FACULTAD DE MEDICINA DE MÉXICO BREVES CONSIDERACIONES SOBRE EL TRATAMIENTO ANTISÉPTICO DE LA TOBERCÜLOSIS TESIS INAUGURAL Que para el exámen general de Medicina, Cirugía y Obstetricia, presenta al Jurado calificador PEDEO GrEVAEA Alumno de la Escuela Nacional de Medicina, primer Practicante de la tercera Inspección de Policía y miembro de la “ Sociedad Filoiátrica. ” •MÉXICO Imprenta del Gobierno Federal, en el ex-Arzobispado Dirigida por Sabás A. y M un guia. 1888 FACULTAD DE MEDICINA DE MÉXICO BREVES CONSIDERACIONES SOBRE EL TRATAMIENTO ANTISÉPTICO DE LA TUBERCULOSIS TESIS INAUGURAL Que para el exámen general de Medicina, Cirugía y Obstetricia, presenta al Jurado calificador PEDRO &IJEVABA Alumno de la Escuela Nacional de Medicina, primer Practicante de la tercera Inspección de Policía y miembro de la “ Sociedad Filoiátrica. ” M KXIOu _ IMPRENTA DEL GOBIERNO, EN EL EX-ARZOBISPADO Dirigida por Sabás A . y Munguía. 1888 A MI ADORADO PADRE Á LA MEMORIA DE MI MADRE A MI MAESTRO EL. DOCTOR MANUEL OARMONA Y VALLE Testimonio de admiración y respeto. A MI MAESTRO EL. DOCTOR MANUEL GUTIERREZ Gratitud y simpatía. Á LOS SEÑORES DOCTORES ALFONSO RUIZ ERDOZAIN É IGNACIO BERRUECO AL ILUSTRADO CUERPO DE PROFESORES DE LA ESCUELA N. DE MEDICINA DE MÉXICO ÍSÍr A tuberculosis es hoy una enfermedad tan extendida «rf y tan desastrosas sus consecuencias para la huma- ’Co nidad, que todo el mundo científico se preocupa y \ estudia por encontrar el medio más eficaz para de- tener tan grande mal y ponerle un dique á su extensión continua. La terapéutica ha tomado una dirección ente- ramente nueva con el conocimiento patógeno de la enfer- medad. Los medicamentos antisépticos tienden á predo- minar sobre los sintomáticos, aunque estos subsistan con todo el valor que han tenido hasta aquí. Nuestro objeto al escribir este humilde trabajo no es decir algo nuevo; tampoco modificar nada de lo mucho que sobre la materia se ha escrito: tan solo hemos procurado examinar cuanto nos ha sido posible, lo que se ha escrito sobre el asunto, entresacar lo más importante, y por último, comparar los resultados dados por algunos medicamentos antisépticos empleados hasta aquí, fijándonos especialmente en uno de ellos,, el ácido fénico. Considerada bajo este punto de vista, nuestra tésis no puede ni debe tener ningún mérito, no tiene nada de ori- 10 ginal. La escribimos para cumplir con un deber que la ley nos impone al presentar el último exámen de nuestra carrera y poder obtener de este modo el título honroso á que aspiramos. Muy grandes han sido nuestros deseos para tratar este asunto de una manera práctica como se merece; pero los pocos conocimientos que tenemos; los pocos ó ningunos elementos con que contamos; lo difícil y más que todo el poco tiempo de que disponemos, nos han impedido hacerlo como debíamos, pues reconocemos que para tratar asun- tos de la naturaleza del que nos proponemos estudiar, se requiere un espíritu avezado en la experimentación y en la práctica; requiere un sinnúmero de cualidades, de las que desgraciadamente carecemos: por lo tanto, suplicamos al respetable Jurado, que estas circunstancias las tenga en consideración al juzgar nuestro humilde trabajo. Antes de hablar sobre los diferentes medicamentos an- tisépticos que se han propuesto para el tratamiento de la tuberculosis, bueno será que mencionemos á grandes ras- gos las diversas opiniones que, á propósito de su patoge- nia, han reinado en el mundo científico. Antes de que se tuviera conocimiento de las experien- cias de Villemin sobre la tuberculosis, su naturaleza era interpretada de distintos modos. Laénec implícitamente colocaba esta enfermedad entre las específicas; decia: “los tubérculos son productos extraños que tienen una vida 11 propia.n Esta especificidad adquirió mayor impulso cuan- do Lebert, por medio del microscopio, creyó encontrar el corpúsculo tuberculoso; decía que en todas las variedades del tubérculo, un elemento anatómico era constante, y que era comparable á la celdilla cancerosa. En 1850, Reinhardt afirmó que los elementos especí- ficos de Lebert no eran otra cosa que fragmentos de cel- dillas epiteliales, glóbulos de pus y núcleos degenerados, granulosos. Con este descubrimiento se volvia á aceptar la teoría defendida por Broussais, quien sostenía que los órganos irritados á un grado dado, durante un tiempo más ó me- nos largo, terminaban por hacerse tuberculosos, cuando estaban predispuestos para ello. Virchow admitía que los tubérculos tienen signos que positivamente acusan una infección por vecindad; que tie- nen una propiedad infecciosa, no solamente en su estado caseoso ó reblandecido, sino también en su estado de poro- liferacion. Virchow se pregunta entonces si una sustancia específica é irritante de la sangre no seria la causa de la tuberculosis, ó si la sangre alterada por principios defec- tuosos de nutrición y de formación, 110 cumpliría bien con su cometido. Considera el tubérculo como una neoplasia miserable, incapaz de organizarse. En suma, antes del descubrimiento de Villemin y á pesar de las discusiones entabladas entre los patologistas, el problema sobre la naturaleza de la tuberculosis quedaba muy oscuro. En 1865, Villemin comunicó á la Academia de Medi- cina de París el resultado de sus numerosas experiencias. 12 Por ellas llegó á demostrar que la tuberculosis se desar- rollaba á la manera de las enfermedades virulentas é in- fecciosas, y la comparaba á la sífilis y al muermo; como ellas, decia, es virulenta. Estas ideas, enteramente nuevas, produjeron una re- volución en la ciencia é hicieron que tanto en Francia co- mo en Alemania é Inglaterra, se repitieran sus experien- cias con resultados idénticos. Los experimentadores que más se empeñaron en demostrar la verdad de estos hechos fueron, en Francia, Herard y Cornil, Chanveau, Parrot, etc.; en Alemania, Klebs Waldemburg, etc.; en Inglater- ra, John Simón, Clark. Sin embargo, no faltaron patologistas que, fundados en sus experiencias, negaran lo exclusivo de las ideas sos- tenidas por Villemin. Lebert fue el primero en asegurar que había logrado el desarrollo de granulaciones semejan- tes á las de la tuberculosis, introduciendo partículas de materia purulenta ó cancerosa, ó de pulmón inflamado. Cohnhein, Colín y otros, llegaron al mismo resultado. Aun- que es cierto que Cohnhein no daba mucho valor á sus experiencias, por haber sido practicadas en medio de ani- males tuberculosos, no por eso dejaba de quedar demos- trado que se puede obtener la génesis de granulaciones idénticas á los tubérculos ordinarios por su aspecto y sus caractéres anatómicos, por medio de la inoculación de pro- ductos extraños á la tuberculosis, y aun por sustancias en- teramente inertes. Pero Martin demostró que estas pre- tendidas tuberculosis, es decir, aquellas que eran obtenidas por la inoculación de productos inertes, tales como el polvo de licopodio, pimienta cubeba, etc., y á pesar de su iden- tidad en el aspecto y estructura á los verdaderos tubércu- 13 los, se distinguen de ellos porque no son reinoculables en serie. Las distintas formas anatómicas de la tuberculosis son inoculables, tanto la granulación gris en sus diferentes pe- ríodos, como los productos patológicos de la neumonía ca- seosa, considerada antiguamente como de diferente natu- raleza á las otras manifestaciones tuberculosas, lo que ha servido para establecer su identidad con ellas. Las experiencias de Martin establecieron definitiva- mente su naturaleza virulenta; faltaba conocer el agente específico que la engendra. A Kock corresponde el méri- to de su descubrimiento. Como el descubrimiento del ba- cilo ha venido á impulsar el tratamiento de la tuberculosis que tiene por mira principal debilitar ó destruir la vitali- dad del bacilo, nos permitirémos decir algunas palabras sobre este parásito. En realidad poco dirémos de él, porque todo lo impor- tante que puede tener su estudio lo ha dicho con bastantes detalles el profesor Orvañanos en la tesis que ha poco pre- sentó al Jurado para la oposición de profesor adjunto á la clínica de quinto año. Por consiguiente, no tendrémos que ocuparnos del modo de hacer las preparaciones, ni del mo- do de colorarlas, ni de la grandísima importancia que tie- ne la presencia del bacilo en los tejidos enfermos donde se sospecha su