DE'M'ÉDICmA DE MEXICO. LIGERO ESTUDIO SOBRE el CATARRO DE OJOS DE LOS RECIEN OPERADOS DE CATARATA. TESIS INAUGURAL DE yMARRON Y jk. LONSO, ALUMNO DE LA ESCUELA DE MEDICINA DE MEXICO, PRACTICANTE INTERNO DEL HOSPITAL DE JESUS, MIEMBRO DE LA SOCIEDAD FILOIATRICA. , MEXICO Imprenta del Comercio, de Dublan y Compañía Calle de Cordobanes iiuin. 8 1881 FACULTAD DE MEDICINA DE MEXICO. LIGERO ESTUDIO * SOBRE EL CATARLO DE OJOS DE LOS* RECIEN OPERADOS DE CATARATA. TESIS INAUGURAL DE yVL ARRON Y Jk LONSO, ALUMNO DE LA ESCUELA DE MEDICINA DE MEXICO, °RACTICANTE INTERNO DEL HOSPITAL DE JESUS, MIEMBRO DE LA SOCIEDAD PILOIATRICA. MEXICO Imprenta, del Comercio, de Dublan y Compañía Calle de Cordobanes núm. 8 1881 A LA VENERABLE MEMORIA DE MI BUEN PADRE. n|t uitlttdsn o ¡tiloMtla DEBIL MUESTRA DE MI AMOR Y GRATITUD SIN LIMITES. 4 MI BEOTQ&D FIQÜIGTOB EL SR. APOLINAR CASTILLO, DIGNO GOBERNADOR DEL ESTADO DE VERACRUZ-LLAYE. TESTIMOKIO X5E EITZZEliTO KECCITCCIMIEiTTO. AL DISTINGUIDO OFTALMOLOGISTA DR. MANUEL CARMONA Y VALLE. TRIBUTO DE ADMIRACION AL RABIO: DE GRATITUD Y CARINO AL MAESTRO. LpJ IIBÍntre las complicaciones várias que pueden íflS® afectar á un individuo recientemente operado T/Sff de catarata, es sin duda de las más temibles, la oftalmía de que me voy á ocupar, y que por su sola presencia puede oscurecer y áun opacar por completo el brillo de la más lucida y mejor hecha operación. Este catarro de ojos que se observa en México epidémicamente, no está descrito en ninguno de los libros europeos que he podido consultar sobre enfermedades de los ojos. En alguno de ellos, (Wecker, Galezouski) se cita la purulencia entre los accidentes consecutivos á la extracción dei col- gajo, pero en ninguno se menciona su especificidad. La originalidad de esta afección en México, así como el haber observado algunos casos de ella al lado del Dr. Carmona y Valle, durante mi inter- nado en el Hospital de Jesús, son las dos razones principales que me inclinaron á escogerla para asun- to de mi tésis profesional. Doy públicamente las gracias al Dr. Carmona y Valle, por la generosa bondad con que me pro- porcionó el punto de estudio para este trabajo inau- gural, y los numerosos datos que he necesitado para formarlo. Diciembre de 1881. CATARRO DE OJOS DE LOS RECIEN OPERADOS DE CATARATA. Etiología. Esta enfermedad, de causas apa- rentes enteramente desconocidas, ataca á hombres y á mujeres, de cualquier edad y condición social. No cuenta entre los motivos que la hacen esta- llar, ninguno de los que frecuentemente originan otras complicaciones. Tales motivos son ó pueden ser: la salida difícil de la catarata, la contusión del iris, la salida del humor vitreo ó cualquiera otro accidente, que, como estos, puede provenir de la mala ejecución de la operación, ó de las malas con- diciones individuales en que se ejecuta; pues bien, entre ellos y la afección que me ocupa, no hay nin- guna relación: su influencia es del todo nula. Solo puedo decir con más certeza, que aparece de preferencia, tanto en el Hospital como fuera de él, durante los meses fríos y húmedos de Octubre á Enero, en cuya época puede afectar la forma epi- démica, sin coincidir con ninguna otra enfermedad del mismo carácter; puede también presentarse en el curso de los otros meses, pero esto es raro. Descripción. Después de la extracción de la catarata, si se ha hecho con toda regularidad, no sienten los enfermos, en general, dolor ni molestia alguna en el ojo operado; pero cuando el catarro invade á éste, se anuncia siempre de la manera si- guiente: el apósito se empapa en un líquido mucoso, amarillento y glutinoso, que endurece el lienzo de la curación al secarse; esto es notado por el enfer- mo; mas no siempre es así, pues en muchas oca- siones el cirujano es el primero en observarlo. Sue- len preceder ó acompañar á este aumento de es- currimiento, un dolor parecido al que produce una quemadura, una sensación de ardor, localizados en el globo ocular: alguna vez podrá ser un dolor gra- vativo en el mismo sitio; pero este carácter nunca es tan constante como el aumento de secreción. El principio de estos accidentes es variable: pue- den aparecer veinticuatro, treinta y seis ó cuarenta y ocho horas después de la operación, casos termi- nados siempre fatalmente; ó después de tres dias de ésta y algunas veces hasta once, estando ya la cicatrización concluida, la visión restablecida, y el ojo descubierto: casos terminados, en general, de una manera ménos grave que los anteriores, y en pocas veces felizmente. Para la descripción de sus caractéres sintoma- tológicos, es preciso dividir esta enfermedad en tres grados, según su orden de gravedad, corres- pondiendo los dos primeros á la categoría de los casos en que ataca varios dias después de la extrac- ción y encuentra ya concluida la cicatriz del colga- jo, y el tercero á la de aquellos en que aparece án- tes de trascurridas las primeras cuarenta y ocho horas. Primer grado. En este caso se encuentra, casi siempre, el ojo descubierto ya, y lo que llama la atención, son los caractéres propios de una conjun- tivitis catarral: los párpados se adhieren por el exce- so de secreción