EPIDEMIOLOGÍA PRIMITIVA TE Xj-A. FIEBRE AMARILLA POR EL DE. CARLOS FINLAY SOCIO DE MÉRITO DE LA REAL ACADEMIA DE CIENCIAS DE LA HABANA Y I)E NUMERO DE LA SOCIEDAD DE ESTUDIOS CLÍNICOS Publicado en la «Crónica Médico-Quirúrgica de la Habana» 15 de Mayo 1897. HABANA MILITAS, LTXTLvíE, -40 1897 G0NG0RDANG1A ENTRE LA FILOLOGIA Y LA HISTORIA E1T LA- EPIDEMIOLOGIA PRIMITIVA DE LA FIEBRE AMARILLA La benévola acogida que en el extrangero obtuvieron mis “Apun- tes” y “Consideraciones” sobre la Historia Primitiva de la Fiebre Amarilla” y los inmerecidos encomios que en su magistral tratado me dispensa el Dr. Bérenger Féraud, despertaron en mi ánimo el pro- pósito de dar cima á la obra tan pronto encontrase un dato concreto que afianzara mis ideas acerca del origen americano y pre-colombiano de la fiebre amarilla. Ese dato me lo ha proporcionado una feliz ca- sualidad: la publicación en el Diario de la Marina de un documento Maya, una página del «Códice Chumayel» con versión castellana, por un distinguido filólogo muy experto en aquel idioma y en antigüe- dades Yucatecas, el limo. Sr. Obispo de Yucatán, Dr. D. Crescendo Carrillo y Ancona. En el mencionado documento llamóme la aten- ción un párrafo que, refiriéndose al Yucatán, decía: hubo vómito negro que comenzó á causarnos la muerte en 1648. Esta alusión á un suceso que no consigna ninguno de los autores que he consultado, fué moti- vo de una consulta y súplica dirigida por mí al autor de aquel inte- resante “Estudio Filológico” que me ha valido la honra de una eru- dita contestación, en forma de carta, que por su importancia histórica y filológica creo llamada á ocupar un lugar preferente en la historia médica de estos países. Me permitirán pues los lectores de la Crónica reproduzca aquí las páginas más esenciales de la Caída sobre la Histo- ria Primitiva de la Fiebre Amarilla (Imprenta Mercantil, Mérida de 2 Yucatán 1892), que rae dedica el sabio y bondadoso prelado. Dice así: «En Yucatán, nunca seha padecido, precisamente como tal, el Co- eolitztle, enfermedad regional de Veracruz y demás costas de Nueva España, de que habla Herrera en el lugar citado de su «Historia ge- neral de las Indias,» y el cual dice: «Ya se ha dicho que es enferma la ciudad de Veracruz y toda la costa del Norte, por ser tierra calien- te, adonde las enfermedades son más mortíferas, porque añadido so- bre el calor natural, el de la región, no da lugar á sanar el enfermo, porque lo estorba el aire caliente, y no se crian los niños, porque con cualquier desorden les dá calentura, y por esto la costa se halla des- poblada: y la causa porque había tanta gente en tiempo de Moctezu- ma, es, que aunque había las mismas enfermedades generales, que llaman Cocolitztle, y en unos años mayores que en otros, como lo es ahora, usaba Moctezuma, vista la mortandad y falta de la gente en aquellas tierras, sacar de México y de los otros pueblos adonde ha- bía mucha gente, ocho mil familias, y este número ocho mil llama ban zexequipil, y los enviaba á poblar á donde había habido gran Co- colitztle, y les daba casas y heredades, y los hacía francos de tributos, por tantos años, y así volvía á poblar las costas, siempre que habia necesidad, sin hacer falta á los pueblos de donde los sacaba, y así llamaron Cocolitztle á las enfermedades generales de viruelas que han tenido y otras enfermedades universales.» «Como se ve, Herrera distingue dos clases de Cocolitztle: una pro- piamente tal, que es una enfermedad regional, endémica, pues ad- vierte que en tiempo del Emperador Moctezuma, eran unas mismas enfermedades generales anuales, expresando que en unos años eran ma- yores que en otros; y otra impropiamente tal, diciendo que los mexica- nos como por comparación, también llamaron Cocolitztle á las enfer- medades generales de viruelas que han tenido y á otras mortandades uni- versales. «Esto prueba, que la enfermedad regional de las costas de Nueva España llamada Cocolitztle, era endémica, y siendo de Veracruz y de las demás costas del antiguo Imperio de los Moctezumas, tal vez no era otra que la fiebre amarilla, pues cuando era de otra naturaleza, con la circunstancia de ser general en todo el Imperio, ó universal en toda la tierra, aunque le daban el mismo nombre de Cocolitzle, era co- mo debe entenderse, con el aditamento de extraordinaria, esto es, epi- démica. NOTA.