FACULTAD J)E MEDICINA DE MEXICO. DE LA URETROTOMIA INTERNA ESTUDIO QXJE PARA EL EXAMEN GENERAL DE MEDICINA, CIKU.JIA Y OBSTETRICIA PRESENTA AL JURADO CALIFICADOR ANTONIO MENDOZA Y VAZQUEZ Alumno de la Escuela N. de Medicina, practicante de número del Hospital de San Andrés, practicante del consultorio de la Beneficencia Pública y miembro de la Sociedad Filoiátrica. MKXTCO. Tip. Berrueco Hnoe., calle de San Felipe Neri núm. nos 1887 % k m§mé ateiitífia tk mí jfaáre, ' t A LA MEMORIA OE MI QUERIDO TIO EL SEÑOR jjhtt fffamw! fjfífttáoza. M mi i&alaffti&tt Wút$ A IOS EMINENTES CIRUJANOS DRES. RAFAEL LAYISTA - Y - Francisco de P. Chacón. Débil tributo ele gratitud, por los numerosos favores que se han dignado dispensarme. A MI ESTIMADO MAESTRO DR. MANUEL DOMINGUEZ. Respeto y gratitud. AL DISTINGUIDO CLINICO DR. DEMETRIO MEJIA. Hónrome en dedicarle este insignificante trabajo. INTRODUCCION: y U.RANTE mi práctica en el Hospital de ' San Andrés, he tenido oportunidad de ob- servar multitud de operados de uretrotomía. interna, siguiendo paso á paso sus resultados. No sin sorpresa, lie visto que esta operación, que al estudiarse en los libros, parece de las más benignas, viene acompañada muchas veces de accidentes de tal modo graves, que en ciertos casos se termina por la muerte. La idea que he tenido al escribir sobre este asun- to, ha sido la de reunir esos diversos accidentes, pa- ra que presentándolos en conjunto, atraigan la aten- ción de los cirujanos, haciendo que se lijen en los riesgos que puede correr el enfermo, y que cono- ciendo estas complicaciones se las pueda evitar ó combatir con mejor éxito. Además, la uretrotomía, como toda operación, tiene sus indicaciones, y no porque haya un estrechamiento debe recurrirse in- mediatamente á ella, xómte todo debe estudiarse lo mejor que se pueda ai enfermo, fijándose especial- mente en las enfermedades que tengan alguna rela- ción con la estrechez; pues si tal enfermo que no tiene más que estrechamiento, se cura con la opera- ción, á otro que tiene una complicación renal le cau- sará la muerte. Por no fijarse ó no conocer estos detalles he visto, tanto en los hospitales como fuera de ellos, pasar momentos desagradables á algunos cirujanos. Voy, en consecuencia, á ocuparme de estos acci- dentes, colocándolos por su orden de frecuencia. Los accidentes consecutivos á la uretrotomia in- terna, pueden reducirse á dos: La infección ó envenenamiento urinoso y Las hemorragias. Dividiremos este estudio en dos secciones: en la primera, nos ocuparemos de los orígenes de la in- fección urinosa, y en el segundo, de las hemorrágias y modo de contenerlas. Una tercera, se ocupará de un accidente no descrito por los autores: la retrac- ción viciosa de la uretra producida por una cicatriz longitudinal extensa. 11 SECCION I. la infección urinosa. La infección urinosa puede ser aguda ó crónica. Estudiaré solamente la primera por ser la que se engendra por la uretrotomía. Muchas teorías se han imaginado para explicarla: la Üebitis, la absorción, el choque nervioso, etc., más ó menos satisfactorias, más ó menos fundadas. Se deduce de ellas, que la infección puede producirse de dos modos, ó directamente abriendo una vía para la absorción, sea en la uretra ó en la vejiga, ó indi- rectamente por acción refleja suspendiendo la secre- ción renal. § 1° INFECCIÓN POR DESGARRADURA 1)E LA URETRA. La uretra es muy frecuentemente desgarrada por las sondas muy delgadas que se introducen sin cui- dado, sobre todo cuando hay estrechamiento valvu- lar; pero lo que origina accidentes muy graves y aun mortales, es la introducción del conductor de Mai- soneuve, sin candelilla; apénas se comprende que haya personas bastante atrevidas para prescindir de la paciencia que se necesita para lograr el paso de la candelilla. El cirujano al practicar la uretrotomía necesita de tanta paciencia como destreza. Muchas veces en la primera sesión no pasará la candelilla, 12 pero no por eso se deberá prescindir, y al fin, por muchos que sean los estrechamientos y por pequeño que sea el orificio que circunscriben, siempre se lo- grará pasarla; y esta opinión no es mia, autores de la categoría de Thompson la profesan como una máxi- ma: por donde sale la orina,por ahí puede pasar la can- delira. Pasar el conductor sin ella, solo pueden per- mitírselo profesores como nuestro