BiiiBi iNiimoo-eiimo DE LA BREVE NOTICIA SOBRE LA FIEBRE AMARILLA EN RIO JANEIRO,/ (SDefc @5tí, ISBen-boA cte 4B ato aÍíw> C ¿Poüæo, Medico de la Marina Imperial Bbasilera. "WW JÜb- ©í^¡ ÊX'Medico de la Real Marina Italo-Sarda MONTEVIDEO. IMPRENTA LIBERAI, i è 5 ACERCA DE LA BREVE NOTICIA SOBRE LA FIEBRE AMARILLA EN RIO JANEIRO, 'ÇJU et ÊDn, ele. é 9cm,zcv Miembro Corresponsal de la Sociedad de Medicina Montevideana etc. PUBLICADA En el Tomo Primero Fas. Segundo DE LOS ANALES DE ESTA : DEDICADO A las IIIL Autoridades Sanitarias DE LA REPUBLICA, &c/ictn¿- --- UNO DE LOS iarwiaclo ve-J Je dictua docieja-cl ©íteclicct etc. Conoscoio ben cheforse al vento sparso Fia della mente ogni miglior consiglio, Che i lievi sforzi d'intelletto scarso, Male additar sanno V altrui periglio . Ma in parte spero conseguir V intento, Di dubbj offrendo almen grave argomento. P. Massa^-Le-Roy. MONTEVIDEO. IMPRENTA LIBERAL. i à 5 k. Res videtur mihi tanto obscurior. quanto diutíus earn considero. Seneca—1duaest. 7. 30. Nosotros consideramos ía neore-amanua como una enfer- medad cuya cuestión de si es, ó no es contagiosa, apesar de las lucubraciones y observaciones de tantos Médicos beneméri- tos y sapientísimos de todas las Naciones, ha dado lugar á que los Escritores fuesen divididos en dos partidos contrarios, que desde el principio del siglo presente hasta hoy, vertieron y sos- tuvieron opiniones y sentencias siempre encontradas y opues- tas, sin venir á una conclusion decisiva ; y tememos que si aho- ra nosotros pretendiésemos colocarnos decisivamente entre los sostenedores de cualquiera de los dos partidos, á mas de no po- der decifrar tan ardua cuestión, nos espondriamos á que las honorables Sociedades y Academias Médicas, desde sus cáte- dras veteranas talvez nos dijesen con el verso de Virjiüo— Non nostrum inter vos tantas componere lites.—Pero, ya que en los Anales de la Sociedad de Medicina Montevideana, tenemos publicada una memoria enviada por el Sr. Socio Corresponsal Dr. Bentos de Carvalho y Souza, titulada—Breve noticia sobre la fiebre amarilla en Rio Janeiro, en la que declara autorítati va- mente “que hoy está probado á mas no dudar que esta enferme- dad no es contajiosa;“ y desde que por otra parte la vecindad de este azote dominante en el Bra>il, pone al pais en circunstan- cias que requieren que la Sociedad médica “se ocupe muy seria- mente de la probabilidad ó no probabilidad de la aparición de la 4 fiebre-amarilla en la República18 (1); nosotros, en el ínterin que la honorable sociedad estudia el asunto, y como miembro del Tribunal de Higiene Pública, que debe indicar al Gobierno to- das las medidas higiénicas aplicables á la conservación de la salud del Pueblo, encargo solemne que nunca ha descuidado, hemos creído hacer bien en examinar este trabajo científico des- pués de su publicación y circulación en el pais (en donde puede producir sus impresiones contrarias á lo dispuesto por el Regla - mento general de Policia Sanitaria de la República,) analizar- le con atención, y mediante una critica imparcial y franca, procurar demostrar cuanto es todavía cuestionable la opi- nion anticontagionista que representa, y cuanto son dudosos los principios que el ilustrado señor Dr. Bentos establece como cieitos. Por lo tanto, persistiendo en nuestras convicciones profesionales publicadas hace cuatro años (2) y repetidas des- pués en las sesiones de dicha Sociedad Médica cuando se tra- tó del escrito que examinamos, con respecto al contagio ó no contajio de la fiebre amarilla, nos hallamos en la obligación de manifestarnos de un modo de pensar distinto riel de nuestro honorable Socio ; y ya que hemos tenido que pronunciar el vo- cabulo critica, rogamos se nos permita protestar que entende- mos ocuparnos solamente de lo de la tesis que, según nuestro juicio, envuelve opiniones no inespugnables, sin que nuestro trabajo pueda atañer en lo mas mínimo á los méritos persona- les y facultativos del muy apreciable Socio Corresponsal, á quien profesamos y respeto. Y auqué meo sum pauper in oere. sin embargo pedimos mui encarecidamente al Dr. Bentos nos haga cl honor de ver este examen, y con la mira fi- losófica de hacer un bien á la humanidad, usando del parcere personis dicere de vitiis deOracio quiera tratarle del mismo mo- do que nosotros lo hemos practicado con su Breve noticia, en cuyo análisis solamente pretendemos esponer nuestra opinion, confesando con Montaigne que ce que f opine quel qu ilsoit c‘est pour déclarer la mesure de ma vue, non la mesure des choses, Montevideo 1854. Bartolomé Odicini.—Dr. M. C. (1) Orden del dia de la sesión del 18 de Octubre proximo pa- sado. La Sociedad nombró desde entonces una comisión de su se- no para que recoja datos, estudie el argumento, pase informe, y dictamine. De cierto que el trabajo de dicha comisión seta de mu- cha importancia. (2) Comercio del Plata No. 1*274 de Abril 16; y No. 1275 de Abril 17 de 1850. 5 I. To be, or not to be, that is the question. Los ingleses. El Dr. Bentos en la introducción de su Breve noticia, em- pieza por decir que la fiebre amarilla es una enfermedad pes- tilencial endémica y epidémica. De acuerdo con él, creemos también nosotros que sea muy prudente el considerar esta en- fermedad como pestilencial-, lo que en otros términos entende- mos que quiere decir capaz de propagar pestilencia, ocasionar peste, reproducirse, enfin ser contagiosa: ya que la acepción del adjetivo pestilencial (3) debe de ser la misma que la del sustantivo peste del que deriva; y suponemos también que real- mente asi fuese, y sea la fiebre amarilla en el Brasil, en donde, después de cuatro años de permanencia epidémica, y favoreci- da por otras circunstancias eosmo-telurieas, la dolencia pestilen- cial puede haberse constituido endémica. Y en este caso, es decir, si la fiebre amarilla es pestilencial, endémica, y epidé- mica en el Brasil, como lo es quizá en las Antillas, considera- mos que es muy lógico el desconfiar de su naturaleza simple- mente miasmática, temer su contagiosidad posible, y creerla no tan absolutamente incapaz de presentar los peligros de propagación, aunque talvez menos inminentes, que presentan îa peste bubónica pestilencial, endémica, y epidémica en Siria, y el cólera pestilencial, endémico y epidémico en Asia: opinion que como veremos, el Dr. Bentos no quiere admitir, y ha cla- sificado de contraria al progreso de la ciencia y de la huma- nidad. II. Le genre de certitude qui resulte de Vobn ration bien faite s'applique, en effe-Xds tout ce qui est observable. Cuvier— En el párrafo en que nuestro erúdito socio habla de la Etiolojia de la fiebre-amarilla del Janeiro, se queja de que es (3) Diccionario de la Lengua Castellana por la Academia Española; 7. a edición. Dictionaire Français-Italien ; F. Alberti. Venise 1804. A Dictionary of the English and Italian languages. T. Baretti; Venise 1795. Dizionario Classico di Medic, e Chirurg. del Levi-Venezia 183G. o destino de las enfermedades graves, dar lugar cá una multitud de escritos, que lejos de aclarar la materia, por el contrario la hacen mas confusa y dice quedar estas refleccion.es, y confun- dido por los numerosos escritos publicados sobre la fiebre-amari- lla, solo estrada las opiniones consecuentes con la razón, y espo- lie estas y el resultado de su experiencia personal sobre la enfer- medad en cuestión Nos permitiremos observar que no comprendemos como el Dr. Bentos haya podido escojer con certeza las opiniones consecuentes con la razón, desde que él mismo confiesa que se hallaba confu n di do por los numerosos escritos publicados sobre la fiebre-amarilla, (pie en lugar de aclarar la materia mas bien la obscurecían. Nosotros cree- mos que en este caso, hasta un cierto punto, se deba interpre- tar la idea del Autor, y establecer que las opiniones que él ha clasificado consecuentes con la razón, han sido aquellas que mas consonaban con su modo de ver en la materia: es decir las que en los numerosos escritos halló de acuerdo con su opinion particular, con su modo propio de ver, y viceversa. Si asi no es, confesamos que no comprendemos al autor ; y si es así, va- le lo mismo que sostener que fulano tiene razón en contra de sutano, por que fulano dice como yo, mientras que sutano sos- tiene lo que yo no creo, ni digo. Pero esta absoluta nos pare- ce un poco avanzada, y para nosotros será siempre una propo- sición equivoca , interin el Dr. Bentos no la apoye y la sosten- ga con argumentos dotados de una certeza que, sino á vencer- los, á lo menos sea idónea á oponerse de frente á los argumen- tos de tantos otros escritores que no piensan como él, y que sin embargo no dejan de presentar opiniones consecuentes con la ra- zón. vSprengel en las argumentaciones admite tres clases de cer teza: la matemática, cuyo opuesto es el absurdo: la histórica, que se basa sobre los hechos : y la empírica, que dimana de la es- periencia ; y dice (4)—síquidem quœvis species suam babel pe- culiar em dignitatem: pero en cuanto á lo que se refiere á la Medicina, es decir, tocante á la certeza médica, que de cierto no puede ser matemática, quiere que á lo menos cifre simultá- neamente en la certeza histórica y en la empírica—quo i si histórica praecepta et quae experientia docuit, rite coaptantur, ut ad universales adscendamus regulas ncc hae a*certitudinc alienne sunt, dummodo regulas artis criticac et logicae scientia rite sc- quuti fuerimns. Por lo tanto quisiéramos que el Dr. Bentos apoyara su sentencia en la esposicion de un número y de una clase de hechos que fuesen idóneos á establecer aquel grado (4) Institutiones Medicae—Vo!. 1, TntrocJ. 