—Acerca de la palabra “Cocolitztle” tengo algo que advertir. Un se- ñor mexicano erudito y versado en el idioma mexicano, me informa que todos los nombres en ese idioma suelen tener un significado arreglado ¡í la naturaleza del objeto que representan, y que, así interpretada, la voz Cocolitztle significa: 3 «Pobrecito enfermo» y al mismo tiempo indica que se refiere á una enfermedad conocida de sus antepasados. Entiendo pues que equivale á nuestras voces “epi- demia” “pestilencia” “peste” con la condición de que la grave enfermedad que inspira tanta compasión por sus víctimas, haya sido, de tiempo atrás, conocida por los indígenas. Más esas enfermedades podrán ser de distinta clase, en cuyo caso habría que acompañar la palabra «Cocolitztlc» con el nombre de la enfer- medad, diciéndose v. g. «Cocolitztle de Viruelas,» si los antepasados de los Az- tecas, antes ó después de sus migraciones, habían conocido ese mal. Por otra parte si la epidemia se refería á una enfermedad importante del país cuya rea- parición anual fuese de todos conocida, solo tratándose de ella podría decirse «la epidemia», «la pestilencia», «la peste» ó sea el Cocolitztle como por excelencia, en la seguridad de que toda la gente del país entendería que se hablaba de esa y no de otra clase de pestilencia.—C. F. «Pues bien; el Cocolitztle, propiamente tal, hubiese sido ó no fiebre amarilla, no se padecía en la Península de Yucatán. Hé aquí las ra- zones:—1? El mismo Herrera que habla de lo enferma, que siempre fué la ciudad de Veracruz y toda la costa del Norte de la Nueva España, dice todo lo contrario con respecto á la Península de Yucatán «El descubrimiento de la Península tuvo lugar el año de 1517 y dieron tanto que hacer á los españoles los belicosos mayas ó yucate- cos, que duró la conquista un cuarto de siglo, pues no triunfó sino hasta el año de 1541, habiéndose fundado en el inmediato de 42 esta ciudad de Mérida y las demás poblaciones españolas. Pues bien; en todo este tiempo no sufrieron los conquistadores epidemia alguna sino únicamente calenturas, palúdicas tal vez, por el calor y la hu- medad, y eso, tan benignamente, que no se hace mención de mortan- dad alguna 'extraordinaria. Las diferentes secciones de misioneros que fueron viniendo, tampoco sufrieron mortandad. «Por fin, establecida ya la colonia, á contar desde 1542, fue preci- samente la época en que se comenzó á observar mejor cuáles eran las condiciones del país, encontrándose y experimentándose las de la más perfecta sanidad regional de que dan cuentan todos los historia- res mencionados. «Ya en el siglo XVII, en el año de 1648, fué cuando por vez pri- mera se presentó en la Península el terrible azote de una gran peste. Hé aquí como habla de ella el historiador Cogolludo, el cual no sólo fué testigo presencial, sino que sufrió el ataque de la misma enfer- medad; dice así: «Año de 1648 Poco después de principiado por el mes de Marzo el año solar, por espacio de algunos días se vio el sol como eclipsado, el aire tan espeso que parecía una niebla ó humo muy condensado. Tan general fué en toda esta tierra, que no hubo parte alguna, desde Cozumel á Tabasco, donde no estuviese de aquella ma- la disposición En la ciudad de Mérida algunos días, especial- mente por las tardes cuando suele ventar la virazón de la mar, venía con mal olor que apenas se podía tolerar y á todas partes penetraba. No se podía entender de qué procediese, hasta que viniendo nave- gando un navio de España, baró en una como montaña de pejes muertos, cercanos á la costa de la mar, cuya resaca los iba echando á tierra, de donde salía el mal olor que hasta la ciudad y aún más adelante se extendía El mes de Abril y Mayo se vieron algunas muertes que causaron turbación en la ciudad de Mérida Entran- do el mes de Junio, comenzó el achaque de la peste en la villa de Campeche, y apretó en breves días, tanto que se entendió quedara totalmente asolada Previniéronse los caminos de Campeche re- celando la comunicación del contagio, ¿pero cuando el Señor no guar- da la ciudad, qué importan diligencias humanas? Con este temor de la divina justicia se pasó el mes de Julio, en que á los fines comenza- ron á enfermar algunas personas que morían muy brevemente, pero no se conoció ser el achaque de la peste hasta entrado el de