ISRAEL CASTELLANOS RÓFESCR DEL INSTITUTO ESPAÑOL CRIMINOLOGICO DE MADRID LA BRUJERIA Y EL ÑAÑIGUISMO EN CUBA DESDE EL PUNTO DE VISTA ' • W . , MEDICO-LEGAL । X MEMORIA LAUREADA POR LA ACADEMIA DE CIENCIAS MEDICAS, FISICAS Y NATURALES DE LA HABANA lema: Kulturkampf Habana Imp. de Lloredo y Ca., Muralla 24 1916 ISRAEL CASTELLANOS i1 I PROFESOR DEL INSTITUTO ESPAÑOL CRIMINOLOGICO DE MADRID LA BRUJERIA Y EL ÑAÑIGUISMO EN CUBA DESDE EL PUNTO DE VISTA MEDICO-LEGAL MEMORIA LAUREADA POR LA ACADEMIA DE CIENCIAS MEDICAS, FISICAS Y NATURALES DE LA HABANA lema: 4 Kulturkampf Imp. de Lloredo y Ca., Muralla 24 1916 DEDICATORIA ■diLd. Q/epo y /^iyaeyedc. (o/ ánice ^Mecenas de mi /tateia. aae ec/am/yó en /a /lenam/w de mi idea e/ tema de eda . //emorát. é/, ^eauéadcr de mi mida deseen tea /ijada, ce nsad me cesi (/eudc camiño /aS ^id^inas i/de^madeyaS de/ /weSeyde tea/aje md. EL AUTOR LAM. 1. El "irime" o "diablito" de los ñañigos, típico ejemplar africano adoptado por la más tenebrosa de las asociaciones criminales de Cuba. LA BRUJERIA Y EL ÑAÑIGUISMO DESDE EL PUNTO DE VISTA MEDICO LEGAL POR EL Sr. Israel Castellanos Lema: KULTURKAMPF. Memoria premiada en el concurso de 1916, con el Premio de Medicina Legal instituido por el Dr. Antonio de Górdon y Acosta I INTRODUCCION El estudio del ñáñiguismo y de la brujería desde el punto de vista médico-legal, determina, naturalmente, ¡a reducción del tema en su aspecto sociológico y la amplitud del asunto bajo.la luz científica. Hay, por tal motivo, que hacer abstracción de muchas consideraciones sociales, jurídicas e históricas, para dar todo el relieve necesario a los factores y caracteres que interesan grandemente al mé- dico forense. La historia, prácticas y lenguaje de los ña- ñigos es conocida desde el trabajo de Urrutia y Blanco: Los criminales de Cuba, Barcelona, 1882. La brujería ha sido objeto de prolijas y fecundas investigaciones por parte del Dr. Fernando Ortiz, a quien cabe el ho- nor de haber estudiado positivamente el asunto. El libro de Ortiz tiene, no solamente el mérito de ser una hermosa conquista de nuestra sociología, sino la pri- mera y la más profunda consideración del fetichismo afro- cubano. El ñáñiguismo y la brujería no han sido considerados bajo el punto de vista médico legal en ninguno de los trabajos precedentes, por lo que a la acertada solicitación de la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales 6 de la Habana, se debe la entrada del asunto en un aspecto enteramente nuevo. Y enteramente nueva debe ser nues- tra tesis, por su índole, por su método y por sus conclusio- nes. Por causa tan poderosa, a parte de que no ganaría luminosidad el bosquejo histórico hecho por Ortiz, de la aparición y del proceso seguido por las diversas razas so- bre el mundo de nuestra compleja mala vida, prescindimos de relatar el desenvolvimiento de los diversos grupos étni- cos, especialmente en sus caracteres psíquicos más salien- tes, muchos de los cuales sobrenadan en los estratos más ínfimos de la población cubana. Suponemos la necesaria iniciación histórica en los que nos lean, para no insistir en hechos, pasajes y aconteci- mientos ya sabidos, latentes en el conocimiento de todos, perdurables en las mentes habituadas al estudio del pasa- do, de sus errores, de sus costumbres y deficiencias. Es, pues, inútil hablar de la carencia de brazos para explotar la riqueza de nuestro suelo, después de haber sido agosta- da la sufrida raza indígena, y con ese motivo, la violenta penetración de millares de negros africanos, arrancados a las distintas regiones del continente negro, entre los que predominaban los lucumís, congos, carabalís y gangas. La introducción de ese elemento primitivo, rudo, con reli- giones adaptadas a los planos más inferiores de la psiquis humana, faltos de principios sociales y precipitados en la sima insondable de la esclavitud, sin la más ligera proba- bilidad de elevación relativa en el sentido moral e intelec- tual, convivieron en la miseria de los barracones, en la po- breza de las plantaciones; al lado, más tarde, de raza tan inmovilista como la asiática, que con la africana compar- tió las privaciones de la esclavitud, sin dejar por eso de manifestarse con vigor el espíritu de ambas razas. Los negros, en nuestro ambiente, continuaron siendo fetichis- tas, amigos del curanderismo como en sus incultos terri- torios, y los chinos no dejaron de ser guardadores de sus 7 creencias, permaneciendo refractarios a las influencias más dignificadoras. Los caracteres psíquicos del negro no po- dían, en esas condiciones, pulirse beneficiosamente para la época futura, por lo que se conservaba sin obstáculo cultu- ral la estrecha mentalidad africana. El hijo de los barra- cones, psíquicamente era tan africano como sus anteceso- res. La invariabilidad de la descendencia, no alterada pol- las influencias nuevas, ha legado, a través del tiempo, fir- memente la herencia negrera. Y así es como ha podido sostenerse hasta nuestros días la brujería y el ñañiguismo, legítimas incubaciones del cerebro africano. La descendencia de los esclavos recibía esas irradia- ciones de intenso misoneísmo en un ambiente tan limitado y desfavorable como el de la esclavitud, en la que el fetichis- mo tenía una amplia e inagotable fuente de difusión. El conocimiento de esas generalidades, constituyentes de algunas páginas de nuestra historia, con evidentes pal- pitaciones en nuestra vida sociológica, no son nuevas, por lo que no hemos creído necesario detenernos en considera- ciones minuciosas. Estas líneas introductivas forman, en su modesto conjunto, el primer capítulo del presente trabajo. II DEFINICION SOCIOLOGICA DEL BRUJO Y DEL ÑAÑIGO Debemos, ante de todo, definir lo que es un ñáñigo y lo que es un brujo, para distinguirlos como tipos espe- ciales. La definición, en nuestro concepto, no debe hacer- se bajo el punto de vista moral, ni jurídico, sino en su aspecto social. Ateniéndonos a principios morales exclu- sivamente, la clasificación es deficiente, porque otros tipos sociales, como el ñáñigo y el brujo, también menoscaban las buenas costumbres y las reglas más honestas creadas por las civilizadoras facultades del espíritu; ajustándonos únicamente a principios jurídicos es más defectuosa toda- 8 vía la definición, porque muchos tipos de la mala vida son perjudiciales y larvados como el brujo o habituales e ini- ciados criminosos de asociaciones ilícitas como el ñáñigo. Por estos motivos, es necesario definir el brujo y el ñáñigo conforme a su manifestación social, de acuerdo con su ac- tuación en el medio civilizado en que milita, según sus reacciones-como podemos decir anticipándonos a la fu- tura química sociológica,-pues el ñáñigo y el brujo, así considerados, son simples cuerpos definidos, dotados de propiedades africanas, caracterizados por especiales ener- gías psico-antropológicas. Hasta hace poco el ñáñigo y el brujo eran confundi- dos, o mejor dicho, considerados de igual modo, creyéndo- los una misma cosa. El libro Los negros brujos, del Dr. Fernando Ortiz, se encargó de deslindar, justa y lógica- mente, la brujería del ñañiguismo. ¿Antes de aparecer el volumen del distinguido etnólogo cubano, reinaba sobre ambos conceptos la mayor confusión. Para Carlos de Urrutia y Blanco el ñañiguismo "todo es una mezcla de superstición grosera y comprueba un estado muy rudimen- tario y muy atrasado en la escala de la civilización". Más adelante agrega: "sirve al mismo tiempo de explicación a varias aberraciones que se notan en la conducta y las ten- dencias de la clase de color, puesto que, como se observará fácilmente, esta institución tiende a mantenerla en el cen- tro de las comarcas africanas, aunque sus individuos naz- can y se eduquen en el seno de la cülta sociedad en que viven" (1). El autor, según se vé, no hace mención dis- tintiva de la brujería, y aunque así lo hubiese hecho, su concepto o definición del ñañiguismo puede ser aplicado a la brujería que, también, revela "una mezcla de supersti- ción grosera y comprueba un estado muy rudimentario y muy atrasado en la escala de la civilización". (1) Los criminales de Cuba y Don José Trujillo. Barcelona, 1882. 9 "Los carabalíes-escribe el l)r. José A. Rodríguez García en sus "Croquis históricos"-fueron los introducto- res en la Isla del ñañiguismo, el cual, en substancia, no es más que una religión adulterada por la influencia del tiem- po y de la sociedad en que fue importada". De ésto se deduce que, como la brujería, el ñañiguismo tiene carácter religioso. Se confunden, pues, ambos fenómenos. La consideración objetiva del problema produjo en la mente clara de los autores un sensible error. El método subje- tivo de Ortiz, aplicado con verdadero talento, fué el que, en momentos precisos, desvaneció el error. El brujo y el ñañigo-ha dicho recientemente un autor-son dos perso- nalidades muy distintas; sociológicamente divergen entre sí, al igual que en Italia el mafioso y el camorrista (1) La brujería y el ñañiguismo, aunque negreras, afri- canas de origen, son colectividades opuestas, de diversas tendencias. El fetichero conjura los males, tiene íntima relación con los objetos deificados, da amuletos como nues- tros brujos, luego acertadamente ha expresado Ortiz: "Al fetichero se le llama en Cuba brujo". Pero nuestros bru- jos bendicen, rezan ante los orishas, tienen imágenes gro- seras, luego son sacerdotes. Presagian, también, las do- lencias, profetizan, averiguando el futuro de los fieles, por lo que actúan como agoreros. De ésto se deduce que es exacta y genial la conclusión del Dr. Ortiz; la intervención del fetichero en la vida social puede reducirse a los tres as- pectos ya mencionados: sacerdote, hechicero y agorero. Por lo expuesto fácil es comprender, que ateniéndose a su manifestación sociológica puede definirse la brujería. "En rigor y por las razones ya expuestas, el carácter religioso es inseparable de sus funciones curativas y adivinatorias, las cuales aparecen siempre consagradas por la invocación a las divinidades, cuando no por una intervención directa (1) El Dr. Fernando Ortiz y las diversas facetas' de la mala vida cubana. Habana, 1914. 10 de las mismas. Sin embargo, la finalidad de los actos de los feticheros, meramente de índole religiosa o principal- mente médica o pronosticativa, permite distinguir los tres indicados aspectos de su actividad" (1). La brujería, se- gún queda demostrado, está caracterizada por la religio- sidad. El ñañiguismo, en cambio, carece de esa cualidad. Para el Dr. José A. Rodríguez García, los caraba]íes fue- ron los introductores del ñañiguismo, que en su concepto. no es más que una religión adulterada por la influencia del tiempo y de la sociedad en que fué importada. Desco- llaron-dice el mismo autor-los carabalies entre los otros negros importados y se sobrepusieron a los restantes afri- canos. Dábales la supremacía su carácter soberbio, enér- gico, dominante, belicoso; su espíritu de asociación, y aca- so su odio al blanco (2). Los carabalies bibi, según Hem ry Dumont, eran indomables, violentos y vengativos (3). La concurrencia de estas cualidades psicológicas dan al ñañiguismo un fuerte color étnico. Tiene, además, un alto grado criminoso, pues la religión es cosa secundaria. El ñáñigo jura en su iniciación el deber de defender y de ven- gar a sus hermanos de asociación, nada importa que el ju- ramento se efectúe ante un crucifijo o cualquier símbolo religioso. Es importante recordar que el juramento pri- mitivo de los negros se ocultaba a las personas blancas y que no usaban reliquias católicas, porque los carabalies le tenían horror a esas cosas religiosas (4). Aun cuando fuese primordial la fe o la creencia religiosa en el ñañiguis- mo, lo que lo caracteriza en su actuación o manifestación social es la venganza y la agresión. No mata al ateo, ni hiere al mahometano, ni al protestante, ni la oración, ni el (1) F. Ortiz. Los Negros Brujos. Madrid, 1906, p. 121. (2) Croquis históricos. Habana, 1905. (3) H. Dumont. Antropología y Patología comparada de los ne- gros esclavos. Habana. (4) C. Urrutia y Blanco. Ob. cit. p. 365. 11 ceremonial le son habituales, lo que lo caracteriza es la obli- gación contraida en ¿el juramento de vengar los agravios inferidos a cualquiera de sus hermanos de juego. El ña- ñigo acarrea el delito de sangre, el brujo raramente llega a él. Por esta sola causa es necesario diferenciar ambos tipos sociales, confundidos generalmente en el escenario criminoso de la mala vida cubana, donde el uno actúa con sus supersticiones y agorerías y el otro con sus brutales agresiones. Ahora podrá comprenderse claramente el aserto, ya formulado, de la divergencia de ambos tipos, como en Ita- lia difieren en su significación el mafioso y el camorrista. Mientras la camorra tiende al lucro ilícito, la mafia, como nuestro ñañiguismo, es un impulso colectivo e instintivo, que une en un pacto casi delictuoso a muchos de aquellos, los más impulsivos, que tratados como perros, por la socie- dad, juran no tener fe en otra justicia más que en aquella que se hagan con sus manos (1). El ñañiguismo es una asociación perfectamente organizada, con sus jefes, etc., mientras que en la brujería falta por completo todo vesti- gio de organización. Otro rasgo los diferencia todavía y es que los ñañigos unos con otros se declaran la guerra, ofendiéndose mutuamente, mientras que los brujos guar- dan para sus colegas cierto espíritu de cordialidad. "No le liga-dice Rodríguez García-el juramento a los indi- viduos de otros juegos o asociaciones: antes bien, suele estar con ellos en guerra. Fuera de los dichos no se le exige al ñañigo que cumpla ningún otro deber: lo tiene únicamente para la sociedad de que es miembro; un ña- ñigo puede ser, por lo tanto, un desalmado, un hombre cu- bierto de crímenes, sin que éstos influyan en su contra den- tro de la asociación a que pertenece". Es, por todo lo ex- puesto, bien notable la diferenciación de los dos tipos más curiosos de la mala vida cubana: el ñáñigo y el brujo. (1) De Felice. Mafia e delinquenza in Sicilia, p. 18. 12 En síntesis: el ñáñigo es un miembro de una sociedad cri- minal organizada por sujetos de la mala vida, por los ver- daderos microbios del mundo criminal, asociados para la defensa y la venganza de sus hermanos o compañeros de asociación. El brujo es un profesador activo del curan- derismo, el sacerdocio y la agorería, por fe o convicción pri- mitiva, sin estar sujeto a determinada organización je- rárquica. III DISTINCION DE LOS FENOMENOS CRIMINOSOS DE LA BRUJERIA Y EL ÑAÑIGUISMO De la definición sociológica del brujo y del ñáñigo se deduce la posesión de cualidades específicas, con dis- tinta afinidad criminológica en su dañosa reacción social. El ñáñigo, por virtud de sus elementos integrantes, es más violento que el brujo, carente de odios colectivos. La sig- nificación, el carácter, los fines perseguidos por el fetiche- ro afro-cubano, determinan una constitución menos enér- gica y expansiva, ajustada a una modalidad biológica pro- pia de su manifestación social. La naturaleza despectiva, el fondo mental díscolo del ñáñigo, inherente a los guapos de la calle, como dice Salidas, fundamenta la agresividad y el activismo vengador del ñáñigo. Es más atávico el fenómeno criminoso al producirse por factores brutales, por verdaderas causas primitivas. Y atávica es la san- grienta delincuencia del ñáñigo que, como el hombre de la época prehistórica, tiende a campear, asociando alevosa- mente sus impulsos homicidas en un medio de civilización y de progreso. Psicológicamente el ñáñigo es un anacro- nismo, al aparecer entre nosotros sustentando sentimientos de venganza, rezagos groseros del talión. En cambio, el brujo no hace más que permanecer en el estado psíquico en que fué introducido, conservando todas las formas de 13 su cristalización inculta, pues "la brujería es deficiencia de evolución", como dice Ortiz. Fd ambiente del brujo está falto de directas solicita- ciones criminales, por lo que no es tan bárbara su delin- cuencia cuando brota. No sucede lo mismo con el ñáñigo, cuyo medio está denso de amenaza y de provocación. El ñañiguismo lleva sangrientamente al delito; la brujería, no. El ejercicio del fetichismo es menos criminoso que el ñañiguismo; al menos, su delincuencia no llega a la más alta gravedad jurídica, porque "la brujería afro-cubana, tal como hoy se manifiesta, no inspira habitualmente el homicidio'' (Ortiz). El ñáñigo que es agresor por ex- celencia, verdadero criminal jurado, tiene la hegemonía en la delincuencia más brutal: el homicidio. "La psicología bruja no tiene el más leve contacto con el alma ñáñiga; la personalidad ética del brujo es el reverso. Sus hábitos son sedentarios y tranquilos, sus costumbres tienen apa- riencia de honradez y de irreprochable moralidad. Su temperamento no es impulsivo, ni violento, ni sus pasiones tienen expresión enérgica. El ñáñigo y el criminal se ven- gan con el cuchillo y el brujo con el embó. Sus rasgos psicológicos más salientes son: la hipocresía, la sumisión, la mansedumbre, la humildad y la carencia de orgullo. El temperamento apacible no se revela con los mismos ca- racteres del impulsivo, aunque en distintas personalidades sea igualmente criminoso. La raza y el temperamento en- gendran tipos diversos como el ñáñigo y el brujo, como el homicida y el ladrón" (1). El brujo en un plano de civilización como el nuestro, resulta un delincuente por su parasitismo, por su inadapta- bilidad ; pero no un delincuente por transgredir la ley cons- tantemente. Es un atrasado, un sujeto nocivo por estar fuera de su medio, una individualidad captada a su am- (1) El tipo brujo, en "Revista Bimestre Cubana", vol. IX, núm. 5, p. 333. 14 biente africano, donde es común la hechicería y el curande- rismo. La poligamia, tan corriente en la vida social del continente negro, y no menos frecuente en nuestros brujos, sólo debemos juzgarla como un carácter arraigado o per- sistente de la moral africana. Más antisociabilidad existe en los ñáñigos, donde hay no poco elemento blanco, por una parte, y por otra, maltrato de obra de las mujeres por ellos explotadas. La anormalidad del brujo afro-cubano- estriba en su eficiencia. El fetichero, como se ha dicho no ha mucho, "es un antisocial porque fanatiza y embrutece, porque es un parásito, un obscurantista; pero no un delin- cuente habitual. Su atraso moral le hace creer y difundir supersticiones que él sustenta honrada y fervorosa- mente" (1). El ñáñigo es un criminal instintivo, peligroso en nues- tro medio y fuera de él. Entre nosotros, porque es una amenaza constante, un incansable cultivador del antago- nismo, un rebelde, un disgregado de la justicia y del or- den social de nuestro tiempo, verdadero anacronismo para el ñáñigo que ha jurado hacerlo todo por sus propias ma- nos. Y con sus manos realiza las aspiraciones indoma- bles de su fiero espíritu de venganza, agrediendo o asesi- nando sañosamente. Fuera de nosotros, es un arrastrado por el vendabal de las pasiones, hirvientes en los centros de barbarie, donde sin recato puede ejercitar el ñáñigo su ciega egolatría, poniendo en juego la impulsividad de su criminal y feroz personalismo. Estos festones primitivos de la mentalidad ñáñiga, deciden su voluntad y caracteri- zan sus acciones, por lo que su delincuencia específica- mente es contra las personas. El brujo, aunque en algu- nas ocasiones sea verdaderamente criminoso, es diametral- mente opuesto. No usa armas, como todos los valientes, ni jura venganza, como el ñáñigo, ni ataca las reglas fun- (1) El tipo brujo en "Revista Bimestre Cubana'', vol. IX, núm. 5, p. 333. 15 damentales de la moralidad social, como otros microbios de la mala vida. Ni cuando cae en las redes del delito pierde las formas propias de su actuación social. "No delinque por espíritu de maldad, ni por sed de sangre, co- mo el criminal; no busca un contrincante, como el agresor; no se venga por medios brutales, como el homicida y el asesino; no blasona de su inferioridad moral, como todos los hampones; no se goza en el delito, como los malhecho- res natos; no practica el mal por el mal, como los instin- tivos, puesto que persigue con la muerte de un párvulo, la cura y el bienestar de un adulto, ni se enorgullece del delito, ni lo justifica". La criminalidad del ñáñigo y del brujo es de fácil dis- tinción. El primero delinque de mala ley, el segundo, de buena fe. Fernando Ortiz, con la clarividencia que le es propia, casi llega a expresarlo. "La condición de la bue- na fe y de la astucia de los brujos se ha puesto de relieve no ha mucho. Unos brujos para curar cierta dolencia con- vinieron en que era necesario el corazón de una niña blan- ca. La niña fué buscada y asesinada. Poco importaba al brujo que el corazón salvador fuese de tal o cual niña, bastaba que fuese blanca (1). Su orden de asesinato fué dictada con la misma facilidad que si se tratara de una paloma. El brujo, siendo un completo hipócrita hubiera engañado igualmente a los imbéciles creyentes con cual- quier recurso de su imaginación que no hubiese acarreado riesgo tan grave como el de exponer su propia vida. Na- da iba a ganar ninguno de los brujos con el crimen, salvo la curación de la enfermedad y el consiguiente aumento de su prestigio. Ninguno otro móvil fuera de éste, ni la co- dicia, ni la venganza, ni la lujuria, inspiraron el delito; hasta me permito decir que el fin era altruista bajo cierto (1) La no elección de la víctima es distintivo del delito de san- gre de los brujos. Recientemente, en Minas, se ha reproducido el mis- mo hecho que refiere Ortiz. (V. El tipo brujo y Gaceta Médica del Sur, vol. XXXII, núm. 777. 16 aspecto" (1). Pero el delito de sangre es muy raro en los fetichistas afro-cubanos, pues la religión no lo envuel- ve, ni lo determina. No obstante la vigorosa persistencia de la brujería, muy pocas veces los cultivadores y mantene- dores de ella, han llegado al sacrificio de menores. El aspecto más delictuoso de la brujería está en los embós. "El embó-dice Fernando Ortiz-se usa para producir la salación o para librar de ella a una persona, transmitiéndola a otra o a un animal u objeto, porque el embó es como el vehículo del bilongo que origina la sala- ción. El embó no se emplea siempre en la curación de enfermedades, pues, aunque revestida de un carácter reli- gioso, los brujos tienen su terapéutica salvaje muchas de cuyas aplicaciones no pueden ser consideradas como he- chizos". El brujo, primeramente, procede, como el mé- dico diagnostica la enfermedad, y después comienza la curación de la misma. "Esta se consigue bien por el tra- tamiento del mal por medio de medicamentos primitivos, como los que le aplican, o bien por la transmisión de la en- fermedad a otro sér, lo que se procura por medio del embó. Eos hechiceros negros eran los únicos individuos que te- nían en sus países el carácter de médicos, y en Cuba con- siguieron hacer aplicación de su terapéutica salvaje entre los de su raza, más crédulos en la ciencia de ellos que en la de los blancos" (2). El brujo se vale de extractos de raíces, jugos, hojas maceradas, sangre de animales, huesos pulverizados, etc., para sanar las dolencias y los padeci- mientos físicos. Estos embós de su terapéutica tienen no poca aplicación a su hechicería. Los brebajes abortivos y sus preparaciones para amarrar al prometido o al cón- yuge, sus estimulantes genésicos y sus narcóticos, son ver- daderamente nocivos para la salud del individuo que los ingiere; muchos, por virtud del filtro negrero, han caído (1) Ob. cit. p. 271-273. (2) Ob. cit. p. 218. 