MISCELANEA MÉDIDMÜIRÍRJICA pon ADOLFO MUEILLO PROFESOR DE OBSTETRICIA DE LA UNIVERSIDAD DE CHILE I MIEMBRO DE VARIAS SOCIEDADES CIENTÍFICAS I LITERARIAS DE AMERICA I DE EUROPA Santiago IMPRENTA NACIONAL; CALLE DE LA MONEDA, NUM. 46 — 1876 ~* Obras del mismo autor. Introducción al estudio de la Historia Natural, 1 v. de 232 pajinas. Memorias i trabajos científicos, que comprende: un estudio sobre los cuerpos grasos fosforados, aplicación de la elec- tricidad a las aneurismas, apuntes para la historia de las enfermedades del hígado en Chile, descripción de un tu- mor rarojen el muslo, un corto tratado délas plantas medici- nales del pais i cartas sobre la mortalidad de los niños. 1 v. de 282 pajinas. De la lactancia materna bajo el punto de vista de la madre, del hijo, de la familia i de la sociedad, 1 v. de 131 pajinas., Contribuzione alio studio della epatite suppurativa del Chille Bologna, 1 v. de 16 pajinas en folio i a dos columnas.—La misma en español. Boletines i observaciones clínicas de la Maternidad de San- tiago en la Mevista Médica de Chile. HERNIAS EN JENERAL. INTRODUCCION, Pocas afecciones hai que hayan llamado tan justamente la atención de los mas célebres cirujanos como la que es ob- jeto de la presente memoria. I a la verdad que hai mucha razón para ello. «Ninguna enfermedad, dice Astley Cooper, exije mas exactos conocimientos anatómicos que las diver- sas clases de hernias; pues son accidentes que amenazan la vida en momentos i circunstancias que no permiten recurrir a la esperiencia ajena, i que reclaman una resolución prontn i decisiva. Las mas veces son precisos los conocimientos anatómicos mas minuciosos para diagnosticar esta clase de lesión durante el período en el cual la reducción es posible sin operación sangrienta; i cuando llega este caso, el ciru- jano necesita todos los recursos de la intelijencia i del saber para luchar con ventaja en las dificultades que puedan pre- sentársele.» Llamado, muchas veces, en esos momentos decisivos en que la espada de Damócles se cierne amenazadora i pronta sobre el cuello del paciente, el cirujano necesita de toda su memoria, de toda su habilidad i de todos sus recursos en estas enfermedades, cuyos accidentes terribles no dejan mas 2 tiempo que el necesario para obrar, i para obrar con pronti- tud i lijereza. Por otra parte, lo comunes que son las afecciones her- manas; las dificultades que presenta su estudio; las parti- cularidades científicas de que se hallan revestidas, han sido un aliciente poderoso para que los grandes jenios de la ciru- jía se hayan entregado con constancia a las investigaciones anatómicas i quirúrjicas a que dan lugar. Las grandes cues- tiones científicas necesitan de los grandes maestros. La cu- riosidad i el interés hacen lo primero, i la constancia en las investigaciones corona la obra. Nada parece resistir al ta- lento. Descuidado en la antigüedad el estudio de las hernias, no tanto por el interés que podían i debían despertar, cuanto por las falsas ideas que respecto a ellas reinaban, solo pode- mos decir que empezó a mediados del siglo pasado. Así ve- mos a la Universidad de Gottinga, a fines de ese mismo si- glo, poner en concurso la cuestión de saber cuáles eran las causas i los medios preservativos de las hernias; i a Scem- mering i Kceler presentarse a ese concurso, atribuyéndolas el primero al uso de calzones anchos i chalecos estrechos que sin embargo tomaban ménos parte que las bebidas rela- jantes, principalmente el café, que Socmmering mira como, una de sus principales causas; i el segundo negando que esas afecciones se hubieran estendido mas que ántes, i dan- do byenas reglas preservativas. En la actualidad, gracias a las perseverantes investiga- ciones de Astley Cooper, Petit, Arnaud. Garengeot, Louis, Dupuytren, 'Velpeau, Richet, Lawrence, Cloquet, Key, Hesselbach, etc., la Patolojía nada tiene que desear en esta materia. Nadie habrá ahora, por cierto, de la opinión de Pipelet, que pretendía que el vómito i las náuseas que se siguen a la compresión del epiplon cuando sale por una he- rida estrecha, no debe atribuirse sino a la simple solución de continuidad, sin tener en cuenta la estrangulación; de 3 donde deducía que era peligroso dilatar la abertura, porque eso era ir a arrojar leña a la hoguera inflamatoria que tenia lugar en el organismo vivo. El estudio de las hernias, i principalmente el de las her- nias abdominales que son sin duda alguna las mas impor- tantes de todas, hace alto honor al grado de adelanto de la patolojía quirúrjica. El mas exijente puede encontrar satis- fechas hasta sus mas insignificantes curiosidades. Pero esto mismo hace mas difícil el desarrollo de la pre- sente memoria. Teniendo que tratar sobre una materia tan vasta, en la que vienen a reasumirse afecciones mui varia- das en sus síntomas, en su desarrollo, en su modo de ser, en su tratamiento; i en que por otra parte las hernias abdo- minales desempeñan el papel mas interesante, las jenerali- dades se hacen mas difíciles por un lado, i por otro hai el temor de descender a particularidades en que casi bien a su pesar tiene uno que caer algunas veces, por mas que trate de huir de semejante peligro. A pesar de tales inconvenientes, a pesar de tales peligros, voi a atreverme a tocar la materia que es objeto del presen- te concurso, por mas que vacile en el camino. LAS HERNIAS EN JENERAL. Pero antes de entrar en materia; conviene conocer el al- cance que se debe dar a la palabra herma, tanto para saber la significación de este término, cuanto porque es de una absoluta necesidad para saber hasta dónde se debe marchar en las jeneralidades, máxime cuando no todos están acordes en la estension que debe dársela.—Desault, ese jenio de la cirujía francesa, que íué mas grande aun por su discípulo Bichat, este filósofo reformador de la medicina, quiere res- trinjir tanto el uso de la palabra hernia, que solo debe dár- sele ese nombre, a su parecer, a la salida de las visceras a través de las aberturas naturales i accidentales de las pare- 4 des del abdomen; miéntras quehai otros que le dan una sig- nificación mucho mas vasta. Hé aquí una cuestión que no es tan fácil de resolver como parece a primera vista; porque desentendiéndonos de las razones de anatomía patolójica que, según el sentir de Cruveilhier, Lebert, Houel i otros, hai para dar una estension mayor a la palabra hernia, hai pre- ocupaciones inveteradas que arrostrar, lo que por cierto no deja de ser un grave inconveniente; sin embargo que el uso ha jeneralizado esta espresion mas allá de lo que pudiera creerse. Así es que cuando 3a membrana mucosa de los in- testinos se insinúa a través de la capa muscular, se dice que la mucosa hace hernia, aunque la palabra no es tan lójica a la definición mas usual i vulgarizada de este término. De. aquí es que los que creen que la hernia (ruptura de los lati- nos, del griego kele, rama) consiste en un tumor formado por la mudanza de sitio de las partes blandas (Boyer), o mas bien por la salida de toda viscera fuera de la cavidad que la encierra (Cooper), o en un tumor formado en la peri- feria de una cavidad por un órgano que se ha salido de ella parcial o totalmente por una abertura natural o accidental, o bien por un punto debilitado de sus paredes (Roche, Sansón i Lenoir), no están bien conformes ni en sus palabras ni en su práctica, con la definición del término que es objeto de la presente cuestión; porque no puede colocarse entre las her- nias a toda mudanza de sitio de las partes blandas, como se deduce de la definición de Boyer; porque no se comprende en la de Astley Cooper las hernias de la membrana mucosa de la vejiga, del tubo dijestivo, de las membranas sinovia- les a través de las capas que las envuelven; i porque la de Roche, Sansón i Lenoir adolece, poco mas oménos, de igua- les defectos. De modo que para poner mas en relación la palabra con su significación usual, i para darle el alcance que se le da je- neralmente, me parece que conviene comprender bajo la de- nominación de hernia algo mas de lo que se encuentra en 5 algunas de las definiciones dadas; fuera de que con esto, pueden reasumirse en ella afecciones que no tienen un lugar bien apropiado en las clasificaciones nosolójicas, al mismo tiempo que se marcha mui en armonía con la anatomía pa- tolójica, que debe considerarse como el mas seguro pedestal de la patolojía, De aquí es por qué no ha mucho decia que la cuestión no era tan sencilla como parecia a primera vista. Las conside- raciones en que he entrado, me parece que justifican la ra- zón que tenia para ello, Bajo el punto de vista de las reflexiones anteriores, com- prendo por hernia « a todo tumor formado en la periferia de una cavidad por un órgano que se ha salido de ella, total o parcialmente, por una abertura natural o accidental o bien por un punto debilitado de sus paredes, i a la salida de una membrana a través de las envueltas que las rodean.» Me parece que esta definición se encuentra a la altura de las exijencias anatómicas, i de la significación usual de la palabra hernia. Ella está basada en las ideas de algunos sa- bios, como Cruveilhier, Lebert, Honel i otros, i llegará a ser adoptada por la jeneralidad del mundo médico. Siguiendo también a Cruveilhier, dividiré las hernias en seis clases: 1.® hernias membranosas (tunicaires); 2.® her- nias acuosas; 3.* hernias traumáticas; 4.° hernias por even- tracion; 5.° hernias intersticiales; 6.° hernias por los anillos naturales. Hernias menbranosas.—Caracteriza a estas hernias la salida de una túnica o membrana a través de las cubiertas que las rodean : supone, por consiguiente, que el órgano tiene jeneralmente dos o mas capas. El número de estas her- nias es reducido, i se encuentran mui pocas veces en la práctica. Tienen lugar en la vejiga, el tubo dijestivo i las membranas sinoviales. En algunas disecciones de la vejiga urinaria, se han en- contrado hasta cuatro i cinco abolladuras, formadas por otras 6 tantas salidas de la membrana mucosa a través de la túnica carnosa de éste órgano, de modo que, los diversos receptá- culos correspondientes a dichas abolladuras la hacían apare- cer múltiple. Esta hernia, mas común en el fondo de la vejiga i a la entrada de los uréteres, no existe nunca en el cuello, en virtud de la disposición circular i apretada de las fibras musculares. Se concibe mui bien que en el caso de desarro- llarse cálculos en estas células, cuando el pedículo de la her- nia es mui estrecho, la operación estractiva del cálculo ve- sical presenta inconvenientes insuperables. Las hernias formadas por la membrana mucosa del tubo dijestivo, poco comunes en los intestinos delgados, se han observado algunas veces en el colon i principio del exófago de los viejos. Son jeneralmente mui numerosas en la porción inferior del intestino grueso; i mui desarrolladas a veces en la primera porción del exófago, hasta el punto de simular el buche de los pájaros. Las hernias sinoviales se han confundido algunas veces con los que hasta ahora han sido llamados gangliones sino- viales. Conocidas desde poco tiempo a esta parte, dan lu- gar a consideraciones quirúrjicas bien importantes, que es necesario tener mui presentes para evitarlos resultados des- agradables que pudiera traer un tratamiento mal dirijido. Formadas a consecuencia de esfuerzos mas o ménos consi- derables, i mas o ménos repetidos, que han determinado la ruptura de algunos ligamentos, dando lugar a la salida de esas membranas sin aberturas, según la opinión de Cru- yeilhier, tienen siempre un cuello mui estrecho que conclu- ye por obliterarse, en razón de la elasticidad de los tejidos i de la inflamación consecutiva. De modo que estando al prin- cipio en comunicación con la articulación, su abertura trae- ría indudablemente los perjuicios i los accidentes justamen- te temibles de las heridas de las articulaciones; perjuicios i accidentes que no son de temer mas tarde por la oblitera- ción que se sigue casi siempre al poco tiempo de tener lugar la salida de la sinovial. 7 Hernias acuosas.—Las hernias acuosas no se las encuen- tra sino en el eje cerebro-espinal i en el abdomen. Las hernias acuosas del eje cerebro-espinal, se dividen, según aparecen en el cerebro o en el canal vertebral. Las primeras reconocen por causa la hidrocefalia; i a las segundas se las conoce con el nombre de espina bífida. Las hernias acuosas del cerebro reciben diferentes deno- minaciones según el sitio en que se verifican. Pueden ser simplemente acuosas i mistas; En éstas, una parte de la masa cerebral ha salido fuera de las paredes huesosas, ya porque el líquido residia en los ventrículos laterales, ya por una simple proincidencia. Las hernias que tienen su sitio en la parte posterior reciben el nombre de notencefalla, las an- teriores de proencefalla, las superiores de podencefalía, i las que se desarrollan en la parte anterior de la base todavía no han recibido un nombre especial. La espina bífida o hernia acuosa del canal raquidiano, es siempre conjénita; i si bien algunas veces se ha creído verla desarrollarse algún tiempo después del nacimiento, ello no debe atribuirse a otra cosa que a un retardo en la manifes- tación esterna de ]a enfermedad. Debida a la falta de desar- rollo de los huesos vertebrales, según la opinión mas jene- ralmente admitida, debe atribuirse, según Cruveilhier i Houel, al obstáculo de osificación que resulta de la salida de la médula espinal i sus envueltas para esparcirse en el tu- mor, mas bien que a una falta de desarrollo conjénito. Esta opinión parece estar acorde con los resultados de las disec- ciones anatómicas; porque casi siempre la médula espinal se encuentra formando parte del tumor; i si no ella, las ramifi- caciones nerviosas en que se convierte al fin del canal raqui- diano. La espina bífida, cuando es completa, es decir, cuando ocupa toda la estension de la columna vertebral como la ha observado Broca, coincide siempre con la anancefalía. Su sitio de preferencia es la porción lumbar o la rejion lumbo- 8 sacra.—No siempre esta afección va acompañada de vicios de conformación, como piensan algunos autores. Hernias traumáticas.-—Se observan en las tres cavidades esplánicas: el cerebro, el pecho i el abdomen. Retenido el cerebro en su posición por ataduras mas o ménos firmes; i sujeto solo a un lijero movimiento isócrono alas pulsaciones arteriales; movimiento debido, según Flou- rens, a los actos de espiración e inspiración, i según otros a la arteria basilar, es una viscera poco apta para escaparse por las aberturas accidentales que puedan darle paso. Sin embargo, se la ve presentarse algunas veces; i entonces el tumor es formado por la prolongación de una parte de los hemisferios, que se alarga a través de la solución de conti- nuidad como si fuera solo una vejetacion. Las hernias traumáticas del pulmón son bastante raras, al sentir de Cruveilhier; i piensa que una gran parte de las que así se han creido no han sido otra cosa que empiemas parciales, que han podido simular mui bien, por los movi- mientos de estension i depresión, una verdadera hernia traumática del órgano respiratorio. Pero esto solo puede ha- ber sucedido cuando una contusión ha desgarrado los múscu- los intercostales sin haber producido solución alguna de con- tinuidad en la piel; porque de otro modo no podria concebir- se, desde que si la herida hubiera interesado todo el espesor de las paredes torácicas, la hernia pulmonar se habría pro- ducido con facilidad, i hubiera sido imposible confundirla con alguna otra. En cuanto a las hernias abdominales, difícil es concebir cómo una herida cualquiera puede dejar de producirlas. No hai casi un solo punto de las paredes que contribuyen a formar esta cavidad por donde no pueden tener lugar. Así es que se las observa tanto en lasparedes antoriores como en las laterales; i no son tan escepcionales las diafragmáticas i las perineales. La columna vertebral, como un pilar óseo que se destaca en el fondo posterior del abdomen, es la única 9 barrera insuperable que se opone a la salida de las visceras. Hernias poreventracion.—Reconocen por causa la rela- jación con adelgazamiento de algunos de los puntos de la ca- vidad abdominal. Jeneralmente se las observa en la línea blanca, en el diafragma i en la rejion perineal. Las conjéni- tas tienen su sitio en el ombligo, i algunas veces, también en el diafragma. En cuanto a las perineales, se las nota que se presentan por la vajina, la vejiga (formando lo que jene- ralmente se llama su extrofia), i Cruveilhier admite una eventracion rectal, que aunque hasta ahora no ha sido ob- servada, según cree Houel, no seria estraíío que se pudiera formar desde que se la concibe teóricamente. En este caso, los intestinos, deprimiendo la pared anterior del recto, for- marían un tumor en el ano perceptible a la vista i al tacto., —En las Obras quirúrgicas de Astley Cooper se lee un ca- so que a mi parecer indica mui bien la posibilidad de esta clase da hernia; «En un caso que examiné, dice este autor, el peritoneo que en el estado normal se refleja en la parte anterior del recto, estaba echado hacia abajo por los órganos que se ha- bían dislocado. Pero la piel no parecia haber cedido en tér- mino de formar un tumor al esterior. «La estremidad del saco hemiario estaba colocada por do- lante del ano. «La próstata estaba inmediatamente situada por delante del saco. El fondo de la vesícula seminal se situaba sobre la parte lateral del saco; su cuello correspondía adelante. «La vejiga cubría cerca de una pulgada i tres cuartos de la parte esterior de la hernia. «El orificio del saco estaba a dos i media pulgadas por encima del nivel del ano. «Este exámen se ha hecho sobre un sujeto que se había llevado para las disecciones. «La existencia de este tumor se hubiera podido reconocer sin duda durante la vida por la introducción del dedo en el 10 recto; pero en el estado de reductibilidad o irreductibilidad, todo lo que se hubiera hecho seria proporcionar un alivio temporal vaciando el tumor por medio de una presión mui fuerte,)) En cuanto alas eventraciones umbilicales conjénitas, me permitiré trascribir algunas consideraciones en que entra Houel, i que juzgo mui importantes, no solo por las dife- rencias esenciales que las distinguen de las llamadas acci- dentales, sino también bajo el punto de vista del interés científico. «Las paredes de estas hernias, dice, son delga- das, transparentes, i dejan muchas veces ver el intestino que contienen. Se distinguen en ellas dos hojas; la una es- terior, delgada, se continúa con la epidermis, i no es otra cosa que la hoja serosa del llastodermo; la hoja interna se continúa a la vez con el peritoneo i los músculos de la pared abdominal: es la hoja mucosa blastodérmica: entre estas dos hojas existe la sustancia de Wharton Jones, i los vasos umbilicales que están unas veces separados i otras unidos. La implantación del cordon no es nunca central sobre el tu- mor hemiario; es siempre periférica, i se le encuentra princi- palmente sobre el lado izquierdo i cerca de la base. Todas las visceras abdominales pueden encontrarse en esta hernia, hasta el hígado, el estómago i el bazo.» Algunos autores niegan la persistencia de la vesícula um- bilical, i aun la pérdida de sustancia de las paredes abdomi- nales, miéntras otros hai que la aseguran. Por mi parte es* toi con los primeros. Hernias intersticiales o tor separación de fibras.—Son algo comunes, i se las vé formarse en el diafragma, la línea blanca i junto a los anillos, que es donde mas jeneralmente se las encuentra. El profesor Goyrand dice que la hernia inguinal intersticial puede adquirir un volúmen enorme. Párese que entonces el anillo inguinal esterno es mui estrecho para dejar pasar las visceras, Las relaciones de esta hernia son dignas deexami- 11 narse. Por delante está limitada por la aponeurósis del gran" de oblicuo, que siempre se halla mui adelgazado, los mano- jos inferiores del oblicuo pequeño i el cremáster; hácia atras por la facia transversal; hácia abajo por el ligamento de Pou- part o arco crural, i hácia arriba por el oblicuo menor i el transverso. Esta hernia suele pasar a través de un [desgarro del oblicuo pequeño, para colocarse entre él i la aponeurósis del oblicuo mayor. La hernia diafragmática intersticial se diferencia de la formada por eventracion, en que en aquella no hai ninguna túnica carnosa que separe las visceras abdominales de la pleura; mientras que en esta última hai siempre una mem- brana carnosa interpuesta entre ellas; i digo membrana, porque hasta ese grado ha llegado a reducirse el plano mus- culoso del diafragma. Esta clase de hernia reconoce por causa esfuerzos violen- tos, no pocas veces independientes de la fuerza impulsiva de las visceras, que han alcanzado a determinar una sepa- paracion de fibras mas o menos considerable. Hernias por los anillos naturales.—Son sin duda algu- na las mas comunes, en virtud de la fuerza impulsiva de las visceras contenidas en la cavidad abdominal, i de las condi- ciones anatómicas de las paredes de ésta. Por ellas pueden salir, ya primitiva o consecutivamente, todas las visceras. Las primeras porciones del intestino que salen, arrastran las demas. i los órganos con quienes están mas en relación. Los anillos u orificios naturales, que pueden dar paso a las visceras, son: el anillo inguinal, el crural, el agujero oval, el ombligo i la escotadura isquiática. Esta última es mui ra- ra, i solo posee hasta ahora la ciencia dos casos regularmen- te observados. El uno lo fue por Lassus en el vivo, i el otro que refiere Cooper en sus obras, comunicado por Jones, no se conoció hasta después del fallecimiento del paciente. En el caso de Lassus, el tumor formaba eminencia en la parte anterior i superior de la pelvis; era oblongo, indolente, 12 i al principio se le habia tomado por un lipoma. Habiéndose obtenido su reducción después de algunas moderadas tenta- tivas, se le puso a la enferma un vendaje de pelota sosteni- do con correas al rededor de la pelvis. Las hernias abdominales son las que han sido mejor es- tudiadas hasta ahora, tanto por lo comunes que han llegado a ser, i por las particularidades anatómicas que las caracteri- zan, cuanto por la importancia quirúrjica de los medios con que se las socorre en los diversos accidentes a que dan lugar. La historia de estas hernias está a una altura verdadera- mente envidiable. Solo su curación radical continúa i conti- nuará siendo una pesadilla incómoda para la cirujía. Por lo demas nada hai casi que desear. Las hernias se dividen, también, según la época en que aparecen, según el sitio, las partes que la forman, i según sus complicaciones. Según la época.—Las hernias son anteriores o posterio- res al nacimiento. Las primeras se llaman conjénitas i las segundas adquiridas o accidentales. Aquéllas están en rela- ción con éstas, según Cioquet, como 1,16 es a 63. Las her- nias conjénitas reconocen por causa jeneralmente una falta de desarrollo o una abertura accidental. Según las partes que las forman,—Todas las visceras de las tres cavidades esplánicas que componen el cuerpo huma- no, son suceptibles de formar hernia, a escepcion del duode- no, el páncreas i los riñones, a causa de su colocación i de las sólidas ataduras que los mantienen en su posición. La cavidad craneana cerrada por paredes huesosas, con- teniendo órganos delicados cuya movilidad es reducida a mu1 lijeras proporciones, no permite salir al cerebro i sus mem- branas sino en circunstancias bien poco numerosas. Así es que fuera de las hernias traumáticas, que por cierto no de- ben tenerse mui en cuenta para formar cálculos estadísticos, casi todas las demas son anteriores al nacimiento. Limitada la cavidad torácica en todos los puntos de su 13 circunferencia, por paredes musculares i huesosas, i encer- rando órganos que, como los pulmones, están fijos a la co- lumna vertebral, i sujetos a movimientos de una estension no mui considerable, las hernias son aquí también bastante escasas. La naturaleza ha sabido rodear de paredes sólidas i resis- tentes a aquellas cavidades cuyos órganos delicados no están sujetos a grandes movimientos de espansion, i de depresión por consiguiente. La elasticidad i blandura de las paredes no estaba bien a esa clase de visceras. Llegamos ya a las hernias délas visceras abdominales, que son las mas numerosas i las mas variadas. Arnaud ha calcu- lado que los individuos afectados de hernias abdominales son al resto de la población como 8 es a 100; mientras que Cho- part i Desault creen que están en la proporción de 6 a 7 por 100, i Louis de 1 sobre 50. Juville admite 1 sobre 30 para la Alemania, 1 sobre 15 para la Italia i la España, i 1 so- bre 20 para la Francia i la Inglaterra. No es difícil darse cuenta del por qué las hernias abdomi- nales son mas comunes que las otras. Encerrando el abdó- men órganos excesivamente dilatables por los gases, por los alimentos i por los actos respiratorios; órganos que están en contacto inmediato con las aberturas que dan paso a los va- sos i nervios que salen de la cavidad; siendo por otra parte sus paredes mui flexibles para sostener sin perjuicio ese im- pulso incesante de las visceras, el equilibrio que existe en el estado normal puede romperse, i dar lugar entonces a la di- latación de esas aberturas i al adelgazamiento délas paredes., La pared anterior de la cavidad abdominal es precisamen- te la mas dispuesta a dar lugar a las hernias. «De todos los órganos contenidos en esta cavidad, dice Sebatier, los mas voluminosos i los ménos movibles son los que ocupan la cir- cunferencia de la cavidad: en el medio se encuentran los que gozan de una gran movilidad i que se prestan a una re- ducción de volumen mas considerable. El hígado, el bazo, el estomago, el duodeno, el páncreas, los riñones, la vejiga í la matriz, forman una especie de círculo doble con el que describe el ciego, el colon i el recto, i en el centro del cual se encuentra la masa lijare i flotante de los intestinos delga- dos i el epíplon. Este acomodo no es indiferente, porque ofrece de particular que los órganos que, por su volumen i fijeza, son los ménos propios para hacer parte de una hernia, están precisamente en relación con aquellas paredes de la cavidad ménos dispuestas a permitir la producción de la en- fermedad; mientras que los órganos mas movibles i mas a propósito para reducirse a un pequeño volúmen, están ince- santemente en contacto con los puntos de la circunferencia abdominal mas dispuestos a darles salida. La pared superior, la inferior, la posterior i las laterales están poco espuestas; la primera a causa de su posición, la segunda a causa de su situación fuera del eje abdominal; las otras a causa desde su solidez, de su espesor o de su contestura, i todas a causa del volúmen i poca movilidad de los órganos con los cuales están en relación, para llegar a ser el sitio db las hernias. La pa- red anterior, al contrario, móvil, estensible, atravesada por muchas aberturas, i teniendo que sostener la presión de los intestinos delgados i del epíplon, es decir, de los órganos abdominales ménos voluminosos i mas movibles, que depri- midos por el diafragma, siguiendo la dirección del eje de la cavidad, sostenidos por los ¿irganos pelvianos que impiden su introducción en la pélvis, i dirijidos por la superficie de los músculos psoas e iliaco, van precisamente a forzar los puntos correspondientes a las aberturas mas considerables que presenta; la pared anterior del abdomen, decimos, es no solamente de todas las paredes abdominales, sino tam- bién de todas las paredes de las cavidades, la que reúne condiciones mas favorables para la producción de las her- nias.» Cada una de estas hernias ha recibido un nombre espe- cial; así, la hernia del hígado se llama hepatocele> epiplocele 14 15 la del epíplon, enterocele la délos intestinos, entero-epiplo- cele la de los intestinos i del epíplon, cistocele la de la veji- ga. Las hernias del ombligo que contienen los intestinos, se llaman enterónfalon; epiplónfalon la formada por el epí- plon, i entero-fpiplónfalón la que contiene los dos. La her- nia del cerebro ha recibido la denominación de encefalócele, la del pulmón pulmonocele, i así las demas. Según el sitio.—Llamaré solo la atención sobre las her- nias abdominales por ser las que se prestan aúna división mas científica, i porque ya me he ocupado anteriormente de las del cráneo. Cooper admite trece variedades, que me contentaré con enumerar lijeramente: 1. Hernia inguinal,—Se verifica por el conducto ingui- nal, siguiendo el trayecto del cordon testicular en el hom- bre i del ligamento redondo en la mujer. 2. Hernia crural.—Tiene lugar por el conducto crural, por debajo del ligamento de Poupart. Se la conoce también con el nombre de femoral. 3. La hernia que se produce en el ombligo, lleva el nom- bre de hernia umbilical i de exónfalo. 4. Las hernias ventrales se producen en diferentes par- tes del abdomen, principalmente en la línea blanca i la aponeurósis que limita en el borde esterno del músculo recto. 5. La hernia oval u obturatriz se forma por el agujero oval. 6. La hernia que desciende junto con el nervio ciático lle- va el nombre de isquiatocele, hernia de la escotadura is- qui ática. 7. Las hernias del periné se presentan entre el recto i la vejiga en el hombre; i en la mujer entre la vejiga i el úte- ro i entre el útero i el recto. 8. Hernia vajinal.—El tumor se manifiesta en la pared dosterior de la vajina, 9. Cuando se forma siguiendo el trayecto de la arteria 16 pudenda interna, la hernia recibe el nombre de 'pudenda hernia del gran labio. 10. La hernia diafragmática se verifica siguiendo la di- rección de la arteria aorta, del exófago o por aberturas acci- dentales de este músculo, 11 i 12. Se comprenden en éstas, las hernias mesentéri~ cas i me-somesocólicas formadas en las duplicaduras del mesenterio i del mesocólon. 13. Astley Cooper hace una variedad aparte de la hernia conjénita inguinal, en virtud de las diferencias anatómicas que la separan de las otras. División de las hernias según sys complicacíones.—Las hernias se dividen en reductibles e irreductibles, estrangu- ladas o nó. En aquéllas (las reductibles), las visceras pueden volver a su lugar con mas o ménos facilidad a través de las aberturas que les han dado paso; mientras que en las segun- das, en virtud de las adherencias que han contraido, la re- ducción se hace imposible. La inflamación mas o ménos aguda i mas o ménos lenta, que ha despertado consecuti- vamente la salida de las visceras o de las membranas, i las relaciones que por ella han adquirido, les impide volver a su antiguo lugar. La estrangulación, que depende de la constricción ejerci- da por los anillos de las aberturas o por el cuello del saco hemiario, es una complicación que merece fijar sériamente la atención. Como su historia i sus síntomas no están bien en este lugar, me reservo para tratarla en otra parte. Otra de las complicaciones notables de las hernias, pero solo de las hernias abdominales, es el atascamiento; compli- cación producida por la estagnación de las materias fecales en la asa del intestino que se encuentra fuera. Se concibe que la antigüedad de una hernia debe inducir en los conductos o anillos que atraviesa, como en las partes con que está relacionada, modificaciones que no carecen de interés. 17 ANATOMÍA PATOLÓJICA Las consideraciones de anatomía patolójica a que dan lugar Tas hernias, son tan numerosas i tan distintas como sus variedades. Sin embargo, las principales están relaciona- das con los caracteres anatómicos de las hernias abdomina- les; i por eso es que el examen de ellas absorve casi com- pletamente el de las otras. En toda hernia hai que estudiar el saco, las envueltas es- teriores del saco, las visceras que la forman i las aberturas que les dan paso, Saco.—Toda viscera al formar bernia empuja casi siempre delante de sí una parte de la membrana serosa que tapiza la cavidad esplánica en que está alojada. Así es que el ce- rebro empuja a la aracnoides, el pulmón a la pleura, i las visceras abdominales al peritoneo que tapiza las paredes del vientre. Esta cubierta serosa que acompaña a las visceras cuando cambian de sitio, se llama saco. Los antiguos creían que todas las hernias carecían de sa- co, porque se figuraban que los órganos, al salir al esterior rompían la serosa; i de aquí el nombre de ruptura que se le dió a esta clase de enfermedades; error que la anatomía pa- tolójica ha venido a poner de manifiesto en la jeneralidad de los casos. I digo en la jeneralidad de los casos, porque bai ciertas clases de hernias que carecen de ese saco, como por ejemplo, las traumáticas, i aquellas que a consecuencia de una exesiva dilatación del tumor han concluido por romper el peritoneo. Hai otra clase de bernias que no tienen mas que un saco incompleto. Estas son las formadas por aquellos órganos que no están cubiertos sino en parte por el peritoneo en su esta- do normal; como la vejiga, la S del colon, el apéndice del ciego i el recto. Se concibe, en efecto, que cuando la vejiga solo forma hernia, debe arrastrar consigo la única porción de 18 peritoneo que la cubre, de modo que por un lado tendrá la cubierta mientras que por el otro carecerá de ella. Se ha creido, también, que las hernias que se verificaban de pronto carecían de saco, por el esfuerzo que las producía; pero las disecciones anatómicas ha hecho ver que esa creen- cia era solo una ilusión, un engaño teórico. En todo saco hai que estudiar: l.° el cuello; 2.° el cuer- po; 3.° la superficie esterna; 4.° la superficie interna; 5.° el volumen; 6.° la forma. l.° Cuello. — Se llama cuello la porción estrecha o del saco que establece la comunicación entre'él i la serosa de la cavi- dad. El cuello es por consiguiente la porción mas angosta del saco hemiario. Sin embargo, las hernias que recien prin- cipian a formarse, es decir, las que no tienen mas que una prolongación en forma de dedo de guante de la convexidad instestinal, por ejemplo, no tienen estrechez alguna del saco a la altura del anillo; pero a medida que una nueva porción del órgano es arrastrada afuera, el cuerpo del saco aumenta, 1 el cuello se marca o se diseña, El cuello es mas o menos largo según !a estension de ca- mino que tiene que correr a través délos conductos naturales o accidentales que he.i dado paso a los óiganos herniados. I si este conducto es estenso, entonces el cuello cuenta con dos orificios correspondientes a los de aquél. El cuello sufre diversas modificaciones i alteraciones que conviene conocer. Una de las mas notables, son ciertos re- pliegues de su superficie interna, que se han comparado mui injeniosamente a los producidos en una bolsa cuando se apretan sus cordones. Estos repliegues, llamados stigmas por Cloquet, se unen algunas veces entre sí, i dejeneran con el tiempo en un tejido fibroso, denso i apretado, que se ha comparado al tejido cicatricial. Si las visceras herniadas se han reducido, i han podido ser mantenidas en su posición por los medios contentivos que el arte proporciona, el cuello del antiguo saco puede llegar a obliterarse completamente, por el mismo mecanismo que el del anillo inguinal después del descenso del testículo; pero si esa reducción ha sido solo temporal i nuevos esfuerzos vienen a hacer reproducir la en- fermedad, ese cuello semi-obliterado, incapaz de dar paso de nuevo a las visceras herniadas recientemente, puede ser desprendido de las adherencias que habla contraido con los tejidos circunvecinos, para dar lugar a un nuevo saco i a un nuevo cuello, i ser causa de lo que se designa algunas ve- ces con el nombre de saco de cuellos múltiples, lo que es de una gran importancia tener presente, para no contentarse con el desbridamiento que se haga en el primer obstáculo que se encuentre en la operación de lo que se llama unahernia estran- gulada.—Los dos sacos hemiarios que hemos visto formarse poco ha, llegan muchas veces a adherirse sin comunicarse por el fondo.—Obrando siempre la causa que ha dado lugar a la salida de las visceras, éstas continúan descendiendo por la parte lateral del segundo saco, hasta poner sus anillos casi a un mismo nivel; de modo que, entonces, los dos sacos es- tán colocados el uno junto al otro, i muchas veces el último continúa descendiendo i aumentando de volúmen. En algunas ocasiones, una parte del epíplon o de una cir- cunvolución intestinal, se introduce por el orificio semi-obli- terado del saco antiguo, i los síntomas de estrangulación no se dejan esperar. El cirujano, entonces, necesita de mucha habilidad para ver en qué punto reside la causa que ha puesto en juego la cohorte de síntomas aterradores que acompañan a este accidente. Un error de diagnóstico seria altamente perjudicial. Hai algunos sacos múltiples que deben su formación a un mecanismo distinto del mencionado. Así es que, por ejem- plo, cuando el cuello antiguo no ha permitido el paso a las visceras nuevamente herniadas, ni las adherencias c.m las partes que lo rodean han cedido al impulso trasmitido, el peritoneo se dilata en la misma dirección del antiguo saco, i va a formar uno nuevo a su lado. Ambos concluyen al fin 19 20 por reunirse por sus paredes, teniendo un misino cuello,' Bourdon refiere el caso de una hernia de cuello múltiple, debida a la estrechez misma del cuello (i ésta a la del con- ducto inguinal) en la que el tumor se habla desarrollado en el espesor de las paredes abdominales, por estar casi obli- terado el anillo interno i esterno. Este individuo murió a consecuencia de una estrangulación interna que pasó des- apercibida durante la operación. Los sacos cuyos cuellos han llegado a obliterarse para la reducción sostenida de las visceras herniadas, suelen con- vertirse en quistes serosos.—Otras veces se ha encontrado en estos sacos un pedazo de epíplon que, uniéndose íntima- mente con el cuello, ha obliterado la antigua abertura i ha proporcionado así una curación radical. Las adherencias del cuello al anillo han suscitado justas discusiones. Miéntras que Louis cree que estas adherencias existen siempre, sin escepcion alguna, Ledran i otros no convienen con ese parecer. Hoi dia la ciencia cuenta ccn al- gunos casos de hernias reducidas en masa que han sufrido después una estrangulación interna producida por la cons- tiiccion del cuello del saco reducido. 2.° Cuerpo.—El cuerpo del saco es de un volúmen varia- ble, según la antigüedad i el número de visceras que for- man la hernia. Múltiple en algunos casos, como ya lo hemos dicho, es siempre único por lo jeneral. Se forma por la dis- tensión lenta i sucesiva de la serosa que se alarga en el punto empujado por los órganos. Delgado al principio, por su misma distensión, concluye casi siempre por adquirir mas grosor qne el que tenia primitivamente. La vascularización abundante que en él se opera, determina ese aumento de espesor, hasta el punto de ser doble i triple del resto de la membrana. Pero se concibe que si nuevas visceras salen de la cavidad esplánica en que están alojadas, el saco tendrá que disten- derse hasta un punto que no lo permita su estensibilidad, í 21 entonces se verificará su ruptura. De aquí la existencia Je antiguas hernias sin saco, que permiten conocer el movi- miento peristátáltico de los intestinos, i en parte, también, justificado el nombre de ruptura dado por los antiguos a esta clase de afección. Otras veces el saco se rompe por efecto de una violencia esterior, i las partes herniadas se escapan de su cavidad. En un caso de hernia inguinal, observado por Astley Coo- per, las visceras habian penetrado bajo b piel del escroto, a través de una abertura situada en la parte anterior del saco; i la reducción de la hernia no pudo hacerse sino después de haber conducido los intestinos a su cavidad. Algunos otros casos de estejénero observados por Boyer, Lobstein, De- Lrout, Munaret, etc., deben ponernos sobre aviso cuando se trata de la operación de la hernia estrangulada. De las inflamaciones mas o menos repetidas, que tienen lugar en la afección de que nos ocupamos, resultan exuda - ciones plásticas que forman numerosas adherencias entre las visceras herniadas, la superficie esterna del saco i las partes blandas que la rodean; adherencias que impiden absoluta- mente toda reducción, como lo he observado yo mismo en un caso desgraciado de exónfalo que se presentó, en el hos- pital de San Francisco de Boria, por el mes de octubre de 1860. Se ha creído jeneralmente que todo saco hemiario debe contener una mayor o menor cantidad de líquido en su in- terior. Esta idea que tiene mucha razón de ser bajo el punto de vista teórico, sale fallida en algunas circunstancias escepcionales, i las graves equivocaciones a que ha dado lugar deben hacernos mui precavidos, para no interesar al- gún órgano importante en una operación , como en un caso citado por Roche! Sansón, en el que fué llamado a consulta Dupuytren, cuando ya se había herido el intestino, persis- tiendo aun el operador en ir todavia mas allá hasta en- contrar el supuesto líquido seroso. 22 3. La superficie esterna del saco contrae siempre adhe- rencias, inas o ménos sólidas, con las partes circunvecinas; de modo que todo saco llega a ser irreductible con el tiempo. Las bridas que se forman pueden ser causa de la estrangu- lación de las visceras, cuando rompiendo el saco, van a es- tenderse por debajo del tejido celular o de la facía que lo cu- bre, ántes de este accidente.—Esta superficie está cubierta muchas veces de pelotones adiposos o de quistes serosos que pueden simular un hidrocele en la hernia inguinal, como dice haberlo observado Dupuytren. 4. La superficie interna, lubrificada por una cantidad va- riable de serosidad, es lisa i no se adhiere jeneralmente a las visceras. Pero otras veces la serosidad falta; i resintiéndose esta superficie de las inflamaciones a que está espuesta, suele contraer adherencias celulosas i eélulo-fibrosas con los órganos herniados, por entre las cuales puede insinuarse una pequeña porción del epíplon o de los intestinos e ir a sufrir una verdadera estrangulación. 5. Lorma.—Ella es algo variada por lo que respecta al cuello, pues unas veces es triangular, otras oval i no pocas redondeado, según es la abertura fibrosa que le da paso; pero la del saco es jeneralmente globular. Tomados en con- junto, representan unas veces la figura de un matraz, otras la de una retorta, etc. Cubiertas esteriores del saco.—Mucho se ha discutido sobre el número de hojas fibrosas i celulares que cubren las hernias; pero a pesar de las interminables disputas de algu- nos anatómicos, la cuestión subsiste en pié; porque fuera de que ese número de hojas debe variar según el sitio de la hernia, las inflamacicnes repetidas deben, sin duda alguna, inducir modificaciones que la práctica sanciona no pocas ve- ces. Siendo, pues, imposible examinar las envueltas esterio- res de las hernias bajo un punto de vista jeneral, me limi- taré a decir que las partes circunvecinas se las encuentra muchas veces edematosas. Este edema, que Demaux atribu- 23 ye a una infiltración de la serosidad del saco hemiario, se debe, según Dupuytren, a las tentativas de la taxis; pero, a mi parecer, debe mas bien atribuirse a la dificultad que es- perimenta la circulación, en vista de lo jeneral que es este edema, no solo en toda clase de hernias, sino también en casi todos los tejidos que las rodean. Vísceras herniadas—Las visceras esperimentan, tam_ bien, diversas modificaciones, según su antigüedad. Libres en el interior del saco hemiario cuando recien aparecen, ad- quieren algunas veces, con el tiempo, adherencias mas o menos sólidas, que son un grande inconveniente cuando se trata de reducirlas.—Estrechadas por el cuello del saco her- niario, perturbadas sus funciones circulatorias, i espuestas a inflamaciones por su situación esterna, las visceras hernia- das continúan cada día sufriendo alteraciones. Si el cerebro o el pulmón son los que forman hernia, las cerebrítis i la Pneumonia no tardan mucho en aparecer, i es- ponen a los enfermos a las graves consecuencias de estas enfermedades. Si las hernias son membranosas, fácil esdarse cuenta délos peligros que pueden acarrear; aunque si son las sinoviales las que la forman, el cuello del saco se oblitera i no hai que temer ya su comunicación con la articulación, Pero las que dan lugar a consideraciones mas importan- tes, son sin duda alguna las hernias abdominales, cualquiera que sea la clase a que pertenezcan. Examinemos sumaria- mente algunas de esas particularidades. Por regla jeneral, las visceras herniadas guardan la rela- ción que tenian en el interior del abdomen. Así es que el epíplon se halla siempre delante del intestino. Pero esta dis- posición suele sufrir algunas alteraciones que no dejan de ser importantes bajo el punto de vista práctico. Poco a poco el epíplon puede contraer adherencias con el saco, cubrirse de apéndices adiposos, i los intestinos escaparse por uno de su» lados para ir a presentarse en primera línea. 24 Si el epíplon es el único que ha salido de la cavidad abdo- minal, puede suceder: l.° que se encuentre libre en medio del saco; 2,° que contraiga adherencias. En el primer caso, no tarda en arrastrar otra porción de peritoneo o de los in- testinos; i en el segundo puede convertirse en un cordon du- ro i estendido, que cierre completamente la cavidad del cue- llo i lo oblitere, contribuyendo así a una curación radical i completa de la hernia, tomándose cuando forma una especie de hongo, por un testículo supernumerario, como ya ha su- cedido. Pero otras veces las visceras se insinúan por entre es- tas adherencias, i van a formar un tumor en el que están al- teradas las relaciones de posición, como en el caso que mas arriba acabo de mencionar.—Sobre este mismo epíplon sue- le encontrarse quistes serosos, cuya causa de formación no es tan fácil de esplicar. Arrastrado el epíplon i los intestinos fuera de su situación normal, es natural suponer que el mesenterio sufra una dis- tensión entre su punto de inserción en la columna vertebral i la concavidad del asa intestinal situada al esterior, lo que efectivamente demuestran las disecciones anatómicas. En cuanto a la anatomía patolójica de los intestinos, es de notar el engrosamiento de sus paredes, hasta el punto de producir la obliteración de su cavidad, impidiendo de este modo el libre curso de las materias fecales, como dice haber- lo observado Courtavoz, Mertrud i otros. Conviene saber, también, que la mayor parte de las estrecheces intestinales, ya sean debidas al engrandecimiento de sus paredes o a la compresión producida por los anillos naturales i cuello her- niario, no persisten cuando la hernia ha sido reducida i tra- tada convenientemente. M. Malgaigne se manifiesta reácio (i con justa razón) a admitir esas estrecheces, en forma de anillos, que persisten durante algún tiempo en los intestinos que han sufrido una larga compresión por las aberturas que les han dado paso. Cuando se hace el exámen anatómico de una hernia es- trangulada, los órganos herniados se encuentran friables, edematosos, inñamados i gangrenados siempre. Abertura's que dan paso a las hernias.—Son de dos cla- ses: naturales o accidentales. Estas, como aquéllas, estre- chas al principio, aumentan de estension a medida que nue- vos órganos, o parte de órganos, van a presentarse al este- rior. Si la hernia tiene lugar por alguno de los conductos inguinal o crural, sus orificios cambian de situación i con- cluyen por corresponderse mas directamente, disminuyendo por consiguiente, la distancia que entre ellos existia. El aspecto, la situación i las relaciones de las aberturas, está en relación con la causa que ha producido la enferme- dad. Si la hernia se ha ido formando lentamente, el anillo que la ha dado paso ha tenido tiempo de irse acomodando a las necesidades de ella; lo que ha traido por resultado el debilitamiento de las fibras que lo constituyen, i la relaja- ción de las facias que lo cubren; pero si la causa ha obrado con rapidez, si es un esfuerzo violento el que la ha determi- nado, la abertura que se había dejado sorprender, por decir- lo así, por una invasión repentina, se rehace sobre sí misma, i el contorno del anillo se reduce casi a sus proporcio- nes naturales: de aquí la estagnación sanguínea, de la inflamación consecutiva i la estrangulación, a veces, de las visceras que han cambiado de lugar. En ambos casos, sin- embargo, las visceras pueden volver a entrar en su cavidad; pero se concibe mui bien que en el segundo, las dificultades pe reducción son mucho mayores, i que si se llega a efectuar, le saco quedará como un testigo mudo de la existencia de la afección. Las alteraciones orgánicas de los tejidos aponeuróticos que forman los anillos por donde las visceras se hernian, al- canzan hasta un punto que es difícil determinar. Baste de- cir que su relajación es tanto mas considerable, cuanto mas antigua es la afección i cuanto mas lentamente se ha ido formando. 25 26 ETIOLOJÍA El conocimiento de las causas que da lugar a la afección de que nos ocupamos, es de una grande importancia; pues por su medio alcanzamos a conocer el mecanismo de su for- mación, i obtenemos el conocimiento también de los medios mas apropósito para su reducción i curación. A. Causas predisponentes.—Las examinarémos bajo el punto de vista de la herencia, de la edad, del sexo, de las profesiones, de la constitución i del clima. La herencia tiene una influencia que en la actualidad no puede ponerse en duda. La debilidad de los anillos i de las aberturas de las cavidades, pasa muchas veces de jeneracion en jeneracion. Nanee i Nivet han observado, entre treinta i siete personas que padecian hernias, diez que deben atri- buirse a esta causa. De éstos, cinco habian sido heredadas por parte de padre, tres por parte de madre, i dos por la de los abuelos. Advierten, también, que una gran parte de las mujeres que contestaron negativamente no estaban bien en posesión de los hechos que aseguraban. Edad.—«Si tomando desde luego, dice Malgaigne, el número total de hernias observadas, buscárnosla proporción de las que se presentan el primer año del nacimiento, en- contraremos que es de un 52, por término medio; variable en los sexos, para los niños varones de un 38, para las ni- ñas de un 62. La proporción es mucho mas grande para el sexo femenino en esta edad, que para todas las épocas de la vida tomadas en conjunto: la razón puede darse fácilmente. Se trata aquí, sobre todo, de las hernias inguinales i exén- talos: para la última los dos sexos no tienen razón alguna que los disponga mas aunó que a otro; para las inguinales el canal de Nuck está mas frecuentemente abierto en las ni- ñas que el canal inguinal en los niños; solamente el descenso de los testículos es una causa que predispone mas a éstos las hernias conjénitas. A la edad de uno a dos años, la propor- 27 cion baja mucho; pero mas todavía de los dos a los cinco anos; i veremos mas tarde que esta disminución no está acorde con las-párdidas esperimentadas por la población de esta edad. De quince a treinta años, la disminución conti- núa, poco mas o menos, de igual modo para los dos sexos; i es de notar sobre todo, que la época comprendida entre los ocho i nueve años, suministra el menor número de hernias. Parece que entonces se detienen las hernias de la primera edad i que nuevas causas van a obrar en seguida para produ- cir hernias nuevas. Desde los trece años, sobre todo, el aumento es mayor, i hasta los veinte se nota casi esclusiva- mente sobre el sexo masculino. Pero llegamos a los veinte años; desde ahí hasta los veintiocho, el crecimiento es no- table, pero mas quizás en las mujeres que en los hombres. Entonces es cuando se muestran en las primeras los exénta- los accidentales i las hernias crurales, excesivamente.raras ántes de esta edad, tan raras que por mi parte no he visto todavía mas que un ejemplo. El resultado total de las cifras da a conocer un aumento en las hernias de una cuarta parte en los hombres, i de la mitad en las mujeres. De los veinti ocho a los treinta, las hernias continúan en aumento, i so- bre todo en las mujeres. De treinta a treinta i cinco, las co- sas quedan poco mas o ménos en el mismo estado; el nú- mero de las hernias permanece estacionario; pero entonces ha concluido la segunda juventud, la edad viril comienza, i va a producir a su vez notables resultados. De treinta i cin- co a cuarenta, la progresión numérica asciende, i se debía casi en los dos sexos, i es aun superior a la de los años si- guientes. De cuarenta a cincuenta, en efecto, el número de las hernias disminuye un poco en los hombres, pero queda una marcada predominación en las mujeres.» Es también en la primera edad cuando se observan las hernias que hemos llamado acuosas. Sexo.—Tomando en conjunto las hernias observadas en los dos sexos se ha notado que son mas frecuentes en los 28 hombres que en las mujeres. La proporción, según Nelaton, es de cuatro a uno. Las profesiones tienen una influencia mui notable en la producción de las afecciones hemiarias. Todas las que exi- jen que los individuos esten de pié i hagan grandes esfuer- zos, son las que las producen mas comunmente. Así es que las observamos en los cargadores, los vendedores de fruta i dulces que llevan el canasto aplicado directamente al abdo- men i que dan grandes gritos al mismo tiempo, en los bar- reteros, i también en los que tienen que andar en caballo de trote, etc. Constitución.—Los individuos de talla elevada son mas dispuestos a las hernias que los de una estatura mediana. Malgaigne ha llamado la atención sobre ciertos hombres de vientre aplanado, en quienes los músculos rectos formando una eminencia media, dejan depresiones laterales a I03 la- dos, disposición que, sin duda alguna, predispone a la for- mación de las hernias. Enfermedades anteriores,—Hai ciertas enfermedades que, debilitando las paredes de las cavidades, predisponen a estas afecciones. No podrá ponerse en duda la influencia de las hidropesías, de los tumores abdominales, de la preñez, la falta de desarrollo conjénito i la gordura excesiva en esta clase de enfermedad. Clima.—No conozco observación alguna sobre la influen- cia del clima en la producción de la enfermedad que veni- mos tratando. Sin darle una grande importancia, me pare- ce, sin embargo, que ella debe ser algo mas común en aque- llos paises cálidos í húmedos, en que el temperamento es su- ficiente causa de relajación de los tejidos. Sea esta una idea que pueda ser acojida por los que se ocupan de estadística médica. Entre las causas predisponentes deben comprenderse, a mas déla debilidad parcial de las cubiertas abdominales, la contracción violenta de sus paredes i la acción impulsiva de 29 las visceras, de que nos hemos ocupado ya en el curso de es- te trabajo. B. Causas ocasionales.—Dispuestas ya las aberturas na- turales a dar paso a las visceras, solo falta que un esfuerzo vaya a impelerlas para que cambien de sitio. Un salto, una caida, los esfuerzos para defecar en los sujetos estreñidos, el vómito, los movimientos violentos del parto, un grito, un fuerte tenesmo vesical, son suficientes para que aparezca un tumor hemiario, donde antes nada había. De ciento diez i seis personas afectadas de hernias, que citan Manete i Nivet, doce ignoraban la causa de su enfer- medad; en cuarenta i siete la hernia había sido producida por un esfuerzo considerable e instantáneo; veinte i cinco por conducir fardos de un punto a otro, por serrar madera, etc.; diez por una caida; nueve inmediatamente después de un parto; tres por una caida sobrh el vientre durante la preñez. En dos casos este accidente ocasionó un aborto. Dos veces por los esfuerzos del parto; cuatro por una separación con- siderable de las estremidades inferiores para saltar una ace*- quia; dos veces por fuertes contusiones del abdomen. En los cuatro casos restantes, ha parecido ser la causa determi- nante de la hernia el paso de un cabriolé sobre el vientre, un esfuerzo considerable para gritar en el momento de un susto, cólicos violentos i esfuerzos de vómitos. Inútil me parece decir que la existencia de una considera- ble cantidad de líquido, determina lo que Cruveilhier llama hernias acuosas. ¿Pero cómo esplicar el mecanismo de formación de las hernias dobles? Si la hernia primitiva ha desviado la masa intestinal en el sentido de su dirección ¿cómo es que una se- gunda hernia puede presentarse en el lado opuesto? Imposi- ble me parece contestar a tan justa reflexión, desde el mo- mento que se observa que el receptáculo del lado opuesto está jeneralmente mas dilatado. En el Museo de Dupuytren, en Paris, se encuentran, ba~ 30 jo los números 167 i 168, dos ejemplares de esta especie. El primero es una hernia inguinal interna de ambos lados en un sujeto de sesenta años. El segundo es mas curioso todavía:—es una hernia inguinal esterna a la derecha con su saco en zurrón, i a la izquierda la hernia es doble, la una oblicua, la otra directa. Los dos casos han sido observados por Julio Cloquet (1). SINTOMATOLOJÍA. Las hernias son tumores por lo jeneral indolentes, de forma i volumen variables, situadas principalmente en los puntos próximos a los anillos naturales de las cavidades, sin cambio de color en la piel, blandos i fáciles de redu- cirse. El volumen de ellos varía según la causa que los ha pro- ducido, la abertura por donde se han formado i su anti- güedad. Cuando la causa predisponente ha tenido tiempo de debi- litar en alto grado las aberturas, el tumor es de un volumen enorme muchas veces; pero si apénas ha modificado su re- sistencia, al mismo tiempo que no se forman nunca de re- pente, solo una pequeña parte de los órganos se encuentra en ellos. Se puede entonces notar, aplicando la mano sobre el tumor, la facilidad con que desaparecen, si se hacen al- gunos esfuerzos de reducción, Hai aberturas naturales mas dispuestas a dejar pasar una gran parte de las visceras que otras. Así se vé formarse en el ombligo enormes hernias que contienen casi toda la masa intestinal, i en el anillo inguinal otras que descienden hasta la parte inferior de los muslos. Su volumen depende, también, de la clase de órganos (H En 1866 tuve ocasión de observar una hernia inguinal doble en un sujeto que vive hasta la fecha de esta publicación. En 1861, otro que murió por una enfermedad intercurrcnte. 31 herniados. Si es el pulmón o el cerebro los que forman hernia, se concibe mui bien que jamás podrán ser mui gran- des, deíde el momento que las sólidas ataduras que los unen a su cavidad, su peso específico i sus reducidos movi- mientos de impulsión no se lo permiten. Miéntras que si son los intestinos los que han salido fuera, los tumores se- rán mucho mas voluminosos que los formados por los órga- nos que recien acabo de mencionar, i mas también que los formados por el epíplon. Las hernias acuosas no pueden tampoco adquirir mucha estension, porque concluirían por romper sus cubiertas membranosas, i porque el arte interviene jeneralinente antes que hayan adquirido todo su desarrollo. Las hernias que hemos convenido en llamar membrano- sas, son siempre pequeñas. Las que han logrado ser reducidas i mantenidas en su posición por algún tiempo, son siempre de menores dimen- siones cuando reaparecen; pero no tardan en adquirirlas mayores a medida que el tiempo avanza, o a consecuencia de un esfuerzo violento que rompe los obstáculos que se les presentan. En iguales, o peores circunstancias, se hallan las que han sido operadas, porque dilatado el anillo o aber- tura por el desbridamiento, no tardan en tomar proporciones harto superiores a las que ántes tenían, cuando los enfer- mos, en un momento de olvido o de capricho, abandonan la compresión que las contuviera. Por esto es que el cirujano nunca debe dejar de repetir a los enfermos las terribles con- secuencias que puede traerles ese olvido o ese capricho. Las hernias no tardan en perder algunos de sus caracte- res primitivos. Las modificaciones que esperimentan, son debidas a las inflamaciones a que están espuestas por su si- tuación esterior, por la perturbación circulatoria que los anillos de sus aberturas o el cuello de sus sacos determinan, i por la dificultad de función. La irreductibilidad es el pri- mer signo, i el mas seguro, de esas alteraciones. Fuera de 32 él, la dureza del tumor, el cambio de color en la piel i la sensibilidad. Terminación.—Las bernias pueden curarse espontánea- mente por el estrechamiento progresivo del cuello del saco hemiario; por la adherencia de los órganos a su orificio; por falsas membranas que se depositen en su interior i vayan a formar un verdadero tapón al gollete del saco, i finalmente por depósitos de grasa al rededor de la abertura. Fácil es darse cuenta de cómo todo esto tiene lugar. Las leyes de la inflamación dominan todo ese cuadro, en que la naturaleza remedia uno de sus mismos defectos. La naturaleza cura ca- si siempre a la naturaleza. Desgraciadamente, no podemos contar con semejante ter- minación sino en ocasiones mui escepcionales. Nuevos acoi- pentes vienen, por lo jeneral, a hacer mas temible una en - fermedad que ya lo es demasiado por sí misma. Estos acci- dentes son la inflamación, la estrangulación i el atascamien- to. Este último solo se observa en las hernias abdominales. Las causas de la inflamación son bien manifiestas; i hemos tenido lugar de mencionarlas ya en el curso de este trabajo. Es mas o menos grave según el órgano herniado. La inflamación del cerebro i del pulmón son siempre mui peligrosas, i determinan jeneralinente el fallecimiento del sujeto. La de los intestinos no ofrece tan sérios resultados, por lo común; pero da lugar a síntomas i manifestaciones alarmantes que, en un gran número de casos, han sido to- mados como los signos de un atascamiento o de una simple estrangulación. Malgaigne ha llamado mui seriamente la atención de los patólogos sobre este punto, por las equivo- caciones a que ha dado lugar. Este hábil cirujano admite cuatro grados de inflamación. En el primero, solo se produ- cen adherencias mas ornónos débiles; en el segundo, la her- nia se hace completamente irreducible i se pone algo dura; en el tercero, hai dolor i estreñimiento, i en el cuaito se de- claran los vómitos, el estreñimiento i todos los síntomas pro- 33 píos de la estrangulación i del atascamiento. Se vé, pües, que la inflamación desempeña un papel mas importante de lo que hasta ahora se había creido. Gran parte, quizás, de las hernias q'ue se han supuesto simplemente estranguladas, no tenian otra causa que una inflamación mas o menos aguda, que unas cuantas sanguijuelas, talvez, habrían conseguido dominar. Decir en qué punto la conjestion cesa para que la inflama- ción comience, es imposible determinar. ¿En qué puede diferenciarse una hernia inflamada de otra que sufre una simple estrangulación? Si consideramos que la inflamación desempeña un rol importante en el mecanis- mo de la estrangulación; si nos fijamos en que el aflujo de líquidos, hinchando las visceras herniadas, disminuye re- lativamente la abertura que les ha dado paso, i las ahorca, por decirlo así, la cuestión no es tan fácil de resolver. La inflamación es la mas veces la causa determinante de la estrangulación, como la estrechez es su causa ocasional. Estrechadas las visceras a la altura de los anillos hemiarios, por el aflujo de líquidos i por su aumento de volumen, como ya lo hemos dicho, nada mas fácil, nada mas sencillo que la estrangulación. Pero decir cuándo comienza la estrangu- lación i dónde la inflamación da lugar a aquélla, es una cuestión que debe pasarse por alto, por la imposibilidad de señalar el momento preciso de la transición. M. Malgaigne dice, sin embargo, que en las hernias simplemente inflama- das la consistencia del tumor es menor, el calor de la piel no es notable, ni se manifiesta la pastosidad edematosa ca- racterística de las hernias estranguladas; i sobre todo, dice este autor, si se hunde el dedo en el anillo, puede recono- cerse que no existe ningún lazo que apriete exactamente el pedículo de la hernia. A mi parecer, no debe darse tanta importancia a estos signos, pues a mas de ser difíciles de precisar en la práctica i de determinar hasta qué punto pue- de alterar la inflamación la consistencia del tumor i el calor de la pie), eso do que el dedo pueda reconocer el anillo, co- mo mui bien observa Nelaton, no probaria otra cosa que la estrangulación no se verificaba en ese punto; pero que bien podia tener su asiento en el cuello interno del saco, como muchas veces sucede. Nada mas difícil, pues, que el diagnóstico de la inflama- ción de las hernias, i nada casi mas inseguro. La inflamación puede terminar por resolución; mas algu- nas veces por gangrena i por supuración. Pero estas dos úl- timas terminaciones son mas bien la consecuencia casi preci- sa de las hernias estranguladas, porque es imposible conce- bir que la inflamación pueda llegar hasta ese punto, sin que la estrangulación se manifieste con toda esa cohorte de sín- tomas funestos que le son peculiares. La estrangulación depende de la constricción absoluta o relativa ejercida sobre las visceras herniadas por el cuello del saco o por las aberturas que les dan paso. Cuando nos ocupamos de la anatomía patolójica, hicimos notar la diversidad de partes en que las visceras podían pe- netrar i ser estranguladas. Varias causas pueden darle lu- gar. El aumento de volumen de las partes situadas al este- rior, aumento determinado jeneralmente por la inflamación o la perturbación circulatoria, como ya lo hemos dicho; la retracción consecutiva de los anillos que se habian dejado sorprender en el primer momento de la invasión; la insinua- ción e introducción de los órganos a través de las pequeñas aberturas accidentales, causadas por las alteraciones consi- guientes a la marcha de la enfermedad; el estrechamiento del cuello del saco, determinado por la irritación, i el enrolla- miento de una asa intestinal sobre ¿í misma, tales son las causas que mas jeneralmente producen la estrangulación. Objeto de terror para los enfermos, i de justa preocupa- ción para el médico, la estrangulación es un punto de alta importancia científica, no solo por las consecuencias harto graves que acarrea, cuanto porque pudiendo existir dife- 34 35 rentes alturas, el cirujano que se ha contentado con disipar los primeros obstáculos que se le presentan, descansa mu- chas veces tranquilo sobre los laureles de una gloria no con- quistada todavía, cuando subsiste precisamente la causa que lo ha obligado a decidirse a una operación cruenta.—La pre- cisión matemática de lacirujía no es todavía, por desgracia, un hecho que haya pasado los umbrales de la infalibili- dad. Los síntomas de la estrangulación son siempre mui alar- mantes, i de un carácter verdaderamente grave. Los exami- naremos bajo el punto de vista de las hernias abdominales, que son casi las únicas que las sufren: i como un exámen detenido de ellos, no sienta bien en una descripción jeneral, nos contentaremos con darlos a conocer lijeramente. Cuando una hernia abdominal se estrangula, el tumor se pone tenso, duro, renitente, doloroso, i se hace inmediata- mente irreducible si no lo era. La sensación de tirantez que se siente en el interior del abdomen desde el principio de la enfermedad, continúa en aumento; i luego vienen las náu- seas, los vómitos, i el vientre se pone tenso i meteorizado. El rostro se pone pálido i se cubre de un sudor frió; el pul- so es pequeño i lijero; el abatimiento es considerable, i no tardan en perturbarse las facultades intelectuales. La vida del paciente se encuentra en inminente peligro. Algunas veces (i es por cierto lo mas escepcional), las funciones ventrales (se restablecen, el dolor i el calor dis- minuyen, i todo se reduce a una fuerte tempestad de vera- no. Pero en la mayor parte de los casos, los síntomas con • tinúan tomando mayor cuerpo; el enfermo va perdiendo pro- gresivamente las fuerzas, i el aplanamiento e insensibilidad del tumor, junto con los sudores viscosos, anuncian que la gangrena ha sucedido a la estrangulación con su trabajo destructor. Entonces todas las esperanzas se destruyen, i la cirujía principia a batirse en retirada. Decir con precisión cuándo principia la gangrena en una 36 hernia estrangulada, es también mui difícil, si no imposible en la jeneralidad de los casos. No siempre ia gangrena ha conducido al sepulcro a los pacientes. Ha habido algunos mui felices que han sobrevi- vido a ella. Entonces un trabajo eliminatorio se ha verificado en las visceras estranguladas, i la curación no se ha hecho esperar. Este trabajo eliminatorio, que trae por consecuen- cia la pérdida de esos órganos, produce, cuando ese órga- no es un intestino, un ano preternatural. El atascamiento es puramente una complicación de las hernias abdominales. Su historia debe hacerse, pues, en ellas. 'DIAGNÓSTICO. El diagnóstico de las hernias suele ser difícil a veces, pe- ro si se tienen en consideración los caractéres distintivos de esta enfermedad, que les hemos señalado al hacer su histora sintomatolójica, bien pronto esas dificultades se disipan i la luz penetra en la oscuridad de la duda. Las únicas que pue- den dar lugar a justas vacilaciones, son las hernias antiguas, cuyos antecedentes se ignoran o han pasado algo desaperci- bidas; pero siempre, con un poco de paciencia, i mas que todo con un poco de práctica, se llega a disipar las dudas que pudieran abrigarse, i se obtiene un diagnóstico cierto. Las afecciones con quienes se las puede confundir, son los lipomas, los abscesos conjestivos, los bubones, en una pala- bra, casi todos Jos tumores formados a inmediación de los anillos o aberturas que pueden dar paso a las hernias. PRONÓSTICO, Si bien es cierto que toda hernia es una enfermedad mui grave que trastorna mas o ménos las funciones del órgano u órganos que la forman, i que muchas comprometen la vida de los sujetos que las padecen, hai algunas, con todo, que 37 no pueden considerarse de tanta gravedad, como por ejem- plo, las hernias simples i reducibles del epíplon. Sin embar- go, poco, a'¡poco, esas mismas hernias reducibles, que no infundian temor alguno al principio, llegan a producir gra- ves accidentes cuando se las descuida. La gravedad de una hernia se gradúa por la clase del ór- gano herniado i por sus complicaciones. Se concibe mui bien que las hernias del pulmón i del cerebro, no pueden menos que acarrear resultados mui fatales; mientras que si única- mente se trata délas de los intestinos o del epíplon, las con- secuencias no serán, por lo jeneral, tan temibles, sise atien- de a los medios contentivos que el arte posee. La estrangulación, la inflamación i el atascamiento, son accidentes que ponen en inminente peligro la vida de los enfermos. Estas complicaciones son jeneralmente mortales, sobre todo la estrangulación. TRATAMIENTO. El tratamiento de las hernias es simplemente quirúrjico. Se divide en paliativo i curativo. El tratamiento paliativo consiste en reducir la hernia, mantenerla reducida, i oponerse así a los accidentes a que pu- diera dar lugar. Esta reducción se efectúa a beneficio de una operación que se llama taxis, cuyas reglas pueden reasumir- se en las siguientes: 1. a En poner las partes en la mayor relajación posible; 2. a En colocar al enfermo en una posición en declive res- pecto al tumor; 3. a En dirijir los esfuerzos de reducción en la dirección de las aberturas o conductos, ya naturales, ya accidentales, que han dado paso a las visceras. 4. a En reducir primeramente los órganos que han salido último. Para mantener a las visceras en su posición normal, cuan- 38 do hemos logrado reducirlas, se usan vendajes que varían según el sitio i los órganos que forman el tumor hemiario. A los vendajes elásticos, se les conoce con el nombre de bragueros. Si la inflamación ha venido a complicar el proceso patoló- jico de que es teatro el paciente, un tratamiento antiflojísti- co convendría para hacerla desaparecer. Si es la estrangulación, el único recurso de que podemos valernos, es ir a dilatar el contorno de la abertura estre- chada. El tratamiento curativo o radical, varía según la clase de hernia; por ese motivo me parece que no es este el lugar en que debe ser estudiado. ENFERMEDADES QUE MAS ATACAN AL SOLDADO EN CHILE, SUS CAUSAS I PROFILAXIS. El ejército es lo que lo hacen ser el reclutamiento i eu jénero de vida. Levy. En e! estado actual del servicio de sanidad del ejército en Chile, el estudio perfectamente escrupuloso i fundado de la presente tesis llega a ser de mui difícil realización. La estadística hospitalaria aun no está establecida; i las medidas que actualmente se toman para principiar a arre- glarla, tienen que estrellarse con mil inconvenientes que so- lo el trascurso de algunos anos i una modificación profunda en el servicio podrán allanar. Por la carencia de facultativos mas o ménos competentes, i por la exigüidad de la recompensa, nuestros batallones no tienen cirujanos; i las [dazas donde existen guarniciones, el cuidado de los enfermos es entregado a individuos sin mas título de suficiencia que el que ellos mismos se dan o el que sin estadios competentes, han adquirido en una mala prác- tica. Esto es lo que ordinariamente sucede, salvo una que otra escepcion. Por eso se nos dispensará si en el curso de este trabajo nos permitimos hacer afirmaciones i exhibir datos que nos sean personales, cosas a que pudiéramos tener derecho por el roce constante que hemos tenido con el ejército aun des- de ántes que tuviéramos una personalidad científica. 