de las glándulas de Meibomius, exceso que da lugar también á costras que se for- man sobre la piel de aquéllos, y á légañas; la con- juntiva está medianamente inyectada, rarísimas ve- ces se hace quemótica, secreta un líquido mucoso, citrino, que puede llegar á ser puriforme; el enfer- mo experimenta en el ojo la sensación de arenillas, etc...; pero la cornea queda siempre perfectamente trasparente, y la cicatriz y el iris permanecen tam- bién intactos. Si este estado avanza, alcanzará el segundo grado, pero casi nunca pasa más allá de hacerse la secreción ligeramente purulenta. Su marcha es la de una conjuntivitis catarral común, y como ésta, no deja consecuencias en el ojo que afectó. Segundo grado. En este se agregan á los ca- ractéres del grado anterior, el reblandecimiento, sin destrucción, de la cicatriz, y la inflamación del iris por contigüidad. Por consiguiente, se tendrán tam- bién los síntomas correspondientes á la iritis, como son: los dolores oculares y circumobitarios, la fo- tofobia, el cambio de coloración y brillo del iris, el estrechamiento de la pupila, etc La marcha es la la iritis y la consecuencia constante, atresia de la pupila. Tercer grado. Cuando después de veinti- cuatro ó cuarenta y ocho horas de la operación, en- cuentra el cirujano empapado el apósito en el líqui- do que mana de la conjuntiva, notará, levantando las piezas de la curación, lo siguiente: que los pár- pados están tumefactos y dolorosos cuando se les toca; que levantando el superior, escurre el líquido viscoso, amarillento á que he hecho referencia, y que rápidamente se hará purulento; que la conjun- tiva bulbar está fuertemente inyectada y forma un rodete quemótico al rededor de la cornea. Ademas, podrá notar, si estos fenómenos han empezado po- co ántes de su llegada, como la cornea principia á morir, estrangulada bajo la acción de la extensa quemósis que la rodea. Pero pocas veces se podrá acudir á tiempo y presenciar desde un principio el desenvolvimiento y desarrollo de tan temibles accidentes: en el ma- yor número de casos se llegará cuando la cornea ha parecido ya casi totalmente y cuando el mal ha invadido otras membranas del ojo. En los contados casos cuyo desarrollo se ha podido seguir desde temprano, se ha observado que la cornea puede perecer de varias maneras: ya es una infiltración ú opacificacion central que veloz- mente pretende ganar la periferia; ya una ulcera- ción en el mismo sitio, con tendencia á extenderse más y más; ya una exfoliación de su epitelio, se- guida de la abrasión ó destrucción total de sus ca- pas más superficiales. (Carmona y Valle). Los efectos son variados siendo única la causa: ésta, á no dudarlo, reside en la enérgica compresión que la quemósis bulbar ejerce sobre los vasos encar- gados de llevar á la cornea sus elementos de nu- trición é impidiendo de este modo que se verifiquen los fenómenos osmóticos que sostienen la vida de la membrana trasparente, ésta se opaca, se ulcera, se destruye, en una palabra, muere. Más adelante, el pus secretado en abundancia por la conjuntiva ó bien el proceso necrótico que pasa en el centro de la cornea, extendiéndose has- ta la cicatriz, la reblandecen, el colgajo se despe- ga y se libra así amplio paso al pus, cuya acción flogógena determina violentas inflamaciones del iris y demás membranas que estén expuestas á su contacto: de esta manera puede propagarse la flo- gosis al ojo entero y hasta al tejido celulo-adiposo retro-ocular, provocando una verdadera panoftal- mía ó un flegmon de la órbita, cuya gravedad es notoria. Ambos flegmones se acompañan de su corres- pondiente cortejo de síntomas, que es formado pa- ra el primero por la reacción febril, el aumento de consistencia y abultamiento del globo ocular, do- lores muy vivos, etc., y para el segundo: por ca- losfríos, reacción febril más alta que en el anterior, exoftalmía, dolores intolerables, latidos en la órbi- ta y hasta delirio y convulsiones, que dependen de que la flegmasía se ha propagado hasta las menin- ges cerebrales. No hago mención del participio que toman los párpados y conjuntiva en estos flegmo- nes, por encontrarse ya interesados en el caso en que los estudio. Pueden terminar por resolución, aunque lo más frecuente sobre todo para el del ojo, es que termi- nen por supuración; pero sea que no haya habido más que destrucción de la cornea, sea que haya habido flegmon, el resultado final es siempre la atrofia del ojo afectado. Juzgo inútil decir que estos tres grados que he descrito, pueden combinarse entre sí y formar va- riantes que participen á la vez de los caracteres pe- culiares á uno y á otro grado. La duración de estos accidentes depende del grado que ellos alcancen: si es el primero, podrán durar de ocho á quince dias, y si son el segundo ó tercero, la duración estará subordinada al tiempo que se necesite para dominar la iritis ó demás ac- cidentes inflamatorios que el catarro haya deter- minado, y por lo mismo, dicha duración será la de la iritis, etc. Diagnostico. El catarro de ojos es, en reali- dad, una oftalmía purulenta, pero que sorprende al órgano de la visión en circunstancias especiales, después