17 violentamente en el desequilibrio psíquico o los trastornos orgánicos han sido suficientes para morir. La actuación sacerdotal del fetichero afro-cubano no lesiona directamente la individualidad social; no atenta, ni menoscaba la libertad inherente a los atrasados sujetos que le escuchan y veneran; no viola al más exigente y es- trecho precepto jurídico; ni lastima al grupo normal y ho- nesto, aunque en el fondo repugne a nuestra alta evolución cultural principios religiosos tan groseros y simples. La antisociabilidad del brujo radica en el curanderismo, aso- ciado a la fanática hechicería que practica. Estas dos manifestaciones del brujo están caracterizadas por una de- lictuosidad latente, que felizmente no se exterioriza siem- pre .que ejercita esas facultades, privadas en él de todo es- píritu de venganza. El fetichero es socialmente dañino, perjudicial, pero no criminoso como el ñáñigo. Quizás estribe su menor peligrosidad en los caracteres asumidos por el curanderismo y la hechicería asociadas, que al con- currir en su manifestación social, atenúen su delictuosa re- sultante. La ciega creencia en el éxito del embó limita o reduce en una gran parte el empleo de la farmacopea africana, que logrando o no el propósito del brujo, deter- mina desarreglos en el organismo. Por todo ésto se com- prenderá que existe una acción reductora, atenuante, por parte de la hechicería sobre el curanderismo. La misma significación tríptica del fetichero afro-cubano hace reac- cionar con menor violencia muchos deseos y pasiones de- lictuosas del brujo. Al contrario de lo que acontece en el ñáñigo, donde nada es capaz de doblegar su espíritu de agresión y de venganza, que hace de él un agresor en potencia. Y he aquí, por un párrafo de lombrosiana in- tuición, de Ortiz, la explicación de la no habitualidad de la delincuencia personal en los brujos afro-cubanos: "Pe- ro si nuestros hechiceros no han llegado a la ejecución ha- bitual de envenenamientos, merece tenerse en cuenta el 18 empleo de terribles embós, ejecutantes de envenenamientos intencionales, como con expresión feliz dice Corre. Y es de considerar si la facilidad con que se consiguen y apli- can los embós maléficos ocasiona la conservación en aque- llos que los emplean de la tendencia, homicida o delictuosa en general, aunque reducida a la forma más intrascendente- mente alevosa; o bien sirve de base a una especie de sim- biosis de la superstición, por cuya tangente se desviarían, de ser así, ciertos impulsos criminosos, que de no plas- marse en un embó determinarían el delito por el puñal o el veneno". Por esa cualidad de la psicología de los feti- cheros afro-cubanos, se distinguen, específicamente, los fe- nómenos criminosos de la brujería y del ñañiguismo. IV EL BBUJO Y EL ÑAÑIGO ANTE LA MEDICINA LEGAL Definido ya, sociológicamente, el brujo y el ñañigo; distinguidos, también, los fenómenos criminosos de ambos tipos, bosquejados en su medio y considerados según la no- cividad y la característica de sus reacciones, pasamos a es- tudiarlos desde el punto de vista médico legal. Antes de colocarlos en el terreno puramente científico, era necesario determinar el significado y la actuación del brujo y del ña- ñigo, para tener una noción exacta de lo que representan ateniéndonos a sus cualidades psíquicas. Las acciones del fetichero y del ñáñigo, están en relación con su fondo mental, con su psiquismo, por lo que era imprescindible el conocimiento, aunque sea somero, de los estímulos que vi- talizan sus tendencias y regulan su conducta. Hemos obs- servado al brujo adherido al más rudo fetichismo, apega- do al curanderismo, a la hechicería, sin llegar a habitua- lizarse en el homicidio, ni en otra forma de delincuencia grave. Al ñáñigo, verdadero valiente de nuestra hampa, lo vemos siempre atentando a la vida de los sujetos, ya de su clase, ya de la más honrada categoría. Puesto en con- 19 traste su carácter social y criminológico, en comparación con el brujo, debemos conocer en igual forma sus caracte- res físicos. Estos, sin duda alguna, nos lo enseñará la Medicina Legal. Las ciencias auxiliares de la Medicina han dado una gran amplitud a los trabajos forenses, llamados en la ac- tualidad a abrir nuevos horizontes en muchos problemas sociales. La Medicina Forense, enriquecida por todas las investigaciones modernas, tan variadas como comple- jas, participa, en nuestros días, de casi todas las cuestio- nes jurídicas y biológicas. Su cuestionario, últimamente, se ha nutrido con la ley de los accidentes del trabajo, las teorías lombrosianas aplicadas al Derecho Penal, etc. Ahora, por la laudable iniciativa de la Academia de Cien- cias de la Habana, nosotros colocamos la brujería y el ñañiguismo ante la Medicina Legal que, al decir de Lecha Marzo, genial catedrático de Granada, aporta a las cues- tiones jurídicas toda la luz que pueden suministrar la psi- cología y la antropología, la medicina y la higiene, la ana- tomía, la cirugía y, en fin, la biología (1). El delincuente, por Lombroso y sus discípulos, dejó de ser una entidad abstracta, para trocarse, por virtud de los estudios de la escuela positiva, en hombre criminal. Empleando el mismo procedimiento científico de los auto- res italianos, debemos hacer abstracción de toda conside- ración subjetiva, para establecer la relación que guardan los brujos y ñáñigos con nuestro hombre delincuente. No existe ya ninguna duda de que "la ciencia que estudia el crimen y el criminal, es ciencia de observación y de expe- riencia" (2). Luego, no debemos dudar en aplicar el (1) A. Lecha Marzo. El momento actual de la Medicina Forense. Lecc. inaugural del Cur. de Med. Leg. en la Universidad de Granada. Granada, 1915, p. 5; G-acet. Med. del Sur, vol. XXXXIII; Bev. Valliso- letana de Especialidades, 1915, p. 107; Policlínica Sevillana, vol. II, núm. 36. (2) Dr. A. Sargana. El jurado en materia criminal. Buenos Aires, 1911, p. 25, 20 mismo método de investigación sobre nuestras individua- lidades anómalas. Las fuentes antropológicas ofrecen da- tos precisos para el conocimiento del negro brujo; pues no ocurre con éstos lo que con los ñáñigos, donde el estudioso encuentra, no solamente representantes de todas las razas que pueblan nuestro territorio, sino hasta delincuen- tes peninsulares asimilados completamente a todas las tra- zas negreras de la mala vida cubana. Por esa comple- jidad étnica de sus integrantes, se dificulta grandemente el conocimiento antropológico de los ñáñigos; pero esta di- ficultad, que sólo se reduce a imposibilitar la determina- ción del tipo físico de los mismos, no es suficiente a obs- taculizar el tipo criminal del que, al menos por ahora, no podemos diferenciarle. En Cuba no se han realizado todavía estudios antro- pológicos de criminales adultos, por lo que, para reducir nuestro trabajo, trataremos conjuntamente los caracteres del delincuente, del brujo y del ñañigo. El examen separado de los mismos nos conduciría a largas y minu- ciosas consideraciones que, después de todo, tendríamos que resumir. Nuestra labor, por su misma índole, debe ser sintética, y de acuerdo con ella, haremos también men- ción de los caracteres*no examinados, a fin de que estudios posteriores e investigadores mejor dotados las emprendan y completen. V EL CRANEO Las calvarías de los brujos supliciados no han sido re- cogidas por investigador alguno, y, por lo tanto, no apa- recen en ningún Museo, ni anatómico, ni antropológico. Tampoco existen colecciones craniológicas, ni de razas, ni de anormales. Sólo se encuentran algunos ejemplares muy diseminados correspondientes a presidarios, imbéciles o enajenados. Un miembro del Instituto Español Crimino- 21 lógico ha dado a conocer el cráneo de un negro criminal cubano (1), así como las medidas e índices del mismo. El citado autor ha recogido dos calvarías más de delin- cuentes blancos; una de ellas, entre las anomalías que reu- nía, presentaba una enorme foseta en el centro de la es- cama interna del occipital (2), dicha foseta ha sido acepta- da como de diversa localización que la de Lombroso (3). Esto dió margen al autor cubano para creer haber estable- cido una variedad desconocida de la foseta occipital (4), pero más tarde ha sido reconocida como un caso notable de /aseta torcular (5). De todos modos, la foseta señalada encaja perfectamente en la clasificación dada por el in- vestigador cubano en su trabajo, que es aceptado sin re- paro (6). No obstante la importancia anatómica del ca- rácter señalado, no insistimos más sobre el mismo porque no podemos dar promedio alguno, dado que no se han estudiado cráneos de brujos, ni de ñáñigos. Cuanto a estudios craniológicos de nuestros negros, o sea de afro-cubanos, sólo conocemos el del Dr. Henry Dumont. Comparando la calvaría de un negro congo, de 20 años, muerto de tuberculosis, con el de un blanco, encontró más caracteres de inferioridad en aquél que en éste. Fuera de la contribución del que fué talentoso miem- bro de esta Academia de Ciencias, no hallamos otro traba- jo a que referimos. Si el estudio de Dumont hubiese sido (1) A través de la Criminología. Habana, 1914. (2) Anomalía atávica en el occipital de un criminal cubano, en "Vida Nueva'', vol. VI, p. 222-223. (3) A. Lecha Marzo y A. Piga. Estado actual de la Antropolo- gía Criminal. Madrid, 1915, p. 9. (4) Sobre una nueva, variedad de la foseta occipital, en " Vida Nueva", vol. VII, núm. 3. (5) Observaciones sobre los surcos de la cara interna del occipi- tal por T. Maestre, J. Tena Sicilia y A. Lecha Marzo, "Soc. Esp. de Biología", (sesión del 21 de mayo de 1915).-Contribución al estu- dio de los surcos de la cara interna de la escama occipital, en "Revista de Criminología, Psiquiatría y Medicina Legal", Buenos Aires, vol. II, p. 619 y sig. (6) Más observaciones sobre los surcos de la cara interna de la escama del occipital por A. Lecha Marzo y M. Gavilán Bofill, en "So- ciedad Española de Biología", (sesión del 21 de mayo de 1915). 22 más nutrido, y, a su vez, más completas las investigaciones del autor que se ha ocupado de esas cuestiones, hubiésemos podido hacer interesantes deducciones; pero, por lo redu- cido del examen, estamos impedidos de señalar, por ahora, caracteres craniológicos. VI EL CEREBRO El encéfalo de los brujos autores del crimen de la niña Zoila Diaz, sacrificada en el Gabriel, no ha corrido la misma suerte de la bóveda ósea que lo preservaba de toda lesión exterior. La necroscopia del cadáver de Do- mingo Bocourt y Víctor Molina, despertó el vivo deseo de su conservación y fueron recogidos y destinados al Museo antropológico "Montané", de la Universidad Nacional. Allí están en recipientes de cristal, cubiertos por una fuerte preparación de formol. El hecho de haber sido obtenidos los cerebros de los tan tristemente célebres feticheros afro- cubanos, por el Dr. Luis Montané, Catedrático de Antro- pología y celebrado discípulo de Broca, era un augurio ha- lagüeño de proficua explotación científica; pero, según pa- rece, la labor universitaria ha impedido la cristalización del estudio que, sin duda alguna, es el más íntimo deseo del Dr. Montané. Es sensible que no podamos decir algo sobre el peso del cerebro y de su relación con el cerebelo, las circunvo- luciones y surcos, etc. Problema muy interesante es sa- ber si en el cerebro del negro brujo son freceuntes las hen- diduras simianas, las alteraciones patológicas e histo-mor- fológicas de la corteza cerebral, así como la existencia o no de las asimetrías de los hemisferios cerebrales, tan profun- damente estudiadas por Lattes en estos últimos años. Al sernos conocida la estructura cerebral del negro normal y del brujo, estudiados por nosotros, podremos saber si existe alguna variación importante cuando el brujo es des- 23 equilibrado. Esta parte del estudio anatómico del afro- cubano, como el de la totalidad de los anormales, está todo por hacer. La importancia de las investigaciones cerebrológicas es cada día mayor, pues del estudio morfológico de los pliegues se ha pasado ya al examen microscópico de las células integrantes de los mismos. Lecha Marzo, en Es- paña, y Ottolenghi, en Italia, han realizado valiosos tra- bajos sobre sujetos degenerados, obteniendo brillantes re- sultados, a los cuales, también, han de llegar muy pronto laboriosos investigadores nuestros. VII LAS VISCERAS Ya sabemos que las modificaciones viscerales son de diversos órdenes; atávicas son unas, y otras, deformacio- nes congénitas o adquiridas. Estos apotegmas de la ana- tomía comparada no han conquistado una positiva valua- ción entre nosotros. Solamente el Dr. Henry Dumont se ha ocupado de examinar el corazón, el estómago y los ri- ñones de los negros esclavos, especialmente de los mandin- gas, lucumíes y gangás; sintetizando sus observaciones so- bre el hígado expresa: "En los africanos observados esta viscera se presenta con caracteres tan singulares que pode- mos afirmar que: el hígado aumenta con mayor frecuencia su volumen entre los hombres de color y su infarto es mu- cho más común en ellos que entre los hombres de la raza blanca". Cuanto al estado característico de las visceras en los brujos y en los criminales, no tenemos, hasta el presente, observación alguna. 24 VIII LA TALLA Dumont ha realizado algunas investigaciones elicio- métricas muy variadas, sobre negros minas, gangás, con- gos, carabalíes, etc., pero el número de sujetos examinados es insuficiente para obtener promedios. No se ha regis- trado ninguna observación sobre la talla de los brujos por lo que, de todos modos, es imposible hacer las debidas com- paraciones. Los menores delincuentes han sido objeto de varios trabajos eliciométricos (1) que servirán, en tiempo no lejano, para determinar la edad de los niños por la talla, según los sexos. Cuanto a los locos y criminales adultos, no hay obser- vaciones recogidas, y aunque así hubiese sido, sólo ten- drían un valor relativo, porque desconocemos el promedio de los normales en una misma región. Hecho de mucho interés es saber si la altura mayor coincide en determina- dos lugares de nuestro territorio y si guarda relación con las condiciones orográficas, así como se ha demostrado la influencia de los factores geográficos, térmicos, psico- antropológicos y sociales en la distribución de la raza de color en Cuba (2). La talla es de una gran importancia desde el punto de vista criminológico, porque, con el ín- dice cefálico, es útilísimo para establecer la existencia o no de la exageración del tipo étnico, una de las más puras ideas lombrosianas, que comprueban frecuentemente los criminales. (1) Rev. de Crim. Psiq,. y Med. Legal, vol. II, p. 212; "Reforma Social'', vol. III, p. 456; "Reforma Social'', vol. IV, p. 17 y sig. (2) Distribución geográfica de los negros en Cuba o zonas del ne- grerío cubano, en "Gaceta Médica del Sur'', Granada, vol. XXXII, p. 169. 25 IX EL CRUZAMEN Por las observaciones hechas en los menores delin- cuentes se deduce que la brazada es mayor que en los nor- males. El cruzamen del negro es más amplio que el del blanco; pero no obstante esta diferencia racial establecida por la antropología, el negro exagera, cuando es criminal o loco, mucho más su brazada. Cuanto a los brujos no tenemos datos; sólo hemos recogido una observación en un brujo enajenado, asilado en el Hospital de Dementes de Cuba (Mazorra). La brazada menor que la talla es carácter evolutivo, es decir, de superioridad, según la osteología comparada; pero, también puede presentarse en un sujeto degenerado, porque no todos los estigmas se reunen en un solo indivi- duo y, además, que al lado de muchas formas degenera- tivas,. de evidente inferioridad orgánica, suelen presentar- se, como nota discordante, un carácter progresivo. En su oportunidad trataremos este asunto, que sin digresión al- guna acabamos de indicar ahora. X LAS IMPRESIONES DIGITALES Prescindimos de los surcos palmares porque carece- mos de observaciones referentes a los brujos. Carrara (1), primeramente, se ocupó de los pliegues de la mano en los locos, en los criminales y en los idiotas. Después, Civi- dalli, Benassi y Audenino (2) se ocuparon de los surcos longitudinales, recogiendo numerosas observaciones sobre el asunto. Más tarde, el cuestionario de la mano se am- (1) Anomalie dei solchi palmar! nei normali e nei criminal!, en "Giomale della R. Accad. di Medicina di Torino", 1895. (2) Contributo alio studio delle pieghe longitudinale della mano, en "Archivio di Psichiatria", 1907. 26 plió con el signo de Masini, (1) cuyo significado es muy discutido; y últimamente ha ingresado, en el mismo elen- co, el signo de Lecha-Marzo (2). Todos estos caracte- res han sido recogidos recientemente en una extensa mono- grafía, donde aparecen, además de las numerosas observa- ciones originales, todo lo concerniente a los pliegues y a las flexiones de la mano. El estado actual de estos estudios nos demuestra que la mano de los criminales y degenerados poseen rasgos inequívocos de atavismo, y no tan solamente en los surcos palmares y en las diartrosis, sino hasta en las impresiones digitales y en las uñas, de las que se han ocupado, con envidiable competencia, De Sanctis, Toscano, Cortini y Gay. (3) En este aspecto del examen médico-legal de los anor- males cubanos, lo que más importancia ofrece son las flexiones de la mano y el dactilograma de los brujos. No hay nada hecho en este sentido, que el presente trabajo desflora con el deseo de ampliar las nuevas y ulteriores investigaciones. Digno y justo de mención es el nombre de Juan Francisco Steegers y Perera, Director del Gabi- nete Nacional de Identificación, por su valioso concurso, sin el cual no hubiera sido posible llevar a cabo esta parte original del presente trabajo, que acompaña las fichas dactiloscópicas de cuatro brujos de Alacranes, procesados por el asesinato de la niña Zoila, atentamente proporcio- nadas por el autor del sistema dáctilo joto gráfico de iden- tificación jurídica. Dos de las fichas pertenecen a sujetos del sexo feme- nino, a Teresa y a Florinda Valladares, de la raza negra, de 58 y 35 años de edad, respectivamente. Las dos res- (1) "Archivio di Psichiatria", vol. XXVII, fase. III. (2) Contribución al estudio de una anomalía reversiva de la mano, en "Revista de Medicina y Cirugía prácticas'', vol. XXVII, núm. 1018. (3) V. Comptes-rendus du V Congrés International d'anthropo- logie criminelle. 27 tantes corresponden a Fidel y a Demetrio Valladeres, de la misma, raza, y de 31 y 32 años de edad, sucesivamente. Alix encontró en los simios una implantación particu- larísima de las líneas papilares, las que denominó prima- rias, basándose en su morfología. Forgeot halló esa es- tructura simiana o primaria en el dactilograma del 23,11% de los criminales, y Feré la observó en el 16,18% de los epilépticos. Ascarelli notó que "las formas anormales son no solamente más frecuentes en las prostitutas en com- paración con las mujeres anormales, sino que la diferen- cia está muy acentuada porque el dibujo es más primi- tivo" (1). Veamos, ahora,, nosotros lo que se deduce del estudio de las impresiones digitales de los brujos afro-cubanos. Adoptamos la clasificación de Toscano, De Sanctis y Ascarelli, o sea la división en: a) impresiones desarrolladas. b) impresiones inferiores. Se comprenden en el grupo a): los dibujos de ansa o presilla, los elipsoides, irregulares, de doble vértice y cir- culares. Se incluyen en el grupo b): los dibujos triangulares, primarios, escamosos (Symiadentipus). De acuerdo con esa nomenclatura hemos observado: l9-La frecuencia de cada forma papilar en los dedos. 29-La uniformidad de las impresiones, es decir, en uno o en varios dedos de la mano la misma forma de im- presión papilar. 39-La simetría, o sea, la misma forma dactiloscópica en los dedos de ambas manos. Y del examen de las fichas dactiloscópicas proporcio- nadas por Steegers, que comprenden las impresiones vol- teadas de las dos manos, se infieren los hechos siguientes: (1) V. el Bapport de Ascarelli en el Comptes-rendus du VI Congrés International d'anthropologie criminelle, Turín. 28 Lo que Ascarelli, De Sanctis y Toscano denominan im- presiones desarrolladas y que nosotros llamaríamos evolu- tivas no son raras en el negro brujo, pues se presentan con marcada frecuencia. La forma radial fue encontrada en el pulgar e índice de Florinda Valladares, por lo que no se comprueban las ideas de De Sanctis, según las cua- les sólo se encuentra en el índice. Las formas primitivas sólo las encontramos en Teresa y Demetrio Valladares, sin que lleguen a predominar las estructuras inferiores sobre las llamadas desarrolladas. Entre las manos derecha e izquierda no existen marcadas diferencias, ya se presenten formas primitivas o desarrolladas, pues los dedos pulgar, medio y anular de Teresa Valladares • y el pulgar, índice, medio y anular de Demetrio Valladares; y el anular y au- ricular de Florinda Valladares; y el índice y anidar de Fi- del Valladares, guardan uniformidad en ambas manos. Los que suponían frecuencia de dactilogramas infe- riores o primitivos en los brujos afro-cubanos, deben des- echar completamente esa idea, pues, ni por negros, ni por brujos presentan implantaciones primarias en el examen morfológico de sus crestas digitales. Después del corolario anterior debemos preguntarnos: ¿Se explica, científicamente, esa carencia de impresiones primitivas en el negro brujo? Sólo se puede responder resolviendo dos nuevas ecuaciones: Si los dactilogramas son idénticos a los de los precursores africanos del brujo, de cuya rama aun existen muchos en el continente negro, y si su forma dactiloscópica actual es una adquisición pro- gresista, un rasgo morfológico denunciador de un inci- piente mejoramiento antropológico en nuestro medio civi- lizado, lo que si así fuese, podría equipararse con otros caracteres, cuya presencia ha sido debidamente explicada. LAM. 3. Ficha dactiloscópica de Florinda Valladares. (Cortesía de Juan F. Steegers y Perera, Director del Gabinete Nacional de Identificación LAM. 4. Ficha dactiloscópica de Teresa Valladares. (Cortesía de Juan F. Steegers y Perera). LAM. 6. Tira dactidoscópica de Fidel Valladares. (Cortesía de Juan F. Ste^gers y Perera). 29 XI EL TORAX En los criminales, según Ribaudo y Carrara, se ha encontrado una asimetría que falta en los honrados. Tam- bién se ha insistido sobre la depresión de la parte anterior y media del pecho. Rainadier y Serieux sostienen que no se trata de una simple manifestación de raquitismo, sino de un verdadero carácter degenerativo, asociado a otros signos de degeneración y a una profunda alteración psí- quica. La asimetría torácica, según lo comprueba la do- cumentada recopilación de Gaetano Angiolella, es dos ve- ces más frecuente en el epiléptico que en el delincuente. Y esto para nosotros es doblemente importante, porque se ha llegado a sostener (1) la naturaleza epileptógena de muchos fenómenos psíquicos del brujo. Lo que los feti- cheros afro-cubanos llaman dar el santo es una de esas manifestaciones epilépticas. Ortiz (2) está conforme con tal explicación. Tylor (3) atribuye también a la epilep- sia y a la histeria las convulsiones de los fetichistas y cu- randeros. Aunque se cree en la constitución epileptoide del bru- jo, no se ha llegado a probar con observaciones la íntima relación de la epilepsia con la brujería. La asimetría torácica puede darnos alguna luz en este asunto que queda en pie y falto de resolución por no haberse examinado reos de brujería. La detención del desarrollo torácico en los menores delincuentes, observado en el Reformatorio de Guanajay, no tiene aplicación, ni nos interesa en el pre- sente caso, que sólo puede ser resuelto por el estudio directo del negro brujo. (1) El tipo brujo. Habana, 1914, p. 14 y sigs.; p. 87 de "Nues- tro Tiempo'', Madrid, abril de 1915. (2) Ob. cit. p. 206. (3) Antropología. Madrid, 1888, p. 431. 30 XII LA PIEL En los ñáñigos y criminales es de color terroso y pá- lido, como el señalado por Enrique Ferri, en los homicidas. Eos ñáñigos fueron observados en prisión, lo que bien pu- diera ser un efecto de la misma. La piel de los negros criminales es mate; en muchos brujos era negrísima. Ni Bocú, ni Víctor Molina, ni Juana Tabares, ni Pina, ni Papá Silvestre, tienen la piel clara como la mayor parte de los negros normales. Esto nos revela un hecho interesante: los brujos y los delincuentes son no evolucionado/es o atá- vicos. Por Ward, Stanhope-Smith y por Lombroso sabe- mos que el negro en América "pierde su prognatismo, há- cese más fino su cráneo, menos gruesos los labios, más rec- ta la nariz, más claro el color, más delicado el rostro y las orejas" (1). Henry Dumont, entre nosotros, observó la menor obscuridad de la piel en la descendencia de los es- clavos africanos que, en su mayor número, seguían normal- mente la ley de evolución. Los brujos y los criminales ne- gros, sustrayéndose a ese proceso biológico, superviven con todos los caracteres de sus antecesores africanos. XIII LA FRENTE El Profesor Winkler (2) sometiendo las medidas ob- tenidas al cálculo diferencial, ha demostrado la caracteri- zación de los criminales por tener la frente estrecha y la cara larga. Los blancos, mestizos y los negros criminales cubanos se distinguen, también, por una notable micro- cefalia frontal. Los ñáñigos, igualmente, son estenocro- táficos. Los brujos, en cambio, no presentan la frente estre- (1) L' Uomo bianco e l'uomo di colore. Torino, 1892, p. 100. (2)Iets over Crimineele Anthropologie, en " Geneeskundige Bladen uit Kliniek n Laboratorium", Haarlem. No. V, VI, 1895. 