(y - cy f BREVE ESTUDIO <{ SOBRE LAS CAUSAS mtlUHIES GENERALES E «MISE TESIS INAUGURAL POE J. M. ALTA MIRA NO, ALUMNO DE LA ESCUELA NACIONAL DE MEDICINA DE MÉXICO. MEXICO IM P ÍÍENT Jr'T)irrrESO AI, ANTE,' BAJOS DE SAN AGUSTIN, NUM. 1. 1873 BREVE ESTUDIO SOBRE RAS CAUSAS DEBILITANTES GENERALES DEL ORGANISMO. TESIS INAUGURAL POR J. M. ALTA MIRAN O, ALUMNO DE LA ESCUELA NACIONAL DE MEDICINA DE MÉXICO. MÉxkíO IMPRENTA DE IGNACIO ESCALANTE Bajos dk San Agustín, num. 1. 1873 1 mis honorables l&Miros T LOS SEÑORES PROFESORES BAJO CUYA SABIA DIRECCION HICE MIS ESTUDIOS PROFESIONALES: Admitid esta débil prueba del respeto y admiración debidos & vuestra alta ciencia. A LA Saciedad ¿plomtriat g de fenefkenria DE LOS ALUMNOS DE LA ESCUELA DE MEDICINA. Testimonio de adhesión y simpatía. á mis queridos amigos q compañeros DURANTE LOS CURSOS DE NUESTROS ESTUDIOS MÉDICOS: Permitid que os consagre un recuerdo tan vivo como grato del tiempo en que la fortuna nos condujo unidos por un mismo camino. L’avenir de la ruédenme, et par conséquent son vóritable progrés, doivent etre bien plu- tót placés dans l’atténuation du nombro, do la violence et de la spécificitó des maladies par le déploiment de la santé général et par la ré- paration directe de la nature au inoyen des couqnétes de l'hygiéne publique et privóe, au moyen de la diffusion de la moralité, des lu- mieres et de l’aisance, que cherckés dans le guérison de la maladie une fois formée. Trottsseau et Pidoux. Es en verdad muy loable, á la par que altamente honroso, haber llegado, á fuerza de laboriosos desve- los, á enriquecer algún ramo del saber humano, por el esclarecimiento de un fenómeno, hasta entónces oscuro, ó por la invención de un hecho nuevo, ántes ignorado del todo: la ciencia reserva para esos seres afortunados que la sirven con entusiasmo y constan- cia, aquellas de sus condecoraciones, tanto más pre- ciosas cuanto que constituyen los más gloriosos tim- bres de envidiable nobleza á que el hombre puede aspirar con entera dignidad. La Medicina siempre ha inscrito con veneración, en sus magníficos anales los ilustres nombres de los que, atraidos por la belle- za de sus encantos, la han halagado con la explica- 8 cion de acontecimientos que habian permanecido en el misterio, ó de los que, si se sabia su existencia, aun no se liabia dado cuenta satisfactoriamente de cómo era ella. Entre los descubrimientos que la his- toria registra en los fastos módicos, hay algunos que, marcados con el doble sello de lo nuevo y lo útil, han dejado esculpidos con caractóres indelebles, en el do- minio imperecedero de la inmortalidad, los augustos nombres de los autores justamente célebres, á quie- nes la ciencia y la humanidad tributan agradecidas tan grandes como merecidos homenajes: de esta es- pecie son, sin duda, y serán siempre, todos esos des- cubrimientos que, mirados bajo el punto de vista práctico, preservan al género humano de cualquier mal de los muchos que le rodean. ¿Quién negará, por ejemplo, que la vacuna, por los millares de víctimas que es indisputable ha arrancado á la muerte, ha co- locado al filántropo Jenner, entre los primeros bene- factores de nuestra raza! ¡Feliz quien ha conseguido levantarse tan alto! Pero seria muy temerariamente necio si preten- diese siquiera, en el trabajo que voy á desenvolver, alcanzar un título de alguna sola nombradla, que de ningún modo pudiera obtener, pues que me encuen- tro á una distancia inmensa de los elementos que, para lograr un éxito tan bellamente lisonjero, son de absoluta necesidad: mas en la precisión en que estoy de presentar algo ante la ilustración del Ju- rado que va á juzgar de mis conocimientos, en las di- fíciles cuanto vastas materias que forman el objeto de la medicina, he buscado el mejor partido que pudiera sacar de mi penosa situación; y, siéndome 9 imposible ofrecer una novedad, he creido que podría acaso decir alguna cosa, aunque no de provecho, que llenase en pequeño, por lo menos, el deber que me impone el reglamento: al efecto me decidí á estudiar un punto que, bajo una pluma hábil, seria fecundo en resultados de mucha estima: yo, sin embargo, quedaré muy complacido si consigo esperar que mis benévolos jueces, usando de su característica indul- gencia, hallen este trabajo aceptable para conceder- me la aprobación que anhelo ansiosamente poseer. Es incontestable que en la actualidad uno de los rumbos hácia donde se encaminan con alguna prefe- rencia los estudios médicos, de acuerdo en esto con el fin práctico de las ciencias biológicas, és poder dar al hombre la mayor suma de bienestar posible en todos los diversos accidentes de su vida: así lo prue- ba la importancia que de dia en dia adquiere la hi- giene; ora prescribiendo sábias reglas para prevenir los estados patológicos en cualesquiera edad, sexo y condiciones de profesión ú otras; ora afanándose por apartar de nosotros las influencias nocivas que suelen acompañar á tal ó cual invento de los muchos que aparecen en nuestro siglo de progreso. Movido por estas consideraciones, y además, sien- do evidente que en patología las causas debilitantes representan un gran papel, he pensado que no podía hacer cosa mejor que estudiar estas causas bajo la forma de tésis, que tengo la honra de presentar en el exámen profesional que voy á sufrir. El órden que me propongo seguir en este estudio es el que á continuación detallo: hablaré primero de los efectos más inmediatos de las causas debilitantes; después procuraré hablar de las principales enferme- dades que ellas producen, entrando al mismo tiempo en algunas reflexiones que me parecen de interes, terminando por último con unas cuantas generalida- des sobre higiene. PRIMERA PARTE. DE LAS CAUSAS DEBILITANTES Y DE SUS EFECTOS INMEDIATOS. La fisiología nos enseña, que una vez determinado nuestro ser, para que se conserve la vida que liemos re- cibido, es indispensable que se establezca en nuestro or- ganismo ese conjunto de actos funcionales que dan por resultado la nutrición; es decir, ese movimiento celular íntimo que descompone y recompone continuamente los tejidos, perfeccionándolos desde su aparición liasta su completo desarrollo, manteniéndolos después, in statu quo, para dejar por último que se alteren de cierto mo- do, y llegue por fin un momento en que el cambio mo- lecular es ya imposible, y cesa entonces por consiguiente la vida: tal es en pocas palabras la historia de esa fun- ción importantísima, la nutrición, sin la cual, como se ve, nuestro ser vivo es inconcebible. Nuestra existencia debería terminar siempre, porque nuestros órganos, de- caídos por haber recorrido su ciclo fisiológico, no son ya susceptibles de nutrirse; pero cuán raro es que este tér- mino enteramente natural se observe; las mas veces el hombre, circundado de influencias enemigas ó arrastra- do por sus desórdenes, encuentra cavada su tumba án- tes del tiempo en que debiera caer allí. Cuando esa complexa función á que voy aludiendo, tiene lugar de modo que todas las sinergias que concur- 12 ren á producirla desempeñan bien, cada una en los lími- tes que le están sábiamente prescritos, la porción que les corresponde en la economía animal, para llegar al cabo al objeto principal á que una por una deben en su totalidad contribuir; el organismo se baila entonces en su estado normal, y hay por consecuencia salud en el in- dividuo. Además, es evidente que para que este equili- brio fisiológico persista, es preciso que las sustancias, que es de absoluta necesidad penetren en la economía, sean suficientemente aptas por su cantidad y cualidades, para suministrar el material necesario en la reparación de los elementos gastados por el trabajo nutritivo de to- dos los tejidos animales, y también estos no deben en- trar en juego de una manera exagerada. Siempre que la nutrición se verifica de un modo im- perfecto, sea porque las materias ingeridas en el orga- nismo para subvenir á sus pérdidas, no son bastantes ó son malas para el objeto; sea porque órganos, cuya in- fluencia es de trascendencia sobre toda la economía, fun- cionan con una actividad superior á la que les corres- ponde; nace en la organización una causa de debilidad, que á su vez engendra allí otros trastornos más ó me- nos complicados, según las susceptibilidades individuales, y según también las condiciones especiales en que se en- cuentren las personas afectadas: por manera que se pue- de decir que, las causas debilitantes son los agentes ne- gativos ó positivos, que no dan todo lo necesario, ó que quitan más de lo debido á la sustancia de que se compo- nen los tejidos. Como se comprende fácilmente, hay causas debilitan- tes, generales y parciales; de las primeras es de las que debo ocuparme aquí, eliminando desde luego las enfer- medades como causas de debilidad, que evidentemente lo son; para no hablar sino de aquellos agentes que, con- siderado el organismo en su estado fisiológico, obran so- 13 bre él con una tendencia á destruirlo, sin ser ellos enti- dades patológicas. Los agentes que en mi concepto merecen entrar en la categoría de causas debilitantes, son los siguientes, con arreglo á la definición dada ántes: la abstinencia absolu- ta y la mala alimentación, el aire atmosférico, alterado, sin comprender aquí sustancias venenosas, el ejercicio muscular casi nulo y el insuficiente, la repetición fre- cuente del orgasmo venéreo, los trabajos intelectuales excesivos, y por último, las emociones morales tristes. I. La abstinencia completa de alimentación es, como con facilidad se concibe, una causa debilitante por excelen- cia, que no es común observar muchas veces; y como por otro lado, los efectos que determina, aunque más rá- pidos, son los mismos de una alimentación muy insufi- ciente, cuando hable de ésta, tendré ocasión de exponer aquellos. La alimentación es mala por sn cantidad, que puede ser excesiva ó insuficiente, ó por la naturaleza misma de las sustancias que la componen, no siendo estas ap- tas para ceder sus elementos á los diversos tejidos ani- males que deben contribuir á formar; resultando en to- das estas diversas circunstancias, trastornos en las fun- ciones y en el conjunto de la economía. Los individuos que por gula introducen en su tubo digestivo una cantidad considerable de alimentos, pres- cindiendo de los accidentes á que los expone al princi- pio la observancia de un régimen funesto, y suponien- do que hayan adquirido en él un hábito, llegan á des- 14 truir pronta ó lentamente su organismo, por la falta de equilibrio en su totalidad funcional. La alimentación excesiva habitual, acaba por determi- nar un predominio en el desarrollo de las vías digestivas, con perjuicio de los otros aparatos de la economía ani- mal: así se ha encontrado en cadáveres de individuos glotones; la túnica musculosa del estómago é intestinos, verdaderamente hipertrofiada, miéntras que el sistema general de locomoción se ha visto, por el contrario, re- ducido, por decirlo así, á su menor expresión; unas veces atrofiado; otras, habiendo experimentado en partes la trasformacion grasosa: esto explica, por qué las perso- nas entregadas á este vicioso régimen son torpes en sus movimientos: además, la observación dá testimonio de que los mismos individuos son ineptos para los trabajos intelectuales y muy propensos á dormir mucho; disposi- ciones que sin duda están relacionadas con los modos de ser anatómico y fisiológico del cerebro. Las digestiones, después de un tiempo más ó ménos largo, no se