de herida la cornea y después de extraído el cristalino. Entre los estados patológicos del ojo que des- criben los autores como complicación, después de extraída la catarata, hay algunos que se asemejan un tanto al catarro, pero que reconocen por causa ciertas condiciones morbosas pre existentes en el individuo ó particulares de la operación, sin las cuales no hace explosión el mal. Sean por ejem- plos: i? la supuración difusa de la cornea que des- cribe Wecker y que “se observa muy rara vez fue- ra de casos de marasmo senil avanzado y de afec- ciones profundas del cuerpo vitreo:” de la misma opinión es de Graefe; y 2? la queratitis que atribu- ye Foucher á los traumatismos ocasionados por la introducción de la cucharilla ú otro instrumento detras del colgajo. Pues bien, para la aparición de la oftalmía es- pecífica, no se necesita que exista ninguna de estas causas, y como he dicho ya, tanto ataca á los vie- jos como á los adultos, y á aquéllos en buenas con- diciones y no en marasmo; si es cierto que con más frecuencia se ve en los ancianos, esto depende de que el mayor número de operaciones por catarata se hace en ellos. Tampoco es preciso que exista alguna afección del cuerpo vitreo ú otra parte del globo ocular, pues todos los casos de catarro que conozco, han sido en ojos que, excluyendo la ca- tarata, estaban del todo Sanos. Respecto del traumatismo diré: que los ojos mal operados no son preferidos por el catarro á los ope- rados con limpieza, y hay casos en que éstos son atacados, quedando aquéllos inmunes. La falta, pues, ya en la operación, ya en el operado, de causa que nos explique la oftalmía que se tiene al frente, así como el presentarse en la época preferida, serán razones que nos inclinen á admitir el catarro epidémico. Esto es lo que á las causas toca en la parte del diagnóstico. Paso ahora á dar los principales caractéres de algunas complicaciones, que podrían confundirse con el catarro de ojos. Conjuntivitis catarral. Esta complicación, bas- tante frecuente, está caracterizada por los mismos síntomas que el primer grado del catarro; pero és- te viene cuando la cicatriz está ya bien sólida y aquélla, por lo general, uno ó dos dias después de la operación, y sobre todo, no impide el buen éxi- to de ésta, miéntras que el catarro, cuando apare- ce á esa época, deja siempre al enfermo fatales re- cuerdos de su paso. En verdad, la confusión con una conjuntivitis catarral común, no seria de sen- tirse mucho, porque la conducta que hay que se- guir en ella y en el primer grado del catarro, es, si no idéntica, á lo ménos parecida. Queratitis parcial ó difusa. En ésta se afecta desde luego la cornea, que se opacifica, y la infla- mación se limita ó se extiende á toda ella; pero la conjuntiva participa poco. La secreción, en lugar de ser como en el catarro, mucosa al principio y puriforme ó purulenta más tarde, es de masas ama- rillentas ó de un gris sucio. Se presenta, casi siem- pre, en los casos de traumatismo de la cornea. Supuración difusa ó reblandecimiento general de la cornea. Esta complicación estalla pocas ho- ras después de la extracción: empieza por despe- gar el colgajo, en cuyo borde aparecen después puntos blancos, que siguen como estrías hacia el centro de la cornea y tienden á formarse abscesos arciformes. En seguida, se tumifican los párpados, la conjuntiva se hace quemótica y supura, y apa- recen dolores neurálgicos. Como se ve, se parece al tercer grado del catarro, pero le faltan algunos de sus caracteres, como afectar primero la conjun- tiva que la cornea, como ser secundaria la destruc- ción del colgajo y no primitiva, etc.; mas lo que los diferencia notablemente, es que este reblandeci- miento de la cornea no es sino una manifestación del pésimo estado de la nutrición del operado, (marasmo senil). Pronostico. Este es siempre alarmante para el segundo, y sobre todo el tercer grado, porque la vista del operado corre graves riesgos de per- derse; pero para el primero es generalmente benig- no, pues hemos visto que no deja consecuencias. La atresia de la pupila, resultado constante del segundo grado, podrá remediarse por medio de la iridectomia, la que permitirá al enfermo recobrar su visión; mas no siempre será fácil la ejecución de esta operación, porque el tejido del iris, modifica- do por la inflamación, se hace desgarrable, y esta circunstancia impide la feliz práctica de aquella: si esto pasa, el enfermo tendrá su ojo perdido. Mas cuando el catarro afecta el tercer grado, son fatales los resultados: á más de los peligros á que está expuesto el enfermo por la inminencia de un flegmon de la órbita y sus funestas conse- cuencias, el ojo quedará atrofiado, inservible para su objeto y sin esperanzas de poderse utilizar. Naturaleza. Conocidos ya los síntomas y marcha de la enfermedad, paso á decir algo sobre su probable naturaleza, y lo hago ántes de ocupar- me del tratamiento, porque este vá á estar basado precisamente en su conocimiento. Antes del año de 1877, el Sr. Carmona y Valle había tenido en su práctica civil algunos fracasos en las operaciones de catarata hechas durante el invierno, fracasos que