FACULTAÜ DE MEDICINA DE MEXICO. LIGERO ESTUDIO SOBRE li Sistema Huesoso ín ti Tuberculosis. TESIS INAUGURAL Presentada al Jurado cal ¡tirador en el examen profesional de Medicina, Cirujía y Obstetricia JOSE MANGINO POR ALUMNO DELA ESCUELA NACIONAL DE MEDICINA ME» IMPRENTA POLIGLOTA, Calle de Santa Clara, esquina. 1884. FACULTAD DE MEDICINA DE MEXICO. LIGERO ESTUDIO SOBRE Kl Sistema Hubsoso en la Toberculosis. TESIS INAUGURAL Presentada al Jurado calificador en el examen profesional de Medicina, Cirnjía y Obstetricia JOSE MANCxINO POR ALUMNO DELA ESCUELA NACIONAL DE MEDICINA MEXICO: IMPRENTA POLIGLOTA» Calle de Santa Clara, esquina. 1884 J[ la memoria mi J|alri|. f *| quicne£ |ím| sis cariñosos consejo^ deb el fpber llegado al p de mi cantera. || mi lio el J)ii. |j, Jesús |lc|noso «orno íafimonio ílq cariño. & ME SMESWM& ||l fr | de desórdenes que trae consigo fia tuberculosis en los diferentes sistemas de la economía, los trastornos tan notables que se observan en los órganos cuando lian sido in- vadidos por ella, la hacen una enfermedad muy digna de investigaciones minuciosas que lleguen á difundir la luz en algunos puntos, oscuros aún, de su modo de ser Al hacer algunas autopsias de individuos muertos á con- secuencia de esta afección, llaman la atención particulari- dades que las más veces apenas se encuentran mencionadas en algunos libros de Patología, y otras en vano se esfuerza uno en encontrarlas descritas. El estudio que emprendo está sembrado de dificultades que, con los conocimientos que posee un estudiante, difí- cilmente puede presentar un trabajo completo; pero las 6 conclusiones que se pueden sacar de él, en mi concepto, tal vez basten á explicar algunas particularidades que trae consigo esta enfermedad. Contando con la indulgencia de mi jurado, me atrevo á presentar este trabajo, cumpliendo con ello el requisito que exige la ley. Desde el momento en que se examina, con cierta deten- ción, algunas partes del sistema huesoso en personas tuber- culosas, resaltan á la vista varias circunstancias que llaman la atención, y al mismo tiempo indican una alteración pro- funda en su estructura^ Huesos adelgazados, alargados, sus ángulos demasiado pronunciados, sus caras á veces rugosas, de un peso muy poco considerable, pues he encontrado costillas cuya tota- lidad pesaba apenas la cantidad de 8 gramos. En su interior se nota el tejido esponjioso muy enrare- cido, las laminillas que separan entre sí las diferentes la- gunas, sumamente delgadas, y las lagunas presentando di- mensiones relativamente considerables; en fin, se observa en el interior del hueso como una rarefacción considerable en su tejido. Como una consecuencia natural á está rarefacción, se nota una fragilidad bastante grande que no he encontrado en ninguna otra circunstancia; pues es bastante una lijera 8 tracción en alguna cíe las costillas, para fracturarla y des- prenderla enteramente del resto del esqueleto. Debido á esta propiedad tal vez, al hacer algunas au- topsias de tuberculosos, me he encontrado con alguna fre- cuencia fracturas que comprueban la fragilidad anormal de que está dotado el sistema huesoso en personas que han tenido esta afección. Una de las costillas que han servido para mi estudio, presenta varias particularidades dignas de notarse. Esta pertenecía á un hombre de edad de 40 años, que sucumbió en el servicio del Sr. Dr. Domínguez, á consecuencia de una afección epática debida probablemente al abuso de be- bidas alcohólicas, y que al mismo tiempo presentaba en los pulmones una tuberculización bastante notable. Esta costilla tiene dos fracturas, á poca distancia una de otra: la primera, ya consolidada por completo, única- mente notable por un lijero aumento de volumen y por un corto cambio de dirección en la continuidad de los bor- des, semejante á la que se produce en una vara verde cuan- do se dobla en su parte media. La segunda es muy reciente, pues se nota en sus dos ca- ras un callo bastante grande que nos indica claramente un reciente trabajo de consolidación. Busqué antecedentes con el practicante de la sala y al- gunos de los enfermos que tenia á los lados, y ninguno dió dato positivo; pues decían que el individuo en vida, nunca habia indicado dolor que hiciera sospechar alteración al- guna en ese lugar. 