Agosto. Con tal presteza y violencia dió en grandes y pequeños, ricos y po- bres, que en menos de ocho dias, casi toda la ciudad á un tiempo enfermó, y murieron muchos de los ciudadanos de más nombre y autoridad en ella. Afligida la ciudad con tal desventura, no vista otra vez desde (¡ue se conquistó esta tierra entre la nación española, por decreto del Cabildo se pidió licencia para traer la Santa Imagen de Nuestra Señora de Izamal ... á quien la ciudad eligió por Patrona y Aboga- da contra las pestes y enfermedades La tribulación de la ciudad fué grandísima como no experimentada otra vez semejante desdicha. No se hacía la señal para salir el Santísimo Sacramento de la Iglesia á los enfermos, y menos cuando morían para haber de sepultarlos Hallándose el Gobernador D. Esteban de Azcárraga muy apretado con el achaque, pidió que cuando espirase no disparasen la pieza de artillería gruesa que se acostumbra en semejantes ocasiones, porque con el sonido de ella no se atribulasen los enfermos oyéndole, y que no tocasen campana alguna, y así se ejecutó sepultando su cuerpo sin señal alguna Suelen en otras tierras las pestes ser un acci- dente común que uniformemente da á todos; pero no fué así en Yu- catán que fué ocasión de mayor confusión. No es posible decir qué acha- que fuese, porque los Médicos no lo conocieron Lo más común era sobrevenir á los pacientes un gravísimo é intenso dolor de cabeza y de lodos los huesos del cuerpo, tan violento que parecía descoyuntarse y que en una prensa los oprimían. A poco rato daba tras el dolor calentura vehemen- tísima, que á los más ocasionaba delirios, aunque á algunos no. Se- guíanse unos vómitos como de sangre podrida, y de estos muy pocos quedaban vivos. A otros daba flujo de vientre de humor cólico, que 4 5 corrompido ocasionaba disentería que llaman sin vómitos, y otros eran provocados á ellos con gran violencia, sin poder hacer evacua- ción alguna, y muchos padecieron la calentura con el dolor de hue- sos sin alguno de los otros accidentes A los más al tercero día parecía remitirse totalmente la calentura, decían que ya no sentían dolor alguno, cesaba el delirio, conversando muy en juicio, pero no podían comer ni beber cosa alguna, y así duraban otro ú otros días, con que hablando y diciendo que estaban buenos espiraban. Fueron muchísimos los que no pasaron del tercero día, los más murieron entrando el quinto, y muy pocos los que llegaron al séptimo, sino fué los que quedaron vivos, y de éstos los más fueron los de edad mayor. A los mancebos más robustos y saludables daba con más violencia y acababa la vida más presto Aunque de las mujeres enfermaron muchísimas, no apretó en ellas tanto el mal como en los varones Enfermos hubo que pasaron la calentura durmiendo, hasta que estuvieron sanos, sin haber quien les aplicase remedio al- guno. En casas de muy grandes familias apenas había quien soco- rriese á los enfermos por estarlo todos á un tiempo, ni quien les pi- diese los sacramentos. Este daño espiritual reparó la caridad de los sacerdotes, así seculares como regulares, porque andaban por las ca- lles de día y de noche llevando consigo el Santísimo Viático y Santo Oleo, visitando las casas para darlos á los necesitados. Trabajaron mucho en esta santa ocupación los Padres del Colegio de la Compa- ñía de Jesús, especialmente el P. Juan Esteban, varón de apostólico espíritu, y el P. Gregorio de Ferrer, que andaba por las calles pregun- tando á voces si había quien necesitase de confesar. No cesaban día y noche los Religiosos de nuestro convento (franciscano); quien más admiró fué el R. P. Fray Juan de Alcocer, Guardián. Cuando co- menzaron á mejorar los seculares, dió el achaque á los Religiosos. De ocho sugetos que había en el Colegio de la Compañía murieron los seis y el último el V. P. Juan Esteban. De nuestros Religiosos (fran- ciscanos) murieron en la ciudad veinte. Casi todas las cabezas y per- sonas de más cuenta, eclesiásticas y seculares, faltaron en aquella peste. Murió como se ha dicho el Gobernador y los más del Cabildo Eclesiástico. Murió el P. Provincial de esta Provincia, los dos Guar- dianes de los dos Conventos de la ciudad y el P. Rector de la Com- pañía de Jesús Mientras duró la fuerza de la peste en los espa- ñoles no enfermaron los indios, sino solo los que estaban con ellos y los que