FACULTAD DE MEDICINA DE MEXICO V.A C. Tí 3ST A. f l(> Trabajo QUE Para el Examen Profesional de Medicina, Grujía y Oktetriria, PRESENTA AL JURADO CALIFICADOR, JOAQUIIST L. Yallejo, Alumno de la Escuela N. de Medicina de México, Miembro de la Sociedad Filoiátrica y Ex-Practicante del Hospital de Sangre, etc. MÉXICO TALLERES DE LA ESCUELA NACIONAL DE ARTES Y OFICIOS. Estampa de San Lorenzo. 1885 Facultad de Medicina de México Algo Sobre Vacuna TRABAJO QUE Para el Eximen Profesional ile Mina, Ciruja y Obstetricia, PRESENTA AL JURADO CALIFICADOR, . Joaquín L. Vallejo, Alumno de la Eseuela N. de Medicina de México, Miembro de la Sociedad Filoiátrica y Ex-Practicante del Hospital de Sangre, etc. MÉXICO TALLERES DE LA ESCUELA NACIONAL DE ARTES Y OFICIOS. Estampa de San Lorenzo, 1885 A LA SISEADA MEMOEIA DE MI BUEN PADRE A MI VIRTUOSA MADRE mTHOVTJCCKm. Señores Jurados: Dura, lex, sed lex. Se nos exige una disertación impresa para obtener el título, tras el que venciendo obstáculos sin cuen- to, corremos desde el principio de nuestros estudios, y es forzo- so cumplir esta prescripción. Todos liabeis pasado por este amargo trance; y á fó que si algo me alienta, no es seguramente la confianza en mi diserta- ción, nada notable por cierto, ni en mis conocimientos escasos en demasía, sino la creencia de que para juzgar de mis aptitudes desplegareis toda vuestra indulgencia. Más por los antecedentes escolares que por uu exámen, pue- de formarse juicio aproximado de un alumno; puesto que un áni- mo deprimido, no ayuda á la exposición clara y metódica de los conocimientos, vastos ó exigíios que se tengan. El alumno con un caudal de nociones aprendidas todas en sus textos, y sin experiencia propia, se encuentra perplejo al em- prender su trabajo inangural, y cuando se decide, duda si su elec- ción será buena ó mala. La mia ha sido acestada? No lo sé; y esto produce mi mayor incertidumbre. El plan que me he propuesto, es demasiado cencillo; y no cansaré vuestra atención, con resumir aquí lo que vais á ver en las siguientes páginas: ¿Qué encontrareis en ellas? Muchas ideas de nuestros maestros, tanto nacionales como extranjeros; algu- nas propias aunque en un pequeño número, á cada paso pruebas inequívocas de mi insuficiencia, y el conjunto envuelto en un ro- paje pobre y deslucido. 8 Difícilmente me hubiera atrevido á presentar este trabajo, que reconozco indigno de vuestras luces, si no fuera un precep- to ineludible de la ley. Vosotros, que habéis sentido en vuestra juventud, las amar- guras y las penalidades que año por año sufre el estudiante y la cruel incertidumbre que se siente al llegar el momento decisi- vo de ser admitido ó rechazado en la honrosa corporación mé- dica; vosotros que habéis sentido como yo el deseo de obtener un título con el laudable objeto de ser útil á la familia, á la Pa- tria y á la humanidad, y que en las largas vigilias del estudian- te habréis indudablemente soñado con un porvenir de paz y de tranquilidad como recompensa de tantos sacrificios, no dejareis de ser indulgentes con el que viene á poner su suerte en vuestras manos, convencido de su pequeñez, pero también de vuestra leal- tad y de vuestro buen corazón. En este imperfecto trabajo, solo hallareis la prueba eviden- te de mi respeto á la ley. J. S£. tyallejo. México, Mayo 15 de 1885. PRELIMINARES Justo nos parece antes de emprender el estudio de la vacuna, dar algunos apuntes sobre la.viruela; siquiera sea, para apreciar sus relaciones. La viruela puede figurar, tanto en las enfermedades virulentas como entre las infecciosas, pero los autores, con el fin de no destruir el grupo natural de las fiebres eruptivas, que pertenecen á las enfermedades infeccio- sas, la colocan entré éstas. La viruela es pues una enfermedad eruptiva, siempre febril, muy contagiosa, y que, generalmente, solo ataca una vez en la vida. Descrita por la primera vez en el siglo VI de la era cristiana, la encontramos después, en casi todas las obras clásicas de medicina, pero en el si- glo XVI, la vemos ya universalmente esparcida y terrble en sus efectos. Casi todas las descripciones de ella se refieren á su forma epidémica, y sola ha bastado á mer- mar considerablemente en diversas épocas, las naciones que habitaban : la Isla de Santo Domingo, la Mesina, el Brasil, la América del Norte en tiempo de la invasión Europea y en nuestra patria, mil veces mas cruel que los conquistadores, hizo morir 3.500,000 indígenas mexica- nos. Condamine, refiere que hácia el año de 1563 mu- rieron mas de 100,000 naturales, en sola la provicncia de Quito, 10 En lo que hoy forma la República Mexicana, se cono- ció la viruela en los tiempos de la conquista, habiendo sido traída por un negro de la expedición de Narvaez; y los españoles se servian de tan terrible azote, como de una arma ofensiva ; poniéndo á los indígenas prisioneros, en contacto con sus soldados variolosos, y al cabo de dos ó tres dias, dejándolos en libertad, para que se incorpo- raran á los suyos, entre los cuales propagaban la mortí- fera enfermedad ; siendo de esta manera cómplices ino- centes de los conquistadores, é instrumentos de sus bas- tardas miras. Los mismos efectos terribles de la viruela en los tiem- pos antiguos, se reproducen hoy en las naciones que no han admitido los inmensos beneficios de la vacuna ; hó aquí como prueba la descripción de la epidemia de vi- ruela, que se desarrolló en la India en 1837: " L’appareil *1 symptomatique n’a d’égal, oü point de vu de l’epou- ii vente, que la rapidité de la propagation. Elle frappe •i Tindividu et Tenléve en quelques heures. Aussitót •i aprés la mort, le corp devient noir et se gonfle jusqu’k ii acquerir le triple de son volume. Les medecins sont ii sans puissance et les hópitaux sans utilité ; les ouvriers i* européens ne font, pendant des semaines, que d’enter- ii rer des morts. De la tribu des Mandans, réduite dejá, ‘i par divers desastres, au chiffre de quinze cents, il ne •i demeura que trente hommes; toute le rest avait péri. La ii tribu vorcine ótait en chasse quand le fléau vint la sur- ii prendre et enlevá en peu de temps la moitié de ses •i membres. La prairie qui entoure leur camp s’était ii transformée en un vaste champ fuménaire, tout cOuvert lii de cadavres prives de sépulture et répandant au loin •i l’infection et la pestilence. u Jaccoud, en la segunda edición de su patología interna se espresa después de decir, que el origen de la viruela es desconocido, en estos términos:» Hoy constituye real- 11 mente un veneno humano, pues la enfermedad, despro- vista de expontaneidad apreciable, solo es engendrada, por la trasmisión, mediata ó inmediata, del hombre sano al hombre enfermo. Al contrario del cólera, la viruela poseé la trasmisibilidad fija, y la trasmisibilidad difusa; el veneno, en efecto, está contenido, por una parte en el líquido de las pústulas, de manera que todo contacto de este líquido, con una parte de piel privada de epidermis, puede infectar un organismo sano por contagio fijo (ino- culación), y reproducir la enfermedad; y, por otra parte, el veneno está incertado en los productos halituosos, ex- halados por la superficie cutánea del enfermo, y sobre todo en las párticulas orgánicas que resultan de la dese- cación de las pústulas. Estas partículas se desprenden en un momento dado, y gracias á su divisibilidad y á su movilidad, se convierten en agentes de trasmisibilidad á distancia, los cuales son capaces de envenenar, después de un largo intervalo, á individuos que nunca han tenido relación inmediata con variolosos. En el estado de se- quedad, el veneno tiene una tenacida extrema; íntima- mente unido á los restos orgánicos, que le sirven de ve- hículo, se desaloja con ellos, pero no se modifica por las corrientes admosféricas; queda indefinidamenteguardado, pero siempre poderoso, en los objetos que han servido a los enfermos; y sí después de un largo intérvalo, es ab- sorvido por un organismo en estado de receptividad, ates- tigua por efectos no dudosos, que nada ha perdido de su primitivo poder." •i La potencia del veneno variólico es pandémico, pero subordinado á la receptividad orgánica, no solamente en cuanto al grado de sus efectos, sino también en cuanto á su producción. El hecho de una inmunidad natural, to- tal, está probada, por el gran número de individuos que escaparon á todo ataque, en las epidemias de viruela an- teriores al descubrimiento de la vacuna, el hecho de la 12 inmunidad, parcial y variable según la receptividad in- dividual, queda establecida por la intensidad variable de los efectos del veneno en los diversos enfermos, en el mis- mo tiempo y en el mismo lugar.» Querer trazar el cuadro sintomalológico completo de la viruela, seria alargar demaciado este pequeño trabajo, y además, nos separaríamos del objeto principal que nos hemos propuesto, á saber: el estudio de la vacuna y las diversas maneras de practicarla, como método profilácti- co, pero no podemos dispensarnos de mencionar sus dos síntomas principales; la fiebere y la erupción; y la anato- mía patológica de ella, puesto que necesitamos estable- cer las diferencias que existan, comparando la viruela á la vacuna. La viruela no tiene pródromos; cuando aparecen los síntomas, estos pertenecen ya á la enfermedad plenamem* te confirmada. Lo primero que notamos, es el aparato febril; este tiene sus particularidades, que la diferencian de las otras enfermedades que se anuncian con calentu- ra; por lo general, después de un temblor único y tan in- tenso como el de la pneumonía, (Jaccoud) ó bien, pero más raras veces, después de varios accesos de convulción clónica, ligeros, repetidos y frecuentemente precedidos de un aumento en la temperatura normal, sobreviene la fiebre que alcanza 40°,50 ó más, continúa con remisiones matinales muy insignificantes (apenas algunos décimos). Con el estado febril, aparecen perturbaciones gástricas como son: las nauceas, los vómitos, y una constricción muy penosa. Los autores europeos, nos refieren que, con la calentura, aparece un dolor gravativo en la región lom- bar, pero en México no sucede así (Lucio.) En cuanto á la erupción, aparece del tercero al cuarto dia; comienza á mostrarse sobre la cara, y parte antero - superior del tórax; marcando el segundo período de la en- fermedad ya confirmada. 