rv r.m j UL.LUaL.-m:in di n \Lfif u éxico. ESTUDIO ANÁTOMO-PATOLÓGICO DE LAS AFECCIONES PULMONARES PRESENTA DO ANTE EL JE RABO CALIFICADOR PA RA EL EXAMEN PROFESIONAL POR FELIPE LÁRICES ALUMNO DE LA ESCUELA NACIONAL DE MEDICINA Y DE LA ESCUELA PRACTICA MEDICO-MILITAR. AYUDANTE DE LA CATEDRA DE CIRUGIA DE URGENCIA EN LA SEGUNDA, Y ASPIR ANTE DEL CUERPO i i.iTft ft, MEXICO IMPUESTA DE IGNACIO ESCALANTE Bajos de San Agustín, num. 1 1 882 _ /@" mi //y (Q/^rn ! ///fn/ /f,j r/e ('■ 't-a. Cs1//' f n& /A® ' /> 7 \- j/rrr/ri t/r* 1 ¿¿ytia fr*. INTRODUCCION. es una tésis el trabajo que presento á mi Honorable Jurado. No sos- 2! \! tengo en él una proposición, no es el desarrollo de una idea, es tan sólo i una série do hechos, son grupos de observaciones sobre materias dife- rentes, de los que cada uno puede dar lugar á una conclusión. Mi objeto es además que cumplir con un deber, empezar aún cuando sea pa- so á paso el estudio práctico de la anatomía patológica, que hasta hoy ha quedado entre nosotros casi olvidado. Me he limitado en este trabajo al estudio de las afecciones pulmonares pa- ra poder detenerme en cada una según su importancia en el limitado espacio que puedo dar á mi trabajo inaugural. Muchos defectos de observación encontraréis en él, sin duda muchos erro- res; pero recordad que son los primeros pasos en un camino para mí entera- mente desconocido. No llega á mis manos un tratado de patología, una tesis, una Memoria y aún un artículo de periódico que no proclame en apoyo de una opinión, de una teoría ó de una doctrina, los hechos suministrados por la anatomía pa- tológica. Aún se va más allá: se niega de un modo absoluto todo aquello que sólo se funda en concepciones más ó raénos ingeniosas, se vacila en admitir las sutiles concepciones del espíritu, cuando la plancha aún no las ha confir- mado. Se habla mucho, por último, de las pruebas que nos suministra el es- calpelo; de las comprobaciones que presenta el microscopio; de las conclusio- nes sentadas en el anfiteatro; de las deducciones á que induce el estudio del cadáver, y sin embargo, muy pocas veces se encuentra en esos trabajos, un estudio original de la anatomía patológica, ya no digo en general, pero ni de la enfermedad á que se hace referencia. Yería esta conducta justificable si supiera que en esta materia nada hay ya por investigar, ó si las autoridades de quien tomamos todo lo relativo á esta materia la hubieran agotado por completo, ó si todos los autores que respetamos fueran de tal manera unáni- mes en sus opiniones, que no tuviéramos más que recurrir á sus inagotables fuentes para ver disipadas nuestras dudas; finalmente, si las personas emi- nentes que se han entregado á este estudio, hubieran llevado sus investiga- ciones á todos los países, á todas las razas, á todos los climas y hasta sin exa- gerar podría decirse, á todos los individuos. Aun en este caso, no obraríamos en razón sino cuando hubiéramos podido abarcar todos esos conocimientos y tomado de ellos lo que nos correspondiera en especial, dado nuestro modo de sér. No el deseo de llenar este vacío, sino el de contribuir de algún modo á que VI no subsista, me ha hecho elegir como punto de tésis el estudio anátomo-pa- tológico de algunos órganos. En todas las enfermedades tenemos siempre que considerar dos factores para llegar á su conocimiento: el primero, las alteraciones estáticas del cuer- po, ya sea en su cambio relativo de posición, ya en su textura ó en su estruc- tura, ya en su composición química, ya en sus alteraciones físicas. El segun- do, las alteraciones dinámicas, aquellas que se refieren á las manifestaciones funcionales de cada órgano, ó de cada sistema, ó de cada aparato. A medida que los conocimientos en las ciencias médicas van siendo más precisos, se da mayor importancia á las alteraciones estáticas; se averigua con más empeño el estado material de los órganos y el modo con que este esta- do pueda influir sobre las funciones de cada uno. Sólo podemos averiguar to- do esto de dos modos: 1?, escudriñando durante la vida y directamente los órganos visibles, ó buscando los cambios físicos, químicos ó dinámicos que hayan sufrido, procurando de cualquier modo sentir y apreciar con exactitud la situación, forma, etc., de los órganos profundamente colocados; 2?, después do la muerte, desnudando y haciendo accesibles á nuestra vista los órganos afectados, y buscando entonces en ellos su posición relativa, su tamaño, su peso, su color, su estructura y su textura anatómica, su actividad probable funcional, su composición química, y en fin, las perturbaciones de otro tiem- po que aun pudieran influir sobre su estado actual. Después, las relaciones de lo que se vé con lo que se apreció en vida, de lo que se pone bajo los sen- tidos con los juicios á que condujeron una série de signos clínicos, será el com- plemento de lo que la anatomía patológica se propone. No será sin duda el presente estudio el que lleve á la mente de mis queri- dos compañeros el profundo convencimiento de que debemos estudiar la ana- tomía patológica; pero por fortuna plumas y voces autorizadas lo repiten á toda hora. No es este el objeto de mi trabajo; la importancia del estudio de que hablo se hace sentir por su propio peso, y más, atendidas nuestras con- vicciones fundamentales en lo que se refieren á los conocimientos patológi- cos: esto no necesita demostrarse; intentarlo seria una ofensa á la ilustración de mis compañeros. Nó, yo hacia referencia al modo do buscar las alteracio- nes estáticas, causa y esencia de la enfermedad, y la investigación razonada de éstas será el objeto del presente trabajo. Las alteraciones estáticas son variadas en su esencia y bajo el punto de vista de su investigación, las dividiré en traumáticas, inflamatorias y de nu- trición, y para su estudio en detalle, las subdividiré en macroscópicas, micros- cópicas y químicas: las primeras, cuando se refieran á la disposición relativa de los órganos ó cuando se trate do lesiones grandes, groseras, perceptibles á la simple vista; las segundas, cuando se trate de cambios celulares ó de cual- quiera modificación de los elementos anatómicos, y la tercera, cuando se tra- te de modos diversos de agrupamiento ó do trasformaciones de los principios inmediatos. Las lesiones traumáticas serán casi siempre accesibles al ojo desnudo; el conocimiento anterior do la región, despertará sospechas, según lauaturale- za del traumatismo, 7 del órgano ú órganos tocados para llevar sobre ellos la investigación. De aquí la obligación, la necesidad, de todo el que como mó- dico legista quiera cumplir con su deber, al estudiarlas lesiones traumáticas, se adiestre en la disección; necesidad que encontraremos en la investigación de todas las enfermedades; 7 no cabe duda que, por no cultivar este ramo, nuestra anatomía patológica camine á tan pequeños pasos. Las lesiones inflamatorias, en que es mucho ménos fácil ver los destrozos causados por el agente morboso, tendremos que estudiarlas inmediatamente después, sobre todo, como 7a indicaba, en cuanto al modo de buscarlas. No ha7 órgano en la economía que no pueda ser sitio de una inflamación, 7 por esto, para no emprender pesquisas inútiles, es necesario tener en cuenta el conmemorativo, cuando no se tenga noticia del diagnóstico de iaúltimaen fermedad; 7 si nó, un exámen cuidadoso del aspecto exterior del cadáver, dará, sin duda, alguna luz sobre los órganos que será necesario descubrir 7 estudiar. Las lesiones inflamatorias, ménos fácilmente apreciables que las traumáticas, requieren una preparación aun más cuidadosa. Son necesarios: la desnudacion absoluta de los órganos en toda su extensión, la supresión del velo que les forma la grasa 7 el tejido celular, la preparación de los vasos nuevos que reciben; luego uno ó muchos cortes al través que indiquen uno ó muchos puntos inflamados 7 el período de la flegmasía, las consecuencias de ésta, su especificidad cuando la tenga, 7 el resultado probable á que ha- bría llegado. Para las visceras harémos preceder el modo de abrir la cavidad en que estén contenidas; el modo de aislar 7 desnudar perfectamente el órga- no, 7 por último, el modo do estudiarlo. Consideraré las manifestaciones 7 las modalidades que el proceso inflamatorio tome en cada tejido, desde su hi- perhemia hasta su destrucción, con las demás consecuencias que dependen de los diferentes modos de terminar de la inflamación. Las disecciones tienen aquí que hacerse con cuidado, porque, en su primer grado, las lesiones inflamatorias son difícilmente perceptibles: así, será más difícil descubrir los puntos en donde una arteria está herida, que aquellos en donde pueda estar inflamada; será más laboriosa la preparación del nervio ciático, afectado de neuritis crónica, que investigar cuando esté comprendido en una herida ó es- tirado 7 contundido en una luxación.—Muchas veces el estudio de la infla- mación podrá ser enteramente macroscópico; pero con mucha frecuencia ó las alteraciones se han verificado en órganos inaccesibles á la vista simple, ó las consecuencias que han dejado requieren la intervención del microsco- pio. Por ejemplo, en una osteítis, que como consecuencia trae la desagrega- ción del hueso por la caries, sólo el microscopio dirá si se trata de una os- teítis enrareciente ó de una caries necrótica. En las alteraciones viscerales, aunque en general, el aspecto 7 los caracteres macroscópicos puedan condu- cir á determinar la naturaleza de la lesión, es preciso muchas veces recurrir á los signos dados por el microscopio. Las lesiones parasitarias hacen tam- bién indispensable el a7udar á nuestros sentidos con este instrumento. Por último, estudiaré las lesiones de nutrición, sobre todo, en cuanto al modo de investigarlas. Las principales son sin duda los pseudoplasmas, sus- ceptibles de desarrollarse en todos los órganos, en todos los sistemas, en to- dos los aparatos, tomando muchas veces sus elementos componentes de al- VII VIII gano de los tejidos normales, ó por lo menos, siendo siempre la modificación de uno de ellos, del primitivo, del tejido embrionario, que forma en su desar- rollo un grupo inmenso de tumores, siendo todos “una alteración cualitativa y cuantitativa de los procesos normales del crecimiento y del desarrollo.” (Rindfleisch.) Aun cuando no sean las lesiones de nutrición las causas más frecuentes do la muerte, lo son sin embargo bastante para que fijemos en ellas nuestra atención siempre que las encontremos en el cadáver, y para hacer indispen- sable su estudio en detalle, buscando por medio del microscopio su composi- ción histológica y las proporciones y relaciones de sus elementos anatómicos. Muchas son las víctimas del cáncer del seno para que fijemos en ól nuestra atención; el cáncer del pulmón es mucho mónos frecuente y no lo tendré en cuenta por no poder presentar ninguna observación personal. Los demás tu- mores, que rara vez se encuentran en una autopsia, los pasaré por alto, dete- niéndome tan sólo en el tubérculo. Otra alteración de nutrición, en que quisiera detenerme como merece, por ser fuente inagotable de nociones, que no es un tumor aun cuando entre ellos se la haya colocado, es el aneurisma y la alteración de donde nace, el ate- roma. Ambos por mecanismos distintos pueden ser la causa de la muerte; pero no es posible comprenderlos en la extensión que me he propuesto dar á este trabajo. También en las lesiones de nutrición, como en todo estudio anátomo-pa- tológico que se emprenda, es indispensable adquirir la costumbre de hacer con cuidado nuestras preparaciones; si nó, se pierden muchas nociones útiles. Cuando no se haya aprendido á disecar las arterias, por ejemplo, ¿cómo se podrá ir á buscar el sitio de una embolia, de una trombosis que hayan sido la causa de una gangrena ó una necrobiosis? La necesidad que todos sentimos, el vacío inmenso que lamentamos inútil- mente y que existe en nuestros anfiteatros no depende de otra cosa, el aban- dono, la repugnancia con que se ve estos lugares, hacen que no sean, como de- bieran, nuestra mejor biblioteca y que no sepamos utilizar bastante sus recur- sos. ¿Por qué se ve con ese desprecio ese gran libro, esa obra monumental, esa mina inagotable que tendida sobre una plancha, nos llama á sacar de sus entrañas cuanto de cierto, cuanto de positivo tiene la medicina? ¡Si toda nues- tra vida pudiéramos ojear ese hermoso libro, no obraríamos á ciegas tantas veces! Pero en cambio, una vez que nuestros maestros y nuestras autorida- des nos honran con un título, nuestro destino nos lleva á veces á condiciones tales, que los anfiteatros se cierran para siempre para nosotros y tenemos que contentamos con lo que no aprendimos cuaudo fuó tiempo. No me anticiparé; aun tengo que citar otro asunto, del que muy poco diré» porque también muy poco conozco. Del complemento de una autopsia por el estudio químico analítico de las piezas extraidas. Sin embargo, en lo que es- to tiene más importancia es sin duda en las investigaciones jurídicas, y bajo este punto de vista tocaré la cuestión, sólo en lo que se refiera al aislamiento y á la preparación de las piezas para su estudio ulterior.* * He suprimido el estudio del exterior del cadáver por haberme limitado á estudiar las le- siones pulmonares. De él sólo tomaré lo relativo al tórax. CAPÍTULO I. Orden en que debe procederse en una autopsia. En lugar de seguir el estudio necroscópico de las diferentes regiones en el orden que parecería el más natural, de arriba liácia abajo, comenzando por la cabeza, voy á seguir otro que no lo es menos, tratando de adaptarme á la práctica de nues- tros anfiteatros, tal como se hace por costumbre y por necesidad. La frecuencia con que las afecciones torácicas determinan la muerte, aun cuando aparezcan como enfermedades intereur- rentes, hace naturalmente que sea el pecho adonde primero vaya á buscarse las lesiones, cuando no se tiene ninguna nocion sobre la enfermedad del individuo que se examina. Si hay antecedentes precisos, es claro que se obrará confor- me con estos, y, áun en este caso, es el tórax el que con más fre- cuencia se necesita abrir primero. Si todas las enfermedades fueran la consecuencia de una sola lesión, se podría ir ya con más ó menos seguridad al órgano enfermo, y nadie vacilaría en el camino que debía seguir; pero como, cuando un estado mor- boso llega á causar la muerte, es casi siempre porque ha pro- vocado la alteración de otro ó de otros órganos, se debe bus- car alteraciones en los que de algún modo estén ligados con la afección dominante. Los órganos, que por sí solos con sus alteraciones causan la muerte, están todos colocados en el tronco ó en la cavidad cé- falo-raquidia; uno ú otra deberá abrirse primero. Es más fre- cuente que se enfermen los órganos contenidos en el tórax y el abdomen, que el cerebro y la médula; por consiguiente debe ha- cerse primero la abertura de las cavidades del tronco. Solo cuando los antecedentes obliguen á buscar también en la mé- dula, deberá dársele la preferencia por ser muy incómodo estar 2 volteando el cadáver cuando están abiertos el tórax y el abdo- men y desprendidas sus visceras. En los hospitales franceses, según la práctica recomendada por Chomel, “se debe comenzar por la abertura del abdomen, luego la del tórax, y hasta después de haber estudiado los ór- ganos de estas cavidades se examinará el cráneo y por último el ráquis y los miembros.” Si solo nos atuviéramos á las cos- tumbres, la misma razón que los franceses tendrían para con- servar la suya, tendríamos nosotros para conservar la nuestra, que abrimos primero el tórax. Pero cuando se buscan deduc- ciones de observaciones metódicas, no debe ser la costumbre la que nos guie, sino que procuraremos obrar siempre con razón, y no es una sola la que nos apoya para obrar como procedemos. Abrimos el tórax ántes que el abdomen: l9, porque son más frecuentes las afecciones torácicas que las abdominales; 2-, por- que cuando existen líquidos en alguna de las dos cavidades, se hace defectuosa su observación abriendo primero el abdomen, siendo por este medio muy frecuente abrir una comunicación accidental entre ambas cavidades. No es tan constante como dice Gubert, que siempre que se abre primero el pecho se rom- pe el diafragma; no es así si se hacen las cosas con cuidado. Tampoco me parece de rigor lo que dice Chomel, que abriendo primero el abdomen puede verse la depresión del diafragma por los líquidos del tórax; yo diría que abriendo primero el pe- cho puede verse, no solo la elevación del diafragma por los lí- quidos del abdomen, sino su efecto sobre los órganos torácicos y la elevación del mismo tabique por la hipertrofia, la inflama- ción, los abeesos, ó los tumores del hígado y las mismas alte- raciones del estómago, y la distensión excesiva del intestino; al mismo tiempo poco se perdería de los trastornos torácicos abriendo ántes su cavidad. Agrega Gubert, que aun cuando se abra primero el abdo- men, como después se abre el tórax, se empieza el exámen por este último. No sé para qué será ese cruzamiento: ¿no parece más natural examinar primero lo que se abre primero? El mis- mo autor se expresa luego así: “No es evidentemente posible, como lo nota Chomel, juzgar bien del volúmen y de la distensión del corazón sino cuando todos los vasos que nacen ó que van á él están intactos: además, pasando primero revista á los órga- 3 nos abdominales, quitando el hígado y con él la vena cava infe- rior y la vena porta, etc., el corazón se aplasta sobre sí mismo ántes que pueda ser estudiado. Por la misma razón seria lógi- co, al contrario de como se hace en nuestros hospitales, ir á los pulmones hasta después de haber visto el corazón.” “El esó- fago, porción del aparato digestivo, no puede ser abordado si- no después que los órganos de la circulación y de la respira- ción, detrás de los cuales está situado.” “Así, en resúmen, el mejor orden en que se debe hacer una autopsia, es el siguiente: “Abertura:—Abdomen, tórax, cuello, cráneo, raquis, miem- bros. “Exámen:—Organos de la circulación, de la respiración, de la digestión, génito-urinarios, encéfalo, médula, músculos, ar- ticulaciones.” Según lo anterior, parecería que Gubert quiere que abierto el abdomen se examine el tórax y los órganos circulatorios, y esto no se concibe. Cuando se abra el abdomen, seguramente solo se verá el abdomen y sus visceras. La legislación prusiana, que prescribe abrir primero la cabe- za, pasando luego al cuello, al pecho y al vientre para ir luego al dorso, á las partes genitales y al ano, tiene por principales inconvenientes: Ia Que será muy frecuente que el exámen del cerebro resulte ocioso; 2®, que de la cabeza se pase al cuello siendo más natural pasar á la médula después del cerebro; 3°, que se pone en tercer lugar el pecho, que será excepcional que no sea necesario inspeccionar primero; después se manda abrir el vientre; 4°, para seguir con el dorso es muy molesto voltear el cadáver abiertos ya el pecho y el vientre y estando desprendidas las visceras de estas cavidades, y además, como el cerebro se sacó primero no se le puede tener ya reunido á la médula; 5”, que del exámen del dorso y del ráquis se pasa á los órganos génito-urinarios, y hay que voltear de nuevo el cadá- ver, cuando se pudieron estudiar después de abrir el abdomen, si acaso se encontraba alguna indicación para su estudio. A este estudio debe seguir el del ano, lo que es muy natural; terminando por los miembros, que está bien que se les conside- re como el legítimo complemento de una observación, y que se les deje como la parte final de la operación. 4 Entre nosotros la práctica que se sigue, y que yo creo la me- jor, es la siguiente: después de hacer el estudio del exterior del cadáver, que en general es muy superficial, pues casi siempre hace la inspección la misma persona que siguió la observa- ción clínica, se pasa á abrir el tórax, menos cuando hay nece- sidad inmediata de abrir el cráneo, se ven sus visceras y se se- paran; se abre luego el abdomen y se estudian sus visceras en su lugar, y después sacándolas una por una, para seguir con los órganos genitales; por último, el cráneo, el ráquis y los miembros cuando esto es aún necesario. Este orden que ha esta- blecido tan solo la costumbre, se altera como ya dije, siempre que se juzgue necesario, ó cuando los datos clínicos que se tiene del enfermo indiquen que se debe empezar por la médula, en cuyo caso le damos la preferencia. Después separamos los órganos en que es necesario llevar más adelante el estudio, y colocados en otra plancha, se proce- de á los cortes que haya que hacer en ellos. For desgracia, po- cas, muy pocas veces se recurro al microscopio para comple- tar una autopsia. Estudio no solo útil, sino casi siempre indis- pensable para poder formar un juicio completo. Yo creo que muy pronto, saliendo de nuestra apatía, daremos á los estudios micrográficos el lugar que necesitan. No nos hagamos eco de los incrédulos en el microscopio, y re- cordemos las palabras de Broca, que dice que: “los que asegu- ran que en el microscopio cada cual ve lo que quiere, demues- tran con solo eso, que hasta aquí no más llegan sus conocimien- tos.” Es cierto que cansa pasar mucho tiempo ocupados en una autopsia, y que si ésta es laboriosa, el exámen micográfico se hace por esto mal; pero precisamente por esto se han acumu- lado tantos elementos de conservación de las piezas; ó como ha- cemos en los hospitales, que siempre nos asociamos á un com pañero dividiéndonos el trabajo. En este estudio, después de una ojeada rápida á las lesiones superficiales del tórax, y de describir el modo de abrir la cavi- dad, me ocuparé de las afecciones pulmonares solamente. 