TESIS DE VICENTE VALLEJO Y GÓMEZ. FACULTAD DE MEDICINA DE MÉXICO CONTRIBUCION AL ESTUDIO Mi II MEXICANO 0 TABARDILLO TRABAJO INAUGURAL QUE PARA EL EXAMEN GENERAL DE MEDICINA, CIRUJÍA Y OBSTETRICIA, PRESENTA AL JURADO CALIFICADOR VICENTE VALLEJO Y GÓMEZ Alumno de la Escuela Nacional de Medicina de México y ex-practicante de las salas de Tifo del Hospital Juárez, &c.K &c. MEXICO IMPRENTA DEL GOBIERNO, EN PALACIO DIRIGIDA POR SABÍS A. Y MUNGT7ÍA. 1885 fL estudio del Tifo mexicano, Matlazahuatl ó Tabardi- llo, es uno de los que más han llamado la atención y han sido el objeto de más discusiones. Y no podia ser de otra manera, pues que se trata de una enfermedad que, además de ser endémica en algunos puntos de nuestro país, se presenta con una modalidad clínica tan distinta de como nos la describen los autores europeos, que viene á for- mar parte de nuestra Patología nacional. He dicho antes que esta enfermedad ha llamado la aten- ción de nuestros sabios: los más eminentes de ellos se han dedicado con gran empeño á su estudio y han hecho de ella el objeto de monografías interesantísimas. Conocer, en efec- to, de una manera perfecta la causa que entre nosotros la engendra; estudiar atentamente su sintomatología, sus com- plicaciones y sus consecuencias, con el objeto de distinguirla de otras enfermedades análogas por la primera y prevenir las segundas; trabajar incesantemente por encontrar un trata-» miento adecuado para disminuir la mortalidad del tifo: ta- les han sido las tendencias de nuestros sabios. Verdad es también que esos trabajos han quedado relega- dos á los archivos de las Sociedades científicas, y pocos, muy pocos son los que llegan á manos del estudiante que los con- serva como una joya. De ahí proviene, tal vez, que falte el estímulo para dedicarse de lleno á un estudio tan importante. 6 Encargado como practicante, del servicio de las salas de Tifo del Hospital Juárez desde el año de 1882, he podido se- guir algunas observaciones y apreciar algunos métodos cu- rativos. Próximo á terminar mis estudios profesionales y te- niendo la obligación, según el Reglamento de nuestra Es- cuela, de presentar á mi ilustrado jurado un trabajo escrito, no he vacilado en emprender un ensayo sobre el Tifo mexi- cano. El trabajo es ímprobo, árdua es la tarea y mis fuerzas escasas, pero confio únicamente en la indulgencia de las per- sonas que lo juzguen. Recogidas mis observaciones lo más minuciosamente posible, no haré más que relatarlas y para fundar mis deducciones me apoyaré en los datos estadísti- cos que haya podido recopilar. Seguiré en la descripción de la enfermedad que me ocu- pa, el método clásico de los autores de Patología, comenzan- do por ocuparme de su historia, patogenia, etiología, etc. Si mi imperfecto trabajo puede servir para que personas más competentes se dediquen á esta clase de estudios, ten- dré la satisfacción de haber cumplido con mi deber. HISTORIA DEL TIFO MEXICANO1 «e lia sido de todo punto imposible el separar de una manera clara las verdaderas epidemias de tifo que han arrasado nuestro Continente en tiempos atras, tanto por el muy poco conocimiento que de la enfermedad se tenia, cuanto porque los nombres indios con que se bau- tizaban eran vulgares, y no arrojan ninguna luz para sepa- rarlas; en esta incertidumbre, consignaré en este capítulo las epidemias de que he tenido noticia, sin omitir las de viruela de que nos hablan los historiadores, tomando mi relato desde el año de 1520. Parece que en el Nuevo-Mundo existió el tifo desde an- tes de la conquista, y que en el Anáhuac se le designaba con el nombre de Cocolixtle, según refiere el cronista Herrera. En tiempo del primer virey de México, D. Antonio de Mendoza, hizo grandes estragos en la capital cierta fiebre con pintas en la piel, y que se extendió por todas las provin- cias y pueblos de la Nueva-España. Esta época coincide con la de 1530, en que se propagó el tifo de Chipre á Italia y otros puntos del Viejo Mundo. Los mexicanos sanaron entonces á muchos soldados es- pañoles, dándoles á beber el cocimiento de Huachichitl y la raíz de otra planta muy semejante á la verdolaga, y que no 1 Tomada de la Memoria del Dr. Ricardo Egea.—México, 1881, 8 puede ser otra que el Tianguis pepetla que emplean los indios de la Tierra Caliente para curar el tabardillo, sarampión y viruelas, cuyo uso traen por tradición. (Boletín de Geografía y Estadística. Año de 1875, pág. 254). En los meses de Julio y Agosto de 1520, un negro que venia en la expedición de Pánfilo de Narvaez, introdujo una epidemia que parece fué de viruela y que invadió la capital, puesto que de ella murió Citlahuatzin, hermano de Mocte- zuma y sucesor en el trono: esta epidemia fué muy mortífe- ra, pero no se tienen datos ni del tiempo que duró ni del número de víctimas que hizo. Hácia fines de 1545 hubo otra gran epidemia que no se encuentra clasificada por los historiadores, que duró unos seis meses y cundió con gran celeridad á muchos puntos del país. El virey D. Antonio de Mendoza destinó en México varios edificios para hospitales de los epidémicos, circulando órdenes á los gobernadores y autoridades subalternas de las provincias, para que aliviaran á los menesterosos. Terrible fué dicha epidemia, puesto que algunos historia- dores hacen subir á 800,000 el número de muertos, y Grijal- va dice que, de las seis partes de los indios, murieron cinco. (Cavo. Tres Siglos de México. Libro III). Aparecieron otras epidemias en los años de 1575, 1576 y 1577, á las cuales se les dió el nombre de MatlasahuaÜ (que parece ser el tifo). Esta última de 1577, que se extendió a todo el reino, mató más de 2.000,000 de habitantes, habien- do despoblado por completo multitud de aldeas; lo notable de ella fué que se cebó en los indígenas puramente, pues los españoles fueron muy poco atacados. Según las autopsias verificadas por el Dr. Juan de la Fuente, parece haber sido un tifo exantemático complicado de hemorragias y cuya sin- tomatología marchaba con tanta rapidez, que los enfermos morían en un dia frecuentemente. (Coindet. México al pun- to de vista médico-quirúrgico). 9 En 1694 hubo otra notable epidemia que no tuvo la im- portancia de la anterior. Se atribuyó á escasez de víveres por la pérdida de las cosechas en varios años y por la falta de pulque, que se les prohibió á los indios, y se dijo que la de- bilidad que ambas cosas produjeron en ellos, los enfermaba y los hacia morir. Durante el vireinato del duque de Linares, D. Fernando Alencáster y Silva, ocurrió otra epidemia el año de 1714, á consecuencia también de carestías ocasionadas por heladas prematuras el año anterior, que arruinaron los campos. Tam- poco se dice de esta epidemia, ni cómo la calificaron, ni el tiempo que duró, ni los estragos que hizo. En 1736 hubo la gran epidemia de Matlazaliuatl, que co- menzó el mes de Agosto y continuó hasta Mayo ó Junio de 1737. Los síntomas que esta epidemia presentó, fueron: ca- losfrío inicial, dolor de cabeza, principalmente en las sienes, flujo de sangre por las narices, ardor de entrañas; y en el curso de la enfermedad, en algunos atacados, un color ama- rillo muy subido de los tegumentos, por lo que algunos en- fermos la denominaron Fiebre amarilla. Al quinto ó sexto dia sobrevenía la muerte ó la curación, quedando expuestos los enfermos á recaídas, que algunas veces eran dos ó tres. Los mismos síntomas ó al menos semejantes, se observa- ron en la epidemia de 1545, siendo tan mortífera como la de 1536 y 1537. Ya en 1737 había en México nueve hospitales para reci- bir enfermos, y en todos se aumentaron las salas; principal- mente en el Hospital Eeal de indios, que convirtió en enfer- merías sus corredores y hasta la iglesia misma. La caridad pública se mostró espléndida en tan angustiosas circunstan- cias: no bastando los hospitales citados, el P. Juan Martínez, jesuíta, abrió dos, y además, algunas casas reunían y asistían enfermos, todo con recursos que daban los ricos. Así tam- bién se sostuvo el hospital que, por influjo del mismo padre 10 Martínez, abrió el médico D. Vicente Eeveque en la plaza de los Gallos. Animados de este ejemplo, abrieron también hospitales, uno el Ayuntamiento de México en el Puente de la Teja; otro el Arzobispo virey en San Hipólito; otro el P. Nicolás Segura, jesuíta, en San Lázaro, y otro para convalecientes, el Cabildo eclesiástico. Sin perjuicio de todo esto, el Arzobispo virey nombró cua- tro médicos, bien pagados, que asistían á los necesitados en sus casas, dándoles las medicinas en seis boticas, montando este gasto á $ 35,372. Se atribuyó esta epidemia á la maléfica influencia de los vientos del Sur, que soplaron ese año con frecuencia, y tan impetuosos algunos, que arrancaron los árboles y aflojaron las veletas de los campanarios: cualquiera que haya sido su causa, lo cierto fué que la epidemia comenzó al occidente de la ciudad, en su obraje en Tacuba. Túvose esta epidemia por contagiosa, con algún funda- mento, pues no pocos murieron víctimas de su caridad, como sucedió al padre Martínez. Muchos médicos murieron con- tagiados con las autopsias que hacían y es de sentirse que no hayan dejado nada escrito, ó que no hayan llegado hasta nosotros noticias de las lesiones cadavéricas que encontra- ron, así como también lo que hayan observado en la marcha sintomática de la enfermedad, y de los métodos curativos que siguieron. Algunos historiadores, de una manera vaga, dicen que, en algunos cadáveres, se encontraron pústulas en el redaño y algunos ganglios mesentéricos supurados. Aunque uo se averiguó con fijeza el número total de muertos en la Nación, se sabe que en la ciudad de México llegó á 40,150; en Puebla á 54,000. Alegre asienta que pere- cieron las dos terceras partes de los habitantes. Cabrera ha- ce llegar la mortandad á 192,000, pero Cavo hace notar que 11 esta suma es incompleta, porque la tomó Cabrera de solo 130 alcaidías, y también porque se limitó á los indios tribu- tarios. Una cosa llamó la atención de los historiadores, y es que hubo pueblos que quedaron desiertos; hubo también cuatro pertenecientes al Obispado de Oaxaca que, aunque rodeados de pueblos apestados, no se contagiaron; estos fueron Teoti- tlan, Ayahuolica, Hueyacocotlan y Noclúxtlan. En 1762 ocurrió otra epidemia de viruelas en Í7ueva-Es- paña, que duró seis meses ó hizo perecer á 10,000 personas. En 1763 repitió casi inmediatamente el Matlazahuatl, también con flujo de sangre por las narices: no fué tan fuerte esta epidemia como la anterior; sin embargo, se llenaron los hospitales que ya habia establecidos, y otro nuevo que fundó el padre Agustín Márquez, jesuíta, del cual se dice que fue muy grande, pero no dónde estuvo. Tampoco se fija la du- ración de esta epidemia, ni el número de víctimas que hizo. En 1779 hubo una gran epidemia de viruelas en que se hizo uso, por la primera vez, de la inoculación como medio preventivo. En esta epidemia hubo un gran número de ata- cados, por lo que el Arzobispo D. Alonso Húñez de Haro y Peralta, abrió un hospital en el Colegio de San Andrés, con el carácter de pasajero y, no atreviéndose después á cerrar- lo, lo dotó para siempre, dejándonos un recuerdo de la epi- demia y de la caridad del prelado. Hoy se conoce este esta- blecimiento con el nombre de Hospital de San Andrés. En 1784 hubo una gran epidemia, que se designó con el nombre de “Epidemia de la Bola,” también producida por escaseces y, que, á mi entender, fué de tifo, por el carácter contagioso de ella; pues se cuenta que en Guanajuato fué detenido el carruaje del conde de Valenciana por un pordio- sero para pedirle limosna por una de las portezuelas, y que aquel, al recibir el aliento de este, contrajo la enfermedad y murió de ella. 12 En 1785 hubo una epidemia de fiebres que comenzó en el invierno del referido año y terminó el año de 1786: de es- ta epidemia hay muy pocos datos, y lo único que se sabe es, que fué consecutiva á carestías. En 1794 hubo otra epidemia de viruelas, parecida á la de 1779, que ocasionó menos víctimas, y en cuya epidemia ya se extendió, como método profiláctico de la viruela, la ino- culación. En lo más recio de la insurrección, el año de 1812, apa- reció en Puebla otra epidemia que se llamó fiebre amarilla, (acaso fué también de Matlazáhuatl,) que se propagó á una gran extensión del vireinato: lo particular de esta epidemia fué, que habiendo invadido la provincia de Oaxaca hasta un pueblo llamado Xoxo, á media legua de la ciudad, no entró á ella. Eu 1813 hubo una epidemia que designaron con el nom- bre de “Fiebres del año 13” que causó muchas víctimas; lo notable de ella fué que la curaron los frailes de San Juan de Dios, y que su tratamiento lo basaron en el uso del naran- jal» con crémor, tomando este método laxante gran repu- tación, que aun se conserva hasta el dia por muchos facul- tativos. En la epidemia de 1821 también se siguió el mismo mé- todo, y quizá á la gran reputación que se le dió fué debido el que nuestro eminente clínico el Dr. Miguel Jiménez, lo empleara en muchos casos de tifo. Siguieron las epidemias de los años de 1835 á 1838, bas- tante mortíferas. Las de 1848 á 1849, y por último, las de los años de 1861 que coincidió con la entrada de las fuerzas del general Gon- zález Ortega; la de 1867 con la entrada á la capital del ge- neral Diaz, y la de 1875 exacerbada en 1876, también con la entrada de las fuerzas del general Diaz. 13 Sinonimia y definición, Tifo mexicano, Matlazahuatl, tabardillo, tifo exantemá- tico (autores europeos,) fiebre petequial (Dr. Jiménez,) fie- bre de los campamentos, de las prisiones, de los navios, etc., typhus fever (Graves). El tifo es una enfermedad febril, de ciclo definido, que pertenece al grupo de las fiebres exantemáticas; reina endé- micamente y se propaga por infección. Patogenia y Etiología. El tifo reina endémicamente en algunos lugares de la Be- pública, sufre exacerbaciones epidémicas y se propaga más bien por infección que por contagio. Muchas son las opiniones que han reinado sobre las cau- sas que engendran esta enfermedad, pero tanto los autores europeos como los mexicanos están de acuerdo en que la principal de ellas es el medio higiénico en que está colocado el hombre, y se da como la más notable la acumulación per- manente de varias personas en un espacio estrecho y mal ventilado. Los productos de la respiración, de la traspira- ción cutánea y las excreciones forman al derredor de los in- dividuos una atmósfera viciada, donde se halla esparcido lo que los higienistas llaman el miasma soliémico. Si á esto se agregan la miseria y mala alimentación; que las habitacio- nes donde se acumulan estos individuos son húmedas, bajas, sucias generalmente y sin otra ventilación que una puerta 14 que se cierra por la noche para sustraerse á las inclemencias atmosféricas, se tendrán reunidos los factores que entre no- sotros, y especialmente en la capital, engendran el tifo. La guerra, las hambres por falta de víveres ó precio elevado de ellos, las emociones morales depresivas: todo ese conjunto que Jaccoud llama miserias sociales, debilitando la resisten- cia del organismo y aumentando su receptividad morbosa es- tablecen, digámoslo así, el tifo de una manera endémica. En el tomo I de la “Gaceta Médica de México,” y con motivo de la discusión habida el año de 1865 sobre el tabar- dillo, en el seno de la Academia de Medicina, se lee lo si- guiente: “Señálase como causa principal del tifo la aglome- ración de personas sobre todo si están enfermas, porque en ellas, además de que el aire se vicia por la respiración, hay el desprendimiento de una multitud de miasmas, engendra- dos ya por el estado patológico, ya por la putrefacción de los productos de las secreciones más ó menos exageradas en las enfermedades. Si esta causa obra de una manera violenta y enérgica, el tifo aparecerá bajo la forma epidémica; pero si su modo de obrar es constante y sostenido, pero poco enér- gico, el mal tomará la forma endémica.” Y más adelante se lee: “Así, pues, parece fuera de duda que la aglomeración de personas y la putrefacción de las sustancias animales cons- tituyen la causa principal del tifo.” Hay en México otra causa no menos importante: la pé- sima disposición del sistema eferente de la ciudad. La mala construcción de las atargeas y albañales, situadas al mismo nivel que los canales que sirven para el desagüe de las ca- sas, hace que cuando aquellas estén llenas de agua refluya esta, inmunda y mezclada á las materias excrementicias al interior de dichas casas. La materia permeable de que están construidas estas atargeas hacen que el suelo se infiltre y que constantemente se estén desprendiendo miasmas. En los bar- rios de la ciudad donde no hay atargeas, un caño en medio 15 de la calle, recibe y conserva (por falta de corriente) el agua sucia de las accesorias. Esos caños están llenos de una agua verdosa, en cuya superficie vienen á estallar constan- temente burbujas de aire infecto y de gases, producto de la descomposición pútrida. Estos, á mi modo de ver, son factores más que suficien- tes para sostener la forma endémica de la enfermedad (cau- sas que obran de una manera constante y sostenida, pero poco enérgica) y para engendrar una epidemia, cuando au- mentan, como en tiempo de lluvias por ejemplo (causas que obran de una manera violenta y enérgica.) Jaccoud al tratar de la patogenia del tifo exantemático, dice: “Allí donde las influencias nocivas existen más ó me- nos pronunciadas al estado permanente, el tifo es endémico y representa la forma predominante, si no exclusiva, de las enfermedades tíficas.1 He creído de interes copiar aquí el trabajo que el Dr. Ehrmann presentó á la Academia de Medicina el año de 1866, sobre región del tifo. 2 Ensayemos ahora representar sobre la Carta Geográfica la región que la observación nos enseña, como la del tifo en- démico. En el lado del Golfo nuestras dos primeras estaciones lian sido la embocadura del Eio Bravo y Tampico, estos dos pun- tos están unidos por el litoral que va derecho de N. á S. Al O. de Matamoros encontramos á Monterey y al Saltillo. Al O. de Tampico y á la misma distancia encontramos á San Luis de la Paz: una línea ficticia reuniendo esta última población y Monterey, yendo, en consecuencia, paralela á la Costa, cir- cunscribirá una porción cuadrangular de la República, en la que el tifo no es endémico. En la Costa es extremadamente 1 Jaccoud.