APUNTES BIOGRAFICOS DE BON FRANCISCO ANTONIO MACIEL. aaa» as s&aaa&a;. Y PiVDRE DE LOS POBRES. POR DON ISIDORO DEMKLi. Publicados bajo los auspicios de la Comisión de Caridad y Beneficen- cia Pública, auxiliar de la Junta Económico Administrativa del Departamento de la Capital. MONTEVIDEO -AÑO I)E 1860. I»FJ»fCATOttI¿t. A la muy digna Comisión de Caridad y Benefi- cencia dedica este imperfecto trabajo biográfico, en honra de la memoria del Padre de lcs Pobres, y en homenaje de estima y de respeto á sus ilustrados miembros— BCfl a Mitas*. Montevideo Fundador del Hospital de Candad de Montev? INTRODUCCION. Los hombres que en la vida se hicieron especta- bles por la nobleza de sus acciones, por su filantro- pía, por su amor al país de su nacimiento, y en una palabra, por servicios relevantes prestados á la Hu• manidad y h la Patria, legando á los venideros al- tos ejemplos de virtud cristiana, do Caridud ardien- e y de abnegación patriótica, no pueden, no, rdo- garse al olvido, sin injusticia é ingratitud. D. Francisco Antonio Maciel, el fundador del Hospital de Caridad de Montevideo, está en ese caso. Hasta hoy, solo la tradición atravesando la oscu- ridad de medio siglo y salvando las barreras del se- pulcro, ha hecho llegar intacta hasta nosotros y circundada de una envidiable aureola do gratitud, la memoria de aquel distinguido ciudadano, que ocupando una posición social aventajada y pose- vendo cuantiosos bienes de fortuna, dio el noble ejemplo de apartarse del círculo de egoísmo en que generalmentejiran los que no están dotados de una alma bastante caritativa y generosa, para compren, der que nunca es mas grande y meritorio un hom- bre, que cuando hace servir su posición, su inteli- jencia ó sus riquezas, en bien de sus semejantes desvalidos. Si Maciel no pudo hombrearse con aquellos va- rones esclarecidos que han brillado en la ruda car- rera de las armas ó en el noble palenque del saber, no por eso es menos acreedor al apveeio y al recuer- do déla posteridad, por sus señalados servicios á la Humanidad. No e3 en esos terrenos donde Maciel conquis- tó la purísima gloria que envuelve su nombre. Bus’ ([uémosleen la cabaña del pobre, mitigando sus pe- sares, enjugando sus lágrimas, socorriendo sus ne- cesidades. Busquémosle junto al lecho del enfermo inspirando valor y consuelo, y dulcificando las do- lencias del cuerpo y del espíritu. Busquémosle en kts instituciones piadosas y caritativas quo nos ha legado. Su gloria será quizá en la apariencia tan humil- de, tan silenciosa, como el terreno en que la alean- zó; pero en rcalidnd brilla tan pura y esplendente como el sol en un horizonte azul y despejado, te- niendo por heraldos inmortales, ese magnífico mo- numento cuya primera piedra tuvo la dicha de co- locar y que se llama el Hospital de Caridad de Montevideo. Las épocas borrascosas que hemos atravesado sin tener momentos dilatados de reposo, habrán impe- dido tal vez que Maciel tuviera dignos cantores que contribuyeran á inmortalizar su memoria;— pero no que los millares do corazones agradecidos que la guardaron en su santuario como un tesoro ¡nestimabe, la transmitiesen de generación en ge- neración, con palabras arrancadas del alma. Si el reconocimiento y la munificencia de las na- ciones perpetúa la memoria de los grandes hom- bres erijiéndoles monumentos, Maciel, ¿no seria acreedor á una estatua quo eternizase su memoria, sirviendo de estímulo y emulación á la práctica de las virtudes que lo distinguieron en la vida?.... Nunca es tarde para rendir un tributo de reco- nocimiento y de justicia que la civilización señala á los obreros generosos é infatigables do la Humani- dad. La Comisión de Caridad y Beneficencia de nues- tro Hospital, así !o ha comprendido sin duda, al honrar la mamona riel Podre de los man- dando trabajar su retrato y acordándole un lugar preferente en el Hospital que fundara. Este acto de justicia que tanto enaltece á la ho- norable corporación que lo ha concebido y practi- cado, como al hombre á cuya memoria veneranda se tributa, nos ha impulsado á contribuir en ese sentido con nuestro humilde grano de aren», en 1a persuasión do que la pluma del biógrafo por sobre- saliente que sea, no puede aumentar la gloria del ciudadano, cuyas virtudes lo captaron el sencillo, perohonroso, elocuente y significativo título de Padre de los Podres, que lo dice todo. Los méritos y Bervicios de D. Francisco Antonio M'ciel, como la do tantos otros varones distingui- dos que han honrado la Patria de los Orientales, as 4 conservan generalmente en las tradiciones popula- res ó vn !a memoria de los pocos de sus contempo- ráneos que les sobreviven, sin que la generación actual los conozca enteramente para poder apre- ciarlos en todo su valor y rendirles el apoteosis que se merecen. Difícil nos era por consecuencia, reunir los an- tecedentes que se requieren para bosquejarla vida de Maciel,y tenemos que concretarnos á los pálida é imperfecta narración que haremos de sus méritos y servicios. Para ello, hemos tenido la fortuna de proporcionarnos algunos documentos autógrafo^, copias fehacientes do otros, datos é informes minu- ciosos de personas antiguas, íntimamente relacio- nadas con el malogrado Maciel, con cuyo aucsilio fórmamej estas apuntaciones. Aprovechamos esta ocasión para agradecer á law personas que se han dignado proporcionarnos los, y mui especialmente al Sr. D Juan Ramón Gome/, presidente de !aC»«nBÍon de Caridad,á quien debé- rnosla fineza de habernos permitido tomar copia de algunos documentos relativos que obran en el Ar- chivo del Hospital de Caridad* Montevideo, Octubre de 1860. El perpetuar la memoria de los hombres recomendables, es hacer justicia á su mérito y estimular á los demas á q(te imiten su ejemplo. Rivadavia. Maciel... dejó una memoria que nunca debe borrarse de los corazones cristianos que se consagran al alivio déla humanidad do- liente. — ( Palabras de ¡a Junta de gobierno de la Hermandad de Caridad de Monte- video.—1835.) Modesto, juicioao j bueno desde su juventud, vi- no á ser el báculo de la vejez do su anciano padre, que confió desde la edad de 18 años el cuidado de sus intereses. Mas tarde casó con la señora Da. María Antón i A Gil, su prima hermana, natural también de Monte- video, y de cuyo enlace tuvieron por sucesión á D. José Antonio Benito, D. Hipólito, Da. Josefa y D Vicente Maciel. Hombre laborioso y próvido, supo adquirir una gran fortuna en la honorable carrera del comercia á que se dedicó, llegando á poseer un capital sanea- - do, y siendo por consecuencia uno de los primeros capitalistas de esta plaza en aquel tiempo. Reunía á la bondad proverbial de su carácter, una alma sumamente caritativa y una honradez á toda prueba. El amor á los pobres, la piedad cristiana de que rebozaba su corazón, y su filantropía formaban 1» principal é irresistible inclinación de Maciel, encon- trando en el ejercicio de esas virtudes, el goze mas dulce de su alma. En el año 1775,cuando la jurisdicción de Monte- video se estendia á muy poco mas de !o que com- prendía su curato, surjió el pensamiento de estable- cer una Cofradía, encontrando aquella piadosa idea en el ánimo de Maciel, aunque joven, un obrero ardiente y decidido, que contribuyó á su realiza- ción. Bajo la presidencia del Párroco D. Felipe Ortega y Esquivel, se funda la Cofradía con el titulo de Hermandad del señor San José y Caridad, esta- bleciendo un especie de Regla limitada por enton- ces á fijar la cuota con que los hermanes deberían contribuir, losempleos que deberían ejercer ylo que debían practicar con los veos antes y después de ajusticiados. Maciel, por la posición social que ya ocupaba, apesar de sus pocos años, por las aptitudes y lentes inclinaciones que se le reconocían, ocupa un lugar distinguido en aquella Cofradía y unifica con marcada dedicación sus esfuerzos, á los de los buenos I Don Francisco Antonio Maciel, fundador del Hospital de Caridad de Montevideo, ocupa un lu- gar preminente en la nomenclatura de los bienhe- chores de la humanidad y de los buenos servidores de su patria nativa. La pajina de su vida, consagrada desde su úiven- tud al bien desús semejantes, tiene rasgos grillan- tes, sublimadas virtudes,- hechos meritorios y servi- cios especiales que merecen el recuerdo perdurable y las bendiciones de la posteridad. Perpetuar la memoria de todos los hombres re- comendables, “es hacer justicia ítsu mérito y esti- mular á los demas á la imitación de su ejemplo.” El pálido bosquejo que vamos á emprender de los méritos revelantes de aquel varón distinguido, tiene ese objeto. I). Francisco Antonio Maciel, nació el seis de setiembre de 1757 en Montevideo. (1) Fueron sus padres D. Luis Enrique Maciel, natural de Santa Fé, provincia Argentina, y Da. Bárbara Camejo Oriunda de la Ciudad de la Laguna en Santa Cruz de Tenerife, y ambos pertenecientes á los primeros pobladores de esta ciudad. Su padre que por aquel tiempo desempeñaba el cargo de ofieial de las milicias de esta plaza, y cu- yo retiro del servicio del Rey, obtuvo en la clase de ayudante en 1794, trató de darle una educación moral y religiosa, en que formó el bello corazón de Maciel. (1) Consta así, al folio 117 vuelta, del libro pri- mero de Bautismos de esta Santa Iglesia Matriz. El Autoh. 