5 CAPÍTULO II. Alteraciones de la glándula mamaria. El estudio de la superficie y de la forma del tórax debe com- prenderse en el estudio de conjunto del exterior del cadáver; las afecciones cutáneas presentan aquí los mismos caractéres que en cualquier otro punto, excepto la confluencia de algunas erupciones que es mayor en el tronco. Los cambios de color de la piel por afecciones generalizadas tampoco presentan nada especial. En cuanto á deformidades por fracturas, luxaciones, etc., se- ria perder el tiempo describir circunstanciadamente lo que muy rara vez liemos de encontrar en el cadáver. Al encontrar éste sobre una plancha en el decúbito supino, lo primero que se pre- senta á nuestra vista es la pared anterior del tórax. En ella, sin perder de vista el estado de robustez ó el enflaquecimiento, ni el estado de los huesos y articulaciones, tenemos que estu- diar las alteraciones de un órgano de la mayor importancia en la mujer: las glándulas mamarias son susceptibles de afectarse de lesiones capaces de producir la muerte; ó de otras más ligeras que ya son solo el complemento de una autopsia, ó ya son bus- cadas en autopsias jurídicas. Las anomalías de las mamas solo podrían interesar como ayu- dando á determinar la identidad de una persona. No olvidando el camino que nos hemos impuesto, recordare- mos que las lesiones traumáticas superficiales que por sí solas nunca causarán la muerte, pueden ilustrar al perito y á los jue- ces agregándose á las otras lesiones que se encuentren. Serán ya equimosis y contusiones de grados diversos, heridas de toda especie; alguna vez heridas contusas, mordeduras, alguna vez con pérdida de sustancia ó en las que han quedado bien impre- sos los dientes del autor del delito; sobre los pechos pueden en- contrarse la entrada ó la salida de heridas penetrantes, que por la elasticidad de los tejidos pueden hacer aparecer más pe- queño el diámetro del instrumento vulnerante. 6 Se ha señalado como fáciles de confundirse con las equimo- sis, lo que llaman equimosis espontáneas, que se producen sin violencia exterior en las mujeres que han muerto cerca de la aparición de sus reglas, en algunas dismenorreas, ú otra afec- ción uterina, en las cloróticas, etc. Por lo mismo, es necesario especificar en una autopsia, si no se tratará, al hablar de equi- mosis, de una alteración semejante que es siempre indepen- diente del traumatismo. Las lesiones inflamatorias casi nunca se encontrarán solas en el cadáver, porque ninguna mata por sí sola; sin embargo, bas- ta que alguna vez se hayan encontrado para que las mencione- mos siquiera. Bástenos saber que cada porción, y aun cada te- jido de la glándula, puede encontrarse inflamado independiente- mente. Ya encontraremos en la superficie una simple grieta; ya un abceso superficial en el que será muy difícil comprobar que solo sea la propagación de la inflamación de una grieta á los linfáticos; ya un abceso profundo que reside en el tejido glan- dular; ó el tejido célulo-adiposo que forma la armazón de la glándula; ó ya, por último, detrás de la glándula, en la cavidad virtual que forma el tejido celular retro-mamar, y que casi de- termina la existencia de una bolsa serosa con la inflamación y supuración de ésta. Alguna vez se encontrará como resultado de una inflamación de los canales galactóforos su estrechamien- to, y como en todo canal, tras del estrechamiento la dilatación mecánica, producida por la acumulación del producto de secre- ción, etc., etc. Las lesiones de nutrición creo que son las principales que en una autopsia debemos buscar, y entre ellas principalmente el cáncer. Las otras, como los lipomas, fibromas, sifilomas, etc., no tienen más importancia que el ser tal vez el complemento, las figuras de segundo orden en un cuadro en que las de pri- mero deben encontrarse en otra parte. Lo mismo dirémos, y con mayor razón, de los tumores coloides, de los papilomas, do los quistes, cisto-zarcoma, y lo que se ha llamado cisto-sarco- ma-filoide, que solo es una vegetación del tejido glandular. Na- da de particular se encuentra en una variedad de quiste ga- lactóforo sólido que se llama tumor butisoso, sino que la leche detenida en él se ha solidificado por reabsorción de su parte acuosa. 7 Corno este nombre, se han dado otros igualmente raros á las lesiones de nutrición del seno que yo creo inútil y hasta perju- dicial retener para no cargar la memoria, sino con cosas úti- les, que tengan aplicación práctica; más, cuando algunos de ellos sólo tienen por objeto encubrir la vaguedad de los conocimien- tos sobre la materia. ¿Qué quiere decir, por ejemplo, el imper- fecta hipertrophy, el serosistic-tumor, el tumor mame croni- cus, etc.? El cáncer del seno sí viene á ser ya figura de primer término, cuando lo sean de segundo los tumores consecutivos de los gan- glios axilares, todo en un fondo de caquexia cancerosa que re- viste el cuerpo con su color amarillo paja grisicnto en el cadá- ver. Ya sea que el cáncer en coraza cubra el seno de una costra dura formada de muchos múltiples, de color pardusco, coloca- dos principalmente afuera de la mama al principio, pero des- pués extendiéndose rápidamente al cuello, al abdomen, al lado opuesto de la lesión primera, formando una costra de una du- reza excesiva (Follín et Duplcy). Ya sea que el esquirro ven- ga revistiendo una forma globulosa adherida sólo á la piel ó echando profundas raíces, invadiendo por sus prolongaciones á tejidos más ó ménos lejanos hasta donde han podido llevar su trabajo las nudosidades madres. Y entonces podrémos ver el estroma fibroso del cáncer dejando en el centro del tumor areo- las llenas de celdillas pequeñas, que irán agrandándose á me- dida que nos acerquemos á la superficie y que han sufrido ya la degeneración grasosa, estando ésta en su apogeo en la parte média del tumor, miéntras que en la periferia tienen toda su vi- talidad, es decir, todo su poder de nutrirse y de reproducirse. Las areolas conjuntivas, vastas y de débiles paredes en la su- perficie, derramando á lo léjos los elementos figurados que con- tienen, porque han reventado su cavidad que ya no puede conte- nerles, van hácia el centro disminuyendo en dimensiones y ha- ciéndose más y más pequeños, hasta borrarse casi en los puntos del tumor que estén formados de un tejido fibroso compacto. No es siempre uno sólo el punto en el que está el tejido areolar tan condensado; sino que existen casi siempre varios, en don- de la retracción de estos elementos determina abolladuras en la superficie. No es fácil confundir esta forma de cáncer con cualquier otro; 8 pues desde que se enúclea, se tienta ya su resistencia; desde que se corta, se siente crujir el escalpelo; y desde que se observa una superficie de sección, se la ve deprimirse, cuando se abo- vedaría en caso de ser encefaloide. Para hacer el estudio del tumor, lo extirparemos haciendo una incisión de arriba Inicia abajo y de afuera hacia adentro, para por ella seguir si es necesario el trayecto en que están co- locados los ganglios de la axila y estudiarlos también. Una disección fina podrá hacer descubrir el camino que siguen los vasos linfáticos; más, si han podido sufrir la angioleucitis; pero esto, además de ser de poca utilidad, es muy difícil, y puede uno contentarse con estudiar los ganglios y el tumor. Unos y otro, bien limpios del tejido celular, pueden servir inmediata- mente para hacer cortes micrográficos.—Con el tumor esquir- roso no son muy difíciles de hacerse por su consistencia, y el micrótomo doble sorprende en general una porción convenien- te del tumor. Como la separación de los dos cuchillos es progresivamente creciente, es bueno colocar sobre el vidrio porta-objeto toda la laminita cortada del tumor, desprendiéndola con cuidado y to- mándola con un alfiler ó unas pinzas pequeñas por su parte más gruesa; después se da á las hojas una separación de tres ó cuatro milímetros y se corta una porción de la laminita de te- jido, perpendicularmente á su dirección, escogiendo entónces la parte más trasparente. Se pone encima una gota de gliceri- rina, y cubierta con el cubre-objeto se somete á una compresión moderada y gradual. Esto con dos objetos: el primero y prin- cipal hacer por la presión un poco más delgada la preparación, y segundo, expulsar las burbujitas de aire que se encuentren en su superficie. Con esto basta en general para los tumores esquirrosos. Si después de llevar al microscopio dos porciones de lámina pre- parada así, no se ve con claridad, debe hacerse otra y otra, hasta que quede una buena. Entonces se limpia la glicerina que se acumula en los bordes del cubre-objeto y con un pincel se pone, comprendiendo una faja de 0m, 001 de ancho sobre el cubre- objeto y 0m,002 sobre el porta-objeto, una solución de chapopo- te en cloroformo. Así pueden bien conservarse las preparacio- nes; este es por lo menos el método que nosotros seguimos. Con 9 los tejidos de la consistencia de los ganglios linfáticos yo no he podido prepararlos así no más; siempre es necesario, para los que no tenemos hábito de micrografiar, endurecer la pieza que se estudia en alcohol. Yo tengo la preocupación de que las piezas endurecidas en ácido crómico son más difíciles de pre- pararse, y esto es seguramente también por falta de costumbre, pues por algo han de recomendar todos esta sustancia. Baste con esto por ahora. Agreguemos sólo que el cáncer en- cefaloide se presenta rara vez en la glándula mamaria; yo no lo he visto nunca. CAPÍTULO III. Abertura de la cavidad torácica. El procedimiento que diariamente seguimos es tan fácil, tan natura] y tan lógico, que lo describiré en primer lugar. Hacemos una incisión en la línea media del esternón desde la horquilla hasta el apéndice xifoide; otras dos, que partiendo de la extremidad superior de la primera, sigan en toda su exten- sión al borde anterior de la clavícula, y otras dos que desde la extremidad de la primera sigan el reborde costal hasta la par- te média del flanco de cada lado. Las tres primeras han de in- teresar hasta el hueso y las dos últimas hasta los cartílagos cos- tales. Así tendrémos dos colgajos de forma trapesoidal, cuya base ancha quede en la línea axilar, y formados por todas las partes blandas que.cubren la cara externa de las costillas. Al formar estos colgajos, podemos examinar la continuación de las heridas cuya entrada ó salida hayamos encontrado en la piel. A nivel de cada herida hacemos la disección de las partes correspondientes de dos modos: 1° O tallamos un nuevo coiga- jito á nivel de la herida de forma rectangular y disecamos pri- mero la piel examinando su cara interna, viendo la extensión y el aspecto de la equimosis y el lugar en que la aponeurosis está interesada. Supongamos, lo que es muy frecuente, que en- contremos una herida en la región pectoral derecha ó izquier- da; ya tenemos descubierta la aponeurosis; la levantamos y ve- 10 inos la extensión de la equimosis sub-aponeurótica y el lugar en donde el gran pectoral esté interesado; lo disecamos en una ex- tensión en más ó menos, según el caso; formamos luego con él un colgajo y lo levantamos también para dejar á descubierto el pequeño pectoral, anotando antes el estado de la aponcuro- sis que cubre por detrás el gran pectoral y la del pequeño. Es- te bastará en general á abatirlo ó levantarlo con un gancho pa- ra ver el estado de los órganos subyacentes. Si la herida está cerca de la axila, es necesario disecar la arteria y vena axila- res, la arteria acromio torácica y sus ramas que es muy fácil- mente herida al colocarse en el borde superior del pequeño pec- toral, y por último, ver los nervios del plexo braquial. 2o Las mismas operaciones podemos hacer procediendo de dentro Ini- cia afuera, pero empezando por insinuarnos entre el pequeño y el gran pectoral, y partiendo de aquí Inicia la piel y hácia el tórax. Antes de abrir el pecho debemos examinar los espacios inter- costales interesados. En esta disección podemos ver los procesos inflamatorios y los abeesos que alguna vez pueden propagarse de la axila á la pared torada ó nacer allí mismo; casi nunca propagándose del cuello, porque estos van mejor al mediastino. Un abceso anti- guo puede ó haber determinado una caries costal y este es el momento de examinarla; ó, ésta, siendo primitiva, puede haber producido el abceso. No será raro que encontrémos secuestros costales formados por traumatismos antiguos y produciendo ó nó lesiones en las partes blandas.—Las lesiones de nutrición de las costillas rara vez serán otra cosa que exostosis peq ic- ñas, sin ser por esto imposible tener que registrar cualquiera de las otras afecciones huesosas que aparecen en los otros hue- sos largos. Además callos más ó inénos irregulares ó tumorci- tos periósticos, y esto es todo. La operación inmediata siguiente es la desarticulación ex- terno-clavicular que no presenta ninguna dificultad recordan- do la forma de la articulación. Cortemos primero con un bistu- rí chico la inserción inferior de los músculos esterno-tiroideo y esterno-yoideo y la hoja posterior del desdoblamiento inferior de la aponcurosis; luego con la hoja puesta abajo y afuera, cor- tamos el ligamento intcr-clavicular, seguimos cortando de una 11 voz los ligamentos anteriores y el disco inter-articular hasta llegar al ángulo formado por el esternón, la clavícula y la pri- mera costilla; hacemos ejecutar al bisturí un movimiento de ro- tación sobre su eje, de modo que quede la lámina horizontal cortando hácia afuera, para cortar el ligamento costo-clavicu- lar. Es necesario tener cuidado en este momento de no hacer penetrar el cuchillo más allá de la pared posterior de la articu- lación, porque se heriría el tronco venoso braquio-cefálico, que con su sangre podría luego ocultar muchos detalles. No es ma- la precaución el estirar con el gancho del martillo que se en- cuentra en todas las cajas de autopsias, el esternón hácia ade- lante á medida que se,termina la sección de la articulación. Seguimos luego con la sección de las costillas, que tampoco presenta dificultad alguna, practicada con los costótomos que se encuentran en todas nuestras cajas de autopsia. Están perfec- tamente arreglados para que no se necesite mucho esfuerzo, y para ponerse á cubierto las manos de ser cogidas entre las ex- tremidades posteriores de las ramas. Una simple cisalla puede servir, pero la cisalla encorvada en sus bordes y una de sus ramas adelgazada y terminando en una punta roma, lo que constituye nuestro costótomo más usado, es lo mejor. No son necesarios instrumentos de gran potencia pa- ra partir las costillas. Basta muy bien un tamaño mediano, con tal que la porción cortante sea sólo la indispensable, es de- cir, de 0ra, 04 á 0m, 05. Es conveniente fijarse desde este momento en el lugar en don- de se deben cortar las costillas para no tener que hacer un nuevo corte. Desechemos desde luego el que se hace á nivel de las articulaciones eondro costales, reservándolo para cuan- do se haga una autopsia en circunstancias tales, que no sea po- sible encontrar para practicarla mas que un cuchillo; y aun en estos casos, una de esas tijeras que sirven para pSdar, puede bien reemplazar al costótomo. Yo no creo, como se dice tal vez por rutina, que nunca se debe, al practicar una autopsia, su- plir unos instrumentos con otros; yo creo que siempre que se haga mejor una cosa, empleando otros medios que los acostum- brados, debe hacerse así, y nuestra tendencia debe siempre di- rigirse á dar á cada instrumento el mayor número de aplicacio- nes posibles; perfeccionándolo, simplificándolo y adaptándolo 12 según las circunstancias. La cuestión está en conocer á tiempo la oportunidad de cada uno, modificando cada procedimiento según el caso. Si se describen siempre métodos' y procedi- mientos más ó menos multiplicados, tanto en operaciones co- mo Cn investigaciones anátomo-patológicas, es sobre todo pa- ra acostumbrarnos á conocer, observar y aplicar los preceptos generales. Dccia que debíamos desechar en la práctica diaria el corte de las costillas á nivel de sus extremidades anteriores, porque es después difícil maniobrar en el fondo de la cavidad que se forma así; más, si una disección fina tiene que seguir á esta abertura. Se hace completamente imposible examinar, por ejemplo, los nervios más importantes de la cavidad torácica. Preferimos en todo caso la sección de las costillas á nivel de la línea axilar, acercándose más y más en las primeras costillas á su articulación condral, de modo de cortar el cartílago en la primera costilla. Cuando esta sección se hace con el costótomo sobre la primera costilla en su porción huesosa, se queda en general incompletamente dividida, y es necesario repetir la sec- ción, que se facilita elevando ligeramente el esternón con el gancho del martillo de fierro. Una vez terminada la sección de las articulaciones externo-claviculares, se levanta el esternón, estirándolo con la mano izquierda mientras que con la derecha se termina la sección de las partes blandas que aún puedan quedar enteras, procurando no herir los grandes troncos veno- sos. A grandes cortes se divide el tejido celular retro-ester- nal que cubre el mediastino anterior, y se invierte la cubierta anterior del tórax sobre las paredes del vientre respetando has- ta este momento el diafragma. Ya entonces los pulmones y el aparato cardio-vascular ponen de manifiesto algunas lesiones que importa señalar. CAPITULO IV. Lesiones pleurales. No se necesita más disección para ver lo que pasa en la pleura. Sus lesiones traumáticas muy rara vez existen solas cuando han podido determinar la muerte ántes de desarrollar accidcn- 13 tes inflamatorios. Los grandes derrames sanguíneos, las gran- des hernias diafragmáticas que son siempre unilaterales, per- miten al enfermo aun vivir algún tiempo respirando con solo un pulmón, dando tiempo algunas veces para trasformaciones importantes de los derrames. Cuando la lesión de la pleura se acompaña de herida pulmonar, es posible que en el cadáver se retraiga bastante la superficie pulmonar para que no sea fácil encontrar la abertura si no se recurre á una insuflación forza- da y bajo el agua. Pero entonces la presencia de gas en la pleu- ra, si no ha sido posible su penetración del exterior, indica pro- bablemente la herida pulmonar. Los datos clínicos son aquí de primera importancia, y reunidos con los datos anátomo-pato- lógicos, son ya un criterio probable para nuestros juicios. Cuan- do el pulmón es tocado, la hemorragia es mucho más abundan- te si la forma del instrumento vulnerante se presta á ello, pu- diendo producir por sí sola la muerte; siendo esta causa per- fectamente demostrable en el cadáver. Con mucha frecuencia veremos como causa rápida de muerte los vastos derrames sanguíneos en la pleura, ocasionados por herida de los gruesos troncos vasculares ó del corazón. Casi siempre en estas circunstancias son autopsias jurídicas las que enseñan estas lesiones, pudiendo variar tanto en sus modalidades, que seria inútil querer describir cada una de las complicaciones que se presentan en una lesión traumática de la pleura. Mas importa á nuestro objeto, que tiende á buscar en la ana- tomía patológica la comprobación de la clínica, las lesiones in- flamatorias aun cuando sean consecuencia de traumatismos, y las lesiones de nutrición. Podremos ver, cómo en algunos ca- sos las conclusiones á que se llega son poco razonables y tien- den más que á buscar la verdad, á encontrar la confirmación del diagnóstico sentado durante la vida. La capacidad de las pleuras no representan necesariamente la capacidad pulmonar: puede variar mucho por lesiones suyas ó por la disposición anormal de los órganos vecinos, sobre todo, de las visceras ab- dominales. De este modo influyen sobre los órganos de la res- piración todas las alteraciones que aumentando el volumen del estómago y del hígado, y rechazando liácia arriba el diafrag- ma, comprimen y estrechan los pulmones, pudiendo verse esto 14 desde que se descubren los órganos contenidos en el tórax. El diafragma, fuertemente elevado, puede, sin comprimir el cora- zón, comprimir fuertemente los pulmones, por ser su parte mus- culosa la única parte móvil que presenta, pudiendo ésta encon- trarse levantada de un solo lado. Otra alteración, que indepen- dientemente de toda lesión inflamatoria, comprime los pulmo- nes, es la hernia diafragmática. De esto me ocuparé en otra ocasión. PLEURESIA. Son mny variadas las alteraciones que enseña el cadáver de las lesiones inflamatorias de la pleura. No es el mismo el as- pecto de una inflamación crónica que el de una inflamación aguda. Sin prejuzgar nada, podrémos concluir justamente la mayor ó menor antigüedad de una lesión según el grado más ó menos avanzado de su organización, estando éste en general en razón directa de la consistencia de las neoformaciones. No cuesta, en efecto, ningún trabajo insinuar las manos entre las dos flojas de la serosa, destruyendo falsas membranas tiernas aún y láminas de fibrina coagulada, aun cuando no exista ni un derrame ligero; mientras que es á veces imposible llegar á separar las dos hojas de la envoltura pleural sin arrancar á la vez pedazos de pulmón, cuando es antigua la alteración. Entre estos dos extremos que indican: aquel, una inflamación aguda y reciente, y éste, una inflamación crónica y antigua, hay una graduación extensa de estados intermedios, que dan muchas veces idea de la época en que se desarrolló la inflamación. Pre- sentan por caractéres comunes: la pérdida de pulimento de la serosa que se hace opaca y rugosa, de trasparente y tersa que era ántes; cambia de color siendo ya placas lechosas extendi- das en su superficie; ya laminitas amarillentas ó amarillo ver- dosas que se desprenden con facilidad dejando sin epitelio el tejido conjuntivo que constituye el dérmis de la serosa; ya son membranas mejor organizadas, muy adheridas á las capas pro- fundas, formando cuerpo con ella, ellas, vascularizadas, con sus capilares en comunicación con los de la serosa y con fibras con- juntivas perfectamente desarrolladas, teniendo entre sus mallas una gran cantidad de celdillas de tejido embrionario, entera- 15 mente semejantes á glóbulos pioides y que establecen el punto de enlace entre lo que se ha llamado exudado intersticial y exu- dado parenquimatoso. Estas membranas, que acabamos de considerar como el des- arrollo más perfecto de la neoformacion inflamatoria de las se- rosas, llegan á veces á un espesor de más de 0m, 02, y como son susceptibles de retraerse, pueden ir poco á poco comprimiendo el pulmón, atrofiándolo y replegándolo hácia las canaladuras costo-vertebrales, como se le encuentra muchas veces, llenán- dose en este caso la cavidad que queda libre, de líquido seroso ó purulento y susceptible en vida de reproducirse con increible rapidez. Tiene que ser así, puesto que en rigor el exudado in- tersticial, es solo la capa más superficial del exudado paren- quimatoso, y éste puede en cualquier momento reproducir aquel, porque cuenta con todos los elementos necesarios, y es un he- cho que los elementos morfológicos que caracterizan á un der- rame, son los mismos que forman en casi su totalidad