naturaleza tuberculosa, para establecer un diagnóstico definitivo. Bástenos saber que en todos los procesos de origen tuberculoso, la existencia del bacilo ha sido siempre probada por Cornil y Babes y otros patolo- gistas. Actualmente no tienen ya razón de ser las objeciones que Spina formulaba contra la existencia del bacilo, ni 14 las de Klebs que no niegan de una manera absoluta la exis- tencia del parásito; pero no le concede ninguna importan cia en la génesis de la tuberculosis. Este último microbiologista ha creído encontrar masas granulosas de micrococus, á las cuales atribuye la verda- dera causa de la enfermedad. El bacilo de Kock no es pa- ra él sino cristales que se han formado en la preparación. Esta interpretación es completamente errónea, puesto que el bacilo, en condiciones apropiadas, se multiplica, propie- dad que solo pertenece á los séres organizados. Sea de esto lo que fuere, Kock y otros muchos expe- rimentadores han aislado el parásito, lo han cultivado y por último inoculado el producto del cultivo á diferentes ani- males, siempre han conseguido el desarrollo de la misma enfermedad. Actualmente nadie niega la naturaleza parasitaria de la tuberculosis y todo el mundo reconoce que el bacilo de Kock es su causa inmediata. Recientemente Malasssez y Vignal han descrito una forma especial de tuberculosis en la cual, en lugar de en contrarse el bacilo de Kock, existen masas zogleicas de micrococus, consideradas por ellos como una forma de tran- sición del desarrollo de los bacilos, porque inoculándolas en series de animales, han conseguido al cabo de cuatro generaciones obtener la forma característica del bacilo. En un nuevo trabajo publicado por Raymond y Ar- taud, estos autores atribuyen á la forma de los bacilos una importancia considerable para establecer el grado de gra- vedad de la tuberculosis y se expresan así: "En las tuberculosis agudas siempre hemos encontra- do el bacilo bajo la forma de un bastoncillo corto, bastan- 15 te grueso y de contornos bien limitados; se puede decir que es el tipo del bacilo en la variedad más virulenta de la enfermedad. “En la tuberculosis subaguda la forma del bacilo se alarga, se hace más delgado y su esporulacion más eviden- te. Se encuentran en gran abundancia esporas libres, en medio ó en el interior, de los elementos celulares. “ En las tubeiculosis lentas y crónicas el bacilo se alar- ga aún más, se segmenta en fragmentos en los cuales se encuentran con bastante frecuencia huellas de esporula- cion, al mismo tiempo que se encuentran otras esporas li- bres al lado de las formas bacilares, * Estos conocimientos nuevos son de una importancia considerable para establecer el pronóstico de la tuberculo- sis; pero en nuestro concepto son difíciles de apreciarse, atendiendo á que las formas del bacilo pueden ser nada más relativas. Además, estos autores no dan una unidad de medida, no dicen qué longitud tiene el bacilo en los ca- sos subagudos, para de aquí poder establecer un punto de comparación. A ser cierto lo dicho por estos autores, no queda más que la práctica y la comparación de varias pre- paraciones de diferentes enfermos para su comprobación. El Sr. profesor Orvañanos, hablando del valor pronóstico de la presencia del bacilo de Kock en los exputos, cree, que la abundancia del bacilo en las preparaciones, no pue- de servir para establecer un pronóstico de la enfermedad: así se lo ha enseñado la práctica. Sin embargo, considera que es posible que de un modo general el número mayor de los bacilos dependa de la gravedad del padecimiento. Lo que parece hoy demostrado, por asegurarlo así va- rios autores, es que en un individuo afectado de tubercu- 16 losis, si sobreviene alguna mejoría en su enfermedad, dis- minuye en sus exputos el numero de los bacilos y aumenta el número de las esporas. La terapéutica de la tuberculosis ha variado según la manera como ha sido concebida su patogenia. Cuando el tubérculo era considerado como de origen puramente infla- matorio, el tratamiento principal era el antiflogístico. Aten- diendo á las ideas de Virchow, quien lo consideraba como una neoplasia miserable, se procuraba reconstituir al in- dividuo con el objeto de organizar el tubérculo. Actualmen- te subsisten los métodos de tratamiento que la práctica de muchos años ha enseñado que dan buenos resultados. De ellos no nos ocuparémos aquí, porque nuestra índole es es- tudiar solamente, y aunque de una manera rápida, el tra- tamiento antiséptico de la tuberculosis. Tratamiento. Conocida la naturaleza y la causa de la tuberculosis, natural es que actualmente el tratamiento tenga por mira principal atacar directamente la causa ú obrar sobre el or- ganismo, para hacerlo refractario á la acción del bacilo. En dos sentidos principalmente se están haciendo las in- vestigaciones para conseguir semejante resultado: primero, la vacuna del virus atenuado, y segundo, la administración de sustancias antisépticas. Estudiarémos estos dos mé- todos. Difícil y muy largo seria nuestro trabajo, si quisiéramos estudiar todos los medicamentos antisépticos propuestos para la curación de la tuberculosis; solamente nos ocupa rémos del ácido sulfhídrico, la creosota y el ácido fénico Procurarérrios decir cuál es su modo de administración, sus inconvenientes y los resultados que han dado, haciendo preceder su descripción de algunas consideraciones sobre la antisepsia del medio interior. Como la vacuna por el vi- rus tuberculoso se relaciona, hasta cierto punto, con el tra- tamiento antiparasitario, diremos algunas palabras de ella. 17 Vacuna por el virus tuberculoso. Desde luego los experimentadores tropiezan con gra- ves dificultades; en efecto, la tuberculosis no se presenta con todos los caracteres de las enfermedades virulentas, le falta uno de los muy .esenciales del grupo de estas enfer- medades y es, que un ataque anterior confiere, á lo menos generalmente, una inmunidad relativa ó absoluta. Todo lo contrario sucede con la tuberculosis, un individuo que ha sufrido de alguna de sus formas y que ha logrado curarse de ella, está más que ningún otro expuesto á contraer de nuevo dicha enfermedad. Sin embargo, no por esto se han desmoralizado los autores que estudian este punto y pro- siguen sin cesar sus investigaciones. Algunos como Falle y Corrnil han obtenido en conejos el desarrollo de un tubérculo local, el que curado debida- mente, no ha impedido que una nueva inoculación de ma- teria tuberculosa engendre una tuberculosis generalizada. M. Martin que ha recurrido á los métodos que se conocen para la atenuación de los virus, no ha conseguido ningún 18 resultado positivo. Los principales métodos que ha expe- rimentado son : primero, la atenuación del virus por el calor, sometiéndolo á una temperatura elevada, no muy alta para matar el bacilo, pero sí bastante fuerte para disminuir, por decirlo así, su energía vital; segundo, hacerlo pasar por or- ganismos casi refractarios para su desarrollo, con el objeto de debilitar su poder virulento. Para hacer sus experiencias se servia del líquido obte- nido por la expresión de los órganos tuberculosos de un animal acabado de matar, cuyo líquido era dividido en va- rios frascos, que colocaba en una estufa que desde el dia anterior marcaba una temperatura constante. En las primeras experiencias que practicó, la estufa marcaba 51o 5. A los “ cuyos n en quienes iba practican- do sus inoculaciones, los dividió en varias series. Hizo la inoculación en la primera serie, después que el liquido ha- bía permanecido una hora en la estufa; á la segunda, des- pués de dos horas; á la tercera, después de tres horas, y así sucesivamente con el intervalo de una hora, hasta la quinta serie. Algunos de los " cuyosh de las diferentes se- ries murieron muy pronto, casi todos de peritonitis, atri- buida á que el lugar escogido para la inoculación fué el peritoneo y á la cantidad considerable del líquido inocula- do; pues cada inoculación era practicada con 40 gotas. Todos los que escaparon á esta muerte pronta, murie- ron más tarde, sin exceptuar ninguno, de tuberculosis. En algunos de estos líltimos la reinoculacion había sido prac- ticada dando siempre resultados positivos. Después, la misma experiencia fué repetida variándola un poco. La temperatura de la estufa fué mantenida de 73° á 75° durante todo el tiempo