40 Previos estos antecedentes, entremos.en el estudio délas enfermedades que mas comunmente atacan al [soldado en Chile. I. Al ocuparnos de esta materia, son los datos estadísticos los que únicamente pueden hablar con la elocuencia de los números,—Vamos a dar a continuación los únicos i pobres cuadros que nos liemos podido proporcionar dignos de algún crédito.—Aunque ellos sean escasos, hablan bastante alto i tienen una significación bastante jeneral i mui exacta para el que alguna vez se ha ocupado del tratamiento de las en- fermedades del soldado. CUADRO que manifiesta el movimiento del hospital mili- tar de San Borja durante los meses de noviembre i di- ciembre de 1866. ENFERMEDADES. 03 O p -—< Zi tn a OQ C wi O O «í M na O 4 « 25 aL < 3 S a « sq O e¡ ‘ o 27 a y ó i: J J S O — c 2¿ 23 •< ◄ sí E OQ ¡3 3 a s OQ ft- w Q O J H O H O > i- k é-< 5 s. ca •< VD H H Muertos el año 1865 5 7 2 3 3 8 3 i 1 28 1225 Id. en 1866.. 5 6 8 6 4 1 1 1 2 35 1330 Id. desde el l.° de enero basta el 31 de mayo de 1 438 1867 - 2 2 1 5 2 1 13 Suma total.. 12 15 2 11 10 7 9 i 1 4 1 1 2 76 2993 (1) El hospital militar de San Borja se cerró en 1872. fundó a mediados del año 1860 i se 62 Completaremos aun este cuadro (2) diciendo que de 1,158 enfermos admitidos en el mismo hospital en el año 1860, fa- llecieron 25; en 1861, 27 sobre 974; 23 sobre 1,158 en 1862; 41 sobre 851 en 1863 i solamente 12 sobre 1,324 en 1864. Lo que da un total, en el espacio de siete anos (3), de 207 muertos sobre un total de 8,435 enfermos; o sea un 2,45 por ciento; cifra por cierto no mui desconsoladora, aunque algo mayor que la de la Inglaterra i de la Francia (4). ¿Pero seria posible disminuir esta mortalidad? Indudablemente que sí; i en una cifra harto considerable- El mayor número de defunciones que tienen lugar entre los soldados, proviene de que la gangrena o podredumbre de hospital invádelas soluciones de continuidad, hasta hacer- lo perecer, ya por el agotamiento de las fuerzas consecuti- vas a una supuración abundante, ya porque este mismo de- bilitamiento pone en fuego diátesis latentes hasta entonces, o ya en fin por una fiebre de reabsorción purulenta. Si logra- mos impedir la aparición de este fermento matador (lo que no es difícil) la mortalidad del soldado decrecería en una pro- porción tal, que llegaríamos a ponernos por este solo hecho a la altura de los paises mas adelantados i de los climas mas benignos. (2) Este cuadro resulta con todas las imperfecciones que se cometen ordi- nariamente por los individuos encargados de llevar el movimiento estadísti- co, a pesar de que nosotros mismos nos hemos ofrecido en varias ocasiones para correjirlos i modificarlos. <3) El mal arreglo de los libros del establecimiento nos ha impedido unir estos datos a los primeros en el modo i forma en que los hemos arreglado. (4) La mortalidad de la tropa en Inglaterra es de un 17 por 1,000 i de un 12 por 1,000 entre los oficiales. En Francia es de un 22 en los primeros i de un 10 en los segundos. Resulta de una memoria de Mr. Balfour, de que se dio cuenta en la Acade- mia de Ciencias el 14 de setiembre de 1816, que la mortalidad de los soldados en las diferentes posesiones del Reino Unido de la Gran Bretaña, era de un 20 por 1,000 en el Canadá; de un 22 en Jibraltar; de un 28 en las islas Jónicas; de un 35 en Santa Helena; de un 55 en Bombay; de un 57 en Ceylan; de un 65 en Bengala; de un 143 en Jamaica; de un 200 en Panamá; i en ia estación de Sierra Leona, que ha sido abandonada, llegó a ser de 480 por 1,000; pesos termi- no medio, no es mas que de 42 por 1,000 entre los trópicos. Las tropas indíge- nas de la India no tienen mas mortalidad que la de un 15 por 1,000; pero si se las traslada, su mortalidad acrece proporción alíñente, i llega a ser- de 32 & 36 si se las conduce a Ceylan. 63 Casi todos los enfermos que aparecen en el precedente cuadro, muertos a consecuencia de afecciones venéreas, de bubones o heridas, deben su fatal terminación nada mas que a esa causa, nada mas que a ese azote; es decir, 24 sobre 76 defunciones han sido ocasionadas por la gangrena. Si la indiferencia o la mala voluntad de algunos no hubiera opuesto hasta ahora una resistencia inconsiderada a las re- formas i a las medidas que en tales casos deben adoptarse, mui distinto habría sido el resultado de nuestras observacio- nes, mucho mas consolador el cuadro que hubiéramos bos- quejado, i no insignificante el número de brazos que se hu- biera salvado. II. Hai pocas profesiones que como la militar predisponga mas a las enfermedades i a las defunciones. La vida del soldado es i debe ser por la naturaleza de sus ocupaciones, una vida llena de ajitaciones i llena de zo- zobra. El soldado no tiene mas hogar que su cuartel ni mas es- tabilidad que la voluntad de los gobiernos o la que crea las necesidades del servicio, i aun pudiéramos decir también las de moralidad i la de subordinación militar. Si hoi duerme con comodidad, abrigado por el fuego; si hoi come con placer i con descanso, si hoi no turba su tranquili- dad mas que la voz de mando de sus jefes en el ejercicio, mañana no tendrá un lecho en que reponerse de la fatiga, ni una comida que fortifique suficientemente su estómago, ni un momento quizás de descanso. A la vida del cuartel habrá sucedido ia vida del campamento, a la guardia tranquila del reten habrá sucedido la del centinela al frente del enemigo; No es esto solo. Hoi una compañía, un batallón, un Teji- miento se encuentra cubriendo una guarnición en una pro- vincia de una temperatura suave, donde las transiciones at- 64 mosféricas apenas se notan, i mañana o pasado va a cubrir otra guarnición en una provincia de temperatura fria, des- templada i lluviosa. Agréguese a todas estas causas el poco cuidado que se pone en el reclutamiento, a la infinidad de individuos que se enrolan en el ejército padeciendo de enfermedades crónicas o teniendo una constitución mui poco apropiada para esta clase de vida, i se comprenderá el por qué las enfermedades diezman no solo aquí en Chile sino también en todos lospai- ses del mundo a los que abrazan la profesión militar. Por esto ha dicho con mui justa razón Levy que el ejérci- to es lo que lo hacen ser el reclutamiento i su jénero de vida. Enrolad en el ejército solo a aquellos individuos jóvenes, de buena constitución, de regular moralidad; dad al soldado buenas habitaciones; proporcionadle un buen lecho i una co- mida reparadora; hacedle hacer un ejercicio proporcionado a sus fuerzas i al temperamento del pais; no lo fatiguéis con vanos movimientos i forzadas marchas sin objeto útil i sin necesidad reconocida; dadle ademas una regular asistencia médica; enseñadle a respetarse i amar la instrucción; pro- porcionadle una educación si mas no se puede rudimental, i habréis disminuido sus enfermedades, hecho menor su mor- talidad i formado dignos ciudadanos de un pais civilizado. Cuidado físico i cultivo moral: he aquí dos necesidades imprescindibles una de otra; dos entidades solidarias, cuya esnresion ha formulado D;derot cuando dijo que toda cues- tión de moralidad es una cuestión de hijiene. Está en el deber de los gobiernos, como también está en su conveniencia, atender en cuanto le sea posible al mejora- miento de la profesión militar. Esto le proporcionará al mis- mo tiempo que un ejército activo, decidido, arrogante, com- puesto desoldados sanos i robustos, aptos siempre para to- dos los trabajos, dispuestos para todas las fatigas, un menor gasto en las estadías de hospital i una disminución en el personal, por cuanto los soldados atacados de enfermedades 65 largas o crónicas pueden mui bien considerarse como plazas ficticias en el ejército. Vamos ahora a ocuparnos de de las causas mas reconoci- damente manifiestas que producen entre nosotros las bajas numerosas que observamos en la tropa i cuyas enfermedades hemos recorrido a la lijera en las precedentes pajinas. Estas causas pueden referirse, según el resultado de nues- tras meditaciones, i según se desprende también de lo que ya hemos dicho en la primera parte de este trabajo, casi esclusivamente al reclutamiento, a la clase de habitaciones, al jénero de vida, a la asistencia médica i a la falta de ins- truccbm i moralidad. Hasta ahora las únicas disposiciones subsistentes para el reclutamiento del ejército en tiempo de paz, son las mismas contenidas en el proyecto de código militar presentado por el Supremo Gobierno al Congreso Nacional con fecha 3 de ju- lio del presente año, i que se contienen en los artículos si- guientes del título: «Art. 2.° En tiempo de paz el ejército se recluta entre hombres voluntarios que llenen las condiciones siguientes: «1 ,a Ser mayores de diez i seis años i menores de cuarenta; «2.a Tener una talla que no baje de un metro cincuenta i seis centímetros; «3.a Poseer una constitución robusta i excenta de enfer- medades Crónicas o de deformidades físicas; «4.a Empeñarse a servir en el ejército por cinco años, a lo menos, «Art. 3.° Podrá admitirse en clase de tambores, trom- petas, o músicos, muchachos que habiendo cumplido diez años de edad, se ofrecieren espontáneamente a servir. «El tiempo que estos muchachos se obligaren a servir, no podrá exceder del término de ocho años. Tampoco podrá com- pelérseles a prestar el servicio de soldados, antes de haber cumplido diez i seis años de edad, sin que proceda nuevo con venio. 66 «Alt. 5.c Al incorporarse en un cuerpo del ejército, cada recluta tiene opcion a recibir de fondos fiscales, i sin cargo alguno, una paga íntegra, cuya entrega, si tuviere lugar, se hará constar en la filiación respectiva (5) » En tiempo de guerra, el servicio militar, según el proyec- to de código militar que hemos citado, es obligatorio para todos los chilenos solteros o viudos sin hijos, de diez i ocho a cuarenta años de edad, que no tengan los impedimentos que establece el tercer considerando del artículo 2.° La tuerza a que se elevare el ejército, será integrada por reclutas que deberán suministrar todas las provincias de la República en la proporción correspondiente al número de sus habitantes. Estos reclutas se sacarán a la suerte entre los individuos avecindados en cada localidad. Para la formación de la lista de inscripción en que deben anotarse los individuos obligados a formar parte de lo que llamaremos la reserva pasiva, se fijan largos procedimientos que nos creemos escusados de enumerar. Llegado el caso de declararse la República en estado de guerra, fijada la fuerza a que debe elevarse el ejército, el Presidente ordenará que se proceda al llamamiento que de- be completar esa fuerza, determinando al mismo tiempo el número de reclutas que corresponden a cada provincia. Los Intendentes en las diversas gubernaturas de su pro- vincia, i los Gobernadores en sus respectivas subdelegacio- nes, harán en menor escala la distribución mandada hacer por el Presidente de la República., siendo llamados al servi- cio los reclutas según el orden numérico que les hubiere ca- bido en suerte. (o) Por lei promulgada el 1.° de octubre de 1859, se concede en la actuali- dad ese mismo permiso a todo individuo desde la clase de soldado hasta la de sárjente inclusive, modificando con esta disposición lo determinado en el in- ciso i.9, artículo 1,° título V de la Ordenanza Jeneral del Ejército, 67 Todo recluta tiene el derecho de hacerse reemplazar. Ta- jes son las disposiciones que desde el l.° de enero de 1869 principiarán probablemente a observarse en la República, en lo que respecta al reclutamiento en tiempo de guerra(6). Hasta ahora no existia ninguna regla- que determinara esta clase de servicio. Cuando el pais se hallaba amenazado por alguna revolución interior o por alguna guerra estranjera, el enganche de tropa se hacia, ya pagando una fuerte prima a los reclutas, ya recojiendo a todos los vagos de profesión que pululaban en las pulperías o sacando de la cárcel a los presidarios para hacerlos tomar un fusil o un sable. Comprendemos que el enganche voluntario satisface per- leramente las necesidades de reemplazo de nuestro pequeño ejército, i que tal medida se encuentra en perfecta armonía con las instituciones de un pais republicano; pero lo que no comprendemos es la desidia con que hasta aquí se ha proce- dido para el reconocimiento profesional de esos mismo vo- luntarios. Hemos visto por esta causa muchos soldados inú- tiles que se eternizan en los hospitales o a quienes hai ne- cesidad de licenciar al poco tiempo de haber ingresado en tas filas del ejército. Este hecho se repita con tanta frecuen- cia, que en un solo batallón, organizado a tiñes del año 1865 en Santiago, hemos tenido que dar como treinta certificados de inutilidad en el solo espacio de un mes, i a individuos que hacia pocos dias habian sido enganchados. Hipertrofias del corazón, úlceras crónicas de las piernas, tumores escrofulosos, epilepsia, hernias, tales son las prin- cipales afecciones que hemos encontrado en esa clase de jente. Bajo el punto de vista de estos inconvenientes, es indis- pensable que a nadie se deje sentar plaza sin que prévia- (6) Por circunstancias que no e3 del caso indicar, la aprobación del nuevo proyecto de Codigo militar, no se ha efectuado hasta el presente, a-pesar de lo urjente que es su promulgación. 68 mente haya sido reconocido por el cirujano de la guarnición en que se verifique el enganche Hemos hecho observar ya en la primera parte de este tra- bajo, que los músicos i los cornetas son con frecuencia ata- cados por afecciones crónicas del pecho, predisponiéndolos a la tisis i a la deformación en la cavidad torácica; i que tan- to mas joven el individuo, tanto mas serias eran estas enfer- medades. Las disposiciones subsistentes i las que en ade- lante también se seguirán observando, según se ve por los artículos del proyecto ya citado, contribuyen i contribui- rán indudablemente a la persistencia de este mal. ¿Son acaso menores las probabilidades de enfermedad en los músicos que en los soldados? ¿Acaso por no montar la guardia la profesión del músico es ménos penosa que la de aquél? Considérese que la acción i ajitacion constante, que el fatigamiento forzado de los órganos respiratorios, no pue- de ser sino mui perjudicial a la salud. Los pulmones no se robustecen como las piernas de los bailarines ni como los bra- zos de los pujilistas. Los órganos delicados- i poco consisten- tes de un impúber, se resentirán siempre de toda fatiga i el exceso de ejercicio impedirá también su completo desarro- llo. Por esto estamos mui léjos de convenir coa la costum- bre de admitir a muchachos de corta edad para el servicio de trompetas i de músicos. Dejemos que los años hayan he- cho consistentes sus órganos, que un ejercicio proporcionado i gradual los haya fortalecido, i nada entonces se opondrá para que se dediquen a una ocupación cualquiera. I ténga- se presente que el trabajo de los primeros años es todavía mayor que en los últimos por las necesidades del aprendiza- je i del estudio. Por estas mismas o idénticas consideraciones somos mui opuestos a que la carrera militar se principie desde mui joven. La lei fija la edad de diez i seis anos para el empeño vo- luntario i la de diez i ocho para el reclutamiento en tiempo 69 de guerra. Esto tiene sus inconvenientes. Si bien el valor íisiolójico de la edad no puede ser el mismo en toda la laja de terreno que comprende la República, con climas i tem- peraturas diferentes, ni tampoco el desarrollo es igual para todos, pues hai quienes lo adquieren mas temprano, como hai otros que no lo obtienen hasta después, hai necesidad de adoptar, sin embargo, un término medio que concibe el interes del pais i el de los ciudadanos. Este término no de- bería bajar, según nuestro modo de ver, de/veinte años, a lo menos, época en que por lo jeneral, comienza a cimentarse el desarrollo i consistencia ñsiolójica. Los llamamientos pre- maturos, dice con justa razón Levy, han tenido sieatpre fu- nestas consecuencias; testigo de ello es la campaña de estío de 1809, en la que el ejército, compuesto en su mitad de soldados de veinte años de edad, sembró su camino de en- fermos hasta Yiena. La vida activa de la milicia, los ejercicios forzados, las frecuentes veladas, las guardias repetidas, todo esto enfer- ma al soldado; i si para llenar estas obligaciones i para ha- cer todo este servicio, se elijieran individuos de una edad juvenil i sin consistencia suficiente en su organización, ve- ríamos en poco tiempo a los cuarteles convirtiéndose en hos- pitales. Nada diremos sobre la talla que se exije a los reclutas, no solo porque ella no puede ser mas moderada, cuanto porque entre nosotros no existen las causas que en algunos otros paises han dado lugar a controversias mas o ménos funda- das, Solo nos permitiremos observar que no siempre la altu- ra está en relación directa con la salud ni con la resistencia. No podrá ser admitido como recluta, dicela lei, nadie que no posea una constitución robusta i excenta de enfermeda- des crónicas o de deformidades físicas; pero hasta ahora no existe, no tenemos una disposición que determíne fijamente las causas o enfermedades que escluyen o eximen del servi- cio. Un reglamento de esta naturaleza es una necesidad que 70 se hac£ sentir desde tiempo atras para fijar la conducta de los cirujanos militares i para que sirva de base a sus proce- dimientos. Ello contribuirá igualmente a la satisfacción de los que solicitan ser eximidos i a la de los jefes de los cuerpos, Somos partidarios del reclutamiento por la suerte, en el modo i forma que espone el nuevo código militar, i por eso nada tenemos que observar. Como una necesidad imprescindible en el estado actual de las sociedades, casi como un medio de estabilidad en la mar- cha de los negocios i de los intereses jenerales, aceptamos la sostitucion en el servicio, por mas que el espíritu de la lei sea el de hacer del servicio militar una deuda esclusivamen- te personal. Enrolado en el ejército, el recluta marcha al cuartel a lle- var la vida ajitada del soldado. Hé aquí la distribución del tiempo en el réjimen interior de los cuerpos de línea que existen en esta guarnición: En todos los «cuerpos se toca la diana al amanecer, i !a retrepa a las ocho de la noche desde el 15 de abril hasta el 15 de octubre i a las nueve en lo restante del año. El solda- do goza de lumbre durante seis meses. En el dia, se ocupa la tropa que no está de servicio en asearse i hacer ejercicio de su arma desde que se levanta hasta las :liez del dia, hora en que sale franca a almorzar El ejercicio dura siempre mas de dos horas, con pequeñas interrupciones. Jeneralmente a la una, í amas tardar a las dos de la tar- de, se toca llamada, a cuyo toque vuelve toda la tropa que habia salido, i se entretiene, en algunos cuarteles, enseñán- doseles vatios ramos de instrucción elemental i en hacer nuevamente ejercicios de su arma hasta que dan las cinco. 71 A esta hora vuelven a salir los que están francos, para reco» jerse a la hora de la retreta. El servicio que se hace en los cuerpos de caballería es ca- si en el mismo orden antedicho, con la sola diferencia de que ademas del ejercicio de su arma, se ocupan del cuidado de sus caballos. Una parte de éstos se suele conservar en el cuartel í la otra en caballerizas independientes i distantes del edificio principal. Estas caballerizas son siempre húmedas i llenas de barro en el invierno. Los artilleros tienen poco mas o menos las mismas ocupa- ciones del soldado de caballería. Por lo que respecta al servicio jeneral que hacen todos los cuerpos en los diferentes puntos en que se encuentran desta- cados o en guarnición, todo él se reduce casi esclusivamente a cubrir guardias i a formar en los dias de parada en épo- cas de paz. En Santiago, la tropa cubre la del presidio, hos- pitales, cárcel, penitenciaria, palacio de la Moneda i la de sus respectivos cuarteles. De modo que solo está franca dia por medio; i solo en raras ocasiones tiene dos uias de des- canso. Durante las veinte i cuatro horas que dura una guardia, el soldado no puede quitarse ninguna prenda de su vestua- rio ni de su armamento; la centinela le toca con frecuencia i tiene que hacerla a toda intemperie; su sueno es frecuente- mente interrumpido, teniendo que salir a cada momento al aire; su alojamiento siempre malo, i tiene la costumbre de encender carbón en el mismo cuerpo de guardia, sin esperar que el protóxido de carbón haya sido agotado por la com - bustion. La vida al parecer reposada i tranquila de guarnición no tiene, como se puede notar, muchos lados alegres ni tampoco mucho de hijiénico. Si bien no consideramos excesivo el trabajo del soldado por lo que toca al aprendizaje i ejercicio de su arma, no por eso dejaremos de hacer una observación que tiene una iin- 72 portancia bien manifiesta para la salud: el ejercicio de la tar- de se hace a las mismas horas en invierno que en verano. A la verdad que en aquella estación nada tiene eso de desfa- vorable, antes bien consulta todas las conveniencias del tiem- po i llena hasta se puede decir una necesidad hijiénica; pero no sucede lo mismo en la estación mas calorosa del año. A esa hora el calor es insoportable, los rayos del sol caen como una braza de fuego sobre el cuerpo del soldado, enervándole las fuerzas i haciéndole fatigarse hasta el cansancio. Estas prolongadas insolaciones, unidas al trabajo, no pueden me- nos de serle considerablemente perjudiciales. Agregúese a a esto que el soldado, tan pronto como ha concluido su ejer- cicio, con el cuerpo caliente, con la respiración ajitada, va a apagar su sed bebiendo inmediatamente un vaso de agua fresca o va a libertarse del calor, exponiéndose a una fuerte corriente de aire. El resultado de estas fatigas i de estas trasgresiones hijiénicas, son las fiebres, las erisipelas, las bronquitis i las pleuresías. Cuando uno desciende a estudiar minuciosamente el ser- vicio i la vida de los individuos de tropa, admírase de ver las repetidas malas noches que tienen que pasar por la fre- cuencia de las guardias. Entre nosotros, el soldado monta guardia dia por medio, fuera de las paradas, de las patru- llas, de las comisiones i de otros servicios en los dias que deberia estar franco. Qué! ¿el soldado no necesita acaso dor- mir con tranquilidad, libre de su trabajo i de sus arreos mili- tares? ¿No necesita descanso? La obligación de mantenerse durante veinte i cuatro ho- ras armado de punta en blanco; la centinela que tiene que hacer a toda intemperie; las transiciones del calor al frió, todo esto es la causa de los frecuentes reumatismos, de las bronquitis i de las pulmonías. Considérese ademas del hacinamiento en que se encuen- tran los dias de guardia, por ser reducidas las piezas que se les destinan, considérese ademas, decimos, la obligación que 73 ios soldados de caballería tienen de limpiar su caballo i de baldear las pesebreras, mojándose así casi todos los dias, i a nadie estrañará lo frecuentes que son entre ellos las en- fermedades que acabamos de apuntar. No se puede vivir mucho con esa vida de insomnios, da veladas, de esposiciones al aire en las altas horas de la no- che, de ejercicio constante, de subordinación permanente, con esa vida siempre activa, llena de ajitaciones i de priva- ciones, sin sentirse bien pronto influenciado por las enferme- dades, sin esperimentar las consecuencias de esas causas, A tales causas tales efectos. Solo uno que otro de los cuarteles en que se aloja la tropa ha sido construido espresamente con ese objeto. Los demás han sido tomados accidentalmente, perpetuándose en ellos, ya por la costumbre, ya a falta de mejor alojamiento. Por eso no es estrano que muchos de ellos no satisfagan no solo las prescripciones hijiénicas ni aun las necesidades del servi- cio. Cuadras estrechas, bajas, no siempre bien aireadas, patios pequeños para la instrucción, mala distribución en el edificio, tales son sus principales defectos. En el cuartel de cazadores a caballo, uno de los mejores edificios de este jénero por su aspecto, las emanaciones de las caballerizas pasan a los dormitorios de la tropa, colocados inmediatamente arriba, por el intersticio del tablado que sir- ve de pavimento al segundo cuerpo del edificio. Por esto podrá calcularse el estado de los demas cuarteles (7). No la capacidad cúbica, sino la estension en superficie, es ja que guia en la actualidad a la distribución del número de hombres que debe alojarse en cada cuadra. Ni un solo ven- (7) Posteriormente se ha puesto remedio a esto. 74 tilador, n¡ un solo aparato de calefacción, se encuentra en alguna de ellas. El clásico bracero, encendido casi siempre en medio de las habitaciones, es.el único recurso que el sol- dado tiene en medio de los hielos del invierno para desentu- mecer sus miembros. Un simple tablado de madera, que presenta un lijero de- clive, sirve de catre al soldado. Aquí se aprupan i se estre- chan para librarse del frió, puesto que los únicos útiles de cama que posee son uno que otro cuero o alguna manta o frazada. Los colchones son una escepoion. Si se piensa que el agrupamiento inconsiderado de jente predispone a graves enfermedades; si se tiene presente que según las esperiencias de Andral i Gavret, un hombre ne- cesita para la respiración, i por hora, un metro cúbica de aire; que para reducir el ácido carbónico exhalado por la res- piración a dos por mil, es preciso por hombre i por hora on- ce metros cúbicos de aire; que para evaporar los treinta i un gramos de traspiración pulmonar suministrada por término medio en una hora, se necesitan tres metros cúbicos, cien litros de aire, i para los sesenta gramos de traspiración cu- tánea seis metros cúbicos de aire por hora a diez i seis gra- dos, lo que hace un total de veintiún metros cúbicos de aire i seis grados por hombre i por hora; si se recuerda la esca- sez de cubiertas de cama, el desprendimiento del óxido de carbono i del ácido carbónico producido por la costumbre de encender carbón en las mismas habitaciones, las faltas a la moralidad que pueden cometerse coi motivo de las aproxi- maciones, faltas que desgraciadamente hemos tenido ocasión de observar, entre jente que no toda puede ser un ejemplo de severidad en las costumbres; si no se olvida la carencia de chimeneas i de ventiladores, nada de estraíío parecerá que el número de enfermos se eleve en la tropa a la propor- ción de un 9 i aun de un 10 por ciento. Nada mas anti-hijiénico que los tablados para dormir. Descansando el cuerpo sobre un plano duro, la circulación 75 periférica de los puntos comprimidos no puede hacerse sino con dificultad, los miembros quedan adoloridos i el reposo sé hace ficticio para algunos órganos. No necesitando desnu- darse, el soldado se acuesta con la ropa mojada, i se agrupa i se reúne a sus compañeros para buscar una temperatura i un calor vivificantes: no busca, antes olvida, la limpieza en las cobijas. Durmiendo así agrupado, se destapa i va a buscar de otro modo el calor que le hace falta. De aquí los reumatismos; de aquí las fiebres de mal carácter; de aquí las enfermedades contajiosas. La mala distribución, el poco aseo de las oficinas interio- res i la humedad de algunos salones, contribuyen igual i manifiestamente a alterar la salud de los individuos de tropa. Creemos innecesario ocuparnos de lo poco adecuados que son a la salud los correajes i algunos otros arreos militares, por cuanto si es verdad que no están excentos de inconvenien- tes, han llegado a ser de una necesidad hasta cierto punto imprescindible. Pero no pasaremos por alto el poco cuidado que se ha tenido i se tiene en arreglar el traje de la tropa a las diferentes estaciones. Hemos visto batallones que car- gaban en verano una ropa gruesa, i en invierno hemos visto a otros vestidos de pantalón blanco i de simple chaqueta. Fe- lizmente tal descuido no se ha hecho sentir en los rejimieti- tos de caballería. Con la simple enunciación de la falta que apuntamos, se colije lo espuesto que habrá estado el soldado a sufrir todas las enfermedades que los cambios de estación traen consigo. Por eso es que durante el invierno del año pasado, i aun en el que estamos, las bronquitis, las pneumonías i los reuma- tismos han estado a la orden del dia. Fs necesario no reagravar la mala condición de la vida 76 militar con descuidos i con faltas que son difíciles de re- mediar. Casi todos los soldados que fueron atacados de viruela durante la epidemia de 1865 i 66, no habian sido vacuna- dos: ninguno revacunado. Esta enfermedad, que se ibajene- ralizando con una asombrosa rapidez, solo pudo ser conteni- da mandando a instancias nuestras vacunadores a todos los cuarteles para vacunar a los que no lo estaban i revacunar a los que lo habian sido. El descuido del soldado en esta materia es siempre mui grande: nunca se ve un ejemplo en que se solicite este pre- servativo. Convendría por esto no admitir en los cuerpos a ningún recluta que no fuera vacunado o a quien no se vacu- nare inmediatamente después de la admisión. Con esta me- dida disminuirían los frecuentes casos de viruela que se ob- servan a la entrada del invierno. El desorden mas completo preside a,la comida del solda- do. Sobre esto nada hai establecido. Miéntras que en el Rejimiento de Cazadores a caballo se le nombra, por el sarjento de la compañía, a cada grupo de quince soldados una cocinera que recibe el socorro mensual de cuatro pesos que se proporciona por cabeza para la satis- facción de esta necesidad, en los demas cuerpos de línea es- te socorro se entrega al soldado para que haga de él el uso que mas le convenga. Todo esto no puede menos que ser mui perjudicial. No teniendo hora fija para comer, i siendo los mas desordenados apetitos los que forman su gusto, el soldado emplea siempre mal su dinero. Busca ántes que un alimento nutritivo i re- parador de sus fuerzas, ántes que un alimento sano i de fá- cil dijestion, cosas indijestas o alguna fruslería: jenerahnen- 77 te queso, chancho arrollado i pan en invierno, una sandía o cualquiera, otra fruta en verano. Con este desorden, con esta falta de método i de arreglo, a mas de obligar al soldado a tener un gasto mas crecido en su alimentación, se debilita i se enferma. No es así como puede reparar sus fuerzas un individuo sujeto a vijilias i a trabajos fatigosos, que requieren una resistencia orgánica mui superior. La reparación no se encuentra entonces a la altura de las pérdidas; i la naturaleza principia a debilitarse i a predisponerse a enfermedades mas o ménos pleigrosas i casi siempre largas. ¿Qué otra causa que los desarreglos en la comida es la que preside a las indijestiones, a los cólicos, a las enferme- dades del hígado, a las disenterias, a los embarazos gástri- cos que observamos en los soldados dia a dia? ¿Qué otra causa también mas poderosa puede contribuir a la disposi- ción del vicio escrofuloso i a la alteración humoral de su or- ganismo! Otra de las causas que poderosamente contribuyen a predisponer al soldado a las enfermedades, es el uso inmo- derado de licores alcohólicos. Se sabe que los bebedores son mas que todos atacados por las epidemias i por las afeccio- nes tifoideas, i que entre nosotros el abuso en esta materia enjendra las enfermedades del hígado, fuera de que no siem- pre tarda mucho en aparecer el delinum tremens, £1 soldado chileno, es, se puede decir mui bien, bebedor por tradición i por costumbre. La facilidad que tiene de pro- porcionarse a bajo precio bebidas que lo embriagan, contri- buye en mucho a mantenerlo en ese vicio. Todo esto no tendria quizás tanto inconveniente si hubie- ra vijilancia en el despacho o sea en la venta de licores; pe- ro, como nadie ignora, esa vijilancia no existe i los nego- ciantes siguen adulterando con toda impunidad,mo siempre con sustancias inertes, los licores que espenden al menudeo, precisamente los de mas consumo en la clase pobre. 78 A las consecuencias del vicio se agregan las consecuen- cias de las alteraciones. Doble efecto i doble mal! No por evitar estas consecuencias hariamos lo que Dracon que castigaba la embriaguez con la pena de muerte, ni arran- caríamos las viñas como Licurgo, ni como Zalenco, reí de los Locrenses, permitiríamos ei uso del vino únicamente a los enfermos, porque somos de parecer que el soldado nece- sita de algún licor espirituoso en invierno que vaya a desper- tar una acción calorífera i estimulante; pero sí castigaríamos con mayor severidad de la acostumbrada, a los reincidentes i a los que a tales excesos se entregaran, i trataríamos de vijilar con mucha escrupulosidad el espendio de las bebidas. Creemos innecesario esponer aquí las fatales consecuen- cias del vicio de que hablamos i los inconvenientes que pue- de tener en el soldado,' tanto bajo el punto de las enfermeda- des como de la subordinación i moralidad militar, por estar al alcance de todas las intelijencias i de todos los razona- mientos, La limpieza del soldado entre nosotros se reduce casi es- clusivamente al aseo de la ropa de paño i al de las partes descubiertas del cuerpo. Fuera de esto no hai nada inas. En los cuarteles no se conocen los baños, i apenas si se fijan en la ropa interior. Cuando un cuerpo se encuentra de guarnición en algún punto cercano a los rios, se le suele llevar a bañarse, sin te- ner cuidado que cada hombre lleve alguna servilleta para secarse. En invierno jamás se les hace tomar algún baño tibio De todo esto proviene el mal olor que se nota en las cua- dras i en todo sitio donde están reunidos; de aquí la corrup- ción del aire que se respira en las habitaciones donde viven i donde duermen; de aquí las enfermedades de la piel, el contajio también de la sarna (acarus scabiei) las grietas de 79 los piés, las cociduras de los pliegues de los miembros i los herpes. A la falta de limpieza deben atribuirse igualmente muchas blenorrajias bastardas. Téngase presente que' la limpieza no solo es una necesi- dad hijienica sino también una virtud. Moisés, como Maho- ma, i como los griegos, i como los romanos, la hicieron ma- teria de prescripciones relijiosas o de disposiciones legales. La limpieza del cuerpo suele correr pareja con la del espíri- tu i la del corazón. La construcción de baños en los cuarteles seria bien poco costosa para que dejara de adoptarse en todos ellos, si una mal entendida economía no pesara en la consideración de los que pudieran realizar esta mejora. La traslación de los cuerpos, verificada repentinamente de una provincia templada a otra fria, en la estación del invier- no, no puede ménos de ser mui perjudicial a la salud por el cambio brusco de temperatura. Este inconveniente induda- blemente es menor si del sur se lleva al norte a la tropa. No podemos ménos de convenir en la movilidad del ejér- cito bajo el punto de vista del interes militar; pero quisiéra- mos que siempre que se debiera llevar a efecto las traslacio- nes, éstas se hicieran sin caer en lós inconvenientes que in- dicamos, por lo cual deberia consultarse al cirujano mayor. Hasta ahora nadie había parado su atención en las con- secuencias que estos cambios bruscos en los medios que nos rodean pudieran tener; pero no por eso son ménos ciertas las consecuencias que apuntamos. I eso a pesar de que las mo- dificaciones de temperatura en la estación habitada de Chile no son, si se quiere, demasiado marcadas. Según hemos hecho notar al principio, casi la mitad de 80 los sollados enfermos que fueron asistidos en los hospitales militares, padecieron de afecciones venéreas. En un estado que hicimos levantar el 17 de junio del presente año en el Rej¡miento de Cazadores a caballo, residente algunos años en esta capital, el número de enfermos sifi'íticos o venéreos existentes ese dia se elevaba al número de veinte i cinco so- bre doscientos cincuenta hombres de tropa, lo que da la asombrosa proporción de un diez por ciento de enfermos de esa clase. ¿A qué deben atribuirse esas cifras desconsoladoras? No a otra cosa que a la falta de moralidad i a la falta de ins- trucción. A la falta de moralidad, por cuanto el pecado es cometido contra ella; a la falta de instrucción, porque si el soldado tuviera conciencia de su dignidad, de lo elevado de su misión, si conociera el alcance de sus deberes i de las graves consecuencias del desorden i del vicio, no se entrega- ría así no mas en brazos de una vida licenciosa. Ha llegado a ser entre nosotros tan común la vida licen- ciosa del soldado, ha echado ya tantas raíces, que ha pasado a la categoría de un hecho tolerado i aun sancionado por los jefes. Cada soldado tiene su camarada que golpea a las puertas del cuartel los dias de pagamento, en demanda de una parte de su sueldo. Pero siquiera se contentara con una sola relación ilícita, guardando hasta donde fuera posible las formalidades esternas de la decencia i del recato, no todo se- ria perdido, i el soldado no se hallarla atacado tan frecuen- temente de enfermedades que revelan todavía una mayor relajación de las costumbres. Contribuye no poco a perpetuar i a desarrollar estas en- fermedades, las preocupaciones reinantes en materia de sifi- lografía. El militar cree, como tantos otros, que una bienor rajia debe dejarse que corra para deshumorar; i que la cura- ción de un chancro sifilítico está definitivamente conseguida con solo hacerlo desaparecer. Por esto no tarda en trasfor- marse aquella afección en una bienorrajia crónica, en apa- recer las orquitis, en observarse las estrecheces del cana uretral i contraer, en no pocas ocasiones, lo que ha conve- nido en llamarse la gota militar. Por eso también muchos soldados no van al hospital hasta que la aparición de las si- fílides o délos dolores osteocópos, o el período de las pro- ducciones gomosas, o la formación de los bubones, les impi- de la continuación en el servicio. No poca parte tiene en ello también la condescendencia de los jefes para permitirles seguir en estas enfermedades un tratamiento siempre irregular en las cuadras o en sus casas. El mal ejemplo es siempre eontajioso. Los muchachos siguen la corriente de los grandes. Cornetas hemos visto nosotros que no tenían mas de ocho a nueve artos, afectados de chancros sifilíticos. Miéntras no se tomen medidas enérjicas que vayan con- ducidas si no a estirpar, cuando ménos a modificar el desarro- llo progresivo de la lúes venérea, tendremos que ser tristes observadores de un mal tan lamentable. Así como estamos, el nombre de los hospitales militares debe ser sostituido por el de hospitales de venéreos. Si Yoltaire hubiera vivido en nuestro país, qué razón ha- bría tenido en decir, como decía, que cuando se encuentran frente a frente dos ejércitos de cincuenta mil hombres, se puede asegurar a ciencia cierta que hai treinta mil galico- sos en cada uno de ellos. 81 No poco contribuye a los males de que venimos ocupán- donos, la pésima organización del cuerpo de sanidad militar, i aun pudiéramos decir fa mala asistencia médica. El hecho es exacto aunque sea doloroso confesarlo. ¿Cuál es la organización entre nosotros del cuerpo de sa- nidad militar, cuáles sus garantías, cuál su competencia, 82 cuál su porvenir i cuáles las condiciones de los hospitales mili- tares? Vamos a examinarlas. I al hacerlo, nada tenemos que exajerar: la sensible disección del cuerpo hará aparecer el cadáver con sus deformidades i sus defectos. Por desgracia, la cirujía militar no es una profesión, no es una carrera abierta al que a ella quiere dedicarse, porque su horizonte es limitado, porque no tiene garantía de estabili- dad i de ascenso, i en fin, porque no tiene un porvenir. Es un medio que como cualquier otro se adopta por convenien- cia o por necesidad, pero siempre como un medio pasajero, como una ocupación momentánea: jamás como un fin. Cesa esa conveniencia del momento, cesa esa necesidad pasajera, el pmpleo recibe luego un saludo i un adiós de despedida. Ello es mui natural i mui lójico. Los sueldos de los ciru- janos son mezquinos i su condición no mui envidiable. Entre nosotros, se puede decir, solo se conocen cirujanos de primera i segunda clase. Los primeros gozan, según la lei, de un sueldo de novecientos pesos anuales; los segundos de trescientos ochenta i cuatro; bien es cierto que la existen- cia de éstos ha sido siempre momentánea. Hai actualmente un cirujano mayor que reside en la provincia de Arauco. Según el Proyecto de Código militar, tantas veces citado, habrá un médico mayor, que residirá en Santiago, con un sueldo de mil doscientos pesos anuales i con el carácter de sarjento mayor: habrá también médicos de primera i segun- da clase con un sueldo de novecientos pesos anuales aqué- llos, i con el de setecientos veinte éstos. A los primeros se les considera con el carácter de capitanes i con el de tenientes a los segundos, La dotación de estos empleos en tiempo de paz se arreglará (testual) a las disposiciones siguientes: por cada hospital militar establecido o que se estableciere en la República habrá un médico de primera o segunda clase, procurando hayan en igual número de unos i otros, i un prac- ticante de cirujía; pero si la guarnición de tropa, a que per- tenece el hospital, pasare de quinientos hombres, habíá un 83 médico mas por cada trescientos de aumento o una fracción que no baje ’de la mitad. Por lo que hemos espuesto, se colije cuán precaria seria la carrera del médico militar, si no fuera que acepta en el ejér- cito una colocación pasajera que en nada perjudique a sus demas intereses. Lo exiguo de su sueldo no le alcanzaría muchas veces ni aún para llenar sus mas premiosas necesi- dades. De aquí por qué los profesores titulados no aceptan empleos de esa naturaleza sino en las ciudades populosas en que jeneralmente residen. Para la provisión de estos desti- nos en las provincias del sur, se admiten, ya que no es posi- ble encontrar a otros, a todos aquellos que sin mas título de suficiencia profesional que la obtenida en una práctica que no sabemos cómo han podido proporcionarse, i con es- tudios siempre deficientes, han logrado formarse alguna clientela i alguna reputación en las aldeas o en las ciudades que carecen de facultativos. La competencia, pues, de estos cirujanos es algo dudosa. Si hai algunos dignos de toda con- sideración por el interes que se toman en el desempeño de sus obligaciones i por los conocimientos que poseen, no po- cos ha habido i hai que están mui distantes de desempeñar siquiera con mediano acierto empleos de tanta responsabili- dad. Puede calcularse el grado de confianza que éstos pres- tan a los oficiales i a la tropa por el verdadero horror que tienen de ponerse en sus manos, como se nos ha dicho i re- petido en varias circunstancias. En tales casos prefieren so- licitar los servicios i los cuidados de personas que sin duda alguna no pueden competir con los de aquéllos, pero que en su defecto adoptan un réjimen mas suave i ménos peligroso en el tratamiento. Si asimilando los destinos de los médicos militares a los délos oficiales del ejército, se concedieran ascensos progre- sivos a sus méritos, a sus servicios i a su antigüedad; si se dotaran mejor esos empleos, o finalmente, si nadie pudiera ser admitido a desempeñar cargos de esa naturaleza sin un 84 prévio examen hecho por el cirujano mayor del ejército, pa- ra demostrar su suficiencia, las condiciones del servicio do sanidad cambiarían favorablemente para todos, ya que por lo reducido de nuestro ejército i de sus necesidades, no pue- de ni conviene el establecimiento de un curso destinado a formar cirujanos militares. Si estas condiciones no cambian, servirían talvez de un obstáculo para que el internado de medicina que trata de establecerse bajo las bases de un pro- yecto que pende ante la consideración del Cuerpo Lejislati- vo, pudiera tomar todo el incremento i todo el desarrollo que está llamado a producir en beneficio del pais i de la cien- cia. Igualmente falta la subordinación i la unidad en el servi- cio. Cada cirujano es independiente en su guarnición. Sus tratamientos nadie mas que él los sabe: sus resultados son casi esclusivamente de su conocimiento. El movimiento de alta i baja en los hospitales se inania a las respectivas Co- mandancias de Armas.por llenar solo una formalidad que a nada conduce en las condiciones actuales, Mui distinto seria si esos datos, si esos resultados i esos tratamientos, comu- nicados todos a un médico mayor, que tuviera la superinten- dencia sanitaria, fueran debidamente estudiados, reunidos i comentados. Entonces habria la facilidad de conocer con exactitud las causas de las enfermedades, de los contajios, de las epidemias, i en fin, de todo aquello que pudiera tener interes para mejorar la condición de la salud de la tropa. Este empleado, comunicando el resultado que arrojaran estos datos al Ministerio respectivo, propondría las mejoras que deberían hacerse, las faltas que deberian subsanarse i las medidas que deberian adoptarse para llegar al resultado apetecido. Muchos de los hospitales militares carecen de las condi- ciones necesarias para su destino. Los que existen en Mulchen, Angol, Lebu i los Anjeles, han sido construidos con la idea solo de tener salones espa- 85 €iosos en que pueda asistirse a los enfermos. Ninguna otra idea ha presidido a su construcción. En Valparaíso, Chiloé, Valdivia i en todos los demas puntos en que por las necesi- dades del servicio ha habido alguna guarnición, los soldados son asistidos en los hospitales jenerales; en Valparaíso por médicos militares, en los demas puntos por los de ciudad. Si fuéramos a calcular, como indudablemente debemos hacerlo, lo que son los demas hospitales, por el de San Bor- ja de Santiago, no adquiriríamos, por cierto, muchas ilusio- nes. I esto que ningún otro puede i debe Ser mas atendido, no solo por existir siempre aquí una guarnición numerosa, cuanto por estar situado en el centro de todos los recursos i ala vista de todas las principales autoridades. Salones es- trechos, mal ventilados, muchos sin luz, pavimento hoyado, mala distribución i aún insuficiencia en su edificio a pesar de la estension inmensa del local, tales son sus mas notables defectos. Si se piensa ahora que en un establecimiento como ese, destinado a contener cuando mas cien enfermos, se han aglomerado en dos ocasiones doscientos cuarenta, haciéndo- los dormir sóbrelos ladrillos o sobre las tablas, sin mas ropa de cama que un capote o una frazada roida, nada de estraño tiene que la gangrena hospitalaria se declarara con toda su fuerza, dejándonos hasta ahora un triste legado. Para obtener mejores resultados en los tratamientos, para evitar las largas estadías de los soldados, para mejorar la condición de los enfermos i del aire que respiran, ¿qué se- rian unos cuantos pesos destinados a la construcción de sa- lones adecuados, a transformar el pavimento i a establecer ventiladores? Nada mas que una economía que no se ha te- nido la oportunidad o la voluntad de realizar (8). El servicio farmacéutico adolece también de faltas cuyos (8) Nos es grato consignar aqni algunas mejoras que últimamente se han ha- stio en este establecimiento, que sin darle toda la comodidad deseable, lo hace al meaos mas saludable. 86 resultados no puede ménos que dejarse sentir profundamen- te. No existiendo un depósito central de medicinas para el ejército, los hospitales situados en los confines de la Repú- blica carecen algunas veces de medicamentos necesarios de todo punto en tales establecimientos, siéndoles difícil pro- porcionárselos por la distancia en que se encuentran de los puntos en que se espenden i teniéndolos que pagar aprecios subidísimos. Podemos anunciar felizmente que en este últi- mo tiempo se ha pensado en poner remedio a tamaño mal; i que no pasará mucho sin que ese depósito se haya estable- cido. Ni la calidad ni la condición de los cirujanos i de los hos- pitales, como se ha podido notar, es de las mejores para rea- lizar el ideal que se persigue: la disminución de las enfer- medades i de las defunciones en la profesión militar. La vida délos campamentos, de esos rediles humanos, co- ms los hajlamado Foy, reagrava en alto grado la mala con- dición del soldado. Su existencia es entonces un continuo sobresalto: no tiene un momento de reposo. Al relevo de la centinela o de la avanzada, sigue el ejercicio, al ejercicio otros quehaceres, i así sucesivamente. Las privaciones son la lei: la abundancia es la escepcion. La alimentación es es- casa o de mala calidad, el sueño interrumpido: entonces se sufren todas las inclemencias atmosféricas i no hai mas le- cho que un pedazo de tierra ni mas abrigo que un capote o una manta. La carencia de carpas i una intendencia militar, formada cuando mas a la lijera, pone todavía, entre nosotros, de peor situación a la tropa. ¿I qué diremos de la que tiene después de una batalla? No existiendo en Chile las ambulancias ni siquiera me- dianamente organizadas; faltando todos los medios de tras- 87 porte; formado el cuerpo desanidad a la lijera, i siempre de- ficiente; no habiendo nada que no sea hecho en los momentos del peligro i de la situación; no existiendo reglamento algu- no que determine los servicios que deben prestarse; estan- do todo confiado a las previsiones i a los cuidados del jeneral en jefe, la condición del soldado no puede ser peor. Siquiera se arreglaran algo las ambulancias, se fijaran los deberes délos cirujanos, se echaran las bases de un regla- mento, se destinara a los músicos al trasporte de los heridos o se organizaran compañías con tal objeto i se proveyera al ejército de candilas para la conducción de los heridos; si- quiera se tomaran algunas medidas para el arreglo de hos- pitales provisionales i se les proporcionara los útiles necesa- rios, tendríamos entonces que lamentar ménos desgracias i asistir a ménos defunciones (9). A los males inevitables hai necesidad de hacerlos mas lle- vaderos. III. Del estudio analítico que hemos hecho de las enfermedades que mas comunmente atacan al soldado en Chile, i de las cau- sas que mas ordinariamente las orijinan, se desprenden las medidas que deberían adoptarse para remediarlas, muchas de las cuales nos hemos permitido iniciar i esponer en el curso rápido de este trabajo. Helas aquí en resúmen, siguiendo el orden de las mate- rias de que nos hemos ocupado: 1.a La edad de admisión en el ejército, para toda clase (9) En la batalla de Cerro Grande hemos visto a un soldado de caballería ser conducido, al tercer dia después de la acción, a la casa que servia de hospi- tal, habiendo estado todo ese tiempo tendido en el campo con tres lanzazos en la espalda, un sablazo en la mano derecha, otro en la pierna que había re- banado mas de la mitad de los huesos, i el último en la cabeza, dejando a des- cubierto el cerebro. ¡I todo esto por la falta de compañías organizadas para el trasporte de los heridos: 88 de servicios, escepiuando el de tambor, debe fijarse en la de veintenarios. Esta edad puede rebajarse a la de diez i seis pa- ra las guardias cívicas. Dictar cuanto antes un reglamento que determínelas cau- sas de excencion o de inutilidad en el servicio, para unifor- mar la conducta de los médicos de ejército i evitar los abusos que pudieran cometerse. No admitir recluta alguno sin que sea reconocido previa- mente por los cirujanos de la guarnición en que se haga el enganche o el reclutamiento. 2. a Encargar mui especialmente a los comandantes de cuerpos que elijan horas mas convenientes en el ejercicio de la tarde, en verano, para evitar las insolaciones. Disminuir en cuanto sea posible el número excesivo de guardias que en la actualidad tiene que hacer el soldado. El llamamiento hecho a la guardia nacional para llenar una parte de esas obligaciones, seria un útil i conveniente re- curso. Tratar de que todo soldado haga su centinela en una ga- rita durante los meses mas fríos del año. Aconsejarle que no encienda carbón dentro del cuarto de bandera i que no haga uso de él hasta que no esté suficien- temente cocido. 3. a Mejorar en cuanto sea posible la condición de los cuarteles, entablando el pavimento de las salas, distribuyen- do mejor el edificio, construyendo ventiladores en las cua- dras (10) i sustituyendo los tablados por catres. 4. a Asimilar en cuanto sea posible el traje militar al del paisano i cuidar de que la tropa tenga un equipo apropósi- to para las diferentes estaciones. Recuérdese que el soldado no puede pasar sin capote el invierno. 5. a Todo recluta, al ingresar a las filas del ejército, debe (10) Los ventiladores construidos por el sistema misto serian indudable- mente mui útiles para el invierno, como el de Leblane i otros. 89 ser vacunado si no lo ha sido antes. Las revacunaciones de- berían hacerse cada ocho años. 6. a Para proporcionar al soldado una alimentación nutri- tiva i reparadora de sus fuerzas, lo que se llama rancho de- bería establecerse en el cuartel, como se hace en la policía i en todos los, ejércitos europeos. Esta alimentación consisti- ría en carne i legumbres suficientes, agregando a mas de esto una ración de café i de aguardiente en los meses de frió. Este método, adoptado en Francia hace pocos años, está dándolos mas satisfactorios resultados, Si por cualquiera circunstancia esta modificación en el ré- jimen establecido hasta ahora en el ejército de Chile, no fuera posible llevarla a cabo inmediatamente, nosotros .pro- pondríamos se adoptara cuando menos el método que se si- gue actualmente en el Rejimiento de Cazadores a caballo i que hemos dado a conocer en su respectivo lugar. Los jefes de batallones deberían ser mui severos en el castigo de las faltas cometidas por exeesosten la bebida, pa- ra impedir la reincidencia i el ejemplo siempre tan contagio- so de este vicio. La corrección de esta falta está, se puede decir, en sus manos. La vijilancia de la autoridad sobre la calidad de los lico- res que se espenden en las ciudades, contribuiría eficazmen- te a disminuir los malos efectos que produce el abuso de los licores alcohólicos. 7. a El establecimiento de baños fríos en todos los cuarte- les, es de una necesidad mui notoria para conservar la lim- pieza del cuerpo i evitar así no pocas, enfermedades. En la estación apropósito, los cirujanos déla guarnición determi- narían la época en que debería principiar a bañarse la tropa- Yaque no seria posible, por lo excesivo délos gastos, ha- cer tomar al soldado baños tibios en invierno, se le obligaría a lavarse los piés cada semana, a lo ménos, La vijilancia en la limpieza de la ropa interior, no estaria nunca de mas. 90 8. a Debe evitarse en cuanto sea posible la repentina í brusca traslación de los cuerpos de tropa de una temperatura suave a otra mui fria. Estas transiciones del calor al frió son siempre perjudiciales a todas las organizaciones. 9. a El estraordinario desarrollo que las enfermedades ve- néreas i sifilíticas han tomado en el ejército, hace necesario i urjente adoptar medidas que tiendan a limitar en cuanto sea posible los tristes i desconsoladores resultados que ob- servamos. Para conseguir este fin hai varios medios. Creemos uno délos primeros la instrucción basada sobre los principios de una sana moral, como un medio que enal- teciendo la personalidad humana, hace que el hombre sepa respetarse i conocer la importancia de su dignidad. En se- gundo lugar ponemos la reglamentación de la prostitución; reglamentación que en países mas adelantados que el nuestro ha dado resultados favorables. En lercero, creemos deber colocar la fijación de penas correccionales, como la de poster- gación en los ascensos, a los soldados que continuaran reca- yendo en la misma falta. En un informe que recientemente ha sido elevado al Supremo Gobierno, con motivo de haberse solicitado de nosotros una esposicion de las medidas que deberian adoptarse para dis- minuir las enfermedades de la tropa, hemos aconsejado practicar visitas mensuales en los cuerpos para descubrir a los enfermos atacados de afecciones venéreas i mandarlos a los hospitales a seguir un tratamiento adecuado. Estos en- fermos deberian designar li mujer que los hubiese infectado, para ponerla también en curación. Este sistema, preconizado por Ylemink, i puesto en práctica en el ejército belga, ha dado resultados tales que, en 1846, no liabia en Bruselas mas que un venéreo sobre ciento noventa soldados, miéntras que en Estrasburgo esa proporción era, según Bertherand, de uno sobre treinta i tres, i en Lyon de uno sobre cuarenta, a lo menos, según Landouville. No dudamos que la enunciación de estas medidas desper- 91 tara la grita de muchos timoratos i la sublevación de algu- nas conciencias; pero ante lo espantoso del mal no trepida- mos absolutamente en aconsejarlo. La salvación de la huma- nidad no está, hemos dicho en otra ocasión, en negar sus debilidades, sino en tratar de estirparlas; i esa estirpacion no puede hacerse, i si el mal no tiene remedio, lo único que puede i debe procurarse es el que produzca los ménos malos resultados posibles, «Si sabemos que desgraciadamente entre nosotros la sífi- lis toma cala dia proporciones mayores i mas alarmantes; si sabemos que la mitad de la población se halla o ha sido atacada por ella; i si no se ignora que a ella debemos una gran parte de las defunciones de párvulos ¿por qué se tie- ne miedo de reglamentarla? por qué es el noli me tangere de los asustadizos i de los que están llamados a ponerle re- medio? A veces llego a creer que se ignora hasta qué grado lleva la sífilis su acción destructora, lo que no es posible, i me ilusiono con la idea de que no pasará mucho tiempo sin que se tomen medidas mas o ménos enérjicas; pero luego esa ilusión se disipa como el humo de un amago de incendio, i la desconsoladora indiferencia de los hombres de gobierno lleva de nuevo a mi alma la tristeza i las amarguras de la decepción! ¡Feliz el que descubriera un medio distinto del que se ha propuesto, siempre que ese medio produjera bue- nos resultados i estuviera en armonía perfecta con nuestra relijion. Pero ya que para ello hai imposibilidad, según lo que parece, en el caso de esa imposibilidad, tendremos que decidirnos por lo que se puede llamar un mal necesa- rio» (11). 10, Para tener un cuerpo facultativo que dé garantías de competencia, ya que no es posible ni conveniente entre nos- otros formar en escuelas especiales cirujanos esclusivamen- (11) A. Murillo, Memorias i trabajos científicos, páj. 274. 92 te militares, deben dotarse sus destinos con mejores sueldos, o lo que aún nos parece mas conveniente, asimilar sus gra- dos a los del ejército para formarles una carrera. Estos gra- dos deberían ser concedidos al mérito, a los servicios o a la antigüedad, en el modo i forma que establece para los as- censos el proyecto pendiente de Código militar. La familia de los médicos militares debería tener opcion a montepío. ¿Por acaso no prestan mui buenos i peligrosos servicios los cirujanos del ejército para escatimarles esa esperanza i esa recompensa? ¿Están acaso colocados ellos en mejores condi- ciones que los que a ese montepío tienen derecho? ¿Son mé- nos invulnerables que ios demas en un campo de batalla? Por ahora, i mientras no se mejoren esas condiciones, que a no dudarlo, producirán una modificación profunda en el ser- vicio, no deberia nombrarse ningún cirujano que no posea un título universitario, sin que antes haya sido examinado por el médico mayor del ejército, a igualdad de lo que ac- tualmente se hace en la marina. Cada semestre, los cirujanos que asistieran hospitales, deberían pasar al médico mayor una relación exacta del nú- mero de enfermos que se hubiesen asistido en ellos, con es- pecificación de sus enfermedades, de las particularidades dig- nas de interés que se hubiesen observado, de los motivos mas reconocidos que las hubiesen ocasionado. Este funciona- rio, en vista de estos datos, redactaría un informe anual que pasaria a la autoridad competente con las reflexiones que le hubiese sujerido su estudio, proponiendo las medidas que deberian tomarse para mejorar la condición sanitaria del ejér cito. Igualmente se hace cada dia de suma necesidad el esta- blecimiento de un depósito central de medicinas, que pudiera servir para el ejército i la marina, al cargo de un farmacéu- tico competente. Ante todo debe* atenderse al mejoramiento de los hospi- tales militares, porque, en el estado en que se encuentran, 93 no satisfacen las exigencias de una regular hijiene. Ya he- mos dicho íjue el de Santiago carece de salones apropósito para la asistencia de los enfermos, que no tiene un solo ven- tilador i que su pavimento es de pésima calidad. Pero lo que sin duda alguna contribuirla mui eficazmen- te al objeto que perseguimos, seria la creación de un Consejo o Junta de sanidad militar. Este consejo se formaría del inspector jeneral del ejército, del médico mayor, del princi- pal, de un cirujano residente en la capital, i aún si se quisiera, del comandante jeneral de Armas'; de Santiago. Seria obli- gación de esta junta la vijilancia del servicio de sanidad en toda la estension de la República, i naturalmente la regla- mentación de este servicio, con prévia aprobación del Gobier- no, tanto en épocas de paz como de guerra. La provisión de medicinas para todos los hospitales i la estadística correrían a su cargo. Tales son las medidas mas necesarias i mas urjentes que, a nuestro juicio, deberian tomarse para disminuir las enferme- dades que tan frecuentemente atacan al soldado en Chile. 1868. ALGO SOBRE VACUNA. La aparición de la viruela con una recrudescencia mayor que en las otras épocas del ano. ha hecho ajitarse en estos dias a nuestras autoridades con el objeto de prevenir un es- tado que han creído pudiera llegar a ser epidémico. Los casos mas frecuentes que observamos ahora de la afección variolosa, no tienen, sin embargo, en la actualidad nada que sea tan profundamente alarmante, como se cree por la jene- ralidad. Ello es un fénomeno que viene sucediéndose desde tiempo inmemorial en la estación del otoño i que se encuen- tra relacionado íntimamente a las influencias atmosféricas, influencias que se hacen sentir en el organismo con motivo de las transiciones mas o ménos rápidas de calor i de frió. Las alternativas tan notables del termómetro i del barómetro bastan para esplicar en el otoño, como en primavera, esta clase de fenómenos. Cada estación tiene sus enfermedades como cada casa sus goteras. Decimos esto no para resfriar las buenas disposiciones de que nuestras autoridades se encuentran poseidas, sino para calmar los sobresaltos i los cuidados que ajitan la imajina- cion de nuestros buenos vecinos de la capital. Nuestra pa- 96 labra será siempre una voz de aliento i de estímulo, si puede, para con los mandatarios que inspirándose en los mas jene- rosos sentimientos i en las ideas mas convenientes a la salu- bridad pública, tiendan a propagar los sanos principios de la bijiene jeneral i robustecer las fuentes de la vida. I es por ese mismo motivo que nos permitimos hoi llevar nuestro pequeño continjente a la propagación de las buenas ideas i de los sanos principios que son la guia de todo buen go- bierno i de las autoridades que están mas inmediatamente encargadas de realizar aquellos bienes que un espíritu de administración arreglada debe atender. Estudiar las leyes que rijen la propagación de la vacuna, el oríjen o fuente primitiva de este virus, sus causas de de~ bilitamiento, la necesidad de las revacunaciones, las medi- das que la harían mas jeneral, la alteración que sufre en los organismos debilitados o enfermos el líquido vacuno, el mo- do de evitar las desagradables consecuencias de la viruela i su propagación, tales serian sin duda alguna, los puntos mas importantes para una disertación científica que tendiera a esclarecer todos los puntos mas o menos controvertibles de esta cuestión de medicina esperimenta!; pero ya que no po- demos robar a nuestras ocupaciones mas tiempo que el des- tinado ordinariamente al descanso, séanos lícito a lo menos esponer algunas ideas que, desconocidas por la jeneralidad de las jentes, no son tampoco mui estendidas todas en nues- tro cuerpo médico i las que pueden contribuir en su corta escala a cimentar las bases, a dar mas desarrollo a una ins- titución que el celo de sus directores ha hecho poner en un pié espectable, como también a poner a nuestras autoridades en un camino lójico, mas ordenado i mas intelijente. Sabido es que desde que el inmortal Eduardo Jenner hi- zo adquirir el derecho de domicilio a la vacuna en la ciencia médica, el 14 de mayo de 1796, inoculando a James Phispps la vacuna sacada de una pústula que se habla desarrolla, do en la mano de una lechera a consecuencia del contacto 97 con una vaca apestada del coio-pox, un número mas o me- nos considerable de problemas, que hasta cierto punto pue- den considerarse como secundarios del hecho principal, ha tenido i espera su solución. Estos problemas o cuestiones pueden reducirse en la actualidad: l.° a la duración de la preservación vacunal; 2.° al debilitamiento del fluido pustu- loso, i 3.° a las modificaciones o transformaciones que el vi- rus vacuno suele o puede esperimentar. Es ya un hecho averiguado que la vacuna no preserva a todos los organismos del mismo modo i por el mismo tiem- po, i que su valor es relativo a la disposición individual, a la edad de la vacuna empleada i al tiempo corrido después de la vacunación. Jenner, Gregory i los mas distinguidos vaeunadores de los tiempos primitivos, estaban conformes con la primera conclusión. La segunda puede tener su mas plena confirmación en el hecho escrupulosamente observado deque los individuos vacunados en Inglaterra i en Francia en 1799, 1802, 1803 i 1804, cuando la vacuna no había pasado por muchas jeneraciones, habian estado al abrigo do las epidemias de viruelas en una escala sin comparación ma- yor que los vacunados en 1815, 1816, 1820, etc. Las epi- x demias de 1824 que se observaron en Francia, hicieron numerosas víctimas en los vacunados. En Marsella sola- mente, se contó hasta 30,000 variolosos. En Chile, según opinión de los facultativos que han te- nido ocasión de observar las primeras vacunaciones, el virus vacuno preservaba mas eficazmente que después déla virue- la. Felizmente la renovación que se ha hecho de este virus, tomándolo hace poco de la vaca, le ha dado una fuerza de eficacia que lo hace merecedor de ser considerado como uno de los mejores que existen ahora en todo el mundo. Por eso es que hemos visto con alguna sorpresa dos comuni- caciones que en estos últimos dias se han publicado, refe- rentes a pedidos que se han hecho a Europa del fluido va- cuno, i la remisión anunciada ayer de treinta tubos que 7 1 O 98 nuestro cónsul jeneral en París ha conseguido de la Suiza. Todos los hechos que hemos mencionado anteriormente, establecen de una manera casi incontestable que el fluido vacuno sufre un debilitamiento gradual a medida que pasa por muchas jeneraciones i que los individuos vacunados con un coto pox nuevo están mejor preservados de la viruela que los que han sido inoculados con un cow-pox de alguna du- ración. I seamos permitido agregar, sin embargo, que no siempre los caracteres físicos de los granos son suficiente pruebas pa- ra juzgar del valor i de la bondad del virus que se inocula, como parece creerse, porque, como acabamos de decirlo, la trasmisión repetida de él lo debilita paulatinamente. De aquí la necesidad de recurrir periódicamente a la verdadera fuen - te de la linfa preservatriz, para fortalecer sus propiedades, por mas que los caractéres esteriores nos indiquen una pro- ducción de buen jénero. Los fenómenos que se relacionan con la medicina esperi- mental, necesitan recibirla contraprueba de observaciones largas i perfectamente escrupulosas para que tengan un ver- dadero derecho de constitucionalidad. En presencia de estos hechos, que muestran con eviden- cia el debilitamiento del poder profiláctico de la vacuna, a medida que envejece i que se aleja del momento de la inocu- acion de este virus, ha dicho Tardieu, debió venir a los mé- dicos la idea de colocar a los individuos en las condiciones que a la economía humana pone la influencia de una vacu- nación reciente. Fué precisamente lo que se hizo en algunos paises. El gobierno de Wurtemberg ordenó practicar en la armada numerosas vacunaciones, en las cuales se vio a la vacuna hacer un efecto tanto mas benéfico cuanto era mas lejana la fecha de la primera vacunación. El doctor Heimo. médico de la armada wurtemburguesa recojió 40,000 casos de revacunación. Sobre este número encontró 20,000 vacunas regulares. Los individuos colocados en esta categoría eran 99 [óvenes reclutas de veinte a veintiún unos que, por consi- guiente, en un pais donde la vacuna está oficialmente organi- zada, habian sido vacunados veinte anos antes poco mas o menos. Estos reclutas tuvieron una vacuna lejítima en su marcha i en sus formas, i capaz de ser trasmitida con suceso a niños no vacunados. Sobre estos 40,000 casos hubo todavia 5,000 vacinoides o falsas vacunas, lo que indicaba una pérdi- da casi absoluta, sino completa, de la inmunidad, En fin, se encontró 15,000 individuos completamente refractarios a la vacunación, habiendo conservado por consiguiente su inmu- nidad. Hubo, pues, sobre un número de 40,000 hombres ya vacunados, 20,000 individuos aptos para recibir la vacuna i por consiguiente, como es natural, la influencia déla viruela. Desde que el gobierno wurtemburgues ordenó las revacu- naciones, se vio disminuir notablemente los casos de viruela en las tropas. Así fue que en pocos años la cifra de los va- riolosos descendió de 611 a 94. En Prusia las revacunaciones tuvieron un éxito feliz en 15,269 sobre 48,478 personas en 1833; 16,679 sucesos so- bre 41,454 en 1834; en 1835, 15,315 sobre 39,192; en 1836, sobre 42,124 revacunaciones, se observaron pústulas lejítimas en 18,136 individuos, i 9,040 vacunas irregulares. Los mismos o idénticos resultados han dado las revacuna- ciones en los otros años i en los demas paises en que se han practicado. En Chile, sin que podamos tundamos sobre da- tos estadísticos, se puede asegurar en las revacunaciones han operado con un suceso regular en las ocasiones en que se han llevado a efecto. Si las revacunaciones operadas con el éxito que acabamos de apuntar, son una prueba evidente del debilitamiento pre- servativo del flúido vacuno a medida que se une o aleja del tiempo de la vacunación, no lo son ménos los casos de virue- la que suceden sóbrelos vacunados. Se ha visto que en épo- cas epidémicas la proporción de los variolosos atacados nue-. vamente de viruela, están en una proporción considerable-. 