7 de certeza que depende de la historia y de la practica : la que robustecerla también el resultado de su esperiencia per- sonal sobre la indole de la enfermedad en cuestión. Desde que asi no lo ha hecho, é ínterin no lo haga, podemos temer de que la elección de las opiniones que él llama únicas consecuen tes con la razón, sea gratuita ó por lo menos apasionada. Quisiéramos saber como podernos probar á nosotros mismos que las opiniones sostenidas por el Dr. Bentos son verdadera- mente las únicas racionales, y entonces seriamos también no- sotros anticontagionistas declarados ; pero en el escrito que analizamos no hallamos pruebaalguna positiva que apoye y sostenga la proposición del Dr. Bentos, ni alcanzamos á com- prender por que las opiniones de nuestro Socio y las de sus con- doctrinarios, hayan de ser mejores y mas lógicas que las de aquellos otros Doctores, también de reputación científica, indi- cados y no citados por el Dr. Bentos, que atribuyen la causa de la epidemia á la importación desde la América Setentrional á Bahia, y de Bahia al Janeiro. Y tanto menos comprende- mos el modo de discurrir del Dr. Bentos, en cuanto que de su proposición no muy fundada ni probada, saca la consecuencia quizas también apasionada, de que—“por esto es que (es decir “ la causa atmorférica) siempre observamos una modificación “ en el desenvolvimiento de la molestia (y no dice que clase “ de modificación.) por cualquier cambio de temperatura, co- “ mo viento, lluvia etc. como si tales modificaciones subor- dinadas á la influencia del estado de la Atmofera, nose obser- varan en todas las epidemias en general, y se hubiesen limita- do á la del Janeiro, para servir de fuerte argumento en favor de los anticontagionistas que pretenden que todo el mundo que no quiere ser rétrogmclo, reconozca la causa miasmática de la fiebre-amarilla como un hecho probado, al paso que los conta- gionistas la niegan con la misma fuerza de autoridad científi- ca y practica. “Personne n‘échappe á 1‘érreur, serois-je le “ seul infaillible? Ne seroit-ce pas dans les choses mêmes que “ je soutiens avec le plus de fanatisme, que je me trompe- “ rois ?“ Así se decia asi mismo Dbntenelle, y así debe decirse todo hombre que piensa, discurre y escribe sobre argumentos no matemáticos, tai incuestionables. 8 111. Felix qui poluit ranún cognoscere causas. Virgil. La fiebre amarilla, conocida de los antiguos y descrita por Hipócrates, etc. ete. dice el Dr. Bentos, invadió la ciu ad de Rio Janeiro á fines de 1849 á 50: bajo la forma epidémica. In- numerablfs fueron las causas que los médicos de mas reputación científica quisieron asignar como ocasional de la aparición de la enfermedad en el litoral de Rio Janeiro: unos la atribuyeron d importación de Nueva Orleans en un buque que ancló en Bahia, y de aquel transmitida á Rio Janeiro por las innumerables em- barcaciones provenientes de aquel lugar: otros la consideraron de- senvuelta por las condiciones del calor y humedad, y por las exa- laciones miasmáticas de las playas que circulan á la ciudad de Rio Janeiro. En cuanto á nosotros siempre tuvimos las mismas opiniones que estos últimos observadores etc. Luego no hay du- da ya! Como se ve, nuestro autor confiesa abiertamente que las opiniones de los anticontagionistas han sido siempre las propias de él: asi es que, como ya observamos, claro está que las escogió como las únicas que él halló consecuentes con la ra- zón, por el motivo de que precisamente rechazan la idea de la posibilidad del contagio, y de acuerdo con su modo particular de ver, sin combatir los argumentos opuestos, establecen que las causas de la fiebre amarilla son necesariamente atmosféri- cas, accidentales, miasmáticas. De modo que lo que para los contagionistas está considerado como el cornplecso de ciertas con-causas favorables al desarrollo del contagio, el Dr. Ben- tos, con los anticontagionistas, establece que es la causa proc- sima, determinante, única de la enfermedad misma. Unde ma- lum? Quien juzga de que lado está la razón? De hoc multi multa, cmnes aliquid, nemo satis ! Pero aunque no podamos hallar lo cierto ni lo probable, no debemos dejar de hacer los esfuerzos necesarios para establecer lo que mas convenga aun en medio de la incerteza en que nos coloca la dificultad y la obscuridad de un argumento de tanta importancia para la hu- manidad. Entretanto ninguno puede negar que la atmosfera de las Indias Occidentales, que desgraciadamente son el teatro de la fiebre amarilla, sea naturalmente muy húmeda, especial- mente en los meses de Agostos, Setiembre y Octubre: en cier- tos parages de dichas Indias el atmósfera se pone todavía mas 9 húmeda de lo que es naturalmente por causa de las ecsalacio- nes que emanan de las muchas paludes y pantanos producidos por las inundaciones artificiales que aquellos pueblos practican para la cultivación del arroz y del azúcar; de manera que, particularmente en Agosto y Setiembre en aquellos puntos el ambiente aereo es pesado y casi irrespirable. Y consideran- do que la combinación del calor y de la humedad coadyuvan mucho á producir la mayor debilidad en todos los sólidos del cuerpo humano, se comprende como puedan en este modo contribuir á elaborar en la naturaleza de aquellos infelices labradores la aptitud ó la predisposición necesaria, por la que el germen, talvez incubante, de la enfermedad, pueda desar- rollarse, manifestarse, y propagarse (5) “Asi empieza la fie- bre amarilla, dice Blane, (6) escritor anticontagionista, pero cuando se ha manifestado, fácilmente se propaga por contagio, que es mas activo si proviene de individuos que se hallan en el segundo periodo de la enfermedad.—También el Pugnet (7), partidario del miasma, ha notado que la estrema humedad del terreno y de la atmosfera, la mala calidad de las sustancias alimenticias y su depravación, el estado del cielo comunmente nebuloso, y otras potencias muy eficaces de esta clase, que siempre favorecen la descomposición de las materias orgáni- cas, constituyen familiar y endémica la fiebre amarilla entre los habitantes de las Antillas: enfermedad que por lo demas, se propaga por contagio. M. Gilbert (8), sostiene que la fiebre amarilla se produce por causas locales meteorológicas, pero que es contagiosa en el progreso de su curso. Jackson (9), dijo también qne tubo que persuadirse de que al entrar en la 14? ó 15? jornada de enfermedad, las funciones orgánicas de los (5) La Isla de Cuba, cuyo terreno es muy bajo, está mas su- geta à la fiebre amarilla que las demas islas: la Jamaica lo es me- nos, porque abunda de altos cerros; la Guadalupe, muy elevada sobre el nivel del mar, apenas conoce la fiebre amarilla: la isla de Santo Domingo, que anteriormente ha sido muy infestada, lo es mu- cho menos desde que secaron sus pantanos, etc. (6) Observations on the diseases incident to seamen; by Gil- bert Blane. London 1785. (7) Mémoires sur les fièvres du Levant et des Antiles. Lyon 1804. (8) Histoire Medicale de l'armé française á St. Domingue en l‘an 10 (1802). Ou mémoire sur la fiévre-jaune. (9) Robert Jackson's treatise on the fevers of Jamaica. Lon- don 1791. Journal de Médieine et Chirurgie, par M. Corvisart, tomo 10. 