las falsas membranas que lo circunscriben, pero más apretados en ésta, y en lugar de estar suspendidos en un líquido, están aprisiona- dos entre fibras de tejido conjuntivo. En algunos cadáveres se encuentran falsas membranas tan resistentes, que se compren- de cómo sus adherencias, no las habrían vencido las fuerzas naturales por sola la extracción del derrame, siendo así nece- saria la cavidad que forman; se comprende también que mu- chos derrames se queden enquistados en cualquier lugar de la pleura sin poder ya obedecer á la gravedad; se comprende có- mo es posible que en un mismo lado existan cavidades distintas llenas por líquidos de naturaleza enteramente diversa, de esto trascribiremos una observación, y aun desarrollados en épocas retiradas una de otra. Sin embargo, estas rarezas no son tan frecuentes, porque aun cuando las falsas membranas lleguen á adquirir con el tiempo un desarrollo y una consistencia consi- derables, no tienen al principio estas cualidades, y los derra- mes existen desde entonces, obedeciendo á la acción de la gra- vedad, más poderosa en .estos momentos, que el obstáculo opues- to por las falsas membranas. Para que se enquiste un derrame se necesita una de estas condiciones: ó que una cavidad se sec- cione en varias, por las adherencias que se formen, reabsor- biéndose el líquido de unas y el de otras no; ó bien que una 16 nueva flegmasía venga cá desarrollarse en una pleura que cuen- ta con adherencias antiguas y con cavidades enteramente for- madas en cualquier lugar. Esto último es sin duda el caso más frecuente. El derrame, variable por su naturaleza, por su cantidad, por su colocación, y por su estado físico, es una de aquellas co- sas que por su aplicación clínica no debemos perder de vista al hacer una autopsia. Pasa siempre que desde que se abren los espacios intercostales para introducir el costótomo, empieza á escurrir al exterior el líquido que llena la cavidad pleural, y que es necesario recoger. Este líquido que sale es naturalmen- te reemplazado por aire que entra, y seria un error grosero confundir con un neumotorax el aire que se hubiera introduci- do de este modo. Cuando han pasado algunas horas de la muerte, los gases que se han derramado antes en la pleura adquieren casi siem- pre una tención superior á la presión atmosférica y salen ha- ciendo ruido por la menor abertura que se hace en la cavidad pleural. Entonces se dice, yo no he tenido ocasión de compro- barlo, que pueden inflamarse estos gases acercando un cerillo encendido al punto por donde salen, y aun que se ha visto infla- marse toda la masa de gases acumulada en la cavidad pleural. No es tan sencillo como parece comprobar la existencia de un neumotorax; dos veces me he quedado en duda al hacer una autopsia de si habría ó no gases en la pleura en individuos en quienes tenia casi seguridad de que existia un pio-neumotórax. Si no es que un líquido infecto salga por alguna abertura he- cha en la pleura; si no es que se haga la prueba de buscar su inflamabilidad; si no es que se encuentre una perforación in- discutible en el pulmón, ó una herida ó una fístula que comuni- que ampliamente con el exterior; ó una herida del diafragma que haga comunicar la cavidad pleural con algún órgano que contenga gases, difícilmente se llegará de un modo directo á descubrir un neumotorax por solo la presencia de gases en la cavidad pleural. Los derrames líquidos no pueden de ningún modo escapar á la inspección, y de ellos me voy á ocupar en seguida. Para hacer el estudio completo de un derrame, nunca debe perderse de vista el continente, que aunque siempre el mismo 17 en sus partes constituyentes, no lo es en el modo de revesti- miento de éstas. Consecuencia necesaria es esta del modo de formación del líquido, que como dije ántes, es solo la capa más superficial del exudado parenquimatoso, y si el intersticial cam- bia en su naturaleza, es indudable que este cambio proviene de otro más profundo, más radical en el modo de ser de cada uno de los constituyentes anatómicos de las neo-membranas. Por eso no es posible separar el estudio de uno y otra; y al descri- bir las diversas formas de cada derrame, no nos olvidaremos de estudiar los cambios habidos en la cavidad pleural. Esto, que en un estudio abstracto liaría vacilar un momento, no es posible que siguiendo una autopsia se vean las cosas de otro modo. Es un hecho que al abrir el tórax si lo encontramos lle- no de un líquido, lo primero que hacemos es quitarlo, sea para poder seguir adelante el estudio, sea para hacer su análisis mi- croquímico, ó sea para ver la superficie del pulmón; nuestra primera operación es introducir una esponja repetidas veces hasta agotar el derrame, y entonces quedan visibles la pared to- rácica y el pulmón; pero no desnudas realmente, sino bien ves- tidas por el exudado parenquimatoso. De éste, lo tínico que vemos es su capa más superficial, es decir, el líquido del derra- me mojándolo aún, é infiltrándose entre sus mallas. Encontramos derrames líquidos de muy diversa naturaleza, pero con un punto de contacto todos, y es su procedencia vas- cular. Sea que la sangre íntegra es la que se derrama en la pleura, sea que el exudado inflamatorio salga paso á paso de los capilares de las neo-membranas ó de los de la misma serosa. Otro punto de contacto es su tendencia á coagularse, que dismi- nuye tanto más cuanto ménos se parecen á la sangre. La sero- sidad, poco provista de fibrina, puede permanecer líquida casi indefinidamente: el exudado sero-fibrinoso enseña en una au- topsia ó en una punción, una multitud de grumos que no son otra cosa que fibrina concreta, lo mismo que los del derrame íibrino-purulento y sanguíneo. Sus propiedades especiales son para cada uno característicos, y en la autopsia se encuentra, cuando el derrame ha sido la causa de la muerte, tan exagerados, tan palpables, que una sola observación deja para siempre en la imaginación el cuadro completo de lo que pasa en una pleura enferma y ocupada por 18 un derrame. Nadie confundirá una serosidad amarillenta y trasparente con el líquido lechoso fluido amarillo del derrame purulento. Uno y otro pueden ir perdiendo sus caracteres y tras- formándose mutuamente: se presentarán muchos estados inter- medios dignos de señalar para indicar solamente el modo de re- conocerlos. Apénas existe en un derrame una pequeña cantidad de pus, y ya empieza la trasparencia á perderse; ya escurre por las aberturas que empieza á hacer el costótomo, grumos que el microscopio enseña formados de glóbulos purulentos en me- dio de una materia amorfa, ó con estrías que solo se perciben iluminando oblicuamente la preparación y haciendo variar el foco. Las celdillas purulentas se encuentran en su mayor parte alteradas, á medio destruir, y ya no se reúne en ellas su proto- plasma, formando núcleos cuando se las trata por el ácido acé- tico, mientras que otras que parecen de formación más recien- te aún conservan el protoplasma perfectamente globuloso y li- mitado, demostrando así la integridad de su membrana y la acción prolongada del agua y del ácido acético forma en ella núcleos; yo no sé si aglomerando las granulaciones protoplas- máticas ó disolviéndolas y dejando descubierto el núcleo que ya existia: me inclino á creer esto último, porque me parece ha- ber visto muchas veces celdas purulentas en las que entre sus granulaciones finas se notaban sus núcleos, y esto en pus re- ciente, sobre el que no habían tenido tiempo de obrar los reactivos. Se encuentra, además de las celdillas purulentas, láminas do epitelio pavimentoso simple, siempre en mayor can- tidad en los derrames de una pleuresía aguda; masas amorfas que parecen de fibrina, muchas veces glóbulos rojos de la sangre más ó ménos arrugados en sus bordes y borrándose su excavación central. Esto enseña la porción líquida del der- rame sero-purulento ó purulento. El derrame seroso, aunque no contiene pus propiamente dicho, se encuentra en él una regular cantidad de leucositos, cuyos caractércs histológicos no es fácil separar de los glóbulos purulentos propiamente dichos. Si después de quitado el líquido para su exámen microscópi- co con una pipeta y el resto con una esponja grande, se raspa con el escalpelo la superficie de la pleura, se encuentran siem- pre los elementos constituyentes del exudado inflamatorio. Son 19 masas laminares de tejido embrionario, que terminando su or- ganización habrían dado lugar á falsas membranas en los der- rames serosos, pero que tienen por el momento un aspecto ge- latiniforme, que se arrancan fácilmente y dejan desnudo el der- mis de la serosa. La facilidad con que se desprenden, y mejor, el ver atentamente las uniones entre las neo-membranas y el pulmón, lo que se debe hacer en otra plancha después de ex- traer el pulmón, y arrancando espacio con unas pinzas finas, pequeñas porciones de estas neo-formaciones, permitirá hacer un exárnen más completo y.preparar su estudio micrográfico. Entonces se ven hilitos blancos ó traslucidos que van de la neo- membrana al pulmón, y que sin soltar las primeras pinzas se co- gen con otras estos hilos y se arrancan para desprender si es po- sible sus ramificaciones y llevarlos aislados al microscopio en donde se les encuentra ser vasos sanguíneos, fibras de tejido conjuntivo, ó aún, según dicen varios autores, nervios entera- mente formados. En las neo-membranas recientes, en que aun no se organiza definitivamente el tejido embrionario, no se encuen- tra nada de esto; pero á medida que se hacen más resistentes y parecen más opacas y más gruesas y adhieren mejor, se ven mul- tiplicarse los lazos de unión entre la serosa y el producto nue- vo, identificándose su naturaleza, confundiéndose con el dérmis, pero sin cubrirse nunca de epitelio. Estas últimas neo-membranas tienen en su composición todos los elementos necesarios á la formación del pus: vasos que den el suero y sus glóbulos blancos, y tejido embrionario que dé sus celdas de tejido conjuntivo para formar glóbulos pioides. Hay también nervios que por su irritabilidad exciten por vía refleja los vaso-motores, provocando de un modo mediato la conges- tión y la formación de exudado nuevo, que no pudiendo soste- ner por su abundancia su vida propia y sin poder terminar su evolución neo-formadora, se convierte en pus, tejido que sólo difiere por su materia intercelular de la sustancia conjuntiva, y porque es incapaz de sostener su vida propia. En las autopsias encontramos muchas veces el pus de un derrame, que no eva- cuándose pronto por cualquier causa, sufre la evolución de to- dos los tejidos de vida pobre: la degeneración grasosa, y en las celdillas purulentas se encontrarán gotas de grasa y una infi- nidad de granulaciones grasosas en el líquido; pero nunca sus- 20 tituyendo por completo, como en el pus hepático, á las celdillas purulentas. En la pleura puede encontrarse, y se dice que con frecuencia, el cáncer y el tubérculo', el primero nunca lo lie visto. Se dice que depende siempre ó del cáncer pulmonar ó del del seno (Ja- coud), y participa de sus caracteres. Tubérculos pleurales los liemos encontrado una vez al esta- do de granulaciones grises. Tuve entonces el descuido de no estudiar al microscopio sus elementos, preocupado entonces con otras consideraciones, pero acabamos de tener otro caso de ti- sis pleural, y de él procuré hacer una descripción á la vista de las piezas y su estudio micrográfico que están en la página 35 del libro de autopsias. <(2? Sección de Medicina.—í\úm. 18.—Dr. R. Maclas.—Paisano Martin Ociioa, del Rancho del Potrero, de 30 años, soltero y jornalero; entró al Hos- pital Militar el 10 de Junio de 1881 y murió el 3 de Enero de 1882. Presentó en yida macicez completa en la parte posterior del pecho, y en toda su ex- tensión soplo suave en los dos pulmones. Fiebre hóctica, tos y enflaqueci- miento rápido. Palidez excesiva y abundantes depósitos de pigmento. Autopsia el dia 6 de Enero de 1882. Enflaquecimiento considerable y la piel manchada en algunos puntos por depósitos de pigmento. Masas caseosas en los ganglios del cuello; las más grandes, como de 0m,05 de diámetro y en número muy considerable en cada grupo, situadas detrás de la vena yugular interna, debajo del trapecio, etc. Muy bien limitadas y rodeadas de una línea roja inflamatoria como de 0m,002 de espesor. Su estructura, en todo semejante á la que tenían las que después encontramos en el pecho. Las masas del cuello colocadas tras de la yugular comprimían el neumogástrico, y una colocada en la parte inferior del escale- no anterior deprimiéndolo, comprimia el frénico que estaba aumentado de volumen y más vascularizado que el del lado opuesto. La laringe y los otros órganos del cuello no presentaban otra cosa que sus músculos reblandecidos y muy descoloridos, como si hubieran estado macerados y lo mismo estaban en los brazos, en las piernas y en el tronco. Abrimos la cavidad torácica, y al levantar la pared anterior del pecho, sa- lió del lado derecho una pequeña cantidad de líquido seroso y trasparente. El pulmón derecho se desgarró y se quedó una porción considerable pegada á la pared; en el izquierdo vimos desde luego la alteración que en los dos la- dos llenaba la cavidad. Una gran cantidad de masas blanco-amarillentas muy bien limitadas, de consistencia de queso y de todos tamaños, desde el 21 de una lenteja hasta la más grande que tenia Om,10 de largo. En el lado de- recho, abajo de la parte de pulmón que se desgarró, se veía una falsa mem- brana continua, enteramente organizada, muy resistente y llena, como dije, de cavidades de todos tamaños, pero no todas llenas de sustancia caseosa, pues ocupando la base, se encontraba una cavidad cuyas paredes eran: aba- jo, el pulmón y el diafragma, y hácia arriba y adentro, el pulmón y el peri- cardio lleno por un líquido serofibrinoso y las paredes como las de un antiguo quiste, fibrosas y bien vascularizadas. Encontramos aún otro pequeño der- rame enquistado más arriba que el anterior, con su contenido enteramente coagulado y como de 0m,08 de diámetro. En el lado izquierdo de la cavidad pleural eran las falsas membranas igualmente resistentes y extensas, tan an- tiguas y tan llenas por esas masas como de sustancia caseosa como en el la- do derecho; en este lado se quedaron adherentes á las costillas muchas de ellas, de todos tamaños y separadas unas de otras por espacios de 2 ó 3 cen- tímetros; ninguna supurada, sino sólo muy ligeramente reblandecidas. Los pulmones un poco condensados por las masas caseosas y los derrames enquistados que ocupaban en la cavidad pleural un espacio considerable, ca- si la tercera parte del lado derecho. Apenas se encontraba alguna que otra musita caseosa muy pequeña relativamente á las de la pleura, y algunas gra- nulaciones grises. Los ganglios brónquicos sufrieron la misma alteración que encontramos en el cuello y en la pleura, y formaban una sola masa con las alteraciones se- mejantes que se veían en el pericardio. Era imposible disecar nada, porque tan fuertes como eran las adherencias eutre el pulmón y la pared costal, eran también las que unian entre sí los ór- ganos del mediastino que se desgarraban ántes que despegarse, lío habia cavidad pericárdica porque las paredes del corazón formaban cuerpo con las alteraciones de la serosa, cuyas dos hojas estaban sólidamente adheridas. En el lado izquierdo del corazón, sobre la pared ventricular, encontramos una masa igual álas de la pleura, pero mucho más grande, de Om;io de lar- go, ocho de ancho y dos de espesor; sobre el ventrículo derecho y sobre las aurículas, existían otras muchas masas más pequeñas, con su membrana de envoltura bien organizada y con una zona ligeramente inflamada al derre- dor de cada masa. Era imposible querer examinar el estado de los nervios torácicos, porque las relaciones estaban perdidas por todas partes.—Nada notable encontramos en el vientre. Al microscopio encontramos las masas que llamamos caseosas por su as- pecto, formadas de celdillas llenas de granulaciones finas, destruidas muchas de ellas, lo que les daba formas irregulares; esto en un estroma conjuntivo muy fino. Aun cuando parecían en conjunto granulaciones grasosas las que llenaban las celdillas, eran tan finas y persistían tan bien dentro de sus con- tinentes, que me quedó en duda de que aquello fuera la degeneración graso- sa de un tejido puramente inflamatorio. Por otra parte, un pedazo de papel frotado con ellas no tomó el aspecto aceitoso que debería haber tomado al impregnarse de grasa. Las fibras de tejido conjuntivo estaban muy claras y en la degeneración caseosa de un exudado, no me explico la presencia de fibras conjuntivas que son sin duda de desarrollo superior y no aparecen en el tejido embrionario degenerado. Examinó al microscopio las granulaciones grises, y las encontró forma- das también por un estroma conjuntivo apretado y granulaciones mu- cho más grandes que las que habíamos encontrado primero, con su centro muy refringente y su movimiento browniauo muy apreciable. Estas granu- laciones do contornos oscuros recordaban bien las de los tubérculos crudos, y yo creo que no eran otra cosa. En cuanto á las masas que por todas partes encontramos en el pecho, excepto en los pulmones, recuerdan algo el aspec- to del cáncer de la pleura, por lo ménos en su aspecto general, en la multi- plicidad de los tumores, en su propagación á los ganglios mediastínicos y del cuello y al corazón; pero no en su estructura anatómica. Una tisis caseosa pleural consecutiva sólo á una degeneración grasosa de exudados inflamatorios no habría multiplicado tanto la lesión. Una tisis tu- berculosa pleural nos denunciaba su origen por granulaciones tuberculosas, aunque poco abundantes, y sin presentar estados intermedios. Las masas ca- seosas indicaban sin duda el segundo período de esta afección. 22 JF. Lái'ios. Cuando nos ocupemos de los tubérculos pulmonares volveré á ocuparme de esta cuestión. Naturalmente todas estas lesiones se acompañan de una in- flamación crónica mantenida por ellas como causas persisten- tes de irritación y en consecuencia de flegmasía. Esto se en- cuentra efectivamente aun cuando los tubérculos sean tan solo pulmonares: no recuerdo autopsia en que no hayamos encon- trado tubérculos en el pulmón, aunque sea en pequeña cantidad, si la alteración principal estaba en la pleura, cuando habia en ésta signos de flegmasía crónica y doble, y si estos pueden, siendo causa lejana, mantener constante la inflamación, con mucha mayor razón cuando estén en la pleura misma. COMPLICACIONES. Lo mismo que las lesiones de nutrición de los órganos veci- nos á la pleura pueden provocar su inflamación crónica, tam- bién la inflamación crónica de ésta puede ser causa determi- nante de aquellas. Ejemplos evidentes de esto y que no escasean en nuestras observaciones anátomo-patológicas, son: 1° La atrofia de un pulmón por un derrame excesivo y per- 23 sistente, siguiendo el orden cronológico que tan bien indica Jacoud, retracción activa del pulmón para hacer lugar al cuer- po extraño, compresión por éste, y por último atrofia de la glán- dula; 2° alteraciones en las costillas que pueden ser la caries simple, la destrucción huesosa por la invasión y el crecimiento de los tubérculos y la osteitis condensante que agrega Ja- coud, y que describe y dibuja Lebert en en su Atlas. Los va- sos inmediatos sufren poco en las flegmasías crónicas; por lo ménos no hemos podido hasta hoy apreciar bien lo que en ellos pasa. 4? Por último: los nervios, cuyas alteraciones pudieran ser características y aún están en estudio. El Dr. Macías se ocupa actualmente de esta materia con otro objete, y no debo adelantarme á anunciar sus conclusiones. Solo diré, que he po- dido ver yo, que los nervios intercostales, los frénicos, los neu- mogástricos y el simpático, padecen y profundamente, cuando se ven envueltos en las falsas membranas de una inflamación propagada, ó con solo la de vecindad. Son distintas las altera- ciones que se encuentran en las diversas afecciones de los ór- ganos torácicos participando hasta cierto punto de sus modali- dades, y caracterizándose en las pleuresías crónicas, ó en las pleuroneumonías supuradas, por la rápida multiplicación de los núcleos de la vaina de Schwan, la segmentación, y por último, la emulsión de la mielina. En las preparaciones que he visto del Sr. Macías, esto es lo que me ha parecido; no sé si estas son sus conclusiones. En todas ellas se pierde casi el cilindro eje en medio de la masa de granulaciones que llena la vaina del nervio, y éstas parecen á la vez resultar de la emulsión de la mielina que á su vez se segmentó formando cavidades distintas en toda la extensión del nervio, ó tal vez haciéndose más per- ceptible la segmentación normal. En nada se parece esto al estado que toman los nervios cuando alterándose en el cadáver toman lo que se ha llamado estado varicoso. En estas alteraciones, que á su tiempo liará conocer el Sr. Macías, se encuentra un estado muy distinto, sobre todo en la segmentación de la mielina que llega á ocultar completamente el cilindro del eje. Ninguna dificultad tiene la preparación de estos nervios. Basta una disección cuidadosa muy fácil para el frénico cuando no está envuelto en falsas membranas, y mucho menos fácil cuando hinchado y ligeramente reblandecido se ha- 24 ce necesario casi esculpirlo en medio de la masa que lo contie- ne. Basta separar ligeramente el pulmón del pericardio en la parte que esté sana para verlo luego y tener un punto de par- tida para seguirlo en la porción alterada. Mucho ménos fácil es esta disección para el neumogástrico y para el simpático; sin embargo, por muy gruesa que esté la pleura, levantando longitudinalmente un pulmón, haciéndolo girar sobre el pedícu- lo y cortando atrás de éste, es fácil llegar hasta el ésófago que es muy buen punto de partida para encontrar el nervio coloca- do á su lado: más arriba, para llegar al recurrente, hay que dejar este camino y que ir á buscar bajo el callado de la aorta en el lado izquierdo y bajo el tronco braquio-cefálico al lado de- recho. Por último, para descubrir el gran simpático se pue- den seguir dos caminos, ó hacer una incisión sobre la pleura á 0m,03 afuera de la articulación transverso-costal y disecar la serosa á uno y otro lado hasta encontrar el nervio, ó bien bus- cando por trasparencia los ganglios en la porción de la pleura que permita verlos, y sin perder el nervio seguirlo hasta la por- ción enferma; así se tiene un pedazo sano y otro enfermo, aun- que es mejor tomar un pedazo del lado enfermo y otro del lado sano para tener un buen punto de comparación. Al hacer esta disección, es frecuente tomar por simpático los nervios esplác- nicos, que como se desprenden de un ganglio, parecen en efec- to ser lo que se busca; pero su volumen es mucho menor, sobre todo cuando el del simpático está aumentado y su superficie roja y muy vascularizada, como lo está siempre que se encuen- tra en contacto con una porción de pleura inflamada. Nada tan fácil como descubrir los nervios intercostales cuan- do es perfecta la trasparencia de la pleura, pero no lo es tanto cuando hay en ella neo-membranas gruesas. 