TESIS LEIDA Y SOSTENIDA EN LA BHÍMSÍM» M UMk EL 29 DE ABRIL DE 18T2 POR ENRIQUE EEMOEE> FACULTAD DE MATEMATICAS Y CIENCIAS NATURALES. IMF. DE “EL NACIONAL,” POR ANTONIO V. OVALLE 1872. TESIS LEIDA Y SOSTENIDA EN LA BIIMftSBAB BS MMA EL 29 DE ABRIL DE 18T2 POR ENBiQUE EEMGBE* FACULTAD DE MATEMATICAS Y CIENCIAS NATURALES. IMP. DE “EL NACIONAL,” POR ANTONIO V. OVALLE 1872* AL DGCTOB £di0 SatttSwiit DE LAS FACULTADES DEI DE PARIS, PROFESOR DE ANATOMIA DE LA UNIVERSIDAD DE LIMA, «fe, «fe, «fe. Su discípulo reconocido, Su amigo sincensimo, JURADO. Dr. Juan Antonio Ribeyro, Rector de la Universidad. Dr. Pedro A. del Solar, Decano de la Facultad de Ma- temáticas y Ciencias Naturales. Dr. José Granda, Profesor de Matemáticas trascenden- tales. Dr. Martin Dulanto, Profesor de Física y Astronomia. Dr. José A. de los Ríos, Profesor de Química. Dr. José Félix Castro, Secretario de la Facultad de Cien- cias, Profesor en la misma. Dr. Ramón Ribeyro, Secretario de la Universidad. Señor: Aunque aparentemente distintos é independientes los tres reinos de la Naturaleza, su composición, así como su acción química, vienen á establecer entre ellos un lazo que constituye un gran sistema de recíproca dependencia, una circulación perpétua de sus elementos, cuyo punto de par- tida y de recepción, es el reino mineral. El animal se alimenta del vegetal. El vegetal se alimenta del mineral. El último existe siempre, y nunca dejará de existir: de modo que el vegetal jamas carecerá de alimento, y, por lo mismo, el vegetal existirá eternamente,—es decir, eter- namente tendrá alimento el animal: la existencia de este, será pues, igualmente eterna. A su turno, cada animal muere; pero no muere por de- saparecer, sino por legar sus elementos al reino mineral, y para que, con ellos, pueda este engendrar otro vegetal, ó lo que es idéntico, un nuevo animal. En otros términos: la muerte del animal arrastra consigo la vida de otro ani- mal; y la vida de este significa la existencia futura de otro su semejante, tan luego que haya dejado de vivir. La vida, pues, y la muerte son la síntesis de la Crea- ción: la primera es la causa de la segunda, y esta el origen de aquella: cada una es al mismo tiempo efecto y causa de la otra, sin que esta ley de mutua causalidad y recíproca dependencia pueda dejar de regir jamas. Es cierto que, como dijo el sabio, “nada se pierde en el mundo", y, por eso, la idea de muerte es esencialmente relativa, y solo implica 6 la cesación de un estado para engendrar otro modo de es- tar:—y este es el único sentido en que puede admitirse la idea de muerte, mas nó en el de aniquilamiento y desapari- ción absoluta. La Naturaleza, caracterizada por su incesante activi- dad, es la obrera infatigable y previsora que elabora en sus vastísimos talleres, los seres mas variados, las formas mas caprichosas, valiéndose de procedimientos en su ma- yor parte incomprensibles, pero que, no hay duda, serán puestos algún dia en claro, gracias á la no ménos empren- dedora tenacidad di la ciencia. Hasta hoy, puédese ya tras- lucir con certidumbre, que el fin último de todas las ope- raciones practicadas por la Naturaleza,—su aspiración mas deseada,—es la generación de nuevos individuos, la crea- ción de seres que antes no existian. No se puede, según esto, admitir que la conservación del individuo sea el objeto final de su própia existencia, puesto que cada individuo existe, solo porque murió otro anterior a él;—y si este nuevo ser así formado sigue existiendo, y crece, y se desarrolla, no es con otro fin que con el de ■pre- parar las materias que otro ser necesitará mas tarde para entrar en el ejercicio de la vida. Cada ser viviente es un laboratorio, es un aparato químico destinado á formar, á generar sustancias tales, que sean la base de una organi- zación por venir:—-y nada mas. La consecuencia fatal es: que para que sea posible la generación, objeto único de la Naturaleza, es indispensable la existencia y la conservación de cada individuo:—y, co- mo la conservación de estos está invariablemente ligada al gran fenómeno de la nutrición, es esta la causa primordial de los fenómenos que nos rodean, de los seres que existen, y de la Naturaleza toda. Así es que, cuanto mas perfecta sea la Nutrición, mas perfecto será cada ser, y mas perfecta su acción genera- triz, que es la ley del Universo. Conviene, pues, fijar la atención enj los fenómenos que presiden á la transformación de los elementos minerales en principios vegetales, y el cambio de estos en elementos ani- males: doble metamorfosis queviene á reasumir la muy im- portante cuestión de la Generación. Tal es, señor, el objeto de esta Tesis que me permitiréis leer ántes de que me honréis dándome un asiento entre vosotros. 7 I. Hay en la acción vegetal un período que los botánicos conocen con el nombre de geminación, función inicial de las plantas. Durante este período la semilla absorve oxí- geno, lo combina con su propio carbono, y lo expele en se- guida bajo la forma de ácido carbónico. En la misma épo- ca se desarrolla el principio llamado diástasis, que, hacien- do las veces de fermento, transforma el almidón de la se- milla en decetrina, para que, hecho aquel soluble, pueda cir- cular por endósmosis en el interior de su tejido. El mis- mo ácido carbónico que se produce en la semilla, ayudan- do á la diástasis, ha de contribuir á la transformación de la dextrina en azúcar (glucosa) determinando la fijación de los elementos del agua: C12H10O10-¿-2HO rr C12H12012 Estos cambios, debidos á la acción del oxígeno, del agua y del calórico sobre la fécula, han dado origen al primer líquido circulatorio y nutritivo de la planta, a su primera sangre, á su sávia inicial; y son ellos los que, desarrollan- do afinidades químicas especiales, dán el primer impulso vital al embrión, y desde entonces comienza la evolución de la raiz y del tallo,—dirigiéndose la primera hácia abajo para internarse en la tierra,—y la segunda hácia lo alto, quedando de este modo en contacto inmediato con la at- mósfera. fécula azúcar En este momento entran el tallo y la raiz en el ejercicio de sus funciones respectivas, que son:—absorver de la tierra y de la atmósfera las materias que han de circular dentro de la planta para ser allí modificadas en virtud de acciones químico-fisiológicas particulares, y ser después asimiladas, formando parte integrante y siempre crescente del vegetal. Desde la producción del tallito y de la raicilla, el alimen- to vegetal es