10 afectados de fiebre-amarilla, quedan pervertidas en modo que elaboran productos contagiosos análogos. Ahora bien; si todo esto es digno de fé, ó por mejor decir, si debemos prestar fé á los Escritores para poder pretender con razón que también se crea á lo que nosotros decimos, es preciso admitir la posibili- dad de que la fiebre-amarilla, aunque no se quiera considerar proveniente de un peculiar contagio, puedeá lo menos hacer- se contagiosa y transportable una vez producida. ¿Como se puede probar que el contagio preecsiste incubante y se desar- rolla cuando las circunstancias le permiten, ó que no preecsiste ese contagio y por causas accidentales se produce una enferm- dad que viene á ser contagiosa? Que los contajios, en gene- ral, probablemente ecsisten por si,se ha ya esmerado, y con buen ecsito, en demostrarlo el celebre Pueinotli (10), pero en cuanto á la fiebre amarilla en particular, desearíamos que nuestro erudito Socio Corresponsal nos dijese si los Medicos del Janeiro han podido averiguar, y si han verdaderamente establecido que la enfermedad, que primeramente invadió á Bahia, era la misma que dominaba en Nueva-Orleans al tiem- po de la salida del buque sospechoso, y si la que domina en la Capital del Imperio, es igual á la de Bahia. Si dichas epide- mias resultan ser de una enfermedad idéntica en todos sus ca- racteres, síntomas, marcha, procesos patológicos, terminación, y productos negroscopicos ¿por que se querrá negar tan abso- lutamente que puede haber sido importada y propagada por contajio de la America septentrional á Babia, y de allá al Jane- iro? Y sí esas epidemias han tenido su fisionomía particular y distinta por cada una, ¿porqué entonces no se encara la cues- tión bajo de otro aspecto, y se rebaten con argumentos y he- chos, los hechos y argumentos de los eontagionistas antiguos y modernos? El que Tardieu, Humboldt,y Levicaire sean déla opinion del Dr. Bentos, que los cita en apoyo de su escrito, no destruye las proposiciones y las razones de los eontagionistas que se hacen fuertes sobre los escritos y las opiniones del cita- do Blane, Palloni (11), Ozonam (12), Moreau de Jones (18). y tantos otros Escritores de reputación como los citados por (10) Riflesioni Patologiche e Critiche sui contagi spontanei, e sulle potenze, etc. Roma 1820. (11) Osservazioni sulla Malattia di Livorno, 1804. Se la febbre-gialla sia o go contagio. 1S14. (12) Histoire Médicale générale et particulière de Maladies épidémiques etc. Paris, 1835. (13) Monographie historique et médicale de la fièvre jaune. 11 nuestro honorable Autor. Añadiremos aqui que no son mu- chos años que un celebre Médico Italiano (14), en una obra so- bre la peste, ha creido probar, primero: que las discrepancias de los medicos indican tal vez las lagunas de la Ciencia, pero no la eroneidad de la doctrina del contagio: segundo, que los hechos de transmisión no efectuada, apesar del contacto, prue- ban absolutamente nada en cualquiera parte sea hecho el pre- tendido esperimento, y menos de nada si se hace en un pueblo ya infestado: tercero, que la hipótesis anticontagionista que hace pulular el contagio de causas meteorológicas, no se apo- ya en ¡a anologia, en los hechos, ni en la inducción; cuarto, que la otra proposición que asigna la formación del contagio á causas miasmáticas, si aparece por un momento justificada por la ciencia, no basta sin embargo á dar una esplicacion comple- ta de los hechos: quinto, que la hipótesis de los infeccionistas, con arreglo á las consecuencias lógicas que de ella deducen, no pueden considerarse que como un fragmento de la doctrina del contagio. Estas sentencias pues, que los contagionistas pueden muy bien aplicar á la patología de la fiebre amarilla, son contrarias á la teoría enunciada por el Dr. Bentos en cuan- to á las causas de la epidemia del Brasil, y tenemos que espe- rar que sean combatidas: pero en el Ínterin, y en medio de todas estas opiniones opuestas é importantes, nos consideramos autorizados á sostener que la cuestión queda, por lo menos, dudosa é indecidída como lo era antes de la breve noticia de nuestro estimable socio corresponsal. ÍV. Ok ' come spesso il Mo ndo JSTel giudicar delira, Perché gPeffetti ammira, Ma la cagion non sá! Metastasio. El Dr. Bentos quiere también valerse de la admiración del Levicaire, el cual escribiendo sobre la fiebre-amarilla de la América del Norte, estrañaba de que esta enfermedad no se observase en el Rio Janeiro, pais que reúne en si todas las con- diciones físicas del aire y del suelo, propias para su desenvolví- (14) Strambio-—Riforme delle leggi sanitario contro 1‘impor- tazione della peste. Milano 1845. 12 miento: de modo que parece que la línea de los trópicos le for- mó una ban-era sobrenatural para propagarse al hemisferio del Sud. La alusión hecha por el Dr. Bentos á la admiración del Levicaire, si se quiere vendrá muy al proposito para su tema: pero ni la alusión ni la admiración nos parecen ahora muy dia- lécticas, por la razón de que siendo justamente (jue el estado físico del Janeiro ab antíquo ha sido siempre propio para la ge- neración de la fiebre amarilla, es difícil comprender como de repente ha podido ser causa ocasional de este formidable azo- te á fines de 1849: precisamente después de la llegada del bu- que sospechoso de Bahia, queriendo eseluir absolutamente hasta la posibilidad de la importancion del germen infestante. Mas esa barrera indicada por el Levicaire en 1822, no es tampoco histórica, si es que debemos creer al citado Ozanam, que con su historia es testigo de que ¡afiebre amarilla visitó á Pernambu- co en el año de 1684 (15), Los contagionistas podrían muy bien valerse de estos argumentos para fortalecer la teoría del contagio, y creerse autorizados para argüir de este modo: el primer cultivador que haya observado el terreno feras de la Banda Oriental del Uruguay, habrá conocido cuanto es pro- pio para la germinación y propagación del trigo: pero este producto no se ha visto nacer en esta tierra sino después que los Españoles le echaron la semilla necesaria proveniente de la Metrópoli: ¿Podrían, los anticontagionistas, probar que no es probable que haya sucedido lo mismo con el supuesto conta- gio de la fiebrenunarilla en el Brasil, puesto que los contagios tienen sus periodos de transmisión, de incubación (este toda- via indefinido), de desarrollo, y de reproducción? /Como se podrá sostener que es absolutamente errónea la opinion de los que dicen que la enfermedad no ha podido desenvolverse en otras épocas y bajo Ias mismas condiciones cosmoteluricas, por la razón de que en el Janeiro no se hallaba presente el jermen ó el principio infestante destinado á producirla? Seria muy útil, según nuestro juicio, el poder fijar si las condiciones atmosféricas, las emanaciones pútridas de las playas, las exala- ciones de los pantanos, inmundicias de las playas que la ciudad de Rio Janníro tiene en su seno, según dice el Dr. Bentos, son las mismas hoy como lo eran en 1849: cuando se manifestó la fiebre amarilla: y si estas y aquellas se hallan en la misma condición de las que ecsistian en Bahia al empezar la epidemia, y computar en fin si entonces como ahornen Bahia como en el Janeiro por los ardientes Soles, la poca ó ninguna ventilación (15) Obr. cit., Tom. 3., pag. 288. Edic. 2.,03 1835. 13 de ia ciudad, la importación de muchos extra ajeros no aclimata- dos y de diversas rejiones, verdaderamente pueden dar la dolorosa convicción de que la fiebre amarilla tuvo su origen en el Brasil (yá es en el Brasil, no en el Janeiro solamente!) independiente de contagio ó transmisión alguna, como supone y afirma el Dr. Bentos. Pero observaremos que con respecto á la invasion de la enfermedad en el Janeiro, nuestro ilustrado Socio supone y afírmalo que han supuesto y afirmado sus condoctrinarios en cuanto á la de otros paises, y como estos, nos deja él también enredados en el hilo de Ariana,sin poder salir de la duda de si es ojio es contagiosa la actual epidemia brasilera de fiebre-ama- rilla, y que él la considera como un producto de causas mias- máticas locales. Con pesar nuestro hemos leido en el Correo de Ultramar (15 y 28, de abril de 1854), la noticia que con las siguientes palabras da un Señor D. Felipe Macias, que dice : Debemos también participar la dolorosa noticia que lama, el Callao, y los pueblos próximos á estas dos ciudades son en el momento presente presa de una epidemia que se asegura ser la fiebre-amarilla, pero que si no lo es, se le asemeja mucho asi en loque respecta á sus síntomas como á los estragos que está haciendo en la población no obstante la proverbial benignidad de nuestro clima. Ahora observamos; si las noticias ulterio- res viniesen á probarnos que esa epidemia es de verdadera fie- bre-amarilla ¿como podrá aplicarse la teoría del miasma á su aparición en aquellos paises que no tienen pantanos ni inmun- dicias, y tampoco emanaciones pútridas de las playas, y que por lo contrario son dotados de una proverbial benignidad de clima? La opinion de sostener la teoría del miasma que profesa el Dr. Bentos y sus Condoctrinarios, en nuestro concepto, es tanto mas disputable, cuanto que en un escrito sobre el cólera publicado por uno de los celebres Catedráticos y Escritores de Italia (16), leemos que,‘ñl ritenere l’aria infetta di un miasma e diffuse per mezzo dei venti: il credere aduna corruzione aerea, come cagione effettrice del morbo, egli é un enllocare la immaginazione al posto della ragione, ed un fantasma al luo- go della veritá ete, ete,” y realmente nos parece mas bien fan- tástico que logíco el creer que las ecsalaciones pútridas de las playas hayan producido la fiebre-amarilla en el Janeiro si (por establecer dos ejemplos muy sobresalientes) consideramos que en Europa nunca se ha producido esta terrible dolencia en las (16) Lettera del Cav: Profes. Speranza al Chiaris. Cav. Doit. Pietro Magliati, Segret. dell'Accadem. Med. Chir. di Napo- li. Torino, 1822. 