iban á la ciudad, que salían tocados del mal, y los más mo- rían en sus pueblos, pero no se les pegaba á los otros que los asistían. Ocasionó esto que los indios con atrevimiento dijesen que el achaque era castigo de Dios, pues solo enfermaban en la ciudad y villas por los tna’os tratamientos que les hacían. Un indio embustero publicó 6 que todos los españoles de Yucatán habían de morir ) quedarse los indios solos, y así andaba por los pueblos embelesando á los indios con una figura que hizo de paja ó no sé qué, lo cual por muy exten- dido entre ellos causó recelo entre los españoles, y así, aunque con- valescientes y afligidos, se hizo junta de banderas y cuerpo de guar- dia en las casas donde vivían los Gobernadores, hasta que cogieron al indio, con que cesó el rumor, y siendo el delito como se ha referi- do, el castigo no fué tal como merecía. Presto desengañó Nuestro Se- ñor á los indios de la presunción que tenían, porque pocos días des- pués de lo referido, dió en muchos pueblos de ellos la misma enfer- medad que á los españoles, haciendo horrible estrago como en gente sin regalo ni medicinas Duró la enfermedad en toda la tierra por espacio de dos años Raro fué el que estuvo ó entró en esta tierra aquellos dos años que no enfermase, como tampoco que murie- sen de recaída, habiendo salido del primer accidente. (1) Quedaban todos pálidos que parecían difuntos, (2) sin cabellos, peladas las cejas mu- chos, todos tan quebrantados que, aunque hubiesen tenido solos dos días de calentura y poco dolor de huesos—como á mí me sucedió — en muchos no podían recobrar sus fuerzas. Por lo que dije que á los mozos más robustos acabó la enfermedad más presto, diré lo que después vi el año de 1650, yendo á visitar la Provincia de Guatemala en compañía del R. P. Fray Antonio Ramírez. Saliendo de lo que llaman las Bodegas en el Golfo Dulce, al segundo día de camino se dá y pasa por un gran piñal, que se extiende por muy dilatado es- pacio de tierra, y en él vimos que el mismo año de 48 en que comen- zó la peste, algún aire pestilente ú otra mala influencia, secó todos los pinos crecidos y grandes, de que había sinnúmero caído ya por el camino, y otros amenazando á caer con no pequeño peligro de los pasajeros, quedando todos los pinos nuevos pequeños vivos, y en- tonces hice reflexión, que de los muchachos de poca edad, á quien dió la peste en Yucatán, fueron muy pocos los que murieren respecto de la gente de edad más crecida.» (Cogolludo.—«Historia de Yucatán.» Lib. XII. Caps. XII, XIII y XIV.J «Por sus últimas frases, parece dar á entender el historiador Cogo- lludo, que el contagio se propagó á Yucatán procediendo del Sur á juzgar por lo que dice del viento y de sus efectos en los piñales. «Y sin duda, señor, V. observará, que el dicho historiador no sabía cómo clasificar la enfermedad, ó en qué consistía la peste, de modo (1) De modo que se notó la inmunidad que deja el vómito negro una vez sufrido por el /pie se salva de él. (2) De esto procedió el nombre de fiebre amarilla conque también se clasi- fica el mal. 7 que en Yucatán se padeció sin que se le hubiese dado un nombre es- pecial; pero las circunstancias del gran dolor de cabeza y como que- brantamiento de los huesos todos del cuerpo, la fiebre extraordina- ria, el vómito de sangre corrompida y el color de muerto que se ex- ponen como las principales circunstancias y más comunes en los atacados del mal, son pruebas evidentes de que éste era el vómito negro ó fiebre amarilla, desconocida hasta entonces por los españoles en esta Península después de la conquista, prueba toral de que nun- ca fué aquí enfermedad regional ó endémica. «¿Pero el pueblo maya, la raza indígena de Yucatán, desconocía, lo mismo que los españoles, semejante enfermedad, como epidemia? ¿Si desde el descubrimiento basta mediar el siglo XVII, jamás se ha- bía visto en el país una semejante mortandad por calentura pestilen- cial, no podía haber sucedido cosa semejante en los tiempos anterio- res al descubrimiento? La fiebre amarilla, fuese endémica ó epidémi- ca, respectivamente, en los diferentes países de la India Occidental, ¿era ó no propia y exclusiva de ésta? O si está probado que los euro- peos no la trajeron sino que la encontraron en este nuevo Continen- te, ¿cómo se probará que siempre se había padecido aquí, y que no