adquirido solo en virtud de la acción de esos órganos, á quienes se debe el desarrollo ulterior de la plan- ta, porque á esta época, la fécula que sirvió para hacer crecer la semilla, se ha agotado yá. Formadas una vez las hojas y la raiz, la planta' absorve ácido carbónico del aire y del suelo. Este último cede tam- 8 bien sus sales y sus álcalis, que la raiz se encarga de introdu- cir en el vegetal en cuanto hayan sido disueltos por el agua. La acción combinada de los álcalis y de la luz sobre el ácido carbónico ingerido, descompone á este: su carbono se asimila, su oxígeno gaseoso es expelido por la planta, y es- ta aumenta de volúmen. La asimilación del carbono es la función mas importante de las plantas, y, probablemente, es una operación que no se ejecuta en un solo tiempo: me parece que es un proce- dimiento gradual, sucesivo, dividido en varios períodos. La razón de esta doctrina es muy simple, á saber, que el carbono no se fija en estado de carbono, sino bajo la forma de compuestos carbonados, que, para hacerse permanentes y constitutivos del vegetal, han de sufrir modificaciones prévias, sucesivas, y que conduzcan paso á paso al objeto final del trabajo fisiológico-vegetal. Estas transiciones graduales que sufre el ácido carbóni- co para convertirse en tejido vegetal y en los productos inmediatos que este contiene, merecen un estudio detenido y extenso de parte del químico. Es de desear que todos emprendan un estudio de esta naturaleza, que tan her- mosos resultados daría. Por mi parte, creo no estar en error explicando las modificaciones del ácido carbónico del modo siguiente: 1.a transformación.—El ácido carbónico se desoxida par- cialmente, y se reduce á ácido oxálico, según la ecuación que sigue: C204—O = C203. Esto es, después de haber absorvido dos equivalentes del carbónico, la planta pierde un equivalente de oxígeno, que se desprende en la forma gaseosa, y es justamente el que arroja la vegetación por la acción de la luz. El ácido oxá- lico (sesqui-óxido de carbono) que así resulta, ó bien se combina con la potasa ó con la cal, constituyendo los oxalatos de esas bases que se encuentran en ciertas plan- tas (Oxalis),—ó bien sufre mas profundas alteraciones, que sigo exponiendo. 2.a transformación.—El ácido oxálico se convierte en áci- do málico por la acción del agua, como se vé por las reaccio- nes siguientes: carbónico oxálico C4 06+2H0 = C4 H2 O8 oxálico Si el segundo miembro de esta ecuación pierde 4 eqs. de oxigeno, se tendrá: C4 H2 O4, cuerpo complejo que, duplicado en sus elementos, da la fór- mula del ácido málico anhidro: C8 II4 O8. De otro modo: 4 eqs. de oxálico mas 4 de agua, producen el ácido málico anhidro, si llegan á desprenderse 8 eqs. de oxígeno, así: C8 O12 + 4HO—O8 r= C8 H4 O8. Es sabido que el ácido málico hidratado, C8 II6 01Q, es uno de los ácidos mas frecuentes en la vegetación, y so- bre todo en los frutos, con especialidad si están verdes. Pue- de decirse que tocio fruto no maduro está empapado en áci- do málico al cual debe su sabor agrio; pero hay muchísi- mos que aun en el estado de madurez mas perfecta, con- servan su ac. ífiálico, como el tamarindo, la pera, la man- zana, etc. 8.a transformación.—El ácido málico, por la simple adi- ción de 2 eqs. de oxígeno, quedaría convertido en ácido tártrico: oxálico málico C8 H4 08+02 = C8 H4 Ow. médico tártrico El ácido tártrico es también muy abundante, y caracte- riza algunas plantas: es el que acidifica la uva (I ’itis v¿in- fera) si está libre, y da el tártaro si se une á la potasa. 4.a transformación.—Si de los elementos del ácido tártri- co se separan dos equivalentes de ácido oxálico, resulta in- mediatamente uno de ácido acético: C8 H4 O10—C4 06r:C4 H4 O4; tártrico acético los elementos del ácido acético así formado, reuniéndose á los del mismo ac. tártrico, constituyen el ácido cítrico, tan profuso en todos los Citrns, naranja, limón, etc. He aquí la ecuación que lo manifiesta: C4 H4 04q-C8 H4 ()Í«-C12 H8 O14. acético tártrico cítrico 5.a transformación.—Hay en la vegetación,’ principios in- mediatos que no pueden dejar de existir en ella, por cuan- to son sus constituyentes esenciales, sus únicos componen- tes; tales serian la fibra vegetal, el almidón ó fécula, el azúcar de caña, la glucosa, el azúcar de uva, las gomas arabina, dextrina, bassorina y cerasina, y otros muchos que nacen directamente de estos. Según el sistema de transfor- maciones orgánicas que estoy desarrollando, todos estos principios son engendrados por el ácido carbónico y por el agua, sin necesidad de ningún otro agente químico. La verdad de esta teoría se hace manifiesta hasta la evidencia, por medio de las fórmulas y reacciones siguientes: Si al ácido málico, que ya supongo formado según he explicado ántes, se unen 4 eqs. de ácido carbónico y otros tantos de agua, quedará transformado en 1 eq. de al- midón: C8 H6 0lü-f 4(C02) -f 4H0 =: C12 H10 O10+O12. málico almidón desprendiéndose entonces 12 eqs. de oxígeno químicamen- te incombinable. La fécula así obtenida, (C12 H10 O10) puede permanecer en ese estado acumulándose en gran cantidad en cualquie- ra parte de la planta, pero preferentemente en las raices y frutos, como se vé en la yuca, papa, aclxira, plátano, camo- te, etc. La presencia de la fécula en tales plantas las hace preciosas para la alimentación del hombre y demas ani- males. El almidón hace valiosísimo al trigo, al arroz, maiz, y demas cereales, de fabuloso consumo. Pero toda la fécula que se engendra en la vegetación, no está desti- nada á depositarse en la forma que digo:—una parte in- mensamente mayor sufre, al tiempo de formarse, cambios que alteran profundamente su naturaleza. Es bien sabido que los cuerpos simples ó compuestos, y notablemente los llamados “orgánicos”, pueden cambiar su agrupamiento molecular bajo ciertas condiciones sin alterar su composi- ción química, dando así lugar á esos estados alotrópicos ó isoméricos de propiedades tan diferentes y aun opuestas á las del cuerpo primitivo. Este fenómeno se realiza parti- cularmente con el almidón, el que, con solo variar su dis- posición atómica, llega á producir las varias especies de (joma, que son parte integrante del vegetal, y que, cuando están en exeso, son exudadas al travez de la corteza. — 11 — 6.a transformación.