—Traité de Pathologie interne, Tomo II, página 854. 2 Gaceta Médica de México, Tomo II. 16 raro; aproximándose á la línea que va de Monterey á la Paz es esporádico; al O. de esta línea es endémico. De San Luis de la Paz se traza otra línea recta que, pa- sando por la Huasteca, termina en Perote, prolongándola lle- gará á Veracruz. El límite inferior de la línea precedente, es decir, la línea de Tampico á San Luis de la Paz, forma el lado ET. de un triángulo, cuyo lado oriental está formado por la costa de Tampico á Veracruz, segunda fracción de territorio donde el tifo no es endémico. Sin ir á la extremidad de la última línea la suspendimos en Perote, y desde este punto imaginamos una curva que desciende al S., contorneando primero el Cofre de Perote, luego el Pico de Orizaba, pasando por las cumbres de Acult- zingo y dejando en consecuencia hácia fuera Jalapa, Oriza- ba, Tehuacan, y yendo á unirse al S. de Atlixco y de Tepea- ca, á la villa de Tepeji de la Seda que se encuentra en el trazo de Puebla á Oaxaca. Desde esta localidad, una línea casi paralela á la costa entre Acapulco y Manzanillo, es decir, corriendo al N. O., nos conduce á Guadalajara pasando al S. de Cuernavaca, de Morelia y de Zamora: de Guadalajara, por último, trazamos una línea al N. hasta Durango. Esta línea recta la menos exacta, debia reemplazarse por otra menos separada del li- toral, que comenzaría por ejemplo, en un punto situado á igual distancia de Colima y de Guadalajara y que terminará por Chihuahua. Aunque, según las explicaciones que se han dado sobre el valor de las líneas rectas, en nuestro ensayo de Geografía médica, se puede aceptar nuestro primer trazo. Podemos figurarnos la parte central del país como repro- duciendo aproximativamente la forma del Continente, es de- cir, principiando al S. E. por una porción relativamente es- trecha entre Perote y Tepeji de la Seda, prolongándose y 17 ensanchándose hácia el N. E. hasta una altura que corres- ponde á una línea recta trazada de Guadalajara á San Luis de la Paz, subiendo directamente al ET. para ensancharse otra vez, y darnos como últimos puntos de partida, Durango al O. y Monterey al E. El límite N. de la región patológica no puede ser deter- minado, la parte conocida terminará para nosotros en una línea que reúna las dos últimas ciudades. En toda esta región el tifo es endémico. La parte del país limitada por nuestras líneas convencio- nales, comprende la zona más elevada de México, aquella en que existen mayor número de ciudades populosas, donde no hay más que un solo rio, el rio Grande, donde el aire atmos- férico está enrarecido, el sol ardiente, las estaciones seca y húmeda muy marcadas, el cielo de una pureza admirable, la temperatura media del año igual á la de los países del An- tiguo Mundo, notoriamente salubres y agradables.” Parece, según lo que antecede, que el tifo reina endémi- camente en las altas mesetas del país y que este carácter disminuye á medida que se baja á las costas. En estas re- giones es esporádico y en cambio dominan allí la escena pa- tológica, las fiebres palustres, la disentería y todas las enfer- medades infecciosas de los países cálidos. ¿El tifo es contagioso ó infeccioso? Los autores europeos y con ellos la mayoría de los médicos, creen que el tabardillo es eminentemente contagioso, á mayor grado aún que el tifo abdominal; otros, y entre ellos muchos médicos mexicanos, describen el tifo como una afección febril infeccio-contagio- sa; los últimos, en fin, opinan que es infeccioso: tal es la opinión, aunque vacilante, digámoslo así, del sabio clínico D. Miguel E. Jiménez. A mi modo de ver, y según mis propias observaciones, la pirexia en cuestión pertenece al grupo de las enfermedades infecciosas. En efecto, preguntando atentamente á los en- 18 termos que han hecho el asunto de mis observaciones, y en cincuenta casos, encuentro que, solamente en ocho parece atribuirse el tifo al contagio, y en estos casos, los enfermos que se dicen contagiados estaban colocados en las mismas pésimas condiciones higiénicas que los afectados primero. Veamos lo que el Sr. Dr. Segura, dice en sus lecciones orales de Patología general, profesadas en la Escuela de Me- dicina sobre la infección, el contagio, etc.: 1 “Lo que nos importa, es estudiar la acción que los prin- cipios orgánicos ejercen sobre el individuo por el contagio y la infección. Se entiende por infección toda acción morbosa ejercida sobre el organismo viviente por una materia orgánica y no virulenta; es condición indispensable que esta materia sea orgánica y no virulenta; estas sustancias tienen varias cua- lidades: Primero. Obrar más bien por la cantidad de la sus- tancia infecciosa, mientras que el contagio obra por la cali- dad. Segundo. Las enfermedades infecciosas se desarrollan siguiendo una dirección centrípeta y acompañan las grandes masas humanas, como el ejército, mientras que las contagio- sas son centrífugas. Hay que distinguir tres clases de sustancias infecciosas: efluvios, miasmas y emanaciones pútridas. Primero. Los eflu- vios son sustancias que vienen de los pantanos, de las tierras vírgenes, de los terrenos bajos y húmedos; son debidos á la descomposición de los detritus orgánicos. Hay gran cantidad de efluvios que se llaman miasmas telúricos que dependen del suelo. Segundo. Los miasmas que son exhalaciones que pro- vienen del hombre sano ó enfermo, porque los producidos por los cadáveres forman la tercera clase. (El hombre produce el miasma zobémico.) Tercero. Emanaciones pútridas que son producidas por la putrefacción de un cuerpo animal. Los virus son principios que producen los sujetos enfer- 1 Lecciones orales de Patología general. —Edición de la “Independencia Médica.” 19 mos; lian sufrido una elaboración particular, específica, y tie- nen la propiedad de reproducir la enfermedad; se trasmiten á todos los individuos con quienes están en contacto y se diri- gen según una dirección centrífuga; depende de la calidad y no de la cantidad. Las enfermedades contagiosas se trasmiten por contacto, sea cutáneo ó lo que es más común, mucoso. El contagio es cutáneo, pulmonar y digestivo; el contagio á distancia (de los alemanes) es el contagio producido por las sustancias que se encuentran en la atmósfera. Las enfermedades infecciosas provienen de efluvios, mias- mas y productos pútridos. Estas sustancias nunca producen la misma enfermedad, y nunca se podrá predecir la aparición de tal ó cual enfermedad, sino únicamente la de un acciden- te, sin determinación fija. El virus siempre reproduce la misma enfermedad y se pue- de predecir su aparición. Las sustancias infecciosas no atacan á todos los indivi- duos, para obrar necesitan un terreno dispuesto, son causas ocasionales que necesitan una predisponente para obrar. Las sustancias virulentas en todos los individuos las pro- ducen por su sola presencia (son causas determinantes.) Las enfermedades infecciosas pueden dar dos ó más ve- ces á un mismo individuo, mientras que las contagiosas pre- servan en la gran mayoría de los casos. Los principios infecciosos no producen sienqpre la misma enfermedad. La higiene no tiene influencia sobre el modo de distribución de las enfermedades contagiosas mientras que puede hacer desaparecer las infecciosas. Las enfermedades infecciosas no provienen de individuos enfermos, sino de los efluvios, miasmas, etc., etc., mientras que los virus siempre provienen de individuos enfermos. Las enfermedades infecciosas no preservan de un segun- do ataque, mientras que las contagiosas casi siempre sí pre- 20 servan. En la mayor parte de los casos, nadie está á salvo de una enfermedad contagiosa. Vemos por lo expuesto que el tifo es infeccioso y no contagioso. Las enfermedades contagiosas pueden volverse infeccio- sas, pero las infecciosas no pueden volverse contagiosas. Se- gún esto, vemos que los miasmas son sustancias orgánicas al- teradas volátiles, que provienen de los tejidos orgánicos ani- males ó vegetales, ó de las deyecciones, y que los grandes centros de población son los que las determinan principal- mente. Los virus no producen enfermedades diferentes, sino que siempre producen la enfermedad de donde provienen. La causa de los virus es una especie de modificación isomérica de las sustancias del organismo; estos productos necesitan haber pasado por un organismo patológico para producir la enfermedad. (Oh. Eobin). La propiedad contagiosa no reside en la sustancia disuel- ta de los humores virulentos, sino sobre las partículas sóli- das que estos humores tienen en suspensión (Ohaveau). Lo que se llama virus volátiles son partículas sólidas en suspen- sión en el vapor de agua. Existen en los proto-organismos anatómicos de Eobin, y consisten en principios sólidos. En el contagio tiene que venir una impregnación y una fecundación del organismo que acaba con la vida. En la infección son los proto-organismos, fermentos que existen en la atmósfera, los que producen la enfermedad, y como no siempre los miasmas producen las enfermedades necesitan para obrar de la ayuda de una causa predisponen- te. Cuando llegan á adquirir un carácter conocido y á atacar á muchos individuos á la vez, se llama epidemia; si á una nación, pandemia, y si se hace permanente en un lugar, en- demia. Hay epidemias que dependen de las condiciones geográ- ficas del lugar, y que se llaman epidemias atmosféricas, de- 21 bidas al calor, la luz, el ozono, etc.; epidemias sociales que dependen de la acumulación, la guerra, la miseria, etc.” Hasta aquí el Sr. Segura. Todas las condiciones que se requieren para producir la infección (dado lo expuesto), se encuentran reunidas en los puntos del país donde el tifo reina endémicamente. Pero se me dirá, en los campos, donde reina también el tabardillo, ¿existen las condiciones que en los grandes centros de po- blación lo producen? Indudablemente; la gente pobre, la clase proletaria se reúne también allí bajo el techo de una cabaña, duerme en el suelo húmedo, y esos jacales donde ha- bita, están rodeados de un suelo virgen, algunas veces, y otras de pantanos. Además, el agua es escasa, como sucede en algunos puntos del Estado de Veracruz, y cuando hay para las necesidades de la vida, necesitan tomarla de luga- res donde está estancada é impura por consiguiente. Dadas las condiciones de predisposición individual, ¿no son estas causas más que suficientes para desarrollar la infección? y cuando ataca á la vez á un gran número de personas que se hallan colocadas en idénticas circunstancias, ¿debemos atri- buir su propagación al contagio ? no, sin duda. Sabemos ya que, en las enfermedades contagiosas uu primer ataque con- fiere cierta inmunidad al atacado, y en el tifo no sucede lo mismo, pues en los libros de entradas del Hospital Juárez constan los nombres de individuos que han ido á curarse allí más de una vez, del tabardillo perfectamente diagnosticado. ¿Cuál es la naturaleza del agente tifógeno? “La naturaleza del veneno tifógeno es desconocida; sin embargo, es difícil considerarla como un miasma aeriforme en razón de la tenacidad con la cual se fija á los objetos y del modo de propagación en las salas de los hospitales, don- de se ha observado varias veces, sobre todo al principio de la epidemia, antes de la infección general del medio, que la trasmisión tiene lugar de lecho á lecho. Es probable que el 22 agente tóxico sea de forma pulverulenta, pero no sabemos si está contenido en los tegumentos del enfermo (laminillas epidérmicas) ó en las exhalaciones pulmonares.”1 Mientras la micrografía no diga su última palabra, mien- tras el microscopio y la histología patológica no establezcan definitivamente los límites entre la infección y el contagio, poco determinados aún, reinará la confusión entre las en- fermedades debidas á la una y al otro. Pero en el estado actual de la ciencia, es de presumir con bastante fundamento que el tifo es infeccioso. ¿Debemos admitir la identidad del tifo y de la fiebre ti- foidea? Se ha pretendido hacer de la fiebre tifoidea de Europa y del tifo exantemático una misma entidad morbosa con ma- nifestaciones diferentes, pero considerándolas como simples grados de aquella. Entre nuestros sabios que sostienen esta teoría, figura en primer lugar el eminente clínico D. Miguel F. Jiménez, quien apoya su opinión diciendo, que las perso- nas que han padecido alguna de las tres manifestaciones de la misma entidad (fiebre tifoidea, tifo ó tabardillo), quedan indemnes para contraer una de las otras dos. A esto podria objetar que se han citado algunos casos, tanto en Europa como entre nosotros, de personas que después de haber pa- decido la fiebre tifoidea, han sufrido el tifo y vice versa. Jiménez se funda también en la existencia de lesiones anatómicas semejantes; pero lo que en la fiebre tifoidea cons- tituye la regla, en el tabardillo forma la excepción. Otros médicos opinan que son dos entidades enteramen- te diferentes, pues no tienen más punto de afinidad que el estado tifoso que, por lo demas, se presenta también en en- fermedades tan distintas como la neumonía y la erisipela, el flegmon difuso y la piohémia, etc. 1 Jaccoud.—Traite de Pathologie Interne.—Tom. II, pág. 855. 23 Después de brillante discusión en la Academia de Medi- cina, el problema no quedó resuelto, “pues unos doctores opinaron que el tabardillo y la fiebre tifoidea son una misma enfermedad, y que las diferencias que presentan entre sí son debidas á la influencia de las diversas localidades, mientras otros médicos sostuvieron que eran dos entidades distin- tas.” 1 El Sr. Dr. Eicardo Egea cree que el tifo mexicano ó ta- bardillo, no es ni la fiebre tifoidea ni el tifo exantemático de Europa, sino una afección tifosa sui generis, que dicho señor llama mening o-encefalitis tifosa; se funda para creerlo así en las lesiones constantes de las meninges y masa encefáli- ca. En efecto, en las auptosías cuya descripción presenta el Dr. Egea, como en las que yo he practicado, se notaron le- siones en las meninges y en el cerebro, pero más bien eran los signos de una congestión de estos órganos, que los de una inflamación francamente desarrollada, como lo quiere el Sr. Egea. Por otra parte, en la descripción que de las lesio- nes anatomo-patológicas nos dan los autores extranjeros, se encuentran descritas esas mismas lesiones. Así pues, creo que el tifo de México ó tabardillo, es una enfermedad enteramente distinta de la fiebre tifoidea de Eu- ropa, con la cual no tiene más semejanza que el estado tifo- so, pero que es una pirexia idéntica al tifo que reina endé- micamente en varios puntos del Viejo Continente, como en Irlanda por ejemplo, donde se llama Tijplius fever (Graves). Dado todo el conjunto de las causas anteriores que pu- diéramos llamar predisponentes, las causas ocasionales son numerosas. La principal de ellas son los enfriamentos. Casi siempre los enfermos atribuyen la causa del principio de su mal á un resfrio, como ellos dicen. En las 50 observaciones que tengo re- 1 Gaceta Médica de México.—Tomo I. 24 cogidas encuentro que en 39 se halla confirmada esta opinión. En el tomo I de la “Gaceta Médica,” con motivo de la dis- cusión sobre el tifo, á que ya me he referido en otro lugar, se lee que: “convencido el Dr. Villagran del mal que hacian los enfriamientos, habia prohibido los baños á todos los ni- ños de la casa de la Ouna, y que en un año, mientras eran sumamente frecuentes los casos de tifo en los hospitales, en el establecimiento ya citado solo se enfermaron dos niños, y éstos se habían expuesto á un enfriamiento.” Otra de las causas que pueden determinar la aparición de la pirexia, son las impresiones morales y sobre todo las depresivas. La endemia sufre dos exacerbaciones: una en el estío, y en el invierno y principio de la primavera la otra; pero, de una manera más general, puede decirse que los casos aumen- tan siqmpre que los cambios atmosféricos son muy bruscos y frecuentemente repetidos. En estos casos marcha parale- lamente con las neumonías, las bronquitis, corizas, y en fin, con todas las enfermedades producidas á frigore. No se puede decir si el tifo es más común en el hombre que en la mujer; pero yo he notado que en las salas del hos- pital Juarez habia constantemente mayor número de enfer- mas que de enfermos. Además se verá, según los cuadros es- tadísticos que pongo al fin de este trabajo, que desde el año de 1874 hasta el de 1884 ha ido aumentando el número de mujeres enfermas de tifo. La edad tiene cierta influencia sobre la aparición de la en- fermedad: ataca sobre todo á los jóvenes y á los adultos en el vigor de la edad; la niñez y la ancianidad están más á sal- vo de la infección. Jamas he visto ningún caso de tifo en in- dividuos menores de cinco años, pues el de menor edad con- taba la expresada. De manera que la predisposición á contraer la enfermedad va aumentando con la edad hasta llegar á 40 ó 4o años, y va disminuyendo en seguida hasta llegar á la ve- 25 jez. El enfermo de más edad que me ha sido dado observar, contaba 82 años. La constitución individual no tiene, al parecer, gran im- portancia. Sin embargo, se ha notado que el tifo ataca de pre- ferencia á las personas robustas, sanguíneas, sin que esto quiera decir que estén á salvo las personas débiles ó debili- tadas. Los individuos de temperamento nervioso están más expuestos que los demas á contraer la fiebre. Mnguna de las clases sociales goza de la inmunidad pa- ra el tabardillo; y si se observa más á menudo en las clases inferiores, es en virtud de las malas condiciones en que éstas viven. La ocupación ó el oficio á que se dedica el individuo tie- ne sin duda gran influencia sobre el desarrollo de la pirexia que estudio. Jaccoud dice que los veleros, curtidores y carni- ceros son los que dan menos contingente á la enfermedad, sin dar la razón de ello. En México he obtenido idéntico re- sultado; consultando los libros del hospital Juárez en sus entradas el año de 1884, he visto que los pintores, los sastres, los carpinteros, los albañiles, los tejedores, los herreros, los zapateros y los jornaleros1 están en mayor número que los curtidores, jaboneros, veleros, etc., quienes, en razón de estar más constantemente en contacto con materias animales en descomposición, debían rendir mayor tributo á la enferme- dad. He formado un cuadro estadístico de los oficios y ocu- paciones, y allí se verán, en cifras, las proposiciones anterio- res. (Véase cuadro número 3). En París y en las ciudades populosas de Europa donde reina el tifo ó la fiebre tifoidea, se observa que ésta ataca de preferencia á los recien llegados, quienes tienen que pagar su aclimatación muchas veces á costa de su vida. Entre no- sotros no sucede lo mismo, pues el tifo ataca á los foraste- 1 Bajo el nombre de jornaleros se comprenden muchas ocupaciones como limpiado- res de atarjeas, peones do albañil, etc., etc. 26 ros lo mismo que á las personas nacidas en México, y se nota que, cuando ataca á los primeros, tienen ya algún tiempo de habitar la capital. Un primer ataque de fiebre no pone al que lo ha sufrido al abrigo de un segundo. Dice el Dr. Jiménez que, u en los enfermos en que ha sido posible obtener datos precisos acer- ca de sus enfermedades anteriores, ha resultado que lo que llaman fiebre, ha sido una calentura sintomática de afeccio- nes muy variadas y como, por otra parte, continúa, no co- nozco hasta ahora ningún hecho auténtico, en que baya vuel- to á presentarse aquella, creo, con la mayoría de los médicos, que un ataque de fiebre pone, al que lo sufre, á cubierto del mismo mal para lo sucesivo.” Ya he dicho antes que en el servicio de tifoideos del hospital Juárez, donde practiqué, se han curado dos ó tres veces enfermos que, de una mane- ra inequívoca, padecieron el tifo. Oreo, pues, aunque la opi- nión anterior es por demas respetable, que un primer ataque de tifo no pone al atacado á cubierto de un segundo, siendo éste más fuerte que el primero. De lo expuesto, creo poder sacar las conclusiones si- guientes : Primera.