FACULTAD DE MEDICINA DE MEXICO.
LIGERAS CONSIDERACIONES
SOBRE
El tratamiento pimpo de los abscesos
d.el liígado.
Tésis, que para el exámen profesional
de Medicina, Cirugía y Obstetricia, presenta al
Jurado Calificador
ALUMNO DE LA ESCUELA NACIONAL DE MEDICINA DE MEXICO,
EX-PRACTICANTE DEL HOSPITAL “JUAREZ”, PRACTICANTE DEL HOSPITAL “CONCEPCION BEISTECUI”
Y DEL “CONSULTORIO GRATUITO DE LA BENEFICENCIA PUBLICA.”
PACHUCA.
OFICINA TIPOGRÁFICA DEL GOBIERNO DEL ESTADO.
1891. FACULTAD DE MEDICINA DE MEXICO.
LIGERAS CONSIDERACIONES
SOBRE
£1 tratamiento pinico de los abscesos
d.el liígad-O.
Tesis, que para ei exámen profesional
ele Medicina, Cirugía y Obstetricia, presenta al
«Turado Calificador
ALUMNO DE LA ESCUELA NACIONAL DE MEDICINA DE MEXICO,
EX-PRACTICANTE DEL HOSPITAL “JUAREZ”, PRACTICANTE DEL HOSPITAL “CONCEPCION BEISTECUI”
Y DEL “CONSULTORIO CRATUITO DE LA BENEFICENCIA PUBLICA.”
PACHUCA.
OFICINA TIPOGRÁFICA DEL GOBIERNO DEL ESTADO.
1891. Á LA SAGRADA MEMORIA DE A mi § I1SS416I*
Fraternal demostración de cariño.
AL SEÑOR
HHoctof
¿justo Tumienaie bz respeto -y cj-ratitub bcT iiítuuo bu ¡uta bOciptifo.*.
A los Señores Doctores
FRANCISCO DE P, CHACON, IIAIION ICAZA é ISMAEL PRIETO.
De quienes he recibido enseñanza é infinitas consideraciones. Á LOS SEÑORES
DEBIL PRUEBA DE GRATITUD POR LOS
BENEFICIOS QUE HE RECIBIDO EN EL HOSPITAL “CONCEPCION BEiSTECUI.”
A los ¡lustres y bien reputados médicos
DE LA ESCUELA N. DE MEDICINA DE MÉXICO.
AL SEÑOR GENERAL
Permitidme que haga pública esta manifestación de aprecio y gratitud,
un hijo del Estado de Hidalgo,
cuyo gobierno és sabiamente dirijido por usted. Ah 8BK0E MAXIMINO B8FIM0SA.
POR LA PROTECCIÓN Y CARIÑO CON QUE ME HA HONRADO
INMERECIDAMENTE.
A.L SEÑOR
IIOtlÉt if ñu tí rtO itaDí^íX^
A QUIEN COMO MAESTRO Y AMICO DEBO INFINITAS CONSIDERACIONES.
Al Señor Licenciado
ÍM«M YttMffiL
cDe&lf pztce&a he cpsatÁttrh tj* óIhi palia. Respetable Jurado:
Con la convicción de haber puesto todo el empeño de que somos
capaces, nos atrevemos á presentaros este imperfecto trabajo que
lejos de tener algún mérito, adolece de los defectos propios de la
inexperiencia de aquel que por primera vez toma la pluma para
escribir sobre algún punto científico.
Ninguno ignora que al llegar al íin del escabroso camino de la
Medicina tropezamos con dificultades insuperables ante la última
prueba á que debemos sujetarnos. Para ella ya no contamos con
la ayuda de nuestros maestros sino con nuestras propias fuerzas.
¿Qué podemos hacer cuando nos fa'ta la experiencia y no tenemos
el caudal de conocimientos indispensables para emprender una ta-
rea tan delicada? Nada, que pueda ser útil. El presente trabajo
no tiene nada original y tal vez esté desprovisto de interés; pero
sí tiene el objeto de cumplir no solo con la ley, sino de presentar
á vuestro criterio una prueba escrita que deba serviros para la de-
terminación de un fallo irrevocable. 10
El deseo de fomentar una rama de la Cirugía cuyos progresos
actuales son debidos á un hijo de nuestra Patria, al Dr. M. Jimé-
nez quien fue el primero en instituir el tratamiento quirúrgico
de los abscesos del hígado por las punciones nos ha obligado á es-
tudiar y valorizar los distintos procedimientos que después se han
imaginado y juzgarlos imparcialmente, según los resultados prác-
ticos obtenidos en los pocos casos que hemos podido observar.
Nuestro plan no es hacer un juicio crítico de los distintos pro-
cedimientos, sino describir los más u-ados, precisar más sus indi-
caciones y deducir las ventajas que cada una tenga sobre los de-
más en cada caso particular.
Este problema así planteado es de una solución dificil para nues-
tra escasa inteligencia y estamos plenamente convencidos de no
llenar satisfactoriamente la cuestión, apesar de nuestra buena vo-
luntad. Esperamos que esta confesión nos sirva de excusa para
que este trabajo sea juzgado con la benevolencia propia de un
sensato y sabio Jurado.
jiL y^UTOR. 11
CAPITULO I.
ARIJUNAS consideraciones preliminares.
"Lóbscrvation cst la clef des sciences.it
Bacon.
Al emprender una operación, el Cirujano, debe rodearse de
las condiciones más ventajosas y de los medios más adecuados al
caso de que trata con el fin de ver coronadas con el éxito sus es-
peranzas. También debe juzgar imparcialmente los distintos mé-
todos y procedimientos, según los resultados que haya podido
observar; estudiarlos en sus detalles y apreciar los ventajas ó in-
convenientes que puedan tener al aplicarlos. Pero antes de deci-
dir el plan de su conducta debe buscar para su enfermo los ele-
mentos indispensables para colocarlo á salvo de los accidentes y
complicaciones que pudieran estorbar ó comprometer un buen re-
sultado.
El estado individual merece mucha atención é importa antes de
intervenir, haberse formado un juicio exacto de sus particularida-
des, dándoles la interpretación conveniente. Si de este estudio
minucioso tanto del enfermo como del medio en que está colocado,
se deduce la posibilidad de llegar á alcanzar el éxito, no cabe vaci-
lación; pero si uno de los factores que los preceptos deducidos de
la experiencia nos dan á conocer, falta ó por sí solo es un obstáculo
insuperable, debe abstenerse de toda intervención y solo hacer
aquello que le aconseje su criterio, como más propio para reme-
diar los males del paciente.
Antes de desistir de su empresa debe haber puesto todo su es-
mero, hasta agotar sus esfuerzos, en buscar los medios mejor
conducentes y apropiados para ponerse en circunstancias favora-
bles.