eminente cirujano el Sr. Dr. Lavista, con quien pocas personas pueden competir en ese ramo, y aun al mismo cirujano he visto vacilar, dudando si el conductor había pene- trado en la vejiga. Se trataba de un enfermo del Hospital de San Andrés; la uretra tenia una dispo- sición excepcional; los estrechamientos múltiples y la trasformación en tejido conjuntivo de toda ella, le daban una dirección en S repetidas, siendo impo- sible, después de muchas tentativas, la introducción de la candelilla. El enfermo estaba ya bajo la in- fluencia de la infección y el paso de la orina suma- mente difícil, hacía sufrir al enfermo horriblemente. En esta situación se decidió á operar sin candelilla; después de un trabajo de hora y media, se logró que penetrara el conductor y luego el cuchillo, no sin doblarse muchas veces por la excesiva dureza del tejido inodular; á continuación se introdujo una sonda de grueso calibre y se puso una inyección de 250 gramos de agua; pero con gran sorpresa de to- dos, el agua se quedaba en la vejiga, y no obstante que se hacían presiones sobre ella, no salía ni una gota; entonces se puso otra inyección, igual resulta- do. Se temía haber hecho una falsa vía y que se es- tuviera derramando el agua en la cavidad peritoneal aunque por el tacto rectal parecía sentirse en la ve- 13 jiga. Se puso al enfermo en quietud y se esperó el resultado. Los síntomas de la infección continuaron por espacio de tres dias, al cabo de los cuales el en- fermo sucumbió. En la autopsia se encontró una comunicación muy amplia del riñón derecho con el intestino delgado: así se explica cómo por más agua que se puso no volviera por la sonda ni una gota. Nuestro maestro no se liabia equivocado; con su acostumbrada habilidad y tropezando con obstácu- los infinitos, había logrado franquear todo el canal, y sin embargo él mismo, por un momento, temía ha- ber hecho una falsa vía. LTn caso desgraciado he tenido ocasión de obser- var, hace algunos años, en la práctica civil. Un jo- ven de constitución robusta, entregado á los ejer- cicios del campo, gozando casi de buena salud, contrajo una estrechez. Las molestias que ésta le causaba carecían de importancia; pero decidió ope- rarse por temor de lo que pudiera sobrevenirle. Dos cirujanos lo operaron, no usando la candelilla por no perder algún tiempo y por la seguridad que tenían de hacer pasar el conductor. Pasó el dia sin más accidente que una corta elevación de temperatura; en la noche, un violento calosfrío, calentura de 40°; al dia siguiente, algunas placas de infiltración en el perineo, se hicieron debridaciones, pero la infiltra- ción ya estaba muy avanzada y el enfermo murió al cabo de pocos dias. De estos hechos y otros análogos, debe concluir- se que jamás debe introducirse el conductor sin la respectiva candelilla siempre que no se posea una habilidad suma para conducirlo al través de una uretra tortuosa. 14 Sin embargo, no es necesario que se produzca una falsa vía para que se manifieste la infección, basta muchas veces, la simple herida hecha por el uretro- tomo, y esta infección se muestra por los mismos signos que en el caso anterior. A las pocas horas de la operación, regularmente ocho ó diez, se anun- cia por un fuerte calosfrío seguido de una elevación de temperatura de 39° á 40c, después un copioso su- dor; este accidente es muy raro que falte, por mi parte lo he observado casi siempre en los operados del hospital y se puede decir que de 100 de ellos, 90 lo sufren. Regularmente no es de gravedad, pues dura uno ó más dias y el único inconveniente es la molestia que causa al enfermo; pero cuando se repite muchos dias seguidos, el enfermo se debilita sobre- manera, el apetito se pierde y las funciones digesti- vas pueden comprometerse seriamente. Se ha que- rido evitar este accidente poniendo inmediatamente después de la operación una sonda blanda á per- manencia; pero esto es sustituir un accidente por otro. En primer lugar no se evita el paso de la ori- na por la herida, porque aquella pasa entre la sonda y el canal por capilaridad y permanece más tiempo en la superficie cruenta, que cuando sale sin sonda; desde luego nada se consigue. Por otra parte, la sonda obra como un cuerpo extraño en todo el ca- nal, y si solo el paso de ella produce muchas veces fenómenos parecidos á los de la absorción como ca- losfrío, calentura, etc., la