—El tabardillo es una pirexia del grupo de las tifoideas exantemáticas, que se propaga más bien por infec- ción que por contagio; Segunda.—Su naturaleza nos es desconocida; se debe atribuir su desarrollo, siempre á malas condiciones higié- nicas; Tercera.—Es diferente de la fiebre tifoidea é idéntica al tifo exantemático, que reina en algunos puntos de Europa (Irlanda); Cuarta.—Su aparición se hace generalmente bajo la in- fluencia de un enfriamiento ó de alguna emoción moral de- depresiva. 27 Formas, Las diversas modalidades clínicas que el tabardillo pre- senta en su marcha, me han hecho pensar que en esta en- fermedad, lo mismo que en la fiebre tifoidea y otras, podian admitirse varias formas. Las principales de ellas son las tres siguientes: Primera.—La forma atáxica. Los fenómenos de excita- ción del sistema nervioso y el delirio, son los que dominan la escena. Esta forma se presenta más comunmente en las personas de malas costumbres y que abusan de las bebidas alcohólicas, y en los individuos nerviosos; Segunda.—La forma adinámica. Se carateriza por el aba- timiento, el estupor y la postración, de la que muchas veces es imposible saear á los enfermos; Tercera.—Las dos últimas formas se reúnen algunas ve- ces y dan lugar á la forma ataxo-adinámica que, como se comprende, se caracteriza por el la carfología, etc., unidas á una postración suprema. Se han querido multiplicar y describir las formas mucosa, catarral, Mliosa, inflamatoria, etc.; pero éstas no pasan de simple coincidencia del tifo con un catarro, ya generalizado, ya limitado á las vías biliares; y las inflamaciones, hipostá- ticas las más veces, que caracterizarían la última forma, se presentan á título de complicación eu los viejos y en las per- sonas debilitadas. 28 Sintomatología v marcha. El tabardillo es, como la fiebre tifoidea, una enfermedad de ciclo perfectamente definido. Presenta, en efecto, dos pe- ríodos muy bien caracterizados que corresponden al primero y segundo septenarios. Estos dos períodos han sido designa- dos con diversos nombres de los que cada uno da cuenta de los fenómenos más notables del período que designan; así se les ha llamado: al primero, período de reacción, y al segun- do, período nervioso (Laveran); primer período ó de invasión, segundo ó de erupción (Jaccoud), etc. En el primer septe- nario, en efecto, son los síntomas de invasión los que predo- minan, y al fin de él, aparece la erupción tífica; en el segun- do, la enfermedad se mantiene estacionaria, para terminarse al fin de él por la muerte, en los casos fatales, ó para co- menzar á disminuir la intensidad de los síntomas en los ca- sos felices. Me ocuparé primero de los síntomas generales que se presentan durante los dos septenarios, para tratar en segui- da de los que se presentan en los diversos aparatos y ór- ganos. Incubación.—El tabardillo presenta un período de in- cubación. Cuatro ó cinco dias antes (Jaccoud le da á la incu- bación una duración variable de 9 á 10 dias) de la invasión de la enfermedad, el individuo se pone triste, sin aptitud para dedicarse á ningún trabajo, tanto intelectual como ma- terial; tiene la conciencia de que le amenaza una terrible enfermedad, y por lo mismo, se halla temeroso y excitable. Además, se presentan frecuentemente: ó bien los signos de alguna afección catarral ó bien como el principio de las ca- lenturas intermitentes. 29 Estos datos que es imposible recoger de los enfermos de las salas del hospital, me los han suministrado dos personas, médico la una y estudiante de medicina la otra, que han pa- decido dos veces el tifo; de manera que, la segunda vez y con los pródromos que he descrito, casi presentian la próxima in- vasión del tifo. Invasión.—Primero. Síntomas generales.—Una vez que una ó varias de las causas ocasionales que hemos señalado han venido á determinar la aparición de la enfermedad, co- mienza ésta generalmente con un calosfrío, cuya intensidad es muy variable; algunas veces es muy ligero, en cuyo caso se repite varias veces durante un dia ó dos, constituyendo los que se llaman calosfríos erráticos; otras veces es tan in- tenso, que semeja perfectamente el primer estado de los ac- cesos de fiebre intermitente; las extremidades se enfrian, el lóbulo de la nariz, el pabellón de la oreja, los dedos y los or- tejos se ponen lívidos y en el resto de la envoltura cutánea se observa la erección de los folículos pilosos, la jpieZ ansari- na (chair de poule). Este síntoma es constante, pues ni en las observaciones del Sr. Egea ni en las mias ha faltado una sola vez. Al calosfrió sucede un conjunto de síntomas de los que algunos son generales á todas las fiebres y otros son espe- ciales á la que me ocupa. Entre estos citaré los desvaneci- mientos, aturdimientos y malestar general. El enfermo quie- re caerse, vacila cuando se levanta bruscamente, como si estuviera ébrio ó padeciera anemia en su último grado; tie- ne un sentimiento de cansancio general en todo el cuerpo, pero más localizado en los miembros: algunas veces están intenso ese dolor, que los enfermos dicen que sufren como si los hubieran vapulado. Este endolorimiento persiste du- rante toda la duración de la enfermedad y aun durante la convalecencia, en tanto que algunas veces desaparece al fin del primer septenario, ó principios del segundo. Hay ade- 30 más zumbido de oidos, sordera, sed viva é inapetencia, algu- nas veces vómitos y diarrea, y otras, las más, como verémos adelante, constipación. Pero de todos estos síntomas, el más notable es la cefalalgia. El dolor de cabeza ocupa de preferencia las sienes y la frente. Rafas veces se extiende á toda la cabeza y á la cara. Su intensidad tiene todos los grados, desde una simple pe- sadez hasta el dolor más agudo; ya es un simple desvaneci- miento y otras veces arranca gritos lastimeros al desgraciado paciente que pide urgentemente un remedio para su mal. Su duración es variable, pero de una manera general se puede decir que acompaña hasta lo último todos los síntomas, y si al fin no llama la atención, es porque la postración y la mo- dorra ó el delirio la ocultan. La cefalalgia es uno de los sín- tomas más constantes, pues en 112 observaciones que refiere el Dr. Jiménez, no ha faltado sino 4 veces, y en las 50 del Dr. Egea, no ha faltado nunca. Aparece las más veces con los primeros síntomas; pero no es raro verla aparecer hasta el tercero, cuarto y algunas veces hasta el octavo dia de en- fermedad. Cuando hay alguna complicación por parte de las menin- ges ó del cerebro, la cefalalgia aumenta notablemente, hasta el punto de hacerse intolerable. Reunida á los demas sínto- mas que caracterizan la meningitis ó la encefalitis, es muy útil al diagnóstico, al pronóstico y al tratamiento sobre todo. Calentura.—A los síntomas precedentes sucede la ele- vación de la temperatura. Aunque raras veces he podido ob- servar esta elevación desde el principio, puedo asegurar que dos son las maneras como se eleva: ó bien de una manera gradual, ó bien de una manera rápida. Cuando la ascensión de la temperatura es gradual, hay en la tarde una exacerbación y en la mañana una remisión; pero la exacerbación vesperal de un dia es siempre superior á la del dia anterior. Estas oscilaciones presentan algunas 31 ocasiones una intermitencia tal, que hacen dudoso el diagnós- tico. Cuando la ascensión es rápida, la temperatura llega rá- pidamente á su summun. De la temperatura normal se eleva hasta 38 ° 5 ó 39 °; á la mañana siguiente sufre una ligera re- misión y en la tarde alcanza la cifra de 40°, 40°5 y algunas veces hasta á 41°. (Véase trazo número 1). He podido observar que entre nosotros el período de au- mento de la fiebre se hace más de una manera rápida que de una manera gradual, sin que por esto deje de observarse esta última manera de elevaciou de la temperatura. El período de ascenso concluye generalmente el quinto, sexto ó sétimo dia; es completo algunas veces al aparecer la erupción para dar lugar al período de estado ó acmea. El período de estado no presenta nada de fijo, aunque se presenta algunas veces el que pudiéramos llamar tipo, es de- cir, lo que Jaecoud llama fastigium de oscilaciones estaciona- rias. Algunas veces he observado que durante la acmea el trazo termométrico se presentó siempre á la misma altura, y esto, durante seis ó siete dias. Algunas ocasiones presenta un tipo enteramente irregular, ya es el intermitente, ya el re- mitente, etc. El período de estado dura generalmente lo que el segundo septenario, otras menos ó cuando se prolonga la duración de la enfermedad dura diez ó doce dias. Al fin del período de acmea el trazo termométrico tiene dos modos de terminarse. Ya comienza á descender la temperatura de una manera gradual (lysis), de manera que hay, como en el período de ascenso, remisiones matinales y exacerbaciones vesperales; pero la temperatura tanto de la mañana como de la tarde, es siempre inferior á la del dia anterior; ya descien- de de una manera brusca, violenta (crisis), de tal manera que de la temperatura de 39 °, 39 ° 5 ó 40 °, desciende hasta la normal ó abajo, pues llega algunas veces hasta 36° 5 ó 35° 5. Durante el período de acmea y cuando el caso es des 32 graciado, ó bien la temperatura se eleva bruscamente hasta tocar un grado muy elevado (41° 5 y aun 42°), y esto indi- ca casi siempre una complicación, ya por parte del cerebro (meningitis, meningo-encefalitis), ya del corazón ó los pul- mones (pericarditis, miocarditis, neumonía, etc.); ó bien des- ciende hasta tocar un grado mucho más bajo que el de la tem- peratura normal (34°, 33° 5, 33° y según algunos autores hasta 32°). El grado mayor que he observado es el de 42° 8 y la enferma curó, y el menor el de 33 ° 5, caso desgraciado. Una vez que la temperatura ha descendido hasta la normal, puede suceder aún, que repentinamente se eleve de nuevo hasta llegar á 39° ó 40°, indicándonos siempre esto alguna de las terribles consecuencias del tifo (embolia cerebral, pul- monar, etc). Tal es, de una manera general, el cuadro en con- junto de la marcha de la temperatura en la fiebre petequial; pero como antes he dicho, presenta muchas variedades. Pulso.— El pulso sigue la misma marcha que la tempe- ratura. Durante el primer septenario aumenta el número de pulsaciones gradual ó violentamente, según es el ascenso tér- mico, llegando á su máximum en el periodo de acmea; en este caso el número de pulsaciones ha alcanzado la cifra de 120, 140, 160 y aun 180 pulsaciones por minuto; disminuye en seguida con la temperatura, siguiendo la misma suerte que ella. En efecto, siempre hay una relación constante entre el pulso y la temperatura: cuando se pierde esa relación, ese pa- ralelismo, digámoslo así, el pronóstico es grave. E1 pulso es lleno, amplio y duro cuando los fenómenos de aumento de la enfermedad están en su apogeo. Poco á poco va perdiendo aquellos caractéres, y cuando se presenta el es- tado adinámico el pulso es frecuente, pero blando, depresi- ble y algunas veces filiforme. El esfimógrafo traduce perfectamente estos caractéres. En el período de acmea liay algunas veces amplitud consi- derable de las pulsaciones; la línea ascendente es casi verti- 33 cal, el vértice es redondeado y la línea de descenso no pre- senta el dicrotismo normal ; otras veces la amplitud de las oscilaciones disminuye, el pulso se hace dicroto, la línea de ascenso es corta y el vértice redondeado. En la convalecen- cia: la línea de ascenso es recta y casi vertical; la línea de descenso es tendida y el dicrotismo bien marcado. (Yéase el trazo número 3, A, B y O). En dos enfermos me hizo notar el Dr. Egea que después de algunas pulsaciones (cuatro ó cinco), faltaba una; en se- guida una nueva pulsación, faltando la siguiente, de mane- ra que el pulso era tan irregular y presentaba las intermi- tencias que se presentan en algunas lesiones orgánicas del corazón. Busqué en seguida el fenómeno, y me pareció en- contrarlo en otro enfermo. Me parece inútil agregar que ausculté cuidadosamente el corazón sin encontrar lesión nin- guna. Respiración.—La respiración sigue el mismo destino que el pulso. Aumenta el número de respiraciones cuando el grado de la calentura es mayor hasta observarse algunas ve- ces una verdadera dispnea; siendo, en los casos graves y du- rante el estado adinámico, débil, poco profunda y frecuente; algunas veces es estertorosa. El mayor número de respiraciones que he podido obser- var, es el de 52 por minuto, en un caso desgraciado. Algu- na vez me ha sido posible observar el fenómeno respiratorio de Cheyne-Stokes. Inervación.—Ya hemos hablado anteriormente de algu- nos de los síntomas que dependen directamente del sistema nervioso, como la cefalalgia, dolores contnsivos de los miem- bros, etc., no volverémos á insistir en ellos. Durante la invasión de la enfermedad, se quejan los en- fermos de zumbido de oidos y de una sordera tenaz; son es- tos unos de los síntomas más constantes, pues no falta en ninguno de los casos que hacen el asunto de mis observa- 34 ciones. Los enfermos lo comparan á varias cosas: para unos es uh sonido musical como de campanillas, para otros es un sonido discordante; á estos desórdenes sucede la sordera ó los acompaña algunas veces desde el principio. Estos sínto- mas desaparecen generalmente al fin del primer septenario, pero pueden persistir durante el segundo y auu en la conva- lecencia; en los casos en que la postración y el delirio son los síntomas que más llaman la atención, no es fácil buscarlos. Al fin del primer septenario ó principio del segundo se nota que la palabra que antes era fácil se hace lenta y difí- cil; hay una especie de tartamudeo y los labios temblorosos, agitados convulsivamente, contribuyen á hacer más penosa é irregular la emisión de la voz. Si entonces se hace sacar la lengua al enfermo, se ve que está agitada de los mismos movimientos que los labios y que su punta se dirige ya há- cia arriba ya hácia abajo ó lateralmente, pero siempre ani- mada de un temblor: este movimiento de la lengua unido á las fuliginosidades de que después hablarémos, da á la boca de los tifoideos un aspecto característico. Al principio de la enfermedad, las pupilas son perfecta- mente móviles á la luz y aun existe un ligero estrechamiento de ellas. En este estado persisten durante todo el primer septenario y parte del segundo; vuelven en los casos felices á su movilidad normal, pero en los casos desgraciados, la pupila se dilata y se hace insensible á la luz. JEste fenómeno unido d un estado ataxo - adinámico, reflejos tendinosos exage- rados, retención y después incontinencia de orina y heces, etc., indica casi siempre una complicación cerebral. (Observación núm. 1.) Se observan algunas ocasiones contracturas en los miem- bros, sobre todo en los superiores y esto durante toda la du- ración de la enfermedad; indican generalmente que el cere- bro sufre, y cuando á las contracturas sucede el relajamien- to, es un signo de gravedad suma; otras veces se presentan 35 verdaderas convulsiones tónicas y clónicas, simulando ata- ques de epilepsia, sin que en los antecedentes del enfermo se encuentre la existencia de esa neurósis. Cuando el enfermo la padecia antes, sus síntomas se exa- geran y marchan á la par con el tabardillo. Inútil es agre- gar que estos síntomas de una y otra enfermedad, adquieren mayor gravedad por su unión. (Véase la observación núm. 1, antes citada.) Durante el segundo septenario, en los casos graves en que se presenta el estado ataxo-adinámico, se observa el fe- nómeno conocido con el nombre de sobresaltos de tendones. Tocando