 27 casos la enfermedad ha llegado a su término fatal dentro del primer año y en 17 casos en tre el lo. y 2o. año de enferemedad. De los fallecidos 40 lo han sido por accidentes propios de la enfermedad y 12 por enfermedades intercu- rrentes, que con tanta frecuencia epilogan piadosamente esta catás- trofe psíquica y orgánica que es la thanatic de mentía de Stanley Hall. No terminaría estas breves consideraciones relativas a la fre- cuencia de la P. G. entre nosotros, si no manifestara la imposibilidad de derivar conclusiones de un tan pequeño número de casos analiza- dos. 71 casos de parálisis general sólo autorizan, a mi modo de ver, a llevar a cabo algunas constataciones y es a título de tales que las presento. Lima, 1920- Hermilio Valdizán. Catedrático de Psiquiatría de la Facultad de Medicina Médico residente del Asilo-Colonia de Magdalena 17 (1)-T. E. Knowles Stansfield y F. W. Mott. "The Lancet, 1917. (2)-Sobre una cifra total de medio millar de enfermos que hemos asistido en el Ambulatorio de Enfermedades Nerviosas del Hospital "Dos de Mayo", un veinte por ciento de pacientes era de estos sujetos, evadidos a la solución de los problemas del vivir cotidiano por la dolorosa puerta de las neurosis. (3)-Durante este período de 30 años han sido asistidos en el Manicomio del Cercado da Lima, 25 enfermos y 14 enfermas víctimas de la sífilis cere- bral, en cuyas historias no hemos hallado motivo alguno que permitiera sospechar la presencia de una P. G. (4)-Régis: "Tratado de Psiquiatría", traducción de César Juarros. (5)-Borda y Bermann: "La Parálisis General Progresiva", Buenos Aires, 1919. (6)-Citado por Borda.-Bermann. (7)-Moreira y Vianna: "Contribuicao ao estudio da demencia paralytica no R^o de Janeiro especialmente no Hospital Nacional de Alienados", en "Trabalhos do primeiro Congresso Brasileiro de Neurología, Psychiatria e Medicina Legal", Río de Janiro, 1916. (8)-Camuset, citado por Magnan, sólo halló en el Asilo de Lozére 2 paralíti- cos generales sobre una población de 190 alienados. (9)-El último censo nacional es de 1876. Con posterioridad a éste sólo se han practicado censos regionales, no utilizables para nuestro objeto. (10)-Moreira y Vianna, Ob. cit. (11)-Magnan Sérieux: "La Parálisis General", Madrid. (12)-En la "Société de Neurologie" de París. Sesión del lo. de febrero de 1917.