Hoy contamos con un elemento importante que nos da confian-
za y aumenta las probabilidades de éxito, nos pone á salvo de
muchos fracasos y nos permite ser más atrevidos. Hoy nuestros
cirujanos hacen grandes operaciones que antes eran una temeridad
para sus antecesores. Hoy nos servimos de una arma poderosa 12
que combate enérgicamente las complicaciones que antes diezma-
ban á lo5! operados. Esta arma nos la dio Lister con su »Método
Antiséptico" y desde entonces acá grandes han sido los adelantos
de la cirujía y muchos enfermos han visto renacer su vida bajo
los sabios preceptos que él nos ha enseñado. El fundamento de
sus teorías debe estar presente en la imaginación de todo cirujano,
pues es la clave de todo tratamiento quirúrgico. En la actualidad
estas teorías cuentan muchos adversarios que hacen figurar á la
asepcia un papel de primera importancia Los buenos resultados
obtenidos por la asepcia solamente no le quitan el valor á la anti-
sepcia. Siempre van combinadas y podemos decir que no puede
haber antisepcia sin asepcia. Para ciertos casos esta ú'tima basta
ría; pero para otros la antisepcia rigurosa es indispensable. Cuan-
do se trata de obtener la reunión de una herida traumática ó qui-
rúrgica, por primera intención y evitar la supuración, la asepcia
entra como factor de primera importancia y puede bastar; pero
cuando se trata de una cavidad ó de una superficie supurante he-
cha séptica y se quieren evitar las consecuencias d i la absorción
de gérmenes infecciosos y la destrucción progresiva de los tejidos
afectados, la antisepcia, bien empleada, es la única fuerza pode-
rosa con que podemos detener un mal en su desarrollo cuando
tiene por origen una causa séptica.
No son las piezas de la curación de Lister, las que lo han e'e
vado á tan alto puesto, ni es solamente por su material por loque
ce consiguen maravillosas curaciones. Del resultado práctico de
sus preceptos generales, del apego á sus doctrinas y del conoci-
miento de sus fundamentos es de donde hemos sacado inmensos
beneficios. Sin embargo de (pie este método está al alcance de
todos, debemos convenir en que se necesitan ciertas aptitudes para
ponerlo en práctica en todos sus detalles. Debemos esforzarnos
en poner de nuestra parte, todo el esmero y cuidado posibles, sin
temo)- de caer wn la exageración Que se nos culpe de minuciosos,
mo este no es el caso común, sino que estas cavidades
formadas por colecciones purulentas, se acercan á la superficie y
toman su sitio de predilección en la cara convexa de su lóbulo
derecho, por esa tendencia natural que tienen de aproximarse á
una superficie por donde buscar su salida, se ponen fuera de las
condiciones de obedecer á una presión directamente opuesta, y la
causa que se opone á ello, es que la inflamación adhesiva propagada
por el diafragma hasta la pared costal ha soldado estas partes ín-
timamente entre sí y con una parte más ó menos extensa de la
superficie convexa del hígado. En este estado la pared costal, el
diafragma y la superficie correspondiente del hígado que no ha 15
sido destruida por la supuración, forman un todo continuo y se
oponen directamente al acercamiento de las paredes de una cavi-
dad que necesita tenerlas en todas direcciones libres y dispuestas
á sufrir su retracción. Cuando está destruida una gran parte del
paren quima hepático que está en relación con las inserciones cos-
tales del diafragma y que el seno costo-diafragmático ha desapa-
recido por la soldadura de las dos hojas de la pleura, ó está des-
truido por la fusión purulenta de todos los tejidos, cuando el abs-
ceso se ha hecho sub- cutáneo, la resistencia que opone el esqueleto,
no puede ser vencida por las presiones opuestas del diafragma y
de la masa elástica abdominal. La naturaleza en un caso seme-
jante, hace esfuerzos poderosos para cerrar esa cavidad que ha
dejado escapar su contenido artificial ó espontáneamente.
Siguiendo la observación, desde el momento que un foco pu-
rulento de estas condiciones ha sido vaciado, vemos que las
paredes debido á su propia elasticidad se retraen y la cavi-
dad queda reducida de capacidad notablemente; pero esta
retracción no es uniforme, pues solo se marca en los lugares
opuestos al punto donde la caja torácica forma parte de la
pa red del absceso. Si tomamos en consideración, la dureza
propia de las paredes, cuando el absceso es antiguo y la difi-
cultad que tienen para aproximarse cuando existen adheren-
cias periféricas, lo que es muy frecuente cuando la supuración
está muy cerca de la superficie del órgano, entonces com-
prenderemos lo difícil que es, aún para una naturaleza vigo-
rosa, la cicatrización de una cavidad que reúna estas condi-
ciones. Por desgracia estos casos, en la práctica hospitalaria
no son raros y muy amenudo vemos enfermos que llevan una
fístula en comunicación con una cavidad, sin tendencia á la
cicatrización, permanecer muchos meses sujetos á un agota-
miento progresivo, y á qus su padecimiento los lleve al extre-
mo de que cualquiera intervención sea inútil cuando se han
ocasionado ya lesiones irreparables. Esta cavidad que es una
fuente inagotable de supuración llega á adquirir una estructu-
ra particular; sus paredes se hacen duras, rígidas, poco elás-
ticas, formadas de tejido inodular, lo mismo que el trayecto
fistuloso el que suele revestirse muy profundamente de una
verdadera epidermis y contribuyen poderosamente al mismo
fin, á dejar una cavidad persistente, necesaria y que la natu-
raleza poco ó nada puede hacer contra ella. Sin embargo los 16
eduu-zos naturales se manifiestan y un verdadero fenómeno
de retracción eieatricial, hace que al cabo del tiempo, la cavi-
dad haya disminuí lo de cipacidid Por este artificio vemos
que las estillas corrosp m üeutes cambian de curbatura y se
apr iXiman; los espacios intercostales menos amplios >e de-
primen y todo el cuerpo, como lo vemos on los casos de em-
píema crónico, sufre una incurbación lateral, todo con el
objeto de favorecer la retracción concéntrica eieatricial de las
párteles del absceso. La proliferación interior de Hernia car
nosas, activa en lo> primeros momentos, acaba por detenerse
cuando la retractibilidad y la acción individual han agotado
sus fuerzas. Raro será un éxito completo, después de muchos-
meses de padecimientos cuando existe una cavidad necesaria,
así es, que el cirujano debe poner su esmero para evitar un
resultado análoga y para ello no hay más que llenar las indi
caciones: quitar por cualquier medio la resistencia (pie se
opone a la cicatrización y activar la vitalidad del individuo
por medios apropiados. La primera solo se consigue con la
resección de uno, dos ó más fragmentos de las costillas que
directamente tapizan la cavidad.
CAPITULO II.
TRATAMIENTO QUIRURGICO DE LOS ABSCESOS DEL HIGADO.
HISTORIA.