con la extremidad del dedo índice ó medio, los ten- dones en los puntos en que están más superficiales como en la cara anterior del puño, en la dorsal del cuello del pié, aba- ja de la rótula, etc., se obtiene un movimiento reflejo exa- gerado que hace que se levante bruscamente el miembro to- cado. Algunas veces basta el más ligero tocamiento para producir una verdadera conmoción, pareciendo que se apli- ca el reóforo de una pila; liay una verdadera hiperestésia co- mo si se tratase de una mielitis aguda ó de tétanos. Pero lo que más llama la atención durante toda la enfermedad, es sin duda el delirio y el estupor ó modorra, en una palabra, el estado tifoideo propiamente dicho. Los primeros indicios que del delirio se tienen, comienzan desde el principio de la enfermedad. Los enfermos se quejan de un insomnio perti- naz, y dicen que cuando logran dormitar durante breves instantes, son atormentados por pesadillas. Las personas que rodean al enfermo, dicen que delira mucho por la noche, y en efecto, este delirio no se manifiesta al principio del tifo más que en la noche. Durante el segundo septenario y al- gunas ocasiones desde fines del primero, se observa también durante el dia, pero siempre con exacerbaciones vesperales. Se observan en él todas las formas: desde el subdelirio has- ta la manía aguda, desde el delirio calmado hasta el delirium 36 tremens. En los individuos de buenas costumbres y en los casos ligeros, se observa generalmente el subdelirio y delirio tranquilo, los enfermos responden de una manera convenien- te á las preguntas que se les dirigen y obedecen tranquila- mente á lo que de ellos se exige; en las personas que abusan de las bebidas alcohólicas, que son de malas costumbres, de temperamento nervioso y en los casos muy graves, el deli- rio toma los caractéres de una verdadera locura y en los al- cohólicos, del delirium tremens. Desde el principio de la en- fermedad parece como que se anuncia el delirio furioso: la mirada del enfermo es hosca, recelosa; la piel de la frente está plegada; el enfermo se levanta de su lecho y si se le or- dena que se vuelva á él, obedece, pero siempre de mala ga- na y al momento vuelve á su idea fija; á un grado más avan- zado no obedece ya y si le amenaza, se arroja sobre el que lo hace, con objeto de hacerle mal; se levanta, corre en la sala, busca las ventanas y si no se le detiene, se arroja por ellas, en persecución ó perseguido por enemigos imagina- rios. En estos enfermos hay necesidad de recurrir á la cami- sa de iuerza. Se caracteriza otras veces el delirio por una locuacidad extrema: el enfermo habla dia y noche sin dejar de hacerlo un solo momento. En el hospital he podido observar tres ca- sos de este género en un hombre y dos mujeres, en que el delirio fué erótico unas veces, otras religioso y las más sin tipo fijo; estos enfermos necesitaron el aislamiento absolu- to, pues llegaron á hacerse insoportables, no solo á los de- mas enfermos que estaban cerca de ellos, sino aun á los em- pleados del hospital. Lo que presentaron de notable estos enfermos, fué que aun en la convalecencia continuó el deli- rio, que hizo necesario que estos individuos fuesen á termi- nar su curación al hospital de dementes. Al estado atávico sucede el adinámico. El enfermo colo- cado en el decúbito dorsal, con los miembros en la resolu- 37 cion, en la abducción, cayendo inertes cuando se les levanta y se les abandona á sí mismos, con la mirada vaga, perdién- dose en el espacio, insensible á lo que le rodea, ni responde á las preguntas que se le dirigen, ni se interesa por lo que pasa á su derredor. Su respiración es lenta, débil; su pulso filiforme y frecuente; sus esfínteres, relajados algunas ve- ces, dejan escapar la orina y las materias fecales. Las aber- turas nasales anteriores están llenas de polvo, la boca llena de fuliginosidades y las mejillas se levantan como un velo inerte, imitando el movimiento de los fumadores de pipa (es- to indica casi siempre una lesión cerebral). Las pupilas es- tán enteramente inmóviles á la luz. Este estado, como se comprende, es extremadamente grave é indica y traduce el sufrimiento cerebral (derrames de la base de los ventrícu- los, etc.) El estado ataxo-adinámico resulta naturalmente de la reunión de los síntomas de los dos anteriores. El enfermo, en el decúbito dorsal, presenta dificultad de la palabra, tem- blor en los labios y en la lengua, sobresaltos de tendones, sus manos, agitadas de un movimiento continuo, procuran tomar objetos imaginarios (carfología); su cabeza y sus miem- bros caen pesadamente desde que se les abandona á sí mis- mos, su frente está cubierta de un sudor frió y pegajoso; en fin, este estado de modorra puede llegar hasta el coma, del que es muy difícil sacar al enfermo. Hemos dicho que se observaba algunas veces en la piel una verdadera hiperestesia, de manera que el menor contac- to arrancaba gritos al paciente; otras ocasiones se observa una verdadera anestesia, ya generalizada, ya limitada á la mitad inferior del cuerpo, al lado derecho ó al izquierdo. Manchas.—Erupción.—Hácia el quinto dia próxima- mente, algunas veces antes1 y muy raras al fin del primer 1 El Dr. Segura dice que la erupción aparece generalmente en la noche del cuarto al quinto dia. 38 septenario, aparece sobre la parte anterior del abdomen, há- cia el reborde de las falsas costillas, en la parte anterior del pecho y en la de los brazos, una erupción de man chitas rojas del tamaño y de la forma aproximadamente de una lenteja, de color rosado y que desaparecen por la presión del dedo para reaparecer en seguida. El Dr. Egea dice en su Memoria que son cuatro las cla- ses de erupciones que ha observado en el tifo, lo que yo he comprobado durante mi práctica : “Primera.—Una erupción papulosa, elevándose sobre la superficie de la piel, de color rosado claro y que desaparece en parte por la presión; “Segunda.—La que se designa con el nombre de man- chas rosadas, que no se elevan sobre la superficie de la piel, también de color rosado, que desaparecen por la presión y tienen un tamaño como el de una lenteja; “Tercera.—Petequias, que no desaparecen por la presión, son de un color rojo vinoso y de un tamaño que varia de 0m002 á 0m005. “La cuarta, que tiene el aspecto de piquetes de pulga, es una manchita de color rosado, pequeña, teniendo en el cen- tro un puntito de color más oscuro y que á primera vista pa- recería producido por el piquete de aquel insecto.” Estas erupciones se presentan por lo general aisladas, sin que sea raro encontrar dos ó más formas en el mismo indi- viduo. Yo he llegado á observar las tres primeras formas en un enfermo, á las que se agregaba una erupción de sudanii- ua, confluente, que ocupaba la parte anterior del pecho. Las formas que se combinan más á menudo son: la papulosa y las petequias, las pápulas y las manchas rosadas; las man- chas rosadas y las petequias (erupción exantemo-petequial de los autores europeos). Esta erupción comienza, como hemos visto, en el primer septenario, persiste durante el segundo y se prolonga algu- 39 ñas veces hasta la convalecencia. Puede ser discreta ó con- fluente: en el primer caso son algunas manchas aisladas las que se observan en la parte anterior del abdómen; y en el segundo, se extiende al pecho, brazos, antebrazos, muslos y dorso; es innumerable el número de manchas, hasta el gra- do de formar verdaderos coryvibos. Este agrupamiento, esta confluencia de la erupción la observé en el enfermo antes ci- tado. Hay un hecho de mucha importancia para el diagnósti- co: en ciertas profesiones se observan algunas manchas en la parte anterior del abdómen. En los panaderos es donde se observan más á menudo. En la sala de Clínica Interna del hospital de San Andrés se presentó un individuo con los sín- tomas siguientes: elevación de la temperatura, cefalalgia, anorexia, sed, inyección de las conjuntivas, insomnio, etc.; dijo que había comenzado á estar malo de calosfrío y que ha- bía tenido una epistáxis. En la parte anterior del abdómen presentaba una erupción como de petequias, lívida, discreta. Como el diagnóstico (tifo) no pudiera establecerse segura- mente, el Dr. Demetrio Mejía puso al enfermo en observa- ción, reservó el diagnóstico y prescribió el sulfato de quini- na. Al siguiente dia mejoraron los síntomas y á los tres dias salía el enfermo del hospital enteramente sano. Preguntado sobre la causa de las manchas, dijo: qne todos los panaderos las tenían; después me he podido asegurar de ello. Si mucha y grande utilidad tienen las manchas en el diagnóstico del tifo, no la tienen menos en el pronóstico. En efecto, á medida que el mal avanza, las manchas van pali- deciendo hasta desaparecer; pero si sobreviene alguna com- plicación ó el enfermo se agrava, vuelven á aparecer como antes, y aun algunas veces aparece otra forma que al prin- cipio de la enfermedad no se encontraba. Cuando se presen- tan la forma papulosa ó las manchas rosadas unidas á la petequial y de una manera confluente, puede asegurarse que el caso es grave y que la enfermedad revestirá la forma atóxi- ca ó ataxo-adinámica. Sudores.—El sudor es un fenómeno crítico que termina la mayor parte de las fiebres. En el tifo se observa que al fin del segundo septenario aparecen estos sudores copiosos y abundantes, que unidos á los demas fenómenos críticos (orinas abundantes, salivación, diarrea, etc.,) son de exce- lente pronóstico, pues indican que el enfermo va á entrar en la convalecencia franca; pero cuando estos sudores se pre- sentan en el curso de la enfermedad, que son viscosos y pe- gajosos, que la piel del enfermo está fria, la boca llena de fuliginosidades, hay carfología, etc., que este sudor está li- mitado á la cabeza y á la cara, mientras en el resto del cuerpo la piel está seca y árida, los sudores, en este caso, son de un pésimo pronóstico. En un enfermo que presentaba el cuadro clínico que he intentado bosquejar, he visto el sudor cristalizado; ocupaba el pabellón de las orejas, las alas de la nariz, el labio supe- rior, la parte anterior del cuello y del pecho; presentaba un color blanco amarillento, y parecía estar formado de cristales de ácido úrico y uratos. No fué posible practicar el análisis químico, por ser muy poca la cantidad que se pudo recoger; el enfermo murió. Algunas veces presenta una ligera humedad de la piel (trasudores), ya en el momento de la remisión matinal, ya durante la tarde. Esta humedad es siu duda la causa del mal olor que se nota al acercarse á un tifoideo, y que es en- teramente característico. Este hedor, ligeramente ácido, nau- seabundo, ha sido comparado por el Dr. Jiménez al olor del ratón. El aliento tiene el mismo hedor, pero no es única mente la boca el lugar de su origen, pues se observa también al descubrir violentamente á un enfermo. Segundo.—Síntomas especiales d los diversos aparatos y ór- ganos.— A. Organos respiratorios.—a. Fosas nasales.—Epis- 41 táxis.—El escurrimiento de sangre por las narices, que en Europa es uno de los síntomas más característicos de la fie- bre tifoidea y del tifo, es más raro entre nosotros: cuando se presenta, puede ser insignificante, limitado á unas cuantas gotas de sangre solamente; puede ser de mediana intensidad ó ser tan abundante, que constituya una verdadera hemor- ragia. Estas epistáxis se presentan generalmente al fin del primer septenario ó principio del segundo. En las observa- ciones que he recogido y en 50 casos, se han presentado ca- torce veces de la manera siguiente: Hombrea Mujeres. Total. Primer septenario 6 2 s Segundo septenario 4 2 6 10 4 14 lo que da una proporción de un 28 por 100, es decir, un 8 por 100 más de lo que señala el Dr. Egea en su Memoria. Atribuye el vulgo una acción favorable á las epistáxis á me- dida que estas son más abundantes. Por mi parte, puedo asegurar que no he visto jamas influir el escurrimiento de sangre sobre el pronóstico de la enfermedad, y más bien he observado que cuando se muestran en el segundo septenario y cuando el enfermo presenta el estado adinámico, son de funesto pronóstico. 1).—Laringe, tráquea y bronquios.—La inflamación de la laringe es rara, excepto cuando el enfriamiento que ha ocasionado el tifo la haya producido; pero por causa de la enfermedad principal casi nunca se presenta. Lo mismo pue- de decirse respecto de la traqueitis y de la bronquitis. Al fin del primer septenario ó principios del segundo, se oyen há- cia la parte posterior del tórax, en la base de los pulmones, algunos estertores silbantes al principio, y mucosos y aun 42 subcrepitantes en seguida. ¿Son los signos de una bronqui- tis ó más bien los de una congestión hipostática por la posi- ción (decúbito dorsal) del enfermo! nos inclinamos más bien á esto último tanto más cuanto que este síntoma se presen- ta en enfermos sanguíneos. La bronquitis, sin embargo, no es rara. c.—Pulmones y pleuras.—La neumonía no es rara, ya como complicación ó consecuencia del tifo, ya presentán- dose desde el principio y afectando la forma tifoidea. En los individuos débiles ó agotados por excesos (alcoholismo, mi- seria, etc.,) se presenta la neumonía en su forma más grave. Lo que se presenta más á menudo, lo hemos visto ya, es la congestión pulmonar, la que nos explica sin duda la sensa- ción de pesadez, de opresión, de dolor, la tos penosa, etc. A fines del primer septenario la respiración, como he dicho, es ruda, fuerte hácia atras, en la base de ambos pulmones y existen además estertores mucosos y subcrepitantes; á la percusión se notan allí una falta de elasticidad y submati- tez. Pues bien, estos síntomas pueden agravarse hasta el punto de constituir los signos ya de un infarto pulmonar (lesión que se confunde las más veces con la neumonía,) ya los de la inflamación del parenquima pulmonar y de la pleura. Hay que buscar con especial cuidado en los individuos dé- biles, los viejos, alcohólicos, etc., los signos de una neumo- nía; pues muchas veces faltan, tanto los signos subjetivos (dolor de costado, esputos, etc.,) como los estetoscópicos, oyéndose en el pulmón solamente algunos estertores muco- sos ó á lo más subcrepitantes. Estos fenómenos pulmonares los encuentra marcados el Dr. Egea en nueve de sus cincuen- ta observaciones; yo los he encontrado más á menudo en in- dividuos debilitados. La pleuresía la he encontrado solamen- te dos veces, en el segundo septenario. B.—Órganos circulatorios.—Al principio hay una excitación, algo como el eretismo cardiaco. El corazón late violentamente y de una manera irregular; á este período de excitación sucede el de depresión: el corazón como todos los músculos de la economía sufre la degeneración vitrosa ó gra- sosa bajo la influencia de la temperatura elevada. La peri- carditis se puede presentar durante el curso del tabardillo, ya como consecuencia ó ya revestir la forma tifosa desde el principio; puede propagarse la inflamación al músculo car- diaco y endocardio; pero la endocarditis se presenta más bien como consecuencia del tifo, y reviste en las personas débiles ó agotadas, la forma ulcerosa. Solo conozco un caso de peri- carditis tifosa que dió lugar á una brillante lección oral que, en el hospital Juárez nos dió el Dr. Maximiliano Galan. C. — Órganos digestivos.—Los órganos digestivos su- fren en el tifo de una manera muy mareada. La boca y los órganos en ella contenidos son el sitio de fenómenos impor- tantes. Al fin del primer septenario y durante el segundo, en los casos graves, los labios se secan y se cubren de fuli- ginosidades ; las encías y los dientes las presentan también acompañadas de sequedad de las fauces, pero donde se loca- lizan y se observa mejor su evolución es en la lengua. Al prin- cipio durante el período de invasión del mal, la lengua, como en todo movimiento febril es roja, ancha, húmeda y el alien- to muy caliente, no tiene mal olor; pero al fin del segundo septenario, en los casos graves, se presenta cubierta por una capa blanquecina bastante gruesa, que pasa sucesivamente al color amarillo sucio y se pone en fin color de chocolate. Al mismo tiempo se nota que la sequedad de la boca va au- mentando, de manera que al tocar el dorso de la lengua se le nota seca y áspera, dura, escabrosa como una cortesa de árbol, según la expresión del Sr. Jiménez. Las fuliginosida- des mencionadas forman verdaderas costras que se despren- den, ya dejando limpia la lengua, ya con un barniz amari- llento, el que llegando á desecarse volverá á formar una nueva costra, á la manera de algunas falsas membranas; 44 otras veces dejan al caer una erosión superficial del órgano. Estas fuliginosidades cubren algunas ocasiones la lengua en- teramente, de manera que al caer tienen la forma de un es- tuche en el cual estuviera guardada la lengua. Según la mayor parte de los autores la existencia de las fuliginosidades es debida á la desecación de las secreciones naturales de la boca, al contacto del aire y por el calor fe- bril y están formadas por fibrina, la saliva desecada y los residuos alimenticios que quedan en la boca. No queda limitado solamente el estado fuliginoso á los labios, encías y lengua, sino que invade el velo del paladar, los pilares, la úvula y la faringe, de manera que haciendo abrir la boca al enfermo se nota que toda su cavidad pre- senta un color moreno muy marcado. Dichas fuliginosida- des producen la afonía ó cuando menos una ronquera espe- cial. Los enfermos se hacen oir difícilmente, pues hablan en secreto; unido esto al tartamudeo por el temblor de los la- bios y lengua se hace más vivo el cuadro de los casos muy graves de tifo. Desde el principio de la enfermedad se nota que la ano- rexia y la sed son los fenómenos que llaman más la atención por parte del tubo digestivo. La anorexia es invencible y la sed tan intensa que los enfermos piden con urgencia que se les alivie de ella. Estos dos síntomas persisten durante el primer septenario y todo el segundo mientras la defervesen- cia de la fiebre no se verifique, siendo entonces cuando los enfermos vuelven á pedir sus alimentos. En los casos muy graves los enfermos tienen dificultad para deglutir: los ali- mentos y las medicinas son arrojadas después de permane- cer cierto tiempo en la faringe; esto me parece muy digno de tenerse en consideración para evitar los casos de asfixia por introducción de los líquidos en la laringe. Es muy raro que los vómitos se presenten en el período de invasión ó durante el primer septenario; generalmente se 45 presentan al fin de este, ó principios del segundo. Algunas veces los alimentos son arrojados inmediatamente después de su ingestión; otras veces están constituidos por materias espesas, viscosas, mezcladas á la bilis. Uno de los caractéres más importantes y que distingue el tabardillo de la fiebre tifoidea, es que en esta la diarrea se presenta desde el principio, mientras que en aquel es la re- gla la constipación. En el período prodrómico del tifo pue- de haber diarrea; pero es sustituida en el primer septenario por una constipación casi absoluta. Los enfermos se quejan de una pesadez en el vientre y de la falta de evacuaciones. Aun en el segundo septenario se notan algunas veces cóli- cos y constipación. Cuando se presenta la diarrea aparece generalmente al fin del segundo septenario ó durante la con- valecencia. La constipación y la diarrea en las cincuenta ob- servaciones que recogí, se han presentado de la siguiente manera: Primer septenario. Segundo septenario. Constipación... .. 