verifi- can ya con regularidad; y esto, tanto á causa de los va- riados trastornos sufridos por todo el organismo, como porque es sabido que una función excitada repetida- mente con exceso, viene por fin á languidecer y también á ser imposible; por consecuencia, aun cuando haya in- dividuos que escapen de los peligros que trae al princi- pio una alimentación en demasía, y de los que no hablo por no salir del cuadro que me he trazado, llega una vez en que el agotamiento es inevitable, y por tanto la muerte por este motivo. La alimentación excesiva, como causa debilitante, es muy rara; sobre todo, lo es hasta el punto de poder de- terminar la imposibilidad de la digestión, porque creo es excepcional, que personas sometidas á este vicio no se sientan harto molestas, para que puedan por esto des- prenderse de él; si no es que ántes de acostumbrarse ha- 15 yan sucumbido, por un accidente de los que es fácil so- brevengan, por la ingestión de cantidades desproporcio- nadas de alimentos; por ejemplo, una congestión ce- rebral. Que la alimentación no baste por su cantidad, ó que se componga de sustancias impropias para llenar las exi- gencias de la nutrición, se dice que es insuficiente, por- que en uno como en otro caso no satisface las condicio- nes imprescindibles para la conservación del estado fisio- lógico verdadero, único en que los fenómenos tan com- plicados de nuestra organización pueden verificarse con la perfecta regularidad que dá origen á esa satisfacción íntima de supremo bienestar que se experimenta cuando todo es armonía, esto es, cuando hay completa salud en nuestro organismo. Los individuos que están bajo la influencia de una ali- mentación insuficiente, advierten al principio esa necesi- dad que desde luego indica la falta de alimentos; pero al cabo de algún tiempo, parece que el organismo se ha habituado en cierto modo á recibir pasivamente esa de- fectuosa alimentación: el hambre ha desaparecido enton- ces, porque la naturaleza ha provisto una manera de acallar esa sensación nacida, como todas las sensaciones, en los centros nerviosos, cuyos elementos histológicos se resienten tan fácilmente de modificaciones á veces aun ligeras en su modo de ser. Los tejidos de menor impor- tancia subvienen á los gastos de los otros más importan- tes; y sobre todo, de ese sistema, cuya integridad, si no está intacta, la vida no se concibe ya en todas sus mani- festaciones respectivas en los diversos órganos: el apara- to nervioso es, en efecto, por decirlo así, el más exigen- te de inmunidad entre todos los grandes aparatos orgá- nicos; y como es también el que preside y regulariza los fenómenos de la vida, es preciso que miéntras se conser- va esta, aquel no sufra más allá de lo que sus propieda- des se lo permiten; por esto es que, cuando no encuentra los elementos propios para su nutrición en las sustan- cias introducidas en el torrente circulatorio por la diges- tión, los toma, liasta donde esto es posible, de los demás tejidos, por medio de una revolución que se produce en tales circunstancias en la economía animal, y que voy á procurar describir luego, exponiendo al mismo tiempo los resultados que de ello proceden. La experimentación, junta con las observaciones, de- muestran que, los individuos sometidos á una alimenta- ción insuficiente, se enflaquecen, pierden más y más en peso, en un orden progresivo con la duración de este ré- gimen, y si esta insuficiencia de alimentos se prolonga demasiado, la muerte es irrevocablemente segura, por causa de una positiva inanición. La diminución de peso en las personas no alimenta- das suficientemente, comienza á efectuarse por la absor- ción de aquellos tejidos orgánicos, cuya presencia no es del todo indispensable para el juegq normal de los prin- cipales aparatos del organismo: después esta pérdida se hace sucesivamente á expensas de otros tejidos de más elevada gerarquía, pero susceptibles hasta cierto límite, de ceder la sustancia de su propiedad, sin grandes estra- gos para la función de que están encargados: si conti- núa existiendo desmesuradamente la causa que determi- nó la reabsorción parcial de algunos tejidos, esta es tam- bién llevada hasta un grado que no es ya compatible con la persistencia de la vida, y el individuo perece fatal- mente por inanición. Todas esas pérdidas de que acabo de hablar, produci- das por la causa supuesta, se explican por la necesidad imperiosa que tiene el organismo de poder disponer de 16 17 material para subvenir á los gastos de la nutrición ge- neral, en cuanto es posible, en tan malas circunstancias, de todos los órganos y principalmente de aquellos que, la experiencia ha enseñado, casi nada pueden ceder en virtud, sin duda, de lo interesante que es el papel que re- presentan en el organismo: así sucede con la sustancia nerviosa que se cree ha sufrido muy poca pérdida en las experiencias de alimentación insuficiente á que se ha sometido á varios animales; pues que, comparados los centros nerviosos de un animal muerto por iuanicion, con los de otro matado en plena salud, se han encontra- do casi iguales; habiendo procurado que los dos anima- les estuviesen en las mismas condiciones, excepto en las de alimentación. Los demas tejidos se han hallado dis- minuidos, aunque no en la misma proporción; habiendo experimentado más pérdida el tejido grasoso, que, co- mo es sabido, no es absolutamente necesario en la eco- nomía; viniendo luego por orden sucesivo el tejido mus- cular con algunos órganos parenquimatosos como el hí- gado y los riñones, y por último el tejido huesoso. Se- gún Chossat, el hombre bajo los efectos de la abstinen- cia completa de alimentos, ó cuando estos son notable- mente insuficientes, llegaria á perecer cuando su peso hubiera quedado reducido á 0,4, representando por la unidad el peso todo del cuerpo en su estado perfecta- mente normal. La alimentación insuficiente va modificando las fun- ciones fisiológicas, sobre todo las que más relación tie- nen con la nutrición, y cuando esta causa debilitante ha estado ejerciendo su maléfica influencia durante mucho tiempo, son muy notables los estragos observados en las principales funciones. La innervacion que preside y que coordina los actos de la vida en el organismo ani- mal languidece, porque los elementos nerviosos, no reci- biendo ya una nutrición, suficientemente enérgica por 18 una parte, y por otra, no hallándose excitados con la in- tensidad conveniente por la sangre empobrecida, no pueden emitir su importante influjo sobre los demás ele- mentos anatómicos de todos los otros tejidos: estos, á su vez, funcionan imperfectamente por la razón dicha, como por la poca cantidad de sustancia alimenticia que les llega, y de ahí su debilidad necesaria: la circulación san- guínea sufre un abatimiento, debido á que el sistema nervioso no la comunica todo el impulso que requiere para desempeñar bien su papel, y además, porque la ali- mentación no da las sustancias que constituyen la rique- za de la sangre en proporción fisiológica: por lo primero, esta función se hace lenta, y por lo segundo, el líquido sanguíneo contiene ménos elementos sólidos que en el es- tado normal: los glóbulos, la albúmina y las sales dismi- nuyen; solo la fibrina parece ser la última que decrece en estas circunstancias, pues que rara vez se ha encon- trado en menor cantidad: la absorción intersticial au- menta, como lo prueba la desaparición de ciertos tejidos: esta propiedad se lia utilizado en terapéutica, según es sabido, para hacer desaparecer algunos productos pato- lógicos, con cuyo fin se prescribe la dieta muchas veces; la respiración es más lenta, como lo han demostrado las experiencias de Regnaul y Reiset; lo que se explica por el decaimiento del sistema nervioso, y por la lentitud de la circulación; pues que es sabido que entre estas dos funciones hay una dependencia mútua tal, que modifi- cada una en su marcha, la otra la sigue en igual senti- do; la digestión es muy laboriosa á causa de la altera- ción de los jugos digestivos, que no son bien elaborados por los órganos elementales correspondientes, que se encuentran mal nutridos como todos los otros de los de- más tejidos; razón que también da cuenta de la atonía del tubo digestivo por la debilitación de su membrana muscular: la calorificación tiende á bajar la temperatu- ra normal del cuerpo, porque las combustiones orgáni- cas disminuyen, lo que se concibe por la falta de mate- rias alimenticias y el abatimiento de la circulación, la respiración y la influencia nerviosa: por lo demás, esto está comprobado experimentalmente en los animales de sangre caliente muertos por inanición, los cuales han presentado poco antes de sucumbir, una notable diminu- ción de su temperatura propia: en fin, las secreciones participan también del trastorno general, dando produc- tos en menor cantidad, particularmente por no recibir los órganos que la dan origen una nutrición bastante para el desempeño regular de su cometido. Como se ve, el organismo sufre por la alimentación insuficiente muchas y graves perturbaciones anatómi- cas y fisiológicas, que como último resultado causan la muerte por sí mismas, ó por afecciones diferentes que pueden nacer bajo su influencia, como sin esfuerzo se comprende. Por complemento de una mala alimentación, señalaré únicamente el abuso de los licores alcohólicos, el cual da lugar á variados accidentes, designados colectivamen- te con el nombre de alcoholismo, de los que no me ocu- po por ser provenidos de un verdadero envenenamiento. 19 IT. El medio atmosférico en que el hombre tiene necesi- dad de permanecer, obra á veces tendiendo á destruir el organismo cuando no llena las condiciones todas que la economía animal requiere para mantenerse incólume en el seno mismo de ese tan importante como indispen- sable agente vital. El aire atmosférico puede estar alterado en multitud de circunstancias: unas veces por el desprendimiento de 20 gases diversos, extraños á su composición, como sucede en ciertas aguas termales, en las minas de ulla, en al- gunos procedimientos de la industria y cuando hay sus- tancias orgánicas en descomposición; otras ocasiones por la acumulación de los productos de la respiración y de la perspiracion de muchas personas ó animales, ó tam- bién de la combustión en un espacio cerrado. Hay, á mas de esto, otras maneras de alteración del medio cós- mico en que vivimos, y que depende de sustancias dis- tintas en polvo suspendidas en el aire que se respira, ó ya también algunas veces de que contiene una cantidad en exceso de humedad; y por último, de que su tempe- ratura es muy baja, ó por el contrario, muy elevada. Siempre que el aire atmosférico sufre modificaciones en su constitución, cuando el cuerpo extraño que lo al- tera existe mas allá de los límites en que puede tolerar- lo el organismo, no es ya propio para desempeñar la in- teresantísima función de la hematósis, y por consecuen- cia destruye violenta ó paulatinamente la vida de los seres animales sumergidos en esa masa gaseosa viciada. Pero la acción nociva de la atmósfera que ha perdi- do su composición normal, varia con los agentes que la han desnaturalizado: unos obran como venenosos; tal su- cede, por ejemplo, con el ácido sulfohídrico y cou todos los gases deletéreos; otros solo dañan, porque aunque no son tóxicos, han venido á reemplazar el lugar del oxígeno, cuya proporción, disminuida, no basta ya para la regeneración completa de la sangre: en esta clase