permanencia de ella tiene que provocar forzosamente mayores trastornos. Así su empleo viene á añadir todo esto á los accidentes consecutivos á la operación. Mi maestro el Dr. La-vista, no es partidario de la 15 sonda a permanencia, y algunas voces que por vía de experimentación la lia usado, se lia visto obligado á renunciar á su empleo para librar al enfermo de tales accidentes. Se lia creido suprimir este accidente pasando la sonda cada vez que el enfermo tiene necesidad de orinar; pero esto tiene inconvenientes y muy gran- des; el operado se ve obligado á hacerlo con bastan- te frecuencia, y habría que pasarla seis ú ocho veces en las veinticuatro horas. Suponiendo que fuera po- sible, pues es muy difícil que el médico permanezca á la cabecera del enfermo todo el dia, el paciente no consentiría la repetición tan frecuente del cateteris- mo. Siendo la uretra tan sensible al estado normal, ¿cómo no lo será después de un traumatismo como el de la uretrotomía? Si muchas veces sufren tanto cuando se pasa al dia siguiente, ¿cuánto no sufrirán si en el mismo dia se les pasa seis ó más veces? La práctica de uno de nuestros más notables maestros, el Sr. Chacón, nos parece la más adecuada en estos casos y es la siguiente: Después de la operación se deja al enfermo en perfecta tranquilidad, vigilando nada más si ocurre algún accidente serio, y hasta los ocho dias se le pasa la sonda de calibre normal. Con esta práctica dice él, ha evitado casi siempre el accidente, siendo la elevación de temperatura corta ó muchas veces nula. Este tratamiento, por desgracia, no siempre pue- de seguirse; hay veces, como en el catarro vesical agudo, en que se descompone mucho la orina y hay necesidad de lavar la vejiga dos ó tres veces al dia, y entonces 110 podría ponerse en práctica dicho tra- 16 tamiento; pero en los cases sencillos siempre debe usarse. Como dije al principio, la infiltración también puede producirse directamente por la vejiga, este receptáculo ai estado normal no absorbe la cantidad más insignificante de orina; pero que haya alguna erosión causada, ya por la descamación del epitelio, ya por un instrumento, absorbe inmediatamente es- te líquido eminentemente séptico produciendo efec- tos sumamente graves. Bien se comprende que sien- do un receptáculo está siempre en contacto con cierta cantidad de orina, y por tanto la absorción en lugar de ser intermitente como en los casos anterio- res, es continua; de donde se originan accidentes más graves. Los instrumentos que se introducen en la vejiga, desgarran su epitelio con frecuencia, y cier- tamente no es en la uretrotomía que este accidente sea más frecuente, sino sobre todo en la litotrieia En la uretrotomía solo por mero descuido ó por ma- niobras muy bruscas puede acontecer, pues no hay necesidad de introducir el instrumento muy adentro, basta cerciorarse que está en la vejiga por el tacto rectal y luego sacarlo un poco. § INFECCIÓN INDIRECTA. La infección miñosa puede producirse indirecta- mente suspendiéndose la secreción renal. El modo de producción es diferente. En el primer caso, la orina, encontrando una vía libre, se disemina en la sangre. En el segundo, la puerta de salida se cierra y la sangre es cargada de las materias de desecho que debían eliminarse por el riñon, viene á encontrarse en un caso análogo al 17 anterior, si bien más grave. En el priméro, rara vez se produce la muerte; en el segundo, casi siempre; en aquel, presenta la economía los mismos síntomas que en los casos que se absorbe pus ó una materia séptica cualquiera: calosfríos, elevación de tempera- tura, sudores, etc.; el segundo, tiene los síntomas de un verdadero envenenamiento, la uremia; los fenó- menos más raros, atacando unas veces el cerebro, otras el pulmón y siempre ó casi siempre mortal. Todos los casos que yo lie visto se lian terminado fatalmente. ¿De qué depende esto, y cómo se explica? En la corta práctica que tengo, lie notado que siempre que estos accidentes han sobrevenido, han sido seguidos de la muerte. En la autopsia se ha comprobado una lesión reuní muy avanzada; multitud de veces hemos encontrado la nefritis supurada,funcionando solopar- te de un riñón y el otro reducido á una bolsa llena de putrílago. La lesión ha minado casi todo el riñón y no obstante permanece como en estado latente;, pero que el más ligero