referia á las complicaciones ordinarias y que atribuía á causas las más veces forzadas, pues en verdad, no se podía explicar con claridad el porqué del accidente. Su atención no se había fijado mucho en estos hechos, por no en- contrarse los enfermos reunidos en un mismo lo- cal, sino diseminados en la ciudad, y por haber si- do operados en distintos dias y con largos interva- los; pero sí le impresionaron vivamente más tarde. En efecto, en la. época citada, encargado del servicio del Departamento oftalmológico que se acaba ade fundar en el Hospital de Jesús, pudo ob- servar que las operaciones de catarata, seguidas de un brillante éxito desde principios del año, se perdían al lleg ar el último trimestre, y que se per- dían tanto en la sección de hombres como en la de mujeres, principiando á perderse en una y conti- nuando rápir jámente con la misma suerte en la otra, á pesar de t.ener una y otra enteramente distinto y aislado el Servicio de enfermeros y á pesar de estar situadas rambas salas en puntos diferentes del edi- ficio y s eparadas por un patio y corredores. En tónces ya fijó su atención en esta complica- ción, y estudió su modo de aparecer y propagarse, su r narcha y sus variables consecuencias. Al año siguiente apareció de nuevo la compli- c ación, que se ha presentado después en otras oca- siones: yo pude observarla en los últimos meses del año próximo pasado. Mirando que se presenta inesperadamente y .cuando se podía augurar un buen éxito, tanto por las condiciones del operado cuanto por las de la .Operación; mirando que después de atacar á un primer enfermo, invade á un segundo, y á otro más en poco tiempo y á distintas épocas de su opera- ción; mirando, en una palabra, que ataca epidémi- camente y sin causa externa apreciable, no se pue- de ménos que hacer á un lado lo que al enfermo toca, para buscar en algo más general, en algo que á todos alcance, en el aire, la causa ó el origen del mal. Por su modo de presentarse y de atacar, por los desiguales efectos que produce en los operados en la misma época, así como por la influencia del tra- tamiento especial, puede á mi juicio colocarse en- tre las enfermedades miasmáticas. Como éstas no ataca todos los años, ni en to- das épocas del año, pues casi siempre elige para venir el otoño y el principio del invierno (Octubre á Enero), lo mismo que el vómito prefiere los me- ses calurosos (Abril á Setiembre), la erisipela el fin del otoño y la primavera, etc., sin que nosotros sepamos dar, con pocas excepciones, razón de esta predilección. Es seguro que al presentarse, vienen subordinadas á ciertas causas, para nosotros las más veces ignoradas, pero que sin duda existen en al- guno de los agentes que modifican nuestro orga- nismo, pues sin su existencia presentida no produ- cirían sus efectos, bien temibles por desgracia. Así como el tifo, el cólera indiano, el vómito, en la misma época, en el mismo local y en condi- ciones de vida idénticas, fulminan, por decirlo así, á algunos individuos, y á otros les atacan del mo- do más benigno, así también esta oftalmía, en igual- dad de circunstancias, deja á algunos operados li- bres, á otros les ataca gravemente y á otros más, les deja consecuencias remediables: de tres enfer- mos operados en el mismo dia (2 de Octubre de 1880) y puestos en condiciones del todo semejan- tes, uno es atacado desde luégo por el catarro en su tercer grado, otro en el segundo, á los cinco dias, y el tercero queda libre. Esto puede depen- der, tanto en el caso particular á que me vengo re- firiendo, como en los mencionados más arriba, pue- de depender, digo, de la receptividad orgánica pro- pia á cada persona, ó lo que es más probable, de la cantidad de veneno absorbido, de cuya cantidad dependerá la mayor ó menor intensidad de sus efectos. Esta complicación puede trasmitirse por con- tagio directo, lo mismo que ciertas enfermedades miasmáticas; pero más comunmente se trasmite por medio del aire ó de la persona encargada de las curaciones. Ahora bien; ¿por qué este supuesto gérmen se limita á producir una acción flogógena especial so- bre los ojos, y sobre todo, sobre los ojos operados de catarata? No es fácil contestar esta pregunta, pero para resolverla, especialmente en su primera parte, voy á hacer referencia á algunos hechos se- mejantes al que me ocupa y conocidos ya en la ciencia. Sabido es que la oftalmía de los adultos ó de los ejércitos, ataca epidémicamente, y que es tras- misible por contagio directo; sin embargo, casos hay en que éste no es muy claro, y á pesar de eso la enfermedad aparece. Para explicar estos hechos Giraldés dice que algunos gérmenes fermentos tras- portados por el aire, pueden depositarse sobre las mucosas oculares y engendrar una oftalmía. Sabido es también que la oftalmía difterítica ataca igualmente de un modo epidémico, sobre to- do en Alemania, y que Peter y Magne, en estudios especiales sobre la difteria, han demostrado que las costras difteríticas no son contagiosas. Pues bien, si esta conjuntivitis difterítica es epidémica, y no se trasmite por contagio, puesto que sus produc- tos no son aptos para ello, hay que pensar que al- gún