13 Si la viruela, ha de ser discreta, la fiebre cáe con la apa- rición de la erupción; esta defervescencia es rápida, pues con frecuencia, la vemos efectuarse en 24 horas; si ha de ser confluente, también coincide el abatimiento de la tem- peratura, con el principio de la erupción, pero es más lenta, menos marcada y aún cuando el termómetro llega alguoas veces á demostrar la apirexía completa, este pe- riodo es tan corto, que algunos autores han cieído con- tinua la calentura desde la invasión de la enfermedad, hasta pasado el periodo de supuración; este periodo, se presenta, en la viruela discreta el sétimo clia; el sexto en la confluente; dura por regla general, 4 ó 5 dias; una vez terminado, llega la desecación pero antes de presen- sentarse esta, reaparecen, con la fiebre de supuración, todos los sintomas que se advierte con la fiebre inicial» (mal estar general, agitación, insomnio, y algunas veces, vómitos y delirio). En la erupción tenemos que considerar cuatro faces y para abreviar, reuniremos el estudio de estas y su ar- natomía patalógica. Las faces son: Ia Máculas, 2.a Pá- pulas, 3.a Vesículas, y 4.a Pústulas. 1.a Las máculas rojizas, crecen, se abultan y se las ve rodeadas de una zona rojiza indurada (pápula), que alcuar. to dia, próximamente, se trasforman*en vesículas de di- mensiones que pueden variar desde el tamaño de un ajon • jolí hasta el de una lenteja, estas vesículas tienen reflejos plateados, azulosos ó rosados, y se asientan sobre la piel tumificada. Cuando la viruela ha de ser disereta, tienen invariablemente una forma circular y unbililicada en el centro, cuando ha de ser confluente, la forma es variable. Según los histologistas alemanes, las pápulas en que se convierten las máculas, son resultado de una altera- ción especial de la epidermis, que tiene su origen en los cuerpos de Malpighi ó en su capa granulosa, respetando_ siempre la capa perpendicular á las pápilas. Entre el nú 14 cleo y el protoplasma, se forma un espacio; este espacio al principio vacío, crece sin cesar, y secreta un líqui- do incoloro, no refringente, y que no se colora ni por el pricocarmin, ni por la purpurina; tampoco la ematoxili- na tiene acción sobre él, en cuanto al ácido ósmico que según algunos autores la ennegrece, según otros no tie- ne influencia ninguna. El protoplasma ambiente, está eñ perfecto estado fisiológico, y si algunas veces, parece no- tablemente reducido, esto depende del agrandamiento del espacio internuclear; este protomlasma sano, se colora fácilmente por el picrocarmín, la purpurina, la hematoxilina y la cosina, según Warlomont; este mismo autor nos dice, que no es rara encontrar celdillas epi- teliales provistas de dos núcleos rodeado cada uno de un espacio perinuclear. Que el virus produce una alteración en las células epi- teliales, es indudable; pero, ¿de qué naturaleza es esta al- teración? La escuela Alemana y Weigert á su cabeza, describen alteraciones tróficas especiales que terminarían en la fusión del protoplasma y por consiguiente en la pér- dida de los núcleos celulares. Las alteraciones, según ellos son semejantes á las que se encuentran en la degene- ración crupal pseuedo-membranosa de Wagner, y (John- heiin. A estas modificaciones producidas en los cuerpos mucosos de Malpighi se agrega también el aflujo de suero sanguíneo, trasudado por las paredes de los vasos fuerte- mente congestionados que nutren los cuerpos papilares irritados y cuyo líquido se abre paso por entre las celdillas alteradas, formando una multitud de lóculos que, confor- me progresa el procesus inflamatorio, van desapareciendo para constituir uno solo; y las paredes, formadas de cel- dillas necrosadas, que dividen unos de otros los primitivos lóculos, quedan reducidas en último resultado á estalác- titas que se adhieren á la bóveda vesicular. Otros micrógrafos (Renvier y Cornil) se explican de 15 una manera muy distinta las alteraciones de las celdillas epiteliales; creen que la alteración epitelial, depende de una formación vesicular, nuclear ó perinuclear, no reco- nociendo caracteres necrótieos £n los fenómenos primiti- vos; todo lo refieren, más bien á causas irritativas y proliferativas. Para ellos la formación de las vesículas, depende de la fusión de las vesiculillas intercelulares de que acabamos de hablar : hay según dicen » desaparición n de celdillas enteras y conservación, bajo forma de tabi- “ ques primitivos, secundarios etc., de tractus más ó mé- ii nos gruesos, más ó menos acumulados unos contra otros, •i alterados, cornificados, de celdillas que no han sufrido •i la alteración vesiculosa, n Como se vé, sería imposible, según estos señores, re. ferir estas alteraciones (al menos en sus principios) á un proceso necrótico, como lo hacen los Alemanes, é indican mas bien la proliferación de los elementos dérmicos por una fuerte irritación; irritación que tendría tal vez ten- dencia, á la producción endógena de glóbulos purulentos. En último resultado, podemos explicarnos la formación de las máculas y las pápulas de la manera siguiente: la dermis, se infiltra de núcleos, los vasos papilares y aún los de la dermis, están dilatados y cargados de sangre en los lugares donde ha tenido efecto el procesus irritativo (máculas). Existe una gran cantidad de núcleos de nue- va formación acumulados al rededor de estos vasos pa- pilares debidos en su mayor parte al trabajo exudativo (pápulas.) A la pápula sigue inmediatamente el procesus vesi- culoso, y como seria difícil encontrar una descripción me- jor de él, que la que hace Henri Lenoir 1 me permitiré extractarlo aquí. Después de dividir la vesícula en tres partes para su estudio, procede á él en el orden siguiente. 1. Henri Lenoir.—Contribution á l’etude de la formation dea pustulea et des vésiculea Sur la peuu et les muqueuses, París 1880 pp. 30 ¿ 373, 16 Pared superior. Esta pared está constituida por la capa cornea de la piel que se ha levantado, y conserva su extructura nor- mal n Nunca, (dice Lerfoir), hemos encontrado celdillas " cavitarias. Debajo de la capa-cornea, viene el estratum ‘i lucidum, que algunas veces forma la pared superior del i' foco, pero no siempre; normalmente, esta pared la for- ii man una capa granulosa y una ó dos capas de celdillas •i superficiales de la capa de Malpighi. n Pared lateral. Están formadas exclusivamente, por las celdillas que constituyen la parte intermedia de la red de Malpighi: estas celdillas presentan amenudo espacios perinucleares, haciéndose por consiguiente fácil seguir el paso entre las celdillas que forman la pared, de las que forman el re- tículo central. Las celdillas proliferan sin cesar, presentan por lo general dos núcleos; y su proliferación contribu- ye notablemente á constituir la saliente de la vésico-pús- tula. . Se ve pues, que el líquido variólico, obra sobre la epi- dermis de dos maneras: primera, irritando y dando mar- gen á la proliferación. Segunda, convirtiéndo las células en especie de conchas que unidas unas á las otras forman un retículum. La primera manera de obrar, se encuentra en la periferie, la segunda en el centro. En el primer pe- riodo eruptivo (papúlas) solo existe el primer procesus. Pared inferior. Esta, está formada por la capa de celdillas perpendi- culares á las papilas, la cual está, casi siempre, absoluta- mente intacta, Es pues en la parte media de la capa de ínalpeghi, donde se efectúa el procesus, según lo han es- 17 tablecido, los Sres. Auspitz y Basch, Cornil, Yulpian y Rindfleisch, y en contradicción con la opinión de Wei- gert, quien la hace consistir en una alteración particular de la capa profunda de este cuerpo. El cuerpo de Malpighí se trasforma pues en una red, cuyas mallas más ó menos anchas, están formadas por celdillas epiteliales degeneradas. En este período cada malla representa una celdilla epitelial dilatada que ha su- frido la alteración cavitaría. La forma de estas mallas es irregular; á menudo son ovoides, las vemos también alargadas, casi paralelas al eje de la pústula, lo que se explica perfectamente bien por la dirección de la presión de los líquidos. Estas celdillas alteradas, contienen una sustancia cla- ra, no refringente, trasparente y que tratada por el car- mín, la purpurina, el ácido ósmico y la hematoxilina, no toma coloración alguna y que contiene á menudo un pol- vo muy fino, insensible también á los reactivos. Las cel- dillas no degeneradas sue’en contener en el líquido que las llena, uno ó varios núcleos, y al contrario, de lo que te- nemos asetado, se coloran tanto por el carmín, como por la hematoxilina. Las paredes que separan las celdillas una de otras, se adelgazan constantemente hasta que rompiéndose funden en una sola sus cavidades. Estas cavidades anfractuosas se infiltran de glóbulos purulentos, y del líquido que vie- ne de las papilas; formando en la red de Malpighí, alte- rada, niditos purulentos según la pintoresca expresión de Warlomont. El conjunto de estas cavidades llenas de líquido, vie- ne á formar la vesícula, que al avanzar el procesus por la trasformación de la linfa en pús, constituirá la pústula. Luego el pus se concreta, se forma una costra que cae, dejando una cicatriz indeleble, terminando de esta ma ñera la erupción variolosa. DEFIHICIOH Hace 45 años, el Sr. Dr. D. rfcrfe. Muñoz, definía la vacuna en estos términos: » La vacuna, como todos saben, es