100 mente menor que los vacunados. Esta proporción pudo elevarse, aunque escepcionalmente, en Marsella por los años de 1820 a 1824, a 1/G9 en los variolosos i a 1/7 en los vacunados. Los casos de inoculación de la viruela sin éxito en los primeros años que siguen a la vacunación, i su desar- rollo algunos años mas tarde, prueban palmariamente, tam- bién, el principio de que la preservación vacunal se debilita con el tiempo i manifiesta la necesidad casi absoluta de las revacunaciones; i decimos casi absoluta, porque ya hemos indicado que hai organismos privilejiados que se saturan por toda la vida con una sola inoculación i se hacen refractarios para siempre a la viruela. En cuanto al problema de las transformaciones o modifi- caciones que el fluido vacuno esperimenta al atravesar orga- nismos afectados por enfermedades de naturaleza contajiosa, aunque nuestra convicción es bien clara i fundada sobre he- chos incontrovertibles i sancionados por la autoridad de las academias de medicina mas respetables que existen, i por casos desgraciados que hemos tenido ocasión de ver, nos abstenemos de esponerlos ante un público que está dispues- to a abultar las males consecuencias de una práctica que lle- va en sí, por lo demas, un alcance el mas benéfico i huma- nitario. I menos dispuesto estamos a ello, cuando en posesión de esos mismos conocimientos no quisimos alzar nuestra voz para rebatir ideas i principios que estaban mui distantes de los recibidos en la actualidad, en un informe que no ha mucho tuvo una amplia publicidad. Debido a estas mismas ideas i a este jénero de convicción, ha sido la medida que adoptó la academia de medicina de Paris, hace dos años, al solicitar del ministerio de agricultura i obras públicas una cantidad pa- ra ensayar un nuevo método de las vacunaciones. Hoi esta sábia corporación ensaya i adopta el método de vacunar de la ternera al hombre, en lugar de hacerlo como hasta ahora de brazo a brazo. Pero si nuestro silencio en este asunto reviste un carácter 101 ele prudencia, i talvez de cordura, no por eso estamos menos dispuestos'a obrar en el sentido de nuestras convicciones con toda la fuerza de que nos creemos capaces para empeñarnos en modificar en algo nuestra práctica i nuestro método de va- cunación. Para poner un remedio a la acción devastadora de la epidemia de viruela, para atenuar sus malos efectos, para favorecer las vacunaciones i revacunaciones i hacerlas efec- tivas, conviene dar mayor desarrollo a la institución que, ahora como antes, tiene a su cargo este servicio; servicio que nos consta desempeña con el mayor interes i con alta inteli- jencia. Es de notoria conveniencia la redacción de un manual del vacunador para poner a los que desempeñan este oficio en mejores condiciones de acierto i de ciencia, porque las reglas que ahora les sirven de guia son deficientes i no res- ponden a las necesidades del servicio i del desarrollo crecien- te que ha tomado el descubrimiento jeneriano. La medida que en varias ocasiones hemos aconsejado de no admitir en las escuelas ni en ningún destino público, a los que no hayan sido vacunados, parece que viene adquiriendo algunos prosélitos, como hemos tenido el placer de verlo en un informe del tribunal del protomedicato. Nada mas fácil que la verificación de esta medida. Toda persona que se ino- culara, recibiría una papeleta en que constara el hecho, para que le sirviera en el caso que dejamos apuntado. Las reva- cunaciones deberían, también, hacerse periódicamente en los hospitales, cárceles, establecimientos de beneficencia i cuarteles. Todo recluta, al tiempo de su admisión, debería igualmente ser vacunado o revacunado si no lo hubiera sido anteriormente, Todas estas medidas harían alejar los casos frecuentes de viruela que observamos i harían mas eficaz la acción de los gobiernos i de las autoridades en la vía hijiénica en que se empeñan. Pero séanos dado, sin embargo, enorgullecemos, con los 102 resultados obtenidos por el empeño de la junta de vacuna i de las autoridades en este ramo del servicio. Por 72,895 nacimientos ocurridos en la República, en 1867 hubo 60,718 vacunados i 369 muertos de viruelas. En Francia por 789,474 nacimientos hubo 522,253 vacunaciones i 1,892 muertos a consecuencia de la viruela. Estos datos nos dan derecho a considerarnos a la misma altura de una de las na- ciones mas adelantadas del viejo mundo. Para fortalecer i depurar el fluido vacuno, como para evitar las consecuencias que pudieran resultar de un virus modificado i trasformado por organismos enfermos, nos pa- rece conveniente establecer de una manera definitiva la tras- misión de la vacuna del animal al hombre; pero si esta me- dida puede ocasionar dificultades en la práctica, nos conten- taríamos al menos por ahora con buscar o con desarrollar periódicamente el virus anti-virulento en su fuente primitiva. ¿Pero cuál es la fuente primitiva de la vacuna? ¿Es la va- ca la patria primitiva de la vacuna o será ella nada mas que depositaría? Un trabajo reciente de M. Chauveau, que la academia de ciencia ha coronado, ha venido a confirmar las ideas de Jenner en el asunto i a probar que la fuente primiti- va del virus antivariólico es el caballo. Dejemos hablar a Bernard: a Jenner había emitido ya i sostenido la opinión, entonce® popular, que el coio-pox no es una afección primitiva de la vaca, sino que era comunicada por el caballo. Esta afección del caballo trasmisible a la vaca i que da oríjen al eoiu-pox, se consideraba como una enfermedad local que afectaba el talón o la canilla del caballo i se denominaba en Iglaterra con los nombres de soi'e-heels, scrathy heel or the grease, en Francia con el de eavx aux jambes i en Italia con el de giovardo que nosotros traducimos por javard. Jenner apoyaba su opinión sobre ideas teóricas que provenían mas bien de una especie de intuición propia que de esperiencias u observaciones directas; afirmaba que el cotr-pox no se ha- 103 Ijia introducido jamas en ninguna lechería sin que antes se hubiese observado la ¡yrease en algunos caballos, i agregaba ademas, que esta enfermedad era desconocida en Escocia, porque allí los hombres no se ocupaban en conducir las va- cas. Sin embargo, se contaban hechos contradictorios, ya para probar que el cow-pox era una enfermedad espontánea de la vaca, o ya para establecer que si esta afección prove- nia del caballo, podia trasmitirse también per contajio i no como lo pretendía Jenner por la inoculación practicada por medio de los dedos humedecidos con el pus de caballos en- fermos de grease. Jenner refutaba todas estas observaciones haciendo notar, i con razón, que si se trataba de contajio* nadie podría seguir la marcha que habian llevado los hechos. Yed aquí una anécdota que él cita con este motivo. En una hacienda del lord Asoph, un caballo que ocupaba una ecuria aislada i mui separada de los establos, se en- fermó de grease-, poco después todas las vacas de la hacien- da aparecieron con el cow-pox. Este hecho singular des- pertó la atención i se quiso saber su causa. Se interrogó a todos ios sirvientes de la hacienda, i se supo que el palafre- nero que cuidaba el caballo, iba a ayudar a su prometida a traer las vacas al establo. El fue, pues, quien sirvió de vehí- culo directo del cow-pox, i no hubo necesidad de admitir el contajio por el aire. «Jenner consideraba la grease como la viruela del caba- llo i la llamaba el horse-pox-, creía que esta afección inocu- lada en la vaca, se trasformaba en verdadero cow-pox. Por otra parte, tenia sobre este punto ideas aún mas jenerales; porque pensaba que todos nuestros animales domésticos se afectaban de viruelas distintas que podían inocularse recípro- camente i transformárselas unas en las otras; i aunque Jen- ner tentó, sin suceso, reproducir el cow-pox inoculando la grease en las vacas, mas tarde la cuestión volvió a ajltarse„ pero con otro resultado. La grease fue inoculada en la vaca, i dió una buena vacuna. El doctor Jenner que practica esta 104 operación, se inoculó él mismo en la mano, tocando la ubre de la vaca con la vacuna de la ubre, i de su mano vacunó a muchas personas i la volvió a trasmitir a las vacas. «En ISO L apareció la obra del doctor Loy con este título: Algunas observaciones sobre el origen del coiv-pox. Allí se encuentra la demostración de los hechos siguientes: el virus del horse-pox o la equino, es el equivalente del coio-pox o vacuna; el horse-pox puede ser trasmitido directamente al hombre i no tiene necesidad, para preservarlo de la viruela, de ser pasado por la vaca. En 1803, Sacco, de Olilán, como el doctor Loy, logró inocular la grease o javard en la vaca i concluye que es, pues, bien seguro i bien probado que la grease es la causa de la vacuna i luego se podrá cambiar la denominación de vacuna por la de equino. «Como se vé, aparece de las alternativas buenas i malas en las esperiencias, de las que buscaremos mas tarde la causa, la justicia de las ideas de Jenner sobre el oríjen equina de la vacuna. A principios de este siglo se equinaba o vacunaba casi indiferentemente. En Lombardía i en Aus- tralia se equina en vez de vacunar. Sacco inoculó nueve ni- ños i a una vaca, con virus tomado del brazo de un palafre- nero que cuidaba un caballo enfermo de eaux avx jambes. Tres de estos niños fueron equinados i dieron la equina que sirvió para inocular a otros cuatro. De Carro, que fue el propagador de la vacuna en Australia, hacia llegar el virus inoculable a los paises mas distantes. Envió a Bagdad el vi- rus tomado de un niño inoculado en Viena con la grease, i de aquí el oríjen equino de la vacuna moderna en el Asia. Se puede, pues decir, escribía a Valentín en 1823, que el Asia ha sido equinada i la Europa vacunada,» Los estudios que M. Lafosse i Sarrans hicieron en 1SGG en una epizootia de horse-pox que reinaba en Rimmes, i los que en 1862 hicieron también en la escuela veterinaria de Alfort los señores Bouly i Depaul, prueban incontestable- mente que esta enfermedad eruptiva del caballo es esencial- 105 mente vacunal. Los casos repetidos de cow-pox i de vacuna que obtuvieron estos observadores inoculando el pus de la grease en las vacas i en el hombre, no dejan lugar a duda. I si reflexionamos sobre el hecho de que la erupción que se llama cow-pox, vuelve a decir Bernard, no se ha observado jamas en el buei i siempre en la vaca, i que en esta última se ha visto siempre en las ubres, lugar especialmente en con_ tacto con las lecheras, tendremos nuevos argumentos para admitir que esta erupción no es espontánea en la vaca, sino que le es trasmitida por inoculación; por esto quedaremos .convencidos que el caballo es el único jenerador déla vacuna i que el horse-pox constituye el verdadero manantial de la vacuna primitiva. Ahora, cuando se inyecta en el tejido sub-epidérmico de la vaca o se hace penetrar en la sangre una corta cantidad de pus vacunal tomado del hombre, el animal no presenta otros fenómenos que un poco de fiebre en los dias que siguen a la inyección, según ha visto repetidas veces M. Chauveau, quedando para adelante completamente refractario a toda otra inoculación, ya sea de vacuna o de viruela. En el caba- llo, los síntomas i los fenómenos consecutivos tienen un desar- rollo que conviene estudiar. Si con una jeringuilla de Pravaz se inyecta en el tejido sub-epidérmico de un potrillo o de un caballo joven, una cor- ta dosis de virus vacuno, el animal, presa de un lijerísímo movimiento febril, no parece afectado de ningún otro fenó- meno que turbe su salud, solo de los ocho a los doce dias, se ve aparecer ordinariamente una erupción de horse-pox que se fija mas principalmente en las estremidades de los miem- bros i sobre todo en la cabeza, las narices, los labios i la bo- ca. Las pústulas se desarrollan de una manera lenta i suce- siva, i como el horse-pox natural, producen un virus que inoculado en el hombre, en el caballo o en la vaca, da la vacuna, el horse -pox esencial o el cow-pox. Esta clase de erupción jeneralizada (cuyo modo de pro- T A 106 duccion no es el caso de estudiar en un artículo escrito a la lijera) que no se muestra en ningún otro, prueba, como las demas razones que hemos ido indicando en su respectivo lugar, que es el caballo la fuente primitiva de lo que cono- cemos con el nombre de vacuna. Así es que cuando quera- mos pasar por la criba de una organización refractaria a otros virus inoculables, la 1 infa preservatriz para darle una mayor fuerza i depurarle de otros elementos que puedan vi- ciarla, debemos recurrir a desarrollar el horse-pox jenerali- zadocomo que es la primitiva fuente del precioso preserva- tivo de Jenner. Las esperiencias practicadas hasta hoi dan derecho a creer que el horse-pox provocado artificialmente no difiere en su enerjía del Aorse-sobrevenido natural i espontáneamente. El adelanto verdaderamente envidiable en que nos en- contramos respecto al servicio i desarrollo de la vacuna, nos dan la esperanza de que no seremos nosotros los últimos en aprovecharnos de los descubrimientos que se han hecho en esta materia i de sujetar a la contraprueba de la esperimen- tacion los hechos que revestidos con el ropaje de la mas sa- na lójica i de la mas buena doctrina están llamados a produ- cir bienes de un alcance sorprendente. 18G9. CIRUJANOS I HOSPITALES PARA EL EJERCITO I. El servicio de sanidad de nuestro ejército ha sido i es hasta ahora un problema que está por resolverse, i que es- pero se resolverá en poco tiempo mas en un sentido benéfi- co i conveniente, porque no puede subsistir por mas tiempo el doloroso estado de cosas actual. El estado de vijilancia permanente que nos hemos forma- dos para atender las poblaciones fronterizas, amenazadas constantemente por los bárbaros, la necesidad talvez de nue- vas escursiones dentro del territorio araucano, ponen ahora mas de manifiesto la necesidad también de tener convenien- temente montado un verdadero cuerpo de sanidad militar, sino a la altura de la riqueza i de las necesidades de los paises europeos, a lo ménos bastante para atender a lo que hasta cierto punto pueden llamarse nuestras pequeñas exi- jencias. Tal como se encuentra nuestro ejército ahora en lo que istañe a recursos médicos, i a los demás que con ellos se re- lacionan, no puede ser mas deplorable ni mas triste. Sin ci- 108 rujanos competentes en su mayor parte, sin farmacéuticos que tengan título legal, sin ambulancias que los atiendan eri los momentos peligrosos i ejecutivos de un combate, sin asis- tencia alguna muchas veces, sin hospitales regulares, los militares están espuesto a una muerte segura o a llevar con- sigo por toda la vida los achaques i las molestias de enfer- medades, que, tratadas a tiempo i con alguna ciencia, ha- brían desaparecido i dejado apenas lijeros rasgos. La vida del soldado chileno, fuera de los mil inconvenien- tes que lleva consigo la profesión militar, tiene ademas que soportar la falta de asistencia en caso de enfermedad. Nada hai para él que pueda hacer soportable su vida, sobre todo, en campaña, donde divisa ordinariamente a la muerte frente a la muerte por la carencia de los recursos salvadores de la ciencia. ¿Pero a qué es debido semejante estado de cosas? En un trabajo que hemos publicado recientemente, nues- tra atención se lia dirijido a tan importante cuestión, i des- pués de un estudio prolijo que hemos hecho sobre el asunto, i que hemos venido haciendo desde que ocupamos una posi- ción médica en el ejército, aun antes de tener una persona- lidad científica, hemos llegado a ciertas conclusiones. Yoi a trascribir aquí una de esas pajinas, esperando com- pletar después las demas consideraciones que me ha sujeri- do un punto de tan alto interes i las demas medidas que de- berían adoptarse para reparar las consecuencias tan des- agradables, queen mi caiácter de ex-cirujano de ejército, he podido apreciar en algunos anos de servicio. «No poco contribuye a los males de que venimos ocupán- donos, la pésima organización del cuerpo de sanidad mili- tar, i aun pudiéramos decir la mala asistencia médica'. El hecho es exacto aunque sea doloroso confesarlo. «¿Cuál es la organización entre nosotros del cuerpo de sa- nidad militar, cuáles sus garantías, cuál su competencia, cuál su porvenir i cuáles las condiciones de los hospitales 109 Vamos a examinarlas. I al hacerlo nada tenemos que exajerar: la simple disección del cuerpo hará aparecer el cadáver con sus deformidades i sus defectos. «Por desgracia, la cirujía militar no es una profesión, no es una carrera abierta al que ella quiera dedicarse, porque su horizonte es limitado, porque no tiene garantía de esta- bilidad i de ascenso, i en fin, porque no tiene un porvenir. Es un medio que como cualquier otro se adopta por conve- niencia o por necesidad, pero siempre como un medio pasa- jero, como una ocupación momentánea, jamás como un fin. Cesa esa conveniencia del momento, cesa esa necesidad pa- sajera, el empleo recibo luego un saludo i un adiós de des- pedida. «Ello es mui natural i mui lójico, Los sueldos de los ciru- janos son mezquinos i su condición no mui envidiable. «Entre nosotros, se puede decir, solo se conocen cirujanos de primera i segunda clase. Los primeros gozan, según la lei, de un sueldo de novecientos pesos anuales; los segundos de trescientos ochenta i cuatro; bien es cierto que la exis- tencia de éstos ha sido siempre momentánea. Hai actual- mente un cirujano mayor que reside en la provincia de Arauco. «Según el proyecto de Código militar, tantas veces citado, habrá un médico mayor, que residirá en Santiago, con un sueldo de mil doscientos pesos anuales i con el carácter de darjento mayor: habrá también médicos de primera i segun- sa clase, con un sueldo de novecientos pesos anuales aqué- llos i con el de setecientos veinte éstos. A los primeros se les considera con el carácter de capitanes i con el de tenien- tes a les segundos. La dotación de estos empleos en tiem- po de paz, se arreglara (testual) a las disposiciones siguien- tes: por cada hospital militar establecido o que se establecie- re en la República habrá un médico de primera o segunda clase, procurando hayan en igual número de unos i otios, i un practicante de cirujía; pero si la guarnición de tropa, a 110 que pertenece el hospital, pasare de quinientos hombres, habrá un médico mas por cada trescientos de aumento, o una fracción que no baje de la mitad, «Por loque hemos espuesto se colije cuán precaria seria la carrera del médico militar, si no fuera que acepta en el ejér- cito una colocación pasajera que en nada perjudique a sus demas intereses. Lo exiguo de su sueldo no le alcanzaría muchas veces ni aun para llenar sus mas premiosas necesi- dades. De aquí porqué los profesores titulados no aceptan empleos de esa naturaleza sino en las ciudades populosas en que jeneralmente residen. Para la provisión de estos des- tinos en las provincias del sur, se admiten, ya que no es posible encontrar a otros, a todos aquellos que sin mas títu- lo de suficiencia profesional que la obtenida en una práctica que no sabemos cómo ha podido proporcionarse, i con estu- dios siempre deficientes, han logrado formarse alguna clien- tela i alguna reputación en las aldeas o en las ciudades que carecen de facultativos. La competencia, pues, de estos ci- rujanos por el interes que se toman en el desempeño de sus obligaciones i por los conocimientos que poseen, no pocos ha habido i hai que están mui distantes de desempeñar siquiera con mediano acierto empleos de tanta responsabi- lidad. Puede calcularse el grado de confianza que éstos pres- tan a los oficiales i a la tropa por el verdadero horror que tienen de ponerse en sus manos, como se nos ha dicho i re- petido en varias circunstancias. En tales casos prefieren so- licitar los servicios i los cuidados de personas que, sin duda alguna, no pueden competir con aquéllos; pero que, en su defecto, adoptan un réjimen mas suave i menos peligroso en el tratamiento. «Si asimilando los destinos de los médicos militares a los oficiales del ejército, se concedieran ascensos progresivos a sus méritos, a sus servicios i a su antigüedad; si se dotaran mejor esos empleos, o finalmente si nadie pudiera ser admi- tido a desempeñar cargos de esa naturaleza sin un prévio 111 examen hecho por el cirujano mayor del ejército, para de- mostrar su Suficiencia, las condiciones del servicio de sani- dad cambiarían favorablemente para todos, ya que por lo reducido de nuestro ejército i de sus necesidades, no puede ni conviene el establecimiento de un curso destinados a for- mar cirujanos militares. Si estas condiciones no cambian, servirían talvez de un obstáculo para que el internado de medicina que trata de establecerse bajo las bases de un proyecto que pende ante la consideración del Cuerpo Lejis- lativo, pudiera tomar todo el incremento i todo el desarrollo que está llamado a producir en beneficio del pais i de la ciencia. «Igualmentefalta la subordinación i la unidad en el servi- cio. Cada cirujano es independiente en su guarnición. Sus tratamientos nadie mas que él los sabe: sus resultados son casi esclusivamente de su conocimiento. El movimiento de alta i baja en los hospitales se manda a las respectivas Co- mandancias de Armas por llenar solo una formalidad que a nada conduce en las condiciones actuales. Mui distinto seria si esos datos, si esos resultados i esos tratamientos, comuni- cados todos a un médico mayor, que tuviera la superinten- dencia sanitaria, fueran debidamente estudiados, reunidos i comentados. Entonces habría la facilidad de conocer con exactitud las causas de las enfermedades, de los contajios, de las epidemias, i en fin de todo aquello que pudiera tener interes para mejorar la condición de la salud de la tropa. Este empleado comunicando el resultado que arrojaran estos datos al Ministerio respectivo, propondría las mejoras que deberían hacerse, las faltas que deberían subsanarse, i las medidas que deberían adoptarse para llegar al resultado apetecido. «Muchos de los hospitales militares carecen de las condi- ciones necesarias para su destino. «Los que existen en Mulchen, Angol, Lebu i los Anjeles, han sido construidos cor, la idea solo de tener salones espa- 112 ciosos en que pueda asistirse a los enfermos. Ninguna o*ra idea ha presidido a su construcción. En Valparaíso, Chiloé, Valdivia i en todos los demás puntos en que por las nece- sidades del servicio ha habido alguna guarnición, los soldados son asistidos en los hospitales jenerales.; en Valparaíso por médicos militares, en los demas puntos por los de ciudad. «Si fuéramos a calcular, como indudablemente debemos ha- oerlo, lo que son los demas hospitales, por el de San Borja de Santiago, no adquiriríamos por cierto muchas ilusiones. I esto que ningún otro puede i debe ser mas atendido, no solo por existir siempre aquí una guarnición numerosa, cuanto por estar situado en el centro de todos los recursos i a la vis- ta de todas las principales autoridades. Salones estrechos, mal ventilados, muchos sin luz, pavimento hoyado, mala distribución i aun insuficiencia en su edificio a pesar de la estension inmensa de local, tales son sus mas notables de- fectos (1). Si se piensa ahora que en un establecimiento co- mo ese, destinado a contener cuando mas cien enfermos, se han aglomerado en dos ocasiones doscientos cuarenta, ha- ciéndolos dormir sobre los ladrillos o sobre las tablas, sin mas ropa de cama que un capote o una frazada raida, nada de estraño tiene que la gangrena hospitalaria se declare con toda su fuerza dejándonos hasta ahora un triste legado. «Para obtener mejores resultados en los tratamientos, pa- ra evitar las largas estadías de los soldados, para mejorar la condición de los enfermos i del aire que respiran ¿qué serian unos cuantos pesos destinados a la construcción de salones adecuados, a transformar el pavimento i a establecer venti- ladores? Nada mas que una economía que no se ha tenido la oportunidad o la voluntad de realizar (2). (í) Este hospital ha sido trasladado al de San Vicente de Paul en 1875. (2) Nos es grato consignar aquí algunas mejoras que ultiman.ente se han hecho en este establecimiento que sin darle toda eoníodidad lo hace al menos mas saludable. 113 «El servicio farmacéutico adolece también de faltas cuyos resultados no pueden ménos que dejarse sentir profunda- mente. No existiendo un depósito central de medicinas para el ejército, los hospitales situados en los confines de la Re- pública carecen algunas veces de medicamentos necesarios de todo punto en tales establecimientos, siéndoles difícil proporcionárselos por la distancia en que se encuentran de los puntos en que se espenden i teniéndolos que pagar a precios subidísimos. Podernos anunciar felizmente que en este último tiempo se ha pensado en poner remedio a tama- ño mal; i que no pasará mucho sin que ese depósito se haya establecido. «Ni la calidad, ni la condición de los cirujanos i de los hospitales, como se ha podido notar, es de las mejores para realizar el ideal que se persigue: la disminución de las en- fermedades i de las defunciones en la profesión militar.» II. Fijar las bases sóbrelas cuales debe establecerse por aho- ra i para mas adelante el servicio de sanidad militar, tal será el objeto de esta comunicación. Miéntras subsistan las condiciones actuales para la provi- sión de plazas de cirujanos de ejército, éstos no deberían ser encomendados a nadie que no tenga un título universitario en toda forma, o un certificado de competencia espedido por el cirujano en jefe que debería existir en Santiago, como una prueba de suficiencia en el desempeño de las delicadas funciones que están a cargo de dichos empleados. Como por ahora, por la exigüidad de la renta, no pueden encontrarse, talvez personas qu$ quieren hacerse cargo de las cirujanias que hai vacantes en la frontera, es de imperiosa necesidad dotarlas mas libgralrnente, hasta tanto que las medidas que aconsejaré mas adelante, hayan cambiado rad.calmehte las actuales circunstancias de dificulta ! en esas provisiones. S'L 114 las personas que aceptasen esos empleos, tuvieran el deseo de continuar en la clase de cirujanos permanentes, se íes asimilaría en cuanto se pudiera por lo que respecta a su gra- do a los de un oficial de la graduación que el Supremo Go- bierno creyera justo. De este modo creo que no seria tan di- fícil encontrar quienes fueran a prestar sus servicios en un punto que las necesidades crecientes del ejército reclaman con urjencia. Pero para hacer fructuosas todas estas medidas que de- ben tender a la disminución de las enfermedades i de las defunciones de la profesión militar, hai necesidad de unifor- mar en cuanto es posible todo el servicio médico. De otro modo, los bienes que resultarían de las nuevas obligaciones que deben pesar sobre el tesoro de la nación, serian poco provechosos. No todo consiste en tener hombres para cada destino. El fin a que debe llegarse no es solo a llenar las necesidades momentáneas de un servicio sino a hacerlas lo mas útiles i ordenadas que se pueda. Estudiar en todos los puntos en que existen guarniciones las necesidades del soldado, rejimentar el. servicio de sani- dad, anotar los vacíos, remediar las faltas, uniformar ios tratamientos, observar las causas de las enfermedades, es- tudiar su marcha, sus síntomas, sus caractéres, dilucidar científicamente todos los problemas que se presentan tan ordinariamente en estos casos, para que se ponga un pronto i eficaz remedio a los males o necesidades que se anoten, i para hacer ménos penosa i ménos espuesta la profesión mi- litar, tal debe ser el objeto de una reforma,radical en el per- sonal médico i sanitario del ejército. El único medio de llegar a ella, seria lq creación de una plaza de cirujano en jefe que residiera en Santingo, con la obligación de hacer una visita anual a los hospitales milita- res de la frontera. Este cirujano tendría la superintendencia del servicio militar, a él debería dirijirse semestrálmente una memoria por todos los demas cirujanos, en que al mismo 115 tiempo que se rejistrara el movimiento de alta i baja de los hospitales que estuvieran a su cargo, dieran cuenta de las observaciones que hubieran hecho sobre la marcha i sobre las causas de las enfermedades i de las medidas que a su juicio deberían tomarse para subsanar esos inconvenientes. El cirujano mayor pasaría anualmente al Ministerio respec- tivo un trabajo detallado sobre el número i condición de los hospitales, sus inconvenientes, las mejoras que deberían ha- cerse en ellos, el número de estadías de los soldados, las causas mas frecuentes de sus enfermedades, las particulari- dades mas dignas de interes que durante el año se hubiesen observado, las medidas mas indispensables i necesarias pa- ra subsanar las faltas que se notaren i las modihcaciones que debieran introducirse en el servicio. Mientras las plazas de Arauco continúen llamando tan seriamente la atención del Gobierno, i hasta que la guarni- ción de la frontera no disminuya, es de una necesidad casi imprescindible la existencia en ese punto de un cirujano ma- yor que inspeccione dia a dia el estado sanitario de la tropa, el orden del servicio, la regularidad de la asistencia, las ne- cesidades de los hospitales i demás asuntos precisos e indis- pensables. Este cirujano estaria en continua comunicación con el residente en Santiago, sobre todo en lo que concierne a asuntos científicos. Esto no seria suficiente si no se provee a una farmacia central para el ejército i la marina, como una condición pre- cisa i sine qua non de economía i de necesidad. La falta de esta oficina, aumenta los desembolsos que el Gobierno tiene que hacer para la provisión de medicinas a los buques de la armada i a los hospitales militares, sin la seguridad del acierto en la elección de las mejores calidades de los medica- mentos. Ün farmacéutico intelijente, colocado en la direc- ción de esa oficina, haria encargos directos al estrarijero de los mejores productos; cuidaría de su conservación, de su envase, de su diitribucion e,n todos los puntos de la Repú- 116 blica i dirijiría a cada uno de los farmacéuticos de los hospi- tales una instrucción detallada para la mejor conservación de los medicamentos. Esto a la vez que consulta una verda- dera economía tiene por objeto arreglar del modo mas con- veniente el servicio interno de los hospitales, asegurar la eficacia de los tratamientos, i evitar que en caso de una guerra estranjera nos encontremos desprevenidos de los ele- mentos mas indispensables i mas útiles en una campaña. Así como el soldado vale por la calidad del arma que mane- ja, el médico vale mui poco sin un buen medicamento, i sin un farmacéutico que lo prepare i conserve conveniente- mente. Pero lo que sin duda alguna contribuirla mui eficazmente al objeto que perseguimos, seria la creación de una Junta o Consejo de sanidad militar. Este consejo se formaría del inspector jeneral de ejército, del comandante jeneral da Armas de Santiago, del cirujano mayor, de los cirujanos residentes en la capital i del farmacéutico en jefe. Estaría a cargo de este consejo la vijilancia del servicio de sanidad militar en toda la estension de la República, i naturalmente Ja reglamentación de este servicio, con previa aprobación del Gobierno, tanto en épocas de paz como de guerra. Este consejo jeneral debería ser secundado por otras juntas de la misma naturaleza establecidas en los puntos en que el nú- mero de las guarniciones lo exijiera, como sucede ahora en la línea de frontera. Ancho campo en que trabajar se ofrecerla a este consejo. En la actualidad no existe un reglamento de hospitales—lo que quizás parece increíble—i nada hai determinado de un modo jeneral para regularizar los servicios que deben pres- tarse al ejército i la milicia. La estadística es un ensayo in- forme i triste que por ahora no es de utilidad alguna, pues tal como hemos tenido ocasión de observarla a fuerza de mil di ijencias, nada o casi nada nos ha podido decir en las investigaciones que el jénero de ese trabajo nos hacia bus- 117 car. Las reglas a que deben sujetarse los cirujanos para la» exenciones del servicio no están determinadas, i cada cual opina en este punto como le parece.—Las ambulancias en tiempo de guerra, elemento preciso de todo ejército media- namente organizado, están sujetas a las eventualidades de la suerte o para hablar con precisión, no existen absoluta- mente. El soldado herido en el campo de batalla o es aban- donado hasta después del combate o hai necesidad de dis- traer a algunos combatientes para llevarlo en brazos al sitio en que debe hacérsele la primera curación. Nada de carros para la conducción de los heridos, nada de angarillas i de aparatos apropósito para su conducción. Nada tampoco de medicinas, nada de colchones o de cama para que, descanse el cuerpo maltratado por las fatigas del combate o el dolor de las soluciones de continuidad. Empero, todos estos medios, todos estos recursos de una utilidad maniíiesta, d'eben tener por base la formación, desde el principio, de un cuerpo de cirujanos que irian a tomar sus puestos en el ejército, en la marina o en los que el Gobierno les destinara en las provincias que claman por facultativos. El internado de medicina viene a subsanar esos inconve- nientes. Todos los jóvenes que quisieran dedicarse a la carrera de cirujanos, serian admitidos como internos en los hospitales con la obligación de servir por tantos años después de con- cluidos sus estudios. Durante el internado se les considera- ría como cadetes para el goce de una pensión, debiendo dár- seles el grado de tenientes desde la conclusión de su carrera. Estos jóvenes, ya cirujanos, tendrían derecho a ascensos iguales a los oficiales en la misma forma i modo determinado por el nuevo proyecto de Código militar que pende ante la consideración del Senado, con el goce da montepío i jubila- ción.—Durante su aprendizaje, el médico en jefe del ejér- cito vijiiaria su enseñanza, i el consejo de sanidad militar propondría al Ministerio respectivo los ascensos a que eran merecedores en vista de la dedicación, de los trabajos i de la competencia que hubieran desplegado en el cumplimiento de sus deberes. Si esta innovación no quiere ser aceptada, por la novedad de la forma en que se encuentra concebida, propondríamos la formación de una escala que podria ser la siguiente: l.° cadetes, 2.° cirujanos de tercera clase, 3.° id, de segunda, 4." id. de primera, 5.° cirujano mayor, 6.° id. en jefe. Los cirujanos ocupados en el servicio de la frontera, tendrían de- recho a una gratificación de la tercera paite o de la mitad del sueldo. Los jóvenes recien salidos de la escuela serian colocados como cirujanos de tercera clase. Los sueldos se- rian lijeramente aumentados tomando por base los que aho- ra existen. Creemos firmemente que con estas medidas la condición del ejército ganaria considerablemente, sin que por eso el erario se echara encima una carga pesada. La salud del ejército mejorada, mejorada también su con- dición, arreglados convenientemente los hospitales i sus far- macias, el alimento del soldado reglamentado i atendido, las ambulancias formadas, llenadas favorablemente todas sus necesidades, los males que deploramos habrían desapare- cido. La rapidez con que estas líneas han sido escritas me han impedido proponer una reforma tal como lo habria deseado i como necesita ser emprendida cuanto antes por las conse- cuencias tan funestas que se vienen palpando en aquella di- visión de nuestro ejército que llena ahora la parte mas acti- va de su misión. Los vacíos que ahora mismo noto en mis observaciones, han sido i continúan siendo objeto de mis meditaciones, 118 18G9. ELOJIO DEL DOCTOR PETÍT. ;'S0BRE LOS SISTEMAS EN MEDICINA (')• Señores: El 13 de setiembre de 1869 pasaba algo de estraordina- rio en esta buena ciudad de Santiago. Numerosos grupos de personas se dirijian tristes i cabisbajos al barrio sur de la Alameda; la calle, en poco tiempo, se hizo estrecha para contener la cantidad de carruajes que afluían al mismo sitio. En medio de ese agrupamiento tumultuoso que se estre- chaba con relijioso silencio, se notaba a la Facultad i a ia Escuela de medicina de rigoroso luto, como también a esos abnegados defensores de la propiedad cuyos elementos son el agua i el fuego. ¿Qué pasaba en ese dia para que la so- ciedad casi entera se conmoviera tan profundamente i diera muestra de un duelo tan jeneral i tan sincero? ¿Por qué la Facultad de medicina vestia tan rigoroso luto? ¿Por qué la Escuela de medicina habia enmudecido i se agrupaba con tan tierna solicitud en ese sitio? ¿Por qué esos jenerosos (1) Discurso do incorporación en la Facultad de medicina de la Univer- sidad. bomberos, dando de mano a sus ocupaciones ordinarias, en- lutaban sus instrumentos de salvación i de trabajo? Ah! se- ñores era que e! doctor don Jorje Petit habia muerto! Del sabio i humanitario médico, del ilustre ciudadano, del buen amigo, del profesor distinguido, del hombre de gran corazón i de brillante intelijencia, no quedaban mas que los restos. Su alma habíase elevado a mejores destinos i solo su cuerpo quedaba aquí abajo. Era necesario prestarle el pri- mer servicio de los muertos, atestiguar con las lágrimas 1 con la presencia el dolor proíundo que a todos aquejaba su sensible pérdida, manifestar el sentimiento tan íntimo de que todos se encontraban poseídos. El amigo iba a darle al borde del sepulcro—ese frío dintel que nos separa de la eternidad—su último adiós; el cliente iba a manifestarle su reconocimiento por haberlo librado de los brazos de ese espectro que él combatía con tanta habili- dad, i ante el cual debía caer mas tarde fatigado por la lu- cha constante que habia sostenido; la sociedad se apresura* ba, a atestiguar su reconocimiento, su respeto i su simpa- tía al hombre de corazón i de talento que sacrificaba hasta las horas destinadas al reposo para servirla; la Facultad de medicina iba a despedirse del astro mas brillante que ra en su seno; la Escuela médica, abatida por el golpe que su suerte le deparara en su mas hábil profesor, debía estre- charse al rededor de su tumba para recibir la última lección que le daba el maestro en la manifestación pública i brillan- te que se le tributaba, Por eso los funerales que se tributaron al doctor Petit fueron tan notables i su acompañamiento tan estraordina- .riamente numeroso. Nada habia en ellos que recordara el aparato faustoso pero frió de los actos oficiales. Fueron la espontánea manifestación del duelo de un pueblo ilustrado que con relijioso sentimiento se agolpaba a tributar el últi- mo homenaje debido a la virtud, al talento, a la honorabili- dad, a la ciencia. El carro fúnebre, arrastrado por ks manos 120 121 de sus amigos, de sus colegas i de sus discípulos, era escol- tado por todo lo que la capital tiene de mas valer, de mas honorable, de mas distinguido, de mas importancia, sin dis- tinción de colores políticos i aún sin distinción de clases. El respetuoso recojimiento de que todos se encontraban poseí- dos, apenas era turbado por los sonidos lastimeros de la cor- neta destemplada que una de las compañía de bomberos, de que era cirujano, anunciaba el triste suceso. En su lento curso, el acompañamiento fúnebre íbase au- mentando, i al acercarse al lugar en que reposan tantas existencias que nos han sido queridas, habia tomado una proporción asombrosa. El corto momento de la despedida última, fue la conmo- ción de muchos, el llanto de los demas, la turbación de todos. Al salir, llevábase el vacío. La sociedad habia perdido para siempre uno de sus miem- bros mas honorables i humanitarios, vosotros, uno de vues- tros mas leales i distinguidos allegas; i la pobre Escuela médica, tan azotada cruelmente desde hace pocos años, a una de las mas eminentes figuras que haya honrado sus aulas, alcanzando a guiar con su talento i su íácil palabra a tres cursos sucesivos. Al considerar, señores, que la bondadosa deferencia que habéis tenido conmigo, llamándome por la unanimidad de vuestros sufrajios a ocupar un puesto en vuestras filas, para ayudaros en la hermosa tarea que os está trazada en la mar- cha científica del pais, me impone una responsabilidad que no está a la altura de mis fuerzas, mi espíritu ha vacilado, i me he sentido todavía mas conmovido al pensar que era llamado a sentarme en el lugar que ha dejado vacío la muer- te del hombre cuyo duelo, sentido por la sociedad entera, os acabo de trazar a grandes pinceladas. Creo,interpretar vuestro pensamiento al espresar el mió: la muerte del doctor Petit ha dejado un vacío irreparable que solo el tiempo podrá llenar. Puede, el que haya obtenido vuestros sufrajios, sentarse en el puesto que ocupaba; pero no alcanzará a suplir su falta. Solo el deseo de calentarme con vuestro entusiasmo, de embeberme en vuestras ideas de progrese i de adelantar en mi carrera, pidiendo, al que ocupara con tanta brillantez es- te sitio, me ampare con su prestijioso nombre i me sostenga con su espíritu que se ajita en mejores rejiones, a la vez que la gratitud que os debo, puede decidirme a aceptar tan honrosa distinción, viniendo ahora a llenar las formalidades que los estatutos universitarios me prescriben. No creáis, de ningún modo, que mi palabra se alce inspi- rada por la gratitud que debiera al hombre cuyo elojio me honro de hacer, porque jamas debíle un servicio, ni por la lisonja rastrera que circunda a los grandes, porque poco ha dejado tras de sí, ni por la amistad estrecha que borra los defectos i ensalza lo que poco merece, porque no fui su ami- go i apenas conocílo en la práctica ruda de nuestra profe- sión, Mi palabra será la inspiración de mi conciencia i déla conciencia de todos que vieron siempre en mi distinguido predecesor una alma noble i desprendida, una intelijencia brillante i distinguida, sentimientos elevados i dignos. Será la manifestación imparcial i justa que merece el hombre cu- ya vida se pasó entre el bien i la virtud, entre la ciencia i el arte, entre el enfermo i el libro, entre la caridad que ele- va i la severidad que sostiene. Hai, en verdad, bien pocas vidas tan perfectamente lle- nadas como la del doctor Petit. Desde que recibió su título de médico, no conoció el reposo. Los quehaceres, las obli- gaciones i los enfermos absorvieron completamente toda su * existencia. Los placeres que dá el descanso, fueron apenas meteoros pasajeros que cruzaron con veloz carrera el cielo nebuloso de su ajitada vida. Para él, siguiendo la sentencia del Gé- nesis, vivir fué trabajar. I fué este afanoso empeño por el 122 123 trabajo, esa ajitacion incesante i todos los dias renovada, la que debió conducirlo a pasos precipitados al sepulcro, cuan- do su intelijencia era joven, cuando su cuerpo no habia si- do doblegado por el peso de los años, cuando su talento ma- duro por una vastísima práctica i por un estudio sostenido, daba los frutos preciosos que teníamos derecho de esperar. Si la duración de la vida se avaluara no por los dias i los anos que se suceden unos tras otros, no por el número de salidas i ocultaciones del sol, sino por la actividad desplega- da, por los servicios hechos, por los trabajos realizados, por las impresiones recibidas, por el número de las obligacio- nes llenadas, de los deberes cumplidos o por la elaboración intelectual, pocas habriacomo la de mi honorable antecesor. Así, los cincuenta i siete años que pasó Petit aquí abajo, valen lo que uno o mas siglos para tantos otros de nuestros prójimos que no hacen mas que dormir, comer i ocuparse de la chismografía. I es así como debía contarse la existencia; i es así como es mas fructuosa para el individuo i para la sociedad. Vivir en la intelijencia diez años por lo que otros viven veinte, es una noble aspiración, una emulación digna de todo espíritu que trata de ajitarse fuera del estrecho círculo de las peque- ñas pasiones i de los pequeños intereses que nos ocupan i que nos dividen. ' Jorje Petit, que vivia con un espíritu mas elevado que el de la jeneralidad, pensaba de ese modo. / Creía que todo hombre tiene obligaciones que llenar para con la humanidad por el hecho de serlo. En esta inmensa cadena que se empuja desde Adan con anheloso empeño para conseguir una mejor situación, cada cual debe poner en contribución su intelijencia i su trabajo al servicio délos de- mas. Si así no fuera, el egoísmo seria la primera regla i la disolución social la consecuencia lójica de esa conducta. El brazo que amasa el fierro i lo emplea en las artes, el gañan que pisotea el barro, el artista que forma i que cons- 124 truye, el médico que conserva la salud i prolóngala vida, el sacerdote que lleva las almas a la contemplación de otras esferas, el estadista que mejora las condiciones de los pue- blos, la intelijencia que descubre i crea, el injeniero que horada las elevadas montanas i cubre de alambres i de rie- les los caminos, todos contribuyen a esa aspiración univer- sal, todos ellos desempeñan su misión. Por las altas dotes de su intelijencia i de su carácter, i por estar poseído de esas mismas ideas, fuéporlo que vues- tro honorable colega pudo prestar tan numerosos servicios, pudo ser tan útil i llevar una misión tan bienhechora. El rápido bosquejo que voi a trazar de su vida, os proba- rá hasta dónde tengo razón para avanzar los conceptos que hasta aquí llevo emitidos. Jorje Hércules Petit, antiguo alumno interno de los hos- pitales de Paris, prosector de anatomía, ex-redactor de la Gazeiie medical, miembro de la Facultad de medicina de la Universidad de Chile, profesor de clínica interna en la mis- ma Universidad, nació en Baillif de la Guadalupe, en esa parte de la isla conocida con el nombre de Basse-ierre, for- mada por alias cadenas de montañas arboladas, de carácter volcánico, que van a terminar en el mar por medio de pro- fundos barrancos, pero que contiene una rica vejetacion tro- pical. Sus padres eran acomodados i poseían vastas planta- ciones de cañas de azúcar, cuyo cultivo forma la principal ocupación i casi la única riqueza de la isla. Los primeros años de Petit, se pasaron en esa bulliciosa alegría de la niñez que forma el encanto de la vida, sin que ninguna circunstancia, que yo sepa, hiciera presentir nada para el porvenir ni descubriera sus aptitudes. Su imajina- cion viva i lijera, como todas las délos hijos de los trópicos, acaso no pensaba mas que en recibir i obtener las caricias ma- ternales, de las que apénas ¡ai! alcanzarla a gozar; porque la muerte debia dejarlo huérfano a los cinco anos |de edad, arrebatándole a su madre. 125 Tan pronto como estuvo el niño en estado de recibir la educación que merecía por su posición social, su padre en- vióle a Ayen (en Burdeos), donde debía llevar la vida del internado durante el tiempo que durase su aprendizaje. Ahí se encontró el pobre niño sin mayores relaciones i en el esta- do de desesperación consiguiente a la ruptura completa de sus antiguos hábitos. Su nueva situación debió serle penosa i en mas de una ocasión hubiera querido salvar las murallas del edificio en que estaba encerrado para triscar libre i ja- deante en las selvas tupidas de sus montañas i de sus caña- verales. Empero, el hijo de los trópicos tomó su determina- ción. La caña abatida por el golpe irguióse corv el rocio del estudio; i su intelijencia viva i despejada, debia conquistar- le bien pronto los laureles a que su aplicación i su rápido aprovechamiento le daban derecho. A los seis años de per- manencia en Burdeos concluía sus estudios preparatorios, conquistaba en 1830 el diploma de bachiller en letras, i se ponia en actitud de abrazar una carrera profesional. Enviólo entonces su padre a París para que estudiara la medicina. Pero ¿cómo hacer para que el joven tuviera los recursos suficientes en ese centro científico; cómo hacer para que na- da le faltara a tan larga distancia, cuando él (su padre) no tenia ahí ningún pariente ni ningún amigo de confianza a quien encomendarle la dirección de su querido hijo? Con po- ca esperiencia de la vida, sin conocer a fondo las tendencias déla juventud, confiado quizás en el carácter del hijo o por uno de esos caprichos o ideas estrañas, el padre del joven Petit entrególe casi una fortuna, para costearle todos los gastos que su permanencia i aprendizaje podia demandarle hasta obtener el título que ambicionaba. Al partir para ese paraiso de la juventud, para ese pande- mónium que se llama París, nueva Atenas por la enseñanza, el joven estudiante llevaba de quince a veinte mii francos en su cartera i el espíritu confortado con las halagüeñas ilusiones bue su fortuna le permitía hacer. ¿Qué iba a ser del joven Petit en ese Paris de los cafées cantantes, de ios bailes públicos, de los teatros, de los es- pectáculos i de las curiosidades? ¿Qué iba a ser de ese joven que por primera vez pisaba la pendiente resbaladiza de esa gran ciudad, donde hai lugar para todos los placeres, para todas las diversiones i en que por todas parte se habla a los sentidos? ¿Qué iba a ser de ese joven de pasiones meridio- nales, de intelijencia viva, cuyo vigor i desarrollo habia si- do precipitado por el calor de la tierra en que habia nacido? ¿Qué seria de esos veinte mil francos, cuantiosa fortuna para un joven como Petit que franqueaba apénas los um- brales de la vida e iba a entrar en una sociedad desconocida para él? ¿Serian su salvación? Serian su pérdida? ¿El apli- cado estudiante de Ayen se dejarla arrullar por los placeres o cobrando nueva animación salvaría el precipicio i se echaria anheloso en los brazos de la ciencia? ¿tria a buscar los pasa- tiempos que enervan o el estudio que eleva i dignifica? Cuando, como Jobért de Lamballe, como Thenard, como Yelpeau, o tantas otras ilustraciones de la Francia, se lle- ga a un centro de ilustración como ese cerebro hirviente de la Europa que se llama Paris, con la bolsa vacia, pero rico en esperanzas i en ilusiones de todo jénero, se comprende que el trabajo puede ser la única aspiración del joven que sueña con mejores destinos; mas no así cuando se tiene en el bolsillo lo que representa la vida sin privaciones, la feli- cidad de algunos años sin inquietudes. El joven colono, sin embargo, tuvo bastante talento i bastante carácter para escojer el camino que debía llevarle a ser mas tarde un hombre útil a la sociedad. Esos miles de francos que poco debieran durarle, por la jenerosidad de su carácter, empleólos en el bien; i la esca- sez futura, llegó a ser el móvil de un incesante trabajo. Fiel a los antecedentes que lo acompañaban desde el lu- gar en que hiciera sus estudios de humanidades, constante con el propósito que se habia formado, leal a las promesas 126 127 que hiciera al autor de sus dias, sin desmentir la inteligen- cia clara i fogosa que en su semblante se reflejaba, Petit to- maba su primera inscripción en la Facultad de medicina en el mes de noviembre de 1830, siendo nombrado esterno de los hospitales, con Marjalin i Blandin, dos años mas tarde, en atención a sus rápidos progresos. Desde esta época, el joven Petit se entregó al estudio con una constancia i un tesón admirable. Todo el dia pasá- balo en oir las lecciones de los mas afamados maestros, yendo a terminar la noche sobre los libros, esos buenos compañeros que nunca debia abandonar. Su anhelo por la ciencia llegó a ser febril. Nada había que lo contuviera en su ardoroso empeño por formarse un lugar i un nombre entre esa falanje de espíritus que clama- ban por la luz, i que brotaba a raudales de estos titanes del jénio o de esos ilustrados profesores que se llamaban Cru_ veilhier, Roux, Dupuytren, Sansón, Broussais, Andral, Paul Dubois, Orilla, •- Bouillaud, Rostan, Martin Solon, Laenec, Velpeau, Rayer i de esa otra intelijencia distingui- da que recien se levantaba en la aurora de una reacción mé- dica—Trousseau, Su ambición debia bien luego quedar en gran parte satis- fecha. En 1834 se abria un concurso para la admisión de quin- ce internos en los hospitales. Presentóse a esa lid lo mas distinguido de la juventud estudiosa. Petit, notadlo bien, ob- tuvo el primer lugar en el _ concurso. Detras de él habían quedado muchos de esos hombres que forman hoi la gloria médica de Francia. Esta distinción que una comisión severa hacia con un jo- ven que no tenia mas apoyo que el de su intelijencia, que habia nacido fuera de la Francia, que se encontraba solo i sin relaciones en un centro apartado del lugar de su naci- miento, debió llenar su alma de un justo orgullo i lo empeñó a continuar la afanosa vida de los concursos con una mayor decisión. 128 Poco tiempo después, era nombrado prosector de anato- mía de Clamart, en un concurso no inénos brillante que el anterior, en el que el célebre anatomista Sapey, profesor hoi de la escuela de París, se habia presentado como contendor. ¡Que honor i qué triunfo! El horizonte se habia ensanchado, despejándose, para el joven Petit. Habia vencido las mayores dificultades de la carrera i el porvenir presentábasele risueño; ¿Qué podría contenerlo en adelante para marchar con pié seguro en esa carrera de triunfos que habia adoptado? ¿Qué cosa podía impedirle sentarse mas tarde en esas tribunas cuyos écos se estienden por todos los ámbitos del mundo civilizado? Infatigable siempre en el estudio, algo escaso de medios para llevar una vida mas cómoda i mas holgada (porque ya su fortuna habia desaparecido con sus larguezas), solicitado con ahinco por muchos estudiantes que reconocían su alto mérito como anatomista, i en la mejor posición para dar a conocer sus altas dotes i los vastos conocimientos de que se encontraba adornado, el moderno prosector se dedicó a dar lecciones de anatomía que fueron desde el principio mui con- curridas. El nombre de Petit llegó a ser en poco tiempo mui conocido. Mas no por estas nuevas ocupaciones dejó de continuar cultivando con admirable provecho todos los ramos que for- man la vasta ciencia de Hipócrates i de Avicena. Fuéen estas sostenidas tareas de estudio, en estos com- bates librados ante severas comisiones que juzgan de la fuer- za de cada cual, en estos concursos que estimulan la inteli- jencia de los que tratan de formarse un porvenir, fundado en el mérito i no en el favoritismo, donde mi honorable antece- sor adquirió mas de una amistad que fué consecuente hasta sus últimos dias. Ahí fué donde estrechó sus relaciones con el eminente ñ- siolojista C. Bernard, que lo llamaba su camarada i su ami- go hasta en los últimos anos, en la dedicatoria de sus obras 129 i de sus trabajos que le enviaba a este rincón de la América con una regularidad que solo el íntimo convencimiento del mérito pudo mantener de una manera tan sostenida. Ahí fué donde cu'tivó hasta la mas estrecha intimidad i donde vivió con una comunidad de estudios jamas interrumpida con Laminan, nacido también en las Antidas, esperanza brillante que debia apagarse en la primavera de la vida. Ahí fué donde ligado por las relaciones del espíritu, ese pa- rentesco no menos estrecho que el de la sangre, debia con- servar mas de un amigo que lo recordara, mas dp una relación que lo volviera a estrechar cariñoso entre los brazos, cuando después de azotado por el destino i con la madurez de los años, volviera a calentar su espíritu en la fragua ardiente de la medicina francesa. Nutrido con las ideas mas sanas que reinaran por enton- ces en la escuela, acompañando como interno a Sansón, a Rayer i a Velpeau, profundizando todas las vastas cues- tiones que la ciencia nos presenta, una gran parte de las cuales eran discutidas por entonces con el calor de los sec- tarios, Petit avanzaba de un modo prodijioso en sus conoci- mientos, haciéndose notar por su espíritu recto i su constan- cia inquebrantable. Avido de toda clase de conocimientos, de todo aquello que podía llevar luz a su intelijencia ardorosa e inquietud, preo- cupábase de las mas arduas cuestiones de la cirujía como de los mas difíciles problemas matemáticos. Es mas que probable, que tratando de dar una dirección positiva a sus conocimientos, que huyendo de los escollos fáciles de las teorías a que nuestro e-piritu de síntesis nos conduce con prodijio-a tacilidad, buscara en la afición que tuvo i conser- vó por las matemáticas, un medio de precisión i de positi- vismo en sus ideas, precisión que lo hiciera distinguirse i que debia conservar pira siempre. Madurado su espíritu con una piáctica vastísima, i al la- do de las mas grandes ilustraciones de la escuela, conjcedor 130 profundo de la anatomía, versado en la mas árduas cuestio- nes de la ciencia, al cabo de todos los progresos mas recien- tes, rico en conocimientos de todo jénero, Petit era una gran esperanza i un prestijio. Buscósele, entonces, para que to- mara parte en la redaccionde la G'azeite medícale, como a una personalidad que podía llevar un continjente poderoso ai periodismo médico. En esta nueva posición, Petit supo desempeñarse con no ménos acierto i maestría, según nos ha contado uno de sus colegas de estudio, que en los demas puestos que halda re- corrido. La mano que manejaba tan bien el bisturí no era inferior manejando la pluma. Los rápidos progresos hasta entonces obtenidos lo condu- cían con feliz lijereza al término de su carrera. La idea que lo llevara al continente, iba a realizarse en poco tiempo mas. La escuela le era ya estrecha i necesitaba salvar la úl- tima escala. Después de un aprendizaje que puede llamarse brillante, recibia el grado de doctor en 1839. ¿Qué va a ser ahora del joven médico? Las puertas que conducen al hospital, a la agregación, al profesorado, por medio del concurso, se le presentaban como una esperanza halagüeña que acariciaba en su inspiración ardiente, comouna aspiración justa i lejítima, casi como un derecho de sus triunfos tan brillantemente obtenidos. Hasta ahora, nada lo habia detenido; todo había colmado sus deseos e ido quizás mas allá de sus aspiraciones. Las puertas que habia tocado, habíanse abierto; las ilusiones que acariciara, se habian realizado Su camino habia sido una marcha triunfal en el que no habia tenido, como los guerre- ros romanos victoriosos, un esclavo que le gritara que no era mas que un hombre, a no ser su razón tranquila i su carác- ter elevado. Empero, los caprichosos jiros del destino debian envolver- lo en poco tiempo mas entre sus pliegues i arrojarlo de nue- vo a la Guadalupe, su tierra natal. 131 Al pisar de nuevo esa tierra caliente que había mecido su cuna i dádole-fuego a su intelijencia, no era ya el niño bullid cioso i alegre que corriera tras la inconstante mariposa i se atreviera en los senderos tortuosos de las montañas. Los años i el trabajo lo habían transformado; i la muerte de su pa- dre, poco ha acaecida, lo llamaban a ocupaciones sérias. Du- rante su permanencia en la Guadalupe, Petit se ocupó de poner en orden los negocios de su padre i de cultivar la he- redad que había recibido, al mismo tiempo que practicaba estensamente la medicina. Sus vastos conocimientos en la ciencia i su habilidad para tratar las enfermedades que en esa rejion dominan, lo hicieron en poco tiempo ser el médi- co mas solicitado i por consiguiente el mas ocupado de la co- lonia. Su doble posición de propietario i de médico, le pusieron en poco tiempo en aptitud de realizar una regular 'fortuna. Una revolución santa i sin embargo, que tendía a libertar de la esclavitud a los trabajadores negros de la isla, atados al poste de la degradación i de la infamia por uno de esos graves errores que se perpetúan en la humanidad, a despe- cho de los preceptos mas claros de la justicia i del derecho, vinieron a poner sus negocios en mal estado i a destruir una fortuna formada a costa de gran trabajo i de no pocos sin- sabores. No pudiendo permanecer por mas tiempo en este lugar, a consecuencia de ese movimiento jeneral de toda la isla, re- percusión a la vez del que se verificaba en ese mismo tiem- po en la Francia misma, Petit partió nuevamente al conti- nente. Al llegar, supo que habia una plaza vacante en los hospi- tales de Burdeos. Petit se presenta al concurso; pero como no tenia la edad que exijian los reglamentos para un destino de esa naturaleza, pide i obtiene la dispensa mas honorífica de sus jueces, en atención, se decia, a los antecedentes no- tables i a los méritos sobresalientes del solicitante. En esa 132 vez, otro de los profesores de la escuela de medicina de Pa- rís de hoi dia, debia quedar fuera de combate ante la vasta erudición i la brillantez de las pruebas de nuestro concur- sante. Parecía que el jénio fecundo i la sombra gloriosa del gran Petit (Juan Luis) se cotnplacia en cubrir i en am- parar a este nuevo retoño que se alzaba pujante en medio de las mas difíciles pruebas. I es de advertir que separado mi honorable predecesor desde hacia algún tiempo de la carrera espinosa i voluble de los concursos, este nuevo asalto era para él mas honorífico, si cabe, que sus anteriores triunfos. Probaba que. aunque dis- tante de la actividad fecunda que caracteriza a las escuelas no se había adormecido en la distancia i se mantenía atento a los progresos que la ciencia realizaba en los grandes cen- tros médicos. Probaba, también, que su espíritu se había fortificado con los años i que la práctica había sido para él una fuente inagotable de estudio i de observación. En su nuevo puesto, distinguióse el cirujano de los hos- pitales de Burdeos p >r sus vastos conocimientos, por su in- telijencia clara, por su espíritu recto i por un tacto esquisi- to. En poco tiempo, una clientela'numerosa recompensa sus esfuerzos i daba aliento a sus esperanzas. Petit llegó a ser si no la mas alta figura médica de ese pueblo industrioso i trabajador, un hombre lleno de las mas distinguidas consi- deraciones, de las mas respetuosas deferencias i de una re- putación mui alta. Ni la maslijera sombra parecia manchar el claro horizon- te que divisaba ha-ta entonces, pudiendo abismarse en sus ensueños de otra época; ensueños de una notable i justa am- bición, forjados en el yunque del trabajo con el martillo so- noro de la intelijeocia, cuando el adverso destino para él, feliz para nosotros, debia arrojarle lejos, mui léjos, del tea- tro de sus estudios i de sus triunfos. La suerte arrojóle a nuestras p'ayas (18-19); i habiendo obtenido, después de magníficas pruebas, la Ucencia compe- 133 tente, fijó su residencia en Valparaíso. Quizás buscaba allí, en la contemplación de ese mar que baña con dulzura las plantas de la ciudad, un recuerdo del que circundaba el lugar de su nacimiento o del que se estendia altanero a las puer- tas de Burdeos. Ahí no tardó no solo en ser el medico mas solicitado délas familias, sino también de sus colegas, que lo miraban con esa alta distinción que inspira la dignidad i la ciencia. Basta decir que no habia ninguna consulta profesional de alguna importancia a que no fuera llamado mi ilustre predecesor i en que su voz no fuera oida como la espresion mas caracte- rizada de la junta. Su reputación llegó a ser proverbial. El dia no le bastaba para desempeñar sus quehaceres profesionales; pero él, in- fatigable, trabajaba hasta llenar sus compromisos. La fortuna que desde el primer momento de su arribo a estas playas se habia declarado a su favor, se mantenía siempre constante. En medio de esa versatilidad que forma el modo de ser una gran parte de nuestra sociedad, la reputa- ción de Petit no sufrió ningún quebranto, antes bien crecía con asombrosa rapidez. Era una prueba la mas evidente i la mas clara de sü importancia i de su mérito. Fatigado ya por el penoso trabajo de una vasta práctica, sintiéndose entibiado por la distancia de los grandes centros científicos, deseoso de ir a calentar su entusiasmo i de re- templar su intelijencia en el ardoroso estudio, abandonó después de algunos años a Valparaíso, para ir a recibir ei riego fecundo de la escuela parisiense de la que tanto tiem- po habia estado separado. Amante del estudio, entusiasta por la ciencia, deseoso siempre de encontrarse al cabo de todas las modificaciones i de todos los adelantos verificados en su profesión, Petit fué a buscar, en el primer teatro de sus triunfos, el alimento que su espíritu buscaba anheloso. El soldado que siempre habia estado en la vanguardia, no podía conformarse con 134 ir a formar en las filas de la retaguardia o de la reserva. Pero esta vez las borrascas de la vida o las versatilidades del destino no debian separarlo jamas de una tierra a quien él habia cobrado tanto cariño i a quien amaba como su se- gunda patria. Iba para volver. Tan pronto como llegó a Paris, Petit fue incansable en el estudio. Revivieron sus antiguos hábitos, su entusiasmo co- bró hueva animación, sus relaciones de otro tiempo se estre- charon, i un trabajo sostenido fue su vida. Sus antiguos compañeros de estudios i de concursos, que ocupaban ya sus puestos en la escuela, franqueáronle el camino; i atento a todos los progresos i a todas las modificaciones de los méto- dos, la llama sagrada que en él ardia cobró nueva animación. Como un estudiante que cuida de su inscripción, todas las mañanas se le veia en los hospitales i mas tarde en los an- fiteatros. Rico ya con este nuevo caudal de conocimientos, fortifica- do en su entusiasmo, alentado en la fé de sus propósitos, despertado su espíritu a las mas elevadas ideas de progreso, conocedor práctico de todos los nuevos métodos de observa- ción, en año i medio de constante estudio, Petit tomaba su pasaje para fijar nuevamente su residencia en Valparaíso en 1855. Su regreso llenó de júbilo a sus numerosos amigos, de consuelo a su numerosa clientela. No es estraño, entonces, que sus trabajos se redoblaran, que su nombre fuera mas respetado, si cabe, que antes de su partida, i que sus colegas se apresuraran a aprovecharse de los adelantos que habia realizado. Solo, sin familia, mirando a este pais que le brindara una. franca hospitalidad con un cariño entrañable, rodeado de to- da clase de consideraciones, queriendo quizás fijar para siem- pre su permanencia entre nosotros, joven aun, Petit sintió nacer en su pecho la llama ardorosa de una pasión que de- bia hacer su consuelo i su felicidad. Inspirado por una mujer 135 de maneras delicadas i de un espíritu fino e intelijente, en- lazaba a ella, su suerte en 1853. Esta unión era su doble la- zo que fijaba su destino i que lo ataba para siempre a este bello pais donde debía dormir el sueno eterno. La fama del doctor Petit había salvado las barreras de la ciudad en que ejerciera con tanto acierto su difícil profesión i su nombre era conocido en casi toda la República. Todos los enfermos que acudían a Valparaíso solicitaban sus cui- dados, i su opinión era recibida con deferencia. Su intelijen- cia relevante, sus estensos conocimientos, su reputación tan jeneral i tan merecida, designábanle desde tiempo atras pa- ra ocupar un puesto donde pudiera lucir con provecho sus distinguidas cualidades. En 1861, el Supremo Gobierno, acordándose al fin de la pobre Escuela de medicina que arrastraba una vida silenciosa i enfermiza, reforma el pian de estudios, aumenta el escaso número de profesores que hasta entonces soportára sobre sus hombros todo el peso de la enseñanza, toda la responsa- bilidad del estudio, e inspirándose en un sentimiento de justicia, hace la feliz elección de mi antecesor para profesor de la clase de clínica médica. Bien poco tiempo mas tarde, nombrósele miembro de esta Universidad en la Facultad que le correspondía. Fíjase el doctor Petit entre nosotros, i desde sus primeros dias, supo conquistarse una reputación que, si no igual, fuá mayor que la que hasta entonces hubiera obtenido en las ciudades que ejerciera su profesión. Vosotros todos sois testigos, señores, de cuánto eran sus conocimientos, de cuánto era capaz esa intelijencía altiva que tenia la mirada del águila para penetrar en las profun- didades del organismo enfermo i de cuan justa fué la reputa- ción que supo formarse en los ocho añe»s que pasó entre nosotros. Vosotros lo veíais trabajar con un tesón sin igual, soportar las mayores fatigas, sobrellevar un peso superior casi a la 136 naturaleza humana, con un espíritu inquebrantable, con una serenidad de ánimo verdaderamente grande, con una fé sin igual. Algunos de vosotros sois testigos de los desvelos que se imponía para cumplir con sus deberes de profesor i con sus obligaciones de médico. A las siete precisas de la mañana en el verano i a la siete i media en invierno, el distinguido maestro franqueaba los umbrales del hospital, i sin tomar descanso alguno, se di- rijia alas salas de clínica, donde lo esperaban sus discípulos que respetuosos descubríanse delante del hombre que era su apoyo i su guía. En la visita, deteníase con atemion en los casos mas interesantes para mostrarlos a los que lo seguian, haciendo notar las particularidades que la enfermedad pre- sentaba, los síntomas mas conspicuos, yendo ala clase a es- plicar la significación de todos esos cuadros informes para las intelijencias que se inician. Su mirada fija i concentrada, animábase entonces con un fuego particular, i el alumno encontrábase dominado por una fuerza irresistible de obser- vación ante el ejemplo del hombre que investigaba con pla- cer i observaba con escrupulosidad. Tan pronto como salía de las salas, una numerosa cliente- la disputábase su asistencia i érale corto el tiempo para el trabajo imposible que la sociedad entera se apresuraba a im- ponerle por su carácter digno i elevado. Cas-i siempre robá- bale algunas horas al descanso, sin que por eso dejara de dedicar al estudio algunos ratos. Enemigo intransijente de esa charlatanería que se disfra- za con el ropaje de la ciencia, de ese falso oropel que solo deslumbra a los necios i que dá mui baja idea del que lo usa; opuesto por convicción i por naturaleza a esos manejos indeco- rosos de los que se fabrican frájiles tronos para recibir el in- cienso de falsos ídolos, que un vulgo torpe se apresura a quemar, nuestro colega tenia una severidad de carácter i una honradez de comportacion que lo colocaba mui alto en 137 aprecio de sus comprofesores i de la sociedad toda. La men- tira profesional causábale asco i jamas se manchó con ella. Naturaleza noble e independiente, jamas traficó con e engaño, siendo la verdad su norma, por mas que esa ver- dad fuera el desconsuelo de álguien, el aprovechamiento de un mezquino lucro, un espediente de momentánea conside- ración. ¡Ah! sobre todas esas pequeñas o.iserias, sobre to- das esas escandalosas ruindades, sobre todas esas engañifas de mala lei, mecíase su espíritu, que buscaba en un campo mas vasto i en un terreno distinto su fuerza i su ambición. Avido de todo progreso i de todo adelanto, anheloso de estar siempre al corriente del movimiento científico í de la marcha impresa a los estudios médicos, las escasas horas que un trabajo rudo i fatigoso apénas le dejaban libres, de- dicábales al estudio de las mejores obras i a la lectura de las revistas médicas mas acreditadas. Así viósele, quizas al primero manejar el delicado oftalmoscopo i diagnosticar en- fermedades del interior del ojo, que sin ese nuevo método de investigación quedaban fuera del alcance terapéutico. Naturaleza jenerosa i de elevados sentimientos, era de ver su cariñoso afan para asistir a sus colegas o a sus alum- nos enfermos. Con una paternal solicitud, con una constan- cia admirable, con un interés delicado, Petit se desvivía por volverlos a la salud. Mas de uno de vosotros debe guardar gravado con profunda gratitud los servicios prestados con tan jeneroso afan en medio de sus multiplicados quehaceres, i la voz de uno de ellos que debe hacerse oir en poco tiem- po mas con el prestijioso acento de la elocuencia conmovida, os pintará los jenerosos sentimientos de que se encontraba poseida esa almá noble. En sus relaciones con sus demás colegas, hacíase notar Petit por la delicadeza de su comportaeiori i por su caballe- rosidad. Libre de esas miserables ambiciones i de esos en- vidiosos sentimientos que degradan lo noble i lo elevado de nuestra profesión, ajeno a esa chismografía que la media- 138 nía se complace en mantener, bastante grande para descen- der a auscultar esos ruidos que se escapan de abajo, con una reputación que la envidia no podia mellar, Petit era un ejemplo de honradez i de dignidad. En las numero- sas consultas a que era llamado, cuando disentia de la opinión de sus colegas sabia dar la suya con prudencia, ale- jando todo motivo de resentimiento. Empeñado en una dis- cusión, sabia mantener e a la altura de sus convicciones i en un terreno estrictamente científico, guardando los repetos debidos a las ideas de aquellos que buscaban en el mismo camino la solución del punto controvertido. Podia reprochársele a Petit cierta aspereza en su carácter, alguna rudeza en sus maneras; pero este mismo defecto de su naturaleza vehemente i apasionada, servíale para mante- nerse en una reserva conveniente i en una independencia provechosa a su dignidad i a la dignidad de todos. Modesto i reservado, jamas hacia alarde de sus triunfos anteriores; jamas hablaba de sus glorias de otra época. Ha sido necesario casi que su muerte, poniendo en pesquisa sus antecedentes i su historia, nos revelara cuáles habian si- do esos triunfos i esas glorias, para que la conociéramos en toda su brillantez, para que apreciáramos en todo su valor una vida tan bien llenada, una existencia consagrada siem- pre al estudio i al trabajo. ¿Era que esos recuerdos de me- jores tiempos entristecían su espíritu i le traían a la memoria ensueños estasiadores de su juventud imposibles de realizar ahora? ¿Era que se contristaba al verse tan distante i tan separado de esa escuela en que brillara tan temprano i en la que el dedo de su primer destino le señalaba los mas bri- llantes puestos? ¿Seria que sintiéndose con bastante fuprza no quería valer por lo que habia sido sino por lo que era? Quizás lo primero; pero habia también mucho de lo último. Adornado de las mas relevantes cualidades, con una po- sición verdaderamente envidiable, con un nombre i una re- putación vastísima, Petit no tardó en captarse la mayoría 139 de las voluntades, un aprecio profundo de sus colegas i en ser la enseña de la dignidad i de la honradez profesional. «Aquí, decía uno de sus amigasen el borde de su tumba, contenia la frecuente intemperancia científica del joven en- tusiasta; allí ensanchaba el horizonte del práctico acostum- brado a luchar con las dificultades del arte; acá tranquiliza- ba el espíritu de los que, demasiado amantes de la humani- dad, no encuentran jamas sus talentos-a la altura de las situaciones difíciles. Trabajando siempre, el dia no bastaba para la tarea imposible que le imponia la confianza pública, i sin embargo, la aurora le sorprendía sentado a su mesa de estudio, i poco a poco su delicado organismo sentía los efec- tos de un trabajo que debia serle funesto La enfermedad, ese parásito de la vida, se presentó al fin, fiia como el már- mol de las tumbas, severa como un mandato, terrible como la conciencia de un poder destructor; entonces hubo un mo- mento de desconsoladora ansiedad para el maestro; sus amigos se aflijen i el sabio no vé la copa de cicuta que le presenta la capa del destino, Pero hé aquí que su fisonomía se anima, que su ojo brilla con resplandor desacostumbrado, la esperanza vuelve a mostrarse en el rostro de sus amigos, el maestro se inclina para ver en tinieblas. ¡Ah! al levantar su frente que desplomó un trabajo de treinta años, una amarga sonrisa contrajo sus lábios!LIabia visto que todo es- taba perdido. A la ajitacion de la duda, sucede la serena tranquilidad de una incomparable resignación. Ya no se ocupa de sí mismo, cuida hasta del sueño de la familia amante, que le presta afectuosos cuidados, sonrie al amigo que lo visita, todo lo prepara para el eterno viaje con pas- mosa serenidad, i como un hombre que tiene la conciencia del deber cumplido, se envuelve en la ropa de su lecho i es- pera que su espirito rompa los hierros de su cárcel.» Así debia estinguirse una vida tan cara a la sociedad en- tera; así debia concluir una existencia tan trabajada por el destino i por la ciencia. 