Desde los primeros tiempos, en la historia de la medicina,
la necesidad de una intervención quirúrgica en el tratamiento
de las colecciones purulentas de cualquiera región, se hacía
sentir y el viejo precepto: "ubi pus ibi evacúa,n hacía pensar
en los tiempos de; Hipócrates, «m los medios de poder abrir
estas cavidades, sin peligro para el enfermo. La incisión era
clasica para los abscesos superficiales; pero para los profun-
dos, aquellos que están situados en el parenquimá de órganos
espídemeos, la intervención se indicaba hasta que se hacían
superficiales; pero cuando se trataba de penetrar al travos (|e
órganos tan importantes como n dos
formando una L. (M. E. Baeckel,) otros una H. dirigida trans
versalmente (M. Trelat,) ó en fin, una incisión en Y de
ramas más ó menos alejadas (M. Bouilly.) Todos estos proce
dimientos han tenido el objeto de dar amplitud al campo ope
ratorio para poder resecar muchas costillas. Casi todos tie-
nen sus inconvenientes, unos forman grandes colgados, ex-
puestos á gangrenarse, otros dividen un espesor detejidos con-
siderable y hacen perder alguna cantidad de sangre, siendo
el traumatismo mayor; enfin mientras más complicados son,
comprometen más el éxito dificultando la cicatrización por
primera intención.
Tratándose de la hepatotomía no hay necesidad de opera-
ciones complicadas, la incisión simple de Estlander és preferi-
ble con algunas modificaciones. Para resecar una sola costilla
una incisión lineal sobre ella de una extensión tres centímetros
mayor, és suficiente, y en caso de no serlo y que la separación
de los labios sea difícil, basta hacer en sus extremidades
otras dos pequeñas incisiones perpendiculares de dos ó tres
centímetros. Para la resección de dos, se puede cortar un col-
gajo rectangular por tres incisiones perpendiculares entre sí,
una de 8 ó 10 centímetros sobre el borde superior de la cos-
tilla situada inmediatamente arriba del lugar donde -deba
p mi clonarse el hígado y á sus extremidades se elevarán las
otras dos, en una extensión suficiente, para que una vez le-
vantado el colgajo se descubra en su basé la segunda costilla. 97
Este colgajo así formado, tiene la vitalidad necesaria y no
está expuesto á gangrenarse y asegura la cicatrización por
primera intención. El espacio comprendido entre las dos su-
turas paralelas, por donde se debe penetrar al hígado, ape-
sar de ser estrecho y no medir más que la distancia entre
los dos áreos costales, no ha sufrido lesión alguna y su nu-
trición se conserva. La incisión hecha en la parte media del
espacio intercostal como lo aconseja Estlander podrá ser útil
pero no en todos los casos, y siempre habrá que recurrir á
las pequeñas incisiones hechas en sus extremidades, las que
tienen por objeto hacer menos laboriosa la operación.
Descubiertos convenientemente los arcos costales en la
extensión deseada, se dividirá longitudinalmente el periostio'
sobre la parte media de cada costilla, tanto cuanto sea ne-
cesario.
2°.—El despegamiento del periostio es bien Sencillo y co-
nocido, solo se necesita una legra recta y una sonda legra de
Ollier; la primera, para el despegamiento en la cara convexa
y la segunda, para la cara cóncava de la costilla. Esto se ha-
ce sin dificultad y más cuando el periostio está engrosado
por la propagación de la inflamación hasta él. Su conserva-
ción no tiene inconvenientes, puesto que la regeneración del
hueso no se hace sino cuando la pared está ya retraída y des-
pués de algún tiempo. Además, asegura la nutrición de las
extremidades seccionadas de las costillas y las.expone menos
á la necrosis. Inútil es decir que debe cuidarse y evitarse la
menor lesión de la arteria intercostal.
3.°—La sección de las costillas importa que sea hecha en
el límite del despegamiento del periostio para que queden
las extremidades cubiertas por esta membrana y ocultas en
el fondo de la herida. La pinza de Listón de ramas dentadas,
cizallas de diversos modelos y otros costotomos ideados para
esie objeto, pueden servir; la sierra de cadena en muchos casos
és preferible; los cinceles de Macewen cuando se pueden pro-
teger convenientemente los tejidos profundos, pueden ser
útiles.
El número de las costillas y la longitud de los fragmentos
resecados debe ser tanto mayor cuanto más grande sea la ca-
vidad y esté más superficial. Aun cuando en muchos cásos
pudiera bastar la resección de tres ó cuatro centímetros, és. 98
preferible siempre darles mayor exteusión para no exponerse
á hacer una resección secundaria.
La elección de las costillas no se puede fijar y en cada ca-
so el lugar de la colección purulenta marcará los límites, los
que por lo general, están comprendidos entre la 7* y 10.a cos-
tillas.
4.°—Antes de cerrar las heridas es conveniente hacer un
lavado antiséptico y procurar que las extremidades huesosas
queden bien protejidas por su periostio. Hecho esto, se hace
la sutura de los labios, afrontando perfectamente los tejidos
y teniendo cuidado de dejar en su fondo un pequeño tubo
de canalización que salga por el ángulo declive y asegure el es-
currimiento de los líquidos exudados. Los canalizadores per-
manecerán el tiempo conveniente á juicio del operador; pero
que no pasará de tres días, siempre que una infiltración nó
tenga lugar. Una compresión moderada hecha en el momen-
to de la curación asegura más la reunión por primera inten-
ción.
5o—La incisión del hígado se practicará tal como lo hemos
descrito, con todos sus tiempos y detalles, teniendo cuidado
de proteger las suturas y de nó herir alguna arteria intercos-
tal. La exploración de la cavidad con el dedo ó la sonda, da-
rá una idea más exacta de la magnitud de la cavidad y de la
retracción y movilidad inmediatas que sufre la pared. Si dos
costillas se han resecado y la cavidad se extiende más allá,
formando un divertículo de paredes duras, la resección de
una tercera costilla ésta indicada, inmediata ó consecutiva-
mente. Si debe practicarse luego, se hará el lavado comple-
to de la cavidad y de la piel de la región, teniendo cuidado
de obturar la herida hepática con una esponja. Se reseca es-
ta tercera costilla como se ha hecho con las anteriores y se
tomarán las precauciones convenientes para asegurar la cica-
trización por primera intención. Si el tiempo debe decidir
una resección secundaria, se vigilará constantemente la cavi-
dad, observando los progresos de la cicatrización, para inter-
venir en el momento que la reparación se detenga, antes de
ver las consecuencias de una cavidad necesaria, de una fístu-
la permanente ó de una supuración inagotable. Desgraciada-
mente no podemos con exactitud apreciar el momento en que
las tendencias á la cicatrización ó los esfuerzos de la natura- 99
leza, se encuentran vencidos por una causa cualquiera, y este
és el motivo porqué las resecciones secundarias generalmente
se hacen tarde en condiciones muy desventajosas y cuando
el médico ha agotado otra clase de recursos., que habiendo
sido inútiles, no han hecho mas que dejar trascurrir el tiempo
exponiendo al enfermo á las consecuencias de la supuración
prolongada.