una viruela benig- ii na de la vaca, enfermedad que consiste únicamente en •i algunos granos que les salen á estos animales en las te- || tas ó en los pezones: estos granos están rodeados en i* su base, por una inflamación rubicunda y erisipelatosa “ y contienen un humor claro y trasparente, que no es po- li dre, y posée la singular virtud de, ingertado en el hom- i* bre, preservarle para siempre de la viruela maligna “ En el tratado de Patolagía interna de Neill y Smith, se dice: “ La vacuna es una especie de viruela modifica- ii da, y suavizada por su paso á través del organizmo de ii varios animales domésticos y comunicados al hombre ii lo preserva de la viruela. “ Roche la considera como " Una enfermedad artificial, ii que presenta las mayores analogías con la viruela, de ii la que es preservativo seguro. Se desarrolla á conse- ii cuencia de la inserción de un virus tomado en las pús- H tulas que sobrevienen espontáneamente sobre la ubre 19 •i de la vaca (caw-pox), ó en las pústulas que esta inser- H ción hace nacer en el hombre. “ Por los párrafos que dejamos copiados, se ve que, unos la consideran como una viruela real; otros la admiten á título de modificación de la enfermedad, y por último otros solo ven en ella, analogía con la viruela, pero su- poniéndola enfermedad distinta. Ninguna de estas definiciones (ni otras muchas que no citamos por no ser difusos), tienen ya curso en la cien- cia, y generalmente se admite la que da Warlomont en Su excelente obra sobre la vacuna, y que no hace prejuz- gar nada con respecto á la identidad que pueda tener con la viruela. Warlomont la define así: " La vacuna es un elemento ii figurado específico, contenido en las pápulas pustulo- ii sas, que se desarrollan accidentalmente sobre diversos •i animales, tales como la vaca, el caballo y el carnero, n En el caballo se desarrollan de preferencia sobre la piel ii de los lábios y de la nariz, así como en la piel de los “ talones; en la vaca se encuentra casi exclusivamente, ii en las ubres y en los pezones. Se la llama horse-pox, i» en el primero, cazv-pox, en la segunda. “ HISTORIA DE LA VACUNA Sabiendo que la viruela solo ataca una vez en la vida, los antiguos médicos se proponian preservar á la especie humana de la viruela grave, provocando en los niños por medio de la inoculación, esta enfermedad. La antigüedad de esta pequeña operación se remonta á una época que no podemos precisar, pero sí sabemos que se aprovecha- ban de los casos de viruela discreta, recogiendo el líqui- do de las vesículas, que debia servirles para producir des- pués la viruela artificial casi siempre benigna y profiláctica de la viruela grave. Si hemos de creer á Yol taire, en Georgia y Circasia, era, esta operación de un uso vulgar, y las familias con el objeto de mantener frezco y hermoso el semblante de las jóvenes que estaban destinadas á los arems del gran Sultán, y del Sophí de Persia, las variolizaban evitando de esta manera las cicatrices y deformidades que hubiera dejado tan terrible enfermedad sobre su rostro. Otros autores suponen que, la variolización tuvo su cu- na en la china, pero ninguno de ellos fija la época en que se hicieron las primeras variolizaciones; y De la Metrie 21 en su libro intitulado u Tratado de viruela, con la mane- ja dejcurar esta enfermedad, según los principios de Her- mán Boerhave y los de los más hábiles médicos de nues- tro tiempon impreso enParis en 1740, nos refiere de es- te modo el origen y manera de practicar la variolización: m Hé aquí el origen de la inoculación, que nos viene tal n vez de los Arabes. Sin embargo, Mr. Fiend no dice una ii palabra de ella, y no he creido que este punto valiera la •i pena de ser esclarecido. Lo que se mira como cierto, es “ que ántes que la inserción hubiese pasado de Constanti- ii nopla á Inglaterra, estaba en uso hacía más de un siglo •i en la China, y hé aquí la receta de que se sirven en es- ii te país, para sembrar la viruela: Cuando se encuentra un ii niño de uno á siete años, en el cual la viruela se ha pre- ii sentado con todos los signos de benignidad, se recojen ii las costras ó películas de costras desecadas, y se las guar- ii da en un vaso de porcelana, que se tapa herméticamen ■ •i te con cera. Si estas escaritas son pequeñas, se toman i» cuatro; si son grandes, se toman dos; se les mezcla el pe- ii so de un LY (es decir, un poco más de cinco centigramos) ii de almizcle, de tal suerte que el almizcle se encuentra ii colocado entre dos escamitas. Se pone el todo en un al- ii godoncito de forma cónica, que se insinúa en uno de los i» agujeros de la nariz del niño, que debe tener más de un h año, y no estar afectado de ninguna enfermedad. Si las ‘i pústulas aparecen al tercer dia, puede uno estar seguro ii que de diez niños se salvarán ocho ó nueve; si salen des- ii de el segundo dia, la mitad de los niños enfermos corren “ mucho riesgo; pero si brotan en el primer dia que la fie- ii bre se declara, no se puede responder de la vida de nin- || guno de ellos. Esta es la razón por la que algunos mé- “ dicos chinos, (y no son los ménos prudentes), no aprueban i* que se procure á los niños la viruela: pero hay una cosa i* que debemos saber, y es que inmediatamente después de •i esta inserción, se recurre á pociones de tal naturaleza, 22 •i que por sí solas bastan para hacerla enfermedad más pe- n ligrosa de lo que en sí es. Varias personas están persua- ii didas de que este modo de hacer tomar la viruela por la ii nariz, como el rapé, es más suave y menos de temer que •i el de los ingleses, que emplean la incisión, porque les pa- ii rece que el leven de esta enfermedad debe producir más ‘i pronto malos efectos, cuando se coloca en las carnes vi- ii vas, que cuando se inserta por la respiración, estando •i según dicen, templado por otros espíritus. Pero este ra- li zonamiento, que es del Padre d’Entrecolles, jesuíta, es ii lamentable á los ojos de cualquiera que sepa conocer y " observar la naturaleza. Por cualquier via que la misma " cantidad de virus entre á la sangre, es un hecho que pro- " ducirá siempre los mismos efectos. 1 " Bousquet nos dice, que en Tesalia hacian uso de tres agujas unidas y empapadas en el virus variólico. El cirujano inglés Sutton sustituyó á estas agujas la lanceta, y se servia de ella como hoy lo hacemos para inocular la linfa vacunal. El primer dia de la inoculación, no se notaba cambio ninguno en el lugar de la picadura, según nos rañeren los autores de aquella época, pero al segundo, si bien la simple vista, era impotente para des- cubrir las alteraciones que se habian efectuado, á la len- te se percibía una manchita rojo-amarillenta, semejante al piquete de una chinche; al tercer dia, aumentaba en sus dimensiones la mancha, se podía percibir á la simple vista; y al tacto, daba la sensación de un tuberculito, el enfermo se quejaba de comezones, y el tubérculo se sen- tía como una lenteja. Poco á poco estos síntomas aumen- taban de intensiedad y aparecía la fiebre. Desde este momento y hácia el sexto dia después de la inoculación, la vesícula se aplastaba se umbilicaba en el centro, se la 1 Lettres ediñantés et curieuses, écrites des missions etrangéres, par quelques Missionaires de la Oompagnie de Jesús (Tome XX du Journal des Sgavans, Juin 1732.) 23 veía rodeada de un círculo rojo y formaba un núcleo ílegmonoso, con todos los caracteres de esta enfermedad. Hacia el sétimo dia la vesícula trasformada en pústula, guardaba en su interior un pus concreto; su superficie se comenzaba á oscurecer y á los once ó doce dias de practicada la inoculación, solo quedaba una costra, de- bajo de la cual se notaba al desprenderse esta, una cica- triz indeleble. El sétimo dia ó el octavo, comenzaba una série de fe- nómenos nuevos, debidos: á que la enfermedad, local hasta entonces, y solo representada por las vesíco- pústulas que acabamos de describir, se generalizaba á toda la superficie del cuerpo, acompañándose de los sín- tomas propios á la viruela expontánea y discreta: pesan - téz en la cabeza, malestar, laxitud, temblores, fiebre, náuceas, vómitos y dolor lombar. 1 Estos síntomas du- raban tres dias y anunciaban como antes dije, la gene- ralización de la erupción, que seguia una marcha regu- lar; comenzaba por la cara, continuaba en el cuello, par- te anterior del tronco, los miembros superiores, y al último los inferiores. A esta erupción se la llamaba erupción secundaria. Sin embargo, no siempre la erupción se generalizaba á todo el cuerpo, muy frecuentemente, solo aparecían algunos botones, (de 30 á 40), incapaces, por su peque- ño número, de producir los síntomas que ántes hemos mencionado, y constituyendo la viruela más discreta y más benigna que pudiera desearse. En tres dias entra- ban en pleno estado de supuración, sin accidentes de nin- gún género, y el enfermo atravesaba sin sentirlo, el pe- ríodo más peligroso de la viruela natural. Comparemos ahora la viruela artificial con la viruela 1. El dolor lombar, como síntoma déla viruela, lo describen todos los autores extranjeros, pero en México nunca se observa. (Lúcio), 24 expontánea y dividiremos naturalmente éste paralelo en los diversos períodos de la enfermedad. Incuvación. Es decir: el tiempo trascurrido entre la infección y la aparición de los primeros síntomas, es un período en el que las diferencias no pueden ser bien estudiadas, por- que si bien es cierto que Warlomont, asigna 3 dias para la incuvacicn de la viruela artificial y siete ú ocho para la de la natural, nosotros creemos que es aventurar mu- cho determinarlo exactamente en la segunda. En la ar- tificial no cabe duda que el período de que nos ocupamos, tiene una duración perfectamente limitada y que com- prende tantos dias como han trascurrido entre la ino- culación y los primeros síntomas; pero, ¿puede saberse acaso con