¡n nniiii COLERA HOMO ASIÁTICO MEMORIA PRESENTADA EN EL ACTO DE OPTAR AL TÍTULO DE DOCTOR DE LA ESCUELA NACIONAL DE MEDICINA DE MÉXICO. 2?OR MANUEL ARIZMENDI ROZO DEL MUSTIO 10 IIOOTGRESIIE Ll [MUSMl IlE OTILIO MÉXICO Tipografía de Gonzalo A. Esteva, San Juan de Letran número G 1883 EjXj COLERA I0RB0 ASIÁTICO MEMORIA PRESENTADA EN EL ACTO DE OPTAR AL TÍTULO DE DOCTOR DE LA ESCUELA NACIONAL DE MEDICINA DE MEXICO POR MANUEL ARIZMENDI Y ROZO DEL CLAUSTRO DE DOCTORES DE U MIVERSIMD DE SEVILLA MÉXICO Tipografía de Gonzalo A. Esteva, San Juan de Letran número 6. 1883 SEÑORES: CANTAS cuestiones surgen, cuantos problemas se plantean en vast° campo de la Medicina, otros tantos entrañan interes sumo, y mucho más en la época presente, cuando ya podemos sostener con legítimo orgullo que aquella no es sencillamente el ‘‘Arte de curar,” sino la Ciencia que, tomando como punto de partida el cono- cimiento exacto de la estática del organismo (Anatomía), investiga sus jí\ manifestaciones dinámicas normales (Fisiología) ó anormales (Patología), y aspira á dictar reglas exactas para obtener la posible conservación del indi- viduo vivo y de las agrupaciones humanas, ora previendo los efectos del abuso de los modificadores orgánicos (Higiene), ora combatiendo sus funestos resul- tados sobre el organismo, patentizados por la enfermedad (Terapéutica), ele- vando, de esta suerte, al conservar su salud y al perfeccionar todas sus funcio- nes, el nivel físico, intelectual y moral del hombre. Objetos tan. altos, los nobles fines que esta Ciencia persigue, evidencian lo que importa estudiar y conocer todas las partes de que se compone á los que la hemos consagrado nuestra existencia, y lo difícil de conceder atención pre- ferente á cualquiera de los múltiples asuntos cuya resolución deja aún mucho que desear; así es que el ánimo se encuentra perplejo para la elección de tésis, siempre que, como en la solemne ocasión presente, el deber nos obliga á con- currir, siquiera sea con escaso contingente, al esclarecimiento de aquellas ver- dades que en este ramo del humano saber pueden alcanzar mayor utilidad. 4 Si nos hemos decidido á desarrollar el tema que nos sirve de epígrafe, no es ciertamente porque abriguemos la pretensión injustificada de decir mucho nue- vo ó algo bueno exclusivo de nuestra propia investigación ó iniciativa acerca de materia tan delicada, sino porque la observación atenta de los hechos que se realizan en el actual periodo histórico, parece como que indican la necesidad de que los médicos pensadores vuelvan sus ojos al estudio de los asuntos epi- demiológicos, hoy que comarcas extensísimas del planeta que habitamos, se en- cuentran bajo el influjo de una pandemia colérica: y reunir en una monografía lo que en diversas obras se encuentra esparcido, verificar la selección primero, y la agrupación después, de lo que á este respecto dicen la observación y la experiencia que constituyen, á no dudar, nuestras mejores fuentes de conoci- miento; para formar con estos datos un cuerpo racional de doctrina que nos sirva de guía en la profilaxis y curación de tan temible enfermedad, así como en la dirección de los futuros estudios sobre un punto que dista aún mucho por desgracia de estar bien conocido, cual es su naturaleza, hemos considerado que podria ser trabajo ventajoso, del que en dia no lejano pudiera reportarse algún provecho. En sostenimiento de nuestro aserto no hemos de apoyarnos en la falsa alar- ma que ha poco agitaba y conmovía la sociedad mexicana por la epidemia des- arrollada en los Estados de Chiapas y Tabasco; juzgada ya por la opinión mé" dica, como de disenteria aguda ó fiebre perniciosa coleriforme; determinada por especiales condiciones telúricas y bromatológicas, y que siempre dudamos fuese de cólera indiano en razón al modo de invadir, de propagarse, de su síndrome patológico y de los resultados obtenidos por las diversas medicaciones. Si he- mos dicho que nos encontramos ante una pandemia colérica, es porque basta lanzar una ojeada por la prensa de todos los países para averiguar que el cóle- ra en ménos de un año, y partiendo desde la zona en que siempre reside con carácter endémico; irradiándose de las márgenes cenagosas de los misteriosos rios de la India, que por tan triste privilegio han inmortalizado su nombre en la historia de la humanidad, ha recorrido de Oriente á Occidente la parte Sur del continente asiático, isla de Ceilan, Bombay, Aden, Suez y la parte Norte de Africa hasta Tánger en su extremo occidental, y en opuesto sentido, de Oc- cidente á Oriente, le vemos aparecer durante la misma época en Sumatra, Ja- va, Borneo, China, Japón y Joló; hasta que por último, hace sentir su desas- troso influjo recientemente sobre el Archipiélago Filipino; de modo que ha abarcado en sus etapas una extensa faja desde los territorios de la Oceanía has- ta la parte más occidental del Africa: y cuando esto es evidente, no hemos de ser nosotros los que afirmemos que se encuentra agotada dentro de estos lími- tes su fuerza de emersión, teniendo á la vista, como precedente, lo acaecido en las tres pandemias que se han estudiado durante el siglo actual. Y como te- nemos la convicción de que j uzgando los hechos con frió raciocinio, mostrando la verdad desnuda ante los seres inteligentes, señalando el peligro para evitar- lo, si se puede, ó para combatirlo con serenidad si directamente nos ofende, se adelanta mas, y mayor suma de bienes se consigue, que abandonándose á la ca- 5 sualidadó á una ciega confianza: hé aquí por qué, Señores Jurados, hemos emi- tido las precedentes apreciaciones y os presentamos nuestro trabajo, pudiendo de antemano aseguraros, que si otra cosa no representa, manifiesta, al menos, el deseo de ser útil á la Nación privilegiada que nos acoge en su seno, y el más vivo aún de que con vuestra benévola acogida nos haga merecedores á honrar- nos con el preciado título de miembro de esta respetable Escuela. HISTORIA: Aunque se sospecha su remota existencia y se quieren señalar algunas indi- caciones contenidas en libros sánscritos, es lo cierto que ántes del siglo decimo- sexto ningún trabajo se había publicado acerca del cólera, hasta que en dicha época la describió con el nombre de Mordechim ó Mordexim el Dr. García de Horta, portugués de nación, asegurando que desde la más primitiva antigüe- dad hacía sus estragos en la India, ya en la forma esporádica, ya en la epidé- mica; sin que exista ningún otro dato para formar la historia de esta enferme- dad, hasta las publicaciones de los médicos ingleses, que describieron las epide- mias parciales ocurridas en distintos puntos del Indostan durante el último tercio del pasado siglo y principios del actual, y sin que haya noticias de que en tan largo período de tiempo rebasase nunca los límites en que vive con ca- rácter endémico, hasta el año de 1817, en que apareciendo en Chittagoud y Patna prosigue á Jessora, donde estalla el 10 de Agosto de dicho año para continuar al mes siguiente hasta Calcuta: comenzando así la primer pandémia que vino á caracterizar el génio epidémico del siglo diez y nueve; distinto á la verdad del que distinguió á las anteriores centurias dominadas por las epide- mias de peste bubónica; enfermedad que hoy se encuentra circunscrita, en for- ma endémica, á las márgenes del Nilo; excepción hecha de una escursion epi- démica iniciada al terminar la última guerra turco-rusa en varios puntos de la Turquía y Rusia meridional; y que si bien hizo considerables estragos en di- chas regiones, fué ahogada, digámoslo así, por los poderosos medios que las ad- ministraciones de aquellos países pusieron al servicio de la Higiene pública. En el propio verano de 1817, el cólera desde Calcuta se extendió en varias direcciones: marchando primero y en un espacio limitado hacia el Noroeste, y luego comprendiendo extensos territorios hácia Occidente, avanzando durante trece años por casi todos los países de Asia; llegando á Europa en 1830, cru- zándola oblicuamente de Surá Norte y de Este á Oeste en el trascurso de tres años, hasta que en 1833 alcanza el límite de expansión penetrando en América, siguiendo las vías comerciales sin dirección determinada, fijándose más en las Antillas, y principalmente en las poblaciones de los litorales y márgenes de los grandes rios. Dos años más tarde, en 1835, vuelve á cruzar la Europa por el Sur, dejándola luego libre por espacio de once años, quedando entonces el có- lera limitado á su foco de origen; pero en 1847, tras una epidemia del Indostan 6 iniciada desde 1842, comienza la segunda pandemia invadiendo á Moskow en el Noroeste de Europa, y siguiendo un camino análogo al recorrido en la anterior, extiéndese por toda la Eusia, Polonia y Prusia, al propio tiempo que por el Sur á Hungría, Bohemia y Austria. Desde Prusia, siguiendo el curso del El- ba, penetró en Hamburgo, de donde fue importado á Inglaterra; desde allí á Francia, que á su vez, de nuevo, lo importó á la América. Disminuyó su in- tensidad en 1850; pero recrudecido en 1852 vuelve á tomar surumbo acostum- brado, y en 1853 invade la ítusia, Prusia, Polonia, Francia é Inglaterra. La guerra de Crimea, acaecida en 1854, favorece su extensión. Extínguese hácia el Norte en 1855; pero en cambio avívase hácia el Sur hasta 1858, en que pe- netra en la Meca, donde á fines de Enero de 1859 habia ocasionado más de 30,000 defunciones. Desaparece en 1860, terminando así la segunda pandemia. En la tercera, iniciándose el cólera en Bombay en el verano de 1864, es im- portado al Hedjaz en 1865, extendiéndose, además, por Java y Singapoore. Vuelve á penetrar en la Meca, y al regreso de los peregrinos en buques de va- por le trasportan á Suez y Alejandría: estando demostrado que esta pandemia fué importada á Europa por dichas vías de comunicación, pues habiendo llegado en los primeros dias de Junio á Marsella el vapor “Estella,” procedente de Ale- jandría, conduciendo á bordo 67 peregrinos de la Meca, de los cuales habian fa- llecido dos durante la travesía, fué el buque admitido á libre plática y los peregri- nos puestos en comunicación con la ciudad; por haberse atribuido las defuncio- nes á la disenteria crónica, cuando en realidad el cólera las había causado, y el dia 12 del mismo mes estalla la epidemia en la ciudad, irradiándose luego á To- lón y otras poblaciones intermedias. Preséntase en Paris el 15 de Setiembre y no se extingue hasta mediados de Enero de 1866, después de ocasionar 6,626 defunciones. Interrrumpe sus estragos el invierno; pero en la primavera del 66 se presenta en Amiens y en todo el litoral del Canal de la Mancha, presentán- dose otra vez en Paris produciendo 5,700 defunciones, desapareciendo de allí á principios de 1867 para hacer su entrada en Inglaterra, donde causó ménos es- tragos que en otras naciones, merced al desarrollo que allí tiene la higiene pú- blica y á los eminentes servicios que prestara el “General Board of Health.” Por otra parte, desde Alejandría en 1865, llevan el cólera los peregrinos á Cons- tantinopla, miéntras que otros buques le importan á Trieste, Ancona y Gibral- tar. Desde Constantinopla marcha á todos los puertos que comunican con la ca- pital del Imperio Otomano, Odessa tuvo una epidemia limitada á principios de Junio del 65, y desde este punto y el de Galatz es importado á Prusia y en se- guida se extiende por toda la Alemania y Austria, en la que desde Junió hasta á fines de Octubre del 66 ocasiona 94,000 víctimas. Más tarde invade diversas regiones de Asia, Africa, Europa y América, ex- tendiéndose variablemente y respetando comarcas que en anteriores pandemias asolara. Es un hecho evidente que en esta última excursión el cólera ha per- dido en intensidad, ganando en extensión y frecuencia, y distinguidos epidemió- logos juzgan que supuestas estas condiciones propende á ser endémico en pun- tos donde ántes no se ha presentado sino en forma epidémica, habiéndose tam- 7 bien en esta pandemia conseguido fijar mejor su época de invasión y marcha en las distintas naciones y localidades, gracias á lo perfeccionado de las modernas comunicaciones. El último punto abandonado por el cólera fue la Siria en Enero de 1876, época en que termina la tercer pandemia que comprende un período de doce años, así como la segunda de diez y ocho y la primera de diez y nueve. España conserva un doloroso recuerdo del paso del cólera por Europa en las distintas épocas que lo ha verificado; así