14 cercanias de ios celebres mataderos de Montefaucon, en donde todos los años, unos centenares de osamentas caballares ecsa- lan el hedor mas infestado que se pueda producir por la des- composición pútrida de montones de carnes, intestinos, y es- queletos abandonados por semanas y por meses á la putrefac- ción espontanea, espuestos al aire y á los rayos del Sol, que con otras inmundicias ponen aquel paraje en la condición de la mas fétida y abominable cloaca; y aquí en América, jamas se ha desenvuelto la fiebre-amarilla en los alrededores de los he- diondísimos mataderos y saladeros de esta República y de la vecina. A mas de todo esto, los partidarios del principio miasmático y de las ecsalaciones pútridas como teoría aplica- da al genesis de las epidemias, les queda todavía que pensar un poco seriamente á la confutación de este antiquísimo aforismo que hasta ahora no ha sido bien combatido, “illi. qui eoria ani- malium ad varios usus parant, et illi, qui gluten ex animalium partibus conficiunt, perpetuo inspirant aerern putridis exhala- tionibus inquinatum et tamen satis vivunt : Faetor autem tantus est in his loéis, ubi talia opificia peraguntur, ut vel transeúntes offendat. Iramo observatum fuit, aerem putridis efluviis replctum, fuisse pestis remedium." (17) V. One other source, importation, from which the disease might have been derived,still remained to be investigated. W: Pim. En cl párrafo en que mas especialmente nuestro honorable Socio habla del eontajio, empieza por sentar otra proposición casi-absoluta, diciendo que—“la cuestión de la naturaleza “ contajiosaó no contajiosa de la liebre-amarilla, parece final- “ mente decidida y sin entrar en el examen de los docu- mentos que debemos creer tenga en su poder : y sin hablar de los procesos que debemos suponer que él conozca para ester- nal'asi su convicción acerca de la no-contajiosidad de la mo- lestia en cuestión; sin siquiera citar nada, mas que nombres de Anti-cóntajionistas conocidos, nuestro erudito Socio se li- mita á decirnos que—“hoy parece no haber un solo Medico “ navegante, ya sea francés ó brasilero (¿y los médicos nave- (17) Van-Swieten—Comment, in Boerhaave. Aphor., 1408. 15 gantes Ingleses, Portugueses, Españoles, Americanos, Italia- nos, Suecos, Austríacos, Rusos, Dinamarqueses Turcos etc?) “ que haya visto la liebre amarilla en las Antillas ó en el Bra- “ sil, que no esté convencido de este hecho;" y al efecto cita Deveze, Valentin, Millar, Dalmas, Smith, Severez, haciendo al mismo tiempo observar que—“mas especialmente Leffort., “ Guyon, Rochoux, Chervin, Meirelles, Paulo Candido, y Fei- “ tal han establecido, á mas no dudar (!!!) el carácter no con- “ tagioso de esta molestia, opesar de la opinion sistemática de “ ciertos espíritus retrógrados.'1—Esta proposición nos parece peligrosa, capaz de hacer mucho mal a la República si laa’Au- toridades llegasen á persuadirse de que está suficientemente probada, y descuidasen de las medidas de precaución dictadas por el Reglamento de Sanidad; y esto ha sido lo que nos ha movidoá analizar la breve noticia de nuestro respectable Socio y procurar demostrar que la cuestión del contagio ó no contagio de la fiebre-amarilla está todavia hoy, muy lejos de ser acabada. Si hemos de confesar francamente el efecto (pie para nosotros produce este modo de aseverar, debemos manifes- tar que nos parece que todo esto quiere decir que á nuestro So- cio le gusta la idea do que la fiebre-amarilla no es contagiosa, y habiéndose esclusivamente profundizado en esta, labró sus argumentos, los arregló al rededor de la misma, sacó sus con- secuencias predilectas, y á pesar de que al principio de su breve noticia dijo que “la fiebre-amarilla es una enfermedad pestilencial” quiere después persuadirnos de que por el contra- rio es un azote miasmático producido por causas locales, acci- dentales, epidémico pero no contagioso. Ciertamente este modo de decidirse consona perfectamente con lo que han di- cho los que han contraido el empeño de sostener que la fiebre- amarilla no es un contagio, y esto debe agradar mucho á los Comerciantes y Navegantes que aborrecen las cuarentenas ; pero para los gobiernos que tienen el sé rio deber de defender las leyes sanitarias de la Nación, para los Tribunales de Sani- dad encargados de la salud pública, y aun para los Médicos que quieren ser prudentes y cautos en el desempeño de su mi- nisterio, la sentencia del Dr. Bentos y demas Autores citados en su escrito, no puede ni debe considerarse decisiva é inape- lable como se pretende presentarla, por la razón de que no está basada sino en argumentos contestados yá por otras tantas ra- zones producidas por Escritores de autoridad reconocida en la República medica, y suficientemente reputados para merecer la fé y el respeto del público, á la pardo cualquiera otro de sus adversarios. Para citar algún hecho de los que tal vez 16 no Kan llegado a la noticia de nuestro apreciable Socio (por que en estos países no son muy comunes los conocimientos de las producciones científicas italianas, ni el estudio del Idioma de Bocaccio y de Dante), nos permitiremos decir que, entre otros de ambas opiniones distintas, hemos tenido en Italia dos Escritores sumos y contemporáneos, ambos valientes medi- cos teorico-practicos, ambos maestros de medicina, ambos Au- tores de reputación merecida, y ambos que ex-profeso trata- ron de la fiebre-amarilla; hablamos del famoso Cayetano Pa- lloni, y del celebre Santiago Tommasini; el Palloni Catedráti- co de la Universidad de Parma escribió en 1804, yen 1814 ; siempre sosteniendo la opinion del contagio ; el Tommasini Catedrático de la Universidad de Boloña, escribió en 1805 y en 1824: sosteniendo siempre el no-contagio de la fiebre-ama- rilla. En aquel entonces, mientras el Tommasini se esforzaba en negar el contagio, el profundo Rubini mandaba á luz un li- bro en sosten de la proposición del contagio [18]. Este libro ha sido ecsaminado y analizado por el no menos célebre Anto- nio Acarpa, el cual ha pronunciado un juicio verdaderamente magistral, en una cai ta que escribió en 2 de setiembre del mismo año al Dr. Nicolas Morigi que se mantenía titubeante entre las ideas opuestas del Palloni y del Tommasini. “Hé leído el libro de Rubini, dice Scarpa, y me gustó muchísimo. En to- das sus partes se nota un acertado criterio, y un análisis ecsac- to. Los principios por él establecidos de los miasmas contagio- sos son ciertos: y es preciso confesar que él supo apoderarse del hilo maestro que lo condujo á determinar con certeza la verdadera indole de la fiebre-amarilla. Es un tifus contagio- so etc. etc.” De este modo, desde entonces hasta á nuestros dias, la cuestión ha fluctuado siempre entre e¿fas controversias, y en medio de tantas dudas ¿no podrían equivocarse los Anti- contagionistas como los Contagionistas? ¿Por acaso en las teorías y doctrinas medicas es estrictamente logico el seguir siempre ciegamente la opinion de los Escritores? Nosotros tememos mucho el “voe coecis ducentibus! voe coecis sequenti- bus” ! y nos atenemos al camino del medio: estudiamos lo que dicen los Autores : hacemos caso y veneramos á todos sin se- guir á ninguno con preferencia : buscamos siempre lo racional, y nunca juramos in verba magistri, porqué no queremos olvi- darnos jamas del nimium ne crecías Hippocrati. Guillermo Pym, inspector general de los hospitales militares, y sobre-in- (18) Riflessioni sulle fcbbri chiamate gialle e sui contagi in genere. Parma 1805. 