25 CAPITULO Y. Pulmones. El estudio anatómico de esta glándula es perfectamente co- nocido de todos; su estructura es ya familiar para quien ha re- corrido esta página amena de la histología; sus funciones son el fundamento de otros muchos conocimientos, lo que ha hecho que su fisiología deje muy poco que desear. En la parte clínica de sus alteraciones no se han perdido ni los menores detalles, pues ha sido casi siempre el punto de mira más notable de emi- nentes observadores. Cuando desde los médicos de la antigüe- dan estudiaban, ántes que todo, los pulmunos, y en tiempos más recientes tanto han preocupado éstos á Laenec, á Louis, á Grissolle, á Jacoud, á Trousseau, Peter, Graves, y en una pa- labra, á todos los clínicos más distinguidos, es natural que na- da haya escapado á su ingenio en un estudio de por sí difícil, y tanto que aún se discuten muchos puntos fundamentales de los hechos de observación diaria, y es difícil encontrar dos perso- nas que piensen del mismo modo, cuando se les pide una opi- nión fundada sobre un mismo caso. Yo tengo para mí la con- vicción de que las ideas fundamentales de la medicina toda parten ó deben partir del estudio detenido de la alteración ana- tómica, y que de la observación detenida y repetida de ésta, siguiendo cuantas veces se pueda al estudio clínico, deben to- marse las nociones de una opinión. Yada, en efecto, es más natural: la observación de los sínto- mas forma un conjunto de hechos que reunimos y que no per- manecen intactos en nuestro espíritu, sino que se coleccionan y se ponen al lado de otra série de hechos que les corresponden y que les dan su razón de sér. El trabajo intelectual se reduce en estos momentos á hacer coincidir en una observación lo que ántes ha tenido solo una relación de sucesión; y es tan cierto esto, que siempre que escuchamos un soplo brónquico, nunca pensamos en el soplo, sino en el endurecimiento que lo produ- ce, y lo que ahora hacemos coincidir nunca lo hemos visto jun- to, sino que hemos oído ó han oído nuestros antecesores, pri- 26 mero un soplo y luego lian encontrado un endurecimiento tan- tas veces, con tanta identidad de condiciones, con tal constan- cia, que ha sido suficiente para establecer una ley. Cada des- cubrimiento anátomo-patológico que se ha hecho, ha venido á explicar algún fenómeno ántes apreciado, ó ha hecho fijarse en otros que hasta el momento habian pasado desapercibidos, en- riqueciendo así al clínico con mayor acopio de signos tan natu- rales, que llama la atención cómo no se habia pensado ántes en ellos. Por esto en la educación médica, tanto se necesita edu- car los sentidos en el vivo, como adiestrarse en las disecciones. Casi todas los descubrimientos de alguna importancia tendrán en adelante que salir de los estudios anátomo-patológicos, y lo vemos ya muy palpablemente en todos los estudios recientes sobre el parasitismo que parece van á hacer época por el des- arrollo que van tomando. En las afecciones pulmonares, si quedan aún puntos discuti- bles, es precisamente porque no se ha estudiado bastante los caractéres histológicos de cada alteración. Hay, en efecto, al- teraciones que con muchos puntos de contacto presentan ca- ractéres distintos apénas perceptibles; pero entonces quedan á nuestra disposición los datos clínicos, y repito, que unos y otros reunidos deberán ser siempre las premisas mejor fundadas pa- ra una inferencia. El haber estudiado otros las principales lesiones de los órga- nos torácicos, no nos excluye de repetir el mismo estudio en cada necropsia: primero, porque ese conjunto de circunstancias que caracterizan una enfermedad durante la vida, no es más que la significación de las modalidades de la lesión en cada in- dividuo; y así como en clínica no basta conocer la enfermedad sino al enfermo, lo mismo en anatomía patológica no basta co- nocer la alteración de la enfermedad, sino las del cadáver que se estudia. Después de encontrar lo que otros han encontrado en casos semejantes, se encuentran otros muchos detalles que es muy raro que no expliquen alguna anomalía de la afección en su sintomatología ó en su marcha. Sucederá, que lo que se creía caracterizar un caso, se encuentra en otro y otros, y con una série de coincidencias del mismo género, podrá alguna vez llegarse hasta el fundamento de una ley. 27 EXAMEN DE LA SUPERFICIE DEL PULMON. Para la exploración de los pulmones, hay que hacerla prime- ro dejándolos en su lugar, y luego, después de extraerlos del pecho. El primer examen es siempre la mejor guía del camino que debe seguirse en el segundo. En el examen superficial del pulmón hay que estudiar, como lo haríamos con el cadáver en conjunto, la superficie y la forma. La primera es en realidad el estudio de la pleura que ya intentamos hacer, teniendo ya muy poco que agregar; el segundo es el que realmente da ma- yor acopio de datos. 1° La coloración del pulmón cuando la pleura es trasparente, es excesivamente variable, y depende: unas veces del color mis- mo del tejido de la glándula, y otras veces de las sustancias ex- trañas que se infiltran en el tejido dándole una coloración es- pecial. Lo primero varía mucho con la edad; desde el color oscuro como de hígado que tiene el pulmón del feto; luego el color rosado del pulmón joven, el color gris del pulmón del adulto y hasta el color más ó menos negruzco del pulmón del an- ciano. Las diversas profesiones influyen directamente sobre este co- lor al grado de estar caracterizada cada una de las que depo- sitan polvos en los pulmones, por coloraciones distintas y lesio- nes profundas distintas también que llevan los nombres de antracosis, siderosis, melanosis, sobre los cuales tenemos que volver. ENFISEMA PULMONAR. El color sólo, basta para denunciar algunas enfermeda- des que, como el enfisema, se desarrolla en cualquiera edad, y como está caracterizado por un color gris blanquizco en pun- tos de pulmón que no crepitan, suaves como terciopelo, abul- tados desigualmente y formados estos abultamientos de vesicu- 28 litas relativamente muy grandes que llegan hasta Om, 001 de diámetro, situadas de preferencia en el borde anterior del pul- món, ó en los vértices, ó en el borde inferior. Se acentúa muy bien en los puntos en donde está en contacto con porciones de pulmón congestionadas ó inflamadas. En los pulmones sanos, luego que se levanta la pared anterior del tórax, se ve por qué la retractilidad del tejido pulmonar, desde que el aire entró á la pleura, han dejado descubierto del corazón y mediastino, una superficie mucho más ancha que la que estaba en vida en rela- ción con la pared torácica; pero en los pulmones enfisematosos, cuando esta alteración se ha hecho en los bordes anteriores, se les ve en el cadáver avanzar el uno hácia el otro, casi hasta tocarse en la línea média; dejando en el cadáver descubierto del corazón lo que en el vivo constituiría una área mate precor- dial normal. Cuando el enfisema está en los vértices, el pulmón llena de sobra la cavidad, y así se explica uno que estuviera bor- rado el hueco supra-clavicular, encontrando en el pulmón un surco formado por la primera costilla: no he encontrado en el cadáver todavía, en los dos casos de enfisema intenso que he visto, la comprobación de una explicación que oí al Sr. Mon- tes de Oca de la desaparición del hueco infra-clavicular, por trastornos en la circulación que sólo pueden apreciarse en vi- da, pues se comprende que el enfisema sólo no podría influir directamente para producir este fenómeno. Cuando el enfisema está en la base, se ve el diafragma rechazado hácia abajo, em- pujando al hígado y al estómago, y desalojando el corazón, co- locándolo en lo que Jacoud llama posición transversa profunda. Para no tener que volver sobre esta enfermedad, agregaré que sus lesiones no se limitan á la superficie pulmonar; sino que se encuentra constantemente una congestión y catarro de los bronquios, á veces (Jacoud) focos de neumonía intersticial y consecutivamente á ésta, depresiones en la superficie del pul- món y dilataciones brónquicas. Para estudiar la alteración misma del enfisema es necesario insuflar y secar el tejido pulmonar poniendo ántes una inyec- ción de grenetina colorida con anilina roja y sobre ella una de yeso para empujarla hasta los capilares. Yo quise secar un pul- món entero insuflado y preparado así, pero tienen los pulmo- nes tal cantidad de líquido, sobre todo en el borde posterior, 29 que entran en putrefacción antes de secarse, y lo que debe ha- cerse es preparar la inyección para todo el pulmón, porque no se pueden inyectar pedacitos, ó insuflar fragmentos visi- blemente enfisematosos, y otros sanos para comparar. Esto es fácil introduciendo en el bronquio más grueso del fragmento desprendido una cánula y soplando por ella para ver si entra bien el aire, y si así es, se le deja de nuevo escaparse para po- ner una fuerte ligadura cerca del bronquio por donde se insu- fló, pero abrazando toda la superficie de sección. Se vuelve á insuflar; entonces se. pone una ligadura un poquito más abajo sacando poco á poco la cánula; se cuelga hasta los dos dias en que se puede yá, con una buena navaja de barba, hacerse cor- tes delgados. No sirve para esta preparación el micro tomo do- ble. Se agrega á la preparación una gota de agua y se com- prime muy suavemente entre los dos vidrios. Así he podido ver, en una sola vez que lo he intentado, los tabiques de las vesícu- las pulmonares destruidos; pero nada más: yo creo que se nece- sita una observación muy cuidadosa en piezas frescas y prepa- raciones muy bien hechas para verla degeneración grasosa del epitelio y la atrofia de los capilares que cita Jacoud. Es mucho ménos difícil ver las dilataciones brónquicas, pues aun cuando no se tenga un bronquiótomo, basta ir insinuan- do la sonda canalada entre las diversas ramificaciones para cor- tar con las tijeras los bronquios y buscar sus dilataciones. Además del enfisema existen otras afecciones que se revelan desde que se examina el exterior del pulmón: por la vista, los focos hemorrágieos superficiales, las equimosis sub-pleu- rales, etc., y por el tacto, la dureza y la falta de crepitación que pueden anunciar focos congestionados, inflamados, ede- matizados, esclerosados, ó tuberculizados, aunque entóneos se tientan como aglomeraciones de granitos pequeños, ó cance- rosos, y entonces son boseladuras mucho mayores, ó gomas si- filíticas, etc. Todo esto requiere que se practiquen cortes en el pulmón y que se desprendan estos de su inserción: voy por lo mismo á ocuparme un momento del mejor modo de sacar los pulmones del tórax. 30 PREPARACION. Supongo que para examinar la pleura se han destruido ya todas las adherencias de la serosa, y que libre el pulmón por to- dos lados se puede levantar y buscar la cara posterior del pe- dículo, por la que se empezará á cortar: esto tiene dos objetos: á la izquierda preparar si se quiere la aorta descendente desde este momento, y á la derecha ver el plexo pulmonar y su con- tinuación con los neumogástricos para seguirlo si fuere nece- sario hácia adelante; se va disecando, pegándose al pulmón lo más que se pueda, y al llegar al borde superior del hilo, se cor- tan de un golpe los vasos pulmonares y el bronquio correspon- diente, continuando luego cortando el repliegue que forma la pleura desde el hilo hasta la base del pulmón. Esta operación es con mucho preferible á la que se aconseja ordinariamente de sacar juntos el corazón y los dos pulmones, como para dar- se la pueril satisfacción de empuñar juntos todos los órganos torácicos y suspender en una mano muchos elementos de vida. No, así se sacrifica indudablemente el estudio en conjunto del aparato cardio-vascular, y no se ven ya porque se hace más difícil la disección, las alteraciones de los gruesos vasos, pues con el peso de los órganos todas las relaciones se cambian, y mu- chos órganos delicados se alteran ó se desgarran. Del modo que aconsejo se puede estudiar separadamente cada pulmón, inyectarlo, secar pedazos insuflados, etc.; sobre el cadáver mismo es después mucho más fácil abrir la tráquea sin cambiar su lugar, ó ver las relaciones nuevas que tenga con un tumor vasculoso ó de cualquier otro género. Se puede disecar la aor- ta desde su nacimiento hasta el diafragma, conservando en su lugar el tronco braquio-cefálico, la carótida y la subalavia iz- quierda. Sólo se sacrifican las relaciones de los vasos pulmonares, pe- ro éstas pueden si hay indicación estudiarse ántes. Después de preparado el aparato cardio-vascular, se puede, sin destruirlo, hacerlo á un lado ó quitarlo entero para ver el esófago, el ca- nal torácico y por último la columna vertebral. 31 LESIONES TRAUMATICAS DEL PULMON. Volvamos á los pulmones que puestos en una mesita de di- sección que no falta en ningún anfiteatro, puede uno seguir su estudio sin estar tanto tiempo inclinado sobre el cadáver. Fiel á mi programa, diré algo de las lesiones traumáticas del pulmón ántes de considerar las más importantes que son las lesiones inflamatorias y las lesiones de nutrición. Tenemos la contusión, que puede llegar hasta la desorgani- zación completa del pulmón aun sin herida exterior y sin frac- turas de las costillas y del esternón. Todos los enfermos que he- mos tenido en este año con contusiones torácicas profundas, han tenido fracturas múltiples de las costillas, así es que no puedo presentar ninguna observación mia de este hecho. Follin admite tres grados de esta lesión: el 1®, que se limita á una equimosis poco extensa; el 2°, que forma focos hemorrá- gicos más extensos, comunicando ó nó con la cavidad pleural, y el 39, en que hay yá desorganización completa del tejido pul- monar en una extensión considerable acompañada en general de enfisema generalizado, teniendo éste su punto de partida, ó en una ruptura de la pleura ó en el mediastino cuando está in- tacta la serosa. Las heridas penetrantes de pecho de que yá me ocupé en lo que se refiere á la pleura, se relacionan de un modo tan in- mediato á las heridas del pulmón mismo, que las segundas tie- nen que ser sólo una complicación de las primeras. El estudio anátomo-patológico de las heridas del pulmón tie- ne de importante sólo el de las complicaciones inflamatorias, cuya naturaleza no difiere de las mismas alteraciones flegmá- sicas de otro origen, sino por su agudez, unas veces ó por su circunscripción cerca del traumatismo. No es muy raro encontrar cicatrices lineales en un pulmón sano, único resto de heridas de instrumento punzante bien ace- rado ú otras en que la retracción del tejido es más visible y el tejido cicatricial más firme, más extenso, y continuándose con 32 adherencias pleurales, teniendo su punto de partida en una ci- catriz de herida por arma de fuego; y se refieren casos en que se ha encontrado una bala enquistada en la parte más profun- da de esta cicatriz. Las lesiones de la neumonía traumática no difieren de las de la neumonía fibrinosa, y no nos expondrémos á repeticiones inútiles. Sólo recordaré que suelen verse en he- ridas penetrantes del pecho focos múltiples rodeando al princi- pal, y que consisten ya en foquitos inflamatorios que envuelven una esquirla, ya en abcesos enteramente formados, ó en focos gangrenosos que, lo mismo que los abcesos, comunican ó no con los bronquios, formando entonces verdaderas cavernas. Un buen ejemplo de herida penetrante de pecho con todas es- tas complicaciones es el siguiente, cuya autopsia consta en el libro respectivo del anfiteatro del Hospital Militar, página 32: "CIRUGIA.—El soldado Santiago Ruiz, de Acatlan, soltero, de 30 años, jornalero; servia en el Batallón de Tiradores de las Cruces. Entró al Hospital Militar el dia 18 de Setiembre y murió el 14 de Octubre de 1881. Presenta una herida hecha por arma de fuego, con su abertura de entrada á 0m,04 abajo y afuera de la tetilla derecha y la de salida hácia el tercio pos- terior de la 10? costilla del mismo lado. Tuvo signos de neumonía traumática, derrame abundante en la pleura de- recha y fractura múltiple de las costillas de ese lado, sin haber intentado án- tes precisar cuáles eran. Los síntomas de neumonía supurada, crecientes has- ta la muerte; nunca dió signos de peritonitis. Murió el dia 14 de Octubre á las cuatro de la tarde y se practicó la autop- sia á las diez de la mañana del dia 15. Sus heridas, ya enteramente superficiales y próximas á cicatrizar, no co- municaban con las lesiones interiores. Disecada la piel del tórax, se encon- traron fracturadas la 7?, 8? y 0? costillas derechas y el foco de las fracturas de las dos últimas comunicando entre sí y con el abceso que después encon- tramos en el hígado. Muchas esquirlas huesosas diseminadas, desprendidas y contenidas en pequeños focos de supuración. Por la abertura que formaba la 7? costilla fracturada y las que practicamos con el costótomo en las otras costillas salió una gran cantidad de liquido sero-purulento, verdoso, conres,- tos de pus coagulado y falsas membramas flotando en él. El derrame llega- ba del vértice á la base de la cavidad pleural derecha. En el foco de la fractu- ra, hácia su parte inferior, podia ya verse con toda claridad una hernia visce- ral que parecía formada por el hígado, lo que confirmamos después; estando su masa medio oculta y adherida entre las falsas membranas que llenaban to- dos los intersticios dejados entre las extremidades de las costillas fracturadas. Abrimos luego la cavidad torácica y encontramos el pulmón derecho re- plegado hácia la canal costo-vertebral, reducido á una lámina delgada como 33 de 0m,02 de espesor, con su borde inferior tendido hacia afuera, adherido á la pleura en el fondo de saco costo diafragmático, pero sólo cerca de la lí- nea axilar, dejando abajo y atrás una vasta cavidad llena de pus concreto y muy bien separado del resto del líquido que la llenaba toda. En el vér- tice de este pulmón había una porción como de 0m,03 de diámetro, reblan- decida, de un gris verdoso, de consistencia gelatinosa que recordaba el as- pecto de la gangrena pulmonar, y rodeado esto por focos más pequeños llenos de pus amarillo verdoso, verdaderas cavernitas parecidas á otros pequeños abcesos diseminados en el hígado. En el corazón había adherencias que no parecían recientes entre las dos hojas del pericardio. Las cavidades izquierdas del corazón normales, pero las derechas enrojeci- das en toda su superficie, sobre todo en la aurícula y la arteria pulmonar. El pulmón izquierdo normal. El hígado con un abceso en su borde derecho, de paredes desgarradas; al- gunas esquirlas introducidas en la entraña y el borde derecho de ésta, ha- ciendo hernia por el foco de la fractura. Pequeños abcesos como de 0m,01 de diámetro rodeando al abceso principal. Peritonitis circunscrita al derredor del lobo derecho del hígado, empezan- do desde el ligamento falsiforme á la derecha. Conclusión.—La causa inmediata de la muerte fué la asfixia por derrame excesivo; no habria salvado, á pesar de la evacuación del líquido, por la mul- tiplicidad y gravedad de las otras lesiones. z. AFECCIONES INFLAMATORIAS DEL PULMON. Acabamos de ver que las lesiones traumáticas van siempre seguidas, cuando no causan una muerte inmediata, de una fleg- masía aguda. Pero cuando tienen un origen independiente de toda violencia, revisten caractéres muy especiales que importa conocer en detalle. Su estudio abraza la neumonía fibrinosa franca desarrollada en un terreno ántes fisiológico, y aquella producida en una organización agotada. En los estudios cada- véricos pocas veces se encuentra la primera, y la segunda se estudia casi siempre en su último período, en el de supuración, ó en su paso al estado crónico; por consiguiente, en todas las formas de este estado: la neumonía crónica simple, la neumo- nía caseosa, la esclerosis, las dilataciones brónquicas, la gan- 34 greña pulmonar, etc. En todos estos puntos daré la preferencia á los estudios hechos sobre el cadáver por mis compañeros, y que constan todos en el libro de autopsias del anfiteatro del Hospital Militar. En el presente año tenemos consignadas diez autopsias de neumónicos muertos durante una flegmasía aguda; * de ellos, ocho murieron por neumonía supurada, otro por pericarditis so- bre-aguda, en el curso de una pulmonía, y otro por terminación de una neumonía por gangrena pulmonar. En todos ellos hemos encontrado casi la totalidad del foco en el período último, en el de supuración, pero con los límites de la flegmasía en un período menos avanzado. Como si la mar- cha de la inflamación tendiera á hacerse indefinida, ó como si el foco supurado estuviera irritando el resto del pulmón, y pro- vocando su inflamación. Es excesivamente raro tener que ha- cer una autopsia de un neumónico en su primer período, y yo no recuerdo ninguna, pues de los casos de pulmonía fulminan- te que he presenciado en otros años, en dos que deberíamos ha- ber encontrado sólo una congestión excesiva del pulmón, no se hizo la autopsia, y en otros que sólo han durado horas en el Hospital no se trataba de una pulmonía fulminante real, sino de esa forma insidiosa que toma la afección en los viejos bebe- dores, en quienes la fiebre poco intensa, la falta del esputo que tanto alarma á los enfermos y un malestar poco intenso, los ha- ce muchas veces guardar cama hasta el último período de la flegmasía, y muriendo poco tiempo después, es muy natural que encontrémos en la autopsia los pulmones supurados, siendo es- ta sin duda la forma más temible y grave de la pulmonía pre- cisamente por su benignidad aparente. La forma realmente fulminante de la pulmonía es entre nosotros muy rara, porque busca siempre temperamentos vigorosos y sanguíneos que casi faltan; mas á la altura en que vivimos, y con nuestra sangre poco abundante y poco rica, nunca se llenan tan pronto los dos pulmones para que la asfixia sea de temerse en el momento en que empieza una pulmonía. Al principio del segundo período * La mortalidad ha sido en los neumónicos habidos en el servicio del señor Hacías desde Agosto de 1880 hasta Junio de 1881, de 20,51 % La média en el hospital es de 27 % , y Ia média señalada por los autores es muy va- riable. 