vemos que esta terrible enfermedad, importada á Yigo y otras poblaciones de Galicia á principios de 1833 por las comunicaciones habidas con el navio inglés “London Marchand,” que también había infectado á Portugal, é introducido en Andalucía por la frontera del ü.1- garbe, así como más tarde en las costas del Mediterráneo por el navio francés “Tritón,” asóla la mayor parte de la Península hasta 1836. La falta de bue- nos datos estadísticos nos impide fijar con exactitud el número de víctimas que causara; pero debió ser excesivamente considerable, en razón á que la Higiene pública dejaba aún mucho que desear, y á que sólo una ciudad, Sevilla, vió en el verano de 1833 diezmada su población. En los estíos de 1854, 55, 56 y 57, gran número de poblaciones españolas pagaron no escaso tributo al cólera indiano importado por las costas del Mediterráneo. Finalmente, á poco de iniciarse en Marsella en 1865, fue trasmitido casi simultáneamente desde este puerto francés á los de Barcelona y Sevilla, desde donde, á su vez, se exten- dió por casi toda España. Los progresos de la Higiene pública y el benéfico influjo de las “Asociaciones de amigos de los pobres,” instituidas entonces pa- ra atender á las necesidades creadas por la epidemia, dieron por resultado que el cólera hiciese sentir ménos su perniciosa influencia, y desapareciese de la Península ántes de comenzar el año de 1866. IDIEIFIIsriCIOlsr! El cólera morbo asiático es una enfermedad exótica, fuera de la India, deter- minada por la introducción en el organismo de un principio miasmático-conta- gioso, y caracterizada por notable hipersecrecion gastro-intestinal, lesiones pro- fundas del sistema linfático del intestino delgado, diminución y espesamiento de la sangre, y alteraciones funcionales del sistema nervioso central y periférico. IP^TOGrlEIIlTIJL: Está fuera de duda, y así lo han reconocido las Conferencias Sanitarias In- ternacionales reunidas en Constantinopla en 1866, y en Viena en 1873, que el único origen, conocido hasta hoy, del cólera morbo, es la península del Indos- tan; pues los hechos que se citan por algunos autores, de haber aparecido es- 8 pontáíieamente la enfermedad en el Cáucaso, Turquía Asiática, Norte de Afri- ca ó América, se refieren á focos de infección secundarios, más ó menos tena- ces, sin que tampoco haya en el Hedjaz foco originario, como ántes se habia sospechado. Lo evidente es que existen ciertas localidades, principalmente comprendidas en los valles del Gánges y del Brahma-Putra, donde el cólera es endémico; pero no todas pueden precisarse, ni mucho ménos afirmar que por sí solas gozan el exclusivo privilegio de dar origen á esta enfermedad, cuyas con- diciones especiales de producción y naturaleza, aún, se desconocen, siendo casi seguro que fuera de estos focos donde habitualmente reside, necesite de la im- portación para desarrollarse como epidemia, y que las peregrinaciones sean la más poderosa de las causas que concurren al desarrollo y propagación de estas epidemias en la India; sin que, por lo anteriormente dicho, pueda negarse la posibilidad de que el cólera llegue á aclimatarse en otros países como enferme- dad endémica, áun cuando hasta el presente no haya sucedido. La naturaleza y atributos del principio morbígeno no puede aún determinar- se con exactitud; pero cada dia gana más terreno entre los epidemiólogos la teo- ría de Motard, que asigna propiedades especiales á la flora y fauna parasitarias de cada país para generar enfermedades específicas. Los experimentos biológi- cos han venido á poner en evidencia que el cólera no sólo se propaga por in- fección miasmática, sino que tiene un principio tóxico, susceptible de demostra- ción directa, el cual está contenido, como también lo han reconocido las Con- ferencias Internacionales, en las deyecciones de los enfermos. Para probar es- ta afirmación, basta citar los notables experimentos de Legros, Gujon, Lieudray, Hiersch y Burdon Sanderson. El análisis químico de las deyecciones y sangre de los coléricos, practicado con objeto de investigar la naturaleza de sus alteraciones íntimas, y el exámen microscópico de dichas materias, multiplicado en esta época hasta lo increible con el afan de encontrar un microzoario ó microfito especial, por cuya presen- cia y modo de obrar sobre el organismo tuviesen satisfactoria explicación todos los fenómenos de esta enfermedad, unas y otras investigaciones han dado has- ta ahora resultados poco concluyentes: si bien, al parecer, nos encontramos en vías de obtenerlos más lisonjeros. Al estudiar Becquerel la composición del líquido de las deyeccciones, com- prueba su analogía con la serosidad de la sangre, y en el análisis de la sangre misma encuentra aumento en la cantidad de glóbulos, diminución en la del suero que aparece más denso y conteniendo en un volúmen casi triple del nor- mal albúmina, sales y materias grasas y extractivas; miéntras que Andral en otros análisis obtiene resultados algo diferentes, y sobre todo, sostiene que la proporción de albúmina en la sangre es completamente normal, probándolo así ante la Academia de Ciencias de París. Los micrógrafos sólo encontraron en un principio esporos de los géneros “Torula” y “Uredo,” que nada tienen de especiales, supuesto que también se encuentran en varios alimentos sanos y en el agua común; hasta que en 1867 Hallier encontró en las heces coléricas unos filamentos ligeros, que nadaban en 9 la superficie y unas células, de color amarillo oscuro, que se precipitaban al fon- do, constituyendo, unos y otras, espórulos que Hallier denominó “micrococos,” los cuales se reproducían rápidamente por segmentación. Y como en las raíces del arroz, cultivado en la India, se ha encontrado asi mismo una criptógama llamada “ Urocystis oculta,” que cubre como de orin esta parte de la planta, y Hallier, regando el arroz con heces coléricas, y sólo por este medio ha podido obtener en Europa microfitos exóticos de formas análogas al “ Urocystis,” de ahí deduce que el cólera tiene por causa originaria un parásito que procede del arroz, el cual no puede aclimatarse fuera de la India, pero que es susceptible al introducirse en el tubo digestivo del hombre, de reproducirse en medio de las heces. Si se confirmasen estas observaciones, cual fuera de desear, tendríamos comprobada la teoría de Motard al proceder el cólera de la flora parasitaria del país en que es endémico. El ilustre cuanto malogrado Perls, en su “Tratado de Patología General,” al hablar de los parásitos, después de consignar que en las deyecciones de los co- léricos [en cuantas gotas se examinan al microscopio] se encuentra un infuso- rio de organización superior, “ Cercomonas Intestinalisde cuerpo pisiforme, á modo de célula, terminado por un extremo en un aguijón puntiagudo, y provis- to en el otro de una prolongación delgada que se agita con viveza describiendo flexuosidades, y que en la orina de los mismos se encuentra también un infuso- rio parecido, “ Cercomonas Urinarias;” duda que dichos infusorios tengan por sí mismos significación etiológica, y áun más, que sean los agentes provocado- res de la enfermedad, en razón á que se ha comprobado su existencia en otros diferentes estados patológicos, catarros, tifo, úlceras pútridas, etc., creyendo más bien que las excreciones y secreciones de las mucosas enfermas les ofrezcan terreno apropiado para el desarrollo de sus gérmenes, admitiendo la posibilidad, sin embargo, de que este desarrollo y la irritación ejercida por los gérmenes contribuya á sostener y aumentar el catarro preexistente. Más adelante el mismo Perls, al hablar de los hongos fisiparos ó esquiromi- cetos, y su significación etiológica, consigna, en primer término, que estos hon- gos se han encontrado en los más diversos estados patológicos y en condiciones extremadamente distintas, sin que apénas haya duda de que existen, casi siem- pre, en la sangre y órganos de individuos sanos; habiéndoseles visto además en cantidades considerables en órganos enfermos que, ni tenian comunicación di- recta con la atmósfera, ni estaban alterados de un modo análogo sus medios in- directos de comunicación exterior [sangre y pulmones]; pero que hasta ahora sólo en dos enfermedades, la fiebre recurrente y el antrax, ofrecen los hongos fisiparos una forma de desarrollo específica y determinada, “Spirilo recurrens” y “Bacillus antracis” de tal modo característicos, que el más tenaz escepticis- mo no encuentra fundamentos para dudar que son los agentes determinantes de la respectiva enfermedad, miéntras que en otras muchas afecciones los micro- cocos y bacterias que se presentan son iguales, al parecer, á los que existen en la simple putrefacción de los órganos. Los datos hasta ahora conocidos, imparcialmente juzgados, tanto inclinan á 10 declararse en pro como en contra del contagio esquiromicético, y en realidad es la sencillez fascinadora de la teoría la que á muchos observadores autorizados induce á admitir, como causa provocadora de muchas enfermedades, la entrada en la economía de ciertos organismos inferiores: ello es que, sin hablar de otro número considerable de afecciones en que se ha demostrado la existencia de mi- crococos, á la presencia de éstos se ha querido atribuir, muy especialmente, la generación del grupo de las enfermedades infectivas, representando este con- cepto, en la actualidad, un determinado número de procesos morbosos, entre los que se cuenta el cólera, que se distinguen por el carácter etiológico especial de ser originados por la entrada en el organismo de una sustancia nociva particu- lar, que se distingue de los venenos químicos usuales; porque en la mayoría de los casos se reproduce dentro del organismo animal, y puede multiplicarse dentro y fuera de él en condiciones apropiadas. En las enfermedades miasmáticas, el enfermo no contribuye en manera algu- na á la formación del miasma; en las contagiosas es de suponer, con toda proba- bilidad, que el agente provocador se produce y multiplica exclusivamente en el organismo animal, y en las miasmático-contagiosas el mismo enfermo contribu- ye, del modo más funesto, á la reproducción y propagación del agente tóxico, sirviendo el suelo y los demás medios que le rodean de focos secundarios para la formación de la materia infectante, de mayor ó mener intensidad, según las condiciones que ésta necesita para su especial desarrollo. No se puede incluir en la série de sustancias químicas, según su modo de obrar, esta materia infec- tante, y para negarle estas propiedades basta considerar lo extremadamente exi- guo de la cantidad de sustancia que arrastrada por el aire, contenida en el suelo ó impregnada en ciertos objetos es suficiente, en ocasiones, para llenar de luto una extensa comarca, y la necesidad, deducida de estos hechos tan comproba- dos, de admitir la reproducción del agente tóxico en el organismo y en los me- dios que le rodean. No ha muchos años se ha comparado su acción con la de los elementos que determinan las fermentaciones, y por esto se dió á las enfermedades que oca- sionan el nombre de Zimóticas. Pasteur, considerando las fermentaciones co. mo consecuencia de la intervención en ciertos actos químicos, de organismos inferiores indujo á aceptar la creencia de que en las enfermedades infectivas se produce un fenómeno de esta especie: siendo estas enfermedades consideradas como de invasión, lo mismo que la triquinosis. Y no es posible negar que la hipótesis de un contagio animado es la única mediante la cual podemos dar- nos cuenta de la auto-reproduccion del principio contagiante, pudiendo admi- tir entónces la existencia de séres inferiores, cuyos esporos son arrastrados á manera de polvo, llegando unos en condiciones dadas á desarrollarse ulterior- mente en el suelo, provocando las enfermedades miasmáticas; otros en nuestro cuerpo ocasionando las contagiosas, y necesitando otros, después de haber pa- sado por nuestro cuerpo, atravesar un período de juventud ó metamorfosis en el agua, en el suelo ó dentro de otros organismos ántes de poderse desarrollar de nuevo en el nuestro, á la manera como sucede con muchos helmintos, para 11 dar origen á las enfermedades miasmátieo-contagiosas. Así sucede en el cóle- ra, habiendo probado Burdon-Sanderson, Hiersch y otros, la inocuidad de las deyecciones frescas y su diferente poder iufectivo según el tiempo trascurrido desde su expulsión, y según las distintas condiciones