—Tratándose de la composición quí- mica de los cuerpos, y con mayor razón si estos son or- gánicos, la mas leve desviación, sea en la cantidad, sea en la calidad de sus elementos, arrastra consigo diferencias tan sorprendentes como esenciales, en sus propiedades físi- cas, químicas y organográficas. Es lo que se verifica en la generación de la fibra vegetal, derivada de la fécula por pérdida de un eq. de agua: C12 H10 Ü10—HO = C12 H9 O9, fécula fibra vegetal reacción trascendental hasta la exageración, puesto que á ella me parece deberse la creación del armazón fibroso do la planta; y es de este modo que ha de comenzar á formar- se el primer y delicadísimo tegido fibroso que va á consti- tuir la raicilla y el tallito durante el proceso germinativo de la semilla: de aquí la absoluta necesidad de la fécula {ialbumen) en toda semilla. 7.a transformación.—Al contrario, si el mismo almidón llegase á ganar 1 eq. de agua en lugar de perderlo, el re- sultado sería la formación del azúcar de caña: C12 H10 O10 +HO = C12 H'1 Ou fécula azúcar de caña Así se verifica en la “caña de azúcar” (Saccharum) en la beterava (Beta vulgaris) etc. O bien, produciría la glucosa, principio azucarado pre- sente en toda vegetación, por la asimilación de 2 eqs. de agua: C12 H10 O10+2 110 = C12 H12 O12 fécula ylucosa O bien, finalmente, la misma fécula generaría el azúcar de uva si se combinase con 4 eqs. de agua: Cw Hlu O18 +4 HO = C12 H14 O14. fécula azúcar de uva Hé aquí señor, cómo del ácido carbónico, y por la sola acción del agua y del oxígeno, liemos obtenido una série de cuerpos inseparables de la vegetación, cuya relación es tan estrecha, que cada uno engendra al próximo, y cuya importancia es tanto mayor cuanto que ellos solos bastan para generar el vegetal y sus contenidos no-azoados. Así vienen también probándolo los experimentos de Sír Humphry Davy, de Théodore de Saussure, deLiebig y otros, quienes obtenian plantas bién desarrolladas de semillas sembradas en polvos de carbón, arena, azufre, mármol, y de sulfato de barita, humedecidos con agua destilada y en una atmósfera de ácido carbónico. Estrictamente hablando, no se necesitaba, pues, para sostener la vegetación, sino de los tres cuerpos menciona- dos y de las fuerzas que se llaman agentes físicos.—Sin embargo, por mas que sea verdad que tales elementos bastan para asimilar el carbono, el hydrógeno y el exígeno en sus variadas formas, no puede ocultarse que por sí solos no constituyen la suma de condiciones que la vegetación exije para su perfecto desenvolvimiento. Con ellos solos, la vegetación seria absolutamente raquítica, por que no solo la reproducción sería difícil—y tal vez imposible—sino que la conservación misma del individuo ofrecería sérios obs- táculos en las condiciones normales de los diferentes climas. He habrá notado que los cuerpos generados en virtud de la acción mutua de aquellos tres elementos son binarios los unos, y ternarios los demas.—Con respecto á estos úl- timos, obsérvase que si en su composición el oxígeno y el hydrógeno están en la misma proporción que la que tienen en el agua, el producto es neutro (azúcar, almidón ) —y que si el oxígeno predomina sobre esa proporción, el compuesto es ácido (mélico, cítrico, tártrico ) Ade- mas de estos dos géneros de cuerpos, fórmanse en las plan- tas muchos otros que lian recibido la denominación de huiro-carbonados, por que, en ellos, el elemento predomi- nante es el carbono, en primer lugar, y el hidrógeno des- pués, ó lo que es igual, el oxígeno está en defecto. Estos cuerpos son las diferentes variedades de aceites vegetales, de grasas, resinas, gomo-resinas, bálsamos y demas, como serian: el alcanfor, la colofana 0 pez de pino, la trementi- na, el aceite de castor, etc. etc.,—compuestos cuyo carác- ter es el ser combustibles, y con razón, por que sus ele- mentos tienen por el oxígeno una afinidad notable. Despréndese de esa clasificación que la Agricultura po- dida favorecer á voluntad la producción de cuerpos ácidos, neutros, ó carbonados, según sus necesidades, por cuanto la formación de cada uno de ellos depende de la cantidad relativa de oxígeno que asimila el vegetal. Bastaria para dirigir el cultivo en uno ú otro sentido, tener presente que la acción de la luz sobre la vegetación promueve en ella la asimilación del carbono y del hidrógeno, y que su caren- cia, al contrario, tiende á la descarbonizacion y á la acidi- ficación. (1.)—Uno de los efectos, primeros y de mas con- secuencias, de la luz sobre las plantas, es la formación de la materia verde que las colora (clorofila): todo vegetal, ó parte de él, que sufre la influencia de la luz solar se ma- tiza en verde; mientras que si se le priva de este agente, su coloración pálida ó blanca, revela la poca ó ninguna producción de clorofila.—Tal sucede en las raices y demas órganos vegetales que se ocultan del dia.—Los rayos verdes del espectro solar, accionando químicamente sobre la ve- getación, favorecen y promueven (grandemente la absorción y asimilación del carbono: el mismo efecto, pero con menor intensidad, producen los rayos rojos:—He aquí explicada la necesidad de que la vegetación emita los rayos verdes que, reflejados en su superficie, van á incidir y á ejercer su acción química sobre el resto de esos portentosos seres que se llaman plantas. Es evidente que el oxígeno penetra en la planta en esta- do de oxígeno Ubre, tomado del aire;—que el hydrógeno es ingerido en su forma acuosa; y que el carbono es ab sor - vido como ácido carbónico. La evidencia de estos princi- pios, confirmada por experimentos directos, lia tenido, sin embargo, sus opositores, notablemente con respecto al carbono. Así, hay quien pretende que este cuerpo pene- tra en la vegetación en forma de humus, de ácido húmico y de húmalo de amoniaco en solución, tomados de la tierra vegetal (2.)