se inició á causa de la presencia misma de los europeos en el Nuevo Mundo, propagándose por primera vez el contagio así en ellos como en los aborígenes? «Cuestiones muy graves é importantes son éstas, pero que, como V. me dice, señor, en su atenta carta que contesto, únicamente en los documentos antiguos de lengua maya, podría encontrarse el dato que busca desde há largo tiempo para la comprobación de que: antes del descubrimiento ocurrían epidemias de fiebre amarilla, ó sea de vómito ne- gro, en las costas de la América Central. «En efecto, ya ve V. que mientras el historiador castellano ignora qué clasificación hacer ó que nombre dar á la rara enfermedad, que después de más de un siglo de poblado Yucatán de españoles se ve- nía á sufrir, y que para explicarla hace un prolijo relato de síntomas y circunstancias; el «Códice de Chumayel,» el documento maya, en una sola palabra propia y gráfica, consigna el suceso de la peste y su nombre especial en la nota cronológica correspondiente, y que por fortuna he dado al mundo sabio en el facsímile adjunto al «Estudio filológico sobre el nombre de América y en el de Yucatán.» Uchci xe- kik, hoppci eimil toon 1648 años. Esto es, hubo vómito negro que comenzó á causarnos la muerte en el año de 1648. «Tal modo de hablar hace creer, que aquella clase de peste, abso- lutamente desconocida para los españoles de Yucatán, no lo era pa- ra los indios. «Y. aun sin conocer el idioma maya, lea atentamente en el facsí- 8 mile esa línea del texto original, y para entender la segunda palabra xekik, tome el Diccionario de la lengua par D. Juan Pío Pérez, y en la letra X, página 361, encontrará lo siguiente: «Xekik: Vómito prieto, arrojar sangre.» «Las otras palabras de dicho texto: hoppci. cimil toon, que significan: y empezarnos á morir nosotros, esto es, los indios, es por lo que dice Co- golludo, que al principio de la peste solo atacaba á los de raza espa- ñola, pero después comenzó á atacar también á los indios. «Sin embargo; que por solo este dato del «Códice Chumayel» in- fiera yo que el vómito negro era conocido de los historiadores indí- genas, aunque completamente nuevo para los españoles de Yucatán, no pasaría de una conjetura más ó menos fundada; y, para nuestro caso, lo que se necesita es como V. dice, un dato decisivo, y lié aquí que llegamos al punto esencial y culminante de la presente carta. «Los «Códices Mayas,» como todos los Libros Sagrados de los anti- guos yucatecos, ó de Chilam Balara, como son vulgarmente conocidos, tienen precisamente por principal objeto consignar las notas crono- lógicas de las fiestas de los dioses, de las guerras, pestes, hambres é invasión de los españoles. Son cronologías y Calendarios, contenien- do también por esto augurios y profecías. Paso, pues, á registrarlos, principalmente en la parte corcordante con la del «Chumayel» en sus notas históricas ó cronológicas del siglo XVII, y en el «Códice Tizimín,» que denomino así, porque procede de los indios de Tizi- mín (Tzimincah), entre el folio 16 vuelta, y el 17, encuentro esta ter- minante nota: «Can ahau, u bulue oit katun, cu xocol tu Chichón Itzá u lieo ka- tun, ulom Kuk, ulom Yaxun, ulom Ah kantenal, ulom xekik tu can uao, ulom Kukulcan tu pach ah Itzaob, tu canten u than katun uale.» «Versión: «En el 4? ahau (año maga), en el undécimo katun (siglo maya), que se cuenta hácia el pozo de Chichén-Itzá, en el asiento ó colocación de la piedra del katun, llegada de Kuk, llegada de Yaxun (personajes mitológicos é históricos que daban su nombre á las épocas), llegada de Kantenal, fué la llegada del vómito negro por cuarta vez, llegada de Kukulcan después de los Itzáes, en la cuarta coloca- ción y significado del katum.» «Este dato aclara con viva luz el del «Chumayel,» porque hablando de la misma peste que corresponde al año de 1648, dice terminante- mente que era la cuarta vez que invadía esta tierra, y como desde el descubrimiento de ella, que fué en 1517 hasta el dicho año de 1648 que se presentó la epidemia, jamás la habían visto los españoles, se desprende que las tres invasiones anteriores precedieron al descu- brimiento. «Yes tanta verdad ésta, que los mismos historiadores que antes cité, para comprobar lo saludable que siempre fué el clima de esta Península, de manera que en ellai no se padecían las en fermedades