de la experiencia. La 19 inoculación á la primera serie no fué practicada sino con 20 gotas del líquido virulento y al cabo de cuatro horas de ha- ber permanecido en la estufa. A la segunda, tercera y cuar- ta series, después de cinco, seis y siete horas respectiva- mente. De los “cuyosn inoculados en estas condiciones, tres solamente murieron manifestando á la autopsia lesiones de naturaleza tuberculosa, tan insignificantes y tan poco des- arrolladas, que indicaban claramente la poca energía del virus; pero estos productos reinoculados á animales de la misma especie, adquirieron de nuevo su virulencia. Los otros “cuyos 11 vivieron de dos á seis meses y á la autopsia no se encontraba la más ligera lesión que pudie- ra explicar la muerte. ¿A qué se debe atribuir esta muer- te relativamente pronta y sin causa aparente? El autor de estas experiencias no lo sabe. Gosselin de (Caen) y Martin han intentado hacer pa- sar el virus tuberculoso en animales difícilmente inocula- bles, para ver si de este modo perdía su virulencia. Siempre que han conseguido volver tuberculosos á estos animales, han demostrado que el poder virulento de las granulacio- nes tuberculosas, era idéntico al de los productos obteni- dos en las condiciones ordinarias. A pesar de los resultados negativos que han obtenido estos experimentadores, se prometen seguir adelante sus investigaciones por otro camino, que en último resultado modifique profundamente al organismo, para evitar toda receptibilidad al contagio. 20 Método antiséptico. Desde luego parece muy difícil poder destruir el baci- lo en el seno del organismo, porque su resistencia á los agentes antisépticos es muy considerable, y la dosis de es- tos últimos, para conseguir semejante resultado, tendría que ser excesiva, y se envenenaría primero al organismo antes que lograr el objeto. Las peores condiciones físicas no son capaces de com- prometer la vitalidad del bacilo, y recobra toda su virulen- cia tan luego como las circunstancias le permiten desarro- llarse en un medio más favorable. M. Martin ha probado que los exputos de tísicos sometidos por bastante tiempo á una corriente de aire húmedo y á una baja temperatura, no pierden nada de su virulencia; hemos visto que tempe- raturas muy elevadas, incompatibles con la vida de los animales, no hacen perder al bacilo su virulencia: que se recuerde que aun sometido á una temperatura de 73o á 75o, su inoculación ha llegado á producir en algunos casos resultados positivos. Para destruirlo, se necesita tratar á los productos que lo contienen de una manera enérgica, como someterlos bastante tiempo á una corriente de vapor, ponerlos en contacto con soluciones concentradas de amo- niaco, de ácidos minerales, del ácido fénico, etc. Para que se haga más palpable lo difícil que es destruir los bacilos en medio del organismo, damos á continuación un cuadro de Cornil y Babes, referente á la apreciación del valor antiséptico de algunas sustancias. Estos autores 21 dicen que en un litro de jugo de carne invadido completa- mente por las bacterias, se necesita para esterilizar com- pletamente la misma cantidad de este líquido de las can- tidades siguientes: Dosis que detienen el desarrollo. [>ós¡i que lo esterilizan. Acido sulfúrico ogs 5°°. 5gs 265. Y odo o 646. 2 440. Ti mol 9 775- 50 000. Acido fénico 45 450. 376 000. Cloroformo 8 930- 1250 OOO 1 nQ esteriHzan Esencia de eucaliptus.. 8 900. 171 qqq j completamente. Ahora bien, el cuerpo humano encierra poco más ó menos 75 por 100 de materias líquidas. Si consideramos que 60 kilogramos sea el peso medio de un hombre adul- to, resultará que contendrá el organismo 45 kilogramos de materias líquidas. Para no ser exagerados, supongamos que un litro de estas materias pesa más de un kilogramo, y que los 45 kilogramos en peso corresponden en volu- men á 35 litros. Tendrémos entonces, aplicando al caso el cuadro anterior, que se necesitan de las materias si- guientes: Dosis que detienen el desarrollo Ddeis que lo esterilizan. Acido sulfúrico 17^500. 184^275. Yodo 22 610. 8540 400. Ti mol 821 125. 1650 000. Acido fénico 1590 75°. 13160 000. Cloroformo 312 55°- Esencia de eucaliptus 311 5°°- Los cuadros anteriores no deben tomarse sino en un sentido general; pues entre los autores reinan diferentes opiniones en la apreciación del valor antiséptico de una sustancia medicinal. Autores hay, por ejemplo, que con- sideran el ácido fénico como un agente antiséptico po- deroso, mientras que otros le atribuyen un valor nulo ó insignificante. Indudablemente esto depende de las con- diciones en que practican sus experiencias, que no son las mismas para todos. A sus experiencias no se les puede pedir más de lo que enseñan, esto es, en tales condiciones, tal antiséptico produce estos resultados. Por otra parte, esta diversidad de opiniones depende quizá de la bacteria con que se experimenta. No todas son igualmente sensi- bles á un mismo antiséptico; algunas hay, como el parásito del impaludismo, que son muy sensibles para el sulfato de quinina, mientras no lo es tanto para otros antisépticos. Sucede con las bacterias lo que con los hongos micros- cópicos, que estos llegan á perder todo su poder de repro- ducción, cuando se agregan al medio en que se desarrollan sustancias que les son perjudiciales. Reaulin, en un medio puramente mineral y en condiciones favorables, cultiva el aspergilus niger y obtiene recolecciones de una rique- za considerable; si en estas condiciones agrega al líquido nutritivo cantidades infinitesimales de sustancias que per- judican á su desarrollo, la vegetación cesa bruscamente. Un diez y seis cienmilésimo de nitrato de plata agregado á un litro de líquido, basta para detener su desarrollo. Si el bacilo de la tuberculosis fuera tan sensible á la acción infertilizante de los antisépticos, bastarían 56 mili- gramos para impedirle vivir en la parte líquida del orga- nismo humano. Pero como hasta hoy no se conoce ningún 23 antiséptico tan poderoso así, y por otra parte, de los cono- cidos hasta la fecha, se necesitaría una dosis considerable para poder destruir el bacilo en el seno del organismo, que como ya dijimos, perjudicaría á este más bien que serle, benéfico, seria ilusorio querer conseguir por este camino semejante resultado. Atenidos á los datos anteriores, no deberíamos esperar ningún resultado favorable del método antiséptico, y por lo mismo no seguir adelante nuestras in- vestigaciones. Pero para hacer apreciaciones justas, es ne- cesario tener en cuenta un elemento importantísimo, la energía vital del organismo. En efecto, seria un craso error comparar la facilidad ó resistencia que presenta el orga- nismo para ser invadido por los microbios, á la facilidad ó resistencia que presentan los caldos de cultivo para ser invadidos por ellos. Mientras que en estos últimos se des- arrollan sin encontrar resistencia, en aquel no lo hacen impunemente; el organismo reacciona de una manera po- derosa, lucha, y si por su impotencia ó por el número de los asaltantes sucumbe, no es sino después de haberse de- fendido enérgicamente. En los caldos no hay ninguna reac- ción ; cuando más, una ligera elevación de temperatura debida á las descomposiciones químicas. Por parte del organismo, innumerables reacciones: la fiebre, las inflamaciones locales que origina la presencia del bacilo, la tos, la expectoración y muchos otros síntomas considerados como reflejos, que no son sino las manifesta- ciones de la protesta que hace á semejante invasión. Casi todas estas reacciones se encaminan á un mismo fin: des- embarazar al organismo de semejantes huéspedes. El organismo, este conjunto de pequeños séres que tie- nen una vida propia é independiente, puede ser considera- 24 do como el sistema de confederación más perfecto. Desde que una causa exterior lo molesta, sus elementos celulares •se sublevan en masa para desembarazarse de la causa mor- bosa y reparar los trastornos que ella le ha producido. La naturaleza, concediendo la fuerza vital al organis- mo, algunas veces triunfa por sí misma de los agentes mor- bosos, valiéndose de diferentes medios, ya expulsándolos, ya encerrándolos en una cubierta impenetrable. El tu- bérculo fibroso ó calcáreo puede ser considerado como un triunfo de la naturaleza. Concediendo al organismo el papel más importante en la