6 vecinos que la componian, en pró de la institución que se plantea para honor de Montevideo, y de (,11c carecían ú la sazón otros pueblos mas antiguos y aventajados en población. Por aquella Regla ó Estatuto privadamente san- cionada, se rijió la Hermandad hasta el año 1779 en qne el obispo Dioceeáuo en la visita generafdel chispado, proveyó auto aprobándolo. ►Si ha de darse crédito á lo que nos transmite la crónica tradicional, habia por aquel tiempo un po- bre pescador de escelente corazón, que viviendo en una humilde choza sobre la ribera norte de esta ciudad, inmediato al antiguo muelle, era el primero en lanzarse á los peligros con su débil embarcación, siempre que ecurria algún caso de naufrajio. Va- rias veces á despecho de la rujien te tempestad,lan- zándose al ruar bravio, tuvo la fortuna do salvar •algunos náufragos, á quienes daba abrigo inmedia- tamente en su pobre choza, ausciliándoles en cuan- to le permitían sus escasas facultades. Como sus re- cursos eran muy limitados, ocurría á la caridad de algunas personas benéficas, cuando el caso lo ec3Í- jia para socorrer á los náufragos. Un dia llamó á las puertas de la filantropía noto- liade Maciel con aquel objeto, encontrando en aquella alma benéfica, la mano amiga y generosa cae premia sus nobles acciones y coopera del modo,, mas eficaz al amparo de los desgraciados. La providencia que se sirve á veces de la mas humilde de sus criaturas ó de los incidentes mas triviales para grandes fines, valióse sin duda de aquel buen pescador para despertar en Maciel una idea sublime, en bien (le la humanidad, que no di- lata en ponerla en práctica. Al u’ovechando la ecsistencia de la Cofradía, pro- mueve Maciel entre sus congregados, el socorrer á Io3 entermos pobres y ú los náufragos. En conse- cuencia, empiezan á hacer ostensivas sus atencio- nes á aquella clase desvalida de la sociedad, y el rocío fecundante de la caridad cristiana vá á servir de bálsamo consolador al enfermo indijente y al náufrago que pide amparo. Se acuerda y distribuye una limosna diaria de dos reales plata á todos los enfermos pobres que la necei.it.iban; limosna que algunas veces llevaba per- sonalmente el mismo Maciel al lecho del doliente, investigando con iuterés donde habia desvalidos que reclamasen aquel socorro de la filantropía. Pero aque’la alma filontropica por cscclencia, en quien el sentimiento de la caridad y el amor al pró- jimo eran innatos, quería llorar mas al ú el deseo de hacer el bien, y destina un espacioso almacén de su casa, sita en la calle denominada entonces de San Miguel (boy de las Piedras) inmediata al an- tiguo convento de San Francisco, dotándole de doce camas, para recojor otros tantos enfermes desvalidos: Allí desde el 6 de Junio de 1787 encontraron asilo y asistencia los pobres enfermos áespensasdel bené- fico Maciel, por espacio de un año; si bien para lia cer mas llevaderos sus sacrificios, resolvió espontá- neamente la cofradía de San José y Caridad, con- íribair por su parte con el aquivalcnte del alquiler del local en los últimos meses, cuando se vió que el número de dolientes amparados por Maciel cro- éis, imponiéndole mayores erogaciones. Tal fué el principio he la dedicación al cuidado de los enfermos, indijentes en Montevideo, de que surjió el establecimiento del hospicio, conocido por el Hospital de Caridad. La mano caritativa de Maciel plantó el árbol predestinado á dar el mas rico y abundante do loe frutos para la doliente humanidad. La tierra era fértil y encontró dilijcntcs y perseverantes cultiva- dores. A favor de sus cuidados y abnegación, cre- ció frondoso, tomando proporciones prodijio3as, y descuella hoy como un jigante en medio do las mag- níficas almenas de Montevideo, reflejando la cuita- ra y el espíritu de Caridad de su población, honran- do la memoria de su fundador y los nobles afanes de los continuadores de su bendita y fecunda oirá. El número de enfermos aumentaba á medida que crecía la cifra de la población, que según un cál- culo aprocsimativo podría estimarse entonces en cuatro mil habitantes. (1) Era pues, insuficiente el local para darles asilo, y no siempre había deecsis- tir el bienhechor de los pobres que lo habia crea- dov Se hacia indispensable adquirir otro de mas ca- pacidad, y preocupado acaso el filantrópico Maciel con la idea del porvenir de aquella clase infortuna- da de nuestia sociedad, se decidió á iniciar la cons- (1) Según los datos que tenemos la población de la ciudad de Montevideo en 1,802 ascendía í* 6,000 almas. Sobie esta base calculamos la que podría habtr en 87 próximamente. KL AUTOR. 7 truccioh de un edificio público, expresamente desti- nado para Hospital. Representa a! Cabildo do Montevideo la necesi- dad de construir un Hospital, por pequeño que fue- se, y se ofrece á coadyuvar á la realización de este pensamiento. El Cabildo aprueba con interés la idea, pero se tocan por el momento algunas dificul- tades para levarlo" á cabo, que Maciel allana, con su acostumbrada generosidad y desprendimiento. Se adquiere para el efecto, un cuarto ue cuadra en el mismo sitio que ocupa hoy el Hospital y se edifican en él, bajo la dirección de Maciel, las dos primeras salas que tuvo ese edificio. Su techo era de teja como los mas de los edificios públicos de aquella época y una gran parte de la pcbncion do esta ciudad, pero con capacidad para dtr cabida á un buen número de enfermos. Pronto el edificio, entregó el Cabido aquel mo- desto Hospicio en uso y propiedad á la Hermandad de Caí idad, y Maciel á quien cupo el honor de la iniciativa y una parte muy señalada en su creación, se consagró ayudado por D. Francisco Cabrera (otro de los buenos y benéficos vecinos deeáta ciu- dad) á dotarlo do un botiquín y de todo el menaje necesario para los enfermos, limitándose por enton- ces á solo los hombres. En consecuencia, el 17 de junio de l78S.se tras- ladaron al nuevo Hospital los enfermos que ú la *azon se hallaban en la casa particular que habia establecido Maciel, para albergarlos y asistí] los. Desde entonces continuó la Hermandad de Cari- dad, proporcionando en aquel instituto pío, amparo y consuelos á los dolientes desvalidos. Faltaba empero, que la piadosa cofradía de San José y Caridad, de que era el alma, puede decirse sin ecsfljeracion, D. Francisco Antonio Maciel, re- cibiese el sello de la augusta aprobación del sobe- rano reinante. Para recabarla dirijo Maciel y su digna consorte un respetuoso memorial al Monarca en la forma de uso y por el órgano acompañando los primeros Estatutos. Su Majestad Católica se sirvió prestarle su aprobación por Real Cédula espedida el 20 de Enero de 1,789 cuyo tenor es el siguiente : (Hay un sello.) El rey D. Carlos it, etc. etc. “Por parte de D. Francisco Antonio Maciel y consorte, vecinos de la ciudad de Montevideo, se me hizo presente que celosos del mayor bien de bis almas erijicion y fundaron la Hermandad de Sari Josef, bajo el Patrocinio de la Caridad en el año de mil setecientos setenta y cinco, y que habiendo go- bernado sin las formalidades ni Estatutos corres- pondientes hasta el año de 1779 que el Reverendo ObispoD. Fray Sebastian Malvarles dio reglas y modo para su observancia, como consta del Acuerdo de erección de la visita y demas documentos que acompañaban, me suplicaron fuese servido conce- der mi Real licencia y confirmación de la Herman- dad aprobando los referidos Estatutos en el todo, ó en la parte que fuese de mi Peal agrado, los cuales son del tenor siguiente.