LA RASPA D E LA CAVIDAD UTERINA POR ®( Doctor íRnrtíue.j Jet JFiio. SEGUNDA MEMORIA (Véase la entrega núm. 19 del tomo IX de la Gaceta Médica de México, de Octubre de 1874.) MÉXICO IMPRENTA DE IGNACIO ESCALANTE, BAJOS DE SAN AGUSTIN, NUM. 1. 1878 UANDO tuve el honor de leer ante esta respetable Academia mi opúsculo relativo á la raspa de la cavidad uterina, con- traje el compromiso de comunicarle el resultado que presen- tara la continuación de este estudio, que emprendí con el objeto de propagar en México un adelanto de nuestro arte. —Y como nuestro Reglamento me obliga á leer en la actual sesión algún trabajo original que me sea propio, be creído que seria esta la mejor ocasión para cumplir mi promesa. Aunque al principio encontró esta nueva operación entre nosotros muchos opositores, y aun detractores, como sucede generalmente con toda clase de innovación, es preciso confesar que ha disminuido notablemente esa oposición á medida que ciertas preocupaciones se han ido estrellando con- tra la autoridad de los hechos. Los que combatían esta nueva práctica estaban contrariando el progreso de la ciencia, y sin duda lo habrán conocido ellos mis- mos, ya que parecen haber depuesto la hostilidad más ó menos fervorosa que mostraron al principio. Gomo la verdad es invariable é indestructible, los he- chos prácticos han venido demostrando diariamente que la verdad está en favor de la nueva operación. Con efecto, estando ya muy bien probado que generalmente la menorragia está ligada con las fungosidades que con tanta frecuencia se crian en la cavidad uterina, era lógico y arreglado á los sanos principios de la cirugía el quitar esa causa para suprimir así el efecto. Esto que con su claro talento discurrió el cé- lebre Recamier, muy pronto lo demostró él mismo con hechos prácticos; pero como su procedimiento operatorio era defectuoso, se entibió en sus principios ese importantísimo adelanto de la Ginecología por algunos accidentes desgracia- dos. Vino por íin el nuevo método de operar que inventó el distinguido Dr. Sims, con el cual la raspa de la cavidad uterina se hace de una manera más efi- caz y más inocente, suponiendo por supuesto la debida pericia por parte del operador. Guando salí yo de París en el mes de Abril de 1870, solo practicaban todavía esta operación los principales cirujanos de aquella metrópoli por el método an- tiguo de Recamier, de lo cual fui testigo ocular. El Dr. Sims, que por causas políticas se había alejado de su patria y ejercía provisionalmente en París, era entonces el único que allí empleara su propio método; y habiendo tenido él la bon- dad de iniciarme prácticamente en sus ideas relativas á esta materia, de esta circunstancia resultó el hecho curioso de haberse propagado el nuevo método 4 operatorio en México mucho antes que en Paris.—En el dia es ya una práctica general allí como en el resto de la Francia. También es un hecho curioso que mientras que en el seno de esta Academia se combatía con sobrado calor la operación de la raspa que yo procuraba acli- matar en México como un importante progreso (lela ciencia, al recibir mi opús- culo el eminente ginecologista, Dr. Roberto Rarnes, de Londres, me escribió á vuelta de correo; y, por la honra de la ciencia mexicana, me permitiré extrac- tar algunas palabras de esa carta: dice así el texto: «Agradezco á vd. mucho que le ocurriera mandarme un ejemplar de su muy «interesante Memoria sobre la raspa de la cavidad uterina. La experiencia de «vd. ciertamente modificará mis ideas con respecto á esta operación.»—«(Your «experience will certainly modify my views respecting this operatíon.») No solo es el Dr. Barnes autor del excelente Tratado de Ginecología que lle- va su nombre, sino también catedrático de esta materia y de Obstetricia, etc., y considerado además con mucha razón como la primera espada que hay en el dia en Londres para las enfermedades de mujeres. No dudo, pues, que la Aca- demia verá con agrado la opinión de un profesor tan eminente sobre un trabajo que salió del seno de esta corporación. No ménos satisfactorio es para mi el poder asegurar á la Academia que des- pués de practicar 111 operaciones de raspa, no he tenido motivo para variar las ideas que sobre este punto de la ciencia tengo ya emitidas; sino que, al con- trario, esas ideas han sido plenamente confirmadas por los nuevos hechos que actualmente paso á analizar. Mi primera Memoria se referia á una serie de cuarenta y una operaciones: la segunda serie que ahora presento comprende, pues, setenta