12 veces. 13 veces. Diarrea •- 2 „ 3 „ Como se ye, según los datos anteriores, la constipación se presenta en un 50 por 100 de los casos, mientras que la diarrea solo en un 10 por 100. El vientre está siempre sensible á la presión, ya sea que haya constipación ó ya diarrea; pero cuando existe esta hay además zurrido en la fosa iliaca, que, como se sabe, es debi- do á la mezcla de los gases y los líquidos. El timpanismo del vientre no es constante; se presenta generalmente durante el segundo septenario, y no es muy exagerado. En los casos excesivamente graves se presenta la diarrea de un color amarillo verdoso, moreno algunas veces y siem- pre de uua fetidez muy marcada: estas evacuaciones son in- 46 voluntarias, y se acompañan de la salida inconsciente de la orina, xllgunas veces las evacuaciones se presentan mezcla- das con sangre, y otras, cuando existe alguna complicación, están constituidas por sangre pura y matan al enfermo rá- pidamente. Son, por fortuna, muy raras entre nosotros. La diarrea se produce algunas veces al declinar la enfer- medad, como fenómeno crítico. Entonces las evacuaciones son abundantes, amarillentas ó verdosas, y de mal olor. El Sr. Egea, en su Memoria, dá una proporción de un 20 por 100 de casos de diarrea durante el primer septenario. D.—Órganos urinarios.—Al principio de la enferme- dad hay retención de orina, y cuando el enfermo consigue orinar es en pequeña cantidad. La orina es caliente, de un color rojo subido, otras veces de un amarillo rojizo; está muy concentrada, cargada de uratos y sales, y presenta una reac- ción ácida. Durante el segundo septenario, la excreción de la orina se hace de una manera más regular, la orina disminuye en densidad, su color es más claro y su reacción ácida también. Cuando la enfermedad se termina por crisis, la orina es abundante y límpida. En los casos en que la enfermedad debe terminarse por la muerte, la orina llega á suprimirse completamente. Esto es debido, ó á una parálisis de la vejiga, ó á un estado ino- péctico de la sangre; en el primer caso, el receptáculo uri- nario forma en el hipogastrio un tumor globuloso, duro, re- nitente, que puede llegar basta el ombligo y aun arriba de él, basta el grado que en las mujeres puede bacer creer en un embarazo de seis meses (Egea). El enfermo orina enton- ces por regurgitación, de manera que los lienzos de su cama están húmedos por la orina; esta exhala un fuerte olor amo* niacal y, por consiguiente, presenta una reacción alcalina y su color es de un rojo subido. Por su permanencia en la ve- jiga produce un catarro de la mucosa. 47 En el segundo caso, la orina falta completamente y la vejiga está vacía; cuando los enfermos arrojan una pequeña cantidad de orina, esta contiene albúmina. -ET.—Órganos de los sentidos.—Uno de los síntomas que llaman más la atención al principio de la enfermedad, es la inyección de las conjuntivas. Esta inyección comienza con los primeros síntomas; persiste durante toda la enfer- medad, aumentaudo progresivamente. Las conjuntivas pre- sentan un color tan vivo, que se les ha comparado al color del ladrillo. Cuando se minoran los síntomas, la inyección, que durante el estado agudo habia llegado hasta producir la fotofobia, va disminuyendo poco á poco; pero en los casos funestos aumenta en intensidad y llega, algunas veces, hasta formarse una verdadera equimosis subconjuntival. Durante el primero y segundo septenarios, cuando la marcha del tifo es normal, la pupila queda perfectamente móvil á la luz; pero cuando alguna lesión cerebral viene á complicar el tabardillo, entonces el estado de las pupilas nos indica claramente el cerebral. Al principio hay contracción de la pupila y fotofobia, y en seguida dilatación de la aber- tura pupilar. En los casos funestos, esta, como todos los es- fínteres, se dilata casi hasta su desaparición. Este fenómeno, como se comprende fácilmente, tiene una gran importancia para el diagnóstico y el pronóstico, pues siendo las lesiones cerebrales las complicaciones más temi- bles del tifo, se comprende la necesidad de atacarlas á su tiempo. Hemos dicho á su tiempo que entre los primeros síntomas se presentaba el zumbido de oidos y la sordera: el primero se encuentra generalmente al principio de la enfermedad y dá lugar, al fin del primer septenario, á la sordera, siendo esta algunas veces tan intensa, que se ve obligado el médico á gritar para hacerse oir del enfermo. La sordera dura por lo general hasta el fin del segundo septenario, pero algunas 48 veces persiste aun durante la convalecencia, y es excesiva- mente desagradable á los enfermos. Los demas órganos de los sentidos no sufren alteraciones especiales en la pirexia de que me ocupo; solo haré notar que en los casos mortales se deposita en el vello de las fosas na- sales una materia pulverulenta, que unido á los demas sín- tomas, es de un pronóstico gravísimo. Formas anómalas.—No siempre se presenta el tifo con el cuadro de síntomas que he descrito. Algunas ocasiones se presenta con una forma ligera (tiphus levissimus, Jaccoud), de manera que es con respecto al tifo, lo que la febrícula ti- foidea con respecto á la dotienentéria. En la primavera del año pasado y cuando los casos de tifo eran sumamente fre- cuentes en la ciudad y en el hospital, tuve ocasión de obser- var tres enfermos, en los que todo hacia creer que se trataba del tifo: el insomnio, el delirio, la cefalalgia, por parte del sistema nervioso; la sed, la anorexia, la constipación, el es- tado de la lengua (cubierta de una capa blanquecina en la base y parte media y roja en los bordes), por parte del apa- rato digestivo; el zumbido de oidos, la sordera, la rubicun- dez de las conjuntivas, las epistáxis, temperatura elevada, etc., todo, repito, me habria hecho formular el diagnóstico tifo, si no hubiera esperado la aparición de las manchas para edificarlo con más seguridad. Ahora bien; al quinto día apa- recieron tres ó cuatro manchas en la parte anterior del pecho y del abdomen, y con ellas vino la defervescencia brusca hasta la desaparición completa de la fiebre, y la mejoría. Algunas veces también el miasma tífico no engendra más que alteraciones pasajeras que merecen apenas el nombre de enfermedad (tifisacion á pequeña dosis, de Jacquot).1 Jaccoucl cita además las formas abortiva (tiphus aborti- 1 Laveran et Teissier.—Nouveaux Eléments de Pathologie et Ciinique Medicales.— 1883.—-Tom. I, pág, 68. 49 vus) y ambulatoria (t. ambulatorius), cuyos nombres las describen bien.1 Hemos visto al ocuparnos de la diarrea que durante el se- gundo septenario venian repentinamente á veces, evacuacio- nes de sangre y el enfermo moría en el colapsus. ¿Es debido esto á una grave complicación ó bien es una forma excesiva- mente grave del tifo, la forma hemorrágiea (Matlazahuatl?) ¿Es el reblandecimiento de la mucosa gastro-intestinal que se encuentra siempre en estos casos según algunos autores? pero esta alteración de la mucosa es una complicación rara de la enfermedad, puesto que durante mi práctica solo la he observado dos veces en más de trescientos enfermos. Toca á nuestras notabilidades médicas dilucidar esta interesante cuestión. Accidentes, complicaciones y consecuencias, Las complicaciones y accidentes del tabardillo pueden reconocer por lugar de origen todos los órganos de la eco- nomía; ser ya una exageración de los síntomas normales ó epifenómenos que vienen á complicar la marcha de la enfer- medad. Ya hemos indicado algunos y para evitar repeticio- nes no harémos más que mencionarlos. Complicaciones pok paute del sistema nervioso.— La cefalalgia puede ser tan intensa, tan atroz si se me per- mite la expresión, que reclama inmediatamente un recurso terapéutico. Si este no es inmediato, creo que el dolor de ca- beza puede por sí mismo producir la muerte, ora por su in- tensidad, ora porque los enfermos en un rapto de desespera- ción intenten suicidarse. En la sala número 4 del Hospital 1 Jaccoud, op. cit. 50 Juárez, una mujer presentó desde el principio de su enfer- medad una cefalalgia exagerada que persistió durante toda la enfermedad; cuando entraba en la convalecencia se exa- geró el dolor de tal modo, que fuó necesario recurrir á los re- vulsivos más enérgicos; sin embargo la enferma murió y á la autopsia no se encontró, macroscópicamente, nada que justifi- cara la muerte. En los enfermos que antes de tener el tabardillo padecían alguna neurosis, esta se agrava con aquella y marchan á la par; dando por su unión mayor gravedad al pronóstico. (Ob- servación núm. 1.) Con la invasión del tifo, dice el Dr. Segura, se detiene ó desaparece alguna enfermedad preexistente para reaparecer y seguir su marcha luego que aquel se ha curado. En los enfermos de tifo que tienen antecedentes de fami- lia de enajenación mental ó que son alcohólicos, no es difí- cil que si el delirio es muy intenso, sea una causa ocasional de la locura. Así me explico los tres casos de que hablé al ocuparme del delirio. Como consecuencia del tifo pueden quedar parálisis, neu- ralgias y en general todas las alteraciones nerviosas que re- conocen por origen la discrásia de la sangre. Complicaciones por parte del aparato respirato- rio.—Ya hemos insistido demasiado sobre que la neumonía y la pleuresía pueden venir á complicar el tabardillo, y he- mos visto también la gravedad que adquieren esas enferme- dades intercurrentes sobre todo en los viejos y en los alco- hólicos, por la tendencia que tienen en ellos á la adinamia. (Véase la observación núm. 2.) Las epistáxis son tan abundantes algunas veces que cons- tituyen por sí mismas un peligro. Generalmente ceden al ta- ponamiento de las fosas nasales ó á los medios hemostáticos conocidos. Aunque las hemoptisis no son frecuentes, no es raro en- 51 contrarias en los individuos pictóricos, cuyo pulmón está in- fartado. No lie visto nunca que el tifo apresurase el desarrollo de los tubérculos, ni hiciese más grave la tuberculósis cuando existia, como se atribuye á otras pirexias. Complicaciones por»parte del aparato circulato- rio.—La pericarditis y la endocarditis, aunque de una ma- nera excepcional entre nosotros, pueden presentarse. Como consecuencia del tifo ¿pueden producirse las endocarditis de forma ulcerosa, que Bouillaud llama de los malos estados generales, y que en Europa son tan frecuentes como conse- cuencia de la fiebre tifoidea? Sin duda, y tal es la opinión del sabio maestro Dr. Calan; se explican muy bien estas le- siones del centro circulatorio por la discrásia de la sangre. Unas de las consecuencias más terribles de la pirexia, son las trombosis y las embolias. Como consecuencia del estado inopéctico de la sangre, esta se coagula en un punto del sis- tema circulatorio y puede producir dos clases de accidentes: la muerte, si el coágulo ocupa una arteria importante, la ar- teria pulmonar ó alguna de sus ramas, ó bien la mortifica- ción del territorio nutrido por el vaso. Se comprende que los síntomas harán diagnosticar el lugar de la embolia: si exis- ten síntomas de anemia cerebral, de parálisis, etc., se puede sospechar cuando menos que alguna embolia se ha detenido y ha obstruido alguna de las arterias del cerebro; si hay dispnéa, cianosis, etc., se puede suponer que se ha detenido en alguna de las pulmonares, etc. Recuerdo un caso que, por su trágico y rápido desenlace, me llamó mucho la atención. Al pasar la visita matutina de costumbre, en el departamento de hombres, se quejaba un enfermo de un dolor ligero en el lado izquierdo del tórax y de dispnéa, ligera también. Le ausculté cuidadosamente y so- lo noté algunos estertores mucosos. El médico del Servicio, Dr. Egea, le prescribió una friega narcótica y un vegigato- 52 rio si no cesaban los dolores; no liabia reacción febril. Al dia siguiente supe con sorpresa que el enfermo había muerto á las dos de la mañana; que desde el dia anterior y después de la visita, le habían aumentado el dolor y la dispnéa y que se había cianosado. A la autopsia que se verificó veintiocho horas después de la muerte se encontró: el cerebro, la mé- dula y las meninges, normales, lo mismo que los órganos digestivos. En la cavidad torácica: habia en el lado izquier- do un foco de pleuresía franca, pero tan limitado que medi- ría apenas 0m08 en su mayor extensión; en el corazón se encontraba el ventrículo izquierdo vacío y el derecho lleno de una sangre de color oscuro y coagulada en parte. En una de las ramificaciones de mediano calibre de la arteria pulmonar y en el lado izquierdo, habia un coágulo, una em- bolia que media como 0m03 de extensión y se prolongaba en otra ramificación de menor calibre. Habia naturalmente un infarto pulmonar atras y á los lados del obstáculo y una anemia de la parte del pulmón situada adelante. Si me he detenido en describir este caso lo más minuciosamente que me ha sido posible, es porque me parece sumamente instruc- tivo. Cuando la embolia se forma en una arteria que no inte- resa directamente ningún órgano esencial á la vida, enton- ces se producen esas gangrenas que son tan terribles. Estas gangrenas pueden ocupar todas las partes del cuerpo, pero se observan mas á menudo en las extremidades y en el sacro. La mortificación puede limitarse á los dedos ó á los ortejos, ó extenderse á todo un miembro, según que la embolia está más ó menos lejana de la extremidad libre del miembro. La for- ma de esta gangrena es la seca y afecta algunas veces los dos miembros de manera que se parecería á la gangrena si- métrica de las extremidades. Hay un hecho digno de tener- se en consideración bajo el punto de vista de la intervención quirúrgica: sucede con frecuencia que al parecer se ha limi- 53 tado ya la mortificación, la aureola inflamatoria se ha for- mado ya, y sin embargo, fijándose bien, se nota arriba del límite de la mortificación una ó varias manchitas de un co- lor amarillo moreno, que simulan muy bien suciedad de la piel; estas manchas indican casi siempre que la gangrena no se ha limitado aún. Al nivel de las partes salientes, como el sacro, gran tro- cánter, codos y hombros, se producen también placas gangre- nosas que se eliminan dejando graves deformaciones. Solo una vez he tenido ocasión de observar la gangrena del lóbulo de la nariz y de las orejas. La enferma murió. En las mujeres es muy rara la gangrena de las extremi- dades ó de los miembros, pero es frecuente la de los órganos genitales externos. La mortificación comienza por los gran- des labios, y llega á convertir la vulva en una sola placa gangrenosa. Reasumiendo: siempre que un enfermo presente frialdad de las extremidades, dolores vagos, calambres, sensación de adormecimiento, etc., se debe temer la gangrena como con- secuencia del tifo. Este se presenta durante la convalecencia de la enfermedad. COMPLIC ACIONES POll PARTE DE LOS ÓRG ANOS DIGESTIVOS y de los órganos urtnarios.—Las fuliginosidades pueden extenderse á la faringe, ’y al caer dejar en su lugar ulcera- ciones que hacen muy ditícil la alimentación del enfermo, i í Como consecuencia del tifo, ha observado alguna vez el Dr. Segura la carie dentaria, producida probablemente por la inopéxia sanguínea. Los vómitos pueden ser bastante repetidos y tenaces pa- ra traer la inanición; pueden resultar ya de adinamia, ó ser debidos al reblandecimiento de la mucosa. Este reblandeci- miento puede ocupar una parte limitada del tubo digestivo ó extenderse á casi todo él. Cuando ocupa la proximidad de una arteria, puede ulcerarla y producir una enterorrágia rá- 54 pidamente mortal. Así pues, las evacuaciones sanguinolentas indican siempre una grave complicación por parte del tubo digestivo. Es raro que la diarrea sea tan intensa que constituya una complicación grave, excepto cuando se presenta en el estado adinámico de la enfermedad. Las complicaciones del aparato urinario son raras: ya hemos señalado el catarro vesical producido por la retención de orina, y los autores señalan la nefritis intersticial como consecutiva al tifo. Complicaciones por parte de la piel, del tejido celular y de los ganglios linfáticos.