es- tán comprendidas las sustancias gaseosas, incapaces de obrar como toxicológicas: á veces el cuerpo que pervier- te la naturaleza área, es una mezcla de gases simple- mente irrespirables y de gases deletéreos, siendo enton- ces su acción mixta como es de comprenderse; en fin, el aire atmosférico que contiene sustancias pulverulentas, obra, ora mecánicamente sobre las vias respiratorias, ora tóxicamente ó de ambos modos; según que el polvo es ó no venenoso, ó que participa de las dos cosas. Como no entra en mi propósito hablar para nada de toxicología, sino solamente de agentes que quitan al or- ganismo las sustancias que exige, para su nutrición ca- bal, no debo estudiar aquí los gases venenosos, ni los cuerpos sólidos en polvo en suspensión en el aire, cual- quiera que sea su composición, porque si son tóxicos, ya he dicho que no me ocupo de venenos; si no lo son, su presencia en los bronquios, siendo muy abundante, va á destruir el tejido pulmonar por una mera acción me- cánica. Puesto que el carácter de mi trabajo me obliga, en la parte que ahora estudio, á ceñirme tan solo á considerar el aire atmosférico como causa debilitante, voy á expo- ner los efectos inmediatos del aire empobrecido de oxí- geno, prescindiendo de los cuerpos gaseosos ú otros que, disminuyen por su presencia en la atmósfera la propor- ción del gas único eminentemente covivificador del lí- quido sanguíneo. El aire atmosférico que ha perdido una cantidad más ó ménos grande de oxígeno por cualquier motivo, impre- siona el organismo muy diversamente de como lo hace en su estado ordinario, y esta impresión, que tiene lugar como todas, por medio del sistema nervioso, conmueve este de manera que él emite su influjo para introducir en la economía todo el oxígeno, que el estado particular de la atmósfera no permite hacer llegar de un modo muy normal; de ahí es que, ó los movimientos inspiratorios son más amplios, como nos sucede cuando por una cau- sa instantánea tenemos accesos de sofocación; ó los mis- mos movimientos se aceleran, como se verifica en un ejercicio muscular fuerte, en que hay mayor consumo de oxígeno que en el estado de quietud. Este último recur- so es puesto en planta siempre que la causa que dismi- 21 uuye la proporción de oxígeno es más ó ménos persis- tente, y esta disposición puede hasta llegar á ser normal dentro de ciertos límites; así nos pasa á nosotros, los que habitamos en localidades altas, donde la presión atmos- férica, menor que al nivel de los mares y que en las cos- tas, hace que en un tiempo dado hagamos más moli- mientos respiratorios (1) que los que viven en partes ba- jas, con el objeto de introducir la cantidad de oxígeno suficiente para la respiración. Cuando la diminución de oxigeno va más adelante de lo que puede soportarlo el organismo, como tiene lugar á muy considerables alturas, ó en los casos en que el ai- re se halla muy viciado, como en los lugares poco ó na- da ventilados, donde hay acumuladas causas que alteran la composición atmosférica, la vida acaba allí pronta- mente (asfixia), si el empobrecimiento del aire es suma- mente considerable; ó ella se deteriora poco á poco si no es muy excesivo aunque constante; y esto, porque tanto en uno como en otro caso, no son ya bastantes las mo- dificaciones que el organismo ha puesto en juego; sea, porque á pesar de todo no entra en la economía la can- tidad de oxígeno necesaria, sea por la fatiga de la por- ción del sistema nervioso que contribuye á la función respiratoria, y que vivamente solicitada se agota y no puede ya reobrar contra la causa de destrucción. En la imposibilidad de que el medio atmosférico su- ministre todo el oxígeno que debiera entrar en el tor- rente circulatorio, para que exista el estado fisiológico» ya no hay la cantidad de aquel gas para determinar com- pletamente las combustiones orgánicas, y de ahí se de- riva una elaboración imperfecta de las materias que de- ben cooperar á hacer la nutrición normal en todos los 22 (1) Léon Ooindet. De la respiration sur les altitudes. Gaceta médica de México, tom. 1. ° 1864 á 1866. tejidos, y por lo mismo, estos se alteran en su constitu- ción íntima y funcionan mal, lo que sin duda se añade en el organismo para su deterioro. Todos estos trastornos de que acabo de hablar, no creo de ninguna manera lleguen á observarse, sin un es- tado patológico anterior de cierta naturaleza en los ór- ganos respiratorios, tal como el enfisema vesicular del pulmón, en los europeos que vienen á establecerse en cualquier punto de nuestra gran mesa central; y bajo este respecto me parecen absolutamente nulas las ase- veraciones de Jourdanet, quien, en algunos escritos que ha publicado en Paris, tiende á probar en último térmi- no que es imposible la aclimatación del europeo en nues- tras regiones elevadas, aduciendo como verdad las en- fermedades que, según el autor aludido, sufren por la elevación los individuos que vienen de Europa; y otras á que estarían sujetos sus descendientes, los que, des- pués de una niñez penosa y enfermiza, perecerían mu- chas veces en una edad temprana, porque su organiza- ción no puede adaptarse á las modificaciones que impo- ne nuestra altura barométrica. Las razones que pueden oponerse al autor que com- bate en sus asertos falsos, son nada ménos que las muy palpitantes de la existencia de muchas gentes de allende el Atlántico, que desde la conquista del país de Aná- huae han venido á residir en nuestras comarcas, y han vivido multitud de ellas por bastante tiempo, como sa- bemos, prueba de que se han aclimatado. En la actuali- dad conocemos, los que aquí hemos nacido, á muche- dumbre de extranjeros, procedentes de varias partes del globo, y que, en una edad ya avanzada no padecen afec- ciones que racionalmente puedan achacarse á la atmós- fera, en que hace más ó ménos tiempo viven. En cuan- to á los descendientes de personas que han inmigrado á nuestra patria, sabido es que ciudades populosas, tales 23 como la capital de la república, Puebla y muchas otras poblaciones situadas á grande altura sobre el nivel del mar, están pobladas en gran parte por individuos que cuentan entre sus progenitores, más ó menos próxi- mos, á personas oriundas del continente europeo, y que la longevidad suele presentarse también aquí en esas mismas gentes: es pues posible la aclimatación en los valles altos de México. 24 La demasiada higrometricidad del aire, á más de que disminuye la cantidad de oxígeno que penetra en los pulmones á cada inspiración, por la presencia del vapor de agua en exceso, ejerce por sí misma en la economía una acción especial, que coadyuva en cierto modo á la que se observa por falta del gas respirable; pero los efectos de la humedad excesiva en la atmósfera sobre el organismo, difieren un poco, según que la temperatura del medio cósmico sea muy elevada, ó por el contrario muy baja. El aire lnimedo muy caliente, á una temperatura su- perior ó igual á la del cuerpo humano, impide que la sangre se desembarace por la superficie brónquica del agua producida en los órganos por las combustiones de nutrición y de la absorbida por el tubo digestivo, y que en el estado de vapor se exhala por ahí normalmente, en cantidad variable con la temperatura; lo cual sucede, porque el aire inspirado va á las vías respiratorias casi saturado de vapor acuoso, y, si tiene la misma tempera- tura del pulmón, apénas, al verificarse la osmosis, podrá cargarse el aire espirado de una ligera cantidad del va- por del agua de la sangre que allí llega, hasta quedar completamente saturado, no pudiendo literalmente con- tener más; si su temperatura es superior á la de las vías 25 de la respiración, tiende entonces á enfriarse, y por lo mismo á bajar su punto de saturación; es claro que en este caso el aire espirado no quitará al líquido sanguíneo ni la más pequeña parte de agua. Por otro lado, el aire atmosférico obra sobre el tegu- mento externo por su temperatura elevada, solicitando un aumento insólito en la actividad funcional de las glán- dulas sudoríparas; pero como al mismo tiempo su esta- do higrométrico se baila próximo á la saturación, es su- mamente poca el agua que puede evaporarse por la su- perficie cutánea, y por tanto, es casi nulo el enfriamien- to que por esta causa podría resultar; de abí una sensa- ción muy incómoda de calor que se produce en estas cir- cunstancias, y la existencia de un exceso de agua en el organismo. Es cierto que la economía tiene un emuntorio, el apa- rato urinario, por donde puede dar salida á la super- abundancia de agua que se acumula en la sangre; mas en las condiciones supuestas, este líquido no pasa por el apa- rato dicbo en suficiente cantidad, para dejar allí toda el agua de que está sobrecargado; pues el calórico ambien- te obra sobre la superficie exterior del cuerpo, ocasio- nando en ella una afluencia considerable de sangre á ex- pensas de los órganos interiores: de todo esto resulta que el agua se encuentra en demasía en el organismo, cuando el medio atmosférico es muy húmedo y caliente; por consecuencia, hay un trastorno en la nutrición, de- pendiente de la diminución de oxígeno, del exceso de agua y de la acción del calórico, lo cual hace languide- cer el juego nutritivo, por la duración de todas estas condiciones. El aire húmedo y frió da también lugar en último re- sultado, á la acumulación de agua en el organismo, sien- do diversos los fenómenos intermedios, pues que, en tal estado, el abe atmosférico reduce á la nulidad la exha- 26 lacion cutánea y pulmonar; y como en este caso la san- gre afluye sobre todo hacia los órganos interiores, la fun- ción renal llega á su más alto grado: sin embargo, estas modificaciones no dejan escapar toda el agua de que la economía debiera desasirse para su perfecto estado de equilibrio fisiológico; y además, como el aire húmedo es buen conductor del calórico, sustrae al organismo ma- yor cantidad de él que cuando no contiene humedad; de ahí nace una causa de debilidad si no se toman precau- ciones contra este modo de ser del medio atmosférico. Después que la influencia de la humedad tiene bas- tante tiempo de existir en la organización animal, y su- poniendo que no se haya presentado antes ningún esta- do patológico, se observan cambios en la economía, de- bidos á que en los elementos anatómicos de los tejidos se encuentra mas agua de la que se apropian eu condi- ciones normales, lo que se debe á un tiempo á la absor- ción constante de vapor de agua, y de que la economía se deshace incompletamente del líquido acuoso en exce- so en la sangre, y por esto el sistema muscular carece histológica como fisiológicamente de su energía, experi- mentando los demás tejidos, modificaciones proporcio- nales á su grado de perturbación nutritiva, sobresalien- do por cierto predominio en su desarrollo el aparato lin- fático; circunstancias son estas que producen ó favore- cen enfermedades determinadas. Suponiendo ahora que la constitución atmosférica sea idónea para mantener la economía animal en su estado perfectamente fisiológico, pero que su temperatura se haya elevado ó abatido excesivamente, veamos los efec- tos que en cada una de estas circunstancias se produ- cen. 27 Pero antes me parece importante advertir que, cuan- do por cualquier motivo sube ó baja la temperatura fi- siológica del cuerpo humano, para que el estado normal de este se conserve, los grados termométricos no pue- den ascender arriba de seis décimos de grado, ni bajar á mas de un grado; y esto de un modo fugaz, como tan perfectamente lo ha consignado en su laboriosa tésis mi apreciable amigo y compañero D. Demetrio Mejía (1); pues si estas condiciones no se observan, el estado fisio- lógico se encuentra perturbado. Una temperatura superior á la del cuerpo humano, obrando por contacto sobre las superficies cutánea y pulmonar, determina en ellas un aflujo considerable de sangre, por la dilatación de los vasos sanguíneos; y co- mo á la vez la respiración es más frecuente en este caso por la rarefacción relativa del aire, la circulación tam- bién se acelera, por la solidaridad establecida entre estas y aquellas funciones, resultando de todo esto que la perspiracion del pulmón y de la piel, aumentan conside- rablemente; y además, este último órgano se cubre de sudor, porque las glándulas que lo producen entran en gran actividad. La acumulación de ese producto so- bre el tegumento exterior ocasiona su evaporación, lo cual, como es sabido, roba calórico y tiende así á resta- blecer la temperatura normal; mas si el calórico ambien- te es muy exagerado, entonces la evaporación del sudor no da abasto para determinar un enfriamiento suficien- te, y los grados térmicos fisiológicos de la economía tie- nen tendencia á subir; se experimenta por esto un calor muy molesto que da origen á esa especie de postración que conocemos cuando estamos influidos por una alta temperatura, la que, siendo excesivamente intensa, ó si (1) Estudio sobre la termometría clínica en México. Tésis para el exá- men profesional, por Demetrio Mejia, pág. 39. 