seguridad, cuál fue la fecha de la infección, pa- ra deducir de una manera cierta, cuanto ha durado el período de incuvación de la viruela natural? ¿producién- dose unas veces la viruela confluente y otras la discreta, lo cual parece indicar variaciones notables en la infec- ción, no es natural pensar que, en la primera, cuyos sín- tomas son mucho más marcados, este período es más corto? Así, pues, no creemos fácil establecer diferencias. En el de invación, tampoco existen variaciones que merezcan ser anotadas. Viene después el tercer período; es decir la erupción; en este si encontramos variaciones notabilísimas y que deben ser bien estudiadas: la viruela natural solo tiene una erupción, y ésta, unas veces discreta, otras muy abun- dante, se reparte indistinta y desigualmente, sobre toda la superficie del cuerpo. La viruela artificial, tiene dos erupciones, la primera local, exactamente limitada á los puntos de inserción; la segunda, generalizada y consecu- tiva; y estas dos erupciones, no aparecen de la misma manera: la que corresponde á las picaduras, se prepara en silencio, secretamente, por decirlo así, y estalla á su hora, es decir, hácia el tercer dia; la otra, mucho más tardía, se anuncia por un ligero aparato febril. Esta ca- lentura, salvo la intensidad, corresponde realmente á la que precede la erupción en la viruela discreta natural. En resúmen: hay en la viruela natural dos fiebres: de invación y de supuración; pero solo hay una erupción. En la viruela artística (permítaseme la palabra), sucedía, cuando se la practicaba, lo contrario; había dos erupcio- nes, la local y la generalizada, y solo una calentura que correspondía á la de supuración ó secundaria, pero siem- pre más ligera y muchas veces áun faltaba. Por otra parte, en la viruela artificial, no había cica- trices mas que en los lugares de inserción, porque solo allí existia el pus; no presentándolo los botones secunda- rios; y la rubicundez consecutiva á la descamación, du- raba menos tiempo que en la viruela de la naturaleza. Así pues, la inoculación, no solo presentaba la ventaja de reducir el número de botones y de hacerlos inofensivos bajo el punto de vista de las cicatrices; sino también de atenuar la fiebre secundaria ó suprimirla completamente. Y veamos hasta donde llegaba su benignidad: Dice Bousquet 1; u habia, en los tiempo en que se practica- i! ba la variolización, inoculados que guardaban su’habi- ii tación sin estar en cama; otros que salían como de cos- ii tumbre á sus quehaceres. La Emperatriz de Busia, se i! paseaba todos los dias en carroza y escribía á Voltai-re: a Es realmente una torpeza hacer tanto ruido por una ii bagatela semejante, é impedir á las gentes salvar su i* vida tan fácil y alegremente, n ¿Por qué el virus obra de una manera tan distinta manejado por la naturaleza ó por el arte'? ¿Por que la 25 1. Bousquet. Nouvsau Traite de la Vaccune et dea éruptions vario- leuses. 26 viruela natural sólo presenta una erupción y dos la in- oculada? ¿Por qué tanta benignidad por una parte y tanto peligro por la otra ? Cuestiones son estas que han ocupado el cerebro de muchos hombres eminentes, pero que nunca han logra- do obtener una resolución satisfactoria. Querer extrac- tar aquí las discusiones que sobre el particular se han suscitado y que Bousquet trata magistralmente, sería salir del plan que nos hemos propuesto y aumentar en mucho este imperfecto estudio. Bástenos, pues, con mencionarlas. Hasta hoy sólo se habia tratado de la inoculación por la red de Malpighi, pero en estos últimos tiempos se es- tudia otra nueva práctica. Los trabajos de Pasteur y sus discípulos; los de Chauveau, Arlving, Carnevin, Tilo- mas y Toussaint han demostrado que, la inoculación del principio activo de la vacuna, del cólera de las gallinas ó del carbón, ya sea en el tejido celular (Pasteur) ó en los linfáticos Chauveau) ó en las venas, (Carnevin) y (Tilomas) produce la inmunidad obsoluta. Así han po- dido Carnevin y Tilomas practicar la inoculación intra- venosa del carbón sintomático, en trescientos animales, con el mejor éxito y sin ningún accidente. 1 Warlomont dice en su " Tratado sobre la Vacuna, it re- firiéndose á las experiencias ántes mencionadas: “ Hé •i llegado á un resultado análogo. Ocupándome de hacer se convierte de activo en inerte, pero esto no prueba que los mencionados cuerpecitos sean la parte activa de la vacuna, puesto que al filtrarla, quedan en el filtro, á la vez que estos cuerpos, leucocitos, celdillas epiteliales, etc., á los cuales, tanto como á la granulación, podía atribuir- se lógicamente la actividad vacunal. Los progresos alcanzados en nuestros dias con res- pecto á los microbios, ño dejan duda de que real y efectivamente se trata de un hongo, pero no se le ha po- dido cultivar en líquidos especiales, lo cual dificulta un poco su estudio; pero creemos con Warlomont que ■■ si a se llegase á cultivar el microbio vacunal, en líquidos " excentos de toda promiscuidad sospechosa, se realiza- “ ría un progreso de consideración, n Sabemos que la viruela posee también su microbio es- pecial y que los caracteres físicos de ambos microbios son muy semejantes, pero algo especial y que nosotros no podemos apreciar debe diferenciarlos, puesto que no producen efectos enteramente iguales. ¿Quien distingui- rla dice Warlomont, entre dos semillas de adormidera, cual producirá flores blancas y cual rojas'? El hueso del almendro dulce que encierra un fruto bienhechor, no di- fiere senciblemente del hueso del almendro amargo que encierra un veneno poderoso y seria un absurdo deducir de su semejanza su identidad de acción. Si estos micro- bios son infinitamente pequeños; si son defectuosos aún los medios de investigación que poseemos, su perfeccio- namiento tal vez nos dirá algo en el porvenir. 37 Veamos, para concluir, la descripción que de estos ouerpecitos nos hace Klebs: “ Los organismos de la va- " cuna, como los de la viruela, se nos presentan exclu- i» sivamente bajo la forma de micrococus, y, en ninguna ** face de su desarrollo, toman otro aspecto que el de " pequeños glóbulos esféricos, n " Ni en la pústula variólica, ni en la vacuna animal» " ni en los órganos de individuos muertos de viruela, he* ti mos encontrado figuras abastonadas (batonées). Tra- i! tase pues de micrococus puros, que, en los diversos es- ii tados de su desarrollo, no pasan por ninguna otra for- ii ma. ti Klebs les asigna seis milésimos de milímetro de diá- metro pero como sus experiencias han sido en corto nú- mero no pueden aún aseptarce sin reserva. Les asigna también un carácter especial; el de agru- parse de cuatro en cuatro lo que les valdria el nombre de micrococus quaclrigéminus. Otros observadores no consideran esto como enteramente exacto y Straus ha presentado á la Sociedad de Biología de Paris (29 de Julio de 1882), preparaciones microscópicas de la pústu- la vacunal de la vaca, donde se les ve agrupados sin ór • den; unas veces en masas compactas, otras en series li- neales. Su número y posición varian, según este obser- vador en cada uno de los períodos de evolución. COMPLICAOIOKES. La inserción de la linfa vacunal, por pura que sea, puede producir en individuos perfectamente sanos, ya la aparición de algunas erupciones, ya la exaservacion de los síntomas locales; entre estas podemos citar el estado flegmonoso de los órganos; la erisipela localizada, y por con- secuencia una reacción febril más ó menos intensa, de- pendiendo únicamente de la complicación y de ninguna manera de la vacuna. Entre aquellas; la aparición de erupciones efímeras. Estos accidentes ceden perfecta- mente á la aplicación de cataplasmas y losiones tibias al lugar doloroso cuando se trata de combatir el aumento de los signos locales, ó á las bebidas emolientes, y dia- foréticas cuando son las erupciones las que se trata de combatir. Cuando el vacunado inadvertida ó inconcien- temente rasca sus granos para calmar la comezón ó pru- rito de que son estos sitios cuando se encuentran ya cu- biertos por la costra, suele suceder que, la úlcera situada debajo de ella, se irrite, se agrande, tome aún la aparien- cia de una úlcera fagedónica y dé lugar á todos sus sín- tomas. Por lo general, esto solo se’observa en individuos sospechosos de algún vicio diatésico; en este caso debes mos sujetarlos á una atenta observación y combatir esta- complicaciones por medio de losiones con agua de Sa- turno y cauterizaciones con nitrato de plata fundido. Otra complicación que se presenta algunas veces, pero que dependiendo casi siempre de la mucha proximidad de las pústulas, podemos evitar, es la erisipela localizada al lugar vacunado; si por desgracia llegare á presentarse, algunos toques con nitrato de plata sobre las pústulas, bastarán para abreviar su duración. Entre las erupciones de que hecho men- ción, dos son las que importa conocer: la vacuna gene- ralizada que no necesita descripción especial y una especie de roséola que está caracterizada por la aparición de man- chas rojas, volviéndose después rosadas, sin prominencia, irregulares en su forma, más anchas que las del sarampión y discretas. Este accidente se presenta cuando la infla- mación de los granos llega á su máximum, y de prefe- rencia en los vacunados durante el Estío. Se propaga de la cara al cuello, al tronco, y por último á los miembros. Su duración es de cuatro ó cinco dias; no retarda la evo- lución de la vacuna. i! No hablaré (dice Bousquet) de algunas otras peque- ii ñas efloresencias, sin carácter y sin peligro. La Fisio- ii logia las señala, pero la Terapéutica no se ocupa de ti ellas. Preciso es atribuirlas á los lazos simpáticos que ti unen todos los órganos del cuerpo humano y mas par- tí ticularmente todas las partes del mismo aparato: ley o sublime que separará para siempre la materia viva de ti la materia muerta, n 1 A estas se reducen las complicaciones de la vacuna é importa al práctico, saber distinguirlas de los accidentes que á título de simple coincidencia suelen acompañarla, y de las cuales el médico vacunador no es responsable. 