35 la muerte es todavía muy rara, y no tenemos mas que una au- autopsía en que encontramos el pulmón con su hepatizacion ro- ja incipiente. Empieza ésta tan pronto, que aun pertenecen á la pulmonía fulminante los casos de este género. Es raro que el es- tertor crepitante dure más de veinticuatro (5 cuarenta y ocho horas, y este signo es el que mejor indica el progreso de la in- flamación: una vez establecido el soplo tubario, ya casi siempre recorren los enfermos en más ó ménos tiempo los tres períodos de la pulmonía. Sólo en un enfermo, cuya autopsia trascribo íntegra, se vio la pulmonía en su segundo período, pero apareciendo en el cur- so de una meningitis, ó más bien de una de esas afecciones en que varias serosas son simultáneamente atacadas, lo que suele verse en el reumatismo articular agudo. Aunque poco es- plícita dice bastante para formarnos idea del caso (libro de autopsias, página 2T): El dia 2 de Agosto, á las ocho de la noche, entró al Hospital Militar el ca- bo José Leonardo, del tercer Batallón de Artilleros, y murió á las tres de la mañana del dia 3. El enfermo no podia expresar sus sufrimientos por venir en un estado co- matoso y perdida la palabra; estertores traqueales, macicez completa del vér- tice á la base del pulmón derecho, tanto en la parte anterior como en la pos- terior. Soplo tubario intenso y estertores mucosos á nivel de la macicez.— Pulmonía del vértice. Temperatura 40°, pulso 164 y respiración 60. Pupilas desigualmente dilatadas, la derecha más grande que la izquierda; fotofobia intensa.—D. meningitis. Fueron exacerbándose sus síntomas pulmonares, hasta que murió á las siete horas de haber entrado. En su autopsia, las principales alteraciones encontradas fueron: un ligero derrame en la pleura derecha, adherencias de la pleura parietal y visceral, sobre todo hácia la parte posterior y algunas placas lechosas hácia la pleura visceral. El pericardio extendido por un derrame amarillo claro; placas le- chosas en la cara anterior y posterior del corazón. En el pulmón los lóbulos superior y medio derechos presentaban una coloración amarillenta y una con- sistencia dura; al corte dejaban escurrir un líquido sero-purulento de un co- lor amarillo rojizo; el lóbulo inferior de una coloración roja, clara en unos puntos y en otros muy oscura; al corte dejaba salir un líquido rojizo y crepi- taba bajo la presión del dedo. En el cráneo se encontró un ligero derrame sub-aracnóideo, inyección muy considerable de la pia-madre, y algunas pla- cas lechosas poco adherentes á la superficie del cerebro. Las lesiones cadavéricas comprobaron el diagnóstico. O. Obregon. 36 Es de sentirse que no haya sido el Sr. Obregon más minucio- so en esta autopsia, pues es tan raro encontrar casos semejan- tes, que perderlos es tener que resignarse á no ver comproba- das las descripciones de nuestros autores. Queda un recurso, y es estudiar de una manera completa esos casos en que los en- fermos mueren muy al principio de la hepatizacion gris, y en que aún hay una porción considerable de glándula con su in- flamación en el segundo período. En estos momentos de tran- sición murieron dos enfermos, cuyas autopsias hechas por el se- ñor Rosas una, y otra por el Sr. Mateos, nos darán material para completar la que practicó el Sr. Obregon. De la autopsia hecha por el Sr. Rosas, aún se puede sacar una enseñanza importante que ya he indicado: es las lesiones propagadas á los troncos nerviosos de la cavidad torácica (li- bro de autopsias, página 18): Agosto 7.—El soldado Cármen Urvista, del 2? Batallón de Línea, de Ta- rasco, de 25 años. Ingresó al Hospital el dia 3 de Agosto de 1881, con sig- nos de pléuroneumonía del lado izquierdo, cerca del pedículo. Dos dias des- pués presentaba además los síntomas siguientes: pulso filiforme, muy fre- cuente, depresible, estertores crepitantes en la parte média y posterior del pulmón izquierdo, esputo gomoso, ligeramente colorido; signos de pericardi- tis; dolor marcado en las inserciones del'diafragma y en el trayecto del frénico; delirio agudo. Muerte á las 6 de la mañana del dia 7.* Atjtopsía.—Se encontró en la pleura izquierda á nivel del lóbulo inferior un engrasamiento notable de sus dos hojas, con infiltración fibrinosa. En la parte correspondiente al lóbulo superior no se notaba alteración alguna apre- ciable. El tejido pulmonar del lóbulo izquierdo, duro rojizo; al corte se veía salir un líquido purulento de los pequeños bronquios, y en las arterias pul- monares, coágulos fibrinosos, algunos de ellos resistentes; hepatizacion gris al nivel del borde anterior; en la parte média y posterior, hepatizacion roja, gris sólo á nivel de la periferia. Cerca del pedículo, el tejido presentaba el mismo aspecto, tendiendo de una manera marcada á la hepatizacion gris. En el lóbulo superior consisten- cia normal con una congestión marcada. La pleura derecha con sus caracté- res normales, así como el pulmón del mismo lado, que sólo estaba conges- tionado. El tejido celular que rodea el pericardio infiltrado; éste engrosado en sus dos hojas, completamente adherido á la pleura izquierda; en su cavidad un derrame fibrinoso, pequeño, con algunos grumos; en la hoja visceral algunas placas lechosas diseminadas. * Por no ser difuso he procurado dar en resúmen sólo los signos clínicos principales y de los que pueda sacarse aplicación. 37 Los nervios frénico neumogástrico y gran simpático bel i abo izquierdo, MÁS VOLUMINOSOS EN LA PORCION TORÁCICA QUE LOS CORRESPONBIENTES BEL LABO DERECHO, SIENBO BE NOTAR ADEMÁS UNA INYECCION Y UN ENRO- JECIMIENTO BASTANTE MARCADOS. I. 'Rosas. Yernos, en primer lugar, que la neumonía existe rarísimas veces solapes casi siempre la pleuroneumonía. El agente exte- rior obra sobre lo que puede, sobre lo que tiene á su alcance, determinando ó pleuronomanía si su primer ataque ha sido á la pleura ó la bronconeumonía si su primer ataque ha sido á los bronquios. Por ejemplo: la acción de un frió intenso se ha- ce sentir primero en las paredes torácicas si no tienen abrigo suficiente, sin irritar los bronquios; y la respiración de vapores irritantes, que muy po6o tendria que ver con la inflamación de la pleura, desarrollarla desde luego la bronco-neumonía. Afec- ciones cuyo punto de contacto es el pulmón y cuyo punto de partida está de lado opuesto. Puede, sin embargo, ser tal la intensidad de la inflamación, que invada en su conjunto el apa- rato respiratorio. Así, qué extraño es que tras las falsas mem- branas aún fibrinosas encontrara el Sr. Rosas focos neumóni- cos, cuyo corte neto, liso y de un rojo intenso, apénas dejara es- currir un líquido amarillo rojizo, no aereado, al mismo tiempo que de la sección de los bronquios saliera pus, y que el borde anterior del pulmón ya empezara á presentar un sembrado de puntos grises que denunciaran la trasformacion purulenta del exudado? Yo recuerdo esa autopsia, y asistí con el Sr. Macías al estudio de los nervios que el Sr. Rosas menciona, en todo semejantes á los que ya he descrito. Se quedó muy grabado en mi imaginación el aspecto del lí- quido que escurría de cada porción enferma del pulmón y que parecía dispuesto á propósito para caracterizar y representar el contenido de las celdillas pulmonares. Daba esta idea tan bien como puede darla el aspecto del esputo en cada período de la inflamación. Si cortábamos en las porciones de pulmón congestionadas y aún crepitantes, era una sangre espumo- sa y abundante la que corría; si cortábamos un punto de esos que se ven como jaspeados, con manchas rojas, de intensidad 38 desigual, el líquido ya no corría, sino que era necesario raspar- lo con el dorso del escalpelo, y se sentia más adherente, más espeso, casi sin aire y mucho menos teñido que el primero. Sus caractéres microscópicos son también esencialmente distintos. Los glóbulos rojos abundantísimos en el primero, apenas se en- cuentran en el segundo. Los blancos predominan en el último sin ser tampoco los únicos; los elementos epiteliales son en uno y otro igualmente abundantes, y las estrías fibrinosas que son tan abundantes en el ultimo, son escasas en el primero. Nunca he podido hacer un corte de pulmón bastante claro para poder hacer una descripción del estado de la glándula, pero conti- nuaré en mis tentativas hasta tener algún resultado satisfacto- rio. Es muy razonable que pueda suponerse el estado del pul- món por los caractéres del esputo, atendiendo á la semejanza de composición que tiene con el líquido que escurre de un corte hecho en la glándula; los dos representan muy bien el estado de las vesículas, no siendo sino la materia que las llena. Un estado que pudiera confundirse con el primer período de la pulmonía, es lo que pudiera llamarse pulmón cardíaco; pero en primer lugar se ve que no tratándose en éste mas que de una simple congestión sin exudados, será fácil distinguirlas con un foco endurecido que se encuentre en el pulmón inflamado. Ni esto se confundirá tampoco con el edema pulmonar tan fre- cuente en las afecciones del corazón.* El enfermo cuya autopsia presenta el Sr. Mateos es otro ca- so de muerte en el momento en que la neumonía pasaba del se- gundo al tercer período. Encontró (pag. 30, Libro de Autop- sias), “adherida recientemente del vértice á la base toda la pleura derecha. Hopatizacion roja del vértice á la base en to- da la porción posterior y lateral. La parte anterior de ese mis- mo pulmón sana; en la parte hepatizada había algunos puntos en supuración muy pequeños. En la pleura izquierda adheren- cias anteriores, etc.” Casi todos los enfermos que han recorrido bien todo el segun- do período, viven en una porción del tercero, hasta que la su- puracion del pulmón está bastante avanzada, lo que hace que * Basta insuflar el pulmón, según los consejos de Behier, para ver que las vesículas están libres en estos estados distintos de la neumonía. 39 quede muy poco terreno en que estudiar la hepatizacion roja. Si buscamos en la autopsia del Sr. Mateos la causa de la muer- te, solo la encontramos en la intensidad y extensión de la infla- mación del pulmón izquierdo, aunque una parte de él y el pul- món derecho pudieron aún mantener la vida. No dice el señor Mateos cómo murió este enfermo; ni explican bastante los pe- queñísimos pedazos en supuración, pues vemos muchas veces que los enfermos duran hasta que se ha supurado una buena porción de pulmón. El flegmon pulmonar que viene á ser una ademitis supurada, cuando termina por supuración, presenta el pus infiltrado lle- nando las vesículas pulmonares y muy rara vez reuniéndose en foco. En el primer caso es siempre difícil la evacuación de ese pus, áun imposible, porque las vesículas no están llenas de un líquido, sino del exudado fibrinoso que va poco á poco convir- tiéndose en pus, y mucho ántes que el enfermo haya podido evacuarlo con el esputo ha sucumbido yá. Los caractéres ana- tómicos de este período están descritos en una autopsia que practiqué el dia 25 de Abril de 1881, en el soldado Manuel Ru- bio, en el cual, en el curso de una blenorragia estando en el hospital se desarrolló una pulmonía que se supuró. “Encontra- mos lleno de supuración todo el pulmón izquierdo y adherido del vértice á la base á las paredes torácicas. El pus se veía in- filtrado y abundante en el tejido glandular, y al limpiar la su- perficie, se veía al corte sembrada de manchas blancas que eran evidentemente porciones de exudado trasformándose en pus. Era imposible averiguar si la inflamación liabia nacido primitivamente en el tejido celular ó el tejido glandular mismo por solo el aspecto del corte. Más probable nos parece lo se- gundo, pues una neumonía desarrollada á expensas del tejido celular, habría terminado por esclerosis ó por gangrena pul- monar, ó coleccionándose el pus habría formado una vómica pulmonar ó masas caseosas. Nada de esto había; el pus estaba infiltrado como en cavidades formadas de antemano, como lle- nando los huecos naturales del pulmón desde los bronquios de regular tamaño hasta los bronquiolos poco perceptibles, y de allí perdiéndose en las masas de vesículas en donde se veian puntitos blanquizcos muy inmediatos unos á otros. La pleura cubierta de placas lechosas, recientes sin duda, 40 pues se despegaba el pulmón fácilmente en algunos puntos; pe- ro antiguas en otros en que casi era necesario disecar.” (Li- bro de autopsias, pág. 4.) Semejante á ésta, hay otras autopsias en que las mismas lesio- nes se han encontrado. Hay en todas un punto de contacto, y son las alteraciones de la pleura por una parte, y las neuritis que hemos encontrado siempre que las hemos buscado. Una vez que se ha visto el aspecto del flegmon pulmonar supurado se graba tan bien, que no se confunde con nada. Si no fuera tan frecuente tener que hacer autopsias de neumónicos y ver uno mismo sus alteraciones, mejor que una descripción, reproduci- rla ó recomendaría ver la fig. núm. 4 de la lámina LXXXII del Atlas de Lebert, que es una perfecta imitación de la natu- raleza, ó la fig. 2 de la lámina LXXXVI. Todavía en este período es muy visible un fenómeno que me habia olvidado mencionar, y es el tamaño mucho más conside- rable de los polígonos que limitan los lóbulos, mucho más mar- cados sobre todo por los cambios de color que van sufriendo, y que le dan el aspecto de un pavimento jaspeado muy aparente en la neumonía lobulillar. Como complemento de este exámen, no debe olvidarse el es- tudio micrográfico del líquido que se obtiene raspando la super- ficie de un corte con el escalpelo. Es á la simple vista un pus rojizo, no aereado, ó muy poco: en los puntos en que no hay bronquios gruesos, compuesto de un líquido en que aún se ven estrías fibrinosas, sobre todo si con el cuchillo se arrancan esos coagulitos que llenan las últimas ramificaciones brónquicas y que se prolongan formando á veces falsas membranas en los tu- bos de mayor calibre. En ellos, en una trama de estrías de fibri- na, se ven aprisionados numerosos glóbulos purulentos mucho menos deformados que los que nadan libremente en el líquido. Muchos de estos últimos están como macerados y otros presen- tan el mismo aspecto que el pus flegmonoso cuando se le trata por ácido acético en que al desaparecer el protoplasma quedan visibles la pared de la celdilla y los núcleos. De estos últimos muchos quedan en libertad por ruptura de las paredes del con- tinente y forman en el líquido aglomeraciones de granulacio- nes. Se ven otros puntos mucho más pequeños que no sé que serán: parecen como granulaciones pigmentarias, y tal vez sean 41 fragmentos de los depósitos carbonosos que llenan los espacios interlobulillares. Cuando he intentado hacer un corte micográñco de un pul- món supurado, casi no he podido ver nada, porque los glóbulos purulentos están en tal cantidad, que no se ve mas que pus y fibras elásticas enrolladas en la orilla de la preparación. Estoy todavía muy torpe en preparaciones de parenquimas, y aun no puedo decir cómo se verán los capilares en una inyec- ción fina hecha en un pulmón supurado. Las alteraciones de los bronquios las enumeraré cuando haya terminado con las del parenquima. Hemos ya pasado en revista las principales lesiones del pul- món en la neumonía hasta el momento en que la supuración ha causado la muerte; pero hay casos en que no es ésta la cau- sa inmediata y directa de una terminación fatal, sino que vie- ne ésta por las consecuencias de la pulmonía supurada que es susceptible de revestir una forma especial siempre que el pus ha logrado reunirse en un foco. Pasa lo mismo en el pulmón que en cualquiera otro órgano, en que la supuración se colec- ciona. Si el foco es pequeño y puede evacuarse, puede curar y ci- catrizar completamente; si se enquista, puede sufrir la trasfor- inacion caseosa; si á pesar de haberse evacuado es una super- ficie muy grande que mantiene un trayecto fistuloso, se convierte en una caverna que sucede á una vómica pulmonar; lo mismo pasa cuando un foco caseificado se reblandece y una y otra le- sión se han confundido llamándolas tisis caseosa que se ha des- crito al lado de la tisis tuberculosa. Por último, una flegmasía intensa y, sobre todo, una neumonía intersticial ó séptica como la que aparece en la infección purulenta de que ya he citado un ejemplo, ó la que aparece en el curso de las enfermedades virulentas, reviste la forma gangrenosa y se forman en muy po- co tiempo grandes secuestros pulmonares que eliminándose de- jan cavernas á veces enormes, que es la alteración que estudia- rémos en primer lugar para poder compararla después con las consecuencias de los tubérculos.—Al estudiar estas lesiones en un cadáver, las hemos encontrado en su último período, es de- cir, la caverna pulmonar, si no es que exista una lesión múlti- ple en varios períodos de desarrollo; pero lo más común es que 42 en estas lesiones la que produce la muerte sea única y muy avanzada. GANGRENA PULMONAR. Esta terminación es una de las más temibles de la neumonía intersticial y áun de la neumonía flegmonosa, que pudiera muy bien sustituirse este nombre al de fibrinosa, para asimilarla de una vez á las flegmasías de otros órganos, ó bien de neumonía parenquimatosa, si se la considera como una adenitis propia- mente dicha; reviste siempre caractéres que no se confunden nunca. Los que presenta la gangrena pulmonar en el curso de la pihemia, son muy claros en la autopsia que trascribí al hablar de heridas penetrantes de pecho. El foco que entonces encontramos en el vértice era un se- cuestro muy próximo á eliminarse, en el que no habia ya ni res- tos de organización pulmonar, convertido en una papilla difluen- te como gelatinosa, con su color gris verdoso ó azulado carac- terístico y rodeado de lo que al hacer la autopsia llamábamos arbitrariamente falsa membrana, y no era otra cosa que una membrana limitante enteramente formada. Ya no era posible distinguir aquí la distribución de los vasos ni en el secuestro ni en sus paredes por el estado que guardaba el resto del pulmón, enteramente carnificado y convertido en una lámina negruzca pegada á la columna vertebral. ¡Cuánto desee entonces haber podido dibujar aquel pulmón con su secuestro y sus abcesos metastáticos, lo mismo que desearía haber podido acompañar este trabajo de la reproducción de los ejemplares que me han servido para formar mis notas! En adelante, por fortuna aun queda tiempo, procuraré reunir mis bosquejos á mis descrip- ciones, conforme vaya acumulando datos para estudiar la ana- tomía patológica de otros órganos. Por ahora mi pluma sola es insuficiente. Por lo ménos, á nosotros, aquel caso nos dió una idea indeleble de lo que es la gangrena pulmonar en su pe- ríodo de separación. Dá de esto muy buena idea la lámina LXXXYI1I, fig. del 43 Atlas de Lebert que ya cité, y en la que se ve un secuestro ya independiente de su cavidad, que se adhiere sólo por un pedí- culo muy fino formado tal vez por vasitos ó restos de ramifica- ciones brónquicas convertidas en un cordon fibroso. El color del pulmón necrosado está bien reproducido en las figs. 1* y 2* de la misma lámina que representa una gangrena pulmonar en el curso de una piohemia. Tenemos en estos momentos en el Hospital un enfermo de farcino agudo con gangrena pulmonar, cuyo esputo y los colga- jos de tejido esfacelado que arroja difieren mucho del color que acabamos de describir en la gangrena por otra causa. Tal vez si practicamos la autopsia de este desgraciado, encontrémos en su gangrena pulmonar otros caractéres. Como ejemplo de gangrena pulmonar consecutiva á la escle- rosis (?) tenemos el siguiente, de cuya autopsia no omito el re- súmen clínico, porque fué precisamente el fundamento para que se creyera que la gangrena pulmonar haya sido la conse- cuencia de la esclerosis * (libro de autopsias, página 16). El soldado Agustín Herrera, del 8? Regimiento. Entró el 10 de Julio de 1881 y murió el 29 del mismo mes. En los primeros dias, broncorrea, fetidez ligera del esputo y del aliento, endurecimiento de la parte média y posterior del pulmón izquierdo; algunos dias después, neumonía partiendo del endurecimiento y propagándose al vér- tice. En los últimos dias, suspensión de la circulación en las extremidades inferiores, caracterizada por enfriamiento continuo en las dos piernas desde las rodillas; color amoratado, subiendo por manchas un poco más arriba de la articulación y más oscuras en el lado izquierdo. La femoral izquierda no late sustituida en el triángulo de Escarpa por un cordon duro. Poco ántes de la muerte cesaron los latidos en la femoral derecha. Diagnóstico.—Esclerosis pulmonar, dilatación cilindrica de los bronquios, neumonía intercurrente, trombosis arterial y venosa por inopexia de origen séptico. Afecciones que se sucedieron. Autopsia.—Emaciación considerable, anemia de los tegumentos, color amoratado de los miembros inferiores, más perceptible en el lado izquierdo, limitado superiormente por una línea de circunscripción inflamatoria. Al abrir la cavidad torácica y cortar la 5* costilla, el costótomo tocó el pulmón, é inmediatamente se exhaló un olor excesivamente fétido y comen- zó á escaparse por una abertura del pulmón un líquido moreno verdoso, con- teniendo grumos del mismo color. Adherencias del vértice izquierdo á laJparedttorácica y de la base del mis- mo lado al diafragma. * Después diré las dudas que sobre esto tengo y en qué las fundo. 