— En la ciudad do San Fe- lipe de Montevideo á 15 dias del mes de Mayo del año de 1775, juntos y congregados los hermanos que componen la venerable Hermandad del Señor San Josef, bajo del patrocinio de la Caridad, (x fin de arreglarla y erigirla bajo del pié que ha de en lo sucesivo subsístuir con los empleos que deben así mismo componerla para las Juntas que han de ce- lebrar en todos los casos que se hallare por con- veniente, en que asistieron y quedaron por Her- manes do ella I). Francisco Medina, D. Josef Cardoso, D. Mateo Vidal. D. Francisco Larrobla, D. Rafael Maldonado, D. Francisco A. Maciel, I). Josef Bcrmudez, D. Juna Antonio Guzman, 1). Josef Plá, presidiendo en esta el Sr. Cura y Vicario D. Felipe Ortega y Esquibe!, se clijieron los empleados por común voto, en la forma seguien- te—Por hermano mayor D Francisco Medina, por secretario y depositario D. Josef Cardoso, por pro- curador D. Rafael Maldonado, por custodio y limos- nero 1). Basilio Martincz—Vocales, D. Mateo g dal, 1). Francisco Larrobla, D. Josef Bermudez, 1> Francisco Antonio Maciel, I). Juan Antonio G»/ • roan,D. Josef Plá, U.Tomas Escobar, Mayordomos Doña Maria Consejo y Doña Pascuala Sacrista . Quedó así mismo establecido por común acuerdo h> siguiente. — Lo primero, cualquiera persi na, de cunlcsquier calidad pueda recluirse en esta Her mandad, con la diferenc'a, que todos los que no fuesen españoles no han de entrar sino con el título de cofrades, y los demas deben componer el cuerpo de la Hermandad, en quienes solo deben recaer los empleos y deben dirijirla para su recto gobierno, debiendo gozar todos bin distinción de las misma» 8 gracias y funerales que los Hermanos de esta. Lo segundo por la entrada de cada individuo debe dar- se cuatro reales, y si el que quisiese entrar en esta fuese de slguna mayor edad pasando do cincuenta años, deberá contribuir a la Hermandad por su en. trada diez y seis pesos. Lo tercero, cada hermano ó cofrade debe dar mensualrnente un real de plata Lo cuarto, cada hermano difunto y cofrade, se les debe costear por la Hermandad la sepultura, no pa- sando de la limosna de diez pesos, porque si quiere el difunto otra clase de sepultura deberá contribuir á la fábrica c-1 escesoquese pidiere, así mismo se le costeará por la Hermandad una misa cantada con su vigilia, sin diáconos, por lo cual se darán al Sr. Párroco, cinco posos; asi mismo se le franqueará al difunto el pendón de la Hermandad, debiendo es- ta concurrir al entierro delante de la Cruz Parro- quial como es de costumbre, con sus velas en la mano, franqueando así mismo cuatro velas para alumbrar el cadáver. Lo quinto, deberá costearse por la Hermandad el dia diez y nueve de cada raes, por cuya misa que deberá ser cantada (sin Minis- tros) se le darán al Párroco 20 reales obsequián- dose por la Hermandad á los músicos y cantores. Lo sesto, deberá asi mismo costearse por la Her- mandad la función del señor San Josef, la que debe- rá hacer en la Dominica tercera de Pascua en que celebra Nuestra Malre la Iglesia su particular Pa* tronieio, con sermón, por el cual se dará la limos- na do diez y seis pesos, y por la misa que debe ser con diáconos, cinco pesos. Lo séptimo, se hará por la Hermandad la Novena á nuestro Santo, la que deberá serón la Cuaresma nueve dias antes de su din, con su misa rezada por ahora hasta que tenga otros fondos la Hermandad, y la Novcma se dirá después do concluida la Misa. Lo octavo, se ha se- ñalado para pedir la limosna del Santo el Martes do cada semana, y siempre que este dia se destina- se por la ciudad para la limosna de los Santos Pa- tronos, se trasladará al dia viernes. Lo noveno el limosnero que debe pedirla sea D. Basilio Martínez y debiéndosele compensar la pensión que tendrá en recojerla se le le dará por el depositario un real por peso, bien entendido que dicha limosna debe- rá entregarla en el mismo dia al Tesorero ó depo- sitario de la Hermandad. Lo décimo, se ha acor- dado asi miamo por los Vocales de Junta que te- niendo por objeto esta Hermandad la Caridad para con lo» próximos con ninguno debe m#jor ejecu- tarla, que con los Reo» y Ajusticiados, por lo cual siempre que suceda este caso deberán nombrarse por el Hermano Mayor lo» Hermanos que deban pedir la limosma acostumbrada para hacer bien por el alma del pobre que sacan á ajusticiar: y ejecuta- da que sea la justicia deberá la Hermandad en cuer- po ir a buscar el cadáver y costearle con la misma limosna su entierro y funerales con la mayor solem- nidad. Es cuanto quedó acordado en el mismo dia citado de estas elecciones y para que conste y asi s« cumpla y haga quardar en lo sucesivo, lo limaron los señoi-e3 de la Junta con el señor Párroco y Vi-- cario en dicho día, moa y año —(Siguen lae firmas y el Auto aprobatorio del Ohispo de la diócesis). “Para resolver lo conveniente sobre la mencio- nada instancia, fui servido mandar á mi Virrey de Buenos Aires por mi Real Cédula de dos de febrero de 1787 que tomando conocimiento de lo ocurrido en la erección de la citada Cofradía, con presencia d; las referidas sus constituciones, y oyendo sobras todo el Fiscal de aquella mi Real Audiencia in- formase con justificación si convendría su aproba- ción, y habiéndolo ejecutado con fecha de primero de Mayo próximo pasado, espresa ser conveniente la aprobación de la referida Hermandad y que pol- lo tanto había permitido su subsistencia y ejercicio, ínterin so obtuviese mi Real Confirmación. Y ha- biéndose visto en mi Consejo de las Indias con lo q le dijo mi Fiscal he venido en aprobar la citada Hermandad y los insertos primeros Estatutos que para el gobierno de olla se formaron, con la precisa prevención de que todas las Juntas sean presidi- das por el Goberna lor de Montevideo ó Ministro Real que este nombre. En cuya consecuencia man- do al enunciado mi Virrey de las Provincias del Rio de la Plata; á mi Real Audiencia de Bueno* Aires: al gobernador de Montevideo y Juccea Se- culares y ruego y encargo al Reverendo Obispo y venerable Dean y Cabildo de la Iglesia Catedral de Buenos Aires, y á todo» los Jueces Eclesiásticos á quienes tocare que cada uno en la parte que respec- tivamente le corresponda, no impida la continua- ción de la espre.sada Hermandad, ni el uso de Ua referidas constituciones en la forma referida. Da. da en Madrid ú 20 de enero de 1789.—(Firmado) YO EL REY.—Por mandado del Rey Nuestro Se- ñor: (Firmado) Manuel de Nestauks. 9 Como se habrá observado, l«s primeros Estatutos no habian comprendido los objetos á que aspiraron los fundadores en el título de Caridad con que de- nominaron la Cofradia ó Hermandad y que muy luego puso Maciel en práctica. Para llenar este vacío, se procedió en virtud de la Real Aprobación que antecede, á darse una nueva Regla ó Constitu- ción en Julio de 1,796 en cuyo capítulo primero se dá el honroso nombre de Bienhechor y celoso her- mano mayor á D. Francisco Antonio Maciel. Mejorada la institución, desde que por el nuevo Estatuto se impuso como precepto la Caridad, que habia sido practicada hasta entonces como acto vo- luntario, por omisión de los primeros Estatutos,Ma- ciel redobla sus esfuerzos para fomentar el Hospicio que habia tenido la satisfacción de fundar, dotándo- lo de una Capilla. Se hacia necesario mantener un Capellán inme- diato al Hospital, que pudiese prestar á cualquier hora del dia.ó déla noche los aucsilios espirituales á los enfermos que estuviesen en peligro de muer- te. Habia conveniencia en poderse administrar los Sacramentos del mismo modo, y en que la Her- mandad tuviese un Templo especial para celebrar sus fiestas y los funerales de los Hermanos difuntos. Era pues, indispensable construirlo, pero como ca- reciese de recursos para emprender la obra, el be- néfico Maciel con su acostumbrado desprendimien- to, allana la dificultad edificando con fondos suyos la Capilla de la Caridad, cuya piedra fundamental se coloca en 96 y cuya obra estaba concluida inte- riormente cuando pereció el Padre de los Pobres¡ aunque sin uso para el servicio divino. Dejarémos á un pensador eminente, que con su palabra autorizada, confirme este rasgo de la pie- dad y abnegación de Maciel, y clasifique debida- mente sus cualidades y virtudes. El Sr. D. Andrés Lamas,—una de las primeras ilustraciones del pais,—al presentar en 1843 el programa de la nueva nomenclatura de las calles y plazas de esta ciudad al gobierno de la República, consigna este hecho meritorio, cuando dice refirién- dose á Maciel, estas testuales palabras. — aFundó el «Hospital de Caridad y edificó con fondos suyos la «Iglesia de ese nombre, por cuyo frente pasa la ca- vile á que se dá su apellido.