en que se las coloca. La circunstancia de trascurrir siempre cierto espacio de tiempo, muy variable en cada una de las enfermedades infectivas, entre la infección y la explosión de los síntomas morbosos, llamado período de incubación, se explicaría de un mo- do racional suponiendo que el parásito, que se introduce en el cuerpo, no es nocivo hasta que atraviesa cierto período de desarrollo, ó mejor dicho, hasta que ha comenzado su fructificación. Pero por muy conveniente que sea poseer una hipótesis que nos permita ex- plicar la naturaleza de todas las entidades que componen un gran grupo pato- lógico, no debemos, aún, erigirla en ley: examinando atentamente las circuns- tancias que deben tomarse en cuenta, nos encontramos lejos, aún, de poder considerar el contagio animado como causa de todas las enfermedades infecti- vas, y particularmente del cólera, con la misma certeza con que le admitimos res- pecto de la fiebre recurrente, el antraxó la triquinosis. No es posible conceder gran valor á la comprobación positiva de la existencia en el cuerpo de los agen- tes provocadores de la enfermedad, á causa de que es fácil que éstos pasen des- apercibidos, en razón á su extremada pequeñez: cuando estos agentes no for- man grupos voluminosos y diseminados no se pueden diferenciar de otros gra- nulos moleculares, que siempre se encuentran en la sangre y los tejidos. La experiencia, de suyo tan convincente, de multiplicarlos por medio del cultivo artificial y provocar la infección con el producto cultivado, como se ha conse- guido con el Bacillus cintracis, no ha dado resultado en algunas enfermedades, no se ha realizado todavía en otras, y en cuanto al cólera, las experiencias de cultivo del Urocystis oculta hechas por Hallier, por una parte necesitan compro- barse, y por otra, la demostración directa de que la ingestión del Urocystis pro- duce en todo caso la infección colérica. Las investigaciones practicadas por Lerwis en la India en 1871 para comprobar si el cólera era provocado por los hongos fisiparos, mucedincas masas de zooglea ó huevos de ascárides, según ve- nía pretendiéndose por algunos observadores, dieron un resultado negativo, de- mostrando que las deposiciones coléricas no se diferencian de una manera de- terminada de las otras deyecciones, ni por la especie, ni por la cantidad de los hongos y óvulos en ellas contenidos. Sin embargo, bajo el punto de vista po- sitivo de la cuestión de la naturaleza parasitaria de las enfermedades infectivas, y por tanto del cólera, son de verdadera importancia las investigaciones poste- riores de Roberto Kock sobre el carbúnculo y su obra publicada en Leipzig en 1878. Dicho observador ha utilizado, como medio preferente de investigación microscópica, la coloración con el violeta de metilanilina practicada cuando se trata de líquidos (sangre linfa, etc.) después de haber hecho secar la gota en el porta-objetos; y lavando en una disolución ténue de carbonato potásico los cor- tes de tejidos teñidos con anilina, pudo conseguir que sólo quedasen teñidos los hongos, haciendo resaltar de este modo perceptiblemente su propagación: y con 12 el auxilio de un nuevo aparato de iluminación de Abbe-Zeis pudo comprobar diversas formas de micrococos y bacilos correspondientes á estados séptico-pié- micos de diversa especie, determinados por infecciones locales y generales que había producido en conejos y ratones; por sus dimensiones, forma y agrupación, presentaban en cada caso los micrococos y bacterias una constitución específica, y su reinoculacion dio origen á iguales alteraciones anatómicas y á hongos de forma idéntica. Si estas observaciones se generalizan y confirman, pudiéndose demostrar iguales diferencias en las enfermedades infectivas del hombre, queda- rán desvanecidas la mayor parte de las objeciones que se hacen á la hipótesis del contagio animado, y probada asi mismo la deducción que de dicha teoría se desprende, de que entre los organismos inferiores que producen las diversas en- fermedades infectivas ha de haber necesariamente un número de especies dife- rentes, igual, por lo ménos, al de enfermedades que son susceptibles de ocasio- nar; supuesto que vemos que cada una de estas, al trasmitirse, siempre conserva su carácter específico: así el individuo contagiado de un enfermo de escarlatina contrae ésta y no otra enfermedad infectiva, y el enfermo de cólera trasporta á otra comarca únicamente el cólera. Considerando esta constancia en la trasmisión uniforme de cada enfermedad infectiva en su forma específica á individuos diversamente constituidos, no cabe la posibilidad, admisible de suyo por otra parte, de que el mismo hongo se des- arrolle de diverso modo y de origen á fenómenos morbosos distintos, también, cuando se encuentra en condiciones diferentes: si estas enfermedades se han de considerar como de invasión, han de existir necesariamente tantos gérmenes morbosos específicamente constituidos, como enfermedades se presentan en for- ma también específica, ó se hace forzoso admitir que en la trasmisión de la ma- teria contagiosa no interviene sólo la invasión del hongo, sino que con él entra simultáneamente en el organismo un algo desconocido para nosotros que for- ma el fondo determinante del modo de desarrollo del gérmen, y de cuyas con- diciones depende que el mismo hongo determine una ú otra enfermedad. Con esta nueva hipótesis recientemente expuesta por Nágeli, se destruye en vez de afirmarla teoría del contagio animado: el hongo deja de ser el legítimo deter- minante de la enfermedad, y ese algo que determina la forma de aquel es el ver- dadero provocador: y de este modo, cuando creíamos acercarnos al descubrimien- to de la verdadera naturaleza de estas enfermedades, habríamos venido á per- dernos en el misterioso laberinto de lo desconocido; pero también es cierto que desde el momento que consideremos los organismos inferiores como provoca- dores exclusivos de la enfermedad nos encontramos ante la necesidad de admi- tir una diversidad de especies, cuyas distintas formas no ha sido posible reco- nocer, hasta ahora en las imágenes microscópicas, si prescindimos de las noti- cias suministradas por Kock. Aunque esto último constituye para muchos una grave dificultad para admitir la teoría en toda su aplicación, no debe olvidarse que hace pocos años nada sabíamos, aún, de la importancia patogénica de las tri- quinas, que el descubrimiento del hongo dél antrax pertenece á época muy re- ciente, y que los espirilos de la fiebre recurrente pasaron ántes desapercibidos 13 en todas las investigaciones de la sangre, y es tanta su finura, que áun hoy pue- den fácilmente escapar á la exploración; y estos hechos experimentales nos au- torizan á esperar que nuevos y minuciosos estudios pongan en evidencia la sig- nificación de los organismos inferiores en las demás enfermedades infectivas, y sobre todo en el cólera, principal objeto de nuestro estudio. F^jCOPJ^OrJ^CXOlSr. Está demostrado, habiendo también merecido la sanción de ambas Confe- rencias Internacionales, que el cólera se ha propagado por el hombre con tan- ta mayor prontitud, cuanto más activas y rápidas se han hecho sus emigracio- nes, y que su trasmisibilidad por este medio es una verdad incontestable, acre- ditada por hechos que no admiten ninguna otra interpretación, sin que nada, en cambio, haya probado hasta el presente que pueda propagarse, á través de largas distancias, sólo por la atmósfera, en cualquiera condición en que ésta se halle; siendo una ley, sin excepción, la de no haberse propagado nunca una epidemia colérica desde un punto á otro en ménos tiempo del necesario para que el hombre recorra la distancia que los separa; y áun cuando no toda pro- cedencia de país infectado es apta para trasportar el cólera, es prudente consi- derarlas en general como susceptibles, hasta que buenas clasificaciones fijen el grado de receptividad de cada materia. Del mismo modo se admite que el hombre atacado de cólera es por sí mis- mo el principal agente propagador de esta enfermedad, pudiendo un sólo colé- rico desarrollar una epidemia; existiendo hechos que tienden á probar que un sólo individuo, y con más razón muchos, procedentes de punto infectado y ata- cado, no ya de cólera, sino de la simple diarrea premonitoria, puede ser bastante á producir el desarrollo de una epidemia colérica; ó en otros términos, que la dia- rrea premonitoria puede trasmitir el cólera; y como el período de incubación de esta enfermedad es de dos á cuatro dias, cuantos hechos se citan de una incu- bación más larga, deben referirse á que la contaminación se ha realizado en un punto distinto al que se atribuye. Las mercancías, los animales vivos y los cadáveres, sobre todo de coléricos, no está probado con certeza que puedan trasmitir el cólera; pero en determina- das circunstancias conviene tenerlos como materias susceptibles, y más que na- da los objetos de uso; con más razón si se sospecha que hayan podido pertene- cer á individuos que hayan sufrido la influencia colérica. Si las procedencias de puntos infectados están encerradas de suerte que no haya podido llegar has- ta ellas el aire exterior, aumentan las probabilidades de que trasmitan el agen- te colérico. De lo dicho se infiere que, fuera de circunstancias especiales, es pru- dente evitar ántes de la desinfección conveniente la importación de todo lo que proceda de los focos coléricos. Todos los epidemiólogos~están conformes en que las comunicaciones maríti- 14 mas son, por su naturaleza y modo de realizarse, las más peligrosas y las que con mayor seguridad propagan el cólera á largas distancias, y después de éstas, las que establecen los ferrocarrilles son á su vez las más temibles por la rapidez con que puede difundirse la enfermedad: estando, en cambio, demostrado que los desiertos extensos son una barrera muy eficaz contra la propagación del cóle- ra, pues no hay ejemplo de que haya sido importado á Egipto ó Siria por las caravanas procedentes de la Meca á través del desierto, y sí por las que arriba- ron á sus puertos. Es condición favorable á la rapidez de la extensión de la enfermedad toda aglomeración humana en la cual penetre el cólera; y cuando dicha aglomeración se encuentra en malas condiciones higiénicas, favorece asimismo, la violencia de la epidemia en ella, tanto, que la rapidez de la extensión es proporcional á la concentración de la masa aglomerada; miéntras que la violencia de la epidemia en igualdad de circunstancias es tanto mayor, cuanto ménos han sufrido la in- fluencia colérica los individuos que constituyen la aglomeración, ó más libres se han visto de ella; los que ya la han sufrido, gozan de una inmunidad tempo- ral y relativa que compensa los efectos de la acumulación. En estos casos, cuan- to más rápida es la extensión, más pronto cesa la epidemia, á ménos que lleguen nuevas gentes sanas á dar pábulo á la enfermedad y á sostenerla. De este mo- do se comportan las epidemias que se presentan en los buques muy atestados, en los ejércitos, grandes ferias y peregrinaciones; pero hay que advertir que consideradas estas agrupaciones como poderosos elementos de propagación, la poca intensidad de los accidentes coléricos que ellas sufran no exime del peli- gro que indudablemente existe, de que trasmitan á las localidades intensas y mortíferas epidemias. De lo dicho anteriormente se desprende que la diseminación de toda masa aglomerada, realizada en tiempo oportuno, puede disminuir la violencia de una epidemia colérica que acaba de nacer y áun impedir su desarrollo y extensión; pero que esta diseminación daría, por el contrario, origen á un gran peligro de propagación, si se realiza en el seno de localidades que todavía no hubiesen su- frido la influencia del cólera. Las condiciones especíales que predisponen á una población para contraer el cólera, y favorecen por lo tanto la intensidad de las epidemias, son: la miseria en todas sus consecuencias, la acumulación de los individuos, el estado enfermizo de éstos, la estación cálida, la falta de ventilación y las emanaciones de un sue- lo poroso impregnado de materias orgánicas, sobre todo cuando éstas proceden de deyecciones coléricas; y estando demostrado por la experiencia que éstas en- cierran el principio generador del cólera, debe admitirse que los lugares comu- nes, las cloacas y las aguas contaminadas de una población son á su vez agen- tes de propagación