traumatismo ataque la uretra ó la vejiga, entóneos la pequeña parte que funcionaba se paraliza, tal vez por acción refleja, y los síntomas de la uremia unidos á los de la nefritis sobre aguda, se manifiestan con toda su fuerza y dan cuenta del enfermo en pocas horas. Para comprobar este modo de ver, citaré algunos casos. La cama número 6 de la Sección de Cirujía Mayor, fue ocupada el 22 de Noviembre de 1883 por Meliton Diaz, de veintiocho años de edad, de constitución débil y enfermiza; refiere que hace cua- tro años contrajo una blenorragia que le duró ocho meses; después solo aparecía una gota blanca en las 18 mañanas pero sin sentir molestia alguna. Hace año y medio comenzó á notar que el chorro de la orina salía bastante delgado y torciéndose en tirabuzón, de lo cual no hizo gran aprecio. Diez dias há, a con- secuencia de algunos excesos alcohólicos, le vino una retención de orina, terminando en una infiltra- ción muy considerable, y entonces se decidió á ve- nir al hospital. El dia 25 se le hicieron ámplias y profundas debridaciones en el escroto. En la parte inferior se encontró un foco del tamaño de una nuez lleno de orina muy descompuesta y pus, terminando en ella un trayecto fistuloso. Se le curó convenien- temente y al cabo de quince dias, casi estaba cica- trizada la herida, quedando únicamente la fístula por donde salía la mayor parte de la orina. Se de- terminó hacer la uretrotomía interna; pero como pa- sa casi siempre en estos casos, se olvidó el exámen de la orina. Filé operado el 11 de Diciembre intro- duciéndose el conductor con bastante facilidad; pa- só el dia en calina; el siguiente, 12, se pasó la sonda y se lavó la vejiga con agua fenicada; en la noche elevación de temperatura á 39°, resequedad de la piel, orinas escasas y muy sucias, lengua saburral. El dia 13, el estado del enfermo es alarmante, la temperatura de la mañana es de 39°5 pero está muy abatido, se queja do un dolor en la región lombar, las orinas son más sucias y descompuestas; se orde- na un purgante y lavatorios desinfectantes tres ve- ces al dia; en la tarde, violento calosfrío, sube la columna termométriea á 40°, la ansiedad es terrible, el pulso late 140 veces por minuto, la respiración es fatigosa; á poco tiempo abatimiento de tempera- tura, el pulso disminuye de frecuencia y el enfermo 19 espira esa misma noche. El clia siguiente, temiendo la descomposición rápida del cadáver, se verifica la autopsia, encontrándose lo siguiente: Uretra. En la región membranosa un estrecha- miento considerable, en la parte superior del canal la herida hecha por el cuchillo siu tendencia á la ci- catrización; mas Inicia atrás la fístula llena de putrí- lago. Vejiga. La mucosa degenerada, fungosa. Uréteres. Estos órganos sumamente dilatados, so- bre todo el derecho, como del grueso del dedo índice. Riñones. El derecho, convertido en una bolsa lle- na de supuración; el izquierdo, hipertrofiado y con los caracteres de la pelvi-nefritis aguda, adherencias perifonéales y derrame abundante. Pulmones. En el izquierdo, tres abcesos metas- táticos. Cerebro al estado normal. En este caso me parece encontrar perfectamente relacionada la muerte con la operación; si no directa, la produjo indirectamente. Indudablemente cuando el enfermo entró al hospital la piélo-nefritis estaba muy avanzada, permaneciendo en estado latente. Tal vez si se hubieran examinado las orinas, se hubieran descubierto en ellas los elementos del riñón que in- dicasen el peligro que había en operar. No conociendo la afección renal, se expone el mé- dico á convertir una enfermedad crónica, en aguda ó sobre aguda, que termina con la vida del enfermo; y el deber de aquel es, si no sanar, por lo ménos prolongar en cuanto sea posible la existencia del cpie se confía á sus cuidados. En casos como este, la operación está formalmen- te contraindicada. - 20 lié aquí otro caso análogo ocurrido en la prácti- ca civil. X de treinta y tres años, natural de C***, vi- no á México á curarse una fístula perineal. Hacía seis años había tenido una blenorragia que había du- rado mucho tiempo, aunque no. recordaba con preci- sión cuánto. A los dos años comenzó á sufrir fuer- tes catarros vesicales sumamente frecuentes y siem- pre acompañados de movimiento febril bastante acentuado. Aún recuerdo que un año ántes de ve- nir á curarse, tuve ocasión de