curación de la enfermedad de que tratamos, el problema de su método curativo se puede resolver con mayor faci- lidad; por una parte, atenderemos á aumentar la energía del organismo, y por otra, atacar directamente el parásito, esto es, primero, poner el medio en el cual se desarrolla el bacilo en mejores condiciones para la resistencia, y segun- do, debilitar la vitalidad del bacilo. El tratamiento general- mente recomendado para la tuberculosis tiene por mira principal conseguir lo primero. El tratamiento antiséptico tiende á obrar más bien sobre el bacilo. Sin embargo, qui- zá los medicamentos antisépticos vienen á obrar sobre el organismo, produciendo en los elementos celulares alguna modificación química desconocida que los haga refracta- rios á la acción del bacilo. Estas modificaciones químicas son semejantes probablemente á las que producen en los elementos anatómicos y en los humores las enfermedades que, como la viruela, hacen que su invasión confiera inmu- nidad para contraería segunda vez. Dijimos al principio de nuestro trabajo, que no nos ocuparíamos sino del tratamiento antiséptico, sin descono- 25 cer la importancia que tiene el tratamiento generalmente empleado hasta aquí. Podemos agregar que uno es auxi- liar del otro, que aplicados ambos á la vez, se pueden con- seguir magníficos resultados. La mira principal del método antiséptico es infertilizar el terreno donde se desarrolla el bacilo, no esterilizarlo. Debemos explicarnos sobre la sig- nificación de estas palabras. La infertilizacion de un ter- reno consiste en ponerlo en condiciones particulares que hagan imposible la vida, ó por lo menos, el desarrollo del bacilo, y por consiguiente su acción nociva. La esteriliza- ción de un objeto ó de un medio, consiste en destruir to- dos los gérmenes que se encuentren allí, pero sin quitarle su fertilidad, es decir, que una vez destruidos los gérme- nes que contenga, si se hace una nueva siembra, esta ad- quiere todo el desarrollo que podría tener antes de la es- terilización. La dificultad para infertilizar un medio, es encontrar la sustancia antiséptica más activa, sin que la cantidad empleada dañe el organismo Esto requiere in- vestigaciones de laboratorio, como lo aconseja Bouchard, quien dá las reglas siguientes: “Cuando se ha logrado aislar y cultivar el agente de una enfermedad, debe investigarse su sensibilidad á cada una de las diversas sustancias llamadas antisépticas, en los líquidos de cultivo; buscar las que impiden ó retardan la pululacion; elegir las menos perjudiciales y asociarlas en el mayor número posible, según su equivalente terapéu- tico. (Bouchard dá este nombre á la cantidad, valuada por los kilogramos que pesa el animal, que inyectada en la sangre no determina fenómenos tóxicos, y que si se au- menta produce la intoxicación.)m Filleau y León Petit han seguido el consejo dado por Bouchard: ensayar, siempre en las mismas condiciones, la resistencia que presenta el bacilo á diversos antisép- ticos. Preparan un caldo de cultivo eminentemente fértil, cu- ya fórmula es de Nocard y Roux. siendo sus principales componentes jugo de carne, gelatina, peptona, agar-agar, cloruro de sodio y glicerina. En él siembran el bacilo y ensayan la influencia de los diferentes antisépticos conocidos. Ved cómo han proce- dido: En 16 tubos de vidrio perfectamente esterilizados y análogos á los que sirven para el análisis de la orina, pero de una capacidad mayor, vacian el líquido nutritivo, hasta que cada uno contenga 50 centímetros cúbicos, y agregan después diferentes sustancias reputadas antisépticas. Dos de los tubos que contienen la gelosa glicerinada sirven de testigos, y por consiguiente no se les agrega ninguna sus- tancia antiséptica. Los otros se mezclan con las sustancias antisépticas por ensayar, repartidos de esta manera. A dos de los tubos se les agrega un antiséptico á la dosis de cua- tro gramos por tubo. Las sustancias experimentadas fue- ron el ácido fénico, el cloroformo, el sulfito de sosa, el yodoformo, el timol, el eucaliptol y el aceite de anilina. Un cultivo excesivamente rico en bacilos, sirvió para hacer las siembras en cada tubo. Nos limitarémos á mencionar los resultados obtenidos con el ácido fénico, el sulfito de sosa, el yodoformo y el eucaliptol, dejando el conocimien- to de los demas, pues son sustancias que poco se han em- pleado en el tratamiento de la tuberculosis. En los tubos vírgenes, el desarrollo del bacilo á los 18 dias era bastante aparente, y al cabo de un mes era sorprendente. En los 27 tubos que contenían el eucaliptol, el desarrollo del bacilo fué solamente retardado, pues al cabo de 20 dias lo con- tenían en bastante abundancia, pero en menor número que en los tubos testigos. El yodoformo fué disuelto hasta la saturación en partes ¡guales de éter á 56o y alcohol á 85o; después, mezclado íntimamente á la gelosa glicerinada an- tes del enfriamiento de esta, procurando evitar, de este modo, que el yodoformo se mezcle de una manera desigual ó deposite en alguna parte del tubo. Solamente en uno de los tubos el desarrollo del bacilo fué aparente á los 21 dias; á los 40 dias era ya muy notable, siendo la colonia de menor espesor que en los tubos testigos al cabo de un mes. El resultado obtenido con el yodoformo sorprende, puesto que es una de las sustancias reputadas como de mayor poder antiséptico; más aún, conociendo los bene- ficios obtenidos por su aplicación en las lesiones tubercu- losas superficiales ó externas. El sulfito neutro de sosa dió resultados más satisfactorios. En uno de los tubos apare- ció á los 18 dias una pequeña mancha blanquizca, que á los 30 dias formaba una película de 3 milímetros de diá- metro. En el segundo tubo, la colonia presentó hasta los 35 dias un desarrollo igual al del anterior. A pesar de ha- ber mantenido los dos tubos en la estufa por espacio de un mes, no aumentó su desarrollo, y al cabo de 75 dias apenas presentaban el aspecto que tenian á los 6 dias los tubos testigos. El ácido fénico disuelto en la glicerina es el único an- tiséptico que dió resultados satisfactorios. Los tubos per- manecieron 90 dias en la estufa sin que presentaran nin- guna huella de reproducción. Estos resultados fueron con- firmados con !a siembra de otros cinco tubos, á los cuales se les agregó la misma cantidad de ácido fénico. 28 Es de advertir que las diferentes colonias desarrolladas en estos medios antisépticos, adquirieron su poder de re- producción colocadas en un medio favorable. Como se ve, la experimentación demuestra que el sulfito de sosa tiene para el bacilo de Kock un poder antiséptico poderoso, pe- ro que no iguala al del ácido fénico. Diferentes métodos se han usado para administrar las sustancias antisépticas. Podemos decir que, con excepción de las inyecciones intra venosas, todos han sido utilizados, aunque no presentan la misma facilidad en su empleo, igua- les ventajas ó inconvenientes. Por lo mismo, buscarémos el camino más fácil, á la vez que el más seguro, para ha- cerlas penetrar al torrente circulatorio. La vía estomacal es insegura para administrar las sus- tancias antisépticas. Sabido es que en las vías digestivas se verifican multitud de reacciones que son susceptibles de cambiar por completo la composición de los medicamen- tos, ó que éstos necesitan algunas veces trasformaciones preliminares, para que su absorción se realice. Ahora bien, lo que necesitamos al administrar las sus- tancias antisépticas, es su absorción en natura, porque de otro modo no se conseguiría el objeto que se desea. Si á esto agregamos, que frecuentemente el estómago de los tí- sicos participa de la debilidad general y que el intestino está invadido por productos tuberculosos, serán suficientes estas razones para no tener mucha confianza en la absor- ción de los medicamentos por la vía gastro-intestinal. Sin embargo, puede ser útil y servirá entonces de auxiliar. A la vía rectal podíamos oponer los mismos inconve- nientes que á la gastro-intestinal, aunque las reacciones, en esta última porción del intestino, son casi nulas. Ade 29 más, algunas sustancias no se absorben por el recto y los accidentes que frecuentemente provocan, han hecho que se tenga desconfianza á la administración de los medica- mentos por este método. Sin embargo, veremos que por esta via.