de la enfermedad; pareciendo resultar de ciertos hechos que el suelo de una localidad, una vez impregnado de detritus coléricos, ha podido conservar largo tiempo la propiedad de desprender el principio de la enferme- dad, y sostener así una epidemia, y áun reproducirla algún tiempo después de extinguida, 15 Parece probable que el agente colérico, á semejanza del tífico, agota con rapi- dez su acción en el aire libre á poca distancia del foco de emisión; y aunque el aire ambiente es su vehículo principal, la trasmisión de la enfermedad por la at- mósfera queda reducida, casi siempre, á distancias muy cortas* pues en cuanto á los hechos que se citan de trasporte por la atmósfera á una ó muchas leguas de distancia, no están bien comprobados. El agua y ciertos alimentos pueden servir también de vehículos para la introducción en el organismo del principio generador del cólera, deduciéndose de esto que las vías por donde aquel pene- tra son, en primer término, las respiratorias y acaso también las digestivas, no estando, en ningún caso, demostrada su introducción por la piel. En resúmen puede decirse, según venimos sosteniendo, que las materias de las deyecciones coléricas son el principal receptáculo del agente morbífico, y que todo lo contaminado por ellas se convierte en medio de propagación, despren- diendo el principio colerígeno bajo la influencia de condiciones favorables; sien- do además probable que fuera de la India, de donde procede, no pueda este principio realizar su génesis sino dentro del organismo, para metamorfosearse luego en el exterior. La estructura del suelo desempeña un papel importante en el desarrollo del cólera; así lo han venido reconociendo muchos observadores, quienes han cons- tituido lo que hoy se llama la “Teoría telúrica de la diseminación del cólera.” Fourcault sostiene en 1849 que los terrenos de aluvión, los calcáreos groseros, los arcillosos, los carboníferos y los calcáreo-magnesianos favorecían su desarro- llo, siendo también muy aptas las tierras húmedas, miéntras que los terrenos primitivos y de transición, sobre todo el granítico, las gruesas capas de arena y las aglomeraciones de sílice y creta, se oponían á la propagación. Boubeé en 1854 y Vial en L862, han publicado trabajos que contienen afirmaciones casi idénticas á las de Fourcault; pero quien verdaderamente ha desarrollado esta teoría ha sido Pettenkofer, que dejando aparte la composición química del te- rreno, atiende sólo á los caractéres físicos del suelo y al estado del sub-suelc, fi- jando así los verdaderos puntos de partida. Con respecto al suelo, establece que los terrenos compactos (calcáreo-primitivos, de transición, y áun las for- maciones secundarias, calcáreo-jurásicas) producen inmunidad: cuando se en- cuentran expuestos al aire libre, y que los terrenos porosos, susceptibles de im- bibición y de absorción de gases (tierras vegetales, arenosas, arcillosas, etc.) favorecen el desarrollo y diseminación del cólera. Respecto al sub-süelo, lo im- portante es el nivel de las aguas subterráneas; siendo este nivel movible, varían sus efectos; miéntras más alto, tanto menor es la putrefacción y más lentas las metamorfosis de las materias orgánicas contenidas en el suelo, y menor, por tanto, la cantidad de miasmas exhalados; ocurriendo lo contrario cuando el ni- vel de las aguas subterráneas desciende rápidamente por sequías prolongadas ó elevaciones fuertes de temperatura, desarrollándose en estas condiciones las epidemias con extremada violencia. Aunque esta teoría ha tenido muchos im- pugnadores, se hace forzoso reconocer que Pettenkofer ha contestado brillante- mente todos los argumentos, habiendo recibido la sanción de los notables ex 16 perimentos que Cunningham, en 1872, practicara en la India para compro- barla. Al propio tiempo otra teoría iniciada por Schoenbein y desarrollada por Stie- mer, intenta explicar la propagación del cólera y la diversa receptividad de las localidades por la cantidad de ozono que la atmósfera contiene, suponiendo que se necesita diminución pronunciada de aquel cuerpo para que dicha enfermedad invada y se propague con rapidez. Las observaciones ozonométricas practica- das en muchos puntos con el papel Berzelius durante distintas epidemias, han dado resultados diversos; y si bien en el mayor número consta una diminución efectiva, ésta no ha sido constante, ni guardado proporción exacta con los di- versos períodos de la epidemia; así es que hasta el presente sólo se admite entre los epidemiólogos este hecho como una coincidencia que puede aumentar la re- ceptividad local, sin considerarlo como causa provocadora directa de la genera- ción del cólera ó medio de trasmisión. Nadie ha sintetizado como Jaccoud las cuestiones etiológicas referentes al cólera en las siguientes conclusiones, que aceptamos sin reserva: la absorción del veneno colerígeno es la única causa de la enfermedad: la comunicación del veneno por el hombre enfermo (ó por los objetos contaminados) es la única causa de la propagación del mal de una localidad á otra; pero la producción de las epidemias en una localidad infectada por importación, está subordinada á cier- tas causas auxiliares, entre las que ocupan el primer lugar las condiciones telú- ricas fijas y variables. No queremos terminar lo concerniente á la Patogenia y propagación de es- ta enfermedad, sin llamar la atención sobre el hecho de que tanto en las con- clusiones de las Conferencias Sanitarias Internacionales de Constantinopla y Yiena, como en los trabajos de la inmensa mayoría de los médicos modernos que de este asunto se ocupan, predomina el criterio contagionista en el sentido que se le dá en la actualidad al contagio, es decir: la trasmisión de una enfer- medad del hombre enfermo al sano, verificada por medio de un producto ema- nado del enfermo: predominio que se acentúa desde los estudios á que dió lu- gar la pandemia de 1865, hasta el punto de que se ofreciese el caso de cambiar radicalmente de opinión, pasándose al campo contagionista un observador tan distinguido como el profesor Nieiueyer, de Tubinga: y como este criterio tan generalmente aceptado tiene inmensa trascendencia para la profilaxis pública é individual, de aquí nuestra insistencia en consignarlo. No se nos oculta que los numerosos partidarios que la escuela positivista cuen- ta en Medicina aprecian de bien distinta manera estas cuestiones, en razón á que la idea del contagio epidémico no es compatible con sus principios; mas si consideramos, como debe ser, al positivismo no constituyendo un cuerpo de doc- trina, sino un sistema de investigación mediante el que nuestro juicio, siempre que sea dable debe basarse en la experiencia de los hechos y en la observación atenta de los fenómenos, aceptaremos sin reparo la idea del contagio, fundada en tan sólidos principios y no en meras elucubraciones. Con el trascurso del tiem- po puede que se expliquen mejor los hechos contenidos en los anales de las epi 17 demias, y que entónces aparezca de un modo evidente que el Contagio es una quimera vana, como tantas otras que el hombre acariciara: entónces también sería el momento oportuno para cambiar de opinión, pues como dice muy bien nuestro higienista Giné: si es de lamentar la falta de energía intelectual, no es menos censurable la tenacidad psicológica. Entre tanto, más bien opinamos en que pronto llegará el dia en que así los contagionistas que se parapetan tras los experimentos biológicos, como los positivistas que lo hacen tras sus princi- pios de escuela, vendrán á un acuerdo aceptando la teoría de la fermentación, cuando modificada por sucesivos estudios pueda aplicarse de un todo á la gé- nesis de las enfermedades infectivas satisfaciendo nuestra justa aspiración á la verdad. PATOLÓGICA La inspección necroscópica de los fallecidos á consecuencia del cólera morbo, ofrece desde luego fenómenos que se han agrupado en dos órdenes distintos: compréndese en el primero aquellos que parecen resultar de la acción directa del agente colérico sobre el tubo digestivo; y en el segundo los que se han considerado por los observadores como derivados de aquella misma acción, y tienen su asiento en los demás aparatos del organismo. Procediendo con método, describirémos los primeros, que son distintos según que la muerte sobreviniera en diverso período de la enfermedad, y según la forma que aquella revistiera durante la vida. Las lesiones que se consideran como constantes ocupan el intestino delgado y su sistema linfático principalmente en las proximidades de la válvula ileo- cecal; disminuyendo hácia el yeyuno y muchos más en el duodeno: el aspecto de estos intestinos es de un color rosáceo ó rojo intensó; su cavidad se encuen- tra llena de un líquido como agua de arroz, de cuyo análisis químico resulta que está compuesto de un agua ligeramente albuminosa neutra ó uu poco alca- lina, que contiene además de la albúmina en disolución, alguna coagulada, por- ción de moco y una cantidad relativamente considerable de cloruro de sodio; composición idéntica á la de los líquidos espelidos durante la vida, y como ya hemos dicho en la Patogenia, este líquido contiene también un crecido número de infusorios de la especie “cercomonas” y esporos de hongos diferentes. La pared de estos intestinos se encuentra tumefacta y reblandecida por infiltración edematosa; si el individuo ha sucumbido en el período asfítico los vasos intesti- nales se hallan turgentes, la mucosa hiperenicada, con equimosis producidos por sufusiones sanguíneas; pero si ha fallecido en el de reparación no existe el color rosáceo ó rojo de los intestinos, el líquido intestinal está ya teñido por la bilis, ha desaparecido la turgencia de los vasos, y se manifiestan indicios de un proceso inflamatorio que detallarémos más adelante. El epitelium de las vellosidades intestinales, así como las glándulas solitarias y las aglomeradas de Peyero, son asiento de las lesiones más características de 18 esta enfermedad: el primero está desprendido, de un todo, en algunos puntos, y en otros tan sólo separado por Una pequeña infiltración serosa; y aunque el epi- telium de las demás partes del intestino se encuentra, á veces, también altera- do, nunca es tanto como el de las vellosidades, siendo de notar que como estos órganos están encargados de la absorción y no de la secreción ó elimina- ción, no pueden tomarse las lesiones epiteliales por causa de la trasudación exce- siva; son su efecto, ó más bien estos fenómenos simultáneos pueden ser ambos originados por la acción especial del agente colérico. Definitivamente han de- mostrado las observaciones anatómicas de Rudnew que, si bien la alteración del epitelium es muy frecuente, no lo es tanto como la trasudación y ménos co- mo las lesiones glandulares, que ahora pasamos á describir. Estas recaen, según hemos indicado, sobre las glándulas solitarias y de Peyero, que se encuentran tumefactas, formando elevaciones sobre la mucosa, como si fueran vesículas he- misféricas, llenas de líquido, y según Rudnew, existe en ellas una infiltración celulosa ó parenquimatosa sin vestigio de exudado libre. Como se ve, estas al- teraciones tienen grande analogía con las que se observan en la fiebre tifoidea, tanto por su sitio como por su aspecto microscópico; y por tanto, aunque siem- pre se presenten, no pueden constituir por sí solas la expresión anatómica de la enfermedad; tan es así, que esta lesión lo propio que en la fiebre tifoidea, no invade todos los elementos glandulares, sino algunos en número variable, que- dando los restantes en su estado normal, y muchas veces las glándulas alteradas presentan sus folículos abiertos por la excesiva infiltración, adquiriendo su su- perficie un aspecto agujereado análogo al que en la fiebre tifoidea se denomi- na: “'placas de superficie reticulada.” Empleando el mismo Rudnew un proce- der especial de preparación, ha observado que la hiperplasia celular invade no sólo las placas superiores, sino también el tejido adenoideo de la mucosa y de las vellosidades, atacando, así, los orígenes del sistema linfático intestinal. Es- ta hiperplasia de los ganglios mesentéricos, que se ha comprobado en todos los casos, falta en las glándulas de Lieberkuhn y de Brunnero, que se han hallado siempre en perfecto estado de integridad. La mucosa gástrica presenta siempre vestigios de una inflamación catarral más ó ménos intensa. La hiperplasia de las