140 Pero ahí, en el lecho del dolor ¡ de la abnegación, el há- bil médico debia sentirse confortado al observar el marcado interés que sus colegas tenían por su salud, al notar las ma- nifestaciones de que era objeto por la sociedad entera, al ver que hasta los órganos de la publicidad diaria daban mas de una vez cuenta de su estado, i al observar que la alegría irradiaba en el semblante de sus amigos en esas crisis en- gañosas de la enfermedad. No nos es dado casi apreciar a Petit como escritor. La ajitacion constante de su vi la no le dejó el tiempo necesaria para consignar el resultado de sus estudios i de su vasta práctica. Trabajador infatigable en esa pesada tarea que concluye hoi para empezar mañana, a la misma hora i con la misma urjencia, ocupado también su tiempo en otros ne- gocios que reclamaban de él alguna atención, habiendo pa- sado sus mejores años eu estos países, en los que la caren- cia de facultativos gasta en el pesado servicio de la práctica a todos los hombres de profesión que alcanzan a formarse un nombre, apénas tuvo el tiempo necesario para escribir aquellos trabajos que la obligación lo impuso. Como no nos ha sido posible procurarnos lastésis que sos- tuvo en algunos de los numerosos concursos en que tomó parte, la que debió sostener al pasar su exámen del docto- rado en Paris, ni tenemos conocimiento personal de los ar- tículos publicados en la Gazette medical, de cuya redacción formó parte durante, algún tiempo, solo podemos apreciarlo por las dos únicas memorias que publicó entre nosotros: laL primera al recibir el título de médico i la segunda al ocupar el mismo lugar en que hoi vengo a sentarme. Aquélla llena veintinueve pájinas de los Anales de la Universidad i se titula Consideraciones jenerales sobre al- gunas enfermedades observadas en la isla de la Guadalupe desde 1844 hasta 1848. En ella se descubre al médico es ■ perimentado i al observador concienzudo, al hombre erudito que sabe delinear con maestría las cuestiones, que las hiere 141 en el punto conveniente i que ha sabido sacar todo el pro- vecho posible de las lecciones que la práctica diaria nos ofrece en estado embrionario. Dedicóse en dicha memoria a probar dos puntos de una importancia vastísima en la patojeniai en la nosolojía, apro- vechándose de las observaciones médicas que habia recojido en la Guadalupe. Estos puntos son los siguientes: 1. Que la gran manifestación patiójica conocida por los médicos coa el nombre de fiebres intermitentes, fiebres de accesos, con tanta maestría descritas por Torti, forman en dicho pais el fondo jeneral de la constitución médica i en- tran a mezclarse mas o ménos con las manifestaciones ordi- narias; 2. Que lejos de ser idénticas con la descripción que de ellas nos han dado muchos médicos que hicieron sus obser- vaciones en otros países, esta manifestación patolójica se revestía allí de caracteres propios, que la presentan como una enfermedad nueva, si no en la naturaleza, porque la causa eficiente jeneral es la misma, a lo ménos en sus for- mas, que son el resultado de mil circunstancias locales, de los infinitos detalles de alimentos, vestidos, sucesión de va- rias temperaturas, vientos dominantes; cuya íntima relación con la patolojía, la medicina no ha podido hasta ahora de- mostrar, pero que no dejan de tener una parte mui activa i muchas veces principal como causas de las enfermedades; 3 0 Que en aquellas islas, en donde dos castas particula- res están bajo las mismas influencias climatéricas, cada una de ellas ocupa una parte del cuadro patolójico que le perte- nece casi esclusi camente Las afecciones que son peculiares a una casta, rara vez llegan a pegarse a la otra; a tal estre- nuo que, durante una residencia de cinco años, el autor de la memoria vio una de las castas diezmadas en algunos pa- rajes por verdaderas epidemias locales, mientras la otra que vivía a~su lado permanecía intacta i libre. La dilucidación de estos tres puntos de patolojía i de jeo- 142 grafía médica, es hecha ahí con un talento superior i con una facilidad bien grande, a tal punto que uno cree estar leyendo mas de una vez algunas pájinas de Sidenham o de Morton. Este trabajo, por la naturaleza del estudio i la en- señanza de los hechos, merece estar al lado de los de Bou- din i Dutrolau sobre las fiebres remitentes e intermitentes continuas. Aunque la copia de hechos i de observaciones es defi- ciente, por sujetarse sin duda a los límites prescritos a una memoria, ellas revelan, sin embargo, cuánto hai de cierto en esas proposiciones que, recien estudiadas entonces, for- man hoi una conquista indisputable de la medicina mo- derna. Sus Apuntes sobre las enfermedades del hígado, hechos con suma lijereza, mas para llenar una fórmula que como un estudio reposado, plantea las cuestiones mas importantes que se desprenden del crecido número que observamos en- tre nosotros, pone de manifiesto la utilidad de este estudio en sus causas i en sus resultados, los bien fundados temores que le asaltan para considerarlas solo como dimanadas de nuestra temperatura, i se detiene en señalar la rapidez con que los abcesos hepáticos suelen formarse, citando dos casos mui interesantes. Sin tiempo para entrar en mayores detalles, anuncia su determinación de completar mas adelante el estudio de una cuestión que a casi todos los europeos que llegan a nuestras playas sorprende i asusta. Mas, este buen deseo debía que- dar sin realización. La misma suerte correria otra obra cuyos primeros apun- tes debió hacer probablemente mi antecesor en ese interreg- no de trabajo que las enfermedades que mas de una vez le aquejaron lo detuvieron en su estudio. Algunas pájinas en- contradas por el acaso, i relegadas al olvido, revelan la idea de un tratado de patolojía interna que debió proponerse es- cribir en los dias de reposo que mas de una vez soñara tener. Pero si faltan para nuestro juicio este jénero de produccio- nes, debe tenerse presente que fueron inspiraciones de su enseñanza esos trabajos sobre el tijus fever que sus discí- pulos han publicado; debe recordarse que él fué el primero que supo hacer la luz en medio de esa confusión de aprecia- ciones que existia entre nosotros hasta entonces en este jé- nero de enfermedades tan mal apreciadas por la ignorancia en que se estaba de su anatomía patolójica. I aunque la cir- cunstancia de un estado epidémico desconocido hasta esa época, i su posición de profesor de clínica médica, lo pusie- ron en la mejor condición para verificar ese progreso, el he~ cho no por eso es menos meritorio i ménos plausible. Petit, como médico, reunia ciertas cualidades que solo las personas iniciadas en el arte pueden apreciar en su justo va- lor. Tenia un poder de concentración i una sagacidad admi- rables para hacerse cargo en todos sus detalles i para valorL zar en todo su alcance ese grito de la naturaleza que sufre i al que llamamos enfermedad. En una palabra: era un buen observador. Créese mui jeneralmente que la observación en las cien- cias fisiolójicas i médicas exije solo la aplicación de los sen- tidos para la apreciación de los fenómenos mórbidos, error lamentable que desvia en gran parte del verdadero sendero a los jóvenes médicos i que los hace fijarse casi únicamente en los métodos de la investigación mecánica. El arte de ob- servar, esa primera medicina, como la llama Baglivio, es mucho mas que eso: es la habilidad que dimana, como dice Zirnermann, de la pronta concepción en las relaciones de las cosas i de los signos que nos indican su órden i subordi- nación. Es todavía mas que eso, es esta penetración i esta sagacidad que hace apercibirse con facilidad i prontitud de los caractéres de los fenómenos complicados, que los simpli- fica i los reduce a su menor espresion, que concibe con rapi- dez las analojías i las semejanzas de los síntomas, que hace converjer los signos todos a la solución del problema, es 143 144 también la constatación mas escrupulosa de los fenómenos que una atención sostenida nos suministra, es en fin la valo- rización justa de la espresion mórbida hecha con rapidez i con exactitud. Es cierto que el arte de observar tiene por base indispen- sable la finura de los sentidos, ¿pero no era un gran obser- vador también el ciego Huberto que reveló al mundo el mis- terio tan largo tiempo oculto de la jeneracion de las abejas? Todos los sentidos necesitan de la educación; pero de una educación especial que se dirije a hacerlos ver u oir donde otro oido u otro ojo de la misma naturaleza i de la misma finura no alcanza a percibir. En este caso es la intelijencia la que se educa. Así ha podido decir con justicia Raige- Delorme, que no se debe aprender a mirar sino a ver. Ese tacto médico que se ha acostumbrado a mirar como un privilejio de ciertas naturalezas, como una predisposición que nace con el individuo, deriva tanto de esa sagacidad, de esa prontitud en la concepción que dá el talento, como del estudio sostenido, de la buena educación médica i de un espíritu recto i tranquilo. La esperiencia que se adquiere a ]a cabecera de los enfermos, la sostenida atención i el cono- cimiento de las ciencias accesorias, son medios indispensa- bles también para conseguir ese arte que tan nito levanta- ron a Hipócrates, a Avicena, a Tiiémison i a Galeno en la «antigüedad, i en la. época moderna a B.iglivio, Morlón, Sy- denham, Cuden, Frank, Oorvisart ¡ tantos otros famosos clí- nicos. Dotado de los mas finos sentidos, con una larga práctica, hecha su educicion a la sombra de los mas grandes maes- tros del arte, con una sagacidad que todos vosotros habéis podido apreciar, Petit parecia leer en las profundidades del organismo los menores detalles i sabia coordinar los sínto- mas con admirable facilidad. Sin pretender po¡-ar mas allá de los límites que la naturaleza nos traza, sabíase mantener en el terreno tranquilo de la observación, atisbando los mas 145 insignificantes fenómenos para sorprender la entidad mór- bida. Sin pensar de ningún modo colocarlo a la altura del jénio, sin tratar de darle una colocación al nivel de los grandes maestros del arte, Petit, sin duda alguna, era un talento. En la enseñanza clínica que le estaba encomendada, tra- taba de inculcar a sus alumnos las ideas mas sanas i los principios mas razonables. Habiendo asistido por una de esas raras casualidades al derrumbamiento del último siste- ma que tratara de entronizarse en las escuelas médicas, sa- bia cuánto hai de perjudicial en esas sistematizaciones exa- jeradas que tratan de reducirlo todo al horizonte mas o me- nos estrecho de las concepciones individuales. Efectivamente, cuando Petit salvaba los primeros escalo- nes del aprendizaje médico, la escuela de Val de Grace con- servaba aún todo el empuje que el carácter irresistible i ba- tallador de su jefe le imprimiera. Broussais vivia entónces i estremecía con su voz poderosa el vasto anfiteatro en que miles de personas iban a escuchar con avidez sus lecciones. La irritación estaba en todo su auje i dominaba a toda la patolojía como en un círculo de hierro. Las gastro-enterítis eran todavía la espresion de multiplicadas condiciones mór- bidas que luchaban en vano por desembarazarse de las ma- nos crispadas del fisiolojismo. Las sangrías, las sanguijuelas, las cataplasmas, eran casi los únicos ajentes de esa materia médica que se había despo- jado de sus mas sólidas i brillantes armaduras. Cúpole, sin embargo, a Petit, la suerte de evadirse a e§e sistema invasor i dominante, que marchaba como Mahoma con la espada desnuda para conquistarse a viva fuerza cor- red jionarios. Su aprendizaje médico, dirijido por los pocos hombres que se libraron de ese furor contajioso de la destrucción de todo lo que tfene de verdadero el arte de curar, i por otro lado los golpes reiterados que la anatomía patolójica, la fisiolojía es- 146 perimental i patolojía misma debían darle a la escuela de la irritación, con una insistencia igual a la que ésta empleara, le arrancaron para siempre de ese camino estraviado que lleva a las jeneralizaciones absolutas antes de que el progre- so esté a la altura de esas síntesis tan elevadas, antes de que el campo esté bien cultivado i preparado para recibir la última semilla. Los sistemas que hasta ahora han reinado en medicina se resienten todos de graves defectos: las jeneralizaciones pre- maturas junto con el deseo de subordinarlo todo a nuestra intelijencia. Habiendo principiado con la infancia del arte, por esa in- clinación viciosa del hombre que trata de sintetizarlo todo, sin fijarse en los inconvenientes que de esas síntesis resultan, cuando no se parte de numerosos datos perfectamente ave- riguados i confrontados, mudaban de base con las ideas fi- losóficas reinantes. Inseparable la medicina de la filosofía, practicada por los mismos que llevaban este título, su destino i sus vicisitudes eran las mismas. Mas adelante, cuando pudo sacudir el yugo a que por tanto tiempo estuvo sujeta, fié mecánica, química, alqui- mista, yatro-mecánica, animista, solidista, humorista, se- gún el papel que se asignaba a los ajentes o a las fuerzas en-acción i según donde se creía que se verificaban las alte- raciones. La última revolución médica que tomó por base el célebre descubrimiento de Haller, presentida por Sthal, vivificada por Hoffmann i por Boheraave, levantada por Cufien, sostenida por los trabajos de pacientes investigadores, debia ser tan jeneral como rápida e infructuosa. ¿Infructuosa? He dicho mal. Este movimiento jeneral de los espíritus debia dar re- sultados de un vasto alcance. Estos frutos i estos resultados serian el descrédito de los sistemas i la impulsión esperimen- tal i práctica de la medicina. 147 Llevada a cabo con corta diferencia por Brown en Ingla- térra, por Broussais en Francia, por Rassori i Tomassini en Italia, cavaria la tumba en que para siempre debia ocultarse esa polifarmacia de Galeno, que catorce siglos hacia se en- señoreaba en las escuelas; i daria lugar a cierto respeto, co- mo dice Trousseau, al tejido sensible e irritable en que se depositan los modificadores terapéuticos* Partiendo Brown del principio de que la vida se sostiene solo por la incitación i es el resultado de la acción de los in- citantes sobre la incitabilidad de los órganos, estableció dos grandes categorías de enfermedades* según que en la econo- mía, considerada en conjunto, era mayor o menor la incita- ción; i en esta estrecha clasificación dicotómica, distribuyó desigualmente, como era de esperarse, los estados esténicos i asténicos. Siendo así, i fijándose mas en el elemento noso- lójico que en el fisiolójico, no tardó Brown en poner a la mo- da la terapéutica mas incendiaria que hasta ahora hayamos conocido. Los medicamentos excitantes eran los únicos llama- dos para dispertar la incitabilidad de los órganos que ya- cian postrados por la enfermedad, EU metodismo de Thémis- son volvía de nuevo, después de mas de dos mil años, a sentarse rejuvenecido en las escuelas, merced al dogmatis- mo de un hombre a quien arrastraba la corriente de una ló- jica tomada fuera de la verdad de las cosas, pero indudable- mente bien ideada, Por otro lado, Broussais, apoyado en las propiedades de los tejidos que la anatomía jeneral de Bichat arrancara im- perfectamente al organismo, i tomando por base la irritabi- lidad, fundaba la medicina que se ha convenido en llamar fisiolójica. Ménos médico que polemista ardiente, mas bri- llante orador que clínico hábil, fundando su sistema sobre una sola propiedad del tejido, esplicando la enfermedad por el estímulo de los modificadores, i divisando por donde quie- ra las fuerzas del organismo arrebatadas por una corriente im- petuosa, modificados los tejidos por la irritación, viendo án- 148 tes a la fisiolojía que ala nosolojía, Broussais encontrarla, en oposición a Brown, i a pesar de partir del mismo punto, la indicación curativa en el debilitamiento. Las sangrías de- bían estar a la orden del dia, las sanguijuelas debían con- sumirse a millares i la sangre venosa manchar de rojo todo el pavimento de las salas. Bajo idénticas bases debia verificarse el movimiento mé- dico italiano, que hasta ahora conserva algunos viejos repre- sentantes, variando solo el nombre de los modificadores tera- péuticos i el de las propiedades sobre las que debían obrar. Sin duda que esta revolución médica estaba destinada a librarnos del empirismo, sin duda que los rudos ataques del profesor de patolojía jeneral de Val de Grace debia arreba- tar a la medicina del nosolojismo triunfante i esclusivo de Pínel, que llegaba hasta considerar a las enfermedades co- mo simples seres, sin duda que fué también un combate de- sesperado i brillante contra los anatomo-patólogos que nada querían ver fuera délas alteraciones cadavéricas, que fué el golpe mas fuerte del fatalismo médico; pero, como sucede siempre en los sistemas, Broussais, al atacar los abusos, llevado por la corriente de las cosas, iría a parar mas allá de los límites que eran de esperarse i a tropezar con los errores propios de una sistematización restrinjida en sus alcances, aunque jeneralizada en sus aplicaciones. No viendo en las distintas afecciones que azotan al orga- nisino humano mas que grados diversos de la irritación, ne- gando la especificidad i hasta la individualización de las en- fermedades, queriendo reducirlo todo a la mas simple es- presion de la propiedad que tomara por base de su sistema, asegurando que la sub-irritacion, la rnílamacion i la sub-in- flamacion, combinadas de infinitos modos i en multiplicados grados dominaba a toda la patolojía, Broussais arrojaba a la nosolojía de su puesio, destruia la materia médica, descono- cía la idea del medicamento i llegaba a considerar a las en- fermedades como simples accidentes. La sífilis, la viruela, las fiebres intermitentes, fundiéndo- se en el crisol hirviente de su cerebro en una sola entidad mórbida, que solo variaba en grados, buscarían su curación i su tratamiento en el escaso arsenal del brownismo invertido, sin atender al caiácter especial que forma el fondo de su na- turaleza. Mas fisiólogo que clínico, el profesor de patolojía jeneral, fijábase en los detalles antes que en el conjunto, mas en los pormenores que en la unidad jenerica, desconociendo- así que mas de una enfermedad esencialmente hipostenizar.te puede revelarse por síntomas esencialmente híperesténicos. La tisis tuberculosa, esa hiperplasia de elementos heterólo- gos ¿no se enmascara mas de una vez en su marcha con síntomas flojísticos o de irritación? La fiebre tifoidea, el ti- fus fever, enfermedades que atacan i resuelven las fuerzas radicales del organismo, para servirme de una espresion de Barthez, ¿no tienen su aparato inflamatorio perfectamente marcado? El cornezuelo de centeno, cuando se le administra en crecidas dosis, ¿no se presenta con una riqueza inflama- toria finjida para terminar por la gangrena, esa disolución orgánica? Esta tendencia del fisiolojismo, que se preciaba de-tratar a las enfermedades con arreglo a su naturaleza,, siguiendo un método que llamaban racional, llevaba puramente-a,;la medicación sintomática, a la anulación de la terapéutica i detenia el impulso de los espíritus en la investigación de las causas próximas de las enfermedades. Unificando demasia- do, desconocía los caprichosos jiros que los modificadores jenerales imprimen a la naturaleza en el estado opuesto de la salud i tenia una pobre idea de la enfermedad. Todo el que haya visitado las salas de los hospitales, cualquiera que haya fijado alguna vez su atención en el conjunto de sínto- mas que revisten las enfermedades, se habrá admirado de encontrar en muchas de ellas caracteres que las especifican i las individualizan notablemente, miéntras que hai otras en 149 150 que los síntomas jenéricos absorven por completo los caracte- res especiales. Ahí está la sífilis i la escrófula. El fisiolojis- uio, invadiendo toda la nosolojía i aplicando una sola lei a todas ellas, las desnaturalizaba i las desconocía toda esa es- pecificidad o especialidad tan resaltantes. De esta misma resistencia a los hechos, de esta misma es- trechez de miras i de este mismo estravio médico, debía nacer el movimiento reaccionario que sería el golpe de gra- cia del fisiolojismo. Tocóle a Laennec, a Louis, i a Breton- neau la gloria de ser los primeros demoledores del último sis- tema que hava tratado de enseñorearse en este siglo en las escuelas, concluyendo de sepultarlo la palabra elocuente de Trousseau. Hoi la medicina, abandonando la rejion délas hipótesis i renunciando a las concepciones sistemáticas, huyendo de todo espíritu de doctrina, entra en un camino mas sólido i mas fecundo para su presente i para su porvenir. Escarmen- tada de los insucesos obtenidos por millares de teóricos, vá mas derecho a su objeto, i busca su punto de apoyo en la observación i en la esperimentacion. Curar las enfermedades, aliviar de los dolores al organismo que se revuelca en el sufrimiento, hé ahí su pensamiento dominante. Está persuadido, como Sydenham «que el que llega a dar el medio de sanar de la mas leve afección es mas benemérito a los ojos de sus semejantes, que el que se ha- ce notable por el esplendor de sus razonamientos i por esas pomposas sutilezas que lo mismo sirven al médico para cu- rar los males que la música a un arquitecto para construir un edificio.» Cree como los quimiátricos del siglo XVI, que no hai ciencia posible sin un conocimiento profundo del or- ganismo i de sus funciones, como el vitalismo de Montpellier que valen mas los hechos que una hipótesis no demostrada, i trata de comprender, como fisiolojismo, el grito confuso de los órganos que sufren. Pero en oposición a todos ellos, huye de las sintetizado- nes jeneralizadas que tratan de dominarlo todo, i sin cuidar- se mas de lá verdad, prepara con ardiente entusiasmo i con infatigable constancia los materiales que deben servir al edi- ficio futuro. Comprendiendo la conveniencia de que el arte se termina en ciencia, estudia los fenómenos, investiga las causas pró- ximas de las enfermedades, se eleva a la esplicacion de los hechos en cuanto está en su dominio, abandonando a la psi- cólojia el campo que le pertenece. Por eso púnese mas cuidado en investigar los fenómenos del organismo, en estudiar las enfermedades, en conocer su marcha i es mas reservada en su acción. No porque sea mas tímida, sino porque comprende mejor el alcance de sus me- dios i sabe de qué es capaz la naturaleza. ¿Cuándo, como hoi, se ha puesto mas atención en cono- cer los productos mórbidos, los cambios sobrevenidos en las funciones del organismo, se estudian mas las causas que enjendran las enfermedades, se conoce mejor la histolojía que ha llegado a ser histojénia? Arrojad una mirada sobre los maravillosos progresos que ha realizado la auscultación i cuán adelante se encuentra el arte del diagnóstico, i decid cuándo la terapéutica ha sido mas racional i mas exacta? «La medicina, siendo mas severa a medida que es ménos ambiciosa, habiendo renunciado a los sistemas, pero a con- dición de unirse a un método, dice un hábil pensador, se inquieta poco de saber si tál o cuál medicamento obra en favor del humorismo o del solidismo, si se dirije al principio vital o a la sustancia orgánica, etc. Lo que trata de deter- minar, es si esta acción es real, cómo se comporta bajo su influencia el cuerpo en estado de salud (acción Jisiolójica de los medicamentos), o si el medicamento se ha suministrado en una enfermedad, cómo modifica los estados mórbidos existentes (acción terapéutica). A todas estas cuestiones la esperiencia solo puede responder. También es a la esperien- cia sola a quien se interroga, sin preocupación doctrinal, de- 151 152 jándose guiar mas no dominar, por todas las presunciones quesujieron, tanto la composición química del medicamento, tanto por la acción de una sustancia análoga, como por el conocimiento de las mismas condiciones fisiolójicas que pa- recen suministrar las principales indicaciones del tratamien- to. Estas presunciones, para ser clasificadas entre los erro- res o las verdades, reclaman ante todo la contraprueba de la observación.» Pero hai aquí dos medios de que valerse para el estudio dé los fenómenos complicados de la vida, dos medios que se completan i se auxilian: la observación propiamente dicha i la esperimentacion. La primera, que consiste en el examen mas escrupuloso de los hechos, en la mas sostenida aten- ción i de la que ya nos hemos ocupado; la segunda es la contraprueba mas exacta de la observación, es la última operación que despoja la incógnita del problema, es el me- dio mas seguro para fijar las leyes i las relaciones de los fenómenos, sea como causas, sea como efectos. Dar por base a la medicina, como lo hacían los antiguos, puramente a la observación i al raciocinio, es fijarla sobre bases estrechas i cortar el vuelo a nuestro espíritu inquieto por el examen de las verdades complejas i por la investiga- ción de los fenómenos múltiples que se presentan tan cons- tantemente a nuestra vista. Es hacerla retrogradar hácia el pasado i despojarnos de los medios mas exactos de pro- greso, En hora buena que las ciencias inaccesibles al espíritu humano i a la verificación de la esperiencia, permanezcan teniendo solo ese apoyo, mas no así la medicina que puede i debe considerar a la enfermedad como sujeta en gran paite a sus medios de estudios, como un problema que está a su alcance. •No por esto queremos decir que la naturaleza íntima de las enfermedades, que la esplicacion de todos los fenómenos de la vida se nos revelen, i que seamos capaces de penetrar 153 los secretos misteriosos de ese principio o de esa fuerza que se ajita en todo organismo viviente, porque eso seria invadir otros dominios; pero puede conocer el mal en las causas pró- ximas, es decir, en las condiciones orgánicas que la deter- minan iespresar las leyes del organismo enfermo. Esta es la medicina esperimental, este el objeto que se propone i son aquellos los medios de que se sirve para estu- diar los fenómenos completos de la vida en todas sus mani- festaciones. Este progreso de la última época, no solo ha dado ya los mas felices resultados, no solo ha facilitado la espli- éacion de muchos puntos oscuros de la patojenia, no solo ha mostrado la encadenación misteriosa hasta ahora de nume- rosos hechos, sino que prepara un campo de abundante cose- cha para el porvenir. Si en medicina, como en toda ciencia, no debemos dar fó sino a los hechos o a las deducciones rigorosamente sacadas de la observación ¿con cuánta mayor razón no debemos aco- jer un medio que va a sorprender a la naturaleza en la ela- boración i en la marcha de los fenómenos mórbidos? ¿Con cuánta mayor razón no acojeremos un medio de análisis tan exacto para el estudio de los fenómenos fisiolójicos? Lo que aquella nos muestra al acaso, la esperimentacion nos pone en condición de realizarlo cuando queramos, con mas la ven- taja de asistir desde el principio a la evolución morbosa i al desarrollo fisiolójico del problema. Pero ¿esto nos dá derecho para esperar la esplicacion de los fenómenos íntimos de la economía, para penetrar la esencia de las enfermedades, para conocerlas causas finales de las cosas, para aventurarnos en el estudio de las causas que determinan los actos funcionales? No, por cierto; estas cuestiones no son de nuestra competencia. La ciencia de la esperimentacion se detiene en el punto conveniente, aban- dona tan falsas pretensiones, se declara incompetente para elevarse en el dominio de la metafísica, se mantiene en el terreno que le corresponde, i se limita a estudiar en todo su 154 desarrollo a los fenómenos orgánicos, en derterminar las con- diciones de su manifestación, para reproducirlos, si puede, en iguales circunstancias. Trata de fijar las leyes de la vida en el estado de saluden el de enfermedad, porque creejno siendo mas que expresiones diversas de un problema biolójico, puede analizarlo, interro- garlo, observarlo, estudiarlo como una ciencia objetiva; cree que en ese terreno puede aventurarse sin temor alguno. Al atreverse en estas nuevas vías del progreso, la medi- cina no hace mas que aprovecharse del método seguido por las demas ciencias en sus investigaciones, porque está Lien segura que ese es el único camino verdadero, la única senda que puede conducirla al puerto de salvación i proporcionarle las gloriosas conquistas que han hecho las demas. Conven- cida que para esto necesita limitar el horizonte de sus inves- tigaciones, se despoja de toda ambición, renuncia a las con- cepciones sistemáticas prematuras, circunscribe su campo de acción, se muestra indiferente a los problemas irresolubles del por qué de las cosas i se mantiene ñrme en su puesto de ciencia objetiva. Mas no por esto lleva su atrevimiento a suponer que los fenómenos que se pasan en el organismo de los seres vivos estén rejidos por las mismas leyes i sujetos a los mismos principios de los seres inanimados. Comprende que hai en- tre ellos alguna diferencia, que sus propiedades no son igua- les, que cada uno tiene sus atributos peculiares, i que la biolojía tiene sus leyes propias i sus fenómenos especiales. Gracias a este nuevo sistema de estudio i de investiga- ción, las ciencias médicas se levantan a una altura conside- rable, han hecho una inmensa cosecha de preciosas nociones, que salidas del penetrante análisis, constituyen numerosas síntesis parciales que han esclarecido ciertas -partes, hasta ahora profundamente oscuras, de la fisiolojía i de la patolojía. Para realizar tantos progresos, [para marchar con tanta lijereza en el camino de los descubrimientos, para hacer en 155 medio siglo mas de lo que se ha hecho en miles de años, la medicina esperiínental ha tenido que renovar, por decirlo así, el estudio de cada uno de sus ramos i ha contado con el po- deroso eontinjente que las ciencias accesorias le han sumi- nistrado. Ahí está no mas la química que, llevando sus medios de análisis a todas partes, ha hecho las mas hermosas adquisi- ciones médicas i ha proporcionado los mas sólidos cimientos a la fisiolojía normal i a la patolojía, ¿Qué se sabria sin ella de los problemas oscuros de la dijestion, qué de hetnatolojía mórbida, qué de la glicojenia? Ciencia accesoria de la medi- cina, constituye hoi una parte mui integrante, sin la cual ningún médico puede pasarse. ¿Qué seria sin ella de la fi- siolojía? «¿Será necesario, dice Dechambre, recordar la luz que ha esparcido desde hace veinte años sobre esta parte, poco ántes oscura del dominio médico? Todo el mundo está sorprendido; es preciso creer en ella como en el sol, i si hu- biera que insistir sobre los hechos de este orden seria ménos para contar las conquistas ya realizadas que para mostrar las que puede prometer sin temor al ardor de los esperimen- tadores. Al lado de la química fisiolójica jeneral de los se- res organizados i del hombre en particular, hai, si se nos permite la espresion, las químicas fisiolójicas especiales in- herentes a los climas, a los sexos, a los temperamentos, a las constituciones, a las edades, a las mil circunstancias de los medios de la alimentación, de los hábitos sociales, de los ejercicios físicos e intelectuales. Los fisiolojistas alemanes han ido léjos en esta vía, mui léjos, si se consideran las de- ducciones estremas o prematuras a que han llegado; ¿pero qué importa? La parte positiva de sus trabajos, separada, decantada del sistema, no ha dejado por eso ménos de un depósito considerable i precioso que se puede utilizar inme- diatamente. La terapéutica, en fin, no es a la química, asis- tida de la fisiolojía, a quien debe el ver claro en la acción da una multitud de medicamentos.» 156 ¿I el diagnóstico, diré yo, no le debe una gran parte en el esclarecimiento de los problemas que son de su competen- cia? ¿El análisis de las orinas, de la bilis, de los cálculos i de la sangre no nos da mas de una vez el conocimiento de la enfermedad i el de los medios para combatirla? ¿Cuántos problemas de patolojía no ha solucionado i esclarecido? ¿Cuántos servicios no le debe la materia médica? La física no ha prestado menos su concurso a las ciencias médicas. Elevada por los descubrimientos modernos a una altura envidiable, la aplicación de sus leyes a la mecánica animal, sus estudios sobre la electricidad, sobre las fuerzas, sobre la capilaridad, sobre la calorificación, i sobre tantos otros puntos sometidos a su dominio, ha impulsado a la me- dicina en una vía de perfecto progreso i de una exactitud matemática. Bajo la salvaguardia de esos dos métodos de análisis que se llaman la observación i la esperimentacion, la medicina recorre con seguridad un camino que la llevará al esclareci- miento de los mas difíciles problemas, a la esplicacion de la vida. La tisiolojía i la patolojía, estas dos grandes ramas de árbol humano, se esclarecen bajo su influjo, entran en una nueva vía i marchan con tranquilidad a la conquista de los mas grandes descubrimientos. Mas, para llegar a su destino, para conseguir el objeto que se propone, fáltale mucho todavia. Siglos necesitará para es- clarecer tantos problemas complicados, tantas dificultades poderosas que la atajan. Mas, al fin podrá acercarse a los lindes de la ansiada meta i transformarse casi de arte en cien- cia. Entonces la luz se hará al rededor de tantas oscurida- des que nos rodean, i sin poder alcanzar a dominarlo todo por lo limitado de nuestras fuerzas, la medicina del porvenir será a lo menos mas positiva i mas segura, i a la vez una con- quista digna de la razón humana. Hoi, señores, al arrojar una mirada a los progresos que ha realizado, alejadas las ciencias médicas deesas sistema- tizaciones estrechas, de esas hipotéticas bases en que se las 157 fundaba, el espíritu se consuela i se alienta para marchar presuroso al porvenir. Si no temiera abusar de vuestra benevolencia, os pintaria ese hermoso cuadro de la época moderna, os dibujaría la situación actual de la ciencia i del arte médico tan halagüeña i tan brillante. En él venamos a la anatomía profundizar en los tejidos i arrancar con el microscopio nociones de un valor inapreciable, a la fisiolojía normal elevarse con rápido vuelo en el estudio délas funciones i de los actos orgánicos, a la fisiolojía patolójica conquistar un lugar envidiable al lado de aquélla, a la patolojía transformada por nuevos e interesantes estudios, a la anatomía patolójica persiguiendo las huellas de las alteraciones mórbidas; veríamos al arte, sostenido por sus mas sólidos apoyos, hacer las conquistas mas brillantes i obtener los mas consoladores resultados. La preciosa herencia que el pasado nos legara, por la ob- servación atenta de las enfermedades, por el estudio sosteni- do de los fenómenos, lo que el espíritu moderno hace en el mismo .sentido, imprimiendo a todo lo que está a su alcance el sello de la esperimentacion, ese crisol en que se depuran i se aclaran todos los problemas mas difíciles de la biolojía, todo se aúna para hacer progresar a nuestro arte. La medicina esperimental debe ser nuestra guia i nuestra ambición. Preparemos, pues, los materiales del futuro edifi- cio, arrojemos la simiente que debe fructificar en el buen ter- reno i dejemos al porvenir que fecunde i que levante. Está en nuestro deber, dice Pascal, dejar a los que vienen después de nosotros la ciencia en estado de adelanto mayor que en el que la hemos recibido. Petit que, como os he dicho al principio, tuvo la suerte de asistir al desrrumbamiento de] fisiolojismo que se entroniza- ba triunfante a principios del siglo, conocia cuán necesario era imprimir a la enseñanza clínica una base mas segura que los sistemas i cuánto valor teniaesa tendencia elevada de la medicina moderna. Que sus discípulos, algunos de los cuales ocupan una posición distinguida, hablen por mí.—1870 INFORME SOBRE LA EDUCACION FISICA I LA ENSEÑANZA DE LA HIJIENE EN LAS ESCUELAS I LICEOS DE LA REPÚBLICA PRESENTADO A LA FACULTAD DE MEDICINA. Señor Decano: No hace mucho tiempo el señor Ministro de Instrucción Pública acudió a la Facultad de Medicina para proponerle e interesarla en el estudio de algunas cuestiones de palpitante interes, La Facultad aceptó con placer tal invitación i que- dó empeñada en hacer lo que estuviera de su parte para lle- nar los deseos del alto funcionario que, dando de mano a otras ocupaciones no menos urjentes, se presentaba a nos- otros con el corazón lleno de esperanzas i animado de las me- jores intenciones. Algunas de las cuestiones que entonces se nos propuso han recibido su solución, nos es grato decirlo, si no por el camino que se había pensado, al menos con el concurso de algunos de nuestros mas distinguidos i empeñosos colegas. Pero faltan todavía aquellas de cuya comisión me tocó for- mar parte: me refiero a la educación física i al estudio de la hijiene en las escuelas i colejios de la República, 160 Nada mas grato hubiera sido para mí que haber dado ci- ma a tan penoso como difícil estudio en consorcio de mis 'demas honorables compañeros; pero las ocupaciones forzosas de fines de año, con motivo de los exámenes, i en seguida la separación que mas tarde sucede a estas tareas de la es- cuela, me han hecho tomar sobre mis hombros i bajo mi sola responsabilidad el desempeño de nuestra comisión; ya que hasta ahora nos ha sido imposible reunirnos para llevar a cabo un trabajo que apremia por momentos. El supremo decreto que hace obligatoria la enseñanza de la hijiene i de la jimnasia en los liceos desde el principio del año escolar en que entramos ya, hace mas premiosa toda- vía la presentación de un programa de ésta i la designa- ción del testo que debe servir para la primera. Pero no es sin gran desconfianza en mis fuerzas i en mis conocimientos que vengo a presentar el informe i el progra- ma sobre la educación física que debe darse en las escuelas i en los liceos para que, se les discuta, se les modifique i se les dé los trámites que a juicio del señor Decano i de la ho- norable Facultad a que tengo la honra de pertenecer, crean convenientes. Una cuestión i un estudio que apénas si se ha iniciado entre nosotros i para el cual son necesarios conocimientos especiales, reclamaban de mi parte una atención constante, una paciente investigación, un estudio detenido, un apren- dizaje verdadero, que debia tomar en el conocimiento fisio- lójico de los aparatos i de las funciones orgánicas, en los li- bros especiales i en los distintos métodos de la enseñanza jimnástica. El deseo de contribuir, en cuanto me fuera permitido, a una reforma i a una modificación que urjentemente reclama- ba nuestro plan de estudio i nuestro sistema actual para prevenir los frecuentes i desgraciados males que palpamos a consecuencia de la viciosa/dirección que se ha dado hasta ahora a la enseñanza, olvidándonos del físico para ocupar- 161 nos solo del.desarrollo intelectual de la juventud, no me habria arredrado ni hecho vacilar i temer tan penosa tarea, si no fuera, vuelvo a repetirlo, la'escasez de mis fuerzas i la poca o ninguna preparación para este jénero de trabajo, Empero, habiendo consultado los programas oficiales que sirven de base a la enseñanza jimnástica en naciones bien adelantadas, habiendo estudiado en libros especiales los di- ferentes ejercicios i los diferentes métodos, teniendo presen- te la necesidad de nuestras escuelas i de nuestros liceos, i tomando por base la fisiolojía, he arreglado un programa que, a mi juicio, llena esas necesidades, consulta a la vez la economía en los gastos i facilita metódicamente el desarrollo corporal desde los primeros años (1). II. Estraño es, señor Decano, i ello ha llamado la atención de la Facultad i de algunos distinguidos ciudadanos que se ocupan del pofvenir de nuestro pais, que mientras que se piensa en el mejoramiento de las razas de los animales, miéntras que se dedica una atención preferente a las cues- tiones de la ganadería, nada se ha hecho para levantar las fuerzas de las actuales jeneraciones, nada para cultivar el desarrollo de las fuerzas físicas i de la forma humana. Al paso que hasta ahora hemos marchado, co'.n el descui- do que nos ha caracterizado, con la indolencia con que he- mos mirado tan altos como interesantes problemas, vamos al decaimiento progresivo de la juventud i mas de una vez he temidó qug íbamos a hacer un gran hospicio de una bella i viril nación. No solo cultivando la intelijencia, aumentando i regulad- (1) Séams permitido espresar aquí mi reconocimiento a! profesor H. Camp- bell por las felices indicaciones que ms ha hecho para aumentar mi programa con el uso de los anillos de madera. 162 zando los ramos de la enseñanza, estendiendo el campo de los estudios, es como se provee a la educación de la juven- tud. Hai a mas de eso, otros modos principales en los cua- les se puede i se debe intervenir, como dice Mr. Bérard, el cuidado en la proporción de los materiales reparadores que van a suplantar los que se consumen incesantemente en el laboratorio orgánico i el ejercicio de ese admirable aparato al cual la voluntad ordena i manda, instrumento dócil que pro- porcionará sus servicios según el cuidado con que se le cul- tive. En la armonía de estas funciones i de estos actos, en el método arreglado i simultáneo, en el cultivo atento de la in- telijencia de los aparatos locomotores, en la reparación eficaz de las pérdidas, es donde debe irse a buscar el perfecciona- miento del ser humano. Ahí sobre todo es donde deben fijar- se los conductores de la juventud. El rompimiento i la separación de esta armonía conduce a hacer prevalecer a la intelijencia, a la fuerza i al aniquila- miento completo i rápido de todo organismo. El perfeccionamiento humano consiste, pues, en la armo- nía de las funciones i en el arreglado i perfecto uso de los aparatos orgánicos. Es una cosa proverbial; mas todavía, es un axioma, que los trabajos del espíritu son mas fatigosos i desgastan mas las fuerzas de la economía que los trabajos corporales. «El ejercicio inui continuado i mui intenso del pensamien- to, dice Trousseau, pone al hombre de letras en un estado nervioso perpetuo. En él, los movimientos vitales, en lugar de ser espansivos, fructuosos, de imprimir actividad a los poderes orgánicos por los cuales se mantiene la vida vejetati- va, tales como la dijestion, la circulación, la hematósis, las se- creciones, etc., los movimientos vitales están comprimidos, encadenados i las fuerzas de asimilación languidecen; de ahí la frecuencia de los males de nervios en esta clase de hom- bres. Su trabajo en lugar de ser una ocasión de actividad 163 funcional para los órganos nutritivos, es al contrario para estos órganos una causa incesante de languidez, de perver- sión, que hace acrecer con prontitud la causa en su efecto. Dijestionesimperfectas, de ahí la inapetencia; deseo nulo de reparaciones alimenticias, dificultades de las secreciones, de las exhalaciones, de las exoneraciones; inercia de las funcio- nes respiratorias, cansancio muscular, perturbaciones dijes- tivas, sobre actividad cerebral, todo lo cual se reúne para espantar el sueño, ese benefactor tónico.» No es menos esplícito Rostan cuando habla de la falta de ejercicio, llegando a considerar esta causa como una de las productoras de la tisis pulmonar. Si estos fatales efectos los vemos i los palpamos diaria- menté en los hombres que han alcanzado todo el desarrollo orgánico ¿qué producirá la falta de ejercicio en los niños? ¿Cuál será el resultado que nos dé esa absorción de la parte física en provecho de la intelijencia? Porque, sea dicho en verdad, es solo el desarrollo intelectual tras de lo que se vá en nuestros colejios i en nuestras escuelas. ¿Hai un niño ra- quítico, enfermizo, de pecho estrecho, de mirada lánguida, de ojos apagados, de tez descolorida, de lábios blanquizcos; ¡qué importa! ese niño está i estará sujeto al mismo réji- men que los demas, i no será, por cierto, su estado físico el que preocupe al maestro, siempre que el alumno sepa la aritmética, el catecismo i la jeografía. ¿El niño será un ca- dáver mañana? Con todo, el profesor estará satisfecho: ha- brá aprendido bastante para saber morirse temprano. ¿Ha resistido a esa dolorosa via crucis de la enseñanza? ¿Pía estudiado los triángulos, conoce los problemas alje- braicos, sabe la cosmografía, ha saludado a los clásicos, co noce las propiedades de los cuerpos? ¿Ha hecho algo mas? ¿Es abogado, injeniero, farmacéutico, médico, ensayador? Eso es bastante! Nada es que languidezca al salir de los claustros de la escuela, dejando prendido el riliimo retazo de su salud en los jirones de las pandectas, de la jeometría, 164 analítica o en las salas de los hospitales! Porque, a la ver- dad, no es el mayor número el que puede gloriarse de salir ileso de en medio de ese fuego graneado de las humanida- des i de los cursos científicos. Pero los niños, se dirá, buscan por sí solos el movimiento, ejercitan sus músculos, suplen con su movilidad el ejercicio que creen les hace falta. Error, i error mui notable. Por una parte esos movimientos no tienen la regularidad necesaria para dar el fruto que puede esperarse de los ejercicios regu- lados a que se somete el cuerpo, para desarrollar los ajen- tes motores i activar al mismo tiempo que las principales funciones como lo hace la jimnástica bien dirijida i aplicada. Por la otra, hai que fijarse en que no son siempre los mas juguetones los mas estudiosos. Hai una cierta clase de ni- ños que se fatiga en las primeras carreras, que se aleja casi siempre durante los juegos i que prefiere entretenerse mi- rando hacer a sus compañeros. Estos niños de mirar trun- quilo, de cabeza voluminosa, de escasa actividad, de jenio retraído, son, por lo jeneral, débiles, raquíticos, i prefieren el estudio a los placeres del juego: tienen una llama interior que los consume i un reposo que los aniquila. Hacer que estos niños, intelijencias precoces que esperimentan las con- secuencias de su inmovilidad; que se abaten al primer soplo de una enfermedad; que se doblegan al peso del trabajo; que sucumben antes de llegar al término de sus aspiraciones; que no alcanzan a ver el fruto de sus tareas, tengan un. des- arrollo conveniente, pongan su físico a la altura de su inte- lijencia; hacer que estos viejos niños sean jóvenes niños, sanos, ájiles i activos; tratar de que no se consuman dando - se todos a la lámpara activa de su intelijencia, es sin duda alguna un bien, una necesidad i un deber. Lo es también para aquellos niños enfermizos que se fa- tigan por cualquier ejercicio i que no tienen el valor del es- tudio, cuyo único recurso para salvar del naufrajio de la sa- lud, está en un ejercicio regulado de sus fuerzas i en su des- arrollo físico. 165 El que egto escribe ha podido salvar así, cuando era ciru- jano militar, a dos alumnos que languidecían bajo el peso de enfermedades serias, i que lograron por medio de la jim- nasia, robustecer su salud i progresar en sus estudios. Probar cuántos beneficios trae consigo la jimnástica, cuánto es su alcance i cuánto puede esperarse de ella en lo físico como en lo moral, en el estado de salud como en el de enfermedad, me parece una tarea inoficiosa i cansada: será una predicación ájente convencida. La jimnástica hijiénica i la ortopédica o terapéutica hacen maravillas. En todos los tiempos i en todos los lugares se le ha mira- do como el medio mas eficaz i el de mas gran importancia para la reconstitución física. Fortes creantur fortibus et bo~ nis. Horacio. No necesito recordar que puesto ocupaba la educación fí- sica entre los antiguos. Desde Chiron, el famoso maestro de Aquíles, i desde el divino Esculapio, padre de la medicina, hasta Galeno, ese jénio de la recopilación, la jimnasia era recomendada i cultivada. Los tres grandes jimnasios de Aténas, el C.inosargo, el de la Academia i el Pancrasio, es- tán ahí para probarlo. Ahí está también la historia de esa famosísima i esforzada nación cuyos destinos estuvieron encomendados a una loba i cuyo jénio emprendedor i guerrero quedó marcado con san- gre en la antigua Galia, en la infeliz Cartago, i en la flore- ciente Aténas. Nuestros soldados no harian sus marchas forzadas, cargados con el peso de sus arreos i provisiones; ni nuestros jenerales irian como iba Pompeyo al Campo de Marte a una edad avanzada. Las fiestas, los torneos, los campos cerrados, la esgrima, la equitación, el juego de lanza, ejercicios déla Edad-Media, nos dicen igualmente que el mismo espíritu i las mismas ideas habrán filtrado al través de los siglos. ¿Quién seria hoi capaz de llevar las armaduras de esos guerreros, de car- gar sus armas i de sufrir sus privaciones? 166 Es cierto que por mucho entraba en esta dase de educa - cion el jénero de vida de esa época i la naturaleza de los combates; pero es necesario recordar que ese famoso adajio de Juvenal jnens sana in carpore sano, era de los primi- tivos tiempos i que no era solo el espíritu guerrero el único motivo del desarrollo corporal. Demóstenes no fué un guer- rero i sin embargo, debiólo todo al ejercicio. «No es para cultivar el alma i el cuerpo (porque si este último saca algún provecho, no es mas que indirectamente), dice Platón en su República, sino para cultivar el alma sola i perfeccionar en ella el valor i el espíritu filosófico, que los dioses han hecho el presente a los hombres de la jimnástica [i de la música,» Si mas adelante, después de la invención de la pólvora, decayó ese ardor i ese entusiasmo por la educación i el vi- gorizamiento del cuerpo, vemos, sin embargo, de cuando en cuando a muchos espíritus bien intencionados reclamar los ejercicios corporales, i vemos también algunos nuevos juegos puestos a la moda, que, como el de la pelota en 1789, des- empeñó un papel tan importante en los destinos de un rei, de una nación i de la humanidad. Desde hace pocos años, los ejercicios jimnásticos vuelven a ser tomados en consideración; i convencidos los Gobiernos de que en gran parte depende de ellos el vigor de las nacio- nes, se les ha hecho obligatorio. Una gran parte de los triunfos de la Alemania ¿no habrá dependido también de ese gran cuidado con que se atiende ahí a la educación física de la juventud? Hoi, que vemos a la mayoría de los pueblos empeñados en esta tarea de rejeneracion física; que se acojen a ella como a un elemento de preciosa vitalidad; que la miran como a un recurso salvador para muchas de las dolencias que aque- jan a Inhumanidad; que la consideran como un remedio pa- ra impedir el debilitamiento progresivo de las razas, no de- bíamos nosotros quedarnos a la retaguardia de ese movi- miento. 167 Cumple a los funcionarios del Gobierno no desmayar en el camino que se han trazado e insistir en la consecución de tan fructuosa tarea. III. Por mucho tiempo los ejercicios jimnásticos han tenido fuertes resistencias entre nosotros. Jimnasia i contusiones, caidas, dislocaciones, fracturas, han sido i son casi en la actualidad, entre muchas familias, palabras sinónimas. I no sin razón. No habiendo sido nunca este jénero de ejerci- cio convenientemente dirijido entre nosotros, se han conoci- do de él solo los malos resultados, mui pocos de sus bene- ficios. Por eso es necesario tranquilizar a las familias, hacerles ver lo infundado de sus temores i decirles que la jimnaaia bien dirijida no espone jamas a los niños a ningún peligro, antes bien, procura su desarrollo i activa sus funciones. «Nos hemos asegurado, dice Bérard en un informe de la misma naturaleza que el nuestro, dirijido al Ministro de Instrucción Pública de Francia, que ni un solo accidente había aconte- cido en la escuela establecida en Vincennes; que ni un solo accidente ha hecho sentir a la administración de los hospi- tales, tan atenta i tan vijilante, el haber introducido la jim- nástica entre los niños enfermos; ni un solo accidente, tam- poco, entre los discípulos de M, Trait ni en el liceo impe- rial de Luis el Grande.» Para mayor precaución, i con el objeto de facilitaren cuanto sea posible la enseñanza mencionada, hemos tenido un especial cuidado en adoptar los procedimientos mas sen- cillos i el orden mas lójíeo en la escala jimnástica. Nada de pruebas deslumbradoras ni de ejercicios peligrosos. Sencillez en los métodos, facilidad de ejecución, fijeza en los aparatos, ejercicios sin peligro; eso sí que desarrollen, fortifiquen i endurezcan el cuerpo lo mas armoniosamente posible, tal es 168 lo que constituye nuestro programa. Esto, agregado a la buena dirección de un profesor competente, hará que la jun- nástica sea provechosa, agradable i sin peligro. Principia el programa por la formación de pelotones, el alineamiento, las marchas, las conversiones, por abrir i cer- rar las filas, movimientos indispensables a la disciplina de toda escuela i todo colejio, que facilitan considerablemente la distribución en las clases, en el refectorio, en los paseos i en los estudios. Vienen en seguida los ejercicios preliminares que tienen por objeto la ajilidad i el desarrollo de todos los miembros. Estos ejercicios parciales son de una utilidad incontesta- ble para dar fuerzas i desenvolver casi a todos los músculos. Los movimientos fisiolójicos de flexión, de estension, de fcircunduccion, etc.; se encuentran ahí consultados. ‘ Si se hace alternar la flexión en los dos miembros inferio- res, se obtiene lo que se llama compás o cadencia. Este compás puede ser moderado, acelerado i de carrera. En los combinados dase, todavia, una mayor firmeza i "una estension ma}ror a esos mismos ejercicios. ‘"Las marchas, las carreras, los saltos, junto con los movi- mientos de equilibrio, completarán esta primera parte de la jimnasia, sin duda la mas sencilla, la mas fácil; pero que -se presta así de una manera maravillosa a dar gran soltura, ajilidad, fortaleza i desarrollo a todo el sistema muscular. La sencillez se encuentra aquí al lado de lo provechoso. (Uiili dulció)-). Anillos de madera.—Son unas argollas de madera mui resistentes, hechas jeneralmente de nogal. «Es mui difícil concebir, nos ha dicho Campbell (i de ello nos hemos con- vencido) una série práctica de ejercicios tan completa bajo el punto de vista fisiolójico i que se haya adaptado tan fe- lizmente al uso de los colejios de todos en jeneral. Si un hombre fuera tan fuerte como Sansón, hallaría en el uso de estas argollas, con otro de igual fuerza, la mejor oportuni- 169 dad para ejercitar la plenitud de esas fuerzas, mientras q_ue el mas débil niño jamas sufrirá nada en lucha con otro igual a él». Todos o casi todos los músculos entran a tomar par- te en esta clase de ejercicio, pudiendo concentrarse sobre al- gunos, si fuese necesario. En Inglaterra, como en los Esta- dos Unidos i en Australia, constituye una de mas importante de ejercicios, habiendo obtenido la mas favora- ble acojida i producido el mayor entusiasmo. Pueden diver- sificarse hasta un número crecidísimo a voluntad del profe- sor: nosotros señalamos los principales. Los ejercicios con los anillos se hacen a dúo. Sacos.—Para confirmar el desarrollo muscular, dar ma- yor fuerza i altura a los miembros, conviene, sobre todo a los niños, ejercitarse con sacos pequeños (que contengan fré- joles, por ejemplo) de uno a dos kilogramos de peso, en los distintos movimientos de flexión, estension, circunduccion de los miembros superiores i en las distintas actitudes del cuerpo. Este jénero de ejercicios remplazaría en las escuelas i liceos a las palanquetas i los mils, siendo los últimos man- tenidos en las escuelas normales. El programa de éstos ser- virá para aquellos. Palo.—Siempre se le ha concedido una gran importan- cia, porque a la vez que es un ejercicio provechoso, es un juego simpático a los niños; sin embargo, como los ejercicios con las argollas i sacos son suficiente, a nuestro modo de ver, para producir los buenos resultados que aquél da, lo de- jaríamos subsistente a la Academia militar (donde debe dár- sele mayor importancia i estension) i en la Escuela Normal. Vienen en seguida ejercicios de otra naturaleza mas com- plejos i que necesitan de aparatos especiales: la barra fija, las barras fijas paralelas i las barras suspendidas i fijas. Las dos primeras no deben estar a mas de un metro de al- tura i sobre un terreno arenoso, para impedir los efectos de las pequeñas caidas, si las hai. Las otras a la altura su- ficiente para no tocar los piés en tierra. 170 Los ejercicios que deben practicarse en esta clase de apa- ratos son sencillos i no pueden asustar a nadie. No hai te- mor de las caídas, menos de dislocaciones: hai simplemente un gasto mayor de fuerzas que en los demas ejercicios. EJEECICIOS DEL PÓRTICO I SUS APAREJOS. Hemos tratado de minorar i de hacer desaparecer el na- tural temor que estos ejercicios producen, reduciéndolos en cuanto es posible i facilitando las maniobras. Que los nom- bres de trapecio i de percha no asusten a los tímidos i a los precavidos. No hai aquí esos admirables ejercicios que vamos a contemplar en los circos i en los teatros: solo hai prácticas fáciles i al alcance de todos aquellos que hayan practicado un poco de jimnasia. Bajo el nombre de'~volleo sobre el trapecio, hemos indica- do un capítulo al que el profesor podría dar la estension que quiera, atendiendo a la destreza dei alumno i a los progresos que haya realizado. Palanquetas.—Forman un jénero de ejercicio mui des- arrollado ya en la práctica diaria de las personas que cultivan en su casa algo de la jimnasia. La palanqueta es una barra de fierro terminada por una bola en cada estremidad i de un peso que varia hasta lo infinito. Su uso remonta a una fecha bien atrasada, pues se la ve figurada en las manos de los personajes descritos por Mercuriali, i goza de una fama mui universal. Mils.—Son masas cónicas de madera, de oríjen persa, mui en boga ahí en los jimnasios militares. Cuéntase que el shah era un gran partidario de los ejercicios con los mils. «Estos ejercicios, dice M. D’Argy, se ejecutan con las dos manos alternativamente, algunas veces simultáneamente, con instrumentos que tienen toda la forma de una masa có- rnea i que en persa se llaman mils. Desarrollan, sobre todo, las fuerzas de los brazos i de las espaldas; hacen prominente 171 el pecho i fortifican inui particularmente la mano i el puño! clan a esta parte del cuerpo la soltura i el vigor propio para mantener un sable, una cimitarra, una espada o cualquiera otra arma del mismo jénero. Tienen, ademas, la inaprecia- ble ventaja, cuando se les ejercita por largo tiempo, de vol- ver ambidiestros: podría citarme cuino un ejemplo de esta última i preciosa cualidad» (2). Esgrima.—Pocos ejercicios tan provechosos, tan agrada- bles i de tanta utilidad como la esgrima. Toda la mitad la- teral del cuerpo esperimenta con ella un aumento i un des- arrollo que ha llegado a ser proverbial. Mas, a pesar de sus ventajas, la esgrima necesita un profesor especial, mui com- petente, i debe en consecuencia quedar consignada entre los ejercicios facultativos. La Academia militar i la de marina serán su teatro. Natación.—A la vez que agradable i de una indispensa- ble utilidad, no hai casi otro jénero de ejercicio que ponga en juego mayor número de músculos. Con mucho agrado veríamos que se le adoptase en todos los liceos; pero siendo mui escasos aquellos en que puede ser practicada, debe po- nerse mas especial cuidado en que se haga obligatoria en éstos i se cuide su enseñanza con mucha escrupulosidad, , Es bien curioso i produce no poco desconsuelo, que mu- chos marinos no sepan nadar absolutamente, cuando es una profesión que se presta i que exije por su naturaleza esta clase de conocimientos. En muchos colejios europeos que no tienen la capacidad ni los medios necesarios para la prácti- ca de este ejercicio, la enseñanza se hace teórica. Sobre un caballete, convenientemente dispuesto, se colo- ca el alumno; i a la voz i bajo las órdenes del preceptor, ejecuta, enseco, los movimientos acompasados que la nata- ción requiere. Se cuenta que de treinta i seis sub oficiales que no habian hecho su aprendizaje sino nadando al aire, (2) Berara, informe ya citad 172 diez i nueve pudieron hacerlo con facilidad la primera vez que se encontraron en el agua. Aunque estos datos i estos antecedentes sean de natura- leza tal que llegan a entusiasmarnos i a producir casi la convicción de su utilidad teórica, tememos mucho que en nuestros colejios no den los resultados que se han consegui- do en otras partes. El conocimiento que tenemos de los niños i de las costumbres de nuestros colejios, nos han hecho de- sistir de proponer la enseñanza teórica de la natación. Equitación.—Bello i elegante ejercicio que por fortuna se encuentra mui jeneralizado entre nosotros, por lo cual creemos inútil recomendarlo. Tal es la serie de ejercicios que nos permitiriamos reco- mendar a la atención del señor Ministro de Instrucción Pú- blica por el intermedio de la Facultad. De ellos están des- terradas las luchas, excelente ejercicio que temeríamos pu- diera tomar un carácter de seriedad peligrosa; la formación de pirámides humanas, el tiro del arco, i varios otros que juzgamos o perjudiciales o inútiles para el objeto que hemos tenido en vista. Debemos advertir también que hemos sido parcos en la variación de los ejercicios i que no nos hemos fijado en se- ñalar los distintos tiempos en que deben hacerse. Dejamos al tratado que debe publicarse, para sacar todo el provecho de la enseñanza, el cuidado de llenar esos vacíos i de com- pletar los distintos movimientos que se requieren en los ejer- cicios que hemos señalado. Quede para las especialidades la tarea de retocar i de construir sobre las bases que podemos darles. IV. Sin un libro elemental i práctico que conténgalas figuras que deben hacer comprensible a los directores i a los alum- nos el estudio de la jimnástica, no es mucho lo que puede hacerse en orden al progreso de la educación física que 173 nos proponemos. Faltos de maestros competentes, conviene injeniarse para no desperdiciar el buen espíritu que anima a la jeneralidad i para poner al alcance del mayor número las nociones de este arte. ¿Cómo hacer para que desde luego pueda ponerse en prác- tica esta enseñanza, siquiera en sus primeros elementos i en sus mas esenciales ejercicios? No de otro modo que haciefi- do estensivo a todas las escuelas de la República pequeños tratados que hagan ver casi al natural el modus faciendi de las diferentes prácticas jimnásticas, i solo así puede hacerse efectiva la enseñanza desde luego que, aunque deficiente, no por eso dejará de producir algunos beneficios. Pero si se quiere asegurar de un modo definitivo la edu- cación física de la juventud, si se tiene el propósito decidido que parece animar al Gobierno de cimentar la enseñanza jimnástica; si se quiere plantear en toda la vasta escala que puede i debe dársele, es necesario que se le preste desde luego el mayor ensanche posible en las escuelas normales. Teniendo que salir de esos planteles los maestros delaju- ventud, los hombres que deben llevar la dirección de la en- señanza primaria, los que deben imprimirle todo el desen- volvimiento posible, preciso es atenderle ahí con la mayor atención i darle- el mayor ensanche. Esa seria la escuela principal para la formación de profesores idóneos que irian a esparcirla por todos los ámbitos de la nación. Desarrollo intelectual, perfeccionamiento tísico; tal seria entonces la tarea de esos sacerdotes abnegados de la ense- ñanza. Su misión seria a la vez rejenadora i reparadora: por la una se cultivarla el alma, por la otra el físico. Quizás este jénero de ejercicios servirla para distraer oportuna i convenientemente a los preceptores del campo en los ratos de ocio que puede dejarles su fastidiosa a la vez que noble misión. Quizás esto contribuiría, también, a ele- varlos un poco mas en las consideraciones que.se les deben. Volvernos a repetirlo: si no se da en las escuelas norma- 174 les un vasto ensanche a la enseñanza jimnástica, no podemos jamas halagarnos con la esperanza que se jeneralice i pro- duzca los benéficos resultados que está llamada a producir. Basados en este raciocinio es que en nuestro programa asig- namos a ese establecimiento el mayor número de ejercicios. ¿Cuántas lecciones deben darse por semana? Creemos que son suficiente dos o tres, siéndoles permitido a los niños re- petir, sí lo quieren, los ejercicios mas sencillos i ménos pe- ligrosos en las horas de recreo. Los ejercicios del pórtico i sus aparejos, deben serles prohibidos fuera de la clase; por- que para evitar accidentes, deben ser siempre vijilados por el profesor o los repetidores. ¿Cuál será la hora de la clase? A nuestro modo de ver, debe dejárseles a los niños a su disposición las horas de recreo, i escojer para la jimnástica una que esté algo distante de las horas déla comida para no perturbar la dijestion. Dada nuestra actual división escolástica, i para mayor facilidad i economía, he aquí la distribución que haríamos de los ejercicios: Escuelas primarias.—Ejercicios parciales, ejercicios com- binados, marchas, carreras, saltos, equilibrios; ejercicios con las argollas i sacos (3). Escuelas superiores—Los mismos que en los anteriores, con la adición de los ejercicios en la barra fija, en las barras fijas paralelas, las barras suspendidas i las argollas. Liceos.—Todos los del programa, esceptuando los ejer cicios del palo, la esgrima, las palanquetas i los mils. Escuela militar.—Todos los del programa; a mas los ejer- cicios facultativos. Escuela normal.—Todos, esceptuando la esgrima. (3) Celebraríamos rancho que iguales ejercicios ee hicieran obligatorios en los oolejios de niñas. La naturaleza de los indicados se aviene a su sexo, i por este medio adquirirían algo de esa robustez que tanto necesitan. Conviene» no olvidar que la salud de los padres influye siempre en la de la prole. 175 Distribuidos así los ejercicios, los gastos que el fisco ten- dí ia que hacer serian casi nulos en las escuelas i no de gran costo en los demas establecimientos. V. Hijtene.—No menos importante i no menos conveniente es la enseñanza de la hijiene en las escuelas i en los colejios. En los pueblos nuevos, en donde las costumbres se resien- ten de graves defectos, debidos a la incuria de los aboríjenes; en donde las cuestiones que se relacionan con la población son las mas trascendentales parala vida i el porvenir de esas naciones; en donde la mortalidad de los párvulos es un azo- te que amenaza su prosperidad; en donde, como entre nos- otros, hai la mas crasa ignorancia de los rudimentos hijiéni- cos, el conocimiento del arte de prolongarla vida i de con- servar la salud, constituye una necesidad primordial, mas todavía, es una exijencia indispensable. Lo hemos dicho en mas de una ocasión, i volvemos a re- petirlo, i lo repetiremos hasta el cansancio: solo la mas es- tensa difusión de los conocimientos hijiénicos puede concluir con la mortalidad asustadora de los párvulos, porque está ahí la causa principal de esos desastres que la estadística nos hace reconocer mes a mes, dia a dia. «Por otra parte, las condiciones materiales de la vida, dice un sabio profesor de hijiene, ejercen sobre las disposi- ciones morales del hombre tan evidente i tan directa influen- cia, que los esfuerzos de una sociedad bien constituida deben encaminarse siempre a mejorar el estado físico del mayor número de sus miembros)) (4). Por fortuna el Supremo Gobierno así lo ha comprendido, i por un decreto de fecha reciente ha hecho obligatorio en los liceos el estudio déla hijiene. Querríamos, también, que es- i) Prólogo del traductvrde Teascrcau. 176 ta enseñanza se hiciera estensiva a las escuelas, por medio de manuales que estuvieran al alcance del mayor número; porque tenemos fe en sus efectos; porque creemos que la hi- jiene alianza la moral, modifica las costumbres, enaltece al individuo; i porque miéntras mas se siembre en todos los campos, mas será el fruto que se recoja. Nuestra tarea se reduce, según los deseos espresados por el señor Ministro, a elejir de entre los manuales ya publi- cados, entre nosotros, el que sea mas adaptable a la ense- ñanza. Esos manuales sorrdos: El Catecismo hijiénico o el Arte de conservar la salud, prolongar la vida i prevenir las enfermedades adoptado al clima, temperamento, usos i costumbres de Chile, por el doctor don Juan Miquel, i el Curso elemental de hijiene por M. Tessereau, obra pre- miada por la Academia de Medicina de París i vertida a nuestro idioma por el doctor don Wenceslao Diaz. Ambas obritas son mui recomendables, i revelan en sus autores el deseo sincero de arrancar a las desgracias i a las enfermedades a las personas a quienes van dedicadas. El del doctor Miquel es un verdadero catecismo, con pregun- tas i respuestas, método que hace mui comprensible las nocio- nes que se quieren imprimir en la memoria de los jóvenes i de las personas de poca o mediana ilustración; da mucha importancia a todas aquellas cosas que mas nos pertenecen; revela un conocimiento profundo de nuestras costumbres, de nuestros hábitos, del modo de ser de nuestra jente i contiene preceptos locales de bastante valor. La distribución de sus capítulos es metódica i abunda por lo jeneral en buenas ideas. Sin embargo, a pesar de la claridad del método, es confuso i desgreñado en algunas partes; revela en muchas un temor exajerado, es deficiente i anticuado en otras, su lenguaje es por lo jeneral incorrecto, i contiene algunos po- cos errores que no conviene propagar. Con unas cuantas 177 modificaciones, seria el mejor i el mas excelente de los tes- tos que pudiera ponerse en manos de las personas a que hemos aludido. El de Tessereau está escrito en forma de conferencia; i aunque redactado para servir de testo a una asociación de obreros, se aviene a todas las clases i a todas las condicio- nes. Su lenguaje es sencillo i correcto; su método de espo- sicion es claro i admirablemente concebido. Principia por dar algunas lijeras nociones anatómicas i fisiolójicas sobre los órganos i las funciones del cuerpo humano, i continúa dando los preceptos hijiénicos que se relacionan con esas funciones i esos órganos. Es así como llena su propósito. Ninguno de los principios jenerales de la hijiene le hace falta. Solo notamos que da al estudio de la embriaguez un des- arrollo que está mui bien para los obreros i de mas para los jóvenes alumnos de liceo; que no contiene, como el de Mi- quel, el réjimen que conviene observar en la crianza de los niños, el de las embarazadas i puérperas, nociones todas mui importantes para una gran parte del pueblo; que le ha- cen falta algunos preceptos locales; que no habla nada acer- ca de nuestras bebidas, como la chicha, el chacolí, la aloja, el mate ni de nuestras comidas, como el charqui, el ulpo, la grasa; ni de nuestras frutas, etc., i que hace una recomen- dación equivocada de la esposicion de las habitaciones al viento (5). Pero todos estos vacíos son fáciles de ser llena- dos por los encargados de la enseñanza. Atendiendo ahora al año de estudio en que la enseñanza de la hijiene es obligatoria; teniendo presente que los alum- nos no se han iniciado todavía en los rudimentos de histo- ria natural, no trepidamos en recomendar la adopción proviso- (5) Que se recomiende en Europa que las habitaciones tengan una o do& ventanas al norte i al oriente, está mui bien, porque esos son los vientos rei- nantes; pero no así en Chile, donde el viento que sopla constantemente es S. O. Este error lo liemos visto enseñaren nuestros cursos de h;jiene. 178 ria del libro de Tessereau como testo de enseñanza en los liceos. Mucho deseaiíamos a la vez que el del doctor Miquel fuera destinado a las escuelas, ya como libro de lectura, ya como de estudio, siempre que sufriera las modificaciones que hemos recomendado. Puesto en práctica i jeneralizado el estudio de la hijiene, conocidas las necesidades de la enseñanza, estamos segu- ros que pronto se redactarían libros apropósito. Lo que ahora conviene es hacer: mañana, perfeccionar. Programa de ejercicios jimnásticos. I SERIE. EJERCICIOS PREPARATORIOS. Formación de pelotones.—Alineamientos.—Media vuelta a la derecha.—Marcha de frente.—Marcha de flanco.— Marcha hacia atras.—Marcha en columna.—Marcar el pa- so.