39 1. Loe. cit. pag. 194. PROCEDIMIENTOS. Dos son los métodos generales empleados para vacu- nar: ó bien la linfa es tomada de la vesícula llamada caw-pox, enfermedad propia de la especie bobina, ó bien de la vesícula procedente de una vacunación prévia, y desarrollada en un ser de la especie humana; á la prime- ra se ha dado el nombre de vacunación animal y á la se- gunda el de vacunación de brazo á brazo ó vacunación jenneriana. 1 Uno y otro de estos procedimientos, cuen- tan sus partidarios y sus detractores, y en los dos bandos hay personas tan respetables, que el ánimo, perplejo, no sabe á dónde dirigirse. Arguyen los partidarios de la vacuna animal, como prueban en favor de su opinión, que la vacuna trasmitida de la vaca al niño, conserva todo su vigor que vá perdiendo poco á poco al ser trasmitida de un ser humano á otro, y que por consiguiente al cabo de un número considerable de vacunaciones ya no es la lin- fa vacunal la inoculada, sino un líquido irritante, sin ac- ción profiláctica ninguna, que solo tiene por oficio mor- tificar al paciente; y además, consideran que muy bien puede servir de vehículo para trasmitir ciertas enferme- dades como la sífilis por ejemplo, peligro que seguramente !• Littré y Bobiu. 41 se evitaría introduciendo en el organismo el líquido con- tenido en el caiv-pox, pues que la sífilis es especial á la especie del hombre y los animales (menos el mono), son refractarios á ella. Los campeones de la segunda idea, asientan que la vacuna humana no degenera, puesto que, después de ha- ber pasado por innumerables organismos, desarrolla gra- nos enteramente semejantes á los primitivos, con todos los caracteres de la buena vacuna y produce siempre y en todos ellos, los mismos síntomas y con igual intensi- dad; además, en las epidemias de viruela, nunca se ha no- tado que la enfermedad respete á los vacunados directa- mente por el cavv-pox y ataque á los vacunados de bra- zo á brazo. Nosotros, en nuestro humilde concepto, cree- mos que ámbos procedimientos ponen al abrigo de la viruela y daríamos siempre la preferencia al método jeneriano por ser de una aplicación más fácil. En cuanto á la cuestión tan debatida de saber si existe posibilidad de trasmisión, por la vacuna, de enfermedades virulentas como la sífilis, la trataremos tal y como nos lo permitan nuestras débiles fuerzas en una de los párrafos siguien- tes que dedicamos á dilucidar, si nos es posible, tres cues • tiones de sumo interés que son: 1.‘ ¿La vacuna es real- mente un profiláctico de la viruela? 2.a '¿Pueden inocu- larse por ella otras enfermedades? 3.a y última ¿Es nece- saria la revacunación? Pero ántes de pasar adelante, indiquemos de una ma- nera suscinta, cuales son los procedimientos empleados, en la actualidad, para efectuar esta pequeña operación cualquiera que sea el método elejido entre los dos que dejamos asentados. Ya sea la linfa del caw-pox ó ya la de la vacuna de un niño la que se escoja para proceder á la inoculación, pueden presentarse dos casos: ó bien se dispone de la pústula fresca y entonces solo hay que trasmitir su con- 42 tenido eu la punta de una lanceta del lugar en que se halla al en que se quiere depositar, ó bien se la tiene conservada. En el primer caso, el cirujano vacía con la punta de una lanceta uno ó varios de los lóculos que cons- tituyen el cojinete vesicular que presenta, y después, to- mando con la mano izquierda el brazo (lugar donde de preferencia se practica la vacuna), produce varios pique- tes (generalmente tres), abajo de la inserción deltoidia- na. En el segundo, se deposita una gota de la linfa con- servada, en la punta de la lanceta y se procede como anteriormente. Los procedimientos empleados para conservar el pús vacuno son los siguientes: l.° En plaquillas do vidrio. Para conservarla de esta manera, después de abiertos todos los lóculos de una pús- tula-vesícula, se pasea sobre ella la plaquita de vidrio perfectamente limpia y una vez bien cubierta de líquido, se cubre con otra placa de la misma sustancia y de igua- les dimensiones. Como estas plaquillas están destinadas á guardar por mucho tiempo su contenido, en algunos países, como Francia por ejemplo, se tiene la costumbre de unir las placas por sus bordes con cera blanca ó lacre; pero en otros países se contentan con envolver las pla- quillas en lámina de estaño. Si exprofeso se hubiera buscado el procedimiento peor para hacer esta conservación, seguro es que no habrían adoptado otro: al aplicar el vidrio contra la pústula es muy fácil arrastrar á la vez que la linfa vacunal, sucie- dades de la piel, celdillas epiteliales, sangre, etc., y por bien aplicadas que estén ámbas plaquitas una con otra, encierran siempre un poco de aire, así es que se encuen* tran reunidas todas las sustancias necesarias para que el líquido sufra la fermentación pútrida. Warlomont habla de cierto olor que desprende esta preparación poco tiem- 43 po después de hecha, y que demuestra claramente su descomposición. Fonssagrives, se opone enérgicamente á esta manera de conservar la vacuna. 1 Pero como estas placas de uso antiguo conservan aún partidarios, algún autor ha recomendado mezclar al vi- rus vacuno una gota de glicerina neutra, con el fin de impedir la putrefacción y conservarle alguna fluidez áun muho tiempo después de conservado. 2.° Puntas de marfil. Véamos como se expresa de es- te procedimiento Warlomont: " Constituye á todas lu- " ces, un modo útil de recojer, expedir y conservar la " vacuna. Son pequeñas placas de marfil, talladas en «» cuadro en una extremidad; en punta por la otra, te- " niendo de ordinario 6 milímetros de ancho, por 36 de “ largo. La extremidad en punta, está adelgazada y cor- “ tante de los dos lados, muy acerada en su extremidad, " con objeto de hacerla servir, si preciso fuere, al acto " mismo de la vacunación. Esta práctica es buena en sí, “ puesto que separa absolutamente los inconvenientes de " instrumentos vanales que pudieran contaminarse; los ii instrumentos de marfil, sin embargo, ofrecen el incon- ii veniente de no permitir las incisiones netas, n ‘i Se empapa la extremidad de sus puntas en una lon- || gitud de cuatro á cinco milímetros, en el líquido de 'i pústulas vacuníferas abiertas, después se las hace secar " rápidamente, sea al sol, sea al calor de un foco cual- " quiera, no pasando de una temperatura de 30 á 40° i* centígrados, á fin de despojar la vacuna del líquido que i* la baña. Escapa así, á toda maceración, á la manera i' de las conservas de legumbres secadas á la estufa, y i* que arrostran las injurias del tiempo. Si la punta no ii está destinada á servir dentro de poco tiempo, se cu- 1. Gaceta hebdomedaria del 4 de Noviembre de 1867, pag. 695. 44 w bre la parte con vacuna, de una capa de mucílago de •i goma arábiga que hace oficio de barniz, para preservar- »‘ la de la acción del aire y de sus impurezas. 'i Así preparada, la vacuna seca se conserva larguísi- ii mo tiempo. Para expedirla, se prende la punta sobre m una instrucción que indica la manera de servirse de i' ella, se la guarda en un sobre de carta y se deposita ii en el correo. No hay nada más práctico, n Tubos Capilares. Los tubos capilares de que se hace uso, son general- mente ensanchados en su centro, pero los hay también con el mismo diámetro en toda su longitud y están abier- tos en sus dos extremidades. La manera de llenarlos es muy sencilla; una vez desgarrada la vesícula, y habien- do salido su contenido, se aplica en éste una de las ex- tremidades del tubo; inmediatamente la linfa asciende en el tubo por capilaridad, y si se da después al tubo una inclinación conveniente de manera de ayudar por la pe- santez los efectos de la capilaridad, se llega fácilmente á llenarlos de líquido. Una vez conseguido esto, se tapan sus extremidades con unas gotas de lacre, ó se funden á la lámpara de alcohol. Los tubos de ámpula mediana, solo tienen sobre los extrictamente cilindricos, la venta- ja de cerrarse más fácilmente á la lámpara, porque sus paredes son mucho más delgadas. Los cilindricos de pa- redes más gruesas, necesitarían una exposición mayor á la flama para haber de cerrar sus extremidades y esto podría ser nocivo al líquido encerrado en ellos. El Dr. Frau emplea unos tubos de su invención, ce* rrados en una extremidad, de cinco centímetros de lar- go, por medio milímetro de diámetro. La extremidad cerrada, es ámpular, el procedimiento que emplea para llenarlos es el siguiente: se comienza por rarificar el aire, 45 conservando la ampulita en la mano cerrada ó al calor de la boca, después, se presenta la parte abierta, al botón vacunal, previamente desgarrado, al ponerse en equili- brio la temperatura interna del tubo con el ambiente, el aire contenido en él se condensa, disminuye de volúmen y la linfa asciende en su interior, luego se sella como el de los tubos simples. La manera de usarlos es muy fá- cil; se quiebra la parte sellada, se calienta la ampulita, y al dilatarse el aire, sale el líquido contenido en ella. La vacuna puede conservarse así algún tiempo, pero podemos decir de este procedimiento lo que hemos dicho de las placas, siempre queda la linfa en contacto con cier- ta cantidad de aire, que á la larga la descompone, Además, según Bousquet y Warlomont, la vacuna en- cerrada en tubos, poco á poco va desapareciendo, no se dan la explicación de este hecho, pero deducen de él que, la vacuna sufre cambios funestos á sus propiedades; con- cluyendo, que los fracasos observados cuando se vacuna de virus conservados, son debidos siempre á descompo- sición del líquido. Eduardo Müller, Director del