í>e hace penetrar el ácido sulfhídrico y ácido car- bónico, según el método aconsejado por Bergeon y More!, para la curación de la tuberculosis. La absorción por la vía pulmonar es muy rapicla; los medicamentos, principalmente los gaseosos, casi instantá- neamente penetran al torrente circulatorio. La inhalación por medio de aparatos apropiados ó por la impregnación del aire de sustancias medicicinales, son medios que se usan para la curación de la tuberculosis, Jacobelli recientemente ha inventado un aparato muy com- plicado, pero ingenioso, por medio del cual se inhalan sus- tancias medicinales. El mérito de este aparato es que con él se puede graduar la cantidad del aire inspirado y dosi- ficar la sustancia absorbida. El aparato de Jacobelli y los que con el mismo objeto han inventado otros autoi es, tie- nen el inconveniente de ser costosos y poco manuales, por lo que son poco usados. Este método es muy recomenda- do por sus buenos resultados. La administración de los medicamentos por la vía hi- podérmica presenta numerosas ventajas. En efecto, son absorbidos en su totalidad sin ninguna modificación y rá- pidamente. Permite, hasta cierto punto, precisar matemá- ticamente la cantidad que penetra al torrente circulatorio. Los peligros que se han señalado a este método son, por una parte, temores de envenenamiento, y por otra, los ac- cidentes locales. Los peligros de envenenamiento son jus- tos cuando se administran cantidades considerables. Los 30 accidentes locales no son tan frecuentes como se teme, por- que si algunas veces las inyecciones hipodérmicas produ- cen inflamaciones locales, depende casi siempre del manual operatorio y no de la sustancia inyectada. Al hacer las in- yecciones deben seguirse las reglas de la antisépcia y de este modo no se tendrán accidentes inflamatorios. Los Dres. Filleau y Petit, que han usado este método, no han observado accidentes locales. La tolerancia del tejido celular para las inyecciones es considerable; usando de las precauciones indicadas se pue- den inyectar, debajo de la piel y en una sola vez, líquidos, no solamente por unidades de gramos, sino por decenas; para esto, deben escogerse regiones donde el tejido celular y muscular es abundante. No queremos decir, con esto, que todos los medicamentos puedan y deban administrar- se en inyecciones hipodérmicas; pero sí aseguramos que aun sustancias de cierta causticidad son fácilmente soporta- das por la piel. Con el método hipodérmico se consigue que la sustancia usada penetre rápidamente al torrente cir- culatorio en su totalidad y obre de una manera segura so- bre el bacilo. Una vez enumeradas las ventajas de cada uno de los distintos métodos que se emplean para administrar los an- tisépticos en el tratamiento de la tuberculosis, nos ocupa- rémos del modo particular de administrar cada una de las sustancias que nos hemos propuesto estudiar, señalando los resultados obtenidos. 31 Acido sulfhídrico. El Dr. Bergeon dio á conocer en una comunicación pre- sentada á la Academia de Ciencias de París el 14 de Julio de 1886, los favorables resultados obtenidos en los fenó- menos supurativos de los pulmones con la administración diaria de dos inyecciones rectales de 3 á 4 litros de gas áci- do carbónico, mezclado á sustancias medicinales como el ácido sulfhídrico ó el sulfuro de carbono. Estos hechos fue- ron confirmados por Cornil, Chantemesse, Morel y otros patologistas, quienes acogieron este método terapéutico con bastante entusiasmo. Su aplicación está fundada en dos experiencias de Cl. Bernard. En una, este fisiologista demostró que las sustan- cias tóxicas administradas por inhalación, son absorbidas rápidamente, y cuando la dosis es suficiente, matan al ani- mal, porque penetran al sistema arterial; en otra, demostró que estas mismas sustancias introducidas en las venas ó en el tubo digestivo se eliminaban por los pulmones, sin causar ningún accidente, con la condición de ser administradas por pequeñas dosis y no administrar nueva cantidad, sino hasta que la anterior se haya eliminado completamente. El conocimiento de estas experiencias sugirió al Dr. Bergeon la idea de buscar una sustancia volátil antisép- tica, que se eliminara por el pulmón, sin que produjera accidentes desde su absorción hasta su exhalación por la superficie pulmonar. Sucesivamente fueron experimenta- das diversas sustancias: el cloro, la trementina, el éter, el 32 amoniaco y el bromo; pero todas ellas causan viva infla- mación en el recto, razón por la que su empleo fué dese- chado. El ácido sulfhídrico, del cual se había servido Cl. Bernard para sus -experiencias, no tiene los inconvenientes señalados; más, si se le mezcla con el ácido carbónico, que también es absorbido por el sistema venoso. Además, el ácido sulfhídrico goza de propiedades antisépticas podero- sas. Fundado en esto, M. Bergeon escogió para el trata- miento de la tuberculosis el ácido sulfhídrico administrado por el recto. Para aplicar este método, Morel inventó un aparato llamado gaso-inyector. El principio en que está fundado su funcionamiento es, que una corriente de gas ácido car- bónico al atravesar un líquido que contiene principios ga- seosos ó volátiles, arrastra éstos en el sentido de la cor- riente. i Dos partes esenciales le componen ; una sirve para pre- parar el ácido carbónico, y la otra para inyectarlo al recto, haciéndolo pasar antes por las sustancias que se desea administrar. El gas se prepara en un frasco, cerrado con un tapón provisto de dos tubuladuras, que contiene bicar- bonato de sosa; uno de los tubos sirve para agregar al bi- carbonato ácido sulfúrico diluido, y el otro para el despren- dimiento del gas que se recoge por medio de un tubo de cautchouc en un globo de la misma materia y de una ca- pacidad de 6 litros. Una vez lleno el globo de gas se in- terrumpe la comunicación con el frasco gasógeno y se co- munica con el aparato inyector. Este se compone de una pera de cautchouc provista de dos tubos: uno de ellos se comunica con el globo, y el otro con una de las ramas ho- rizontales de un tubo de vidrio en forma de T, cuya rama 33 vertical atraviesa el frasco que contiene la sustancia medi- cinal; á la segunda rama horizontal sigue un tubo de caut- chouc, cuya extremidad libre lleva la cánula rectal. El ob- jeto de este sencillo aparato es aspirar el ácido carbónico é impulsarlo hácia el frasco que contiene la sustancia an- tiséptica, que arrastrada por la corriente gaseosa, llega al recto donde es absorbida. El líquidoque contiene la sustancia medicinal puede ser una agua mineral ó artificial; por ejemplo, una solución de sulfuro de sodio, puede contener también sulfuro de carbo- no. Sin embargo, Dujardin-Beaumetz dice que cuando se emplea este último, debe tenerse mucho cuidado por sus propiedades inflamables é irritantes y también porque des- compone el aparato, disolviendo el cautchouc. Para el éxito de este método es necesario conocer las reglas indispensables que deben observarse en su aplica- ción. Lo más importante es emplear sustancias enteramen- te puras y manejarlas con prudencia. En el momento de la inyección el abdomen se dilata considerablemente, por loque es necesario evitar todo género de compresión; el enfermo estará acostado sobre el dorso, completamente desnudo. En la primera inyección el médico debe apreciar con la mano la resistencia que oponen las paredes intesti- nales y abdominal al dilatarse; suspenderla cuando la re- sistencia es muy considerable y no continuarla sino hasta que la cantidad del gas inyectado, esta primera vez, se haya absorbido y eliminado. Sucede algunas veces que los enfermos sufren en la primera inyección fuertes cólicos y ganas apremiantes de defecar. Si éstas son irresistibles, se debe desahogar el in- testino de los gases y se repite la inyección cuando hayan desaparecido los cólicos. Generalmente se evitan los cóli- cos háciendo la inyección con bastante lentitud. El inter- valo que debe mediar entre cada aspiración de la pera debe ser de i 5 á 20 segundos. De esta manera se puede inyec- tar en cada sesión 3 litros de gas, cantidad que más tar- de se puede aumentar á 6 litros ; pero M. Bergeon dice que bastan 4 litros para obtener una mejoría notable. Los en- fermos no solo soportan perfectamente estas cantidades, sino también aprenden el modo de aplicarse las inveccio- nes