31 cha, ni fugitiva. Bocú, Brujito, Víctor Molina, Juana Ta- bares, Pina y Papá Silvestre, poseen frente ancha y despe- jada. Este carácter físico viene en apoyo de un aserto de Fernando Ortiz: "el fetichero afro-cubano es con relación a sus fieles un verdadero intelectual. De su intelectuali- dad, aunque escasa, se destacan cierta astucia y cierta ha- bilidad de sugestión, cuya relativa hipertrofia se debe sin duda al mayor ejercicio que de ella ha de hacer, por el prestigio de su persona y de sus funciones" (1). Henry Dumont observó en los lucumíes y mandingas, llegados a Cuba, la frente ancha, y lo contrario, en los minas, congos y gangás. Los ñáñigos, como todos los criminales, sin distinción de razas, presentan un gran relieve de las arcadas superci- liares. Cuanto a los brujos, y más frecuentemente que en ellos todavía, en las negras brujas, los senos frontales es- tán muy poco pronunciados. Las frentes abombadas o hidrocefálicas, como la típica de Juana Tabares, son las más corrientes en las mujeres de color. Dumont la da co- mo la común entre los hombres lucumíes, así como la hui- da se encuentra entre los minas con más frecuencia que en ningún otro grupo de la raza africana. En resumen, (pie a nuestro territorio llegaron negros de frente ancha y abombada y de frente fugitiva y estrecha, siguiendo el tipo frontal de sus provincias respectivas; que los negros criminales, de frente estrecha y fugitiva, acen- túan más este carácter, carácter también muy común en el ñáñigo, y que el brujo, ya sea natural o descendiente de las provincias donde predominan la frente estrecha o ancha, se aleja de la estenocrotafia buscando siempre un diámetro frontal más amplio. La frente, con otros caracteres físicos, nos servirá gran- demente en la distinción del brujo y del pseudo-brujo, que es uno de los problemas más interesantes de resolver. (1) Ob. cit. p. 266-267. 32 XIV LAS OREJAS Mariani (1) en los negros cubanos reos de hurto ob- servó las orejas en asa en el 16%. En 53 negros homicidas se presentó 16 veces el mismo carácter y en 8 el lóbulo ad- herente. En los blancos delincuentes las formas anómalas del auricular son más variadas, pues se encuentran las ore- jas de Morel, el helix machacado, pliegues supernumera- rios, etc. Los ñáñigos siguen el promedio' de los criminales, acentuando la frecuencia del tubérculo de Darwin. Los brujos ostentan lo que casi pudiéramos llamar su oreja étnica: un auricular pequeño, algunas veces esféri- co y con el anti-helix más saliente que el helix. Solamen- te el 5% se separa de esta característica para presentar ló- bulo adherente o hipertrofia de los mismos. El fetichero afro-cubano no presenta las orejas en asa, como los ñáñi- gos y criminales. Ni Juana Tabares, ni Víctor Molina, ni Pina tienen las orejas en forma de asa. Bocú solamen- te presenta una ligera separación del pabellón auricular, que caído ligeramente, recuerda las orejas de algunos pe- rros de presa. Rodolfo Senet (2) estima la oreja de Wildermuth co- mo carácter profético, usando la ñlogenética expresión de Ameghino. "Nada nos autoriza-dice-para suponer que ese carácter puede atribuirse a retroceso o atavismo, por el contrario, la filogenia nos dice que más bien se trata de un carácter profético". Sea o no de significación regre- siva o de inferioridad, agregamos nosotros, es la forma au- ricular más común entre los negros. Debemos, también, tener presente que dicha estructura se presenta en el oran- (1) Criminal! cubani, en "Archiviol di Psichiatria", vol. XXIV, fase. 1-2; versión española en "Vida Nueva'', vol. VI, núm. 11. (2) Los estigmas somáticos de la degeneración y la filogenia, en "Archivio de Psiquiatría y Criminología'', vol. V, p. 571. 33 gután y otros simios, según puede verse en el monumental trabajo de Hartmann (1). Además, la oreja de Wilder- muth de los afro-cubanos es pequeña, y el mismo Senet "explica este estigma como carácter de retroceso merced a la ley de aumento de talla" (2). De todos modos, lo pro- bado es que en el brujo es rarísima la oreja en asa. XV LOS OJOS El 10% de los brujos presentan anómala implanta- ción de los ojos. La anormalidad de la implantación con- siste en que un ojo está situado más alto que el otro. De este estigma se ha dicho lo siguiente: "El hecho parece, a primera vista, determinado por una asimetría facial; pero, según hemos comprobado con una cinta métrica, la asime- tría no existq. Examinando las fotografías dadas por Lombroso, Tarnowsky, etc., se observa que los sujetos con asimetría facial notable, no presentan el carácter que exa- minamos. En nuestro concepto, los ojos no están situa- dos en el mismo plano o sea en la línea normal, por una desigual implantación de las órbitas y no por una despro- porción de desarrollo. Las mediciones que in vivo hemos efectuado parecen confirmar esa tesis. El estigma tiene significación morbosa y no regresiva, pues la anomalía que estudiamos, como diría Ch. Feré, es incompatible con una generación regular. Puede admitirse el atavismo para la gran extensión del cruzamen, pero es inadmisible para explicar la presencia de un brazo más largo que otro. Igualmente decimos de los ojos. Otra característica anó- mala que observamos en los sujetos examinados es que, según De Wecker, el ángulo interno del ojo es más bajo que el externo, lo cual no ocurre en alguno de los casos. Es mucho más importante este hecho si nos fijamos en que (1) Der Golilla. Zootomische untersuchungen. Leipzig, 1880. (2) Ob. eit. p. 570. 34 la inversión del ángulo del ojo coincide en los individuos que poseen mayor número de estigmas" (1). Por lo que antecede comprendemos que el carácter se- ñalado es un verdadero estigma degenerativo, una dévia- tions du type normal, como dice Morel. La desviación es morbosa y no regresiva. Luego a las anomalías ata- vísticas del brujo se unen otras de no escaso valor terato- lógico. Los caracteres mórbidos del brujo son muchos más interesantes que las exageraciones de su tipo étnico, pues aquellos nos llevan al positivo conocimiento de su patolo- gía, desconocida en la actualidad, y que puede revelarnos las probables relaciones de la brujería y los estados epilep- tiformes. Los negros suelen tener el globo ocular amarillento o inyectado, pero en los brujos, criminales, locos y epilépti- cos, la coloración de la esclerótica asume un serio carácter de oftalmía. Cuanto a los ñáñigos y criminales no hay nada espe- cial de que hablar: son estrábicos, de mirada inquieta o vítria, y carecen de la expresión del brujo en la que no exis- te la dureza, ni la repulsión. XVI LA NARIZ Los criminales blancos renuncian la forma leptorri- nia para aproximarse, por atavismo, al índice nasal de los negros. Los mestizos ñáñigos están más cerca de la pla- tirrinia que del índice nasal de los blancos. Los brujos no se separan de la nariz de tipo ancho, que es la propia de su raza. Víctor Molina exagera notablemente la estructu- ra platirrinia que coincide con un gran desarrollo de los orificios nasales. (1) Los ojos en los anormales, en "Gaceta Médica del Sur'', vol. XXXIII, p. 247. 35 La abertura nasal asimétrica, llamada pteleiforme por Welcker, es rarísima en los negros brujos; no así en los anormales de la raza blanca. En algunos brujos se observa la nariz desviada; desviación que nunca es muy acentuada a causa de la platirrinia, que la atenúa y difi- culta su apreciación. Un carácter muy frecuente en los negros brujos es la depresión de la articulación naso-frontal, que determina- según el grado de su hundimiento-una profunda arruga horizontal, que se extiende de un lado a otro de los ángu- los internos de los ojos. Bocú tenía tan deprimida la región naso-frontal que la arruga daba a su rostro africano una expresión de repulsiva fiereza. La depresión naso-frontal determinaba la presencia de la arruga horizontal en la cara del célebre fetichero, donde asumía ese carácter la forma de un verdadero pliegue cutáneo. Esa depresión ósea al nivel de la sutura naso-frontal, encarece doblemente el estudio morfológico de la articula- ción que no es uniforme, como hasta hace poco se ha veni- do suponiendo. La unión de la escama frontal con los huesecillos de la nariz presenta diversas formas, las cuales se explican desde el punto de vista de la anatomía zooló- gica (1). "Puede obtenerse-dice el Dr. C. Callejas-el firme convencimiento de que la sutura naso-frontal tiene marcadas diferencias de promedio en las distintas razas y en los degenerados" (2). Una de esas variaciones, agre- gamos nosotros, debe coexistir con la depresión naso-fron- tal y hasta quizás pueda ser esa depresión la determinante de una de ellas. (1) Sobre las diversas formas de la sutura naso-frontal, en "Vida Nueva'', vol. VI, núm.'6; Ídem. idem. en "Gaceta Médica del Sur'', Granada. (2) "Gaceta Médica Catalana'', vol. XLVII, núm. 922, p. 335. 36 XVII EL PROGNATISMO La prominencia de los bordes alveolares, acompañada del avance anormal de los maxilares, es uno de los atribu- tos específicos de las razas inferiores. Se llama progna- tismo a ese carácter, que es frecuente en el negro y no existe o es ligero en los blancos. Aunque es inherente al negro, Mariani, (1) al estudiar los delincuentes cubanos de la misma raza, lo tuvo en cuenta cuando se presentaba desmesurado. Nosotros consideramos el prognatismo en los hombres de color, cuando es exagerado, del mismo modo que lo hace el investigador italiano. Sin duda alguna podemos afir- mar que es uno de los caracteres más uniformes, es decir, que está sujeto a mayor frecuencia. No obstante su mar- cada presencia es muy difícil establecer su grado. Prog- nato es el blanco loco o criminal, prognato es el mestizo por impureza étnica, prognato es el negro sea honrado o delincuente y prognato es el ñáñigo, cualquiera que sea su raza, por lo que es imposible clasificarlos ordenadamente. Bocú tiene exagerada la distancia alveolo-subnasal, lo que hace más agudo su prognatismo. El gran espesor de los labios de Víctor Molina lo hacen más hocicudo de lo que en realidad es. Los casos notables de prominencia de los bordes alveolares alcanzan en los brujos, según nues- tras observaciones, un 5%. Pero no es posible tomar las excepciones como casos comunes, por lo que el grado de prognatismo sólo puede establecerlo el goniómetro de Bro- ca o de Jacquart y Morton. Lo más importante, en nuestro concepto, está cono- cido, es decir, que hay prognatismo o carácter de inferiori- dad, ya por hibridismo étnico, ya por anormalidad social. (1) Crlminali cuban!, en "Archivio di Psichiatria ", vol. XXIV, fase. 1-2. 37 XVIII LA MANDIBULA El maxilar inferior es más robusto en los negros que en los blancos. Este carácter antropológcio, como el prog- natismo, puede exagerarse notablemente. Mariani no se ocupó o no encontró otro desmesuramiento físico que el prognatismo. Un observador cubano que ha estudiado los caracteres del negro criminal del mismo modo que el ya citado discípulo de Lombroso, notó en 53 delincuentes con- tra las personas (agresores, homicidas), 17 con mandíbu- la enorme (1). En cuanto 4 la parte craniométrica no han sido di- ferentes los resultados obtenidos (2). Los brujos presen- tan muy raramente la mandíbula hipertrófica. La de Bocú era menos voluminosa que la de Víctor Molina. Juana Tabares sólo presentaba desarrollo de los músculos maseteros. El brujo de la Lám. 8 posee un maxilar bre- vísimo, sobre todo en su parte sinfisiana. El apéndice lemurídeo, el progeneismo y el mentón fugitivo no se observan en los negros brujos con la misma abrumadora frecuencia que se observa entre los criminales, epilépticos e idiotas de la raza blanca. Los pseudo-brujos o simuladores de la brujería, de los que nos ocuparemos con extensión en otra parte del presente trabajo, no son ajenos a esas anomalías de las razas inferiores y del hom- bre delincuente. El brujo típico, o sea el que presenta todos los atribu- tos del curandero y fetichero africano, oculta con su cuida- da barba las ramas maxilares o el mentón. La barba de Bocú, Lám. 23, no pasaba mucho de la anchura mentoniana. La de Pina, Lám. 24, blanca, más nutrida y no menos cui- dada, cubría la mandíbula, imprimiendo a su negra fisono- (1) Gaceta Médica del Sur, Granada, vol. XXXII, núm. 777. (2) La mandíbula del criminal. Habana, 1914. 38 mía una expresión sacerdotal. El curandero de la Lám. 9, como sus colegas del continente negro, tiene la barba rica, acicalada y canosa. La barba del brujo afro-cubano, es uno de los rasgos más atrayentes de su fisonomía. XIX LA LONGEVIDAD Los brujos-dice el Dr. Ortiz-son generalmente vie- jos africanos cuya longevidad les permite seguir mante- niendo la ortodoxia de su culto. Esa longevidad que se- ñala el distinguido etnólogo es una cualidad de la raza ne- gra en nuestro ambiente y no una característica del bru- jo afro-cubano. Henry Dumont (1) cómprarando los ca- sos de longevidad en las distintas razas, infirió que la ma- yor frecuencia de los mismos estaba a favor de la raza negra. Quizás por esta condición de ancianos-añade Ortiz -y para hacerla resaltar más ante los creyentes, los brujos suelen dejar crecer su ya blanca barba. Viejo, agregamos nosotros, era Bocú y tenía barba; viejo era Papá Silvestre y tenía barba; viejo era Pina y tenía barba: negros ancia- nos todos y todos brujos. Bocú estaba ya en la longevidad cuando la Justicia le envió al patíbulo, Papá Silvestre, el último pontífice lucumí, llegó a contar más de 80 años en Cuba, y Pina era longevo cuando fué enrejado en la cárcel de Camagüey. La longevidad del brujo está en relación con su nota- ble resistencia constitucional, verdadera característica de su raza sobre el territorio cubano. No ocurre con los ne- gros lo que con las otras razas, pues siempre alcanzan una edad avanzada, cualquiera que sea su condición so- cial. Esclavos o libres, dice Henry Dumont, tienen la ma- yor frecuencia de longevidad. Esta condición es suficiente (1) Antropología y Patología comparada de los negros esclavos. 39 para explicar el gran prestigio de los feticheros afro-cuba- nos: sus largos años de práctica y de curanderismo, aso- ciado a su agorería africana, bastan para engendrar la superstición, donde crece, bajo el sol de la incultura, el más rudo y ciego fanatismo. XX EL TATUAJE No necesitamos insistir sobre la predilección de los africanos por el tatuaje. Dumont señaló, entre las dota- ciones de negros esclavos, algunos de esos dibujos ornamen- tales. Los lucumíes acostumbraban tatuarse en las pier- nas cierto número de rayas horizontales. El taraceo, que era hecho por los familiares en el período de la infancia, lo explicaban como debido a las cortaduras de las hojas de caña. Tal explicación era falsa, según lo revelaba la unifomidad de las líneas en las piernas. Así como los lu- cumíes escogían las extremidades inferiores para tatuarse, otros negros, según la región de donde fuesen naturales, preferían otras regiones del cuerpo. Es curioso, al efecto, hacer notar que ellos que difundieron sus características, marcando con las mismas el elemento bajo de la raza blan- ca, donde imperan sus bailes y expresiones, su impulsividad y fanatismo, su lujuria y su música, no sostuvieran o difun- diesen su tatuaje. Los fetiches conservan su denominación africana, el baile conserva sus monótonas y negreras contorsiones, el lenguaje conserva la onomatopeya de las gargantas africa- nas, y sólo el tatuaje de los introductores es lo que no su- pervive, es lo que ha desaparecido en el cuerpo, y al pare- cer, hasta en la mente primitiva de esos hombres. Los brujos que persisten con todos los rasgos físicos y etnográficos, con todo el vigor de la selvática cerebración africana, balbuciando plegarias misteriosas, no tienen a pe- 40 sar del pañuelo y de la barba, el tatuaje típico de sus an- tecesores. El ñañigo, en cambio, tiene predilección por el ta- tuaje obsceno, zoológico y de venganza. El criminal sólo se distingue de él, en que no ostenta atributos de asocia- ción, ni lleva irimes como el ñañigo de la Lám. 10. Esta identidad del taraceo ñañigo y el criminal, prueba que am- bos tipos tienen una misma significación. El ñañigo y el criminal devuelven golpe por golpe, como hace el ani- mal (Ingenieros), blanden el cuchillo y matan por hábito y por instinto, no les repugna la sangre y siguiendo su impulsividad innata se subordinan o no al ñañiguismo. Los temperamentos homicidas se entregan a su libre acción o solemnizan su tendencia malévola en el cuarto de Fam- bá. Son agresores, homicidas, el ñáñigo y el criminal, por lo que aquél sólo se distingue de éste en el atributo de la asociación que cubre o marca su cuerpo, pero no se di- ferencian en los sentimientos encarnados por el tatuaje, que personifica su pervesidad y su bárbara venganza. XXI EL INSTINTO GENESICO No hablaremos del amor brutal del delincuente, ni de sus desviaciones, sino del instinto genésico del brujo. El ñáñigo no amerita tampoco consideraciones especiales, pues ni como guapo, ni como chulo, se distingue del crimi- nal o del guayabito, el típico rufián de nuestra mala vida. Maltrata de palabra y de obra a la meretriz, la explota, la envilece hasta el último grado, la somete a coitos prena- turales, la mantiene sumisa y sin celo bajo su amenaza, se ampara en su guarida, y cuando ha cansado con sus gol- pes y abusos a su querida, ésta se va y al anochecer del Uía más propicio, en la accesoria o fuera de ella el icuá se pone en movimiento y el ñáñigo, mata, asesina. . . Igual 41 hacen los delincuentes vulgares: el abandono de la hembra les preocupa y subleva. El fetichero, para el Dr. Ortiz, es "lujurioso hasta la más salvaje corrupción sexual, concubinario y polígamo, lascivo en las prácticas del culto y fuera de ellas, y fomen- tador de la prostitución ajena" (1). La lujuria no es en el curandero afro-cubano una aberración, pues la recibió como carácter sexual de sus antecesores, cuya condición en su país es considerada normal. Ese temperamento pues- to en comparación con el de nosotros, menos violento y más evolutivo, resulta erótico, y por esa carencia de evo- lución sus sentimientos amorosos se atemperan con un de- seo de posesión instintiva y brutal, que Henry Dumont con notable evidencia señaló al poner de relieve "la lujuria y la vida licenciosa que llevan los hombres y las mujeres de sangre africana" (2). Cuanto al concubinato y la poli- gamia es casi condición social y en su territorio, al decir de Rafzel, "el hombre que lleva a la prostitución a su espo- sa, no comete un acto contrario a la moral" (3). Luego el brujo descendiente de esos naturales africanos, de tan es- caso principio y concepto moral, puesto de improviso en un suelo civilizado, no puede substraerse a la moral y a la con- dición social de sus predecesores, que no rechazan su psi- quis, ni repugna al bajo ambiente en que se mueven. Sus padres fueron fetichistas, concubinarios y polígamos, y por eso ellos, por su deficiencia de evolución (Ortiz), son fetichistas, concubinarios y polígamos. El temperamento afrodisíaco de la raza de color es tan poderoso que aun en el mestizaje se conserva acre y fuerte, al extremo de que cuando se habla de voluptuosidad se dice: "lujuriosa como una negra", "lascivo como un africano", "caliente' como una mulata". El negro es sensual por naturaleza y no sátiro por degeneración. (1) F. Ortiz. Ob. cit. p. 395. (2) Antropología y Patología comparada de los negros esclavos. (3) Las razas humanas. Barcelona, 1888, vol. I. 42 "En los estupros,-escribe Ortiz-violaciones y seduc- ciones, interviene, también con frecuencia, la brujería, a veces con simples afrodisíacos, pero en otras ocasiones con narcóticos; no siendo raro el caso en que el mismo brujo sea el que aproveche de sus hechizos" (1). No hace mu- cho, en un pueblo de campo, (2) se enfermó una joven, y siendo necesaria la asistencia médica, el prometido, Guar- dia Rural del pueblo, recomendó eficazmente la presencia de un curandero, amigo suyo y conocido por sus curas mi- lagrosas. El brujo fué traído por el novio de la joven. El curandero, después de un examen, prometió curarla en tres días, durante los cuales debía dormir en la habitación contigua a la de la enferma. Todo fué aceptado sin el menor reparo y al siguiente día el brujo durmió en el cuar- to colindante con el de la joven. Tres noches seguidas pa- só en aquella habitación. Antes de dormir daba a la pa- ciente un brebaje para curarla de su mal. Terminó el pla- zo indicado por el curandero para restablecer a la joven, que dos días después de abandonar el brujo la casa, se le- vantó al parecer bien. Transcurrieron tres meses sin que nada anormal ocurriera; pero a mediados del cuarto mes, la joven volvió a sentirse enferma. Se habló de la vuelta del brujo, pero, en esta ocasión la enferma se negó, pi- diendo un médico. El médico vino y después de exami- narla, diagnosticó síntomas peculiares de embarazo. An- te el asombro y la atribulación de la buena gente, el médi- co precisó más: data de unos cuatro meses próximamente. Entonces, agobiada por la realidad, la joven declaró: "Una de las noches que el brujo durmió al lado de mi cuarto, estando como embelasada, sentí que alguien me ultrajaba; pero estaba impedida, no podía moverme, ni gritar. . . . (1) F. Ortiz. Ob. cit. p. 393. (2) No fijamos el nombre del brujo y su víctima, ni la localidad donde se realizó el hecho, por el extravío del periódico "El Mundo", de la Habana. 43 No dije al día siguiente mi sospecha, ni mis presentimien- tos. Ahora mi estado descubre la verdad: fui. violada". En tal estado se hallaba el hecho cuando "El Mundo" lo daba a conocer. Ignoramos si fué ultrajada por el cu- randero o por el Rural, amigo de éste y prometido de la joven. Si fué violada por el brujo está en lo cierto el Dr. Ortiz al decir que éste "con frecuencia aprovecha de sus hechizos", si fué el prometido en complicación con el brujo, no ha errado el etnólogo cubano al expresar que "en las seducciones interviene también con narcóticos la bru- jería". Nosotros abrigamos sospechas de quién ha podido ser el actor de la violación, pero no vamos a perder tiempo en formularlas. Las siguientes consideraciones complemen- tarias sobre este hecho, además de encajar perfectamente en este trabajo, constituyen una interesante aplicación del mismo. Comenzamos por preguntarnos: ¿El sujeto lleva- do por el Rural era y podemos considerarlo como brujo? ¿El estado actual de nuestros conocimientos del curandero afro-cubano puede dar alguna luz sobre concepto tan im- portante? Sí, y vamos a demostrarlo. El curandero tenía antecedentes penales antes de ini- ciarse en la brujería, su pasado no era limpio y aún en el curanderismo su vida se deslizaba entre hurtos y peque- ños robos. Su fisonomía era desagradable, casi repulsi- va, como aparece en el clisé de "El Mundo"; dos arrugas verticales imprimían un sello de dureza a su rostro, posee- dor de numerosos rasgos mongoloides. Lo que no hemos encontrado en ningún brujo, presencia de caracteres asiá- ticos, lo observamos en el presunto violador. Son tan mar- cadas las características, que la estructura racial está com- pletamente trocada. El tal curandero es un caso notable de lo que los italianos llaman tipo étnico invertito. El sujeto en cuestión es un verdadero atávico, un regresivo, y al invocar este factor biológico recordamos que Ratzel da 44 a los negros procedencia amarilla o asiática (1). Y en cuanto a la relación del mongolismo con las frenopatías, tan frecuentes en los degenerados, no es necesario insistir. (2). Luego ¿qué encontramos en el curandero violador o presunto cómplice de la seducción que le acerque e identifique con el brujo afro-cubano? Nada, absoluta- mente, nada. ¿Y qué nos dice esa carencia de caracteres y cualidades? Pues que el sujeto estudiado no es brujo nato o de buena fe, como expresivamente dice el Dr. Ortiz, sino un pseudo-brujo. Para ser un arquetipo de la hechi- cería afro-cubano le faltan los caracteres persistentes del continente negro, desde los collares, la barba, la cabeza liada hasta el tipo africano de sus predecesores. Todo lo que individualizaba, todo lo que distinguía a Bocú, Pina y Papá Silvestre, falta por completo en el curandero de la joven violada. Eso nos prueba elocuentemente la existen- cia de hechiceros farsantes, de simuladores. Estos de- ben ser, sin duda alguna, los sátiros negros que llegan "hasta la más salvaje corrupción sexual''. El brujo nato, no llega a depravarse tanto como supone Ortiz. XXII EL ALCOHOLISMO Los ñáñigos y criminales, por su vida disoluta, se in- clinan a las bebidas. Las orgías constantes, la frecuencia de los cafés y bodegas, verdaderos domicilios sociales de la gente de mal vivir, tienen por resultado el abuso de las bebidas alcohólicas. No es, pues, necesario detenernos en más consideraciones referentes a la relación de la delin- cuencia y el ñañiguismo y el alcoholismo. No sucede lo mismo con el brujo, en el que es pro- bable esa intimidad. Carecemos de datos precisos y ni (1) F. Ratzel. Las razas humanas. Barcelona, 1888, p. 71. (2) Véase el substancioso trabajo del Dr. E. Apert: El mongolis- mo, en "Le Monde Medical'', vol. XXIV, núm. 472. 