9 El periostio en dos de las costillas, estaba engrosado y adherido enteramente á la pleura y al pulmón, siendo re- conocible porque en algunas partes se encontraba reblan- decido y aislado del pulmón adhiriéndose ligeramente á la costilla. Con objeto de no caer en equivocaciones debidas á las diferentes consistencias que presentan los huesos en las di- versas partes que forman el esqueleto, me fijé en un sólo hueso para someterlo al estudio, siendo el que me pareció bajo este punto de vista conveniente la quinta costilla del lado derecho. Después de haber desprendido las costillas con una cier- ta cantidad de las sustancias blandas que la rodean, des- prendí cuidadosamente el periostio y los músculos inter- costales subyacentes, lo lavé hasta que quedó suficiente- mente limpio, para que ninguna partícula que no fuera huesosa alterara en lo más mínimo el peso de la costilla. Varios dias les sostuve la acción del sol y el viento, pa- ra que perdieran la mayor cantidad posible de humedad. Después de pesadas con la mayor aproximación en una balanza de bastante precisión la cantidad de 5 gramos de tejido huesoso de cada una de las costillas; las dejé 24 ho- ras para observar si áun era posible que perdieran de su peso, circunstancia que de ninguna manera comprobé, pues 10 al rectificar el peso el clia siguiente, encontré que pesaban exactamente igual al dia anterior. Colocados estos fragmentos en crisoles refractarios per- fectamente cerrados, los sometí á la acción del fuego en uno de los hornos de la Escuela de Medicina; sostuve el fuego durante dos lloras, al cabo de las cuales vi la costilla vol- ver enteramente á su color natural, sin perder por esto ni sus dimensiones, ni su forma primitiva. Con un fuego tan activo como al que sometí los huesos que me sirvieron para .el estudio, destruí todo lo que era posible perderse por su acción; y como los huesos están formados de materias orgánicas y anorgánicas, las prime- ras se perdieron y las segundas quedaron formando, por decirlo así, el esqueleto de la costilla. Habiendo consultado con anterioridad en compañía del Sr. Hr. Mejía, en diversos autores de química la calcina- ción de los huesos con el objeto de ver si por la acción del fuego se reducían algunas de las sales que forman el ele- mento principal de los huesos y al que deben su solidez particular, en ninguno encontrarnos que se hiciese men- ción de ello. En efecto, las únicas sales que podrían reducirse, serían los carbonates, que pasarían al estado de óxidos; cosí que no observé, pues tratando las cenizas por un ácido enérgi- co, pude comprobar la existencia del ácido carbónico, por la efervescencia que se produce á consecuencia de que la sal pone en libertad este ácido para formar un compuesto más fijo. 11 Partiendo de que las costillas no podian perder de su composición más que la materia orgánica quedando intac- ta su materia anorgánica, fundé mi método de investiga- ción. Pesando una cierta cantidad de hueso, sometiéndola des- pués á la acción del fuego y pesando el resultado de la combustión, indudablemente me debia dar la cantidad de materia orgánica que se perdió; es decir, la cantidad de ma- teria orgánica que contenia. Mi estudio, para que fuera lo más aproximado posible, lo hice tomando como punto de comparación, costillas de individuos sanos, muertos solamente á consecuencia de un traumatismo. Habiendo recogido 15 costillas de individuos en quie- nes al hacer la inspección cadavérica encontré con lesio- nes más ó ménos avanzadas de la tuberculosis, y sometidas al exámen anterior, me dieron los resultados siguientes: Io Mujer de edad de 40 años, muerta de enterocolitis y que presentaba en los dos pulmones tubérculos crudos; perdió de peso 2. 690 gramos, pesando las cenizas única- mente 2. 310. -° Mujer, edad de 40 años, muerta de pleurecía y que presentaba cavernas pulmonares; perdió 2. 945 gramos, las cenizas pesaban 2.055 gramos. 12 3? Hombre, edad 49 años, muerto de tuberculosis, tu- bérculos muy infiltrados, caceosos, perdió 2.931 gramos, las cenizas pesaban 2,069 gramos. 4o Hombre, edad 36 años, muerto únicamente de tuber- culosis de corta duración; perdió 2.275 gramos, las cenizas pesaban 2.725 gramos. 5o Hombre, edad 32 años; muerto de tuberculósis; per- dió 2.775 gramos, las cenizas pesaban 2.225 gramos. 6o Hombre, edad 57 años, muerto de degeneración gra- sosa del liígado, tubérculos crudos, la costilla con una frac- tura antigua: perdió 2.873 gramos; pesaban las cenizas 2.127 gramos. 7o Hombre, edad 35 años, muerto de tuberculósis; per- dió 3.150 gramos, las cenizas pesaban 1.850 gramos. 8o Hombre, edad 34 anos, muerto de cirrócis atrófica: perdió 3.915, las cenizas pesaban 1.085 gramos. 9o Hombre, edad 42 años, muerto de tuberculósis, per- dió 3.923 gramos, las cenizas pesaban 1.077 gramos. 