17 tendente general da las cuarentenas de Inglaterra; ha escrito sobre la fiebre-amarilla un libro dedicado á los Oficiales Sani- tarios de Mar y Tierra publicado en 1815, y por segunda edi- ción, revisada y aumentada, ha sido últimamente reimpreso en Londres (19) cuya proposición predominante nos permitimos indicar. Este Escritor establece la distinción dafiebre remi- tente biliosa (como antes de él la llamaron Borserio y Tomma- sini) y de fiebre-dc-Bulam ó remito prieto : y sostiene que aque- lla reina siempre en la costa de Africa, y no es contagiosa ; y esta aparece accidentalmente corno la viruela, y es potente- mente contajiosa (it is higly infectious, and consequently capa- ble of being communicated etc. ; Obr. cit. pag. 95:) y esta es sigue Pym, la fiebre amarilla ó vomito negro de los Españoles, que apareció en épocas diferentes en las Indias Orientales, en Norte América, en el Sur de la España, y que se cree haya si- do originalmente importada de la Costa Occidental del Africa particularmente de Bulam Costa de Guinea. ¿No podría ser tal vez que en esta distinción tan importante establecida por Pym, encontrasen colocación los distintos casos de la epidemia del Janeiro, desde que unos quieren que sea contajiosa y otros lo niegan? ¿Será del todo imposible que existan juntas y á un mismo tiempo la fiebre contajiosa de Bulam, y la remitente no contajiosa en sus distintos grados de mas ó menos intensi- dad? Los Mnticontajionistas que tampoco admiten la opinion de M. Pym, á cuya cabeza talvez está M. Chervin citado por nuestro Socio, continúan negando absolutamente el carácter contajioso de la fiebre amarilla, oponiendo argumen- tos á argumentos, hechos á hechos ; pero la cuestión queda siempre dudosa; y en la duda, repetimos, es mas prudente el temer de la posibilidad del contajio y precaverle. Mas en contestación esplicita de lo que dice el Dr. Bentos, y todos los Anticontajionistas, comprendidos los ilustres señores Shaftes- bury, Edevin Chadwick y T. Southwood Smith autores del Seconde Rapport sur la Quarantaine, à sa M. la Reine (de In- glaterra) Whitehall 7. Avril 1852, creemos será muy útil co- piar aqui algún articulo de la Convention Sanitaria estipulada entre las Potencias Europeas en el mismo año de 1852: que apesar del parecer de los médicos navegantes franceses y brasile- ros citados por el Dr. Bentos, y á malgrado de todos los de- (19) Observation upon Buland, vomito negro, or yelow-fever; with a review of—A report upon the diseases of the African Cost—• by Sir Will. Burnett and Sir Bryson, proving its highly contagious, by Sir Will. Pym. K. E. H. London, 1848. 18 más Anticontagionistas, establece la Cuarentena a las prove- niencias de Países sospeches ó infestados de fiebre amarilla. Este grande pacto internacional, en su introducción, dice asi : Sa M. le roi de Sardaigne : sa M. 1* empereur d’Autriche ; sa M. le roi du royaume de Deux Siciles ; sa M. la reine des Es- pagnes : sa S. le Pape: le prince president delà Republique Française: sa M. le roi de la Grèce: sa M. la reine de la Grande Bretagne et d’Irlande: sa M. la reine du Portugal et des Algarves: sa M. l’empereur de touts les Russies; sonhautes- se impériale et royale l’archiduc gran duc de Toscane: sa hau- tesse l’empereur de Turquie : étant également animés du dé- sir de sauvegarder la santé publique dans leurs états respectifs, et de faciliter, autant qui il dépand d’eux, le développement des relations commerciales et maritimes dans la Mediterranée: et ayant reconnu qui un des moyens les plus efficaces pour amener ce résultat était d’introduire la plus grande uniformi- té posible dans le régime sanitaire observé jurqui ici, et d’allé- ger ainsi les charges qui pèsent sur la navegation, ont chacun dans ce but, chargés deux délégués réunis en conference á Pa- ris, de discuter et poser les principes sanitaires sur lesquels ils ont senti le besoin de s’ entendre. Le travail de la conférence ayant été approuvé par eux, ils ont résolu de négocier une Convention spéciale suivie d’ un Réglement Sanitaire Interna- cional, et ont á cet effet nommé pour leurs Plénipotentiaires etc. etc. Art. 1. ° Les Hautes Parties Contractantes se réser- vent le droit de se prémunir sur leur frontières de terre, contre un pays malade ou compromis, et de mettre ce pays en qua- rantaine. Quant aux arrivages par mer, elles convienen! en principe : 1. ° D’ appliquer á la peste, á la fievre-jaune, et au céléra les mesures sanitaires qui seront spécifiées dans les ar- ticles ci après etc. etc. Paris 3 Février 1852.“ .Despues de esta convención viene el Réglement Sanitaire International, que dice. Art. 1. ° Disposit: Gêner: etc: Art. 4. ° La peste, la fiebre jaune, et le Choléra étant, d’ après la Convention, les seules maladies qui entraînent des mesures générales et la mise en quarantaine des lieux de provenance etc. etc: Tit. X. Disposit: relat: á 1’Amérique. Art. 137. Dans les pays sujets á la fiebre jua ne qui appartienent aux Puissances signa- taires de la Convention, et où ne serait pas établi déjà un ser- vice medical régulier, il sera institué, par les soins des Gouver- ments respectifs, des médecins sanitaires pour y étudier cette maladie, son mode de production et de propagation: recher- cher les moyens de la prevenir et de la combattre, en signaler l’apparition aux autoritées, et constater la cessation pour y rcm- 19 plir, enfin, officiéllement á l’égard de la fiévre-jaune la misión q’aceomplissent ú 1‘égarde de la peste les médecins sanitaires de l‘Qrient.”-No trepidamos en creer que todo esto pese mucho en la balanza del juicio que se debe hacer de las opiniones acer- ca de la índole de la fiebre amarilla. VI. O blest proficieney! Cowper. Por cuanto lo hemos reflexionado, no podemos compren- der porque el Dr. Bentos llama sistemática la opinion de los Contagionistas : ni tampoco alcanzamos en que se funda para clasificarlos de espíritus retrógados; y tanto menos podemos espli carnos estas clasificaciones tan duras, cuanto que en su Bre- ve noticia que analizamos, cabalmente vemos á cada paso veri- ficarse el dicho de Oracio de que multa venase entur, quae jam cecídere ' Es verdad que la doctrina contagionista, nacida entre los trabajos del Fracastoro, es hoy una antigüedad : es verdad, que desde un tiempo muy remoto los médicos italianos la culti- varon con preferencia de la teoría mas moderna de la doctrina de la infección, acariciada casi esclusivamente por los médicos de otras naciones: pero es también indisputable y cierto que la doctrina contagionista ha prevalecido en el citado Congreso de París en 1852 : en que se ha establecido, que no solamente.la peste oriental, sino que la fiebre-amarilla y el cólera-índico, débense considerar como transmisibles por contacto, recomen- dando el aislamiento como medio preventivo y de cautela, lo mismo que se había establecido en Génova en 1846, época del octavo Congreso de los Cienciados Italianos. Rogamos pues á nuestro honorable Socio Dr. Bentos, quiera tanto mas fijarse en esta ventaja de los Contagionistas, cuanto que la obtuvieron en presencia de la Academia Parisiense, la cual anteriormente habia ya pronunciado como sentencia decisiva la no-contagio- sidad de la peste oriental misma, y con declaración de las opi- niones de la mayoría anticontagionista, que antes se habia de- clarado opuesta; y finalmente, hasta con la anuencia y el con- curso del ilustre presidente de la misma Academia. Por lo de- mas deploramos que el Dr. Bentos llame retrógrados á sus ad- versarios, mientras que para sostener su empeño anticontagio- nista, él se apoya en las opiniones de escritores de 30 y mas años atras, como son, aunque muy respetables M. Devése, que 20 escribió en 1820 (20) M. Valentin, que es ciel 1822 (21) etc .* y hubiera podido también citar Savarezzi, Assalini, Benjamin Rusch, Mitchill, Pascalis de Nueva Yor/e, Patter de Mariland; todos ya citados hace años por el Sedillot (22), pero todos que, en cuanto á la cuestión principal del contagio de la fiebre-ama- rilla, la dejaron y la dejan por lo menos indecidida, como lo era en la época de la epidemia de Filadelfia, de España y de Italia; de manera que no podria sorprenderse el Dr. Bentos y los que piensan como él, de que los contagionistas diesen también el nombre de opinion sistemática á su doctrina, y á su vez los lla- masen espíritus retrógrados : porque á la verdad, el sostener la no-contagiosidad de la fiebre amarilla no es una tarea muy nue- va, no es una idea de hoy, no se puede atribuir al Dr. Bentos ni á algún otro de los médicos modernos. En la república médica pues, no se ignora por cierto que desde el principio de nuestro siglo algunos Escritores, como por ejemplo, el Catelrcci y Mo- rel li (23), pusieron en duda el contagio de la fiebre-amarilla, y otros lo negaron, entre los cuales, el citado Sedillot (24), Tom- masin (25), y el Dr. D. Francisco Piguillem con sus doce erudi- tísimos colegas, que con él han firmado el Segundo Manifieste sobre la epidemia de Barcelona, fecho en Madrid en Febrero 21 de 1822 (26) etc. etc. ; lo que por lo menos indica que no ha;y nada establecido todavía, sino la duda; pero nada de nuevo diet el Dr. Bentos para poder con razón pretender al progreso: tod( es cuestionable ; todo está en cuestión como estaba hace diez lustros; y todo lo repite nuestro Socio en su Breve noticia. Asi (20) Traité de la fiévre-jaune, etc. Paris, 1820. (21) Voyage en Italie: y una carta al Catedrático Dr. Benito Mojon de la Universidad de Génova. (22) Vide—Opinion de M. Lafont, Médec. du Roi á la Mar- tinique sur la non contagion et non importation de la fièvre jaune, publié avec notes par M. Jean Sédillot, etc (23) Memoria sulla Febbre-Gialla, Pisa 1804. (24) Notice sur la fievre jaune, la peste et le typhus considé- rés comme non constagieux. Paris 1820. Sulla febbre di Livorno. 