45 Ortiz en su libro dice nada sobre esa relación. La sospe- chamos, la deducimos por motivos poderosos, debido a que en muchas ceremonias africanas se ingiere bebidas en abun- dancia. Henry Dumont (1) relatando una fiesta fúne- bre de los carabalíes, presenciada por el Dr. Moreno, dice que "durante las prácticas y ceremonias se bebe bimbo, licor fermentado extraído de la palma de Africa, que en- turbia todas las cabezas y descompone las voces". Los fe- ticheros hacen sus ofrendas con libaciones, dice Ratzel (2). En el altar de los brujos cubanos no son raros los vasos y las copas. Estos antecedentes nos inclinan a suponer la afición de los afro-cubanos por los licores espirituosos. No significa esto que el hechicero es un alcoholista consu- mado, pues no llega a la borrachera. El brujo afro-cubano ingiriendo bebidas, está lejos generalmente del estado de embriaguez. Toman una cantidad capaz de anular el jui- cio de un blanco, pero que es insuficiente para enturbiar la s,uya. Podemos sustentar esa creencia sin la menor re- serva, pues numerosos documentos comprueban la resisten- cia de los africanos para los licores. G. Fritsch ha llega- do a sostener que el alcohol pierde en los cafres su eficacia: "Nunca hubiera creído-dice-que el organismo humano pudiera resistir la cantidad de espíritus que se bebían estos señores (se refiere a Sandili y su séquito, con quienes se encontró en Stutterheim). Bebíanse el más fuerte brandy cual si fuera cerveza floja, a vasos, llegando hasta consu- mir tres botellas diarias, sin que ello los alterara en lo más mínimo". Todavía la suposición toma visos de certidumbre con otros datos. "Tan importante como untar el carro con ce- bo-dice un viajero-es dar alcohol al negro cuando se le quiere hacer trabajar de una manera satisfactoria". Rat- zel, ante la frase de Montero: "El aguardiente ha llegado (1) Antropología y Patología comparada de los negros esclavos. (2) Las razas humanas. Barcelona, 1888, p. 152. 46 a ser para los negros una cosa indispensable", escribe: "Esto puede muy bien ser debido a cierta torpeza innata y a cierta indolencia del alma que necesitan del aguijón del narcotismo; y a que el sistema nervioso de los negros está más toscamente organizado; prescindiendo de que no exis- ten entre ellos esas influencias refinadas, es decir, enervan- tes, de la civilización, bajo cuya soberanía, apenas limita- da, nos encontramos nosotros". Antes de que se nos pueda objetar que el abuso del alcohol engendra degeneraciones somáticas y alteraciones mentales, nos anticipamos a decir que la embriaguez agu- da o crónica no produce en los negros, como en los blancos, las formas degenerativas durables, psíquicas o físicas. Una negra prostituta, examinada por el autor del presente trabajo, no presentaba, ante la observación fisonómica, las hondas modificaciones de la cara y del espíritu señaladas por el Profesor Sikorski, en su notable Meretrix Potatrix. (1). Cuanto a las psicosis de los africanos, dice Ratzel que "muchos padecen de locuras temporales que general- mente duran de tres a cuatro días, sin que los atacados se vuelvan furiosos" (2). Luego no es nada singular que el brujo afro-cubano, aficionado a beber, carezca de eviden- tes alteraciones faciales, coexistentes o no con estigmas frenopáticos. XXIII EL TRABAJO Trabajar es una necesidad fisiológica, y a la vez, una necesidad social; pero el brujo afro-cubano no lo cree así y vive del fruto monetario de sus hechicerías y del reduci- do salario de sus concubinas. Es, por esta cualidad, do- blemente improductivo. El brujo no rinde labor manual, (1) Voprosi Nervo-psixitcheskoi Meditkini, etc., (1896, Visp. 1-2, tablitza VII). (2) Las razas humanas. Barcelona, 1888, p. 126. 47 siguiendo así el hábito de la mayor parte de los sujetos de la mala vida, pero se distingue de ellos en que no para en los cafés, ni en las bodegas, ni hace vida de grupo, pues prefiere la compañía de sus baratijas y de sus mujeres, que sometidas refuerzan su parasitismo. Este parasitismo in- nato y bilateral es una de las fases más antisociales del brujo afro-cubano. XXIV EL ALTRUISMO En el capítulo III transcribimos las consideraciones del Dr. Ortiz, apropósito del asesinato de la niña Zoila Diaz por los brujos del pueblo de Alacranes. Haciendo notar que nada iba a ganar ninguno de los brujos con el crimen, que ni el erotismo, ni la venganza, ni la codicia fue- ron el móvil del delito, y apunta un fin altruista como inspi- ración. El delito de sangre no siempre nace de la crueldad, un espíritu tan sagaz y exigente como Garófalo así lo es- tima también, ni es patrimonio de los malvados; el crimen llega muchas veces a cristalizar por un conjunto de instin- tos benévolos. Esa benevolencia, ese altruismo delictuoso no es el producto de un psiquismo normal, equilibrado, sino la consecuencia de un proceso deficiente que se realiza por carencia de elevados principios sociales o insanos senti- mientos morales. El brujo puede caracterizarse por de- linquir, por matar obedeciendo instintos altruistas. En primer lugar, su condición de raza inferior le expone a no ver en esos hechos una acción punible; en segundo, la lo- cura moral inherente a todos los pueblos salvajes y primi- tivos, sanciona muchos actos delictuosos. El brujo secuestrando menores para extraerles las visceras o la sangre, con el propósito de curar males cróni- cos, expone su libertad, su vida, sin gran provecho mate- rial. Arriesga su persona sin el deseo de obtener el mayor beneficio, sin que lo estipule, es más, se compromete con la 48 mayor fuena fe, pues fácil le sería evitar el peligro decli- nando la cura, suponiendo que ésta pudiera lograrse, de- sechándola, indicando, a su vez, brebajes inofensivos. In- necesario es relatar el asesinato de la niña Zoila, por el que Domingo Bocú y Víctor Molina sintieron el corbatín del garrote sobre su cuello. El asesinato de Manuel Villa- faña Carmentes, de seis años, por Justino Pina, es más re- ciente y no menos típico. En el pueblo de Minas, provincia de Camagüey, apa- reció el cadáver de un niño blanco horriblemente mutilado. Desde el comienzo de las investigaciones judiciales fué de- tenido Justino Pina, de 10 años de edad, sobre el cual re- caían graves sospechas. Primeramente negó su partici- pación, pero después se confesó autor del mismo. Decla- ró que inducido por su padre, Juan Pina, de 60 años, co- metió el crimen para recoger la sangre y el corazón del niño. Efectivamente, la autora de sus días estaba en el último período de la tuberculosis que la minaba y María Castillo, una negra mendiga, baldada por el reuma, se pa- seaba por las calles. El padre pedía sangre de niño blan- co para curar a la esposa tísica y libertar las coyunturas de la pordiosera. Su hijo Justino podía buscar uno y sal- var a su madre y a la negra baldada. El negrito oía decir que hacia falta la sangre de niño blanco, pero no se ofreció nunca a traerla. Agravada su madre, le llamó el padre y le dijo: "Trae sangre y corazón de niño blanco pa curar a mamá". El negrito vacilaba entre el niño blanco y mamá, y el padre, afro-cubano brujo, cubrió los últimos rescoldos del temor, induciéndole, instigándole. . . Entonces, en el cuerpo del morenito surgió un afri- cano entero, se decidió, se robó el niño Manuel Villafaña y le dió muerte, dándole más de 30 machetazos. Le arran- có el corazón y recogió la sangre en una botella. La ma- dre ingirió casi toda la sangre del niño, solo una parte re- servó su padre para la mendiga, a la que el brujo le puso 49 en la rodilla sangre con una hoja de hierba-lengua de vaca, diciéndole: ''Caminará María". El brujo exponía su libertad, sacrificaba su hijo, con- cebía y hacía ejecutar un crimen para curar a la esposa con tuberculosis y a la mendiga con reuma articular. Pi- na piensa el asesinato, lleva su hijo a él para que la madre no muera de tisis y la mendiga mueva sus piernas. Mu- chas veces la vida del brujo afro-cubano parece ser a un tempo sante e criminali, cualidades que en una misma in- dividualidad encontró Lombroso (1). Ya, en esa vi- dencia, le había antecedido Legrand du Saulle. (2). Los feticheros no practican el mal por el mal, como los criminales vulgares, sino el mal por un bien, mal en- tendido. Su psiquis inferior lo interpreta así, lo concibe de ese modo, y su inspiración africana, buscando un re- medio, le lleva al sacrificio de párvulos, que no repugna a la benevolencia, al altruismo de sus corazones hechiceros. XXV LA FAMILIA Ya hemos dado alguna idea de la noción que el brujo tiene de la familia. Dice Ortiz que se cambian o ceden sus mujeres como si fueran verdaderas esclavas (3). Es- to sólo debe suceder cuando se trata de las ilegítimas. Henry Dumont, (4) refiriéndose a los lucumíes escribe: "En la vida civil la poligamia es la ley del país; la fortuna el único árbitro que se aporta al ejercicio de cualquier de- recho. Existe también el matrimonio, una especie de con- trato familiar, que permite la vida en común. La plurali- dad de las mujeres legítimas es la regla; todas se congregan bajo el mismo techo y se diferencian de las ilegítimas en que éstas pueden ser vendidas, las legítimas, jamás". (1) Gli anarchici. Torino, 1895, p. 96. (2) L'Hysterie, 1880. (3) Ob. cit. p. 257. (4) Antropología y Patología comparada de los negros esclavos. Habana. 50 La unión de los afro-cubanos es más bien una aso- ciación que un producto de las inclinaciones naturales. El afecto de Pina para su mujer no debe ser la regla. Las familias de color no rechazan el ingreso de sus miembros en la brujería. "El Mundo", periódico de la Habana, en su edición del 18 de julio de. 1915, daba cuenta de haberse encontrado en el domicilio de Juana Ma- ría Pérez, negra bruja de Marianao, una niña llamada Lola, que estaba siendo iniciada en la brujería. La me- nor era mestiza y no estaba emparentada con la hechicera. Pocos días después de la muerte de Papá Silvestre, falleció en Santiago de Cuba, un negro llamado El Rey Congo. Antes de morir, dice "La Discusión", de la Ha- bana, "veíasele frecuentemente por las calles, cargado de collares y amuletos, erguido, a pesar de los años, ceremo- nioso en extremo, como revestido de la dignidad corres- pondiente a su alta investidura, como sacerdote supremo de cultos africanos. Eran muchos los que le rendían plei- tesía y se le acercaban sumisos, implorando su consejo, sus indicaciones, sus bendiciones. Había constituido un hogar y por él desfilaron tres mujeres, que fueron sus com- pañeras en vida, contrayendo matrimonio por su propia religión. De esas uniones nacieron doce hijos. Al morir contaba 110 años. Difícil resultaba apreciar en él tal edad, pues su aspecto todo, su voz firme, su actitud resuel- ta y enérgica, aunque sin la menor destemplanza, no re- velaba ni remotamente un estado tal de ancianidad. Fué tendido en el cabildo de la calle Hernán Cortés, entre Ta- cón y Cristina. Durante todo el día 14 fué velado al son del toque fúnebre arará, que recibía a los allegados con el ruido extraño, sugestivo, casi tenebroso de seis tambores y un cencerro. En el entierro figuraban infinidad de mu- jeres, en su totalidad vestidas de blanco (1). Después (1) El Dr. Henry Dumont, en su ya citada obra, refiere una solem- nidad religiosa de los lucumís, en la que las mujeres llevaban el cuer- po cubierto con un pañuelo blanco. Demás está decir el interés de esa coincidencia en el color blanco. 51 de haber recibido sepultura el cadáver de El Rey Congo, comenzaron en el cabildo las prácticas secretas durante la noche". La información anterior es la más completa que po- seemos sobre la constitución de una familia, de un hogar con extensa prole de afro-cubanos. Desconocemos, hasta ahora, el grado de harmonía que reina generalmente entre el hechicero y sus parientes y qué escala poseen de adap- tabilidad familiar. XXVI EL DESINTERES Ya hemos apuntado en diversas ocasiones el despren- dimiento de todo provecho personal en el brujo creyente, nato, como dice el Dr. Ortiz. Papá Silvestre, en vez de explotar a sus feligreses, les hacía sostenedores de Santa Rita de Casia y San Lázaro, sociedad fundada por él, bajo un estrecho criterio religioso-lucumí. Pina, sin la más mínima retribución, reservó sangre de niño blanco para curar a una negra casi inválida. La idea del brujo, sus acciones no obedecen a un ciego afán de lucro, y lo prueba el hecho de llevar todos una vida de pobreza. El ignorante que va en busca de un remedio para sus dolen- cias físicas, la amante que quiere amarrar a su concubino, la mujer despechada que desea salar al que no le escucha o abandona, al recurrir al brujo, darían cualquier suma estipulada por obtener lo que ambicionan. Eso lo sabe el brujo, no se le escapa a su astucia africana y sin em- bargo, no pide cantidades crecidas, ni altos honorarios, que siempre está a la altura de la bolsa de sus simples e ignorantes clientes. El lujo para el fetichero sólo se redu- ce al altar, donde amontona piedras multicolores y metá- licos adornos; su aristocracia, la ostentación de su poder africano, la estriba en poder reunir bajo su techo sus con- cubinas v cubrir sus necesidades cotidianas. En esos lí- 52 mites encierra el brujo afro-cubano la manifestación de su poder, aunque el prestigio del mismo prenda en los ho- gares sin luz cultural, en los cerebros sin noción científica, en los pechos sin religión civilizada. XXVII LOS REMORDIMIENTOS Si por remordimiento entendemos la inquietud de la conciencia, el pesar de la misma por reconocer punible un acto cometido, debemos afirmar, sin recelo alguno, que en el brujo afro-cubano no existe. Esa falta de dolor moral identifica, completamente, al hechicero con el criminal nato de los antropologistas italianos. No hay más que recordar la magistral monografía de Enrique Ferri (1) sobre la carencia de una súbita e irresistible reacción del sentido moral que imputa de frente al delito en los mal- vados de nacimiento, para establecer ipso jacto esa iden- tificación. Ortiz, sin apuntar el rasgo psicológico que nos ocupa ahora, escribe: "El brujo afro-cubano, desde el punto de vista criminológico, es lo que Lombroso llamaría un de- lincuente nato, y este carácter de congénito puede aplicarse a todos sus atrasos morales, además de a su delincuencia. Pero el brujo nato no lo es por atavismo, en el sentido ri- guroso de la palabra; es decir, como un salto atrás del individuo con relación al estado de progreso de la especie que forma el medio social al cual aquel debe adaptarse; más bien puede decirse que al ser transportado de Africa a Cuba, fué el medio social el que para él saltó improvi- sadamente hacia adelante, dejándolo con sus compatriotas en las profundidades de su salvajismo, en los primeros escalones de la evolución de su psiquis. Por esto, con mayor propiedad que por el atavismo, pueden definirse los (1) El remordimiento en los delincuentes, en "Estudios de Antro- pología Criminal'', Madrid, p. 259 y sig. 53 caracteres del brujo por la primitividad psíquica (1), es un delincuente primitivo, como diría Penta. El brujo y sus adeptos son en Cuba inmorales y delincuentes por- que no han progresado; son salvajes traídos a un país civilizado" (2). En forma tan brillante el etnólogo cubano equipara al brujo con el criminal nato, y esa equiparación se com- pleta psicológicamente con la falta de remordimiento en el hechicero afro-cubano. No le apesadumbra, ni le in- quieta el sacrificio del menor, cualquiera que sea su 'sexo; no piensa en la víctima de su delito, ni debe estimar pu- nible su hecho porque lo ve bajo el prisma de sus propó- sitos curanderos, que son sancionados cumplidamente por su moral. Pina, el brujo de Camagüey, no pensaba en el niño asesinado, su preocupación la constituían su esposa tísica y la mendiga baldada. En la conciencia de los he- chiceros no se afectúa ese proceso de sensibilidad moral, de raciocinio humano, llamado remordimiento. XXVIII LA VANIDAD El brujo tiene escasa potencia inhibitoria, como los criminales, pero se distingue de éstos en que no se inclina a la pictografía. Por este motivo el brujo afro-cubano no tiene desarrollado anormalmente la vanidad del delito, que se encuentra siempre en la moral insanity del hombre cri- minal. Ni Bocú, ni Pina se vanagloriaban de su crimen, (1) La observación de este tipo demuestra por contraste lo acer- tado de la teoría lombrosiana del atavismo, como explicación de la de- lincuencia. Si el brujo es primitivo, porque su ambiente se hizo de repente superior, sin que él pudiera en su evolución dar un salto que restableciera la truncada adaptación al medio, el delincuente de las so- ciedades civilizadas es otro primitivo, porque ha sido él el que ha sal- tado atrás, incapaz de mantenerse en un superior nivel de progreso mo- ral. En el primer caso es éste el que varía, en el segundo es el indivi- duo; pero en ambos la adaptación es la misma e idénticos son sus re- sultados.-(Nota de Ortiz). (2) Ob. cit. p. 396-397. 54 ni lo justificaban públicamente. El fundador de la so- ciedad lucumí Santa Rita de Casia y San Lázaro "se con- sagró a levantar su religión, conquistando viejas y nuevas voluntades, ganando creyentes con sus profesías, bendi- ciones y curas; y llegaron a ser tantos sus milagros afri- canos a través del tiempo, que fué beatificado con el nom- bre de Papá Silvestre", (1) y no obstante el fervor de su misoneísmo, el curandero del Cerro carecía de vanidad y de ostentaciones orgullosas. Pina, negando su partici- pación en el asesinato del niño Manuel Villafaña, no in- tentaba poner a salvo la responsabilidad de su hijo, único fruto de su unión con la negra Mercedes Recio, por lo que no seguía las huellas vanidosas de Crocco, que tra- taba de salvar a su hermano de la pena capital, y decía: "Se no la stirpe di Crocco e perduta" (2). La moral africana del brujo consiente el horrendo sa- crificio, inspirado en salvajes y estúpidos fines curativos, y quizás si en su interior no se explique la intervención de la justicia blanca; y sin embargo, no justifica el crimen, ni lo describe: el detalle menos sangriento del asesinato se lo calla. ¿Qué ideas o qué pensamientos elaborarán en esos momentos las células cerebrales del negro brujo? ¿Por qué en los instantes de las pruebas jurídicas, sín- tomas premonitorios de la vindicta social, en ese lapso en que el amargor de la pena de muerte debe hacer mo- ver la lengua, buscando frases explicativas o de atenuación no habla de su fe, de su religión, de sus símbolos? ¿Qué proceso se realiza en el cerebro del brujo afro-cubano que ni se arrepiente, ni interpreta religiosamente el sacrificio? ¡Lástima que ese mutismo, encubridor de grandes ex- presiones psíquicas, no pueda romperse en el presente tra- bajo, carente de esa conquista que, por su índole, pertenece al método de la ciencia positiva o experimental! (1) El último pontífice lucumí, en "Vida Nueva'', vol. VII, p. 220. (2) C. Lombroso. L'Uomo delinquente, Torino, 1896, vol. I, p. 448. 55 XXIX LA INTELECTUALIDAD En el capítulo XIII, al tratar de la frente, transcri- bimos un párrafo del Dr. Ortiz, que, relacionado con el presente, vamos a completar ahora. "El respeto que me- recen los brujos a los de su raza se funda como es natural más que en la vejez, en su carácter casi omnipotente y por la superior cultura que se le supone, ya que el fetichero africano es con relación a sus fieles un verdadero intelec- tual. De su intelectualidad, aunque escasa, se destacan cierta astucia y cierta habilidad de sugestión, cuya rela- tiva hipertrofia se debe, sin duda, al mayor ejercicio que de ella ha de hacer, por el prestigio de su persona y de sus funciones" (1). Aun cuando la magia de los sacerdotes usurpa de antemano todo el terreno que podría ser de la ciencia,-escribe Ratzel-no por esto excluye en absoluto la razón y los estudios de los fenómenos naturales (2). El brujo observa y se da cuenta del acrecimiento paula- tino del nivel moral e intelectual de su raza, y no se le oculta que los elementos de la misma se van blanqueando, por decirlo metafóricamente así, y ante esas señales de progreso, lucha por su persistencia en el medio civilizado que para él se enrarece, y sin salir de su psiquismo pri- mitivo, pretende, intelectualizándose en lo posible, plas- marse en esa nueva zona de desarrollo social en que la evolución coloca a su raza. En Africa es creído en posesión de unos conocimien- tos poco comunes, y entre nosotros, asociándose como ha- ce ahora para vigorizar su vida parasitaria, se mantiene astutamente dentro de esa supuesta preparación intelec- tual, conjugando entre sus elementos étnicos su pujanza misoneista y su negrero fanatismo. Las sociedades re- (1) Ob. cit. p. 266-267. (2) Ob. cit. p. 131. 56 ligiosas al estilo africano les brindan oportunidades para poner en ebullición, si de por sí no tienen ya calor su- ficiente, las substancias más netas de las psiquis africanas. Los herederos del prestigio religioso, curativo y fetichista de Papá Silvestre, se han encargado de revelar, por medio de la imprenta, su deficiente potencia mental. El len- guaje empleado en el Manifiesto de los Hijos de Papá Silvestre, que copiamos textualmente a continuación, me- jora notablemente al que usan la generalidad de los ne- gros afro-cubanos; el documento que damos a conocer des- cubre grandes lagunas intelectuales y, a su vez, un boceto de cultura muy superior al poseído por los negros: MANIFIESTO DE LOS HIJOS DE PAPA SILVESTRE "El presente manifiesto tiene por objeto dirigirse a las personas que en la muerte de nuestro Director, señor Sil- vestre Erice, supieran cumplir como verdaderos cristianos, la alta misión de respeto y de consideración a los muertos, que como materia sin vida, no debe ser profanada por na- die y menos por personas cultas e intelectuales, en materia del saber humano. A los que en momentos tristes para la familia, amigos y miembros de la Sociedad, sintieran en su corazón la nos- talgia del dolor ajeno, los miembros de la Directiva damos las gracias a todas aquellas personas que con nosotros sin- tieron la muerte de nuestro Director y fundador de la So- ciedad "Santa Rita de Casia y San Lázaro", en 1902, en el barrio del Cerro. Los cristianos que pertenecemos a la Sociedad men- cionada, rogamos al Sér Supremo por la felicidad y con- suelo de los que desde las columnas de algunos periódicos, como el de "La Marina" profanara el nombre del que en vida se nombrara Silvestre Erise y al que oímos decimos 57 varias ocasiones, contribuyera con tres cientos pesos para edificar el Hospital "Reina Mercedes" y quinientos más para un cubano que se encontraba en España (1). Como dolientes y amigos agraviados, que queríamos al desaparecido, pudiéramos decirle algo de a los que a pesar de su cultura y roce social faltan al respeto de los que lloran la muerte de un ser querido, y que si no deci- mos nada, es para demostrar que los sentimientos de los dolientes y amigos del muerto no son iguales a los de nues- tros gratuitos enemigos. Decimos esto, por razón de que como verdaderos cris- tianos, rogamos en nuestras oraciones a la Providencia to- da clase de felicidades y comodidades para los que, al igual que el cuerpo del señor Erise, habrá para siempre de cubrir la tierra con su manto de piedras y raíces de todos colores, que como leyes sociales de la naturaleza a todos nos hace iguales. Todos sabemos que se nace para morir y que como las leyes inmutables de la Naturaleza hay que cumplirlas, por cuya razón, pesa sobre la humana especie el gran peso de la muerte, fin principio de la vida social en la Natu- raleza y la que nos enseña a conocer lo que somos y para lo que servimos sobre la tierra-nacer para morir y morir para nacer. Todos los hombres, puesto que nacen deben necesaria- mente conservarse y para ello, claro está, asimilarse cuanto es conveniente a la misma transmisión de la vida para que la especie se reproduzca con todas las condiciones de una complexión de salubridad y fuerza, a fin de que el des- envolvimiento sea lo que debe ser dentro de las leyes de la biología. La muerte es la justicia de la N atur ateza, ante ella son iguales el sabio, el filósofo, el opresor, el tirano, el or- (1) El cubano es el señor Juan Gualberto Gómez. (Nota aclara- tiva del Manifiesto). 