—Cambiar el paso,—Abrir i cerrar las filas.—Romper i formar los pelotones. II serie.—ejercicios parciales. Movimientos de la cabeza.—Doblar la cabeza a la dere- cha i ala izquierda.—Doblar la cabeza hacia adelante i há- cia atras.—Rotación de la cabeza, Movimientos de los miembros superiores.—Flexión i es- tension de los antebrazos.—Subir i bajar verticalmente, sin flexión, los brazos —Movimientos de estension i flexión la- teral de los brazos.—Los mismos movimientos en sentido horizontal, con o sin los puños cerrados.—Estension verti- cal de los brazos.—Circunduccion de los brazos. Movimientos de los miembros inferiores —Movimientos de flexión i estension de los pies,—Flexión de la pierna.— 179 Flexión simultánea del muslo i de la pierna.—Flexión sobre los miembros inferiores o flexión simultánea de los muslos i piernas.—Compás o cadencia moderada.—Compás acelera- do.—Compás de carrera.—Circunduccion de la pierna. Movimientos del tronco.—Flexión del cuerpo hácia ade- lante i hácia atras.—Flexión lateral. III SERIE, EJERCICIOS COMBIXADOS. Flexión de las estremidades inferiores i movimiento ver- tical de los brazos.—Movimientos alternados de los brazos (flexión i estension) i de las piernas hacia adelante.—Fle- xión de las estremidades inferiores, colocados los brazos ho- rizontalmente.—Flexión de la3 estremidades inferiores, los brazos colocados vertical mente.—Flexión i estension alter- nada i lateral de los miembros superiores e inferiores—Fle- xión i estension simultánea i lateral de los brazos i alter- nada de los miembros superiores.—Flexión délas piernas i movimiento horizontal de los brazos sobre los costados. IV SERIE.—MARCHAS, CARRERAS, SALTOS. Marcha al paso de jimnástica.—Marcha sobre la punta de los piés.—Marcha sobre los talones.-—Doblarse sobre las estremidades inferiores i marchar en esta posición.—Movi- mientos diversos de brazos durante la marcha.—Salto sobre un pié o sobre los dos piés,—Salto de pié firme a lo largo i alo alto.—Saltos en profundidad.—Saltos a la percha.— Saltos en la soga.—Saltos sobre un pié. Y SERIE. EQUILIBRIOS Tenerse sobre un pié, dirijido el otro hacia adelante.— Id. dirijido hacia atras.—Inclinarse adelante sobre un pié. — Inclinarse hacia atras sobre un pié.—Inclinarse a la ¿ere* 180 cha o la izquierda sobre un pié.—Mantenerse sobre un pié tomado el otro con las dos manos.—Ponerse de rodillas i levantarse. VI SERIE, — EJERCICIOS CON LOS ANILLOS DE MADERA. Con los brazos estendidos, uniendo las manos con los ani- llos, se empuja hacia adelante para hacer pasar el cuerpo, con el pié izquierdo o el pié derecho adelante.—Espalda con espalda, los piés al principio unidos, se adelanta el derecho o el izquierdo alternativamente, i se tira torciendo los brazos. —Espalda con espalda, dirijiendo los brazos hácia arriba.— Id. dirijiendo los brazos oblicuamente.—Id. hácia abajo.— De frente i alternativamente, se dirijen las dos manos opuestas hácia arriba i las otras dos abajo.—Espalda con espalda, se empujan las dos manos hácia arriba, volviendo la cara en cualquiera dirección.—Id. empujándolas abajo.— Espalda con espalla, las manos sobre la cabeza se cambian alternativamente hácia arriba i hácia abajo.—Cara con cara, se impelen alternativamente hácia afuéralas manos izquier- das i derechas.—Espalda con espalda, se dirijen hácia afuera las manos derecha e izquierda.—Cara con cara, se dirijen los brazos horizontalmente hasta tocarse con el pecho.— Espalda con espalda, se doblan los codos hácia abajo haciendo prominente el pecho,—Cara con cara, se tiran los anillos lentamente i con compás hácia abajo hasta ponerse en cuclillas. Y1I SERIE.—EJERCICIOS CON EL PALO. Levantar el palo i llevarlo horizontalmente adelante.— Llevarlo a la derecha o a la izquierda. — Hacerlo pasar sin interrupción al rededor del cuerpo.—Hacerlo pasar por en- cima de la cabeza hacia adelante i hacia atras.—Estos mis- mos ejercicios en distintas actitudes del cuerpo con i sin üe- 181 xión de las piernas.—Id. durante las marchas,—Ejercicios diversos con el palo ejecutados a dúo. VIII SERIE. EJERCICIOS CON LAS PALANQUETAS, MILS I SACOS. Palanquetas.—Levantar las palanquetas a la altura de los hombros.—Levantar las palanquetas [simultáneamente hacia adelante hasta la altura de los hombros,-—Levantar alternativamente las palanquetas con la izquierda, o con la derecha, hasta la altura de los hombros.—Elevar alternativa i verticalmente las palanquetas por encima de los hombros. —Levantar simultáneamente las palanquetas por encima de los hombros.—Levantar alternativamente las palanquetas a la altura de los hombros i estender el brazo hácia adelante i arriba.—Levantar simultáneamente las palanquetas por delante, a la altura de los hombros, i estender los brazos hácia adelante i arriba.—Movimiento alternado de circun- duccion al rededor de la cabeza, comenzando el movimiento por delante.—Id. comenzando por detras.—Mantener las pa- lanquetas con el brazo estendido lo mas horizontalmente posible.—Levantar alternativamente las palanquetas con los pies, doblando las piernas.—Levantar alternativamente las palanquetas con los pies, quedando las piernas estendidas hácia adelanté. Mi'LS.—Llevar el mils al hombro derecho o al izquierdo. Llevar el mils hácia afuera, a la derecha o a la izquierda.— Llevar el mils hácia adentro, ala derecha o a la izquierda.— Llevar el mils horizontalmente adelante i pasarlo por encima déla cabeza.—Llevar el mils verticalinente i pasarlo por de- tras de la cabeza.—Bajar el mils i pasarlo al rededor del cuer- po.—Pasar el mils en círculo, por la derecha o por la izquier- da.—Dejar el mils en tierra.—Mantener el mils con el brazo estendido,—Algunos de estos mismos ejercicios con dos mils. Sacos.—Los mismos ejercicios que con las palanquetas i mils. 182 IX SERIE.—EJERCICIOS CON LAS MÁQUINAS. I. Barra horizontal.—Colocarse sobre la barra.—Cami- nar hácia adelante.—Caminar de lado.—Caminar hácia atras.—Pasar a caballo hácia adelante o hácia atras.—Sen- tarse sobre la barra i moverse de lado.—Levantarse sobre las manos i moverse de lado.—Estando a caballo moverse sobre las manos hácia adelante o hácia atras.—Suspensión por debajo de la barra.—Moverse con ayuda de las manos i de los pies, estando suspendido de la barra.—Suspenderse por debajo de la barra i caminar para adelante o para atras. —Colocarse i restablecerse sobre la barra.—Estando de pié, saltar para adelante.—Estando sentado, saltar para bajar.—Estando a caballo, pasar la pierna derecha por en- cima de la barra i bajar.—Id. pasar la pierna izquierda por encima de la barra i bajar. II. Barras fijas paralelas.—Suspensión sobre las ma- nos.—Ir adelante o atras por un movimiento alternado de las manos.—Id. adelante o atras por sacudidas.—Bajar el cuerpo i suspenderlo por la flexión i estension de los brazos. —Balancear las piernas hácia adelante i hácia atras.—Sus- pensión con las manos i los pies,—Llevar las piernas hácia adelante sobre la barra derecha, en seguida sobre la izquier- da.—Llevar las piernas hácia atras sobre la barra derecha, en seguida sobre la izquierda.—Sostener el cuerpo sobre las manos en una posición horizontal, las piernas hácia atras.— Lanzarse a tierra por delante, a la derecha o ala izquierda. —Salvar las barras en dos, tres o cuatro tiempos, lazándo- se a la derecha o a la izquierda.—Suspenderse por las ma- nos i los pies, el dorso hácia abajo.—Pararse sobre las bar- ras.—Estando de pié, dejarse colgar con la cara hácia a tierra, suspendido de pies i de manos. III. Barras suspendidas i fijas.—Suspensión con las dos manos.—Id. con una mano.—Elevar la cabeza por en- 183 cima de la barra.—Suspensión por el pliegue de los brazos. —Suspensión por los pies i las manos.—Suspensión por el pliegue de los brazos i las corvas.—Pasar de un estado de suspensión a uno de reposo o de equilibrio sobre las barras. —Restablecerse sobre las piernas.—Restablecerse sobre los antebrazos.—Restablecerse sobre las manos.—Progresión lateral a la derecha i a la izquierda.—Progresión por el Hun- co derecho e izquierdo.—Progresión por brazadas. IY. Ejercicios en el pórtico i sus aparejos.—1.° Ar- gollas.— Tomar las argollas, elevarse por la fuerza de los brazos i darse vuelta para atras.—Id. para adelante.—Co- lumpiarse en las argollas.—Sujetarse con la mano derecha o izquierda, el cuerpo suspendido, i desviar la argolla opuesta horizontalmente.—Elevarse sobre las argollas colocando los pies i las manos en ellas, darse una vuelta.—Sujetarse de las argollas con una sola mano, alternativamente, elevado el mentón a su altura —Suspenderse de las argollas, pasando alternativamente, ya la pierna derecha, ya la izquierda, so- bre el brazo derecho o el izquierdo.—Tomar las argollas i suspenderse, colocando el cuerpo horizontal mente con el dorso para arriba o para abajo, concluyendo por una vuelta. 2.* Escaleras.—Subir con ayuda de los pies i de las ma- nos, con la cara a la escalera.—Subir con ayuda de los pies i de las manos con el dorso a la escalera.—Subir solo con los pies.—Subir por los largueros con ayuda de las manos i de las piernas.—descender con ayuda de los pies i de las manos.—Bajarse deslizándose por loslargueros,—Subir i ba- jar por detras.—Subir con ayuda de los pies i délas manos. —Subir por los atravesaños, colocando las manos una en pos de otra, sobre el mismo atravesaño,—Subir colocando las manos, una en pos de otra, sobre un atravesaño distinto.— Subir los atravesaños por saltos.—Subir tomando un atra- vesaño con una mano i un larguero con la otra.—Subir por los dos largueros.—Subir por los dos largueros a sacudidas. Subir, tomando alternativamente por sacudidas, los largue- 184 ros i los atravesados.—Bajar por los atravesaños, colocando las manos una en pos de otra sobre el mismo atravesaño.— Bajar por los atravesaños, colocando,las manos una en pos de otra en un atravesaño distinto.—Bajar por los atravesa- ños a sacudidas o por saltos.—Bajar tomando un atravesa- ño con una mano i un larguero con la otra.—Bajar por los largueros.—Bajar por los dos largueros a sacudidas.—Des- cender tomando alternativamente por sacudidas, los largue- ros i los atravesaños.—Pasar de adelante atras de la esca- lera, i recíprocamente de atras a adelante. 3.® Cordajes simples i compuestos.—Subir por una es- cala de cuerdas con auxilio de las manos i de los piés i des- cender.— Subir i bajar con ayuda de las manos i de los piés por delante de una escala inclinada.—Subir i bajar por de- tras de una escala inclinada.—Subir i bajar por una cuerda de nudos,—Subir i bajar por un cabo liso con ayuda de las manos i de los piés.—Subir i bajar por un cabo con ayuda de las manos.—Subir i bajar por dos cabos con auxilio de las manos.—Levantar la cuerda para darse un punto de apoyo, sea sobre el muslo, sea sobre el pié.—Lanzarse ha- cia adelante por medio de la cuerda.—Lanzarse adelante i volver al punto de partida. , Mástil—Subir i bajar con ayuda de las manos i de los piés. Ejercicio de las perchas.—Subir i bajar de la percha con ayuda de las manos i de los piés.—Subir i bajar con solo la «ayuda de las manos.—Subir por una percha i bajar por la otra.—Subir i bajar por dos perchas.—Subir i bajar por dos perchas con sacudidas.—Subir i bajar por debajo de una percha inclinada.—Subir i bajar por encima de una percha inclinada. Trapecio.—Tomar la base del trapecio i elevar el cuerpo Con la fuerza de los puños.—Tomar la base del trapecio, ba- lancearse i lanzarse lo mas léjos posible.—Colocarse pobre la base del trapecio, apoyándose sobre el vientre, i bajar.— 185 Tomar la base del trapecio, suspenderse de las cuerdas por los pies, i bajar.—Subir i bajar por las cuerdas del trapecio, i tenerse ya encima, ya debajo, en una posición horizontal. —Volteos en ei trapecio. Dr A. Murillo. ENSANCHE DE LAS CALLES I FORMACION DE PLAZAS EN SANTIAGO. Son, sin duda alguna, muchas i mui importantes las me- joras i las modificaciones que desde hace algunos anos ha es- perimehtado Santiago bajo el punto de -vista de su aseo i de la salubridad. Sus calles empedradas i macadamizadas, sus aceras com- puestas i arregladas, sus acequias niveladas i casi subterrá- neas, han respondido a necesidades de primer orden. Ya no se ven esos charcos de aguas cenagosas que hacian apretarse las narices i que repugnaban a la vista; las acequias no hu- medecen las piezas de habitación i han dejado de ser lugares de pestilenciales emanaciones. Las numerosas plantaciones de árboles en las calles i en las plazas, modifican favorablemente el aire que respiramos i prestan una sombra bienhechora a los que las trafican. Pero todo esto no basta todavía, ni con mucho, para estar completamente satisfechos respecto a la hijiene de esta ciu- dad tan estensa i tan poblada. 188 Hai algunas reformas i algunas medidas que la actualidad reclama i que el porvenir exije. Entre esas reformas i esas medidas, juzgamos de la mas grande importancia el ensanche de las calles i la formación de nuevas plazas. No pedimos un imposible. Creemos que todo eso se puede obtener paulatinamente i con un gasto de bien poca conside- ración. I ni aún esto seria un moiivo para dejar de llevar a cabo reformas que exije imperiosamente el desarrollo progresivo i rápido de la población. No se comprende verdaderamente cómo una ciudad tan estensa, como lo es Santiago, no tenga mas que dos plazas: la de Armas i la de Yungai. El gran barrio ultra-alameda, carece de esos lugares de ensanche i de respiración. Podría eso comprenderse, si, en esas localidades, anchas avenidas dieran libre curso al aire, que es el primer elemen- to de vida de una población, modificado por numerosas plan- taciones; pero todos sabemos que no hai esas avenidas i que por lo jeneral las calles son estrechas i a mas de estre- chas, sucias. ¿Faltarían a nuestro municipio unos cuantos escudos para proporcionarse los terrenos necesarios para el establecimien- to de esas nuevas plazas? Ahora que la propiedad en esos barrios no tiene un valor subido, seria oportuno i conveniente pensar de un modo se- rio en esta cuestión. Se nos figura que dos plazas, situadas convenientemente llenarían las exijencias actuales, i serian el centro de nuevos i hermosos edificios, a la vez que el punto de reunión del pequeño comercio diseminado. Esta concentración del comercio i de los edificios, signifi- caria, a nuestra modo de ver, aumento en el impuesto mu- nicipal i compensación consiguiente de los gastos. El ensanche de las calles, es, por otro lado, una cuestión 189 que debe adquirir una importancia mui notable. Desde lue- go notarnos que ya la tiene. La alza tan considerable en el valor del terreno i en los arriendos, el desarrollo mismo del comercio, han hecho, ha- cen i harán que los edificios tomen cada dia una altura ma- yor. ¿Qué sucederá con esto? Que el aire i la luz serán, tam- bién, dia por dia menores, relativamente a la altura de los edificios i al número de habitantes, i suplir esa disminución por la anchura de las vías de comunicación i por el mejoramiento del aire. Mas, como el ensanche de las calles centrales impodria al municipio una carga que no está en el caso de sobrellevar, i que puede mui bien remediarse por otros medios, nos pa- rece que es el caso de indicarle el camino que a ello puede conducir. Este camino es el ensanche de las calles situadas en el barrio de Yungai, i en el colocado mas allá del canal de San Miguel. Los pocos edificios construidos hasta ahora en esos bar- rios, la baratura del terreno, la importancia que adquirirían, hacen que esta medida sea mui fácil de llevar a cabo, a la vez que mui poco costosa para las arcas casi siempre vacías de nuestra municipalidad. No creemos que el Supremo Gobierno se opondría a que se dictara una ordenanza, en que se mandara que todo pro- pietario retirase la línea de edificio hasta dejarlas calles con un claro de dieziocho a veinte metros, siempre que se tra- tase de una nueva construcción, i tampoco vemos por qué los dueños de esos sitios se encontrarían perjudicados. Juzgamos, por el contrario, que siendo eficazmente favo- recidos con esta medida que daria mayor importancia a sus propiedades, esos propietarios no serian exijentes para la tasación de su parte expropiada. De este modo se conseguiría llevar a cabo una medida je- 190 neralmente sentida, sin que se hiciera sensible su costo. Las calles no solo sirven para la separación de los edifi- cios i para el tráfico, deben ser ademas vías francas i modi- ficadoras del aire. Esto último se consigue con hacerlas anchas i con planta- ciones numerosas. Si queremos la salubridad de Santiago, si hemos de ser previsores para un porvenir no lejano, ensanchemos sus ca- lles, hagamos nuevas plazas i numerosas plantaciones. Enero de 1872. ALGO SOBRE EL CUNDURANGO. Valparaíso, febrero 7 de 1872. Señor don David Salamanca, Santiago. Distinguido amigo i discípulo. He sentido una verdadera complacencia al leer su artículo sobre el Cundurango, esta planta que ha dado tanto que ha- blar al mundo científico i tantas esperanzas ha hecho conce- bir a los desgraciados enfermos de cáncer. .Alabo su contracción científica i el espíritu que lo ha ani- mado al dar a luz sus esperiencias, sus ideas sobre un medi- camento que hadado lugar ya a mas de un escándalo i que continuará siendo por algún tiempo mas el tópico délas con- versaciones de los enfermos i de nuevos estudios i esperien- cias por parte de los médicos. Creo que todavia no se ha dicho la última palabra sobre este bejuco, i espero que no han de ser infructuosos los en- sayos que se hacen sobre sus propiedades terapéuticas. Es cierto que estoi mui distante de atribuirle los maravi- llosos efectos que de él se cuentan; que, como usted, le nie- 192 go muchos; que ha hecho inas ruido del que debiera; pero considero el Cundurango como un medicamento (de alguna importancia i le doi propiedades que usted le niega. Permítame que ya que disiento de su modo de ver, i ce- diendo a la invitación que hace usted a sus colegas, le diga cómo aprecio el modo de obrar i qué cualidades tiene para mí el Cundurango. Pero ántes debo escusarme con usted i prevenirle con mi natural franqueza, que mis observaciones i mis esperiencias son escasas i que me hacen falta aquí lasque tengo redacta- das. No se viaja llevando en la maleta los apuntes ni los li- bros. Por ese motivo seré corto; i como creo que lo práctico es lo que vale, dejando a un lado la cuestión de historia natu- ral que usted trata con talento i lucidez, lo seré mas toda- vía. Conozco he empleado dos clases del bejuco: el amarillen- to i el blanco. El último me ha prestado mayor garantía por su procedencia, i es con el que he hecho mis principales es- periencias. He usado también una tintura que he hecho traer del Perú, de la casa del bien conocido farmacéutico Dávalos, con la cual hice mis primeros ensayos. El Cundurango de que le hablo es una corteza enrollada, como la quina, de color blanco en el interior i lijeramente sucia al esterior, de olor sui generis, particular, mui notable, de un gusto desagrable i lijeramente nauseabundo. Tomado al interior, en dosis de 20 gramos por 200 de agua hirviendo, produce calor, pocas veces dolor de cabeza i casi siempre evacuaciones claras acompañadas de peque- ños dolores cólicos. En menos dosis hai sencillamente un ca- lor notable, aumento en el movimiento circulatorio, mui rara vez cefalaljia, i un sudor mas o ménos abundante. En uno de los casos en que lo he aplicado frecuentemente con motivo un reumatismo nudoso, siempre ha ocasionado dolorse 193 cólicos, aunque suaves, mui parecidos a los que la enferma sentia cuando tomaba cortas dosis de tintura decólchico. Siempre que hai evacuaciones, la lengua se seca Ibera- mente i hai una sed mas o menos notable. Esto es lo único que hasta ahora he podido ver de la ac- ción fisiolójica del nuevo medicamento. Por lo que respecta a su acción terapéutica, me consta personalmente (usted lo sabe) que ha sido ineficaz en tres de los casos a que hace referencia en su artículo. • Mas, fuera de esos que he visto i que refiero, tengo algu- nos otros en que el tal bejuco ha producido algún alivio. Recuerdo en este momento a una señora que habia sido operada tres veces i que hacia ya trece o catorce años que sufria de la afección cancerosa. Cuando se le comenzó a ad- ministrar el Cundurango, estaba en una situación desespe- rante, en una de esas situaciones que desgraciadamente los médicos conocemos i en que no hai mas que el opio o el doral para dar un alivio momentáneo. La mama izquierda estaba ocupada por una vasta ulcera- ción cancerosa que se internaba profundamente en la axila; la derecha invadida por un tumor de la misma naturaleza. Un número considerable de botones se hallaba esparcido en todas direcciones. La supuración de la úlcera era abundantí- sima; de un olor insoportable, de ese olor fétido que se lleva en las narices por algunos minutos i que es necesario hacer desaparecer con aguas de olor. El sueño habia abandonado hacia algún tiempo á la pobre enferma: solo el doral dábale unas cuantas horas de reposo. ¿Necesitaré decir que se ha- llaba ya en el último'grado de marasmo, que el «organismo éstaba espirante i que los dolores'eran insufriblemente in- soportables? Agotados todos los recursos, la familia i los médicos Ja pusieron bajo la acción del Cundurango. Láenfeima, qite padecia desde tiempo atras de una cons- tipación de vientre’que era renitente i que apénas cedía a 194 fuertes purgantes o lavativas, principió por tomar 10 gra- mos del polvo en infusión i por lavar la superficie de la úl- cera con un cocimiento un poco mas cargado. Desde el prin- cipio el vientre se puso mas que libre, i hubo que disminuir la dosis; los dolores calmaron bastante, ia supuración dis- minuyó considerablemente i perdió el olor; la solución de continuidad modificóse en el aspecto i llegó casi a tener la apariencia de una herida que quiere marchar a la cicatriza- ción. Mas adelante pudo llevarse la dosis del medicamento a mayor elevación, porque el vientre dejóse de influenciar, por la acción purgativa, lo diré así, del medicamento. Una cosa que pude notar, fue que el polvo aplicado en la herida aumentaba la supuración i era ésta de mal olor; así que fué siempre necesario valerse de los lavatorios i de las hilas empapadas en el cocimiento, por mas que este modus faciendi no sea el recomendado por los médicos de Ecuador. ¿Sanó la enferma? No, por cierto, ni era posible esperar- lo, atendidas las condiciones en que se encontraba. Mas, es lo cierto que hubo un alivio marcado en sus dolores, nota- bilísimo en la naturaleza i carácter de la supuración, etc. En otros casos de igual naturaleza, la eficacia del Cundu- rango en dichos síntomas no ha sido jamas tan marcada; pe- ro siempre ha tenido una acción mas o menos notable sobre la ulceración i sobre todo en la supuración. Hace poco he principiado mis esperiencias en la sífilis des- pués de las que habia iniciado en los reumatismo crónicos. Nada puedo decir sobre sus efectos todavía. En los reumatismos, espero que la buena eficacia del Cundurango no será puesta en duda en poco tiempo inas. No por eso lo considero como un ájente dotado de una gran acti- vidad, pero no puede negársele que solo o asociado a otros medicamentos, puede ser conveniente. Por lo que llevo dicho verá usted, amigo mió, que conce- do a] nuevo ajante terapéutico algunas otras propiedades i 195 que no estoi peifectamente conforme con sus conclusiones, las que verdaderamente creo son mui absolutas* No por eso niego que usted tiene muchísima razón al aconsejar que los afectados de cáncer no pueden esperar cu- ración alguna del Cundurango i que deben ocurrir al instru- mento cortante como el medio menos infiel que hasta ahora se conoce para tales afecciones. El conceder, como concedo al Cundurango, propiedades vulnerarias, sudoríficas i depurativas, colocándolo en la serie de los medicamentos excitantes especiales no me lleva mu- cho mas allá de lo que usted puede creer, Nos une en el punto principal: en la ineficacia como ájente activo de cu- ración de las afecciones cancerosas. Sírvase dispensarme, i acepte mi cordial felicitación por sus trabajos en los Andes i por el que motiva la presente. Su amigo. Dr. A. Murillo. INFORME SOBRE VACUNA PASADO AL CONSEJO DE HIJIENE PÚBLICA EN LA EPIDEMIA I)E 1872. La comisión nombrada por el consejo de hijiene pública para dictaminar sobre las medidas que convendría adoptar para contener el desarrollo de la viruela, ha evacuado el si- guiente informe: Señores del consejo de hijiene pública:—La comisión que nombrasteis en la sesión anterior para estudiar i proponer las medidas que deben adoptarse desde luego para impedir o contener el desarrollo cada dia mayor de la viruela i las que deben ser puestas en práctica mas adelante para evitar Ja repetición casi regular de este ílajelo, que nos viene visitando desde hace algunos anos a entradas de invierno, i haciendo sus víctimas mas numerosas en la parte indijente de la po- blación, se ha apresurado a llenar su cometido i tiene el ho- nor de informaros, aunque mui brevemente, sobre los pun- tos le que fijasteis. En los momentos actuales i bajo él peso deurjencia circunstancias, ha creído que debía limitarse a discutir i a hablar poco, porque los momentos son de acción i no de pala- bras. Nada le habría sido mas fácil que entrar en la esposicion i discusión de las numerosas cuestiones que la vacuna ha 198 provocado respecto a su duración, naturaleza, orí ¡en, altera- ciones que esperimenta según los organismos, debilitamien - to que sufre en su frecuente trasmisión i tantos otros puntos controvertidos i estudiados desde hace algunos años; pero nada ménos fructuoso en las presentes circunstancias en que los lazaretos i hospitales se desbordan sobre toda la población i en que el elemento mórbido fermenta con prodijiosa ra- pidez. Según los datos que nos hemos proporcionado, el número de enfermos de viruela que ha ingresado a los hospitales i lazaretos desde el l.° al 22 de mayo en la mañana, ha sido de 610. Teniendo en cuenta este dato i el de los rechazados i los asistidos a domicilio, no se puede calcular que hai mé- nos de 1,200 apestados en la ciudad. Aceptando, como todo el mundo acepta, que la vacuna preserva de la viruela; que esta preservación es solo tem- poral para la jeneralidad de las personas; que el fluido vacu- no sufre un debilitamiento progresivo cuando no se le renue- va en (su fuente mas conocida (la vaca); que es necesa- rio de todo punto el examen del organismo de los que sirven para trasmitirle, aceptando igualmente que el medio mas eficaz i el único seguro para combatir las epidemias variolo- sas es la vacunación; estando ademas convencidos en las de- más cuestiones que surjen de estos mismos i del conocimien- to de nuestro pueblo i de nuestros recursos, nos hemos pues- to prontamente de acuerdo i hemos uniformado nuestros pa- receres. En consecuencia temos el honor de proponeros: 1. ? La mas estensa difusión de la vacuna, aumentando el número de vacunadores i solicitando el apoyo de los curas i demas personas que .tengan influencia sobre las masas; 2. El establecimiento de nuevos lazaretos para apesta- dos; 3. ,L$ pronta renovación del fluido vacuno i su renovación periódica; 199 4. El examen mas escrupuloso de los vacunandos; 5. El aumento de las horas de trabajo de la oticina de va- cuna; 6. La publicación de una breve instrucción para el pue- blo, en la que se le ensefie la importancia de la vacuna i la uniformidad con que esta pequeña operación puede ser hecha en todo tiempo, máxime en épocas epidémicas; 7. La solicitación al cuerpo lejislativo de una lei que ha- ga obligatoria la vacuna; 8. La renovación periódica de la vacuna en los cuarteles, colejios i demas establecimientos públicos; 9. La mas escrupulosa atención de parte de la autoridad en el aseo del barrio sur de la población, que es donde, se- gún nuestras observaciones, grava mas el flajelo. Todos estos acuerdos tienen sus razones de ser mui ob- vias i claras: La difusión de la vacuna como la necesidad mas imperio- sa del momento i la mas segura para evitar los desastres de la viruela. Los nuevos lazaretos como un medio de evitar la propa- gación del contajio, i como un asilo donde ios pobres en- cuentren la asistencia conveniente. La pronta renovación del fluido vacuno, porque según las noticias que tenemos, hace algunos anos que no se renueva i porque hemos tenido ocasión de observar que el actual está algo debilitado. Su renovación periódica es un principio in- concuso sobre el cual no tenemos que insistir. El examen de los vacunandos, para iinpidir la trasmisión de alguna enfermedad contajiosa (lo que es escepcionahnen- te raro) i para garantir la buena calidad del grano. El aumento de las horas de trabajo de la oficina de va- cuna es de una imperiosa necesidad, boi que la jente acude a vacunarse con mayor frecuencia. Si en tiempo ordinario ellas son suficientes, no lo son ahora en que todo el mundo debe ir a vacunarse. 200 La publicación de una instrucción para el pueblo, que de- bería hacerse en una hoja suelta, se hace indispensable pa- ra calmar temores, destruir aprensiones i jeneralizar la va- cuna entre la jente de los arrabales. Esta misma instrucción serviría también para tanta jente ilustrada que abriga ideas erróneas sobre este fluido salvador. La vacuna obligatoria, establecida desde hace años en Prusia con notabilísimas ventajas, ha sido reclamada varias veces entre nosotros para quitar a la desidia el derecho de enfermar i de gravar a la beneficencia pública. Con ella, ademas, si no alcanzáramos a vernos libres de las epidemias de viruelas, disminuiríamos a tal punto su impoitancia, que no tendríamos jamas que ajitarnos como lo hacemos ahora. Las revacunaciones practicadas cada ocho o diez años, -completarian el sistema de seguridad que la vacuna obliga- toria nos daría. Para probarlo basta saber que desde que •el Cobiérno wtírtemburgues ordenó las revacunaciones, se vio disminuir notablemente los casos de viruelas en las tro- pas. Así fue que en pocos años la cifra de los variolosos -descendió de Gil a 94. No tendremos que insistir sobre la necesidad i urjencia de atender al aseo de los barrios pobres, porque de todos es conocida la importancia que tiene sobre la hijiene pública 1 porque estamos bien seguros de que nuestro activo Intenden- te tomará las medidas conducentes a estinguir esos focos de insalubridad que amenazan al resto déla población. La comisión cree con fundamento que aceptando i traba- jando en el sentido de llevar adelante las proposiciones an- tediohas, se remediará ahora i en adelante los desastrosos i aflijentes espectáculos que viene dándonos la viruela, con no poco escándalo de nuestro estado actual de adelanto i de ci- vilizacioh. Santiago,, mayo 25 de 1872. Pr A, Morillo. SANEAMIENTO DE LOS LAZARETOS. Señor .Intendente: Si en las salas de asilo, de los hospitales, en las ¡ambu- lancias i enrt todos aquellos lugares en que existe mía gran acumulación de enfermos, se necesitan i se emplean cons- tantemente medios de mejoramiento del aire i de desinfec- ción, con mayor motivo los exij'en nuestros actuales lazare- tos, que a mas de ser no pocos adecuados al objeto, alber- gan a tantos variolosos.—I es bien sabido qué lmi pocas afecciones que, como la viruela, infesten mas la atmósfera i pongan el aire mas pesado i mas impuro. Ni la aereacion profusa que se practica hoi, ni las chime- neas que se establecen, ni los ventiladores que se ponen, serán quizás bastantes para conjurar ese maleamiento e im- pureza del aire que se respira en las salas de los énfermos atacados del actual flajelo. Si la desocupación i desinfección alternada de las salas no puede hacerse en los momentos que atravesamos, urje en- tonces recurrir a un medio que haga mas a propósito parala respiración ese aire, i sirva a la vez de un desinfectante no desagradable ni perjudicial a los enfermos. 202 El método de saneamiento, fácil i rápido, inventado por M. Rabot i sobre el cual he llamado la atención del Consejo de hijiene, me parece que puede adoptarse sin inconvenien- te, antes con provecho, en nuestros lazaretos. Este procedimiento, juzgado ya por la práctica en algunos hospitales franceses, consiste en hacer penetrar o en des- arrollar el oxíjeno en las salas infectadas. M. Rabot procede de dos modos diversos: 1. Haciendo llegar por medio de tubos al lugar de su destino el exijeno que se prepara. 2. Desarrollándolo en el mismo lugar. Para conseguir esto último, coloca a cada estremidad de las salas, i lo mas léjos posible de las camas, un tiesto en el cual cada dia se echa la mezcla siguiente: Peróxido de manganeso 500 gramos; solución de bipoclorito de cal 5 kilogramos. El resultado de esto, es el desprendimiento continuo de oxíjeno i de algunos vapores clorados que desinfaccionarán los sitios elejidos. Si la junta de lazaretos o sus celosos administradores es- tuviesen en disposición da adoptar alguna parte del procedi- miento que acabo de esponer, me permitiría recomendarles sobre todo la última, por ser de una ejecución mas espedita i mas económica. Escuso entrar en otro jénero de consideraciones por con- siderarla apénas al objeto que ha motivado la presente co- municación i por haberse discutido en el Consejo de hijiene del departamento. Santiago, julio 21 de 1872. Du. A. Mijbíllo. ALGUNOS DATOS ESTADÍSTICOS- El Anuario Estadístico de 1870, que recientemente aca- ba de ver la luz de la publicidad, nos proporciona algunos datos de gran importancia que creemos conveniente esponer i condensar, a la vez que en interés de los lectores de la Be- vista, para que puedan servir de base a los trabajos que quieran emprenderse mas adelante acerca de la importantí- sima cuestión de la mortalidad que ha estado i estará siem- pre de. actualidad entre nosotros. Pero antes de esa condensación, séanos permitido espre- sar un deseo que es también una necesidad. En el agrupamiento que se hace de los años para darnos la proporción de la mortalidad, encontramos un vacío que no es difícil de llenar a poca costa. Encerraren un solo período de 0 a 7 años la primera épo- ca de la vida, es una falta de estadística imperdonable, I que no puede dar resultados fructuosos ni para el estudio de las causas ni para el de los medios de combatir la mortalidad en esos primeros anos de la vida. I no puede darlos, porque la mortalidad no puede ser la misma en los primaros meses de la existencia, durante la primera dentición, que en los años restantes, o que durante 204 la segunda dentición. Lo mismo puede decirse de las causas que la determinan. Por otra parte, eso acomodo tiene que reunir forzosa- mente en el grupo a los fetos que nacen muertos como a los niños que mueren inmediatamente después del parto. Por la sola enunciación de estos hechos, viénese eu cuenta de cuánta es la importancia que debe ciarse a un nuevo frac- cionamiento en las cifras actuales de nuestra naciente pero ya adelantada estadística. Rejistrar por separado las defunciones de los muertos re- cien nacidos, la de los niños de uno i dos años, es una impe- riosa necesidad que no puede ocultarse a los distinguidos jefes de la oficina de estadística, i es también un deseo de los que como nosotros nos hemos ocupado de tan útil como provechoso estudio. La ciencia de los números no será una verdadera ciencia en tanto no consulte la importancia de toda cifra i de todo hecho que redunde en conocimiento i en beneficio de las múl- tiples cuestiones que de ellos se desprenden. De lo esos números que deben hablar, pasarían bajo nuestra vista como cuadros sin importancia, como alineamientos de ju- guete. Multiplicar el estudio de un problema complejo que bien puede simplificarse, es perderse en cálculos variados que os- curecerán siempre la cuestión. Queda también otra razón. ¿Cómo podemos cbmparar nuestra mortalidad de niños con alguna exactitud con la de los demas paises que nos dan fracciones distintas de las nuestras? ¿Cómo podemos hacerlo fructuoso si no tenemos la base de qué partir? I es bien sabido que, solo analizando i comparando es como podemos conocer nuestra situación res- pecto a los demas estados en quienes las cuestiones de hi- jiene han tomado el desarrollo que exije la civilización de los pueblos. Hecha ya nuestra justa petición, entremos en materia. 205 Movimiento de la poblacion,—Los bautismos ascendie- ron en 1870 a 81,134, excedido en 1,212 a los de 1809, lo que da un nacido por cada 24 habitantes. La relación de los ilejítimos con los lejítimos alcanza a 1 por 2, 9, proporción algo mas favorable que la del año ante- terior en que hubo 1 ilejítimo por cada 2, 7 lejítimos. El orden de moralidad de las provincias es el siguiente': l.° Chiloé, 2.° Talca, 3.® Colchagua, 4.° Curicó, 5.® Llan- quihue, 6.® Santiago, 7.® Valparaíso, 8.° Colonia de Maga- llanes, 9.® Nuble, 10. Aconcagua, 11. Valdivia, 12. Maulé, 13. Arauco, 14. Concepción, 15. Coquimbo, 16. Atacama. En esta última la proporción subió a 1 ilejítimo por 1, 4 le- jítimos , i en Chiloé, a 1 por 6, 2. Hace algunos años qne es- tas dos apartadas circunscripciones están colocadas en la misma escala que la del año de que venimos ocupándonos* Las defunciones alcanzaron a 47,473, o sean 1,927 me- nos que en 1869. Los hombres entran por el número de 24,175 i las mujeres por 33,227. La proporción de las defunciones respecto al número de habitantes llega a 1 por 41, superior a la de la Suecia, (1 por 47), a la de Dinamarca (1 por 50), a la de la Holanda (1 por 45), a la de la Francia (1 por 46), a la del Austria (1 por 48), a la de la Grecia (1 por 49), a la de la Béljica (1 por 44); pero menor a muchos otros países europeos. La defunción de los menores de 7 años alcanza al 60, 4 por ciento del total, cifra mas favorable que la del año ante- rior,—La proporción media de esta mortalidad durante los últimos años, da próximamente un 57 por ciento de niños menores de 7 años muertos sobre el total de las defunciones, lo que sin duda alguna es excesivo i merece tomarse inui se- riamente en consideración. Los meses en que se observan mayor número de defun- ciones son los de primavera i verano. Su orden de impor- tancia es el siguiente: enero, diciembre, octubre, noviembre, setiembre, agostó, febrero; marzo, julio, mayo, junio, abril, 206 Deducida la cifra de los muertos, dice el Anuario, de lo que representa los nacimientos, hallamos que en toda la República sobrevive un individuo por cada 2, 4 que nacen lográndose por consiguiente un poco ménos de la mitad de los que principian su existencia. Hospitales.—Su número asciende a 34.—Los asistidos a 45,325, doscientos cincuenta i siete mas que en el año an- terior. Salidos -35,071 i muertos 7,265. La relación de los que sanan i mueren con los entrados ha sido, tanto en el año de 1870 como en el de 1860, de 83 por ciento para los prime- ros i de 17 para los últimos. En los hospitales de Coquimbo muere el 23, 6 por ciento -de los entrados, en Valparaíso el 19, 5. en Santiago el 18, ■5, en Colchagua el 17, 3, en Aconcagua el 17, 2, en Talca el 16, 5, en Atacama el 15, 3, en Curicó el 13, 0, en Mau- lé el 11, 0, en Concepción el 6, 8, en Aranco el 6, 5, en Valdivia el 6, 0, en Chiloé el 4, 4, en Ñuble el 2, 1, en Tolten (hospital militar) el 0. 7. Las enfermedades que hacen mas víctimas son la tisis, las fiebres, la disenteria, la pneumonía i la pleuro-pneumo- la viruela i las aneurismas. Haremos notar que por 29 hombres muertos a consecuen- cia de abscesos hepáticos, no se encuentra ninguna mujer que haya fallecido de semejante afección. En Talca, los reumatismos son mas comunes proporcio- nalmente que en los demas hospitales de las provincias. Los niños menores de 7 años alcanzan solo al 4 por ciento del total de los fallecidos en los hospitales de la República, a consecuencia sin duda de la falta de establecimientos apro- pósitos para esta clase de enfermos. Hasta ahora, i con gra- ve perjuicio de aquéllos i de la enseñanza, no hai un ausilio para niños. Vacunaciones.—'Alcanzaron en 1870 al número de 55,565. De eAos 22,133 eran menores de siete años, los de- 207 mas adultos. Se ignora cuántas han sido las revacunaciones. Sin tiempo i sin espacio para entrar en el estudio de las numerosas cuestiones que las anteriores cifras suscitan, las entregamos a la publicidad para que sean meditadas i estu- diadas por los que se interesan en la suerte del pais i de esas pobres jeneraciones que se levantan llevando impreso el pe- cado de nuestro descuido i de nuestra neglijencia. 1672. CLINICA OBSTETRICA. LECCION CON MOTIVO DE UNA APLICACION DE FORCEPS EN EL ESTRECHO INFERIOR EL 4 DE JUNIO DE 1872. Señores: Me es sumamente agradable, i creo qae no lo será ménos para vosotros, el poder iniciar vuestra práctica con la apli- cación que acabo de hacer del fórceps en la enferma que vengo de operar. Vuestra primera entrada a la casa de Ma- ternidad se presenta bajo mui buenos auspicios. Recien lle- gados, i aun ántes de ver un parto natural, asistís a una operación i veis un caso en que hai que hacer notar algunas particularidades que mui rara vez pueden encontrarse reuni- das. Desearía que la casualidad nos favoreciera con nume- rosos casos de observación, porque, como ya os lo he dicho, a nada doi ni daré mas importancia que a la parte práctica de vuestros estudios. Faltos de los elementos necesarios para hacer un curso de clínica obstétrica, a pesar de los pasos que me habéis visto dar, me haré un deber en aprovechar los casos que se nos presenten para inculcaros las principales reglas del arte i para esplanaros el camino de la práctica.'Por este motivo, 210 tomando pié de la presente observación, os anticiparé algu- nas ideas, aunque sean sumarias, sobre las aplicaciones del fórceps en las presentaciones de vértice, cuando éste se pre- sente en el estrecho inferior. Plagarnos la historia: N. N. tiene como treinta anos de edad, su salud ha sido buena, su constitución no lo es ménos i hace nueve meses que se hizo embarazada por la primera vez de su vida. Los dolores del parto principiaron ayer en el dia i fueron enérji- cos; pero no avanzando en el trabajo, se decidió a entrar a la casa, donde se encuentra desde la mañana de hoi. La matrona del servicio nos dice que desde el momento de la recepción, las contracciones han ido perdiendo en fuerza i continuidad, i que la cabeza se encuentra casi en la misma situación en que la observó, pues no ha notado mas que un lijerísimo descenso después de diez horas. Cuando la vemos, hace ya veintiocho horas que los dolores del parto principiaron, las contracciones son poco enérjicas (sin dejar de serlo algo) i las fuerzas comienzan a abandonarla; hai alguna postración, la mujer solicita ser li- brada de su estado i está en disposición de aceptar los me- dios que se la indican. En consecuencia, se la traslada a la sala de operaciones. El reconocimiento me da una presentación de vértice i una posición cccípito-iliaca derecha anterior; os advierto entonces que este enclavamiento de la cabeza, que ha impedido la terminación del parto natural, me parece que debía ser atri- buido a la falta del movimiento de rotación en una posición que debió ser transversal, a estar a los datos poco precisos que se nos trasmitieron; i me he afirmado mas en esa creen- cia por la evolución que hizo la cabeza durante la aplicación del fórceps, a tal punto que el occipucio fué llevado casi de- tras de la sínfisis pubiana. Dispuesta convenientemente la enferma, en la situación que acostumbramos entre nosotros, que es la misma que se 211 acostumbra en Francia como en España, en Chile como en las demas secciones americanas de oríjen latino, hice la aplicación del fórceps, sin dificultad alguna. El único entor- pecimiento que tuvimos fué a consecuencia de que el tornillo del fórceps de la clase, que hacia ya dos años que no se mo- vía, no jugaba bien; pero eso pasó mui lijeramente. Ejercida la tracción convenientemente, es decir, siguiendo la dirección del eje del estrecho i favoreciendo el movimien- to de estension que debe ejecutar la cabeza antes de des- prenderse, en el instante mismo en que las contracciones comenzaron a manifestarse, ésta salió fuera de la vulva. Luego pudisteis notar ese movimiento tan particular i tan rápido que se conoce ahora con el nombre de rotación ester- na i que ántes llevaba el de restitución, en virtud de la es- plicacion errónea que de él se hacia; pero casi instantánea- mente otra evolución distinta i anormal se hizo con gran ad- miración vuestra: el occipucio miraba hácia adelante, la cara hácia atrás, yendo a ocultarse entre los muslos de la mujer. ¿Cuál era la causa de un movimiento tan estraño i tan des- usado? ¿A qué motivo poder atribuirlo? Su esplicacion era mui sencilla, su causa tan clara, que inmediatamente sin necesidad de decirósla os la esplicásteis: el cordon hacia dos vueltas sobre el cuello, i su cortedad re- lativa impelía a la cabeza ejecutar un movimiento retros- pectivo, Libertado de este inconveniente, he continuado con la estraccion del tronco para evitar a la paciente las fatigas i los dolores de un parto demasiado penoso i largo, que aba- tia sus fuerzas , i que le impelian a exijir la terminación de lo que podía llamar con justicia su martirio. Para ello he seguido el procedimiento clásico de los auto- res; i recordareis sin duda cuánto insistí sobre el modo de estraer los hombros, con el objeto de evitar el cruzamiento de los brazos. Terminada la primera parte del parto, he querido ensayar un procedimiento que os es desconocido i de que no hablan. 212 los autores clásicos, pero que tiene ahora cierta boga para la estraccion de la placenta, esa segunda parte del trabajo que puede considerarse como un pequeño parto. Ausiliado por uno de vosotros, procedí a hacer la espresion uterina, i visteis con el reloj en la mano, que bastaron solo dos minu- tos para que la p'acenta saliera con gran facilidad. Me re- servo para haceros en su debido tiempo, i después que ha- yáis adquirido mas práctica, una lección sobre tan impor- tante como útil procedimiento. Pero las novedades que debíamos encontrar no paraban solamente en esto; habia algo mas que despertó vuestra cu- riosidad i que satisfizo vuestros deseos en la primera vez que asistíais a la práctica. El cordon, mas grueso de lo ordinario por la abundancia de la jelatina de Warthon, se insertaba en uno de los bordes de la placenta, de modo que afectaba ésta la disposición en raqueta. El niño también habia nacido asfixiado después de un trabajo que demoraba de veintiocho a treinta horas; pero las irrigaciones alternadas de agua fria i caliente, la poli- cía de su garganta, las fricciones de su cuerpo i algunas cuantas palmadas, concluyeron en pocos instantes con su muerte aparente. Me faltaba decir, aunque creo que no lo ha- bréis olvidado, que no hice inmediatamente la ligadura del cordon para dar lugar a la salida de un poco de sangre, vya que el cuerpo del recien nacido estaba amoratado i presenta- ba los signos bien claros de una conjestion. Reasumiendo, tenemos: l.° una aplicación de fórceps en el estrecho inferior i en una posición que no siempre es co- mún; 2.° envoltura del cordon en el cuello; 3.° método de espresion uterina puesto en práctica para la estraccion de la placenta; 4.° placenta en raqueta; i 5.° asfixia del recien nacido. ¡Cuán variadas cosas en un solo caso! Si fuera a estenderme en las jeneralidades a que cada uno de ellos se presta, me haria cansado i difuso; por eso me concretaré a hablaros algo sobre la aplicación del fórceps i quizás incidentalmente sobre otro. 213 Parala aplicación de este instrumento de tanta importan- cia en la distocia, se requiere, en primer lugar, el reconoci- miento mas exacto de la presentación de la parte del feto que se presenta. Por esto os aconsejaré que jamas tengáis escrúpulo en introducir los dedos i aun la mano para daros cuenta cabal de las relaciones contraidas por el feto con las diferentes partes de la pélvis, i que no escuseis el último i mas importante examen que debe hacerse cuando la pacien- te colocada en posición, espera el momento de vuestra in- tervención salvadora. Proceded siempre con calma i con prudencia; solo así sereis dueños de vosotros mismos i de la situación; solo así sabréis la colocación que es necesario dar a las distintas ramas del fórceps. Después de estar ciertos de la posición i de haber introdu- cido la mano que debe guiar las cucharas para aplicarlas a los lados de la cabeza, no tengáis jamas miedo de introducir éstas hasta que lleguen cerca del cuello, para abrazai así la cabeza en la concavidad de aquéllas. He visto siempre que el miedo es el principal obstáculo que los principiantes en- cuentran en las aplicaciones del fórceps. Si estáis seguros de la posición i si no encontráis dificultad notable en la pe- netración de las ramas, marchad con confianza i con aplomo; vuestro es el triunfo. No cejeis, por otra parte, ante las primeras dificultades, tantead primero elevando o bajando el mango del instrumento, hasta penetrar; i después tirad en el sentido de ese eje práctico de dirección de la pelvis, co- mo he llamado al círculo de Carus. Una advertencia mas. Para convenceros de que el instru- mento no ha cojido mas que la cabeza i no alguna otra cosa, imprimidle ántes de tirar algunos movimientos lijeros de vaivén. Si se mueve con facilidad, si se desliza sin obstácu- lo, estáis en el camino. La introducción incompleta del fórceps, debida casi siem- pre al miedo mas que a las dificultades que se encuentran, lo hacen escurrirse a las primeras tracciones i es siempre 214 una cosa desagradable, mas todavía que desagradable, pue- de ser perjudicial. Guiado siempre el fórceps por la mano introducida con fi- jeza entre la cabeza del feto i las partes circunvecinas de la madre, no podéis tener temor de abrazar en los cucharazos otra cosa distinta de aquélla. I es ésta una regla sobre la cual debe ponerse hoi tanto mas cuidado, cuanto que el cloroformo introducido en la práctica obstétrica, impide recur- rir a la sensibilidad materna, en los casos ya numerosos en que aquél se administra. La aplicación del instrumento puede hacerse i se hace sin duda alguna con mayor facilidad en el estrecho inferior, i eso mismo da al operador mayor seguridad en el reconoci- miento, en la posición de las ramas i en los obstáculos que encuentra. Por eso también debeis ser mas cautos cuando alguna dificultad notable se interpone en el camino. Si en la introducción de la segunda rama vuestros esfuer- zos llegan a ser infructuosos, si la articulación no puede ha- cerse con la facilidad que era de esperarse (escepto cuando esto dependa de una corta desigualdad en las ramas por fal ta de penetración de una de ellas), podéis i vale mas retirar el instrumento para volverlo a aplicar con la calma que no cesaré de aconsejaros, Si todavía, i si aún en este caso i después de aseguraros de nuevo de vuestro exámen, la difi- cultad subsiste, introducid la rama que habíais dejado para después i colocadla primera al último. Es mas que probable, es casi seguro, que vuestro diagnóstico era erróneo. No creo llegado el momento oportuno para adelantaros en el estudio de cada una de las presentaciones; pero no concluiré sin recordaros (porque lo he visto) que no debeis jamas untar la cara interna de las cucharas del fórceps, porque así las ponéis resbaladizas i fácil, mui fácilmente se escurre la cabeza del feto. Advertido por algunos hechos prácticos, acostumbro afian- zar la articulación de las ramas con una tira de lienzo, que 215 me sirve ’a la vez para mantenerlas entre mis manos sin que se me deslicen, ya por el líquido que suele bañarlas, ya por las sustancias grasosas que las hace resbaladizas. Espero que no olvidéis este pequeño recuerdo. Sin duda os habrá estrañado el que inmediatamente de haber sacado la cabeza, i demorándome solamente el tiempo necesario para que tuviera lugar la primera contracción ute- rina, haya procedido a la estraccion del cuerpo sin cuidarme después de que estas contracciones siguieran. Por eso me parece conveniente advertiros que si he procedido con alguna precipitación, era porque no solamente la mujer se hallaba mui fatigada, sino también, i mui principalmente, porque la vida del niño corría un grave peligro si demoraba un mo- mento mas su estraccion. El estado asfítico en que nació os probará cuánta razón tuve para proceder con la lijereza que me visteis. Unos cuantos minutos mas i el niño no habría alcanzado a respirar. En el arte de los partos si la lijereza perjudica a los proce- dimientos en mas de una ocasión, en otros es un medio sal- vador. La rapidez de la concepción intelectual [para abrazar las situaciones diversas en que el comadrón suele encontrar- se, es aquí de una necesidad que no necesito recordaros, por cuanto no puede ocultarse a vuestra imajinacion i a los he- chos que habéis tenido i que tendréis ocasión de [observar. Fáltame ahora solo llamar vuestra atención, aunque sea a la carrera, al cuidado con que debe procederse a la estrac- cion del cuerpo por temor de que los brazos se crucen. O se deja el parto entregado a la naturaleza solo, o se interviene. En el último caso, si no teneis cuidado, los brazos pue- den oponer un grave obstáculo a la salida del tronco, ya cruzándose por delante, ya por detrás, lo que es mas grave. Para evitar tal contratiempo, conviene hacer la estraccion de ellos en el orden siguiente: l.° el que está colocado atras; 2.° el que está adelante o sea detrás del pubis. No necesito 3ndicaros el procedimiento, 216 Si los brazos llegan a cruzarse, el orden de su estraccion está subordinado, como lo sabéis, a la marcha que han se- guido i se va por el mismo camino para volver sobre él. Las demas cuestiones serán objeto, así lo espero, de otras lecciones que pienso daros. Dr. A. Murillo. CLÍNICA OBSTETRICA. DOBLE VERSION. (Lección del 16 de agosto de 1872), Señores: He tenido ocasión de practicar ayer una doble versión con motivo de un parto de jemelos; la enferma habéis tenido ocasión de observarla esta noche. En consecuencia, me voi a tomar la libertad de haceros algunas advertencias i de ha- blaros sobre algunas de las dificultades que esta operación presenta en la práctica, i que con mayor razón conviene sa- ber i ocurren a los que como vosotros recien se inician en ei arte obstétrico. Hai en todas estas cuestiones, como en todas las que se relacionan con nuestro arte, mas de una útil enseñanza que debe aprovecharse i que aprovecharé a medida que se me presente la ocasión; porque, como ya he tenido el honor de deciros, son mas de una vez las pequeñas cosas las que de- ciden de las grandes. Pero antes de pasar mas adelante, os contaré la historia del caso, utilizándome de las coyunturas que me ofrezca pa- ra esplicaros anticipadamente algo de lo que quiero deciros. N. N. es una mujer del pueblo, bien conformada, de re- gular estatura, de buena constitución i que tendrá treinta i 218 cuatro años próximamente. Cree estar en el mes I lia senti- do desde la tarde anterior (el 14) los dolores i el trabajo del parto. Interrogada sobre sus antecedentes, me dice que ha tenido tres alumbramientos anteriores sin dificultad, que su salud ha sido siempre buena, pero que hace ya un mes ésta se ha alterado; una fiebre mas o menos continua, según su esplicacion, la ha postrado un mes en la cama, siendo sor- prendida por los dolores cuando principiaba a entrar en con valescencia o mas bien cuando la fiebre desaparecía. Los do- lores han sido en esta ocasión mui prolongados, las horas pasadas en el principio del trabajo mui largas; mientras tan- to el parto no se verificaba. Alarmada por este motivo i por los accidentes que mas tarde ocurrieron, solicita ser admiti- da en la Maternidad. A las tres de la tarde del uia 15 soi llamado con pre- cipitación de la casa i veo a la enferma. Su situación era la siguiente: .abatimiento profundo, casi colapsus, a tal punto que no puede levantar ni encojer las piernas, pulso pequeño i lijero, voz algo apagada, dice que está mui fatigada i soli- cita lastimosamente mi asistencia. Hacia ya veinte i tantas horas que el trabajo se habia iniciado i no sé cuántas a que la bolsa de las aguas se habia roto. Al hacer el reconocimiento, lo primero que encuentro es el cordon umbilical fuera de la vulva, frió i sin latidos. La introducción de la mano me da una presentación de tronco que me apresuro a reconocer; luego tropiezo con una mani- to, es la izquierda. Iíai, en fin, una presentación del plano lateral izquierdo, la cabeza en la fosa ilíaca derecha. Inme- diatamente, i sin retirar la mano, voi en busca de los piés; los cojo i verifico la versión sin tropiezo. Hago mas todavía, sin esperara que las contracciones uterinas espulsen el tron- co, lo estraigo, siguiendo el procedimiento ordinario. La pérdida casi absoluta de fuerzas de la enferma me faculta” ba para tal procedimiento. No necesito decir que el feto estaba muerto: la frialdad 219 glacial i la falta absoluta, entendedlo bien, de latidos en el cordon, lo hacian presajiar; lo aseguraban. Pero mi tarea aún no estaba concluida: restaba otro feto en el claustro materno. ¿Qué hacer entonces? ¿debia entregar a los esfuerzos déla naturaleza este segundo producto de la concepción, debia esperar que las fuerzas de la mujer se res- tablecieran algún tanto o debia proceder a su estraccion in- mediatamente? Dada la situación de la enferma, viendo la postración siempre persistente de las fuerzas, ¡notando el abatimiento profundo de su organismo trabajado por la fie- bre i por un parto prolongado i laborioso, me pareció que no debia tardar en mi intervención; i así lo hice. Ligado el cordon placentario del lado de la madre, desde los primeros momentos, por causa de la sangre que manaba i que significa siempre una comunicación vascular entre las placentas, fui a reconocerla presentación del segundo feto. —De nuevo encuéntreme con una presentación de tronco i la necesidad da una segunda versión. Pero aquí, señores, las membranas estaban intactas i te- nia que romperlas. ¿Qué camino seguiría? Las rompería en la parte inferior, donde son mas prominentes i mas f¿iciles de dividir, o siguiendo los consejos de algunos comadrones iría en busca de los piés i rompería ahí las membranas? Tengo que confesaros que siempre he tenido una aver- sión teórica a este último procedimiento; por mas que sea recomendada por hombres de la talla de su autor, Pau, i de Cuzeaux. La dificultad que siempre existe de romper las membranas en un punto algo elevado, donde no hacen pro- minencia ni presentan tampoco resistencia suficiente al em- puje de los dedos, la facilidad también de poder encontrar en el camino el borde de la placenta i ser desprendida, ocasio- nando una hemorrajia, la posibilidad de que siendo insufi- ciente la abertura o por cualquier otro motivo de tornar una parte de las membranas junto con el feto i desprender la placenta al hacer la versión de éste, me habían dado la con- 220 viccion de que este procedimiento era peligroso i a veces inú- til. Créenlo también así Tarnier, Lenoir i varios otros au- tores. Sin embargo, en este caso quise probar o mas bien quise intentar el consejo de Cazeaux. Sin seguir plano alguno del feto para que me guiara en el camino de los miembros abdo- minales por la práctica adquirida en esta clase de maniobras, fui derecho en busca de los piés que encontré sin dificultad, pero al tratar de romper las membranas a su altura, mis es- fuerzos fueron vanos i después de algunas tentivas abandono mi propósito. Prácticamente me habia convencido de lo que ya habia juzgado un mal procedimiento.—Eso de la ventaja déla cantidad del agua del amnios, que según este método se conserva para facilitar la versión, me parece también mui ilusoria: el líquido amniótico se derrama con igual facilidad rompiendo las membranas por los lados o por su parte infe- rior. I si en este último caso la introducción de la mano se hace al momento de romperlas, queda el suficiente para la evolución fácil i espeditadel feto. En consecuencia me decidí a romper la bolsa de las aguas en el punto en que hace eminencia, es decir, en la parte in- ferior. Al efecto, practico sobre mi uña del dedo índice un lijero corte conjuna navaja, que me permite levantar mui li- jeramente el pequeño pedazo que lo ha sufrido i que lo de- ja algo áspero, jamas cortante; lo introduzco así, raspo las membranas i éstas se rompen con gran facilidad. Luego, sin tardar un momento, voi en busca de los piés, cojo solo el anterior; i sin cuidarme de tomar el otro, verifico la versión i termino el parto. Esta vez el feto estaba vivo. Pocos momentos después la placenta es estraida por la matrona de la casa a quien habia confiado este cuidado. La operada continúa hasta ahora en un estado bien sa- tisfactorio, si ha de tenerse en cuenta sus sufrimientos ante- riores (1). (1J A los ocho días después la enferma salía de alta en perfecto estado de salud, 221 Os voi a-llamar ahora la atención i esplicaros el por qué de dos novedades que habéis notado en esta última versión. Es la primera el modo de romper la bolsa amniótica i la se- gunda es la estraccion solo de un miembro sin cuidarme de ir a buscar el otro al practicar la versión. Constituye para mí la primera una sencilla práctica bien inocente, un pequeño procedimiento facilísimo que aprendí de mi antiguo maestro el doctor Sazie i que hace poco tiem- po he visto recomendar en un libro notable, que debe andar en vuestras manos: el Tratado de partos de Joulin, Nunca he visto un procedimiento mas sencillo, a la vez que inocen- te, que el de que me ocupo en este momento. La ruptura de la bolsa de las aguas, puede hacerse por pellizcos siempre que esté al alcance de los dedos, es decir, toda vez que esté mui baja; puede practicarse con un estile- te, unas tijeras o cualquier instrumento cortante; puede ha- cerse aún empujándola con los dedos con alguna fuerza en los momentos de las contracciones; pero las mujeres rehuyen, miran con malos ojos, rechazan siempre la intervención de todo instrumento cortante i están sospechosas e intranquilas con la introducción aún de los dedos mismos, si éstos han de permanecer algún momento en la vajina. No sucede lo mismo con el procedimiento de que acabo de hablaros. Aquí la ruptura practícase con rapidez i la mujer no se apercibe de nada. Nada tampoco puede sufrir el feto ni las partes maternas con una modificación tan superficial i tan insignificante en launa; porque bien luego ésta se vuel- ve a poner suave, casi lisa. I esto sucede a tal punto, que jamas, en las preñeces de jemelos en que he tenido que in- tervenir, me ha servido para la segunda operación la muesca que me habia practicado en mi uña: siempre he tenido que tallar una segunda muesca. Hai ademas otra ventaja en adoptar este sencillo proce- dimiento. Si hace falta una navaja de bolsillo, unas tijeras o cualquier otro instrumento cortante, las otras uñas o los dien- 222 tes, bastan para acomodar la del dedo índice, que es la con que siempre se practica la ruptura. Esto se hace con toda facilidad raspando de arriba abajo un punto cualquiera (es mejor el centro) de la bolsa amniótica que se presenta i aún puede irse a buscar, en caso de necesidad, hasta en el estre- cho superior. La frecuencia con que esta operación se practica i la faci- lidad del procedimiento me disculparán de haber insistido en él. Todos los autores clásicos, casi sin escepcion, dan la re* gla de ir a buscar los dos pies para practicar la versión po- dálica e indican minuciosamente el modo como deben ser tomados. No estoi en completo desacuerdo con ellos i siem - pre os recomendaré que sigáis esta regla como un buen pre- cepto; pero tengo que haceros acerca de ello algunas adver- tencias. Sucede mui frecuentemente que la aprehensión de ambos pies es difícil i fatigosa, sobre todo cuando el útero se aplica con fuerza sobre el feto; entonces hai qne contentarse con tomarlos como se pueda i el que se pueda. No era éste, por cierto, el modo de pensar de los antiguos comadrones, Mauriceau, Dionis, Peu, Burton, no se habían atrevido jamas a tirar de una sola pierna. «Pensar tirar un niño por un solo pié, dice Guillermeau, seria destrozarlo, hacerlo morir i a la madre también.» Postal, empero, rom- pe con las antiguas tradiciones i en mas de una ocasión con- téntase tan solo con traccionar un solo miembro, hasta que Ivilian i algunos alemanes, defienden la conveniencia de ti- rar un solo pié. De acuerdo con Pajot, Tarnier, Joulin, Dubois, etc,, toda vez que tengo dificultad de tomar los dos piés, me contento con uno solo. Si es el anterior, tanto mejor; porque apelo- tonándose el miembro opuesto sobre lo restante del cuerpo, i contando con la escavacion del sacro, la evolución se hace sin duda a’guna con mayor facilidad, i distendiendo en se- 223 guida las partes blandas de la madre se facilita el camino a la salida del tronco i de la cabeza. Si es solo el miembro posterior el que se ha tomado, la cosa no suele ser tan hace- dera. Sucede mas de una vez en este caso que la rodilla se encaja por encima del pubis i la versión se dificulta; pero aun así, se habrá conseguido bajar el feto, i podráse sin gran trabajo ir en busca del otro pié, guiándose por el que se tiene cojido, o puédese seguir el consejo de Tarnier, que he practicado en alguna ocasión, de imprimir al miembro posterior o sacro un movimiento de rotación que comunicán- dose a las nalgas coloque a la que era posterior detras del pubis.—Hecho esto, la versión puede considerarse termi- nada. Siempre, pues, que os sea fácil cojer ambos piés, haced- lo sin titubear, de cualquier modo que hagais la aprehensión: no os fijéis la manera de tomarlos, con tal de que estén bien asegurados. Si no alcanzáis a tomar los dos, contentaos con uno solo; si es el anterior o el supubiano, tanto mejor, la versión se verificará con seguridad i con prontitud, salvo el caso de contracciones tetánicas uterinas en que las manio- bras llegan a ser en ocasiones mui fatigosas i difíciles.—Si es el posterior, podéis esperar todavía llegar al término de- seado en mas de una ocasión. Pero no siempre (i esto sucede por varios motivos que espondré en otras lecciones) es fácil tomar los piés; no sien- do difícil alcanzarlas rodillas. Si la fatiga os ha vencido, si vuestras manos han perdido la sensibilidad, si, en fin, no os es fácil llegar a los piés, puédese i suele ser conveniente ir a tomar las corvas, enganchándoles con los dedos, i traccio- nando sobre ellas bajarlas hasta que se despleguen los miem- bros. El resultado será casi siempre satisfactorio i el camino mas corto. La elección de la mano que debe ser introducida juega aquí un papel mui importante i en mas de una vez decisivo. En las presentaciones de vértice debe introducirse la uia- 224 no que colocada entre la pronacioni la supinación correspon- da por su cara palmar al plano anterior del feto, porque es sobre este plano donde se encuentran apelotonados los pies. En las presentaciones de tronco se introducirá la mano homónima del lado del feto que se presenta. Este precepto fúndase en la situación ocupada por los pies en las dos posi- ciones de cada espalda. En la posición acromio-ilíaca-izquier- da de la espalda derecha, por ejemplo, el dorso está adelante i los pies hácia atras i a la derecha; la mano derecha del ope- rador introducida en el útero, tendrá precisamente su cara palmar dirijida hácia el lugar ocupado por los pies, de modo que éstos se tomarán con mucha facilidad. La mano izquier- da, al contrario, les tocaria por su cara dorsal. En la segun- da presentación de este mismo lado, los pies estarán hácia adelante i a la izquierda. La versión, aunque mas difícil que en el caso precedente, se hará con la mano derecha, de nin- gún modo con la izquerda, por la razón de que la cara pal- mar de la mano introducida debe pasar desde luego detrás del tronco para efectuar en seguida un movimiento mui esten- so de rotación de atras a adelante, contorneando las nalgas del feto ántes de llegar a los piés. Este movimiento no es posible sino doblando fuertemente la mano derecha en pro- nacion; la mano izquierda seria impropia, porque para eje- cutar este movimiento debia ser llevada en supinación, i eá bien sabido que la pronacion es mucho mas estensa i mas fácil que la supinación. Por aquí puede colejirse la gran importancia que hai de asegurarse bien, de la presentación i posición del feto cuan- do se trata de practicar una versión. Pero no solo es en los casos de las versiones que podré llamar comunes donde existe dicha necesidad. Es todavia mas imperioso ese precepto en los casos de presentaciones anómalas o irregulares, como en el caso que paso a rela- taros i que me aconteció en los primeros años de mi práctica profesional. Hai ademas en él algo mas de particular que 225 puede constituir un ejemplo i una enseñanza digna de tener- se en cuenta. Hélo aquí tan desaliñado como se encuentra entre mis apuntes. VERSION. POSICION IRREGULAR DEL TRONCO, CRUZAMIENTO DE LA PIERNA IZQUIERDA POR DELANTE DEL PECHO, El 27 de julio de 1863 fui llamado a las siete de la ma- ñana a casa de la señora N. N., con mucha urjencia, para verificar una versión. Dicha señora solo habia tenido un parto anterior sin no- vedad de ninguna especie. En el presente, los dolores habian principiado en las pri- meras horas de la noche, arrojando una gran cantidad de lí- quido amniótico, tan pronto como se rompieron las membra- nas, lo que hizo sospechar a la matrona una mala presenta- ción del feto aún antes de examinarla. Cuando llegué, la mano derecha i el pié del mismo lado se presentaban en la vulva: la presentación era irregularmente transversal. La cabeza situada en el lado derecho i arriba; el dorso hacia adelante. No habia casi contracciones uteri- nas por el momento; pero éstas fueron tan pronunciadas i tan activas durante la operación, que alcanzaron a agotarme las fuerzas. Até con un nudo corredizo, la mano derecha que se pre- sentaba afuera i seguí la dirección de la pierna hasta su na- cimiento; pero sin conseguir llegar hasta la otra para traer- la, de repetidos esfuerzos. Entonces, elevando un po- co el feto que habia descendido algo por el lado derecho, tiré fuertemente de la pierna derecha hasta que hice bajar las nalgas a la pequeña pélvis i pude así concluir la operación. La pierna ¡izquierda, icruzada sobre ¿el pecho transversal- mente, tenia el pié doblado sobre el cuello i detrás de la ca- beza; por consiguiente estaba en la parte mas alta del útero i el pié doblaba a la cara posterior. El brazo derecho, encajado entre las piernas, se presentaba a cada momento a mi mano embarazando así la operación. Siguióse después de la salida de la placenta una hemorra- jia que se detuvo con facilidad friccionando i amasando el útero i dando de una vez gramo i medio de polvos de séca- le. A las doce del mismo día la hemorrajia vuelve, mucho mas abundante i asustadora'; pero lógrase contenerla des- pués de haber friccionado repetidas veces el útero, de hacer la compresión de la aorta, de un apretador contentivo ausi- liado de compresas graduadas de paños frios, de aplicacio- nes de nieve i de repetidas dosis de sécale. El 28 la enferma está algo afiebrada, la lengua algo su- cia i se queja de un dolor en la ingle izquierda. Tisana de cebada con raiz de caña, un oleoso i fricciones con la poma- da de belladona. Dia 29. El purgante habia hecho obrar abundantemente a la enferma; pero el estado febril apénas habia cedido i el dolor del bajo vientre mas bien habia aumentado. La misma tisana, caldo lijero, fricciones con una pomada mercurial be- lladonizada. Dia 30. Los loquios salen en gran abundancia, son féti- dos i la enferma dice que se está corrompiendo. El pul- so ha bajado casi al estado normal i el semblante apenas es- tá lijeramente animado. Supresión de la pomada mercurial; caldo i sopa. El l.° de agosto vuelve una hemorrajia abundante, que pone en gran alarma a la paciente i a sus deudos. Dia 2. Sigue mejor. Jeringatorios astrinjentes; píldoras de ergotina con opio. Dia 3. Hai alguna escitacion febril; el vientre hace tres dias que no rije. Cuarenta gramos de crémor tártaro. Dia 4. Un pequeño pedazo de placenta es espulsado; i desde entonces la paciente continúa mejorando. Algunas neuraljias vagas que aparecen mas tarde son combatidas con eficacia por medio de los amargos i de las preparaciones fer- rujinosas. 