—Maciel era la perso- nificación del hombre sensible y filantrópico.» El desprendimiento generoso de-este amigo ipfa- tigable de la Humanidad y su ardiente anhelo de proporcionar á los pobres enfermos de la Santa Casa, todo cuanto pudiese contribuir á dulcificar su situación, lo impulsa á crear un punto de recreo para los convalecientes. Para este objeto hizo cesión á favor del Hospital de un sitio de su propiedad si- to en la antigua calle de San Pedro (hoy 25 de Ma- yo) esquina á la antes de San José y hoy del Gua- raní, al Oeste del Hospital, con el espreso objeto de de que habia de formarse en él un plantío y jardín, en el término de diez años amas tardar, para re- creo de los enfermos que estuviesen en convales- cencia : en la inteligencia, que si vencido aquel plazo no se -hubiera realizado, quedaría sin efecto la donación que hacia, volviendo á su dominio aquel terreno ó al de sus sucesores. Desgraciadamente transcurrió el tiempo sin ha- berse podido llevar á cima aquel benéfico pensa- miento del Padre de los Pobres. Vino el amago de la guerra estrangera á infundir la desconfianza y se aplazó para mejor momento la realización de la obra. Poco después le sorprende la muerte inesperada, y á este golpe funesto que arrebata en el llorado Maciel, á la primera columna de la casa de Miseri- cordia, se sigue el asalto y rendición de esta Plaza por el Británico, y se hace imposible cumplir la vo- luntad del donante, quedando privados los enfermos del recreo que quiso proporcionarles su bien he- chor. (I) Muchos y especiales fueron los servicios que prestó D. Francisco Antonio Maciel al fomento del Hospital y á la doliente humanidad en el largo pe- riodo de veinte años consecutivos, que desempeñó el cargo deliei'mano mayor de la Hermandad de Cari- dad. Larga seria su enumeración y fatigosos sus de- talles. Baste para probarlos,el testimonio auténtico y elocuente de la Junta de Gobierno de la Hermandad de Caridad, que se encuentra consignado en la Me- moria intructiv a presentada en el año 1826 al go- bierno de la entonces Provincia Cisplatina. (1) El sitio á que se alude, permaneció abando- nado algunos años después de la muerte de Maciel, hasta que restituido al dominio de sus herederos, en virtud de no habeise llenado la condición con que fué donado, lo hubo por compra el Sr. D. Luis Foucon construyendo en él una hermosa finca con espacioso y lindo jardin para su recreo. /Cuán dis- tinto fué el destino que quiso darle el Padre de los Pobres ! EL aütoe. 10 Oigamos lo que dice en esa: “ El celo infatigable y caridad ardiente de los y difuntos D. Francisco Antonio Maciel y D. Fran- “ cisco Cabrera, dedicaron por muchos años sus “ esfuerzos constantes al bien de la santa Casa, in- “ crementandola en todo sentido, construyéndose “ la iglesia y fundándose ademas del Hospital de “ hombres, otro para mujeres dentro de su recinto.” No es solo como hombre filantrópico, fundador ó fomentador del Hospital de Caridad, que se distin- gue Maciel entre sus compatricios, acreditando su amor al pais y su espíritu de progreso. Es también un obrero inteligente, creador y ac- tivo en el campo fecundo de la industria y del co" mercio naciente, que le debe adquisiciones impor- tantes, impulsión eficaz, y desarrollos benéficos y positivos. Espiritu emprendedor y hombre de progreso, Ma- ciel plantea á fines del siglo pasado, el alumbrado público en las calles de la ciudad de Montevideo, en sociedad con el colector D. Juan de Molina; empleando en él las mejores velas de su fabrica es- tablecida en la [calle de San Miguel donde se ha- cían de baño y de molde. Como asentista de este ramo de servicio público, dotó á la ciudad de un numero suficiente de faroles de forma ovalada y de bastante altura, siendo tan bien servido el alumbrado, que al decir de los anti- guos, se encendían los faroles al obscurecer y mu- chos conservaban luz hasta después de haber ama- necido. Fué también el primero que estableció un sala- dero en forma en Montevideo, en compañía de D. José Ramón Mila de la Roca, (1) poniendo á pro- veclio de la industria y del comercio en alta escala, nuestra riqueza pastoril. Estaba situado en el Paso del Molino. Dotó este establecimiento de una capilla erijida con licencia Pontificia bajo la advocación de Jesús, María y José, donde se decia misa todos los dias festivos para su familia, servidumbre y vecindario de los alrededores, por su capellán sostenido al efecto, por Maciel, que hacia profesión en la edad madura, de los sentimientos religiosos que habían encarnado en su alma desde la niñez sus honrados padres. Allí también planteó el primer molino de viento que tuvimos (1) y la primer Alfarería que contó Montevideo en el número de sus industrias. Em- pleaba en ]#, fabricación de la obra de barro que se trabajaba en ella, la escelente tierra de su chacra del Pantanoso, haciéndola conducir desde una le- gua de distancia. Para plantear este nuevo ramo de industria en el pais, mandó traer espresamente del Brasil por me- dio del presbítero Salinas, (uno de los capellanes que tuvo la capilla de Maciel, portugués de nación) hombres intelijentes en el trabajo. El primer jabón blanco que se elaboró en el pais fue debido al industrioso Maciel, que estableció una fabrica de este artículo en su saladero. Para el efecto, envió á Chile á uno de sus criados, inte- lijente en la fabricación del jabón negro, con el objeto de que adquiriese los conocimientos necesa- rios para la elaboración del blanco común. Es- te nuevo ramo de industria coutinuó en aquel esta- blecimiento hasta el año once ó doce, en que los sucesos políticos de la época le obligaron á suspen- der sus trabajos. Maciel utilizó la barrilla silvestre, que se encon- traba en abundancia en las inmediaciones del Cerro de Montevideo, como ingrediente indispensable pa- ra elaborar el jabón, como lo es para la fabricación del vidrio. Asi dejó probada la importancia de es- ta producción natural, que una vez cultivada con dedicación, habria podido convertirse en un arti- culo de esportacion, por las distintas aplicaciones químicas que tiene en la industria. El saladero de Maciel, era pues, el receptáculo de todas estas fabricas, asi como el criadero de in- finitas aves, en cuya mantenoion se consumía una< res de carne diariamente; sirviéndole dé comple- mento un soberbio y hermoso palomar que hizo construir, dotándola de 4788 casillas, cuya cifra mandó estampar en su frente, conservándose hasta i nuestros dias. (2) (1) Antes del establecimiento de este Molino, ecsistia uu Molino de Agua en el mismo paraje,. establecido por los Jesuítas, de donde se deriva el nombre de Paso del Molino, porque es conocido el arroyo de este nombre que ha sido dotado poco ha, de un magnifico puente. (2) Hoy es propiedad este palomar del jeneraü P. Ignacio Oribe. (1) Roca era español, y falleció en esta ciudad so. el año 1854, á los 94 años de edad. 11 Lo embellece con un precioso jardín, único en- tonces en su clase, que abrazaba cuarenta varas de frente por cuadra y media de fondo, enriquecido con plantas esquisitas mandadas traer espresamente de Frrncia é Italia, en el interés de aclimentar en el país nuevos y delicados plantíos. Esas reminiscencias bastan para demostrar el espíritu de empresa y de progreso que dominaba ú Maciel, siendo bajo todos respectos un miembro úti- lísimo y honorable de la sociedad á que pertenecía. El gobierno de la Metrópoli era en aquella época muy celoso de que el comercio estrangero se intro- dujese en sus colonias, siendo este absolutamente prohibido. Maciel que comprendió sin duda lo que impor- taba al porvenir de su pais natal, atraer á sus ri- veras el comercio de las naciones, ensanchando la esfera de sus relaciones mercantiles, se resuelve á iniciarlo, solicitando y obteniendo del Rey de Es- paña, por interposición del virey de Buenos Aires, el comercio directo con el Brasil, cuyo permiso le fué concedido por al Soberano en calidad de ensa- yo.