28 no lo es, su acción se prolonga demasiado ó se repite muy á menudo, trastorna mas ó menos breve las funcio- nes nutritivas. Tal efecto proviene principalmente de que las combus- tiones orgánicas disminuyen, porque los centros nervio- sos, impresionados por un exceso de calórico, emiten su influencia y aminoran la actividad vital de los tejidos para oponerse al desarrollo completo del calórico ani- mal, con objeto de neutralizar hasta donde es posible el exceso del calórico exterior; por consiguiente, la nutri- ción es imperfecta y el organismo vivo se debilita ó aun perece si la intensidad del calórico ó su acción continua- da es tanta, que el sistema nervioso cesa de funcionar. La temperatura ambiente muy baja, obra sobre todo en el organismo animal, tendiendo á poner este en equi- librio con ella, robándole en cada momento el calórico que se produce en él; pero la economía lucha entonces activando las combustiones de nutrición y de esta ma- nera logra reparar el calórico que constantemente le sustrae el aire frió: no obstante, cuando este lleva su acción hasta un grado ínfimo, ó aun cuando esto no sea, aquella persiste, por decirlo así, habitualmente y en in- dividuos mal alimentados á merced de la intemperie, determina efectos desastrosos: en el primer caso, la temperatura, intensamente abatida, origina trastornos violentos, caracterizados por una tendencia irresistible al sueño, debilitamiento general, hemorragias por algu- nas mucosas, estados que se enlazan á congestiones en los órganos internos por la afluencia de la sangre liácia ellos; observándose á la vez síntomas cerebrales como el delirio, á lo que sigue la muerte, que, según se ase- gura, viene en estas circunstancias con un sentimiento de verdadero placer: en el segundo caso, la persistencia del frió, da lugar á modificaciones en todos los tejidos, las que se traducen por una verdadera debilidad en to- 29 do el organismo, lo que sin duda es debido á que no se encuentran en él los materiales necesarios para hacer las combustiones orgánicas suficientemente activas. La privación de la luz solar debe indudablemente con- tarse entre las causas debilitantes; mas hasta ahora no sé que se haya estudiado experimentalmente aislada, pues los casos en que se han hecho observaciones de su influencia sobre el hombre, ha sido en condiciones en que otros agentes, como la humedad, el aire confinado, ejercian simultáneamente su acción; sin embargo, si es posible juzgar aquí por analogía, no podrá menos que admitirse que la falta de luz solar debilita la organiza- ción animal; pues se ve que, en los seres vegetales que viven en lugares apartados de su benéfico influjo, se produce una especie de marchitamiento y se ponen des- coloridos y abatidos. III. A tocios los órganos, á cada uno de los tejidos de nuestra economía, está asignado su modo de ser pecu- liar, para contribuir con su contingente á ese maravillo- so conjunto que, en su estado de perfecta coordinación, engendra en nuestro organismo la vida, en la plenitud de la concepción de la palabra: luego que una perturba- ción se ha abierto paso en los elementos de un tejido, cualquiera que ella sea, se introduce el desorden en el órgano respectivo, y este, alterado, obra muchas veces desarreglando la armonía que existe en el estado fisio- lógico en nosotros. 30 El sistema muscular, destinado al movimiento por to- das partes doude está, va perdiendo sus propiedades tan pronto como se halla condenado á la inacción prolonga- da; pero como todas las funciones tienen su límite mas allá del cual es imposible que se efectúen sin detrimen- to para la salud, resulta que el ejercicio muscular exa- gerado, es también causa de trastornos para la econo- mía animal. Cuando nuestro sistema de locomoción es solicitado sin medida, abusando del ejercicio que su estado natu- ral nos permite, el organismo se debilita mas y mas con la duración de los movimientos desmesurados, y esta de- bilitación se explica por varias razones: en primer lugar, el gasto nervioso que, como es sabido, se necesita para obtener la contracción de las fibras de los músculos, re- pitiéndose tan seguidamente cuanto la acción muscular es puesta en juego, motiva, por la frecuencia con que se verifica, una verdadera fatiga del aparato de inner- vacion; y no se ignora cuán trascendental es para todas las funciones cualquiera anomalía de tan importante sistema: por otra parte, está demostrado en la actuali- dad, que un músculo en ejercicio eleva su temperatura: ahora bien, este crecimiento en el calórico proviene ne- cesariamente aquí de la actividad mayor de las combus- tiones orgánicas, y se comprende desde luego que para esto es preciso que haya mas material que de ordinario para subvenir á este aumento de calorificación; esto es, se necesita mayor cantidad de alimentos y de oxígeno que suministren este resultado, lo que á su vez exige un incremento en la actividad de la respiración y en la del tubo digestivo; es decir, condiciones que con el tiempo se convierten en causas debilitantes, sobre to- do cuando el aparato nervioso está ya fatigado: en fin, el mismo trabajo inmoderado de los músculos, acaba por acarrear una diminución en su energía funcional: 31 todo esto da una suma total, el debilitamiento del orga- nismo. Como en la organización viva, todas las funciones es- tán arregladas, de manera que son susceptibles sola- mente de ejercerse cada una en su propia órbita de ac- ción, fuera de la cual, mas acá ó mas allá bay exceso ó defecto, resulta que cualquiera que ello sea, con una perturbación mas ó ménos larga, se trastorna el juego armónico fisiológico, y se rompe por consiguiente esa unidad á que en el estado normal conspira de continuo el organismo, es decir, el bienestar del conjunto íntegro funcional: por esto es que, si la exageración en el ejer- cicio muscular debilita la economía, la insuficiencia de ese mismo ejercicio, ó su falta casi absoluta, llegan á po- ner la organización en iguales condiciones. Pero aquí se va á parar al mismo punto terminal por otro camino: que el ejercicio falte ó sea insuficiente, las sustancias introducidas por la alimentación se digieren con dificultad y no experimentan la metamorfosis com- pleta para ser aptas á la nutrición perfecta, porque fal- ta el poderoso estímulo del movimiento que, como se sabe, favorece dentro sus límites las combustiones orgá- nicas: de aquí es que la nutrición decae: el aparato de innervacion, no ejercitándose para liacer contraer los músculos, paraliza en cierto modo su acción, disminu- yendo la energía de su influencia sobre los demas teji- dos, principalmente sobre el muscular, el cual, ya por su inercia ó su poco ejercicio va perdiendo su propiedad de ser contráctil, se atrofia y hasta llega á sufrir la regre- sión grasosa: se ve, pues, que el ejercicio nulo ó insufi- ciente debilita la economía animal como el que es exa- gerado. 32 IV. Hay una función cuyo verificativo, cuando se ciñe á su objeto, es de suma importancia para la propagación y conservación de la especie humana; pero que sacada fue- ra de su quicio, como sucede por desgracia de una ma- nera algo frecuente, redunda diversamente en uno de los mas vergonzosos vicios, que con mucha razón lamentan el buen sentido y la moral; por el estigma degradante que marca muchas veces la fisonomía de esos infelices, que, con un verdadero furor licencioso, trabajan por des- truir todas las buenas cualidades con que lian salido do- tados al venir al mundo. Bien se conoce que me refiero en este momento, al ejercicio de los órganos genitales, el cual se desvirtúa indudablemente, siempre que la exa- geración los solicita de cualquier modo para la satisfac- ción de un placer, que, á fuerza de repetido, envuelve en sí mismo el mas fecundo gérmen de debilidad en el organismo animal. El término natural de la excitación completa de los órganos sexuales del hombre, es, desde la pubertad, co- mo se sabe demasiado, la emisión de la esperma, cuyo derrame puede tener lugar por el coito, la masturbación, y á veces también por sueños voluptuosos: sea cual fue- re el modo con que esto se verifique, cuando la excreción espermática llega á efectuarse con una frecuencia inusi- tada, la organización se resiente mas ó ménos breve por signos de una debilidad incontestable; sin embargo, al hablar aquí del exceso del licor seminal perdido, me re- fiero sobre todo al onanismo y á la cópula, por ser estas dos circunstancias en las que se comete á menudo un verdadero abuso, que acaba por originar el debilitamien- to de la constitución orgánica individual, las poluciones 33 durante el sueño, no observándose normalmente con exa- geración. Que la eyaculacion del sémen sea provocada por la masturbación ó el coito, viene á debilitar la economía, luego que aquel acto se ba estado repitiendo por un es- pacio de tiempo mas ó ménos largo, y con una frecuen- cia que la constitución individual no puede tolerar, sin que sobrevengan trastornos de mayor ó menor gravedad en el organismo. Las pérdidas seminales, determinadas excesivamente, traen el decaimiento de la organización animal, en vir- tud de la misma excreción de la esperma, y de la con- moción que el orgasmo genital opera sobre el sistema nervioso: aquella, formándose como las otras secrecio- nes á expensas de la sangre, hay en cada emisión de sé- men un gasto de varios de los elementos del fluido san- guíneo, y éste, suministrándolos con una repetición, que no da tiempo á que se restauren convenientemente, se empobrece mas y mas, y pierde por tal motivo muchas de sus propiedades regeneradoras, con detrimento, como es de suponerse, de todos los tejidos: el aparato nervio- so, conmovido tan fuertemente como lo está en la eya- culacion hasta el eretismo, sufre demasiado con este es- tado tan continuamente provocado; y su vital influencia, sobre todo el organismo, se amengua, lo cual sucede con notable diminución en las manifestaciones orgánicas vi- tales. Esta doble decadencia del líquido que en su ser fisiológico esparce por todas partes los elementos ade- cuados á cada tejido, y del sistema que les da animación, produce, como fácilmente se concibe cuando el perni- cioso hábito se ha hecho inveterado, una alteración pro- funda de los principales órganos; de ahí es que las gran- des funciones se ejecutan mal, y los desgraciados que son presa de semejantes desórdenes, llevan grabada en su continente la degradación física y moral mas horrible. 