El número de observaciones que han servido de base para el desarrollo
de este trabajo, es mayor que el que aquí presentamos; pero no quere-
mos extendernos más, y solo haremos’ constar las que nos han sido per-
sonales.
PRIMERA.—HOSPITAL “CONCEPCION BEISTEGUI.”
SALA DEL DR. JOAQUIN VÉRTIZ.—(CAMA NÚM. 7.1.)
Rafael Quezada, cantero, de México, de 30 años, entró á este hospital,
el dia 5 de Junio de 1889. Traía un voluminoso tumor situado en el lado
deregho de la pared abdominal abajo del reborde costal. Tuvo su origen
á consecuencia de un traumatismo que sufrió el enfermo en ese lugar,
tres meses ántes. Del conmemorativo no se deduce otro antecedente de
importancia. Poco después de esa lesión apareció el tumor que fué desa-
rrollándose lentamente, sin que el enfermo le diera mucha importancia,
pues pocas molestias sufría y no le impedía continuar en sus trabajos.
Sin embargo, algunas perturbaciones digestiva aparecieron, acompañadas
de fiebre, sudores, dolor, etc., etc. y esto le obligó á curarse. El tumor
fluctuante era tan superficial, que más bien parecía formado en el espe-
sor .de la piel. Esta, estaba edematosa (lo qué impedía la exploración pro-
funda del vientre) delgacja y enrojecida en la parte culminante del tu-
mor. Casi sin vacilar se hizo una amplia incisión, (de 8 centímetros)
porque era la indicación y porque en esa caso dudoso, serviría de medió
de diagnóstico. No- podía ser más que unacolecpión purulenta que estaba
próxima á ulcerar la piel; pero su origen y su naturaleza no se podían
conocer por falta de datos. La salida de una cantidad enorme de pús he-
pático que excedió á 500 gramos, fijó el diagnóstico, y en efecto, la ex-
ploración con varios dedos, descubrió una basta cavidad formada en el es-
pesor del hígado. Hay que notar que la línea mate superior de esta visera
era normal y no se modificó en nada después de la operación. Se hizo un
lavado antiséptico, se canalizó y se trató convenientemente.
Al cabo de algunos dias pudo notarse una retracción de la bolsa, pero
no uniforme; la pared externa estaba constituida por el cartílago de la
9.a costilla, alterado, lo mismo que su membrana de cubierta. Al fin de
un mes, cuando se notó que esta era la causa de la persistencia de una
cavidad que comunicaba con un trayecto fistuloso estrecho, se determinó
hacer la resección de una parte del cartílago de la 9.a costilla y raspar 101
las fogosidades que tapizaban las paredes. Apesar de esto no *e consiguió
.el éxito completo y subsistía una fístula revelde. El l.° de Septiembre
se intervino por última vez; se extrajo otro fragmento de cartílago y se
cauterizaron y rasparon las paredes esclerosadas y resistentes. La cura-
ción se obtuvo de una manera completa y el enfermo solicitó su alta el 7
de Diciembre en un estado»de salud satisfactorio.
SEGUNDA.—HOSPITAL “CONCEPCION BEISTEGUI.”
SALA DEL DR. JOAQUIN VÉRTIZ.—-(CAMA NÚM. 78)
• José María Flores, estudiante, de Campeche, de 25 afros, se recibió en
este hospital el dia 29 de Julio de 1889.
Diagnóstico: absceso de hígado, cuyo origen data del mes de Mayo del
mismo año. En sus antecedentes no hay nada notable. Abituado á las
bebidas alcohólicas, solo ha sufrido perturbaciones digestivas por esta
causa. A fines de Mayo'apareció un dolor én el hipocondrio derecho, va-
go, mal limitado, que le daba la sensación de un cuerpo pesado que le
oprimía. Este dolor fue precedido de vómitos biliosos y tós frecuente.
Algunos dias después, un fuerte calosfrió anunció una elevación de tem-
peratura que fue seguida de sudores. Esta tomó la forma intermitente,
repitiendo cada 24 horas. Todos estos síntomas no cedieron al uso de al-
gos purgantes ni al calomel á dosis refractarias. A su entrada al hospital
todos estos síntomas se comprobaron; había además dolor en el hombro y
un tinte amarillento. Los datos recogidos por la exploración hicieron pre-
sumir la existencia de un absceso profundo del hígado. No había edema
de la piel de la región ni fluctuación-, pero sí, un dolor exagerado á la
presión en el 9.° espacio intercostal; aumento de volumen de la glándula es-
pecialmente al nivel de la línea axilar anterior y todos los signos subje-
tivos de una afección hepática. Sobre el punto doloroso se penetró con
un trocar de Potain (Agosto 2--89) y se calló en una cavidad purulenta
que contenía 400 gramos de pús algó espeso. Inmediatamente el Dr. J.
Vértiz hizo una incisión y canalizó por el procedimiento de Stromeyer
Little. La incisión medía 7 centímetros. Se pusieron dos tubos de 1 cen-
tímetro de diámetro y 12 de longitud. La exploración digital hecha des-
pués, hizo reconocer una cabidad uniforme más ó menos esférica, de pare-
des extcnsibles y tapizadas de una capa de pús concreto, que no hubiera
salido si no se despega mecánicamente con el dedo y después con el cho-
rro de agua de un irrigador situado á un metro de altura. Esta cavidad
ya retraida no contenía más que 200 gramos de líquido. El espesor del
tegido hepático sano, que se dividió para llegar á la cavidad, podía calcu-
larse en tres centímetros. No hubo hemorragia ni accidente alguno. La
área mate se había reducido especialmente en la línea axilar, en don*
de medía 3 centímetros, menos que antes de la operación. Desde el dia 102
siguiente la-temperatura fue normal y no se volvió á elevar. Las fuerzas
y el apetito se recobraron poco á poco Las perturvaciones digestivas y
el dolor, desaparecieron completamente. Las curaciones se hicieron dos
veces por diá, usándose para los lavatorios el ácido bórico en la propor-
ció de 3 p§. A la vez que el pús excretado era menor los tubos s® acor-
taban, y al cabo de 15 dias, solo medían 3 centímetros; uno de ellos fue
quitado en esta época y el otro 10 dias después,‘cuando la supuraron casi
se habia agotado. El enfermo rápidamente restablecido solicitó su alta
el dia 5 de Septiembre enteramente curado, llevando una cicatriz indele-
ble, reducida á tres centímetros de longitud.—Duración del tratamiento.