gérmen que flote en el aire, está encargado de la trasmisión, y de la trasmisión enteramente lo- cal, de ojo á ojo. Pues así como el gérmen trasmisor de la oftal- mía de los adultos (á falta de contagio directo) y el gérmen difterítico se localizan á las mucosas oculares, así también se localiza á ellas el gérmen que produce el catarro de ojos. Pero ¿por qué afecta al ojo solamente cuando se acaba de extraer la catarata? No lo sé. Podría decirse que la herida hecha en la cornea, pone á ésta en circunstancias excepcionales de absorción para la multitud de elementos flogógenos conteni- dos en el aire; pero ánte esta suposición se presen- tan los hechos enseñándonos: en primer lugar, que el catarro afecta la conjuntiva ántes que la cornea, y en segundo, que se presenta á menudo cuando está ya concluida la cicatriz. No obstante que se carezca de la explicación satisfactoria y cabal de un hecho como éste, se tiene ya gran ventaja en conocerlo, porque se podrá prevenir ó remediar. Quiero recordar aquí, para terminar, lo que en otros puntos he dejado ya asentado, y es la ningu- na acción de los accidentes operatorios, que comun- mente determinan otras complicaciones, sobre el catarro que nunca es producido por ellos; en cam- bio he visto operaciones perfectamente ejecutadas, ser seguidas de esta complicación. Recuerdo á es- te propósito el hecho siguiente: un hombre es ope- rado en una sesión de sus dos cataratas; la extrac- ción de la izquierda se hace con la mayor facilidad, y la de la derecha se dificulta por la pequeñez del colgajo y necesita ser ayudada por la cucharilla y pinzas. Resultado: el ojo izquierdo se pierde por el catarro y el derecho queda sano y útil para la vi- sión del enfermo. Refiero este caso, porque me pa- rece curioso por dos razones: porque se ve como el catarro invadió el ojo bien operado y dejó el otro exento de su acción; y porque no es frecuente que estando operados los dos ojos se afecte solamente uno de ellos, como aquí sucedió. En resúmen, creo que el catarro de ojos es una oftalmía de origen miasmático, contagiosa y que ataca en general epidémicamente. Tratamiento. Este debe dividirse en dos: profiláctico y curativo. Tratamiento Profiláctico. Ademas de los cui- dados preliminares convenientes en todo caso de operación de catarata, y señalados en todos los li- bros, 1 es bueno tomar ciertas precauciones con el (i) Entre los cuidados preparatorios, todos los autores europeos seña* lan como esencial la instilación de atropina en el ojo, la víspera del dia señalado para la operación, con objeto de expulsar del iris por su retrae* fin de prevenir el mal en cuanto sea posible, sobre todo si se opera en tiempos en que reine epidémi- camente. Estas precauciones serán las siguientes. Se or- denará al enfermo, uno ó dos dias ántes de operar- lo, un lavatorio antiséptico, con el que locionará frecuentemente el ojo afectado. La fórmula de di- cho lavatorio podrá ser ésta ú otra parecida: Agua destilada 500 gramos. Biborato de sosa 4 ,, Acido salicílico 2 ,, Acido fénico 50 centigramos. Su objeto es destruir anticipadamente el gér- men que pueda existir en la proximidad del ojo ó en la misma conjuntiva, y así evitar totalmente las consecuencias de su acción, si se ha destruido to- do ó por lo ménos disminuir sus efectos, si no se ha destruido más que en parte. Con el mismo fin, y concluida ya la operación, se hará la curación ligeramente antiséptica, como sigue: después de haberse asegurado de la coap- cion una cierta cantidad de sangre, con lo que pueden evitarse, según ellos, las inflamaciones de este diafragma, y facilitarse también la salida de la catarata. Entre nosotros, el Sr. Vértiz (D. J. M.) y el Sr. Carmo- na y Valle han rechazado este medio como inútil y hasta nocivo, pues en su práctica han visto, siempre que lo han empleado, que en el momento en que se abre la cámara anterior, á la dilatación pupilar sucede la con- tracción, que lleva la pupila hasta sus dimensiones normales ó aún pue- de ir más allá el estado miótico del iris, reduciendo más la abertura pu- pilar, lo cual, como se comprende, estorba grandemente la salida del cristalino, y en lugar de librar al iris de la contusión é inflamación con- secutiva, lo expone más á ellas. Esta práctica tan esparcida, es, pues, mala. tacion del colgajo y de la trasparencia de los me- dios del ojo, se cerrarán los párpados que se lava- rán con una solución fénica (2-5°/IOO) en la cual se habrán lavado también los instrumentos necesarios para operar; cerrados ya los párpados, se colocará encima un pedacito cuadrado de lienzo empapado en la misma solución y bien exprimido; sobre el lienzo se pondrá un pedazo de tela de salud del mismo tamaño que aquél y macerado también en dicha solución; encima de la tela se pondrá un po- co de algodón regado, si se quiere, con el mismo líquido y todo se sostendrá con una tira de lienzo de cinco ó seis centímetros de ancho, que se suje- tará por detras de la cabeza. Todas las curaciones siguientes, que serán diarias, excepto la segunda para la que se dejarán trascurrir cuarenta y ocho horas, se harán de la misma manera. La práctica de estas