58 gulloso, el soberbio, el rico, el humilde, el pobre, el igno- rante, el gobernante, el gobernado, el opresor, el oprimido, el satisfecho, el mendigo, el culto, el inculto y todos los que se odian sobre la tierra por las preocupaciones humanas, y como la muerte es la justicia en la N atur ateza, de aqui por lo que somos en la tierra polvo, humo y ceniza. Después de todo lo que antecede pasemos al encargo que nos dejara antes de morir nuestro Director, asi como darnos con delirante amor social, la unión de los que le querían, para que por medio de unidad de los que profe- samos la moral religiosa Lucumí y, con la justicia de las leyes de la República, podamos mantener el prestigio y equilibrio de la Sociedad de sus sacrificios y quebrantos, hasta los últimos momentos de su vida cristiana, como hombre fiel a Dios y a los deberes de padre de familia. Nada es tan cristiano, nobles y sagrados en la concien- cia de los hombres sociales, como cumplir la recomendación de un moribundo en el lecho de dolor, por esta razón hace- mos un llamamiento a los que de una manera convencional quieran pertenecr a esta Sociedad de Protección Mutua, Canto y Baile, conocidos en la provincia de la Habana. Hacemos saber que la cuota social de ingreso es de un peso; 20 centavos semanal y 80 mensual y que la dieta de los socios enfermos que estén guardando ca- ma es la de un peso moneda oficial, y en caso de defun- ción 25 pesos en igual moneda, cantidad que para ayuda del entierro será entregada al familiar más allegado del difunto y que lo haya asistido hasta los últimos momen- tos de su vida. En la Sociedad "Santa Rita de Casia y San Lázaro" no es requisito el reconocimiento facultativo, pues basta que un socio a cubierto con el tesoro lo presente en plena salud y en presencia del Presidente, Secretario, Tesorero y Director. 59 También hacemos saber que en el Reglamento Refor- mado de la mencionada Sociedad no se reconoce la enfer- medad crónica por ser la Sociedad de índole distinta a la de Socorros Mutuos en la que hay reconocimiento faculta- tivo y separaciones de socios declarados de padecer en- fermedades crónicas; por cuya razón llamamos la aten- ción a los que profesamos la religión Africana Lucumí, y a los que podemos decir que con la protección que nos dispensan en las fiestas dominicales, puede pagarse el al- quiler de casa y otros gastos de la Sociedad. Hacemos saber también que la cuota social de ingre- so, la semanal y mensual están destinadas para los casos de enfermedad y muerte de los asociados, por cuya razón el Tesorero no puede tener en su poder mayor cantidad de 20 pesos y todo el demás dinero será con auxilio del Pre- sidente, depositado en un Banco de la capital. Ahora bien, si los que profesamos la moral religiosa Africana-Lucumí, nos diéramos exacta cuenta de lo que es la protección mutua para los casos de enfermedad y muer- te estamos seguros de haber cumplido con estas palabras de Jesús: "Amar unos a los otros"-y a lo que agregamos -para que nuestro Padre que está en los Cielos, mante- ga la unidad colectiva de los oprimidos y vejados por lo que como seres de la humana especie, son como nosotros; de carne y hueso. Después de todo lo expuesto en este Manifiesto, como religiosos y no como ateos, róstanos decir a los asociados y protectores de esta Sociedad, que el domingo 17 de octu- bre darán comienzo las fiestas dominicales con conocimien- to del señor Alcalde Municipal y Capitán de Policía, señor Plácido Hernández, el que respetuoso con las leyes de la República, cumple fielmente lo que sus jefes superiores le ordenan, y como dicho Capitán, es garantía del ord^en pú- blico en el barrio del Cerro, la Directiva de la mencionada 60 Sociedad, respetuosamente saluda al señor Plácido Her- nández, Oficiales y demás subalternos de la 1P Estación de Policía". Por la Directiva: Fernando Guerra, Presidente. Habana, septiembre 30 de 1915. El Manifiesto lo hemos copiado con todas las faltas de ortografía y de sintaxis que posee, para tener noción más precisa del mismo. En otro capítulo nos ocuparemos de las lagunas intelectuales que presenta el brujo afro-cubano y, entonces, tendremos ocasión de estudiar los caracteres que denuncia la redacción del aludido documento. Cuan- to al juicio que merece la preparación intelectual del au- tor, por sí sólo se formula: es deficiente, indecisa y des- conocedora de las ideas que toma al pensamiento de la raza blanca. El cerebro africano que determinó la ac- ción motora, mecánica, de escribir ¿sabrá explicar el pá- rrafo del Manifestó que dice fin de que el desenvolvi- miento sea lo que debe ser dentro de las leyes de la bio- logía?". Si fuese capaz de comprenderlo, en vez de hacer su exposición, confeccionaría un embó para sostener su inadaptabilidad psico-social bajo el rigor implacable de lo que se le antojaría salación científica de los blancos. XXX EL ABTE Se ha dicho que los brujos son salvajes traídos a un país civilizado, luego han sido trasladados con todas las cualidades inherentes a ese estado de salvajismo. La ob- servación-dice Letorneau-nos autoriza a decir que es insensato el pretender elevar rápidamente las razas actual- mente inferiores al rango de las razas perfeccionadas. Los ensayos de implantación brusca de las civilizaciones LAM. 11. Los "jimaguas", adorados por los brujos afro-cubanos. (El grabado reproduce el ejemplar que posee el "Museo criminoló- gico", de Juan F. Steegers y Perera). 61 y de las religiones europeas en el seno de las razas infe- riores son estériles. El salvaje no hace más que llevar a la religión nueva supersticiones nuevas y a la civilización sus vicios y sus miserias (1). Este concepto, para Cuba, es un apotegma incuestionable. El africano ha traído vio- lentamente sus caracteres lingüísticos, religiosos, sociales y no ha olvidado los de su arte. El ñáñigo y el criminal exteriorizan sus condiciones artísticas en la pictografía, y en el tatuaje; los brujos des- conocen aquélla y no practican éste, por lo que sólo sus facultades se revelan en sus ídolos, que construyen sus ma- nos. Ruda es su lengua, atrasada su moral, bárbara su religión y, por determinismo psíquico, primitivo su arte. Los jimaguas de la Lám. 11 dan una idea exacta de las con- diciones artísticas del brujo afro-cubano. "Los jimaguas o mellizos-escribe el Dr. Ortiz-son también ídolos de gran poder para los brujos. Un brujo (Cabangas) que tuvo la desdicha de que cayeran sus ji- maguas en manos de las autoridades, ofrecía a éstas más de 20 pesos oro por su adquisición. A pesar de este va- lor estimativo no son sino dos muñecos toscamente cons- truidos de madera, a veces pintados de negro (color de su raza) y con un vestido de tela roja. Ciertos brujos sue- len atar a los dos jimaguas con un cordel, sin duda para expresar más gráficamente su carácter de gemelos. Los jimaguas no han sido catolizados, sin duda porque el san- toral de los blancos no les prestó dos santos mellizos; por esta razón mientras los orishas con frecuencia son adora- dos por imágenes católicas, de los jimaguas se conservan los ídolos africanos, y en algunos altares son los únicos que se encuentran. "Además de la forma dicha de representar a los jima- guas hay otra no tan común. Los ídolos en este caso están unidos formando uno solo, por más que estando destina- (1) Ch. Letorneau. Science et materialisme, París, 1890, p. 320. 62 do el muñeco a ser envuelto y a no dejar al descubierto más que las dos cabezas, la unión real de los dos jimaguas en una sola pieza de madera sea quizás debida más a la construcción del ídolo, que a un significado simbólico. Ambos jimaguas estaban envueltos en un lienzo rojo y en otro negro colocado exteriormente y adornado de collares de cuentas de vidio que sostenían colgando llaves y mo- nedas. En el interior del envoltorio, en la parte hueca de los jimaguas se encontraron restos humanos, cuernos, raíces, tierra, clavos, piedras, así como otras inmundicias embebidas de sangre. Estos jimaguas así preparados fue- ron descubiertos en Abreus " (1). Los brujos de Alacranes adoraban el sapo, según pue- de verse por la Lám. 12, que reproduce el que ellos po- seían. El sapo fue trasladado de la cárcel de Matanzas al Museo Criminológico del Sr. Juan F. Steegers y Pere- ra, Director del Gabinete Nacional de Identificación. Es- tá hecho de amasijo y a mano por sus fervorosos adora- dores; el cuerpo está pintado de verde y la cabeza de rojo, adherido a la misma tiene un gorro de estambre punzó, con una franja blanca, sujetado por un hilo del mismo co- lor. El sapo descansa sobre una base amarillenta-negruz- ca, y en ella, claramente, están marcadas las impresiones digitales de sus negreros constructores. En su cavidad central es hueco, comunicándose el agujero de la base con la boca. ¿Sería éste agujero para colocar en su interior inmundicias, como se hace algunas veces en el interior de los jimaguas, según hemos visto en la anterior narración de Ortiz? ¿Sería para colocar en el mismo un palo y pasearlo, alto, por el altar durante las ceremonias? Lo ignoramos; pero sabemos que inspiraba el sapo entre los brujos detenidos de Alacranes, tal respeto, que cuando le veían el gorro bajo, caído, se despedían, pues esa posición (1) Ob. cit. p. 144-146. LAM. 12. El "sapo" adorado por los negros brujos de Alacranes. (Del "Museo criminológico", de Juan F. Steegers y Perera). 63 les anunciaba que uno de ellos pasaría ese mismo día al presidio. Ortiz no dice nada sobre el sapo. En un trabajo re- ciente (1) se han señalado algunas consideraciones, apun- tando el origen africano del sapo y de su idolatría. Tal procedencia, en nuestro concepto, no es nada desacertada, ni sospechosa. Ratzel habla de la frecuencia del zoola- trismo entre los naturales del continente negro, y Ortiz, hablando de la terapéutica de los brujos dice: "para las enfermedades de los ojos, ordenan llevar al cuello, en una bolsita, las patas de un sapo" (Ob. cit. pág. 220); ocu- pándose de los hechizos, el mismo Dr. Ortiz, escribe: "Em- papar un pañuelo con el líquido que destila un sapo col- gado vivo, produce la ceguera del sujeto que lo lleva a los ojos" (Ob. cit. pág. 226). Cuanto a la construcción de los ídolos, más arte tiene el sapo, confeccionado con verdadero escrúpulo y mejor facultad que los jimaguas, cuya torpe construcción reve- la la primitividad y la pobreza artística de las manos que ejecutaron tan tosca obra. XXXI EL BAILE El baile del pueblo bajo se denomina rumba; la rum- ba, es, pues, el baile de nuestros hampones. En este pun- to hay uniformidad de criterio, y tan uniforme es el juicio que de ella se tiene, que los observadores no distinguen variedades. Pero el vocablo rumba es muy genérico, y bajo esa misma denominación, en nuestro concepto, se pueden distinguir dos clases de rumbas o bailes hampones. Así como el naturalista dentro de la especie distingue y separa las variedades, ya sean humanas o zoológicas; así (1) Alrededor del fetichismo afro-cubano. El sapo, cu <FVida Nueva", vol. VII, p. 10. 64 como el' etnólogo deslinda las diversas razas que pueblan el globo; así como el físico define los distintos estados de la materia; así como el químico divide en dos grandes grupos los cuerpos, vamos a distinguir, y por ló tanto se- parar, lo que los observadores cofunden en el concepto de rumba. Esteban Pichardo ha definido la rumba, dicien- do que es "baile y canto de la gentualla" (1). Esa definición, en nuestro sentir, no llena ni precisa nada, y su deficiencia obsta que el estudioso la tome como punto de partida para un estudio científico y sociológico. El notable publicista hizo suyo un concepto popular: rum- ba, baile y canto de gente alegre. En ese baile y en ese canto, sin duda alguna, hay modalidades especiales, es- pecíficas. La gentualla blanca tiene una expresión distin- ta a los de la plebe negra: cuando aquella baila rumba es rumba erótica. Los negros se exteriorizan de forma diver- sa a la de los blancos: cuando bailan al son de los cajo- nes y marimbas, es rumba bárbara, danza negrera a usan- za de las regiones africanas. Por eso Pichardo no ha dicho nada al decir que la rumba es el baile y el canto de la gentualla. Pichardo debió decir: RUMBA.-Es el baile característico del pueblo bajo, con instrumentos y modalidades -que responden a la cala- ña y a la raza del populacho que festeja o se divierte. Esta nueva definición del baile hampón eS superior a la de Pichardo, por ser más razonada y sólida. La rumba, así comprendida, nos sirve para determinar el des- conocimiento que tienen muchos autores del baile hampón cubano. Aranzadi (2) tiene una noción falsa del mismo. "Los kamtchadales, de Asia,-escribe Guichot (3) tienen danzas imitativas, remedando diestramente los movimientos (1) Diccionario provincial, casi razonado de vozes cubanas, Ha- bana, 1875, p. 321. (2) Lecciones de Antropología. "Etnología", vol. II, Madrid, 1899. p. 338. (3) Vulgarización enciclopédica de los elementos de antropo-socio- logía, Sevilla, 1911, p. 243. 65 de los animales, en las danzas saltan como el reno, corren como la zorra, nadan como la foca. A éstos se parecen los bailes eróticos, como la guajira de los negros cubanos, remendando los movimientos de la serpiente". Para Gui- chot la guajira es un baile, cuando es una canción deno- minada así: guajira, que se distingue del punto, de la guaracha y del bolero. El autor sevillano yerra, igual- mente, al decir que nuestros negros remedan los movimien- tos de la serpiente. Su error, sin duda alguna, se debe a la interpretación de los movimientos laterales de la pelvis, que con lujo hacen los hampones cubanos. Zamacois (1) ha desbarrado al ocuparse de la rumba; para él no es más que "el poema del amor físico, la conquista de la hembra; conquista cruda, rápida, sin arribajes corteses ni plegarias ociosas". El novelista dice que deseó verla en el ambiente que la inspiró, para ver el producto de un medio y de una raza. . . Esto es una indigna sutileza de Zamacois. La rumba es de origen africano, no fué inspirada en el am- biente cubano; además no debe descender a los caracteres negreros de la mala vida para juzgar nuestro medio, ni nuestra raza. El ilustre Darwin desechó siempre las des- cripciones de novelistas y viajeros, porque los quemo es- tán habituados a la frialdad de las observaciones socioló- gicas o científicas, se extravían en sus impresiones y se en- gañan con su misma vivacidad de imaginación^ Los so- ciólogos superficiales también habían confundido sectas africanas tan diversas como el ñañiguismo y la brujería, y al talento de Ortiz se débe la desvirtuación de tan craso error. Esa misma superficialidad ha hecho que veamos la rumba como un fenómeno africano uniforme, de igual aspecto en todos sentidos. No ocurre así según se ha de- mostrado, (2) pudiendo dividirse el baile hampón cubano en dos variedades: (1) Dos años en América. (2) El baile del hampa, en "La Revista'', Habana, 1914. 66 A) Rumba erótica. B) Rumba negrera o baile bárbaro. Todavía puede insistirse más en esa división, tenien- do en cuenta las partes corporales que se interesan en la danza. Rafael Salillas, un sociólogo español, ha sido el primero en iniciar el análisis del baile, siguiendo el ya aludido método de localización. "Si se llega a hacer un análisis psicológico de los bailes-que se hará seguramen- te, porque en el baile se halla una expresión gráfica del carácter de algunos pueblos y de algunas agrupaciones- en la actitud y en el método de movimiento, se encontrará mucho que distinguir" (1). Al apreciar el baile como un carácter de sensualidad localizado, lo expresa distinta- mente en términos anatómicos: A) Abdominal. B) Pectoro-braquial. C) Dorsal o póster o-pelviano. El primero corresponde a la danza de vientre; el segundo, se podría llamar espasmo de brazos, según Sali- llas, y el tercero, concomimiento erótico. Por la locali- zación deduce que las tres danzas corresponden repre- sentativamente a tres tiempos de un mismo acto: la primera corresponde al escalofrío del placer; la segunda a la fun- ción erótica y la tercera, al desenlace del espasmo cínico. Analizando el baile de los africanos en igual forma que lo hace el sociólogo español, se observan en el mismo señales inequívocas de evoluciones (2); sin embargo, to- davía se conservan algunos en su forma primitiva. Los movimientos del irime y los zancos, de los náñigos, no han salido de la coreografía bárbara. La rumba sí puede in- cluirse en la terminología de Salillas, correspondiendo a lo que él llama desenlace del espasmo cínico. El movimiento (1) El delincuente español. "Hampa", Madrid, 1898, p. 91. (2) Evolución del baile negrero en Cuba, en "Vida Nueva", vol. VI, p. 150 y sig. 67 lateral y postero-pelviano es lo que caracteriza el baile hampón cubano. Cuanto al baile de los brujos, escribe Ortiz: "El ma- yor atractivo de las fiestas que celebran los hijos de los santos es el baile religioso, que no siempre se mantiene dentro de las fronteras místicas y pasa a menudo a ser una danza profana". El etnólogo cubano establece, según se ve claramente en el párrafo anterior, una diferencia entre el religioso y el profano; al deslindar aquél de éste, dice: "Pero cuando el fervor religioso de los negros fetichistas no ha sufrido los embates del escepticismo, cuando los ado- radores del ídolo, reunidos para celebrar su fiesta no se han alejado mucho de la psiquis netamente africana, el baile suele terminar en una escena puramente religiosa, libre de todo carácter externo de erotismo; tal es el acceso epiléptico que ataca a algún concurrente y que recibe el nombre de dar el santo o subirse el santo a la cabeza, alu- diendo a los fenómenos parecidos que produce la embria- guez o el hecho de subirse el alcohol a la cabeza, como se dice vulgarmente". Todo esto nos prueba que el bai- le erótico no es confundible con el de los náñigos, especial- mente el irime (diablito), ejemplar de impecable pureza negrera, y menos todavía con el de los brujos, cuyas mo- dalidades no se alejan mucho de la psiquis netamente afri- cana, como expresivamente dice el Dr. Ortiz. XXXII EL LENGUAJE Antes de hablar del lenguaje de los brujos y de los ñáñigos, debemos decir por qué éstos, en el nuestro, reci- ben tal denominación. "Al fetichero-dice Ortiz-se le llama en Cuba brujo, sin duda porque al traducir por pri- mera vez la palabra que en lenguaje africano significaba fetichero, aun esta última (cuya raíz es portuguesa) no 68 había sido introducida en el vocablo usado en Cuba" (1). En nuestro suelo el fetichero era desconocido, y a ello se debe que al ser introducidos sus cultivadores recibieran el nombre de brujos. Los fetichistas, incapacees de introdu- cir la palabra y darle carta de naturaleza en nuestra len- gua, se llamaron cristianos al uso africano lucumi (2). "No se sabe-escribe el Dr. Rodríguez García-a ciencia cierta de donde proviene la palabra ñáñigo, si bien se cree que sea de origen africano; ni tampoco se puede precisar qué significa, aunque haya habido escritor que la crea equivalente a enano y afirme que es alteración de n anico, de donde viene ñañigo, o ñañigo, y de ahí ñáñigo, portador de muñeco, por uno que llevan los ñáñigos en sus procesiones o paseos" (3). Pichardo no apunta nada sobre esta cuestión. A. Bachiller y Morales, al ocuparse de los nombres históricos, dice: Nanigogigo.-Espíritu de orden inferior de los guaicuras en relación con el pájaro macohan (Denis). La palabra ñáñigo con que los negros criollos de Cuba han asignado una asociación que se exhi- bía en los días de los Reyes entre los diablitos ¿tendrá alguna relación con la palabra nanigógigo?" (4). No lo creemos probable;.pero de todos modos, la supuesta rela- ción no está confirmada. Nuestra opinión es que el voca- blo parece de procedencia africana y que la raíz del mis- mo, en la actualidad, es desconocida. Pasemos, después de esas consideraciones, al lengua- je de los brujos. Estos, mejor que los ñáñigos, han sabido conservar en el misterio sus atributos y características. Que conozcamos algunos de sus ídolos, el nombre con que se les designa, las prácticas que efectúan para salar, lim- piar, amarrar, etc., no significa el completo conocimiento de la tenebrosa secta. Nuestros actuales conocimientos (1) Ob. cit. p. 121-122. (2) El último pontífice lucumí, en "Vida Nueva'', vol. VI, p. 221. (3) Ob cit., p. 102. (4) Cuba primitiva, Habana, 1883, p. 329. 69 sólo han servido para deslindar la brujería del ñañiguismo. Esta asociación la desconocemos menos, y no porque sus adeptos se hallan despreocupado del desconocimiento de la misma, sino porque los iniciados blancos, no tan re- servados como los negros, han hecho del dominio público el canto, el lenguaje, etc. Los negros, más heterodoxos y menos comunicativos, silenciaron siempre sus modalida- des y caracteres. La brujería, netamente africana, culti- vada solamente por negros no es tan conocida ni tan fácil de ser violada. El lenguaje es una de las muchas cosas que descono- cemos del ceremonial y del secreto ritualismo del fetichero afro-cubano. El Dr. Ortiz, aludiendo a un obra de Al- fredo Nicéforo, (1) expresa que el ilustre publicista ita- liano pudo agregar un capítulo más a su libro: la jerga sagrada: "Consérvase-dice Ortiz-aún por misoneísmo el uso de palabras o frases ininteligibles, muy frecuentes en boca de los brujos y que emplean éstos por lo que tie- nen de carácter religioso, en el ejercicio de todas sus fun- ciones de sacerdotes, de hechicero o de agorero. Al es- tudiar un culto cualquiera se descubre pronto la jerga sa- grada, jerga que, al igual que otras igualmente primitivas por supervivencia o atavismo, como la de los criminales y las infantiles, no sólo es hablada sino que aun conserva la más primitiva forma de comunicación del pensamiento, como es el gesto, la mímica. El empleo del latín y de cier- tas expresiones griegas y hebreas por los sacerdotes cató- licos, así como el significado ritual de ciertos gestos (per- signarse, golpes en el pecho, genuflexiones, etc.) comprue- ban la supervivencia de las jergas sagradas". Nicéforo, en su siguiente libro (2) aceptó el concepto formulado por el Dr. Ortiz. (1) II gergo nei normal!, nei degenerati e nei criminal!, Torino, 1897. (2) Le genie de 1'Argot. Essai sur les langages speciaux, les argot et les parlers magiques, París, 1912. 70 Ratzel refiere que en las grandes solemnidades los sacerdotes usan un lenguaje ininteligible para el vulgo y que por esta razón sólo pueden intruirse en él a los jóve- nes iniciados, en sitios completamente solitarios y en lo más profundo de la noche (1). Todo lo expuesto nos lleva a preguntarnos:«¿qué vo- cablos forman la jerga de los brujos afro-cubanos? ¿Cuál es su procedencia? ¿Su empleo es individual o colectivo? El Dr. Ortiz nos dice: "La jerga de los brujos de Cuba es muy varia por su distinta procedencia y por el apartamien- to y hasta oposición que existe entre ellos. En los con- juros y ceremonias suelen emplearse frases y voces afri- canas, cuyo origen concreto es poco menos que imposible de determinar por el sin número de lenguas que se hablan en la costa occidental de Africa y la creciente corrupción de las mismas por los afro-cubanos; a parte de su carácter algunas veces jergal, que aun conocidas todas las lenguas usuales de los negros en Cuba, impediría el conocimiento de las voces, cuyo significado o culto no puede alcanzarse sin la condescendencia de un iniciado. Pero esta varie- dad de las jergas brujas no obsta a la estabilidad de las mismas, sobre todo entre los brujos africanos, pues la buena fe de sus actos y el misoneísmo que los informa los lleva al religioso respeto de la tradición que les fué con- fiada como depósito sagrado. "Los brujos-agrega-además de conservar expresio- nes jergales de sus países, mantienen los lenguajes vulga- res, hablados en estos mismos, y de ahí que los que en xXfrica era habla, de todos conocida, pase a ser en Cuba habla jergal del brujo y sus adeptos. El misoneísmo que mantiene el empleo del latín y del hebreo entre los reli- giosos blancos, explica la conservación de los lenguajes africanos entre los fetichistas, cuando ya han sido total- (1) Ob. cit., vol. I, p. 254. 71 mente olvidados por la generalidad de los negros afro-cu- banos". Ortiz, ajustándose a los hechos, procede con reserva y no deriva, arbitrariamente, la jerga bruja. Rafael Ro- che, ex-agente de Policía, refiere que en una sorpresa por él realizada, se apoderó de oraciones en carabalí. Una de ellas, al Santísimo Sacramento, decía así: "Bofunolofin Illá mitilloco te ba dide y lia mi tu lia de lia de mal o fumilla. Illa terolom qui ba afun i turnó de vadidellá. Illá me sium sorollá bá ofé o lo de u mare ba ló de mare que bá inú silloco pa bafea a maquereré de baba tié". Otra, a la Virgen de Regla, decía: "Considera que el mismo Señor dijo: que era maestro de la verdad, y como viene hoy a ti a enseñarte la ciencia del bien para saber morir bien, porque como es la vida es la muerte. Mira con que respeto y sumisión". Otra, a la Virgen de Regla, decía: "Illá mi llamallá taraguamá sanabiologó o lo dú marcillá mu fé lia o mi, tutu a bi tutu ella si lia botó i lia ma que querellé abilá illá llamé abilá llamé agua eló mu- fón lia óguede era ba fun cuecuellé bon fún ba fún mallon mina mallon batrocó e mi ni achó". Según Roche quiere decir: "Pues a ofrecerte sus votos todo el orbe se descuel- ga Madre Piadosa de Regla, da consuelo a tu devoto. En tu gran Natividad se alegra todo cristiano al ver las fran- cas manos, demostráis toda piedad, revistiendo toda bon- dad y vistiendo a los desnudos y sin ropa. Madre Pia- dosa de Regla da consuelo a tu devoto. Patrono de esta bahía te proclaman los marineros y todos los navegantes. Hallen amparo María, mostrándote siempre pía en las tie- rras más remotas. María, Madre Piadosa de Regla, da consuelo a tu devoto". 