25 dias. ‘ ,
TERCERA.—HOSPITAL “CONCEPCION BEISTEGUI.” *
SALA DEL DR. JOAQUIN VÉRTIZ.—(CAMA NÚM. 75.)
Alejandro Gutiérrez, de San Andrés Texmelucan, carrero, de 35 años,
entro á este hospital el dia 3 de Agosto de 1889. La enfermedad que pa-
dece data del mes de Mayo de 1888. El principio de ella apareció des-
pués de una embriaguez, Se inició con un dolor agudo localizado en el
hipocondrio derecho, que se irradiaba hácia el costado y hombro del mis-
mo lado, y los síntomas de indigestión: vómitos alimenticios y después
biliosos, diarrea, dolor vago en el vientre, timpanismo y reacción febril
precedida de un calosfrió intenso, etc. En este estado permaneció un mes,
al cabo del cual una tós seca y tenáz se apoderó de él; cada vez se hacía
más intensa, más dolorosa y le quitaba el sueño completamente. Al prin-
cipio el esputo era simplemente mucoso, pero pocos dias después, extrias
de sangre aparecieron y fueron aumentando hasta convertirse en una
verdadera hemorragia y de alguna gravedad. Pronto se vió el enfermo
postrado por la falta de fuerzas, de apetito y de recursos. Buscó asilo en
el Hospital de San Andrés, en donde estuvo al cuidado del Dr. J. M.a
Bandera, en la cama 13 de su Sala. El esputo que conservaba los carac-
teres sanguíneos, se hizo momentáneamente purulento, y el enfermo
arrojó grandes cantidades de pus hepático, término medio 500 gramos
diarios. Estuvo 44 días en ese hospital de donde salió mejorado: sus fuer-
zas se habían repuesto, recobró su apetito, la calentura casi había desapa-
recido lo mismo que muchos de los síntomas que le molestaban. Un mes
después, la calentura, los dolores, los sudores y la diarrea, volvieron á pre-
sentarse.
La cantidad de pús que expulsaba era la misma; y sin embargo, sin
tratamiento alguno, pudo soportar diez meses más.,
En Agosto de 89 entró al Hospital "C. Béisteguin con calentura elevada
de forma remitente, vómitos, dolor intenso en el hipocondrio y hombro,
sudores profusos, inapetencia, diarrea, etc., en fin, con un cuadro de sínto- 103
mas claro y muy alarmante. Se notó demacración considerable, color
amarillo pálido de la piel, dipsnea, tos frecuente que hacía salir grandes
cantidades de pús hepático, ensanchamiento considerable del lado dere-
cho de la base del tórax, el hígado era grande, su borde inferior se di-
bujaba á 5 centímetros abajo del reborde costal. En el 8.° y 9.° espacios
intersostales había un abultamiento que hacía perder la simetría del
tórax; á este nivel había edema de la piel, que estaba roja y distendida,
dolor y fluctuación franca, tan superficial, que hizo temer xxnaperfora-
ción próxima. La área de macicez era tan grande que el límite supe-
rior convexo llegaba hasta cerca de la áxila y el inferior desbordaba 5 cen-
tímetros el borde costal hácia el epigastrio y como 3 centímetros hácia
el flanco. La auscultación hacía oir numerosos estertores gruesos en el
pulmón correspondiente. Las temperaturas oscilaban entre 38° y 39°.
El Dr. Yértiz, urgido por lo apremiante del caso,.se resolvió á operarlo;
¿qué debía hacer? Era*necesario disminuirla tensión del absceso y evitar
la ulceración y perforación de la piel. La punción era un recurso supre-
mo, y en efecto, filé practicada el dia siguiente por el 8.a espacio inter-
costal con el aspirador de Potain. Se estrajeron 1,400 gramos de pús; la
bolsa no se vació totalmente. Las dimensiones del hígado se redujeron
mucho en el sentido vertical. Esta evacuación parcial trajo un alivio
marcado, inmediato y consecutivo: el dolor desapareció, las temperaturas
se hicieron normales, la experctoración de pús fué dismituyendo en can-
tidad y al cabo de siete dias su"aspecto era simplemente catarral. A los
nueve dias se iniciaron algunas perturbaciones digestivas, apareció de
nuevo el dolor, hubo una ligera elevación de temperatura (38° 2) y se no-
taba un aumento en el volumen del hígado. Había la seguridad de que
la comunicación del absceso con los bronquios se había interrumpido.
Una intervención quirúrgica más radical se imponía y era [iudispensa
ble, ya que s.e había tenido la fortuna de conseguir la oclusión de la fís-
tula brónquica. La incisión ámplia y canalización estaba indicada. Fué
practicada por nuestro hábil maestro el Dr. Yértiz el día 17 de Agosto
de 89. Se abrió el foco por una incisión de 8 centímetros por el 8.° espa-
cio intercostal, en la línea axilar posterior; se dió salida á 1,500 gramos
de pús, se hizo un lavado antiséptico y se canalizó. La pared externa
del foco purulento, muy extensa, la constituía la misma pared costal; el
pús estaba directamente en contacto con el periostio inflamado de las
costillas; los espacios intercoftales en parte destruidos estaban adelgaza-
dos y dilatados; la pared inferior libre de adherencias se desplegó y se
retrajo; el límite superior y la pared correspondiente poco cambiaron, y
sin embargo, la línea mate descendió como tres centímetros. El pús salió
mezclado de colgajos de tejido celular y de grumos de pús concreto.
Solo la pared inferior era accesible á la exploración digital; se sentía du-
ra, irregular y cubierta de una capa de pús que se desprendía con el de-
do. El éxito de la operación fué notable; todos los signos graves que exis-
tían fueron desapareciendo. La retracción de la cavidade progresaba
rápidamente; el segundo día solo contenía medio litro de agua, las pare- 104
des se tocaban con el dedo, menos la superior; la inferior había subido
tanto que se veía inmediatamente detrás de la herida. Un mes después
la cavidad se había reducido á un trayecto profundo, como de 50 gramos
de capacidad, dirigido hácia arriba y atrás hácia el ángulo del homóplato;
15 dias más tarde solo salían gotas de un pús fluido viscoso, pero no he-
pático. En este tiempo podía considerarse la lesión hepática enteramen-
te curada (á los 45 días.) Las curaciones se hicieron dos veces al día, em-
pleándose una solución de ácido bórico al 3 p§ .
Después de esta operación se observó una disminución notable de la
cantidad de orina, coincidiendo con un edema generalizado; analizada la
orina diÓ las reacciones de la albúmina muy marcadas. Esta complica-
ción desapareció al cabo de un mes bajo la influencia de un tratamiento
adecuado.