34 La masturbación y las relaciones sexuales exagera- das, parece que no determinan en la mujer los funestos estragos que en el hombre, por lo menos con la pronti- tud y la intensidad relativas que en este se observan; sin duda porque en ella, si bien hay en tales actos exci- tación del sistema nervioso, no son de tanta trascenden- cia las pérdidas del líquido que por el orgasmo venéreo secretan las glándulas del aparato externo genésico fe- menino, como lo es la salida del sémen en el hombre; aunque yo creo que, con un abuso suficientemente pro- longado de esos viciosos hábitos, deben presentarse al fin los mismos fenómenos, que si no es común encontrar en las meretrices, es debido áque, en esta especie de pro- fesión infamante, las mujeres llegan á ser enteramente pasivas las mas veces que cohabitan, pudiendo servir esto de explicación de por qué su organismo no se de- prime tan fácilmente, y por qué suelen durar algunas por mucho tiempo en su reprobado comercio. Como apéndice á este artículo que concluyo, seú alaré la existencia de la sífilis como un mal muy común en- tre los individuos de ambos sexos que frecuentan la prostitución, y que, á no dudarlo, es una de las fuentes que engendra, bajo varios aspectos, la debilitación del or- ganismo humano, pero de que me es imposible ocupar- me por su naturaleza y su extensión, que me conduci- rían fuera del cuadro en que debo circunscribirme. y. A mas de las causas que estragan el organismo, y de que he tratado ya, hay otras, cuya existencia se relacio- na manifiestamente con ciertos modos de ser individua- les que van imprimiendo en los centros nerviosos un es- 35 taclo particular funesto que se patentiza por un decai- miento gradualmente progresivo de las principales fun- ciones, y por consiguiente de todo el individuo que está bajo tales influencias: quiero hablar de los trabajos in- telectuales ejercidos obstinada y exclusivamente duran- te mucho tiempo, y de las afecciones morales tristes muy persistentes; circunstancias que acaban por ser desfavo- rables á las personas que las experimentan, porque mi- nan su salud de una manera mas ó menos breve. Que el abuso de las facultades intelectuales debilita la constitución orgánica, es una verdad de las que no se necesitan grandes esfuerzos para probarlas: hace ya tiempo que la observación lo tiene así registrado en sus anales; por ejemplo, se refiere que el ilustre filó- sofo Leibnitz, que se entregaba asiduamente á sus me- ditaciones y pasaba todos los dias hora tras hora en los trabajos de su gabinete, arruinó de esta manera su sa- lud; lo mismo ha sucedido á muchos sabios que, embe- bidos en sus magníficas lucubraciones, se han olvida- do á veces hasta de satisfacer las necesidades mas impe- riosas de su individuo: pero para no ir demasiado lejos citaré un hecho que se ve en nuestras escuelas profesio- nales donde varios de los jóvenes estudiantes, hácia la aproximación de sus exámenes, en su afan por saberlo todo, torturan sus facultades mentales con una dedica- ción sostenida imprudentemente mas de lo regular, pa- ra salir airosos en sus pruebas escolares; y si esto últi- mo es muy laudable, también es cierto que al cabo de sus tareas anuales se les encuentra pálidos, demacrados; señales evidentes de que su organismo ha sufrido. En cuanto á la depresión que sobre la economía ani- mal determina la influencia de las penas morales vivas, la etiología en algunas enfermedades nos da la prueba suficiente de ello: para no ser muy difuso, aduciré solo en favor de este aserto la observación muy cierta 36 que diversos patologistas consignan en sus obras, y es, con respecto de la cloro-anemia, que visiblemente lia nacido en muchas jóvenes por motivo de un amor con- trariado, y que luego que esta pasión no ha encontrado ya obstáculos, con solo esto aquel mal ha hallado su mejor terapéutica desapareciendo como por encanto. ¿Pero de qué modo estas causas de que ahora me ocupo obran para perturbar la regularidad de las fun- ciones fisiológicas? Con relación al uso inmoderado de las facultades del entendimiento, es inconcuso que resi- diendo en el cerebro, se efectúa en este órgano como en todo el que entra en actividad funcional, un gasto mas considerable que cuando no acciona, de elementos nutritivos que la sangre lleva allí entonces en mas abun- dancia por la circulación cerebral, y en tal caso desple- ga toda su energía: estas condiciones locales orgánicas, existiendo tanto tiempo cuanto la función las excita, y repitiéndose las mismas veces que ella, hacen por una parte que el cerebro adquiera primero un gran desarro- llo para después fatigarse, y por otra que ejerza un pre- dominio excesivo sobre el organismo; lo cual, unido á la falta de ejercicio muscular por la inmovilidad á que, du- rante los trabajos de gabinete, condenan las facultades de la inteligencia, y muchas ocasiones al aire viciado que se respira en estas circunstancias, todo esto influye para debilitar las constituciones individuales. Con respecto á la acción depresiva de los afectos tris- tes del ánimo, es indudable que tiene su punto de par- tida en una modificación de la vitalidad de los centros de innervacion: acaso por una especie de parálisis lenta, que va estableciéndose en los elementos anatómicos de cierta porción de esos centros que á su turno deprima paulatinamente la circulación sanguínea por la influen- cia directa que esta función recibe de aquellos, á cuya hipótesis parecen dar certidumbre los hechos en que in- dividuos han perecido violentamente al tener una noti- cia desagradable que los ha afectado muy intensamente, y que ha dado lugar á un síncope por la suspensión completa de la acción nerviosa sobre el centro circulato- rio; aquí, la muy viva afección ha producido un resulta- do instantáneo: cuando la conmoción es mucho menos fuerte, pero duradera, se obtendría un efecto análogo al anterior, con la diferencia de que ha sido determinado con lentitud. 37 Como complemento á esta parte de mi tésis, liaré no- tar aquí, que las diversas causas debilitantes de que me lie ocupado, no obran con la rapidez é intensidad mis- mas en todos los individuos en general, siendo su acción, por decirlo así, mas eficaz en aquellos que, por sus con- diciones particulares, presentan un acceso mas fácil á esos agentes destructores; por manera que, en igualdad de circunstancias, el niño, la mujer, serán con menos di- ficultad que un hombre joven y vigoroso influenciados por cualquiera de las causas que he estudiado, con tal que sean susceptibles de existir en ellos; como, verbi gra- cia, el calor, el frió, etc.; y generalmente hablando, los individuos son tanto mas accesibles á las causas debili- tantes, cuanto que por cualesquier motivos de edad, de sexo, de constitución ó estado enfermizo, su organización es mas delicada. SEGUNDA PARTE. DE LOS EFECTOS PATOLOGICOS MAS NOTABLES PRODUCIDOS POR LAS CAUSAS DEBILITANTES. Los efectos que los agentes debilitantes determinan sobre el organismo animal, de los cuales he procurado dar idea en la primera parte de mi presente estudio, no son ciertamente los únicos que la economía es capaz de experimentar bajo su influencia, puesto que, estas mis- mas causas vienen á producir, por su acción permanen- te y larga, verdaderas enfermedades, es decir, efectos pa- tológicos; á diferencia de los anteriores, que bien pueden denominarse fisiológicos, á semejanza de á los que dan lugar sustancias tarapénticas, administradas á indivi- duos sanos. Pero aun liay mas: la existencia de las cau- sas debilitantes se presta á ciertas consideraciones di- versas, que es importante tener presentes, por lo que me decido á exponerlas; tratando antes de los principales estados morbosos, que los agentes que estudio son sus- ceptibles de ocasionar. Al hablar aquí de perturbaciones morbosas, que re- conocen por origen la existencia de cualesquiera de los modos que traen la debilitación del organismo y de los que me he ocupado antes, quiero aludir exclusivamen- te á esas que, por el estado general que imprimen á la economía animal, hacen nacer en ella un vicio verdade- ramente constitucional. Es desde luego cierto, en primer lugar, que las cau- sas debilitantes, obran sobre la sangre empobreciendo la riqueza de este líquido, abatiendo sobre todo la pro- porción fisiológica de sus glóbulos rojos, la cual minora- da, hasta una cifra menor que 0,100, causa una verda- dera hipoglobulia, engendrando toda esa complexión de síntomas que semiológicamente comprenden lo que se ha llamado anemia: enfermedad que hace eco por los di- ferentes aparatos orgánicos de nuestra constitución, á un grado que es tanto mas perceptible, cuanto mayor es la diminución de los glóbulos rojos. Cuando la causa que ha alterado la composición de la sangre, destruyendo la cantidad normal de los glóbulos rojos, persiste más de lo necesario para que haya ane- mia; ó aunque esto no sea, si la constitución individual, por circunstancias peculiares de la persona afectada, no es capaz de reobrar en un sentido favorable á la reor- ganización de los elementos sanguíneos perdidos, sino por el contrario, es mas bien propia para seguir el im- pulso del agente destructor; cualquiera que ello suceda de estas dos condiciones, la sangre se empobrece mas y mas, entonces los glóbulos blancos se encuentran en cre- cimiento insólito respecto de los rojos; y cuando la pro- porción de aquellos es á la de éstos como 1 : 60, hay en este caso la enfermedad que se ha designado con el nom- bre de leucoeitemia ó de leucemia; afección indudable- mente más grave que la anemia, y tanto mas, á medida que los glóbulos blancos crecen en cantidad relativa, mientras los otros decrecen. A mas de estas afecciones morbosas que acabo de apuntar, y las cuales pueden ser desarrolladas por las causas que he dejado mencionadas en la parte primera de este trabajo, exceptuando acaso la alimentación exce- siva; se hallan otras enfermedades que son producidas, con especialidad cada una, por su agente que le es pro- pio: de esos estados morbosos voy en seguida á tratar, refiriéndolos á su origen respectivo. 