Establecimiento de Va- cuna en Berlín, recomienda como el mejor de todos, el procedimiento de conservación siguiente: “ Se pone en “ un vidrio de reloj, una mezcla de glicerina purísima y ii agua destilada, (partes iguales de cada cosa). En este ‘i líquido se recibe el contenido de las pústulas. El agua «i destilada tiene por objeto hacer la solución más fluida, ii y permitir su introdncción en los tubitos; la linfa no se •i disuelve fácilmente en la glicerina, y antes de emplear- ii la, bueno sería facilitar su dilución con ayuda de un 'i pincel. M El 30 de Abril del año pasado, apareció en el “Bole- tín de Terapéutica” de París, un artículo referente á un nuevo procedimiento de vacunación, el Dr. Bourgeois, su autor, fundándose en los éxitos obtenidos por Pasteur, 46 que inocula los virus atenuados, del cólera de las galli- nas y de la rabia, como preservativos de estos estados morbosos y además creyendo que el virus vacuno no pe- netra enteramente en las heriditas producidas por la lan- ceta, siendo esta la causa de muchos inéxitos, propone vacunar por inyección subcutánea. Ni los razonamientos de dicho señor, ni la estadística (muy corta aún, sobre esta materia) han logrado hacer nacer en mí la convic- ción de su eficacia. Algunos datos curiosos podríamos sacar del artículo á que nos hemos referido, pero no nos parece conveniente hacerlo por la naturaleza de esta memoria y las personas que quieran informarse sobre este asunto, consultarán con fruto la disertación á que ántes he hecho referencia (Bulletin General de' Terapeutique, Numero du 30 Abril de 1884) en la cual, podrán ver, las láminas que representan los instrumentos necesarias para vacunar por ese procedimiento y todas las razones que el autor ex- pone como fundamento de su método. Creo que no se debe uno dejar llevar del entusiasmo y esperar un nú- mero competente de observaciones, para decidirse en fa- vor ó en contra del nuevo procedimiento, conformándo- nos con indicar aquí, el lugar donde se puedan inquirir noticias de él. CUESTIONES SOBRE LA VACUNA. ¿La vacuna es preservativo de la viruela? ¿Puede servir de vehículo para trasmitir las afecciones virulentas? ¿La revacunación es necesaria? Discusiones sin número se han suscitado, con objeto de dilucidar ciertas cuestiones relativas á la vacuna, todas de vital importancia. Así por ejemplo, se han pregunta- do si la linfa vacunal no es una materia en descomposi- ción; si los trabajos higiénicos, no bastarían por sí solos para preservar de la viruela; si con la vacunación, real- mente se nulifica la acción del veneno variólico; si no se- ría fácil inocular á la vez que el virus vacuno el de otra enfermedad como el de la sífilis por ejemplo; si dado ca- so que la vacuna sea un preservativo basta con practicar- la una vez; y otras muchas que por no ser difuso omito asentar. Pero de todas, creo que las mas importantes son estas tres: saber si la vacuna es preservativo de la vi- ruela; si puede servir de vehículo para trasmitir una afección virulenta, y si es necesaria la revacunación. Estas tres cuestiones, serán pues, las que me ocupen en el presente capítulo, pidiendo de antemano indulgen- cia porque ni mis escasos conocimientos ni la naturaleza de este trabajo, me permiten tratarlas con la debida ex, tensión. 48 ¿La vacuna es un medio profiláctico de la viruela? Ocioso parece, tratar asuntos que, como el presente, están demostrados plenamente por la experiencia diaria, desde el año de 1774 en que Benjamín Jesty practicó la prime- ra vacunación. Pero algunos médicos, fundándose en las excepciones, se han atrevido á negar su influencia protec- tora. Que los médicos antiguos, de la época de Jenner, y los de la generación que inmediatamente le sucedió, du- daran, nada tiene de estraño, puesto que carecían de los datos estadísticos necesarios para formar un juicio; pero que, prácticos de la época presente, al tanto de los ade- lantos científicos modernos y en disposición de consultar las notas referentes á este asunto lo nieguen, apenas puede creerse; y sin embargo, los hay; á la vista tenemos el cuaderno titulado: “La Viruela y su Tratamiento” es- crita por el Dr. G. Sentiñon y publicado en Barcelona en 1884, en donde el autor, mas que al estudio de la ci- tada enfermedad, parece dedicarse á demostrar (¿) que la vacuna no preserva de la viruela, ó dado caso que pre- serve, lo hace de una manera efímera, adhiriéndose en- teramente á la opinión que el Dr. Boing sostiene en una de sus obras, titulada: “Hechos relativos á la cuestión de la Viruela y de la Vacunación. Estudio estadístico- etiológico-crítico. n Véamos algunas de las muchas con- clusiones que este señor se cree autorizado para deducir: ii Ia Después de los trabajos de Pasteur y otros, no es posible negar la posibilidad (teórica) de la acción pro- tectiva de la vacunación, h ii 2a Si esta protección existe realmente, en muchísi- mos casos, dura muy poco tiempo, unos cuantos meses, y á veces tan solo pocas semanas, n 49 “ 5‘ La morbididad y mortalidad relativas de los va- cunados y no vacunados, no es la misma en todas partes, predominando ora estos, ora aquellos, en el número to- tal de atacados y fallecidos, n “ 6a La razón por qué en muchas localidades enferma de viruela un número relativamente mayor de no vacu- nados que de vacunados, está en la edad y posición so- cial de los no vacunados, no en la circunstancia de no es- tar vacunados, u »' Casi sin excepción los vacunados son los que en- ferman primero, y los no vacunados, los últimos, u » 8* La intensidad de la afección es la misma en los vacunados y revacunados, que en los no vacunados, u He suprimido de intento, las conclusiones que se re- fieren á la viruela, por no ser conducentes al objeto, pe- ro por las que preceden es fácil deducir lo absurdo de los razonamientos que les han dado origen. Para confundir á los que de una manera tan hostil é injusta, atacan uno de los descubrimientos más hermosos de las ciencias mé* dicas, tenemos á nuestra disposición multitud de argu- mentos; pero entre todos, la contundente elocuencia de los números, nos va k permitir demostrar su falsedad. Pasemos ligeramente la vista por las estadísticas de los diversos países que la poseen desde tiempos anteriores á Jestey y Jenner, y veremos que en Westphalia en los treinta y un años comprendidos entre 1777 y 1806, hu- bo una mortalidad por la viruela de 2643 almas por ca- da millón de habitantes, mientras que, de 1807 á 1850, solo fue de 114 por millón de habitantes. En Suecia, Co- penahue y Austria, comparando los datos de mortalidad por esta enfermedad, antes del descubrimiento de la va- cuna, con los posteriores á este mismo descubrimiento, 50 dan una cifra asombrosa, mientras que á partir de 1800, han descendido: para el primer país, á la duodécima par- te; para el segundo, á un décimo; y a una vigésima par- te en el tercero. En sola la Capital del Reino Unido de la Gran Bre- taña, la viruela arrebataba de tres á cinco mile habitantes anualmente por millón en el siglo pasado, y fué deseen, diendo rápidamente, puesto que, de 1841 á 1853, solo fallecieron por esta afección y por millón de almas, 304; y en 1855 ¡solo se contaron, para toda la Inglaterra y el país de Gales, 136 variolosos muertos! En México, según dejamos asentado en las primeras páginas de nuestro trabajo, murieron durante la conquis- ta, 3.500,000 habitantes, naturales del país, cifra que su- pera con mucho á los que, desde el establecimiento de la vacuna, hayan podido morir en toda la Nación, no solo de viruela, sino de todas las fiebres eruptivas! Otro tanto podríamos decir de Irlanda, Santiago de Chile, (lugar donde primerose conocióla vacuna,en Amé- rica), y otros países, pero sería cansar demasiado la aten- ción de mis respetables Jurados. Por otra parte, nunca se ha hecho mención de la in- fiuencia que la posición social y la edad puedan téner en el desarrollo de la enfermedad, y antes bien sabemos que la viruela ataca igualmente á los pobres y á los ricos. Si en la infancia la observamos comunmente, esto depende indudablemente de la propiedad que tiene la enfermedad de atacar solo una vez en la vida, puesto que cuando en- cuentra un terreno virgen y en estado de receptividad, se ceba indistintamente en todo sér humano, sea hombre, mujer ó niño, de cualquier edad queseay pertenezca á cua- lesquiera clase de la sociedad, como se observó en las Is- las Ferce, durante la epidemia de viruela y sarampión que las despobló. Tal fue también Luis XV, que murió de viruela confluente, á la edad de 75 años. 51 En virtud de lo expuesto, creemos pues, que atenién- donos á la indisputable superioridad que dan las pruebas numéricas, podemos establecer las siguientes conclusio- nes, en lugar de las que, tomadas del Dr. Bóing, hemos dejado señaladas: 1* Después de los trabajos de Pasteur y otros, y aten- diendo á las estadísticas de todos los países, no es posi- ble negar la acción protectiva de lu vacuna. 2* En todas partes la estadística nos enseña, que la mortalidad de los no vacunados, es con creces mayor que la de los vacunados. 