El enfermo había adquirido su vigor; pero llevando una fístula en el
8.° espacio intercostal de bordes duros y callosos; el trayecto estrecho como
de 1 centímetro, comunicaba con una pequeña cavidad situada detrás de
la costilla superior. En este estado y casi sin modificación permaneció
con su fístula hasta el día 7 de Febrero de 1890 en que se operó por
tercera vez, lo que no se hizo ántes por haber estado absolutamente re-
nuente á otra intervención. Po fin, se resecaron dos costillas parcialmen-
te, la 8.a y la 9a. de la manera siguiente: Se hizo una incisión sobre la
costilla situada abajo de la fístula de 6 centímetros, y sobre las extremi-
dades de esta, otras dos perpendiculares hácia arriba, de 2 centímetros.
Disecado este colgajo rectangular y levantado, se descubrieron las dos
costillas. Siguiendo el procedimiento de Estlander se resecaron dos frag-
mentos, uno de 5 centímetros de la 8.a costilla y otro de 4 de la 9.a Se
desbridó ampliamente el trayecto de la fístula y se llegó con el dedo y con
la cucharilla de Volkmann hasta su fondo; se hizo la raspa de las pare-
des que estaban cartilaginosas y cubiertas de fungosidades. El periostio de
la 8.a costilla, que formaba parte del canal, estaba grueso, duro y se dejó
despegar fácilmente del hueso, el que estaba también alterado. Esta am-
plia herida se curó á fondo y se pusieron algunos puntos de sutura en los
bordes laterales del colgajo. Las extremidades huesosas que quedaron
descubiertas, se cubrieron á los pocos días. Un mes después, el enfermo
estaba enteramente curado de su herida, que dejó una cicatriz deprimi-
da y umbilicada. Después de esta tercera y última operación, se mani-
festaron de nuevo los síntomas de albuminuria, pero más reveldes. Su
estado general se resintió notablemente, los edemas fueron más marca-
dos y más generales, la cantidad de orina llegó á bajar á 300 gramos y con-
tenía bastante albúmina. Sugeto á la dieta láctea y á la estricnina en
dósis crecientes, se vió volver á su estado normal al cabo de algunos días'
De enfermo pasó á ser enfermero del mismo Hospital, en donde lo
hemos seguido observando. Un mes después de entregado á los trabajos
de su empleo, se le formó un pequeño absceso sobre la cicatriz, que una
vez abierto, dejó salir un pequeño secuestro, una escama, que como cuer-
po extraño debía ser eliminado. Actualmente el enfermo conserva un es- 105
tado de salud, que nadie hubiera creído, al verlo con una enfermedad que
podía haberlo llevado al sepulcro.
CUARTA.—HOSPITAL “CONCEPCION BEISTEGUI.”
SALA DEL DR. JOAQUIN VÉRTIZ.—(CAMA NÚM. 74.)
Adrián Hernández, de León, de 21 años, soltero, pintor. Entró á este
hospital el día 25 de Febrero de 1890. No recuerda algún dato impor-
tante de sus antecedentes. Comenzó su enfermedad con dolor de vientre,
ligera calentura, diarrea mucosa y sanguinolenta, en fin, con todos los
signos de una disenteria. Le duró como dos meses y medio. Poco á popo
desaparecieron estos síntomas quedando solamente un dolor fijo en el hi-
pocondrio que aumentaba cada día irradiándose hacia la tetilla, el hom-
bro y el flanco del mismo lado. A veces tenía calosfrío y calentura en las
tardes, sudores en las noches, inapetencia y malestar, cuadro de síntomas-
que lo comparaba al de las intermitentes. El dolor, más marcado á la
presión, era continuo durante su ejercicio como pintor y en el decúbito
lateral derecho. A pesar de esto, las funciones digestivas se hacían con
alguna regularidad. Su estado general no sufría demasiado, solamente
había un debilitamiento y anemia profunda que lo consumían. Así pasó
11 meses, hasta Febrero que ingresó al hospital. Su aspecto revelava un
gran sufrimiento; tenía un tinte ictérico en las escleróticas y amarillo
terroso en la piel; su actitud y sus lamentos indicaban la intensidad del
mal. No hay diarrea ni perturbaciones gástricas pero lo que más llama la
atención son: temperaturas elevadas de forma remitente, calosfríos, sudo-
res nocturnos y, sobre todo, un dolor en la parte inferior del hipondrio
derecho exaservado por la presión; aumento de volúmen de esta región;
el hígado crecido en todas sus dimensiones, pero más Jiácia el epigastrio
y el hipocondrio; edema de la piel y sensación de .fluctuación apenas
apreciadle. Los signos pulmonares solo consistían en algunos estertores
gruesos y húmedos. Con la presución de una colección purulenta in-
tra-hepát.iea, se "hizo una punción (Marzo 7 de 1890) por el 8.° espacio
intercostal, que dió salida á algunas gotas de pus grumoso verdadera-
mente compacto, que no salía por el trocará menos de emplear una fuerte
aspiración. El Dr. J. Yértiz que operaba, hizo inmediatamente una inci-
sión (de 8 centímetros) en el 8.° espacio intercostal y canalizó. El absceso-
situado sobre la cara superior del hígado, había destruido la inserción
diafragmátiea al nivel del* hipocondrio, ocupando una gran extención y
conteniendo como 100 gramos de pús concreto. Los lavatorios antisép-
ticos se hicieron dos veces al día. Viendo que la cavidad no se retraía su-
ficientemente, que parecía alterado el periostio de la 8.a, 9.a y 10.a costi-
llas y que el enfermo se agotaba, se resecaron en una extensión de 5 á 7
centímetros dichas costillas (Abril l.“- de 1890.) Pocos días después, una 106
complicación apareció: esta fue la salida de una gran cantidad de un lí-
quido bilioso que aparecía en el fondo de la cavidad por una fístula de
pequeño calibre. Lo notable era que esta afluencia de liquido era en ma-
yor cantidad durante la digestión y que no era puro sino mezclado con
un líquido viscoso y con algunas burbujas de aire. Las inyecciones de
éter yodoformado en pequeña cantidad, daban una idea del origen de
esta fístula, porque el éter al difundirse, penetraba por ella hasta el es-
tómago y de allí á la boca, haciendo percibir al enfermo el sabor y el olor
del éter. La perforación y comunicación con el estómago ó el duodeno
era evidente. El taponamiento de la cavidad ampliamente abierta y 1»
cauterización de la abertura de la fístula, hicieron que el escurrimiento
fuera menos abundante. A pesar de lavar á satisfacción, después de esta
segunda operación, la fiebre de forma intermitente, los sudores, la inape-
tencia y el agotamiento hacían progresos, sin que la exploración descu-
briera la causa de este estado. A fines de Abril, apareció un dolor en el
flanco del mismo lado; poco después se pudo apreciar la existencia de un
tumor en esta región que se confundía con el borde inferior del hígado,
sobre la línea axilar en el hipocondrio. Un descenso de temperatura, acom-
pañado de la expulción por la cavidad del absceso, de colgajos de tejido
gangrenado y una mayor cantidad de pús, hizo suponer que este segundo
tumor era otro absceso que había buscado su salida por el que estaba
ámpliamente abierto. Por lo pronto se pudo canalizar con dos largos, tu-
bos que introducidos por la herida, pasaban á través de una abertura es-
trecha de comunicación hasta el fondo de la segunda cavidad que se en-
contraba á seis centímetros afuera del ombligo. Esta canalización pa-
recía insuficiente y para evitar sus peligros se desbridó la primera hácia
abajo y se hizo una incisión de 8 centímetros sobre la pared anterior de
la seguda cavidad, que estaba formada solamente por la pared del vien-
tre. Se lavó y curó convenientemente aquella gran cavidad y se esperaba
que con eso el enfermo se mejorara; pero no fué así, el agotamiento avan-
zado acabó con el paciente el día 7 de Junio de 90, seis días después de
la última operación!