operaciones. La Academia recordará sin duda que en la primera serie se presentaron va- rios casos complicados con accidentes más ó ménos graves, aunque en ninguno de ellos llegó á morir la enferma por causa de la operación: el único que tuvo un término funesto presentó en la autopsia el útero absolutamente intacto, mién- tras que la rotura de un tumor maligno del ovario derecho y una hemorragia interna debida á este accidente, explicaban de una manera muy evidente el ori- gen de la muerte: las piezas anatómicas fueron presentadas á la Academia en plena sesión Mucho más favorable y áun sorprendente ha sido el resultado de la segunda serie, ya que los setenta casos que ella comprende no presentaron un solo acci- dente digno de notarse, á no ser, en dos casos, una ligera reacción uterina fá- cilmente dominada. ¿De qué ha dependido una diferencia tan grande entre los resultados de las dos series?—¿Seria por ventura debido esto á una pura casua- lidad,—ó tal vez á la mayor pericia que pude adquirir al repetir tantas veces una misma operación? Sea de esto lo que fuere, las setenta nuevas operaciones que tengo registradas, demuestran de una manera evidente é irrecusable que, siendo bien ejecutada, esta operación es tan inocente como eficaz para contener la menorragia. Y como algunos facultativos muy distinguidos han combatido 5 esta nueva práctica, alegando que era muy peligrosa, conviene hacer patente ese error, para que así no se vean privadas de tan poderoso auxilio las enfer- mas que lo necesiten. En ambas series, es decir, en las 111 operaciones que llevo practicadas, casi siempre se observó que el efecto inmediato fuera plenamente satisfactorio, ce- diendo la menorragia como por encanto. En la gran mayoría de los casos, una sola operación ha bastado para obtener una cura radical y definitiva: como ejemplo puedo citar, entre tantas otras, á la primera enferma que operé hace más de ocho años, hermosa mujer, que desde entonces disfruta de una salud perfecta, y así me lo ha explicado ella misma recientemente. De las 111 operaciones que llevo mencionadas, solo 11 han necesitado se- gunda operación: á dos de éstas fué preciso operar tercera vez; una de ellas lo había sido en la primera ocasión por el distinguido y malogrado Brassetti: la otra es esposa de médico, y desde la tercera operación, que practiqué el 30 de Diciembre de 1873, hasta la fecha actual, su menstruación se ha efectuado de una manera enteramente normal. Es de advertir, que las once enfermas que necesitaron nueva operación todas habían disfrutado en el intervalo un período más ó ménos largo de buena salud. También debo advertir que varias de mis operadas lo han sido recientemen- te; pero del conjunto de todas ellas resulta, que de 111 operadas solo once ne- cesitaron que se repitiera la operación, es decir, una sobre diez.—Lo cual es bien poco si se considera que las mismas causas que determinan la formación de las fungosidades pueden seguir obrando y hacer retoñar esas producciones morbosas. Ya dije en mi primera Memoria que, con el objeto de evitar la re- producción, acostumbro hacer aplicaciones intrauterinas con una fuerte solu- ción de nitrato de plata y por medio de un pincel. Aunque muchas de mis operadas pertenecían á la clase pobre y ambulante, he podido adquirir noticias, ya directa ó ya indirectamente, de la gran mayoría de dichas operadas, en diversas épocas, averiguando así que no se había renovado la menorragia: algunas de ellas que, por motivo de su enfermedad, habían caído en estado de esterilidad, han vuelto á tener hijos después de la operación: va- rias de mis operadas son esposas de médicos. Tres de las once operadas por segunda vez lo habían sido la primera por otros facultativos, una de ellas muy recientemente; y como yo pude extraer una cantidad notable de fungosidades, se infiere naturalmente que las*primeras ope- raciones no se habían practicado de una manera completa. Así es que, respecto de esas tres, también se puede creer que tal vez hubieran dado un resultado favorable y definitivo desde la primera vez, si se hubiera hecho la operación con más acierto. Y hago mención de este hecho con el único objeto de demos- trar que puede muy bien frustrarse el resultado, no por culpa de la operación, sino por la del operador; y que, por otra parte, no se debe abandonar el méto- do, ni desanimarse el que lo haya aplicado en vano; porque no es fácil llegar á la perfección del primer golpe, sino que, áun para las operaciones más sencillas, 6 se necesita cierta