sin que sea necesaria la dirección del práctico, porque ellos mismos gradúan la cantidad máxima que pueden so- portar. Sin embargo, el médico no debe permitir que sus enfermos practiquen por sí mismos sus inyecciones, sino hasta que esté seguro de que han aprendido y de que es- tán exentos de correr algún peligro. En las primeras in- yecciones se calculará poco á poco la susceptibilidad del individuo y no se aumentará la cantidad administrada dia- riamente, sino hasta que se comprenda que no causa nin- gunos trastornos. Las contraindicaciones del método han sido señaladas por su inventor. La más importante es la hemoptisis: las inyecciones rectales aumentan la hematosis y modifican el ritmo de la respiración, por lo que aumentan también la tendencia á las hemorragias bronco-pulmonares. El Dr. Bergeon las ha observado en algunos enfermos tratados por su método. Otra de las contraindicaciones es la inva- sión de los tubérculos en los dos pulmones, acompañada de una fuerte dispnea y de lesiones muy avanzadas. M. Roche dice que en este estado el gas no se elimina fácilmente, pu- diendo ser causa de congestión pulmonar, como ha tenido 35 oportunidad de observarla en un enfermo que murió dos dias después de habérsele aplicado tres lavativas. No atri- buye la muerte al método, sino á lo avanzado de las lesio- nes. M. Bergeon aconseja que antes de aplicar las lavativas se examine cuidadosamente al enfermo, no tanto con el ob- jeto de conocer lo avanzado de su enfermedad, sino con el de saber la extensión de la superficie pulmonar con que se cuenta para la eliminación del gas. Respecto del aparato circulatorio, la única contraindi- cación formal, es la dilatación aneurismal de los vasos to- rácicos. M. Bergeon dice, que llamado en consulta para un enfermo que tenia un padecimiento de este género, se rehusó abiertamente á aplicar su método. Las lesiones valvulares del corazón, aun estando muy avanzadas, no son una contraindicación. En varios tísicos y asmáticos que tenían lesión del corazón, M. Bergeon y Morel han aplicado las lavativas gaseosas, sin notar ningún acciden- te; todo lo contrario, los enfermos han sido consolados en sus padecimientos. El estado ateromatoso de los vasos, sí lo considera como una contraindicación, aunque hasta aquí no tenga pruebas para asegurarlo. En cuanto al aparato digestivo, no existe ninguna con- traindicación séria, pues las lavativas se han aplicado en niños tísicos, en quienes el peritoneo estaba invadido por los tubérculos, notándose en ellos alguna mejoría. Los pe- ligros de las inyecciones existen, si no se han tomado to- das las precauciones aconsejadas por el autor. Estas son, la elección del medicamento, que debe ser puro, prefirién- dose las aguas sulfurosas naturales á las artificiales, to- mándolas, si es posible, cerca del manantial; la inyección se hará sin mezcla de aire, para lo cual es conveniente de- 36 jar funcionar un momento el aparato al aire libre, á fin de expulsar el aire contenido en su interior; hacer la inyec- ción con moderación y prudencia, graduando la cantidad de gas que puede soportar el intestino sin inconveniente. Los resultados que dan las lavativas gaseosas son sor prendentes en algunos enfermos. De las muchas observa- ciones publicadas por M. Bergeon y Morel, se desprende que la expectoración disminuye considerablemente, pues algunos enfermos que expectoraban al dia de too á 200 gramos de materias muco- purulentas, al cabo de poco tiempo de tratamiento disminuía su cantidad ¿364 gra- mos diarios; los accesos de tos son menos frecuentes, la dispnea desaparece, lo mismo que los sudores y la fiebre; en fin, el peso del enfermo aumenta y se mejoran todos los síntomas que manifiestan la deterioración profunda del or- ganismo. Podría asegurarse que el paciente ha recobrado la salud, si el análisis microscópico de los exputos no re- velara la existencia de los bacilos, lo que demuestra que la curación no es completa. Efectivamente, en algunos de los enfermos tratados por Bergeon y Morel, cuyo estado general era muy satisfactorio, se suspendieron las lavativas gaseosas, y al cabo de poco tiempo tuvieron una recaída y de nuevo todas las manifestaciones de la enfermedad, que se modificaron inmediatamente restableciendo la apli- cación del método. M. Bergeon cita la observación de una señorita, en quien su estado general al principio del tratamiento, daba muy pocas esperanzas de mejoría. A las seis semanas de usarse el tratamiento podia considerarse como convale- ciente; pero tan luego como se suspendía, volvían á ma- nifestarse los síntomas alarmantes del principio. Obser- 37 vaciones análogas á esta son citadas por Morel y Chan- temesse. Bueno seria que en nuestros hospitales ó en la clien- tela civil se siguiera el método de Bergeon, para decidir si es de aconsejarse ó de desecharse. Para hacer aprecia- ciones justas, bastaría imponerse bien de los detalles del método y aplicarlo sin ninguna modificación tal como lo ha aconsejado M. Bergeon. Creosota. La creosota es un producto líquido ligeramente olea- ginoso obtenido por la destilación á cierta temperatura de los alquitranes. Es soluble en el alcohol; los aceites y el éter; muy poco soluble en el agua. Es un producto no muy bien definido en su composición: sus principales compo- nentes son el ácido fénico y el ácido cresílico. Desde el año de 1833, que fué descubierta por Rei- chenbach, se usó con bastante aceptación en el tratamien- to de la tuberculosis. La opinión de los que la usaron en aquella época, fué favorable á su empleo. Después, se abandonó á causa de los trastornos que producía princi- palmente en el estómago, debidos, según Bouchard, á la impureza del medicamento. En 1877, Bouchard y Gimbert restablecieron el uso de la creosota en la tisis pulmonar. Estos autores dicen que administrada á la dosis de 0,40 diarios, no influye de un modo notable en la respiración, circulación y calorifi- 38 cacion; modifica la nutrición, disminuyendo en una tercera parte la eliminación del ácido úrico. El tratamiento debe ser continuado con perseverancia, atendiendo á que la en- fermedad contra la cual se instituye es de marcha crónica; puede aumentarse sucesivamente la dosis empleada hasta la cantidad *de 3,60 diarios. Disuelta en el aceite de vaselina, elevando el grado de concentración al 50 por 100, puede administrarse en in- yecciones hipodérmicas sin producir accidentes inflama- torios. La emplean generalmente en cápsulas, conteniendo ca- da una 0,05 de creosota disuelta en el éter. Se dan de cua- tro á cinco cápsulas diarias, aumentando la dosis hasta 10 ó 12 repartidas entre cada comida, y esto por mucho tiempo, sinquesobrevenganingún accidente. Los efectos obtenidos por la administración de este medicamento son notables: si no la curación completa, sí una mejoría notable, princi- palmente en los tísicos del primero y el segundo período; en estos períodos se obtiene algunas veces la curación com- pleta, lo que no ha podido conseguirse en el tercer período de la tisis. En casi todos los enfermos colocados bajo la influencia de este tratamiento, el deterioro del organismo se detiene; la tos. la expectoración y los sudores disminu- yen ; los bacilos son más raros en los exputos y desapare- cen cuando se logra la curación; recobran el apetito y au- mentan mensualmente de peso. Cuando en 1877 Bouchard y Gimbert dieron á conocer el resultado de la administra- ción de la creosota al interior, la habían usado en algunos enfermos con moderación y á pequeñas dosis por temor de producir envenenamiento y no á las que dicen se pueden emplear actualmente. 39 Ponemos á continuación un cuadro estadístico que pu- blicaron entonces, para que se juzgue mejor de los resulta- dos obtenidos. Enfermo** en el primer grado 8 casos. Curaciones 5 . 62 p% Mejorados 3 .... • 3° ,, Sin éxito 0... . co ,, Muertos 0 . 00 9. En el segundo grado (> casos Curaciones ... 