glándulas intestinales es más aparente en los sugetos muertos durante el período asfítico, representando el grado mayor del proceso morboso durante el período de intoxicación y las modificaciones ulteriores que vamos á describir pertenecen ya á los que han sucumbido en el período de re- paración, más ó ménos tiempo después de la algidez. Al segundo dia de haber ésta desaparecido empieza á disminnir la umefaccion de las glándulas, que- dando sólo una pigmentación abundante como indicio de las alteraciones ante- riores, y en otros casos el exudado celular, en vez de reabsorberse, sufre, como habíamos indicado, un proceso inflamatorio, terminado por la neerobiosis, elimi- nándose después y dando por resultado pérdidas de sustancia con ulceraciones; realizándose como en todos los exudados mucosos intersticiales, ó sub-mucosos, una verdadera difteria secundaria que, á veces, traspasa los límites de los in- testinos delgados, presentándose en la vesícula biliar en el colon, vejiga y 19 otros órganos, encontrándose muchas veces ya reemplazado el epitelium intes- tinal. Entre los fenómenos cadavéricos que se han creído derivados de los trastor- nos que primitivamente ejerce el principio colérico sobre las vías digestivas, merecen citarse: una elevación notable de temperatura persistente algún tiem- po después de la muerte, así como la biánosis, por efecto de la asfixia terminal, la rigidez cadavérica bastante exagerada; contracturas musculares que modifi- can la posición de los miembros por largo tiempo; los cambios físicos de la sangre, que se encuentra espesa, de color negro, y disminuida en su masa total por la excesiva pérdida del suero; la extrema sequedad del tejido sub-cutáneo, músculos y órganos parenquimatosos; y, como en todos los casos de asfixia, la plenitud del corazón derecho y de las venas contrastando con la vacuidad del corazón izquierdo y del sistema arterial. En los fallecidos durante el período más alto de infección, el agua de la sangre baja de 10 á 13 0|0 de la cifra nor- mal, siendo en estos casos la densidad del suero desde 1,030 y 1,040 hasta 1,058, según Thompson y Dundas, ocasionándose un espesamiento de aquel lí- quido más notable que en ninguna otra enfermedad, y cuyo máximum, según Schmidt, corresponde á las treinta ó treinta y seis horas de iniciarse la enfer- medad. O’Shaugnesy ha comprobado que á resultas de esta modificación física de la sangre el cambio de gases durante la respiración está disminuido ó anu- lado, oxidándose la sangre de un modo insuficiente, por lo cual después de la muerte se encuentra ésta alterada por los productos de desnutrición, y sobre todo por la urea; pero cuando aquella ocurre en las primeras horas que siguen al período de reparación, entonces la proporción de urea en la sangre no es con- siderable. También, á veces, existe un aumento en la proporción de glóbulos blancos, consecutivo á la hiperplasia délos órganos leucocitógenos ó á la deficien- cia de la hematosis; sufriendo los demás elementos de la sangre las alteraciones que hemos mencionado en la Patogenia al hablar de los análisis practica- dos por Andral y Becquerel. Por lo que respecta á otros órganos y aparatos, dirémos, que el hígado pre- senta su aspecto normal y la vesícula biliar en el estado de plenitud; el bazo engrosado ó contraido, según la cantidad de sangre que contiene; pero siempre con una alteración constante, demostrada por Pudnew, y que consiste en una notable hiperplasia de los corpúsculos de Malpigio. Los pulmones aparecen descoloridos, secos y sin edema ni congestiones pasivas, y con su epitelium alveolar completamente íntegro: el aparato urinario con toda su mucosa recu- bierta de un moco espeso y de masas epiteliales desprendidas, la vejiga con- traida y enteramente vacía, los riñones congestionados por el éxtasis venoso, y según Virchow y Reinchard, con señales de una inflamación parenqui- rnatosa. Diferentes son las alteraciones si la muerte ha ocurrido durante el periodo de reparación: falta la elevación de temperatura y la pronunciada rigidez, indi- cadoras de la asfixia; los músculos y los parénquimas se encuentran ménos se- cos; los pulmones aparecen edematosos, congestionados hipostáticamente, con 20 indicios de inflamaciones lobulares y hasta derrames sanguíneos; las cubiertas encefálicas inyectadas de un modo considerable, y en el encéfalo hiperemiado suelen verse hemorragias que frecuentemente ocupan el puente de Varolis, en- contrándose, además,- en los ventrículos una notable cantidad de líquido. Jaccoud, con el espíritu sintético que le hemos reconocido, concreta los fenó- menos anátomo-patológicos que el cólera determina, del modo siguiente: “el veneno colérico obra sobre la mucosa gastro-intestinal produciendo fenómenos irritativos, que son: la infiltración hiperplásica de ¿os elementos glandulares ade- noideos, la descamación catarral y la trasudación exosmótica del agua de la sangre. Las demás lesiones y los síntomas que determinan, no son efectos direc- tos del veneno, sino consecuencias necesarias de las alteraciones primordiales. Nos permitimos disentir de las opiniones así expuestas por el profesor de la Facultad de Paris, y aunque carecemos de observaciones propias, por el sólo juicio imparcial y severo de los hechos, no podemos admitir que los fenómenos que se citan como primordiales lo sean en realidad. Ni la infiltración hiperplásica de los elementos glandulares del intestino, lesión común al cólera y á la fiebre tifoidea, ni la descamación catarral, consecuencia de aquella, ni la trasudación exosmótica del agua de la sangre, son hechos contemporáneos para considerar- los como primordiales, ni todos son dependientes de la acción directa del veneno colérico sobre las vías digestivas; sino que á nuestro juicio, y sirviéndonos de una oportuna frase del mismo Jaccoud, ellos sí que son “los primeros eslabones de la inmensa cadena que forman. los trastornos funcionales y las lesiones deri- vadas' de la alteración primordial de un punto del organismo que no es cierta- mente el aparato digestivo, sino más bien el bulbo raquídeo ó la porción lumbar de la médula espinal. Procedemos por inducción, pero abrigamos fundada esperanza de que, tal vez, pronto la microquimia y la microscopia demuestren que en dichos puntos del eucéfalo vienen á determinarse los primeros efectos del envenenamiento coléri- co. Para creerlo así, nos fundamos en el modo de invasión de la enfermedad, demostrado, como se encuentra, que el agente productor, las más veces, pene- tra en el organismo por el aparato respiratorio sin dejar en él huellas de su paso: en la duración relativamente larga del período de incubación, que dá lugar á la sospecha de que este veneno, cualquiera que sea su naturaleza, tiene tiempo suficiente para penetrar en los aparatos más profundos de la economía ántes de que se realice la explosión de los síntomas gastro-intestinales: nos fundamos, también, en que es más sencillo y racional suponer que la absorción intestinal queda abolida y se realizan la hiperplasia glandular y la trasudación exosmóti- ca, por efecto de una parálisis de los nervios vaso-motores, procedentes de la médula, que por la también hipotética acción irritativa de un veneno, cuya pre- sencia en el tubo digestivo se habría descubierto con mayor facilidad; y que cuando esto acontece, cuenta ya, como hemos dicho, algunos dias de residencia en el organismo: así también lo hace sospechar la influencia demostrada que la médula ejerce sobre los fenómenos de absorción y de exósmosis, atribuida por 21 Goltz á cambios íntimos particulares de la pared de los vasos, y por Berstein á una parálisis de la tonicidad vascular. Los movimientos exagerados del exófago, estómago ó intestinos, las contrac- turas musculares y la casi instantánea supresión de la secreción urinaria que se presentan en el cólera, á veces, mucho ántes de que el espesamiento sanguíneo sea muy considerable y pueda creérsele su causa determinante, apoyan así mismo nuestra hipótesis, y más si se tiene en cuenta que Goltz ha demostrado experimentalmente que las contracciones de las diversas partes de que se com- pone el tubo digestivo son muy vivas después de las lesiones de la médula; presentándose una “diarrea incoercible' en las afecciones profundas de la por- ción lumbar de la misma: y que Krimer, Dupuytren/Brodie, y sobre todo Eckhard, han demostrado á su vez que las lesiones del bulbo suspenden la se- creción urinaria, y que otras diversas alteraciones de la médula producen unas la parálisis de la función, y otras el cambio en la proporción de los elementos componentes del líquido urinario. Del mismo modo nos ha servido, para emitir este supuesto, el atento estudio de los casos de cólera llamado fulminante, terminados rápidamente por la muer- te en medio de síntomas que indican un agotamiento nervioso y que no puede atribuirse á lo enorme de las pérdidas gastro-intestinales, ni á la asfixia termi- nal del espesamiento sanguíneo: habiéndose reconocido este agotamiento, de un modo implícito, por el mismo Jaccoud, cuando ai hablar de los síntomas que determina la forma leve de la infección colérica, dice: “que existe una fatiga y abatimiento tal, que no guarda proporción con el número y cantidad de las de- posiciones;' luego es evidente que estos hechos deben referirse á una perturba- ción primitiva del sistema nervioso. Por último, la frecuencia con que la reparación excesiva elige el eucéfalo y sus cubiertas para manifestarse en toda su intensidad, y la experiencia clínica acreditada por Chapman, de los beneficiosos resultados que se obtienen en el tratamiento de esta enfermedad por la aplicación del frió en la región lumbar hasta producir en la médula una hiperemia que excite las extremidades termi- nales de los nervios vaso-motores, todo inclina á pensar que los órganos ucefá- licos padecen de un modo especial y primitivo con la infección colérica. No pretendemos imponer una opinión que áun no ha sido autorizada por la experiencia, y que, apénas nacida, no la hemos podido concretar con la severi- dad que la lógica exige: expuesta queda, y á mejores observadores toca asignar- la el valor que deba tener en lo sucesivo. SXnSTTOIMl^S: El conjunto de fenómenos sintomáticos queel cólera determina puede reves- tir dos formas bien caracterizadas, dependientes de la diversa aptitud individual, y también, acaso, de la actividad y dósis del elemento colerígeno que penetra en la economía, y cada una de estas formas de intoxicación, leve ó grave, com- 22 prende á su vez dos períodos distintos que pueden denominarse de infección y reparación; atendiendo á que el primero debe su desarrollo á la acción directa del elemento colérico y á los resultados consiguientes; en tanto que el segundo al esfuerzo orgánico para reponer las pérdidas, eliminar el agente morboso y restablecer el equilibrio funcional. En la forma leve el período de infección se inicia, unas veces, por diarrea que comienza, casi siempre, por la noche ó la madrugada, siendo variable el núme- ro de las deposiciones, cuyos elementos son mucosos ó feculentos y teñidos por la bilis; presentándose también considerable pneumatosis gastro-intestinal. El estado general varía y unas veces es normal, conservándose el apetito, mién- tras que otras aparecen señales bien marcadas de catarro gástrico; anorexia, len- gua saburrosa, mal sabor de boca, sed, náuseas y hasta un ligero movimiento febril; existe quebrantamiento de huesos, cefalalgia y tendencia muy marcada al enfriamiento ó á sudores copiosos, siendo de notar, como hemos dicho no ha mucho, que áun en las formas más leves es grande la fatiga y el abatimiento que no son proporcionados á la intensidad de las pérdidas intestinales. Esta diarrea colérica puede durar de uno á siete dias y áun prolongarse algunas se- manas, y en tanto que persiste, se encuentra el enfermo en peligro de adquirir la forma grave de infección, lo que suele acontecer con frecuencia; pero su tér- mino ordinario es la curación, sin que se hagan de notar casi nunca los fenóme- nos propios del período de reparación que las más veces trascurre sin despertar reacciones intensas en ningún aparato ú órgano importante. Esta misma forma puede revestir distintos caractéres, iniciándose por los fe- nómenos que indican una perturbación del sistema nervioso anterior á los tras- tornos gastrointestinales; así es que el malestar, la debilidad, el insomnio, la inapetencia y hasta los calambres y contracturas ligeras preceden algunas horas á los síntomas que anteriormente hemos descrito, y cuando existen estos pró- dromos es indicio de que la infección es más intensa: al poco tiempo de iniciar- se la diarrea mucosa, cambia de condiciones por aumentarse la trasudación se- rosa intestinal; pero ésta no llega á ser bastante para producir el espesamiento de la sangre con los fenómenos subsiguientes, y el enfermo recobra la salud tras un período de reparación corto en el que se acentúan más los signos de reacción orgánica. En la forma grave del cólera [cólera asfítico, paralítico, álgido, espasmódico etc.], el período infectivo comienza á veces como en la forma precedente para agravarse luego, y en otras de repente estalla el alarmante cuadro clínico que pasamos á describir. Sin pródromos, en aparente salud y tras ligeras molestias abdominales, el individuo, al verificar la primera deposición, vacía por comple- to todo el contenido intestinal, presentándose desde luego angustia, estupor, frialdad de las extremidades, calambres y algunas contracturas; disminuye la impulsión cardiaca, el pulso acelerado llega á marcar de 120 á 130 pulsaciones por minuto, mientras que la calorificación disminuye con rapidez, marcando el termómetro cifras más bajas que en ninguna otra enfermedad aguda, si se ex- ceptúa el esclerema de los recien nacidos. 