1805 Sulla febbre Gialla 1824. (26) Carta dirijida al Dr. Pedralbes, y Manifiestos sobre el origen y propagación de la fiebre que reinó en Barcelona en el año de 1821 publicado en dicha ciudad poruña reunion estranjera y del Pais traducido del Español al Italiano por cl Dr. Carlos Baldisone. Jénova 1824.—Los doce Médicos á que se refiere el Dr. Piguillem son los siguientes: Franc. Silva, Carl. Mac-Lean, Sim. Lassis, J. A. Rochoux, Man. Duran, Juan Lopes, Salvad. Campani Ign. Por- ta, Jos. Calderas, Ant. Mayner, Raym. Duran y Bonao Salvo. 21 es que no nos parece que el sostener la doctrina del contagio, como el negarla, implique mérito de progreso alguno, y tampo- co culpa de retroceso, desde que, repetimos, hoy como ayer los médicos siguen divididos en dos bandos conti arios. Mas nos pa- rece también lógico el decir, que por lo mismo que no se puede negar un progreso sensible en la civilización de los pueblos del universo, se debe atribuir á ese progreso el que poco á poco se vayan adoptando las medidas higiénicas, y los medios sanita- rios contra las enfermedades contagiosas ó sospechosas, hasta por aquellos pueblos que por religion, por índole, por edu- cación, y por habitud han sido siempre los mas obstinados des- precíadores de las mejoras sociales y humanitarias. Luego la tacha de espíritus retrógrados, con que el partido anticontagio- nista quiere reprochar al partido contrario, no quita el dere- cho á este de devolverle el sarcasmo, y decirle Quid rides? Mutato nomine, de te fabula narratur VII Je ne suis pas toujours raisonable, mais j’aime toujours qu’on me parle raison. J. J. Rousseaux. Después de lo espuesto, el Dr. Bentos dice que para probar sus aserciones era escusado que recurriese á dichas autorida- des medicas, por la razón de que él y sus colegas de Rio Janei- ro se constituyen en testimonios v ivos de sus opini ones, por el celo y abnegación que todos tuvieron en el servicio de los enfermos de la fiebre, sin que por eso hubiesen contraído la enfermadad. Pero permítasenos preguntar á nuestro erudito Socio, si noso. tros podríamos con razón lógica sostener que la peste-siríaca y el cólera-morbus no son contagiosos, por el solo motivo de que nosotros y otros Compañeros nuestros, que asistimos enfermos de cólera y de peste, hemos salido siempre ecsentos de la infec- ción? Sin embargo, somos también testimonios vivos de nuestras opiniones, por el celo y abnegación que tuvimos en el servicio de enfermos de cólera y peste, sin que por eso hayamos contraido la enfermedadcorno también podemos asegurar que muy raros han sido los casos de contagiarse á los asistentes en las enferme- rías de los afectados que hemos asistido ; y ciñiéndonos par- ticularmente á la fiebre-amarilla, le diremos al Dr. Bentos, que 22 tenemos aquí entre nosotros uno de los fundadores de la Socie- dad de Medicina Montevideano, nuestro muy apreciable amigo y colega Profesor I). Gabriel Mendoza, que es también testi- monio vivo de los estragos de la fiebre-amarilla en la Habana ; el cual, como él dice, tal vez justamente porque entonces no creía mucho en el contagio, se arrojó á la asistencia de dichos enfermos descuidando toda precaución personal, y ha sido ata- cado por la enfermedad, de modo que puede repetir con Virgi- lio quaequae misérrima vid i. Et quorum pars fui; que puedelisongearse de haber visto y tratado muchos casos, que conoció en las Anti- llas otros medicos y asistentes de los cuales unos no se infesta- ron, y otros que se infestaron no sucumbieron en aquella epide- mia; pero todo esto ¿qué prueba? Para nosotros no prueba nada mas que el hecho de que no nos hemos inficionado: que hemos sobrevivido á las epidemias ; ¿y los médicos que se infestaron? ¡Ah! contesta nuestro Socio, en cuanto á aquellos de nuestros co- legas infortunados que fueron victimas de la molestia, se enfer- maron como todos los que estaban espuestos á la influencia ele la epidemia que pesaba sobre todos. Pues bien ; todo esto, que en cuanto á pruebas en favor del anticontagionismo significa poco, es lo mismo que decían los citados Señores Colegas del Dr. Piguillem cuando en Barcelona, en 1821, se les enfermó de fiebre-amarilla el Dr. Raimundo Duran, uno de los doce que firmaron el citado Manifiesto anticontagionista. Luego, ni este argumento es nuevo, ni es progresista, ni bastantemente dia- léctico. ¿Cuál será el médico racional que se atreverá á ne- gar que para contraer un contagio cualquiera, no solamente es preciso la presencia de un medio que proporciónela infección, si no que es también necesario la oportunidad ó predisposición individual para contraerlo? Por otra parte, no todos los afec- tados de la fiebre sucumben. De consiguiente, el respetable Socio Dr. Bentos con sus argumentos de vida y de vista, no prueba que la epidemia del Rio Janeiro no es contagiosa, ni que la fiebre-amarilla no es uncontagio; ni lo prueba tampoco al decir que en “el hospital de marina de la corte estaban promis- cuamente mezclados los enfermos de fiebre-amarilla con los de otras dolencias, sin que por esto el contagio se estendiese á sus vecinos ni basta para combatir la posibilidad del contagio el citar “que el Dr. Peixoto se acostó y vistió con las mismas ro- pas de los que habían fallecido de la fiebre-amarilla en el hos- pital de la Gamboa menos vale el recordar que “el Dr. Cher- vin en Paris bebió una onza de vómito negro, diluido en agua, sin que por esto le resultara la menor incomodidad:44 ni rige, co- 23 mo argumento, el afirmar que “muchos otros médicos franceses en Rio Janeiro se hirieron por casualidad con escalpelo cuando practicaban autopsias en los cadáveres de los muertos de la fie- bre.“ Decimos que estos argumentos no prueban la proposición del no contagio, no destruyen la opinion del contagio, ni dismi- nuyen ¡a fuerza del temor que debemos tener acerca de la po- sibilidad de la transmisión de la enfermedad. En cuanto al es- perimento hecho en el hospital de la marina, diremos aun mas, yesque no se podrá negar que en medio de tantas dudas que todavía envuelven las opiniones afirmativas y negativas de los Clásicos acerca del contagio ó no contagio, opiniones que lodo médico práctico está obligado á conocer y respetar, ha sido muy poco prudente el colocar á dichos infelices enfermos de fiebre- amarilla en las salas de los afectos de otras distintas enferme- dades, por la séria razón de que se trataba da pelle humana, non de corio bovino Si todos los enfermos de dicho hospital no se infestaron, tam- poco habran salido todos inmunes; y uno solo que se haya afec- tado basta para decir que aquella práctica ha sido inhumana; y aunque absolutamente ninguno de ellos hubiese sido atacado por la fiebre pestilencial que al propósito y para hacer esperimen tos se les ponia de cerca, aunque asi fuese, decimos, cada uno de aquellos hombres no deja de tener perpetuamente el dere- cho de decir con Plinio discunt periculis nostris, et experimenta per mortem agunt, por que realmente no se puede negar que fuesen todos espuestos. El mismo Broussais; que hablando de la fiebre amarilla se pronunció partidario de la doctrina anti- contagionista, no trepidó en decir quc ce qui est certain c‘est que des personnes ateintes de fierre jaune et reunies dans un espa- ce reserré, la communiquent si elles restent dans le foyer où la ma- ladie a pris naissance (27); y Grisolle que también es tan pro- penso á admitir la proposición de M. Chervin en cuanto á las causas, al puuto de decir que “lorsque on a étudie avec soin et une complete independence dé faits allégués par les infec- tionistes et leurs adversaires, on reste convincu que la conta- gion n’ est pas le mode ordinaire de propagation de la mala- die:” en los renglones un poco anteriores á esta sentencia ha escrito “je n‘oserais