44 Extraído el pulmón izquierdo, se encontró todo su lóbulo superior conver- tido en un amplio foco de aspecto gangrenoso, de un color verde gris, negro enteramente en algunos puntos; sembrada su superficie de colgajos y lócu- los incompletos; formadas las paredes por la pleura visceral y una capa del- gada de tejido pulmonar alterado. Cerca del pedículo se veían desembocar en este lóculo gruesas ramificacio- nes brónquicas formando un racimo y muy desgarrables. Este foco estaba lleno por un líquido parecido al que se escapó al princi- pio y de colgajos de tejido esfacelado. El lóbulo inferior del mismo pulmón, excesivamente duro al tacto, sin cre- pitar, ofreciendo al corte una superficie unida y tersa, sin ser granulosa al desgarrarse y escurriendo muy poca sangre al comprimirla. Las aberturas brónquicas muy perceptibles y libres. La aorta libre hasta su bifurcación, pero presentando de trecho en trecho placas de ateroma, simulando algunas de ellas una pérdida superficial de sus- tancia. TJn coágulo, reciente sólo en su parte superior, en la bifurcación de la aor- ta y extendiéndose á las arterias todas de los miembros que podían disecar- se como si estuvieran inyectados. Las venas de los miembros obstruidas en la misma extensión, tanto las superficiales como las profundas. Conclusiones.—La lesión que causó la muerte fué principalmente la gan- grena pulmonar consecutiva á una esclerosis pulmonar primitiva; como con- secuencia de la gangrena pulmonar un envenenamiento de la sangre, y á cau- sa de éste la inopexia de los miembros inferiores. F. L. Se dice que en la gangrena pulmonar las ramificaciones brón- quicas, al desembocar en un foco gangrenoso, se obstruyen; pe- ro en los dos casos que liemos visto no era así, y no creo que esto suceda sino en su primer período, hasta el momento en que reblandeciéndose el tejido esfacelado es eliminado precisa- mente por los bronquios que dejen de estar obstruidos, por ser comprendidos en la úlcera pulmonar y por haber entrado sus extremidades en el reblandecimiento general. Ellos dan tam- bién acceso al aire que ha de favorecer la descomposición pú- trida del tejido, haciendo aun más extensos los reblandecimien- tos necróticos, y que llevará consigo la irritación, si es que la irritación no es otra cosa que productos organizados ó gérme- nes que tanto abundan, y cuyo estudio conducirá quizá muy en breve á la determinación definitiva de la esencia material de la irritación. Por el momento, bástenos consignar el hecho de que en la gangrena pulmonar la formación de la primera caverna es el impulso más terrible que puede sufrir la afección para ca- 45 minar rápidamente á un fin desastroso, y no se encuentra para esto otro motivo que la invasión repentina del aire á un foco de materias en desorganización. Por otra parte, nunca son más frecuentes y más temibles las gangrenas pulmonares, que cuan- do sobrevienen en el curso de una inflamación séptica, como en el último período ó en la convalecencia del tifo, como en el cur- so del farcino (de lo que estamos observando un caso), como en la fiebre séptica ocasionada por la inoculación cadavérica, como en el curso de la piohemia, etc. No sé en qué otros casos, pero estos, que han pasado á mi vista, me parecen ya bastan- tes para poder concebir la sospecha de que una de las causas de la mortificación de los tejidos que se inflaman es la presen- cia de productos sépticos ó virulentos en el exudado, impidién- dolo vivir como lo impedirían á los tejidos en donde local y ar- tificialmente se inyectasen estas sustancias. En la autopsia que acabo de trascribir, aun me quedaron algunas dudas cuando la practiqué. Se trataba de un enfermo que en la clínica vimos en dos ocasiones en estados muy distintos. Primero presentan- do síntomas de bronquiectasia y focos muy antiguos de endure- cimiento pulmonar, ó más bien, de retracción del tejido, y esto con los antecedentes del enfermo era bastante para sospechar una esclerosis pulmonar en su período atrófico con la lesión que es constante en estos casos, con dilataciones en los bronquios. Después volvimos á verlo sin que hubiera salido del servicio del Sr. Hacías, ya con una gangrena mal limitada en sus dos piernas, sin latidos en la femoral izquierda, y con síntomas de gangrena pulmonar. Todo esto lo encontramos también en la inspección del ca- dáver. ¿Cómo relacionamos estos hechos? El Sr. Macías pen- saba de este caso lo que ya dije como conclusión de la autop- sia: que la lesión primitiva y origen de todos estos desórdenes había sido la esclerosis del pulmón ocasionando la gangrena del tejido pulmonar, y éste al descomponerse pudo haber enve- nenado la sangre y provocado su coagulación en los miembros inferiores, á la vez en las arterias y las venas como lo encon- tramos en el cadáver; así lo consigné en el libro de autopsias. Pero podría aún caber otro modo de ver: por ejemplo, que in- dependientemente de la esclerosis y de la bronquiectasia se hu- biera producido la gangrena de las extreminades, y en favor 46 de esto teníamos el ateroma avanzado de la aorta, que pudo haber producido una embolia; ó bien una trombosis por el ate- roma en las ilíacas y ramas terminales de éstas. La trombosis ó la embolia provocaron la gangrena en las dos piernas por detención en la circulación: esta dificultad pa- ra que la sangre venosa circulase provocó naturalmente su coa- gulación, y fragmentos de estos coágulos pudieron ser arras- trados hasta los puntos en donde la circulación todavía era libre, para ir á ser émbolos en la arteria pulmonar. A esto se objetaría que no es la arteria pulmonar, sino las arterias brónquicas las que nutren el pulmón, y que una obs- trucción de éstas sería suficiente para tener la patogenia de la lesión; pero también la obstrucción de la arteria pulmonar pue- de ocasionar el mismo accidente provocando la coagulación de la sangre en un territorio vascular, é impidiendo en él la llega- da de la sangre nutritiva por las arterias brónquicas. El mecanismo viene á ser el mismo en último análisis, si bien más obvio, aunque de hecho ménos frecuente, en la trombosis por ateroma ó la embolia do las arterias brónquicas. Cualquie- ra de estos modos de interpretar los fenómenos explica de un modo completo la gangrena, apareciendo simultáneamente en los pulmones y en los miembros inferiores, por la misma causa, en el mismo tiempo, con los mismos caractéres, y conspirando las dos contra una sola existencia. En cambio, la explicación consignada en la autopsia como una consecuencia de ella, ne- cesita un esfuerzo del entendimiento para verla en su conjunto. Es cierto que había gangrena pulmonar, pero no encontra- mos en la autopsia ni las dilataciones ni la neumonía intersti- cial que nos parecía evidente durante la vida, y por ahora na- da podemos concluir de su ausencia; y si por otra parte existen datos positivos en faver de otra hipótesis y sólo una probabili- dad más ó ménos remota en favor de la primera, debemos in- clinarnos por la segunda. En la autopsia encontramos en realidad sólo gangrena pul- monar, gangrena en las piernas y el ateroma que pudiera oca- sionar una y otra; estos son datos ciertos; datos equívocos ó por lo ménos discutibles son las dilataciones brónquicas que no encontramos demostradas por estar destruidos los bronquios y esclerosis pulmonar que tampoco encontramos visible porque 47 estaba destruido el pulmón; y dos proeesos iguales coexistien- do por una parte y por otra, una causa que pueda producir ambos me parece que excluye otra liipótetis en que tenga que recurrirse á la inopexia de la sangre por envenenamiento con- secutivo á una gangrena pulmonar. Por otra parte, no es constante que las descomposiciones or- gánicas del pulmón produzcan la gangrena de los miembros in- feriores, de lo cual jamás lie visto citado un caso auténtico. En los dos casos de gangrena pulmonar que acabo de pre- sentar, en ninguno de ellos fué ésta consecutiva á una inflama- ción, sino la primera (pág. 32), á la piobemia, y la segunda aún no diré si al ateroma y por consiguiente á la trombosis, ó como se dijo por personas muy respetables, á la esclerosis pulmonar. No tengo escrita ninguna observación de gangrena debida á la neumonía, pero Beliier, en sus Conferencias de clínica médica, presenta dos observaciones que demuestran, entre otras cosas, que la gangrena pulmonar puede sobrevenir en.el segundo ó en el tercer período de la pulmonía, como lo enseñaron las ins- pecciones cadavéricas. De estas observaciones voy á tomar so- lamente la autopsia en la primera y solo lo relativo á la gan- grena de la autopsia de la segunda, y así completaré el bos- quejo de la gangrena pulmonar; figura de segundo término en- tre las terminaciones de la pulmonía. “Observación XXY, (pág. 245) Jean Gerard. Autopsia: Tórax. Los pulmones no presentan ninguna ad- herencia; el pulmón derecho está cargado de espuma sangui- nolenta, pero crepita todavía; el izquierdo no vuelve sobre sí mismo, presenta la consistencia del tejido pulmonar y el estado de hepatizacion roja principalmente en sus dos tercios inferio- res; cuando se corta se encuentran los caractércs positivos de esta alteración. Además, toda la sustancia central, y la parte média del lóbulo inferior, está trasformada en un caldo negruz- co, de una fetidez repugnante en una extensión considerable limitada por tejido rojo hepatizado. Los pulmones ni de uno ni de otro lado presentan señales de tubérculos. El corazón na- da tiene de anómalo, y los otros órganos no fueron exami- nados.” 48 “Hace ver después: que esta gangrena era enteramente in- dependiente de tubérculos que en ninguna parte encontraba ánn cuando antes do Andral nunca se admitía que la neumonía terminase de este modo si no existían antes tubérculos pulmo- nares; que la gangrena pulmonar nace en el segundo período principalmente, pues áun cuando como en las observaciones si- guientes se acompañe de la hepatizacion gris, en su principio debe haberse acompañado de la hepatizacion roja, como lo en- seña la observación clínica. Da Behier otras dos descripciones de focos gangrenosos: en un párrafo de la autopsia de la obser- vación XXVI, dice así: “La totalidad del lóbulo inferior, mé- nos las superficies ocupadas por la alteración que vamos á des- cribir, está convertida en hepatizacion gris. En medio de este tejido así alterado, es en donde en toda la mitad postero-supe- rior del lobo inferior, se encuentra una alteración cuyo volu- men total es como el de una naranja sin tener por esto una for- ma esférica. Esta masa gangrenada, cuando se la corta, pre- senta una superficie negruzca, sin apariencia de granulaciones; algunas estrías blancas y algunos orificios vasculares que se destacan por su color blanco-gris, conservan solo la aparien- cia organizada del pulmón. La parte gangrenada, repito, es irregular en sus contornos. La superficie que presenta su cor- te, casi dibuja la figura do la península italiana; y aun presen- ta por la cara exterior una placa negra, aislada, que recuerda bastante bien, con relación á la gran superficie, la posición de la Sicilia por relación á la Italia. Al derredor de estas placas, y separándolas del tejido hepatizado gris, se ve una zona de 0ra,01 ó 0m,02, mucho mejor granulada que ninguna de las que se encuentra en el resto del pulmón, á tal punto que juntando esta apariencia de coloración roja intensa y un poco morena de estos puntos se tiene bien la apariencia de un corte de caña roja. Esta línea ancha rojiza y granulada rodea por todas par- tes y muy exactamente las superficies negras. Al lente, miéntras la superficie negra tiene todo el aspecto de un tejido gangrenado, reblandecido y desgarrado ya en al- gunos puntos, la superficie roja tiene el aspecto de granulaciones germinantes, rodeadas por una red vascular abundante, dibu- jando al derredor de la placa gangrenosa una ancha línea eli- minadora.” 49 Aún hay en la observación XXVII del mismo autor (página 251), otra descripción tan fiel, que es necesario no pasar en silencio: “Tales son los resultados dados por la inspección sola: si se practica el corte del pulmón, se notan los detalles siguientes: los dos tercios inferiores están hepatizados, casi por todas par- tes en el segundo grado, y solo en algunos puntos han pasado al tercero; pero sobre este pulmón hepatizado, que es el fondo de la lesión, se encuentran alteraciones gangrenosas en las partes cuya superficie estaba marchita, deprimida y de una coloración amarillo-verdosa. El corte de estas partes presenta excavacio- nes llenas de detritus parduscos y fétidos; la mayor parte de estas excavaciones corresponde á la gran placa amarillo-ver- dosa ya descrita, á nivel del lobo inferior. Las paredes de esta excavación están reblandecidas y formadas por un tejido medio sólido, medio líquido, de un color gris negruzco, notable por su fetidez; bridas numerosas que no son sino fragmentos de pulmón aún no destruido, reúnen las dos paredes opuestas. En el inte- rior del parenquima pulmonar se encuentran varios puntos re- blandeciéndose, y vertiendo agua sobre estas superficies ablan- dadas, se las convierte en excavaciones de volumen variable que pueden contener una avellana y aun una nuez. El chorro de agua expulsa de estos puntos un líquido pardusco mezclados con detritus medio sólidos llenando su cavidad; sus paredes se presentan entonces bajo la forma de superficies anfractuosas, de las cuales parten bridas filamentosas que adhieren á la su- perficie opuesta. Estos puntos en via de reblandecimiento gan- grenoso son en número de ocho á diez; pero no hay más que tres verdaderas excavaciones, dos poco extensas y la mayor que ya he descrito, etc Algunos tubérculos léjos de los tejidos gangrenados en el vértice izquierdo.” ¿Cuál sea el mecanismo por el que nos sea posible darnos cuenta de estas necrobiosis inflamatorias? Xo lo sé. Beliier no créc que dependan de la intensidad de la flegmasía, sino más bien del terreno en que ésta se desarrolla y de las circunstan- cias aparentemente accesorias que rodean al enfermo. El he- cho es, que de muchos neumónicos que tenemos cada año en nuestras salas, son muy pocos los que presentan esta termina- ción, siendo casi siempre individuos profundamente agotados 50 por enfermedades anteriores, ó en el curso de una afección sép- tica ó virulenta. Las observaciones anteriores enseñan, ade- más, que en las gangrenas que aparecen en los neumónicos, no es necesario que lleguen al reblandecimiento para causar la muerte. Por consiguiente, el mecanismo de ésta no es probablemente en estos casos el envenenamiento por la absorción de produc- tos sépticos cuando aún no ha ido el aire á alterar los tejidos esfacelados. Tal vez sea que al formarse la zona eliminadora los tejidos que la constituyen llegan muy rápidamente á la he- patizacion gris; y lo que por una parte es un trabajo repara- dor, es por otra una causa temible de defnneion. ABCESO NEUMONICO. El abceso pulmonar es otro modo de terminación de la pul- monía: mucho menos frecuente que la resolución y la supura- ción, lo es sin embargo más que la gangrena. Podemos encon- trarlo en dos estados bien distintos: ya es una cavidad ocupa- da aún por el pus líquido, flegmonoso, mezclado con detritus pul- monares, dispuesto á evacuarse cuando hubiera terminado su trabajo ulcerativo sobre un bronquio, siquiera de mediano ca- libre; ya es una caverna dejada por la eliminación de esa vómi- ca pulmonar, y el estudio de ésta se limitará al de las paredes del abceso; ó ya, en Un, encontramos las trasformaciones de uno ó varios de estos abeesos en masas caseosas en la extensión que ocupó primitivamente la neumonía, podiendo encontrar que las masas de exudados, ya reblandecidas y eliminadas, constituyen una caverna extensa ó varias pequeñas cavidades aglomeradas. Yo no veo en todo esto sino las diferentes maneras de termi- nar una flegmasía aguda; un flegmon intenso; como pasaría en cualquiera otra glándula, como pasaría en un miembro, como pasa en los huesos, ó en cualquier órgano que se inflame, por- que el proceso es único en su esencia, semejante en su desarro- llo, uniforme en sus terminaciones; no presenta diferencias, si- no en relación con el modo de nutrirse de cada tejido, y por consiguiente con su naturaleza histológica. 51 Si la inflamación no es en efecto otra cosa qne “la exagera- ción morbosa y circunscrita del movimiento nutritivo”, éste de- berá ser influido en sus variedades por las diferencias normales que en cada órgano presente este movimiento. En cuanto á las aplicaciones de esta doctrina á la flegmasía pulmonar indiqué mis ideas fundamentales en un trabajo que sobre “Tratamiento de la pulmonía” presenté á la “Sociedad Filoiátrica” en el mes de Abril del año pasado. Los fundamentos principales del tra- tamiento en cada caso los deducía de lo que la anatomía pato- lógica enseña, y no me cansaré de repetir que esta es fuente in- agotable de indicaciones y enseñanza. En la página 19 del trabajo á que me refiero, me expreso así: “Puede suceder que ese flegmon difuso del pulmón,* si me per- mitís esta expresión, se convierta en un abceso circunscrito; que se coleccione ese pus esparcido; que se enquiste formándo- se él mismo una barrera en su periferia, aunque destruya lo que se interpone en su centro, y este abceso podrá abrirse pa- so al exterior por los conductos naturales, por los bronquios, evacuándose definitivamente, ó sufrir una de tantas metamor- fosis de que es susceptible, y librar al pulmón de aquella ame- naza formidable. Y vuelvo á insistir en lo que indiqué cuando me ocupaba de los derrames pleurales; ** en considerar el pus como un tejido líquido (Rindfleisch) susceptible de sufrir como todo neoplasma las degeneraciones grasosa, cretácea, etc., y no ser más que un cuerpo extraño cuando envuelto en una mem- brana enquistante, sigue tranquilamente el camino trazado á to- das las producciones histióides. Pero recordad que es un tejido eminentemente alterable, espantosamente fermentescible, y que sólo está bien cuando por ningún camino pueden los elementos del aire llegar hasta él, ó cuando su producción demasiado rá- pida no lo hace infiltrarse y despegar y destruir todo, é irritar cuanto á su paso se opone. Por eso infiltrado en el pulmón es una amenaza para la existencia; por eso encerrado en un quis- te que se convierte en una vómica es una esperanza de vida. Y aun cuando esto último no sea, aun cuando permanezca en el * Antes habia hablado del tratamiento de la hepatizacion gris, y conside- raba como una esperanza de salvación la formación de una vómica. ** Otro trabajo que presenté á la misma Sociedad. 52 pulmón indefinidamente degenerado en masa caseosa, causa- rá muchos menos estragos que constituyendo la hepatizacion gris.” . “Todo esto en lo que pudiéramos llamar período agudo de ese estado que tan íntimamente se relaciona con la pulmonía y que tanto comprométela existencia. Pero una vez conseguida la colección del pus, aún no desaparece el peligro, tanto que antiguamente se consideraban como absolutamente perdidos todos aquellos casos de abceso pulmonar. No es así, y esto lo digo haciéndome eco de clínicos tan respetables como Graves y Jaccoud. Efectivamente, así resulta de observaciones que ellos refieren y algunas que hemos podido recoger en nuestros hos- pitales, de enfermos que, unos han tenido un fin desastroso, pero otros han conseguido salir más ó ménos curados.” Los prime- ros de estos son los que ine han servido ahora para mi descrip- ción. Ayer presencié aún otra autopsia que practicó el Sr. Mateos en el cadáver del soldado Juan Ilamirez, del 9? Batallón, y que consta en la página 34 del libro respectivo, quien después de padecimientos pulmonares antiguos que él no precisaba bien, sufrió de repente la invasión de la fiebre héctica, con una es- pectoracion catarral purulenta y abundante, que se puso fétida rápidamente, parecida á la esputación numular, hasta la vís- pera de morir, en que arrojó una gran cantidad de pus mezcla- do con sangre, semejante al pus hepático y semejante al que en la autopsia encontramos llenando la caverna. Autopsía.