experiencia práctica, —muy particularmente cuando se trata de una operación que es de puro tacto. Habiendo notado casi siempre en mi registro las dimensiones del útero antes de operar, puedo asegurar á la Academia que, con muy raras excepciones, en- contré confirmado el hecho que ya había señalado en mi primera Memoria de coincidir la existencia de las fungosidades con un útero más ó menos abultado. Solo en una de las operadas, nulípara, encontré 5 centímetros, y en otra G; pero al lado de éstas se presentaron otras, que siendo también nulíparas, tenían un útero relativamente enorme: dos de éstas, á pesar de ser jóvenes, tenían una 8 % y la otra 10 centímetros!! Entre las que habían parido, el número GO presentó 10.4 centímetros: el número 57, 12* centímetros: por fin, en un caso entró muy fácilmente todo mi histerómetro de Huguier que mide 15 centí- metros!!—Estos datos bastarán para dar una idea del volúmen del útero entre las menorraicas. El tamaño más común entre ellas varia de 7 á 9 centímetros. Hasta ahora se habían considerado las metrorragias que acompañan á los cuerpos fibrosos del útero como puramente sintomáticas de esa enfermedad: no parecía, pues, la raspa aplicable á esos casos.—Sin embargo, estrechado por la fuerza de las circunstancias, hube de practicar esta operación en cuatro de esos casos, aunque con positiva repugnancia; pero el resultado fué tan feliz en tres de ellos, que me parece muy digno de fijar la atención de la Facultad, y propio para ensanchar el campo de la raspa con provecho de las mujeres inte- resadas. Una de esas operadas, mujer de cincuenta y tres años, y viuda por segunda vez, tenia-un fibroma del tamaño de un durazno, y hacia cinco años que sufría fuertes hemorragias, en el último año casi constantemente: era persona muy delgada y de un aspecto macilento, madre de dos médicos.—¿Se podria llamar menorragia en semejante edad la sangre que ella perdía?—¿No seria más bien esa pérdida sintomática del tumor fibroso que ocupaba la región anterior y de- recha del útero?—En todo caso debo explicar que la raspa produjo pocas fun- gosidades; pero que, no obstante, desde el dia de la operación, que fué el 1.° de Setiembre de 1875, basta la fecha actual, la sangre no se ha vuelto ápresentar!! Desde entonces no ha cesado de disfrutar muy buena salud esa señora, y así me lo manda decir cada rato con sus expresiones de gratitud. Otra enferma, análoga á la anterior, tenia un fibroma del tamaño de una li- ma, y fué operada por mí el 23 de Setiembre de 1875: era mujer de treinta y un años, y hacia ocho meses que sufría fuertes menorragias. La raspa produjo gruesas y abundantes fungosidades: al mes siguiente la menstruación era ya muy escasa y solo duró tres dias. Por via de estudio he seguido los pasos de esta operada, y puedo asegurar á la Academia que ella se conserva enteramente li- bre de hemorragias: así me lo ha repetido hoy mismo (9 de Julio de 1878), ha- biendo engordado notablemente y presentando el aspecto de una vigorosa salud. La tercera menorraica con fibroma, del tamaño de una naranja, fué operada el 19 de Mayo de 1875. Según me escribe el Dr. Palacios, médico de Miraílo- 7 res, ella continuó bien después de la operación hasta una noche de Pascua, que por un exceso de glotonería, le atacó una apoplcgía seguida de parálisis, y más tarde origen de su muerte. La cuarta enferma de esta clase es una señorita doncella, de cuarenta años, operada por mí el 10 de Octubre de 1877. El fibroma que tiene esta enferma es enorme, de manera que su vientre parece el de una mujer embarazada de seis meses por lo ménos: la cavidad uterina midió 15 centímetros!!—Las fungosi- dades que extraje fueron muy pocas, y hasta la fecha actual la menorragia ha persistido sin ninguna modificación notable. Habiendo, pues, advertido que en los casos de fibroma uterino la hemorra- gia suele ser debida á la complicación de esos tumores con las fungosidades de la cavidad uterina, me atreví á proponer la operación de la raspa en varios ca- sos de afecto maligno, pero todavía incipiente, del cuello uterino, y puesto en práctica este pensamiento por otro facultativo, el resultado lia sido plenamente satisfactorio. Suprimiendo así la pérdida de sangre, las pacientes lograron un alivio muy notable, y presentaron en seguida una condición más favorable para atacar la degeneración dei cuello por medio de su extirpación. Si fuera preciso invocar alguna autoridad para justificar ese procedimiento, fácilmente la encon- trariamos en el que usaba con singular