precauciones hadado siem- pre buen resultado. Tratamiento curativo. Siempre que algún ope- rado de catarata se queje poco tiempo después de la extracción, de lagrimeo abundante, calor ardien- te en el ojo, punzadas en este órgano ó circumor- bitarias, etc., se deberá levantar el apósito para dar- se uno cuenta de la causa que origina estos fenó- menos: esta causa podrá ser una hernia del iris, un principio de iritis ó cualesquiera otra complicación, y reconocida ésta, inmediatamente se pondrá en planta el tratamiento adecuado. Pero voy á fijarme en el que corresponde cuando esta causa sea la of- talmía epidémica. Conocida ya por sus caractéres propios, se de- berá apreciar el grado que afecta: sería de seguro el tercero en el caso á que me refería hace un ins- tante. Si es el primer grado, se instilarán en el ojo dos ó tres veces al dia algunas gotas de un colirio as- tringente, de acetato de plomo por ejemplo, al que se agregarán quince ó veinte centigramos de áci- do salicílico. En el intermedio de la aplicación del colirio el ojo estará cubierto con su apósito, que se tendrá cuidado de renovar á cada vez con las mis- mas precauciones con que se hizo la primera cu- ración. Con este tratamiento sostenido por una sema- na ó poco más, se logrará vencer el mal, que al desaparecer no dejará huella alguna. Si pasa al segundo grado, se combatirá la iri- tis por la atropina cuyo principal objeto es preve- nir la atresia de la pupila, y por el calomel á dosis fraccionada; si los dolores periorbitarios son muy intensos, se recurrirá á las inyecciones hipodér- micas de morfina y á las fricciones en la sien de pomada mercurial con belladona; pero como casi siempre se refieren al aumento de tensión intraocular, se procurará abatirla por la paracen- tésis de la cornea ó por purgantes enérgicos repe- tidos. Por estos medios se dominará muy probable- mente la iritis; pero, si como es de temer deja atre- sia de la pupila, se deberá hacer la iridectomía en el lugar de elección. Llegamos al tercer grado. En este se aplicará desde luégo tópicamente el nitrato de plata para moderar la intensa inflamación de la conjuntiva; se hará uso también de lavatorios antisépticos, que á más de su especial poder, mantendrán el ojo asea- do y limpio de la supuración que le baña; al inte- rior se propinará el calomel á dosis refracta. Si el mal llega á revestirse de los caractéres del flegmon del ojo, se echará mano de las sanguijue- las y de los purgantes drásticos, como medios de- pletivos, de las inyecciones subcutáneas de morfi- na para calmar los vivos dolores que sufren los enfermos; se hará también la incisión amplia del globo ocular. Si llega á tomar parte en este traba- jo inflamatorio el tejido celulo-grasoso de la órbi- ta, se intentará, al principio, la resolución por me- dio de los refrigerantes (vejiguitas con hielo sobre los párpados); pero si ésta no se obtiene, y á pesar de los recursos antiflogísticos citados pasa á la su- puración, hay que estar muy alerta para dar inme- diata salida al pus luégo que se note su presencia. Si se presentan algunos síntomas de meningitis ce- rebral, se pondrá en juego el tratamiento médico correspondiente. El régimen alimenticio que, después de toda operación sin accidente, será bien ligero durante dos ó tres dias, quedará así por más tiempo si se presenta el catarro y hasta que éste haya desapa- recido ó al ménos disminuido. Mas puede suceder que el catarro alguna vez no determine la supuración total y la atrofia del ojo afectado, pero que deje en él una irido-coroi- ditis por ejemplo, que pueda traer en el otro, ope- rado ó nó, la oftalmía simpática. Si esto sucediere ó se temiere, se practicará la extirpación del ojo por el procedimiento de Bonnet ó por el del Dr. Carmo- na y Valle. Aprovecho esta oportunidad para dar á cono- cer este procedimiento, que tiene sobre el de Bonnet algunas ventajas, que se podrán apreciar mejor después de haberlo descrito. Cloroformizado el enfermo, pues esta operación es bien dolorosa, se coloca el blefaróstato y se pro- cede del modo siguiente: con un bisturí se hace una incisión en el diámetro horizontal de la cor- nea, comprendiendo de uno y otro lado poco más de un milímetro de la esclerótica: en este momen- to se extrae el cristalino, cuando existe; después se toman con unas pinzas y se resecan sucesiva- mente con unas tijeras curvas los dos semicírculos de la cornea, procurando traerse con ellos la par- te correspondiente del iris: si no se logra, se quita después con unas pinzas. Hecho esto, se ocupa uno en detener la hemorragia que sobreviene, como es natural, y contenida ya se cierran los párpados y se cubren con un lienzo y un mollarcito de hi- las, sostenidos por un vendaje ligeramente com- presivo. Como ha sido herido el gran círculo arterial del iris por las incisiones que alcanzan la esclerótica, falta la nutrición á la mitad anterior del globo ocu- lar, que está encargado de irrigar, y por consi- guiente viene la atrofia: ademas, por las mis- mas incisiones laterales se favorece la cicatrización t rasversal, que no estorba los movimientos del muñón. Las ventajas de este procedimiento