—Pero no está probado que los terrenos culti- vables contengan humus en forma alguna soluble en el agua;—la sávia, ademas, al entrar en la planta, es siem- pre incolora, siendo así que todas las soluciones de humus son parclo-oscuras. Por otra parte, en las selvas y bosques (1) El ilustre Profesor Celso Bambaren, M. D., ba descubierto que de los rayos que componen la luz solar, son los “violados” los que favo- recen la asimilación orgánica, y especialmente la de las materias hidro- carbonadas. Parece que este fenómeno se relacionara con la propiedad que tienen los mismos rayos violados de oponerse á la descomposición de ciertos compuestos químicos, como el ácido prúsico, el nitrato de plata, etc:—son antagonistas del oxígeno. (2) La espresion “tierra vegetal”, única que podría corresponder á la inglesa “vegetable mould”, significa la mezcla de animales y vegetales en descomposición (ó humus), con los elementos minerales del terreno. no cultivados, la cantidad de humus existente en el suelo, en lugar de disminuir para dar su carbono á esa vegeta- ción feraz, mas bien aumenta, pues que de los mismos bos- ques se extrae anualmente cantidades enormes de madera, esto es, de carbono. Me parece mas lógico creer que asi como los primeros vegetales del mundo crecieron sin nece- sidad del humus (pues no existia) y tomaron todo su car- bono de la atmósfera, pueda hoy verificarse igual fenóme- no, no habiendo cambiado escencialmente las leyes de la Naturaleza. II. Todos los hechos hasta aquí expuestos no son los úni- cos que se realizan en el organismo vegetal, así como tam- poco son al agua, el ácido carbónico y el oxígeno las úni- cas sustancias que la planta absorve. La investigación quí- mica acusa, en efecto, en la semilla, otro elemento cuyo papel es tan importante—ó mas—que el del oxígeno y del carbono: este elemento es el “Azoe’ ó Nitrógeno. En época no muy remota, no se pensaba siquiera en el nitrógeno como elemento vegetal; pero su presencia cons- tante en el tegido de los Musgos, de las Cruciferas, en el glúten, en la albúmina, en los álcalis vegetales—y, en ge- neral—en todo el organismo de la planta, parece una prue- ba bastante convincente de que, de uno ú otro modo, con- tribuye esencialmente á la formación del tegido vegetal;— y, así como este ingiere el ácido carbónico y el agua por medio de sus hojas y raices, así también el ázoe tiene ca- bida por las mismas vías, sea en estado libre, ó bien, com- binado con el hydrógeno, bajo la forma de amoniaco. Si estimamos el nitrógeno por su peso proporcional, viene á constituir solo una parte mínima de ía vegetación; pero nunca deja de existir en ella: aun cuando falte de un modo absoluto en algún órgano, ó en parte de él, siempre se le encontrará en los líquidos que lo bañan. Se concibe, desde luego, que existiendo en la atmósfera una suma tan gigantezca de ázoe, la fuente natural de este gaz ha de ser aquella: tal e3 el hecho.—Pero la forma en que es absorvido, no ha de ser otra que el amoniaco. Esta idea está confirmada por la masa enorme que del último gaz afluye constante y espontáneamente á la at- mósfera: prescindiendo de su generación durante la oxida- ción del hierro, y de su formación por el ejercicio de la electricidad sobre el aire húmedo, es sabido que se genera en el proceso de descomposición de todo ser organizado. No ha dejado de argüirse que las plantas toman su ni- trógeno absorviéndolo del aire en estado libre, i. e., como ázoe, ó provocando su combinación con el hydrógeno, ó descomponiendo el ácido nítrico formado en la atmósfera por la combinación directa de sus elementos.—Pero no hay evidencia de que las plantas pueden absorver directa- mente el ázoe, siendo, como es, apénas soluble en el agua (0.025 de su volumen.)—Mas racional es suponer que su forma amoniacal es preferida por los vegetales, porque el agua disuelve 375 veces su volumen de gaz amoniaco, es decir, 15,000 veces mas que de ázoe puro.—Tampoco se puede creer que la vegetación determine la unión de los elementos del amoniaco;—no hay evidencia de tal fenóme- no, y también seria inútil, porque aquel gaz existe forma- do, y se forma siempre, independientemente de toda in- fluencia vegetal. Por lo que hace al ácido nítrico, aunque se produce du- rante las tempestades, no es en cantidad suficiente para poder admitir que la naturaleza lo ha destinado á nitrifi- car las plantas. La proporción de ácido nítrico formado en la atmósfera es tan pequeña, que puede considerarse formado solo en gracia de algún exceso de amoniaco. Si esto fuese cierto, como es muy probable, todo el ázoe ve- getal vendria á nacer del amoniaco, aún tomando en cuen- ta la supuesta acción del ácido nítrico. Se admite, en efec- to, que en la nitnficacion, todo aquel ácido es engendrado por la oxidación del azoturo de hidrógeno: NH3+80 = N06+3H0. Pero aun cuando fuera químicamente posible que el áci- do nítrico cediese su ázoe á la planta, no se lia exhibido todavía prueba ninguna á este respecto. La acción de los nitratos de potasa y de soda nada prueba, porque el be- neficio obtenido por dichas sales puede ser debido á sus álcalis solamente, independientemente del ácido: así lo prueba el hecho de que esas sales no parecen funcionar mejor que otras de las mismas bases. También sucede que muchas plantas como el tabaco, la flor del sol, etc., contienen mucho nitrato de potasa: se podria decir con mas propiedad que forman ácido nítrico, que admitir la descomposición de ese ácido por la acción de los vegetales. Pero de un modo ó de otro, sea cuál fuere la forma en que el ázoe sea ingerido, el resultado final es que se en- cuentra en combinación con los otros tres elementos de que ya hice mención, para formar compuestos de la ma- yor importancia. Los principales de estos son las mate- rias llamadas proteicas o azoadas, porque se las supone— según la teoria de Mulder—formadas por la unión del azu- fre y del fósforo con un principio especial que él llamó pro- teína. Exista ó nó la proteina como un cuerpo independiente, y admitiendo que no fuese un producto del laboratorio— en todo caso—es difícil darse cuenta de su genealogía quí- mica dentro del vegetal.—Según Liebig su composición es: C48 H36 qu Az y según su descubridor está formada de: C40 H31 O12 Az8; liabiendo quien le asigne esta fórmula: C36 H25 O10 Az4. Ante semejante discrepancia en materias sugetas in- variablemente á la ley matemática, es forzoso reconocer que la proteina no tiene existencia propia: es un cuerpo no- minal, imaginario, que se considera como la base de cier- tas combinaciones sulfuradas ó fosforadas, indispensables ú la organización vegetal, tanto como á la animal;—del mismo modo que se lia admitido un metal de- existencia imposible llamado amonio, considerado por algunos como radical del amoniaco. Es este radical, proteina, el que forma las tres mas im- portantes materias elaboradas por el reino vegetal, á sa- ber, la albúmina, la fibrina y la caseína.