72 Roche, en el mismo capítulo, dice que los cantos es- tán en lengua lucumí. Si del carabalí proceden los voca- blos del lenguaje brujo, la procedencia es la misma que la del lenguaje ñáñigo; pero del análisis comparativo de las oraciones publicadas y del vocabulario ñáñigo, se deduce la falsedad del juicio formulado por Rafael Roche. (1). No negamos de plano la influencia de los lucumíes en la jerga sagrada de los afro-cubanos, lo que negamos es la explicación apriorística de Roche. Tenemos presente que muchas supersticiones son llamadas lucumíes, y que quizás esto se deba al gran número de supersticiones que profesan los naturales de esa región africana. Las supers- ticiones están envueltas siempre en una densa capa de mi- soneísmo y puede ser que sus más fieles depositarios sean nuestros actuales brujos. La oposición que se nota entre ellos, no es nada dudable que surja de una mal entendida heráldica regional. Las jergas parecen más ininteligi- bles, porque aun suponiendo que todas las voces de los bru- jos formen parte del lenguaje común en las comarcas del continente negro, éstos proceden de distintas partes del te- rritorio africano y son ajenos al habla usual de tal o cual región. Menos comprensible son las expresiones, aun pa- ra los mismos brujos, cuando la jerga se diferencia del len- guaje vulgar, por ser ya en las comarcas africanas habla jergal sagrada. Las frases de los brujos cubanos son estables, cuando se practica la brujería por tradición y por fanatismo; in- dividual, como diría De Blasio, cuando la practica un malhechor vulgar. Los brujos tradicionalistas son los poseedores de la jerga sagrada, pura y desconocida para los no iniciados. Los que lo son por farsa, o la practican como un medio de explotación, tienen un vocabulario per- sonal, un mosáico de varias voces, donde lo mismo puede (1) La Policía y sus misterios en Cuba, Habana, 1908. 73 verse una expresión ñañiga, que una frase del caló presi- dial. El inquebrantable misoneismo de los brujos es una barrera nada fácil de saltar, y podemos asegurar que el breviario no saldrá del estrecho recinto del primitivo tem- plo, aunque el sol de la civilización le bañe con sus eflu- vios culturales. Imágenes groseras, multicolores plumas de aves sacrificadas, utensilios que parecen sustraídos a una caverna prehistórica, aparecerán a la luz meridiana de una nueva época, serán fósiles de la etnografía crimi- nal cubana; pero el idólatra africano expirará sin revelar sus tradiciones, musitando la plegaria misteriosa. El vocabulario ñáñigo se ha insertado en varias pu- blicaciones policiacas, (1) por lo que no creemos necesario insistir sobre el mismo, pues, hasta en orden alfabético, en cuya forma no se había dado a conocer todavía, apa- rece en un estudio reciente donde se'expresa que "la jerga ñáñiga marcha a una muerte lenta y que se anuncia en di- versas formas: la discordancia en la adoptación de los vo- cablos, la ignorancia de otros por los adeptos, la dispari- dad de la dicción para una misma palabra, la disgregación de los diversos juegos, el desacuerdo de las expresiones, todo nos indica que el habla de la más tenebrosa de las asociaciones africanas, marcha paulatinamente a su ago- tamiento y extinción" (2). (1) Por no citar publicaciones periódicas, sólo nos referimos a la obra de Carlos de Urrutia: Los criminales de Cuba y Don José Trujillo, ya citada, y a las ediciones del libro de Rafael Roche: La Policía y sus misterios en Cuba, Habana, 1908 y 1914. (2) La briba hampona, en "Revista Bimestre Cubana'', vol. IX, p. 183 y sig. 74 XXXIII LOS APODOS Criminales, ñañigos y brujos llevan el sello de su anormalidad social: el mote. La mala vida individualiza muchas veces al delincuente, nombrándole por alguno de sus defectos físicos: el vizco, el cojo, et. Los ñañigos reciben un alias que dé idea de su actuación o de su temperamento: Ratón, el agresor del vigilante Fraga, era conocido por su agilidad pitecoidea, y tuvo por cóm- plices a Chivo, a Guanajo, a Pinta copas y otros. Así, Trampa, que en argot español significa deuda, se- gún Luis Basses, es un sujeto blanco, juramentado (Lám. 13), que coge a quien se la debe, se la cobra. Candela (Lám. 14) es un negro también juramentado, muy caliente, que quema, como dicen los hampones en su gráfico y atre- vido lenguaje. Cuanto a los brujos, ni Bocú, ni Víctor Molina, ni Pina tenían apodos; pero no carecían de él, Ruperto Ponce, ni Pilar Hernández Padrón, cómplices de Bocú, conocidos ambos por el congo, igualmente Adela Luis, negra bru- ja de Alacranes, la conga. El mote, en estas ocasiones, indicaba la región africana de donde eran oriundos. Otras veces el apodo nace por el conocimiento que se tiene de su profesión de curanderos, en cuyos casos la mala vida los designa por el nombre de los utensilios o medios de que se vale para su terapéutica, a Dámaso Amaro, íntimo y co- lega de Domingo Bocú, le conocían por Cazuela, a Lau- reano Martínez, compañero de éstos, le llamaban el yer- bero. No hace mucho fué detenido un brujo apodado Botellita, por dar siempre a sus clientes una botella con- teniendo brebajes por él preparados. "Los brujos-escribe Ortiz-reciben también apodos, mejor dicho, suelen conservar su nombre africano o ser llamados por uno procedente de Africa. Así Cabangas, 75 (1) según dice él mismo, significa uno que canta mucho; Soco-soco, puede significar "el que inventa mucho" en len- gua del Bajo Congo, etc. Pero por general son conocidos por su nombre católico, precedido del apelativo taita, tata o ta. A veces se le agrega el apodo según el país de su origen, v. g. taita José el arará, el congo, etc. En fin, en otros casos son conocidos por sobrenombres castellanos, como cualquier otro individuo de la mala vida, por ejem- plo, Pelota, Gallito, apodos que probablemente aluden a la excesiva lujuria de los que lo llevan, vicio muy común en- tre los brujos" (2). En los párrafos anteriores no encontramos la expli- cación de por qué a Silvestre Erice, el fundador de "Santa Rita de Casia y San Lázaro", se le antepuso a su nombre el apelativo de Papá. Pero Ortiz, en otra parte, se encar- ga de decírnoslo: "Los brujos afro-cubanos, como los de Yoruba y muchos otros países de Africa, llegaron a crear cofradías (3). Estos eran y son, aunque van desapa- reciendo, presididas por un brujo, que en castellano suelen llamar padre y en lengua africana ulué. Algunos cargos secundarios relacionados con el ejercicio del culto y ofren- da del sacrificio, reciben los nombres de caballeros de la mesa y mayordomos, tomados, especialmente el último de las cofradías católicas. A los demás asociados se les 11a- hijos del santo (4). Estos y en general todos los ado- radores de un determinado orisha, se distinguen por me- dio de insignias especiales, por el color de los vestidos y collares de abalorios, análogamente a los hábitos, cordones, medallas, etc., de los beatos blancos" (5). (1) Cambanga era nombre de un antiguo príncipe del Congo. Om- boni, Ob. cit., p. 203.- (Nota del Dr. Ortiz). (2) Ob. cit., p. 266. (3) Véanse datos interesantes de dichas asociaciones religiosas en Dahomey y entre las minas, en Bouche. (La cote des Esclaves et le Dahomey, París, 1885, p. 113 y sig.-(Nota del Dr. Ortiz). (4) Igual denominación reciben en el Brasil, según Nina Rodríguez. (Nota del Dr. Ortiz). (5) Ob. cit., p. 178-179. 76 Ya hemos visto en el capítulo XXIX que los sucesores de Silvestre Erice se llaman hijos de Papá Silvestre, fa- milia, miembros, etc. De esto se deduce que Papá ha sido una dignidad conferida al brujo Erice, un título otorgado al Padre o Director de la cofradía, luego, no podemos considerarlo como un mote. Hay también razones nobiliarias que abonan para no considerar como apodo el nombre de El Rey Congo por el cual era cono- cido Vicente Goytizolo, el ya nombrado fetichista de San- tiago de Cuba. "Tal título noble-escribe "La Discu- sión"-al decir de cierta gente que se cree con derecho para estar en autos del asunto, no fué escogido al capricho, ni aplicado sin razón. Goytizolo era príncipe de una de las familias reales en tribu africana y como muchos otros miembros de aquellas, figuró entre los individuos captu- rados y secuestrados por las partidas que en lejanos tiem- pos estaban al servicio de los traficantes de esclavos para realizar la requisa y embarcarlos para Cuba". XXXIV LA FISONOMIA Ya hemos examinados algunos caracteres anatómi- cos que pueden influenciar notablemente en la fisonomía de los brujos afro-cubanos. La frente, la nariz, los ojos, etc., han pasado anteriormente por un análisis comparati- vo de no escasa inmportancia. Ahora vamos a ocuparnos de la expresión ñsonómica exclusivamente, siguiendo el mismo método que, hasta aquí, hemos venido empleando, o sea, cotejando los brujos con los ñáñigos para contras- tarlos luego con el hombre criminal. De éste no hemos necesitado ocuparnos mucho, porque en otros trabajos más completos y documentados, se encuentran, en exposición insuperable, todos los rasgos inherentes al mismo. Lo que nos queda por tratar, en toda su extensión, es la fisonomía de los brujos y de los ñáñigos. Antes de comenzar el examen fisonómico de las dos personalidades más atra- 77 yentes de la mala vida cubana, significamos que no es nuestro propósito formular reglas o dar rasgos distintivos para conocer el brujo y el ñáñigo por la cara, sino investi- gar las relaciones que guardan el marco físico y el fondo moral de ambas individualidades. La fisonomía del brujo y del ñáñigo interesa su es- tudio, del mismo modo que la de los enajenados, para conocer lo que se llama, con frase feliz, signos perma- nentes de la fisonomía. Estos, en el primer caso, ofrecen la misma importancia que Marie le confiere en la semió- tica de las enfermedades mentales. El rostro, según las emociones, asume una expresión particular, que desapa- rece al desvanecerse la emoción; pero si esa expresión se repite frecuentemente bajo la influencia de la misma emo- ción, el rostro adquiere rasgos permanentes, signos fisonó- micos peculiares a esa emoción. La naturaleza de la ex- presión-dice Darwin-depende, ante todo, precisamente de la naturaleza de los actos que hemos habitualmente cumplido bajo la influencia de tal o cual estado particu- lar del espíritu. Esos actos habituales son las manifesta- ciones del carácter, del espíritu del individuo, que deter- mina, al ejecutarlos, emociones apropiadas y gestos más o menos expresivos y violentos. Las expresiones fisonó- micas denuncian la intensidad de una pasión desenfrenada o el temperamento enérgico, tanto más acentuado cuanto más se revela en la mímica y en las líneas faciales. No es necesario citar autores para robustecer este fundamento, que se deduce de la más simple interpretación de la mími- ca de las emociones. Duchenne, estudiando la fisiología de los movimientos, distinguió un cuadro de músculos ex- presivos, agrupándolos en varios órdenes: a) músculos completamente expresivos; b) músculos incompletamente expresivos y expresivos complementarios. El primer gru- po, según vemos, es el más importante y por él debemos comenzar. 78 Los pliegues que por diversas causas asume la frente, tienen mucho interés por la expresión que dan al rostro al ponerse en acción el músculo frontal. Esos pliegues, ge- neralmente, se llaman arrugas, que se consideran normales cuando el individuo se acerca a la vejez, y se toman como signos de degeneración cuando se encuentran precozmente, sin haber sido determinadas por la edad. Los negros, en su ancianidad, no ostentan las arrugas que numerosas se observan en la frente de los blancos cuando llegan a la vejez. Papá Silvestre, que llegó a contar 80 años de su vida sobre el suelo cubano, no tenía en su rostro de negro africano la más leve señal de un pliegue cutáneo (Lám. 15). Ni las arrugas más frecuentes, como las ho- rizontales, se encuentran a pesar de su longevidad. Ottolenghi observó en los criminales numerosas y pre- coces arrugas que se caracterizaban por la profundidad; este carácter se notaba, tan hondas eran, en estado de re- poso, como se hallan en los cretinos y en los fetos (Vir- chow). Las arrugas se deben a una hipertrofia del teji- do conjuntivo subcutáneo, unida a una disminución nota- ble de la elasticidad de la piel. "A esta disposición ana- tómica, especialmente congénita-escribe Lombroso-se une una causa funcional: la mímica habitual del criminal; la risa cínica que Dosteyewsky señaló como un cuño especial; los movimientos rítmicos de los músculos faciales, que son habituales en el epiléptico y en el histérico, contribuyen a exagerar los músculos correspondientes". Los negros no presentan, a pesar de la edad, la abun- dancia de arrugas que poseen en la vejez los blancos; pe- ro esta carencia, aunque muy notable, tanto en los brujos como en los normales de la misma raza, no llega a la falta completa de ellas. En una proporción de 10% encontra- mos entre los feticheros afro-cubanos las arrugas vertica- les y la naso-labial profunda. Este promedio es reduci- dísimo, teniendo en cuenta que la mayor parte son negros LAM. 15. "Papá" Silvestre, fundador de "Santa Ri- ta de Cassia y San Lázaro", Sociedad religio- sa del Cerro, que, según los deseos del célebre fetichero, es una asociación "al uso africano lucumí". (Fot. de Ramón Carreras). 79 en plena longevidad. Bocú tiene dos pliegues verticales en la frente, cuya implantación le hace tomar la aparien- cia de tener el ceño fruncido. Esos pliegues, como es muy posible, pueden deberse a la depresión naso-frontal, ya señalada en otra parte del presente trabajo; igual causa puede justificar las que presenta el brujo de la Lám. 8. Los ñáñigos tienen arrugas frontales con muchos más frecuencia que los brujos; aquéllos no ofrecen depresión naso-frontal y, sin embargo, las arrugas verticales encuen- tran entre ellos numerosos casos. La Lám. 16 correspon- de a un negro ñañigo, sin depresión sutural del esquele- to y con dos arrugas verticales profundas. Lqs ñáñigos de la raza blanca presentan con más regularidad los plie- gues verticales, que en promedio tan reducido encontra- mos en los sujetos de la raza de color (negros y mestizos). La frecuencia de los pliegues, la profundidad de los mis- mos, la reunión de varios de ellos hasta el extremo de for- mar "un mapa de arrugas", como dice Lombroso, le son muy peculiares. El pliegue cigomático o arruga del vicio, como la denomina Francotte, no es raro en la cara del blan- co juramentado. Las arrugas verticales imprimen al ros- tro del ñáñigo blanco un ceño airado, una expresión de du- reza, según puede verse en la Lám. 17. El músculo su- perciliar, en el mismo sujeto, parece estar contraído; pero no ocurre así, pues esa es su disposición anatómica, con- génita; el ñáñigo de la Lám. 14 lo presenta en igual for- ma. Este rasgo, verdadero signo de violencia, de intem- perancia, es muy común en la fisonomía de los homicidas. Los brujos no ofrecen ese carácter facial; pues el músculo en ellos se implanta normalmente sobre el nivel de las ce- jas, sin revelar la menor contracción. No se exceptúan de esta regla ni los que poseen un ojo más alto que otro (Lám. 18). Los músculos orbiculares y el piramidal de la nariz no presentan variaciones que tengan sensible influencia en 80 la expresión fisonómica de los brujos afro-cubanos. En los homicidas', en cambio, son frecuentes las variaciones de los mismos, influyendo las alteraciones notablemente en la mímica de sus expresiones más enérgicas. Los ñá- ñigos siguen a los sanguinarios en esas variantes, cuya pre- sencia determina signos permanentes de desfavorable in- fluencia en los gestos faciales y en la impresión de la fi- sonomía. La fealdad, es decir, la fealdad extrema, fronteriza a la monstruosidad, no es propia de los brujos afro-cuba- nos a pesar de su rancia procedencia africana. El brujo no tiene la cara brutal, endurecida, o sea lo que el vulgo llama tipo patibulario ; y no es que falten los caracteres anómalos, ni que éstos se oculten o disimulen en la negrura de su tez, es que no concurren en un número suficiente de degradación, en una manera capaz de embrutecer su fi- sonomía. La mirada siniestra, fría y apagada, revelado- ra del instinto de sangre, no se encuentra en la pupila del brujo afro-cubano, cuyo párpado se declina a la primera mirada de severidad o de rigor. Su esclerótica amarillen- ta no se mueve inquieta, ni es vitrea, como la de los malhe- chores inclinados al robo o al asesinato. El rostro repul- sivo de que nos habla Garófalo, y que observa todo el que visita una galera presidiaría, no es propia del negro brujo. De todos los feticheros conocidos hasta hoy, Domingo Bocii es el que ha ostentado la fisonomía más desagradable, y no por ser un verdadero prototipo de degeneración étnica, sino porque la depresión de la sutura naso-frontal determinaba pliegues verticales tan profundos, que le daban una fisono- mía maligna y ensañada. Los rasgos fisonómicos del bru- jo revelan pasividad, falta de energía cínica y una impo- tencia completa para el decoro. La Lám. 7, correspon- diente al fetichero llamado Brujito, nos da una muestra de la fisonomía más común del brujo, falta de viveza y desprovista del signo más ligero de violencia. 81 Los músculos maseteros, complementarios de la có- lera y del furor, no están desarrollados en los brujos. Juana Tabares es la única que lo presenta un poco volu- minoso. La hipertrofia de esta región anatómica, tan des- arrollada en los criminales, no se observa, teniendo en cuenta la estructura del negro, en los feticheros afro-cuba- nos. Marie y Mac-Auliffe, que no ha mucho formula- ron algunas objeciones a la escuela de Lombroso, en la Academia de Ciencias de Francia, reconocen que "en el asesino se encuentra sobre todo el tipo muscular". Ese desarrollo masivo lo encontramos, y no pocas veces, en los criminales y ñáñigos cubanos. "Es bastante natural -escriben Marie y Mac-Auliffe-que, como se ha dicho, los grandes apetitos servidos por dobles músculos pueden determinar el acto homicida" (1). Las contracciones unilaterales de la cara, que hacen descubrir los dientes caninos, como a manera de amenaza, no existen en el brujo, que carece, generalmente, de boca simiesca (2). Los criminales y ñáñigos, tanto en los de la raza negra (Lám. 20) como en la de los blancos y en los mestizos, se nota este carácter atávico. Cuando la boca simiesca coincide con la facultad del sujeto para con- traer unilateralmente el labio y enseñar los caninos, el gesto recuerda a la cólera de los animales carnívoros. Crichton Browne y Nicol, citados por Darwin, dicen que los imbéciles y alienados descubren los caninos en sus ac- cesos de furor. Maudsley, expresando que es la vuelta de instintos primitivos, lo señala como "un eco debilitado de un pasado lejano, que atestigua su parentesco". La elevación de las alas nasales no se observa, tam- poco, en los brujos. Víctor Molina sólo tenía notable- mente desarrolladas las ventanas nasales. El surco naso- (1) Acad. des Sciences, 15 de abril de 1912, p. 104. (2) Contribución al estudio de las bocas simiescas, en "Gaceta Mé- dica del Sur'', vol. XXXII, núm. 747; Contrib. al est. de las bocas si- miescas, en "Gaceta Médica del Sur'', vol. XXXII, p. 318 y sig. 82 labial, cuando se encuentra, no alcanza gran profundidad. El descenso del labio inferior es muy común entre los ña- ñigos; en los brujos y criminales carecemos de observa- ciones. El mentón entrante o fugitivo abunda más en los ñañigos y criminales que en los brujos. El progna- tismo desmesurado es el carácter que más suele dar as- pecto desfavorable al perfil africano de los feticheros. Cuanto al bigote y a la barba no están muy nutridos. Bocú los tenía extremadamente despoblados. La exube- rancia de cabellos que encontramos en Pina y en el curan- dero de la Lám. 9, es rara. No es posible revistar todos los rasgos fisonómicos del negro brujo, ni conocer todos los signos de su mímica, cuyo conjunto constituye una tarea paciente y larga. Las ex- presiones faciales del enajenado no han sido investigadas por un solo hombre, sino por una falange de geniales tra- bajadores. Nosotros, en relación con nuestras fuerzas, contribuimos modestamente a esclarecer la mecánica y la expresión facial de un tipo primitivo, que persistiendo en- tre nosotros, nos ofrece interesantes secretos, aplicables a la fisiología de los negros,-cuya conquista ha de ser pródi- ga para la ciencia cubana. Analizando los rasgos permanentes de los brujos he- mos podido descubrir la falsedad de una concepción po- pular, recogida por la paleta de los pintores y llevada al lienzo, donde las brujas aparecen con el rostro sombrío y cuajado de surcos cutáneos. Los pinceles más famosos y la pluma de Shakespeare, el supremo psicólogo de vi- dencias insoñadas, erraron al atribuir a las brujas arrugas y monstruosidades. Las hechiceras afro-cubanas no tie- nen los caracteres peculiares a las brujas de Macbeth, que concibió el cerebro que nos legara en Otelo, al delincuente pasional, en Hamlet, el delincuente loco y, también, en Macbeth, al criminal nato, que años más tarde esculpiera Lombroso, con verismo antropológico, en su Uomo delin- quente. 83 XXXV EL TIPO DEL BRUJO AFRO-CUBANO Los caracteres físicos de los brujos y de los ñáñigos no bastan para determinarle o distinguirle del criminal. Son necesarios otros caracteres de índole social, que se re- lacionen con su actuación en el ambiente en que militan, que nos dé una prueba gráfica de su psiquismo, en pocas palabras, que los personifique. Cada una de las varieda- des de hampones poseen atributos apropiados, formas so- ciográficas, por decirlo así, que lo denuncian en su mismo campo de anormalidad jurídica. Por esa propiedad los brujos y los ñáñigos, como tipos de la mala vida, no pue- den sustraerse al proceso individualizador que realiza in- cuestionablemente todo género de vida anti-social. Los sujetos nocivos, al igual que los anormales, no se ajustan fatalmente a un orden anatómico o mental, pues ni la es- tructura orgánica, ni la psicología son signos invariables en los distintos órdenes de la adaptación social. Los ca- racteres físicos varían en los diversos grupos étnicos y evo- lucionan por la acción del medio; los caracteres mentales se elevan y regeneran por la educación, metódica y apro- piada, que pule y aclimata al individuo, haciéndolo apto para los estadios más altos de la vida civilizada. El conjunto social no puede incluirse en una nomen- clatura científica; solamente los grupos anormales de ese conjunto pueden serlo, puesto que, en un mismo ambiente, su conducta y ejecutoria moral han sido distintas. "La especie humana no se compone de individuos originaria- mente buenos ni malos; cada hombre,-y siempre en sen- tido relativo y contingente,-resulta bueno o malo según la herencia biológica que recibe al nacer (a la que no pue- de substrarse), y según las influencias del medio social (que gravitan inevitablemente sobre él desde su nacimien- to). Por eso, los grupos y los individuos pueden tener 84 morales distintas en lo particular, aunque colectivamente tienden a adaptarse a criterios comunes, que limitan la acción nociva de las diferenciaciones particulares" (1). Y eso, precisamente, es el brujo afro-cubano, un negro que tiende a adaptarse a criterios comunes (en el país de donde fué arrebatado) y que tiene moral distinta en lo particular (que resulta general entre nosotros, por estar en pugna con el medio en que milita ahora). El brujo en Africa vive de conformidad con el cri- terio moral reinante en su ambiente; pero en Cuba es per- judicial e inadmisible para la vida normal de nuestra so- ciedad civilizada. Acertadamente escribe Ingenieros: "Los cánones de la moral no son absolutos, ni inviolables; siendo el reflejo de condiciones sociológicas derivadas de la agregación de los individuos en grupos, ellos varían y se transforman obedeciendo al enmarañamiento determi- nismo de la evolución social". En su medio el brujo no es una individualidad anómala, ni por su psiquismo, ni por su conducta; en el medio de nuestro agregado es don- de pasa a ser un tipo de la mala vida. Llega a ella no por ser miembro de una raza inferior, sino por su primi- tividad psíquica, incompatible con el criterio progresista de una sociedad civilizada. El brujo fué traído, y tal como nos fué transportado se encuentra en nuestro seno. La moral, el lenguaje, el baile, los ídolos, etc., son los mismos; todo revela su per- sistencia, su inmovilidad, su deficiencia de evolución, co- mo dice Ortiz. Del conjunto de su raza el negro brujo se destaca, no por su índice cefálico o facial, no por su longevidad, ni por sus hábitos poligámicos, sino por sus caracteres etnográficos que se unen a no pocos rasgos tra- dicionales. El fetichero, creyente, nato, posee sobre el sue- lo cubano todos los atributos que en la vida social africa- (1) J. Ingenieros. El delito y la pena ante la filosofía biológica. Buenos Aires, 1910, p. 11-12. 