226 227 La hemorrajia i los demas accidentes que sobrevinieron mas adelante, i que he tenido ocasión de relataros en este caso, dependieron de que la matrona, a quien habian con- fiado el cuidado de la estraccion de la placenta por estar jo mui fatigado, no tuvo el suficiente cuidado para hacer su com- pleta estraccion. Sin duda se olvidó de formar el cordon por medio de las torciones repetidas que se hacen siempre al es- traer su última porción, para evitar previamente estos acci- dentes hemorrájicos que casi siempre suceden cuando alguna parte de la placenta queda dentro del útero. Sed siempre cautos i no olvidéis este precepto tan jeneralmente aconse- jado, i tan fácil de practicar* Fáltame aún otras lijeras advertencias para concluir esta para vosotros fatigosa disertación. ¿Cuál es el camino que debe seguirse para ir en busca de los pies? El de llevar la mano detrás del dorso del feto i re- correrlo hasta dar con los pies impone un penosísimo i difí- cil trabajo en alguna de las presentaciones de tronco, por mas que sea este procedimiento mui seguro. El de recorrer el plano lateral con la cara palmar de la mano hasta llegar a los miembros que se buscan, me parece el mas cómodo i da la suficiente garantía de seguridad a los que como vosotros se inician en el arte de la obstetricia. Por eso es que siem- pre me hago un deber en recomendarlo a mis alumnos. Encuentro también sus ventajas al consejo de P. Dubois, pero solo en las presentaciones de tronco con el dorso hácia adelante i en las de vértice, de introducir profundamente la mano en el fondo del útero, porque así suele ser uno dueño completamente de la situación. Cuando la mano es diestra, cuando la práctica ha venido en ausilio de la teoría, cuando la presentación es bien deter- minada, no hai inconveniente en ir derecho a los pies. La práctica si no es todo, vale sin duda bastante. 1872. Dr. A, Murillo, HIJIENE DE LAS RECIEN PARIDAS (°). El señor Múrillo dice que la discusión que su honorable amigo el doctor Thévenot ha promovido en el seno de la So- ciedad, tiene una importancia práctica ala vez que un alto interés científico. Destruir las perniciosas costumbres, que por desgracia, palpamos dia a dia en nuestra práctica, der- rumbar las antiguas preocupaciones existentes, modificar nuestros perversos hábitos i ponernos de acuerdo en todo lo que se relacione con la hijiene de este período tan corto pe- ro tan importante i peligroso de las mujeres, es de una ne- cesidad i de una conveniencia imperiosa. Le da las gracias por haberla traido al debate i espera de éste lisonjeros resul- tados. Entró en seguida en algunas consideraciones históricas jenerales, i en las relativas al pais. Cree que todos los ma- les prácticos nos han venido de la España, i al efecto cita los ridículos i peligrosos preceptos que para 1a. estraccion de la placenta aconseja un autor español contemporáneo, miembro de muchas academias i autor de una enciclopedia de tera- (*) Estracto de un discurso pronunciado en la sesión del 2 de octubre de 1872 en la Sociedad me'dico-quirúrjica. 230 péutica, el señor Manuel Hurtado de Mendoza; hace notar que estas prácticas son antiquísimas entre nosotros i que se pierden en la noche de la historia. Para hacer ver alguna de nuestras antiguas costumbres, cita un caso de una señora que no podia pasar por trabajo del parto sin cubrirse con una capa de coro i una mitra; la peregrinación de la vara de San José, que ha llegado a ser histórica, i algunas otras. Siendo la materia en debate tan vasta, quiere ocuparse de los puntos principales, siquiera para no entrar en largas di- vagaciones. Al efecto, se ocupará del sudor forzado, de la alimentación, de la compresión con el apretador i mui lije- ramente de la fiebre de leche; i recuerda ántes de hacerlo, las principales ideas espuestas por el señor ,,Thévenot. Sudor.—Es sin duda alguna, a su modo de ver, esencial- mente española la costumbre de abrigar a las enfermas i de encerrarlas en piezas casi sin ventilación, por ese temor exa- gerado al aire que ha llegado a ser proverbial entre nosotros: ella no se circunscribe solo a las parturientas, se estiende a todas las enfermedades. Para corroborar su creencia, cita la costumbre opuesta de los araucanos que recientemente sali- dos del trabajo, se bañan, aún hasta en los rios, o se preo- cupan mui poco, mas bien nada de los fenómenos consecu- tivos. Resultado también del atraso científico, ho¡ que la fisiolo- jía i la terapéutica nos han dado a conocer la influencia del aire i del frió, somos i seremos menos aficionados a sofocar a los enfermos bajo gruesas telas i a privarlos del vivificador atmosférico. Reprueba tan perjudicial costumbre tanto masque bajo la influencia perturbadora del parto i de la tensión arterial que los señores Blot i Morey han reconocido, el sudor no nece- sita para manifestarse de esos medios que se ponen en uso; él solo viene como un fenómeno que puede denominarse fi- siolójico. 231 El sudor, dice, no solo debilita a las parturientas, tal co- mo se le aconseja i se practica, dá lugar a la erupción miliar que las molesta i las pone en la necesidad, según creen, de aumentar el abrigo. Cita algunos casos de este jénero i délas equivocaciones a que ha dado lugar, confundiéndola con otras enfermedades diversas. Alimentación.—Hai mucho que reformar en esta mate-* ria; pero debe advertir que no se da simplemente caldo de pollo a los enfermos, como lo ha dicho el señor Thévenot, sino de gallina; i éste, bien grasiento, gordo, como se dice, lo que sin duda alguna no le da mayor dijestibilidad.—Por regla jeneral, se mantiene a las mujeres por seis u ocho dias con alimentos líquidos i denlos con perjudicial parsimonia. El temor exajerado a las fiebres es lo que ha mantenido esta práctica, que dá opuestos resultados, como ha tenido ocasión de observarlo i como lo manifiesta con casos que cita, Ent "a en seguida a hacer la historia de la alimentación que se daba a las parturientas en las principales naciones europeas ántes de ahora; hace notar la uniformidad que ha- bia ántes que Denmann, en Inglaterra, siguiera un camino opuesto, donde se ha ido hasta la exajeracion. Cita, al efec- to, las ideas de Graily i Hewit.—Sigue en seguida con la Alemania, donde últimamente, i después que en Francia, no se hace morir de hambre a las mujeres, El señor Servoin (;interrumpiendo).—En Francia el sis- tema de alimentación que hoi se sigue en la clínica, debe datar de muchos tiempo atrás, porque él lo ha visto desde hace veinte años. El señor Murillo, (continuando), dice que iba a hablar precisamente de la historia de la alimentación en Francia, donde si bien puede ser que en la clínica se haya seguido la costumbre que acaba de indicar el doctor Servoin, sus auto- res clásicos han sido mas severos i restrictivos en esa mate- ria, hasta que Joulin en 1865 se espresa francamente per un sistema mas nutritivo i mas racional, que es el que hoi 232 se practica en todas partes. Cita el modo de ver de Chailly- Honnoré, el de Cazeaux, i el de Fonssagrives en su hijiene alimenticia, en apoyo de su aserción, Por su parte, estando mui distante de las preocupaciones vulgares i de algunos otras, aconseja a sus enfermas, desde el primer dia del parto, buenos caldos, sopa, bisteak i té. El uso de la carne le parece indispensable para las mujeres dé- biles. Solo en los casos en que la liebre de leche se haga sentir con mayor reacción que la ordinaria, da alimentos líquidos. Para apoyar su modo de ver en la cuestión, no solo se fi- ja en algunas consideraciones científicas en que entra, sino también en varios casos prácticos que cita de convalescencias rápidas por la alimentación nutritiva, i del retardo en esa misma convalescencia fuera de los accidentes que se esperi- mentan. Compresión.—No puede indicar de dónde viene, pero se- gún algunas reminiscencias históricas, parece que la com- presión del vientre por un vendaje después del parto ha sido jeneral en casi todos los paises civilizados. Las mujeres lo usan para disminuir el abultamiento del abdomen, i es un adminículo indispensable de esa coquetería de la belleza que busca los medios de mejorar las formas.—La cuestión debe reducirse a saber si conviene o nó un vendaje compresivo. Antes de esponer su opinión, lee un trozo de la obra de Ca- zeaux, en la que este autor se declara partidario de una compresión regular. Por su parte, es del mismo modo de ver de este antiguo profesor; porque un apretador conveniente- mente arreglado, fuera de impedir el aflujo i el estancamien- to de los líquidos en el útero, es un excelente medio de com- presión para las articulaciones relajadas de la pélvis i facilita el movimiento de las pacientes, e impide para mas adelante esos dolores sordos i molestos que algunas sufren a conse- cuencia de la relajación de las sínfisis. Para nuestras muje- res, en quienes el linfatismo predomina tanto i quienes no dejan de ser predispuestas a las hemorrajias después del 233 parto, lo considera no solo conveniente, sino útil i necesario; esto hablando en jeneral, Hai muchas en quienes su aplica- ción no debe aconsejarse. Pero de esto a defender el apretador usual, con esas huin- chas que lastiman i que molestan, con ese aparejo de sába- nas i de trapos, hai mucha distancia —La irregular compre- sión que este aparato ejerce, añadida a las compresas feno- menales, hace que sea perjudicial i que deba desecharse. Para él seria bastante una lijera i regular compresión con un vendaje que se aplicara al rededor de la pelvis, durante dos o tres dias, quitándose tan pronto como se notara algu- na novedad. Considera el modo de compresión ordinario, como dispo- niendo a las irritaciones uterinas i a las fiebres consecutivas, i lamenta el abuso que de él se hace, Tales son las ideas que se hace un deber en inculcar a sus alumnos; tal la doctrina que enseña. Fiebre de leche.—Apénas se ocupará de ella. Lee un pasaje de Cazeaux en que este autor cree en la existencia de esta fiebre, doctrina que él mismo no está distante de profesar con ciertas reservas. Hace algunas salvedades res- pecto a muchos casos; i entra en seguida, con motivo del estado del pulso en este período, a esponer las esperiencias de Blot relativas a la disminución en la frecuencia del pulso en las mujeres que han parido. Recuerda también las opiniones de Chailly i de otros comadrones, relativas al asunto de que se ocupa. EL HOSPITAL DEL SALVADOR I EL SUEVO CEMENTERIO. El establecimiento del hospital del Salvador i del nuevo cementerio han dado que hablar hasta ahora mas de lo que hubiera sido conveniente. Diversas cuestiones se han suscitado sobre ellos, i por cierto que no es la menor la que se relaciona con la sepulta- ción de los cadáveres. Nosotros no nos ocupamos en este momento mas que de examinar si la elección de los terrenos llenan las condiciones hijiénicas necesarias para esta clase de establecimientos, i si su ubicación puede perjudicar en algo a la población, I lo hacemos esto con tanto mayor placet, cuanto porque una lluvia de inculpaciones i aún de dicterios, ha caído so- bre los honorables miembros que componen la comisión di- rectiva de los nuevos hospitales, que con tan feliz acierto lleva ahora a cabo lo que ayer era una esperanza mui dudosa i de mui problemática realización. Debemos decir, ante todo, que la junta ha procedido en la elección de los terrenos con una circunspección i un tino que le honra en alto grado i que no ha dado ningún paso 236 sin consultar previamente todas las condiciones de conve- niencia necesarias. Si los que la atacan i la denigran hubieran leido las actas de sus sesiones, muchas de ellas publicadas; si hubieran me- ditado su estenso i razonado informe pasado al Gobierno para la elección de locales i la distribución délos nuevos ser- vicios hospitalarios, estamos seguros que mas de uno de los que han llevado sus quejas a los periódicos, hubiera enmu- decido en presencia de las razones ahí dadas i de la esquisi- ta dilijencia con que ha procedido en materia de tanta im- portancia. ¿Qué ha dicho la comisión al Gobierno? 1. Qué juzgaba indispensable la creación de dos hospi- tales, uno de ellos destinado a las enfermedades especiales ontajiosas i el otro para las jenerales. 2. Que el hospital jeneral debía establecerse al oriente de 1 población i el de afecciones contajiosas en el barrio norte. 3. Que esta división era aconsejada tanto por la natura- leza de las enfermedades cuanto porque los grandes hospita- les no eran convenientes, según la creencia jeneral de los fa- cultativos. 4. # Que por ahora i vistos, entre otros motivos, los hábi- tos de los enfermos, no era necesario un departamento es- pecial de convalescientes. 5. Que las necesidades crecientes de la población hacían notar también la conveniencia de un nuevo cementerio. Tales eran poco mas o menos, i en resúmen, las conclu- siones a que llegaba la comisión. Ahora bien: ¿qué tienen de malo esas conclusiones? ¿Qué es lo que tienen de perjudicial? ¿No llenan acaso las nece- sidades sentidas, no están perfectamente ajustadas a las reglas de hijiene mas severas, no están conforme con los dictados de la ciencia? Por nuestra parte nada vemos que pueda merecer ni la mas lijera crítica, ni el mas lijero reproche, 097 lo i La fundación de dos hospitales era de una absoluta nece- sidad; i lo es tanto mas cuanto que por desgracia sabemos ya prácticamente lo que es carecer de locales para dar la asistencia médica a los atacados de una epidemia contajio- sa. Preguntadlo si no a los que en 1866 fueron atendidos en el improvisado lazareto de San Miguel; preguntadlo to- davía a los enfermos de tifus que eran rechazados ahora po- co de las puertas de los hospitales por la carencia de camas; preguntadlo aún a los que a la entrada de invierno se acojen a la Maestranza. Si solo cuando nos vemos con la soga al cuello o con el agua a las narices debemos tomar alguna determinación o alguna medida, tiempo era de dejar para un porvenir no le- jano la creación de un cementerio; pero si tenemos la obli- gación de ser previsores, si es nuestro deber adelantarnos a los apremios de las circunstancias, si tenemos en cuenta la disminución que sufre el cementerio central, por estar inva- dido de mausoleos i de sepulturas de familia; si nos fijamos que llega a ser estrecho el local para enterrar a los pobres de solemnidad, ¡ah! entonces no se puede negar que un nue- vo cementerio es una necesidad primordial, por mas que pe- se a todos los vecinos perjudicados. Para que un establecimiento hospitalario reúna las condi- ciones de salubridad necesarias, debe estar colocado en altura, espuesto a los vientos reinantes que hagan la policía de sus emanaciones, su suelo debe ser seco i firme, proporcionar veinte metros cúbicos de aire por hora a cada enfermo, te- ner aguas suficientes para sus usos, etc. Todo esto, i aún mas, tiene el local elejido para la cons- trucción del hospital del Salvador; por consiguiente reúne las condiciones hijiénicas necesarias. Pero se ha dicho que sus aguas i sus aires van a inundar la población; que sus emanaciones van a esparcir el contajio por los cuatro ámbitos de la ciudad i que es un perjuicio pa- ra los vecinos. Se ha dicho que estaba mui distante (para 238 otros cerca) i que los enfermos apenas si alcanzarían a lle- gar a sus puertas, fatigados por el cansancio del camino i el cansancio de la enfermedad. Nada de esto, sin embargo, justiíica la oposición tan cru- da que se le ha hecho. Colocado mui al oriente de la población, i siendo el -viento reinante el sud-oeste, el aire marchará cada vez mas distante déla ciudad. ¿Pero el viento de cordillera que sopla en Santiago algunas tardes? Ah! tranquilizaos todavía; no andéis tan de prisa. Ese aire vendrá por la caja del rio, porque en ese pun- to la chacra de la Merced lo empuja hácia el norte, o cuando mas, modificado por una vigorosa vejetacion, irá a estrellar, se contra el cerro de Santa Lucía, ya en estado de pureza. Fijaos, ademas, en que ese hospital no es el de afecciones contajiosas; i que la misma razón habria para desechar toda localidad, por cuanto los vientos del norte soplan con frecuen- cia en el invierno i nos traerian envueltos en sus ondas esos miasmas contajiosos a quienes tanto temeis. ¿Tanto os mortifican los hospitales i no os asustáis de los que existen en el riñon de la ciudad? Tengamos presente que esos establecimientos no han sido el foco mortífero que tanto atemoriza a los vecinos del taja- mar. A su lado han vivido año tras ano familias numerosas que nada han tenido que sufrir con ellos; a su alrededor la propiedad no ha desmerecido i se vende con tanto aprecio como otros mas lejanos. ¡I cosa bien curiosa! En las epide- mias de escarlatina gangrenosa i en la de tifus, sus vecinda- des han estado casi ilesas de la escarlatina i del tifus. Así lo hemos oido asegurar a médicos distinguidos, a respetables vecinos i hasta casi podia comprobarse hoi. ¿Sabéis dónde está colocado el hospital San Thomas, que solo el ano pasado se ha abierto en Londres i contiene tres mil camas? Frente al parlamento ingles i al palacio de la reina. . Ni ésta ni aquél han elevado por eso sus súplicas al cielo. 239 Nada diremos de la colocación de los numerosos hospita- les de Nueva-York, donde los hai hasta por parroquias; na- da tampoco de los demas hospitales europeos. Si hemos citado este ejemplo, es para demostrar que no se les debe tener tanto miedo a su vecindad; mas no como una justificación, por mas. que nuestras ideas no difieran en mucho de las admitidas en esos paises tan adelantados en materia de salubridad i de hijiene. Es tiempo ya de no considerar como focos de infección tan temible a esos lugares. El esquisito aseo que en ellos se gas- ta, los cuidados con que se les atiende, la limpieza que en ellos se guarda, las medidas de precaución que se toman, la vejetacion de que se les rodea, todo contribuye a mejorar sus. condiciones i a evitar las consecuencias1 de aglomeración de enfermos. Si así no fuera, los médicos no entrarian a sus salas sino llenos de precauciones; no se encontrarian enfermeros para su servicio, ni hermanas de la caridad para su asistencia, ni jóvenes alumnos que fueran a vivir en medio de esa atmós- fera de muerte. Luego, si la distancia no permite llegar a los enfermos hasta sus puertas; si solo los que padecen de lijeras afeccio- nes pueden ser capaces de ir a pedir un abrigo en sus salas ¿por qué tanto temor? Mas no sucederá así. El adelanto incesante de Santiago i sus necesidades crecientes, harán fácil la traslación de los enfermos, ya sea por medio de los carruajes de uso público, ya pojr un ramal de ferrocarril que se establecerá. El movi- miento tan numeroso que existe en ese barrio, no permitirá mucho tiempo sin que algunos rieles se hayan estendido en esa dirección. Teniendo que quedar el hospital de San Juan de Dios en ]a situación que ocupa, pero con la dotación precisa de en- fermos que puede buenamente contener, será en adelante el refujio i el centro de los casos de afecciones graves i de ac- cidentes repentinos. 240 De este modo habrá una regularizacion conveniente en el servicio hospitalario i tendrá un descargo que harto lo nece- sita. Que la cuestión de aguas, deesas aguas que van a llevar la desolación i la muerte por donde corren, según los tímidos, no nos preocupe. La junta sabrá i podrá darles la dirección conveniente para tranquilizar a los alarmados i a los alar- madores. ¿I los vecinos? las hermosas quintas desamparadas? ¿I os propietarios perjudicados? No podemos responder a estas esclamaciones, i a estas figuras de retórica, sino diciendo que la cuestión de vecindad apenas ha podido entrar en el ánimo de los señores de la comisión. ¿Dónde no habría vecinos que se quejaran? ¿Dón- de no habria propietarios que se encontraran perjudicados? Por lo que respecta al sitio en que se construirá el nuevo cementerio, pueden quedar tranquilos los filántropos que tanto se afanan por desterrar de la vista de los enfermos esos lugares de la tristeza i déla muerte. Su colocación no se hará en la inmediación del nuevo hos- pital, ni una pulgada de su terreno se dedicará al osario. Sus aires no arrastrarán el de las sepulturas; desde sus ven- tanas no divisarán los pobres pacientes las cruces que mar- can las tumbas. El hospital del Salvador será un establecimiento apartado de! bullicio atronador de la ciudad, Ahí el enfermo encontra- rá la calma i el reposo que necesita, la palabra consoladora que le aliente, la medicina que le alivie, el aire puro que le fortifique. Entonces los honorables miembros que componen la junta directiva de los nuevos hospitales, podrán sentir su corazón aliviado i se hallarán contentos de haber hecho el bien a costa de los sacrificios i de los afanosos trabajos que les im- pone su caritativa i noble comisión, 1872. ALGUNOS APUNTES SOBRE LOS BAÑOS DECAUQÜENE& (COMUNICACION A LA SOCIEDAD MÉDICO-QUIRÚBJICa). Señores: Recientemente llegado de los taños rde Cauquénes, don- de he pasado una corta i agradable temporada, me permito llamar hoi vuestra atención a algunas observaciones que, en compañía del doctor E. Desauer, he hecho, relativas a la temperatura i al número de sus fuentes, las que nos han da- do resultados que nos parece curioso e interesante conocer. —Bien hubiera querido presentaros un estudio mas deteni- do sobre las cualidades de sus aguas i sobre sus efectos me-< dicinales, que son de grandísima importancia; pero eso me habria obligado a hacer un trabajo inmaturo i sobre el cual pienso volver. Según un cuadro que se conserva en el salón de baños i que a todas luces es errado, nuestro distinguido químico j maestro don Ignacion Domeyko habia encontrado en 1848 o 49, época en que visitó dichos baños, la temperatura i las termas siguientes: 242 Pelambre 39° R. Pelambrillo 38° R. Corrimiento 31° R. Templado 30° R. Solitario 36° R. Empero, en un trabajo reciente (1) él mismo nos dice que después de veinte años no ha encontrado casi diferencia al- guna en la temperatura de los manantiales, i sí solo en su número. Las observaciones practicadas con un termómetro sensible, que después comparó con el que sirve de modelo en el gabinete de física del Instituto Nacional, le dió en los dias 23, 27 i 28 de setiembre de 1871 la temperatura que se rejistra a continuación (siendo la del aire de 7, 3 término medio) para el Pelambre 47°0 C., para el Corrimiento 49° 5, 39° 8, para el Solitario 35°, 5—36° 5. Antiguamente las termas eran mas numerosas, hoi se en- cuentran reducidas a tres: el Pelambre, el Corrimiento i el So- litario. La inmediación en que se hallaban, como la identidad de sus composiciones, no justificaban su multiplicidad; de mo- do que el Pelambre i Pelambrillo forman hoi una sola, el Corrimiento i el Templado otra, i finalmente, el Solitario continúa con mayor razón llevando su antiguo nombre de bautismo. El dia 25 de setiembre del presente año, a las cuatro de la tarde, señalando el termómetro centígrado 17°, i el barómetro 28, 25, tomamos la temperatura de cada terma en su misma vertiente i nos dió para el Pelambre 48°, para el Corrimiento 44, i 41 para el Solitario, El termómetro de que nos valimos fue el del mismo establecimiento, que sin duda no puede inspirar sérias garantías para demarcar con precisión la cifra de la temperatura; i si nos permitimos con- (1) Estudios sobre las aguas minerales de Chile, por Ignacio Domeyko, páj 47 i siguientes. 243 signarla es,para hacer notar mas adelante las variaciones ca- loríficas que el agua esperimenta desde la vertiente hasta la tina de los baños. El orden de abundancia de estos manantiales guarda perfecta consonancia con la colocación que les hemos asigna- do i con sus respectivos grados de calórico. que no seria aventurado calcular que el agua de las fuentes man- tenidas convenientemente alcanzara para 600 baños diarios. Tomada la temperatura a la salida de las llaves, i puesto el termómetro en el mismo chorro, nos dió para el Pelambre 47®, para el Corrimiento 41, para el Solitario 37. Esta diferencia tan marcada i fuera de proporción creemos poder atribuirla a que las cañerías conductoras de las aguas están todavía al descubierto completamente en el Corrimien- to, i Solitario, semi-enterrada en el Pelambre i también a la distancia. En efecto, la del Pelambre solo dista próximamen- te 30 metros del salón de baños, 44 la del Solitario i 75 la del Corrimiento; i eso sin contar que los depósitos de los dos últimos no se hallan cubiertos como en la primera. Siendo las tinas de mármol, la pérdida de calórico que esperimenta el agua de cada terma, puede calcularse de 3 a 4 grados según mis propias observaciones. Es natural, i no necesita de ser dicho, que después de unos cuantos baños preparados en una misma tina, la pérdida de calórico va siendo cada vez menor, pero nunca ménos de 2 grados. Las cañerias que rodean el hermosísimo salón de baños se mantienen sin cubierta, de modo que las variaciones at- mosféricas deben hacerse sentir sobre el agua que conducen en proporción a dichas variaciones i ala distancia que recorren; Séanos permitido ántes de concluir estos brevísimos apun- tes, decir cuán eficaces nos han parecido estas aguas en va- rios enfermos de reumatismos crónicos, en las dispepsias, en la anemia i debilidad jenerales, en las afecciones cutá- neas i catarrales crónicas, etc. Entre los que hemos visto, nos ha llamado la atención sobre todos, uno que, afectado de reu- 244 matismo crónico desde cuatro años hacia, habia concluido por una atrofia notable del músculo bíceps i del deltoides del brazo derecho, al cual bajo la influencia de los baños del Pe- lambre seguido de un chorro vertical fuerte sobre el punto afectado, dejamos en un estado ya mui satisfactorio. Cauquénes ocupa el primer lugar entre nuestros baños termales, por sus comodidades i por la atención esmerada que su estimable arrendatario presta a sus huéspedes; pero aún así fáltanle todavía muchas mejoras que hacer, muchas reformas que efectuar, algunas de las cuales están en via de realizarse: las demas serán obra del tiempo i del interes ca- da dia creciente que toman esta clase de establecimien- tos (2). Santiago, setiembre 22 de 1872. (2_) En los libros del establecimiento, el almirante ruso von Maclay dejó asentada la siguiente temperatura de las fuentes, que tomó con fecha 12 de mayo de 1871, i probablemente con el mismo termómetro que nosotros: Pe- lambre 49 c,. 43, Solitario, Corrimiento,41. SOBRE EL CANCER (°). El sexor Murillo, aunque no pensaba usar de la pa- labra en esta sesión, lo hace ya que hasta ese momento nadie quiere hacer uso de ella. No teman nada los honora- bles miembros de la Sociedad; será breve. No tendrá que entrar en disertaciones jenerales sobre el cáncer, porqne no haría mas que repetir lo que con tanta lucidez han espuesto los señores que le han precedido en la palabra; en conse- cuencia, se limitará a tratar brevemente la proposición en debate. Solo sí tiene que advertir que para él el cáncer es solo una entidad clínica, de ninguna manera una entidad anatómica, Las investigaciones de los micrógrafos nada nos han hecho avanzar, a pesar de los mas vivos i sostenidos esfuerzos. Que estos neoplasmas se compongan de células que por su volumen, disposición i forma, se asemejen a las normales, es decir, a las células epiteliales, glandulares, a los glóbulos blancos de la sangre, nada quiere decir todavía definitivo para su fácil i clara distinción; nada todavía que importe un verdadero progreso en orden al diagnóstico clíni- co, ni ménos al tratamiento. Se sabe cuántas veces los mis- (*) Estracto de un discurso pronunciado en la sesión del 9 de julio de 1872 en la Sociedad medico-quirúrjica. 246 mos mi orógrafos lian estado en disidencia respecto a la apre- ciación de un mismo tumor. Puede, sin embargo, que con el tiempo logremos algo mas, i lo espera del desarrollo científico tan progresivo que lleva la ciencia médica a sus mas altos destinos. Lo que es por ahora cree que estos estudios nos han desviado i no§ han hecho descuidar el perfeccionamiento de los medios clí- nicos de diagnóstico. ¿Se sabe distinguir, se sabe diagnosti- ticar hoi con mayor acierto que ahora treinta o cuarenta años los tumores cancerosos de la mama? Se les trata con mayor acierto que ántes? No cree que a este respecto hayamos pro- gresado, apesar de habernos ocupado tanto de la anatomía patolójiea. En tesis jeneral, el cáncer de la mama debe ser operado lo mas pronto posible. Afección local que tiende a propagar- se, ya porque el neoplasma primitivo suministra un líquido desprovisto de elementos sólidos que penetra en la circula- ción; ya porque los elementos sólidos de ese mismo neoplas- ma, cuando las céiuias están dotadas todavía de propieda- des vitales i reproductoras, penetran en los linfáticos i vasos sanguíneos, debe hacerse desaparecer para quitar un foco de propagación i de desnutrición que en poco tiempo lleva a a la caquexia. La palabra diátesis cancerosa va desapareciendo, merced a los estudios de reconstrucción médica que se operan en la época en que vivimos; i solo va quedando i quedará la pa- labra caquexia para espresar el debilitamiento i la profunda modificación que esperimer.ta el organismo a consecuencia de una tan grave i tan destructora enfermedad. En la cuestión que se debate, tres casos pueden presen- tarse: l.° el tumor es único i está aislado; 2.° la propaga- ción se ha efectuado i compromete las glándulas linfáticas de la axila; 3.° existe la caquexia cancerosa. En el primer caso no puede caver vacilación alguna, el tumor debe extirparse, Quizás no haya una recidiva; todos 247 los autores convienen en que el cáncer no se reproduce pre- cisa i fatalmente. Por este medio se corta la propagación i dado el caso de una recidiva, habíase podido dilatar la vida de la enferma. Pv.ecuerda con este motivo la estadística in- glesa a que hizo referencia el doctor Thévenot en la sesión anterior. En el segundo caso, también debe operarse, para evitar los dolores atroces que sufren las personas afectadas de cán- ceres de la mama, i sobre todo para retardar el estado cá- quéxtico (si ya no existe) que no tardará en aparecer con toda su cohorte de síntomas desorganizadores. La cuestión en este caso, como en el anterior, es estirpar todos los tejidos enfermos o todos los que se pueda. Está mui distante de aceptar i rechaza con enerjia la opi- nión emitida por uno de sus colegas, de que las operaciones consecutivas, es decir, las de recidiva, sean mas fáciles que la primitiva. Para esto no se necesita mas que haber visto. En el tercer caso, aún seria de opinión de operar si las fuerzas de la enferma lo permitieran. Borrar el foco de in- fección, el foco caquéxtico, le parece de lójica consecuencia, si puede esperarse que la paciente tolere la supuración i pueda sobrellevar las consecuencias de este debilitamiento. Uno, dos o cuatro meses de alivio en los dolores, le parece siempre algo. Colocarse en el terreno de la no operabilidad del- cáncer de la mama, le parece insostenible bajo el punto de vista patoló- jicoi clínico. Le parece todavía mas insos-tenible aún bajo el punto de vista moral. La misión del médico no solo es de curar, es también, i mui principalmente, la de aliviar. Está mui de acuerdo con Billroth por este motivo. ¿Qué se diría, pregunta con este autor, de un médico que pudiendo dar la salud por algunos meses a un tísico, o que pudiendo aliviar de sus dolores a un enfermo qu e languidece bajo el paso de acerbos dolores 248 no lo hiciera? Que era un inhumano. I mas que razón habria para hacerle tal reproche. No se puede, no se debe abandonar así no mas a una persona que sufre. No se puede, no se debe decirle ni de- jarle entrever que se halla bajo el peso de una enfermedad incurable. Todos sabemos cuánta es la influencia que el espíritu ejerce sobre la materia eri que vive, Todos sabemos cuánto el organismo languidece en presencia de una terminación que se juzga irremediablemente fatal. La idea de una muer- te segura apresura siempre la descentralización orgánica. Si no hubiera procedido guiado por estas ideas una en- ferma que operaba en el mes de setiembre de 1859, acom- pañando al doctor Rio, no hubiera muerto aliviada’de sus do- lores al ano siguiente de una conjestion cerebral; si así no hubiera procedido, otra enferma operada ese mismo año no se hubiera mantenido en perfecto estado de salud, hasta dos años después, en que volvió a verla accidentalmente; ni otra hubiera podido vivir doce años con tres operaciones por recidiva cancerosa. Siente no poder dar las terminaciones de algunas otras operadas, cuyas observaciones conserva en sus apuntes clínicos, por no haberlos podido ver mas adelante. Entre esos casos ha encontrado uno bien curioso i que ha- bla en apoyo de la inflamación de los ganglios linfáticos de que habla Broca i que nos recordaba hace un momento el doctor Valderrama. Durante la operación pudimos ver tres ganglios axilares llenos de un pus verdoso amarillento, cuyo infarto no se habia notado ántes de proceder a aquélla. En conclusión, dice, indicaciones patolójicas i clínicas nos hablan en favor de la operabilidad de los tumores concero- sos de la mama, sea que se hayan desarrollado en el tejido conjuntivo, sean simples epiteliomas (carácter que predispo- ne menos a la recidiva) i sobre todos ellos está una no ménos importante, la que puede denominarse indicación moral, de -consuelo i de aliento, de alivio i de esperanza. VISITA A ALGUNOS ESTABLECIMIENTOS DE EDUCACION. Señor intendente:—Con fecha 19 de agosto fué nombrada por US, una comisión compuesta de los señores Zorrilla, Miquel, Middleton, don Guillermo, i del que suscribe, pa- ra que visitasen, las veces que tuviesen a bien, los esta- blecimientos de educación, tanto públicos como privados, de la capital, i después de una inspección minuciosa i compro- bada informasen a esa intendencia sobre la cantidad i cali- dad de ios elementos empleados en cada uno de ellos, así como sobre las condiciones hijiénicas de cada cual. Para facilitar nuestro cometido, se convino en que los señores Zorrilla i Miquel, inspeccionasen los colejios situa- dos al oriente de la población, i el señor Middleton, junto conmigo, los del poniente. No habiéndome sido posible hasta ahora, con gran senti- miento de mi parte, el ponerme de acuerdo con mi colega i amigo el señor Middleton, para visitar los establecimientos que debíamos inspeccionar, a consecuencia de nuestras, mú- 250 tuas i urjentes ocupaciones, me he visto en la necesidad de principiar solo dicha visita; i para no retardar por mas tiem- po mi cometido, paso a dar cuenta a US., desde luego, de los colejios en que he estado. C O LEJIO DE LOS PADRES FRANCESES Es un hermosísimo i vasto establecimiento, situado en !a Alameda, algo distante del centro de la población, pero uni- do a ella por el ferrocacarril urbano que pasa a sus puertas. Tiene tres grandes patios, con árboles i elegantes parro- nes, i otros dos pequeños en relación con aquéllos. Un baño de'natacion, de cal i ladrillo, donde los niños pueden bañarse en la estación calorosa, se encuentra colocado en el gran pa- tio de la huerta. Esta puede considerarse como un verdadero parque por su estension i acomodo. Los salones de estudio i los que sirven para las clases, son secos, bien ventilados, espaciosos i en todos ellos hai gas. Notamos que algunos bancos no tenian respaldo, lo que sin duda es molesto por la falta de apoyo que deben tener los niños en el dorso cuando están sentados, i porque eso los obliga a doblarse hácia adelante; pero ya princi- pian a ser sustituidos por asientos mas cómodos i mas hi- iiénicos. — Algunas de las clases están dispuestas en anfi- teatros, disposición que permite una mayor vijilancia i una mayor facilidad de atención. Todos los salones son enta- blados. Los dormitorios ocupan la parte alta del edificio, son an- chos (7 metros), mui aseados i confortables. Las camas guardan un alineamiento simétrico, i están separadas unas de otras por una especie de velador-cómoda. Hai cuatro grandes dormitorios capaces de contener sesenta niños cada uno, i tres suplementarios no ménos cómodos que los ante- riores. Todos son entablados e iluminados con gas. El establecimiento tiene un gran comedor, lleno de peque- ñas mesas, mui cómodo i aseado. 251 La cocina es vasta i mui limpia; siendo de advertir que este estado de limpieza lo comprobé inmediatamente des- pués de la comida, cuyos restos pude examinar. El depósito de la carne i demas comestibles, se mantiene con un aseo admirable. La comida es sana i abundante. Habiendo llegado en el momento en que se cortaban los beafteaks para el dia si- guiente, pude cerciorarme de la buena calidad de la carne, del tamaño que se hacen, como también pude ver los restos de la comida recien servida, que me pareció sustanciosa i mui bien confeccionada. La naturaleza de los alimentos i las horas en que se les sirve son las siguientes: 81. A. M., un beafteak, un plato de legumbres, de fécu- la o de cazuela; café con leche, pan a discreción. 12 M. fruta, dulce, o cualquiera otra cosa lijera. * 4 P. M., tres platos de comida, que consisten ordina- riamente en sopa, asado, i alguna fritura: un postre. 8 P. M., té i pan. En la actualidad no hai pórtico ni aparatos jimnásticos, pero piensa ponerse el año venidero. Encontramos, que las condiciones hijiénicas de este esta- blecimiento en localidad i en la alimentación nada dejan que desear. El celo de sus dignos directores lo ha colocado en un pié verdaderamente admirable. Una pequeña capilla, ensanchada por salones colocados en dirección del altar, permite a los alumnos asistir cómoda- mente a las distribuciones relijiosas. COLEJIO DE SAN IGNACIO. Ocupa una situación mas central que el anterior i posee algunos patios espaciosos con árboles. Una huerta, separada peí centro del edificio, permite el cultivo de algunas legum- bres que se consumen en la comida de los a'umnos. 252 Las salas de estudio son espaciosas, cómodas, bien ven- tiladas i mui secas. Los dormitorios están casi todos en altos i afectan una disposición distinta a la de la jeneralidad de los demas co- lejios. Los salones se encuentran divididos por pequeños ta- biques, para formar una celda aparte para cada alumno; sin que por eso la aerificación se perjudique. Las puertas de las celdas se mantiene abiertas i el techo de los salones forma el cielo común de aquéllas. Los asientos de las clases i pasos de estudios son cómodos i tienen respaldos. Unacancha de pelotas i un trapecio sencillos, es lo único que atestigua la enseñanza o mas bien la condescendencia jim- nástica.—No hai baño porque el establecimiento no cuenta con las facilidades necesarias. El gas alumbra solo las clases. En los dormitorios i pasos de estudio se usa la parafina. Esto último alumbrado lo considero perjudicial no solo por las emanaciones que produce su constante vaporización, cuanto porque su luz afecta con frecuencia los órganos de la visión. Los padres, sin embargo, atenúan el mal efecto que pue- de producir, haciendo que en los dormitorios las lámparas se apaguen tan pronto como los niños se acuestan i sustitu- yéndolas en seguida por las antiguas lamparillas de dormir. Tienen el propósito, según se me dijo, de cambiar mas ade- lante la parafina por el gas. Las horas i clase de las comidas es la siguiente: 71. Un desayuno de café, té con leche o chocolate i un pan. 12L Tres platos de comida, que consisten ordinariamente en sopa, asado de carne de vaca i puchero; a mas un pos- tre. Una lijera colación que suele ser de frutas, queso i un pan. En el momento de visitar el establecimiento ge les ser- 253 via este último i noté que era todo de mui buena calidad. 8f. Una cena que se compone de un beafsteak, una cazue- la i un postre. La hora de acostarse es alas 9, o sea media hora después de la cena. La cocina es espaciosa, cómoda i mui aseada. La comida que se confeccionaba en el momento de mi visita, mui bien preparada i de buena calidad. Pénese mucho cuidado en la conservación de la carne, del pan i demas artículos de despensa. Nada tengo, pues, que decir acerca déla cantidad, calidad i naturaleza de los alimentos, que considero abundantes, sa- nos i nutritivos. Solo me permito llamar la atención a que los niños hacen la dijestion de su última i abundante comi- da durante el sueno, lo queha mi modo de ver, la dificulta i la retarda. Disminuidas i semi-paralizadas casi todas las funciones de la vida vejetativa durante esas horas, la dijes- tion tiene por fuerza que ser mas tardía i puede, en conse- cuencia, ocasionar a la larga algunas perturbaciones. Habiendo hecho esta observación al bondadoso i amable padre que me acompañaba, díjome que ese sistema era el mismo que ellos seguian i que no habian hasta ahora nota do perjuicio alguno. Una espaciosísima capilla permite a los alumnos asistir con comodidad a las distribuciones relijíosas. Tomadas en conjunto las ccndiciones hijiénicas del esta- blecimiento i del réjiinen, las considero mui buenas i propias para el uso a que está destinado. Los largos i espaciosos claustros que rodean al edificio, permiten a los niños con gran ventaja guarecerse de la llu- via i del sol. COLEJIO DE SAN LUIS, Es un establecimiento mas reducido que los anteriores, tanto por su estension como por el número de sus alumnos. 254 Ocupa una parte del edificio que en época atrasada sirvió de seminario, el cual, fuera de las incurias de los años, ma- nifiesta también algún descuido en su mantenimiento actual. Sus laboriosos i dignos directores, en la inseguridad de con- tinuar con un arriendo que está al espirar, no se han toma- do el trabajo de reparar el ya descompuesto pavimento de los salones ni lo mui deteriorado del resto del edificio. El patio principal, de una estension mediana, está rodea- do por tres de sus costados con un edificio de dos pisos. El inferior está dedicado a las clases i el superior a los dormi- torios de los internos. Tanto estos alumnos como los ester- aos se alojan en el mismo patio. Los dormitorios son iluminados con parafina, cuyos in- convenientes he hecho ya notar; por lo demas son suficiente- mente capaces para el número de los alojados (1). En un patio mas chico, pero en mejores salones mas es- paciosos i mas ventilados, están los dormitorios de los niños mas pequeños. La cocina ocupa un local separado i tiene la suficiente ca- pacidad para llenar las necesidades actuales. El comedor, que piensa arreglarse mejor si el arriendo continúa, se encuentra colocado entre el patio principal i el que sirve a la cocina, i es algo oscuro. Las bancas de las clases no tienen respaldo. La comida que se da a los alumnos consiste en lo si- guiente: 71 A. M. Chocolate, té o café con leche i un pan. 11 A. M. Dos platos de almuerzo, té i dos panes. 5 P, M. Tres platos de comida'ordinariamente sopa, pu- chero i otro guiso) i un postre. 81 P. M. Té i pan. Cuando visité el establecimiento, la comida consistía en 1) Últimamente el director me ha dicho que se alumbran con aceite. 255 una buena sopa, en un abundante i biien puchero i en un regular guiso de fréjoles. La cantidad parecióme suficiente para el número de alumnos. No hai aparatos jimnásticos. Para dejar este colejio en mejores condiciones hijiénicas, convendria hacer una reparación casi radical en el pavimen- to de casi todas sus piezas, dar mas luz al comedor i hacer algunas plantaciones en el patio principal. Tales son, señor intendente, las observaciones i los datos que me ha sido posible hacer i obtener relativamente a los tres colejios que he visitado. Espero que ellos sean recibidos con benevolencia por US., como también por parte de los celosos i dignos directores de aquellos establecimientos a quienes he tenido el honor de hacer una que otra adver- tencia, Santiago, noviembre 2 de 1872. Dr. A. Murillo. DISERTAC ION PS1C0L0JICO-FILOSÓFICO MÉDICA SOBRE LA VIDA I LA MUERTE, POR EL DR. JUAN ANJEL GOLF'ORINI, 1 VOL. EN 4.°, BUENOS-AIRES. BOLETIN DE LA SOCIEDAD HAHNEMAN1ANA ARJENTINA, 1 VOL. EN 4.®, CORRES- PONDIENTE A LOS AÑOS 1870, BUENOS-AIRES. Hemos recibido, aunque con algún retardo, dos publica- ciones médicas de las que queremos ocuparnos no solo por el interes que tienen en sí mismas, cuanto por dar a conocer algo del movimiento científico de uno de los países ameri- canos que, como la República Arjentina, se encuentran li- gados a nosotros por motivos de raza, de tradición i de glo- rias, como por intereses literarios i científicos. Es la primera una Disertación psicolójico-filosófico mé- dica sobre la vida i la muerte por el doctor don Juan An- jel Golforini, distinguido médico de Buenos Aires, i que consta de un volúmen en 4.° de 115 pajinas. Trata en esta disertación el doctor Golforini de estudiar el gran problema de la vida, marchando desde el mineral hasta los seres organizados, comparando sus diferencias, examinando los puntos de contacto que nos ofrecen; i luego subiendo en la escala déla perfectibilidad, va del vejetal ai 258 animal hasta llegar al hombre, el rei (le la creación, el mas perfecto de los seres creados, Pero por mas que busca un sendero que permita alborear su camino, piérdese en el estudio del gran problema, i cam- biando su camino exhuma las teorías que sobre la vida i el principio vital han dado los filósofos i los médicos, Al efecto, pone a la vista i estudia lo que ha sido la vida para Aristóteles i para Cabanis, para Kant i para Crevison, para Burdach i para Adelon, para Lamark i para Bichat. para Liebig i para Broussais, para Sthal i para Van-Heel- mont, para Desoste i para Lordat, etc. etc.. I después de haber inquirido el pensamiento de todos los siglos i de casi todo los sabios, termina por decir que el pensamiento, fatiga- do de tan penosa tarea, rehuye desesperanzado de todos es- tos jeroglíficos modernos que ponen a prueba estérilmente la mas ardiente i sincera consagración, i el espíritu disgustado i descreido se acoje con trasporte a la fé de Bouiller i de Re- veiller-Parisé, que para nosotros no vale mas que la creen- cia en la realidad de las cosas. Héaquí el fin de una larga i bellísima disertación, escrita con un estilo ameno i elevado, con una profundidad de mi- ra i una lójica que admiramos. Sin embargo, caúsanos no poco sentimiento ese penoso i estéril trabajo de querer comprender la causa de las cosas i tocar a la puerta de las teorías i de las concepciones ideoló- jicas que forman los sistemas. El médico debe detenerse donde principia el psicólogo: la vida para él es un problema que no necesita tanto resolver como estudiar en sus leyes, en su estabilidad i en sus fenó- menos de manifestación. Como hombre de ciencia, i de ciencia esperimental, sigue el camino ya trazado por las ciencias es- perimentales, únese al método i se atreve en todas las viasdel progreso, renunciando a las concepciones sistemáticas, mos- trándose indiferente casi a los problemas irresolubles del por qué de las cosas i manteniéndose en su puesto de trabajador de una creencia objetiva. «La medicina, siendo más severa a medida qué és ménos ambiciosa, habiendo renunciado a los sistemas, pero a condi- ción de unirse a un método, dice un hábil pensador, sé in- quieta poco de saber si tal o cual medicamento obra erl favor del humorismo o del solidismo, si se dirije al principio vital o a la sustancia orgánica, etc. Lo que trata de determinar es si esta acción es real, cómo se comporta bajo su influen- cia el cuerpo en estado de salud (acción fisiolójiccc de los medicamentos), o si el medicamento se ha administrado en una enfermedad, cómo modifica los estados mórbidos exis- tentes (acción terapéutica). A todas estas cuestiones solo la esperiencia puede responder. También es a la esperiencia sola a quien se interroga, sin preocupación doctrinal, deján- dose guiar, mas no dominar, por todas las presunciones qué surjieren, tanto por la composición química del medicamento; tanto por la acción de una sustancia análoga, Como por el co- nocimiento de las mismas condiciones íisiolójicas que parecen suministrar las principales indicaciones, del tratamiento. Es- tas presunciones, para ser clasificadas entre los errores o las verdades, reclaman ante todo la contra prueba de la obser- vación.» Atravesando ahora la medicina por un período de recons- trucción, abandonando los sistemas que la han sacudido con tanta frecuencia i comprendiendo la conveniencia de que el arte se termine en ciencia, hoi se eátudian los fenómenos, se investigan las causas próximas de las enfermedades, se tra- ta de esplicar los hechos que caen bajo su dominio, se aban- dona a la psicolojía el cuerpo que le pertenece i se prepara ios elementos i los materiales futuros en la fragua de la ob- servación mas exacta i de la esperimentacion mas bien atendida. A cada cual lo suyo. No es al animismo ni al solidismo, no es al éter, ni al pneuma, ni a los espíritus, al arqueo, al calor innato, ni a la llama de vida del principio vital, ni al mecanicismo* ni al principio eleatomotor a lo que la medicina debe sus progre- sos. Lo es al raciocinio, a la observación i ala esperimenta- 259 260 cion, Fuera de ahí, solo se ven tinieblas, terreno movedizo,' concepciones de la fantasía. Solo el hecho es el hecho; estu- diémoslo. Por lo que respecta a la muerte, el doctor Golforini pasa con lijereza sobre sus fenómenos, i partiendo de un punto de vista químico llega a la conclusión filosófica de que la muerte es nada. «La muerte es la nada, i la nada es una categoría que no existe.» Con perdón, señor Golforini, la muerte siem- pre es algo, luego existe. ¿No hai ahí fenómenos que se suce- den? No hai acaso funciones que se paralizan, actos que de- jan de verificarse? Si sois vitalista, ahí teneis a la vida que se vá; si sois organicista, ahí teneis otro orden de fenómenos que ya no serán los mismos. Recomendamos este folleto a los aficionados como una sín- tesis hecha del gran problema que hace tanto tiempo ajita a los médicos i a los naturalistas. La segünda es el Boletín de la Sociedad Hahnemanniana arjentina correspondiente a los anos 1869 i 70, publicación que forma un primer volumen de 560 pájinas en 4.". Como su título lo indica, el Boletín está destinado a servir de ór- gano a los trabajos i a los intereses de los médicos homeó- patas de Buenos-Aires. Aunque harto distantes de pertene- cer i de cultivar dicho sistema, nos felicitamos de que cada escuela se empeñe en el trabajo i en el estudio para debatir los altos intereses científicos que de tan vital interés son pa- ra la humanidad: Solo de la discusión puede venir la luz i del trabajo el provecho. Hai en el volumen que hemos recibido, notables artículos de controversia i de lectura variada; i se promete ahí soste- ner i defender la doctrina hanhemanniana en el terreno i al- tura de la ciencia con un lenguaje digno, culto i templado. Con esta, son ya dos las publicaciones médicas periódicas con que cuenta Buenos-Aires. Felicitamos a nuestros colegas de allende los Andes i nos felicitamos por sus progresos i por su entusiasmo.—1873. CLÍNICA OBSTETRICA. (dos casos de hidrocefalia:) La distocia por motivo de la hidrocefalia es un accidente mui poco común. Sobre 43,555 partos, madama Lachapelle i A. Duges, solo han encontrado 15 casos de fetos hidrocé- falos; i Mr, Duparcque sobre 2,000, no ha observado mas que una vez esta causa de distocia, i cuatro veces en los casos en que fué solicitada su asistencia por otros colegas. El diagnóstico de la hidrocefalia, cuando el feto se pre- senta por el vértice, es apreciada como fácil por algunos i como dificultoso’por los mas. Como mui bien dice Joulin, casi siempre se piensa otra cosa en razón de la rareza de esta anomalía. Sobre 21 casos de hidrocefalia con pre- sentación de vértice reunidos por Chaussier, 12 veces la na- turaleza del obstáculo ha sido desconocida; i sobre 7 obser- vaciones de esta lesión con presentación de nalgas, en 5 el diagnóstico ha sido completamente inexacto. Fuera de este motivo apuntado por Joulin, hai para mí otro de una importancia capital. Se ha dado siempre para el diagnóstico de la hidrocefalia una importancia mayor déla que debería tener a la forma de la eminencia craneana, a su blandura, i se ha exajerado la separación de los huesos i la dimensión de las suturas. Bien distante estoi de negar que todos estos signos tienen algún valor; pero lo que no estoi dispuesto a aceptar es la exajeracion de su importancia, i el que el comadrón se contente solo con tales datos para un diagnóstico que va a pesar tan cruelmente sobre el feto, to- da vez que la acumulación de líquido sea bastante para exi- jir una grave operación. La esfera de accioh del dedo que toca es aquí bastante limitada; las superficies huesosas suelen tener también un desarrollo mayor que en el estado normal; i hai aquí por consiguiente motivos de oscuridad i de dificultad que a na- die pueden ocultarse, máxime si una presentación inclinada del vértice lleva una parietal al centro del estrecho supe- rior. No lo es menos la altura en que la cabeza se encuentra colocada i el tumor sero-sanguíneo que sobreviene en el cue- ro cabelludo del feto después de algunas contracciones enér- gicas. En los dos casos que me han .dado motivo para este artí- culo, la separación de los huesos jamas ha sido bastante para hacerme creer en la hidrocefalia. Constatada la blan- dum i sospechada la fluctuación de la cabeza, he tenido que hacer penetrar mi mano profundamente para asegu- rarme de dicha fluctuación i del tamaño exajerado de la cabeza del feto. Si la blandura de la eminencia craneana, la separación de los huesos, la superficie estensa i poco convexa que se ob- serva en el intermedio de las contracciones, caractéres que da Diiges, son motivos suficientes para sospechar la exis- tencia de una hidrocefalia, la penetración de la mano en el útero para medir o avaluar la dimensión del cráneo, es Jo único que a mi modo de ver puede llevar la seguridad mas completa i puedo decir absoluta al diagnóstico de es- ta causa distósica. 262 263 No hablo-aquí de las pulsaciones fetales percibidas mas arriba del ombligo o a su nivel, signo que ha señalado Blot en estos últimos años, porque no constituye mas que un simple motivo de sospecha, como él mismo lo ha espresado, Toda vez, pues, que haya motivos para sospechar un obs- táculo dependiente de la existencia de líquido en la cavidad craneana, debe el comadrón apresurarse a introducir su ma- no para constatar de una manera fehaciente i segura su exis- tencia, como también para medir el desarrollo de la cabeza. Este consejo, que puede aplicarse a un número bien conside- rable de casos distósicos, tiene aquí todavía otro motivo de ser: la de ver si es posible la terminación del parto con solo la aplicación del fórceps, sin recurrir ala punción. Esta última operación practícase siempre con un bisturí o con un trocar, instrumentos de fácil manejo i que se llevan en todos los estuches de cirujía. Su indicación parte de no comprometer por regla jeneral de un modo sério la existen- cia fetal, por mas que esta existencia sea precaria i los hi- drocéfalos estén sujetos casi todos a una muerte mas o me- nos cercana. Empero, como estos instrumentos suelen ser de un manejo algo embarazoso cuando la cabeza se encuen- tra en el estrecho superior, siempre que he constatado la muerte del feto adopto yo el perforador de Blot, instrumen- to sencillo i fácil de hacer penetrar profundamente, sin temor de herir las partes maternas i que deja una ancha abertura que puede ser enganchada por el dedo para estraer el tronco. Porotraparte, dicha abertura no está sujetaa cerrarse, como sucede a las hechas por medio del trocar o del bisturí en las primeras contracciones, i deja salir desde el primer momento todo el líquido contenido en la cavidad del cráneo, facilitan- do de este modo la espulsion rápida del producto de la con- cepción. Hechas estas lijeras advertencias, paso a detallar suma- riamente mis observaciones: Gservaciox 1.*—El 29 de enero de 1871 a las 11 A. 264 M., soi llamado para ver a una mujer del pueblo que se en- cuentra desde hace pocas horas con los dolores i el trabajo del parto. Esta mujer ha gozado de buena salud por lo re- gular i ha tenido algunos partos que no han presentado ja- más dificultad alguna. A mi llegada, la bolsa de las aguas se había roto, los do- lores eran poco frecuentes i el tacto vajinal me da una pre- sentación de vértice en el estrecho superior. El espacio re- ducido que puede recorrer mi dedo no me hace percibir ni fluctuación ni separación de los huesos del cráneo. Ordeno tres gramos de sécale para tres papelillos, se |darán cada hora hasta que las contracciones se hagan enérjicas. A las seis de la tarde, nuevo llamado. La parturienta ha tenido contracciones repetidas i enérjicas, los dolores han sido fuertes, el globo uterino se percibe bastante contraido; la cabeza del feto no ha avanzado en su camino, solo el equi- mosis hace eminencia i se prolonga al principio de la esca- vacion; hai gran abatimiento de fuerzas i el vientre se me- teoriza; el pulso mui ajitado i un sudor profundo i frió baña su cuerpo. La enferma me advierte que jamás sus partos se han demorado mas de cuatro a cinco horas, se siente desfa- llecer i tiene mucha inquietud por los resultados del presen- te trabajo. Aplico el fórceps; pero después de unas cuantas traccio- nes sostenidas, se desprende, sin haber conseguido bajar absolutamente nada la cabeza. Durante la introducción del instrumento me, ha llamado mucho la atención la blandura de la cabeza i alguna separa- ción de los huesos en las partes laterales, precisamente en el punto que recorre la mano para la aplicación de las cu- charas. Introduzco nuevamente la mano hasta donde me es posi- ble, sin alcanzar a limitar la cabeza, i me aseguro de la exis- tencia de un hidrocéfalo. Mundo en busca de un compañero, el doctor don Erasmo 265 Rodríguez, de mi caja de instrumentos i de un poco de vi- no para dar a la enferma, cuyas fuerzas siento languidecer. Todo esto me cuesta como dos horas de pérdida, por la falta absoluta de elementos, dimanada en gran parte de la pobre- za de la familia. Prévia la consulta con el doctor Rodríguez i de haber constatado la muerte del feto, hago con el instrumento de Blot la perforación del cráneo, que deja salir no ménos de dos litros de líquido, i engarzando con mi dedo índice los huesos que habían sufrido la perforación, termínase el parto con suma rapidez. Inmediatamente practico la estraccion de la placenta por medio de la espresion uterina. El estado de la paciente, fuera del desfallecimiento consi- guiente a los esfuerzos de tantas horas de un penoso trabajo, hacia sospechar ya el principio de una metro-peritonitis, por el meteorismo considerable del vientre i por el dolor a la presión. Le aconsejo para el dia siguiente, en la mañana, un oleoso. Dos o tres dias después la enferma dejó de existir, según supe, a consecuencia de la afección que dejo indicada. Observación 2.a—El 4 de enero de 1873, soi llamado a las 12 del dia, a casa de la señora M. de H., que se en- cuentra desde hace veinte i cuatro horas con los dolores del alumbramiento. Su edad parece ser de veinte i seis años; ha tenido partos, casi todos laboriosos, en uno de los cuales hubo que practi- car una versión. Esta señora ha tenido viruela confluente en el mes de agosto del año pasado, durante la epidemia, i por consiguien- te en el cuarto mes de su embarazo.—Durante esta enfer- medad no tuvo accidentes de aborto. Según me dice, está a término i hace veinte i cuatro horas que principió a sentir los primeros dolores. Estos .han sido 266 tardíos i con contracciones poco activas. Lo largo del parto no le asusta porque todos han sido lo mismo. El tacto vaji- nal me da una presentación de vértice i no constato separa- ción ninguna entre los huesos del cráneo, siendo de advertir que ni mas adelante esta separación pudo notarse en toda la estension de la parte que se presentaba en el centro del es- trecho superior. Las aguas se habian derramado poco antes de mi visita. Le hago dar un gramo de sécale para activar las contrac- ciones. Dos horas después, aquéllas han sido mui vivas i frecuen- tes, sin que la cabeza haya progresado sino mui lijeramente en el canal pelviano. Los grandes labios están mui edema- tosos, lo mismo que las partes cincunvecinas. La paciente hace algunas horas que ha dejado de sentir los movimientos del feto i la auscultación mas atenta no de- ja percibir los latidos fetales. Bajo la influencia de las dolorosas i repetidas contraccio- nes, la enferma me urje para que la libre de su estado a cual- quier precio. Un nuevo reconocimiento, i el recuerdo del caso anterior, me lleva a sospechar una hidrocefalia, de que me aseguro por la introducción completa de mi mano. La estension in- mensa de la cabeza, su fluctuación i blandura en la parte su- pra-uterina, la separación de los huesos i suturas en ese mis- mo sitio, no me dejan lugar a duda. Aplico el fórceps, sin gran trabajo, para ver si de este mo- do puedo reducir suficientemente la cabeza i estraerla; pero después de unas cuantas tracciones el fórceps se desprende. En una situación de esta naturaleza, trato de solicitar e| ausilio i los consejos de algún compañero; doi mis razones; pero no se quiere oir nada mas que los gritos de la desespe- ración. Descargado entonces hasta cierto punto de la respon- sabilidad que entraría una operación de esta naturaleza, per- foro el hueso occipital izquierdo, que era lo único que se 267 presentaba, en el centro, con ausilio del perforador de Blot Una corriente abundante de líquido responde a esta opera- ción (litro i medio próximamente); las contracciones vienen en ausilio del trabajo i mediante el enganche con mis dedos del occipital perforado, la cabeza sale de la vulva mui pocos minutos después. Solo la salida de los brazos presenta alguna dificultad que me obligan a estraerlos. La placenta es espulsada tres minutos después de la es- presion .uterina. El feto estaba muerto desde algunas horas ántes. La señora tuvo después una lijera metritis, que la pacien- te dice tener siempre después de sus partos, i que cedió sencillamente a unas cuantas cataplasmas. Antes de concluir, una reflexión i una disculpa.—¿Qué pudo ocasionar la muerte de la paciente déla primera obser- vación i cuál el proceso mórbido? No me cabe duda que fue la metro-peritonitis debida a lo penoso del trabajo i a las contracciones inútiles para hacer penetrar la cabeza en la escavacion, contracciones aumentadas i sobrecargadas por el sécale, i a la demora en la operación, todo lo cual entretu- vo i produjo un aflujo mayor de sangre a esos órganos i la inflamación consecutiva. El recuerdo de este caso, i la profunda convicción que abrigo de que es peligrosa siempre la demora en la interven- ción, toda vez que el trabajo ha sido largo i que las contrac- ciones son enérjicas, me decidió en el segundo a operar, des- pués de haberme cerciorado en el diagnóstico, sin esperar la consulta de otro compañero, cargando solo con una respon- sabilidad que el hombre honrado i el hombre de ciencia pue- den apreciar en su justo valor. Felizmente el éxito vino a justificar mi diagnóstico i mi procedimiento. No se olvide, también, que ha sido siempre en los casos de hidrocefalia cuando se han producido el mayor número da 268 roturas del útero i de la vajína. Mr, Duparcque ha referido varios ejemplos, Abril 12 de 1873, TABLA P0S0LÓJICA. Las dósis aquí apuntadas son las que pueden darse de una sola vez: Acetara gotas 10 a gr. 2 Acidum aceticum dilutam gr. 2 a 15 Acidum arsenioaum milig. la 5 Acidum beazoicum centíg. 5 a 50 Acidum citricum “ 50 a gr. 5 Acidum gallicum “ 10 a 25 Acid. hydrochloricum dilutum gota3 10 a 40 Acid. hydrocyanicum dilutum “2a C Acid. nitricum dilutum “10 a 40 Acid. nitro-hydrochloricum dilutum “ 10 a 30 Acid. phosphoricum dilutum “ 10 a 40 Acid. sulphuricum aromaticum “5a 20 Id. id. dilutum “ 10 a 40 Acidum tannicum centíg. 5 a 21 Acidum tartaricum “ 50 a gr. 8 Aconitia milíg. la 3 Aconiti radix centíg. 2 a 10 Aloes socotrina et barbadensis “2a 30 Alumen (como astrinjente)..... “ 20 a gr. 2 Id. como emético gr. 1 a 3 Ammoniacum gotas 5 a 25 Ammoniae benzoas centíg. 5 a 30 Ammoniae carbonas “5a 60 Ammonise hydrochloras “ 5 a .50 Ammoniae pbosphas “ 10 a 50 Anethum “ 10 a gr. 2 Anthemis “ 40 a 3 Antímonii oxidum “5a 50 Antimonium tartratum, como diaforético i espec- 270 torante ......m milíg. 5 a centíg. i como nauseante i sedativo centíg. la 2 como antiflogístico 1 “ 1 a 5 (Se puede aumentar las dosis por la tolerancia) como vomitivo “2a 10 Antimonium sulphuratum (seu kermes) como al- terante , “la 5 como emético “ 10 a SO Apomorphia, en inyección milíg. 5 a 10 Id. al interior . centíg. 2 a 2 Aqua annethi .... gr. 15 a 65 Id. aurantii “ 15 a 60 Id. camphorae (mixtura) , “ 10 a 50 Id. caléis . “ 15 a 60 Id. melissse “ 15 a 60 Id. carui “ 15 a 60 Id. cinnamomi “ 15 a 60 Id. fceniculi “ 15 a 60 Id. laurocerasi gotas 5 a gotas So Id. lactucse gr. 15 a 60 Id. menthse piperitse “ 15 a 60 Id. piccea “ 15 a 100 Id. pimentse “ 15 a 50 Id. rosse “ 15 a 60 Id. sambuci “ 15 a 60 Argenti nitras, al interior milíg. 5 a centíg. 0 Id. en lavativas centíg. 5 a “ 2 Argenti oxidum “ 1 a “ 3 Argenti chloruretum “ 1 a “ 5 Arnica “ 10 a gr. 1 Assafaetida “ 5 a centíg. 25 Atropia milíg. 1 a milíg. 2 Balsamum peruvianum ;; gr. £ a gr. 5 Balsamum tolutanum « a “ 5 Belladona (pulv) centíg. 1 a (se puede aumentar progresivamente) Benzoinum : « 5 a centíg. 50 Beberías sulphas, como tónico “ 5 a “ 20 Id. como febrífugo “ 20 a gr. 1 Bismutbi subnitras « 50 a « Bórax “ 15 a “ 2 Buceo (vulg. buchú) gr. 1 a “ 2 Caléis carbonas precipitata... centíg. 50 a gr. 6 Id. phosphas precipitata “ 40 a “ 2 Calomelas, como alterante i antiflojÍBt- milíg. 5 a centíg. 5 Id. como sialagogo centíg; 2 a “ 10 (dóeis repetidas) Id. como purgante <> 55 a gr. 1 271 Calumba vel colombus gr. la gr. 5 Calx chlorata centíg. 5 a centíg. 15 Cambogia seu gummigutta “ 5 a “ 15 Camphora ... “ 5 a “ 20 Capsicum * “ 5 a “ 50 Chloruretum baryticum “ la “ 15 Chloral hydras “ 50 a gr. 2 Carbo animalis purificatus gr. la “ 10 Carbo ligni u Ia “ 1® Cardamomum centíg. 20 a gr. 1 Car vi vel carui “ 15 a “ 1 Caryophyllum aromaticum “ 10 a “ 1 Cascarilla “ 50 a “ 6 Cassia i...., Sr- 1 a “ 10 Castor centíg. 5 a centíg. 30 Catechu, electuarium “ 20 a gr. 1 Cinchona flava • “ 50 a “ 10 Id. pallida “ 50 a “ 10 Id. rubra “ 50 a “ 10 Curare , “ 5 a centíg. 15 Codeina “ a l" 10 Conium “ 5 a “ 25 Copaiba gotaa 1° a gr- 5 Coriandrum centíg. 50 a “ 2 Creosotum’ gotas A a gotas 3 Creta praeparata. gr- 1 a gr- Cubeba. centíg. 30 a “ 4 Cupri sulphas (como astriñiente) “ Ia centíg. 5 Id. id. emético “ 20 a “ 50 Cusparia “ 50 a gr. 2 Decoctum cincbonse gr. 20 a “ 150 Id. Granati radiéis “ 100 a ** 200 Id. Hematoxili “ 20 a “ 100 Id. Hordei ad l^itum Id. Pareirai gr- 20 a 100 Id. SarsíB * ad libitum Id. Sarsae compositum gr. 50 a gr. 200 Id. Scoparii “ 3d a “ 00 Id. Taraxaci 20 a “ 60 Digitalinum milig. 1 a milig. 3 Digitalia 1 a centl'S' 10 Elaterium milíg. 5 a 2 Extractum Aconiti centíg. 1 a “ 5 Id. Aloes “ 5» “ 20 Id. Aloes compositum * “5a 30 Id. Antbemidis “ 3 a 20 Id. Belladonse .* milíg- 5 a centíg. 8 Id. Calumbas - centíg. 5 a “ 30 Id. Cannabis Indica “2a 10 Id. Cinchonse flava líquidum “ 10 a 8r- 3 Id. Colchici (como antigotoso) “ la centíg. » Id. id. como purgante “ 3 a Id. Colchicum aceticum “ la “ (Cuidando de la acumulación) Id. Colocynthidis compositum “ 1 a “ Id. Conii 1 a 10 Id. fabse calabarensis..... milíg. 5 a eentíg. 5 Id. Filiéis centl'g- 10 a “ 50 Id. Gentianse “ 5 a Id. Glycyrrhiza 5 a Id. Hyosciami “ 1 a Id. Hsematoxyli “ 5s “ 30 Id. Jalapse “ 3 a 20 Id. Kramerise vel rathanise “ 5 a “ Id. Lupuli “ 5a “ 30 Id. Nucís vomicse mül'g- 5 a centíg. 5 (elevando la dosis con precaución) Id. Opii centíg. 1 a centíg. 10 Id. Quasiae “ 5 a “ 30 Id. Rhei palmatum “ 5 a ‘‘ 60 Id. Same “ 10 a gr. 1 Id. Dulcamara 3 a centíg. 30 Id. Stramonii “ 1 a “ 5 Id. “ 5 a “ 30 Id. Taraxaci “ 5 a “ 30 Id. Fellis bovinum “ 5 a “ 30 Brgotina “ 10 a *r- Elixir paregoricum gotas 10 a Ferri arsenias mih'g- 2 a 2 Ferri percbloridi (solutio normalis) gotas 6 a gotas 40 Ferri carbonas centl'g- 1° a <*ntíg. 30 Ferri et ammonise citras “ 5 a “ 30 Ferri et quinise citras •' “ 5 a “ Ferri yodidum “ 0 a “ 20 Ferri oxidum magneticum “ 5 a “ 50 Ferri peroxidum hydratum, en alta dósis en los envenenamientos. Ferri pbospbas 5 a “ Ferri sulphas ‘‘ 5 a Ferri granulata “ 3 a 'í 50 Ferrum reductum 5 a ‘ 30 Ferrum tartaratum “ 5 a “ 40 Ferrum et Kalium tartaratum ‘ o a “ 40 Filix mas “ 2® a gr. *“ 5 a centíg. 30 Guaran» vel Paulina “ 50 a gr. 272 273 Glycerinim..i gr. 5 a centíg. 15 Gummi chagual “ 2 a “ 10 Guaiaci resina centíg. 5 a centíg. SO Hydrargyri iodidum rubrum milíg. 5 a centíg. 2 Hydrargyri iodidum viride centíg. 5 a “ 10 Hydrargyrum corros i vum sublimatum milíg. 5 a centíg. 2 Hydragyrum cum. creta centíg. 10 a “ 50 Hydrargyrum protosulphuretum “ 5 a “ 2q Infusum anthemidis gr. SO a gr. 150 Id. Aurantii “ 30 a “ 150 Id. Buceo “ 30 a “ 150 Id. Boldoee “ 30 a “ 150 Id. Columbee *£ 30 a ££ 100 Id. Caryophylli “ 30 a “ 100 Id. Cascarillee “ 30 a gr. 100 Id. Catechu “ 30 a “ 100 Id. Chiratae “ SO a “ 100 Id. Cmchonee “ SO a “ 100 Id. Cuspariae “ 30 a 10^ Id. Infusum Kousso “ 100 a “ 200 Id. Digitalis “ 10 a “ SO Id. Dulcamarse “ 30 a “ 150 Id. Ergotee.: “ 30 a “ 100 Id. Gentianee “ SO a “ 100 Id. Ipecacuanhse “ 10 a “ 100 Id. Kramerise “ 20 a “ 100 Id. Lini ad libitum. Id. Lupuli “ 30 a “ 150 Id. Maticse <£ 30 a “ 100 Id. Ambrinse (Paico) “ 30 a “ 100 Id. Quassiae ££ SO a “ 100 Id. Rhei “ 20 a ££ 100 Id. Rosee “ 30 a ££ 100 Id. Polig. Senegse “ 15 a ££ 60 Id. Serpentariee “ 15 a ££ 60 Id. Sennee “ SO a <£ 200 Id. Uvee ursi £C SO a ££ 150 Valerianee “ 30 a “ 150 lodoformum centíg. 2 a “ 10 Iodum milíg. 2 a centíg. 5 Ipecacuanha, como espect. i sudoríf. centíg. 5 a “ 10 Id. como nauseante ,£ LO a “ 20 Id. como eme'tico “ 50 a gr. 2 Jalapa 50 a “ 2 Jalapee resina “ 5 a centíg. 15 Kamala (* 50 a gr. G¡ Kino * “ 10 a centíg. 50 Krameria “ 10 a gr. 274 Lactucarium" • centíg. 5 a cent.g. 25 Liquor ammonii acetatis gr. la gr. 22 Id. id. anisatus gotas 10 a gotas 3 Id. arsenicalis (Fowler) “ S a “ 10 Id. caléis gr. 15 a gr. 80 Id. Liquor caléis chloratse gotas 5 a gotas 25 Id. chlori “ 10 a gr. 3 Id. ferri pemitratis “ 10 a “ 3 Id. morphise acetatis “ 4 a gotas 20 Id. morphise hidrochloratis “ 4 a “ 20 Id. sodse arseniatis “ 2 a “ 10 Id. sodse chloratse “ 2 a “ 30 Id. strychnise “ 2 a “ 10 Laudanum ex Sydenham “ 5 a “ 20 Id. ex Rousseau “ 4 a ‘ 15 Lithise carbonas centíg. 5 a centíg. 20 Id. citras “ 5 a “ 20 Lobelia, como espectorante “ 10 a “ 25 Id. como emético i “ 50 a “ 150 Magnesia levis, como antiácida *‘ 50 a gr. 1 Id. usta id. id “ 50 a “ 1 Id. como purgativa gr. 2 a “ 6 Magnesise carbonas, como antiácida centíg. 50 a “ 1 Id. id. como purgativa 1 gr. 2 a “ C Magnesise sulpbas “ 20 a “ C0 Manna “ 20 a “ 60 Mannita .’ “ 25 a “ 60 Matica ‘‘ 1 a “ 4 Mixtura amygdalse (loocb) “ 10 a K 60 Id. creosoti “ 10 a “ 20 Id. cretse “ 15 a “ 60 Id. ferri composita “ 15 a “ 50 Id. guayaci “ 15 a “ 50 Id. Bcamonii (leche) “ 30 a “ 100 Morphise acetatis milíg. 5 a centíg. 5 Morphise hidrochloras “ 5 a “ 5 Moschus centíg. 5 a “ 50 Myristica “ 5 a “ 40 MjTrha “ 10 a “ SO Nux vómica centig. 5 a centíg. 15 Oleum amygdalarum gr. 15 a gr. 60 Id. anethi gotas la 2 Id. anisi “la 2 Id. anthemidis “la 2 Id. cajuputi “la 2 Id. cátui “la 2 Id. caryophylli “ 1 a 2 Id. cinn&momi “la 2 275 Id. copaib®, según la tolerancia gotas 10 a gr. 5 Id. coriandri “la 2 Id. crotonis “la 3 Id. cubeb® “5a 20 Id. juniperi “4a 20 Id. lavandul® “la 2 Id. limonis “la 2 Id. menthse pipcrit® “la 2 Id. morrhu® gr. 20 a C0 Id. myristic® gotas la 2 Id. olivse gr. 10 a 60 Id. piment® gotas 1 a 2 Id. ricini gr. 15 a 60 Id. rosmarini gotas la 2 Id. rut® “ 1 Id. sabinse “ I Id. terebinthin®, como diurético “ 10 a gr. 2 Id. id. como antlielmíntico i excitante.. gr. 1 a 10 Opium centíg. 5 20 Oximel gr. C a 20 Phospholeina por cucbaraditas Phosphorus milíg. 1 a 2 Pilula aloe socotrin® centíg. 5 a 30 Pilula ex Dupuytren de una a dos Pilula aloe et asafoetid® centíg. 10 a 30 Id. calomel compos “10 a 25 Id. cambogiae composita “5a 20 Id. colocynthidis compos “5a 30 Id. cynoglosa compos “ 10 a 25 Id. 'ferri carbonatis “ 10 a 30 Id. ferri yodid'i “ 5 a 15 Id. hydrargyrii, como alterante “ 5 a reptid 10 Id. id. como sialogogo “ 10 repetidas Id. id. como purgativo “ 40 a gr. 1 Id. rhei compositi “ 20 a 50 Pimenta “ 50 a gr. 3 Plumbi acetas “ 2 a 10 Podophylli resina “2a 5 Podophyllum peltatum “10 a 50 Potass® acetas “ 20 a gr. 1 Potass* bicarbonas “ 20 a gr, 1 Potass® carbonas “ 10 a 50 Potass* cbloras “ SO a gr. 1 Potass® citras gr. 1 a 10 Potass® nitras centíg. 10 a 60 Potass® sulphas gr. 8 a 20 Potass® tartras Id. id. como diurético, “la 4 Potassae tarfcras como purgante gr. . 15 a SO' Potassae bromidum centíg. 50 a gr. 4 Id. yodidum “ 40 a gr. S Pulvis antimonialis “5a 20 Id. aromaticus “ 20 a 80 Id. cateohu compositus “ 20 a g.. 1 Id. cretse aromaticus “ 50 a gr. 2 Id. cretse aromaticus cum opio “ 40 a 150 Pulvis Doveri “ 20 a 50 Id. jalapse “ 50 a gr. 2 Id. jalapae compos gr. 2 a 4 Id. rhei compositus centíg. 50 a gr. 2 Id. scamonii compositus “ 50 a gr. 2 Id. valeaianae “ 10 a gr. 2 Id, tragacanta gr. 2 a 9 Pircún (anisomeria drástica) centíg. 10 a 30 Pichoa (Eupborbia cbilensis) del jugo lechoso.... gotas 5 a 10 Quiniae sulphas, como tónico centíg. 5 a 10 Id¡ id. como sedante i antifebril “ 20 a gr. 1 ítheum “ 15 a gr. 1 Sabina “5a 15 Santonica “ 20 a gr. 2 Santoninum “5a 50 Sapo medicinalis “6a 30 Scamoniae resina “ 40 a g» 1$ Scilla como espectorante i diurético “la 5 Id. como eme'tico “ 15 a 60 Senega como espectorante “ 10 a 50 Id. como emético “ 50 a gr. 2 Senna gr. 3 a 15 Serpentaria centíg. 