—La erisipela pue- de presentarse como accidente durante el curso del tabardi- llo. Se presenta más comunmente en la cara, pues solo dos veces la be visto generalizada. Su aparición no aumenta la gravedad del pronóstico, pues solo en un caso en que vino á complicar la enfermedad primitiva murió el enfermo, y eso, su estado era ya bastante grave antes de la aparición de la dermo-linfítis. Como consecuencia del tabardillo se presenta muy á me- nudo la inflamación del tejido celular de la región parotidea. Estos flegmones son bastante extensos y pueden ocupar al- gunas veces liasta la región supra-hioidea. Generalmente se terminan por resolución, pues en' los numerosos casos en que los be visto, nunca han supurado. íío sucede lo mismo con las adenitis que, como consecuen- cia del tabardillo, se presentan en la ingle y en la axila, pues estas se terminan casi siempre por supuración. En el tejido celular subcutáneo del muslo se producen fleg- mones circunscritos que dan nacimiento á abscesos. Cuan- do se abre alguno de estos da salida á una cantidad enorme de pus bien ligado, de color verdoso, flegmonoso, en una pa- labra. Desde tiempo inmemorial se ha señalado la caída del 55 cabello como consecuencia del tifo. Algunas veces se rege- nera el cabello y otras no, sino que queda una calvicie per- manente. Complicaciones pok paute de los ódganos de los sentidos.—Entre las complicaciones gravísimas que me ha sido dado ver durante el tifo, debe mencionarse la esfacéle de la córnea. Durante la mayor gravedad de la fiebre, cuan- do los fenómenos ataxo-adinámicos son bastante marcados, la córnea se rodea de un círculo opaco como si se tratara de su arco senil. Por allí sin duda comenzó el reblandecimien- to que en seguida se extendió al centro. Los dos enfermos en quienes se presentó esta terrible complicación, murieron, y á la auptosía se encontró la córnea enteramente reblan- decida. Durante la convalecencia se quejan los enfermos de otal- gias, y cuando cesa el dolor ó por lo menos que se hace poco intenso, se observa la inflamación que puede no ocupar más que la oreja externa; pero las más veces ocupa la oreja me- dia y produce allí graves desórdenes. La sordera permanen- te que queda algunas'ocasiones como consecuencia del tifo, no reconoce otro origen. En los niños pueden presentarse las convulsiones desde el principio de la enfermedad, y sustituir en ellos el calosfrío y los primeros síntomas. Este fenómeno constituye en ellos un accidente serio que es necesario combatir. 56 Duración y terminaciones, El tifo, como ya lo liemos visto, es una enfermedad de ciclo definido. Presenta una duración de dos septenarios, lo que lia hecho llamar al tabardillo fiebre de catorce dias; sin embargo, su duración puede prolongarse durante veinte, veinticinco y treinta dias; generalmente, el período de esta- do de la fiebre es el que se prolonga, constituyendo lo que Jaceoud llama estado anfíbolo. Debe llamar mucho la aten- ción este estado, pues indica casi siempre alguna compli- cación incipiente. En 44 casos de las 50 observaciones que recogí, encuen- tro los datos siguientes: Las observaciones se han suspendido: En 1 enfermo, á los 9 dias de enfermedad. 11 1 11 11 ,, ,, 11 1 11 11 12 „ „ 9 1 Q 11 * 11 11 ro 11 11 11 3 11 11 -1*1 11 5) 11 11 11 10 yy yy 11 17 11 J-X 11 11 11 11 11 n 0 ,, ,, 18 ,, ,, 3 19 11 u 11 11 J-*7 11 11 2 20 11 11 11 -J'j 11 11 9 91 11 11 11 11 11 1 22 ii x ii ii ->u ii n 1 23 ii x ii ii ii ii 2 24 ii ii ii ii ii „ 4 „ no se pudo averiguar la duracionde su enfermedad por su grave estado. Total 44 enfermos. 57 La enfermedad puede terminarse por la muerte ó por el alivio completo. La muerte puede resultar: Primero.—De la intensidad exagerada de la calentura. Dice el Dr. Egea en su Tesis sobre el tifo, que una tempe- ratura de 400 8/io liace temer una terminación funesta. Me parece enteramente cierta la anterior proposición, pero á condición que esta temperatura se sostenga por varios dias, porque en el período de ascenso de la calentura y aun en el período de estado, suelen observarse temperaturas de 40° 8/xo, de 41°, de 41° 5 y aun de 42°, sin que el desenlace de la en- fermedad sea fatal. Segundo.—De la exageración de los síntomas ataxo-adi- námicos (fuliginosidades, postración, carfología, etc.) Tercero.—De alguna enfermedad que venga á complicar el tifo (neumonía, pericarditis, meningo-encefalitis, etc.) Cuarto.—De las hemorragias gastro-intestinales; de la coagulación de la sangre en una arteria importante (embo- lia de las arterias pulmonares, cerebrales, etc.), y de la sus- pensión ó paresia cardiaca por degeneración de las fibras musculares del corazón; y Quinto.—Por el agotamiento píoducido por largas supu- raciones ó diarreas (bubones, abscesos múltiples, otitis de la oreja media, etc.) La muerte se produce generalmente en el curso ó al fin del segundo septenario, excepto cuando la determina algu- na complicación, pues entonces se presenta durante la con- valecencia del tifo. En los casos en que la muerte ha sido el resultado final, encuentro que, una vez so ha producido á los trece dias, dos á los diez y seis, una á los diez y siete, una á los veinticua- tro dias de enfermedad, y en una no se pudo determinar con exactitud el dia por el estado de gravedad del paciente, de quien no se pudieron obtener datos de ninguna clase. Cuando la terminación debe ser feliz los síntomas van dis- 58 minuyendo de intensidad, la temperatura vuelve á la normal y el enfermo comienza á recobrar sus fuerzas. Con el des- censo de la temperatura, viene el apetito y el sueño, las ori- nas son abundantes, límpidas, y el enfermo, aunque queda debilitado, no es al mismo grado que en la fiebre tifoidea. La convalecencia en el tabardillo, se presenta de una manera franca. Cuando queda al enfermo alguna complicación, alguna consecuencia, algún reliquat, digámoslo así, como la gan- grena, los abscesos, etc., estos siguen su marcha habitual has- ta terminarse, sea por el agotamiento, sea por la curación. En algunas circunstancias es necesaria la intervención quirúrgica, y el enfermo sana á costa de uno de sus miem- bros, cuando la operación es feliz. ÍTunca me ha sido dado observar las recaídas en el tifo. Los enfermos que sanan, permanecen aún en el hospital, du- rante quince ó veinte dias y son cuidados escrupulosamente en su régimen. Quizá provenga de allí que no haya obser- vado nunca ningún caso; pero hasta ahora tampoco he oido referir ninguno á mis maestros, ni visto ninguno en los po- cos enfermos cuya convalecencia he observado en la calle. De lo que deduzco que en el tifo mexicano no se presentan las recaídas, que por lo demas, son frecuentes en la fiebre tifoidea. En Europa se describe una forma de tifo que se llama tifo de recaída, relampsing fever, y que está caracterizado por una remisión de algunos dias, de todos los síntomas, y en se- guida por una recrudescencia de ellos. Tal variedad, hasta ahora, no se conoce entre nosotros. Cuando en la declinación ó en la convalecencia del tifo se ve elevarse bruscamente la temperatura, se debe temer siem- pre alguna complicación. Es muy frecuente que inmediatamente después del tifo se presenten accesos de intermitentes francos, y que ceden 59 muy bien ai sulfato de quinina. Se puede presentar también la forma remitente del impaludismo. Diagnóstico. Aunque el tabardillo no tiene síntoma patognomónieo alguno, hay no obstante un conjunto de ellos que hacen co- nocerlo desde luego, casi con seguridad. La inyección de las conjuntivas, las fuliginosidades, el aspecto de la boca y de la lengua, el estupor, el decúbito, y al descubrir el vientre la erupción, son síntomas que harán confundir difícilmente el tifo con alguna otra enfermedad. Sin embargo, durante el período de invasión y autes que aparezcan las manchas, puede confundirse con una multitud de enfermedades, con todas las que traen á su consecuencia una elevación de la temperatura. Tales son: La fiebre intermitente.—Algunas veces la calentura del tifo reviste la forma intermitente ó remitente, pero nun- ca son los accesos tan francos como en la primera, y por otra parte, los datos anamnóstieos y el crecimiento del bazo nos darán signos distintivos. Con respecto á las otras fiebres, basta observar al enfer- mo durante los primeros cinco ó seis dias para que todas las dudas desaparezcan. La neumonía y la pleuresía se acompañan de uu calos- frío inicial, y aparecen bajo la influencia de un enfriamiento como el tifo; pero la dispnéa, el dolor de costado, la tos, y sobre todo, los signos físicos, distinguirán entre sí estas en- fermedades. Lo mismo podemos decir de la bronquitis. Cuando el tifo se acompaña de afecciones catarrales du- 60 rante el período de invasión, puede confundirse con la cori- za, la fiebre catarral y la gripa. Respecto de la primera, rara vez presenta en sus síntomas la intensidad que el tifo; en la segunda, cuando el catarro es generalizado, se presenta la diarrea, al contrario del tifo, en que por lo común hay cons- tipación, y además, los signos estetoscópicos del pulmón de- cidirán la cuestión; respecto de la tercera, podia decirse lo mismo; pero cuando en la gripa hay erupción, podian con- fundirse, tanto más, cuanto que reina con el tifo epidémica- mente; se distinguirán por los caracteres de la erupción y se esperará; en caso de gripa, la mejoría será pronta, y en caso de tabardillo, este seguirá su marcha habitual. Cuando la erupción aparece, se puede confundir el tifo con el sarampión, sobre todo en los niños. Lo que hará dis- tinguir estas dos pirexias, es que en el tifo la erupción no ocupa la cara, como sucede en el sarampión, y además, la erupción morbillosa se hace en placas algunas veces exten- sas, deformas irregulares, con intervalos de piel sana, al con- trario del tifo, en que las man chitas generalmente son ais- ladas. Cuando el tifo llega al período de estado, cuando se pre- sentan los fenómenos ataxo-adinámicos, se confunde la en- fermedad con el grupo que los autores designan con el nom- bre de enfermedades tifoideas, y particularmente con la que le da el nombre á toda esa clase, con la fiebre tifoidea. No liaré otra cosa que copiar aquí fielmente las diferencias que señala el Dr. Miguel F. Jiménez en su trabajo sobre la iden- tidad de las fiebres.1 Dice así: 1 Miguel F. Jiménez. — Sobre la identidad de las fiebres. — México. —1865. 61 La fiebre tifoidea. 1? Tiene por carácter ana- tómico casi constante el enan- tema intestinal que todos sa- ben, con su adenitis mesen- térica correspondiente: lleva- dos, con particularidad aque- lla, á un grado extremo hasta perforar el intestino. Las al- teraciones de los otros órga- nos son muy secundarias. 2? Es muy frecuente en las personas recien llegadas á las ciudades populosas. 3? Se anuncia muchas ve- ces con signos precursores, por varios dias. 4? Tiene por muy principal y primero entre sus síntomas característicos, la diarrea, y además, el meteorismo y los zurridos intestinales; el exan- tema cutáneo es discreto y las ronchas tifoideas más fre- cuentes que las petequias. El tabardillo. 1? Deja en el cadáver el mismo enantema, pero menos constante, menos extenso, y sobre todo mucho menos gra- ve; deja la sangre muy líqui- da; congestiones hasta he- morrágicas en el encéfalo, pulmones, bazo é intestinos; reblandecimiento de esos y otros órganos, como el cora- zón, y cierta consistencia co- mo glutinosa del líquido que lubrifica las serosas. 2? ÍTo está bajo la influen- cia de la aclimatación. 3? Casi siempre estalla sú- bitamente. 4? Ofrece la constipación como síntoma casi insepara- ble; los síntomas cerebrales son los dominantes, y la erup- ción de la piel es de ordina- rio muy confluente, y si en los primeros dias esta consis- te en manchas rosadas, ellas mismas se convierten en pe- tequias, ó desde el principio lo son, á veces muy anchas y oscuras. 62 5? Causa frecuentemente la muerte por el vientre. 6? Tiene una duración muy vária, y suele prolongarse hasta por 30, 40 y 60 dias. 7? Son muy graves y de da- ta muy reciente, los casos de gangrena seca de las extre- midades, consecutiva al mal. 8? Su tratamiento es en lo general sintomático. 5? La da casi siempre por el cerebro. 6? Afecta en su marcha y duración cierta regularidad fatal; termina de ordinario en dos semanas, pocas veces en tres y menos aún en más. 7? Son en cierto modo fre- cuentes y conocidas de tiem- po afras, tanto la gangrena espontánea como la flebitis de las piernas. 8? La base de su tratamien- to es el evacuante. En lo único que difiere nuestra humilde opinión de la del sabio mencionado, es en la existencia de signos precursores, pues ya hemos probado más arriba que sí existen y muy bien marcados. Se puede confundir el tifo, bien que menos á menudo que la fiebre tifoidea, con la tuberculósis miliar aguda y con la meningitis cerebro-espinal epidémica. Con la primera se distinguirá fácilmente, pues el delirio, la postración y los síntomas cerebrales, son menos marcados que en el tifo; ade- más, la marcha de la temperatura es más irregular que en el tifo. En caso de duda, los fenómenos físicos del pecho (macicez y expiración prolongada en las vértices, etc.), la disiparían completamente. Con la meningitis cerebro-espi- nal tiene diferencias muy marcadas. El opistótonos, las con- tracturas y los dolores á lo largo de la columna vertebral, nos harán distinguir ambas enfermedades. En caso de epi- demia, se guiará el práctico por los datos anteriores. Con la endocarditis ulcerosa, que por otra parte com- plica el tifo algunas veces, puede confundirse; los síntomas 63 más notables (eretismo cardíaco, irregularidad en el ritmo de las contracciones, ruidos de soplo, asistolia, etc-), están del lado del corazón. En el tabardillo dominan los síntomas cerebrales. Pronóstico. El tifo es una de las enfermedades más terribles que aso- lan á nuestra República y particularmente á nuestra capital. Es una enfermedad muy grave, tanto por sí misma cuanto por sus consecuencias desastrosas; ya porque puede traer por sí misma la muerte, ya porque deja á su consecuencia seña- les indelebles de su paso. Pero no en todas condiciones tiene la misma gravedad, sino que esta depende de las diversas circunstancias en que se halla colocado el enfermo. Son signos de buen pronóstico: La poca edad de los enfermos, menos cuando se presenta alguna complicación (meningitis); La poca elevación de la temperatura, cuando, por ejem- plo, no llega á 40° 5 ó 41°; La armonía, el paralelismo, entre el pulso y la tempera- tura y la humedad de la piel; El delirio moderado y la sucesión regular de los síntomas; La contracción regular de la pupila á la luz, las pocas fuliginosidades y la erupción de manchas rosadas, bien des- arrollada. Por el contrario, son signos de pronóstico fatal: La edad más ó menos avanzada de los individuos, desde la edad adulta hasta la vejez; La elevación exagerada de la calentura; así pues, una 64 temperatura de 40 ° 5, 41 °, 41 ° 5 ó 42 °, sostenida por algunos dias, es de pronóstico grave; La inyección muy viva, casi equimótica, de lá conjuntiva y la pereza pupilar; El delirio muy intenso, las fuliginosidades, el estado adi- námico, el coma, las convulsiones, la carfología, etc.; La sequedad de la piel y el sudor frió y pegajoso sobre algunas partes del cuerpo solamente (cara); La falta de armonía entre el pulso y la temperatura; La confluencia de las petequias, las epistáxis abundan- tes (?) y el estado de embarazo en las mujeres; La incontinencia de orina y materias fecales; Y por último, la aparición de alguna complicación (neu- monía, pericarditis, enterorragias, embolias, etc.) El médico, siu embargo, debe ser muy cauto para formu- lar su pronóstico, pues muchas veces, al entrar el enfermo en convalecencia, sobreviene la muerte de una manera in- esperada, bien por un síncope, bien por una embolia que va repentinamente á obstruir un vaso indispensable á la vida. Anatomía patológica, Aspecto exteeioe del cadávee.—La rigidez cadavé- rica no es muy exagerada; la putrefacción como en todas las enfermedades infecciosas, comienza más temprano que en los cadáveres de individuos que han muerto de otra enfer- medad. Las petequias y las manchas tíficas persisten de la misma manera que las fuliginosidades y la inyección conjuntival. Abierta la cavidad craneana se nota lo que sigue: Meninges.—Se encuentran inyectadas notándose per» 65 fectamente los vasos en forma (le arborizaciones. Casi siem- pre se hallan engrosadas y adherentes en algunas partes al cerebro. Se encuentran, casi siempre, cubiertas de placas le- chosas, algunas de ellas muy adherentes. Estas placas no han faltado nunca en los casos de autopsia que he practica- do. El derrame subaracnoidéo se ha presentado algunas ve- ces más abundante hácia la base del cerebro y variando des- de el seroso hasta el serofibrinoso. Cerebro.—Exteriormente presenta también placas le- chosas en su superficie. Su consistencia es algunas veces la normal, pero otras se halla reblandecido, variando desde una consistencia más suave de la masa encefálica, hasta estar convertida esta, en una verdadera papilla. Haciendo cortes en diversos sentidos se nota un puntilleo rojo, lo que se ha llamado arenillas. Creo que esto sea el in- dicio de una congestión de la masa cerebral y no el signo de una encefalitis. Los ventrículos se hallan enteramente lle- nos de líquido, siempre en los casos en que ha habido algu- na complicación inflamatoria del órgano. En el canal medular hay muy poca cosa de notable si no es una inyección de las meninges espinales que tal vez seria debida á la congestión hipostática. En la cavidad torácica se hallan las lesiones siguientes: Corazón.—El pericardio presenta una inyección en ar- borizaciones. Según el Sr. Egea, en un caso de sus obser- vaciones, “ era tan patente la pericarditis y las adherencias entre el pericardio y el corazón, eran tales, que fué imposi- ble separar por medio de la disección esta serosa.” El corazón tiene algunas veces una coloración más en- cendida, casi morena; otras tiene una coloración amarilla de hoja seca; está fláxido y su tejido más frágil; el ventrículo izquierdo está vacío y el derecho lleno de una sangre negra y coagulada en parte, difluente. Generalmente existe un der- rame en la cavidad del pericardio. En el endocardio se nota 66 la misma inyección que en el pericardio, particularmente al nivel de las válvulas. En la aorta, arteria pulmonar y gruesos vasos, hay algu- nos coágulos. Pulmones.