85 na corresponden a su jerarquía; esta invariabilidad es una prueba de su misoneísmo. En cambio, esas característi- cas supervivientes no las encontramos en el pseudo-brujo. Ahora, en el conocimiento del parásito o del vividor de la brujería, es cuando los caracteres físicos recobran su im- portancia, porque se unen y son apoyados por los caracte- res sociales. ''Junto al brujo verdaderamente afro-cubano,-escri- be el Dr. Ortiz-al brujo que puede criminológicamente llamarse nato, vegeta otro brujo, generalmente, siguiendo o imitando las prácticas fetichistas de aquél, corrompidas por la acción del ambiente y de su propia psiquis algo progresados; es un brujo criminológicamente habitual, que explota esta forma de cómodo parasitismo por la deter- minación de factores sociales que lo arrastraron a ella, co- mo lo hubieran conducido a otra análoga. Así como en el primero puede descubrirse un máximum de buena fe, ésta en el segundo no es sino un mínimum" (1). El pseudo-brujo, generalmente, es un criminal vulgar, que adopta el fetichismo por holgazanería y afán de lucro; son timadores, ladrones, agresores, etc. El examen físico nos descubre la reunión de caracteres anómalos, como la estenocrotafia, el apéndice lemurídeo, la plagiocefalia, las orejas sin lóbulos, el mentón fugitivo, la mirada dura, etc., por lo que el pseudo-brujo (Lám. 19) no tiene la frente amplia, la mirada, ni la expresión del brujo nato, que carece de tipo criminal, del que raramente se separa el ps etido-brujo. El brujo creyente no es vanidoso, es más altruis- ta que interesado, y su imitador, por el contrario, es or- gulloso, descarado, guapo y explotador. Ya hemos habla- do del desinterés de Bocú y de Pina, cuya conducta sigue todo hechicero nato. En cambio, todos los actos del (1) Ob. cit., p. 397-398. 86 pseudo-brujo están informados por un ciego afán del lu- cro. "El Mundo", no ha mucho, dió a conocer la siguiente denuncia: "J. P. L., del Vedado, se presentó en la Policía Secreta acusando a unos brujos de Mari anao por haberle estafado, en distintas cantidades, unos tres mil pesos, di- ciéndole que ellos, como "negros brujos" que eran, ha- brían de curarle los males que él, Public, padecía, no sien- do así, pues continúa con las mismas irregularidades del estómago que padecía antes de ponerse en cura con los "negros brujos", y con sus males del cerebro, de antes". He ahí un caso típico de la delincuencia habitual del pseudo-brujo. Todavía se distinguen más del brujo nato; Ortiz, re- firiéndose a éstos y sentando que son verdaderos creyentes, escribe: "El carácter sacerdotal de los brujos ha hecho que en Cuba el que es brujo lo sea por su propia voluntad, por sentirse inclinado a tal forma de parasitismo; o lo que es lo mismo, en Cuba no hay falsos brujos como en la misma Europa, infelices seres humanos, que por algún carácter anómalo y a veces hasta por la mera vejez se ven expulsados de la sociedad, perseguidos como seres consa- grados al mal y en pacto con las potencias infernales. Este fenómeno consistente en la calumniosa fama de brujo atribuida a un desgraciado inocente por la unánime opi- nión de una aldea, que es frecuente en Europa y que ha sido explicado científicamente por Hubert y Maus, no es conocido en Cuba, porque el brujo aquí ha sido siempre sacerdote de un culto, no ha sido anatematizado como sa- cerdote del mal, ni lo es en efecto, desde cierto punto de vista, ni ha entrado en la brujería afro-cubana por la tan- gente de una profesión misteriosa, como la de médico, de herrero, etc., sino por la vía directa de la herencia o de la voluntad. Si en Africa puede notarse bastante el efec- to de la conciencia social en la calificación originaria de los feticheros, éstos al llegar a Cuba, mantenedores de una 87 tradición religiosa ampliamente elaborada, no tuvieron por que experimentarlo, ni el fenómeno pudo manifestarse por las razones expuestas" (1). En esos párrafos de Ortiz encontramos expuesto lo que ya hemos dicho antes, es decir, "que los brujos son mantenedores de una tradición religiosa ampliamente ela- borada". Y veremos seguidamente como en el brujo na- to, incubado por herencia y por vocación, convergen, no solamente los caracteres físicos de su raza (los menos de- gradantes del negro), sino los etnográficos (usos y costum- bres de los países africanos) y los tradicionales (ritualis- mo y otras formas legendarias). El brujo afro-cubano es, sintéticamente, la fusión del curandero, del sacerdote y del agorero del continente ne- gro; de ahí el significado, la actuación tríptica que nos ha descubierto el talento de Ortiz. Por esa fusión no falta el más simple detalle del sacerdote africano en el brujo cu- bano, porque no es más que la persistencia de aquel tipo ordinario y común en la tierra tenebrosa que nos describió maravillosamente Stanley. Describiendo el fetichero del Africa Occidental, un misionero de Basilea, (2) dice: "Su cabeza está cubierta por un alto birrete de paja; como su dignidad exige, adórnales una barba esmeradamente cuidada que les llega hasta el pecho; su obscuro rostro de negro revela la travesura propia del sacerdote fetichista; de su cuello penden sartas de corales como adorno sacer- dotal: el fetiche desciende hasta ellos previos los corres- pondientes conjuros". Dumont, relatando una ceremonia de los lucumíes, vista por Moreno, dice que los sacerdo- tes llevan la cabeza cubierta (3). "Los negros brujos- escribe Ortiz-principalmente si son africanos, así como las negras, llevan la cabeza cubierta por un pañuelo a ella (1) F. Ortiz. Ob. cit., p. 298. (2) Cit. por Ratzel. Ob. cit., p. 358, vol. I. (3) Antropología y Patología comparada de los negros esclavos. Habana. 88 liado, costumbre de origen ultramarino, también manteni- da por los demás negros ancianos no brujos; pero este pañuelo no constituye una prenda sacerdotal" (1). Bocú, (Lám. 23), tiene la cabeza cubierta; Pina, (Lám. 24), no obstante usar sombrero, lía a su cabeza un pañuelo. La negra que aparece en el página 274 del li- bro de Ortiz, cubre también su cabeza con un pañuelo. Sabigó García y Feliciana Lescaill, brujos de La Maya, al ser sorprendidos por la Rural, tenían liado en la ca- beza un pañuelo. Véase nuestra Lám. 2, y se verá al cu- randero africano con la cabeza envuelta en un pañuelo de vivos colores. Ortiz, basándose solamente en el uso del pañuelo por los sujetos agenos a la brujería, lo rechaza como prenda de carácter sacerdotal; pero hay un detalle muy interesante que se le escapa al distinguido etnólogo. La manera como envuelven los brujos su cabeza con el pañuelo, es diferente a la que suelen emplear los no adep- tos de la hechicería. En los primeros el pañuelo no pasa de la medianía de la frente, ni del nivel de la línea asté- rica, por detrás; en los segundos, el pañuelo cae hasta las arcadas superciliares y cubre toda la parte posterior de la cabeza, anudándose en la barba, como lo estilan las tribus nómadas (Lám. 20). Cotejando el tipo de curandero (Lám. 2) que hemos tomado a Gregoire, Lydekker y Hut- chinson, con la negra de la Lám. 20 se nota la manera es- cogida por los feticheros para liarse el pañuelo a la cabeza y como lo usan, distintamente, los no adeptos a la brujería. En otro lugar, hablando de la barba del brujo, signi- ficamos que era uno de los rasgos más atrayentes de su fi- sonomía; pero no apuntamos nada sobre su probable ca- rácter sacerdotal. El ya citado misionero de Basilea, al referirse a la barba, dice que la dignidad del fetichero lo exige. En el brujo nato la encontramos siempre; no así (1) Ob. cit., p. 183. LAM. 23 "Bocú", el más célebre de los brujos afro- cubanos, con el típico pañuelo. (Tomado al Dr. F. Ortiz). 89 en el pseudo-brujo. El curandero de Lydekker, como Pi- na, tiene barba blanca y cuidada con escrúpulo. La ca- rencia de la misma es otro rasgo delatador del pseudo- brujo. Los collares no faltan en el brujo creyente. El Rey Congo se paseaba por las calles de Santiago de Cuba cargado de collares y amuletos; Sabigó también los mos- traba en público; los pseudo-brujos no los usan general- mente. Los feticheros africanos no prescinden nunca de los collares, que constituyen su adorno sacerdotal: en el curandero de la Lám. 2 lo encontramos con ese carácter. El pseudo-brujo, desde cualquier sentido que se le observe, es un mal imitador del brujo nato; el pañuelo no cubre su cabeza, en la que no es rara la asimetría; la bar- ba no adorna, ni disimula el volumen de su maxilar infe- rior; la jerga es una caprichosa reunión de voces sin sentido, que no impiden la aparición de algunos vocablos ñañigos o presidíales; el baile carece de todo aspecto reli- gioso, poseyendo, en cambio, todo el ritmo lujurioso del burdel; vive del robo y hasta del juego cuando los frutos de la hechicería se reducen, y como si esto no fuera bas- tante, su estructura orgánica en general, es más degradada que la del brujo nato. Se equipara con el criminal, cuyos caracteres físicos y psíquicos le son frecuentemente pecu- liares. El ñáñigo, como único atributo, lleva sobre su cuer- po un signo o un irime tatuado. Su asociación no le exi- ge, ni requiere el uso de distintivos, pues no posee adornos de carácter ñáñigo, como tienen los brujos de carácter sa- cerdotal. El tatuaje no es reglamentario; los juramenta- dos lo practican por su exclusiva voluntad, escojiendo para la ornamentación de su cuerpo el emblema o símbolo que más le agrade. Ya hemos visto dos con el diablito, uno con eribó, y el autor del presente trabajo ha observado en el pecho de un ñáñigo un cuchillo tatuado de grandes di- 90 mensiones, en cuya hoja leimos: Se emplea. . . El taraceo en el ñañigo, como en el criminal, es un verdadero palip- sesto de gran importancia psicológica. Cuando el jura- mentado no escoge atributos del ñañiguismo para el ta- tuaje, es imposible distinguirle del criminal por el mismo, pues en ambos encontramos sentencias violentas, obscenas, emblemas de sangre, de vendetta. Criminales y ñañigos se confunden en su inferioridad orgánica. El ñañigo no es africano como la mayor parte de los brujos longevos; es descendiente de africanos, ha nacido en Cuba y aunque su mentalidad vibra con toda la selvática impulsividad de sus antecesores, es un negro cubano, nativamente criollo. Nuestro medio ha gravita- do sobre él desde que apareció sobre el territorio civiliza- do; pero substrayéndose a las corrientes benéficas del mis- mo, ha intensificado su inferioridad biológica, aproximán- dose más al plano de los primates. No es difícil explicar este descenso. Ortiz, hablando del afro-cubano, en un párrafo de videncia admirable, ya citado, nos ha dicho que éste "es primitivo porque su ambiente se hizo de re- pente superior, sin que él pudiera en su evolución dar un salto que restableciera la truncada adaptación al medio, el delincuente de las sociedades civilizadas es otro primitivo porque ha sido él el que ha saltado hacia atrás, incapaz de mantenerse en un superior nivel de progreso'7. El esclavo adulto no podía defenderse en el momento del ambiente en que fué colocado; pero la descendencia, preservándose del progreso, rechazándolo instintivamente, combatiéndolo desde la niñez, saltaba hacia atrás para alejarse, por mi- soneísmo o incapacidad, del salto hacia adelante. Esa aversión psico-social le llevaba a descender del plano me- dio de sus antecesores, ya vencidos, y para supervivir con un neto psiquismo africano, se hacían más rudos, más bár- baros, más agresivos y, por ende, más irreverentes con el molde jurídico de los blancos. Toda su individualidad se 91 oponía a la evolución, que no pudo evitar la provocación del retroceso. Los negros se dividieron, es decir, el medio progre- sista los disgregaba, unos entraron por las vías redentoras de la civilización y los menos, los refractarios, se precipi- taron por el ñañiguismo y la criminalidad. Su odio a la evolución les hizo adoptar un nocivo y peligroso bagaje de persistencia, pero ese mismo bagaje de violencia favore- cerá el éxito de la acción social. La elevación física y moral de su raza contribuirá grandemente a su extinción, pues cada día irá pronunciando más y más su primitivi- dad psico-antropológica. La supervivencia bruja, aunque igualmente anti- social, se diferencia notablemente en su proceso. El he- chicero afro-cubano, por su misma índole sacerdotal, no asume formas tan violentas y a despecho de su misoneísmo toma formas engañosas de adaptación social. La fe pue- de sostenerse sin pasiones brutales, la superstición puede sustentarse sin el homicidio o el asesinato, en fin, la bru- jería vive con la incultura y el fanatismo. El ñañiguismo sin la represalia, sin la venganza, sin el golpe por golpe y el diente por diente, no tiene razón de ser: necesita la san- gre del rival para existir. De ahí la identidad del ñáñi- go con el criminal, de ahí que no podamos separarle de éste, porque ambas individualidades, como diría Alfredo Naquet, son rezagados o despojados aún de modo imper- fecto de la animalidad (1). Los ñáñigos se equiparan con los homicidas instin- tivos, presentando su mismo tipo. Enrique Ferri en su monumental trabajo sobre esta variedad de delincuen- tes, (2) los clasifica así: (1) Alfredo Naquet y las teorías criminológicas, en "Gaceta Mé- dica del Sur'', vol. XXXIII, p. 682. (2) L' Omicidio nell'Anthropologia Crimínale, Torino, 1895, p. 227 y sig- 92 a) tipo homicida simiesco. b) tipo homicida degenerado. c) tipo homicida alocado. d) tipo homicida común de cara larga. e) tipo homicida común de gran mandíbula. f) tipo homicida común de frente huida. g) tipo homicida común. h) tipo homicida de raza inferior. i) tipo homicida infantil. j) tipo criminal común. k) tipo normal. El tipo simiesco abunda más en los asesinos negros que en los ñañigos de la misma raza; en éstos encontramos algunos caracteres atavísticos, pero nunca una expresión genérica de atavismo prehumano. El tipo degenerado más se encuentra en los blancos y mestizos ñáñigos que en los criminales y ñáñigos de la raza negra. El tipo alocado sólo lo hemos encontrado en criminales y juramentados de la raza blanca. El tipo homicida común de cara larga, sin mediciones in vivo, no puede determinarse su grado de frecuencia, aunque existen no pocos casos en negros y blancos. En el tipo de gran mandíbula, sin distinción de razas, el promedio tiende a igualarse. El tipo homicida común (Lám. 22) es el que más se encuentra en los ñáñi- gos, sin diferencia sensible en los distintos grupos étnicos. El tipo de frente huida se halla en criminales y ñáñigos, pero con más frecuencia entre los negros que entre los mes- tizos y blancos. El tipo de raza inferior tiene su predo- minio en los blancos, ya sean ñáñigos o criminales; en cuantos a los negros se notan algunos con rasgos asiáticos. La promiscuidad de negras y chinos en la esclavitud nos explica el mestizaje de los mismos. Los rasgos achinados, en su mayor parte se deben a esa unión, aunque no duda- mos del tipo étnico invertido, que entre nosotros es difi- cilísimo de establecer, porque casi siempre ignoramos si 93 es el efecto de la unión de dos razas o el producto de una corriente física de atavismos. El tipo homicida infantil no existe en los ñañigos y el tipo normal no se encuentra nunca. Nada singular nos ofrece este hecho, pues si el tipo normal se halla en los delincuentes, es debido a los cri- minales de ocasión, a los criminaloides, según la feliz ex- presión de Lombroso, que son sus poseedores; pero en el ñáñigo la ocasión criminógena no existe, puesto que piensa y decide su ingreso en el ñañiguismo para vengar a sus congéneres o inutilizar a su rival, luego hay una tendencia delictuosa, una inclinación, que la descubre su carencia de tipo normal. Los tipos más anormales (simiesco, alocado, etc.), no se hallan en los brujos. Las fotografías que adjuntamos en el presente trabajo y los que la prensa cubana da a co- nocer, prueban sólidamente esta conclusión. Y se explica satisfactoriamente, porque el brujo es un persistente, un sacerdote con atrasado criterio moral, un creyente bárbaro, un negro fanático, un santón africano, mientras que el ñá- ñigo es brutal, instintivo. XXXVI ¿EL BRUJO ES EPILEPTICO? Lo que se llama dar el santo o subirse el santo a la cabeza, es uno de los fenómenos más interesantes en el es- tudio de la brujería desde el punto de vista médico-legal. El procedimiento convulsionario mediante el cual los fe- ticheros se ponen en comunicación con sus divinidades, ha tenido siempre un singular interés para cuantos lo han ob- servado. Wrangel, de los xamanes de la Siberia, escribe: "no son vulgares farsantes, sino que ofrecen al contrario, un fenómeno psíquico muy digno de atención. Siempre que los he visto en funciones, me han dejado una impresión 94 durable y sombría. El extravío de la mirada; el aspecto de los ojos inyectados de sangre; la agitación del pecho; la vibración convulsiva de la palabra; las contorsiones, al parecer involuntarias, del rostro y de todo el cuerpo; el cabello erizado; hasta el' sonido sordo del tambor, todo contribuía al efecto, y me explico muy bien que el conjun- to parezca a espectadores incultos obra de espíritus dia- bólicos". Entre los karens el profeta "se esfuerza por lle- gar a un estado de clarividencia. Se retuerce, se revuelca por el suelo, y a menudo echa espumarajos por la boca en lo más profundo de su paroxismo". Para Edward Tylor (1) son síntomas histéricos y epilépticos; Ortiz, al ocu- parse de los fenómenos similares que se observan en los brujos afro-cubanos, habla de epilepsia y dice que "el bai- le convulsionario es un procedimiento hipnótico para pro- ducir el estado epiléptico llamado dar el santo" (2). En la Víbora, y no ha mucho en Marianao, la Policía recogió del suelo a dos hombres y una mujer que les había dado el santo: los médicos que asistieron esos casos diagnosticaron epilepsia esencial. La patología del negro no ha salido todavía de su período constituyente. El ya citado trabajo de Dumont, escrito en un período de incertidumbre y de dificultades, es incompleto, aunque constituye una prueba elocuente de laboriosidad; a excepción de ese trabajo sobre la pato- logía de los negros esclavos, no existen más que memo- rias sobre los negros africanos, escritas por algunos médi- cos huéspedes del continente negro. Buchner, Felkin y Holub, citados por Ratzel, dicen que muchos negros sufren ataques de epilepsia. Después de todo, lo que nos intere- sa es saber si el brujo es epiléptico y no la frecuencia de la epilepsia entre los de su raza. El ataque que sufre el fetichero no iba a ser tema para ninguno de los autores (1) Antropología, Madrid, 1888, p. 431. (2) Ob. cit,, p. 391. 95 de una patología del negro, por lo que en ella no encon- traríamos la clave del fenómeno que nos preocupa. Siem- pre quedaría a la medicina legal hacer la luz sobre pro- blema tan interesante. Ya hemos oído hablar de sínto- mas y de estado epiléptico, pero sin que se nos precise cien- tíficamente ese concepto. El aura de los brujos afro- cubanos puede tener una significación mórbida, pero esa significación a la medicina legal no le ha sido evidencia- da. Las convulsiones premonitorias que algunas veces conmueven el cuerpo y alteran la fisonomía del hechicero, tienen-indudablemente-manifestaciones anormales que la medicina legal no debe desconocer. La epilepsia se generaliza casi siempre por ataques convulsivos, con desorden de la fisonomía, etc., pero no su- cede así invariablemente: "me apresuraré a añadir-escri- be Jaccoud-que, si se circunscribiese la epilepsia a estos síntomas, se caería en el grave riesgo de desconocer la ma- yor parte de los casos de epilepsia, porque no hay nada tan invariable como las formas de esta enfermedad, esen- cialmente proteiforme" (1). De esto se infiere que exis- ten formas de ataques epilépticos, los cuales varían en las distintas variedades de epilepsia. Tonnini ha descu- bierto que muchas veces la enfermedad se manifiesta en accesos de alteración psíquica y no en paroxismos graves o leves y que en esta forma de epilepsia, un desorden psíqui- co sirve de sustitutivo a las convulsiones del acceso epi- léptico. La epilepsia psíquica, sancionada por la Socie- dad Médico-Psicológica de Francia, no se anuncia por ningún prodromo y no se traduce en ningún síntoma ex- terior. Burlereaux sostiene que "el acceso psíquico puede ser la única forma de ataque en la vida de un epiléptico". En resumen, que no hay necesidad de proseguir demos- trando las variaciones de la epilepsia, cuya concepción (1) Anuales medico-psychologiques, 1884. 96 moderna la redime del concepto estrecho en que se la te- nía encerrada. La epilepsia del negro brujo no es la jacksoniana, la epilepsia del fetichero no es la. forma clásica, con es- pumaraje, coma, etc., la epilepsia del brujo afro-cubano es de forma incompleta, pues el acceso, generalmente, es sustituido por un vértigo, de duración brevísima, durante el cual su rostro toma un color ceniciento, según lo permi- te la negrura de su tez, y su habla se altera. En las ofrendas fetichistas, en las fiestas de los hijos del santo, como en otras prácticas del culto brujo, no fal- tan las libaciones, y según ha demostrado Millet, "los ex- cesos alcohólicos aumentan invariablemente el número y la gravedad de los vértigos". El brujo en el acceso no pierde la conciencia, el mismo Dr. Millet escribe: "si a la predisposición epiléptica se añade otra influencia, como el alcoholismo, una vez vuelto en sí, el enfermo puede recordar, más o menos vagamente, y como al salir de un sueño, las diversas alucinaciones que ha experimentado y las principales circunstancias que acompañan a su esta- do". (1). En sus funciones de agorero, el brujo afro- cubano no está desprovisto de su lucidez, ni aun cuando convulsionariamente consulta al fetiche, pues Falret (2) dice: "insensible al dolor, el enfermo, sin embargo, con- testa a las preguntas que se dirigen con respuestas apro- piadas". El brujo nato informa todos sus actos con el más ciego fanatismo, evocando las supersticiones, violentando su mentalidad con el negrero fervor de sus creencias, po- niéndolas en trance, como dicen los espiritistas, y cuando está ya preparado por la fatiga psíquica y el cansancio moral, lanza el grito epiléptico y se le sube el santo. Las (1) Jaccoud. Dictionnaire de Medicine et Chirurgie, vol. XIII. (2) Cit. por F. Carpena, en Antropología Criminal, Madrid, 1909, p. 424. 97 creencias del epiléptico, según escribe Despine, "surgen vivas y profundas, absorben su espíritu e impiden las manifestaciones de los sentimientos morales que podrían combatirlas". La influencia religiosa, o mejor, el fana- tismo fetichista del brujo, estimula su ausencia epiléptica. "Hay un momento-dice Pugliese-en que una determi- nada sensación, interna o externa, percibida por el cere- bro, decide de la libre e insana actividad del epiléptico, por inteligente que sea. Deficiente moral por excelencia, las facultades razonadoras se manifiestan en el epiléptico de distinto y excepcional modo, según el estímulo, bueno o malo, que, procedente de la célula nerviosa, llega al cere- bro" (1). Si el fetichero prolongase ese psiquismo anó- malo, conjurando su normalidad, "le sería difícil cami- nar algún tiempo en los dominios de una sin traspasar un poco los de la otra" (2). La epilepsia determina alteraciones somáticas, ano- malías físicas en los sujetos afectados de forma grave, pero no en los epileptoides, según la aceptada expresión de Venturi. ¿Además, en el brujo no encontramos carac- teres atávicos con marcada frecuencia, según ya hemos visto, pero encontramos otros no explicables por atavismo: asimetría, anómala implantación de los ojos, etc. La epi- lepsia, en su forma más grave, no es suficiente para al- terar el tipo étnico del negro, ya de por sí inferior. Toda decadencia del mismo le aproxima más al antropoide y la epilepsia no es capaz de provocar tan profunda degra- dación. Cuanto a lo que algunos tratadistas llaman carácter epiléptico, más de un rasgo encontramos en el brujo nato. La religiosidad que Lombroso encontró tan primordial en los epilépticos (3), no puede ser más inferior en el fetichis- (1) El epiléptico, Madrid, 1902, p. 49. (2) Kant. I sogni d'un visionario spiegati con quelli d'un meta- fisico. (3) Medicina Legal, Madrid, p. 175. 