50 a gr. 2 Sinapis alba una cucharadita Sodae bicarbonas centíg. 40 a gr. 1 Sodae carbonas “ 30 a 60 Sodae phosphas gr. 20 a 40 Sodae et potassae tartras “15 a 40 Sodae chloridum, como exitante centíg. 50 a 2 Id. como catártica gr. 15 a SO Spiritus aetheris sulphurici gotas 4 a 10 Id. id. nitrosi “4a 10 Id. aetheris nitrici dulcior “ 10 a 40 Id. ammoniae aromaticus “ 10 a gr. 2 Id. cajuputis “ 10 a 40 Id. camphorae “ 10 a 40 Id. chloroformi “ 10 a 40 Id. juniperi “ 10 a 40 Id. lavandulae “ 10 a 50 Id. menthae piperitae “ 10 a 40 276 277 Spiritus myristicae gotas 10 a 40 Id. pyroxylicus rectificatus “ 10 a 20 Id. rosmarini “ 10 a 30 Strichnia Id. sulplias (con atención por la acumulación de dosis) milíg. la 3 Stirax preparatus centíg. 10 a 50 Succus conii gota* 10 a 60 Id. limonis “ 20 a gr. 15 Sulppkur sublimatum. como sudorífico centíg. 30 a gr. 1 Id. id. come purgante gr. 10 a 25 Id. id. como espectorante centíg. 10 a 30 Syrupus aurantii gr. 15 a 30 Id. id. ñoris “ 10 a 20 Id. ferri yodidi " 6 s 15 Id. ferri phosphas “6a 20 Id. ferri ammonicalis citras “ 6 a 15 Id. hemidesmi “ C a 15 Id. limonis » “ 10 a SO Id. papaveris “6a 20 Id. rosae gallicae “ 6 a 20 Id. scillae “6a 20 Id. sennae “ 10 a 30 Id. tolutani “6a 20 Id. Pagliano “ 20 Id. ipecacuanbae “5a 20 Id. zingiberis “6a 20 Id. zarsae compositus “ 15 a 40 Id. aconiti “ 5 a ¡15 Id. belladonae gr. 5 a 15 Id. aetberis “5a 15 Tamarindus ad libitum Terebinthina canadensis centíg. 10 a gr. 1 Tinctura aconiti gotas 5 a 15 Id. aloes.... gr. la 10 Id. arnicae '. gotas 10 a gr. 3 Id. assafoetidae “ 10 a gr. 2 Id. aurantii “ 10 a gr. 2 Id. belladonae “5a 15 Id. benzoini composita “ 10 a gr. 2 Ip. buceo gr. , 1 a 3 Id. columbae “la 3 Id. campborae cum opio gotas 10 a 30 Id. canuabis indicae “6a 20 Id. cantharidis “2a 10 Id. capsici “ 10 a 20 Id. cardamomi composita “ 10 a gr. 3 Id. cascarillae gr. 1 a 3 278 Tinetura Id.castorei gotas 10 a gr. 2 Id. catechu gr. 1 a 3 Id. chiratae “la 3 Id. cinchonae composita “la 4 Id. cinchonae flava “la 4 Id, cinnamomi gotas 10 a gr. 2 Id. cocci “ G a gr. 1 Id. colchici seminis “5a 20 Id. conii “5a 20 Id. croci “5a 15 Id. digitalis “ 5 a 15 Id. ferri perchloridi “5a 40 Id. gallae “ 10 a gr. 2 Id, gentianae gr. 1 a 2 Id. guaiaci ammoniata “la 3 Id. hyosciami gotas 5 a 15 Id. yodi “2a 10 Id. jalapae compos (aguardiente aleman) gr. 20 a 50 Id. kino gotas 10 a 40 Id. krameria “ 10 a 4q Id. lavandulaí compos “ 10 a gr. 2 Id. limonis “ 10 a gr. 2 Id, lobeliae “ 6 a 20 Id. id. aetherea gr. 6 a 20 Id. lupuli gotas 10 a gr. 3 Id. myrrhae “6a 20 Id. .nucís vomicae “5a 15 Id. opii i “5a 25 Id. opii ammoniacalis “ 15 a gr. 6 Id. rhei (como digestiva) “ 10 a gr. 2 Id. id. (como purgante) gr. 10 a gr. 20 Id. sabinae.. '. gotas 2 a 10 Id. scillae “5a 20 Id. sencgae , “ 10 a 30 id. serpentariae “ 10 a 40 Id. stramonii “ 5 a 15 Id. tolutana “ 20 a 60 Id. valerianae “ 10 a 30 Id. id. ammoniata “ 10 a 30 Id. id. aetherea “ 6 a 30 Id. scamonae compos. (2.° grado) gr. 15 a 40 Id. zingiberis gotas 5 a 25 Id. veratrum viride “ 4 a 12 Tragacantha gr. 2 a 6 Uva ursi “2a 6 Valeriana ceníig. 20 a gr. 1 Veratria milíg. la 5 _Vinum aloes,.,.... gr. 3 a 15 279 Yinum antimoniale: como diaforético i especfco- raute gotas 5 a 20 Id. antimoniale: como nauseante gr. la 3 Id. ¡d. como emético “ 3 á 10 Id. opii. gotaa G a 30 Id. colchici “5a 20 Zinci acetas centíg. la 10 Zinci sulphas: como astrinjente “ 2 a 10 Id. como emético “ 10 a GO Zinci lactafcum “ 5 a 15 Zinci valerianas “la 5 Zinci oxidum “5a 30 Zingiber “ 10 a 50 Los granulos de dijitalina, aconitina, atropina, conicina, estricnina, valerianato de atropina, ácido arsenioso i vera- trina contienen ordinariamente un miligramo de principio activo. Los granulos decodeina, de emético, de estrado de bella- dona, de ipecacuanha, de opio, de morfina i de protoioduro de mercurio contienen 1 centigramo de principio activo. CLINICA OBSTETRICA. Eclampsia puerperal en un parto de jámelos.—Precipitación del parte.— Una versión.—Expresión uterina. El estudio de la eclampsia que puede complicar la preñez, el trabajo del parto i el puerperio, encuéntrase todavía en un estado que bien puede llamarse de investigación; quien cree que este accidente es debido solo a una conjestion de los centros cerebro-espinales; quien a lo que en estos últimos tiempos se ha denominado uremia, ammonenia, urinemia, estado consecutivo a la albuminuria de las mujeres embara- zadas; quien a una anemia o ischemia del bulbo con edema; quien, en fin, aúna neurosis de orden puramente reflejo, No es ni puede ser menor la confusión que reina en el tratamiento de tan peligroso accidente; i así vemos que el doctor Charpentier, el último que se ha ocupado de esta cuestión, conténtase con señalar los resultados que arroja la estadística de los tratamientos empíricos que hasta ahora se han empleado contra ella, sin atreverse a aceptar las conclu- siones. ¿Ni cómo la sangría podría ser la última espresion terapéutica de un estado en que el empobrecimiento sanguí- neo es lo mas culminante que se presenta al observador? ¿Ni cómo podría ser tampoco el único medio de tratamiento 282 de tan variada naturaleza, de tan distintas constituciones, de tan diversos estados, de tan numerosas alteraciones, como son las que pueden presentar las mujeres embarazadas? Desde que las investigaciones de Andral i Gavaret pu - sieron de manifiesto la disminución de los glóbulos sanguí- neos en las embarazadas i desde que se conocen las altera- ciones que la preñez puede i suele producir en los riñones, los comadrones han sido i continúan siendo mucho mas re- servados en el uso de las sangrías que con tanta prodigali- dad empleaban nuestros antepasados. No es para esclarecer puntos de tan grande importancia, no es para llevar un rayo de luz en cuestión de tanto valor, es solo para acopiar elementos de trabajo i de investigación, es para dar a conocer una de las formas o una de las causas que a tal afección se atribuyen i es también por la gravedad del caso, por lo que me permito llamar la atención de nues- tros lectores a la siguiente Observación.—El 20 de enero de 1873, soi llamado con precipitación, a las 4 P. M. para ver a la señora G. de C. que ha tenido ya dos fuertes ataques de eclampsia. El pri- mero a las doce i media del dia i el otro a las tres de la tar- de: La encuentro en el período de estado: el pulso pequeño i frecuente, la cara amoratada, las conjuntivas inyectadas, los párpados caídos, los globos oculares dirijidos hacia arri- ba; la respiración era dificultosa i mui lenta, las mandíbulas cerradas: La edad de la enferma es de veintiocho a treinta años, temperamento linfático nervioso, constitución débil. Ha teni- do dos preñeces anteriores, cuya marcha no ha ofrecido par- ticularidad alguna digna de notarse. En este tercer embara- zo, nada tampoco ha esperimentado de estraordinario ni de anormal, fuera de un estado anémico que le es habitual. Su madre me dice que ha tomado fierro. Hai un pequeño edema de los piós i de la parte inferior de las piernas, que también ha tenido en las otras preñeces- 283 Esta señora está sujeta a ataques nerviosos histeriformes i a algunas obnulaciones de la vista, mui pasajeras. No su- fre ni del pulmón, ni del corazón, ni de ninguna otra en- traña. Durante el dia, nada ha experimentado que pudiera hacer- le sospechar el trabajo del parto, aunque estaba fuera de cuenta; la familia ignoraba también que pudiera tratarse de algo parecido i estaba completamente desprevenida para un caso semejante. A medio dia, sin embargo, la señora siente algo desusa- do, se pone temerosa i le vienen pequeñas convulsiones. Al mismo tiempo le sobreviene un dolor al epigastrio, que ántes del ataque va a fijarse en la cabeza. Llamado en esa circuns- tancia el doctor Saldías, aconseja el reposo i prescribe una pocion antiespasmódica cordial. Momentos después sobreve- nía la eclampsia. El doctor don Florencio Middleton, médico de la paciente, me hace llamar durante el segundo ataque; mientras tanto que llego, se limita a poner paños de agua fria a la frente para disminuir la conjestion cerebral determinada por el éx- tasis sanguíneo i el color mas aumentado que se observaba en esa rejion, color que no se notaba en lo restante del cuerpo. Por el tacto vajinal reconozco i encuentro el cuello algo dilatado i mui dilatable: la bolsa de las aguas hace una pe- queña eminencia i alcanzo a sentir el feto en el estrecho superior. En presencia de la gravedad de los accidentes i de la in- minencia de una terminación fatal, aconsejo hacer el parto. Convenidos en este punto esencial, coloco a la enferma en posición conveniente. Rompo entonces la bolsa de las aguas por medio de mi uña, preparada en conformidad al método que he aconsejado en esta misma Revista (l); las aguas (1) Véaso tomo I, píj. 340, 284 salen en abundancia; pero sin detenerme un momento voi en busca de la parte del feto que se presenta. Encontrándome con las nalgas, desdoblo el miembro anterior, i sin preocu- parme de ir a buscar el otro, termina el parto sin esperar las contracciones uterinas. A pesar de esta precipitación, el niño nacia asfixiado; después de limpiar sus fauces, de fric- cionarlo, de palmearlo, lo coloco en un baño caliente i di- rijo sobre su pecho un chorro de agua fria, en seguida prac- tico movimientos respiratorios artificiales, consiguiendo, después de doce minutos que la respiración se establezca i que el corazón lata con regularidad. Entre tanto el Dr. Middleton, que habia quedado al cui- dado de la enferma, nota que sale del cordon un chorro de san- gre arterial, lo que le obliga a ligarlo. Ilabia, pues, un segun- do feto en el claustro materno que era necesario estraer, con tanta mayor razón cuanto que ya se dejaba ver una peque- ñísima modificación favorable en el estado de la enferma. Pero la falta de un ayudante para mantener las piernas en flexión, me obliga a esperar diez minutos. Tan pronto como logro conseguirlo, rompo la nueva bolsa amniótica a fuerza de pellizcarla, porque ya la muesca for- mada en mi uña se habia descompuesto i no raspaba como sucede ordinariamente en un segundo caso. Pero el feto se presentaba por vértice. ¿Qué hacer entonces! Abandonar éste a los esfuerzos solos de la naturaleza, no me parecía tconveniente; aplicar el fórceps, cuando la cabeza se encon- raba en el estrecho superior, no solo me parecía difícil, so- bre todo, me parecía demoroso. La versión podálica era aquí la mas rápida. Por eso, sin vacilar un momento i sin retirar la mano que obturaba el cuello uterino, impidiendo así la salida de las aguas, fui en busca de los piés i verifiqué la versión con la rapidez que era necesario. Debo advertir que no me preocupé aquí, como no me preocupo casi nunca, de buscar los dos piés, sino que habiendo cojido el miembro cor- respondienta a la parte anterior, hice con éste solo la versión. 285 La nina' (ahora era una hembra) salía también asfixiada í con una vitalidad deprimida, no tanto como el niño. Pero la falta de toda clase de elementos, de agua, de paños, etc., etc., me hizo perder un tiempo precioso, En vano recurrí a las fricciones, a la simulación de los movimientos respirato- rios, a la respiración boca a boca: todo fué perdido. Después de veinte minutos de trabajo, abandono a la niña: estaba muerta. En un intermedio de este último trabajo, me ocupo de la madre para estraerle la placenta, lo que verifico en un mi- nuto por el método déla expresión uterina. Este órgano sa- le con gran limpieza, completamente entero i dejando ver los dos cordones que se insertan en dos estremidades opuestas. Hecha la toilette de la paciente, después de algún tiem- po, por la falta de elementos i de jente; colocado un venda- je de cuerpo para comprimir el útero que no se contraía convenientemente, se la trasladó a una nueva cama. Desde ese momento nótase que la respiración de la en- ferma se hace con mas regularidad, las maxilas se aflojan; la palidez sucede al ainoratamiento, los ojos se desinyectan, sucediendo inmediatamente una gran postración. Como la señora puede ya tragar, se le da agua con coñac i se le acon- seja seguir con él. En el momento de concluir la traslación a su nuevo lecho, la enferma mueve las manos i trata instintivamente de cu- brirse con la ropa de la cama. A las ocho de la noche de ese mismo dia, el pulso princi- pia a levantarse, la palidez es menor, vuelve un poco el ca- lor i mueve, aunque lentamente, sus brazos. La sangre que corre por la vajina es en mayor cantidad que la ordinaria. Se le hace aplicar un paño humedecido en agua fria en el hipogastrio, que se cubre con un vendaje lijeramente apre- tado, se le da caldo i se continúa con el agua alcoholizada. 21. La enferma mejor; el pulso mas desarrollado i llega 286 a 112 pulsaciones por minuto. Contesta a lo que se le pre- gunta, aunque con mucha dificultad. Caldo i vino. La orina, tratada por el ácido nítrico, da un precipitado de albúmina. 22. Estado mas satisfactorio; contesta con un poco ménos de dificultad i con mas precisión que el dia anterior. Caldo cada dos horas; lavativa lijeramente purgante. 23. La enferma contesta con ménos vacilación; está polí- tica i principia a interesarse en sus preguntas. Las mamas comienzan a ponerse algo turjecentes desde la mañana. Un ségundo examen de la orina corrobora mi primera esperien- cia. Se le aconseja una alimentación mas reparadora. 24. La secreción láctea se ha establecido i la enferma en- tra en una convalescencia regular. El niño no ha tenido no- vedad. Cuatro o cinco dias después, soi llamado nuevamente pa- ra asistir a la misma enferma por una diarrea sobrevenida a consecuencia de una indijestion, de la cual sana en pocos dias. Dos meses i medio después la veo nuevamente. Durante este tiempo su salud se ha afirmado, pero conserva todavía una debilidad de la memoria que le obliga a concentrarse mucho para dar una contestación satisfactoria a las pregun- tas que se le dirijen relativamente a asuntos pasados. Enero de 1874. HOSPITAL DE CLINICAS, Los cambios que se trata de llevar a cabo para dar una colocación mas cómoda a la policía, instalándola en el hos- pital de San Juan de Dios, i llevando éste al de San Vi- cente de Paul recientemente concluido, si por un lado nos parecen llenar ciertas necesidades sentidas desde tiempo atrás, no alcanzan ni pueden alcanzar a satisfacerlas todas, Pero como no es nuestro ánimo esponer, ni aquellas ni todas éstas, contentarémosnos por ahora con llamar la aten- ción del Gobierno a la conveniencia de tomar esta buena co- yuntura para realizar una idea que es ya una necesidad im- periosa i que lo será cada dia mas, desde que los cursos de medicina atraen a tanta juventud que busca un porvernir profesional. Nos referimos, como puede colejirse, a la formación de un hospital de clínicas, donde los profesores de la escuela pue- dan enseñar convenientemente a sus alumnos i donde éstos puedan sacar todo el provecho posible de aquella enseñanza, Centralizar en cuanto se pueda los estudios médicos po- ner a la vista de los jóvenes los casos mas dignos de es- tudio, arrebatar la enseñanza de las, mas de una vez, ca- prichosas órdenes de los administradores, ponerla fuera de 288 la tutela déla Junta de Beneficencia, i facilitar el aprendi- zaje, tales son los principales i mas poderosos motivos que arguyen en favor de un hospital de clínica. Esta clase de establecimientos, existentes en todas aque- llas partes en que se ha tratado de dar algún desarrollo a los estudios, realizan por un lado la armonía del trabajo, la propiedad de la conservación, la hijiene hospitalaria, i por otro facilitan el aprendizaje i dan la seriedad necesaria a los estudios médicos. La situación actual es insostenible i perjudicial en alto grado. Nuestras clínicas son insuficientes, incompletas i mal ser- vidas. Los alumnos pierden mucho de su tiempo en recorrer largas distancias para ir de la Universidad al hospital de hombres i de ahí al de mujeres. En éste la enseñanza del profesor tiene que ser deficiente, porque ni es constante ni todo está convenientemente prepa- rado. En ex de hombres faltan todavía algunos elementos. La clínica obstétrica no existe, i solo puede hacerse, mer- ced a la condescendencia siempre restrinjida de los que pue- den dispensar este favor. El profesor de esta asignatura no rejenta una sala de parturientas i tiene por eso que hacer mas que un curso práctico, uno teórico. Los profesores de la escuela, ausiliares indispensables de los profesores clínicos, no siempre pueden mostrar a la ca- becera de los enfermos lo que a sus alumnos han enseñado en las clases, porque fáltales, lo que en ninguna parte su- cede, una sala en los hospitales. Parece que hasta ahora se ha querido hacer mas teórica que práctica la enseñanza médica, al reves de lo que debe- ría suceder. Semejante estado de cosas no puede ni deba mantenerse por mas tiempo. 289 Estos mismos motivos han dificultado hasta ahora la im- portante, la última institución del internado, sin el cual no pueden tomar todo el vuelo que necesitan los estudios mé- dicos. Con un pequeño hospital de clínicas, todos los males i to- das las faltas pueden subsanarse. El internado llegaría a ser un hecho, la enseñanza se re- glamentaria, los cursos se sucederían según las necesidades, el tiempo que hoi se pierde en andar de uno a otro hospital, se aprovecharla con gran ventaja, la teoría daría su lugar a la práctica, el profesor demostraría mas i disertaría sobre hechos pasados bajo la vista, i hasta el cádaver dejaría de ser un pedazo de carne para ser un objeto de interesante i i útil investigación. ¿Pero cómo llegar a este desiderátum reclamado con tanta instancia por las necesidades cada vez mas crecientes de la escuela médica? Los medios no nos parecen ni imposibles ni difíciles. Si siempre se puede cuanto se quiera, hoi mas que en cualquiera otra ocasión puede realizarse sin gran costo i sin gran trabajo el proyecto de que nos ocupamos. Dado el caso de efectuarse los cambios de que se habla públicamente i de las cesiones que el Gobierno piensa hacer a la Junta de Beneficencia, podría dedicarse el producto de la venta de los terrenos de San Pablo, i el del hospital del Salvador, a la fundación del de clínicas. Siendo este un establecimiento que a lo mas contendría doscientas camas, el dinero bastaría i sobraría. Su sostenimiento se haría con una parte de la renta que el Gobierno piensa designar a la Junta de Beneficencia pa- ra el mantenimiento del hospital de San Vicente de Paul. Así llevaríase a efecto una obra de utilidad indisputable i no la mui problemática de la continuación del hospital del Salvador, que requiere fuertes capitales para su conclusión i para su sostenimiento. 290 Ni el entusiasmo admirable de nuestro intendente ni los recursos que trata de arbitrar, serán capaces para llevar a cabo una obra de tanto costo i de tan largo aliento como lo es ese gran hospital. Arreglado a los progresos científicos, construido con las condiciones hijiénicas, indispensables a esta clase de esta- blecimientos, el de clínicas podríasele situar en un punto no mui distante del centro de la ciudad, para facilitar así sus servicios a los enfermos i a los alumnos. Un hospital de esta naturaleza i de estas condiciones no es jamas una amenaza a la ciudad o al barrio en que se si- túa. AI contrario,' es siempre un bien para llenar las necesi- dades cuotidianas de una población numerosa i estendida como la de Santiago. El Gobierno que ha tomado la iniciativa tan fecunda como provechosa de la fundación de asilos para enfermos, que ha dotado de mayor número de profesores a la escuela de me- dicina i que se interesa por los progresos intelectuales i cien- tíficos del pais, no debe olvidarse de la conveniencia de completar sus trabajos i sus obras. Un hospitalde clínicas es una necesidad de primer orden. ¿Lo tendremos? Los hechos nos lo dirán. .1874. LA CUESTION MEDICOS INGLESES. El señor ministro residente de S. M. B. se ha servido di- rijir una nota algo singular a nuestro ministro de Relaciones Esteriores sobre la recepción de los médicos ingleses en Chile. Quéjase en ella el señor ministro de la falta de orden que ha precedido a la admisión de los títulos i llega a acusar de estraña ignorancia a nuestras autoridades médicas por lo que respecta al modo cómo esos títulos son espedidos en Inglaterra. Con ese motivo, el representante inglés entra un poco en la historia de los colejios i corporaciones médicas de su país, nos habla de los jénios que han producido i termina diciendo que el sistema, o mas bien la falta de sistema, establecido entre nosotros, nos priva de jóvenes prominentes i grandes talentos médicos. Ni los conceptos contenidos en el documento que analiza- mos, ni la forma en que ha sido redactado, nos estrañan ni nos lastiman. Caúsanos sí, no poca sorpresa, el ningún co- nocimiento que el señor ministro inglés tiene de lo que es hoi la medicina en todas partes del mundo civilizado. Nos la causa también la ignorancia en que se encuentra da lo que pasa en su misma patria. 292 Si el señor ministro británico hubiese preguntado a cual- quier médico el modo cómo se hacen los estudios profesiona- les, le habrian dicho que la separación de la medicina i de la cirujía está completamente abolida en toda la Europa des- de hace muchos años; que ese método está condenado en todas partes i que subsiste solo en esa tierra clásica de la conservación que se llama Inglaterra. Los mismos especialistas reconocen hoi cuán indispensa- ble es prepararse con los mayores conocimientos jenerales para el ejercicio de una profesión que necesita de la unidad mas absoluta. A través de la medicina, está la cirujía, como a través de la cirujía la medicina. Son dos entidades que se confunden i se amalgaman con una fuerza que la brutalidad de los hechos pone de manifiesto cada dia. No tenemos necesidad de decir esto a los médicos, ni aún a los ingleses. Estos mismos comprenden cuánta es la soli- daridad que existe i debe existir entre ámbos ramos de la medicina i lo han manifestado bien palmariamente en estos últimos años en que han llegado a pedir una intervención mas activa del gobierno en la colación de grados. No es el señor ministro de Su Majestad Británica quien puede echarnos en cara nuestra falta de sistema, porque es precisamente en Inglaterra donde la falta de sistema está erijida como regla i como lei. El señor ministro no debe ignorar que pocos gobiernos hai que como el inglés se preocupen de tener una interven- ción ménos activa en la enseñanza médica. Para echar un poco el peso de sus hombros, le ha bastado el acta del 58. Eso no ha impedido, sin embargo, que continuasen fun- cionando colejios que espiden títulos de médicos o de ciruja- nos, colejios no rejistrados en esa acta. No dudamos de ninguna manera que bien puede la Gran Bretaña enorgullecerse con ilustres Universidades, ménos to- davia con ilustraciones médicas de universal reputación. Pa- ra los que han estudiado en aquéllas, i cuyos estudios son 293 equivalentes a la nuestra, jamás se ha presentado un incon- veniente. Para éstos tenemos nuestra admiración i nuestros aplausos. ¿Cuándo los titulados de las Universidades de Dublin, de Edimburgo i de otras no ménos respetables han encontrado obstáculos en la admisión de sus diplomas? ¿Cuándo se les ha negado lo que han solicitado? ¿Cuándo se les ha retarda- do en sus trámites? Empero, nuestra Universidad, que exije a los médicos chi- lenos el estudio de la medicina i de la cirujia, no ha podido i no puede admitir a exámenes a titulados únicamente ciru- janos, oculistas o médicos, como no pueden equiparar a los oficiales de salud con los verdaderos médicos. Nó, no debemos nosotros los chilenos, que hemos aceptado la unión de la medicina i de la cirujia como estudios indis- pensables para el médico; nó, no debemos nosotros los chile- nos, que hemos aceptado las bases del progreso científico, cambiar nuestro método i nuestro sistema en honor de los cirujanos, médicos o romancistas ingleses. Quien debe cam- biar suestrano sistema, su falta de sistema, es la Inglaterra. El señor ministro no debe ignorar que un cirujano inglés, que no ha hecho mas que estudios de cirujia, no puede hacer valer su diploma en ningún estado europeo para ser admiti- do como médico. Lo será cuando haya tomado el título de médico doctor. Esta formalidad, a la cual no parece dar una gran impor- tancia el señor ministro, es, sin embargo, de un valor i de un interes indisputable para los hombres de profesión. Para hacer notar la facilidad con que suelen espedirse tí- tulos o diplomas en algunos celejios ingleses, vamos a citar un hecho. Uno de nuestros amigos mas distinguidos encontrábase de paso en Inglaterra, donde hizo publicar (en lengua inglesa, se entiende) el estracto de una memoria de un paisano suyo que trataba de un punto quirúrjico importante. Con este mo- 294 iivo entabló relaciones con el profesor de nn colejio, quien le propuso se hiciera cirujano inglés, ¿Sabéis cómo podría obtener su título? Sin necesidad de exámen, solo con la pre- sentación de la memoria que habia estractado i el pago de los derechos! No por eso creemos que deje de haber escuelas i colejios honorables en los cuales la enseñanza se hace con escropulosi- dad. Volvemos a repetirlo: Universidades i colejios médicos ingleses hai que son honra de la ciencia, del progreso i de la probidad. Reconocemos que la Inglaterra progresa maravillosamente en las ciencias médicas; reconocemos que tiene notabilidades en el arte dignas de ocupar con su fama a todo el orbe i a muchos de las cuales somos deudores de nuestros conoci- mientos. Las irregularidades de la enseñanza de algunos colejios ingleses, son las que han obligado al señor decano i a la fa- cultad de medicina a rechazar a algunos aspirantes. Si el gobierno, algunas veces, usando de una prerogativa que la lei le concede, ha dispensado el favor de un título de- ficiente, debe de tenerlo en cuenta el señor ministro de su Majestad Británica para agradecerlo, no para echarlo en ca- ra a la autoridad médica que debe mantenerse dentro de la lei i del derecho Bueno es también que sepa el señor ministro que jóvenes nacidos o educados en esta buena tierra de Chile, han ido a Inglaterra con el objeto de tomar un título en tres o cuatro años, para evadirse de tener que pasar entre nosotros, ocho o diez en las aulas délos liceos i de la Universidad. El espíritu jeneroso del pueblo chileno no se aviene a las injusticias ni a la tirantez; está siempre dispuesto a acojer con bondad a todo hombre de trabajo i de intelijencia, mas no a dejarse arrastrar por falsas consideraciones. Mayo 1874. PARTO PROVOCADO EL DILATADOR DE BÜSCÍI. Entre los numerosos procedimientos que se conocen para provocar el parto, encuéntrase el de Busch. Sírvese este au- tor de un dilatador de tres ramas, en forma de pinzas, que se introduce i se abre dentro del cuello uterino, por medio de un mecanismo mui sencillo, con el objeto de determinar las contracciones necesarias a la espulsion del feto. La idea que ha precedido a la invención del instrumento es, podría decirse, perfectamente lójica. La introducción de un cuerpo estrano dentro del útero i la,dilatación progresiva, aunque momentánea, del cuello de esta viscera, no puede menos que provocar, por acción refleja, contracciones de las fibras musculares de su cuerpo, tanto mas eficaces al pare- cer, cuanto el orificio cervical se hace mas permeable i mas espedito. Mencionado brevemente en las obras de obstetricia moder- nas, este procedimiento ha caido, sin embargo, en desuso; i nada han valido para rehabilitarlos los esfuerzos de ILayn. Por mi parte no creo que se ha tenido siempre razón pa- ra condenar completamente al olvido un medio tan sencillo i que en realidad no puede ocasionar malos resultados ni a - 295 {a madre ni al producto de la concepción, aunque mas de una vez haya sido infiel. El temor de una ruptura o desgarradura del cuello uteri- no que alegan algunos autores, no debe cargarse en cuenta al dilatador, sino al mal método en su manejo o a la impru- dencia del operador. Aunque en el caso que paso a relatar, en apoyo de nues- tro aserto, se trata de la provocación de un parto a conse- cuencia de los fenómenos mórbidos debidos a la presencia de un feto muerto en el claustro materno, el hecho no me parece por eso ménos concluyente, desde que (como se ve- rá) las contracciones solo sobrevinieron después de la aplica- ción del dilatador. No ignoro de ninguna manera que en estos casos el par- to, al fin i al cabo, se efectúa por los esfuerzos solos de la naturaleza que trata de desembarazarse de un cuerpo que ha llegado a serle estraño; pero es necesario tener presente que hubo necesidad aquí de provocar i determinar esos es- fuerzos; i que fué después de una segunda aplicación del di- látádor cuando las contracciones aparecieron con la regula- ridad necesaria para llevar a cabo la espulsion del producto je'nésico; Ni tampoco vaya a creerse que las precedentes conside- raciones i un suceso feliz, me lleva a recomendar este méto- do en todias las circunstancias en que se trata de provocar un parto prematuro artificial. De ningún modo es esa mi in- tención. Métodos i procedimientos existen ahora de un valor in- contestablemente superior al de que hablo i de los cuales he echado mano en otras ocasiones. Opino, sí, porque este procedimiento puede ensayarse sin inconveniente alguno en ciertos casos, principalmente toda vez que haya necesidad de determinar un parto por acciden- tes sobrevenidos a consecuencia de la muerte del feto en el claustro materno. Una reunión de circunstancias, que no necesito mencionar, hacen aquí mas fácil la provocación de un parto, i el dilatador de Busch puede tener mui buene aplicación. Por otra parte, este dilatador, dado el caso en que sea ineficaz en su aplicación, no obsta al uso de otros medios, ántes puede facilitarlos, preparándoles el camino. Previas estas consideraciones, paso a relatar la Observación: N. X. de M., medianamente acomodada, de cuarenta años próximamente, linfática, pero de una re- gular constitución, ha tenido diez partos sin intervención profesional. El último, muerto a los seis meses, fué espul- sado sin novedad. Ni en la salud, ni en los antecedentes de la señora, hai otras cosas dignas de mencionarse. Llamado el 10 de mayo de 1870, la paciente me dice que está embarazada; que su embarazo data de seis meses atras i nada de particular le habia sobrevenido en el curso de su preñez, hasta que hace quince dias, después de una emo- ción moral mui viva, sintió un fuerte escalofrió i la cesación délos movimientos del feto. Todos los dias i a diversas ho- ras, le sobrevienen convulsiones que duran de un cuarto a media hora. Estas convulsiones suelen despertarla a media noche. Desde el dia siguiente a la cesación de los movimien- tos fetales, la secreción láctea le ha sobrevenido en tanta abundancia, que empapa su camisa. Por la palpación abdominal se reconoce el desarrollo del globo uterino que se eleva un poco mas arriba del ombligo, la presión metódica del vientre, como la aplicación de la mano empapada en agua fria, no provocan movimiento al- guno del feto, aunque el útero i las paredes abdominalas es- perimentan una lijera contracción. Por el tacto vajinal re- conozco una presentación de vértice.—La auscultación me permite percibir mui claramente el spplo uterino; pero en vano busco el ruido del corazón del feto. La mujer me dice que ha tomado algunos medicamentos 297 298 homeopáticos para provocar el parto, pero sin resultado al- guno, como era de esperarse, Teniendo la certidumbre de la muerte del feto, i estando el cuello entreabierto por la época del embarazo, i ser multí- para la mujer, introduje con mucha facilidad, el dia 11, el dilatador de Busch i lo mantengo con sus ramas separadas por el espacio de seis minutos,—Aparición de dolores insig- nificantes, que no producen resultado alguno. Dia 12, a las tres de la tarde. Aplicación del dilatador durante diez minutos. Las contracciones comenzaron a ma- nifestarse inmediatamente después, continuando en progre- sivo aumento. El parto se verificó a las 4 de la mañana del dia siguiente, sin inconveniente alguno por parte de las se- cundinas. El aspecto del feto demostraba que su muerte de- bia haber sobrevenido muchos dias atrás.—Cesación de to- dos los fenómenos mórbidos. Santiago, mayo 12 de 1874. DEL TRATAMIENTO LAS AFECCIONES SIFILÍTICAS DE LA GARGANTA POR MEDIO DE LAS INHALACIONES DEL CALOMEL ASOCIADO AL VAPOR DE AGUA. Mas otros curaban aquesta pasión, Que siempre habían sido de albardas maestros, Haciendo de azogue i de unto una unción Que daba al dolor gran mitigación, I aquesto era hecho por modos siniestros. Francisco López de Villalobos. {Tratado de las pestíferas bubas, 1498.) La gran epidemia sifilítica que apareció en el siglo XV encontró tan poco preparados, o mas bien tan desprevenidos a los médicos de esa época, que por mucho tiempo la cura- ción de este mal, de este Proteo, como lo llama Frascator, estuvo encomendada a los herboristas i a los charlatanes. «Los sabios, decía Gaspar Torella, evitaban tratar esta en- fermedad, tan persuadidos estaban de que nada entendían; porque, añade mas adelante el mismo autor, corno este es- traño mal no habia sido visto jamás en nuestro tiempo, na- die, por mui hábil, por mui esperimentado que fuese, podía tratarlo según las reglas del arte.» I no era esto todo. Pre- 300 tendíase también que el noble arte de curar no podia; no debía descender hasta una enfermedad tan poco pulcra. Sin embargo, mas tarde la vergüenza, mas bien que la esperan- za, dice Astruc, hizo que los médicos fijaran su atención en una enfermedad tan séria, de tan graves consecuencias i que desempeña en la patolojía un papel tan importante. No es mi ánimo entrar a esponer las diversas clases de tratamientos que se aconsejaron entonces: bástame decir que fué por esa época cuando el mercurio hizo su aparición en la terapéutica de esta enfermedad. Usado por los árabes, quienes le dieron una gran impor- tancia en la curación de la lepra, fué introducido i aceptado en la sífilis, simplemente poruña grosera semejanza. Gilinius, Widmann, Juan de Carpió, Yigo (que ha dado su nombre a un emplasto todavía en uso) i los demas, lo em- pleaban al esterior en pequeña dosis. £1 ungüento contenia a lo mas una octava parte de mercurio, ordinariamente una catorce ava-parte. Fué solo en 1635 cuando el botanista Mathiol lo dio por primera vez al interior, al estado de óxido rojo, i se sabe que mui poco tiempo después llegaron a ser famosas las píl- doras de Barbarroja, célebre pirata arjelino, usadas, entre otros, por el rei Francisco I. El abuso que los llamados herboristas i los charlatanes hacían de las preparaciones mercuriales, no tardó en traer- les gran descrédito; i puede decirse que desde entónces data la animadversión que persigue hasta ahora a dichos prepa- rados. Se les ha acusado de destruir los dientes i los huesos, de permanecer hasta el fin de los siglos en la cavidad medular de éstos, de producir los mismos accidentes de la sífilis, de perturbaciones profundas i duraderas del organismo, etc. Sin duda que, algunas de estas acusaciones tienen su ra- zón de ser cuando se dan inconsultamente los preparados mercuriales, sin duda que, mas de una vez producen pertur- 301 baciones orgánicas i dan lugar a accidentes desagradables. Pero, todo esto no debe cargarse en cuenta al uso sino al abuso del mercurio, i a la manera inconsiderada con que suele administrarse. Lo cierto es, que, a pesar de los crudos ataques de que ha sido objeto; lo cierto es, que, a pesar de los distintos tra- tamientos que se han preconizado como sustitutivos de este ájente, el mercurio continúa siendo el mas heroico de los medicamentos para la curación de la sífilis en el período de erupción jeneral o secundario. Ni el guayaco o palo santo, que algún enfermo tomara en un rapto de misticismo i de entusiasmo, como brotando de la cruz del buen ladrón; ni la zarzaparrilla, ni los otros lefios sudoríficos, ni las sustancias oxijenadas, ni los demas ajen- tes de la materia médica que han solido aconsejarse, han po- dido arrojarlo del solio en que se encuentra colocado. Los ataques de tres siglos, en lugar de debilitarlo, lo han robustecido, en lugar de abatirlo lo han elevado, en lugar de hacerlo desaparecer, le han dado nueva vida. Hoi se le cono- ce mas, se le aprecia mejor, se emplea con mas método i se le maneja con mas seguridad. Abandonado casi por todos el antiguo procedimiento de la saturación, sustituido por el de la estincion, sus accidentes no son de temer, ni pueden asustar al ménos versado en su manejo. Ya no se encierra a estos pobres virulentos, que tanta compasión causaban a Rabélais, en estufas o en piezas de elevada temperatura, no se les hace salivar para que espelan los humores pecantes, no se les envuelve en franelas i baye- tas, ni se les tiene sometidos al severo i rudo método de los antiguos sifilígrafos. Se les permite andar por todas partes, que se mezclen con los demas, que atiendan a sus negocios, con tal de seguir un réjimen apropiado. Nada de grandes severidades, ni de molestias inútiles. El ideal del médico es tratar a los enfermos sifilíticos, sin 302 que se conozcan que lo son, sin que la familia se aperciba de una debilidad que puede traer sérias perturbaciones en el hogar. Hijo, no quiere que la autoridad paterna se imponga de su frajilidad; marido, huye de que se traspire su infideli- dad; hombre o mujer, busca en el silencio consuelo al mal que le aflije i a la consideración que en todo caso tiene el derecho de esperar de sus semejantes. Pero las vías de su introducción i los preparados en uso han sido i son hasta ahora diversos. J Quien aconseja al interior el mercurio' metálico en forma de píldoras, quien el yoduro, quien el biyoduro, quien elcalo- mel, quien el sublimado, quien la masa azul. Pero si hemos de estar a las últimas esperiencias realizadas por la quími- ca i aún alo que la clínica nos enseña, ninguna preparación llena mejor el objeto, que el bicloruro de mercurio, injerido por las vías dijestivas. Las fricciones practicadas con el ungüento napolitano, aconsejadas desde la mas remota antigüedad, úsanse toda- via con buen suceso por algunos profesores distinguidos. Es- te método consta de tres partes: la preparación de los enfer- mos, las fricciones i el tratamiento o réjimen consecutivo. La penetración de los preparados mercuriales por las en- cías, la lengua, el pene, la vulva i las parótidas, ha caído en desuso. Las inyecciones hipodérmicas, que como se sabe, tienen por objeto introducir debajo deja cútis el medicamento (je- neralmente se echa mano del sublimado i del biyoduro) para su mas rápida absorción, llaman desde hace poco tiempo la atención del mundo médico por las conquistas realizadas en el campo de la sifiligrafía. Aunque método de ayer, tiene derecho ya a ocupar un lugar importante en la terapéutica de la sífilis. «Algunos prácticos prudentes i esperimentados, temiendo en los niños i en los enfermos profundamente debilitados, (dice Trousseau en su gran obra clásica de terapéutica), apli- 303 car sin intermedio el mercurio bajo cualquier forma que es- tuviere, lo emplearon inmediatamente i lo hicieron absorber con anterioridad a las hembras de algunos animales, i a las mujeres, cuya leche adquiría virtudes tanto mas preciosas, cuanto el mercurio conservaba también todas sus propiedades, sin ofrecer por otra parte ninguno de los inconvenientes que se le reprocha con justa razón. Así, Daumond hacia prac- ticar fricciones mercuriales a burras, a vacas, a cabras, para alimentar a los enfermos a quienes juzgaba conveniente ad* ministrar el mercurio. Assallini preferia la leche de una ca- bra ala cual administraba interiormente el mercurio (Ensa- yo médico sobre los vasos linjáticos-, Turin, 1787). En fin, en el hospital de los espósitos de Paris estaba en uso el tra- tamiento de los niños sifilíticos, haciendo tomar el mercurio a las nodrizas (J. Colombier, Historia de la Sociedad de medicina, 1779). Esta costumbre subsiste todavía en nues- tros dias, no solamente en el hospicio délos espósitos de Pa- ris, sino también en el de casi todas las grandes ciudades; i es el que nosotros mismos hemos adoptado en nuestros ser- vicio de niños de pecho en el hospital Necker.» Protestando con suficiente enerjía contra el método últi- mo, que compromete la salud de mujeres sin mas culpa ni mas delito que su pobreza, como lo hemos hecho ya en nues- tro opúsculo sobre la Lactancia materna, nada tenemos que objetar al dar.el mercurio por el intermedio de los ani- males a los niños debilitados. Las fumigaciones con el cinabrio, usadas desde el fin del siglo XV. pero metodizadas hoí, dejando a los enfermos res- pirar el aire ambiente, i aplicadas tan solo en los casos de erupciones mas o ménos jeneralizadas de la piel, constituye un método de tratamiento ventajoso en las circunstancias indicadas. En los dos establecimientos hidroterápicos que po- seemos, se aplican las fumigaciones con alguna frecuencia. Los baños preparados con una solución de cuatro, seis, ocho o diez gramos de sublimado corrosivo, son excelentes 304 en el tratamiento de las sifílides cutáneas escamosas i en las inveteradas; pero como método jeneral de tratamiento, se los considera ineficaces. Creo que no debo omitir el buen partido que de ellos se saca en ciertas sifílides de los niños. Pero las fumigaciones que se proponian llevar las sustan- cias medicamentosas al torrente circulatorio por intermedio de los pulmones, arrojando mercurio metálico sobre carbones encendidos, o mejor sobre un tiesto de tierra o de metal en- rojecido al fuego, para ser respirado por los enfermos; o que se practicaban, valiéndose del cinabrio, han encontrado i en- cuentran hasta ahora decididos adversarios. La rapidez de la absorción mercurial, i en consecuencia los accidentes mas o ménos graves que ocasionaban, i mas que todo, la impru- dencia con que se practicaban, dieron lugar al descrédito con que se les mira. Suadeo ut careas ab empiricorum svffimigiis, in quibus ponitur cinnabrio, tamquam a prcesentissimo veneno, et cujus ego fuma vide periisse quemdam nobilissimum picto~ rem Bononice, et mulierem devenisse ad aploplexiam, decía en edad remota Juan Benedicto; i no era ménos esplícito Frascator, en su celebrado canto latino ala sífilis, para conde- nar un tratamiento que tanto alababa el famoso Nicolás Massa. Pero ¿esta condenación es justa? El descrédito de este método es merecido? ¿No conviene en mas de una ocasión aprovecharse de la via pulmonar para hacer absorver el mer- curio? ¿No hai circunstancias en que puede ser útil i conve- niente? No temo ni dudo por un momento en condenar, como ha sido condenado, este antiguo i burdo procedimiento que ni dosificaba las dosis del mercurio ni sabia elejir el preparado. ¡Pues no era nada 150 centigramos de cinabrio para una fu- migación! Pero de esto a condenar la vía de introducción, es- toi bien distante. Pienso que la vía pulmonar es una excelente vía ara la 305 introducción de los preparados mercuriales; pienso que la rápida absorción que por ella se hace, es mas de una vez conveniente i necesaria; pienso que realiza en circunstancias dadas, condiciones que deben aprovecharse i que valen la pena de ser aprovechadas. No es por espíritu de sistema ni de escuela, no es por1 obedecer a ideas preconcebidas, a inducciones teóricas suje- ridas en ehsilencio del gabinete, por lo que he sido condu* cido a valerme de este método. Ha sido necesario que la práctica, con la lójica elocuente de los hechos, me viniera a probar que este método tenia una importancia real i efectiva, ha sido necesario que las lecciones de la esperiencia vinieran a confirmar lo que mi es- píritu podia entrever, para que yo pudiera darle una sanción que necesita i que merece. De otro modo, no habria ido jamas a sacudirlo del polvo en que yacía. Pero debo advertir desde luego que el procedimiento de que me valgo casi nada tiene que ver con el antiguo proce- dimiento; que los preparados son distintos, que su ejecución es diversa, i que no estoi dispuesto a las pomposas exajera- ciones ni al esclusivismo de los hombres que tratan de pre- dicar la conversión a un tratamiento que puede tener alguna novedad. Ecléctico en terapéutica, no me gustan las exajeraciones i trato de dar siempre a cada método, a cada procedimiento, como a cada remedio, el valor real que deben tener en el tratamiento de las enfermedades. Por ese mismo motivo no vengo a hablar de las inhalaciones del calomelano al estado de vapor, junto con el vapor de agua, como método único de tratamiento de las afecciones sifilíticas que han adquirido un derecho de constitucionalidad en el organismo, sino que me limito a recomendarlo en ciertos accidentes i en ciertas circunstancias, en las cuales la práctica me ha hecho ver que son de una utilidad incontestable, de un efecto seguro i de una rapidez de acción admirable. I esto es tan cierto, que tan pronto como logro modificar' 306 Jos accidentes, vuelvo de nuevo al antiguo réjimen, no por- que las inhalaciones no alcancen a modificar profundamen- te el organismo i a curar radicalmente la sífilis, sino por- que encuentro menos inconvenientes a aquel sistema. Yoi a deciros el por qué i el cómo fui inducido a emplear este tratamiento en las afecciones en que me permito reco- mendarlo. Trataba allá por el año de 66, con mi amigo i colega el doctor Valderrama, a un enfermo que a conse- cuencia de un chancro infectante llegó a tener vastas ulce- raciones de la garganta, numerosas placas en la boca i los síntomas de una larinjitis intensa. La gravedad de los ac- cidentes i los accesos de sofocación, que se presentaban mui alarmantes en las noches, nos hicieron adoptar un trata- miento mercurial activísimo; pero como el enfermo no mar- chase bien, antes por el contrario, dia por dia se acentuaba la gravedad de los accidentes, Valderrama propúsome las inhalaciones del calomelano que él habia visto practicar con buen suceso en casos análogos al presente. No dudé en acep- tarlas en el momento, vista la casi ineficacia de los medios que ántes habíamos empleado. Cuatro o seis inhalaciones, con uno o dos granos de calomelano, bastaron para producir una mejoría tan rápida que me asombró. El enfermo estaba salvado. El empleo consecutivo de algunos depurativo aso- ciados al yoduro de potasio completaren en poco tiempo la curación. Desde entonces propúseme ensayar i estudiar este nuevo método de tratamiento que bajo tan felices auspicios habia conocido. Numerosos casos no tardaron en presentarse en mi práctica privada, i en todos ellos, puedo asegurarlo, la eficacia del tratamiento jamas fué desmentida. Siento sí, que la mayoría de esas observaciones hayan sido perdidas, por- que lo apremiante de mis ocupaciones apénas si me ha per- mitido consignar en mis apuntes las pocas que se rejistran mas adelante. Solo la enferma que ocupa la décima observación se ha 307 manifestado reacia hasta cierto punto a las inhalaciones; pero, como lo hago notar en lugar respectivo, es uno de esos casos raros que suelen presentarse en la práctica, rebeldes a toda clase de tratamiento. ¿Cuántas veces no vemos que las preparaciones mas eficaces, que los tratamientos mejor diri- jidos no responden en algunos organismos a la eficacia de esas preparaciones i a lo bien dirijido de los tratamientos? La sinceridad con que espongo esta observación, probará la buena fé de mis propósitos i la seguridad que tengo en el método. El aparato de que me valgo, i cuya figura se dibuja en la litografía adjunta [Véase los Anales de la Sociedad de I ar- mada. tomo VI, entrega 8, 1873), se parece a un cono no mui regular, terminado en una manga de goma o caoutchouc i en cuya estremidad se encuentra la embocadura que el en- fermo ha de colocar sobre los labios en el momento de hacer las inspiraciones necesarias. • En la parte inferior, que está agujereada, se encuentra una lámpara de alcohol con tres mechas, que sirve para ca- lentar el agua del depósito circular que 'está al rededor, i el pequeño tiesto central en donde se coloca la preparación mercurial que quiere usarse. Completa este aparato la.bóveda que lo cierra, el que se termina en un tubo arqueado donde se fija el de caoutchouc. Cuando se quiere usar de él, se pone un poco de agua en el depósito, se enciende la lámpara, se arroja el preparado mercurial en el sitio indicado, i tan pronto como principian a desprenderse los vapores de éste, se pone la tapa. Es ya el momento oportuno para qué el enfermo se acerque a to- mar el emboquillado, i haga el número de inspiraciones pro- fundas que le aconseje el médico, en virtud de la gravedad de los accidentes i de su naturaleza i constitución. La unión del vapor del agua al calomelano que se volatiliza por el calor, no es solo aconsejada por la mayor subdivisión de esta sustancia, sino para impedir la tos molesta i fatigosa 308 que ocasionarla aquel polvo al penetrar solo en los conduc- tos respiratorios. Sirve también para fijarlo de un modo mas dulce. si así se me permite espresarme, en aquella parte en donde también va a obrar por contacto, por acción local. Pero ¿en qué consiste la excelencia de este métedo? se me preguntará. ¿Cómo es que puede obrar así mejor que intro- duciéndolo por las vias dijestivas, siempre seguras para ab- sorber, siempre prontas-para dejarse impresionar? Consiste, a mi modo de ver, en la rapidez de la absorción, en su acción local sobre los puntos afectados, i a mas en la acción emoliente i desirritante que el vapor de agua puede producir i produce en toda la estension de los órganos lesio- nados. Es un hecho perfectamente averiguado, es casi un axioma fisiolójico, en cuya esplicacion no tengo para qué entrar, que las vías respiratorias son las que mejor se prestan a la absorción, es también un hecho i un axioma terapéutico que los medicamentos obran con mayor actividad miéntras mas subdivididos se encuentran. Luego aquí el calomel subdivi- dido por la volatilización i lanzado en los órganos mas absor- bentes, debe obrar con suma rapidez. En efecto, la observación clínica lo ha probado mas de una vez, i si hai algo que debe ser vijilado, si hai algún in- conveniente que debe evitarse por la reducción de la dosis, es esa rapidez de acción de los preparados mercuriales inje- ridos por los conductos de la respiración. Si no fueran sufi- cientes para probarlo las observaciones de los médicos de la antigüedad, podria citar un caso acaecido al doctor Valde- rrama, en que tres granos de calomelano suministrados por inhalación, produjeron una gran lipotimia, seguida de abun- dantes evacuaciones, es decir, una verdadera intoxicación mercurial. Podria también hacer notar los fenómenos de reacción que se observan poco después de las inhalaciones que yo mismo he practicado, algunos de los cuales se ano- tan en los respectivos lugares. 309 Precisamente esta circunstancias fisiolójica es la que me hace practicar i aconsejar las inhalaciones algún tiempo des- pués de las comidas, para evitar así la rapidez de la absor- ción, i en consecuencia, la salivación. Es también por ese motivo por el cual no aconsejo jamas, ni bago practicar nun- ca, mas de seis a diez inspiraciones, bastando una cantidad de cinco a diez centigramos, a lo sumo, de calomel para el servicio de cada sesión. Por la cantidad que queda en el depósito, calculo que la volatilizada no pasa mas allá de tres a cinco centigramos. Si después de practicada una inhalación, según la fórmu- la dicha, observamos las ulceraciones del velo del paladar > de la garganta, vése un polvo blanco adherido a las partes lesionadas; es el calomelano que ha ido a fijarse en esos pun- tos. Por consiguiente, fuera de la acción jeneral que es im- posible negar, hai ademas la acción local del preparado. I son bien conocidas las propiedades curativas de este medi- camento, cuando se deposita localmente en una solución de continuidad de esta naturaleza, para que necesite esforzarme en probarlas.—Basta recordar que la pomada de calomelano se aconseja con frecuencia en las ulceraciones sifilíticas de las partes jenitales, i que el sublimado se prescribe igual- mente en gargarismos, o en melitos para tocar la garganta de los que sufren sifilídes de esta rejion. El vapor de agua, subdividiendo mas, si cabe, el preparado mercurial, quitándole su acción irritante, va también a obrar como un emoliente sobre las partes inflamadas. Acción jeneral por una parte, acción local por otra i emo- liente en seguida, todo hace ver que las inhalaciones pueden ser i son un medio seguro i eficaz de tratamiento en las si- filides ulceradas, o no, del velo del paladar, de la garganta i de la larinje. Antes de pasar a detallar las observaciones que justifican clínicamente este procedimiento, creo conveniente advertir que no considero de ningún modo indispensable la saliva- 310 cion para el tratamiento de la sífilis, que basta solo el mé- todo de estincion para dominarla, que es inútil i hasta per- judicial una dosis excesiva de medicamento (salvo rarísimos casos que el medico soló puede apreciar); que por ese moti- vo acostumbro tomar las precauciones ya enunciadas mas arriba, para no saturar a la economía con este ájente tan poderoso de la medicina alterante. Debo a eso el que solo una vez haya tenido que ver una irritación en las encías, fe- nómeno siempre precursor de la salivación, sin que ésta al- canzara a sobrevenir. Felizmente a ese mismo tiempo, el enfermo (observación I) no tenia necesidad de continuar ion el tratamiento. Acostumbro también dar a mis enfermos el yoduro de po- tasio, al mismo tiempo, para alijerar así la marcha de con- valescencia. Dadas estas esplicaciones, que considero de grande impor- tancia, para evitar los abusos que se cometieron por los médi- cos de la antigüedad, paso a detallar las pocas observacio- nes, que he encontrado en mi libro de apuntes clínicos, solici- tando la induljencia de los lectores, para las omisiones que en ellas puedan encontrar. Observación I.—Sifilides mui numerosas en la gargan- ta i en la lengua.—El señor X, X,, de cincuenta años de edad próximamente, buena constitución i bien musculado, agricultor, sin antecedentes sifilíticos atrasados; goza habi- tualmente de una buena salud, esceptuando algunos des- arreglos biliosos que sufre a lo léjos. El 12 de febrero de 1870 lo veo por primera vez en Cons- titución. Tiene una úlcera indurada en el prepucio, que data de fines de diciembre del año próximo pasado, i que se en- cuentra en su último período de cicatrización. Algunas pla- cas mucosas sifilíticas han aparecido pocos dias ántes de ver- lo, en la garganta i en la lengua. Le aconsejo un réjimen apropiado i veinte píldoras de Dupuytren para tomar una cada noche. 311 En el mes de marzo este caballero viene a Santiago para hacerse tratar. En este intervalo de tiempo me dice que los médicos de Talca le habian aconsejado varias preparaciones mercuriales, a mas de las que yole habia prescrito en Cons- titución, sin haber conseguido mejoría alguna. Cuando lo reconocí, habia grande i profundas ulceraciones en la garganta, numerosas placas mucosas en los bordes, punta i centro de la lengua; su voz era ronca i apagada, no puede comer sino con grandísima molestia; tiene falta de apetito, malestar indefinido, alguna salivación, intensa preocupación moral por su estado, demacración notable, i esa palidez del 'semblante que la caquexia sifdítica imprime de una manera marcada en el rostro de sus víctimas. En presencia de este estado mi tratamiento se limita a hacer tomar 40 centigramos de yoduro de potasio en la ma- ñana, tisana de cocimiento de zarzaparrilla simple, e inha- laciones con el subcloruro de mercurio. A las seis inhalaciones, la voz se hace natural, el enfer- mo puede comer sin dificultad alguna, su estado moral es mas satisfactorio, las placas i la ulceraciones van en via rá- pida de curación. El paciente apenas se ha quejado durante el tratamiento de una lijera tos, de un poco de opresión i fatigamiento de pecho pasajeros. Suspensión de las inhalaciones. Una mistura de yoduro de potasio i sulfato de soda, aconsejado por cuatro dias, le ha- ce mantener el vientre en libertad, lo que antes no tenia. A los cuatro dias después déla última inhalación, des- aparición completa de toda manifestación sifilítica. Nada de placas, nada de ulceraciones, ningún malestar. El paciente vuelve a Talca, lugar de su residencia, con el encargo de tomar por diez dias una mistura de hidriodato de potasa i zarzaparrilla. La mejoría del enfermo no se ha desmentido hasta el 30 de abril de 1871, es decir, un ano después de las inhalacio- nes del preparado mercurial. 312 Reflexiones.—Hai en este caso varias particularidades dignas de llamar la atención. No es la menor la rapidez con que las manifestaciones sifilíticas secundarias aparecieron, mucho antes que el accidente primitivo desapareciera. No lo es ménos también el desaparecimiento rápido de aquéllas por las inhalaciones; i más que todo la curación radical efec- tuada con solo seis sesiones de administración de cloruro mercurial, sin que un largo tratamiento posterior viniera en su ausilio. Pocos casos como éste han sido tan felices. Fuera de dos o tres mas, uno de los cuales figura en las siguientes obser- vaciones, todos los otros han tenido necesidad de recurrir a un tratamiento mas largo por el yoduro de potasio i algunos han necesitado todavía el uso de otras preparaciones mercu- riales. I esto es tanto mas raro, cuanto que la edad del sujeto hacia presumir una duración mayor del mal. La disminución de la actividad nutritiva i circulatoria del organismo que su- cede a una altura tal de la vida, hace mas difícil las regre- siones i predispone a la cronicidad de las afecciones mórbi- das. Inútil es advertir que las que como las sifilíticas cobran en poco tiempo un derecho de constitucionalidad, son siempre mas difíciles de vencer i de desterrar. Los accidentes propios del tratamiento han sido aquí bien insignificantes. Apenas si el enfermo se ha quejado de lijera tos i de opresión de pecho. La salivación mercurial no ha aparecido: al contrario, lo que había resultado del estímulo producido sobre las glándulas por las placas de la lengua, curóse con rápida facilidad. Observación II,—L. L., de cincuenta i tres años de edad, comerciante i agricultor viene a consultarme el 13 de abril de 1871 por una disminución de la voz, casi afonia, que siente desde algún tiempo atras, i por una dificultad que es- perimenta en la deglución. Atribuye estos padecimientos a mojadas i resfríos cojidos en sus viajes a distintas partes de J& República i al otro lado de los Andes, 313 El aspecto del paciente es algún tanto demacrado i páli- do; pero se revela en él el vigor de los hombres avezados al trabajo i a los viajes fatigosos. El examen de la garganta me hace ver placas mucosas diseminadas, ulceraciones distintas, una de las cuales ocupa- ba el centro de la úvula o campanilla, i que tenia la dimen- sión de una moneda de diez centavos. No fue poca la sor- presa que esperimentó el paciente cuando le hice saber las lesiones que existían sobre los puntos indicados, i cuando los referia a un accidente que debia haber sufrido algunos meses antes. Efectivamente, tres anos atras, L, L. habia tenido ulce- raciones sifilíticas del miembro, que según sus noticias, no debieron ser mas que de chancros blancos. Empero, en el mes de agosto del año anterior (IS70) habia vuelto a tener una nue va ulceración que se puso dura i tardó algo en desapa- recer. Mes i medio o dos meses después, se quejaba de que- brantamiento en los brazos, de malestar i de cierto calor. No tardó mucho en aparecer en la cara, en la cabeza, en los brazos, en el pecho i en la espalda una erupción pustulosa, sobre una base de color rojizo oscuro, mui tenaces 'para sa- nar, dejando una escama o costra que tardaba mucho en caer i después de esto una mancha de color cobrizo. Tal erup- ción habia tomado en San Luis, del otro lado de los Andes, como viruela, i hasta el momento en que el paciente habla- ba conmigo creía de buena fe que no era otra cosa lo que él habia tenido, cuando en realidad fué una sifílide de la piel. Abril 13.—Le aconsejo tomar al dia siguiente una bebi- da con yoduro de potasio, i le hago inmediatamente una in- halación de dos o tres centigramos de subcloruro de mer- curio. Abril 16.—El enfermo no ha tomado el yoduro de pota- sio i ha suspendido el tratamiento por haber tenido que au- sentarse con precipitación de la capital. Me dice que la pri- mera inhalación le produjo un cansancio insignificante, una transpiración algo mas abundante i nada de tos. Come con mas facilidad, su voz es mas clara; está mas contento i sa- tisfecho de su estado. Segunda inhalación.—Abril 17.—Notable romadizo que atribuyo al yoduro de potasio. La inhalación del día anterior le ha causado un corto acceso de tos, sin cansancio ni opre- sión de pecho. Las placas han desaparecido, quedando solo las ulceraciones en via de rápida cicatrización. Suspensión del yodueo. — Tercera inhalación.—En la tarde soi llamado para ver al enfermo que se queja de esca- lofríos, de calor en la parte superior i frió en las estremida- des. Estos accidentes dice haberlos sentido dos horas des- pués de la inhalación; ha guardado abrigo i por consiguiente está distante de atribuirlo a un resfrío. Abril 18. — Han pasado por completo los accidentes del dia anterior i le hago una cuarta i última inhalación. Abril 22.—En la garganta nótase una lijera rubicundez; la voz es clara i la deglución normal. En las encías se deja ver una pequeña irritación, queme parece ocasionada por el preparado mercurial; pero sin existir por eso salivación al- guna. Le aconsejo que tome por algunos dias un jarabe de zar- zaparrilla compuesto con yoduro de potasio para completar la curación, i mas que para completarla con el objeto de evitar ulteriores consecuencias. He visto a este enfermo un año después*, sin que has- ta entonces hubieran aparecido lesiones o perturbaciones que indicaran la existencia del mal sifilítico. A mitad del invierno del año pasado, vuelve de nuevo a Santiago por una hemiplejia sobrevenida a consecuencia de un derrame sanguíneo cerebral, de cuya hemiplejia sana, después de una recaída, con un réjimen apropiado a la nueva enfermedad. Reflexiones.—Debo advertir, ántes de todo, que este en- fermo no se quejó en los primeros dias de dificultad al tra- 314 315 gar, i que fué sólo después de la segunda o tercera visita cuando me recordó tal molestia; por lo demas, sus espira- ciones i’ueron claras i precisas hasta donde podian serlo. Es curioso que las siíilídes cutáneas que dicho sujeto tuvo en una provincia de nuestra hermana allende los Andes, fuera tomada por una viruela, cuando por las esplicaciones que el mismo da, no puede caber duda sobre la nturaleza del mal. El color cobrizo de las pústulas o pápulas, su tena- cidad para sanar, la tardanza para caer las costras, el color de las manchas que dejaban, la no existencia de hoyos i so- bretodo la ausencia del movimiento febril que precede a la erupción variólica, eran mas que motivos suíicientes para considerar tal afección como sifilítica. Las inhalaciones no lian causado aquí tos fatigosa, can- sancio ni opresión notable, los escalofríos que el enfermo es- perimentó, no creo que puedan cargarse a la cuenta del tra- tamiento; son sencillamente un accidente que se debe atri- buir entonces a un resfrio, por mas que aquél no estuviera dispuesto a aceptarla. Apasionóse tanto este sujeto por las inhalaciones, en ra- zón a la rapidez con que se mejoró, que mas de una vez me envió a varias personas que no las necesitaban, para que a ellas las sometiese. Observación III,—B, de24 aríosde edad próximamente, de buena constitución i bien musculado, ha sufrido anterior- mente de neurosis de corazón, que le tuvieron mui preocupa- do, temiendo que fueran manifestaciones de un estado hiper- trófico de dicha entraña. Ocho meses ha, tuvo una ulceración del miembro i blenorrajia, que pasaron sin dejar huella de su paso. Dos meses mas tarde, i a consecuencia de un coito impuro, tuvo tres nuevas ulceraciones, de las cuales una se puso dura como callo, según dice el enfermo: sanó en veinte dias poco maso ménos. A mediados del mes de febrero, tu- vo dolores en los brazos i en las piernas, algún malestar, al- go de fiebre i en seguida una erupción jener'al en la cutis. cuyos caracteres no puede precisar de una manera bien de- terminada: pero que me dejan la impresión de sifilides cu- táneas. El 17 de abril de 1S71, véolo por primera vez. Se queja de dolor en la garganta, de dificultad en la deglución i de una gota militar. El examen me hace ver placas mucosas del paladar i del velo del paladar, ulceraciones de la garganta i un estado eritematoso de la farinje. Primera inhalación de calomelano. 18.—Soi llamado a ver al paciente, porque desde la noche anterior ha sufrido quebrantamiento i dolores en varias par- tes del cuerpo. Siente calor, i ha tomado algunas infusiones de plantas sudoríficas. Me limito a aconsejarle un purgante de sal de Hockin. La causa de este malestar debe atribuirse a que B, se quedó dormido sobre la cama, sin abrigarse, i despertó con escalofrios. A pesar de todo esto, nótase alguna modificación favora- ble en el estado local de la garganta. 20.—Segunda inhalación: seis inspiraciones solamente. Sigue mejor. 29.—Tercera inhalación. Las ulceraciones i las placas des- aparecen, quedando solo un color rojizo. 2 de mayo.—Estado mui satisfactorio, Habiendo favora- ble modificación en el estado local, se le hace la última inha- lación. Hasta la gota ha desaparecido por completo. Acon - sejo al paciente un tratamiento por el yoduro de potasio, que tomará por algunos dias. Durante las dos primeras inhalaciones, B. se queja de al- gún cansancio, de que su respiración no se hace sino hasta la mitad del pecho (sic) i de alguna tos. En las demas no ha esperimentado molestia, según me asegura. Reflexcones.—A pesar de la coincidencia de los escalo- frios i del malestar de este enfermo con el de la anterior ob- servación, estoi bien distante de aceptar que esto debe car- garse a cuenta del tratamiento. Sibien las inhalaciones pue- 316 317 den poner a las personas mas sensibles a las variaciones atmosféricas i exijen por ello mas abrigo del ordinario, ha habido en este caso una causa tan manifiesta para el resfrio i los accidentes que se esperimentaron, que no cabe lugar a duda sobre el motivo que los produjo. Por lo demas, la curación se hizo con mas rapidez de lo ordinario, no desmintiéndose mas adelante. Observación IV.—R., de veinte años de edad, de tempe- ramento sanguíneo i de admirable musculatura, tiene en el mes de octubre del año pasado una ulceración indurada del miembro, que se cura después de algunos dias sin gran di- ficultad. A fines del mes de diciembre o a principios de enero (no lo puedo precisar con exactitud) siente molestia por el lado de la garganta, que le obliga a guardar cama. Hai también alguna fiebre vespertina. Llamado a verlo, constato la existencia de dos grandes ulceraciones de las amígdalas, de un estado eritematoso de la farinje i de unas cuantas placas en el paladar. El enfermo se queja de sordera, de grandísima dificultad en la deglu- ción, a tal punto que apénas puede alimentarse con sustan- cias líquidas, su voz es dificultosa i gutural; hai a mas abun- dantísima salivación. Le aconsejo gargarismos emolientes repetidos, un jarabe con yoduro de potasio para tomar en la mañana i cuatro píl- doras de Dupuytren para tomar en otras tantas noches. Enero 10 de 1873.—Vista la tardanza del tratamiento em- pleado, el malestar cada vez mas creciente, si cabe, del enfer- mo, sus exijencias i el temor de que la larinje fuera a tomar parte en el mismo grado que las otras partes circunvecinas, lo someto al tratamiento de las inhalaciones, dándole con- juntamente el yoduro de potasio. La primera le ocasionó una tr>3 que duró media hora, sin cansancio. Alivio marcado, la voz mejor, 11.—Segunda inhalación. Nada de tos, lijerísimo cansan- 318 ció. La superficie de las ulceraciones cambia ya i el color gris del fondo principia a desaparecer. 13. —Tercera inhalación. Latos dura casi una hora pero sin ser mui frecuente ni fatigosa, traspiración regularmente abundante. La voz es casi normal; las úlceras se limpian, se deterjen i pueden verse algunos mameloncitos carnosos de un color rojo vivo. 14. —Cuarta inhalación. Latos dura cincuenta i cinco mi- nutos, pero con intervalos. 16 —Quinta i última inhalación. La sordera i el ruido a [os oidos no existen ya; la superficie de las ulceraciones está perfectamente limpia, i éstas han disminuido a tal punto que no constituyen ninguna molestia para que el enfermo coma ya con buen apetito i sin dificultad: la voz es bien clara, i R. se manifiesta satisfecho de su estado. Avanzada la época de las vacaciones, parte al campo, lle- vando la recomendación de tomar un jarabe de zarzaparri- lla compuesto con yoduro de potasio. Este enfermo, si bien no ha vuelto a sentir mas adelante molestia alguna del lado de la garganta, no por eso ha de- jado de tener erupciones cutáneas sifilíticas, que le han obli- gado a someterse de nuevo a un réjimen apropiado de trata- miento. Reflexiones.—Háseme olvidado prevenir en el curso de esta observación, que R. habia tomado antes que lo viera dos o tres píldoras mercuriales, por consejo de un estudian- te de medicina, i que atribuía a éstas la salivación de que se quejaba el primer día que lo vi. No necesito probar que esta salivación dependía de la misma afección sifilítica de la boca i de la garganta, porque no hai mas que ver que bajo la influencia de las inhalaciones mercuriales, desapareció por completo. " No es raro encontrar estas salivaciones en el curso de afecciones sifilíticas de la boca i de la garganta, que mas de una vez suelen tomarse como el resultado de un tratamiento 319 mercurial, siendo que la insistencia en éste es el único me- dio de hacerlas desaparecer con prontitud. Sirva esto de ad- vertencia a los jóvenes que recien se inician en el arte mé- dico. Resalta en esta observación la benéfica i pronta influencia délas inhalaciones con el calomel sobre el de los preparados mercuriales al interior. Seis dias de tratamiento interno, nin- guna influencia, absolutamente ninguna, habian tenido sobre la marcha de la enfermedad. Las ulceraciones, lejos de limi- tarse, habian aumentado, la sordera i los ruidos del oido se mantenian en el mismo estado, la deglución era aún mas di- fícil, el malestar del enfermo siempre creciente, cuando se recurre a las inhalaciones. Desde la primera, la situación del paciente principia a modificarse; a la segunda suceden cam- bios favorables, i desde la tercera marchase a la curación con paso rápido i seguro. Después déla quinta, todo iba bien: el enfermo pudo irse al campo, donde no pasaron tres dias sin que ya no hubieran huellas de tan penosas como profundas alteraciones.—Eritema, placas, ulceraciones, sordera, difi- cultad de la deglución, habian dado su adiós de despedida. Observación V.—El señor X., militar, de treinta años de edad, bien conformado, solo ha sufrido de dolores reumá- ticos a consecuencia de su vida ajilada en la frontera. Seis meses ha, tuvo una úlcera indurada del miembro, después de la cual se manifestaron dolores nocturnos de cabeza, in- sonmnio: casi juntamente dolores en las piernas i en el bra- zo derecho, que lo han aquejado hasta estos últimos tiempos. Mas adelante roséola i ectima sifilíticas. En la actualidad (enero de 1873) hai sordera mui notable, es necesario alzar mucho la voz para ser oido, dificultad a la deglución i dolores nocturnos mui fuertes de cabeza. Su semblante tiene ese sello especial de la sífilis constitucional avanzada; i en las amígdalas, velo del paladar i en los pila- res del mismo velo, se notan placas i ulceraciones disemina- das: las amígdalas también hinchadas. El enfermo solicita 320 con insistencia ser librado de la sordera i de los dolores de cabeza, que no lo dejan dormir. Vista la ineficacia de las pildoras de Dupuytren i de la tisana de Zittmann, que le hice tomar por algunos dias, le aconsejé venir a la casa para iniciar un nuevo tratamiento. 23 de enero.—Primera inhalación, que ocasiona inmedia- tamente después de practicada un acceso de tos que dura diez minutos. 25 de enero.—Segunda inhalación que produce los mismos efectos que la anterior. Fd enfermo dice que su garganta es- tá mas desprendida i que en consecuencia puede tragar con mas facilidad. 27 de enero.—Tercera inhalación, que ocasiona menos tos que las dos anteriores. Los dolores nocturnos de cabeza des- aparecen para no volver a presentarse; el oido es mejor. 29 de enero.