10° Hombre, edad 20 años, muerto de tuberculósis agu- da generalizada, con manifestaciones cerebrales; perdió 2.845 gramos, las cenizas pesaban 2.155 gramos. 11° Hombre, edad 35 años, muerto á consecuencia de la tuberculósis; perdió 2.890 gramos, las cenizas pesaban 2.110 gramos. 12° Hombre, edad 32 años, muerto de necrosis sifilítica de los cartílagos de la laringe; no habia tubérculos; perdió 2,350 gramos, las cenizas pesaban 2.650 gramos. 13° Hombre, edad 36 años, muerto á consecuencia de 13 una contusión en la región frontal derecha, que produjo una fractura del cráneo y un abceso del cerebro de bastan- te extensión, correspondiente al punto contundido; perdió 2.420 gramos, las cenizas pesaban 2.580 gramos. 14° Hombre, edad 26 años, muerto á consecuencia de una herida, por arma de fuego, en la región de la órbita derecha, que interesó el cerebro; perdió 2.500 gramos, las cenizas pesaban 2.500 gramos. 15° Mujer joven, no pude saber la edad con exactitud, muerta á consecuencia de la asfixia por sumercion en el agua; perdió 2,150 gramos, las cenizas pesaban 2.850 gramos. Las observaciones relativas á los números 6, 7, 8, 9 y 10, nos indican una diferencia de peso, después de la combus- tión, muy considerable, pudiendo valuarse, como término medio, en las dos terceras partes. Las relativas á los números 1, 2, 3, 5 y 11 perdieron un poco menos que las anteriores, siendo de notarse que siem- pre sobrepasó la mitad del peso total del hueso. La número 4 perdió mucho menos; pero aquí encontra- mos que se trataba de una tuberculosis aguda y de poca duración, que comprometió la vida rancho antes de que la afección hubiera tenido el tiempo suficiente para producir muchas de las lesiones propias á esta enfermedad. La número 12 perdió igualmente poco, en relación con lo que se perdió en las otras costillas, y es de notarse que es- te individuo no murió tuberculoso, circunstancia por la que lo tomé como punto de comparación para el estudio que presento. 14 Las números 13, 14 y 15, que me sirvieron igualmente como puntos de comparación por haberse tratado de indi- viduos perfectamente sanos, son los que se acercan más á la media que indican los autores, pues perdieron de su pe- so un poco menos de la mitad del peso total del hueso. En algunas obras de Química he consultado la calcina- ción de los huesos en los capítulos relativos á la fabricación del fosforo, y he visto que el que más ha dado como pér- dida después de la combustión, es la mitad del peso total. Las investigaciones que he seguido me han confirmado este resultado, relativamente á personas sanas, pues tra- tándose de individuos muertos de tuberculosis, el resultado ha estado muy lejos de confirmarse, pues la pérdida ha si- do mucho mayor. La diferencia tan notable que observé en el peso de las cenizas después de la combustión, entre algunas de mis ob- servaciones, creí dependería de la desintegración más o me- nos avanzada de las sales, y me pareció conveniente some- terlas al análisis químico. El Sr. Dr. Alejandro Uribe tuvo la bondad de dirigirme en el análisis, y encontramos los resultados siguientes: La observación número 3, tomado un gramo de sales, dió carbonato de cal 0.20, fosfato de cal 0.028. La número 6, para la misma cantidad, carbonato de cal, 0.30, fosfato de cal 0,25. 15 La número 9, para un gramo dio; carbonato de cal 0.20 fosfato 0.01. La número 4 dio: carbonato de cal 0.34, fosfato 0.016. Los resultados anteriores están demostrando un cambio en la composición del hueso, que en algunos es demasiado grande, siendo de advertirse que los fosfatos son los que presentan mayor diferencia. Esta circunstancia explica algunos de los síntomas que se han señalado en la tuberculosis. Los carbonados están igualmente disminuidos, sin que nunca lleguen á la cantidad que los fosfatos. Las diferencias se notan mucho más comparando las ob- servaciones números 2 y 6. En fin, los huesos están muy lejos de presentar la com- posición normal, y los resultados anteriores son muy dig- nos de comprobación, pues parece que de ella resulta un tratamiento muy racional, deducido directamente de estas perturbaciones. Como se ve por los resultados anteriores, después de la calcinación de los huesos, se pierde en la mayoría de ellos más que en un hueso de individuo perfectamente sano; muerto por traumatismo, siendo de notarse que la pérdida pasa de la mitad del peso total. Esta particularidad es muy digna de notarse, pues pue- 16 de darnos la clave de varios de los síntomas que vemos presentarse en las personas tuberculosas. En primer lugar la fragilidad que sobreviene á los