—Teóricamente, la albúmina está formada de diez moléculas de proteina, de dos de azufre y de una de fósforo;—la fibrina contiene una molécula de azufre y una de fósforo por igual dosis de ra- dical;— y la caseina estaria constituida por una molécula de azufre y diez de proteina: tal es la opinión de Mulder. El azufre y el fósforo, que figuran como elementos esen- ciales de estos compuestos son tomados del terreno en su forma salina de sulfatos y fosfatos, según ya verémos. Independientemente una de otra, la albúmina, la fibrina y la caseina, tienen cada una su valor propio, en el senti- do de que son el elemento principal de la alimentación animal;—aparte de que, reunidas las tres en un solo todo, constituyen el gluten, ó parte nutritiva de la vegetación en general, y particularmente de los cereales trigo, arroz, maiz, cebada, etc.—De aquí la importancia de favorecer la ab- sorción azoica ó amoniacal en la agricultura: de aquí el uso de sustancias animales para abonar las plantaciones. Otro importante grupo de cuerpos engendrados por el ázoe es el de los alcaloides, ó bases alcalinas orgánicas, compuestos cuaternarios que no podrian existir sin el ni- trógeno. La Terapéutica ha hecho de ellos aplicaciones preciosas, constituyendo medicamentos heroicos cuando empleados oportuna ó inteligentemente,—ó bien activísi- mos venenos en contrarias condiciones.—La química re- conoce diez y ocho alcaloides bien caracterizados, de los que diez y seis son oxigenados y dos hidro-azoados; sin perjuicio de haber fabricado otros veinte y siete que ella llama “artificiales”, y cuyas probabilidades de existencia verdadera tienen mucho de ilusorio. Fijas como las plantas están en el terreno, privadas de toda voluntad, é incapaces de evitar el contacto de lo que pudiera dañarlas, era necesario que su alimento viniera á buscarlas y á ponerse en relación directa con sus raices. Cuando tal inmediación no existe, la planta ha de perecer, á menos que el hombre se sustituya á la Naturaleza, ya colocando el vegetal en terreno apropiado, ya dando á este los materiales inorgánicos de que carece. Esto se refiere principalmente á las sustancias salinas que, sin excepción, todo vegetal ha menester para llegar á su completo desar- rollo. Aunque se haya admitido en las plantas un cierto grado de poder absorvente electivo, una especie de “afinidad” por ciertos cuerpos,—lo incuestionable es que ingieren indis- tintamente todas las sustancias que estén en condiciones favorables á la absorción capilar: por tal motivo se encuen- tra en la planta una variedad de sales que contrasta con la doctrina de la electividad radicular.—La consecuencia a priori del indiferentismo de la raiz es, pues, que todas las materias ingeridas no son igualmente necesarias para el desenvolvimiento de la planta:—consiguientemente, no son retenidas sino aquellas que pueden asimilarse, siendo las demás eliminadas en forma de excreciones. Referentemente á las sales, álcalis y demás sólidos su- ministrados por la tierra, es importante tener en cuenta que muchas de esas materias pasan á ser parte constitu- tiva del vegetal mismo; y que otras sirven solo de agentes químicos modificadores, cuya acción, pasagera, casi se li- mita á transformar ciertos cuerpos en otros que han de quedar definitivamente fijos en el tegido. Inmenso nú- mero de casos confirman esta teoría. Los vegetales herbá- ceos que se emplea como pasto—y entre otros, todas las gramíneas—necesitan un terreno que contenga sílice, cuer- po insoluble, pero que llega á disolverse por la acción de los álcalis y por la irrigación constante de las praderas. Las equicetáceas, como las cañas de varias especies, que encierran cantidadades considerables de sílice, se desarro- llan y multiplican admirablemente en los terrenos arcillo- sos, en los pantanos, en los fosos, arroyos, acéquias, y en cualquier lugar en que el cambio de agua renueve sin cesar la sílice disuelta en ella. El ácido silícico parece ser la primera sustancia sólida que contribuye a la formación vegetal, funcionando del mismo modo que un grano de arena al rededor del cual se forman cristales en una solución salina:—es, creo, el pun- to de partida del tegido vegetal, y hasta podria hacer las veces del tegido mismo, como acontece en muchas equise- táceas, ya citadas, y en diferentes bamboos, del propio modo que el oxalato de calen muchos liqúenes.—Algo de esencial, pero todavía desconocido, debe proporcionar la sílice á ciertos géneros vegetales, á juzgar por la cantidad notable en que la asimilan. Es sabido que la hoz que corta los tallos de las gramíneas se pone roma en poco tiempo, llegando, dicen, á producir chispas por el choque. Los bam- boos dejan depositar entre sus articulaciones glóbulos esfé- ricos de ácido silícico, llamados Tabasheer, que presentan propiedades ópticas muy curiosas. Seria difícil madurar una planta del género Oxalis, (que contiene oxalato de potasa) ó del género Vüis (bi-tartrato de la misma base) sin la existencia de la potasa en la tier- ra; y este álcali que tan necesario es para las plantas di- chas, ejerce una influencia muy marcada sobre toda la ve- getación, casi,—como se desprende de la acción de los abonos que contienen potasa, y del análisis de la ceniza vegetal. La necesidad de la potasa ó de la soda para la vegeta- ción explica por qué un terreno, para ser fértil, ha de te- ner alúmina: este óxido tiene una acción indirecta sobre las plantas, que consiste en estar siempre asociado á una ú otra de aquellas bases,—presentando, además, la pro- piedad de retener el agua y el amoniaco, esenciales según lo expuesto ántes. Sin embargo, es raro encontrar alúmi- na en las cenizas vegetales, lo que manifiesta que es in- mediatamente eliminada después de desempeñar su oficio. Es seguro que las pocas veces que se ha señalado la alú- mina como componente de la ceniza, se le ha confundido con el fosfato de magnesia. La potasa, asi como la sílice y la alúmina, existe en to- das las arcillas. Basta tratar los terrenos de transición y las estratas de ciertas montañas con el ácido sulfúrico, pa- ra obtener un alumbre (sulfato de alúmina y potasa) de buena calidad. La cantidad de potasa que existe en los terrenos cultivables és enorme; pero cuando se explota've- getales como el trigo, el tabaco, &a., que la asimilan de preferencia, llega á faltar, y la primera capa de tierra que- da, desde luego, estéril. Por otra parte, las exijencias de las artes, de la industria y de la Medicina, contribuyen en alta escala á agotar las tierras, privándolas de aquel ál- cali; y sobre todo, la fabricación de la pólvora, como que, no existiendo depósito mineral alguno que lo produzca li- bremente es fuerza extraerlo del reino vejetal, quemando, como se hace en los Estados Unidos, plantaciones ente- ras, y selvas y bosques.