23 Bserensprung y Doyere creen que este enfriamiento es mayor en el período infectivo, mientras que otros sostienen que lo es en la reparación: siendo un he- cho que durante el primero existe una disminución real en la producción del calórico, que se va perdiendo desde la periferia al centro, notándose gran dife- rencia entre las temperaturas tomadas en la mano, axila y boca y las tomadas en el recto, para apreciar mejor el calor central: miéntras que en la reparación, ya disminuida Ja refrigeración pulmonal, las cifras de las temperaturas tomadas en el recto son más bajas y más altas las de la boca y axila, tendiendo el calor á nivelarse. Nótase también, como ya hemos indicado, que á veces durante el período álgido, y casi siempre en los momentos que preceden y áun siguen á la muerte, la temperatura central sube hasta 5° por encima de la cifra normal. Marey ha sostenido que el enfriamiento no existe, sino que estando entorpeci- do el curso de la sangre, el calor no llega á la periferia; pero Boger y Lorain han demostrado que es simultánea la diminución de las temperaturas interna y externa, pues aun cuando el último afirma que la temperatura tomada en el rec- to, en ocasiones es superior al estado fisiológico, y que la oscilación de las diversas temperaturaas, dá una media de 37° á 38°; ha observado también que cuando baja el calor del recto, baja de una manera enorme en la axila y en la boca, y cuando aquella sube, se eleva también la de la boca, de modo que no puede admitirse la concentración interna. Concretando Peter esta cuestión, sostiene que en el cólera existe un descenso de la temperatura general, muy considerable en la periferia y menor, pero efectivo, en el interior, y que el calórico no se acumu- la centralmente, sino de un modo accidental y por causa de la asfixia momen- tánea ó terminal. Siguiendo el cólera su veloz marcha, multiplícanse las deposiciones, ya pura- mente compuestas de un líquido inodoro y casi incoloro, de reacción neutra, en el cual se encuentran suspendidos corpúsculos blanquecinos, análogos á los gra- nos de arroz [deyecciones riciformes] constituidos por trozos de epitelium, cé- lulas jóvenes y materiales amorfos; conteniendo este líquido tal cantidad de agua, que su residuo sólido apenas llega al 2%, y analizado éste, se descompo- ne en algo de albúmina una materia extractiva, que al contacto del ácido ní- trico se colorea de rojo intenso, sales de potasa y de urea, carbonato de amoniaco (procedente de la alteración de ésta), fosfato de sosa y cloruro de sodio. Al po- co tiempo después, paralizados los esfínteres, las deposiciones se expulsan sin conciencia, cayendo el enfermo exánime en un estado de los más lamenta- bles, y presentándose vómitos sin náuseas, tumultuosos, como por simple regur- gitación y compuestos de un líquido análogo al de las deyecciones; pero que no contiene urea alterada ni materia extractiva que se enrojezca por la acción del ácido nítrico. Los vómitos van acompañados de opresión en el epigastrio y re- gión precordial, y de dolores producidos por las vivas contracciones del estó- mago, y al mismo tiempo se presentan palpitaciones, zumbido de oidos, vérti- gos, terror indecible que justifica la inminencia del peligro, y una sed insacia- ble que se explica por lo enorme de las pérdidas ocasionadas. Poco tiempo después empiezan á observarse la exacerbación de los fenómenos nerviosos y 24 las consecuencias del espesamiento de la sangre, que menos fluida entorpece la circulación, debilitándose los ruidos cardiacos, haciéndose menos activa la hema- tosis, y, á pesar de que el enfermo acusa una sensación de calor interno consi- derable, el aire espirado es frió y fria toda la periferia del cuerpo, principal- mente las extremidades, que aparecen también cianóticas á causa del éxtasis venoso: los músculos de las extremidades, y á veces hasta los del tronco y cara sufren, como nunca, calambres en extremo dolorosos (y el presentarse éstos en el órden mismo en que los hemos indicado, dá alguna fuerza á nuestra sospecha de alteración medular); la voz apénas se percibe, y por último, sin fuerzas, el enfermo permanece en un estado de estupor é indiferencia que contrasta de un modo horrible con lo peligroso de su situación, y con las angustias sufridas en los primeros momentos. A poco que se prolongue este cuadro, aparece el ver- dadero período asfítico, ó como dice muy bien Jaccoud, “la expresión más ele- vada del envenenamiento colérico,” que sobreviene con rapidez extrema, prece- diendo casi siempre al término funesto. Disminuidos los vómitos y las deyec- ciones, á causa de su misma abundancia, se acentúa más el letargo intelectual, persistiendo la sed y los calambres; aparece el cuerpo del todo cianótico y de- macrado de un modo tal, que llama la atención si se considera lo agudo de la enfermedad; los ojos se hunden por la depresión del tejido grasoso de la órbita y la diminución del humor acuoso en el globo ocular; la piel ofrece al tacto una sensación repulsiva, equilibrándose su temperatura con la del aire exterior, y tanto la nariz, como los dedos de todas las extremidades, se encuentran afi- lados y enjutos; laafonia es completa, ya” por parálisis de los músculos de la fonación, ya porque la fuerza de proyección del aire espirado sea nula para que vibren las cuerdas Vocales; desaparece el pulso radial y á poco decrece en las arterias crurales y carótidas, y la inercia se pronuncia hasta el punto de que apenas se perciben los latidos, desaparece el segundo ruido y sólo la percepción indefinida del primer ruido del corazón hace creer en el sostenimiento de la vida que, por último, se extingue todo lo más á las treinta ó treinta y seis ho- ras, si espontáneamente ó por los medios de que la ciencia dispone, no se pre- sentan los fenómenos del período de reparación, cuyo principio se efectúa en todos los casos reanimándose los ruidos cardiacos, percibiéndose el pulso radial, reapareciendo el calor de la piel, recobrándose la voz y desapareciendo los ca- lambres dolorosos; pero lo que es más característico é indica que las funciones se ejercen con más normalidad, es la reaparición de la secreción urinaria, cuya emisión primera contiene todos los elementos acumulados en los tubuli del ri- ñon, epitelium, cilindros coloides y epiteliales, glóbulos de sangre, azúcar, pig- mento biliario, una materia azul que Buhl designa con el nombre de índigo, cristales de ácido úrico, oxalato de cal, y sobre todo albúmina. La reparación es laboriosa en esta forma grave de intoxicación; sin embargo, en ocasiones es normal y está caracterizado por alivio gradual y progresivo de todos los fenómenos: otras veces se presenta un alivio notable, pero no constan- temente progresivo, reparación deficiente, y aunque llegue á obtenerse la cu- ración, es después de oscilaciones que traen nuevos peligros, ya porque la dia- 25 rrea vuelva á hacerse abundante, porque la calorificación no se establezca bien, ó porque la secreción urinaria continué deficiente, el hecho es que el enfermo ¿arece del bienestar que acompaña á la variedad normal y después de estar in- quieto, agitado y con síntomas congestivos en algunos órganos importantes, de repente vuelven á aparecer los fenómenos propios del período infectivo en el que, ó pierde la vida, ó al salir de nuevo de él sufre la reparación que se ha llamado tifoidea, impropiamente, cuyo estado puede presentarse desde luego sin que haya habido recidiva. En el menor número de casos la reacción orgá- nica demasiado intensa, produce fiebre regular, motilidad exagerada del cora- zón, pulsojduro y dícroto y excitación cerebral, caracterizada fpor subdelirio y dolores gravativos, y caso de no juzgarse este estado en el espacio de uno ó dos dias por orinas ó sudores abundantes, que normalizen la reparación, fácilmen- te se trasforma también en el estado tifoideo. Con este nombre se han designado diversos resultados de la infección colé- rica, reparada de un modo excesivo ó insuficiente, y en los que se determinan el estupor y los fenómenos adinámicos, pero que en realidad forman entidades morbosas completamente diferentes. Unos son debidos á la infección uránica consecutiva á una nefritis parenquimatosa: otros son ocasionados por la reacion incompleta del funcionalismo nervioso que arrastra al enfermo, tras algunas oscilaciones, al coma y á la muerte: otros á una congestión activa del encéfalo y de sus cubiertas: y por último, en la mayoría de los casos el estado tifoideo es consecutivo á procesos inflamatorios en distintas visceras, cuya marcha se hace irregular por la alteración primordial del organismo, como son: la ditteria secundaria intestinal, las pneumonías pasivas ó fibrinosas, las hemorragias del en- céfalo y de las meninges y otras afecciones de menor importancia. Y como todos estos procesos difieren por su origen y naturaleza, en vez de agruparse, merecen ser estudiados aisladamente para diagnosticarlos con precisión y no combatirlos todos con el tratamiento exclusivo de las fiebres adinámicas, que en ocasiones en vez de salvar la vida del enfermo, podría agravar el peligro en que se encuentra. Indicada ya la marcha de la enfermedad, tanto en su forma leve, como en la grave, y el promedio de duración del período infectivo y reparador, sin que debamos comprender en el de éste el curso mas ó menos anómalo de las en- fermedades consecutivas que, como dejamos expresado en el párrafo anterior, pueden sobrevenir á la infección colénca, réstanos, tan sólo, decir que no siem- pre la convalecencia se efectúa de un modo regular, ni aun en los casos más leves, siendo frecuente la reaparición de los síntomas característicos del cólera, y cuando ménos, suele quedar por mucho tiempo la propensión al catarro cró- nico intestinal y á la neurosis gástrica: y después de las formas graves no es difícil que se presenten trastornos profundos del sistema nervioso periférico ó central, como parálisis, neuralgias diversas y hasta la enagenacion mental: ha- biendo caso en que la persistencia de la nefritis parenquimatosa determina la albuminuria permanente, y otros en que tras una convalecencia penosa, sucum- be el enfermo por el marasmo y desnutrición ocasionados por los progresos de la anemia ó leucocitemia. 