39 40 Muy sabida es la influencia que sobre el organismo ejercen la humedad, la falta de renovación del aire at- mosférico y la ausencia de la luz solar; circunstancias que, muchas veces reunidas, determinan por su acción prolongada, la formación de constituciones individuales particulares, que consisten en un predominio patológico del sistema linfático, sobre todo, de los ganglios; y que se han llamado constituciones estrumosas, escrofulosas, por la enfermedad llamada escrófulas, y que está carac- terizada por una leucoflegmasía de los ganglios linfáti- cos. Mas es de advertir, que no es precisamente nece- saria la acción simultánea de las tres causas de que he hablado, para el desarrollo de las constituciones estru- mosas, y que una atmósfera habitualmente muy húme- da basta en ciertos casos para determinar este estado, particularmente cuando existe al mismo tiempo otra cau- sa que debilite también el organismo; tal como una ali- mentación insuficiente. La humedad, por su acción per- sistente, puede hacer en muchos casos que las personas sometidas á su influencia, sean atacadas de reumatismo crónico, como se ve varias ocasiones en los individuos afectados de este mal, que acusan muy bien como cau- sa de él, la habitación en lugares húmedos. La alimentación excesiva da motivo á veces á una vasta acumulación de sustancia adiposa en las mallas del tejido celular y en los intersticios musculares, con mucha particularidad sobre todo en los individuos que tienen una predisposición fisiológica, que consiste en un desarrollo desmesurado del sistema linfático; y en tal caso no es raro ver, bajo aquel hábito vicioso, declarar- se esa afección que lleva el nombre de polisarcia, que también suele ser originada por el abuso en la alimen- tación de sustancias hidrocarbonadas, como lo son to- das las feculentas y los licores alcohólicos. Fuera de las enfermedades de que he hecho mención hasta ahora, hay una que, aunque no pueda considerar- se como el resultado de un vicio general en la econo- mía, por localizarse esencialmente en un solo aparato, es, sin embargo, susceptible de influir muy profunda- mente en todo el organismo por los gravísimos trastor- nos que es posible llegue á hacerle experimentar: hablo aquí de la espermatorrea, contraida por la excitación muy á menudo repetida del orgasmo venéreo en el hombre, cualquiera que sea el modo con que se haya adquirido costumbre de provocarlo; ó los excesos del coito ó la masturbación, siendo este último acto el que con mas frecuencia da ocasión á esa terrible enfermedad que de- grada tan palpablemente en lo físico como en lo moral á los desgraciados que la sufren. ¿En la mujer habria alguna afección que fuese análoga á la que se produce en el hombre por los excesos de que acabo de hablar? Algunos creen que sí, y ella resultaría por la emisión frecuente del líquido de las glándulas que lubrifican la vulva y la entrada de la vagina en las excitaciones ge- nésicas femeninas. En fin, el abuso de los placeres ve- néreos ocasiona también la impotencia y afecciones gra- ves de los centros nerviosos, como por ejemplo, su re- blandecimiento. (1) Eecordaré en fin, solo para hacer memoria de ello, los frecuentes y variados padecimientos á que exponen la sífilis y el alcoholismo, cuando por la intensidad y dura- ción de los desórdenes que producen, parecen ya haber adquirido derecho de domicilio en la economía animal; esto es, cuando se han hecho constitucionales en las personas que por su conducta indiscreta, son víctimas de esos accidentes. Todas estas afecciones de que acabo de ocuparme, en 41 (1) Véase la observación segunda en la tésis, que para el concurso de agregación á patología interna, presentó el Sr. Dr. Lobato. 42 las que las causas que voy estudiando representan, á no dudarlo, el papel principal en su producción, no son las solas capaces de nacer en el organismo por el influjo de tales agentes, pues en verdad, todo lo que debilita las constituciones individuales, hace de la economía ani- mal un terreno patológico feracísimo, muy á propósito para el desarrollo de muchas y distintas entidades mor- bosas, que frecuentemente se complican unas con otras, y de ellas no es poco raro que algunas se presenten con síntomas muy alarmantes en las circunstancias supues- tas, como sucede, por ejemplo, con el tifo y la neumonía que invaden á personas que han abusado de los licores alcohólicos. En prueba de mi aserto respecto de otros estados pa- tológicos causados por la debilidad del organismo, á mas de los ya asentados, haré observar que los individuos deteriorados en su organización, están muy propensos á contraer las afecciones inflamatorias de algunos grandes órganos, como el pulmón y los intestinos, cuando una causa ocasional de las enfermedades flogísticas los hie- re de algún modo: así, verbi gracia, el eminente fisiolo- gista 01. Bernard, que ha llegado á producir á voluntad inflamaciones de la pleura, del peritoneo, etc., en los animales, ha notado que la experiencia surtía mejor en aquellos que por medio de la abstinencia estaban prepa- rados á la experimentación (1). Y aquí es oportuno hacer llamar la atención sobre un hecho tan importante como curioso, porque puede ex- plicar cómo en muchos casos una misma causa mor- bosa obrando sobre varios individuos, no produce eu todos una afección igual; el hecho es el siguiente refe- rido por el ingenioso experimentador que he citado: “Yo había pues dejado, dice Bernard, irnos (1) Bemard, Patkologie experimental. París, 1872, pág. 14. 43 11 perros que habían servido para operaciones sobre el u nervio simpático sin alimentación durante varios dias; u pero en el momento de los últimos fríos, estos anima- “ les sucumbieron de una manera inesperada: en la au- “ topsía se encontró en el primero una neumonía, en el “ segundo una pleuresía y una enteritis en los dos últi- u mos; de este modo hubo seguridad de que colocados u en condiciones exteriores idénticas, estos animales ha- 11 bian sido atacados de enfermedades enteramente di- “ ferentes y correspondientes á las regiones en las que 11 el simpático había sido interesado” (1). Esto vendría, en mi concepto, á dar razón de por qué varias personas sometidas á una causa de enfriamiento brusco no son impresionadas en su organismo de la misma manera, y otras no lo son de ningún modo: las primeras adquiri- rían una lesión que, según lo acabado de exponer, auto- rizaría á creer estaba en relación con una actividad me- nor anormal del nervio gran simpático en la parte afec- tada; las últimas no serian atacadas, porque el mismo nervio, funcionando en todo su vigor, resistiría á la causa de sobreexcitación por todos los sitios donde se distri- buye, y por tanto la economía no seria comprometida en ningún punto. Prosiguiendo ahora mi tarea, hablaré de una condi- ción que las causas debilitantes hacen aparecer en el or- ganismo, y la cual, en muchas circunstancias, favorece la manifestación de ciertas enfermedades; me refiero á la absorción, que siempre que la economía sufre pérdi- das, se encuentra aumentada prodigiosamente, porque la naturaleza tiende á reparar lo perdido en el organismo; y cuando lo que penetra allí no se adapta con los prin- cipios de que la organización animal se compone en su estructura, se introducen sustancias extrañas, que per- (1) Bernard, op. cit., págs. 30 y 31. 44 turbando el modo de ser normal de los órganos, dan lu- gar á fenómenos patológicos diferentes, en relación con los cuerpos que una anomalía ha conducido al seno mis- mo de los elementos orgánicos de la economía. Así su- cede que, en igualdad de circunstancias, individuos ex- puestos á la acción de emanaciones miasmáticas, de un virus ó del contagio; aquellos cuya constitución esté de- bilitada, contraerán la enfermedad propia á la especie de agente que la produzca, y que está obrando sobre ellos, siendo esta adquisición tanto mas fácil, cuanto mayor es la debilidad del organismo de las personas que se han hallado en el peligro; mientras que los individuos que estén en buenas condiciones de salud, esto es, que sus constituciones no hayan sido minadas por el debilita- miento, podrán salir impunes de la situación inminente por que han pasado, con tal que la permanencia en ella no sea demasiado larga, ni se repita tampoco con fre- cuencia, y que ademas, el agente morbífico no posea una intensidad excesiva; pues de. lo contrario, es casi seguro que las organizaciones mas privilegiadas no escaparán del riesgo que las amenaza. Existe un hecho experimental, que á primera vista parecería hacer suponer, con visos muy racionales, que la absorción no se encuentra aumentada siempre, cuan- do una causa debilitante ha obrado sobre la organización animal, puesto que, si se administra por la boca un ve- neno, estricnina por ejemplo, á dos animales en condi- ciones semejantes, pero que el uno esté en plena diges- tión y el otro en el estado de abstinencia; una dosis de la sustancia tóxica supuesta que mata pronto al primero, no tendrá acción sobre el segundo, sino después de un cierto transcurso de tiempo (1): esto como que da dere- cho á creer que la absorción ha sido ménos activa en el (1) Bemard, op. cit. animal debilitado por la falta de alimentación. Sin em- bargo, si se plantea el problema de tal modo qne la ab- sorción quede eliminada del campo de la experimenta- ción, se verá que no es aquella á la que debe atribuirse el resultado definitivo del fenómeno que se desea expli- car: así, pues, si en vez de propinar el veneno por las vías digestivas á dos animales, se les hace directamente una inyección por una vena, no obstante que entonces la sustancia venenosa ha penetrado al mismo tiempo en el organismo de ambos animales, se observa una repro- ducción del fenómeno antes referido: el animal en abs- tinencia no manifiesta la acción toxicológica sino mu- cho después que el otro ha muerto: ¿á qué es debido esto? Claudio Bernard lo ha interpretado por un esta- do particular del sistema nervioso, que seria mucho me- nos excitable en el animal no alimentado (1). ¿Esta ma- nera de ver pudiera extenderse á la acción de los mias- mas, de los virus, etc., en los individuos debilitados? To- ca á una observación ulterior dilucidar esta cuestión imposible de resolver a priori, cuando el sabio fisiologis- ta limita su explicación á cierto número de venenos. Por lo demas, aun cuando el aparato nervioso fuese mé- nos fácil de excitarse por agentes morbosos, en las per- sonas debilitadas, es muy obvio por otro lado que la ab- sorción, hallándose aumentada en tales casos, puede suce- der que, estando semejantes individuos durante mucho tiempo en una atmósfera infecta, se introduzca paulati- namente en su economía un gran acopio del principio morbífico, que acumulado en suficiente cantidad, es capaz de hacer sentir su presencia por un cuadro ater- rador de síntomas formidables: así, por ejemplo, acaso se verificaría que, individuos débiles viviendo en un país donde se desprenden miasmas paludeanos, en can- 45 (1) Bemard, loe. cit, tidad no mny crecida, absorbieran diariamente algo de aquellos, y que en virtud de la poca excitabilidad del sistema nervioso de las personas supuestas, no causa- rian ningún daño aparente en el organismo de estas, hasta que dichos miasmas impregnando, por decirlo así, toda la economía, hiciesen estallar los terribles accesos de las intermitentes perniciosas; ó si esto no sucedia, quizá podrían dar lugar á la caquexia pantanosa, modi- ficando lentamente la organización animal. Las causas debilitantes obran aún muchas veces faci- litando la evolución prematura de enfermedades diaté- sicas, en los individuos que por herencia traen consigo en su constitución orgánica el germen de esas diátesis que la ciencia ha demostrado, se trasmiten de genera- ción en generación, tales como el cáncer, la tuberculo- sis, etc.; y esto en razón de que la economía, sufriendo un verdadero gasto en los elementos que concurren pa- ra darla una integridad autonómica, pierde mucho de su resistencia á los agentes que tienden á destruirla; mien- tras que el principio mórbido, si me es lícito expre- sarme así, teniendo tendencia constantemente á desen- volverse por sola su naturaleza, y encontrando por otra parte el camino allanado, por decirlo así, apresura