—El pulmón izquierdo lo encontramos fuertemen- te congestionado: con equimosis sub-pleurales, y ni una sola granulación tuberculosa, apénas pintado por uno que otro pun- tilleo de sustancia carbonosa, bien crepitante y sin trazas de enfisema. Lo mismo encontramos el lóbulo superior y medio del pulmón derecho y haciendo contraste con esto el lóbulo inferior de es- te pulmón ocupado por una gran caverna, como de 0m,08 de diámetro, y cuyas paredes estaban formadas por una capa de tejido pulmonar de unos cuantos milímetros en unos puntos y en otros casi por la pleura sola. No se percibía mal olor, y las paredes de este foco, de un color rojizo, estaban cubiertas de 53 falsas membranas con pus concreto unas y otras tapizando una red de vasos sanguíneos y bronquios de mediano calibre que se veian como disecados en las paredes de la caverna y for- mando anfractuosidades muy regulares, como celdillitas llenas de pus que no se desprendía bien ni con un chorro de agua. Ni la menor semejanza tenia esta caverna con los focos gangreno- sos que ya hemos descrito con su color gris apizarrado, exce- sivamente fétidos, y con grandes colgajos de pulmón esfacelado; no, aquí fué una destrucción del tejido pulmonar muy bien li- mitada, como no siempre lo es en la gangrena en que aun es raro encontrar la zona de eliminación. Nunca se encuentra en estas vómicas secuestros pulmonares adheridos por un pedícu- lo á la pared, siendo ésta más uniforme y bañada en pus como lo estaría un abceso de una pierna. En otras dos autopsias que he visto de abeesos pulmonares consecutivos á una pulmonía, hemos encontrado un foco grande y único colocado en el lóbu- lo inferior de uno ú otro pulmón con integridad perfecta de los vértices, lo que hace que no sea posible la confusión entre es- ta lesión y una caverna tuberculosa, cuyo color, cuya estructu- ra, cuyo contenido en nada se parece. Todavía por la situación pudiera parecerse á la caverna caseosa, pero en ésta siempre se encuentran restos de la sustancia caseosa aun no reblandecida, y una vascularización mucho ménos avanzada que la que en- contramos en un abceso pulmonar. Hay que notar, que tanto el abceso pulmonar, como se en- cuentra en el cadáver, como el que revelan los signos físicos da- dos por la extensión de la pectoriloquia y la cantidad de espu- tos arrojada en el momento de abrirse la vómica, es siempre mucho menor que la extensión que da la macicez percutiendo el tórax, y de esto encontramos una explicación muy sencilla en la autopsia, pues lo mismo que el abceso de un miembro es- tá siempre rodeado de una porción considerable de tejidos in- flamados y endurecidos, el pulmón también presenta al derre- dor de su abceso, en una extensión considerable, una conges- tión intensa y una verdadera hcpatizacion roja á nivel de las paredes del loco supurado; así, un corto practicado en ellas, enseña varias capas: una límite de pus; otra de neo-membra- nas tapizando, como ya dije, los bronquios y los vasos; después estos; luego una capa de espesor muy variable de tejido rojo 54 compacta poco granulosa al corte que recuerda bien la capa de eliminación que se encuentra en la gangrena, y, por último, sin ser progresivo el cambio, el tejido pulmonar congestionado en donde se continúa con el tejido sano, ó la pleura en los pun- tos en que es sub-pleural, lo que pasa según Grisolle nueve ve- ces por doce sin tener fácil acceso á los bronquios, sino después de algún tiempo. TISIS CASEOSA. Autoridades tan respetables como Grisolle y Behier, conside- ran el abceso pulmonar como una terminación rara de la pul- monía; y en efecto, la vómica pulmonar tal como la acabamos de describir es rara; pero no lo es por el contrario la tisis ca- seosa sucediendo á la pulmonía y á las otras afecciones que pueden darle origen, las bronquitis capilares, la hemorragia pulmonar, la neumonía librinosa (Jaceoud), y las gomas sililíti- cas pulmonares: la neumonía es la que dá un contingente ma- yor. Por otra parte, ya lie dicho que en este caso un foco ca- seoso puede muy bien ser la trasfonnacion de un foco purulen- to, áun cuando alguna vez lo será del exudado en un período menos avanzado; y los casos en que esto parezca más proba- ble no son tan raros. En el tercer período de la sífilis, todas sus lesiones pueden, según Fournier, reducirse á dos grupos, á dos formas típicas del proceso, siendo las dos la evolución de las hiperplasias celulares originales: tales son la esclerosis y la goma. La primera resulta de la trasfonnacion fibroide y fibrosa de las hiperplasias primitivas. La segunda resulta de la muerte prematura de los elementos celulares. “Apénas na- cen y ya tienden á destruirse (Fournier), pasan por una série de trasformaciones y de segmentaciones que ya os he descrito con el nombre de degeneración granulo grasosa. Pronto mue- ren de veras en su sitio, y pronto no forman ya en el seno de los tejidos normales sino una especie de detritus, de “caput mortum,” bajo el aspecto de una masa caseosa, amarillenta ó amarilla, tuberculiforme, á la cual, como sabéis, se ha dado el nombre de “goma.” En suma, toda la sífilis terciaria se compone de esto: hiperpla- 55 sias celulares originales que terminan más tarde en esclorosis 6 en gomas." Esto que Fournier presenta como el resumen de las lesiones viscerales terciarias, es perfectamente aplicable á la tisis caseo- sa, y yo creo que más de una vez tomarémos por tubérculos ca- seificados lo que solo serán gomas pulmonares. Después verd- inos que otros muchos procesos distintos del tubérculo pueden dar lugar á masas caseosas, y es por ahora, para mí, imposi- ble admitir que la tisis siempre sea tuberculosa. Sin embargo, en la pág. 13 de “La curabilidad de la Tisis,” sienta Jaccoud como un hecho fundado en los trabajos de Grancher, de Cliar- cot y de Thaon, que “la dualidad no es mas que aparente; que tanto la lesión pequeña y fragmentada en nodulos, como la grande y fundida en masas homogéneas, es siempre al micros- copio un tubérculo, ó lo que es lo mismo, que la tisis es siem- pre tuberculosa, quedando su unidad establecida por el análisis histológico.” En este terreno no es posible deducir nada, porque tomamos la cuestión bajo puntos de vista muy distintos. Por ejemplo: si por tisis se entiende un proceso ulcerativo del pulmón, existirá una tisis sifilítica como acabamos de verlo. Si por tisis se en- tiende solo el procesus tuberculoso, Jaccoud rechaza la tisis si- filítica, porque dice él que la sífilis no puede dar nacimiento al tubérculo, áun cuando por distinto camino puede muy bien pro- ducir la ulceración pulmonar. Esta confusión no proviene sino de que no se precisa bastante la significación literal ó conven- cional de la palabra tísis. En el terreno anátomo-patológico, la tisis es la terminación linica de muchos procesos diferentes, y como éstos constituyen la esencia de la lesión, no podemos aceptar como úna la que es múltiple en su patogenia. A su tiempo insistiré sobre esto; vol- vamos por ahora á las masas caseosas. El carácter común de las cavernas caseosas, cuando son la consecuencia de un abceso pulmonar trasformado, es que son únicas como él; como él extensas y situadas de preferencia en la base del pulmón y muy cerca de su borde posterior: si con esto se reúnen los antecedentes clínicos se tendrá un cuadro completo. Acabamos de ver la autopsia de un enfermo que ocu- paba el núm. 13 de la sala de presos del Hospital Militar, que 56 después de dos pulmonías en el mismo lado mal resueltas, pre- sentó, durante mucho tiempo, los síntomas señalados á la tisis caseosa, y encontramos en su cadáver dos grandes abcesos en los mismos lugares en donde tuvo sus dos focos neumónicos con restos de sustancia caseosa medio reblandecida en las paredes; no pudiendo por esto considerar el caso como el abceso neumó- nico, sino como caverna caseosa de origen neumónico que se distingue del primero en que á el se llega de un modo inmedia- to sin pasar por la trasformacion caseosa como en la segunda. Hay un carácter distintivo entre el contenido de una caverna flegmonosa del pulmón y una caverna caseosa, y es la presencia do colesterina abundante en la última, como lo es en todas las producciones de la esteaficacion de los tejidos. La tisis caseosa, cuando es el resultado de la neumonía en su segundo período, y mejor aún, cuando sucede á una neumonía lobuüllar, presenta otros caractéres, consecuencia natural de su patogenia. En efecto: nada más natural que focos aislados de exudado que sufren la degeneración grasosa, determinen fo- cos también aislados de sustancia caseosa. Si ese exudado pue- de considerarse como un tejido embrionario en su primer perío- do, y puede por sí solo dar lugar á los cambios de toda neo- formacion, podrá muy fácilmente, lo mismo que pasaría con focos purulentos pequeños, que aislándose, enquistándose por decirlo así, sea el punto de partida de masas caseosas peque- ñas y múltiples. Yo no sé hasta qué punto sea fundada la opi- nión de que los derrames sanguíneos son susceptibles de la mis- ma trasformacion, y sean las hemorragias bronco-pulmonares el punto de partida de la tisis caseosa (Jaccoud.) Una vez constituidas las masas caseosas, son uno de tantos medios de que la naturaleza se vale para trasformar elementos nocivos y peligrosos, en sustancias inertes y fáciles de enquis- tarse y de ser toleradas por el organismo. Guardémonos de ac- tivar su evolución antes que la naturaleza la haya comenzado, porque activaríamos su reblandecimiento y su eliminación, la formación de cavidades que ya liabia llenado la naturaleza, y la ulceración del pulmón que conduce por la fiebre héctica al agotamiento y á la muerte. Y es tan cierto esto, que las descripciones que hemos forma- do en el libro de autopsias á la vista de las piezas y otras de 57 épocas anteriores, se refieren todas al período de reblandeci- miento de la tisis caseosa. El anátomo patologista encontrará siempre un vacío en esta afección, lo mismo que en la neumo- nía, tratando de sus primeros períodos, pues solo una muerte accidental por afección intercurrente enseña el estado de los órganos en estos momentos. Cuando encontramos un pulmón más ó menos ocupado por cavidades llenas de una sustancia blanca, blanda como mantequilla ó más consistente como el queso, no tenemos con solo esto datos suficientes para saber si el origen de esta neoplasía fue una inflamación ó la invasión lenta y gradual, con la trasformacion sucesiva, de granulaciones tuberculosas. Esto es tan vago, porque á veces se encuentran masas ca- seosas grandes, como si fueran la trasformacion de grandes fo- cos neumónicos, rodeados de granulaciones grises, y entónces caben estas preguntas: ¿La masa caseosa es la liltima evolu- ción verificada en granulaciones aglomeradas, semejantes á las que rodean el foco? ¿Las granulaciones son el resultado de la irritación periférica de un cuerpo extraño, como es la masa ca- seosa, y cuál es entónces el origen de éstas? ¿Se acompañan siempre estas dos lesiones, siendo distintas, ó son solo edades diversas de un mismo elemento? La verdad es que afín se vaci- la para dar una contestación categórica en este sentido. Jac- coud, que en su Patología distingue la tisis neumónica de la ti- sis tuberculosa como formas clínicas muy distintas, las asimila por sus elementos anatómicos, y las confunde en su tratado re- ciente de “Curabilidad de la tisis,” como una sola lesión. Hay justicia en asimilar la tisis caseosa á la tisis tuberculo- sa en su segundo período y áun en el tercero, pero no en el pri- mero. No solo; creo que todos los tejidos de neo-formacion y de nutrición insuficiente y miserable sufren muy fácilmente la degeneración grasosa, y esto lo vemos siempre que un exudado inflamatorio no puede hacer con rapidez su evolución normal, viniendo por último á causar la ulceración del pulmón como la habrían causado los tubérculos reblandecidos. Habría en este caso una diferencia más teórica que efectiva, y es que en la ti- sis neumónica se encontrarán sólo grandes masas caseosas sin granulaciones; pero liemos visto las últimas ser de un modo probable las consecuencias de las primeras. 58 Nos vemos así colocados en un terreno muy falso. Tenemos en la tisis neumónica masas caseosas reblandecidas ó ulcera- das, rodeadas de tubérculos, cuyo desarrollo han provocado, y tenemos en la tisis tuberculosa masas caseosas reblandecidas ó ulceradas, resultando de la fusión de aglomeraciones de tu- bérculos, rodeadas de granulaciones aun no caseificadas. ¿Có- mo podrémos distinguir dos estados tan parecidos? Hay solo un recurso, y es el estudio atento de la época relativa de des- arrollo de cada uno de estos elementos. Así: siempre que en- contrémos una gran masa caseosa, ó dos ó tres grandes tam- bién, perfectamente limitadas y con tubérculos periféricos, pe- ro todos en el mismo período de evolución, es probable que la erupción de éstos sea la consecuencia de la masa caseosa, que hace languidecer en el pulmón su movimiento nutritivo; y siem- pre que se encuentren masas de cáseo, de volumen muy varia- ble, bilaterales, en los vértices y con tubérculos en períodos muy distintos de desarrollo, casi puede asegurarse que la lesión tu- berculosa fué la afección primitiva. No habrá naturalmente lugar á ninguna confusión, cuando la masa caseosa que encontrémos sea grande, única, limitada á la base, unilateral y que no esté rodeada por granulaciones gri- ses ni masas caseosas pequeñas ó estados intermedios de la lesión. TUBERCULOSIS CRONICA. Ya que he pasado, aunque sea superficialmente, en revista varias alteraciones que pueden producir la ulceración del pul- món ó la caverna pulmonar, que trae consigo el agotamiento y la tisis, me parece muy natural buscar sus puntos de contacto más culminantes, sus analogías, para sentar las bases de las generalizaciones á que legítimamente conduzcan. Solo haré an- tes algunas consideraciones sobre el tubérculo. Sirve en general de tipo para describir la ulceración pulmo- nar, la que es provocada por la tuberculosis pulmonar ulcerosa 59 ó tisis tuberculosa; pero antes de llegar allá, hay que exponer el punto de partida y los estados intermedios de esta importan- tísima lesión. Con mucha frecuencia tenemos que hacer autopsias de tu- bérculos, y en un mismo individuo suelen encontrarse los tubér- culos en todos los períodos de su evolución. Por esto no se di- ficulta su estudio. La causa de la muerte está en general muy clara; pues basta para explicarla la extensión que ha tomado la lesión, bastante para asfixiar á un enfermo por estorbo me- cánico á la respiración; otras veces las grandes cavernas pul- monares son causa incesante de agotamiento, conduciendo paso á paso á la tumba. Lo mismo sucedería con cualquiera supura- ción prolongada, á la que se agregase la falta de reparación de la sangre por la falta de cambios pulmonares, junto esto con los trastornos digestivos tan frecuentes en estos desgraciados, y más que todo, con la absorción incesante de productos sépti- cos que provocan la elevación vespertina y diaria de la tempe- ratura. Todo esto viene á ser una conspiración formidable con- tra una organización languideciente. ¿Qué extraño entonces, que el pobre tísico apénas sea algo más que un esqueleto cuando le vemos sobre una plancha? Des- de el color terroso de su piel, desde sus depósitos pigmentarios van ya denunciando que sus combustiones eran incompletas. Luego, la excavación de sus sienes, de sus órbitas y de sus me- jillas, su cuello largo y fiaco, sus huecos claviculares exagera- dos, la falta casi completa de pectorales, su vientre en batea y sus miembros apénas más gruesos que sus partes huesosas; son todos ya signos que hacen presumir mucho lo que vamos á en- contrar. Más, si á esto se agregan las señales dejadas por me- dicamentos externos, como vejigatorios en los vértices pulmo- nares y á veces aplicaciones tópicas en el vientre, ó cauteriza- ciones puntuadas ó vejigatorios en el hueco epigástrico, etc. Abrimos la cavidad torácica, y los signos de pleuresía doble y crónica son desde luego a preciables hasta el grado de tener que arrancar pedazos de pulmón adheridos á la pared anterior del tórax al despegar la viscera. Muchas veces derrames en- quistados en los vértices y grandes masas de ganglios afecta- dos ocupan la parte superior y anterior del mediastino. El aspecto exterior del pulmón se hace notar por grandes 60 abolladuras y abultamientos irregularmente repartidos. Ya des- de este momento aparecen en la superficie de la pleura grani- tos de uno ó dos milímetros de diámetro, blanquizcos, azulejos, opalinos, velados sus contornos por la membrana pleural que los cubre; deseminados en unos puntos, faltando por completo en otros, confluentes, á veces basta formar grandes masas á me- dida que se aproxima uno á los vértices, y sintiéndose por el tacto mucho más grandes que como se encuentran después de disecarlos. En muchos lugares en que aún crepita el pulmón se tientan como un garbanzo, ó un grupo de éstos, en cantidad muy variable; pero en otros, en que la punta del dedo no se hunde, ni percibe el desalojamiento del aire, se sienten masas más y más voluminosas, más y más duras, mientras no pasan de 5 ó 6 centímetros de diámetro; más grandes todavía, ya van sintiéndose reblandecidas, y el dedo al hundirse ya tiene la per- cepción, ó de una cavidad llena por una sustancia blanda, ó de una bolsa llena de líquido, francamente fluctuante unas veces, y otras dando la sensación de una vejiga vacía, de paredes lle- nas de aire ó aplicadas una sobre otras, que cogiéndolas y apre- tándolas entre el pulgar y el índice, deslizan muy bien una so- bre otra. Sepárese ese pulmón, insúflesele ligando luego el pedículo, y podrá verse de un modo más perceptible lo que antes solo se adivinaba: no serán ya abolladuras, sino profundos surcos en- tre los lóbulos pulmonares, é intactos unos y enfisematosos otros. Los lugares huecos y ulcerados del pulmón, de paredes poco extensibles, é incrustadas de masas duras, apénas dan de sí por la insuflación cuando son medianas; pero se abultan cuan- do han llegado á ser grandes cavernas y denuncian muy bien las perforaciones pulmonares, que en otras circunstancias fue- ran poco perceptibles, si la insuflación se hace bajo el agua. Del estado que guarda el pulmón en estos casos, nada puede dar idea como la relación minuciosa de cada autopsia de las que liemos practicado, y entre ellas la que sigue que consta en la página 25 del Libro de autopsias, ya citado, es un buen ejemplo. 61 Setiembre 22 de 1878.—Sala provisional.—Dr. Ramón Macías.—Antonio García, de San Martin, casado, 38 años, Cuerpo de Inválidos, 3? compañía; entró al Hospital el 6 de Setiembre. Diagnóstico.—Tuberculosis pulmonar é intestinal; hidro-neumo-tórax enquistado abajo y adelante. Amigdalitis crónica. Muñón del muslo con el fémur enfermo, del que se sacaron unos secuestros. Murió el 21 á las 7 de la noche. Autopsia (quince horas después de la muerte).—Cadáver enflaquecido, pálido, faltándole el miembro abdominal derecho, desde el tercio inferior del muslo, llevando una cicatriz que parece ser del método circular; el muñón se encuentra abultado hacia su extremidad á expensas del hueso. Sobre el lado derecho y anterior del tórax se encuentra una ámpula reciente producida por un vejigatorio cuadrado, que tiene como 0m,16 de largo. Abierta la cavidad del tórax, se encontró del lado derecho un hidro-neu- mo-tórax libre, pues el pulmón, apénas si se adhería en su vértice en una pequeña superficie. El líquido que se encontró en la pleura era en cantidad como de medio cuartillo á lo más, sero-purulento, con algunos grumos y una pequeña cantidad de sangre. La pleura, enormemente distendida, se encon- traba ligeramente inyectada y manchada por alguna que otra neo-membra- na. El pulmón, retraído medianamente, presentaba hácia la parte posterior del lóbulo inferior, una abertura un poco más grande que la cabeza de un al- filer, y que, á ligeras presiones, dejaba escurrir líquidos y gases pulmonares; el pulmón se presentaba carnificado y oscuro; en medio de su masa habia una multitud de núcleos blanquizcos, que resaltaban por su color y proeminen- cia sobre la superficie pulmonar. Al corte se encontraron esos mismos núcleos en número considerable, ya formando una pléyade de endurecimientos caseosos, ya en el vértice, por su reunión y fusión purulenta, dando origen á una caverna anfractuosa y des- igual que ocupaba la cúsp de pulmonar en sus cinco centímetros superiores. El lóbulo inferior do este mismo pulmón, presentaba la misma infiltración ya descrita, más una que otra cavérnula: una de las cuales, situada como hemos dicho en su cara posterior, como á la mitad de su altura, media el volúmen de un chícharo, y comunicaba libremente con un bronquio y la cavidad pleu- ral correspondiente. La cavidad pleural izquierda contenia como medio cuartillo de serosidad citrina que podía recorrerla en todas direcciones, ménos hácia el vértice, úni- ca adherencia de sus dos hojas. El pulmón izquierdo tenia la misma infiltra- ción que el pulmón del lado opuesto, los mismos núcleos, las mismas cavér- nnlas en el lóbulo inferior, y por último, su vértice, carcomido y taladrado por una caverna aun más vasta y aun más anfractuosa que la del lado opuesto. El corazón estaba nadando en el centro de uu grau pericardio á medio dis- tender por un abundante derrame seroso. Abierta la cavidad abdominal, se encontraron los intestinos á medio dis- tender y algo vascnlarizados en algunos puntos; el hígado, de tamaño nor- mal, tenia uu color pálido amarillento, y no presentaba aumento en su con- sistencia; el bazo no tenia nada de particular, los riñones izquémicos. Los 62 ganglios linfáticos, torácicos y abdominales, extraordinariamente infartados, formando grandes masas, colocadas entre los gruesos troncos vasculares que salen del corazón y los pedículos pulmonares, derramándose en uno y otro mediastino y desbordando háeia arriba de la cavidad del pocho, esparcién- dose en las partes laterales del cuello, pasando bajo las clavículas á las axi- las, principalmente á la izquierda, en donde formaban una gran masa que apéuas podía contenerse en la mano extendida y que formaba un racimo co- mo de treinta ganglios, medio libres, medio adheridos unos con otros.—Los ganglios abdominales, innumerables y voluminosos, estaban esparcidos en to- do el mesenterio, y formando grandes masas que envainaban toda la región lombar de la columna vertebral en su porción saliente hacia el abdomen. Las amígdalas, aumentadas de volumen, presentaban en medio de su masa dura y enrojecida algunos núcleos de caseificación.—El muñón nos dió á co- nocer que el extremo cortado del fémur era el sitio de una hiperostosis que se hacia fusiforme á una distancia como do unos 0m,12. La cavidad myel- encefálica no se estudió. jF. López. Como en esta autopsia, encontraremos en otras, que la le- sión se encuentra esparcida por varias regiones, siendo ésta la mejor prueba de que su causa primitiva está en el organismo todo, áun cuando la causa ocasional solo haya podido manifes- tarse en un lugar circunscrito. Sin que pueda decirse que aven- turo ningún juicio, parece que el sitio de predilección del tubér- culo es el tejido glandular, desde el tipo más sencillo de la glán- dula en lámina, como es una serosa; las glándulas en racimo, como un pulmón; las glándulas en tubo, como el testículo y los riñones; las glándulas vasculares sanguíneas, como el hígado, el bazo, los ganglios linfáticos, etc. Sin embargo, no es raro encontrar los tubérculos infiltrados en los huesos, y en ellos na- da se encuentra que pueda asimilarse á una glándula, por más que se ponga el tejido de la médula huesosa al lado de los gan- glios linfáticos como órganos hematopoyéticos. El origen del tubérculo es aún muy oscuro, y esta oscuridad depende en mu- cho de las diversas interpretaciones que se han dado á los ele- mentos anatómicos que el microscopio denuncia en sus diversos períodos. Los glóbulos, llenos de grandes granulaciones oscuras y re- fringentes, y las celdillas llenas de granulaciones finas, marcan hasta cierto punto dos períodos en la evolución de un mismo elemento que ya lie descrito al referir las lesiones de la tisis pleural. Estos elementos los liemos encontrado reproducidos en las granulaciones grises pulmonares, á las que se agregan algunos elementos anatómicos propios al pulmón. En una pre- paración hecha, cogiendo con unas pinzas finas uno de esos cor- posculitos opalinos ó semi-trasparentes, que se ven disemina- dos entre granulaciones más avanzadas, desagregándolo con dos agujas en fragmentos lo más pequeños que se pueda, y opri- miéndolos en una gota de glicerina bajo el cubre-objeto, se en- cuentran siempre los elementos siguientes: el centro de la pre- paración poco apreciable, formado por la aglomeración de cel- dillas un poco más grande que los glóbulos blancos de la san- gre y algunas fibras conjuntivas, que solo se aprecian cambian- do constantemente el foco levantando el microscopio. En la orilla se ven estas celdillas desprendidas, y se puede bien apre- ciar su forma ovoidea. Yo no he podido ver la forma poliédri- ca que Follin dice que tienen estos corpúscu'os. Están llenos por dos especies de granulaciones: unas muy finas que se ven con un aumento de 500 diámetros como un polvo negro, y otras mucho más grandes que ya he descrito como muy refringentes en el centro, y que son probablemente de las que Follin dice que tienen l/¿,3 á 2p,3. Los elementos conjuntivos se reducen á fibras muy finas y algunas veces fibras elásticas enrolladas, que fueron primitivamente tomadas por uno de los elementos constitutivos del tubérculo, cuando solo se encuentran en las preparaciones como restos del tejido pulmonar destruido. En la orilla de la misma preparación he visto celdillas aplasta- das muy anchas, como elementos de epitelio pavimentoso, lleno por las granulaciones que ya he descrito. ¿Querrá esto decir que el epitelio pulmonar toma parte en la proliferación tuber- culosa, ó será el epitelio su elemento primitivo? No lo sé; nada es legítimo concluir de las primeras observaciones, á quien apé- nas empieza á conocer un instrumento tan delicado, y en cuyo estudio es peligroso querer sentar desde luego conclusiones. Cuando el segundo período de la tuberculosis ha llegado, no sé que se han hecho las granulaciones mayores que habia en- contrado en las granulaciones grises, pues solo he podido ver una masa compacta de celdillas, parecidas en su aspecto gene- ral á glóbulos blancos de la sangre, pero sin núcleos, tales co- mo se ven cuando el ácido acético ó la maceracion aún no ha 63 64 obrarlo sobre ellos. Las granulaciones que los llenan son muy finas y no recuerdan siempre el aspecto de las granulaciones grasosas. Los elementos celulares intactos que acabo de describir, se encuentran en medio de una gran cantidad de celdillas rotas, lo que hace que tomen muchas formas, más ó ménos irregula- res, alteración que puede muy bien provenir del modo como se ha hecho la preparación. El movimiento brawniano muy vivo en las granulaciones grandes, no era para mí perceptible en las pequeñas: éste consistía casi no más en movimientos de la- teralidad y de progresión, siendo el segundo sin duda debido á las corrientes que se producen cuando se inclina el microscopio hácia atrás, como se puede hacer con casi todos los modelos de microscopios que tenemos en nuestros hospitales. 