—En tales casos conviene rehabili- tar el terreno, sea removiéndolo por medio de arados re- petidos, sea quemando alguna cosecha, sea abonando el suelo con tierras arcillosas. No así de la soda.—Su presencia en f:las plantas no es necesaria, si eceptuamos las Algas, los Fiieus y demas ma- rinas, y una que otra terrestre, como la Salsola Iíali y la Quillaja Smegmadennos. Un hecho importante y" que' llegará indudablemente á dar resultados grandiosos cuando sea bien estudiado, es, que en ciertas circunstancias y bajo determinadas condi- ciones, la potasa puede ser sustituida por la soda, sin que es- ta sustitución altere en lo menor el crecimiento de la planta, ni retarde su desarrollo. La Agricultura lia hecho observaciones á este respecto sobre la Villa, y la ha culti- vado en terrenos que carecían de potasa y que eran esen- ciales sódicos.—Ya puede entreverse que igual sustitución podría verificarse con otros vejetales, y es de desear que se haga estudios prácticos sobre la materia.—Y quién sa- be si también la cal y la magnesia, en su calidad de álcalis, puedan reemplazar á la soda y á la potasa. Tal presun- ción no carece de alguna racionalidad, por cuanto el obje- to ostensible de las dos últimas bases en la vegetación no es otro que la saturacío7i de los Acidos, que puede igualmen- te llevarse á cabo por medio de las dos primeras. La sustitución seria posible, por lo menos, bajo el punto de vista de la absorción amoniacal. La alúmina (sesqui- óxido de aluminio) tiene la propiedad de retener el amo- niaco, lo mismo que el yeso; (sulfato de cal) y ha de ser esta una de las razones de la invariable presencia de mi- nerales aluminosos en las tierras fértiles: y digo una de las razones, por que otra importantísima es que en tales mine- rales la potasa (ó la soda) es un constituyente inseparable. Probó Bouis, que el olor especial que se produce cuando se humedecen las tierras aluminosas, es debido al amoniaco. El yeso, ciertamente y muchos productos alumínosos, co- mo la “tierra de pipa,” dejan desprender tanto amoniaco cuando se les trata por la potasa, que no solo se percibe sus vapores por el olfato, sino que también coloran en azul la tintura de Tornasol. Considerada así la propiedad sustitutiva de los compo- nentes terrestres, un estudio prolijo de la localidad podría subsanar fácilmente la falta de uno de ellos. El polvo mis- mo de carbón sería á este respecto de gran utilidad, por poseér una acción absorvente notable sobre el amoniaco: el carbón absorve 90 veces su volumen del gas azoado, que se separa del primero por el simple contacto del agua. El tejido vegetal en descomposición, ó humus, se acerca mu- cho al carbón por esta facultad. Todas las probabilidades están á favor, si no de la nece- sidad, alménos de las ventajas que la presencia de ciertos otros óxidos metálicos prestan á la vegetación. Estas ven- tajas no son tanto debidas á la acción directa del óxido, cuanto á las propiedades de éste, que, por reflexión (si pue- do decir así) vienen á recaer en beneficio del vegetal. El sesqui-óxido de hierro, por ejemplo, existe en los vege- tales, y, sea que su presencia en ellos se repute esencial, ó no, el hecho cierto es que dicho óxido absorve y y retie- ne el gas amoniacal. En este sentido desempeña una fun- ción semejante á la alúmina;—y, realmente, ambos óxidos (de aluminio y de hierro) se distinguen de los demas óxidos metálicos por su propiedad de formar compuestos sólidos con el amoniaco. Los precipitados que se obtiene por la adición del último á las sales de hierro y de alúmina, son sales bien definidas en las que el amoniaco figura como base.—Por deducción, todo mineral ferruginoso debe con- densar también el amoniaco. En el curso de los procedi- mientos dirijidos a descubrir un caso de envenenamiento, Vauquelin encontró que todo hierro oxidado contiene amo- niaco. Chevalier ha observado igualmente este gas en los minerales ferruginosos: aun la hematites, (óxido de hierro) que es un mineral no poroso, lo contiene en la proporción de 1 por 100. Los cuerpos pulverulentos insolubles, como el óxido férrico, el de manganeso, la arcilla tostada, ayudan á la Naturaleza con su misma insolubilidad, á causa de la po- rosidad que imprimen al terreno y la consiguiente permea- bilidad para el agua y para el aire. Las cenizas denuncian la presencia, en las plantas, del ácido fosfórico; ha sido encontrado en todos los análisis practicados hasta el dia, y siempre en combinación con los álcalis. Pero lo general es que se reconozca su presencia como fosfato de magnesia en los granos y plantas que se usa como alimento. Todos los terrenos cultivables contie- nen el fosfórico, de igual modo que las aguas minerales, sin exepcion.—Aun las estratas mas superficiales de Ga- lena (sulfuro de plomo) contienen cristales de fosfato de la misma base (green lead ore.) Ciertas especies de pizarra arcillosa se hallan cubiertas de fosfato de Alúmina (Wa- velita.) Las localidades volcánicas, y en general todos los terrenos plutónicos, ofrecen también concreciones de Apa- tita, (fosfato de cal.) Las plantas extraen otras muchas variadas materias mas ó ménos eficaces para la marcha regular del procedi- miento vegetativo. Entre ellas citaré los sulfatos y nitratos de potasa, de soda y de cal; los cloruros de sodio y de potasio; el óxido de cobre y el fluoruro de calcio. No sin fundamento podria arriesgarse la nocion de que en las distintas eras de la evolución universal, los movi- mientos de composición y de descomposición tanto animal como vegetal,—ó lo que es igual, la dirección y acaso la in- tensidad de las afinidades,—han variado, por lo mónos dentro de ciertos límites. Así podría interpretarse de la presencia del fluoruro de calcio en los huesos de los ani- males antediluvianos, cuyo carácter los distingue de los de otras épocas. Los animales de esos tiempos cuyos hue- sos ó dientes han sido analizados son los que siguen: Elephas Primigenias, Mastodon Gigantea m, Platax Altissi- tnus, Mylodon Robustas, Fciis Smilodon, y los conocidos Pi- no therium, Palceotherium, Megatkerium y el Hyotheriwm. So- lamente los cráneos humanos encontrados en Pompeya contienen tanto ácido fluorhídrico como los del mundo anterior (Liebig,)—miéntras que los animales de hoy ape- nas ofrecen trazas de él. Es evidente que la vegetación de entonces, que sirvió para formar los animales sus contem- poráneos, asimilaba los fluoruros; lo cual no se verifica en el dia. II f. Do la teoría que lió desarrollado hasta aquí, deduzco los principios siguientes, aplicables en toda su extencion á la Agricultura: 1. La presencia de la materia vegetal en descomposi- ción, ó sea humus, en el suelo, promueve y favorece la ve- getación á causa del ácido carbónico que desprende. Pero la proporción del humus no ha de exceder de ciertos lí- mites, pues, de otro modo, el exeso de aquel gas, impedi- ría la vitalidad de la planta. 