su marcha en proporción inversa al decaimiento del estado fisiológico del organismo. ¿Quien de los médicos un poco observadores, no habrá solido ver á jóvenes que acusan haber cometido excesos imprudentes, ser presa de una tisis pulmonar hereditaria que ha avanzado demasiado en una edad en que, á no dudarlo, sin la existencia de circunstancias funestas, no habría aparecido de un mo- do precoz! Las demas afecciones hereditarias, como la epilepsia, la locura, etc., creo que también hacen su apa- rición á veces antes del tiempo en que debieran mani- festarse, cuando los individuos que las han heredado de- bilitan su constitución por cualquier motivo, porque la 46 predisposición natural morbosa parece adquirir mas in- tensidad á medida que la energía de los individuos dis- minuye. Yo conocí una familia, cuyos individuos todos, participaban de un carácter mas ó ménos extravagante; dos hermanos padecian de espermatorrea por abusos punibles; uno de ellos, contrariado por deseos vehemen- tes burlados, y el otro con no sé qué causa ocasional se hicieron monomaniacos. En las afecciones quirúrgicas, la debilitación de las constituciones orgánicas, deja también patentizar su muy desgraciada influencia sobre la marcha, duración y éxito final de tales enfermedades; pues casi siempre la primera es muy lenta, habiendo veces que el organismo, herido como de una atonía completa, no reacciona para reparar los tejidos perdidos cuando de esto se trata, ó su cicatrización, si es lo que se busca, no se efectúa, ó se forma muy pausadamente; de lo cual resulta una pro- longación desesperante de la enfermedad, siendo esto, sin embargo, un ligero inconveniente ante peligros ma- yores, como cuando la naturaleza de la lesión da lugar á que haya pus, que, en las personas debilitadas, es mu- chas ocasiones tan abundante, que las agota con rapi- dez, porque su organización es impotente para suminis- trar y resistir hasta lo último los gastos que exige una secreción piogénica enorme. En apoyo de las asercio- nes que acabo de asentar, quiero referir un caso que presenciamos los alumnos, que en el año de 1869 cur- sábamos la clínica externa en el hospital de San An- drés: se trataba de un individuo como de 40 años de edad, quien, á consecuencia de una caida, se fracturó el cuello del fémur del lado izquierdo: la constitución de- este hombre estaba depravada por el alcoholismo: pré- via la reducción de la fractura, hábilmente practicada por el señor profesor Carmona, se procedió á colocar el miembro abdominal interesado, en un aparato inamovi- 47 48 ble, según la indicación que el caso requería: los dos pri- meros dias subsecuentes al eu que se puso el aparato, no se notó nada particular, pero al tercero se hizo cons- tar una frialdad excesiva y una coloración sospechosa de los dedos del pié del miembro enfermo: en vista de ello, se mandó descubrir todo este para explorar el es- tado de su circulación: esta no era muy satisfactoria, porque se pudo ver que la piel de la parte superior é interna del muslo presentaba algunas placas gangreno- sas y que la pierna estaba algo infiltrada: se decidió por todo esto no volver á poner el apósito que se habia qui- tado y se recurrió á combatir la gangrena húmeda que comenzaba ya á manifestarse: por desgracia el estado general del enfermo era tan deplorable, que no se con- siguió detener la complicación sobrevenida, llegando á ser absolutamente necesario amputar el muslo para evi- tar algunos padecimientos al enfermo, pues la indica- ción era muy urgente: el hombre sucumbió por fin, víc- tima de la debilitación de su organismo, que material- mente fué imposible resistiese á la operación que una mera necesidad hizo indispensable. Cuando los individuos debilitados han contraido una enfermedad aguda, dado el caso que hayan logrado res- tablecerse de ella, su convalecencia es muy tardía, á menudo muy molesta, y no siempre libre de accidentes morbosos intercurrentes que, á mas de dilatar la vuel- ta completa á la salud, traen nuevos sufrimientos: así, en tales personas atacadas, por ejemplo, de erisipela, es muy común que aparezcan, durante la convalecencia, esos abscesos fríos múltiples que, á veces por su exten- sión, ponen en peligro la vida del enfermo: en la última epidemia de viruelas que invadió esta capital, tuve oca- sión de ver que morían muchos de los niños de consti- tución delicada atacados por el mal, y que los que esca- paban de la muerte, convalecian penosamente, siendo en ellos ordinaria la aparición de colecciones purulentas alrededor de las articulaciones; entretanto que los ni- ños de buena constitución, que habian tenido la enfer- medad epidémica tenian una convalecencia franca y mas ó ménos rápida. En fin, las recaidas en las enfermeda- . des que son susceptibles de ellas, como la neumonía, se observan mas fácilmente en individuos cuya organiza- ción se ha debilitado. La mortalidad viene aún á corroborar lo funesto de las causas debilitantes, haciendo ver que los individuos que están bajo su influencia, contribuyen poderosamen- te á elevar el guarismo de la terminación fatal de la hu- manidad: esto, que por solo la razón podría probarse, la estadística lo ha hecho ya palpar por medio de los da- tos irrecusables de la numeración en ciertas enfermeda- des aquí en la ciudad; así, está reconocido que las afec- ciones de los órganos abdominales, han causado muchas mas víctimas en los habitantes de esta capital que vi- ven cerca de la zanja cuadrada que la circunda (1), don- de por las muy malas condiciones higiénicas del lugar, y también de las personas que allí moran, abundan las constituciones empobrecidas. Resulta, pues, de todo lo anteriormente escrito, que si los agentes que causan la debilidad son fecundos en desastres tan variados, es principalmente porque al ir minando las constituciones, van haciendo que la resis- tencia de la economía sea mas y mas pequeña, en pro- porción que los efectos determinados por aquellos au- mentan. La susceptibilidad morbosa en las personas de- bilitadas, prueba superabundantemente esta verdad, que encuentra una confirmación plena en hechos de otro gé- nero: se observa, en efecto, que los individuos que están influenciados por el debilitamiento de su constitución, 49 (1) Estadística de mortalidad, etc. Tésis para el examen profesional, etc., por Gustavo Ruiz, pág. 39. 50 experimentan con mas intensidad los rigores de la in- temperie: el frió, el calor, la humedad, los acosa verda- deramente, porque sienten con una viveza exagerada las impresiones de estas diversas vicisitudes atmosféri- cas: esas gentes son por lo general muy pusilánimes; así es que, las adversidades de la vida las afectan en sumo grado, y felices, si en todas estas circunstancias nada mas les pasase, pues que, muchas veces la existencia de tales condiciones es para ellas la fuente de enfermeda- des, bajo cuya influencia sucumbían á menudo con facili- dad, porque no hay suficiente resistencia vital. La ex- perimentación viene comprobando esto. Chossat, en sus interesantes investigaciones sobre la inanición, refiere ejemplos de que el dolor aun mas leve, producido en animales que hau estado en una abstinencia prolonga- da, determina inmediatamente la muerte: una paloma privada de alimentación, cae y muere al instante en que se le pellizcan las patas (1). Todavía me queda aun por hablar de los efectos que las causas que estudio ejercen sobre la descendencia de los individuos que sufren inmediatamente las consecuen- cias de aquellos. Es perfectamente sabido que los hijos, así como heredan la fisonomía de sus padres, reciben también por patrimonio una organización análoga á la de estos: ahora bien, cuando las constituciones de los padres estáu debilitadas, es claro que comunicarán á sus descendientes un organismo pobre y por lo mismo apto para enfermarse con mucha facilidad: de ahí es que, ademas de tener una existencia dolorosa muchas ocasiones, tales individuos no serán, ó no podrán ser, ca- paces de coadyuvar durante su mísera vida, á la rea- lización de los grandiosos adelantos hácia los cuales encamina dia á dia la civilización á los hombres. (1) Bemard, pathologie experiméntale. 51 Todos los males debidos á las causas debilitantes no se detienen en las consideraciones antedichas: el trabajo, de cualquiera naturaleza que sea, se menoscaba bajo la ominosa férula de la existencia de esas causas, porque las organizaciones débiles se doblegan con mucha facilidad, no pudiendo reparar con prontitud las pérdidas que toda laboriosidad trae consigo en la economía animal, siem- pre que deba continuarse en ella aun dentro los límites prescritos por una prudencia bien entendida; de ahí es que, los individuos que están debilitados y tienen nece- sidad de trabajar, suponiendo que puedan hacerlo, sien- ten imperiosamente que la fatiga los postra, y buscan en el reposo forzado y frecuente la reparación de sus fuer- zas gastadas, para poder seguir su ocupación, lo cual, como se concibe, debe acarrear á menudo trascendencias de gravedad para ellos y sus familias. Demasiado cono- cida es una observación de Haller, consignada por Be- clard en su Fisiología, y que se refiere á unos obreros de una fragua, los cuales, estuvieron alimentados durante cierto tiempo con materias vegetales: en esa época se observó que por término medio perdian quince dias de trabajo en un año, por causa de fatiga ó enfermedad: po- co después, el establecimiento habiendo pasado al domi- nio de otro dueño, los mismos obreros tomaban carne en su alimentación, y solo perdian entonces tres dias de tra- bajo por año. Terminaré, por último, esta parte de mi tésis, con al- gunas reflexiones de un orden muy distinto de las que hasta aquí han venido ocupándome, y que vista la im- portancia muy grande que tienen, por ser de interés tras- cendental para la sociedad, son de llamar sériamente la atención en el estudio que he emprendido. Quiero hablar del carácter moral que, la salud deteriorada por el im- perio tenaz de las enfermedades nacidas bajo el influjo de las causas debilitantes, imprime á los individuos que 52 experimentan su acción; refiriéndome, sobre todo, á esas gentes que, por las circunstancias en que se fian educa- do, prescinden, con ménos dificultad que otros que fian recibido una educación mas ó menos esmerada, de los buenos sentimientos que la ley natural no deja nunca de inscribir en el corazón humano. El señor profesor D. Mi- guel F. Jiménez, en una de sus magníficas lecciones clí- nicas, al hacer notar el año próximo pasado la frecuen- cia de las fiebres intermitentes y de la caquexia paludea- na en esta capital, que dicho sea de paso, son debidas al aumento de pantanos que anualmente se forman en va- rios puntos del valle de México; el sabio observador in- dicó, muy justamente, los peligros que para la sociedad entrañaba la propagación, muy particularmente de la segunda de las afecciones dichas; pues que, modificando de una manera funesta el organismo, pervertía al mismo tiempo las facultades instintivas morales, conduciendo muchas veces á los individuos así afectados á buscar por medios criminales una subsistencia que en sus pésimas condiciones les negaba el*trabajo. Todas estas conside- raciones creo que son aplicables á las enfermedades que resultan de las modificaciones orgánicas, que las causas debilitantes determinan en la economía animal. ¿El sui- cidio no seria muchas veces el efecto de la existencia de circunstancias semejantes? TERCERA