Hecha la autopsia nos encontramos con una tuberculización generali-
zada, tanto en los pulmones como en el mesenterio y peritoneo;’el foco
del primer absceso estaba casi cicatrizado, quedando solamente una parte
de la superficie de la glándula ulcerada y solo en el lugar en que la pri-
mera cavidad comunicaba con la segunda. El hígado en todo el lobuio
derecho estaba retraído y tenía sobre la cara superior, cerca del borde
cortante, una cicatriz umbilicada, formada de tejido fibroso y radiada en
todas direcciones de tráctus blanquiscos en forma de estrella; el tejido
glandular sin huella de alteración, ocupaba les.intersticios fibrosos como
si una regeneración del tegido hepático hubiera tenido lugar. La segun-
da cavidad, sub peritoneal, estaba formada entre úna masa compacra. for-
mada por el epiplón y los intestinos adheridos; multitud de ganglios in-
filtados.de tubérculos rodeabau esta cavidad. Se notaba, poco marcada, la
abertura del trayecto fistuloso por donde se derramaba el líquido bilio- 107
so. Se buscó su comunicación y se encontró sobre el duodeno á 7 centí-
metros más allá del píloro. En los vértices de ambos pulmones había
abundantes granulaciones tuberculosas y aun algunas pequeñas cavernas.
QUINTA.—HOSPITAL “CONCEPCION BEISTEGUL”
SALA DEL DR. JOAQUIN VÉRTIZ.—(CAMA NÜM. 71) *
Antonio Yalcléz, de México, mesero, de 27 años, entró á este Hospital
el día 2 de Julio de 1890. Acusaba un padecimiento en el hígado que
tuvo su origen el día 16 del mes anterior y cuya causa la atribuye al ex-
ceso del trabajo y al uso del alcohol. Los primeros síntomas que se ma-
nifestaron fueron: un dolor en la espalda acompañado de calosfrío y ca-
lentura elevada; vómitos tenaces después de la ingestión de alimentos y
pérdida del apetito. Tres días después el dolor de la espalda había dis-
minuido en intensidad; pero le había aparecido otro más intenso en el
epigastrio; esta región le hacía percibir una sensación de dureza que le
incomodaba mucho. Los esfuerzos del vómito y los de la tós aumentaban
sus sufrimientos. Al cabo de algunos días pudo notar que le aparecía en
el epigastrio un tumor que elevaba ligeramente la piel y se hacía cada
vez más sencible y más grande. Los vómitos persistieron por cinco dias;
pero los demás síntomas continuaron hasta el día de su entrada al hos-
pital (17 días después.) Al interrogarlo sobre sus antecedentes dijo: haber
sido enteramente sane hasta la edad de 19 años, en que padeció de inter-
mitentes por espacio de 6 meses; después solo tuvo una pulmonía, hace 2
años. Su aspecto revelaba sufrimiento; en su cara, y especialmente en la
frente, se notaban algunas manchas pigmentadas, semejantes á las eféli-
des, había un adelgazamiento notable en todo el cuerpo y su piel tenía
un color amarillo pálido; su respiración era entrecortada y angustiosa.
Los sudores bañaban su cuerpo al menor esfuerzo. Había algo de tós seca
y los movimientos de la expiración fuerte probocaban un dolor agudo al
nivel del apéndice xifoide. La percución y auscultación de los pulmones
no revelan nada anormal. En el epigastrio hacía relieve un tumor bien
limitado á la simple vista, situado á la derecha de la línea media y oculto
en parte por el borde cartilaginoso de las costillas. La palpación y per-
cución lo limitaban mejor, era de una forma casi esférica y de un diáme-
tro aparente como de 8 centímetros. La piel estaba ligeramente edema-
tosa'y al través de ella se percibía una sensación de empastamiento. La
menor presión- ocasionaba dolor; pero este era más marcado sobre el borde
costal. Por los espacios intercostales inmediatos (8.° y 9.°) no se proboca-
ba dolor ni se percibía fluctuación. La área mate del hígado estaba au-
mentada de volumen; sus diámetros verticales medían: el esternal 12
el para--esternal 13, el mamilar 14 y el axilar anterior 13; 108
siendo la línea mate superior casi horizontal. El borde superior del hí-
gado parecía estar interrumpido por el tumor.
Fué tratado por el calomel á pequeñas dosis, el clorhidrato de quinina
y un purgante de calomel y jalapa; apesar de este tratamiento la calen-
tura no desapareció, oscilaba de 37° 5 á 38° en la mañana, y de 38° á 38° 5,
en la noche. Los calosfríos y sudores profusos eran constantes; la diarrea
aparecía alternativamente y se moderaba á la acción de los opiáceos y
absorventes. Sin embargo, el estado general no era malo y el tumor ha-
bía crecido aunque muy poco. El día 29 de Julio se hizo una punción
por el 7.® espacio intercostal, dos centímetros adentro de la línea mami-
lar. El pús escurrió por-el tubo aspirador, pero con mucha dificultad; era
muy espeso, y con todos los caracteres del pús hepático. La dificultad
de su extracción apesar de una fuerte aspiración, obligó al operador, al
Dr. J. Vértiz, á penetrar á este absceso con su bisturí y dar una amplia
salida á su contenido. Así se verificó: se vació completamente, se hizo un
• lavado antiséptico y se canalizó con dos tubos convenientemente. La in-
cisión, hecha sobre la cánula del trocar y en la dirección del espacio
intercostal, medía 5 centímetros, no se necesitaba más porque el foco era
muy pequeño, apenas contenía 100 gramos de pús; no había restos de
tejido conjuntivo ni natas concretas; pero sí, tenía una gran viscosidad.