26 3DI-A.Q-3ST ÓSTICO: Con facilidad puede hacerse el diagnóstico de ambas formas de la infección colérica, que sólo pueden confundirse por su síndrome patológico, con las dos formas que también reviste el catarro agudo intestinal, y con algunas intoxi- caciones producidas por la ingestión de los venenos nesvioso-inflamatorios or- gánicos, pero de cuyas afecciones pu'ede diferenciarse por la constitución epi- démica, lo específico de la causa determinante y los caractéres físicos, y las propiedades contagiantes exclusivas de los vómitos y deyecciones coléricas. DPÍ^OIsrÓSTXOO: Siempre debe formularse un pronóstico grave aun en los casos más leves de cólera, porque pueden acentuarse los accidentes del modo más rápido, compro- metiendo la vida del enfermo: la mortalidad varía del 40 al 65%, según el haci- namiento y las condiciones higiénicas délas localidades en las diversas epidemias, y en general puede decirse que las dos terceras partes de las defunciones, ocur- ren durante el período de infección, miéntras que las demás se suceden por la reparación insuficiente ó excesiva y las afecciones, que son su consecuencia. En cada caso particular la temometria puede ayudar mucho á la forma- ción del juicio pronóstico, considerándose siempre el descenso rápido de tem- peratura como signo evidente de peligro; habiendo llegado Lorain á formu- lar que en el cólera las curvas de temperatura uniformemente descendentes, son signos de muerte; y á la inversa, que las curvas de temperatura uniforme- mente ascendentes, indican la tendencia á la curación. Por lo que respecta al pronóstico de las epidemias, que entraña gran número de problemas, es difícil de formar, en razón á que cada una de ellas viene á constituir una entidad dis- tinta de las que anteriormente han podido reinar en una localidad determina- da, variando en intensidad, extensión y mortalidad; pero, sin embargo, en gene- ral puede decirse que en iguales circunstancias, la mortalidad producida por una epidemia de cólera será tanto mayor, cuanto más desatendida esté la higiene en las poblaciones, y menos comodidades y bienestar pueden facilitarse á sus habitantes: pudiendo pronosticarse que el cólera adquirirá siempre proporcio- nes epidémicas, si conocidos los primeros casos no se puede ó no se quiere ais- larlos en su primitivo foco, interrumpiendo enérgica y rápidamente las comu- nicaciones de éste con el resto de la población. El término regular de duración de una epidemia de cólera, suele ser de 120 á 150 dias, exceptuando las recrudescencias originadas por la falta de obser- vación de una buena profilaxis; pero si en el decurso de una epidemia en su período de declinación, sobrevienen dias muy calurosos y húmedos, y estas condiciones coinciden con el regreso de los que hubiesen emigrado, debe temer- 27 se su prolongación con aumento en el número de invasiones; mas en cambio siempre son de buen augurio las lluvias abundantes seguidas de dias serenos, con viento seco y fresco: y sobre todo, debe pronosticarse el pronto término si las enfermedades comunes empiezan á presentarse con sus signos característi- cos, y sin las modificaciones que les suele imprimir el génio epidémico. PROFILAXIS PUBLICA: Comprendemos, ante todo, en esta importantísima parte de nuestra Memo- ria, los deberes que las autoridades administrativas tienen que llenar en las epidemias de cólera, y que se reducen á preservar las naciones y los pueblos del influjo inicial de su causa generadora, y á disminuir sus efectos acelerando el término de las epidemias, cuando por imposibilidad ó por incuria no se ha- ya evitado su desarrollo. Lo primero se consigue por el aislamiento de las personas y la desinfección de los objetos que pueden importar el agente contagioso á las naciones, distri- tos ó localidades puestas á su cuidado; realizándose estos fines por las cuaren- tenas, lazaretos y cordones sanitarios: lo segundo se alcanza planteando la serie de medidas que detallaremos más adelante. Todos los higienistas están conformes en la necesidad de uniformar la legis- lación sanitaria sobre epidemias en las diferentes naciones del Globo; pues si bien es cierto que los pueblos están unidos por el interes de fomentar sus re- laciones comerciales, no menos les interesa preservarse de la invasión de las enfermedades epidémicas, que tan profundamente perturban y menoscaban sus elementos morales y materiales. El Convenio y Reglamento Sanitario Inter- nacional de Paris, estipulado en 1852 y reformado en 1859, ha realizado un gran progreso, debiéndose á Francia la iniciativa de esta empresa eminente- mente civilizadora, que merced á la poderosa inteligencia del higienista Melier, ha sido, casi universalmente aceptada. Posteriormente, la Conferencia de Cons- tantinopla propuso una serie completa de medidas cuarentenarias contra el có- lera, que fueron aceptadas por las potencias convenidas y el gobierno turco; de acuerdo con éstas y á propuesta también de la Conferencia, adoptó impor- tantes resoluciones para impedir la propagación de dicha enfermedad: y, por último, la Conferencia de Viena, después de sancionar la mayor parte de los acuerdos de la de Constantinopla, redactó un Reglamento para las desinfeccio- nes y algunas modificaciones sobre cuarentenas, que áun no se han planteado. De este modo va consiguiéndose la unificación legislativa, tan deseada, que desde el momento en que se inspire, como es de esperar, en un criterio racio- nal y científico, siendo aceptada y cum da por todas las naciones, tan impor- tantes beneficios ha de reportar. Ignoramos si los Estados-Unidos Mexicanos se han adherido al Convenio y á lo propuesto en ambas Conferencias Internacionales; pero si así no fuese, 28 no cesaríamos de recomendar al Gobierno de la Nación que adoptase unas le- yes con las que aspira, si no precisamente á destruir el régimen cuarentenario, por lo menos á intentar sean mas soportables sus antiguos rigores, armonizando las imperiosas necesidades de la salud pública con las muy atendibles del co- mercio y navegación: y en la eventualidad de que la legislación sanitaria, en México vigente, no llene tampoco por completo los demas fines que debe pro- ponérse recomendaríamos también como muy útiles el detenido estudio y con- veniente aplicación de la legislación sanitaria española, en las disposiciones que hacen referencia al servicio sanitario interior y marítimo en tiempos de epide- mia, contenidas en la Ley Orgánica de Sanidad de 1855; Reales Órdenes de Junio de 1860 y de 24 y 26 de Abril de 1867; el informe de la Academia de Medicina y Cirugía de Barcelona de 14 de Mayo de 1871 y la Circular de Gobernación de 17 de Febrero de 1876; cuya serie de disposiciones satifacen de un modo especial las aspiraciones mas ecsigentes para obtener un buen ré" gimen sanitario. La disminución de los efectos epidémicos, una vez importado el cólera á las localidades, se alcanza consagrando preferente atención á los múltiples servi- cios de la policía sanitaria urbana; así es que durante las epidemias deben des- tinarse brigadas de limpieza, que recorran continuamente las calles alejando los depósitos de inmundicias, desinfectando diariamente las mingitorias públi- cas, facilitando el curso á las aguas de las alcantarillas y obstruyendo los res- piraderos que pueden infectar el ambiente; deben girarse visitas domiciarias con objeto de vigilar el estado de las letrinas y sus conductos, ordenando la estraccion de los depósitos de basura, la cluausura de aquellos establecimientos industriales que despiden emanaciones incómodas ó insalubres, haciendo desa- lojar los almacenes de sustancias en fermentación ó putrescibles; ejerciendo la mas esquisita inspección sobre los mercados públicos, á fin de que no se saquen á la venta frutas indigestas ó mal sazonadas, pesca de inferior calidad ó cual- quier otro comestible que se encuentre alterado; prohibiendo la aglomeración de seres humanos en las habitaciones; alejando del perímetro urbano los anima- les domésticos inútiles; cuidando de Ja diseminación de los habitantes que no hayan querido ó podido salir de la localidad; ordenando la clausura de las es- cuelas, teatros y demás locales á que suele afluir excesiva concurrencia; trasla- dando fuera de la localidad infectada los hospitales de enfermedades comunes, tropas, albergados de los hospicios, casas de maternidad y demás establecimien- tos de beneficencia, así como las oficinas de todos los ramos de la Administra- ción Pública que no correspondan directamente al Municipio: y cuando todas estas últimas medidas no fuesen réalizables, se procurará el aislamiento conve- niente de cada uno de los locales donde habiten considerable número de per- sonas. También deben adoptarse medidas especiales para el servicio de los cemen- terios públicos, haciendo de noche el trasporte de los cadáveres del modo mé- nos visible, y depositándolos en locales donde puedan ser inspeccionados cons- tantemente, con objeto de que no sean inhumados antes de que se evidencien 29 los signos de putrefacción; y si la mortalidad fuere excesiva, ya que no se in- cineren los cadáveres, débese, al menos, por medio de la cal acelerar su des- composición. Las grandes poblaciones que disponen de elementos pecuniarios de conside- ración, deben siempre tener organizado un cuerpo de sanidad local, compuesto de profesores, cuya aptitud, demostrada en oposiciones previas, fuese una ga- rantía para la salud pública en tiempos normales, y vinieran á satisfacer la más importante de las necesidades inherentes á las epidemias: pudiendo, si las cir- cunstancias lo exigen, aumentarse con los supernumerarios suficientes: evitán- dose de este modo muchos de los inconvenientes y dispendios que ocasiona la rápida improvisación de este servicio indispensable. Otro de los puntos más importantes es la instalación de hospitales provi- sionales para los coléricos que debe efectuarse en sitios ventilados, opuestos á la dirección de los vientos dominantes en la localidad, cubriendo el terreno de su emplazamiento con una capa de carbón vegetal y otra de arena, para que el suelo absorba los detritus procedentes de los enfermos, construyendo barra- cones de madera suficientes cada uno para cuarenta ó cincuenta camas, á le más, y haciendo de modo que las habitaciones de los diversos empleados, go- cen de la posible independencia; debiendo estos hospitales estar provistos de una cámara de calor, en donde las ropas y objetos de uso, tanto de los enfer- mos admitidos, como de los procedentes de la población que fuese necesario, se desinfecten por elevadas temperaturas ántes de volver á utilizarlos. Bajo la inspección municipal en las poblaciones de cierta importancia, deben crearse comisiones de distrito que cuiden de la asistencia médica, farmacéutica y dietética de todos los individuos que, aun, siendo indigentes, no puedan in- gresar en los hospitales, y en los locales donde estas comisiones se instalen de- ben acumularse todos los recursos necesarios para que estos servicios domici- liarios se presten con rapidez y eficacia. Estas comisiones, ó el Municipio en su caso, son los que deben dirigirse al público por medio de alocuciones é ins- trucciones populares, acerca de los medios más conducentes para preservarse cada individuo de la influencia del agente colérico, ó para evitar en lo posible sus estragos; cuyos documentos, redactados en estilo conciso, claro y sencillo, producen sumo bien levantando la moral de los habitantes, y evitando el per- nicioso influjo que sobre ellos pueden ejercer la ignorancia, el terror, la supers- tición y el charlatanismo. Debe siempre aconsejarse la emigración, realizada en tiempo oportuno, como el mejor preservativo contra el cólera: marchar pron- to y léjos, y volver cuando se encuentre restablecido del todo el estado sani- tario habitual y aun regresar por etapas lentas, para que la aclimatación se es- tablezca, son prácticas excelentes acreditadas por la experiencia; y nada debe retraer para publicar este consejo, el temor de los perjuicios que pueda traer consigo una emigración excesiva, pues de ningún modo igualan á los que pro- ceden de la intensidad de la epidemia misma, que cuando se desarrolla con vio- lencia hace vanas los esfuerzos de las mal aconsejadas autoridades, que preten- den ocultar el verdadero estado sanitario de la población; y la industria, el co- 30 mercio y todas lás manifestaciones de la actividad humana, huyen de allí donde sólo reina la muerte y la desolación. Por eso el médico debe proponer y plan- tear con valentía, cuantos medios profilácticos la ciencia aconseja, sin temor á lastimar mezquinos intereses de mercantilismo que, si bien se considera, ni por sus propios defensores en este caso, son bien comprendidos, en razón á que mientras más pronto desaparece la epidemia por el común esfuerzo y menor número de víctimas cause, más pronto renacerá la alegría y la confianza pú- blica, siendo á la vez más fructuoso el trabajo individual. No queremos pasar por alto el resultado lisongero obtenido en Inglaterra, durante la epidemia colérica de 1866 á 1867, con la institución de un servicio médico especial para vigilar y combatir