- Poniendo pues, á provecho de su país, la gracia otorgada por el Monarca, establece una casa de consignación en esta plaza, entablando relaciones, comerciales [con la del Rio Janeiro, con el mejor suceso. La Corte de España se habia manifestado siem- pre inclinada á favorecer el puerto de Montevideo acordándole privilegios que al fin lo constituyeron preciso y preferente eu estas costas por las venta- jas indisputables de su posición en el Plata. Este interés se traduce en todos los actos del gobierno de la Metrópoli. Ordena con preferencia la construcción de un fa- nal en el Cerro do Montevideo—esa eterna atalaya de nuestro puerto que sirve de segura guia al na- vegante. El consulado de Buenos Aires, solicita la suspensión de la obra y pide se permita la erección de Faros en la isla de Flores, Punta de Piedras del Sur, Atalaya y Punta de Lara. La Corte de Espa- ña no accede á esta solicitud y manda que se cons- truya con preferencia el faro del Cerro de Monte- video, según real orden de tres de Setiembre de 1579.. (1). Por el mismo tiempo se inicia un espediente por el consulado de Buenos Aires para la habilitación del Puerto de la Ensenada, que contradice la ciu- dad de Montevideo, en ocasión que Maciel desem- peña la Judicatura de Comercio. Maciel propende al fomento del puerto de su Pueblo natal, aprovecha la buena disposición de la Corte de España en su favor, obtiene como se ha dicho, la gracia para ensayar el comercio directo con el Brasil, y abre un nuevo campo á la prospe- ridad comercial de Montevideo, aunque no sin per- juicio, desgraciadamente para sus intereses particu- lares, como vá á verse. Cuando la guerra de la República Francesa con Portugal, sucedió que fue apresado á la entrada del Rio de la Plata un buque que venia del Janeiro con cargamento general á la consignación de Ma- ciel. El capitán traia instrucciones de su dueño D. Sebastian Gil Vas-Lobo, para que si llegaba es- te caso, lo rescatase por la cantidad de veinte mi* pesos, cuyo rescate verificó Maciel. Las consecuencias de este inesperado contraste»' vinieron á pesar mas tarde de una manera sensible, en la fortuna de Maciel. Permítase una lijera digre- sión para demostrarlo. Cuando en 1808 con motivo de la entrada de los Franceses en España, se trasladó la corte de Por- tugal al Rio Janeiro, paso á aquella ciudad el pres- bítero D. Juan Francisco Martinez (1) conducien- do una carta de la viuda de Maciel para la princesa Carlota, ú quien suplicaba se dignase interponer su valimiento con la casa de Gil Vas-Lobo, á fin de que satisfaciese el débito del rescate de la embar- cación apresada, cuyo crédito no había hasta enton- ces cubierto. La Princesa recibe con benevolencia aquel men- saje, espresando el aprecio que tenia por la memo- ria de Maciel y la suerte de su familia. La Princesa se empeñó en conseguirlo, pero como á la sazón hu- biese fallecido el deudor, su viuda opuso algunos reparos, á que el comisionado de la sucesión de Ma- ciel no pudo asentir por carecer de instrucciones (1) Esté recomendabls sacerdote ligado por pa- rentesco a la respetable familia de Zavala, fue ca- pellán en la guerra de la independencia del famoso' Rejimienso número 9, de orientales, que se distin- guió en el Perú, y cuyas banderas gloriosas están* depositadas en la Iglesia de la Union, el autor*- (ü*).. Memorias del doctor Moreno. 12 Consulta á su poderdante, quien le autoriza para entrar en trausacion por evitar gastos y demoras, resignándose á perder una buena parte de aquella cantidad y percibiendo apenas el equivalente de la otra en efectos. Este fué uno de los primeros con- trastes que sufrió la fortuna del Padre de los po- bres legada á sus sucesores, por ser útil al comercio con el estranjero, que ensayó en obsequio de su pa- tria! La Princesa le trasmite el resultado de la transa" cion, en carta que le dirijió á su nombre el doctor D. José Presas su Secretario, y en cuyo márjen es- cribió de su puño y letra la misma Princesa, estas te3tuales palabras:—Apruebo. Carlota, Joaquina de Borbon. El sobre de la carta venia dirijido á la se- ñora Da. María Antonia Gil de Maciel, cerrado con tres sellos ovalados en lacre, con una llave en medio yen su orla esta inscripción—Claudit et non aperuit. Fué esto sin duda, una distinción honorifica he. cha por la célebre Carlota á la viuda de Maciel, en homenaje ú la memoria estimada del hombre que por sus méritos y virtudes liabia logrado captarse hasta el aprecio de los Reyes. No es únicamente en el ejercicio de la caridad cristiana, en las instituciones piadosas, en los gér- menes de prosperidad industrial y mercantil que introduce Maciel en su país, donde se le encuentra dispuesto siempre á rendir servicios á la sociedrd y á la Patria. También los presta con abnegación en la Milicia, como vasallo leal y ardiente defensor de los patrios lares. En 1780 es nombrado por el Yirey, subteniente de Granaderos del Batallón de Milicias de infante, l ia de esta plaza; cuyo cargo desempeña Maciel con honor, por el espacio de diez y seis años y meses. En 1796 fué ascendido á capitán del mismo cuerpo, recibiendo en 1803 el Real despacho de es- te empleo, que sirvió con celo ejemplar duiante la guerra cou los Ingleses, sin sueldo ni gratificación alguna, como lo comprueba su foja de servicios y demas documentos autógrafos relativos, que se in- sertan en este bosquejo. A últimos de Diciembre del año de 1805, se tu- vo la noticia del arribo de una escuadra Inglesa á la Babia de Todos Santos (Brasil) con tropas de desembarco, liabia toda probabilidad de que so dirijiese ni Rio de la Plata, y era natural suponer que fuese en Montevideo el primer punto de ataque, En este concepto resuelve el Gobernador D. Pas- cual Ruiz Iluidobro, adoptar algunas medidas pre- ventivas para su defensa. Entre otras, dispone acam- par fuerzas de observación en los Estramuros de esta ciudad. No bien se traspira la determinación del Gobernador, cuando Maciel se apresura á ofre- cerle los carruajes necesarios para el transporte de las tiendas de campaña, equipos y demas útiles que se conducen al campamento. La fidelidad del vasal'o y el desprendimiento generoso del vecino, resaltau en este rasgo espontáneo de civismo y desinterés. Para atender á los gastos estraordinarios .de la situación, se solicita un empréstito del comercio de esta plaza, dentro de la cantidad de cien mil pesos; empréstito que encabeza la casa de Berro y Erraz- quin, y en que figura Maciel como uno de los pri- meros y mas generosos contribuyentes. (I) Efectivamente, no tardó mucho tiempo, en que los temores de la presencia de una armada inglesa en estas aguas se convirtieran en realidad. En mayo de 1806 aparecen algunas velas ingle- sas en el Plata, asumiendo una posición hostil. Esto obliga á redoblar la vigilancia no solamente sobre nuestras costas, sino en la plaza de Montevideo. Maciel, el capitán do-Granaderos, no falta en esos dias al servicio con su compañía. En Junio se dirije la Escuadra Inglesa á Buenos Aires, cuya ciudad acomete y toma el general Ber- resford. Este acontecimiento inesperado, viene á privar a Montevideo de los recursos pecuniarios que le suministraban las .cajas reales de la Capital del A ireinato, para el pago de las tropas de la guarni- ción y marina del Apostadero. En esta emergencia, acuerda la Diputación y Comercio de Montevideo abrir una suscricion vo- luntaria de empréstito de dinero, para atender á las urgencias de la guerra, pago de tropas de esta pla- za, la de la Real Armada, las de Maldonado, Colo- nia y campaña de la Banda Oriental, en razón de hallarse sin caudales el Estado, suficientes al lleno de aquellas necesidades. D. Francisco Antonio Maciel que investia el ca- rácter de Diputado de Comercio, iniciador de este (1) Consta en el Archivo General. 