hue- sos por esta falta de sales calcáreas, les predispone á las fracturas, por causas que en alguna otra persona no hubie- ra sido bastante para producirlas. Desde hace mucho tiempo se ha señalado la dificultad que presentan algunas veces las fracturas de los miembros en individuos agotados, empobrecidos, tísicos, en quienes, después de haber tenido un aparato inamovible durante largo tiempo, al descubrirlos, se ve que la fractura presen- ta movilidad aun, y en quienes la única mejoría que han obtenido es una diminución en el dolor, sin mejorar, por esto, la impotencia completa de su miembro. ¿jSTo podríamos explicar esta dificultad tan grande á la consolidación, diciendo: el hueso poco vital por un cambio en su estructura, no puede producir una cicatriz que llene la solución de continuidad, y que en caso de formarla le faltarían al callo los elementos principales á los cuales de- be su solidez especial, es decir, las sales calcáreas? Algunos autores han considerado la escrofulosis y la tu- berculosis como una misma enfermedad, diferenciándose por los poríodos de la vida en que se observa, indicando los dos una debilidad innata ó adquirida pero avanzada, del organismo. Tomando las dos enfermedades como una misma, vemos que también el sistema huesoso nos da una prueba más de que sufre. 17 Diariamente encontramos en los hospitales infinidad de niños en los cuales la escrofuldsis se manifiesta por altera- ciones huesosas; en unos vemos periostitis, en otros cáries, etc., y en fin, el tumor blanco tan frecuente, y al cual se deben una gran cantidad de individuos que no pueden an- dar sin ayuda de muletas. Estos ejemplos nos están demostrando esta triste verdad: “El sistema huesoso sufre en las afecciones que traen consigo la decadencia vital.” ¿Estos padecimientos no pueden depender de un cambio en la estructura del hueso? En. muchas obras de Patología se seña1 a la existencia de fosfatos en cantidad notable én la orina de los tísicos y algunos han ido más allá; la han tenido como un buen sig- no para el diagnostico de la tuberculosis. Si examinamos cada una de las partes que forman el or- ganismo humano, en ninguna de ellas encontramos las sa- les en cantidad tan notable como en los huesos, pues que forman en sí la mayor parte de su sustancia. Lo más natural es creer, por lo dicho anteriormente, que estos fosfatos vengan directamente de las sales que entran en la composición de los huesos, que son arrastradas y lle- vadas por la corriente sanguínea hasta el riñon, y allí ex- pulsadas. Este mecanismo, á mi modo de ver, explica satisfacto- riamente su presencia en la orina. Esta eliminación de los fosfatos se hermana perfecta- mente con los resultados que suministran mis investiga- 18 ciones y rae parece un buen signo que, en compañía de otros, podrían ponernos en vía del Diagnostico, en casos en que sea dudoso por la poca claridad de los síntomas que presen- tan algunas veces los enfermos víctimas de esta afección, El raquitismo, esa otra enferraerdad tan frecuente en la niñez en algunos países, y al que se debe un gran contin - gente en la mortalidad tí consecuencia del parto; nos da una muestra más de los desordenes tan considerables que traen consigo los cambios de estructura en el sistema hue- soso. Esta afección, que manifiesta claramente la decadencia vital, se acompaña algunas veces en la juventud de escro- fulósis y en la edad adulta de tubérculos. Yernos huesos que han tomado figuras más d menos ex- trañes, comprometiendo con ellas las funciones de locomo- ción, y lo que es más, en les mujeres estrechando los diá- metros de la pelvis, haciendo difícil y en muchas ocasio- nes imposible, el trabajo del parto. Todas las personas que se dedican á la obstetricia saben cuántas víctimas hace esta enfermedad. Varios puntos de contacto tiene con la tuberculosis y la escrófula; y en ella igualmente se señalan la presencia de los fosfatos en la orina y e! decaimiento vital. En esta afección los huesos son blandos, se pueden aún cortar con un cuchillo y ceden á la presión, por lo cual cambian de forma, y esta suavidad particular no puede ser debida sino á una diminución de las sales. Yemos por lo anterior cuántos síntomas de los que se presentan en las enfermedades consuntivas pueden expli- carse trayendo en auxilio estos cambios á que está sujeto el organismo en ciertas enfermedades y el interés práctico que trae consigo una cuestión que ha sido tan descuidada hasta el presente. La confirmación de las investigaciones que en pequeña escala vengo haciendo y cuya relación he expuesto