—En la pleura visceral, más especialmente, se encuentra la misma inyección arborescente que hemos visto ya en las otras serosas, y además en uno ó dos casos lie en- contrado adherencias entre las dos hojas de la pleura y el pulmón, y focos de pleuresía purulenta muy limitados. Los pulmones se hallan congestionados por regla gene- ral, más hácia atras y en la base que en los vértices. Se pue- den encontrar también todas las lesiones desde el infarto pulmonar hasta la apoplegía. En caso de complicaciones in- flamatorias de estos órganos se hallan todas las fases de la inflamación, desde la simple congestión hasta la fusión pu- rulenta del exudado. Los bronquios están llenos del exudado propio de la bron- quitis. En la cavidad abdominal se halla lo que sigue: Estómago.—La mucosa del estómago se encuentra in- yectada. En un grado más avanzado de la lesión se nota reblandecida y engrosada, y se desprende en colgajos con la pinza de disección. A un grado más avanzado aún, se ven placas como equimóticas de un color lívido moreno. Estas lesiones pueden llegar hasta formar verdaderas placas gan- grenosas que se caen y dejan á desnudo el tejido submuco- so, formando ulceraciones. Cuando se notan estos desórdenes, el peritoneo ofrece fo- cos limitados de peritonitis. Intestinos.—En el intestino delgado se encuentran las mismas alteraciones que en el estómago. Además, cuando la muerte ha sido debida á la ruptura de una arteria de im- portancia, se encuentra el cabo ulcerado de esta arteria y en la cavidad intestinal algunos coágulos sanguíneos. En el in* 67 festino grueso no se nota nada anormal. Él Sr. Egea asegura haber encontrado cuatro veces abultadas las placas de Peyer y una vez ulceradas. En varias autopsias que he practicado, solo dos veces me pareció que estaban abultadas y ligeramen- te endurecidas. Hígado.—En algunos casos lo he encontrado aumenta- do de volumen, de consistencia blanda, de manera que se desgarraba fácilmente con los dedos. Otras veces con un as- pecto como marmóreo de manera que los lobulillos hepáti- cos se distinguían como puntos blanquecinos. Lo he encon- trado á veces con el color de cera amarilla (degeneración grasosa) en individuos que probablemente abusaban del pulque durante su vida. Bazo.—Lo he encontrado también aumentado de volíí- men en todas las autopsias que he hecho. Su tejido, como el del hígado es frágil y alguna ocasión lo he encontrado tan reblandecido, que se podia reducir á papilla entre los dedos. No siempre presenta su parenquima el color rojo vinoso, pues algunas veces lo he encontrado de color apizarrado y otras marmóreo como el hígado. Los riñones, el páncreas, etc., los he encontrado al pare- cer normales. La vejiga presenta en los casos de retención prolongada de orina, las lesiones anatómicas del catarro vesical. Los músculos presentan una coloración roja-bermeja (Dr. Egea). Sangre.—La sangre es fluida, negruzca y pegajosa, di- fícilmente coagulable, por lo menos durante la vida (excep- to en los casos de trombosis, etc.), porque en el cadáver se encuentran algunos coágulos. 68 Profilaxia y tratamiento, Mejorar las condiciones higiénicas de los lugares en que reina endémicamente el tifo, procurar por cuantos medios sean posibles el mejoramiento de las clases traba,]adoras, es- tablecer y multiplicar los baños y lavaderos públicos, tales serian los principales medios profilácticos para evitar la pro- pagación del tifo. Estas consideraciones se aplican especialmente á la ca- pital de la República. Vigilar constantemente por la higiene de la ciudad en general y en particular de ciertas casas lla- madas de vecindad, que no son otra cosa que cloacas inmun- das; establecer un buen sistema eferente arreglado en todo á las últimas conquistas de la ciencia; establecer, como antes he dicho, baños y lavaderos públicos para la clase pobre, de- bían ser las tendencias de los gobernantes. En tiempo de epidemia deben tomarse precauciones es- peciales. Los enfermos deben ser aislados lo más que sea po- sible; se les colocará en piezas bien ventiladas y frescas; los vestidos, las sábanas, y en general todo aquello de que los en- fermos hacen uso debe ser desinfectado, siendo lavado con una solución de cloruro de cal ó (muy diluida) de bicloruro de mercurio. El mismo líquido se usará para desinfectar los vasos que sirvan para las deyecciones. Además será muy útil desinfectar las letrinas con sulfato de fierro ó de cobre. No debe escasearse el ácido fénico con el cual se regará dos ó tres veces al dia la pieza del enfermo. Estas precauciones aumentarán naturalmente á medida que aumente el núme- ro de aquellos; de esta manera se evitará, probablemente, la propagación y extensión de la pirexia. 69 Después de la muerte ó el alivio de los enfermos debe desinfectarse cuidadosamente la pieza donde hayan estado, antes de que sea habitada de nuevo. El tratamiento del tabardillo es una de las cuestiones que debe preocuparnos. En efecto, las opiniones están muy divididas respecto á él. Unos médicos opinan que el mejor tratamiento es el sintomático, mientras que otros creen que se puede atacar. Desde luego debemos fijar este punto importante y que domina por sí solo la historia del tratamiento de esta enfer- medad: el tifo es una enfermedad de cielo definido. De donde resulta que es imposible hacerlo abortar y que, por consi- guiente, su tratamiento más racional debe ser el sintomático- Surge desde luego una indicación importantísima y es sostener, por cuantos medios estén á nuestro alcance, las fuerzas del enfermo. A este fin están indicados los tónicos, la quina y el alcohol. Si el delirio es muy intenso, si los fenómenos atáxicos son muy marcados, se puede emplear el opio, la morfina en inyecciones subcutáneas; contra los espasmos se emplearán los bromuros y el de potasio en particular, la valeriana, etc. Para combatir el estado ataxo-adinámico se deben usar tónicos muy poderosos asociados al opio; pero este medica- mento debe usarse con mucha prudencia, pues muchas ve- ces exagera la adinamia. Contra esta, se han usado sucesi- vamente la coca, el café en infusión fuerte, la cafeina, el alcohol, etc. Se puede usar, cuando es muy exagerada, ya la tintura alcohólica de nuez vómica, á la dósis de 2 á 4 gra- mos en cucharadas, ya la estricnina ó alguna de sus sales, en inyección subcutánea, cuando se tenga que obrar pronta y enérgicamente.1 ¿Se puede emplear el cloral cuando el insomnio muy te- 1 He visto usar contra la adinainia las inyecciones subcutáneas de éter sulfúrico, con muy buen éxito. 70 naz agrava los demas síntomas! Oreo preferible la morfina con las restricciones anteriores, porque el doral podia traer, en este caso, alguna complicación gástrica. En el caso de que sea indispensable usarlo debe hacerse con mucha pru- dencia. Los baños generales fríos y repetidos con el objeto de ha- cer descender la temperatura, tienen según el Dr. Egea, el inconveniente de producir congestiones internas y venir á aumentarlas cuando ya existen. Pero no vacilarla en aconsejar con el Sr. Dr. Jiménez, los baños tibios generales cuando el delirio y la agitación son muy intensos. Las lavativas heladas pueden dar buenos resultados pa- ra combatir la hipertermia. Antiguamente se liacia un uso inmoderado de los pur- gantes y de las sangrías. Respecto á los primeros no encuen- tro justificado su empleo, pues para combatir la constipación basta con las lavativas purgantes, y sí me parecen nocivos cuando el reblandecimiento de la mucosa intestinal es muy marcado; con respecto á las segundas creo que está indica- do su empleo cuando la congestión de algún órgano es muy intensa como el cerebro por ejemplo. En este caso se apli- carán sanguijuelas detrás de las apófisis mastoidéas. Las complicaciones deben ser tratadas cuidadosamente. Contra la neumonía se emplearán en los individuos vigoro- sos los medios apropiados, y en los viejos y los individuos agotados, los tónicos. No deben usarse vejigatorios ni revulsivos de ningún gé- nero durante la enfermedad, por la tendencia que tienen á ulcerarse. Contra las complicaciones inflamatorias por parte del co- razón, se emplearán al principio las emisiones sanguíneas locales si el individuo es vigoroso, y si sobreviene la asisto- lia, la digital. 71 Cuando los signos de un derrame en el cerebro son muy marcados, he visto usar con éxito el ioduro de potasio á pe- queñas dosis. Igual medicamento da muy buenos resultados cuando la meningitis viene á complicar el tifo. Contra los vómitos tenaces se empleará la pocion de Ri- viére con clorhidrato de narceina, y cuando resulten de adi- namia la nuez vómica asociada al éter. Cuando durante la convalecencia no ceden á estos medios, está indicado poner vejigatorios en el epigastrio. La diarrea, cuando se presenta al fin de la enfermedad, será combatida por los medios apropiados. Algunas veces las fuliginosidades son tan abundantes que obstruyen completamente la garganta é impiden la ali- mentación del enfermo, y algunas veces hasta la entrada del aire á las vías respiratorias. En este caso el clorato de po- tasa obra muy bien; también se usa el jugo de limón. Cuando por desgracia se presente la enterorragia será combatida prontamente por los hemostáticos más activos. Contra la cefalalgia debe usarse la lmptisia tinctoria á la dosis de 4,6 ú 8 gramos, según los casos (Dr. Segura). Cuando la gangrena de las extremidades se inicie se de- be mantener el miembro con una buena temperatura, y si el miembro está muy frió, ó hay calambres, no se debe vacilar en aplicar friegas excitantes. Durante la convalecencia los enfermos, sobre todo los muy débiles, evitarán con cuidado todo movimiento brusco que puede traerles la muerte por síncope. El régimen dietético tiene una importancia suma. Du- rante el curso de la enfermedad se deben usar alimentos lí- quidos más bien que sólidos; pero que reparen bien las fuer- zas y dejen poco residuo. En el hospital Juárez se hace uso de leche en abundancia, consommé y jugo de carne. Duran- te la convalecencia se irá aumentando lenta y progresiva- mente la cantidad de los alimentos. 72 Desde el dia 24 de Junio de 1882 hasta el mes de Abril del siguiente año, se ensayó en las salas de tifo del hospital Juárez, un cocimiento vegetal llamado Específico contra el tifo, y presentado por el Sr. Antonio Müller, súbdito aleman. Es un líquido verde amarillento de sabor ligeramente amar- go. El modo de administración es el siguiente: el enfermo toma tres dosis al dia de á 250 gramos de líquido próxima- mente, cada una: la á las 911 A. M., la 2? á las 3h P. M., y la 3?- á las 611P. M. A esto se agregan lavativas de cocimien- to de malvas con aceite de olivo puro; y por alimentación, leche mediada con un cocimiento de cebada perla. Los resultados que produjo este medicamento sobre las funciones fueron los siguientes: 1? Sobre la calentura.—La temperatura desciende rápi- damente de manera que 40° ó más que presentaba la vís- pera de la aplicación de la medicina, bajaba al dia siguiente á la temperatura normal ó aún abajo de ella. Esto podía to- marse por ser la defervescencia natural de la enfermedad; pero se observó también en enfermos que tenían 6, 7 ú 8 dias de enfermedad solamente. 2? Sobre la circulación, produjo un abatimiento notable de la presión sauguínea y de la fuerza de la impulsión car- díaca. Los movimientos del corazón son lentos, débiles, pe- ro no han perdido su ritmo habitual. El pulso es lento, blan- do, depresible, algunas veces filiforme y con el dicrotismo ligeramente exagerado. El número de las pulsaciones en un minuto, es notablemente inferior al fisiológico. 3? La respiración sigue la misma marcha que el pulso, las respiraciones son lentas, profundas y débiles. Otras ve- ces son superficiales y frecuentes. 4? En el aparato digestivo se notó solamente una anorexia pertinaz que subsistía aun después de que el enfermo había entrado en la convalecencia, cosa que no se observaba en enfermos sometidos á otro tratamiento. 73 Alguna vez se produjeron vómitos que cesaron con la ad- ministración de la medicina. Tales fueron los resultados del mencionado específico. La mortalidad disminuyó un tanto, y en vista de los buenos resultados que daba la aplicación de la medicina, se estuvo administrando durante cierto tiempo ayudada de la medica- ción sintomática. Por ejemplo, cuando la debilidad era muy pronunciada, se administraban tónicos y alcohólicos, etc. Recogimos entonces el Dr. Egea y yo algunas observa- ciones que nos dieron una mortalidad media de doce por ciento próximamente, siendo así que el mismo Dr. Egea se- ñala en su Memoria una proporción de un veintiocho por ciento. Este medicamento tiene dos inconvenientes capitales: el primero es ser una medicina eminentemente empírica, y el se- gundo que es reprochable la mala alimentación que se da al enfermo. Actualmente hace uso en las salas de tifo del hospital Juárez el estudioso Dr. D. Ignacio Berrueco, encargado de aquel servicio, de dos medicamentos muy importantes y lla- mados sin duda á desempeñar un gran papel en la terapéu- tica del tifo: la Kairina y la Antipirrina. Ambas son glu- cosidas de la Quinoleina, alcaloide de la quina; el primero cristaliza en agujas prismáticas y es soluble en el alcohol y en el agua; el segundo cristalizable también en el agua, etc. La kairina se administra á la dosis de 3 á 4 gramos, hasta 6 gramos al dia en papeles ó cápsulas de á 50 centigramos cada una de hora en hora. La antipirrina se administra igualmente á la dosis de 3 á 4 gramos, bajo la misma forma que la anterior. Estas dó- sis se disminuyen á medida que la temperatura desciende basta la normal. Bajo la influencia de estos medicamentos, la temperatura desciende rápidamente y el enfermo se mejora de una ma- 74 iiera notable; la mortalidad del tifo disminuye por conse- cuencia. Siento mucho carecer de más datos sobre esta importan- te medicación; pero he carecido del tiempo necesario para seguir algunas observaciones, y por otra parte, confio en que el Sr. Berrueco dará á conocer el resultado de sus importan- tes observaciones. En el cuadro número 1 se verá el movimiento de enfer- mos de tifo habido en el Hospital J uarez durante el último decenio, y la mortalidad media anual. Una parte del men- cionado cuadro es copiada de la Memoria que sobre el tifo escribió el Sr. Dr. Egea. No publico más que dos observaciones, por carecer de los recursos necesarios para publicar las demas. Vicente Vallejo y Gómez. OBSERVACIONES Número 1. Merced San Vicente, de México, de 13 años de edad, sol- tera, lavandera, vive en la calle de la Acequia núm. 2 en un cuarto bajo y húmedo. Entró á este hospital el dia 21 de Ju- lio de 1882. Preguntada sobre las enfermedades anteriores que ha padecido, refirió la madre que padeció viruelas en su niñez, y que hace cosa de un año y como consecuencia de un susto que recibió, comenzó á sufrir ataques de epilepsia. Preguntada sobre la causa de su enfermedad, dijo: que el dia 13 comenzó á sentirse mal, empezando su enfermedad con un calosfrío muy intenso seguido de calentura, cefalal- gia, insomnio, anorexia, sed, algo de delirio y desvaneci- mientos al sentarse. Al exámen presentaba los síntomas si- guientes: á la inspección, decúbito muy notable, pues la enferma se hallaba de tal manera encogida, que sus rodillas casi tocaban al pecho, donde tenia cruzados los brazos; ha- bia además algo de contractura en los miembros. Las conjun- tivas estaban muy inyectadas, presentando una coloración color de ladrillo; la lengua estaba sucia en el centro y en la 76 base, y roja en la punta y en los bordes, era pastosa y pega- josa al tacto; habla algunas fuliginosidades en los labios y encías, y una erupción de manchas rosadas en la parte an- terior del tórax, abdómen y brazos; esta erupción era poco confluente. No habia fenómenos pulmonares ni cardíacos, ni zurrido en la fosa iliaca. Su estado era el adinámico muy marcado, su inteligencia estaba muy deprimida; tenia sed muy intensa, anorexia y constipación. La pupila estaba dila- tada y muy poco móvil á la luz. Tratamiento.—Infusión de café tostado, 90 gramos. Elíxir de coca, 45. Extracto de quina, 2. Extracto de ópio, 0.10. Jarabe de naranja, 20. Cucharadas, una cada hora. Co- cimiento de quina con vino por bebida. Lavativa purgante si no evacúa. Alimentación.—Leche, consommé y jugo de carne. Dia 22, 10? dia.— Temperatura.—En la mañana, 39 ° 4/10. En la tarde, 40°. No se tomaron el pulso ni la respiración. La enferma sigue mejor. Sin embargo, la adinamia, el estupor y la torpeza intelectual, continúau en el mismo es- tado de ayer. La enferma ha evacuado y orinado; los demas síntomas persisten. Tratamiento.—El mismo de ayer. Alimentación.—La misma. Dia 23, 11? dia.— Temperatura.—En la mañana, 39°. En la tarde, 40°. No se tomaron el pulso ni la respiración. La enferma sigue muy mejorada; el dolor de cabeza ha disminuido y el delirio no ha sido tan intenso la noche an- terior. La torpeza intelectual y la adinamia persisten. Ha evacuado y orinado. Tratamiento.—El mismo. Alimentación.—La misma. Dia 24, 12? dia.— Temperatura.—En la mañana, 38 ° 8/io. En la tarde, 39°. No se tomaron el pulso ni la respiración. La adinamia y la torpeza intelectual continúan, no obs- 77 tante que los demas síntomas disminuyen de intensidad. La enferma durmió bien, no deliró, comenzó á tener hambre y ha evacuado y orinado. Tratamiento.—El mismo. Alimentación.—La misma. Dia 25, 13? dia.—Temperatura.—En la mañana, 38°. En la tarde, 37°5/io. No se tomaron el pulso ni la respiración. Nada notable. Continúa la mejoría, pero el estado adi- námico es todavía muy marcado. TRxYTamiento.—Tres tomas de la medicina del Sr. Mül- ler. Tres lavativas de cocimiento de malvas con aceite de olivo. Cocimiento de cebada perla por bebida. Alimentación.—Cocimiento de cebada perla con leche. Dia 26, 14? dia.— Temperatura.