3a No son las condiciones sociales ni la edad, sino la vacuna, el preservativo seguro de la viruela. Aún más pruebas podrían darse. Por ejemplo, las ino- culaciones inútiles intentadas en niños vacunados de que nos habla Pearson; la indemnidad de que gozan los en- fermos, (vacunados por supuesto), que están al servicio de los variolosos. A propósito, referiré para concluir con este punto, algo que recuerdo haber leido en una pu- blicación inglesa, y entraña una enseñanza muy expre- siva. Durante la epidemia de 1881, en el barco-hospi- tal, ti El Atlas, “ había 90 individuos destinados á cuidar los enfermos, y de todos ellos, solo una enfermera, que no estaba vacunada, contrajo la enfermedad muriendo de ella. ¿Puede la linfa vacunal, servir de vehículo al virus sifilítico'? Sí; y permítanme algunos de mis maestros, todos muy respetables para mí, disentir en este punto de su opinión; pero es tal el número de pruebas en favor, tan- tos los prácticos eminentes que sostienen esta hipótesis, que después de haber visto varios escritos, ya en pró ya en contra, no he dudado un solo momento en contestar afir- 52 mativamente. Es cierto que en algunos casos se han pre- sentado individuos, experimentadores denodados, que ex- poniéndose á los horrores de la sífilis, se han vacunado con la linfa de granos vacunos desarrollados en sifilíticos- Tales por ejemplo han sido el Dr. Ducoeur y sus dos hi- jos, sin que se presenten los síntomas de tan terrible en- fermedad. Algunos de estos observadores han callado el resultado de sus observaciones y los poquísimos que co- mo el Dr. Ducoeur, los han publicado, no son bastantes para acarrear la convicción. Los que opinan por la afirmativa, al contrario, sumi- nistran pruebas innumerables, apoyadas todas en autori- dades irrecusables y que convencen no dejando en el áni- mo ni una sombra de duda; se vacunan por ejemplo en un hospital del Departamento de Morbihan, cien niños, con la linfa de una criatura nacida de padres sifilíticos y afectada ella misma de sífilis hereditaria; los cien des- graciados presentan algún tiempo después los síntomas de la sífilis. ¿Qué consecuencia debemos sacar de este hecho y de otros muchos que encontramos referidos en la memoria que leyó el Dr. D. Angel Iglesias ante la Academia de Medicina de México en 1868, y que corre impresa con el título de “ Memoria sobre la Vacuna ani- mal,!! y no ignorando que los medios de inyección sifilíti- ca son: el contacto impuro y la herencia únicamente ? To- dos ellos estaban sanos, ninguno presentaba los caracté- res de la sífilis hereditaria, y sin embargo, en todos ellos, después de vacunados, la enfermedad aparece. Después de haber escuchado estas elocuentes palabras dé Mr. Ricord: » Primero, rechazé la posibilidad de la a sífilis por la vacunación; después los hechos se repro- •i ducen y se hacen más y más elocuentes, entonces, acep- u to, (con reserva y aún con repugnancia), este modo de n trasmisión; hoy ya no dudo en proclamar su realidad; u parecería resuelta la cuestión, por la afirmativa; pero hay 53 quien no haya querido rendirse á la evidencia, y niegue rotundamente esta etiología de la sífilis; para ellos escri- bimos las siguientes líneas, procediendo en el mismo ór- den que lo hace Warlomont. La Academia de Medicina de París, proclamaba muy alto en 1830, la inocencia de la vacuna y á pesar de su autoridad, todos los médicos buscaban para sus clientes, y todas las madres para sus hijos, un grano vacuno des- arrollado en una persona enteramente sana, querían pre- servarlos tomando la linfa no de una fuente enferma, sino de un manantial puro ó inmaculado. Esta desconfianza tradicional, vino á producir sus efectos en 1860; época en la cual ya se tenía conocimiento de un cierto número de observaciones minuciosamente recogidas, que probaban lo desacertado de la opinión de la Academia de Medi- cina. No sería prudente dar aquí, una lista detallada de los casos auténticos de sífilis vacunal que se conocen; son muchos, y la mayor parte se encuentran consignados en la monografía que Yiennois publicó en 1860, en los ar- tículos que Depaul publicó en los archivos de Medicina en 1865, y en la memoria del Dr. Angel Iglesias, ántes mencionada. No falta-quien asegure que los niños en apariencia sa- nos, que al ser vacunados se enferman de sífilis, llevaban ya los gérmenes de esta enfermedad, y que la vacuna solo es un pretexto para que la diátesis se manifieste. Esto evidentemente es falso* pues se sabe que un individuo enfermo de sífilis, ya sea hereditariamente, ya sea por contacto, no puede presentar más que al comenzar los accidentes primitivos, el chancro infectante, siendo im- posible, por más esfuerzos que se hagan, conseguir des- arrollar en él, otro chancro de la misma especie, así como en el vacunado una vez formados los botones, no se pue" den obtener otros de la misma naturaleza. 54 Ahora bien, cuando al vacunar se forman en los pi- quetes chancros indurados, tenemos que convenir, á mé * nos de ponernos en abierta contradicción con los princi- pios admitidos en la ciencia, en que estos chancros cons- tituyen en sí mismos los accidentes primitivos. También se ha hecho mérito de los pocos casos de sí- filis vacunal, relativamente al número de vacunados desde hace noventa años, pero si se tiene en cuenta la diversa marcha de los síntomas, en la sífilis y la vacuna; de los médicos que por ahorrarse los reproches de una familia? atribuyen á otra causa la eclosión de los accidentes, etc., puede uno convencerse de que el número real de casos de sífilis vacunal, es mucho mayor del conocido. Otras causas de error, y no ménos importantes, son las siguien- tes: Se pone una nodriza á un niño, y al cabo de poco tiempo aparecen ambos enfermos de sífilis, nunca los pa- dres, (que suponemos sanos), creen que su hijo sea 1a. causa de la enfermedad, y acusan á la pobre mujer de haber enfermado á su hijo, y en estos casos los módicos legistas saben cuán difícil es dilucidar la cuestión; otras» y podemos decir las más, los niños vacunados se sustraen á las pesquizas del módico, y podrán tener sus accidentes sin que éste se lo sospeche siquiera, y si más tarde los sín- tomas sifilíticos se producen en algunos de ellos y se con- sulta al médico, éste los atribuye á una diatésis anterior, eludiendo así la responsabilidad que pudiera sobreve- nirle. Los que como Depaul, sostienen que la vacuna es ino- cente, se exponen á desengaños terribles, tan terribles como el sufrido por este ilustre profesor. Investido con el cargo de Director de la vacuna en la Academia de Me- dicina de Paris, dirigía el 29 de Noviembre de 1864, al Ministro de Comercio y Trabajos públicos, una memo- ria, en la cual se leían estas palabras: » La Academia " puede invocar su experiencia, (que es una de las más 55 ii vastas); ella concede el beneficio de la vacuna á dos ó •i tres mil individuos, cada año, y hasta hoy no ha teni- ii do que demostrar un solo caso de sífilis vacunal, n Esto había sido cierto hasta entonces, pero aún no habían tras- currido nueve meses, cuando se dio el primer caso’de sí- filis vacunal en la oficina de Depaul, y con él un mentís á las palabras que dejamos señaladas. Mr. Millard, refiere en “La Union Médica” de Di- ciembre de 1865, (núm. 147, pág. 466,) elocuentísimos casos de inyección sifilítica por la vacuna, los cuales co- ñesa como ciertos, con toda la lealtad de un hombre de buena fé el mismo Depaul. Waiíomónt, queriendo conocer de una manera exacta la opinión de íticord, sobre los casos de Millard, le diri- gió una carta á la cual íticord, contestó en estos térmi- nos: “Monsieur et honoró collégue: O i! J ai été, en effet, appelé a examiner le malade de Mr# ii Millard, dont parle l’union médicale, et j’aifc pu cons- ii tater, sur ce malade comme diez plusieurs autre, un ti cas de transmission de syphilis par l’intermediaire de ii la vaccination. Jusqu’á présent il ne nía été donné ti d'observer que les resultáis de ce monde de contagión, ii mais je n’ai pas encore eu l'occasion d’en verifier les ti soucces. Dans touslescas, la syphilis vaccinale, quels n qu’en soient les conditions et le mecanisme, parait étre, ii aujourd’hui, un fait établi. n ii Yenillez etc.n n Firmado, Philtppe Ricord.h iiParis, 10 Juin 1866. n 56 Después de documentos como el que antecede, cuando Depaul, Ricord, Millard, etc., han abandonado su pri- mera opinión, no sin repugnancia, (como lo confiesa Ri- cord), para volverse partidarios de la sifilización por la vacuna, me parece imposible Ja duda. Entre nosotros, desde el año en que nuestro eminente vacunador, el Sr. Malanco, tomó la lanceta, y el grano vacuno, del Dr. Muñoz, no se ha presentado ningún caso de sífilis inoculada, pero si tenemos en cuenta que siem- pre se han deshechado los vacuníferos enfermos, ó de mala constitución, se comprenderá que esto nada tiene de extraño. Una vez admitida la posibilidad de la sifilización, por la vacuna, quédanos por dilucidar la siguiente cuestión: ¿Es la linfa contenida en el grano, ó la sangre del vacu- nífero, lo que produce la infección'? Suponiendo desarro- llada la vacuna en un niño previamente sifilítico, Mr. ítobert, se explica la contaminación de esta manera: Al formarse los botones vacunales, algunas pústulas de ec- tíma sifilítica, superficiales, con producciones pseudo- membranosas en su superficie, viene á combinarse con la pústula vacunal, y al tomar el virus de ésta, se toma también la secreción del accidente secundario. Otros quieren que sea la sangre el vehículo del virus sifilítico; para admitir esto, ántes es necesario saber si la sangre lleva en sí misma el gérmen de la enfermedad. Las experiencias aparecen hasta hoy contradictorias, vea- mos una que parece argüir en contra de esta hipótesis: Nuestro sábio y eminente profesor, el Dr. Domínguez, practicó en sí mismo la experiencia siguiente, (que tomo del núm. 18, del Tomo IV, de •• La G-aceta Médica de México,ii correspondiente aldialó de Setiembrede 1869). “ El 15 del pasado, dice el Dr. Doininguez, mi corn- il pañero el Sr. Rodríguez, me pasó á la cara anterior del ii antebrazo derecho, la sangre que daba el dedo meñique 57 “ de la mano izquierda de un enfermo del Sr. Carmona, “ que, tanto este Sr., como nuestro juicioso E. Liceaga, •» Rodríguez y yo, creimos se encontraba en buenas cir- » cunstancias para que el experimento fuese, en lo posi- ‘i ble, seguro. » El enfermo tuvo hace cinco meses un chancro hun- «»teriano en el pene, acompañado de su inseparable ade- “ ni tes inguinal, que no supuró, Cicatrizó la úlcera sin ii tratamiento específico; pero quedó la pléyade ganglio- «» nar; y algún tiempo después apareció en el pecho la ii roséola sifilítica, que no vimos por haber desaparecido ii ya el exantema; pero tenía en cambio el enfermo una i* erupción (psoriasis) en las palmas de las manos y en « ‘i tre el bigote, así como ulceraciones (placas mucosas) ii en el lábio, la lengua, y bóveda del paladar, accidentes i' cuya aparición databa de tres dias. El enfermo no ha- ii bía tomado en esta última época sino dos granos de pro- ii toioduro de mercurio; y yo debo manifestar á la Aca- ii demia, bajo mi palabra de caballero, que jamás he tenido •i ni accidentes venéreos. Uno y otro nos encontrábamos, •i pues, en buenas circunstancias para dar y reoibir el •i contagio, si por acaso fuese inoculable la sangre. i» Pues bién, Señores; los piquetes de la inoculación, •i que fueron bastante profundos, y hechos cada uno co n •i una nueva sangre del sifilítico, están enteramente ciea- ii trizados; no me causan ni comezón; me han dejado tan •i tranquilo de cuerpo como de espíritu. “ ¿Se me dirá que estoy en el período de incuvaeión i •i Espero sin zozobra á que el tiempo venga á san- ii cionar la experiencia..., 1 Al lado de esta prueba, que nos merece entero orédi» to, dado el hombre eminente que la hizo, y el tacto que demuestra en todas sus experiencias, se nos presenta 1, “Ha trascurrido más de un año y no he tenido novedad.” [Setiembre de 1869] nota del Dr. Domínguez. 