en el texto del presente trabajo, traería algunas indicaciones que redundarían en provecho de los enfermos, que presentan las manifestaciones huesosas dependiendo de un estado general erapobrecido. La cuestión que acude inmediatamente al espíritu es la clase de tratamiento que es necesario seguir en esta espe- cie de enfermedades. De las lesiones que hemos encontrado en los huesos y es- pecialmente de su falta de sales calcáreas, podemos dedu- cir que dando éstas bajo formas de medicamentos, habre- mos hecho ciertamente un señalado servicio á favor de los pacientes. Entre las sales calcáreas, la que tiene más reputación, bajo este punto de vista, es el fosfato de cal, sustancia que en más de una ocasión ha prestado servicios importantísi- mos. Voy á procurar exponer algunas de las indicaciones pa- ra las cuales se puede usar, tratándose de las enfermeda- des antes dichas. En la tuberculosis se puede administrar, obedeciendo á dos indicaciones importantes. En primer lugar, sabemos que uno de los medios que emplea la naturaleza para la curación del tubérculo es la calcificación, por medio de la cual impide la ulceración y la formación de cavernas en (irganos importantes para la vida como el pulmón. Pues bien; la administración del fosfato de cal ayuda á la naturaleza, suministrándole la base para la cretificacion del tubérculo. Esta particularidad ha sido perfectamente comprendida por los autores, y lo demuestra la importancia que le dan en el tratamiento de la tuberculosis y la multitud de fórmu- las que se han dado para la administración de la medicina. La segunda indicación consiste en llenar la brecha que deja tras de la eliminación de las sales, fortaleciendo de es- ta manera el sistema huesoso. En la escrofulósis, encuentra su indicación para comba- tir la infinidad de manifestaciones huesosas que presenta esta enfermedad, pues creo que, evitando el cambio de es- tructura del hueso, ó dándole las sales que le faltan ha- bremos modificado en lo posible felizmente el modo de ser de estas manifestaciones. En el raquitismo, la mayor parte de los autores están de acuerdo para administrarlo y todos han notado las venta- jas que han obtenido de su empleo. En. las fracturas, que siguen una marcha atónica, que no se consolidan ó si llegan á hacerlo es con una cicatriz fi- brosa, poco resistente, que si acaso mejoran al enfermo es en una proporción relativamente insignificante, se encuen- tra su empleo perfectamente indicado, pues de esta mane- ra no solo modificamos la vitalidad del hueso, sino que su- ministramos directamente las sales, que han de dar su consistencia al callo y devolvemos, por decirlo así, al miem- bro su fuerza y funciones. Entre las preparaciones que contienen esta sustancia co- mo base, la que me parece mejor es el fosfato de cal gela- tinoso, siendo la que llena mejor su objeto, por ser la me- jor tolerada, pues otras preparaciones, después de un cier- to tiempo de su uso, traen consigo perturbaciones gástricas, que dificultan su empleo; con la constancia necesaria, para ejercer su benéfica influencia. Haciendo un resumen de mi trabajo, resultan las con- clusiones siguientes: Ia En la tuberculosis se eliminan de los huesos, en ma- yor ó menor proporción las sales calcáreas. 2a Siguiendo la analogía que presentan con esta afección bajo varios puntos de vista, la escrofulosis y el raquitismo, podemos explicar algunos de sus síntomas invocando la falta de sales calcáreas. 22 3“ La facilidad que tienen los huesos para fracturarse y su difícil consolidación, en esta clase de enfermedades; pue- de depender hasta cierto punto, de esa misma alteración. 4a La indicación que descuella de los resultados obteni- dos rae parece ser que el fosfato de cal administrado en compaida de otros medios conocidos y una buena higiene, podría dar excelentes resultados para la curación de estas enfermedades. No tengo la pretensión de creer que mi trabajo esté exen- to de equivocaciones, ni mucho menos que mis experien- cias sean irrefutables; pero me ha animado un buen deseo y es el de contribuir aunque sea con mi grano de arena al adelanto de la Medicina Nacional. Partiendo de que no creo haber aumentado los conoci- mientos que se tienen de las alteraciones que traen consigo las enfermedades consuntivas, solamente presento el pun- to como muy digno de las investigaciones de personas co- mo las que forman el cuerpo de profesores de nuestra escuela, quienes poseen una ilustración muy suficiente pa- ra impulsar el adelanto de nuestra Medicina Nacional. México, Enero de 1884. José Man Jiña.