dire, avec certitude absolue et une secu- rité entière, que la fievre jaune n4 est contagieuse dans aucun cas (28.) Por lo demas no son tan raros los casos de personas (27) Cours, de Pathol, et de ThéraP- leçon 99. (28) Trait. Elem. et Prat. de Path0*- Intern, tom. 1 de la fiè- vre jaune. ii-i/áj 24 que se vistieron con ropa de sarnosos, dormieron con estos, vi- vieron con ellos, y no se infeccionaron. ¿Cuantas inmunidades no se han conocido con respecto al contacto inmediato de la sí- filis? Nosotros hemos conocido un Cícceronetto, que en la época del Cólera de 1837 en Jénova, hacía alarde de su incredulidad acerca del contagio colérico, incredulidad que fatalmente había adquirido de los viageros, especialmente ingleses, que suelen abundar en aquella ciudad en Verano y Otoño, y que él quería también insinuarla á otros conocidos y parientes suyos hacién- dose notar por valiente y decidido despreciador de todo peligro del contacto; por dos veces cometió la imprudencia de acostar- se en la cama de individuos muertos de cólera y vestirse con la ropa de los mismos difuntos; por dos veces lo hizo impu- nemente, pero á la tercera vez que quiso repetir el atrevido esperirnento, el imprudente Cícceronetto se infeccionó y murió en ocho horas víctima del cólera el mas fulminante. En cuanto á que el Dr. Chervin haya podido avaler la in- dicada asquerosidad sin infeccionarse, nosotros sin detenernos á considerar las tantas observaciones que están en el dominio de la Fisiología, diremos solamente que hasta ahora ninguno pu- do esplicar todos los fenómenos físicos y químicos de la acción y reacción que ejerce el estómago sobre lo que en él se introduce; y si para el estómago es innocuo el potentísimo veneno del ter- rible Coluber Berus de Linneus, ¿porque no podrá serlo también el virus que pueda hallarse en el Vómito Negro? Con respecto á las heridas casuales, reportadas en las disecciones de los ca- dáveres, aunque los Anticontagionistas pudiesen probar la erroneidad de los esperimentos de inoculación del virus de la fiebre-amarilla (29), que sus adversarios aducen como hechos, observaremos con los Patólogos, que tal vez los únicos conta- gios que se reproducen por inoculación son la viruela, la vacu- na, la rabia, el virus sifilítico, y la peste bubónica. Hay enfer- medades, dijo el profesor Strambio, indudablemente contagio- sas, y que no son inoculables, y por esta razón la imposibilidad de ser inoculados (la innestibilitá), no constituye un carácter esencial de los contagios : esta misma observación la hace el Brera (30). De modo, que todos los argumentos presentados por nuestro honorable Socio, si no nos equivocamos, no le dan el derecho de establecer que la fiebre-amarilla no es contagio- sa ; y, según nuestro modo de ver, á mas de ser unas meras re- peticiones de ideas ya contestadas, no son sino argumentos (29) Vide el citado Cayetano Palloni en su Obra.—Se la feb- bre gialla sia ó non sia un contagio. Livorno 1814. (3(L De Contag. etc. Padova 1819. 25 aislados, vagos, negativos, y que de ninguna manera pueden hacer cambiar la faz de la cuestión de si hay 6 no hay contagio en la fiebre-amarilla ; cuestión que impone á los Gobiernos y Autoridades sanitarias de todos los países el deber de no olvi- darse jamas de que en puntos de Salud pública, todo lo que no es bien reconocido innocuo, debe siempre temerse como posible- mente nocivo; lo que presenta la mas mínima probabilidad de hacer mal, débese interpretar por una realidad maléfica exis- tente, porque en estos casos la duda equivale á la demostración. De aquí arrancó la próvida institución de las Cuarentenas, que es una de las primicias déla civilización de Europa, institución humanitaria por escelencia, que como tantas otras, tuvo princi- pio en las leyes de los Gobiernos Republicanos de Italia, y por el bien de la humanidad ha sido después adoptada y aceptada por las demas Naciones, de mano en ruano que se civilizaron, y que últimamente se ha visto de nuevo tan enérgica como vic- toriosamente sostenida por el ilustre Catedrático de Clínica mé- dica é Historia de la Medicina de la Universidad de Génova Dr. D. Angel Bó, en el ya citado Congreso Sanitario Internacional, convocado en París, con el único objeto de examinar la cues- tión presentada de nuevo de las Cuarentenas, aplicables á las proveniencias de países afectados de la peste, de \a fiebre-ama- rilla, ó del cólera; cuestión importantísima, que ha dado por rebultado el restablecimiento de las Cuarentenas y Lazaretos cuya influencia humanitaria se hallaba impugnada por el egoismo mercantil, por la prepotencia política, y también por la discordancia funesta de los médicos, precisamente con res- pecto á la existencia ó no existencia de los contagios. VIII. Error opinando, non dubitando, venit Ovenus. Nuestro honorable So'cio se acerca al fin de su Breve noti- cia con las siguientes palabras, que son por cierto muy insi- nuantes para los Navegadores, pero que merecen ser bien me- ditadas por todos los que están obligados á velar por la Salud Pública. El Dr. Bentos dice así:—“M. Jolivet y otros médicos franceses creen que en el caso de un buque hallarse afectado de la fiebre, deben recibirse sus enfermos en un hospital, con- cederles sin aprensión todos las socorros que ordena la huma- 26 nidad y constituyen indudablemente el deber político de un país: debiendo suprimirse esas pretendidas casas de sanidad, lazaretos, cordones sanitarios, cuarentenas; sí, porque para las poblaciones como para los individuos la higiene y la industria son las que mejoran al hombre, y hacen los lugares mas salu- dables.“—No nos detendremos á preguntar á nuestro Socio si en cuatro años el Janeiro y Bahía no han podido mejorar tanto su higiene, y activar su industria para sacudirse de una vez de la fiebre-amarilla que les afecta : pero si confesamos que no- sotros quisiéramos que M. Jolivet y nuestro Autor con los otros médicos franceses, á quienes alude, tubiesen en este asunto ia autoridad bastante para que todo el mundo, apoyándose en esta, se hallase autorizado á creer absolutamente no contagiosa la fiebre-amarilla, desechar todo recelo, y abolir completament e y para siempre jamas los Lazaretos y las Cuarentenas de depu- ración y de precaución : pero cuando pensamos que en estos últimos años, en seguida de un impreso del renombrado Dr. Bó (31), que en su calidad entonces de Relator de una comi- sión, creada por el Consejo General de ¡Sanidad Marítima de la Capital de la Liguria: cuando recordamos, decimos, que del es- crito del Dr. Bó sobre los contagios transmisibles, nació la idea en Europa de que tuviese lugar en la Capital de la Francia el Congreso Sanitario Internacional del que hablamos, y que de este emanó la citada Convención Sanitaria de las Potencias Eu- ropeas; en la que la fiebre amarilla está colocada en línea entre la peste oriental y el cólera asiático; nos parece que la proposi- ción del honorable Socio y la de M. Jolivet, como también la de los oíros médicos franceses, no puedan ya presentar la seguridad que ellos quieren inspirar en el público, y creemos que mas bien la humanidad y el deber político recomiendan mas y mas á los Gobiernos civilizados y á los Encargados de la salud pública el deber muy serio de estar alerta en contra de la fiebre amarilla. En tema general, dice Condillac, “une loi essentielle c’est rien admettre qui ne soit conformé par des esperiences bien faits;*4 y de cierto que en la duda de que la enfermedad sea ó no sea contagiosa, los pueblos deben preferir y prefieren ser garantidos por medio de los Lazaretos y Cuarentenas, mas bien que estar espucstos á la infección por el interés comercial, para sostener (31) Sulle quarantene e sul modo di riformarle. Rapporto della Commissione creata dal Consiglio Generale di Sanitá Maritti- ma sedente in Genova, dato nella seduta del 7 octob. 