la diarrea premonitoria: siendo ésta fá- cil de curar, es claro que si la terapéutica interviene desde los primeros mo" mentos, no sólo han de disminuir las defunciones que el cólera grave ocasiona sino que hasta puede evitarse su propagación, por la oportuna desinfección de todas las deyecciones con disoluciones fenicadas al 3 ó 5%. Melier, que estu- dió en esta época las disposiciones adoptadas para conseguir este objeto, por el “General Board of Healt,” en Inglaterra, publicó más tarde en París un pro- yecto de “Reglamento para la organización de los socorros médicos en el caso de invasión del cólera,” en el cual, aceptando ardientemente aquella idea, llega á proponer que se gire diariamente una visita domiciliaria por profesores ó alumnos de Medicina, á fin de inspeccionar el estado sanitario de todas las per- sonas que por su ignorancia ó mala posición social, suelen desatender el trata- miento de la diarrea colérica. Proyecto tan ingenioso, tiene en su contra lo ar- duo y dispendioso que ha de ser su planteamiento: sin embargo, lo repetimos, en Inglaterra, en donde mejor que en parte alguna, se admite que “la salud del pueblo es ley suprema,” y en donde la administración sanitaria tiene facul- tades ejecutivas, se han apreciado inmensas ventajas con esta profilaxis real y efectiva del cólera morbo. Para hacer la aplicación racional de los desinfectantes, se les ha clasificado en distintos grupos, según su modo de obrar, y como este asunto se relaciona directamente con la profilaxis del cólera, debemos consagrarle alguna atención. Ya hemos mencionado el uso que modernamente se haee de las cámaras de color; medio sencillo y económico para destruir con seguridad las propiedades infectantes de la ropa y objetos de uso contaminados, y que se ajusta perfecta- mente á las ideas que se tienen sobre la probable naturaleza de la enfermedad; probado como se encuentra, que los organismos no resisten temperaturas su- periores á 100° centígrados. De los cuatro grupos en que se clasifican los desinfectantes, el de los anti- sépticos merece nuestra preferencia para conseguir la desinfección directa de las deyecciones coléricas, y entre ellos la creosota, brea, coaltar, y sobre todo el ácido fénico cristalizado y sus sales, en razón á que combinándose con los principios proteicos albuminosos y fibrinosos de las materias orgánicas, y ejer- ciendo una acción tóxica sobre los organismos inferiores, detienen las fermen- taciones é impiden la serie de actos químicos que constituyen la putrefacción. 31 Pero á fin de disminuir la receptividad de las localidades para el cólera, no debe descuidarse el empleo de los demas agentes de desinfección; desodoran- tes, absorbentes y oxidantes, según lo requieran los casos especiales; usando las fumigaciones nítricas, clorhídricas ó acéticas, donde se produzcan gases amoniacales; las soluciones de cloro y sus sales, así como los permanganatos para destruir productos animales ó vegetales resultantes de la descomposición pútrida; la cal, potasa ó amoniaco donde existan emanaciones de los anhídri- dos sulfúrico y carbónico, y por último, para destruir los gases densos y de suma fetidez deben emplearse cuerpos absorbentes, como el carbón, yeso y ar- cilla: combinando, de esta suerte, tan preciosos medios, puede conseguirse el cambiar por completo en breve tiempo el estado sanitario de las localidades. PROFILAXIS IlfcriDlVlIDTTAX.: Esta requiere que en épocas de cólera se observen como nunca los preceptos higiénicos, debiendo asegurarse sobre todo de la buena calidad y procedencia de los alimentos y bebidas, evitándose la acción directa de los cambios bruscos de temperatura, las pasiones deprimentes, la asistencia á lugares muy concur- ridos, la prolongada permanencia en las habitaciones de los enfermos, y muy especialmente el contacto directo ó indirecto de los productos que de ellos ema- nan, sobre tado vómitos y deyecciones. Desconociéndose un agente capaz de destruir con certeza el elemento pro- ductor del cólera, no deben usarse la multitud de medios que el charlatanismo y la rutina en todas las epidemias preconizan como preservativos infalibles, pues que muchos de ellos por no ser inofensivos, hasta pueden influir de un modo desfavorable en la salud. Sin que pretendamos incurrir en la misma fal- ta que acabamos de censurar, ni mucho menos haber descubierto un medio profiláctico seguro y en todos casos eficaz, pasamos á exponer una aplicación que de las ideas que informan el método de curas antisépticas de Lister se nos ha sugerido para la profilaxis, no sólo del cólera, sino de todas las enfer- medades miasmático-contagiosas. Sabido que el fundamento de la teoría liste- riana, que tan brillantes triunfos ha conseguido en Cirujia, es que el aire debo llegar á las heridas químicamente puro, sin los esporos y bacterias que origi- nan la septicemia, cuya destrucción se consigue con la atmósfera fenicada en que se envuelven las soluciones de continuidad y teniendo presente que las vías principales, por donde penetran en el organismo los agentes productores de las enfermedades miasmático-contagiosas, que tanta analogía guardan con los de la septicemia, son las respiratorias; consideramos racional filtrar también el aire que se inspira, á través de un tegido ligeramente humedecido con una disolución fenicada al Io/: obteniendo así un resultado físico, seguro, al detener entre mallas los corpúsculos que el aire lleva en suspensión, y otro químico, probable, destruyendo por el ácido fénico las materias orgánicas. Para ello 32 puede usarse un trozo de gasa antiséptica plegada en cuatro dobleces, hume- decida del modo indicado, aplicada sobre las aberturas de la boca y nariz, y anu- dada á la parte posterior del cuello siempre que se sospeche la proximidad de un foco de infección. Tan sencillo é inofensivo procedimiento tiene en su favor las ventajas de no ser dispendioso ,de poderse soportar por el tiempo que se juz- gue conveniente, y de ser fácilmente aplicable en todos los casos; pero no se nos oculta que su eficacia preservadora requiere la sanción dé la experiencia, y por eso lo sometemos gustosos á la crítica científica. TBBAPETJTICA: Adviértese tal divergencia entre los distintos tratamientos que se han pro- puesto contra el cólera, y son tan numerosos, que bien puede decirse se han usado casi todos los agentes de la Materia Médica, según el criterio que ha dominado acerca de la naturaleza de la enfermedad; su misma variedad y lo inútil que son en su mayor parte nos exime de darles aquí cabida; pero no que- remos pasar en silencio el hecho notable de que casi todos los que se han ocu- pado de este asunto Monneret, Grisolle, Jaccoud y Moynac en Francia, Gra- ves y Chapman en Inglaterra, Kunze y Niemeyer en Alemania, Santero y Vil- ches en España, etc., consideran el opio, en dosis y formas diversas de prepa- ración, como uno de los medicamentos de que pueden obtenerse mejores re- sultados: esta uniforme manera de ver, de que nosotros también participamos, debe fundarse á no dudar, en la hiperemia sostenida, que las dosis fracciona- das y repetidas de dicho medicamento determinan en los centros encefálicos y sus cubiertas, ocasionando mayor tonicidad de los nervios vaso-motores sin lle- gar á producir el narcotismo, del qne siempre debe huirse porque el colapso nervioso, que es su consecuencia, en vez de aliviar, agrava los fenómenos ca- racterísticos de la infección colérica: demostrando esto, una vez más, que dicha infección determina alteraciones iniciales del sistema nervioso sobre el que conviene obrar con preferencia. Concretando nuestra manera de tratar á los individuos que padecen esta en- fermedad diremos que en las formas leves nos limitamos á prescribir, miéntras que la diarrea sólo presenta el carácter mucoso, el reposo en cama con mode- rado abrigo, agua albuminosa gomosa, como bebida usual, una pequeña taza de caldo sustancioso y sin grasa, con una cucharada grande de añejo vino de Je- rez cada tres horas, y cada dos, un gramo de subnitrato de bismuto con un centigramo de opio de Smirna pulverizado: prolongando la acción de estos me- dios hasta que cesen las deposiciones y se presente la reparación, que si viene acompañada de cefalalgia la combatimos con pequeños sorbos de una infusión de café, afusiones frías á la cabeza y sinapismos ítigollot á las extremidades; teniendo sumo cuidado de prevenir durante la convalecencia los enfriamientos y abusos en el régimen dietético. 33 En la forma grave instituimos en un principio el mismo tratamiento; pero desde el momento en que se presenta la trasudación serosa intestinal cambia- mos el subnitrato de bismuto, por el acetato de plomo y opio, diez centigra- mos y uno respectivamente, cada hora, según el método tan recomendado por Graves; sosteniendo la misma bebida y alimentación, y si los fenómenos se acentúan más y más comprometiendo la vida del enfermo aplicamos el hielo dentro del saco espinal de Chapman, del modo que éste aconseja, treinta mi- nutos cada tres horas en la región lumbar para sostener la hiperemia de la médula, combinando este medio con débiles corrientes eléctricas que se esta- blecerán colocando el reóforo positivo en el epigastrio, y el negativo en el rec- to, á fin de excitar en todo el abdomen la tonicidad vascular» Si la muerte amenaza por un descenso rápido de temperatura, indicio del agotamiento ner- vioso, áun disponemos de un medio precioso que rápidamente determina la hi- peremia encefálica y el consiguiente aumento de calor por la excitación orgáni- ca, cual es la inyección hipodérmica en las extremidades de algunas gotas de éter sulfúrico y, mejor, de amoniaco líquido;y silo enorme de las pérdidas gastro- intestinales y lo pronunciado de la cianosis nos hacen presumir el éxtasis san- guíneo, no tenemos inconveniente en recurrir á las inyecciones intravenosas de agua tibia destilada, que Hermann ha empleado con buen éxito. Al presentar- se los vómitos prescribimos la ingestión de pequeños trozos de hielo, y, si son muy pertinaces, suprimimos por algún tiempo todo alimento y bebida, adminis- trando sólo, cada media hora, una cucharada regular de rom de Jamaica ó vie- jo cognac, y si los calambres son muy dolorosos faradizamos de tiempo en tiem- po los músculos en que se presentan. Todos estos poderosos elementos tera- péuticos, cuando se emplean con precisión ajustándose á indicaciones exactas, prestan incalculables ventajas y su acción debe sostenerse más ó ménos, según la gravedad de los casos, hasta que desaparezcan vómitos y diarrea, suba el termómetro, reaparezca la orina y la reparación se presente: conseguido esto deben disminuirse de un modo más ó ménes gradual en relación con la inten- sidad de los fenómenos reparadores, y si éstos fuesen excesivos, agregamos á las afusiones frias y revulsivos que hemos indicado para la forma leve, la apli- cación de ventosas secas y escarificadas á lo largo de la columna vertebral. En cuanto al tratamiento de lo que se ha llamado estado tifoideo y que en realidad no es mas que el conjunto de diversas afecciones consecutivas, como es de presumir, no tiene nada de especial, y como en otro lugar hemos dicho, basta sólo diagnosticar cada una con exactitud y tener presente al instituir la terapéutica oportuna lo infectivo de la causa determinante y los estragos que el organismo ha sufrido con anterioridad para no ejercer sobre él influencias demasiado perturbadoras. Juzgamos terminada la tarea que nos habiamos impuesto; pero ántes de abandonarla por completo, seanos lícito darnos el parabién por el buen giro que llevan las importantes cuestiones científicas que con la patogenia, profila- xis y terapéutica del cólera se relacionan; porque es muy consolador para cuan- tos se preocupan de los temibles efectos que esta enfermedad ha producido en 34 casi todas las naciones del globo, durante el período que va trascurrido de la actual centuria, tener la convicción de que la Higiene y la Terapéutica hoy dia ponen al alcance de las sociedades y de los hombres previsores y pruden- tes ricos tesoros de conocimientos útiles en virtud de los que, las epidemias, esas tremendas pruebas por que la humanidad pasa de tiempo en tiempo, pue- den preverse con seguridad ó soportarse con la calma y tranquilidad de espí- ritu que inspiran la confianza en los poderosos elementos que contra ellas dis- ponemos. He dicho. México, 25 de Enero de 1883,