sobre el de Bonnet son las siguientes: es ménos repugnante á un enfermo dejarse resecar la cornea que el ojo entero; ademas, no deja la visible deformidad de los párpados sumidos en el hueco de la órbita; y por último, permite más fácilmente la adaptación de un ojo artificial sobre el muñón. OBSERVACIONES. Para terminar, voy á referir en pocas palabras algunos casos de catarro, que son de los que se han conservado datos más exac- tos: algunos de ellos debo á la amabilidad del Sr. Carmona y Valle, otros fueron observados por mí, y el resto está extracta- do de los libros de observaciones clínicas del Hospital de Jesús. I. El Presbítero N. N., fué operado, sin accidente, de cataratas duras, en el mes de Diciembre de 1877 (Hospital de Jesús). En las primeras veinticuatro horas después de la extracción, fué in- vadido por el catarro en su tercer grado. Quitada la curación, que estaba empapada en el líquido que escurría de las mucosas oculares, y levantado el párpado superior de ambos lados, se vió la conjuntiva bulbar inyectada, quemótica y dando lugar á abun- dante supuración; las corneas, al principio libres y trasparentes, empezaron á ulcerarse en puntos poco distantes de su centro, y de ahí esta ulceración se extendió con violencia á la cornea en- tera: esta acabó por destruirse, la cámara anterior se abrió y los dos ojos, en los que la complicación marchó á la par, quedaron al fin atrofiados, á pesar de un tratamiento oportuno y conve- niente. II. José María Cámpos, natural de Pachuca, de 77 años, fué ope- rado de cataratas duras el dia 5 de Octubre de 1878. Durante los tres primeros dias nada notable se presentó; al cuarto se no- tó un ligero abultamiento de los párpados, inyección marcada de la conjuntiva, cornea libre, etc. (primer grado); este estado se calmó por medio de un colirio astringente; pero á los pocos dias el mal adquirió nuevas creces y hubo que recurrir al uso tó- pico del nitrato de plata, el cual dió buena cuenta de aquél. Po- co tiempo después abandonaba el enfermo el Hospital con su visión restablecida, y no conservando más huellas que las de la operación. III. Ambrosia Cortes, de México, de 40 años de edad, de tem- peramento linfático, fué operada, sin accidente alguno, de cata- rata doble, el 17 de Octubre de 1878 (Hospital de Jesús). A los tres dias apareció el catarro en los dos ojos: en el izquierdo fué el primer grado, que desapareció pronto y sin dejar huellas; pe- ro en el derecho fué el tercero, y por consiguiente, los acciden- tes fueron mayores; el rodete quemótico de la conjuntiva bul- bar produjo la infiltración de la cornea; el pus despegó el colgajo que apénas empezaba á adherirse y penetró en la cámara ante- rior, determinando por irritación local una violenta iritis que trajo adherencias del iris y atresia de la pupila. Como una pe- queña parte de la cornea se conservó trasparente, se intentó ha- cer una iridectomia, pero no se consiguió porque el iris estaba muy desgarrable. Este ojo quedó perdido. IY. Miguel Parral, natural de México, de 65 años de edad, viudo, jornalero, fué operado de catarata dura en ambcs ojos, el 18 de Octubre de 1878 (Hospital de Jesús) La extracción presentó alguna dificultad por la adherencia de las capas corticales. A los tres dias se encontraron los síntomas del catarro en su ter- cer grado, en los dos ojos; mas en el izquierdo existia además lo siguiente: aumento de la tensión intraocular, exoftalmía, do- lores vivísimos supraorbitarios, generalizándose á toda la mitad izquierda del cráneo; este estado se acompañó de reacción febril de mediana intensidad. En este ojo se añadieron al catarro, pa- noftalmítis y flegmon de la órbita, como se comprende por los síntomas mencionados. Se emplearon varios medios para com- batir estos accidentes: vejiguitas de hielo constantemente aplica- das sobre el ojo izquierdo, instilaciones repetidas de un colirio de nitrato de plata, purgantes, etc.; se puso al enfermo á dieta de leche. Se logró, con gran ventaja para el paciente, que el flegmon de la órbita no se supurara, sino que terminara por re- solución; pero los ojos siempre se atrofiaron y se perdieron. Y- Tiburcio Sosa, de Tepatitlan, de 60 años, de temperamento sanguíneo y buena constitución, fué operado de cataratas duras, con toda felicidad, el 3 de Diciembre de 1878 (Hospital de Je- sús). Al hacer la segunda curación se notó que los párpados es- taban abultados, sobre todo los del lado derecho, y que estaban adheridos entre sí por costras purulentas; del lado izquierdo la conjuntiva estaba inyectada y la cornea y cicatriz intactas; del lado derecho la inyección era mayor y la cornea principiaba á infiltrarse; más tarde la cicatriz de este ojo, enteramente abier- ta, dejó pasar el pus á la cámara anterior y sobrevino iritis (primer y tercer grado del catarro). A pesar de un tratamiento adecuado, este ojo se perdió como era de temerse, pero el iz- quierdo quedó perfectamente sano y útil. VI. Un negro del rumbo de Cuernavaca, fue operado de sus dos ojos á fines del año de 78, en el citado Hospital de Jesús. Antes de cuarenta y ocho horas fué afectado del tercer grado del catarro con