3STo he llega- do á ver cristales de margarina ni de colesterina en los pro- ductos caseosos en que he tenido la probabilidad de que depen- dan de la tisis tuberculosa. Esto es todo lo que hasta este momento puedo decir por mí de la estructura del tubérculo; estudio que sigo actualmente cada vez que tenemos que hacer una autopsia de éstas. Cuan- do haya reunido suficientes observaciones, rectificaré las in- exactitudes que una observación defectuosa me haya hecho in- troducir en esta descripción. Respecto de la naturaleza del tubérculo, tengo que limitar- me á enunciar las dos opiniones principales que existen en la ciencia. La que sostiene Lebert que la considera como un pro- ducto específico, y la que sostienen Reinhardt y Yirchow, con- siderando las formaciones tuberculosas como productos de la inflamación crónica. Apoyando uno tí otro modo de ver se han ocupado varios autores de este importante estudio, y la biblio- grafía de la materia es bastante extensa para que sea posible buscar cada opinión que se ocupe en detalle de esto. Seme- jante á la autopsia que acabo de trascribir, encuentro otras, practicada una de ellas por el Sr. F. López, y en ella se fija ménos en las alteraciones de los órganos torácicos por haber encontrado en los órganos abdominales lesiones tuberculosas dignas de mencionarse, y esto mismo pasa en todas las autop- sias registradas en el libro del anfiteatro del Hospital Militar. Siempre hemos encontrado, en efecto, lesiones muy avanzadas, quizá alguna vez primitivas, en los órganos abdominales, y la clínica enseña que muellísimas veces una diarrea persistente, signos equívocos de oclusión intestinal, la rectitis ulcerosa, las fístulas del ano, etc., son la primera manifestación de un esta- do diatésico, que muy pronto se reconoce ser la tuberculosis generalizada. Los ganglios mesentéricos son los que con más frecuencia se encuentran invadidos por tubérculos, y como siem- pre coinciden con enteritis crónicas, en las que está ulcerada la mucosa intestinal, á veces, áun perforado un intestino, es po- sible que en estas circunstancias la afección primera haya sido tubérculos desarrollados en el tejido adenoide de His, que se encuentra bajo el dermis mucoso del intestino. Como quiera que sea, el hecho es la frecuencia do esta alteración acompa- ñando á la tuberculosis pulmonar. Me ocupo de paso de estas alteraciones para no entrar en inútiles repeticiones, cuando pue- da completar el presente estudio con la anatomía patológica de los órganos abdominales. El Sr. López, en la autopsia á que me refiero, se expresa así: 65 Abierto el tórax, se encontró el aparato respiratorio poco retraído y con nu- merosas adherencias á la pared anterior, cuyas adherencias eran más nota- bles en la parte posterior y en los vértices principalmente del lado derecho, Al corte del pulmón derecho se encontró una multitud de núcleos caseosos sembrados en un pareuquima duro y poco permeable al aire. En el izquierdo los mismos datos en menor escala. En los bordes internos y la parte anterior de los inferiores, enfisema poco desarrollado. El corazón, pericardio y vasos gruesos normales. Abierto el abdomen, se veían los intestinos retraídos contra la columna vertebral, sin huellas de peritonitis ni antigua ni reciente. El colon y el rec- to presentaban manchas vasculares diseminadas en varios puntos de su su- perficie exterior, y en correspondencia con un engrasamiento de las paredes, bastante perceptible al tacto. Los ganglios linfáticos, aun los más pequeños, infartados, y en tal número, que parecían racimos de uvas esparcidos en el mesenterio y sobre la columna lombar. El hígado, de tamaño normal, pre- sentando una multitud de manchas circulares y amarillentas, de diferentes tamaños, esparcidas en desorden sobre ambas caras. La vesícula biliaria, llena del producto de secreción hepática; líquido oscu- ro y consistente, alojando en su interior algunos pequeños cálculos pirami- dales y de color verde oscuro. Al corte de la glándula glicogénica, se encontró un sinnúmero de núcleos esféricos, de centro reblandecido, líquido, de apariencia purulenta y de muy mal olor. Los mayores de estos núcleos, excluyendo la zona de endurecimien- to, teniau de dos y medio á tres centímetros de diámetro, y en número de 66 quince á veinte. Los más pequeños eran verdaderamente innumerables y al- gunos muy poco perceptibles. Al corte repetido en diferentes planos sobre los riñones, el bazo y el pán- creas, sólo se vieron los caraetéres de los órganos normales. JF. Jópez. venios en la narración anterior, y ya he dicho que algo aná- logo se encuentra en otras, que las lesiones abdominales pue- den ser mucho más avanzadas que las pulmonares en ciertos casos, aun cuando no las hayan precedido en el tiempo de su aparición, lo cual sólo la clínica puede decidir, y lo han decidi- do en efecto todos apoyando la ley de Louis. Confirmación de todo lo que precede son otras tres autopsias escritas por el Sr. Rosas, por el Sr. Mateos y por el Sr. Her- rera. TUBERCULOSIS AGUDA. Las lesiones avanzadas que hasta aquí hemos encontrado en la tuberculosis, revelan todas el tiempo que han ocupado para desarrollarse; su cronicidad se prolonga á veces durante años, y así se explica que áun las lesiones concomitantes puedan su- frir una evolución tan completa y tan larga. Pero es, por desgracia, frecuente entre nosotros ver aparecer la tuberculosis con una agudez tal, que las granulaciones no tie- nen tiempo de pasar á su segundo período. Tiene esta forma clínica algo de específico que no se encuentra siempre en las otras lesiones pulmonares. Es en primer lugar muy frecuente ver aparecer la granulia en el curso de una gripa, y no puede ya dudarse de la naturaleza miasmática de esta enfermedad: se acompaña de una elevación muy rápida de la temperatura, pudiendo en su desarrollo tomar el tipo remitente; conduce ca- si siempre á la muerte cuando no es enérgicamente tratada en su principio; y por último, la lesión que la caracteriza, cuando ha sido suficiente para causar la muerte, se encuentra disemi- nada en puntos muy diversos del organismo. Poco importa que se diga constantemente que el tubérculo es un producto infla- matorio; muy bien puede esto ser cierto, como son también in- 67 flamatorias muchas afecciones específicas de la piel. Que sea una lesión inflamatoria desarrollada en el tejido conjuntivo ó en los tejidos epiteliales, ó bien una proliferación plasmática de estos tejidos, ó bien una inflamación enteramente específica; cualquiera cosa que sea, el hecho es, que repentinamente y sin causa para nosotros bien apreciable, pueden aparecer un sin- número de tubérculos grises miliares, acompañándose su erup- ción de un estado general tan grave, que puede conducir rápi- damente á la muerte. Lebert, Robín, Rindíleisch, aún no se han entendido sobre la naturaleza histológica de la alteración, y nosotros que no hemos podido estudiarla al microscopio, tene- mos con mayor razón que callar, limitándonos á los datos que nos suministra la clínica, completándolos con el estudio macros- cópico de la alteración. En la página 2t del libro de autopsias está la siguiente, y que es bastante para comprender todo el desarrollo que puede ad- quirir la granulia. Autopsia (diez y ocho horas despnes de la muerte).—Cuerpo de mediana talla, bien musculado y de cara llena; tinte ligeramente amarillento. En la cara anterior del tórax la huella de un vastísimo vejigatorio, que ocupaba la región de lado á lado y de arriba hácia abajo. Eu la parte superior y exter- na del muslo derecho, una ligera escara como del diámetro de una peseta, superficial. Abierta que fué la cavidad torácica, se encontraron los pulmones abulta- dos, consistentes y de un tinte amoratado, con jaspes amarillentos, que se ha- cían más abundantes hácia abajo y adelante, hasta tomar en los bordes un color amarillo claro, correspondiendo al enfisema que los invadía en estas partes; en el pulmón derecho había unas cuantas adherencias flojas y desgar- rables, que estaban situadas en la segunda costilla; en la base de este pul- món y en el resto de su superficie no se percibía adherencia, ni aun entre sus lóbulos hab:a ninguna; el pulmón izquierdo las tenia y numerosas, ade- lante y arriba hácia la canaladura costo-vertebral, y más y más fuertes há- cia su base que no se pudo desprender del diafragma sino por medio del escalpelo; sus lóbulos estaban á medias pegados uno con otro. Hecho el cor- te de los pulmoues, se vió que estaban infiltrados por una infinidad de gra- nulitos sumamente pequeños, abundando eu número hácia los lóbulos supe- riores, disminuyendo hácia el diafragma, pero existiendo en número consi- derable aun en las partes enfisematosas: estos gránalos, que á pesar de su gran número no formaban ningún núcleo ni daban mucho ménos lugar á ca- vérnula ninguna, eran pequeños, blanco-amarillentos y consistentes hácia las partes altas de ambos pulmones, miéntras que eu las bajas se hacían blan- dos y trasparentes hasta simular gotitas de jaletina ó granitos cocidos de ta- pioka. Los ganglios situados en el hilo de los pulmones y en los mediasti- nos, apénas si con buena voluntad se podiau ver aumentados de volumen, sin presentar ningún cambio en su consistencia. El pericardio, conteniendo una pequeña cantidad de líquido citrino, encerraba un corazón sano, no sólo visto por su exterior, sino después de estudiar cuidadosamente sus paredes, válvulas y vasos gruesos. La cavidad ventral, abierta con toda escrupulosidad, nos hizo percibir nu- merosas adherencias entre la pared anterior y el paquete intestinal: adheren- cias peritoneales, flojas y recientes, que se extendían, no sólo por todas las paredes de la cavidad ventral, pegando al hígado contra el diafragma y el bazo, intestinos, etc., contra las paredes correspondientes, sino á los intesti- nos entre sí y con todos los órganos que les dependen. Estaban medio adhe- ridos y medio libres, cubiertos por una hoja serosa, delicada, trasparente y poco vascularizada, que en los puntos adherentes confundía sus hojas con unacapita deleznable de tejido de neo-formacion, y entre cuyas mallas se per- cibían numerosos granulos como los descritos en el pulmón; con Indiferencia de que aquí eran un poco más grandes, formaban algunos núcleos y estaban ligeramente reblandecidos. En las superficies que presentaba libres el peri- toneo, estaba tan trasparente como hemos dicho, pero cubierto poruña capa de infinitas granulaciones, que le daban en algunos puntos el aspecto de ter- ciopelo; estando en otros puntos más separados, pero entonces más grandes hasta formar núcleos hordeiformes que ofrecían un aspecto diferente. El tin- te de las granulaciones y núcleos era amarillento y bajaba hasta hacerse tras- parente en algunos puntos, resaltando más ó ménos sobre un fondo pajizo, rosado, amoratado, y en algunos lugares negruzco. El conjunto de los intes- tinos y mesenterio presentaba todos estos tintes mezclados de una manera indescribible, sin que el peritoneo dejase por esto de ser trasparente. El hígado á medias adherido en sus caras y bordes, tenia en las superficies libres, gránulos abundantes y grandes, avanzados en su desarrollo; la vesícu- la biliar, de tamaño normal, estaba llena por bilis espesa y oscura; el paren- quima hepático, amarillento, color de cera, muy deleznable, pero sin presen- tar ningún gránalo en su interior; todos eran subperitoneales colocados en la superficie de la glándula. El bazo, doble de su tamaño normal, fácil de cortarse; en su masa encon- tramos como una docena de núcleos esféricos amarillos y caseosos, esparci- dos irregularmente en su masa, núcleos que podían ser un poco más peque- ños que un chícharo. La superficie exterior de la entraña estaba en parte adherida y en parte libre, cubierta de núcleos y granulaciones subperitoneales y trasparentes. El páncreas, apénas tenia algunas granulaciones trasparentes, y los riñones lás presentaban en gran número, no sólo bajo sus cubiertas peritoneales, si- no en medio de las columnas y pirámides, alcanzando estas últimas el tama- ño de núcleos hordeiformes repartidos irregularmente. Las cápsulas suprare- nales ligeramente crecidas presentaban núcleos caseosos en su interior y gra- nulaciones en su superficie. La vejiga urinaria apenas tenia en su cubierta peritoueal algunas granulaciones traslúcidas. 68 Los ganglios ventrales participaban poco de la lesión. El encéfalo sano, excepto la glándula pineal que tenia numerosas concre- ciones, haciéndola dura y del tamaño de un garbanzo. No se estudió la médula. 69 Tales son en conjunto las lesiones que se encuentran en los casos graves de granulia; aunque se limitan la mayor parte de las veces á los órganos torácicos, ó invaden tan solo las me- ninges. Por más esfuerzos que se hagan para asimilar el modo de manifestarse de estas granulaciones con la inflamación cróni- ca, se ve siempre una contradicción en poner un proceso que adquiere enormes proporciones en unos cuantos dias, con esos trabajos sordos, insidiosos, que dan lugar á que las regresiones de todo género tengan tiempo para manifestarse. Hay que ad- mitir, para poder darse uno cuenta de estos fenómenos, ó bien que el tubérculo que dá lugar á la tisis, es una inflamación es- pecífica, materia de una afección virulenta, cuyo virus produce la enfermedad con una intensidad en relación con su calidad; ó que el tubérculo es una cosa enteramente distinta de la erup- ción de la granulia, no pudiendo decidirlo por falta de obser- vaciones. La identidad solo seria aparente en la segunda hipó- tesis entre las granulaciones grises que con el tiempo multipli- cándose dan lugar á los tubérculos, y las granulaciones grises que aparecen simultáneamente en la granulia. El Sr. Echever- ría se ocupó en su tésis inaugural de esta materia; pero al re- ferir la anatomía patológica de la lesión, no se decide realmen- te por ningún modo de ver, exponiendo tan solo algunas de las opiniones que corren en la ciencia. Aun los autores alemanes que han admitido la naturaleza inflamatoria del tubérculo, lo colocan siempre al lado de los tumores: Uhle y Wagner como el tipo de neoplasma heterólogo; Rmdfleisch entre las neoplasias heteroplásticas, ó como neoplasma no inflamatorio. Hay en to- do esto tal confusión, que es ya necesario hacer un estudio más concienzudo sobre todas esas opiniones para tomar de ellas solo lo que tenga un fundamento positivo. Que el tubérculo es un neoplasma nadie lo duda; que se mul- tiplica por todas partes á veces con una rapidez espantosa es también un hecho; que sea por sí ó por el agotamiento que pro- duce, lleva á los enfermos al marasmo y á una forma particular 70 de caquexia, es también indiscutible y una neoformacion que se reproduce y que ocasiona un estado caquéctico, es una neofor- macion maligna, ó por lo menos la manifestación local de un estado diatésico grave. La neoformacion tuberculosa no es po- sible que se la considere como un producto inflamatorio simple porque es “una alteración cualitativa de los procesos normales del crecimiento y del desarrollo” de los órganos en donde se produce, y este es el modo de ser de dos cosas: ó de los tumo- res en general, ó de las neoplasias específicas; y no pudiendo considerar el tubérculo como un tumor propiamente dicho, te- nemos que considerarlo como una neoformacion específica di- fusa, consecutiva á una discracia primitiva. Como todas ellas, la diátesis tuberculosa parece que tiene cierta predilección por los tejidos conjuntivos finos de la túnica advenediza de los vasos, y así parece resultar de las investiga- ciones de IIcsclil, de Deichler, Bullí y Rindflcisch, etc. “El primero (citado por TJlile y Wagner), lia demostrado la producción del tubérculo primero en los pulmones, tanto en la pared de los capilares como en los vasos de cualquier volumen. Según Bulil, se ve en el epiplon y la pia-madre, los tubérculos miliares recientes, dispuestos á lo largo de las pequeñas arte- rias, bajo la forma de abultamientos de la túnica advenediza, vesiculosos y llenos de núcleos. Según Deichler, los elementos del tubérculo provienen en los pulmones de los núcleos de la pared vascular; se producen celdillas nuevas que disocian los elementos de las paredes, hasta á nivel de la membrana inter- na, y finalmente, el punto correspondiente de la túnica interna es trasformado en un nodulo más ó ménos voluminoso, y el vaso no conserva más que una túnica interna muy delgada. En las meninges y en el cerebro, los tubérculos, según Rind- fleisch, se presentan bajo la forma de salientes aisladas, ó reu- nidas en grupos, sobre los troncos vasculares más gruesos; miéntras que sobre las ramas más pequeñas, ó sobre los vasos casi capilares, constituyen varicosidades fusiformes que abra- zan todo el derredor del bazo. En el canal intestinal, el tubérculo nace liabitualmentc en el interior de los folículos solitarios y de las placas de Rever, y hasta más tarde ataca el tejido mucoso.” Hay, según lo ha demostrado Fort en su Histología, una gran- 71 de analogía entre todos estos tejidos, confundiéndolos con los nombres de tejido conjuntivo reticulado, tejido adenoide de His, que forman casi en su totalidad el tejido de los ganglios linfáticos, el del bazo, etc., es decir, que constituye, podría de- cirse, el origen del sistema linfático y el conjunto de sus acce- sorios: sobre unos y otros parecen manifestarse de preferencia los depósitos tuberculosos, siendo su primer sitio la vaina linfá- tica peri-vascular en los puntos en donde la presencia de ésta está bien demostrada. Dejemos ya al tubérculo primitivo, salvemos sus estados in- termedios, y lleguemos de una vez hasta la ulceración, hasta la caverna pulmonar, pero prescindamos por un momento del proceso que la ha dado origen. ¿Qué queda? Solo una ulcera- ción crónica, llena por pus y porgases, ocasionando, durante la vida, un agotamiento incesante; y cuando es bastante grande para que su cicatrización sea imposible, lleva necesariamente por la tisis á la muerte. Ya antes vimos que el proceso neumóni- co puede llegar al mismo resultado por varios caminos: 1” por la degeneración caseosa, el reblandecimiento y eliminación de un exudado; 2°, por la evacuación de una colección purulenta, dejando una cavidad considerable; 3", por la gangrena inflama- toria al eliminarse el secuestro; 4°, en la neumonía catarral es posible llegar tras la tisis caseosa á la caverna pulmonar. Las hemorragias bronco-pulmonares, pudiendo también su- frir la degeneración caseosa, pueden ocasionar la caverna pul- monar. La gangrena, cuando no es de causa inflamatoria, si- no consecutiva á la esclerosis, ó á una embolia, ó á la trombo- sis en el ateroma, ó á las flegmasías virulentas y sépticas. Por último: la sífilis visceral, después del reblandecimiento de las gomas, puede producir cavernas pulmonares. Son todos proce- sos que llegan por caminos más ó ménos desviados al mismo término á la caverna pulmonar. Y si se quiere designar en una sola denominación el estado final de estos enfermos llamándolos tísicos, se viene á dar en que se encontrará una tisis neumóni- ca, una tisis gangrenosa, una tisis hemorrágica, una tisis tuber- culosa, una tisis sifilítica, etc., y léjos de llegar así á la unidad 72 de la tisis, solo se consigue hacer su estudio mucho más com- plicado. Por lo mismo, así como no se debe buscar la unidad de la ulceración, tampoco debe buscarse la unidad de la tisis; sino considerar en anatomía patológica á la caverna pulmonar como la terminación semejante, pero no idéntica, de varias mo- dalidades patológicas muy diversas. Tampoco la denominación de tisis caseosa nada precisa, por- que las masas caseosas son tan solo una degeneración ó la re- gresión de tejidos de muy diversa naturaleza, no siempre infla- matorios, ni siempre tuberculosos, ni siempre hemorrágicos, ni siempre sifilíticos. Sin embargo, en clínica se encuentra alguna ventaja en conservar estos modos de ver la cuestión, y tenemos aún que conservar sus nombres, tales como están establecidos. Estoy muy lejos de pretender que el presente estudio corres- ponda á la necesidad que tenemos de otros análogos; pero no culpéis, Señores Jurados, á quien sus deseos son, ante todo, cumplir con la ley, y agotar sus recursos estudiando, por más que comprenda que quedarán estériles sus esfuerzos. cJJÜpattGá.