2. El ácido carbónico favorece la vegetación mientras, y solo en el tanto de que, el terreno produzca álcalis. 3. Las sustáncias nitro-sulfuradas son de la mayor im portancia, jorque su descomposición proporciona una can- tidad de amoniaco esencial para los vegetales. 4. Siendo un hecho que los principios azoados (fibrina, albúmina y caseina) contienen cierta cantidad de fósforo y de azufre, es decir, de fosfatos y sulfatos, es evidente que las semillas y demas partes vegetales que contienen tales principios, no pueden desarrollarse sino con la con- dición de la presencia prévia de los sulfatos y fosfatos al- calinos ó terrosos. 5. Si el suelo es rico en álcalis, en fosfatos y en sulfatos, y si ademas contiene silicatos solubles, qúe tan necesarios son para los cereales y otras plantas, el terreno es apropó- sito para el cultivo de vegetales alimenticios. En tal caso, todo el amoniaco y el carbónico que lian contribuido á for- mar la cosecha, lian sido tomados de la atmósfera: con se- mejantes condiciones, las materias orgánicas en descom- posición, y todo abono que produzca amoniaco, no sirven sino para acortar el tiempo, para acelerar el desarrollo del vegetal. Este principio encuentra diaria aplicación en los climas fríos, en que el invierno retarda considerablemente el desarrollo orgánico. 6. Las cenizas de la madera, de las pajas, hojas, &\, constituyen el mejor abono posible, pues se componen solo de materias extraidas del terreno, y útiles todas para la ve- getación.—En todo caso, la ceniza de un vegetal es la sustancia mas adecuada para fertilizar un terreno en que quiera cultivarse el mismo vegetal. Por esto conviene que- mar de tiempo en tiempo una cosecha ó parte de ella, án- tes de hacer un nuevo sembrío. 7. Pero como la ceniza de las plantas está representa- da por los excrementos de los animales que de ellas se ali- mentan, es consiguiente que en lugar de quemar una se- mentera, se podría con ventaja dedicarla á la alimentación permanente de animales, por cuyo medio se obtendría el fruto de la cosecha y la ventaja del excremento. 8. Si después de haber abonado un terreno con huesos calcinados ó con guano, se llegase á obtener una cosecha abundante, debemos abstenernos de emplear igual abono para la cosecha venidera: hemos de tener presente que la presencia en el suelo de una mayor cantidad de fosfatos, ha hecho que la planta los absorva también en mayor proporción; y por consiguiente que haya asimilado al mis- mo tiempo una porción mas ó ménos considerable de álca- lis, de silicatos y demas principios minerales, los que pue- den haber sido agotados por la cosecha primera.—En lu- gar, pues, de repetir el uso del mismo abono, debemos emplear para fertilizar la tierra, aquellos componentes que suponemos agotados. 9. Para conservar hasta donde sea posible la fertilidad de un terreno, ha de aplicarse esta regla, que creo única, á saber: que ha de devolverse al terreno en forma de abo- no, exactamente lo que ha perdido en la cosecha inmediata anterior. Si el terreno fué fértil en su origen, el procedi- miento que lié indicado no afectará en nada su fertilidad primitiva; y si no lo fué, es seguro que con ese sistema, el tiempo, la humedad y el calórico, le darán esta propie- dad. - 10,° Con este objeto, ha de conservarse con el mayor cuidado toda porción sólida ó líquida, por mínima que sea, de materia fertilizante, especialmente humana: sus ele- mentos minerales son valiosísimos, y como todos ellos han nacido de la tierra, conviene restaurar á esta con tan barato y adecuado abono. Esta práctica ha sido siempre sistemáticamente llevada á cabo en la China y en los Países Bajos; mientras que en otros lugares de Europa, en que los terrenos á fuerza de ser viejos han llegado á ser impotentes, se deja perder la orina y los escrementos de un modo lamentable,—á lo que tiéne necesariamente que seguir el deterioro, lento, pero cierto, de las tierras y plantaciones;—deterioro que se tra- ta hoy de reparar por medio del uso precario y costoso del guano. Pero el guano está casi tocando á su término, y si no se dá aplicación universal á las materias que tan pródi- gamente se deja perder, muy pronto se verán los paises populosos envueltos en la miseria mas desastrosa.—Es conocido cuanto sufre la clase menesterosa en Europa por la carestía del alimento; y estos son caros por cuanto esca- sean á causa de la crecente estirilidad de sus tierras. Y sin embargo, el remedio es tan fácil!! 11°. Si un terreno no es generalmente fértil, es que ca- rece de alguno ó de algunos de los elementos ya mencio- nados; y si produce buenas cosechas de un vegetal, y no de otro, ha de abonársele con los minerales que caracteri- zan este último. 12°. Cuando se desea cultivar un vegetal determinado, conviene aségurarse de si el terreno tiene ó nó los mine- rales solubles que tal vegetal necesita ingerir.—El sistema mas adecuado para obtener este conocimiento, sería anali- zar las cenizas del mismo vegetal crecido y bien desarro- llado en otro lugar, para poder abonar el terreno con aquellas materias que, acusadas en la ceniza, faltasen en el terreno que se vá á explotar, cuya composición se supo- ne también conocida. Las Ciencias, consideradas como simples conocimientos, serian para el hombre un cúmulo estéril de erudición si no se les aplica inmediatamente á aquellos hechos prácti- cos, que representan su vida misma, su bienestar, su segu- ridad futura. Bajo este aspecto las Ciencias Naturales ocu- pan impuesto prominente, porque son ellas las llamadas ¡i proveernos de lo único esencial para nuestra conservación propia: la alimentación. Para aplicar á la Agricultura las ideas que dejo expues- tas, se requiere una investigación analítica previa de los terrenos que se pretende cultivar. Este conocimiento, una vez adquirido, nos pone en aptitud de remediar las faltas observadas en la constitución de aquellos. Pero aunque la adición parcial de tales ó cuales mate- rias minerales podría hasta cierto punto reparar las que la Química indicase en las