98 ta; el altruismo se manifiesta bajo una forma de perver- sión, cuyo ejemplo típico encontramos en Pina; los actos regresivos de la ladrar y de morder, se transforman en el brujo, presentándose bajo otra forma no menos animales- ca: Bocíi hacía piquetes en el pecho de sus clientes o pa- cientes para chuparle la sangre (1); los embós, la poliga- mia, las libaciones, la lujuria, el sacrificio de animales, la violación de sepulturas, etc., que absorben delictuosidad y canalizan el psiquismo, son verdaderos y eficaces sus- titutivos. Todos esos actos se fecundan en el criterio infe- rior y epileptoide del fetichero afro-cubano, por lo que vemos, fundamentándonos en el corolario lombrosiano, en el brujo un criminal nato. XXXVII LAS FRENOPATIAS EN EL NEGRO BRUJO Al ocuparnos de la intelectualidad del afro-cubano, dando a conocer el Manifiesto de los "Hijos de Papá Sil- vestre", hemos tenido oportunidad de ver algunas lagunas intelectuales del negro brujo. Pero esos estigmas men- tales se explican por deficiencia de preparación, por defec- to evolutivo y no por un estado frenopático. Los escritos y la pronunciación de los alienados se estudian y utilizan en psiquiatría; pero el escrito y la pronunciación de los niños no pueden ser juzgados con el mismo rigor, porque son fases de su desenvolvimiento mental. Las lagunas in- telectuales del negro brujo, debemos tomarlas en un senti- do equivalente, como diría Ferrero, y no en un sentido es- tricto. La barbarie fué la infancia de la humanidad ci- vilizada, y bárbaro era el negro africano cuando apareció entre nosotros, luego entonces comenzaba a vivir en el mundo del progreso. Principiaba por aprender hablar un idioma culto, por relacionar sus impresiones con los (1) F. Ortiz. Ob. cit., p. 222. 99 nuevos sonidos, por acostumbrarse a su mejor articula- ción, porque así lo exijía su aparición, su brusco adveni- miento a una vida civilizada. Adulto, y sin vesania, el negro traspone letra, olvida sílabas, repite palabras, escri- be, concibe ideas deficientes, etc. El negro brujo que "es con relación a sus fieles un verdadero intelectual" (Ortiz), toma ideas al pensamiento de la raza blanca, sin comprenderlas, las bastardea, y las usa para no sucumbir en su adaptación. El esfuerzo por mantener su parasitismo religioso, por no abandonar el fetichismo, le hace descubrir ante la luz científica su deficiencia de evolución. Su psiquis primitiva labora mal, absorbe defensivamente las ideas del blanco, y em- plea un lenguaje intelectualizado, que en vez de ocultarle, actúa como revelador de sus lagunas intelectuales. La mentalidad africana no desaparece, a pesar de esa pseudo-ilustración. Uno de - los párrafos del manifiesto de los "Hijos de Papá Silvestre" dice: ". . . el cuerpo del señor Erice, habrá para siempre de cubrir la tierra con su manto de piedras y raíces de todos colores, que como leyes sociales de la naturaleza a todos nos hace iguales". Todo lo que brilla-dice Ch. Letorneau,- todo lo que está pintado o teñido de vivos colores tiene para el verdadero hijo de Africa un irresistible atractivo. De esto se deduce que la tendencia cromática se conserva la- tente y que en el afro-cubano no desaparece, sustentán- dola como "verdadero hijo de Africa". También debe- mos notar que el apellido de Papá Silvestre, (Erice), lo escriben unas veces con c y otras con 5. Los signos orto- gráficos los emplean mal; las comillas sobre todo. Las repeticiones son frecuentísimas; en otro párrafo del mani- fiesto se lee: ". . . pesa sobre la humana especie el gran peso de la muerte... ", 100 En el siguiente párrafo es más evidente la repetición: "La muerte es la justicia de la Naturaleza, ante ella son iguales, el sabio, el filósofo, el opresor, el tirano, el or- gulloso, el soberbio, el rico, el humilde, el pobre, el igno- rante, el gobernante, el gobernado, el opresor, el oprimido, el satisfecho, el mendigo, el culto, el inculto y todos los que se odian sobre la tierra por las preocupaciones humanas, y como la muerte es la justicia en la Naturaleza de aquí por lo que somos en la tierra, polvo, humo y ceniza". Los disparates son incontables, en un párrafo dice: ". . . fin principio de la vida social en la Natura- leza . . . ". Vemos, por lo ya apuntado, que no es necesario pro- longar el análisis del manifiesto de los "Hijos de Papá Silvestre" para tener noción de la deficiencia mental del negro brujo. Pero esas deficiencias, repetimos, no indi- can alteraciones mentales, sino incapacidad de un cere- bro no preparado para un plano de superior civilización. La psiquiatría del negro apenas está esbozada y en ninguno de los trabajos publicados hasta la actualidad (1) se apunta nada sobre los caracteres mentales del brujo ena- jenado. El fetichero no es ajeno a la demencia, el afro- cubano no está inmunizado para el desequilibrio y muchas veces el brujo loco pasa desapercibido por el manicomio, sin que los cultivadores de la patología mental controlen provechosamente las manifestaciones de su delirio. (1) A. H. Witmer. Insanity in the Colored Race in the United States, en ''Alienist and Neurologist", 1891, XII, p. 19 y sig.-J. W. Babcock. The Colores Insane, en Alienist and Neurologist", 1895, XVI, p. 423 y sig.-T. Mays. Increase of Insanity and Consuption Among the Negro Population of the South Since the War, en ''Virginia Me- dical", 1897, II, p. 129 y sig.-T. O. Powell. The Increase of Insanity and Tuberculosis in the Southern Negro Since, 1860 and its Alliance and some of the supposed causes, en ''Journal of the American Med. Ass., 1896, XXVI, p. 1185 y sig.-F. Da Rocha. Bemerkungen uber das Vorkommen des Irreseins bei den Negern, en ' ' Allegemeine Zeitschrift fur Psychiatrie", 1898, LV, p. 133 y sig.-H. Roxo. Mental Diseases in the Negro, en ''Brazil Medico", Í904.-F. I. Hoffman. Bace Traists and Tendencies of the American Negro, en ''American Economic Ass, Publications", II, facs. 1-3.-M. O'Maalley. Psychoses in the Colored Ra- ce, en ''The American Journal of Insanity", 1914, LXXI, p. 300 y sig. LAM. 25. Gervasio Lage, el brujo des- enterrador de cabezas huma- nas. (Asilo de Dementes). [Fot. de F. Mein, facilitada por el Dr. Francisco A rango). LAM. 24. Pina, el brujo de Minas, con el pañuelo y la barba típica de los curanderos africanos. 101 El interés de la observación nos hace traer aquí un caso muy original que ha motivado, no ha mucho, un ar- tículo preventivo (1). Una copia del historial clínico, facilitada por el Dr. Francisco Arango y de la Luz, médi- co de Mazorra, nos ayuda grandemente en el estudio de un brujo enajenado. El sujeto se nombra Gervasio Lage Desome (Lám. 25) y su procedencia y estado civil son desconocidos. El 5 de di- ciembre de 1882 ingresó en Mazorra, donde se encuentra en la actualidad. El examen físico y psíquico fué hecho cons- tar así: "Como de 35 a 40 años, regular estatura, media- nas carnes, algo desgarbado en su andar, de facciones bruscas, con nariz notablemente aplanada y boca grande; este sujeto ofrece por única anomalía aparente de configu- ración exterior, la asimetría, si bien no muy pronunciada de su extremidad cefálica. Constantemente alegre, de- cidor y risueño, rompe a carcajadas con o sin motivo, ges- ticula y habla mucho en voz baja y muestra siempre a nuestra consideración un conjunto de caracteres mentales perfectamente apreciadles de debilidad, pobreza, incohe- rencia, puerilidad e irregularidad, acompañado de aberra- ciones de sentimientos y de instintos, no apreciados ni va- lorados, que estimamos como perfectamente pertenecientes a esa peculiar alteración mental por impotencia de natu- raleza congénita, que conocemos con la determinación de imbecilidad, pero en grado bien pronunciado". No vamos a seguir el historial en su larga anotación de 34 años; solamente haremos mención de dos antece- dentes muy importantes: Lage era brujo y fué procesado por parricidio. Su permanencia en Mazorra se deslizaba sin nada digno de mención, hasta el día 9 de agosto de (1) Brujería,.locura y necrología, en "Gacet. Méd. del Sur", 1914, p. 772 y sig.-Brujería, locura y necrolatría, en ''La Tribuna Médi- ca", IX, p. 362 y sig.-Brujería, locura y necrolatría, extracto de M. Díaz de Ilarraza, en ''Paraninfo", núm. 11, p. 2 y sig. 102 1914, en que el Dr. Arango anotó en el historial la si- guiente referencia: "Se comprueba que este asilado fue el autor de la profanación de sepidturas en el cementerio del Hospital. Exhumaba los cadáveres recientes y les cortaba la cabe- za; hacia como rezos y volvía a enterrarlos. Se dispone por el Sr. Director su traslado a la Segunda Sección, de donde no tendrá salida". Veamos como se desarrollaron los hechos que deter- minaron el encierro del hasta entonces tranquilo imbécil. Una mañana del mismo mes de agosto se halló una cabeza en estado de putrefacción, que servía de juguete a un pe- rro en las paralelas de la vía férrea. Las pesquisas de las autoridades y de los empleados de Mazorra no hacían sospechar de Lage, pero, sin embargo, los investigadores del hecho se aprestaron a interrogarle, y Lage, ante sus interlocutores, espontáneamente, declaró que sacaba cabe- zas de muertos para encontrar la de su primo Gil. Refi- riéndose al hecho que motivaba su imprevista revelación, dijo: "De las caballerizas del Hospital cogí un saco de los que botan en el almacén y me dirigí por la tabla del maizal hasta el cementerio. Brinqué el muro para llegar a la sepultura de un loco que vi enterrar. Nadie me vió, pues constantemente me asomaba por el muro para cer- ciorarme de que no era visto. Con el pico y la pala que los sepultureros dejan en un rincón del cementerio, saqué la tierra y rompí la caja. Descubrí la cabeza del blanco que todavía estaba enterita y con un cuchillo viejo que empleo desde hace años, la arranqué del cuerpo. Luego arreglé la tierra, leí y puse el pico y la pala en su sitio. Rezando metí la cabeza en el saco y la arrojé para la ca- rretera. Salté el muro y la traje hasta el maizal". Lage, en aquel momento lo confesó todo, hasta el pa- rricidio, diciendo que le dió a su madre una cortada en la cabeza. El mismo señaló las sepulturas profanadas y 103 entregó al juez el cuchillo con que cercenaba las cabezas. En los momentos del relato y en los de la prueba estuvo tranquilo; tranquilidad que no se alteró en los días que si- guieron a su encierro, según hace constar en el historial el Dr. Arango. Lage, tan espontáneo y complaciente, revela y aclara todo; pero enmudece y se torna sombrío cuando se le in- terroga algo relacionado con la brujería. Los ruegos del Dr. Arango, persuasivos e influyentes, no lograron arre- batarle los rezos, sus plegarias misteriosas, sólo obtuvie- ron la entrega de un ejemplar de Le Monde Medícale, que el desenterrador de cabezas humanas leía. Examinando todos estos antecedentes, vemos que el fetichismo en su innata debilidad mental juega un papel importantísimo y que. el parricidio ha sido un accidente sangriento debido, no a un específico instinto criminal, sino a su inferior y degenerada condición biológica. El imbécil desaparece, por decirlo así, y se personifica, se in- dividualiza con el fanatismo brujo, que da actividad a su mentalidad mórbida y primitiva, orientada en repugnante y peligrosa necrolatría. La siniestra religiosidad de Gervasio Lage se mani- fiesta con la posesión de las cabezas, ante las que oraba, sin someterlas al menos ultraje. El, masturbador habitual, cercenaba las cabezas con devoción, devolvía el cuerpo a la sepultura y no manchaba sus manos con aberraciones prenaturales. Se comprende claramente que Lage no es un necrofilómano, pues el instinto genésico no ha influido en nada, absolutamente en sus profanaciones de sepulturas. Lage se caracteriza por radicar sus alucinaciones en el campo de la religión africana, por su ribete de fúnebre idolatría. La mentalidad del brujo se proyecta vigorosa en su psiquismo inferior, que hace de él un fetichero de- lirante y necrólatra. "Su locura no pertenece al grupo de los vesánicos, ni tampoco al de la exaltación del instinto 104 destructor del sargento Bernard, ni el vampirismo de los dálmatas y .montenegrinos. Su frenesí en estos ojeos lú- gubres era la oración, el rito abstruso y extático de los brahamanes. Entra de lleno en el grupo de los exaltados religiosos". (1). La descripción de los caracteres físicos de Lage es poco explícita en el historial clínico, por lo que además de la asimetría señalada, encontramos frente ancha, man- díbula poco voluminosa, brazada inferior a la talla, im- plantación normal de los auriculares y barba, que como en los brujos afro-cubanos se observa blanca y bien cuidada. Ya anteriormente, al hablar de la epilepsia, había- mos dicho que la profanación de sepulturas constituía un sustitutivo de delitos graves, y el caso de Gervasio Lage es un fundamento elocuente. Estaba considerado como dócil, tranquilo y su conducta no podía aparecer más acep- table, y sin embargo, hacía años que violaba sepulturas y cercenaba cabezas sin que nadie se percatase de ello. Lombroso, (2) hablando de los imbéciles, dice que el ejer- cicio cotidiano "puede hacerlos capaces de funciones y de trabajos que parece exigen mayor desorrollo intelectual". Esto significa que los brujos más equilibrados que Ger- vasio Lage pueden, casi sin peligro, profanar sepulturas, pues generalmente los feticheros ejecutan esos repugnantes atentados; Sabigó y su mujer, los brujos de La Maya, extrajeron huesos humanos del cementerio de aquel tér- mino, igualmente habrán hecho otros. La psiquiatría debe tener sólido conocimiento del ca- rácter selvático de la brujería, de la primordialidad de sus creencias, infatigable creadora de cerebraciones primi- tivas, fecundas, interesantes y originales para la noción precisa y sólida de los negros alienados. (1) M. Díaz de Ilarraza, en el Extracto de Brujería, locura y ne- crolatría, pub. en "Paraninfo", de Zaragoza, p. 2. (2) Medicina Legal, Madrid, p. 335. 105 XXXVIII CONCLUSIONES Aun queda mucho por hacer en el estudio médico-legal de la brujería y el ñañiguismo, todavía hay muchos pun- tos que ni tocados han sido y que esclarecer debemos en estudios posteriores. No es exagerado afirmar que un elenco nutridísimo de investigaciones biológicas espera la decisión y el entusiasmo de un grupo de hombres de cien- cia, que se apreste al estudio clínico de nuestras individua- lidades anormales, para establecer su verdadero grado de degeneración y de inadaptabilidad social. La labor, a primera vista, parece difícil y compleja, por requerir un conjunto de observaciones personales, una uniformidad de método y de disciplina científica; pero puede ser abre- viada, realizándose de un modo proficuo y relativamente rápido, si por iniciación de la Academias de Ciencias se funda un Instituto de Medicina Legal y de Crimimología, que radique en el Presidio Nacional. La idea, y honra- do es confesarlo, no es original, ni la fundación del Ins- tituto es cosa nueva, pues en la Penitenciaria de Buenos Aires, desde 1907, viene funcionando el que fundó In- genieros. En la cárcel de Forest, Bélgica, existe otro que se debe a las iniciativas del Prof. Vercaeck. Nuestro Ins- tituto, como los que en la actualidad existen en la Argen- tina y en Bélgica, no será de inmediatas aplicaciones, sino de estudios para aplicaciones futuras. Será un labora- torio y una clínica, sin que invada por su índole las fun- ciones judiciales. Ingenieros, trazando el plan del Insti- tuto argentino, dice: "Las modernas doctrinas psiquiátricas y criminoló- gicas, que desde hace un cuarto de siglo se exponen, dis- cuten y enmiendan en el mundo científico, gracias a las investigaciones de los alienistas, psicólogos y médicos le- 106 gistas, tienen ya, oficialmente, en la República Argentina, una amplia esfera de acción". "El estudio del delito se encamina hacia la investi- gación de sus factores causales, de sus modalidades clí- nicas objetivas, de su profilaxis y represión. Poco a poco se independiza de las fórmulas legales apriorísticas, des- vinculándose de un pasado jurídico que no se adapta a las conclusiones prácticas de la moderna cultura científica, esencialmente evolucionistas y deterministas". Las funciones más importantes que están a su car- go son: a) Redactar un boletín médico-psicológico para cada uno de los penados que ingresen en el Establecimiento, boletín que debe ser clasificado para constituir un archivo especial. b) Corresponde al Instituto el examen y la observa- ción permanente de todos aquellos presos que presenten síntomas de enajenación mental, y de aquellos a quienes se suponga epilépticos, alcoholistas o víctimas de cualquie- ra otra pertubación físico-psicológica. El Instituto for- mulará en estos casos los informes médicos que corres- ponden sobre los sujetos observados y el resultado de su examen, para ser elevados a los jueces de la causa, cuan- do sea el caso, o para los demás efectos, cuando se trate de los individuos condenados definitivamente (psiquiatría criminal). Ese programa es verdaderamente sugestivo y digno de adopción. En la Argentina no hay feticheros afri- canos, ni ñáñigos, y sin embargo, la actuación del Insti- tuto no puede ser más importante, ni más fecunda. Nos- otros, con mucho más motivo, que estamos inseguros de la epilepsia del brujo, que desconocemos la verdadera as- cendencia de la necromanía en los afro-cubanos, que no te- 107 nemos un criterio preciso de las frenosis de los negros fetichistas, que casi desconocemos, por falta de explora- ción, la impulsividad y la locura moral de los ñañigos, debemos fundar un Instituto de Medicina Legal y de Cri- minología, para que nos proporcione datos etiológicos, clí- nicos y terapéuticos. Es tanto más importante la función del Instituto, si pensamos que las continuas emigraciones de jamaiquinos y de haitianos tendrán influencia en las orientaciones re- ligiosas de los negros de Santiago de Cuba, donde se reu- nirán el obi y el brujo, cuyo contacto dará inclinaciones más criminales y nocivas al fetichismo, el cual asumirá una forma más salvaje y delictuosa. Los afro-cubanos se contaminarán con el sanguinario misoneísmo de las otras Antillas y el ritualismo tomará mayor fuerza para- sitaria. Por eso, decimos con Ortiz: "Importa el éxito ulte- rior de todo estudio sociológico sobre cualquier aspecto gene- rico de nuestro carácter, de nuestra civilización y de nues- tra historia, que se emprenda el trabajo penoso pero fruc- tífero de fijar en el papel las supervivencias africanas ac- tuales, y exhumar las que fueron antes que el transcurso del tiempo las acabe de pulverizar y extravíe su recuerdo; para ofrecer al sociólogo como un museo donde pueda, sobre datos y materiales avalorados, establecer la parti- cipación que la raza negra ha tomado en la evolución de nuestra sociedad, y completado este conocimiento con el de los otros elementos, definir sociológicamente lo que somos, lo que hemos sido y ayudar a dirigirnos con fundamentos positivos hacia lo que debemos ser". Y los que con eficacia tienen que dirigir nuestros pasos por el camino de lo que debemos ser, no deberán ignorar que la brujería y el ñañiguismo no se extinguirán con la luz de la instrucción, porque es apotegma incues- tionable, que la facultad de leer y escribir es una esperan- za sociológica que se desvanece. Hay que elevar el nivel 108 moral, educar la cerebración inculta de los que continúan apegados al bárbaro tronco de la raza secular, cuya in- fluencia hace supervivir las tradiciones tenebrosas. Hay que vencer los organismos incapacitados de adaptarse al molde jurídico de los pueblos civilizados. De nada sirve que se instruya la nueva generación, si no se castiga la brujería, si no se le ahoga en sus dominios: es falaz creer que el instruido está inmunizado de la fiebre del fanatis- mo. La instrucción no impide que los "Hijos de Papá Silvestre" sostengan la religión lucumí, lo que se encamina a impedirlo es la educación, el nivel moral del sujeto, su civilidad, por lo que debemos hacer obra represiva, educa- dora, de alta moral y de redención. INDICE DE AUTORES CITADOS Alix, 27. Ameghino, 32. Angiolella, 29. Apert, 44. Arango, 101, 102, 103. Aranzadi, 64. Ascarelli, 27, 28. Audenino, 25. Babcock, 100. Bachiller y Morales, 68. Benassi, 25. Besses, 74. Bouche, .75 Broea, 22, 36. Buchner, 94. Burlereaux, 95. Carrara 25, 29. Callejas, 35. Carpena, 96. Cividalli, 25. Corre, 18. Cortini, 26. Crichton Browne, 81. Da Rocha, 100. Darwin, 32, 65, 77, 81. De Blasio, 72. De Felice, 11. Despine, 97. De Sanctis, 26, 27, 28. De Wecker, 33, 35. Díaz de Ilarraza, 101, 104. Dostoyewsky, 78. Duchenne, 77. Dumont, 10, 21, 23, 30, 31, 38, 39, 41, 45, 49, 50, 87, 94. Falret, 96. Felkin, 94. Feré, 27, 33. Perrero, 98. Ferri, 30, 52, 91. Forest, 105. Forgeot, 27. Francotte, 79. Fristch, 45. Garófalo, 47, 80. Gavilán Bofill, 21. Gay, 26. Gregoire, 88. Guichot, 64, 65. Hartmann, 33. Hoffman, 100. Holub, 94. Hubert, 86. Hutchinson, 88. Ingenieros, 40 84, 105. Jaccoud, 95, 96. Jacquart, 36. Kant, 97. Lecha-Marzo, 19, 21, 23, 26. Latttes, 22. 110 Legran du Saulle, 49. Letorneau, 60, 61, 99. Lombroso, 19, 21, 30, 33, 37, 49, 52, 54, 78, 79, 82, 93, 97, 104. Lydekker, 88, 89. Mac-Auliffe, 81. Maestre, 21. Mariani, 32, 36, 37. Marie, 77, 81. Massini, 26. Maudsley, 81. Maus, 86. Mays, 100. Millet, 96. Montané, 22. Montero, 45. Moreno, 45, 87. Morton, 36. Morell, 32, 34. Naquet, 91. Nicéforo, 69. Nicol, 81. O 'Malley, 100. Omboni, 75. Ortiz, 5, 6, 8, 9, 10, 13, 15, 16,'17, 29, 31, 38, 41, 42, 43, 44, 45, 47, 49, 51, 52, 53, 55, 61, 62, 63, 65, 67, 69, 70, 71, 74, 75, 84, 85, 86, 87, 88, 90, 94, 9?, 99, 107. Ottolenhgi, 23, 78. Penta, 53. Fichar do, 64. Piga, 21. Powell, 100. Pugliese, 79. Ramadier, 29. Ratzel, 41, 43, 44, 45, 46, 55, 63, 70, 87, 94. Ribaudo, 29. Roche, 71, 72. Rodríguez García, 9, 10, 11, 68. Rodríguez (Nina), 75. Roxo, 100. Salillas, 12, 66. Sargana, 19. Senet, 32, 33. Serieux, 29. Shakespeare, 82. Sikorski, 46. Stanhope-Smith, 30. Stanley, 87. Steegers, 26, 27, 62. Tarnowski, 33. Tena Sicilia, 21. Tonnini, 95. Toscano, 26, 27, 28. Tylor, 29, 94. Urrutia, 5, -8, 10, 73. Venturi, 97. Verbaeck, 105. Virehow, 78. Ward, 30. Welker, 35. Winkler, 30. Wildermuth, 33. Witmer, 100. Wrángel, 93. Zamacois, 65. 111 INDICE DE MATERIAS Págs. I.-Introducción. 5 II.-Definición sociológica del brujo y del ñañigo 7 III.-Distinción de los fenómenos criminosos de la brujería y el ñañiguismo 12 IV.-El brujo y el ñañigo ante la Medicina Legal 18 V.-El cráneo 20 VI.-El cerebro 22 VII.-Las visceras 23 VIII.-La talla 24 IX.-El cruzamen. . . 25 X.-Las impresiones digitales ....... 25 XI.-El tórax 29 XII.-La piel 30 XIII.-La frente 30 XIV.-Las orejas 32 XV.-Los ojos 33 XVI.-La nariz 34 XVII.-El prognatismo 36 XVIII.-La mandíbula 37 XIX.-La longevidad 38 XX.-El tatuaje. . . 39 XXI.-El instinto genésico 40 XXII.-El alcoholismo 44 XXIII.-El trabajo 46 XXIV.-El altruismo 47 XXV.-La familia - 49 XXVI.-El desinterés 51 XXVII.-Los remordimientos 52 XXVIII.-La vanidad 53 XXIX.-La intelectualidad 55 XXX.-El arte 60 XXXI.-El baile 63 XXXII.-El lenguaje 67 XXXIII-Los apodos 74 XXXIV.-La fisonomía 76 XXXV.-El tipo 83 XXXVI.-¿El brujo es epiléptico? 93 XXXVII.-Las frenopatías en el negro brujo 98 XXXVIII.-Conclusiones 105 Indice de autores citados 109 Indice de materias 111 OBRAS DEL AUTOR PUBLICADAS A través de la criminología. Atlas. Habana, 1914. La mandíbula del criminal. Rabana, 1914. El tipo brujo. Habana. Sobre una nueva variedad de la foseta occipital mediana. Ha-' baña. Sobre las diversas formas de la sutura naso-frontal. Habana. El alacrán en los negros tatuados. Habana. Aplicación del sistema identificativo de Steegers al estudio de la. oreja humana. Granada. Los músculos faciales y la fisonomía de un delincuente. Sevi- lla, 1916. Contribución al estudio craniométriro del hombre negro de- lincuente. Sevilla, 1916. TRADUCIDAS Antropología y Patología comparada de los negros esclavos. Memoria inédita del Dr. Henry Dumont. Con prólogo del Dr. Fernando Ortiz. EN PR <AC1ON La mujer criminal y prostituta. En colaboración con el Pro- . fesor A. Lee1 j, de Granada. La mano del 7 criminal. Edición de "Los Progresos de la Clb' Madrid. Los criminales t mío sos. Química criminológica.