sus síntomas comunes; mas lo particular de este caso fué lo siguiente: la cornea perdió su brillo, estaba despuli- da en toda su superficie, lo que se notaba con toda claridad á favor de la luz oblicua; esto dependió de que las laminillas su- perficiales de la cornea cayeron completamente esfaceladas. Mer- ced á un activo tratamiento la complicación no siguió adelante, los ojos no se atrofiarían; pero la esperanza que hizo concebir la engañadora trasparencia de las despulidas corneas, quedó des- vanecida al ver que la cicatriz dejaba al formarse, sobre la su- perficie de aquellas, una nube blanquecina y opaca que impedia el paso á todo rayo luminoso. El enfermo salió sin vista. VII. José Eulogio Martínez, de 62 años, labrador y de buena cons- titución, se operó de cataratas duras el 27 de Setiembre de 1880 (Hospital de Jesús). El colgajo derecho salió chico, y hubo que sacar la catarata con pinzas y cucharilla; la extracción de la del lado izquierdo fué muy fácil. No hubo accidente alguno en los primeros dias que siguieron á la operación, pero á los cuatro de ésta (1° de Octubre) apareció el catarro (tercer grado) en el ojo izquierdo, y el derecho quedó intacto. Se administró calomel al interior y se usó el ácido salicílico, los lavatorios antisépticos, etc., al exterior; pero este ojo se atrofió. La visión del ojo de- recho se restableció perfectamente. VIII. Dolores Mendoza, de Coyoacan, de 6o años y constitución regular, fué operada sin accidentes, de cataratas duras, el 2 de Octubre de 1880 (Hospital de Jesús). Al dia siguiente bubo ne- cesidad de cambiar el apósito por encontrarse humedecido con la secreción que manaba de la conjuntiva; los párpados estaban abultados y dolorosos; la inyección de la conjuntiva era inten- sa y formaba dicha mucosa un rodete quemótico al rededor de la cornea; el escurrimiento era francamente purulento; la cornea estaba infiltrada, el colgajo despegado, etc. (tercer grado). Se emplearon varios medios: el calomel, el alcohol y ácido salicí- lico, lavatorios astringentes, etc.; pero todo fué inútil, porque las corneas no tardaron en destruirse completamente y los ojos acabaron por atrofiarse. IX. Cesáreo Castillo, de Morelia, de 6o años de edad y regular constitución, perdió desde pequeño su ojo derecho, sin saber cómo; pero en el izquierdo existia una catarata dura que se ex- trajo limpiamente el 27 de Setiembre de 1880. Todo marchó al principio felizmente pues la cicatriz se hizo con toda regulari- dad, el enfermo dejaba ya descubierto su ojo y habia recobra- do el uso de la vista; pero el 8 de Octubre, once dias después de la operación, fué afectado del catarro (segundo grado), del que estaban á ese tiempo atacados dos enfermos en el mismo Hos- pital. La cicatriz se reblandeció, el iris se inflamó y más tarde hizo hernia á través de un punto débil de aquélla. Se usóelca- lomel al interior, y localmente un colirio de alcohol y ácido sa- licílico, toques con nitrato de plata á la hernia, etc.; la iritis se moderó, la hernia se redujo; pero quedó la pupila con atresia y la cornea opaca en cierta extensión, por lo que el enfermo no podía ver la luz con claridad. En este estado pidió su alca y sa- lió del Hospital. X. El Dr. H de 65 años de edad, fué operado en su casa, de un solo ojo, pues en el otro no se formaba todavía la catarata (Abril de 1881). A las veinticuatro horas ya habia aparecido el catarro (tercer grado): en el centro de la cornea principió la opacificacion seguida de ulceración superficial que alcanzó las dos terceras partes externas de aquella membrana. Se emplea- ron el nitrato de plata y los lavatorios antisépticos, medios que impidieron al mal ir más allá. Si se hubiera practicado la iridec- tomía interna en este ojo, el enfermo habría recobrado en él la visión, pues quedó trasparente una tercera parte de la cornea hacia ese lado; pero este enfermo tuvo que salir de México y no se pudo hacer. xr. H— de Nuevo León, de 65 años de edad, se operó de un solo ojo, pues el otro habia sido ya operado y estaba á la sazón perdido; se operó en el mismo dia y en la misma casa que el individuo anterior; fueron colocados aquél y éste en piezas dis- tantes una de otra, y se aislaron los útiles de curación, etc. La operación del anterior estuvo limpia, miéntras que la de éste se complicó con la salida del humor vitreo. La cicatriz se hizo bien y el ojo se puso á descubierto; á los once dias sobrevino una conjuntivitis catarral (primer grado del catarro), que se do- minó fácilmente con el tratamiento indicado en su lugar y que no dejó consecuencia alguna. XII. N. N., español, de 68 años, se operó en la casa núm... del Por- tal de Agustinos, por la misma fecha que los dos anteriores po- co más ó ménos, y de un solo ojo, el izquierdo, pues el derecho no había sido invadido aún por la catarata. No se presentó no- vedad alguna hasta los once dias, en que ya descubierto el ojo fué atacado del segundo grado del catarro. La cicatriz reblan- decida dejó después una línea blanquizca y opaca á su nivel; la iritis determinó la atresia de la pupila. Se hizo la iridectomía, con lo que el enfermo recobró el uso de su vista.