—Cuarta i última inhalación. Poca tos; oye sin tener que alzar la voz, el ruido del oido es casi nulo. Las alteraciones patolójicas de la garganta son ya poco percepti- bles; pero se notan algunas sifílides cutáneas. Teniendo que ausentarme de Santiago, suspendo las in - halaciones i le aconsejo vuelva de nuevo al uso de la tisana de Zittmann. Con ésta, i después con el yoduro de potasio enaltadósis, el enfermo logra restablecerse. Reflexiones.—Refractarios ’ los accidentes sifilíticos ya indicados a preparaciones tan enérjicas como las que se le habian suministrado; manteniéndose el enfermo en un statu quo desagradable, hubo de acudir a las inhalaciones para tratar i modificar siquiera los mas molestos. Esta nueva me- dicación se estrena, puede decirse así, haciendo desaparecer los dolores nocturnos de cabeza i modificando las superficies exulceradas de un modo maravilloso. La sordera no tarda tampoco, en gran parte, en ser juzgada, a tal punto que X. alcanza a oir la voz de una persona que se esfuerza en levan- tarla. Estos efectos alientan i entusiasman al paciente, que m® manifiesta un vivo reconocimiento. No obedeciendo a principios intransigentes, ni sujetándome Caprichosamente a un método que si bien juzgo eficaz, no lo considero sino como ausiliar importante del tratamiento anti-sifilítico en accidentes dados, prescribo en seguida a mi enfermo otro jénero de medicamentos. Aún dado el caso de que mi viaje no se hubiera verificado, habría hecho lo mismo. Vuelvo a repetirlo: las inhalaciones del calomelano al es- tado de vapor combinado con el vapor de agua, constituyen el medio mas eficaz i el mas seguro del tratamiento de las ulceraciones i placas sifilíticas de la garganta; pero modifi- cadas o desaparecidas éstas, nada hai mejor que el yoduro de potasio o la tisana bien conocida de Zittmann, para ase- gurar la curación definitiva de tan temible como desagrada- ble afección. Observación VI.—N. R., casada, de treinta años de edad, linfática i débil constitución, siente en los primeros dias de junio de 1870, alguna molestia en la garganta i que su voz se apaga; al mismo tiempo que su cuerpo se cubre de una erupción roseólica perfectamente manifiesta. Interrogados con prudencia, ella i su marido, acerca de los antecedentes, vengo en cuenta de que ha sido infestada por éste. Le aconsejo una tisana de zarzaparrilla simple, al mismo tiempo que las inhalaciones mercuriales, para tratar las ul- ceraciones que se notan en gran número en la garganta i en las placas ya ulceradas de lá lengua. Seis inhalaciones son suficientes para hacer desaparecer por completo todos los accidentes, siendo administradas dia por medio. La enferma se queja al último de irritación en las en- cías i de una corta salivación, que fué tratada en pocos dias. En seguida, administración del yoduro de potasio. Año i medio después, N. R. muere a consecuencia de una disentería gangrenosa, sin que hasta entonces se hubieran presentado otros accidentes sifilíticos. 321 322 Observación VII.—V., marido déla nterior, temperamen- to sanguíneo bilioso, fuertemente constituido, siente poco mas o menos en la misma época que su mujer, las mismas molestias por el lado de la garganta i de la boca. Adopto i practico el mismo método de tratamiento que en el caso anterior, siendo de advertir que la gravedad de los accidentes era aquí mucho mas manifiesta. Después de ocho inhalaciones, que no ocasionan mas que algún cansancio, la mejoría se pronunció bien marcada, has- ta llegar a la desaparición del estado patolójico de la gar- ganta, Mas tarde este enfermo, sin sentir jamas nada por el la- do de la boca i de las fáuces, ha vuelto a tener sifilídes cu- táneas diversas, que han exijido un largo i penoso trata- miento. Debo, sin embargo, prevenir que éste no ha sido constan- te, que se ha interrumpido con frecuencia; i que del jénero de vida, las costumbres i los desarreglos habituales del pa- ciente, no podria casi esperarse otra cosa. Ajitado siempre comiendo a deshoras, durmiendo mal, esponiéndose a la in- temperie, bebiendo licores alcohólicos fuera de medidas i en relaciones mujeriles, no era posible que el Proteo sifilítico fuera arrancado de tal organismo con facilidad. Observación VIII.—Q., de veintiocho años de edad, agricultor, debilitado por antiguas enfermedades, viene a consultarme el 9 de abril del *año corriente, por algunas manchas roseólicas i una erupccion papulosa de la piel. Me dice que hace poco tiempo tuvo un chancro infectante, de cuya curación no me preocupo porque en la actualidad nada queda, después, algunas molestias que no puedo cla- sificar con exactitud, entre las cuales paréceme que se fija mas en cierto estado febril intermitente i lijero que precedió varios dias a la erupción. Le prescribo las píldoras de Dupuytren i una tisana depu- rativa. 323 El paciente vuelve repetidas veces para pedirme active su curación. En una da esas ocasiones me acusa molestia por el lado de la garganta i de las hemorroides. Trato de hacer- le una inhalación, que resulta ineficaz por una ruptura del tubo de caoutchouc. Continúan las píldoras de Dupuytren i la tisana sudorífica. Q. parte al campo i abandona toda curación. P Pocos dias después soi llamado por él mismo, i lo encuen- tro con fuerte irritación hemorroidal (no había placas), difi- cultad mui grande para la deglución, ocasionada por una fa- rinjitis eriteinotosa que se estendia al velo del paladar: la lengua está cubierta de aftas, lo mismo los labios i hai sali- vación, regularmente abundante. En la noche sufre, según dice, horriblemente de la garganta, se aumenta el calor i apenas puede dormir. Hai postración notable de fuerzas i un abatimiento profundo, la lengua está sucia. Un purgante de sal de Hockin. Habiéndole aconsejado que volviera a tomar las píldoras mercuriales de Dupuytren, me dice que las ha suspendido porque le acusaban fuerte molestia del estómago (acaso una gastraljia) i que siente un horror profundo por tal medica- ción. Píldoras de protoyoduro de mercurio, de cinco centigra- mos cada una, i gargarismos emolientes con clorato de po- tasa. El paciente vuelve a quejarse de dolor i molestias al es- tómago por las píldoras. Continúa la salivación i las aftas aumentándose. Suspensión del protoyoduro. Uno o dos dias después, sobreviene una lipotimia; la in- flamación de la larinje i amígdalas va en aumento. Se le aconseja guarde cama: gargarismos emolientes i clorato de potasa al interior. Algunas lavativas emolientes i almidonadas son aéonseja- das mas adelante para calmar los sufrimientos provenientes de la afección hemorroidal, fuera de varias pomadas. Mas adelante se da al enfermo una mistura con yoduro de 324 potasio, en un escupiente depurativo. A pesar de las placas en el paladar que se ulceran, se nota una vasta ulceración en la úvula i en otras partes de la cavidad bucal. La deglu- ción continúa penosa, como también la espresion de la pa- labra. En presencia de estos antecedentes, insisto en las inha- laciones, a las que el enfermo se presta con alguna resis- tencia. Dia por medio practico una de éstas, sin que el enfermo esperimente mayor molestia. En seis inhalaciones, ha tenido tos solo en dos ocasiones. Después de la sesta fumigación, las superficies ulceradas se detei'jen, el enfermo se encuentra con fuerza, el apetito ha vuelto i se dirije a los baTíos de Cauquénes. Lleva encar- go de tomar yoduro de potasio. En este establecimiento no encuentra el enfermo gran ali- vio, vuelve a consultarme después de los seis dias que ahí permaneció. No hai ya, como no habia antes de irse, alte- ración mórbida alguna en la garganta; solo la afección cutá- nea que tenia desde el principio que lo vi i que no ha espe- rimentado mas que una lijera mejoria durante el tratamiento, subsiste aún. Vuelvo a aconsejar al paciente veinte píldoras de Dupuy- tren i el yoduro de potasio. Desde entónces no he vuelto a ver al señor Q., sino por la calle, con apariencia de salud. Reflexiones.—La antigua i grave afección del estómago, que este enfermo sufría, si bien le impidieron continuar en el uso de las preparaciones mercuriales e hicieron que éstas fueran administradas con parsimonia, eran bastante, sin em- bargo, para que pudiera obtenerse algún resultado favorable de su administración durante los dias que precedieron al ataque de anjina, que el paciente esperimentó a fines del mes de abril. Por ese mismo tiempo se recordará que reinó, casi epidémicamente, dicha afección; i los médicos que lo asistimos en esos dias creíamos que obedeciendo el enfermo a la constitución médica reinante, vino a complicarse el es- tado local ya existente con la reagravación de la influencia pasajera ya indicada, i que se trató por el abrigo i los emo- lientes. Lo cierto es que, a pesar del estado jeneral poco favora- ble del paciente i casi en medio de sus mayores molestias, las inhalaciones produjeron aquí una modificación en el esta- do local i jeneral, mui satisfactorio, que le permitieron ir a tomar los baños termales que, no sé con qué motivo, se juz- gan como indispensables para el tratamiento de las afeccio- nes sifilíticas. Observación IX.—P. X., de veintiocho a treinta años: de edad, viene a consultarme en el mes de octubre de 1870 por una irritación que me dice sufre de la garganta i por» unas ampollitas en la lengua. Investigando los antecedentes, este enfermo ha tenido tres meses há, un chancro infectante i hará diez a quince dias que sufre del lado de la boca. Unas cuantas placas en el paladar, algunas en la lengua, i dos ulceraciones de fondo gris en ios pilares, constituyen el estado patolójico local. Le prescribo una tisana depurativa i lo invito a hacerse algunas inhalaciones. Seis de estas últimas son suficientes para hacer desapare- cer los accidentes.—Desde entonces no he vuelvo a ver al? paciente. Observación X. (1)—N. P. es una mujer de cuarenta años de edad, casada, de temperamento nervioso, poca mus- culatura, delgada, estatura regular, color pálido, complexión débil. Cuando joven ha padecido de flores blancas. Hace seis meses que se queja de dolor e hinchazón de la garganta. Dice que fue tratada por las preparaciones mer- 325 (1) Casi toda esta observación es tomada por mi hermano Guillermo, enton- ces estudiante i hoi medico en Valparaíso. 326 curiales recien se enfermó; pero que no las tomó sino por ocho dias, al cabo de los cuales le apareció en las piernas una erupción papulosa, que le duró quince dias mas o mé- nos. Dos meses después, volvió a someterse a un nuevo tra- tamiento, que duró diez dias; pero ignora qué clase de me- dicamentos se le administraron. Desde cuatro meses atrás tiene un flujo vajinal mucoso, purulento, que le mancha la camisa. Niega absolutamente todo oríjen de infección sifilítica; pero existe la causa moral (la mujer es casada) i la erupción que acusa haber tenido en los miembros inferiores, la cual parece haber sido el eritema papuloso sifilítico, según los ca- racteres con que la enferma lo describe. Al presente tiene el flujo vajinal de que se ha hablado mas arriba, algunas escrecencias de la márjen del ano i placas mucosas del velo del paladar, con exulceraciones disemina- das en diversos puntos i una secreción blanca lechosa sobre un fondo gris. Se la principió a tratar por las inhalaciones de calomelano el dia 7 de mayo de 1870, aconsejándole que tomara en el intermedio una mistura de hidriodato de po- tasa. Mayo 9.—Principia a desaparecer la secreción; dice que inmediatamente después de la inhalación sintió vahídos de cabeza i angustia de la respiración, pareciéndole que el aire no penetraba sino hasta la mitad del pecho. Mayo 10.—Apenas se notan los productos de secreción de las placas; sigue la inhalación. Los mismos accidentes que la anterior, pero con menor intensidad. Mayo 11.—Mejoría; sigue, i tuvo una corta tos después de la inhalación. Mayo 12.—Las placas secas; sigue. Mayo 13.—Aparecen tres nuevas placas en el labio in- ferior, que se con el nitrato de plata. Inhalación sin accidente. Mayo 14. —Mejor aspecto de las placas del labio; dismi- 327 nucion notable del tinte gris cobrizo de la placa del velo; la enferma misma acusa marcada mejoría de su estado. Otra inhalación. Mayo 19. —Aparición de cinco úlceras en los bordes de la lengua, que la enferma cauteriza con nitrato de plata; co- lor rosado de las placas de la garganta, cicatrización de los labios: continúa con el yoduro de potasio en pequeñas dosis. Mayo 30.—Ulceras de la lengua en via de cicatrización; mejor aspecto de las placas de la garganta. Junio l.°—Otra inbalacion; estado satisfactorio. Vuelve la enferma a quejarse de las escrecencias del ano, para lo cual se la da una pomada con precipitado rojo. Junio 6.—Cicatrización lenta de las úlceras de la lengua; va palideciendo la placa del velo. Se le hace una inhalación, que como la anterior, le produce opresión de pecho durante una hora. La pomada con el precipitado rojo se la ha apli- cado dos veces solamente, porque le ha producido mucho dolor.' Junio 10 i 11.—Inhalación; mejoría. Píldoras de Blan- card. Junio 12.—Tres nuevas úlceras en el velo: se ha supri- mido el flujo leucorreico i han desaparecido las escrecencias de la márjen del ano. Junio 22.—Inhalación; siguen las píldoras de Blancard. Junio 28.—Inhalación; siguen las píldoras. Las ulcera- ciones desaparecen. No pasan, sin embargo, quince dias, cuando la enferma vuelve de nuevo con iguales accidentes. Yoduro de potasio en alta dosis i jarabe de yoduro de hierro. Bajóla influencia de esta última medicación, sosteniendo, sobre todo, el yoduro de potasio en alta dosis, la enferma logra verse en una mejoría que se prolonga, hasta la última vez que vino a consultarme. Reflexiones.—Las inhalaciones han sido aquí casi inefi- caces; apenas si bajo su influencia se modificaban las ulce- 328 raciones para reaparecer en seguida. Este es también el úni- co enfermo que se ha resistido a este jénero de tratamiento entre los bien numerosos casos que llevo observados. ¿Con otro tratamiento la P. habria recobrado mas pronta- mente la salud? Estoi mui dispuesto a no creerlo. Se sabe que hai casos bien raros, felizmente, de enfermos reacios a todo jénero de medicación, i la P. es para mí uno de ellos; ni los preparados mercuriales, ni los depurativos, ni los tó- nicos, provocan en cerca de tres meses una mejoría estable: nuevas erupciones suceden a las que recien desaparecen. Solo el yuduro de potasio en alta dosis (ocho gramos diarios) asociado a los reconstituyentes, viene a producir una reac- ción favorable, que no alcanza a saber si se hace definitiva; Pero es de notar, con todo, la desaparición del flujo leu- correico bajo la influencia de las inhalaciones i la rapidez de acción del precipitado rojo sobre las escrecencias del ano. Conclusiones.—Las inhalaciones de calomelano asociadas al vapor de agua constituyen un método seguro i rápido del tratamiento en las afecciones sifilíticas secundarias de la bo- ca, de la garganta i de la larinje. Ocho inspiraciones son suficientes para cada sesión. Se cuidará de no practicarlas en ayunas, sino algún tiem- po después que el enfermo haya comido. Por regla jen eral, bastan ocho inhalaciones por todo tra- tamiento. Mayor número provoca casi siempre la salivación. La administración del yoduro de potasio duranto el tra- tamiento. la favorece i es conveniente, Los accidentes que ocasionan las inhalaciones, así practi- cadas, son siempre lijeros i no exijen tratamiento alguno especial. Junio de 1873. OBSERVACIONES SOBRE LA PODOFILINA, INDICADAS POR EL SEÑOR MURILLO, DESPUES DE LA LECTURA DE LA MEMORIA DEL SEÑOR MÜNNICH. El señor Murillo ha creído siempre que ningún trabajo químico que tenga por objeto la investigación de un ájente terapéutico, puede llegar a dar ningún resultado, si no le sigue la investigación médica. Por eso halla indispensable estudiar la acción de los productos orgánicos que se obten- gan en Chile, para no hacer inútiles los trabajos que se ha- gan en este sentido, cualquiera que sea la planta de que se estraigan, sea indíjena o exótica. Respecto de la podofilina, de que se ha hecho referencia, hé aquí sus observaciones: He empleado varias veces la podofilina, dice el señor Mu- rillo, i tengo costumbre de hablar de ella a los alumnos de la clase de terapéutica, con tanto mayor motivo, cuanto que ios autores franceses apénas si mencionan esta sustancia, i son estos autores los que casi únicamente andan en manos de nuestros estudiantes. Los ingleses, i mui especialmente los norte-americanos, son los que usan el podophyllum, o sus productos, dándole gran importancia en un buen número de enfermedades. 330 Lo considero un excelente catártico i colagogo, que con- viene usar de preferencia en las afecciones hepáticas i en las dispepsias. Asociado a otras sustancias análogas, se le re- comienda mucho en las hidropesías, reumatismos i afeccio- nes escrofulosas. La podofilina llega a producir, en dosis de 10 a 20 cen- tigramos, efectos drásticos, es decir, copiosas i abundantes evacuaciones líquidas. Por eso conviene mucho fijarse en su dosificación. Según los ingleses, el polvo de podophy llum debe darse en dosis de 1 gramo a 1 gramo 50 centigramos; la podofilina de 2 a 5 centigramos. Por mucho tiempo, i hasta ahora mismo, se ha creído que la podofilina obraba lo mismo que las preparaciones mercu- riales sobre el hígado, por una acción electiva i especial, de- terminando hasta las evacuaciones características de estos preparados. Hai en esto mucha exajeracion. Espero que el trabajo del señor Münnich, a quien felicito por su propaganda i sus estudios, contribuirá a estender i a vulgarizar el empleo de una sustancia purgativa de alto in- teres práctico. Setiembre de 1875. BREVES APUNTES PARA SERVIR A LA ESTADÍSTICA MEDICA I A LA NOSOLOJÍA CHILENAS. (Trabajo destinado al Congreso Jeográfico Internacional francés.) Si fuera a desarrollar el tema que me sirve de base para este trabajo, como lo merece la importancia del asunto que me ha tocado, no podría, sin duda, circunscribirlo a las re- ducidas proporciones de una memoria tan breve i tan com- pendiada, como va a serlo la presente. Pero como mi propósito se reduce a dar las noticias que puedan servir a la jeografía médica universal i a lo espuesto en el programa que se nos ha remitido, creo servir mejor a los intereses científicos del Congreso jeográfico internacional reuniendo en pocas líneas lo mas interesante i lo mas digno de ser notado. En consecuencia, después de dar una idea mui sumaria de nuestro territorio, de su población i desús peculiaridades, pasaré a estudiar nuestros establecimientos de beneficencia para señalar las enfermedades que mas comunmente ocasio- nan las defunciones; daré una sucinta idea de lo que son esas enfermedades, no sin haberme ocupado antes del estu- 332 dio de la mortalidad, i concluiré por contestar algunas pre- guntas especiales del programa. I. Chile es una larga i angosta faja de tierra que parece sus- pendida de las grandes cordilleras andinas, dejándose bañar en todo su costado por el mar Pacífico. Estiéndese desde el grado 24 de latitud hasta el Cabo de Hornos, situado a los 55° 48' latitud sur, es decir, por el espacio de 795 le- guas, que corresponden a 3,180 quilómetros. Su anchura varía de 160 a 180 quilómetros, o sea de 40 a 45 leguas. Dos grandes cadenas de montañas lo recorren en casi to- da su estension: los Andes, que forman su límite con los Es- dos del Plata, i la cordillerade la costa. Numerosas ramifica- ciones de estas cadenas se entrecruzan i envian sus prolon- gaciones hacia el centro, dejando vastos valles que, como el de Santiago, se elevan a mas de 500 metros sobre el nivel del mar. Sus islas, como la de Chiloé, el archipiélago de Guaitecas i de los Chonos, deben considerarse como prolon- gaciones interrumpidas de la cordillera de la costa. Numerosos rios recorren el territorio chileno, que se des- prenden de las montañas andinas. Poco, mui poco caudalo- sos en las provincias del norte de la República, van aumen- tando en número i en caudal a medida que avanzamos al sur, donde los hai navegables, como el Maulé, el Biobio, el tVergara, el Valdivia i otros. Las aguas marítimas se hacen notables por lo frías. La corriente polar de Humboldt esplica la baja de temperatura de dichas aguas. Los vientos reinantes son los del sud-oeste, i el terral, que sopla ordinariamente en las noches, trayéndonos la fres- cura délas cordilleras. Los alisios no alcanzan a ser percep- tibles, porque estrellándose con nuestras mas altas monta- ñas, tienen que tomar otra dirección. 333 Son los vientos del norte los que nos traen las lluvias que fecundizan la tierra, mientras que los del sur o polares dan siempre cielo i aire sereno. El territorio chileno, por la circunstancia de posición jeo- grájica, de vejetacion, de lluvia i de temperatura, puede ser dividido en tres zonas perfectamente marcadas. La del norte, que comprende las provincias de Atacama i Coquimbo, son secas, de clima mas ardiente, de poca veje- tacion i mui poco lluviosas. La industria minera florece ahí con todo su esplendor. La central, que compréndela mejor parte del territorio, es agrícola i es la mas habitada. La del sur, cubierta de espesas montanas, con rios nave- gables, es mui lluviosa i se entrega al comercio de maderas i a la pesca. La cantidad de agua que cae anualmente es insignifican- te en las provincias del norte. Dos aguaceros bastan con frecuencia para fertilizar sus tierras. En el desierto de Ata- cama es mui raro el año que llueve, solo las garúas se dejan ver con alguna frecuencia. El término medio anual del agua caida es en Santiago de O121,419, en Concepción de l,m364, en Valdivia de 3m,522, en Puerto-Montt de 2m635. Las tempestades, los relámpagos i los rayos son mui poco frecuentes en el pais. Casi desconocidos en la parte mas ha- bitada, se les observa enjas provincias australes, pero sien- do siempre mucho menos comunes que en Europa. Las nevadas son mui escasas, el granizo lo mismo; i cuando caen, son pequeñas i poco abundantes. La temperatura varía mucho según la latitud, pero puede decirse que, en jeneral, en Chile no se conocen las tempe- raturas estremas. En la costa disminuyen mui lentamente a medida que se avanza al sur. Para los demas puntos puede formarse una idea bien clara por las seguientes cifras: 334 PROVINCIAS TEMP. MEDIA DEL AÑO. DEL VERANO. DEL INVIERNO Copiapó 14°,61 C. 18,51 11,37 Sautiago 12,75 18,40 7,56 Valparaíso 14,01 16,31 10,61 Valdivia - 11 16 8,01 Copiapó pertenece a las provincias del norte, Santiago i Valparaíso (puerto de mar) a las del centro, i Valdivia a las del sur. La vejetacion, poderosa i jigantesca en Valdivia, en Llan- quihue i en Concepción, es rica también en las provincias centrales, donde el cultivo ha introducido miles de plantas exóticas; pero va disminuyendo mui notablemente para el norte, hasta llegar al desierto de Atacama, que forma nuestro límite con Bolivia. II. Poco mas (le dos millones de habitantes pueblan el terri- torio chileno, sin contar las tribus indíjenas que se mantie- nen todavía alejadas de la civilización en la'Araucanía, tier- ra de magníficas leyendas i de famosas epopeyas. Haciendo escepcion a casi todas las repúblicas americanas de orijen español, la raza caucásica forma la mayoría de la población chilena. Débese en gran parte esta particularidad, mui probablemente a la altivez araucana que puso mas de una vez a raya a la jente española, i que vivió en constante i cruda guerra con la madre patria; también a la poca im- portancion de negros durante el coloniaje. La mayoría de esta raza era llevada a los paises tropicalesjmas en armonía con su temperamento i con las necesidades agrícolas i mine, ras de esos tiempos. 335 La fisonomía indíjona, sin embargo, conserva su tipo, aunque algo borrado por el cruzamiento, en la jente del pue- blo, descendiente de los indios del norte, i de la cruza lenta i gradual con los altivos araucanos. Caracteriza a esta raza, no solo la fisonomía mas o ménos pronunciada de los antigos habitantes, sino también la indo- lencia i la pereza. El hombre del pueblo, fuerte i animoso para el trabajo, intelijente i emprendedor en las provincias mineras de| norte, va perdiendo su enerjía, su actividad, a medida que se avanza al sur; pero conserva la malicia i la hipocresía del indíjena. El resto de la población tiene las inclinaciones, los hábi- tos i el modo de ser de la raza caucásica. Los nacimientos son mui numerosos i alcanzan a 1 por cada 25 habitantes, siendo de uno por 30 en Suecia, 1 por 31 en Dinamarca, 1 por 26 en Prusia, 1 por 30 en Hanno- ver, 1 por 29 en Baviera, 1 por 28 en Badén i Bromen, 1 por 32 en Holanda i Béljica, 1 por 37 en Francia (1), 1 por 26 en España, 1 por 25 en Italia, 1 por 34 en Austria, 1 por 35 en Grecia i uno por 27 en Inglaterra. La mortalidad llegó en Chile por el año de 1868 a la pro- porción de 1 por 41 habitantes, en 1870 a 1 por 39, en 1871 a 1 por 40, siendo en Suecia de 1 por 47, en Dinamar- ca de 1 por 50, en Prusia de 1 por 38, en Hannover de 1 por 43, en Baviera de 1 por 35, en Badén i Bromen de 1 por 37, en Holanda de 1 por 45, en Béljica de 1 por 44, en Francia de 1 por 46, en España de 1 por 37. en Italia de 1 por 31, en Austria de 1 por 46, en Grecia de 1 por 49 i en Inglaterra de 1 por 40 habitantes. Los matrimonios no alcanzan a ser tan numerosos como debe desearse, acusándolo así el número mui considerable de (1) Se ha tenido en vista para formar estos cuadros los datos estadísticos de los países europeos en 1860, Cl, 62, 63 i 64. hijos ilejííimos. En 1863 alcanzaron a 1 por cada 150 habi- tantes, siendo en Suecia de 1 por 144, en Dinamarca de 1 por 137, en Prusia de 1 por 120, en Hannover de 1 por 124, en Baviera de 1 por 136, en Badén de 1 por 109, en Bremen de 1 por 104, en Holanda de 1 por 138, en Béljica de 1 por 141, en Francia de 1 por 123, en España de 1 por 124, en Italia de 1 por 123, en Austria de 1 por 159, en Grecia de 1 por 160 i en Inglaterra de 1 por 114 habi- tantes. El aumento líquido de la población que se obtiene, com- parando los nacimientos con las defunciones, equivale entre nosotros a 1 por cada fracción de 57 habitantes, proporción que nos permitirla doblar nuestra población cada 39 anos, mientras que la Suecia necesita de 59 años, Dinamarca 60, Prusia 59, Hannover 70, Baviera 136, Badén 77, Bremen 85, Holanda 80, Béljica 82, Francia 153, España 54, Ita- lia 98, Austria 97, Grecia 88 e Inglaterra 72. Este aumento en la población debe acrecer con mayor ra- pidez aún, si se tiene en cuenta la inmigración estranjera que en no pequeño número arriba constantemente a nuestras playas. La proporción de los hijos ilejítimos alcanza entre nos- otros a subidísima cifra, cuyas causas hemos estudiado líjera- mente en otra parte (2), señalando también su distribución provincial. El siguiente cuadro dará una idea de su número: 336 En 1851... , hubo un ilejítimo por cada 4,89 nacimientos. 1852... c< (C ce 3.30 ce 1853... ce « ce 4,40 ee 1854... ce (c ee 4,36 ce 1855... <{ « ee 4,40 ce 1856... ce ee ee 4,38 ce (2) A. Murillo, Memorias i trabajos científicos, páj. 263 i siguientes.—De la Jactancia materna bajo el punto de vista de la madre, del hijo, de la familia i de la sociedad. 337 1857... , hubo un ileitimo por cada 4,14 nacimientos, 1858... cc CC 4,44 CC 1859,. CC CC CC 3,5 CC 1860.. . ce cc CC 3,2 CC 1S61.. . cc « CC 3,2 ce 1862.. ;c « CC 3,2 CC 1863.. . cc 2, de 60 en 1883, de 59 en 1867 i de 57, 5 por ciento en 1888' (3) La mortalidad ha ido decreciendo en los años preseras, gracias al ade- lanto de las poblaciones i alas medides hij i cuicas pueat*3 en vigor. 338 Mas de las cuatro quintas partes de estas defunciones la forman los pobres de solemnidad, cuyos ningunos hábitos de hijiene i cuyo modo de vivir medio salvaje apresuran la muerte de sus hijos. La ignorancia es la única que esplica tan deplorable resultado; ignorancia que se combate ahora por la multiplicación de las escuelas i que recien principia a combatirse por la popularización de los preceptos hijiénicos (4). La mortalidad de los niños espósitos ha sido de 5G por ciento en los doce años trascurridos desde 1849 a 1858. La mayor mortalidad tiene lugar ordinariamente en los meses de enero i de diciembre, que representan entre nos- otros la época de mayorjcalor i la estación de las frutas, que tanto influjo tienen en la salubridad pública. Hé aquí el cua- dro jeneral de las defunciones ocurridas en cada mes del año 1868 i que damos como muestra: MESES. DEFUNCIONES. TANTO POIl CIENTO i ORDEN DE : IMPORTANCIA Enero „ 4390 10 1 Febrero _ 3482 8 8 Marzo 3409 8 9 Abril . 3083 7 11 Mayo 3353 8 ' 10 Junio 3078 7 12 J ulio 3557 8 7 Agosto 3790 9 5 Setiembre 3692 8 6 Octubre 3875 9 3 Noviembi e * 3815 9 4 Diciembre 4194 9 O 4) 'J-otal 1 43814 100 (4) Para mayorinfcelijencía pueden leerse algunos de los trabajos del autor. O OQ O 0*7 Los meses de octubre i de noviembre, que corresponden a nuestra primarvera, ia cual es siempre variable, dan tam- bién una fuerte mortalidad, como se desprende del estudio atento del cuadro anterior. III. La mayor paría de las ciudades se encuentran situadas al borde o en la cercanía de los rios; i a las que no ocupan es- ta situación se ha tenido el cuidado de proveerlas de agua en abundancia. Esceptuando las poblaciones del litoral marítimo, todas las demas son cruzadas por pequeñas acequias o acueductos que recorren el interior délas habitaciones, arrastrando con- sigo el producto de las secreciones humanas i los desperdi- cios de las casas. En la mayoría de las ciudades estas acequias son super- ficiales, corren por la superficie del terreno encajonadas por una hilera de ladrillos. Como son abiertas en toda su es- tension, exhalan gases malsanos i vician el aire en los dias de verano i cont ibuyen no poco a la insalubridad local. Compréndese también la humedad que deben causar en las casas por su superficialidad a consecuencia de las infil- traciones. Ultimamente en Santiago, i solo en barrios centrales, se las ha nivelado i coUcado a bastante profundidad, cerrándo- las en casi toda su estension. En las ciudades del litoral las letrinas se colocan en fosos, de ordinario cubiertos, i hai poco o ningún cuidado en su limpieza. En ciudades de una población agrupada o nume- rosa, como Valparaíso, hace falta un sistema de drainaje que facilite la limpieza i haga la propiedad en el servicio. Las plantaciones de árboles, la formación de parques, pénense en práctica en las principales ciudades que, como la de Santiago, cuenta con grandes i hermosas avenidas para contrarestar a la estrechez de sus calles centrales. 340 Preocúpanse mucho las autoridades municipales de dar a los habitantes urbanos abundantes i puras aguas potables que puedan servir a todos los usos i menesteres domésticos. Mercados limpios i ventilados, mataderos espaciosos i abundantes de agua para arrastrar los desperdicios de las víctimas sacrificadas, sustituyen a las antiguas construccio- nes o vienen a llenar los vacíos que la hijiene local i jeneral reclamaban. El viento bienhechor de la hijiene, principia a soplar en todas direcciones, i a su influjo vemos sobrevenir reformas exijidas por el adelanto de los pueblos i las necesi- dades crecientes de una vigorosa civilización. Díctanse reglamentos para la caza i la pesca, como para el espendio de los artículos de consumo; inspectores de lí- quidos comienzan a recorrer nuestras calles en persecución de la adulteración o del fraude; en una palabra, hai buenas i sanas intenciones administrativas que nos traerán en el por- venir favorables modificaciones en la salubridad jeneral. Por desgracia, todas estas medidas no se jeneralizan to- davía, i falta aún mucho que hacer en orden a policía de aseo i de salubridad para colocarnos al nivel de los paises europeos i a la altura de nuestras mismas exijencias sani- tarias. Las medidas hijiénicas necesarias i propias de una pobla- ción son felicidad, vida i producción. Los edificios son por lo jeneral bajos, i construidos casi en su totalidad de barro desecado con paja. En Santiago son co- munes los de ladrillo i las habitaciones de dos pisos. En este último punto, las casas son espaciosas, bien ven- tiladas, algunas tienen hermosos huertos, i en todas el clá- sico patio de las poblaciones americanas. Allí se vive con holgura i comodidad. Pero el reverso de la medalla está en las habitaciones de los pobres, sucias, inmundas, mal ventiladas i donde se res- pira, no el aire que vivifica i estimula, sino el aire que mata i asfixia. Construidas sobre la haz de la tierra, i muchas bajo el ni- S41 vel de las "calles, sin mas pavimento que la misma tierra, con una sola abertura por puerta, malamente techadas con' manojos de paja, ahí se albergan, i allí viven hacinados el padre, la madre, los hijos, el perro o el gato, i hasta los pa- rientes i amigos de la familia. Ahí también se lava, se aplancha, se cocina i se hacen todos los menesteres domés- ticos, ¡Qué atmósfera aquella para los tiernos pulmones de los niños! ¡Qué escuela aquella para esos seres que recien des- piertan a la vida! Compréndese, sin necesidad de indicarlo, cuáles pueden ser los resultados i las consecuencias de tanto abandono i de tanto lujo de pobreza! La mortalidad mas que diezmando a sus pobladores, las enfermedades cebándose en organismos empobrecidos, el vicio haciendo su propaganda de destrucción, la moralidad ahuyentándose de las cloacas. Sea esta la causa, sea el resultado de esa misma causa, lo cierto es que venios, al peón, al gañan i al artesano, pre- sa del vicio i de la enfermedad, trabajar tres, cuatro o cuan- do mas cinco dias ala semana, para entregarse después a la embriaguez i a la crápula. La taberna forma su encanto i su asilo. Ganar, no lo suficiente pan comer, pero sí lo suficiente para beber: tal parece a primen vista la divisa de la gran mayoría del bajo pueblo. No es, a rfuestro modo de ver, laescasez del jornal lo que lleva a estremos tales a esos pobre-s, porque aquél es algo subido, sino que es un vicio tradicional heredado de los an- tiguos indíjenas i perpetuado por la miseria de otros tiem- pos; vicio que el hijo ha aprendido del padre i que el ejem- . pío ha hecho cundir en grande escala. La autoridad, por medio de la represión i de la escuela, la relijion por medio de asociaciones, se oponen con buen suceso a tan grave mal i han alcanzado i alcanzan modifica- ciones de alto valor i de grande importancia. 342 El artesano honrado i trabajador, que no disipa el f¡uto de su trabajo en la taberna, llega a tener en poco tiemp o una situación holgada que le permite el goce de una habita- ción sencilla i modesta aunque no brille por la limpieza. La de aseo, de limpieza i de elegancia es algo común en esta clase del pueblo, aunque viste con mucha decencia i gasta con satisfacción su dinero en las necesidades todas de su vida. En jeneral, puede decirse que los hábitos de economía son desconocidos casi por completo. La elegancia, el lujo, i puede decirse que la prodigalidad faustosa i de buen tono, como las comodidades todas que la civilización ha creado, caracterizan las habitaciones de la clase acomodada. Verdaderos palacios, costosas casas de re- creo, se ven aquí i allí, constituyendo el hogar de las perso- nas pudientes i ricas. La alimentación de la clase obrera es por lo regular varia- da. La harina tostada, el pan de excelente calidad (por ser Chile un pais mui productor de trigo), Jas legumbres de todas clases, entre las cuales deben contarse en primero lí- nea el fréjol [phaseolus vulgaris), alimento mui nutritivo que repone mucho las fuerzas i que es preferido por los tra- bajadores del campo, la carne de cordero, tales son las sus- tancias que forman o que componen la comida de los pobres. La carne de buei i la volater/a es para muchos casi un lujo., Dia por dia el deseo de aquel rei de Francia que queria pa- ra sus súbditos una gabina en la olla del domingo, se aleja mas i mas. La carestía de los artículos de consumo hace mas difícil el cumplimiento de tan paternal i humanitario deseo. En los meses de verano, cuando la fruta es abundante i barata, la sandía (Cucumis citrullus), el melón (Cucumis meló), las peras (Pyrus communis), las frutillas (fragaria chilensis), constituyen uno de los principales elementos de su alimentación, descuidando las sustancias nutritivas que debe darles la reparación que necesitan sus órganos fatiga- dos por el trabajo. Como no siempre las frutas están en un estado de madu- rez suficiente i son consumidas en gran cantidad, no tardan en aparecer las colerinas i las disenterias que arrebatan anualmente la vida de muchos trabajadores. Sus bebidas favoritas son la chicha (caldo de uvas coci- do i bebido en la fermentacicn), i una especie de vino delga- do llamado chacolí, siendo la cerveza de reciente introduc- ción i de gran consumo. En las demas clases sociales principia a jeneralizarse el uso dehvtno Burdeos que se cosecha i prepara en gran abun- dancia en el pais, siendo ya un artículo de esportacion. La embriaguez es felizmente mui rara i constituye una escepcion en estas clases, por mas que el doctor Lafargue haya ase- gurado lo contrario en otro tiempo. Es mui posible que sus propias costumbres i su deplorable situación, lo hicieron ver en los demas lo que por desgracia pasaba en él. El pueblo viste con mediana decencia, aunque no siempre sus vestidos sean apropiados a la estación. Las mujeres an- dan a la usanza europea, a escepcion del traje de iglesia que lo forma un manto oscuro que las cubre desde la ca- beza hasta las piernas, Antes de terminar este capítulo haremos notar que hasta ahora la autoridad administrativa no ha tomado medida al- guna para reglamentar la prostitución con el objeto de ate- nuar las enfermedades sifilíticas que en no pequeño número (como lo manifestaremos mas adelante), se encuentran en- tre nosotros. A pesar de las reiteradas publicaciones i de los repetidos consejos de nuestros facultativos, a pesar también de la buena disposición de algunos de nuestros prefectos, el temor de estrellarse con antiguas preocupaciones i de contrarrestar esa grita de algunos fanáticos que temen reconocer con Ir reglamentación esa lepra de las sociedades modernas, se de- jan marchar las cosas al acaso, contribuyendo así al debili- tamiento i a la decadencia de las presentes i venideras raciones. 343 No desesperamos, sin embargo, de ver en poco tiempo mas levantarse al buen sentido, a la conveniencia i a la ra- zón en busca de la única medida, que en el período de civi- lización que atravesamos, constituye el elemento salvador i rejenerador de las sociedades modernas. 344 IY. Numerosos son los establecimientos públicos que la cari- dad privada i oficial mantiene para el alivio de los pobres i los necesitados; ya son casas que dan asilo a los desvalidos i miserables, ya a los arrojados por sus madres en los tornos de las casas de espósitos, ya a las mujeres estraviadas en el camino de los vicios. Una oficina central de vacunación, que tiene sus ajentes en todas las provincias i en la mayoría de los departamen- tos, cuida de proveer i de atender a la propagación del flui- do jeneriano, de suma importancia para estos países donde lá viruela se ha cebado epidémicamente en repetidas oca- siones. Las vacunaciones practicadas en 1870 ascendieron a la cantidad de 55,565; en 1871 a 62,752. Los menores de 7 anos formaron el 39 por ciento de los vacunados, los de 7 a 15 el 23 por ciento, los de 15 a 25 el 20 i los de 25 anos para adelante el 13 por ciento. En 1872 las vacunaciones se elevaron a la enorme cifra de 174,311, a consecuencia de la terrible epidemia de vi- ruelas que en ese año nos visitó. Las dispensarías que dan asistencia médica i remedios gratuitos a los pobres que lo solicitan, llegan al número de 26 en t'oda la República. En 1872 prestaron sus servicios a 245,411 enfermos, de ellos 79,372 hombres i 166,039 mu- jeres. Un número considerable de niños son llevados a con- sulta a estos establecimientos. Una casa central de locos, situada en una estensa quinta i en el barrio norte de la ciudad,de Santiago, asilo a ios desgraciados que sufren de alteraciones mentales. El movimiento de esta fundación en 1872 ha sido el si- guiente: 345 . HOMBRES. MUJERES, TOTAL. Existencia anterior 190 102 352 Entrados 00 73 139 SALIDAS. Por curación 33 32 05 Retirados 5 1 6 Escapados 6 1 7 Muertos i 21 1 13 34 La curación ha alcanzado solo a un 13,2 por ciento da los asilados, proporción menor a la del año anterior. Los hombres solteros forman el 62,1 por ciento de los asistidos, el 33,3 los casados i el 4,6 los viudos. De las mu- jeres, las solteras estaban en la proporción de 82,2 por cien- to. las casada sen la de 8,2 i las viudas en la de 9,6. Las profesiones de los que entraron se distribuyen isí: Hombres. Mujeres, Gañanes SI Sin oficio 15 33 Agricultores 6 Comerciantes 6 Mineros 4 Marinos 3 Fleteros 3 Profesores 2 Sirvientes 2 20 Sastres 2 Jornaleros 2 Eclesiásticos 1 Molineros 1 Actores 1 Costureras i modistas. 13 Lavanderas 4 Cocineras i 3 Total 66 73 346 Los hospitales que prestan actualmente servicios alcan- zan a treinta i siete. Hé aquí sir movimiento en 1S72: HOMBRES. JIÜJEEES. 1 1. - - TOTAL. Existencia anterior. j Entrados i liestablecidos Muertos.. Quedan II 1,740 27,180 23.453 2,748 1,523 1 1,133 14,174 11,344 2,748 1.215 2,873 41.304 34,797 6.642 2,738 Lo que dá una mortalidad de 14 por ciento para los hom- bres i de 20 por ciento para las mujeres. Di la comparación de los datos estadísticos hospitalarios suministrados por las distintas provincias resultan las con- dicior.es mas favorables de curación en las provincias aus- trales teniendo Santiago el sesto lugar en orden de impor- tancia en la moralidad de las mujeres, el catorce Valparaíso i el trece la ciudad de Curicó. Hai que tener mui presente para avaluar la importancia de estos datos, la clase i naturaleza de los recursos médicos e hijiénicos empleados, las condiciones de cada hospital, el horror que inspira todavía a los pobres estas casas de sani- dad i la relación de los asilados con la población. Miéntras que en Chiloé ha entrado al hospital 1 enfermo por cada 233 habitantes, en Colchagua I por 301, en Mau- lé 1 por 354, en Santiago ha entrado 1 por cada 22 i en Valparaíso 1 por cada 21 habitantes. La jeneralidad de los hospitales responden medianamen- te al uso a que se les ha destinado; pero en cambio hai mu- chos que no sirven ni para cuarteles. La dirección se resiente también de la poca participación que hasta ahora se ha dado al cuerpo médico, puesto que la oficina jeneral de beneficencia compónese toda ella, a escep- cion de uno de sus miembros, de personas qu8 tienen solo 347 una buena voluntad i una filantropía laudable; pero que desconocen las reglas científicas a que deben obedecer esta- blecimientos de esta naturaleza. No existiendo basta hora fundaciones especiales para ñiños, no es estraño que la estadística acuse una débil proporción en sus defunciones, como puede verse en el siguiente estado que marca la edad de los fallecidos i su proporcionalidad en el ano 1872 i en los hospitales ya mencionados: EDADES. MUERTOS. PROPORCION. Hasta 7 años.. 144 2.4 p% De 7 a 15._ 346 5.3 « De 15 a 25 1,273 17.8 « De 15 a 35. 1,616 24.5 esuterinas, cuya clasi- ficación es imperfecta en los cuadros que nos han servido para este trabajo. Lo mismo decimos délos abscesos hepáti- cos que se han confundido en el jénero apostemas. De hepa- titis encontramos 41 enfermos entre los hombres i 5 entre las mujeres asistidas durante el año 1872, cifra que supone- mos con justa razón inferior a la realidad. 349 Antes de pasar adelante tenemos que observar respecto a nuestro último estado que la proporción mas alta de las defunciones ocasionadas por afecciones orgánicas del cora- zón anotadas en las mujeres respecto a las de los hombres, no está en consonancia con la que se observa en la práctica diaria. Es mui probable que se hayan clasificado i agrupado ahí las dejeneraciones calcáreas i ateromatosas que trae con- sigo la edad; porque no puede comprenderse de otro modo ese exceso de mortalidad femenina, siendo que las afeccio- nes orgánicas del centro circulatorio son aquí, como en Eu- ropa, mucho mas frecuentes en el sexo masculino. En un trabajo que publicamos pocos ha arios sobre. Las en- fermedades que mas atacan al soldado en Chile, el resulta- do de nuestras investigaciones nos dio el orden gradual de importancia siguiente en esa clase social: 1. Afecciones sifilíticas i venéreas. 2. Fiebres. 3. Reumatismo. 4. Tisis pulmonar. 5. Disenteria. 6. Afecciones herpéticas. 7. Afecciones escrofulosas. 8. Neumonias. 9. Diarreas. 10. Fiebres eruptivas; 11. Otitis. 12. Ulceras crónicas. 13. Afecciones orgánicas del corazón. 14. Erisipelas i cólicos. La proporción de las defunciones era de un 2.45 por cien- to, muchas de ellas debido ada gangrena hospitalaria que logró ser dominada en poco tiempo con las medidas mas sencillas de hijiene. La epidemia mas jeneral i mortífera de viruelas que ha- yamos tenido en el presente siglo reinó en el ano de 1872,’ siendo de advertir que dicha epidemia recorrió casi todas las paites del orbe civilizado. Las mas activas medidas i los medios mas enérjicos pusiéronse entonces en juego: abrié- ronse hospitales especiales, propagóse rápidamente la vacu- na, aseáronse las poblaciones, lográndose de ese modoestin- guirla en pocos meses; pero sin que por eso no menos de 7 a 8,000 víctimas fuesen a rellenar ios fosos de nuestros ce- menterios. 350 Y. Entre nosotros no existe todavia una leí que ordene la constatación de las defunciones a domicilio, ni a decir ver- dad la estadística hospitalaria, por lo que respecta a la cla- sificación de las enfermedades, se encuentra al abrigo de fundadas objeciones. Siendo esto así, no alcanzan nuestros estudios estadísti- cos a darnos la proporcionalidad que tienen las enfertneda- dades en las defunciones. Por eso, al hacer una rapidísima revista de las enferme- dades mas comunes en este pais, nos fijaremos en las que por orden de importancia ocupan nuestros hospitales, no descuidando señalar entre ellas las afecciones hepáticas que tan frecuentemente se presentan a la observación de los prácticos de este pais. Tisis pulmonal.—Ataca con mucha menos frecuencia que en los paisas europeos a la clase media i a la acomodada de nuestro pais. Tales loqueoimos asegurar siempre a los mé- dicos europeos que vienen a ejercer aquí su profesión, tal es también lo que tenemos ocasión de juzgar los que algo en- vejecidos en la práctica buscamos nuestra fuente de ense- ñanza en los libros que nos vienen del viejo mundo. No sucede lo mismo en el bajo pueblo, donde la tisis pul- monal hace frecuentes estragos, como puede verse en los es- tados de mortalidad hospitalaria que ya hemos insertado mas arriba. Esos estados acusan un 31,6 por ciento de la mortalidad en las mujeres i 22,4 por ciento en los hombres, proporción sin duda mui crecida i que se esplica mui bien 351 si se tiene en cuenta los hábitos t'e nuestra jente pobre, Jamas se presentan en los hospitabs en los primeros perío- dos de esta terrible afección, a excepción de los accidentes graves que pueden sobrevenirles Jurante su curso; i siem- pre, o casi siempre, se les ve llegar moribundos a los um- brales de estos establecimientos, para exhalar ahí su último suspiro i tener la felicidad de morir en la casa de Dios. No influye poco en esta costumbre el temor del contajio, mui jcneralizado en el pueblo, que teme vivir donde ha muer- to un tísico. Felizmente no nos encontrarlos en la época de Lafar- gue (1) en que los propietarios perseguían a los pobres tísi- cos para impedir el contajio desús habitaciones. Hoi hai un espíritu mas caritativo i se teme menos que entonces al con- tajio. El estudio histórico de estí enfermedad nos revela,una particularidad digna de importancia. Menos común que hoi dia, la tisis del siglo pasado i de principios del presente, en Chile, se presentaba con un cirácter de agudez sorprenden- te, a tal punto que hubiéraseb tomado por otra entidad no- solójica distinta si la necroscopia i los síntomas bien obser- vados no hubieran comprolado la exactitud del diagnóstico. Dias bastaban solo para que la tisis pulmonal concluyera con su víctima, según las relaciones de Paredes i de Lafar- gue. No qs así ahora la marcea i el carácter que reviste esta enfermedad. La tisis galojame encuéntrase con mucha me- nos frecuencia que la denominada neumonia caseosa, de marcha mas lenta i de fenómenos mas asustadores. Lógrase a ésta modificarla favorallemente bajo la influencia de tra- tamientos apropiados i délos temperamentos secos o eleva- dos. Recomiéndase mui et particular las alturas de las cor- dilleras andinas i sobre todo las altas planicies del interior de Atacama i Copiapó, a donde acuden numerosos enfermos (1) DeVétatdu Ghili considerépánt de vue hygiénique, ct medical, Bulletin i de rAcademie Xntionale «e Medicine, tomo XVII, paj. 19. 352 en busca de una mejora que no siempre es engañosa. Suce- de con alguna frecuencia que la respiración ahí se hace mas fácil; los sudores disminuyen, latos se hace ménos continua, la espectoracion ménos ibundante, el apetito renace, lo- grando los pobres enfermas adquirir alguna gordura i un bienestar satisfactorio. Las hemoptisis son uno cíe los fenómenos quemas comun- mente revelan la existencia de los tubérculos, no siendo ra- ro encontrarlas complicando la marcha ulterior de la enfer- medad. Fiebres.—En Chile son nui comunes las fiebres de todas clases; pero lo son mas las gistro-buiosas de los paises cáli- dos. Débese esto a la iinportcncia que tiene el órgano hepá- tico entre nosotros, pues soi pocas las afecciones agudas o graves en las cuales no se lt vea tomando alguna parte; ya complicando la escena morbesa, ya como consecuencia del trastorno jeneral. Por eso lospurgantes i los vomitivos tie- nen tan común i favorable aplicación, a tal punto que se ha llegado a abusar i se abusa di ellos todos los dias. La fiebre tifoidea, o sea ladotinenteria, recorre su perío- do de evolución por lo regular en un tiempo ma$ corto que en Francia, revistiendo el ca.ri.cter bilioso atáxico o adi- námico. Aparece en verano ea la época de las cose- chas i siempre que el invierne he. sido poco lluvioso. No es enfermedad tan común como en Francia, ni se la observa con la frecuencia de otra fiebre leí mismo jénero conocida aquí desde muchos años atrás i de que pasamos a ocuparnos. El tiphus fever, mui conocilo con el nombre indíjena de chavalongo, es una afección que ha dejado profundos re- cuerdos por la epidemia mcrtífe’adel verano de 1865—1866, apareciendo periódicamente en esta misma estación del año* Los campesinos tienen miedo ú lempo de la recolección de los frutos, porque es en esa época cuando el chavalongo ha- ce sus mayores estragos. En esta afección hemos notado que el delirio aparece con mayor prontitud que las fiebres tifoideas, fuera de los demas caracteres clínicos i necroscó- picos que distinguen a pmbas enfermedades. 353 Desde tiempo inmemorial la jente del pueblo emplea cori- tra esta afección cierta planta que puede considerarse por su composición i por sus efectos terapéuticos como succedánea de la quina. Aludimos al huevil i al natri (Winlerigia crispa i W. piñata) de gusto amargoso persistente i en los cuales el análisis ha encontrado dos alcaloideos denominados natrina i huevilina. El estado de las vias dijestivas en estos casos hace de primera necesidad a los evacuantes, para desembarazar las primeras i segundas vias, sin dejar de contar por eso con los antipiréticos de reconocida i útil eficacia. Las fiebres intermitentes son desconocidas en Chile.— Después de una larga i variada práctica apenas si se ven dos o tres casos a quienes pueda darse con propiedad este nom- bre. Las que los médicos del país suelen tratar son las que vienen del Perú o de los países situados mas al norte en busca de nuestro temperamento. Por regla jeneral, dichas intermitentes se curan con fa- cilidad después de una permanencia mas o menos larga en Chile i bajo un réjiinen apropiado. Es necesario que la ca- quexia palúdica haya echado profundas raíces en la econo- mía para que no alcancen a ser sino modificadas. Las pulmonías aparecen en todas las épocas del año; pe- ro son mas comunes a fines de invierno i en la primavera. Cruposas i agudas en este tiempo, son catarrales por lo común en otoño i a principios de invierno. No predominando entre nosotros el temperamento san- guíneo, las sangrías jenerales no tiene mucha indicación. En verdad Broussais i Bouillaud no habrían hecho fortuna entre nosotros con sus métodos de tratatamiento. Las san- grías locales son al contrario de una utilidad incontestable i satisfacen casi siempre, la indicación de sacar sangre. * Tratamiento esclusivo para la neumonia no tenemos. Usa- mos, según los casos, el emético, los alcalinos, la dijital, el veratrum viride, el calomelano, i los tónicos, dando cada cual la preferencia al ájente mas indicado o por el que po- see mayores simpatías. Disenteria.—Es enfermedád endémica del país i contri- buye con el diez a once por ciento de las defunciones en los hospitales. Suele aparecer con el carácter epidémico i toma su mayor desarrollo en la primavera i principios de verano, es decir, cuando hai mayores variaciones de temperatura i cuando las frutas inmaturas i las bebidas heladas abundan. Tres son las causas principales que la ocasionan, inde- pendientemente del clima: el abuso de bebidas fermentadas, los resfríos i la injestion de sustancias indijestas. Euera de estas tres causas principales existen otras que en mucho menor escala pueden contribuir i contribuyen a su aparición, como son, el uso de los drásticos sin previa indicación, el abuso que se hace entre nosotros de los helados i bebidas frias, la mala preparación de los alimentos, etc. La disenteria se presenta ya benigna, ya grave o ya cró- nica. La que nos llama la atención es la que podemos deno- minar disenteria flegmonosa. Es ésta una variedad que se observa con frecuencia i que ocasiona, después de graves accidentes, la espulsion de vastas porciones de la mucosa intestinal, sin que por eso sucumban los enfermos. Los mé- dicos del pais están acostumbrados a ver desprenderse estos trozos intestinales de enfermos disentéricos, sin que por .es- to desesperen de la curación. Sin duda que ello da la medida de la gravedad del mal, que ello manifiesta la profundidad de las desorganizaciones operadas a consecuencia del proceso inflamatorio; pero no por eso es menos cierto que un gran número de esos enfer- mos recuperan la salud. Sea en esta variedad o sea en la disenteria aguda, las ul- ceraciones intestinales (que por lo común se sitúan en el co- lon o en el recto), pueden ocasionar perforaciones perifonéa- les que traen consigo mortales peritonitis. La terminación por gangrena de la disenteria, que se manifiesta por el color i aspecto de carne lavada de las de- yecciones, por los detritus intestinales que sobrenadan en ellos, i por el olor característico, fuera délos síntomas jene- rales, no es precisa i por necesidad mortal. Suele haber ca- 354 355 sos, escepcionales, por cierto, en los cuales se ha visto que los enfermos recobran la salud después de ir cediendo poco a poco los síntomas que amenazaban una fatal terminación. Semejante suceso llama la atención de los prácticos; pero mui especialmente la de los médicos europeos que se sor- prenden desemejantes resultados. Suele la disenteria complicarse con alguna frecuencia con la inflamación del hígado i llegar a producir la supuración de esta entraña. De esto nos ocuparemos al hablar de la he- patitis. Como puede suponerse, el tratamiento de la desinteria ha llegado en el pais a cierto grado de perfeccionamiento a consecuencia de lo común que es esta enfermedad. Después de usar los evacuantes para limpiar el canal in- testinal; de repetirlos, si para ello hai indicaciones que lo exijan, viene en.seguida la ipecacuana dada en dosis vomi- tiva o nauseante, el calomelano i el opio, ya solos, ya com- binados, según las circunstancias; las aplicaciones locales de sanguijuelas, los emolientes al esterior, al mismo tiempo que se trata de obrar localmente por la via rectal. Las lava- tivas emolientes laudanizadas son las que primero hacen el gasto para calmar el tenesmo fatigoso i apremiante de estos enfermos, vienen después las de ipecacuana por su acción sostitutiva local i por su acción antiflojística jeneral, pudien- do ser sostituidas i alternadas con las de nitrato de plata que modifican el proceso ulcerativo del recto i de la parte inferior del colon descendente. Sífilis. — Afección bastante frecuente en Chile, en todas - t sus variadas manifestaciones, a consecuencia de la falta de medidas que impidan su propagación. Recorre aquí sus distintos períodos sin variación alguna de lo que se observa en otras partes. Mui temida por los que llegan a ser sus víctimas, se atiende mucho a su curación por las personas instruidas; pero es descuidada por el pueblo tan pronto como cesan o desaparecen sus manifestaciones esternas-. 356 Heridas.—Las heridas délas estremidades inferiores tar- dan mucho en su completa curación. Las de la cabeza sanan con rapidez, aunque dejen losdiuesos del cráneo desnudados. Sucede a veces pérdidas de sustancia de los huesos cranea- nos que se curan sin gran dificultad, pudiendo dichos enfer- mos, algunas veces, salir a la calle i practicar sus dilijencias. En uno de nuestros hospitales, el de San Juan de Dios, que siempre ha contenido mas enfermos de lo que su esten- sion le ha permitido, la fiebre supurativa o pyoemia ha so- brevenido con bastante frecuencia en los operados. En los demas hospitales esta complicación es por felicidad desco- nocida. Reumatismo.—Es enfermedad frecuente i mui jeneraliza- da; pero quizas en no mayor escala que en Europa. Contribu- yen mucho al desarrollo de esta afección los continuos cambios de temperatura que en el pais se esperimentan, mui parti- cularmente estas alzas i bajas rápidas del termómetro en un mismo dia, la humedad de algunas habitaciones i las pocas precauciones que se toman contra el frió. Aún el sistema de calorificación de nuestras casas es imperfectísimo i al que estamos acostumbrados (el bracero) favorece el pasaje rá- pido del calor al frió, i por consiguiente el reumatismo. Afecciones orgánicas del corazón.—Se las observa con mas frecuencia que en Europa. De ordinario son afecciones valvulares que traen consigo hipertrofias consecutivas i de marcha algo lijera. A estar con la doctrina de Eouiilaud, reconocerían por cau- sa una endocarditis de naturaleza reumática. El ser esta en- fermedad mas común en los puntos que tienen gran eleva- ción sobre el nivel del mar, i por consiguiente ahí donde el órgano central de la' circulación tiene que jugar con mayor actividad, el ser también estos mismos lugares espuestos a esas súbitas variaciones atmosféricas de que hemos hablado, viene a justificar hasta cierto punto la bien combinada doc- trina de este célebre cardialojista. En las poblaciones situadas en las faldas de las eadenas 357 andinas se las ve en número crecido marchando a pasos rá- pidos. Bocio.—Es el bocio una deformidad mui común en San- tiago i en las poblaciones que avecinan con los Andes. De ordinario son simples hipertrofias del cuerpo tiroides que se logran hacer desaparecer en su primer período de invasión. Pocas veces se ven las dejeneraciones de este órgano. En- cuéntranse también de cuando en cuando bocios quísticos. Aunque pocas veces, suelen verse en la práctica casos de bocios agudos que terminan fatalmente. Se piensa con justicia que la causa productora de esta fea enfermedad está en el uso de las aguas que provienen del derretimiento de las nieves, puesto que se la observa en to- do su auje en los lugares indicados, siendo casi desconocida en las costas marítimas. Afecciones hepáticas.—Se puede decir con toda exac- titud que hai dos enfermedades en Chile que predominan con una crueldad desesperante, que son mui especiales de su nosolojía, i con las cuales nos encontramos a cada paso. Estas dos enfermedades son la disenteria i la hepatitis. En efecto, los trastornos funcionales u orgánicos del órga- no de la bilis juegan entre nosotros un papel tan múltiple i tan interesante que asusta, al médico observador i al facul- tativo europeo que recien pisa nuestras playas. Desde el simple desorden funcional hasta la conje3tion, desde la simple hepatitis hasta los mas grandes i variados abcesos hepáticos, se pueden ver dia a dia en los hospitales de las provincias centrales. Felizmente, i como un poderoso recurso de salvación, es- tas afecciones son desconocidas en las provincias australes, adonde se envían siempre los enfermos aquejados de esta, enfermedad. Pero lo mas interesante de ser señalado es el modo como aparecen estos abscesos. Unas veces vienen anunciados por todo el cortejo de síntomas inflamatorios peculiares de di chos abscesos. Otras, i no deja de ser común, las coleccio- nes purulentas no vienen precedidas de fenómenos que las 358 hagan sospechar, hasta que los escalofríos que sobrevienen en las tardes o una hinchazón de la rejion hipocondriaca, acompañada de edema intercostal, las hacen sospechar o diagnosticar (1). Se ve a estas colecciones tomar el camino del pulmón pa- ra ser arrojadas por la boca; ya se las ve derramándose en la pleura o en el pericardio (tengo una observación perso- nal); ya en el peritoneo; ya contraen adherencias con las paredes abdominales para abrirse paso al esterior; ya con los intestinos para vaciarse por cámaras, ya con todas las partes que los rodean; hasta se les ha visto vaciarse en la vena porta. Para probar la frecuencia con que esta enfermedad se presenta, me bastará decir, que en los diez meses contados desde el 22 de marzo al 22 de noviembre de 1870, hubo en las salas de clínica del hospital de San Juan de Dios, en Santiago 48 casos de- hepatitis, de los cuales sanaron 32 i murieron 16; lo que da una mortalidad de 33 por cien- to, i forma el 11 por ciento de los enfermos. No hai duda que es al clima a quien debe atribuirse esta gran predisposición que hai entre nosotros para los sufri- mientos hepáticos. Las rápidas i súbitas modificaciones que esperimenta la columna termométrica en un mismo dia, como la tempera- tura seca i ardiente, asemejan nuestro clima al del norte del África, adonde también estas afecciones se dejan ver con alguna frecuencia. Es cierto que el termómetro no sube aquí como en la Arjelia; pero allá, como aquí, hai rápidas subidas i descensos del termómetro en un mismo dia. Pero las causas ocasionales que determinan con mas fre- cuencia los abscesos deben referirse al abuso de los alcohóli- cos, a los resfrios i a la disenteria (2). (1) Véase mi memoria sobre la terminación de los abscesos hepáticos en el volumen titulado Memorias i trabajos científicos. (2) En la pioemia nunoa hacen falta los pequeños abscesos del hígado En bu caso mi hermano el doctor Guillermo llegó a contar cerca de mil: 359 Pesquisando el oríjen etiolójico de esta afección, encuén- trase uno siempre con algunas de estas causas. Por regla jeneral, las dos primeras van combinadas. En cuanto al valor que tiene la última, me refiero al si- guiente párrafo que saco de una memoria sobre las causas de la hepatitis supurada, escrita por un antiguo discípulo mió, el doctor don Santiago Letelier: «En cuarenta i siete observaciones de disenteria que he tenido a la vista, todas comprobadas por la autopsia, en- cuentro diez casos acompañados de abscesos; éstos eran por lo jeneral de pequeñas dimensiones i el hígado se encontra- ba casi siempre sano en el resto de su estension. Su número es mui variable; solo en un caso encontré un foco único, en el resto fluctuaban entre dos i seis, raras veces mas, siendo de notar que casi siempre guardaban una relación inversa el número con el tamaño. En cuanto a las treinta i siete obser- vaciones restantes, es necesario dividirlas en tres grupos: en el primero, compuesto de dieziocho observaciones, el hí- gado se encuentra en su estado normal; en el segundo, once casos, en todos los cuales el hígado se presenta fuertemente conjestionado i aumentado de volúmen; en el tercero, que abarca las ocho restantes, no se hace mención del estado de la glándula. Dejaremos sin tomar en cuenta este último gru- po, pues si es mui probable que no se mencione por encon- trarse en su estado normal, es también posible que en la autopsia solo hayan ido a buscar las lesiones propias de la enfermedad que llamó la atención durante la vida, lo que no es de estrañar si se tiene presente que con mucha frecuen- cia los abscesos se desarrollan en este caso de un modo la- tente, siendo necesario para dar con ellos irlos a buscar di- rectamente, ya sea por la presión que determina el dolor, por la percusión que manifiesta el volúmen del órgano, lo que es mucho mas raro, i sobre todo por la relación del en- fermo, que dice haber sufrido de repente escalofríos maá o ménos largos i repetidos, sin que nadie pueda esplicárselos, como igualmente una agravación marcada en su estado je- neral. En etras ocasiones, i no son raras, la autopsia sola- 360 mente viene a sentar el diagnóstico de esta complicación casi siempre funesta.» Me parece de utilidad prevenir que la supuración puede i se suele encontrar infiltrada o difusa, reunida en pequeños focos o formando tan vastas colecciones purulentas, que la entraña parece una sola bolsa de pus. Tocolojia.—Las operaciones obstetricales a consecuencia de malas presentaciones del feto, se ejecutan pocas veces. Los partos son por lo regular felices i no presentan dificul- tades. Las estrecheces pelvianas provenientes de la raquitis, se puede decir que nos son desconocidas. Así se comprende que la cefalotripsia, la craneotomia i la operación cesárea sean una gran novedad cuando se tiene jocasion de practi- carlas. Las pelvis, pues, de las mujeres chilenas son mui regu- lares, espaciosas i bien conformadas. Viruela.—Durante la conquista, las epidemias de virue- la hicieron tantos i tan profundos estragos entre los indíje- nas, que superaron sin duda a los que denodados murieron en los combates de tres siglos al filo de la espada o al golpe de las balas. Era tanto el temor que los naturales tenían a esta enfermedad, que abandonaban a los enfermos en las quebradas, en los rios o en lo mas espeso de las montañas. Cuéntase que unos indios de trabajo llevaban una vez unos sacos de lentejas; una de las bolsas se rompe, las len- tejas se desparraman i al ver esto los pobres indios, arro- jan la carga de sus hombros i escapan a todo correr. La grosera semejanza de esta semilla con las costras de la vi- ruela, les hizo creer que llevaban consigo el jérmen de la enfermedad que babia despoblado la Araucanía i las tierras situadas mas al norte. Desde esos oríjenes data el temor que infunde al pue blo tal fiebre eruptiva. Aunque los gobiernos propagando celosos la vacuna, di- fundiéndola por medio de numerosos empleados que depen- den de una junta central, han tratado de oponerse a los es- 361 tragos que en otras épocas ha ocasionado la viruela, sin em- bargo, sigue visitándonos de tarde en tarde con carácter epidémico. Ya hemos dicho que la que nos visitó en 1872 hizo numerosas víctimas, principalmente en laclase proleta- ria, que vive siempre espuesta a loscontaj'os i que descuida la vacunación. Después de su introducción a principios del sig'o, la va- cuna ha sido renovada en los anos de 1832, 1848, 1859,. 1867 i 1872. El término medio aproximativo de inmunidad vacunal puede calcularse entre nosotros en diez años. CÓLERA EPIDÉMICO. Este terrible azote de la mayoría de los pueblos civiliza- dos no ha visitado todaviapa Chile. Por el otro lado de los 49 Andes, en la República Arjentina, ha alcanzado a hacer SU3 desvastaciones; pero se estinguió al aproximarse a las alta» cadenas de montañas que nos dividen. FIEBRE AMARILLA. Tampoco este huésped, cuya cuna se mece en las Antillas i en Centro-América, ha llegado a visitar nuestras playas. Concluimos aquí esta rápida revista, cuyos límites nos habíamos trazado de antemano, para no fatigar al lector i con esperanza de tratar el asunto con ina3 detención cuando la oportunidad vuelva a presentarse. 1875. PARTO PREMATURO ARTIFICIAL PROVOCADO A LOS OCHO MESES DE EMBARAZO. TERMINACION FELIZ PARA LA MADRE I EL FETO. El parto prematuro artificial es una de las mas brillantes conquistas con que puede enorgullecerse la obstetricia moder- na; i débese sin duda alguna a esta operación la vida de muchas madres i de muchos niños. Nacida en Inglaterra en la segunda mitad del pasado si- glo, solo en éste ha podido obtener su perfección i su consa- gración. En Europa, donde los vicios de conformación pelviana son mui frecuentes, se la practica con toda la confianza que resulta de las estadísticas publicadas i con el doble interés de la madre i de la creatura, según sea la indicación que le ha dado lugar. Desde que esta operación se hizo paso a través de ios obstáculos que le opusieron espíritus aferrados a las anti- guas ideas, la craneotomía i la mutilación fetal van siendo felizmente menos practicadas. Entre nosotros, donde las deformaciones pélvicas son de estraordinaria rareza, el parto prematuro artificial apénas si se practica alguna vez. Por mi parte, debo declararlo, no he tenido hasta ahora que recurrir a esta operación en ninguna mujer chilena, i el caso de que voi a daros cuenta es el de una señora inglesa, casada con un artista coreográfico, quien se me presentó 364 acompañada de su marido el 22 de abril del ario corriente1 (1874). El marido, que es un hombre intelijente, me dice que su esposa ha tenido hasta la fecha un aborto i cuatro partos. Tres de éstos fueron mui largos, laboriosos, i exijieron la aplicación del fórceps, lográndose estraer después de un prolongado trabajo todos los fetos muertos en las tres oca- siones. Con este motivo, los doctores Clark, Fife i Baber, de Londres, después de una consulta hab’da entre ellos, le aconsejaron hacerle desembarazar a los siete meses para es- capar a los riesgos de una operación i conseguir un feto vivo. En efecto, continuó diciéndome el marido, habiéndose he- cho embarazada nuevamente la señora, hubo de llamar al doctor Clark, quien proeedió a la operaeion aplicando la es- ponja preparada por espacio de veinticuatro horas, perfo- rando en seguida las membranas, hasta que después de tres dias se verifico el parto sin molestias mayores para la madre; pero el feto fué espulsado sin vida. Habiendo llegado su actual preñez a un período' interme- dio entre siete i medio a ocho meses, acudía a mí para que viera modo de desembarazar a su mujer i mui especialmente para poder conseguir un niño vivo. Miss S. es una mujer de 23 años de edad, aunque apa- renta ser menor, regularmente alta; delgada, de tempera- mento linfático, de mediana constitución; ha sido siempre bien reglada en sus funciones menstruales; no‘ ha tenido enfermedades graves en su niñez ni en juventud. El examen esterior no revela nada de particular ni en el abdomen ni en la pelvis. El tacto vajinal me permite ver el cuello reblandecido, entreabierto i permeable hasta el orifi- cio interior, como sucede en las mujeres que han tenido hi- jos. Por este mismo medio conozco que solo hai una reduc- ción mui escasa de los diámetros pelvianos compatible con la terminación de una preñez llegada a los nueve meses. Pero cediendo a los antecedentes bien establecidos i mi- nuciosamente narrados de las operaciones anteriores, al mal 365 mceso de éstas, a la dificultad de determinar los diámetros i la reductibilidad de la cabeza del feto, como también ce- diendo a las reiteradas instancias de la mujer i del marido, determiné provocar el parto. Al efecto, el 21 del mismo mes a las 31 P. M. introduje en el cuello uterino, haciéndole penetrar hasta las membranas, un cono de esponja preparada, encargando a la paciente se conservara en cama hasta el dia siguiente. La noche se pasa sin novedad. 25. —La enferma se levanta a un sofá en la misma pieza i empieza a ser incomodada por pequeños aunque tardíos do- lores. 26. —Estraigo la esponja que se encontraba casi toda en la vajina. Las contracciones son escasas durante todo el dia. En la noche se hacen mas vivas i los dolores no dejan a la en- ferma sino un sueño interrumpido. 27. —En la mañana los dolores han cesado. A la una intro- duzo por dos minutos i abro con suavidad el dilatador de Busch. Un gramo de sécale en la tarde i otro en la noche. Se rompe la bolsa de las aguas; mas no por e3o las contracción nes se hacen sentir. 28. Tres gramos de sécale para dos dosis. Hai salida de bastante líquido amniótico. A las 3 P. M. los dolores princi- pian a arreciar; a las 41 de la misma tarde el parto se verifica, dando a luz la paciente una niñita viva de ocho meses al pare- cer. La placenta es espelida sin dificultad.) Diez o doce dias después veo por última vez a mi cliente tejándola en un estado satisfactorio de salud, sin haber espe- imentado lamaslijera novedad. La niñita, mui bien, mama i dijiere con toda regularidad. 1875,