20 29 P%- Mejorados 20 3° „ Sin éxito 15 23 Muertos 12 18 ,, En cf tercer grado 18 caso». Curaciones o... -- 00 P% Mejorados 6... - 33 » Sin éxito 3- - -- i7 » M uertos 9--- -- 5o ,» Dirémos, por último, que hay mayor probabilidad de éxito en los enfermos atacados de tisis crónica apirética, que en los afectados de tisis subaguda y aguda. Pues en los enfermos que tienen 38 o 5 en la mañana y uno ó dos grados más en la tarde, no se han obtenido efectos favo- rables. El Dr. Sommerbrodt, de Berlin, ha aplicado el trata- miento de la creosota en 5,000 tísicos, obteniendo muv buenos resultados. La mayor parte de los enfermos en eí primero y segundo grado han sido curados. Para terminar lo relativo á la creosota, dirémos que los I)res. Rosam- basch y Trüc la han aplicado atrevidamente, disuelta en el alcohol á 90o al 3 ó 4 por 100, inyectándola en el pa- renquima pulmonar. El Dr. Trüc no ha continuado este tratamiento á pesar de la mejoría observada, porque en algunos enfermos se provocaba un dolor muy agudo en el lugar de la inyección. 40 Acido fénico. Según las experiencias verificadas en los caldos de cultivo con diferentes antisépticos por los Dres. Filleau y León Petit, el ácido fénico es la única sustancia que á la dosis del 3 por ioo detúvola evolución bacilar. Natural- mente en el estudio del tratamiento de la tuberculosis por los antisépticos, debían preferirlo y así lo han hecho. Pe- ro antes de aplicarlo en el hombre, lo experimentaron en el conejo, animal que con mucha facilidad se puede hacer tuberculoso. La manera como hicieron la experien- cia es la siguiente: “Durante 40 dias tres conejos de la misma edad y del mismo peso recibieron cada dia una in- yección de 10 centigramos de fenol absoluto, sin que pa- recieran incomodados por esta dosis tan elevada; después, fueron inoculados con la materia tuberculosa que sirvió de semilla para sembrar los tubos en las experiencias prece- dentemente citadas, donde dio resultados positivos. En un conejo las inyecciones de ácido fénico fueron continuadas regularmente; los otros dos abandonados, sucumbieron uno á los 64 y el otro á los 89 dias. Los dos presentaron en la autopsia las lesiones características de la tuberculosis, n “ Otros dos conejos fueron inoculados el mismo dia, sin habérseles administrado previamente el ácido fénico, y en seguida sometidos á las inyecciones hipodérmicas cuoti- dianas de 10 centigramos de fenol absoluto, uno al dia si- guiente de la inoculación y el otro un mes después. Estos 41 animales se aislaron y colocaron en las mejores condicio- nes posibles de alimentación é higiene.m "El nú-mero i sometido al ácido fénico antes y después de la inoculación, es muy vigoroso y no presenta ningún síntoma de enfermedad. El número 2 era una hembra em- barazada que parió 15 dias después de la inoculación y á la fecha no ha sufrido nada. En cuanto al número 3 se ha enflaquecido considerablemente; pero á los 127 dias de la inoculación no está todavía en una situación desesperada, u Recientemente el Dr. Vittorio Cavagnis ha repetido las experiencias de los Ores. Filleau y Per.it, y los resultados han sido enteramente iguales. En el hombre ha sido administrado el ácido fénico por el método hipodérmico, cuyas ventajas para la absorción de los medicamentos conocemos. Lo que debe procurarse es administrar la mayor cantidad posible de ácido fénico sin provocar accidentes locales ó generales: para lo prime- ro bastará hacer rigurosamente el aseo de las jeringas y agujas empleadas y escoger para hacer las inyecciones una región, como la glútea, abundantemente provista de tejido celular y muscular. En 1886 Albin Meurcier vulgarizó el empleo de la vaselina líquida como vehículo para las in- yecciones hipodérmicas. La vaselina líquida goza la pro- piedad de hacer inofensivas para la piel sustancias que se- rian cáusticas, inyectadas en solución acuosa y al mismo título de concentración. Pero como el ácido fénico es po- co soluble en la vaselina líquida, Filleau y Petit emplean como vehículo el aceite de olivo que es muy fácil conseguir- lo puro; hacen las soluciones del modo siguiente: " Se es- coge el aceite de olivo virgen ó de primera expresión y en cuanto sea posible sin el gusto del fruto y de un olor agra- 42 dable. Se esteriliza y decolora, hirviéndolo durante diez minutos y mezclándole el 5 por 100 de carbón animal; des- pués se le filtra varias veces hasta que quede casi blanco, n “ Se hierve de nuevo y se le conserva en frascos este- rilizados y herméticamente tapados, n El aceite de olivo adquiere las propiedades de la va- selina líquida con estas diversas operaciones; pero tiene el inconveniente de no dar, cuando se le mezcla con la sus- tancia antiséptica, soluciones bastante fluidas, por lo que se tapan las agujas. Para hacerlo desaparecer, se le agrega vaselina líquida en proporción compatible con la solubili- dad del ácido fénico. Filleau y Petit dan las fórmulas siguientes: Solución dé- bil: fenol absoluto, 10 gramos; aceite esterilizado, 50 gra- mos ; vaselina líquida medicinal, 40 gramos. Solución fuer- te: fenol absoluto, 20 gramos; aceite esterilizado 50 gra- mos; vaselina líquida medicinal, 30 gramos. Cada gramo de estas soluciones contiene 10 y 20 cen- tigramos de fenol absoluto. Las dosis variarán según la urgencia del caso. Pueden administrarse sin accidente hasta logramos de la primera solución y 5 gramos de la segunda en 24 horas. La dosis media es de 20 á 60 centigramos de ácido fénico por dia. Es conveniente calentar las soluciones, en el momen- to de inyectarlas, á la temperatura de 37 grados. El ácido fénico parece acumularse en el organismo sin serios inconvenientes. Filleau cita la observación de un enfermo á quien ad- ministraba todos los dias 5 centímetros cúbicos de aceite de olivo, conteniendo un gramo veinticinco centigramos de fe- nol absoluto. A los diez dias de tratamiento aparecieron los síntomas do envenenamiento, que á pesar de la supresión de las inyecciones, aumentaron durante cuatro ó cinco dias, disminuyendo en seguida. La orina tuvo huellas de ácido fénico por espacio de 17 dias, contados desde el primero de la aparición de dichos síntomas. Los efectos tóxicos del ácido fénico, según Filleau y León Petit, no son tan comunes como se cree generalmen- te. Cuando las dosis son elevadas aparecen con lentitud, lo que permito disminuir la dosis ó suspender el tratamiento. El primer síntoma de envenamiento es una cefalalgia frontal con caractéres especiales; con frecuencia se mani- fiesta, á la vez, una sensación particular entre los dientes, como si un cuerpo extraño estuviese interpuesto entre ellos. La orina toma una coloración verdosa, signo tardío y que no es constante. Esta coloración indica la eliminación del ácido fénico por los riñones. Para encontrar peque- ñas cantidades, se destila la orina, mezclada con ácido clor- hídrico en una retorta de vidrio. El producto de la desti- lación se trata con el agua bromada que da un precipitado blanco amarillento, ó con el nitrato ácido de mercurio que da una bella coloración de un rojo subido. Los resultados obtenidos con el ácido fénico son nota- bles. Leyendo las observaciones publicadas por los Dres. Filleau y León Petit, se ve que los enfermos afectados de tisis crónica en el primero y segundo período, cuando si- guen el tratamiento durante largo tiempo, se mejoran y aun son curados. Poco después de instituido el tratamiento se modifican favorablemente la tos, la expectoración, los sudores, la fie- bre, etc. Una cosa notable que han observado, en casi to- dos los enfermos, es la vuelta rápida del apetito y el au- 44 mentó de peso. Cuando se ha suspendido la menstruación se restablece, si se mejora el estado general. Durante el curso del tratamiento es muy esencial ob- servar los exputos en el microscopio cada 15 dias ó un mes, para comparar el número de bacilos con el de las anteriores preparaciones y de este modo darse cuenta de los resulta- dos favorables; y no puede asegurarse que una curación es definitiva, sino hasta que desaparece completamente el ba- cilo de los exputos. A la vez que se usan las inyecciones puede adminis- trarse por la vía estomacal dos ó tres cucharadas soperas, al dia, de glicerina fenicada al medio ó al uno por ciento. Si los síntomas de intolerancia se manifiestan al principio del tratamiento con el ácido fénico, se le debe administrar en pequeñas cantidades. Si la intolerancia se manifiesta des- pués de algunos dias, de tal manera que obligue á suspen- der el tratamiento, Filleau y Petit aconsejan inyectar en proporciones convenientes alguno de los muchos antisép- ticos que se conocen como el timol, el eucaliptol, el yodo- formo, etc., en tanto que puede volverse al ácido fénico. Tomamos de Filleau y Petit un cuadro estadístico que reasume los resultados obtenidos en 122 enfermos. Curados. Muy mejo- rados. Mejorados. Estaciona- rios. Agravado*, Muertos. Total. Primer grado 18 17 4 „ ,, 39 Segundo grado... 