asistir á una exacer- bación notable por su rapidez. Eli la mañana de un domingo, hizo bastante ejer- cicio á pié y almorzó copiosamente alimentos fuerte- temente especiados. Repentinamente, á la una de la tarde, fue atacado de un violento calosfrió y luego una elevación de temperatura dé 40° acompañada de sudores abundantes. Se hizo venir al médico con cuyo auxilio, á los 4 ó 5 dias estaba ya en estado de ocuparse de sus negocios. Un año después de estos accidentes, el estrecha- miento aumentó, Ja cistitis se hizo mas molesta y en vista de sus sufrimientos se decidió á venir á la ca- pital para curarse radicalmente. Reconocida por el cirujano la estrechez, opinó que debía hacerse la uretrotomía, sin tener en cuen_ ta el estado de los riñones. La operación se realizó el 12 de Febrero de 1883, al parecer con la mayor felicidad. Dos dias estuvo el enfermo relativamente bien; en la mañana se pasaba la sonda y se hacía un lavatorio alcalino á la vejiga; en la tarde había una elevación de temperatura de 38° Pero el dia 15 el termómetro subió á 40c sin haber indicio alguno 21 de infiltración; la orina salía perfectamente, un poco descompuesta solamente, lo que uo explicaba la ca- lentura que se estaba observando. Se pensó que podría tratarse de una intermitente y se instituyó el tratamiento por el sulfato de quinina, sin conse- guir nada, no obstante las elevadas dósis que se prescribieron. En esta situación permaneció hasta el 17. El 18 por la mañana, al ver yo al enfermo, se quejó de tener dormido el brazo derecho, y exami- nándolo pude cerciorarme de que estaba completa- mente paralizado. Al momento fue llamado el mé- dico, quien no hallando á qué atribuir aquel feiió-* meno, promovió una consulta. En todo se pensó, menos en la infección urinosa; las gomas sifilíticas, las perniciosas, todo fué imaginado con razón ó sin ella, para explicar aquella parálisis; todos los trata- mientos posibles se pusieron en práctica, pero el mal siguió progresando y los síntomas del envenenamien- to por la urea fueron marcándose más y más y el paciente sucumbió el 21 en medio de los más crue- les sufrimientos. Casos de esta naturaleza se podrían citar á cen- tenares y yo he tenido ocasión de ver muchos en el hospital; probablemente son ahí más frecuentes por- que los enfermos que se acogen en estos asilos son portadores de lesiones muy avanzadas. Pero en la práctica civil se observan con bastante frecuencia y así no hay razón para considerar 1?, operación co- mo sencilla; al contrario, debe hacerse con perfecto conocimiento del terreno en que se opera, porque casos tan desgraciados como el que he relatado, en los que la autopsia es imposible, comprometen sin- gularmente la reputación del cirujano. 22 SECCION II. I>e las hemorrágias. La infección urinoso es temible, en cnanto á sus consecuencias, para el enfermo; las hemorragias lo son para el enfermo y para el cirujano. En aquellas la muerte es mediata; miéntras que en éstas, el pe- ligro es inmediato, inminente. Este accidente, como todos aquellos que sobrevienen en el curso de una operación, atraen por lo menos para los profanos, más responsabilidad al operador. Afortunadamenr te dicho accidente no ocurre con mucha frecuencia, casi siempre es de poca importancia la hemorragia; pero otras es de tal naturaleza, que no hay medios suficientes para contenerla y el enfermo muere de síncope ó de agotamiento. La hemorragia que viene después de la uretroto- mía puede ser inmediata; pero en los casos en que la he observado ha sido de poca importancia. Más peligrosa es la que sobreviene al cabo de algunas horas, porque regularmente se olvida explorar de vez en cuando la parte enferma, y cuando el pacien- te nota que está desangrándose es porque ya la can- tidad de sangre es de tal manera abundante, que su pérdida es irreparable. Voy á referir algunos hechos que he tenido opor- tunidad de observar. Un enfermo que ocupaba la cama 0/3 de la Sec- 23 ciún de Cirujía que era á mi cargo, fue á curarse al hospital de una llamada por él espermatorrea. Exa- minado cuidadosamente, se reconoció que tenía en la región membranosa un estrechamiento de poca importancia; sin embargo, por vía de precaución se decidió hacer la uretrotomía interna. La operación se efectuó con facilidad, y terminada, hubo una pe- queña cantidad de sangre; se pasó una sonda grue- sa