tierras, es incuestionable que si se llega á evitar que tales defectos ocurran en los terre- nos cultivables, se habrá realizado el ideal de la Agricul- tura. Los medios de obtener este resultado no son tan imprac- ticables como se creería á primera vista. Toda la cuestión estaría reducida á aumentar ó á conservar la tierra ve¡fetal: este es el gran problema de la Agricultura universal: el porvenir de la humanidad depende de él esclusivamente; y sin embargo, la práctica de los agricultores tiende á ani- quilar, en lugar de aumentar ó siquiera conservar, la tier- ra vegetal. El sistema agrícola actual esta consumiendo este elemento indispensable de vegetación, y se diría que el hombre parece no darse cuenta de lo que pasa. En toda la parte oriental de los Estados Unidos desde el Estado de Maine hasta la Florida,—en Alemania al Oeste del Vístula,—y en muchas partes de España y Francia, la tierra vegetal es estremadamente escasa, y nadie se ocupa de impedir que tal esterilidad siga progresando.— La pérdida ha sido tan grande que tal vez es ya irremedia- ble por los esfuerzos humanos, y quizá solo la acción rc- paratriz de la Naturaleza pueda regenerarla fecundidad gastada,—ya cubriendo el terreno de vegetales que, en el curso de años y siglos, acumulen en él la cantidad necesa- ria de humus;—ó bien, si la localidad no fuera suficien- temente húmeda, por medio de esos grandes trastornos geológicos que sumergen territorios enteros en el Océano, cuya humedad y vegetación preparan admirablemente el terreno para cuando otro cataclismo llegue á ponerlo en seco de nuevo. Hemos vivido demasiado rápidamente durante los tres ó cuatro mil últimos años. Hemos quemado los bosques y apurado la fertilidad natural de la tierra; en nuestro empeño por desaguar los campos y las ciudades no liemos conse- guido sino descargar en los mares millones de materiales que dan la vida y que vigorizan y sostienen la vegeta- ción. Hace cerca de sesenta años, nuestros pescadores de ballenas, anunciaban que los cetáceos iban desapareciendo; y justamente cuando la oscuridad nos amenazaba por fal- ta de aceite, el ¡jas vino á dar reposo á esos gigantes ma- rinos, pero, en cambio,liemos de andar á una ó dos millas bajo tierra para buscar el deseado carbón. Casi ai mismo tiempo se encontró en América deposites subterráneos de petróleo: pero es tal la rápidez con que se consumen estos productos, que, asi como las ballenas, pronto tendrán su fin esas masas al parecer inacabables de hulla y de nafta. Lo mismo sucederá con el ¡juana y con la tierra ve- i/etal. Sin pretencion dogmática alguna,se me permitirla pre- guntar sí no seria ya tiempo de pensar, no en reformar ni reconquistar lo perdido; sino simplemente en impedir que continuase perdiéndose la fuerza produc tiva de la tierra y los materiales que están llamados á regenerar- la?... De aquí á mil años (y quien sabe si ántes) lamentaran los hombres el egoismo y falta de previsión de sus antepa- sados, que disiparon su patrimonio natural, y aniquilaron lo que ni aun á ellos mismos servia. Los antiguos habi- tantes del Norte quemaban un olmo entero para hacer fue- go en las noches de invierno; mataban un ave y pezcaban un pez para hacer una comida. Ya no nos contentamos si nó sacrificarnos los habitantes todos de un bosque: nuestra satisfacción está cifrada en la muerte del mayor número de animales: los predecesores nuestros eran mas económi- cos seguramente. La famosa civilización actual crea cada dia mayor nú- mero de necesidades, y, con ellas, mayor número de ele- mentos de destrucción. En tiempos mas felices se pedia á la tierra lo que ella buenamente podía dar: hoy se la obliga artificialmente á producir mas de lo que debe, y como digo, se agota su energía consumiendo y no repo- niendo el principio fertilizante por exelencia. Liebig, buen químico como era y profundo en sus inves- tigaciones, al indicarnos el peligro, lia hecho un mal in menso á la Agricultura dando demasiada importancia á la materia inorgánica y señalándola como sustituto del hu- mus. El verdadero centro de alimentación, la verdadera ri- queza del mundo, es su parte orgánica, aquella preciosa aglomeración de todas las épocas, que hoy quemamos y volatilizamos, y arrojamos á los rios y á los mares y enter- ramos en los cementerios, y que destruimos por todos los medios posibles. Ya, en todas las grandes naciones del continente Euro- peo, asi como en los Estados Unidos, esta espantosa ex- haucion de la tierra vegetal ha ido muy lejos. Hay regio- nes en el Norte de Africa y en el interior de Asia, antes populosas y fértiles, inhabitables hoy. Los restos vegetales y animales que los siglos habían congregado en la superfi- cie, han sido convertidos en pocos años, en vanidad y or- gullo y en frívolas superficialidades. La Agricultura de hoy no tiene mas empeño que obtener producciones abundantes é inmediatas, sin tener en cuen- ta el deterioro de las tierras. Liebig que nada tenia de agricultor, parece no dar la debida importancia á la tierra vegetal, y se goza con lo que él llama inorgánicos (como si el constituyente de un organismo pudiera ser mas ó ménos orgánico que el otro), solo por que existe en las plantas una parte de minerales, yendo en su exageración hasta casi no reconocer como necesarios los demas elementos; cuando el hecho es que el ácido carbónico exhalado por la tierra vegetal, viene á ser el elemento que permite al agua disolver los cuerpos minerales y arrastrarlos al interior de la planta. También parece Liebig en error al suponer que la alter- nación de las cosechas gasta mas el terreno que la conti- nuación del mismo sembrío. Queda mucho todavía por descubrir con respecto á los efectos del cultivo alternado y del mixto. Pero no puede ponerse en duda que la formación do la semilla es el procedimiento que, sobre todos, agota las tierras. Y recíprocamente, una causa de fertilización sería el no permitir que los vegetales—los pastos, por ejemplo —lleguen al periodo de floración; como que la semilla es la parte que consume mas proporción de fosfatos y de ál- calis. Las lecciones del quimico de Giessen han producido malos resultados para la Agricultura, por la demasiada confianza que han inspirado, y la fé esclusivista que han hecho poner en los abonos artificiales. jiNRIQUE Lima, Febrero 20 de 1872. Lima, Abril 29 de 1872. “Por disposición de la Junta: téngase presente este trabajo ó imprímase en los Anales Universitarios.” jJUAN Rector de la Universidad.