13 patriótico pensamiento, fue también uno de los pri- meros que se suscribieron por doscientos pesos mensuales, por el término de seis meses con aquel objeto. Concibe Ruiz Huidobro el audaz pensamiento de emprender la reconquista de Buenos Aires. El Ca- bildo y vecindario de Montevideo lo aceptan con entusiasmo. Resuélvese en consecuencia, el envío de la famosa espcdicion de voluntarios de esta pla- za, que á las inmediatas órdenes del espitan de na- vio D. Santiago Liniers, marchó en julio de 1806 á la reconquista de Buenos Aires. Maciel es uno de los mas dilijente3 y entusiastas cooperadores de la Espedicion, á cuyo apresto y formación propende con todas sus fuerzas. Los gas- tos que ella demanda, se cubren con un empréstito de cuarenta y ocho mil pesos, promovido por D. Miguel Antonio Vi ardebó, y secundado eficaz- mente por Maciel entre el comercio de Montevideo, contribuyendo con una fuerte sarna por su parte. Hace mas, — Faltaban tripulantes para la escua- drilla sutil de este Apostadero, compuesta de once lanchas cañoneras de vela y remo, y Maciel se ofre- ce á buscar gente para tripularla. Recuerda que habia algunos Paraguayos jornaleros en su estable- cimiento y en el de algunos otros amigos, los mas escelentes para marinos, y él mismo parte á hablar- les y á engancharlos para llenar aquel vacío. Con este contingente proporcionado por Maciel, se tri- pula la escuadrilla que se preparaba á ir á acometer al enemigo en Balizas. Faltaban provisiones de boca, y Maciel bis pro- porciona donando ciento y treinta quintales de car- ne tasajo y noventa docenas de lenguas saladas con aquel objeto. Provee ademas á la Escuadrilla de una buena cantidad de aguardiente, para racionar ú los tripulantes durante las crudas noches de in- vierno, cuyos rigores tendrían que soportar al fren- te del enemigo. Efectuada la memorable reconquista de Buenos Aires, el Gobernador Huidobro dió las gracias á D. Francisco Antonio Maciel á nombre del Virey Marqués de Sobre-Monte por los especiales é im- portantes servicios que habia rendido en el apresto de la espedicion, adjudicándole en testimonio de aprecio, una de las seis medallas de plata que remi- tió á esta ciudad, conmemorando la Reconquista, para ser distribuidas entre la3 personas que mas hubiesen contribuido en aquella ocasión, (i prepa- rar los elementos bélicos que dieron por resultado la gloriosa reconquista de la capital del antiguo vireinato, del poder Brótano. Maciel poseía este honroso distintivo, testimonio de su relevante mérito. En el anverso de la meda- lla figuraba el busto de Carlos IV, leyéndose en su .orla Carolus etc. En el centro del reverso se bosquejaba el arrabal de Buenos Aires flameando In bandera española, y la inglesa abatida. En la orla se leía este mote — Quiso ser vencedor; ya está ven cido.—Año de 1806. Pocos meses después de la reconquista de Bue- nos Aires, vuelve el poder Britano á tentar fortuna eo Montevideo. El 2'á de Octubre bate el almirante Popham esta plaza, siendo valientemente rechaza- do por sus defensores. Maciel como uno de tanto» no falta á su puesto de honor en las horas de alar- ma y de combate. Antes de este suceso y en el interés de estimular el brio y arrojo de la guarnición de Montevideo en el caso de ser invadida por el enemigo, su comercio ofreció espontáneamente un premio á I03 primeros combatientes que atacasen y pusiesen en desorden al agresor altivo, y Maciel fue uno de los buenos patricios, que donó doscientos pesos fuertes para este premio. En una de las guerras, que sostuvo la corona de España con otras potencias, se armó un corsario en esta plaza, por las casas de comercio de Berro y Errazquin, de Maciel y alguna otra. Las leyes de la guerra autorizaban el empleo de este arbitrio para hostilizar al enemigo y eran lícitos sus proventos. Aquel corsario—en que se adiestraron hombres que mas tarde adquirieron celebridad en las filas de las tropas que guarnecían esta plaza y que tomaron parte en la lucha de la Independencia, como Cano y Beldó que militaron en el cuerpo de Murguiond. é hicieron parte déla espcdicion t al Perú,—aqno corsario decíamos, logró hacer algunas presas. Cuando llegó el caso de compartir las utilidades re- portadas entre los armadores, Maciel que no olvida- ba jamás á los pobres enfermos, cedió la parte qiu le correspondía como armador, á beneficio del Hos- pital de Caridad. A-í oe vé figurar siempre e! nombre del padrt de los Pobres, en primera línea en todos los actos honorables: ora se trate de empresas gloriosas 14 el país de su nacimiento, ora de su progtcso mate- rial, y ora del bien déla doliente humanidad. Pero ay ! Aquel hombre nacido y formado para el bien; aquella ecsistoncia tan querida de la socie- dad á que pertenecía, que se hallaba en el medio día de su carrera y en el cénit desús virtudes, se acercó inesperadamente al ocaso de la vida. A principios del año 1807, reaparece por fatali- dad uii3 ndeva y formidable escuadro inglesa en las aguas del Plata, con fuerzas de desembarque. Amenaza á Montevideo, amaga la costa de su ter- ritorio; se teme un ataque vigoroso y un estrecho bloqueo que era difícil impedir por la deficiencia de las fuerzas marítimas del Apostadero. En esta situación, el honrado y benéfico Maciel, previendo todas las contingencias de la lucha que iba á empeñarse, de lo primero que trata es'de po- ner er seguridad los intereses ajenos que tenia en su poder, salvar su familia y á los pobres enfermos del Hospital que miraba con e! cariño de un padre. Deposita en metálico en las cajas reales todos los intereses pertenecientes á su comercio con el esterior, con nota especificada de las casas ó perso- nas á quienes correspondían aquellos fondos, acre- ditando hasta lo infinito su delicadeza y probidad. Así consta en el archivo jeneral de este Estado. (1) Amante padre y esposo, procura alejar su fami- lia del peligro, trasladándola á Canelones, en cir- cunstancias de hallarse en cinta su esposa. Maciel, e Padre de los Pobres, no olvida en este' lance la suerte de los enfermos desvalidos, ni aun de los infelices ancianos. Quiere ponerlos á cubier- to de todo riesgo; quiero editar que perezcan tal vez de necesidad dentro de los muros de la plaza» •en el caso probable de un rigoroso bloqueo. Con este santo propósito hace trasladar los en- fermos del Hospital á su Establecimiento de Sala- dero en el Paso del Molino, mandándolos conducir con todo cuidado en carretas de su propiedad, á donde les provee de todo lo necesario para su asis- tencia. Receje á la vez á varios ancianos indijentes y les proporciona hogar y pan en su mismo salade- ro á donde los hace conducir, mientras la situación se despeja. Maciel cuida, como queda referido, de poner en salvo los intereses ajenos, y debió querer natural- mente salvar también los suyos, que eran el patri- monio de sus hijos queridos. Y los salvó indudable- mente mandando sus cofres a lugar seguro. Una embarcación los conduce de noche y desembarca en el Caserío de los Negros, donde esperan los vehí- culos que debian conducii los ú su estab'ecimiento para ocultarlos. Su caja no fue robada, y sin em- bargo, no se encontró en ella al morir ni un solo peso. Veinte años después de su muerte, aparecen indicios vehementes de su ecsistencia, y vuelven á quedar cubiertos con el denso velo del misterio....! Pero volvamos á tomar e! hilo de la narración de los sucesos. El peligro aumentaba ; el enemigo mas potente que nunca se aprestaba á ensayar sus fuerzas sobre la plaza de Montevideo. De un dia á otro se espe- raba un desembarco. Iba á jugarse el destino de este pueblo; del primer puerto del Rio de la Plata, tan codiciado y tan combatido. Era neeesai io pre- pararse á repeler e! empuje de las armas Británicas bajo el mando del intrépido jeneral sir Samuel Ach- nmty. En esta alternativa,pone Maciel espontánea- mente á disposición del Gobernador Ruiz Huidobro 9 lo mejor y mas robusto de su esclavatura, para el servicio de la artillería de Plaza. Sabe que esta ar- ma necesitaba una crecida dotación, como que as- cendía a mas de doscientas piezas de grueso calibre la artillería ecsistents en la circunvalación de mar y tierra de esta plaza, inclusa su cindadela. Despees de algunos dias de ansiedad y especta- tiva, el Jefe de las fuerzas invasoras que habían to> mado tierra desembarcando en el Buceo y Punta de Carretas, intima rendición á ¡a plaza. Ruiz Iluido- bro con la altivez castellana, contesta á la arrogan- te intimación del enemigo, y este manda avauzar sus tercios para estrechar el sitio. Pin este estado de cosas, impacientes las autori- dades y guarnición de Montevideo de abrirse paso á la victoria fuera de los muros, se resuelve en jun- ta de guerra el 19 de Enero Je 1807, á hacer una salida, llevando el combate al enemigo en las mis- mas posesiones que habia tomado. (1) Después de la retirada de bs ingleses del Rio de la Plata en que volvió el gobierno á su esta- do normal, se pagaron circulares para que los inte- resados en este depósito, girasen letras á ocho dias vista contra las cajas reales para ser entregados los fondos, como se verificó: una de las letras que *e presentaron entonces, íué de (a cosa de Madan .Hermanos de Tenerife. nota dkl autos. 15 Maciel era á la sazón capitán de la 5.