—En la mañana, 37°. En la tarde, 37 o4/i0. No se tomaron el pulso ni la respiración. La enferma ha mejorado notablemente. Ha dormido muy bien, tiene hambre, ha evacuado y orinado con regularidad. El estado adinámico es menos marcado; no hay delirio. La inyección de las conjuntivas es menos intensa. Tratamiento.—Sus lavativas de cocimiento de malvas con aceite de olivo. Cocimiento de cebada perla por bebida. Alimentación.—La misma que ayer. Dia 27, 15? dia.— Temperatura.—En la mañana, 37°6/V En la tarde, 37 °2/io. No se tomaron el pulso ni la respiraciou. En la mañana de este dia ha continuado mejorando la enferma. Ha dormido anoche muy bien, tiene buen apetito, ha evacuado y orinado; no hay delirio. Tratamiento.—El mismo. Alimentación.—La misma. Dia 28, 16? dia.— Temperatura.—En la mañana, 37 °. En la tarde, 37°8/io. No se tomaron el pulso ni la respiración. Desde las doce del dia anterior han comenzado á dar re- petidas veces á esta enferma los ataques epilépticos. Se repiten á intervalos bastante aproximados, de media hora á 78 lo más, y esto aún durante la noclie. La adinamia, que iba desapareciendo ya, se presenta de nuevo, y el estupor, el delirio y algo de contractura permanente en los miembros, la acompañan. La enferma ha perdido el apetito, ha evacua- do y orinado. Las conjuntivas están rojas y la pupila lige- ramente dilatada. Hay algo de fotofóbia. Tratamiento.—Bromuro de potasio 3 gramos, en tres papeles, distribuidos en el dia. Alimentación.—Cocimiento de cebada perla con leche, consommé y jugo de carne. Dia 29, 17? dia.— Temperatura.—En la mañana, 37 ° 3/io. En la tarde, 37°5/io. No se tomaron el pulso ni la respiración. Se siguen repitiendo los accesos epilépticos con frecuen- cia; el estado adinámico da lugar al estado ataxo-adinámi- co. Hay subdelirio, anorexia, la lengua es sucia y pegajosa. La enferma ha evacuado y orinado. El estado de los ojos es el mismo de ayer. Tratamiento.—El mismo. Alimentación.—La misma. Dia 30, 18? dia.— Temperatura.—En la mañana, 37 ° 4/10. En la tarde, 38°. No se tomaron el pulso ni la respiración. La enferma continúa en el mismo estado. La ataxo-adi- namia persiste; tiene anorexia y una sed muy viva. El estado de los ojos es el mismo; ha evacuado y orinado. Tratamiento.—El mismo. Alimentación.—La misma. Dia 31, 19? dia.— Temperatura.—En la mañana, 37 °5/10. En la tarde, 37 °8/io. No se tomaron el pulso ni la respiración. Los accesos de epilepsia continúan, pero son un poco más raros. El estado ataxo-adinámico es muy marcado. La enfer- ma no tiene apetito. Ha evacuado y orinado. El pulso es filiforme y muy frecuente. Tratamiento.—El mismo que ayer, más cocimiento de quina con vino por bebida. 79 Alimentación.—La misma. Mes de Agosto: dia 1?, 20? dia.— Temperatura.—En la mañana, 37o2/10. En la tarde, 38°. Uso se tomaron el pulso ni la respiración. El mismo estado de ayer. La enferma no puede pasar las medicinas ni los alimentos; parece que hay contractura de los músculos de la faringe; hay además trismus y contrac- turas en los miembros. Las manos están dobladas sobre los antebrazos, estos sobre los brazos y los piés en la aducción. La excitación de la enferma es notable, y, preguntándole si le duele la cabeza, dice moviéndola que sí, quejándose al mismo tiempo, por lo que se cree que la cefalalgia es inten- sa. La enferma no ha evacuado ni orinado. Sus conjuntivas están muy inyectadas; sus pupilas muy estrechas. Tratamiento.—Infusión de hojas de naranjo, 120 gra- mos. Cognac óptimo, 30. Extracto de quina, 4. Almizcle y bromuro de alcanfor aña, 0.30 centigramos. Jarabe de na- ranja, 20. Cucharadas, una cada hora. Alimentación.—La misma de ayer. Dia 2,21 ? dia.—Temperatura.—En la mañana, 38 ° 1¡W% En la tarde, 39o4/10. No se tomaron el pulso ni la respiración. Los síntomas de ayer se han agravado. La cefalalgia ha aumentado lo mismo que las contracturas; el pulso es muy frecuente y lleno. Hay algo de dispnéa y carfología. La ano- rexia, la sed, la incontinencia de la orina y heces y la dilata- ción del orificio pupilar, que no reacciona á la luz, completan el cuadro. Tratamiento.—El mismo de ayer. Alimentación.—La misma. Dia 3,22? dia.—Temperatura.—En la mañana, 39o3/i0. En la tarde, 41°4/io. No se tomaron el pulso ni la respiración. Agravación notable de todos los síntomas. A las contrac- turas se agregan algunas convulsiones clónicas. El estupor, la carfología, la incontinencia de orina y heces, la pereza 80 pupilar, la dificultad de deglutir, la pulverulenta de las aber- turas nasales anteriores, la abundancia de fuliginosidades, etc., todo hace temer un desenlace fatal próximo. La disp- néa, intensa, presentaba el tipo descrito por Cheyne-Stokes. El pulso era filiforme y frecuente. Tratamiento.—El mismo. Alimentación.—La misma. Día 4, 23? dia.—Murió la enferma á las tres de la ma- ñana. Autopsía.—El aspecto exterior del cadáver era el si- guiente: rigidez cadavérica muy marcada; la misma posición de los miembros que durante la vida. Las petequias persis- tían ; su color era pálido. La coloración de los músculos muy pálida. Abierta la cavidad craneana, se encontraron allí los signos de una verdadera meningo-encefalitis. Las arterias tanto meningeas como las de la superficie del cerebro, esta- ban muy inyectadas. A la superficie de los hemisferios ce- rebrales se encontraban dos ó tres placas lechosas bastante adherentes; habia además un edema subaracnoideo y un der- rame de un líquido sanguinolento en la base del cráneo. Ha- ciendo diversos cortes á la masa encefálica, se notaba un puntilleo de la masa cerebral: los signos de una inflamación de la masa cerebral. No habia derrame en los ventrículos. En la cavidad torácica: el corazón tenia el ventrículo de- recho casi lleno de sangre negra y fluida; el ventrículo iz- quierdo estaba vacío. Los pulmones estaban normales. En la cavidad abdominal encontramos: el peritoneo normal sin infarto de los ganglios mesen téricos. El intestino estaba enteramente sano, sin elevación, endurecimiento ni ulcera- ción de las placas de Peyer, ni de los folículos agrumados, ofreciendo solamente algunas placas de degeneración gra- sosa. Los rifiones y el bazo estaban normales. 81 Se ve, según la anterior observación, que el tratamiento empleado en esta enferma disminuyó mucho la intensidad de los síntomas; que en seguida se presentaron, como acci- dentes, los ataques epilépticos, y que, por último, la compli- cación (inflamación de las meninges y del cerebro), vino á terminar el cuadro de una manera funesta. Se puede deducir, pues, que el tratamiento que se empleó, especialmente el del Sr. Miiller, minoró la gravedad de los síntomas; pero no pudo prevenir la complicación. ]ST úmero 2. Nicolás Domínguez, natural de Toluca, de 40 años de edad, carnicero, entró á ocupar la cama num. 17 de la sala núm. 3 el dia 11 de Noviembre de 1882. Interrogado acerca de sus antecedentes, no filé posible obtener dato alguno, pues se encontraba en un estado comatoso muy profundo, del que era muy difícil sacarlo. Pero examinado con detención, se encontraron los vestigios de dos bubones supurados y cica- trices de ectima en las piernas. El cuadro sintomático que presentaba á su entrada al hospital era el siguiente: fiebre muy intensa, estado comatoso muy marcado, insomnio, de- lirio, cefalalgia, sed, dolores con tusivos en los miembros, constipación, orina escasa y muy abundante en sales, tinte color de ladrillo en las conjuntivas, la lengua cubierta de 82 una capa sucia muy gruesa y roja en los bordes, pegajosa al tacto, fuliginosidades en los labios y encías; en el pecho, en la parte anterior del abdomen, de los brazos, de los antebra- zos y muslos, una erupción muy confluente de manchas ro- sadas, de forma lenticular, y de petequias, predominando es- tas últimas. Por todos estos datos se sacó en consecuencia que se encontraba el paciente terminando el segundo septe- nario del tifo. No ha evacuado ni orinado. Tratamiento.—Tres tomas de la medicina del Sr. Miil- ler. Sus tres lavativas de cocimiento de malvas con aceite de olivo. Cocimiento de quina con vino por bebida. Alimentación.—Leche, consommé y jugo de carne. Noviembre 13, 12? dia de enfermedad.— Temperatura.— Mañana, 40°. Tarde, 40°2/io. Pulso.—Mañana, 122 pulsaciones por minuto. Tarde, 138. Respiración.—Mañana y tarde, 28 respiraciones por mi- nuto. El mismo estado general: pulso apenas perceptible; hay algo de dispnéa. Le molesta al enfermo una tos muy fre- cuente y arroja en la expectoración unos esputos muy adhe- rentes y viscosos. Por el estado de adinamia en que se en- cuentra, no es posible practicar el exámen físico del pecho. Tratamiento.—El mismo de ayer, y además, de polvo de Dower en la noche. Alimentación.—La misma de ayer. Dia 14, 13? dia.— Temperatura.—Mañana y tarde, 40°. Pulso.—Mañana, 122 pulsaciones por minuto. Tarde, 118, Respiración.—Mañana, 40 respiraciones por minuto. Tarde, 18. En la visita de este dia se observó el esputo rubiginoso característico de la neumonía en su 2? período. La auscul- tación y la percusión confirmaron el diagnóstico, que se es- tableció así: neumonía doble. El estado general era muy gra- ve, pues todos los síntomas han llegado á su summun de 83 intensidad. El pulso es pequeño, depresible y muy f'recue»- te. Notándose alguna tendencia en la neumonía á pasar al tercer período, se administró al enfermo el fosfuro de zinc. Tratamiento.—Fosfuro de zinc, O*' 10. Polvo de azúcar, 0gr10, divididos en X papeles á tomar tres al dia. Alimentación.—La misma que los dias anteriores. Dia 15,14? dia.—Temperatura.—Mañana, 39o4/io. Tarde, 39o9/10, Pulso.—Mañana, 118 pulsaciones por minuto. Tarde, 124. Respiración.— Mañana, 18 respiraciones por minuto. Tarde, 38. Continúa el estado general muy grave; liay delirio muy intenso en la noche. Tratamiento.—Sus tres papeles de de fosfuro de zinc. Alimentación.—La misma. Dia 16,15? dia.—Temperatura.—Mañana, 39°9/io. Tarde, 39° 8/xo. Pulso.—Mañana, 108 pulsaciones por minuto. Tarde, 114. Respiración.—Mañana, 30 respiraciones por minuto. Tarde, 24. El estado general es muy grave; el enfermo ha pasado la noche muy agitado; su pulso es pequeño y frecuente. Se nota un estertor traqueal continuo y muy ruidoso. No se auscultó. Tratamiento.—Sus tres papeles. Dos tomas de la me- dicina del Sr. Müller. Sus dos lavativas. Alimentación.—La misma que los dias anteriores. Dia 17,16? dia.—Temperatura.—Mañana, 39°7io. Tarde, 36°7i0. Pulso.—Mañana, 116 pulsaciones por minuto. Tarde, 108. Respiración.—Mañana, 36 respiraciones por minuto. Tarde, 20. En la visita de este dia se encontró al enfermo en un es- 84 taclo tan alarmante, por la agravación de todos los síntomas y la exageración del estado ataxo-adinámico (reflejos ten- dinosos exagerados, carfología, delirio, incontinencia de la orina y heces, etc.), que se le pronosticó la muerte, que tuvo lugar á las 7 y 30 minutos P. M. Autopsía.—Practicada la autopsia veinticuatro horas después de la muerte, se encontraron las lesiones anatomo- patológicas siguientes: Primero. Abierta la cavidad craneana se observaba la in- yección característica de la duramadre; había, además, un abundante derrame sero-fibrinoso en la cavidad de la arac- noides. En la superficie de los hemisferios cerebrales habia algunas placas lechosas, bastante extensas y muy poco ad- herentes. Los senos venosos y las venas superficiales del ce- rebro estaban infartadas de sangre negra y difluente. Ha- ciendo varios cortes en la masa encefálica, se encontró un puntilleo rojo muy notable de ella, y además, en la corteza gris del hemisferio izquierdo, varios focos pequeños de re- blandecimiento rojo. En la cavidad torácica se encontró el pulmón derecho completamente hepatizado, y en el vértice del izquierdo se hallaba una caverna de paredes anfractuosas y midiendo un diámetro como de tres centímetros. Al rededor de esta ca- verna, y en una extensión como de cuatro centímetros en todos sentidos, se notaba una aria de liepatizacion, que filé probablemente el punto de partida de la flegmasía. En la cavidad abdominal, el hígado se encontró aumen- tado de volumen, sobre todo su lóbulo izquierdo. La mucosa intestinal ligeramente inyectada, sin ulceración ni elevación de las placas de Peyer. El bazo y los riñones estaban nor- males. CUADRO NUMERO 1. ESTADO que manifiesta el movimiento de enfermos de tifo que hubo en el Hospital Juárez desde Mayo de 1874 ha¿sta Diciembre de 1884, eon expresión de la mortalidad mensual que hubo, y del término medio anual de la misma. ENERO. FEBRERO, MARZO, ABRIL. MAYO, JUNIO, JULIO. AGOSTO, SETIEMBRE, OCTUBRE. NOVIEMBRE, DICIEMBRE, TÉRMINO MEDIO ANUAL, ANOS. Hombres. Mujeres. Hombres. Mujeres. Hombres. M iijcres* Hombres. Mujeres. ii< nubles. Mujeres. Hombres. Mujeres. Hombres. Mujeres. Hombres, Mujeres. Hombres. Mujeres. Hombres. Mujeres. Hombres. Mujeres. Hombres. Mujeres. Hombres. Mujeres. tí c3 fl tí Murieron. Proporción. tí 0 g tí Murieron. Proporción tí P tí fl w tí O T Proporción. 1 Entraron. J Proporción. Entraron. Murieron. Proporción. Entraron tí 0 V *£ Proporción. tí 2 c tí Murieron. Proporción. Entraron. tí O u V 1 Proporción. Entraron Murieron. Proporción. Entraron. Murieron. Proporción. § fl s •uoaaijnj^ Proporción. Entraron. Murieron. Proporción. tí O tí c tí 1 Murieron. Proporción. tí O tí d © •c 1 Proporción. Entraron. i 1 Proporción. Entraron. Murieron. Proporción. Entraron. tí O •c 3 Proporción. Entraron. tí O *c 3 a Proporción. Entraron. Murieron. Proporción. Entraron. Murieron. Proporción. Entraron. Murieron. Proporción. tí O tí P tí Murieron. Proporción. Entraron. Murieron. .O O P* 2 Ph Entraron. Murieron. Proporción. Entraron. Murieron. Proporción. Entraron. A 0 *E 9 3 Proporción. 1874 1 3 9 -- 9 - -• 3 12 28 .... .... 9 .... .... 1875 1 5 * 5 1 20,0 4 3 75,0 14 4 28,5 6 3 50,0 17 1 5,8 15 4 26,6 18 7 2 28,5 12 3 25.0 21 6 28,5 14 1 7,1 8 4 50,0 20 3 15,0 14 2 14,2 31 7 22,5 31 4 12,9 41 7 17,0 66 20 30,3 182 30 16,4 168 45 26,7 T QiVíi 27 7 25,9 27 11 40,7 46 9 19,5 49 13 26,5 73 12 16,4 65 15 23,0 55 15 27,2 47 12 25,5 53 19 35,8 66 26 39,3 54 20 37,0 62 13 20,9 42 11 26,1 61 15 24,5 35 11 31,4 50 9 18,0 34 14 41,1 67 13 19,4 42 15 35,7 43 9 20,9 43 11 25,5 42 9 21,4 36 11 30,5 44 6 13,6 540 155 28,7 623 151 24,2 lO i o 1877 52 17 39 fí 56 11 19,6 39 10 25,6 53 15 28,3 73 27 36,9 63 20 31,7 51 26 50,9 71 26 36,6 46 8 17,3 41 13 31,7 15 3 20,0 20 6 30,0 15 1 6,6 15 6 40,0 14 5 35,7 11 5 45,4 9 9 22,2 10 3 1 33,3 6 3¡ 1 33,3 4 2 4 1 25,0 322 101 31,3 354 103 29,0 1878 5 x 20,0 4 1 25,0 6 3 50,0 8 2 25,0 2 28,5 4 2 50,0 6 3 50,0 8 2 25,0 8 6 75,0 8 6 75,0 2 6 1 16,6 10 1 10,0 5 4 80,0 2 3 1 4 9 7 2 28,5 9 . 5 55,5 7 3 42,8 1 1 66 21 31,8 65 23 35,3 1879 3 2 66,6 5 1 20,0 5 2 40,0 7 1 14,2 2 1 50,0 5 5 - 9 3 33,3 11 4 36,3 6 2 33,3 5 2 40,0 5 1 20,0 4 2 50,0 5 1 20,0 6 5 83,3 5 2 40,0 3 •• •• 1 - 4 1 25,0 9 1 11,1 10 2 20,0 12 3 25,0 10 3 30,0 11 4 36,3 6 2 33,3 73 22 30,1 76 28 36,8 1880 ' 3 39,8 5 2 40,0 8 1 12,5 7 3 42,8 6 3 50,0 8 3 37,5 11 2 18,1 3 8 2 25 8 3 37,5 9 2 09 9 9 1 11,1 3 1 33,3 4 2 50,0 5 3 60 3 1 33,3 5 1 20,0 6 3 50,0 7 3 42,8 4 1 25,0 9 3 33.3 4 2 50,0 9 2 99 9 9 2 99 9 87 26 29,8 70 23 32,8 1881 5 4 80,0 5 9 4 2 50,0 6 18 4 90 9 10 1 10,0 5 3 60,0 15 3 20.0 8 2 25 11 9 2 22 2 9 3 33,3 7 4 57,1 5 1 20 2 3 4 2 50,0 10 4 40,0 5 1 20,0 2 1 50,0 4 1 25,0 1 1 5 79 18 99 7 76 21 27,6 1882 6 1 16,6 8 4 50,0 10 3 30,0 5 1 20,0 57 6 10,5 18 4 22;2 11 -- -- 8 •• 14 7 50,0 8 2 25,0 7 3 42,8 8 2 25,0 5 2 40,0 4 2 50,0 4 3 75,0 5 -* • 5 l 20,0 3 ... -• 11 •• -- 9 -- -- 13 2 15,3 ] -- -- 26 1 3,8 9 3 33,3 169 29 17,1 86 18 20,9 1883 - 28 5 17,8 11 1 9,0 21 3 14,2 9 1 11,1 18 4 22,2 12 4 33,3 29 9 31.0 22 13 59,0 15 5 33,3 23 4 17,4 31 6 19,3 16 3 18,7 22 5 22,7 16 4 25,0 24 10 41,6 23 3 13,0 18 5 27,7 17 6 35,2 18 5 27,7 21 5 23,8 22 9 40,9 19 8 42,1 28 10 35,7 24 7 29,1 274 76 27,7 213 59 27,6 1884 41 15 36,5 27 8 29,6 41 16 39,0 33 12 36,3 71 22 30,9 47 12 25,5 63 19 30,1 43 15 34,8 36 7 19,4 20 3 15,0 29 3 10,3 39 8 20,5 49 5 10,2 20 6 30,0 36 6 16,6 13 2 15,3 24 6 25,0 17 3 17,6 20 4 20,0 15 2 13,3 15 10 66,6 7 3 42,8 18 2 11,1 17 3 17,6 443 115 25,9 298 77 25,8 Totales 175 55 148 39 183 47 175 50 318 78 240 69 243 81 218 75 216 63 193 64 180 39 188 42 181 30 145 50 142 44 134 26 123 30 149 32 152 36 134 24 171 52 129 33 173 38 185 44 2263 593 2038 548 - — ] 1 CUADRO NUM. 2. ESTADO que manifiesta los oficios ú ocupaciones de los indi- viduos que entraron d curarse de Tifo al Hospital Juárez, durarite el año de 188J¡.. OFICIOS. Niim. OFICIOS. Hüffl. Arrieros i 48 Asilados . _ 80 1 3 5 Aceiteros 1 5 Albañiles 28 2 Billeteros 1 1 Bizcocheros 3 O 1 í Barnizadores 1 2 Coheteros 1 i Cerveceros 1 5 Canteros 2 1 Curtidores 2 1 Cargadores 8 17 Cocineros 1 3 Canasteros 1 10 Cereros 1 3 Carpinteros 23 1 Carreteros 9 7 Comerciantes 19 6 Cocheros 4 27 Doradores 1 1 Domésticos 12 2 Encuadernadores 2 5 Empalmadores 1 3 Escultores _. ] 1 Empleados 1 i ideeros 1 1 Fundidores 1 1 Fogoneros 1 14 Gramuceros ] 2 Herradores 2 i Hojalateros 3 3 Herreros. 12 1 Impresores. 2 1 Jicareros 2 37 Jaboneros 1 CUADRO NUM. 3. ESTADO que manifiesta las demarcaciones y puntos de la ciu- dad de donde fueron remitidos los enfermos de tifo al Hos- pital Juárez, durante el año de 1884- ESPECIFICADOS. Primera Inspección de Policía Minero. 18 51 100 08 70 94 75 13 5 72 1 1 8 71 4 4 2 3 1 1 1 1 2 07 00 Secunda „ „ „ Tercera „ ,, ,, Cuarta „ „ „ Quinta ,, ,, ,, Sexta ,, „ ,, Sétima ,, ,, ,, Inspección general de Policía Escuela Correccional Escuela Industrial de Huérfanos Hospicio de Pobres Asilo de Mendigos Prisiones (Cárcel de Ciudad y Nacional de Belem). Hospital de San Hipólito „ Juárez „ Morelos Casa de Maternidad Segundo Cuerpo Rural Sétimo ,, ,, Gendarmería montada Pueblo de Tacuba „ de Guadalupe Hidalgo NO ESPECIFICADOS. Por recomendaciones particulares Del Hospital de San Andrés Tifo Exantemático. Curación. Núm°l. Tifo Exantemático. Comjilicaciones. Jiuerte. J/eáse /d obserfdtion J/um° /. Núm° 2. Carlota Ramírez Tifo periodo de acmé. Mayo 30 Tifo. Convd/ecencid. Sala 2. C.26. Junto Calixto Reyes. Penado ote erupción Sala 3.C. 18, Patricio Estrada. Núm°3