58 otra, hecha por un profesor no menos inteligente, y tan avezado á la experimentación como el profesor Domin- guez; queremos hablar del Dr. Bargioni, indemne de to- da afección sifilítica, quien el G de Febrero de 1862, fue inoculado por el Dr. Pellizani, profesor de clínica de en- fermedades venéreas, en la Escuela de Medicina de Flo- rencia, en presencia de todosúos alumnos. La sangre se tomó de la vena cefálica de una mujer de veinticinco años, con todos los síntomas de la sífilis constitucional, y no sometida hasta entonces á ningún tratamiento. Hé aquí la descripción de esta expeiúencia. '• Después de tomadas todas las precauciones necesa- ii rias, empleando instrumentos enteramente nuevos, des- •I de que la sangre escurre, se impregnan en ella hilas y •i se aplican á la región superior y externa del brazo iz- " quierdo del Dr. Bargioni, después de haber desnuda- • do la epidermis y practicado tres incisiones transver- tí sales. H El 3 de Marzo en la mañana, es decir, el vigésimo i* quinto dia, M. Bargioni, apercibió, en el centro de la ii superficie, donde la sangre habia sido inoculada, una •i pequeña elevación, dando un poco de prurito. El pro- ii. fesor Pellizari, demuestra, que esta pequeña pápula, ‘i redonda, de color oscuro, no presenta induración nin- " guna en la base. Tampoco hay infarto glandular. Se i* la cubre de hilas secas, y se la pone al abrigo de toda •i irritación, por medio de un pedazo de diaquilón engo- ii mado. ii El 11 de Marzo, la pápula tiene la circunferencia de i* una pieza de veinte céntimos; está cubierta de una li- li gera costra, de color plateado, muy adherente. ti Los dias 12 y 13, la costra se engruesa, se hace más i* adherente, hendiéndose en su centro. •i El 14, aparecen en la región axilar dos ganglios, i* como avellanas, móviles é indolentes. 59 i» El 19, pasando el dedo sobre la costra, se ve brotar n en la superficie, una pequeña cantidad de serosidad pu- •i rulenta, y hay dolor á la presión. ‘i El 21, la costra se desprende, dejando á descubierto •i una superficie ulcerada, induración ligera en su base. “ El 22, la costra cae enteramente, y se apercibe un ‘i chancro de aspecto infundibuliforme, cuyos bordes ofre ■ •i cen una resistencia elástica, que representa muy Jbien ‘i una induración específica; estos bordes, están hincha- “ dos, adherentes, oblicuos con relación al fondo del chan- “ ero; secreción poco abundante; dolor ligero. •i El 26, el chancro tiene las dimensiones de una rno- ii neda de 50 céntimos, la forma de infundíbulo; seCre- ii ción aumentada; induración mayor. " El 4 de Abril, chancro estacionario; cefalalgia noc- || turna; infarto glandular en la región cervical posterior. •i El 12, manchas de color rosado sobre todo el cuer •i po; infarto ganglionar del cuello, más marcado. i* El 22, el color del eritema, se hace decididamente ii cúprico. Algunas pápulas lenticulares se mezclan á él; ii el chancro primitivo presenta bordes salientes, ii Se comienza el tratamiento mercurial, h Algún autor francés, dice refiriéndose á esta experien- cia, poco más ó ménos, lo siguiente: i* Nada falta á esta observación; ni el mérito del maes- tro, ni el valor y perseverancia de la víctima; la expe- riencia es llevada lo más léjos posible; y, hecha la prue- ba, maestro y discípulos proclaman altamente sus resul- tados, y prodigan á su autor todas las consideraciones debidas al respeto humano. ¡Ojalá y este ejemplo nunca se olvide! u Como se vé, en el estado actual de la ciencia, no es posible decidirse por una ú otra de estas teorías, pero el hecho indudable, al ménos para mí, es, que puede tras- mitirse la sífilis por el acto de la vacunación. 60 El Dr. Muñoz, padre, vacunó próximamente en cua- tro años (de 1804 á 1808), 4,000 niños* y de 1808 á 1840, aproximadamente 96,000. Su hijo el Sr. Profesor D. Luís Muñoz, vacunó de 1841 á 1867* ciento ochenta y tantos mil niños. El Dr. Malanco desde el dia l.° de Junio de 1876, al año que cursamos, ha suministrado la vacuna á más de ciento noventa mil seres. Se vé, pues, que desde 1804 á 1885, tenemos un número considera- ble de vacunaciones, y no se conoce un solo accidente; pero si se tiene en cuenta el especial cuidado de todos los vacunadores, ántes mencionados, en tomar la linfa de granos desarrollados en criaturas enteramente sanas, se comprenderá que nada tiene esto de extraño. ¿De esto sacaremos, como algunos lo hacen, la errada conclusión de que la vacuna debe ser abandonada? No ciertamente; á tanto equivaldría, suprimir la cloroformi- zación, porque algunos casos raros son mortales, ó la san- gría, porque se puede desarrollar un aneurisma arterio- venoso. Debe deducirse, al menos, según mi creencia, que la vacunación es una operación delicada; que debe estar constante y exclusivamente, al cuidado de un mó- dico, y que éste debe rodearse de todas las precauciones imaginables, por frívolas que á primera vista puedan pa- recerle. En toda Europa se admite la revacunación sin ningu- na reserva, pero en atención á lo mal montado de las oficinas vaeunadoras extranjeras, se puede comprender como, los que hayan tenido la falsa vacuna, creyéndose preservados por el simple hecho de haber sufrido los pi- quetes, se exponen con mayor confianza al contagio y son atacados de viruela, dando así á la vacuna un men- tís que indudablemente no merece. En los países donde 61 se cuida de vacunar con esmero, y podemos decir con orgullo que México es el primero entre todos, nunca se ha necesitado la revacunación. Desde 1804 hasta la fecha, primero por el profesor Muñoz y después por el Dr. Malanco, se han vacunado por término medio de 10 á 12 mil niños anualmente en la capital y nunca se ha no- tado en la práctica ya civil, ya de los hospitales, un solo caso de viruela en individuo vacunado, bién en las ofici- nas creadas exprofesamente para este objeto en la Ca- pital, ó por algún médico en su clientela particular. Se han presentados en extranjeros que aseguran haber sido vacunados en su país, pero ¿quién nos asegura que hayan tenido real y positivamente una buena vacuna? yo solo puedo presentar el caso de Mr. H. que á pesar de haber sido vacunado en Philadelphia (según su dicho) acaba de morir víctima de la viruela en el Hospital Ge- neral de San Andrés. Los que opinan y apoyan la reva- cunación, no han observado bién indudablemente y han tomado por vacunados á todos los que han sufrido pique- tes con una lanceta cargada de virus vacuno haya ó no prendido este. Por la experiencia de todos nuestros maes- tros, y fundándose en una estadística de 81 años nos creemos autorizados para concluir que: No es necesaria la revacunación. Así pues atendiendo á todo lo expuesto anteriormente y reasumiendo el fruto de nuestro incompleto estudio sobre esta materia, terminaremos nuestra memoria con las siguientes conclusiones referentes todas á la cuestión considerada bajo el punto de vista puramente práctico. 1. La vacuna es un preservativo seguro de la viruela. 2. a No predispone á ninguna otra enfermedad (escró- fula cáncer, etc.) como algunos lo han supuesto. 3. a La sífilis puede trasmitirse por el hecho de la va- cunación. 4. a No es posible en el estado actual de la ciencia, de- 62 cir si esta trasmisión se hace por el contenido de la pús- tula variólica, ó por la sangre. 5.a La revacunación es inútil, al ménos en nuestro país. Lejos de mí, Sres. Jurados, la pretensión de haber crei- do cumplir con el trabajo que me impuse, pero vuestra benevolencia sabrá disculparme, al pensar que, en idén- ticas circunstancias á las mias de hoy, os afanábais por alcanzar el honroso título de médicos y con él un lugar en la sociedad; y habréis experimentado la incertidumbre y vacilaciones de que yo estoy poseído. Convencido de mi incapacidad y con la firme persua- ción de haber aprendido en mi Escuela tan solo á estu- diar, vengo á poner mi porvenir en vuestras manos. A ustedes toca abrir ó cerrar para mí las puertas de la vi- da real. México, Junio de 1885. INDICE M aterías. Págs. Carátula 1 Dedicatorias 3 Introducción 7 Preliminares 9 Definición 18 Historia de la Vacuna 20 Variedades 31 Vacuna verdadera 31 Vacuna falsa 32 Naturaleza 35 Complicaciones 38 Procedimientos 40 Cuestiones sobre la Vacuna 47 ERRATAS MAS NOTABLES Pág. 15, lín. última, dice Sur, léase sur. „ 25, „ „ „ Yaccune, léase Vaccine 41, „ 17 „ Jeneriano, lóase jenneriano.