Las paredes de la cavidad, aunque anfractuosas é irregulares, se aproxi-
maban bastante haciendo desaparecer el relieve notable que el absceso
hacía por el epigastrio. El traramiento consecutivo era demasiado sen-
cillo: un régimen reparador y lavados antisépticos diariamente. La ex-
ploración con el dedo no pudo hacerce después, porque la herida se estre-
chó considerablemente, al grado de dificultarse algo la reintroducción de
los tubos. La cantidad de pús era cada día más pequeña, no habiendo
llegado ni en los primeros días á 20 gramos. Actualmente (Agosto 20)
solo queda un trayecto de 5 centímetros de profundidad que dá una su-
puración flegmonosa, ya no tiene los caracteres hepáticos; el tubo que ha
quedado para darle paso, solo mide 4 centímetros de longitud y corres-
ponde al número 5 de la escala de Lister. La cavidad purulenta está ci-
catrizada, no cabe duda; pero aparecen elevaciones de temperatura irre-
gulares, con pequeñas oxilaciones que apenas llegan á 38°; hay sudores
nocturnos y algunas veces diarrea; el volúmen del hígado se ha reducido
casi al normal. El bazo no parece sufrir perturbación alguna; en fin, no
hay causa apreciable que explique este estado. ¿Será acaso la existencia
de otro absceso profundo, inaccesible que está desarrollándose? El tiempo
lo dirá
El enfermo sanó 15 días después sin haberse encontrado la causa de
la fiebre. 109
SEXTA.—HOSPITAL “SAN ANDRÉS.,,
SALA -DE MEDICINA DE MUGERES.
María Godines, de México, cocinera, de 24 años. Entró al hospital el 21
de Marzo de 1890. Pocos días después fué operada por el Dr. 01 vera de
un absceso de hígado que databa de 8 meses, por el procedimiento de
Stromeyer. El absceso situado en el hipocondrio era voluminoso, se había
hecho superficial, abovedando y ensanchando los espacios intercostales.
Estaba próximo á abrirse al exterior. Los signos inflamatorios se habían
propagado hasta la piel. Había perturbaciones gastro intestinales, y ca-
lentura de forma remitente. El estado general de la enferma y su dema-
cración avanzada revelaban un largo padecimiento. Se hizo una incisión
amplia por el 8.° espacio intercostal al nivel de la línea axilar posterior.
Salida de abundante cantidad de pus hepático. La exploración digital
descubrió que una parte de la octava costilla descubierta del periostio
estaba alterada. Se iesecó un fragmento y se extrajeron porciones secues-
tradas. Después, los lavados con solución fénica al 2 p§ y las curaciones
se hicieron por medio de la cola de papelote (torundas de algodón yodo-
formado sujetas á un hilo) y se renovaron todos los día. Las temperaturas
bajaron á ¡a normal; las perturbaciones gastro intestinales desaparecieron
y la reparación lenta hacía progresos hasta obturar completamente la
cavidad, quedando al fin de cuatro meses, solamente dos trayectos fistu-
losos al nivel de la 9* costilla, mantenidos por la necrosis. El 22 de Agos-
to de 1889, pasó la enferma á la sala del Dr. Cordero, en donde confirma-
do el diagnóstico de necrosis se procedió á h icer la resección por una
incisión sobre la costilla, como de 10 centímetros. Extraída una gran par-
te de esta costilla, pues fué necesario desarticularla de su extremidad
posterior y seccionarla muy cerca de su sínfisn cartilaginosa, pudo ex-
plorarse, encontrando, secuestros desprendidos en una cavidad formada
solamente en el espesor de la pared torácica. El hígado no formaba ya
parte en este padecimiento, se había reducido á su volumen normal y sus
funciones habían recobrado su actividad.
Apesar del estado general de la enferma, que era malo, á consecuencia
de la destrucción ocasionada por una larga supuración, la reparación de
esta nueva herida se hizo, aunque lentamente, sin el menor accidente y
al fin del mes de Enero de 89, estaba enteramente cicatrizada.
SÉPTIMA.—HOSPITAL “SAN ANDRÉS.,,
SALA DE CIRUJÍA DE MUGERES.—(CAMA NÚMERO 20.)
Jacinta López, de 30 años, lavandera, entró al hospital á la cama nútn.
20, el día Io de Marzo de 1889. Tenía una fístula en el 7.° espacio inter-
costal que comunicaba con un basto foco situado en la convexidad del 110
hígado. Ocho meses hacía que llevaba este padecimiento, y sin atenciones
de ninguna clase, veía dar salida diariamente á grandes cantidades de pus
fétido. Al día siguiente de su entrada, el Dr. M. Cordero, médico de la
sala, le hizo una incisión de !0 centímetros en el 7.° espacio. Previo la-
vado con solución bórica se hizo la canalización y curación á fondo
con bolitas de algodón yodolbrmado. El estado general, la fiebre séptica
y los trastornos digestivos, se mejoraron poco á poco. Los lavados se ha-
cían diariamente y la enferma quedó enteramente curada el 16 de Mayo
de 1889.
OCTAVA.—HOSPITAL “SAN ANDRÉS.„
CLÍNICA INTERNA DE TERCER AÑO.
Epifanio Rodríguez, de 30 años, carrero, natural del Estado de Guana-
juato. Entró al hospital el día 14 de Enero, de 90, á la cama 6. Refiere que á
principios de Diciembre próximo pasado, sin más antecedentes que ha-
ber padecido tifo é intermitentes en tierra caliente, fue' atacado de un
dolor punzante en el hipocondrio derecho, que se extendía hacia la espal-
da y el hombro correspondiente, cuya causa apreciable fue un enfria-
miento. El dolor fue seguido do calosfrió, mal estar general y calentura, y
acompañado de una sensación de peso incómoda, que le obligaba á estar
acostado del mismo lado. Pocos días después algunas perturbaciones di-
gestivas aparecieron,
Permaneció 71 días en el hospital hasta el 3 de Abril y estuvo sugeto á
un tratamiento médico que consistió en purgantes, vegigatorios, calomel
y régimen reparador. Apesar de esto la enfermedad progresaba y no expe-
rimentó en este tiempo mas que algún alivio, sin embargo, las perturbacio-
nes digestivas, el dolor y la calentura que era de forma intermitente, se
mejoraron notablemente, lo que le obligó á solicitar su alta 26 días des-
pués. El 29 de Abril volvió á la misma sala casi en el mismo estado. El
hígado que al principio indicaba un ligero aumento de volúmen, estaba
más crecido: su límite superior llegaba á un dedo abajo de la tetilla en
línea horizontal y el inferior desbordaba dos ó tres centímetros debajo de
las costillas en el epigastrio; era dolorosa la presión en este punto y no
había fluctuación, solo un ligero edema de la piel. Hecho el diagnóstico
de absceso de hígado se le puncionó seis días después, prévia cloroformi-
zación, inmediatamente abajo del cartílago de la novena costilla, extra-
yéndose como 200 á 250 gramos de pus hepático, habiendo hecho antes
otra punción por el 8o espacio y en la línea axilar media sin haber salido
nada de supuración.
El enfermo salió aparentemente curado; pues no se supo el resultado
final de dicho tratamiento.