audacia el finado y distinguido Dr. Si- món, de Heidelberg, quien raspaba el mismo cáncer uterino con un instrumen- to muy afilado y atrevido: después de haber tenido éste en mis manos, nunca lo quise adquirir porque me pareció muy peligroso. Pero respecto de la raspa en los casos ya indicados, considero que ella queda autorizada por el hecho prác- tico del éxito feliz. Habiendo tomado empeño por acreditar entre nosotros el tratamiento de la menorragia que discurrió el célebre Recamier, y cuyo método operatorio ha modificado de una manera tan feliz el eminente ginecologista Marión Sims, me he considerado en el deber de vindicar ese tratamiento de los defectos verdade- ramente quiméricos é infundados que algunos facultativos le han atribuido. Pa- ra conseguir ese objeto era preciso estudiar este punto de práctica con rigurosa exactitud, y así he procurado hacerlo hasta donde alcanzaran mis pocas lu- ces.—El resultado de mis investigaciones me ha convencido cada dia más y más de las grandes ventajas que presenta este método sobre los de otra cate- goría: generalmente su resultado es brillante y se obtiene en pocos dias; y, su- puesta siempre la debida habilidad por parte del operador, nadie podrá negar que también es muy inocente, —mucho más ciertamente que las aplicaciones de acido nítrico, del trozo de nitrato de plata, etc., que han causado ya algunas desgracias, miéntras que su eficacia no es comparable con la de la raspa, que en pocos momentos extirpa la causa, y así pone fin á los efectos. Varias de mis operadas habían sido tratadas anteriormente por las aplicaciones más enérgicas que se conocen, como las que he citado, —el nitrato ácido de mercurio y la pas- ta de Gancoin, y siempre infructuosamente, —hasta que vino la raspa á poner término á la menorragia. 8 Como yo no quisiera caer en el vicioso extremo de la exageración, tampo- co pretendo presentar la raspa como un arbitrio absolutamente infalible, pues por las diestras manos del Dr. Sims vi operar una menorraica sin ningún re- sultado inmediato, y en mi primera serie consta que una de las operadas que obtuvo luego una salud perfecta habiendo sido muy fuertemente menorraica, no presentó ese resultado inmediatamente, sino después de los toques que le hice con la solución del nitrato de plata. Pero si se considera con imparcialidad el resultado déla nueva serie que actualmente presento, será preciso confesar, que plenamente justifica la preferencia que yo recomiendo para este modo de com- batir la menorragia. Por otra parte, debemos recordar que en ciertos casos es fácil equivocar el diagnóstico, por ejemplo, cuando se trata de un afecto maligno é incipiente del íitero que, en lugar de principiar por el cuello, como sucede generalmente, prin- cipia por el cuerpo de esa entraña: se comprende que en esos casos la hemor- ragia podrá ser independiente de fungosidades, y qué por consiguiente, la ras- pa podrá ser infructuosa. Muy especialmente llamo la atención de la Academia sobre las dos ideas nue- vas que le presento actualmente, á saber: la aplicación de la raspa en los casos de fibroma y en los de afecto maligno é incipiente del cuello, acompañados de Blenorragia. Algunos han creído que yo prodigo esta clase de operaciones, juzgando sin duda por el número de las que llevo hechas, que no deja de ser crecido: creo que una pequeña explicación bastará para disipar ese error. Gomo iniciador y propagador de esta nueva práctica en México, naturalmente me encontraba yo señalado para aplicarla: por otra parte, era también natural que tomara á pe- chos el estudio de una materia que creía de sumo interés práctico, aprovechando con ese objeto muchas ocasiones que me presentaban las menorraicas pobres que otros médicos desechaban: por fin, muchas de mis operadas han sido espo- sas de médicos, ó enfermas que otros facultativos, que con una delicadeza de con- ciencia que les hace honra, me han confiado para ser operadas: por último, haré presente á la Academia, que estos casos abundan mucho, y que la sala que ac- tualmente dirijo en el hospital de San Pablo, consagrada exclusivamente á en- fermedades de mujeres, es otro teatro que me obliga á practicar la raspa con frecuencia en el cumplimiento de mi deber. Si se consideran estas razones, y, sobre todo, el hecho capital de no haber operado una sola vez sin extraer ma- yor ó menor cantidad de fungosidades, y siempre en presencia de otros médi- cos, no dudo que por su propio peso caerá ese falso concepto. México, Julio 17 de 1878. (/eí 2/lt'o.