12 19 11 7 5 2 56 Tercer grado 6 8 5 3 5 27 Total 30 42 19 16 8 7 122 45 Como complemento de este cuadro trascribimos ínte- gras las apreciaciones de estos autores. “ Se ve que al principio las probabilidades de curación son muy considerables, puesto que la proporción de los en- fermos curados ha sido de 46 por ciento en los casos tra- tados. 11 " Entre los individuos muy mejorados, la mayor parte han suspendido el tratamiento para volver á ejercer su tra- bajo. Muchos de éstos, con un poco más de tiempo, ha- brían aumentado el numero de los casos de curación. 11 *» Los cuatro enfermos estacionarios se dividen del mo- do siguiente: dos han abandonado el tratamiento á los quince dias y los otros dos antes de treinta, n “ En el segundo grado el número de las curaciones ha sido poco más ó menos de 21,4 por ciento, y la cifra total de los enfermos mejorados por el tratamiento aséptico, de 75 por ciento en los casos tratados, h “ En fin, de los veintisiete tísicos tratados en el último período de la enfermedad, no citamos ningún caso de cu ración, porque no hemos podido obtener curaciones com- pletas; muchos enfermos de este período, todavía están sometidos al tratamiento, y esperamos verlos figurar entre los casos curados, en la estadística completa que publica- rémos á fin de año. 11 No nos ha sido posible ver la estadística á que se re- fiere el párrafo anterior, aunque el año citado es el próxi- mo pasado. Nosotros, que hemos aplicado las inyecciones de aceite fenicado á tres enfermos de la sala de Clínica de quinto año, solamente podemos asegurar que el ácido fénico ad- ministrado del modo que hemos dicho, no produce malos 46 resultados aun á dosis relativamente elevadas. En uno de ellos inyectábamos diariamente en la mañana y durante doce dias consecutivos, dos jeringas de Pravaz de la solu- ción fuerte, que poco más ó menos equivalen á 50 centi- gramos diarios de ácido fénico cristalizado. Además, este enfermo tomaba dos cucharadas diarias de glicerina feni- cada al 1 por 100. En los dias señalados no observamos ninguno de los síntomas de intoxicación indicado e Al cabo de los doce dias el enfermo solicitó su alta, la qu.‘ le fué concedida, pues como se sabe, no se les puede negar cuan- do la solicitan. Esta circunstancia nos impidió recoger la observación completa. En este enfermo notamos algunas modificaciones en los síntomas: la frecuencia de la tos, la expectoración, la fiebre y los sudores nocturnos, disminuyeron ligeramente; el apetito aumentó de una manera notable, al grado de no ser suficientes para satifacerlo los alimentos que se le da- ban, y según el dicho del enfermo, este era el motivo que le hacia solicitar su alta. En otro enfermo también administramos el ácido fénico á dosis elevadas, sin notar ningún síntoma de envenena- miento. Como á los quince dias de entrado al hospital, mu- rió. Ea autopsia nos demostró que la vida en este indivi- duo era materialmente imposible: el vértice del pulmón derecho era una vasta caverna; el resto de este pulmón y el vértice del izquierdo, infiltrados completamente de tu- bérculos, casi todos en vía de reblandecimiento. El lóbulo inferior del lado izquierdo era la única porción permeable. El tercer enfermo hace pocos dias que está tratándose, y hasta hoy no podemos indicar ningún resultado. Sabemos que en el Hospital Militar los tuberculosos 47 están aislados en una sala especial, que contiene pocas ca- mas relativamente á las demas, y donde se les trata por el método antiséptico. Nuestro amigo el Sr. Melgarejo, practicante de dicha sala, nos ha suministrado bondadosamente los datos que damos á continuación. La mayor parte de los enfermos llegan á la sala en el segundo ó tercer período de la tisis. En algunos de estos últimos, los síntomas mejoran después de varios dias de tratamiento; pero los más mueren, y la autopsia demues- tra lo muy avanzado de las lesiones pulmonares. Sentimos no poder dar las observaciones completas de algunos enfermos; pero cuando menos, dirémos algunas palabras que expresen los resultados obtenidos. Un enfermo, el que ocupa la cama núm. i, entró á la sala afectado de pió-neumo-tórax del lado izquierdo de origen tuberculoso, comunicando con el aire exterior por un espacio intercostal. A su entrada á la sala, el estado general del enfermo era deplorable; hoy se encuentra re- lativamente gordo y de buen color. Los signos locales han mejorado notablemente; al principio, la cantidad de pus que escurría todos los dias, era valuada en más de qui- nientos gramos, y la cantidad de pus arrojada desde el principio de su enfermedad á la fecha, según el Sr. Mel- garejo, en más de 50 kilogramos; actualmente, el escurri- miento se ha reducido poco más ó menos, á 100 gramos diarios. Las lesiones pulmonares permanecen casi en el mismo estado que al principio del tratamiento. El método curativo seguido con este enfermo, ha sido el siguiente: A más de lavarse la cavidad pleural diariamente con una solución de ácido fénico y bórico al 4 por 100, se le 48 ha hecho diariamente, en una vez y en el mismo lugar, una inyección hipodérmica de cinco gramos de una solución acuosa de ácido fénico cristalizado al 4 por 100, sin obser- varse ningún accidente general ó local. El método de las inyecciones hipodérmicas, ha sido suspendido en este en- fermo, como en los ciernas, para continuarlo después, por causas ajenas á la voluntad y sin que los síntomas recla- maran la suspensión del medicamento. La alimentación ha sido de la mejor que puede conce- derse á los enfermos de hospital. Este enfermo, en el tiempo que estuvo en otra sala que la que ocupa actualmente, se agravó poco á poco has- ta que pasó á la sala de tuberculosos, donde desde hace mes y medio ha ido mejorando notablemente. El Sr. Melgarejo atribuye la mejoría que se nota en este enfermo, a las inyecciones fenicadas. Nosotros cree- mos que probablemente se debe á la misma causa, aten- diendo á que el resto del método curativo es el mismo que se le aplicaba en las otras salas donde había estado sin ha- berse mejorado en nada. Otro enfermo que ocupa la cama núm. 7 de dicha sa- la, también se ha mejorado con las inyecciones hipodér- micas de la solución acuosa de ácido fénico. Al principio se le aplicó con mucha prudencia, diariamente una jeringa de Pravaz de una solución al 2 por 100. Ultimamente las inyecciones se le hicieron con la solución al 4 por 100 en la proporción de cinco gramos diarios. Hace como dos meses y medio que vimos este enfer 1110, y entonces los accesos de tos eran muy frecuentes, la expectoración muy abundante, la fiebre continua con exa- cerbaciones vesperales y el apetito muy disminuido. To- dos estos síntomas se han modificado de una manera no- table; actualmente la tos es menos frecuente, la expecto- ración está reducida á poca cantidad, la temperatura es normal, y el apetito se ha restablecido. Nuestro amigo el Sr. Melgarejo, que se empeña en saber con precisión los adelantos curativos que se consi- guen en estos enfermos, los pesa mensualmente, y en casi todos ha notado un aumento de peso, particularmente en el último enfermo de que hemos hablado. En otro enfermo que entró á la sala con tuberculosis pulmonar incipiente, su enfermedad se ha detenido, y ac- tualmente desempeña sin ninguna molestia el empleo de afanador. El tratamiento antiséptico de la tuberculosis se estu- dia actualmente en el extranjero por autores de reconocida competencia; los resultados favorables que han obtenido son tan halagadores, que merece se ensaye entre nosotros este método. Corresponde á los ilustrados Profesores de nuestra Escuela proseguir y completar tan difícil estudio; sus conclusiones serian guía segura, para los que se resol- vieran á emplear dicho método. Lejos de nosotros la creencia de haberse encontrado el específico de la tuberculosis; creemos, sí, que no debe olvidarse lo que dicen los experimentadores, y considerar el tratamiento antiséptico, cuando menos, como arma po- derosa de la que podemos disponer en la curación de la enfermedad producida por el bacilo de Kock. México, Mayo de 1888. Pedro Guevara.