y se hizo una inyección de agua fría, con lo cual se contuvo. Esto pasaba á las once de la mañana; todo el dia estuvo bien, pero á las siete de la noche, notó el enfermero que en las sábanas escurría algu- na sangre. Dió parte al practicante de guardia, y éste inmediatamente trató de contenerla poniendo las sondas más gruesas de que disponía. A las nue- ve de la noche, la sangre salía en abundancia, em tónces se avisó al Sr. Lavista (pie filé inmediata- mente, llevando consigo las sondas más gruesas de Béniqué, de las cuales se introdujeron las de mayor calibre; después de dos horas se logró contener la sangre. Dos dias después se le formó eu el perineo un abceso urinoso, lo que demuestra que en ese lu- gar se verificó la hemorragia; había quedado muy debilitado y necesitó mes y medio para reparar la gran pérdida de glóbulos que había sufrido. LTn caso más grave que me refiere mi maestro el Sr. Chacón, que le pasó en su práctica civil. Fué Mamado para asistir á un joven afectado de un es- trechamiento. Encontró perfectamente indicada la Operación y con la prudencia que lo caracteriza, ad- virtió al enfermo que la operación, aunque comun- mente sin riesgo, podría tener remotamente al- gún resultado funesto. La operación se verificó con 24 éxito y él se retiró dejando al enfermo tranquilo, recomendando á la familia el mayor cuidado, espe- cialmente que si había la más pequeña cantidad de sangre, se le avisara inmediatamente. Poco tiempo después de la operación se durmió el enfermo, y las personas que le cuidaban se retiraron dejándole solo. Al cabo de media hora ó más, álguien se acordó del operado y filé á verle; pero cuál no sería su sorpre- sa al encontrar la sangre corriendo por el pavimen- to, el colchón y sábanas empapados y el paciente atacado de un síncope. Se avisó inmediatamente al Sr. Chacón, quien logró contener la liemorrágia con una sonda gruesa. Pocos dias después aparecieron en el perineo placas de infiltración extensas, lo cual unido al excesivo debilitamiento, dió fin al enfermo á pesar de los esfuerzos del Sr. Chacón. Debe, por tanto, tenerse en cuenta este peligro para precaverse de ¿1 en cuanto sea posible y ad- vertir su importancia á los interesados. Atendida á tiempo, puede contenerse y salvarse la vida con más ó menos trabajo. Respecto á los medios para contener la hemorra- gia, se lian recomendado muchos. Los únicos que dan resultado, son: la introducción de sondas grue- sas, la ergotina al interior, así como el percloruro de fierro, y últimamente el Hidratis canadensis. No debe olvidarse que la introducción de la sonda gru- esa combinada con el cambio de posisión suele con- ten erl a. 25 SECCION III. la retracción de la uretra. Réstame sólo hablar de un accidente que no he visto mencionado en ninguno de los autores que .se ocupan de la uretrotoinía interna: la retracción de la uretra. Un solo caso conozco de esta clase, y me fue re- ferido por uno de nuestros más notables cirujanos. Un joven se presenta con una estrechez de la uretra, y el cirujano consultado le aconseja operarse. Se eligió el uretrotomo de Ottis, y probablemente el operador ignoraba el manejo de este instrumento, pues cortó la uretra en toda su longitud. Pocos me- ses después, no sin sorpresa, notó que el pene, al entrar en erección, se encorvaba hacia la parte inJ ferioi" casi hasta tocar el perineo. Lleno de sobresalto, ocurre al cirujano que lo ha- bía operado y éste le contesta que con el tiempo mejoraría. Entónces recurrió á nuestro maestro que no encuentra qué partido tomar. Haciendo la pal- pación, encuentra que la uretra es un cordón fibro- so del principio al fin. Como se comprende, en caso semejante la cura- ción es en extremo difícil ya que no imposible. I I ' i. 26 CONCLUSIONES. 1.a No se debe emprender la uretrotomía interna sin previo y minucioso examen de la orina. *-.a Siendo urgente practicarla y cerciorado por el examen, de una complicación renal, no debe perdo- narse el cirujano advertirlo ai interesado ó su fami- lia. 3. a Debe tenerse en cuenta la posibilidad de una hemorragia y sus peligros para atenderla oportuna- mente. 4. a Al usar el uretrotomo de Ottis, lia de tenerse sumo cuidado para no herir tejidos sanos que da- rían por resultado la complicación remota pero po- sible, .señalada en está ¡Memoria, relativa á la retrac- ción del pene. :¡ y/