1849, dal Dott. Angelo Bó relatore della Commissione. Impreso en la misma ciu- dad el mismo año. 27 una doctrina, ó por cualquiera otra conveniencia momentánea. Tanto es así, que cuando el gobierno de Luis Bonaparte dictó el decreto, fecha >0 de Agosto de 1849, por el cual quedaban abolidas todas las cuarentenas en los puertos de Francia, las poblaciones de las provincias meridionales de esta Nación pro- testaron en contra de aquel decreto, que les esponia al evento de la importación de las enfermedades transportables. A este respecto se lee en el citado Rapporto del Dr Bó—“Giá un grido d'indignazione pubblica si é veementemente manifestato nelle province meridionali della Francia contro il decreto 10 Agosto p.p. del presidente de la Repubblica, ed il Cosiglio Diparti- mentale delle bocche del Rodano há con inolta energía fatte le sue proteste contro quell editto. La popolazione di Marsiglia iuttavia travagliata dal fíaggello a cui é in preda (el eólera) é spaveptata per il timoré di nuove e piú terribili ealamitá per quel decreto. Forse quei Governi avviseranno prudente di mu- tare consiglio, forse anche prenderanno parte per mezzo di De- legati al Congresso Sanitario proposto, etc., etc.” Y efectivamen- te con todos les demas Gobiernos citados, el mismo príncipe pre sidente de la República francesa, hoy emperador, que habia da- do aquel decreto, tomó parte en el Congreso, derogó el decreto, y después su ministro M. Turgot, firmó la Convención Internacio- nal y el Reglamento Sanitario que hemos citado ; reconocien- do asi la utilidad de las cuarentenas y lazaretos, para oponerse á la posible invasion de la peste, de la fiebre-amarilla, y del cólera. IX. .. .è proprio dei turchi il non far conto della pesti- lenza, e il non andaré al riparo della *trage. Casoni. Finalmente, nuestro apreciable Socio acaba su Breve noti- cia proponiendo las conclusiones de M. Déveze, y diciéndonos que son también la espresion de su convicción personal. Son estas : 1. p “La fiebre amarilla proviene siempre de causas lo- cales." 2. p ‘ Ella no contiene ningún gérmen contagioso ni de reproducción." 3. p “Ella no puede por consecuencia ser transmitida." 28 4. p “Es siempre idéntica en los diversos climas en que se desarrolla, ya sea esporádica, endémica ó epidémica.“ 5. p “Las únicas medidas sanitarias*que deben oponér- sele, consisten en las de policía higiénica.“ G. p “Un sistema sanitario que tenga por objeto el opo- nerse á la transmisión de un virus imaginario, debe ser aban- donado como inútil, y muchas veces peligroso.“ Como se vé, estas seis proposiciones no son mas que la re- petición en complecso de lo que dijo el Autor en el curso de su Breve noticia, á que hemos contestado: sin embargo, con el objeto de contrabalancear la impresión que estas conclusiones podrían hacer, ó hubiesen engendrado en el ánimo de quien las hubiese leído ó las leyera, citamos aquí el resultado de la confe- rencia de losFaculíativos y Hombres de Estado, reunidos con la obligación espresa de estudiar y dictaminar sobre el importan- te argumento de los Contagios y de las Cuarentenas ; y lo hace- mos así, porque nos asiste la convicción de que, presentando este imponente Documento de hoy, debemos creernos autoriza- dos para repetir y sostener, que la doctrina del miasma aplica- da al génesis de la fiebre amarilla, lejos de ser triunfante, es hoy mas que nunca, combatida y vacilante, sin tener la necesi- dad de volver atras, y buscar los argumentos y las conclusiones en los Escritores del principio del siglo, coetáneos de M. Devé- ze. Las Naciones, que en 1852 concurrieron al citado Congreso Sanitario Parisiense, promovido por los Italianos en 1849, son 12, y cada una envió á París dos delegados ; es decir, un médi- co, que representaba la ciencia, y uno no médico, cu represen- tación del comerciú y de la política internacional ; entre todos eran 24 hombres hábiles ; los cuales, despues de haber discuti- do sobre los Contagios, las Cuarentenas, y la Conveniencia ó no Conveniencia, de instituirlas, hicieron las tantas veces citada Convention Sanitaire Internationale, conteniendo 13 artículos, á ja que salió anexo el Règlement Sanitaire Internationale, com- puesto de 10 títulos y 137 artículos, de los que copiamos lo que sigue : “Art. IV. de la Convention.—En ce qui concerne la fievre- jaune, et lorsqu’il n’y aura pas eu d’accidente pendant la tra- versée, le minimum será cinq jours pleins, el le maximum de sept jours. Ce minimum pourra être abaissé á trois jours lorsque la traversée aura duré plus de trente jours, et si le bâtiment est. dans de bonnes condictions d’hygiéne. Quand des accidents se seront produit pendant la traversée le minimum de la qua- rantain á imposer aux bâtiment sera de sept jours et le maxi- mum de quinze. 29 “Art. 64 du Reglement.—En patente brute de fievre-jaune sans accidente pendant la traversed, si cette traversée a été de plus de dix jours, les marchandises seront soumises par me- sure d’hygiéne á une simple détention sans déchargement. S'il y a en des accident, ou si la traversée a été de moins de dix jours, les marchandises pourront être l’objet des mêmes mesures qu’en patente brute c!e peste, c’est-a-dire débarquées au Lasaret et purifiées; mais cette mesure sera facultative et laissée á l’apreciation del’ autorité sanitaire.“ El Dr. Bentos pues, puede ver que por estos artículos re- sulta bien clara la sentencia de ser muy prudente el continuar a temer el contagio déla fiebre-amarilla, y de consiguiente la utilidad de conservar y cuidar mucho de los Lasaretos, Cordo- nes sanitarias y Cuarentenas, porque de todos modos, mientras subsista una sola duda, el partido mejor, repetimos, será siem- pre el de tomarlas precauciones idóneas á oponerse á la posible propagación de la fiebre amarilla: “y concordando sullc somme difficoltá, dice cl Levi (32), che presenta la question© del con- tagio della febbre-gialla, sospettiamo che in América, montre sono incerte le opposte opinioni, abbiano influito al triunfo dci non-contagionisti la civile e política condizione dei popoli dc- gli StatoUniti, i quali, animati da spirito di liberta, mal com- portano il giogo delle quarantine e la restrizione dei diritti di propriété, perché esendo essessenzialmente commerciale, si sen- tono pregiudicati nel loro trafico dalle limitazioni che v’intro- ducono le misare sanitarie; onde dubbia pendcndo la questio- ne, puó aver trovato appoggio la sentenza del non-contagio nella cupidigia mercantile degl’individui, e nella gelosia di li- berta delí’intiera nazione.“ Acercándonos al fin de nuestro aná- lisis, recordaremos que el Lassis,(33) propuso que una reunion de médicos y otras personas fidedignas y de autoridad toma- sen en América ó en Bulan la ropa y los vestidos de enfermos y difuntos de fiebre amarilla, las encerraran herméticamente dentro de recipientes preparados al objeto, los transportáran en el interior de Ja Europa, los pusiesen al contacto de los hom- bres, y se observase de este modo si la enfermedad es ó no es comunicable y propagable Los Gobiernos en su civilización no consintieron que se practicase este peligroso ensayo; y justamente por la razón de que no está decidida la (32) M. G. Levi—Prim, traduz. [italian. del Vocab. cías, di Med. e Chirg. etc. Con giunte etc. etc. Venezia 1849. Art. Giallo. (33) Archives Médicales. Janvier 1826. cuestión, lian convenido, que cl partido mas prudente es el de considerar la fiebre amarilla como .una enfermedad importa- ble, temer su propagación posible, y de consiguiente precaver a los pueblos de su aparición con todos los medios idóneos. Esto es terminante. 30 X. Si cela ne fait pas de bien, au moins cela ne fait—il point de mal. Richerand. Acabaremos este ligero examen-crítico protestando con el Bor,serio, que—“non is ego sum, qui in re difficultatíbus obsita, et controvcrsis implicata, mihi polücear aut nodus extricare, aut lucem tenebris afierre al paso que, valgan lo que pue- dan, también nosotros nos adelantamos á proponer nuestros co- rolarios, y recordándonos del aurea sentencia del Abad Metas- tasio—“ehi d abita del mal, raro s’inganna,“ decimos: 1- c Que no está probado el que la fiebre amarilla no se propaga por con tagio. ' 2. ° Que en ia actualidad hay mas razones para creerla contagiosa, mas bien que miasmática. 3. ° Que en la duda es preciso precaver al pais de su importación posible. 4. ° Que toda ley, la cual considerando la fiebre amarilla como enfermedad importable, que ordena las debidas cua- rentenas, es lógica y arreglada á la marcha del progreso de la humanidad. Por lo tanto, al revelar á nuestro apreciadle Socio corres- ponsal, que el Reglamento General de Policía Sanitaria que rige en esta República desde el año de 1838, en cuanto á la fiebre amarilla y á las medidas precaucionales para impedir su posible introducción, se halla de acuerdo con la citada Convención In- ternacional, celebrada en la Capital de la Francia en 1852 ; en que está espresada la adhesion y la venia de todas las Naciones civilizadas de Europa : acabaremos estas observaciones partici- pándole, que procurando probarle queZa fiebre amarilla del Ja- neiro nos obliga á estar en guardia de su posible invasion, cree- mos de haber cumplido con un deber facultativo, y también con una de nuestras primeras incumbencias sociales. Si nos equivocamos, suplicamos al Dr. Bentcs que en obsequio de la ciencia y de la humanidad, tenga la bondad de demostrarlo.