PARTE, CONSIDERACIONES GENERALES HIGIENICAS. Las diversas causas de aniquilamiento en el organis- mo, de las que lie tratado en las dos anteriores partes, bajo el doble punto de vista de la fisiología y de la pato- logía, es indudable que pueden ser prevenidas del todo, en los individuos que aun no ban experimentado su des- tructora acción; y esto, por medio de medidas que la hi- giene, tomada en su acepción mas lata, nos suministra con sus sabios cuanto prudentes consejos. Estos, pues, nos son prescritos de un modo inmediato por la higiene pública y la privada, secundadas ambas admirablemente por una sana filosofía. Las cuestiones de higiene pública se enlazan de un modo directo con todos los agentes que por las condicio- nes de su existencia, ejercen ó pueden ejercer su acción á la vez sobre muchos individuos, de los cuales, unos por necesidad y otros por un acto libre de su voluntad, es- tán propensos á experimentar aquella sin poderla remo- ver, cuando de cualquiera manera se hallan puestos á su alcance: tales son las emanaciones diferentes de mefitis- mo para las personas que por motivos varios se encuen- tran expuestas á absorberlas en su economía; tales son también la existencia de las bebidas embriagantes y de la prostitución, para las poblaciones donde se encuentran esta y aquellas, etc. Todo lo que sobre el particular puede decirse respec- to de las causas debilitantes es, que deben emplearse 54 los medios conducentes á la destrucción completa, ó por lo ménos á la atenuación de estas causas cuando no sea posible lo primero: así, se desecarán los lugares dema- siado extensos y húmedos que, por su permanencia en el seno ó en la proximidad de las localidades habita- das, son siempre nocivos á los individuos que allí vi- ven: los panteones, las plazas de mercado, etc., se situa- rán en posiciones convenientes; aquellos, por ejemplo, léjos de las habitaciones y fuera de las corrieutes aéreas que van á ellas; estas, en lugares espaciosos que se cui- dará estén siempre muy aseados: el expendio de licores alcohólicos y la prostitución se reglamentarán, de modo que en caso de ocasionar males, estos sean lo ménos posible, y así de las demas causas. Pero es casi seguro que por sábias que sean las dis- posiciones generales, que se tomen para destruir ó ate- nuar las causas á que vengo refiriéndome, muchas de aquellas se estrellarán con frecuencia ante la inmorali- dad, la ignorancia y la escasez de medios ordinarios de subsistencia: es, pues, muy importante, tratar de ani- quilar estas tres fuentes de malestar. Para llegar á obtener este resultado, es indispensable echar mano de todos los medios capaces de esparcir la buena educación, procurando también instruir de una manera adecuada á todas y cada una de las diferentes clases sociales, sobre todo con relación á las varias pro- fesiones, de tal modo que estas, comprendidas lo mejor posible por los individuos que á ellas se han consagra- do, sean desempeñadas con todo el provecho de que son susceptibles para los que las ejercen así como para los demas; al mismo tiempo que se evite, ó cuando ménos se minore hasta donde se pueda, la parte nociva que ciertas circunstancias profesionales traen consigo. Las ventajas que la verdadera instrucción proporcio- na, ciertamente que no son vanas; muy por el contrario, 55 se ha hecho ya observar, con sobrada justicia, que todo lo que instruye eleva las ideas, y que esta disposición del ánimo existe rara vez sin que los sentimientos partici- pen de tal elevación; porque es inconcuso que el ejerci- cio de las facultades superiores del entendimiento se efectúa casi siempre con mengua del desarrollo de las pasiones groseras, por manera que, en último análisis, la instrucción, á mas de producir un sentimiento de sa- tisfacción íntima, predispone á practicar el bien, y es á la vez una fuente de moralidad. Mas no basta esto, es preciso que la ocupación no de- je de practicarse; para lo cual se necesita hacer por que se tenga amor al trabajo, empleando siempre de prefe- rencia los medios persuasivos, como el estímulo, pues la experiencia demuestra que nunca se llena mejor un de- ber sino cuando existe un pleno convencimiento de que hay obligación de cumplirlo. Muchas veces sucede que, á pesar de una buena disposición para el trabajo, ciertos obreros están en la imposibilidad de hacerlo, siendo, por tanto, necesario cuidar de proporcionar en casos seme- jantes la manera de que tales individuos se ocupen en algo, porque la ociosidad da frecuentemente lugar á la embriaguez, á la prostitución, ambas manantiales de des- trucción del organismo. La retribución del trabajo no es bastante en muchos casos para subvenir á todas las necesidades de los indi- viduos, y de ahí se originan casi siempre incomodidades para las familias, que por tal motivo se encuentran su- mergidas en pésimas condiciones higiénicas, las que pro- longadas suficientemente, acaban por arruinar la salud, multiplicándose así las constituciones enfermizas: impor- ta, por esto, sobremanera, que se vigile porque el traba- jo de ciertos individuos de la clase proletaria sea remu- nerado, de modo que puedan en su pobre posición, procu- rarse hasta donde es posible las comodidades de su vida. 56 En fin, la manera mas á propósito de disminuir, hasta donde es dable al hombre, la maléfica influencia de las causas debilitantes, es propagar por todas partes la ob- servancia de las prescripciones dictadas por una buena higiene. Entre las clases acomodadas, acaso esto seria muy fácil, si se llegase á establecer la costumbre de que las familias se aconsejasen de médicos inteligentes, y principalmente en la educación de sus hijos que, forma- dos entonces bajo una hábil dirección, podrían alcanzar no pocas veces todo el perfeccionamiento de que fuesen capaces, tanto en lo físico como en lo moral é intelec- tual; mirándose así lleno, en su mas alto grado, el obje- to de la medicina, con honra para la ciencia y bien de la humanidad. En las demas clases de la sociedad, no seria tampoco difícil obtener quizá ventajas análogas, por su- puesto dentro de ciertos límites, si se procurase que las condiciones en que se verifica el trabajo de los indi- viduos que pertenecen á dichas clases estuviese exento en todas sus múltiples variedades de agentes anti-higié- nicos, ó si no fuese posible, como sucede en los opera- rios de las minas, los inconvenientes que existiesen fue- ran atenuados, usando de los medios que la civilización ha puesto y va poniendo al alcance del poder humano. Atendiendo, pues, á todo lo que hasta aquí he dicho en esta parte, se ve, que para combatir las causas que he ido estudiando, puedo, como hace Lévy en su Higie- ne, resumir en las palabras comodidad y moralidad, el modo mas sucinto para remediar las causas destructoras del organismo humano. Esas dos expresiones significan muy bien todo lo que sobre la materia puede decirse. Poner en práctica las ideas que ellas representan, será haber alcanzado el bienestar mas alto á que puede lle- gar la humanidad. CONCLUSION. Para finalizar, quiero aducir en favor de la conducta que he seguido en ciertos puntos de mi tésis, algunas razones que me sirvan de apoyo, por lo que toca á la manera con que los he tratado. Haré uso, al efecto, de unas magníficas líneas que la fortuna me ha deparado, son de un autor francés tan recomendable como distin- guido; voy á permitirme traducirlas. Dicen así: “ Algunos médicos, mas ocupados de la practica que de la teo- ría, han llegado á considerar la medicina como una simple indus- tria, creyendo que es necesario apartar la atención de los jóvenes de todos esos estudios teóricos que por el momento carecen de apli- cación, y sostienen que las Facultades deben formar curadores, es decir, que deben instruir á los alumnos en su arte, en vez de dar- les una brillante instrucción científica que les dejarla embaraza- dos delante de la cama de los enfermos. Este raciocinio peligroso, porque favorece á un tiempo la ignorancia y la pereza, es doble- mente erróneo. En primer lugar, la medicina científica ó experi- mental, no excluye el empirismo ni el conocimiento de los medios que de ah í ha tomado hasta ahora la medicina qnáctica; por el contrario, el empirismo ha sido el terreno sobre el cual se han des- arrollado todas las ciencias: por esto el médico experimentador no niega los hechos del empirismo’, sí los critica, los analiza,pro- cura explicarlos y encontrar la ley que los rige, por todos los me- dios que la ciencia actual puede suministrarle. Esta tendencia científica que eleva el espíritu, no impide emplear, como hace el práctico, los medios empíricos, mientras otra cosa mejor no sea da- ble, esto es, en tanto que la ciencia puede servir para obrar con mas discernimiento y recoger mejores observaciones. Por otra par- te, esta pretensión de dirigir el espíritu hacia las aplicaciones, es 58 una dirección muy falsa para ellas mismas, pues que es necesario sobre todo tener presente que se debe inculcar el gusto por la cien- cia y que las aplicaciones verdaderas podrán venir únicamente después de la teoría, viniendo entonces con naturalidad, porque no se encuentra, en efecto, una ciencia realmente aplicada sino cuando la teoría científica existe: sin esto, todo lo que se hace no pasa de empirismo y la práctica no puede ensancharse. Se ha sa- bido tratar los metales y hacer vidrio antes de conocer la quími- ca, como se fabricaban lentes antes de conocer las leyes de la óp- tica; pero no se salía en esto de un empirismo ciego. Las aplica- ciones de la física y de la química que nos admiran hoy por sus maravillas, no llegaron en realidad á ser posibles hasta que estas dos ciencias estuvieron constituidas y que por tanto la teoría escla- reció una verdadera aplicación científica. De la misma manera las aplicaciones médicas no remontarán su vuelo sino cuando una teoría experimental les sirva de punto de partida (1).” Deseaba tanto mas alegar en mi abono los conceptos qne anteceden, cuanto que, aun no hace mucho tiempo en un trabajo del mismo género que el presente, se ha dado publicidad á ideas contrarias á las que yo he se- guido aquí en alguna parte; y para lo cual se ha queri- do deducir de consejos prudentes, una especie de axio- ma que, por la generalidad con que está allí asentado, es enteramente falso, pues yo opino que si es malo teo- rizar cuando el estado actual de la ciencia no autoriza ni para poder admitir con probabilidad cualquiera ex- plicación que se dé acerca de un fenómeno, es quizá peor presentar simplemente hechos en bruto, cuando la ciencia nos suministra datos suficientes para hacer una buena interpretación de ellos. Adaptar un modo de ver opuesto al que sostengo ahora, es querer echar por tier- ra la tarea mas noble de la inteligencia humana, á sa- ber, la investigación razonada de los fenómenos de la naturaleza. (1) Bemard, op. cit., págs. 410 y 411. Por lo demás, muy léjos está de mí la creencia de ha- ber hecho un trabajo digno de los eminentes profesores que, cual astros brillantes en el hermoso cielo de la cien- cia, envian su esplendente luz hácia ese excelente plan- tel, honor de la patria, nuestra Escuela de Medicina; pero acaso sí puedo aspirar á que alguna vez logre, en mis modestísimas dotes, figurar en aquel bello cielo co- mo una pequeña nebulosa, con tal que, en la difícil prueba á que me voy á sujetar, se me juzgue con la bondad que respetuosamente impetro. México, Mayo de 1873. f. QjéfyaAn tAano-,