* compañia del Batallón de Voluntarios de la plaza, pero como desempeñaba el cargo de diputado de Comercio, es- taba esento del servicio militar y dispensado de concurrir al acuartelamiento. Sin embargo, no solo concurría á su cuartel en las Bóvedas á la pár del último de sus camaradas, sino que quiso participar de sus peligros y fatigas marchando con 6u compa- ñía al combate. En vano su« amig03 y muy particularmente el brigadier Orduña que vivía con él retirado del ser- vicio y el mismo Gobernador Huidobro, se empeña- on en hacerlo desistir de aquella resolución. En valde le recuerdan que por su calidad de Ministra- do debia permanecer enla plaza y abstenerse de salir á tomar parte en la acción de guerra que so preparaba. Ni los razonamientos, ni los ruegos de la amistad bastan á hacerle variar de propósito, des- de que miraba como caso de honor el salir á cor- rer la suerte de sus compañeros de armas. Hombre pundonoroso, no trepida en esponer la vida en aquel lance, de que acaso un triste presentimiento en sus amigos, quiere desviarle temiendo su sacri- ficio. No hubo como hacerle desistir. Estaba resuelto á marchar. Si el hombre viene al mundo con un signo, si hay para él eso que llamamos el destino, Maciel obedeció á su secreta voz, en nombre del honor, y se encamina con la resignación del cris- tiana á cumplirlo. Como si presintiese lo que le esperaba, hace su testamento en la noche víspera de la salida de la guarnición, trazándolo en pocas palabras en una hoja de papel común, en estos términos: a Digo yo, Francisco Antonio Maciel, capitán « del batallón de Voluntarios de Infantería de Mi- « licias de esta plaza, que estando para hacer una « salida con el dicho batallón en este momento para « atacar al enemigo, solo tengo tiempo para dispo. * ner que sea mi albacea mi esposa Da, María < Antonia Gil, y que dejo tres hijos y embarazada « dicha mi mujer; el primero Josef Antonio « el segundo Benito y la tercera Josefa ; y para « que así conste ser mi última disposición lo firmo * en Montevideo á 19 de Enero de 1807.—[Fir- -« raado.]—Francisco Antonio Maciel. b “Es cópia de bu original de que certifico como Comisario de guerra y Ministro do Real Hacienda de esta plaza. Montevideo, setiembre 22 de 1,807 por triplicado—[Firmado] — Ventura Gómez:' En la madrugada del dia 20 de Enero se efectúa la salida de la guarnición. Tres mil hombres á las órdenes del brigadier D. Bernardo Lecocq, llevan- do por su Mayor General á D. Francisco Javier de Viana, marchan á desalojar al enemigo de las po- sesiones que Labia tomado desde el 18 en los estra- murosdeesta ciudad. Maeie! al frente de sn compañía marcha con ellos, y á pesar de ser un hombre robusto, lo veri- fica á pié confiando el caballo de su silla á un jo- ven huérfano como de catorce años de edad, (de ties que Labia recojido y educado) que no quiso abandonar-á su bienhechor. A los primeros tiros que se cambian con el enemigo, huye azondo el jóu'u en el caballo ala plaza, sin poder dar cuenta deja suerte del Padre de los Pobres. Las tropas de la guarnición avanzan hasta mas ella dtd Cristo, en cuyas alturas y á un costado del camino se habían emboscado en los grandes maiza- les que se encontraban en aquel paraje, los cazado- res de ios rifles Ingleses, y acometiendo de impro- viso á la tuerza de la plaza, logran desordenarla, cargan sobre ella las demás fuerzas contrarias y la obligan ¡i ponerse en retirada con bastante pérdida. El plomo enemigo deja muchos claros en las hi- leras del batallón de Voluntarios. Su sangre o-ene- rosa enrojece la campaña y entre las vic timas quo caen, se cuenta .al Podre de los Pobres, que muere en el campo del honor fiel á su bandera. Su fin cor- responde a su vida llena de sacrificios, como ha dicho una de nuestras ilustraciones contemporá- neas; pero hay algo que contriste el alma, cuando se medita en el destino fatal que cupiera á aquel modelo de virtudes. Empero hay que venerar los altos decretos de la Providencia y reconocer en la ilustre victima, ti) justo recibiendo la corona del maittiio, para hacer mas venerada y perdatable su memoria. Maciel, el bienhechor constante de la Humani- dad, el que enjugó tantas lágrimas, dulcificando tantos dolores y salvando déla muerte y de la mi- seria á tantos seres desdichados. Maciel, tía per- sonificación del hombre sensible y filantrópico,® muere fuera del hogar doméstico, privado del auc- siüo espiritual, distante nueve leguas de su familia, 16 lejos de su3 pobres enfermos que le lloran, sin el consuelo de exhalar su postrimer aliento en el se- no de los objetos mas queridos del corazón, cubier- to de heridas y teniendo por sepultura, no la tierra bendita, sino el campo de la pelea, apartado y so- litario, donde se confunde su cadáver con los de enemigos y camaradas que perecieron/ Este suceso tan sensible como inesperado causa un duelo general en Montevideo, que al deplorar el revés que acababan de sufrir las armas de sus lea- les, tiene que llorar también la pérdida irrepara- ble del Padre de los Pobres. Dos dias después de este contraste, se dirije bajo parlamento el Cura Párroco de esta ciudad al cam- po enemigo, solicitando permiso del general sitiador para enterrar á los muertos insepultos. El cadáver del malogrado Maciel es sepultado al pié de un orn- bú, inmediato al lugar donde pereciera, con la idea de traer sus restos mas tarde á lugar sagrado, cosa que no consta se verificase. Entretanto, tratóse de ocultar á su familia esta desgracia, haciéndole entender que hubia caído pri- sionero de los ingleses. Catorce dias después de este contraste que no amilanó el ánimo de los defensores de esta ciudad, tuvo lugar el asalto de la plaza por las tropas in- glesas. En su heroica resistencia cúpoles una parte muy marcada á los hombres de color, que la abne- gación patriótica de Maciel había donado de su servidumbre para artilleros. Eso» hombres de co’or ocupaban el Parque de artillería, punto dominante de la entrada de la Bre- cha, donde se comportaron con la mayor bravura. Acaso la sombra querida do su buen señor, cuya sangre humeaba aun, inspiraba su coraje. Hicieron un fuego incesante sobre el enemigo, soportando con serenidad c*l que vomitaba sobre ellos el cañón de los contrarios, hasta que recibieron órden do suspender el combate. El mas robusto de ellos que los capitaneaba en aquel lance íeniblc, era precisa- mente el capatáz de la fábrica Jabonería de Ma- ciel, que sobreviviendo á aquel desastre, ha sido conocido hasta muchos años después, por el capiinn Tío Francisco, entre sus companeros. La familia Maciel no regresó de Canelones á la ciudad, sino dos meses después de la muerte de su ge fe y amigo, cuando ya había apurado el cáliz del dolor con la revelación de su fin desventurado, dan- do á luz su desolarla esposa á su hijo D. Vicente el 28 de Abril en Montevideo. A su llegada la rodean los infinitos amigos del Padre de los Pobres á prodigarla consuelos ; sin- gularizándose entre ellos D. Manuel Cipriano de Mello, portugués de nación, y vecino acaudalado de esta ciudad, que lo ofrece todos sus bienes. Ci- priano de Mello, no desmiente sus nobles antece- dentes en esta ocasión. Protector generoso del Hos- pital de Caridad, á quien lega á su muerte, el Tea- tro de su propiedad, una valiosa casa y conventi- llo llamado de Cipriano, era digno de la amistad del Padre de los Pobres, y su corazón no podía de- jar de impulsarle á tender una mano amiga al infor- tunio de la familia de aquel; Una serie no interrumpida do desgracias la per- sigue despees de la perdida de Maciel, hasta redu- ciría á la miseria, teniendo entre otras, que contem- plar en el año 17, el incendio de su chacra del Pan- tanoso que faé convertida en cenizas! Tales fueron la vida, los méritos, los servicios y el fin del Padre de los Pobres, á quien debieron muchas familias su bienestar, muchos infortunados una mano reparadora, muchos desvalidos amparo y caridad. Los documentos que vamos á transcribir testifi- can en gran parte, sus nobles acciones, sus servi- cios distinguidos. Don Juan Josef de Vertiz, y Salcedo, comanda- dor de Puerto Llano ¿en la Orden de Calatrav», Teniente General de los Reales Exereitos, Virrey, Governador, y Capitán General de las Provincias del Rio de la Plata, Buenos-Ayres, Paiaguay, Tu- cuman, Potosí, Santa Cruz de la Sierra, Moxoa, Cuyo, y Charcas, con todos los Correjimientos Pueblos, y Territorios á que estiende su Jurisdic' cion; de las Islas Malvinas, y Superior Presidente de la Real Audiencia de la Plata &c. Por q uanto combiene proveer en Persona bene- mérita, de valor conducta aplicación buen ayre voluntad y agí idad para toda fatiga el empleo do subteniente de Granaderos del Batallón de Mili- cias de infantería de Montevideo concurriendo es- tas y demás necesarias circunstancias en D. Fran- cisco Antonio Maciel. Por tanto en virtud de las facultades, que S. M. me tiene concedidas, en su Real nombre le elijo, y 17 nombro subteniente de Granaderos de el concedién- dole todas las gracias esenciones, y prerrogativas, que por esta razón le corresponden, y mando ul co- mandante de este cuerpo le ponga en posesión del mencionado empleo, y á los demas Oficiales, Sar- gentos, Cabo3 y Soldados le reconozcan, hayan, y tengan por tal subteniente obedeciendo los de in- ferior clase las órdenes, que les diere de Real Ser- vicio, para lo cual mandé espedir este Despacho, firmado de mi mano, sellado con el Sello de mis Armas, y refrendado del Secretario de este Virrei- nato por su S.M. Dado en Buenos Ayres á veinte y quiltro de Julio de mil setecientosjy ochenta—Juan Joskf deVeutiz—El Marques deSobre Monte. V. E. nombra á D. Francisco Antonio Maciel por Subteniente de Granaderos del Batallón de Milicias de Infantería de Montevideo. Mmtevideoy marzo 21 de 1797. Con esta fecha saqué testimonio integro de este despacho, á pedimento de D. Francisco Antonio Maciel. Y para que conste le anoto.—Magariños. Don CARLOS por la gracia de Dios, Rey de Castilla, de León, de Aragón, de las dos Sicilia?, de Jerusalen, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorca, de Sevilla, de Cerdeña, de Córdoba, de Córcega, de Murcia, de «Jaén de los Algarbes, de Algecira, do Gibraltar, de las Islas de Canaria, de las Indias Orientales y Oc- cidentales, Islas y Tierra-firme del mar Océano ; Archiduque de Austria, duque de Borgoña de Bra- bante y Milán; Conde de Abspurg, Fiándes, Tirol y Barcelona; Señor de Vizcaya y de Molina, etc'. Por quanto atendiendo á los servicios y méritos de vos D. Francisco Antonio Maciel he venido en con- feriros una de las Compnñias del Batallón de Mi- licias disciplinadas de Voluntarios de Infantería de Montevideo de nueva formación. Por tanto el Vir- rey y Capitán General de las Provincias del Rio de la Plata dé la orden conveniente para que se os ponga en posesión de la referida Compañía, y á los oficiales y Soldados de ella que os reconozcan y res- peten por su Capitán, obedeciendo las órdenes que les diereis de mi servicio por escrito y do palabra, sin réplica ni dilación alguna; y que así ellos como los demas Cabos mayores y menores, oficiales y Soldados de mis Exércitos os hayan y tengan por- tal Capitán de Infantería de Milicias, guardándoos y haciéndoos guardar las honras, preeminencias y exenciones que os tocan y deben ser guardadas, sin que se os falte cosa alguna: que así es mi voluntad; y que el Ministro de Real Hacienda á quien perte- neciere dé así mismo la orden necesaria para que en los Oficios principales de ella se tome razón de este Despacho, y se os furme asiento; con preven- ción de que siempre que mande juntar dicha Com- pañía para acudir á los parage3 que convenga ñ mi Real servicio, se os asistirá con el sueldo que á los demas Capitanes de la propia clase de tropas regladas, en consequencia de lo que tengo resuelto. Dado en Aranjuez á quince de abril de mil ocho- cientos y tres.—Yo Er. Rky.—Josef Antonio Ca- ballera—V. M. confiere Compañía en el Batallón de Milicias disciplinadas deVoluntarios de Infante- ría de Montevideo, Francisco Antonio Maciel. For quanto se halla vacante el empleo de capitán de la quinta compañia del Batallón de Milicias de Infantería de Montevideo y conviene proveerlo en persona de conocido valor, conducta y aplicación. Por tanto,y re-pecto á concurrir estas, y demas ne- cesarias circunstancias en D. Francisco Antonio Maciel, subteniente de granaderos del mismo cuer- po le elijo, y nombro por capitán de la expresada compañia concediéndole las gracias, exenciones, y prerrogativas, que por este titulo le coresponden. Y en su consecuencia mando se le ponga en posesión de su Empleo reconociéndosele por tal capitán y obedeciendo, los individuos de inferior clase, las or- denes, que se le confieran concernientes al Real ser- vicio. Para todo lo qual hice expedir este despacho firmado de mi mano, sellado con el sello de mis Ar- mas, y refrendado del secretario por S. M. de este Virreynatoen Buenos Aires á nueve de Noviem- bre de mil setecientos noventa y seis.—Pedro Me* lo de Portugal.—Manuel Gallego. V. E. nombra por capitán de la quinta compañia del batallón de Milicias de Infantería de Montevi- deo al sub teniente de Granaderos de las mismas I). Francisco Antonio Maciel. Montevideo 21 do Marzo de 1797. Con esta fecha saqué testimonio integro de este Despacho, á pedimento de D. Francisco Antonio Mnciel, á quien se lo debue'.vo con esta nota. Y pa- ra que conste lo anoto.—Magariños. D. Manuel de .Tapia, Guarda Almacén del Real Cuerpo de Artillería de esta plaza—Certifico haber presentado D. Francisco Antonio Maciel los car- ruajes que ofreció al Sr. Gobernador de esta plaza 18 para el servicio de S. M. los que ocupó para llevar t iendas de campaña y otros útiles al campamento que se formó extramuros de esta ciudad con motivo de ser amagada de algún ataque por una esquadra de sesenta vola3 y diez milhombres de desembarco que por noticias individuales se sabe llegó en No- viembre último á Babia de Todos los Santos, Co- lonia del Brasil, y para que conste doy la presente á pedimento del espresado D. Francisco Antonio Maciel en Montevideo á 8 de Enero de 1806.—- Manuel Tapia. el enemigo a la vista les ha franqueado de su pro- pio peculio aguardiente para que se les distribuye- se con la moderación debida y para que conste doy la presente á pedimento del expresado D. Francis- co Antonio Maciel y á los fines que le convengan en Montevideo á 19 de Agosto de 1806.—Baltha- zar de Unq.uera. D. Mazuel Dia;o Capitán de Voluntarios de in- fanteria de esta plaza, D. Faustino García y D.m Miguel Antonio Vilardebó vecinos y del comercio de esta ciudad. Certificamos que habiendo sido co- misionados por la Diputación y Junta de todo el Comercio celebrada en la casa habitación para la recaudación de la subscripción que se abrió de em- prestan™ de dinero para las urgencias de la guerra pago de tropas de esta plaza la de la Real Armada las de MaUlonado, Colonia del S icrainento y la cam- paña de esta vanda Oriental ú causa de hallarse c*s ta Plaza sin caudales del Rey por haber sido toma- da la capital por los ingleses cuya subscripción se abrió ú principios de Julio próximo pasado ofreció D. Francisco Antonio Maciel prestar para dichos fines dos cientos pesos fuertes mensuales y por el termino de seys meses que se prefixó ea dicha subs- cripción habiendo oblado ya el expresado Maciel dos*cientos pesos fuertes á principios del presente mes y para que conste y álos fines que le conven- gan damos la presente en Montevideo á 23 de Agos- to de 1806. Manuel Diogo - Justiniano García. Miguel Antonio Vilardebó. D. Francisco García Maestre de raciones de I03 buques do guerra de este apostadero:Certifico haber recibido de D. Francisco Antonio Maciel capitán del Batallón de Voluntarios de Infantería de esta plaza ciento treinta quintales de Carne de Tasajo y no- venta docenas de lenguas que donó dicho señor para las tripulaciones y oficiales de la esqnadra de lanchas cañoneras que se aprestaron en este apos- tadero y siguieron viaje p >ra la conquista de la ca- pital de Buenos Aires cuyas cantidades fueron dis- tribuidas por mi en los buques y transportes de que se componia dicha escuadra por orden que pa- ra ello tuve del señor Ministro de Marina y para «pie conste di la presente á pedimento del expresa do D. Francisco Antonio Maciel en Montevideo ú 23 de .Julio de 1806. — Francisco García. D. Ba’thazar de Un quera Teniente de Navio de la Real Armada y comandante de la corveta de S. M. nombrada el Fuerte y de las lanchas cañone- ras de este apostadero. Certifico que D. Francisco Antonio Maciel Capitán de Voluntarios de infante- ría de esta Plaza y Juez de Comercio de ella ha de- sempeñado con exactitud la oferta que hizo al se- ñor Governador de esta Plaza y comandante Gene- ral de Marina de este apostadero á nombre del co- mercio de esta ciudad en el apronto de gentes que necesitaba e! Rey para las once lanchas cañoneras de mi mando con motivo de no haber quedado gen- te en este apostadero á causa de haberse ido en la Escuadra que salió de este puerto para la recon- quista de Buenos Aires constándome también que ha sido tal el amor al servicio de V. M. del expre- sado D. Francisco Antonio Maciel que para que la gente de dichas lanchas resistiesen algunas no- ches rigorosas do invierno y tomasen algún vigor en los apostaderos que Lacen con motivo de estar D Juan Domingo